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Cuando tío Berni contó lo del puente sobre el río seco, pensé que su memoria habría sufrido un cierto deterioro a causa de una mente temporalmente perturbada. Pero no era fantasía, sino el rebusque infantil necesario para que más adelante se tuviese algo que contar.
«El río seco nos servía de lecho», dijo, con voz ausente. «Estaba cerca de la casa, al otro lado de una colina desde la cual lo observábamos antes de descender, casi en picada, y apoderarnos del puente e invadir el resto. Pero ¿quién más podría estar interesado en algo sin ningún atractivo? Sólo Jako, tu padre y yo. Se convirtió en el lugar donde guardábamos nuestras ilusiones. A veces Jako insistía en enterrarlas, confiando en que las lluvias las abonen y podamos cosechar nuevas ilusiones». «¿Cuáles, tío Berni?». «La de tener una casa mejor, la de un trabajo menos pesado, mejores alimentos... Qué sé yo, lo que se le ocurre a uno cuando no está conforme con lo que tiene». «¿Y qué cosecharon?»
Tío Berni quedó callado por un momento. «Un día, cuando fuimos al puente, vimos que la tierra había sido removida. Alguien había descubierto nuestro escondite. Eso nos pasó por creer que solamente nosotros teníamos ilusiones. Sin embargo, otros estaban en lo mismo y con los mismos derechos».
«Pero nadie más conocía el lugar».
«Cuando uno va a donde nadie más lo hace, otros empiezan a sospechar que debe de haber algún motivo importante. Era parte de lo que se hacía para no dejarse vencer por la falta de ilusiones, una forma de engañarse para poder creer. ¿Me entiendes?»
En ese momento supe que no había perdido mi capacidad de asombro.
—208→Algunas de las historias que formaban parte de la vida familiar podían ser ciertas y otras sólo necesarias para el pasar de los días, la ubicación de hechos o para mantener la agilidad de la lengua, o nada más que para entretener. Todos o casi todos los de la familia, los amigos cercanos y los agregados a éstos, hicieron del comercio detallista su modo de vida, la fuente de trabajo y de posibilidad de subsistencia. Los nombres fueron quedando en mi memoria, sin ordenarlos por grupo. Tampoco era preciso. Bastaba que el recuerdo los hiciese sobrevivir.
Don Camilo era uno de esos personajes. Pienso que estaba ligado a la familia por lazos de inmigración. Su tienda tenía un cierto atractivo, tal vez por su ubicación, justo en el ángulo de una esquina tironeada entre dos calles -como si cada una se disputase derechos de pertenencia-, con casas ausentes de numeración y un cartel con letras gastadas que el conocimiento largo hacía que todavía pudiera leerse. Así, la tienda «La Ocasión» era el punto de apoyo cuando alguna dirección mal dada o mal entendida hacía perder los pasos en confusiones esporádicas.
Don Camilo hablaba de su pueblo natal como un lugar inventado por memorias siempre dispuestas, agregando o restando detalles hasta hacerlas semejantes a oasis que se encuentran o desencuentran por necesidad de vida o acoso de muerte, aunque lo último era descartado de su vocabulario como un forma de no provocar acercamientos tú tentar su furia. Cuando era estrictamente obligatorio, se refería a la muerte como «el último sosiego». Había que entender a don Camilo, buscarlo detrás de sus ojos grisáceos y de la transparencia de la piel, de la palabra inquieta o no dicha, de la aparente sordera que lo elevaba a niveles de abstracción y le confería una apariencia de hombre de cera.
La apertura de una tienda no pasaba previamente por una etapa de elección. Era la única e implacable alternativa que ratificaba la falta de un oficio para ganarse la vida. De una profesión, ni hablar. Abrió la tienda, consciente de su falta de entusiasmo, de entrega, de deseo de convertirse en comerciante al menudeo. Con los años y la presión de su soledad, doña Sabina apareció, de medio cuerpo, detrás del mismo mostrador. Algún tiempo después, sentado en lo que podía parecer un coche de niño, Bernardo. Doña Sabina completaba la transparencia de —209→ don Camilo, en un juego de luces y sombras que semejaban la repetición de un mismo cuerpo, pero con agregados femeninos.
Bernardo fue criándose en esa atmósfera de polvo y cera y de futuro más o menos predecible. El aguante y el desencanto fueron torciendo la cara de don Camilo, llevándola hacia la dirección del viento que soplaba en días de frío repentino y subía por una de las calles hasta hacer ondear las prendas colgadas de ganchos suspendidos de un fino alambre que cruzaba la entrada de la tienda de un extremo a otro hasta golpear su rostro, distorsionándolo.
Las visitas periódicas de don Rubén, el vendedor de billetes de lotería, quebraban la monotonía de una actividad casi sin cambios. Eran visitas «para hablar», como las llamaba don Rubén, quien, al entrar en la tienda y al salir acariciaba invariablemente una de las mejillas de Bernardo, siempre la derecha, con dedos oscurecidos por la tinta de los billetes. Bernardo llegó a odiar las caricias de don Rubén, acumuladas durante su crecimiento. Pero la rebelión no estaba entonces dentro de las atribuciones de la niñez. Don Rubén, sin embargo, no lo hacía con malicia. Era más bien un gesto maquinal, como el de palpar una tela para apreciar su calidad.
Entretenidos, como acostumbraban estar en el idioma común y en recuerdos con un mismo punto de partida, muchas veces algún cliente impaciente se retiraba sin ser atendido. Tampoco importaba, porque la ambición no había calado aún en las honduras del espíritu de la gente. La diaria sobrevivencia, sumada a la posibilidad de un pequeño ahorro para «dar alivio al mañana», eran alcances que igualaban a quienes llegaron al país en condiciones similares.
Para don Rubén, don Camilo era un cliente difícil o acaso poco interesado en los vaivenes del azar. Cuando al despedirse le preguntaba cuándo le iba a comprar un billete, invariablemente le respondía: «Sé lo que tengo, lo que gano, lo que gasto, lo que me queda. El juego es un engaño. ¿Acaso se puede ganar dinero si no es con el trabajo? De lo contrario todos seríamos millonarios». Don Rubén, sin embargo, no cejaba en su intento. «Nada puedes perder más que lo que inviertas en el billete», le decía.
Don Camilo era consciente de que cada vez se alargaban más las visitas de don Rubén y que, entre charla y charla, las ventas de la tienda disminuían. Para no quebrar la amistad y, al mismo tiempo, aliviarse —210→ de la distracción a la que lo obligaba don Rubén, decidió un día comprarle un billete de lotería. Lo guardó, como sólo él podía guardar algo importante. «Quien sabe», se dijo en la intimidad de sus pensamientos. No pensó que la ilusión de salir favorecido en el sorteo se convertiría en pesadilla. Por la noche se levantaba más de una vez para asegurarse de que el billete seguía donde lo había puesto y que el número era el elegido, un número que se mantenía legible hasta en su subconsciente. Ahí estaba, con sus cinco cifras grabadas en negro.
A medida que se aproximaba el día del sorteo, la aprensión de don Camilo iba en aumento. Las noches eran repartidas entre sueño y pesadillas hasta que sólo quedaban las pesadillas, apenas permitiéndole alcanzar el alba en medio de profusas sudoraciones y jadeos que llegaron a inquietar a doña Sabina. «Mejor hubiera sido no comprarlo», se lamentaba. Sin embargo, a ella también le perturbaba el boleto y más aún el número, pues recordaba haberlo visto en algún lugar.
Como mujer creyente que era y, además, cumplidora de obligaciones, ese domingo, como lo hacía cada semana, doña Sabina fue al cementerio donde, en meditación silenciosa o no tanto ante la tumba de su suegra, entre preguntas sin respuestas a veces lograba aquietar su mente. Además, su suegra siempre la había querido. De otra parte, una visita era para doña Sabina sólo eso, sin importarlo las condiciones en que pudiera realizarse. Con el velo cubriéndole los ojos y la cabeza gacha, doña Sabina invocó la sabiduría de su suegra para lograr la tranquilidad de espíritu. Al terminar, levantó la cabeza al tiempo que se desprendía de un suspiro. Fue en ese instante que fijó los ojos en el número que identificaba la tumba. Se llevó las manos a la boca para atajar el grito. Era el mismo del billete de lotería. No supo si alegrarse o llorar, pero era evidente que alguna influencia celestial había ayudado a don Camilo en la elección del número. También podría ser un mal augurio, una forma de enviar algún mensaje, detener la ambición, hacerles aterrizar y dar las gracias por lo ya ganado con el trabajo. Se preguntó si no sería más saludable romper el billete y terminar con la angustia de la espera, más aún pensando que últimamente don Camilo se había estado quejando de dolores en el pecho, en las costillas, en la espalda. Era posible que la madre estuviese descontenta con la compra del billete, preguntándose desde cuándo su hijo se había vuelto jugador. Pero también podría ser que estuviese —211→ intentando ayudarlo desde arriba, conociendo lo distraído que siempre era para recordar cifras así como así.
Caminó de regreso, lentamente para dar alivio a su agitación. No comentó el episodio con su marido para no alterarlo todavía más. Con el concepto de fatalidad heredado y su transformación en destino irremediable, doña Sabina logró olvidar el asunto. «Dios sabe lo que hace», se convenció.
La noticia que trajo Bernardo la sorprendió inmersa en los trajines de la casa: encontraron a don Camilo caído detrás del mostrador, aparentemente a causa de un ataque al corazón. Una vecina, que había entrado a la tienda para comprar unas madejas de hilo, se extrañó de no ver a don Camilo. Lo llamó varias veces por su nombre hasta que, mirando, lo divisó tirado en el piso. «Es un castigo de Dios por haber comprado el billete», lloraba doña Sabina. «No debimos ser tan ambiciosos».
Todo el barrio concurrió al funeral, Don Rubén se acercó a doña Sabina para consolarla, pero ella no quería nada con él por considerar que había sido el iniciador de la desgracia. Intentó hablarle, nuevamente sin resultado, Doña Sabina lo alejó, con un gesto tan definitivo que el hombre optó por retirarse a un rincón. Al regreso a la casa después del sepelio, don Rubén volvió a acercársele. «Ahora no», lo despidió doña Sabina.
La tienda permaneció cerrada durante los días de duelo. Don Rubén resolvió esperar, no importunar a doña Sabina en la casa. Cuando ella levantó la cortina para abrir el negocio, decidió que ya no podía seguir esperando. Sin poder controlarse, tartamudeando dijo: «el billete, el billete». «¿Qué billete?», preguntó doña Sabina, ajena a todo lo que no fuese su dolor. «¡Salió premiado!», exclamó don Rubén. Doña Sabina se atajó los pechos, la boca, la nariz, cambiando de posición las manos como si estuviera a punto de sufrir algún desmoronamiento de sus miembros. «¿Cómo no me lo dijo antes? ¿Dónde está el boleto? Sé que mi esposo lo guardaba muy bien, pero no me dijo dónde».
Doña Sabina estaba más alterada aún que con la misma muerte del marido. Preguntó a Bernardo. Tampoco sabía. Con un despliegue de energía poco habitual, comenzó a buscar el billete en todos los rincones de la tienda, detrás de las piezas de tela, en el cajón del dinero, —212→ en las estanterías, mientras pensaba que con el dinero del premio podría dejar la tienda y ser vista, por fin, de cuerpo entero.
«Hay que encontrar el billete», sentenció don Rubén. «No basta la palabra para avalar la propiedad». Acompañó a doña Sabina y a Bernardo hasta la casa para proseguirla búsqueda del boleto premiado. La tarde caía cuando doña Sabina, agotada, se desplomó sobre un sofá de la sala. Presidiendo, con postura categórica en color sepia, estaba el retrato de don Camilo. Doña Sabina, mirándolo fijamente entre resentida y dolorida, de repente lanzó un grito, excitada: «¡el traje, el traje de matrimonio con que fue enterrado, ahí debe estar!». Bernardo y don Rubén reconocieron que bien podría ser. «Habrá que exhumarlo», dijeron a dos voces.
Los días siguientes fueron de recorrido por varias oficinas del municipio para obtener el permiso de exhumación. «La razón es atendible», dijo un funcionario, estampando firma y sello en el trámite final.
Doña Sabina no tuvo el ánimo suficiente para ir al cementerio. De haberlo hecho, no habría podido evitar su acostumbrado monólogo con la suegra. Además, pensaba que ya no tenía qué contarle. Don Rubén fue comisionado para representarla. Cuando regresó con el billete millonario en la mano, aconsejó a doña Sabina que hiciese pintar de nuevo el número de la tumba de la suegra, pues al parecer las últimas lluvias lo habían desteñido. «¿Qué lluvias?», se sorprendió doña Sabina. En ese instante don Rubén cayó en cuenta de que no era la época de lluvias. En previsión de cualquier otro desajuste climático o emocional, se alejó rápidamente como perseguido por algún espíritu en suspenso.
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«Es extraño lo que pasa en una familia: siempre hay alguien que nace y alguien que se prepara para morir», dijo la abuela Bea. Luego quedó pensativa para después preguntarse «¿se prepara?» como buscando la mirada tranquilizante de cualquier oyente. Se demoró unos minutos entre uno y otro pensamiento, dando lugar a conjeturas aún impensables, pues ella estaba lejos de extravíos y su demora le permitía un mayor efecto, aunque de pronto uno se preguntaba si lo hacía por ella o por los otros.
Con la abuela Bea uno podía ser joven y viejo a la vez con sólo dejarse llevar por sus pasados, que eran varios y de acuerdo con su estado de ánimo. O por los futuros que manejaba en distintos planos como si tuviese en sus manos la responsabilidad de manejar marionetas. No era precisamente de edad indefinida, sino que pocas veces podía encontrarse en una misma persona características que la hiciesen ajenos al tiempo, el cual parecía no importarle. Solamente daba muestras de lo contrario cuando en una sola frase oponía los cabos de la existencia. Sus palabras eran cortas, como un deseo de no importunar desmedidamente la atención del interlocutor. Las prefería rápidas «con la medida justa para que no tengan que apartar el exceso», decía. Pienso que pudo haber sido consecuencia de su falta de dominio del nuevo idioma. De otro lado, creo que debió conocer íntimamente el lenguaje para ser capaz de cercenar el olvido.
No es fácil ubicarla en modelos o caer en comparaciones para hacer más ajustada su descripción. Con ella siempre se tenía la sensación de que su charla era la prolongación de la del día anterior, en una continuidad que la hacía tan atractiva como pasar ávidamente las páginas de un libro «ojo por hoja» -como decía-, con la diferencia de que lo que contaba surgía con imágenes diferentes, haciendo posible de cada una de ellas una fabulación personal. Pienso —214→ que su constante sonrisa fue culpable de que se creyera que la broma rellenaba parte de las interrupciones de su conversación, aunque más bien tiendo a pensar que su inteligencia no adiestrada recurría a esos subterfugios para que las historias fuesen menos pesadas. Las tinieblas no parecían tan amenazadoras cuando su voz aflojaba el acecho de fantasmas dispuestos a atacar sueños juveniles.
La señora E. era su gran amiga. Cuando llegaba a la casa para una de sus largas visitas, parecía querer apoderarse de todo el abecedario en un desborde casi irracional de palabras, Era un poco más joven que la abuela, pero no tanto. No obstante, apenas entraba en la casa, para halagarla le preguntaba si cómo hacía para verse tan joven, desconcertándola de tal modo que, entre pequeños gestos con las manos y risas, quedaba algo confusa. Sentía que ella me privaba de mis momentos de exclusividad con la abuela. No dejaba de aprovechar la menor brecha en la conversación para retomar la palabra, sin casi largarla hasta que «señora Bea, qué de cosas me ha contado», decía con un resoplido, levantándose y dando por concluida su visita.
La abuela quedaba, por un rato, como si se le hubieran agotado las fuerzas hasta que, costurero en mano, se ponía a estirar hilos, buscar agujas, elegir colores y adentrarse en alguna costura. Entonces yo la azuzaba como si se tratase de un pozo que hubiese cortado repentinamente el suministro de agua, hasta que la anécdota prendía y el olvido relegaba a la señora E. a una sana distancia. Cuando contó que en cierta oportunidad le pidieron el documento de identidad para entrar a una función de cine, ella espetó al controlador «¿soy muy joven para lo que van a mostrar o muy vieja para entender? Pasé fronteras con uno falso. ¿Cuál quiere? ¿El de entonces o el nuevo?». Había que tomarla en la dimensión de su aprendizaje experimental, sin buscar razones que expliquen su forma de comportarse. Cuando quise enseñarle los rudimentos de la escritura del idioma adoptado, me preguntó qué puede agregar eso a lo que pueda expresarse hablando.
El tío Berni se preocupaba, a veces sin motivo, de que su madre, por carencias propias de quien no ha sido parte desde un comienzo de la idiosincracia del nuevo continente, pudiese ser objeto de engaños o maquinaciones. Nada más alejado de la realidad, pues la abuela Bea jamás perdió su atractivo de conquistadora nata. Cualquiera que intentare tomar provecho de su candidez era tan atrapado por la —215→ profundidad inacabable de sus ojos que llegaba a desbaratar el intento más simple o más complejo. Es muy posible que uno de sus atractivos residiese en la mezcla de idiomas de su vocabulario, lo que provocaba admiración en quienes, alejados de la posibilidad de conocer otras tierras, podían sentir su embrujo con la aproximación que ella hacía a través del lenguaje. Nunca tuvo vocación de soledad. Su calidad de sacerdotisa del silencio contrastaba con la búsqueda continua y diaria de dar conversación a cuanta vendedora de productos de chacra llamaba a la puerta de su casa en una época en la que aún no se habían inventado los supermercados. Se enteraba así de los problemas familiares de esa gente de campo y no pocas veces se convertía en consejera circunstancial. Sus palabras eran escuchadas con atención, a menudo compensándola con el obsequio de alguna fruta o verdura.
A veces muerdo los dientes como si buscase constatar de que son propios, un gesto maquinal para apartar el fantasma que me ronda: que algún día llegue a parecerme a la abuela Bea hasta en eso. Ese día sus placas dentales quedaron olvidadas en un vaso sobre la mesa de noche. Nunca antes le había ocurrido. Ni siquiera eran placas completas, sino sólo un sextillo y el armazón «las plicas», como hubiera dicho un músico.
Fue accidental. A lo mejor tuvo un sueño o la obsesión de un sueño y ella se sacó las placas, inconscientemente, en un intento de rebeldía. Quizás fraguó toda la escena y ésta se volvió manía persecutoria hasta quedar dibujada, haciendo guiños de colores como en una lámina de Doré. Juré que nunca me pasaría algo igual. La tonalidad rosada de las placas me producía una mezcla de repugnancia y temor hasta convertirlas en fantasmas flotantes, dibujo animado sin posibilidad de olvido.
Lo de la abuela Bea era diferente, sin relación con el desgaste natural de la edad. De niña se estiraba el cabello en vez de llorar o gritar, arrancándolo en manojos, por lo que era fácil seguirle los pasos. De pronto quedaba pelada y sus dedos pequeños iban buscando restos para continuar con la rebeldía dolorosa, la búsqueda de atención, el atentado contra sí misma como forma de flagelación por pecados que serían anunciados. Después hubo un período de sombras, oscuridades extrañas que tomaron formas geométricas y telarañas de miedo para —216→ envolverla. El tiempo corrió atolondrado a su alrededor, en el contorno de su cuerpo, en largos y anchos que le fueron perteneciendo para su gusto o disgusto como una forma de empecinamiento para obligarla a crecer, optar, decidir, envolverse más tarde en una maraña de responsabilidades que la irían ahogando.
«Después de cierta edad se hace difícil», escuchaba, sin llegar a comprender cuáles eran las dificultades que acompañaban cierta edad. Más tarde lo supo. De nuevo el peso abstracto de responsabilidades, el sentido del debe y el haber que no sólo figura en libros de contabilidad, sino también es recuento, balance, marca que delinea cifras que se van agregando hasta hacer incomprensible la cantidad. Llegó a pasar la «edad difícil», sin el lastre que significa el no asumir o el rechazo del hecho. Se convirtió en mujer casada. Entonces dejó de ser ella misma. Pudo mantener el nombre, sólo el primero, y el resto fue cambiado en el momento en que se dictaminó «hasta que la muerte los separe».
Hubiese querido ser Quijote y embarcarse en empresas aéreas para luchar contra vientos ajenos a molinos, lucubrar aventuras y lanzarse a la conquista de terrenos de alturas ya conquistadas que, sin embargo, para ella serían nuevas, por ser hallazgos aún no registrados en su historia. Pero sus ojos siempre limitaron con barrotes y la lejanía, el horizonte, todo lo que pudiera haber detrás, aparecía cercenada. Empezó a comprender las rayas de la cebra y a verlas como deseo de libertad puestas para que las bestias, en ataques efímeros de conciencia, no reincidan en su capricho. La abuela Bea aparecía y desaparecía, haciendo gestos, articulando sus brazos cortos en actitud desesperada para que no volvieran a repetirse. Eran gestos de ultratumba, ensoñaciones que se prendían o apagaban como fuegos fatuos.
Ella era joven, ridículamente joven, con la edad suspendida de hilos sin resistencia y la mente circulando sin rumbo fijo, sólo dando vueltas como si fuese a emprender un viaje alrededor del mundo en ochenta vueltas. Pero las vueltas eran muchas más, todo un remolino, un carrusel mareador con subidas y bajadas de caballos mientras ella hacía lo mismo en la imposibilidad de poner términos, límites, dejar de ser arrastrada.
Nadie dio importancia a los manojos de cabello dejados al pasar, hitos para que la encontrasen, astucia animal. Quizás alguien enunció —217→ otra frase y el olvido la fue desgastando, pero algo acerca del tiempo y su peso de horca, péndulo de movimiento continuo, vibraba en alguna parte de su mente. Llegó a creer que la normalidad de una relación matrimonial requería el equilibrio de otra mujer. Creyó verlo en las sonrisas comprensivas. No pudo evitar la asociación lícita o ilícita de lo sucedido. Sólo medió la espera, y ella atisbando desde algún rincón o saliendo a la luz para no continuar en el engaño, en la falsedad del rostro oculto. Se tocaba la cabeza, buscando los huecos de su niñez. La sensación de abandono la fue tensando. Fue cuando se le ocurrió probar la resistencia de sus dientes. Colgó dos dedos de uno de ellos y la mano inició el movimiento lento, sólo para consumir la espera, la soledad obligada por la tardanza del otro. Era como morderse las uñas o pelar nerviosamente la piel que las rodea. El diente demostró ser firme, caprichoso. Pensó en la gota de agua, en la roca, en la perseverancia de las mujeres que la habían precedido, en las amazonas ofrendando parte de su naturaleza, y le pareció mínimo su desprendimiento. Con todo, lo suyo no era ofrenda, sino una forma de flagelamiento. Debió de tomar los hábitos, hacerlo por una causa. Quería matar el tiempo, medirlo, contar sus ofensas o sus reemplazos, o como quisiera catalogarlos.
El diente se desprendió. Tardó un tiempo en lograrlo. Los demás se entregaron después, como adhiriéndose a la causa. «¿Qué causa?», se preguntó un día, cuando la ausencia de seis dientes la obligaron a cubrirse la boca con la mano al menor intento de risa. Él nunca creyó que los había perdido, encabezando una manifestación de protesta, recibiendo golpes vanguardistas. Su ironía remeció las formas de encierro de la abuela.
Se sintió ofendida, estafada, antes de barajar la palabra «culpable», moviéndola de un lado a otro, subiendo y bajando el tobogán incierto. Se apropió de la palabra en otra espera. El espejo fue cambiando la acepción hasta que la rabia desmanteló su imagen, socavando fondos y fundamentos, creencias, esperas, treguas, batallas no peleadas, aceptaciones, entregas, y la puerta cerrándose y volviéndose a cerrar mientras ella se rebelaba, convencida de una tercera dentición. Entonces tomó el «arma de desagüe» y sacudió la ausencia, la de él y sus dientes, hasta que el cuerpo recobró su estabilidad y los ojos dejaron de conmoverse. No midió el tiempo. Se —218→ dirigió hacia la puerta. Era común de dos. La atravesó, mirando hacia adentro y hacia afuera como si su propio movimiento no fuese suficiente para la salida de todo el cuerpo. Traspasó el umbral. No fue igual que otras veces. La separación de espacios repercutió en uno de sus latidos.
La abuela Bea partió y regresó varias veces, convencida, pienso, de que eran migraciones necesarias para mantener un matrimonio toda la vida. El abuelo Mauri hizo algo semejante, pero sus ausencias duraban más que las de la abuela. Con cada regreso de la abuela, notaba que me iba pareciendo cada vez más a ella. Sólo la permanencia de mis dientes todavía marca la diferencia.
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Aún puedo verlo presidiendo la mesa pascual, la misma de todos los años, siempre en la cabecera. Además, era el lugar más cercano al primer dormitorio a través del cual se llegaba al baño, pues las «presiones de la vejiga» le obligaban a vaciamientos frecuentes. Es el abuelo Mauri. Con su imponente anatomía, no dejó de inspirar respeto -o tal vez temor- a lo largo de su vida, el mismo abuelo que después de catorce años de separación decidió, presionado por un miembro de la familia, acercar a la suya, rezagada hasta entonces en otro continente. Después de todo, «a América» la hacían los hombres y por la atracción de esa América muchos olvidaron hijos y también esposas, a quienes no era difícil suplantar, partiendo con relaciones nuevas que desarrollaban sentimientos nuevos hasta que los otros quedaban remitidos a un pasado inevitable e irremediable.
Sea como fuere, convertido nuevamente en marido por derecho propio -porque no se esperaba otra cosa y, además, esos catorce años no eran motivo suficiente para rupturas matrimoniales-, el abuelo Mauri presidió la cena pascual, año tras año, mientras la familia se mantuvo como tal en la casa de la calle de los jacarandaes que todavía se alzaba sin grietas materiales ni humanas.
No sé por qué la memoria se ensaña conmigo. Quizás porque la época es la misma y el recuerdo ha fijado la imagen de la mesa larga, con todos sentados a su alrededor y el candelabro de siete brazos encandilándome. La abuela Bea, quien a pesar de los catorce años de abandono nunca ocupó ese lado de la cabecera, sin embargo era capaz de manejar el desarrollo de lo que pudiese acontecer con sólo fijar los ojos o aplicar la astucia aprendida como método de sobrevivencia, igual que animal frente al peligro.
Con el paso de los años, el mismo ritual pareció tomar más tiempo al abuelo Mauri. O tal vez era nuestra paciencia la que se volvió —220→ escasa para tanta espera. Había que ayudarlo a sentarse mientras la abuela, con sus manos etéreas, prendía las velas del candelabro, con alguna que todos los años se resistía. El tiempo estaba ahí, sin intención de ser, ansiosamente esperante, cautivando con su acecho. Era un tiempo con tiempo, como sólo experimenté en esa época donde el detenimiento se volvía natural hasta convertirse en constante por esas necesidades que dejaban atrás premuras. El encendido de las velas alcanzaba visos de ritual, donde el orden secuencial era observado rigurosamente, tal vez para no desatar quien sabe qué furias divinas. Debido al clima de la estación, el comedor, con sus puertas cerradas para mantenerlo fresco, conservaba un olor a encierro. En ocasiones como las de la cena pascual, era abierto de par en par para el ingreso de toda la familia y el olor de la comida que se afianzaba en las fosas nasales para formar el recuerdo futuro.
Siempre había algún miembro ausente, temporal o definitivamente, quien era mencionado por la abuela mientras pasaba levemente las manos sobre la llama de las velas durante el rezo. La presencia de algo superior cargaba la atmósfera y la conversación se mantenía en un tono neutro para no molestar la magia del momento. La espera era un elemento palpitante, una sensación o forma de conducta impuesta por la solemnidad del festejo, aunque nunca supe de qué espera se trataba, o posiblemente era otra de las magias de la abuela para dar un cariz más espectacular a la celebración. Era increíble lo que ella podía hacer con el movimiento de las manos. Las llamas de las velas respondían a su invocación, inclinándose hacia donde las llevaba con la punta de los dedos o con el murmullo del rezo, invocante de benevolencia para los hijos y los hijos de sus hijos, y para quienes viniesen después.
La parte leve correspondía a la abuela Bea. La otra, la de fuerza y decisión de horarios y acomodos alrededor de la mesa, al abuelo Mauri. Había que calmar de pronto al tío Jako, quien, olvidando por un momento la trascendencia de la celebración, intentaba desencadenar las risas infantiles que colgaban de ojos, de bocas entreabiertas, de gestos apretados de las caras. Bastaba una sola mirada cortante del abuelo para volver las cosas a su lugar. Entonces Jako hacía gestos ocultos para dar a entender que no todo estaba perdido, que aún —221→ tendríamos la oportunidad de dar rienda suelta a la risa retenida. Y así sucedía después de traspasar la parte seria de la celebración: el rezo y los pedidos de perdón que no debían faltar.
Era el momento de hacer un balance familiar, donde cada uno informaba al abuelo sobre el estado de sus negocios y sometía a su juicio cualquier empresa que se estuviese considerando. Era el momento de recreo para los niños, de libertad plena para revolotear por toda la casa, sin impedimentos. En la euforia del desatino, abríamos el antiguo arcón de la abuela -traído de Jashevato, por supuesto- para hurgar en sus pasadas elegancias que, sin tiempo ni preocupación de modas, épocas o estado de conservación, continuaban en uso «porque la tela la traje de allá», decía. Y era razón suficiente para no desprenderse de la prenda, sin importar si estaba fuera de moda o no. El día de la cena pascual no íbamos a la escuela, lo que marcaba el inicio de la celebración para nosotros. Al día siguiente venían las explicaciones a los profesores del porqué de nuestra ausencia, con cierta timidez, ya que no se trataba de una celebración generalizada. La diferencia, marcada solapadamente por los compañeros de clase, quedaba al descubierto aún más y el gusto de la alegría del día anterior era consumido, de cierta medida, por nuestro deseo de no ser diferentes, de no resaltar entre los compañeros. No obstante, la noche anterior nos quedaba adherida a la memoria, al sentimiento, a las ganas de que pudieran sucederse muchas más como esa y no tuviésemos que esperar todo un año para volverla a gozar.
Se cenaba temprano, apenas el sol desaparecía de los techos y continuaba bajando hasta caer con todo el peso del anochecer. Ni bien se insinuaban las sombras, la abuela buscaba presurosamente su mantilla, también traída de allá, para cubrirse la cabeza y los hombros durante el rezo. Al verla así, cualquier otra cosa perdía importancia para nosotros. Y envidiábamos su capacidad de entrega pudorosa, ocultando la cara en sus manos y manteniendo en un susurro el diálogo íntimo con el Hacedor. De pronto, uno de nuestros nombres escapaba del idioma materno y al reconocerlo nos llenaba de orgullo. Se sentía más importante quien había sido nombrado primero, un asunto difícil de cambiar porque estaba basado en las declinaciones de la edad.
Sin embargo, no todo quedaba ahí, pues esa noche era una de misterios y cada acto suponía un desprendimiento de alguno de ellos. —222→ Pensábamos, con el pensamiento inexperto de años cortos, que al final de tanta entrega la noche quedaría delgada, demasiado delgada para dormirla, y no habría más remedio que acabar con ella, confiando en que el amanecer no se demore en exceso. Cuando el abuelo Mauri levantaba la copa de vino -una especial, de plata, sólo usada para esa ocasión y que luego se la guardaba en el aparador hasta el siguiente año-, un temblor nos recorría, pues algo sobrenatural podía ser detectado en la gravedad de su rostro, en su forma de mirar la copa y sentir en sus labios el vino que acababa de bendecir. Era, sin duda, una noche muy especial, quebrada de pronto por algún llanto intempestivo de seres demasiado pequeños para mantener el decoro adecuado.
A veces la ceremonia de bendición del vino se extendía más de la cuenta cuando el abuelo Mauri se entusiasmaba, incluyendo rezos adicionales. Entonces había que esperar, pacientemente. Nos hubiese gustado alargar una mano atolondrada, confiando en no ser sorprendida en su adelanto antes del inicio formal de la cena, a pesar de que los platos tradicionales ya estaban puestos sobre la mesa y de la penumbra cómplice que reinaba en el comedor. Cuando el abuelo depositaba por fin la copa sobre la mesa, sabíamos que era la señal de inicio de la cena, aunque nada era posible asegurar en esa primera noche pascual. Muchas veces hemos debido esperar que ocurra lo que el abuelo solía decir: que se debe esperar que alguien, extraño a la familia, entre de pronto para compartir nuestra cena. Ante esa eventualidad, al sentarnos a la mesa el abuelo se aseguraba que la puerta de calle estuviese abierta, «Nadie debe quedar sin cena pascual», sostenía, con esa voz gruesa que conocimos y que mantuvo siempre.
Al final de la cena, la abuela iba discretamente hacia la puerta de calle y la cerraba. Cuando nuestros ojos de pregunta, que no osaban llegar a la palabra, se prendían de los suyos, muy tranquilamente contestaba: «todos saben a qué hora se cena; el que se atrasa, queda sin comer».
La medianoche era el momento que marcaba el fin de la primera noche y también cuando muchas cabezas pequeñas, apoyadas sobre la mesa, formaban un cerco cerrado que era necesario remover. Entre quejas de cansancio y el desgano de caminar las pocas cuadras que entonces formaban las distancias -épocas en que el coche era un lujo fácilmente postergable-, cada familia tomaba la dirección de su —223→ propia casa, llevando consigo el reparto que había hecho la abuela del sobrante para que el día siguiente continuase teniendo el gusto de la noche anterior.
Ahora, a la distancia, me pregunto qué cualidad especial tenían esas mesas de antes para dar cabida a tantas familias juntas, o cómo los espacios eran tan fácilmente extensibles. Tendrían que estar los abuelos para preguntarles, aunque no me cabe duda de que responderían que no eran solamente las mesas o los espacios, sino también el misterio y la magia de esas llamas que se retorcían sobre las velas, sin ánimo de consumirlas, los aromas y el gusto inigualable de la cena de esas noches que iban encogiéndose paulatinamente hasta volverse una raya y colgar con suavidad sobre nuestros sueños. Y lo sé, porque la abuela abriría su libro de respuestas, ordenadas por abecedario, para sellar hasta la boca más inquisitiva. Muchas veces pensamos que algo, guardado celosamente bajo su mantilla, le daba ese aire de maga que desataba la imaginación más obstinada. Debo buscar su libro de respuestas, que probablemente estará guardado en el segundo cajón del ropero de luna o detrás de sus vestidos, o encima del ropero, fuera del alcance de manos inquietas, o... Me temo, sin embargo, que lo ha llevado consigo cuando se fue. Claro, era parte de sus mañas, de su forma de obligarnos a elaborar nuestras propias respuestas. Pero de cierto modo la engañé, pues muchas las recuerdo de memoria. ¿Habrá sido otra de sus mañas?
«Hay que continuar», susurra una fotografía inclinada por algún peso que todavía no ha alcanzado el estado de ingravidez. Creo estar de acuerdo. Sobre todo porque la imagen es la del tío Berni, el mismo que ensayaba existencias o inexistencias postergando la decisión para sopesar riesgos y optar por la que menos pudiese dañar a quienes lo rodeaban. «Ya no hay personas de esa clase», pienso, con la presión que obliga toda recuperación del pasado.
Temo que la bondad de ese pasado me obligue a vagar de pensamiento en pensamiento, de pasar de la realidad a la fantasía y también lo contrario, porque me habré impuesto el ridículo juego, el intento salvador por hacer presente lo que no puede ser, de detener lo —224→ que ya es fuga sin preludio, lo que mañana... Pero ¿quién me puede ayudar a que sea mañana? Temo que al sueño pasajero se le haya olvidado desaparecer. El tiempo, «esa farsa siniestra», según Breton. No obstante, sigo abriendo huecos en él, pero son huecos con cavidades interminables. De alguna manera tendré que llegar al fondo de ellos para desdecir a Breton. Pero ¿qué sentido tendría? ¿Qué tiempo es ése?
El enigma se abre y desabre, convirtiéndose en un guiño cósmico. O es una trampa, la misma que acecha milenariamente haciendo creer que son ofrecimientos salvadores. O lucubraciones infinitas que llevan al desenlace fatal: el recuerdo y la memoria antes de que lo contrario suceda y nada, nada sea rescatado. Será preciso que me apoye en el borde áspero del ojo de buey, frotarlo y esperar que ocurra lo que deba ocurrir. Después de todo, quién asegura que un ojo de buey no pueda comportarse como una lámpara de Aladino. Sólo hay que saber en qué dirección frotarlo y con qué fuerza para no provocar un desborde de hechos y situaciones o no molestar a quienes ya no desean ser molestados. Pero el recuerdo obliga cuando el silencio no puede continuar siendo silencio, cuando la fantasía está ahí, al alcance de un manotazo, sin que la realidad deba ser alterada.
Una pertinaz vigilia se complace en hacerme extraviar ovejas. ¿Es normal eso, tío Berni? He probado con iguanas, caracoles, pero parece haber capricho en esos bichos, deseos de no convertirse en pretexto de mi problema. Entonces escribo cartas extensas que terminan absorbidas por el aire. Quedo dormida en medio de una de ellas. Opto por el sueño para continuar comunicándome. Al día siguiente, la angustia me hace correr al teléfono para constatar presencias y evitar la lentitud del mensaje escrito, aunque dejándome la sensación de que sólo lo pueril, lo rápido, lo intrascendente, fue confesado al aparato negro, al hilo que cruza fronteras.
Pienso que más adelante, cuando otras memorias inicien la cuenta regresiva, únicamente las palabras suspendidas en el viento serán difíciles de atrapar. Se agregarán o restarán para formar el mensaje desaparecido y sólo podrá ser rescatado parcialmente lo que sea posible retener en la memoria. Sí, creo que tendré que escribir más cartas. Voy al teléfono, disco un número y, casi a la velocidad del sonido, escribo y recibo una carta. Las otras dejaré para mañana. De —225→ cierta medida, nos volvemos héroes o heroínas de lo que el viento se lleva con la complicidad del tiempo.
«Creo que cuando me casé ni siquiera sabía dónde estaban los puntos cardinales», contó mi madre. «Tampoco me advirtieron que eran bastante díscolos y variaban de posición, ni se tomaron el trabajo de hacerme notar que las recién casadas pasaban parte del tiempo de cúbito dorsal. Aunque, si lo hubieran hecho, nada podría haber ganado, pues no hace mucho que relacioné ese cúbito con el estar acostada y, por supuesto, en esa posición no había puntos que se mantuviesen cardinales. Me di cuenta, entonces, de que mi educación dejaba mucho que desear, por más que la abuela vieja, con su sabiduría también vieja, me dijo seriamente cuando, con 17 entrados años, me dirigía al altar: 'cierra los ojos, habla poco, pregunta menos y todo marchará bien; está en el Libro'.
«Desde ese tiempo, el gallo de hojalata sobre el techo de la casa se mueve, cambia de posición, se detiene y luego da vueltas y más vueltas, imagino que buscando el norte. Es tal su indecisión que ha hecho del problema de mis puntos cardinales un asunto sin salida, lo que agrava mi sensibilidad cuando me encuentro en alguna ciudad desconocida donde, con toda parsimonia, me indican: 'camine media cuadra hacia el norte, dé vuelta hacia el sur unos veinte pasos, luego encontrará una pila de agua; párese al lado y calcule el este, pero no lo tome, pues justo en el lado opuesto está la dirección que busca'. En casos así, me limito a mirar a los ojos de la persona de buena voluntad y agradecerle el tiempo que se tomó en explicármelo. Después camino en dirección oblicua o directa, a mi manera, y llego.
«Pienso que alguna corriente oscurantista aún soplaba en mi época y, como todavía la contaminación atmosférica no era conocida, se la respiraba a pulmón lleno. De todos modos, éstos se ponían negros. La falta de conocimiento de los famosos puntos cardinales nunca me permitió aprender el alfabeto Morse. Una pobre coordinación me hacía parecer el peor de los espantapájaros. No es que fuese tonta, sino que en ese tiempo las mujeres sólo aprendían de los libros, sobre la marcha y como viniese. No tardé en darme cuenta de que la vida estaba escrita en los tangos. Eran una fuente inacabable de —226→ sorpresas. Cualquier puente que quisiera cruzar como adelantada, era fatalmente roto por gestos que no necesitaban de explicación.
«Vestida de novia, me pasearon por el pueblo, tal vez como muestra de algún tipo de calidad. Al día siguiente, teñida de vergüenza, invoqué la ayuda de alguna diosa para que bajase con un velo y pudiese ocultarme y ocultar lo que ya era de conocimiento general. En el mismo año de mis 17 dejé de pertenecer a la adolescencia inocente. No recuerdo en qué punto atravesé la línea demarcatoria o qué apuro me impulsó a hacerlo como si estuviese corriendo para alcanzar el último tren, cuando en verdad el pueblo no contaba aún con ferrocarril.
«Una timidez extrema me atacó por varios frentes y se me hicieron pocas las penumbras para esconder ese mal. Mis ojos descendieron en actitud de entrega mientras las demás partes del cuerpo pugnaban por sobresalir, causándome problemas no experimentados con anterioridad. Pensé en recurrir a la abuela vieja, pero el temor de poner de manifiesto mis ignorancias, supuestamente superadas, me mantuvo estoica.
«Una amiga, con toda la fuerza del agravio, dictaminó: 'estás esperando'. Me hubiera gustado ser como ella, saber lo que había que saber. Su dictamen sonó a sentencia. '¿Cómo pudo pasarte?', agregó. Sólo me encogí de hombros, aunque estuve a punto de recitarle una clase de geografía con el mapa acostado, los puntos cardinales donde podía reconocerlos y los ríos cruzando y descruzando zonas, regando tierras.
«Así pasó, quise decirle, pero estaba llena de dudas. Me sentía de este lado de la línea, formando fila con la abuela vieja, con mi madre, toda una comparsa en carrera de postas. La abuela vieja iba adelante, con su Decálogo de la Mujer en mano, enarbolándolo como Estatua de la Libertad en movimiento. Cada mandato del decálogo se iniciaba con un «NO», con mayúscula. Del otro lado de la línea estaba mi amiga. Nunca pude traspasarla. Era mucha carga la que llevaba encima. Además, quién era yo para trasgredir una línea impuesta por la abuela vieja y quien sabe por qué otras en proyección pasada».
Así escuché contar a mi madre alguna vez. Fue antes de que ingresase a esa sala de espera a la que llaman «casa de reposo». Creo que hasta me ofreció sus puntos cardinales. «Ya no los necesitaré», dijo. Preferí... No sé qué preferí. Sólo apuré el paso para alejarme.
—227→
De nuevo los barcos azuzan mi conciencia. No sé si son varios o el mismo que sortea olas y aparece proyectado innumerables veces en el horizonte. Tampoco sé si éste es uno solo o, por una suerte de orgullo, se desdobla para dar cabida a tantas naves. Siento de pronto que un barco ladra o ronronea, o llora para recordarme que está ahí para que le acomode el lastre o le lance el cable que le permita el acercamiento. Podría tratarse de la nave del amor. O de la muerte. O de desahuciados puestos a deambular hasta que consigan la benevolencia de algún puerto.
Algunas sombras son alcanzadas por el reflejo del agua e iluminan seres. Son reflejos que se resisten a develar identidades. Dan ganas de cortar el horizonte para que deje de atraer naves y las fagocite, alterando el empuje de la visión. Puede que sea un problema de ojos atestados de imágenes que ya no son capaces de priorizar una selección. «Mis ojos están viejos», murmuro para que sueños y pesadillas busquen el remanso de otros lagos. «Viejos o recién paridos, no hay forma de combinarlos», responde el agua, el cielo o las sombras anónimas. Tal vez se han desprendido de esta característica y pugnan por desatar hilos enmarañados de mi memoria.
Sufro. Hago esfuerzos por develar misterios que nadie me ha pedido que devele. Es la fijación a la que llevan deseos de prolongar vidas desprovistas de vida en una búsqueda de lo eterno inexistente. Grito. Son esfuerzos guturales que retumban en la inmensidad de cielo y tierra, y se quiebran sin posibilidad de rescate. Hasta el eco parece haber hecho mutis por el horizonte.
Juego con un mechón de cabello, como cuando era niña y el tiempo esperaba su turno junto a ese acto maquinal hasta que la idea encontraba salida. ¿Dónde habré dejado el libro de ideas? Forma parte de la sucesión de extravíos y descubrimientos que hicieron posible el desarrollo de los años. Toco mi cuerpo para detectar posibles escondites. —228→ No es el mismo de antes y las ideas ya no se originan en un tirabuzón de cabello. Han abandonado mi mente y forman el mundo exterior, el que se ha convertido en culpable de la desaparición de mis pudores. Quizás la salvación esté en el barco imaginado por mis ojos con la complicidad de todo el entorno.
No quiero deshacerme de la fabulación que posibilita la existencia, del enfrentamiento constante realidad-fantasía que constituye el alma y amerita el complemento corporal. Acaso todo sea consecuencia de haberme levantado con la parte izquierda de la conciencia. Recuerdo que anoche apagué la luz del hemisferio derecho. Algunos actos son maquinales porque no hay un compromiso formal de la voluntad.
«Cuando el cuerpo pesa, la mente calla», dicen mis voces interiores. Es la dicotomía a la que me someto cuando alguna falla amenaza mi desenvolvimiento existencial. Entonces trato de atajarme de barcos, de radios antiguas, de guerras y peces descritas en idioma de abuelos, de aventuras de las que sólo participo pasivamente, de intentos de fuga o de arribo, hasta que siento la ilusión de un pasado que se revierte y condiciona el presente. «Quiero vivir el futuro», susurro. «Primero tendrás que dejar de ser», contesta la voz conocida de un antepasado. «¿Cómo se llega a eso?», pregunto, esperando que me surjan caminos distintos a los tradicionales. La voz calla.
Un silencio ampuloso se expande con peligro de explosión atmosférica, sideral, acústica o cualquier otra vía imaginable. Temo la profundidad de algunos silencios. «El silencio es un estado mental», sugiere mi interior. Apelo a ruidos anteriores, a las secuelas que han formado huellas por las que se desliza un trinco. Necesita que lo lubriquen. «No dejes que el trineo se detenga», gritan mis silencios. Cuando quiero gritar que no se alejen los barcos ni las sombras que los habitan, veo cómo van cayendo en el horizonte. Me prometo despertar al día siguiente con la otra parte de mi hemisferio mental. Sólo que no sé si habrá alguna diferencia.
El asedio de mi propio cuerpo decanta el cúmulo de consecuencias. O es el buceo de la mente para acabar con pretéritos perfectos. O la conciencia vistiéndose de colores que permitan una enajenación carnavalesca. Divago. «El caballo y el hombre hacen el desierto», pienso, sintiendo que me extravío en medio del arenal. «Es el desierto del que provengo», me digo. Creo que imagino al hombre —229→ y al caballo. Imagino imaginándolos hasta que pienso que el sonido de un galope se precipita en mis oídos y no tengo más que agregar al hombre para cerrar la escena, consagrada a las cosas vistas y continúe divagando en busca de nuevas composiciones.
Es increíble la disposición de la mente a lucubrar lo desconocido. «Si no son barcos, han de ser caballos», medito. Es posible que esté siendo atacada por duendes malignos que insertan postes en mi mente como hitos que irán marcando grados ascendentes o descendentes de locura. Temo que el hombre no pueda domar al caballo y su carrera lo acerque cada vez más hacia mi. No sé si temo más al hombre o al caballo, o se trate de un emisario del Apocalipsis buscando presa o lugar donde aposentarse.
Me pena la ausencia de mar, extensión que no depara más que una nueva extensión de lo mismo, sin posibilidad de que la tierra, incinerada hasta el punto de producir espejismos, no sea capaz de ofrecer una posibilidad húmeda que corte la sequedad adentrada en mi garganta, causante de un remezón de tierra. Es extraño que el cuerpo pueda experimentar tal remazón. Tal vez el hombre tenga algo que ver con eso. O el caballo. O los sentidos que se obnubilan cuando la razón cabalga y el caballo y el hombre se convierten en nada más que pretexto. Mi imaginación ha desbocado algunos instintos primigenios y el contorno del animal, en su movimiento esforzado, hace resaltar venas y músculos y produce cierta inquietud que me altera.
De pronto, el panorama se vuelve rojo como si anunciara, catástrofes por venir. O es sólo la catástrofe interna que se prepara para hacer frente a una nueva forma de sentir. Casi podría prescindir del hombre, tal es la fuerza del caballo, su forma de arremeter contra arena y viento manteniendo su postura de colonizador de tiempos, de desiertos, de extensiones, de personas que lo observan con la esperanza de que no deje de avanzar. Son reflejos calcinados que inclinan a la alucinación. No es un sueño. Los desiertos no fueron hechos para ser soñados, sino para que atenten, con su magnificencia, contra estados de razón que esperan un quiebre y pueda producirse la chispa que inspire la incorporación irremediable e impostergable de cualquier observador. O es la necesidad de animal que hace imprescindible el desierto como elemento transportador que durará un trayecto ininterrumpido durante el cual sucederá lo que deba suceder. Y aparecerán sirena del desierto, mitad mujer y mitad equino, para hacer —230→ contrapunto a las otras.
Tal vez la aproximación imaginaria de desiertos, mares o dunas, sea el ejercicio necesario para recuperar mi identidad perdida. Perder el Paraíso no es lo mismo que perder la identidad. ¿O sí, tío Berni? Puede que esa sea la razón por la que trato de identificarme con el hombre o con el caballo. La inmensidad del espacio distorsiona la percepción de ojos con mirada sin práctica suficiente para llegar tan lejos o posarse en el camino para descansar antes de seguir cabalgando sobre los ojos, fustigando las pupilas.
Nada es muy claro cuando el entorno se funde con su contenido, cuando uno cree que está observando y tal vez suceda lo contrario, y de tan fija que mantengo la mirada he caído en la atracción de un espejismo que cambia de lugar. Puede que me esté enamorando del caballo, el que aprovecha un claro dejado por el paso rápido de la arena suspendida en el aire para hipnotizarme. Es mi voluntad la que falla cuando trato de instigar la memoria hasta que la transformo en caballo y sitúo a un hombre en el lomo para que sea protagonista de sucesos aún desconocidos. Hay días en que uno no debiera internarse así no más en desiertos para no tentar las imágenes que contienen. Es la aventura lo que me presiona con su garra, e inclina a irrealidades que podrían dejar de serlo con el inicio de la tormenta, con el suspiro del cielo, con las formas más misteriosas que toma la noche para obligar la aventura. Y me sumerjo en ambas, noche y aventura juntas, tratando de no asustar al caballo o al centauro en que se ha transformado por la dimensión distinta que va tomando el objeto observad a medida que más se lo observa. No sé con cuál parte quedarme. ¡Como si pudiese elegir! Se me parte el sentimiento entre lomo y cola, entre cuerpo y anca.
La inmensidad del espacio hace de cualquier movimiento vehículos sensuales. El caballo, o centauro, ha dejado de galopar y se empeña en jugar en la tierra con la pata derecha. Lo imito. Son actos maquinales que transmiten deseos. ¿Qué deseo, tío Berni? ¿Ser hombre o ser caballo y disponer de la libertad de espacios abiertos, intensos, cortados a la medida de uno con la complacencia de la atmósfera? Ningún deseo puede ser gritado o escuchado. Nadie puede oír a nadie cuando el viento silba pura tierra y las huellas son comidas por otras hasta que se tiene la sensación de que nadie las ha marcado. La soledad es indescriptible. Duele como cuerpo colgado de —231→ un gancho. El aire está detenido y cuesta respirar. Entra a tropezones, produciendo quiebres en la boca, en la lengua, en la garganta. Sobre todo en la garganta. Pienso que en la necesidad de tragar algo tragaré mi propia lengua. Siento ganas de romper con las tiranías impuestas por generaciones anteriores, cortar la distancia, correr hacia el hombre y su caballo. O que en galope desbocado sea alzada al vuelo, caiga sobre la grupa del caballo y sienta el susurro anhelante de mi cuerpo contra el del hombre en un cosquilleo íntimo formando un tirabuzón semejante al que dibuja el aire en su arrastre de arena. Siento ganas de que se acalle mi imaginación y se restablezca el equilibrio y ya no me hormiguee el interior con anuncios.
Me fui llenando de hombre, de caballo y desierto, Quizás no me he comportado fielmente con mares y naves que siempre han apoyado mis evasiones. Cada vez me cuesta más formar seres inexistentes, animales animados. Cada vez se me dificulta más la voladura o tengo que optar por nuevas, porque las que conozco me son insuficientes. Con lápices mágicos ubico desiertos donde no existen, los incinero hasta que brotan cortinas de calor tembloroso que traspaso, sin quemarme, por esa gracia de herencia ancestrales que obligan a la mujer a la espera y transforman el punto iniciado por la mirada con vorágine arrolladora. Cada vez me cuesta más.
Deliro. Nada de eso. Es la forma antigua de sentir, avergonzada, el asedio del propio cuerpo. No he llegado a conocer el arrebato real, el que no necesita de la fábula continua para lograr el convencimiento. Sin embargo, me he puesto tan roja como el horizonte. No sé si es suficiente. Llueve en el desierto y es más de lo que puedo soportar. Cierro la puerta y me cobijo entre las paredes. Mañana tal vez amanezcan pobladas por otras visiones y no tenga más que empujarlas para entrar en cuevas mágicas. No siempre tendré que recurrir a desiertos. Pero eso recién lo sabré mañana.
—[232]→ —233→
El alcance de la memoria puede llegar a tener plumas, ser representada en alguien vivo y capaz de producir una sensación de vergüenza agrandada por la vergüenza natural que afecta los años cortos y sensibles por la incapacidad de expresar algunas cosas. O hacerlo y no contar con un interlocutor interesado.
Cuando mi madre -en esos tiempos en los que todo era vendible o comprable en plena calle y ofrecido a voz en cuello quería aliviarse de la preocupación de la comida del día siguiente, lo más probable era que regresásemos a la casa cargando un par de pollos vivos, con la misma satisfacción que ella sentía portando un ramo de flores.
De modo que, en camino a casa por la calle principal donde gran parte de las puertas ostentaba caras conocidas, de una mano de mi madre colgaba yo y de la otra la yunta de pollos, previamente revisados frente a la vendedora para asegurarse que el exceso de plumas no disfrazara una carne magra. Además preguntaba, también para asegurarse, si eran tiernos. La respuesta no podía ser otra que afirmativa. Así que, sintiéndose como galardonada por su preocupación doméstica, mi madre caminaba con la cabeza en alto, a lo mejor convencida de que, a su paso la gente comentaba lo buena que era como dueña de casa. Yo, en cambio, sólo rogaba no tropezar con alguna compañera de colegio para no tener que buscar la forma de ocultarme de su mirada o de convertirme en ave y emigrar amparada por alguna nube salvadora.
Pero mi madre era irreductible en sus hábitos domésticos. No era fácil pretender cambiarlos cuando se encontraba frente a un par de pollos, supuestamente en las mejores condiciones de cuidado y alimentación. Si nos cruzábamos con alguna «compañera de faena», el apuro se detenía y ambas se tomaban su tiempo para intercambiar recetas sobre la mejor forma de cocinar el par de víctimas. Si otra —234→ casualidad nos ponía también frente al encargado de faenar las aves de acuerdo con los ritos de nuestra religión, la detención era mayor aún.
Ante la insistencia del hombre de que sólo él sabía matar esos plumíferos de la manera prescrita, mi madre alegaba que ella también podía hacerlo y que, además, la forma de morir le daba igual a las aves, «ni más ni menos que para cualquier mortal», agregaba, moviendo de un lado a otro sus ojos celeste-verdosos.
Las salidas con mi madre siempre iban más allá de lo que teníamos previsto. Así, si nuestro destino era el puerto, no dejábamos de pasar a saludar a parientes o amigos que viviesen en nuestro trayecto, lo que a menudo postergaba nuestra llegada a la meta final. Pienso que no fueron precisamente las hormigas las que establecieron formas de contacto entre sí para estrechar la relación y orientar a otras en el encuentro. Más bien mi madre y otros miembros de la familia y sus amistades fueron los pioneros en el arte del encuentro callejero.
El día en que, cargando una yunta de pollos «fuera de toda proporción», como mi madre aseguró durante todo el camino, tropezamos con la señora E., ésta dijo que olían a rancio, aún antes de muertos. Mi madre sintió que se le caían encima, a un mismo tiempo, la torre de Babel y la escalera de Jacob. Apretó más fuertemente mi mano y, levantando la otra con la pareja de aves para examinar lo que se le hubiera podido escapar «¿está segura?», preguntó, con tal tono de preocupación que a cualquiera habría inspirado lástima o al menos una rectificación a medias. Sin embargo, «como que tengo dos ojos», reafirmó la señora E.
Mi madre bajó la cabeza. Nunca antes la habían pescado en tal falta. Conocía bien a fondo el negocio de los pollos, sabía cómo revisarlos porque, después de todo, había recibido sus buenas lecciones de la abuela vieja. De modo que resolvió cerciorarse de la veracidad de lo afirmado por la señora E., más aún después de que ella ratificase su dictamen con una subida y bajada ceremoniosa de cabeza. Emprendimos el regreso al lugar donde estaba la vendedora. Se sentía tan abatida que -pensé- cualquier cambio la iba a satisfacer, aunque los pollos no fuesen tan perfectos como los que llevaba en la mano. Pero la mujer ya los había vendido todos. Recibió sin chistar los pollos de vuelta y le devolvió el dinero. «Cuando se pierde el orgullo, por lo menos hay que tratar de recuperarlo», dijo mi madre apenas nos alejamos.
—235→Ya habíamos hecho buena parte del trayecto de regreso a casa cuando mi madre se detuvo bruscamente, quedando por un instante como suspendida en el lugar, sin decir palabra. «¿Qué pasa?», pregunté, sospechando que el incidente le hubiera provocado una de sus frecuentes jaquecas. «No lo sé, pero algo me sube y me baja por la cabeza. Si no me lo quito, no me dejará dormir esta noche».
De nuevo dimos vuelta para regresar donde la vendedora. Yo empezaba a sentir el cansancio de la tarde, el tedio de recorrer una y otra vez la misma calle en sus dos direcciones, el deseo intenso de encontrarme en casa y olvidarme de la «cacería». «¡Ya me lo imaginaba!», exclamó cuando estábamos a cierta distancia del lugar. «Allá está, ¿la ves?». Y claro que la veía. Era la señora E. quien estaba comprando los mismos pollos devueltos un momento antes. Cuando nos acercamos, puso su conocida cara «de filo de cuchillo» -como a veces decía la abuela Bea- y, haciendo gestos como que en verdad no estaba interesada en ellos, dijo que lo hacía por lástima hacia la vendedora. «Me los dejó tan baratos que veré qué puedo hacer con ellos», se excusó, no sin antes hacer sentir a mi madre que la había salvado de una buena.
«No es tan mala como parece», dijo mi madre, tratando de evitar que yo tuviese ojeriza hacia la señora E. Pero con la ingenuidad de mis años inconscientes -o tal vez la maldad en perspectiva-, dije, según me lo recordó mucho después: «ojalá que se le atragante una pluma». «¿Por qué una?», preguntó mi madre, riendo. «¿Te has tragado alguna vez un pelo? Yo sí; es asqueroso. Una pluma es como un manojo de pelos y puede tardar bastante en pasar por la garganta».
Pero el asunto no estaba terminado, no podía terminar así como así. Al día siguiente, tomándome de la mano como siempre lo hacía -pienso que tal vez me usaba de cayado-, fuimos a la casa de la señora E. «Vengo a ver a la señora», dijo mamá a la doméstica que salió a recibirnos. «Está enferma», habló la mujer, con voz apesadumbrada. «Se ha pasado vomitando toda la noche. Dijo algo de mal de ojo, pero yo no encuentro que tenga nada en el ojo». «Déjame verla», pidió mi madre, sintiendo un peso irredimible de culpa.
La señora E. realmente se veía muy mal. No fue posible mantener una conversación coherente con ella, porque cada vez que abría la boca le daban arcadas. La abuela Bea, con esa voz que acostumbraba —236→ emplear para ocasiones solemnes, «a cada culpa, su castigo», comentó después.
En adelante, mi madre prefirió comprar los pollos en lugares fuera del alcance de miradas comprometedoras o de amigas que pudiesen competir en la transacción.
Mientras en la tierra lejana acostumbraban luchar con el avance de nevazones implacables, mucho después, estando aún en edad de juegos, tuve que iniciar una gimnasia cotidiana que luego me serviría para hacer «jogging» como forma de pertenecer al bando de los bellos de cuerpo. La belleza del espíritu tendría después su oportunidad de ser descubierta, sin entrar en apuros anticipados.
No sé si tanta historia vivida por la familia tuvo algo que ver con mis corridas de persecución de un personaje que hacía más llevadera la existencia en la época de verano: el repartidor de hielo. Parecía vanagloriarse de su poder mientras manejaba el camión, sin paradas determinadas, arrastrando el deseo de quienes, conscientes de la importancia de la conservación de los alimentos, no tenían más alternativa que perseguir el hilo de agua que caía de la parte trasera del vehículo, delineando una pista para que no hubiese dudas. El cuarto de barra de hielo era el premio, a veces de difícil alcance. En días de mucho acoso canicular, mamá se decidía por la media barra.
Había que estar siempre atento al paso casi fantasmal del camión para que no nos pasase de largo, sobre todo en los días tórridos que era cuando la única fábrica de la ciudad no lograba abastecer la demanda. A menudo, mi mente iniciaba un desenfrenado vagar, con mis ojos transformando el vehículo del hielero en la carroza de la Cenicienta a la vez que el péndulo de algún reloj martillaba campanadas similares al tictac del metrónomo sobre el piano de la profesora Fredesvinda. A medida que corría tras el repartidor, mi mente se embarcaba en aventuras que me llevaban a deambular por mares -ausentes de los mapas locales- con la esperanza de hacer las paces con piratas antes de que desembarquen en las costas -también inexistentes- y arrasen con lo que puedan encontrar en el camino. Hasta podía escuchar la voz del pirata jefe anunciando «las niñas serán raptadas y —237→ vendidas al mejor postor». Eran días en que la mente se desplazaba como máquina de doble velocidad, acumulando visiones en su interior en un intento por formar un futuro aún en ciernes.
El eco de mis corridas sobre el asfalto caliente aún resuena en alguna parte de mi cuerpo, evocando ocurrencias que deseaban, intensamente, traspasasen su estado de irrealidad para hacerme aterrizar en lugares donde todo podía ser posible con sólo apretar los ojos o chasquear dedos. Si regresaba a casa con el trozo de arpillera colgando lacio, sin su contenido, el discurso de mi madre pasaba por todas las tonalidades del arco iris, deteniéndose un buen rato en el rojo más intenso para dar más fuerza a sus palabras. Tal vez mi inmadurez no era el caldo de cultivo más apropiado para asimilar sus palabras. O yo aún seguía colgada de la carroza de Cenicienta, viendo el cuarto de barra de hielo transformarse en zapatos de cristal.
Entonces, la conservadora de madera, mueble indispensable en su interior recubierto de hojalata para que durase más el hielo, despedía un olor plañidero como si se le hubiera negado la posibilidad de cumplir su objetivo. La leche se cuajaba y la mantequilla iniciaba un rápido proceso de descomposición, pasando de amarillo a naranjo intenso hasta terminar por ofrendarse en un derretimiento exhausto, ostentando pequeños puntos verdosos que hacía imposible cualquier rescate. En días de gran sufrimiento atmosférico, en los que la temperatura alcanzaba cifras difíciles de asimilar, el tema del repartidor de hielo era común de todos.
Perel y Elsa fueron pioneros en la compra de un refrigerador eléctrico. Por turno, íbamos a su casa para ver funcionar un aparato que era capaz de reemplazar corridas, desprenderse de la obligación diaria de comprar un trozo de hielo y revertir la sensación de poder del repartidor, además de convertirlos en abanderados de la modernidad en la familia. Aunque no todos estaban muy convencidos del funcionamiento a largo plazo del refrigerador. «Nada podrá reemplazar el frío directo que proporciona el contacto con un trozo de hielo. A veces hasta llega a congelar la mantequilla», dijo la abuela Bea. «Pensar que allá no teníamos ese problema», concluyó. Perel no estuvo de acuerdo, señalando que uno debía acostumbrarse a las comodidades modernas. «Algo similar sucedió cuando se pasó del carruaje al automóvil para conformar las exigencias de apuros nuevos», confirmó tío Berni.
—238→La novedad necesitaba asentarse, cobrar fuerza, dominar el deseo de aferrarse al pasado. Sin embargo, no era fácil. Todo lo nuevo se tomaba con cierta cautela, como un paso que sólo con el tiempo se haría necesario. El día en que un corte de luz detuvo el funcionamiento del refrigerador, causando la descomposición de parte de su contenido, la abuela Bea sintió como si hubiera ganado una batalla. «Ya lo dije», afirmó, con aire triunfal. Perel aclaró que el corte de energía se debió a que la instalación eléctrica de la casa no estaba preparada para resistir tanta demanda. «Son muy antiguas». agregó, con ese su tono de conocedor de lo que fuere. Más de una sonrisa irónica llenó algunas caras.
Aún así, la inquietud empezó a forzar resistencias, pues no olvidaban que Perel había sido el iniciador de muchas actividades que a la larga le resultaron beneficiosas. Tal vez era su gran audacia o por contar con una sólida base económica que había logrado afirmar antes que ningún otro miembro de la familia. El turno comenzó a jugar defensas y ataques, dejando la impresión de que detrás de una multiplicidad de puertas asomaban rostros en espera del momento apropiado para intervenir. Se sabía con anticipación que Simón, primo de mi padre, y Rosa, su mujer, estaban en línea como los próximos adquirientes de un refrigerador.
Con dos miembros más de la familia embarcados en lo que al parecer era una aventura nada lógica, poco a poco el deseo de no quedar rezagado actuó como detonante. Pero las cosas debían seguir un desarrollo justo y proporcionado. A pesar de la reticencia que habían mostrado en un comienzo, los abuelos fueron los siguientes. Como la distancia no era un impedimento, mi padre aprovechó durante bastante tiempo el refrigerador de los abuelos. Mis hermanos y yo nos convertimos en emisarios de ida y vuelta para llevar y traer, según las necesidades del día, lo que hubiese sido puesto al resguardo de la descomposición. El descanso de ese trajín nos llegó cuando también nosotros pudimos tener un refrigerador propio. Hasta casi alcanzamos a ponerle nombre en una ceremonia formal de bautizo, la que fue abortada por oposición de la abuela, quien la consideró sacrílega.
En cierta oportunidad, al tocar la manilla de la puerta la abuela sintió un leve golpe de corriente. Eso bastó para que por un tiempo sintiese miedo de abrir el refrigerador, del que sólo se deshizo, tal vez —239→ con algún «mea culpa», frente a las velas de los viernes en la intimidad de su comunicación con el Altísimo. Hubo que recordar a la abuela de que no todo necesitaba ser guardado en el refrigerador, por ejemplo, el vaso de agua que, como amuleto, ostentaba en su interior su dentadura postiza. No fue fácil convencerla.
Ya no tengo la posibilidad de aceptar o no una forma de vida que muchas veces me punzó rebeldías profundas y desafiantes. Me cabe, eso sí, la duda de si los adelantos modernos realmente proponen una vida de mayor satisfacción o plenitud. Al final, asumo opciones y me debato en dudas que mantienen un deseo de continuidad que ostenta nombres, muchos nombres. Se agrega el mío. Es sólo una cadena que nos sujeta para que nos constituyamos en el enlace. «Las cosas vienen de muy atrás...», escucho, siento, pienso, o me comporto de acuerdo con situaciones y reglas que he recibido en herencia como parte de una posta que no hace a la carrera, sino al calce natural obligado por la fragilidad del tiempo. ¿El mío? ¿El de mis antecesores? ¿Quién abrirá la primera puerta o cerrará la última?
—[240]→ —241→
Me pregunto si la palabra «exilio», tiene una connotación aplicable sólo a determinados momentos, tiempos, personas. Cada vez que la pronuncio, moviendo los labios en distintas direcciones y llevando la lengua más arriba o más abajo, su significado adquiere una dimensión que me toca en lo profundo al darme cuenta de que se refiere a una de las tantas herencias no buscadas, una invisible e impuesta por la voluntad de quienes están convencidos de detentar poderes celestiales, obligando a vagabundos eternos. ¿A quién enjuiciar o apelar cuando la sensación de eterno se interrumpe con cada generación, aunque permanezca la otra, la de exilio por cuenta ajena?
La sensación de desarraigo desarrolla a veces una fuerza por dominarla, y otras una decisión por lo contrario. Lo primero es un asunto de supervivencia, aunque el cuestionamiento constante sobrepasa todos los porqués, hasta que en acuerdo silencioso lo anteriormente vivido se incorpora al recuerdo como fuente de defensa para estados de duda. Se adquiere una dimensión ajena a la de quienes no han pasado por el exilio, una especie de dualidad difícil de explicar porque divide el cuerpo y la mente entre el aquí y el allá, pero sin disociarlos. ¿Dónde comienza el exilio? ¿Termina alguna vez? ¿Es sólo para los elegidos?
El tío Miguel, ya producto de la tierra nueva y miembro del otro lado de la familia, fue enviado al confinamiento dentro del país, algo que en mis años de aprendizaje para ser grande me llenó de lucubraciones impropias de la edad, con resultados indecisos que no hicieron más que incentivar mis dudas. La otra abuela lo visitaba cuando podía desprenderse de la atención a sus demás hijos, que sumaban siete. Parecía que el exilio era una enfermedad que atacaba con preponderancia a ciertos grupos humanos.
El espejo nunca fue capaz de mostrarme diferencias visuales, —242→ aunque la presunción de que algunos estaban teñidos de negro me hacían pensar en su crueldad. El gran espejo de la casa. aunque reflejaba fielmente lo que se lo ponía delante, muchas veces me reconfortó que no cayese en la fantasía de teñirse. ¿Puedo decirse, entonces, que se estaba en superioridad de condiciones? El sentido que se da a un hecho lo condena hasta hacerlo insufrible, por más elementos atenuantes que pueda tener.
Las disputas interiores llegaban a formar nuevos seres, nuevas sensibilidades más proclives a la resistencia como reserva para situaciones imprevistas. Quizás en eso radicaba una fortaleza que hacía rendir doblemente la extensión de la jornada, del cuerpo, del deseo de demostrar que se era un elemento bonificador de estructuras autóctonas, de intereses locales, del funcionamiento progresista del país. Más allá de cualquier capacidad de asombro por bonanzas o injusticias, estaba el sentido de esperanza, la huella marcada hacia adelante.
La lógica más elemental no tenía cabida porque, de recurrirse a ella, se podría derrumbar la necesidad de fabular tan innata en gente acostumbrada a que lo cambien constantemente el paisaje. Era un eterno «bajar el sueño a la vida», antes de que lo sugiriera Gérard de Nerval. Era común tener un romanticismo propio, único, inigualable, que sólo respondía a quienes estaban faltos de alternativa. Un nuevo ejercicio imponía la memoria: repensar el pueblo dejado en el recuerdo. Los lugares más pequeños eran agrandados por obra y gracia del pensamiento, lo que suponía una ventaja que recalentaba la resistencia, dejando la nostalgia al rojo vivo.
Quizás por eso no era de extrañar la fecundidad que alcanzaba la palabra para volverse frase y cuento, digo tan vivencial como continuar siendo una responsabilidad tomada del hablador anterior, quien dejaba suspendida la historia, sólo suspendida. No era necesario aprender a recordar, porque se disponía de una base de datos recordatorios de la que sólo bastaba servirse.
El tío Berni detestaba hacer aspavientos. Muchas veces pensé, en el atolondramiento infantil y después en la adolescencia, que él bien pudo haber tomado los hábitos dada su cualidad innata por saber escuchar y también responder o aconsejar, sin necesidad de variar su tono de voz, involucrándose entero en los problemas de los demás.
—243→Decía que para saber llorar era preciso pasar antes por todos los estados de la risa. «Y viceversa», agregaba, para alejar cualquier confusión, pero dejándonos inmersos en ella. No era necesario comprender a fondo sus palabras. Bastaba con escucharlo o saber hacerlo. Tal vez resiento la ausencia del sonido de su voz, la picardía de la que hacía uso cuando lo demás amenazaba fallar. No sé si la historia de la vecina Vera era cierta o si la falta de corteza la impregnaba de seriedad. «Ya había pasado los destellos de juventud», contaba, «y era viuda de un tercer marido». Más que por su nombre, se la conocía por lo que le había tocado vivir, como se acostumbraba entonces para identificar plenamente a la gente. De modo que a Vera se la conoció como «la del tercer marido». Hasta tal punto que a veces ella misma se presentaba de esa manera después de dar su nombre. Y todo como forma de evitar cualquier posible confusión, pues Vera no dejaba de ser un nombre bastante común en su tierra de origen.
Dicen que, al ver la soledad del abuelo Mauri, su «temperamento generoso» la impulsó a rondarlo. Eso fue antes de que la familia se juntase de nuevo. Ante el peligro que podría acarrear los avances de Vera, la prima Gila -sostén espiritual de la familia- se preocupó por agilizar los trámites para que la abuela Bea retomase su lugar. Así que la vecina Vera no logró su objetivo de aumentar la cifra, quedando su apodo solamente como «la del tercer marido», aunque algunos aseguraban que había un error de cálculo. No obstante, se consideró que era mejor seguir llamándola de eso modo para no implicar a algún otro miembro de la familia.
La vecina Vera era algo así como la tabla de salvación de quienes pensaban no poder resistir la largura de las esperas. «¿Van a creer que entre algunos inmigrantes, varones por supuesto, se intentó un movimiento para condecorarla?» Sin comprender cabalmente la historia de tío Berni, no faltó quien preguntase el porqué de la condecoración. «Por servicios a la comunidad pues». «¿Y qué pasó?». «Las mujeres no estuvieron de acuerdo», «¿Por qué?». «¡Quién entiende a las mujeres!», soltó tío Berni. «Pese a todo, era una buena mujer», agregó. «¿Ser buena es lo mismo que ser generosa, como dijiste?», pregunto el de tono menor de los sobrinos. «Bueno... Yo diría que casi es lo mismo, pero sin ser igual».
—244→Con tío Berni nunca fue fácil saber si una mentira era casi una verdad o si ésta podría ser lo opuesto. El constituía el mejor ejemplo de la relatividad de las cosas.
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La duda me mantiene en un punto que casi no sé si es de retorno o retroceso, el punto cero que podría dar la partida a tantas cosas. Sin embargo, detiene el pie del pensamiento, pues los que opinan lo contrario tal vez tengan razón. Me estoy alejando de frases que iluminan cielos de sonrisas recién nacidas y sin mucho que ofrecer, sonrisas balbuceantes que de tanto en tanto hilvanan algún concepto y transforman momentáneamente la cara en un ofrecimiento esperanzador. No obstante, debiera haber un orden de llegada: yo nací antes y que los demás esperen.
Entonces empiezo a deshacer la madeja, esa que tiene siglos de historia, y me remonto a los tiempos en que el hombre ya era viejo. Hasta da la sensación de haber nacido así, llevando encima una carga de experiencias que lo hacen venerable mientras los que no han arribado aún abren ojos, poros, espíritus, para dar cabida a ese río antes de que se extinga y pueda continuar fluyendo.
Constantemente recurro a la interrogación para afirmarme. El bíblico Moisés se me presenta hasta en sueños. Lo veo como hombre ya formado por muchas pruebas. Es sólo entonces cuando Él que forma y deforma levanta la orden de muerte o de vida y le encarga la suprema misión: hacer cumplir los mandamientos para tiempos que necesitan sustentarse y no sean desbaratados como ciudades de sal. Porque el Regidor máximo no hubiera encomendado esa tarea a hombres sin sombra, la que sólo se es capaz de proyectar cuando el peso de la razón supera al de la inconsciencia y la ignorancia.
¡Qué hubiera hecho yo sin el aporte ingenuamente vivido de la abuela Bea! La imaginación también necesita de sustento. La he construido de distintas formas, pero siempre vuelvo a caer en la realidad de que su estatura no excedía de un metro y medio, aunque compensada por una circunferencia acorde con la época o con un —246→ concepto diferente de la belleza. Y esa visión es capaz de desencadenar recuerdos y olvidos hasta componer una memoria irremediable, incorrompible, capaz de derrotar tiempos y ubicarse en esa sustancia insustancialmente efectiva que da pie a la formación de suelos de características únicas.
Lucho contra quienes, en nombre del poder joven, me empujan para que nazca y continúe naciendo en otra parte, donde el sentido de pertenencia se diluye porque lo propio no puede ser movido de lugar. Aunque he cumplido una larga etapa de traslado por esas razones inexplicables que hacen del errar una causa, y ésta se encuentra siempre a caballo entre el origen verdadero y la adopción de un punto de partida que no puede ser sólo presente.
La duda vuelve a remecer mi conciencia y la interrogación queda en suspenso. ¿A dónde me llevará el eterno retorno? ¿Al lugar primero o a los que se presentan como espejismos y son intentos por hacer muchos inicios para luego llegar a la elección? «Sin movimiento no puede haber nubes, cambios de tiempo, de clima, de noche a día o lo contrario», murmura el viento. O soy yo misma queriendo sacudir culpas ancestrales, porque el movimiento me ha dado origen y ha sido el iniciador de cambios de fronteras, de pasos voluntarios u obligados, de nacimientos con distintos nombres. O tal vez es la sombra que, al decir del poeta, «proyecta un fuego disfrazado por cenizas», el que se resiste a ser consumido y sólo cambia la fisonomía de la sombra hasta que, de tanto transformarse, vuelve a la primera, la que decide características y forma herencias.
Y Fellini está de acuerdo, a pesar de que inventa monstruos y acciona circos cuando afirma que «todo arte es autobiográfico: la perla es la autobiografía de la ostra». Es como decir que no hay consecuencia sin causa, que el orden del desarrollo de las cosas no puede ser cambiado, que la experiencia comienza siempre atrás, que no es posible vivir futuros sin haber pagado el precio de pasados. Los miedos, incentivados por la duda, dan paso a una provocación que elabora el concepto y éste evoca razones o sinrazones, pero promueve el pensamiento, hace del antes y del después una continuidad indesmontable. La visión se vuelve pictórica como si se transformase en un arte de consecuencia que sólo da mayor firmeza a la causa. El desdoble, —247→ como característica constante de continuidad, no conduce al vértigo de lo infinito, sino a la evocación necesaria para ir formando resultantes de modelos que generan rebeldías que necesitan ser sobrepasadas, hasta que el presente de los antepasados se incorpora como parte de lo propio porque es preciso hacerlo. Es parte del espejo donde se enfrentan a partir de la abertura de la visión hacia atrás. Es la arena donde se enfrentan fantasmas hasta que van afirmándose por victorias o entregas. Los que pueblan el pasado no eran mercaderes de sueños, sino soñadores a los que se les interrumpió derechos. Tienen cimientos movedizos que edifican quienes vienen con posterioridad y proyectan futuros en la oscuridad de presentes precarios.
La casa de los abuelos ha quedado sola, o casi sola, Tal vez yo me esté convirtiendo en contadora de historias para evitar que se corte el hilo conductor. O la que sigue me fue narrada por habitantes tránsfugas a los que he puesto nombres para seguir aferrándome a la casa y así asegurar su permanencia.
Vittorio es, a lo mejor, un fantasma colectivo a quien le han encargado el mantenimiento del tiempo. Todo adquiere características fantasmales frente a la inminencia de términos que se rechazan. «Es sólo cosa del tiempo», piensa, cuando el reloj calla y la calma parece ajena a todo andar o atraso, a lo que ya pasó o lo que se inicia con cargó a otro tiempo. Le ocurre con frecuencia, sobre todo cuando la noche está tranquila o desierta y siente el zumbido de su propio eco. Entonces teme que, en algún momento, su sonido y el del reloj se encuentren y lo tomen de sorpresa y no le reste más que acusar la entrega. Son esas migraciones que han ido dejando la casa a medio llenar hasta convertirla en medio vacía y luego obligarlo a medir tuerzas con el reloj.
Lo escucha como recordatorio de otros tiempos, La memoria se le nubla y puebla, puebla y se le nubla en un juego de claroscuros que lo confunden. Recuerda al tío Aby, un habitante ocasional de antaño y actual morador de rincones. «Sin duda, un duende es capaz de fabricar otro duende», pienso, observando el ejercicio recordatorio de Vittorio -aunque sin poder intervenir- en mi condición de esperante —248→ deseosa de escribir «fin» y terminar con mi propia memoria, o acaso irritada por la competencia. Decían que tío Aby fue engendrado por una araña reina y un zángano itinerante. Muchas cosas se decían en la familia para justificar estados o condiciones y no permitir que la maledicencia inicie una cuenta progresiva. Era un bebedor tranquilo el tal tío Aby, de los que se conformaban con hacer el amor a una botella hasta caer en una suerte de euforia benigna que no afectaba mayormente a los demás. El sentido de familia era conservado como necesidad imperiosa luego de tantos años de migraciones. Algunas terminaron en una mezcla de orígenes que albergó, bajo un mismo techo, a gente que se sentía apartada de las grandes decisiones y mantenida en el borde exterior del círculo que asegura el eterno retorno. Eran seres destinados a una extinción lenta.
María, la inefable doméstica, se preocupaba por mantener encendido el fuego donde, en grandes ollas, cocía gustos diferentes hasta que alcanzaban su punto de unión. Vittorio era el encargado de dar cuerda al reloj como recordatorio de su oficio, lo que después, con el espacio producido por tantas ausencias, se hizo innecesario como si esas faltas de algún modo impidieran el desplazamiento de las horas. Es probable que el atochamiento de gente causara pereza a ese rastreador del tiempo o la contricción del mecanismo que le permitía su libre fluir.
A Vittorio lo acosan los otros duendes que alberga el reloj. Echan a volar intempestivamente, alterando el silencio al que ya se había acostumbrado. Es una suerte de carnaval propio que cobija su mente y le remueve la memoria. A menudo, intenta abrir una puerta para darles salida y le alivien la alucinación en la que teme caer, perdiendo pie en la realidad. Pero la puerta se detiene en una abertura insuficiente y los duendes se agolpan, sin conseguir el escape. Es cuando se le produce el entronque de tiempos y el reloj se ensaña hasta conseguir su complicidad involuntaria. Ha dejado de ser dueño de su tiempo, de su espacio, y la vigilia constante lo embarca en situaciones extremas de las que sólo logra desprenderse con gran empeño. Se siente un invasor que no logra adelantar épocas y traspasar el estancamiento en el que se cree inmerso, a pesar del llamado insistente del péndulo, un engaño fraguado para hacerle creer que no debe permanecer ajeno al repicar de las horas. Lo han convertido en una especie de memoria colectiva con posibilidad de no ser gratificado con la ausencia final. —249→ El suyo es un soliloquio insano e inapelable que sólo encuentra su contrapartida en el reloj.
De pronto escucha ruido de retratos que caen y tapizan el suelo con sus rostros. Pero es sólo su imaginación manipulada por los otros duendes, por la memoria que los contiene, por el deseo de quienes intentan no ser borrados del árbol ancestral. Entonces llora, aunque sus ojos lo hacen por separado y el efecto no es el mismo. Es como si se calmara por partes y otras se mantuvieran alertas para impedir su deserción. Porque a él lo dejaron como corredor de postas, sin que se presente el relevo, y teme esa espera inclemente, larga, espantosa, que se concentra en el péndulo y lo relega a la condición de semivivo, semipresente, semihombre, que lo han despojado de todo, hasta de los hilos que lo hacían parte de la confabulación de desaparecidos.
Quizás él sea la encarnación prematura o tardía de uno de ellos y, por lo mismo, incompleta o excesiva. Sólo las campanadas lo mantienen consciente. Debe velar por el buen estado del reloj para evitar su detención súbita. No obstante, cada hora tiene menos fuerza, cada vez las campanadas lo golpean con más insolencia, a pesar de que detecta en ellas un ritmo más lento, como de guillotina que se acerca bajando una cuchilla a la que le han sacado el filo en el trayecto. Apela a los habitantes anteriores, a fantasmas presentes, pasados o en proceso de serlo, al tío Aby, a la araña madre, a los zánganos del mundo, a la reina de las penumbras o a cualquier atisbo de equilibrio para sólo darse cuenta de que lo han condenado a la sobrevivencia eterna.
«Alguien debiera encargarse de la permanencia del tiempo», responde el reloj cuando él intenta una pregunta. Entonces abre la ventanilla del reloj, lubrica el tiempo y se sienta a esperar. «Todos han pasado por lo mismo», le digo desde mi cómoda posición de recaudadora de tiempos ajenos, desde mi tiempo. Me pide que lo libere de su cometido, que lo deje ir, que piense en las mariposas del tiempo de antes, de tío Berni, tío Jako y mi padre. «Ya no tengo control sobre el tiempo de antes», contesto, para que no insista, para que pueda alejarme tranquila sabiendo que todos los tiempos están bajo control. Pero Vittorio es astuto y sabe que padezco de una sensibilidad congénita. Lo dejo partir, Entonces siento un fuerte estruendo: están demoliendo la casa y yo, parada en la vereda de enfrente, cargo los escombros en un sombrero de copa.
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No dejo de preguntarme si los estallidos de contento o descontento pueden tener un origen común. Sin embargo, no me es posible poner a uno u otro como inicio de ese origen Tío Berni sostenía que el contento se puede volver mucho más parecido luego de pasar por lo contrario. A menudo tiendo a darle la razón. Otras veces, la rebeldía me impide aceptar de plano un juego que primero debe ser jugado antes de determinar sus consecuencias. Afirmar que el lazo entre esos estados del espíritu es indisoluble es como condicionar un reflejo. Quisiera preguntar a tío Berni o a tío Jako -de igual, pues ambos conformaron el todo de mi niñez y adolescencia y de los años que luego corrieron con desusada prisa- si siempre se equilibraron entre la cara seria y la riente de la existencia para no quedar mal con ninguna de ellas o no tentar duendes de uno u otro lado.
El tío Jako habló del robo del sueño cuando los pequeños quizás no sabíamos que los sueños existen. Aunque es probable que nuestras noches calmadas fueran más proclives a sueños ajenos a los que no fuera dormir. Ahora puedo culparle de la introducción de elementos distractores que terminaron con esa tranquilidad, o agradecerle haber sido iniciada en evocaciones ilusorias que me convirtieron en aprendiz de fabulaciones, por más que no creo que alguna vez pueda igualar las suyas.
Cuando insistió en que se debía ser muy cuidadoso con los sueños para evitar posibles plagios, lo único que se me ocurrió preguntarle fue el significado de la palabra «plagio». Con el susurro más logrado, dijo que «es lo mismo que robo, pero suena más interesante». No pude menos que sorprenderme de que el aprendizaje del nuevo idioma le hubiera llevado tan lejos como para aumentar su vocabulario con acepciones que me parecían no existir ni en el mismo —252→ diccionario. Con todo, lo que tanto él como tío Berni decían había que tomarlo en serio para que la fuente de sus historias no fuese cerrada «hasta nuevo aviso», como decían con intenciones no muy convincentes.
De modo que, con gran cautela para no herirlo, le recordé que ya habíamos pasado por lo del robo de las mariposas. «No es lo mismo, porque las mariposas pueden verse». «Pero las de ustedes eran invisibles», protesté, entre un estado de duda expectante y el fuerte deseo que aportara nuevas ocurrencias que se sumasen a otras ya archivadas en mi memoria para que no pierdan fuerza. «Repito que no es lo mismo», afirmó, con sus dos ojos en el mismo lugar. «Lo de las mariposas fue un ardid para que los otros niños no nos miren en menos, para que aprecien lo que se es capaz de ver cuando se busca remediar carencias. Los sueños podrían ser robados si se los cuenta. Pero difícilmente pueden ser inventados. Las mariposas, en cambio, las habíamos inventado». Le di la razón. «Ocurre lo mismo con los secretos. Una vez que se cae en la debilidad de contarlos, dejan de serlo y cualquiera puede convertirse en su dueño», dijo. De nuevo le di la razón. Y hubiese seguido dándosela con tal de que por fin contara lo de los sueños robados.
«A veces hacíamos comparaciones de lo soñado la noche anterior, pero sólo entre nosotros. Después, cada cual guardaba lo suyo».
«¿Dónde los guardaban?». «Donde nadie fuese capaz de descubrirlos o apoderarse de ellos», dijo, con esa voz que cambiaba a voluntad para rodearla de misterio. «O lo soñado cayese en el olvido», agregó. Creo que mi silencio comprensivo lo animó a continuar. «Los ladrones de sueños siempre están al acecho. Lo que me molestó fue que me robasen uno que me fue bastante difícil de soñar. Me había preparado cuidadosamente. Para eso elegí una noche que, de tan nevada, con el reflejo de la luna formaba lagos y más lagos y el frío era tanto que ni siquiera podíamos dormir».
«Entonces, ¿cómo pudiste hacerlo?», pregunté. «Masajeando el sueño hasta convencerme de que no era tanto el frío. Y caí en una especie de trampolín que me llevaba aun laberinto y de ahí continuaba descendiendo hasta que desaparecían el trampolín y el laberinto y quedaba frente a una pared blanca. En ese momento alguien puso un lápiz en mi mano y yo empecé a escribir el sueño. Para eso tenía que —253→ sacarmelos guantes. Porque el frío nos obligaba a acostarnos vestidos. La abuela decía que de ese modo el día siguiente comenzaba con mayor facilidad. Pero no todas las noches llegaba hasta la misma pared. A veces me detenía en el trampolín con un poco de miedo, sin saber si continuar o quedarme ahí. Luego sentía la tentación de deslizarme en el laberinto, pero no resultaba. Era como si algún duende me castigara con determinada forma de soñar. A menudo me convertía en payaso, algo que me hubiera gustado ser, no sólo en sueños, y pasaba de un circo a otro porque siempre tuve ese carácter inquieto de no poder estar mucho tiempo en un mismo lugar. Otras noches soñaba que éramos más pobres de lo que en verdad éramos y me despertaba de golpe. Al darme cuenta de que la cosa no era muy, muy grave, me ponía tan contento que la abuela despertaba con mi risa. Creo que fui un adicto a los sueños que después la realidad no fue muy trabajosa. Cuando llegaba a una situación como la del sueño pobre, respiraba hondo, lanzaba una carcajada como entonces y salía adelante. Eso me ayudó mucho».
«¿Tío Berni hacía lo mismo?» «Probablemente, aunque cada cual tenía su propio sistema». «¿Y mi padre?». «El sostenía que era juego de tontos, que los moretones de su cuerpo fueron el resultado de haber soñado demasiado. Decía que sólo soñaba cuando no le era posible evitarlo». «¿Acaso se puede hacer eso?». «Como todas las cosas, a veces resulta y otras no». «De pronto pienso dormida, tío Jako. ¿Es eso lo mismo?». «¿Pero llegas a una pared blanca y te ponen un lápiz en la mano y escribes lo que piensas?». Para seguirle la corriente, contesté que me ocurría, pero no siempre. «Bueno, por algo se comienza», dijo.
«Con frecuencia pienso, dormida, que se me acaba el aire, que no puedo respirar. María Justina dice que...» Tío Jako no me dejó terminar. «¿Contaste a alguien tu sueño? ¿Cómo sabes que no vayan a apoderarse de él y lo usen para molestarte o no puedas recuperarlo más?». «A veces quiero eso, sobre todo cuando el sueño me da miedo». «¿Sabes cómo deshacerte de los miedos sin que los demás se enteren?». Hice un movimiento horizontal con la cabeza. «Tienes que llevar un diario de sueños malos, sólo de los malos, y los numeras para que puedas identificarlos». «¿Y los otros?». «Los buenos se guardan en la memoria para momentos difíciles. Entonces se los soba suavemente —254→ para que salgan de su escondite hasta que casi se los pueda tocar, esperando que pasen esos momentos difíciles».
«Tanto hablaste que se te olvidó contarme sobre el sueño que te robaron». «No puedo, porque ya no lo tengo. Por tanto, no puede responder a ningún recuerdo, por más que lo sobe. De allí el peligro de contarlos, para que te des cuenta».
No, no me daba cuenta. Pero ¿qué importancia tenía? Sus enseñanzas calaron hondo en mi voluntad, hasta el punto de impulsarme a llevar un diario de sueños. Cada mañana, al despertar, hago una selección de sueños. Cargo los buenos en la memoria y anoto y numero los otros, siempre que no caiga en el desvarío de alguna pesadilla. «Pero esos son los malos, tío Jako», reacciono. «Claro», me respondo, desde donde pueda encontrarse. «Siempre traté de evitar las palabras que no me gustaban», concluye, antes de desaparecer.
«¿Qué es la muerte?», preguntó la abuela Bea al aire. Tenía la costumbre de hacerlo cuando el espejo no le era suficiente y buscaba reflejarse en la naturaleza a través de muros y ventanas domésticas hasta encontrar un descampado que acomodara su sentir. «No recordar despertarse», afirmó tío Jako, con una seriedad que no se le ajustaba. Pensé que alguna memoria movediza, en su ir hacia atrás y hacia adelante, lo habría impulsado a esa respuesta como si una sutura mal hecha amenazase reventar.
Tuve, entonces, la sensación de que el humor y la ironía de tío Jako no hacían más que cubrir miedos azuzados por tiempos anteriores vividos al paso, con los por venir ofreciendo la insuficiencia de la duda mientras el presente -tan querido y observado por él- corría hacia atrás, también por miedo, por desembarazarse de esa carga fantástica que a menudo le jugaba atrevimientos, otras rebeldías y, las más de las veces, el deseo de impactar, poniéndose las máscaras de sus tantas caras.
Hablaba con mayúsculas, abriendo la boca lo más posible. Era la forma de que pasen sus aventuras de rueda Chicago de un circo en constante función. Parecía buscar el otro lado del viento, el que sopla sin doblar lo que encuentra en el camino, tratando de mantenerse en la actitud precisa y largar el puñado de historias acuñadas en lo que —255→ dura la vuelta de la rueda. Las lanzaba como si todas las palomas del mundo convergieran en su sombrero de copa, uno especial, más profundo, lleno de afluentes que buscaban ríos madres para asentarse, tomar nombre y dejar de ser el errante imaginario. A través del desborde, era posible vibrar en todos los tonos, adjudicarse triunfos o derrotas y continuar en la búsqueda de nuevas aventuras que podrían encontrarse en la tierra o fuera de ella y, además, contar con la aprobación de todos los duendes.
La tierra de antes parecía estar más cerca de él y disponer de un lugar especial en su memoria. «No es por fuerza de la edad que se busca el tiempo de atrás», decía, «sino marcándolo con nuevas señas que ayuden a reconocerlo». Cuando acunaba los ojos en busca del ritmo preciso para el desborde, no podía evitar cierta sensación de pena. Tanto él como tío Berni o mi padre eran hombres enderezados por las circunstancias. No podía descartar de mi mente que éstas lo hubiesen hostigado y nadie los fuese a devolver la pérdida de sus años anteriores, delimitados por infancias o adolescencias que habían pasado, dejándoles el recuerdo marcado.
Tal vez eso les desarrolló la imaginación, llevándola a extremos desconocidos. ¡Cómo se podría creer que cuando niños usaban borradores de aire que ayudaban a borrar fantasías para reemplazarlas por otras! «A veces era mucho el peso o el aire estaba demasiado atiborrado», afirmaba tío Jako, con cara que no admitía sorpresa. Cuando lograba vencer dudas, le preguntaba qué escribían en el aire. «Cuentos», respondía. «¿Y quién los leía?». «Ah, para eso era necesario tomar lecciones, pues no a cualquiera le era fácil entenderlos. Nuestros alumnos eran los otros niños del barrio, los que no tenían tanta imaginación».«¿Y aprendían?». «¡Claro! Tenían que memorizar rápidamente lo que había en el aire, antes de que algún viento inquieto lo hiciera desaparecer. Cuando estaban listos, los tomábamos un examen». «¿Cómo podían memorizar lo que no estaba escrito?» «Pero sí que lo estaba. Sólo que era preciso hacer un gran esfuerzo similar. ¿Nunca fabricaste duendes o fantasmas? Es algo similar. La voluntad es lo que cuenta. Cuando la tienes, puedes hacer cualquier cosa». «Ya veo». «¿Qué, ves cuentos en el aire?».«No, pero creo que te entiendo». «Te tomaré un examen. ¿Qué ves en este momento? Acabo de escribir algo».
—256→Para no defraudarlo, dije que veía a tres niños corriendo detrás de una pelota, que a medida que corrían la pelota se desarmaba y que al final, para hacer creer que seguían corriendo detrás de ella, no dejaba de correr. Tío Jako me miró fijamente por un momento. «Aprendes rápidamente. Tendré que tener cuidado contigo, porque podrías dejarme sin historias». «Las historias no se copian ni se repiten», dije. «Es extraño», meditó. «Era la misma que ya había escrito muchos años atrás». «¿Estás seguro?». «Por supuesto», respondió, sin el menor atisbo de duda. «Había que correr para escapar. Siempre hicimos eso. Correr para escapar. Así llegamos». «Habrás gastado muchas pelotas por el camino», dije. «Más de las que te imaginas». «Creo que me estoy contagiando, tío Jako, pues últimamente imagino demasiado. ¿Sabes qué? Que camino hacía atrás, que tomo barcos o trenes que llevan hacia 'las tierras de antes', como tú las llamas, sólo para buscar mariposas que no existen, cuentos escritos en el aire, pelotas que se deshacen...»
Tío Jako no me dejó terminar. «Es mejor que dejemos las cosas como están. Mira», dijo, levantando un dedo hacia arriba, «fíjate cómo cambian de lugar las estrellas», lo que era cierto en esos cielos azules, de día y de noche, que permitían el libre paso de la mirada de una constelación a otra. Observé las estrellas, el cielo manso, toda la atmósfera en complicidad con un silencio avasallador. Todo en un gran suspenso. Entonces le pregunté qué es la muerte. «Sólo las abuelas tienen derecho a preguntar eso», respondió, como queriendo que lo dejase tranquilo, aunque sabía muy bien que nada es más terrible para los desahuciados de derechos, como son los niños, que dejar pendiente una respuesta. Así que, luego de pensar un momento, me contestó, con cierto temor en los ojos: «es la vida a oscuras, sólo eso» «¿Por qué le diste una respuesta diferente a la abuela». «Ten paciencia. Ya te diré por qué».
Seguidamente, poniéndose en posición de ilusionista, con una pierna adelantada y su imaginario sombrero de copa en la mano, fue sacando palomas invisibles. Cuando salió la última, dijo: «lo que sucede es que, así como saco palomas del sombrero, saco respuestas de mi cabeza, aunque a veces temo equivocarme y las cosas me salgan al revés. ¿Entiendes?». «Eso no podrá suceder». «Quizás sí, quizás no. Pero basta por ahora. Se me han terminado las palomas y las respuestas». —257→ «Nos queda el aire, tío Jako». «Claro», rió de buena gana. «Me había olvidado».
«¿Tanto frío hacía en Jashevato?»,pregunté, agrietando el entre cejo. «Tanto que hasta los ojos podían llegar a congelarse», respondió tío Jako. Me pareció que su imaginación era capaz de sobrepasar cualquier límite, pero dejé que continuara.
«Los ojos lloran constantemente hacia adentro y hacia afuera. Cuando se llora hacia afuera, es tanta la concentración de lágrimas que se forma algo así un pozo de agua. Entonces a nadie podía extrañar que el pozo se congelara. Por eso siempre es aconsejable mantenerse dentro de los márgenes adecuados de medida. 'La justa medida', decían hombres antiguos en su deseo por aconsejar, pero pocos toman los consejos como verdaderos y piensan que detrás puede haber una segunda intención».
«¿Tú tienes segundas intenciones?». Se demoró en contestar, no sé si para no aventurar alguna respuesta impropia o por tomarse un tiempo porque eran muchas las cosas que circulaban por su cabeza y primero tenía que sortearlas. «De tener, las tengo, aunque no a menudo. Más bien las dejo para quienes son reacios a comprender que las segundas intenciones no existen más que en la mente de ellos mismos». «¿Y cómo sabes distinguirlas?». «Sólo la experiencia enseña algunas cosas», respondió, con esos ojos que de pronto parecían a punto de quebrarse por la acumulación de fríos pasados.
«Por ejemplo, en invierno se nos hacía difícil cerrar los ojos», continuó, como si la idea hubiese quedado flotando en la atmósfera, «porque queríamos saber hasta qué punto era cierto lo que decía la abuela Bea. Contaba, quizás para asustarnos, que al hijo de una vecina del pueblo el frío extremo le había trizado los ojos como si fueran de vidrio. Por eso, parada en la puerta, a medida que íbamos saliendo para ir a la fábrica de azúcar nos levantaba unas pestañas que tenían nuestras chaquetas y que servían para proteger los ojos. No obstante, una vez afuera las bajábamos, porque queríamos pasar por la experiencia de los ojos congelados. Pero justo esa mañana el frío no llegó a su grado máximo, de modo que no pudimos tener esa experiencia. Unos días después, cuando de nuevo tentamos la aventura, tu papá nos quedó mirando fijamente y nos dimos cuenta de que algo extraño ocurría. De inmediato le hicimos cubrirse los ojos con los guantes. —258→ Berni y yo tuvimos miedo de que empezaran a saltársele pedazos y que no supiéramos qué hacer con ellos ni qué explicación dar a la abuela»
«Entonces ella tenía razón», dije. «La mayoría de las veces, pero no siempre le creíamos», señaló. «¿Alguna vez lloraste hacia adentro, tío Jako?». «Muchas». «¿Cuándo?». «Cuando lo que me hacían me causaba mucho dolor, pero no podía expresarlo para no mostrar debilidad. En algún lado había leído que los hombres no lloran. Yo lo tomé muy en serio, sin pensar que los niños pueden tomarse algunas licencias, que para llegar a hombre a veces es conveniente hacer uso de esas licencias, pero también es importante interrumpirlas a cierta edad porque de lo contrario nunca se abandonan los años cortos. Y no es bueno ni conveniente ser un hombre con debilidades de niño».
«¿Qué son licencias?». «No ser tan estricto con las reglas, pero sólo en determinadas ocasiones y por poco tiempo». «A veces tengo ganas de tomarme una licencia», dije, en el más alto estado de abstracción. «¿Cuál, por ejemplo?». «La de no ir a la escuela por toda una semana, buscar el trineo que les robaron a ustedes en Jashevato, encontrarlo y rogar que nieve para deslizarme y sentir lo que ustedes sentían».
«Esa sería una licencia demasiada larga. Deben ser medidas, casi al punto de que nadie se de cuenta si uno las toma o no. Además, esa licencia no tendría sentido, pues éste no es un país frío y una nevazón está fuera de toda esperanza. Generalmente uno sólo ve el lado blanco de la nieve, sin pensar en los múltiples problemas que muchas veces ocasiona. Es preferible un calor insoportable antes que el frío extremo. Eso sí he aprendido. Hay una inclinación por desear lo que está lejos de cualquier posibilidad de obtenerlo, lo que nos hace vivir en un permanente estado de insatisfacción. Debes aprovechar lo que está cerca o lo que pueda ser conseguido dentro de los límites de los que hablábamos. Una dosis sana de ambición nada tiene que ver con límites o excesos».
Muchas cosas no llegué a comprender muy bien en su momento. Parecía que tío Jako no sólo me hablaba a mí, sino que también daba pautas a seres invisibles, herederos suyos anticipados. Creo que cualquier cosa era posible cuando lanzaba esa mirada larga, extensible y extendida, capaz de llegar a lugares lejanos y estar de regreso en lo que dura la evasión. Me he apoderado de esa mirada como lo hace —259→ quien recoge el guante que presagia un duelo. Sólo que el enfrentamiento es conmigo misma y a veces la mirada regresa, sin que pueda evitar el arribo a lugares blancos, lejanos, donde seres atados a mi piel continúan acechando tiempos mejores. Justo cuando creo que logro incorporarme a esos lugares, la mirada se me congela. «¿Cómo puede congelarse una mirada?», ríen los que ya se encuentran en las sombras eternas.
—[260]→ —261→
El pasado, en desvarío arduo, consigue apropiarse del presente. Extiende sus patas de araña y cerca el espíritu con su atosigamiento. Es una ficción con visos de realidad irremediable, la eterna lucha por la sobrevivencia, algo semejante a las ruinas de la noche que invaden la mañana, prolongando el insomnio. No sé si el gris es una característica de los ojos que se proyectan según los estados del alma y tiñen lo que encuentran a su paso. O si es posible anticipar el desarrollo de la jornada según los sonidos que acompañen el despertar. Que afuera brille el sol o la lluvia inmisericorde nuble las casas y produzca un cierto espejismo húmedo, llega a ser irrelevante. Tal vez sólo somos seres de tierra, de agua, de olores o de sonidos ya estipulados en vidas anteriores, obligados a seguir derroteros previamente marcados.
De pronto me asalta el temor de que, por la presión de futuros envidiosos, sólo seamos capaces de sostener pasados como exigencia básica para experimentar el presente. Quisiera tener los elementos necesarios para dibujar escenas anteriores y situarme en ellas para calzar mejor los hechos, entenderlos en presente, apelar a la posibilidad de pertenecer sin pertenecer por esa alquimia que hace que algunas cosas resulten. Es el límite entre el ayer y el punto desde donde arrancan presuntos presentes lo que titubea en el recuerdo y me hace resbalar la memoria.
«¡No me dejen sin memoria!», quisiera gritar para eludir el trabajo subterráneo de algún chantajista. Es como si fuerzas constantes de oposición se trabasen en luchas que abandonan muchos abstractos y se posesionan de un teatro en constante representación. «El mundo limita con la conciencia», creo escuchar dos voces no adiestradas por disciplina alguna, voces que escapan de la tierra, excavan en lo profundo del sentimiento y se alzan como fantasmas para señalar las debilidades humanas. «Soy el resultado de una de esas debilidades», —262→ parece decir algún pilar ancestral como tratando de justificarse. Pero la suma de justificaciones sólo podría armar un inmenso pecado o disminuir culpas hasta desvanecerlas. Ya nada es claro u oscuro, sino subrayado por tonalidades grises que también son pretextos.
Siento que una mano se levanta en el desierto. Despliega un cartel que dice «Pare». Creo reconocer al Principito. Me pregunto cómo pudo sobrevivir a tantas aventuras, cómo el aroma de la rosa no lo mareó hasta el punto de hacerle perder el sentido. A lo mejor alguna mutación no registrada me hace tomar su lugar para convertirme en símbolo de salvación. Es una ceremonia que se realiza en los entre telones de mi conciencia, algo involuntario, la suspensión de un cuerpo en busca de un alma que se le acomode mejor. «Los viajes imaginarios terminan en terribles caídas en pozos reales», escucho una voz íntima, insólita, insufrible, que maneja hilos internos con pericia de duende.
La brújula se ha vuelto loca y señala cualquier dirección. Hay un mensaje envuelto en su estrategia, algo que me quiere decir para que abandone este vagabundeo ocioso en busca de lo inasible. «¿Qué es lo inasible?», pregunta alguien, tal vez tío Berni o tío Jako. Quisiera encontrar el libro de respuestas de la abuela Bea, el que guardaba en el ropero de siete lunas o bajo su amplia y larga falda, o por último entre sus pechos, «el hueco que forma el tiempo», decía. Pero ella pensaba que cada cual debía elaborar su propio libro, acuñar las respuestas y llegar con ellas bajo el brazo, en el momento final, como contrapunto al plan con el que se inicia el nacimiento.
Tendré que bordear el círculo eterno en busca del olvido que forme una salida, pequeña fisura que haga posible el retorno. Con cada abrir y cerrar de ojos consigo alejar cada vez más el espejismo donde un grupo de faunos juega en la ilusión de un bosque propio. Quizás refleje el deseo, inherente al hombre, de cobijarse en lo propio, lo conocido, lo palpable, lo permanente. «Mis ojos son especiales», me digo, «porque están dispuestos a ver lo que quieren ver». Sin embargo, no es así. «Cambio un par de ojos llenos por otros que aún permitan la inserción de imágenes».
El delirio ha hecho presa de mis ojos, de mi espíritu, del espectro en el que algún día me convertiré para alertar a quienes vaguen por caminos inapropiados. Aunque temo responder que no facilitaré el —263→ camino a nadie, que cada cual debe tapizar el suyo. Siento la mirada penetrante de tío Berni, que me dice que el egoísmo nunca estuvo presente en la familia. «Pero ese mundo ya no existe», señalo. No me responde. Temo su silencio hablador, el que dice sin opinar, el que condena sin palabras, el que levanta el espíritu con sólo el recuerdo.
«¿Dónde están los cuatro puntos cardinales?», le pregunto. Levanta la mano, aprieta el puño y dice: «aquí». «Pero para eso tendré que recorrer tu tiempo, ausentarme definitivamente y esperar que alguien me formule la misma pregunta», digo. De nuevo queda en silencio. «El silencio otorga», leo un cartel colgado de paredes invisibles. «¿Qué silencio?», pregunto, consciente de que es una ciénaga donde el peligro acecha, donde mueren las palabras y la comodidad puede convertirse en costumbre.
Pienso que sólo soy una aparición que persigue a otras para formar una comparsa y acompañar dudas comunes, medito en la profundidad de la incertidumbre. Veo cómo danzan las letras en la imposibilidad de convertirse en palabras y fomentar una Torre de Babel moderna. O posmoderna. Los significados se esconden en los mismos zaguanes donde han quedado sepultados los años cortos. Eran laberintos infantiles en los que la montaña mágica descendía o ascendía de acuerdo con nuestra fantasía, lugares de fabricación artesanal de futuros. Al fondo, donde se inicia el encierro del espacio y se forma una casa, comienza el peligro, el trazado de muros divisorios, el aislamiento de seres temerosos de la profanación de intimidades.
Inicio una carrera de postas con esos personajes que poblaron mi infancia. Pero sus manos no son capaces de sostener la entrega. Tengo que correr sola, confiando en la aparición súbita de un alma solidaria. Algo me dice que será una labor infructuosa, que las almas solidarias han emigrado para formar el proceso inverso y retornar a comienzos que fueron extraviados. Puedo imaginar corrientes humanas encontrándose en el horizonte, estrellándose en el intento por pasar al otro lado o a éste. Todos invocan razones y todos tienen razón. El horizonte se inflama y hace exclamar «¡qué hermoso atardecer!», sin que en verdad sepamos lo que ocurre. Es sólo la entrega de la frase para consolar estados del alma. Temo que suenen las trompetas antes de tiempo o que éste no se haya acumulado suficientemente para la entrega posterior.
—264→Hay una ronda a la distancia. Es probable que se encuentre en el centro mismo del horizonte, esa línea inexplicable como muchas cosas de la naturaleza, una ilusión óptica que fabula otras ilusiones. Acaso sea la revelación que pasa inadvertida, el mensaje que debe ser descifrado o simplemente un estímulo para cultores de espejismos. Sin embargo, en cada gesto de la naturaleza aparecen hombres y mujeres que me han pertenecido. Y no logro aceptarlos como mera ilusión de los sentidos. El asunto cala profundo, toca el cimiento de las carencias donde todo duele, donde algunas cosas faltan y los que las hacían mover también. Entonces, todo lo demás, toda lucubración ambiciosa deja de tener sentido porque todo tiene sentido, pues el entrelazamiento de situaciones y sentidos, de naturaleza muerta o viva, ha logrado la unión.
En cuando pienso que la continua fricción de rostros pasados los obliga a retornar de las sombras ocultas, aunque sea temporalmente. Es la magia del recuerdo que hace de lámpara de Aladino. Hay un desfile que deambula en busca de la mesa larga, la que guarda con manteles puestos, con lugares reservados para los que se atrevan a permanecer una segunda vez. «No hay segundas veces», susurran los duendes. «Ni siquiera es posible que la primera haya sucedido». Pero no puede ser. «Fui testigo», les recuerdo. No debí importunar a los que ya han sido absorbidos por silencios oscuros. Tampoco anticipar conocimientos que sólo pueden ser develados en su justo tiempo. Ni hacer del tiempo el elemento de duda, de angustia, de fricción de los sentidos. Creo que debo dejarlo pasar, no interceptar sesgos confusos sin sentido, sin peso, sin la suficiente transparencia que me permita observar su contenido.
«Busco una montaña desde cuya cima pueda observar lo acontecido a mis antepasados», quiero poner el anuncio en algún lugar visible, pero el eco me contesta que en su cima sólo encontraré tablas de la ley, obligaciones que cumplir. «Ya las he cumplido», contesto, como si estuviese en ese punto que trato de evitar pero al que me acerco para acechar sin ser vista o reconocida. Trepo por una escalera a la que van agregando peldaños y más peldaños, lo que me condenará a subir y subir sin cesar. Cierro los ojos para que no se llenen de falsas imágenes y ensayen lo que temo, me interno en soledades que hacen temblar la respiración, en campos que se nutren de mis desvelos y —265→ concreto la intensidad de las sombras en el sueño. Es cuando doy rienda suelta a quienes me habitan en un juego que pretende atentar contra mi seguridad, pero no es más que un juego del que participo como protagonista principal. Aprieto los ojos y me dejo invadir. Tío Berni y tío Jako me avisarán cuándo despertar. La conservación del recuerdo depende de que despierte.
Me encuentro en el borde de algún límite, sin que pueda identificarlo. Los sueños aparecen flambeados por fuegos fatuos que pretenden garantizar su permanencia, el estado onírico que impulsa a terrenos de esperanza, y es preciso cocerlos de lado y lado, sin recocerlos para alejar el temor constante que supone la noche larga, la que se descubre como laberinto y pena la conciencia porque está latente sin que su tiempo esté estipulado, dando crédito al destino, a la fatalidad inherente en todo soplo de vida.
Veo cómo los vientos se desplazan queriendo vencer velocidades, transportando mi cuerpo que permanece como testigo de otros vientos que seguirán pasando hasta que sólo tenga una opción: que mi tiempo se haya ido con el viento o esté obligada a tomar el último viento, ese que pasea sus prendas seductoras, sus velos que producen desvelos. Y mis personajes me observan con una mirada lisa, llana, que quiero olvidarse de que es lisa y llana, pero cuyo peso cae con fuerza de sacudida, de obligación de observar lo que es preciso ver antes de que el despliegue de nubes turbe la visión. Es como si la historia que recreo empezase a ser contada por quienes componen la historia.
El sueño se torna alucinante y los duendes se aprovechan de situaciones que nos vuelven débiles. Es el subterfugio de la noche que otorga fantasmas para que no parezca tan vacía, como si estuviera sintiendo una tierra de nadie de la que debo huir, pero que también me incita a traspasarla en busca del otro lado, la posibilidad de que sólo sea un pensamiento obnubilado por un desamparo ocasional.
«Todo tiene un punto de partida», parece decir uno de los que han tomado mi voz, uno que trata de recuperar esa tierra de nadie que quizás traspasó inconsciente o involuntariamente. Es una voz que nada dejaba al azar, ni siquiera imaginario. Más bien imaginaba el azar e insistía en insuflarle características fatalistas, haciendo al destino partícipe de las situaciones más absurdas. Entonces es cuando la —266→ muerte parece noche, o al revés, y nadie se preocupa por cambiar el orden o siquiera contradecir dichos de quien sabe quién. Más bien se insiste en la hondura de su oscuridad para evitar que la razón tome cuenta de tanta noche.
Es posible que al desentrañar recuerdos haya tocado espacios que me comprometen. Deambulo por lugares que no son míos, que se extienden sugiriendo historias descabelladas que necesito para hacer comparaciones y decidir dónde insertarme. Porque todo no es más que una narración eterna en la que actúan personajes pequeños y grandes de acuerdo con su tiempo, un inmenso escenario con entradas y salidas donde cada cual toma la que le corresponde, aunque algunos desmemoriados o quienes hacen gala de confusiones súbitas evitan las salidas y se convencen de que es posible producir y reproducir entradas, sólo entradas en sucesiones infinitas.
No me quiero dar por aludida e insisto en que sólo he pasado una vez por la entrada y que siempre he sabido de segundas oportunidades. La abuela Bea me observa con actitud de reproche. Puede ser que, además de su libro de respuestas, también tenga uno de verdades. Estoy segura de que me mostrará una ristra de ellas, de distintos colores, para que yo elija una y quede satisfecha. Ella está inmersa en la noche doble, la del dormir y la de los sueños. Me lleva ventaja. Le pido que me adelante una pista. Niega la ayuda con un movimiento de cabeza.
Todo se presenta con características relativas. No estoy segura de si lo que ocurre está ocurriendo en un tiempo anterior o sólo pretendo convencerme de que es así. Quiero impugnar el tiempo de la abuela y moverme en laberintos atemporales, trasgrediendo lo intrasgredible. El tiempo resbala hasta confundirse con el destiempo. Ella parece saberlo. «En general, sueño...», musito en tono de excusa para que no elabore ideas, para que tome conciencia del espacio que nos separa, para que no piense que he perdido el hilo que me ata a la realidad.
Temo que la noche se abra y cierre y luego vuelva a ocurrir lo mismo, sin que entremedio surja la esperanza del día, la razón de continuidad que hace de los cambios el desarrollo del tiempo. «Porque el tiempo existe, ¿verdad», le pregunto. Ella aún cree estar en posesión de la estepa, se pasea por ella e intenta pinceladas de fantasía. «La estepa es un gran barco», dice. «Es fácil viajar en ella, nada más —267→ dejándose llevar por el paso de las nubes», afirma, aclarando aún más sus ojos para que no tenga dudas de que es ella.
«Quiero que me leas los sueños, los escribas a tu manera y los guardes en las grietas del Muro de los Lamentos, el lugar donde se entregan mensajes para que sean leídos por el Altísimo». Pero ha desaparecido el espacio donde la tenía a mi alcance. Ha adquirido esa cualidad de duende que le otorga la pertenencia a la noche infinita. Los demás también. Temo que si no logro hacerla reaparecer correré la misma suerte. La confusión no me deja aclarar si ella y los demás son para mí un sueño o si yo lo soy para ellos, o si soy yo quien los sostengo o es al revés.
No sé por qué abro los pliegues que cubren mi conciencia, como si alguien estuviese haciendo un trasvasije de ella, una resta y suma para obtener el punto exacto de equilibrio y proveer conciencias que no produzcan sobresaltos, que no den problemas, que no ofrezcan sorpresas, una especie de lobotomía de la conciencia para apagar estados efervescentes.
Tendré que raspar la realidad hasta encontrar el núcleo que permita la evasión, el delirio, volverme sueño temporal y saber que me encuentro en la mira de soñadores, casi como si me encontrase en el fondo de un catalejo y mis antepasados me remeciesen para convertirme en estrella de color, pero con formas cambiantes, y el catalejo no sea en verdad tal, sino un caleidoscopio o una lámpara de Aladino y sienta que se han interesado en soñarme y de ese modo caiga en la órbita del círculo eterno sin posibilidad de desaparecer, sino de nacer y renacer infinitamente hasta que yo decida que lo eterno puede llegar también a ser monótono.