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Memoria del error


Ignacio García May





A mis veinte años era un ignorante. Ignorante como sólo se puede ser a esa edad. Pensaba, y lo decía, que el teatro de Buero era obsoleto, estaba demasiado anclado en el franquismo, y, por tanto, carecía de interés pasada la dictadura.

Para algunos de los que empezábamos a escribir teatro en los ochenta (otros fueron más sabios), Buero era el modelo de dramaturgo que no queríamos ser. A estas alturas ni siquiera estoy seguro del porqué. Quizá porque su aspecto era demasiado adusto y los ochenta fue una década bulliciosa, alegre, desenfrenada. Quizá porque habíamos oído decir (y acaso ni siquiera fuera verdad) que nunca permitía cambiar ni una sola coma de sus textos en los ensayos y para nosotros esto contradecía la naturaleza de la creación teatral. Quizá porque en Buero importa mucho la memoria, y sólo queríamos hablar de futuro.

A pesar de todo, yo recordaba que el primer texto teatral que me había impactado era El concierto de San Ovidio, en aquella famosa versión televisiva con José María Rodero, pero obstinadamente me negaba a reconocer a su autor.

Afortunadamente, a veces encuentra uno en la vida a gente que le enseña lo que no sabe. Yo tuve esa suerte: gracias a amigos como Ricardo Doménech o Juan Carlos Pérez de la Fuente aprendí a leer a Buero de otra manera y me dolió la injusticia que había cometido contra un autor que tanto había dado a nuestro teatro. Ciertamente, hay cosas en las obras de Antonio Buero Vallejo que no pueden entenderse desde los veinte años, pero que se vuelven cristalinas cuando el tiempo avanza sobre nosotros.

Pude hablar brevemente con Buero de todo esto en el CDN, en julio de 1999. Él no tuvo sino generosidad hacia mi torpeza de esos momentos. Con aquella voz mínima que le quedaba me dijo: «Fumemos un cigarrillo». Y nos sentamos juntos y fumamos, y para mí aquel cigarrillo fue como una pipa de la paz que enterraba mis errores del pasado.





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