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Variante textual. Manuscrito Real Academia de la Historia, ITB y Cádiz, 1812: La corte de Parma ha dado en estos últimos días el ejemplo de otra nueva institución, muy digna de ser imitada entre nosotros. Ha fundado una academia dramática, dotándola con proporción a su objeto, que se reduce a cultivar todos los conocimientos relativos a este último ramo de poesía: a proponer asuntos para la composición de buenos dramas: a juzgarlos rigorosa, e imparcialmente y premiar los ingenios que más sobresalen en ella; y por último (ITB: finalmente) a perfeccionar prácticamente y por principios científicos el arte de la declamación.
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Daba cuenta de esta Academia Armona: «Finalmente se avalora todo lo dicho con la providencia que tomó el soberano de Parma de mantener a sus expensas una compañía de personas honradas y bien educadas para la ejecución de las piezas de mérito, y el rey de Nápoles dio su aprobación para que una academia de caballeros construyese un teatro donde se representasen las mejores obras de todos los países»
y anota: «Véase el prólogo del Arte del Teatro y el Mercurio de marzo de 1779, en el capítulo de Nápoles»
, edición de Davis y Varey, p. 225. El arte del teatro de Francesco Riccoboni fue traducido en 1783 por el asturiano Ignacio Merás y Queipo de Llano, con el pseudónimo de José de Resma (RESMA, José de, El arte del teatro, en que se manifiestan los verdaderos principios de la declamación teatral, y la diferencia que hay de ésta a la del púlpito y tribunales, Madrid, Joaquín Ibarra, 1783); en su prólogo decía que «en Parma, en donde por un edicto del Serenísimo Señor Infante de España Duque de Parma, no sólo se colma de distinciones y generosos premios a los autores de piezas dramáticas, que más sobresalen y contribuyen al esplendor y perfección del teatro, por decisión de una junta de literatos, sino que igualmente se ofrece, que a expensas de S. A. R. se mantendrá una escogida compañía de personas honradas y bien educadas; a imitación de lo que se practicaba en la Grecia para las representaciones trágicas, que dirigiéndose a pintar los hechos de los grandes héroes, erigen para su representación personas nobles, y bien instruidas»
. Para las academias y la formación del actor español véanse los artículos de ÁLVAREZ BARRIENTOS, Joaquín, «El actor español en el siglo XVIII: formación, consideración social y profesionalidad», Revista de Literatura, 100 (1988), pp. 445-460; «Problemas de método: la naturalidad y el actor en la España del siglo XVIII», Quaderni di letterature iberiche e iberoamericane, 25 (1996), pp. 5-21; «El cómico español en el siglo XVIII: pasión y reforma de la interpretación», en Del oficio al mito, el actor en sus documentos, Valencia, Universitat de València, 1997, vol. II, pp. 287-309.
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Jovellanos no menciona, o no puede mencionar, la escuela de declamación que Olavide, como asistente pero también como «Subdelegado en la judicatura y conservaduría de comedias en Sevilla y su reino» organizó en Sevilla; en ella, «se les dieron dos maestros de leer y escribir, de baile y declamación. Allí se les hacía vestir y peinar todos los días, y, en fin, se les suministraba cuanto era necesario para su manutención, tan decente como correspondía a gentes infelices que se destinaban a presentarse en el público con dignidad»
. Paradójicamente, ésta fue una de las acusaciones que el padre Manuel Gil esgrimió ante el Santo Oficio en el proceso de Olavide (véase AGUILAR PIÑAL, Francisco, Sevilla y el teatro en el siglo XVIII, Oviedo, Cátedra Feijoo, 1974, pp. 91-95; también BOLAÑOS, Pilar, «La escuela-seminario teatral sevillana. Nuevas aportaciones documentales», Crotalón, I (1984), pp. 749 y siguientes. Cádiz, 1812: no aparece y principalmente en la corte. Muchos de los acogidos fueron enviados al teatro de los Reales Sitios, donde se formó otra escuela (véase ÁLVAREZ BARRIENTOS, Joaquín, «Plan de una Casa-Escuela de teatro en el siglo XVIII», Dicenda, 6 (1987), pp. 455-471, donde estudia y edita el manuscrito 13996 de la Biblioteca Nacional, en que Aguirre, vinculado a Jovellanos en Sevilla, propone otro plan de reforma). La necesidad de esta escuela dramática se manifiesta también en los planes de Urquijo, Aguirre, Moratín y Santos Díez González.
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Variante textual. Manuscrito Real Academia de la Historia y Cádiz, 1812: pertenece a la poesía.
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Pueden rastrearse abundantes testimonios de sus asistencias a bailes: él mismo describe el organizado con motivo de la inauguración de los retratos de Carlos IV y Antonio de Valdés en el Instituto; anota en el diario el 13 de noviembre de 1795: «Convite para el baile a todos los hombres útiles, corriendo la voz por Joaquín Velarde, Tineo, etc. A señoras, también útiles, por recados; ninguna exceptuada, sino las inútiles para baile. Gertrudis en cama y Paula cojo; yo solo para tanta impertinencia. [...] Se empieza a concurrir a las siete; hay mil contestaciones sobre excluir a los no convidados; fuéronlo algunos clérigos y abiertamente el cura de San Lorenzo, que, sin embargo, entró; grande y lucida concurrencia; mucha gente útil; arrimados los bancos en derredor de la sala, se formó un cuadrilongo que tendría treinta y ocho pies sobre diez y seis para baile; bancos al fondo, asientos en el teatro; allí el regente, su tertulia y algunas damas; una sola partida de juego. La música en la tribuna. Se rompió por una contradanza de catorce a quince parejas; bastoneros, Valdés Llanos, Tineo; todas las damas vestidas de muselina, menos dos de luto, dos de encarnado y las viudas; mucha alegría y orden; ningún disgusto; se sirvió en el vestuario café, leche, bizcochos, rosquillas, vino generoso, licores y vino común para mozos; todo abundante; duró hasta la una y media»
(Obras completas, tomo VII, pp. 480-481.)
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En el manuscrito de la Real Academia de la Historia se lee, aunque tachado: ¿Y porqué no podré yo proponer el restablecimiento de las máscaras cuya proscripción fue más un efecto de la envidia que del celo? ¡Con cuánta ansia no fueron admitidas en las capitales populosas! ¿Y cuáles fueron sus inconvenientes? Confieso que no los he alcanzado jamás: la policía que los arregló no pudo ser más atinada, pues supo combinar maravillosamente la alegría con el buen orden, y la libertad con el respeto a la autoridad pública.
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[Nota de Jovellanos] «Es la ley 7.ª libro VIII, del título De los levantamientos y asonadas de gente armada, promulgada a petición de las cortes de Valladolid de 1523; su época y su título abren su interpretación. La autoridad pública era entonces muy insultada por gentes asociadas para malos [Variante textual. BAE, en la nota al pie de Jovellanos: estos] fines, que usaba alguna vez de máscaras y disfraces de personas reunidas para divertirse en lugares cerrados, señalados por el magistrado público y protegidos y velados por él, sino que [Variante textual. BAE, en la nota al pie de Jovellanos: sino de que] los enmascarados vagasen libremente día y noche por calles y plazas, cosa que podía provocar a delito cubriendo sus autores»
. Es el título 15.
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Los bailes de máscaras, bien conocidos gracias a las sucesivas Instrucciones que se redactaron para ellos, fueron organizados en Madrid por Aranda y en Sevilla por Olavide y estuvieron permitidos entre 1767 y 1773, precisamente hasta la destitución del primero. Diversión de la nobleza y de la burguesía acomodada, debido al precio de las entradas y etiqueta, se celebraban dos veces por semana desde Navidad hasta Cuaresma. En el reglamento del baile de máscaras del carnaval de Sevilla de 1768 se decía incluso que «esta diversión de la máscara es honesta por sí misma»
, lo que llevó a un carmelita a firmar una delación ante la Inquisición, que tuvo como consecuencia la retirada de todos los ejemplares. Como señala Antonio Domínguez Ortiz, es buena muestra de que «los partidarios de las novedades se movían en la cuerda floja»
(DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, «La batalla del teatro en el reinado de Carlos III (II)», Anales de Literatura Española, 3 (1984), p. 210); véase también RUBIO JIMÉNEZ, Jesús, «El conde de Aranda y el teatro: los bailes de máscaras en la polémica sobre la licitud del teatro», Alazet, 6 (1994), pp. 175-201, para las máscaras desde la p. 183.
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Antonio Domínguez Orti afirma que «las mesas de trucos (billares), [fueron] prohibidas en 1755 y autorizadas por Carlos III "para desahogo de las clases distinguidas y honestas"»
(DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio, «La batalla del teatro en el reinado de Carlos III (II)», p. 210.)
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Este epígrafe está tachado en el manuscrito de la Real Academia de la Historia. En «Los lugares de la conversación», precisamente inaugurado con este texto de Jovellanos como epígrafe, hace Joaquín Álvarez Barrientos una significativa síntesis de los cafés existentes en España entonces y de las noticias que en prensa y literatura se dan de este nuevo espacio de sociabilidad (El café de Alejandro Moya, pero también La comedia nueva o el café de Moratín, y sainetes de Comella, Ramón de la Cruz y González del Castillo) destacando su carácter abierto, público: «Los periódicos, como los cafés, facilitaban la conversación, pero sobre todo sacaban a la literatura de sus circuitos habituales de circulación, por los asuntos que proponían, por su propio formato y el público al que se dirigían. De los diarios y de los cafés de la conversación se puede decir lo que Addison dijo de sí mismo, que había conseguido su objetivo de sacar a la filosofía de las bibliotecas, escuelas y universidades para sentarla en clubes, reuniones, salones de té y cafés»
. Y recoge el testimonio que Inmaculada Urzainqui Miqueleiz recupera de Rubín de Celis, quien dice en 1772 que muchos «se ponen a leer en este café o en el otro para que los tengan por aplicados y doctos, cuando en realidad no son una cosa ni otra; otros, hechos unos filósofos de pesebre, andan todo el día muy erguidos de cuello como pavos, [...] hablando de Montesquieu y de Rousseau, sin haberlos visto más que por la pasta»
(Los hombres de letras en la España del siglo XVIII: apóstoles y arribistas, Madrid, Castalia, 2006, pp. 128-130.) Véase también ÁLVAREZ BARRIENTOS, Joaquín, «Miscelánea y tertulia: El café de Alejandro Moya», Dieciocho, Homenaje a René Andioc, 27 (2004), pp. 59-74. Una versión matizada daba de las casas de conversación privadas Feijoo en «Verdadera y falsa urbanidad»: «Son éstos unos hombres que tienen abierta la casa y puesta la mesa para todo pasajero de buena capa. Convidan frecuentemente a sus amigos y conocidos con espléndido banquete. Son sus habitaciones casas de conversación y de juego, y hay refresco para todos los que concurren: juegan largo siempre que se ofrece, y se conoce la nobleza de su corazón en la serenidad de su ánimo, en algunas ocasiones en que es mucha la pérdida. Sin mucho motivo hacen regalos considerables, ya a ésta, ya aquella persona. Generalmente en todo su porte se ve un esplendor, una magnificencia algo superior a su estado»
(FEIJOO, Teatro crítico universal, tomo VII, discurso X.)