Obras
Manuel Tamayo y Baus

Tragedia en cinco actos
A ti, padre mío; a ti que lloras aún la muerte de mi madre.
Madrid 8 de Septiembre de 1853.
SR. D. MANUEL CAÑETE.
Terminada al fin la obra que hasta hoy ha sido mi mayor delicia y mi más cruel amargura, alimento casi exclusivo de toda mi alma, vuelvo a ti los ojos, Manuel mío, queriendo dar treguas al torturado pensamiento en el blando regazo de la amistad; y así como enfermo que en vano trata de poner en olvido su dolencia, siento que de nuevo se entra por mis sentidos con más vigoroso empeño aquella dulce enemiga de quien ya me juzgaba libre.
Y cuando no me autorizase a derramar en la tuya mi alma el nudo, nunca aflojado siquiera, de nuestro mutuo y desinteresado cariño, diérame a ello derecho suficiente el indomable entusiasmo y no quebrantada constancia con que, pródigo de tu erudición y talento en bien de la juventud que siente y cree, procuras disipar las tinieblas y señalar los escollos del traicionero laberinto en donde yacen ocultas Melpómene y Talía.
Ruégole, sin embargo, mi querido Manuel, que me perdones si te importuno demasiado, abandonándome todo a las tumultuosas reflexiones que en este momento me absorben y dominan a pesar mío.
¿Qué es Virginia? ¿Qué debería ser la tragedia para conseguir carta de naturaleza en la España de 1853?
Perdidamente enamorado de un género de literatura que siempre ha sido rey en la escena, y deseoso de que alguno de los jóvenes que tanto me aventajan en habilidad y talento dé cumplida cima a lo que yo vanamente hubiera intentado, juzgo además oportuno trasladar a esta carta, que tú, sin duda, me permitirás hacer pública, los no infundados recelos que son agrio fruto de mis reflexiones.
Las tragedias de Cienfuegos, el _Pelayo_ de nuestro gran Quintana, y el Edipo de Martínez de la Rosa, superior acaso a los de Sófocles y Voltaire, son preciosas joyas de la literatura nacional; D.ª Gertrudis Gómez de Avellaneda, D. José Díaz y otros, han cultivado este género recientemente; el bellísimo drama del Sr. Cervino titulado _Sara_ puede considerarse, a mi juicio, como un paso muy feliz en la regeneración de la tragedia; pero no bastando a destruir una regla algunas excepciones honrosísimas, puede asegurarse que la tragedia clásica no vive en nuestra literatura.
¿Por qué nunca ha podido aclimatarse en nuestro suelo el que siempre ha sido considerado como el más perfecto, el más noble linaje de poemas dramáticos?
La obra concluida hoy por mi pluma tosca y desmayada es una tragedia. Si la condena el público, ¿no habré contribuido, por más que se tenga en cuenta mi incompetencia, a robustecer la opinión, apenas combatida, de que la tragedia no puede sostenerse en la escena española, retrayendo tal vez del plausible propósito de probar lo contrario a más expertas y vigorosas plumas que la mía?
Este doloroso temor, amigo del alma, me obliga a declarar en alta voz que mi Virginia no es lo que, en mi concepto, debería ser la tragedia para lograr alzarse victoriosa en la España de nuestros días; y aun cuando no ignoro que en tan asendereada cuestión nada nuevo puede decirse, deber mío es recordar en este sitio algo de lo que todos saben, manifestando a la vez mis propias opiniones, aun cuando haya de ser con el desorden natural en quien escribe sin previo análisis ni coordinación de ideas.
Hija la tragedia francesa de la tragedia antigua, quiso seguirla paso a paso, en cuanto era posible hacerlo así, dada la distinta índole de dos épocas tan separadas. Este sistema, merced al poderoso numen de Corneille y de Racine, al común acierto de sus innumerables émulos o imitadores, y a los respetables preceptos de la crítica, escudado por el venerando ejemplo de la antigüedad, y despótico señor de la literatura del portentoso siglo XVII en Francia, dio leyes al mundo y redujo desgraciadamente la tragedia clásica a la triste condición de planeta estacionario.
¿Carece, por ventura, de defectos? ¿No es susceptible de mejora este tipo de belleza que, realzado en el teatro griego por el candor y la virginidad del recién nacido, es hoy contumaz y gastado caduco?
Yo creo firmemente que en las bellezas parciales de sus obras llegaron los griegos a un punto de perfección que no se ha sobrepujado, ni aun igualado después; pero creo también que para que la tragedia conquiste en nuestros días el puesto preferente que le corresponde, es fuerza romper la cadena que, en cierto modo, une aún la tragedia moderna con la antigua, si bien las que en ésta son bellezas indudables han mudado naturaleza, y son en aquélla defectos, de los que nunca perdona un auditorio del siglo XIX.
Los coros, profusamente prodigados en el poema trágico de la antigüedad y enteramente ajenos al argumento de la fábula, contribuían a estrechar más y más la acción, casi siempre esclavizada por las unidades de tiempo y de lugar. Reducido el poeta a trazar un solo momento de la vida de su héroe, el dolor tampoco tenía por lo común más que una sola manifestación; y exento las más veces el poema de la peripecia, que consiste en el cambio de la situación moral de los personajes, adolece necesariamente de cierta monotonía y languidez. Los griegos trazaban en sus obras, más que humanos, ciegos instrumentos de los dioses, que, libres de combates consigo mismos, caminaban derechos a su fin, sin estorbo ni detención alguna; resultando de aquí que, considerados los caracteres y los sentimientos como un efecto de la fatalidad, carecen de variado y profundo desarrollo, y el poema, en general, de aquella importancia moral y filosófica que tanto le enaltece convirtiéndole al ejemplo y enseñanza de las naciones. El teatro en Grecia, por otra parte, tenía un carácter esencialmente político y religioso, y el poeta no necesitaba redoblar sus esfuerzos para interesar y conmover a la multitud, seguro de lograrlo al recurrir a la superstición, o al ensalzar los hechos de los más ilustres antecesores de un pueblo tan virgen y entusiasta. Aun el mismo teatro contribuía a facilitar la ilusión. El teatro antiguo, según las palabras de Saint-Marc de Girardin, tenía por techo el firmamento, y por decoraciones las montañas y los mares; y cuando Ayax saludaba al sol por última vez, el sol brillaba efectivamente en el cielo, iluminando el rostro moribundo del héroe y las afligidas miradas de los espectadores; y cuando exclamaba: «Salamina, suelo sagrado de mi tierra natal», éstos podían ver a Salamina y su golfo esclarecido; y cuando decía: «Bella y gloriosa Atenas, dulce hermana de mi patria», Atenas entera estaba delante de sus ojos. El poeta en la antigüedad todo lo hallaba virgen, y tenía a su disposición el cielo, el mundo y el infierno: los espectadores abrían el desnudo pecho a todas las impresiones que quería hacerles experimentar, y libre de crecido número de rivales, lograba fácilmente espontánea y duradera admiración.
De todos estos elementos combinados nacieron las bellezas que tanto nos admiran, y los que no pudiendo llamarse defectos en el teatro antiguo, lo son aún imperdonables en el teatro clásico moderno.
Los franceses y los italianos, sin tener en cuenta que la índole especial de un género de literatura cualquiera nace del influjo que sobre él ejerce el espíritu de una época dada, se amarraron gustosos con la triple cadena que muchas veces no había pesado sobre la Melpómene antigua; restableciendo y aumentando las opresoras trabas, y atentos muy particularmente a despojar los caracteres y las pasiones de todo movimiento y variedad. Y como la sencillez de los griegos no era ya natural entre los escritores de los siglos XVII y XVIII, resultó que, degenerando poco a poco la imitación, lo que en el teatro antiguo fue disculpable trivialidad, magnífica sencillez, y muchas veces vigorosísimo arrebato, vino a ser en Francia, y más aún en Italia, afectación, amaneramiento y monotonía.
Firmes en el propósito de dar a la palabra y al sentimiento un tinte convencional de grandeza y decoro afectados, carece este género, por lo común, de toda la flexibilidad apetecible; y esta circunstancia, combinada con la pobreza del artificio, hace que todas las tragedias tengan un colorido análogo por cierta semejanza en la trabazón de la fábula y en el modo de hablar, pensar y sentir de sus personajes, héroes o esclavos, grandes o pequeños.
Los escritores del presente siglo que ponen su mayor conato en dar lógica combinación al plan de una comedia o drama, esto mismo es lo que más descuidan al tratar de componer una tragedia; y libres, por fortuna, de las trabas que motivan la uniformidad de expresión en la tragedia francesa e italiana, sacrifican, sin embargo, el interés a la monotonía de una sencillez rebuscada, la verdad a una grandeza casi siempre deslustrada por la afectación. Quizá sin darse cuenta a sí propios rinden a la tradición un culto idólatra, y se creen en el deber de despojar la fábula de la belleza del artificio en su parte material, y del interés que nace de las diferentes alternativas de toda pasión o carácter en su parte espiritual. Ni juzgo conveniente el que italianos y españoles hayan convertido en razón de belleza lo que entre los franceses es pura razón de necesidad. Si ellos escribieron y escriben, así la tragedia como la comedia y el drama, en un mismo metro invariable, es porque, como todo el mundo sabe, no tienen otro a propósito; pero cuando los mismos antiguos autorizan lo contrario, ¿a qué encerrarnos nosotros en tan vicioso círculo, con perjuicio notorio del poema dramático, que tanto pierde así del movimiento y galanura de su forma indígena? Esta reforma ya admitida, pero no suficientemente autorizada, contribuiría también, sin duda alguna, a españolizar la tragedia, haciendo más fácil su vencimiento en el teatro.
Quizá no sea posible adelantar un solo paso en el perfeccionamiento de varias de las dotes que ilustran ya la tragedia, levantándola sobre todos los demás géneros de literatura dramática; mas ¿perdería mucho, por ventura, si trocase sus envejecidos defectos por las lozanas cualidades del novísimo poema dramático, dócil al soplo perfeccionador de los siglos? Muchos rigurosos preceptistas prefieren, sin embargo, verla muerta para la literatura de la presente edad, a verla renacer con forma adecuada al espíritu de la época en que vivimos. El ya mencionado y justamente célebre Saint-Marc de Girardin, entre ellos, trata de probar que en lo antiguo todo era acabada perfección, y todo imperfección en lo contemporáneo; que los griegos pintaban las pasiones con verdadero colorido, y que ahora se equivoca por lo común el dolor físico con el moral, y en vez del sentimiento se retrata el instinto. Varios de los parangones que establece para probarlo me parecen inoportunos cuando menos; pero, por lo demás, no seré yo el que me atreva a impugnar a los que condenan toda situación violenta en los productos del entendimiento, y aspiran a proscribir del teatro todo lo que sobresalga un poco del orden más general de la Naturaleza, fundándose en que el exceso del dolor priva al hombre de su manera de ser. Pero ¿cuántos ejemplos irrecusables no podrían citarse en contra de tan sistemática doctrina? Y en el terreno de la realidad, ¿cuántos serán los que no hayan sentido mil veces ofuscada y vencida su razón a los rudos embates de las pasiones, siempre tan intranquilas y arrebatadas que, aun dado el carácter más apático, la menor contrariedad le lastima y ensoberbece? Y ¿no resultará una enseñanza profundamente saludable de hacer ver el extremo de angustia y degradación a que puede llegar el hombre impulsado por una pasión desordenada no reprimida a tiempo?
Sabido es, mi querido Manuel, que sólo la época en que los ingenios florecen es responsable de un defecto común a los más diestros como a los menos hábiles, y no negaré yo que así como las circunstancias especiales de los autores trágicos en Grecia dio a veces por resultado la trivialidad, así también entre los modernos produce a menudo el no menos reprensible defecto de la exageración, la exuberancia de vida de la sociedad que los conmueve, y los desesperados esfuerzos que necesitan hacer para ganar o no perder un nombre. Hoy apenas halla el poeta un solo carácter, idea o sentimiento que no esté ya beneficiado, y tiene que luchar al mismo tiempo con la afectada susceptibilidad de los que sólo gustan de ver la superficie del hombre en el teatro, y la de los que todo se lo exigen y se lo vedan todo. Pero ¿cuándo se han trazado con más delicadeza de expresión, con más vigoroso colorido que ahora, los más recónditos arcanos del alma? ¿Cuándo la ficción ha imitado más perfectamente la verdad? Triste propensión la que nos inclina a despreciar todo lo que existe a nuestro lado, que es despreciarnos a nosotros mismos. Yo, el más humilde de todos, pero más afortunado que otros muchos, no necesito para divinizar al gran escritor esperar a que desaparezca de la tierra, por más que pueda ver al hombre con mis propios ojos, tal cual le hayan hecho la Naturaleza y la sociedad.
Ni se me diga que la tragedia dejaría de serlo si experimentase modificaciones en el carácter que la ha determinado hasta aquí. Esto equivaldría a querer que la comedia fuese siempre como la de Aristófanes o Terencio, o bien como la de Molière. La tragedia clásica, a mi ver, puede reformarse y regenerarse como la comedia y como el drama mismo, sin perder el sello peculiar que la distingue; sin confundirse en manera alguna con el drama llamado romántico; sin dejar de ser, respecto de los demás géneros de literatura dramática, lo que el severo y majestuoso ciprés respecto de los demás árboles.
Nada que es difícil puede ser despreciable: ¿cómo ha de poder serlo el artificio dramático? Toda producción del arte se compone de dos elementos distintos: la estructura y la esencia; el cuerpo y el alma. Cuánto es más importante la segunda que el primero, no es menester decirlo; pero así como es difícil adivinar un alma hermosa en un cuerpo contrahecho y exiguo, así, en el poema dramático sobre todo, el artificio pobre y mal combinado debilita y encubre las bellezas del pensamiento.
Nunca fue ni será bastante en España para componer una tragedia inventar dos o tres confidentes que escuchen impasibles de boca de sus dueños, o se cuenten entre sí, lo que haya pasado o vaya sucediendo en el transcurso de la obra, y un mensajero o personaje episódico que en minuciosa relación describa su desenlace.
No quiere tampoco el público de nuestros días ver a Medea, por ejemplo, siempre furiosa e irritada contra su pérfido amante, formar desde luego y llevar a cabo, sin obstáculo moral ni material, el propósito de dar muerte a Creón y su hija, prometida esposa de aquél, para clavar después el hierro homicida en el pecho de sus propios hijos.
El público de nuestros días quiere que la acción de la obra dramática se enlace primero para ser desenlazada después; y no que sea, como sucede en la tragedia puramente clásica, un desenlace prolongado. El público de nuestros días querría que Medea no fuese sólo la venganza: querría que fuese el amor, el sacrificio, el desengaño, el dolor, la cólera, los celos, la mujer y la madre, y la venganza, al fin, triunfadora de todo.
Voltaire, más atrevido que sus predecesores y coetáneos, deploraba ya la esclavitud a que el ingenio se veía reducido en su patria y envidiaba la cualidad soberana del teatro inglés. He aquí el secreto: el teatro inglés había tenido a Shakespeare por padre, así como el teatro español debía la vida a Lope de Vega y Calderón. El más alto privilegio de los seres prodigiosos, que verdaderamente pueden llamarse creadores, es el de transmitir su espíritu a las generaciones futuras. El de Shakespeare vivía y vivirá siempre en Inglaterra, como el de Lope y Calderón en España. La rica y portentosa vena de estos tres colosos ha dado un carácter indestructible a entrambas literaturas. La bandera enarbolada por ellos en dea todavía triunfadora en ambas naciones sobre las ruinas de la tradición, proclamando la libertad del ingenio.
Y por otra parte, ahora sólo van muchos al teatro a matar el fastidio durante algunas horas, y el autor dramático se dirige a una multitud que, al comenzarse la representación, apenas puede desprenderse de los graves o ridículos pensamientos que la absorben. La política, en que hoy interviene desde el más alto al más pequeño, y tanto preocupa a todos; los azares de las operaciones mercantiles, alma de las sociedades modernas; el afán desmedido de medro, que, merced a fabulosos ejemplos de fortunas improvisadas, punza y exacerba a los más humildes; el necio alarde de no pequeña parte de nuestra juventud de desdeñarlo todo y burlarse del dolor ajeno, así en la realidad como en la ficción; la ridícula manía de los muchos que siempre están dispuestos a satirizar lo humano y lo divino con tal de hacer reír a costa del prójimo; los celos literarios, tan enconados hoy que a veces no perdonan ni a los ingenios más ilustres la envidia, prodigiosamente desarrollada y más despierta que nunca; la impaciencia, soberana absoluta del siglo XIX; todo, todo conspira contra el escritor dramático en la refinada y turbulenta sociedad en que vivimos.
Ahora los buques surcan los mares sin necesidad de viento que los impulse; el vagón vuela inflamado por la llanura destruyendo la distancia; la palabra cruza el espacio en alas del pensamiento; mil y mil portentosos descubrimientos se suceden a la carrera; atropéllanse los trastornos que mudan la faz a los pueblos; todo es agitación y vida, todo tiene proporciones colosales: el amor y el odio, la cobardía y el heroísmo, la perfidia y la lealtad, la frivolidad y el arrebato, el indiferentismo y la abnegación, la duda y la creencia; y gastada el alma a fuerza de nuevas y terribles impresiones, la sociedad es otro Prometeo, y el ansia de la novedad buitre insaciable que le devora las entrañas.
Y para conmover el alma y fijar la atención de un auditorio del siglo XIX, ¿no será preciso retratar su vida, su agitación, su manera de ser, ese indefinible conjunto de miseria y grandeza, en todo poema que aspire a obtener su aprobación en el teatro? ¿No será preciso romper, pulverizar las cadenas de la tradición, haciendo que la tragedia interese y conmueva como el drama moderno, aun cuando pierda algo de su severidad majestuosa?
Menos desabrida sencillez, más lógico artificio; menos descriptiva, más acción; menos monótona austeridad, más diversidad de tonos, más claroscuro en la pintura de los caracteres; menos cabeza, más alma; menos estatua, más cuadro.
Tal debería ser la tragedia, o mucho me engaño, queridísimo amigo, para lograr carta de naturaleza en la España de 1853.
¿Son éstas las alteraciones que me he propuesto introducir en la presente obra? No me he propuesto introducir ninguna. Exacto regulador de mis propias fuerzas, no he intentado descubrir un nuevo rumbo, y sólo el irresistible incentivo de mis gustos y tendencias particulares me ha impulsado a hermanar algún tanto en ella el elemento moderno con el antiguo.
Decidido a ensayarme en el género de que se trata, y creyendo que esta tragedia mejor que otra alguna podría tener en nuestros teatros ventajosa interpretación por la índole especial de los personajes que en ella figuran, di principio a tan ardua tarea con el calor de un entusiasmo virgen todavía, y animado, sobre todo, por la firme convicción de que la excelencia del asunto sería escudo protector a las imperfecciones de su desempeño. El pobre edificio construido por mi débil numen se apoya en dos fortísimas columnas: el amor a la honra; el amor a la libertad. Si mi _Virginia_ desagrada, mía es toda la culpa; si, por lo contrario, alcanza éxito feliz, a aquellos dos sentimientos, tan puros como grandes, seré deudor de toda la gloria.
Muchas eran las tragedias escritas sobre el mismo asunto; pero ninguna de ellas goza de gran popularidad, exceptuando una sola, que tampoco es la obra maestra de su autor. Esta reflexión, y la no menos convincente de que casi todos los asuntos _teatrales_ de la historia romana están beneficiados en multitud de producciones trágicas, me alentaron a arrostrar aquel inconveniente, teniendo también en cuenta la circunstancia de ser bastante pálidas y desabridas las _Virginias_ trazadas por pluma española. Mairet, Dutheil, Leclerc, Chabanon, Le Blanc, Campistron, La Harpe y Latour de Saint-Ibars en Francia; Alfieri en Italia; el Conde Leopoldo en Suecia; y Juan de la Cueva, Montiano y Ledesma en España, entre otros, han presentado en obras dramáticas la muerte de Virginia y la caída del decenvirato. Conozco las de Alfieri, Latour de Saint-Ibars, Leopoldo, Montiano y Ledesma, y la traducción que de la del primero hizo tan hábil y vigorosamente nuestro erudito Solís. Las otras de que tengo noticias no han llegado a mis manos.
El grandilocuente arrebato de la de Alfieri, los rasgos atrevidos y gran tesoro de bellezas de la de Latour de Saint-Ibars, y las patéticas situaciones de la del Conde Leopoldo, hacen resaltar a mis propios ojos las imperfecciones, y bajeza de la mía; pero aún me lisonjeo de que, comparada con las de Montiano y Ledesma, podrá sostener con ventaja la competencia.
Alfieri presenta a Virginio por primera vez en la mitad de la obra, sabiendo ya la atroz desventura de su hija; Montiano sólo le hace intervenir en el final. Yo he creído, con Latour de Saint-Ibars, que para que después interesasen hondamente sus dolores era preciso darle a conocer primero como virtuoso ciudadano y amorosísimo padre; prefiriendo parecerme a este último escritor, en la dura alternativa de tener que parecerme a alguno de los que antes que yo habían dado vida literaria a este suceso. Más padre que romano, tal como sistemáticamente se comprende este carácter, mi Virginio se diferencia por esta circunstancia de los demás que conozco, y creo que, mala o buena, es creación que exclusivamente me pertenece.
Lo mismo puedo decir, y tal vez con más sólida razón, del decenviro Claudio, cuyas fuertes y variadas tintas difieren en todo de las que hasta ahora se habían dado a este personaje. Cobarde y temerario a la vez, teme al noble soldado y al antiguo tribuno; teme a Roma; ríndese falto de aliento y vida no bien se alza delante de sus ojos el airado fantasma de la superstición, y tiembla de sí mismo; pero ni la tierra ni el cielo pueden detenerle en su carrera, y, simbolizando siempre la obstinación más ciega y desordenada, atropella todos los obstáculos y corre de escollo en escollo hasta precipitarse en el abismo.
Icilio, que en la _Virginia_ del enunciado trágico francés ha sido eliminado de la fábula y eclipsa completamente a los demás personajes en la de Alfieri, descuella en la mía mucho menos que cualquiera de los tres en que literaria, histórica y filosóficamente debe de estar reconcentrado el interés de la acción, sin dejar por esto de tener vida propia, como encarnación del amor a la libertad y del odio a la tiranía.
También he procurado dar a mi _Virginia_ distinta esencia de la que anima a las demás, y éste es quizá el carácter en que resulta más visible cierto consorcio del gusto antiguo con el moderno. Sobrio y severo, tiene, sin embargo, movimiento y variedad. Virginia teme y espera, suplica y manda, llora y resiste, ama la vida y muere. Verificadas las ceremonias con que entre los romanos se efectuaba el matrimonio, Virginia es conducida en mi tragedia, con arreglo a dichas ceremonias, a la casa de su marido. Pero abandónala éste, animado por ella misma, antes de haber logrado la casta dicha de llamarse suya; y muriendo virgen por su honra, creo que el carácter de la que históricamente era prometida esposa de Icilio no pierde nada con semejante modificación, ya se le mida con el compás de la historia, ya se le contemple a la luz de la poesía. El cuadro a que podía dar lugar la presencia de la esposa en casa del esposo pareciome por extremo galano, y supuse a la vez que hacer depositaria a Virginia de su propia honra, de la del padre y de la del esposo, era en cierto modo completar el símbolo y dar al carácter más vivo interés. Y a ser éste un pecado, juzga tú, amigo mío, si pecado tan venial merece absolución, previa la penitencia de pedirla que voluntariamente me impongo.
El último acto de mi tragedia y el de la de Latour de Saint-Ibars sólo se componen de dos escenas semejantes. Ambas son puramente históricas, y están, por lo tanto, bajo el público dominio. Nadie ignora, mi querido Manuel, que, según la práctica de aquellos tiempos, los acusados, vestidos de luto y seguidos de sus deudos, se presentaban al pueblo a fin de interesarle en su favor, recordando los servicios que habían prestado a la patria, y muchos historiadores refieren además detalladamente cómo Virginia y su familia apelaron a este recurso extremo. Ésta es la primera de ambas escenas referidas. Nada debo decir acerca de la segunda, que es la del juicio.
Virginia, al recibir el golpe mortal, exclama dirigiéndose a Claudio: «Tirano, ya soy libre». Semejante rasgo, que tiene exacta equivalencia en Alfieri y Latour de Saint-Ibars, brotó naturalmente de mi pluma; porque ¿qué ha de decir el padre que mata a su hija para que no sea esclava, o la mujer que recibe la muerte para librarse de la esclavitud? Demás de que dicho rasgo, consignado en la historia por Tito Livio, ha sido formulado de distintas maneras por escritores antiguos y modernos.
Después de concluida mi _Virginia_ me he ocupado en la ridícula tarea de dar diverso giro a varias situaciones y no pequeño número de pensamientos que, como era de todo punto indispensable que sucediese, tenían semejanza con otras situaciones y otros pensamientos de obras ajenas sobre el mismo asunto. Si todavía hay en la presente reminiscencias o imitaciones, culpa es, más que de un deliberado propósito, de la absoluta imposibilidad de que una Virginia escrita en 1853 se da completamente original en la acepción que hoy se da a esta palabra. Bástame que lo sea, por más que coincida a veces con alguna de sus hermanas, en las dotes de expresión, en las más importantes situaciones, en la pintura de los caracteres, en el plan general de la fábula, en el lazo que une todos los sucesos, y en el espíritu que les infunde ser y vida.
Triste situación la mía al pesar en mi conciencia lo mucho que el público merece y lo poco que yo puedo darle. Pero fortaléceme el recuerdo de su benevolencia para conmigo en otras ocasiones, y la convicción profunda de que no puede ser indigna de toda gracia una obra en que, a vueltas de graves y numerosos defectos, hijos de la inexperiencia y de la escasez de ingenio, brillen como exhalaciones entre nubes el estudio, el entusiasmo, la constancia y la fe.
No es modestia, mi querido amigo, la ridícula hipocresía que ha tornado su nombre y obliga a algunos escritores a condenar previamente la obra que someten, sin embargo, al fallo del público. El poeta que, ajeno a toda pasión bastarda, acaricia y alberga en lo más íntimo de su corazón la idea fija, compañera inseparable de su ser; ya miserablemente pequeño, ya grande a sus propios ojos; siempre en lucha; muerto para el mundo real, vivo sólo para el mundo resucitado por su fantasía, no puede ni debe condenar hipócritamente la casta concepción, fruto de incesantes vigilias y de no resarcibles amarguras. La verdadera modestia consiste en la duda, en la horrible duda que emponzoña el corazón del poeta, y es uno de los más amargos tormentos de la vida, hasta que al fin queda resuelta en la azarosa noche de una primera representación; noche en que el triunfo es para él una sensación dolorosísima, porque, rendido el ánimo, no se encuentra con fuerzas para soportarla.
Los errores como los aciertos de mi _Virginia,_ han tenido un mismo manantial: el corazón, que tantas veces nos engaña, y tantas otras nos ilumina. No; no se hallarán en la mía aquellas dotes que más ilustran las buenas obras de esta clase, y son por lo regular fruto de una vasta erudición y larga experiencia. Mi _Virginia_ no es la obra trazada por la madurez de los años, que todo lo medita y analiza con fría calma, vencedora del entusiasmo la reflexión. Mi _Virginia_ es hija de la ardorosa juventud, que siente más que reflexiona y se deja arrebatar en ímpetu irresistible, para caer a veces, como Ícaro, despeñada. _Virginia_ es hija del ciego entusiasmo, que sólo puede retratarse a sí mismo. Yo, como Claudio, me he gozado en escarnecer a un gran pueblo; yo he amado a Virginia con el amor de esposo y con el amor de padre; yo he sentido estremecerse mis entrañas al clavar en su pecho el hierro homicida; yo me he levantado con Roma gritando venganza y libertad, para derrocar al infame opresor. Feliz mil veces, adorado Manuel, ese loco que se llama poeta.
Felices los que nunca conocieron la vana presunción que ciega los ojos del alma, ni el seco egoísmo que sólo vive dentro de sí propio, ni la voraz envidia que a sí misma se despedaza. Felices los que, saciado en un mundo ficticio el incontrastable anhelo de sensaciones fuertes y desconocidas que hoy atormenta al hombre, tranquila la conciencia y libres de todo doloroso recuerdo, sólo vuelven a la existencia real para convertir el pecho depurado a sensaciones de tierna piedad y desinteresado amor. Felices los que osan mostrarse a la luz del día sin la ridícula máscara con que hoy el crimen disfraza a la virtud. Felices los que pueden hacer propia la ajena satisfacción y dar cabida en su alma a la humanidad entera.
Y dichoso también mil veces, con la dicha de ser tu hermano adoptivo,
MANUEL TAMAYO Y BAUS.
Madrid I9 de Diciembre de I853.
Cuando recibí, Manuel querido, la elocuente epístola con que ha tenido a bien honrarme tu cariñosa amistad, formé deliberadamente el propósito de no decirte acerca de ella la menor cosa y de remitir al tiempo la respuesta. Cumplida la has recibido ya del público, y tan satisfactoria y envidiable como la esperaba y apetecía el fraternal amor que desde la infancia te consagro. Tu _Virginia_ es el más vivo ejemplo, la más expresiva confirmación de la doctrina que estableces en tu carta.
Tragedia, y tragedia revestida de la severa majestad de formas del gusto clásico, tal como ha sido comprendido desde que prevaleció en Europa la imitación de la dramática francesa, _Virginia_ ha conseguido en la primera escena de esta corte uno de los más altos triunfos que puede ambicionar el alma, abierta a los nobles sentimientos hijos del entusiasmo y de la gloria. Aquí, donde por falta de educación literaria no hay gusto formado para apreciar debidamente el mérito de creaciones de cierta elevación y grandeza; aquí donde se ha perdido, en el oleaje de la revolución apellidada romántica, hasta la memoria de la tradición antigua, nunca muy autorizada entre nosotros, _Virginia_ ha logrado esclavizar la atención del público, subyugar su corazón, conmoverlo, entusiasmarlo, y anular para siempre la falsa idea de que la tragedia era, y no podía menos de ser, planta exótica en nuestro suelo.
¿Qué causas han contribuido a la realización de este singular fenómeno? ¿Por qué ha triunfado tu _Virginia_ de la prevención desfavorable que abriga contra el género trágico la mayor parte de nuestro público? Porque has logrado hacer que en ella prevalezca el _arte sobre el _artificio,_ sobre la _declamación_ el _sentimiento._ Porque la verdad impera al cabo hasta en el alma de los que no quieren oírla. Porque has pedido inspiraciones al corazón, formas al buen gusto, modelos a la Naturaleza, nueva siempre y siempre rica para los que saben utilizar sus tesoros, y el corazón, la Naturaleza y el buen gusto no han sido avaros de los suyos para contigo. Y en verdad que no han de arrepentirse de su largueza cuando consideren el digno empleo que ha hecho de ellos tu generoso entusiasmo.
Yo que soy joven como tú, que tengo también la fortuna de abrigar un alma joven y que rindo culto idólatra a la belleza del arte, bien que jamás hayan dominado mi espíritu las caprichosas exigencias de gustos sistemáticos o exclusivos, no sólo creo que es condición imprescindible en las obras del ingenio atemperarse a la índole y circunstancias de la época que las produce, sino que juzgo de absoluta necesidad el proscribir las definiciones consagradas hasta ahora por críticos y preceptistas para determinar los diversos géneros literarios; definiciones que, por estar fundadas en la vana exterioridad de los objetos más que en la esencia vivificadora que los anima, son muchas veces tan erróneas como todo lo que es superficial y arbitrario.
Dices, y con sobrada razón lo aseguras, que en los productos del arte, la forma, aunque importantísima, es secundaria y debe amoldarse a experimentar las transformaciones que experimenten, en el vario curso de los tiempos, la civilización y las costumbres. Esta doctrina liberal, hija legítima del cristianismo, que va prevaleciendo en Europa merced a los heroicos esfuerzos de la crítica moderna, y que expones y autorizas en tu carta con tanta lucidez y fuerza de lógica, es la única racional, la única verdadera, la única digna de fijar la consideración de los hombres pensadores. Profesándola con el ardor que la profesas, tienes mucho andado para llevar a cabo la regeneración profunda y filosófica de la tragedia. Sigue, pues, por el camino en que tan gran paso acabas de dar con tu _Virginia._ Afortunadamente has encontrado lo que ni siquiera sospeché que llegases a encontrar: un público de bastante ilustración y criterio para comprender bellezas de detalles que mal pudieran percibir gustos poco depurados.
Esta circunstancia, de feliz augurio para los amantes de lo bello, acredita que la buena semilla prende siempre cuando el terreno es fecundante; cuando las manos, a veces inexpertas, que en él la arrojan, tienen la suficiente perseverancia para no desmayar aunque tarden en coger el fruto, aunque digan las apariencias que sus esfuerzos serán perdidos. Si es ilusoria esta creencia, permite, querido Manuel, que, estimándola real, me consuele con ella de los infinitos sinsabores que he debido, en el espacio de ocho años, a la firmeza con que, en todo género de luchas, he sustentado la que hoy me gozo en apellidar nuestra fe artística. Ya que no he sido el último en contribuir a la reforma del gusto que empezamos a saborear, y que vuelve provechosamente la atención de nuestro público, distraída en futilidades poco dignas, al cauce profundo y transcendental del arte que siente y piensa, deja que me lisonjee con la esperanza, engañosa si se quiere, de que alguna parte de gloria me ha de tocar en la saludable regeneración que se está verificando. Sin esta dulce esperanza, ¿no habría desfallecido mil veces nuestro espíritu, extraño al egoísmo interesado y calculador de los mercaderes que profanan el templo en que la belleza del arte se custodia?
Ajeno fuera de este lugar detenerme en el examen de tu _Virginia,_ o entrar a discutir lo que expones acerca de las circunstancias del público y de las que hoy debe tener la tragedia para aclimatarse entre nosotros. Tú que conoces mi modo de pensar como el tuyo propio, y que, por lo tanto, posees la justa medida de mis opiniones y creencias, sabes que profeso ha tiempo las que proclamas con tan ardorosa convicción, y que estamos completamente de acuerdo. Siempre he juzgado que el drama (llámese tragedia, comedia, o lo que se quiera), más que rebuscada sencillez, más que afectación tradicional, más que símbolos poéticos de convención, necesita pintar con el ingenuo candor de la poesía la verdad de la Naturaleza. De este modo, cuando el pensamiento que deba hacer perceptible exija, para su más eficaz determinación, el empleo de personajes simbólicos, hará por que semejantes símbolos se compongan de elementos verdaderamente humanos. El corazón del hombre no puede interesarse profundamente si no percibe en la abstracción la realidad, si no ve delante de sus ojos la mezcla de grandeza y pequeñez, de elevación y bajeza, fruto de la pugna en que, por lo común, suelen estar las sublimes aspiraciones del espíritu con la sordidez de la materia.
Pero insensiblemente me desvío de mi propósito, y quiero volver a él olvidándome de que soy crítico, malo o bueno, para hablarte sólo como amigo; para gozarme en tu gloria sin reserva de ninguna especie; para apartar la vista del lastimoso cuadro de envidias y flaquezas que ofrece el campo de nuestra literatura cada vez que nace una planta rica en frutos de buen sabor y duradera fragancia. El triunfo de tu Virginia, que desde hace doce días llena el teatro del Príncipe de un público que no cesa de aclamar, me ha proporcionado satisfacción tan intensa y pura, que no la concibe mayor el alma. Ni ha faltado al mérito de tu obra la sanción que prestan a lo que a todas luces es bueno los alaridos de la envidia; sólo que esta vez los alaridos se han convertido en sollozos, exhalados vergonzosamente por el despecho en el fondo de la obscuridad.
Ya que conoces los elementos vitales de la sociedad de nuestros días; ya que has puesto el dedo en la llaga, desentrañando, ayudado de la meditación y del estudio, lo que ha sido hasta ahora la tragedia llamada clásica, y lo que puede y debe ser en adelante, pon mano esforzadamente en la obra de su completa regeneración. Ya que le has dado principio tan felizmente, procura llevarla a cabo. La duda que abriga tu corazón respecto a las facultades de tu espíritu, esa duda, origen verdadero de la modestia, según dices en tu carta, hará que salgas airoso en tan arduo empeño. La inteligencia que sin nimios escrúpulos desconfía razonablemente de sí propia, casi siempre hace prodigios. Y harto lo es, en mi concepto, haber escrito a veinticuatro años de edad una tragedia como Virginia, harto haber hermanado con el vigor y lozanía de la juventud la sobriedad y madurez, producto de los años y de la experiencia. Verdad es que la imaginación del hombre de genio vive largos años en un minuto. Tan grande es el poder de la intuición en las almas nacidas para la gloria.
Dos palabras y concluyo: otorgo el permiso que me pides para dar tu carta a la luz del público; pero exijo de tu amistad que des al mismo tiempo la mía. Es un tributo de admiración que te rinde mi amor al arte; es una prueba de cariño que tu santa madre en el cielo y tu buen padre en la tierra se gozarán en que publiques, por ser verdadera y por ser mía, y no quiere rehusarles este placer tu hermano adoptivo,
MANUEL CAÑETE.
en el estreno de la obra, representada en el teatro del Príncipe el 7 de Diciembre de 1853.
| PERSONAJES | ACTORES |
| VIRGINIA | Doña Teodora Lamadrid. |
| CAMILA | Mercedes Buzón. |
| SILVIA | Cristina Ossorio. |
| OCTAVIA | Juana Ridaura. |
| EMILIA | Inocencia López. |
| VIRGINIO | Don Joaquín Arjona. |
| APIO CLAUDIO | José Calvo. |
| ICILIO | Manuel Ossorio. |
| MARCO CLAUDIO | José García. |
| AULO | Victorino Tamayo. |
| UN AUGUR | Antonino Bermonet. |
| MARCIO | Pedro Maffey. |
| SERVILIO | José Alisedo, |
| DECIO | Antonio Zamora. |
| UN POETA, | Antonio Zamora. |
| UN TRIARIO | Esteban Montilla. |
| UN CIUDADANO | Mariano Serrano. |
| Dos camilos, tres mancebos, amigos y esclavos de Virginio, ídem de Icilio, íd. de Apio Claudio, clientes del mismo, triarios, soldados, lictores y pueblo. |
Atrio de casa de ICILIO. Gran puerta en el foro, por la cual se distingue el vestíbulo; en segundo término un lecho; en las paredes trofeos militares con toda clase de armas.
Escena primera
ICILIO y VIRGINIO, sentados en el lecho. Después AULO.
Asomándose a la ventana y señalando.
Escena II
DICHOS y CAMILA, que entra aceleradamente.
Vase con AULO.
Escena III
ICILIO, CAMILA y esclavos.
Gritando desde la puerta del foro. -Los esclavos se presentan en la misma.
Los esclavos empiezan a enguirnaldar la puerta. Otros cruzan por el vestíbulo cargados de tapices.
Vase.
En este momento empieza a oírse una música de flautas, liras y sistros, que no cesa hasta la conclusión del epitalamio.
Escena IV
CAMILA e ICILIO, en seguida AULO y VIRGINIO, sus parientes y amigos; esclavos con husos, ruecas y cestos de flores, y otro en que se supone estar la ropa de la desposada; tres mancebos con pretextas blancas; dos de ellos con teas encendidas en la mano y otro con la antorcha de Himeneo; esclavos de ICILIO (uno trae una ánfora y otro las llaves de la casa). -Después VIRGINIA, que en medio de dos camilos se detiene en el vestíbulo cerca de la puerta del foro.
Los dos camilos, sosteniendo en alto a VIRGINIA, hacen que entre en el atrio sin tocar el umbral de la puerta.
ICILIO y VIRGINIA sumergen en el ánfora las teas que han sacado dos de los mancebos.
El mancebo que tiene en la mano la antorcha de Himeneo desaparece con ella.
Abrazándola.
Arrojándose en sus brazos.
Sin poder dominar su emoción.
En tono de cariñosa reconvención.
Dentro.
Señalando a la última puerta, por la cual se ve la calle.
A AULO.
Al ir a salir AULO se presenta APIO CLAUDIO en la puerta.
Escena V
DICHOS y APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, doce lictores y soldados. Después seis triarios de la centuria de VIRGINIO.
Dirigiéndose a VIRGINIO e ICILIO.
Los esclavos descuelgan las armas de un trofeo y se las visten a ICILIO.
Entrando seguido de otros cinco: uno trae la enseña del águila romana.
Acercándose a ella completamente armado.
Vanse todos excepto CLAUDIO, MARCO, los lictores y los soldados.
Escena VI
APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, lictores y soldados.
Dirigiéndose a dos soldados.
Vanse los soldados. Dirigiéndose a MARCO.
Dirígese seguido de MARCO hacia la puerta del foro.
FIN DEL ACTO PRIMERO
Larario u hogar en casa de VIRGINIO. Puertas laterales y una mayor en el foro. A la izquierda el ara de los penates. A la derecha, en primer término, una ventana. En el ángulo de la izquierda un lecho. Es de noche.
Escena primera
VIRGINIA y CAMILA: la primera reclinada sobre el antepecho de la ventana; la segunda hilando a la luz de una lámpara.
CAMILA se acerca a la ventana.
Aproximándose también a la ventana.
Escena II
VIRGINIA y APIO CLAUDIO.
Se arrodilla a alguna distancia de CLAUDIO. Éste aparta de ella la vista.
Vase APIO CLAUDIO.
Escena III
VIRGINIA y CAMILA.
Entra en su estancia.
Escena IV
CAMILA, después ICILIO.
Pausa.
Dando señales de fatiga.
Dejándose caer en un lecho.
CAMILA cierra la puerta del aposento de VIRGINIA como para que la voz de ICILIO no la despierte.
Vanse por la puerta de la derecha.
Escena V
APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, y cuatro esclavos que entran por la puerta del foro. Después VIRGINIA, y a poco ICILIO y CAMILA.
Abre la puerta de la estancia de VIRGINIA y se detiene.
Dentro.
Dentro.
Dentro.
Sale despavorida de su estancia, y como queriendo detener a alguno.
Como volviendo en sí.
Presentándose a ella.
Sale retrocediendo por la puerta del foro.
Presentándose en la puerta de la derecha.
Deteniéndose.
Apareciendo igualmente en la puerta de la derecha.
Después de haber recorrido el escenario se asoma a la puerta del foro y sale por ella precipitadamente.
Colocándose en medio de la puerta del foro.
Presentándose en la puerta del foro.
Desnudando el estoque y preparándose a guardar la puerta.
Desnudando también el estoque.
FIN DEL ACTO SEGUNDO
Plaza. Desde el promedio del escenario se extiende hacia el foro el atrio de un templo dedicado a Júpiter.
Escena primera
VIRGINIA, ICILIO y CAMILA.
Escena II
DICHOS. AULO, que llega por el segundo término de la izquierda, y pueblo que empieza a salir del templo pausadamente. A poco MARCO CLAUDIO seguido de tres esclavos. Después APIO CLAUDIO con doce lictores.
Dirigiéndose a la derecha.
Llega por el mismo sitio que AULO. -Queriendo asir de un brazo a VIRGINIA.
Haciendo a sus esclavos señal de que se acerquen.
Amenazándolos.
Sale por la izquierda seguido de doce lictores.
Al pueblo que murmura.
Al pueblo. Éste se adelanta hacia CLAUDIO dando muestras de furor. A una señal del decenviro los lictores amenazan con las fasces, y el pueblo retrocede.
A CLAUDIO.
Murmullos del pueblo.
Al pueblo que da muestras de indignación y cólera. -El pueblo retrocede de nuevo.
ICILIO entrega un puñal a VIRGINIA; ésta le oculta.
Da un paso y se detiene.
Vase por la izquierda, seguida de APIO CLAUDIO, MARCO CLAUDIO, los lictores y los esclavos.
Escena III
ICILIO, AULO, CAMILA y pueblo; después VIRGINIO.
Deteniéndole.
Mirando en la misma dirección.
Indicando a algunos del pueblo el lugar por donde se supone que llega VIRGINIO.
Retírase con AULO, como temiendo la presencia de VIRGINIO.
Dentro.
Saliendo por la derecha.
Breve pausa.
Otra breve pausa.
Separándole las manos del rostro.
Mirando al pueblo que se retira de él en ademán de dolor.
Presentándose con AULO.
Con desesperación y amargura.
VIRGINIO los mira alternativamente con el mayor asombro.
Dirigiéndose al pueblo.
Pausa. -Todos demuestran el mayor abatimiento. VIRGINIO dirige una mirada indagadora en torno suyo, y exclama dirigiéndose al pueblo:
Desnudando el estoque.
Recorriendo la escena y dirigiéndose a todos.
ICILIO y AULO hablan aparte, como para tomar una resolución.
La escena se obscurece rápidamente. El pueblo, sobrecogido de pavor, se retira al fondo del teatro, donde permanece hasta la conclusión del acto.
A VIRGINIO.
Los tres salen precipitadamente por distintos lados. CAMILA se dirige al templo.
FIN DEL ACTO TERCERO
Atrio de casa de APIO CLAUDIO. Puerta en el foro. A la derecha la silla de marfil sobre una especie de altar. A la izquierda un lecho muy elevado; otro más pequeño en primer término. Trofeos, estatuas, etc.
Escena primera
APIO CLAUDIO sobre un lecho. El AUGUR de pie a su lado, revestido de la trábea y con el lituo en la mano derecha. MARCO CLAUDIO. Esclavos arrodillados y como implorando al cielo. Éstos se levantan. CLAUDIO vuelve de su letargo.
Incorporándose en el lecho.
MARCO y los esclavos se van por la puerta del foro.
Vase lentamente por la puerta del foro.
Escena II
CLAUDIO solo; después MARCO.
Pausa.
Acercándose resueltamente a la puerta del foro.
Entrando por el mismo sitio.
MARCO se detiene.
Vase por la puerta de la izquierda.
Escena III
APIO CLAUDIO. VIRGINIA, que cruzada de brazos se adelanta hacia el proscenio. MARCO y dos esclavos, que a una seña de CLAUDIO se retiran por la puerta del foro.
Como recordando el pronóstico del AUGUR.
Dirigiéndose hacia la puerta del foro.
Deteniéndose.
Con arranque de ciego furor.
Retirándose.
Dirigiéndose a ella furioso.
Levantando sobre su pecho el puñal que ICILIO le dio en el acto anterior.
Retrocediendo.
En la misma actitud.
Acercándose a ella como para quitarle el puñal.
Haciendo nuevo ademán de herirse.
Retrocediendo otra vez.
Inclinándose,
Cayendo completamente de rodillas.
Dirigiéndose a él como inspirada para darle muerte.
Dentro.
Levantándose.
Dentro.
Dirigiéndose hacia la puerta del foro.
Deteniéndola.
Escena IV
DICHOS y VIRGINIO, presentándose en la puerta.
Corriendo a precipitarse en los brazos de VIRGINIO.
Abrazándola.
Apartándola de sí.
Manifestando duda.
Abrazando a su hija repetidas veces frenético de gozo.
Con ironía.
Señalando a VIRGINIA.
En tono de amenaza.
Atemorizada por el ademán y acento de CLAUDIO.
Acercándose a la puerta del foro. Se oye confuso rumor de voces.
Escena V
DICHOS, MARCO CLAUDIO, después ICILIO y AULO.
Vase MARCO precipitadamente por la puerta del foro.
Nuevos rumores.
ICILIO, AULO y MARCO entran por la puerta del foro.
Fuera de sí.
Acercándose a CLAUDIO.
Acercándose también al decenviro.
Imitando el movimiento de ICILIO y VIRGINIA.
VIRGINIO, amenazando todavía a CLAUDIO con la mirada, se dirige hacia la puerta del foro seguido de su hija, ICILIO y AULO. El decenviro, teniendo a MARCO a su espalda, permanece colérico en el centro del escenario, señalándoles la puerta de salida con el brazo derecho.
FIN DEL ACTO CUARTO
Foro romano. -En el centro la tribuna.
Escena primera
Pueblo ocupando el ala derecha del escenario. -VIRGINIA, CAMILA y otras dos mujeres en el lado opuesto, de rodillas y en actitud suplicante. Las cuatro visten traje de luto. VIRGINIO, ICILIO (enlutados también) y AULO ocupan el centro. -El primero, con una corona de encina en la cabeza, estará más cercano al proscenio y como llamando la atención hacia el grupo que forma su hija con las que la acompañan. El pueblo da muestras de abatimiento, y parece esquivar las miradas de VIRGINIO.
Levántase VIRGINIA y se dirige al grupo de la derecha.
Impeliendo a una joven para que abrace a su padre.
Levantando en sus brazos a un niño y arrojándolo en los de Octavia.
Abrazando al anciano.
Estrechando al niño que le ha dado VIRGINIA, y a otro que tiene a su lado.
Abrazándola.
Abrazando a varios.
Viendo venir a CLAUDIO.
Escena última
DICHOS. APIO CLAUDIO, que toma asiento en la tribuna. -MARCO CLAUDIO, que con sus esclavos permanece entre la multitud. -Clientes de APIO. -Lictores y soldados. -Varios de los primeros se colocan a espaldas de CLAUDIO. Los demás se sitúan al pie de la tribuna, y en el ala derecha y foro del escenario.
Adelantándose.
Dirigiéndose al pueblo.
Entregando un papiro a CLAUDIO, que éste repasa con la vista.
Interrumpiéndole.
A MARCO.
A una señal suya se adelantan tres ciudadanos.
Los tres extienden el brazo derecho.
A VIRGINIO.
Señalando a los soldados que rodean el foro.
Movimiento general de indignación. Rumores prolongados.
Irónicamente.
Dirigiéndose al pueblo.
Corriendo a precipitarse en sus brazos.
Nuevos rumores y gran movimiento en el pueblo
A los lictores, que se adelantan hacia ella.
Cogiendo convulsivamente a su hija, y como procurando ocultarla entre sus brazos.
El pueblo toma una actitud amenazadora.
Al pueblo.
Los lictores acometen a la multitud, que retrocede.
Al pueblo.
Los lictores rodean a ICILIO, VIRGINIO y AULO.
Los lictores separan de la multitud a los tres, llevándolos a la derecha del teatro.
Abatimiento general. -Pausa.
Con enérgica desesperación.
Los lictores dan un paso hacia VIRGINIA, y se detienen cuando empieza a hablar VIRGINIO.
Mirando en torno suyo.
Clavando los ojos en VIRGINIA. Después hace un gran esfuerzo sobre sí mismo y se dirige a CLAUDIO.
Cayendo de rodillas.
Quitándosela.
Arrojándola al suelo.
Dirigiéndose a CLAUDIO.
A MARCO.
Como tomando una resolución.
Los lictores se separan de VIRGINIO. Éste se dirige hacia VIRGINIA, que le sale al encuentro, y expresa con la voz y la actitud que ha comprendido el pensamiento de su padre.
Dándole el puñal que conserva en su poder desde el acto 3.º
Besándola en la frente.
Cubriéndose el rostro con el manto.
Clavando el puñal en el pecho de su hija.
Descubriéndose el rostro, y avanzando algunos pasos hacia CLAUDIO. Después cae en brazos de su nodriza y de otras mujeres que corren a sostenerla. -Grito general.
Levantándose despavorido, y dando un grito espantoso.
Corriendo hacia ella, sin que los lictores puedan detenerlo.
Expira.
Levantando en alto el acero, como para mostrar al pueblo la sangre de su hija.
Trémulo de espanto. Los lictores rodean la tribuna, sacando las hachas de las fasces.
Acercándose a CLAUDIO.
Rumores y gritos.
Arrancando la espada a un soldado.
Lanzándose en medio del escenario.
Corriendo ay cede y cae. asaltar la tribuna de CLAUDIO.
Trábase la lucha. Las mujeres toman parte en ella. Varios lictores y soldados caen muertos, y otros son desarmados por la multitud.
De pie en la tribuna y con los brazos abiertos, como queriendo animar a los soldados.
VIRGINIO e ICILIO, seguidos de varios del pueblo, asaltan la tribuna de CLAUDIO, defendida por los lictores, algunos de los cuales caen rendidos a sus golpes. AULO hiere a MARCO. Lucha encarnizada en que el pueblo va que dando vencedor, mientras se repiten los tres últimos gritos. VIRGINIA en los brazos de su nodriza, y otras dos mujeres en un ángulo del escenario. Varias madres sólo atienden a salvar a sus hijos.
FIN DE LA TRAGEDIA1
Drama en cinco actos
Más ha de veintitrés años que te dediqué esta obra, escasa de mérito como todas las mías, pero no escasa de ventura. Traducida está al portugués, al francés, al italiano y al alemán, y aún sigue representándose con aplauso en los teatros españoles.
Encomié al dedicártela tus virtudes: de entonces acá no has vivido sino para seguir dando testimonio de bondad sin límites, de sobrenatural fortaleza, de santa abnegación. Te dije entonces que nunca te faltarían mi amor y mi respeto: no te engañé.
Amalia, esposa mía, angelical enfermera de mis padres y de los hijos de mis hermanos: quiera Dios que puedas hacer por mí lo que te vi hacer por otros; quiera Dios que yo logre la dicha de morir en tus brazos.
MANUEL.
en el estreno de la obra, representada en el teatro del Príncipe, el I2 de Enero de I855 a beneficio de Doña Teodora Lamadrid.
| PERSONAJES
| ACTORES |
| LA REINA DOÑA JUANA | Doña Teodora Lamadrid. |
| ALDARA | María Rodríguez |
| DOÑA ELVIRA | Joaquina García |
| EL REY DON FELIPE | Don Joaquín Arjona |
| EL CAPITÁN DON ÁLVAR | Victorino Tamayo y Baus |
| EL ALMIRANTE DE CASTILLA | José Ortiz |
| LUDOVICO MARLIANO | José García |
| DON JUAN MANUEL | Vicente Jordán |
| EL MARQUÉS DE VILLENA | José Alisedo |
| DON FILIBERTO DE VERE | Atanasio Maré |
| GARCI-PÉREZ,mesonero. | Fernando Ossorio |
| HERNÁN | Doña Antonia Segura |
| UN PAJE | Don Mariano Serrano |
| UN CAPITÁN | N. N. |
| UNA MOZA DEL MESÓN | Doña Juana Ridaura |
| DAMA I.ª | Elisa Molina |
| ÍDEM 2.ª | Paulina Sotomayor |
| NOBLE I.º | Don Emilio Álvarez |
| ÍDEM 2.º | Felipe Iglesias |
| TRAJINANTE I.º | Fernando Cuello |
| ÍDEM 2.º | José Bullón |
| ÍDEM 3.º | Luis Cubas |
| Damas, grandes, prelados, médicos, pajes, soldados castellanos, soldados flamencos, embozados y trajineros. |
La acción del primer acto, en Tudela de Duero; la del segundo, en un mesón poco distante de Tudela; la de los tres restantes, en el palacio del Condestable en Burgos.-1506.
Sala en el palacio de Tudela de Duero. A la izquierda una ventana en primer término; puertas a entrambos lados y en el foro. Mesa y muebles propios de la época.
Escena primera
El ALMIRANTE y D. JUAN MANUEL.
ALMIRANTE.- Dígoos, D. Juan Manuel, que vanamente os empeñáis en convencerme de que la reina Doña Juana está loca.
DON JUAN MANUEL.- ¡Invencible obstinación la vuestra, Almirante! ¿Había de querer Su Alteza privarse de tan bella y tan amante esposa como Doña Juana si no fuera su demencia cosa de todo punto segura? La manía de ponerse diariamente un mismo traje, hasta que, deslucido y roto, por fuerza se le quitan sus damas; el no probar vianda alguna durante días enteros; el gustar de que cuando llueve le caiga el agua encima; el escaparse de palacio para celar a D. Felipe; sus lágrimas intempestivas, sus infundados arrebatos de cólera, sus continuas extravagancias, todo esto, en fin, ¿no basta a probar la deplorable perturbación de sus sentidos?
ALMIRANTE.- Prueba todo eso que cuando se padece mucho se piensa poco; prueba que D. Felipe de Austria no es más digno de sentarse en el trono de la reina doña Juana que de ocupar el tálamo de mujer semejante.
DON JUAN MANUEL.- Agriamente le censuráis.
ALMIRANTE.- Don Felipe, como hombre aficionado a deshonestos amoríos, quiere librarse de una esposa que le cela; como rey ambicioso, de la que es reina propietaria de Castilla -no finjáis ignorarlo;- y en Dios y en mi alma, que antes se me ha de acabar la vida que la voluntad de cumplir con lo que juzgo deber sagrado de todo el que tenga en las venas sangre castellana.
DON JUAN MANUEL.- Vuestra terquedad y la de cuantos opinan como vos, serán causa de que la dolencia de Doña Juana, que en la reclusión pudiera hallar remedio, se haga al fin incurable. Bien se nota que obráis por instigaciones del Duque de Alba, que aún se promete ver de nuevo al rey D. Fernando en el trono de su hija.
ALMIRANTE.- Por lo que mi conciencia me dicta, obro como veis, que no por ajenas instigaciones. Con razón aseguráis que el trono español pertenece a Doña Juana, hija y sucesora de su madre Isabel. Procuraré evitar que traidoramente se le arrebate para que entero le ocupe su esposo el Archiduque de Austria. Hartos desafueros cometen ya sus amados compatriotas, a cuya codicia es vivo aguijón la buena ley del oro de nuestra tierra.
DON JUAN MANUEL.- Conque ¿debo responder a Su Alteza?...
ALMIRANTE.- Respondedle que desconfíe de mí si otra vez atenta a la libertad de nuestra legítima y natural señora.
DON JUAN MANUEL.- Guárdeos el cielo.
ALMIRANTE.- Él os acompañe.
DON JUAN MANUEL.- (Tiempo perdido.)
ALMIRANTE.- (Trabajo inútil, D. Juan Manuel.)
Escena II
El ALMIRANTE, un PAJE, y después D. ÁLVAR.
PAJE.- Un caballero que dice ser el capitán D. Álvar de Estúñiga, desea ver al señor Almirante.
ALMIRANTE.- ¡Aquí D. Álvar! Que venga al momento. (Vase el PAJE.) Dichoso hallazgo, por vida mía. Llegad acá, mi ilustre deudo, mi fiel amigo, llegad.
Viendo aparecer a D. ÁLVAR en la puerta del foro.
DON ÁLVAR.- Pensé tener que asaltar el palacio como fortaleza enemiga.
ALMIRANTE.- ¿Y qué?¿No queréis alargarme la mano?
DON ÁLVAR.- A fe que la mano me parece poco, y que no me contento con nada menos que los brazos.
ALMIRANTE.- Vuestros son ahora como siempre.
DON ÁLVAR.- Años ha que nos separó la fortuna.
ALMIRANTE.- Decidme cómo es que en Tudela de Duero os hallo; qué tal os ha ido por Italia. Contadas al amigo después de la ausencia, se endulzan las penas y se aumentan las alegrías.
DON ÁLVAR.- Antes sepa yo de vos la verdad de lo que por Castilla se suena.
ALMIRANTE.- La verdad es que los flamencos se reparten pacíficamente los oficios públicos y con todo negocian; que el hambre aflige al reino en tan gran manera y que las más fértiles provincias tienen que surtirse de trigo extranjero; que el rey D. Felipe exige del pueblo, en tales circunstancias, un servicio oneroso; y quiere encerrar a Doña Juana, suponiendo que está demente, con el fin de quedarse solo en el trono y dar rienda suelta a sus tiránicos desmanes y licenciosos extravíos.
DON ÁLVAR.- ¿Conque no hay tal locura?
Con grande alegría.
ALMIRANTE.- Sólo hay, hasta ahora, un desacordado amor, que tal parece.
DON ÁLVAR.- ¿Tanto ama a su marido?
ALMIRANTE.- No es posible encarecerlo.
DON ÁLVAR.- ¿Y él la desdeña, la atormenta, la ultraja?
ALMIRANTE.- A toda hora sin piedad. Quiso dejarla en Mucientes y partir solo a Valladolid. Ahora que a Burgos nos dirigíamos, ha hecho alto en este pueblo para ver si logra dejarla aquí y continuar solo el viaje. En Burgos intentará de nuevo apartarla de su lado.
DON ÁLVAR.- ¿Y no hay medio de poner coto a los abusos y tropelías de ese Archiduque de Austria, que Dios confunda?
ALMIRANTE.- Casi todos los grandes le patrocinan.
DON ÁLVAR.- El pueblo le aborrece y adora a la hija de la católica Isabel.
ALMIRANTE.- Doña Juana sería la primera en contrarrestar cualquiera tentativa que en su pro y en contra de su marido se hiciese. Pero ¡qué diablos!, ya trataremos de estas cosas. Habladme ahora de vos.
DON ÁLVAR.- Mi historia es sucinta. Que fui a Italia; que maté franceses siguiendo las banderas del Gran Capitán; que ha poco tiempo di la vuelta a Castilla, por cierto con bien mala ventura.
ALMIRANTE.- Pues ¿qué os sucedió?
DON ÁLVAR.- Abriéronseme con la fatiga del camino dos de mis más recientes heridas, y en un mesón, a corta distancia de este pueblo, me encontré sin poder seguir adelante. Hoy por vez primera salgo de mi fementido lecho.
ALMIRANTE.- ¿Restablecido completamente?
DON ÁLVAR.- Casi, casi.
ALMIRANTE.- ¿Por obra de la naturaleza?
DON ÁLVAR.- Gracias a los desvelos de una mujer.
ALMIRANTE.- ¡Hola, hola! Dama tenemos de por medio.
DON ÁLVAR.- Dama queme siguió a Italia; que a Castilla me ha seguido, y que en el tal mesón se me apareció un día convertida en sobrina del mesonero.
ALMIRANTE.- Emprendedora debe de ser.
DON ÁLVAR.- Su natural fogoso y arrebatado disculpa sus acciones; su peregrina condición las autoriza.
ALMIRANTE.- Pues ¿quién es ella?
DON ÁLVAR.- Es nada menos que la hija de un rey.
ALMIRANTE.- ¿Os burláis?
DON ÁLVAR.- No, por mi vida. El rey Zagal fue su padre.
ALMIRANTE.- ¡Una mora, una hija del desdichado Rey de Granada!
DON ÁLVAR.- Fuera yo más venturoso si nunca la hubiese conocido.
ALMIRANTE.- ¿Por qué razón?
DON ÁLVAR.- Quiéreme, salvó con imponderable solicitud mi existencia, y yo en breve causaré su desgracia rompiendo la cadena con que me tiene preso, y que no puedo ya soportar.
ALMIRANTE.- ¿Es bonita?
DON ÁLVAR.- No cabe serlo más.
ALMIRANTE.- Y entonces, ¿en qué se funda vuestro desamor?
DON ÁLVAR.- No acierto a deciros otra cosa sino que a una sola mujer he podido amar en toda mi vida; a una a quien sólo raras veces he visto, y de quien estuve mucho tiempo alejado; a una que ni sabe ni sabrá jamás los sentimientos que me inspira.
ALMIRANTE.- ¿Y de veras creéis estar enamorado de esa dama?
DON ÁLVAR.- Ignoro si es amor el que vive de sí propio, solitario dentro del alma, y no se alimenta de temor, ni de esperanza, ni deseo. Amo un recuerdo, una ilusión, una sombra; amo a un ser ideal que a todas partes me sigue, animando en la pelea mi brazo, purificando mi corazón en la paz; ser que vivirá siempre a mi lado, y recogerá piadoso mi último suspiro. No: no es éste el amor que una mujer nos inspira; es la adoración que en silencio tributamos a nuestra santa predilecta. ¿Os sorprende oír tales palabras de boca de un guerrero, propio solamente para gozarse en el tumulto y los estragos del campo de batalla? Pues ved que os digo la verdad.
ALMIRANTE.- Hombre más extraño que vos no le hay en la tierra.
Escena III
DICHOS y MARLIANO.
MARLIANO.- Deseaba veros, señor Almirante.
DON ÁLVAR.- Os dejo, pero no antes de suplicaros que solicitéis para mí una audiencia de Su Alteza, mi señora.
ALMIRANTE.- Dadla por conseguida.
DON ÁLVAR.- Regresaré a palacio dentro de una hora. (Da la mano al ALMIRANTE y se retira.) (¡Al fin voy a volver a verla!)
Vase por el foro.
MARLIANO.- Acabo de hablar con la Reina: inútilmente he procurado decidirla a permanecer aquí y dejar que el Rey parta sin ella a Burgos. Tratad, como yo, de convencerla.
ALMIRANTE.- Marliano, ¿vos también habéis cedido a las amenazas o a las dádivas del Rey?
MARLIANO.- Aspiro, no a complacer al Monarca, sino a salvar a mi noble enferma. Al lado del Rey tiene a cada instante nuevos motivos de angustia y desesperación; quizá la soledad fuese alivio a sus padecimientos.
ALMIRANTE.- ¿Y queréis que, en tanto que aquí permanece doña Juana, el Rey en Burgos le usurpe su corona?
MARLIANO.- Es natural: vos habláis como hombre de estado: yo como médico; vos pensáis en la Reina: yo en la mujer que padece.
Escena IV
DICHOS, la REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- ¿Aun no ha vuelto?
MARLIANO.- Aún no, señora. Perdonadme si de nuevo os repito que el estado de vuestra salud...
REINA.- Mi salud. ¿Por qué yo no he de poder ir a Burgos? ¿Qué enfermedad es esa de que todo el mundo me habla y cuyo nombre ignoro? ¿A qué empeñarse en buscar en el cuerpo lo que está en el corazón? ¿En qué puede parecerse el quejido del enfermo al ay del desdichado? Mira, mira, guarda tus consejos y medicinas para quien los necesite. Lo que a mí me hace falta no has de dármelo tú.
DOÑA ELVIRA.- Tranquilizaos, señora.
REINA.- Pero ¿no oyes que este insensato quiere curarme separándome de él?
MARLIANO.- No insisto; vuestro bien únicamente ambiciono.
REINA.- Lo conozco, Marliano; y espero que, en cuanto vuelva el Rey, le dirás que estoy buena, muy buena, y que mañana mismo podemos continuar el viaje. ¡Oh! ¿Vos aquí?
Reparando en el ALMIRANTE.
ALMIRANTE.- Tengo que pedir una merced a Vuestra Alteza.
REINA.- ¿Cuál?
ALMIRANTE.- Un antiguo y leal servidor desea volver a ver a su Reina.
REINA.- ¿Quién es?
ALMIRANTE.- El capitán D. Álvar de Estúñiga.
REINA.- Me acuerdo de él. ¿Dónde ha estado?
ALMIRANTE.- En Italia.
REINA.- Mi padre le estimaba mucho. Decidle que venga... Pero el Rey que no vuelve aún. ¡Hasta cuándo va a durar esta maldita caza! Id, señores, id a ver si recibís alguna noticia.
Vanse el ALMIRANTE y MARLIANO por la puerta del foro.
Escena V
La REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- Mira. ¿No distingues nada a lo lejos? Asomándose a la ventana.
DOÑA ELVIRA.-Nada, señora.
REINA.- Hoy tarda más que de costumbre. ¿Le habrá sucedido algo?
DOÑA ELVIRA.- ¡Infundada zozobra!
REINA.- Cinco horas ha que se fue.
DOÑA ELVIRA.- No ignoráis que el Rey es muy aficionado a la caza.
REINA.- ¡La caza! ¿Crees tú que el Rey estará cazando?
DOÑA ELVIRA.- Sin duda.
REINA.- Puede ser. ¡Ojalá! No veo el instante de salir de Tudela.
DOÑA ELVIRA.- ¿Por qué motivo?
REINA.- ¡Ay, Elvira! Felipe me engaña; Felipe se ha enamorado aquí de alguna.
DOÑA ELVIRA.- ¡De alguna!
REINA.- Sí: no sé de quién; pero siento en mi corazón que ama a otra, y tal es, sin duda, la causa de nuestra detención en este pueblo.
DOÑA ELVIRA.- No parece sino que tenéis gusto en atormentaros.
REINA.- ¿A qué, para hacerme desconfiar de ti como de todos cuantos me cercan, tratas también de engañarme? Que el Rey muchas veces fue traidor conmigo, no lo ignoras. Hoy... Nada había querido decirte temiendo que, como en otras ocasiones, me reprendieses. Ya se ve: tú que no tienes celos, no puedes comprender ciertas cosas. Pero ¿te parece justo que, habiéndome en ti deparado el cielo una amiga, ni aun el consuelo de ser participadas logren mis amarguras? ¿De qué me sirve entonces el amor que me tienes? Vamos, ofréceme no reñirme y te contaré lo que recientemente he sabido.
DOÑA ELVIRA.- Hablad, señora: desahóguese el vuestro en este con razón, que entero os pertenece.
REINA.- Gracias, mi leal, mi cariñosa compañera. Pues bien, noté que todas las tardes,... ¡Ah! (Corriendo a la ventana.) ¿Oíste? (Volviendo al proscenio.) No, nada, todavía no viene.
DOÑA ELVIRA.- Continuad.
REINA.- Noté que todas las tardes salía el Rey de palacio, y transcurrían por lo menos dos horas antes de que volviese. Ayer hice que mi buen paje Hernán siguiera sus pasos.
DOÑA ELVIRA.- ¿Conque jamás se corregirá Vuestra Alteza?
REINA.- Has ofrecido no reñirme. El Rey fue ayer tarde... ¿Adónde dirás? No es posible que los presumas. Fue al mesón del Toledano, uno, que hay en los alrededores de este pueblo.
DOÑA ELVIRA.- ¿A un mesón D. Felipe?
REINA.- ¿Y a qué puede ir él a un mesón? Supiéralo ya si Hernán no se hubiese quedado a la puerta; pero el necio paje temió que el Rey le viera y le conociese. ¡Sí, Elvira; por alguna mujer va a semejante sitio! Sólo esta conjetura me parece acertada.
DOÑA ELVIRA.- Ninguna puede serlo menos.
REINA.- ¡Ojalá que me engañe; ojalá, Elvira, ojalá! A bien que pronto saldremos de dudas. Hoy Hernán penetrará en la posada.
DOÑA ELVIRA.- ¡Cómo! ¿Tratáis de que también hoy siga a Su Alteza?
REINA.- Si fuese lo que me imagino... De pensarlo nada más, parece que se me acaba la vida.
DOÑA ELVIRA.- Considerad, señora, que en tal paraje no puede haber más que villanas.
REINA.- Y qué, ¿las villanas no son mujeres como nosotras? Si mi esposo fuera villano, ¿piensas que yo no le amaría?
DOÑA ELVIRA.- Debo evitar que cometáis tales imprudencias.
REINA.- ¿Sabes que quien no nos conociese te tomaría por la señora? Que yo lo soy recuerda.
DOÑA ELVIRA.- Perdóneme Vuestra Alteza si mi celo le enfada.
REINA.- ¿A qué me obligas a decirte estas cosas? Vamos, perdóname tú.
DOÑA ELVIRA.- ¡Oh, no me avergoncéis!
REINA.- En esta ansiedad no podría vivir. Si me equivoco, ¿qué mayor ventura que un desengaño? Si no me equivoco, si Felipe ama a otra, ya ves que no es justo que yo siga adorándole. Muchas veces le perdoné; ya no le perdonaría. Segura estoy de aborrecerle si es cierto que me engaña. La duda basta para hacérmele odioso. ¡Oh! (Corriendo otra vez a la ventana.) ¡Ahora sí que es él! Ya ha vuelto, Elvira mía, ya ha vuelto. Mira, voy a recibirle. ¡Felipe de mi alma!
Sale precipitadamente por la puerta del foro.
Escena VI
DOÑA ELVIRA.-¿Tendrá razón? ¿La ofenderá el Rey con algún otro vergonzoso amorío? ¿Se habrá prendado de una aldeana? De todo es capaz. ¡Desdichada señora! Ya con él se acerca llena de júbilo.
Éntrase en el cuarto de la derecha.
Escena VII
El REY y la REINA.
REY.- Lo que te he dicho nada más: me empeñé en dar alcance a un venado cuyo rastro habíamos perdido tres veces.
REINA.- Bien hiciste; no importaba que yo esperase.
REY.- ¡Qué infundadas reconvenciones!
REINA.- Pero supongo que ya hoy no me volverás a dejar.
REY.- A pesar mío tendré que abandonarte muy luego.
REINA.- ¡Otra vez! ¡Ya! Para ir al mesón.
REY.- ¿Cómo? ¿Qué dices?
REINA.- No, no hay insensatez que iguale a la mía. ¡Qué bien me vendí!
REY.- Explicaos, señora.
REINA.- ¿Te parece que aún no me he explicado bastante? ¿Qué te lleva a ese bienaventurado mesón?
REY.- (Lo ignora.)
REINA.- Habla, responde; tómate siquiera el trabajo de engañarme.
REY.- Imposible es que vivamos pacíficamente. A pesar del dictamen de todos tus médicos y de los repetidos consejos de tus más fieles servidores, había determinado que juntos partiésemos a Burgos mañana mismo...
REINA.- ¿De veras? ¿Eso habíais determinado?
REY.- Pero otra cosa es la que a entrambos nos conviene: permanecerás en Tudela; partiré solo.
REINA.- No, Felipe, no; partiremos juntos.
REY.- Insistes en vano.
REINA.- No me atormentes. Dime el motivo de tus visitas a la posada; dímelo, y te creo.
REY.- Por no entristecerte lo he ocultado hasta ahora. ¡Buen pago recibo!
REINA.- ¿Acabarás de mortificarme?
REY.- Un negocio de estado es lo que me conduce allí.
REINA.- ¿Un negocio de estado?
REY.- Sí, señora, sí.
REINA.- Bien; te creo: habla.
REY.- Trato de ganarme la voluntad de uno de los más fervorosos amigos de tu padre.
REINA.- ¿Del Duque de Alba?
REY.- Justamente. Era su intención promover alborotos para arrebatarnos la corona y devolvérsela al rey D. Fernando. Por fortuna ya ha empezado a darse a partido; pero, temiendo que si aquí nos ven conferenciar se trasluzca la concordia y llegue a noticia del Rey, exige que nuestras entrevistas se verifiquen secretamente donde menos pueda nadie imaginarse.
REINA.- (¿Será cierto lo que me cuenta?)
REY.- ¿Estás ya convencida de tu injusticia?
REINA.- Sí, de todo lo que quieras. ¿Partiremos juntos mañana?
REY.- ¿Quién, ingrata, más que yo lo desea? Confía en tu esposo; no le ofendas dudando de su cariño.
REINA.- ¿Sabes, Felipe, que ya están agotadas mis fuerzas, y me moriré de dolor si hoy creyese y tuviera que volver a dudar mañana? ¿Sabes que mi amor ha sido más poderoso que el tiempo y tus desdenes? Te amé cuando te vi; más cuando me llamé esposa tuya; más cuando fui madre de tus hijos. Existe el que me dio el ser, existen las prendas de mis entrañas, hay un Dios en el cielo que a todos nos redimió con su sangre. Pues bien, óyelo y duélete de esta infeliz: en mí tienen celos de la esposa, la hija, la madre, la cristiana. Sí, lo conozco, es un crimen: ofendo a la Naturaleza y a Dios: por eso el cielo me castiga; pero ¡ay de mí! que no lo puedo remediar.
REY.- Hasta el fondo de mi pecho penetran tus hermosas palabras. Ellas me animan a suplicarte de nuevo que en Burgos, como en Valladolid, permitas que yo solo gobierne los Estados que poseemos juntos.
REINA.- Soy Reina; ciño la corona de mi madre Isabel; mas no ignoras cuánto desdeño yo esas grandezas, que, comparadas con el sentimiento que llena todo mi corazón, me parecen mezquinas. Dame, en vez de esplendente diadema de oro, una corona de flores tejida por tu mano; en vez de regio alcázar, en donde siempre hay turbas que nos separan, pobre choza en donde sólo nosotros y nuestros hijos quepamos; en vez de dilatados imperios, un campo con algunos frutos, y una sepultura que pueda contener abrazados nuestros cuerpos; tu amor en vez del poder y la gloria, y creería yo entonces que pasaba del purgatorio al paraíso.
REY.- ¡Juana idolatrada!
REINA.- Oye: muchas veces se presenta a mis ojos la veneranda sombra de mi madre Isabel, señalándome un mundo con la una mano, y con la otra mano otro mundo; y veo que ambos se abrazan y que aquél ofrece a su hermano los tesoros de sus entrañas virginales, y que éste le envía en recompensa el nombre de Dios flotando sobre las aguas. Y oigo que la voz de la reina Isabel me dice: piensa en tus sagrados deberes, y yo pienso en ti; ama a tu pueblo, y yo a ti te adoro; conserva mi herencia, débate España nuevas glorias y dichas; y mi corazón sólo responde, amo en cada uno de sus latidos, y quiero llorar como reina arrepentida, y lloro como mujer enamorada. ¿Qué más? Si hoy bajara un ángel del cielo y me dijese: en mi mano está remediar tu desgracia deshaciendo lo hecho y volviéndote a la edad feliz en que aún no eras esposa, yo, sin vacilar un punto, le respondería: no, no, y mil veces no; quiero ser esposa de Felipe; quiero amarle, aun cuando él haya de aborrecerme; quiero penar por él y morir llamándole mío.
REY.- Serénate y enjuga esas preciosas lágrimas.
REINA.- Ahora son de felicidad.
REY.- Ojalá entonces que siempre las vea yo en tu rostro. Don Juan Manuel me aguarda. Volveré para decirte adiós.
REINA.- Vuelve, Felipe, vuelve.
REY.- Se acabaron para siempre los celos, ¿verdad?
REINA.- Te lo prometo; para siempre.
REY.- (A fe que voy avergonzado.)
Éntrase por la puerta de la izquierda.
Escena VIII
La REINA, a poco DOÑA ELVIRA, un PAJE luego, después D. ÁLVAR.
REINA.- Harto lo conozco; siempre nos ponemos en lo peor. Gracias, Dios santo, gracias.
DOÑA ELVIRA.- ¿Ya os encuentro sola?
REINA.- Sí, Elvira.
DOÑA ELVIRA.- Y alegre, a lo que noto.
REINA.- Me equivocaba, mis celos eran infundados.
DOÑA ELVIRA.- Ahora debiera yo enojarme con Vuestra Alteza.
REINA.- Terminó ya lo que a ti te enojaba: he ofrecido no volver a estar celosa.
DOÑA ELVIRA.- No saldría yo por fiadora de vuestra promesa.
REINA.- Ríete; ya verás si la cumplo.
DOÑA ELVIRA.- Aguarda ese D. Álvar, a quien habéis concedido una audiencia.
REINA.- Pues que venga, que venga al instante.
DOÑA ELVIRA se asoma al cuarto de la derecha, hace una seña y preséntase HERNÁN, el cual, después de oír algunas palabras que aquélla en voz baja le dice, vase por la puerta del foro.
DOÑA ELVIRA. -Hernán va a darle aviso.
REINA.- ¡Si vieras qué mozo tan bizarro era cuando yo le conocí! Querrá pedirme alguna gracia: debo protegerle. ¡Hoy, más que otros días, siento tan grandes deseos de hacer bien! Cuando uno es feliz, ¡cómo desea la felicidad de todos!
DON ÁLVAR.- Si Vuestra Alteza me otorga su venia...
Presentándose en la puerta del foro. A una señal de la REINA entra y permanece a respetuosa distancia. La REINA se sienta.
REINA.- Mucho celebro que hayáis venido, capitán.
DON ÁLVAR.- (¿Qué pasa por mí?)
REINA.- Sé que habéis estado en Italia.
DON ÁLVAR.- Sí, señora (Reponiéndose.); en Italia he guerreado contra los enemigos del nombre español.
REINA.- Gonzalo de Córdoba es el mejor capitán del mundo.
DON ÁLVAR.- ¿Qué no diera él por oír tal encomio de boca de Vuestra Alteza?
REINA.- ¿Se acuerda de mí?
DON ÁLVAR.- ¿Cómo podríamos haber olvidado a la hija queridísima de nuestra señora la reina Isabel?
REINA.- ¿Verdad que me quería entrañablemente? ¿Recordáis con qué angelical donosura me llamaba señora suegra por la extraña semejanza que con mi abuela paterna tenía yo, al decir de cuantos la habían conocido?
DON ÁLVAR.- No pronunció palabra delante de mí aquella bendita mujer, que para siempre no esté fija en mi memoria.
REINA.- Mucho sentiríais su muerte, capitán.
DON ÁLVAR.- No hubo en Italia soldado que no la llorase.
REINA.- Juzgad si yo la lloraría; yo que, ausente en apartadas tierras, ni siquiera tuve el consuelo de verla morir. Tengo, sí, el único que puede endulzar la amargura de un huérfano: el consuelo de saber que la madre que pierde, se va derecha a la gloria.
DON ÁLVAR.- (¿Cómo no amarla?)
REINA.- El valor y la lealtad con que a mis padres habéis servido, reclaman premio. Pedidme alguna merced, don Álvar.
DON ÁLVAR.- Consagrarme al servicio de Vuestra Alteza sería para mí gran ventura.
REINA.- Mañana partimos a Burgos, y nos alojaremos en el palacio del Condestable. No dejaréis de vernos allí. ¿Conocéis al Rey?
DON ÁLVAR.- No, señora.
REINA.- ¿Cómo no, habitando en Tudela?
DON ÁLVAR.- Habito fuera de poblado, en un mesón donde ha no pocos días me obligó a detenerme una grave dolencia.
REINA.- ¿En un mesón decís? (Levantándose.) ¿En el del Toledano quizá?
DON ÁLVAR.- En ese mismo.
REINA.- Habréis visto en él a dos caballeros que le visitan diariamente.
DON ÁLVAR.- A nadie he visto, porque hasta hoy no he podido salir de mi aposento; pero sí sé que un caballero flamenco frecuenta la posada.
REINA.- Un caballero flamenco que tiene allí entrevistas con un caballero español.
DON ÁLVAR.- No, señora: allí no va ningún caballero español.
REINA.- Y entonces..., entonces el otro ¿a qué va?
DOÑA ELVIRA.- (¡Y habíais prometido no volver a tener celos!)
Bajo a la REINA.
REINA.- (Calla.) Sepamos, ¿qué busca por allí?
Procurando disimular.
DON ÁLVAR.- ¿Qué busca?
Sin saber qué debe contestar.
REINA.- (No acierta a responderme.)
DON ÁLVAR.- Nada... Nada que importe a Vuestra Alteza.
REINA.- Decidme la verdad, don Álvar; también las reinas somos curiosas.
DON ÁLVAR.- Aseguro a Vuestra Alteza que no sé de fijo...
Titubeando.
REINA.- Mentís, capitán.
Sin poder reprimirse.
DON ÁLVAR.- ¡Oh! (¡Qué arrebato!)
REINA.- En el tal mesón hay una beldad campesina, y ese caballero flamenco se ha prendado de ella.
DON ÁLVAR.- En vano será que yo niegue lo que Vuestra Alteza no ignora. Perdonad: no creí que estuvieseis tan bien informada.
REINA.- (¡Madre de Dios! ¡Mentía! ¡Mentía!)
DOÑA ELVIRA.- (Ved que os observan.)
Bajo a la REINA.
REINA.- ¿Con que estaba bien informada? ¿Un amorío es lo que le lleva al mesón?
DON ÁLVAR.- Un mero galanteo, que terminará muy en breve.
REINA.- ¿Sabéis, capitán, que si no me hubieseis dicho verdad correría grave riesgo vuestra cabeza?
DON ÁLVAR.- ¡Señora!
REINA.- Olvidad estas palabras y retiraos.
DON ÁLVAR.- (¿Qué significa esto? ¿Será verdad que está loca?)
Saluda, y vase por la puerta del foro.
Escena IX
La REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- ¡Elvira, Elvira!
Dejándose caer en un sillón desfallecida.
DOÑA ELVIRA.- Señora, volved en vos. ¿Queréis que llame?
REINA.- No; detente. (Levantándose con nuevo vigor.) ¿Ves que hombre tan falso, tan inicuo? No hay palabras con que decir lo que ese hombre es. ¡Si le hubieses escuchado!... Va a partir en busca de su amada. Yo también iré a verla.
DOÑA ELVIRA.- ¿Vos?
REINA.- Sí, yo; yo, contigo.
DOÑA ELVIRA.- ¿Qué intentáis, señora?
REINA.- Eso: lo que acabas de oír.
DOÑA ELVIRA.- Por compasión.
REINA.- Obedece y calla.
DOÑA ELVIRA.- El Rey.
REINA.- Trae mantos.
DOÑA ELVIRA.- ¿Qué va a ser de esta desventurada?
Entra en el cuarto de la derecha.
Escena X
La REINA y el REY.
REY.- Vuelvo, como te había ofrecido, a decirte adiós.
REINA.- Por mí no te detengas. Ve y cumple con tus deberes de soberano.
REY.- Así quisiera yo verte siempre.
REINA.- Siempre me verás como ahora. Adiós.
REY.- Qué, ¿no abrazas a tu esposo?
REINA.- Con vida y alma.
Abrazándole.
REY.- ¿Te quedas contenta, eres feliz?
REINA.- ¿Pues no estás viendo cómo me río? ¿No he de ser feliz con un esposo como tú?
REY.- Logré que al fin conocieses tu error.
REINA.- Por demás era injusta contigo.
REY.- Adiós, pues, Juana mía.
Besándole una mano.
REINA.- Adiós, Felipe mío, adiós.
Vase el REY por la puerta del foro.
Escena XI
La REINA, y después DOÑA ELVIRA.
REINA.- ¡Cómo se irá diciendo ahora: pobre mujer, qué bien la engaño, qué bien sé fingir! ¡Con qué alegría, exento de todo recelo, correrá a lanzarse en los brazos de su amiga! Juntos me parece ya verlos, clavados los ojos del uno en los del otro, con las manos enlazadas, exhalando tiernos suspiros de amor. ¡Oh! Pronto en mí sola se fijarán sus miradas; a mí se dirigirán sus manos pidiendo compasión; los suspiros se cambiarán en gritos de espanto. Él lo quiere; sea, luchemos: en todas partes me encontrará, no tendrá un minuto de reposo, envenenaré todos sus placeres. ¡Por Dios y los santos que ese hombre ha de soñar conmigo! Vamos, ya es hora.
A DOÑA ELVIRA, que sale con mantos.
DOÑA ELVIRA.- ¿Aun insistís?
REINA.- Sígueme.
DOÑA ELVIRA.- Aguardad a lo menos a que se disponga una litera.
REINA.-¿Para que los espías del Rey lo noten, y vayan y le avisen? Saldremos por esa puerta. (Indicando la de la derecha de segundo término.) Iremos a pie.
DOÑA ELVIRA.- ¡A pie! ¡Tan débil como estáis!
REINA.- ¿Yo débil ahora? Esta mujer no sabe lo que se dice.
DOÑA ELVIRA.- Recordad que vuestra frente ciñe una corona.
REINA.- Sí, sí, en este momento de coronas debes hablarme.
DOÑA ELVIRA.-Nunca una reina ha de olvidarse de que lo es.
REINA.- Yo no soy más que una mujer celosa disfrazada de reina.
DOÑA ELVIRA.- ¡Inspiradla, Dios santo!
REINA.- Partiré sola. Quita.
DOÑA ELVIRA.- ¡Oh, no! Pronta estoy a seguiros.
REINA.- Vamos entonces a sorprender a los dichosos amantes. Ven, ven y verás cómo se apartan las palomas cuando las sorprende el milano.
Dirígese precipitadamente, seguida de ELVIRA, a la puerta de la derecha de segundo término.
FIN DEL ACTO PRIMERO.
Pieza de un mesón. Puertas laterales; otra en el foro, que da a un patio. A la derecha una escalera: súbese por ella a un corredor practicable que se extiende en el foro de un extremo a otro del teatro. En el promedio de este corredor la puerta del cuarto de Aldara. Mesas, sillas, bancos.
Escena primera
El MESONERO y TRAJINANTES; después una MOZA del mesón.
TRAJINANTE I.º- Lo dicho: no hay cosa mejor que un rey bueno, ni cosa peor que uno malo.
MESONERO.- Cierto; que así como el bueno es imagen de Dios en la tierra, el malo sólo puede ser imagen del demonio.
TRAJINANTE 2.º-Y ahí tenéis que, cuando los pobres se mueren de hambre, el Rey pide un servicio de cien cuentos de maravedís.
TRAJINANTE 3.º-Y los flamencos que por acá se trajo aprópianse a tuerto o a derecho el oro de Castilla.
TRAJINANTE I.º- Son a fe sus mercedes tan largos de manos como anchos de conciencia.
MESONERO.-Para hacerles hueco, y a fin de que pongan en feria lo que para sí no codicien, ha quitado el Rey a las ciudades sus corregidores, y a los castillos sus alcaides, y sus generales a las fronteras.
TRAJINANTE 2.º- Y a todo esto, la Reina en celar a su marido se pasa la vida.
TRAJINANTE 3.º- Cuentan que ha perdido el seso.
MESONERO.-Medrados estamos con Reina loca y Rey tan ligero de cascos.
TRAJINANTE I.º- ¡Ay, si resucitara la otra!
TRAJINANTE 2.º- ¡Aquélla sí que fue toda una Reina!
MESONERO.- Como que no parece sino que el cielo quiso juntar en la reina Isabel cuantas virtudes habían adorado los hombres, repartidas entre los mejores monarcas de la tierra.
TRAJINANTE 3.º- Yo oí decir que lo mismo era para ella un señor que un labriego.
TRAJINANTE I.º-Así es la verdad; que un día me eché a sus pies cuando salía de Palacio, y más me dio de lo que yo le pedí; y a mi Juanico, que allí conmigo estaba, le hizo una fiesta en el rostro. Ni su madre ni yo podemos mirar desde entonces al muchacho sin una especie de veneración y respeto, y el día que se cumplió un año de la muerte de Su Alteza compramos dos hermosos cirios, que por el descanso de su alma estuvieron ardiendo hasta consumirse; y todos los años haremos lo mismo; y nuestro hijo lo hará, con la gracia de Dios, cuando nosotros faltemos.
TRAJINANTE 2.º-Yo nunca le vi la cara a la Reina, porque una vez que pasó por mi lado quise mirarla, y levantar los ojos y volverlos a bajar sin saber lo que me pasaba, todo fue uno.
MESONERO.-Es que su mercé tenía cara de virgen.
TRAJINANTE I.º- Por ella nos vemos libres de esos perros moros que ultrajaban a Jesús Nazareno y a su bendita Madre.
TRAJINANTE 2.º- Cubierta de hierro, y expuesta a las inclemencias del cielo y a los peligros de las batallas, estuvo la reina Isabel, así como él último de sus soldados.
TRAJINANTE I.º- Ella, vendiendo sus joyas, hizo que aquel buen ginovés fuese a descubrir tierras para España.
TRAJINANTE 3.º- Ella sujetó a los próceres turbulentos.
MESONERO.-A ella debemos poder hoy respirar sin temor de que los señores nos traten peor que a su perro de caza.
TRAJINANTE 2.º-¡Cuánto trabajó la pobre! ¡Cuánto pasaría por nosotros!
MESONERO.- ¡Qué! ¡Si no tenía más pío que hacer la dicha de su pueblo!
TRAJINANTE 3.º-Y diz que murió como una santa.
MESONERO.-No es mucho que muera como santo quien como tal haya vivido.
TRAJINANTE I.º- Una mujer así no debía morirse nunca.
MESONERO.-Vamos, hombre, no te enternezcas, que la cosa ya no tiene remedio.
TRAJINANTE I.º-Porque no tiene remedio lloro, que si lo tuviera, yo me dejaría matar por que ella resucitase.
MESONERO.-¡Toma! Si con la vida ajena se hubiera podido ir alargando la suya, aún viviera y viviría por los siglos de los siglos.
TRAJINANTE 2.º- ¿Parece que también su merced se ablanda?
MESONERO.-¿Qué se le ha de hacer? No es uno de risco; y ya que con otra cosa no pudimos pagarle los pobres mientras vivió, justo es que después de muerta la paguemos con lágrimas el bien que nos hizo; y a fe a fe que la buena señora ve vuestro llanto desde el cielo.
TRAJINANTE I.º- Premie Dios sus virtudes, que Él sólo puede recompensarlas como es debido.
TODOS.-¡Dios la bendiga! ¡Dios la bendiga!
Ea, ea, basta de pucheros, y vaya un Padrenuestro por la gloria de su alma. (El MESONERO y todos los TRAJINANTES se levantan, se quitan el sombrero y permanecen en silencio breves instantes, como si estuvieran rezando.) Requiescat in pace.
TODOS.-Amén.
Todos se santiguan.
MESONERO.-Y ahora un trago.
TODOS.-¡Venga, venga!
Escancíanse vino.
MESONERO.- A la memoria de la mejor de las reinas.
TODOS.- A su memoria.
Beben.
MOZA.-¡Alabado sea Dios!
Saliendo por el foro con un velón de Lucena, que pone en la mesa.
TODOS.- Bendito y alabado.
MOZA.-La cena se enfría.
TRAJINANTE I.º- ¡Santa palabra!
TODOS.-A cenar.
Vanse los TRAJINANTES por la puerta del foro seguidos de la MOZA.
Escena II
El MESONERO y ALDARA.
Momentos antes se la habrá visto salir de su habitación y bajar por la escalera.
ALDARA.- ¿Qué hay, Garci-Pérez?
MESONERO.-Que su merced todavía no ha dado la vuelta.
ALDARA.- (¡Oh!) ¿Y ese caballero flamenco que viene todos los días a estas horas?
MESONERO.-Tampoco ha parecido.
ALDARA.- Ya os dije que no quiero verle.
MESONERO.-Todo el mundo tiene derecho de entrar en el mesón con tal de que pague al salir. Harto os sirvo haciendo creer a la gente que sois sobrina mía. Y temiéndome estoy que fragüe una de las suyas el diablo y se descubra el enredo.
ALDARA.- Poco permaneceré ya en vuestra casa.
Hácele señal de que se retire.
MESONERO.- (¡Lástima es!)
Vase por la puerta del foro.
Escena III
ALDARA, y después D. ÁLVAR.
ALDARA.- Sí, lo conozco; nunca debí amar a un cristiano. Con razón me castigas ¡oh dios inexorable de mis abuelos! ¿Y si me hubiese engañado? ¿Hasta cuándo he de estar engañándome a mí propia? Siempre noté en él tristeza misteriosa; constantemente hubo una sombra en medio de los dos. Que era la sombra de una mujer, yo me lo imaginaba. Y ahora, ¿cómo dudarlo? Cuando supo la llegada de los Reyes a Tudela, ¡qué agitación la suya! Cuando la fiebre le embargaba los sentidos, oíale gritar: «¡Está en Tudela; voy a volverla a ver!» Enfermo aún, no ha podido por más tiempo vencer su afán, y ha volado a Tudela con riesgo de la vida. ¿Qué mujer es ésa? ¿Habrá venido con los Reyes? ¡Cuitada yo, que juzgué posible que un hombre me amase eternamente! Él es.
DON ÁLVAR.- (Aquí está. ¿Cómo desengañarla?)
Saliendo por la puerta del foro.
ALDARA.- Creí que no ibais a volver.
DON ÁLVAR.- ¿Me recibís enojada porque he tardado? Nunca quisiera yo enojar a quien tanto hizo por mí. Os debo la vida.
ALDARA.- Más que la vida os debí yo: la felicidad.
DON ÁLVAR.- Será mi gratitud eterna.
ALDARA.- ¿Gratitud me ofrecéis?
DON ÁLVAR.- Decid: ¿vendrá también hoy el caballero que os corteja? Restablecido al fin, quiero pedirle cuenta de las molestias que os ha causado.
ALDARA.- Dejad en paz a ese caballero, y no con vanas apariencias intentéis deslumbrarme.
DON ÁLVAR.- No comprendo vuestras palabras.
ALDARA.- ¿A qué habéis ido a Tudela?
DON ÁLVAR.- ¿No os lo dije? A ver a mi deudo el Almirante de Castilla.
ALDARA.- ¿Y a ninguna otra persona habéis visto?
DON ÁLVAR.- Sí, a la Reina.
ALDARA.- ¿A la Reina?
DON ÁLVAR.- ¿Por qué os sorprende?
ALDARA.- ¿Es hermosa?
DON ÁLVAR.-Ángel del cielo parece por el rostro y por el corazón-.
ALDARA.- Mucho la encomiáis.
DON ÁLVAR.- Poco os parecería si la conocieseis. Me ha ofrecido su protección.
ALDARA.- Bien la merecéis.
DON ÁLVAR.- Mañana mismo pienso partir a Burgos.
ALDARA.- Parten mañana también Sus Altezas?
DON ÁLVAR.- Mañana.
ALDARA.- ¿Y sólo con el Almirante y con la Reina habéis hablado?
DON ÁLVAR.- Sólo con el Almirante y con la Reina.
ALDARA.- Aseguran que Doña Juana está loca.
DON ÁLVAR.- Falso: torpe calumnia divulgada por el Rey, que quiere apartarla de sí, desconociendo el tesoro que injustamente posee. Pero, por la espada del Gran Capitán, que aún hay castellanos prontos a morir, si es preciso, por defenderla.
ALDARA.- Dios la confunda.
DON ÁLVAR.- ¿Qué proferís?
ALDARA.- Mal hicisteis en encomiar delante de mí a quien tanto aborrezco.
DON ÁLVAR.- ¿Que aborrecéis a la Reina? ¿Por qué causa?
ALDARA.- ¿A qué fingís ignorarlo? Hubo una mujer que, haciendo derecho de la usurpación y ley de la fuerza, subió a un trono que no le pertenecía, y todo fue poco para saciar su sed de poderío y de mando. Tendió su mirada de águila por la tierra: vio un imperio compuesto de catorce ciudades y noventa y siete villas; viole grandemente enriquecido por la fortuna, con insólito afán acariciado por la Naturaleza; viole y le deseó, y dijo: venga a mi mano. Dos reyes disputábanse el cetro de aquel imperio: el vicio y el valor se le disputaban. La astuta serpiente, que para sí le quería, amparó al rey cobarde contra el valiente, porque bien conoció que así después la victoria sería más fácil. Cayó mi padre, el Rey Zagal; el Rey Chico volvió a ser dueño del trono; desplomáronse sobre Granada, Aragón y Castilla; el Genil fue Guadalete para la media luna, brilló vencedora sobre las torres de la Alhambra la enseña de la cruz, y la ciudad hermosa, hija predilecta del Profeta, antes por la propia flaqueza rendida que por el valor ajeno, dobló su coronada frente bajo la planta del cristiano. Mira cómo huye al África mi padre infeliz, a llorar la mengua de los hijos de Agar; cómo el bárbaro Rey de Fez, creyéndole cómplice de los enemigos de Granada, le quema en venganza los ojos. Mírale mendigando el sustento preciso con un cartel pendiente del cuello en donde se lee: «Éste es el desdichado Rey de Granada. De sus ojos sin luz corren lágrimas de sangre; sus manos descarnadas se clavan en la frente, donde no encuentran la corona que buscan. Oye cómo grita al morir: venganza contra la reina Isabel y contra toda su generación. ¡Y me preguntas por qué aborrezco a la reina Doña Juana, a una hija de la reina Isabel! ¿Ignoras que antes de conocerte no había más que anhelo de venganza en mi pecho? ¿Por qué te conocí? Quizá hubiera logrado la gloria de morir por odio a los cristianos; y no que hoy moriré, quizá, de amargura por haber amado a uno sólo.
DON ÁLVAR.- ¡Aldara!
ALDARA.- Y, sin embargo, ¿qué más pude sacrificarle? ¿Qué mujer puede merecer el amor de un hombre si yo no merezco el suyo? Te perdí; el Dios a quien ultrajé me rechaza. Nada me queda: vergüenza y llanto nada más.
DON ÁLVAR.- Aldara, yo no he dicho que no os amo. Los beneficios que de vos recibí siempre vivirán grabados en mi pecho.
ALDARA.- ¿Otra vez vais a hablarme de gratitud? Antes bien explicadme la causa que os impide pagar mi amor con amor; decidme que amáis a otra, a otra a quien sin duda en mucho tiempo no habréis visto, porque entonces sin remedio la hubiera visto yo también. ¿La habéis vuelto a encontrar por ventura, sin que yo sepa cuándo ni cómo? ¿En Tudela tal vez? Vamos, contadme todo esto. Si es cierto que amáis a otra, yo no debo ignorarlo. No; si es cierto, que yo lo ignore siempre, porque sería capaz..., sería capaz de matarla.
DON ÁLVAR.- ¡Matarla!
ALDARA.- Luego ¿existe; existe?
DON ÁLVAR.- Y suponiendo que existiese...
ALDARA.- No me desafiéis.
DON ÁLVAR.-¿Cuáles son vuestros derechos sobre mí?
ALDARA.- Vos, porque os he amado, tenéis el de ultrajarme.
DON ÁLVAR.- Termine hoy aquí nuestra plática. Espero que mañana con más tranquilidad podréis oírme y conocer lo indebido de tan reiteradas inculpaciones.
Éntrase por la puerta de la izquierda.
Escena IV
ALDARA, y después el REY.
ALDARA.- ¡Y así me deja! ¡Y partirá mañana mismo! Tiempo era ya de que el altivo cristiano humillase a su esclava. Por un momento he pensado en la Reina... Imposible. ¿Por qué? Mil veces le escuché hablar de ella con arrebato singular. ¿Será otro amor el que creí amor del súbdito a la señora? ¿Cómo averiguar la verdad? Pero ¿ha de amar la Reina a este hombre; la Reina, que, según afirman, idolatra a su esposo? ¿No puede tener engañado al mundo? ¿No puede Álvar, que desdeña mi afecto, amar a quien el suyo rechace? Le perdonaría que no me amara; que ame a otra, no puedo, no quiero perdonárselo. ¡Oh! ¿Quién llega?
Yendo hacia la escalera.
REY.- No huyas. Detente.
Entrando por la puerta del foro y asiendo a ALDARA de una mano.
ALDARA.- Soltad.
REY.- ¿Habrá en el mundo aldeana menos complaciente que tú?
ALDARA.- ¿Habrá caballero tan necio como vos?
REY.- ¿Necio me llamas?
ALDARA.- Necio sois en perseguir a quien nunca habéis de alcanzar.
REY.- Tiene en ti Garci-Pérez una sobrina con humos de princesa.
ALDARA.- Más me acerco a princesa que a sobrina de un mesonero.
REY.- ¿Cómo?
ALDARA.- Sabed la verdad: ya no tengo por qué ocultarla; no soy sobrina de Garci-Pérez.
REY.- ¡Extraño misterio el que os rodea, señora! Con razón supuse que la condición que aparentabais no era la vuestra. Pues bien, yo no soy tampoco un simple hidalgo cual aquí se me cree; soy...
ALDARA.- ¿Quién?
REY.- Un prócer, un prócer flamenco de lo más esclarecido.
ALDARA.- (Éste pudiera tal vez ayudarme.)
REY.- Desde el día en que mi buena estrella me hizo pasar por delante de este mesón, cifro en veros mi dicha. Hasta qué punto logró subyugarme vuestra hermosura, no cabe ponderarlo. Mi corazón os pertenece, señora; por una palabra cariñosa de vuestros labios diera parte de mi existencia. Tengo que partir a Burgos mañana...
ALDARA.- ¿Con los Reyes acaso?
REY.- Sí, con los Reyes. Seguidme, y exigid en cambio todo lo que queráis; hasta lo que os parezca imposible.
ALDARA.- ¿Tanto podéis?
REY.- Cuanto quiero.
ALDARA.- ¿Sois amigo del Rey?
REY.- Más que amigo.
ALDARA.- ¿Su privado quizá?
REY.- Puede decirse que el Rey y yo somos una misma persona.
ALDARA.- ¿Y si a mí se me antojase frecuentar su palacio?
REY.- Seríais dama de la Reina.
ALDARA.- ¿Cómo, si por muy ilustre que fuese mi estirpe yo no pudiera descubrirla?
REY.- ¿No pasáis aquí por sobrina de un mesonero? Mejor podríais pasar allá por deuda de algún conde o marqués.
ALDARA.- ¿Y vos os daríais por bien pagado con la única dicha de verme?
REY.- Sin duda.
ALDARA.- Meditaré acerca de tal ofrecimiento.
REY.- ¿Olvidáis que tengo que partir mañana?
ALDARA.- Por escrito os comunicaría mi resolución.
REY.- ¡Oh! no, bien mío; fuerza es que os decidáis al momento. Mirad: a corta distancia del mesón hay una litera en donde, escoltada por hombres de toda mi confianza, podéis emprender esta misma noche el viaje.
ALDARA.- ¿Todo eso tenéis preparado?
REY.- Todo eso.
ALDARA.- ¿Pensabais, quizá, sacarme de aquí por fuerza?
REY.- Quizá.
ALDARA.- Pues quizá no parta yo a Burgos en toda la vida.
Alejándose.
REY.- ¿Qué, así os retiráis?
Tratando de detenerla.
ALDARA.- Os he dicho que meditaré.
Apartándose más.
REY.- ¡Señora!
Siguiéndola.
ALDARA.- Tened un poco de paciencia.
Sube por la escalera y entra en su cuarto.
Escena V
El REY, a poco el MESONERO, después la REINA y DOÑA ELVIRA.
REY.- Mejor dispuesta que esperaba la encuentro. Muchas veces he creído estar enamorado: a fe mía que ahora va de veras. Su misteriosa condición, sus repulsas continuas, ese tenaz desdén a que no estoy acostumbrado, aumentan más y más la llama que arde por ella en mi pecho. Aseguremos el golpe. (Dando porrazos sobre la mesa) ¡Hola! ¡Mesonero de Barrabás! ¡Hola!
MESONERO.-¿Qué se os ofrece?
Saliendo por la puerta del foro.
REY.- Venid acá, don bellaco, señor mesonero trapalón, señor tío postizo.
MESONERO.-¡Eh!
REY.- ¿Conque tan fingidas son tus sobrinas como tus liebres?
MESONERO.-Pues qué, ¿sabéis?...
REY.- Todo lo sé, y escucha atentamente lo que voy a decirte.
MESONERO.-Ya escucho.
REY.- ¿Qué gente hay en el mesón?
MESONERO.-Unos trajinantes.
REY.- ¿Qué hacen ahora?
MESONERO.-Dormir a pierna suelta.
REY.- Bien. ¿Y nadie más?
MESONERO.-Sí, un capitán, un D. Álvar de Estúñiga.
REY.- ¿Ese que, según he oído, está enfermo?
MESONERO.-Justamente.
REY.- (Ése no puede estorbarme.)
MESONERO.-¿Acabasteis ya de preguntar?
REY.- Acabaron las preguntas; empiezan las órdenes.
MESONERO.- ¡Oiga!
REY.- Primeramente dejarás a obscuras estas habitaciones.
MESONERO.-Pues ¿qué diablos vamos a hacer a obscuras?
REY.- Lo verás si no ciegas.
MESONERO.-¡Me gusta la aprensión!
REY.- Obedece aunque no te guste.
MESONERO.-¡Por supuesto!
REY.- Encerrarás después, por allá adentro, a todos los mozos.
MESONERO.-¡Festivo humor traéis esta noche!
REY.- Irás en seguida a abrir la puerta del corral, por donde entraré yo con cuatro embozados.
MESONERO.-Vaya, vaya, este señor ha empinado hoy más de lo justo.
REY.- El objeto es sacar de aquí bien a bien, y si no mal a mal, a tu señora sobrina.
MESONERO.-¿Habrase visto insolencia igual? Si no por otra cosa, por las intenciones se os conocería que sois flamenco. Y como tenemos un Rey tan casquivano y antojadizo, parece que todos queremos sacar los pies del plato. ¿Qué apostamos a que aviso a los mozos, y a garrotazos os hacen salir del mesón?
REY.- Una sola cosa me falta que añadir.
MESONERO.-¿Qué le falta que añadir a vuestra merced?
REY.- Que como nada es verdad en tu mesón endemoniado, tampoco yo soy lo que parezco.
MESONERO.- Y sepamos, ¿quién sois? ¿Algún truhán con visos de caballero?
REY.- Soy el Rey.
MESONERO.-¡Jesucristo!... ¡El Rey!
REY.- Y si esta noche no me obedeces, haré que te ahorquen mañana.
MESONERO.-Señor... yo... Vuestra Alteza...
REY.- Nada más tengo que decirte.
MESONERO.-(Bastante es.)
REINA.- ¡Oh!
Apareciendo con DOÑA ELVIRA en la puerta del foro en el momento en que el REY va a salir por ella. Ambas vienen completamente cubiertas con mantos.
REY.- Perdonad. (Nuevos huéspedes.) Mira. (Acercándose de nuevo al MESONERO.) Aloja a ésas en habitaciones retiradas. (Todo saldrá bien.)
Vase por la puerta del foro.
Escena VI
La REINA, DOÑA ELVIRA y el MESONERO.
REINA.- El Rey ya se va. Hemos llegado tarde.
MESONERO.- Y yo que le he dicho... (En el proscenio, absorto en sus meditaciones.) ¡Quién se había de figurar!... En fin, que la robe y que buen provecho le haga.
REINA.- ¿Que la robe? ¿A quién?
MESONERO.-Calla, ¿me oíais? Ya ni siquiera me acordaba...
REINA.- ¿A quién va a robar ese caballero?
MESONERO.-A nadie.
REINA.- Decías...
MESONERO.-Yo no decía nada. ¡Vaya una curiosidad! ¿Queréis un cuarto? Pronto: decid, que tengo prisa.
REINA.- ¡Vive Dios! Responde a lo que te pregunto.
MESONERO.-También jura. Pues, ¡vive Cristo!, que podéis continuar vuestro viaje, porque no tengo donde alojaros.
REINA.- ¿Volverá ese hombre esta noche?
MESONERO.-¡Dale, machaca! ¡Ni que fuerais su mujer.
REINA.- Lo soy.
MESONERO.- ¿Vos su mujer? Ja, ja, ja!
DOÑA ELVIRA.- Respetad a esta dama.
MESONERO.-Pero si dice que el caballero que aquí estaba es su marido. Sería preciso que ella fuese nada menos que... (¡Chitón!)
REINA.- ¿Sabéis quién es ese caballero?
MESONERO.-¡Vaya si lo sé! Mejor que vos, por lo visto.
REINA.- ¿Sabéis que es el Rey?
MESONERO.-¡Cómo!... ¿Vos?...
REINA.- ¿No os he dicho que soy su esposa?
MESONERO.-¿Qué?...
REINA.- Responde a la Reina.
MESONERO.-¡La Reina! ¡Madre de los pecadores!
REINA. ¿Qué te ha dicho el Rey?
MESONERO.-¿Qué te ha dicho el Rey?
MESONERO.- Me ha dicho... Me ha dicho...
REINA.- ¿Qué? Acaba.
MESONERO.- Yo bien quisiera... pero la turbación y el Vuestra Alteza me perdonará... Como nunca me vi delante de una reina...
REINA.- Una reina es una mujer como todas las demás, y no tenemos tiempo que perder en asombros ni vanas demostraciones. Vamos; habla, di.
MESONERO.-Pero es que, si hablo, el Rey hará que me ahorquen mañana.
REINA.- Y si no hablas, la Reina hará que te ahorquen esta noche.
MESONERO.-¿Conque por fuerza me han de ahorcar?
REINA.- Por mi nombre te juro que nada tienes que temer si me revelas cuanto deseo.
MESONERO.-¿De veras? ¿Vuestra Alteza no me dejará luego en la estacada? Permítame Vuestra Alteza que le bese los pies.
REINA.- De nada respondo si más me apuras la paciencia.
MESONERO.-Pues bien, señora. Hay en el mesón una mujer muy linda, que se llama Aldara.
REINA.- Prosigue.
MESONERO.-El Rey... Ya se ve, un rey, según Vuestra Alteza ha dicho muy bien, es un hombre como todos los demás. El enemigo malo anda siempre suelto..., a veces el más cuerdo la yerra..., la muchacha vale un tesoro...
REINA.- ¿Acabarás?
MESONERO.-En fin, un pecadillo venial, un antojillo sin malicia.
REINA.- ¿Qué más? ¿Qué más? Eso que me decías antes de robo.
MESONERO.-Eso: que se le ha antojado robarla esta noche, y quiere que yo prepare la fuga.
REINA.- (¡Dios mío, Dios mío!) ¿Dónde tiene ella su cuarto?
MESONERO.-Aquél es, señora.
Señalando a la puerta del corredor.
REINA.- ¿Hay por aquí alguno vacío?
MESONERO.-Aquí hay uno bien acondicionado.
Abriendo la puerta de la derecha.
REINA.- Anda, y di al Rey que ya puede venir por Aldara.
El MESONERO se aleja un poco y vuelve.
MESONERO.-Me encargó Su Alteza que dejase a obscuras estas habitaciones. Si aquí ve luz, desde luego comprenderá el engaño.
REINA.- No la verá.
Aléjase de nuevo el MESONERO, y vuelve como antes.
MESONERO.-¿Conque Vuestra Alteza me asegura que no corro peligro de ser ahorcado?
Hincándose de rodillas delante de la REINA.
REINA.- Ninguno si al punto vas a cumplir mis órdenes.
MESONERO.-Volando voy. (Mucho cuesta conocer a los reyes.)
Vase por la puerta del foro.
Escena VII
La REINA y DOÑA ELVIRA.
DOÑA ELVIRA.-Sentaos, señora, y recobrad las fuerzas perdidas.
REINA.- La lluvia, el aire, el cansancio, la zozobra que me devoraba, todo ha contribuido a que las perdiese. Pero ya me siento bien: créelo, Elvira.
DOÑA ELVIRA.- ¡Qué imprudencia, señora! En fin, ya no tiene remedio. Procurad no irritar sobradamente a D. Felipe.
REINA.- Va a venir: retírate a aquel aposento. Que no nos interrumpas te encargo.
DOÑA ELVIRA.-Confíe en mi sumisión Vuestra Alteza.
REINA.-Llévate esa luz.
DOÑA ELVIRA.- ¡Sea la Virgen con nosotras!
Entra por la puerta de la derecha, llevándose la luz.
Escena VIII
La REINA sola, después el REY y EMBOZADOS: luego D. ÁLVAR, ALDARA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- Allí está esa mujer. ¿Será muy hermosa? Verla puedo ahora mismo. ¿Qué hago? No: esperemos aquí a Felipe. ¿Se atreverá a mentir todavía? ¡Cómo voy a gozarme en su turbación, en su cólera! Día es éste para mí de triunfo; momento es éste que me indemniza de las amarguras soportadas en muchos años. ¡Oh, pasos oigo! ¿Serán los suyos? ¡Cuáles otros pudieran retumbar así en el fondo de mis entrañas!
REY.- Quedaos ahí; aguardad a que os llame.
Hablando desde la puerta del foro.
REINA.- (¿Qué me sucede? ¿Es ésta la fortaleza con que contaba?)
REY.- Subamos a su cuarto (Al dirigirse a la escalera que conduce al cuarto de ALDARA, repara en la REINA) ¡Oh! ¿Será ella?
REINA.- (Se detiene.)
REY.- Aldara, ¿sois vos?
Acercándose.
REINA.- (¿Qué haré, qué haré?)
REY.- Aldara. (Asiendo una mano a la REINA.) (No retira su mano.)
REINA.- (¡Valor!)
REY.- No queréis responderme.
REINA.- ¡Ja, ja, ja!
(Prorrumpe en ruidosa carcajada, como habiendo tomado una resolución.)
REY.- ¿Os burláis de mí?
REINA.- ¡Ja, ja, ja!
REY.- ¡Cielos, no es ella! ¿Quién entonces? ¿Quién sois? Responded. Luces, Beltrán, luces.
REINA.- Pensé que me verías con los ojos del corazón.
REY.- ¡Esta voz!... Deteneos. (Toma la luz de mano de uno de los EMBOZADOS que se presentan en la puerta del foro, y después de ordenarles que allí permanezcan, se acerca precipitadamente a D.ª Juana.) ¡La Reina! La Reina aquí!
REINA.- ¿Dónde mejor puede estar la Reina que al lado del Rey?
REY.- Salid todos: aguardadme lejos de este recinto. (Dirigiéndose a los EMBOZADOS después de dejar la luz en la mesa.) Nadie penetre en él, suceda lo que quiera. Cuando os necesite saldré a buscaros. (Vanse los EMBOZADOS, y el REY cierra la puerta del foro.) ¿Queréis decirme, señora, por qué razón os encuentro aquí?
REINA.- ¿No lo adivinas?
REY.- Quiero que vos me lo digáis.
REINA.- Vengo a darte ayuda en el negocio de estado que te trae a este sitio.
REY.- (¿Qué dice?)
REINA.- Sí; quiero hablar con ese magnate a quien diariamente concedes en este mesón audiencia secreta. Por lo visto no has logrado aún granjearte su afecto, y el rebelde persiste en su idea de promover trastornos en contra tuya. Pues bien: sabrá de mí boca que, lejos de ofenderme y tiranizarme, cada día me das pruebas más patentes de amor y respeto; que en vez de oprimir y vejar a Castilla, por su bien te desvives; que todo lo malo que de ti se cuenta, en fin, son calumnias fraguadas por tus enemigos; y puesto que ellos han tomado por bandera mi nombre, justo es que yo misma me encargue de justificarte a la faz del mundo entero, publicando tus virtudes de esposo y de rey. ¿Qué te parece? ¿Está mal pensado? No contará seguramente con mi venida el buen Duque de Alba. Gran golpe vamos a dar a los partidarios de mi padre. Tiempo era ya de que España te conociese como yo te conozco.
REY.- (¿Qué debo pensar?)
REINA.- Dime ante todo: ¿qué mujer es esa que has nombrado al entrar aquí?
REY.- Es la sobrina del mesonero.
REINA.- Y ¿para qué la buscabas?
REY.- Para preguntarle si había venido ya el Duque.
REINA.- ¿Y para eso era menester asirle una mano?
REY.- Como no se me respondía, traté de cerciorarme...
REINA.- ¿Sabes que el oficio de rey no es tan fácil como parece?
REY.- Cuesta, efectivamente, grandes amarguras.
REINA.- ¡Pobre Felipe! ¡Cuántas humillaciones, cuántos afanes, por evitar que la sangre de tus vasallos corra en contienda civil!
REY.- Celebro que me hagáis justicia.
REINA.- ¿Que si te hago justicia? Más de lo que supones. ¿Qué creyera otra mujer, a quien se le hubiese dicho que sólo a cortejar a una moza bonita vienes a este mesón, y que esta misma noche tratabas de robarla? Creyéralo verdad, y al verte aquí buscando a una mujer en medio de las tinieblas, no vacilara en llamarte falso, perjuro, traidor...
REY.- ¡Doña Juana!
REINA.- Mas ni por un instante imaginé yo que fueses capaz de tanta villanía.
REY.- Basta, señora.
REINA.- Yo he cerrado a la evidencia los ojos y los oídos, y sólo doy crédito a lo que tú me dices.
REY.- ¡Señora!
REINA.- Insensato, ¿no conocías que me estaba burlando de ti?
REY.- Me asombra tanta audacia. ¿Y pensáis que he de someterme a esa vergonzosa tutela que sobre mí queréis ejercer?
REINA.- ¿Y pensáis vos que he de permitir que se me ultraje impunemente?
REY.- Tranquilizaos ante todo.
REINA.- ¿Tranquilizarme? Ahora que con mi presencia logro arrebatarte el bien que anhelabas, ahora tú eres el que padece, yo soy dichosa; tú el que tiembla, yo sosegada estoy. El dolor tiene también su alegría; también la desesperación tiene su tranquilidad.
REY.- Pero ved que con semejantes locuras ponéis en riesgo mi honor.
REINA.- ¿De tu honor te atreves a hablarme? ¿Y el mío? ¡El honor de los hombres!.. También nosotras tenemos nuestro orgullo, nuestros derechos, nuestro honor. Guardadora del tuyo, aquí vine para reclamar que guardes el mío. Mentira: no hizo Dios el pudor patrimonio exclusivo de la mujer.
REY.- Engañada vivís si creéis que así se conquista el afecto de un esposo.
REINA.- Si lo que yo quiero es que me aborrezcas; y como mi amor es tu castigo, yo te amaré más cada día; siempre más.
REY.- El amor que me tenéis raya en desatino, en locura, y al fin llegará a ser mofa de la gente.
REINA.- ¿Mofa de la gente el amor que te tengo? Oh, sí: natural es que una mujer ame a un galán; pero no que ame años y años a su marido. El amor ilegítimo, el amor adúltero, ese es amor: el amor legítimo y santo, ese no es amor; es rareza; desatino, locura.
REY.- Volveos a Tudela, señora; yo os daré quien os acompañe.
REINA.- ¿Qué más?
REY.- Vuestra temeridad necesita un correctivo.
REINA.- ¡Pérfido, y al par insolente!
REY.- Repito que las apariencias os engañan.
REINA.- ¡Siempre la mentira en su boca!
REY.- Básteos ver cómo me ultrajáis y cómo yo lo tolero.
REINA.- ¡Siempre la hipocresía en su alma!
REY.- ¿Queréis oír la verdad? Oídla: vuestro amor es un yugo que me hace padecer.
REINA.- Óyelo y padece: ¡te amo!
REY.- Paso, señora. Voy a buscar a esa dama.
REINA.- ¿Cómo? ¿Te atreverías?...
REY.- A todo.
REINA.- No me obligues a publicar aquí tu mengua.
REY.- Sola estáis a mi lado.
REINA.- Gritaré.
REY.- Nadie responderá a vuestras voces.
REINA.- Lo veremos. ¡Favor... Socorro!...
REY.-Ved lo que hacéis.
REINA.- Tú lo has querido.
REY.- ¡Silencio, desdichada!
REINA.- ¡Socorro; favor a la Reina!
DON ÁLVAR.-¡Cielos, qué miro! (Presentándose en la puerta de su cuarto y conociendo a la REINA.) ¡Infame!
Desnudando la espada y corriendo hacia el REY.
REINA.- ¡Eh! ¿Quién sois? ¿Qué queréis?
Cubriendo al REY con su cuerpo.
DON ÁLVAR.- Su muerte.
REY.- ¡Villano!
Poniendo mano a su acero.
REINA.- ¿Su muerte? ¿Matarle a él? a mí primero. Atrás. Yo le amparo, yo le escudo. De rodillas, capitán, de rodillas. ¡Es mi esposo, es el Rey!
DON ÁLVAR.- ¡El Rey!
Doblando la rodilla.
ALDARA.- ¡La Reina!
Asomándose por el corredor con una lámpara en la mano.
El REY dirige al CAPITÁN una mirada amenazadora, con la mano puesta en el pomo de la espada; la REINA, llena de espanto, no deja de cubrir al REY con su cuerpo; D. ÁLVAR, a alguna distancia, de rodillas, humillando su acero a los pies de la REINA; ALDARA, asomada en el centro del corredor; DOÑA ELVIRA a la puerta del aposento en que antes había entrado.
FIN DEL ACTO SEGUNDO.
Salón del palacio del Condestable en Burgos. Tres puertas al foro, otras laterales: la de la derecha conduce a las habitaciones del REY, y la de la izquierda a las de Doña Juana. Una mesa a cada lado del escenario, cerca del proscenio.
Escena primera
DON JUAN MANUEL y el MARQUÉS DE VILLENA; después FILIBERTO DE VERE; luego el ALMIRANTE y varios NOBLES, en seguida otros, y a poco MARLIANO.
DON JUAN MANUEL.-Como lo oís Pacheco amigo. Y es lo más peregrino del caso que la Reina, en estos breves días, ha cobrado mucho afecto a su encubierta competidora.
MARQUÉS.- No he conocido hombre menos escrupuloso que el Rey para este linaje de aventuras. Caro paga Doña Juana los celos con que tan a la continua le aburre. Y a punto fijo, ¿se sabe el nombre y condición de esa misteriosa beldad, hoy por vos convertida en dama de la Reina?
DON JUAN MANUEL.- Supuesto es el nombre de Beatriz que ahora se le da: Aldara llamábase anteriormente. Su verdadera condición aun el mismo D. Felipe la ignora.
MARQUÉS.- ¿Y no teméis que Doña Juana trasluzca el engaño?
DON JUAN MANUEL.- Difícil es. Como deuda mía fue Aldara admitida, al mismo tiempo que otras damas, en la servidumbre de la Reina. Tal, excepto nosotros, la cree todo el mundo.
MARQUÉS.- ¿Qué hay, señor de Vere? (A FILIBERTO DE VERE, que sale del cuarto del REY.) ¿Ha participado ya D. Felipe a los Grandes su acuerdo de recluir a la Reina?
FILIBERTO.- Y no se ha oído la nueva con tanto agrado como ambos suponíais.
DON JUAN MANUEL.- No receléis tan pronto. Seguro estoy de que muchos cumplirán el ofrecimiento, que sellaron con sus firmas, de amparar al Rey en caso de que fuera preciso encerrar a Doña Juana y de que el pueblo no llevase a bien esta grave resolución. Sobrarán medios para triunfar de los que hoy se muestran reacios.
FILIBERTO.- Su Alteza no ha escaseado las mercedes. El toisón de oro de su casa de Borgoña pende ya del cuello de muchos nobles y ricoshombres de Castilla.
DON JUAN MANUEL.- Aún no ha hecho bastante.
FILIBERTO.- De vuestro celo, señores, fía Su Alteza el logro de sus planes. Una reina loca es obstáculo invencible a la buena gobernación de la monarquía. En D. Felipe tendrán los castellanos un rey justo y valeroso, y vosotros un amigo siempre dócil a los sanos consejos.
MARQUÉS.- Justo es sin duda ninguna, que a mí me ha ofrecido devolverme las tierras del marquesado de Villena, que indebidamente me quitó la reina Isabel.
FILIBERTO.- Tiene, sin embargo, tenaces enemigos. Varios Grandes le amenazan desde Andalucía: el de Alba no perdona medio de combatirle; el Almirante...
ALMIRANTE.- ¿Sabéis, señores, de qué se trata esta mañana en la estancia del Rey?
Saliendo por el foro con otros NOBLES.
DON JUAN MANUEL.- El Rey, señor Almirante, ha decidido recluir a su infeliz esposa, y ahora se lo participa a los Grandes.
ALMIRANTE.- Pues a fe que ese incalificable empeño del Rey-Archiduque puede acarrear males espantosos.
DON JUAN MANUEL.- Empeño incalificable el vuestro y el de cuantos niegan lo que ya está fuera de duda.
FILIBERTO.- Su Alteza obra como debe, señor Almirante.
ALMIRANTE.- No hay por qué me sorprenda, señor mayordomo del Rey, que la turba extranjera, capitaneada por vos, quiera hacer propiedad de D. Felipe el trono castellano; que siendo vuestro generoso compatriota único señor de estos reinos, más impunemente como a tierra conquistada los trataríais.
FILIBERTO.- ¡Caballero!
DON JUAN MANUEL.- Válgate Dios por áspero y desabrido.
NOBLE I.º- El Rey exige demasiado.
Saliendo con otros del cuarto del REY.
NOBLE 2.º-Nosotros, señores, estimamos acertada su determinación.
DON JUAN MANUEL.- Inhábil Doña Juana para reinar, ¿a quién sino a él pertenece la corona durante la menor edad del príncipe D. Carlos?
ALMIRANTE.- Cuenta con lo que prometéis, caballeros: en Cortes únicamente pudiera tomarse tan importante acuerdo. Las de Valladolid, siguiendo el ejemplo de las de Toro, sólo reconocieron por Reina propietaria de Castilla a la hija de Isabel y Fernando. Los procuradores de las ciudades no dieron crédito a la torpe calumnia con que hoy de nuevo se aspira a destronarla. ¿Serán los próceres del reino menos leales? Don Felipe quiere oponer vuestra fuerza al encono del pueblo. ¿Patrocinaréis vosotros la usurpación y la injusticia?
FILIBERTO.- ¿Eso decís en Palacio?
ALMIRANTE.- También en Palacio debe decirse la verdad. Los que no teman exponerse al enojo del Príncipe borgoñón, acudan hoy conmigo a una audiencia que pediremos a la Reina. Veréis todos que merece serlo; que los que tratan de hacernos creer que está loca, o se engañan o mienten.
MARLIANO sale del cuarto del REY.
MARLIANO.- Yo, su médico; yo, que vivo constantemente a su lado, esa mismo afirmo y sostengo.
Murmullos entre los cortesanos.
NOBLE I.º-Acudiré a esa entrevista con vos, Almirante.
NOBLE 2.º-También nosotros.
ALMIRANTE.- Os buscaré después, señores.
Vase por el foro, seguido de algunos.
MARLIANO.- Don Juan Manuel, Su Alteza manda que reunáis el Consejo.
DON JUAN MANUEL.- Voy a convocarle.
FILIBERTO.- Temo que ahora tampoco logre el Rey su deseo.
MARQUÉS.- Temor infundado.
Escena II
MARLIANO; después la REINA y DOÑA ELVIRA.
MARLIANO.- ¡Que yo sustente como verdad lo que sé que es mentira! Mal me conoces, Rey tirano. Si mis dóciles compañeros deponen su conciencia a tus plantas movidos de temor o codicia, nunca yo seguiré ejemplo tan vergonzoso.
REINA.- No lo dudes, Elvira (Saliendo de su cuarto con DOÑA ELVIRA.): el Rey confía en mí demasiado.
MARLIANO.- Vuestra Alteza sigue bien, ¿no es cierto?
REINA.- Tres veces me lo has preguntado ya esta mañana.
MARLIANO.- Vuestra salud es para mí inestimable tesoro.
Saluda y vase.
Escena III
La REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- Sí, Elvira, sí; la excesiva confianza perjudica al amor.
DOÑA ELVIRA.- Desechad, señora, tal idea de vuestra mente.
REINA.- Ya ves que ahora Felipe se muestra conmigo más solícito que nunca, y permanece largo tiempo a mi lado. Que no mira al capitán con buenos ojos es indudable; algo habrá conocido. ¡Si por este medio recabara su amor!
DOÑA ELVIRA.- Creedme: estáis cometiendo una imprudencia.
REINA.- ¡Qué prudentes sois los dichosos! A no serlo me autoriza mi desgracia, y el noble fin que me propongo harto me sirve de disculpa. Estímase doblemente un bien si tememos perderle. Tema Felipe, que siempre ha confiado. Lo que no conseguí padeciendo por él, quizá mortificando su vanidad lo consiga. Desamaríale si pudiese: no puedo, ni debo. No es únicamente mi esposo; es también el padre de mis hijos. No sólo para mí trato de ganarme su corazón, sino también para los hijos de mis entrañas.
DOÑA ELVIRA.- Con todo, si D. Álvar interpretase indebidamente vuestras afectuosas demostraciones...
REINA.- Así quizá las interpretaría un cortesano; él, ni por pienso: la vida de los campamentos no pervierte el corazón como la vida de los palacios. Para el buen D. Álvar no soy una mujer; no soy más que la Reina. ¡Inspirar celos a Felipe! ¡Ventura envidiable la mía si tanto lograse! ¡Qué quieres! Adoro a mi marido; es desgracia que no tiene remedio. Mucho me ofendió; no importa: todo se lo perdono con tal de que no me engañe otra vez. ¿Cuando piensas que volverá Hernán?
DOÑA ELVIRA.-Hoy le aguardo.
REINA.- Ya siento haberle enviado a ese maldito mesón. Sin causa temí que el Rey hubiese traído esa mujer a Burgos. Ahora apenas sale de Palacio, y no sale nunca sin que yo sepa después adónde ha ido. Lo conozco; soy extremadamente celosa. Hernán no cabe duda habrá encontrado allí a esa Aldara, que tanto daño me causó.
DOÑA ELVIRA.-Verla debisteis, ya que por ella fuimos a la posada.
REINA.- ¿Cuándo? Con Felipe abandonamos aquel sitio no bien D. Álvar acudió a defenderme.
DOÑA ELVIRA.- Don Álvar, que desnudó contra el Rey su acero.
REINA.- Ignorando quien fuese. El Rey le perdonó, y le admite en Palacio.
DOÑA ELVIRA.-Pero tiene ya contra él motivos de resentimiento. En grave riesgo ponéis al capitán haciendo que Su Alteza sospeche...
REINA.- Oh, a ser preciso descubriría yo la verdad. ¿Y Doña Beatriz? ¿Cómo es que todavía no ha venido a saludarme?
DOÑA ELVIRA.- ¿Por qué os habéis aficionado tan pronto a esa dama?
REINA.- ¡Qué sé yo! Miento; lo sé: rubor me cuesta confesártelo. La aprecio porque estoy segura de que no amará nunca a mi esposo.
DOÑA ELVIRA.- (¿Me habré equivocado?)
REINA.- Mira cómo por allí se pasea meditabundo D. Álvar. (Asomándose a un ajimez.) En su Gran Capitán estará pensando, que nunca se le cae de la boca.
Escena IV
DICHAS y ALDARA: después el REY.
ALDARA.- (¿Qué mirará con tanta atención?) (Colocándose detrás de la REINA, y mirando como ella por la ventana.) ¡Oh! ¡A él le mira, a él!)
REINA.- Os vemos, por fin, esta mañana, señora.
ALDARA.- ¿Cómo ha pasado Vuestra Alteza la noche?
REINA.- Bien: muy bien. ¿Y vos? ¡Me parece que estáis algo pálida! ¿Os sentís mal?
ALDARA.- No, señora.
REINA.- Después de Elvira, sois de todas mis damas la que yo más estimo, y cualquiera dolencia vuestra me afligiría mucho.
ALDARA.- ¡Cuánta bondad!
REINA.- Y, sin embargo, la ninguna voluntad que mostráis a mi esposo debiera enajenaros la mía.
ALDARA.- ¿Vuestra Alteza supone?...
REINA.- ¡Si creeréis que no lo he notado!
ALDARA.- Perdonad si mi tibieza... Procuraré enmendarme.
REINA.- Oh, no, al contrario (Reprimiéndose.) OS perdono, os perdono.
DOÑA ELVIRA.- (Su Alteza, señora.)
Bajo a la REINA.
REINA.- (¡Ah! Ven.)
Se acerca de nuevo al ajimez. DOÑA ELVIRA la sigue.
ALDARA.- (Vuelve a la ventana.)
REY.- ¿Aquí estabais?
Con vehemencia, saliendo de su habitación.
ALDARA.- Reparad...
Señalando hacia donde está la REINA.
REY.- (¡Ah! La Reina.)
REINA.- Es dechado de nobles y valerosos caballeros.
REY.- ¿A quién se dirigen tales alabanzas?
Acercándose a ella.
REINA.- ¿Sois vos?
Fingiendo sobresalto.
ALDARA.- (Se turba.)
REY.- ¿A D. Álvar se dirigen acaso?
Mirando también hacia dentro.
REINA.- Ciertamente, a D. Álvar.
Retirándose.
REY.- ¿Os vais?
REINA.- Si no disponéis otra cosa...
REY.- No os detengo.
REINA.- (Paréceme que no finjo mal.)
A DOÑA ELVIRA, al irse con ella.
Escena V
El REY y ALDARA
REY.- ¡Cambio más peregrino! Dijérase que Doña Juana esquiva ahora mi presencia.
ALDARA.- ¿Eso habéis reparado?
REY.- Hace días.
ALDARA.- (¡Cruel certidumbre!)
REY.- Pocos instantes puedo permanecer aquí: mi Consejo me espera. Una palabra de cariño, por favor.
ALDARA.- ¿Cuándo partirá la Reina?
REY.- ¡Qué mal me pagáis! En vano suplico, me desespero en vano; a un tiempo crecen mi pasión y vuestro desvío.
ALDARA.- ¿Cuándo partirá la Reina?
REY.- Pronto; de eso vamos a tratar en el Consejo. Pero, ¿es posible que tengáis celos de Doña Juana?
ALDARA.- ¿Que si tengo celos de Doña Juana? Sí; tengo celos de vuestra esposa.
REY.- Luego ¿tanto me amáis?
ALDARA.- Amo, amo, a pesar mío.
REY.- ¿A pesar vuestro, ingrata? Pues ¿qué no hice yo para merecer vuestro amor? Quisisteis venir a Palacio, ser dama de la Reina: ya está cumplido vuestro anhelo. Por vos, antes de lo que fuera oportuno, voy a realizar mi designio de alejarla para siempre de mi lado. Os amo, y no me prevalí todavía del derecho que me da vuestro afecto, ni del poder que me da mi corona. Hablad; decidme vuestro nombre; yo haré que al punto recobre su esplendor primitivo si, como induce a suponerlo vuestra tenaz reserva, alguna mancha le deslustra. No hay mancha que no lave la gracia del Rey. Rey de España es quien os adora rendido. Cien y cien estados escucharán de rodillas la palabra de vuestra boca; por satisfacer los deseos de vuestro corazón seres innumerables se agitarán en toda la tierra.
ALDARA.- Temo que también, como la Reina, hayáis perdido el juicio.
REY.- Celos tengo también como ella, celos de cuantos miro a vuestro lado; y sobre todo de ese hombre que en el mismo mesón que vos habitaba, de ese hombre que osó desnudar contra mí su acero, y por el cual la Reina y vos a una habéis intercedido.
ALDARA.- Señor, me prometisteis no tener celos de ese hombre.
REY.- Vos me asegurasteis que no piensa en vos, que suspira por otra.
ALDARA.- Y de nuevo os lo aseguro. ¿Estáis satisfecho?
REY.- Perdonadme, Aldara; tiemblo, dudo; porque me parece imposible que haya quien os vea y no os ame.
ALDARA.- Recordad que os aguardan.
REY.- ¿Me amáis?
ALDARA.- ¿A qué repetirlo?
REY.- Y ¿cuándo me daréis una prueba de vuestro amor?
ALDARA.- Haced que parta pronto la Reina.
REY.- Hasta luego, bien mío; no tardaré.
Vase.
Escena VI
ALDARA, y a poco D. ÁLVAR.
ALDARA.- ¡Y decía la pérfida que amaba a su marido! ¡Qué pronto le olvidó! Las hijas del Profeta sí que sabemos amar y aborrecer.
DON ÁLVAR.- Os buscaba, señora.
Saliendo por el foro.
ALDARA.- Hablad.
DON ÁLVAR.- Hora es ya de que medie una explicación entre nosotros. ¿Qué hacéis aquí?
ALDARA.- Vengarme.
DON ÁLVAR.- ¿De quién?
ALDARA.- De la Reina.
DON ÁLVAR.- Que el Rey trata de encerrarla en un castillo acabo de oír. ¿Qué seguridad tenéis de que yo la ame?
ALDARA.- Y ¿quién piensa en vos? En una hija de la reina Isabel vengo a mi padre; en una Reina cristiana vengo a mi raza entera.
DON ÁLVAR.-Revelaré a Doña Juana vuestro designio.
ALDARA.- Eso acelerará su ruina.
DON ÁLVAR.- ¡Oh, señora! Si es cierto que alguna vez me habéis amado, desistid de tan inicuo propósito. Huid de este Palacio, donde solamente ignominia podéis hallar.
ALDARA.- Para nada os curéis de mí, caballero. Ni el Rey ha vencido ni vencerá nunca mi fortaleza.
DON ÁLVAR.- Y ¿a qué disfrazar con apariencias engañosas la nobleza de vuestro carácter? Si un día pudisteis dar entrada al rencor en vuestro pecho, tiempo ha que para siempre quedó en él borrado por otros sentimientos más puros.
ALDARA.- En vos amaba a un cristiano; por vos los hubiera amado a todos, renunciando a mi dios y adorando en el vuestro.
DON ÁLVAR.- Pues considerad, por lo que a vos os mortifica una vana imaginación, cuánto padecerá esa desdichada Reina si al fin descubre la perfidia del hombre a quien ciega idolatra.
ALDARA.- ¿También vos queréis hacerme creer que la Reina está enamorada de su marido?
DON ÁLVAR.- ¿Quién sino vos lo niega? Abrid los ojos a la luz, sed piadosa. Creo lo que decís; creo que aún sois digna de estimación. Pues bien, huyamos juntos; convertíos a la fe del Salvador, y ¿qué más? seré vuestro esposo. Mañana mismo huiremos de aquí; hoy, sin tardanza, al punto.
ALDARA.- ¿Pero no veis, insensato, que cada una de vuestras palabras es hierro encendido que se me clava en el corazón? ¿Qué hacéis sino probarme el inmenso amor que la Reina os inspira? Por ella se anublan vuestros ojos; por ella vuestra altivez desmaya; por ella consentís en ser esposo de tan infame criatura como yo. Dierais contento, por evitarle el menor disgusto, vuestra espada de soldado, vuestro honor de caballero, vuestra sangre, vuestra vida. ¡Todo por ella! ¿Y probándome esto queréis aplacarme? ¿Qué hizo esa mujer? ¿Cómo logró ser tan querida? Y yo... yo que os adoro ¡Callad; idos; dejadme! ¡Silencio! ¡Ay de mi enemiga! ¡Ay de vos! ¡Ay de mí!
DON ÁLVAR.- ¡La Reina!
Escena VII
DICHOS y la REINA; después el REY.
REINA.- ¿Por qué no habéis ido a buscarme, Beatriz? ¿Os ha entretenido acaso vuestro pariente D. Juan Manuel?
ALDARA.- No; ahora iba a buscar a Vuestra Alteza.
Procurando ocultar su agitación.
REINA.- Guárdeos el cielo, D. Álvar.
DON ÁLVAR.- Si Vuestra Alteza me da su permiso...
REINA.- ¿Por qué os retiráis? Grata me es la presencia de mis leales servidores.
ALDARA. (Adrede me insulta.)
REINA.- He oído decir que en el juego de ajedrez sois invencible. Veamos vuestra habilidad.
Sentándose cerca de la mesa colocada a la izquierda del proscenio, y en la cual habrá un juego de ajedrez.
DON ÁLVAR.- Señora...
REINA.- No admito disculpa. Venid: sentaos.
ALDARA.- (¡Qué humillación!)
DON ÁLVAR.- (¡Qué funesta casualidad)
Sentándose.
ALDARA.- (¡Ah, el Rey!)
Viéndole aparecer.
REINA.- (Le esperaba.)
Empieza a jugar.
REY.- Pláceme, Doña Juana, que así honréis al capitán.
DON ÁLVAR.- Señor, la merced que la Reina me otorga...
REINA.- Es muy merecida: la nobleza de vuestra cuna os autoriza a estar a mi lado; la de vuestro corazón os hace acreedor a mis bondades. El que es amigo del Gran Capitán debe serlo nuestro.
REY.- Mal empezáis, D. Álvar.
Observando el juego.
REINA.- Está muy turbado, y hace además por que yo gane.
REY.- No me esperaba esta ventura.
Acercándose a ALDARA, que está de pie en el extremo opuesto del escenario.
ALDARA.- Hablemos, señor, hablemos de nuestro mutuo cariño.
REY.- Ved; felizmente ni siquiera repara en mí Doña Juana.
ALDARA.- (En otro pone su atención.)
Siguen hablando en voz baja.
REINA.- Cuéntase, capitán, que en la batalla de Cerinola hicisteis prodigios de valor, y os visteis cara a cara con el mismo Duque de Nemours.
DON ÁLVAR.- ¡Bravo caudillo! Nada menos que la espada del Gran Capitán se necesitaba para vencerle.
ALDARA.- ¿Qué se ha decidido en el Consejo?
REY.- La reclusión de Doña Juana; es cosa resuelta.
DON ÁLVAR.- (Temo por la Reina... ¿qué debo hacer?)
REINA.- -Distraído estáis, D. Álvar.
DON ÁLVAR.- Perdonad.
Siguen jugando.
REY.- Concededme la entrevista que os pido.
ALDARA.- (¡Le mira, le mira!)
Sin apartar los ojos de la mesa en donde están la REINA y D. ÁLVAR.
REINA.- (Yo le haré que sospeche.)
REY.- ¿No me oís, Aldara?
ALDARA.- ¿Cómo no, señor?... (¡Y él será tan dichoso en este momento!)
REY.- Tenéis clavados los ojos en el capitán.
REINA.- (Mira hacia aquí.)
Por el REY.
ALDARA.- Bien hacíais en estar celoso de D. Álvar.
REY.- ¿Os burláis?
ALDARA.- No a fe; con motivo recelabais.
REY.- ¿Sabéis, señora, que no tendría piedad con él ni con vos tampoco?
REINA.- (Inquieto está; habla acaloradamente.)
Observando al REY.
DON ÁLVAR.- (Algo trama: esa mujer es capaz de todo.)
Observando a ALDARA.
ALDARA.- Yo ni remotamente me figuraba... Pero es lo cierto que me amaba en secreto y que hoy me ha declarado su amor.
REY.- ¡Vive Cristo! En voz alta y dando un paso hacia donde está D. Álvar sin poder contenerse.
REINA.- ¡Oh! ¿Qué tenéis?
Levantándose.
ALDARA.- (Reportaos.)
REY.- Nada, no es nada; continuad vuestro juego.
REINA.- (¡Qué miradas lanza al capitán! ¿Estará ya celoso?)
Con alegría, y vuelve a sentarse.
DON ÁLVAR.- (Procura perderme.)
ALDARA.- Nada de escándalos, señor. Buscad un pretexto de enojo contra él, y enviadle otra vez a Italia.
REY.- Ahora mismo.
Acércase a la mesa, y observa el juego.
ALDARA.- (Ella aquí, él en Italia, y aún no me parece que estarán bastante separados, ni yo vengada como deseo.)
REY.- ¿Cómo es eso, don Álvar, a dar mate al rey aspiráis nada menos?
REINA.- Creo que aún le tengo seguro.
REY.- Por lo visto, los soldados del Gran Capitán de manera ninguna quieren dejarse vencer. Y a propósito del Gran Capitán, ¡lástima es que tan hábil guerrero peque de avariento y ambicioso!
DON ÁLVAR.- ¿Quién lo asegura?
REY.- Sus famosas cuentas prueban que no le era posible darlas de los caudales que a Italia se le habían enviado.
DON ÁLVAR.- Prueban que un soldado como él, no ha de dar cuentas a sus Reyes con la pluma, sino con la espada.
REINA.- (Quiere irritarle.)
REY.- Que es ambicioso, claramente lo dice su proyecto de hacerse rey en el territorio conquistado.
DON ÁLVAR.- Al rey D. Fernando de Castilla pertenecía ese territorio (Levantándose.): mintió quien acusase de traidor a Gonzalo de Córdoba.
REY.- ¡Vive Dios! ¿Que miento decís?
Levántase la REINA.
DON ÁLVAR.- No se dirigen a Vuestra Alteza mis palabras.
REY.- He aquí lo que se logra con fijar una mirada de benevolencia en estos audaces aventureros.
DON ÁLVAR.- (¡Delante de ella!)
REY.- Porque nos hemos dignado tenderle una mano protectora y honrarle con nuestra confianza, ya se atreve a desmentirnos, a insultarnos públicamente.
DON ÁLVAR.- (¡Mujer inicua!)
REINA.- (¡Pobre capitán!)
ALDARA.- (Aún no padece como yo.)
DON ÁLVAR.- Señor...
REY.- Silencio. Tres días os doy de término para que salgáis de Burgos. Volveréis a Italia a pedir al Gran Capitán el precio de las buenas ausencias que os debe.
REINA.- (Le aleja de mí.)
Con gran satisfacción.
DON ÁLVAR.- Saldré de Burgos dentro de tres días; sufriré mi destierro. No pediré a Gonzalo de Córdoba un salario por lo que en su pro he dicho a Vuestra Alteza, que harto, honrando a quien lo merece, se honra uno a sí propio. Aventurero me habéis llamado: razón tenéis. A cuchilladas están escritas en todo mi cuerpo mis aventuras por mano de moros y franceses. Vuestros beneficios me habéis echado en cara; yo, sin embargo, los agradezco, y para pagarlos dignamente juzgo poco mi vida. Colme Dios la vuestra de felicidades, señor. Adelánteos a vos, señora, en la tierra, alguna de las que en el cielo os aguardan.
Vase.
ALDARA.- (Para mí ni un insulto, ni una mirada de desprecio.)
REINA.- Habéis sido injusto, señor; permitidme que en vuestro nombre le perdone.
REY.- Harto hice con perdonarle la vida.
REINA.- Acceded a mis ruegos. Rogadle vos también, Beatriz.
REY.- Todo será en vano: sabéis cuál es mi voluntad.
Vase.
REINA.- La cólera del Rey debe tener otro motivo. Con intención ha ofendido a Gonzalo de Córdoba delante de D. Álvar. ¿Qué pensáis vos, Beatriz?
ALDARA.- Presumo que el Rey está celoso.
Con pérfida intención.
REINA.- ¿Vos también lo habéis conocido? Yo me lo temía.
ALDARA.- (¡Cree ser la causa! ¿Qué prueba mayor?)
REINA.- Menester es que le desengañe.
ALDARA.- (¡Cómo se vende! Bien hice: que parta.)
Vase.
Escena VIII
La REINA y DOÑA ELVIRA, a poco HERNÁN, y después un PAJE.
REINA.- Ven, Elvira, ven y abraza a tu Reina. Mírame. ¿No te parezco otra? ¿No te anuncian mis ojos, mi voz, que mi esposo me ama? ¿Qué te decía yo? Ha desterrado al capitán para alejarle de mí. ¡Pobre capitán! Será preciso resarcirle de esta mala ventura. ¡Dios eterno, y yo te pedí algunas veces la muerte! ¡Cómo desconfié tan pronto de tu justicia! Sí, Elvira, sí; está furioso; tiene celos; ¡celos que yo le inspiro! ¡Ves qué felicidad tan grande!
DOÑA ELVIRA.- ¿Luego nada hay ya que temer?
REINA.- Nada.
DOÑA ELVIRA.- Pues venía a anunciaros el regreso de Hernán; aquí llega.
REINA.- Inútilmente ha viajado.
DOÑA ELVIRA.-Le diré que se retire.
HERNÁN.- ¿Vuestra Alteza me da su venia?
REINA.- Sí, acércate. ¿Vuelves ahora del mesón adonde te envié? ¿Y qué? Allí habrás visto a la mujer cuyo paradero debías indagar. Bien, nada más quiero saber. Recompensaré tus servicios. Vete, déjanos.
HERNÁN.- La mujer que allí pasaba por sobrina del mesonero, y que, según éste afirma, debía de ser alguna dama principal, no está ya en el mesón, como Vuestra Alteza supone.
REINA.- ¿Que era dama principal? ¿Que no está ya en aquel sitio? ¿Pues dónde? Tú lo habrás averiguado.
HERNÁN.- Vínose a Burgos tan luego como recibió una carta en respuesta a otra suya que un mozo del mesón había traído a esta ciudad con encargo de hacer que secretamente llegará a manos del Rey.
REINA.- ¡Ha escrito al Rey! ¿Oyes, Elvira?
DOÑA ELVIRA.- ¿Quién sabe con qué objeto?
REINA.- Imposible es que yo goce un día entero de tranquilidad. (A DOÑA ELVIRA, llevándosela aparte.) Aldara en Burgos... Una carta suya para el Rey... ¿Conservará aún Felipe esa carta? Él es muy aficionado a conservar estas cosas. No hay mueble en su cuarto que yo no conozca y pueda abrir. A estar el papel en alguno de ellos...
Un PAJE se presenta en la puerta del foro.
PAJE.- El Almirante y otros señores que le acompañan piden audiencia.
REINA.- Ahora no; que vengan después; dentro de un rato. (Vase el PAJE.) En probar ¿qué pierdo?
Dirigiéndose al cuarto del REY.
DOÑA ELVIRA.- ¿Qué vais a hacer, señora?
REINA.- ¿Quieres que no haga nada, que así me esté? Muchas veces engañan las apariencias. Verás cómo no encuentro carta ninguna. ¡Si la hallase!... ¡Si la hallase!...
Éntrase en el cuarto de D. Felipe.
Escena IX
DOÑA ELVIRA y HERNÁN
DOÑA ELVIRA.- ¿Es cierto lo que has dicho a la Reina?
HERNÁN.- Dije lo que a mí me dijeron. Y a fe que no me costó poco trabajo averiguar... Mas el oro todo lo allana...
DOÑA ELVIRA.-A nadie cuentes lo que has hecho.
HERNÁN.- No temáis, no cometeré ninguna imprudencia.
DOÑA ELVIRA.-Origen puede ser la más leve de grandes males.
HERNÁN.- Tengo probada mi lealtad, Doña Elvira.
DOÑA ELVIRA.- Sé que eres adicto a la Reina.
HERNÁN.- Por deber y por inclinación, que es mi señora un ángel del cielo. En Palacio vuelve a asegurarse que ha perdido el juicio.
DOÑA ELVIRA.-Silencio; si te oyera, ese golpe la mataría.
HERNÁN.- Mejor fuera hacerle conocer de una vez al señor rey D. Felipe.
DOÑA ELVIRA.- Retírate.
HERNÁN.- ¡Cómo viene!
Mirando hacia la puerta del cuarto del REY.
DOÑA ELVIRA.- Retírate, Hernán.
Vase HERNÁN por el foro.
Escena X
LA REINA y DOÑA ELVIRA.
REINA.- No me había engañado; mira la carta de esa mujer. Derecha fui adonde estaba.
DOÑA ELVIRA.- ¿Será posible?
REINA.- He querido leerla. Mis ojos se han clavado en ella, pero nada han visto.
DOÑA ELVIRA.- No la leáis.
REINA.- ¿Que no la lea? ¡Dios mío! Tú no has amado nunca; nunca has estado celosa; no tienes corazón. ¿Que no la lea? ¿Para qué la he buscado entonces? Mira, mira cómo te obedezco. (Leyendo.) «Señor: que yo sería dama de la Reina, en cuanto os lo pidiese, me fue concedido por vos. Quien del Palacio, buscándome solícito, descendió a la posada, súbame hoy de la posada al Palacio. La dama del mesón. «Y el Rey contestó... Y esa mujer está aquí... Y porque ella está ahora a mi lado, estaba ahora siempre a mi lado Felipe... ¿Lo entiendes ya? No, no lo creo... No lo quiero creer.
DOÑA ELVIRA.- Sosegaos, señora.
REINA.- Parece que no sabes decir más que eso. ¿No oyes que está aquí? ¿No oyes que me la ha traído a mi propia casa? Por fuerza ese hombre ha olvidado que yo aquí soy la Reina; que ni él mismo se librará de mi furor. ¡Y supuse que me amaba, que tenía celos de mí! ¿Hay simpleza como la de una mujer enamorada? ¡Qué bien se habrá reído a mi costa! De ambos debo tomar venganza. ¿Por cuál empezaré?... Una venganza que no desmerezca del agravio. Corre; llama al Rey... No: escucha (Deteniéndola.) Antes conviene... Vamos, vamos..., si no me tranquilizo, no haremos cosa de provecho. Maldito corazón, que jamás ha de obedecer... Sí; ya estoy tranquila... Conviene ¿Qué te decía yo?...
DOÑA ELVIRA.- (Acabarán con su razón y con su vida.)
REINA.- Conviene... ¡Ah! (Como recordando.) Conviene descubrir cuál de mis damas es la amiga del Rey. Casi todas aquí en Burgos han entrado a servirme... Esta carta me pone en camino de dar con ella. Haciendo que todas escriban delante de mí..., cotejando las letras... Ya ves que aún puedo discurrir. Anda, corre; que al punto vengan a esta cámara, al punto... Dime (Deteniéndola otra vez.): lo que esa mujer ha hecho es un crimen. Debe haber alguna ley que castigue estos delitos; debe haberla. ¿No es cierto? Seguramente que la habrá en un país donde mandan mujeres. Y si no la hay, yo la haré. ¿No soy la Reina? Para algo ha de servirle a una ser soberana de un reino compuesto de muchos, y de un nuevo mundo además. Se han burlado de la mujer virtuosa y amante. ¡Por Cristo que se van a llevar chasco muy solemne cuando la vean convertirse en Reina vengativa! ¿Qué me vas a decir? (A DOÑA ELVIRA que hace ademán de ir a hablar.) ¿Otro desatino? Calla no quiero oírle. Vuela: trae a todas mis damas. ¡Ay de ti si me vendes!... ¿Quién viene? ¿Qué hombres son ésos?
Viendo aparecer en el foro al ALMIRANTE y los Grandes.
DOÑA ELVIRA.- Son los Grandes que desean hablaros.
Vase por la izquierda.
REINA.- ¡Ah, sí, ya me acuerdo! (Cambiando repentinamente de tono.) Adelante, señores, adelante, y seáis bien venidos.
Escena XI
La REINA, el ALMIRANTE, D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE y NOBLES: después DOÑA ELVIRA y DAMAS DE LA REINA.
ALMIRANTE.- Veremos si está loca. (A los que con él vienen, que se colocan en el lado derecho del escenario.) Penoso deber nos conduce, señora, a vuestra presencia.
Acercándose a la REINA.
REINA.- Pues ¿qué ocurre?
ALMIRANTE.- Grandes males amenazan a todo el reino, y sólo Vuestra Alteza puede evitarlos.
REINA.- Hablad: mí madre me legó por herencia el amor que tuvo a su pueblo.
ALMIRANTE.- ¿Oís? (A los NOBLES con íntima satisfacción.) (A la REINA.) Intervenid en la gobernación de vuestros estados si no queréis presenciar su ruina. Vos sois la Reina propietaria.
REINA.- ¿Verdad que sí? Yo soy la Reina, la única señora.
ALMIRANTE.- ¿Y a qué callarlo? El Rey abusa de la ternura que como fiel esposa le tributáis.
REINA.- Decís bien, Almirante; el Rey es el más inicuo de todos los hombres.
ALMIRANTE.- No he dicho eso, señora.
Sorprendido y titubeando.
REINA.- Lo digo yo; es igual.
ALMIRANTE.- (¡Cielos!)
Rumores de extrañeza. Sonrisas maliciosas de D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA y FILIBERTO DE VERE.
REINA.- (¡Cuándo acabarán de venir!)
ALMIRANTE.- Los flamencos saquean y tiranizan a Castilla. El Rey exige el servicio otorgado en Valladolid; y el hambre, en tanto, hace estragos terribles en vuestro pueblo.
REINA.- ¿Conque mi pueblo tiene hambre? ¿Y los flamencos se enriquecen? ¿Y el Rey?... ¡Ah! Por fin. (Viendo entrar a ELVIRA seguida de sus damas. Quédanse éstas en el lado izquierdo.) ¿Vienen todas? A ELVIRA.
DOÑA ELVIRA.- Doña Beatriz no estaba en su aposento; ya he mandado buscarla.
REINA.- (¿Cuál de éstas será?) Señora de Javalquinto, escribid aquí cualquier cosa.
La dama a quien se dirige la REINA acércase a la mesa y escribe.
ALMIRANTE.- No me oye Vuestra Alteza, y de esta conferencia depende quizá la suerte futura del reino.
Como queriendo fijar la atención de la REINA en lo que él le dice.
REINA.- Sí, os escucho: decíamos que los flamencos... Podéis seguir.
ALMIRANTE.- Pues bien, señora
REINA.- No es ésta. (Acercándose de nuevo a la mesa y comparando furtivamente lo escrito por su dama con la carta de ALDARA.) Condesa, vos ahora.
A otra que también se pone a escribir.
ALMIRANTE.- ¿Tanto os importa conocer la letra de esas damas?
REINA.- ¿Que si me importa? Nada me importa tanto.
ALMIRANTE.- ¿Ni la salvación de un reino?
REINA.- Ni la salvación de un reino. Tampoco. (Repitiendo el juego anterior.) Vos, Leonor.
Otra dama escribe también.
MARQUÉS.- Capricho más extravagante.
Hablando con los NOBLES.
DON JUAN MANUEL.- ¿Os vais convenciendo?
Al ALMIRANTE.
NOBLE I.º- No hay duda, señor Almirante: la Reina desvaría.
ALMIRANTE.- Señora, prestad atención a mis palabras. (A la REINA con gran vehemencia.) Hay quien duda de vuestra aptitud para reinar, y es preciso que hagáis por que nadie lo dude.
REINA.- Haré luego todo lo que queráis. (Repitiendo otra vez el mismo juego) Tampoco, tampoco. Escribid todas.
Escriben algunas más.
ALMIRANTE.- Ved que España entera está a punto de sublevarse.
REINA.- Que se subleve; ya es hora de que nos teman los austriacos.
ALMIRANTE.- Y el Rey... el Rey es vuestro mayor enemigo: conspira contra vos. ¡Si supieseis!...
Los partidarios del REY dan señales de indignación y enojo contra el ALMIRANTE, cuya audacia sorprende a todos igualmente.
REINA.- Lo sé. (Bajo al ALMIRANTE.) ¿La conocéis, por ventura? ¿Cuál de éstas es?
ALMIRANTE.- (¿Qué dice?) No entiendo a Vuestra Alteza.
REINA.- Entonces yo estoy mucho mejor enterada...Y vosotras, ¿por qué no escribís?
Volviendo a ver la letra de las damas a quienes últimamente se dirigió, y reparando en algunas que no han escrito.
DAMA Iª.- Porque no sabemos.
REINA.- (¿Será alguna de éstas? ¿Habrá conocido mi intención la culpada?) ¿Que no sabéis escribir?... Falso, señores, ¿no es cierto que estas damas saben escribir?
DAMA I.ª-La verdad dijimos a Vuestra Alteza.
REINA.- (Pues no hay remedio; alguna ha fingido la letra.) Leonor, venid acá. Miradme cara a cara.
Trae al proscenio a esta dama y la mira, poniéndola una mano en la frente.
DON JUAN MANUEL.- ¿Más loca la queréis?
REINA.- (Ésta no se turba.) Condesa (Dirigiéndose a otra.), ¿qué noticias tenéis del mesón?
DAMA 2.ª-¿De qué mesón, señora?
REINA.- (¿Y no he de dar con ella?) ¿Ninguno de vosotros (A los NOBLES bajo.) sabe si alguna de estas damas ha vivido en un mesón hace poco? Todos contestan con una serial negativa. La Reina se aleja llena de despecho.
ALMIRANTE.- Caballeros, respetad su desgracia.
A algunos que se ríen.
REINA.- ¡Oh, todos sois traidores, y vosotras todas me engañáis! Salid; sal Elvira.
A DOÑA ELVIRA que se le acerca.
DON JUAN MANUEL.- ¿Dudáis aún?
Al ALMIRANTE.
ALMIRANTE.- (¿Qué significa esto?)
NOBLE I.º-Loca está, señor Almirante.
NOBLES.- ¡Está loca!
Vanse todos, excepto la REINA.
REINA.- Don Álvar la conoce. ¡Hola! Yo sabré obligarle a que me diga la verdad. Al capitán don Álvar (A HERNÁN que sale), que aquí le espero. Si ya no estuviese en Palacio, corre en su busca.
Vase HERNÁN.
Escena XII
LA REINA; a poco D. ÁLVAR; luego ALDARA.
REINA.- Beatriz es la única que no ha escrito. Va a venir; escribirá también. ¿Será ella? ¿Tenerla aquí entre mis manos y no saber cuál es? En Flandes me di por satisfecha cortando a mi rival los rizos encantadores que tanto habían agradado a mi esposo. Más necesitaría hoy para satisfacerme. ¡Oh malditas grandezas humanas! ¡Por qué no nací pobre y humilde! Ni el más ruin labriego me hubiera ultrajado de esta suerte. Sólo un rey es capaz de poner bajo el mismo techo a su esposa y a su manceba. ¡Dios mío, si este premio alcanza la virtud en la tierra, grande debe ser en el cielo tu misericordia con los malos!
DON ÁLVAR.- ¿Me habéis mandado llamar?
REINA.- Sí, para deciros que sois un traidor.
DON ÁLVAR.- ¡Señora!...
REINA.- La dama del mesón está aquí, en Palacio. Vos, como todos, me engañabais. No abráis la boca para mentir de nuevo: mirad esta carta.
DON ÁLVAR.- (¡Su letra es!)
REINA.- ¿Por qué no me habéis dicho la verdad?
DON ÁLVAR.- Disponed de mi vida. La muerte ambiciono.
REINA.- En vuestra vida pienso yo ahora. ¿Qué me importa a mí vuestra vida? Todo lo habéis remediado ya con ofrecerme vuestra vida.
DON ÁLVAR.- ¿Sabe esa mujer que está descubierta?
REINA.- Aun lo ignora: va a saberlo al instante.
DON ÁLVAR.- Yo la veré, yo la obligaré a partir.
REINA.- ¡Partir! ¿He dispuesto yo que parta, por ventura?
DON ÁLVAR.- Desistid, señora, de todo propósito que hayáis formado; no veáis a esa mujer; confiadme el encargo de hacerla abandonar este sitio.
REINA.- (¡Y no la descubre!)
DON ÁLVAR.- Por la memoria de vuestra madre, por la vida de vuestros hijos, os lo ruego.
Cayendo a sus plantas.
REINA.- (¡Y no la descubre!)
DON ÁLVAR.- ¿Qué resolvéis?
REINA.- Vengarme, capitán; vengarme.
ALDARA.- ¡A sus pies!
Saliendo por el foro.
DON ÁLVAR.- ¡Oh! (Viéndola y levantándose.) ¡Qué fatalidad!
REINA.- ¡Cómo!
Volviendo el rostro y viendo también a ALDARA.
DON ÁLVAR.- Evitad un escándalo.
REINA.- ¿Conque era ésa, era ésa?
DON ÁLVAR.- ¿Lo ignorabais?
REINA.- Vos me lo habéis dicho.
DON ÁLVAR.- ¡Yo!
REINA.- Dejadme.
DON ÁLVAR.- ¡Por piedad!
REINA.- ¡Fuego de Dios! Salid.
DON ÁLVAR.- (¿Qué va a suceder?)
Vase por el foro.
Escena XIII
LA REINA y ALDARA.
REINA.- ¿Es vuestra esta carta?
Corriendo hacia ALDARA y mostrándole el papel
ALDARA.- (Me ha vendido.)
REINA.- Contestad.
ALDARA.- Mía es.
REINA.- ¿Vuestra? Franca sois a lo menos. Pero qué, ¿aun no estáis pidiéndome perdón? ¿Aun no estáis de rodillas delante de vuestra Reina? ¡De rodillas!
Asiendo de un brazo a ALDARA y queriendo obligarla a arrodillarse.
ALDARA.- No todo el mundo se ha de prosternar hoy ante vos.
Resistiéndose.
REINA.- ¿Estoy soñando? ¿Qué dice esta mujer? Si creo que me desafía.
ALDARA.- Hija de reyes sois; yo también.
REINA.- ¿Tú?
ALDARA.- Me aborrecéis porque vuestro esposo me ama; os aborrezco porque amáis al que amo; porque adoráis en Jesús y yo en el Profeta; porque sois hija de la reina Isabel y yo de Muley Audalla, el Rey Zagal: yo sí que os aborrezco.
REINA.- ¿Que naciste infiel, enemiga de mi Dios? No cabe mayor ignominia en ti, ni mayor vileza en él; ni puede ser más ofendida una reina cristiana. ¿Y lo dices? ¿Ya no mientes? ¿Ya no me engañas? ¡Oh! Mal hizo la pantera del desierto en ponerse frente a frente de la leona de Castilla.
ALDARA.- Leona de Castilla, la pantera del desierto te ha vencido esta vez.
REINA.- Pero ¿no conoces que por tu imprudencia es mayor tu crimen, y tendrá que ser mayor tu castigo? Castigada estarías si yo hubiese elegido manera de castigarte; pero todo cuanto imagino, todo es poco, muy poco. ¡Oh, qué felices son los hombres! Cuando uno se cree injuriado, cuando tiene un rival, corre en su busca; y allí donde le encuentra, allí, sin más tardanza, le insulta, allí le arroja un guante a la cara. Y si hay gente que presencie el agravio, mil veces mejor. Y luego, cuerpo a cuerpo, con una buena espada pelea: pelea y muere, o mata. ¡Esto sí que es vengarse! Así, así, así, no de otra manera, quisiera yo vengarme de esta mujer.
ALDARA.- Y yo de vos.
REINA.- ¿De veras? Pues aguarda, aguarda.
Éntrase en la habitación del REY aceleradamente.
Escena XIV
ALDARA sola: dos PAJES en seguida; a poco D. ÁLVAR; después la REINA; luego el REY, el ALMIRANTE, MARLIANO, D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE, NOBLES, MÉDICOS, DAMAS y PAJES.
ALDARA.- ¡Hola, pajes, hola; pronto, acudid!
Asomándose a la puerta del foro.
PAJE.- ¿Qué mandáis?
Apareciendo con otro.
ALDARA.- La Reina, dominada de su locura, quiere matarme; está furiosa. Corred, avisad al Rey, llamad gente. (Vanse los PAJES.) Ésta es la ocasión. ¿Quién luego podrá dudar de que ha perdido el juicio?
DON ÁLVAR.- ¿Cuál es vuestro intento?
Saliendo por el foro y asiendo a ALDARA violentamente de la mano.
ALDARA.- ¿Acechando estabais?
DON ÁLVAR.- Para defenderla contra vos.
ALDARA.- ¿Y sí hubieseis llegado tarde?
DON ÁLVAR.- Ved que no respondo de mí.
ALDARA.- Cuenta con lo que decís a una dama, señor capitán español.
DON ÁLVAR.-Desoísteis mis súplicas.
ALDARA.- Y desprecio vuestras amenazas.
REINA.- Toma.
Arroja al suelo una de dos espadas que trae, y quédase con la otra en la mano.
DON ÁLVAR.- Reprimid vuestra furia. El Rey va a venir.
REINA.- Me alegro: le veré temblar por su amada.
DON ÁLVAR.- Esta cámara va a llenarse de gente.
REINA.- Mejor; mi venganza tendrá testigos.
DON ÁLVAR.- ¡Oh, desdichada; al veros, al oíros, se afirmarán más y más en la idea de que!... ¡Fuerza es decíroslo todo! Se trama contra vos un horrible atentado. El Rey quiere arrojaros del trono; quiere encerraros para siempre en una cárcel.
REINA.- ¿A mí; a su reina; a su esposa? ¡A la madre de sus hijos!
Prorrumpiendo en copioso llanto.
DON ÁLVAR.-¡Y bajo qué pretexto! No hay mayor infamia, no hay mayor crueldad. Apoyado por la Nobleza, por vuestros mismos médicos, por cuantos os rodean afirma...
REINA.- Acabad.
DON ÁLVAR.- Afirma que habéis perdido la razón, que estáis loca.
REINA.- ¡Jesús! ¡Loca!
Dando un grito terrible y dejando caer el acero.
REY.- Sí; loca estáis, desdichada.
Saliendo por el foro con el acompañamiento arriba indicado. Acércase rápidamente a su esposa, comprendiendo lo que sucede; y como para contenerla, le dice estas palabras con reconcentrado furor. Pausa.
REINA.- ¡Loca!... ¡Loca!... ¡Si fuera verdad! ¿Y por qué no? Los médicos lo aseguran, cuantos me rodean lo creen... Entonces todo sería obra de mi locura, y no de la perfidia de un esposo adorado. Eso..., eso debe de ser. Felipe me ama; nunca estuve yo en un mesón; yo no he visto carta ninguna; esa mujer no se llama Aldara, sino Beatriz; es deuda de D. Juan Manuel, no hija de un rey moro de Granada. ¿Cómo he podido creer tales disparates? Todo, todo efecto de mi delirio. Dímelo tú, Marliano (Dirigiéndose a cada uno de los personajes que nombra.); decídmelo vosotros, señores; vos, señora; vos, capitán; tú, esposo mío; ¿no es cierto que estoy loca? Cierto es; nadie lo dude. ¡Qué felicidad, Dios eterno, qué felicidad! Creía que era desgraciada, y no era eso: ¡era que estaba loca!
FIN DEL ACTO TERCERO.
Salón de Palacio. En el foro un trono.
Escena primera
El REY y D. JUAN MANUEL; a poco MARLIANO.
REY.- ¿Habéis hecho lo que os ordené?
DON JUAN MANUEL.- Guardadas están ya las puertas del aposento de Doña Juana.
REY.- Y Aldara, ¿qué respuesta os ha dado?
DON JUAN MANUEL.- Hasta que la Reina haya partido no saldrá de su cámara.
REY.- ¡Qué mal me siento! ¡Qué peso, que ardor en la cabeza! El sobresalto que ayer experimenté cuando Aldara fue descubierta por la Reina, y los continuos afanes que desde aquel momento han trabajado mi espíritu, son indudablemente causa de esta dolencia que a tan mala hora me acomete. ¡Ver uno por uno a cuantos me negaban obediencia; soportar repulsas y altivos desdenes; luego el consejo, que ha durado
toda la noche!... ¡Qué larga mortificación!¡Con tal que no salgan fallidas nuestras esperanzas!
DON JUAN MANUEL.-No lo temáis: la Reina partirá hoy mismo al sitio en que haya de ser recluida, y todos o casi todos los Grandes reconocerán a Vuestra Alteza por único señor de estos reinos.
REY.- ¡Cuánto os debo, D. Juan Manuel! Nunca a Pacheco ni a vos podré premiaros dignamente.
DON JUAN MANUEL.- Con mi deber cumplo al serviros.
REY.- También tendré que castigar. El Almirante agotó mi paciencia (A MARLIANO, que sale por la izquierda). ¿Qué ha decidido Doña Juana?
MARLIANO.- Se niega a partir.
REY.- No me equivoqué al suponer que vuestros esfuerzos serían inútiles. Partirá de grado o por fuerza.
MARLIANO.- Varias veces os he manifestado mi opinión; permítaseme publicarla.
REY.- Os aconsejo, Marliano, por vuestro bien, que no cometáis una imprudencia. Se acerca la hora: id a buscar a vuestros amigos (A D. JUAN MANUEL.). (Arrojaré al fin a esa mujer de mi tálamo y de mi trono.)
Vase el REY por la derecha y D. JUAN MANUEL por el foro.
Escena II
MARLIANO; después D. ÁLVAR; a poco el ALMIRANTE.
MARLIANO.- Conserve yo mi virtud aunque pierda la vida.
DON ÁLVAR.- ¿Lograsteis penetrar en la estancia de la Reina?
ALMIRANTE.- ¿Qué hay, Marliano?
MARLIANO.- Dije al Rey que trataría de reducir a Doña Juana a que partiese de propia voluntad, y así logré que se me permitiera entrar en el aposento que le sirve de cárcel. No bien supo lo que el Rey trama contra ella, anegose en llanto, y vencida su fortaleza quiso partir.
ALMIRANTE.- ¡Partir!
DON ÁLVAR.-Y vos ¿qué hicistes?
MARLIANO.- Recordele sus deberes de Reina; los males que padecen sus pueblos bajo el yugo de los flamencos; las torpes miras con que D. Juan Manuel, el Marqués de Villena y el señor de Vere fomentan los desmanes de D. Felipe; invoqué el nombre de su madre; llegué hasta el punto de exacerbar sus celos. Con indignación y cólera hizo al fin juramento de no salir de Burgos y de no dejar la corona.
DON ÁLVAR.- ¿Y el pueblo, Almirante?
ALMIRANTE.- Gracias a la actividad de sagaces criados míos, nadie ignora ya en la ciudad que hoy debe abandonarla Doña Juana por mandato de D. Felipe, y que éste va a ser declarado único dueño de la corona. Suspéndese todo quehacer, el amigo busca al amigo, en calles y plazas hay turbas animadas por unánime sentimiento: «¡mueran los flamencos y viva la Reina!» es el grito que han dado ya los corazones, y que del corazón pugna por subir a los labios.
DON ÁLVAR.- ¡Loado sea Dios!
MARLIANO.- Viendo está la pureza de nuestros pechos.
ALMIRANTE.- ¿Y la guardia de Palacio?
DON ÁLVAR.-Los soldados españoles adoran a su Reina: los flamencos han recibido el oro que para ellos me disteis.
ALMIRANTE.- El cielo ampara nuestra causa.
MARLIANO.- Cuando conspiran los malos, fuerza es que también conspiren los buenos.
ALMIRANTE.- Noble hazaña, sin duda, salvar a una Reina del oprobio, y a un pueblo de la tiranía. Por Cristo, señores, que ya era tiempo de hacer conocer al buen Archiduque de Austria y a sus infames lisonjeros la tierra que pisan.
Escena III
DICHOS, el MARQUÉS DE VILLENA, D. JUAN MANUEL, FILIBERTO DE VERE y NOBLES que acuden por ambos lados.
FILIBERTO.- Don Felipe será modelo de monarcas.
DON JUAN MANUEL.- Puede decirse que hoy empezará su reinado; hoy que la Reina loca dejará de ser óbice a sus planes maravillosos.
MARQUÉS.- Era inhumanidad tener aquí a esa desdichada.
DON JUAN MANUEL.- ¡Oh, señor Almirante!
Saludándole.
MARQUÉS.- ¡Cuánto me duele vuestra ciega obstinación! Tenéis al Rey muy enojado.
DON JUAN MANUEL.- Pero ¿qué plausible motivo os obliga a rechazar una vez y otra el toisón de que Su Alteza quiere haceros merced?
ALMIRANTE.- Gracia inmerecida es salario, no premio; y no quisiera que, al ver tal insignia en mi pecho, dijese alguno: he ahí, no la recompensa de su virtud, sino el precio de su infamia; he ahí, no lo que ha ganado, sino por cuánto se ha vendido.
MARQUÉS.-¿Tratáis por ventura de ofendernos?
FILIBERTO.- Pudiera suceder que el Rey no gustase de veros en Palacio.
MARQUÉS.- Dejadle: bien me sé yo por qué sirve tan fielmente a una Reina loca. El Almirante, por su sangre y por su juicio, tiene con ella parentesco.
ALMIRANTE.- Cierto es que sirvo fielmente a una Reina; vosotros servís a un amo: díganlo si no esos collares que os ha puesto en el cuello.
Por el toisón que llevan D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE y otros NOBLES.
DON JUAN MANUEL.- ¡Almirante!
MARQUÉS.- ¡Por vida mía!
DON ÁLVAR.- El Rey.
Escena IV
DICHOS, el REY con manto, el CAPITÁN de la guardia de Palacio, NOBLES, PRELADOS, MÉDICOS, PAJES y SOLDADOS, que se sitúan a uno y otro lado del trono.
REY.- Sabéis, señores, el triste motivo que aquí nos reúne. Dementada la Reina, es imposible que gobierne; y solamente reduciéndola a estrecha clausura se logrará dilatar su vida. ¿Estáis prontos, señores, a hacer pública la demencia de Doña Juana, a reconocerme por legítimo y único señor de Castilla, a prestarme todo el auxilio que necesite, en el caso deplorable de que mis enemigos fomentasen alguna alteración en el reino?
DON JUAN MANUEL.- Todos haremos lo que Vuestra Alteza desea para el bien de la patria. ¿Todos, no es cierto, señores?
NOBLES.- Todos.
ALMIRANTE.- No todos. Hay quien asegura que la Reina sólo padece efímeros arrebatos, hijos, no de enfermedad corporal, sino de aflicciones del espíritu.
REY.- Nadie ayer ponía en duda su demencia.
ALMIRANTE.- Ayer muchos, y yo el primero, creímos ver indicios de enajenación mental en las acciones de Doña Juana. Después se ha descubierto la verdadera causa de tales acciones. Espero que Vuestra Alteza no me obligará publicarla.
REY.- Yo sí que no os comprendo a vos, Almirante. ¿Quién ha podido explicar naturalmente el proceder de la Reina?
DON ÁLVAR.- Yo, señor.
REY.- (¡Don Álvar!)
ALMIRANTE.- Recuerde Vuestra Alteza que las ciudades en las Cortes de Valladolid negaron su asentimiento a lo que hoy arbitrariamente se trata de llevar a cabo; tened presente que, para defender a Doña Juana, se han confederado en Andalucía el Conde de Cabra y el de Ureña, el Marqués de Priego y el Duque de Medina-Sidonia; ved que el pueblo en que estáis es un pueblo de valientes y de leales.
REY.- ¡Amenaza a su Rey!
DON JUAN MANUEL.- ¡Es un crimen!
NOBLES.- Sí, sí.
ALMIRANTE.- Vuestras voces no me intimidan.
MARLIANO.- Yo juro por el nombre de Dios que aún no ha perdido el juicio la Reina.
REY.- Éstos son traidores vendidos al rey D. Fernando.
ALMIRANTE.- Sólo el rey D. Fernando, según el testamento de la reina Doña Isabel, tendría derecho a sentarse en el trono si la locura de su hija Doña Juana fuese cierta.
REY.- ¿Oís, señores? Bien hice en contar con vuestro apoyo.
MARQUÉS.- Subid al trono, señor; solemnemente prestaremos el juramento que tengáis a bien exigirnos. Vuestra es la corona; ceñidla.
El REY se pone la corona y empuña el cetro.
DON JUAN MANUEL.- Vuestro es el trono; ocupadle.
ALMIRANTE.- Oíd antes, señor.
Poniéndose delante del REY.
REY.- Atrás, rebelde.
MARQUÉS.- ¡Detener al Monarca!
Rumores entre los cortesanos.
DON ÁLVAR.-(¡Villanos!)
REY.- ¡Plaza al Rey!
Escena V
DICHOS y la REINA, con manto, corona y cetro.
REINA.- ¡Plaza a la Reina!
Subiendo al trono antes que el REY.
REY.- ¡La Reina!
Prolongados rumores, sorpresa general.
MARQUÉS.- ¡Doña Juana!
DON ÁLVAR.-(Esto es más de lo que esperábamos.)
Pausa.
REINA.- ¿Qué os turba y sorprende? ¿No contabais con mi presencia? Pues mal lo imaginasteis. Cerradas estaban las puertas de mi aposento; mas diz que para todo hay remedio en el mundo, si no es para la muerte. Que las cerrasen mandó el Rey; la Reina mandó que las abriesen de par en par; pudo más que la perfidia flamenca la lealtad castellana, y aquí me tenéis.
DON JUAN MANUEL.-Fuerza es obrar con energía.
Bajo al REY.
REY.- Dignaos de volver a vuestra estancia, señora.
REINA.- No hay para qué. Sé de qué graves negocios estabais tratando. Trátase de recluirme en alguna buena fortaleza por todo el resto de mi vida; trátase de hacer propiedad de D. Felipe de Austria la corona que a mí sola me pertenece. Acuerdo es éste de todo punto necesario; tal lo juzgo yo propia, y vengo, por lo tanto, a endulzar la pena que, a no dudar, oprime el tierno corazón de mi esposo; a pagar el noble celo que en pro del público bien habéis casi todos vosotros manifestado; a decir en seguida un adiós eterno al trono de mis padres. Y noticiosa de que ya ibais cobrando ojeriza a mi pobre vestido negro, para contentaros, y siquiera una vez pareceros Reina, me he echado encima, como veis, mis galas más deslumbradoras. (Desciende del trono y apostrofa a D. JUAN MANUEL y a los otros Grandes con delicada ironía.) Guárdeos el cielo, D. Juan Manuel, señor de Belmonte de Campos y de Cevico de la Torre, embajador en Roma, maestresala de mi madre doña Isabel, primer caballero español del Toisón de Oro de la casa de Borgoña, y presidente de mi Consejo. Gloria mayor la vuestra que la de aquel otro D. Juan Manuel, cuya docta pluma hizo su nombre tan famoso, y cuyo invicto acero rindió y desbarató al fuerte Ozmín, general de la casa de Granada, a orillas del río Guadalferce. He aquí, señores, a un nieto del infante D. Manuel, a un descendiente del rey San Fernando y de los emperadores de Constantinopla, convertido hoy en agente de los excesos de un Archiduque de Austria.
DON JUAN MANUEL.- ¡Señora!
REINA.- ¡Oh, que también está por aquí el noble Marqués de Villena, Duque de Escalona! Cuentan que vuestro ascendiente, el caballero portugués Diego López Pacheco, fue por ansia de medro uno de los asesinos de Doña Inés de Castro; que vuestro noble padre dio veneno al príncipe D. Alfonso, de quien era parcial; para volver a la gracia de su legítimo señor, mi tío D. Enrique, al cual después, no sabiendo ya qué quitar, quitó el entierro que el buen Monarca para sí destinaba en el Parral de Segovia; que vos hicisteis matar a vuestra primera mujer, la Condesa de Santisteban, nieta del Condestable D. Álvaro de Luna; que ahora, desposeído, por la voluntad de mis padres, de Trujillo, Chinchilla, Albacete, San Clemente, Rota y demás pueblos del marquesado de Villena, de la ciudad de Alcázar y de la tenencia de Madrid, queréis recobrarlos a toda costa, pronto, por conseguirlo, a matarme a mí y a diez mujeres más. ¡A ser esto cierto, señor Marqués de Villena, gloriosa raza la vuestra, por vida mía!
MARQUÉS.- (¡Conténgame Dios!)
REINA.- Loor a todos vosotros, señores. Natural es que así procuréis el ultraje de vuestra Reina y la ignominia de vuestra patria, cuál por un aumento de territorio, cuál por una dignidad que ha tiempo codiciaba, cuál por un Toisón de Oro para deslumbrar a sus inferiores, cuál por diez oficios públicos para diez de sus allegados. No hay por qué a nadie se maraville: constantemente fue vuestro anhelo empobrecer al pechero y al monarca; siempre fuisteis enemigos naturales del trono y del pueblo.
NOBLE I.º-Nos insultáis.
DON JUAN MANUEL.- Insultáis a la Grandeza de Castilla.
REINA.- Bueno fuera que os dieseis por ofendido. ¿Sabe una loca lo que se dice? Y yo estoy loca hasta más no poder. Como que estos señores, que son mis médicos, quieren encerrarme. (Dirigiéndose a los MÉDICOS.) Sólo que yo no quiero dejarme encerrar. Matad a la gente, señores míos; tal es vuestro derecho: para enterrarla viva aún no tenéis licencia. Pero ¿qué? ¿También vosotros os enojáis? ¡Todos malvados! (Con acento de cólera.) ¡Todos necios!
Riéndose.
REY.- Ved que yo por más tiempo no puedo tolerar...
REINA.- Y a ti, Felipe, ¿qué te podré decir para consuelo de tu pena? (Apartándole de los demás, y en voz baja.) Que harto bien pagada está la corona de Castilla con tus estados de Borgoña y de Flandes; que aún necesitas reposo y vigor en el espíritu para terminar la obra que bajo tan buenos auspicios has comenzado: hacer tuyo el trono de la madre, ha sido empezarla; quitárselo al hijo legítimo para dárselo a un bastardo infame, será concluirla.
REY.- ¡Doña Juana!
REINA.- ¡Bah! Si ya sabes y acabas de oír que estoy rematadamente loca.
REY.- Señores, esto es ya demasiado: llegó el momento...
REINA.- Sí, ¡por Cristo!; sonó la hora de que yo empezase a reinar. Demencia y crimen era en mí anteponer otro amor al amor de mi pueblo. Yo expié mi culpa: de hoy más no lloraré torpes ingratitudes. Amar como todas las mujeres, es amar a un hombre; a semejanza de Dios debe amar una reina, amando a un pueblo entero.
REY.- (¡Me vence, me humilla!)
Los Grandes se acercan, como ofreciéndole amparo contra Doña Juana.
REINA.- Ni penséis vosotros romper de nuevo el freno de las leyes, con que os sujetó la mano poderosa de la católica Isabel. Temblad ante la hija, como temblabais ante la madre. Vuelvan al reino los bienes que le arrebató vuestra codicia; vuelva la fuerza que es suya a la Corona; deponed del todo vuestros cetros usurpados. Ya vosotros no sois Castilla: Castilla es el pueblo; Castilla es el monarca.
REY.- Salid de aquí. No me obliguéis a emplear la violencia.
REINA.- ¿Quién se atreverá a tocarme?
ALMIRANTE.- Conteneos, señor, si no queréis encender oprobiosa guerra.
DON ÁLVAR.- No hagáis que la sangre española corra por mano española vertida.
REY.- La rebelión estalla dentro de mi propio Palacio.
MARQUÉS.- ¡Viva el Rey!
NOBLES.- ¡Viva!
REY.- ¿Oís, señora, cómo la Grandeza de Castilla aclama al Rey?
PUEBLO.-¡Viva la Reina! ¡Viva la Reina!
Dentro.
REINA.- Oye tú cómo el pueblo español aclama a su Reina.
REY.- ¡Oh rabia!
ALMIRANTE.- La justicia prevalece.
DON ÁLVAR.- ¡La Reina triunfa!
REINA.- Parece que esos gritos no os suenan bien: pues yo quiero oírlos más de cerca.
Asómase al balcón.
PUEBLO.-¡Viva la Reina! ¡Viva la Reina!
Dentro.
REINA.- Gracias, hijos míos. Nada temáis; no saldré de Burgos. Fío en vuestra constancia.
Desde el balcón.
PUEBLO.- ¡Viva la Reina! ¡Mueran los flamencos!
REINA.- ¿Qué queréis, Felipe? Mi pueblo ha perdido el juicio como yo.
Volviendo al lado del REY.
REY.- Soldados, dispersad esa turba.
CAPITÁN.- Si la Reina lo manda.
REINA.- Calla, ¿éstos también? Con razón asegura el refrán que un loco hace ciento. Ya lo veis: los locos abundamos en Burgos que es una maravilla. Réstame advertiros que no es cordura jugar con ellos. Felipe, señores, adiós quedad. La Reina loca os saluda.
Hace una reverencia y se va.
Escena VI
DICHOS excepto la REINA
REY.- (¡Empeñar una lucha, una lucha en que tal vez sería vencido! ¿Adónde lanzar el rayo de mi furia?)
ALMIRANTE.- Señor, dad oídos a la prudencia y la piedad.
REY.- ¡Silencio, Almirante! ¡Por vida de mi padre, que habéis de llorar vuestra osadía!-
ALMIRANTE.- El castigo de la virtud, que no el premio de la maldad, ambiciono. La hora del desengaño suena también en la vida de los reyes; sonará en la vuestra, señor. Lloraréis entonces haber acogido y acariciado la pérfida lisonja, que deslumbra los ojos y envenena el corazón de los príncipes, y la interesada adhesión que los empuja y precipita; lloraréis haber despreciado y oprimido la noble franqueza y la generosa abnegación, que suelen salirles al paso para iluminarlos y contenerlos. Nunca me arrepentiré yo de haber amparado a una dama como caballero, y a una Reina como español.
Saluda y vase.
REY.- Dejadme, señores; necesito estar solo.
DON JUAN MANUEL.- (Vamos. Buen chasco nos ha dado la loca.)
MARQUÉS.- (Empiezo a sospechar que tiene más juicio del que fuera menester.)
REY.- Quedaos vos, Marliano; también vos, D. Álvar. (Elegid dos soldados flamencos en quienes se pueda confiar, y traedlos aquí.)
Bajo a FILIBERTO DE VERE, el cual se va por el foro.
Escena VII
El REY, D. ÁLVAR y MARLIANO.
REY.- Buen pago habéis dado a mis beneficios, señor Marliano.
MARLIANO.- No se han de pagar los beneficios con malas acciones. Creo que no debe tener queja de mí Vuestra Alteza, ni como hombre, ni como soberano.
REY.- ¿Eso creéis? Quizá con dos años de meditación en un encierro mudaréis de dictamen.
MARLIANO.- En el cadalso creería lo mismo.
Vase.
Escena VIII
El REYy D. ÁLVAR; después FILIBERTO DE VERE y dos SOLDADOS.
REY.- Ayer os desterré, D. Álvar; hoy no sólo volvéis a presentaros en Palacio, sino que a él venís con el único objeto de hacerme guerra
DON ÁLVAR.- Tres días me disteis de término para salir de Burgos. Vine a Palacio porque a él me llamaba mi obligación de vasallo leal.
REY.- Colígese fácilmente que a vos y a vuestro amigo el señor Almirante debo el alboroto de la plebe y la traición de la guardia. Por él y por vos he padecido cruel tormento. Puedo aseguraros, capitán, que mi venganza será terrible.
DON ÁLVAR.- Haced de nosotros, en hora buena, lo que os plazca; pero doleos del infortunio de vuestra esposa. Reducida al último extremo, halló en la desesperación energía para luchar, no contra vos, sino por vos. ¿Qué le importa a ella su trono? Lo que le importa es veros, vivir a vuestro lado. Sus derechos de esposa son los que ha defendido, que no sus derechos de reina.
REY.- ¿Conque me aconsejáis que ame a Doña Juana? ¿Pensáis que ignoro el motivo que os mueve a darme tales consejos, y os movió a promover disturbios en contra mía?
DON ÁLVAR.- No hay más motivo que el amor que tengo a mi Reina y a mi Patria.
REY.- Sé que habéis osado poner los ojos en donde yo los tenía puestos.
DON ÁLVAR.- (¡Aldara inicua!)
REY.- Y ¿qué dudo? Vos fuisteis el que ayer descubrió a Doña Juana mi secreto, induciéndola a que buscase pruebas. ¿El amor de vuestra Reina y de vuestra Patria, decís? Vil hipócrita: bien heriste en medio del corazón al amante y al soberano; bien castigada será tu culpa: en ti saciaré todo el furor que abriga mi pecho.
DON ÁLVAR.- Sin razón me ofendéis.
REY.- Mirad, D. Álvar: me siento gravemente enfermo; con trabajo me sostengo de pie. Sois leal, y cuento con que os tendréis por dichoso con poder restituirme la salud. El bálsamo que necesito para recobrarla es toda vuestra sangre.
DON ÁLVAR.- Tomadla, señor.
REY.- No me queréis por Rey; me tendréis por tirano. Ni será cosa nueva en Castilla un Monarca que se complazca en hacer rodar por el suelo de su propio palacio la cabeza de un rebelde. Nombres de Justiciero y de Cruel dan al rey D. Pedro los castellanos: que a mí me apelliden como quieran. (A FILIBERTO DE VERE, que sale seguido de dos SOLDADOS.) Creí que nunca ibais a llegar. Don Álvar, rendid el acero.
DON ÁLVAR.- Entregando a los SOLDADOS la espada. Un soldado del Gran Capitán está acostumbrado a pelear contra muchos; pero ved, señor, que no nací rebelde.
REY.- A los SOLDADOS. Conducidle secretamente a una de las torres del Alcázar. (A D. ÁLVAR) Capitán, la muerte os espera.
DON ÁLVAR.- La muerte y yo nos vimos muchas veces las caras: ya no me asusta; seguro, además, de que recibe al bueno en sus brazos cual amiga cariñosa. Así me recibirá a mi señor; no os acogerá a vos de la misma manera.
REY.- (Ni aun el consuelo de verle temblar.) Llevadle. (Vase D. ÁLVAR con los dos SOLDADOS.) Haced que ese hombre se disponga a bien morir, y muera luego.
FILIBERTO.- ¿Tal es vuestra determinación?
REY.- Cuidad, sobre todo, de que esto se haga con el mayor sigilo. ¿Entendéis?
FILIBERTO.- Cumpliré vuestras órdenes.
Vase por donde D. ÁLVAR.
Escena IX
El REY, y en seguida ALDARA.
REY.- Sí, justa es la pena que le impongo. ¿Será excesiva? ¡Oh qué pronto vacila mi corazón, siempre irresoluto y cobarde! Venid, Aldara; necesitaba veros.
ALDARA.- El estado en que os encuentro no me maravilla. Sé que ya no parte la Reina; yo soy en tal caso quien debe partir sin tardanza.
REY.- No me atormentéis más; demasiado padezco.
ALDARA.- De nadie os quejéis sino de vos mismo. ¿Qué habéis hecho a estas horas para contener la audacia de vuestros adversarios?
REY.- Fundadas son tales reconvenciones. Cayó en mis manos uno de los rebeldes, y antes de oíros empezaba ya a sentirme pesaroso de haber mandado castigarle.
ALDARA.- ¿Qué tenéis en vuestras manos a uno de los que se oponen a que la Reina salga de Burgos, y que aún no le habéis castigado? ¡Oh torpe flaqueza! Para conquistar un trono, el interés de los menos facilita el camino; el miedo de los más solamente puede allanarlo. Ya hicisteis sobradas mercedes; castigad ahora; castigad sin reparo ni compasión.
REY.- Castigaré, os lo prometo.
ALDARA.- El escarmiento de uno de los partidarios de Doña Juana amedrentará a los demás.
REY.- ¿Y no sabéis? Ese hombre es doblemente culpado; es el que intenta arrebatarme vuestro amor.
ALDARA.- ¿Qué?... ¿Qué decís?
REY.- Vuestro amor, que es mi ventura, que es mi vida.
ALDARA.- Pero ¿de quién habláis?
REY.- ¿No lo dije? De mi aborrecido competidor; de Don Álvar.
ALDARA.- ¡Don Álvar!
REY.- No temáis, no revocaré su sentencia. Adiós, Aldara; necesito reposo.
ALDARA.- Siguiéndole. ¿Esa sentencia?...
REY.- Pronto se ejecutará en una de las torres de este mismo Alcázar.
ALDARA.- Con voz ahogada por el espanto. ¿Está condenado?
REY.- A muerte.
Vase por la derecha.
Escena X
ALDARA, y a poco la REINA.
ALDARA.- ¡A muerte! ¡Morir él; morir por culpa mía!... No me equivoco; el Rey lo dijo: bien lo escuché... Corro a sus plantas... (Dirigiéndose hacia el lado por donde ha salido el REY.) ¡Triste de mí! (Deteniéndose.) El Rey está celoso; mis súplicas acelerarían su muerte. ¡Oh maldita venganza, cómo de rechazo me hieres! Es preciso correr en su ayuda, buscar medios, salvarle. Sí, salvarle o morir con él. Y ¿a quién acudir?; ¿de quién valerme? ¡Ah! ¡Compasión, señora, compasión!
Corriendo hacia la REINA, que sale por la izquierda.
REINA.- ¡Aquí vos! ¿Y osáis presentaros a mi vista?
ALDARA.- No me abandonéis.
REINA.- Apartad; busco a mi esposo.
ALDARA.- Arrojándose a sus pies. ¡Piedad! ¡Perdón! Mucho os ofendí; pero ved que me arrepiento y me postro.
REINA.- Explicaos de una vez.
ALDARA.- Creedme; creedme lo que voy a deciros. No amo al Rey, no, no le amo, no le amé jamás; otro mereció mi cariño; en Álvar ha tiempo le puse.
REINA.- ¿Qué pronuncias? ¡Que no amas al Rey! ¿Qué nueva perfidia es ésta?
ALDARA.- ¿Por qué la engañé? Ahora no querrá creerme. Ved: estas lágrimas de mis ojos son verdad; estos latidos de mi pecho son verdad; pues así, así las palabras de mi boca. Os juro que no tengo por qué avergonzarme en vuestra presencia. ¿Lo creéis, no es cierto? ¿Qué haría yo para que me creyese?
REINA.- No te entiendo aún; explícate más, más todavía.
ALDARA.- Imaginé, perdonadme, imaginé que Álvar era amado de vos, que por vos perdía yo su cariño, y tuve celos.
REINA.- Acelerando la explicación. Celos quise yo inspirar al Rey tratando con benevolencia a ese hombre.
ALDARA.- Y yo a vos en venganza, fingiendo amar a vuestro esposo.
REINA.- Con alegría. ¿Conque tú no amas al Rey?
ALDARA.- Con gozo, como la REINA. ¿Conque vos nunca amasteis al capitán?
REINA.- ¿Y has estado celosa? ¡Desdichada, cuánto has debido padecer!
ALDARA.- Sí; vos comprendéis lo que es tener celos; disculpadme entonces y salvad a un infeliz. Qué, ¿aún no os lo había dicho? El Rey quiere matarle.
REINA.- ¿Por qué?
ALDARA.- Porque ha sido fiel a su legítima Reina, a su natural señora. ¿Consentiréis que el Rey mate por esta culpa a vuestros vasallos?
REINA.- No los matará.
ALDARA.- Álvar debe morir muy pronto.
REINA.- ¿Cuándo?
ALDARA.- Quizá en este momento, en una torre de este Alcázar. ¿Y aún estáis a mi lado? Pero entonces es que queréis dejarle morir. Señora, por vuestro Dios (Como inspirada.), os pido que le salvéis; por vuestro Dios, que os manda ser clemente, que os manda perdonar; por vuestro Dios, en quien yo adoro desde este momento, porque es el Dios del perdón y de la clemencia.
REINA.- Si en mi Dios crees y confías, mi hermana eres; si tal amor cabe en tu pecho por un hombre, mi hermana eres también. (ALDARA, ahogada por sollozos, la besa repetidamente la mano.) La tiranía levanta su cuchillo sobre un inocente; no temas; la Reina salvará al súbdito leal, tu hermana salvará a tu amante.
Vase.
Escena XI
ALDARA, y a poco el REY; después la REINA.
ALDARA.- Yo le mataba; ella corre a salvar su vida. ¡El Dios de esa mujer es el Dios verdadero!
REY.- Aldara.
Acercándose a ella.
ALDARA.- ¡El Rey!
Con espanto, retirándose.
REY.- ¿Qué sucede? ¿Hablabais con la Reina? He oído voces, lamentos...
ALDARA.- Dejadme; apartaos de mí.
REY.- ¿Qué significa esto?
ALDARA.- Significa que yo he sido la más vil de las mujeres, y vos el más ingrato de todos los hombres; que hemos ofendido a un ángel; que el cielo me castigó y empieza a castigaros.
REY.- ¿Qué repentina piedad se apodera de vuestro pecho? No me hagáis dudar ahora de vuestro cariño.
ALDARA.- ¡Mi cariño! Horror me inspiráis; horror me inspiro yo a mí propia.
REY.- ¿Qué oigo?
ALDARA.- Sabedlo: de otro es mi corazón. Por vengarme fingí quereros.
REY.- ¡Aldara!
ALDARA.- Al aceptar mi expiación, Dios me convierte en instrumento de su justicia; por mi mano venga con martirio igual el martirio de una santa.
REY.- ¿Qué es esto? ¿Estoy soñando? ¿Habla tu lengua o la fiebre que me devora?
ALDARA.- Hablan mi conciencia y la tuya.
REY.- ¿Y el hombre a quien amáis es sin duda el que yo sentencié? ¡Cómo me he dejado engañar! ¿Y la noticia de su muerte es la que así os desespera? Morirá, pérfida, morirá.
ALDARA.- No; la Reina ha ido a salvarle.
REY.- ¡A salvarle! No habrá llegado a tiempo.
ALDARA.- ¡Oh, callad!
REY.- Y si no, yo mismo...
ALDARA.- No, no pasaréis.
Cerrándole el paso.
REY.- Ved que en nada reparo.
ALDARA.- Muera yo.
REY.- Él primero.
ALDARA Y REY.-¡Ah!
Volviendo aparecer a la REINA.
ALDARA.- ¡Señora!
Después de una breve pausa y como temerosa de indagar la suerte de D. ÁLVAR.
REY.- Hablad.
ALDARA.- ¿Vive?
REY.- Murió, ¿no es cierto?
REINA.- No, que yo le salvé.
REY.- Le seguirán. ¡Oh, me ahogo!
Cayendo al suelo sin sentido.
REINA.- ¡Cielos!
ALDARA.- Todo lo sabe; estáis vengada.
REINA.- ¿Qué has hecho? ¡Socorro, socorro! (Corriendo hacia el foro.) ¡Felipe! (Volviendo al lado del REY.) No oye, no respira. Llama tú también, desdichada. ¡Socorro! ¡Señor, mi vida por la suya!
ALDARA se dirige hacia el foro; la REINA cae de rodillas junto al REY.
FIN DEL ACTO CUARTO.
Cámara contigua a la habitación del REY. Puerta a la derecha, cubierta con tapiz; otra en el foro; otra a la izquierda, en segundo término. Un reclinatorio en este mismo lado.
Escena primera
La REINA, y a poco el ALMIRANTE; después HERNÁN.
La REINA aparece orando, arrodillada delante del reclinatorio; transcurridos algunos momentos, sale el ALMIRANTE por la puerta de la derecha.
REINA.- ¿Qué hay? ¿Se ha puesto peor?
Levantándose sobresaltada.
ALMIRANTE.- Su Alteza continúa en el mismo estado.
REINA.- Os aseguro que ayer perdí las esperanzas; pero hoy todos hemos notado en él grande alivio: parece otro. ¿No es cierto, Almirante, que hoy tiene más vigor, más vida?
ALMIRANTE.- Cierto es, señora.
REINA.- ¿Conque también creéis como yo? (Con alegría.) Sí, no hay duda: la mejoría es evidente. ¿Quién no lo ve? ¡Qué dicha para mí, qué dicha para mi Felipe tener un amigo como vos! Porque también amáis al Rey. ¿Verdad que amáis al pobre enfermo?
ALMIRANTE.- ¡Ojalá pudiera dilatar su existencia a costa de la mía!
REINA.- La Virgen Santísima os lo pague. Yo estaba aguardando a que me trajesen... (HERNÁN sale por la puerta del foro con una salvilla, sobre la cual habrá una copa dorada.) ¡Ah, por fin! Dame. (Tomando la salvilla.) Dicen que esta medicina ha de aliviarle mucho. (A HERNÁN, que se va por el foro.) Se aliviará de fijo. Dios tendrá lástima de nosotros.
Dirigiéndose a la puerta de la derecha, por la cual desaparece.
ALMIRANTE.- ¡Qué hermoso y qué desdichado corazón!
HERNÁN.- Entrad: allí le tenéis.
Apareciendo de nuevo en el foro con D. ÁLVAR. En seguida vuelve a marcharse.
Escena II
El ALMIRANTE y D. ÁLVAR.
ALMIRANTE.- ¡Don Álvar!
DON ÁLVAR.- ¡Almirante!
ALMIRANTE.- ¡Con qué impaciencia os aguardaba!
DON ÁLVAR.- Considerad cuál habrá sido la mía por volver a este sitio.
ALMIRANTE.- El Rey, para descargar su conciencia, quiere reconciliarse con vos antes de morir.
DON ÁLVAR.- No bien recibí en el camino vuestro mensaje torcí riendas, y apresuradamente he regresado a Burgos. Más y más al entrar aquí, se aumentó mi amargura. ¿Es posible que en tan breve tiempo se haya agravado la enfermedad del Rey, hasta el punto de poner en riesgo su vida?
ALMIRANTE.- Ayer Su Alteza recibió los santos Sacramentos; y aun cuando esta mañana parece haberse disminuido la horrible postración en que estaba, creo que sus ojos no verán la luz de un nuevo sol.
DON ÁLVAR.- ¿Qué va a ser de la Reina?
ALMIRANTE.- Los mismos que antes contra ella conspiraban, rinden a su dolor tributo de piedad y respeto. Ángel de la Guarda parece, fija a la cabecera del lecho de su esposo. Nadie más que ella ha de acercar a sus labios los benéficos jugos que los médicos le prescriben; ella, adivinando todos sus pensamientos, ha de ser quien únicamente le sirva; y por temor de que turben su reposo, el vuelo de un insecto la irrita, el más leve ruido del aire la desespera. Sólo abandona al Rey cuando conoce que no va a poder reprimirse, y entonces ya permanece con la vista clavada en el suelo sin dar señales de vida; ya recorre velozmente una y otra cámara, como si cambiando de sitio esperase encontrar consuelo, ya de pronto empieza a llamar a gritos en su ayuda a Dios, la Virgen y los santos. Si alguna vez logramos, a fuerza de súplicas, que admita el preciso alimento, al punto salpicado de lágrimas le rechaza. Y, sobre todo, nos inquieta y maravilla el que ni un solo instante, en tres días consecutivos, se le haya visto cerrar los ojos. ¡Ay, don Álvar, no hubo jamás en pecho humano aflicción más grande que la suya!
DON ÁLVAR.- ¿Y teméis?...
ALMIRANTE.- Temo que el trono se quede completamente vacío.
DON ÁLVAR.- Si ha de perder a su esposo, preferible es que doña Juana también se muera. Los ángeles, sus hermanos, se apresurarían a abrirle las puertas del cielo, y allí sólo pueden encontrar los justos reposo y ventura.
ALMIRANTE.- La aflicción que en vuestro rostro se pinta no me sorprende, que yo, como vos, siento el corazón oprimido.
DON ÁLVAR.- Sin que me cause rubor, me aflijo por mi infeliz señora; también por mi Rey.
ALMIRANTE.- Sí, D. Álvar; olvidemos hoy los errores del soberano; compadezcamos el infortunio del hombre; admiremos y bendigamos la contrición del moribundo.
DON ÁLVAR.- ¡Y quiere el triste reconciliarse conmigo; conmigo, que fui para con él tan culpado! ¿Por qué no me veo ahora entre el tumulto de una batalla?
ALMIRANTE.- No es de valerosos pechos rendirse al infortunio. Me dijisteis un día que amabais en secreto: creo haber adivinado la causa de vuestra pena desmedida.
DON ÁLVAR.- ¡Cómo! ¿Habéis adivinado?...
ALMIRANTE.- ¡Ni una palabra más!
DON ÁLVAR.- Ni una sola. Y Aldara, ¿qué fue de ella? ¿Debo execrarla? ¿Merece compasión, por ventura?
ALMIRANTE.- Purificará muy pronto su alma el agua del bautismo: hállase en un monasterio, donde con piadosos ejercicios y ásperas penitencias procura hacerse acreedora a ceñir el santo velo de las esposas de Jesús.
DON ÁLVAR.- Él la proteja.
ALMIRANTE.- Cumpliendo las órdenes de la Reina envié a buscaros: yo, por más de un motivo, deseaba que volvieseis. Tranquilizad al Rey, consolad a la Reina: fuerza será que después nos congreguemos todos los buenos castellanos para cuidar de otra desventurada, que no creo que hayáis puesto en olvido. La Patria se verá muy luego en cruel orfandad: la Patria, que es antes que todo.
DON ÁLVAR.- ¿Tan seguro estáis de que también perderemos a la Reina?
ALMIRANTE.- Seguro estoy de que si vive no vivirá para Castilla. La corona necesita dueño: vuelva de Italia, y cíñala otra vez el rey D. Fernando.
Escena III
DICHOS, MARLIANO, el MARQUÉS DE VILLENA, PRELADOS, NOBLES y MÉDICOS; a poco D. JUAN MANUEL, después la REINA, luego HERNÁN.
DON ÁLVAR.- ¿Y Su Alteza?
MARLIANO.- Acaba de abandonar el lecho.
ALMIRANTE.- ¿Con vuestro permiso?
MARLIANO.- No he querido oponerme a que cumpla su gusto.
ALMIRANTE.- Pero ¿sigue acaso en aumento su mejoría?
MARLIANO.- Bien dije yo que ese repentino alivio era anuncio de su próximo fin.
Muévese el tapiz que cubre la puerta de la derecha.
DON ÁLVAR.- ¿No hay esperanza ninguna?
MARLIANO.- Ninguna: mátale una calentura pestilencial incurable.
ALMIRANTE.- Y suponéis que dejará de existir hoy mismo?
MARLIANO.- Esta misma mañana.
Óyese un lamento detrás del tapiz.
DON ÁLVAR.- ¿No oís?
ALMIRANTE.- ¿Qué?
DON ÁLVAR.- Nada: el corazón me engañó, sin duda.
DON JUAN MANUEL.-Señores (Saliendo por la puerta del foro): ya es urgente refrenar la audacia de los flamencos. Que el Rey muere de veneno andan divulgando por todas partes.
MARQUÉS.- ¿Será posible?
ALMIRANTE.- ¡Qué iniquidad!
DON JUAN MANUEL.- Unos achacan el crimen a los agentes del rey don Fernando; otros dicen que la Reina es quien le ha envenenado en un arrebato de celos.
DON ÁLVAR.- ¡Vive Cristo!
REINA.- ¿Que yo he envenenado a mi esposo? (Saliendo de detrás del tapiz.) ¿Eso dicen? ¿Eso dicen? ¡Jesús! No se lo tome Dios en cuenta.
Cúbrese el rostro y solloza.
MARLIANO.- Nos estaba escuchando.
DON ÁLVAR.- ¡Infeliz!
MARLIANO.- ¡Señora!
Acercándose a ella con tierna solicitud.
ALMIRANTE.- No se aflija así Vuestra Alteza.
REINA.- Conque...
Contiene los sollozos y hace, como para hablar, inútiles esfuerzos.
MARLIANO.- Hablad.
REINA.- ¿Conque no hay remedio?
MARLIANO.- ¡Qué no puede remediar la misericordia de Dios!
ALMIRANTE.- Confiad en Él.
REINA.- Y ¿por qué no en vosotros? Llegaos acá. (A los MÉDICOS, que se acercan a ella.) El Rey es joven, sólo tiene veintiocho años: debe haber medio de curar una dolencia cualquiera en cuerpo vigoroso. Recordad bien: posible es que hayáis olvidado precisamente el remedio que nos hace falta; sin duda existe algún bálsamo, alguna planta con virtud suficiente para salvarle. ¿No bastaría toda mi sangre para reanimar la suya? Otro esfuerzo, mi buen Marliano, mis fieles amigos. No; no calléis. Decidme algo, por piedad.
MARLIANO.- Ya hemos hecho por él cuanto estaba en nuestra mano.
REINA.- ¿Y he de perderle? ¡Dios mío, qué enfermedad tan horrorosa! Ha breves días lleno de salud y de fuerza... Hoy ¿quién le conoce? Mañana... mañana... Parece imposible. Nunca imaginé que él se pudiera morir primero que yo.
ALMIRANTE.- Conformidad, señora.
REINA.- Bien procuro irme conformando poco a poco; pero ¡ay! ¡No puedo conformarme, no puedo!
ALMIRANTE.- Dominad vuestra aflicción como cumple a una Reina.
REINA.- Por su vida cuanto poseo; mi cetro por su vida. ¿Verdad, señores, que todos me ayudaríais a sentar en el trono al que lograse evitar su muerte? Dicho está: el que codicie una corona que le salve, que me le devuelva. ¿No sois médicos? ¿No es obligación vuestra curarle? Pues ¡ay de vosotros si le pierdo! Don Juan Manuel, señor Marqués de Villena, creo que sin razón os ofendí el otro día. No me guardéis rencor, sed generosos con esta pobre mujer que tanto padece. ¿No se os ocurre medio ninguno que tentar? ¿No conocéis a alguno que sepa curar este linaje de dolencias? ¿A uno de esos nigromantes que hacen prodigios? Sí, buscad a uno de esos y traedle para que vea a Felipe.
DON JUAN MANUEL.- Al Altísimo pedid socorro.
REINA.- Dios no ha querido oírme. Ni en la tierra ni en el cielo encontré piedad. Almirante, escribid a mi padre hoy mismo; decidle que venga, que Castilla se va a quedar sin Reyes, y mis pobres hijos sin padre y sin madre.
DON ÁLVAR.- Adelantándose. Le escribiremos: vendrá.
REINA.- ¡Don Álvar! No había reparado en vos. El Rey quiere veros.
DON ÁLVAR.-Yo aspiro a la gloria de besar sus plantas.
REINA.- Con pena muy reconcentrada. ¡Se muere, D. Álvar, se muere!
ALMIRANTE.- Considerad que todavía os quedan sagrados deberes que cumplir.
MARLIANO.- A pesar vuestro, os salvaremos si es preciso.
REINA.- ¿A mí podéis salvarme y a él no? ¡Acabarán con mi paciencia! Id, señores; haced que ni un momento se interrumpan las preces en la capilla de Palacio. Orad por vuestro Rey.
MARLIANO entra en el cuarto del REY, y los demás se van por el foro.
Escena IV
La REINA, después el REY, MARLIANO y otro MÉDICO.
REINA.- ¡Que tenga valor! Cuando a ellos se les esté muriendo la esposa o el hijo, iré yo también a decirles que tengan valor. (Medita en silencio.) No hay remedio. Se muere. Dios se le lleva; me le quita porque le quiero demasiado. Me enmendaré. ¡Le querré menos si vive! ¡Ay Dios de mi alma, que si le pierdo voy a quererle más! (Otra breve pausa.) ¡Y no hago nada! Y ¿qué puedo hacer? Siento que no esté Aldara aquí. Dice que se arrepiente de haberla amado. ¿Quién sabe? Quizá viéndola se reanime. ¿Qué no puede el amor? Si muerta yo me llamase él, creo que le respondería. ¡Qué venga esa mujer, que venga al instante! (Da precipitadamente algunos pasos hacia el foro.) ¡Jesús! (Deteniéndose.) ¡Qué infame, qué horrible pensamiento! Loca estoy. Ahora sí que ya no es posible dudarlo. ¡Espantosa locura que me deja conocer quién soy, qué me sucede, cómo y cuánto padezco! ¡Reina Isabel, madre y señora mía: si, como afirman tus pueblos, estás en la gloria de Dios, intercede con Él por esta hija infeliz que dejaste en la tierra: pídele que muramos juntos Felipe y yo!
REY.- Momentos antes habrá aparecido en la puerta de la derecha apoyado en MARLIANO y otro MÉDICO. Ahora se acerca al proscenio y se sienta. Tú vivirás aunque yo muera.
REINA.- Cambiando en apacible la expresión de su rostro. ¿Tú aquí? ¿Es posible? (¡Ay de mí, qué semblante!)
Apartando de él los ojos con terror.
REY.- A los MÉDICOS, que se retiran. Salid: que nadie venga.
Escena última
La REINA y el REY; después el ALMIRANTE, MARLIANO y DON ÁLVAR; luego D. JUAN MANUEL, el MARQUÉS DE VILLENA, FILIBERTO DE VERE, PRELADOS, GRANDES y MÉDICOS.
REY.- Sí; tú vivirás, porque Dios te ordena vivir para un pueblo que en ti sola cifra todas sus esperanzas, y para nuestros hijos, que de hoy más necesitarán doblemente de tu ternura. Y cuando Carlos vaya a subir al trono, dile que al borde de la tumba, sólo por el remordimiento, es el Rey culpado más grande que los demás hombres; dile que si dirige a un lado sus ojos, allí se le mostrará el mal que hizo, cual fantasma implacable; que si los dirige a otro lado, allí, el bien que estaba en su mano haber hecho, le acosa y le aterra; que si los vuelve al cielo, ve entre su culpa y la misericordia divina el mar de llanto vertido por su pueblo. Dile todo el daño que por mí padeció Castilla; pero no le digas el daño que a ti te causé; que deteste al monarca, pero que no aborrezca a su padre.
REINA.- Arrodillándose a su lado y sosteniéndole con sus brazos. No me hables de ese modo; calla, serénate.
REY.- Dios me da fuerza para que pueda pedirte perdón.
REINA.- ¿Perdón?... ¿De qué? ¡Te agitas! Calla, Felipe calla.
REY.- Al morir no se miente. Óyelo: te amo.
REINA.- ¿Me amas?
REY.- Levantándose. Con amor indecible. Quiere el cielo, para mi castigo, que cuando va a cesar de latir, empiece mi corazón a idolatrarte. Permite generosa que te estreche en mis brazos; que ponga mis labios en tu frente purísima. Mas ¿qué digo? Vete, déjame solo: no merezco la dicha de expirar a tu lado. Vete y no llores por mí. Vete y... ¡Oh!
Cayéndose en el sillón.
REINA.- ¡Felipe!
REY.- Llegó la hora de mi muerte.
REINA.- No: te engañas; deliras...
REY.- Dejándose caer del sillón a los pies de la Reina. Juana, perdóname.
REINA.- ¿Qué haces? ¿Qué profieres?
REY.- Pon tus manos sobre mi cabeza y perdóname, ya que tan grande es tu piedad.
REINA.- ¿Yo perdonarte?
REY.- Pronto; no te detengas.
REINA.- Poniendo sus manos sobre la cabeza del REY. Pues bien, sí, te perdono; te perdono, Felipe mío.
REY.- Volviendo a sentarse, ayudado por la REINA. Tu perdón quizá me redima.
REINA.- Alejándose, como con intención de pedir socorro. ¡Oh!
REY.- No; no te vayas.
REINA.- Volviendo a su lado. ¡Ánimo, Felipe, valor!
REY.- ¡Imposible!
REINA.- Vive para tu padre, que tanto te quiere.
REY.- ¡Padre mío!
REINA.- Para tus hijos; para tu Carlos, para tu Isabel, para tu María. Y no ignoras que el cielo iba a concederte otra gran ventura: Felipe, si tienes corazón de padre, vive para ver, para abrazar al hijo que llevo en mis entrañas.
REY.- La vida, Señor, la vida, para hacerla tan venturosa como hasta aquí la hice desdichada. ¡Oh, si yo pudiese vivir, cuánto te amaría!
REINA.- ¡Señor, sólo tú sabes lo que yo por él he padecido, y ahora que me ama, ahora vas a matarle! No, mentira, imposible. No puedes, no debes permitirlo. ¡Señor, que eres justo! ¡Señor, que eres misericordioso!
REY.- ¡Mi Juana!
MARLIANO.- Apareciendo en la puerta del foro. Salen en seguida también por ella D. ÁLVAR y el ALMIRANTE. Llegad.
REINA.- Yendo hacia él. ¡Marliano, Marliano de mi corazón!
DON ÁLVAR.- ¡Señor!
REY.- Don Álvar, vuestra mano; seamos amigos; velad todos por ella.
DON ÁLVAR, arrodillándose, besa la mano que el REY le tiende.
REINA.- Llevándose aparte a MARLIANO. Pero ¿qué es eso? Habla. ¿Es que se va a morir?
ALMIRANTE.- Asiéndole una mano. Fuerza es que nos sigáis.
REINA.- Rechazando al ALMIRANTE y corriendo al lado del REY. Cógele una mano, que, dando un grito, suelta en seguida. Dejadme. ¡Oh, qué frialdad! ¡La frialdad de la muerte!
MARLIANO.- Después de haber tocado al REY. El ALMIRANTE se va precipitadamente por el foro. Avisad, Almirante.
REINA.- Poniéndose delante del REY, como si tratase de cerrar a alguien el paso y dando seriales de verdadera demencia. Allí la veo, que viene a llevársele. No, no pasará.
REY.- ¡Juana!
REINA.- ¡Pasa, pasa a través de mi cuerpo! ¡Se apodera del tuyo!
REY.- ¡Juana! ¡Juana mía! ¡Qué horrible castigo! ¡Dios eterno, piedad... perdón!...
Expira.
REINA.- Arrojándose sobre su cuerpo. ¡Felipe, Felipe!
MARLIANO.- En tono solemne, al ALMIRANTE y los PRELADOS y caballeros que entran por la puerta del foro. El Rey ha muerto.
REINA.- Dando espantoso grito, y levantándose de pronto. ¡Oh!
DON ÁLVAR.- ¡Venid, por compasión!
REINA.- ¿Adónde? Él está aquí; yo con él.
ALMIRANTE.- Ya es tan sólo un cadáver.
REINA.- Pues con su cadáver. Su cadáver es mío. ¡Quitad! ¡Apartaos! (Todos se apartan con profunda emoción.) ¡Mío, nada más! Le regaré con las lágrimas de mis ojos; le acariciaré con los besos de mi boca! ¡Siempre a mi lado! ¡Él muerto! ¡Yo viva! ¿Y qué? ¡Siempre unidos! Sí, muerte implacable, burlaré tu intento. Poco es tu poder para arrancarle de mis brazos. (Cambiando repentinamente de expresión y de tomo.) ¡Silencio, señores, silencio!... El Rey se ha dormido. ¡Silencio!... No le despertéis. ¡Duerme, amor mío; duerme..., duerme!...
Quédase contemplando al REY con ternura inefable.
FIN DEL DRAMA.
Drama histórico en cuatro actos y en verso escrito en colaboración con D. Aureliano Fernández-Guerra y orbe
AL SR.D. MANUEL CAÑETE.
Simbolicen, Manuel queridísimo, nuestros nombres unidos al frente de esta composición, el vínculo indisoluble de pura y tierna amistad que enlaza nuestras almas.
MANUEL.AURELIANO.
En el estreno de la obra, representada el 20 de Abril de I854 en el teatro del Príncipe.
| PERSONAJES | ACTORES |
| DOÑA JUANA DE MENDOZA | Doña Teodora Lamadrid |
| MARINA | Mercedes Buzón |
| DON ALFONSO ENRÍQUEZ | Don José Calvo |
| VIVALDO | Manuel Ossorio |
| BELTRÁN | Joaquín Arjona |
| UN VIEJO | Enrique Arjona |
| MELENDO | Antonino Bermonet |
| LABRIEGO I.º | Pedro Maffei |
| ÍDEM 2.º | Manuel Álvarez |
| ÍDEM 3.º | José Bullón |
| ÍDEM 4.º | Luis Cubas |
| UN ESCUDERO | Esteban Montilla |
| Labriegos, doncellas, pajes y soldados |
La acción pasa en un castillo de la Rioja, año de 1386.
Salón bajo de la casa fuerte de los Mendozas en Villaharta-Quintana, de suntuosa arquitectura bizantina, con puerta al fondo.
Escena primera
VIVALDO, DOÑA JUANA, MARINA y DONCELLAS.
El primero, sentado junto a un bufete, suelta al alzarse el telón un libro en que estaba leyendo. Las otras labran al lado opuesto de VIVALDO.
Escena II
DICHOS y MELENDO.
Entra, MELENDO
Vase MELENDO por la puerta del foro.
Vanse VIVALDO y las DONCELLAS.
Escena III
DOÑA JUANA y MARINA.
Escena IV
DOÑA JUANA y VIVALDO con cartera de despacho, de la cual irá sacando los papeles a que se hace referencia en esta escena y en la sexta.
A MARINA, que entra por el foro.
Escena V
DICHOS y MARINA.
Vase MARINA.
Escena VI
VIVALDO y DOÑA JUANA.
VIVALDO rasga el papel.
VIVALDO, lleno de confusión, hojea varios papeles, y al encontrar con uno, aparece como sorprendido por un feliz pensamiento.
Mostrando el papel que acaba de encontrar.
Escena VII
DICHOS y MELENDO.
Viéndole partir.
Escena VIII
DOÑA JUANA, BELTRÁN y MARINA.
A MARINA.
Vase.
Escena IX
BELTRÁN y MARINA.
Escena X
DICHOS y DOÑA JUANA.
Reparando en BELTRÁN.
Vanse BELTRÁN y MARINA.
Escena XI
DOÑA JUANA. Después un ESCUDERO.
Escena XII
DOÑA JUANA y un PAJE.
Dale un bofetón2.
Pausa.
Asomándose a la puerta del foro y gritando. Aparecen en ella guardias y PAJES.
A los guardias.
A los PAJES.
A los guardias y PAJES, que se retiran.
Después de batallar con mil dudas, en la mayor agitación.
Escena XIII
DICHOS. VIVALDO, MELENDO, BELTRÁN y MARINA. Soldados que permanecen en el fondo.
Presentando una.
Con amarga expresión.
Extrañeza en todos.
Mostrándolo a todos.
Después de una gran pausa, dirigiéndose respetuosamente a DOÑA JUANA.
Reprimiendo apenas su despecho.
A MARINA.
FIN DEL ACTO PRIMERO.
Adarves de la casa fuerte de los Mendozas. A la izquierda la fachada principal y torres de la fortaleza. A la derecha dos cubos elevados. Por el fondo se descubre una amena campiña.
Escena primera
DON ALFONSO, que figura contemplar un caballo. BELTRÁN aderezando varias armas. Algunos PAJES atraviesan la escena con aprestos bélicos.
Luchando consigo mismo.
Sobresaltado.
Con gran impaciencia.
Como tomando una resolución.
Éntrase en el castillo a tiempo que uno de los PAJES que cruzan la escena recoge las armas que aquél estaba aderezando al comenzar el acto y se las lleva por la derecha.
Escena II
Escena III
DON ALFONSO y VIVALDO.
Vase por la derecha.
Escena IV
Escena V
VIVALDO y MARINA.
Reparando en MARINA y como iluminado por una repentina idea.
Momentos de silencio.
Con despecho, aparentando irse.
Con artificiosa dulzura.
Estrechando su mano con entusiasmo aparente, y dando a sus palabras un sentido equívoco.
Escena VI
DICHOS, DOÑA JUANA y BELTRÁN.
VIVALDO se dirige hacia el fondo, donde se encuentra con DOÑA JUANA, que le detiene.
Viendo llegar a VIVALDO.
DOÑA JUANA y VIVALDO bajan al proscenio.
A VIVALDO.
Con misterio.
MARINA hace señas a su tío para que calle.
A VIVALDO.
A VIVALDO.
Dirigiéndose resuelto a DOÑA JUANA.
Bajo a BELTRÁN.
A MARINA.
A VIVALDO.
A VIVALDO.
A MARINA.
A MARINA, con noble satisfacción.
A VIVALDO, impaciente.
Violentándose.
Escena VII
DICHOS. Turba de LABRIEGOS ancianos y lisiados, que vienen por el foro, Después D. ALFONSO.
Entrando.
Con recato.
A DOÑA JUANA.
Murmullos entre los LABRIEGOS.
Desconcertados.
A la turba.
Aparte a D. ALFONSO.
Vuelve a los LABRIEGOS.
A un grupo.
A los más.
Los LABRIEGOS se adelantan hacia D. ALFONSO, y se prosternan ante él.
Separándolos.
Agarrándole por el brazo.
Vanse por la derecha.
Escena VIII
DON ALFONSO y DOÑA JUANA.
Con intención.
Con voz solemne.
DOÑA JUANA sale por la derecha. DON ALFONSO se dirige al castillo. VIVALDO habrá aparecido momentos antes por el foro, permaneciendo oculto.
Escena IX
VIVALDO solo.
Escena X
VIVALDO, DON ALFONSO con yelmo y manoplas.
Deteniéndose al reparar en VIVALDO.
Acercándose a él y en tono afectuoso.
Sin poderse dominar.
Observándole.
Pausa.
Luchando consigo mismo.
Alejándose.
Procurando detenerle.
Manifestando su enojo.
Escena XI
DICHOS. DOÑA JUANA, BELTRÁN Y MARINA, PAJES y ESCUDEROS.
Viendo que permanece inmóvil.
Llevando aparte a su marido.
Alto.
Habla al oído a BELTRÁN a un lado del teatro.
A MARINA, procurando consolarla.
En el centro de la escena, en segundo término.
A BELTRÁN en voz baja.
DON ALFONSO, DOÑA JUANA y los PAJES y ESCUDEROS se dirigen hacia la derecha. MARINA, sumamente afligida, permanece junto al castillo; VIVALDO en el mismo punto en que se hallaba.
FIN DEL ACTO SEGUNDO.
Sala de armas del castillo, con puerta y ventanas practicables en el fondo, que dan a una galería. Puertas en los costados, cubiertas por cortinas árabes. A la derecha del actor, en primer término, un ajimez. Bufete con luces en el lado opuesto.
Escena primera
Mirando por el ajimez.
Vuelve a la escena.
Asomándose al ajimez.
Escena II
BELTRÁN. Un VIEJO.
Pausa.
Vase por el foro.
Escena III
DOÑA JUANA. El VIEJO.
Hace ademán de rendirse a sus pies.
Con intención.
Mostrándola.
Después de firmar la sentencia y entregársela al VIEJO.
Vase por el foro.
Escena IV
Tristemente.
Escena V
DOÑA JUANA y VIVALDO.
Dirigiéndose hacia el ajimez.
Arrodillándose.
Escena VI
DICHOS y D. ALFONSO. Éste entra por la puerta del foro, cerca de la cual se detiene.
Deteniendo imperiosamente a VIVALDO, que trata de levantarse.
Yendo hacia DOÑA JUANA dominado de violento furor.
Con naturalidad y calma que turban a D. ALFONSO.
A VIVALDO.
A D. ALFONSO.
Escena VII
DON ALFONSO y VIVALDO.
Adelantándose.
Sacando la espada.
Desnudando la suya.
Riñen.
Escena VIII
DICHOS. DOÑA JUANA y criados con hachas.
Ora a D. ALFONSO, ora a VIVALDO.
Poniéndose entre ambos.
A VIVALDO.
A D. ALFONSO.
En voz baja, señalando a los criados.
A los criados.
En ademán de herir a VIVALDO.
A VIVALDO.
Como resistiéndose.
Se la arrebata y la tira lejos de sí.
A D. ALFONSO.
FIN DEL TERCER ACTO.
Acto cuarto
La misma decoración del anterior.
Escena primera
MARINA y BELTRÁN.
Escena II
DICHOS. DOÑA JUANA.
Vase.
Vase.
Escena III
DOÑA JUANA y VIVALDO.
Entra en su aposento.
Escena IV
VIVALDO solo. Después BELTRÁN.
Apareciendo por la puerta del foro.
Acercándose.
Vase.
Escena V
Escena VI
BELTRÁN y D. ALFONSO.
Reparando en D. ALFONSO.
Vase por el foro.
Escena VII
BELTRÁN y VIVALDO: después MELENDO; a poco MARINA.
Desde la pçuerta del aposento de DOÑA JUANA.
Con expresión de sentimiento.
A MELENDO, que hace un movimiento afirmativo.
Arrebata a VIVALDO la cartera, y se dirige presuroso hacia la habitación de DOÑA JUANA.
Entra en el aposento de DOÑA JUANA, y MELENDO tras él.
Vase por la puerta de la derecha.
Escena VIII
MARINA y BELTRÁN.
Saliendo enfurecido de la habitación de DOÑA JUANA, con la cartera del despacho en la mano.
Como reproduciendo la conversación que se supone ha tenido con DOÑA JUANA.
Con interés.
Abre la cartera y ojea los papeles, como distraído.
Leyendo uno de los papeles que habrá en la cartera.
Hablando consigo mismo.
Dándosela.
Leyéndola.
Escena IX
DICHOS y DON ALFONSO.
Deteniéndose en la puerta del foro.
BELTRÁN se la da y ella trata de ocultarla entre las manos.
Procurando tranquilizarse.
Adelantándose.
Imperiosamente.
Toma el pliego de manos de MARINA sin que ella oponga resistencia. A una serial imperativa de D. ALFONSO, sale con BELTRÁN por la puerta del foro.
Escena X
DON ALFONSO. Después MELENDO.
Leyendo.
Viendo a MELENDO, que entra por la puerta del foro.
Vase MELENDO.
Escena XI
DOÑA JUANA y D. ALFONSO. Después MELENDO.
Dándosele.
DOÑA JUANA fija en él la vista.
Cubriéndose el rostro con las manos.
Desnudando una daga.
Mirándole cara a cara.
Con imponente dignidad.
Desconcertado por el aspecto de DOÑA JUANA.
Hablando consigo misma.
MELENDO aparece por el foro. DOÑA JUANA se le acerca y le habla en voz baja.
Aterrado.
Vase MELENDO.
Vase por el foro.
Escena XII
DON ALFONSO. A poco MARINA.
Dentro.
Dentro.
Saliendo por la puerta del foro y arrojándose a los pies de D. ALFONSO.
Escena XIII
DICHOS y VIVALDO, que aparece en la puerta por donde antes entró. Después BELTRÁN.
Dirigiéndose a MARINA.
Corriendo hacia el foro.
Corriendo a detenerle.
Poniéndose delante de VIVALDO como para escudarle.
Cayendo a sus pies.
Escena XIV
DICHOS y DOÑA JUANA.
Levantando a VIVALDO, que le besa la mano.
Óyense clarines.
A VIVALDO.
Con viva emoción.
Besa la mano a D. ALFONSO y después se dirige a MARINA lleno de gozo.
En un ángulo del proscenio.
Óyese nuevo toque de clarines.
Abrazándola.
Vase precipitadamente por el foro. BELTRÁN y MARINA le siguen.
Escena última
DOÑA JUANA y VIVALDO.
Arrodillándose.
Levantándose.
Dirígese corriendo hacia el foro.
FIN DEL DRAMA.