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En una carta a San Martín, Rodríguez se expresa desconfiadamente de la nobleza criolla:

«Vamos a otra cosa. Antes de tratarla ha de estar usted -dice- en que la nobleza de Chile no es necesaria por el gran crédito que arrastran en este reino infeliz las cartas y las barrigas. Así es indispensable jugar con ellos o a lo menos no prepararles guerra hasta cierto tiempo».



 

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En esta época es cuando Rodríguez manda decir a San Martín:

«Ya no vale mi cabeza sino mil pesos. En las secretas la compran por cinco».



Ramírez, en carta al jefe de Mendoza, dice el 20 de enero de 1817:

«Guzmán, mozo de Rodríguez, fue preso en Popeta con toda la correspondencia, y, sin embargo, de no haber confesado cosa alguna, han prendido a muchos».



Marcó recibe a los denunciadores de Chocalán y les expresó pomposamente el agradecimiento, a nombre del rey de España.

 

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El bando en que se pone a precio la cabeza de Rodríguez es el siguiente:

«Primeramente, ninguna persona de cualquier calidad que sea, podrá dar hospitalidad en su casa a aquéllos que la reclamen sin llevar el correspondiente pasaporte, que deberán mostrarles, bajo pena que si no lo hiciesen, por la primera vez, siendo plebeyos, sufrirán doscientos azotes, y destino a las obras públicas u otra pena arbitraria al gobierno según las circunstancias, y siendo personas de calidad, la multa de mil pesos si son pudientes; y en caso contrario, cinco años de destierro a la isla de Juan Fernández; pero por la segunda se le aplicará irremisiblemente la pena de muerte, tan merecida por aquéllos que son causa de tantas como ejecutan los criminosos a quienes abrigan.

2.ª Todos aquellos que sabiendo el paradero de los expresados José Miguel Neira, don José Manuel Rodríguez y demás de su comitiva no dieren pronto aviso a las justicias más inmediatas, sufrirán también la pena de muerte justificada su omisión, incurriendo en la misma los jueces que, avisados de su paradero, no hagan todas las diligencias que estén a sus alcances para lograr su aprehensión.

3.ª Por el contrario, los que sabiendo donde existen los expresados Neira y Rodríguez los entreguen vivos o muertos, después de ser indultados de cualquier delito que hayan cometido, aunque sean los más atroces, y en compañía de los mismos facinerosos, se les gratificará además con mil pesos que se les dará en el momento de entregar cualesquiera de las personas dichas en los términos insinuados; bajo la inteligencia que éste superior gobierno será tan religioso en cumplir sus promesas, como ejecutivo en la aplicación de las penas que van designadas: en esta virtud, para que lo contenido tenga efecto, y ninguno alegue ignorancia, publíquese los ejemplares convenientes, circúlese por los partidos del reino. Fecho en esta ciudad de Santiago de Chile, a 7 de noviembre de 1816. -Francisco Marcó del Pont».



 

24

Documentos del Archivo San Martín, tomo III, páginas 165-166.

 

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El padre Beltrán, elevado al cargo de capitán graduado, puso a prueba su ingenio para mover los bagajes. Hizo construir unos carros largos y angostos, poco más grandes que la forma de las piezas de artillería y les dio el nombre de zorras. En cada uno de ellos se colocaba un cañón desmontado, envuelto en lana y retobado en cuero para evitar averías en el caso de acaecer golpes. Las zorras eran tiradas por mulas o bueyes, según era el camino. En los sitios donde podían despeñarse, los mineros, provistos de dos anclotes, a modo de palancas, las iban sujetando.

Los armones y cureñas se conducían en mulas. A veces el paso se tenía que ensanchar, haciendo desmontes. Con perchas y cuerdas se sostenían las zorras, que amenazaban a veces caer sobre el abismo.

Los riachuelos y torrentes se pasaban por puentes provisionales, hechos con maderos. Todo obstáculo estuvo previsto por el hábil fraile. Así no se perdieron en la marcha ni un cañón ni un fardo de municiones.

 

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Rodríguez pidió permiso por tres días para ausentarse de Las Tablas y excedió el plazo concedido. El brigadier Balcarce, que comandaba accidentalmente el ejército del campamento, mandó entonces el siguiente oficio al Gobierno:

«Excmo. señor: El auditor de guerra de este ejército, don Manuel Rodríguez, fue con licencia de tres días para esa capital a practicar diligencias particulares. Se ha transmarcado aquel término con notable exceso, y aún no se restituye, cuando es de absoluta precisión que tenga el ejército quien desempeñe las funciones de aquel cargo en ocurrencias que se experimentan a cada momento, y de que no puede por ningún modo prescindirse si han de observarse el orden y la disciplina que la tropa necesita. En esta virtud, se hace indispensable que V. E. se sirva estrechar al citado auditor a que efectúe su regreso sin pérdida de instantes, o providenciar sobre quien lo substituya en el caso de que se le haya retirado, o dádosele otro destino. Dios guarde a V. E. muchos años. -Cuartel General en Las Tablas, 7 de febrero de 1818. -Antonio González Balcarce. -Excmo. señor Director Supremo Delegado».



 

27

Samuel Haigh, Sketckes of Buenos Ayres ad Chile.

 

28

Las ideas autoritarias del Director Supremo se transparentan en el siguiente fragmento de una carta dirigida a San Martín el 27 de julio de 1817:

«Ese pueblo requiere palo de ciego; pero luego que siente el chicote, no hay quien chiste».



 

29

El negro Candelario Espinosa mata a puñaladas a Monteagudo el 28 de enero de 1825 en la ciudad de Lima. Esta muerte queda envuelta en el misterio y servirá para difundir encontradas y ambiguas versiones.

 

30

Vicente Fidel López, Historia de la República Argentina, Tomo VII, página 233.

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