La tarde de la merienda, a la vuelta de la Boca del Asno, Su Majestad, pasado un rato después de los saludos de ceremonia, y cuando yo pensé que no se acordaba ni del santo de mi nombre, se volvió de repente a mí y me dijo: «Pero tú, Beramendi, que tan bien sabes escribir las cosas que pasan... y con tanta naturalidad, que parece que las estamos viviendo, ¿por qué no escribes esto que ahora ocurre con la Lola Montes?». Por aquellos días traían los periódicos el proceso que a nuestra célebre compatriota le formaban por bigamia. Afortunadamente, yo había leído el caso, y pude contestar a Su —267→ Majestad con dominio del asunto. «Señora, para escribir eso -le dije-, necesitaría conocerlo por mí mismo, y esto no es fácil; la propia Montes no habría de contarme toda la verdad...». «Pues yo declaro -añadió la Reina-, que me ha hecho gracia el desahogo de esa mujer para casarse con el teniente Heald, estando casada con otro. Vamos, que daría yo cualquier cosa por oír lo que dice el teniente, que, según cuentan, es una criatura... ¡Y qué monísimo estará llorando por su Lolita, que el otro reclama! Lo que es mujer de talento, vaya si lo es. ¿Y qué me dices de la que le armó al Rey de Baviera? Ello será una barbaridad; pero a mí me agrada, no puedo remediarlo, que sea española la que ha hecho tantas diabluras... Anímate, anímate a escribirlo, y desde ahora te aseguro que si lo imprimes lo leeré con muchísimo gusto». Respondí que si la señora tenía gran empeño en que tal historia escribiese, la obedecería; pero que yo, no sé si por mi suerte o mi desgracia, no me dedico a las letras, ni paso de un simple aficionado sin pretensiones. Díjome Su Majestad que no fuera tan modesto, y ya no se habló más del asunto, porque quien variaba la conversación a su antojo, picando aquí y allá, se puso a bromear con la Marquesa de Sevilla la Nueva sobre la mayor o menor gallardía de los buches en que cabalgaban los señorones de su cortesano acompañamiento. La verdad, no estaba yo satisfecho de aquella mi primera conversación con Isabel —268→ II, porque si su idea fue plantear un tema literario, no había estado muy atinada en la elección, y además, yo no había sabido darle un airoso giro.
Sigo contando. Llegó el deseado instante de ser recibido por Su Majestad, y al referir la audiencia, tengo que condolerme otra vez de mi mala suerte, porque si desgraciado fuí en la presentación, al aire libre, peor anduve en la visita entre paredes, llegando al extremo de turbarme y no saber qué decir. Pues señor: hice mi antesalita, no muy larga, y cuando el Gentilhombre me condujo hasta la puerta de la cámara, iba yo un tanto perplejo y sobresaltado. La Reina estaba en pie. Junto a la mesa central hojeaba un álbum que me pareció de paisajes de Italia. A mi reverencia correspondió con una sonrisa, dejando con desdén el álbum; sentose, señalándome una silla frontera, y me miró. Creí que su mirada medía mi talla, y que sus ojos penetraban en los míos. Vestía un traje blanco con motitas, muy ligero y elegante. Advertí sus formas llenas, redondas, contenidas dentro de la más perfecta esbeltez. «¿Qué te parece -me dijo-, la vida en el Real Sitio? ¿Verdad que es un poco triste?... ¿Sabes que han venido a invitarme para que vaya a Madrid a ver una lucha de fieras? ¿La has visto tú?». Contestele que todo se reduce a echar a pelear un toro con un tigre, y a poner un rinoceronte gordo delante de un león flaco. Opinaba yo que Su Majestad no se divertiría mucho en este —269→ ejercicio. «No sé si determinarme a ir a ver eso -prosiguió en un tonillo de dubitación tediosa-. Mamá y el Rey quieren ir... Ya les he dicho que vayan ellos... ¿Y tú estás contento aquí?... Lo dudo: ¡en Madrid os divertís tanto los jóvenes! Madrid es muy bonito, y a mí me gusta mucho. ¡Qué poco vale la ópera que acá tenemos! Anoche fui a oír el Macbeth, y francamente, me indigné viendo la facha con que entran los espectros de Banquo y Duncan en el banquete. Yo recordaba los gigantones del Corpus... Y luego, lady Macbeth con su ronquera en el brindis y los tambaleos que hace para soltar la voz, me parecía que brindaba con Peleón... Aquí es gran tontería traer espectáculos... Paseos, excursiones, cacerías, son lo más propio... Y las cacerías no creas que me hacen a mí mucha gracia. No me gusta matar ni ver matar a un pobrecito conejo, que sale a buscarse la vida por el campo... ¿Te gusta a ti la caza? Dicen que es imagen de la guerra. Una y otra me son antipáticas; y para que veas si tengo yo desgracia: desde muy niña no oigo hablar más que de guerras. ¡Guerras por mí, que es lo que más me duele!... y luego revoluciones y trapisondas...».
A este gracioso divagar de la Soberana contesté con generalidades o conceptos comunes. Poco lucida era la conversación, sin nada en que se revelara la grandeza de la persona con quien yo tenía el honor de hablar. En una de las transiciones que Su Majestad hacía para variar los asuntos, noté —270→ más viveza en el cambio de tonalidad; vi en su rostro una inflexión penosa; por un instante vaciló, dejando una palabra para tomar otra. Sin duda quería Isabel hablarme de algo cuya forma verbal no afluía fácilmente de sus labios como los anteriores temas, que venían a ser gacetillas ennoblecidas por la palabra Real. Por fin, poniendo cara compasiva, y agraciándome con una sonrisa bondadosa que a mi parecer a la de los ángeles igualaba, me dijo: «Mira, Beramendi, de tu asunto me ocuparé con muchísimo interés. Hoy no puedo decirte nada concreto, no puedo... vamos, que no puedo. Pero cree que no habrá para mí mayor gusto que complacerte. Quisiera contentar a todos, y que nadie tuviese en España ningún... vamos, ninguna pretensión que yo no pudiera satisfacer... ¡Pero hay tantos, tantos que a mí vienen, y yo...! ¡Pobre de mí! no puedo ser tan buena como quiero...».
Yo no sabía qué decir; no comprendía ni palabra. ¿Qué asunto mío era aquel en que no podía complacerme? Por mi desgracia no caí en la cuenta de que Su Majestad era víctima de un error, y relacioné sus manifestaciones con el ridículo plan de mi suegro de obtener para mí un cargo en Palacio. Algo de esto me había dicho también Narváez; yo no hice caso. La Reina, obcecada, remató mi confusión con estos conceptos, un poco menos obscuros que los anteriores: «Narváez me habló; me habló Santa Coloma por encargo de tu suegro. A ti te digo lo —271→ que a ellos dije... que lo haré más adelante. Siento un deseo vivísimo de complacerte, como a todo el mundo... Ten un poco de paciencia, y aguárdate un mes, dos meses...».
A decirle iba que no tengo ningun interés en ocupar un puesto palatino; pero por no desautorizar a Narváez ni a mi suegro me callé. Estas discreciones ridículas, en la conversación con Reyes, le comprometen a uno tanto como las indiscreciones más estúpidas... Me limité a indicar: «No se inquiete Vuestra Majestad por mí. ¡Si para mí es igual!...». Y ella, gozosa de oírme tan poco impaciente, se levantó en son de despedida, y como quien pronuncia la última palabra de un asunto fastidioso, me dijo: «Bueno, Beramendi: queda de mi cuidado... Yo no lo olvido. Será mi mayor gusto... Adiós, Marqués... Confía en tu Reina...».
Le besé la mano y salí aturdido, no sin los resquemores que nos ocasiona la sospecha de haber cometido falta grave de cortesía, por mal entender de las cosas. Aquel confía en tu Reina quedó estampado en mi mente con letras de fuego. No se apartaba de mí la idea de que entre la Reina y yo se cernía... no puedo expresarlo de otro modo... un error formidable, y de que fue gran torpeza mía no disiparlo sobre el terreno. Toda la tarde estuve en esta ansiedad, discurriendo de qué medios valerme para salir de tan cruel incertidumbre. Pero a nadie osaba comunicar mi recelo, por la ridiculez que el caso entrañaba. Figúrese ahora el —272→ pío lector de la Posteridad (si he de merecer ¡vive Dios! el honor de que la Posteridad me lea), cuál sería mi asombro cuando aquella misma noche, acabadito de comer, recibí la visita del Gentilhombre Marqués de Iturbieta, que en mi busca venía de parte de Su Majestad para llevarme inmediatamente a su presencia, ¡a la presencia de Su Majestad!...
Hubo de decírmelo tres veces para que me persuadiese de que no soñaba. «Pero esta no es hora de audiencia -le dije; y el amable señor sólo contestaba dándome prisa para que me vistiera y me fuese con él. Así lo hice, y al cuarto de hora, sin más que una breve antesala, me vi delante de Isabel II, que venía del comedor, elegantísima, descotada con cierta demasía generosa muy de moda hoy, y harto apropiada a la estación canicular... Cuando la vi venir hacia mí, sonriente; cuando alargó su mano hacia la mía, como si quisiera sacarme a bailar, vi en ella una figura ideal, vi a la Reina... harto distinta de la otra Reina que había visto por la mañana, y oí un acento que no me pareció el mismo que, algunas horas antes, pronunciaba las cláusulas vulgarísimas de un coloquio entre señorita pobre y caballero simple. Me dejó atónito y como embelesado con estas sus primeras palabras: «Si no hubieras venido, me habrías hecho pasar una mala noche; tal disgusto tenía yo por la barbaridad que hice esta tarde... Cuando caí en ello no tenía consuelo... —273→ ¡Pero qué habrás pensado de mí!... Puedes creer que es la primera vez en mi vida que esto me pasa...
-Señora -le dije-, no es para que Vuestra Majestad se disguste...
-Pero tú, tonto, ¿por qué no me advertiste... que estaba yo tocando el violón?».
La familiaridad de la frase me hizo reír... «No he tenido sosiego -prosiguió-, hasta que decidí mandarte llamar, para suplicarte que me perdones...
-¡Señora... perdonar!».
Indicándome que me sentara, se sentó ella de través en una silla, apoyando el codo en el respaldo de la misma. «Sí, perdonarme, porque... ¡vaya, que estuve torpísima!... ¡Confundir una persona con otra!... Nunca me había pasado cosa semejante. Lo único que como Reina me han enseñado es el conocimiento de las personas, no confundirlas, no hacer trueques de nombres ni de fisonomías. En este arte he sido siempre muy segura. ¡Cómo que no sé otra cosa!... Pues hoy... ¿Pero dónde tenía yo mi cabeza, Señor?».
Decía esto Su Majestad, firme el brazo en la silla, cogiéndose con la mano derecha el pendiente de la oreja del mismo lado. Y luego, con soberana modestia de gran persona, prosiguió: «Te explicaré en qué consistió el error. Pero antes has de perdonarme.
-Señora, por Dios, no tengo por qué perdonar ofensa que no ha existido.
-¿Qué no? Vas a verlo... Pues como recibo —274→ a tanta gente, como me hablan de este y el otro, como vienen a mí cada día centenares de recomendaciones, no es extraño que alguna vez confunda nombres... asuntos. Las caras no las he confundido nunca: por esto me ha causado tanto enojo la torpeza de hoy. Vamos, que esta tarde, cuando me hicieron comprender mi equivocación... me hubiera pegado... Porque es gran desatino confundir tu cara con la de... Dispénsame que calle este nombre. El milagro puedes saber; el santo no hay para qué.
-Puede Vuestra Majestad callar también el milagro. Yo no necesito explicaciones...
-No, no está mal que lo sepas. Figúrate... Estoy asediada de peticiones... Naturalmente, todo el que algo necesita, acude a mí. Soy la dispensadora de mercedes y gracias, soy la Reina que desea serlo, haciendo felices a todos los españoles, lo que es un poquito difícil... pero, en fin, se hace lo que se puede... Y como yo, si en mí consistiera, a ninguno de los que piden le dejaría ir con las manos vacías, resulta que... En una palabra, un hijo de un Grande de España que va a contraer matrimonio, no el Grande de España, sino el pequeño hijo del Grande, me hizo saber hace días que para sostener el lustre de su nombre le hace falta... una friolera... treinta mil duros... Mayores cantidades que ésas he dado yo sin ton ni son... Por ahí corre un cuento acerca de mí... ¿no lo has oído tú? Pues te lo voy a contar; porque aunque parece cuento, no lo —275→ es; es Historia... sólo que estas cosas no pasan a la Historia... Aún no era yo mayor de edad, cuando un desgraciado caballero, hijo de un servidor muy leal de mi padre y de mi madre, vino a decirme que se veía en grande aprieto, que le ejecutaban, le deshonraban y qué sé yo qué... Vamos, que le hacían falta veinte mil duros... El lloraba pidiéndomelos, y yo lloraba también, más que de pena, de la alegría que me daba el poder remediar tamaña desgracia... ¿Qué creerás que hice? pues llamar a D. Martín de los Heros, que era entonces mi Intendente, y decirle con la mayor naturalidad del mundo: «Heros, tráeme ahora mismo veinte mil duros...». El pobrecito D. Martín, que era más bueno que San José, me miraba y suspiraba, y no decía nada; no se atrevía... Como que nadie se ha cuidado de advertirme las cosas, ni de instruirme, por lo cual yo ignoraba todo, y principalmente las cantidades. Tanto sabía yo lo que son veinte mil duros, como lo que son veinte mil moscas. D. Martín ¿qué hizo? Pues se fue a la Intendencia, y mientras yo estaba de paseo, hizo subir veinte mil duros, en duros ¿eh?, y me los puso sobre la mesa, así, muy apiladitos. ¡Jesús de mi alma! ¡yo que vuelvo del paseo con mi hermana, y me veo aquel catafalco de dinero, aquello que parecía un monte de plata...! Llamo y entra D. Martín, que me acechaba en la cámara próxima. «Intendente, ¿qué es esto?». Y él muy serio: «Señora, esto es lo que Vuestra Majestad me ha pedido, veinte —276→ mil pesos». ¡Ave María Purísima! ¡qué miedo me entró!... «¿Pero es tanto? ¿Pero veinte mil duros son tantísimos duros? No, no es esto lo que yo pedía. Es que no me han enseñado ni siquiera el mucho y poco de las cosas. No, no, Martín: no hay que darle tanto a ese perdido, que según dicen, maltrata a su mujer»... ¿Qué te parece? Pues aquella lección se me ha quedado muy presente, y no fue lección perdida. Por fin, el donativo se redujo a cinco mil duros, y aún me parece que me corrí demasiado.
-La bondad de una Reina justo es que no esté contenida dentro de la prudencia.
-Pero todo tiene un límite, no convenía que me criaran en las Mil y una noches.
-Por lo visto, ni con la lección de Don Martín se ha curado Vuestra Majestad de su esplendidez... El caso de ahora...
-El caso de ahora se inició con petición de treinta mil duros; pero yo los reduje a quince... Lo tremendo es haber confundido al peticionario contigo, quid pro quo muy extraño, pues no os parecéis más que en el título; en las fisonomías, nada. El tiene cara de tonto, y tú de todo lo contrario.
-Señora, ¿cómo agradeceré yo distinción tan grande?
-Pues perdonando mi simpleza y no hablando con nadie de este asunto. ¡Cuidado si estuve torpe y ciega! Y ello fue porque ayer me hablaron del otro, me anunciaron su visita para hoy, y yo me preparé de razones para entretenerle. Al hablarte de tu —277→ suegro me refería... al que va a ser suegro del otro, ¿me entiendes? De ti ya sé que eres casado. Y a propósito: tráeme a tu mujer; deseo conocerla. Entiendo que es muy feliz contigo.
-Señora, si así lo dijeron a Vuestra Majestad, será cierto... pero yo no lo aseguro.
-Pues yo no lo inventé. Alguien me lo ha dicho.
-Señora, no siempre se dice la verdad a los Reyes.
-Según eso, no es verdad que hagas feliz a tu mujer. Es muy buena. ¿También en eso me han engañado?
-En esto sí que han dicho a Vuestra Majestad una verdad como un templo. Mi mujer es un ángel».
-¡Un ángel! Así llaman a todas las mujeres sufridas. que llevan con paciencia las trastadas de sus maridos... Yo concibo que la mujer modelo sea un demonio. Beramendi...».
Al decir esto, la Reina se levantó. Yo hice lo mismo, creyendo que se me daba señal de retirada. «No, no -me dijo con la mayor delicia de su voz y toda la nobleza de su alma-. Quédate un rato... Te invito a una pequeña soirée... de provincias. Estamos solas mi madre y yo, con el Rey y algunos amigos».
—278→
La señora Posteridad se hará cargo de mi satisfacción y gratitud por tantas bondades. Retirose Su Majestad, y a poco entraron en la sala donde yo estaba, el pianista Guelbenzu, amigo mío; la dama de servicio, Condesa de Sevilla la Nueva, y Bravo Murillo, Ministro de jornada. Pasamos a un salón próximo, donde volví a ver a Isabel II, acompañada del Rey y de la Reina Madre, con D. Fernando Muñoz y dos o tres figuras palatinas. Amabilidad ceremoniosa y fría merecí del Rey, que algo me dijo, sonriendo, del quid pro quo motivo de mi presencia en Palacio. Doña María Cristina, a quien me presentó su hija, acogiome con notoria sequedad, y en su mirada recelosa leí estos o parecidos pensamientos: «¿Quién será este pájaro?... ¿A qué vendrá éste aquí?...». Don Fernando Muñoz me hizo varias preguntas con acompasada rigidez, propia de un examen, y luego me habló de Roma y sus monumentos, con erudición fresca, reciente, aprendida de los cicerones.
Mientras escuchaba yo al Duque, la Reina, no lejos de mí, hablaba con Guelbenzu de programas musicales. «Esta noche no canto -le decía-. Tengo la voz tomada...». La vi acercarse a un espejo Psiquis, arrimado —279→ al ángulo del salón, y contemplarse un instante, componiendo con sutil mano los bandós que rodean sus orejas, y recogiendo un poco el escote que se abría demasiado. Después vino a mí; reparé su andar ligero, los pies chicos con zapatitos blancos que sacudían los bordes de estas faldas en forma de campana que ahora se usan... Yo me condolí de mi desgracia, pues desgracia era, y de las más grandes, que Su Majestad no se dignara cantar aquella noche; y ella me dijo: «Pues mira, no pierdes nada con no oírme, porque canto muy mal. Además, estoy perdida de la voz. En los jardines me enfrié esta tarde. Oiremos a Guelbenzu solo, y todos vamos ganando». Bruscamente, saltando de un asunto a otro, como el pájaro que aletea de rama en rama, me dijo: «Beramendi, ¿no tienes tú ninguna Gran Cruz?... ¿que no? Pues es preciso que tengas una, la que quieras...». Me incliné. D. Fernando Muñoz, que no se movía de mi lado como si montara una guardia, quiso introducir otro tema de conversación; pero no le resultó el juego, y la Reina, sin parar mientes en su padrastro morganático, continuó así: «El 25 tengo Besamanos, por ser los días de mi hermana. Vendrá Narváez, y le diré lo de tu Gran Cruz. Ya sé que Narváez es amigo tuyo... Pero di una cosa: ¿puedes tú aguantarle? Cuidado, que de Narváez no puedo decir nada que no sea para colmarle de elogios, como militar valiente, como hombre de gobierno; ¡pero qué genio, Señor!... En su casa —280→ no te sufre más que Bodega, que debe de ser un santo.
-El genio fuerte del General -dijo Muñoz-, tiene su razón de ser. Con blanduras no hay modo de gobernar a este país.
-Ciertamente -indiqué yo-. Y también puede asegurarse que el General no es todo asperezas. En más de una ocasión le he visto cariñoso, amabilísimo...
-Esas ocasiones habrán sido pocas para su mujer -afirmó la Reina-. La pobre Duquesa de Valencia no gusta de vivir en Madrid. Su marido la trata peor que a los progresistas. Pero, en fin, el hombre vale mucho, y se le pueden perdonar las rabietas por el talento que tiene, y aquella firmeza de carácter... Por cierto que a ti te aprecia, te quiere: me lo dijo. Y a propósito, Beramendi: ¿es cierto que estás escribiendo la Historia del Papado? A mí me lo han dicho.
-Algo de esto oí yo también -apuntó D. Fernando Muñoz por no estar silencioso.
Respondí que, en efecto, había pensado escribir esa Historia, pero que las dificultades del asunto me habían hecho desistir...
«Pues es lástima, porque ahí tendrías campo ancho donde lucirte. ¡Y que no harías poco servicio a la Religión! Al Santo Padre le había de gustar muchísimo que escribieras las Vidas de todos sus antecesores desde San Pedro...».
El movimiento de las figuras que componían la reunión era determinado por la Reina, que pasaba de grupo en grupo. Dirigiéndose —281→ a Bravo Murillo, me libró de la guardia del Duque de Riánsares, que allá se fue también, y la razón de esto voy a decirla al instante. En estos días ha corrido la voz de que abandona D. Alejandro Mon el Ministerio de Hacienda, y que le sustituye Bravo Murillo. Descontentísimo del asturiano está el Sr. Muñoz, porque aquel se ha cansado de colocarle la interminable cáfila de parientes y demás indígenas de Tarancón, y en cuanto vio que la Reina hablaba con el Ministro de Instrucción y Comercio, acudió a olfatear si es cierto lo del cambio ministerial. Cierto debe de ser a juzgar por el interés del diálogo que en aquel grupo observé, mediando principalmente la Reina Madre. En uno de estos pases y renovación de los corrillos, vine a encontrarme junto a D. Francisco y la Camarista. Díjome el Rey: «Es preciso hacer tocar a Guelbenzu las sonatas de ese Beethoven... Oirá usted la mejor música que se ha escrito en el mundo». Intervino la dama para revelarnos que como Los Puritanos no hay nada... Sonó el piano: no me fijé en lo que tocó el maestro, ni puedo apreciar el tiempo que duró la tocata. Sólo sé que un ratito estuve en pie junto a la Reina sentada, y que ella me dijo: «Es natural que no estés alegre, a pesar de la buena música... Comprendo que tienes tu pensamiento lejos de aquí... No creas, por ello te aplaudo. Eres consecuente...». Contesté que nada echaba de menos, ni lamentaba ausencias; y ella prosiguió: «A propósito, Marqués, o sin venir —282→ a cuento, si quieres: esta tarde he visto a la moruna y he hablado con ella. Es una mujer interesantísima». Me disculpé, negué: vano empeño mío. Levantose Su Majestad, y dando yo algunos pasos en pos de ella, pude recibir de sus labios esta donosa prueba de confianza, que me encantó: «Lo sé todo, como dicen en esa pieza de cuyo título no me acuerdo; lo sé todo, Marqués; te alabo el gusto». No me dio tiempo a contestarle, pues era como la mariposa, que apenas pica en una flor, en busca de otra vuela.
Minutos después, la Reina Madre me preguntaba si conocía yo Nápoles, y Bravo Murillo se condolió de que yo hubiera desistido de escribir la Historia de toditos los Papas, obra que sería, sin duda, de las más edificantes. Ya me iba cargando a mí tanta insistencia sobre un propósito que nunca tuve; mas como no podía contestar con una grosería, hube de aguantar la mecha y decir que sí, que no y qué sé yo. Fácilmente, las conversaciones con personas Reales le llevan a uno a las mayores hipocresías del pensamiento, y a las más chabacanas formas del lenguaje. Sólo la Reina con su libre iniciativa y su arte delicioso para revestir de gracia la etiqueta, rompía la entonada vulgaridad del hablar palatino. Ya muy avanzada la reunión, en pie los dos, me dijo que no se contenta con darme a mí la Gran Cruz, sino que también dará a María Ignacia la banda de María Luisa. Su deseo es recompensar a las personas que lo merecen, y yo soy de los —283→ primeros, no sólo por mi adhesión a la Real familia, sino por mi inteligencia de escritor, pues si no he podido escribir aún la Historia del Papado (¡otra vez!), la escribiré, que viene a ser lo mismo. «Tengo la convicción -añadió-, de que eres de los buenos, de los seguros, y la independencia que disfrutas garantiza tu lealtad. Me dijo Narváez que tu suegro era partidario de mi primo Montemolín, y que tú le has quitado de la cabeza esa debilidad, ganándole para mi causa. Te lo agradezco mucho. La verdad es que Dios me ha traído al mundo con bendición, pues bendición es el sin número de personas honradas que me han defendido, me defienden y me defenderán en lo que me quede de reinado. He sido muy dichosa... Tú calcula los miles de hombres que se han dejado matar por mí, y los que aún harán lo mismo cuando llegue el caso, que ojalá no llegue... Por eso quiero yo tanto al pueblo español, y, créelo, estoy siempre pensando en él... ¡Qué pueblo tan bueno! ¿verdad? Él me adora y yo lo adoro a él... Muchas veces, cuando estoy solita, cierro los ojos y procuro borrar de mi memoria las caras que comúnmente veo, toda esta gente de Palacio, y los Ministros y Generales... Pues lo hago para representarme el pueblo, de quien sale todo, los pobrecitos españoles esparcidos por tantas villas, aldeas, valles y montes. Ellos son los que sostienen este trono mío, y me amparan con sus haciendas y sus vidas. Y yo digo: «Por fuerza pensarán en mí, como yo pienso —284→ en ellos, y al nombrarme dirán: nuestra Reina, como yo digo: mi Pueblo...».
A tan nobles palabras contesté con las más expresivas de gratitud y amor que se me ocurrían, y pensé que Su Majestad y yo nos parecemos: padece la efusión popular.
«Por mi parte hago lo que puedo para que mi pueblo sea feliz -declaró Isabel contestando a un concepto mío-. ¡Y cuidado si es difícil esto de la felicidad de un pueblo! Porque uno viene y te dice una cosa, y luego entra otro y te dice otra cosa, y por aquí salta una capital gritando tal y que sé yo, y por allá otra grita lo contrario. Ya ves que no es fácil percibir la verdad en medio de esta grillera. Nunca sabe una si acierta o no acierta. ¿De quién hacer caso, a quién oír? Porque esto no se estudia, y aunque yo me aprendiera de memoria cuanto dicen los libros sobre los modos de gobernar, no adelantaría nada. No queda más que la inspiración, y pedir a Dios que me dirija, que me ponga las cosas bien claras, de modo que yo las pueda resolver. De Dios viene todo lo bueno... Dios, que ha permitido los sacrificios que este pueblo ha hecho por mí, me iluminará para que yo no resulte una ingrata.
-Seguramente, la inspiración del Cielo debe guiar a todo Soberano -le dije permitiéndome aconsejarle sin lisonja-. Pero cuide mucho Vuestra Majestad de ver de dónde viene, y quién se la trae. Porque entre muchas —285→ inspiraciones verdaderamente celestiales, podría venir alguna que no lo fuese...
-¡Oh, no! ya tengo yo cuidado -replicó-. Las personas que traen la inspiración de arriba, muy pronto se conocen... Mi sistema es ponerme en brazos de la Providencia. ¿Quién ha sacado adelante mi causa y este trono mío más que la Providencia? Pues Dios no abandona a Isabel II, Dios quiere a Isabel II.
-Sin duda...».
Con mucho salero se echó a reír Su Majestad, repitiendo la popular frase Fíate de la Virgen y no corras, y luego añadió: «No: yo no me entrego a una confianza ciega, ni espero de Dios que vaya diciéndome todo lo que tengo que hacer... Algo ha de discurrir una por sí... yo cavilo también un poquito... Verdad que me canso pronto. ¡Es tan fácil y tan cómodo no pensar nada!... Pues sí, yo pienso... Y a donde no llega la razón, llega el sentimiento: ¿no opinas tú lo mismo? Sentimos una cosa... Pues aquello es lo mejor.
-No siempre, señora.
-Sentimos, y... Sí, sintiendo acertamos.
-Se corre el riesgo, por ese camino, de sentir y pensar algo que luego a Dios no le parece bien. Y Dios se vuelve y dice: ¡pero si no es eso lo que yo te inspiré!...
-¡Ay! en lo que Dios inspira no nos equivocamos... No hay guía como nuestro corazón.
-No es mala guía; pero que vaya con él —286→ la razón -le contesté hablándole como a una niña-. Así lo quiere Dios, y si no lo hacemos se incomoda y nos pega.
-¡Ah!... Dios es muy bueno... bueno con los buenos, se entiende, que no tienen malas entrañas. Es soberanamente bondadoso, y se enfada menos de lo que dicen. Esas voces de los enfados de Dios las hacen correr los malos, que temen el castigo.
-Nadie como Vuestra Majestad puede asegurar que Dios es bueno... Pero por lo mismo que ha sido tan pródigo con la Reina de España, no debe la Reina de España pedirle demasiado.
-Vaya, explícame bien eso. ¿Qué has querido decir? Te autorizo para que me hables con la mayor franqueza.
-Pues diré que Vuestra Majestad tiene un gran corazón, y en él inmensos tesoros de bondad, de generosidad y ternura que no deben ser derrochados. No olvide Isabel II la lección de D. Martín de los Heros, y antes de regalar veinte mil duros de corazón, fíjese bien en el bulto que hacen apilados estos veinte mil duros de corazón, y asústese ahora, como se asustó entonces, y rebaje, rebaje, y no dé más que cinco mil... y mejor si los reduce a reales... Señora, yo me permito abusar de la autorización de franqueza que mi Reina me ha dado, y digo mil disparates, que Vuestra Majestad se dignará perdonarme.
-No, no -dijo Isabel revistiendo de gravedad su picaresco rostro-. Has hablado —287→ como un libro, como hablará la Historia de los Papas cuando la escribas».
Un nuevo movimiento de las figuras de la reunión puso fin a este sabroso diálogo. Volví a encontrarme junto al Rey, mejor dicho, vino él hacia mí, y me dijo: «¿Y por qué no se decide usted a darnos una Historia de España verdad? Está por escribir... Todo lo que va de siglo es interesantísimo, y pues no parece fácil superar a Toreno en la guerra de la Independencia, el historiador que tal emprenda debe empezar en el 14, cuando mi tío volvió a España... Una Historia imparcial, que se aparte del criterio extremado de las facciones; una relación verídica, escrita con talento, revisada por personas peritas, y autorizada por la Iglesia, crea usted que sería una gran cosa. Y la publicación de esa obra, no faltará quien la patrocine». Contesté reconociendo la importancia de un trabajo tan considerable, y la cortedad de mis fuerzas para realizarlo... Arrimose a la sazón la Reina a los que de ello hablábamos, y éramos ya más de dos, por inopinado crecimiento del grupo, y nos dijo: «¿Hablan de escribir la Historia de Isabel II? Sí, Beramendi, sí... Yo subvenciono esa obra.
-Es pronto -afirmó el Rey con gran sentido-: no ha de ir el historiador por delante del Reinado, sino detrás...
-¿Y por qué no han de ir juntos, cogiditos de la mano? -indicó la Reina.
-Porque la Historia verde sabe mal, como —288→ la fruta. Hay que dejarla madurar en el árbol.
-¿De modo -dijo Su Majestad haciendo reír a todos con su donosa ocurrencia-, que aún estamos verdes? Más vale así... Pues yo deseo que pronto hablen y escriban de mí, por supuesto que escriban bien, elogiándome mucho y poniéndome en las nubes... Yo aspiro a que de mi Reinado se cuenten maravillas.
-Los pueblos más felices -dijo Montesquieu por boca del Rey-, son aquellos cuya Historia es fastidiosa.
-Pues yo no quiero -afirmó la Reina-, que al leer mi Reinado bostece la gente... ¡Historia fastidiosa! Eso ni deleita ni enseña.
-La de España -indicó María Cristina, melancólica-, es y será siempre un folletín.
-Mamá, eso es tener mala idea de los españoles.
-Tengo la que ellos me han dado -replicó la ex-Gobernadora.
-Los españoles son buenos, valientes, honrados, caballeros -declaró Isabel-; en general, se entiende, porque ¡también hay cada pillo...!».
Encontrándonos de nuevo frente a frente, me dijo: «¿No crees tú que la Crónica mía, la de mi Reinado será bella?
-Bella será... ¿pero quién asegura que no será también triste?
-¿Por qué?... Me asustas... Yo no ceso de pensar en mi Historia, y me la represento como una matrona gallardísima...
—289→-Sí, con un laurel en la mano y un león a los pies. Esa es la Historia oficial, académica y mentirosa. La que merece ser escrita es la del Ser Español, la del Alma Española, en la cual van confundidos pueblo y corona, súbditos y reyes...
-¡Oh, sí!... así debe ser.
-Y esa Historia me la represento yo como una diosa, mujer real y al propio tiempo divina, de perfecta hermosura...
-Vestidita por la moda griega, con túnica muy ceñida, que marque bien las formas. Así representa el Arte todo lo ideal, así el ser de las cosas, así el alma de los pueblos... Esa figura que tú ves, como española castiza, será morena.
-Tostada del sol, de este sol de España, que no es un sol cualquiera.
-Y la verás esbeltísima, con poca ropa, descalza... no diré que sucia, sino empolvada... naturalmente, de andar por estos caminos y vericuetos del demonio, por tanta sierra, por tanto páramo... País grandioso el nuestro, pero empolvado...
-¡Oh, qué bien lo expresa Vuestra Majestad!».
Al decir yo esto, sentí turbación angustiosa. Hallábame solo, apartado en un ángulo de la sala. Me asaltó la duda de que la Reina me hubiese ayudado, dialogando conmigo, a la descripción de la bella figura que veo y siento... Pronto adquirí la certidumbre de que yo me lo había pensado y dicho solo... Cuando dije a Su Majestad que la Historia —290→ de su Reinado podría ser triste, ella no pronunció más que estas palabras: «¿Por qué?... ¡Me asustas!» y se alejó de mí, solicitada su atención de los otros grupos. Lo demás que hablamos, lo hablé para mí, súbitamente atacado del mal de Lucila, de la efusión que llamo estética y popular.
Llegó el instante final. La Reina y demás personas augustas nos hicieron reverencia y se retiraron. Los que no somos augustos nos fuimos a la calle. En la escalera de Palacio, resplandeciente en la obscuridad de los jardines, llevaba conmigo la imagen de aquella ideal princesa Illipulicia, soñada por el celtíbero Miedes. Toda la noche me la pasé en este delirio... Mi cerebro era una linterna mágica. Reproducía en serie circular la plataforma del Castillo de Atienza, el patio de San Ginés, un cielo turbio, un suelo árido, una estancia del Alcázar Real... Isabel, vestida de manola, me decía que escribiese su Historia; Lucila callaba siempre, imagen y representación del inmenso enigma.
San Ildefonso, Septiembre.- El 25 de Agosto, día de San Luis Rey de Francia, a los pocos de mi doble entrevista con la Reina, fue para mí memorable, por la aglomeración y enracimado de sucesos que voy a —291→ enumerar. Asistí al Besamanos; vi a Narváez y a Sartorius; vi a D. Saturno con un resplandeciente uniforme no sé de qué, cubierto el pecho de cruces y cintajos de variados colorines; en los dorados salones tuve el honor de ser presentado al Nuncio de Su Santidad, monseñor Brunelli, y al Embajador de Austria, un caballero muy guapo vestido de magiar; y en fin, terminada la ceremonia palatina, bajé al parque con toda la Corte, y corrieron las fuentes en presencia de Su Majestad, soberana pastora de aquella Arcadia de abanicos. Mi mujer también paseó por los jardines, y juntos disfrutamos de aquel lindo espectáculo de las aguas amaestradas y sacadas a bailar sobre el verdor de los parterres y arboledas. En el teatro, donde cantaron Don Pasquale por despedida, vi a Eufrasia, que con misterio de ópera cómica me dijo que se hablaba sotto voce de mis frecuentes visititas a Palacio. No le hice caso: yo no había vuelto allá desde la soirée que he escrito.
A Narváez le vi al anochecer en la Casa de Canónigos, y me dijo... ¿qué me dijo? Ya no me acuerdo... No sé cómo tengo mi cabeza. De dos semanas acá, mi aturdimiento y mis distracciones graves suscitan alarmas de mi cara esposa, que inquieta por mi salud me somete a cariñosos interrogatorios acerca de cuanto hago y dejo de hacer, de cuanto hablo, pienso y sueño. «No es nada, mujer -le contesto yo, que a todo antepongo su tranquilidad-; no es más que... eso que —292→ padezco, y que me ataca de vez en cuando, la efusión... ¿de qué?, la efusión de lo ideal, de lo desconocido, de lo que debiendo existir no existe. Volvemos a lo mismo: yo debí dedicarme a un arte, y en él habría sido maestro... Pero no tengo arte, y mis facultades funcionan en el vacío... No me hagas reír, mujer. ¿Qué dices, que el ser padre es un arte?... ¿padre de muchos hijos...? Bueno, mujer. Lo admito, si en ello te empeñas... Pero ese arte, como la historia de un reinado que empieza, está todavía verde».
Ahora me acuerdo de lo que me dijo Narváez. Fue de lo más insignificante, y en realidad no merece ser transcrito. «Yo me vuelvo a Madrid, y dentro de unos días saldré para las aguas de Puertollano... Aquí nada tiene usted ya que hacer. Pronto se irá la Corte. Se le van a usted la Marquesa de Capricornio y los demás enredillos que tiene el pollo aquí... A mi regreso de la Mancha espero encontrarle a usted en los Madriles...». En efecto, pasados algunos días, desapareció la Corte; partió Eufrasia sin despedirse de mí, y el Real Sitio, árboles y flores, aguas transparentes y sutiles aires, se adormecían lentamente en una soledad dulce y fresca. Contenta de esta soledad, mi mujer desea permanecer hasta fin de Septiembre, y del mismo parecer son sus padres. Yo lo apruebo. Deseo el descanso.
Madrid, Octubre.- Ya estamos aquí. Escribo en el Congreso. Nada digno de mención nos ocurrió en la Granja después de la partida —293→ de la Corte, como no sea la tranquilidad que disfruté, la íntima vida que hice con mi mujer, consagrándole yo todos los instantes de mi vida, y las feroces mañas que va sacando mi hijo, las cuales manifiesta tirándome del bigote hasta hacerme llorar...
La traviesa, la diabólica Eufrasia no ha vuelto a llevarme a la isla de Paphos (Casino de la Reina). La he visto poco y de prisa, coincidiendo en visitas, o encontrándonos en el Prado, y no he podido hablar con ella detenidamente de cosa alguna. Sus ojos, que ni en las ocasiones de mayor disimulo dejan de ser elocuentes, me dicen que se halla en grave crisis de ambición o de amor. El anuncio que le hice de la pronta concesión del título, no produjo en ella la grata sorpresa que yo esperaba. «¿Y hemos de agradecerlo al Espadón? -me dijo-. Pues que nos titulen Marqueses de la Ingratitud».
Y voy con el asunto que, a mi entender, merece aquí preferente lugar, por el grande espacio que ocupa en mi espíritu noche y día. Ya dije que entre los pobres pedigüeños de la parroquia de San Ginés, hay uno con quien entablé relaciones policíacas, socolor de caridad, tocantes al descubrimiento de la hermosura celtíbera vista y evaporada en la puerta de aquella sacra mansión. Mi amigo, que me ha resultado también celtíbero de los llamados Ilergetes, consagró su vida al negocio de sanguijuelas en tierras de Teruel... Es hombre muy corrido; peleó por —294→ D. Carlos en la partida del Serrador, y establecido por fin en Madrid como herbolista, ha venido por sucesivas desgracias comerciales y domésticas a la mísera condición presente. Conserva el hombre agilidad de piernas y lucidez del entendimiento, lo que no es poca ventaja para el trabajo diplomático que yo le encomendé; pero tales partes pierden mucho de su energía por la deplorable ruina de otras: uno de los brazos, envuelto en amarillas bayetas, no funciona; el cuello se le tuerce del lado izquierdo, los ojos son como fuentes, y la lengua y boca sufren de un paralís que desfigura su sintaxis y su pronunciación, pues por causa de tal dolencia compone los conceptos al revés, y suele comerse las primeras sílabas de las palabras más importantes. Con todos estos inconvenientes, el pobre Gambito, que tal es su nombre o su apodo, me sirve bien, añadiendo a sus incompletas facultades una voluntad y una diligencia increíbles.
Antes de irme a la Granja, díjome que la hermosa mujer había vuelto, sin hacer más que llegarse a la sacristía con una carta... ¿Para quién? Para un capellán, que habría estado en la iglesia, sino estuviera en el cementerio: había fallecido dos días antes... Desconsolada se fue la moza llevándose la carta. ¿De quién era esta? Gambito no lo sabía ni pudo averiguarlo entonces. A mi regreso de la Granja, estimulado el hombre por mis donativos, y en espera de mayor recompensa, me da cuenta de sus minuciosas —295→ pesquisas en Agosto y Septiembre, y de ellas resulta una luz desigual, que tan pronto esclarece el asunto como lo rodea de mayores tinieblas. Con mi feliz memoria reproduzco textualmente el informe, componiendo a mi modo la sintaxis, y supliendo las sílabas comidas: «El Surez Jeromo entró servicio de Colapios (los Escolapios) señores Padres de Tafe (Getafe), y la su hija, que la llaman Cigüela (Lucihuela), moró en una casa de Madres Colapias donde se arrecogen hijas de Padres, o hijas de cualsiquiera Madres putativas...». Para que yo descifrara lo restante de esta jerga hubo de repetirlo una y otra vez, y aún así no pude llegar a la interpretación exacta. Toda la paciencia del mundo no basta para poner en claro los trazos de este borrado palimpsesto. Creo haber sacado en limpio que Lucihuela estuvo unos días en el convento de Jesús, y que después pasó al servicio de un señor que Gambito llama Taja (ignoro el verdadero nombre, al que creo falta una sílaba), administrador de los lavaderos del Pío Infante Don Cisco (traduzco: lavaderos del Príncipe Pío, pertenecientes al infante Don Francisco)...
Débil luz, resplandor vago, ¿a dónde me llevas?
Madrid, 20 de Octubre.- Ayer reventó sobre Madrid una bomba. Pienso que su estruendo formidable es público ruido de los que han de llegar a la Posteridad sin que yo los transmita; pero ahí van por mi cuenta noticias de cómo fue la explosión y de las —296→ cóleras y risas que produjo, refiriendo después el desarrollo de suceso tan extraordinario hasta su inaudita solución. Desde el jueves por la noche empezaron a correr voces de crisis, suponiendo en esta los caracteres más extraños... Oílo yo en casa de María Buschental; mas no le di crédito, y aun me permití negarlo autorizadamente. Por la tarde había yo visto al Duque de Valencia en su casa, y nada le oí que pudiera ser vaticinio de cambio de Gobierno. Pero las afirmaciones que hice no acallaban los rumores, que a cada instante venían más densos y con más visos de verdad, de esa verdad inverosímil que aquí gastamos. «Hay crisis -dijo Carriquiri, entrando a media noche-; la crisis más absurda y más... demagógica que puede imaginarse... Nada: que a D. Ramón, sin decirle oste ni moste, le ponen la cuenta en la mano y le señalan la puerta». Llegó luego Tassara y nos contó que la primera noticia de este gatuperio la tuvo Molins, Ministro de Marina, el cual, comiendo en su casa, recibió un pliego de la Reina, incluyéndole carta que le había escrito su marido, en la cual este le decía en substancia: «Narváez y compinches son unos tales y unos cuales, y para que no acaben de perder a la Nación, hay que sustituirles inmediatamente por estos caballeros muy dignos cuyos nombres van en la adjunta lista».
-¿Quiénes son?
-No recuerdo más que al Conde de Cleonard y al Sr. Cea Bermúdez, Conde de Colombí... —297→ La lista ha sido inspirada por personas que traen recados del Altísimo.
-Esto es ignominioso.
-Esto es simplemente cómico y no puede prevalecer. ¿Y el Duque?
-Al llegar a su casa se encontró con una comunicación semejante a la que recibió Roca de Togores».
Puso fin a la confusión Andrés Borrego, refiriendo que aquella misma tarde (lo sabía de la mejor tinta), habiendo tenido Narváez un soplo de lo que se tramaba, fue a Palacio y habló a la Reina: «Señora, esto se ha dicho, esto se susurra...». Y la Reina le contestó riendo: «No hagas caso. Son patrañas que salen del cuarto de ese...». Oyendo esto, muchos negábamos que pudiera ser verdad; otros lo confirmaban, algunos callaban, mordiéndose las uñas. «Es forzoso -dijo no recuerdo quién-, abrirle a la opinión unas tragaderas del tamaño de esta casa. Según se van poniendo las cosas, todo es posible, todo puede suceder, y no hay bola, por disparatada que sea, que no entrañe la verdad...». Y otro: «La historia de España se nos está volviendo folletín». Y otro: «Eso no lo inventa usted. Es frase de doña María Cristina»... «Pero la Reina Madre habló del folletín sin calificarlo, y ahora debemos decir folletín malo»... «No, folletín tonto». Y todos concluían por llevarse las manos a la cabeza, exclamando: «¡Señores, cómo estará Narváez! Será cosa de alquilar balcones...».
—298→Participando de esta curiosidad, y con medios de satisfacerla, me fui a la Presidencia. Al bajar presuroso por la calle de Alcalá, me encontré a San Román que llevaba la misma dirección y objeto que yo, y hablando del suceso de la noche, entramos en la gruta de la fiera, a quien suponíamos en el paroxismo del furor. Un ayudante nos dijo en la puerta que el General estaba en el palacio de la Reina Madre, y que le aguardaban muchos señores en el salón, ávidos de saber la verdad o mentira de una crisis que parece comedia. Subimos. Entre los que allí esperaban el parto de la Fatalidad (así lo dijo uno de los presentes, creo que Bermúdez de Castro), vi a Sartorius y a D. José Zaragoza, Jefe político de Madrid, el cual hacía rudo contraste con el Ministro, pues si este es la propia distinción y delicadeza, la sangre fría y comedimiento en todas las ocasiones, el diputado por Ciudad Real, cenceño, rudo, de faz temerosa y mirada fulgurante, parece cortado para la acción vehemente y repentina. Otros había en la sala, entre ellos mi hermano Agustín, comentando lo que ignoraban o arrojando bilis sobre lo que sabían; a cada instante entraban más caras de estupefacción, de impaciencia, de ira... Por fin, como todo llega en este mundo, vimos que la mampara roja se abrió con chirrido estridente, por la violencia del golpe que la empujara, y entró Narváez con paso y tiesura de gallo, y sin quitarse el sombrero echó una fulmínea mirada en redondo, —299→ diciendo: «Señores, ya lo ven ustedes: esto no tiene nombre... Sí, sí; lo tiene: es una canallada... ¡Ni entre gitanos, señores; ni entre gitanos!
-¿Qué dice la Reina Madre? -preguntó San Luis, que más que anatemas y desvergüenzas, deseaba hechos para someterlos a un frío examen.
-Doña María Cristina... -contestó el de Loja, ya en el colmo de la fiereza y de la amargura-. Pues nada, señores: que todos son unos. La Reina Madre no sabe nada; dice que no tiene arte ni parte... y yo no sé si creerlo... no creo nada.
-Yo pongo mi mano en el fuego -declaró Sartorius con cierta solemnidad-, por la inocencia de la Reina Cristina en este asunto.
Algo más expresó no sé quién en defensa de la ex-Gobernadora.
«Mi General -dijo con acentos de club el Jefe Político-, bien claro está que la voluntad de Isabel II ha sido secuestrada. Esto es una intriga, y la primera víctima de la intriga es Su Majestad. O no servimos para nada, o debemos echar el cuerpo adelante para amparar a la Reina.
-¡Sacar el cuerpo, yo! Lo he sacado ya mil y mil veces. ¡Si mi cuerpo ¡ajo! es una criba, de los balazos que ha recibido ¡ajo! defendiendo el trono liberal!... Y ya ven el pago... El Gobierno, señores, ha presentado su dimisión. No podía hacer otra cosa sin faltar a la decencia... ¡y a la vergüenza, ¡ajo!... Ceder a esto es declarar que —300→ la vergüenza se ha concluido en España».
Insistió Zaragoza en que esta crisis no es más que una infame celada. «Corramos a Palacio -gritó con destemplada voz-, rompamos los lazos pérfidos que oprimen a Su Majestad.
-El que tenga la cara endurecida para los bofetones y quiera ir a Palacio, que vaya -dijo Narváez sin mirar a nadie, paseándose, la vista arrastrada por el suelo-. Yo no me expongo a que un mequetrefe con medias coloradas, o un fantasmón cargado de veneras, me mande salir a la calle... Vámonos a nuestras casas, y que se arreglen como puedan.
-Mi General -le dijo enfáticamente Don José María Mora-. Usted tiene a su lado la mayoría de las Cortes; usted tiene el Ejército...
-Yo no soy ya jefe del Ejército... Lo es el general Cleonard, que a estas horas habrá jurado en manos de la Reina... ¿Pero no se han enterado todavía, ajo?».
Soltó esta bomba gritando en medio de la sala con gesto de ira y menosprecio, y a sus palabras sucedió un silencio de consternación. Casi todos los presentes, hasta que oyeron aquella declaración fatídica, conservaban un resto de esperanza; algunos, ciegos optimistas, creían que habría componenda, bien porque Narváez hubiese amedrentado a Isabel, bien porque esta pudiera librarse a tiempo del encantamento que aprisionaba su soberano albedrío... La noticia, —301→ dada por el propio Espadón, de que Cleonard juraba, y era ya sin duda Presidente y Ministro de la Guerra, abatió grandemente los ánimos.
«Pues si es así -murmuró mi hermano Agustín-, digo que esa señora está loca.
-Encantada, señores, o hechizada como el Carlos II.
-El hechizado aquí soy yo... y después sacado a bailar -dijo Narváez pasando de la cólera al sarcasmo-. ¿Pues no querían que refrendara yo los decretos? Todos están locos allá... ¡A fe que tengo yo cara de zurcidor de estos... líos! Molins ha ido a Palacio a ejercer de escribano...
-Mi General -declaró el impetuoso Don José Zaragoza avanzando al centro de la sala-, el Jefe Político de Madrid sabe dónde se ha tramado este maquiavelismo. Ya no tengo por qué guardar secreto. En la Escuela Pía de San Antón se reunieron esta tarde los que serán compañeros del Sr. Cleonard en el flamante Ministerio, y los que han engañado a nuestra querida Soberana. Los conozco a todos; sé cuanto allí pasó y cuantos disparates allí se hablaron. Había en la reunión hombres que quieren ser públicos, y mujeres que lo fueron. Al anochecer trasladáronse todos en coches al convento de Jesús a recibir órdenes... Lo mismo se hizo hace ocho días; pero la Monja que da la consigna les dijo entonces: «Aún es pronto, hijos míos. Esperad hasta que yo os avise. La Reina no cede. Ya cederá...». Hoy, la impostora —302→ les ha dicho que todo estaba hecho, y locos de contento se han ido al cuarto del Rey, el cual los presentó a su augusta esposa. La Reina... me consta, señores, y lo aseguro como si lo hubiera visto... nuestra amada Soberana habló con ellos un momento... les despidió diciendo a los nuevos gobernantes que mañana jurarán, y luego rompió a llorar... Pues bien, mi General: conozco a todos los que andan en esta intriga, y tengo notas bien claras de sus domicilios... Con media palabra que se me diga, voy y los prendo a todos antes que sea de día, sin distinción de sexo, calidad ni estado, sin reparar en uniformes ni en faldas, ni en hábitos ni en sobrepellices, y mañana, es decir, hoy, antes de las ocho salen para Leganés, y de Leganés, por la tarde para donde se disponga, sea Cádiz, sea Cartagena, que no faltará un cachucho en un puerto o en otro, que los lleve a tomar los aires de Filipinas... Esto haré, si el Jefe lo manda, y respondo de que no es atropello, sino justicia».
Pausa. El murmullo que resonó en la sala demostraba cuán feliz y oportuno pareció a todos los presentes este atrevido plan policíaco.
—303→
No tardó en llegar Molins, próximas ya las tres de la madrugada. Es este un caballero tan acompasado en la vida social como en la política, como en la literaria. Sus actitudes son como sus versos; sus actos como sus discursos, y su traje como toda su correcta y atildadísima persona. Su estatura es aventajada, su talle esbelto, su rostro grave, abundante el cabello en cabeza y barba, la dentadura perfecta, todo suyo y de intachable limpieza. En el trato cautiva, en la oratoria instruye más que arrebata, en la conversación corriente se oye y se le oye con agrado. Aunque allí le esperaban como agua de Mayo, ansiosos de conocer lo ocurrido en la refrendación, el Ministro de Marina no se precipitó a narrar el acto: es hombre que en nada se precipita. Venía de uniforme, el peinado sentadísimo, sin que un solo pelo se desmandara; traía cara melancólica, como de quien sabe apreciar serenamente el punto y ocasión en que los sucesos particulares revisten la suficiente gravedad para convertirse en históricos. Ama con caballeresco ardor, de índole política, a nuestra excelsa Soberana y al Principio que representa, y cree en la ficción Constitucional-Monárquico-Parlamentaria, —304→ como se cree en los Misterios dogmáticos, sin entender ni jota de ellos.
Con elegancia narrativa dio cuenta Molins de su cometido, y la serenidad y pulcritud de su palabra fueron como bálsamo que aplacaba la irritación de que los oyentes estaban poseídos. El hecho que refirió habría carecido totalmente de interés si el cuentadante no hubiera marcado muy bien en el relato la nota patética, que acrecía su valor histórico. La Reina, en todo el tiempo que duraron los trámites, no cesaba de llorar, y a la conclusión, su dolor parecía no tener consuelo.
Maravillados escucharon todos esta relación, y la crítica del suceso adquirió un tinte compasivo. No quedaba duda de que circunstancias y resortes misteriosos, que los de fuera no podían penetrar, constreñían a Isabel II a cambiar de Gobierno.
«¡La Reina está secuestrada! -gritaron algunos; y otros-: ¡Salvemos a la Reina!».
Y Ruiz Cermeño, diputado por Arévalo, con calma y agudeza, como hombre que se precia de penetrar hasta el fondo de las cosas, nos dijo a los que le rodeábamos: «Esto es un golpe de Estado, un verdadero golpe de Estado». Mi hermano Agustín, que tan hondamente se afana por el porvenir de esta Nación, no dejaba de expresar sus temores: «¡Pero el Régimen, Señor...! ¿A dónde va a parar el Régimen con estas cosas?... Y ahora precisamente, cuando el Régimen iba como una seda...».
—305→Lo que contó Molins del llanto amargo de Isabel fue desconsuelo y aflicción de todos, menos de Narváez, el cual, irguiéndose más bravo, echando por aquella boca terno sobre terno, hizo estas terribles manifestaciones: «Dejarla que llore... Ríos de sangre han corrido por causa de ella... Y ahora nos quiere pagar con lágrimas... No queremos lágrimas, sino justicia, razón y formalidad. Se reina con juicio, no con lloriqueos... Ella se ha metido en este pantano... Pues vea cómo sale. Que la saquen los angelitos, o esa beata de las llagas asquerosas... Nosotros, señores, a nuestras casas, a ver pasar la mojiganga Cleonard-Colombi. (Risas.) Usted, amigo Zaragoza, ¿qué ha dicho de prender y de encarcelar? De eso se cuidará el que le suceda, que a estas horas estará usted destituido... y habrán nombrado a un escolapio, o al demandadero de las monjas. (Carcajadas.) El que sea recibirá órdenes de prender a todos los que estamos aquí, a mí el primero... En mi casa me encontrarán. (Rumores.) Con que, caballeros, a dimitir todo el que tenga posición para ello... Arrojarle las posiciones a la cara, para que vea lo que somos. Que el Gobierno encuentre vacantes la multitud de plazas que necesita para monagos, cornudos y demás patulea... La orden del día es esta: ¡vergüenza, dimisiones!».
Conticuere omnes, y empezó el desfile. Vi salir cariacontecidos a Esteban Collantes y a D. José María Mora, al corpulento D. Ramón López Vázquez y al gracioso Vahey, —306→ al narigudo Martínez Almagro y al elegante Lillo. Disponíame yo a partir con mi hermano, cuando me indicó San Román que me quedara de los últimos, pues el General tenía que hablarme. No tuve necesidad de aguardar al día, porque Narváez me cogió por un brazo y llevándome aparte me dijo: «Váyase usted, Beramendi, que es muy tarde. Mañana charlaremos. Si entre tanto ve usted a esa... (y lo soltó redondo), dígale que le cortaré las orejas... cuando la coja, que algún día será».
Madrid, 22 de Octubre.- El viernes 19 fue día grande en Madrid por lo divertido y fecundo en sorpresas. Desde muy temprano se estacionaban grupos frente al Principal, signo infalible de jarana o de expectación, y de doce a una, ya los cafés hervían de gente ociosa, que es la más numerosa gente de esta capital. Desiertas, según oí, estaban las oficinas; un sentimiento de ansiosa interinidad lanzaba a los funcionarios a la calle y a todo sitio donde corrieran auténticas noticias, y aquí y allá los poseedores del presupuesto encontraban la nube de famélicos cesantes. En el tiempo que llevamos de Régimen, el pánico de unos y las esperanzas de otros, confundiéndose, han creado un mundo de necesidades que ha sido y es en España la principal inspiración de los poetas cómicos. Hay una rama de la literatura contemporánea consagrada exclusivamente al turrón y a los hambrientos, sátira en que se moteja a los que comen, y se ridiculiza —307→ a los que piden pan, revelándose el poeta tan necesitado como los lambiones que describe.
En grupos y corrillos se habla del nuevo Ministerio con desprecio y asombro, y menudean las preguntas maleantes: «¿Pero ese Armesto quién es?»... «¿Pueden ustedes decirme quién es ese Manresa?». Entre miles que no saben responder a estas preguntas, sale alguno que tiene vagas noticias de los improvisados hombres públicos. «Pues ese D. Vicente Armesto es empleado supernumerario en el Tribunal de Cuentas, con el sueldo de veinte mil reales...
-¡Vaya una carrerita, señores!... ¿Y es por ventura yerno, sobrino, hermano de leche de alguno de Palacio, o tiene que ver con monjas?
-Es cuñado del general Cleonard... o concuñado, que para el caso es lo mismo... Vaya, señores; yo convido a café y copas al que me diga quién es Colombi.
-Y yo obsequio con un almuerzo al que me demuestre con datos... ha de ser con datos... que Manresa es alguien.
-Hombre, no hay que confundir a Colombi con Manresa, pues de este no se ha podido averiguar sino que no le conoce ni su familia, mientras que Colombi es nuestro embajador en Lisboa, y al parecer hermano del Sr. Cea Bermúdez, de reaccionaria memoria... He oído, no respondo de ello, que ese Sr. Colombi es persona respetable y que no aceptará el cargo... En cuanto a Manresa, —308→ por aquí andaba uno que aseguró conocerle. Es murciano, auditor de Guerra de la categoría de capitán... y está procesado porque de palabra faltó al tribunal, se ignora cómo y cuándo».
Las voces más absurdas y los dicharachos más irrespetuosos animaban los corrillos de la Carrera de San Jerónimo y calle de Sevilla. «Por más que me digan, yo sostengo que ese Padre Fulgencio es un mito. No creo en Padres ni Madres que quitan y ponen Ministros»... «Existe un Pae Fulgencio; pero hay quien dice que es el Pae Cirilo, que se ha cambiado el nombre»... «Todo esto, créanme, es obra de un tal Isidrito, que fue cerero y hoy la persona de mayor metimiento en la Concepción Francisca. Todos los días toma café con ese Manresa en los Dos Amigos, y por las noches lleva los cirios benditos a Palacio, para encender a la Virgen del Olvido que tiene el Rey en su cámara»... «No hay que tomar a broma lo de las llagas, que quien las ha visto de cerca me asegura que son de ley, y que la monja tiene pasadas de parte a parte las palmas de las manos. Las enseña poniéndose en un escabel con los brazos en cruz; pero la del costado, por donde se le ve el corazón, la enseña echándose boca arriba y quedándose en éxtasis»... «Dicen que el primer decreto de Manresa será para nombrar Obispo al Pae Fulgencio, dándole la mitra de Aunque os pese, diócesis de la calle de la Justa»... «Hombre, no: es calle de las Beatas».
—309→Por la tarde, no se hablaba más que de las dimisiones que todo el personal de algún viso arrojaba a la cabeza de los nuevos Consejeros. Dimitía el Capitán General de Madrid, Conde de Mirasol; el Gobernador Militar, el Jefe político, el Alcalde corregidor y las Secretarías en masa de Gobernación y Gracia y Justicia. Al anochecer, decían los guasones que Armesto no admitía la cartera de Hacienda, y que en su lugar se nombraba a un bollero ambulante de la Plaza de Toros, llamado Maza. Corrió el rumor de que el Tribunal Supremo en peso dimitía; que será nombrado Capitán General de Madrid el General Villarreal, convenido de Vergara, y Jefe político el Sr. Ferreira Caamaño. A este señor le conozco: es diputado a Cortes por un distrito de Galicia, y habla con gran violencia dando manotazos. Ha sido juez de primera instancia, jefe político, y hoy está furioso porque el Gobierno no es bastante reaccionario... A costa del Sr. Balboa, a quien llaman Don Trinidad, corren y circulan enormes chirigotas. Su Excelencia, al tomar posesión, dijo a los pocos empleados que concurrieron, que él es muy liberal y que respetará todas las libertades, menos la de imprenta, y luego preguntó cómo se extendían los reales decretos. Cierra la noche con una atmósfera tan densa contra el nuevo Gabinete, del cual hacen descarada burla hasta los chicos de las calles, que hay ya quien profetiza la vuelta de Narváez antes de veinticuatro horas.
—310→Al entrar en mi casa encuentro un billete de Eufrasia, escrito con todo el ingenioso disimulo que acostumbra, fingida letra y firma varonil, diciéndome que tiene que hablarme y que me espera en Gobernación a las nueve de la noche. Según la antigua clave de nuestra criminal correspondencia, artificio vigente en el verano último, Gobernación quiere decir la iglesia de San José, como Gracia y Justicia es San Sebastián, y Hacienda San Ginés. Las iglesias que no tienen más que una puerta se designan con nombres de Direcciones Generales; por ejemplo: Aduanas es el Oratorio del Olivar, Rentas Estancadas las Niñas de Leganés... La hora que se indica de noche se entiende siempre de la mañana... Fui y esperé su salida por la calle de las Torres, sitio muy del caso para figurar un encuentro fortuito, y conferenciar brevemente sobre cualquier asunto, o ponernos de acuerdo para fijar día y hora de bajar al Casino. Generalmente no eran largos mis plantones, porque a tantas cualidades de tacto y agudeza, Eufrasia añadía la preciosa puntualidad. Extrañome anteayer su tardanza, y ya me cansaba de dar vueltas arriba y abajo, cuando me veo venir presurosa por la calle de la Reina con rumbo hacia mí, a Rafaela Milagro, vestida del trapillo de andar por iglesias, armada de ridículo y de un par de libros devotos. Requiriéndome con mirada expresiva para que a su encuentro avanzara, nos pusimos al habla en la citada calle, después en la de San —311→ Jorge, donde de sus labios oí lo que a la letra copio, previa la advertencia de que Rafaela y Eufrasia se comunican y guardan recíprocamente sus secretos con escrupulosa fidelidad: «Pues no puede venir, Pepe, y por eso vengo yo... Me manda que venga... para decirle que no la espere y contarle lo que ha pasado... ¡Ay, hijo! una zaragata horrorosa... que si nos descuidamos saldrá en los papeles, y aumentará el escándalo de esta maldita crisis... Esos señores han faltado, Pepe; se han portado cochinamente, pues harto les consta que si no es por Eufrasia no cogen el Gobierno... Han sido unos puercos... Aguarde que le cuente. Era cosa convenida... si antes no lo supo, sépalo usted ahora... que Saturno sería Ministro de Gracia y Justicia. ¡Qué más natural! ¡Con lo que él sabe de cosas de clero y curia! Y de que así fue tratado solemnemente, pueden dar testimonio el señor Cleonard, Quiroguilla, Rodón, y otros que no nombro. Pues dan la lista a la Reina, y nos encontramos de Ministro de Gracia y Justicia a ese Manresa. Para mí fue como un escopetazo. Eufrasia se voló... Había que oírla. Nos echamos la mantilla, corrimos al convento de Jesús... 'Hija, no se ha podido evitar -le dijeron-. El Sr. Manresa ha sido impuesto por quien puede... Su nombramiento vino de arriba'... Y Eufrasia contestó con salero: 'Por eso parece un pájaro que se ha caído del nido... Pues del nido no me caigo yo, y esta me la pagan'... 'Hija, tenga paciencia, otra vez será'.
—312→»Salimos de allí más furiosas que entramos. Eufrasia mandó recado al Padre Fulgencio llamándole a su casa, y al mediodía... pim... el Padre... Venía temblando, y entró haciendo mil zalamerías... Que lo sentía tanto, que era resolución superior... que al Sr. Manresa no se le podían negar condiciones... en fin, que él lo arreglaría esta misma tarde, pues como gran amigo y capellán de Saturno, contaba con él para el Ministerio... El arreglo, Pepe, vea usted lo que era. Parece que ayer el Sr. Armesto le hacía fu a la cartera de Hacienda, abroncado por las perrerías que le dicen los periódicos. Pues si en efecto no aceptaba, Hacienda ría para Saturno. Eufrasia, hinchadas las narices, y con ese imperio que tiene, le dice: 'Váyase usted ahora mismo, y antes de la noche me lo trae arreglado en esa forma. Si así no lo hace, usted y los demás que nos han dado este bofetón, se acordarán de mí'. ¡Ay, Dios mío, qué cosas pasan! Pues llega el escolapio al anochecer, sudando como un pollo, y con el resuello tan corto como el que se está ahogando...
-¿Y no traía el arreglo?
-¡Qué arreglo ni qué ocho cuartos! Lo que traía era un miedo fenomenal. Verá usted... Que lo sentía muchísimo; que había tenido un gran disgusto; que desde luego contara Saturno con la cartera en la primera crisis parcial; pero que hoy por hoy no podía ser... porque los de arriba... siempre los de arriba, habían dispuesto que en caso de —313→ no admitir el Sr. Armesto, fuera Ministro el Sr. Maza.
-¿Maza? Por eso anoche se hablaba de un bollero...
-No sé si es o no bollero; lo indudable es que a Saturno le han dado el pastel de gato. ¿Verdad que han sido unos grandísimos puercos? Pues considere usted ahora cómo se pondría nuestra amiga... usted que la conoce... cuando el Padre vino con aquellas tintinimarras. Tormenta mayor no he visto nunca. Primero, se quedó lívida... yo pensé que le daba algo... después soltó la risa, una risa sarcástica, como esas de las cómicas en el teatro, cuando fingen que se vuelven locas... yo creí que enloquecía de verdad... después se encaró con el escolapio... Cristeta, que también estaba presente, y yo creímos que le pegaba... A dos dedos estuvieron sus manos de la cara del pobre señor... Y disparándose en gritos, ¡Dios mío, Dios mío, qué cosas salieron por aquella boca!... Cristeta y yo aterradas, Saturno gritándole que callase, y ella, mientras más la amonestaba el marido, más descompuesta y furiosa...
-¿Y el Padre?
-De todos colores, mirando por dónde podría escabullirse... Querido Pepe, no me atrevo a repetir los horrores que oímos, y que el desventurado D. Fulgencio soportó con humildad evangélica... Pero lo más gracioso fue la escena final... Salió escapado el escolapio corriéndose del gabinete a la sala; —314→ pero con el azoramiento de la huida se le olvidó el sombrero de teja; volvía por él... ¿Qué hizo Eufrasia? Agarró el sombrero que estaba en una silla, lo tiró en el suelo, y bailó sobre él un zapateado, dejándolo como usted puede suponer. Después lo arrojó a los pies del clérigo, diciéndole: 'Váyase usted pronto de mi casa, mal caballero y peor sacerdote, y no se le ocurra volver a poner las patas en ella'...
-Y ustedes acudirían a calmarla...
-Calle usted, hijo; tuvimos que acudir a Saturno, que nos dio el gran susto. ¡Vaya un soponcio! A fuerza de refregones, logramos volverle en sí; pero luego se nos puso gravemente enfermo, y a media noche tuvo un vómito de sangre... El pobrecito me parece que no la cuenta... ¡Lo que usted oye!... La leona, que de otra manera no puedo llamarla, está consternadísima. Me dijo: 'Rafaela, vete a San José por la calle de las Torres, y entérale de la situación'... Esta mañana Saturno ha pedido confesarse.
-¿Pero tan grave está?
-Y no es para menos, Pepe. A cualquiera le doy yo este desengaño. ¡Pues no estaba poco consentido en que sería Ministro! Y sobre el disgusto, el escándalo... El pobrecito ha pedido los Sacramentos... Y aquí me tiene usted con el encargo de buscarle confesor... porque no hemos de llevarle el suyo, que era el dichoso Fulgencio... Ahora, una vez informado usted de estas trapisondas, entraré en San José, y si no encuentro al —315→ padre Morales, iré a Monserrat en busca del padre Claret... Vaya, Pepe, adiós. Le diré que le he visto a usted tan bueno y tan guapo. Dígame: ¿cree que este maldito Ministerio durará mucho?
-Muchísimo: según mis informes, tendrá una vida muy larga... lo menos de veinticuatro horas.
-¿Es de verdad? ¡Oh, qué noticia le llevo a la pobre Eufrasia! Aunque resulte falsa, se consolará con ella... Adiós, hijo, adiós».
Página histórica me pareció el verídico cuento traído por Rafaela, y pensando en él y en la profunda lección que entraña, me fui a correr por Madrid en busca de las novedades que diera de sí el día, las cuales se me antojó que habían de ser gordas y buenas. No me equivoqué. Menudeaban las dimisiones; los valores públicos, que el viernes coadyuvaron no poco a la rechifla del nuevo Gabinete, bajándose dos enteros, seguirían descendiendo el sábado, según opinión de todos los agentes y bolsistas que encontré por las calles. Engrosaban los grupos. Contáronme los empleados de la Secretaría de Gobernación que D. Trinidad no resolvía nada, y asombrado de recibir dimisiones, se pasaba el tiempo enterándose, con infantiles —316→ preguntas, de las funciones más elementales de su cargo. En Hacienda, supe que había tomado la cartera el Sr. Armesto, vencidos sus escrúpulos, y en Guerra funcionaba ya el Sr. Cleonard, determinando... que no podía ni sabía resolver nada. Por la tarde, cruzando Narváez a pie la Puerta del Sol, fue aclamado por la multitud. Así se contó en la redacción de El Heraldo. No presencié yo el caso; mis noticias fueron que no hubo aclamación, sino un respetuoso saludar del público y frases de simpatía. Me lo figuro con su andar de gallo arrogante, por entre el gentío, recibiendo las demostraciones afectuosas, y contestándolas no más que con un ligero movimiento de cabeza, tieso y avinagrado, que así es Narváez ante las tropas y ante el pueblo.
Por la tarde no falté a su casa, en la calle de Isabel la Católica o de la Inquisición. Entré y salí, con estos o los otros amigos. Se acentuaban los rumores de que volvía El Espadón. ¿Pero cuándo? Los más impacientes concedían al nuevo Ministerio ocho días de existencia. La generalidad opinaba que se le dejaría vivir un mes, siquiera por decoro de la Prerrogativa regia, pues esta quedará muy mal parada si los Gobiernos que nombra no hacen más que jurar y dimitir. Podrá Su Majestad hacer un desatino, mas no es bien que lo confiese, y todo monárquico fiel debe ayudar a la Reina al disimulo de sus torpezas políticas. Esto se decía, esto se pensaba. A las cuatro de la tarde supimos —317→ unos cuantos a ciencia cierta, o poco menos, que se planteaba la contra-crisis aquella misma noche del sábado... A las cinco, repercutían los destemplados acordes de una murga en la calle de Valverde, donde vive el Sr. Armesto, y una vez que los felicitantes atronaron bien la calle, retirándose mustios y sin blanca, porque el señor Ministro no se hallaba en su domicilio, corriéronse con las propias intenciones concertistas a la calle Ancha de Peligros, donde reside, en humilde casa de huéspedes, el Sr. Manresa, y hasta el obscurecer escucharon los vecinos el horrible estrépito de clarinetes y trompas. Mientras el Ministerio recibía estas demostraciones harto equívocas del entusiasmo popular, corría de mano en mano por Madrid un soneto de pie forzado, creación repentina de un ingenio muy chusco. Sólo recuerdo ahora, mientras esto escribo, el primer cuarteto, que dice así:
|
No recuerdo bien lo demás. Me procuraré copia de los catorce versos.
A las siete, todo Madrid sabía ya que el Ministerio Cleonard-Manresa, o Fulgencio-Patrocinio, que de las dos maneras se decía, apenas nacido estaba dando las boqueadas... Es muy tarde: yo me duermo.
Madrid, 23 de Octubre.- Continúo el relato —318→ fiel de estos inauditos sucesos, refiriéndome a la tarde del 21, con lo cual pego la hebra en el mismo punto en que la rompí. Pues serían las siete cuando determiné visitar a Eufrasia, compadecido del desdichado D. Saturno, y anhelando saber si era su enfermedad tan grave como burlesca fue la sofoquina que la motivó. Llegueme, pues, a la calle de Fuencarral, frente a la capillita del Arco de Santa María, y subí al principal de la histórica morada que perteneció al Duque de Montellano. Al abrirme la puerta, un criado puso en mi conocimiento que el señor se había tranquilizado después de la confesión, que hizo con grandísima piedad a las once de la mañana... Al mediodía se le dio un sopicaldo, que no devolvió como se temía, y en aquel momento acababa de coger el sueño. La señora y Doña Cristeta estaban en la sala con la Condesa y otras visitas... Ya me disponía yo a retirarme, informado de lo que quise saber, cuando apareció Cristeta, que atisbando desde el pasillo había conocido mi voz. «Pase, pase, Pepe -me dijo-. Viene usted que ni bajado del Cielo para sacarnos de estas dudas. ¿Pero es cierto lo que nos cuenta el amigo Campoi? ¿que corren rumores... vamos, que todo se deshace como la sal en el agua?».
En la sala encontré a Eufrasia, arrebujada en un luengo manto, pálida y echando lumbre de sus negros ojos; a la veterana beldad, su amiga, cuyo título de Condesa o Baronesa de no sé qué santo no quiere albergarse —319→ en mi memoria; al respetable auditor que fue del ejército carlino y hoy diputado por Vera, D. Cristóbal Campoi, acompañado de su señora, y a otra pareja de dama y caballero que no conocí. Brevemente satisfice la curiosidad de todos dando cuenta de lo que sabía, y extendiendo la papeleta de defunción del enteco y llagado Ministerio Cleonard-Patrocinio-Fulgencio.
«¿De modo -dijo Eufrasia sin reír, más bien lúgubre, como enfermo de fiebre que se ve obligado a romper el silencio-, de modo que ha sido como un relámpago?... Bien se le puede llamar El Ministerio Relámpago». Ved aquí el origen de una denominación que aquella noche y al siguiente día cundió con asombrosa rapidez, y de ella se apoderaron todas las bocas de Madrid. Renegando de una criatura, en cuyo engendro había tenido eficaz participación, Eufrasia le administró el agua de socorro, dándole apropiado nombre, y diciendo al verle expirar: «Es un fenómeno. No podía vivir. Relámpagos al Cielo». Celebraron los visitantes la ocurrencia del nombre, y hallándose a medio despejar la sala, llevome la moruna al gabinete próximo, donde a solas pudimos hablar un instante. La pulsé: su piel abrasaba. Diome rápida noticia de su dolencia: sentíase febril en grado sumo; mas el desasosiego nervioso no le consentía permanecer acostada. Todo su anhelo era ver gente, oír noticias, enterarse del espantoso ridículo de los Ministros nuevos, y sólo así —320→ se calmaba la sed de su espíritu, ávido de venganza. «Siéntate un rato, y cuéntame, cuéntame... Ante todo: ¿conoces el soneto? Esta tarde me lo trajo Navarrete. Es graciosísimo... ¡Ah! entre las burbujas del chiste palpitan verdades históricas que andando el tiempo darán mucho que hablar. Se me ha grabado en el pensamiento el segundo cuarteto, que dice:
|
-Sigue, acaba... he olvidado los tercetos.
-Yo también. Lo recordaba todo; pero... no sé... la fiebre me ha borrado de la memoria el final... Dejemos el soneto. Cuéntame, cuéntame...».
Lo que yo pudiera contarle, al dominio público pertenecía ya. Mayor interés había de tener lo que ella, como partícipe más o menos esencial en la conspiración, podía traer al acervo de la Historia, o a los archivos anecdóticos que guardan quizá la más interesante documentación de los pueblos. A esto me dijo: «Desengañada y herida, me revuelvo como mujer contra los que me han traído a esta ridícula situación... Ellos, con apariencia de hombres, se asemejan a nosotras por la viveza de sus odios ocultos, por el delirio de sus ambiciones disimuladas, y por el arte de fraguar en la obscuridad las intrigas... Todos somos unas... La amargura —321→ de mi desengaño se me ha derramado por todo el cuerpo y el alma, y no me consuelo más que con la idea de abandonar lo que fue mi partido, y pasarme con armas y bagajes al que quise combatir. Esto es de mujer, y yo soy mujer entera, sin mezcla, de una pieza en mis odios como en mis cariños. No sé si cuando vengan las represalias de Narváez, que las gasta pesadas, me tocará alguna china. Si así fuere, me pongo en tus manos para que me evites cualquier molestia...».
Sin temor de prometer lo que no podría cumplir, la tranquilicé sobre este punto, dándole seguridades categóricas de que su nombre no figurará para nada, en caso de formación de procesos. Y ella prosiguió: «Así lo harás, Pepe, y yo te lo agradeceré en el alma... Ahora no estoy para largas conversaciones, porque el hablar mucho y vivo me pone los nervios como cuerdas de violín. Ni podemos entretenernos demasiado, porque vendrán más visitas, y yo tengo que recibirlas o retirarme. Una sola cosa te diré esta noche para que los vencedores la tengan en cuenta y es... que me gustaría ver que sentaban la mano de firme.
-La sentarán... y duro; todo lo que se pueda sin herir en las partes más vivas de la Nación, naturalmente.
-¡Ay, ay, ay! Pepe. No harán nada, no perseguirán a nadie.
-¿Lo crees tú?... Así será, cuando lo asegura la que podría ser historiadora de esta intriga, si quisiera.
—322→-¡Historiadora yo! -dijo tristemente, sin poder atajar su locuacidad-. ¡Quién pudiera serlo! Si piensas que yo conozco la conspiración y sus resortes, estás equivocado. Conozco algo; pero los móviles hondos, que determinan hechos positivos, han sido y son un misterio para mí... Y vas a ver el misterio más impenetrable, Pepe. Pon toda tu atención en esto: la Reina se resistió una vez y otra al cambio de Ministerio que le proponía el Rey. No tragaba a Cleonard y sus cofrades ni aun envueltos en la confitura religiosa. Y era tal su resistencia que perdimos toda esperanza. ¿Cómo es que de la noche a la mañana consiente la niña en despedir a Narváez de mala manera?... Fíjate en esto, Pepe... ¿Y cómo es que a su consentimiento acompañan lloros y suspiros?
-Los lloriqueos parecen indicar que no está contenta de lo que hace.
-O que forzada se ve a determinar lo que no quiere. Yo, que algo entiendo de cosas palatinas, no me explico este cambio más que por el miedo. ¿Y cómo han logrado infundirle ese pánico que la pone atadita de pies y manos a merced de los intrigantes? Voy a decírtelo... y perdóneme Dios esta sospecha, esta... inspiración. Para mí, se apoderaron de un secreto de la Reina, y con este secreto, cogido como un puñal, la han amenazado, le han dicho: 'O eres nuestra o mueres'.
-¿Creerás que entre los infinitos disparates —323→ que corren en bocas de la gente no ha faltado ese?
-Y vosotros los sensatos, los que todo lo veis recortado y medidito, habréis creído que esos disparates son obra de imaginaciones locas, y un plagio de los melodramas tremebundos, traducidos del francés.
-Yo ni afirmo ni niego... En eso como en todo, el misterio existe; ¿pero quién es el guapo que lo descifra?
-El guapo, la guapa sería yo, si me dejaran, si me dieran medios de indagación.
-Aun con tales medios no te lanzarías a poner tu mano en lo más delicado del asunto.
-Ya... tú eres de los que creen que estos misterios son como los del dogma... Se les mira de lejos, se les adora, y es locura intentar comprenderlos y desentrañarlos».
Tan exaltada la vi, que para sosegarla hube de emplear este razonamiento: «Pero dime una cosa, Eufrasia, y apelo a tu conciencia: ¿antes de que esos pícaros le birlaran a tu marido la cartera prometida, pensabas eso mismo?
-No: entonces no pensaba nada malo de los que eran mis amigos. Todo me parecía bien. Te abro mi conciencia: estos horrores los he pensado después, cuando he sido chasqueada vilmente.
-No estás serena. ¿Cómo has de juzgar la maldad de otros, no estando tú libre de maldad?... Pero sea lo que quiera, y dejando a un lado tu conciencia, respóndeme: la captación infame del secreto, ¿a quién la atribuyes? —324→ Tu lógica infernal... seguimos en el melodrama... tu lógica, como aguja imantada por los demonios, ¿señala un punto fijo? ¿Es Fulgencio, es la Monja?
-No: no puedo fijarme en nadie, y ahora que tengo conciencia, menos. La iniciativa puede haber sido de esos, no lo sé: la ejecución ha sido de otros. ¿Quién... quiénes? Cualquiera lo sabe. Cristeta, que ha vivido largo tiempo en Palacio, dice que aquello es un mundo, un mar, un convento... ¡Ya ves si será difícil...! En fin, Pepe, tú que tan en gracia le has caído a Narváez, puedes decirle que no se entretenga en cazar moscas, esto es, en prender Manresas, Armestos y Balboas, pobres títeres que no valen el hilo que los mueve...».
Con arrogante voz y ademán, en pie, actuando de ideal dictadora, completó así su pensamiento: «Que prendan a Fulgencio y le registren bien la celda... que prendan a la Monja y la registren... sin respetar ni celda, ni ropas, ni relicarios, ni altaritos, ni llagas...
-Con todo eso, amiga mía, más fácil será encontrar una aguja en un pajar que la verdad en un monasterio.
-Que prendan a Rodón, Secretario del Rey...
-¿No será más culpable su Gentilhombre, el hermano de la Monja?
-Quiroga, que no tiene más ambición que la de las cruces y cintajos, no es hombre de travesura... Pero nada se pierde con ponerlo —325→ a la sombra... El primero a quien deben echar mano es un señor Taja, administrador de las huertas y lavaderos del Príncipe Pío, posesión Real cedida en usufructo al Infante D. Francisco...
-¿Has dicho Taja? ¿No faltará a ese apellido la primera sílaba? ¿No es Re-Taja, Mor-taja?
-No... Taja no más. Y para que la redada sea completa, caigan también el hermano de ese señor y su mujer, ujier él, si no estoy equivocada, azafata ella: viven en los altos de Palacio.
-Esos nombres, esos Tajas masculinos y femeninos -dije yo redoblando la atención que en la dictadora ponía-, no son desconocidos para mí: en mi mente están días ha, relacionados con otro asunto, que no pertenece a la Historia de España; aunque sí, puede que sea de lo más nacional, de lo más histórico... Dime: ¿no es criado, o subalterno de ese Taja que sirve al Infante, un viejo llamado Ansúrez, de aspecto noble...?
-No sé su nombre; pero he visto al anciano gallardo, de barba blanca y figura señoril. Dos veces me ha traído cartas del Taja, y por conducto de él he mandado la contestación.
-¿Y tú sabes... haz memoria, rebaña bien en tus recuerdos... sabes algo de una hija de ese viejo noble, guapísima, de extraordinaria belleza?
-Algo de una moza muy linda oí... ¿a quién?... a Fulgencio... quizás al propio Taja... —326→ pero no puedo asegurarlo. Novicia fue según creo, antes de servir a los Tajas... O me engaño mucho, o algo me dijeron de que por segunda vez volvió al convento... ¿Sabes quién puede darte noticia de esa familia de padres nobles barbudos y de hijas como estatuas? Pues tu hermana Catalina.
-¿Y dónde está mi hermana Catalina?
-No sé: si estuviese en Madrid, ella sería, y no te ofendas, una de las primeras que yo señalaría a los corchetes del Sr. Zaragoza...
-¡Estás loca!... ¡Mi hermana!
-Sí, sí: no me vuelvo atrás de lo dicho... Si te asustas de oírme, culpa a mi calentura, que con el mucho hablar se me enciende más y acaba por trastornarme.
-Y a mí. Me has pegado tu fiebre.
-Pues vete... Yo estoy atroz... los dos deliramos. Empiezo a ver visiones.
-Yo también... Veo la historia interna de los pueblos, la historia verdad, representada en una mujer vestida de ninfa, de diosa... no diré que sucia, sino empolvada, de andar por estos caminos de la vida española, secos, tortuosos, ásperos...
-Pepe mío, si has de ponerte malito, vete a tu casa, que bastantes enfermos tengo yo en la mía.
-Sí, me voy... Adiós... duerme...
-Adiós... No olvides mi encargo. Prender, registrar bien...».
Salí: hasta que pude respirar el aire fresco, calle adelante, no me sentí sereno, en —327→ disposición de apreciar las cosas en su sentido y aspecto real. «Taja, Taja, Taja...». Esto repetía yo, y las dos sílabas pronunciadas por mi boca, me sonaban como un idioma de salvajes... Ya veía más claro en el asunto que periódicamente me enfermaba con penosísimas efusiones... Ya la fugitiva imagen de Illipulicia no burlaba mi persecución; ni le valdrían sus disfraces, manola gallarda o franciscana monja, para perderse en las tinieblas. Cerca venía ya, y con ella se juntaba, sin confundirse, otra ideal figura, la majestuosa y gentil Reina, próvida de todos sus tesoros, enamorada del bien y de su pueblo... Las dos andaban hacia mí, sin que yo pudiera decir cuál venía delante y cuál detrás, cuál de las dos guiaba y cuál se dejaba conducir.
Deliré aquella noche... así me lo dijo mi mujer... Pero antes que os hable de mi delirio, dejadme que acabe el cuento histórico.
Si recibió la vida el Gabinete Relámpago en la Cámara del Rey, el golpe de muerte se lo dio María Cristina en su propio palacio, donde tuvo con Isabel II una larga encerrona. ¿Qué le diría? Lo adivino. El meollo del extenso sermón de la Reina Madre no pudo ser más que este: «Hija querida, se —328→ puede hacer todo... todo precisamente no, pero bastante sí; se puede hacer mucho. Lo que no puede de ningún modo hacerse es lo que has hecho». Grabadas en mi mente la mirada y la sonrisa, el rostro hechicero de Su Majestad; grabado también en mí su pensamiento por la honda estampación de sus facciones; metido su carácter dentro de mi ser, y sintiendo lo que ella siente, expresaré la idea de que Isabel II, sin conocimiento del Régimen, que nadie le ha enseñado; sin conocimiento del pueblo que rige, más que por las vagas impresiones que llegan hasta ella, hizo lo que hizo movida del miedo y sabiendo que hacía un disparate. La calidad, la intensidad de aquel miedo es lo que no llego a penetrar todavía; pero he de poder poco, o yo conoceré ese estímulo de las regias acciones... La madre ha debido de decirle: «¿Por qué antes de cometer esa barbaridad no hablaste conmigo y con el mismo Narváez? Entre los dos habríamos hallado un medio de sacarte del conflicto». Seguramente, Isabel, más fuerte en el sentir que en el razonar, no responde a su madre, y con infantil silencio, los ojos bajos, da a entender que reconoce su error y espera un buen consejo para enmendarlo. La madre (hablo como si lo oyera) le dice: «Hija mía, a grandes males, grandes remedios. Faltas nacidas de inmensas tonterías son más difíciles de corregir que las que nacen de un error del entendimiento. Pero hay que hacer frente a ellas, y corregirlas sin reparar en —329→ sacrificios del amor propio y aun de la misma dignidad. Hasta la dignidad debe ponerse a un ladito para componer estas roturas... Fuera miedo: vete pronto a Palacio; llamas a Narváez y le encargas de formar el Ministerio lo mismo que estaba, o como él quiera. Por hacer un poco de papelón, él se negará... se pondrá unos moños de este tamaño... Te dirá que el poder le fatiga... ¡y sin el poder no puede vivir!; te dirá que llames a otros hombres; que él no tiene inconveniente en apoyar a esos hombres por servirte... ¡y lo que hará es rabiar como un perro si llamas a otros! No; por hoy no hay aquí más hombres que él y su cuadrilla... Más adelante se verá... Tú no hagas caso de los escrúpulos que ha de sacar: son fingidos y mentirosos... Hará la comedia de despreciar lo que más desea. Tú te aguantas, insistes, haciéndole creer que le tienes por necesario... y nada. Verás cómo Narváez te desenreda esta gran madeja que has enredado tú... Ánimo, hija mía, y a Palacio... Yo iré contigo y estaré al cuidado de ti, no sea que desbarres otra vez...».
Los que agazapados en la Mayordomía Mayor vimos a Narváez entrar en Palacio, no dudábamos de que saldría Presidente del Consejo, por más que la conferencia con Isabel, larga como la Cuaresma, pudo despertar en los más impacientes algún recelo. A las diez llegó Sartorius, llamado para el refrendo, llevando de secretario particular a mi hermano Agustín, y poco después vimos —330→ pasar la desconsolada figura del Conde de Cleonard. Expliconos mi hermano la tramitación que había de llevar a la Gaceta las formas legales e históricas. Cleonard daría la estocada a su propio Ministro de la Gobernación, D. Trinidad Balboa; entregaría después los trastos al Conde de San Luis, y este, con la simple puntilla, remataba prontamente a todo el intruso, llagado y relampagueante Ministerio, restablecida la íntegra cuadrilla del diestro de Loja. Lo que no nos contó Agustín, que no pudo presenciarlo, y sí el Gentilhombre, Marqués de Torralba, testigo de la escena, fue la cruel expresión que Narváez, rara vez comedido en la victoria, arrojó a la cara del vencido D. Serafín María de Matta, Conde de Cleonard, cuando este se retiraba de la Cámara regia: «Ahora, váyase usted a descansar de sus fatigas». No eran flojas las que debió de pasar el hombre, llevado a tales trotes por monjas y clérigos, él, maduro ya, militar de valía, más distinguido en la técnica que en guerreras campañas, persona, en fin, merecedora de respeto.
Todo quedó, pues, enmendado en la noche del 20 al 21, y al feísimo desperfecto político se le puso un parche, o se le echó un zurcido, para que los tiempos futuros no lo conozcan; intento inútil, pues aunque buena zurcidora es la reina Cristina y no tiene Narváez malas agujas, entre todos no han podido disimular el desgarrón ni esconder sus hilachas... No eran aún las doce cuando —331→ me fui a la Presidencia, donde Narváez recibía plácemes por su nuevo triunfo, y humaradas de incienso de los aduladores, que en aquella dichosa ocasión horrorosamente se multiplicaban. El Presidente, Sartorius y D. José Zaragoza estaban encerrados. Por mi hermano supe que serían reducidas a prisión aquella misma noche las siguientes personas: Sor Patrocinio, el Padre Fulgencio, el Sr. Rodón, Secretario del Rey; el señor Quiroga y otros, y que se efectuarían no pocos registros domiciliarios en casas muy principales. Impaciente por hablar con mi D. Ramón, busqué y hallé un medio de romper la consigna, llegándome a donde los ejecutores de la ley estaban con las manos en la masa, ávidos de castigo, de venganza, de sentar en los huesos de todo culpable, o que lo pareciera, los nudos más duros del garrote de la autoridad. De la mente de Narváez salía centelleando el famoso Principio; con ráfagas de él forjaba San Luis los rayos, y Zaragoza, juntándolos en haces y probándoles las puntas, se relamía de gusto y pedía más, siempre más...
Con palabra rápida y festiva conté al Espadón el saladísimo chasco de D. Saturno y el trágico furor de mi amiga, la rociada de improperios con que obsequió al escolapio, y por fin, el donoso zapateado que bailó sobre el sombrero de teja. Las carcajadas del General retumbaron con tal estruendo, que creí oírlas repetidas por todo el edificio, y si no se echó a reír también la cercana Cibeles, poco —332→ debió de faltarle. Puesto a referir, le informé del arrepentimiento de la moruna, del ardor vengativo con que viene a nuestro partido, y de sus opiniones acerca del obscuro resorte empleado para vencer y anonadar la entereza de la Reina. Si todo lo oyó Narváez con regocijo, esta última referencia le movió a fruncir el ceño y a soltar de sus ojos una centella de ira, que me hizo temblar. Sobre cuanto dije hizo observaciones muy vivas; mas sobre aquello puso la losa de su silencio, y sobre la losa trazó un rayo...
«Amigo Zaragoza -dijo Narváez transmitiendo al Jefe Político las ideas que le sugerí tocantes a prisiones-. Agregue usted a la lista esos Tajas... el que administra la posesión del Príncipe Pío...
-Ya está--replicó Zaragoza-; pero se trata de otros Tajas, de un matrimonio que vive en Palacio... ¿No es eso?
-Justamente... Y no estará de más, Don José -indiqué yo-, que sea buscado, cogido, interrogado, un tal Jerónimo Ansúrez, viejo de aspecto noble, que tiene una hija muy guapa...
-Este pollo -dijo D. Ramón con salero-, quiere que la policía se ponga al servicio de sus galanteos, y que le haga una leva de todas las mozas de buen trapío».
Apuntados los Tajas y los Ansúrez por la mano del Jefe Político, que rasgaba el delgado papel añadiendo nombres a la preciosa lista, volvió el General al recuerdo de Eufrasia y de su furibundo rompimiento con los —333→ del Relámpago. «Esa diabla no será molestada en lo más mínimo -me dijo-. No me pesa tenerla por aliada, pues es más viva que la pólvora... Y del título, ¿qué?... Por mi parte, pasado algún tiempo, no habrá inconveniente en concedérselo».
A mi casa me fui caviloso y con fiebre, que sin duda me había comunicado la morisca, y mi mujer me encontró mal, tan mal como en la famosa noche del encuentro de Lucila en San Ginés. Dormí con frecuentes intervalos de insomnio angustioso, y no sé si deliraba más dormido que despierto. Respetando mi turbación en los ratos de desvelo, María Ignacia no me interrogaba; pero viéndola yo, al apuntar el día, dar vueltas junto a mí con maternal cariño, más atento a mi sosiego que al suyo, la llamé a mi lado y le dije: «No es nada, chiquilla: es eso que padezco, la efusión de lo ideal... y todo proviene de que hay un arte que yo debí cultivar y no cultivo...
-El arte que echas de menos será el estudio de lenguas antiguas o salvajes, porque toda la noche has estudiado conjugando los verbos caribes, que dicen: Taja, taja, taja.
No, mujer. No pienso yo en lenguas sabias; ni el arte mío perdido es la escultura, ni la música, ni la poesía: es la Historia interna y viva de los pueblos... Esa Historia no puedo escribirla... Para conocer sus elementos necesito vivirla, ¿entiendes? vivirla en el pueblo y junto al trono mismo. ¿Y cómo he de estudiar yo la palpitación nacional —334→ en esos dos extremos que abarcan toda la vida de una raza...? ¿No ves que es imposible? El ideal de esa Historia me fascina, me atrae... ¿pero cómo apoderarme de él? Por eso estoy enfermo: mi mal es la perfecta conciencia de una misión, llámala aptitud, que no puedo cumplir...». Tuve bastante tino para contenerme y callar en el momento de sentir el chispazo de una idea que podría lastimarla. La idea era esta: «El hombre que no lucha por un ideal, el hombre a quien le dan todo hecho, en la flor de los años, y que se encuentra en plena posesión de los goces materiales sin haberlos conquistado por sí, es hombre perdido, es hombre muerto, inútil para todo fin grande». Callé. Ignacia me dijo:
«Pues todo eso de la Historia interna, de arriba y de abajo, lo vamos conociendo sin andar a vueltas con ideales y fantasías. Nos basta con tener oídos y ojos.
-¿Qué has de ver ni oír tú, pobrecilla, ni yo, ni nadie?... ¡El vivir del pueblo, el vivir de los reyes! ¿Quién lo ha podido penetrar y menos escribir?
-Pues bien al tanto estamos de lo que pasa estos días. ¿Qué ha sido ello? Que nuestra simpática Reina, engañada por esos señores que venían a casa, y por otros, quiso cambiar de Gobierno. Luego llegó la Madre y le dijo: «Isabel, eso está mal hecho». La pobrecita no sabe todavía el oficio; pero ya lo irá aprendiendo... En fin, que ello ha tenido un buen arreglo, como en las comedias.
—335→-Me confirmo en que sólo conoces la superficial apariencia, la vestidura de las cosas. Debajo está el ser vivo, que ni tú ni yo conocemos. Es lo histórico inédito, que dejaría de serlo si yo pudiera cultivar mi arte.
-¡Qué tonto! No hay más que lo que se ve. ¿Qué hablas ahí del fondo de las cosas, y de seres vivos que se ocultan? Todo se reduce a que esos caballeros querían mandar, disponer de los destinos públicos para sus paniaguados, y no pudieron valerse de otro resorte que el que les dio la influencia del Rey.
-Si lo sucedido fuese tan vulgar no valdría la pena de contarlo. Hay algo más.
-Hay, ya lo sé, que estos tales son los carlistas derrotados, el eterno Pretendiente absolutista, que no ceja. Lo desarman en los campos de batalla, y acá se viene y trata de infiltrarse... Lo que no consiguió con la guerra lo intenta con el milagro. Ya ves: ha empezado por procurarse una monja con llagas... ¡Vaya una porquería!
-¿Y por qué tiene poder esa monja?
-Porque es una embaucadora lista, y hace creer a muchos, mentira parece, que está inspirada por Dios.
-Si hace creer eso no es una mujer adocenada.
-Tienes razón: vulgar no es. Talento muy sutil se necesita, y un gran saber de cosas místicas, para engañar con su falsa santidad al Rey y a la Reina... Y yo digo: ¿me engañaría también a mí si se lo propusiera? —336→ Me da miedo pensarlo... No, no, a mí no me engañaba. Aunque parezco tonta, no lo soy: ¿verdad, Pepe? En esta cabeza mía no entran tales paparruchas. ¡Ay, Virgen del Carmen, si me oyeran mis padres y mis tías...!
-Tus tías y tus padres viven de ficciones; tú, si no posees la verdad, la vislumbras, ves el camino por donde a ella se va...
-Veo que los caminos de esa gente codiciosa y milagrera no son los de Dios».
Al oír estas palabras de mi mujer, vinieron a mi memoria (¡oh misterioso contacto de las ideas en nuestra mente!) los dos tercetos del soneto que corría por Madrid, y con cierto júbilo hube de recitarlos.
-Cálmate, Pepe, y suprime por ahora los versos -me dijo María Ignacia arropándome cariñosa-. Tienes fiebre.
24 de Octubre.- Muy tarde me levanté el 21, y antes de salir de casa, me informaron de que el Gobierno funcionaba con perfecta —337→ regularidad, y de que se habían efectuado las prisiones. A Balboa le mandaban a Ceuta, en posta; al Secretario del Rey le despachaban para Oviedo; a Quiroga, para Ronda. El efímero Presidente del Consejo no había sido preso, pero sí separado de la Dirección del Colegio Superior Militar. Los cuitados Manresa y Armesto, padecieron tan sólo el sustillo de una detención, después de la cual se les mandó a casa... Del Padre Fulgencio supe que se le había llevado al Gobierno civil, mientras la policía le registraba minuciosamente la celda. Luego me enteré de que se le encontró un cajoncito con bastante dinero en oro y billetes del Banco, y un retrato suyo vestido mismamente de obispo, con báculo, mitra y pectoral, en actitud de dar la bendición. El revoltoso clérigo se daba el solitario gusto de anticipar, por medio de una mala pintura, su elevación al episcopado, que era el ensueño de su vida y la meta de sus ambiciones. Se decía que le mandaban a la casa que los Escolapios tienen en Archidona.
Si en estos escarmientos iban de prisa las autoridades, aún no habían podido poner la mano sobre la venerada y llagada Monja, por estar metida en clausura. Narváez, que tan valiente parece, y realmente lo es frente a demagogos, progresistas radicales y conspiradores del estado laico, anda con pies de plomo allí donde puede tropezar con el fuero de la Iglesia. Su famoso Principio de autoridad, fulminante espada contra —338→ los perturbadores del orden en las calles o en la tribuna, se convierte en caña frente a la obscura facción fortificada en conventos, sacristías o beaterios... Más fácil era, pues, tomar las formidables alturas de Arlabán que forzar los enmohecidos cerrojos del claustro de Jesús. Puedo dar fe, por haberlo presenciado, de la confusión y rabia de D. José Zaragoza, que por temperamento habría cumplimentado en un santiamén las órdenes de apoderarse de la Monja, y por disciplina no podía salirse del estrecho camino de la legalidad eclesiástica. El hombre bufaba... era un gato, a quien se ordenaba que se pusiese guantes para cazar el ratón... Sartorius, aún más que Narváez, quería que, tratándose de contener y escarmentar a personas religiosas, se procediera con la corrección más exquisita. Los que en todas sus campañas por el Orden eran incorrectos, autoritarios, y no reconocían obstáculo ni miramiento, en aquella empresa contra sus mayores enemigos procedían con tanta parsimonia como delicadeza, de lo que resultaba que el gran Principio era burlado y escarnecido por los delincuentes, y estos a la postre resultaban los verdaderos poseedores de la Autoridad.
Acordado el destierro de Patrocinio, no era dable llegar hasta ella sin que el Ordinario permitiera la violación de clausura, y el Ordinario no podía disponerlo sin previo consentimiento del Vicario de la Orden. He aquí, pues, a mi Jefe Político, mordiendo los guantes que aprisionaban sus rapantes —339→ uñas, y corriendo a contarle sus cuitas a D. Ramón, que soltaba todos los registros de su cólera blasfemante, sin resolverse a embestir como de ordinario suele. Ante la majestad religiosa, la de la ley se achicaba y sucumbía. Desesperado y reconociendo su impotencia, el Espadón clamaba: «Tráiganme todos los ejércitos carlistas, y me batiré con ellos; pero no me pongan frente a monjas, protegidas por vicarios». En suma, no era ni Buey ni Liberal, y por no determinarse a ser ambas cosas, o siquiera una, ha dejado tan incompleto y deslucido su papel histórico.
Mientras esto se resolvía, en el transcurso de las horas del 21, me fui en busca de mi buen Gambito, el pobre de San Ginés, y le encontré, sí, pero con tal turbación en la descompuesta máquina de sus nervios, y tan avanzado en su tartamudez, que me vi negro para comprender lo que decirme quería: «Ñor, Cigüela... vento... sus... llagas». Me determino a traducir que Lucila está en el convento de Jesús; pero no sé si debo creer que también tiene llagas, o que simplemente está donde las hay para edificación de los creyentes. Gambito vuelve a tomar la palabra, o el tartamudeo, y continúa esclareciendo mis dudas, o aumentando mi turbación: «Santismas llagas, ñor... Güela convento... Sor y Sores... Taja preso...». Si de esta horrible jerga sale una verdad, la presencia de Illipulicia en el claustro de Jesús, no he perdido el tiempo, ni es tan imperfecto —340→ el órgano de información que en mi provecho explora lo desconocido...
Por la tarde, hablé con Zaragoza, que ya parecía loco, de la contrariedad que le causaba su infructuosa cacería monjil. Narváez, a quien vi después, ponía el grito en el Cielo descargando su verbosidad injuriosa sobre toda la Corte celestial. Avanzada ya la noche, se obtuvo el consentimiento del Vicario; pero... A cada paso por tan escabrosa senda, tropezaban los aburridos gobernantes con una nueva dificultad. Exigía el Vicario que se le presentase una orden del Nuncio... Ved al pobre Zaragoza camino de la Nunciatura, con medio palmo de lengua fuera. Ya Narváez, en el paroxismo de la rabia, hablaba de fusilar al primer magnate religioso que se le pusiera por delante. Bien sabían ellos que el Espadón no haría nada... Dejaría de ser poder si lo hiciese... Por fin, trajo Zaragoza el consentimiento del Nuncio; pero...
Pero no haría nada mientras el señor Ministro de Gracia y Justicia no le dirigiese una comunicación exponiendo los motivos en que se fundaba el Gobierno para quebrantar la clausura... Narváez alcanzó el techo con las manos, y se desahogó en sucias imprecaciones, no sólo contra el Nuncio, sino contra la madre de tan venerable señor, contra el padre, los abuelos y toda la familia... Ya iba comprendiendo que su autoridad en aquel caso era irrisoria, y que las limitaciones del poder que representaba —341→ ponían a este bajo las sandalias de poderes más altos. No hubo más remedio que correr al domicilio de Arrazola, sacarle del lecho, y hacerle extender de prisa y corriendo la comunicación que había de ser llave de la voluntad de Monseñor Brunelli, para que éste abriese la del Vicario, y el Vicario la del Ordinario, y este descorriera sin violencia los claustrales cerrojos.
A la madrugada del 22, toda la tramitación jurídico-eclesiástica parecía terminada, y Zaragoza fue al convento decidido a romper las puertas si se le oponían nuevos obstáculos. Pedile permiso para acompañarle, disfrazado de corchete, en la interesantísima diligencia que a efectuar iba, y me dijo que no necesitaba ningún disfraz ni disimulo de mi persona; que bien podía ir en su compañía como empleado de la Jefatura, y que si era mi deseo sacar del convento monja o novicia, podía sin temor hacerlo, pues ya le tenían tan frita la sangre las señoras franciscanas, que se permitiría la venganza de no mirar por ellas si tocaban a violar, o si alguien promovía la desbandada del místico rebaño. En la plazuela de Jesús había gran gentío esperando la función sabrosa y gratuita: hombres de ideas exaltadas, restos de los disueltos clubs, manolas y mozos crúos, el público de las ejecuciones de pena de muerte y de todo espectáculo callejero. Supimos que antes de llegar el Jefe Político no faltó quien propusiera quemar el monasterio: corría entre la multitud el notición de —342→ que Patrocinio había intentado envenenar a la Reina con unas rosquillas, y en este y el otro grupo se repetían los versos:
|
Media hora larga transcurrió antes de que se nos franqueara la puerta mayor del convento de Jesús. Un clérigo casi enano entraba y salía, y habría estado saliendo y entrando hasta el amanecer si Zaragoza no pronunciara, como pronunció, y con toda energía, la última palabra de la tramitación y de los pretextos y largas para ganar tiempo. Penetramos al fin, Zaragoza bufando, yo con una emoción que fue de las más intensas que he sentido en mi vida... Pasamos a un ancho recinto donde estaba el torno. A la voz de trueno del Jefe Político abriose otra puerta cuyos goznes gimieron; a lo largo de un obscuro pasadizo llegamos al claustro, donde vimos a toda la comunidad en fila, alumbrada por faroles que tenían unas monjas, por cirios en manos de otras. Era un hermoso cuadro de ópera seria, extremadamente seria. No faltaba más que el canto. Dijo la primera palabra Zaragoza con voz que empezó un tanto brusca y acabó por ser comedida... Siguió un corto silencio, durante el cual busqué con ansiosa mirada la imagen de Lucila entre los fantasmas de azul y blanco que componían el coro. No la vi; volví a recorrer de un extremo a otro la —343→ fila... Mas no había claridad suficiente para el examen de tantos rostros, y alguno de estos, situado en último término, ocultaba sus facciones en la penumbra. La que claramente vi, por ser la que más descollaba, fue la famosa Patrocinio, cuyo semblante iluminaban los cirios próximos. Era de extraordinaria blancura, y afectaba o tenía serenidad grande. En verdad que la Monja de las llagas me pareció hermosa, y su grave continente, su mirar penetrante y la tenue sonrisa plácida con que acentuaba la mirada, eran el exterior emblema de un soberano poder político y social. Sus manos con guantes blanquísimos parecían de mármol: en ellas sostenía una imagen pequeña, la Virgen del Olvido, como ofreciéndola en adoración a los que profanábamos la santa casa.
Oí la voz de Zaragoza, dirigiéndose a la Sor con gran mesura; mas sin atender a lo que decía, eché mis ojos a lo largo de la fila buscando lo que más me interesaba, y en esto vi al extremo izquierdo unos ojos negros, que me turbaron y estremecieron. No me miraban a mí, sino a la llagada Monja con supremo interés fraternal. Era mi hermana Catalina... En contestación a lo que Zaragoza le dijo, la de las llagas pronunció alguna frase mística que no entendí: tanta unción y misterio quiso poner en ella. Si en efecto era una embaucadora, prodigioso arte desplegaba para el dominio de los que caían bajo su mano milagrera... Busqué de nuevo a mi hermana, y la vi andar con lento —344→ paso hacia el centro de lo que llamo coro, por delante de la primera fila de religiosas. Sor Patrocinio, que a cada instante descollaba más por su estupenda blancura, por su serenidad y el perfecto histrionismo de sus actitudes hieráticas, dio un paso hacia mi hermana diciéndole: «Hija mía, salgamos».
Acudieron a besarle las enguantadas manos todas las monjas, y en este desfile pude examinarlas a gusto, rostro por rostro, sin que ninguno se me escapara. No vi a Lucila: alguna vi que podía ser ella desfigurada de cara y talle por el hábito y la toca; mas no era fácil comprobarlo... Miré de nuevo... No la vi; no estaba: casi, casi tenía de ello completa certidumbre. Mi hermana pasó muy cerca de mí sin verme: no concedía el don de su mirada a ninguno de los que presenciábamos el acto. Salieron las dos, y Zaragoza, que iba detrás, me cogió de un brazo para llevarme consigo, lo que sentí mucho, porque me habría gustado quedarme un poco más, apurando mi examen de monjiles rostros. Salimos. Vi que Patrocinio y mi hermana entraron en un coche de posta que aguardaba en la calle; que tras ellas entraba también un clérigo, al cual yo no había visto hasta aquel instante, y tras el clérigo un seglar, que era, sin duda, delegado de policía. El coche partió por la calle del Fúcar. Luego supe que las dos monjas con su Virgen del Olvido iban camino de Badajoz.
Entre la satisfacción y el desconsuelo se compartía mi alma. Si había yo visto un —345→ hermoso cuadro de la vida española, faltábame ver el corazón y la interna fibra de aquel extraño asunto. «¡Y pensar -me dijo Zaragoza sombrío, cuando nos retirábamos-, pensar que ni con estos rigores ni con todos los de la Inquisición, si los empleáramos, llegaríamos a conocer la verdad...! quiero decir, el resorte principal, el nervio de este negocio».
Callé meditabundo. Sin saber de dónde venían, yo sentía esperanzas que aleteaban cerca de mí. La verdad estaba próxima: yo la descubriría pronto, yo encontraría la representación viva del alma española. Lucila se acercaba. «No ceso de pensar en esa verdad que se nos oculta», me dijo Zaragoza: y yo a él: «Pienso en lo mismo, Don José... y espero llegar a ella, descubrirla, dominarla, poseerla...». Amanecía.
FIN DE NARVÁEZ
Santander (San Quintín), Julio-Agosto de 1902.