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Obras

Manuel Tamayo y Baus

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Tragedia en cinco actos

A ti, padre mío; a ti que lloras aún la muerte de mi madre.

Madrid 8 de Septiembre de 1853.

SR. D. MANUEL CAÑETE.

Terminada al fin la obra que hasta hoy ha sido mi mayor delicia y mi más cruel amargura, alimento casi exclusivo de toda mi alma, vuelvo a ti los ojos, Manuel mío, queriendo dar treguas al torturado pensamiento en el blando regazo de la amistad; y así como enfermo que en vano trata de poner en olvido su dolencia, siento que de nuevo se entra por mis sentidos con más vigoroso empeño aquella dulce enemiga de quien ya me juzgaba libre.

Y cuando no me autorizase a derramar en la tuya mi alma el nudo, nunca aflojado siquiera, de nuestro mutuo y desinteresado cariño, diérame a ello derecho suficiente el indomable entusiasmo y no quebrantada constancia con que, pródigo de tu erudición y talento en bien de la juventud que siente y cree, procuras disipar las tinieblas y señalar los escollos del traicionero laberinto en donde yacen ocultas Melpómene y Talía.

Ruégole, sin embargo, mi querido Manuel, que me perdones si te importuno demasiado, abandonándome todo a las tumultuosas reflexiones que en este momento me absorben y dominan a pesar mío.

¿Qué es Virginia? ¿Qué debería ser la tragedia para conseguir carta de naturaleza en la España de 1853?

Perdidamente enamorado de un género de literatura que siempre ha sido rey en la escena, y deseoso de que alguno de los jóvenes que tanto me aventajan en habilidad y talento dé cumplida cima a lo que yo vanamente hubiera intentado, juzgo además oportuno trasladar a esta carta, que tú, sin duda, me permitirás hacer pública, los no infundados recelos que son agrio fruto de mis reflexiones.

Las tragedias de Cienfuegos, el _Pelayo_ de nuestro gran Quintana, y el Edipo de Martínez de la Rosa, superior acaso a los de Sófocles y Voltaire, son preciosas joyas de la literatura nacional; D.ª Gertrudis Gómez de Avellaneda, D. José Díaz y otros, han cultivado este género recientemente; el bellísimo drama del Sr. Cervino titulado _Sara_ puede considerarse, a mi juicio, como un paso muy feliz en la regeneración de la tragedia; pero no bastando a destruir una regla algunas excepciones honrosísimas, puede asegurarse que la tragedia clásica no vive en nuestra literatura.

¿Por qué nunca ha podido aclimatarse en nuestro suelo el que siempre ha sido considerado como el más perfecto, el más noble linaje de poemas dramáticos?

La obra concluida hoy por mi pluma tosca y desmayada es una tragedia. Si la condena el público, ¿no habré contribuido, por más que se tenga en cuenta mi incompetencia, a robustecer la opinión, apenas combatida, de que la tragedia no puede sostenerse en la escena española, retrayendo tal vez del plausible propósito de probar lo contrario a más expertas y vigorosas plumas que la mía?

Este doloroso temor, amigo del alma, me obliga a declarar en alta voz que mi Virginia no es lo que, en mi concepto, debería ser la tragedia para lograr alzarse victoriosa en la España de nuestros días; y aun cuando no ignoro que en tan asendereada cuestión nada nuevo puede decirse, deber mío es recordar en este sitio algo de lo que todos saben, manifestando a la vez mis propias opiniones, aun cuando haya de ser con el desorden natural en quien escribe sin previo análisis ni coordinación de ideas.

Hija la tragedia francesa de la tragedia antigua, quiso seguirla paso a paso, en cuanto era posible hacerlo así, dada la distinta índole de dos épocas tan separadas. Este sistema, merced al poderoso numen de Corneille y de Racine, al común acierto de sus innumerables émulos o imitadores, y a los respetables preceptos de la crítica, escudado por el venerando ejemplo de la antigüedad, y despótico señor de la literatura del portentoso siglo XVII en Francia, dio leyes al mundo y redujo desgraciadamente la tragedia clásica a la triste condición de planeta estacionario.

¿Carece, por ventura, de defectos? ¿No es susceptible de mejora este tipo de belleza que, realzado en el teatro griego por el candor y la virginidad del recién nacido, es hoy contumaz y gastado caduco?

Yo creo firmemente que en las bellezas parciales de sus obras llegaron los griegos a un punto de perfección que no se ha sobrepujado, ni aun igualado después; pero creo también que para que la tragedia conquiste en nuestros días el puesto preferente que le corresponde, es fuerza romper la cadena que, en cierto modo, une aún la tragedia moderna con la antigua, si bien las que en ésta son bellezas indudables han mudado naturaleza, y son en aquélla defectos, de los que nunca perdona un auditorio del siglo XIX.

Los coros, profusamente prodigados en el poema trágico de la antigüedad y enteramente ajenos al argumento de la fábula, contribuían a estrechar más y más la acción, casi siempre esclavizada por las unidades de tiempo y de lugar. Reducido el poeta a trazar un solo momento de la vida de su héroe, el dolor tampoco tenía por lo común más que una sola manifestación; y exento las más veces el poema de la peripecia, que consiste en el cambio de la situación moral de los personajes, adolece necesariamente de cierta monotonía y languidez. Los griegos trazaban en sus obras, más que humanos, ciegos instrumentos de los dioses, que, libres de combates consigo mismos, caminaban derechos a su fin, sin estorbo ni detención alguna; resultando de aquí que, considerados los caracteres y los sentimientos como un efecto de la fatalidad, carecen de variado y profundo desarrollo, y el poema, en general, de aquella importancia moral y filosófica que tanto le enaltece convirtiéndole al ejemplo y enseñanza de las naciones. El teatro en Grecia, por otra parte, tenía un carácter esencialmente político y religioso, y el poeta no necesitaba redoblar sus esfuerzos para interesar y conmover a la multitud, seguro de lograrlo al recurrir a la superstición, o al ensalzar los hechos de los más ilustres antecesores de un pueblo tan virgen y entusiasta. Aun el mismo teatro contribuía a facilitar la ilusión. El teatro antiguo, según las palabras de Saint-Marc de Girardin, tenía por techo el firmamento, y por decoraciones las montañas y los mares; y cuando Ayax saludaba al sol por última vez, el sol brillaba efectivamente en el cielo, iluminando el rostro moribundo del héroe y las afligidas miradas de los espectadores; y cuando exclamaba: «Salamina, suelo sagrado de mi tierra natal», éstos podían ver a Salamina y su golfo esclarecido; y cuando decía: «Bella y gloriosa Atenas, dulce hermana de mi patria», Atenas entera estaba delante de sus ojos. El poeta en la antigüedad todo lo hallaba virgen, y tenía a su disposición el cielo, el mundo y el infierno: los espectadores abrían el desnudo pecho a todas las impresiones que quería hacerles experimentar, y libre de crecido número de rivales, lograba fácilmente espontánea y duradera admiración.

De todos estos elementos combinados nacieron las bellezas que tanto nos admiran, y los que no pudiendo llamarse defectos en el teatro antiguo, lo son aún imperdonables en el teatro clásico moderno.

Los franceses y los italianos, sin tener en cuenta que la índole especial de un género de literatura cualquiera nace del influjo que sobre él ejerce el espíritu de una época dada, se amarraron gustosos con la triple cadena que muchas veces no había pesado sobre la Melpómene antigua; restableciendo y aumentando las opresoras trabas, y atentos muy particularmente a despojar los caracteres y las pasiones de todo movimiento y variedad. Y como la sencillez de los griegos no era ya natural entre los escritores de los siglos XVII y XVIII, resultó que, degenerando poco a poco la imitación, lo que en el teatro antiguo fue disculpable trivialidad, magnífica sencillez, y muchas veces vigorosísimo arrebato, vino a ser en Francia, y más aún en Italia, afectación, amaneramiento y monotonía.

Firmes en el propósito de dar a la palabra y al sentimiento un tinte convencional de grandeza y decoro afectados, carece este género, por lo común, de toda la flexibilidad apetecible; y esta circunstancia, combinada con la pobreza del artificio, hace que todas las tragedias tengan un colorido análogo por cierta semejanza en la trabazón de la fábula y en el modo de hablar, pensar y sentir de sus personajes, héroes o esclavos, grandes o pequeños.

Los escritores del presente siglo que ponen su mayor conato en dar lógica combinación al plan de una comedia o drama, esto mismo es lo que más descuidan al tratar de componer una tragedia; y libres, por fortuna, de las trabas que motivan la uniformidad de expresión en la tragedia francesa e italiana, sacrifican, sin embargo, el interés a la monotonía de una sencillez rebuscada, la verdad a una grandeza casi siempre deslustrada por la afectación. Quizá sin darse cuenta a sí propios rinden a la tradición un culto idólatra, y se creen en el deber de despojar la fábula de la belleza del artificio en su parte material, y del interés que nace de las diferentes alternativas de toda pasión o carácter en su parte espiritual. Ni juzgo conveniente el que italianos y españoles hayan convertido en razón de belleza lo que entre los franceses es pura razón de necesidad. Si ellos escribieron y escriben, así la tragedia como la comedia y el drama, en un mismo metro invariable, es porque, como todo el mundo sabe, no tienen otro a propósito; pero cuando los mismos antiguos autorizan lo contrario, ¿a qué encerrarnos nosotros en tan vicioso círculo, con perjuicio notorio del poema dramático, que tanto pierde así del movimiento y galanura de su forma indígena? Esta reforma ya admitida, pero no suficientemente autorizada, contribuiría también, sin duda alguna, a españolizar la tragedia, haciendo más fácil su vencimiento en el teatro.

Quizá no sea posible adelantar un solo paso en el perfeccionamiento de varias de las dotes que ilustran ya la tragedia, levantándola sobre todos los demás géneros de literatura dramática; mas ¿perdería mucho, por ventura, si trocase sus envejecidos defectos por las lozanas cualidades del novísimo poema dramático, dócil al soplo perfeccionador de los siglos? Muchos rigurosos preceptistas prefieren, sin embargo, verla muerta para la literatura de la presente edad, a verla renacer con forma adecuada al espíritu de la época en que vivimos. El ya mencionado y justamente célebre Saint-Marc de Girardin, entre ellos, trata de probar que en lo antiguo todo era acabada perfección, y todo imperfección en lo contemporáneo; que los griegos pintaban las pasiones con verdadero colorido, y que ahora se equivoca por lo común el dolor físico con el moral, y en vez del sentimiento se retrata el instinto. Varios de los parangones que establece para probarlo me parecen inoportunos cuando menos; pero, por lo demás, no seré yo el que me atreva a impugnar a los que condenan toda situación violenta en los productos del entendimiento, y aspiran a proscribir del teatro todo lo que sobresalga un poco del orden más general de la Naturaleza, fundándose en que el exceso del dolor priva al hombre de su manera de ser. Pero ¿cuántos ejemplos irrecusables no podrían citarse en contra de tan sistemática doctrina? Y en el terreno de la realidad, ¿cuántos serán los que no hayan sentido mil veces ofuscada y vencida su razón a los rudos embates de las pasiones, siempre tan intranquilas y arrebatadas que, aun dado el carácter más apático, la menor contrariedad le lastima y ensoberbece? Y ¿no resultará una enseñanza profundamente saludable de hacer ver el extremo de angustia y degradación a que puede llegar el hombre impulsado por una pasión desordenada no reprimida a tiempo?

Sabido es, mi querido Manuel, que sólo la época en que los ingenios florecen es responsable de un defecto común a los más diestros como a los menos hábiles, y no negaré yo que así como las circunstancias especiales de los autores trágicos en Grecia dio a veces por resultado la trivialidad, así también entre los modernos produce a menudo el no menos reprensible defecto de la exageración, la exuberancia de vida de la sociedad que los conmueve, y los desesperados esfuerzos que necesitan hacer para ganar o no perder un nombre. Hoy apenas halla el poeta un solo carácter, idea o sentimiento que no esté ya beneficiado, y tiene que luchar al mismo tiempo con la afectada susceptibilidad de los que sólo gustan de ver la superficie del hombre en el teatro, y la de los que todo se lo exigen y se lo vedan todo. Pero ¿cuándo se han trazado con más delicadeza de expresión, con más vigoroso colorido que ahora, los más recónditos arcanos del alma? ¿Cuándo la ficción ha imitado más perfectamente la verdad? Triste propensión la que nos inclina a despreciar todo lo que existe a nuestro lado, que es despreciarnos a nosotros mismos. Yo, el más humilde de todos, pero más afortunado que otros muchos, no necesito para divinizar al gran escritor esperar a que desaparezca de la tierra, por más que pueda ver al hombre con mis propios ojos, tal cual le hayan hecho la Naturaleza y la sociedad.

Ni se me diga que la tragedia dejaría de serlo si experimentase modificaciones en el carácter que la ha determinado hasta aquí. Esto equivaldría a querer que la comedia fuese siempre como la de Aristófanes o Terencio, o bien como la de Molière. La tragedia clásica, a mi ver, puede reformarse y regenerarse como la comedia y como el drama mismo, sin perder el sello peculiar que la distingue; sin confundirse en manera alguna con el drama llamado romántico; sin dejar de ser, respecto de los demás géneros de literatura dramática, lo que el severo y majestuoso ciprés respecto de los demás árboles.

Nada que es difícil puede ser despreciable: ¿cómo ha de poder serlo el artificio dramático? Toda producción del arte se compone de dos elementos distintos: la estructura y la esencia; el cuerpo y el alma. Cuánto es más importante la segunda que el primero, no es menester decirlo; pero así como es difícil adivinar un alma hermosa en un cuerpo contrahecho y exiguo, así, en el poema dramático sobre todo, el artificio pobre y mal combinado debilita y encubre las bellezas del pensamiento.

Nunca fue ni será bastante en España para componer una tragedia inventar dos o tres confidentes que escuchen impasibles de boca de sus dueños, o se cuenten entre sí, lo que haya pasado o vaya sucediendo en el transcurso de la obra, y un mensajero o personaje episódico que en minuciosa relación describa su desenlace.

No quiere tampoco el público de nuestros días ver a Medea, por ejemplo, siempre furiosa e irritada contra su pérfido amante, formar desde luego y llevar a cabo, sin obstáculo moral ni material, el propósito de dar muerte a Creón y su hija, prometida esposa de aquél, para clavar después el hierro homicida en el pecho de sus propios hijos.

El público de nuestros días quiere que la acción de la obra dramática se enlace primero para ser desenlazada después; y no que sea, como sucede en la tragedia puramente clásica, un desenlace prolongado. El público de nuestros días querría que Medea no fuese sólo la venganza: querría que fuese el amor, el sacrificio, el desengaño, el dolor, la cólera, los celos, la mujer y la madre, y la venganza, al fin, triunfadora de todo.

Voltaire, más atrevido que sus predecesores y coetáneos, deploraba ya la esclavitud a que el ingenio se veía reducido en su patria y envidiaba la cualidad soberana del teatro inglés. He aquí el secreto: el teatro inglés había tenido a Shakespeare por padre, así como el teatro español debía la vida a Lope de Vega y Calderón. El más alto privilegio de los seres prodigiosos, que verdaderamente pueden llamarse creadores, es el de transmitir su espíritu a las generaciones futuras. El de Shakespeare vivía y vivirá siempre en Inglaterra, como el de Lope y Calderón en España. La rica y portentosa vena de estos tres colosos ha dado un carácter indestructible a entrambas literaturas. La bandera enarbolada por ellos en dea todavía triunfadora en ambas naciones sobre las ruinas de la tradición, proclamando la libertad del ingenio.

Y por otra parte, ahora sólo van muchos al teatro a matar el fastidio durante algunas horas, y el autor dramático se dirige a una multitud que, al comenzarse la representación, apenas puede desprenderse de los graves o ridículos pensamientos que la absorben. La política, en que hoy interviene desde el más alto al más pequeño, y tanto preocupa a todos; los azares de las operaciones mercantiles, alma de las sociedades modernas; el afán desmedido de medro, que, merced a fabulosos ejemplos de fortunas improvisadas, punza y exacerba a los más humildes; el necio alarde de no pequeña parte de nuestra juventud de desdeñarlo todo y burlarse del dolor ajeno, así en la realidad como en la ficción; la ridícula manía de los muchos que siempre están dispuestos a satirizar lo humano y lo divino con tal de hacer reír a costa del prójimo; los celos literarios, tan enconados hoy que a veces no perdonan ni a los ingenios más ilustres la envidia, prodigiosamente desarrollada y más despierta que nunca; la impaciencia, soberana absoluta del siglo XIX; todo, todo conspira contra el escritor dramático en la refinada y turbulenta sociedad en que vivimos.

Ahora los buques surcan los mares sin necesidad de viento que los impulse; el vagón vuela inflamado por la llanura destruyendo la distancia; la palabra cruza el espacio en alas del pensamiento; mil y mil portentosos descubrimientos se suceden a la carrera; atropéllanse los trastornos que mudan la faz a los pueblos; todo es agitación y vida, todo tiene proporciones colosales: el amor y el odio, la cobardía y el heroísmo, la perfidia y la lealtad, la frivolidad y el arrebato, el indiferentismo y la abnegación, la duda y la creencia; y gastada el alma a fuerza de nuevas y terribles impresiones, la sociedad es otro Prometeo, y el ansia de la novedad buitre insaciable que le devora las entrañas.

Y para conmover el alma y fijar la atención de un auditorio del siglo XIX, ¿no será preciso retratar su vida, su agitación, su manera de ser, ese indefinible conjunto de miseria y grandeza, en todo poema que aspire a obtener su aprobación en el teatro? ¿No será preciso romper, pulverizar las cadenas de la tradición, haciendo que la tragedia interese y conmueva como el drama moderno, aun cuando pierda algo de su severidad majestuosa?

Menos desabrida sencillez, más lógico artificio; menos descriptiva, más acción; menos monótona austeridad, más diversidad de tonos, más claroscuro en la pintura de los caracteres; menos cabeza, más alma; menos estatua, más cuadro.

Tal debería ser la tragedia, o mucho me engaño, queridísimo amigo, para lograr carta de naturaleza en la España de 1853.

¿Son éstas las alteraciones que me he propuesto introducir en la presente obra? No me he propuesto introducir ninguna. Exacto regulador de mis propias fuerzas, no he intentado descubrir un nuevo rumbo, y sólo el irresistible incentivo de mis gustos y tendencias particulares me ha impulsado a hermanar algún tanto en ella el elemento moderno con el antiguo.

Decidido a ensayarme en el género de que se trata, y creyendo que esta tragedia mejor que otra alguna podría tener en nuestros teatros ventajosa interpretación por la índole especial de los personajes que en ella figuran, di principio a tan ardua tarea con el calor de un entusiasmo virgen todavía, y animado, sobre todo, por la firme convicción de que la excelencia del asunto sería escudo protector a las imperfecciones de su desempeño. El pobre edificio construido por mi débil numen se apoya en dos fortísimas columnas: el amor a la honra; el amor a la libertad. Si mi _Virginia_ desagrada, mía es toda la culpa; si, por lo contrario, alcanza éxito feliz, a aquellos dos sentimientos, tan puros como grandes, seré deudor de toda la gloria.

Muchas eran las tragedias escritas sobre el mismo asunto; pero ninguna de ellas goza de gran popularidad, exceptuando una sola, que tampoco es la obra maestra de su autor. Esta reflexión, y la no menos convincente de que casi todos los asuntos _teatrales_ de la historia romana están beneficiados en multitud de producciones trágicas, me alentaron a arrostrar aquel inconveniente, teniendo también en cuenta la circunstancia de ser bastante pálidas y desabridas las _Virginias_ trazadas por pluma española. Mairet, Dutheil, Leclerc, Chabanon, Le Blanc, Campistron, La Harpe y Latour de Saint-Ibars en Francia; Alfieri en Italia; el Conde Leopoldo en Suecia; y Juan de la Cueva, Montiano y Ledesma en España, entre otros, han presentado en obras dramáticas la muerte de Virginia y la caída del decenvirato. Conozco las de Alfieri, Latour de Saint-Ibars, Leopoldo, Montiano y Ledesma, y la traducción que de la del primero hizo tan hábil y vigorosamente nuestro erudito Solís. Las otras de que tengo noticias no han llegado a mis manos.

El grandilocuente arrebato de la de Alfieri, los rasgos atrevidos y gran tesoro de bellezas de la de Latour de Saint-Ibars, y las patéticas situaciones de la del Conde Leopoldo, hacen resaltar a mis propios ojos las imperfecciones, y bajeza de la mía; pero aún me lisonjeo de que, comparada con las de Montiano y Ledesma, podrá sostener con ventaja la competencia.

Alfieri presenta a Virginio por primera vez en la mitad de la obra, sabiendo ya la atroz desventura de su hija; Montiano sólo le hace intervenir en el final. Yo he creído, con Latour de Saint-Ibars, que para que después interesasen hondamente sus dolores era preciso darle a conocer primero como virtuoso ciudadano y amorosísimo padre; prefiriendo parecerme a este último escritor, en la dura alternativa de tener que parecerme a alguno de los que antes que yo habían dado vida literaria a este suceso. Más padre que romano, tal como sistemáticamente se comprende este carácter, mi Virginio se diferencia por esta circunstancia de los demás que conozco, y creo que, mala o buena, es creación que exclusivamente me pertenece.

Lo mismo puedo decir, y tal vez con más sólida razón, del decenviro Claudio, cuyas fuertes y variadas tintas difieren en todo de las que hasta ahora se habían dado a este personaje. Cobarde y temerario a la vez, teme al noble soldado y al antiguo tribuno; teme a Roma; ríndese falto de aliento y vida no bien se alza delante de sus ojos el airado fantasma de la superstición, y tiembla de sí mismo; pero ni la tierra ni el cielo pueden detenerle en su carrera, y, simbolizando siempre la obstinación más ciega y desordenada, atropella todos los obstáculos y corre de escollo en escollo hasta precipitarse en el abismo.

Icilio, que en la _Virginia_ del enunciado trágico francés ha sido eliminado de la fábula y eclipsa completamente a los demás personajes en la de Alfieri, descuella en la mía mucho menos que cualquiera de los tres en que literaria, histórica y filosóficamente debe de estar reconcentrado el interés de la acción, sin dejar por esto de tener vida propia, como encarnación del amor a la libertad y del odio a la tiranía.

También he procurado dar a mi _Virginia_ distinta esencia de la que anima a las demás, y éste es quizá el carácter en que resulta más visible cierto consorcio del gusto antiguo con el moderno. Sobrio y severo, tiene, sin embargo, movimiento y variedad. Virginia teme y espera, suplica y manda, llora y resiste, ama la vida y muere. Verificadas las ceremonias con que entre los romanos se efectuaba el matrimonio, Virginia es conducida en mi tragedia, con arreglo a dichas ceremonias, a la casa de su marido. Pero abandónala éste, animado por ella misma, antes de haber logrado la casta dicha de llamarse suya; y muriendo virgen por su honra, creo que el carácter de la que históricamente era prometida esposa de Icilio no pierde nada con semejante modificación, ya se le mida con el compás de la historia, ya se le contemple a la luz de la poesía. El cuadro a que podía dar lugar la presencia de la esposa en casa del esposo pareciome por extremo galano, y supuse a la vez que hacer depositaria a Virginia de su propia honra, de la del padre y de la del esposo, era en cierto modo completar el símbolo y dar al carácter más vivo interés. Y a ser éste un pecado, juzga tú, amigo mío, si pecado tan venial merece absolución, previa la penitencia de pedirla que voluntariamente me impongo.

El último acto de mi tragedia y el de la de Latour de Saint-Ibars sólo se componen de dos escenas semejantes. Ambas son puramente históricas, y están, por lo tanto, bajo el público dominio. Nadie ignora, mi querido Manuel, que, según la práctica de aquellos tiempos, los acusados, vestidos de luto y seguidos de sus deudos, se presentaban al pueblo a fin de interesarle en su favor, recordando los servicios que habían prestado a la patria, y muchos historiadores refieren además detalladamente cómo Virginia y su familia apelaron a este recurso extremo. Ésta es la primera de ambas escenas referidas. Nada debo decir acerca de la segunda, que es la del juicio.

Virginia, al recibir el golpe mortal, exclama dirigiéndose a Claudio: «Tirano, ya soy libre». Semejante rasgo, que tiene exacta equivalencia en Alfieri y Latour de Saint-Ibars, brotó naturalmente de mi pluma; porque ¿qué ha de decir el padre que mata a su hija para que no sea esclava, o la mujer que recibe la muerte para librarse de la esclavitud? Demás de que dicho rasgo, consignado en la historia por Tito Livio, ha sido formulado de distintas maneras por escritores antiguos y modernos.

Después de concluida mi _Virginia_ me he ocupado en la ridícula tarea de dar diverso giro a varias situaciones y no pequeño número de pensamientos que, como era de todo punto indispensable que sucediese, tenían semejanza con otras situaciones y otros pensamientos de obras ajenas sobre el mismo asunto. Si todavía hay en la presente reminiscencias o imitaciones, culpa es, más que de un deliberado propósito, de la absoluta imposibilidad de que una Virginia escrita en 1853 se da completamente original en la acepción que hoy se da a esta palabra. Bástame que lo sea, por más que coincida a veces con alguna de sus hermanas, en las dotes de expresión, en las más importantes situaciones, en la pintura de los caracteres, en el plan general de la fábula, en el lazo que une todos los sucesos, y en el espíritu que les infunde ser y vida.

Triste situación la mía al pesar en mi conciencia lo mucho que el público merece y lo poco que yo puedo darle. Pero fortaléceme el recuerdo de su benevolencia para conmigo en otras ocasiones, y la convicción profunda de que no puede ser indigna de toda gracia una obra en que, a vueltas de graves y numerosos defectos, hijos de la inexperiencia y de la escasez de ingenio, brillen como exhalaciones entre nubes el estudio, el entusiasmo, la constancia y la fe.

No es modestia, mi querido amigo, la ridícula hipocresía que ha tornado su nombre y obliga a algunos escritores a condenar previamente la obra que someten, sin embargo, al fallo del público. El poeta que, ajeno a toda pasión bastarda, acaricia y alberga en lo más íntimo de su corazón la idea fija, compañera inseparable de su ser; ya miserablemente pequeño, ya grande a sus propios ojos; siempre en lucha; muerto para el mundo real, vivo sólo para el mundo resucitado por su fantasía, no puede ni debe condenar hipócritamente la casta concepción, fruto de incesantes vigilias y de no resarcibles amarguras. La verdadera modestia consiste en la duda, en la horrible duda que emponzoña el corazón del poeta, y es uno de los más amargos tormentos de la vida, hasta que al fin queda resuelta en la azarosa noche de una primera representación; noche en que el triunfo es para él una sensación dolorosísima, porque, rendido el ánimo, no se encuentra con fuerzas para soportarla.

Los errores como los aciertos de mi _Virginia,_ han tenido un mismo manantial: el corazón, que tantas veces nos engaña, y tantas otras nos ilumina. No; no se hallarán en la mía aquellas dotes que más ilustran las buenas obras de esta clase, y son por lo regular fruto de una vasta erudición y larga experiencia. Mi _Virginia_ no es la obra trazada por la madurez de los años, que todo lo medita y analiza con fría calma, vencedora del entusiasmo la reflexión. Mi _Virginia_ es hija de la ardorosa juventud, que siente más que reflexiona y se deja arrebatar en ímpetu irresistible, para caer a veces, como Ícaro, despeñada. _Virginia_ es hija del ciego entusiasmo, que sólo puede retratarse a sí mismo. Yo, como Claudio, me he gozado en escarnecer a un gran pueblo; yo he amado a Virginia con el amor de esposo y con el amor de padre; yo he sentido estremecerse mis entrañas al clavar en su pecho el hierro homicida; yo me he levantado con Roma gritando venganza y libertad, para derrocar al infame opresor. Feliz mil veces, adorado Manuel, ese loco que se llama poeta.

Felices los que nunca conocieron la vana presunción que ciega los ojos del alma, ni el seco egoísmo que sólo vive dentro de sí propio, ni la voraz envidia que a sí misma se despedaza. Felices los que, saciado en un mundo ficticio el incontrastable anhelo de sensaciones fuertes y desconocidas que hoy atormenta al hombre, tranquila la conciencia y libres de todo doloroso recuerdo, sólo vuelven a la existencia real para convertir el pecho depurado a sensaciones de tierna piedad y desinteresado amor. Felices los que osan mostrarse a la luz del día sin la ridícula máscara con que hoy el crimen disfraza a la virtud. Felices los que pueden hacer propia la ajena satisfacción y dar cabida en su alma a la humanidad entera.

Y dichoso también mil veces, con la dicha de ser tu hermano adoptivo,

MANUEL TAMAYO Y BAUS.

Madrid I9 de Diciembre de I853.

Cuando recibí, Manuel querido, la elocuente epístola con que ha tenido a bien honrarme tu cariñosa amistad, formé deliberadamente el propósito de no decirte acerca de ella la menor cosa y de remitir al tiempo la respuesta. Cumplida la has recibido ya del público, y tan satisfactoria y envidiable como la esperaba y apetecía el fraternal amor que desde la infancia te consagro. Tu _Virginia_ es el más vivo ejemplo, la más expresiva confirmación de la doctrina que estableces en tu carta.

Tragedia, y tragedia revestida de la severa majestad de formas del gusto clásico, tal como ha sido comprendido desde que prevaleció en Europa la imitación de la dramática francesa, _Virginia_ ha conseguido en la primera escena de esta corte uno de los más altos triunfos que puede ambicionar el alma, abierta a los nobles sentimientos hijos del entusiasmo y de la gloria. Aquí, donde por falta de educación literaria no hay gusto formado para apreciar debidamente el mérito de creaciones de cierta elevación y grandeza; aquí donde se ha perdido, en el oleaje de la revolución apellidada romántica, hasta la memoria de la tradición antigua, nunca muy autorizada entre nosotros, _Virginia_ ha logrado esclavizar la atención del público, subyugar su corazón, conmoverlo, entusiasmarlo, y anular para siempre la falsa idea de que la tragedia era, y no podía menos de ser, planta exótica en nuestro suelo.

¿Qué causas han contribuido a la realización de este singular fenómeno? ¿Por qué ha triunfado tu _Virginia_ de la prevención desfavorable que abriga contra el género trágico la mayor parte de nuestro público? Porque has logrado hacer que en ella prevalezca el _arte sobre el _artificio,_ sobre la _declamación_ el _sentimiento._ Porque la verdad impera al cabo hasta en el alma de los que no quieren oírla. Porque has pedido inspiraciones al corazón, formas al buen gusto, modelos a la Naturaleza, nueva siempre y siempre rica para los que saben utilizar sus tesoros, y el corazón, la Naturaleza y el buen gusto no han sido avaros de los suyos para contigo. Y en verdad que no han de arrepentirse de su largueza cuando consideren el digno empleo que ha hecho de ellos tu generoso entusiasmo.

Yo que soy joven como tú, que tengo también la fortuna de abrigar un alma joven y que rindo culto idólatra a la belleza del arte, bien que jamás hayan dominado mi espíritu las caprichosas exigencias de gustos sistemáticos o exclusivos, no sólo creo que es condición imprescindible en las obras del ingenio atemperarse a la índole y circunstancias de la época que las produce, sino que juzgo de absoluta necesidad el proscribir las definiciones consagradas hasta ahora por críticos y preceptistas para determinar los diversos géneros literarios; definiciones que, por estar fundadas en la vana exterioridad de los objetos más que en la esencia vivificadora que los anima, son muchas veces tan erróneas como todo lo que es superficial y arbitrario.

Dices, y con sobrada razón lo aseguras, que en los productos del arte, la forma, aunque importantísima, es secundaria y debe amoldarse a experimentar las transformaciones que experimenten, en el vario curso de los tiempos, la civilización y las costumbres. Esta doctrina liberal, hija legítima del cristianismo, que va prevaleciendo en Europa merced a los heroicos esfuerzos de la crítica moderna, y que expones y autorizas en tu carta con tanta lucidez y fuerza de lógica, es la única racional, la única verdadera, la única digna de fijar la consideración de los hombres pensadores. Profesándola con el ardor que la profesas, tienes mucho andado para llevar a cabo la regeneración profunda y filosófica de la tragedia. Sigue, pues, por el camino en que tan gran paso acabas de dar con tu _Virginia._ Afortunadamente has encontrado lo que ni siquiera sospeché que llegases a encontrar: un público de bastante ilustración y criterio para comprender bellezas de detalles que mal pudieran percibir gustos poco depurados.

Esta circunstancia, de feliz augurio para los amantes de lo bello, acredita que la buena semilla prende siempre cuando el terreno es fecundante; cuando las manos, a veces inexpertas, que en él la arrojan, tienen la suficiente perseverancia para no desmayar aunque tarden en coger el fruto, aunque digan las apariencias que sus esfuerzos serán perdidos. Si es ilusoria esta creencia, permite, querido Manuel, que, estimándola real, me consuele con ella de los infinitos sinsabores que he debido, en el espacio de ocho años, a la firmeza con que, en todo género de luchas, he sustentado la que hoy me gozo en apellidar nuestra fe artística. Ya que no he sido el último en contribuir a la reforma del gusto que empezamos a saborear, y que vuelve provechosamente la atención de nuestro público, distraída en futilidades poco dignas, al cauce profundo y transcendental del arte que siente y piensa, deja que me lisonjee con la esperanza, engañosa si se quiere, de que alguna parte de gloria me ha de tocar en la saludable regeneración que se está verificando. Sin esta dulce esperanza, ¿no habría desfallecido mil veces nuestro espíritu, extraño al egoísmo interesado y calculador de los mercaderes que profanan el templo en que la belleza del arte se custodia?

Ajeno fuera de este lugar detenerme en el examen de tu _Virginia,_ o entrar a discutir lo que expones acerca de las circunstancias del público y de las que hoy debe tener la tragedia para aclimatarse entre nosotros. Tú que conoces mi modo de pensar como el tuyo propio, y que, por lo tanto, posees la justa medida de mis opiniones y creencias, sabes que profeso ha tiempo las que proclamas con tan ardorosa convicción, y que estamos completamente de acuerdo. Siempre he juzgado que el drama (llámese tragedia, comedia, o lo que se quiera), más que rebuscada sencillez, más que afectación tradicional, más que símbolos poéticos de convención, necesita pintar con el ingenuo candor de la poesía la verdad de la Naturaleza. De este modo, cuando el pensamiento que deba hacer perceptible exija, para su más eficaz determinación, el empleo de personajes simbólicos, hará por que semejantes símbolos se compongan de elementos verdaderamente humanos. El corazón del hombre no puede interesarse profundamente si no percibe en la abstracción la realidad, si no ve delante de sus ojos la mezcla de grandeza y pequeñez, de elevación y bajeza, fruto de la pugna en que, por lo común, suelen estar las sublimes aspiraciones del espíritu con la sordidez de la materia.

Pero insensiblemente me desvío de mi propósito, y quiero volver a él olvidándome de que soy crítico, malo o bueno, para hablarte sólo como amigo; para gozarme en tu gloria sin reserva de ninguna especie; para apartar la vista del lastimoso cuadro de envidias y flaquezas que ofrece el campo de nuestra literatura cada vez que nace una planta rica en frutos de buen sabor y duradera fragancia. El triunfo de tu Virginia, que desde hace doce días llena el teatro del Príncipe de un público que no cesa de aclamar, me ha proporcionado satisfacción tan intensa y pura, que no la concibe mayor el alma. Ni ha faltado al mérito de tu obra la sanción que prestan a lo que a todas luces es bueno los alaridos de la envidia; sólo que esta vez los alaridos se han convertido en sollozos, exhalados vergonzosamente por el despecho en el fondo de la obscuridad.

Ya que conoces los elementos vitales de la sociedad de nuestros días; ya que has puesto el dedo en la llaga, desentrañando, ayudado de la meditación y del estudio, lo que ha sido hasta ahora la tragedia llamada clásica, y lo que puede y debe ser en adelante, pon mano esforzadamente en la obra de su completa regeneración. Ya que le has dado principio tan felizmente, procura llevarla a cabo. La duda que abriga tu corazón respecto a las facultades de tu espíritu, esa duda, origen verdadero de la modestia, según dices en tu carta, hará que salgas airoso en tan arduo empeño. La inteligencia que sin nimios escrúpulos desconfía razonablemente de sí propia, casi siempre hace prodigios. Y harto lo es, en mi concepto, haber escrito a veinticuatro años de edad una tragedia como Virginia, harto haber hermanado con el vigor y lozanía de la juventud la sobriedad y madurez, producto de los años y de la experiencia. Verdad es que la imaginación del hombre de genio vive largos años en un minuto. Tan grande es el poder de la intuición en las almas nacidas para la gloria.

Dos palabras y concluyo: otorgo el permiso que me pides para dar tu carta a la luz del público; pero exijo de tu amistad que des al mismo tiempo la mía. Es un tributo de admiración que te rinde mi amor al arte; es una prueba de cariño que tu santa madre en el cielo y tu buen padre en la tierra se gozarán en que publiques, por ser verdadera y por ser mía, y no quiere rehusarles este placer tu hermano adoptivo,

MANUEL CAÑETE.

en el estreno de la obra, representada en el teatro del Príncipe el 7 de Diciembre de 1853.

PERSONAJES

ACTORES

VIRGINIADoña Teodora Lamadrid.
CAMILA Mercedes Buzón.
SILVIACristina Ossorio.
OCTAVIAJuana Ridaura.
EMILIA Inocencia López.
VIRGINIODon Joaquín Arjona.
APIO CLAUDIOJosé Calvo.
ICILIOManuel Ossorio.
MARCO CLAUDIO José García.
AULOVictorino Tamayo.
UN AUGUR Antonino Bermonet.
MARCIOPedro Maffey.
SERVILIOJosé Alisedo,
DECIOAntonio Zamora.
UN POETA, Antonio Zamora.
UN TRIARIOEsteban Montilla.
UN CIUDADANO Mariano Serrano.
Dos camilos, tres mancebos, amigos y esclavos de Virginio, ídem de Icilio, íd. de Apio Claudio, clientes del mismo, triarios, soldados, lictores y pueblo.

Acto primero

Atrio de casa de ICILIO. Gran puerta en el foro, por la cual se distingue el vestíbulo; en segundo término un lecho; en las paredes trofeos militares con toda clase de armas.

Escena primera

ICILIO y VIRGINIO, sentados en el lecho. Después AULO.

ICILIO
Deja que el pecho en júbilo palpite;
deja que eleve a númenes propicios
ardiente voz de gratitud, y encomie
de Virginia el encanto peregrino.
Y tú, que debes al triunfante arrojo
lauro envidiable, y sin igual prestigio
a la virtud doméstica, modelo
de padres de familia y de caudillos;
tú que me diste en la mujer amada
de inocencia y beldad raro prodigio,
benigno acoge el férvido tributo
que de eterna amistad te rinde Icilio.
VIRGINIO
Tuya será la cándida Virginia,
que en este lazo mi ventura cifro.
Ya a los amantes convirtió en esposos
el sacro farro entre los dos partido;
ya desde el ara la potente Juno
vio la sangre correr del sacrificio:
sin más tardanza la reciente esposa
quedará sometida a tu dominio.
¡Y yo dichoso, que premiarte puedo,
yo que nunca olvidé los beneficios
que en otro tiempo te debió la patria,
cuando tu voz y arrojo tribunicio
eran espanto al pérfido magnate,
consuelo y esperanza al afligido!
ICILIO
¡Gloria que huyó veloz! -Tu acento aviva
el recuerdo, un instante fugitivo,
de la presente mengua. ¡Oh patria! ¿Cómo
te dejaste engañar y a diez inicuos
tu libertad fiaste? Y ¿cómo ¡oh dioses,
protectores del Lacio! envilecido
lo veis, y el rayo vengador no lanza
Júpiter a la tierra? Al fin pudimos
romper un día la coyunda infame
¿y hoy suspiramos en el propio abismo?
¡No hay escarmiento a la torpeza humana!
Tal es de un pueblo el mísero destino:
caer mil veces en el propio lazo;
por culpa igual sufrir igual castigo.
VIRGINIO
Alguien se acerca.
ICILIO
Es Aulo.
VIRGINIO
Enojo y duelo
muestra su torva faz.
AULO
Salud, amigos.
VIRGINIO
Di, ¿qué sucede?
AULO
El venerable anciano
a quien debió la patria más servicios;
el valiente adalid que en cien batallas
dio de valor ejemplos infinitos,
el héroe augusto, el semidios de Roma...
VIRGINIO
¿Dentato?
AULO
Sí; Dentato ha sucumbido.
ICILIO
Luchando siempre como bueno.
AULO
Astutos
lo han matado a traición los decenviros:
que amar la patria cuando yace opresa
es ofender al que la oprime altivo.
VIRGINIO
¿Será verdad?
AULO
El rencoroso Claudio,
oyendo sus clamores repetidos,
temió su audacia, y lo envió a la lucha
para que nunca retornase.
VIRGINIO
Dinos
cómo se perpetró tan negra infamia.
AULO
Pronto a la voz del general, Sicinio
a recorrer el campamento sale
con cien soldados que le da el inicuo;
y no bien llegan a paraje oculto,
acométenle todos de improviso.
Como tigre y león potente y ágil
resguárdase la espalda con un risco,
y el rudo choque impávido resiste,
en otros cien su acero convertido;
y nunca al bravo campeón rindieran
a no apelar a infames artificios.
Flechas le asestan, y entretanto algunos,
subiendo al monte que le presta arrimo,
con duras piedras su cerviz quebrantan,
y acero y alma rinde a un tiempo mismo
ICILIO
¡Fiera traición!
VIRGINIO
¡Oh ilustre compañero!
AULO
¿Y nosotros cobardes lo sufrimos
cuando un acento, un soplo bastaría
a vengar los ultrajes recibidos?
ICILIO
cese el infame abatimiento, caigan
Apio Claudio y sus cómplices malditos.
VIRGINIO
Las sabias leyes de la culta Grecia,
trasplantadas a Roma por Sulpicio,
Manlio y Postumio en venturosas naves
que el fiero mar acarició sumiso,
por ellos rigen.
AULO
En las doce tablas
para escarnio y baldón las han escrito,
al propio tiempo las de Roma hollando,
para saciar su anhelo desmedido,
perpetuo aclaman el poder que un día
redujo el pueblo a término preciso.
ICILIO
Para hacer leyes lo pidieron sólo;
no para hacer esclavos se lo dimos.
¡Oh cara libertad! ¡Oh patria mía!
VIRGINIO
Modérese tu afán y espera, Icilio.
ICILIO
¡Es la esperanza el único tesoro
que a la opresión no cede el oprimido!
pronto remedio nuestro mal exige.
Ya de los diez varones elegidos,
uno manda cual déspota inhumano.
¿Qué resta ya del patrio poderío?
¿Qué fue de aquellos venerables padres
que dio al Estado Rómulo Quirino?
¿Dónde el tribuno que en el monte Velio
se alzó calmando el popular bullicio,
y fue sostén de las augustas leyes?
Todo, todo acabó; y en tal conflicto
inerte el pueblo su cadena arrastra
y en mudo asombro gime; los patricios
el miedo alivian en nefarios goces;
duerme el Senado al campo retraído.
Ved al Ecuo en el Álgido triunfante
y amenazando a Túsculo; al Sabino
en el Ereto vencedor; rendidas
las águilas de Roma; dentro vicio
y tiranía y desaliento; fuera
mengua y espanto y robo y exterminio.
VIRGINIO
De ambos tribunos el arrojo aplaudo;
mas todavía os cumple reprimirlo.
Al rey clemente de la ninfa Egeria
ciego amador, benéfico Pompilio,
Roma idolatra; pero Hostilio y Marcio
y Tulio expiran en su sangre tintos,
y al fin el trono de los reyes vuelca
el golpe audaz de Bruto y Colatino.
La fuerza de los cónsules no basta
si Mavorte se muestra enfurecido,
y álzase el Dictador que lucha y vence,
pero cuyo poder juzga excesivo
la altiva Roma; de los diez varones
hoy nos abruma el yugo aborrecido.
El primero en odiar a los tiranos,
yo como tú pretendo combatirlos;
pero evitemos nueva tiranía
antes de dar un golpe decisivo:
triunfemos, pues, del enemigo extraño
para hundir al doméstico enemigo.-
Los breves días que el amor de padre
lejos del campamento me ha tenido
son grave peso al alma... Al fin ya puedo
volver a batallar con doble ahínco.
Mas vuela el tiempo, y entretanto... mira:

Asomándose a la ventana y señalando.

junto a mi albergue espera reunido
el séquito nupcial.
AULO
Camila llega.

Escena II

DICHOS y CAMILA, que entra aceleradamente.

CAMILA
Corre, señor; te aguardan tus amigos
y tus parientes todos; con el huso
y la rueca tus siervos más adictos;
los dos camilos y los tres mancebos
de la blanca pretexta revestidos.
Ya de Himeneo la risueña antorcha
aumenta el gozo con su claro brillo;
y al dulce son de las acordes flautas
prorrumpe el vate en cántico divino,
enalteciendo el nombre de Talasio,
de las sabinas robador invicto.
VIRGINIO
Corramos, pues.
ICILIO
¡Virginia idolatrada!
VIRGINIO
Muy pronto aquí la mirarás conmigo.

Vase con AULO.

Escena III

ICILIO, CAMILA y esclavos.

ICILIO
Esclavos, acudid.

Gritando desde la puerta del foro. -Los esclavos se presentan en la misma.

Aquellos muros
con mis tapices adornad más ricos,
y esta puerta cubrid de gayas flores,
que ante Virginia perderán su hechizo.

Los esclavos empiezan a enguirnaldar la puerta. Otros cruzan por el vestíbulo cargados de tapices.

¡Oh cuán hermosa la verán mis ojos
cuando, elevada por los dos camilos,
iris de amor, encanto de mi vida,
sin tocar el umbral llegue al este sitio!
CAMILA
La blanca veste de purpúreas franjas,
el ceñidor que anuncia del marido
la próxima ventura, el casto velo
que hurtó a la llama su color rojizo,
la guirnalda que tejió su mano,
su cabello en trenzas dividido,
ya de Virginia púdica realzan
el noble aspecto y mágico atractivo.
ICILIO
Los cielos hoy, anciana venerable,
supremo bien me otorgan compasivos,
que es la virtud de la mujer reposo,
dicha y valor del hombre. ¡Cuál bendigo
el que te debe generoso afecto!
CAMILA
¿Y cómo no quererla con delirio
si la estreché solícita en mis brazos
cuando exhalaba su primer gemido?
Yo de mi seno la miré pendiente
como de tosca vid pende el racimo,
y yo temblé por su preciosa vida
en raudales mis ojos convertidos,
hasta que al fin su juventud lozana
fue de mi yerta ancianidad abrigo,
y altiva pude contemplar el fruto
sazonado al calor de mis suspiros.
Dichoso tú que para eterna gloria
la arrancas hoy de su vergel nativo.
¿Oyes?
ICILIO
Se acercan. ¡Venturoso instante!
Mas no juzgues ¡oh patria! que te olvido.

Vase.

CAMILA
¿Por qué, por qué cuando Virginia obtiene
el codiciado bien, cuando la miro
de insigne esposo en los amantes brazos,
cuando también mi anhelo está cumplido,
por qué en mi pecho a batallar comienzan
el gozo y el dolor brotando unidos?
Deidades protectoras de Himeneo,
benéficas prestadle vuestro auxilio.

En este momento empieza a oírse una música de flautas, liras y sistros, que no cesa hasta la conclusión del epitalamio.

Escena IV

CAMILA e ICILIO, en seguida AULO y VIRGINIO, sus parientes y amigos; esclavos con husos, ruecas y cestos de flores, y otro en que se supone estar la ropa de la desposada; tres mancebos con pretextas blancas; dos de ellos con teas encendidas en la mano y otro con la antorcha de Himeneo; esclavos de ICILIO (uno trae una ánfora y otro las llaves de la casa). -Después VIRGINIA, que en medio de dos camilos se detiene en el vestíbulo cerca de la puerta del foro.

ICILIO
¿Quién eres?
VIRGINIA
Caya soy.
ICILIO
Yo Cayo.

Los dos camilos, sosteniendo en alto a VIRGINIA, hacen que entre en el atrio sin tocar el umbral de la puerta.

VIRGINIO
El fuego
tocad y el agua, cual lo manda el rito.

ICILIO y VIRGINIA sumergen en el ánfora las teas que han sacado dos de los mancebos.

Ocúltese la antorcha de Himeneo
para que no se aplique a maleficios.

El mancebo que tiene en la mano la antorcha de Himeneo desaparece con ella.

POETA
Deja, deja el Olimpo, Himeneo;
solícito ven,
el placer derramando y la vida,
de mirto ceñida la cándida sien.
¿Qué tardáis, fortunados amantes?
Las almas unid;
y copiad en benéficos lazos
los dulces abrazos del olmo y la vid.
¡Plegue a Jove que os den vuestros hijos
perpetuo solaz,
y a su pueblo, señor de la tierra,
el triunfo en la guerra, la dicha en la paz!
¡Oh momento! Desciende, Ciprina,
bañada en fulgor;
que ya el mar y la tierra y el cielo
con férvido anhelo suspiran de amor
La robada sabina le debe
diadema nupcial;
él en próvido gozo la inunda,
y Roma es fecunda, ¡Talasio inmortal!
¡Oh momento! Desciende, Ciprina,
bañada en fulgor;
que ya el mar y la tierra y el cielo
con férvido anhelo suspiran de amor.
ICILIO
He aquí las llaves del modesto albergue
con tu presencia al cabo embellecido.
Guárdalas fiel a tu deber de esposa;
guárdalas: te amo y en tu amor confío.
VIRGINIO
Eres su esposo. Abrázala.
ICILIO
¡Virginia!

Abrazándola.

El contento y la paz vienen contigo.
Bella en el rostro y en el alma pura,
trémulo el pecho de placer te admiro,
cual flor lozana cuyo seno esconde
encantadora perla de rocío.
¿Por qué la frente silenciosa inclinas
y el velo del pudor amengua el brillo
de tus fúlgidos ojos, como suele
flotante nube el de Orión divino?
Cese la turbación que te avasalla,
dame de esposo el nombre apetecido,
calma el afán de quien por ti suspira
y alienta sólo en tu beldad cautivo.
VIRGINIA
¡Señor!...
VIRGINIO
Habla, Virginia.
VIRGINIA
Bien, callando
el dulce objeto de mis ansias digo.
Pero si en día tan solemne debo
dar a la voz el sentimiento mío,
y así mi padre y mi señor lo mandan,
enmudezca el pudor y hable el cariño.
Amante ayer, a tu querella sólo
respondió el corazón con sus latidos;
esposa ya, mi corazón palpita
y al propio tiempo ufana lo publico.
Del tierno padre que sumisa adoro
diome cumplir el Hado los designios
labrando mi ventura. ¡Cuántas veces
ojos y manos levanté al Olimpo
y a mis penates adoré postrada,
pidiéndoles tu amor, oh caro Icilio!
Llegó el instante de llamarme tuya,
todo mi ser con júbilo te rindo;
amarte fiel hasta la muerte juro,
cumplir humilde tu menor capricho;
y de mi firme juramento sean
los sacrosantos númenes testigos.
VIRGINIO
Yo ventura sin fin para vosotros
y algún consuelo para mí les pido.
¡Te dí la vida, te adoré, te pierdo!
Así lo manda próvido destino.
También yo un día la que fue mi esposa
arrebaté a sus padres; un marido
hoy te arranca a mi amor; del tronco viejo
fuerza es que se desprenda el fruto opimo.
Comprende bien la obligación sublime
que madre de familia has contraído.
Un yerro, tarde se remedia o nunca;
la ociosidad es llave del delito.
Sobria fatiga fortalece el cuerpo
y a un tiempo el alma; inútil regocijo
prudente evita: la mujer casada
brilla en el fondo de su hogar tranquilo
más que a la luz del sol. Intacta siempre
resplandezca tu honra, y si en peligro
se encuentra alguna vez, resiste, lucha,
vence, o exhala tu postrer suspiro.
si el tálamo nupcial produce flores,
árbol hallen en ti que les dé abrigo.
El temor que los Númenes reclaman
a tus hijos infunde; sus instintos
dirige al bien; su entendimiento ilustra
con los altos ejemplos de otros siglos,
para que en Bruto al ciudadano adoren,
y al tirano aborrezcan en Tarquino,
y ávidos quieran derramar su sangre
de Roma y libertad al santo grito.
VIRGINIA
¡Padre del corazón!

Arrojándose en sus brazos.

VIRGINIO
El llanto enjuga.

Sin poder dominar su emoción.

ICILIO
¿mas tú, soldado valeroso?...

En tono de cariñosa reconvención.

VIRGINIO
Lloran
los soldados también si tienen hijos.
VOCES
¡Al Capitolio! ¡Al Capitolio!

Dentro.

ICILIO
¿Voces,
y el crujir de las armas?...
VIRGINIO
¿Qué motivo?...
AULO
Ved cual pasan guerreros.

Señalando a la última puerta, por la cual se ve la calle.

VIRGINIO
Vuela, inquiere...

A AULO.

ICILIO
Súbita alarma acaso...
VIRGINIO
¡El decenviro!

Al ir a salir AULO se presenta APIO CLAUDIO en la puerta.

Escena V

DICHOS y APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, doce lictores y soldados. Después seis triarios de la centuria de VIRGINIO.

CLAUDIO
¡Ay de Roma!
ICILIO
¿Qué nueva desventura
la amenaza?
VIRGINIO
¿Qué nuevo precipicio
a nuestras plantas se abre?
CLAUDIO
Las legiones
en otra nueva lid han sucumbido.
ICILIO
¡Oh mengua!
CLAUDIO
El campo de insepultos muertos
sembrado está.
VIRGINIA
¡Qué horror!
CLAUDIO
Y el enemigo
rápido avanza a esclavizar a Roma.
ICILIO
podrá tan sólo esclavizar, si triunfa;
que no a Roma.
CLAUDIO
No bien cundió el aviso,
ya vuelan en tumulto al Capitolio
fuertes guerreros y hábiles caudillos.
Tu legión parte al Álgido; la tuya
al Ereto.

Dirigiéndose a VIRGINIO e ICILIO.

ICILIO
Mis armas.

Los esclavos descuelgan las armas de un trofeo y se las visten a ICILIO.

VIRGINIO
Pronto, amigos,
seréis vengados.
VIRGINIA
¡Al tocar el gozo
verlo en humo fugaz desvanecido!
CAMILA
Con nuevo amor le abrazarás triunfante.
VIRGINIA
¡Ay, que de Roma se cambió el destino!
VIRGINIO
No siempre Roma gemirá vencida;
no siempre ha de correr su sangre a ríos;
no, que las armas de los pueblos libres
triunfan al cabo, si con alto brío
leyes defienden y familia y honra
y patria y dioses.
TRIARIO
¡A lidiar, Virginio!

Entrando seguido de otros cinco: uno trae la enseña del águila romana.

VIRGINIO
Son mis triarios.
CLAUDIO
En tu busca vienen.
VIRGINIO
¡A vencer o morir!
CLAUDIO
Yo deposito
en tus manos el águila. Saturno
la custodió en su templo...
VIRGINIO
Honor debido
al centurión de los triarios.
VIRGINIA
Tiembla
cobarde el pecho, tiembla a pesar mío.
ICILIO
¡Virginia, la república me llama!

Acercándose a ella completamente armado.

VIRGINIA
Parte, lucha, sucumbe si es preciso.
ICILIO
De tu valor no dudo.
VIRGINIO
Es hija mía.
¡Roma ante todo!
VIRGINIA
Si morís, unidos
Moriremos los tres: venced por ella
y algo de vuestra gloria será mío.
VIRGINIO
¡Dioses del Lacio, sálvese la patria
y muera yo; pero que viva Icilio!

Vanse todos excepto CLAUDIO, MARCO, los lictores y los soldados.

Escena VI

APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, lictores y soldados.

CLAUDIO
¡Corred ansiosos de renombre y lauros;
corred, que sólo encontraréis castigo!
me odiáis: me vengo, y mi implacable furia
sacio a la vez y mi anhelar más vivo.
MARCO
pero recuerde mi feliz patrono
que ha de quedar muy pronto desmentido
el supuesto revés que al pueblo alarma.
CLAUDIO
Diremos todos que engañados fuimos
por falsa nueva. Y si logré alejarlos
cuando ya la hospedaba este recinto,
¿qué importa lo demás?
MARCO
Volver pudieran
el padre y el esposo.
CLAUDIO
Fabio, Atilio,

Dirigiéndose a dos soldados.

mi mandato cumplid.

Vanse los soldados. Dirigiéndose a MARCO.

Con ellos parten
y en reservadas órdenes prohíbo
que a Roma vuelvan.
MARCO
Luego ya es inútil
el plan que ayer contra Virginia urdimos.
CLAUDIO
Si cede, inútil; si mi voz desoye,
tú su dueño serás mañana mismo.
MARCO
cauto procede: la soberbia Roma
echa de menos su gobierno antiguo.
CLAUDIO
Siempre los pueblos ávidos codician
lo que aún ignoran o lo que han perdido.
No bien se alejen buscaré a Virginia.
La vi, y al verla, en férvido incentivo
mi pecho ardió; sucumba. ¡Así lo quiere
quien nació para ser obedecido!

Dirígese seguido de MARCO hacia la puerta del foro.

FIN DEL ACTO PRIMERO

Acto segundo

Larario u hogar en casa de VIRGINIO. Puertas laterales y una mayor en el foro. A la izquierda el ara de los penates. A la derecha, en primer término, una ventana. En el ángulo de la izquierda un lecho. Es de noche.

Escena primera

VIRGINIA y CAMILA: la primera reclinada sobre el antepecho de la ventana; la segunda hilando a la luz de una lámpara.

VIRGINIA
Pálida reina de la noche umbría,
mudo testigo de mi afán violento,
rápido al fin desaparece, y brille
el suspirado resplandor de Febo.
Sólo una vez, de las nocturnas aves
llegó a mi oído el perezoso vuelo;
sólo una vez, a mis dolientes quejas
con sus lúgubres ayes respondieron.
Ni ya, cual antes, se querella el Tíber
llorando el deshonor del patrio suelo;
ni el aire mismo a revolar se atreve
de la quietud esclavo y el silencio.
¡Todo enmudece y su favor me niega!
¡Cuanto mis ojos ven, parece muerto!
Hija infeliz y desdichada esposa,
¿qué fue del gozo y anhelar inquieto
que ayer tu amante corazón llenaban?
Los nupciales ornatos ¿qué se hicieron?
torció su rueda la voluble diosa,
y arrancando a mi sien guirnalda y velo,
de esposa el nombre me dejó tan solo,
trocada la ventura en sufrimiento.
¡Oh Icilio! ¡Oh padre! En las guerreras filas
marchando hacia distintos campamentos,
tal vez a Roma la mirada vuelven,
y amantes me consagran un recuerdo.
Tal vez ¡ay triste! en desigual pelea
rinden la vida al enemigo acero.
Fieles penates, del hogar custodios,
como ofrenda acoged mi llanto acerbo,
único alivio a mi profunda pena,
único bien que en mi aflicción poseo.
CAMILA
No infundado temor tu pena agrave;
ya tenaz rechazando mis consejos,
has convertido en manantial de horrores
la que es plácida madre del sosiego.
VIRGINIA
¿Libre me juzgas del furor de Claudio
porque me oculte en el hogar paterno?
¿No me privó de los que pueden sólo
prestarme ayuda, y a su aleve intento
sólido muro alzar? ¿Desiste acaso
de atroz designio quien nació perverso?
¿No le viste siguiéndome implacable,
como si fuera sombra de mi cuerpo?
¿No me detuvo en las desiertas vías?
¿No turbó mi plegaria a Jove excelso
y al fin comprar tu lëaltad no quiso?
¿Has olvidado sus traidores hechos,
del vicio campëón, bárbaro azote
de la virtud? ¡Es Claudio; el monstruo fiero
que el llanto de sus víctimas apura,
y se nutre voraz de oprobio ajeno!
Di que no tiemble al nauta, amenazado
por la furia de impíos elementos;
di que no tiemble a la infeliz paloma,
cuando el milano la persigue hambriento;
mas deja, deja que Virginia llore,
deja que vele, minorando el riesgo;
deja que al padre y al esposo envíe
en las alas del aire sus lamentos.
CAMILA
Pero si Claudio, cual recelas, fija
en nuestro hogar la planta, ¿qué debemos
hacer? Responde.
VIRGINIA
Valeroso el labio
de su deber le mostrará el sendero.

CAMILA se acerca a la ventana.

CAMILA
Cobra esperanza: la tiniebla odiosa
desciende ya del Aventino huyendo;
ya en soplo leve el céfiro susurra,
húmedo de rocío, y sus reflejos
manda a la tierra la naciente aurora,
el limpio azul en púrpura tiñendo.
VIRGINIA
¡Cuánto es bella su luz tras noche horrible!

Aproximándose también a la ventana.

CAMILA
Ahuyente al par la sombra y tu recelo.
VIRGINIA
¡Padre del día, bienhechor del mundo,
yo te bendigo, y renacer me siento!
¡Oh!... No me engaño... Acércate, Camila.
¿No ves un hombre que en su toga envuelto,
hacia aquí se dirige? ¡Es Claudio!
CAMILA
¡Claudio!
VIRGINIA
Llega a la puerta.
CAMILA
¡Audacia sin ejemplo!
VIRGINIA
¡Y ábrela algún esclavo miserable
a quien temor o dádivas rindieron!
¡Míralo, y di si con razón temía!
CAMILA
¿Y pudo hacer que tus leales siervos?...
VIRGINIA
¡Ay! El malvado es fruto corrompido
que al sano comunica su veneno.
¿Qué logro retardando una entrevista
que no puedo evitar?... Vete.
CAMILA
Obedezco;
mas piensa...
VIRGINIA
Acude si mi voz te llama.
CAMILA
(¡Valedla, dioses!)
VIRGINIA
(¡Amparadme, cielos!)

Escena II

VIRGINIA y APIO CLAUDIO.

CLAUDIO
(¡Despierta, sola!) El decenviro Claudio
perdón te pide.
VIRGINIA
Gratitud le debo.
¿Cuándo el hogar del centurión Virginio
honra tal mereció?
CLAUDIO
Si en él penetro
no bien alumbra el resplandor del alba...
VIRGINIA
¿Es quizá porque fausto mensajero
nuevas te dio de mi valiente padre?...
CLAUDIO
Cesa y no ultraje tu desdén el fuego
en que por ti mi corazón se abrasa.
A repetir que te idolatro vengo.
VIRGINIA
Bien se comprende el móvil que te guía,
por más que así lo ocultes: tu deseo
es probar mi virtud; y cuando Icilio
y el tierno padre vuelvan, como en premio
de su valor en la campal batalla,
referirles mi púdico denuedo.
¿Tú perseguir a la infeliz doncella,
mientras lucha y tal vez muere contento
el amoroso padre de familia
la libertad romana defendiendo?
Tú que gobiernas, y a la faz de Roma
debes favor a todos justiciero,
recompensar al ínclito soldado
con amargura eterna y vilipendio?
¿Ser un patricio, como nadie ilustre,
menos leal que el último plebeyo?
¡Nunca: imposible! Quien lo diga miente;
se engaña quien se atreva a suponerlo.
CLAUDIO
Fija la mente en codiciosos planes
miré el amor con lástima y desprecio,
hasta que Venus decretó sañuda
que en viva lumbre se cambiase el hielo;
y al ver tu rostro, me clavó en el alma
la aguda flecha del amor primero.
Sé que al amparo de tu padre, ofreces
a las más puras vírgenes ejemplo,
y auméntase el afán; que a Icilio adoras,
y hórrida tempestad rompe en mi pecho.
Juro olvidar el malhadado sitio
en que te vi, y a recorrerle vuelvo;
pasas, y miro tu divino rostro
jurando no mirarte al propio tiempo.
Contra el amor que me avergüenza lucho;
vana es la lid. Mi corazón soberbio,
que armado en ira resistencia opone
al fuerte impulso de voraz deseo,
sucumbe al fin, y despechado late
cual ruda perla que estremece el viento.
Ya desistí de la tenaz porfía:
ávido cunde el comprimido incendio,
y amado quiero ser. Mi nombre sabes,
dueño de Roma soy, y he dicho quiero.
VIRGINIA
Ni al corazón se manda, ni me asusta
vano furor, ni Roma tiene dueño.
Esposa, es fuerza que me acates; hija,
favor me debes; tu piedad merezco,
niña infeliz y sola; ciudadano,
ceder te cumplo a mi ferviente ruego;
padre de Roma, en tan amargo trance
contra ti mismo a tu defensa apelo.
¿Quieres que doble la cerviz? Humilde
me postro y lloro. Desarruga el ceño;

Se arrodilla a alguna distancia de CLAUDIO. Éste aparta de ella la vista.

abre el seno a mis lágrimas: fecundo
en flores de piedad le hará este riego.
¿Es por ventura apetecible hazaña
rendir a una mujer? Más digno objeto
reclama tu valor. El ay escucha
que dan al aire en crudo abatimiento
madres, viudas y huérfanas; contempla
los campos de cadáveres cubiertos;
de extraño yugo amenazada Roma.
¿Y tú lo sufres? No; ¡que ya te veo
arder en nobles ímpetus! ¿Qué aguardas?
Débase el triunfo a tu incansable celo;
y el bien de Roma codiciando solo,
dicha tendrás y plácido sosiego,
libre de infausto amor; que amor de patria
basta a llenar un corazón entero.
CLAUDIO
Sólo tu amor codicio. ¿Y qué, pudiste,
ambicionar más alto vencimiento?
¿Débil mujer con su desdén me agravia,
y yo el agravio sin venganza dejo?
Venid, cobardes ciudadanos: todos,
sin que la lengua os paralice el miedo,
decid si el hombre que su afán reprime
y suplica y aguarda, es el tremendo
decenviro, el tirano, el que dispone
de haciendas y de vidas, y a un acento
difunde en torno el júbilo, o de espanto
hace temblar de Roma los cimientos.
¡Tampoco yo me reconozco ahora:
yo también de mí propio me avergüenzo
venid, venid y en mi baldón gozäos:
el que tigre os espanta es vil cordero.
¡Venid, y el susto convirtiendo en mofa,
ved al tirano convertido en siervo!
VIRGINIA
Déjame.
CLAUDIO
No lo esperes.
VIRGINIA
Me horroriza
tu amor.
CLAUDIO
¡El de otro te seduce!
VIRGINIA
Eterno
será el que a Icilio consagré.
CLAUDIO
Desiste.
VIRGINIA
Nunca.
CLAUDIO
Olvídale.
VIRGINIA
¿Ignoras que un afecto
que en la virtud se funda, acaba sólo
con la vida? ¡Le adoro! ¡Te aborrezco!
CLAUDIO
Pues bien, mía serás.
VIRGINIA
¿Virginia tuya?
Sella el impuro labio.
CLAUDIO
Estoy resuelto:
tú misma el precio del favor señala.
VIRGINIA
¿Yo vender mi virtud? ¡No tiene precio!
CLAUDIO
Pues tiembla.
VIRGINIA
En vano intimidarme quieres.
CLAUDIO
¿Ignoras, desdichada, cuánto puedo?
VIRGINIA
A reprimir y castigar delitos
alcanza tu poder; no a cometerlos.
CLAUDIO
El corazón de la mujer es cera.
El tuyo al fin se ablandará; lo espero.
VIRGINIA
El corazón de la mujer romana
es cera a la virtud, al vicio hierro.
CLAUDIO
Lástima sólo tu desdén me inspira.
Yo postraré tu efímero ardimiento.
VIRGINIA
¡Auxilio a Roma pediré!
CLAUDIO
¿Y en Roma
quién puede más que el decenviro?
VIRGINIA
El pueblo.
CLAUDIO
Basta. Adiós, pues. Para luchar contigo
tengo astucia y poder, y tengo celos.
VIRGINIA
Para vencer en la contienda impía
yo mi virtud y mi constancia tengo.

Vase APIO CLAUDIO.

Escena III

VIRGINIA y CAMILA.

VIRGINIA
¡Camila! ven. ¡Camila!
CAMILA
¿Fuese?
VIRGINIA
Tanto
pude lograr.
CAMILA
¿Qué hiciste?, di.
VIRGINIA
Primero
responder con la súplica al agravio;
después con la arrogancia y el desprecio
desafiar su cólera, humillarle,
hacerle huir rabioso de despecho,
probarle que el valor que al hombre inflama
cabe también en mujeriles pechos!
CAMILA
¡Oh, sí! Los dioses tu inocencia escudan.
Mas ya que el triunfo en su bondad te dieron,
al buen soldado que en la tregua atiende
a reponer el abatido esfuerzo,
dócil imita, y tu zozobra acabe
en los tranquilos brazos de Morfeo:
que mal conserva su vigor el alma
si en largo insomnio desfallece el cuerpo.
VIRGINIA
En tu adhesión y tu prudencia fío,
y a obedecerte voy. Ya nada temo.
CAMILA
Y Marte quiera que el bifronte Jano
cierre en breve las puertas de su templo.
VIRGINIA
cumple a los hombres defender con gloria
el honor de la patria combatiendo;
guardar intacto a las mujeres cumple
el honor de los hombres. Lidien ellos
con armas en el campo; aquí nosotras
armadas de virtud lidiar sabremos.
Prendas del alma, cuya ausencia lloro,
hoy nos amaga pérfido extranjero;
soldados sois: por el honor de Roma
impávidos luchad; yo guardo el vuestro.

Entra en su estancia.

Escena IV

CAMILA, después ICILIO.

CAMILA
¡Amigo bienhechor del ser que llora,
inagotable fuente de consuelo,
padre del hondo olvido, hermosa imagen
de la eternal quietud, próvido sueño!
Sobre ella ejerce tu benigno influjo
librándola de aciagos pensamientos.
¡Horrible fuera padecer velando,
buscar reposo y padecer durmiendo!
Tú que al agravio de enemiga suerte
dulce mentira opones, placentero
con ósculo de paz su frente sella,
bate a su alrededor tu manso vuelo,
y plácidas imágenes sonrían
a quien busca en tu amor pronto remedio,
ya que afilando la insaciable garra
torvo espera el dolor pegado al lecho.

Pausa.

¿Mas qué nuevo rumor?... ¿Será posible
que torne Claudio?... Corro a detenerlo.
¡Icilio!
ICILIO
¡Gracias, soberanos dioses!

Dando señales de fatiga.

¡Al fin logré llegar, al fin aliento!

Dejándose caer en un lecho.

CAMILA
Cómo, señor, ¿tú en Roma?
ICILIO
Al punto, corre,
llama a Virginia.
CAMILA
Mírala.
ICILIO
Durmiendo.
CAMILA
¡Ha padecido tanto!
ICILIO
¡Horrible duda!
¿Quién su dolor motiva?
CAMILA
¡Ay! El exceso
de mal tan grande adivinar no puedes.
ICILIO
Lo ignoro aún, pero si a Roma vuelvo
es porque el alma resistir no pudo
a la voz de fatal presentimiento.
¡Y ojalá que me engañe! Ayer que el lauro
iba a lograr de mi ferviente anhelo,
el decenviro de mi bien me aparta,
falsa derrota, astuto, suponiendo.
El fiero Atilio que cayó en mis brazos
herido por sus propios compañeros,
ultrajados por él, llevaba ocultas
órdenes misteriosas, prohibiendo
que yo a Roma volviese... La perfidia
del proceder de Claudio..., el desenfreno
de sus nefandos vicios..., la hermosura
de Virginia... ¡Mil dudas!... ¡Mil recelos!...
CAMILA
Habla: ¿recelas?...
ICILIO
Que el protervo Claudio
ama a Virginia.
CAMILA
¡Desdichado, es cierto!
ICILIO
¡Oh!, sí: se engaña el corazón que espera
mas no el que teme. ¡Apenas me sostengo!...
¡Valedme, amor y libertad!... Inicuo.
¿Lo que ofreciste al mendigar tu puesto
de esta manera se nos cumple? Siempre,

CAMILA cierra la puerta del aposento de VIRGINIA como para que la voz de ICILIO no la despierte.

Vil opresar, empezarás pidiendo,
para negar después; siempre a tu lado
ha de tomar la ingratitud asiento.
¡Y Roma expira bajo infando yugo,
cáncer que pudre el alma de los pueblos!
No: Roma vive. Si matarla quieres,
tirano, ven y mátala en mi pecho.
CAMILA
Piensa en Virginia.
ICILIO
Defenderla juro,
Aulo me ayudará; venga al momento.
CAMILA
Ha largo rato le envié un aviso;
pronto aquí le verás.
ICILIO
Que el fiel Numerio
a la senda que al Álgido conduce,
vuele en raudo corcel, y con secreto
diera a Virginio que regrese al punto,
que Virginia le llama; que muy luego
podrá tornar al campo.
CAMILA
No es posible
que desoiga su voz.
ICILIO
Mas, dime, ¿el siervo
cuanto sucede ignora?...
CAMILA
Nada sabe.
ICILIO
Entonces guía.
CAMILA
Por aquí. Volemos.

Vanse por la puerta de la derecha.

Escena V

APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, y cuatro esclavos que entran por la puerta del foro. Después VIRGINIA, y a poco ICILIO y CAMILA.

CLAUDIO
Entrad. Aquí la vi.
MARCO
Tal vez medrosa
huyó a esconderse bajo amigo techo.
CLAUDIO
¡Por Júpiter! Mi encono redoblara
la empresa dilatando que proyecto.
Ella lo quiso: me rechaza libre,
esclava tuya depondrá el esfuerzo.
MARCO
Cesa, y escucha sus dolientes ayes.
CLAUDIO
Ven, pues, y a cabo nuestro plan llevemos.

Abre la puerta de la estancia de VIRGINIA y se detiene.

¡Dormida!
MARCO
Horrible agitación demuestra.
CLAUDIO
Tal vez mi sombra la persigue en sueños.
VIRGINIA
¡Claudio!

Dentro.

CLAUDIO
No me engañé.
VIRGINIA
Detente... aparta...

Dentro.

MARCO
Va a despertar.
VIRGINIA
¡Socorro!

Dentro.

CLAUDIO
Aquí la espero.
VIRGINIA
¡Huye, impío de mí!... ¡Déjame!... Nunca...

Sale despavorida de su estancia, y como queriendo detener a alguno.

¡Antes la vida!... ¡Ay mísera!... ¿Qué es esto?

Como volviendo en sí.

¿Es sueño o realidad? A Claudio he visto
y he luchado con él..., y aún juzgo verlo
tender los brazos hacia mí.
CLAUDIO
¡Virginia!

Presentándose a ella.

VIRGINIA
¡Oh!... ¡Claudio!... ¡No he dormido!... No; no sueño:
es él... ¡Es realidad!... ¡Favor!... ¡Socorro!
Déjame..., tente... Aparta. ¡Lejos... Lejos!

Sale retrocediendo por la puerta del foro.

CAMILA
¡Icilio!

Presentándose en la puerta de la derecha.

CLAUDIO
¿Qué oigo?

Deteniéndose.

CAMILA
¡Icilio!
ICILIO
¡Claudio!

Apareciendo igualmente en la puerta de la derecha.

CLAUDIO
¡Oh, furia!
CAMILA
¿Dónde, Virginia..., dónde? ¡Allí la veo!

Después de haber recorrido el escenario se asoma a la puerta del foro y sale por ella precipitadamente.

CLAUDIO
La ley castigue al desertor. Vosotros
detenedla.
ICILIO
¿Por qué?

Colocándose en medio de la puerta del foro.

CLAUDIO
Marco es su dueño:
la reclama.
ICILIO
¿Qué dices?
CLAUDIO
Pronto en Roma
se sabrá la verdad de este misterio.
ICILIO
¿Creíste hallar dos tímidas mujeres?...
CLAUDIO
Seguidla.
AULO
¡Icilio!

Presentándose en la puerta del foro.

ICILIO
Ven. ¡Te envía el cielo!
CLAUDIO
Deja al traidor y al decenviro acata.
AULO
¡Por él y contra ti brille mi acero!

Desnudando el estoque y preparándose a guardar la puerta.

CLAUDIO
Paso, o temed mi cólera.
ICILIO
Detente,

Desnudando también el estoque.

O Roma es libre y a Virginia vengo!

FIN DEL ACTO SEGUNDO

Acto tercero

Plaza. Desde el promedio del escenario se extiende hacia el foro el atrio de un templo dedicado a Júpiter.

Escena primera

VIRGINIA, ICILIO y CAMILA.

ICILIO
Descansa aquí, y en mis amantes brazos
da treguas al dolor. Yo te lo ruego;
la causa dinos del pavor que sientes.
VIRGINIA
no, que olvidarla para siempre anhelo.
¿Y Claudio? ¿Cómo su furor burlaste?
¿Dónde está? ¿Nos persigue?
ICILIO
No queriendo
acrecentar la indignación de Roma
si era en el rudo choque descubierto,
de no seguirte ni espiar mis pasos
rindió por el dios Fidio juramento.
Franca dejando la salida entonces,
Aulo y yo, nos lanzamos por diversos
caminos en tu busca.
VIRGINIA
¡Oh monstruo aleve!
CAMILA
En nuestro hogar con impío atrevimiento
fijó la planta, pero tú le diste
mil y mil pruebas de virtud y esfuerzo.
Tal vez comprenda que triunfar no puede,
y desista por fin del loco intento.
VIRGINIA
Mal le conoces, o me engañas.
ICILIO
Pronto
verás en Roma al ínclito guerrero
Que el ser te dio.
VIRGINIA
¡Mi padre!
ICILIO
Adicto esclavo
partió veloz...
VIRGINIA
Salgamos al encuentro
del que se acerca a defenderme.
ICILIO
Apenas
puedes mover la planta.
VIRGINIA
¡Bien lo veo!
CAMILA
Si el decenviro nuestra fuga sabe,
nos seguirán...
ICILIO
Más tarde partiremos:
cuando el terror que te domina cese.
Habla, mi bien; a comprender no acierto
por qué gritando y pálido el semblante,
trémula de pavor...
VIRGINIA
¡Fatal recuerdo!
ICILIO
No así te rindas al quebranto: piensa
que venera a veces rápido momento
las maldades de un siglo. Si hoy el crimen
vence, y al carro de sus triunfos vemos
la ley atada, y la virtud por senda
de abrojos huye lágrimas vertiendo,
quizá, Virginia, encontrarán mañana
castigo el crimen, la inocencia premio.
Ni el engreído Claudio es invencible
porque hoy se mire en elevado puesto
y nos agravie audaz: también se eleva
en alta cima el roble corpulento,
desafiando al huracán, y sopla
el huracán, y dóblase gimiendo,
y cede y cae.
CAMILA
La esperanza aliente
tu acongojado espíritu de nuevo.
ICILIO
Dínoslo todo.
VIRGINIA
¿Lo queréis? Oídme:
dolor comunicado agobia menos.
Después que huyó de mi presencia Claudio,
procuré, reclinándome en el lecho,
las fuerzas recobrar. ¡Ojalá nunca,
ojalá nunca me venciera el sueño!
Dormí..., ¡soñé! Fatídicas visiones
cruzaron las tinieblas en silencio,
cuando al embate de huracán bravío,
estallando el relámpago y el trueno,
Claudio aparece súbito: al mirarme
brillan sus ojos con fulgor siniestro;
quiero gritar, y en mi garganta expira
muda la voz, y el pavoroso espectro
corre hacia mí!... Pero en el mismo instante,
rápida de las nubes descendiendo,
una mujer entre los dos se lanza,
fijo en su corazón puñal sangriento.
Claudio la mira, y tiembla y retrocede;
y ella doblando con el pie su cuello,
«Lucrecia soy», prorrumpe; «otro tirano
dicha y honor me arrebató; muriendo
lavé mi mancha, y al tirano impío
ahogué en la sangre que vertió mi pecho!»
Cesa, y al punto de la edad pasada
la imagen fiel atónita contemplo:
álzase Bruto a la venganza; Roma
arde en justo furor; a extraño suelo
con vil desdoro los Tarquinos huyen;
triunfa la libertad del yugo horrendo.
Y en mí Lucrecia su mirar clavando,
«la patria gime en nuevo vilipendio:
que nueva sangre de mujer la riegue;
te espero»; dijo, y remontó su vuelo.
Y el hondo trueno en su postrer murmullo
«¡te espero!» clama en lúgubre lamento;
y el huracán perdiéndose en la esfera,
con ¡ay! doliente repitió «¡te espero!»
Entonces Claudio su furor redobla,
lucho... y ya sabes lo demás. Despierto;
y al despertar, como le vi dormida
al tigre miro de mi honor sediento;
crece mi asombro, y de mi albergue salgo;
juzgo que me persigue, y más me alejo;
llego rendida aquí, tu voz me llama,
y gozosa al oírla me detengo.
ICILIO
¡Cielos, que nunca a realizarse llegue
tan aciaga visión!
CAMILA
¡Infausto ensueño!
Yo con la mano en su rodilla puesta
elevaré mi voz al Dios supremo
que el orbe rige; a su benigno solio
suba tu nombre en mi suspiro envuelto.
ICILIO
Mas ved: la multitud el templo deja.

Escena II

DICHOS. AULO, que llega por el segundo término de la izquierda, y pueblo que empieza a salir del templo pausadamente. A poco MARCO CLAUDIO seguido de tres esclavos. Después APIO CLAUDIO con doce lictores.

ICILIO
¡Aulo!
AULO
Amigo infeliz, al fin te encuentro.
¿Qué debo hacer?
ICILIO
En busca de Virginio
con ella parto.
AULO
Os seguiré.
VIRGINIA
Marchemos.

Dirigiéndose a la derecha.

MARCO
Detente, y ven conmigo.

Llega por el mismo sitio que AULO. -Queriendo asir de un brazo a VIRGINIA.

ICILIO
¡Aparta!
VIRGINIA
¡Oh dioses!
ICILIO
¿Ella seguirte?
MARCO
Ayer se ha descubierto
oculto engaño, y a la faz de Roma
hoy de Virginia apoderarme puedo.
Si no me sigue, apelaré a la fuerza.

Haciendo a sus esclavos señal de que se acerquen.

ICILIO
¡Tened!

Amenazándolos.

MARCIO
¿Por qué razón?
ALGUNOS DEL PUEBLO
¿Con qué derecho?
CLAUDIO
siempre a tu voz el decenviro acude,

Sale por la izquierda seguido de doce lictores.

pueblo romano. Explícame el suceso
que así te alarma.
ICILIO
¡Y se atrevió a jurarme
que no te seguiría!
MARCO
Ampara recto
a quien justicia y protección reclama.
Mi labio ayer te reveló un misterio
que dueño me hace de Virginia. Vuelva
a mi poder.
CLAUDIO
A tu demanda accedo.
MARCO
Sígueme.
VIRGINIA
Dinos el motivo.
CLAUDIO
¡Ay triste!
No lo quieras saber.
VIRGINIA
Quiero saberlo.
CLAUDIO
Habla.
MARCO
La que pasó por madre tuya,
no lo fue en realidad.
VIRGINIA
¿Qué dices?
MARCO
Viendo
su lecho estéril y al airado esposo
en lejana región, compra en secreto
a mi esclava Laódice una niña,
y hace creer que es fruto de su seno.
Ayer murió tu verdadera madre,
esta escondida trama descubriendo.
Según la ley, el hijo de mi esclava
me pertenece.
VIRGINIA
¡Sí..., no hay duda!... ¡Aun sueño!
CAMILA
¡Qué iniquidad!
ICILIO
¡Calumnia!
PUEBLO
¡Sí; calumnia!
ICILIO
Fácil es comprender tu infame objeto.
CLAUDIO
Es su esclava.

Al pueblo que murmura.

VIRGINIA
¡Yo esclava..., ¡yo!
MARCO
Lo afirmo.
VIRGINIA
Sí, tú lo afirmas, pero yo lo niego.
CLAUDIO
Niegas en vano que naciste esclava.
VIRGINIA
Libre nació Virginia.
CLAUDIO
¡Error funesto!
VIRGINIA
Virginia es libre.
CLAUDIO
¿Quién te lo asegura?
VIRGINIA
La sangre a voces me lo está diciendo.
MARCO
Haz que me siga adonde yo la ordene.
ICILIO
Mi cólera temed.
VIRGINIA
¿Y se atrevieron
a mancillar el adorado nombre
de aquella madre que debí a los cielos?
Si verme al cabo en tu poder querías,
de mi virtud vengarte, y mis esfuerzos
vanos hacer, ¿por qué no has empleado
para lograr tu afán distintos medios?
Yo sola te ofendí: la culpa es mía,
lanza sobre mí sola tu veneno;
pero respeta el nombre de mi madre,
¡respeta la memoria de los muertos!
CLAUDIO
llevadla.
VIRGINIA
¡Oh madre, a defenderme acude;
yo te lo pido por el gozo inmenso
que te inundó cuando por vez primera
fue tu Virginia a tus entrañas peso!
CAMILA
Amparadla.

Al pueblo. Éste se adelanta hacia CLAUDIO dando muestras de furor. A una señal del decenviro los lictores amenazan con las fasces, y el pueblo retrocede.

ICILIO
¿Calláis?
AULO
¡Oh mengua!
ICILIO
Nunca
el heroísmo floreció entre hierros.
CLAUDIO
Lictores: obligadla a que obedezca
a Marco, su señor.
ICILIO
Juzga primero,
después condenarás.
GRITOS GENERALES
¡El juicio! ¡El juicio!
AULO
Todos lo piden.
PUEBLO
Todos.
CLAUDIO
Ya os precedo,
y al punto mismo...
ICILIO
¿Ignoras que Virginia
tiene un padre supuesto o verdadero?
¡Es Virginio!
MARCIO
¡Un soldado valeroso!
AULO
¡Un héroe!
ICILIO
Que se aguarde a su regreso.
MARCO
(Sin orden tuya regresar no puede.)

A CLAUDIO.

CLAUDIO
Pues bien; de Roma acato los preceptos.
VIRGINIA
¡Gracias, clemente Jove!
CLAUDIO
Pero en tanto
que el juicio que pedís se lleva a efecto,
es fuerza que a Virginia se custodie
en seguro lugar. Nadie, os lo advierto,
verla podrá; ni el centurión Virginio.
MARCO
Yo la reclamo: custodiarla debo.
VIRGINIA
¡Tú! Nunca.

Murmullos del pueblo.

CLAUDIO
Yo, mi rectitud probando,
la guardaré bajo mi propio techo.
VIRGINIA
¡Ten de mí compasión!
ICILIO
Oídme: quiere
ponerla en tan odioso cautiverio
porque lúbrico amor su pecho inflama.
VIRGINIA
¡Amor al crimen que inspiró el averno!
ICILIO
¡Porque rendir su honestidad pretende!
VIRGINIA
¡Y porque yo, romanos, la defiendo!
CLAUDIO
Sustraerse a la ley en vano esperan
con tal acusación, que yo desprecio.
¡Ay del que osado a mi querer se oponga!

Al pueblo que da muestras de indignación y cólera. -El pueblo retrocede de nuevo.

ICILIO
Mátame.
CLAUDIO
A Icilio aprisionad.
VIRGINIA
Teneos.
Cede a la fuerza, y a mi padre aguarda.
Yo a los tres mi venganza os encomiendo.
¿Tú morir? No: ¡para salvarme vive!
ICILIO
¡Oh rabia!
VIRGINIA
(Tu puñal.

ICILIO entrega un puñal a VIRGINIA; ésta le oculta.

Gracias.) Marchemos.
Roma degenerada, ¿así me entregas
al corruptor infame? Quiera el Cielo
que no se miren vuestras hijas nunca
en el horrible trance en que me veo.
Sígueme: yo te mostraré el camino
gritando que soy libre y te aborrezco!

Da un paso y se detiene.

¿Y permitís, oh númenes, que nazcan
tales malvados? Pero sí; comprendo
el gran designio... y mi valor se aumenta:
¡al malo hacéis para probar al bueno!
¡Vamos!

Vase por la izquierda, seguida de APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, los lictores y los esclavos.

Escena III

ICILIO, AULO, CAMILA y pueblo; después VIRGINIO.

ICILIO
¡No, no es posible! Antes la muerte
que abandonarla a su destino adverso.
AULO
Fuera tu arrojo inútil.

Deteniéndole.

ICILIO
¡Me abandonan
las fuerzas!... ¡Oh! Corred a detenerlos:
no toleréis que me la robe. Amigos,
¡ved que es mi bien, mi esposa! ¡Yo fallezco!
AULO
¡Icilio! ¡Icilio! Desdichado, alienta
para vengarla. ¡Sí; la vengaremos!
CAMILA
Pronto Virginio volverá, y entonces...
AULO
Sucumbirá también si al tigre fiero
su presa intenta arrebatar.
CAMILA
¡Bien dices!
AULO
todos calmar su furia procuremos.
CAMILA
¿Quién, hija mía, llorará contigo?
¿Quién te dará su ayuda en tanto duelo?
SERVILIO
¿Qué piensas tú de lo que está pasando?
MARCIO
Que ni en Roma nacimos, ni tenemos
sangre en las venas.
SILVIA
¡Desdichada joven!
¡Maldito decenviro!
MARCIO
¡Me avergüenzo
al recordar!...
OCTAVIA
¡Y cuando vuelva el padre!...
SILVIA
¡Crudo golpe le aguarda!
ICILIO
¿Es cierto, es cierto
que la virtud a la traición sucumbe,
que el vil me la arrebata?
DECIO
¿Qué estoy viendo?
Aquellos dos que en rápidos corceles
hacia aquí se dirigen...
CAMILA
Sí, son ellos.

Mirando en la misma dirección.

ICILIO
El esclavo y Virginio.
MARCIO
Allí.

Indicando a algunos del pueblo el lugar por donde se supone que llega VIRGINIO.

ICILIO
¡Y es fuerza
decirle la verdad! Yo no me atrevo.

Retírase con AULO, como temiendo la presencia de VIRGINIO.

CAMILA
Me ve.
DECIO
Desciende.
CAMILA
¡Oh númenes!
VIRGINIO
¡Camila!

Dentro.

MARCIO
¡Padre infeliz!
SILVIA
¡Ay triste!
CAMILA
Me estremezco,
VIRGINIO
¿aquí por dicha me esperabas? Dime

Saliendo por la derecha.

¿por qué me obliga a regresar Numerio;
por qué a tu lado se encontraba Icilio?

Breve pausa.

En el camino a mi centuria dejo;
y, al obtener la competente venia,
juré llegar mañana al campamento.

Otra breve pausa.

¿Qué sucede? ¿Y Virginia?... ¡El rostro ocultas!...

Separándole las manos del rostro.

¡Cómo! ¿Llorando estás? -¿Por qué?... ¡No acierto!...
Vamos; dilo.
CAMILA
¡Señor!
VIRGINIO
Prosigue.
CAMILA
El llanto
que me ahoga conteste; yo no puedo.
VIRGINIO
¡Sacras deidades! -¿Y también vosotros
del padre os alejáis? ¡Tampoco obtengo

Mirando al pueblo que se retira de él en ademán de dolor.

de vosotros respuesta!... ¿Qué infortunio
más grande que la duda? Yo os lo ruego:
de esta ansiedad libradme. -¡Y callan todos!
¿Será?... ¡No, no; qué horrible pensamiento!
Sosiégate, Camila. ¿Acaso dudas
de mi valor?
ICILIO
¿Y quién ha de tenerlo

Presentándose con AULO.

en tan infausto día?
VIRGINIO
¡Icilio!
ICILIO
¡Padre!

Con desesperación y amargura.

VIRGINIO
¡y, que no me engañé! ¡Virginia ha muerto!
ICILIO
¡Infeliz!
VIRGINIO
¡Hija mía!... Vamos... vamos.
Regaré con mis lágrimas su cuerpo;
su casta frente ceñiré de flores;
daré a sus labios el postrero beso...
Y después al combate. ¡Oh patria mía!
¡Dichoso yo si expiro como bueno!
AULO
Virginia vive.
VIRGINIO
¡Vive!
ICILIO
Tu infortunio
fuera si no viviese más pequeño.
VIRGINIO
Acaba de una vez...
ICILIO
Mi tierna esposa
se hallaba en este sitio hace un momento...
AULO
Y Claudio ahora en su poder la tiene.
ICILIO
Marco a Virginia reclamó diciendo
que fue su madre verdadera, esclava
que le pertenecía, y que en secreto,
lejano tú, se la vendió a tu esposa.

VIRGINIO los mira alternativamente con el mayor asombro.

AULO
Aun comprender no puedes el misterio
de tan horrenda trama.
ICILIO
El decenviro
arde por ella en licencioso fuego.
AULO
¡Y a tus brazos la arranca!
ICILIO
¡Y la condena
a ceder sin defensa en duro encierro!
VIRGINIO
¡Oh!... ¿Qué dices?... Repítelo... -¿Qué tardas?
¡Para creer el mal ni aun basta verlo!
¡Deshonra! ¡Esclavitud!... ¡Virginia!... ¡Claudio!...
¿Cuál de los dos delira?... ¡Tú! ¿No es cierto

Dirigiéndose al pueblo.

que ya el sepulcro la inocencia guarda
de la que fue mi orgullo y mi embeleso?
¿Será verdad?... ¡Esclavitud!... ¡Deshonra!...
¡No!... Mentira!... ¡Imposible!... ¡No lo creo!

Pausa. -Todos demuestran el mayor abatimiento. VIRGINIO dirige una mirada indagadora en torno suyo, y exclama dirigiéndose al pueblo:

¡Y aquí se hallaba..., y los traidores lobos
por la tímida oveja aquí vinieron!
Dadme a Virginia; dádmela. ¡Cobardes,
el brillo de una espada os causa miedo!...
Bien hace Claudio en oprimir a Roma:
cuando un pueblo es esclavo, debe serlo.
CAMILA
¡Señor!
AULO
Escucha.
ICILIO
Cálmate.
VIRGINIO
Dejadme:
no irritéis mi dolor con el consuelo.
Venganza pide la virtud, venganza
la libertad, venganza mundo y cielo.
¡Le buscaré! ¡Le mataré!

Desnudando el estoque.

AULO
Detente
ICILIO
sólo a tu perdición caminas ciego.
VIRGINIO
Y ¿qué he de hacer? Aconsejadme todos;
prestadme ayuda. Si triunfar no puedo,
mi fuerte brazo perderá la patria,
que no hay valor sin honra... ¡Y vuela el tiempo
y su pureza el bárbaro marchita,
y ultrajando mi honor, ultraja el vuestro!
Por la sangre en los campos derramada,
perdonadme estas lágrimas que vierto.
¡Era mi solo bien! ¡Único es siempre
el hijo desdichado! Hablad: salvemos
a la infeliz, o el que la agravia expire.
¡ su lado! ¡Indefensa! ¡Un medio! ¡Un medio!

Recorriendo la escena y dirigiéndose a todos.

ICILIO
Valor, romano, y tu aflicción modera.
VIRGINIO
¿Sabes tú por ventura lo que pierdo?
¡Tú no eres padre!
CAMILA
Protegedla, ¡oh dioses!...

ICILIO y AULO hablan aparte, como para tomar una resolución.

VIRGINIO
Sí, la protegerán: los elementos
nuncian su encono, la tormenta avanza.
Hunde, tonante Dios, hunde al protervo.

La escena se obscurece rápidamente. El pueblo, sobrecogido de pavor, se retira al fondo del teatro, donde permanece hasta la conclusión del acto.

ICILIO
Corre y en sus moradas penetrando
refiere a tus amigos y tus deudos
la iniquidad que te deshonra.

A VIRGINIO.

VIRGINIO
Al punto.
AULO
Haz que te sigan y arrostrando el riesgo,
vuela al palacio del traidor.
ICILIO
Su guardia
quizá no te conozca
VIRGINIO
Mensajero
me fingiré del campo.
ICILIO
Tu presencia
refrenará la audacia del perverso.
AULO
Yo a mis parciales buscaré.
ICILIO
Los míos
acudirán veloces.
CAMILA
En el templo
rogaré por vosotros.
ICILIO
Ciudadanos,
dirá mi voz, por nuestro honor lidiemos!
AULO
¡Por nuestra libertad!
VIRGINIO
¡Por nuestros hijos!
ICILIO
¡Esperanza!
AULO
¡Valor!
VIRGINIO
¡Pronto!
ICILIO
¡Volemos!
VIRGINIO
Y si he de hallarla deshonrada o muerta,
que la encuentre sin vida, justo cielo!

Los tres salen precipitadamente por distintos lados. CAMILA se dirige al templo.

FIN DEL ACTO TERCERO

Atrio de casa de APIO CLAUDIO. Puerta en el foro. A la derecha la silla de marfil sobre una especie de altar. A la izquierda un lecho muy elevado; otro más pequeño en primer término. Trofeos, estatuas, etc.

Escena primera

APIO CLAUDIO sobre un lecho. El AUGUR de pie a su lado, revestido de la trábea y con el lituo en la mano derecha. MARCO CLAUDIO. Esclavos arrodillados y como implorando al cielo. Éstos se levantan. CLAUDIO vuelve de su letargo.

AUGUR
Rotas, señor, las turbulentas nubes
ya no silban los vientos desatados,
ni rodando veloz retumba el trueno
ni la atmósfera rasga el ígneo rayo.
Respira al fin, y a la existencia vuelve.
CLAUDIO
Al fin respiro, y triunfo del letargo
que heló mi sangre.

Incorporándose en el lecho.

AUGUR
Del tonante Jove
tal es el poderío soberano.
A un revolver de sus ardientes ojos
hondo estrépito asorda los espacios,
y el cielo vierte sobre el mar su lumbre,
y álzase el mar al cielo rebramando.
A otra señal los elementos gimen
a sus plantas de nuevo encadenados,
y el cielo copia las azules ondas,
y el mar refleja el brillo de los astros.
CLAUDIO
Al sumo Dios que en el Olimpo reina
también el hombre gime esclavizado.
Mi pecho hervía en el afán más vivo,
y al terrífico son nuncio de estragos,
desfalleció mi espíritu cobarde.
AUGUR
La alegre fiesta, los solemnes actos,
las ceremonias se interrumpen, tiembla
lleno de susto el corazón más bravo,
cuando Júpiter muestra sus furores,
estremeciendo chozas y palacios.
Tú me llamaste, y obediente vine.
¿Qué anhelas?
CLAUDIO
Despejad.

MARCO y los esclavos se van por la puerta del foro.

Augur, reclamo
de tu saber los beneficios.
AUGUR
Habla.
CLAUDIO
Tumba sea tu pecho a mi relato.
Existe una mujer que me aborrece
y a quien rendir frenético he jurado;
mas hoy que la privé de humana ayuda,
llevar queriendo mi designio a cabo,
Nuevo Tarquino me llamó, Lucrecia
una vez y otra vez sonó en su labio,
y a Jove luego demandó socorro,
y al punto Jove respondió tronando;
y «Jove me defiende, tiembla!» dijo,
y temblé..., como tiemblo al recordarlo!...
Corro al hogar, ofrezco a mis penates
dulce miel, y a mis plantas la derramo;
huyo de nuevo, y rásgase mi toga;
y corro más, y cuando llego al atrio,
gira a mi alrededor siniestro búho,
negro can a mi vista pasa aullando,
y siento al fin mi sangre congelada,
y me roba la vida el fiero espanto!
¿Qué significa mi fatal congoja?
¿Qué me dicen augurios tan infaustos?
Rasgue tu ciencia el misterioso velo
que sobre lo futuro extiende el Hado.
AUGUR
Cálmate.
CLAUDIO
Ningún riesgo me amenaza,
¿no es cierto? Sí: lo presumía! Caro
pagará la cuitada el hondo susto
que en fatídico instante me ha causado.
Pronto sin honra bajará a la tumba.
AUGUR
(¡Tan joven, tan hermosa!)
CLAUDIO
En holocausto
al sumo Jove ofreceré su sangre.
AUGUR
¡Ay de ti si ella muere, desdichado!
CLAUDIO
¡Oh! ¿Qué pronuncias?
AUGUR
El funesto augurio
es ya a mis ojos como el día claro.
CLAUDIO
¿Qué tardas? Habla; explícate!...
AUGUR
La vida
de esa mujer que el repetido halago
supo esquivar impávida, a la tuya
ligada está por invisible lazo.
Será su muerte de tu muerte anuncio,
y entre ambas mediará muy breve espacio.
CLAUDIO
¡Qué horror! ¿Será verdad?
AUGUR
Cuando ella muera
tú morirás también.
CLAUDIO
¡Destino aciago!
Pero ¿qué debo recelar?
AUGUR
Las aves
predecían ayer con vuelo y canto
crimen horrendo y sin igual desdicha;
negro aviso también del mal cercano
las víctimas al cielo consagradas
ayer a los arúspices mostraron.
CLAUDIO
¿Y no es posible desatar el nudo
que a ella me liga? ¡Fuerza es desatarlo!
AUGUR
Si cede al fin la cólera del cielo,
serán independientes vuestros hados;
si no cede el furor y ella sucumbe,
¡ay de Claudio!
CLAUDIO
¡No sigas!
AUGUR
¡Ay de Claudio!

Vase lentamente por la puerta del foro.

Escena II

CLAUDIO solo; después MARCO.

CLAUDIO
¡Oh! sus palabras, su ademán, su acento
de turbación mi espíritu han llenado.
«Cuando ella muera, morirás.» ¡Mi vida
es de otra vida esclava!... En vano, en vano
querré salvarme si mortal congoja
se ceba en ella, si imprevisto acaso
abre su tumba. El moribundo espera;
yo ni aun podré esperar en tal quebranto,
y vivo aún ¡me juzgaré sin vida!
¡Qué ansiedad! ¡Qué morir tan prolongado!
mas ¿qué recelo!... Juventud lozana
presta a Virginia vigoroso encanto.
Aquel semblante en púrpura teñido
salud proclama... Infatigable avaro
yo miraré en su vida mi tesoro,
y le sabré guardar años y años!...

Pausa.

Ya no se escucha ni el rumor más leve...
Sin duda en mi cerebro acalorado
sólo existieron tétricas visiones.
¡Aun soy el decenviro..., el rey..., el amo;
y de Virginia triunfaré... Mañana
calmará su dolor el brillo, el fasto.
¿Yo desistir? Mi voluntad no cede.
¡Yo por doncella mísera humillado!...
Álcese el pueblo en impotente saña:
fiero león dispersará el rebaño.
Ruja otra vez la tempestad, ¿qué importa?
¡Aun soy el decenviro..., aun puedo..., aun mando!
Marco.

Acercándose resueltamente a la puerta del foro.

MARCO
Señor.

Entrando por el mismo sitio.

CLAUDIO
¿Qué hiciste?
MARCO
Al campamento
ha partido veloz nuevo legado,
y una vez en el Álgido Virginio,
intentará sin fruto abandonarlo.
CLAUDIO
¿Y a mi guardia severo previniste?...
MARCO
Que sólo entrar no vede a quien del campo
algún mensaje traiga.
CLAUDIO
Corre, y torna
con Virginia a este sitio. Escucha, Marco.

MARCO se detiene.

Si el juicio al fin se verifica, y eres
de esa doncella dueño declarado,
hasta que yo la guarde, de su vida
tú me responderás. Ni leve daño
sufra Virginia si la tuya aprecias.
MARCO
Fía en mí.

Vase por la puerta de la izquierda.

CLAUDIO
¡Venceré! No amor liviano
a Claudio avasalló; pasión más grande
le embravece: ¡el despecho! ¿Triunfa acaso
débil arbusto de huracán soberbio
a cuyo fuerte empuje el monte es llano?
héla aquí.

Escena III

APIO CLAUDIO. VIRGINIA, que cruzada de brazos se adelanta hacia el proscenio. MARCO y dos esclavos, que a una seña de CLAUDIO se retiran por la puerta del foro.

CLAUDIO
Ya lo ves: nadie te ampara;
aquí todo obedece mi mandato;
sola estás.
VIRGINIA
El pudor está conmigo.
CLAUDIO
No lograrás enfurecerme: te amo.
VIRGINIA
Pruébalo.
CLAUDIO
¿De qué modo?
VIRGINIA
El sacrificio
es del amor inseparable hermano.
Renuncia a tu propósito; respeta
a la mujer amada.
CLAUDIO
Nunca el dardo
en su rápido vuelo retrocede:
tal es mi voluntad.
VIRGINIA
¿Y así obcecado,
su cólera tremenda desafías,
el aviso del cielo despreciando?
Sé clemente una vez; si humanos padres,
y no insensibles fieras te engendraron,
benigno cede, o teme que los dioses
borren hasta la huella de tus pasos.
CLAUDIO
¡Loca audacia! ¿Qué esperas? ¿Qué presumes?
¿Qué te propones?
VIRGINIA
Sucumbir lidiando.
CLAUDIO
¿Morir deseas?...

Como recordando el pronóstico del AUGUR.

VIRGINIA
Cuando amada vivo,
¿cómo no amar la vida? Claudio, Claudio,
¿por qué te privas del mayor deleite
que ennobleció jamás un pecho humano?
¡Llanto ajeno secar! La propia dicha
con la ajena se labra.
CLAUDIO
¿En lloro amargo
trocada miro la altivez?
VIRGINIA
¿Qué fuera
de quien padece en triste desamparo,
si como airada tempestad su lluvia
no tuviese el dolor su amigo llanto?
CLAUDIO
¿Cómo vencer tu repugnancia, cómo
tu afecto conseguir?
VIRGINIA
Puedes lograrlo.
Existe una mansión donde mi vida
libre corrió de aleve sobresalto.
Mi madre unidos prodigome en ella
tiernas caricias y preceptos sabios.
Allí mi boca en su postrer aliento
su espíritu bebió; mi yerta mano
cerró sus ojos, y por cuatro veces
con lacrimoso acento la llamamos!
Aquel recinto venturoso un día,
aun yace en sus virtudes impregnado,
y aquel ambiente próvida perfuma
la flor eterna de recuerdo santo.
Condúceme tú propio a tal morada,
y puro afecto lograrás en cambio,
que es perdonar en la mujer trofeo,
y borra un beneficio mil agravios.
CLAUDIO
¿Dejar que libre a tu morada vuelvas?
¿Unida verte a mi feliz contrario?
¡Para que vuestro júbilo me insulte!
¡Locura fue tan sólo imaginarlo!
Arda su pecho en cancerosa envidia,
sufra la pena del talión, calmando
con su rabia mi rabia. Roma entera
llorará tu desdén. Sierva de Marco,
te compraré a tu dueño: de mi vista
nunca te apartarás; ¡siempre a mi lado!
VIRGINIA
¡Hazañas dignas de memoria eterna!
Yo desde luego tu heroísmo aplaudo.
Siga rigiendo en la potente Roma
tan recto juez, caudillo tan bizarro,
y el pueblo rey que amenazaba al mundo,
siervo se arrastrará de pueblo extraño.
Gozarte ansioso en el dolor ajeno,
recurrir a encubierto asesinato,
cebar tu saña en tímida doncella;
las leyes que tú mismo has sancionado
pérfido hollar, juzgarte valeroso
cuando te cerca bélico aparato,
¡oh, sí; de tantos portentosos hechos
ciñe tu frente el envidiable lauro!
Pero en la cumbre del poder te miras
a desventura eterna condenado,
porque a sí propia la maldad se hiere,
porque al hacer temblar, tiembla el tirano!
CLAUDIO
En breve los excesos que me imputas
verás en justa pena realizados.
Esto exige mi amor.
VIRGINIA
¡Maldito sea
amor que al odio se parece tanto!
CLAUDIO
Icilio morirá.
VIRGINIA
Con honra expire.
CLAUDIO
Será tu padre de mi furia blanco:
VIRGINIA
mátele el golpe de enemiga saña,
y no el dolor de verse deshonrado.
CLAUDIO
¿Por qué desdeñas a propicia suerte?
Pronuncia un sí, pronúncialo, y ufano
rompo tus hierros y te doy riquezas,
¡poder! Un no te abismará en el fango.
Responde.
VIRGINIA
No.
CLAUDIO
Tu desventura labras.
VIRGINIA
Mil veces no.
CLAUDIO
Si galardón más alto
codicias, habla; pide, y Roma es tuya.
VIRGINIA
Fácilmente se otorga un bien robado.
CLAUDIO
Pues de la tumba o mía.
VIRGINIA
De la tumba.
CLAUDIO
¡Al punto!

Dirigiéndose hacia la puerta del foro.

VIRGINIA
Corre, que impaciente aguardo.
CLAUDIO
Piénsalo bien. ¡La muerte!

Deteniéndose.

VIRGINIA
Soy romana.
CLAUDIO
Pierdes la vida.
VIRGINIA
La inocencia salvo.
CLAUDIO
Mía serás aunque el averno mismo
te dé favor.

Con arranque de ciego furor.

VIRGINIA
¡Jamás!

Retirándose.

CLAUDIO
Pronto en mis brazos...

Dirigiéndose a ella furioso.

VIRGINIA
¡Un paso más, y abrazas un cadáver!

Levantando sobre su pecho el puñal que ICILIO le dio en el acto anterior.

CLAUDIO
¡Qué miro!... ¡Horror! Detente.

Retrocediendo.

VIRGINIA
¡Un solo paso!

En la misma actitud.

CLAUDIO
¡Oh; no!... Perdona... ¡Compasión? El hierro
dame... Dámelo.

Acercándose a ella como para quitarle el puñal.

VIRGINIA
Aparta.

Haciendo nuevo ademán de herirse.

CLAUDIO
Sí; me aparto.

Retrocediendo otra vez.

Tú mandas, tú... Pero del pecho aleja
ese puñal... Lo pido arrodillado...

Inclinándose,

Fingí querer matarte... ¡Vive... vive!...

Cayendo completamente de rodillas.

¡Ay que si mueres tú!... ¡Fatal presagio!
VIRGINIA
Que mueras manda el cielo.

Dirigiéndose a él como inspirada para darle muerte.

¡Ah; no! ¡La vida
es el mayor castigo a los malvados!
VIRGINIO
¡Hija!

Dentro.

CLAUDIO
¡Esa voz!

Levantándose.

VIRGINIO
¡Virginia!

Dentro.

VIRGINIA
¡Padre!
CLAUDIO
Calla.
VIRGINIA
¡Padre!

Dirigiéndose hacia la puerta del foro.

Tente.

Deteniéndola.

Escena IV

DICHOS y VIRGINIO, presentándose en la puerta.

VIRGINIO
¡Hija mía!
VIRGINIA
¡Padre amado!

Corriendo a precipitarse en los brazos de VIRGINIO.

VIRGINIO
¡Hija del corazón!

Abrazándola.

CLAUDIO
¡Cielo implacable!
VIRGINIO
Ya no está sola, inicuo: ¡está en mis brazos!
VIRGINIA
Sí; te esperaba.
VIRGINIO
Pero no... ¡Virginia!...

Apartándola de sí.

Habla, responde, sepa un desdichado
si aún te puede abrazar!
VIRGINIA
Por vez primera
me juzgo digna del paterno halago.
VIRGINIO
¿Triunfar pudiste?... ¡Desdichada! ¿Cómo?

Manifestando duda.

VIRGINIA
¿No vences tú peligros batallando,
que el más valiente insuperables juzga?
¡Pues yo también el riesgo he despreciado,
que el amor a la honra, padre mío,
vence imposibles como el fuego patrio!
VIRGINIO
Vuelve a mi seno, prenda idolatrada.
¡O noble ardor! ¡O esfuerzo sobrehumano!
¿Dónde más alta gloria? ¿Cuándo un padre
se miró por un hijo más honrado?
¿Qué importan los dolores padecidos?
¡Este momento basta a compensarlos!

Abrazando a su hija repetidas veces frenético de gozo.

VIRGINIA
¡Envidia el triunfo de las almas puras;
hallar consuelo en el mayor quebranto!
VIRGINIO
Casi me inclino a perdonar el crimen
que tu virtud a conocer me ha dado,
CLAUDIO
¿cómo entraste? Responde.
VIRGINIO
Mensajero
del campo me fingí. Luego burlando
la vigilancia de tu guardia...
CLAUDIO
Y osas
confesar que has mentido?
VIRGINIO
¿Ignora Claudio
cuánto puede su influjo? El mal ejemplo
del magnate corrompe a los vasallos.

Con ironía.

CLAUDIO
¿A qué viniste?
VIRGINIO
A rescatarla vengo.

Señalando a VIRGINIA.

CLAUDIO
¿No sabes ya que pertenece a Marco?
VIRGINIO
Basta de torpe disimulo: el crimen
es menos detestable siendo franco.
VIRGINIA
¡Padre del alma!
VIRGINIO
La traición te dijo
que no lo soy. ¡Mentira; infame engaño!
¡Soy tu padre: sí, sí; tu padre! Nunca
lo dudes, hija mía.
VIRGINIA
¡Yo dudarlo!
VIRGINIO
El que tu infancia coronó de flores;
el que de vanas pompas olvidado
gozó en tu gozo y suspiró contigo
y vivió de tu vida; el que arrostrando
seguro riesgo a defenderte acude,
ése es tu padre. ¡Y quieren separarnos!
¿Cómo romper el nudo que nos liga?
Naturaleza eterno lo ha formado.
¿Juzgas tan fácil profanar sus leyes
porque has vencido, las de Roma hollando?
Porque derecho nos robaste y gloria,
¿pretendes hoy el corazón robarnos?
porque en la tierra dominar pudiste,
¿quieres al cielo mismo hacer esclavo?
No te detengas. ¡Adelante! Sube...
¡Tu caída será desde más alto!
CLAUDIO
Nunca supuse que existiera un hombre
capaz de cometer tal desacato.
VIRGINIO
¡Yo nunca presumí que llegaría
tiempo tan azaroso, tan infausto,
que ni puede llamarse el libre libre,
ni padre el padre!
CLAUDIO
Tu furor calmando,
quién soy recuerda.

En tono de amenaza.

VIRGINIA
¡A su venganza expuesto!
¿Cómo he podido, cielos, olvidarlo?

Atemorizada por el ademán y acento de CLAUDIO.

Huye, déjame.
VIRGINIO
Nunca los peligros
en las sangrientas lides me arredraron.
¡Merezca el hijo al amoroso padre
lo que debió la patria al buen soldado!
CLAUDIO
¡Ay de la patria que rebeldes nutre!
VIRGINIO
¡Ay si depone el miedo, recordando
que siempre fue la horrenda tiranía
férreo coloso en pedestal de barro!
CLAUDIO
¡Basta! ¡Lictores, acudid!

Acercándose a la puerta del foro. Se oye confuso rumor de voces.

VIRGINIO
Escucha.
CLAUDIO
¿Qué significa?...
VIRGINIO
Reconoce, insano,
la voz del pueblo que nos presta auxilio.
CLAUDIO
Mientes.

Escena V

DICHOS, MARCO CLAUDIO, después ICILIO y AULO.

MARCO
Señor, el pueblo amotinado
a las puertas se agolpa.
VIRGINIA
¡Oh gozo!
CLAUDIO
¡Oh rabia!
VOCES DENTRO
¡Virginia! ¡El juicio!
CLAUDIO
Al punto dispersadlo.
MARCO
Fuera empresa arriesgada. Hablarte quieren.
CLAUDIO
Sólo a dos por la plebe designados
conduce a este lugar.

Vase MARCO precipitadamente por la puerta del foro.

VIRGINIO
¡Lo ves, soberbio!
Roma alienta de nuevo: estoy vengado.

Nuevos rumores.

CLAUDIO
yo en su furor encuentro mi delicia,
que así más gloria al reprimirla gano.
Esa voz es el último quejido
que lanza el moribundo entre mis manos.
VIRGINIO
Ese rumor que tu coraje irrita,
anuncia que volvió de su desmayo;
y el despertar de un pueblo es más terrible
a medida que el sueño fue más largo!
VIRGINIA
¡Icilio!

ICILIO, AULO y MARCO entran por la puerta del foro.

ICILIO
Roma por mi voz te ordena
que des al punto libertad a entrambos.
AULO
Que sin demora se celebre el juicio.
CLAUDIO
Pues bien, salid; y al juicio preparaos.

Fuera de sí.

ICILIO
¡Al foro, al foro!
CLAUDIO
A mis clientes arma;
al foro mis lictores, mis soldados.
VIRGINIO
¿Quieres la guerra?
CLAUDIO
Cuenta mis secuaces.
¿Quiénes serán allí tus partidarios?
VIRGINIO
La juventud y la vejez unidas.
VIRGINIA
¡Los padres y los hijos, sublevados
al grito del amor!
ICILIO
Pronto veremos

Acercándose a CLAUDIO.

si en Roma alientan siervos o romanos.
VIRGINIA
Pronto en el juicio, de mi tierna madre

Acercándose también al decenviro.

verás sin mancha el nombre calumniado!
VIRGINIO
Sí, fementido: la calumnia es nube
y la inocencia sol que brilla al cabo!

Imitando el movimiento de ICILIO y VIRGINIA.

VOCES DENTRO
¡Virginia! ¡El juicio!
ICILIO
Tu castigo empieza.
CLAUDIO
Salid.
VIRGINIA
¡Con honra entré; con honra salgo!

VIRGINIO, amenazando todavía a CLAUDIO con la mirada, se dirige hacia la puerta del foro seguido de su hija, ICILIO y AULO. El decenviro, teniendo a MARCO a su espalda, permanece colérico en el centro del escenario, señalándoles la puerta de salida con el brazo derecho.

FIN DEL ACTO CUARTO

Foro romano. -En el centro la tribuna.

Escena primera

Pueblo ocupando el ala derecha del escenario. -VIRGINIA, CAMILA y otras dos mujeres en el lado opuesto, de rodillas y en actitud suplicante. Las cuatro visten traje de luto. VIRGINIO, ICILIO (enlutados también) y AULO ocupan el centro. -El primero, con una corona de encina en la cabeza, estará más cercano al proscenio y como llamando la atención hacia el grupo que forma su hija con las que la acompañan. El pueblo da muestras de abatimiento, y parece esquivar las miradas de VIRGINIO.

VIRGINIO
Pueblo romano, tu favor implora
enlutada familia. Atroz vileza
del pacífico hogar de mis abuelos,
para siempre tal vez la dicha aleja.
Nunca ignoré que mancha el beneficio
la vana ostentación que lo recuerda;
mas no lo mancha el infortunio honrado
cuando a la gratitud gimiendo apela.
Yo vengo ¡oh pueblo! a recordar los míos;
que a extremo tal mi desventura llega.
Lucio Virginio soy: ni leve falta
turba la eterna paz de mi conciencia.
Sí a Roma supe defender, mi sangre
enrojeciendo el campo os lo demuestra.
Con oro y plata, generosa un día,
Roma ciñó mi frente en recompensa
de haber salvado el campamento amigo
y rendido enemiga fortaleza.
También gané la veneranda encina
que en la corona cívica se ostenta.
Miradla: os dice que salvé a un romano,
matando a su enemigo en la refriega.
He aquí mis hechos: defender la patria
y amar a mi familia. ¿Se me niega
el patrocinio que reclamo? ¡Todos
sabéis por qué! ¿Ninguno me contesta?
AULO
¡Cómo! ¿Los que antes con gallardo intento
a Claudio amenazaban a las puertas
de su propia guarida, al ver que algunos
en su poder cayeron, porque elevan
cien lictores las fasces y el soldado
con duelo el hierro envilecido muestra,
ya retroceden, y la frente inclinan
para besar la planta que los huella?

Levántase VIRGINIA y se dirige al grupo de la derecha.

VIRGINIA
¡Oh hermanas mías! Recordad que siempre
visteis en mí querida compañera,
y a vuestro lado visité los templos
y presencié los ritos y las fiestas.
¿Consentiréis que la traición me prive
de cuanto amé desde la edad más tierna?
ICILIO
Y si al ajeno llanto no te apiadas,
mira, pueblo infeliz tu propia mengua:
los ojos vuelve al lastimoso aspecto
que la ciudad de Rómulo presenta.
Los decenviros, que formando leyes
a no cumplirlas aprendieron, huellan
los más santos derechos; nuestra gloria
hundida yace en afrentosa guerra,
y el valiente adalid ríndese ufano
por humillar al jefe que detesta.
Y... ¿lo pudisteis olvidar?... Sicinio
víctima fue de la traición más negra.
¡Venganza piden sus airados manes,
vagando sin cesar en noche eterna!
¿Es éste, es éste el valeroso pueblo
a quien Bruto legó tan rica herencia?
¿Cayó Tarquino, y toleráis humildes
que diez tiranos su rigor ejerzan?
No porque se alce con distinto nombre,
el malvado opresor de serlo deja,
ni la execrable servidumbre acaba
porque a un solo tirano diez sucedan.
VIRGINIO
Decid: ¿ninguno de vosotros llora
torpe desmán, injusta violencia
del que hoy me agravia? A su apetito ciego
ya no tienen las vírgenes defensa
en el santo pudor; ni ya el marido,
recelando traidora estratagema,
en la virtud de su mujer descansa;
ni ya los padres con sus hijos cuentan.
¡Ya el amor en zozobra se convierte,
y es don funesto el don de la belleza!
VIRGINIA
¡Oh, sí; temblad: la desventura mía
es infalible anuncio de la vuestra!
¡Abraza, Emilia, a tu adorado padre,

Impeliendo a una joven para que abrace a su padre.

que mañana, infeliz, tal vez le pierdas!
¡Abrázalos, Octavia, aún son tus hijos;

Levantando en sus brazos a un niño y arrojándolo en los de Octavia.

pero acaso muy pronto no lo sean!
EMILIA
¡Padre!

Abrazando al anciano.

OCTAVIA
¡Hijos míos!

Estrechando al niño que le ha dado VIRGINIA, y a otro que tiene a su lado.

VIRGINIA
¡Silvia, hoy eres libre;
quizá en esclava hoy mismo te conviertan!
SILVIA
¡Nunca!
VIRGINIA
¿Lloráis? Oh amigas, en mi pecho
cae vuestro llanto y su amargura templa.

Abrazándola.

SILVIA
¡Virginia!...
OCTAVIA
Claudio en nuestro mal se goza.
EMILIA
Y a todas nos ofende al ofenderla.
VIRGINIA
¡Pronto en el juicio, al verme sin apoyo,
se burlará de mi aflicción!
SILVIA
¡No temas!
Si los romanos tu clamor desoyen,
para que libre y casta permanezcas,
a darte ayuda y reclamar justicia
las mujeres de Roma están dispuestas.
ICILIO
Ellas os dan ejemplo.
VIRGINIO
¡Cuántas veces
arriesgando mi vida por la ajena,
dichoso me juzgué! Contad, amigos,
mis cicatrices. Marcio, ¿no te acuerdas?
Yo me interpuse a recibir el golpe
que, al verte herido y solo en la pelea,
fiero enemigo te asestaba. Mira
la señal que en mi pecho se conserva.
MARCIO
Bien lo recuerdo, generoso amigo;
y si agotó la ancianidad mis fuerzas,
hoy a tu lado ocupará mi puesto
quien te debe de un padre la existencia.
DECIO
Tú me salvaste de orfandad impía:
consiga yo satisfacer tal deuda.
ICILIO
Y también recordad que un tiempo Icilio
fue tribuno leal. Yo vuestras quejas
apoyé en el Senado; yo el derecho
del pobre defendí; yo la soberbia
del senador y el cónsul refrenando,
hice que el pueblo respetado fuera.
MARCIO
Todos a Claudio pedirán justicia.
PUEBLO
Todos.
AULO
El pueblo generoso os premia.
VIRGINIA
¡Oh dicha!
CAMILA
¡Oh dioses!
MARCIO
Amparar debemos
al soldado.
DECIO
¡Al tribuno!
SILVIA
¡A la doncella!
SERVILIO
¡Basta de infame cobardía!
MARCIO
¡Tiemble
el que agotó de Roma la paciencia!
VIRGINIO
Al fin os reconozco. ¡Sois romanos!

Abrazando a varios.

Esa bizarra indignación lo prueba.
VIRGINIA
¡Padre mío!

Viendo venir a CLAUDIO.

VIRGINIO
¡Valor!
ICILIO
¡Llegó el instante!
VIRGINIO
¡Roma, sé Roma!
ICILIO
Tu señor se acerca.

Escena última

DICHOS. APIO CLAUDIO, que toma asiento en la tribuna. -MARCO CLAUDIO, que con sus esclavos permanece entre la multitud. -Clientes de APIO. -Lictores y soldados. -Varios de los primeros se colocan a espaldas de CLAUDIO. Los demás se sitúan al pie de la tribuna, y en el ala derecha y foro del escenario.

CLAUDIO
Pueblo romano, el deplorable juicio
que motiva tu asombro y tu impaciencia,
a comenzarse va. Cual siempre dócil,
conjeturas inútiles desecha,
y en fiel balanza, silencioso el labio,
de entrambas partes las razones pesa.
Aquí donde tan ínclitos varones
su rectitud mostraron y su ciencia;
en este sitio, donde el rayo hermoso
de la verdad disipa las tinieblas
del negro error, el decenviro Claudio
ofrece culto a la divina Astrea.
Marco, Virginio, hablad.
MARCO
Pretendo sólo
que al punto a mi poder Virginia vuelva

Adelantándose.

VIRGINIO
ni estuvo en su poder, ni tú lo ignoras,
ni encontrarás en Roma quien lo crea.
CLAUDIO
Con más cordura las palabras mide.
VIRGINIO
A herir de frente la batalla enseña.
CLAUDIO
El juramento que la ley reclama,
ambos prestad sin dilación.
MARCO
Le presta
de no mentir mi labio.
VIRGINIO
El mío jura
que, al jurar no mentir, mintió su lengua.
CLAUDIO
¡Virginio!
VIRGINIO
Juro en la verdad fundarme,
y la calumnia confundir con ella.
CLAUDIO
¿Cuándo he sido, decídselo vosotros,

Dirigiéndose al pueblo.

para con él avaro de clemencia?
¿Quién resolvió que se aplazase el juicio,
para evitar que desde luego sierva
suspirara Virginia? Y tú ¿qué hiciste?
Pagar el beneficio con la ofensa.
Alcen de nuevo atronadoras voces
imputándome excesos y vilezas;
clamen de nuevo que a Virginia adoro
y que Virginia mi pasión desdeña...
No importa: exento de cobarde saña,
el recto juez a sentenciar se apresta.
VIRGINIA
Si así tu acento a la mentira otorgas,
sobornada verdad, ¡maldita seas!
MARCO
Momentos antes de morir, su fraude
mi esclava consignó.

Entregando un papiro a CLAUDIO, que éste repasa con la vista.

VIRGINIO
Y aunque así fuera,
¿merece en Roma crédito un esclavo?
CLAUDIO
Pruebas escritas Marco me presenta,
pero ninguna tú.
VIRGINIO
Te engañas: lee...
CLAUDIO
¿Dónde?

Interrumpiéndole.

VIRGINIO
En el corazón de Roma entera.
CLAUDIO
¿Tienes testigos?

A MARCO.

MARCO
Tres.

A una señal suya se adelantan tres ciudadanos.

CLAUDIO
Hablad.
UN CIUDADANO
Nos consta,

Los tres extienden el brazo derecho.

y sostenemos cuanto Marco alega.
CLAUDIO
Son ciudadanos y atestiguan.

A VIRGINIO.

VIRGINIO
Siervo
es todo el que se vende.
CLAUDIO
Tu insolencia
ya nos agravia a todos.
VIRGINIO
He jurado
decir verdad, y cumplo mi promesa.
VIRGINIA
Otros afirman lo contrario.
CLAUDIO
¿Quiénes?
CAMILA
Yo, que vi de su madre verdadera
el maternal delirio; ¡amor sublime
que en la menor caricia se revela!
AULO
Yo, sosteniendo que tan sólo aspiras
a manchar inclemente su pureza.
ICILIO
Yo, a quien de Roma pérfido ahuyentaste,
para que nunca regresar pudiera.
PUEBLO
¡Todos! ¡Todos!
CLAUDIO
Benignos ciudadanos,
no vil falacia y súplicas os venzan.
Turbar la paz pretenden. Tal designio
a tiempo supe, y malogré su empresa.

Señalando a los soldados que rodean el foro.

Claudio los compadece; el juez, de Marco
ve la razón, y en su favor sentencia.

Movimiento general de indignación. Rumores prolongados.

VIRGINIA
¡Álzate de la tumba, madre mía,
o den por ti los númenes respuesta!
ICILIO
Feroz tan sólo te juzgué; de astuto

Irónicamente.

fama también mereces duradera.
Siempre será modelo de tiranos
el que tigre y raposo a un tiempo sea.
CLAUDIO
¡Ay de ti, miserable!
VIRGINIO
¡Y no hay remedio!
¿De la que es hija mía te apoderas?
CLAUDIO
¡Culpable obstinación! Si en este engaño
has sido tú la víctima primera,
¿cómo puedes saber que es hija tuya?
VIRGINIO
¡Cómo lo sé pregunta! ¡Si os dijeran

Dirigiéndose al pueblo.

que no sois padres de los hijos vuestros,
hijos de vuestros padres, ¿lo creyerais?
PUEBLO
¡Nunca! ¡Jamás!
VIRGINIO
Para mayor victoria,
resuelve que me juzgue una asamblea
de padres de familia, y un suspiro
será en mi abono irrecusable prueba.
¡Cómo lo sé! Desventurado, ¿ignoras,
que siempre fue verdad la voz secreta
con que a los tiernos corazones habla,
fuente de vivo amor, naturaleza?
¡Yo en mis entrañas resonar la escucho!
¡Hija!
VIRGINIA
¡Padre!

Corriendo a precipitarse en sus brazos.

VIRGINIO
¿Lo ves? ¡Vana cautela!
Mi corazón es corazón de padre.
¡Cómo lo sé! ¿No basta que lo sienta?
VIRGINIA
Duélete de sus canas. ¿Tienes hijos?
Esta infeliz por ellos te lo ruega.
CLAUDIO
Yo sólo atiendo a mi deber.
VIRGINIA
¿Qué dije?
¡Hijos tú, Claudio!... La justicia eterna
no pudo concedérselos al hombre
que a los demás robárselos intenta.
CLAUDIO
Basta. Virginia pertenece a Marco.
No yo, las doce tablas la condenan.

Nuevos rumores y gran movimiento en el pueblo

VIRGINIO
¡Bárbaro!
CLAUDIO
¿Lo escucháis?
SILVIA
¡Defiende un hijo!
VIRGINIO
¿Qué puedo ya temer?
CLAUDIO
¡La muerte!
VIRGINIO
Venga.
La vida, infames, adorad vosotros
que otra cosa no amáis sobre la tierra.
CLAUDIO
Apoderaos de Virginia.

A los lictores, que se adelantan hacia ella.

ICILIO
¡Amigos!
VIRGINIO
¡En vano arrebatármela deseas!

Cogiendo convulsivamente a su hija, y como procurando ocultarla entre sus brazos.

CLAUDIO
La ley, la ley te la arrebata.
ICILIO
Siempre
la invoca más quien menos la respeta.

El pueblo toma una actitud amenazadora.

CLAUDIO
¿Quién duda ya que perturbar pretenden
la santa paz que afianzó mi diestra?
VIRGINIO
Santa es la paz que en el amor se funda
¡no la que el crimen y el terror engendran!
ICILIO
¡Vuestra hacéis la maldad si Claudio vence!

Al pueblo.

PUEBLO
¡No! ¡No!
CLAUDIO
La plebe dispersad y mueran.

Los lictores acometen a la multitud, que retrocede.

VIRGINIA
¡Cielo!
ICILIO
¿Y así me abandonáis?

Al pueblo.

CLAUDIO
¡Lictores!

Los lictores rodean a ICILIO, VIRGINIO y AULO.

VIRGINIO
¿No hay ya padres en Roma?
ICILIO
Sólo quedan
siervos en Roma.
CLAUDIO
Aprisionadlos. Pronto

Los lictores separan de la multitud a los tres, llevándolos a la derecha del teatro.

sufrirán el castigo.

Abatimiento general. -Pausa.

VIRGINIA
¿Es ésta, es ésta

Con enérgica desesperación.

vuestra justicia, oh dioses? Triunfa el malo,
sucumbe el bueno; ¡y dejaréis que pierda
familia, honor, la libertad que adoro
y hierve altiva dentro de mis venas!
¡Icilio!... ¡Padre!... ¡Roma! La justicia
huyó a la vez del cielo y de la tierra.
CLAUDIO
Llevadla.

Los lictores dan un paso hacia VIRGINIA, y se detienen cuando empieza a hablar VIRGINIO.

VIRGINIA
¡Y nadie me defiende! ¡Nadie!

Mirando en torno suyo.

VIRGINIO
¡Hija del corazón!

Clavando los ojos en VIRGINIA. Después hace un gran esfuerzo sobre sí mismo y se dirige a CLAUDIO.

¿Acaso anhelas
verme a tus pies rendido? ¡Claudio, el hombre
sucumbe al padre... y gime... y se prosterna!

Cayendo de rodillas.

Mas tú, corona que debí a la patria,

Quitándosela.

huye de mí con toda tu pureza.
¡No cual las canas que ensalzaste un día,
a los pies de un tirano te envilezcas!

Arrojándola al suelo.

¿Qué digo?... ¡Ay triste!... ¡Compasión; y al punto
confesará mi voz, si tú lo ordenas,
que has sentenciado justo, que Virginia
a Marco pertenece; pero piensa
que por hija la tuve, que la adoro,
que es hija mía, ¡aun cuando no lo sea!
VIRGINIA
Virginio el rayo de las arduas lides,

Dirigiéndose a CLAUDIO.

sangre del alma llora en ancha vena,
¿Y tu rencor no cede? -¡Claudio! Mira
cómo la madre recelosa estrecha
al tierno hijuelo que su cuello oprime,
y por instinto con horror te observa.
¡Cómo triunfó la indignación del miedo!
¡Todo suspira... o amenaza..., o tiembla!
¿Y tú insensible permaneces?
CLAUDIO
Marco
ponga fin si le place a tu querella.
MARCIO
Pues bien, si Marco de Virginia es dueño,
véndasela a Virginio.
PUEBLO
¡Que la venda!
DECIO
¡Yo mis bienes le ofrezco!
SILVIA
¡Yo los míos!
SERVILIO
¡Yo todos mis rebaños!
MARCIO
¡Yo mis tierras!
CLAUDIO
Decide.

A MARCO.

MARCO
No la vendo.
CAMILA
¡Infausto día!
SILVIA
Padre no tengo. Acéptame por ella.
VIRGINIO
¡Yo el esclavo seré! Mi nombre infama
con vil castigo, con horrible afrenta,
¡y sálvese Virginia!...
MARCO
El decenviro
ya sentenció; su dueño la conserva.
CLAUDIO
Del foro, pues, arráncala. Obedece
al que es ya tu señor, rebelde sierva.
VIRGINIO
¿Persistes en robármela? Responde:

Como tomando una resolución.

te lo pregunto por la vez postrera.
CLAUDIO
Llevadla.
VIRGINIO
Cedo... y tu justicia acato.
Pero Virginio humilde te lo ruega...
Permite al menos que la abrace.
CLAUDIO
Al punto
dejad, lictores, que abrazarla pueda.

Los lictores se separan de VIRGINIO. Éste se dirige hacia VIRGINIA, que le sale al encuentro, y expresa con la voz y la actitud que ha comprendido el pensamiento de su padre.

VIRGINIA
¡Padre!
VIRGINIO
¡Virginia!
VIRGINIA
Te comprendo.
VIRGINIO
Falta
hierro a mi mano.
VIRGINIA
Ten. Mi frente besa

Dándole el puñal que conserva en su poder desde el acto 3.º

y acaba.
VIRGINIO
¡Horrible acero!
VIRGINIA
¿Eres mi padre?
VIRGINIO
¿Lo dudas tú?
VIRGINIA
Lo dudaré si tiemblas.
VIRGINIO
¡Valor!
VIRGINIA
¡Mi madre a recibirme en triunfo
se prepara!...
VIRGINIO
¡Hija mía!

Besándola en la frente.

VIRGINIA
¡Es fuerza!

Cubriéndose el rostro con el manto.

VIRGINIO
¡Es fuerza!

Clavando el puñal en el pecho de su hija.

VIRGINIA
¡Tirano, ya soy libre!...

Descubriéndose el rostro, y avanzando algunos pasos hacia CLAUDIO. Después cae en brazos de su nodriza y de otras mujeres que corren a sostenerla. -Grito general.

CLAUDIO
¡Horror mil veces!

Levantándose despavorido, y dando un grito espantoso.

ICILIO
¡Virginia!

Corriendo hacia ella, sin que los lictores puedan detenerlo.

VIRGINIA
¡Icilio!... ¡Adiós!... ¡Muero contenta!...

Expira.

VIRGINIO
¡Veis como soy su padre!...

Levantando en alto el acero, como para mostrar al pueblo la sangre de su hija.

CLAUDIO
¡A mí, lictores!...

Trémulo de espanto. Los lictores rodean la tribuna, sacando las hachas de las fasces.

VIRGINIO
¡Yo al averno consagro tu cabeza

Acercándose a CLAUDIO.

por esta sangre!

Rumores y gritos.

ICILIO
Pueblo de Virginia,
acuérdate del pueblo de Lucrecia.
SILVIA
¡Muera el tirano!...

Arrancando la espada a un soldado.

ICILIO Y AULO
¡Libertad!...

Lanzándose en medio del escenario.

VIRGINIO
¡Venganza!

Corriendo ay cede y cae. asaltar la tribuna de CLAUDIO.

PUEBLO
¡Muera!

Trábase la lucha. Las mujeres toman parte en ella. Varios lictores y soldados caen muertos, y otros son desarmados por la multitud.

CLAUDIO
¡Lictores!

De pie en la tribuna y con los brazos abiertos, como queriendo animar a los soldados.

GRITOS GENERALES
¡Muera! ¡Muera! ¡Muera!

VIRGINIO e ICILIO, seguidos de varios del pueblo, asaltan la tribuna de CLAUDIO, defendida por los lictores, algunos de los cuales caen rendidos a sus golpes. AULO hiere a MARCO. Lucha encarnizada en que el pueblo va que dando vencedor, mientras se repiten los tres últimos gritos. VIRGINIA en los brazos de su nodriza, y otras dos mujeres en un ángulo del escenario. Varias madres sólo atienden a salvar a sus hijos.

FIN DE LA TRAGEDIA1

La locura de amor

Drama en cinco actos

Más ha de veintitrés años que te dediqué esta obra, escasa de mérito como todas las mías, pero no escasa de ventura. Traducida está al portugués, al francés, al italiano y al alemán, y aún sigue representándose con aplauso en los teatros españoles.

Encomié al dedicártela tus virtudes: de entonces acá no has vivido sino para seguir dando testimonio de bondad sin límites, de sobrenatural fortaleza, de santa abnegación. Te dije entonces que nunca te faltarían mi amor y mi respeto: no te engañé.

Amalia, esposa mía, angelical enfermera de mis padres y de los hijos de mis hermanos: quiera Dios que puedas hacer por mí lo que te vi hacer por otros; quiera Dios que yo logre la dicha de morir en tus brazos.

MANUEL.

en el estreno de la obra, representada en el teatro del Príncipe, el I2 de Enero de I855 a beneficio de Doña Teodora Lamadrid.

PERSONAJES

ACTORES

LA REINA DOÑA JUANADoña Teodora Lamadrid.
ALDARAMaría Rodríguez
DOÑA ELVIRAJoaquina García
EL REY DON FELIPEDon Joaquín Arjona
EL CAPITÁN DON ÁLVAR Victorino Tamayo y Baus
EL ALMIRANTE DE CASTILLAJosé Ortiz
LUDOVICO MARLIANOJosé García
DON JUAN MANUELVicente Jordán
EL MARQUÉS DE VILLENA José Alisedo
DON FILIBERTO DE VEREAtanasio Maré
GARCI-PÉREZ,mesonero.Fernando Ossorio
HERNÁNDoña Antonia Segura
UN PAJE Don Mariano Serrano
UN CAPITÁN N. N.
UNA MOZA DEL MESÓN Doña Juana Ridaura
DAMA I.ª Elisa Molina
ÍDEM 2.ªPaulina Sotomayor
NOBLE I.ºDon Emilio Álvarez
ÍDEM 2.ºFelipe Iglesias
TRAJINANTE I.º Fernando Cuello
ÍDEM 2.º José Bullón
ÍDEM 3.º Luis Cubas
Damas, grandes, prelados, médicos, pajes, soldados castellanos, soldados flamencos, embozados y trajineros.

La acción del primer acto, en Tudela de Duero; la del segundo, en un mesón poco distante de Tudela; la de los tres restantes, en el palacio del Condestable en Burgos.-1506.

Acto primero

Sala en el palacio de Tudela de Duero. A la izquierda una ventana en primer término; puertas a entrambos lados y en el foro. Mesa y muebles propios de la época.

Escena primera

El ALMIRANTE y D. JUAN MANUEL.

ALMIRANTE.- Dígoos, D. Juan Manuel, que vanamente os empeñáis en convencerme de que la reina Doña Juana está loca.

DON JUAN MANUEL.- ¡Invencible obstinación la vuestra, Almirante! ¿Había de querer Su Alteza privarse de tan bella y tan amante esposa como Doña Juana si no fuera su demencia cosa de todo punto segura? La manía de ponerse diariamente un mismo traje, hasta que, deslucido y roto, por fuerza se le quitan sus damas; el no probar vianda alguna durante días enteros; el gustar de que cuando llueve le caiga el agua encima; el escaparse de palacio para celar a D. Felipe; sus lágrimas intempestivas, sus infundados arrebatos de cólera, sus continuas extravagancias, todo esto, en fin, ¿no basta a probar la deplorable perturbación de sus sentidos?

ALMIRANTE.- Prueba todo eso que cuando se padece mucho se piensa poco; prueba que D. Felipe de Austria no es más digno de sentarse en el trono de la reina doña Juana que de ocupar el tálamo de mujer semejante.

DON JUAN MANUEL.- Agriamente le censuráis.

ALMIRANTE.- Don Felipe, como hombre aficionado a deshonestos amoríos, quiere librarse de una esposa que le cela; como rey ambicioso, de la que es reina propietaria de Castilla -no finjáis ignorarlo;- y en Dios y en mi alma, que antes se me ha de acabar la vida que la voluntad de cumplir con lo que juzgo deber sagrado de todo el que tenga en las venas sangre castellana.

DON JUAN MANUEL.- Vuestra terquedad y la de cuantos opinan como vos, serán causa de que la dolencia de Doña Juana, que en la reclusión pudiera hallar remedio, se haga al fin incurable. Bien se nota que obráis por instigaciones del Duque de Alba, que aún se promete ver de nuevo al rey D. Fernando en el trono de su hija.

ALMIRANTE.- Por lo que mi conciencia me dicta, obro como veis, que no por ajenas instigaciones. Con razón aseguráis que el trono español pertenece a Doña Juana, hija y sucesora de su madre Isabel. Procuraré evitar que traidoramente se le arrebate para que entero le ocupe su esposo el Archiduque de Austria. Hartos desafueros cometen ya sus amados compatriotas, a cuya codicia es vivo aguijón la buena ley del oro de nuestra tierra.

DON JUAN MANUEL.- Conque ¿debo responder a Su Alteza?...

ALMIRANTE.- Respondedle que desconfíe de mí si otra vez atenta a la libertad de nuestra legítima y natural señora.

DON JUAN MANUEL.- Guárdeos el cielo.

ALMIRANTE.- Él os acompañe.

DON JUAN MANUEL.- (Tiempo perdido.)

ALMIRANTE.- (Trabajo inútil, D. Juan Manuel.)

Escena II

El ALMIRANTE, un PAJE, y después D. ÁLVAR.

PAJE.- Un caballero que dice ser el capitán D. Álvar de Estúñiga, desea ver al señor Almirante.

ALMIRANTE.- ¡Aquí D. Álvar! Que venga al momento. (Vase el PAJE.) Dichoso hallazgo, por vida mía. Llegad acá, mi ilustre deudo, mi fiel amigo, llegad.

Viendo aparecer a D. ÁLVAR en la puerta del foro.

DON ÁLVAR.- Pensé tener que asaltar el palacio como fortaleza enemiga.

ALMIRANTE.- ¿Y qué?¿No queréis alargarme la mano?

DON ÁLVAR.- A fe que la mano me parece poco, y que no me contento con nada menos que los brazos.

ALMIRANTE.- Vuestros son ahora como siempre.

DON ÁLVAR.- Años ha que nos separó la fortuna.

ALMIRANTE.- Decidme cómo es que en Tudela de Duero os hallo; qué tal os ha ido por Italia. Contadas al amigo después de la ausencia, se endulzan las penas y se aumentan las alegrías.

DON ÁLVAR.- Antes sepa yo de vos la verdad de lo que por Castilla se suena.

ALMIRANTE.- La verdad es que los flamencos se reparten pacíficamente los oficios públicos y con todo negocian; que el hambre aflige al reino en tan gran manera y que las más fértiles provincias tienen que surtirse de trigo extranjero; que el rey D. Felipe exige del pueblo, en tales circunstancias, un servicio oneroso; y quiere encerrar a Doña Juana, suponiendo que está demente, con el fin de quedarse solo en el trono y dar rienda suelta a sus tiránicos desmanes y licenciosos extravíos.

DON ÁLVAR.- ¿Conque no hay tal locura?

Con grande alegría.

ALMIRANTE.- Sólo hay, hasta ahora, un desacordado amor, que tal parece.

DON ÁLVAR.- ¿Tanto ama a su marido?

ALMIRANTE.- No es posible encarecerlo.

DON ÁLVAR.- ¿Y él la desdeña, la atormenta, la ultraja?

ALMIRANTE.- A toda hora sin piedad. Quiso dejarla en Mucientes y partir solo a Valladolid. Ahora que a Burgos nos dirigíamos, ha hecho alto en este pueblo para ver si logra dejarla aquí y continuar solo el viaje. En Burgos intentará de nuevo apartarla de su lado.

DON ÁLVAR.- ¿Y no hay medio de poner coto a los abusos y tropelías de ese Archiduque de Austria, que Dios confunda?

ALMIRANTE.- Casi todos los grandes le patrocinan.

DON ÁLVAR.- El pueblo le aborrece y adora a la hija de la católica Isabel.

ALMIRANTE.- Doña Juana sería la primera en contrarrestar cualquiera tentativa que en su pro y en contra de su marido se hiciese. Pero ¡qué diablos!, ya trataremos de estas cosas. Habladme ahora de vos.

DON ÁLVAR.- Mi historia es sucinta. Que fui a Italia; que maté franceses siguiendo las banderas del Gran Capitán; que ha poco tiempo di la vuelta a Castilla, por cierto con bien mala ventura.

ALMIRANTE.- Pues ¿qué os sucedió?

DON ÁLVAR.- Abriéronseme con la fatiga del camino dos de mis más recientes heridas, y en un mesón, a corta distancia de este pueblo, me encontré sin poder seguir adelante. Hoy por vez primera salgo de mi fementido lecho.

ALMIRANTE.- ¿Restablecido completamente?

DON ÁLVAR.- Casi, casi.

ALMIRANTE.- ¿Por obra de la naturaleza?

DON ÁLVAR.- Gracias a los desvelos de una mujer.

ALMIRANTE.- ¡Hola, hola! Dama tenemos de por medio.

DON ÁLVAR.- Dama queme siguió a Italia; que a Castilla me ha seguido, y que en el tal mesón se me apareció un día convertida en sobrina del mesonero.

ALMIRANTE.- Emprendedora debe de ser.

DON ÁLVAR.- Su natural fogoso y arrebatado disculpa sus acciones; su peregrina condición las autoriza.

ALMIRANTE.- Pues ¿quién es ella?

DON ÁLVAR.- Es nada menos que la hija de un rey.

ALMIRANTE.- ¿Os burláis?

DON ÁLVAR.- No, por mi vida. El rey Zagal fue su padre.

ALMIRANTE.- ¡Una mora, una hija del desdichado Rey de Granada!

DON ÁLVAR.- Fuera yo más venturoso si nunca la hubiese conocido.

ALMIRANTE.- ¿Por qué razón?

DON ÁLVAR.- Quiéreme, salvó con imponderable solicitud mi existencia, y yo en breve causaré su desgracia rompiendo la cadena con que me tiene preso, y que no puedo ya soportar.

ALMIRANTE.- ¿Es bonita?

DON ÁLVAR.- No cabe serlo más.

ALMIRANTE.- Y entonces, ¿en qué se funda vuestro desamor?

DON ÁLVAR.- No acierto a deciros otra cosa sino que a una sola mujer he podido amar en toda mi vida; a una a quien sólo raras veces he visto, y de quien estuve mucho tiempo alejado; a una que ni sabe ni sabrá jamás los sentimientos que me inspira.

ALMIRANTE.- ¿Y de veras creéis estar enamorado de esa dama?

DON ÁLVAR.- Ignoro si es amor el que vive de sí propio, solitario dentro del alma, y no se alimenta de temor, ni de esperanza, ni deseo. Amo un recuerdo, una ilusión, una sombra; amo a un ser ideal que a todas partes me sigue, animando en la pelea mi brazo, purificando mi corazón en la paz; ser que vivirá siempre a mi lado, y recogerá piadoso mi último suspiro. No: no es éste el amor que una mujer nos inspira; es la adoración que en silencio tributamos a nuestra santa predilecta. ¿Os sorprende oír tales palabras de boca de un guerrero, propio solamente para gozarse en el tumulto y los estragos del campo de batalla? Pues ved que os digo la verdad.

ALMIRANTE.- Hombre más extraño que vos no le hay en la tierra.

Escena III

DICHOS y MARLIANO.

MARLIANO.- Deseaba veros, señor Almirante.

DON ÁLVAR.- Os dejo, pero no antes de suplicaros que solicitéis para mí una audiencia de Su Alteza, mi señora.

ALMIRANTE.- Dadla por conseguida.

DON ÁLVAR.- Regresaré a palacio dentro de una hora. (Da la mano al ALMIRANTE y se retira.) (¡Al fin voy a volver a verla!)

Vase por el foro.

MARLIANO.- Acabo de hablar con la Reina: inútilmente he procurado decidirla a permanecer aquí y dejar que el Rey parta sin ella a Burgos. Tratad, como yo, de convencerla.

ALMIRANTE.- Marliano, ¿vos también habéis cedido a las amenazas o a las dádivas del Rey?

MARLIANO.- Aspiro, no a complacer al Monarca, sino a salvar a mi noble enferma. Al lado del Rey tiene a cada instante nuevos motivos de angustia y desesperación; quizá la soledad fuese alivio a sus padecimientos.

ALMIRANTE.- ¿Y queréis que, en tanto que aquí permanece doña Juana, el Rey en Burgos le usurpe su corona?

MARLIANO.- Es natural: vos habláis como hombre de estado: yo como médico; vos pensáis en la Reina: yo en la mujer que padece.

Escena IV

DICHOS, la REINA y DOÑA ELVIRA.

REINA.- ¿Aun no ha vuelto?

MARLIANO.- Aún no, señora. Perdonadme si de nuevo os repito que el estado de vuestra salud...

REINA.- Mi salud. ¿Por qué yo no he de poder ir a Burgos? ¿Qué enfermedad es esa de que todo el mundo me habla y cuyo nombre ignoro? ¿A qué empeñarse en buscar en el cuerpo lo que está en el corazón? ¿En qué puede parecerse el quejido del enfermo al ay del desdichado? Mira, mira, guarda tus consejos y medicinas para quien los necesite. Lo que a mí me hace falta no has de dármelo tú.

DOÑA ELVIRA.- Tranquilizaos, señora.

REINA.- Pero ¿no oyes que este insensato quiere curarme separándome de él?

MARLIANO.- No insisto; vuestro bien únicamente ambiciono.

REINA.- Lo conozco, Marliano; y espero que, en cuanto vuelva el Rey, le dirás que estoy buena, muy buena, y que mañana mismo podemos continuar el viaje. ¡Oh! ¿Vos aquí?

Reparando en el ALMIRANTE.

ALMIRANTE.- Tengo que pedir una merced a Vuestra Alteza.

REINA.- ¿Cuál?

ALMIRANTE.- Un antiguo y leal servidor desea volver a ver a su Reina.

REINA.- ¿Quién es?

ALMIRANTE.- El capitán D. Álvar de Estúñiga.

REINA.- Me acuerdo de él. ¿Dónde ha estado?

ALMIRANTE.- En Italia.

REINA.- Mi padre le estimaba mucho. Decidle que venga... Pero el Rey que no vuelve aún. ¡Hasta cuándo va a durar esta maldita caza! Id, señores, id a ver si recibís alguna noticia.

Vanse el ALMIRANTE y MARLIANO por la puerta del foro.

Escena V

La REINA y DOÑA ELVIRA.

REINA.- Mira. ¿No distingues nada a lo lejos? Asomándose a la ventana.

DOÑA ELVIRA.-Nada, señora.

REINA.- Hoy tarda más que de costumbre. ¿Le habrá sucedido algo?

DOÑA ELVIRA.- ¡Infundada zozobra!

REINA.- Cinco horas ha que se fue.

DOÑA ELVIRA.- No ignoráis que el Rey es muy aficionado a la caza.

REINA.- ¡La caza! ¿Crees tú que el Rey estará cazando?

DOÑA ELVIRA.- Sin duda.

REINA.- Puede ser. ¡Ojalá! No veo el instante de salir de Tudela.

DOÑA ELVIRA.- ¿Por qué motivo?

REINA.- ¡Ay, Elvira! Felipe me engaña; Felipe se ha enamorado aquí de alguna.

DOÑA ELVIRA.- ¡De alguna!

REINA.- Sí: no sé de quién; pero siento en mi corazón que ama a otra, y tal es, sin duda, la causa de nuestra detención en este pueblo.

DOÑA ELVIRA.- No parece sino que tenéis gusto en atormentaros.

REINA.- ¿A qué, para hacerme desconfiar de ti como de todos cuantos me cercan, tratas también de engañarme? Que el Rey muchas veces fue traidor conmigo, no lo ignoras. Hoy... Nada había querido decirte temiendo que, como en otras ocasiones, me reprendieses. Ya se ve: tú que no tienes celos, no puedes comprender ciertas cosas. Pero ¿te parece justo que, habiéndome en ti deparado el cielo una amiga, ni aun el consuelo de ser participadas logren mis amarguras? ¿De qué me sirve entonces el amor que me tienes? Vamos, ofréceme no reñirme y te contaré lo que recientemente he sabido.

DOÑA ELVIRA.- Hablad, señora: desahóguese el vuestro en este con razón, que entero os pertenece.

REINA.- Gracias, mi leal, mi cariñosa compañera. Pues bien, noté que todas las tardes,... ¡Ah! (Corriendo a la ventana.) ¿Oíste? (Volviendo al proscenio.) No, nada, todavía no viene.

DOÑA ELVIRA.- Continuad.

REINA.- Noté que todas las tardes salía el Rey de palacio, y transcurrían por lo menos dos horas antes de que volviese. Ayer hice que mi buen paje Hernán siguiera sus pasos.

DOÑA ELVIRA.- ¿Conque jamás se corregirá Vuestra Alteza?

REINA.- Has ofrecido no reñirme. El Rey fue ayer tarde... ¿Adónde dirás? No es posible que los presumas. Fue al mesón del Toledano, uno, que hay en los alrededores de este pueblo.

DOÑA ELVIRA.- ¿A un mesón D. Felipe?

REINA.- ¿Y a qué puede ir él a un mesón? Supiéralo ya si Hernán no se hubiese quedado a la puerta; pero el necio paje temió que el Rey le viera y le conociese. ¡Sí, Elvira; por alguna mujer va a semejante sitio! Sólo esta conjetura me parece acertada.

DOÑA ELVIRA.- Ninguna puede serlo menos.

REINA.- ¡Ojalá que me engañe; ojalá, Elvira, ojalá! A bien que pronto saldremos de dudas. Hoy Hernán penetrará en la posada.

DOÑA ELVIRA.- ¡Cómo! ¿Tratáis de que también hoy siga a Su Alteza?

REINA.- Si fuese lo que me imagino... De pensarlo nada más, parece que se me acaba la vida.

DOÑA ELVIRA.- Considerad, señora, que en tal paraje no puede haber más que villanas.

REINA.- Y qué, ¿las villanas no son mujeres como nosotras? Si mi esposo fuera villano, ¿piensas que yo no le amaría?

DOÑA ELVIRA.- Debo evitar que cometáis tales imprudencias.

REINA.- ¿Sabes que quien no nos conociese te tomaría por la señora? Que yo lo soy recuerda.

DOÑA ELVIRA.- Perdóneme Vuestra Alteza si mi celo le enfada.

REINA.- ¿A qué me obligas a decirte estas cosas? Vamos, perdóname tú.

DOÑA ELVIRA.- ¡Oh, no me avergoncéis!

REINA.- En esta ansiedad no podría vivir. Si me equivoco, ¿qué mayor ventura que un desengaño? Si no me equivoco, si Felipe ama a otra, ya ves que no es justo que yo siga adorándole. Muchas veces le perdoné; ya no le perdonaría. Segura estoy de aborrecerle si es cierto que me engaña. La duda basta para hacérmele odioso. ¡Oh! (Corriendo otra vez a la ventana.) ¡Ahora sí que es él! Ya ha vuelto, Elvira mía, ya ha vuelto. Mira, voy a recibirle. ¡Felipe de mi alma!

Sale precipitadamente por la puerta del foro.

Escena VI

DOÑA ELVIRA.-¿Tendrá razón? ¿La ofenderá el Rey con algún otro vergonzoso amorío? ¿Se habrá prendado de una aldeana? De todo es capaz. ¡Desdichada señora! Ya con él se acerca llena de júbilo.

Éntrase en el cuarto de la derecha.

Escena VII

El REY y la REINA.

REY.- Lo que te he dicho nada más: me empeñé en dar alcance a un venado cuyo rastro habíamos perdido tres veces.

REINA.- Bien hiciste; no importaba que yo esperase.

REY.- ¡Qué infundadas reconvenciones!

REINA.- Pero supongo que ya hoy no me volverás a dejar.

REY.- A pesar mío tendré que abandonarte muy luego.

REINA.- ¡Otra vez! ¡Ya! Para ir al mesón.

REY.- ¿Cómo? ¿Qué dices?

REINA.- No, no hay insensatez que iguale a la mía. ¡Qué bien me vendí!

REY.- Explicaos, señora.

REINA.- ¿Te parece que aún no me he explicado bastante? ¿Qué te lleva a ese bienaventurado mesón?

REY.- (Lo ignora.)

REINA.- Habla, responde; tómate siquiera el trabajo de engañarme.

REY.- Imposible es que vivamos pacíficamente. A pesar del dictamen de todos tus médicos y de los repetidos consejos de tus más fieles servidores, había determinado que juntos partiésemos a Burgos mañana mismo...

REINA.- ¿De veras? ¿Eso habíais determinado?

REY.- Pero otra cosa es la que a entrambos nos conviene: permanecerás en Tudela; partiré solo.

REINA.- No, Felipe, no; partiremos juntos.

REY.- Insistes en vano.

REINA.- No me atormentes. Dime el motivo de tus visitas a la posada; dímelo, y te creo.

REY.- Por no entristecerte lo he ocultado hasta ahora. ¡Buen pago recibo!

REINA.- ¿Acabarás de mortificarme?

REY.- Un negocio de estado es lo que me conduce allí.

REINA.- ¿Un negocio de estado?

REY.- Sí, señora, sí.

REINA.- Bien; te creo: habla.

REY.- Trato de ganarme la voluntad de uno de los más fervorosos amigos de tu padre.

REINA.- ¿Del Duque de Alba?

REY.- Justamente. Era su intención promover alborotos para arrebatarnos la corona y devolvérsela al rey D. Fernando. Por fortuna ya ha empezado a darse a partido; pero, temiendo que si aquí nos ven conferenciar se trasluzca la concordia y llegue a noticia del Rey, exige que nuestras entrevistas se verifiquen secretamente donde menos pueda nadie imaginarse.

REINA.- (¿Será cierto lo que me cuenta?)

REY.- ¿Estás ya convencida de tu injusticia?

REINA.- Sí, de todo lo que quieras. ¿Partiremos juntos mañana?

REY.- ¿Quién, ingrata, más que yo lo desea? Confía en tu esposo; no le ofendas dudando de su cariño.

REINA.- ¿Sabes, Felipe, que ya están agotadas mis fuerzas, y me moriré de dolor si hoy creyese y tuviera que volver a dudar mañana? ¿Sabes que mi amor ha sido más poderoso que el tiempo y tus desdenes? Te amé cuando te vi; más cuando me llamé esposa tuya; más cuando fui madre de tus hijos. Existe el que me dio el ser, existen las prendas de mis entrañas, hay un Dios en el cielo que a todos nos redimió con su sangre. Pues bien, óyelo y duélete de esta infeliz: en mí tienen celos de la esposa, la hija, la madre, la cristiana. Sí, lo conozco, es un crimen: ofendo a la Naturaleza y a Dios: por eso el cielo me castiga; pero ¡ay de mí! que no lo puedo remediar.

REY.- Hasta el fondo de mi pecho penetran tus hermosas palabras. Ellas me animan a suplicarte de nuevo que en Burgos, como en Valladolid, permitas que yo solo gobierne los Estados que poseemos juntos.

REINA.- Soy Reina; ciño la corona de mi madre Isabel; mas no ignoras cuánto desdeño yo esas grandezas, que, comparadas con el sentimiento que llena todo mi corazón, me parecen mezquinas. Dame, en vez de esplendente diadema de oro, una corona de flores tejida por tu mano; en vez de regio alcázar, en donde siempre hay turbas que nos separan, pobre choza en donde sólo nosotros y nuestros hijos quepamos; en vez de dilatados imperios, un campo con algunos frutos, y una sepultura que pueda contener abrazados nuestros cuerpos; tu amor en vez del poder y la gloria, y creería yo entonces que pasaba del purgatorio al paraíso.

REY.- ¡Juana idolatrada!

REINA.- Oye: muchas veces se presenta a mis ojos la veneranda sombra de mi madre Isabel, señalándome un mundo con la una mano, y con la otra mano otro mundo; y veo que ambos se abrazan y que aquél ofrece a su hermano los tesoros de sus entrañas virginales, y que éste le envía en recompensa el nombre de Dios flotando sobre las aguas. Y oigo que la voz de la reina Isabel me dice: piensa en tus sagrados deberes, y yo pienso en ti; ama a tu pueblo, y yo a ti te adoro; conserva mi herencia, débate España nuevas glorias y dichas; y mi corazón sólo responde, amo en cada uno de sus latidos, y quiero llorar como reina arrepentida, y lloro como mujer enamorada. ¿Qué más? Si hoy bajara un ángel del cielo y me dijese: en mi mano está remediar tu desgracia deshaciendo lo hecho y volviéndote a la edad feliz en que aún no eras esposa, yo, sin vacilar un punto, le respondería: no, no, y mil veces no; quiero ser esposa de Felipe; quiero amarle, aun cuando él haya de aborrecerme; quiero penar por él y morir llamándole mío.

REY.- Serénate y enjuga esas preciosas lágrimas.

REINA.- Ahora son de felicidad.

REY.- Ojalá entonces que siempre las vea yo en tu rostro. Don Juan Manuel me aguarda. Volveré para decirte adiós.

REINA.- Vuelve, Felipe, vuelve.

REY.- Se acabaron para siempre los celos, ¿verdad?

REINA.- Te lo prometo; para siempre.

REY.- (A fe que voy avergonzado.)

Éntrase por la puerta de la izquierda.

Escena VIII

La REINA, a poco DOÑA ELVIRA, un PAJE luego, después D. ÁLVAR.

REINA.- Harto lo conozco; siempre nos ponemos en lo peor. Gracias, Dios santo, gracias.

DOÑA ELVIRA.- ¿Ya os encuentro sola?

REINA.- Sí, Elvira.

DOÑA ELVIRA.- Y alegre, a lo que noto.

REINA.- Me equivocaba, mis celos eran infundados.

DOÑA ELVIRA.- Ahora debiera yo enojarme con Vuestra Alteza.

REINA.- Terminó ya lo que a ti te enojaba: he ofrecido no volver a estar celosa.

DOÑA ELVIRA.- No saldría yo por fiadora de vuestra promesa.

REINA.- Ríete; ya verás si la cumplo.

DOÑA ELVIRA.- Aguarda ese D. Álvar, a quien habéis concedido una audiencia.

REINA.- Pues que venga, que venga al instante.

DOÑA ELVIRA se asoma al cuarto de la derecha, hace una seña y preséntase HERNÁN, el cual, después de oír algunas palabras que aquélla en voz baja le dice, vase por la puerta del foro.

DOÑA ELVIRA. -Hernán va a darle aviso.

REINA.- ¡Si vieras qué mozo tan bizarro era cuando yo le conocí! Querrá pedirme alguna gracia: debo protegerle. ¡Hoy, más que otros días, siento tan grandes deseos de hacer bien! Cuando uno es feliz, ¡cómo desea la felicidad de todos!

DON ÁLVAR.- Si Vuestra Alteza me otorga su venia...

Presentándose en la puerta del foro. A una señal de la REINA entra y permanece a respetuosa distancia. La REINA se sienta.

REINA.- Mucho celebro que hayáis venido, capitán.

DON ÁLVAR.- (¿Qué pasa por mí?)

REINA.- Sé que habéis estado en Italia.

DON ÁLVAR.- Sí, señora (Reponiéndose.); en Italia he guerreado contra los enemigos del nombre español.

REINA.- Gonzalo de Córdoba es el mejor capitán del mundo.

DON ÁLVAR.- ¿Qué no diera él por oír tal encomio de boca de Vuestra Alteza?

REINA.- ¿Se acuerda de mí?

DON ÁLVAR.- ¿Cómo podríamos haber olvidado a la hija queridísima de nuestra señora la reina Isabel?

REINA.- ¿Verdad que me quería entrañablemente? ¿Recordáis con qué angelical donosura me llamaba señora suegra por la extraña semejanza que con mi abuela paterna tenía yo, al decir de cuantos la habían conocido?

DON ÁLVAR.- No pronunció palabra delante de mí aquella bendita mujer, que para siempre no esté fija en mi memoria.

REINA.- Mucho sentiríais su muerte, capitán.

DON ÁLVAR.- No hubo en Italia soldado que no la llorase.

REINA.- Juzgad si yo la lloraría; yo que, ausente en apartadas tierras, ni siquiera tuve el consuelo de verla morir. Tengo, sí, el único que puede endulzar la amargura de un huérfano: el consuelo de saber que la madre que pierde, se va derecha a la gloria.

DON ÁLVAR.- (¿Cómo no amarla?)

REINA.- El valor y la lealtad con que a mis padres habéis servido, reclaman premio. Pedidme alguna merced, don Álvar.

DON ÁLVAR.- Consagrarme al servicio de Vuestra Alteza sería para mí gran ventura.

REINA.- Mañana partimos a Burgos, y nos alojaremos en el palacio del Condestable. No dejaréis de vernos allí. ¿Conocéis al Rey?

DON ÁLVAR.- No, señora.

REINA.- ¿Cómo no, habitando en Tudela?

DON ÁLVAR.- Habito fuera de poblado, en un mesón donde ha no pocos días me obligó a detenerme una grave dolencia.

REINA.- ¿En un mesón decís? (Levantándose.) ¿En el del Toledano quizá?

DON ÁLVAR.- En ese mismo.

REINA.- Habréis visto en él a dos caballeros que le visitan diariamente.

DON ÁLVAR.- A nadie he visto, porque hasta hoy no he podido salir de mi aposento; pero sí sé que un caballero flamenco frecuenta la posada.

REINA.- Un caballero flamenco que tiene allí entrevistas con un caballero español.

DON ÁLVAR.- No, señora: allí no va ningún caballero español.

REINA.- Y entonces..., entonces el otro ¿a qué va?

DOÑA ELVIRA.- (¡Y habíais prometido no volver a tener celos!)

Bajo a la REINA.

REINA.- (Calla.) Sepamos, ¿qué busca por allí?

Procurando disimular.

DON ÁLVAR.- ¿Qué busca?

Sin saber qué debe contestar.

REINA.- (No acierta a responderme.)

DON ÁLVAR.- Nada... Nada que importe a Vuestra Alteza.

REINA.- Decidme la verdad, don Álvar; también las reinas somos curiosas.

DON ÁLVAR.- Aseguro a Vuestra Alteza que no sé de fijo...

Titubeando.

REINA.- Mentís, capitán.

Sin poder reprimirse.

DON ÁLVAR.- ¡Oh! (¡Qué arrebato!)

REINA.- En el tal mesón hay una beldad campesina, y ese caballero flamenco se ha prendado de ella.

DON ÁLVAR.- En vano será que yo niegue lo que Vuestra Alteza no ignora. Perdonad: no creí que estuvieseis tan bien informada.

REINA.- (¡Madre de Dios! ¡Mentía! ¡Mentía!)

DOÑA ELVIRA.- (Ved que os observan.)

Bajo a la REINA.

REINA.- ¿Con que estaba bien informada? ¿Un amorío es lo que le lleva al mesón?

DON ÁLVAR.- Un mero galanteo, que terminará muy en breve.

REINA.- ¿Sabéis, capitán, que si no me hubieseis dicho verdad correría grave riesgo vuestra cabeza?

DON ÁLVAR.- ¡Señora!

REINA.- Olvidad estas palabras y retiraos.

DON ÁLVAR.- (¿Qué significa esto? ¿Será verdad que está loca?)

Saluda, y vase por la puerta del foro.

Escena IX

La REINA y DOÑA ELVIRA.

REINA.- ¡Elvira, Elvira!

Dejándose caer en un sillón desfallecida.

DOÑA ELVIRA.- Señora, volved en vos. ¿Queréis que llame?

REINA.- No; detente. (Levantándose con nuevo vigor.) ¿Ves que hombre tan falso, tan inicuo? No hay palabras con que decir lo que ese hombre es. ¡Si le hubieses escuchado!... Va a partir en busca de su amada. Yo también iré a verla.

DOÑA ELVIRA.- ¿Vos?

REINA.- Sí, yo; yo, contigo.

DOÑA ELVIRA.- ¿Qué intentáis, señora?

REINA.- Eso: lo que acabas de oír.

DOÑA ELVIRA.- Por compasión.

REINA.- Obedece y calla.

DOÑA ELVIRA.- El Rey.

REINA.- Trae mantos.

DOÑA ELVIRA.- ¿Qué va a ser de esta desventurada?

Entra en el cuarto de la derecha.

Escena X

La REINA y el REY.

REY.- Vuelvo, como te había ofrecido, a decirte adiós.

REINA.- Por mí no te detengas. Ve y cumple con tus deberes de soberano.

REY.- Así quisiera yo verte siempre.

REINA.- Siempre me verás como ahora. Adiós.

REY.- Qué, ¿no abrazas a tu esposo?

REINA.- Con vida y alma.

Abrazándole.

REY.- ¿Te quedas contenta, eres feliz?

REINA.- ¿Pues no estás viendo cómo me río? ¿No he de ser feliz con un esposo como tú?

REY.- Logré que al fin conocieses tu error.

REINA.- Por demás era injusta contigo.

REY.- Adiós, pues, Juana mía.

Besándole una mano.

REINA.- Adiós, Felipe mío, adiós.

Vase el REY por la puerta del foro.

Escena XI

La REINA, y después DOÑA ELVIRA.

REINA.- ¡Cómo se irá diciendo ahora: pobre mujer, qué bien la engaño, qué bien sé fingir! ¡Con qué alegría, exento de todo recelo, correrá a lanzarse en los brazos de su amiga! Juntos me parece ya verlos, clavados los ojos del uno en los del otro, con las manos enlazadas, exhalando tiernos suspiros de amor. ¡Oh! Pronto en mí sola se fijarán sus miradas; a mí se dirigirán sus manos pidiendo compasión; los suspiros se cambiarán en gritos de espanto. Él lo quiere; sea, luchemos: en todas partes me encontrará, no tendrá un minuto de reposo, envenenaré todos sus placeres. ¡Por Dios y los santos que ese hombre ha de soñar conmigo! Vamos, ya es hora.

A DOÑA ELVIRA, que sale con mantos.

DOÑA ELVIRA.- ¿Aun insistís?

REINA.- Sígueme.

DOÑA ELVIRA.- Aguardad a lo menos a que se disponga una litera.

REINA.-¿Para que los espías del Rey lo noten, y vayan y le avisen? Saldremos por esa puerta. (Indicando la de la derecha de segundo término.) Iremos a pie.

DOÑA ELVIRA.- ¡A pie! ¡Tan débil como estáis!

REINA.- ¿Yo débil ahora? Esta mujer no sabe lo que se dice.

DOÑA ELVIRA.- Recordad que vuestra frente ciñe una corona.

REINA.- Sí, sí, en este momento de coronas debes hablarme.

DOÑA ELVIRA.-Nunca una reina ha de olvidarse de que lo es.

REINA.- Yo no soy más que una mujer celosa disfrazada de reina.

DOÑA ELVIRA.- ¡Inspiradla, Dios santo!

REINA.- Partiré sola. Quita.

DOÑA ELVIRA.- ¡Oh, no! Pronta estoy a seguiros.

REINA.- Vamos entonces a sorprender a los dichosos amantes. Ven, ven y verás cómo se apartan las palomas cuando las sorprende el milano.

Dirígese precipitadamente, seguida de ELVIRA, a la puerta de la derecha de segundo término.

FIN DEL ACTO PRIMERO.

Acto segundo

Pieza de un mesón. Puertas laterales; otra en el foro, que da a un patio. A la derecha una escalera: súbese por ella a un corredor practicable que se extiende en el foro de un extremo a otro del teatro. En el promedio de este corredor la puerta del cuarto de Aldara. Mesas, sillas, bancos.

Escena primera

El MESONERO y TRAJINANTES; después una MOZA del mesón.

TRAJINANTE I.º- Lo dicho: no hay cosa mejor que un rey bueno, ni cosa peor que uno malo.

MESONERO.- Cierto; que así como el bueno es imagen de Dios en la tierra, el malo sólo puede ser imagen del demonio.

TRAJINANTE 2.º-Y ahí tenéis que, cuando los pobres se mueren de hambre, el Rey pide un servicio de cien cuentos de maravedís.

TRAJINANTE 3.º-Y los flamencos que por acá se trajo aprópianse a tuerto o a derecho el oro de Castilla.

TRAJINANTE I.º- Son a fe sus mercedes tan largos de manos como anchos de conciencia.

MESONERO.-Para hacerles hueco, y a fin de que pongan en feria lo que para sí no codicien, ha quitado el Rey a las ciudades sus corregidores, y a los castillos sus alcaides, y sus generales a las fronteras.

TRAJINANTE 2.º- Y a todo esto, la Reina en celar a su marido se pasa la vida.

TRAJINANTE 3.º- Cuentan que ha perdido el seso.

MESONERO.-Medrados estamos con Reina loca y Rey tan ligero de cascos.

TRAJINANTE I.º- ¡Ay, si resucitara la otra!

TRAJINANTE 2.º- ¡Aquélla sí que fue toda una Reina!

MESONERO.- Como que no parece sino que el cielo quiso juntar en la reina Isabel cuantas virtudes habían adorado los hombres, repartidas entre los mejores monarcas de la tierra.

TRAJINANTE 3.º- Yo oí decir que lo mismo era para ella un señor que un labriego.

TRAJINANTE I.º-Así es la verdad; que un día me eché a sus pies cuando salía de Palacio, y más me dio de lo que yo le pedí; y a mi Juanico, que allí conmigo estaba, le hizo una fiesta en el rostro. Ni su madre ni yo podemos mirar desde entonces al muchacho sin una especie de veneración y respeto, y el día que se cumplió un año de la muerte de Su Alteza compramos dos hermosos cirios, que por el descanso de su alma estuvieron ardiendo hasta consumirse; y todos los años haremos lo mismo; y nuestro hijo lo hará, con la gracia de Dios, cuando nosotros faltemos.

TRAJINANTE 2.º-Yo nunca le vi la cara a la Reina, porque una vez que pasó por mi lado quise mirarla, y levantar los ojos y volverlos a bajar sin saber lo que me pasaba, todo fue uno.

MESONERO.-Es que su mercé tenía cara de virgen.

TRAJINANTE I.º- Por ella nos vemos libres de esos perros moros que ultrajaban a Jesús Nazareno y a su bendita Madre.

TRAJINANTE 2.º- Cubierta de hierro, y expuesta a las inclemencias del cielo y a los peligros de las batallas, estuvo la reina Isabel, así como él último de sus soldados.

TRAJINANTE I.º- Ella, vendiendo sus joyas, hizo que aquel buen ginovés fuese a descubrir tierras para España.

TRAJINANTE 3.º- Ella sujetó a los próceres turbulentos.

MESONERO.-A ella debemos poder hoy respirar sin temor de que los señores nos traten peor que a su perro de caza.

TRAJINANTE 2.º-¡Cuánto trabajó la pobre! ¡Cuánto pasaría por nosotros!

MESONERO.- ¡Qué! ¡Si no tenía más pío que hacer la dicha de su pueblo!

TRAJINANTE 3.º-Y diz que murió como una santa.

MESONERO.-No es mucho que muera como santo quien como tal haya vivido.

TRAJINANTE I.º- Una mujer así no debía morirse nunca.

MESONERO.-Vamos, hombre, no te enternezcas, que la cosa ya no tiene remedio.

TRAJINANTE I.º-Porque no tiene remedio lloro, que si lo tuviera, yo me dejaría matar por que ella resucitase.

MESONERO.-¡Toma! Si con la vida ajena se hubiera podido ir alargando la suya, aún viviera y viviría por los siglos de los siglos.

TRAJINANTE 2.º- ¿Parece que también su merced se ablanda?

MESONERO.-¿Qué se le ha de hacer? No es uno de risco; y ya que con otra cosa no pudimos pagarle los pobres mientras vivió, justo es que después de muerta la paguemos con lágrimas el bien que nos hizo; y a fe a fe que la buena señora ve vuestro llanto desde el cielo.

TRAJINANTE I.º- Premie Dios sus virtudes, que Él sólo puede recompensarlas como es debido.

TODOS.-¡Dios la bendiga! ¡Dios la bendiga!

Ea, ea, basta de pucheros, y vaya un Padrenuestro por la gloria de su alma. (El MESONERO y todos los TRAJINANTES se levantan, se quitan el sombrero y permanecen en silencio breves instantes, como si estuvieran rezando.) Requiescat in pace.

TODOS.-Amén.

Todos se santiguan.

MESONERO.-Y ahora un trago.

TODOS.-¡Venga, venga!

Escancíanse vino.

MESONERO.- A la memoria de la mejor de las reinas.

TODOS.- A su memoria.

Beben.

MOZA.-¡Alabado sea Dios!

Saliendo por el foro con un velón de Lucena, que pone en la mesa.

TODOS.- Bendito y alabado.

MOZA.-La cena se enfría.

TRAJINANTE I.º- ¡Santa palabra!

TODOS.-A cenar.

Vanse los TRAJINANTES por la puerta del foro seguidos de la MOZA.

Escena II

El MESONERO y ALDARA.

Momentos antes se la habrá visto salir de su habitación y bajar por la escalera.

ALDARA.- ¿Qué hay, Garci-Pérez?

MESONERO.-Que su merced todavía no ha dado la vuelta.

ALDARA.- (¡Oh!) ¿Y ese caballero flamenco que viene todos los días a estas horas?

MESONERO.-Tampoco ha parecido.

ALDARA.- Ya os dije que no quiero verle.

MESONERO.-Todo el mundo tiene derecho de entrar en el mesón con tal de que pague al salir. Harto os sirvo haciendo creer a la gente que sois sobrina mía. Y temiéndome estoy que fragüe una de las suyas el diablo y se descubra el enredo.

ALDARA.- Poco permaneceré ya en vuestra casa.

Hácele señal de que se retire.

MESONERO.- (¡Lástima es!)

Vase por la puerta del foro.

Escena III

ALDARA, y después D. ÁLVAR.

ALDARA.- Sí, lo conozco; nunca debí amar a un cristiano. Con razón me castigas ¡oh dios inexorable de mis abuelos! ¿Y si me hubiese engañado? ¿Hasta cuándo he de estar engañándome a mí propia? Siempre noté en él tristeza misteriosa; constantemente hubo una sombra en medio de los dos. Que era la sombra de una mujer, yo me lo imaginaba. Y ahora, ¿cómo dudarlo? Cuando supo la llegada de los Reyes a Tudela, ¡qué agitación la suya! Cuando la fiebre le embargaba los sentidos, oíale gritar: «¡Está en Tudela; voy a volverla a ver!» Enfermo aún, no ha podido por más tiempo vencer su afán, y ha volado a Tudela con riesgo de la vida. ¿Qué mujer es ésa? ¿Habrá venido con los Reyes? ¡Cuitada yo, que juzgué posible que un hombre me amase eternamente! Él es.

DON ÁLVAR.- (Aquí está. ¿Cómo desengañarla?)

Saliendo por la puerta del foro.

ALDARA.- Creí que no ibais a volver.

DON ÁLVAR.- ¿Me recibís enojada porque he tardado? Nunca quisiera yo enojar a quien tanto hizo por mí. Os debo la vida.

ALDARA.- Más que la vida os debí yo: la felicidad.

DON ÁLVAR.- Será mi gratitud eterna.

ALDARA.- ¿Gratitud me ofrecéis?

DON ÁLVAR.- Decid: ¿vendrá también hoy el caballero que os corteja? Restablecido al fin, quiero pedirle cuenta de las molestias que os ha causado.

ALDARA.- Dejad en paz a ese caballero, y no con vanas apariencias intentéis deslumbrarme.

DON ÁLVAR.- No comprendo vuestras palabras.

ALDARA.- ¿A qué habéis ido a Tudela?

DON ÁLVAR.- ¿No os lo dije? A ver a mi deudo el Almirante de Castilla.

ALDARA.- ¿Y a ninguna otra persona habéis visto?

DON ÁLVAR.- Sí, a la Reina.

ALDARA.- ¿A la Reina?

DON ÁLVAR.- ¿Por qué os sorprende?

ALDARA.- ¿Es hermosa?

DON ÁLVAR.-Ángel del cielo parece por el rostro y por el corazón-.

ALDARA.- Mucho la encomiáis.

DON ÁLVAR.- Poco os parecería si la conocieseis. Me ha ofrecido su protección.

ALDARA.- Bien la merecéis.

DON ÁLVAR.- Mañana mismo pienso partir a Burgos.

ALDARA.- Parten mañana también Sus Altezas?

DON ÁLVAR.- Mañana.

ALDARA.- ¿Y sólo con el Almirante y con la Reina habéis hablado?

DON ÁLVAR.- Sólo con el Almirante y con la Reina.

ALDARA.- Aseguran que Doña Juana está loca.

DON ÁLVAR.- Falso: torpe calumnia divulgada por el Rey, que quiere apartarla de sí, desconociendo el tesoro que injustamente posee. Pero, por la espada del Gran Capitán, que aún hay castellanos prontos a morir, si es preciso, por defenderla.

ALDARA.- Dios la confunda.

DON ÁLVAR.- ¿Qué proferís?

ALDARA.- Mal hicisteis en encomiar delante de mí a quien tanto aborrezco.

DON ÁLVAR.- ¿Que aborrecéis a la Reina? ¿Por qué causa?

ALDARA.- ¿A qué fingís ignorarlo? Hubo una mujer que, haciendo derecho de la usurpación y ley de la fuerza, subió a un trono que no le pertenecía, y todo fue poco para saciar su sed de poderío y de mando. Tendió su mirada de águila por la tierra: vio un imperio compuesto de catorce ciudades y noventa y siete villas; viole grandemente enriquecido por la fortuna, con insólito afán acariciado por la Naturaleza; viole y le deseó, y dijo: venga a mi mano. Dos reyes disputábanse el cetro de aquel imperio: el vicio y el valor se le disputaban. La astuta serpiente, que para sí le quería, amparó al rey cobarde contra el valiente, porque bien conoció que así después la victoria sería más fácil. Cayó mi padre, el Rey Zagal; el Rey Chico volvió a ser dueño del trono; desplomáronse sobre Granada, Aragón y Castilla; el Genil fue Guadalete para la media luna, brilló vencedora sobre las torres de la Alhambra la enseña de la cruz, y la ciudad hermosa, hija predilecta del Profeta, antes por la propia flaqueza rendida que por el valor ajeno, dobló su coronada frente bajo la planta del cristiano. Mira cómo huye al África mi padre infeliz, a llorar la mengua de los hijos de Agar; cómo el bárbaro Rey de Fez, creyéndole cómplice de los enemigos de Granada, le quema en venganza los ojos. Mírale mendigando el sustento preciso con un cartel pendiente del cuello en donde se lee: «Éste es el desdichado Rey de Granada. De sus ojos sin luz corren lágrimas de sangre; sus manos descarnadas se clavan en la frente, donde no encuentran la corona que buscan. Oye cómo grita al morir: venganza contra la reina Isabel y contra toda su generación. ¡Y me preguntas por qué aborrezco a la reina Doña Juana, a una hija de la reina Isabel! ¿Ignoras que antes de conocerte no había más que anhelo de venganza en mi pecho? ¿Por qué te conocí? Quizá hubiera logrado la gloria de morir por odio a los cristianos; y no que hoy moriré, quizá, de amargura por haber amado a uno sólo.

DON ÁLVAR.- ¡Aldara!

ALDARA.- Y, sin embargo, ¿qué más pude sacrificarle? ¿Qué mujer puede merecer el amor de un hombre si yo no merezco el suyo? Te perdí; el Dios a quien ultrajé me rechaza. Nada me queda: vergüenza y llanto nada más.

DON ÁLVAR.- Aldara, yo no he dicho que no os amo. Los beneficios que de vos recibí siempre vivirán grabados en mi pecho.

ALDARA.- ¿Otra vez vais a hablarme de gratitud? Antes bien explicadme la causa que os impide pagar mi amor con amor; decidme que amáis a otra, a otra a quien sin duda en mucho tiempo no habréis visto, porque entonces sin remedio la hubiera visto yo también. ¿La habéis vuelto a encontrar por ventura, sin que yo sepa cuándo ni cómo? ¿En Tudela tal vez? Vamos, contadme todo esto. Si es cierto que amáis a otra, yo no debo ignorarlo. No; si es cierto, que yo lo ignore siempre, porque sería capaz..., sería capaz de matarla.

DON ÁLVAR.- ¡Matarla!

ALDARA.- Luego ¿existe; existe?

DON ÁLVAR.- Y suponiendo que existiese...

ALDARA.- No me desafiéis.

DON ÁLVAR.-¿Cuáles son vuestros derechos sobre mí?

ALDARA.- Vos, porque os he amado, tenéis el de ultrajarme.

DON ÁLVAR.- Termine hoy aquí nuestra plática. Espero que mañana con más tranquilidad podréis oírme y conocer lo indebido de tan reiteradas inculpaciones.

Éntrase por la puerta de la izquierda.

Escena IV

ALDARA, y después el REY.

ALDARA.- ¡Y así me deja! ¡Y partirá mañana mismo! Tiempo era ya de que el altivo cristiano humillase a su esclava. Por un momento he pensado en la Reina... Imposible. ¿Por qué? Mil veces le escuché hablar de ella con arrebato singular. ¿Será otro amor el que creí amor del súbdito a la señora? ¿Cómo averiguar la verdad? Pero ¿ha de amar la Reina a este hombre; la Reina, que, según afirman, idolatra a su esposo? ¿No puede tener engañado al mundo? ¿No puede Álvar, que desdeña mi afecto, amar a quien el suyo rechace? Le perdonaría que no me amara; que ame a otra, no puedo, no quiero perdonárselo. ¡Oh! ¿Quién llega?

Yendo hacia la escalera.

REY.- No huyas. Detente.

Entrando por la puerta del foro y asiendo a ALDARA de una mano.

ALDARA.- Soltad.

REY.- ¿Habrá en el mundo aldeana menos complaciente que tú?

ALDARA.- ¿Habrá caballero tan necio como vos?

REY.- ¿Necio me llamas?

ALDARA.- Necio sois en perseguir a quien nunca habéis de alcanzar.

REY.- Tiene en ti Garci-Pérez una sobrina con humos de princesa.

ALDARA.- Más me acerco a princesa que a sobrina de un mesonero.

REY.- ¿Cómo?

ALDARA.- Sabed la verdad: ya no tengo por qué ocultarla; no soy sobrina de Garci-Pérez.

REY.- ¡Extraño misterio el que os rodea, señora! Con razón supuse que la condición que aparentabais no era la vuestra. Pues bien, yo no soy tampoco un simple hidalgo cual aquí se me cree; soy...

ALDARA.- ¿Quién?

REY.- Un prócer, un prócer flamenco de lo más esclarecido.

ALDARA.- (Éste pudiera tal vez ayudarme.)

REY.- Desde el día en que mi buena estrella me hizo pasar por delante de este mesón, cifro en veros mi dicha. Hasta qué punto logró subyugarme vuestra hermosura, no cabe ponderarlo. Mi corazón os pertenece, señora; por una palabra cariñosa de vuestros labios diera parte de mi existencia. Tengo que partir a Burgos mañana...

ALDARA.- ¿Con los Reyes acaso?

REY.- Sí, con los Reyes. Seguidme, y exigid en cambio todo lo que queráis; hasta lo que os parezca imposible.

ALDARA.- ¿Tanto podéis?

REY.- Cuanto quiero.

ALDARA.- ¿Sois amigo del Rey?

REY.- Más que amigo.

ALDARA.- ¿Su privado quizá?

REY.- Puede decirse que el Rey y yo somos una misma persona.

ALDARA.- ¿Y si a mí se me antojase frecuentar su palacio?

REY.- Seríais dama de la Reina.

ALDARA.- ¿Cómo, si por muy ilustre que fuese mi estirpe yo no pudiera descubrirla?

REY.- ¿No pasáis aquí por sobrina de un mesonero? Mejor podríais pasar allá por deuda de algún conde o marqués.

ALDARA.- ¿Y vos os daríais por bien pagado con la única dicha de verme?

REY.- Sin duda.

ALDARA.- Meditaré acerca de tal ofrecimiento.

REY.- ¿Olvidáis que tengo que partir mañana?

ALDARA.- Por escrito os comunicaría mi resolución.

REY.- ¡Oh! no, bien mío; fuerza es que os decidáis al momento. Mirad: a corta distancia del mesón hay una litera en donde, escoltada por hombres de toda mi confianza, podéis emprender esta misma noche el viaje.

ALDARA.- ¿Todo eso tenéis preparado?

REY.- Todo eso.

ALDARA.- ¿Pensabais, quizá, sacarme de aquí por fuerza?

REY.- Quizá.

ALDARA.- Pues quizá no parta yo a Burgos en toda la vida.

Alejándose.

REY.- ¿Qué, así os retiráis?

Tratando de detenerla.

ALDARA.- Os he dicho que meditaré.

Apartándose más.

REY.- ¡Señora!

Siguiéndola.

ALDARA.- Tened un poco de paciencia.

Sube por la escalera y entra en su cuarto.

Escena V

El REY, a poco el MESONERO, después la REINA y DOÑA ELVIRA.

REY.- Mejor dispuesta que esperaba la encuentro. Muchas veces he creído estar enamorado: a fe mía que ahora va de veras. Su misteriosa condición, sus repulsas continuas, ese tenaz desdén a que no estoy acostumbrado, aumentan más y más la llama que arde por ella en mi pecho. Aseguremos el golpe. (Dando porrazos sobre la mesa) ¡Hola! ¡Mesonero de Barrabás! ¡Hola!

MESONERO.-¿Qué se os ofrece?

Saliendo por la puerta del foro.

REY.- Venid acá, don bellaco, señor mesonero trapalón, señor tío postizo.

MESONERO.-¡Eh!

REY.- ¿Conque tan fingidas son tus sobrinas como tus liebres?

MESONERO.-Pues qué, ¿sabéis?...

REY.- Todo lo sé, y escucha atentamente lo que voy a decirte.

MESONERO.-Ya escucho.

REY.- ¿Qué gente hay en el mesón?

MESONERO.-Unos trajinantes.

REY.- ¿Qué hacen ahora?

MESONERO.-Dormir a pierna suelta.

REY.- Bien. ¿Y nadie más?

MESONERO.-Sí, un capitán, un D. Álvar de Estúñiga.

REY.- ¿Ese que, según he oído, está enfermo?

MESONERO.-Justamente.

REY.- (Ése no puede estorbarme.)

MESONERO.-¿Acabasteis ya de preguntar?

REY.- Acabaron las preguntas; empiezan las órdenes.

MESONERO.- ¡Oiga!

REY.- Primeramente dejarás a obscuras estas habitaciones.

MESONERO.-Pues ¿qué diablos vamos a hacer a obscuras?

REY.- Lo verás si no ciegas.

MESONERO.-¡Me gusta la aprensión!

REY.- Obedece aunque no te guste.

MESONERO.-¡Por supuesto!

REY.- Encerrarás después, por allá adentro, a todos los mozos.

MESONERO.-¡Festivo humor traéis esta noche!

REY.- Irás en seguida a abrir la puerta del corral, por donde entraré yo con cuatro embozados.

MESONERO.-Vaya, vaya, este señor ha empinado hoy más de lo justo.

REY.- El objeto es sacar de aquí bien a bien, y si no mal a mal, a tu señora sobrina.

MESONERO.-¿Habrase visto insolencia igual? Si no por otra cosa, por las intenciones se os conocería que sois flamenco. Y como tenemos un Rey tan casquivano y antojadizo, parece que todos queremos sacar los pies del plato. ¿Qué apostamos a que aviso a los mozos, y a garrotazos os hacen salir del mesón?

REY.- Una sola cosa me falta que añadir.

MESONERO.-¿Qué le falta que añadir a vuestra merced?

REY.- Que como nada es verdad en tu mesón endemoniado, tampoco yo soy lo que parezco.

MESONERO.- Y sepamos, ¿quién sois? ¿Algún truhán con visos de caballero?

REY.- Soy el Rey.

MESONERO.-¡Jesucristo!... ¡El Rey!

REY.- Y si esta noche no me obedeces, haré que te ahorquen mañana.

MESONERO.-Señor... yo... Vuestra Alteza...

REY.- Nada más tengo que decirte.

MESONERO.-(Bastante es.)

REINA.- ¡Oh!

Apareciendo con DOÑA ELVIRA en la puerta del foro en el momento en que el REY va a salir por ella. Ambas vienen completamente cubiertas con mantos.

REY.- Perdonad. (Nuevos huéspedes.) Mira. (Acercándose de nuevo al MESONERO.) Aloja a ésas en habitaciones retiradas. (Todo saldrá bien.)

Vase por la puerta del foro.

Escena VI

La REINA, DOÑA ELVIRA y el MESONERO.

REINA.- El Rey ya se va. Hemos llegado tarde.

MESONERO.- Y yo que le he dicho... (En el proscenio, absorto en sus meditaciones.) ¡Quién se había de figurar!... En fin, que la robe y que buen provecho le haga.

REINA.- ¿Que la robe? ¿A quién?

MESONERO.-Calla, ¿me oíais? Ya ni siquiera me acordaba...

REINA.- ¿A quién va a robar ese caballero?

MESONERO.-A nadie.

REINA.- Decías...

MESONERO.-Yo no decía nada. ¡Vaya una curiosidad! ¿Queréis un cuarto? Pronto: decid, que tengo prisa.

REINA.- ¡Vive Dios! Responde a lo que te pregunto.

MESONERO.-También jura. Pues, ¡vive Cristo!, que podéis continuar vuestro viaje, porque no tengo donde alojaros.

REINA.- ¿Volverá ese hombre esta noche?

MESONERO.-¡Dale, machaca! ¡Ni que fuerais su mujer.

REINA.- Lo soy.

MESONERO.- ¿Vos su mujer? Ja, ja, ja!

DOÑA ELVIRA.- Respetad a esta dama.

MESONERO.-Pero si dice que el caballero que aquí estaba es su marido. Sería preciso que ella fuese nada menos que... (¡Chitón!)

REINA.- ¿Sabéis quién es ese caballero?

MESONERO.-¡Vaya si lo sé! Mejor que vos, por lo visto.

REINA.- ¿Sabéis que es el Rey?

MESONERO.-¡Cómo!... ¿Vos?...

REINA.- ¿No os he dicho que soy su esposa?

MESONERO.-¿Qué?...

REINA.- Responde a la Reina.

MESONERO.-¡La Reina! ¡Madre de los pecadores!

REINA. ¿Qué te ha dicho el Rey?

MESONERO.-¿Qué te ha dicho el Rey?

MESONERO.- Me ha dicho... Me ha dicho...

REINA.- ¿Qué? Acaba.

MESONERO.- Yo bien quisiera... pero la turbación y el Vuestra Alteza me perdonará... Como nunca me vi delante de una reina...

REINA.- Una reina es una mujer como todas las demás, y no tenemos tiempo que perder en asombros ni vanas demostraciones. Vamos; habla, di.

MESONERO.-Pero es que, si hablo, el Rey hará que me ahorquen mañana.

REINA.- Y si no hablas, la Reina hará que te ahorquen esta noche.

MESONERO.-¿Conque por fuerza me han de ahorcar?

REINA.- Por mi nombre te juro que nada tienes que temer si me revelas cuanto deseo.

MESONERO.-¿De veras? ¿Vuestra Alteza no me dejará luego en la estacada? Permítame Vuestra Alteza que le bese los pies.

REINA.- De nada respondo si más me apuras la paciencia.

MESONERO.-Pues bien, señora. Hay en el mesón una mujer muy linda, que se llama Aldara.

REINA.- Prosigue.

MESONERO.-El Rey... Ya se ve, un rey, según Vuestra Alteza ha dicho muy bien, es un hombre como todos los demás. El enemigo malo anda siempre suelto..., a veces el más cuerdo la yerra..., la muchacha vale un tesoro...

REINA.- ¿Acabarás?

MESONERO.-En fin, un pecadillo venial, un antojillo sin malicia.

REINA.- ¿Qué más? ¿Qué más? Eso que me decías antes de robo.

MESONERO.-Eso: que se le ha antojado robarla esta noche, y quiere que yo prepare la fuga.

REINA.- (¡Dios mío, Dios mío!) ¿Dónde tiene ella su cuarto?

MESONERO.-Aquél es, señora.

Señalando a la puerta del corredor.

REINA.- ¿Hay por aquí alguno vacío?

MESONERO.-Aquí hay uno bien acondicionado.

Abriendo la puerta de la derecha.

REINA.- Anda, y di al Rey que ya puede venir por Aldara.

El MESONERO se aleja un poco y vuelve.

MESONERO.-Me encargó Su Alteza que dejase a obscuras estas habitaciones. Si aquí ve luz, desde luego comprenderá el engaño.

REINA.- No la verá.

Aléjase de nuevo el MESONERO, y vuelve como antes.

MESONERO.-¿Conque Vuestra Alteza me asegura que no corro peligro de ser ahorcado?

Hincándose de rodillas delante de la REINA.

REINA.- Ninguno si al punto vas a cumplir mis órdenes.

MESONERO.-Volando voy. (Mucho cuesta conocer a los reyes.)

Vase por la puerta del foro.

Escena VII

La REINA y DOÑA ELVIRA.

DOÑA ELVIRA.-Sentaos, señora, y recobrad las fuerzas perdidas.

REINA.- La lluvia, el aire, el cansancio, la zozobra que me devoraba, todo ha contribuido a que las perdiese. Pero ya me siento bien: créelo, Elvira.

DOÑA ELVIRA.- ¡Qué imprudencia, señora! En fin, ya no tiene remedio. Procurad no irritar sobradamente a D. Felipe.

REINA.- Va a venir: retírate a aquel aposento. Que no nos interrumpas te encargo.

DOÑA ELVIRA.-Confíe en mi sumisión Vuestra Alteza.

REINA.-Llévate esa luz.

DOÑA ELVIRA.- ¡Sea la Virgen con nosotras!

Entra por la puerta de la derecha, llevándose la luz.

Escena VIII

La REINA sola, después el REY y EMBOZADOS: luego D. ÁLVAR, ALDARA y DOÑA ELVIRA.

REINA.- Allí está esa mujer. ¿Será muy hermosa? Verla puedo ahora mismo. ¿Qué hago? No: esperemos aquí a Felipe. ¿Se atreverá a mentir todavía? ¡Cómo voy a gozarme en su turbación, en su cólera! Día es éste para mí de triunfo; momento es éste que me indemniza de las amarguras soportadas en muchos años. ¡Oh, pasos oigo! ¿Serán los suyos? ¡Cuáles otros pudieran retumbar así en el fondo de mis entrañas!

REY.- Quedaos ahí; aguardad a que os llame.

Hablando desde la puerta del foro.

REINA.- (¿Qué me sucede? ¿Es ésta la fortaleza con que contaba?)

REY.- Subamos a su cuarto (Al dirigirse a la escalera que conduce al cuarto de ALDARA, repara en la REINA) ¡Oh! ¿Será ella?

REINA.- (Se detiene.)

REY.- Aldara, ¿sois vos?

Acercándose.

REINA.- (¿Qué haré, qué haré?)

REY.- Aldara. (Asiendo una mano a la REINA.) (No retira su mano.)

REINA.- (¡Valor!)

REY.- No queréis responderme.

REINA.- ¡Ja, ja, ja!

(Prorrumpe en ruidosa carcajada, como habiendo tomado una resolución.)

REY.- ¿Os burláis de mí?

REINA.- ¡Ja, ja, ja!

REY.- ¡Cielos, no es ella! ¿Quién entonces? ¿Quién sois? Responded. Luces, Beltrán, luces.

REINA.- Pensé que me verías con los ojos del corazón.

REY.- ¡Esta voz!... Deteneos. (Toma la luz de mano de uno de los EMBOZADOS que se presentan en la puerta del foro, y después de ordenarles que allí permanezcan, se acerca precipitadamente a D.ª Juana.) ¡La Reina! La Reina aquí!

REINA.- ¿Dónde mejor puede estar la Reina que al lado del Rey?

REY.- Salid todos: aguardadme lejos de este recinto. (Dirigiéndose a los EMBOZADOS después de dejar la luz en la mesa.) Nadie penetre en él, suceda lo que quiera. Cuando os necesite saldré a buscaros. (Vanse los EMBOZADOS, y el REY cierra la puerta del foro.) ¿Queréis decirme, señora, por qué razón os encuentro aquí?

REINA.- ¿No lo adivinas?

REY.- Quiero que vos me lo digáis.

REINA.- Vengo a darte ayuda en el negocio de estado que te trae a este sitio.

REY.- (¿Qué dice?)

REINA.- Sí; quiero hablar con ese magnate a quien diariamente concedes en este mesón audiencia secreta. Por lo visto no has logrado aún granjearte su afecto, y el rebelde persiste en su idea de promover trastornos en contra tuya. Pues bien: sabrá de mí boca que, lejos de ofenderme y tiranizarme, cada día me das pruebas más patentes de amor y respeto; que en vez de oprimir y vejar a Castilla, por su bien te desvives; que todo lo malo que de ti se cuenta, en fin, son calumnias fraguadas por tus enemigos; y puesto que ellos han tomado por bandera mi nombre, justo es que yo misma me encargue de justificarte a la faz del mundo entero, publicando tus virtudes de esposo y de rey. ¿Qué te parece? ¿Está mal pensado? No contará seguramente con mi venida el buen Duque de Alba. Gran golpe vamos a dar a los partidarios de mi padre. Tiempo era ya de que España te conociese como yo te conozco.

REY.- (¿Qué debo pensar?)

REINA.- Dime ante todo: ¿qué mujer es esa que has nombrado al entrar aquí?

REY.- Es la sobrina del mesonero.

REINA.- Y ¿para qué la buscabas?

REY.- Para preguntarle si había venido ya el Duque.

REINA.- ¿Y para eso era menester asirle una mano?

REY.- Como no se me respondía, traté de cerciorarme...

REINA.- ¿Sabes que el oficio de rey no es tan fácil como parece?

REY.- Cuesta, efectivamente, grandes amarguras.

REINA.- ¡Pobre Felipe! ¡Cuántas humillaciones, cuántos afanes, por evitar que la sangre de tus vasallos corra en contienda civil!

REY.- Celebro que me hagáis justicia.

REINA.- ¿Que si te hago justicia? Más de lo que supones. ¿Qué creyera otra mujer, a quien se le hubiese dicho que sólo a cortejar a una moza bonita vienes a este mesón, y que esta misma noche tratabas de robarla? Creyéralo verdad, y al verte aquí buscando a una mujer en medio de las tinieblas, no vacilara en llamarte falso, perjuro, traidor...

REY.- ¡Doña Juana!

REINA.- Mas ni por un instante imaginé yo que fueses capaz de tanta villanía.

REY.- Basta, señora.

REINA.- Yo he cerrado a la evidencia los ojos y los oídos, y sólo doy crédito a lo que tú me dices.

REY.- ¡Señora!

REINA.- Insensato, ¿no conocías que me estaba burlando de ti?

REY.- Me asombra tanta audacia. ¿Y pensáis que he de someterme a esa vergonzosa tutela que sobre mí queréis ejercer?

REINA.- ¿Y pensáis vos que he de permitir que se me ultraje impunemente?

REY.- Tranquilizaos ante todo.

REINA.- ¿Tranquilizarme? Ahora que con mi presencia logro arrebatarte el bien que anhelabas, ahora tú eres el que padece, yo soy dichosa; tú el que tiembla, yo sosegada estoy. El dolor tiene también su alegría; también la desesperación tiene su tranquilidad.

REY.- Pero ved que con semejantes locuras ponéis en riesgo mi honor.

REINA.- ¿De tu honor te atreves a hablarme? ¿Y el mío? ¡El honor de los hombres!.. También nosotras tenemos nuestro orgullo, nuestros derechos, nuestro honor. Guardadora del tuyo, aquí vine para reclamar que guardes el mío. Mentira: no hizo Dios el pudor patrimonio exclusivo de la mujer.

REY.- Engañada vivís si creéis que así se conquista el afecto de un esposo.

REINA.- Si lo que yo quiero es que me aborrezcas; y como mi amor es tu castigo, yo te amaré más cada día; siempre más.

REY.- El amor que me tenéis raya en desatino, en locura, y al fin llegará a ser mofa de la gente.

REINA.- ¿Mofa de la gente el amor que te tengo? Oh, sí: natural es que una mujer ame a un galán; pero no que ame años y años a su marido. El amor ilegítimo, el amor adúltero, ese es amor: el amor legítimo y santo, ese no es amor; es rareza; desatino, locura.

REY.- Volveos a Tudela, señora; yo os daré quien os acompañe.

REINA.- ¿Qué más?

REY.- Vuestra temeridad necesita un correctivo.

REINA.- ¡Pérfido, y al par insolente!

REY.- Repito que las apariencias os engañan.

REINA.- ¡Siempre la mentira en su boca!

REY.- Básteos ver cómo me ultrajáis y cómo yo lo tolero.

REINA.- ¡Siempre la hipocresía en su alma!

REY.- ¿Queréis oír la verdad? Oídla: vuestro amor es un yugo que me hace padecer.

REINA.- Óyelo y padece: ¡te amo!

REY.- Paso, señora. Voy a buscar a esa dama.

REINA.- ¿Cómo? ¿Te atreverías?...

REY.- A todo.

REINA.- No me obligues a publicar aquí tu mengua.

REY.- Sola estáis a mi lado.

REINA.- Gritaré.

REY.- Nadie responderá a vuestras voces.

REINA.- Lo veremos. ¡Favor... Socorro!...

REY.-Ved lo que hacéis.

REINA.- Tú lo has querido.

REY.- ¡Silencio, desdichada!

REINA.- ¡Socorro; favor a la Reina!

DON ÁLVAR.-¡Cielos, qué miro! (Presentándose en la puerta de su cuarto y conociendo a la REINA.) ¡Infame!

Desnudando la espada y corriendo hacia el REY.

REINA.- ¡Eh! ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

Cubriendo al REY con su cuerpo.

DON ÁLVAR.- Su muerte.

REY.- ¡Villano!

Poniendo mano a su acero.

REINA.- ¿Su muerte? ¿Matarle a él? a mí primero. Atrás. Yo le amparo, yo le escudo. De rodillas, capitán, de rodillas. ¡Es mi esposo, es el Rey!

DON ÁLVAR.- ¡El Rey!

Doblando la rodilla.

ALDARA.- ¡La Reina!

Asomándose por el corredor con una lámpara en la mano.

El REY dirige al CAPITÁN una mirada amenazadora, con la mano puesta en el pomo de la espada; la REINA, llena de espanto, no deja de cubrir al REY con su cuerpo; D. ÁLVAR, a alguna distancia, de rodillas, humillando su acero a los pies de la REINA; ALDARA, asomada en el centro del corredor; DOÑA ELVIRA a la puerta del aposento en que antes había entrado.

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

Acto tercero

Salón del palacio del Condestable en Burgos. Tres puertas al foro, otras laterales: la de la derecha conduce a las habitaciones del REY, y la de la izquierda a las de Doña Juana. Una mesa a cada lado del escenario, cerca del proscenio.

Escena primera

DON JUAN MANUEL y el MARQUÉS DE VILLENA; después FILIBERTO DE VERE; luego el ALMIRANTE y varios NOBLES, en seguida otros, y a poco MARLIANO.

DON JUAN MANUEL.-Como lo oís Pacheco amigo. Y es lo más peregrino del caso que la Reina, en estos breves días, ha cobrado mucho afecto a su encubierta competidora.

MARQUÉS.- No he conocido hombre menos escrupuloso que el Rey para este linaje de aventuras. Caro paga Doña Juana los celos con que tan a la continua le aburre. Y a punto fijo, ¿se sabe el nombre y condición de esa misteriosa beldad, hoy por vos convertida en dama de la Reina?

DON JUAN MANUEL.- Supuesto es el nombre de Beatriz que ahora se le da: Aldara llamábase anteriormente. Su verdadera condición aun el mismo D. Felipe la ignora.

MARQUÉS.- ¿Y no teméis que Doña Juana trasluzca el engaño?

DON JUAN MANUEL.- Difícil es. Como deuda mía fue Aldara admitida, al mismo tiempo que otras damas, en la servidumbre de la Reina. Tal, excepto nosotros, la cree todo el mundo.

MARQUÉS.- ¿Qué hay, señor de Vere? (A FILIBERTO DE VERE, que sale del cuarto del REY.) ¿Ha participado ya D. Felipe a los Grandes su acuerdo de recluir a la Reina?

FILIBERTO.- Y no se ha oído la nueva con tanto agrado como ambos suponíais.

DON JUAN MANUEL.- No receléis tan pronto. Seguro estoy de que muchos cumplirán el ofrecimiento, que sellaron con sus firmas, de amparar al Rey en caso de que fuera preciso encerrar a Doña Juana y de que el pueblo no llevase a bien esta grave resolución. Sobrarán medios para triunfar de los que hoy se muestran reacios.

FILIBERTO.- Su Alteza no ha escaseado las mercedes. El toisón de oro de su casa de Borgoña pende ya del cuello de muchos nobles y ricoshombres de Castilla.

DON JUAN MANUEL.- Aún no ha hecho bastante.

FILIBERTO.- De vuestro celo, señores, fía Su Alteza el logro de sus planes. Una reina loca es obstáculo invencible a la buena gobernación de la monarquía. En D. Felipe tendrán los castellanos un rey justo y valeroso, y vosotros un amigo siempre dócil a los sanos consejos.

MARQUÉS.- Justo es sin duda ninguna, que a mí me ha ofrecido devolverme las tierras del marquesado de Villena, que indebidamente me quitó la reina Isabel.

FILIBERTO.- Tiene, sin embargo, tenaces enemigos. Varios Grandes le amenazan desde Andalucía: el de Alba no perdona medio de combatirle; el Almirante...

ALMIRANTE.- ¿Sabéis, señores, de qué se trata esta mañana en la estancia del Rey?

Saliendo por el foro con otros NOBLES.

DON JUAN MANUEL.- El Rey, señor Almirante, ha decidido recluir a su infeliz esposa, y ahora se lo participa a los Grandes.

ALMIRANTE.- Pues a fe que ese incalificable empeño del Rey-Archiduque puede acarrear males espantosos.

DON JUAN MANUEL.- Empeño incalificable el vuestro y el de cuantos niegan lo que ya está fuera de duda.

FILIBERTO.- Su Alteza obra como debe, señor Almirante.

ALMIRANTE.- No hay por qué me sorprenda, señor mayordomo del Rey, que la turba extranjera, capitaneada por vos, quiera hacer propiedad de D. Felipe el trono castellano; que siendo vuestro generoso compatriota único señor de estos reinos, más impunemente como a tierra conquistada los trataríais.

FILIBERTO.- ¡Caballero!

DON JUAN MANUEL.- Válgate Dios por áspero y desabrido.

NOBLE I.º- El Rey exige demasiado.

Saliendo con otros del cuarto del REY.

NOBLE 2.º-Nosotros, señores, estimamos acertada su determinación.

DON JUAN MANUEL.- Inhábil Doña Juana para reinar, ¿a quién sino a él pertenece la corona durante la menor edad del príncipe D. Carlos?

ALMIRANTE.- Cuenta con lo que prometéis, caballeros: en Cortes únicamente pudiera tomarse tan importante acuerdo. Las de Valladolid, siguiendo el ejemplo de las de Toro, sólo reconocieron por Reina propietaria de Castilla a la hija de Isabel y Fernando. Los procuradores de las ciudades no dieron crédito a la torpe calumnia con que hoy de nuevo se aspira a destronarla. ¿Serán los próceres del reino menos leales? Don Felipe quiere oponer vuestra fuerza al encono del pueblo. ¿Patrocinaréis vosotros la usurpación y la injusticia?

FILIBERTO.- ¿Eso decís en Palacio?

ALMIRANTE.- También en Palacio debe decirse la verdad. Los que no teman exponerse al enojo del Príncipe borgoñón, acudan hoy conmigo a una audiencia que pediremos a la Reina. Veréis todos que merece serlo; que los que tratan de hacernos creer que está loca, o se engañan o mienten.

MARLIANO sale del cuarto del REY.

MARLIANO.- Yo, su médico; yo, que vivo constantemente a su lado, esa mismo afirmo y sostengo.

Murmullos entre los cortesanos.

NOBLE I.º-Acudiré a esa entrevista con vos, Almirante.

NOBLE 2.º-También nosotros.

ALMIRANTE.- Os buscaré después, señores.

Vase por el foro, seguido de algunos.

MARLIANO.- Don Juan Manuel, Su Alteza manda que reunáis el Consejo.

DON JUAN MANUEL.- Voy a convocarle.

FILIBERTO.- Temo que ahora tampoco logre el Rey su deseo.

MARQUÉS.- Temor infundado.

Escena II

MARLIANO; después la REINA y DOÑA ELVIRA.

MARLIANO.- ¡Que yo sustente como verdad lo que sé que es mentira! Mal me conoces, Rey tirano. Si mis dóciles compañeros deponen su conciencia a tus plantas movidos de temor o codicia, nunca yo seguiré ejemplo tan vergonzoso.

REINA.- No lo dudes, Elvira (Saliendo de su cuarto con DOÑA ELVIRA.): el Rey confía en mí demasiado.

MARLIANO.- Vuestra Alteza sigue bien, ¿no es cierto?

REINA.- Tres veces me lo has preguntado ya esta mañana.

MARLIANO.- Vuestra salud es para mí inestimable tesoro.

Saluda y vase.

Escena III

La REINA y DOÑA ELVIRA.

REINA.- Sí, Elvira, sí; la excesiva confianza perjudica al amor.

DOÑA ELVIRA.- Desechad, señora, tal idea de vuestra mente.

REINA.- Ya ves que ahora Felipe se muestra conmigo más solícito que nunca, y permanece largo tiempo a mi lado. Que no mira al capitán con buenos ojos es indudable; algo habrá conocido. ¡Si por este medio recabara su amor!

DOÑA ELVIRA.- Creedme: estáis cometiendo una imprudencia.

REINA.- ¡Qué prudentes sois los dichosos! A no serlo me autoriza mi desgracia, y el noble fin que me propongo harto me sirve de disculpa. Estímase doblemente un bien si tememos perderle. Tema Felipe, que siempre ha confiado. Lo que no conseguí padeciendo por él, quizá mortificando su vanidad lo consiga. Desamaríale si pudiese: no puedo, ni debo. No es únicamente mi esposo; es también el padre de mis hijos. No sólo para mí trato de ganarme su corazón, sino también para los hijos de mis entrañas.

DOÑA ELVIRA.- Con todo, si D. Álvar interpretase indebidamente vuestras afectuosas demostraciones...

REINA.- Así quizá las interpretaría un cortesano; él, ni por pienso: la vida de los campamentos no pervierte el corazón como la vida de los palacios. Para el buen D. Álvar no soy una mujer; no soy más que la Reina. ¡Inspirar celos a Felipe! ¡Ventura envidiable la mía si tanto lograse! ¡Qué quieres! Adoro a mi marido; es desgracia que no tiene remedio. Mucho me ofendió; no importa: todo se lo perdono con tal de que no me engañe otra vez. ¿Cuando piensas que volverá Hernán?

DOÑA ELVIRA.-Hoy le aguardo.

REINA.- Ya siento haberle enviado a ese maldito mesón. Sin causa temí que el Rey hubiese traído esa mujer a Burgos. Ahora apenas sale de Palacio, y no sale nunca sin que yo sepa después adónde ha ido. Lo conozco; soy extremadamente celosa. Hernán no cabe duda habrá encontrado allí a esa Aldara, que tanto daño me causó.

DOÑA ELVIRA.-Verla debisteis, ya que por ella fuimos a la posada.

REINA.- ¿Cuándo? Con Felipe abandonamos aquel sitio no bien D. Álvar acudió a defenderme.

DOÑA ELVIRA.- Don Álvar, que desnudó contra el Rey su acero.

REINA.- Ignorando quien fuese. El Rey le perdonó, y le admite en Palacio.

DOÑA ELVIRA.-Pero tiene ya contra él motivos de resentimiento. En grave riesgo ponéis al capitán haciendo que Su Alteza sospeche...

REINA.- Oh, a ser preciso descubriría yo la verdad. ¿Y Doña Beatriz? ¿Cómo es que todavía no ha venido a saludarme?

DOÑA ELVIRA.- ¿Por qué os habéis aficionado tan pronto a esa dama?

REINA.- ¡Qué sé yo! Miento; lo sé: rubor me cuesta confesártelo. La aprecio porque estoy segura de que no amará nunca a mi esposo.

DOÑA ELVIRA.- (¿Me habré equivocado?)

REINA.- Mira cómo por allí se pasea meditabundo D. Álvar. (Asomándose a un ajimez.) En su Gran Capitán estará pensando, que nunca se le cae de la boca.

Escena IV

DICHAS y ALDARA: después el REY.

ALDARA.- (¿Qué mirará con tanta atención?) (Colocándose detrás de la REINA, y mirando como ella por la ventana.) ¡Oh! ¡A él le mira, a él!)

REINA.- Os vemos, por fin, esta mañana, señora.

ALDARA.- ¿Cómo ha pasado Vuestra Alteza la noche?

REINA.- Bien: muy bien. ¿Y vos? ¡Me parece que estáis algo pálida! ¿Os sentís mal?

ALDARA.- No, señora.

REINA.- Después de Elvira, sois de todas mis damas la que yo más estimo, y cualquiera dolencia vuestra me afligiría mucho.

ALDARA.- ¡Cuánta bondad!

REINA.- Y, sin embargo, la ninguna voluntad que mostráis a mi esposo debiera enajenaros la mía.

ALDARA.- ¿Vuestra Alteza supone?...

REINA.- ¡Si creeréis que no lo he notado!

ALDARA.- Perdonad si mi tibieza... Procuraré enmendarme.

REINA.- Oh, no, al contrario (Reprimiéndose.) OS perdono, os perdono.

DOÑA ELVIRA.- (Su Alteza, señora.)

Bajo a la REINA.

REINA.- (¡Ah! Ven.)

Se acerca de nuevo al ajimez. DOÑA ELVIRA la sigue.

ALDARA.- (Vuelve a la ventana.)

REY.- ¿Aquí estabais?

Con vehemencia, saliendo de su habitación.

ALDARA.- Reparad...

Señalando hacia donde está la REINA.

REY.- (¡Ah! La Reina.)

REINA.- Es dechado de nobles y valerosos caballeros.

REY.- ¿A quién se dirigen tales alabanzas?

Acercándose a ella.

REINA.- ¿Sois vos?

Fingiendo sobresalto.

ALDARA.- (Se turba.)

REY.- ¿A D. Álvar se dirigen acaso?

Mirando también hacia dentro.

REINA.- Ciertamente, a D. Álvar.

Retirándose.

REY.- ¿Os vais?

REINA.- Si no disponéis otra cosa...

REY.- No os detengo.

REINA.- (Paréceme que no finjo mal.)

A DOÑA ELVIRA, al irse con ella.

Escena V

El REY y ALDARA

REY.- ¡Cambio más peregrino! Dijérase que Doña Juana esquiva ahora mi presencia.

ALDARA.- ¿Eso habéis reparado?

REY.- Hace días.

ALDARA.- (¡Cruel certidumbre!)

REY.- Pocos instantes puedo permanecer aquí: mi Consejo me espera. Una palabra de cariño, por favor.

ALDARA.- ¿Cuándo partirá la Reina?

REY.- ¡Qué mal me pagáis! En vano suplico, me desespero en vano; a un tiempo crecen mi pasión y vuestro desvío.

ALDARA.- ¿Cuándo partirá la Reina?

REY.- Pronto; de eso vamos a tratar en el Consejo. Pero, ¿es posible que tengáis celos de Doña Juana?

ALDARA.- ¿Que si tengo celos de Doña Juana? Sí; tengo celos de vuestra esposa.

REY.- Luego ¿tanto me amáis?

ALDARA.- Amo, amo, a pesar mío.

REY.- ¿A pesar vuestro, ingrata? Pues ¿qué no hice yo para merecer vuestro amor? Quisisteis venir a Palacio, ser dama de la Reina: ya está cumplido vuestro anhelo. Por vos, antes de lo que fuera oportuno, voy a realizar mi designio de alejarla para siempre de mi lado. Os amo, y no me prevalí todavía del derecho que me da vuestro afecto, ni del poder que me da mi corona. Hablad; decidme vuestro nombre; yo haré que al punto recobre su esplendor primitivo si, como induce a suponerlo vuestra tenaz reserva, alguna mancha le deslustra. No hay mancha que no lave la gracia del Rey. Rey de España es quien os adora rendido. Cien y cien estados escucharán de rodillas la palabra de vuestra boca; por satisfacer los deseos de vuestro corazón seres innumerables se agitarán en toda la tierra.

ALDARA.- Temo que también, como la Reina, hayáis perdido el juicio.

REY.- Celos tengo también como ella, celos de cuantos miro a vuestro lado; y sobre todo de ese hombre que en el mismo mesón que vos habitaba, de ese hombre que osó desnudar contra mí su acero, y por el cual la Reina y vos a una habéis intercedido.

ALDARA.- Señor, me prometisteis no tener celos de ese hombre.

REY.- Vos me asegurasteis que no piensa en vos, que suspira por otra.

ALDARA.- Y de nuevo os lo aseguro. ¿Estáis satisfecho?

REY.- Perdonadme, Aldara; tiemblo, dudo; porque me parece imposible que haya quien os vea y no os ame.

ALDARA.- Recordad que os aguardan.

REY.- ¿Me amáis?

ALDARA.- ¿A qué repetirlo?

REY.- Y ¿cuándo me daréis una prueba de vuestro amor?

ALDARA.- Haced que parta pronto la Reina.

REY.- Hasta luego, bien mío; no tardaré.

Vase.

Escena VI

ALDARA, y a poco D. ÁLVAR.

ALDARA.- ¡Y decía la pérfida que amaba a su marido! ¡Qué pronto le olvidó! Las hijas del Profeta sí que sabemos amar y aborrecer.

DON ÁLVAR.- Os buscaba, señora.

Saliendo por el foro.

ALDARA.- Hablad.

DON ÁLVAR.- Hora es ya de que medie una explicación entre nosotros. ¿Qué hacéis aquí?

ALDARA.- Vengarme.

DON ÁLVAR.- ¿De quién?

ALDARA.- De la Reina.

DON ÁLVAR.- Que el Rey trata de encerrarla en un castillo acabo de oír. ¿Qué seguridad tenéis de que yo la ame?

ALDARA.- Y ¿quién piensa en vos? En una hija de la reina Isabel vengo a mi padre; en una Reina cristiana vengo a mi raza entera.

DON ÁLVAR.-Revelaré a Doña Juana vuestro designio.

ALDARA.- Eso acelerará su ruina.

DON ÁLVAR.- ¡Oh, señora! Si es cierto que alguna vez me habéis amado, desistid de tan inicuo propósito. Huid de este Palacio, donde solamente ignominia podéis hallar.

ALDARA.- Para nada os curéis de mí, caballero. Ni el Rey ha vencido ni vencerá nunca mi fortaleza.

DON ÁLVAR.- Y ¿a qué disfrazar con apariencias engañosas la nobleza de vuestro carácter? Si un día pudisteis dar entrada al rencor en vuestro pecho, tiempo ha que para siempre quedó en él borrado por otros sentimientos más puros.

ALDARA.- En vos amaba a un cristiano; por vos los hubiera amado a todos, renunciando a mi dios y adorando en el vuestro.

DON ÁLVAR.- Pues considerad, por lo que a vos os mortifica una vana imaginación, cuánto padecerá esa desdichada Reina si al fin descubre la perfidia del hombre a quien ciega idolatra.

ALDARA.- ¿También vos queréis hacerme creer que la Reina está enamorada de su marido?

DON ÁLVAR.- ¿Quién sino vos lo niega? Abrid los ojos a la luz, sed piadosa. Creo lo que decís; creo que aún sois digna de estimación. Pues bien, huyamos juntos; convertíos a la fe del Salvador, y ¿qué más? seré vuestro esposo. Mañana mismo huiremos de aquí; hoy, sin tardanza, al punto.

ALDARA.- ¿Pero no veis, insensato, que cada una de vuestras palabras es hierro encendido que se me clava en el corazón? ¿Qué hacéis sino probarme el inmenso amor que la Reina os inspira? Por ella se anublan vuestros ojos; por ella vuestra altivez desmaya; por ella consentís en ser esposo de tan infame criatura como yo. Dierais contento, por evitarle el menor disgusto, vuestra espada de soldado, vuestro honor de caballero, vuestra sangre, vuestra vida. ¡Todo por ella! ¿Y probándome esto queréis aplacarme? ¿Qué hizo esa mujer? ¿Cómo logró ser tan querida? Y yo... yo que os adoro ¡Callad; idos; dejadme! ¡Silencio! ¡Ay de mi enemiga! ¡Ay de vos! ¡Ay de mí!

DON ÁLVAR.- ¡La Reina!

Escena VII

DICHOS y la REINA; después el REY.

REINA.- ¿Por qué no habéis ido a buscarme, Beatriz? ¿Os ha entretenido acaso vuestro pariente D. Juan Manuel?

ALDARA.- No; ahora iba a buscar a Vuestra Alteza.

Procurando ocultar su agitación.

REINA.- Guárdeos el cielo, D. Álvar.

DON ÁLVAR.- Si Vuestra Alteza me da su permiso...

REINA.- ¿Por qué os retiráis? Grata me es la presencia de mis leales servidores.

ALDARA. (Adrede me insulta.)

REINA.- He oído decir que en el juego de ajedrez sois invencible. Veamos vuestra habilidad.

Sentándose cerca de la mesa colocada a la izquierda del proscenio, y en la cual habrá un juego de ajedrez.

DON ÁLVAR.- Señora...

REINA.- No admito disculpa. Venid: sentaos.

ALDARA.- (¡Qué humillación!)

DON ÁLVAR.- (¡Qué funesta casualidad)

Sentándose.

ALDARA.- (¡Ah, el Rey!)

Viéndole aparecer.

REINA.- (Le esperaba.)

Empieza a jugar.

REY.- Pláceme, Doña Juana, que así honréis al capitán.

DON ÁLVAR.- Señor, la merced que la Reina me otorga...

REINA.- Es muy merecida: la nobleza de vuestra cuna os autoriza a estar a mi lado; la de vuestro corazón os hace acreedor a mis bondades. El que es amigo del Gran Capitán debe serlo nuestro.

REY.- Mal empezáis, D. Álvar.

Observando el juego.

REINA.- Está muy turbado, y hace además por que yo gane.

REY.- No me esperaba esta ventura.

Acercándose a ALDARA, que está de pie en el extremo opuesto del escenario.

ALDARA.- Hablemos, señor, hablemos de nuestro mutuo cariño.

REY.- Ved; felizmente ni siquiera repara en mí Doña Juana.

ALDARA.- (En otro pone su atención.)

Siguen hablando en voz baja.

REINA.- Cuéntase, capitán, que en la batalla de Cerinola hicisteis prodigios de valor, y os visteis cara a cara con el mismo Duque de Nemours.

DON ÁLVAR.- ¡Bravo caudillo! Nada menos que la espada del Gran Capitán se necesitaba para vencerle.

ALDARA.- ¿Qué se ha decidido en el Consejo?

REY.- La reclusión de Doña Juana; es cosa resuelta.

DON ÁLVAR.- (Temo por la Reina... ¿qué debo hacer?)

REINA.- -Distraído estáis, D. Álvar.

DON ÁLVAR.- Perdonad.

Siguen jugando.

REY.- Concededme la entrevista que os pido.

ALDARA.- (¡Le mira, le mira!)

Sin apartar los ojos de la mesa en donde están la REINA y D. ÁLVAR.

REINA.- (Yo le haré que sospeche.)

REY.- ¿No me oís, Aldara?

ALDARA.- ¿Cómo no, señor?... (¡Y él será tan dichoso en este momento!)

REY.- Tenéis clavados los ojos en el capitán.

REINA.- (Mira hacia aquí.)

Por el REY.

ALDARA.- Bien hacíais en estar celoso de D. Álvar.

REY.- ¿Os burláis?

ALDARA.- No a fe; con motivo recelabais.

REY.- ¿Sabéis, señora, que no tendría piedad con él ni con vos tampoco?

REINA.- (Inquieto está; habla acaloradamente.)

Observando al REY.

DON ÁLVAR.- (Algo trama: esa mujer es capaz de todo.)

Observando a ALDARA.

ALDARA.- Yo ni remotamente me figuraba... Pero es lo cierto que me amaba en secreto y que hoy me ha declarado su amor.

REY.- ¡Vive Cristo! En voz alta y dando un paso hacia donde está D. Álvar sin poder contenerse.

REINA.- ¡Oh! ¿Qué tenéis?

Levantándose.

ALDARA.- (Reportaos.)

REY.- Nada, no es nada; continuad vuestro juego.

REINA.- (¡Qué miradas lanza al capitán! ¿Estará ya celoso?)

Con alegría, y vuelve a sentarse.

DON ÁLVAR.- (Procura perderme.)

ALDARA.- Nada de escándalos, señor. Buscad un pretexto de enojo contra él, y enviadle otra vez a Italia.

REY.- Ahora mismo.

Acércase a la mesa, y observa el juego.

ALDARA.- (Ella aquí, él en Italia, y aún no me parece que estarán bastante separados, ni yo vengada como deseo.)

REY.- ¿Cómo es eso, don Álvar, a dar mate al rey aspiráis nada menos?

REINA.- Creo que aún le tengo seguro.

REY.- Por lo visto, los soldados del Gran Capitán de manera ninguna quieren dejarse vencer. Y a propósito del Gran Capitán, ¡lástima es que tan hábil guerrero peque de avariento y ambicioso!

DON ÁLVAR.- ¿Quién lo asegura?

REY.- Sus famosas cuentas prueban que no le era posible darlas de los caudales que a Italia se le habían enviado.

DON ÁLVAR.- Prueban que un soldado como él, no ha de dar cuentas a sus Reyes con la pluma, sino con la espada.

REINA.- (Quiere irritarle.)

REY.- Que es ambicioso, claramente lo dice su proyecto de hacerse rey en el territorio conquistado.

DON ÁLVAR.- Al rey D. Fernando de Castilla pertenecía ese territorio (Levantándose.): mintió quien acusase de traidor a Gonzalo de Córdoba.

REY.- ¡Vive Dios! ¿Que miento decís?

Levántase la REINA.

DON ÁLVAR.- No se dirigen a Vuestra Alteza mis palabras.

REY.- He aquí lo que se logra con fijar una mirada de benevolencia en estos audaces aventureros.

DON ÁLVAR.- (¡Delante de ella!)

REY.- Porque nos hemos dignado tenderle una mano protectora y honrarle con nuestra confianza, ya se atreve a desmentirnos, a insultarnos públicamente.

DON ÁLVAR.- (¡Mujer inicua!)

REINA.- (¡Pobre capitán!)

ALDARA.- (Aún no padece como yo.)

DON ÁLVAR.- Señor...

REY.- Silencio. Tres días os doy de término para que salgáis de Burgos. Volveréis a Italia a pedir al Gran Capitán el precio de las buenas ausencias que os debe.

REINA.- (Le aleja de mí.)

Con gran satisfacción.

DON ÁLVAR.- Saldré de Burgos dentro de tres días; sufriré mi destierro. No pediré a Gonzalo de Córdoba un salario por lo que en su pro he dicho a Vuestra Alteza, que harto, honrando a quien lo merece, se honra uno a sí propio. Aventurero me habéis llamado: razón tenéis. A cuchilladas están escritas en todo mi cuerpo mis aventuras por mano de moros y franceses. Vuestros beneficios me habéis echado en cara; yo, sin embargo, los agradezco, y para pagarlos dignamente juzgo poco mi vida. Colme Dios la vuestra de felicidades, señor. Adelánteos a vos, señora, en la tierra, alguna de las que en el cielo os aguardan.

Vase.

ALDARA.- (Para mí ni un insulto, ni una mirada de desprecio.)

REINA.- Habéis sido injusto, señor; permitidme que en vuestro nombre le perdone.

REY.- Harto hice con perdonarle la vida.

REINA.- Acceded a mis ruegos. Rogadle vos también, Beatriz.

REY.- Todo será en vano: sabéis cuál es mi voluntad.

Vase.

REINA.- La cólera del Rey debe tener otro motivo. Con intención ha ofendido a Gonzalo de Córdoba delante de D. Álvar. ¿Qué pensáis vos, Beatriz?

ALDARA.- Presumo que el Rey está celoso.

Con pérfida intención.

REINA.- ¿Vos también lo habéis conocido? Yo me lo temía.

ALDARA.- (¡Cree ser la causa! ¿Qué prueba mayor?)

REINA.- Menester es que le desengañe.

ALDARA.- (¡Cómo se vende! Bien hice: que parta.)

Vase.

Escena VIII

La REINA y DOÑA ELVIRA, a poco HERNÁN, y después un PAJE.

REINA.- Ven, Elvira, ven y abraza a tu Reina. Mírame. ¿No te parezco otra? ¿No te anuncian mis ojos, mi voz, que mi esposo me ama? ¿Qué te decía yo? Ha desterrado al capitán para alejarle de mí. ¡Pobre capitán! Será preciso resarcirle de esta mala ventura. ¡Dios eterno, y yo te pedí algunas veces la muerte! ¡Cómo desconfié tan pronto de tu justicia! Sí, Elvira, sí; está furioso; tiene celos; ¡celos que yo le inspiro! ¡Ves qué felicidad tan grande!

DOÑA ELVIRA.- ¿Luego nada hay ya que temer?

REINA.- Nada.

DOÑA ELVIRA.- Pues venía a anunciaros el regreso de Hernán; aquí llega.

REINA.- Inútilmente ha viajado.

DOÑA ELVIRA.-Le diré que se retire.

HERNÁN.- ¿Vuestra Alteza me da su venia?

REINA.- Sí, acércate. ¿Vuelves ahora del mesón adonde te envié? ¿Y qué? Allí habrás visto a la mujer cuyo paradero debías indagar. Bien, nada más quiero saber. Recompensaré tus servicios. Vete, déjanos.

HERNÁN.- La mujer que allí pasaba por sobrina del mesonero, y que, según éste afirma, debía de ser alguna dama principal, no está ya en el mesón, como Vuestra Alteza supone.

REINA.- ¿Que era dama principal? ¿Que no está ya en aquel sitio? ¿Pues dónde? Tú lo habrás averiguado.

HERNÁN.- Vínose a Burgos tan luego como recibió una carta en respuesta a otra suya que un mozo del mesón había traído a esta ciudad con encargo de hacer que secretamente llegará a manos del Rey.

REINA.- ¡Ha escrito al Rey! ¿Oyes, Elvira?

DOÑA ELVIRA.- ¿Quién sabe con qué objeto?

REINA.- Imposible es que yo goce un día entero de tranquilidad. (A DOÑA ELVIRA, llevándosela aparte.) Aldara en Burgos... Una carta suya para el Rey... ¿Conservará aún Felipe esa carta? Él es muy aficionado a conservar estas cosas. No hay mueble en su cuarto que yo no conozca y pueda abrir. A estar el papel en alguno de ellos...

Un PAJE se presenta en la puerta del foro.

PAJE.- El Almirante y otros señores que le acompañan piden audiencia.

REINA.- Ahora no; que vengan después; dentro de un rato. (Vase el PAJE.) En probar ¿qué pierdo?

Dirigiéndose al cuarto del REY.

DOÑA ELVIRA.- ¿Qué vais a hacer, señora?

REINA.- ¿Quieres que no haga nada, que así me esté? Muchas veces engañan las apariencias. Verás cómo no encuentro carta ninguna. ¡Si la hallase!... ¡Si la hallase!...

Éntrase en el cuarto de D. Felipe.

Escena IX

DOÑA ELVIRA y HERNÁN

DOÑA ELVIRA.- ¿Es cierto lo que has dicho a la Reina?

HERNÁN.- Dije lo que a mí me dijeron. Y a fe que no me costó poco trabajo averiguar... Mas el oro todo lo allana...

DOÑA ELVIRA.-A nadie cuentes lo que has hecho.

HERNÁN.- No temáis, no cometeré ninguna imprudencia.

DOÑA ELVIRA.-Origen puede ser la más leve de grandes males.

HERNÁN.- Tengo probada mi lealtad, Doña Elvira.

DOÑA ELVIRA.- Sé que eres adicto a la Reina.

HERNÁN.- Por deber y por inclinación, que es mi señora un ángel del cielo. En Palacio vuelve a asegurarse que ha perdido el juicio.

DOÑA ELVIRA.-Silencio; si te oyera, ese golpe la mataría.

HERNÁN.- Mejor fuera hacerle conocer de una vez al señor rey D. Felipe.

DOÑA ELVIRA.- Retírate.

HERNÁN.- ¡Cómo viene!

Mirando hacia la puerta del cuarto del REY.

DOÑA ELVIRA.- Retírate, Hernán.

Vase HERNÁN por el foro.

Escena X

LA REINA y DOÑA ELVIRA.

REINA.- No me había engañado; mira la carta de esa mujer. Derecha fui adonde estaba.

DOÑA ELVIRA.- ¿Será posible?

REINA.- He querido leerla. Mis ojos se han clavado en ella, pero nada han visto.

DOÑA ELVIRA.- No la leáis.

REINA.- ¿Que no la lea? ¡Dios mío! Tú no has amado nunca; nunca has estado celosa; no tienes corazón. ¿Que no la lea? ¿Para qué la he buscado entonces? Mira, mira cómo te obedezco. (Leyendo.) «Señor: que yo sería dama de la Reina, en cuanto os lo pidiese, me fue concedido por vos. Quien del Palacio, buscándome solícito, descendió a la posada, súbame hoy de la posada al Palacio. La dama del mesón. «Y el Rey contestó... Y esa mujer está aquí... Y porque ella está ahora a mi lado, estaba ahora siempre a mi lado Felipe... ¿Lo entiendes ya? No, no lo creo... No lo quiero creer.

DOÑA ELVIRA.- Sosegaos, señora.

REINA.- Parece que no sabes decir más que eso. ¿No oyes que está aquí? ¿No oyes que me la ha traído a mi propia casa? Por fuerza ese hombre ha olvidado que yo aquí soy la Reina; que ni él mismo se librará de mi furor. ¡Y supuse que me amaba, que tenía celos de mí! ¿Hay simpleza como la de una mujer enamorada? ¡Qué bien se habrá reído a mi costa! De ambos debo tomar venganza. ¿Por cuál empezaré?... Una venganza que no desmerezca del agravio. Corre; llama al Rey... No: escucha (Deteniéndola.) Antes conviene... Vamos, vamos..., si no me tranquilizo, no haremos cosa de provecho. Maldito corazón, que jamás ha de obedecer... Sí; ya estoy tranquila... Conviene ¿Qué te decía yo?...

DOÑA ELVIRA.- (Acabarán con su razón y con su vida.)

REINA.- Conviene... ¡Ah! (Como recordando.) Conviene descubrir cuál de mis damas es la amiga del Rey. Casi todas aquí en Burgos han entrado a servirme... Esta carta me pone en camino de dar con ella. Haciendo que todas escriban delante de mí..., cotejando las letras... Ya ves que aún puedo discurrir. Anda, corre; que al punto vengan a esta cámara, al punto... Dime (Deteniéndola otra vez.): lo que esa mujer ha hecho es un crimen. Debe haber alguna ley que castigue estos delitos; debe haberla. ¿No es cierto? Seguramente que la habrá en un país donde mandan mujeres. Y si no la hay, yo la haré. ¿No soy la Reina? Para algo ha de servirle a una ser soberana de un reino compuesto de muchos, y de un nuevo mundo además. Se han burlado de la mujer virtuosa y amante. ¡Por Cristo que se van a llevar chasco muy solemne cuando la vean convertirse en Reina vengativa! ¿Qué me vas a decir? (A DOÑA ELVIRA que hace ademán de ir a hablar.) ¿Otro desatino? Calla no quiero oírle. Vuela: trae a todas mis damas. ¡Ay de ti si me vendes!... ¿Quién viene? ¿Qué hombres son ésos?

Viendo aparecer en el foro al ALMIRANTE y los Grandes.

DOÑA ELVIRA.- Son los Grandes que desean hablaros.

Vase por la izquierda.

REINA.- ¡Ah, sí, ya me acuerdo! (Cambiando repentinamente de tono.) Adelante, señores, adelante, y seáis bien venidos.

Escena XI

La REINA, el ALMIRANTE, D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE y NOBLES: después DOÑA ELVIRA y DAMAS DE LA REINA.

ALMIRANTE.- Veremos si está loca. (A los que con él vienen, que se colocan en el lado derecho del escenario.) Penoso deber nos conduce, señora, a vuestra presencia.

Acercándose a la REINA.

REINA.- Pues ¿qué ocurre?

ALMIRANTE.- Grandes males amenazan a todo el reino, y sólo Vuestra Alteza puede evitarlos.

REINA.- Hablad: mí madre me legó por herencia el amor que tuvo a su pueblo.

ALMIRANTE.- ¿Oís? (A los NOBLES con íntima satisfacción.) (A la REINA.) Intervenid en la gobernación de vuestros estados si no queréis presenciar su ruina. Vos sois la Reina propietaria.

REINA.- ¿Verdad que sí? Yo soy la Reina, la única señora.

ALMIRANTE.- ¿Y a qué callarlo? El Rey abusa de la ternura que como fiel esposa le tributáis.

REINA.- Decís bien, Almirante; el Rey es el más inicuo de todos los hombres.

ALMIRANTE.- No he dicho eso, señora.

Sorprendido y titubeando.

REINA.- Lo digo yo; es igual.

ALMIRANTE.- (¡Cielos!)

Rumores de extrañeza. Sonrisas maliciosas de D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA y FILIBERTO DE VERE.

REINA.- (¡Cuándo acabarán de venir!)

ALMIRANTE.- Los flamencos saquean y tiranizan a Castilla. El Rey exige el servicio otorgado en Valladolid; y el hambre, en tanto, hace estragos terribles en vuestro pueblo.

REINA.- ¿Conque mi pueblo tiene hambre? ¿Y los flamencos se enriquecen? ¿Y el Rey?... ¡Ah! Por fin. (Viendo entrar a ELVIRA seguida de sus damas. Quédanse éstas en el lado izquierdo.) ¿Vienen todas? A ELVIRA.

DOÑA ELVIRA.- Doña Beatriz no estaba en su aposento; ya he mandado buscarla.

REINA.- (¿Cuál de éstas será?) Señora de Javalquinto, escribid aquí cualquier cosa.

La dama a quien se dirige la REINA acércase a la mesa y escribe.

ALMIRANTE.- No me oye Vuestra Alteza, y de esta conferencia depende quizá la suerte futura del reino.

Como queriendo fijar la atención de la REINA en lo que él le dice.

REINA.- Sí, os escucho: decíamos que los flamencos... Podéis seguir.

ALMIRANTE.- Pues bien, señora

REINA.- No es ésta. (Acercándose de nuevo a la mesa y comparando furtivamente lo escrito por su dama con la carta de ALDARA.) Condesa, vos ahora.

A otra que también se pone a escribir.

ALMIRANTE.- ¿Tanto os importa conocer la letra de esas damas?

REINA.- ¿Que si me importa? Nada me importa tanto.

ALMIRANTE.- ¿Ni la salvación de un reino?

REINA.- Ni la salvación de un reino. Tampoco. (Repitiendo el juego anterior.) Vos, Leonor.

Otra dama escribe también.

MARQUÉS.- Capricho más extravagante.

Hablando con los NOBLES.

DON JUAN MANUEL.- ¿Os vais convenciendo?

Al ALMIRANTE.

NOBLE I.º- No hay duda, señor Almirante: la Reina desvaría.

ALMIRANTE.- Señora, prestad atención a mis palabras. (A la REINA con gran vehemencia.) Hay quien duda de vuestra aptitud para reinar, y es preciso que hagáis por que nadie lo dude.

REINA.- Haré luego todo lo que queráis. (Repitiendo otra vez el mismo juego) Tampoco, tampoco. Escribid todas.

Escriben algunas más.

ALMIRANTE.- Ved que España entera está a punto de sublevarse.

REINA.- Que se subleve; ya es hora de que nos teman los austriacos.

ALMIRANTE.- Y el Rey... el Rey es vuestro mayor enemigo: conspira contra vos. ¡Si supieseis!...

Los partidarios del REY dan señales de indignación y enojo contra el ALMIRANTE, cuya audacia sorprende a todos igualmente.

REINA.- Lo sé. (Bajo al ALMIRANTE.) ¿La conocéis, por ventura? ¿Cuál de éstas es?

ALMIRANTE.- (¿Qué dice?) No entiendo a Vuestra Alteza.

REINA.- Entonces yo estoy mucho mejor enterada...Y vosotras, ¿por qué no escribís?

Volviendo a ver la letra de las damas a quienes últimamente se dirigió, y reparando en algunas que no han escrito.

DAMA Iª.- Porque no sabemos.

REINA.- (¿Será alguna de éstas? ¿Habrá conocido mi intención la culpada?) ¿Que no sabéis escribir?... Falso, señores, ¿no es cierto que estas damas saben escribir?

DAMA I.ª-La verdad dijimos a Vuestra Alteza.

REINA.- (Pues no hay remedio; alguna ha fingido la letra.) Leonor, venid acá. Miradme cara a cara.

Trae al proscenio a esta dama y la mira, poniéndola una mano en la frente.

DON JUAN MANUEL.- ¿Más loca la queréis?

REINA.- (Ésta no se turba.) Condesa (Dirigiéndose a otra.), ¿qué noticias tenéis del mesón?

DAMA 2.ª-¿De qué mesón, señora?

REINA.- (¿Y no he de dar con ella?) ¿Ninguno de vosotros (A los NOBLES bajo.) sabe si alguna de estas damas ha vivido en un mesón hace poco? Todos contestan con una serial negativa. La Reina se aleja llena de despecho.

ALMIRANTE.- Caballeros, respetad su desgracia.

A algunos que se ríen.

REINA.- ¡Oh, todos sois traidores, y vosotras todas me engañáis! Salid; sal Elvira.

A DOÑA ELVIRA que se le acerca.

DON JUAN MANUEL.- ¿Dudáis aún?

Al ALMIRANTE.

ALMIRANTE.- (¿Qué significa esto?)

NOBLE I.º-Loca está, señor Almirante.

NOBLES.- ¡Está loca!

Vanse todos, excepto la REINA.

REINA.- Don Álvar la conoce. ¡Hola! Yo sabré obligarle a que me diga la verdad. Al capitán don Álvar (A HERNÁN que sale), que aquí le espero. Si ya no estuviese en Palacio, corre en su busca.

Vase HERNÁN.

Escena XII

LA REINA; a poco D. ÁLVAR; luego ALDARA.

REINA.- Beatriz es la única que no ha escrito. Va a venir; escribirá también. ¿Será ella? ¿Tenerla aquí entre mis manos y no saber cuál es? En Flandes me di por satisfecha cortando a mi rival los rizos encantadores que tanto habían agradado a mi esposo. Más necesitaría hoy para satisfacerme. ¡Oh malditas grandezas humanas! ¡Por qué no nací pobre y humilde! Ni el más ruin labriego me hubiera ultrajado de esta suerte. Sólo un rey es capaz de poner bajo el mismo techo a su esposa y a su manceba. ¡Dios mío, si este premio alcanza la virtud en la tierra, grande debe ser en el cielo tu misericordia con los malos!

DON ÁLVAR.- ¿Me habéis mandado llamar?

REINA.- Sí, para deciros que sois un traidor.

DON ÁLVAR.- ¡Señora!...

REINA.- La dama del mesón está aquí, en Palacio. Vos, como todos, me engañabais. No abráis la boca para mentir de nuevo: mirad esta carta.

DON ÁLVAR.- (¡Su letra es!)

REINA.- ¿Por qué no me habéis dicho la verdad?

DON ÁLVAR.- Disponed de mi vida. La muerte ambiciono.

REINA.- En vuestra vida pienso yo ahora. ¿Qué me importa a mí vuestra vida? Todo lo habéis remediado ya con ofrecerme vuestra vida.

DON ÁLVAR.- ¿Sabe esa mujer que está descubierta?

REINA.- Aun lo ignora: va a saberlo al instante.

DON ÁLVAR.- Yo la veré, yo la obligaré a partir.

REINA.- ¡Partir! ¿He dispuesto yo que parta, por ventura?

DON ÁLVAR.- Desistid, señora, de todo propósito que hayáis formado; no veáis a esa mujer; confiadme el encargo de hacerla abandonar este sitio.

REINA.- (¡Y no la descubre!)

DON ÁLVAR.- Por la memoria de vuestra madre, por la vida de vuestros hijos, os lo ruego.

Cayendo a sus plantas.

REINA.- (¡Y no la descubre!)

DON ÁLVAR.- ¿Qué resolvéis?

REINA.- Vengarme, capitán; vengarme.

ALDARA.- ¡A sus pies!

Saliendo por el foro.

DON ÁLVAR.- ¡Oh! (Viéndola y levantándose.) ¡Qué fatalidad!

REINA.- ¡Cómo!

Volviendo el rostro y viendo también a ALDARA.

DON ÁLVAR.- Evitad un escándalo.

REINA.- ¿Conque era ésa, era ésa?

DON ÁLVAR.- ¿Lo ignorabais?

REINA.- Vos me lo habéis dicho.

DON ÁLVAR.- ¡Yo!

REINA.- Dejadme.

DON ÁLVAR.- ¡Por piedad!

REINA.- ¡Fuego de Dios! Salid.

DON ÁLVAR.- (¿Qué va a suceder?)

Vase por el foro.

Escena XIII

LA REINA y ALDARA.

REINA.- ¿Es vuestra esta carta?

Corriendo hacia ALDARA y mostrándole el papel

ALDARA.- (Me ha vendido.)

REINA.- Contestad.

ALDARA.- Mía es.

REINA.- ¿Vuestra? Franca sois a lo menos. Pero qué, ¿aun no estáis pidiéndome perdón? ¿Aun no estáis de rodillas delante de vuestra Reina? ¡De rodillas!

Asiendo de un brazo a ALDARA y queriendo obligarla a arrodillarse.

ALDARA.- No todo el mundo se ha de prosternar hoy ante vos.

Resistiéndose.

REINA.- ¿Estoy soñando? ¿Qué dice esta mujer? Si creo que me desafía.

ALDARA.- Hija de reyes sois; yo también.

REINA.- ¿Tú?

ALDARA.- Me aborrecéis porque vuestro esposo me ama; os aborrezco porque amáis al que amo; porque adoráis en Jesús y yo en el Profeta; porque sois hija de la reina Isabel y yo de Muley Audalla, el Rey Zagal: yo sí que os aborrezco.

REINA.- ¿Que naciste infiel, enemiga de mi Dios? No cabe mayor ignominia en ti, ni mayor vileza en él; ni puede ser más ofendida una reina cristiana. ¿Y lo dices? ¿Ya no mientes? ¿Ya no me engañas? ¡Oh! Mal hizo la pantera del desierto en ponerse frente a frente de la leona de Castilla.

ALDARA.- Leona de Castilla, la pantera del desierto te ha vencido esta vez.

REINA.- Pero ¿no conoces que por tu imprudencia es mayor tu crimen, y tendrá que ser mayor tu castigo? Castigada estarías si yo hubiese elegido manera de castigarte; pero todo cuanto imagino, todo es poco, muy poco. ¡Oh, qué felices son los hombres! Cuando uno se cree injuriado, cuando tiene un rival, corre en su busca; y allí donde le encuentra, allí, sin más tardanza, le insulta, allí le arroja un guante a la cara. Y si hay gente que presencie el agravio, mil veces mejor. Y luego, cuerpo a cuerpo, con una buena espada pelea: pelea y muere, o mata. ¡Esto sí que es vengarse! Así, así, así, no de otra manera, quisiera yo vengarme de esta mujer.

ALDARA.- Y yo de vos.

REINA.- ¿De veras? Pues aguarda, aguarda.

Éntrase en la habitación del REY aceleradamente.

Escena XIV

ALDARA sola: dos PAJES en seguida; a poco D. ÁLVAR; después la REINA; luego el REY, el ALMIRANTE, MARLIANO, D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE, NOBLES, MÉDICOS, DAMAS y PAJES.

ALDARA.- ¡Hola, pajes, hola; pronto, acudid!

Asomándose a la puerta del foro.

PAJE.- ¿Qué mandáis?

Apareciendo con otro.

ALDARA.- La Reina, dominada de su locura, quiere matarme; está furiosa. Corred, avisad al Rey, llamad gente. (Vanse los PAJES.) Ésta es la ocasión. ¿Quién luego podrá dudar de que ha perdido el juicio?

DON ÁLVAR.- ¿Cuál es vuestro intento?

Saliendo por el foro y asiendo a ALDARA violentamente de la mano.

ALDARA.- ¿Acechando estabais?

DON ÁLVAR.- Para defenderla contra vos.

ALDARA.- ¿Y sí hubieseis llegado tarde?

DON ÁLVAR.- Ved que no respondo de mí.

ALDARA.- Cuenta con lo que decís a una dama, señor capitán español.

DON ÁLVAR.-Desoísteis mis súplicas.

ALDARA.- Y desprecio vuestras amenazas.

REINA.- Toma.

Arroja al suelo una de dos espadas que trae, y quédase con la otra en la mano.

DON ÁLVAR.- Reprimid vuestra furia. El Rey va a venir.

REINA.- Me alegro: le veré temblar por su amada.

DON ÁLVAR.- Esta cámara va a llenarse de gente.

REINA.- Mejor; mi venganza tendrá testigos.

DON ÁLVAR.- ¡Oh, desdichada; al veros, al oíros, se afirmarán más y más en la idea de que!... ¡Fuerza es decíroslo todo! Se trama contra vos un horrible atentado. El Rey quiere arrojaros del trono; quiere encerraros para siempre en una cárcel.

REINA.- ¿A mí; a su reina; a su esposa? ¡A la madre de sus hijos!

Prorrumpiendo en copioso llanto.

DON ÁLVAR.-¡Y bajo qué pretexto! No hay mayor infamia, no hay mayor crueldad. Apoyado por la Nobleza, por vuestros mismos médicos, por cuantos os rodean afirma...

REINA.- Acabad.

DON ÁLVAR.- Afirma que habéis perdido la razón, que estáis loca.

REINA.- ¡Jesús! ¡Loca!

Dando un grito terrible y dejando caer el acero.

REY.- Sí; loca estáis, desdichada.

Saliendo por el foro con el acompañamiento arriba indicado. Acércase rápidamente a su esposa, comprendiendo lo que sucede; y como para contenerla, le dice estas palabras con reconcentrado furor. Pausa.

REINA.- ¡Loca!... ¡Loca!... ¡Si fuera verdad! ¿Y por qué no? Los médicos lo aseguran, cuantos me rodean lo creen... Entonces todo sería obra de mi locura, y no de la perfidia de un esposo adorado. Eso..., eso debe de ser. Felipe me ama; nunca estuve yo en un mesón; yo no he visto carta ninguna; esa mujer no se llama Aldara, sino Beatriz; es deuda de D. Juan Manuel, no hija de un rey moro de Granada. ¿Cómo he podido creer tales disparates? Todo, todo efecto de mi delirio. Dímelo tú, Marliano (Dirigiéndose a cada uno de los personajes que nombra.); decídmelo vosotros, señores; vos, señora; vos, capitán; tú, esposo mío; ¿no es cierto que estoy loca? Cierto es; nadie lo dude. ¡Qué felicidad, Dios eterno, qué felicidad! Creía que era desgraciada, y no era eso: ¡era que estaba loca!

FIN DEL ACTO TERCERO.

Salón de Palacio. En el foro un trono.

Escena primera

El REY y D. JUAN MANUEL; a poco MARLIANO.

REY.- ¿Habéis hecho lo que os ordené?

DON JUAN MANUEL.- Guardadas están ya las puertas del aposento de Doña Juana.

REY.- Y Aldara, ¿qué respuesta os ha dado?

DON JUAN MANUEL.- Hasta que la Reina haya partido no saldrá de su cámara.

REY.- ¡Qué mal me siento! ¡Qué peso, que ardor en la cabeza! El sobresalto que ayer experimenté cuando Aldara fue descubierta por la Reina, y los continuos afanes que desde aquel momento han trabajado mi espíritu, son indudablemente causa de esta dolencia que a tan mala hora me acomete. ¡Ver uno por uno a cuantos me negaban obediencia; soportar repulsas y altivos desdenes; luego el consejo, que ha durado

toda la noche!... ¡Qué larga mortificación!¡Con tal que no salgan fallidas nuestras esperanzas!

DON JUAN MANUEL.-No lo temáis: la Reina partirá hoy mismo al sitio en que haya de ser recluida, y todos o casi todos los Grandes reconocerán a Vuestra Alteza por único señor de estos reinos.

REY.- ¡Cuánto os debo, D. Juan Manuel! Nunca a Pacheco ni a vos podré premiaros dignamente.

DON JUAN MANUEL.- Con mi deber cumplo al serviros.

REY.- También tendré que castigar. El Almirante agotó mi paciencia (A MARLIANO, que sale por la izquierda). ¿Qué ha decidido Doña Juana?

MARLIANO.- Se niega a partir.

REY.- No me equivoqué al suponer que vuestros esfuerzos serían inútiles. Partirá de grado o por fuerza.

MARLIANO.- Varias veces os he manifestado mi opinión; permítaseme publicarla.

REY.- Os aconsejo, Marliano, por vuestro bien, que no cometáis una imprudencia. Se acerca la hora: id a buscar a vuestros amigos (A D. JUAN MANUEL.). (Arrojaré al fin a esa mujer de mi tálamo y de mi trono.)

Vase el REY por la derecha y D. JUAN MANUEL por el foro.

Escena II

MARLIANO; después D. ÁLVAR; a poco el ALMIRANTE.

MARLIANO.- Conserve yo mi virtud aunque pierda la vida.

DON ÁLVAR.- ¿Lograsteis penetrar en la estancia de la Reina?

ALMIRANTE.- ¿Qué hay, Marliano?

MARLIANO.- Dije al Rey que trataría de reducir a Doña Juana a que partiese de propia voluntad, y así logré que se me permitiera entrar en el aposento que le sirve de cárcel. No bien supo lo que el Rey trama contra ella, anegose en llanto, y vencida su fortaleza quiso partir.

ALMIRANTE.- ¡Partir!

DON ÁLVAR.-Y vos ¿qué hicistes?

MARLIANO.- Recordele sus deberes de Reina; los males que padecen sus pueblos bajo el yugo de los flamencos; las torpes miras con que D. Juan Manuel, el Marqués de Villena y el señor de Vere fomentan los desmanes de D. Felipe; invoqué el nombre de su madre; llegué hasta el punto de exacerbar sus celos. Con indignación y cólera hizo al fin juramento de no salir de Burgos y de no dejar la corona.

DON ÁLVAR.- ¿Y el pueblo, Almirante?

ALMIRANTE.- Gracias a la actividad de sagaces criados míos, nadie ignora ya en la ciudad que hoy debe abandonarla Doña Juana por mandato de D. Felipe, y que éste va a ser declarado único dueño de la corona. Suspéndese todo quehacer, el amigo busca al amigo, en calles y plazas hay turbas animadas por unánime sentimiento: «¡mueran los flamencos y viva la Reina!» es el grito que han dado ya los corazones, y que del corazón pugna por subir a los labios.

DON ÁLVAR.- ¡Loado sea Dios!

MARLIANO.- Viendo está la pureza de nuestros pechos.

ALMIRANTE.- ¿Y la guardia de Palacio?

DON ÁLVAR.-Los soldados españoles adoran a su Reina: los flamencos han recibido el oro que para ellos me disteis.

ALMIRANTE.- El cielo ampara nuestra causa.

MARLIANO.- Cuando conspiran los malos, fuerza es que también conspiren los buenos.

ALMIRANTE.- Noble hazaña, sin duda, salvar a una Reina del oprobio, y a un pueblo de la tiranía. Por Cristo, señores, que ya era tiempo de hacer conocer al buen Archiduque de Austria y a sus infames lisonjeros la tierra que pisan.

Escena III

DICHOS, el MARQUÉS DE VILLENA, D. JUAN MANUEL, FILIBERTO DE VERE y NOBLES que acuden por ambos lados.

FILIBERTO.- Don Felipe será modelo de monarcas.

DON JUAN MANUEL.- Puede decirse que hoy empezará su reinado; hoy que la Reina loca dejará de ser óbice a sus planes maravillosos.

MARQUÉS.- Era inhumanidad tener aquí a esa desdichada.

DON JUAN MANUEL.- ¡Oh, señor Almirante!

Saludándole.

MARQUÉS.- ¡Cuánto me duele vuestra ciega obstinación! Tenéis al Rey muy enojado.

DON JUAN MANUEL.- Pero ¿qué plausible motivo os obliga a rechazar una vez y otra el toisón de que Su Alteza quiere haceros merced?

ALMIRANTE.- Gracia inmerecida es salario, no premio; y no quisiera que, al ver tal insignia en mi pecho, dijese alguno: he ahí, no la recompensa de su virtud, sino el precio de su infamia; he ahí, no lo que ha ganado, sino por cuánto se ha vendido.

MARQUÉS.-¿Tratáis por ventura de ofendernos?

FILIBERTO.- Pudiera suceder que el Rey no gustase de veros en Palacio.

MARQUÉS.- Dejadle: bien me sé yo por qué sirve tan fielmente a una Reina loca. El Almirante, por su sangre y por su juicio, tiene con ella parentesco.

ALMIRANTE.- Cierto es que sirvo fielmente a una Reina; vosotros servís a un amo: díganlo si no esos collares que os ha puesto en el cuello.

Por el toisón que llevan D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE y otros NOBLES.

DON JUAN MANUEL.- ¡Almirante!

MARQUÉS.- ¡Por vida mía!

DON ÁLVAR.- El Rey.

Escena IV

DICHOS, el REY con manto, el CAPITÁN de la guardia de Palacio, NOBLES, PRELADOS, MÉDICOS, PAJES y SOLDADOS, que se sitúan a uno y otro lado del trono.

REY.- Sabéis, señores, el triste motivo que aquí nos reúne. Dementada la Reina, es imposible que gobierne; y solamente reduciéndola a estrecha clausura se logrará dilatar su vida. ¿Estáis prontos, señores, a hacer pública la demencia de Doña Juana, a reconocerme por legítimo y único señor de Castilla, a prestarme todo el auxilio que necesite, en el caso deplorable de que mis enemigos fomentasen alguna alteración en el reino?

DON JUAN MANUEL.- Todos haremos lo que Vuestra Alteza desea para el bien de la patria. ¿Todos, no es cierto, señores?

NOBLES.- Todos.

ALMIRANTE.- No todos. Hay quien asegura que la Reina sólo padece efímeros arrebatos, hijos, no de enfermedad corporal, sino de aflicciones del espíritu.

REY.- Nadie ayer ponía en duda su demencia.

ALMIRANTE.- Ayer muchos, y yo el primero, creímos ver indicios de enajenación mental en las acciones de Doña Juana. Después se ha descubierto la verdadera causa de tales acciones. Espero que Vuestra Alteza no me obligará publicarla.

REY.- Yo sí que no os comprendo a vos, Almirante. ¿Quién ha podido explicar naturalmente el proceder de la Reina?

DON ÁLVAR.- Yo, señor.

REY.- (¡Don Álvar!)

ALMIRANTE.- Recuerde Vuestra Alteza que las ciudades en las Cortes de Valladolid negaron su asentimiento a lo que hoy arbitrariamente se trata de llevar a cabo; tened presente que, para defender a Doña Juana, se han confederado en Andalucía el Conde de Cabra y el de Ureña, el Marqués de Priego y el Duque de Medina-Sidonia; ved que el pueblo en que estáis es un pueblo de valientes y de leales.

REY.- ¡Amenaza a su Rey!

DON JUAN MANUEL.- ¡Es un crimen!

NOBLES.- Sí, sí.

ALMIRANTE.- Vuestras voces no me intimidan.

MARLIANO.- Yo juro por el nombre de Dios que aún no ha perdido el juicio la Reina.

REY.- Éstos son traidores vendidos al rey D. Fernando.

ALMIRANTE.- Sólo el rey D. Fernando, según el testamento de la reina Doña Isabel, tendría derecho a sentarse en el trono si la locura de su hija Doña Juana fuese cierta.

REY.- ¿Oís, señores? Bien hice en contar con vuestro apoyo.

MARQUÉS.- Subid al trono, señor; solemnemente prestaremos el juramento que tengáis a bien exigirnos. Vuestra es la corona; ceñidla.

El REY se pone la corona y empuña el cetro.

DON JUAN MANUEL.- Vuestro es el trono; ocupadle.

ALMIRANTE.- Oíd antes, señor.

Poniéndose delante del REY.

REY.- Atrás, rebelde.

MARQUÉS.- ¡Detener al Monarca!

Rumores entre los cortesanos.

DON ÁLVAR.-(¡Villanos!)

REY.- ¡Plaza al Rey!

Escena V

DICHOS y la REINA, con manto, corona y cetro.

REINA.- ¡Plaza a la Reina!

Subiendo al trono antes que el REY.

REY.- ¡La Reina!

Prolongados rumores, sorpresa general.

MARQUÉS.- ¡Doña Juana!

DON ÁLVAR.-(Esto es más de lo que esperábamos.)

Pausa.

REINA.- ¿Qué os turba y sorprende? ¿No contabais con mi presencia? Pues mal lo imaginasteis. Cerradas estaban las puertas de mi aposento; mas diz que para todo hay remedio en el mundo, si no es para la muerte. Que las cerrasen mandó el Rey; la Reina mandó que las abriesen de par en par; pudo más que la perfidia flamenca la lealtad castellana, y aquí me tenéis.

DON JUAN MANUEL.-Fuerza es obrar con energía.

Bajo al REY.

REY.- Dignaos de volver a vuestra estancia, señora.

REINA.- No hay para qué. Sé de qué graves negocios estabais tratando. Trátase de recluirme en alguna buena fortaleza por todo el resto de mi vida; trátase de hacer propiedad de D. Felipe de Austria la corona que a mí sola me pertenece. Acuerdo es éste de todo punto necesario; tal lo juzgo yo propia, y vengo, por lo tanto, a endulzar la pena que, a no dudar, oprime el tierno corazón de mi esposo; a pagar el noble celo que en pro del público bien habéis casi todos vosotros manifestado; a decir en seguida un adiós eterno al trono de mis padres. Y noticiosa de que ya ibais cobrando ojeriza a mi pobre vestido negro, para contentaros, y siquiera una vez pareceros Reina, me he echado encima, como veis, mis galas más deslumbradoras. (Desciende del trono y apostrofa a D. JUAN MANUEL y a los otros Grandes con delicada ironía.) Guárdeos el cielo, D. Juan Manuel, señor de Belmonte de Campos y de Cevico de la Torre, embajador en Roma, maestresala de mi madre doña Isabel, primer caballero español del Toisón de Oro de la casa de Borgoña, y presidente de mi Consejo. Gloria mayor la vuestra que la de aquel otro D. Juan Manuel, cuya docta pluma hizo su nombre tan famoso, y cuyo invicto acero rindió y desbarató al fuerte Ozmín, general de la casa de Granada, a orillas del río Guadalferce. He aquí, señores, a un nieto del infante D. Manuel, a un descendiente del rey San Fernando y de los emperadores de Constantinopla, convertido hoy en agente de los excesos de un Archiduque de Austria.

DON JUAN MANUEL.- ¡Señora!

REINA.- ¡Oh, que también está por aquí el noble Marqués de Villena, Duque de Escalona! Cuentan que vuestro ascendiente, el caballero portugués Diego López Pacheco, fue por ansia de medro uno de los asesinos de Doña Inés de Castro; que vuestro noble padre dio veneno al príncipe D. Alfonso, de quien era parcial; para volver a la gracia de su legítimo señor, mi tío D. Enrique, al cual después, no sabiendo ya qué quitar, quitó el entierro que el buen Monarca para sí destinaba en el Parral de Segovia; que vos hicisteis matar a vuestra primera mujer, la Condesa de Santisteban, nieta del Condestable D. Álvaro de Luna; que ahora, desposeído, por la voluntad de mis padres, de Trujillo, Chinchilla, Albacete, San Clemente, Rota y demás pueblos del marquesado de Villena, de la ciudad de Alcázar y de la tenencia de Madrid, queréis recobrarlos a toda costa, pronto, por conseguirlo, a matarme a mí y a diez mujeres más. ¡A ser esto cierto, señor Marqués de Villena, gloriosa raza la vuestra, por vida mía!

MARQUÉS.- (¡Conténgame Dios!)

REINA.- Loor a todos vosotros, señores. Natural es que así procuréis el ultraje de vuestra Reina y la ignominia de vuestra patria, cuál por un aumento de territorio, cuál por una dignidad que ha tiempo codiciaba, cuál por un Toisón de Oro para deslumbrar a sus inferiores, cuál por diez oficios públicos para diez de sus allegados. No hay por qué a nadie se maraville: constantemente fue vuestro anhelo empobrecer al pechero y al monarca; siempre fuisteis enemigos naturales del trono y del pueblo.

NOBLE I.º-Nos insultáis.

DON JUAN MANUEL.- Insultáis a la Grandeza de Castilla.

REINA.- Bueno fuera que os dieseis por ofendido. ¿Sabe una loca lo que se dice? Y yo estoy loca hasta más no poder. Como que estos señores, que son mis médicos, quieren encerrarme. (Dirigiéndose a los MÉDICOS.) Sólo que yo no quiero dejarme encerrar. Matad a la gente, señores míos; tal es vuestro derecho: para enterrarla viva aún no tenéis licencia. Pero ¿qué? ¿También vosotros os enojáis? ¡Todos malvados! (Con acento de cólera.) ¡Todos necios!

Riéndose.

REY.- Ved que yo por más tiempo no puedo tolerar...

REINA.- Y a ti, Felipe, ¿qué te podré decir para consuelo de tu pena? (Apartándole de los demás, y en voz baja.) Que harto bien pagada está la corona de Castilla con tus estados de Borgoña y de Flandes; que aún necesitas reposo y vigor en el espíritu para terminar la obra que bajo tan buenos auspicios has comenzado: hacer tuyo el trono de la madre, ha sido empezarla; quitárselo al hijo legítimo para dárselo a un bastardo infame, será concluirla.

REY.- ¡Doña Juana!

REINA.- ¡Bah! Si ya sabes y acabas de oír que estoy rematadamente loca.

REY.- Señores, esto es ya demasiado: llegó el momento...

REINA.- Sí, ¡por Cristo!; sonó la hora de que yo empezase a reinar. Demencia y crimen era en mí anteponer otro amor al amor de mi pueblo. Yo expié mi culpa: de hoy más no lloraré torpes ingratitudes. Amar como todas las mujeres, es amar a un hombre; a semejanza de Dios debe amar una reina, amando a un pueblo entero.

REY.- (¡Me vence, me humilla!)

Los Grandes se acercan, como ofreciéndole amparo contra Doña Juana.

REINA.- Ni penséis vosotros romper de nuevo el freno de las leyes, con que os sujetó la mano poderosa de la católica Isabel. Temblad ante la hija, como temblabais ante la madre. Vuelvan al reino los bienes que le arrebató vuestra codicia; vuelva la fuerza que es suya a la Corona; deponed del todo vuestros cetros usurpados. Ya vosotros no sois Castilla: Castilla es el pueblo; Castilla es el monarca.

REY.- Salid de aquí. No me obliguéis a emplear la violencia.

REINA.- ¿Quién se atreverá a tocarme?

ALMIRANTE.- Conteneos, señor, si no queréis encender oprobiosa guerra.

DON ÁLVAR.- No hagáis que la sangre española corra por mano española vertida.

REY.- La rebelión estalla dentro de mi propio Palacio.

MARQUÉS.- ¡Viva el Rey!

NOBLES.- ¡Viva!

REY.- ¿Oís, señora, cómo la Grandeza de Castilla aclama al Rey?

PUEBLO.-¡Viva la Reina! ¡Viva la Reina!

Dentro.

REINA.- Oye tú cómo el pueblo español aclama a su Reina.

REY.- ¡Oh rabia!

ALMIRANTE.- La justicia prevalece.

DON ÁLVAR.- ¡La Reina triunfa!

REINA.- Parece que esos gritos no os suenan bien: pues yo quiero oírlos más de cerca.

Asómase al balcón.

PUEBLO.-¡Viva la Reina! ¡Viva la Reina!

Dentro.

REINA.- Gracias, hijos míos. Nada temáis; no saldré de Burgos. Fío en vuestra constancia.

Desde el balcón.

PUEBLO.- ¡Viva la Reina! ¡Mueran los flamencos!

REINA.- ¿Qué queréis, Felipe? Mi pueblo ha perdido el juicio como yo.

Volviendo al lado del REY.

REY.- Soldados, dispersad esa turba.

CAPITÁN.- Si la Reina lo manda.

REINA.- Calla, ¿éstos también? Con razón asegura el refrán que un loco hace ciento. Ya lo veis: los locos abundamos en Burgos que es una maravilla. Réstame advertiros que no es cordura jugar con ellos. Felipe, señores, adiós quedad. La Reina loca os saluda.

Hace una reverencia y se va.

Escena VI

DICHOS excepto la REINA

REY.- (¡Empeñar una lucha, una lucha en que tal vez sería vencido! ¿Adónde lanzar el rayo de mi furia?)

ALMIRANTE.- Señor, dad oídos a la prudencia y la piedad.

REY.- ¡Silencio, Almirante! ¡Por vida de mi padre, que habéis de llorar vuestra osadía!-

ALMIRANTE.- El castigo de la virtud, que no el premio de la maldad, ambiciono. La hora del desengaño suena también en la vida de los reyes; sonará en la vuestra, señor. Lloraréis entonces haber acogido y acariciado la pérfida lisonja, que deslumbra los ojos y envenena el corazón de los príncipes, y la interesada adhesión que los empuja y precipita; lloraréis haber despreciado y oprimido la noble franqueza y la generosa abnegación, que suelen salirles al paso para iluminarlos y contenerlos. Nunca me arrepentiré yo de haber amparado a una dama como caballero, y a una Reina como español.

Saluda y vase.

REY.- Dejadme, señores; necesito estar solo.

DON JUAN MANUEL.- (Vamos. Buen chasco nos ha dado la loca.)

MARQUÉS.- (Empiezo a sospechar que tiene más juicio del que fuera menester.)

REY.- Quedaos vos, Marliano; también vos, D. Álvar. (Elegid dos soldados flamencos en quienes se pueda confiar, y traedlos aquí.)

Bajo a FILIBERTO DE VERE, el cual se va por el foro.

Escena VII

El REY, D. ÁLVAR y MARLIANO.

REY.- Buen pago habéis dado a mis beneficios, señor Marliano.

MARLIANO.- No se han de pagar los beneficios con malas acciones. Creo que no debe tener queja de mí Vuestra Alteza, ni como hombre, ni como soberano.

REY.- ¿Eso creéis? Quizá con dos años de meditación en un encierro mudaréis de dictamen.

MARLIANO.- En el cadalso creería lo mismo.

Vase.

Escena VIII

El REYy D. ÁLVAR; después FILIBERTO DE VERE y dos SOLDADOS.

REY.- Ayer os desterré, D. Álvar; hoy no sólo volvéis a presentaros en Palacio, sino que a él venís con el único objeto de hacerme guerra

DON ÁLVAR.- Tres días me disteis de término para salir de Burgos. Vine a Palacio porque a él me llamaba mi obligación de vasallo leal.

REY.- Colígese fácilmente que a vos y a vuestro amigo el señor Almirante debo el alboroto de la plebe y la traición de la guardia. Por él y por vos he padecido cruel tormento. Puedo aseguraros, capitán, que mi venganza será terrible.

DON ÁLVAR.- Haced de nosotros, en hora buena, lo que os plazca; pero doleos del infortunio de vuestra esposa. Reducida al último extremo, halló en la desesperación energía para luchar, no contra vos, sino por vos. ¿Qué le importa a ella su trono? Lo que le importa es veros, vivir a vuestro lado. Sus derechos de esposa son los que ha defendido, que no sus derechos de reina.

REY.- ¿Conque me aconsejáis que ame a Doña Juana? ¿Pensáis que ignoro el motivo que os mueve a darme tales consejos, y os movió a promover disturbios en contra mía?

DON ÁLVAR.- No hay más motivo que el amor que tengo a mi Reina y a mi Patria.

REY.- Sé que habéis osado poner los ojos en donde yo los tenía puestos.

DON ÁLVAR.- (¡Aldara inicua!)

REY.- Y ¿qué dudo? Vos fuisteis el que ayer descubrió a Doña Juana mi secreto, induciéndola a que buscase pruebas. ¿El amor de vuestra Reina y de vuestra Patria, decís? Vil hipócrita: bien heriste en medio del corazón al amante y al soberano; bien castigada será tu culpa: en ti saciaré todo el furor que abriga mi pecho.

DON ÁLVAR.- Sin razón me ofendéis.

REY.- Mirad, D. Álvar: me siento gravemente enfermo; con trabajo me sostengo de pie. Sois leal, y cuento con que os tendréis por dichoso con poder restituirme la salud. El bálsamo que necesito para recobrarla es toda vuestra sangre.

DON ÁLVAR.- Tomadla, señor.

REY.- No me queréis por Rey; me tendréis por tirano. Ni será cosa nueva en Castilla un Monarca que se complazca en hacer rodar por el suelo de su propio palacio la cabeza de un rebelde. Nombres de Justiciero y de Cruel dan al rey D. Pedro los castellanos: que a mí me apelliden como quieran. (A FILIBERTO DE VERE, que sale seguido de dos SOLDADOS.) Creí que nunca ibais a llegar. Don Álvar, rendid el acero.

DON ÁLVAR.- Entregando a los SOLDADOS la espada. Un soldado del Gran Capitán está acostumbrado a pelear contra muchos; pero ved, señor, que no nací rebelde.

REY.- A los SOLDADOS. Conducidle secretamente a una de las torres del Alcázar. (A D. ÁLVAR) Capitán, la muerte os espera.

DON ÁLVAR.- La muerte y yo nos vimos muchas veces las caras: ya no me asusta; seguro, además, de que recibe al bueno en sus brazos cual amiga cariñosa. Así me recibirá a mi señor; no os acogerá a vos de la misma manera.

REY.- (Ni aun el consuelo de verle temblar.) Llevadle. (Vase D. ÁLVAR con los dos SOLDADOS.) Haced que ese hombre se disponga a bien morir, y muera luego.

FILIBERTO.- ¿Tal es vuestra determinación?

REY.- Cuidad, sobre todo, de que esto se haga con el mayor sigilo. ¿Entendéis?

FILIBERTO.- Cumpliré vuestras órdenes.

Vase por donde D. ÁLVAR.

Escena IX

El REY, y en seguida ALDARA.

REY.- Sí, justa es la pena que le impongo. ¿Será excesiva? ¡Oh qué pronto vacila mi corazón, siempre irresoluto y cobarde! Venid, Aldara; necesitaba veros.

ALDARA.- El estado en que os encuentro no me maravilla. Sé que ya no parte la Reina; yo soy en tal caso quien debe partir sin tardanza.

REY.- No me atormentéis más; demasiado padezco.

ALDARA.- De nadie os quejéis sino de vos mismo. ¿Qué habéis hecho a estas horas para contener la audacia de vuestros adversarios?

REY.- Fundadas son tales reconvenciones. Cayó en mis manos uno de los rebeldes, y antes de oíros empezaba ya a sentirme pesaroso de haber mandado castigarle.

ALDARA.- ¿Qué tenéis en vuestras manos a uno de los que se oponen a que la Reina salga de Burgos, y que aún no le habéis castigado? ¡Oh torpe flaqueza! Para conquistar un trono, el interés de los menos facilita el camino; el miedo de los más solamente puede allanarlo. Ya hicisteis sobradas mercedes; castigad ahora; castigad sin reparo ni compasión.

REY.- Castigaré, os lo prometo.

ALDARA.- El escarmiento de uno de los partidarios de Doña Juana amedrentará a los demás.

REY.- ¿Y no sabéis? Ese hombre es doblemente culpado; es el que intenta arrebatarme vuestro amor.

ALDARA.- ¿Qué?... ¿Qué decís?

REY.- Vuestro amor, que es mi ventura, que es mi vida.

ALDARA.- Pero ¿de quién habláis?

REY.- ¿No lo dije? De mi aborrecido competidor; de Don Álvar.

ALDARA.- ¡Don Álvar!

REY.- No temáis, no revocaré su sentencia. Adiós, Aldara; necesito reposo.

ALDARA.- Siguiéndole. ¿Esa sentencia?...

REY.- Pronto se ejecutará en una de las torres de este mismo Alcázar.

ALDARA.- Con voz ahogada por el espanto. ¿Está condenado?

REY.- A muerte.

Vase por la derecha.

Escena X

ALDARA, y a poco la REINA.

ALDARA.- ¡A muerte! ¡Morir él; morir por culpa mía!... No me equivoco; el Rey lo dijo: bien lo escuché... Corro a sus plantas... (Dirigiéndose hacia el lado por donde ha salido el REY.) ¡Triste de mí! (Deteniéndose.) El Rey está celoso; mis súplicas acelerarían su muerte. ¡Oh maldita venganza, cómo de rechazo me hieres! Es preciso correr en su ayuda, buscar medios, salvarle. Sí, salvarle o morir con él. Y ¿a quién acudir?; ¿de quién valerme? ¡Ah! ¡Compasión, señora, compasión!

Corriendo hacia la REINA, que sale por la izquierda.

REINA.- ¡Aquí vos! ¿Y osáis presentaros a mi vista?

ALDARA.- No me abandonéis.

REINA.- Apartad; busco a mi esposo.

ALDARA.- Arrojándose a sus pies. ¡Piedad! ¡Perdón! Mucho os ofendí; pero ved que me arrepiento y me postro.

REINA.- Explicaos de una vez.

ALDARA.- Creedme; creedme lo que voy a deciros. No amo al Rey, no, no le amo, no le amé jamás; otro mereció mi cariño; en Álvar ha tiempo le puse.

REINA.- ¿Qué pronuncias? ¡Que no amas al Rey! ¿Qué nueva perfidia es ésta?

ALDARA.- ¿Por qué la engañé? Ahora no querrá creerme. Ved: estas lágrimas de mis ojos son verdad; estos latidos de mi pecho son verdad; pues así, así las palabras de mi boca. Os juro que no tengo por qué avergonzarme en vuestra presencia. ¿Lo creéis, no es cierto? ¿Qué haría yo para que me creyese?

REINA.- No te entiendo aún; explícate más, más todavía.

ALDARA.- Imaginé, perdonadme, imaginé que Álvar era amado de vos, que por vos perdía yo su cariño, y tuve celos.

REINA.- Acelerando la explicación. Celos quise yo inspirar al Rey tratando con benevolencia a ese hombre.

ALDARA.- Y yo a vos en venganza, fingiendo amar a vuestro esposo.

REINA.- Con alegría. ¿Conque tú no amas al Rey?

ALDARA.- Con gozo, como la REINA. ¿Conque vos nunca amasteis al capitán?

REINA.- ¿Y has estado celosa? ¡Desdichada, cuánto has debido padecer!

ALDARA.- Sí; vos comprendéis lo que es tener celos; disculpadme entonces y salvad a un infeliz. Qué, ¿aún no os lo había dicho? El Rey quiere matarle.

REINA.- ¿Por qué?

ALDARA.- Porque ha sido fiel a su legítima Reina, a su natural señora. ¿Consentiréis que el Rey mate por esta culpa a vuestros vasallos?

REINA.- No los matará.

ALDARA.- Álvar debe morir muy pronto.

REINA.- ¿Cuándo?

ALDARA.- Quizá en este momento, en una torre de este Alcázar. ¿Y aún estáis a mi lado? Pero entonces es que queréis dejarle morir. Señora, por vuestro Dios (Como inspirada.), os pido que le salvéis; por vuestro Dios, que os manda ser clemente, que os manda perdonar; por vuestro Dios, en quien yo adoro desde este momento, porque es el Dios del perdón y de la clemencia.

REINA.- Si en mi Dios crees y confías, mi hermana eres; si tal amor cabe en tu pecho por un hombre, mi hermana eres también. (ALDARA, ahogada por sollozos, la besa repetidamente la mano.) La tiranía levanta su cuchillo sobre un inocente; no temas; la Reina salvará al súbdito leal, tu hermana salvará a tu amante.

Vase.

Escena XI

ALDARA, y a poco el REY; después la REINA.

ALDARA.- Yo le mataba; ella corre a salvar su vida. ¡El Dios de esa mujer es el Dios verdadero!

REY.- Aldara.

Acercándose a ella.

ALDARA.- ¡El Rey!

Con espanto, retirándose.

REY.- ¿Qué sucede? ¿Hablabais con la Reina? He oído voces, lamentos...

ALDARA.- Dejadme; apartaos de mí.

REY.- ¿Qué significa esto?

ALDARA.- Significa que yo he sido la más vil de las mujeres, y vos el más ingrato de todos los hombres; que hemos ofendido a un ángel; que el cielo me castigó y empieza a castigaros.

REY.- ¿Qué repentina piedad se apodera de vuestro pecho? No me hagáis dudar ahora de vuestro cariño.

ALDARA.- ¡Mi cariño! Horror me inspiráis; horror me inspiro yo a mí propia.

REY.- ¿Qué oigo?

ALDARA.- Sabedlo: de otro es mi corazón. Por vengarme fingí quereros.

REY.- ¡Aldara!

ALDARA.- Al aceptar mi expiación, Dios me convierte en instrumento de su justicia; por mi mano venga con martirio igual el martirio de una santa.

REY.- ¿Qué es esto? ¿Estoy soñando? ¿Habla tu lengua o la fiebre que me devora?

ALDARA.- Hablan mi conciencia y la tuya.

REY.- ¿Y el hombre a quien amáis es sin duda el que yo sentencié? ¡Cómo me he dejado engañar! ¿Y la noticia de su muerte es la que así os desespera? Morirá, pérfida, morirá.

ALDARA.- No; la Reina ha ido a salvarle.

REY.- ¡A salvarle! No habrá llegado a tiempo.

ALDARA.- ¡Oh, callad!

REY.- Y si no, yo mismo...

ALDARA.- No, no pasaréis.

Cerrándole el paso.

REY.- Ved que en nada reparo.

ALDARA.- Muera yo.

REY.- Él primero.

ALDARA Y REY.-¡Ah!

Volviendo aparecer a la REINA.

ALDARA.- ¡Señora!

Después de una breve pausa y como temerosa de indagar la suerte de D. ÁLVAR.

REY.- Hablad.

ALDARA.- ¿Vive?

REY.- Murió, ¿no es cierto?

REINA.- No, que yo le salvé.

REY.- Le seguirán. ¡Oh, me ahogo!

Cayendo al suelo sin sentido.

REINA.- ¡Cielos!

ALDARA.- Todo lo sabe; estáis vengada.

REINA.- ¿Qué has hecho? ¡Socorro, socorro! (Corriendo hacia el foro.) ¡Felipe! (Volviendo al lado del REY.) No oye, no respira. Llama tú también, desdichada. ¡Socorro! ¡Señor, mi vida por la suya!

ALDARA se dirige hacia el foro; la REINA cae de rodillas junto al REY.

FIN DEL ACTO CUARTO.

Cámara contigua a la habitación del REY. Puerta a la derecha, cubierta con tapiz; otra en el foro; otra a la izquierda, en segundo término. Un reclinatorio en este mismo lado.

Escena primera

La REINA, y a poco el ALMIRANTE; después HERNÁN.

La REINA aparece orando, arrodillada delante del reclinatorio; transcurridos algunos momentos, sale el ALMIRANTE por la puerta de la derecha.

REINA.- ¿Qué hay? ¿Se ha puesto peor?

Levantándose sobresaltada.

ALMIRANTE.- Su Alteza continúa en el mismo estado.

REINA.- Os aseguro que ayer perdí las esperanzas; pero hoy todos hemos notado en él grande alivio: parece otro. ¿No es cierto, Almirante, que hoy tiene más vigor, más vida?

ALMIRANTE.- Cierto es, señora.

REINA.- ¿Conque también creéis como yo? (Con alegría.) Sí, no hay duda: la mejoría es evidente. ¿Quién no lo ve? ¡Qué dicha para mí, qué dicha para mi Felipe tener un amigo como vos! Porque también amáis al Rey. ¿Verdad que amáis al pobre enfermo?

ALMIRANTE.- ¡Ojalá pudiera dilatar su existencia a costa de la mía!

REINA.- La Virgen Santísima os lo pague. Yo estaba aguardando a que me trajesen... (HERNÁN sale por la puerta del foro con una salvilla, sobre la cual habrá una copa dorada.) ¡Ah, por fin! Dame. (Tomando la salvilla.) Dicen que esta medicina ha de aliviarle mucho. (A HERNÁN, que se va por el foro.) Se aliviará de fijo. Dios tendrá lástima de nosotros.

Dirigiéndose a la puerta de la derecha, por la cual desaparece.

ALMIRANTE.- ¡Qué hermoso y qué desdichado corazón!

HERNÁN.- Entrad: allí le tenéis.

Apareciendo de nuevo en el foro con D. ÁLVAR. En seguida vuelve a marcharse.

Escena II

El ALMIRANTE y D. ÁLVAR.

ALMIRANTE.- ¡Don Álvar!

DON ÁLVAR.- ¡Almirante!

ALMIRANTE.- ¡Con qué impaciencia os aguardaba!

DON ÁLVAR.- Considerad cuál habrá sido la mía por volver a este sitio.

ALMIRANTE.- El Rey, para descargar su conciencia, quiere reconciliarse con vos antes de morir.

DON ÁLVAR.- No bien recibí en el camino vuestro mensaje torcí riendas, y apresuradamente he regresado a Burgos. Más y más al entrar aquí, se aumentó mi amargura. ¿Es posible que en tan breve tiempo se haya agravado la enfermedad del Rey, hasta el punto de poner en riesgo su vida?

ALMIRANTE.- Ayer Su Alteza recibió los santos Sacramentos; y aun cuando esta mañana parece haberse disminuido la horrible postración en que estaba, creo que sus ojos no verán la luz de un nuevo sol.

DON ÁLVAR.- ¿Qué va a ser de la Reina?

ALMIRANTE.- Los mismos que antes contra ella conspiraban, rinden a su dolor tributo de piedad y respeto. Ángel de la Guarda parece, fija a la cabecera del lecho de su esposo. Nadie más que ella ha de acercar a sus labios los benéficos jugos que los médicos le prescriben; ella, adivinando todos sus pensamientos, ha de ser quien únicamente le sirva; y por temor de que turben su reposo, el vuelo de un insecto la irrita, el más leve ruido del aire la desespera. Sólo abandona al Rey cuando conoce que no va a poder reprimirse, y entonces ya permanece con la vista clavada en el suelo sin dar señales de vida; ya recorre velozmente una y otra cámara, como si cambiando de sitio esperase encontrar consuelo, ya de pronto empieza a llamar a gritos en su ayuda a Dios, la Virgen y los santos. Si alguna vez logramos, a fuerza de súplicas, que admita el preciso alimento, al punto salpicado de lágrimas le rechaza. Y, sobre todo, nos inquieta y maravilla el que ni un solo instante, en tres días consecutivos, se le haya visto cerrar los ojos. ¡Ay, don Álvar, no hubo jamás en pecho humano aflicción más grande que la suya!

DON ÁLVAR.- ¿Y teméis?...

ALMIRANTE.- Temo que el trono se quede completamente vacío.

DON ÁLVAR.- Si ha de perder a su esposo, preferible es que doña Juana también se muera. Los ángeles, sus hermanos, se apresurarían a abrirle las puertas del cielo, y allí sólo pueden encontrar los justos reposo y ventura.

ALMIRANTE.- La aflicción que en vuestro rostro se pinta no me sorprende, que yo, como vos, siento el corazón oprimido.

DON ÁLVAR.- Sin que me cause rubor, me aflijo por mi infeliz señora; también por mi Rey.

ALMIRANTE.- Sí, D. Álvar; olvidemos hoy los errores del soberano; compadezcamos el infortunio del hombre; admiremos y bendigamos la contrición del moribundo.

DON ÁLVAR.- ¡Y quiere el triste reconciliarse conmigo; conmigo, que fui para con él tan culpado! ¿Por qué no me veo ahora entre el tumulto de una batalla?

ALMIRANTE.- No es de valerosos pechos rendirse al infortunio. Me dijisteis un día que amabais en secreto: creo haber adivinado la causa de vuestra pena desmedida.

DON ÁLVAR.- ¡Cómo! ¿Habéis adivinado?...

ALMIRANTE.- ¡Ni una palabra más!

DON ÁLVAR.- Ni una sola. Y Aldara, ¿qué fue de ella? ¿Debo execrarla? ¿Merece compasión, por ventura?

ALMIRANTE.- Purificará muy pronto su alma el agua del bautismo: hállase en un monasterio, donde con piadosos ejercicios y ásperas penitencias procura hacerse acreedora a ceñir el santo velo de las esposas de Jesús.

DON ÁLVAR.- Él la proteja.

ALMIRANTE.- Cumpliendo las órdenes de la Reina envié a buscaros: yo, por más de un motivo, deseaba que volvieseis. Tranquilizad al Rey, consolad a la Reina: fuerza será que después nos congreguemos todos los buenos castellanos para cuidar de otra desventurada, que no creo que hayáis puesto en olvido. La Patria se verá muy luego en cruel orfandad: la Patria, que es antes que todo.

DON ÁLVAR.- ¿Tan seguro estáis de que también perderemos a la Reina?

ALMIRANTE.- Seguro estoy de que si vive no vivirá para Castilla. La corona necesita dueño: vuelva de Italia, y cíñala otra vez el rey D. Fernando.

Escena III

DICHOS, MARLIANO, el MARQUÉS DE VILLENA, PRELADOS, NOBLES y MÉDICOS; a poco D. JUAN MANUEL, después la REINA, luego HERNÁN.

DON ÁLVAR.- ¿Y Su Alteza?

MARLIANO.- Acaba de abandonar el lecho.

ALMIRANTE.- ¿Con vuestro permiso?

MARLIANO.- No he querido oponerme a que cumpla su gusto.

ALMIRANTE.- Pero ¿sigue acaso en aumento su mejoría?

MARLIANO.- Bien dije yo que ese repentino alivio era anuncio de su próximo fin.

Muévese el tapiz que cubre la puerta de la derecha.

DON ÁLVAR.- ¿No hay esperanza ninguna?

MARLIANO.- Ninguna: mátale una calentura pestilencial incurable.

ALMIRANTE.- Y suponéis que dejará de existir hoy mismo?

MARLIANO.- Esta misma mañana.

Óyese un lamento detrás del tapiz.

DON ÁLVAR.- ¿No oís?

ALMIRANTE.- ¿Qué?

DON ÁLVAR.- Nada: el corazón me engañó, sin duda.

DON JUAN MANUEL.-Señores (Saliendo por la puerta del foro): ya es urgente refrenar la audacia de los flamencos. Que el Rey muere de veneno andan divulgando por todas partes.

MARQUÉS.- ¿Será posible?

ALMIRANTE.- ¡Qué iniquidad!

DON JUAN MANUEL.- Unos achacan el crimen a los agentes del rey don Fernando; otros dicen que la Reina es quien le ha envenenado en un arrebato de celos.

DON ÁLVAR.- ¡Vive Cristo!

REINA.- ¿Que yo he envenenado a mi esposo? (Saliendo de detrás del tapiz.) ¿Eso dicen? ¿Eso dicen? ¡Jesús! No se lo tome Dios en cuenta.

Cúbrese el rostro y solloza.

MARLIANO.- Nos estaba escuchando.

DON ÁLVAR.- ¡Infeliz!

MARLIANO.- ¡Señora!

Acercándose a ella con tierna solicitud.

ALMIRANTE.- No se aflija así Vuestra Alteza.

REINA.- Conque...

Contiene los sollozos y hace, como para hablar, inútiles esfuerzos.

MARLIANO.- Hablad.

REINA.- ¿Conque no hay remedio?

MARLIANO.- ¡Qué no puede remediar la misericordia de Dios!

ALMIRANTE.- Confiad en Él.

REINA.- Y ¿por qué no en vosotros? Llegaos acá. (A los MÉDICOS, que se acercan a ella.) El Rey es joven, sólo tiene veintiocho años: debe haber medio de curar una dolencia cualquiera en cuerpo vigoroso. Recordad bien: posible es que hayáis olvidado precisamente el remedio que nos hace falta; sin duda existe algún bálsamo, alguna planta con virtud suficiente para salvarle. ¿No bastaría toda mi sangre para reanimar la suya? Otro esfuerzo, mi buen Marliano, mis fieles amigos. No; no calléis. Decidme algo, por piedad.

MARLIANO.- Ya hemos hecho por él cuanto estaba en nuestra mano.

REINA.- ¿Y he de perderle? ¡Dios mío, qué enfermedad tan horrorosa! Ha breves días lleno de salud y de fuerza... Hoy ¿quién le conoce? Mañana... mañana... Parece imposible. Nunca imaginé que él se pudiera morir primero que yo.

ALMIRANTE.- Conformidad, señora.

REINA.- Bien procuro irme conformando poco a poco; pero ¡ay! ¡No puedo conformarme, no puedo!

ALMIRANTE.- Dominad vuestra aflicción como cumple a una Reina.

REINA.- Por su vida cuanto poseo; mi cetro por su vida. ¿Verdad, señores, que todos me ayudaríais a sentar en el trono al que lograse evitar su muerte? Dicho está: el que codicie una corona que le salve, que me le devuelva. ¿No sois médicos? ¿No es obligación vuestra curarle? Pues ¡ay de vosotros si le pierdo! Don Juan Manuel, señor Marqués de Villena, creo que sin razón os ofendí el otro día. No me guardéis rencor, sed generosos con esta pobre mujer que tanto padece. ¿No se os ocurre medio ninguno que tentar? ¿No conocéis a alguno que sepa curar este linaje de dolencias? ¿A uno de esos nigromantes que hacen prodigios? Sí, buscad a uno de esos y traedle para que vea a Felipe.

DON JUAN MANUEL.- Al Altísimo pedid socorro.

REINA.- Dios no ha querido oírme. Ni en la tierra ni en el cielo encontré piedad. Almirante, escribid a mi padre hoy mismo; decidle que venga, que Castilla se va a quedar sin Reyes, y mis pobres hijos sin padre y sin madre.

DON ÁLVAR.- Adelantándose. Le escribiremos: vendrá.

REINA.- ¡Don Álvar! No había reparado en vos. El Rey quiere veros.

DON ÁLVAR.-Yo aspiro a la gloria de besar sus plantas.

REINA.- Con pena muy reconcentrada. ¡Se muere, D. Álvar, se muere!

ALMIRANTE.- Considerad que todavía os quedan sagrados deberes que cumplir.

MARLIANO.- A pesar vuestro, os salvaremos si es preciso.

REINA.- ¿A mí podéis salvarme y a él no? ¡Acabarán con mi paciencia! Id, señores; haced que ni un momento se interrumpan las preces en la capilla de Palacio. Orad por vuestro Rey.

MARLIANO entra en el cuarto del REY, y los demás se van por el foro.

Escena IV

La REINA, después el REY, MARLIANO y otro MÉDICO.

REINA.- ¡Que tenga valor! Cuando a ellos se les esté muriendo la esposa o el hijo, iré yo también a decirles que tengan valor. (Medita en silencio.) No hay remedio. Se muere. Dios se le lleva; me le quita porque le quiero demasiado. Me enmendaré. ¡Le querré menos si vive! ¡Ay Dios de mi alma, que si le pierdo voy a quererle más! (Otra breve pausa.) ¡Y no hago nada! Y ¿qué puedo hacer? Siento que no esté Aldara aquí. Dice que se arrepiente de haberla amado. ¿Quién sabe? Quizá viéndola se reanime. ¿Qué no puede el amor? Si muerta yo me llamase él, creo que le respondería. ¡Qué venga esa mujer, que venga al instante! (Da precipitadamente algunos pasos hacia el foro.) ¡Jesús! (Deteniéndose.) ¡Qué infame, qué horrible pensamiento! Loca estoy. Ahora sí que ya no es posible dudarlo. ¡Espantosa locura que me deja conocer quién soy, qué me sucede, cómo y cuánto padezco! ¡Reina Isabel, madre y señora mía: si, como afirman tus pueblos, estás en la gloria de Dios, intercede con Él por esta hija infeliz que dejaste en la tierra: pídele que muramos juntos Felipe y yo!

REY.- Momentos antes habrá aparecido en la puerta de la derecha apoyado en MARLIANO y otro MÉDICO. Ahora se acerca al proscenio y se sienta. Tú vivirás aunque yo muera.

REINA.- Cambiando en apacible la expresión de su rostro. ¿Tú aquí? ¿Es posible? (¡Ay de mí, qué semblante!)

Apartando de él los ojos con terror.

REY.- A los MÉDICOS, que se retiran. Salid: que nadie venga.

Escena última

La REINA y el REY; después el ALMIRANTE, MARLIANO y DON ÁLVAR; luego D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE, PRELADOS, GRANDES y MÉDICOS.

REY.- Sí; tú vivirás, porque Dios te ordena vivir para un pueblo que en ti sola cifra todas sus esperanzas, y para nuestros hijos, que de hoy más necesitarán doblemente de tu ternura. Y cuando Carlos vaya a subir al trono, dile que al borde de la tumba, sólo por el remordimiento, es el Rey culpado más grande que los demás hombres; dile que si dirige a un lado sus ojos, allí se le mostrará el mal que hizo, cual fantasma implacable; que si los dirige a otro lado, allí, el bien que estaba en su mano haber hecho, le acosa y le aterra; que si los vuelve al cielo, ve entre su culpa y la misericordia divina el mar de llanto vertido por su pueblo. Dile todo el daño que por mí padeció Castilla; pero no le digas el daño que a ti te causé; que deteste al monarca, pero que no aborrezca a su padre.

REINA.- Arrodillándose a su lado y sosteniéndole con sus brazos. No me hables de ese modo; calla, serénate.

REY.- Dios me da fuerza para que pueda pedirte perdón.

REINA.- ¿Perdón?... ¿De qué? ¡Te agitas! Calla, Felipe calla.

REY.- Al morir no se miente. Óyelo: te amo.

REINA.- ¿Me amas?

REY.- Levantándose. Con amor indecible. Quiere el cielo, para mi castigo, que cuando va a cesar de latir, empiece mi corazón a idolatrarte. Permite generosa que te estreche en mis brazos; que ponga mis labios en tu frente purísima. Mas ¿qué digo? Vete, déjame solo: no merezco la dicha de expirar a tu lado. Vete y no llores por mí. Vete y... ¡Oh!

Cayéndose en el sillón.

REINA.- ¡Felipe!

REY.- Llegó la hora de mi muerte.

REINA.- No: te engañas; deliras...

REY.- Dejándose caer del sillón a los pies de la Reina. Juana, perdóname.

REINA.- ¿Qué haces? ¿Qué profieres?

REY.- Pon tus manos sobre mi cabeza y perdóname, ya que tan grande es tu piedad.

REINA.- ¿Yo perdonarte?

REY.- Pronto; no te detengas.

REINA.- Poniendo sus manos sobre la cabeza del REY. Pues bien, sí, te perdono; te perdono, Felipe mío.

REY.- Volviendo a sentarse, ayudado por la REINA. Tu perdón quizá me redima.

REINA.- Alejándose, como con intención de pedir socorro. ¡Oh!

REY.- No; no te vayas.

REINA.- Volviendo a su lado. ¡Ánimo, Felipe, valor!

REY.- ¡Imposible!

REINA.- Vive para tu padre, que tanto te quiere.

REY.- ¡Padre mío!

REINA.- Para tus hijos; para tu Carlos, para tu Isabel, para tu María. Y no ignoras que el cielo iba a concederte otra gran ventura: Felipe, si tienes corazón de padre, vive para ver, para abrazar al hijo que llevo en mis entrañas.

REY.- La vida, Señor, la vida, para hacerla tan venturosa como hasta aquí la hice desdichada. ¡Oh, si yo pudiese vivir, cuánto te amaría!

REINA.- ¡Señor, sólo tú sabes lo que yo por él he padecido, y ahora que me ama, ahora vas a matarle! No, mentira, imposible. No puedes, no debes permitirlo. ¡Señor, que eres justo! ¡Señor, que eres misericordioso!

REY.- ¡Mi Juana!

MARLIANO.- Apareciendo en la puerta del foro. Salen en seguida también por ella D. ÁLVAR y el ALMIRANTE. Llegad.

REINA.- Yendo hacia él. ¡Marliano, Marliano de mi corazón!

DON ÁLVAR.- ¡Señor!

REY.- Don Álvar, vuestra mano; seamos amigos; velad todos por ella.

DON ÁLVAR, arrodillándose, besa la mano que el REY le tiende.

REINA.- Llevándose aparte a MARLIANO. Pero ¿qué es eso? Habla. ¿Es que se va a morir?

ALMIRANTE.- Asiéndole una mano. Fuerza es que nos sigáis.

REINA.- Rechazando al ALMIRANTE y corriendo al lado del REY. Cógele una mano, que, dando un grito, suelta en seguida. Dejadme. ¡Oh, qué frialdad! ¡La frialdad de la muerte!

MARLIANO.- Después de haber tocado al REY. El ALMIRANTE se va precipitadamente por el foro. Avisad, Almirante.

REINA.- Poniéndose delante del REY, como si tratase de cerrar a alguien el paso y dando seriales de verdadera demencia. Allí la veo, que viene a llevársele. No, no pasará.

REY.- ¡Juana!

REINA.- ¡Pasa, pasa a través de mi cuerpo! ¡Se apodera del tuyo!

REY.- ¡Juana! ¡Juana mía! ¡Qué horrible castigo! ¡Dios eterno, piedad... perdón!...

Expira.

REINA.- Arrojándose sobre su cuerpo. ¡Felipe, Felipe!

MARLIANO.- En tono solemne, al ALMIRANTE y los PRELADOS y caballeros que entran por la puerta del foro. El Rey ha muerto.

REINA.- Dando espantoso grito, y levantándose de pronto. ¡Oh!

DON ÁLVAR.- ¡Venid, por compasión!

REINA.- ¿Adónde? Él está aquí; yo con él.

ALMIRANTE.- Ya es tan sólo un cadáver.

REINA.- Pues con su cadáver. Su cadáver es mío. ¡Quitad! ¡Apartaos! (Todos se apartan con profunda emoción.) ¡Mío, nada más! Le regaré con las lágrimas de mis ojos; le acariciaré con los besos de mi boca! ¡Siempre a mi lado! ¡Él muerto! ¡Yo viva! ¿Y qué? ¡Siempre unidos! Sí, muerte implacable, burlaré tu intento. Poco es tu poder para arrancarle de mis brazos. (Cambiando repentinamente de expresión y de tomo.) ¡Silencio, señores, silencio!... El Rey se ha dormido. ¡Silencio!... No le despertéis. ¡Duerme, amor mío; duerme..., duerme!...

Quédase contemplando al REY con ternura inefable.

FIN DEL DRAMA.

La Ricahembra

Drama histórico en cuatro actos y en verso escrito en colaboración con D. Aureliano Fernández-Guerra y orbe

AL SR.D. MANUEL CAÑETE.

Simbolicen, Manuel queridísimo, nuestros nombres unidos al frente de esta composición, el vínculo indisoluble de pura y tierna amistad que enlaza nuestras almas.

MANUEL.AURELIANO.

En el estreno de la obra, representada el 20 de Abril de I854 en el teatro del Príncipe.

PERSONAJES

ACTORES

DOÑA JUANA DE MENDOZADoña Teodora Lamadrid
MARINAMercedes Buzón
DON ALFONSO ENRÍQUEZDon José Calvo
VIVALDO Manuel Ossorio
BELTRÁNJoaquín Arjona
UN VIEJOEnrique Arjona
MELENDOAntonino Bermonet
LABRIEGO I.ºPedro Maffei
ÍDEM 2.º Manuel Álvarez
ÍDEM 3.ºJosé Bullón
ÍDEM 4.ºLuis Cubas
UN ESCUDERO Esteban Montilla
Labriegos, doncellas, pajes y soldados

La acción pasa en un castillo de la Rioja, año de 1386.

Acto primero

Salón bajo de la casa fuerte de los Mendozas en Villaharta-Quintana, de suntuosa arquitectura bizantina, con puerta al fondo.

Escena primera

VIVALDO, DOÑA JUANA, MARINA y DONCELLAS.

El primero, sentado junto a un bufete, suelta al alzarse el telón un libro en que estaba leyendo. Las otras labran al lado opuesto de VIVALDO.

VIVALDO
¡Pobre Tristán!
MARINA
¿No lo dije?
¡Mal haya, amén, el rey Marco!
Su mujer, la linda Iseo,
razón tuvo para odiarlo,
y convertir su ternura
al mozo apuesto y bizarro.
VIVALDO
El Rey a Tristán debiera
vencer en abierto campo;
pero matarle dormido...
Son ¡ay! los celos villanos.
DOÑA JUANA
Decid que de un loco amor
son los frutos siempre amargos.
MARINA
¿Loco amor?
DOÑA JUANA
No más Tristán
y Lanzarote del Lago.
Es fiera peste del alma,
libro ponzoñoso y vano.
VIVALDO
Cuidad, que es verdad e historia.
DOÑA JUANA
Cuida tú, que yo lo mando.
Vuelve a leerme proezas
de nuestro Cid castellano,
o lo que hicieron relata
mis nobles antepasados.
Cómo el infante don Zuria
fue de la morisma espanto;
cómo...
VIVALDO
Y ¿para qué tan lejos,
si vuestra casa han honrado,
viviendo vos, adalides
que son de Castilla pasmo?
En ésa de Aljubarrota,
¿no murieron hace un año
vuestro padre y vuestro esposo?
DOÑA JUANA
Dices bien, murieron ambos.
VIVALDO
¡Vuestro padre! El gran don Pedro,
rival de latinos lauros.
Aun sus palabras están
en pecho resonando:
«si el caballo vos han muerto,
subid, Rey, en mi caballo;
si os roba el dolor las fuerzas,
llegad, subireos en brazos.
Poned un pie en el estribo,
y el otro sobre mis manos.
Mirad que el tumulto arrecia,
aunque muera yo, libradvos.
Pierdan mis hijos un padre,
yo al padre de todos salvo;
amparo sed de los míos,
y adiós que va en vuestro amparo
dijo el valiente alavés,
señor de Hita y Buitrago,
al rey don Juan el primero,
y entrose a morir lidiando.
DOÑA JUANA
Como bueno.
VIVALDO
¡Era español!
DOÑA JUANA
Era Mendoza.
VIVALDO
¡Preclaro
linaje, donde las hembras
son un portento..., un milagro!
Cuál en sangrientas batallas
vibra mortífero dardo,
y cuál triunfa de sí misma
con esfuerzo soberano.
DOÑA JUANA
Esa la mejor. Ansíe
triunfales palmas el bravo,
imperios el ambicioso,
renombre inmortal el sabio;
guardar cumple a la mujer
su honor y su fama intactos.

Escena II

DICHOS y MELENDO.

Entra, MELENDO

MELENDO
señora,
licencia dadme de hablaros.
DOÑA JUANA
¿Cómo dejas la atalaya,
que es tu puesto?
MELENDO
Nuevas traigo.
DOÑA JUANA
Di sin tardanza.
MELENDO
Ya el sol
va las nieblas disipando,
y en remolinos de polvo
y en son de guerra, a lo largo
muchas lanzas se descubren,
yelmos y arneses tranzados,
mucha tendida bandera,
mucho ligero caballo.
Lo arrollan todo: a sus pies
son rastrojos los sembrados.
DOÑA JUANA
Y en los pendones, ¿qué viste?
MELENDO
Un acerado venablo.
DOÑA JUANA
¡Oh! Los del conde don Tello.
¡Bravo alarde!
VIVALDO
¡Estilo raro
de conquistar vuestras gracias!
DOÑA JUANA
¿Aún no se juzga vengado,
quemándome anoche un monte
porque le negué mi mano?
MELENDO
Mas nuevo el Conde en la tierra,
con arrojo temerario,
sin tino, la vuelta emprende
del pedregoso barranco.
Le cerrará la salida
laberinto de peñascos,
y un puñado de los nuestros
allí puede exterminarlo.
DOÑA JUANA
Bien un castigo merece.
VIVALDO
Con treinta lanzas contamos.
DOÑA JUANA
¡Con treinta no más!... ¿Y el Conde?
MELENDO
Traerá doscientos caballos.
DOÑA JUANA
Locura, a tal desventaja,
fuera disputarle el paso.
Mas si del barranco sale
y a estos muros llega osado,
bien valdrá un soldado mío
por muchos de los contrarios.
Y si han visto las lumbreras
nuestros pueblos comarcanos
en las altas atalayas,
aquí sus fuerzas llamando,
¡Ay del que necio me ofende!
¡Ay de ese Conde insensato!
MELENDO
¿Vuelvo a mi puesto?
DOÑA JUANA
Y avisa.
Cuanto observes, y entretanto

Vase MELENDO por la puerta del foro.

no turben nuestras faenas
las mocedades de un fatuo.
Ya es mediodía: ya es hora.
Vos preparad el despacho,
mi servidor y cronista,
el mi paje, el mi notario.
Cura tú, Aldonza, ese lino
al sol, que se muestra claro.
Tú, de bastarda semilla,
limpia los candeales granos.
Tú cierne. Tú azota y labra
la tierna masa, formando
el rubio pan, que es partido,
cual nieve apretada, blanco.
Y tú, del florido huerto,
los frutos coge tempranos,
y haz que destilen su jugo
los panales escarchados.

Vanse VIVALDO y las DONCELLAS.

Escena III

DOÑA JUANA y MARINA.

DOÑA JUANA
Llega, Marina. ¿Cuál es
de tus pesares la causa?
Ya no encuentro en tus mejillas
el carmín de la alborada.
MARINA
Señora...
DOÑA JUANA
Oyendo a Vivaldo
bañose tu rostro en lágrimas.
MARINA
Es que esa historia de amores...
DOÑA JUANA
Tus sentimientos retrata.
MARINA
Yo amar...
DOÑA JUANA
Las ficciones odio.
¿Por qué de mí te recatas,
que con afecto de madre
te miré desde tu infancia?
MARINA
Es verdad, señora mía,
es verdad... ¡Oh, gracias, gracias!
DOÑA JUANA
¿Piensas que ajenos dolores
mi noble pecho no amargan?
Mis vasallos te lo digan,
que son mis hijos, si aciaga
la fortuna los oprime.
MARINA
Y os bendicen con el alma
como yo...
DOÑA JUANA
Vamos valor.
Señora... soy desgraciada.
DOÑA JUANA
¿Por qué?
MARINA
No queráis saberlo.
DOÑA JUANA
Debo no ignorarlo. ¿Amas?
MARINA
¡Ay! Amo.
DOÑA JUANA
¿A un servidor mío?
Lo confiesas, pues lo callas.
¿Y él paga tu afecto?
MARINA
A veces
así lo sueñan mis ansias;
pero en otras... ¡ay de mí!
DOÑA JUANA
Tu aflicción mitiga y calma,
y a ociosas meditaciones
el rápido vuelo ataja.
Mucho fío en tu recato:
fía en mí tus esperanzas.
Corre a mi cuenta tu dicha.
MARINA
Casi la miro lograda.
¡Qué bálsamo delicioso
contienen vuestras palabras!

Escena IV

DOÑA JUANA y VIVALDO con cartera de despacho, de la cual irá sacando los papeles a que se hace referencia en esta escena y en la sexta.

DOÑA JUANA
Enamorado galán,
entrad, entrad en buen hora.
VIVALDO
¿Enamorado yo?... (¡Cielos!
¿Tal vez?... ¡Esperanza loca!)
Si es amor...
DOÑA JUANA
Basta.
VIVALDO
(Me turbo.)
DOÑA JUANA
El despacho es lo que importa.
Relata, pues.
VIVALDO
Aquí el guarda
los daños calcula y nota
del incendio de esta noche,
que el monte mejor os roba.
DOÑA JUANA
¡Servidor es puntual!
¿Cuánta la pérdida?
VIVALDO
Monta,
en árboles y ganados,
seis mil castellanas doblas.
DOÑA JUANA
¡Seis mil! ¡Gran estrago!
VIVALDO
Hazaña
que pide venganza pronta.
DOÑA JUANA
Si un vasallo me ofendiese,
viérasme a piedades sorda;
pero un enemigo ilustre,
que su rencor desahoga
poniendo fuego a mis tierras,
merece desprecio y mofa.
¿Qué más triunfo ambicionara
que darme pena y zozobra?
¡Por un azar angustiarse
quien inmensos bienes logra,
la noble, la ricahembra
Doña Juana de Mendoza!
Sube, Conde, a esa atalaya
que las altas nubes doma;
cuanto ves es mío, cuanto
los horizontes coronan.
Y mío cuanto columbres
allá en las cimas remotas,
desde la margen del Ebro
hasta las aguas del Onza.
¿Qué huestes pusieran dique
a mi ambición poderosa,
si trocasen mis pastores
en azagayas sus hondas,
en espadas los cayados,
los sayos en férreas cotas?
De Villarta y de Fonseca,
de Erramélluri señora,
de Ochánduri y de Loranco,
de mis abuelos victorias,
más que yo sólo el Rey tiene.
VIVALDO
(¡Y yo ni una pobre choza
que pueda decir que es mía!)
DOÑA JUANA
Tiempo y desengaño arrollan
las altiveces de un sandio.
Mi venganza al tiempo toca.
¿Qué sucede?

A MARINA, que entra por el foro.

Escena V

DICHOS y MARINA.

MARINA
Albricias dadme.
Tenemos quien nos socorra.
De Anguta y de Belforado
se acercan amigas tropas.
DOÑA JUANA
Luego que estén el Rollo,
luego que estén,
venga Melendo. A otra cosa.

Vase MARINA.

Escena VI

VIVALDO y DOÑA JUANA.

VIVALDO
Diezmos de Ocón. Del palacio
de Treviño últimas rentas.
Cuentas...
DOÑA JUANA
Basta ya de cuentas,
que piden calma y espacio.
¿No es mi mano pretendida
por uno y otro galán,
y en mil cartas?...
VIVALDO
Aquí están.
(Aquí están, y yo sin vida.)
DOÑA JUANA
Responder me cumple, a ley
de cortesía.
VIVALDO
Comience
quien en gala a todos vence:
un primo hermano del Rey;
En las batallas estrago,
de la corte regocijo,
Don Alfonso Enríquez, hijo
del Maestre de Santiago.
DOÑA JUANA
¿Y con tan necia arrogancia
en ultrajarme se goza,
pretendiendo a una Mendoza
un hijo vil de ganancia?
VIVALDO
Almirante es de Castilla
y le ennoblece el dosel.
DOÑA JUANA
Rompe luego ese papel,
que así mi altivez humilla.
VIVALDO
Tanto rigor no se ajusta
con el dulce pecho vuestro,
en ciencia y verdad maestro.
Borrad la sentencia injusta,
que sume en fieras zozobras
y en mortal desesperanza,
que baldón eterno lanza
al que es hijo de sus obras.
¿Por qué la infamia, por qué?
¿Dónde hay razón que consienta
que sea jamás la afrenta
de quien la culpa no fue?
Vibre ufano el áurea palma,
suba al alto capitolio,
y aun resplandezca en el solio
el que noble tiene el alma;
el que virtudes acopia,
que ése su linaje empieza,
y es siempre mayor nobleza
que la prestada, la propia.
Con lauro propio y no ajeno
brillaron, y así me fundo,
bastardo Enrique segundo,
bastardo Guzmán el bueno.
Y con arrojo gallardo
¿no rindió vuestro linaje
oro y vida en vasallaje
a don Enrique el bastardo?
DOÑA JUANA
Es cierto, mas cuidad vos,
que nunca fue por el hombre
con éste o el otro nombre,
fue por la imagen de Dios.
Rasga el papel.
VIVALDO
Vuestro intento
a esa imagen contradice:
ved que el Almirante dice
que el Rey quiere el casamiento.
DOÑA JUANA
Por mi natural señor,
que Dios prospere y defienda,
sacrificaré mi hacienda,
mi vida..., nunca mi honor.
Rasga el billete, y prevengo
que es de más celo tan grande.

VIVALDO rasga el papel.

VIVALDO
(¡Ojalá romper me mande
cuantos en la mano tengo!)
DOÑA JUANA
No abogue mi buen notario
por osado pretendiente:
recuérdeme llanamente
sus nombres, sin comentario.
VIVALDO
De Niebla un gran capitán
merecíalo sin duelo:
todo un Guzmán.
DOÑA JUANA
Fue su abuelo
aquel bastardo Guzmán.
VIVALDO
El de Almazán...
DOÑA JUANA
Lindo mozo.
VIVALDO
¿No es su estirpe?...
DOÑA JUANA
Antigua y clara.
VIVALDO
Muere...
DOÑA JUANA
Por mí.
VIVALDO
(¡Suerte avara!)
DOÑA JUANA
Pero no le apunta el bozo.
VIVALDO
La flor de los caballeros
suspira por vuestra mano,
el más valiente riojano.
DOÑA JUANA
El señor de los Cameros.
VIVALDO
A la jineta, ¿quién pudo
aventajarle en pujanza?
DOÑA JUANA
Así fuera, cual su lanza
su entendimiento de agudo.
VIVALDO
¿Qué otros nombres, en tal caso,
decir más grandes podré?
¿Quién triunfará?
DOÑA JUANA
No lo sé.
VIVALDO
¿Acaso ninguno?
DOÑA JUANA
Acaso.
VIVALDO
¿Luego no sentís amor,
esa llama celestial
que alienta a todo mortal
y es su deleite mayor?
Cuando todo a amar se inclina,
¿por qué endurecer el pecho?
Mirad cuál labra en el techo
su nido la golondrina.
Y arden en fuego tan puro
el ave, la flor, la piedra;
ved la trepadora hiedra
cómo abraza al fuerte muro.
Presta amor al cielo hermoso
luz, y perlas a la fuente;
él da triunfos al valiente,
él purifica al vicioso.
Y si es al hombre placer,
gloria, virtud, ardimiento,
el amor es el aliento,
la vida de la mujer.
DOÑA JUANA
Cual mozo lo habéis pintado,
mas con sombras de razón.
VIVALDO
¡Oh!, sí; vuestro corazón
guarda ese fuego sagrado.
Quien de ternura es modelo,
de las almas soberana,
señora sin ser tirana,
de los míseros consuelo,
Árbitra de la fortuna,
y entre cien mujeres bellas
perfección de todas ellas,
ha de amar como ninguna.
DOÑA JUANA
¡Eh! Paso.
VIVALDO
Mas si en el mundo
a obligaros no hallan norte
riqueza, alcurnia, ni porte,
pierdo el tino y me confundo.
DOÑA JUANA
¿No hay más que Niebla, Almazán,
o el señor de los Cameros?
VIVALDO
(¡Ay! ¿No dicen sus luceros
que ya conoce mi afán?)
DOÑA JUANA
Mirarse puede escondida,
tal vez, la más bella flor.
VIVALDO
(Le he de confesar mi amor,
aunque me cueste la vida.)
De una sé.
DOÑA JUANA
¿Digna de mí?...
VIVALDO
Entre las selvas nació.
DOÑA JUANA
¿Y anhela?...
VIVALDO
Vuestro oro no,
vuestras perfecciones sí.
DOÑA JUANA
Pláceme.
VIVALDO
Y firme batalla
por ocultar su martirio.
DOÑA JUANA
Bien.
VIVALDO
Y os ama con delirio.
DOÑA JUANA
¿Dónde ese galán se halla?
VIVALDO
Sus padres, no cortesanos,
sencillos labriegos fueron,
que nunca se enriquecieron
con sangre de sus hermanos.
Debieron a las cabañas
el candor que allí se encierra,
y la piedad a la tierra
cultivando sus entrañas.
DOÑA JUANA
Raza humilde.
VIVALDO
Generosa.
DOÑA JUANA
Pechera.
VIVALDO
Da su tesoro
por su rey y contra el moro.
DOÑA JUANA
¡Yo de un labrador esposa!
VIVALDO
¿No hay lauros para el pechero?
DOÑA JUANA
El mundo no quiso darlos.
VIVALDO
Mas puede el alma arrancarlos
y asombrar al mundo entero.
De ciega lealtad crisol,
puerto en borrascas seguro,
fue el Cid un soldado obscuro
y es hoy de Castilla sol.
¿Quién señaló la distancia
de plebeyos y magnates?
Necios y vanos quilates
del orgullo y la ignorancia.
Reparad que sus favores
negó el Redentor divino
al duro prócer mezquino,
y no a humildes pescadores.
DOÑA JUANA
Vivaldo, enfadoso andáis.
VIVALDO
Duéleme si os enojé:
del campo mi padre fue.
DOÑA JUANA
Pero aquél de quien habláis,
¿existe?
VIVALDO
Existe, señora.
DOÑA JUANA
(¡Pobre Marina!)
VIVALDO
(¡Valor!)
DOÑA JUANA
¿Y sueña ese labrador
con trocarme en labradora?
VIVALDO
Os servirá tan rendido...
DOÑA JUANA
¿Cómo se atrevió el insano,
responded, cómo un villano
miserable...
VIVALDO
(¡Estoy perdido!)
DOÑA JUANA
Oh, decid, decid quién es,
que aún le honrara mi rigor.

VIVALDO, lleno de confusión, hojea varios papeles, y al encontrar con uno, aparece como sorprendido por un feliz pensamiento.

VIVALDO
Gutierre Sotomayor,
aldeano burgalés.

Mostrando el papel que acaba de encontrar.

DOÑA JUANA
¡Cuán divertido suceso!
El bueno del pretendiente
o es como niño inocente,
o tiene perdido el seso.
Acabemos
VIVALDO
ya el afán
veis de tanto insigne amante...
¿Qué anunciaré al Almirante,
al de Niebla, al de Almazán?
DOÑA JUANA
Que hoy se les responda quiero.
VIVALDO
(En crudos celos me abraso.)
DOÑA JUANA
A todos que no me caso;
ni una palabra al primero.

Escena VII

DICHOS y MELENDO.

DOÑA JUANA
Vienes, Melendo, a sazón.
MELENDO
Llegó la hueste, y desea
vivamente la pelea.
Señalad el campeón
que la lleve a la victoria.
VIVALDO
(Aun espero, aun no desmayo.)
De ventura luzca un rayo
para mí. Dadme esa gloria.
DOÑA JUANA
Oh, no es el acero, en suma,
cual la pluma delicada.
VIVALDO
Señora, por vos mi espada
no ha de ceder a mi pluma.
Y no hay, por dicha lo sé,
para aspirar al trofeo,
ni escuela como el deseo,
ni valor como la fe.
Fuera que en la edad que goza
el aura de Abril florido,
seguí de hierro vestido
las banderas de Mendoza.
Logre yo lo que os pedí;
no me lo podéis negar.
DOÑA JUANA
Ve, pues.
VIVALDO
¡Oh dicha! ¡A triunfar!
DOÑA JUANA
(¿Por qué no es igual a mí?)

Viéndole partir.

Escena VIII

DOÑA JUANA, BELTRÁN y MARINA.

BELTRÁN
Entremos juntos los dos.

A MARINA.

MARINA
Beltrán, el del monte, aguarda
vuestra venia.
DOÑA JUANA
Que entre el guarda.
BELTRÁN
Señora, la paz de Dios,
que si llega al fin, no tarda.
¡Malas nuevas; trance amargo!
DOÑA JUANA
Ya lo supe.
BELTRÁN
Sin embargo,
dar cuenta un vasallo debe
de lo que tuvo a su cargo.
DOÑA JUANA
Habla, pues, pero sé breve.
BELTRÁN
Mano de traidor no es lerda,
y es natural que la cuerda
por lo más delgado quiebre;
y allí donde no se acuerda
es donde salta la liebre.
DOÑA JUANA
Las digresiones eluda
el buen guarda, o no le escucho.
MARINA
Tío...
BELTRÁN
Y vale más, sin duda,
aquél a quien Dios ayuda
que aquel que madruga mucho.
Dormía yo a pierna suelta,
cuando oigo confuso estruendo;
al campo salgo corriendo,
y hallo a mi gente revuelta
porque el monte estaba ardiendo.
«Helos allí», todos gritan;
del incendio a los reflejos
armas distingo a lo lejos,
y a luchar se precipitan
pastores mozos y viejos.
Sin muro que los esconda
principio dan a la fiesta,
y en el momento contesta
al zumbido de la honda
el silbar de la ballesta.
Mas ya el contrario encubierto
por los picos de un barranco,
vuelvo a los míos, y advierto
que cuál ha quedado tuerto,
cojo el uno, el otro manco.
DOÑA JUANA
Hoy darán mis campeones
castigo a esa turba odiosa.
BELTRÁN
¿Las armas? ¡Buenas razones!
¿No os pretenden por esposa
multitud de señorones?
Pues dad a vuestros Estados
quien sombra y vigor les preste.
DOÑA JUANA
(La ignorancia engendra osados.)
Descuida. Por brava hueste
seremos pronto vengados.

Vase.

Escena IX

BELTRÁN y MARINA.

BELTRÁN
¡Vengados! Al asno muerto...
Y callo lo demás.
MARINA
Tío,
ese vuestro afán...
BELTRÁN
Sí; cierto:
es predicar en desierto,
machacar en hierro frío.
Familia en que no hay varón
que la escude con la ley
de la fuerza y la razón,
es como pueblo sin rey.
MARINA
Tiene el ama otra opinión.
BELTRÁN
No habrá así quien la defienda,
ni quien respete su hacienda;
y vendrán con fiero estrago,
ya el insulto, ya el amago,
ya la ruidosa contienda.
Verás que vuelven a ser
nuestras fiestas batallar,
nuestro amor aborrecer,
nuestro descanso velar,
maldecir nuestro placer.
¡Arma, arma! -¿Quién los vio?-
Pocos vienen. -Muchos vi.-
Por aquí. -No, por allí.-
Que llegan. -Que sí. -Que no.-
Que embisten.- Que no.-Que sí.
En cuanto la vista abarca
el campo se encuentra rojo.
Por cama seco rastrojo;
el agua de inmunda charca;
siempre el enemigo al ojo.
El grande zurra al pequeño;
tú corres, yo me despeño,
mueren mil y uno se salva;
tambores durante el sueño,
trompetas antes del alba.
Y sigue la atroz pelea,
de nuevo la sangre humea,
y cien más pierden la vida:
si esto es cosa divertida,
que baje Dios y lo vea.
MARINA
Ajeno al temor su pecho,
si ya ha dicho no me caso,
dicho está.
BELTRÁN
Del dicho al hecho
hay, sobrina, mucho trecho.
MARINA
Para el ama hay sólo un paso.
BELTRÁN
De esta agua no beberé
no diga nadie en el mundo:
oye, y te convenceré.
MARINA
¿Es cuento?
BELTRÁN
Cuento es a fe.
MARINA
¿Y él lo prueba?
BELTRÁN
En él me fundo.
Es historia bien sucinta.
Gil Baile, pobre primero,
y después rico heredero,
en la puerta de su quinta
fijó altivo este letrero:
«Desde un río al otro río
todo cuanto existe es mío;
mío el frontero encinar:
y lo que me ha de matar,
no es hambre, ni sed, ni frío.»
De caza una vez salió,
y un tropezón o un calambre
a una sima le arrojó;
y allí el infeliz murió
de sed, de frío y de hambre.
MARINA
A Dios castigarle plugo.
BELTRÁN
Yo al ama impondré mi yugo,
y la casaré, que el cobre
se bate a golpes, y pobre
pertinaz saca mendrugo.
Y también a ti, lucero,
buscarte marido quiero.
MARINA
Soy muy niña.
BELTRÁN
No a mi ver,
que juventud de mujer
es como sol de Febrero.
Deja que a mis anchas obre.
Tú rechazaste a Matico.
MARINA
Por feo.
BELTRÁN
A Blas.
MARINA
Por borrico.
BELTRÁN
A Sancho.
MARINA
Porque era pobre.
BELTRÁN
¿Y a Fortún?
MARINA
Porque era rico.
BELTRÁN
Quiero arreglar sin demora
esta casa, y por alguno.
Fuerza es decidirse ahora.
MARINA
Ya me decidí por uno.
BELTRÁN
¿Cuál?
MARINA
Silencio: la señora.

Escena X

DICHOS y DOÑA JUANA.

DOÑA JUANA
(Tiemblo por él.) ¿Aún aquí?

Reparando en BELTRÁN.

BELTRÁN
Al monte ¿a qué he de tornar?
DOÑA JUANA
Aquí te puedes quedar
cuidando del parque.
BELTRÁN
Así
siempre os dé el cielo que dar.

Vanse BELTRÁN y MARINA.

Escena XI

DOÑA JUANA. Después un ESCUDERO.

DOÑA JUANA
Bien le sienta la armadura,
bien rige el tordo bridón
lleno de marcial bravura.
¡Ser de condición obscura,
con tan noble corazón!
¡Y sí en la contienda airada
le vence más diestra espada!...
Arrostra la muerte allí.
Mas, en verdad, que me agrada
que vaya a luchar por mí.
ESCUDERO
Un paje del Rey, licencia
pide en su nombre.
DOÑA JUANA
Que espere
un instante... El Rey lo quiere:
condúcele a mi presencia.

Escena XII

DOÑA JUANA y un PAJE.

PAJE
Dadme a besar vuestros pies.
(¡Qué sin igual bizarría!)
DOÑA JUANA
Hanme dicho que te envía...
PAJE
El Rey, mi amo.
DOÑA JUANA
Habla, pues.
PAJE
(Esperanzas, alentad.)
Es el querer soberano
que esta carta en propia mano
os entregue.
DOÑA JUANA
A ver.
PAJE
Tomad.
DOÑA JUANA
¿Y respuesta aguarda el paje?
PAJE
No he de volverme sin ella.
DOÑA JUANA
Dice así.
PAJE
(¡Por Dios, que es bella!)
DOÑA JUANA
(¡Por Dios, que es lindo mensaje!)
«Si en valle desierto sus galas humilla
a todos oculta la rosa fragante,
quien es en virtudes blasón de Castilla
mi corte ennoblezca, sus glorias levante.
Y a más, recordando que al sumo imperante
los fuertes Mendozas sirvieron a ley,
esposa vos fago del noble Almirante,
del gran don Alfonso, mi primo. = Yo el Rey.»
Más vale tomarlo a fiesta.
¡Oiga! ¡El Rey casamentero!
PAJE
Vuestras órdenes espero.
DOÑA JUANA
Vete.
PAJE
No sin la respuesta
que está aguardando anhelante.
DOÑA JUANA
Yo haré que a sus manos llegue.
PAJE
Dejad que en su nombre os ruegue
no diferirla un instante.
DOÑA JUANA
Ya me enojas,
PAJE
con razón
atrevido os parecí,
mas sirvo a mi dueño así
y sirvo a mi corazón:
que en el Almirante fío
la amistad más verdadera,
tal, que su contento fuera
también el contento mío.
DOÑA JUANA
(¡Y debo al solio real
tan inmerecida ofensa!)
PAJE
(Mucho, vive Dios, lo piensa.)
¿Me dais respuesta?
DOÑA JUANA
Sí tal.
PAJE
¿Les diré?...
DOÑA JUANA
Que yo te he dicho
que ha de hacerse un casamiento
por propio convencimiento,
no por ajeno capricho;
y que es fuerza que frustradas
queden hoy sus pretensiones,
por éstas... y otras razones
que estimo para calladas,
PAJE
olvidáis que a ese galán
hizo próspero destino
del Rey difunto sobrino,
y primo del rey don Juan.
Y si esto sólo pregona
los timbres de su hidalguía,
no son de menos valía
las prendas de su persona.
De su esfuerzo al combatir
puede Aljubarrota hablar,
do cien lanzas fue a quebrar.
DOÑA JUANA
Donde no supo morir.
Sin rendir el fuerte acero
allí mi esposo cayó,
y mi padre allí murió
salvando a don Juan primero.
PAJE
Acabemos de una vez.
¿Qué respondo?
DOÑA JUANA
¿Aún perseveras?
Que han de ser más duraderas
las tocas de la viudez.
PAJE
Así al Rey no satisfago.
DOÑA JUANA
Ya la plática es prolija:
dile entonces que soy hija
del señor de Hita y Buitrago.
PAJE
Bien sabéis que no lo ignora.
DOÑA JUANA
Pues si ya a olvidarlo empieza,
añade que mi nobleza
es más limpia que la aurora.
Que el blasón que ileso guardo
no manchará humana ley.
PAJE
Un primo suyo os da el Rey.
DOÑA JUANA
Que es el hijo de un bastardo.
PAJE
¡Oh!...
DOÑA JUANA
Jamás sobre mi escudo
caerá tan negro borrón.
Ésta es mi contestación
al que imaginarlo pudo.
PAJE
¡Tal oigo!
DOÑA JUANA
¡El nombre manchar
que heredé de mis abuelos!...
¡Oh, nunca!
PAJE
¡Viven los cielos!
¡Y no me puedo vengar!
DOÑA JUANA
¿Me amenazas? ¡Qué insolencia!...
Porque el monarca te envía
tienes lengua todavía
para hablar en mi presencia.
Vuela a cumplir tu mensaje
a mi decoro ofensivo;
huye, que mi pecho altivo
enciéndese de coraje.
Y el hombre a quien sirves fiel,
y con su empeño me ultraja,
sepa que no se rebaja
la Ricahembra hasta él.
¡Unir su sangre a la mía
y un bastardo le engendró!...
¡Y él mismo también nació
con sello de bastardía!
PAJE
¡Basta ya!
DOÑA JUANA
Con torpe mengua
los votos rompió malvado
su padre a Dios consagrado,
y ¿por quién?...
PAJE
¡Tened la lengua!
DOÑA JUANA
Y de aquella unión impía
brotando el retoño odioso,
el padre fue un religioso,
fue la madre una judía.
PAJE
Mentira.

Dale un bofetón2.

Pausa.

DOÑA JUANA
¡Oh! ¿Será verdad?
¿Tu mano en mi rostro?... Sí,
que aún la siento impresa aquí.
Hola, mis guardias, llegad.

Asomándose a la puerta del foro y gritando. Aparecen en ella guardias y PAJES.

PAJE
Sobrado tiempo me humilla
este disfraz en que estoy:
Don Alfonso Enríquez soy,
almirante de Castilla.
DOÑA JUANA
Temed todos mi furor
si del muro alguien saliere.

A los guardias.

Que en mi cámara me espere
decid a mi confesor,

A los PAJES.

ved que nunca fuerza ha sido
tan exacto cumplimiento.

A los guardias y PAJES, que se retiran.

DON ALFONSO
¿Qué es lo que intentáis?

Después de batallar con mil dudas, en la mayor agitación.

DOÑA JUANA
¿Qué intento?
Que vais a ser mi marido.
DON ALFONSO
¡Cielos!
DOÑA JUANA
Sin ningún retardo,
antes de que a nadie habléis.
DON ALFONSO
Señora, ved lo que hacéis;
recordad que soy bastardo.
DOÑA JUANA
Tu maldad que mi honra empaña,
¿límites no reconoce?
¡Justo es que así te alboroce
tan digna, tan noble hazaña!
Pero si a mis pies te postro
y hago que tu sangre corra,
con tu sangre no se borra
esta mancha de mi rostro.
A ser tu esposa me allano;
mas nadie dirá atrevido,
que quien no fue mi marido
puso en mi rostro la mano.

Escena XIII

DICHOS. VIVALDO, MELENDO, BELTRÁN y MARINA. Soldados que permanecen en el fondo.

VIVALDO
¡Por nosotros la jornada!
DOÑA JUANA
¿Qué buscas, dime; qué es ello?
VIVALDO
Se entrega el conde don Tello.
DOÑA JUANA
No estoy en mí.
VIVALDO
Ved su espada.

Presentando una.

DOÑA JUANA
¡Herido tú!
VIVALDO
Allá en la linde
de los pomares le acoso,
y con ánimo hazañoso
mi gente a la suya rinde.
¡Del cielo ha sido milagro!
DOÑA JUANA
Vivaldo, ¿es grave tu herida?
MELENDO
Debo a su valor mi vida:
por siempre se la consagro.
DOÑA JUANA
¿Qué más venturas anhelo?

Con amarga expresión.

¡Hoy triunfo de mi enemigo,
y a nuevo enlace me obligo!

Extrañeza en todos.

Con el Almirante.

Mostrándolo a todos.

VIVALDO
(¡Cielo!)

Después de una gran pausa, dirigiéndose respetuosamente a DOÑA JUANA.

¡A la coyunda de amor
cede al fin la mujer fuerte!

Reprimiendo apenas su despecho.

DOÑA JUANA
Es más fuerte que la muerte
el imperio del honor.
DON ALFONSO
Si os ultrajé, perdonad;
ya os cumple mi arrojo insano.
Dadme a besar vuestra mano.
DOÑA JUANA
Os la daré... en el altar.
BELTRÁN
¡Ah de Gil Baile!
VIVALDO
(¡Ay de mí!)
BELTRÁN
Aplica el adagio ahora.

A MARINA.

Hoy se casa la señora;
mañana te caso a ti.

FIN DEL ACTO PRIMERO.

Acto segundo

Adarves de la casa fuerte de los Mendozas. A la izquierda la fachada principal y torres de la fortaleza. A la derecha dos cubos elevados. Por el fondo se descubre una amena campiña.

Escena primera

DON ALFONSO, que figura contemplar un caballo. BELTRÁN aderezando varias armas. Algunos PAJES atraviesan la escena con aprestos bélicos.

BELTRÁN
Es, señor, única y sola
tan linda estampa de bruto.
DON ALFONSO
Lleno el pecho, el brazo enjuto,
pomposa y luenga la cola,
erguidos el cuello y frente,
vivo el ojo y perspicaz,
corta oreja y nunca en paz
al menor rumor que siente.
BELTRÁN
Cree de marcial contienda
escuchar el ruido bronco.
DON ALFONSO
Mírale doblar el tronco
donde está fija la rienda.
BELTRÁN
Va a ser, juro por Beltrán,
más nombrado que el del Cid.
DON ALFONSO
Anhelo entrar en la lid
con tan brioso alazán.
BELTRÁN
¡Oh, cuál prueba el duro callo
en la piedra resonante!
DON ALFONSO
Un tesoro no es bastante
a pagarme este caballo.
Por más que el bosque revuelva
sus ramos, y su agua el río,
cruza con el mismo brío
el ancho cauce y la selva.
No pudo cosa jamás
torcer su curso violento;
al competir con el viento,
el viento se deja atrás;
y aunque truene la bombarda
lanzando encendida piedra,
ni el estrépito le arredra,
ni el peligro le acobarda.
BELTRÁN
Prodigios que es dado hacer
al emplasto de Galeno.
DON ALFONSO
¿Cómo?
BELTRÁN
Al látigo y al freno,
que hacen santa a la mujer.
En antojos de una niña
necio el hombre su honra puso,
ya que es fuerza andar al uso
que el miedo guarde la viña.
Yo sé que si a una beldad
ronda un mancebo moscón,
es siempre por devoción
y nunca por santidad.
DON ALFONSO
Si ella es honrada...
BELTRÁN
Al más lego
ya no le asusta un desdén,
puesto que sabe muy bien
lo de la estopa y el fuego.
Sabe que tiene del rayo
la fuerza el maldito amor,
y que hace al siervo señor
y al señor trueca en lacayo.
Como son dos al mohíno...
Como en nadie hay que fiar...
Guárdate si ves pelar
las barbas de tu vecino.
DON ALFONSO
En murmurar se te pasa
la vida.
BELTRÁN
Es cosa resuelta
que hay quien duerme a pierna suelta
y se está ardiendo su casa.
DON ALFONSO
Habla más claro, Beltrán.
BELTRÁN
Aludo al viejo Lorente,
cuya hija burló inclemente
un ocioso perillán.
DON ALFONSO
(¡Qué locura!)

Luchando consigo mismo.

BELTRÁN
No es extraño...
Gente, al fin, de poco lastre;
y ya veis que no es mal sastre
aquel que conoce el paño.
Mas con todas, a mi ver,
Satanás se comunica:
tonta o cuerda, pobre o rica,
la menos mala es mujer.
Por eso en toda ocasión,
cuando una sale bellaca,
la mejor razón la estaca
para ponerla en razón.
DON ALFONSO
Mal las tratas. ¿Qué te han hecho?
BELTRÁN
Como es arisco animal,
siempre quien lo trate mal
sacará mejor provecho.
¡De ello tengo pruebas hartas!
Vos pretendisteis en vano
de mi señora la mano
en mil comedidas cartas.
Después, según he sabido,
caminasteis de otra suerte...
No hay cosa como hablar fuerte
para sacar buen partido.
DON ALFONSO
¿Qué dices?

Sobresaltado.

BELTRÁN
Alguien oyó...
DON ALFONSO
¿Qué?
BELTRÁN
Las voces.
DON ALFONSO
¿Nada más?
BELTRÁN
¿Qué más hubo?
DON ALFONSO
Necio estás.
Mi afecto la cautivó.
BELTRÁN
Oh, fueran cual la señora
las hembras de este lugar.
Merece el ama un altar.
DON ALFONSO
Dices bien.
BELTRÁN
¿Quién no la adora?
Cierto que alguno también
de sus bondades abusa.
Lo que se usa no se excusa.
DON ALFONSO
¿Quién abusa?
BELTRÁN
Alguno.
DON ALFONSO
¿Quién?
BELTRÁN
No espere buen aguinaldo,
que al fin y al cabo...
DON ALFONSO
Su nombre.
BELTRÁN
Fuera de ello, es todo un hombre.
DON ALFONSO
Sí: Melendo.
BELTRÁN
No: Vivaldo.
Sólo priva con el ama.
Y de ella jamás se cura
cuando le ama con locura.
DON ALFONSO
¡Ella!
BELTRÁN
Sí, señor, le ama.
Llora la infeliz, ¡cruel!...
Y él lo sabe, y su querella
desoye.
DON ALFONSO
¿Quién llora?
BELTRÁN
Ella.
DON ALFONSO
¿Quién es ella? ¿Quién es él?

Con gran impaciencia.

BELTRÁN
No merece tal desprecio:
en pensarlo me sofoco.
DON ALFONSO
Tú me estás volviendo loco.
Eres pesado.
BELTRÁN
Él un necio.
DON ALFONSO
(La paciencia se me acaba.)
Que sepa yo quién se aflige,
o juro...
BELTRÁN
¿Pues no le dije?
Marina.
DON ALFONSO
(Por otra hablaba.)
BELTRÁN
Pues ¿quién ha de ser? Marina.
DON ALFONSO
¿Con que mi buen Secretario?...
BELTRÁN
Sí, señor: es necesario
casarle con mi sobrina.
DON ALFONSO
Se casará.

Como tomando una resolución.

BELTRÁN
No es tan obvio.
DON ALFONSO
Un gran dote...
BELTRÁN
Soy un zote.
¡Oh sobrina! Con buen dote
no hay una mujer sin novio.
Vuelo a decirles, señor,
nueva tan grata.
DON ALFONSO
En buen hora.
BELTRÁN
¡Vivaldo una protectora,
y Marina un protector!

Éntrase en el castillo a tiempo que uno de los PAJES que cruzan la escena recoge las armas que aquél estaba aderezando al comenzar el acto y se las lleva por la derecha.

Escena II

DON ALFONSO
¿Por qué su lenguaje extraño
me conturba de tal modo?
Todo cuanto escucho, todo
recelo que es en mi daño.
¡Cielo! ¿Y me han de separar
hoy de mi esposa adorada?
¿No pudiera sin mi espada
el Rey en la lid triunfar?
Sin razón desconfié.
De Vivaldo la tristeza,
su despego, su aspereza
para conmigo, ¿por qué
han de infundirme recelos?
¿No puede en su corazón
dominar otra pasión?
¡Malditos, malditos celos!
Pero él se acerca.

Escena III

DON ALFONSO y VIVALDO.

VIVALDO
(¡Él aquí!)
DON ALFONSO
(¡Si yo averiguar pudiera!...)
VIVALDO
(¡Oh, su presencia me altera!)
DON ALFONSO
Parece que huyes de mí!
¿Qué tienes? ¿Por qué te veo
siempre adusto y pensativo?
VIVALDO
(Este celo intempestivo...)
¿Sospecha de mí?
DON ALFONSO
Deseo
saber de tu pesadumbre
la causa. ¿Qué te suspende?
Habla.
VIVALDO
(Explorarme pretende.
Fuerza es que yo le deslumbre.)
Ya os hubiera contestado,
mas temo indiscreto ser.
DON ALFONSO
Discreto es obedecer.
VIVALDO
Pues bien: nací desdichado.
DON ALFONSO
Quien de la suerte murmura,
Su debilidad publica.
VIVALDO
Mas ved...
DON ALFONSO
Cada cual fabrica
Su buena o mala ventura.
VIVALDO
Juntos ganan la victoria
El capitán y el soldado:
El uno muere olvidado,
El otro vive en la historia.
DON ALFONSO
Lo que a la dicha conviene
No es un renombre glorioso:
Con su honra vive dichoso
El que sabe que la tiene.
VIVALDO
Nada injusto he codiciado.
DON ALFONSO
Pero ¿qué te falta?
VIVALDO
Un nombre.
Tengo valor, y no es hombre
Quien no mejora su estado.
DON ALFONSO
Que eres ambicioso o loco,
Me hace creer lo que escucho.
VIVALDO
Sólo sé que aspiro a mucho
Y que siempre alcanzo poco.
DON ALFONSO
(Clara su ambición se ve.)
No hasta la voluntad
Para elevarse.
VIVALDO
Es verdad:
Yo presentar no podré
Armas en piedra esculpidas;
Pero sí abolladas cotas,
Lanzas y banderas rotas,
Y un pecho lleno de heridas.
DON ALFONSO
(Desde que oyéndole estoy,
A su valor me aficiono.)
Algo tienes en tu abono.
VIVALDO
Obra es mía cuanto soy.
DON ALFONSO
Bien sé que pobres o ricos,
De humildes o excelsos nombres,
No son de cerca los hombres
Ni tan grandes, ni tan chicos.
Mas no ansíe tu altivez
Trocar la choza en palacio:
Bien cruza el ave el espacio;
Bien nada en la mar el pez.
VIVALDO
¿Alguna vez no acontece
Que, en los trances de la vida,
Se achica el grande a medida
Que el pequeño se engrandece?
DON ALFONSO
Digna es de ser bien pagada
Cualquier insigne proeza;
Más vale adquirir nobleza
Que corromper la heredada.
VIVALDO
Pero, ¡en cuántas ocasiones
Premio la virtud no cobra!
¡Y en cuántas la dicha es obra
Del oro y de los blasones!
DON ALFONSO
¡Delirios de la ambición!
VIVALDO
En el mundo, por desdoro,
Vence a la virtud el oro,
Vence un nombre a un corazón.
DON ALFONSO
(Por mí habló. ¡Villano exceso!)
VIVALDO
(¡Vive Dios, que me declaro!)
DON ALFONSO
¿A un corazón?... (¡Qué descaro!)
¿El oro?... ¿Un nombre? No es eso.
Es que la soberbia loca
De escalar el cielo trata,
Y en injurias se desata
Cuando su impotencia toca.
Es que la dicha que sueñas,
No es tu dicha. Tiende el vuelo:
Procura escalar el cielo.
¡Ay de ti si te despeñas!
VIVALDO
Señor...
DON ALFONSO
Basta. (Ya ¿qué puedo
Dudar?)
VIVALDO
Ved...
DON ALFONSO
El labio sella.
(¿Y he de dejarle con ella?
¿Y he de partir? -No; me quedo.)

Vase por la derecha.

Escena IV

VIVALDO
Muy torpe anduve. El despecho
Me ha vendido. Sus enojos
Me descubren claramente
Que está de mí receloso.
¿Qué hacer? ¿Olvidar? ¿Fingir?
¡Oh, mi empresa no abandono!

Escena V

VIVALDO y MARINA.

MARINA
(Allí está. ¡Pues, como siempre!
Mal hayan sus soliloquios.
¿Pensará en mí? ¡Qué locura!
Debiera tenerle odio
Y rabia; pero tras él
Ciega y desalada corro.)
VIVALDO
(Ya no es fácil disuadirle.
¡Si yo descubriese el modo!...

Reparando en MARINA y como iluminado por una repentina idea.

¡Ah! ¡Sí!) -Marina...
MARINA
(Me vio,
Y hablarle será forzoso.)
¿Me llamabas?
VIVALDO
Sí.
MARINA
¿Qué quieres?
VIVALDO
(¿Y la he de engañar? ¡Qué oprobio!

Momentos de silencio.

MARINA
(Pues, señor, ¡estamos bien!)

Con despecho, aparentando irse.

Vivaldo, adiós.
VIVALDO
Poco a poco.

Con artificiosa dulzura.

¿No sabes que eres muy linda?
MARINA
¿Quién te lo ha dicho?
VIVALDO
Mis ojos.
MARINA
¿Y cuándo?
VIVALDO
Al punto que vieron
Tener envidia a tu rostro
Las rosas y los claveles
Que esmaltan esos arroyos.
Eres muy linda.
MARINA
Habla quedo,
No escuche tales piropos
Quien lo sienta.
VIVALDO
¿Quién?
MARINA
La bella
Que turba así tu reposo.
VIVALDO
Es verdad; pudiera oírme:
No está lejos de nosotros.
MARINA
¿Vive en el castillo?
VIVALDO
Aquí...
En mi pecho.
MARINA
¿La conozco?
VIVALDO
La conoces.
MARINA
¿Mucho?
VIVALDO
Mucho.
MARINA
¿Y es su nombre?...
VIVALDO
No la nombro.
MARINA
¿Te has declarado?
VIVALDO
Jamás.
MARINA
Pues ¿qué temes?
VIVALDO
Sus enojos.
MARINA
Haz por llamar a la puerta.
VIVALDO
¿Y si es el portero sordo?
MARINA
Pruébalo a ver.
VIVALDO
No me atrevo.
Todos los medios agoto.
Y...
MARINA
Cuando una mujer ama,
Se lo conoce el más bobo.
VIVALDO
¿En qué?
MARINA
Se conoce...
VIVALDO
¿En qué?
MARINA
A la legua... Si es notorio.
¿Pues no se ha de adivinar?
VIVALDO
¿En qué se adivina?
MARINA
En todo.
Dime tú cómo se llama,
Y verás si al punto logro
Conocerlo.
VIVALDO
Será en vano.
Ella sabe que la adoro,
Y finge ignorarlo.
MARINA
Que ella
Hable primero no es propio.
VIVALDO
Dios querrá que me declare.
MARINA
Amén.
VIVALDO
Amén.
MARINA
Ten arrojo.
VIVALDO
Pues bien: se llama... Alguien viene.
MARINA
Di...
VIVALDO
Marina... adiós.

Estrechando su mano con entusiasmo aparente, y dando a sus palabras un sentido equívoco.

MARINA
(¡Oh gozo!)
VIVALDO
(¡Mi estrella así lo dispone!
Esto es indigno, alevoso.)

Escena VI

DICHOS, DOÑA JUANA y BELTRÁN.

VIVALDO se dirige hacia el fondo, donde se encuentra con DOÑA JUANA, que le detiene.

MARINA
¡Marina, Marina, ha dicho!
BELTRÁN
Tenemos dote, y no flojo.
MARINA
Vivaldo...
BELTRÁN
Te ama. ¿Quién duda?
MARINA
Se ha declarado.
BELTRÁN
¡Ah, buen mozo!
Miel sobre hojuelas: en tanto
Que piensa el cuerdo, obra el loco.
¡Picarilla! Oros son triunfos.
Te protege don Alfonso.
¿Qué tal? ¿Lo entiendo? Hoy sin falta
Escritura y matrimonio.
Yo te domaré, Vivaldo.

Viendo llegar a VIVALDO.

¡Cualquier mujer ya es negocio!
Si rica, un áspid; si pobre,
Aburrimiento y estorbo;
Si hermosa, recelo y susto;
Si fea, tedio y bochorno.

DOÑA JUANA y VIVALDO bajan al proscenio.

Vengan esos cinco, y vengan

A VIVALDO.

Ambas manos. Lo sé todo.

Con misterio.

Hemos de hacer buenas migas;
Hemos...
DOÑA JUANA
Beltrán, ¿qué alborozo?...
BELTRÁN
No pueden estar ocultos
La dicha, el amor, ni el oro.
DOÑA JUANA
Cuéntame.

MARINA hace señas a su tío para que calle.

BELTRÁN
¿A qué son misterios?
Caso hoy mismo este pimpollo.
DOÑA JUANA
¡Marina, tanta reserva!...
¿Y dónde bueno está el novio?
BELTRÁN
Ambos cónyuges presentes.
DOÑA JUANA
¿Tú?

A VIVALDO.

VIVALDO
(Merezco tal sonrojo.)
DOÑA JUANA
Muy bien, señor desposado.
VIVALDO
Burlas de Beltrán.
MARINA
(¡Qué oigo!)
VIVALDO
Siempre decidor y alegre.
MARINA
(¡Ay de mí!)
BELTRÁN
Cuentos no forjo.
VIVALDO
Pero...
DOÑA JUANA
Tu elección aplaudo.

A VIVALDO.

BELTRÁN
Se ha declarado hace poco.

Dirigiéndose resuelto a DOÑA JUANA.

MARINA
Mas no con todas sus letras.

Bajo a BELTRÁN.

BELTRÁN
¡Qué letras, ni qué demonio!

A MARINA.

El hombre por la palabra...

A VIVALDO.

DOÑA JUANA
Pensad en ser venturosos.
VIVALDO
¡Yo feliz! ¡Ay, no me entiende
Nunca la mujer que adoro!
Mísera hiedra caída,
Busco en vano el verde tronco.
DOÑA JUANA
Ella te quiere.
VIVALDO
(¿Qué dice?)
MARINA
(Por mi mal.)
BELTRÁN
Eres un topo.

A VIVALDO.

DOÑA JUANA
¿No es cierto?

A MARINA.

BELTRÁN
Lleva gran dote.
DOÑA JUANA
¡Hoy le llamarás tu esposo!

A MARINA, con noble satisfacción.

VIVALDO
(¿Qué hacer?)
BELTRÁN
Piedra movediza

A VIVALDO, impaciente.

Nunca se cubre de moho.
(¡Crédula de mí!) Termine
Ya, señora, este coloquio.
Burla que suena a verdad,
Es fiera burla.
DOÑA JUANA
¿Pues cómo?
MARINA
Ni me quiere, ni le quiero:

Violentándose.

Dos buenos amigos somos.
¡Ah, señora! ¡Él a mi mano
Aspirar! Ni por asomo.
¿Quién a rústica villana
Se unirá en pobre consorcio,
Cuando frenético ansíe
Ceñir laureles heroicos?
¿Cómo ha de agitar el bieldo
Pudiendo lanzar bohordos,
Ni seguir con el arado
Tras los bueyes perezosos?
Quien de acero el pecho viste,
Desdeñará el sayo tosco;
No ha de preferir la aldea
A ser de la corte asombro.
¿Cómo en humilde cabaña
Podrá cifrar su tesoro,
Y en honesta labradora,
Y en infantiles sollozos?
Siga otro rumbo Vivaldo:
Yo su ventura ambiciono.
Siempre en él veré un amigo.
BELTRÁN
(¡Qué buen amigo es el lobo!)
DOÑA JUANA
Mis hijos, no me ocultéis
Un afecto que no ignoro,
Que yo no extraño, que apruebo,
Y en el que ufana me gozo.
¡Oh, tú deliras! Vivaldo
Rinde constantes elogios
A pastoriles albergues,
No a soberbios capitolios.
Más precia ver en tus manos
De blanco vellón los copos,
Que esmeraldas y diamantes
Cercados de perlas y oro.
Más precia que áulica pompa
La hermosura de tu rostro?
La inocencia de tu pecho,
La modestia de tus ojos.
El fuego de casto amor
En bálsamos deleitosos
Baña el alma, y la engrandece,
Y el cielo nos abre próvido.
La senda de la virtud
Es de rosas, no de abrojos.
VIVALDO
¿Quién no os ama con delirio?
BELTRÁN
Como un rapazuelo lloro.
VOCES DENTRO
La hemos de ver.
OTRAS
¿Dónde está?
OTRAS
La hemos de ver.
DOÑA JUANA
¿Qué alboroto?
BELTRÁN
Son mis labriegos del monte,
Ciegos, mancos, tuertos, cojos
El señor, por gente inútil,
Los planta en la calle a todos.

Escena VII

DICHOS. Turba de LABRIEGOS ancianos y lisiados, que vienen por el foro, Después D. ALFONSO.

LABRIEGO I.º
¡Piedad!
LABRIEGO 2.º
¡Compasión!
LABRIEGO 3.º
¡Piedad!
LABRIEGO I.º
Cortando del monte el fuego
Quedé manco...
LABRIEGO 2.º
Quedé ciego.
LABRIEGO I.º
Es mucha inhumanidad
Así arrojarnos de casa,
LABRIEGO 2.º
Yo serví mientras podía.
DOÑA JUANA
¿Y os echa?...
VARIOS
El amo.
DOÑA JUANA
A fe mía,
Que os iréis luego.
DON ALFONSO
¿Qué pasa?

Entrando.

DOÑA JUANA
Son los mozos que despides.

Con recato.

DON ALFONSO
Ninguno puede servir;
Y si tardan en salir...
DOÑA JUANA
Jamás quien eres olvides.
LABRIEGO I.º
Ved que es vuestro el señorío,

A DOÑA JUANA.

Y que gobernáis mejor.
DOÑA JUANA
Aquí no hay más que un señor,
Y ese señor es el mío.
LABRIEGO I.º
Desque vino, a cada hora...
DOÑA JUANA
Ninguno se me desmande.
¿Quién hizo todo lo grande?
VARIOS
Vos.
LABRIEGO 2.º
Sola vos.
LABRIEGO I.º
Vos, señora.
DOÑA JUANA
¿Quién labra, zagal intonso,
La iglesia, el puente, los muros,
Para que viváis seguros?
Don Alfonso, don Alfonso,

Murmullos entre los LABRIEGOS.

¿Qué murmuráis? Sin razón
Venís, y he de castigallo.
VARIOS
No.

Desconcertados.

OTROS
No.
DOÑA JUANA
Enmudezca el vasallo

A la turba.

Y hable tu buen corazón.

Aparte a D. ALFONSO.

Quédense todos aquí.
De tu amor lo solicito.
DON ALFONSO
¿Para qué los necesito?
DOÑA JUANA
Te necesitan a ti.

Vuelve a los LABRIEGOS.

¡Oh, cuán generoso, vedle!
Te da ganado. (Al I.º) A ti hacienda.
(Al 2.º) Los pomares os arrienda.

A un grupo.

Vuestro es el monte: rompedle.

A los más.

Los LABRIEGOS se adelantan hacia D. ALFONSO, y se prosternan ante él.

VARIOS
¡Oh, señor!
DON ALFONSO
(¡Esta mujer!...)
BELTRÁN
Basta ya de cortesía.

Separándolos.

DOÑA JUANA
¿Queréis más?
BELTRÁN
¡Bueno estaría!
¿Qué más han de pretender?
LABRIEGO I.º
Señora, yo voy contento;
Pero, en fin, es necesario
Que me deis también salario.
BELTRÁN
Yo te daré... con un cuento.

Agarrándole por el brazo.

Jadeando, en el rigor
De Julio, entre ardientes breñas,
Envuelto en polvo y sudor,
Iba un triste segador,
De mi pueblo, por más señas.
Por el camino venía
Con su recua un trajinante,
Y al que a lástima movía
Le grita con buen talante:
«Monta esa, caballería.»
Sube el otro, alienta, y cuando
Sobre el aparejo blando
Se contempla caballero,
Volviéndose al arriero
Le dice: «¿Y qué voy ganando?»
DOÑA JUANA
Ya miráis cómo se apiada
El señor de vuestra cuita:
Del duro trabajo os quita,
Y os da vejez descansada.
LABRIEGO 2.º
Con mi sangre no le pago.
LABRIEGO I.º
Mil lauros coja en la lid.
DOÑA JUANA
Sus banderas despedid
Hasta las cumbres de Ayagao.

Vanse por la derecha.

Escena VIII

DON ALFONSO y DOÑA JUANA.

DON ALFONSO
Id con Dios.
DOÑA JUANA
Óyeme, Alfonso.
De tu consejo y prudencia
Reclamo ayuda.
DON ALFONSO
Habla al punto.
DOÑA JUANA
Que me inspirases quisiera
Para salvar a Ramiro.
DON ALFONSO
¿Aquel que las canas huella
Del viejo Lorente?
DOÑA JUANA
Debo
Juzgarle.
DON ALFONSO
Y calla mi lengua:
Que al hombre aconseja el hombre,
Y al juez sólo su conciencia.
DOÑA JUANA
Cuerdo aviso, y yo le acato.
Ahora bien: dime si ordenas
Que a nadie entrar se permita
De noche en la fortaleza.
Sabes que así lo previene
Costumbre antigua y discreta.
DON ALFONSO
Tú eres aquí la señora:
Dispón lo que te parezca.
DOÑA JUANA
En tu ausencia es necesario...
DON ALFONSO
Desistí de ir a la guerra:
Todo apresto militar
Ya he mandado que suspendan.
DOÑA JUANA
¿Cómo?
DON ALFONSO
Lo he pensado bien.
DOÑA JUANA
Bien lo has pensado y te quedas?
DON ALFONSO
Sí.
DOÑA JUANA
¿Cuando oprime a Galicia
El leopardo de Inglaterra?
DON ALFONSO
Sí.
DOÑA JUANA
¿Cuando pide Alencastre
Del rey don Pedro la herencia?
DON ALFONSO
Sí.
DOÑA JUANA
¿Cuando vacila el trono
De don Juan? ¡Oh! Por tus venas
La sangre de Trastámara
No corre.
DON ALFONSO
En civil contienda
No correrá. Contra alarbes
Sólo fulmino mi diestra.
DOÑA JUANA
¿Quién te hace juez de esa causa?
Ni califica ni cuenta
Un noble los enemigos.
Su estandarte el Rey despliega,
Y quien hidalgo nació,
Calla, lo sigue y pelea.
DON ALFONSO
Me estoy por honrado aquí.
DOÑA JUANA
¡Y allí el Rey te aguarda! ¡Oh mengua!
¡En ocio tú, y en su ayuda
Se arman los hijos del Sena!
Te desconozco.
DON ALFONSO

Con intención.

La peste
El campo enemigo diezma.
DOÑA JUANA
¿Y es acaso más temible
Que sus tiros y ballestas?
DON ALFONSO
¿Buscas mi muerte?
DOÑA JUANA
Tu vida,
Que es tu fama, y la atropellas.
¿Tienes miedo?
DON ALFONSO
¡Miedo yo!
DOÑA JUANA
Sí.
DON ALFONSO
¡Juana!
DOÑA JUANA
Sí.
DON ALFONSO
¿Y tú me afrentas?
Si mujer, y mujer mía
No fueses, aquí murieras.
DOÑA JUANA
¡Muy bien, muy bien! Esos bríos
En el palenque los muestra.
Vuelve los ojos y mira
De tu Rey las blancas tiendas,
Los corceles que galopan,
Las armas que centellean.
Los guerreros que del Betis
Pisan las dulces riberas;
El fuerte cántabro, el ágil
Murciano, el astur atleta;
Los que el áureo Tajo ilustran,
Ricos en valor y ciencia.
Oye, cual rumor de viento,
A tambores y trompetas,
De cien famosos linajes
Saludando las enseñas.
Partid, batallad, venced...
Mas ¡ay! que allí en la refriega
No se alzan de los Mendozas
Las perínclitas banderas.
Tened, tened: ya la hueste
Parte de la Ricahembra...
Sí tú no, yo saldré al campo,
Y no seré la primera.
DON ALFONSO
¡Tú! Nunca. Triunfar anhelo
O morir en la refriega.
DOÑA JUANA
Allí te aguarda la gloria;
Aquí mis brazos te esperan.
DON ALFONSO
(Tal mujer es imposible
Que me engañe y que me mienta.)
¡Mi Juana!
DOÑA JUANA

Con voz solemne.

Tu honor es mío.
DON ALFONSO
¡Te adoro!
DOÑA JUANA
Mi afecto premias.
Corro a preparar la hueste,
DON ALFONSO
Yo torno al instante.
DOÑA JUANA
Vuela.

DOÑA JUANA sale por la derecha. DON ALFONSO se dirige al castillo. VIVALDO habrá aparecido momentos antes por el foro, permaneciendo oculto.

Escena IX

VIVALDO solo.

Alienta, corazón mío,
Corazón hecho pedazos,
Que ves en ajenos brazos
Al dueño de tu albedrío.
Pronto mi dolor impío
Cambiará en glorias la suerte.
Reta, Alfonso, al Duque fuerte,
Lidia en dudosa pelea,
Y asombro tu triunfo sea;
Mas séllalo con tu muerte.
¿Es delirio? ¿Es realidad?
¿Va a lucir un solo día,
Claro el sol de mi alegría?
Horas de encanto, llegad.
Señora, ya a tu beldad
Puedo rendir sin enojos
Vida y alma por despojos,
Alcanzando en toda parte
Verte, oírte, contemplarte,
Morir de amor en tus ojos.
¡Fortuna, por fin darás
Algún alivio a mi pena!
No desisto: el verla ajena
Me hace desearla más.
¿Yo retroceder? ¡Jamás!
¿Un bastardo fue mejor
Amante que un labrador?
Misterio en ello ha de haber,
Porque tan grande mujer
Nunca eligió lo peor.
¡Por ella qué no arriesgué!
¿Por ella no combatí?
¿En su nombre no vencí?
¿En su bondad no esperé?
¡Éste el premio de mi fe!
Necio y torpe me lamento.
Y en tan bárbaro tormento,
Si para rendirla no,
¿Para qué el cielo me dio
La luz del entendimiento?

Escena X

VIVALDO, DON ALFONSO con yelmo y manoplas.

DON ALFONSO
(¿Por qué al verle se renueva

Deteniéndose al reparar en VIVALDO.

La lucha en el alma mía?
De él sospecho todavía.
Hagamos la última prueba.)
Vivaldo, tu corazón

Acercándose a él y en tono afectuoso.

Hoy a conocer me has dado.
Ven a la guerra: a mi lado
Podrás saciar tu ambición.
VIVALDO
¡Partir!

Sin poderse dominar.

DON ALFONSO
Sí; conmigo ven.

Observándole.

¿No eres valiente?
VIVALDO
Lo soy.
DON ALFONSO
Entonces...

Pausa.

VIVALDO
Señor... estoy

Luchando consigo mismo.

Enamorado.
DON ALFONSO
¿De quién?
Habla; di. ¿Quién es la bella?...
VIVALDO
De Marina soy galán.
DON ALFONSO
Lo sabía, y a Beltrán
Casarte ofrecí con ella.
No insisto.
VIVALDO
¡Cuán indulgente!...
DON ALFONSO
Tanto servirte me place,
Que se ha de hacer este enlace
Antes de que yo me ausente.
VIVALDO
Señor!...
DON ALFONSO
Está decidido,
Y al punto...

Alejándose.

VIVALDO
Advertid primero...

Procurando detenerle.

DON ALFONSO
Cumplir mi promesa quiero.

Manifestando su enojo.

VIVALDO
Mas yo nada he prometido,
DON ALFONSO
No es mucho que yo reclame
Que mano de esposo des
A quien amas.
VIVALDO
Bien... Después...
DON ALFONSO
(¡Oh! Sí: me engaña el infame.)
No me obligues a que ejerza
Mi autoridad contra ti.
Lo mando.
VIVALDO
Yo mando en mí.
DON ALFONSO
Por fuerza.
VIVALDO
Nunca por fuerza.
DON ALFONSO
Pues ha de ser.
VIVALDO
¡Raro afán!
DON ALFONSO
Será, cueste lo que cueste.

Escena XI

DICHOS. DOÑA JUANA, BELTRÁN Y MARINA, PAJES y ESCUDEROS.

DOÑA JUANA
Todo está a punto: la hueste
Espera a su capitán.
BELTRÁN
Y con aire guerreador
Aun al más cobarde inflama.
DOÑA JUANA
Alfonso, el honor te llama.

Viendo que permanece inmóvil.

DON ALFONSO
Sé que me llama el honor.
DOÑA JUANA
A partir.
DON ALFONSO
(¡Fiero destino!)
Tardaré algunos instantes.
DOÑA JUANA
¿Qué aguardas?
DON ALFONSO
Cúmpleme antes
Ser de una boda padrino.
Caso a Vivaldo.
BELTRÁN
¡Oh placer!
MARINA
¿Hoy?...
DON ALFONSO
Circunstancia precisa.
BELTRÁN
Tiene el señor mucha prisa.
VIVALDO
Tan pronto... no puede ser.
Aun cuando en ello se aferra
Don Alfonso, es vano empeño.
DOÑA JUANA
¿Cómo? Lo manda tu dueño.
VIVALDO
En volviendo de la guerra.
DOÑA JUANA
Tu palabra acepto.
DON ALFONSO
No:
Hoy será.
DOÑA JUANA
Necio capricho.

Llevando aparte a su marido.

DON ALFONSO
Pues, Juana, lo tengo dicho.
DOÑA JUANA
Y el viento se lo llevó.
DON ALFONSO
¿Ante un loco he de cejar?
¿Conmigo ha de competir?
Fortaleza es resistir.
DOÑA JUANA
Y prudencia no quebrar.
DON ALFONSO
Dices bien. La orden revoco.

Alto.

(Él sí la quiere... Mas ¡cielos!
¿Ella?... ¡Imposible... Los celos,
Los celos me vuelven loco.)
Óyeme.

Habla al oído a BELTRÁN a un lado del teatro.

DOÑA JUANA
Vuelve a la calma.

A MARINA, procurando consolarla.

MARINA
¿Quién endulzará mi pena?
DOÑA JUANA
¿Quién, hija? ¡Dios, que serena
Las tempestades del alma!
VIVALDO
(Cielos, amparad mi amor.)

En el centro de la escena, en segundo término.

DON ALFONSO
Que me obedezcas es ley.

A BELTRÁN en voz baja.

BELTRÁN
Ni quito ni pongo rey,
Pero ayudo a mi señor.
DON ALFONSO
Vamos a la lid campal.
(¡Oh, yo sabré!)
DOÑA JUANA
Vamos.
DON ALFONSO
Vamos.
VIVALDO
(¡Se va!)
BELTRÁN
Serviré a dos amos:
Pienso que no me ha de ir mal.

DON ALFONSO, DOÑA JUANA y los PAJES y ESCUDEROS se dirigen hacia la derecha. MARINA, sumamente afligida, permanece junto al castillo; VIVALDO en el mismo punto en que se hallaba.

FIN DEL ACTO SEGUNDO.

Acto tercero

Sala de armas del castillo, con puerta y ventanas practicables en el fondo, que dan a una galería. Puertas en los costados, cubiertas por cortinas árabes. A la derecha del actor, en primer término, un ajimez. Bufete con luces en el lado opuesto.

Escena primera

BELTRÁN
Tiempo resta. Ojo avizor
Hasta que llegue el momento.
No se escucha otro rumor

Mirando por el ajimez.

Que en los pinares el viento
Y el silbo del ruiseñor.
Mas ¡ay! los agüeros van
Torciéndose. Una corneja

Vuelve a la escena.

Voló. ¿Qué es esto, Beltrán?
¿Te predice algún desmán?
En tu loco empeño ceja.
¿Qué hacer? ¿Me arrepiento y hablo?
Quien canta su mal espanta.
Cantemos, sí... ¡Guarda, Pablo!
Él es quien es. ¿Y si el diablo
Tira luego de la manta?
¿Si se sabe que fui yo
El que...? Diré que no fui:
San Pedro a Cristo negó;
Y a Dios gracias tiene un no
Tantas letras como un sí.
Ya mi palabra empeñé.
Conciencia, ¿por qué me escarbas
Y haces vacilar mi fe?
¿Si lo haré?... ¿Si no lo haré?
Callen faldas y hablen barbas.

Asomándose al ajimez.

A no marrar la doctrina
Del pastor, que bien recuerdo,
Son las diez; pues ya declina
Y toca en el brazo izquierdo
La boca de la bocina.
Aun largo tiempo la luna
Tardará en dar en el puente,
Que es la señal. Viene gente.

Escena II

BELTRÁN. Un VIEJO.

VIEJO
¿Es mi presencia importuna?
BELTRÁN
Dios te guarde, buen Lorente.
¿Qué ocurre? ¿Tú por acá?
VIEJO
He venido por mandato
Del ama.
BELTRÁN
Rezando está,
Y aún en salir tardará.
Tienes que esperar un rato.
VIEJO
¡Paciencia!
BELTRÁN
Al fin has de hacer
Aquí noche.
VIEJO
¿En el castillo?
BELTRÁN
Es claro.
VIEJO
No puede ser.
BELTRÁN
Pues hasta el amanecer
No se levanta el rastrillo.
VIEJO
¡Aquí encerrado hasta el día!
Necesita mi aflicción
Aire, campo.
BELTRÁN
¡Bobería!
VIEJO
¿No sabes que mi agonía
Raya en desesperación?
BELTRÁN
¡Desesperarse a tus años!
Ellos mostrarte han debido,
Con patentes desengaños,
Que es gran médico el olvido
Para irremediables daños.
¿Y Constanza halló consuelo?
Mas, ¿cómo aliviar su duelo?
Y al fin tendrá que ser monja...
¡Qué lastima!... Sin lisonja,
La pastora es como un cielo.
Pues matar al delincuente
No es la mejor medicina.
Piénsalo bien: sé clemente.
Quien pronto se determina
Despacio al fin se arrepiente.
¿Qué dices?
VIEJO
No digo nada.
BELTRÁN
Parece que estás difunto.
VIEJO
Recordar me desagrada
Esa historia desgraciada.
BELTRÁN
Pues hablemos de otro asunto.
Ya sabrás que comenzó
La guerra.
VIEJO
Ya lo sé.
BELTRÁN
Y di:
¿Será larga?
VIEJO
¿Qué sé yo?
BELTRÁN
¿Irán los de Astorga?
VIEJO
Sí.
BELTRÁN
¿Y los de Palencia?
VIEJO
No.
BELTRÁN
Gente de tanto valer
Debe acudir la primera.
Mucha sangre va a correr.
Y, según tu parecer,
¿Quién triunfará?
VIEJO
El que Dios quiera.
BELTRÁN
¿Y qué me dices de Antón?...

Pausa.

Estoy respuesta aguardando,
¿Y callas como un hurón?
VIEJO
Te respondo así: callando.
BELTRÁN
¡Vaya una contestación!
Un rústico llevó un día
Al cura de su lugar
Cierto asnillo que tenía,
Perjurando que leía
Con acierto singular.
El preste, de ingenio romo,
Busca, limpia y abre un tomo:
Lo mira el asno sesudo;
Mas ¿leer? Ni por asomo,
Se estaba mudo que mudo.
Ya el cura se amostazó,
E impaciente exclamó así:
«¿Lee este animal o no?»
Y el otro le respondió:
«Leyendo está para sí.»
VIEJO
Viene el ama a este aposento...
BELTRÁN
Te dejo en su compañía;
Y advierte que no es atento
Responder como leía
El borrico de mi cuento.

Vase por el foro.

Escena III

DOÑA JUANA. El VIEJO.

DOÑA JUANA
Anciano, guárdete el cielo.
VIEJO
Él más dicha os dé que a mí,
DOÑA JUANA
Te he llamado.
VIEJO
Y heme aquí.
DOÑA JUANA
A solas hablarte anhelo.
VIEJO
Honra inmerecida es,
Y os beso los pies ufano.

Hace ademán de rendirse a sus pies.

DOÑA JUANA
No quiero yo ver, anciano,
Tus canas junto a mis pies.
VIEJO
Vuestra virtud y prudencia
Dignas son de gran respeto.
DOÑA JUANA
¿No presumes con qué objeto
Dispuse esta conferencia?
VIEJO
Para calmar mi dolor.

Con intención.

Sin duda a anunciarme vais
Que ya decidida estáis
A dar muerte al seductor.
DOÑA JUANA
¿Y si la clemencia mía,
Compadeciendo su suerte,
Le librase de la muerte,
Qué pensaras?
VIEJO
Pensaría
Que hollabais vuestro deber.
DOÑA JUANA
¿Y así tu lengua ha podido...?
VIEJO
Vos sois la que habéis querido
Que os diga mi parecer.
DOÑA JUANA
Dura respuesta no ofende
En que el dolor tiene parte.
Ahora quiero suplicarte...
VIEJO
¿Suplicarme vos...?
DOÑA JUANA
Atiende.
A tu hija Constanza miro
Víctima de una vileza,
Que la flor de su pureza
Torpe mancilló Ramiro.
Ella en crudo padecer
Siente el pecho desgarrado;
Y ese hombre, ese malvado
Está unido a otra mujer.
Pero lo que el alma llena
De viva saña y horror,
Lo que hace el crimen mayor
Debe minorar la pena.
Su muerte, en crudos desvelos
A una esposa abismaría,
Y en negra orfandad impía
A dos tristes pequeñuelos.
El juez a la ley ceñido
Justo ha de ser, no clemente;
Y está el perdón solamente
En manos del ofendido.
Salva, pues, de angustia fiera
A los que inocentes son:
Ten de un padre compasión...
Habla; decide.
VIEJO
Que muera.
DOÑA JUANA
Próvida clemencia rija
Tu pecho que el odio encona.
VIEJO
¿Y cuándo un padre perdona
Al seductor de su hija?
¿Sabéis cuánto es adorado
Por mísero anciano el hijo
En quien ve con regocijo
Su propio ser dilatado;
Joya que le da altivez
Cuando ya todo le humilla;
Sol de juventud, que brilla
Sobre su helada vejez;
Ángel que, de aciaga suerte
Aplacando los rigores,
Le va sembrando de flores
El camino de la muerte?
Y cuando en horrible duelo,
Pierdo en ella apoyo y guía,
Mi único bien, mi alegría,
Mi luz, mi gloria, mi cielo,
¿Queréis que perdone al hombre
Que inicuo me la arrebata,
A quien la mata y me mata,
A quien deshonra mi nombre?...
Señora, mi justo encono
Me acompañará a la tumba.
¡Yo perdonarle!... Sucumba
Mi enemigo. No perdono.
Nunca mayor criminal
Que el seductor pudo haber,
Que la honra de la mujer
Es llave del bien y el mal.
DOÑA JUANA
Pero el vasallo olvidó
Que quien le suplica así,
Hoy todo lo puede aquí.
VIEJO
Mucho sí, mas todo no.
Vos nos disteis sabias leyes;
Y vos no ignoráis, señora,
Que ante la ley bienhechora
Rinden su cetro los Reyes;
Que no hay poder soberano
Digno de existir sin ella,
Que el mismo Rey, si la huella,
De Rey se trueca en tirano.
Rasgando el impuro seno
Del que roba y asesina,
La ley es arma divina
Con que al malo vence el bueno.
Y ella la muerte reclama
Del vil que con alma impura,
Fue ladrón de mi ventura
Y asesino de mi fama.
Obrad, pues, con rectitud,
Aunque os duela el sacrificio;
Que dejar impune el vicio
Es corromper la virtud.
No aguardéis, pues, de mi boca,
El perdón de ese tirano.
DOÑA JUANA
Advierte...
VIEJO
Todo es en vano:
Pensad que habláis a una roca.
DOÑA JUANA
Sé cuál es mi obligación,
Y ya lo probé mil veces;
Pero ¡ay, anciano! los jueces
Tienen también corazón.
La ley premia al virtuoso,
Hiriendo al que la atropella;
Pero ¡es la piedad tan bella!...
¡Es el perdón tan hermoso!
Acércate más, anciano;
Mira en mí tan sólo ahora
Una mujer que te implora
Y que te tiende la mano.
Ramiro su grave yerro
En tierra lejana espíe;
Por su patria en vano ansíe;
También es muerte el destierro.
Tú no pierdas la esperanza
De gozar horas serenas.
Cuando lágrimas y penas
Purifiquen a Constanza,
Ya cederán los enojos;
Y anudados tiernos lazos,
Tú morirás en sus brazos,
Ella cerrará tus ojos.
No repliques: bien sé yo
Que al fin la perdonarás;
Y en breve tal vez...
VIEJO
Jamás...
DOÑA JUANA
Si eres padre, ¿cómo no?
Tú en mi palacio admitido
Vivirás siempre a mi lado,
De los míos respetado,
Y por mí favorecido.
Tuyo es el puesto que elija
Tu ambición: nada lo impide
Pide cuanto quieras; pide...
VIEJO
Dadme el honor de mi hija.
DOÑA JUANA
¿Qué? ¿No logro conmoverte?
VIEJO
No, que deshonrado estoy.
DOÑA JUANA
¡Es padre!
VIEJO
¡También lo soy!
DOÑA JUANA
El destierro...
VIEJO
No; la muerte.
DOÑA JUANA
Ve la sentencia.

Mostrándola.

VIEJO
Acabad:
Firmadla, sed justiciera.
DOÑA JUANA
¡Viejo! Por la vez postrera:
Rasgo este papel?
VIEJO
Firmad.
DOÑA JUANA
¡Alma tenaz y enemiga!

Después de firmar la sentencia y entregársela al VIEJO.

No fui yo quien le mató,
Sino tú.
VIEJO
Ni vos, ni yo:
La ley, que premia y castiga.

Vase por el foro.

Escena IV

DOÑA JUANA
A su implacable desdén
Da el paterno amor consejo.
Razón tiene el noble viejo
Y por quien soy, que hace bien.
¡Después de afanes prolijos,

Tristemente.

Morirá un hombre mañana!...
Su viuda será mi hermana;
Sus hijos serán mis hijos.

Escena V

DOÑA JUANA y VIVALDO.

VIVALDO
(Sola está.)
DOÑA JUANA
Ven. Te esperaba.
VIVALDO
(Ya penetro su designio.)
DOÑA JUANA
Quiero de Marina hablarte.
VIVALDO
¿No oís en la selva ruido
Como de caballos?
DOÑA JUANA
Sólo

Dirigiéndose hacia el ajimez.

Rumor de viento percibo.
Desierto aparece el bosque
De la luna al claro brillo.
¡Astro hermoso!
VIVALDO
Compitiendo
Con vos se amengua su hechizo.
DOÑA JUANA
Guarda tan galanas flores
Para Marina. Contigo
La he de casar.
VIVALDO
Ese enlace
No es posible.
DOÑA JUANA
Di el motivo.
VIVALDO
(Ésta es la ocasión.) Señora,
Ocultarlo fuera indigno:
Sabed que por otra bella
Enamorado suspiro.
DOÑA JUANA
¿Y esa mujer corresponde
A tu amante desvarío?
VIVALDO
Lo ignoro.
DOÑA JUANA
¿Es libre?
VIVALDO
En ajenos
Brazos, por mi mal, la miro.
DOÑA JUANA
¡Casada! ¿Y los torpes ojos
Pusiste en ella atrevido?
Porque sedujo a Constanza
La vida pierde Ramiro;
Conviene a fe que lo sepas.
VIVALDO
¿Y no es mayor el suplicio,
Decídmelo vos, señora,
De quien ama don delirio,
Y está por vínculo eterno
A ser que aborrece unido?
DOÑA JUANA
¿Qué quieres que yo te diga
De caso en que no me he visto?
VIVALDO
(Consigo propia batalla,
Y en vano finge desvío.)
DOÑA JUANA
Vuelve a la razón. Marina,
Flor de mágico atractivo,
Labrar tu ventura puede;
Premio otorga a su cariño.
Con tu dulce compañera
Dichoso vive y tranquilo
En las pingües heredades
Que yo en dote le destino.
Y si en noble afán de gloria
Sientes el pecho encendido,
La gente que puedas arma,
Y a tu Rey prestando auxilio,
Ya Contra el feroz alarbe,
Ya contra el inglés altivo,
Con sangre en los campos deja
Tus altos hechos escritos,
Y da con tu humilde nombre
A ilustre raza principio.
Después tornarás ufano
Al quieto envidiable asilo,
Donde un corazón dejaste
En redes de amor cautivo.
Y cuando la edad caduca
Te robe el vigor antiguo,
Mientras tus hijos combaten,
Émulos ya de tus bríos,
Báculo hallarás seguro
En los hijos de tus hijos.
VIVALDO
Grandes son vuestros favores.
¡Oh, si pudiera admitirlos!
DOÑA JUANA
¿Y por qué no?
VIVALDO
Perdonad.
DOÑA JUANA
Explícate.
VIVALDO
Os lo repito:
Ardo en otro amor.
DOÑA JUANA
Culpable.
VIVALDO
Inmenso,
DOÑA JUANA
Dale al olvido.
VIVALDO
¿Basta querer?
DOÑA JUANA
Basta.
VIVALDO
¿Cómo
Ahogar del amor el grito?
En vano batalla, en vano,
Contra el corazón el juicio,
Que siempre en la pugna queda
Por vencedor su enemigo.
DOÑA JUANA
Cuando hallar disculpa quieren
A sus viles apetitos,
Que no pueden refrenarlos
Dicen siempre los inicuos;
Pero ni al prójimo engañan,
Ni se engañan a sí mismos.
El Hacedor de los hombres,
No esclavos, libres los hizo.
VIVALDO
Esclavo soy del afecto
Que avasalla mi albedrío.
DOÑA JUANA
Porque en sentirle te gozas,
Acaso con vil designio.
Retrocede, y hallarás
El premio en el sacrificio;
Avanza, y tu ruina es cierta;
Que de ese fatal camino
Un abismo cierra el paso.
Elige, pues.
VIVALDO
El abismo.
DOÑA JUANA
¡Vivaldo!
VIVALDO
Cejar no puedo;
no. Martirio por martirio,
entre morir o perderla,
morir esperando elijo.
DOÑA JUANA
Morirás.
VIVALDO
Si ella lo quiere
bendeciré mi destino.
DOÑA JUANA
Indújome la piedad
a darte prudente aviso;
ya la obligación me ordena
emplear medios distintos.
Saldrás al romper el día
para siempre del castillo.
VIVALDO
¡Qué decís!
DOÑA JUANA
De hoy más, Vivaldo,
en mí no has de hallar abrigo,
que fuera mi tolerancia
cómplice de tu delito.
VIVALDO
Aun de mi pecho el arcano
está en mi pecho escondido,
y nadie ha de imaginar...
DOÑA JUANA
Basta si yo lo imagino.
En mal hora tus palabras
llegaron a mis oídos;
en mal hora, que no puedo
excusar ya tu castigo.
VIVALDO
Ved que es rigor alejarme
para siempre de estos sitios.
DOÑA JUANA
Rigor necesario.
VIVALDO
Injusto.
DOÑA JUANA
Quizá leve.
VIVALDO
Yo os suplico...
DOÑA JUANA
Te irás.
VIVALDO
¡Irme!
DOÑA JUANA
Sí.
VIVALDO
¡Clemencia!
DOÑA JUANA
Mañana...
VIVALDO
Pierdo el sentido.
DOÑA JUANA
Cuando amanezca.
VIVALDO
Tened
compasión de mi delirio,
ella me rechaza. Nunca
he de vencer su desvío.
Ya no pretendo, no espero.
Tan sólo verla codicio.
DOÑA JUANA
Basta. Sal de mi presencia.
VIVALDO
¡No!

Arrodillándose.

DOÑA JUANA
Vete.
VIVALDO
¡Piedad!

Escena VI

DICHOS y D. ALFONSO. Éste entra por la puerta del foro, cerca de la cual se detiene.

DON ALFONSO
(¡Qué miro!
a sus pies!)
VIVALDO
(¡El Almirante!)
DOÑA JUANA
(¡Cielos!) Quieto.

Deteniendo imperiosamente a VIVALDO, que trata de levantarse.

VIVALDO
(No adivino...)
DOÑA JUANA
¿Qué mal hay en que mi esposo
te vea a mis pies rendido?
DON ALFONSO
(¿Se burla?)

Yendo hacia DOÑA JUANA dominado de violento furor.

DOÑA JUANA
Pero, ¿tú aquí?
¿A estas horas?... ¿Qué motivo...?

Con naturalidad y calma que turban a D. ALFONSO.

DON ALFONSO
Luego lo sabrás.
DOÑA JUANA
Levanta...
Que ruegas en balde he dicho.

A VIVALDO.

A cumplir tu voluntad

A D. ALFONSO.

se resiste, y le despido.
DON ALFONSO
Pronto llegará la hueste:
manda que alcen el rastrillo.
DOÑA JUANA
Le alzarán sin mi licencia,
DON ALFONSO
lo contrario se previno.
DOÑA JUANA
Nunca respeta el vasallo
la ley que el señor deshizo.
DON ALFONSO
Ya tardas en complacerme.
DOÑA JUANA
Si ha de ser con mi permiso,
Vivaldo lleve la orden.
DON ALFONSO
Que la des tú propia, exijo.
DOÑA JUANA
No es decoroso.
DON ALFONSO
Obedece.
DOÑA JUANA
Obedezco a mi marido.

Escena VII

DON ALFONSO y VIVALDO.

DON ALFONSO
(¡Cierta es mi deshonra; sí!
¡Siervo aleve! ¡Esposa infiel!)
VIVALDO
(¡También tiene celos él!
Sufra lo que yo sufrí.)
DON ALFONSO
(No hay dudar: de verlo acabo.)
VIVALDO
(Salgamos: mi saña ardiente
domar no puedo.)
DON ALFONSO
Detente.
VIVALDO
Perdonad...
DON ALFONSO
Detente, esclavo.
VIVALDO
¡Oh!... Me afrentáis sin razón.
DON ALFONSO
A mí me ofende tu lengua;
y no te escarmiento...
VIVALDO
(¡Oh mengua!)
DON ALFONSO
Porque me das compasión.
VIVALDO
¡Compasión!

Adelantándose.

DON ALFONSO
¿Qué atrevimiento?
VIVALDO
No de compasivo, alarde
hagáis.
DON ALFONSO
Vil, traidor, cobarde.
VIVALDO
Apurad mi sufrimiento.
DON ALFONSO
De eso trato.
VIVALDO
Pues a fe
que si se me apura más
y olvido quien sois...
DON ALFONSO
¿Qué harás?
VIVALDO
Dios lo sabe, y yo lo sé.
DON ALFONSO
Dilo.
VIVALDO
Mi valor probaros.
DON ALFONSO
¿Cuándo?
VIVALDO
Al punto.
DON ALFONSO
¿Dónde?
VIVALDO
Aquí
DON ALFONSO
¿provocarme osaras?
VIVALDO
Sí.
DON ALFONSO
¿Y pelear?
VIVALDO
Y mataros.
DON ALFONSO
Pues ya aquí, tenlo entendido,
no hay vasallo, ni hay señor.
VIVALDO
Pues vos el vil, el traidor,
el cobarde, el mal nacido.
DON ALFONSO
Haz de tu impudencia gala,
que así acrecientas mi furia.
VIVALDO
Nada reparo: la injuria
con quien me ofende me iguala.
DON ALFONSO
Conmigo vas a reñir,
que de ti vengarme quiero.
VIVALDO
Ved ya desnudo mi acero.

Sacando la espada.

DON ALFONSO
A matar pues.

Desnudando la suya.

VIVALDO
O a morir.

Riñen.

DON ALFONSO
Sí; que en matar ¡vive Dios!
O en morir mi dicha fundo.
VIVALDO
Bien decís; que ya en el mundo
no hay lugar para los dos.

Escena VIII

DICHOS. DOÑA JUANA y criados con hachas.

DOÑA JUANA
¡Cielos! ¡Tened!
DON ALFONSO
En logrando
mi venganza con su muerte.
VIVALDO
¡Aun aliento!
DOÑA JUANA
Espera. Advierte.

Ora a D. ALFONSO, ora a VIVALDO.

DON ALFONSO
Nunca.
VIVALDO
Jamás.
DOÑA JUANA
Yo lo mando.
DON ALFONSO
Aparta.
DOÑA JUANA
Pues no os contengo
en tan injusta porfía,
Yo entre los dos...

Poniéndose entre ambos.

DON ALFONSO
¡Qué osadía!
DOÑA JUANA
Aun lo dudo.
VIVALDO
¡Y no me vengo!
DOÑA JUANA
¿Será verdad que te hallo

A VIVALDO.

en lucha con tu señor?
¿Qué tú infamas tu valor

A D. ALFONSO.

riñendo con un vasallo?
DON ALFONSO
¿Y tú me reprendes?
DOÑA JUANA
Sí.
DON ALFONSO
¿Tú con torpe confianza
te opones a mi venganza?
¿Tiemblas por él o por mí?
DOÑA JUANA
¿Qué dices?
DON ALFONSO
La indignación
más me enfurece. Abre paso,
o con un golpe traspaso
el tuyo y su corazón.
DOÑA JUANA
¡Cielos!... Mas ¿cómo olvidar
puede mi esposo quién soy,
quién es él?... ¿Soñando estoy?
No... ¿Qué debo recelar?
Tu regreso, tus enojos,
cuyo origen busco en vano,
este abrasar de tu mano,
ese brillar de tus ojos,
Todo es señal evidente
de tu ciego desvarío.
Sí; no hay duda: el sol de estío
hizo delirar tu mente.
(Vuelve en ti: observa un instante
quién te escucha, quién te mira...

En voz baja, señalando a los criados.

¡Oh! Sí; delira, delira...

A los criados.

DON ALFONSO
(¿Qué dice?... Es cierto: ¡delante
de todos!)
DOÑA JUANA
Habla...
DON ALFONSO
¡Tal vez!...
(Ocultar debo mi agravio.)
¡Tal vez!... Acertó tu labio...
Pero con necia altivez
Enfureciéndose de nuevo.me ha ofendido, y no revoco
de Vivaldo la sentencia.
DOÑA JUANA
Obra, pues, mas con prudencia.
DON ALFONSO
¡Prudencia pides a un loco!
DOÑA JUANA
Tente.
DON ALFONSO
Muera quien me agravia.

En ademán de herir a VIVALDO.

DOÑA JUANA
Dame tu espada.

A VIVALDO.

VIVALDO
Señora...

Como resistiéndose.

DOÑA JUANA
Dámela.

Se la arrebata y la tira lejos de sí.

Mátale ahora.

A D. ALFONSO.

DON ALFONSO
¡Vive Cristo!
DOÑA JUANA
¡Hiere!
DON ALFONSO
¡Oh rabia!

FIN DEL TERCER ACTO.

Acto cuarto

La misma decoración del anterior.

Escena primera

MARINA y BELTRÁN.

MARINA
Reparad...
BELTRÁN
Nada reparo.
MARINA
Desistid: ved...
BELTRÁN
Nada veo.
Me cansan las dilaciones
y abomino los enredos;
sé que vale más un toma
que dos te daré; me precio
de sagaz; lengua expedita
no me falta; y como el cielo
no desampara al osado,
ni hay tus tus al perro viejo,
voy a mi negocio siempre
por el camino derecho.
MARINA
¡Sendas por mi mal perdidas!
Esto no tiene remedio.
BELTRÁN
¡Bueno es estarse llorando
y dejar correr el tiempo,
y que el demonio se lleve
el pactado casamiento!
No hay pez tan escurridizo
como un novio, te lo advierto;
y es un notorio milagro
verle preso en el anzuelo.
Pero tú tiemblas...
MARINA
(Me asalta
un horrible pensamiento,
que me aterra y enloquece.
¡Ella de virtud modelo!...
¡Oh, no: imposible!)
BELTRÁN
¿En qué piensas?
MARINA
En nada.
BELTRÁN
Pues acabemos.
¿Amas a Vivaldo?
MARINA
¡Así
pagara mi tierno afecto!
BELTRÁN
¿Fueras su mujer gustosa?
Mi gloria cifrara en ello.
BELTRÁN
Entonces...
MARINA
No hay esperanza.
BELTRÁN
¿Quién lo impide?
MARINA
Mi hado adverso.
BELTRÁN
¿Y he de estar brazicruzado?
Y he de callar?
MARINA
Os lo ruego.
BELTRÁN
Todas son unas. ¡Mujeres!
¿Quién jamás pudo entenderos?
Todo lo hacéis y decís
siempre al revés. ¡Cuán discreto
anduvo nuestro vecino
Ginés el alcabalero!
Cruzaba una vez el río
que dista de aquí una legua,
con su mujer y su yegua,
ambas de genio bravío;
y cátate que el demonio
una de las suyas fragua,
y tumba en medio del agua
animal y matrimonio.
Asirse logra el paciente
a unos mimbres de la orilla;
pero su pobre costilla
presa fue de la corriente.
Muy convencido Ginés,
sin contrarios pareceres,
de que siempre las mujeres
todo lo hacen al revés;
a la suya, en ansia viva,
al salir de aquel trabajo,
no buscaba río abajo,
sino por el agua arriba.
A más ver.
MARINA
Tened.
BELTRÁN
¡Ya basta!
MARINA
¿Nada os dicen los misterios
de esta noche?
BELTRÁN
¿Qué me importan?
(Por descifrarlos reviento.)
MARINA
¿Nada la vuelta del amo,
ni el crujir de los aceros,
la reserva de los mozos?...
BELTRÁN
Sí; me dice todo esto
que grande señal de calma
son relámpagos y truenos.
El ama: a pedir de boca.
Verás si luzco mi ingenio.

Escena II

DICHOS. DOÑA JUANA.

BELTRÁN
Señora...
DOÑA JUANA
Manda que ensillen
un caballo.
BELTRÁN
¿Ahora?
DOÑA JUANA
Al momento.
BELTRÁN
Será cosa muy urgente.
¿Algún aviso?... ¿Algún pliego?...
DOÑA JUANA
Ya tardas.
BELTRÁN
Señora... yo...
(Vamos, hoy corre mal viento.)

Vase.

DOÑA JUANA
Sola déjame. A Vivaldo
aguardo aquí.
MARINA
(¡Dios eterno!)

Vase.

Escena III

DOÑA JUANA y VIVALDO.

VIVALDO
¿Me habéis mandado llamar?
DOÑA JUANA
Sí.
VIVALDO
Yo anhelaba también
esta ocasión para hablaros.
DOÑA JUANA
Sabe que si te llamé,
te cumple tan sólo ahora
oírme y obedecer.
Faltaste a mi esposo anoche;
y evitar es mi interés
el enojo que tendrá
si en el castillo te ve.
Un caballo, de orden mía,
se encuentra dispuesto; en él
para siempre de estos sitios
te alejas.
VIVALDO
¿Qué pretendéis?
DOÑA JUANA
De estar en mi servidumbre
has cesado desde ayer.
VIVALDO
Señora, inventad castigos;
cualquiera menos cruel
será para mí.
DOÑA JUANA
Te impongo
el que oportuno juzgué.
VIVALDO
Pero advertid...
DOÑA JUANA
No hay remedio.
VIVALDO
¡Yo partir!
DOÑA JUANA
Luego ha de ser.
VIVALDO
¿Para siempre?
DOÑA JUANA
Para siempre.
VIVALDO
¡Salir de mi patria! ¡Ved
que en ella está mi contento,
mi vida, mi único bien!
DOÑA JUANA
Sabes que soy inflexible.
VIVALDO
Señora, no me mandéis
lo que no puedo cumplir.
DOÑA JUANA
Que me obedezcas es ley.
VIVALDO
¡Extraña impiedad!
DOÑA JUANA
Precisa.
VIVALDO
Destrozáis un pecho fiel,
que es vuestro...
DOÑA JUANA
No quiero oírte.
VIVALDO
Ya es fuerza que me escuchéis;
harto he callado.
DOÑA JUANA
¡Silencio!
VIVALDO
No más, no más timidez.
Para vencerme no tengo
la fuerza que vos tenéis...
DOÑA JUANA
No te comprendo: obedece.
VIVALDO
No me queréis comprender.
DOÑA JUANA
Al punto: sal de mi casa.
VIVALDO
¡Bien adivino por qué
me imponéis silencio!
DOÑA JUANA
Al punto.
VIVALDO
¡Destino implacable!
DOÑA JUANA
Ten
presente que mayor pena
que el destierro puede haber;
y para nada procures
volver a verme otra vez,
porque no has de conseguirlo.
VIVALDO
¡Señora!
DOÑA JUANA
¡Obedece, pues!

Entra en su aposento.

Escena IV

VIVALDO solo. Después BELTRÁN.

VIVALDO
Me aleja porque me teme.
Me impide hablar, con desdén,
porque una palabra mía
derrocara su altivez.
Sí; corresponde a mi amor.
No se engaña el pecho aquel
que a hermoso dueño consagra,
invencible, eterna fe.
¿Si no me quisiese ella,
pudiérala yo querer?
¿Y me arrojáis del palacio
para siempre? ¿Y no obtendré
el consuelo, o la venganza
de decir a vuestros pies
que os adoro? No: ¡mil veces,
mil veces os lo diré!
Finge que mi amor ignora,
porque su defensa es
únicamente ignorarlo.
Pero ella al fin es mujer,
y en que yo se lo declare
tal vez cifradas estén
mis esperanzas... Mas, ¿cómo,
cómo a su lado podré
llegar? Si al fin lo consigo,
poniendo en riesgo a la vez
mi vida y su fama, ¿acaso
más tenaz no la hallaré?
¿No me turbarán de nuevo,
su aparente impavidez,
su mirar fascinador,
su acento?¡Suerte cruel!
Mas fuerza es ya que lo sepa.
Por todo atropellaré,
y lo sabrá. ¿Qué me importa
lo que pueda suceder?
Si labro mi ruina, al menos
la habré merecido.
BELTRÁN
¡Eh!...

Apareciendo por la puerta del foro.

(¿Estará sordo?)
VIVALDO
(¡Es preciso!)
BELTRÁN
¿No sabes tú para quien

Acercándose.

es el caballo que el ama
mandó ensillar?
VIVALDO
No lo sé.

Vase.

Escena V

BELTRÁN
¡Huye bendito de Dios!
Ya es la casa otra Babel;
y al fin entre tantos locos
dará mi juicio al través.
Vaya, aquí hay gato encerrado,
y más grande que un lebrel.
Por más que discurro, nada...
No cojo gato, ni pez.
Ya le cogí. Se dispone
un alazán cordobés;
se llama a Vivaldo luego;
se le dice... no sé qué;
vuelvo a este sitio, y le hallo
estampa de Lucifer.
Vivaldo será el jinete
como dos y una son tres.
¿Dónde irá? ¿Por qué disgusta
la comisión al doncel?

Escena VI

BELTRÁN y D. ALFONSO.

DON ALFONSO
(¡Qué mujer! ¿Y aún dudo? Anoche
me contuve... Hoy con usura
vengarme sabré... Castigo
secreto a secreta injuria.)
BELTRÁN
¡Aquí el amo!... Perdonad

Reparando en D. ALFONSO.

una indiscreta pregunta.
DON ALFONSO
¡Eh! ¡Vete!
BELTRÁN
(Pues él también...
De muy lindo humor madruga.)
Sabéis que soy una malva,
que mi gratitud es única.
Anoche, sin más ni más,
por vos rompí la clausura,
y os abrí el castillo, a riesgo...
DON ALFONSO
Ya de mi paciencia abusas.
BELTRÁN
Como os habéis empeñado
en darme favor y ayuda,
y como Vivaldo...
DON ALFONSO
Acaba.
BELTRÁN
Se va a marchar.
DON ALFONSO
¿Qué pronuncias?
BELTRÁN
Ya estará a punto el caballo.
DON ALFONSO
¡Un caballo!
BELTRÁN
(¡Le disgusta!)
La señora lo ha dispuesto.
DON ALFONSO
(Por salvarle de mi furia.
¡Oh! No será.)
BELTRÁN
¡Pues!... Y como
quedamos, cosa muy justa,
en casarle con la otra...
DON ALFONSO
No: no se irá...
BELTRÁN
¡Qué ventura!
Ya imaginaba que vos
no consentiríais nunca
en que se marchase, cuando...
DON ALFONSO
¿Eh, qué dices, qué murmuras?
BELTRÁN
Nada. Como va a casarse...,
y como no tiene mucha
gana de viajar..., y como
le queréis con gran ternura...
DON ALFONSO
Sí, cierto... Pero sosiega,
que no ha de partir.
BELTRÁN
¡Oh suma
bondad! ¡Qué gran corazón!
DON ALFONSO
Corre, y prevén que a ninguna
persona se le permita
salir del castillo. Escucha...
Iré yo mismo. Aquí aguarda.

Vase por el foro.

BELTRÁN
Bien.

Escena VII

BELTRÁN y VIVALDO: después MELENDO; a poco MARINA.

VIVALDO
(Probemos por vez última,
y como no...)
BELTRÁN
¿Adónde bueno?
VIVALDO
A entregar esta minuta
y cuentas a la señora.
BELTRÁN
¿Van las del monte?
VIVALDO
Sí.
BELTRÁN
¿Turbias?
VIVALDO
Falta sólo que se aprueben.
BELTRÁN
¿Y es cosa urgente?
VIVALDO
Sin duda.
BELTRÁN
(Bueno es que al ama entretenga
hasta que el otro concluya.)
VIVALDO
Valor. Entremos.
MELENDO
No puedes
entrar.

Desde la pçuerta del aposento de DOÑA JUANA.

VIVALDO
¿Quién lo dificulta?
MELENDO
Del ama expreso mandato.
Perdona.

Con expresión de sentimiento.

VIVALDO
¡Oh Dios!
BELTRÁN
¿Qué te apura?
Lo mismo es hoy que mañana.
VIVALDO
¡Qué bien lo supuse!
BELTRÁN
(Juzga
que va a partir!)
VIVALDO
¡El infierno
en mi daño se conjura!
BELTRÁN
¿Tengo yo franca la puerta?

A MELENDO, que hace un movimiento afirmativo.

Pues entonces, aleluya.

Arrebata a VIVALDO la cartera, y se dirige presuroso hacia la habitación de DOÑA JUANA.

VIVALDO
¿Qué haces? Detente.
BELTRÁN
Suponlas
ya en sus manos.
VIVALDO
¡Importuna
diligencia!
BELTRÁN
Soy tu amigo.

Entra en el aposento de DOÑA JUANA, y MELENDO tras él.

VIVALDO
Tente, aguarda... ¡Es gran locura!...
No importa.
MARINA
(¡Él aquí!)
VIVALDO
(¡Marina!
¡Cuál su presencia me turba!
No quiero hablarle...; no quiero
explicaciones ni excusas...
¡Oh, la ansiedad me devora!
Que mi destino se cumpla.)

Vase por la puerta de la derecha.

MARINA
¡Se va!... ¡Me evita el martirio
de disimular mi angustia!

Escena VIII

MARINA y BELTRÁN.

BELTRÁN
¡No se puede sufrir esto!

Saliendo enfurecido de la habitación de DOÑA JUANA, con la cartera del despacho en la mano.

MARINA
¿Qué tenéis?
BELTRÁN
¿Qué he detener?
Que desde el amanecer
todos me ponen mal gesto.
-Señora-¿Qué me presentas?

Como reproduciendo la conversación que se supone ha tenido con DOÑA JUANA.

-Cuentas de Vivaldo son:
falta vuestra aprobación...
-Vete; no estoy para cuentas.
-Creo que vienen muy claras...-
Vete. -Y al momento... -Vete.-
Pero... -¡Pronto! -¿Quién me mete
en camisa de once varas?
MARINA
Cargado está el horizonte.
BELTRÁN
Y de nubes turbulentas.
No más cuentos, ni más cuentas...
¡Y aquí vienen las del monte!

Con interés.

Hermoso bosque se ardió

Abre la cartera y ojea los papeles, como distraído.

y a nadie fue de provecho...
Pero, en fin, a lo hecho pecho.
¡Hola, por aquí ando yo!
Mi cuenta. No será raro
que el secretario, mohíno
porque va a ser mi sobrino,
me haya puesto algún reparo.
MARINA
No penséis mal.
BELTRÁN
Si le ofendo
sin razón, él por su parte
me ofende a mí al desairarte.
¡Jesucristo! ¡Qué estoy viendo!

Leyendo uno de los papeles que habrá en la cartera.

MARINA
¿Qué sucede?
BELTRÁN
¡Sí; no hay más!

Hablando consigo mismo.

MARINA
¡Oh! ¿Qué dice ese papel?
BELTRÁN
¡Y ella!... Sí.
MARINA
¿Qué dice?
BELTRÁN
¡Y él!...
Piensa mal y acertarás.
MARINA
Hablad: mi zozobra acabe.
BELTRÁN
Burlado quedo ¡oh baldón!
¡He sido como ratón
que un solo agujero sabe!
MARINA
Hablad.
BELTRÁN
Me engañó. ¡Te humilla!...
MARINA
¿Quién? ¿Qué debo recelar?
BELTRÁN
¡Después de tanto nadar,
no hay como ahogarse en la orilla!
MARINA
Dejad que esa carta lea.
BELTRÁN
En ella verás tu ruina.

Dándosela.

MARINA
¡Cielo santo!

Leyéndola.

BELTRÁN
No es harina
todo aquello que blanquea
MARINA
¡Callad! Mi pecho destroza
este secreto, y me asusta.
BELTRÁN
¡Miren la grave, la adusta
Doña Juana de Mendoza!
También ella el germen siembra
del oprobio, ingrata y ruin.
Una ricahembra, al fin,
si es rica también es hembra.
MARINA
¡Tal maldad su pecho esconde!
BELTRÁN
Voy a decirle...
MARINA
Aguardad.
BELTRÁN
Al son que canta el abad,
el sacristán le responde.
Ya con sus miradas hoscas
no me turbará la infiel;
y no hay sino hazte de miel,
y no te verás de moscas.
MARINA
¡Por Dios!...
BELTRÁN
Sí, tu ruego acato,
y espero ocasión mejor,
que nunca es buen cazador
siendo maullador el gato.
MARINA
¡Faltarme así doña Juana!
BELTRÁN
El escudero de Aroche,
de lo que dice de noche
no se acuerda a la mañana.
MARINA
Y tú, Vivaldo, ¿por qué
mi afecto pagas tan mal?
¿Cuál fue mi delito, cuál
si el quererte no lo fue?
Mas ya te aborrezco, sí;
ya os detesto, almas traidoras.
BELTRÁN
¿Que le aborreces, y lloras
y me haces llorar a mí?
En mi pecho tu dolor
eco fiel siempre hallará,
que el más alegre quizá
es el que siente mejor.
Disponte luego a partir;
nada contigo me aterra:
donde una puerta se cierra,
ciento se suelen abrir.
Y espere que digno esposo
al cabo a sus pies se rinda,
quien tiene cara tan linda
y corazón tan hermoso.
Yo el sustento de los dos
ganaré, y al fin completa
será tu dicha, que aprieta
mas no ahoga nunca Dios.
MARINA
Sí; mi planta no vacila.
BELTRÁN
Salgamos de esta morada
con la frente levantada
y la conciencia tranquila.
MARINA
¡Oh cuán dura humillación
suerte fatal me depara!
BELTRÁN
Más vale vergüenza en cara
que mancilla en corazón.

Escena IX

DICHOS y DON ALFONSO.

DON ALFONSO
(¿Qué es esto? ¿Los dos llorando

Deteniéndose en la puerta del foro.

y demudado el semblante?)
BELTRÁN
(¡El amo!)
MARINA
(Dadme al instante
la carta.)

BELTRÁN se la da y ella trata de ocultarla entre las manos.

DON ALFONSO
(¿Qué estoy mirando?
¡Marina un pliego ocultó!...
MARINA
(Que no sospeche.)

Procurando tranquilizarse.

DON ALFONSO
(¡Cautela
singular!... ¿De mí recela?
¡Imposible! ¿Y por qué no?
¿Será?...) ¿Qué nueva importuna

Adelantándose.

contiene el pliego que guardas?
MARINA
(Le ha visto.) Señor...
DON ALFONSO
Ya tardas
en responderme.
MARINA
Ninguna...
DON ALFONSO
Dámelo.
MARINA
Pero...
BELTRÁN
(El asunto
va mal.)
MARINA
Perdonad yo os ruego
BELTRÁN
es una cuenta...
DON ALFONSO
Ese pliego.

Imperiosamente.

MARINA
¡Dios mío!
DON ALFONSO
Dámele: al punto.

Toma el pliego de manos de MARINA sin que ella oponga resistencia. A una serial imperativa de D. ALFONSO, sale con BELTRÁN por la puerta del foro.

Escena X

DON ALFONSO. Después MELENDO.

Sí: la prueba apetecida
me otorga propicio el hado...
Y por no haberla encontrado
diera contento la vida.
¿Por qué abrasa este papel?
¿Qué puedo en él encontrar,
que antes quisiera cegar
que fijar la vista en él?

Leyendo.

«Os amo, y pagáis mi amor:
ya es imposible ocultarlo,
ni extinguirlo con la ausencia,
ni remediar sus estragos.
Vedlo bien: con el destierro
no ponéis mi vida a salvo,
y más amargáis la vuestra.
Antes la muerte. -Vivaldo.»
¡Oh sí: se amaban los dos!
Cierto, cierto es lo que miro.
No, no, sueño; no deliro,
no me engaño... ¡Ira de Dios!
Ardiendo en culpable llama
desdeñó mi pura fe!
¡Y yo que necio fié
en la opinión de una dama!
He aquí la que no tenía
en la voz del mundo precio.
Siempre aplaude el mundo necio
la astucia y la hipocresía.
Muera quien manchó mi honor;
ni es satisfacción bastante
el dolor de un solo instante
para un eterno dolor.
¿Y con el suyo ha de ser
envilecido mi nombre?...
¡Maldita ley que hace al hombre
juguete de la mujer!
¡Oh! ¿Qué?...

Viendo a MELENDO, que entra por la puerta del foro.

MELENDO
La gente marcial
ya para marchar se apresta.
DON ALFONSO
Luego que se halle dispuesta,
hagan las trompas señal.

Vase MELENDO.

Escena XI

DOÑA JUANA y D. ALFONSO. Después MELENDO.

DON ALFONSO
(Ella viene. ¡Dios me valga!)
DOÑA JUANA
¿Por qué, cuando yo despido
a Vivaldo, has prohibido
que de estos lugares salga?
DON ALFONSO
¿Por qué? Convencerte espero
de que fue cuerda medida
no consentir su partida
sin que esto vieses primero.
DOÑA JUANA
¿Este pliego?...
DON ALFONSO

Dándosele.

Es para ti.

DOÑA JUANA fija en él la vista.

Ve si es prudente que parta.
DOÑA JUANA
¡Oh!
DON ALFONSO
¿Qué dices?
DOÑA JUANA
Que esta carta
no puede ser para mí.
DON ALFONSO
Mal la turbación escondes
que miro en tu faz pintada;
eres de Vivaldo amada,
y tú a su amor correspondes.
DOÑA JUANA
¡Oh! ¿Qué escucho?
DON ALFONSO
Tu traición
ya es patente.
DOÑA JUANA
Sella el labio,
que no merezco el agravio,
que me ofendes sin razón.
DON ALFONSO
Mientes.
DOÑA JUANA
El furor modera.
DON ALFONSO
Ya vio este pliego Beltrán.
Muchos por él lo sabrán;
lo sabrá Castilla entera.
DOÑA JUANA
Ni habrá quien lo dude, no;
que el mundo, de envidia lleno,
siempre dudó de lo bueno,
siempre lo malo creyó.
Sí; lo sé. ¿Qué no atropella
de vil calumnia el rigor?
Cuanto es la gloria mayor,
tanto más se ceba en ella;
y donde el monstruo infernal
clava la garra homicida,
aun cuando sane la herida
queda siempre la señal.
¿Y habré de apurar las heces
de oprobio tanto? ¿Y osó
Vivaldo?... ¿Yo infame? ¿Yo
sin honra? ¡Jesús mil veces!

Cubriéndose el rostro con las manos.

DON ALFONSO
Harto tiempo fue ignorada
la traición de un pecho ingrato.
DOÑA JUANA
¿Con que, en su ciego arrebato,
nada le contuvo, nada?
Tal castigo merecí
por mi templanza excesiva.
Yo debí ser más altiva,
más severa... Yo debí
con ánimo resoluto
descubrir su torpe dolo.
¡Maldita, piedad, que sólo
das la ingratitud por fruto!
DON ALFONSO
Y en ver tu sangre vertida
va a gozarse mi furor.

Desnudando una daga.

DOÑA JUANA
Hiéreme, sí. Con mi honor
debe acabarse mi vida.

Mirándole cara a cara.

DON ALFONSO
Prepárate a recibir
tu castigo.
DOÑA JUANA
Desdichado,
para el que muere culpado
sólo es castigo morir.

Con imponente dignidad.

DON ALFONSO
¡Cielos! ¿Cuándo el crimen fue

Desconcertado por el aspecto de DOÑA JUANA.

tan audaz? ¿Quién nunca pudo
fingir así? Tiemblo... Dudo.
¡Oh, discúlpate!
DOÑA JUANA
¿De qué?
DON ALFONSO
Si horrible engaño me ciega,
deshazlo ya sin demora.
Quien te amó, quien aún te adora,
te lo manda, te lo ruega.
DOÑA JUANA
¿Yo con torpe liviandad
manchar, por viles amores,
el honor de mis mayores
y mi propia dignidad?
Aun está mi pecho en calma;
aun recuerdo sin rubor,
que cuanto el nombre es mejor
debe ser mejor el alma.
Aun firme en su noble empeño,
no ha olvidado el alma mía
que es la mayor villanía
nacer grande y ser pequeño.
Yo la deuda que contraje
con mis mayores cumplí;
yo al suyo mi ejemplo uní
para fundar un linaje
que, domando injusto encono,
más que el sol brillante y puro
soñé ver en lo futuro
alzarse hasta el mismo trono,
de la enseña de la cruz
esclava hacer la fortuna;
arrojar la media luna
del rico imperio andaluz;
y, siempre corriendo en pos
de grandes hechos, buscar
nuevo mundo a que llevar
el santo nombre de Dios.
Y con más sublime anhelo,
un nuevo mundo sacar
de los abismos del mar
para entregársele al cielo.
DON ALFONSO
¡Juana! ¡Juana!
DOÑA JUANA
Yo maldigo
al vil que así recompensa
mis bondades.
DON ALFONSO
Tal ofensa
no quedará sin castigo.
DOÑA JUANA
¡No, por mi nombre! (Callad

Hablando consigo misma.

impulsos del corazón.
Ya es crimen su obstinación;
ya es delito mi piedad.
¡Oh! Si el vicio impune dejo,
la virtud corrompo: sí,
grabadas están aquí
las palabras de aquel viejo.)
¡Hola! ¡Melendo!

MELENDO aparece por el foro. DOÑA JUANA se le acerca y le habla en voz baja.

DON ALFONSO
(¡Cuál crece
mi amante fuego por ella!
¡Ay del que sus glorias huella!)
MELENDO
¡Cómo! ¡Señora!

Aterrado.

DOÑA JUANA
Obedece.

Vase MELENDO.

DON ALFONSO
¿Qué intentas?
DOÑA JUANA
De un siervo infiel
castigar el ansia impura;
mas tú ser prudente jura,
y no ensangrentarte en él.
DON ALFONSO
¡Oh; no! Mi mayor delicia
será vengarme.
DOÑA JUANA
Una afrenta
con la venganza se aumenta,
se lava con la justicia.
DON ALFONSO
Pues bien; lo ofrezco. Serás
acatada en cuanto mandes.
DOÑA JUANA
Dios prueba las almas grandes
para engrandecerlas más.

Vase por el foro.

Escena XII

DON ALFONSO. A poco MARINA.

DON ALFONSO
¿Por qué al hombre que la infama
con tan insolente arrojo,
así libra de mi enojo?
MARINA
Don Alfonso.

Dentro.

DON ALFONSO
¿Quién me llama?
MARINA
Don Alfonso.

Dentro.

DON ALFONSO
La voz es
de Marina.
MARINA
Compasión

Saliendo por la puerta del foro y arrojándose a los pies de D. ALFONSO.

para Vivaldo. Perdón,
o aquí muero a vuestros pies.
Templad el rigor funesto
del fallo que le condena.
DON ALFONSO
Sufra Vivaldo la pena
que le haya su juez impuesto.
MARINA
¿Luego es ella, es doña Juana,
que no vos, quien ha dictado,
sin lástima de un cuitado,
sentencia tan inhumana?
DON ALFONSO
¿Y tú, a quien él desdeñó,
eres hoy su medianera?
MARINA
¿Qué importa que él no me quiera
para que le adore yo?
¡Vivaldo! ¡Vivaldo, ven;
deja que te ampare osada
contra la mujer amada,
la que llora tu desdén!
Vos no seréis inflexible,
vos seréis su salvador.
No es posible que el rencor
ciegue tanto. No es posible
que aprobéis en vuestra esposa
resolución tan severa.
Pensadlo bien. ¿No se altera
vuestra sangre generosa?
¡Van a matarle!
DON ALFONSO
¿A matarle?
MARINA
¿Qué, lo ignorabais? Melendo
me lo ha dicho, presumiendo
que yo podría salvarle.
DON ALFONSO
Pero, ¿estás segura?...
MARINA
Así
lo quiere suerte cruel.
¡Van a matarle, y con él
me van a matar a mí!
Ya creo ver que un impío
hiende su cuello o quebranta
su cerviz. ¡Morir con tanta
juventud y tanto brío,
cuando al bárbaro rigor
de estrella nunca vencida,
aún no sabe si hay más vida
que la vida del dolor!
Corred o será ya tarde;
y advertid que no consiente
vuestra fama de valiente
que os venguéis como un cobarde.
¡Harto le castiga Dios!
¿Y a quién no esclaviza, a quién,
mujer tan grande? ¡También
la amasteis al verla vos!
DON ALFONSO
Me agravia: en horribles celos
abrasó mi corazón.
¡Pero matarle a traición...
No será, viven los cielos!
Si por ella al recio yugo
del amor su pecho late,
merece que yo le mate;
no que le mate un verdugo.
Ni ya podré sin quebranto
castigar su anhelo impuro,
que al verle en trance tan duro,
ya no le aborrezco tanto.
MARINA
No en vano en vos esperé.
¡Con toda el alma os bendigo!
Venid Venid.
DON ALFONSO
Ya te sigo.

Escena XIII

DICHOS y VIVALDO, que aparece en la puerta por donde antes entró. Después BELTRÁN.

MARINA
¡Cielos!
VIVALDO
¡Todo lo escuché!
MARINA
Vivaldo, tu error confiesa;
y a quien hoy te patrocina...
VIVALDO
(¡Ay de mí triste!) ¡Marina!...
¡Señor!...
MARINA
Habla.
VIVALDO
La sorpresa...
El espanto...
MARINA
Haz que a tu ruego
su justo rigor se doble.
VIVALDO
(¡Ella tan buena, él tan noble,
y yo tan vil y tan ciego!)
Con razón llenó la suerte,
por castigo a mi demencia,
de amargura mi existencia
y de ignominia mi muerte.
DON ALFONSO
No hay suficiente castigo
para agravio que es inmenso;
pero matarle indefenso,
fuera honrar al enemigo.
Y nadie ha de suponer
que te dejé asesinar,
temeroso de acabar
el duelo empezado ayer.
Antes que a ella me enlazara
tú la amaste, y yo te doy
que me la disputes hoy
hierro a hierro y cara a cara.
Pues, ya que empeñado estás
en tan odiosa porfía,
quiero probarte que es mía
porque la merezco más.
VIVALDO
No esperéis que este infelice
arme contra vos la diestra;
y harto su valor demuestra
quien se arrepiente y lo dice.
Y tú, noble corazón,

Dirigiéndose a MARINA.

que desprecié en mi locura,
astro de mi noche obscura,
ángel de mi salvación...
Sí, ya me siento capaz
de amarte, y mi fin maldigo,
porque en deuda estoy contigo.
MARINA
Vive, y estamos en paz.
BELTRÁN
Huye, Vivaldo.
MARINA
¡Gran Dios!
BELTRÁN
Ya te busca el ballestero
que ha de matarte.
DON ALFONSO
El acero
desnuda.
VIVALDO
No contra vos.

Corriendo hacia el foro.

DON ALFONSO
Tente.

Corriendo a detenerle.

BELTRÁN
¿Qué haces?
MARINA
¡Ay de mí!
VIVALDO
Espera el verdugo
DON ALFONSO
en vano,
que de él te libra mi mano.

Poniéndose delante de VIVALDO como para escudarle.

VIVALDO
¡Cielos, y yo le ofendí!

Cayendo a sus pies.

Escena XIV

DICHOS y DOÑA JUANA.

DOÑA JUANA
¡Oh! ¿Qué miro? ¿En compasión
quedó trocada tu furia?
¿Así se venga una injuria?
DON ALFONSO
¡Gran venganza es el perdón!
Pues hoy por su culpa brilla
con nuevo esplendor tu frente,
perdona al que se arrepiente
y levanta al que se humilla.

Levantando a VIVALDO, que le besa la mano.

MARINA
¡Oh! Señora, por piedad...
BELTRÁN
¡Hija es la piedad del cielo!
DOÑA JUANA
¿Tú lo mandas?
DON ALFONSO
Yo lo anhelo.
DOÑA JUANA
¡Cúmplase tu voluntad!
DON ALFONSO
Si mereciste alabanza
por fuerte, prudente y justa,
hoy ciñe tu sien la augusta
corona de la templanza.

Óyense clarines.

Ven a la guerra. Fulmina

A VIVALDO.

la espada, allí valeroso,
y luego vive dichoso
en los brazos de Marina.
VIVALDO
¡Oh, qué bondad!

Con viva emoción.

DON ALFONSO
Ya el clarín
nos llama rasgando el viento.
VIVALDO
¡Señor!... ¡Marina!... ¡Un momento!

Besa la mano a D. ALFONSO y después se dirige a MARINA lleno de gozo.

BELTRÁN
¡Se va sin casarse al fin!

En un ángulo del proscenio.

DON ALFONSO
Hoy los cielos nos redimen
de oprobiosa esclavitud.
DOÑA JUANA
Sólo hay dicha en la virtud.
¿A qué buscarla en el crimen?

Óyese nuevo toque de clarines.

DON ALFONSO
Contigo siempre estará
mi pensamiento en la lucha.

Abrazándola.

DOÑA JUANA
Volverás, si Dios me escucha.
DON ALFONSO
¡Mi bien! ¡Mi orgullo!
DOÑA JUANA
¡Ojalá
que España aumente su gloria
lidiando contra el inglés
DON ALFONSO
y que yo rinda a tus pies
el laurel de la victoria.

Vase precipitadamente por el foro. BELTRÁN y MARINA le siguen.

Escena última

DOÑA JUANA y VIVALDO.

VIVALDO
¡Mi perdón!

Arrodillándose.

DOÑA JUANA
Ya te lo di.
VIVALDO
¡Gracias!

Levantándose.

DOÑA JUANA
¡Perdónete Dios!
VIVALDO
¡Él esté siempre con vos!

Dirígese corriendo hacia el foro.

DOÑA JUANA
(Si le amé, bien me vencí.)

FIN DEL DRAMA.