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Poesías

José Martínez Monroy







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Al público

     Las poesías de D. JOSÉ MARTÍNEZ MONROY, pocas, y ya ventajosamente conocidas las más, salen a luz, reunidas en un volumen, a instancias y por diligencia de sus amigos, y a favor de una suscripción abierta en Cartagena, en Murcia y Madrid. Muerto MONROY a los veinticuatro años, no pudo su ingenio dar todos los ricos y sazonados frutos que prometía; pero no es de temer que al juzgar sobre su sepulcro sus obras la Imprenta, que tan favorablemente las recibió, niegue al finado los aplausos concedidos al que vivía. En el recto juicio del público español confiamos, y sólo advertiremos aquí a los lectores curiosos, que estas poesías, de intento, no van ordenadas cronológicamente ni por géneros, sino confundidas de manera, que la variedad haga su lectura más agradable.

LOS AMIGOS DEL AUTOR.               



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Biografía

     Después de trascurrido tanto tiempo de la muerte del poeta, renovemos el dolor y las lágrimas, escribiendo algunas palabras al frente de este libro, que es como el testamento de su genio. Confieso que no acierto a empezar, pues la amarga pena que me embarga, no deja espacio alguno al pensamiento. Algunas lágrimas, algún gemido de profundísimo dolor, serán más elocuentes que todas las palabras de los hombres. Sentir, callar, he aquí lo único que se me ocurre en el momento de recoger y guardar en este libro las flores que se han caído de la corona del poeta, las flores que empezaban a dar testimonio de la primavera de su vida. El dolor no tiene palabras; es mudo como el abismo de la eternidad. Analizarlo con la pluma equivale a buscar con el escalpelo el corazón humano. Lo encontraréis, sí; pero lo encontraréis muerto. Yo, si me dejara llevar de mi corazón, vertería un mar de lágrimas, y arrojaría la pluma.

     Y sin embargo, precisa escribir la historia de una vida de veinte y cuatro años, en que apenas se levantaron la esperanza, el amor, la gloria, cuando fueron a dar en la muerte. �Una vida! No la hay, no, en el desdichado poeta; es un sueño, es la vida de la gota de rocío que la mañana llora y el sol seca; la vida de la flor que dura un día; la vida de la golondrina que os anuncia la primavera, y anida un instante en vuestro techo, y se vuelve cantando con sus hijuelos a otras regiones, porque no puede ver la muerte de la naturaleza bajo el sudario del aterido invierno. Soñó, amó, cantó, murió. He aquí la vida del joven que lloramos. Fue como una de esas ilusiones de la juventud, como una de esas esperanzas de amor infinito, de ventura inefable, de gloria sin mancilla, que nos prometen los primeros días de nuestras pasiones, cuando se abre el alma inocente a nueva vida; y que se pierden y se desvanecen al tocarlas, como se tronchan entre los dedos las alas de las mariposas que han encantado en el campo nuestros ojos. Y esa vida tan breve, tan fugaz, ha dejado inmenso vacío en el mundo. Yo acabo de ver la ciudad natal del poeta; el sereno cielo que recogió su primera y su última mirada; los altos montes, titánicos como su genio, alzados a manera de una armadura de la tierra contra las furias del mar; las celestes olas en cuyos misteriosos ecos aprendió las cadencias de sus cánticos; y no he encontrado allí corazón alguno que no guardara dolor por su muerte, ni memoria que no tuviera recuerdo de su vida. Sus amigos me contaban, a cada paso que dábamos por aquellas playas, sus inspiraciones, sus poesías, que brotaban tan espontáneamente en su imaginación, como las flores en el campo. Sus maestros me recordaban las señales que de su genio privilegiado diera desde los primeros años. Los desgraciados que había socorrido en los días de las grandes calamidades e infortunios, me hablaban de su corazón. Y su madre, �ah! su madre no me hablaba, no; lloraba en mi presencia a su hijo con todo el dolor de una madre. Y en el fondo de aquel río de lágrimas, vi un instante brillar la imagen querida del llorado amigo, coronada con todas sus virtudes.

     �Por qué habrá sido tan breve su vida? El inquieto pensamiento del hombre aspira siempre a escudriñar misterios que guarda la eternidad en sus insondables abismos. El eterno misterio es la muerte. Muchas veces, al contemplar el sepulcro de un niño que, del seno maternal, donde apenas ha sentido el calor de la vida, cae en el frío seno de la tierra, he levantado los ojos al cielo involuntariamente, como para preguntar a Dios: ��Por qué le creaste?� �Qué falta hacía en el mundo esa fugaz vida, que no ha dejado ni la huella que deja el insecto en el polvo? �Acaso, caprichoso como el hombre, se gozaría el Eterno en dar el aliento de la vida a las criaturas, tan sólo para estrellarlas contra la fría losa del sepulcro? Nacer para llorar y morir: �verdadera irrisión del destino! La flor que no ha roto su capullo, la mariposa que no ha sacudido su larva, el niño que no ha sentido la vida, �por qué morirán? Sí no tenían destino que cumplir en el mundo, �por qué crearlos? O �es acaso que sobre los soles, sobre los planetas, sobre el hervidero de la vida universal, tiene abiertas sus negras fauces la muerte, y es necesario crear seres destinados sólo a calmar su hambre, para que no devore todo el universo? Y si verdaderamente es incomprensible la muerte del niño, en cuya alma no se ha despertado el ideal de la vida, aún es más incomprensible la muerte del joven que tiene conciencia de su ser, que ha entrevisto su destino, que ha sentido la luz de un ideal misterioso derramarse por toda su alma, que lleva una gran idea en su frente, una sonora lira en sus manos, y cuando apenas ha comenzado a expresar esa idea, a sonar esa lira, se apaga su ser, y pasa como una sombra el que parecía destinado a llenar y embellecer nuestra vida, a dejar el resplandor de su alma en las páginas de la historia. Ideas, amores, genio, esperanzas, carácter, palabra, todo ha sido puesto en él tan sólo para encerrarlo en un sepulcro. �Verdadera desesperación! Aunque golpeemos en las piedras del sepulcro, no responderá la voz de su genio; aunque removamos las cenizas de su cadáver, no se levantará la centella de su vida.

     �Ah! Olvidamos, cuando la muerte nos apena, que la muerte es tan sólo una apariencia. La voz de Dios nos dice que el hombre es inmortal, y que en el sepulcro no ha dejado más que los despojos de su vida terrena, como el guerrero que se desciñe su armadura después de un combate. La personalidad humana, que se levanta en la cima de la creación, como el punto luminoso donde se confunden la naturaleza y el espíritu, subsiste después de la muerte. La idea, la inspiración, todo lo que es infinito, es inmortal. No ha dado Dios a nuestro espíritu esta sed inextinguible de lo eterno, para burlarla siempre. No nos ha dado esta idea de la inmortalidad, para que no tenga realidad alguna. Si el espíritu, la gran unidad de nuestra vida, no fuera perenne, el universo sería una obra sin ningún sentido, la obra de un genio delirante, que habría llenado los espacios de sombras. En la misma naturaleza, la sustancia subsiste, la forma varía. Y el espíritu �había de morir? No, no. Los planetas no son sarcófagos que arrastran montones infinitos de muertos en su carrera; son globos luminosos, desde los cuales abren sus alas etéreas los espíritus, para volar a otras regiones más limpias y serenas. El poeta no muere, como no muere su creación. El poeta no se extingue, como no se extingue su cántico. Es una blasfemia el preguntar a Dios por qué se ha apagado tan pronto la vida del niño, la vida del joven, cuando esa vida ha tomado más intensidad, más luz, subiendo como una llama vivísima a los cielos, y dejando sólo en tinieblas el empedernido materialismo de los que creen que toda vida termina en el sepulcro.

     Sin duda alguna los hombres llegan a imaginarse, en su desvarío, que la mayor dicha es vivir. Por vivir nos afanamos en trabajos continuos; por vivir consumimos nuestras fuerzas y gastamos nuestra inteligencia. Tras la vida andamos desalados, porque creemos que en el fondo de la vida se encuentra la felicidad. Y ese joven que ha roto las cuerdas de su lira, que ha plegado las alas de su imaginación, que ha dado un adiós eterno a sus amores, a sus amistades, a la fugaz vida terrena, �con cuántas ilusiones habrá muerto, que acaso no tuviera, a haber pasado más tiempo en este bajo mundo? Morir creyendo en la amistad, en el amor, en la gloria, en un porvenir de dichas y de triunfos; morir creyendo que los aplausos del mundo valen algo; morir imaginando que los laureles florecen eternamente, sin dejar ni una gota de ponzoña en las sienes; morir en esos instantes en que la virgen del primer amor sonríe en los cielos, y nos promete eterna dicha, y nos jura fidelidad eterna, y llena de encantos con su aliento impregnado de aromas todo nuestro ser; morir sobre esta almohada de flores, donde no ha crecido ni una espina, cuando tantos sueños revolotean alegres en torno de la frente que guarda un poema de amores y de esperanzas; morir de esta suerte es vivir, es cuando menos no haber gustado más que la dulce miel de la vida. Cuente, cuente cada uno los días amargos, las horas de insomnio, los desencantos, los desengaños, las espinas que se le han clavado en su camino, los pedazos del corazón que ha ido dejando por todas partes, la hiel que ha bebido a grandes tragos; y diga luego en presencia de uno de esos sepulcros de los jóvenes, de los niños, sobre los cuales sólo se nos ocurre deshojar algunas flores, diga �con cuánta razón creían los antiguos que los malogrados eran los elegidos de los dioses! �con cuánta verdad ve levantarse la religión una vida de eterna bienandanza, del seno del pequeño ataúd que guarda a un niño!

     Historiemos, pues, la vida del poeta. Había nacido en las regiones meridionales de España. Con sólo leer tres o cuatro versos suyos, nos convenceremos de que no desmentía el lugar de su nacimiento. Así como el poeta del norte tiene algo en su fantasía de las nieblas de su patria, el poeta del mediodía tiene algo de la claridad de su cielo, de los cambiantes de su luz; y su imaginación, como sus torrentes, ya aparece seca y arenosa, ya se despeña desordenada y bravía, arrastrándolo todo en su impetuosa carrera. El poeta del norte es el poeta del alma; el poeta del mediodía es el poeta de la naturaleza. El poeta del norte tiene que replegarse en sí mismo, en su conciencia, para cantar, como el ruiseñor que sólo entona sus gorjeos en la oscuridad de su enramada; y el poeta del mediodía, como la alondra, necesita la clara luz y el inmenso cielo para volar y cantar. Los poetas del norte son los poetas del pensamiento, del dolor profundo, de la inspiración vaga y tenebrosa; en tanto que los poetas del mediodía son los poetas de la luz, de las armonías, del amor arrebatado, de las grandes personificaciones y de las extraordinarias hipérboles. Mas en nuestro tiempo, en que la idea de humanidad va levantándose sobre la idea de raza, y en que el arte ha pasado de su período instintivo a su período reflexivo, el poeta del norte pugna por el lirismo y la armonía; el poeta meridional por el pensamiento y el dolor profundo. Ahí tenéis a Schiller y a Manzoni. El poeta que lloramos, venido a la vida del arte con el pensamiento de su siglo, siendo, como hemos dicho, un poeta esencialmente meridional, aspiraba también a esa idealidad vaga, a esa soñolencia magnética del espíritu, que tantos encantos da al arte en los países del norte. Su oda El Genio dirá siempre que consiguió realizar este ideal de su vida, y que hubiera caminado gloriosamente en pos de esta luminosa estrella de su espíritu.

     Pero si la región de su nacimiento se conoce en su genio, por esas misteriosísimas relaciones que hay entre la naturaleza y el espíritu, su ciudad natal se veía reflejada en su carácter, por esas relaciones ocultas que hay entre nuestra índole y la índole de la sociedad en que vivimos. Cartagena es una de las ciudades más cultas de España. Hay allí algo más de admirar que su seguro puerto, sus magníficos arsenales, su coraza de formidables fuertes; y es el carácter hospitalario, dulce, bondadoso de sus habitantes. La amistad, o no es allí, o es entusiasta. La caridad es la virtud por excelencia de la población entera. He recorrido algunas de nuestras provincias; he visto las hermosas campiñas en que la vida de la naturaleza se ostenta con todos sus matices; he contemplado los grandes monumentos en que nuestros padres, aquella raza de gigantes que sojuzgó la tierra, dejara indeleblemente impresa la huella de su carácter; y nada me ha movido a tan dulces o tan consoladores pensamientos, como aquel hospital de Caridad de Cartagena, obra de un pobre, de un soldado, mantenido hoy como un rico palacio alzado a la desgracia por una población entera, que tiene en aquel hospital su más glorioso timbre. La cultura, la franqueza, la liberalidad, la virtud heroica de la caridad, son los rasgos distintivos de Cartagena, y eran también los rasgos distintivos del carácter de MONROY. Blando, cariñoso, tenía el culto de todas las grandes pasiones que ennoblecen la vida. Como hijo, hablaba siempre de su madre con la elocuencia del corazón, y le mostraba su amor imitando sus virtudes. Como amigo, era un modelo de abnegación, de entusiasmo. Como hombre, se hubiera sacrificado mil veces por el bien y por la libertad de los hombres. Como poeta, jamas consagró su lira al poderoso, jamás cantó a los tiranos que llenan de brillantes crímenes, pero de crímenes al fin, las páginas de la historia: su numen fue siempre la justicia. Las alas de su imaginación no se abrían sobre los sepulcros para levantar de la huesa torbellinos de las cenizas de los muertos, sino que iban a rozar los párpados del desgraciado para enjugar sus lágrimas, y a sacudir una esperanza consoladora en el pecho de los oprimidos. Así la poesía en él no era solamente un arte, era una moral; sus inspiraciones no eran solamente las ideas, eran también la acción. Exento de envidias, de bajas y ruines pasiones, do quiera estuviese el mérito, allí estaba su aplauso; do quiera la libertad y la justicia, allí su corazón y su conciencia: por eso todavía dura y durará mucho tiempo el dolor causado por su muerte; que sólo a las grandes almas concede Dios el premio de verse desde la eternidad tan lloradas en el mundo.

     Bien es verdad que a esta delicadeza del carácter de MONROY habían contribuido poderosamente la educación y los desvelos de su familia. Su madre lo ha tenido estrechado contra su corazón desde la cuna hasta el sepulcro. Su madre le enseñó el primer albor de la idea de Dios que amaneciera en su conciencia, y recogió la última oración que, envuelta en el último suspiro, se exhalara de sus labios. Y el alma de una madre tierna, cariñosa, virtuosísima, se refleja en el alma de su hijo como el cielo en el mar. �Dónde hay una mirada en la tierra que se parezca a la mirada de amor de una madre? �Dónde hay una música semejante al cantar melancólico, plañidero, con que una madre arrulla nuestro sueño y mece nuestra cuna? �Qué elocuencia podrá compararse a su elocuencia, cuando nos habla del cielo, de Dios, de las infinitas esperanzas, de los eternos amores, de la inmortalidad del alma? �Qué desvelos podrán compararse a los suyos, que descubren y adivinan las tempestades del alma en los ojos de sus hijos, y les señalan los escollos, y les muestran el norte celeste que nos ha de preservar de morir arrastrados en el amargo oleaje de nuestras pasiones? �Oh! Siempre que MONROY alcanzaba una gran idea, siempre que hacía una buena obra, mil veces me lo ha dicho, veía aparecer a su lado su ángel custodio, la imagen de su madre.

     Concluida esta primera educación, la educación del sentimiento, pasó a seguir sus estudios en el Instituto de Murcia. No podríamos continuar este escrito sin decir que el padre político de MONROY era tan solícito, tan amante de su hijo, que MONROY nunca se pudo reconocer huérfano. La naturaleza no hubiera podido dar a MONROY un padre más cariñoso. Así es, que viéndose rodeado de una familia tan amante y tierna, crecía la delicadeza, la ternura de su carácter. La virtud que trae el joven consigo en su propia índole, crece, cuando el amor la fecunda, el amor, que es como el rocío del cielo. En el Instituto comenzó a mostrar nuestro llorado amigo la vocación interior de su genio, su numen de poeta. Sabido es que Dios nos da inclinaciones en armonía con el fin último que nos reserva en el plan de su providencia, en el tejido maravilloso de la historia. El hombre puede contrariar esas inclinaciones, desoír esas voces misteriosas de su destino; porque el hombre es libre, y dueño por consecuencia de ser causa principal en la dirección de su vida. Pero no se desoye nunca impunemente ese aviso de Dios que se llama inclinación; no se desoye nunca, sino a costa de nuestra felicidad. MONROY no podía engañarse: era poeta. Y como poeta, si bien estudiaba todas las materias de enseñanza con sin igual brillo y aprovechamiento, las estudiaba para trasformarlas en el horno de su encendida imaginación. El problema de las relaciones del espíritu con la naturaleza, que es el tormento de la Filosofía, se resuelve instintivamente por el arte.

     El poeta ve en su conciencia el cielo, en sus ideas los astros, en sus grandes inspiraciones las flores, en su dolor la tempestad, en sus amores la armonía universal, en el mundo de su conciencia la naturaleza, el universo; y a su vez ve en ese mundo exterior, que parece condenado a la fatalidad, a la insensibilidad, su espíritu, que se refleja en los seres que cruzan los espacios como ideas vivas, en las oraciones que levantan al Creador todas las cosas, desde el lago que duerme en el hondo valle y la flor que se esconde entre la menuda yerba, hasta la alondra que entona el cántico matutino y el águila que abre sus alas en lo infinito; porque la naturaleza y el espíritu en la poesía son como el astro y el éter, como el color y la luz, como la rosa y su aroma, como el cuerpo y el alma, una eterna, una misteriosa armonía. Así es que MONROY, en sus estudios de Psicología, de Física, de Historia natural, encontraba medios de abrillantar su imaginación y perfeccionar el sentido artístico de que pródiga le dotara naturaleza. Con sólo abrir sus poesías, se echa de ver que ha comprendido que el destino del poeta es confundir, compenetrar la naturaleza y el espíritu, para elevarlos después a Dios; que el arte, como la ciencia, es un divino sacerdocio. Estas inclinaciones naturales de su carácter y de su genio debían hallar en Madrid mayor espacio. Nada hay más triste que la oscuridad en una corte, y nada más difícil que abrirse paso entre las gentes. Hay algo más desolado que el desierto y sus abrasadas arenas, y es el aspecto de estas populosísimas ciudades, donde vemos pasar millares de personas que no conocemos, que no se interesan por nuestra suerte, que cruzan un instante a nuestro lado, y que acaso no volvemos a ver jamas en toda nuestra vida. Y es más triste aún esto para el joven que siente su conciencia habitada por el genio, y que quisiera mostrar a cada transeúnte la llama en que se abrasa. La gloria podrá ser vana, los aplausos, un poco de ruido, que se borra en las ondulaciones del viento; pero �ay del poeta que desdeña la gloria, y no siente palpitar su pecho al ruido del aplauso! Nuestro amigo padeció poco ciertamente esa soledad que tanto acongoja el ánimo de un verdadero poeta. Tenía amigos que le amaban, amigos que no sentían el aguijón de la envidia en sus corazones, amigos que le querían más que él se quería a sí mismo. Estos amigos publicaron su oda El Genio, que no era en realidad más que la primera explosión de un gran genio, el cráter de una grande inspiración, que se abría para asombrarnos a todos. Yo recuerdo que no conocía a Monroy cuando leí aquella oda, y que le pregunté a él mismo quién era su autor, y que desde aquel punto fuimos amigos, sin que hayamos podido darnos más pruebas de amistad que aquella que hemos confiado a la muerte; porque él cantó en versos inmortales la muerte de mi madre, y yo, en pobre y desaliñada prosa, no hago más que trazar aquí un prolongado sollozo por la muerte de mi amigo: �triste amistad, cuyos dos monumentos son dos tumbas!

     No me toca a mí hablar del mérito literario de las poesías de MONROY. El autor de Los Amantes de Teruel dirá sobre el mérito de las poesías que publicamos, todo cuanto le dicte su luminoso criterio y su delicado gusto. Pero a MONROY no se le puede juzgar por lo que ha dejado, sino por lo que se ha llevado consigo. La muerte se ha tragado un poeta, y tal vez el poema del siglo XIX. En esas conversaciones íntimas, amistosas, en que confiamos a nuestros amigos todos los dolores que nos atenacean el alma, todas las esperanzas que nos sonríen dulcemente en el cielo de la vida, el malogrado me hablaba de las nobles aspiraciones de su genio. Y en verdad, no podían ser más grandes. Corre como vulgar preocupación que no es posible la poesía en este siglo, tan dado al culto de la naturaleza y al ejercicio de la industria. Sin embargo, a medida que el hombre domina más la creación, y la ve más encadenada a su voluntad, se eleva a un mundo superior de poesía. La creación es el poema de los pueblos primitivos, cuya fantasía, niña, no ha volado aún del nido de la naturaleza. Pero así que el hombre siente que hay algo más allá del mundo material, sí, algo que comienza donde el espacio y el tiempo concluyen, algo que es libre, que es eterno, que posee la idea de lo infinito, que lleva en sí la medida de todas las cosas, el espíritu, en una palabra, nace el gran arte. �Qué es Homero, sino el Sócrates de la poesía, que convierte los dioses, en cuya presencia temblaban los hombres, en reflejos del humano espíritu? Los grandes siglos naturalistas engendran siglos de poesía. El siglo XIV, el siglo de la pólvora, fue el siglo de Petrarca. El siglo XVI, el siglo del telescopio, es el siglo de Miguel Ángel, de Shakespeare y de Cervantes. El siglo XIX, el siglo del vapor y de la electricidad, es el siglo de Rossini, de Byron, de Goethe, de Víctor Hugo. El espíritu que comprende la naturaleza, y ha deletreado sus jeroglíficos, y ha descompuesto el agua y el aire en sus más sencillos elementos, y ha encadenado el rayo, y ha anotado con su matemática sublime las armonías de las esferas, la música de los orbes, el eterno hosanna de la creación; el espíritu necesita lanzar sobre ese mundo de maravillas y de milagros otro mundo mejor, si el arte ha de cumplir su fin de hermosear y perfeccionar la naturaleza. Lo que nos mata, lo que nos hace indignos del nombre de nuestros mayores, lo que nos debilita, lo que convierte a los poetas en hijos espúreos de aquellos titanes que se llaman Lope, Calderón, Cervantes, sin duda alguna es la imitación servil de la naturaleza, la copia descarnada de la sociedad, el grosero materialismo sustituyendo a la idealidad levantada y sublime, que ha sido siempre el numen de la poesía; la apoteosis de lo vulgar, de lo prosaico; el teatro reducido a máquina fotográfica; la lírica, pálido remedo de la forma clásica de los grandes maestros, pero sin ninguna de sus ideas, porque el siglo no lo consiente; el abandono de la poesía épica; el criminal olvido de los dolores trágicos, que han sido los únicos capaces de engendrar esa gloriosa dinastía de mártires que arranca en Prometeo y en Edipo, y concluye en Manfredo y en Fausto, pasando por Segismundo y por Hamlet; en fin, el realismo, que hace del poeta el vil cortesano de la sociedad, cuando debiera ser su ángel, es decir, su guía; y el espíritu reaccionario, que convierte la imaginación del poeta en el ave nocturna de los sepulcros, de los panteones, de las tinieblas, cuando Dios le ha dado alas y cánticos y mirada penetrante y audaz, para que nos anuncie la alborada de los nuevos días del espíritu. Si hay algún siglo verdaderamente épico, es el gran siglo XIX, en que el hombre se siente uno por su naturaleza con toda la creación, uno por su espíritu con toda la humanidad; en que nos interesa desde la historia de los átomos que componen nuestro globo, y por consiguiente, nuestro cuerpo, hasta la historia de las generaciones que han ido formando las ideas que iluminan nuestra conciencia; siglo de síntesis, siglo en que la humanidad ha llegado a tener la conciencia de toda su vida, siglo que está esperando aún el poeta dichoso que escriba su poema, y lo grabe con caracteres de fuego en su inmortal historia. Pero el poeta ha de ser hijo del siglo, ha de tener la conciencia de su idea, ha de trabajar porque se realice esa ley del derecho, en cuya virtud puede asegurarse que caerán todas las cadenas, y será segunda vez creado el hombre. Entonces entonarán los poetas el cántico de la libertad, serán la voz del siglo XIX y los profetas de los tiempos que a más andar vienen sobre nosotros, y merecerán el laurel de la inmortalidad. Estas eran las ideas que inspiraban a MONROY cuando escribía su oda A Italia, su canción El Proscripto; cuando, esgrimiendo las armas de la crítica, hablaba en el Ateneo por la renovación literaria, y en la sociedad librecambista por el triunfo del derecho, por la destrucción de todos esos límites, obra de la tiranía, levantados para no dejar espaciarse al océano de nuestro espíritu en lo infinito, que Dios le ha señalado como su dominio.

     Pero no sólo pensaba MONROY; ponía por obra sus pensamientos. En él la acción acompañaba siempre a la idea. No era uno de esos caracteres que sueñan y pasan la vida soñando; era una de esas voluntades enérgicas que obran, y se gozan en ver la idea tomando forma en la realidad de la vida. Deseaba su grande alma el triunfo del derecho, la libertad en su plenitud, con todas sus consecuencias, y, unido a los que deseaban lo mismo, trabajaba con ellos. Creía en las reformas económicas, en la libertad del trabajo, del crédito, del comercio, y no se satisfacía con predicarlas; fundaba asociaciones numerosas y fuertes para llevar esas ideas a la mente del pueblo, y lograr su triunfo de nuestros remisos gobiernos. Veía alguna obra de utilidad pública, como el ferrocarril de Cartagena a Albacete, que debe ser la vida de su provincia, y escribía y trabajaba, ansioso de que se abriera tan grande manantial de riqueza para su patria. Sobrevenía una calamidad. El cólera diezmaba a Cartagena. La muerte acababa innumerables amigos suyos. El sepulcro abría sus negras fauces, como para devorar una población entera. En tan congojosos momentos no se daba punto de reposo: llegábase al lecho del enfermo, y le curaba como un médico; corría al lado del agonizante, y le consolaba como un sacerdote; tomaba entre sus manos el frío cadáver, y lo amortajaba como un enterrador; héroe de la caridad, poeta, no sólo en sus ideas, sino en sus acciones; joven generoso, que a un gran sentido estético unía un gran sentido moral, en quien el bien y el arte no se divorciaban nunca, siendo la poesía, no sólo la idea de su mente, sino el amor de su corazón, y el numen de todas sus acciones, y la esplendente luz de toda su vida.

     Un alma tan grande �ay! debía consumir el cuerpo que la llevaba, como la luz demasiado viva quiebra el cristal que la contiene. Ha muerto devorado por su pensamiento, calcinado por el fuego de su inspiración. Su poesía, como el rayo, le iluminaba y le mataba también. Débil por naturaleza, no podía sufrir ni el hervor de sus ideas, ni esa lucha gigante de las primeras pasiones del joven, que consumen la vida. Su cuerpo se doblaba hacia la tierra, agitado por su espíritu, como la débil caña tronchada por el viento. Había un desequilibrio sensible, manifiesto, entre su naturaleza y su genio, que traía el desequilibrio entre su sangre y sus nervios. Pobre aquella, agitados y trémulos éstos, como las cuerdas de una lira que ha sonado mucho, enfermo, agonizante, cantaba. No parecía sino que era como una de esas aves canoras, sin más fin que vivir y morir cantando. Destrozáronse su garganta y su pecho. Yo le vi en los últimos días de su enfermedad. No tenía la ilusión y la esperanza de vivir, que suele acompañar la calentura de ciertas terribles enfermedades. Veía llegar la muerte, acercársele a abrazarlo, y la esperaba sereno. Sólo una lágrima se asomaba a sus ojos cuando traía a la memoria sus amores, sus amigos, su madre. No sentía la muerte por sí; la sentía por todos los que amaba. Más que por su dolor, temblaba por el dolor de las prendas de su corazón. La inmortalidad de su alma, la perennidad de su ser eran creencias vivas en aquel religioso corazón de poeta. Cuando me despedí de él, �nos volveremos a ver�, decía, y miraba al cielo. Poco a poco llegó la agonía. Cuando las hojas palidecen y caen, cuando las flores mueren, cuando las golondrinas se van, cuando el ruiseñor calla, murió el poeta. Su vida fue como una mañana de primavera, su muerte como una tarde de otoño. La agonía tuvo la solemnidad, la religiosidad que requieren los últimos instantes de toda vida, esos últimos instantes, que son como el breve epílogo en que aparecen a los apagados ojos todas las ideas y todas las obras de que debemos responder ante Dios. Cumplidos sus deberes cristianos, quiso ver el cielo, como si anhelara medir el espacio que iba a surcar su alma.

     Levantose del lecho en brazos de su madre, se acercó a una ventana y miró a lo infinito. El cielo brillaba con claridad no usada, y las estrellas resplandecían como si quisieran llevar su luz hasta el alma del moribundo. Al ver tanta hermosura, tanta luz, sintió a Dios, y se dispuso a morir en su esperanza. Pero buscaba algo en aquella noche, buscaba un recuerdo de la niñez, una lámpara que ardía en la calle ante la imagen de la Virgen. La encontró, y sus ojos casi apagados brillaron como si tuvieran la luz de los primeros años. La lámpara y las estrellas, el recuerdo de ayer, nacido de la trémula luz, y la esperanza de mañana, iluminada por miríadas de astros; la cuna con sus flores, con su poesía, y la eternidad con su infinita grandeza; la vida y la muerte, la inocencia y la juventud, la fe y la razón; todo cuanto había creído, y esperado y amado, brilló a su vista; y después de haber saludado la vida que se iba y la muerte que venía, se dejó caer sobre su cama, miró las personas queridas que le rodeaban, inclinó la cabeza sobre el pecho, y murió tranquilo y resignado, en la seguridad de que su sepulcro no había de ser más que la cuna de su nueva eterna vida. �Deberemos decir todo el dolor que causó tan triste muerte? Pero �quién podría hablar de ese dolor, cuando todavía lo publican las lágrimas de una madre? Cartagena entera fue llorando a dar tierra a su cadáver. Ya ha pasado el tiempo que basta para matar muchos dolores y muchos recuerdos; y todavía no se ha extinguido el sollozo continuo y amarguísimo que llora su muerte. Sus restos duermen en paz en su sepulcro, donde no falta nunca una corona de siemprevivas. Yo no lo he visitado. Ningún signo material, ni una lápida ni una inscripción me recuerdan los seres queridos con tanta viveza como mis tristes memorias. Hubo un tiempo en que me olvidé de la muerte. Imaginaba que era imposible que la muerte hiriera en mi presencia tantos seres amados, sin herirme a mí mismo. Creía locamente que no podría sobrevivir a tan grandes dolores. He visto morir a mi madre, a muchos queridos amigos, desvanecerse ilusiones y esperanzas que eran la luz de mi vida, y vivo todavía. Pero mi corazón es como una gran tumba, donde ha penetrado el presentimiento de la muerte. Con ejemplos como los del poeta cuya breve vida acabo de escribir, se fortifica el ánimo, y aprende a estar apercibido para el instante supremo en que sea necesario pasar de esta vida. Miradlo. Joven, casi un niño, amado, lleno de gloria, de esperanzas, rodeado de amigos, que le querían como a un hermano... con su madre al lado cuyo corazón debía ser como un escudo que lo preservara de la muerte; seguido de los aplausos del mundo; teniendo la lira en las manos, la inspiración en la mente, el amor en el corazón, el afán de pelear en su deseo, la felicidad en su porvenir; cuando la vida le llamaba con tantos encantos, cuando le sonreía el amor con tantas venturas, cuando no se había clavado ni una siquiera de las agudas espinas de la tierra, y llevaba una corona de flores en sus sienes, agitadas por grandes pensamientos... se despide de nosotros, muere... sin duda porque Dios, que lo había dotado con tantas perfecciones, ha querido que volara por otras más espléndidas regiones, creyendo indigno a este bajo mundo de poseer su amor y su poesía.

EMILIO CASTELAR.               



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Poesías



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El genio

                                          Fulgente rayo de la luz divina,      
que de Dios en la mente soberana
los cielos ilumina,
hijo de la creación, nací potente
en su vasto palacio, 5
del mundo en la mañana,
crecí ensanchando el infinito espacio,
y levanté la inmarcesible frente,
augusta ya, sobre la estirpe humana.
Volé por el Edén; y conduciendo 10
las cintas de mi carro la fortuna,
lanceme audaz, rompiendo
las tinieblas del caos insondable,
y el Éter impalpable
en que flotando se meció mi cuna. 15
Inmensos mares de movibles gasas
en torno de mi solio refulgente
informes se agruparon;
polvo de estrellas anubló mi frente,
y los rayos del sol me deslumbraron. 20
Mas las alas batí, las negras masas
radiante separé; y adonde quiera
que mi afanosa vista descubría
otra luciente esfera,
allí volaba yo: crucé la altura; 25
brillando el cielo frente a mí veía,
el abismo a mis pies negro y profundo,
y allá, a lo lejos, oscilando, el mundo.
Yo vi al Eterno, con la esencia pura
de la edad que pasaba 30
pirámides de siglos amasando;
y en la cúspide yo, siempre yo estaba
sobre el tiempo de ayer mi trono alzando.
Y mi voz resonó en las cavidades
de las vastas alturas, 35
llamando sin cesar a las edades
presentes y futuras,
los siglos que vendrían...
Y en montón acudían,
ciñendo mi cabeza, a mi voz sola, 40
de indefinible y mágica aureola.
Vi las puertas del cielo
rodar sobre sus ejes de diamante
al sentirme pasar, y hollé, triunfante
en mi carrera el primoroso velo 45
de rosas y de flores,
que en mi color tiñeron sus colores:
con el rico tesoro
de mis hebras de oro,
su dulce lira fabricó el Parnaso; 50
el eco de mi voz fue la armonía,
y guirnaldas de nubes, a mi paso,
el coro de los ángeles tejía.
   Y a los mundos bajé: vi las pasiones
y los vicios bullir, salir brotando 55
de mil generaciones
su fuego, en humo sin cesar tornando;
y en un punto radiante y luminoso,
que más que todos a mis pies brillaba,
vi un tropel de mortales, que afanoso, 60
con ciega y torpe y vacilante mano
entreabrir procuraba
de la ciencia el arcano,
de que tan sólo Dios tiene la llave,
y donde el hombre penetrar no sabe. 65
Vi los pueblos nacer; vi las ciudades
bordar de vida la desierta esfera,
y al soplo creador de las edades
elevarse fantásticas do quiera,
sus alas de color desenvolviendo, 70
y hacia mí sus palacios
y sus doradas cúpulas tendiendo.
Sobre un trono de perlas y topacios
vi también la virtud, célica y pura;
y miré con pavura 75
su manto de esplendor y poderío
deshecho por el hombre en mil girones
para ocultar el esqueleto frío
de las torpes y lánguidas pasiones.
Los pueblos y las razas que vinieron, 80
llenas de juventud, de fuego henchidas,
un tiempo por el orbe consumieron
su existencia quimérica, ignorada;
y luego confundidas
rodaron a la nada, 85
y otras razas después las sucedieron.
Y de ese torbellino impetüoso,
en que se agitan siempre las naciones,
vi cien héroes salir, en sus bridones
cruzar el mundo, recorrer la tierra 90
al ronco son de guerra,
y en la diestra el acero endurecido;
y les vi denodados,
roto en chispas el viento
al choque de la espada y al rugido 95
del tronante cañón, en un momento
los límites borrar de los estados.
Hubo un tiempo después, que una mirada
al dirigir fugaz de polo a polo,
tan sólo vi la nada... 100
�Humo y tumbas tan sólo!...
Algunos pocos hombres, que empujaban
hacia el antro vacío
a los pesados siglos que pasaban;
y que después, con loco desvarío, 105
con entusiasmo fiero,
en triunfo conducían
al siglo venidero
en sus hombros robustos y esforzados,
e, insensatos, caían 110
bajo el enorme peso sepultados.
Mas vi también a algunos elevarse
con noble afán hacia el celeste velo,
y mirarme y temblar; les vi adornarse
de refulgentes galas, 115
y en las brillantes y preciosas alas
del arte y de la ciencia, alzarse al cielo,
derramar sobre el mundo la belleza,
y elevar victoriosos
sobre los otros hombres su cabeza; 120
y yo, que los vi ansiosos
de la gloria esplendente
que el talento inmortal siempre ambiciona,
para ceñir su frente
les arrojé un laurel de mi corona. 125
Vi los tronos alzarse, el orbe todo
sembrarse de monarcas opulentos;
más pronto derribarlos en el lodo
vi a las generaciones;
y luego a las naciones 130
miré esculpir sus sacrosantas leyes
en los rotos fragmentos
de las viejas estatuas de sus reyes.
Vi brotar religiones a millares
que en el fondo del tiempo se formaron, 135
y que luego en magníficos altares
los hombres adoraron
con fanatismo ciego;
y a la voz del Eterno
las vi yacer precipitadas luego 140
en miserable y torcedor infierno.
Con sus torres gigantes
vi elevarse los templos soberanos,
y plegarias y cánticos brillantes
lanzar desde su seno los humanos; 145
mas pronto vi también crecer la hiedra
en el ara olvidada,
escribiendo en el tiempo una arruinada,
pero terrible maldición de piedra.
Vi las falsas deidades 150
cruzar con la corona en la cabeza,
al pasar las edades;
llegó por fin de la verdad el día,
y abatí su grandeza,
y mostré su quimérica valía, 155
los altares rompiendo en mil pedazos;
y en seguida las vi contra mi trono
fulminar impotentes anatemas,
y extender hacia mí, con ciego encono,
los raquíticos brazos, 160
entre el polvo buscando sus diademas.
Hoy ya, por los espacios elevado,
donde tiendo mi vuelo,
del sempiterno Dios ante la alteza,
por los genios del orbe rodeado, 165
en las gasas del cielo
envolviendo mi fúlgida cabeza;
mientras los mundos a mis pies rodando,
empujados del tiempo, en sombra vana
cual tenues ilusiones van pasando, 170
esperaré a los mundos del mañana;
y en imperioso tono
sus leyes dictaré, desde el palacio
en que, oculto en los pliegues del espacio,
la diestra del Eterno alza mi trono. 175
Y si atrevido el hombre
quiere seguir mis huellas
y elevar hasta allá su pensamiento,
encontrará mi esclarecido nombre,
bordado con estrellas 180
en el límpido azul del firmamento.


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Toledo

                                          En el corazón de España,      
sobre un árido terreno,
y enfrente de altivos montes,
se alza gigante Toledo:
Toledo, que ahora descansa, 5
con profundísimo sueño,
bajo la pesada sombra
de sus ilustres trofeos.
Aún te acuerdas �oh ciudad!
de los tiempos que ya fueron, 10
en que cien insignes reyes,
más que reyes, caballeros,
a las huestes musulmanas
arrojaron de tu seno.
Entonces, despavoridos 15
ante tus ojos huyeron
los infieles, que algún día
te ocuparon como dueños;
y después una y mil veces,
del descalabro repuestos, 20
te rodearon rabiosos,
tus murallones mordiendo;
y otras tantas en tus campos
su sangre mora vertieron,
eternizando tu nombre, 25
y eternizando sus hechos.
�Toledo! Cuando delante
del tribunal de los tiempos,
en marcha lenta y solemne
vaya pasando el ejército 30
de las ciudades hispanas,
tú llevarás, de derecho,
el pendón, gloriosa enseña
del valor de nuestro pueblo.
Águila imperial, tendiste 35
por los espacios el vuelo;
y aunque las hermosas plumas
ya de tus alas cayeron,
por los espacios rodando
y tus lauros escribiendo, 40
aún conservas en las garras
la ejecutoria y los fueros.
Ahora, vieja cortesana,
vas con afeites cubriendo
las arrugas que te causan 45
las inclemencias del tiempo.
El Tajo va temeroso,
tus regios muros lamiendo,
y arrancándoles el polvo
que los siglos produjeron. 50
�Cuántas oscuras historias,
cuántos tenebrosos hechos,
cuántas famosas hazañas,
cuántos fantásticos sueños,
envueltos en ese polvo, 55
y por el curso violento
del río, al mar arrastrados,
se perderán en su seno!
Allí vendrán los poetas
sus áureas alas batiendo, 60
atravesarán las ondas
del profundo, ignoto piélago,
y moverán las arenas
con avariento deseo,
por hallar entre ese polvo 65
asuntos para sus cuentos.
Vieja eres ya, ciudad mía;
pero yo vieja te quiero,
con tus calles tortüosas,
tus alcázares soberbios, 70
con tus mohosas rüinas,
tus subterráneos inmensos,
do podemos todavía
respirar el polvoriento
aire que tras sí dejara 75
el siglo decimotercio.
Si yo pudiera encender
mi antorcha en el limpio fuego
del sol que alumbra tu frente,
del sol que vela tu sueño, 80
yo descendiera con ella
a tus cavernas, Toledo,
a disipar las tinieblas
de ese incógnito misterio;
a encontrar allá en el fondo 85
los despedazados restos
de alguna historia trazada
por manos de tus abuelos;
a remover los escombros,
y a buscar debajo de ellos 90
testimonios de tus glorias
y de tu gran valimiento.
Páginas con sangre escritas,
que ha medio borrado el tiempo,
y ahora deletreamos 95
con religioso respeto,
testigos que preconizan
los altos e ilustres hechos
de tus honrados mayores,
de nuestro valiente pueblo: 100
del pueblo que, aún hoy soñando
con tus preclaros recuerdos,
combate y vence a la sombra
de tus arruinados templos.
Yo te saludo, ciudad; 105
a tus plantas me prosterno,
y te demando la venia
de penetrar en tu seno,
de registrar tus rincones,
tus caminos encubiertos, 110
tus fortalezas moriscas
y tus palacios iberos.
Yo te saludo: a mi paso
abre las puertas, Toledo;
que quiero aspirar el polvo 115
del siglo decimotercio.


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Las dos purezas

                                          Cierta mañana decía      
a otras flores la azucena:
�Yo crezco pura y serena
ante las luces del día;
   �Mi hermoso cáliz se ensancha 5
siempre que el viento lo agita;
ni el huracán lo marchita,
ni el rayo del sol lo mancha.�
   Y una tierna sensitiva
dijo temblando después: 10
�También mi corola es
hermosa, pura y altiva;
   �pero los rayos del sol
secando mi aroma están,
y el beso del huracán 15
mancha mi casto arrebol.�
   Y Dios, que allá en lo profundo
este coloquio escuchaba,
mientras el cuadro pintaba
de los jardines del mundo, 20
   mandó a las flores preciadas
que de su cáliz las puertas
tenga la azucena abiertas,
la sensitiva cerradas.


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A Dolores

                                          Tengo extendido en el alma      
todo un cielo de inquietudes,
donde el sol de la esperanza
sus claros rayos no luce,
porque mis negros pesares 5
le visten de negras nubes,
y ya no le dan tus ojos,
reflejos para sus tules;
porque mi patria está lejos,
y en ella tu brillo encubres; 10
porque tu ausencia me mata,
sin que el recuerdo me cure;
pues con ansia de llevarla
donde tu fuego la alumbre,
te mando el alma, y con ella 15
también mis recuerdos huyen;
y en el hueco de mi pecho
sólo el corazón produce
un seco y débil latido,
que cuando nace sucumbe. 20
�Si vieras, hermosa mía
el dolor que mi alma sufre,
las lágrimas que derrama,
las penas que la consumen,
cuando sobre mí la noche 25
su triste fulgor difunde,
y abre sus ojos de estrellas
que palpitando relucen,
y oigo la voz de los vientos
que sorda y lejana ruge, 30
y nubarrones oscuros
sobre mi frente se hunden!
Entonces, en ti pensando,
del fondo del alma surge
un apagado suspiro, 35
que entre tormentos acude
a dar al labio una tumba
donde sus ayes sepulte;
que entre cadenas de lágrimas
atado en el pecho cruje, 40
hasta que roto en pedazos
de llanto, a los ojos sube,
y deja escapar doliente,
en sones gimiendo lúgubres
por los labios de los párpados, 45
la voz de la pesadumbre.
Escucha, hermosa doncella,
que siempre presente tuve
en estas horas amargas,
que no ha mucho fueron dulces, 50
vaga imagen de mis sueños,
inspiración de mi numen,
la que por doncella encanta,
y por hermosa presume.
Si no he de ver el tesoro 55
que de bellezas reúnes,
y del beso de tu boca
no he de aspirar el perfume;
si de tus brillantes ojos
no he de contemplar las luces, 60
ojos tan provocadores,
que cuando a mirarte acudes
en los cristales del agua,
te enciende en rubor su lumbre;
si no he de subir al cielo 65
en brazos de tus virtudes,
que nunca torne a mi patria,
ni sus campiñas salude,
ni mire flotar la espuma
de los mares andaluces, 70
ni vuelvan a ver mis ojos
aquellas alzadas cumbres,
escarpadas y soberbias,
de sus montañas azules,
que el aire va coronando 75
con sus turbantes de nubes.
No esperes que en la esperanza
consuelo a mis penas busque,
ni que a mi furia me entregue,
ni que airado al cielo culpe; 80
que es la muerte mi destino,
y ya el destino se cumple.
Tengo extendido en el alma
todo un cielo de inquietudes:
tú eres el sol de mi cielo; 85
y pues de luto te cubres,
mañana cuando la aurora
de sombra al mundo desnude,
diré a la aurora llorando,
en queja sentida y fúnebre: 90
�Detén tus rayos, con ellos
no mis ilusiones turbes;
que en el mundo empieza el día,
pero en mi vida concluye.�


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A don Emilio Castelar

En la muerte de su madre

                                          Oye: sus ondas desatando el viento,      
allá en los senos de la noche avanza:
parece que en gigante movimiento
y arrebatados giros,
ayes, rompiendo las tinieblas, lanza, 5
y que derrama por do quier suspiros.
Mira: las nubes su melena llevan
flotando en el espacio, y en montones
se juntan y se elevan:
parece que, colgando sus girones 10
en la tumba que al mundo encierra inerte,
por la extensión callada
tremolan en los aires de la nada
los negros estandartes de la muerte.
Detén, Emilio, en los nublados ojos 15
y seca el llanto que sin tregua aumentas;
oculta de tu alma los despojos
en este seno amigo:
yo sentiré tus penas cuando sientas,
yo cuando llores lloraré contigo. 20
Pero entre tanto, ven, contempla ahora
la terrible belleza,
las tenebrosas galas
con que adorna su faz naturaleza.
Tiende la noche las enormes alas, 25
crujen los aires, la tormenta llora
sus copiosos torrentes en la altura,
brama la mar y su cubierta oprime
con rudo y sordo acento;
llevada en brazos de los ecos gime 30
la débil voz del desmayado viento,
y en la elevada cumbre
del cielo un fuego ondea,
que a través del espacio centellea,
e irradia oscura, indefinible lumbre; 35
y luego entre los aires se condensa
un fantasma fatal: bajo su planta
el orbe tiembla, la creación se humilla...
Es que lúgubre, inmensa,
la tumba de la vida se levanta, 40
es el espectro del dolor que brilla.
Allí yace tu amor, amigo mío.
�No es verdad que el dolor tiene su goce?
Ese loco, insensato desvarío,
esa pena cruel, pena sublime, 45
que el mundo indiferente desconoce,
ese terrible torcedor que oprime
al triste corazón entre los mares
do brotan y se agitan los pesares,
ese dolor que a la ilusión perdida 50
junto al goce de ayer abre la huesa,
que retiene a la vida
bajo su brazo yerto
con las cadenas de la angustia presa,
esa amargura que del pecho hace 55
un sepulcro desierto
do sólo el alma cual cadáver yace,
�no son también, amigo, una ventura,
cuyo rico ropaje borda el llanto
de horrorosa hermosura? 60
�Dicha fatal, do apaga con espanto
su luz la vida, do la muerte empieza;
placer grande y profundo,
más grande en su fantástica belleza
que el mentido placer que sueña el mundo! 65
Si ese pesar, delirio de la suerte,
que va la flor de tu vivir secando,
que con sus hojas su sepulcro viste,
que la arrastra a la muerte,
pedazos hecha tu ilusión dejando, 70
el mundo no comprende, tu voz triste,
era mi madre, gemirá, mi madre;
y a este grito doliente,
el mundo entero inclinará la frente,
y aunque poco le cuadre, 75
hará justicia a tu dolor eterno,
pues sabe que Jesús fue un hijo tierno
que vino al mundo y que adoró a su Madre.
�No te acuerdas, Emilio, de los días
de la ventura y la niñez pasados, 80
cuando tu tierno rostro reposabas
en sus brazos amados;
cuando un sueño dulcísimo y sereno
y apacible gozabas
en su adorado y cariñoso seno; 85
cuando, aspirando de su amor la esencia,
en sus ojos veías
reflejarse la luz de tu inocencia;
cuando tranquilo tu ilusión mecías
en su puro embeleso, 90
y adornabas tu frente
con el suave y regalado ambiente
del tibio aroma de su casto beso;
cuando �oh fugaces, deliciosos días!
Tú en su dicha soñabas, 95
y al mirar su sonrisa sonreías,
mientras ella jugando
iba con tus cabellos
los rayos de su amor entrelazando?
�Emilio! �qué placer! �te acuerdas de ellos? 100
Huyeron... Sin embargo,
el alma está de su recuerdo llena,
y yo con la memoria
de la pasada historia,
más acreciento tu pesar amargo, 105
añado más angustias a tu pena,
aumento tu aflicción acerba y triste;
porque quizás el llanto que derramas
es el único lazo que aún existe
entre el dolor presente 110
y aquel perdido bien que tanto amas;
porque tu voz doliente,
que siempre por tu madre al cielo ruega,
asciende rauda y a tu madre llega,
y al escucharla siente 115
de abrazarte en el cielo la esperanza,
y aspira con placer la religiosa
plegaria débil que tu labio lanza;
y el beso que murmura
sobre la yerta losa, 120
recoge con afán su sepultura.
Si es verdad que los tiernos corazones
por el amor unidos
enlazan en el mundo sus latidos
con cadenas de bellas ilusiones; 125
si alguna vez también la paz serena
vela su dicha con modesta nube,
�por qué -tú me dirás- esta cadena
que atada está a mi pecho, al cielo sube,
y mi contraria suerte 130
entre su puro azul la ve perdida?
Porque, Emilio, es la muerte
la postrera ilusión de nuestra vida.
Ese suspiro que del pecho inquieto
exhalas por tu daño, 135
es el sordo crujido
que desgarra estridente el esqueleto
de un corazón herido
por la mano fatal del desengaño.
Ve: de tu seno se derrama y crece 140
y se remonta en la extensión serena.
Mira: en los aires su clamor se mece,
y rueda por la altura;
brama su voz y el universo llena;
porque el mundo es no más la sepultura 145
donde yacen los restos de los males,
y que tiñen de pálido topacio
cual cirios funerales
los gigantes flameros del espacio;
y ese sol que entre pliegues va cayendo 150
del alto cielo por la inmensa frente,
sus rayos recogiendo
en el oscuro lecho de Occidente,
es el postrer quejido de agonía,
que entre los mantos de la sombra opaca 155
lanza la luz al espirar el día;
y el cóncavo cenit que se derrumba
por la redonda zona,
es tan sólo la lúgubre corona
que gravita en la piedra de esta tumba; 160
y ese montón de luminarias bellas
que, enredadas en cifras misteriosas
derraman las estrellas,
son las letras del lívido epitafio
que Dios trazó con el pincel del viento 165
sobre la losa azul del firmamento.
Ven, ángel de la muerte,
bate tus alas cual sudario blancas,
ven a acabar tu obra:
el hijo fiel a quien su madre arrancas, 170
que sólo goza con la horrible suerte,
ansia morir, y hasta el dolor le sobra.
Emilio, adiós: te dejo;
pero al dejarte en tu aflicción terrible,
voy a darte un consejo, si es posible 175
que salga de mis labios un consejo.
Aleja de tu mente esos alardes
a que te entrega insano el desvarío
la desesperación, amigo mío,
es el solo valor de los cobardes. 180
Cuando en la sorda, solitaria noche,
estés en tu aposento,
puesta la vista en el tizón que humea
ardiendo en la dorada chimenea,
y recojas tu pecho al sentimiento; 185
cuando la luz dudosa que vacila,
dando sombra a los mármoles, devore
la lágrima que llore
tu cansada ardentísima pupila;
cuando en tu madre pienses, y suspires; 190
cuando con mudo espanto
su bella imagen reflejarse mires
en los turbios cristales de tu llanto;
cuando te entregues a la incierta calma
de tu sueño doliente, 195
y sientas �ay! acariciar tu frente
los fragantes efluvios de su alma,
nunca su voz tu oído desatienda,
que te dice al brindarte su consuelo,
mostrándote la gloria: ésa es tu senda, 200
y ésta es mi gloria, al señalarte el cielo.


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El cielo

                                          Dijo Dios: �La gloria santa,      
que en mi derredor se agita,
quiere una alfombra infinita
donde reposar su planta.�
 
   Y dijo el mundo: �Ambiciono 5
que, colgado en el espacio,
tenga un techo mi palacio,
y tenga un dosel mi trono.�
 
   Los ángeles esto oyeron,
y, al pie de su excelso coro, 10
con sus cabellos de oro
inmensa gasa tejieron;
 
   y, llenándola de rojos
y de blancos resplandores,
pusieron en sus colores 15
todo el azul de sus ojos;
 
   y luego con ricas galas
allí las nubes bordaron,
y en las nubes derramaron
todo el nácar de sus alas; 20
 
   y en la bóveda azulada
pusieron sus leves huellas,
y en la luz de las estrellas
los rayos de su mirada;
 
   la gasa flotó al azar, 25
y el sol y la luna fueron
los florones que prendieron
su ondulación al flotar;
 
   y, en fin, con el ancho velo,
que en la extensión se perdía, 30
los ángeles aquel día
dejaron formado el cielo,
 
   y lo extendieron en pos
por los ámbitos profundos,
para dosel de los mundos 35
y para alfombra de Dios.


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�A Siria!

Canto del griego

                                          Mirad. El sol que se eleva      
de los mares del Oriente
lleva impresas en la frente
manchas de sangre. Mirad.
Y entre los pliegues del viento 5
rueda el eco comprimido
de un gigantesco gemido
que murmura: ��Libertad!�
 
   �Al Oriente! Ya mi espada
quiero blandir, ya sacudo 10
el polvo del viejo escudo:
venid, naciones, en pos;
que allí se derrumba un pueblo,
cuya oscilante cabeza
con inmutable fijeza 15
señala el dedo de Dios.
 
   Pueblo, que dormido canta,
atado a sus tradiciones
con dorados eslabones
de molicie y de placer; 20
torvo cadáver, que arrastra
por los mundos del olvido
un sudario, guarnecido
con los recuerdos de ayer.
 
   Él posó sobre el sepulcro 25
de Cristo su planta osada,
rompiendo la noble espada
de nuestros padres al pie;
él fabricó mis cadenas,
él atravesó los mares, 30
para violar mis hogares,
mi libertad y mi fe.
 
   Mas él mirará temblando
que al nacer el nuevo día,
la cruz en Santa Sofía 35
mis hijos elevarán;
y buscará en el desierto
con los ojos espantados
los restos desparramados
de las hojas del Korán. 40
 
   Ayer a ese pueblo altivo
retó mi ardiente impaciencia,
y un girón de independencia
de sus manos arrancó:
y hoy contemplo que sepulta 45
a mis hermanos sangrientos,
bajo los rotos fragmentos
del pacto que ayer firmó.
 
   �Oh mengua! Caballo, avanza,
a vengar nuestro quebranto; 50
el polvo del Asia es santo,
y quiero aspirarlo ya.
Cruja el aire en la bandera:
avanza, caballo, avanza;
que hasta el hierro de mi lanza 55
ardiendo en rubor está.
 
   Quiero besar las montañas
que mis abuelos pisaron;
los templos que ellos alzaron
de hinojos saludaré; 60
y entre sus pardas rüinas
resonará mi plegaria,
y a su sombra solitaria
de mi afán descansaré.
 
   Sangriento el Líbano arde 65
al fuego del torpe crimen,
las ásperas selvas gimen
al eco de la impiedad:
para lavar esa sangre,
para apagar ese infierno, 70
es necesario un eterno
diluvio de libertad.
 
   Hoy, al fin, de la justicia
resuena la voz tremenda:
�ay del pueblo que no atienda 75
la señal de la expiación!
�A la Siria! Ven, Europa;
que esas razas han dejado
escritos en tu pasado
muchos siglos de baldón. 80
 
   Y aún infesta nuestros lindes
su enorme cadáver yerto:
arrastrémosle al desierto,
y desde el desierto al mar
no más tregua; que si el hombre 85
ha de cumplir su destino,
debe en su largo camino,
lidiar y siempre lidiar.
 
   Alzad, naciones: la hora
que tanto esperó mi anhelo, 90
ha sonado ya en el cielo:
Dios me llama, Dios me ve.
Mañana estaré en el Asia,
y, con la voz poderosa
de nuestro siglo, a la losa 95
de su tumba llamaré:
 
   ��Soñasteis, razas de Oriente,
encadenar la conciencia?
Libertad a mi creencia,
y a la vuestra libertad; 100
luchemos, y que mañana
derrame sus resplandores
sobre un desierto de errores
la estatua de la verdad.�
 
   Y, si caigo, habré acatado 105
la voz de la patria mía.
�Perecerán algún día
mi justicia y mi virtud?
�Acaso no habrá un poeta
que cante al mundo mi historia? 110
�Qué importa! El sol de la gloria
coronará mi ataúd.


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Los dos romeros

Traducción del catalán

                                          Camino de la Fuensanta      
los dos desposados van
a hacer decir una misa
en aquel sagrado altar.
Suben y suben con pena; 5
mas suben sin descansar;
que ya la aurora, de plata
bordando el Oriente está.
Vestidos van de romeros,
que fue promesa formal, 10
si la Virgen con un hijo
premiaba el paterno afán
embarazada va ella,
y de muchos meses ya;
mas no sabe a punto fijo 15
cuándo ni qué parirá.
Y quiere ver a la Virgen,
quiere a sus plantas rezar,
quiere aprender en sus ojos
la suerte y felicidad 20
de aquello que en sus entrañas
está oyendo palpitar.
Y suben, suben con pena;
mas suben sin descansar:
la romera va descalza, 25
descalzo el romero va.
Llevan rosarios benditos
con las cuentas de coral
al cuello, y en cada mano
un encendido cirial: 30
la romera va delante,
y el romero va detrás,
el alma puesta en el cielo,
la fe grabada en la faz.
Y suben, suben con pena; 35
mas suben sin descansar.
Vuelven por fin una cuesta
que sobre la vega da,
y ven que, allí, rodeada
de trémula claridad, 40
en carne y forma mortales
la hermosa Virgen está.
�Santa Virgen, santa Virgen,
rica fuente de bondad,
decid: �será niña o niño 45
lo que de mí nacerá?
Y si es niño, �será cura,
mercader o capitán?
�Será noble, será obispo,
será duque o cardenal? 50
-No será, dijo la Virgen,
ni cura, ni capitán,
ni noble, ni mercader,
ni duque, ni cardenal;
será un ángel de los cielos, 55
que a mi lado cantará.�
 
   Y es fama que la romera
parió un niño celestial,
que al nacer cerró los ojos,
partiendo a la eternidad. 60


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Cruzando el Mediterráneo

                                          �Hermosa noche! por oriente asoma,      
de bruma envuelta en anchurosa franja,
y cruzando sus velos en la altura,
do quiera tibia oscuridad derrama.
Huye la luz, bordando las esferas 5
con ricas orlas de colores varias,
y en los mares revueltos del ocaso
la refulgente cabellera baña.
Tenida en rayos de ilusión, desea
flotar ligera en la extensión el alma, 10
rasgar los tules y aspirar los gratos
frescos aromas que suspende el aura.
Tiembla la brisa de placer, meciendo
los blandos pliegues de ondulantes gasas;
partiendo sombras, las espesas nubes 15
el aire en cintas de arrebol desgarra,
y el cielo por encima de los orbes,
corona de diamantes, se destaca.
�Hermosa noche! las estrellas brotan
cual copos de zafir, rosas de nácar, 20
que al perfumado ambiente de los cielos
sus pétalos de chispas abrillantan.
La luna, su fulgor pálido y triste
rompiendo, bellos tornasoles lanza,
florón do cuelgan los perdidos paños 25
que en la bóveda inmensa se desatan,
encantada azucena, sol de nieve,
globo de luz de rutilante plata,
águila de la noche, que tendiendo
allá en lo azul con majestad las alas 30
reposa sus miradas sobre el mundo;
que entre velos de lumbre pura y blanca,
y en los brazos mecida del espacio,
con sueño arrobador, muda descansa;
y sus rayos en hilos destilados 35
por el tenue vapor rielando pasan,
y mil plumas fantásticas dibujan
del mar tranquilo en las azules aguas.
El mar, undoso ceñidor celeste
que con sus lazos a la tierra abarca, 40
y colgada, en los cielos la suspende,
con un girón del firmamento atada;
el mar, la losa del sepulcro inmenso
que el cadáver del mundo encierra y guarda,
do sus copas altísimas cimbrean, 45
cual sauces de la muerte, las montañas;
el mar, que empaña su cristal bramando,
al aliento que el aire desparrama,
sepultando una ola en otra ola,
que se pierden gimiendo en sus entrañas, 50
cual del triste los míseros gemidos
se pierden en el mar de la esperanza.
Allá, extendida en la dudosa línea
que en el vasto horizonte se señala,
donde las ondas apacibles mueren, 55
donde se besan con amor las aguas,
cual tierno corazón que infunde vida
en el gigante mundo, late Italia.
Pedazo de la lumbre de la gloria
que las cenizas de la tierra inflama; 60
mentira hermosa, del Edén caída;
de una bella ilusión sagrada estatua,
que yace sepultada entre ilusiones;
lira doliente, melodiosa arpa,
que del cielo en la crespa cabellera 65
sus cuerdas de marfil y oro enredaba,
hasta tanto que al mundo desprendida,
osaron los tiranos desgarrarla,
para tejer con ella sus coronas,
para cubrir de su borrón la infamia. 70
Y hoy sus tonos armónicos anega
entre el llanto inmensísimo que abrasa
los senos de la mar, como los mártires
anegan sus quejidos entre lágrimas;
y hoy descansa en monótona agonía, 75
con laureles de espumas coronada,
blancas flores del campo de los mares,
que su perfume de murmullo exhalan;
y al aire da su llanto dolorido,
y al aura dice, si la besa el aura, 80
que pida al cielo libertad y vida,
�ay! porque vida y libertad le faltan.

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