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ArribaAbajo- IV -

Cambiar de casa era una forma de renovarse, de ir de la mano con el avance del progreso, además de la posibilidad de más habitaciones que aliviasen la falta de espacio, especialmente a medida que aumentaba el número de moradores. Vivimos en varias después de independizarnos del negocio y todas fueron adquiriendo su propia historia. La independencia de vivienda y negocio fue una necesidad insinuada por los mismos dueños de la propiedad, dado el estado de deterioro en que se encontraba la parte destinada a vivienda, compuesta de dos plantas ubicadas en la parte posterior de la tienda. A ella se accedía después de atravesar el depósito del negocio -un cuarto oscuro cubierto de piezas de tela apiladas una sobre otra que incitaban fantasías también oscuras- y un patio interior.

Días después de la mudanza, el baño de lo que había sido la vivienda se hundió. Esa parte de la construcción nunca más pudo ser habitable, ni siquiera para guardar desperdicios, Quedó convertida en memoria fantasmal, invadida por duendes a los que poníamos nombres para no tentar deseos obtusos de hacer de ella un lugar de juego. Recuerdo que cada noche, antes de cerrar la puerta principal del negocio para ir a la nueva casa, mi padre acostumbraba controlar la del depósito, una gran puerta de madera sólida que la separaba de la tienda. Hubo que instalarla ante la posibilidad de que algún infiltrado pudiese encontrar la forma de entrar en el local. Desde entonces, la parte desda al comercio terminó en «la gran puerta», como se nos dio por llamarla.

La tienda era el pulmón que oxigenaba las energías de padre. La mantuvo abierta hasta que... Bueno, hasta que la mantuvo. Entrar a detallar el motivo que lo llevó a venderla tan repentinamente sigue siendo doloroso para el recuerdo pasado y presente, un recuerdo sin   —32→   remedio, sin vueltas, de proyección permanente que sólo irá a retirarse con la desaparición de los que todavía lo retienen en la memoria.

Mi padre insistió, eso sí, en que debía quedar en manos de alguien de la familia, pues era una fuente segura de ingresos, una fuente segura de vida. Fue así como tío Julio compró la tienda, con la ayuda financiera de tío Isidro para el pago inicial, ya que, a pesar de su aparente dureza, mi padre lo había otorgado amplias facilidades para que pudiese pagar cómodamente las cuotas posteriores.

No fue buena su decisión de vender el negocio. Ante la imposibilidad de abandonar de un día para otro lo que durante tantos años había sido suyo, mi padre continuó yendo con cierta regularidad al negocio, con la excusa de ayudar a tío Julio a manejarlo, ponerle en conocimiento de la cartera de clientes y presentárselos personalmente para que la nueva relación comercial fuese con tío Julio tan estrecha y personal como lo había sido con él.

Pero llegó un momento en que la presencia de mi padre comenzó a molestar a tío Julio, porque sentía que él aún conservaba la autoridad que durante tanto tiempo había monopolizado como propietario, la cual, por derecho, era ahora su privilegio. Sin embargo, tío Julio nunca llegó a «sentir el negocio» como fue en el caso de mi padre, a dedicarlo toda su energía tanto física como de alma, a trabajar duro hasta el mismo desgano de la voluntad o hasta que el cansancio se impusiese y no hubiera más salida que declararse vencido hasta la jornada siguiente. Él quería hacer las cosas «a su manera».

«En el comercio hay una sola forma: trabajar con tesón», insistía mi padre. Y siguió insistiendo hasta que tuvo que retirarse de a poco para no perturbar las relaciones familiares, para no seguir luchando «guerras perdidas», como dijo. La tozudez de tío Julio sobrepasaba incluso a la suya. Y eso era mucho decir.

Después de habitar en la primera casa independiente -donde yo nací-, la presión del tiempo hizo necesario un nuevo traslado. Nos mudamos a otra, más larga que ancha, cerca de una escuela donde mi hermano mayor y yo empezamos a cursar los primeros años básicos. Rememoro esta casa con todas sus partes perfectas e imperfectas, con cada diseño de las baldosas de distinto color de los pisos de las habitaciones, con su fondo y contrafondo, con el patio de tierra donde   —33→   crecían algunos árboles frutales fantasmas, y era así porque nadie los había plantado. Surgieron de restos de frutas arrojadas al descuido para no darnos el trabajo de llegar hasta el recipiente de basura. Así de fértil era la tierra.

Con el tiempo se convirtieron en árboles frondosos y nosotros en tarzanes de pacotilla. Muchas caídas nos hicieron protagonistas nada heroicos, cuyo impacto estaba en proporción directa con los gritos desesperados de mamá y de la bisabuela, los que se acallaban como por encanto cuando veían que nos levantábamos para volver a subir a los árboles como si nada hubiese ocurrido.

En esa casa aprendí lo que es una relación de barrio, la intimidad con otras casas, otras costumbres, otros horarios. Además, empezamos a tomar conciencia de que existía otra religión aparte de la que nosotros profesábamos, lo que nos hizo sentir un deseo íntimo de pertenecer a esa otra religión, por la imagen equivocada que tienen los niños de que lo de otro es mejor que lo de uno.

Fue una casa en la que se vivía un clima de regocijo y los acontecimientos se celebraban sin dejar pasar uno. La relación familiar había llegado a un punto culminante, imperando la tranquilidad de espíritu originada por el mejoramiento de nuestra situación económica. La vida libre de sobresaltos que auguraba el porvenir no se debió al azar, sino a una programación casi obsesiva de parte de mis padres. Había un sentimiento generalizado de que el aumento de los ingresos sólo fue posible gracias al empeño tenaz y perseverante puesto por ellos desde un principio.

Muchos nombres suenan o resuenan en la memoria como un todo difícil de disociar, y cada casa, vivida a plenitud, es fuente de historias como forma de alargar épocas dejadas atrás e impedir que sufran una agresión obligada por la falta de actualidad o por el desgaste de lo que se ha repetido con miras a su permanencia. El rescate se hacía obligatorio y la mirada al pasado el camino que pavimenta la continuidad, lo cual se tomaba tan naturalmente que el ejercicio no se volvía trabajoso, sino buscado como forma de afianzar la cultura arrastrada para que no quede a medio camino.

No había forma de indisponer la audición cuando la lengua iniciaba la senda comunicante que se traducía en cuentos, recuentos, relatos y fantasías incubadas sobre la marcha, y todos los duendes   —34→   abandonaban sus escondites para posesionarse de los activos o pasivos de la mente. Se luchaba por el menor resquicio de espacio para introducir la palabra como una cuña, y los deseos velaban turnos, obligando a estar alerta al descuido o respiro prolongado del narrador.

Tío Jako era el más rápido para detectar el momento preciso cuando hacer su entrada. Y tal vez el fabulador más prolífico. Siempre tenía a mano el nombre de alguien emparentado, o a punto de emparentar, a quien endilgaba hechos o deshechos hasta redondear la más acabada historia. Mi madre no le iba en zaga. Había noches en que una suerte de competencia abstracta colmaba la atmósfera y algunas historias eran tan reales que pasaban a los anales de la familia como verdaderas, sin que en realidad se conociese un origen que le diesen validez.

De modo que lo de la prima Rita fue escuchado con la debida atención, como era de esperar. «Rita tenía la cara marcada como si hubiese grabado en ella los límites de su aldea. Le gustaba husmear en la cocina, destapar ollas, encontrar defectos, comparar mis guisos con los que alguna vez ella había hecho, y hablaba y hablaba hasta que era imposible acallarla».

Ya entonces, cuando yo era niña, eran antiguas las historias que mi madre contaba, historias de carencias, de reemplazos de una tierra por otra, de armar y desarmar habitaciones para encontrar que siempre había algún cuarto extraviado. Yo no lo podía entender, pues aún no había acumulado residuos que lo hicieran posible. Eran épocas de sonidos que buscaban la profundidad de mis oídos como si éstos fuesen caracolas donde los peces jugaban a las escondidas con el mar. No sé si mi madre era capaz de entender o no, o si el deseo de hablar era tan impostergable que sólo necesitaba, frente a sí, de algún cuerpo con apariencia de persona.

El riesgo de sentirme atrapada, de caer en la historia y formar parte de ella, era una amenaza invisible que podía saltar de las mismas sombras que jugaban inofensivamente en las paredes. Con mi madre «al habla», por así decir, daba la impresión de que un telón se descorría desde el momento en que sus palabras iban tomando peso para que la obra fuese representada.

Personajes familiares, y de otros que por asociación de algún tipo estaban vinculados con la familia, se entrelazaban en narraciones que   —35→   tenían origen en algún hecho común y ya pasado: el de haber llegado de otras tierras, de otros escenarios, para continuar actuando en un palpar miedoso que hacía trastabillar el cuerpo y a veces hasta las mismas creencias. De pronto me asaltaba el pensamiento de que las madres deberían tener hijos de edad próxima a las suyas para estable cer un contacto más estrecho, causándome una especie de culpa por no ser capaz de crecer más rápidamente.

En esa casa antigua que le tocó a mi madre habitar de recién casada, la intimidad estaba compartida con otros protagonistas, en medio de diferentes modos de convivencia o de falta de percepción para llegar a ella. Eran épocas en que las casas se construían largas y anchas, con muchas divisiones y, generalmente, un corredor que comunicaba con el patio por donde desfilaban los ocupantes en dirección al único servicio, corriéndose el riesgo de la coincidencia de las necesidades y de los horarios. Era una forma obligada de vida. Los que habían llegado antes al país se consideraban afortunados, y era de rigor que ayudasen a los que aún quedaban atrás, en un camino que fue cerrándose paulatinamente hasta que las fronteras tomaron la apariencia de trincheras.

Mi madre insistía en su condición de recién casada, lo que quizás para los otros era solamente un hecho más, de menor importancia frente a otros hechos. Pienso que mi padre no debió permitir, o por lo menos detener, el aprovechamiento verbal y espacial de Rita, «la prima», como la llamaba mi madre, con un tono muy especial para evitar nombrarla. Era su forma de no acceder a ninguna clase de acercamiento o entregar su confianza a los entremetimientos de la mujer. Yo no la conocí. El recuerdo, basado en descripciones, muchas veces se altera por no haber sido grabado en la retina.

A menudo, cuando la lejanía del tiempo hace difuso el recuerdo, me sobreviene la duda de si era tanta la necesidad de mi madre de evadirse de la comprensión de un tiempo y de un espacio ajenos a ella que simplemente opto por crear el personaje de la prima Rita. Pero no, no puede ser. Hay características que se resisten a la creación porque no cuadran con modelos establecidos. Así parecía ser la prima Rita. Con la fuerza de su nombre, ella no necesitaba de apellido. Eran tiempos en que hasta los pensamientos eran compartidos y analizados   —36→   como forma de aprendizaje, porque la premura de la vida no permitía otras opciones. Por no haberla conocido, sólo puedo hablar por boca de mi madre.

«A Rita le gustaba aprovecharse de mi juventud, de mi falta de decisión para formular un no o un sí rotundo durante las ausencias de tu padre en gran parte del día. «No has limpiado el corredor», decía, como si yo estuviera a su servicio. Tu papá sostenía que una casa para una sola pareja era un desperdicio de espacio y que el subarriendo era una forma de ayuda mutua. De modo que Rita ocupó una de las tres habitaciones de la casa. Pero había otro cuarto en los fondos, pequeño y con poca ventilación, donde se instaló el señor Sarfán -lo llamábamos «el chocolatinero», porque era vendedor ambulante de golosinas-, quien no interfería mayormente con el desarrollo doméstico. Usaba el servicio común para las necesidades más urgentes. Para el baño total, el de «limpieza de cuerpo que repercute en el alma» -al decir de Rita, quien a veces lograba aciertos con la lengua-, siempre encontraba motivos para una postergación.

«Lo del cuarto de baño era otro problema de convivencia con Rita. Siempre lo dejaban mojado después de usarlo, afirmando que restregarse tantas partes la dejaba sin fuerzas. No olvides que se trataba de un baño con las mínimas comodidades. 'Tu eres más joven', insistía. Llegué a pensar que ser joven me traía problemas, que era una razón para que ella continuara aprovechándose. Creo que, íntimamente, estaba celosa. A pesar de ser mayor que tu padre, pienso que, al llegar del pueblo donde eran casi vecinos, no imaginó que lo encontraría casado. A lo mejor traía alguna esperanza y hasta ciertos derechos almacenados en su estrecha mente. Yo también tenía celos y, de cierto modo, explotaba para mi beneficio el hecho de ser más joven cuando la veía deseosa de atraer las miradas de tu padre. Había fricciones, malentendidos, y también la resistencia de tu padre a escuchar mis quejas. El sentido de parentesco, para él, debía dejar de lado cualquier otra consideración. Llegué a decirle que no me molestaría intercambiar papeles, que yo trabajaría en su lugar para que comprobase en el terreno el mal carácter y los abusos de su prima. Pero después lo pensé mejor. No era aconsejable dejarlo en manos de esa mujer.

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«Cuando un día expresó su molestia por tener que compartir la casa con el señor Sarfán, por fin tu padre dio indicios de alterarse. En su condición de dueño de casa, convocó, como era la costumbre en su pueblo, a una reunión general para tratar el tema 'cara a cara', como dijo. El señor Sarfán no era muy cuidadoso con su higiene personal, lo que compensaba con su ternura o el deseo de ayudar, o con el chocolate que cada día reservaba para que las jornadas 'sean más blandas para usted'. Así decía, ofreciéndomelo.

«Esa noche -la de la reunión-, para apoyar sus reclamos y sin calcular el alcance de la acusación, Rita dijo a tu padre que el chocolate que me obsequiaba el señor Sarfán tenía un significado que iba más allá de su intención, que había observado la forma en que me miraba y que, de no estar ella de por medio, quien sabe qué habría ocurrido. Tu padre se mantuvo tranquilo y el señor Sarfán también. Yo rugía por dentro, pues esperaba una reacción violenta de parte de tu padre. Pero él, sorbiendo lentamente el licor de anís, dijo: 'Rita, necesitas casarte'. Rita 'rechinó los ojos y lloró de boca', al decir del señor Sarfán cuando quería calificar de grave alguna situación.

«Rita soltó los labios en una confusión de sonidos. El señor Sarfán se limitó a asentir con la cabeza, pues no era hombre de desacuerdos. Luego, tu padre, dirigiéndose a Sarfán, le dijo llanamente: 'Rita es una buena mujer; usted también debería casarse'. El señor Sarfán continuó asintiendo. No hubo más que hablar.

«Rita se encargó de cambiar los hábitos de limpieza del señor Sarfán, quien, a su vez, le transmitió algo de su natural bonhomía. Una vez realizada la boda, quedó libre el cuarto del fondo para su eventual arriendo. Eso sí, tu padre cobró sus servicios, 'porque servicio que no se cobra no se valora', dijo, y aumentó el alquiler, pues no era justo que dos pagaran lo mismo que uno. Era sabio tu padre».

No era fácil apreciar si las historias de mi madre calzaban o no con la realidad. En todo caso, nunca las contaba del mismo modo. A veces le sobraba algún personaje o bien se lo escapaba por esos senderos que se le iban angostando en la mente. Ahora, a la distancia, pienso y creo no haber aprovechado sus relatos en su total dimensión, pues los tiempos cambian las historias, los espacios, las formas de vida y también los nombres. Afortunadamente, aún contamos con la   —38→   memoria, ya que a quién se le ocurriría, como a Rita y al señor Sarfán, aceptar la decisión de un árbitro simple o encontrar la conformidad de la vida diaria en las desavenencias buenas, o no tan buenas, de la convivencia.

Debería pedir a mi madre que desempolve otras historias. Las cuenta de tal forma que hasta parecen reales. Pero temo que no será posible. Ella ya forma parte de la historia.



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ArribaAbajo- V -

Quisiera recordar el momento en que, abriendo el libro de sus obras completas, tropecé con el texto de una carta dirigida a Borges por un lector entusiasta a propósito de la publicación del cuento «El desafío». No fue el cuento en cuestión lo que desató el nudo de mis recuerdos, trayendo del más allá nombres que habían pertenecido a personas, sino el encabezamiento con el nombre del lugar: Chivilcoy.

El tío Jako lo había inventado. Estaba segura. No obstante, me encuentro de pronto con que tal vez era una invención compartida, aunque de uno y de otro nunca era posible saber cuánto de realidad o de ficción podían alcanzar nombres o lugares, o quizás ambos tenían la costumbre de repasarlos y repetirlos hasta que elaboraban sus propias realidades. No lo sé. Están muy lejos, o por lo menos así se dice cuando ya no están y el lugar es desconocido, y por el momento inaccesible, para pedirles cuenta o clarificar algunos sucesos.

El tercero en cuestión, el hombre que escribió la carta a Borges, no es un fabulador, sino un provinciano que no necesita hacer trabajar lo imaginario porque habita lugares que forman su cuerpo. O puede ocurrir al revés: que el cuerpo vaya formando el paisaje y que, de tanto mimetizarse uno con otro, el inicio, la continuación, el retorno o el orden pierden sentido y sólo los machucones del tiempo o los poderes de la naturaleza son empastados en la historia personal. Es el origen del provinciano lo que desenreda hilos y más hilos.

Chivilcoy suena a agua que corre, porque no sabe detenerse, porque el destino sometió su lecho formando un declive inatajable, vertiginoso, imposible de abstraerse de la atracción. El sonido se ajusta a la boca de tío Jako. Es una boca desencadenante de ilusiones. Claro que no quedaría bien si dijese que es una boca ilusionista. Pero me suena tan bien como «Chivilcoy» puesta en ella. Corro las páginas   —40→   del libro para ver si aparece otro topónimo: Calamuchita, pero tal vez Borges no tenía lectores en ese lugar.

Muchas veces estuve tentada de tomar una nave semejante al Arca y llenarla de nombres olvidados por la costumbre, dejar que decanten dentro del Arca y luego, cuando acabe la memoria como lo hizo el diluvio, salgan los recuperadores de memorias -que se habrían multiplicado en el tiempo de guarda- para fertilizar lugares, plantarles nombres y poco a poco surjan interesados en habitarlos.

Escribió la tal carta un hombre preocupado por hacer partícipe a Borges de historias tan vividas y ajetreadas que pudiesen servir para permitir su descanso imaginario y el aterrizaje forzoso en tierras inimaginables, «y usted es capaz de escribirla mejor que yo», le decía.

Es la generosidad de un hombre que no busca protagonismo, sino que lo obsequia, porque piensa que el protagonismo de otro también puede ser el suyo. Su acción restituye la fe que flaquea y hace ondear la esperanza donde debe, después de haberla visto a media asta por algún tiempo.

El hombre, el provinciano, cuenta la historia. El tío Jako hubiera dicho que se pasó de listo, que las historias están plantadas en esos lugares y sólo hay que cosecharlas cuando llega la época, echando por tierra el intento de contador del hombre, no por envidia o celos, sino porque hacía de la duda un instrumento de suspenso y la manejaba igual que un lacón, esperando el momento justo para desenvainarlo, casi como podría hacerse con un fruto maduro.

Será por eso que ambos se me confunden en un solo personaje y los veo vestidos de igual modo, aunque tío Jako, a pesar de su ropaje de gaucho, no puede disfrazar ese aire de coterráneo de Tolstoi ni transformarse en persona dispuesta a actuar al menor impulso, un ser que calce con recuentos de pampas o se inserte en pulperías para probar pulseadas y poner de manifiesto y sobre la mesa su calidad de hombre.

Me dan ganas de ponerme el unicornio azul, el que alguien extravió y está esperando una mano que lo rescate, aunque para ello tenga que disfrazarme también, ponerme a tono, calzar la cara apropiada y medirme con Borges, tío Jako y el provinciano, en medio de la pampa donde los cielos se rompen contra el horizonte y los escapes son tantos que producen mareo.

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Tengo también ganas de volver a sentir la solidez del mundo en las rodillas de tío Jako, sentarme sobre ellas como lo hacía antes y que la rueda de la fantasía vaya creando mundos sin necesidad de que se mueva de lugar, ni siquiera de una rodilla a otra. Tal vez mi memoria esté rodada como esos tornillos que ya no ajustan lo que deben ajustar, Es una sensación que, no obstante, produce bienestar, resbala hechos presentes y sólo es capaz de hilvanar lo que ya fue, insertando pequeñas cuentas de realidad para que no se crea que el desvarío ya hizo lecho.

Vuelvo la mirada hacia el libro abierto donde el provinciano clama por ser escrito por Borges. Parece un saltarín que se empeña por no resbalar de la cuerda floja. Resbala de una palabra a otra, pierde pie así como yo pierdo la memoria, cree que por fin se inserta en un significado más o menos aceptable y de nuevo se entrega, con la frustración marcando sesgos oscuros en su rostro. Puedo ver como se hunde en sus propios sesgos y adquiero la tonalidad reservada a los que están por ausentarse por tiempo indefinido. «¿Por qué por tiempo indefinido?», me pregunta con los ojos inundados de interrogación.

«Siempre habrá una vuelta, un regreso, un pispar lo que ocurre por estos pagos, supongo», pienso que le digo, pero ni él ni yo estamos seguros.

Entonces, con un trozo de tiza imaginario, trazo una raya en el suelo para delimitar terrenos, advertir que yo no formo parte del juego, que solamente fue una evasión fantasiosa provocada por un personaje, quizás también fantasioso, que empezó a desperezarse en las páginas del libro hasta que me vi obligada a abrirlo.

«A veces es saludable mantener los libros cerrados», pienso, sintiendo cómo revolotean las ideas en busca de un espacio blanco donde formarse y seguir captando incautos. Cierro el libro y trato de recordar cómo se llama el protagonista de la historia contada por el provinciano para que Borges la desarrolle a su imagen y semejanza, pero sólo me surge el ejercicio personal que ocupa cada día mi conciencia y produce esos estados lindantes con la fantasía que luego se traducen en historias que sirven de consuelo para otros.

No he hecho más que lucubrar sobre una escritura ajena o acaso sea la mía que no quiero reconocer porque, si lo hago, podría desencadenar un nuevo atropello de memoria, el mismo que me hizo   —42→   seguir la pista de un personaje que no me pertenece. Trato de convencerme que nadie es propietario de sus personajes, que éstos tienen el derecho de deambular, cambiar de nombre, buscar otras mentes capaces de desarrollarlos. Trato de pensar que en verdad no existe más que un solo protagonista por el que nos trabamos en lucha constante por el premio de la mejor tajada, la mejor introspección posible, la más precisa delineación del personaje que justifique la labor del contador de historias.

No me queda más que vagar por alguna pampa que Borges ha olvidado, un resto no contabilizado en su obra, un triángulo por el cual pueda observar el interior liso y llano donde se mueven seres que tuercen ojos, pierden una pierna sin necesidad de ser piratas, enlazan animales con la pura mirada, disparan balas de ilusión y tientan a la misma tierra hasta que ésta responde. En una de esas, hasta podría ver a tío Jako columpiándose en ese triángulo.

No sé por qué abro los distintos pliegues que me cubren la conciencia, como si alguien estuviese haciendo un trasvasije de ella, una resta y suma para obtener el punto exacto del equilibrio y proveer conciencias que no produzcan sobresaltos, que no den problemas, que no ofrezcan sorpresas, una especie de lobotomía de la conciencia para apagar estados efervescentes.

Me ha acosado el insomnio como pájaro de mal agüero, como guardián cuya tarea consiste en estudiar cada uno de mis movimientos y evitar que los párpados se encuentren, copulen engañando a los ojos, manteniendo el secreto de la argucia. «Los sueños no existen o tal vez están agotados», me digo, aunque más bien pienso que están haciendo un acaparamiento de ellos. Todo se desarrolla de acuerdo con la época. Hubo algunas en que soñar era prohibido, y a quienes sorprendían en el pecaminoso acto le volaban los sueños para que sirviese de escarmiento a los demás.

Temo que mueran mis sueños y que un gran funeral los conduzca al punto definitivo de la noche. Temo que me ronden sueños muertos y mi necesidad los distorsione y llegue a creer que la verdadera naturaleza de los sueños es que estén muertos. Pero todo lo pasado forma la materia de la cual se nutren los sueños. Temo que me hagan un lavado mental y me convenzan de que todas las historias son iguales, que las propias se convierten en ajenas y lo contrario también,   —43→   por polinización, porque se mimetizan, porque es preciso que así sea para que adquieran un término medio aceptable y no se transformen en terribles, desesperanzadoras.

¿Qué piensas tú, tío Berni? ¿O prefieres que me dirija a tío Jako o a papá? Me dirán que a veces los pensamientos, que incluyen los sueños, deben ponerse en reposo hasta que la maceración les dé una nueva oportunidad. Creo sentir el zarpazo inesperado de un tigre acechante, el absurdo que obliga a la memoria a detenerse, el deseo inédito y humano de continuar resistiendo, de ir más allá de esa largura impuesta por caballos negros precipitados por el afán de mostrar o demostrar que lo contrario a la progresión de noches es sólo una fantasía mal interpretada.

En el intento por comunicarme con los ausentes a través de la palabra, sin recurrir a espiritistas, he hurgado en el terreno onírico con tal fuerza que he quedado colgada de una tela de araña que amenaza soltarse en cualquier momento. En ese momento quizás tendré la sensación de que me sostengo sobre una tierra movediza que nada tiene que ver con la rotación de la tierra. He buscado desesperadamente el «sendero donde los caminos se bifurcan» para encontrarme con que los sueños son los que se bifurcan y forman senderos donde vuelven a repetir la acción. Y el camino, que podría ser el recurso para la reunificación y el hallazgo final, se aleja hasta convertirse en ilusión, en utopía, en alucinación.

Necesito saber si es cierto que el cielo no es más que la tierra al revés, pero en otra dimensión. Eso me lo contaron cuando era vieja, es decir, hace mucho tiempo, antes de que iniciara el proceso hacia esta juventud que me tiene alterada. Debo admitir que sólo soy una aprendiz de sueños y me detengo en estaciones dolorosas para revivir historias que, así como los sueños, tienden a morir cada día porque cada cual tiene una concepción diferente de lo que es un sueño. Los especialistas se han empeñado por desentrañar sueños, por tejerlos y desatarlos, por inventar puntos para que su estructura cuadre de modo que nadie tenga dudas sobre su trascendencia, sobre su altura o bajura, sobre el campo donde deben ser diseñados sus contornos o defendidos sus límites. Después de todo y a pesar de toda la lucubración, sólo me ha sido posible arañar soledades llenas de reminiscencias. Sueño   —44→   que... Nada de eso. Debo esperar que me sueñen para lograr el engranaje del tiempo.

«¿Qué es un sueño?», me pregunto. Chivilcoy, Calamuchita, Jashevato, el unicornio azul, el tigre también azul, las caras carnavalescamente mágicas que aparecen en la parte de atrás de la mente como soporte existencial, el horizonte, el arco iris que tiene peldaños de colores y llevan a tierras de Nunca Jamás, Caperucita Roja y Pulgarcito, las botas de siete leguas, la vuelta al día en ochenta sueños, el eterno retorno. ¿Qué más puede pedirse a los sueños? Creo que empezaré por Chivilcoy. «Negativo», responde una voz interior. Tiene razón. Debo comenzar por Jashevato.



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ArribaAbajo- VI -

Tendría 12 o 13 años cuando me enviaron a la casa de Teresa para entregarle nuestro regalo de matrimonio.

Teresa y Mila habían llegado al país como 'residuos de guerra', según escuché decir. Las trajo una hermana, inmigrante de una ola anterior. Mila estuvo casada alguna vez y Teresa contraía matrimonio esa noche. No formaban parte de nuestra familia directa, aunque siempre tuve la impresión de que sucesivas líneas de entronque nos emparentaba en algún punto. O tal vez el sentimiento reemplazaba las desuniones de esa línea.

Quizás no debieron enviarme como mandadera, porque fue el origen del primer impacto que recibí acerca de la realidad de una guerra desatada en lugares que hasta entonces sólo eran, para mí, partes de un mapamundi. Nunca imaginé que alguna vez sería testigo de las consecuencias de esa guerra, ya que la distancia nos separaba como un ancho y profundo precipicio o una inmensa barrera, sin caer en cuenta de que, pese a esos mismos obstáculos, los iniciadores de nuestra familia llegaron a su nueva tierra.

Pienso que antes de ese momento jamás vi tal delgadez en una persona adulta, una delgadez que contrastaba notoriamente con las modelos de revistas de moda cuyos cuerpos insinuaban redondeces, sin sobrepasar límites. Observé a Teresa con un desenfado exento del mínimo criterio.

El impacto me dejó atónita tanto de mente como de palabra, lo que se prolongó por varios días y fue atribuido al «cambio de edad». Eran épocas en que la gente grande se empecinaba en usar códigos o santos y señas en su conversación como modo de proteger a los niños -y a los adolescentes- por medio de la ignorancia, postergando así el conocimiento de la llamada «cruda realidad de la vida». Pese a todo, el ocultamiento sólo lograba desatar la curiosidad, llevarla a situaciones   —46→   muchas veces idealizadas o fabuladas, y las respuestas se buscaban afanosamente en interlocutores no muy idóneos, ya que general mente el acceso a ciertos libros estaba vedado a los jóvenes, precisamente para mantenerlos en cómoda ignorancia.

El capítulo de Teresa se agregó de modo indeleble a mi sentir interior, sobre todo por el recibimiento que tuvo de su parte. Probablemente por esas faltas que nunca serían compensadas en su totalidad, Teresa me ofreció un trozo de torta. No dejó de observarme fijamente mientras la saboreaba. Con mi tendencia a engrosar partes que me hacían perder la curva de la cintura, «tendré que privarme de dulces por el resto de la semana», dije sonriendo. «Nunca te prives de nada, especialmente de comida», señaló Teresa, nerviosamente. Cuando extendió la mano, los números grabados en su antebrazo acabaron por asestarme el golpe de gracia.

Entre esos residuos de guerra llegó también el «abuelo» Minze. Nada hacía que se arrogase el derecho de abuelo, más que el de su edad, la que posiblemente no era tanta en cifras como en apariencia. Esto me hizo pensar que tal vez podría ser la solución para deshacernos de la bisabuela. Pero mi cálculo de adolescente sobre el concepto de vejez era tan flexible que alejaba la posibilidad de que Minze, por más abuelo que quisiera hacer de él -falso o verdadero-, tuviera ni por asomo la intención de querer interesarse en la bisabuela, a pesar de las cualidades que pudiera encontrar en ella o por agradecimiento a sus extremadas atenciones. La diferencia de edad era notoria.

La casa era grande y ya se encontraría lugar para uno más. «Por último, dos niños pueden compartir el mismo cuarto», dijo mi madre, lo cual era un modo poco elegante de restar independencia a quienes considerábamos un derecho adquirido la ampliación del espacio lograda en la nueva casa.

Mi madre alojó a Minze en un cuarto situado entre el fondo y el trasfondo de la casa, el que fue remozado para ofrecerle algunas comodidades mínimas. La habitación estaba en la «línea de fuego», por así decirlo, esto es, mirando la de la bisabuela, quien, con su «ojo de buey» -como llamábamos a su mirada condensada que era capaz de traspasar hasta una piedra- no dejaría escapar el menor movimiento que hiciera el hombre.

Minze se las manejaba para entrar y salir de la casa sin que la   —47→   bisabuela se diera cuenta, lo que la hacía dudar de su calidad de terrícola. Era preferible que así lo pensase, pues lo contrario podría significar que algunas percepciones se le estaban alterando. Mi madre, con un sentido moralista casi absurdo, estaba arrepentida de haber puesto a Minze tan cerca del cuarto de la bisabuela, ambos tan retirados del resto de la casa. «Las noches son largas y el sueño pesado, y no se sabe hasta dónde puedan llegar las dotes de caballero de Minze. Después de todo, ¿qué sabemos de su pasado?». Mi padre, riendo, comentó que «la bisabuela hace tiempo que perdió sus siete velos, y eso Minze lo sabe».

Minze era una excelente persona. Pienso que si hubiera hecho una propuesta seria a la bisabuela, habría sido muy bueno para todos, particularmente para nosotros, pues dejaría de estar tan pendiente de cualquier acción nuestra. Pero -siempre hay un pero- Minze tenía cierta inclinación por la bebida. Decía, para justificarse, que el alcohol no era otra cosa que un gran limpiador de culpas tanto propias como ajenas y que él era el vínculo. En otras palabras, el elegido para equilibrar las culpas y los remordimientos. A veces le preguntábamos quién lo había elegido, sin obtener una respuesta precisa. Sólo se limitaba a levantar la cabeza hacia las alturas, para después bajar los ojos hasta tocar nuestros sentimientos más íntimos. María, la doméstica, insistía en que la bisabuela no tenía las manos muy limpias en eso de la afición de Minze por la bebida, pues en una de las ausencias del abuelo la había sorprendido en camino hacia su habitación con una botella bajo el brazo. «Lo ayuda a destruirse», dijo María, acentuando las facciones de su rostro de tierra amasada. La bisabuela, por supuesto, negó toda participación en el asunto.

El asunto de la bebida tuvo una noche alcances de tragedia griega. Los gritos de la bisabuela sonaban como campanadas llamando al orden, a muerte, a nacimiento, a cualquier cosa. María, parada en el patio en medio de una noche excepcionalmente cerrada, murmuró: «Son gritos de mujer desilusionada». Una aparición espiritual o cósmica no habría hecho mejor juego a las sombras. En estado de total alteración, la bisabuela salió de su cuarto en ropas de dormir. Todos nos congregamos en el patio. Nuestra sorpresa fue inmensa: la   —48→   bisabuela no era tan grande ni tan gorda como aparentaba con esos vestidos de gran vuelo que siempre la envolvían, su modo antiguo de cubrirse las formas como un medio de resguardar virtudes o pudores.

En medio del alboroto y de las caras estupefactas -las nuevas más que otras-, Minze salió del cuarto de la abuela, totalmente vestido. No es que hubiera abandonado el suyo a horas indecentes para poner a prueba los principios de la bisabuela. Nada de eso. Era sólo que se había confundido de habitación a consecuencia del estado de embriaguez en que había regresado luego de una de sus salidas habituales. ¿Cuán tarde era? Cerca de medianoche, lo que para las costumbres de entonces era ya muy tarde. Para las andanzas nocturnas de un hombre solo, emigrado de otro continente donde los espíritus malignos se habían arrogado derechos, haciendo de la muerte un objetivo colectivo, su afición por la bebida no era más que un modo de ahogar lo mucho que había padecido, además de la pena de su soledad. Bebido hasta las últimas consecuencias, Minze sólo atinaba a murmurar: «Si no hubiera sucedido, si no hubiera sucedido...». En total abstracción de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, Minze se dirigió a su cuarto. Todos hicimos lo mismo al sentir cerrarse la puerta.

Esa noche nadie durmió con los dos ojos. Al día siguiente, Minze aseguró que había dormido como de costumbre. «¿Y los gritos de la bisabuela? ¿Y el alboroto en el patio?», preguntamos a medias, pues los derechos infantiles sufrían divisiones que nadie reivindicaba.

«¿Gritos?, ¿alboroto?», preguntó Minze a su vez, sorprendido. «Ustedes sueñan demasiado, yo sólo duermo». Mi padre comentó que Minze sufría de insomnio, que nunca iría a curarse de esa especie de enfermedad que devenía en tortura según el estado de su mente. Y si él lo decía, era para creer.

El episodio de esa noche no fue motivo para que Minze dejase de vivir en nuestra casa, sino todo lo contrario. «Los niños tienen mucho que aprender de él, escuchamos decir a mi padre desde su dormitorio, supuestamente hermético para posibles entradas intempestivas, vientos de paso o escapes de voces, o para cualquier otra cosa que pudiese afectarles la intimidad. Sin embargo, pienso, en evocación retroactiva, que sólo la tranquilidad de la noche y el sueño profundo del resto de la casa podía otorgarles cierta intimidad.

«Algún día me voy a jubilar», dijo Minze durante un almuerzo,   —49→   como si fuese una amenaza. Era difícil entrar en discusiones semánticas con él, porque, hasta donde sabíamos, nunca lo vimos abocarse a trabajo alguno. «¿Jubilarse de qué, abuelo Minze?», pregunté con voz llena y en pleno acto de masticar un trozo de carne. Mi madre casi perdió la cuchara o el tenedor o el cuchillo, no recuerdo muy bien, la abuela se atragantó y mi padre se puso pálido, pero sólo Minze mantuvo la compostura.

«Bueno, uno puede jubilarse de no hacer nada, cuando el no hacer nada ha tomado el tiempo suficiente para pensar en una jubilación», dijo, envolviendo hebras de tabaco en un papel de cigarrillo. «Los filósofos no trabajan, sin embargo también se jubilan», agregó. «¿Los filósofos?», pregunté.

Minze continuó ocupado en la tarea de preparar el cigarrillo. Cuando lo tuvo listo, con gran parsimonia lo encendió. Después de la primera bocanada, siguió hablando. «Filósofos son los que piensan y hablan y hablan, y vuelven a pensar en lo que dicen porque buscan que las palabras entreguen significados no siempre iguales, aunque sí nuevos. Los filósofos de antaño vestían túnicas, hábito propio de hombres que se dedicaban a la meditación íntima o a conversar consigo mismos. A veces se juntaban dos para discutir algún tema, corrigiéndose mutuamente o prestándose palabras. Muchos los consideraban locos».

«Y tú ¿qué eres?», le pregunté. «¿Loco o filósofo? ¿O se puede ser las dos cosas al mismo tiempo?»

Sorprendido, Minze lanzó una estruendosa carcajada, sin sacarse el cigarrillo de la boca. Y sucedió lo previsible. El cigarrillo salió disparado como bólido, yendo a caer en el plato de la bisabuela, quien lo recogió para ser pasado de mano en mano hasta que llegó de nuevo a poder de Minze.

El hombre no respondió a mi pregunta, lo que no era de extrañar, pues a menudo tenía la costumbre de dejar las respuestas en el aire. En cambio, dijo: «Creo que te estás convirtiendo en filósofa». «¿Había también mujeres entre ellos?» «No, los locos siempre fueron hombres», respondió Minze. Todos rieron y yo también, para no ser menos, si bien no me era fácil entender al abuelo cuando se metía a doblar y desdoblar palabras hasta convertirlas en un verdadero acordeón.

  —50→  

Además de la bebida, Minze tenía afición por la pesca. Claro que a veces hacía todos los preparativos y después era imposible sacarlo de la cama a la hora convenida, generalmente porque la noche anterior había abusado del trago en total olvido de lo programado conmigo. Claro que no me importaba mucho postergar el paseo para otra oportunidad, porque era a mí a quien Minze había preferido. Cuando anunciaba «esta noche no saldré», lo tomaba por seguro de que él vendría a despertarme. «¿Ya es la hora?», preguntaba, viendo que la noche aún se extendía afuera, sin llegar siquiera a la madrugada. «Sí, ya es».

Cuando estaba sobrio, Minze era otra persona. Hasta parecía más joven. La distancia hasta el río que bordeaba la ciudad no era mucha, de modo que la recorríamos caminando. El silencio formaba parte de la caminata. Las calles, solitarias a esa hora, se prestaban para respetar el silencio. Minze, con el balde para los pescados, el tarro con el cebo y la caña de pescar en la mano, balanceaba su cuerpo para mantener la estabilidad a medida que íbamos bajando por la calle en pendiente que conducía directamente hacia la orilla del río. Otros madrugadores ya estaban en sus puestos de vigilia. Había que armarse de paciencia durante el par de horas que aún faltaba para que despunte el sol. «Estas son las horas más aprovechables, cuando los peces están desprevenidos y muerden el anzuelo con facilidad porque las embarcaciones están quietas y el agua también, lo que les hace creer que no hay peligro», comentaba Minze.

Yo era la responsable de armar la carnada, aunque me producía repugnancia tomar las lombrices con los dedos para insertarlas en el anzuelo. Sin embargo, no me quedaba otra alternativa, porque si no le prestaba ayuda él bien sabría cómo manejárselas solo. Pero compañía o no compañía daba igual, porque durante todo el tiempo casi no hablábamos. «El silencio es importante. Ellos escuchan todo», me decía, moviendo la barbilla en dirección al agua.

El momento culminante llegaba, tarde o temprano, cuando se sentía un tirón en la caña de pescar. Minze, supuestamente sin fuerzas para tirar por sí solo del lado contrario, me pedía que lo ayudase. Era la emoción máxima. Entonces, como si hubiese atrapado un pez grande, jadeaba un esfuerzo inexistente. Siempre pensé que Minze pudo haber sido un excelente actor, por su condición natural de saber   —51→   fabular hasta con las cosas más pequeñas, de atribuir a los peces una grandeza que nada tenía que ver con esa orilla llena de desperdicios donde otros actores como él ensayaban obras que tal vez no llegarían a ser representadas. Así lo entendía yo en esos momentos, y no me lo hubiera perdido por nada en el mundo.

Los peces muy pequeños eran devueltos al río. «Avísame cuando llegues a grande», les decía al lanzarlos al agua, «Y después, cuando llegan a grandes, ¿no es igualmente grave pescarlos?», preguntaba. «Cuando llegan a grandes, siempre hay un pez más grande que se los come. Lo ideal, por tanto, es pescar siempre el más grande de todos». «Pero da lo mismo, porque también mueren».

«Es una forma de control de la natalidad, ya que se reproducen muy rápidamente. Además, si no ayudáramos a descargar la población de peces, estaríamos restando un medio de alimentación para mucha gente. O los peces o nosotros, o las aves o nosotros, o las vacas, cerdos, ovejas o nosotros. Es tan simple como eso. Por último, si no nos sirvieran de alimento, no habría lugar suficiente en la tierra para todos ellos. El Supremo Hacedor lo sabe muy bien». «¿El Supremo Hacedor?». De nuevo su respuesta silenciosa: la mirada hacia arriba, mostrando así que no podía haber otra respuesta. Había que aceptarla. La comprensión vendría después.

El camino de regreso era cuesta arriba, lento por las subidas y bajadas que caracterizaban las calles de la pequeña ciudad. Era bueno que así fuese, como una forma de alargar un tiempo que yo aún lo veía extenso, pero que cambiaba al levantar la cabeza para mirar a Minze.

Estábamos ubicados en bandos de tiempos diferentes. Sin embargo, en momentos como ese prefería no pensar más que en apretar su mano callosa y hacerlo con fuerza para sentir su respuesta, aunque más me hubiera gustado poder dar una mirada a sus pensamientos y ver si tenían las mismas callosidades que las manos.

Siempre volvíamos con algún pescado en el fondo del balde, al menos para justificar que anduvimos de pesca. Pero creo que Minze se ponía más contento cuando mostraba a mi madre el balde vacío, no por molestarla, sino porque de ese modo precisaba mejor su decir de «pescar por pescar», sin que la presencia de algún pez fuera de su ambiente le restase el goce que había experimentado con la faena. Era un tipo muy especial ese Minze.

  —52→  

Mensualmente recibía un sobre, el que abría en su cuarto con cuidado sigilo. No obstante, mis padres sabían muy bien de qué se trataba. «Es la compensación por su sufrimiento», decían, utilizando un vocabulario que tantos dolores de cabeza me daba comprenderlo. No recuerdo si el hecho de comprenderlo o no tenía mucha importan cia, al igual que tantas otras cosas que sucedían durante esos años tan pequeños como nosotros y que hacían, justamente por nuestra pequeñez, que no los tomásemos con la debida seriedad. Para eso estaban los grandes, depositarios temporales de todas las responsabilidades.

Sabía, sin embargo, que después de la llegada del sobre Minze nos ofrecería también su propia compensación. Los helados que nos compraba tenían otro gusto. Además, eran helados «sin apuro», como decíamos, porque para Minze el tiempo sólo era necesario para anunciar horas de levantarse, cambios de estación y «alguna que otra cosa más», afirmaba. Lo hacía con tal seguridad que durante mucho, mucho tiempo, esa definición tan peculiar fue la correcta para mí, quizás porque se ajustaba a la irresponsabilidad natural de esos años que restaban importancia a la presión del tiempo.

Nos sentábamos en un banco de la plaza, ubicada justo o estratégicamente a la vuelta de la heladería. Era una plaza grande, con una avenida costanera que hacía agradable caminarla, sobre todo después de alguna lluvia que la dejaba libre de residuos abandonados por inconscientes. Desde ahí observábamos el río. Entre la costanera y la orilla del río, como descarga de quien sabe qué abandono bíblico o descuido del Arca de Noé, se alzaban casuchas armadas de cualquier forma y con los más diversos materiales ligeros. El lugar tenía más pobladores de los que podía albergar.

«Si tuviese medios, haría desaparecer todo esto», dijo Minze un día, desplazando sus brazos por todo el contorno. «¿Y a dónde irían?». «Donde puedan vivir decentemente. Cuando vienen las lluvias, esto se inunda y tienen que abandonar las chozas y sus enseres, porque todo lo come el río con la subida. Se pasan abandonándolas y regresando de acuerdo con el humor de las aguas. Pero prefieren estos terrenos, porque están cerca de sus lugares de trabajo. Por lo general, trabajan como obreros de la construcción o en la limpieza de calles».

Era agradable escucharle hablar. Empleaba santos y señas sencillos para conversar en clave conmigo. De tanto en tanto ideaba   —53→   alguno para impresionarlo. Entonces aplaudía con sus manos callosas, sacando un sonido muy especial, seco, cortante, mientras decía «eres una buena alumna, eres una buena alumna», con esa costumbre muy suya de repetir las frases para asegurarse de que le habían escuchado o tal vez de haberlas dicho.

Todo en él era atrayente. Hasta la pequeña caja que contenía tabletas de distinto color en sus tres reparticiones. «Es para que no me confunda, especialmente cuando no tengo puestos los anteojos. Cada color me recuerda que sirve para un mal diferente. Son invento de los médicos, porque muchas veces los dolores pasan con sólo masajear la parte afectada. Por ejemplo, de tanto en tanto el latido del corazón se pone tan estruendoso que hay que acallarlo. Yo lo entiendo. ¿Puedes imaginarte lo aburrido que debe de ser para el corazón estar en un encierro constante y con la obligación de palpitar todo el tiempo? A veces pienso que se le exige demasiado. Debiéramos tener una pequeña puerta que permita meter la mano y dar cuerda al corazón, igual que con los relojes».

«No te confundas, abuelo Minze», decía yo. «Los relojes sirven para marcar el tiempo».

«¿Y qué crees que hace el corazón? Marca nuestro tiempo, sólo eso, y hay que ayudarlo en su faena. Como no puedo meter la mano y, además, a veces el masaje no me resulta, tomo esta pastilla, la blanca, imaginando que doy a un caballo un terrón de azúcar para que me responda. La blanca es la más importante. La rosada sirve para que no me duelan las junturas; es una especie de lubricante para los huesos. La celeste es la que más me gusta, porque ayuda a levantar el ánimo. La tomo cuando los fantasmas insisten en invadirme y se pasean por el cuarto, amenazando atacarme. El efecto no es inmediato. Lo mismo siento miedo, pero me convenzo de que voy a sentir menos después de un rato. También sirve para alejar las pesadillas».

«¿De qué tienes miedo?» «De cosas pasadas». «Siempre pensé que solamente los niños tenemos miedo». «Son miedos diferentes. El más grande es el que una persona provoca a otra. No debiera ser así. De tan increíble se transforma en grande y de ahí en monstruo». «¿Y no es posible defenderse de la otra persona?». «No cuando son muchas y tienen armas». «¿Las guerras?». «Eso mismo. Las guerras y las persecuciones, y lo que llevan y traen». «¿Qué quieres decir?», «Que   —54→   obligan a gente como yo a abandonar sus tierras. Las echan del lugar que les pertenece por derecho de nacimiento y deben amoldarse a otros lugares, otras costumbres, otros idiomas. Las persecuciones nos fueron separando. Cada cual partió hacia cualquier lado, lo más rápidamente posible. Para que tú veas, ni siquiera he llegado a este país en compañía de algún pariente. Pero yo tuve suerte, ¿no lo crees?». «¿Por qué?». «Porque sobreviví».

Entonces pregunté a Minze si conocía a Teresa y a Mila. Respondió que sí, con la cabeza. Su mudez me indicó que era preferible no continuar la conversación.



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ArribaAbajo- VII -

Una noche Perel invitó a cenar a toda la familia, incluso a Minze, quien fue no de muy buena gana.

La casa era larga como la nuestra, pero bastante más amplia.

Recuerdo que empecé a recorrer los pasillos, abriendo cautelosamente las puertas. Me parecía imposible que hubiera tantos ambientes. Ese día aprendí que no sólo sirven para dormir, comer o simplemente estar. La casa de Perel tenía, además de esos ambientes, un lugar de lectura, otro para el juego y un tercero para esperar el almuerzo o la cena, así como un lugar especial para el lavado y planchado y otro para guardar los comestibles. No sé por qué después de concluir el recorrido quedé con una duda. Minze decía que quedarse con dudas era la mejor forma de convertirse en ignorante, algo muy lejos de lo que yo deseaba ser. De modo que, en medio de la tertulia, antes de cenar pregunté tímidamente a Perel por qué no había una pieza que sirviese para pensar, un lugar especial para el lavado y planchado y otro para guardar los comestibles. No sé por qué después de concluir el recorrido quedé con una duda. Minze decía que quedarse con dudas era la mejor forma de convertirse en ignorante, algo muy lejos de lo que yo deseaba ser. De modo que, en medio de la tertulia, antes de cenar pregunté tímidamente a Perel por qué no había una pieza que sirviese para pensar.

«¿Para pensar?», preguntó Perel, sorprendido, aunque me dejó la impresión de que lo hizo para ganar tiempo. «Bueno», dijo, «la verdad es que me has dado una idea. Me ocuparé de destinar un lugar para pensar». Todos rieron, con excepción de Minze. Más tarde le pregunté por qué el no había reído como todos, a lo que respondió que no era precisamente de su agrado ser comparsa y que, además, no le había gustado el comentario de Perel. «Hubiera preferido que dijese: 'me es suficiente lo que tengo', o 'para pensar no se necesita un lugar especial'. Evidentemente le falta esto», concluyó, apuntando con su índice un lado de la sien.

Había que reconocer, no obstante, que Elsa era una excelente cocinera. Preparaba los platos al estilo del país de donde habían venido. Nos sirvieron antes de la cena una bebida muy extraña de tres colores. «¿Cómo hacen para que no se mezclen?», pregunté. Pero todo   —56→   era motivo de risa cuando los niños preguntaban. Minze me hizo una seña con la mano como significando «ten paciencia, ya te lo voy a contar».

Fue una velada agradable, pese a que mi padre no participó mucho de la conversación, contestando con monosílabos cuando Perel le dirigía la palabra o le insistía que repitiese el plato. Durante la cena mantuvo una actitud ausente. Después supe que unos días antes Perel había interferido en una operación comercial que mi padre estaba intentando concretar, lo que no le perdonaba. Aceptó la invitación, a regañadientes, porque mi madre insistió en que el sentido de familia debía estar por encima de cosas secundarias. «¿Cosas secundarias? Se apropió de un negocio que yo había concertado, y por supuesto con toda la ganancia. ¿Te parece secundario eso?».

En camino a casa, dijo que la comida se le había quedado atragantada, a pesar del intento de Perel para agradarle. Pienso que mi padre tuvo un comportamiento de caballero al aceptar ir a la casa de Perel. Sin embargo, y no sabía por qué, Perel no visitaba la nuestra. «La diferencia de las diferencias», dijo Minze. «Estás hablando en difícil como hacen los demás», le advertí, con la intención de que en el futuro fuese más claro. Minze entendió mi mensaje, aunque de tanto en tanto, quizás para burlarse un poco de los otros, volvía a las andadas.

Después de la siesta de días invernables, a veces tío Berni llegaba con Perel a nuestra casa, ya que nunca Perel lo hacía solo. Era la escala casi obligada de Berni en camino a su negocio. En esas breves visitas, de pronto mi madre se pasaba la mano por una mejilla, y no era para menos. Perel tenía la costumbre de hablar literalmente «cara a cara», lo que la obligaba a cubrirse de «la llovizna», expresión que fue incorporada en nuestro léxico para emplearla en la intimidad cuando nos referíamos a los disparos de saliva de Perel. «Hay que saber tener dinero. Si no viene acompañado con señorío, no se merece tenerlo», comentó mi padre cuando se fueron Berni y Perel, «filosofando» al estilo de Minze.

Pese a que la actividad de mi padre se limitaba a su tienda y que sus proveedores eran otros comerciantes como él, a veces hacía viajes   —57→   de compras al exterior. Durante los pocos días de ausencia, dejaba a Minze al mando de la casa como hombre de confianza. Tomaba tan seriamente su responsabilidad que en todo ese tiempo se abstenía de la bebida, me imagino que con gran esfuerzo. Era él quien se encargaba de controlar de noche que la puerta de calle estuviese bien cerrada. También quien, silenciosa y sabiamente, imponía las reglas domésticas. Por lo general, eran reglas que tenían la posibilidad de ser trasgredidas mediante acuerdo previo con Minze, lo que tratábamos de dejar como último recurso o pensando más bien no tener que recurrir a esos acuerdos, o romperlos, para no dar problemas a Minze. Le teníamos un respeto natural. Si nos hubieran obligado a respetarlo, tal vez el resultado no habría sido el mismo.

La bisabuela aceptaba a regañadientes esa situación de hecho, porque en las decisiones personales ella siempre había llevado la batuta, a pesar de tener plena conciencia de que mi padre era el amo de la casa. Pero no le era fácil someterse. Creo que en esas ocasiones debía hacer un gran esfuerzo para mantener su lugar y no invadir territorios que no sólo no le pertenecían, sino que temporalmente estaban bajo el dominio de Minze.

En uno de esos viajes sucedió algo insólito: Minze desapareció de la casa, sin previo aviso. La angustia se extendió en la familia como si alguien se hubiera empeñado en provocar esa ausencia. «No se puede culpar a nadie de antemano», dijo la bisabuela, saliendo en defensa anticipada de Minze. Fueron momentos de gran inquietud. Hasta María, ya acostumbrada a los rezongos de Minze a propósito de su afán por la limpieza, mostró preocupación, ennegreciendo aún más sus ojos.

La atmósfera que se respiraba en la casa era de sala de espera. A pesar de que éstas, sean del médico o el dentista, generalmente albergan el preludio de algún dolor, yo habría aceptado cualquier cosa con tal de verlo reaparecer, sobrio o no, pero de vuelta con nosotros.

«Debemos dejar que se torno su tiempo. Tal vez esté en alguna parte, filosofando o recapacitando sobre sus excesos», dijo la bisabuela para aliviar la tensión. «Son cosas que deben arreglarse en familia, sin necesidad de llamar a extraños, ¿Avisar a la policía? Ni siquiera se limpian los zapatos cuando entran en una casa. Debemos esperar». Había captado muy bien, sin duda, el comportamiento no siempre   —58→   equilibrado de Minze.

Nunca se me hizo tan plano el horizonte, tan hurgada la calle en la que mantenía la mirada con la esperanza de verlo asomar en algún recodo. Al anochecer, cerramos la puerta, encargándose la abuela de poner la tranca. Pasaron días, no recuerdo cuántos. Una noche me desperté, sobresaltada, y fui al dormitorio de mi madre. «Creo que golpean la puerta de calle», le dije. «Duerme, es sólo tu imaginación».

Pensé que mi madre había olvidado el asunto de Minze. Pero nada de eso. Sólo que después de tantas noches de medio sueño, esa vez había quedado profundamente dormida. Ante mi insistencia, saltó de la cama y juntas, tratando de no hacer ruido para no despertar a los demás -a quienes creíamos dormidos- nos acercamos a la puerta de calle. Mi madre pegó el oído, sin atreverse a hablar. En ese momento ambas escuchamos claramente unos tímidos golpes. «¿Quién es?», preguntó con un hilo de voz. «¿Quién otro puede ser?», respondió la voz, identificándose.

Abrimos la puerta y Minze entró. Entonces nos dimos cuenta de que todo el resto de la casa estaba detrás de nosotros, incluso María. No se lo veía cansado, aunque su voz sonaba como si se le fuese a acabar el sonido. Lo acompañamos hasta su cuarto en medio de un atropello de preguntas. «Después, después», dijo, antes de quedar dormido. «¡Se acostó vestido!», exclamó María, como si eso fuese pecado.

A la mañana siguiente Minze dijo que cuando un hombre tiene algún problema necesita estar solo. «Las alegrías se comparten, pero el dolor hay que callarlo para que no tenga eco». Luego supimos que había fallecido un primo suyo, el último pariente que aún le quedaba.

La noticia le había llegado junto con el sobre de «compensación» que recibía mensualmente. «Uno también puede enfermarse de alejamiento; eso le habrá pasado», dijo Minze. «Ha de ser terrible no poder disminuir la distancia de alguna forma para posibilitar el encuentro de los parientes. Siempre pensé que por lo menos él alcanzaría a emigrar».

No volvió a hablar más del asunto. Mantuvo un mes de luto riguroso durante el cual no dejó de vestir de traje y corbata como forma de honrar la memoria del primo. Era el único traje completo que tenía.

Cuando pasó el mes, Minze dejó de usarlo y, con gran ceremonia, lo   —59→   guardó en el baúl. «Ojalá que la próxima vez lo tenga que sacar para celebraciones gratas, como un nacimiento o una boda. A la muerte debiera suceder siempre un nacimiento. Además, los períodos de dolor debieran ser cortos, porque amargan la vida si duran demasiado, y estar amargado no es bueno para la convivencia».

Al día siguiente regresó mi padre. Cuando estaba en casa, los problemas no parecían tan graves. Nunca logré explicarme por qué las cosas malas sucedían siempre de noche. Tal vez Minze podría darme una respuesta, aunque a menudo él sacaba más de una para un mismo asunto. «¿No puedes elegir una sola, abuelo Minze?», solía preguntar le. «Nunca hay una sola respuesta», me respondía. «¿Te imaginas qué pasaría si no existiesen varios caminos para elegir y uno tuviese que tomar siempre el mismo para ir a un mismo lugar? Eso es muy aburrido». Era un experto en respuestas, sin duda.

La venta del negocio transformó a mi padre en comisionista de comercio. El buen nombre, adquirido a lo largo de tantos años de prueba, le permitió contar con la confianza de los comerciantes mayoristas de la ciudad. En esos tiempos, un poco detenidos por la falta de prisa, yo no podía concebir cómo era posible que de lugares tan lejanos, como China o Japón, llegaran tantos artículos al pequeño y único puerto de la ciudad.

Siempre tenía consigo muestrarios de telas que llevaba en un portafolio de fuelle. Las muestras estaban clasificadas por cada importador de los cuales mi padre era el intermediario. A veces, era tal el peso del portafolio que un lado del hombro se le inclinaba, dándole una apariencia cómica cuando se lo veía transitando por las calles en sus visitas a los clientes.

No sabía si a mi madre le parecía bien que mi padre pasase tantas horas fuera de la casa y del círculo familiar para dedicarse a un trabajo sin horario, sobre todo después de tantos años de quehacer continuo. Una vez le escuché decir: «no hay alternativa; debo tener alguna actividad que nos asegure ingresos». Eso fue después que el residuo de gente venida de Europa desembarcara en ese puerto que servía para todo: importaciones y exportaciones, llegadas y partidas de gente, para reunión y separación de familias, o para atracar barcos o alejarse como si lo hiciesen para siempre. Eso tal vez era lo que sentíamos quienes aún no contábamos con derechos propios. Todo era para   —60→   siempre. Nos parecía que nunca llegaríamos a ser grandes.

Tío Julio no prosperaba con el negocio que había comprado de mi padre. Era cada vez menor la afluencia de los clientes que estaban acostumbrados a ser atendidos por mi padre, pese a que él iba a la tienda todos los días para presentarlos a tío Julio, usando las mejores palabras de un vocabulario no muy amplio.

El problema era tío Julio. «Tengo mi propia forma de trabajar», sostenía. Su relación con los clientes no llegó a tener la misma intimidad a la que les había habituado mi padre. Respetaba un horario, pero sin adecuarlo a la disponibilidad de tiempo de los pequeños comerciantes que llegaban del interior del país para hacer sus compras. Al no coincidir con las horas establecidas por tío Julio para abrir y cerrar el negocio, comenzaron a buscar otros proveedores que se ajustasen mejor a sus necesidades. Ese capricho de tío Julio por cerrar el negocio a una hora rígidamente establecida, fue causando reiterados atrasos en el despacho oportuno de los pedidos, especialmente de las ventas al por mayor. Esas eran las que habían aportado a mi padre buenas utilidades, estimulándolo a quedarse en la tienda aún después de la hora habitual de cierre. Alumbrado por un débil foco, todavía puedo verlo armando fardos de arpillera que desprendían un polvillo que iba asentándose lentamente en el suelo. Y esas fueron las ventas que fueron disminuyendo hasta casi desaparecer, manteniéndose sólo las ventas al detalle que apenas rindieron lo suficiente para solventar los gastos de tío Julio.

A pesar de la reconocida dureza en sus tratos comerciales, Perel no se portó mal con tío Julio. Un día vino a la tienda y, al ver los estantes medio vacíos, le dijo: «una tienda que no está rebosante de mercaderías no atrae clientes». Seguidamente ofreció llenárselos para incentivar las ventas. Pero Perel no era de los que lanzaban así no más una red sin la posibilidad de que se llenara de peces. Las pérdidas podían tenerlas otros, pero no él. Su costumbre de trabajar intensa y desmedidamente lo habían acostumbrado a ganancias proporcionales a su esfuerzo.

De nuevo mi padre apareció en escena. Esta vez para ofrecerse a firmar los documentos que garantizasen a Perel el pago de su «generosidad». Aunque su intención no era la de lucrar, quería asegurarse el pago de las mercaderías o por lo menos su devolución   —61→   en caso de que no se vendiesen en el plazo estipulado. Con la firma de los documentos, mi padre se convirtió en codeudor solidario de Perel, una situación que no fue muy de su agrado. Sin embargo, lo hizo por ese sentido de familia que siempre estuvo tan enquistado en él. Al final, mi padre tuvo que responder por el pago. Sin embargo, antes de que la tienda fuera acabándose de a poco y llegara el momento en que no había más remedio que cerrarla, tío Julio canceló su deuda con mi padre.

Pero no podía achacarse toda la culpa a tío Julio. Aunque gritón hasta que le saltaban las venas, tomando su cara una tonalidad rojiza preocupante, su bondad era inmensa, igual que su honestidad. Y eso, para Minze, valía más que su poca habilidad para mantener próspero un negocio de por sí bastante floreciente cuando lo compró de mi padre.

Tío Julio siempre fue el de carácter impulsivo de la familia, no la oveja negra, aunque algo tirada a gris. Le gustaba cortejar la suerte, fracasando más de una vez en su intento por conquistarla. «Eso es», dijo Minze. «Una mala distribución de la suerte. Algunos la tienen en exceso y otros la persiguen y persiguen sin llegar a encontrarla jamás».

Pero los dichos de Minze, supuestamente irrefutables, a veces se resquebrajaban en alguna parte. Nadie pensó que la suerte le iba a jugar una mala pasada a Perel. El incendio de su negocio, lejos de desmoronarlo anímicamente, pareció darle más energía para continuar. Pero sí le desmoronó lo otro.

Desde un primer momento, Minze insistió en que el incendio ocurrió porque Perel no había tomado las mínimas medidas de seguridad. «Fue glotonería, pura glotonería», dijo, como imaginando a Perel abalazándose sobre la mesa de algún banquete. «Si ya tienes bastante, ¿para qué quieres más?», le preguntó en cierta oportunidad, recibiendo por respuesta una mirada fulminante. Fue como si Minze lo hubiera vaticinado: atraparon a Perel con un contrabando de mercadería por un monto nada despreciable. No era una práctica habitual, al menos no en gente con principios. Pero tampoco podía desconocerse que algunos la cultivaban como forma de hacer dinero rápido.

Cuando en el ámbito comercial empezó a murmurarse sobre su relación con ciertas personas de antecedentes no muy santos, Perel   —62→   cayó en un estado depresivo, Minze insistió en que había mucho de comedia en esa depresión, pues quien busca al diablo termina por encontrarlo y nadie mejor que Perel podía saber que entre tantos sobornados siempre hay alguno a quien no satisface el monto del soborno. Y eso fue lo que ocurrió.

En reunión familiar -con verdadero alcance de clandestinidad-, en la sala que daba a la calle, Minze opinó de que Perel debería poner a trabajar su cabeza para pensar en negocios que no le ocasionen semejantes trastornos. Y así fue. Perel decidió instalar una sucursal de su establecimiento comercial en una localidad situada al otro lado de la frontera, separada por un río. Su cercanía facilitaba el comercio recíproco y también el «contrabando hormiga», como llamaban a esa forma casi artesanal en que era llevado a cabo, generalmente por mujeres.

A esa localidad también era posible viajar por tierra, pero el trayecto se hacia dificultoso por la falta de una buena ruta, la cual se volvía intransitable en época de lluvia. El río, en cambio, era un medio rápido, seguro y sin impedimentos durante todo el año.

Elsa inició sus cruces fluviales, desde esa localidad, llevando mercancías de poco bulto y mucha monta, ocultas entre ropa confeccionada de forma amplia para ese único propósito. Se especializaba en el contrabando de perfumes porque eran fáciles de ocultar, además de dejar un buen margen de utilidad. Podíamos imaginar su cuerpo, menudo y flaco, transformado en amplias redondeces de las que se desprendía después de pasar el control aduanero, un tanto relajado en las horas nocturnas, que eran las más aprovechadas por Elsa.

Lo hizo durante mucho tiempo, hasta que otras mujeres, igualmente avispadas, entraron a competir. Sin embargo, la competencia no tardó en causar la saturación del mercado y la consiguiente reducción de los márgenes de utilidad. En otras palabras, dejó de ser un buen negocio para Elsa, agregado a que el tiempo y el cansancio ya estaba dejando su marca para una «empresa» que le demandaba mucha energía y salud.



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ArribaAbajo- VIII -

A menudo siento como si alguien estuviese accionando uno de esos artefactos usados en tiempos de antes para avivar el fuego, produciendo un viento artificial, el que me insufla corrientes recordatorias o trata de desinsuflarlas para que al atiborramiento no me cause problemas de tránsitos internos. No lo sé. A veces pienso que todo es pasado y ellos, los que conforman o deforman historias que de pronto desestabilizan mi razón, ya no están.

La niebla parece tullida, cayendo de medio cuerpo acá o allá, zambulléndome en la atmósfera hasta opacarme los ojos y dejarlos desvencijados. Tal vez no sea más que la condición natural de los ojos, el estar cerca uno del otro, pero solos, sosteniendo desde esa dimensión la fatalidad humana que hace cuerpo en la soledad absoluta. De ahí a la meditación que revuelca pasado y presente, con consecuencias futuras, no media más que un pestañeo. O puede que sólo sea el confinamiento al que lleva la niebla, marca flotante que deshace realidades y convierte a uno en presa de su embrujo.

Pero es su avance lo que remece el temor, el encierro que amenaza sus velos con el deseo de ocultar algo o soltar dudas enjauladas. Sin embargo, no es una neblina impenetrable, sino secreta, una red que es preciso recoger para observar qué parte del mar ha quedado adentro. Algo se perfila entre tanta bruma. Dan ganas de abrirse paso y escarbar en ella, ahuyentarla como se hace con los insectos voladores, Pero entonces no es bruma, sino el recuerdo que se obstina por levantar humaredas para confundir el pasado. «Deja atrás esas fuerzas oscuras», previene un susurro, también pasado o vencido, que enturbia el pensamiento, que impide su aclaración oponiendo más turbiedad hasta que la sensación de vacío anuncia caídas, resbalones, deslices de la conciencia, una lucha sombra a sombra en la persecución de la imagen.

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Es una neblina que parece no tener un adentro o un afuera, o un límite para precisarla. Será necesario traspasarla o bordearla lateralmente para llegar al contorno que intuyen los ojos, o acaso uno de ellos solamente, buscando la antimemoria para torcerle el brazo. Es como si se hubiese decretado la desaparición de las luciérnagas que permiten atravesar neblinas para llegar a esas tierras de Nunca Jamás que aseguran la existencia de fantasías saludables. Podría tratarse también de una neblina con ojos y haya sufrido un desprendimiento de neblina. Me atrae y atemoriza, al mismo tiempo, esa decadencia que supone el borroneo de la atmósfera, cortina que tienden manos secretas para impedir el paso de la realidad. Será preciso el envío de duendes diestros que puedan comunicarse con el aire empañado, aunque quizás no sea necesario.

Se alcanza a vislumbrar que alguien sostiene un espejo, produciendo espejismos brumosos. Es la guerra, el más allá, un precipicio sin fin, cualquier cosa que pueda caber dentro del absurdo. O son ellos, los personajes reales de una historia que parece inventada, quienes se ocultan detrás de la neblina para ir desapareciendo de a poco, para borrarse de mi recuerdo, de mi sentimiento, y yo lucho por no quedar en la indefensión del abandono.

Mi memoria está llena de moretones como si el día estuviese azulado, o son golpes recordatorios de quienes insisten en continuar formando parte de ella. Siento que el desatino es culpable de lo que ocurre, que las palabras tienen goteras por donde se escurre su significado, convirtiéndose en viles contrabandistas del sentido. De pronto pierde importancia el que se trate del más allá o del más acá, aunque la condición neblinosa que me aqueja sea el resultado de ambos elementos, de la imposibilidad de ubicar hechos o sopesar situaciones. «Pero todo eso ha sucedido. No sería capaz de inventar tanta realidad», me defiendo.

El tiempo sólo ha logrado acallar el trajín que hace de la rabia un vehículo insoportable. Si únicamente pudiese separar el sentimiento de cualquier otra cosa, marginarlo hasta que nuevos tiempos auguren nuevas esperanzas. Sin embargo, nada hará cambiar archivos, deshacer identidades que alguna vez fueron. Me aqueja el inconformismo ante ausencias definitivas, algo así como si el destino se empeñara en pasarme malas jugadas.

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Me han puesto un caleidoscopio en las manos, pero es nada más que un engaño, un límite para que los ojos no sigan tropezando con esas neblinas o incursionando en el pasado. «¿Cuándo comenzaron?», alguien pregunta. «¿Cuándo comenzaron qué?», pregunto a mi vez. «Las neblinas», llega una respuesta, «Nadie ha hablado de neblinas», digo, levantando un escudo, porque es posible que quien haya formulado la pregunta busque apropiarse de mi neblina. «Es una ilusión, una fantasía, un recurso artero para no enfrentar realidades», debe pensar el experto en preguntas.

Hay una sensación de crisis de ser, de estar, de respirar o dejar de hacerlo, como si el desarreglo de los sentidos se hubiese convertido en una enfermedad. El pasado se abre como un banco de respuestas, pero es imposible introducir una pregunta. «Es la farsa llevada hasta sus últimas consecuencias», digo, pienso o sueño. Más bien quisiera soñar, y lo del sueño que pretendo también semeja una farsa.

La existencia ha dejado de tener el alcance antiguo que impregnaba de calidez la atmósfera, lo que ha hecho que se produzca un enfriamiento de la corteza terrestre y, por consiguiente, de la corteza humana. Todo parece ser pasado y quienes detentan las respuestas no están. El tiempo corcovea como si tuviese vergüenza por haber fallado.

Ha fallado el tiempo, la paciencia, el arrastre doloroso que fue produciendo costras, superponiéndolas para evitar saneamientos u olvidos. Lo aceptaría como documento necesario para ratificar hechos y no se crea que la locura ha hecho presa de la mano del escribiente, de su necesidad de fabular. Con todo, un temor me asalta: ¿Quién quedará para continuar indagando en ese pasado? ¿A quién le importará? ¿Continuará constituyendo el antecedente intransable de toda existencia presente? Por último, pienso -con esa proyección cósmica, científica o parte de la ciencia ficción que parece convertirse en lo único deseable- que la participación humana en el devenir universal desciende cada vez más hacia cifras ínfimas, las que estarán representadas por cabezas de alfileres sin identidad alguna. «Esperemos el próximo diluvio», diría tío Jako como forma de minimizar cualquier peligro. Y agregaría: «Debemos estar preparados para tomar la primera arca que pase. No será necesario que sea pilotada por Noé».

No me quedará otra salida que reconciliarme con pasados,   —66→   presentes o futuros como forma de asegurarme la condescendencia del destino.

El tío Jako habló de la gran reunión familiar como si quisiera alejar con eso las consecuencias migratorias. Aún estaban casi todos, y el gran deseo de volver a juntarnos parecía que iba a ser la clave para consumarlo. Pero el tío Jako, incontrolable en sus dichos y sus acciones, pocas veces consultaba posibilidades reales. Sin embargo, a insistencia suya se llegó a discutir lo de la gran reunión familiar como algo que sólo esperaba el momento justo para su concreción. La familia había expandido sus lazos, lanzado cuerdas, extremado la ramificación de un árbol genealógico buscador de nuevos suelos y subsuelos. Era el sino impuesto por situaciones anteriores que dejaban su marca ineludible.

La idea lúe macerándose con largura de tiempo, como si todos los miembros de la familia fuesen a aguantar la espera por el compromiso implícito en la idea. «Los primos se conocen poco y los hijos de los primos empiezan a mirarse como extraños», dijo tío Jako para dar fuerza a su iniciativa. Nadie oteaba el horizonte para detectar cambios en la jerarquía familiar. Parecía prevalecer el convencimiento de que los malos tiempos habían quedado suspendidos de una distancia que hacía imposible que algo fuese a suceder.

«Será necesario tomar varias habitaciones en algún hotel y comenzar con un gran encuentro inicial antes de programar las actividades», dijo. «Lo importante es estar juntos el mayor tiempo para establecer la comunicación entre los más jóvenes, ayudarles a sentir el significado de pertenencia tanto a la familia como a nuestras tradiciones». Todos estuvieron de acuerdo, grandes y no tan grandes, aunque los pequeños no hicimos más que repetir la actitud ancestral de seguir el dictado de los mayores.

Entonces, como sombras que nadie se atrevía a soslayar, comenzaron a producirse postergaciones debido a la falta de acuerdo en una fecha determinada -quizás pretexto de algunos para no poner en evidencia su magra situación económica-, lo que podría hacer fracasar la empresa.

El tío Jako, quien estaba pasando por la parte buena de una de sus   —67→   tantas vueltas y revueltas de fortuna, con esa forma tan suya de dejarse llevar por la espontaneidad -lo que acarreaba a veces otros problemas- ofreció tomar a su cargo los gastos de quienes no pudiesen solventarlos. Eso desató algunas susceptibilidades, propias de gente acostumbrada a valerse por sí misma y a no aceptar dádivas. Si bien la oferta de tío Jako estaba muy lejos de esta connotación, algunos la consideraron desproporcionada y el gasto excesivo. Una postergación condujo a otra y después a una tercera hasta que se empezó a hablar del asunto en tiempo pasado y a lucubrar sobre lo bueno que hubiese podido ser.

Después aparecieron trizaduras impuestas por un destino insospechado y la muerte entró en un descuido de la mente. Se hizo difícil aceptar la tragedia, sobre todo por tratarse de un miembro joven de la familia que cercenó futuras expansiones y trasgredió la naturalidad de turnos. Lo inaceptable se volvió tema de todos los días y la conversación, que por lo general acostumbraba tomar rumbos anteriores, dio un giro completo, convirtiéndose en punto de partida de otra etapa de la familia.

La desaparición de Beno, el sobrino mayor, marcó expresiones, dejó la risa en suspenso y el llanto marcó el inicio de cualquier conversación en el seno de la familia. Duró mucho tiempo, uno largo durante el cual ocurrieron otras cosas, pero sin que el velo oscuro que se llevaba como muestra del desamparo impuesto por la fatalidad diera muestra de aclararse.

El tío Berni trató de continuar siendo el mismo, pero el entusiasmo con que envolvía los hechos más insignificantes quedó sostenido de una media sonrisa que sólo revelaba su tristeza interior. Ya no se habló más de algún futuro encuentro colectivo de familia, dejándose al azar el que pudiese ocurrir o no. De todos modos, algo fue perdiéndose y las reuniones fragmentadas sólo sirvieron para poner en evidencia a los ausentes y centrar en ellos la conversación en un retroceso al pasado quizás saludable, un pasado largo y ancho que comprendía estados de ánimo y aceleraba pulsos y mentes.

El tren del recuerdo continúa su carrera humeante. Veo pasar escenas por mi memoria, casi de la misma forma como va corriéndose el panorama a través de alguna ventanilla de la máquina. Sólo que no desaparecen tan rápidamente, aunque se borronean de cierto modo   —68→   para dar lugar a otras. Algunas son verdes, como si aún no hubiesen alcanzado su punto de maduración.

En el recuerdo está ella, mi madre, en un último intento por aferrarse al hilo invisible que conecta con la existencia, respirando hasta dar la impresión de querer explotar de cuerpo y de espíritu. Tuve miedo de mi memoria futura, de que no me fuese posible librarme de esa imagen que con los años seguramente buscaría cuerpo en el mío para corroborar condiciones hereditarias. Es posible que yo ya esté en la mira del destino y sólo trato de encontrar una puerta, aunque sea falsa, para ensayar escapes que conforman el capricho, pero sin ofrecer solución.

Alguien está tratando de iluminar una escena que está en la parte de atrás de una mente que no es la mía, seres mudos y tristes sentados alrededor de una mesa que tampoco es la mía. La que me pertenece, la mesa larga, ya ha iniciado su paso por el tiempo y se mantiene inalterable en conciencia.

Una memoria lejana se empeña en formar imágenes de efecto presente, como queriendo anular cualquier asomo contrario. Es una memoria herida que intenta levantar alas. La ternura busca resquicios donde poner nombres, identificarse para llegar a ser. Es una memoria con partes deprimidas, como terrenos no abonados a tiempo o pasados de largo por lluvias que siempre llevan otra dirección. Puede tratarse de un doblaje bíblico, renovado para volver a poner pruebas al ser humano y tentar su capacidad de aguante.

Es la muerte que acecha en ese cuarto blanco que huele a desinfectante, donde cada movimiento es captado para armar la escena final. El trinar de un pájaro desconocido atraviesa la atmósfera exterior y se inserta en el cuarto, pasando por distintos niveles de sonido. En reflejo involuntario, levanto los brazos para ahuyentarlo. Pero ya no estoy en el gallinero del fondo de la casa de la abuela Bea, donde jugaba a situaciones de superioridad persiguiendo a las indefensas aves. Se levantan velos invisibles y las llamas titubean en el espacio. Tengo los ojos brumosos. Es el esfuerzo por atraer lo que ya no existe, lo que fue pasando tan rápidamente que me dejó la sensación de no haber sido.

Son años pintados de distintos colores que pestañean el deseo de no borronearse. Sin embargo, uno que otro se impone a veces y desata   —69→   la crueldad del recuerdo. La mesa llena de la mesa larga ha quedado como imagen detenida. Los desertores aún no tenían ideas rebeldes.

Mi madre, debatiéndose en esa línea frágil entre ser o dejar de ser parece querer indicar que nada puede ser cambiado. La dama de negro, desde una esquina, asiente. Desde otra, tío Jako tuerce un ojo, como acostumbraba hacer cuando quería mostrar su desacuerdo. «¿Cómo puedes hacerlo, tío Jako, si ya te has sometido a su requerimiento?», pienso que digo. Pero es sólo el andar divagante de una mente en estado de sublevación. Mi sentido pacifista se desmorona y una capacidad desconocida me mueve a luchar contra esa imagen concebida imaginariamente que, sin embargo, es superior a cualquier frente que se te quiera oponer.

Estoy sola ante una situación de la que me quieren hacer cómplice. Me resisto y apelo a juicios finales, o en proceso de serio, para que ya todo acabe o un vuelco extraordinario me la devuelva de ese estado en el cual prefiero no verla. De pronto tengo la sensación de que estoy del lado de la mujer que espera en la esquina y me pregunto por qué, si quién soy yo para decidirlo o por qué me han dejado en esa confrontación triangular en la que soy la única que muestra movimiento. La atmósfera parece inmersa en suspenso, uno que se mueve de una a otra, tal vez acechando o decidiendo a quién apoyar.

«¡Que todo termine o comience!», quiero gritar con voz oprimida por el llanto interno. Pero temo que mi madre crea que he hecho causa común con la mujer de negro que espera en una esquina. Es ese instante eterno que decide el adelanto o el retroceso, el abrir o cerrarse de la cortina que establece límites.

Quisiera contar con la presencia verdadera de tío Jako. La indefensión juega en mi contra, ganando un terreno que me resisto a entregar, «¡Qué caigan los límites y yo con ellos!», de nuevo quiero hacerme oír. Siento que la mujer de la esquina mueve negativamente la cabeza. «Cada cosa a su tiempo», parece que dice. Busco al tiempo para interrogarlo. No quiero estar sola. La abuela Bea se acerca con el candelabro de mil brazos, pero la habitación está cada vez más en penumbra. Mi apelación no repercute del modo que quiero. Son fantasmas que están del lado que atrae a mi madre. La mesa larga lanza un grito, luego otro, y se quiebra en la parte que le corresponde. Oculto   —70→   la cara en mis manos, como lo hacía la abuela frente a las velas. No sé qué espero con ese gesto. Retiro las manos y percibo un respirar alterado. Es el mío, el único que se afana en medio del irrevocable silencio. De nuevo oculto la cara. Pero esta vez sólo invoco.

Agazapada en la neblina, el aire parece haber optado por la huida. Sin embargo, algo se desprendo de esa capa que hace encoger los ojos, achicarlos al máximo para traspasar lo invisible y llegar al otro lado, donde sigue proyectándose hasta que la misericordia presione mi sentir como si todo girase alrededor de eso: sentirse o no sentirse. Pienso que pasará lo mismo con otros que, por imitación o por ver más allá con la ilusión de un tercer ojo, se agazapan como yo y de modo animal acechan posibilidades misteriosas o escondidas. Estoy mentalmente del otro lado, sin embargo experimento una sensación rara de logro anticipado, de haber alcanzado algo suspendido en mis sentidos y que obliga a la persecución ciega. Quizás sea la eterna lucha por adentrarse en mundos que no están tan herméticamente cerrados y permiten aberturas de quienes se atreven.

Con todo, algo hay detrás de esa neblina que me preocupa, acaso un hombre lobo, el monstruo del lago Ness, la cara oculta de la luna, la caja de Pandora que míticamente fue abierta, aunque aún permanece cerrada y con sus misterios inalterados. Algo ha de haber. No puede ser sólo el deseo azuzado por la necesidad. Puede que sean ojos que inician descensos luminosos y yo imagino lo inimaginable, o miedo, nada más que miedo de avanzar, que se transe con la indecisión, pretendiendo estar apernado a la seguridad de un espacio. Son rostros los que oculta la neblina. Se forman, conforman o deforman de acuerdo con la profundidad de la mirada. También pueden ser huellas de rostros que han perdido la calidad de tales e insisten en insinuarse como residuos pasados para ayudar a la memoria a no ser objeto del desrecuerdo.

Hay un polvillo que insiste en caer incesantemente, formando una cortina etérea. Ella asoma como parte del polvillo, primero el rubio de sus cabellos y luego la media sonrisa que amenaza explotar al menor toque. La boca se le abre y los dientes aprietan un hilo que no alcanzo a identificar, tan tenue como el polvillo o la neblina, un hilo   —71→   que aprehende con fuerza, con pasión, que juega con ella, la tienta con desaparecer para siempre en un error de boca o de dientes, que amenaza con aprovechar cualquier debilidad y busca tomarla con la guardia baja. Ella canta mientras sujeta el hilo, hilando su canto con él, abriendo el piano apenas insinuado detrás de la neblina el un intento por guardar su canto, resguardarlo de falsos ecos.

Mi madre tocaba el piano y también cantaba. Dentro del piano está su universo. Cuando lo abre, el universo se desparrama y ella corre por la habitación para juntar los pedazos que buscan escapar, y volverlos a poner dentro del piano. Luego cierra con fuerza la tapa, produciendo un sonido estruendoso, apretado, largo, hasta que el silencio se apiada. «¿Por qué escapan si sólo quiero guardarlos, ponerlos en el sitio donde creo que deben estar?», se pregunta. Cierra sus ojos de color triste, aprieta los pómulos y escucha la música que imagina flotante, Sus labios se mueven como si cantase para adentro. Me pregunto cómo puede cantar para adentro con esa voz que la desborda, que la lleva a cimas desde donde cae en tropel de caballos alados. Quisiera que dejase de cantar, porque tal vez sea su canto lo que mantiene la neblina, afina el polvillo, forma imágenes anteriores que perturban olores, sabores, momentos.

El viento corre dislocadamente por las colinas que circundan la casa, alejada del diario pánico ruidoso que forma el trajín. Ella sube de un brinco hasta instalarse en la cima, desde donde desciende de golpe hacia el río para mezclarse con el murmullo del agua hasta que se vuelve acuoso. Más allá, casi colgando de un barranco, un atisbo de otra casa. Son cuatro paredes que se levantan y prometen transformarse en algo especial, un atelier quizás, porque es probable que algún artista esté en camino o ya se encuentre adentro. Las casas se funden y me confunden. Son como casas sorpresa que se insertan unas dentro de otras, la proyección que lleva cuenta de sus ocupantes.

Un talismán cuelga en el interior de la casa, de la otra, la grande. Tiene siete cabezas, siete agujeros, siete direcciones. Es un amuleto contrario a los designios de la suerte, quizás por exceso de sietes. Ella lo muestra, sonriente, como si la clave de futuros no configurados estuviese ahí, o tal vez los orígenes y términos de migraciones antiguas. Hay fugacidad en el tono del día, en los olores mezclados que se tropiezan entre sí por su afán de preponderar. Hay una lucha   —72→   invisible entre cuerpo y espíritu, pasos largos y pesados que hacen sonar la atmósfera y quieren sujetar el recuerdo para que vaya adquiriendo visos de eterno.

No sé si continuar en esa posición de agazapada. Mi voz está cautiva dentro de una garganta insonora. «¿Por qué sólo se puede recibir mensajes y no hacerlos llegar?», me pregunto. «¿Qué mecanismo impide su libre tránsito?».

Ella levanta el dedo índice y lo coloca trasversalmente sobre sus labios. Probablemente sea una clave, un gesto cabalístico o sólo una advertencia para que yo no indague en territorios que se mantienen misteriosos, prohibidos, hasta el momento decisivo. Temo dejarla sola en medio de otras soledades, que no sienta el calor de mi proximidad. Hace un gesto con la cara como diciendo que no debo preocuparme, que todo está bien, que ella debe permanecer donde está y yo... Aún así, sigo agazapada, acechando como cazador furtivo cualquier claro que disipe mis miedos.

Mi madre tocaba el piano y también cantaba. Corre la neblina como telón de algún escenario. Es de noche, es invierno y yo un transeúnte atajado de un poste de alumbrado cuya luz decreciente parece contener respuestas. Es una luz que pone en evidencia la neblina y la separa para que nadie, nadie dude del lado en que debe mantenerse.



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ArribaAbajo- IX -

Las largas caminatas con el abuelo Minze, calle arriba o calle abajo, muchas veces nos llevaba hasta el muelle del puerto de río de la ciudad. Era tal vez mi paseo favorito. Siempre me subyugaron la mezcla de los olores de desperdicios que flotaban alrededor de los barcos, los gritos de los estibadores, los tripulantes moviéndose de una cubierta a otra. El puerto, modesto y pequeño, sin embargo era el primer paso hacia esas lejanías que apreciaba en los libros de Salgari y de otros aficionados a relatar viajes de fantasía. Eran capaces de remecer mis sentimientos más íntimos. Parada junto a Minze, casi sentía como una parte de ser se desdoblaba para partir en uno de esos buques, mientras la otra permanecía firmemente tomada de su mano.

«¿En qué piensas?», me preguntó de pronto, observando mi cara, la que trataba que fuese lo más inexpresiva posible. «En cómo será el mar. El río me parece tan ancho, tan difícil de atravesar». «El mar puede ser terrible cuando uno está obligado a verlo cada día, lo primero en la mañana y lo último antes de cerrar los ojos. Si no lo sabré. El deseo de divisar tierra, de asomarse a alguna orilla apenas detectada en el horizonte, se vuelve casi una necesidad como la de comer o dormir. El continuo flotar da la sensación de inseguridad. A eso hay que agregarle vómitos, marcos, enfermedades y hasta muertes».

«¿¿Muertos?». «Sí. Era el precio que a menudo se pagaba al viajar en esas islas flotantes que para muchos se transformaban en alfombras mágicas, porque era necesario escapar para salvarse. Los viajes eran largos, casi eternos, y bastante miserables las condiciones a bordo debido al hacinamiento. Había que ser fuerte, muy fuerte, como en toda aventura humana. Sólo sobrevivían los más fuertes». «Menos mal que tú lo eras», Minze sonrió, mudamente.

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«¿Nunca tuviste una familia propia?». No era fácil llegar basta las honduras del pasado de Minze, su propiedad inalienable, incuestionable, inconversable. Pero yo era niña y mis límites naturales de comprensión no me permitían saber hasta dónde se puede llegar en un rastreo cariñoso. No conocía los altibajos del criterio ni el respeto por las soledades de cada persona.

Minze acostumbraba contestar con monosílabos. No eludía una respuesta, aunque tampoco iba más allá. En esos momentos, con el egoísmo propio de los años inconscientes, me alegraba de que pudiera tener a Minze para mí sola, si bien a veces no había más remedio que compartirlo con mis hermanos.

El panorama empezó a mostrar nubarrones en una de nuestras visitas al puerto. Era una de esas tardes en que el goce me parecía tan ancho como el río, en que no me molestaba ser una niña, aunque esa niñez se mantuviese eternamente o se detuviese en ese preciso momento. El placer de nuestra mutua compañía, de sabernos el uno próximo al otro sin interferencias de terceros, se vio alterado de cierto modo. Fue un día en que el puerto no estaba tan azotado por la afluencia de gente o de buques. Había mucha tranquilidad a nuestro alrededor, una calma excesiva para que pudiese ser duradera.

Una mujer, quieta y silenciosa como nosotros, apareció casi mágicamente, compartiendo la observación del panorama como si buscase imitarnos o reducir de algún modo nuestro monopolio del puerto, el cual habíamos establecido sin pensar en otros visitantes. Raras veces advertíamos la presencia de otras personas en el lugar, porque nos bastaba la nuestra. Fue Minze quien notó a la mujer. Al comienzo no me pareció peligrosa, o es lo que deseaba creer. Eso fue sólo al comienzo, cuando vi que su soledad se marcaba en el horizonte en momentos en que la tarde iniciaba el descenso.

Minze la miraba de reojo. Pudo ser nada más que curiosidad. Tuve ganas de acercarme a la mujer y decirle que estaba ocupando un lugar que prácticamente nos pertenecía. Sin embargo, temí que dijera «no es nuestro, ya que no lo hemos comprado», como era su costumbre cuando buscaba huecos donde insertar palabras que tuviesen sentido, pero que prefería no exteriorizarlas. Por más esfuerzo que hacía para que mi pensar igualara al de Minze, el pensamiento chocaba con diferencias de tamaño que algún día «sólo la experiencia podrá   —75→   hacerlo crecer», por decirlo en las palabras de Minze cuando un día le reproché que nuestra avenencia y comprensión no llegaba a balancear el modo de ver las mismas cosas. Así y todo, era un hecho que la mujer se había metido en nuestro espacio mientras observábamos plácidamente el horizonte, las nubes y los barcos, totalmente abstraídos de la gente anónima a nuestro alrededor, la cual no contaba para nosotros, precisamente por ser anónima.

Todo habría continuado igual si no hubiésemos vuelto a ver a la mujer. Pero no fue así. Un día la divisamos de nuevo en el muelle, paseando con un perrito sujeto por una correa. Lo primero que hice, para atajarme de algo en caso de que las cosas se pusieran difíciles para mí, fue recorrer con la vista paredes y lugares con la esperanza de encontrar el cartel salvador: «Prohibido entrar con perros». Pero nada. De modo que no me quedó más que encomendarme a las circunstancias, al cielo, a cualquier cosa que evitase poner en riesgo nuestra relación, nuestros diálogos mudos. «Eso es egoísmo», casi podía escuchar el reproche de Minze. No obstante, era algo que yo no podía evitar.

El sentido de derecho era llevado por mi condición de niña hasta límites casi irracionales. El de propiedad también. Tal vez formaba parte del egoísmo contra el cual luchaba Minze, no sé si exitosamente, pero por lo menos nos hacía pensar sólo de modo fugaz, pues enseguida reemplazábamos cualquier pensamiento indeseable por otro que no nos comprometiese.

Nuestros paseos no siempre incluían el puerto, aunque desde que Minze avisto a la mujer sus pasos parecían querer llevarnos solamente en esa dirección. A veces, con alguna insistencia, lo convencía de que fuésemos al zoológico, pero como quedaba en las afueras de la ciudad, nuestras visitas a ese lugar eran bastante esporádicas. Así que, dadas las pocas posibilidades de recreación que ofrecía nuestra pequeña ciudad, no podía dejar de coincidir con Minze de que el paseo al puerto era la mejor alternativa.

Los problemas comenzaron realmente con la aparición del perrito. Estoy segura que la mujer lo dejó suelto para atraer la atención de Minze y que el acto fue programado con antelación como si ella estuviese poniendo en escena una obra teatral.

La vista de un perrito corriendo alocadamente por el muelle sólo   —76→   podía significar una cosa: un animal exponiéndose a caer al agua, a no ser que hubiera sido amaestrado para esas andanzas. Nada era descartable. La alerta cundió en Minze, quien se puso a correr, a su manera, detrás del perrito para evitarle una posible desgracia y -esto era lo que más me preocupaba- restituirlo sano y salvo a su atribulada dueña.

Yo también corrí detrás de Minze, pero la mujer no hizo el menor movimiento. Tal vez era otra maniobra suya para atraer la atención de Minze. Sólo después supe que había quedado paralizada por el temor de que algo grave pudiese ocurrir al animal, ya que le servía de apoyo, de bastón, de mano que sostener como Minze lo hacía con la mía.

Una vez rescatado, Minze puso al perrito en brazos de la mujer. Noté que estaba bien cuidado y que no olía como otros. A media voz, o quizás con un tono aún entrecortado por la angustia, agradeció efusivamente a Minze e, inclinándose, me besó en la mejilla. Sin darme cuenta -como lo hacía cada vez que a Perel se le ocurría besarme-, me la limpié con el dorso de la mano. Afortunadamente, ni Minze ni la mujer se dieron cuenta.

Ambos comenzaron a conversar sobre el tiempo, las actividades en el puerto, la tranquilidad de las aguas, los barcos, en fin, una conversación sin mayor fuerza. Por lo menos así lo pensaba yo.

Iniciamos el regreso juntos. Por coincidencia, tomamos el mismo camino, el que se prolongó casi hasta llegar a la casa, pues para mayor coincidencia la mujer vivía a pocas cuadras de la nuestra. Esto no era de extrañar en una ciudad pequeña, con casas desparramadas como naipes sobre una mesa, que no había alcanzado aún la etapa de edificación en altura.

Cuando quedamos libres de la mujer, respiré aliviada, pensando que sería el final de la aventura, que no la volveríamos a ver. No obstante, por esa falta de «propiedad propia» que nos obligaba a compartir el puerto con otros, el muelle se convirtió en un lugar de encuentros ocasionales, lo que parecía no disgustar a la mujer y aún menos a Minze.

No recuerdo cuánto luché por alejar el egoísmo que me envolvía como manto perverso. Si no podía tener la propiedad del puerto, ¿por qué me iban a arrebatar la de Minze?, se me ocurrió, buscando una salida que llegó a carcomer el borde de mis sentimientos. También se   —77→   me ocurrió, en uno de esos destellos de inteligencia que ocasionalmente cruzaban mi cerebro como meteoritos, que si mis hermanos y yo compartíamos a nuestros padres, era normal que yo compartiese a Minze con otros. En eso sí que mis hermanos no contaban, pues en lo más profundo de mi interior sentía que era la preferida de Minze. A regañadientes, tuve que aceptar que, en vez de dos, fuéramos tres los paseantes.

Su nombre era Pola y el del perro Can, si bien en un comienzo no me faltaron ganas de llamarlo Caín. Me lo impidieron algunas enseñanzas que no pensé hubieran hecho eco en mi sensibilidad, el recuerdo de lo que mi madre siempre decía «siembra, siembra que algo irá a crecer».

Pola era diferente a los miembros femeninos de nuestra familia: alta, de poco hablar, hasta un poco distante para mi gusto. Sin embargo, ¿qué importancia podría tener que fuese de mi gusto o no? Can se integró como un acompañante más de nuestros paseos. La verdad es que si no hubiera tenido la apariencia de perro hasta se habría pensado, por su buen comportamiento y cuidado, de que era un ser como cualquier otro que se hacía pasar por perro, tomándose el tiempo para observar el trajín humano desde una perspectiva animal.

Poco a poco fui acostumbrándome a la nueva situación, a la idea de que nadie pertenece a nadie y a la convicción de que vamos pasando por distintos períodos de libertad, controlada al principio, cuando las edades son aún inestables, hasta alcanzar la edad adulta, que perdura tanto como la vida misma.

Pola parecía estar necesitada de compañía. Pienso que si ella no hubiera iniciado la conversación con nosotros de esa forma tan accidental, otros ocuparían nuestro lugar, lo que no dejó de causarme celos.

Después de varios encuentros, empecé a darme cuenta de que no era difícil acostumbrarse a su compañía y que íbamos cayendo en un mutuo conocimiento «de a tres», porque algo extraño ocurría en nuestros paseos: nos sentíamos cómodos tanto en el silencio como en la conversación. Lo primero no necesitaba ser interrumpido, mientras que lo segundo se deslizaba lenta y tranquilamente hasta que algún vuelco ocasional nos hacía retomar el silencio.

Minze dejó de oponer pretextos a los paseos largos. Se dio cuenta   —78→   de que no había por qué hacer una larga caminata hasta el zoológico, ya que bastaba tomar un autobús que pasaba por la vecindad o hacer uso del viejo tren que, aunque más lento, nos dejaba frente al lugar, en una estación necesitada de mejoras, igual que sus alrededores. Después de descender, cruzábamos al otro lado de las vías para alcanzar el zoológico, que también era jardín botánico. En vista que Can se ponía histérico ante los animales enjaulados, lo dejábamos en custodia con algún guardián.

Una vez terminado nuestro recorrido, recuperábamos a Can y compartíamos un picnic en algún lugar abierto donde el pasto fuese más tupido. Ese momento, que se enmarcaba en las declinaciones de colores del atardecer, era el más esperado por mí. Pola preparaba unos sandwiches que casi podían competir con los de mamá. Luego emprendíamos el regreso. Cruzando de nuevo las vías, había que esperar pacientemente la llegada del tren, a menudo bien alejada de cualquier horario establecido. Pero esos eran tiempos sin horarios, de relojes lentos y de gente conformada con los adelantos, también lentos, de una vida de tránsito que se aprovechaba hasta en sus ofrecimientos mínimos.

Minze parecía haber rejuvenecido de una edad que nunca la tuve muy clara ni él se tomó el trabajo de aclarar. Minze era Minze, una persona ajena a los problemas de la edad, o más bien sin edad en mi mente benévola o deseosa de que continuara de ese modo por tiempo indefinido.

Era notoria la forma en que últimamente se preocupaba por mejorar su aspecto. Después de todo, Pola era una mujer relativamente joven y, además, atractiva. O por lo menos eso creía en mi forma de apreciación infantil: la comparación con mamá, quien terminaba bastante bien parada, aunque, para no faltar a la verdad, debía conceder que ambas eran lindas, pero diferentes. Yo me entendía, esperando que también fuese así de simple para los demás.

La bisabuela no miró con buenos ojos la incorporación de una extraña en mis paseos con Minze. «Quién sabe de quién puede tratarse. Hasta podría ser un mal ejemplo», dijo en una ocasión, mirándome de lleno a los ojos. Temí que no me dejasen continuar con las salidas, que   —79→   Minze lo hiciese sólo con Pola y Can, que tuviese que sufrir desde mi balcón viendo cómo Minze se alejaba.

Ya en ese entonces mi imaginación era tan desbocada como el caballo más brioso. Con la aparición de Pola en escena, las relaciones entre Minze y la bisabuela mejoraron notablemente. Dejó de verlo como un invasor nocturno capaz de cualquier atropello cuando regresaba a la casa bastante achispado por la bebida. Tampoco era posible que le achacase defectos de uno u otro lado de la familia, sobre todo del otro lado, pues Minze formaba parte de lo que bien podría llamarse «territorio neutral» dada su falta de parentesco con cualquiera de los lados. La verdad es que, sin abandonar del todo la bebida como medio de solución de sus angustias -o para «medicación», como afirmaba- Minze dejó de beber hasta el límite de la resistencia. O de la inconsciencia a la que a veces llegaba como forma de poner en blanco ciertos episodios dolorosos de su vida.

Cuando Perel se enteró que Minze había reemplazado en parte su afición por la bebida por otra más humana, se empecinó en que quería conocer a Pola. Le gustaba arrogarse el derecho de inmiscuirse en los asuntos de familia, fuese cercano el parentesco o no tanto, y de expresar su opinión con fuerza. Pero Minze se opuso tenazmente a los intentos de Perel.

Como si estuviese frente a un tribunal calificador, en una de las reuniones familiares dijo que aún no había llegado el momento, que recién estaba en proceso de conocer a Pola -«en período de descubrimiento», dijo-, dando a entender que el aprecio era mutuo. Ambos traían encima un lastre que necesitaba ser equilibrado, neutralizado, antes de dar un viso diferente a su relación. Por de pronto, se trataba de una relación de apoyo emocional, de intercambio de nombres y experiencias que formaban parte de sus pasados como modo de establecer puntos de contacto que con el tiempo pudieran establecer lazos más estrechos.

Sin embargo, nada era capaz de conformar así no más a Perel. Por más que tío Berni le aconsejó que dejara las cosas como estaban, que no faltaría la oportunidad «en breve» -como siempre afirmaba para restar importancia a la espera o dificultar cálculos-, Perel no cedió en su empecinamiento.

Minze empezó a sentirse acosado, a buscar cada vez más la   —80→   compañía de Pola, cambiando constantemente los lugares de cita para despistar a Perel, a quien su obsesión lo llevó a desplegar una verdadera actividad detectivesca, Elsa se mantuvo al margen. Sus razones tendría. Muchas veces no era fácil contener a Perel cuando la fuerza de la sangre lo enceguecía hasta enrojecerle el rostro de modo peligroso.

Mi madre consideró que las cosas habían llegado a un punto muerto y que era preciso organizar algo que distendiera los ánimos, sin indisponer a los afectados. Fue cuando decidió festejar un supuesto cumpleaños. Era el segundo o tercero en el año. Pero quién podía contradecirle si de todas maneras, cuando llegaba el momento de encender las velas, plantaba en la torta una sola, enorme, evadiendo así las preguntas sobre cuántos cumplía.

Pola fue formalmente invitada. Iba a ser su presentación a la familia. También se invitó a Teresa y Mila. Como ocurre en lugares de veranos muy calurosos y húmedos, todo se armó a pleno cielo, bajo la enorme parralera cuyas uvas de color morado eran muy especiales para el licor que preparaba la bisabuela. Hacia el atardecer, el panorama se volvió amenazador. Grandes nubarrones empezaron a recorrer el cielo en una migración tan rápida que causaba marcos al observarlos fijamente.

Poco antes de llegar los invitados, el olor a lluvia invadió la atmósfera. Mi madre conservaba la esperanza de que algunas nubes claras persiguiesen a las otras para limpiar nuestra parte del cielo, eligiendo otros lugares donde descargar la lluvia. Sin embargo, bien se sabía que una puesta en escena como la que estábamos presenciando sólo podía terminar en truenos y relámpagos, seguidos de grandes goterones, ralos en un comienzo, como preparándose para el ataque antes de caer con peso torrencial. Así que, justo cuando un golpe en la puerta de entrada anunció a los primeros invitados, la lluvia comenzó a desmoronarse, alcanzando una fuerza tal que desató una corrida generalizada para entrar mesas, sillas, manteles y decoraciones y distribuir todo entre la sala, el comedor y los dormitorios.

Los enormes raudales que se formaron de vereda a vereda, imposibilitaban no sólo el cruce de la gente, sino también la circulación de los vehículos, algo nada nuevo. Había veces en que no era aconsejable arriesgarse a cruzar ciertas calles por el peligro de la   —81→   fuerza de los raudales, verdaderos ríos que en algunas arterias arrastraban lo que se pusiera en su camino, sea vehículos o gente. En más de una oportunidad hubo que lamentar pérdidas de vidas a consecuencia de esos inimaginables diluvios.

En retrospectiva, pienso que ni siquiera la fantasía puede describirlos. Eran lluvias que había que vivirlas para poder apreciar en toda su magnitud los graves perjuicios que causaban las inundaciones, sobre todo las que afectaban a las zonas aledañas a la bahía del río.

De más está decir que la fiesta de «cumpleaños», tan generosamente concebida por mi madre, no pudo realizarse de la forma programada. Pola fue una de las primeras en llegar, junto con el inseparable Can. Mila y Teresa también alcanzaron a hacerlo antes de que se descargase la tormenta. Perel no vino. Quizás la lluvia fue un acto de la providencia, porque a veces el destino trata de componer o compensar otras cosas también atribuidas al destino. En todo caso, la celebración tuvo lugar en el interior de los dormitorios y de la sala en medio del buen ánimo de todos, lo que ayudó para que la reunión fuese memorable.

La bisabuela sirvió su famoso licor de uva, con el cual se brindó después de que mamá apagase la enorme vela. Tanta fue la comida sobrante, que alcanzó para alimentarnos durante dos días. Pola fue bien recibida por la familia, lo que hizo perder a Minze la aprensión que le causaba el constante acoso de Perel.

Después de la lluvia, todo quedó en orden, limpio, dispuesto para «nuevas siembras», como decía tío Berni. «¡Y qué hay de las cosechas?», solía preguntarle, nada más para que repitiese esa respuesta que tanto me gustaba: «el tiempo llega cuando lo considera oportuno, no antes ni después».

Su razonamiento me dejaba un gusto a incertidumbre, a espera, a desear que las cosas sucedan, pero sin caer en dudas futuras que yo trataba de alejar como, por ejemplo, si más adelante todos continuaríamos reunidos alrededor de la mesa larga, si los lugares seguirían siendo ocupados por las mismas personas, si yo me mantendría niña de algún modo o en algún sentido para ayudar a formar las distintas etapas del recuerdo. Como muchas otras cosas que acostumbraba consultar con tío Berni, en momentos así levantaba la cabeza y le preguntaba: «¿No es cierto, tío Berni?», para que me contestara:   —82→   «¡Claro que sí!», con tanta seguridad que hacía casi imposible pensar que cualquier cosa en su mente o en la mía no fuese a resultar.

La edad de Minze no dejaba de preocuparme. Era un tema que muchas veces estuve a punto de tocar, de revolver, de hacerlo caer cuando en las conversaciones se mencionaban las edades de otros.

Varias veces busqué la oportunidad para que se deslizara en ella, casi sin darse cuenta. No era una preocupación por conocer exactamente qué edad tenía. Nada de eso. Sólo deseaba saber si era demasiado viejo para calcular qué tiempo podía aún restarle para pasarlo juntos. A veces me parecía un signo de egoísmo sólo pensar que yo sería la parte más afectada en caso de que algo le ocurriese. De otro lado, también era fácil tomarlo como síntoma de aprensión por el gran cariño que le tenía.

Minze decía no recordar su fecha de nacimiento, especulando que pudo haber ocurrido a comienzos de siglo, lo que daba inicio a un juego de números en el que participaba como si no hubiese entendido muy bien lo que había querido decir. «¿A qué te refieres con eso de comienzos de siglo? Bien puede ser 1901, 1905 y hasta 1910?», pregunté, tratando de ponerme seria. Minze quedó pensando como si la cuenta no le cuadrase o tuviese que adecuarla para no dar pie a otras preguntas. Al final, regresando de algún sueño «¿qué importancia tiene eso?», dijo, mirándome cara a cara como si lo hiciera por primera vez.

En verdad, nada podía importar cuando estábamos juntos, ni siquiera su edad. Sólo reflejaba mi preocupación por las consecuencias de la edad, las limitaciones que a menudo imponen para justificar su paso. Cuando estos pensamientos nublaban la realidad de jornadas que se escurrían livianamente, rogaba que Minze no fuese tocado por alguno de esos males que someten a dependencias difíciles de aceptar. En esos momentos, la edad dejaba de presionarme la mente, desplazando el pensamiento hacia los imponderables que pudieran presentarse y, sin traducirlo en palabras, con el idioma de los ojos lo decía: «No te preocupes, yo estaré a tu lado», confiando en que él llegara a interpretar mi mensaje.

El episodio del ladrón fue memorable. Ocurrió alrededor de medianoche. La casa dormía y sus habitantes también. Hasta podía   —83→   sentirse la respiración de cada uno en sus habitaciones, identificarlas, ponerles nombre, lo cual era facilitado por la costumbre de dormir a puertas abiertas.

De pronto se escuchó un golpe en la puerta de calle. Los más adultos, sobre todo los varones, se asomaron a las puertas de sus cuartos, preguntándose unos a otros si habían escuchado algo. Minze dijo que sí y papá también. Mamá no se pronunció, pues dijo que bien pudo haber sido soñado. Era una creyente firme del mundo de los sueños. Papá lideró el camino hacia la puerta de la calle. Desde adentro, preguntó quién era. «Damián, el vecino», respondió una voz desde afuera.

Mi padre abrió la puerta. Don Damián se excusó por la molestia que significaba despertarnos a esa hora, agregando que había visto a alguien sobre el tejado de su casa, quien habría alcanzado la muralla divisoria para saltar a la nuestra. Visiblemente preocupado, le pidió que le permitiese entrar en la casa para que juntos buscaran al supuesto intruso. Al verlos recorrer sigilosamente cada cuarto, papá, don Damián y Minze me hicieron recordar esos dibujos animados en los que el gato Silvestre se mueve de manera furtiva en su intento por cazar al canario Tweety. La búsqueda estaba resultando infructuosa.

«En mi cuarto no puede estar, pues acabo de salir», dijo Minze.

«Hay que asegurarse, de todos modos», insistió don Damián. Entraron en puntas de pie, como si se encontraran en territorio enemigo.

Tampoco había nadie. De pronto, un fuerte olor a alcohol hizo fruncir la nariz de Minze. «No me digas que has vuelto a las andadas», le espetó mi padre. Minze lo negó con la cabeza, molesto por la pregunta. «¿Entonces?», preguntó mi padre. «Tal vez algo se desparramó», respondió ingenuamente. Habituada a esconderme en lugares insólitos, en plena participación del inusitado evento me agaché y descubrí a un hombre tirado en el suelo, debajo de la cama de Minze. «Aquí hay alguien», dije. «¿Y quién te dio permiso para levantarte? Estas son cosas de grandes». Me encogí de hombros, sabiendo que, a pesar de haberlo hecho, ya no era del caso reprenderme. Mi padre y don Damián sacaron al hombre de su lugar.

«¡José! ¿Qué haces aquí?», se sorprendió Minze. José tenía la cara roja. Sollozaba. No era posible saber si estaba lleno de alcohol o   —84→   si lo habían rociado con la bebida. «Es culpa de mí mujer», dijo. «Cerró la puerta de calle y no me deja entrar por estar nuevamente bebido. No tenía adónde ir». «Ya arreglaremos eso», dijo mi padre, mientras acompañaba a don Damián hasta la puerta. Nos enviaron de regreso a la cama, pero sentí que no era el momento para retomar el sueño porque deseaba ser partícipe de todo lo que vendría después. Desde mi cuarto, escuché correr el agua de la ducha. Fue una larga. No podía ser mi padre. Tampoco Minze, ya que los moradores de la casa teníamos horas prefijadas para programar debidamente el uso del único cuarto de baño de la casa.

A la mañana siguiente, me enteré que estuvieron duchando a José. También supe que había dormido sobre el piso del cuarto de Minze. Cuando desperté, José ya se había ido.

Durante el almuerzo, mi padre preguntó a Minze si había alguna posibilidad de ayudar a José a sobrepasar su problema de bebida.

Minze sonrió. «En verdad, él no es mi amigo. Uno llama 'amigo' a alguien, porque decir 'conocido' suena a algo muy distinto. A José lo conocí en un bar. Bebe porque no es capaz de enfrentar sus problemas. O no sabe cómo hacerlo o no quiere. Tiene una mujer rígida, muy dura. Es un buen hombre, pero va a terminar mal».

Hubo un silencio contagioso, extraño, alrededor de una mesa con niños. «No puedes llevar sobre tus hombros los problemas ajenos», dijo mi padre. Minze hizo un gesto de comprensión. «Lo he hecho siempre. Es una forma de vida. Quizás por eso no me he casado. Así tengo más libertad». «Minze comprende hasta a los pájaros», dije de pronto, sin pensarlo, sólo porque tenía que decirlo.



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ArribaAbajo- X -

Elsa decidió reanudar sus viajes entre fronteras en esas pequeñas embarcaciones que unían orillas y transportaban personas y mercaderías en un intercambio constante. Para ella no había diferencia entre días de semana y festivos. Tampoco para Perel. Tantos viajes evadiendo el pago de impuestos, hicieron crecer el negocio de Perel hasta el punto de pensar en abrir una sucursal. «Si no se va hacia adelante, uno se estanca», comentaba con cara riente.

De modo que, con la ayuda de Berni -quien, a semejanza de Minze, sí comprendía a Perel podía comprender también hasta el lenguaje de los pájaros-, encontró un lugar apropiado para instalar la sucursal. En un comienzo insistió en que Berni estuviese a cargo de la sucursal, compartiendo la responsabilidad con Elsa mientras él permanecería en el local principal. Berni dijo que no, que no tendría inconveniente en darle una mano de tanto en tanto, pero que él también era propietario de un negocio en sociedad con tío Jako y que «negocio que no se vigila con ojos de dueño se termina por perderlo», afirmó.

En vista de la negativa de Berni, Perel instaló a Elsa en la sucursal, la cual desde un comienzo marchó viento en popa. A pesar de la ayuda de varios empleados, Perel continuó barajando nombres de miembros de la familia, insistiendo en que necesitaba una persona de su entera confianza para vigilar el movimiento de gente con el fin de evitar robos. Fue así como de nuevo puso sus ojos en Minze.

«¿Qué me contesta, Minze?», le preguntó un día, con esa dureza de voz tan suya que obligaba a otros a usar un tono más alto aún para lograr que él prestase atención. Incapaz de negarse de entrada, Minze pidió un tiempo para pensarlo. «No lo piense tanto», le aconsejó Perel. «Puede surgir algún competidor», agregó, soltando una risotada. «Si el trabajo es para mí, no surgirá competencia. Si no es así, sólo habré invertido unos días en pensar».

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Había que armarse de paciencia cuando Minze se tomaba su tiempo, porque éste era enteramente suyo, único e irrepetible, y él lo manejaba con entera libertad -como lo hacían los filósofos de antaño- hasta llenarlo con alguna reflexión o, en este caso, pensar una respuesta.

Perel sabía que le era preciso tener paciencia, ya que el sentido de familia era importante hasta para él, por más que trataba de disimularlo. A la distancia, pienso que si papá hubiese hecho un mínimo esfuerzo por conocerlo mejor, si no hubiera sido tan inflexible en lo que consideraba correcto o incorrecto, sin aceptar niveles intermedios, posiblemente la relación con Perel y Elsa habrían sido más estrechas tanto familiar como socialmente. Y por ahí tal vez mamá también hubiese podido participar, y gozar con ellos, de esas salidas a fiestas que siempre le parecieron tan espectaculares, aunque sólo las conocía de oídas.

A Minze no le era fácil adoptar una decisión, pues llevaba encima muchos años de ocio bien aprovechado. «Un ocio merecido», le escuché decir alguna vez. Tío Berni no perdía una sola oportunidad para señalarle que todos, sin excepción, tienen derecho al ocio, pero también trabajan duro para mejorar su nivel de vida y gozar de una tranquilidad económica que les permita darse sus gustos.

«Algunos merecen el ocio más que otros», dijo Minze en una oportunidad. Tío Berni sólo se limitó a asentir con la cabeza, ya que no era del caso entrar en la complejidad de cuestionamientos. Además, sabía que Minze fue el único sobreviviente del Holocausto que incluyó a toda su familia.

«No tengo incentivos para trabajar», dijo. «Con lo que recibo mensualmente me alcanza. Hay cosas que ningún dinero puede comprar o restituir». Pienso que a Minze le causaba un inmenso goce íntimo ser tentado con ofertas de trabajo, necesitado en cierta medida, y reservarse un derecho que le hacía sentir importante: el de negarse.

Con el sentido de solidaridad que caracterizaba a quienes se habían juntado de nuevo en tierras extrañas, convencidos de que con el tiempo dejarían de serlas, tío Berni y tío Jako estimaron que tal vez Minze necesitaba que le ayudasen a pensar. De modo que en una de esas noches que parecen estar recién comenzando porque se presentan con visos de aliento largo, Berni le dijo: «Es aún temprano. ¿Para qué   —87→   quiere tanto tiempo para dormir, para qué?», siguiendo su arraigada costumbre de repetir al final las palabras iniciales. «Es cierto», dijo Minze. «¿De qué quiere hablar?». «¿Acaso no lo sabe?». «De saber lo sé; sólo que todavía no lo he decidido».

Siempre me extrañó que, a pesar de la convivencia diaria, a Minze le trataban invariablemente de usted, tal vez por respeto o debido a las diferencias de edad. Al no tener al día siguiente la obligación de levantarnos temprano para ir a la escuela, esa noche - al igual que todos los viernes- nos quedamos con los demás durante la habitual conversación de sobremesa.

«No sé si trabajar para Perel será un acierto o un desacierto. De pronto pienso que debo hacer algo para que mis días no estén tan vacíos, aunque también me pregunto para qué hacer algo cuando ya no es mucho lo que me va quedando de tiempo», dijo esa noche. «Somos tan diferentes que tanta diferencia puede echarlo todo a perder». «Pero Perel dio un paso importante al solicitar su ayuda, lo que quiere decir que lo necesita», comentó Berni. «Claro, seguramente me necesita porque calcula que el provecho va a ser mayor para él que para mí», repuso. «Estamos todos en el mismo, barco», dijo tío Jako. «Lo que pasa es que Perel tiene su propio barco, y lo demuestra», río Minze.

«Es su forma de ser, nada más», dijo Jako. «La guerra no marcó a todos con el mismo hierro, a pesar de que éramos parte del mismo rebaño. Algunos quisieron olvidar lo pasado, amasando una fortuna que les permitiera vivir sin ningún tipo de renuncia. Perel es uno de ellos. Usted forma parte del otro grupo, el que quedó tan gastado que ya no hubo energía para desarrollar grandes empresas. Pienso que ahora se le presenta la oportunidad que usted no buscó, pero no por eso deja de ser una oportunidad. Debe aprovecharla, Minze. Las cosas no suceden porque sí». Señalando con el dedo índice, agregó: «a lo mejor el de arriba tiene algo que ver».

«A veces Perel se sobrepasa con sus desbordes, pero en el fondo es un buen hombre», dijo Berni. «Además, cuando se encariña con alguien, hasta puede ser generoso», río.

«Cuando se llega a cierta edad, es difícil cambiar lo primero que se piensa. Es casi como pretender borrar lo que se ha escrito con tinta. Siempre queda alguna marca. Por eso creo que me voy a quedar con   —88→   lo que pensé en un principio: no tengo ganas de trabajar, menos aún con Perel. Prefiero tenerlo como amigo, si así puedo llamarlo, y no como patrón. Como amigo, yo puedo poner las reglas, mientras que como patrón tendré que aceptar las suyas, y ya no tengo edad para como patrón tendré que aceptar las suyas, y ya no tengo edad para ser dirigido», dijo Minze, con su habitual tono conciliador, pero decidido.

«¿No desea ningún cambio en su vida?», preguntó tío Berni, irónicamente.

«Eso es otra cosa», respondió Minze, tomando al vuelo la ironía.

«A veces se necesita a alguien del otro sexo con quien se pueda hablar el mismo lenguaje. Con Pola no tengo que hacer esfuerzos para aparentar lo que no soy. Si quiero hablar, hablo, de lo contrario la escucho, sin necesidad de pasar exámenes ni poner en juego mi mayor o menor capacidad de razonamiento. Es sólo la necesidad de dejar salir el recuerdo para que no perturbe tanto la memoria. Ya no tengo tiempo para seguir cargando más a la memoria. Tampoco quiero acumular recuerdos ni hacer daño o ser dañado. Creo que se me ha dado por 'dejarme vivir', si me entiende, dejar que pase cada día, sin esfuerzo, como venga, y sólo tratar de que el día no sea demasiado largo o pesado. No. Perel deberá arreglárselas sin mi ayuda. ¿Acaso le soy tan imprescindible?», concluyó, levantando la barbilla.

Yo hubiese querido intervenir en la discusión, decirle que sí, que para mí lo era porque aún estaba en edad de ir formando el recuerdo, al revés de lo que a él le sucedía. Sin embargo, no era fácil intervenir en la conversación de los mayores o «romperla para poder entrar», como decíamos con mis hermanos, Minze no era hombre de dejarse convencer así no más cuando ya tenía arraigado su propio convencimiento. Para cualquier otra cosa, conservaba siempre «el oído abierto», como solía decir. Su desacuerdo con la forma de trabajar de Perel, con las tretas en que incurría para burlar el pago de impuestos, era motivo suficiente para que se plantara en su decisión de no participar, «porque de lo contrario me convertiría en cómplice», dijo a modo de cierro de la discusión.

La decisión de Minze me produjo contento y tranquilidad, no sólo porque lo tendríamos más tiempo en la casa, sino también porque yo iba a aprovechar más ese tiempo.



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