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Génesis

                                            Era la nada: entre sus vagas olas      
de la creación el germen fermentaba,
y el ser de Dios sobre su faz vagaba,
meciéndose en informes aureolas.
Era una voluntad omnipotente, 5
un espíritu puro, que latía
sobre la misma nada, y que vivía
creciendo eternamente
y más allá: una esencia
en los arcanos de su ser perdida, 10
y en su propia grandeza confundida,
que prolongaba siempre su existencia,
creaciones tras creaciones hacinando,
y nunca al linde de su ser tocando.
Era un presente misterioso, inerte, 15
flotante en el aliento,
pesado y soñoliento,
de un pasado sin fin, teñido en muerte;
y envuelto en el presente y el pasado,
era también quizá lo venidero, 20
en medio de la nada aprisionado,
y muerto sin nacer; y era el primero
crepúsculo del caos mudo y frío.
Era la eternidad, lo inmenso era,
espacios tras espacios, y el vacío, 25
y espacios más allá: Dios por do quiera.
 
   En el primer instante,
el caos, sombra augusta, vacilante,
que el Hacedor Supremo proyectaba
allá en la inmensidad, aparecía, 30
rebosando en sí mismo alborotado
y ciego y bramador se revolvía,
oscilando y rugiendo,
y sus cóncavos senos retorciendo.
Mas Dios apareció: su fuerza santa 35
desarrolló de la creación la alfombra
delante de su planta,
hendió los aires, por la opaca sombra
derramó su mirada omnipotente,
arrancó la diadema de su frente, 40
alzó en los aires la terrible diestra,
y de la altura en la perdida zona
dejó grabada su divina muestra,
al sellar el cenit con su corona;
y al círculo trazado 45
en la negra extensión, rasgose el velo
de la cubierta oscura, y tachonado,
tendió sus ondas el azul del cielo.
Bajó su mano el Hacedor, quebrando
el fondo de los antros, y mostrando 50
en los senos oscuros
de su eterno poder el signo escrito;
en hondos pliegues separó las sombras,
y sus brazos gigantes
cimentaron los muros 55
que, allá en el infinito,
sostienen al pesado firmamento;
en hojas tremolantes
los mantos del abismo se rasgaron,
y sus negros jirones humeantes 60
del espacio en los límites colgaron;
y, pesando después sobre la cumbre
la voluntad de su divina Esencia,
al gravitar la enorme pesadumbre
sobre el revuelto caos, 65
quebráronse sus ejes rebatidos;
tronó la Omnipotencia,
gimieron los espacios comprimidos,
sus torrentes los tiempos desataron,
en el fondo sombrío 70
los informes abismos se cuajaron,
suspiró lo profundo,
y por los vastos poros del vacío,
condensando las sombras, brotó el mundo.
 
   Y dijo la Potencia soberana: 75
�Hecha sea la luz.� En el instante,
con su pura mirada centellante,
tiñó de roja grana
y de cárdena aurora las alturas,
rasgó del firmamento 80
las bóvedas oscuras,
y sus rápidas ráfagas tejieron,
cruzando por el éter inflamado,
áureo dosel de soles,
que, desprendidos al azar, cayeron, 85
bordando los espacios de arreboles;
y la sombra deshecha,
mostró su negra masa encadenada
del abismo en los senos, y bañada
de lívido fulgor... La luz fue hecha. 90
 
   �Haya luz...� y hubo luz. Rodó el acento,
por el viento sus olas derramando,
y luz do quiera derramaba el viento;
y la luz, desplegando
su blonda cabellera, 95
por la extensión de la dorada esfera
tendió sus ígneos y revueltos mares
de rojas ondas, y en su lumbre luego
encendieron los altos luminares
sus fantásticas flámulas de fuego. 100
La luz reinó en el orbe; en su alegría,
besó la frente pálida del día,
y, con su dulce beso,
al sol dejó sobre la frente impreso;
lloró después, y al enjugar el llanto 105
con el celeste manto,
grabó en él las estrellas una a una;
y abrió, por fin, la concha de la noche
desprendiendo del nácar de sus nubes
una perla blanquísima: la luna. 110
 
   Las nubes, leve incienso
quemado en el inmenso
pebetero del mundo, desgarradas
por la mano del trueno,
y en torrentes de mares transformadas, 115
cayeron sobre el seno
de la candente mole de granito;
y, a los ecos del grito
que allí exhalaron las hirvientes aguas,
temblaron en redor los horizontes, 120
hundiéronse los valles,
alzáronse los montes,
rugió, agitando en vano
el líquido Océano
sus ásperas cadenas de huracanes, 125
y el fuego interno, ahogado y sorprendido
bajo esta red de hielo,
lanzó entre lava su postrer gemido,
elevando hasta el cielo
la comprimida voz de los volcanes. 130
 
   Sobre la faz del sólido cimiento
tendió la flora su pomposo encaje;
vistió el fauno sus galas;
con latido violento
movió la sangre el pecho de la fiera; 135
el ave, suspendida en el ramaje,
lanzó a los aires las inquietas alas;
y, al estrechar la tierra placentera
en su seno materno
a la nueva creación, en él mecida, 140
sintió bajo sus plantas el Eterno
rodar el mundo y palpitar la vida.
 
   Llegó el último día:
la materia, arrancada
por la Esencia creadora 145
de las espesas garras de la nada,
oyó sonar la hora
final de la creación, y entró humillada
en el sagrado templo
de las obras de Dios, que aparecía 150
con los destellos de su luz radiante,
y por la inmensa inmensidad flotante.
 
   Después, bordadas las ligeras alas
con el fulgor del cielo,
coronada la frente de laureles, 155
atravesó el espíritu
con silencioso vuelo
de la mansión augusta los dinteles,
e imprimió en la materia
un ósculo dulcísimo. Entre tanto 160
los orbes detenían
su incontrastable curso, y conmovían
la cúpula del templo con su canto;
oscilando, los aires elevaban
sus inciensos de nubes a la altura, 165
y los astros teñían
con luz brillante y pura
las cimbrias del celeste monumento,
y, cual gigantes lámparas, pendían
de la bóveda azul del firmamento. 170
 
   Y materia y espíritu, enlazando
sus castas frentes bajo el ancho velo
que se pierde en los ámbitos del cielo,
prometidos esposos,
que al fin iban a unirse, se estrecharon 175
en abrazo de amor, y silenciosos,
sobre la faz del mundo se postraron
delante del altar. Mas de repente
tembló la inmensidad; bramó en el caos
el orbe confundido; 180
un silencio imponente,
llenando mudo la creación entera,
brotó de los profundos;
en su eterna carrera
paráronse los mundos; 185
heló la luz su fuego; suspendida
en rudo pasmo, vaciló la vida;
ahogó su ronco aliento
el eco enorme de la voz del viento.
Y adelantose Dios: su soberana 190
diestra bajó de la azulada cumbre,
cruzó rasgando la extensión lejana,
levantó de la esfera la techumbre,
ciñó la casta sien de los esposos,
unidos ante el ara en tierno abrazo 195
con la nupcial diadema,
y sobre el santo lazo
dejó caer la bendición suprema.
 
   Inclinada la tierra aparecía
ante tanta grandeza 200
en el momento aquel; naturaleza
su engalanada frente
con pliegues mil de oscuridad ceñía,
y las sombras espesas de Occidente
borraban en montón de su cabeza 205
el rojo rayo de la luz del día;
los cielos coronaban las azules
cimas del horizonte con sus tules
flotantes y talares,
que al espacio en su círculo encerraban, 210
y que, ciñendo la extensión, colgaban
sobre la inquieta espalda de los mares;
el sol, bordando el azulado techo
de pálidos fulgores,
reclinaba sus sienes en el lecho 215
que brindaba la noche a sus amores;
y el mar, meciendo su cristal brillante,
recibía anhelante,
con lánguido desmayo,
el dulce beso de su triste rayo. 220
�Imagen hechicera!
�Visión majestüosa!...
Porque la tierra era
el dedo de la esposa,
el anillo nupcial era el espacio, 225
el sol era un topacio,
que de la gloria el brillo
dejó engarzado en el inmenso anillo.
 
   La verdad, la virtud y la hermosura
en las puertas del cielo presentaron 230
al fruto de esta unión, de gracias lleno,
a recibir con el bautismo un nombre;
y Dios al punto le acogió en su seno.
Era la flor más pura
del jardín de los mundos: era el hombre. 235


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Fragmentos



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El telégrafo eléctrico

Fragmento

                                            �Adónde vas, humanidad, perdida      
por el incierto y mágico camino
que acerca tu destino
a los últimos lindes de la vida?
�Adónde vas? Tu osada fantasía, 5
no cabiendo en el mundo, rompe y crece,
y a otro espacio se lanza y se desvía.
La tierra se estremece
al impulso del rudo movimiento,
la bóveda del cielo se levanta, 10
se oprime el aire, se amontona el viento,
y cruje el firme asiento,
del estridente golpe contrastado.
�Será que el tiempo que pasó, aterrado,
del insondable porvenir se espanta 15
y al penetrar en tu futura historia,
se abate y se derrumba,
y tiembla de pavor bajo su tumba?
�Será que el peso de tu inmensa gloria
sobre el orbe gravita, 20
y el eje poderoso
de la gigante máquina del mundo,
cual masa inerte, suelta
al aire vagoroso,
se agita y desparece en veloz vuelta 25
en los oscuros senos del profundo?
 
   Tú vuelas incesante,
y en vano anhelo el pensamiento ansía,
vacilante y sin tino,
seguir do quier tu procelosa vía, 30
penetrar no pudiendo
dentro la sima tenebrosa y honda
hacia que vas, en alas del destino.
Detente, y deja que mi frente esconda
entre el revuelto y denso remolino 35
del polvo que tu planta
en su carrera rápida levanta;
permite que pasmado
tu afán contemple, y con espanto vea
si, airada y orgullosa, 40
has acaso en tu furia traspasado
la línea misteriosa
que el dedo eterno de tu Dios ha escrito
en el linde fatal del infinito.
 
   Tú surges en el mundo, cual la aurora, 45
borrando impuras sombras,
de los profundos senos se dilata,
tendiendo las magníficas alfombras
de nácar y de plata
por los revueltos mares, 50
y derramando el fúlgido tesoro
por las cimbrias del cielo, se desata
en luces de esmeraldas y de oro.
Brotas, bullendo por la faz extensa
de esta mole de piedra, que algún día 55
bajo la enorme pesadumbre inmensa
de otra más grande humanidad gemía;
helada roca que quizás cruzaba
la noche de los tiempos, y pasaba,
de mil pueblos las tumbas encerrando, 60
de otro mundo tal vez cadáver frío,
que vagaba al acaso en el vacío,
su sudario de nubes arrastrando.
 
   La nada eras ayer, y eres el todo.
Ayer también, y al sacudir tu frente, 65
las tinieblas del caos...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
                                (Falta lo demás.)


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El arte

Composición sin concluir

                                            Si en el raudo discurso de la vida      
pudisteis una vez el pensamiento
lanzar a mi región desconocida,
adivinar, mortales, mi existencia,
el dulce son de mi armonioso acento 5
sentir acaso, y en inquieto anhelo
soñar mi ser y adivinar mi esencia;
si reflejado visteis en el cielo
cuanto, envuelto en las ondas del profundo,
trazó el Ser de los seres Soberano 10
con su potente mano
en el libro fantástico del mundo;
si osados descubristeis mi belleza
tras el espeso velo
con que oculta su faz naturaleza; 15
si admirasteis mi célica hermosura
entre las nubes densas y flotantes
que oscurecen mi cielo,
y, cual chispas brillantes
de inmarcesible gloria, santa y pura, 20
visteis resplandecer las luces bellas
de sus radiantes, fúlgidas estrellas;
todos llegad, mi diestra omnipotente,
mortales, a besar: quiero elevaros
hacia mi excelso trono, y frente a frente, 25
con el sol de mi fama,
a la luz de la gloria contemplaros.
Mi espíritu fecundo ansioso os llama
porque voléis tras él; mi voz os nombra:
postrad las frentes ante el ara mía, 30
y el polvo de mis plantas removiendo,
flores buscad, que nacen a mi sombra;
y rosas y laurel entretejiendo,
coronad vuestra rica fantasía.
 
   Cuando el mundo sus huellas arrastraba, 35
por los confusos límites del tiempo
vacilante vagando;
cuando el germen del hombre se agitaba
en su rugiente seno,
y perdido, al azar iba cruzando 40
de negras sombras el espacio lleno,
por servirle de guía
el cielo me envió: cortó ligera
los aires azulados
la augusta planta mía; 45
y vieron admirados
brotar laurel su sien, a los destellos
de mi luz, los humanos, y con ellos
seguí del cielo la inmortal carrera.
Y a las puertas llegué, y allí presido 50
la máquina del orbe; y las deidades
cuyos templos alcé, mi templo adoran.
Revuelvo y amontono las edades
en incierta y bullente fantasía;
mis matices coloran 55
la ruda y terrenal naturaleza,
y al sonante sonido
de la palabra mía,
por cauces de belleza
miro correr torrentes de armonía; 60
y allí mi trono fúlgido ilumino,
y allí el sagrado de mis glorias fundo,
y, a los dulces latidos del divino
corazón del Eterno, vibra ardiente,
el limpio rayo de mi augusta mente, 65
instrumento de Dios, alma del mundo.
Del empíreo a la cumbre
impávido ascendí; su pensamiento
arranqué al Hacedor, y la memoria
bañé del hombre en su preclara lumbre; 70
y al poderoso aliento
de la divina inspiración, trazada
miré do quier por la falange humana
la huella soberana
que yo soñé, y eternicé su gloria. 75
Si aún está de vosotros ignorada,
si, ciegos a los rayos eternales
de mi esencia infinita,
no la visteis cruzar los altos cielos,
deletread, mortales, 80
en los flotantes, desplegados velos
del tiempo que pasó, mi historia escrita.
Ved las nubes purísimas que un día
el trono de los ángeles formaron,
cuál los aires cruzaron, 85
y proclamando la victoria mía,
mis fantásticas obras coronaron.
Ved los hombres nacer, las sociedades,
reuniéndose, formar y las naciones.
Mirad desarrollarse las edades 90
sobre el manto del caos, y las olas
de la naciente humanidad, creciendo,
del orbe hasta las últimas regiones
la fama de mis lauros extendiendo.
Mirad al tardo paso 95
con que el mundo se arrastra por la vida,
afirmarse mi imperio soberano,
a la luz de la gloria esclarecida,
en regio solio, inmarcesible asiento:
así los tiempos sin cesar rodando, 100
cada siglo un altar me alzaba ufano,
cada generación un monumento.
�Quién rigió sus destinos? �Quién entonces,
de los hombres la prez divinizando,
lanzó a la eternidad su nombre, escrito 105
en mármoles y bronces,
por el vasto confín del infinito?
�Quién sembró en los espacios,
con incesante anhelo,
pirámides gigantes y elevadas, 110
y circos y palacios,
y templos y basílicas sagradas?
�Quién sus agujas escondió en el cielo?
Sus imágenes bellas �trasladadas
por mi pincel no fueron? �Quién al lienzo 115
la vida supo dar? �Quién inspiraba
los sentidos dolores,
los dulcísimos tonos del Profeta,
que, triste y melancólico, cantaba
cuando Sión caía? 120
�Quién esparció en los aires la armonía?
�Quién coronó de flores
el arpa melodiosa del poeta?
Yo solo fui, yo solo. Vi los reyes
del Olimpo saliendo, 125
y a los antiguos pueblos dirigiendo:
sus bustos peregrinos
en mil estatuas levanté inmortales,
que existieron eternas, presidiendo
de los pueblos futuros los destinos. 130
Mis manos modelaron
la dura piedra en que sus santas leyes
los humanos trazaron,
y en el alcázar de la fe guardadas
por mis ángeles fueron; 135
y con el óleo de mi santa esencia
consagré de los héroes las espadas;
y los sabios trajeron
a mi altar las primicias de su ciencia;
y a los dioses profanos, que algún día 140
inciensos mendigaban y loores
ante la gloria mía,
aras labró mi diestra omnipotente,
sus deleznables templos levantando,
adornados de flores. 145
 
   Pero siempre mi ser lució esplendente,
sobre las altas cúpulas brillando;
y yo, que fui, que soy, que seré siempre
sobre todo lo humano; que en mi mente
encierro al Todo, y en mi ser existo... 150
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Llegó la hora suprema,
y ante una cruz que destilaba sangre
doblé mi alteza, y prosterné mi frente
ante el divino resplandor del Cristo... 155
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
   Las pasiones del hombre, que volando
en torbellino bramador y ciego,
y en espantable confusión tronando,
agostan con su fuego 160
del corazón la tímida ternura,
y se agitan, rompiendo
el límpido cristal del alma pura,
sujetas a mi yugo soberano,
tiemblan bajo mi mano, 165
culto a mi imperio triunfador rindiendo.
La gloria, la virtud, el sentimiento,
las dichas, los dolores,
la agitación fugaz del pensamiento,
cuanto de vida el universo llena, 170
fantástica cadena
es de mágicas flores,
que en mi diestra radica, y con sus lazos
voy sin cesar uniendo los pedazos
del agitado espíritu del mundo; 175
y a mi libre albedrío,
por el antro profundo,
su carrera gobierno en el vacío.
Amor, divino amor, tú solo, un día,
en alas de la inquieta fantasía 180
soñaste a mí llegar: en los cristales
de mi luciente y celestial grandeza
miraste reflejarse tu belleza,
y volviste a caer; si los mortales
tu gigante poder sienten y admiran, 185
y en tu brillo hechicero,
engañados, te miran
más que yo levantarte, es porque quiero
que, adornado de regios oropeles,
te remontes ufano 190
con temblorosa mano,
mis sienes a ceñir con tus laureles...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
   Luce el día por fin: el tiempo pasa
con su manto de siglos, impelido 195
por el soplo de Dios en raudo vuelo;
la negra y densa y tenebrosa masa
que en su crespón oscuro
envuelve al ser humano, sumergido
del globo en la estrechez, se rompe al cabo, 200
y aparece Platón, hijo del cielo.
Nace inmortal entre el ambiente puro
de divina ambrosía,
y del Edén con el fulgor vestido,
baja a la tierra en el grandioso día, 205
a esconder en sus senos la memoria
de las bellezas que admiró en la gloria.
La dilatada zona,
del rayo contrastada, cruje ardiente
cuanto el mundo en sus límites encierra, 210
en confuso desorden se amontona,
y acuden las naciones a la frente
de otras naciones a arrojar la guerra;
los aires oscilantes
pesan, del polvo de la muerte llenos, 215
y el fuego de los muros humeantes
de la soberbia Troya
con su sangre enardecen los helenos.
Sobre la abierta tumba del pasado
suena el canto guerrero 220
del pueblo vencedor, que alza potente,
ante el pueblo admirado,
la voz sonora del divino Homero.
Vedle: la calva frente
hacia el suelo inclinada. 225
�Tanto pesa su gloria!...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
                                  (Falta el resto.)


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Ecos en la noche

Fragmentos

                                            Llegué a la cumbre al fin: la piedra dura      
del monte, que sus rocas desmelena
entre los pliegues de la sombra oscura,
bajo mis pies hollé; la noche fría
su frente alzó serena, 5
y en ella descansé la frente mía.
Ansió mi pecho el inmortal consuelo
que en los cielos se encierra,
y apoyando mis plantas en la tierra,
conseguí con afán besar el cielo. 10
Dejó escapar su aroma perfumado
la flor del infinito,
y vino a confundirse con mi aliento;
y a este beso sagrado,
quedó, con el color del firmamento, 15
el nombre Dios sobre mi labio escrito.
He aquí por qué ese Dios en mi memoria
vive, y late en mi virgen fantasía;
he aquí por qué los mármoles y bronces
de la tierra cantaron su poesía, 20
y por qué desde entonces,
queriendo el arte reflejar su gloria,
a los labios del hombre
les fue preciso articular su nombre.
 
   Huyó el sol al ocaso, 25
revolviendo en el mar su roja lumbre;
lanzó la noche su gigante paso,
y bordando del aire en la alta cumbre
con montones de sombras sus colores,
tendió su manto en la región do duermen 30
su sueño los horrores,
y allá batió sus alas siempre oscuras,
con negros pliegues envolviendo al mundo,
de pardas nubes erizando al cielo,
atando con sus lazos las alturas, 35
y en fin, rodando derrocada al suelo.
 
   Las voces de los aires resonaron,
cortando la tiniebla,
y entre el sudario de la espesa niebla,
pavorosos gemidos derramaron. 40
Las montañas gigantes
lanzaron, elevándose, al espacio
sus cimas arrogantes,
como tropa de espectros, que trayendo
de la creación al mágico palacio 45
sus alzados pendones de victoria,
los fueran en los cielos extendiendo,
ornando las esferas,
al entonar el cántico de gloria,
con el manto talar de sus banderas. 50
 
   Y sus velos oscuros
los llanos a lo lejos extendían,
témpanos negros, que la sombra helaba;
y en los dudosos apartados muros
que al vasto firmamento circuían, 55
perdido el horizonte se enredaba,
y el mundo, cual fantasma vaporoso,
se alzaba tenebroso,
oscilando en los aires del misterio;
y allá su inmenso cinturón ceñía, 60
alrededor de la llanura extensa,
el cóncavo hemisferio,
enorme cráneo, donde el mundo piensa.
 
   Era la noche en fin. Yo vacilaba
sobre la enhiesta roca, contemplando 65
con estupor profundo
el grandioso silencio que pesaba,
helado, sobre el alma, y admirando
la gigantesca soledad del mundo,
que desierto, imponente, 70
desplegaba a mis pies su negra alfombra,
mientras sobre mi frente,
bañada en mares de revuelta sombra,
ecos tristes y roncos resonaban
hiriendo la extensión con golpes secos. 75
Rompió, por fin, del pecho las prisiones
mi voz vibrante, y preguntó a los ecos:
��Por dónde debo dirigir mi planta
a la hermosa mansión que, entre montones
de locos sueños, mi ambición levanta? 80
�Cómo la antorcha de la mente mía
encender en la luz de la poesía,
y a su fulgor brillante
recorrer las rüinas de la historia,
y escribir anhelante 85
en los pardos escombros
de los pasados siglos mi memoria?
�Cuál es la senda que a la historia guía?
�Cómo atar con cadenas de laureles
al alma, que en mi seno vaga incierta? 90
�Cómo subir al encantado templo
de la inmortalidad, y en sus dinteles
osado penetrar? �Cuál es la puerta?
 
   �Esta�, dijo una voz . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Alzábase el altar: naturaleza
su coronada frente
con pliegues mil de oscuridad ceñía, 100
y las sombras espesas de Occidente
borraban a la par de su cabeza
el rojo rayo de la luz del día.
En la celeste cumbre
del encantado templo, las estrellas, 105
antorchas de los ángeles, brillaban,
y recamados de guirnaldas bellas
de misteriosa lumbre,
los azulados velos
con su pesante inmensidad colgaban 110
de la bóveda augusta de los cielos.
Esperaban los orbes el momento
con silencio profundo,
y rasgando la luna el firmamento,
cual lágrima postrera desprendida 115
del llanto del crepúsculo y vertida
del aire en los cendales,
con tibia palidez bañaba al mundo,
do los seres mortales
en blando sueño, a su fulgor, dormían, 120
y las flores abrían
su perfumado broche,
exhalando su aroma entre los giros
do mece sus suspiros
y su aliento suavísimo la noche. 125
 
   Salve, supremo Dios: tu nombre miro,
escrito en las alturas, destacarse
a través del azul, y en el espacio
contemplo tu palacio
con guirnalda de mundos dibujarse, 130
y la fragancia de tu esencia aspiro,
que esparce por el viento
la esencia de la luz de las estrellas,
azucenas purísimas y bellas
del inmenso jardín del firmamento. 135

(Hasta aquí escribió el autor.)                         

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El capitán

                                                             Fragmento de una leyenda (1)                                                        
                                                

II (2)

LA ORGÍA

 

CORO DE SOLDADOS

   Brindemos, amigos;
las copas llenad
de ponche, de vinos,
de ron y champán.
Cantemos mil himnos 5
al Dios del placer:
bebed y brindad,
brindad y bebed.
 

UN SOLDADO

Brindo por el dulce néctar
que nuestro ser adormece, 10
que la razón entorpece,
que quita pena y dolor.
En el vino está la dicha,
en él están mis pasiones,
en él nuestras ilusiones, 15
sólo en el vino mi amor.
 

OTRO SOLDADO

Brindo por el ebrio beso
de mi querida dichosa,
y que su copa espumosa
apague mi ardiente sed; 20
y ella, bebiendo conmigo,
traslade con risa loca
desde su boca a mi boca,
con el licor, el placer.
 

OTRO SOLDADO

Yo brindo por el valiente 25
que sabe vencer y amar,
ardiente en el pelear,
y en enamorar ardiente.
Ora contrario, ora amigo,
debe, por su buena fama, 30
humillarse ante su dama,
y humillar a su enemigo.
 

OTRO SOLDADO

Yo sólo a gozar aspiro:
siempre en trocar me intereso
mi corazón por un beso, 35
mi vida por un suspiro.
Brindo por los dulces lazos
que me tienden las mujeres,
y ansío agotar en sus brazos
la copa de los placeres. 40
 

OTRO SOLDADO

Vos, �no brindáis, Capitán?
 

DON FERNANDO

Compañeros, sí, por Dios:
brindo por vosotros todos,
por mi dama y por mi honor,
y que la guerra cruel, 45
a que el Rey nos convocó,
felizmente se termine
con la sangre del traidor.
Que Dios la victoria otorgue
a quien tenga la razón, 50
y que yo al triunfo os conduzca,
digno de vuestro valor,
pues cristianos y leales
siempre mis soldados son.
 

LOS SOLDADOS

�Bravo! �Viva el Capitán! 55
 

DON FERNANDO

�Que viva el tercio español,
con su invencible bandera,
con su indomable león!
 

LOS SOLDADOS

�Viva!
 

DON FERNANDO

           Gracias, muchas gracias.-
Pero la tarde pasó, 60
y ya basta de locura,
de brindis y diversión.
 

UN SOLDADO

Que cuente Hernán una historia.
 

HERNÁN

La contaré.
 

LOS SOLDADOS

                   �Bien, por Dios!
 

HERNÁN

Mas silencio prometedme. 65
Escuchadme, y atención.
 

LOS SOLDADOS

Escuchamos y atendemos.
 

HERNÁN

Es caso que sucedió
ha tiempo, y yo le intitulo:
Mi Dios, mi dama y mi honor. 70
 
   Don Gastón de Benavente,
               con su gente,
a la campaña salió,(3)
y dispuesto en son de guerra,
               por la tierra 75
de los moros se metió.
 
   Es joven y aventurero,
               caballero
de muy preciado solar;
son sus únicos trofeos 80
               y deseos
tener moros que matar.
 
   Capitán de una partida,
               distinguida
por su bélico valor, 85
es su lema y su bandera
               por do quiera:
Mi Dios, mi dama y mi honor.
 
   Sus intrépidos donceles
               los corceles 90
lanzan veloces al par:
��Sus! �al arma, caballeros!
               �Sus! �ligeros!
Al agareno a buscar.�
 
   Ya las huestes se encontraron, 95
               y juntaron
a guisa de combatir;
ya los infieles, vencidos
               y perdidos,
sólo piensan en huir. 100
 
   De los cristianos a gloria,
               la victoria
se declara sin dudar;
cortan sus filos tajantes
               mil turbantes, 105
y mil cabezas al par.
 
   Y cual buenos compañeros,
               los guerreros
van el botín a coger;
y sin riñas, sin enojos, 110
               los despojos
partes iguales a hacer.
 
   Una de ellas, de derecho
               (trato hecho),
pertenece al Capitán; 115
y es una esclava, doncella,
               tierna y bella,
hija de Alí-ben-Cotan.
 
   �Ay! �que en mal hora se hizo
               tal hechizo 120
preso de guerra en acción!
Cautivo de su cautiva,
               mientras viva,
será siempre don Gastón;
 
   pues las gracias de la ufana 125
               mahometana
su alma acaban de rendir,
y con gallardo talante,
               al instante
así él empieza a decir: 130
 
   ��Oh tú, bella prisionera,
               la primera
que tan hermosa miré!
Todo por ti lo dejara
               y olvidara, 135
menos mi cristiana fe.
 
   �Y cuanto tu labio pida,
               dulce vida,
te lo ofrecerá mi amor...
Manda pues; que es mi bandera 140
               por do quiera:
Mi Dios, mi dama y mi honor.
 
   ��Oh caballero cristiano,
               cuya mano
tan fuerte y bizarra es! 145
Si un solo favor, que puedes,
               me concedes,
mi amor te daré después.
 
   �Mi buen padre, que me adora,
               preso llora 150
por órdenes del Emir,
que es Abderramán el Breve,
               un aleve,
que me quiso seducir.
 
   �Y mi padre no quería 155
               la honra mía,
cual un infame, vender;
y por su firmeza o sino,
               al fin vino
la libertad a perder. 160
 
   �Cesa, mi bella, en tu apuro.
               Yo te juro
o libertarle o morir.
Yo forzaré las prisiones
               y pasiones 165
de Abderramán el Emir.�
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
   De todas armas armado,
               y montado 170
en un soberbio alazán,
parte en fin el caballero
               aventurero,
en busca de Abderramán.
 
   Paso en silencio el camino 175
que el noble galán llevó,
el cómo llegó a Granada
buscando al moro feroz,
y demás que no hace al caso
a mi pobre narración; 180
y os diré sólo las frases
que el Capitán dirigió
a un joven y hermoso paje,
que la mora le envió.
 
   �Pajecillo, pajecillo, 185
que eres correo de amor,
que a los amantes das vida,
y a los males curación;
si tantos secretos sabes
contra amoroso dolor, 190
�por qué no me indicas luego
un remedio a mi pasión?
�Ay! yo soy el caballero
de la infiel que te envió;
el entre mil desdichado, 195
el capitán don Gastón,
el que a imaginar no acierta
por qué ni cómo quedó
vencido por una mora
quien tantos moros venció. 200
�Ay! ve pronto, pajecillo,
pues correo eres de amor,
y di a la bella agarena
lo que mi labio dictó.
Dila que libré a su padre 205
de muy horrenda prisión,
y que maté a sus verdugos,
mientras salvo se fugó
para unirse con su hija
y darla mi corazón; 210
que yo así se lo encargué,
y él así se lo llevó.
Mas no la digas �oh paje!
cómo mi brazo retó
a decisivo combate 215
a Abderramán el traidor;
no digas que, fementido,
el Emir me aprisionó,
desentendiendo �villano!
mi justa provocación; 220
que si, cual la mora gracia
tuviera el moro valor,
no se viera sentenciado
un caballero cual yo
a morir en un suplicio 225
con infamante baldón.
No la digas que un cristiano
no recibe deshonor
de que la mano de un moro
corte su cuello a traición... 230
Mas dila sólo que siempre
cumple lo que prometió;
que valeroso y honrado,
el capitán don Gastón,
constante hasta en el cadalso, 235
cuando a la muerte marchó,
llevó escrito en su bandera:
Mi Dios, mi dama y mi honor.
 

UN SOLDADO

Pláceme la tal historia,
y prometo, por mi fe, 240
que nunca la dejaré
ni un punto de mi memoria.
 

OTRO SOLDADO, todo ebrio.

Pues no es menos verdadero
(con el permiso de Hernán)
que fue el don Gastón galán 245
un solemne majadero.
 

DON FERNANDO

Eso no, �voto a mi nombre!
Aquel que en algo se tiene
debe ser, cuando conviene,
caballero antes que hombre. 250
 

EL SOLDADO

Capitán, vos deliráis;
y si mal no me equivoco,
ya se os va notando un poco
lo enamorado que andáis.
Y el más lerdo adivinara 255
que alabáis a don Gastón
porque os ciega la afición
que tenéis a doña Clara.
 

DON FERNANDO

Detén, bellaco, esa lengua,
o trágatela entre el vino, 260
que la cabeza y el tino
te está turbando con mengua;
que a esa dama respetada
sólo se nombra �villano!
o con la gorra en la mano, 265
o con la mano en la espada.
Soldado, yo te perdono;
pero �guay si en algún día,
al jugar con mi hidalguía,
ganaras sólo mi encono! 270
Señores, a recoger;
y a caballo todo el mundo
cuando el rostro rubicundo
el alba nos deje ver.
 

III

LA DESPEDIDA

   Dijo, y la puerta cerrando 275
con sin igual arrogancia,
salió fuera de la estancia
el capitán don Fernando.
 
   El que, acatando la ley,
y partiendo a extraña tierra, 280
va a conquistar en la guerra
ciudades para su rey.
 
   Hace temblar solamente
su mirada prodigiosa,
de amor a la desdeñosa, 285
y de pavor al valiente.
 
   Él es el amante blando
que en los jardines trovaba,
y que tanto suspiraba,
dulces endechas cantando. 290
 
   Él mendigaba algún día
de amores una corona;
hoy ha cuantas ambiciona
su incansable fantasía.
 
   Él, de las bellas querido; 295
él, en las zambras buscado;
él, en las guerras hallado;
él, de los hombres temido;
 
   porte gentil, dulce acento,
mirada firme y severa, 300
larga y negra cabellera
lanza sus rizos al viento;
 
   mostacho largo y rizado,
con las puntas hacia arriba;
faz serena, pero altiva; 305
castoreño ladeado,
 
   figura marcial y ufana,
mano diestra en la cintura,
la izquierda en la empuñadura
de su fina toledana. 310
 
   Marcha con paso ligero
y talante que da asombro,
la capa roja en el hombro,
blanca pluma en el sombrero,
 
   y de corte rico traje, 315
do va sembrado un tesoro,
preciosos broches de oro,
preciosa gala de encaje.
 
   Tal es don Fernando el Fiero,
cual le dicen en campaña; 320
honor y gloria de España,
estampa del caballero;
 
   y a dar va con gran dolor,
la noche de su partida,
un adiós de despedida 325
a la prenda de su amor.
 
   Ruborizando a las flores
y dando envidia a las auras,
de su jardín en la reja
está pensativa Clara. 330
Con la mano en la mejilla,
con el codo en la ventana,
y los ojos en el cielo,
y el desconsuelo en el alma;
triste y abatida, riega 335
con sus cristalinas lágrimas
las bellas y frescas rosas
que suben a acariciarla;
y al robarles el perfume,
y al oscurecer sus gracias, 340
las flores, doblando el tallo,
mustias y marchitas bajan.
Dirige Clara a la luna
sus vacilantes miradas,
cual si con ellas quisiera 345
de su amor enamorarla,
y la reina de la noche
detiene su lenta marcha
porque la niña se mire
en sus espejos de plata; 350
y luego por los espacios
blandamente se resbala,
envolviéndose en los pliegues
de mil nubecillas blancas,
que por do quiera la cercan, 355
y el limpio fulgor le empañan,
porque, sentidas y amantes,
están celosas de Clara.
Todo en torno está tranquilo;
densa y profunda es la calma, 360
hasta que suenan las doce
en el reló de la casa.
Entonces Clara dirige
su vista ansiosa, azorada,
a las torcidas revueltas 365
de una calleja inmediata.
A poco una negra sombra
de la pared se destaca,
que, misteriosa, semeja,
más que un hombre, una fantasma. 370
Se oye, al andar, el sonido
de las espuelas que calza,
y aunque encubierto se muestre,
al punto le acreditaran,
de asaz mancebo, su paso; 375
de recatado, su capa;
de muy noble, su talante;
y de militar, la espada.
Dirígese presuroso
a las denegridas tapias, 380
y al trasponerlas de un salto,
fija en el jardín la planta.
Con paso firme y seguro
atraviesa la enramada,
que la reja consabida 385
vela y al par engalana;
y al ver a su amor, que ha tiempo,
ansiosa, su vuelta aguarda,
fino y galán, la saluda,
y de hinojos da a sus plantas; 390
y en una mano divina,
que modelaron las Gracias,
beso arrobador, ardiente,
con labios de fuego clava.
Entonces un animado 395
coloquio entre ambos se entabla,
en el cual mediaron estas
o semejantes palabras:
 
   �Os voy, señora, a contar,(4)
entre suspiros y flores, 400
la historia de unos amores:
veréis �qué hermoso es amar!
 
   �Ella pura, él lisonjero;
ella feliz, él amante;
ella hermosa y él constante; 405
ella noble, él caballero;
 
   �Se vieron, y cual el viento
mece dos nítidas rosas,
a sus almas amorosas
movió el común sentimiento. 410
 
   �Él dio en rondar sus hogares
y cantarla su afición,
ella en huir la ocasión
y no escuchar sus cantares.
 
   �Por fin él, osado, dio 415
un billete a la doncella,
billete de amor, y ella
suspirando lo leyó.
 
   �Quedaba el galán allí
su vida o muerte esperando, 420
y ella al fin dijo temblando,
con voz argentina: �Sí.�
 
   �Loco de amor, '�Oh! bendita,
dijo el doncel, sea esta hora.'
Y tuvo razón, señora; 425
que aquel daba una cita.
 
   �Mas cuando a la cita fue,
la dama le despidió,
y él perdón la demandó
de querer con tanta fe. 430
 
   �Sólo el perdón... y su suerte
será morir satisfecho;
que lo que guarda en el pecho
no se mata con la muerte.
 
   �Él sabe que ella le adora, 435
que se abrasa en su pasión:
�por qué, pues, su corazón
se niega tenaz, señora?
 
   ��Por qué a la tierra, en estío,
tiende la noche su manto, 440
si ella no bebe su llanto
de saludable rocío?
 
   ��Por qué al rutilante sol
cubren las nubes de Mayo,
si no recogen su rayo 445
y se adornan de arrebol?
 
   ��Por qué, al despuntar la aurora,
abre su cáliz la flor,
si no respira su olor
el aura que la enamora? 450
 
   ��No es mejor vivir amando,
no es mejor vivir queriendo,
que vegetar pereciendo,
y perecer suspirando?�
 
   . . . . . . . . . . . . . . . . . .(5) 455
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
 
   Otras curiosas razones,
que se ignoran o se callan, 460
mediaron entre el mancebo
y la dama enamorada.
 
   Yo no sé más que la brisa,
que maliciosa escuchaba,
escondida entre las flores, 465
esta interesante plática,
llevó el sonido de un beso
perdido en la noche vaga.
Que allí los finos amantes
hora tras hora contaban 470
en el reló del amor,
que siempre ligero marcha;
que escondió su luz la luna
entre nubes de esmeraldas,
acaso por libertarlos 475
de inoportunas miradas;
que allí los halló el tardío
lucero de la mañana,
y les forzó a separarse,
con sus fulgores, el alba; 480
que tornó a su afán la niña,
y a cerrarse la ventana,
y las flores a su sueño,
y el trovador a las tapias,
perdiéndose por las calles, 485
envuelto en la negra capa.
Lo demás adivinadlo,
pues mi pluma es muy callada,
y no revela secretos
que son secretos del alma. 490
(Concluye aquí el fragmento.)                     

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