Siguiente
Obras dramáticas
Manuel José Quintana
Las dos siguientes composiciones dramáticas, hijas
de la inexperiencia, y tal vez de la temeridad del autor,
no se publicarían de nuevo a no haber sido impresas
y representadas a veces sin las enmiendas y correcciones
que en otro tiempo se hicieron en ellas. Mas una vez que
se dan en el teatro y corren en el público, llevando
al frente el nombre de quien las escribió, vale más
que se den como él ha querido que estuviesen, y no
como la incuria y la ignorancia las hacen correr ahora.
Al cabo de tantos años y en medio de los grandes objetos
que ocupan a los españoles, el recuerdo de los debates
a que estas piezas dieron lugar sería ciertamente
inoportuno y pueril. Por otra parte, decir cómo se
censuró, cómo se satirizó, cómo
también se calumnió al autor con este motivo,
sería repetir lo que sucede siempre que sale a luz
alguna obra que por un aspecto o por otro llama la atención
del público. Él opuso a las calumnias el desprecio,
el silencio a las sátiras, y a la buena crítica
la docilidad y la enmienda. Y cuando algún tiempo
después se trató de volverlas a representar
creyó que debía dar una prueba de gratitud
y de respeto al público, revisándolas y corrigiéndolas
para hacerlas menos indignas de su atención. Estos
nuevos esfuerzos fueron acogidos favorablemente, y las dos
piezas han sido oídas desde entonces con bastante
benevolencia siempre que los actores se han querido tomar
el trabajo de representarlas con algún esmero.
Está
el autor, sin embargo, muy ajeno de creer que con esta revisión
prolija hiciese desaparecer los principales defectos de que
adolecían. La corrección y la lima pueden sin
duda añadir perfección a las obras que ya tienen
bastante mérito en sí mismas, pero no alcanzan
jamás a allanar los inconvenientes que nacen de la
mala elección del asunto, de la falta de experiencia,
y mucho menos de la de talento.
No era posible, con efecto,
dar al Duque de Viseo la verosimilitud, el interés
histórico y la dignidad de que su argumento carece.
Sedujeron al autor unos cuantos pasajes llenos de novedad
y de energía que hay en el drama inglés de
donde tomó el asunto de su poema; y le pareció
que ajustándolos a un cuadro menos apartado de nuestra
escena podrían producir efecto en los espectadores
españoles. Mas no vio entonces, como ve ahora, que
sacar estas bellezas de allí era quitarles mucha parte
de su nativo valor. La licencia de un drama, el prestigio
de la música, y el sistema más abierto en que
trabajan los autores ingleses y alemanes, autorizan las libertades,
cubren las inverosimilitudes y agrandan las proporciones;
de modo que la exageración y la violencia se hacen
notar menos, y las bellezas que el asunto proporciona se
desplegan con mayor vigor. Reducir estas composiciones al
rigor exacto de las reglas establecidas por los legisladores
poéticos del mediodía, es mutilarlas miserablemente,
violentar su carácter y anonadar su efecto. Si a esto
se añade la inexperiencia del poeta, que en muchas
partes no ha hecho más que indicar las situaciones,
en vez de desenvolverlas, y ha puesto la hipérbole
y la dureza donde debieran reinar la delicadeza y la verdad,
se verá que aun cuando haya algunos aciertos en esta
composición, de que a mí no me toca hablar,
están más que bastante compensados con los
inconvenientes expuestos.
Advirtióse en el Pelayo
algún adelantamiento: mejor ordenada la fábula,
más bien desempeñadas las escenas, mejor preparadas
las situaciones, más propiedad y verdad en el estilo.
Es cierto que el escritor aún no había sabido
crear un interés dramático suficiente para
llenar cumplidamente los cinco actos; que faltaba el equilibrio
debido entre los personajes, puesto que el de Munuza no es
más que un bosquejo, y muy ligero; que el estilo aún
no tenía la firmeza y la igualdad correspondiente,
y que el diálogo no estaba tampoco acabado de formar.
Pero todo lo cubrió al parecer el interés patriótico
del asunto: los sentimientos libres e independientes que
animan la pieza desde el principio hasta el fin, y su aplicación
directa a la opresión y degradación que entonces
humillaban nuestra patria, ganaron el ánimo de los
espectadores, que vieron allí reflejada la indignación
comprimida en su pecho, y simpatizaron en sus aplausos con
la intención política del poeta.
Esta indulgente
acogida le obligaba a redoblar sus esfuerzos para hacerse
más acreedor a la estimación pública,
y justificar con nuevas producciones la consideración
que se le dispensaba. Con esta mira, y arrastrado también
de su afición a este género de poesía,
tenía ya bastante adelantadas tres tragedias, Roger
de Flor, El Príncipe de Viana, y Blanca de Borbón;
asuntos en que a catástrofes interesantes y patéticas
se reunía la ventaja de poder retratar en grande costumbres
y caracteres de pueblos, de tiempos y de personajes muy señalados.
La agresión francesa vino, y la revolución
estalló. Desde entonces la obligación de atender
exclusivamente a trabajos harto diferentes, la necesidad
de trasladarse de una parte a otra, y el torbellino bien
notorio de infortunios, persecuciones y encierros que el
autor ha sufrido, dieron al traste con sus papeles, con los
mejores años de su vida, y con todos sus proyectos
literarios, que las circunstancias en que hoy día
se ve la patria no le consienten renovar. Otros escritores
gozarán tiempos más serenos, y serán
sin duda más felices.
Madrid, 1.º de marzo de 1821.
Tragedia en tres actos, representada la primera vez por
los actores del Coliseo del Príncipe en 19 de mayo
de 1801.
PERSONAS ENRIQUE,usurpador de Viseo. EDUARDO,hermano suyo y duque legítimo. VIOLANTE,hija de Eduardo,
con el nombre de MATILDE. EL CONDE DE OREN. ATAIDE, alcaide. ASÁN, esclavo negro. ALÍ,esclavo negro. GUARDIAS
DE ENRIQUE. SOLDADOS DE OREN.
La escena pasa en Portugal,
en una fortaleza del duque de Viseo.
Escena I MATILDE estará sentada en ademán
afligido; ATAIDE en pie algo separado de ella, observándola.
ATAIDE.
¿Siempre llorando? La mortal tristeza,
El amargo
cuidado que en vos miro
Desde que a esta mansión
os condujeron,
¿No darán al consuelo algún
camino?
¿Ni este respeto universal que os sigue,
Ni el
obsequio del Duque y los cariños,
Ni las galas, la
pompa y las riquezas
Que halagan vuestros ojos de contino,
MATILDE.
Que puede acaso al sentimiento mío
Esconderse
esta triste servidumbre
Entre un vano oropel que yo no admiro?
Ocho veces el sol ha iluminado
Las formidables torres del
castillo,
Desde que en él, sin el amor de un padre
Y sin mi libertad, llorando vivo.
¿Qué intenta el
Duque? ¡Oh Dios!
ATAIDE.
Que súbdita aquí os veis:
sus beneficios...
MATILDE.
El bien que hace la fuerza es
una injuria:
Cargáronme de joyas y atavíos,
Y me privaron de la paz dichosa
Que yo gozaba en mi inocente
asilo.
¿Qué sirvió resistir? El Duque airado
Dijo: «Yo así lo mando;» y fue preciso
Humillarse
y ceder. Yo conducida
Por esos negros fui, dignos ministros
De tal violencia, en tanto que a mi padre
Hablaba el Duque...
Ataide, si el gemido
De una mísera víctima
os conduele,
¿Qué es, decid, de su suerte? ¿En este
sitio
Quién la entrada le niega? ¿Quién estorba
Que yo vierta en su seno mis suspiros?
ATAIDE.
En salvo
está, aunque ausente: consolaos,
MATILDE.
Tan injustos los dueños de Viseo;
Y si el noble Eduardo fuera vivo,
No aquí se viera
la infeliz Matilde
Su afán al cielo denunciando a
gritos.
Aquel sí que era grande y virtuoso.
¡Cuántas
veces mi padre su benigno
Carácter me pintaba y sus
virtudes,
Dignas de mejor suerte! Yo en oírlo
Lloraba
de placer. ¡Cuántas decía
Que en su fiel corazón
cual tiernos hijos
Amaba a sus vasallos! Él es muerto,
El fiero Enrique manda; ¡y yo he nacido
ATAIDE.
Esos nobles afectos son bien dignos
De la augusta
memoria de Eduardo.
Cuando sepáis... Enrique al conduciros
A este palacio os rinde el homenaje
Que mandan la virtud
y el atractivo,
Siempre afable con vos, siempre halagüeño...
MATILDE.
¿Puedo yo comprender lo que es conmigo?
Tímido
a veces, vergonzoso y triste,
Clavando en mí sus
ojos doloridos,
Tiembla y suspira, y por hablar anhela,
Y la palabra entre sus labios fríos
Helada espira;
a veces obsequioso,
Con rostro alegre y ademán festivo
Elogios prodigándome y halagos,
Quiere que mi dolor
dé yo al olvido.
Otras, en fin, cuando a saber mi
suerte
Me presento a su vista de improviso,
Se estremece
aterrado, y me despide,
De un horror tan funesto poseído,
Que se extiende hasta mí, y huyo al instante
ATAIDE.
Que aún no entendáis la desigual
porfía
Que esconde en su interior. Mas si de un vivo,
Si de un vehemente amor...
MATILDE.
Que a herir mi corazón y mis oídos
Viniesen esas voces de ignominia,
Y viniesen de vos. ¡Ah!
yo os he visto
Tal vez a mi desgracia y a mis penas
Mostrar
semblante tierno y compasivo;
Pero erré, ya lo advierto;
y la inclemencia
De mi cruel estrella me ha traído
A morar entre fieras, donde nunca
La piedad y el honor
hallan abrigo.
Escena II. ATAIDE.
¡Fiereza hermosa! ¡Oh cuál se muestra en ella
Su generosa cuna! En vano ha sido
Temer yo que el poder
y la opulencia
Hallasen a sus ojos atractivo.
Ya en fin
es tiempo de acabar mi obra,
Y el velo que cubrió
tantos delitos
Escena III ENRIQUE.
Y escucha a tu señor: es ya preciso
De una
vez explicarse y que se acabe
La afanosa inquietud en que
ahora vivo.
¿Cuál, dime, es la mudanza que en ti
veo?
Tú, de mis penas confidente antiguo,
Tú,
que fuiste mi cómplice, me olvidas,
Y me niegas tu
amparo en el abismo
Donde hundido me ves. No te recuerdo
La vida y libertad que me has debido,
Los bienes y el favor
que largamente
Mi incansable amistad partió contigo;
Mas ¿por qué, dime, mi presencia evitas?
¿Por qué
con ceño y ademán esquivo
Te he de hallar
siempre? Si de ti pendiera
Derramar el balsámico
rocío
De la tranquilidad sobre las penas
Que en
este triste corazón abrigo,
¿No fueras tú
el primero a consolarme?
No hallara en ti mi agitación
su alivio?
ATAIDE.
No lo dudéis, señor; por
mí conozco
El peso que tras sí deja el delito.
Sabed que ya no basto a sostenerle,
Y ¡oh cuántas
veces la fortuna envidio
De aquellos que al furor de vuestro
brazo
Lanzaron tristes el postrer suspiro!
¿Qué
no dierais, decid, porque a la vida
Volver pudiese del sepulcro
frío
ENRIQUE.
¿Por qué mentar su nombre a mis oídos?
Mi pecho por mi mal aún no es de bronce;
Y a pesar
del horror donde impelido
Fui por mi frenesí, sabe
que a veces
Aun de ternura y de dolor suspiro.
Él
me amaba en un tiempo, y yo le amaba,
Y era inocente...
¡Oh sin igual delito!
¡Oh Eduardo! ¡Oh Teodora!... Más
la ingrata
¿No le prefirió a mí? ¿No dio al
olvido,
Por el suyo, mi amor?... ¿Ves la agonía,
Ves el remordimiento y el martirio
Que desde el punto de
su infausta suerte
Sin poderlos calmar traigo conmigo?
Pues no son tan funestos a mi pecho
Como la gloria, la fortuna,
el brillo
Que siempre coronaban a Eduardo
Para eterno baldón
y oprobio mío.
Yazca por siempre en la espantosa
tumba
Donde por mi precipitado ha sido,
Y no perturbe su
memoria amarga
El dulce instante en que a mi bien camino.
Sí, Ataide; aquel amor irresistible
Que pudo conducirme
al parricidio,
Ahora me tiende su amigable mano,
Y me va
a libertar del precipicio.
ATAIDE.
¡El amor! Perdonad: yo
imaginaba
Que eternamente en vuestro pecho escrito
El nombre
de Teodora viviría,
A pesar de los tiempos y el olvido.
Su amor por Eduardo, su himeneo,
A vuestro negro afán
dieron principio
Y a los atroces celos que afilaron
Para
su muerte el vengador cuchillo.
Murieron; desde entonces
vuestros días
De amargura y dolor fueron vestidos,
Y pronunciar el nombre de Teodora
Se os oye siempre en
lastimoso grito.
ENRIQUE.
¡Ah! yo adoro a Teodora más
que nunca:
¡Olvidarla! jamás; pero el destino
Vida
la vuelve a dar, y ella renace
A atormentar de nuevo mis
sentidos.
¿Respirar no la miras en Matilde?
La misma gentileza,
el mismo brío;
Suyas son sus bellísimas facciones,
Suyo en los ojos el ardor divino.
ATAIDE.
Mas ¿qué
vana ilusión os arrebata?
Volved en vos, señor;
ese prestigio
Dilatará vuestra profunda herida,
En vez de darla, cual pensáis, alivio.
Otras sendas
buscad, que distraeros
Podrán; volved al bélico
ejercicio,
Que en el ardor de vuestra edad primera
Toda
su gloria y sus delicias hizo.
La guerra con Castilla se
prepara;
El Rey gustoso os llevará consigo,
Y Marte
ahuyentará vuestros pesares
Mejor que un amoroso
desvarío.
¿El nombre del amor no os amedrenta?
¿No
llega a estremeceros el peligro
De dar los labios a la copa
en donde
Sólo hiel y dolor habéis bebido?
Sacudid la ilusión que va a perderos.
ENRIQUE.
No
es ilusión, Ataide: por mí mismo
Muerte me
viste dar a la que amaba;
Y agitado sin fin y consumido
En imposible abrasador deseo,
¿Qué tormento jamás
se igualó al mío?
Desde el momento aquel beldad
ninguna
Mis ojos aduló con su atractivo,
Ni voz
ninguna en agradables ecos
Resonó dulcemente en mis
oídos.
La rabia sola de mi inútil crimen
Halló en mi pecho su funesto abrigo
Hasta que vi
a Matilde. ¡Oh! ¡cómo al verla
Mi corazón
pasmado, estremecido,
Sintió delante a la infeliz
Teodora
Y embravecerse su tormento antiguo!
Mientras más
la contemplo, más la adoro;
No ya tras una sombra,
un bien perdido,
Se exhalarán mis áridos deseos:
Cese ya aqueste afán, este delirio;
Amor va a coronarme,
y venturoso
A Teodora en Matilde al fin consigo.
ATAIDE.
¿No veis que os engañáis? Nadie el sosiego
En la violencia halló ni en el delito;
Escena IV MATILDE.
Perdonad
si a interrumpiros
Me atrevo ahora: ¿a las palabras mías
Concederéis, señor, atento oído
ENRIQUE.
De mi vida no es tuyo? De este sitio,
Escena V ENRIQUE.
¿Por ventura en poder de un enemigo,
De un
señor irritado, estás ahora?
MATILDE.
¿Qué
sé yo? Contemplad en mis gemidos,
Y contemplad mi
suerte: aprisionada,
Arrancada al halago de los míos,
Aquí suspiro en vano, y aún ignoro
De tal
suceso el infeliz motivo.
Si es castigo tal vez, sepa yo
al menos
Cuál vuestra ofensa y mi delito ha sido;
Y si es favor, vuestras bondades busquen
ENRIQUE.
En la tierra. Pues qué, ¿tú
sola ignoras
Que en la humildad de tu anterior destino
El valor y beldad que te dio el cielo
Se hallan indignamente
oscurecidos?
Eleva tu ambición: el más excelso
Señor de Portugal, que aún al Rey mismo
Quizá
se iguala, tu hermosura adora,
Y rinde a tus encantos su
albedrío.
Tus labios hablarán, y mil esclavos
Adorarán tu gusto y tus caprichos.
Tu estancia harán
los mármoles y el oro,
La pompa del oriente tu atavío.
MATILDE.
No, señor, no; los mármoles que adornan
El oro con que brilla este recinto
Se niegan al contento
y al sosiego,
Que de aquí para siempre ausentes miro.
¡Ay! ¡cuánto valen más las frescas flores,
Sencillo adorno del albergue mío,
Flores que mi
Leonardo me llevaba
En tiempos más alegres y tranquilos!
ENRIQUE.
Calla, cruel. Ap. (¡Con que a sufrir de nuevo
De
los amargos celos el cuchillo
Condenado he de verme!) Ese
Leonardo
MATILDE.
¿En
qué, señor, os ha ofendido,
Para que sólo
de escuchar su nombre
Tan de repente os irritéis
conmigo?
MATILDE.
Nacido
como yo de un padre
Al campo consagrado y su cultivo,
Leonardo
es un soldado valeroso
Que del conde de Oren siempre fue
amigo;
Él le llevó a la guerra, y con él
vive
En el fuerte cercano a este castillo.
MATILDE.
A aqueste corazón, en donde al
vivo
Está en rasgos de fuego retratado;
Preguntadlo
a los montes convecinos,
Que de nuestros dulcísimos
amores
Ya tantas veces cómplices han sido.
ENRIQUE.
¿Y así te atreves a decirlo?
MATILDE.
Es, señor, el amar algún delito,
ENRIQUE.
Yo sólo el que, abrasado,
consumido
En fuego criminal, nunca a mis labios
Puedo pasar
los sentimientos míos!
Mas pues padezco yo, padezcan
todos
Olvidar a Leonardo es ya preciso;
MATILDE.
Que el amor no se manda ni el olvido.
ENRIQUE.
La fortuna a su trono te convida,
MATILDE.
De bello honor y de virtud Leonardo,
Que
en vez de avergonzarme en su cariño
Mil veces más
y mil le idolatrara
Si fuese dable acrecentar el mío.
¡Faltarle yo! Jamás: el alto cielo
De las tiernas
palabras fue testigo
Con que juré ser suya; y sabe
el cielo
Cómo mi corazón ansia cumplirlo.
ENRIQUE.
¡Oh mujer temeraria! No prosigas.
MATILDE.
Excusadme,
señor; yo me retiro.
ENRIQUE.
Es un volcán furioso que va a ahogarme
Si templarle en tus brazos no consigo:
No pretendas huir,
es imposible.
Escúchame: mi mano, el poderío
Con que me ves lucir, todo es ya tuyo,
No lo desdeñes:
si ultrajar me miro
Con tal desprecio, la violencia entonces...
MATILDE.
¡La violencia! Ese oprobio es tan indigno
ENRIQUE.
Piénsalo bien; piensa,
Matilde,
MATILDE.
Es lo que al cabo a defenderme basta.
Vos sois
noble, señor; vos de mi asilo
A este opulento alcázar
me trajisteis;
Y si en él un perverso, un foragido
Amagase mi honor, ¿quién me escudara,
Sino vos sólo,
en tan fatal conflicto?
Dadme pues contra vos seguro amparo.
Yo arrodillada a vuestros pies le pido,
Y en mi llanto
bañándolos, imploro
La piedad que se debe
al desvalido.
Respetad mi inocencia, y no en un punto
A
los ojos del mundo y a los míos,
Y a los vuestros
también, objeto sea
ENRIQUE.
Mi furor se desarma.) Oye,
Matilde
La ansiosa agitación en que te miro
Disculpe
tu osadía; mas es fuerza
Sacudir de su pecho aquese
indigno
Amor, que de ti misma y de tu amante
Va a ser la
perdición si preferido
Es por más tiempo a
las finezas mías.
Yo, que soy tu señor, a
ti me rindo,
Y a tu belleza y gracias inocentes
Mi nobleza
y mi gloria sacrifico.
Decídete en el término
de un día,
Y sepa yo por fin si mi destino
Ha de
ser siempre el de encontrar ingratos
Y usar de la violencia
y del castigo.
Escena VI MATILDE.
¡Mísera! ¿Dónde
estoy? ¿Quién me ha arrojado
Al doloroso trance en
que me veo,
En las garras de un tigre abandonada,
Sin poderme
valer? ¡Oh Dios eterno!
Si de la gloria de tu excelso trono
El llanto ves que de mis ojos vierto,
Sé compasivo
a mi plegaria humilde,
Y escuda a esta infeliz en tanto
riesgo.
¿Qué hay de común entre mi baja suerte
Y el señor soberano de Viseo?
¡El bárbaro!
¡Y afirma en sus furores
Que se abrasa de amor su injusto
pecho!
Oprimir no es amar... Leonardo mío,
¿Dónde
estás, que no escuchas mis lamentos?
¿Dónde
estás? Ven, rescata a tu Matilde
De tan inesperado
cautiverio.
Ven volando, mi bien... Mas ¡desdichada!
¿Qué
pronuncio? ¡Ah! No vengas: tus esfuerzos
Se estrellarán
contra poder tan grande,
Y sin fruto los dos nos perderemos.
Escena VII OREN , en traje de soldado
- MATILDE
MATILDE.
¿Qué escucho? ¡Ay Dios! Él es.
MATILDE.
¿Dónde te arrastra tu amoroso empeño!
¿Cómo, di, penetraste en este alcázar,
Albergue
de opresión y de tormento?
OREN.
Si en tu defensa y a tu vista muero?
¿Puede acaso igualar en su amargura
A la triste aflicción,
al desconsuelo
Que al encontrarme sin tu dulce vista
Sobre
este ansioso corazón cayeron?
Llegó la hora:
del amor guiado,
Volé en sus alas a tus ojos bellos,
Y el puesto solitario me recibe.
Perdóname: culpable
aquel momento
Te contemplé, y lloré: corro
a tu albergue
Sin detenerme, y viéndole desierto,
Pregunto a todos, y confirman todos
De mi desdicha el infernal
recelo.
Perdóname otra vez: harto he sufrido
En
escuchar mis ponzoñosos celos,
En sospechar que la
ambición pudiera
Lanzar a amor de tu inocente pecho.
La entrada a este castillo me abre el oro,
Y yo por él
frenético corriendo,
Te encuentro al fin, y a tu
presencia olvido
Mi mortífera duda y mis tormentos.
MATILDE.
¿Y añadiste, cruel, esa sospecha,
Indigna
tanto de los dos, al trueno
Que repentinamente en nuestro
daño
Lanzó irritado el enemigo cielo?
Tú
quizá en tu furor me maldecías,
Y yo, postrada
ante el tirano fiero,
Despreciando su orgullo y su opulencia,
Juraba a voces tu cariño eterno.
Pero tú
no lo dudas... ¡Ay Leonardo!
Sálvate por piedad;
tu fin es cierto
Si te halla el Duque; a mi dolor no añadas
El dolor de mirarte en tanto riesgo,
Y aún tu muerte
quizá. ¡Si tú supieras
A qué aspira
el tirano en sus deseos!
Mas no receles; sin tu amor ¿qué
valen
Su pompa toda y su insolente imperio?
OREN.
¡Con que
usurparme el bárbaro pretende
MATILDE.
¿Qué
importa? Atiende: el tiempo
Corre, y con él acaso
la esperanza
De poderte librar. Huye. si el cielo
Alas
con que seguirte a mí me diera,
¡Oh cuál tendiera
fugitiva el vuelo
Lejos de esta prisión triste y
horrenda!
Mas no es posible huir, ni hay otro medio
Que
resistir, sufrir, y si la muerte
OREN.
Te abandones así; pronto, no dudes,
MATILDE.
Poder contrarestar? Tú ya te olvidas
De la distancia que fortuna ha puesto
Entre tu humilde
condición, Leonardo,
Y el tirano que atroz manda
en Viseo.
Escena VIII ENRIQUE ,
ATAIDE , ASÁN , ALÍ , GUARDIAS . - DICHOS .
ATAIDE.
Aquél
es; vos de su labio
MATILDE.
Él es, él es: ¡ay tristes de
nosotros!
ENRIQUE.
¡Insensato! Sin duda el justo cielo
Por
castigar tu atrevimiento loco
Aquí te trajo delirante
y ciego.
¿Quién eres? Mas ¿qué dudo? El miserable
Que de Matilde sorprendió el afecto,
Y que en engaños
pérfidos envuelve
Su tierna edad y su inocente pecho.
OREN.
Sí, yo soy; no quien debe a los engaños
De su apacible amor el bien inmenso;
Mi fe llamó
su fe sencilla y pura,
Su dulce llama se encendió
en mi fuego.
ENRIQUE.
Pues sabe que esa llama es en tu daño
Un espantoso inapagable incendio
Que te va a devorar: tiembla.
¿Conoces
En mí el rival de tu infeliz deseo?
OREN.
Sí, te conozco: en tu insensato orgullo
Piensas que
al verme en tu presencia tiemblo,
Y tu poder frenético
me inspira
Sólo abominación y menosprecio.
¿Yo temblar? Pues, tirano, ¿soy acaso
Quien la ha arrancado
del hogar paterno?
¿Soy el que aspira a conseguir cariños
De un corazón con la violencia opreso?
Tu bárbara
injusticia tiemble sola,
No yo, que a ti tan superior me
veo.
Aquí, en tu alcázar, a tus mismos ojos,
De tus viles satélites en medio,
Y de tu furia entera
amenazado,
Triunfando estoy de ti. ¿No lo estás viendo?
Ella me ama. A nuestros dulces votos
Mirándote presente
a tu despecho,
Allá dentro de ti mi suerte envidias,
Y yo la tuya sin cesar detesto.
MATILDE.
(Poniéndose
en medio de los dos.)
¡Ah! ¿Qué haces, infeliz? Ve
que te pierdes.
Y vos, señor, en vuestro noble pecho
Recordad vuestro nombre, y no a mancharos...
ENRIQUE.
Quítate.- ¿Tú quién eres? En el seno
De tu fortuna humilde no se crían
Una arrogancia
y ademán tan fieros.
Dilo; no aguardes a exhalar
tu vida
Al rigor de los hórridos tormentos
OREN.
Jamás mi nombre se miró
encubierto
Soy tu igual en poder, igual en sangre
Es el
conde de Oren quien estás viendo.
MATILDE.
¡Desdichado!
¿Qué escucho? ¡En cuál abismo
Me quisisteis
hundir, injustos cielos!
¡Uno me oprime! ¡Otro me engaña!
¡Ingrato!
OREN.
Perdona; te engañé, yo lo confieso:
Quise deber tu amor a mi amor sólo,
No a la opulencia
ni al poder ni al miedo.
ENRIQUE.
Pues bien, ni tu poder
ni tu opulencia,
Ni el amor que te trajo aquí encubierto,
Ni el amor que te tienen y es tu gloria,
Te librarán
de mi rencor violento.
Ataide, que a una torre del castillo
Sea prontamente arrebatado; y preso
De Oren el conde, se
acostumbre en ella
A respetar al duque de Viseo.
(ATAIDE
y una parte de los GUARDIAS rodean a OREN .)
ORES.
¡Infame!
En insultarme, en oprimirme,
Cuando me ves sin armas indefenso,
La ley de los cobardes has seguido,
No la prez ni el honor
de caballero.
Si digno fueras de tu noble sangre,
Si digno
de tu nombre, en campo abierto
La dama a tu rival disputarías,
Blandiendo airado el generoso acero.
¿Escuchas al valor?
Más los crueles
Siempre cobardes y menguados fueron:
ENRIQUE.
Sin ser por el combate menos cierto,
Más
bello y más espléndido sería.
Tú
has entrado en mi alcázar encubierto
Y a fuer de
un miserable disfrazado
Yo no conozco así los caballeros.
Muere pues como un vil oscuramente.-
(ATAIDE
y los GUARDIAS salen con OREN .)
MATILDE.
A
mí con él, ministros fieros,
Sacrificad también;
vedme aquí pronta.
ENRIQUE.
Separadlos. -Asán,
llévala lejos
De mí, donde la ingrata se decida
Entre su elevación o su escarmiento.
(ASÁN
y ALÍ se llevan a MATILDE por un lado, y ENRIQUE y
el resto de los GUARDIAS se van por el otro.)
Este acto pasa de noche: la escena estará alumbrada
con una sola hacha que habrá a un lado del teatro.
Escena I MATILDE.
Todo reposa. ¡Oh Dios! ¿cómo es
posible
Que estos perversos con descanso duerman
Y que
sólo el silencio se interrumpa
Por el triste gemir
de la inocencia?
Mi dulce amante y yo velamos solos;
Y
nuestras quejas lúgubres se estrellan
De este albergue
funesto en las murallas,
Cuando a encontrarse desaladas
vuelan.
En otro tiempo, al envolver la noche
Al fatigado
mundo en sus tinieblas
Para darle descanso, yo solía,
Yéndome a adormecer, decir contenta
«Feliz hoy fuiste
y lo serás mañana;»
Y el sueño luego
en mi apacible idea
Los objetos queridos de mi pecho
Pintaba
en sus imágenes risueñas.
¡Qué diferencia!
El venidero día
Aún será más
cruel... Pero ¿quién llega?
Escena II MATILDE ,
OREN , ATAIDE ; Un SOLDADO detrás de ellos, que se quedará
en el fondo del teatro.
MATILDE.
Tres son. ¿Quiénes
serán? Los ojos míos
En tan escasa claridad
no aciertan
A distinguir. ¡Mísera! ¿Qué horrores
OREN.
Me juzgas por ti mismo? Oren no tiembla.
¿Qué
manda tu señor? ¿Su alevosía
Va a verse con
mi sangre satisfecha?
ATAIDE.
Nada ha resuelto aún;
de sus furores
La dura agitación ha dado treguas
Por un momento al sueño, y él reposa.
MATILDE.
Hela
aquí que a tu presencia
Se siente revivir; que afortunada
De perecer contigo se contempla,
Si vas a perecer. ¡Oh
amigo mío!
No nos separarán, no habrá
violencia
ATAIDE.
Vais, señor, a ser libre; pero es fuerza
Que salgáis de este alcázar peligroso
OREN.
Fundar nuestra esperanza en
sus promesas?
Ya reconozco al pérfido; él
fue sólo
Quien aquí me vio entrar, y su vil
lengua
Es la que a su señor me ha descubierto.
ATAIDE.
Es cierto, os descubrí; ni yo os pudiera
De otra
suerte salvar. Si a denunciaros
Acaso alguno de los negros
llega,
Matilde, vos y yo somos perdidos:
Así gané
su confianza entera;
Y encargando a mí solo vuestra
guarda,
Así os vengo a librar de su fiereza.
OREN.
¿Dónde estamos, Matilde? En todas partes
La maldad,
la perfidia nos rodean.
¿Seremos pues tan viles, que fiemos
Nuestra ventura y libertad en ellas?
ATAIDE.
Esas dudas
me ofenden y no os salvan:
El peligro nos insta, el tiempo
vuela;
Temed que este momento malogrado,
Quizá el
momento que vendrá nos pierda
No dudéis de
mi fe. -Soldado, al punto
Las puertas del castillo abiertas
sean
A este joven: condúcele; tu vida
MATILDE.
¡Oh mi dios tutelar! ¿Cómo es posible
Que en esta infausta y lóbrega caverna
Quede Matilde
sola, abandonada
A ese monstruo cruel que en ella alberga?
ATAIDE.
En
este trance es ya preciso
Que cedáis ciegamente a
mi prudencia.
Vos no sabéis quién sois; cuál
es la suerte
De aquel a cuyo amor hoy en la tierra
Todo amor pospondréis:
vuestro destino
Es hasta aquí un misterio que mi
lengua
Puede sola en el mundo revelaros,
Y que aquí
dentro me escuchéis es fuerza.
Vos entretanto huid,
y recordaos;
Que del valor heroico y la presteza
Vuestro libertador
y vuestra amante
Aguardan en tal riesgo su defensa.
OREN.
Adiós, Matilde, adiós; pues la fortuna
Las
sendas todas a elegir nos niega,
Rindámonos por fin;
mas el combate
Va al instante a encenderse: tú no
temas;
Las torres que tu ultraje han presenciado
Al suelo
desplomadas y deshechas
Caerán, y de mi amor y mi
venganza
Serán en la comarca eternas pruebas.
Escena III MATILDE.
¿Por qué no lo estoy yo? Por qué
esta negra
Cárcel escucha los suspiros míos,
Cuando a su lado respirar debiera?
ATAIDE.
Libre os veréis
también, pero es preciso
Que este servicio sin igual
merezca
Alcanzar mi perdón de aquel cautivo
Que
tanto tiempo entre sus hierros pena.
MATILDE.
¿Qué
cautivo? ¿Qué habláis? Yo no os entiendo.
ATAIDE.
¡Ay señora! Escuchad. Desde su tierna
Infancia siempre
he acompañado a Enrique,
Y de todos sus gustos y
sus penas
Depositario y confidente sólo
He sido
por gran tiempo. Él en la negra
Envidia que abrigó
contra su hermano
Bebió el veneno que su pecho encierra.
El cielo en el nacer le hizo segundo;
Y la segura y alta
preferencia
Que por su gran carácter Eduardo
Logró
siempre en la paz, siempre en la guerra,
Para el perverso
y envidioso Enrique
Perenne fuente de tormentos era.
Rivales
en amor, ambos ardieron
Por Teodora Moniz; su mano bella
Fue de Eduardo, y el furioso Enrique
Vio despreciada su
pasión violenta.
En mengua tal sacrificar su hermano
A en venganza despechado piensa,
Y que después la
miserable viuda
La mano entregue al opresor por fuerza.
Yo fui iniciado en el fatal secreto:
El halago, el obsequio,
las promesas,
Las amenazas... ¡Dios! ¿Qué no hizo
Enrique
Porque ministro de sus iras fuera?...
ATAIDE.
No he sido el sólo yo. Cuando de Ceuta
La
venturosa expedición lograda,
En paz al fin se reposó
la tierra,
El del África trajo esos dos negros,
Cuya intrépida y bárbara obediencia
Al odioso
tropel de sus delitos
Pudo allanar la abominable senda.
Ellos y yo, señora, le seguimos
A este mismo castillo,
en que la escena
Desventurada fue, donde de alcaide
Me
dio la autoridad por recompensa.
Mis manos del estrago se
abstuvieron:
El mismo Enrique fue quien de su ciega,
De
su violenta cólera arrastrado,
Bañó
en la sangre fraternal su diestra.
Iba el golpe a doblar,
cuando Teodora,
Volando de su esposo a la defensa,
Lanzóse
en medio, y del atroz cuchillo
Al rigor implacable cayó
muerta.
ATAIDE.
Enrique,
al contemplar tendidos
Sus dos hermanos, con el alma llena
De improviso pavor, huyó a otra estancia;
Y obedeciendo
a su temor, ordena
Que cuantos a Eduardo acompañaban
Al punto allí sacrificados sean.
Asán y Alí
los degollaron todos.
Violante misma, la inocente prenda
Del amor de los tristes, ya cortado
Miraba el hilo de su
vida tierna
Por la espada de Alí: yo la di vida.
Señora, recordaos de la ligera
Cicatriz que aún
se mira en vuestro cuello,
Y al fin vendréis a conocer
por ella
Quién debe el ser a la infeliz Teodora.
VIOLANTE.
¡Yo Violante! ¡Gran Dios!
ATAIDE.
Del poderoso duque de Viseo
Un fiel anciano
en su mansión secreta
Prestó seguro asilo;
allí crecisteis,
Allí una educación
noble y modesta
Adornó esa belleza sin segunda
Con
que os enriqueció naturaleza.
Igual en todo a vuestra
angosta madre,
Vos la representabais en la tierra,
Cuando
vuestra desgracia a aquel retiro
Condujo a Enrique, y permitió
que os viera,
VIOLANTE.
He aquí la causa del horror bien cierta
Que de sólo mirarle yo sentía.
Del negro
fratricida a la presencia
Toda la sangre en mi interior
se helaba;
Y era mi madre, que con voz secreta
Me gritaba:
«Aborrece a mi verdugo.»
¡Qué no os debo yo, Ataide!
Y vuestra lengua
El perdón de su error de mí
imploraba;
¡Pluguiese al cielo que premiar pudiera!...
ATAIDE.
Escuchadme hasta el fin: yo no merezco
Sino piedad. De la
cruel tragedia
El último el teatro abandonaba,
Cuando
unos ayes desmayados llegan
A mis oídos, que en sus
ecos tristes
Mi ansioso pecho de dolor penetran.
Vuelvo
a atender y a oír: era Eduardo,
Que en su palpitación
aún daba muestras...
VIOLANTE.
¡Ah bárbaro!
¿Y tu mano, sanguinario,
Ahogó en su vida la postrer
centella?
ATAIDE.
Ved que no soy culpable de su muerte.
ATAIDE.
Puede llamarse tan funesta vida,
Entre la
noche y el dolor envuelta.
Cuando volvió en sí
el triste, ya amarrado
Halló su cuerpo a la fatal
cadena
Con que oprimido por tan largo tiempo
De su perdida
libertad se queja.
Diez años ha que al mísero
Eduardo
De voz humana ni aún los ecos llegan.
VIOLANTE.
¡Eterno Dios! ¡Oh crímenes! ¡Oh día,
Día
de revelación! Y en mis querellas
Yo mi infortunio
denunciaba al cielo,
Cuando mi padre... Ataide, ¡qué
fiereza
En tu insensible corazón escondes!
ATAIDE.
Yo obedeciendo mi piedad primera,
Le di la vida, y a ocultarlo
luego
Me persuadió el temor. ¿Cómo pudiera,
Sin resolverme a exterminar a Enrique,
Sacarle ya de su
prisión funesta?
A veces esperé (¡cuán
vano engaño!)
Que a una dichosa paz abrir la puerta
Pudiese el roedor remordimiento
Que desde entonces al tirano
aqueja.
Tal vez el punto de vencerle he visto;
Pero los
celos, el rencor, la afrenta,
La misma enormidad de sus
maldades
En él ahogaban las endebles quejas
Del
arrepentimiento. Así mi alma,
De incertidumbre y
confusiones llena,
Ni fiel a Enrique ni a Eduardo ha sido
Entre el temor y la piedad suspensa.
Tal, señora,
es mi crimen; yo no anhelo
A disculparle; más la
vida vuestra,
Más la de vuestro padre, al fin merecen
Que concedido mi perdón me sea.
VIOLANTE.
Bien culpable y cruel; pero haz que vuelva
De triste padre a mis amantes brazos;
Que vuelva libre,
y perdonado quedas.
Llévame donde está: cada
momento
Que sufra más en su fortuna adversa
Redobla
mi aflicción. Vamos.
ATAIDE.
Aquí los negros bárbaros se acercan;
Ellos son más temibles que el tirano,
Y si juntos
nos ven, todo se arriesga.
VIOLANTE.
¿Qué decretáis, en fin, de esta infelice,
Omnipotentes cielos? Ayer era
Matilde, hoy soy Violante.
¡Ah! ¿cuándo, cuándo
Será que tanta
confusión fenezca?
Escena IV ALÍ.
Mírala, Asán, huir de nuestra vista:
Los esclavos humildes la amedrentan
Y la ahuyentan de sí.
¡Bien desdichada
ASÁN.
¿No ha nacido de blancos y en Europa?
Flor engañosa
de venenos llena,
Amor ahora y compasión inspira
Con su tierna hermosura y su inocencia;
Mas aguarda, y
verásla abrir su seno
Bien pronto a la perfidia,
a la soberbia:
Frutos de esta región abominable,
Que todo lo corrompe. Que padezca,
Que la atormente Enrique;
yo gustoso
ALÍ.
Que agradecido en libertad te ponga,
ASÁN.
La claridad, abrigo en las heladas,
Y
la seguridad en las tormentas,
Antes que gratitud de un
europeo.
ALÍ.
Si eso es verdad, Asán, ¿por
qué te empeñas
Del Duque en merecer la confianza?
Tu boca siempre bárbara y funesta
Su natural ferocidad
inflama,
Y si él piensa un estrago, a otro le lleva.
En él ¿qué puedes apreciar?
ASÁN.
Ellos son los que amable le presentan
A mi sañudo
espíritu; por ellos
Mi vengativo corazón recrea.
Su furor, su crueldad son el azote
De cuantos blancos por
su mal le cercan;
Y yo me gozo en las terribles plagas
De que su atroz iniquidad se ceba.
Los blancos de mi patria
me arrancaron,
Ellos a mi valor dieron cadenas,
Y del respeto
en vez que allá gozaba,
Aquí soy un objeto
de vergüenza.
¿Cuál es el blanco que buscó
de un negro
Jamás de la amistad la unión estrecha?
¿Y qué mujer no escucha horrorizada
De su infeliz
amor las tristes pruebas?
Patria, esposa, familia, amores,
todo,
Todo lo tuve... ¡Oh Dios! Una hora adversa
De todo
me privó. No, no es posible
Que aquel instante a
mi memoria venga,
Sin que toda esta raza de hombres duros
Con odio interminable yo aborrezca,
Ni me es posible contemplar
mis males
Sin que los suyos mis delicias sean.
¿Piensas
que yo amo a Enrique? ¡Oh cuál te engañas!
Amo en él esa bárbara fiereza,
Verdugo de
sí mismo y de los otros,
Que llena mi venganza toda
entera
Amo el devorador remordimiento
Que le destroza cuando
ansioso piensa
En el abismo de tormentos fieros
Con que
la horrenda eternidad le espera.
Ser el ministro yo de tantos
males,
¿Con quién, sino con él, lograr pudiera?
Con quién, sino con él, de tantos blancos
El despecho gozar y amargas quejas?
ALÍ.
Pero entre
tanto víctimas nosotros
Somos también: yo,
Asán, de esta caverna
Pienso escapar; mi corazón
no puede
ASÁN.
Con Enrique hacer mal, seré de Enrique;
Mas si él se abate o si los cielos cesan
De sufrirle...
ya entonces...
Escena V ENRIQUE ,
sostenido por ATAIDE . - DICHOS .
ENRIQUE.
¿No los veis? ¡Qué rigor! Yo a defenderme
ALÍ.
¿Qué
es esto? ¡cómo tiembla!
¡Cuál los ojos revuelve
y se estremece!
ENRIQUE.
¡Ataide! ¡Asán! ¡Alí! ¿Con que
no ha sido,
Más que una sombra en mi engañada
idea,
Un sueño? ¿Mis oídos no escucharon
Las pavorosas voces que aún resuenan
Acá en
mi mente? Ataide, el más terrible
Suplicio un lecho
de deleites fuera
Comparado al dolor que yo he sufrido.
ASÁN.
Pero volved en vos, y la funesta
Causa a tanta
agitación patente
A vuestros fieles servidores sea.
ENRIQUE.
Escuchad pues, ministros de mis crímenes,
Escuchad y temblad. Era la hora
En que mis tristes miembros
fatigados
Del sueño hallaban la quietud sabrosa;
Entonces por las bóvedas vagando
Estar me pareció,
donde reposan
De mis muertos abuelos las cenizas
Bajo el
mármol de honor que las custodia.
Sus fúnebres
emblemas me asustaban;
Cuando a lo lejos entre aquellas
sombras
Diviso una mujer que en dulce risa
Grata me llama
y mi atención provoca.
Pienso ver a Matilde en la
que veo,
Y al mismo instante con ardor se arrojan
Mis presurosos
pasos a alcanzarla,
A estrecharla mis manos venturosas;
Pero en el punto de abrazarla ¡oh cielos!
Su florida beldad
se descolora,
Y de una herida que su pecho afea
En copioso
raudal la sangre brota.
Miróla entonces más
atento, y era...
ENRIQUE.
Con aquel ademán, aquel semblante
Que,
fijos hondamente en mi memoria,
Su fin desventurado me presentan,
Y destrozan mi pecho a todas horas.
«Al fin volvemos para
siempre a unirnos
(Con eco sepulcral dijo su boca);
Para
siempre... Mis brazos cariñosos
Van a galardonar
tu amor ahora;
Mas contempla primero lo que hiciste,
Y
cuál me puso tu fiereza loca.»
Sus ojos de sus órbitas
saltaron,
Todos sus miembros, sus facciones todas
Se deshacen
de pronto, y en la imagen
De un esqueleto fétido
se torna.
ENRIQUE.
Ella me aprieta y con furor me ahoga,
Me infesta con su aliento, y me atormenta
Con su halago
y caricias espantosas.
«No más, ¡ay Dios! no más»,
ante sus plantas
Digo cayendo exánime; «perdona,
Espíritu cruel. ¿Cómo es posible
Que tal
rencor los túmulos escondan?»
Huye entonces la sombra,
y cuando pienso
Libre mirarme, retumbar las losas
Y desquiciarse
los sepulcros siento,
Y en fuego hervir sus cavidades hondas;
Y de la llama al resplandor sombrío
Sus frentes
los cadáveres asoman,
Gritando: «¡Fratricida! Entre
nosotros
Baja, y el premio de tus premios goza.»
La fuerza
del horror sacudió el sueño;
Pero ¡ay! que
mis martirios, mis congojas,
Ni entenderlas jamás
podréis vosotros,
Ni explicarlas jamás podrá
mi boca.
ATAIDE.
Señor, aqueste sueño misterioso
No es una vana sombra, es un aviso
Que los cielos os dan,
y que os convida
A que pongáis un término
al delito.
Dejad ese sendero peligroso
Que hasta aquí
habéis hollado; arrepentíos,
ENRIQUE.
¡La virtud! Mi execrable fratricidio,
El
rencor y la envidia la arrojaron
Para siempre jamás
del pecho mío.
¿Quieres verme feliz? Pues al instante
De la mísera sangre que he vertido,
Y que aún
hierve reciente en mi tormento,
Ataja los raudales vengativos;
Abre las puertas al sepulcro, y osa
Sus leyes suspender
a los destinos,
Y aquellos dos objetos miserables
De mi
inicuo furor vuélveme vivos.
Entonces, quizá
entonces, mis excesos
Encontrarán perdón,
y condolidos
Los cielos de mi afán, disiparían
Este negro terror en que agonizo.
ATAIDE.
¡Dios! ¿Será
este el momento afortunado?...
Esclavos, retiraos de aqueste
sitio:
Escena VI ENRIQUE.
Nos volvemos a unir», la sombra dijo
Salid de mí,
palabras ominosas;
Dejad de retumbar en mis oídos
¡Más aún truenan! La muerte y el infierno
El premio van a ser de los delitos
Con que al mundo espanté...
Triunfa, Eduardo,
Triunfa de tu frenético asesino;
La suerte que le aguarda es tan tremenda,
Que de ella al
fin te apiadarás tú mismo.
ATAIDE.
Calmaos,
señor; el cielo inexorable
No rechaza al mortal que
arrepentido,
Detestando sus crímenes, se vuelve
De la virtud al generoso abrigo.
Si aquesos sentimientos
rencorosos
Que en vuestro corazón siempre han vivido
Sacudís de una vez, quizá escuchados
Serán
de la piedad vuestros gemidos.
ENRIQUE.
¿Si me arrepiento?
¡Oh Dios! He aquí mi sangre;
Viértela si con
este sacrificio
Me consigues la paz que tanto anhelo.
ATAIDE.
Vos la obtendréis en fin.
ATAIDE.
Fuese Eduardo y perdonar quisiese...
ENRIQUE.
¡Eduardo
vivir! ¿Qué es lo que has dicho,
ENRIQUE.
Que de tal peso aligerar me miro!
Viva Eduardo,
Ataide; que su muerte
No se escriba en el libro del destino,
Y a mi condenación también no sirva.
Mas
¿quién le dio la vida, si yo mismo
El acero cruel
clavé en su pecho,
Y en su caliente sangre fui teñido?
ATAIDE.
No fue mortal la herida, y yo salvarle
Diligente
logré; pero escondido
Debajo de la tierra, encadenado,
Y ensordeciendo el aire con suspiros,
Su mísera
existencia ablandarla
Las fieras sierpes e insensibles riscos.
Ceda ya a tanta lástima la envidia;
Dios por mi
mano quiere conduciros
ENRIQUE.
Que ore al cielo por mí;
del pecho mío
Salga esta agitación, aquestas
sombras
Que aún ofuscan y aterran mis sentidos.
Puras como él, y nobles, sus plegarias
Acogida tendrán:
yo no me animo
A rogar; fuera en vano: de mi labio
¿Qué
ruegos ¡ay! saldrán que sean oídos?
Mas dime
¿tú lo esperas? ¿Perdonarme
ATAIDE.
En que mañana el venturoso día
Será de paz y de perdón. Tranquilo
Vos entre
tanto, preparad el pecho
A esta acción generosa;
ella el destino
Va a hacer de vuestra vida; ella desarma
Los rayos todos del rigor divino.
Escena VII ENRIQUE.
Sí, me perdonará: siempre mi hermano
Generoso
y leal era conmigo;
Mientras que yo con él pérfido,
ingrato
En todos tiempos e inhumano he sido...
El peso
de mis crímenes me agovia,
Y es fuerza de mis hombros
sacudirlo...
¡Oh! ¡Si lo alcanzo yo!... Matilde entonces
Quizá muestre a mi amor menos desvío.
¡Matilde!
¡Oh cómo al pronunciar su nombre
Mi ansiosa agitación
recibe alivio,
Y la serenidad vuelve a mi pecho!
Mañana
será mía si respiro,
A despecho de Oren. Amargos
celos
No así alteréis, mortíferos y
activos,
Los dulces sentimientos que me animan.
¿Mas qué
puede ya Oren? Preso, cautivo,
Pendiente de mi enojo o mi
clemencia,
Escena VIII ASÁN.
Las puertas de la torre han sido abiertas
Por él al Conde, y lejos del castillo,
Ya de vuestro
poder viéndose libre,
Se prepara tal vez a combatiros.
ENRIQUE.
¡Cielos! ¡Con que en mis labios infelices
El nombre
de perdón jamás se ha oído
Hasta esta
vez, y al pronunciarle ahora
Me cercan la perfidia y los
peligros!
ENRIQUE.
De Eduardo, de Oren, y aún de mí
mismo.
ASÁN.
¡De Eduardo! ¿Y por qué? ¿La ilusión
vana
Que os agitó entre sueños, un prodigio
Para vos ha de ser que abra el sepulcro
Y anime los cadáveres
ya fríos?
ENRIQUE.
¡Ah! que él vive no hay
duda; el vil Ataide
Le salvó por mi mal; él
me lo ha dicho.
Mañana intenta que la paz juremos,
Mañana mira el mundo mi exterminio.
ASÁN.
¡Entre vosotros paz! ¡Qué error! ¿Acaso
Perdonaros
podrá? ¿Dar al olvido
La muerte de su esposa, sus
desgracias,
Sus heridas, la causa del delito,
Vuestro adúltero
amor? ¿Y lo creísteis?
ASÁN.
Mengua es dudar: busquemos a Eduardo...
ENRIQUE.
¿Cómo, si ignoro el misterioso asilo
Donde respira?
Asán, este secreto
De Ataide solamente es conocido.
ASÁN.
Pues bien, señor, el crimen siga al crimen,
Y la sangre a la sangre: otro camino
No tenéis de
salud. Que Ataide preso,
A vista del tormento y los suplicios
Su secreto fatal haga patente.
Vos, dueño de Eduardo,
a vuestro arbitrio
Dispondréis de su vida; que Matilde,
Aún antes de que Oren venga en su auxilio,
Sufra
su suerte rigorosa y dura.
ASÁN.
¿No
nació en vuestros dominios?
ASÁN.
¿De
vida y muerte ahora sobre ella
No es vuestro el gran poder?
ASÁN.
¿Quién osará
contrarestarle?
ASÁN.
Pues antes que dé el sol su nuevo giro
ENRIQUE.
Dos veces he de ser de lo que adoro?
ASÁN.
¿Y sufriréis dos veces que el destino,
A despecho
de vos, a vuestros ojos
Se la entregue a un rival favorecido?
¿No vale más vengarse, y presentarle
De su adorada
amante el cuerpo frío,
Y escarneciendo su dolor,
decirle:
ENRIQUE.
Sí,
Asán: consejo es digno
De mí, de ti; mi corazón
le aprueba;
De todo su furor sé tú el ministro.
Anda, sorprende a Ataide; yo entre tanto
A Matilde veré.
Cielos divinos,
¿Por qué de amor el frenesí
me arrastra
Por tan desesperados precipicios?
Vuelve en
Matilde a respirar Teodora,
Y vuelvo a ser un monstruo...
¿En mis delitos
Reposo pues no habrá?... Mas así
sea,
Puesto que así lo decretó el destino.
(Vanse cada uno por diferente lado.)
La escena representa un subterráneo oscuro compuesto
de varios ramales de bóvedas. Un banco de piedra cubierto
de Pajas sirve de lecho a EDUARDO : junto al banco habrá
un poste de donde estarán colgadas las cadenas que
le han sujetado. Se supone que EDUARDO acaba de despertar.
Escena I EDUARDO.
¿Cuándo será que mis amargos
males
Termine de una vez piadoso el sueño,
Y a nunca
despertar yo me adormezca,
En sus dulces imágenes
envuelto?
¡Dulces, pero engañosas! ¿Qué me
sirva
Que venga a regalar por un momento
Mis tristes penas,
y a mi mente ilusa
Libertad y venturas ofreciendo,
Me parezca
abrazar mi hija y mi esposa,
Si al fin después en
mi prisión me encuentro,
Donde de luz y libertad
las voces
Ni aún pronunciar en esperanza puedo?
Mis cadenas, gastadas por los años,
Rotas al cabo,
a su impresión cedieron;
Sólo el destino atroz
que me persigue
Ni desmentirse ni ceder le siento...
Más
de una vez las lágrimas del triste
Por estas manos
enjugar se vieron,
Más de una vez de sus fatales
grillos
Me vio el cautivo aligerar el peso.
¡Oh justo Dios!
¿Y tu bondad consiente
La dura esclavitud en que me veo?
(Se oye el ruido de la barra que asegura la puerta.)
Mas
ruido se oye, y el instante llega
De que venga mi duro carcelero
El sustento a traer con que la vida
Se prolonga, y prolonga
mis tormentos.
¡Qué extraña novedad! ¡Luz!
Escena II VIOLANTE.
Caverna de terror el duro encierro
En que el tirano
sepultarme manda?
VIOLANTE.
Diéraisme ver a mi angustiado padre
Antes
de despedir mi último aliento;
Diéraisme el
estrecharle entre mis brazos,
Y bañando en mis lágrimas
su seno,
Exclamar y decirle: «¡Oh padre mío!
Reconoce
a tu hija en el acerbo
EDUARDO.
Llama a su padre. ¿Si afligido y preso
Tal vez, como yo
estoy, se verá ahora?
ALÍ.
¡Quién
dar pudiera a su aflicción consuelo!)
Señora,
perdonad al un siervo humilde,
Que, forzado a seguir el
duro imperio
De su airado señor, apenas puede
Allá
en su corazón compadeceros.
Lejos de mí la
bárbara fiereza
Que otro pusiera en tan fatal empleo;
Mas aún mirar la agitación terrible,
Aún
escuchar los temerosos ecos
Del Duque me parece, y la sentencia
Que pronunció su labio al conoceros.
Os cegasteis,
dijisteis vuestro nombre,
Declarasteis quién erais,
y a despecho
Del amor que domina en sus entrañas,
De sólo su furor oyó el acento.
Pero ¿porqué
ultrajarle y obstinaros?
Una sola palabra a su amor ciego
Que dieseis de esperanza apaga el rayo
Que sobre vuestra
frente está suspenso.
VIOLANTE.
¡Esclavo
vil! Cese tu lengua;
Anda, guarda esos pérfidos consejos
Para tus semejantes infelices.
Cumple con tu execrable
ministerio,
Y del dolor de verte y de escucharte
ALÍ.
Detenerme ya más; su desventura
Caiga sobre
ella. Adiós, señora.
Escena III VIOLANTE.
De silencio y de horror! ¡Prisión acerba!
¡Fúnebre tumba! Al cabo en vuestro seno
Queda ya
soterrada esta infelice,
Arrancada a la luz y al universo.
Aquí olvidada, abandonada y sola
(Se deja caer sobre las gradas de la puerta.)
Piadosamente fieras no me ahogaban
Las manos que en la cuna me pusieron?
No así de
mal en mal, de pena en pena
Precipitarme viera adonde muero
La más desventurada de los míos;
Adonde sin
testigo, sin consuelo...
EDUARDO.
Esto siquiera mientras
yo respire
No os faltará, señora, en tanto
extremo.
VIOLANTE.
¿Qué oigo? ¡Ay de mí! ¿Quién
sois? En este sitio...
EDUARDO.
Otro infeliz cual vos, blanco
funesto
De la más espantosa alevosía
Que
debajo del sol los siglos vieron.
Del cielo y de la tierra
abandonado,
Y sepultado aquí por tanto tiempo,
Al
fin de soledad tan congojosa
El primer ser humano en vos
contemplo.
No sé si acaso a acrecentar mis males;
Pero entre tanto con placer me entrego
A aliviar vuestra
amarga desventura,
Si a tanto alcanzan la piedad y el ruego.
En vuestra edad florece la inocencia,
Y amor inspira vuestro
rostro bello
¿Quién puede ser tan duro que os persiga?
VIOLANTE.
¡A la maldita beldad, don que los cielos
Para
mi perdición me dispensaron!
Señor, es mi
destino tan adverso,
Que un momento seguro de fortuna
En
mi carrera señalar no puedo.
Crecí sin conocer
mis dulces padres;
Cuando sé quiénes son vengo
a perderlos
Mi madre indignamente asesinada
En otro tiempo
fue, mi padre preso
Devora su desgracia, y yo inocente
Víctima gimo del furor violento
De un tirano que
el cielo por castigo
Lanzó a este clima: Enrique
de Viseo...
EDUARDO.
¡Enrique! ¿Y vive aún? ¿Y no
se cansa
De verle el sol, de sustentarle el suelo?
¡Ah!
Si vuestro infortunio es obra suya,
Pereced, desdichada;
Do hay remedio.
La estrella que a ese bárbaro os
entrega
Se goza en afligiros y en perderos.
VIOLANTE.
Calmad de mis sentidos; ya en
mi pecho
El corazón se agita palpitando,
Entre la
duda y la esperanza incierto
VIOLANTE.
La dulce prueba de que
el ser os debo
Os dan en estas lágrimas que os bañan.
Y que de gozo y de ternura vierto.
La mano a un tiempo
cruda y piadosa
Que nos salvó de los puñales
fieros
Nos reservó a este encuentro inesperado
Para
acaso otra vez en él perdernos.
Reconocedme: ved
en ni la sangre
De vuestra sangre, ved cómo los cielos,
De la desventurada esposa vuestra
En mí la viva
semejanza han hecho.
EDUARDO.
Sí, ciertamente es ella.
¡Oh semejanza!
Ni la inefable agitación que siento,
Ni el placer que me inunda en su dulzura,
Ni las caras
facciones que en ti veo
Me permiten dudar; ven, hija mía
Ven, y reposa en el paterno seno.
EDUARDO.
Tú, que me diste un corazón
de acero,
Bastante a resistir las tristes plagas
Que sobre
mí tan sin piedad cayeron,
Dame también un
corazón que pueda
Sufrir la inmensidad de este contento.
VIOLANTE.
¡En
qué estado miserable,
En qué penosa situación
te encuentro,
Señor! Aquí sumido, respirando
De este ambiente el mortífero veneno,
¿Cómo
en tal soledad y desamparo
EDUARDO.
De la inocencia el sentimiento abriga
No
se rinde, hija mía, al desaliento.
Vino el azote
a sepultarme en vida
Y una nueva virtud sentí aquí
dentro,
Una fuerza que, igual a mis destinos,
Bastaba sola
a contrastar con ellos.
Crecía el mal, y mi valor
crecía
A par que su violencia. ¡Ah! Si los cielos
Quisieron esta lucha formidable,
Los cielos de Eduardo
están contentos.
VIOLANTE.
De admiración, señor,
y de ternura
EDUARDO.
La bella imagen de tu madre amada
Y la tuya también con dulce afecto
Consolaban mi
afán. ¡Oh Dios piadoso!
¡Y tras tanta ilusión,
tras tanto tiempo,
Mi adorada Violante al fin me envías!
Abrázame otra vez: este consuelo
VIOLANTE.
(Óyese ruido como
de gente que baja al subterráneo...)
¿Qué
siento? ¡Qué rumor!.. El riesgo inmenso
En que estáis
se acrecienta; a devorarnos
EDUARDO.
Desmaye así, hija mía: nuestra
suerte
Está en manos de Dios en estos senos,
Que
tan oscuros son como ignorados,
Algún arbitrio a
nuestro bien busquemos
VIOLANTE.
Pero juntos ¡oh padre! moriremos.
(Abraza a EDUARDO ,
y sosteniéndole, salen de la escena.)
Escena IV ENRIQUE.
Ya penetré:
las puertas de este albergue
Con voces de terror me rechazaban,
Y al entrar en su lóbrego recinto,
Mi ansioso corazón
tiembla y se espanta.
Pero es más fuerte mi rencor:
sigamos.
Asán, él no está aquí.
¿Si nos engaña
También Ataide ahora? Su vil
pecho
Enflaqueció a la vista, a la amenaza
Del suplicio,
y sus labios declararon
Que aquí preso Eduardo respiraba:
ASÁN.
Los hierros aquí ved que le amarraban,
ENRIQUE.
Sobre él el sueño tenderá
sus alas
Con más dulzura que los miembros míos
Le hallaron nunca entre las plumas blandas.
Pero ¿en qué
os detenéis? Sin perder tiempo
Entrad por esas bóvedas;
que salgan
Los fugitivos a mi vista al punto;
¿Me entendéis?
Mi poder, mi vida y fama,
Todo peligra, todo, si Eduardo
De mi justo furor ahora se salva.
Escena V ENRIQUE.
Quiero
andar y no puedo. ¡Ah! ¿Quién tan débil
Hace
mi corazón? ¿Quién de mis plantas
La fuerza
apoca? Es el fatal delito
Sin duda el que me sigue y acobarda.
¿No tuve aliento un tiempo? ¿Por qué ahora
Para
acabarle de cumplir me falta?
Estas piedras, heridas tantas
veces
Con sus gemidos, que aún por ellas vagan,
A mi atronado y espantado oído
Con acentos de horror
parece que hablan.
¡Oh vil abatimiento! ¡Oh cómo
tiemblo!
De mi ultrajado hermano las miradas
¡Cuál
caerán sobre mí! ¡Cómo su pecho
Al
ver a su opresor va a arder en saña!
Y yo, trémulo
ante él, con voz incierta
La sentencia fatal que
le amenaza
Pronunciaré sin que Eduardo tiemble!
Él será el juez, yo el reo, y la alta palma
De triunfar sobre mí siempre los cielos
En vida
y muerte le darán. ¡Oh rabia!
Escena VI ASÁN.
Señor, en esas bóvedas
oscuras
Perdidos, y perdida la esperanza
De poderlos hallar,
ya hacia este sitio
Pensábamos volver, cuando bien
claras
Unas palabras de repente oímos,
Con llanto
interrumpidas y plegarias:
«Huye, hija mía, huye,
yo lo ruego,
Yo te lo mando: tu ligera planta
Podrá
escapar tal vez al gran peligro
Que en su ciego furor a
ambos amaga.
Yo no puedo seguirte, y si tardamos
Moriremos
los dos.» Ella lloraba;
Mas ella huyó y obedeció
el mandato.
Corrimos: Eduardo se adelanta
A recibirnos,
y con frente altiva
Donde la majestad se ve pintada,
«Aquí
tenéis a quien buscáis, nos dijo
Llevadme
al punto adonde Enrique manda.»
Los guardias le cercaron
y le traen
Yo os lo vengo a anunciar.
ENRIQUE.
Vuela, si es tiempo aún, y antes que
venga
A confundirme su presencia infausta....
Escena VII EDUARDO , en medio de los GUARDIAS . - DICHOS
EDUARDO.
¡Oh
justo Dios! Conduélete de un padre,
Tiende de tu
poder las grandes alas
ENRIQUE.
¡Ah! ¡Que la tierra ante mis pies
no se abra!
EDUARDO.
Héme, Enrique, a tu vista conducido
Como un vil criminal: los ojos alza,
Y contemplando los
inmensos males
Que amontonaste sobre mí, tu alma
Digna de su intención goce un deleite,
Pues tales
son, que a tu crueldad se igualan.
¿Qué más
quieres? La víctima que hundida
Para siempre en la
tumba imaginabas,
Resucita a segundo sacrificio
Y a doblarte
el placer de degollarla.
¡Privilegio infernal dado a ti
solo!...
Gózale pues: la atrocidad pasada
Renueva,
y en la sangre de tu hermano
Baña otra vez tu mano
ensangrentada.
Termina, en fin, mi deplorable suerte.
EDUARDO.
La muerte misma, con que atroz me amagas
De
ti me va a librar; ella me lleva
Ante el trono de Dios,
que ya me aguarda,
A darme el galardón dulce y eterno
De tanto afán y de opresión tan larga.
Tú
en tanto el vaso a su venganza apura;
Su sentencia en tu
frente está pintada,
El terror en tus ojos, y el
infierno
ENRIQUE.
Ocupa en insultarme los momentos
En que
fuera mejor que te humillaras.
Quizá Enrique triunfante
y poderoso
Viniera en conceder a tus plegarias
Un perdón
que rechazan tus injurias.
EDUARDO.
¿Perdón tú
a mí, vil parricida? ¿A tanta
Ignominia Eduardo descendiera,
Que vida a costa de su honor comprara?
Mi honor siempre
fue puro, y a la tumba
También conmigo bajará
sin mancha.
Tú vive; del cruel remordimiento
Las
sierpes roedoras te deshagan,
Entre tanto que el rayo en
estallidos
El cielo, en fin, a castigarte lanza.
Acaba:
yo ni espero ni te imploro.
ENRIQUE.
Dices bien: no te resta
otra esperanza
Ya que la de morir: eterno objeto
Para mí
de rencor, de envidia y rabia,
¿Qué otro don que
la muerte y exterminio
De mi terrible corazón buscaras?
Muere, Eduardo; a mi pesar aún vives.
El vil traidor
que te ocultó a mi saña
No te librará
ya; sólo el sepulcro
Alzar podrá la insuperable
valla
Que entre nuestras discordias haber debe.
EDUARDO.
Igual valor a contemplar mi muerte,
Como yo
tengo en recibirla.
ENRIQUE.
Soldados, arrastradle, y que al instante
En medio de esas
fúnebres moradas
Lejos de mí fenezca: yo no
quiero
Escena VIII VIOLANTE.
Deteneos: sabed que él es mi padre,
Ved que es vuestro señor.
EDUARDO.
¿Así te obstinas en morir conmigo?
VIOLANTE.
¿Tú, Enrique, aún quieres más? Mira
a tus plantas
La hija de Eduardo y de Teodora.
¿No bastan,
dime, a tu rencor, no bastan
Tantos años de angustia,
esta miseria,
Sin que un segundo parricidio vayas
A cometer?
Tu estado no peligra:
Si la riqueza y el poder te agradan,
Manda en Viseo, y que Eduardo oscuro
Vi ya conmigo en un
rincón de España.
¿No me escuchas, cruel?
¡Ah! Si aún tu enojo
En sed de sangre y de dolor
se abrasa,
Aquí tienes mi cuello, aquí mi
vida,
Y tu ardiente inclemencia en ella sacia.
ENRIQUE.
Aguardad. (Ap. ¡Que no puedan mis furores
Resistir la impresión de sus palabras!)
Oye, Eduardo:
el único camino
De ser nuestras discordias acabadas
ENRIQUE.
Violante me consagre ante las aras
La ternura
y la fe que indignamente
El venturoso Oren tiene usurpadas.
VIOLANTE.
Bárbaro, dime, en violentar un alma
Has
de hallar? Una víctima infelice
¿Qué amores
puede darte, o qué esperanzas?
Eterno albergue de
dolor sería
Su triste pecho, y sin cesar clamara
ENRIQUE.
Si
vive, es a este precio.
EDUARDO.
¡Qué frenesí
tan ciego te arrebata!
¡Violante tuya! ¡Su inocente mano
Enlazada a esa mano sanguinaria!
¿Y lo esperas, tirano?
Y yo pudiera
A mis tormentos añadir la infamia,
Y el incesto al horror? ¡Oh tú, hija mía!
EDUARDO.
Ven, y en
mis brazos estrechada,
Jura un odio sin fin a ese tirano.
VIOLANTE.
Yo, señor, se lo juro, aunque se caigan
Los cielos con furor sobre nosotros.
ENRIQUE.
Soldados,
de sus brazos arrancadla.
Escena IX ALÍ.
Ya con su gente Oren tiene forzadas
Las
murallas y puertas del castillo.
Ataide, que está
libre, en voces altas
Clamando que Eduardo aquí respira,
Ganó por fin a sus feroces guardias.
Ellos el nombre
de Eduardo oyendo,
Sin defenderla, la anchurosa entrada
A Oren abrieron, y a su gente unidos,
Todos hacia estas
bóvedas se lanzan.
ENRIQUE.
Mandará ya pesar en su balanza
La irrevocable
suerte que me espera?
Si estará mi sentencia pronunciada?...
¡Oh! amigos, sedme fieles, y la nube
Podremos conjurar
que nos amaga.
Cercad esas dos víctimas; su vida,
Más que su perdición, ahora nos valga.
Tú,
Asán, pronto a mi voz, clava en su seno
Sin detenerte
la homicida espada.
Escena X OREN , ATAIDE , SOLDADOS - DICHOS
OREN.
Ni quién podrá esconderte a la venganza
Que
mi encendida cólera fulmina
Ya sobre ti, vil asesino?
ENRIQUE.
Detente, mira; si a mover te atreves
Un paso más
la temeraria planta,
ATAIDE.
Es aquí por demás, pues que
su rabia
Ha encontrado el camino a defenderse
Con el riesgo
de vidas tan sagradas.
Deteneos... Y vos, a quien mis ojos
No osan volver sus tímidas miradas,
Vos,
que años tantos de prisión tan dura
Debéis,
señor, a mi inclemencia ingrata,
Dignaos de que en
un trance tan terrible
Yo a vuestra salvación la
senda os abra
Una sola palabra en vuestro nombre
Permitidme
que dé, y está embotada
La cuchilla cruel
con que ese monstruo
Vuestra preciosa vida ahora amenaza.
EDUARDO.
Pero digna de mí, libre de infamia.
ATAIDE.
Sí lo será: yo en nombre de Eduardo
Prometo
a Asán su libertad, su patria,
Si las preciosas vidas
que ahora ofende,
Con generoso aliento las ampara.
Elija
Asán entre quedar tendido
En esta triste y desigual
batalla
Con el verdugo bárbaro a quien sirve,
O
ir a buscar en su nativa playa
La dulce esposa, los amados
hijos,
Y en sus abrazos recrear su alma.
¿Lo escuchaste,
africano?
ASÁN.
¡Salir de esclavitud, ver a mi patria,
Mis
amores gozar! -Tú eres un blanco,
¿Puede
un negro fiar en tu palabra?
ENRIQUE.
Su cobarde promesa: esas ventajas
ASÁN.
Un infame, un traidor; ¿qué confianza
Puede en ti haber? Ninguna. Sed pues libres.
(Diciendo
esto coge a EDUARDO y VIOLANTE , y les entrega a OREN .)
ENRIQUE.
¡Pese a mi horrible suerte!
ASÁN.
Están tu usurpación y tiranía:
Húndete en el infierno, que te aguarda,
Y deja libre
respirar la tierra.
OREN.
(Cogiendo una espada de manos
de un soldado, y presentándola a ENRIQUE .)
Y yo ¿a
qué espero ya? Toma esa espada;
EDUARDO.
Aguardad:
ingrato Enrique,
Cuando más fiera tu execrable saña
Irritaba tu brazo, y tu cuchillo
Sobre Violante y sobre
mí brillaba,
No quise recordarte mis favores
Ni
abatirme al dolor y a las plegarias;
Mas ya en aqueste instante
en que te veo
Agonizando entre tu misma rabia,
Y que con
ciega confusión revuelves
La muerte la prisión
las tristes ansias,
El insufrible afán que en mí
cargaste,
Yo no puedo olvidar que en las entrañas
Donde recibí el ser, el ser tuviste;
Yo no puedo
olvidar que en nuestra infancia
Tierno amigo me fuiste,
y que conmigo
Por los senderos del honor entrabas.
Escucha:
tras tus crímenes no hay medio
De darte la amistad,
la confianza
De un hermano; mas vive: el pecho mío
Se niega estremecido a tal venganza.
OREN.
¡Cómo!
¿Y ofensas tantas sin castigo
VIOLANTE.
Sí,
que viva, y que su alma,
Si es capaz de virtudes, en vosotros
ENRIQUE.
Este oprobio cruel que me confunde
Y mi encendido
pecho despedaza.
¿Yo deberte la vida? No, Eduardo,
No me
la des... Si acaso la aceptara,
Llegara tiempo en que beber
tu sangre
A saciar mi furor aún no bastara.
¿No
te lo dije ya? La tumba sola
Puede a nuestras discordias
ser muralla.
¡Vida de ti!... ni aún muerte.
(Arranca
de repente el puñal que tiene ALÍ , se hiere,
y cae en sus brazos.)
VIOLANTE.
Su rencorosa condición le acaba.
ENRIQUE.
Alí, tú solo aquí no
me has vendido;
Tal vez mi suerte compasión te causa:
Sácame tú de aquí, llévame adonde
Sin que le pueda ver rinda yo el alma.
Tragedia en tres actos, representada la primera vez por
los actores del Coliseo de los Caños del Peral en
19 de enero de 1805.
PERSONAS PELAYO. HORMESINDA. VEREMUNDO.
LEANDRO. ALVIDA. ALFONSO. MUNUZA AUDALLA. ISMAEL. UN SOLDADO
GIJONÉS VARIOS NOBLES ASTURIANOS. GUERREROS. - MOROS.
La escena es en Gijón.
El teatro representa un salón de la casa de VEREMUNDO ,
adornado con varios trofeos de armas.
Escena I ALFONSO.
Sí, respetable Veremundo, hoy
mismo
De las murallas de Gijón me ausento,
Donde
tanta flaqueza y tanto oprobio
Están mis ojos indignados
viendo.
El moro triunfa, los cristianos doblan
A la dura
cadena el dócil cuello,
Sin que uno sólo a
murmurar se atreva
De opresión tan odiosa: no, aunque
en medio
De esta vil muchedumbre apareciese
Del gran Pelayo
al animoso aliento,
En vano a libertad los llamaría;
VEREMUNDO.
De la etérea mansión goza sin duda
La palma que a los mártires da el cielo
En premio
a su virtud. Fiero, incansable,
Los llanos de la Bética
le vieron
Casi arrancar él solo la victoria
Que
vendió la perfidia al agareno.
Él atajó
el raudal a la fortuna
Del soberbio Tarif cuando en Toledo
Del victorioso ejército sostuvo
La terrible pujanza
un año entero.
De igual valor fue Mérida testigo;
Hasta que, puesta su cabeza a precio
Por el infame Muza,
y escondido
Desde entonces su nombre en el silencio,
Ni
de él, ni de Leandro, el hijo mío,
ALFONSO.
Que así por fin descansarán! Sus ojos,
Cerrados ya con sempiterno sueño,
No verán
el escándalo, la afrenta
De su sangre, el sacrílego
himeneo
Que hoy se va a celebrar... ¡Oh Veremundo!
Perdona
esta vehemencia a mi despecho
Ser Hormesinda esposa de Munuza
Es duro oírlo y afrentoso el verlo.
VEREMUNDO.
Mal
pudieran las débiles mujeres
Resistir al halago lisonjero
Del moro vencedor, cuando sus armas
Domaron ya los varoniles
pechos.
Mira a la hermosa viuda de Rodrigo
Ganar desde
su triste cautiverio
El corazón del joven Abdalasis,
Y ser su esposa, y ocupar su lecho.
Mira a Eudón
de Aquitania dar su hija
A un árabe también,
y hacerla precio
ALFONSO.
Debió seguir tan execrable ejemplo?
VEREMUNDO.
Que la eduqué, la amé cual padre
tierno,
Disculpo su flaqueza, aunque la lloro
ALFONSO.
¿Cabe
disculpa en semejante yerro?
VEREMUNDO.
Sí, Alfonso,
cabe: ¿por ventura ignoras
El bárbaro y terrible
juramento
Que hizo Munuza? ¿Ignoras que asolada
Gijón
hubiera sido en escarmiento
De su noble defensa, si Hormesinda
No la hubiera salvado con sus ruegos?
Si nuestra servidumbre
es más suave,
Si aún ves en pie nuestros sagrados
templos,
Los cristianos, Alfonso, a su hermosura,
A ese
amor que te indigna lo debemos.
ALFONSO.
¡Abominable amor!
¡Unión impía
Que Dios va a castigar! Y ya
estoy viendo
A esa desventurada, a quien seducen
Los engaños
del moro, ser muy presto
Objeto miserable de sus iras.
¿Ignoras tú su condición? Violento,
Implacable
y feroz, si es generoso
En la prosperidad, lo es por desprecio,
Por arrogancia. Las inquietas hondas
Que baten las murallas
de este pueblo
No son más de temer en su inconstancia
VEREMUNDO.
Gijón sólo conoce su clemencia.
ALFONSO.
Ella se acabará; que no está lejos
(Y plegue al cielo que me engañe) el día
En que, soltando a su violencia el freno,
Del tirano engañoso
que ahora alabas
La rabia al fin confesarás gimiendo.
Yo tiemblo su frenética arrogancia,
Y esta llegada
repentina tiemblo
Del fiero Audalla; Audalla, conocido
Por su celo fanático y sangriento.
Adiós:
a darme asilo las montañas
Bastarán de Cantabria,
cuyos senos
Ofrecen a la sed del africano,
En vez de oro
y placer, virtud y fierro.
Ellas me esconderán...Mas
Hormesinda...
Escena II HORMESINDA.
(En el fondo del teatro.)
¿Qué le diré, infeliz?
A andar no acierto,
Y mis rodillas trémulas se niegan
HORMESINDA.
Señor; que el corazón a vuestros ojos
Siente aumentar su tímido recelo.
VEREMUNDO.
¿Dudas
ya de mi amor, cara Hormesinda?
HORMESINDA.
¿Dudar
yo? No, señor, en ningún tiempo
A vos mi infancia
encomendó mi hermano,
Cuando, acudiendo de la patria
al riesgo,
Voló precipitado al mediodía
A
probar en los árabes su acero.
Huérfana y
sola, planta abandonada
En temporal tan largo y tan deshecho,
Sola la protección de vuestro asilo
Pudo abrigarme
del rigor del viento.
En vos hallé mi padre, en vos
mi hermano
¡Que no pueda mi amor satisfaceros
Tanta solicitud,
tantos afanes!
Pero impotente el corazón a hacerlo,
Su inmensa deuda agradecido aclama,
Y para el pago la remite
al cielo.
Él, señor, él os recompense;
en tanto...
(Perdonad el rubor, el triste miedo
Que me
acobarda), en tanto vuestros brazos
Dad a una desdichada
que al momento
Ya a dejar este asilo de inocencia,
Donde
sus años débiles crecieron;
Y sobre ella implorad
una ventura
Que su dudoso y angustiado pecho
VEREMUNDO.
Mis ruegos a alcanzarla, ni otro premio
Ni
otra fortuna al cielo pediría
Este infeliz y lastimado
viejo.
(Asiéndola de la mano afectuosamente.)
HORMESINDA.
¡Ay!
no; que las palabras
Salgan de vuestra boca en son tremendo
Llamadme ingrata, pérfida; llamadme
Infiel a la
virtud, sorda al consejo.
¿Qué me podréis
decir que yo a mí misma
Con dureza mayor no esté
diciendo?
Sabed que aqueste cáliz de dulzura,
Tras
el que anhela el corazón sediento,
A fuerza de amarguras
y martirios
Está ya en mi interior vuelto en veneno.
ALFONSO.
Si
eso es así, ¿por qué un instante
No levantáis,
señora, el pensamiento
A ser quien sois? La religión
sagrada
De la virtud os mostrará el sendero,
Y la
sangre que anima vuestras venas
Para marchar por él
os dará aliento.
Mostraos hermana de Pelayo, y antes
De ver que sois escándalo a los vuestros,
Ludibrio
de los bárbaros infieles,
HORMESINDA.
Que si temí las quejas del cariño,
A la voz
del insulto me rebelo.
¿Por qué, si soy escándalo
a los míos,
Si tan injustos me condenan ellos,
Por
qué a la seducción, a los halagos
Del moro
vencedor no me escondieron?
Cuando el furor y la venganza
ardían,
Cuando ya el hambre y el violento fuego
Prestos a devorar nos amagaban,
Era justo, era honroso en
aquel tiempo
Que yo a los pies del árabe irritado
Fuese a ablandar su corazón de acero.
Fui: mis plegarias
el camino hallaron
De la piedad en su terrible pecho;
Y
libre del azote que temblaba
Este pueblo, su frente alzó
contento.
Todos entonces, sí, me bendecían,
Todos; y en tanto que, al enorme peso
De sus cadenas agoviada
España,
Mira asolados sin piedad sus templos,
Hollados
con furor sus moradores,
Violadas sus mujeres, en el seno
De la paz más feliz Gijón descansa.
¡Tirano
le llamáis, y él en sosiego
Nos deja respirar,
cuando podría
Con sola una mirada estremecernos!
¡Es un tirano, y amoroso aspira
A llamarse mi esposo! ¡Ah!
no lo niego,
Inexorables godos: a su halago,
A su tierna
afición, a su respeto
Mi corazón rendí;
vuestra es la culpa,
Y el fruto, hombres ingratos, también
vuestro.
Escena III ALVIDA.
Llegó
el momento, el séquito está pronto
Que debe
acompañarte al himeneo:
Munuza espera
a su adorada amante,
Anunciando su gozo y sus deseos
Con
su esplendor hermoso las antorchas,
La música festiva
en sus acentos.
HORMESINDA.
¡Esto es hecho, gran Dios!
ALFONSO.
Por donde os lleva tan culpable fuego,
¿Qué
tenéis que temer? Las luminarias
Que han de solemnizar
vuestro contento
Solemnicen también y hagan patente
De vuestro hermano y patria el fin funesto.
Mi lengua,
Veremundo, poco usada
De la lisonja a los infames ecos,
Deja este parabién a los amantes.
HORMESINDA.
¡Qué horrible parabién! Mas ya
no hay medio
De volver el pie atrás; que mi destino,
Más fiero y más cruel cada momento,
Tras
sí me arrastra, y sin poder valerme,
A su imperiosa
voluntad me entrego.
(Lo besa la mano, y se va precipitadamente con ALVIDA .)
Escena IV VEREMUNDO.
Ya ¿qué te resta? El lúgubre silencio,
La amarga soledad que te rodean
Fieles te anuncian tu postrer
momento;
¡Y cuán acerbo!... ¡Oh suerte! ¿A qué
guardarme
Escena V VEREMUNDO , LEANDRO ,
y después PELAYO
LEANDRO.
Nadie nos sigue, la fortuna misma
Nos ha guiado
hasta el solar paterno.
VEREMUNDO.
¡Qué voz es la
que escucho! Mis sentidos
Me engañan... Mas no hay
duda, ellos son, ellos.
¡Oh providencia eterna, yo te adoro!
VEREMUNDO.
Es cierto que vivís? ¡Ah! que aún
se niega
A tal ventura incrédulo mi afecto,
Y abrazándoos
estoy. ¿Cómo os salvasteis?
Decid, ¿cómo vencisteis
tantos riesgos
Que la desgracia y el rencor del moro
Amontonaron
ya para perderos?
El silencio, el olvido en que os hundisteis
Eran señal de vuestro fin sangriento
Para toda la
España, que afligida
Cifró en vosotros su
postrer consuelo.
PELAYO.
¡Ah! si bastantes a salvarla fuesen
La constancia, el ardor, el noble celo,
Firme aún
se viera, Veremundo, y dando
Envidia con su gloria al universo.
Nuestras fatigas, el valor ilustre
De los que el nombre
godo sostuvieron,
Hacer pedazos el infausto yugo
Pudieran
ya que la sujeta el cuello;
Más vano ha sido nuestro
afán, y en vano
Por el nombre de Dios lidiado habemos;
Él retiró su omnipotente escudo,
Y coronar
no quiso nuestro aliento.
Vednos pues en los términos
de España,
Prófugos, solos, deplorable resto
De los pocos valientes que mostraron
A toda prueba el generoso
pecho.
La guerra en su furor devoró a todos;
No
los vi perecer. ¡Oh compañeros,
Que en el seno de
Dios ya descansando
De vuestro alto valor gozáis
el premio:
Mis votos recibid y mi esperanza;
Vengue yo
vuestra muerte, y muera luego.
VEREMUNDO.
¡Admirable constancia!
Más, Pelayo,
¿De qué nos sirve contrastar
al cielo?
Cuando a nuestros intentos la fortuna
Les niega
su laurel en el suceso,
Ceder es fuerza, inútil es
el brío.
Pernicioso el tesón. Si estando entero
Contra el fiero rigor de esta avenida
No pudo sostenerse
nuestro imperio,
¿Te sostendrás tú sólo?
¿A quién consagras
Tan heroico valor, tanto denuedo?
¡No hay ya España, no hay patria!
PELAYO.
¿Y vos me lo decís?... Sin duda el
hielo
De vuestra anciana edad, que ya os abate,
Inspira
esos humildes sentimientos
Y os hace hablar cual los cobardes
hablan.
¡No hay patria!... Para aquellos que el sosiego
Compran con servidumbre y con oprobios,
Para los que en
su infame abatimiento
Más vilmente a los árabes
la venden
Que los que en Guadalete se rindieron.
¡No hay
patria, Veremundo! ¿Yo la lleva
Todo buen español
dentro en su pecho?
Ella en el mío sin cesar respira:
La augusta religión de mis abuelos,
Sus costumbres,
su hablar, sus santas leyes
Tienen aquí un altar
que en ningún tiempo
VEREMUNDO.
Te hace ilusión. Pelayo: ¿en quién
tu esfuerzo
Puede ya confiar? Quien pierde a España
No es el valor del moro; es el exceso
De la degradación:
los fuertes yacen,
Un profundo temor hiela a los buenos,
Los traidores, los débiles se venden,
Y alzan sólo
su frente los perversos.
PELAYO.
Y porque estén envilecidos
todos,
¿Todos viles serán? yo no lo creo
Mil hay,
sí, Veremundo, mil que esperan
A que dé alguno
el generoso ejemplo,
Y el estandarte patrio levantando,
Despierte a todos de tan torpe sueño.
Yo vengo a
levantarle: aquestos montes
Serán mis baluartes,
a su centro
Volarán los valientes, y el Estado
Quizá
recobre su vigor primero.
Entremos pues; que mi Hormesinda
abra
A su hermano, señor, y que tendiendo
La noche
el manto lóbrego, a seguirme
VEREMUNDO.
¡Buen Dios! llegó el momento
PELAYO.
El instante feliz que ansió mi anhelo
VEREMUNDO.
Ese nombre en
tu boca es un veneno.
PELAYO.
¿Por qué, decid, por
qué? ¿Vive?
VEREMUNDO.
Pero su muerte
te afligiera menos.
PELAYO.
¡Qué misterio! acabad:
¿infiel?
VEREMUNDO.
Atajó los estragos de este pueblo...
VEREMUNDO.
Tu
hermana a los feroces ojos
Del bárbaro halló
gracia... Ella es consuelo
De todos los cristianos que la
imploran...
Ella hace nuestros grillos más ligeros...
Nada resiste al vencedor... Munuza,
Rendido, enamorado,
al himeneo
De Hormesinda aspiró... Y ella, vencida...
PELAYO.
Por piedad no acabéis ¿Estos los premios
Son que a tanto afanar, tantos servicios
El cielo reservaba?
¡El vilipendio,
La mengua, las afrentas! ¡Oh Leandro!
¿Por
qué al rigor del musulmán acero
A par de tantos
héroes no caímos
Allá en los campos
de Jerez sangrientos?
LEANDRO.
Repórtate, Pelayo;
a este infortunio
Opón tu alta constancia, opón
tu esfuerzo.
En ti la patria su esperanza fía;
No
desmayes: aleja el pensamiento
De esa flaca mujer; para
ti es muerta.
PELAYO.
¡Muerta! ¡Pluguiera a Dios! ¿Por qué
sabiendo
Tal abominación, al mismo
instante
Un agudo puñal no abrió su pecho?
Ella con su inocencia moriría,
Yo no viviera con
borrón tan feo.
VEREMUNDO.
A apoyar su virtud ya vacilante
Siempre acudió mi paternal consejo;
PELAYO.
¡Tiránica opinión! ¡Injusto
fuero!
¡Las mujeres sucumben, y en nosotros
Carga el torpe
baldón de sus excesos!
¿Ella esposa de un moro?...
Mas decidme,
¿Desde cuándo un enlace tan funesto
VEREMUNDO.
Ahora
mismo, en este instante
PELAYO.
Volemos a la pérfida; mi vista
La
llenará de horror; este himeneo
No se hará,
no; si por desgracia es tarde,
La ahogará en mi presencia
el sentimiento.
VEREMUNDO.
Él
en su ardiente frenesí se ciega:
Sigámosle,
Leandro, y a lo menos,
Si regir su furor no conseguimos,
Con él cuando perezca moriremos.
La escena en este acto representa un salón del
alcázar de MUNUZA .
Escena I MUNUZA , HORMESINDA
en un sofá sostenida por ALDIVA , en actitud de ir
volviendo de un deliquio; AUDALLA algo separado y mirándolos
desdeñosamente desde un lado del teatro.
MUNUZA.
¡Oh
ingratitud! ¡Oh femenil flaqueza!
¿Con que, cuando debiera
la alegría
Su corazón henchir, y este momento
Ser el más delicioso de su vida,
Dudar?... ¿Temblar?...
¿Desfallecer?... Y apenas
Dan sus labios el sí, cuando
oprimida
De congoja mortal yerta la miro
ALVIDA.
Tu enojo; ya en sí vuelve.
ALVIDA.
Mis brazos te sostienen; a tu lado
HORMESINDA.
Piedad de esta infeliz: ¿por qué a afligirla
También los ecos de tu labio airado
Y esas miradas
de furor conspiran?
MUNUZA.
¿Cuál es pues, dime, la
funesta causa
De aquesta agitación tan repentina,
De ese pavor horrible que en tu frente
Y en tus ojos atónitos
se pinta?
HORMESINDA.
El cielo ve la pena, los temores
Que
mi interior ahora martirizan;
Y ve también a mi amorosa
llama
Explayarse por él siempre más viva.
Sed contento, señor; vos ya vencisteis;
El triunfo
es vuestro, la vergüenza es mía.
¡Ah! ¿Qué
dirán ahora los cristianos
De esta mujer desventurada?
MUNUZA.
Sus inútiles quejas. Ellos deben
Inclinará
tus plantas la rodilla,
HORMESINDA.
El venerable anciano que solía
Con su amor y consejos ampararme?
Todo me abandonó:
tú sola, Alvida,
Tú sola no desdeñas
mi fortuna.
ALVIDA.
Eterno mi cariño, dulce amiga,
HORMESINDA.
Tiranizada ya mi fantasía,
Trémula
y vacilante, a vuestro alcázar
A juraros mi fe fui
conducida
Jurada está, señor, no me arrepiento,
Soy vuestra, lo seré... Cuando salían
Las
fatales palabras de mi boca,
Y el acto solemnísimo
cumplían,
Me pareció que, alzándose
Pelayo
En medio de los dos, y ardiendo en ira,
«¿Qué
te hicieron ¡oh pérfida! los tuyos
Para así
abandonarlos,» me decía.
Tiembla entonces el suelo,
ante mis ojos
La luz de las antorchas se amortigua,
Baña
el sudor mi frente, el pie me falta,
Y opresa del afán,
caigo sin vida.
MUNUZA.
Que todo mi placer vuelve en acíbar!
¿Ha de romper Pelayo a perseguirte
La noche eterna de la
tumba fría
HORMESINDA.
¡Ah, cuál entonces su dolor sería!
MUNUZA.
Que tu tímido espíritu atosigan:
Serénate ya, en fin. ¿Es tan difícil
Coronar
el amor, labrar la dicha
A un amante, a un esposo?
HORMESINDA.
Ya en el cielo ante Dios dichoso asistas,
Gozando
el premio a tu valor debido,
Ya proscrito en la tierra y
triste aún gimas,
Oye la voz de tu angustiada hermana:
Perdónala. Tu esfuerzo y osadía
A defender
la patria no bastaron,
Sufre que yo la alivie en sus desdichas
Que yo la madre y protectora sea
De los vencidos que en
su amor confían.
Él lo quiere, ¿no es cierto?
¡Ah! Yo me entrego
(Mirando tiernamente a MUNUZA .)
Al afecto
imperioso que me guía,
Noble Munuza; mas consiente
ahora
Que sola un breve tiempo, recogida,
Tu esposa pueda
contemplar su suerte,
Acallar los temores que la agitan,
Y llenar sólo su tranquilo pecho
Del tierno y dulce
amor que tú la inspiras.
Escena
II MUNUZA.
¿Es temor? ¿Es desdén?
¿Qué es esto, Audalla?
¿Pude esperar en semejante
día
AUDALLA.
Del sublime Profeta acá me envía,
No a arreglar tus querellas con tu esclava
Sino a que España
nuestro rito siga
De grado o fuerza. Nunca los caprichos
Del amor entendí, ni las caricias
Del sexo engañador
rendir pudieron
Un momento jamás el alma mía.
Cercado siempre de armas y soldados,
Entregado a las bélicas
fatigas,
Sé pelear, y no amar; sé hacer esclavos.
Nunca servir; que nuestra ley divina
Por siempre triunfe,
y que ante el gran profeta
El universo incline la rodilla,
Fue la eterna ambición del pecho mío
Pues
¿qué son con la gloria las delicias?
Por esto siempre
vencedor mi brazo
En la guerra triunfó: tú,
de esa indigna
Pasión ya poseído, teme al
cielo,
Que la flaqueza en el valor castiga
Teme que te
abandone la victoria.
MUNUZA.
¡Ah! ¡Si tus ojos vieran a
Hormesinda
Cuando, anegada en llanto y desolada,
Por la
primera vez ante mi vista
Se presentó! Su tímida
hermosura,
Su ademán, sus palabras compasivas,
Llenas
de encanto y de dolor, no sólo
Las entrañas
de un hombre ablandarían,
Más rindieran también
a las serpientes
Que abortan las arenas de la Libia.
Yo
la escuché, y venció; Gijón por ella
Del bélico furor libre se mira.
AUDALLA.
¿Y no temes
que al fin tanta flaqueza
Llegue a causar tu irremediable
ruina?
¡Ay del que es opresor, si abre el oído
A
la piedad, y si imprudente olvida
Que ante él deben
marchar la servidumbre,
La amenaza, el terror! Si así
no humillas
Esta fiera nación que a nuestras plantas
Yace más espantada que vencida,
Teme tu perdición.
Goza en buen hora
Del amoroso halago y las caricias
De
esa cristiana; los demás perezcan,
O en vergonzosa
esclavitud nos sirvan
Mientras el dios del Alcorán
no adoren:
Así lo manda nuestro gran califa.
¿Osarás
resistir? ¿Olvidar puedes
Que al partir de Damasco, esa
cuchilla
Para extender su ley puso en tus manos?
MUNUZA.
¿Y contra quién, Audalla, he de esgrimirla
Contra
unos miserables que, rendidos,
Ante mis ojos con pavor se
inclinan?
AUDALLA.
Esos que tu arrogancia así desprecia
Serán los que castiguen algún día
MUNUZA.
Pendiente de mis hombros todavía
El
formidable alfanje centellea
Que huérfanas dejó
tantas familias
Tiemblan de mí velando, aún
se estremecen
Si su atemorizada fantasía
Mi aterradora
faz les pinta en sueños.
Escena III ISMAEL.
Dos cristianos, señor, a vuestra vista
Pretenden
parecer: es uno de ellos
Aquel anciano, el deudo de Hormesinda;
El otro un joven que dolor y enojo
En su semblante intrépido
respira.
AUDALLA.
Que el decreto supremo del Califa
Se tiene al fin
que promulgar mañana,
Escena IV PELAYO , VEREMUNDO . - MUNUZA
VEREMUNDO.
Para la gente mora, una desdicha
Para el pueblo
español: murió Pelayo.
Testigo de su muerte
la confirma
Este guerrero, y a Hormesinda trae
La fúnebre
y amarga despedida
MUNUZA.
Los temores disipe que la hostigan.)
Con que
¿murió Pelayo? ¿Veis, cristianos,
En la fortuna nuestra
ley escrita?
El cielo la consagra con victorias,
Y os abandona.
¡En qué os paráis? Seguidla.
PELAYO.
Grande
pues fue mi engaño cuando, oyendo
Lo que la fama
en tu loor publica,
A pesar de tu secta y de tu sangre,
Virtudes de un valiente en ti creía.
La muerte de
un contrario generoso
Solamente el que es vil la solemniza.
MUNUZA.
¿Y quién eres tú, di, que tan osado?
PELAYO.
Sabe, moro, que alienta todavía
VEREMUNDO.
De tal temeridad su aflicción misma.
En Pelayo su gloria y su esperanza
Los españoles
míseros ponían.
Ya pereció: las lágrimas
que damos
Al esquivo rigor de su desdicha
MUNUZA.
Ni amé ni aborrecí; mas su porfía,
Su temeraria obstinación pudiera
Sernos fatal; así,
cuando nos libra
Alá de su furor, gracias le rindo
De que siempre propicio nos asista.
Cristianos, sois perdidos.
PELAYO.
En tu prosperidad. Dios pudo un día,
Separar su favor de aqueste pueblo
Y abandonarle a su terrible
ira.
De los godos contempla el poderío.
La suerte
en un momento le derriba;
La suerte puede hacer que en un
momento
Caiga también vuestra soberbia altiva.
¿Quién
sabe si, aplacado con nosotros
Ya el cielo, un brazo vengador
anima
Que ataje vuestra próspera bonanza?
MUNUZA.
¿Será el tuyo tal vez?... Mas Hormesinda
Va a parecer
delante de vosotros:
Tú, imprudente, refrena esa
osadía;
Usa un lenguaje y ademán conformes
A tu fortuna humilde y abatida,
Y no al león irrites
que te escucha
Y por desprecio tu arrogancia olvida.
Escena V VEREMUNDO.
¡Gracias al cielo!
Al cabo con su ausencia
Mi temeroso corazón respira.
¡Cuál me has hecho temblar! Ni tus promesas,
Ni
el velo que a sus ojos te encubría
A asegurar mi
agitación bastaban.
Del tirano al aspecto enardecida
Tu mente, se arrojaba toda entera,
Y en tus miradas fieras
se vela
La mal cubierta indignación. En vano
La
desolada España en ti confía
Si no atiendes
la voz de la prudencia.
PELAYO.
A tan torpe disfraz? Nunca Pelayo
Descendió a la flaqueza, a la ignominia
De engañar:
el que engaña es un cobarde
Que confiesa su mengua
en su perfidia.
¡Y yo miento mi nombre! ¡Yo le escondo
Delante de ese moro! ¡Oh fementida
Escena VI HORMESINDA.
Con que ¿aun no me olvidáis? -Pero ¿que
mirar
Mis ojos?... ¡Ay! Él es:
¡valedme, cielos!
VEREMUNDO.
¿La ves a tu presencia confundida?
Calle la indignación; hable, hijo mío,
HORMESINDA.
Tienes a esta infeliz, esta culpable,
A quien
Dios en su cólera dio vida;
A quien antes de verse
en tal momento
La negra muerte aniquilar debía.
No imploro tu piedad, no la merezco,
Ni cabe en el honor
que en ti respira;
Pero permite que tu hermana ahora
Con
lágrimas rescate de alegría
Las lágrimas
que un tiempo dio a tu muerte
En luto acerbo y en dolor
vertidas;
Sufre que al gozo me abandone.
PELAYO.
¿Mi hermana tú? Jamás. Quien aquí habita,
Quien se complace en la estación odiosa
De la superstición
y tiranía
No puede ser mi sangre. En otro tiempo
Tuve una hermana yo que era delicia
De Pelayo y de España;
virtuosa,
Inocente y leal, siempre fue digna
De todo mi
cariño y mis cuidados,
Que con mi patria la infeliz
partía.
El cielo, encarnizado en perseguirme,
Me
la robó; la que mis ojos miran
Es una infame apóstata
que ahora
Mi vista indignamente escandaliza.
Ella insulta
a los males de la patria,
Ella desprecia las desgracias
mías,
Ella, en fin, me aborrece.
HORMESINDA.
Ya mi pasión para encender
tus iras,
Sin que también destierres de mi seno
A la naturaleza, que en él grita
Con más fuerza
que nunca?
PELAYO.
Cuando la vil pasión que te perdía
Te atreviste a escuchar, y te entregaste
Al árabe
feroz que te esclaviza?
¿No pensabas en mí? No contemplabas
Que era clavar en las entrañas mías
Un acero
mortal, y atar la patria
Al yugo atroz del musulmán
tú misma?
HORMESINDA.
¿Qué peso puede hacer
en la balanza,
Que los reinos del mundo alza o inclina,
De una flaca mujer la resistencia?
Pelayo ¡ah! ¡Cuánta
compasión tendrías
De esta desventurada, en
quien ahora
Tu enojo todo sin piedad fulminas,
Si vieras
mi amargura y mis combates!
HORMESINDA.
Que este amor a la
patria que te enciende
Es la sola ocasión de mi desdicha.
Yo inocente viví, nunca en mi pecho
La llama del
amor se vio encendida:
En todas tus fatigas y peligros
Mi llanto y mi memoria te seguían;
Cayó España,
Pelayo, y ya aguardaba
A verme sepultada en sus cenizas,
A que me arrebatase en su violencia
El torrente feroz de
la conquista,
Cuando Gijón amenazada... El cielo...
Perdona... El ciclo mismo mi caída
Consiente...
España opresa, los cristianos
Mi favor implorando,
y cada día
De ese moro tan bárbaro a tus ojos
La generosidad siempre más viva.
Los ejemplos, tu
muerte... ¡Oh cuántas veces
Dije: «Pelayo, a defender
camina
Tu amada hermana de tan fiera lucha»!
Y Pelayo implorado
no venía;
Y la triste Hormesinda, abandonada
Del
cielo y de la tierra...
PELAYO.
Aunque tu hermano perecido hubiese,
La gloria de su nombre no vivía?
¿No reflejaba en
ti?¿Tú no debiste
Defenderla, guardarla sin mancilla,
Y antes morir que recibir los dones
Con que el moro doró
nuestra ignominia?
Yo vi, yo vi la patria desplomarse
Del
Guadalete en la funesta orilla,
Y sin perder aliento, a
sostenerla
El hombro puse y la constancia mía.
Tres
años siempre combatiendo, España
De mi sangre
y sudor toda teñida,
El rencor de los árabes,
al mundo
Mi celo y mi fervor publicarían.
Todo es
ya por demás. ¿Qué soy ahora?
Un vil aliado
de la gente impía
Que oprime mi país. ¡Desventurada!
Los ojos vuelve en derredor y mira;
No bailarás
sino mártires: los unos
Pereciendo al rigor de las
cuchillas
Del atroz sarraceno en las batallas,
Los otros
en las cárceles agitan
Su pesada cadena, otros, desnudos,
Opresos, de hambre y de miseria espiran.
Todos te enseñan
a sufrir: ¿qué importa
Que otras mujeres débiles
o indignas
Se hayan rendido al musulmán halago?
En medio del contagio debería
Mantenerse Hormesinda
ilesa y pura,
Como a su hermano el universo mira,
Cuando
el Estado se desquicia y cae,
Impertérrito y firme
entre sus ruinas.
HORMESINDA.
Pues bien: tú ves mi
error y le detestas;
Yo también le detesto, y a mí
misma.
He aquí mi seno: hiere, y en un punto
Acaba
con tu afrenta y con mi vida.
PELAYO.
¿Tienes valor?¿Eres
mi sangre? Aún tiempo
Es de enmendar tu ofensa: esas
vecinas
Montañas van a ser el fuerte asilo
De los
cristianos que a vivir aspiran
Libres de la opresión.
Deja ese moro
Que con su infame seducción fascina
Tu corazón, y atrévete a seguirme
Adonde
lejos del oprobio vivas.
HORMESINDA.
Sin duda aqueste lazo que abominas;
Mas ya
la suerte le estrechó, y...
HORMESINDA.
El deber no consiente que te siga.
HORMESINDA.
Él ve mi corazón y tu injusticia.
PELAYO.
Él ve triunfar tu abominable llama
De tu
sangre y su ley. Pues qué, ¿no miras
HORMESINDA.
Yo la dije, él la oyó,
mi pecho nunca
VEREMUNDO.
Y acuérdate que la infeliz España
De ti su bien y su esperanza fía.
Huyamos de la
vista del tirano.
PELAYO.
Adiós, mujer sacrílega;
acaricia
Al insolente moro a quien adoras,
Conságrale
tu abominable vida;
Será por poco. Escucha: los valientes
Se van a levantar; la tiranía
Contrastada va a ser,
y si vencemos,
Fuerza será que al ver a la justicia
Alzar su brazo inexorable tiemble
La prevaricación.
Tú de ti misma
Quéjate entonces si el horrendo
crimen
En el estrago universal expías.
HORMESINDA.
¡Bárbaro! Mi suplicio está
aquí dentro;
No es posible mayor para Hormesinda.
Escena I LEANDRO.
Resuelto está,
señor: aquí debemos
Perecer o triunfar. Pelayo
intenta
Que el mismo sitio que miró el agravio
También
presente a la venganza sea.
VEREMUNDO.
¡Oh qué temeridad!
Él, hijo mío,
incauto al precipicio se despeña;
Que rara vez corona la fortuna
Lo que el furor frenético
aconseja.
El suyo le arrebata; aún me estremezco
De las amargas y terribles quejas
Con que culpó
a Hormesinda: al fin salimos
Del peligroso alcázar;
y su pena,
Sumida en un silencio formidable,
Cuanto menos
patente, era más fiera.
Te vio, y al punto te arrastró
consigo;
Dónde, no sé; pero quizá ya
os cercan
LEANDRO.
El alma de Pelayo, los desprecia.
En esta
misma noche en este sitio
A los patricios de Gijón
espera,
Y enardecer sus ánimos confía
A que
le sigan en su heroica empresa.
LEANDRO.
No
dudéis: los más valientes
Lo prometieron,
Téudis y Fruela,
Eladio, Sancho, Atanagildo, Alfonso,
Alfonso, que dejaba estas riberas,
Y ya no parte. Todos
deseaban
De Pelayo saber, todos esperan
Que ha de ser a
su vista en esta noche
La suerte de Pelayo manifiesta.
La hora se acerca en fin, y por ventura
El momento feliz
también se acerca
De empezar otra lid más
peligrosa,
Pero de más honor que la primera.
Tras
de tantas fatigas y combates
Rendir el cuello a la servil
cadena
Fuera insufrible mengua, y no es posible
Que nuestro
corazón consienta en ella.
Escena II ALFONSO , VARIOS NOBLES DE GIJÓN . - DICHOS
ALFONSO.
Los cielos, Veremundo, te conservan
A tu amado
Leandro, y no consienten
Que en tan amarga soledad padezcas.
Todos, gozando en la ventura tuya,
VEREMUNDO.
Ese tierno interés mi anciano pecho!
Él
os le paga en gratitud eterna,
Nobles astures, ¡y pluguiese
al cielo
Que este bien que su mano me dispensa
A todos
los cristianos se extendiese!
El generoso celo que os alienta
Me alcanza a mí, y al contemplarlo hierve
La sangre
que la edad heló en mis venas.
¡Oh! ¡si en aquesta
vez consejos dignos
De ventura y honor de aquí salieran!
Mas no es posible; el mal que nos agovía
Vence a
un tiempo al valor y a la prudencia:
ALFONSO.
¿Y por qué
desmayar? ¿No es un anuncio
Ya de ventura la imprevista
vuelta
De ese joven? Mis ojos se complacen
En ver un hombre
al fin donde antes vieran
Solo viles esclavos... ¡Oh Leandro!
Tú, que a su lado en las batallas fieras
Con generoso
esfuerzo combatiste,
Responde, da este alivio a mi impaciencia:
Escena III PELAYO.
Se consiente llamar una existencia
De infortunios
sin término acosada,
Condenada al ultraje y a la
afrenta.
Pelayo soy, el hijo de Favila,
El que por tanto
tiempo en la defensa
Del Estado sudó; cuyos trabajos
Por toda España su renombre llevan.
Soy el que,
siempre independiente, libre,
De entre la ruina universal
ostenta
Exento el cuello de los hierros torpes
Que sobre
el resto de los godos pesan.
¿Qué me sirven, empero,
estos blasones,
Cuyo bello esplendor me envaneciera,
Si
ajados ya, por tierra derribados,
¡Oh indignación!
un árabe los huella,
Y Hormesinda los vende?... Ciudadanos,
Si de vos por ventura alguno tiembla
Que en semejante infamia
sumergida
Su hija, su hermana o su consorte sea;
Si en
él se escucha del honor el grito,
Como en mi pecho
destrozado truena
Ese me siga a castigar mi injuria,
Y
así la suya con valor prevenga.
ALFONSO.
Sí,
yo te seguiré; deja, Pelayo,
(Acercándose a
PELAYO y estrechando su mano.)
A tu diestra valiente unir
mi diestra,
Alborozarme viéndote, y contigo
Jurar
al moro inacabable guerra.
Alfonso de Cantabria te saluda,
Y los buenos con él, que en tu presencia
Ven renacer
las dulces esperanzas
Que ya en tu aciago fin lloraban muertas.
No solamente a castigar tu injuria
Te seguiré, sino
a vengar con ella
A España, que reclama nuestros
brazos
Y de tanto abandono se querella.
Será su
primer víctima Munuza.
PELAYO.
¡Oh ardimiento feliz!
Yo bendijera
Mis propios males si ocasión dichosa
De que la patria respirase fueran.
Bien lo sabéis:
mis débiles esfuerzos
Osaron contrastar en su carrera
Al feroz musulmán; nunca mi pecho
A la esperanza
falleció; mas piensa
Que el árbol encorvado
en la borrasca.
Sus ramas levantando ya dispersas,
Se enderece
más bello y más frondoso,
Y con su sombra
a defendernos vuelva.
VEREMUNDO.
Si el peligro arrostrando
denodados,
y pereciendo en él, se consiguiera
El
magnánimo fin, mi vida entonces
Al altar de la patria
por ofrenda
La primera a inmolarse correría
Mas
la fuerza se abate con la fuerza.
Volved la vista atrás,
mirad la plaga
Que levanta en la Arabia un vil profeta,
La Asia y la Libia devastar, y al cabo
En la Europa caer:
a su violencia
Arrolladas las huestes españolas,
El gótico poder cayó con ellas,
Y sobre él
orgulloso el agareno,
De mar a mar tremola sus banderas.
El español, atónito en su estrago,
Y ya domesticado
en su cadena,
Ni de su daño y su baldón se
irrita
Ni a los clamores del valor despierta
PELAYO.
¡Qué
es pues el hombre, oh cielos! ¡A su audacia
Se ven ceder
las indomables fieras,
Los montes rinden su orgullosa cima,
La explosión del volcán aún no le aterra,
¡y un hombre le subyuga! Nuestros nietos
Vendrán
y exclamarán: ¿Por qué se sienta
Sobre nuestra
cerviz desventurada
Del ajeno temor la injusta pena?
¿Somos
quizá los que en Jerez huyeron,
O los que, abandonando
la defensa
De la patria, labraron con sus manos
Este yugo
cruel que nos sujeta?
Así España hablará
contra nosotros,
Recordando ¡oh dolor! que a tanta afrenta,
A una opresión tan mísera, pudimos
Añadir
el baldón de merecerla.
ALFONSO.
¡Perezca aquel que
sobre sí le llame!
El pueblo, me decís, duerme
y se entrega
A los serviles hierros que le oprimen:
¿Quién
sabe si esa mar, ahora serena,
El soplo de los vientos sólo
aguarda
Para bramar y amenazar soberbia?
VEREMUNDO.
No así
tan presto en la esperanza fíe
Vuestro arrojado ardor.
Y si se niega
A seguir vuestros pasos la fortuna,
Si sois
vencidos en tan ardua empresa,
¿Quién guarecer a
la infeliz España
Podrá de la venganza que
violenta
En luto y sangre cubrirá al momento
Las
míseras reliquias que aún la quedan?
PELAYO.
Es justa nuestra causa; el alto cielo
VEREMUNDO.
Cuando en Jerez lidiábamos.
PELAYO.
No lo fue; yo os lo juro por la inmensa
Pérdida
que los godos allí hicieron.
Aún indignado
el corazón se acuerda
Que la molicie, el crimen nos
mandaban.
En ruedas de marfil, envuelto en sedas,
De oro
la frente orlada, y más dispuesta
Al triunfo y al
festín que a la pelea,
El sucesor indigno de Alarico
Llevó tras si la maldición eterna.
¡Ah! yo
lo vi: la lid por siete días
Duró; mas no
fue lid, fue una sangrienta
Carnicería: huyeron los
cobardes,
Los traidores vendieron sus banderas,
Los fuertes,
los leales perecieron.
No lo dudéis: los vicios,
la insolencia
De Witiza y Rodrigo a Dios cansaron;
Y ya
la copa de su enojo llena,
Abrió la mano y la vertió
en los godos,
Que tan torpes escándalos sufrieran.
VEREMUNDO.
Cedamos pues al celestial decreto
Que a afán
y cautiverio nos condena.
Cuando menos debiéramos,
sufrimos;
¿Y habremos de escuchar nuestra impaciencia
Al
tiempo que, oprimidos y dispersos,
Sin fuerzas, sin apoyo,
se nos cierran
Las puertas hacia el bien? Dios nos castiga;
Pleguemos ya la frente a su sentencia.
PELAYO.
Quizá
en tantas desgracias ya cumplida
¡Oh españoles! está.
Ved la halagüeña
ocasión que nos muestra
la fortuna
Ella, moviendo su voluble rueda,
Nos manda la
osadía: ved al moro,
Ansiando en su ambición
toda la tierra..
Salvar los montes, inundar las Galias,
Que hollar también y esclavizar desea.
Allá
se precipitan sus guerreros.
Y a España en tanto
abandonada dejan
A los que, ya de combatir cansados,
Al
ocio muelle y al placer se entregan.
Llena Gijón
de nobles fugitivos,
Llenas también las convecinas
sierras,
Brazos y asilo a un tiempo nos ofrecen,
Y acaso
culpan la tardanza nuestra.
Demos pues la señal.
¡Oh, cuántos pueblos
Nos seguirán después!
Mas si se niegan
A tan bella ocasión... sirva en
buen hora,
Y la frente cobarde al yugo tienda
El débil
y estragado mediodía:
Hijos vosotros de estas asperezas,
A arrostrar y vencer acostumbrados
De la tierra y los cielos
la inclemencia,
¿Temblaréis? ¿Cederéis? No;
vuestros brazos
Alcen de los escombros que nos cercan
Otro
estado, otra patria y otra España
Más grande
y más feliz que la primera.
ALFONSO.
¡Joven sublime!
tú el camino hermoso
De la virtud y gloria nos presentas;
Tu ardimiento a imitarte nos anima.
Sigámosle, españoles;
más es fuerza,
Si se ha de conseguir tan arduo intento,
Que uno mande, los otros obedezcan.
Rodrigo pereció;
y el cetro godo,
Vilmente roto en su indolente diestra,
Clama imperiosamente que otras manos
En su primer honor
le restablezcan.
Nosotros, que aspiramos a esta gloria,
Aquí debemos a la usanza nuestra
El caudillo elegir
que nos conduzca,
El rey alzar que nuestro apoyo sea.
PELAYO.
No abriguéis tal error: ¿con qué vergüenza
Se afligiera la sombra de Ataulfo
Descansar viendo su real
diadema
Sobre una frente que el rubor humilla?
Buscad otra
más digna en que ponerla,
ALFONSO.
A tu espléndido nombre, a tus
proezas,
Al celo de los buenos que te admiran:
¿Degradarte?
Jamás. ¡Ah! no lo creas:
No es dado a una mujer frívola
y débil
Manchar la gloria y trasladar su afrenta
A aquel que sin cesar sus pasos guía
Del honor y
virtud por la ardua senda.
Ese escándalo torpe que
te ofende,
En lugar de apocarte, te engrandezca
Al terrible
castigo y la venganza.
El pueblo adora en ti, la patria
espera.
¿Podrás dudar? Valientes españoles,
Respondedme: ¿quién es, dónde se encuentra
El que con más ardor se ha ennoblecido
En esta grande
y desigual contienda?
¿Quién, de tantas desgracias
a despecho,
Jamás desesperó? ¿Quién
nos alienta,
Y en nombre de la patria nos inflama?
ALFONSO.
¿Quién
pues ser nuestra cabeza
Más bien merece, y fundador
ilustre
Del nuevo estado que a rayar comienza?
ALFONSO.
Él
nuestro rey, caudillo nuestro
ALFONSO.
¿Oyes el voto universal? Ahora
Vil deserción
tu resistencia fuera.
(Coge un escudo, y se presenta con
él a PELAYO en actitud reverente.)
No es el trono
opulento de Rodrigo
Cercado de delicias y riquezas,
Sumergido
en el ocio y la molicie,
El que a ti los cristianos te presentan
Los peligros, la muerte, las batallas
Tu débil solio
sin cesar asedian;
Mas la gloria y la patria al mismo tiempo
A par de ti se acercarán con ellas.
Tus vasallos
son pocos, mas leales,
Todos por mí te ofrecen su
obediencia;
He aquí el escudo, emblema del esfuerzo
Con que debes velar en su defensa.
Hasta aquí mi
igual fuiste: desde ahora
Yo te llamo mi rey; y a tus excelsas
Virtudes y a tu gloria el homenaje
Rindo que un tiempo
les dará la tierra.
Plegue a Dios que la nueva monarquía
Que hoy por un punto tan estrecho empieza,
Abarque toda
España, y que tu espada
Cetro del mundo con el tiempo
sea.
PELAYO.
(Poniendo la mano sobre el escudo.)
Pues yo
ofrezco a mi vez, ínclitos godos,
Ser en la dura
lid que nos espera
Siempre el primero, y siempre conduciros
Donde las palmas del honor se elevan.
Respeto eterno a
la justicia juro:
Si en algún tiempo lo olvidare,
puedan
Verter en mi su indignación los cielos
Con
más rigor que el que en Rodrigo emplean.
Deshecho
entonces mi poder...
Escena IV GIJONÉS.
Volved la vista a la desgracia nueva
Que asalta a nuestra
patria: ya Munuza
Su indigna atrocidad descubre entera.
La indulgencia y piedad que antes mostraba
A nuestra desventura,
a nuestras penas,
Fingidas fueron, cebo pernicioso
De su
vil seducción: la ley perversa
De ser esclavo o musulmán
el godo
ALFONSO.
Mañana ser el venturoso día
GIJONÉS.
Sabed
que ahora se observa
Un repentino y grande movimiento
En
su alcázar; las armas centellean,
Y la guardia se
dobla: un mensajero,
De Mérida enviado, es quien
altera
El tranquilo silencio de la noche.
LEANDRO.
Prevengámosle,
godos; que perezca
El tirano mañana a nuestras manos.
VEREMUNDO.
¿Y no teméis la muchedumbre fiera
De sus
soldados? Dilatadlo os ruego:
Bastantes aún no sois;
haced que vengan
A unirse con vosotros los cristianos
Que
esconden fugitivos esas sierras.
PELAYO.
¡O mañana
o jamás! ¿Queréis, por dicha,
Vuestra fortuna
abandonar expuesta
A la cobarde sugestión del miedo,
De la perfidia a la doblez funesta?
Mañana cuando
el bárbaro en la plaza,
Haciendo ostentación
de su insolencia,
Diere esa ley fanática, y el pueblo
Hervir de oculta cólera se sienta,
Entonces todos
levantad a un tiempo
El fiero grito de improvista guerra,
Y proclamando en él la fe y la patria,
Los fieles
concitad a defenderlas.
ALFONSO.
Al ardor que en mí
siento, a la esperanza
Que en este instante el corazón
me alienta,
No hay que dudar, vencemos. ¡Oh cristianos!
Traidor se llame y maldecido muera
El que sin la victoria
o sin la muerte
Su brazo aparte de tan santa empresa.
Sobre
este acero al Dios que nos escucha
LEANDRO.
(Asiendo la mano de ALFONSO .)
VEREMUNDO.
(Acercándose
a ellos en ademán de asir sus manos.)
LOS NOBLES.
(Todos hacen el ademán de ALFONSO , jurando por su
espada.)
PELAYO.
Sí, que mañana al acabar el día,
O vencer o morir el sol nos vea.
Escena I ALVIDA.
Vuelve en tu acuerdo
al fin, mísera amiga:
¿De qué te sirve la
agitada planta
Aquí y allí mover, y en hondos
ayes
Los ámbitos llenar de aqueste alcázar?
A tu anhelante afán nadie responde;
Y el ceño
con que escuchan tus palabras,
Doblándote la duda
y la zozobra,
Doblan también de tu dolor las ansias.
Ven a tu estancia, y el querer del cielo
HORMESINDA.
Ordenará: tú ves cómo en
mi daño
Cuanto pensé ¡infeliz! todo se cambia.
El amor de mi patria y de los míos
Prendió
en mi pecho la funesta llama
Que me va a consumir; este
himeneo
Juzgaba yo que a la afligida España
Anuncio
fuese de quietud, y al moro
De templanza y quietud prenda
sagrada.
¡Qué engaño tan cruel! Formado apenas,
Mi hermano se presenta, me amenaza,
Me aterra... ¡Ah! ¿por
qué el suelo en aquel punto
ALVIDA.
El peso de tu afán: aunque a Pelayo
Ardiendo ves en repentina saña
Por este enlace,
al fin de la prudencia
Escuchará la voz, cuando cerradas
Las sendas todas a vengarse encuentre.
HORMESINDA.
¡Prudencia,
Alvida, en él! ¿Cuándo escucharla
Se le vio
si a su vista se presentan
Gloria, virtud y pundonor y patria?
Vino a perderme y a perderse; él fía
En gentes
abatidas y humilladas,
Donde hallar encendida espera en
vano
De su mismo valor la noble llama.
¿Quién sabe
si a estas horas?... ¿Tú lo viste
Cuando llegó
la misteriosa carta
Que a Munuza de Mérida se envía,
Todo agitarse aquí, doblar las guardias,
Y salir
Ismael... Tiemblo al pensarlo.
¿Si fue un aviso? Incierta
y agitada,
No sé qué hacer. Escucha, no a
mi esposo
Vida le dio una tigre en sus entrañas,
Ni las sierpes de Libia sustentaron
Con ponzoña
y rencor su tierna infancia.
De hombres nació, y
es hombre; y pues que ha sido
Ya sensible al amor, también
entrada
Dará en su pecho a la piedad. Alvida,
Puede
ser que arrojándome a sus plantas,
ALVIDA.
No al eco atiendas de esperanzas vanas.
¿Munuza usar clemencia con Pelayo?
Error ¡funesto error!
Quizá ignorada
Su suerte aún es del moro;
¿y tú serías
La que le señalase a su
venganza?
HORMESINDA.
Con que ¿el perdón a tantos
concedido
Sólo a mi sangre ese cruel negara?
¿Y
nada, al fin, conseguirá mi llanto,
Mis tiernos ruegos,
mi cariño?...
ALVIDA.
¿Qué vale todo al tiempo que le gritan
La voz terrible
del sangriento Audalla,
La ambición de mandar que
te devora,
Su ley feroz, que a la crueldad le arrastra?
HORMESINDA.
¡Así huirán pues mis esperanzas
todas,
Todas las ilusiones de bonanza
Que mi amor se fingió!...
Sí; de los cielos
La saña incontrastable desplomada
Siento que viene sobre mí: la tumba
Me espera, y
allá voy; pero manchada
Con sangre fratricida, odiosa
a un tiempo
A mi hermano, a mi amante...
ALVIDA.
Él se acerca; en ti vuelve, hunde
en tu pecho,
Por no irritarle, tus amargas ansias.
Escena
II MUNUZA , después AUDALLA . - DICHOS
HORMESINDA.
Señor... ya que el rigor fiero y terrible
De que
está vuestra frente acompañada
Otro nombre
más dulce usar me veda...
Decid, señor, ¿qué
súbita mudanza
Es la que encuentro en vos? ¿Cuáles
cuidados
Ora os perturban? Movimiento y armas,
Agitación,
sospechas, ¡qué aparato
Tan diverso de aquel que
yo esperaba
En estas horas ver, en estas horas
Destinadas
a amor y a confianza!
MUNUZA.
¿Qué mucho, al fin,
que las sospechas velen
onde su acero la traición
prepara?...
Vos misma... quizá cómplice...
AUDALLA.
Ya está tu orden cumplida.
HORMESINDA.
Pero entre los consejos de la saña
Memoria haced de mí, de las promesas
Que un tiempo
vuestro labio pronunciaba
En favor de este pueblo: nuestro
enlace
(MUNUZA mueve la cabeza irritado
en señal de que se vayan; HORMESINDA se estremece,
y se van las dos.)
Escena III AUDALLA.
Mas yo la causa a concebir no
alcanzo
De la inquietud, de la impaciencia extraña
Que desde el punto mismo te atormenta
En que a tus manos
se entregó la carta.
Guárdarte de Pelayo ella
te avisa;
La fama de su muerte ha sido falsa,
Y hacia Asturias
camina, donde acaso
Alguna nueva rebelión se trama.
¿Qué más alto favor de la fortuna
Pudieras
esperar? Ella le arrastra
A tu poder, y el golpe que le
acabe
Hace espirar la agonizante España.
MUNUZA.
Llegó el instante, sí, que yo me acuerde
De
donde tuve el ser, que yo renazca
Al noble ardor, a las
costumbres fieras
Que el amor de mi pecho desterraba.
Nunca
hasta en este punto la sospecha
Su atroz ponzoña
derramó en mi alma:
Supe lidiar, vencer, y despreciarlos,
Y dejarlos vivir. ¿Qué me importaba
Que impacientes
mordiesen sus cadenas,
Si ya a romperlas su valor no basta?
¿Quieres saber mi agitación? Pues vuelve,
Vuelve
la vista a la mujer ingrata,
Por cuyo amor y artificioso
halago
El ímpetu detuve a mis venganzas,
Y mírala
también, cual yo la miro,
Cómplice ser de
tan inicuas tramas.
AUDALLA.
Tú sabes bien si mi rencor
perdona:
Cristianos todos son, y esto me basta
Para odiarlos
sin fin; mas por ventura
También, como nosotros engañada,
La muerte de Pelayo ella creía,
Y es inocente en
su traición.
MUNUZA.
No es inocente: el joven que aquí mismo
Hablarla consiguió, vino a avisarla
De esta traición
acaso. ¿Por qué ahora
De la tristeza en vez que antes
mostraba,
De incertidumbre congojosa y viva
La miró
palpitar? Pues tiembla y calla:
La perjura me vende; y...
sangre, sangre
Pide a voces mi amor, vuelto ya en rabia.
AUDALLA.
Ahora sí que en ti encuentro aquel Munuza
Educado en los campos de la Arabia;
Ahora sí que
en ti mira el gran Profeta
El firme musulmán que
antes no hallaba.
No haya lugar a la piedad.
Escena IV PELAYO , LEANDRO , ISMAEL , GUARDIAS . - DICHOS
LEANDRO.
¿Por qué así a tu presencia nos
arrastran?
¿Por qué se ha hollado el respetable asilo
De la hospitalidad, sin que las canas
De un desarmado anciano
librar puedan
Su inocente mansión de vuestras armas?
MUNUZA.
En todos tiempos, en cualquiera sitio,
Al que os
venció en el campo, y ahora os manda,
Debéis
razón de vuestros pasos todos.
¿Quiénes sois?
¿Dónde vais?
LEANDRO.
Gijón; mi padre el lastimado viejo
Que hoy sin respeto tu violencia ultraja,
Este guerrero,
en mis desgracias todas
Amigo fiel, me alivia y me acompaña.
Sin fuerza a quebrantar nuestra coyunda,
Sin paciencia
bastante a tolerarla,
Venir y saludar nuestros hogares
Y huir por siempre de la triste España
MUNUZA.
No encubras la verdad en tus palabras.
Di presto
a qué vinisteis.
PELAYO.
¿Para qué lo preguntas? Si en tu alma
Ya las sospechas sin cesar te gritan
La suerte que mereces,
¿a qué aguardas?
Junta a la usurpación la
tiranía,
Y ahuyente tu temor nuestra desgracia.
MUNUZA.
Mal el orgullo que tu lengua anima,
Y esa arrogante ostentación
de audacia
Con la bajeza infame y alevosa
De tus acciones
pérfidas se hermana.
Rebelde vil y miserable espía
Viniste a sorprender mi confianza,
Mi esposa a acongojar,
y de este pueblo
A alterar la obediencia a mí jurada.
Pelayo, que os envía, no os defiende
Del peligro
mortal que os amenaza;
Y si aún negáis lo
que saber deseo,
La muerte y los tormentos os lo arrancan.
¿Dónde está ese insensato? Respondedme:
¿Cuáles
son sus intentos y esperanzas?
PELAYO.
Quizá si lo
supieses temblarías;
Mas tú, arrogante musulmán,
te engañas
Cuando, en la fuerza y el poder fiando,
Piensas que todo a tu querer se allana.
No cuanto sabe
ansiar logra un tirano
Talar los campos, demoler las casas,
Inundarlas en sangre, esto le es fácil;
Mas degradar
por miedo nuestras almas,
Mas mover nuestro labio a tu albedrío,
Bárbaro, a tanto tu poder no alcanza.
AUDALLA.
No
así oscurezcas tu esplendor supremo
Dando ocasión
a su arrogancia vana:
Jamás así se explica
la inocencia,
Y ya culpables son, pues que te ultrajan.
Mueran, y sirvan de escarmiento a todos.
MUNUZA.
Caerán,
pero no solos; también caigan
Los nobles de Gijón,
Téudis, Fruela,
PELAYO.
De mi silencio cómplices no han sido:
MUNUZA.
Vuela, Ismael, y encadenados todos
Vengan a mi
presencia en este alcázar.
Pelayo
allá donde, se esconde tiemble,
Viendo así
fenecer sus esperanzas,
Y aguarde con terror la suerte que
ellos.
Escena V HORMESINDA.
No tan
gran sacrificio a la venganza
(Corriendo a su hermano, y
en ademán de defenderle.)
Permitido ha de ser. -
Pelayo, el cielo
No ha concedido a tu infeliz hermana
Ser
grande como tú; pero a lo menos
Te defiende en tu
riesgo, te acompaña
En tu muerte. Munuza, esté
el camino
(Puesta entre los dos y señalando su pecho.)
Es el que se ha de abrir tu injusta espada
Si va a buscar
su corazón.
LEANDRO.
¿Qué
pronuncias, desdichada?
PELAYO.
Pelayo soy: la suerte se declara
Entera a tu favor, no la desprecies:
Suelta la
rienda a tu impaciente saña,
Envuelve a esa infeliz
en mi destino,
Y en el morir iguálanos: ¿qué
tardas?
Yo te aborrezco y te persigo, y ella
(No hay delito
mayor), ella te ama.
HORMESINDA.
Cesa, cesa, cruel. ¡Divinos
cielos!
¿A quién irán primero mis plegarias?
A quién persuadirán que de su pecho
Despida
esa altivez, esa arrogancia,
Que al uno lleva a perdición
segura,
Y a abusar de su fuerza al otro arrastra?
Si mis
suspiros débiles no os vencen,
Si este llanto que
vierto no os ablanda
Saciad en mi los dos a un mismo tiempo
Esa sed de venganza que os abrasa.
Nadie es culpable aquí
sino yo sola;
Yo he faltado a mi sangre y a mi patria,
Y a mi esposo también: ¿cuál es el brazo
Que
de una vez mi desventura acaba?
¡Oh Munuza! Ese alfanje
tan teñido,
Ya enseñado a verter sangre cristiana,
Será mas diestro a derramar la mía.
Siega
al punto con él esta garganta;
Siégala, y
presta a tu infeliz esposa
En tan fiero rigor su última
gracia..
MUNUZA.
No abuses más de la indulgencia mía,
Que, aún a pesar de tus ofensas,
habla
En favor tuyo; y con silencio y miedo
Mis soberanas
órdenes aguarda. -
Tú el duro estrecho en
que te ves contempla.
Ni arbitrio ya te queda
ni esperanza
MUNUZA.
Conozco tu valor, sé tu constancia,
Y entiendo bien que a contrastar tu pecho
Vano es el riesgo,
inútil la amenaza;
Pero esos infelices que arrastrados
Son en aqueste instante hacia el alcázar;
Pero toda
Gijón. que al pronto incendio
De mi furor se mirará
abrasada;
Todo te manda doblegar tu orgullo
¿Quieres salvarlos?
Di, ¿quieres salvarla?
MUNUZA.
Humilles esa frente temeraria,
Y de obediencia
dándoles ejemplo,
La autoridad augusta y soberana
Del Califa respetes. De perfidia
Sé que no eres
capaz; tu fe me basta.
Júralo por tu honor y el Dios
que adoras,
Y Gijón y tus cómplices se salvan.
PELAYO.
Dices bien, musulmán, en este pecho
Jamás
halló la falsedad entrada,
Y primero faltara el sol
al día
Que a sus pactos Pelayo y sus palabras;
Mas
oye: si en mi vida algún momento
Hubo en que esta
lealtad idolatrada
Pude animarme a profanar, es éste
En que me incitas a jurar mi infamia.
Fe te jurara, sí,
mas solamente
Por librar de la muerte que ahora amaga
Ese
afligido pueblo y mis amigos;
Mas sólo por el tiempo
que tardara
En hallar un puñal que en sangre tuya
Lavase al fin de mi baldón la mancha.
Pero nunca
el oprobio salva a un pueblo;
Nunca aquél que cobarde
se degrada
A la opresión doblando la rodilla,
Después
su frente hacia el honor levanta.
Esto bien lo sabéis,
viles tiranos.
MUNUZA.
Tú dictas, insensato, en tus
palabras
Escena VI ISMAEL.
Pronto acudid.
señor; Gijón alzada
Se niega a obedecer; los
nobles fieros
De la atroz sedición soplan la llama,
Y al nombre de Pelayo, que repiten,
El pueblo ciego con
furor se exalta.
La sangre corre, vuestros guardias caen
MUNUZA.
Vamos a alzar el formidable azote
Sobre
esa muchedumbre vil y esclava.
AUDALLA.
Mas ¿qué ordenas,
en fin, de estos cristianos?
MUNUZA.
Ellos a las mazmorras
del alcázar,
PELAYO.
Ya el Dios de los ejércitos levanta
Contra tu usurpación: tiembla; caíste,
MENUZA.
Sé mi esclavo hasta el fin:
cualquier que sea
La suerte que me aguarda en la batalla,
Vencedor te condeno al escarmiento,
Vencido te consagro
a la venganza.
El teatro representa una mazmorra.
Escena I LEANDRO.
En esta cárcel lóbrega, espantosa,
Donde toda esperanza se nos niega,
Donde tiene la muerte
en nuestro daño
Su mano inevitable ya suspensa,
No al fin el hado adverso que nos pierde
Enteramente su
rigor desplega,
Y el alivio, aunque amargo, nos permite
De unir nuestro dolor y nuestras quejas.
Mas tú
entre tanto silencioso escuchas,
Y sumergido en tu profunda
pena,
Ni aún levantas los ojos a tu amigo.
¿Acaso
el heroísmo, la firmeza
Que tantos males superaba
un tiempo,
En el último trance ya flaquea?
PELAYO.
¡Tu amigo desmayar! ¡Ah! tú lo sabes
Si de tan santa
causa en la defensa
Esquivé alguna vez riesgo o fatiga.
¡Mas mientras dura la mortal pelea,
En ocio vil y vergonzoso
verme
Esperando la muerte como espera
La maniatada víctima
el cuchillo!
LEANDRO.
Cuando el forzoso término se
acerca,
¿Qué vale murmurar contra el camino
Que
sin recurso a fenecer nos lleva?
No, empero, sin venganza
al fin morimos,
PELAYO.
Llamarlos con mi vez, darles aliento,
¡Al eco ronco
de las armas fieras
Exaltarme y lidiar! Y si el destino
Triunfaba de mi vida en la pelea,
Muriera; pero al menos
combatiendo
Contra esos fieros árabes muriera.
Así
el fin a mi vida igualaría,
Así el poder y
dignidad suprema
A que ayer me vi alzar se autorizaban;
Mas yo preso aquí estoy, y ellos pelean;
Ellos mueren
con honra, yo en oprobio.
LEANDRO.
Basta a tu gloria tu inmortal
carrera;
Y el mundo todo al contemplar tu suerte,
Llanto
y admiración hará sobre ella.
Tú cual
Pelayo morirás; mi alma,
De ardor sublime y de constancia
llena,
Se elevará a tu ejemplo, y del destino
Sabrá
a tu lado resistir la fuerza.
Digna de ti será mi
última hora;
Y cuando en las edades venideras
Los
hijos de la patria honren tu nombre,
También de mí
se acordarán sus lenguas
«En vida, en muerte acompañó
a Pelayo,»
Dirán: y mi alabanza será eterna.
PELAYO.
¿Sabes si tienes patria todavía,
Infeliz?
¿Si a este tiempo, ya deshecha
La flaca resistencia de los
nuestros,
Coronan sus cabezas las almenas
En los muros
del pueblo?... ¡Oh Dios del mundo.
Señor de la victoria
y de la guerra,
¿Has resuelto otra vez abandonarnos?
¿Viven
pintadas en tu mente excelsa
Las culpas de Vitiza y de Rodrigo,
Sin que ya nuestra fe borrarlas pueda?
¡Piedad, piedad!
Tiempo es aún; perdona.
Cuando entregada esta región
se vea
A la superstición abominable
Con que tu nombre
el árabe blasfema,
¿Será mayor tu gloria?...
¡Ay! que algún día
Ha de llegar en que sereno
vuelvas
Hacia España tus ojos, y mirando
Las plagas
que tu enojo echó sobre ella,
De tan fiero rigor
tú mismo llores,
Y entonces tarde a la clemencia
sea.
LEANDRO.
¿Oyes, Pelayo? La mazmorra se abre,
Llegó el momento de morir.
PELAYO.
Yo a Dios bendigo en él; venga, y acabe
La
horrible incertidumbre, la impaciencia
Escena II HORMESINDA , ALVIDA . - DICHOS
PELAYO.
Desventurada? ¿Acaso la fiereza
De ese bárbaro
atroz aquí te envía
Para que a nuestro fin
presente seas?
HORMESINDA.
No, Pelayo: tu riesgo y mi cariño
Me hacen volar ansiosa a tu presencia.
PELAYO.
¡Oh
Dios! Con que ¿vencido
Es también nuestro esfuerzo
en esta prueba?
HORMESINDA.
Tal vez ya lo será: desde
la torre
Vi con terrible estrépito las puertas
Abrirse
del alcázar, y furiosos
Arrojarse los árabes
por ellas.
Ya allí el tumulto bélico llegaba,
Cuando al ver a Munuza, al ver su diestra
Armada del alfanje
irresistible
Que tantas veces vencedor le hiciera,
En aquel
primer ímpetu arrollados
Los nuestros, de repente
titubean;
Y aunque siempre luchando, al fin el campo
Les
es fuerza ceder. La lid se aleja,
Y entre los espantosos
alaridos
Que al batallar horrísono se mezclan,
De
cuando en cuando el eco se distingue
En que Pelayo y Libertad
resuenan.
Un momento después esos guerreros
A quienes
nuestra guardia y la defensa
De aqueste alcázar encargada
ha sido,
Casi todos ardiendo a la pelea
Se precipitan;
los demás al ruego
Cediendo y a mis dádivas,
nos dejan
La senda libre que hasta el mar conduce.
Armas
allí tenéis; el tiempo vuela;
Venid, huyamos;
que Hormesinda al menos...
¡Ah, perdona estas lágrimas
postreras
Que un desdichado amor saca a mis ojos!
Que Hormesinda
en salvarte feliz sea.
PELAYO.
¿Qué pronuncias? ¿Huir?
Leandro...
HORMESINDA.
Adónde vas, cruel? ¿No ves
mi pena,
PELAYO.
A la victoria voy: ya nos entrega
El Dios omnipotente
ese tirano,
Pues al fin libres combatir nos deja.
(Dirigiéndose
hacia el sitio del combate)
Amigos, alentaos; nuestro es
el día,
Como fue suyo el de Jerez: mi diestra
Victoriosa
os conduzca hacia este alcázar,
Ella os enseñe
a derribar sus puertas,
A arder sus techos, derrocar sus
muros,
A no dejar en él piedra con piedra.
Escena III HORMESINDA.
¿Cómo
de un frenesí tan desatado
El ímpetu atajar?...
Mas ¿quién me veda
Correr también de la batalla
al campo,
Y entre esos fieros adversarios puesta,
Sus golpes
recibir? Quizá uno y otro
Con sólo mi morir
contentos sean.
ALVIDA.
¿Así qué lograrás?
Buscar tu daño
Y aumentar su furor con tu presencia.
Ya ni a la sangre ni al amor te fíes:
Cuando retumba
el eco de la guerra
Ellos exhalan sus endebles gritos,
HORMESINDA.
Si éste no me conoce por hermana,
Y de esposa el
cariño aquel me niega,
Aún de esposa y de
hermana el dulce afecto
Para mayor tormento en mí
conserva.
Ya en tan amarga situación yo debo
Al
que más infeliz de ellos se vea
Acudir, defender...
Sé que el destino
No me deja elección; sé
que la senda,
De espinas erizada y de amargura,
Por donde
al precipicio me despeña,
Me es fuerza andarla toda:
tú entre tanto
Abandona a esta víctima dispuesta
Escena IV MUNUZA , sin alfanje; ISMAEL ,
MOROS . - DICHOS
MUNUZA.
No así me aconsejéis: tras de la
mengua
De ser vencido, la venganza sola
Es el placer que
el cielo me reserva.
¡Oh confusión! ¿Quién
de las manos mías
Ha arrancado el alfanje? ¿En dónde
quedan
Audalla y sus valientes? ¿Por ventura
Todos han
muerto en la fatal pelea,
O todos ya, mirándome caído,
De seguir a Munuza se avergüenzan?
HORMESINDA.
Tu esposa
no: por medio a los contrarios,
Sin aterrarse de sus armas
fieras,
Ella te salvará; su tierno pecho
Será
el escudo en que los golpes hieran
Ellos se acordarán
de tus piedades...
MUNUZA.
¿Quién te trae ante mí?
¿Por qué renuevas
En mi mente hostigada la memoria
De mi descuido y criminal flaqueza?
Ella es ahora mi mayor
verdugo;
Por ti perdonó un tiempo mi clemencia
A
esta ciudad rebelde que al instante
Debió ser igualada
con la tierra.
Por ti dejé vivir sus moradores;
Por ti, en fin, sin arbitrio, sin defensa
En la horrenda
traición que me asesina
HORMESINDA.
Tu imprudente furor! No desconozcas
La postrera
esperanza que te queda
MUNUZA.
Cuando mis muertos árabes me vuelvas;
Cuando mi gloria... di por tantos bienes
Como tu desastrado
amor me lleva,
Ya ¿qué te resta por hacer?
HORMESINDA.
Queda en esta mansión de tu grandeza;
Yo saldré,
yo a las plantas de Pelayo
Me arrojaré, le rogaré,
y es fuerza
Que respete tu vida, o que contigo
Perecer
a Hormesinda se conceda.
MUNUZA.
¡De Pelayo! ¿Qué
dices? Al instante
Arrástrale, Ismael, a mi presencia.
Quiero partirle el corazón yo mismo,
Quiero lanzar al pueblo su cabeza;
Decirle: «Ahí
le tenéis;» y complacerme
Cuando se cubran de terror
al verla.
HORMESINDA.
No le busquéis. ¡Oh Dios! quizá
se acerca
Ya vencedor aquí: cede a su suerte.
MUNUZA.
Mas ¿quién fue el temerario que las puertas
MUNUZA.
¡Ah infeliz! ¿fuiste tú? Muere,
perversa,
Y que mi mano en el abismo te hunda,
Donde tu aleve ingratitud me lleva.
HORMESINDA.
(Cayendo
en los brazos de ALVIDA .)
MUNUZA.
Me
vengué; corred conmigo
A encontrarle, a acabar...
(Óyese ruido de los cristianos que llegan.)
ISMAEL.
Los cristianos le siguen vencedores:
¿Qué
resolvéis, señor? La resistencia
Escena V PELAYO , LEANDRO , ALFONSO y demás
NOBLES
PELAYO.
A Hormesinda salvad; Munuza muera.
MUNUZA.
Munuza
muere, sí; mas por su mano;
(Se hiere, y señala
donde está HORMESINDA .)
Mas después de vengarse:
mira.
(Cae: PELAYO y los cristianos acuden a HORMESINDA ,
dejando a MUNUZA y a los moros detrás de sí.)
PELAYO.
Y espirando... ¡Ah cruel!...
HORMESINDA.
Esa voz amorosa en mis oídos!
¡Cómo
el rigor de mi agonía templa!...
Mi amor no halló
perdón... Vino el castigo,
¡Y por cuál mano!...
Adiós: venciste... reina...
Pero tal vez en tus gloriosos
días
Algún recuerdo esta infeliz te deba..
Esta infeliz... que por ti muere...
PELAYO.
¿Está ya tu justicia satisfecha?
Españoles,
la sangre de Pelayo
Bañando está la cuna que
sustenta
Vuestro imperio naciente y otro duelo
Que vano
luto y lágrimas espera.
Muerto el tirano veis: ya
no hay reposo;
Siglos y siglos duren las contiendas;
Y
si un pueblo insolente allá algún día
Al carro de su triunfo atar intenta
La nación que
hoy libramos, nuestros nietos
Su independencia así
fuertes defiendan,
Y la alta gloria y libertad de España
Con vuestro heroico ejemplo eternas sean.