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Poesías

Juan Valera

Al Sr. D. Marcelino Menéndez Pelayo

Mi querido amigo: No sólo mi extraordinaria pereza, sino también otras causas, han retardado largo tiempo el que yo escriba a usted la extensa carta que le tengo prometida. Ciertas vacilaciones de mi espíritu han tenido la mayor culpa de todo.

Y, sin embargo, yo no vacilo en reimprimir hoy, con creces, las cosas que he escrito en verso, llamémoslas poesías, buenas o malas, que se publicaron muchos años ha, coleccionadas, y cuya primera edición se agotó al cabo.

Esta resolución, estriba en razones, a mi ver, poderosas.

La modestia y el orgullo coinciden en persuadirme de que soy poeta.

Las razones que aduce la modestia son fáciles de exponer aquí. Las difíciles son las que da el orgullo.

Desidioso yo, descuidado y vagabundo, jamás tuve humor, paciencia y reposo para estudiar seria y detenidamente doctrina alguna. A la naturaleza jamás le interrogué con pertinacia y ahínco para que me revelase sus misteriosas operaciones. El aguijón de la curiosidad siempre me punzaba, pero la desidia pudo más conmigo. Yo quise y quiero saber cuanto hay que saber en el mundo, desde los soles ingentes que pueblan el éter infinito hasta el átomo imperceptible; pero como no he estudiado nada, es evidente que nada sé. Ni aun he logrado enterarme de si estudiando hubiera yo llegado a saber algo, lo cual no ha dejado de contribuir a retraerme del estudio.

El origen y las leyes del movimiento en los seres que no viven, la vida y la muerte en los que viven, todo ha excitado mi curiosidad y nada he averiguado. No, soy, pues, ni astrónomo, ni mecánico, ni físico, ni químico, ni biólogo. Saber lo fenomenal o aparente ya es saber algo, por más que a mí no me satisfaga; pero, no se entra en el santuario sin la palabra exacta que abre su puerta, sin la antorcha que en sus obscuros centros sirve de guía, sin la severa disciplina que ha de preceder a la iniciación, sin la ciencia del más y del menos, en cuyo estudio nunca fui yo muy adelante. Ignorando, pues, la cantidad, ¿cómo saber de la calidad, que es asunto más sutil y complicado, y sobre todo de la esencia, que es lo más hondo, lo más inescrutable, donde el espíritu se pierde y abisma?

Por cierta manera de discurrir y de sentir, que no dilucido ahora si será mía, propia o común a todos los hombres, y si será disparatada o juiciosa, este linaje nuestro, en su conjunto y en cada individuo, me parece, porque nunca tuve achaques de misantropía, lo más notable que en el universo se puede concebir, y aun apenas concibo yo que algo pueda valer más que nosotros en todo lo existente, salvo Dios mismo. Así es que, estimulado por tal consideración, he querido con mayor empeño saber del hombre, en su colectividad y en su individualidad; de las facultades de su alma; de la tremenda autoridad e irrecusable jurisdicción de su conciencia; de lo que llaman derecho y deber; de si la especie progresa o no; de este compuesto maravilloso de la sociedad, con su historia, su política y su economía; y de si los tejedores, que van tramando tan rica y variada tela, entienden algo y prevén la traza, dibujos y colores que ponen en ella, o si son meros instrumentos de superior artífice. Un poquito más he estudiado sobre todo esto, pero no lo bastante, ni con mucho; por donde confieso que lo que sé no es digno de transmitirse ni de palabra ni por escrito.

Viendo yo además que el hombre, ya para su conveniencia, ya para su recreo, ya para hacer menos desagradable o más hermosa la vida, no contento con aspirar a comprender la creación, se afana en continuarla y en mejorarla, construyendo casas, jardines y barcos, componiendo comedias y óperas, abriendo caminos y canales, e inventando, en fin, las artes y los oficios, he anhelado también saber de todo esto, pero he aprendido muy poco. La música, por ejemplo, escapa a mi comprensión, aunque gusto de ella. Para la maquinaria soy tan torpe que nada me explico. Y de varios artefactos sólo siento, creo que sin equivocarme, por buen gusto instintivo, si están bien o mal; pero no doy las pruebas ni llego a percibirlas. Advierto, v. gr., que el guiso es sabroso, que el vino es delicado, que el frac me va bien, que la bailarina tiene airosos movimientos y que tal canto o sonata me deleita; pero no se me alcanza el porqué. Ni siquiera, pues, me reconozco con las dotes del crítico.

Por último, sobre todo este saber empírico y de observación, así de lo visible como del alma humana, que se estudia y examina en sus potencias y actos, está el fundamento del saber, sin el cual todo el saber sin enlace ni sistema sería ruin e informe colección de recetas y noticias. Y acerca de este fundamento, y movido yo del deseo de hallarle, también he consultado a los filósofos, y leído lo que dicen, y meditado y pensado por mí; pero nada he sacado muy en claro. Por manera que, a la edad de sesenta años, me encuentro sin ciencias experimentales, sin conocimientos de artes y sin metafísica.

Nada tuve ni tengo que enseñar a los hombres. Y, no obstante, hace ya años que, si bien no tomándolo por oficio, sino sólo de vez en cuando, escribo para el público. ¿Para qué, pues, y de qué escribo? Mi escritura no tendría perdón de Dios, ni yo mismo me perdonaría, aunque soy indulgente para con todos y para conmigo, si yo no fuese o si al menos yo no me creyese poeta.

Declaro humildemente que no he tenido jamás ninguna revelación externa. Ni santo, ni ninfa, ni alma en pena o en gloria, ni genio, ni demonio se me apareció jamás. Mis revelaciones internas, si las he tenido, no pasan de naturales. Por más que me esfuerzo, a veces, en creer que pude yo tener revelación sobrenatural, no logro persuadirme. Así es que, careciendo, como carezco, de revelación sobrenatural, que da ciencia infusa, y de la ciencia que adquiere con largas vigilias quien se quema las cejas en la lectura de mis librotes y cavila mucho, repito que nada tengo que enseñar, y que, por lo tanto, nada debiera escribir, si no hubiese poesía, y si ya no me disculpase afirmando que escribo poesía.

Esta, a lo que presumo, es de dos modos principales: uno, el más peregrino, en el cual no me atrevo a jactarme de ser poeta, es cuando con cierta intuición que hay en el fondo de la mente, sin tocar en lo sobrenatural, aunque rayando ya en su esfera y pugnando por penetrarla, se columbran fugitivos resplandores de luz y hermosuras divinas, lo cual no se ordena en sistema, ni se expone con método, ni se prueba con argumentos, pero se dice con primor, y el que lo dice se llama poeta.

El segundo modo de poesía está en la profundidad y brío con que se siente y piensa lo que piensan y sienten los demás hombres, y en la virtud de expresarlo así sentido y pensado, con tan nítida y poderosa forma, que conmueve y arrebata las almas, al menos las que son capaces, pues no todas lo son, ni con mucho, y las levanta a comprender la beldad y la armonía de los seres, de las pasiones, de las creencias, y de cuanto hay de material, y de inmaterial, mejor en la representación depurada, en el traslado limpio del poeta, que en el borrador original de donde el poeta lo toma.

Claro está que, de este modo al menos, me considero poeta. De lo contrario, no escribiría; pues yo no quiero engañar a nadie, ni pasar por sabio, y mucho menos por apóstol o vidente.

Y aquí, antes de seguir mi razonamiento, me importa hacer una aclaración.

No vaya a entenderse, por lo que digo, que yo le quito la palabra a todo o a casi todo el linaje humano, y sólo se la conceda a los sabios, a los profetas o a los poetas. Yo no pretendo que nadie se quede mudo. Hablen todos y escriban cuanto se les antoje. Polémicas periodísticas, negocios, pedimentos, preámbulos de leyes y decretos, memorias de ferrocarriles, despachos diplomáticos, infinidad de cosas se escriben, sin ser profeta, ni sabio, ni poeta el escritor; y, si bien, siempre que el escritor lo fuese, estarían mejor dichos escritos, no hemos de negar que, aun cuando no lo sea, puede y aun debe escribir, según frase de un amigo mío; pintar el expediente. El escribir en este sentido ramplón y diario es como hablar. Sería horrible que nadie se atreviese a desplegar los labios mientras no acudiesen a ellos sentencias, revelaciones, teoremas, odas o salmos. Aquí sólo se trata del escribir con cierta pretensión de vida extensa para el escrito, de que se divulgue por todas las regiones de la tierra y de que viva en las edades que están por venir.

Para esto ha de ser poeta el que escribe. Ya se entiende que en mayor o menor grado. ¿Quién ha de calcularlos? Además que para la popularidad, pronta, aunque efímera, tal vez conviene que el grado no sea muy alto. Así el vulgo comprenderá y saboreará mejor lo escrito, sin que los críticos, a fuerza de predicar que lo escrito es bueno, patenticen aquella bondad que el vulgo no percibía antes.

Como quiera, pues, que sea la elevación del grado, es indudable que, salvo casos de revelación sobrenatural o de mucha ciencia nueva, sólo el poeta debe escribir.

Y, aun si se apura bien este negocio, me inclino a afirmar que el mismo sabio, si a más de ser sabio no es poeta, escribe sólo como al vulgo se le consiente que escriba: para transmitir a los demás hombres su descubrimiento; pero sin la menor esperanza de que su escrito se lea y viva. En las historias de la ciencia que dicho sabio ha cultivado y en los tratados de esa ciencia misma, se insertará lo que descubrió; pero nadie irá a leerlo en el libro o en la disertación en que él lo expone.

En suma, la razón principal del escribir es la poesía. Los escritos se hacen famosos e inmortales por la belleza y no por la verdad que enseñan. Casi siempre es vana pretensión la del que cree que enseña escribiendo. Los grandes maestros de la humanidad no escribieron nunca: ni Cristo, ni Sakiamuni, ni Pitágoras, ni Sócrates.

De lo expuesto resulta que yo porque soy poeta escribo, y que debo escribir por lo mismo que no sé ni enseño nada.

Sentado esto, sobreviene cierta dificultad que me ha de costar trabajo resolver, y cierta distinción, en que la dificultad se apoya, de la que debo hacerme cargo, ya discurra acerca de ella en general, ya me contraiga al caso particular mío.

«La poesía de que hablas, se me dirá, es en sentido latísimo, y así no te negamos que, con más o menos merecimiento, eres algo poeta. De lo contrario, no hubieras escrito tal cual novela o cuentecillo que se lee, y varios articulejos humorísticos que divierten. Pero bien se puede ser poeta en prosa, desde el bajo punto en que tú lo eres, hasta el punto sublime en que lo fue, por ejemplo, Miguel de Cervantes, y no ser buen versificador, que es lo que de ordinario, sin destilar los conceptos en esos alambiques en que tú los destilas, llama la gente poeta.»

Mucho hay que contestar a esto; pero no quiero pecar de prolijo, y menos aún hacer mi propia apología. Diré sólo lo que más atañe a la reimpresión de mis versos.

El público ha tenido la bondad de gustar un poco de mi prosa, en la cual nada le he enseñado. Luego yo tengo algún motivo razonable para considerarme poeta en prosa, prosista o escritor. Ahora bien: un escritor se debe al público todo él, y no descabalado, por donde, aunque mis versos sean detestables, yo quiero también dar al público mis versos.

Cuando se publicaron por vez primera, mi tío don Antonio Alcalá Galiano, propendía a dudar de todo, y que, a pesar del cariño que me profesó, dudaba también de mi mérito como poeta, dijo en el prólogo que me puso que lo probable sería que alguna furiosa avenida del río del olvido se llevase para siempre mis coplas, como otras mil insulsas composiciones de esta nuestra edad, sobrado parlera, y en que tanta tontería se da a la estampa. Yo, lejos de rebelarme contra tan ominosa sentencia, más bien la estimé suave y nacida del ciego cariño del discreto pero alucinado pariente; porque, sin avenida furiosa, sino con toda la pausa de su mansa corriente, el olvido hubiera llevado, arrastrado y aun tragado mis versos, si yo no hubiese escrito prosa después, y prosa que algunos han dado en calificar de bueno. Esto los salva; esto los saca del fondo del río, donde, de otra suerte, yacerían sepultados.

Mis versos, pues, a flote, no pueden ni deben ya ocultarse ni retirarse de la circulación. Lo que me está bien es que, ya que siguen con vida, sean lo menos desdeñados que se pueda. Para ello es condición indispensable que sean entendidos. Acaso no pocas personas los desdeñan porque no los entienden. Y no se me arguya que los versos deben escribirse por tal arte que los entiendan todos los lectores. Por poco; que sepa el poeta, y yo he confesado ya que no sé casi nada, siempre puede saber algo que ignore quien le lea; y, por lo mismo que no tiene la pretensión de enseñar, dice cosas que da por sabidas, y alude a doctrinas y a sucesos que supone que todos conocen; pero como no los conocen todos, la mayoría se queda a obscuras y no sabe por completo lo que el poeta quiso decir. Esto ocurre, no sólo con poetas culteranos y pedantescos, como Licofrón y Góngora, sino con poetas que nadie me negará que lo son, como Dante y otros, los cuales necesitan comentario y le llevan en muchas ediciones.

Y no vale la objeción de que se comenta lo famoso y aplaudido y no lo menospreciado y obscuro. Alguien murmurará o dirá: «Dante merece comentario, porque merece que todos desentrañen el sentido profundo de lo que canta; pero ¿quién ha de querer desentrañar el sentido de lo que cantas tú?».

En efecto, si yo fuese un compositor de versos, como hay muchos, que dan a luz su colección donde todo es tejido de frases hechas o de frases sin significado, la objeción sería justa. Yo no me defendería contra los que tanto me rebajasen. Yo parto del supuesto de que en mis versos hay significado, y pruebas de que el autor sabe lo que dice, y afectos y pensamientos propios del autor.

En este caso, cualquiera colección de versos merece comentario. En ella hay mucho digno de interés y de estudio. Parece contradicción y no lo es; cualquiera colección de versos de buena fe, no siendo enteramente nulo el autor, enseña sin que el autor aspire a enseñar. Y enseña lo bueno, y tiene virtud moral y en cierto modo purificante, y posee fuerzas que elevan las almas a esferas superiores, porque el autor muestra lo que en su espíritu hay de más limpio y hermoso, apartando las escorias y mezquindades que tal vez lo encubren en la vida real, y nos da uno a manera de retrato de lo profundo y radical de su ser, donde asiste Dios, donde Dios pone su sello y su imagen, y donde Amor resplandece en su pureza y despliega su beatífica actividad, no pervertida ni coartada por ruines intereses y apetitos.

Y a fin de que esto se dé en algún grado, no es menester que los versos sean sobre objeto sublime. La composición más ligera, si está bien, es manifestación de la luz interior del alma, que ilumina el mundo del arte, como el sol el mundo real. De suerte que, el caso vulgar que el poeta refiere, la mujer que celebra o la escena que describe, todo está iluminado por esa luz, la cual le presta su hechizo y pone allí su fuerza y su gracia. Este es el estilo; esta es la forma. No consiste en consonantes difíciles, ni en rebuscadas figuras retóricas, ni en transposiciones, ni en sonoridad y pompa de metro. Consiste en algo más alto y más sutil que esas calidades, si bien por lo mismo que es más alto no todos los lectores lo alcanzan, y por lo mismo que es más sutil se sustrae a la percepción de las personas rudas y artísticamente mal educadas.

Haciendo yo conmigo razonamientos tales, me atreví a conceder a mis versos que merecían comentario, y pensé en que usted los comentara o los ilustrara con notas eruditas, sin nada de encomio, a fin de que la gente maliciosa no supusiese y propalase que estábamos concertados para el encomio mutuo. Usted prometió hacer este trabajo, y acudo a usted ahora para que me cumpla la promesa. De esta suerte los versos se entenderán mejor, y si no se entienden ni se leen, siempre lograremos que las notas, que de seguro van a ser amenas e instructivas, se lean y gusten, por donde habrá en el libro algo de bueno que convide a comprarle.

Las notas tendrán además el atractivo picante y chistoso de su inaudita novedad, pues hasta el día, que yo sepa, sólo se anotaron los clásicos ilustres, y no algo que no sabemos aún de fijo si será poesía o no será poesía, y que se salvó como por milagro del río del olvido.

Hay otra razón más para las notas. Yo, como todo poeta, bueno o malo, pero de buena fe, rara vez he escrito versos sin sentirme entusiasmado, enamorado o movido de otro afecto grande. Y aun así no me ha sido fácil escribirlos, porque se requiere además que el tumulto y hervor de la pasión hayan pasado o que las domine serenidad poderosa, hasta el extremo de habilitar al poeta para que tome por objeto de su canto, por ejemplo, su más intenso dolor, y saque de él una obra de arte.

De aquí, de mi pereza, de mi esterilidad tal vez, y de estar ya descorazonado por el mal éxito, ha resultado que he escrito pocos versos originales, y que he traducido, o más bien adaptado a nuestro idioma, mucho de literaturas extrañas, ya parafraseando, ya compendiando y extractando. Claro está, pues, que todo esto, escrito para otras gentes, para otra civilización y otras costumbres, requiere explicación y notas.

Justificado ya, a mi ver, el comentario, y demostrado que no se pone por vanidad mía, bueno será que diga, yo algo de los versos mimos.

Mi retraimiento y mi casi abandono de las Musas, merced al desdén público, han producido varios efectos. El primero ha sido que he escrito poco. Con favor y aplauso, hubiera yo sido, a pesar de mi pereza, de fecundidad tal vez deplorable. Pero resulta también que los versos propios, y no parafraseados, son, en gran parte, de los albores de mi vida; y como en aquel tiempo se estudiaba menos que ahora, y yo he ido aprendiendo con desorden lo poco que sé, v. gr., primero la estética y luego la ortografía, primero la metafísica y luego la gramática, hay en varios de mis versos incorrecciones y otras faltas para las que pido indulgencia. Asimismo hay en otros cierta palabrería, aunque nunca en el grado que se usa, y lo que, con expresión harto familiar, puede llamarse inocentadas de chiquillo, que también ruego se me perdonen. En algunos son tan subidas las inocentadas, que los suprimo en esta nueva edición.

Y hechas ya las salvedades, afirmo, que mis versos, aun con todas sus faltas, valen lo que vale mi prosa, ya que ellos está en germen, en cifra, en lírico y conciso resumen, todo lo que he sentido, pensado y escrito en prosa, más tarde, con mayor amplitud. Y echando la modestia a un lado, ¿por qué no declarar también que en algunos de estos versos, principalmente en El fuego divino, en el idilio del viejo rabadán y A Gláfira, la nitidez, la elegancia sencilla y la atinada limpieza de la forma; son notables, lo cual de sobra se conoce que no se consigue sobando y limando, sino por dichosa inspiración?

Añadiré todavía a mis versos ciertas buenas prendas de que la prosa carece: el candor, la lozanía y la frescura de la juventud, y propósitos más puros, porque los versos están hechos sin la vana y egoísta esperanza de ganar con ellos dinero, influjo o al menos fama inmediata, sino sólo por amor entrañable de la misma poesía y con anhelo cariñoso de vivir en lo futuro en algunas almas, afines a la mía, donde despierte o suscite mi voz simpática resonancia, cuando ya no pueda mover con impulso material las ondas del aire.

Y aquí terminaría yo, dejando encomendada a usted la tarea de explicar mis composiciones, si no hubiera una, la más importante, que, por no estar concluida y porque no se concluirá nunca, ha menester explicación de mi parte: algo a modo de interpretación auténtica. Me refiero a la leyenda titulada Las aventuras de Cide Yahye.

En mi edad madura he declamado yo bastante, como crítico, contra la pretensión de escribir epopeyas en nuestros días, en el más alto sentido, esto es, algo narrativo que contenga cuanto hay de divino y de humano, y que abarque y refleje, por medio de mitos simbólicos, toda nuestra complicada civilización. A pesar de Goethe, Espronceda y otros, tal empeño es, en mi sentir, irrealizable; y como he dicho las razones en que me fundo, me remito a las obrillas mías en que las he dicho y dejo de repetirlas aquí. Pero yo no había formulado tal opinión en mi mocedad, y también aspiré entonces, aunque sólo hasta cierto grado y con modestia, a escribir algo que propendiera a ser epopeya trascendente. Lo singular y lo más original fue que tomé asunto, o mejor dicho, base de asunto en un cuento bastante cómico, ligero y aun verde, de Boccacio, poniendo de mi cosecha lo trascendente, lo patético, lo elevado y lo maravilloso, que en epopeya había de convertirle. Así se mostraba desde el principio mi inclinación a mezclar lo serio y lo jocoso, mi humor; aquella idiosincrasia de mi pobre ingenio, en virtud de la cual creo que, sin el menor viso de fundamento, unos tiran a celebrarme y otros a denigrarme con la calificación de Voltaire, pequeñuelo y canijo, como venido del mundo fuera de sazón.

La historia, en su substancia, es la de un rey moro, cuya linda novia es seducida, robada y gozada por unos cuantos; pero ella lo oculta, lo calla, y todavía se casa con el rey y lo hace dichoso.

Véase ahora cómo elevaba yo esto a semiepopeya trascendente. Al rey moro, cuyo trono y reino, inspirado yo por la rústica, amena y pintoresca fertilidad de Lanjarón, coloco en las Alpujarras, se le ocurre enamorarse de la propia belleza ideal que en su alma ha concebido. Aspira a revestirla de forma sensible, y como ésta es empresa sobrehumana, se desespera; pero las hadas, cuyo favorito es y a quienes refiere su cuita, suben al mundo de las ideas, traen de allí la que tiene enamorado al rey, le dan cuerpo valiéndose de los elementos y de las esencias mejores de las cosas y se la entregan por mujer. Como idea sólo, nadie se la hubiera quitado, nadie la hubiera contaminado; pero, ya con cuerpo, le suceden mil percances lastimosos. Mi rey, entretanto, no es como el del alegre novelista: mi rey lo sabe todo, lucha contra su adversa suerte, y sigue siempre enamorado en pos de su ideal belleza, aunque manchada en lo material. De aquí guerras, hazañas y casos estupendos por mar y tierra, en que había tela cortada para vencer al Ariosto. Al fin, mi rey, convertido en pirata, entra al abordaje en el navío de un gran príncipe, el último de los amantes de su mujer, y se la arrebata; pero cuando ya la tiene acuden más guerreros de otros barcos de la escuadra del príncipe, y el rey, cercado, ve que no puede vencer aquella multitud de enemigos, y da de puñaladas a la hermosa, se hiere él también, y, abrazado con ella, se arroja en el fondo del mar.

De aquí nacen la lección moral y la final apoteosis. La belleza pura, libre ya de la manchada terrenal vestimenta, toda refulgente y limpia de culpa, toma a mi rey y se le lleva consigo al mundo de las ideas, de donde ella ha venido: a un ultracielo, de donde todo lo bello y todo lo verdadero, artes, metafísicas, religiones y amores, proceden, antes de impurificarse con la realidad y de combinarse con elementos caducos y corruptibles, por excelentes que sean.

En el plan de este poema, así como en todo lo que yo he escrito, se ve mi afán de ser optimista, sin dejar de notar y de sentir los males que nos afligen, justificando a la providencia a pesar de ellos, y procurando remediarlos o mitigarlos con poesía y risa cuando son pequeños, con poesía y lágrimas cuando son grandes.

Ahora, lejos de mi patria, afligido por imprevisto y cruel infortunio, escribo a usted lo que no he escrito cuando estaba tranquilo, y hasta cierto punto me consideraba feliz. Ahora busco lo que antes no buscaba: consuelo y distracción en mi soledad y en mi pena.

Por otra parte, aunque bien puede ser que mi cansada vejez se prolongue en demasía, y yo no quiero imitar a los mentidos siervos de Dios que anuncian su tránsito a mejor vida y no llega cuando le anuncian, diré que, desde hace meses, y sobre todo desde pocos días ha, desde que supe la muerte de mi hijo mayor, robusto, hermoso de cuerpo y alma y en la flor de su edad, está fijo en mí, como nunca, el casto y severo pensamiento de la muerte, que nos induce a meditar y a emplearnos en las cosas más graves. Y, como no dejaré bienes de fortuna que hereden mis otros hijos, vivos aún, es de gravedad para mí arreglar y ordenar el único caudalillo que he allegado, fruto de mi estéril ingenio, y hasta apresurarme a trabajar para acrecentarlo con algo de más valer, a fin de que, si el amor propio no me engaña, vierta algo de brillo simpático sobre mis hijos este mérito mío, y predisponga el corazón de las gentes con respeto y cariño para ellos; y a fin también, de que lo menos malo de mi ser, lo más delicado y puro de mi espíritu, permanezca en esta tierra, cuando yo pase, y ellos me conozcan, me amen y me estimen. Porque yo, tal vez habré pecado por error, pero no tengo remordimiento de haber puesto jamás intención viciosa ni en mis obras más ligeras y desenfadadas; sino que, siempre, cuando no la bondad moral, me ha inspirado el amor puro de lo bello.

Usted, que, si bien es bondadoso y me quiere, es justo, lo cree así, prescindiendo de los extravíos y flaquezas de nuestra mísera condición humana; usted sabe, además, que el arte lo limpia todo y extrae oro del fango.

Adiós, y no dude que soy su mejor amigo,

JUAN VALERA

Washington, 7 de julio de 1885.

Quiere mi amigo don Juan Valera que yo comente o ilustre sus poesías, poniendo de manifiesto el sentido interno de algunas de ellas, y apuntando de paso el origen de los versos traducidos o imitados, que en el presente libro se encuentran. La empresa tiene para mí tanto de grata como de dificultosa. La especial calidad de estos versos, que el docto prologuista de la primera edición calificó muy atinadamente de poesía sabia; la variedad de sus orígenes, derivada de la rarísima cultura del autor; el jugo de ideas y de doctrina que muchas de estas composiciones encierran; las alusiones históricas, mitológicas y geográficas que en otras abundan, harían el comentario de ellas, si con rigor se hiciese, no menos voluminoso que el de Herrera a Garcilaso, y exigirían en el comentador tanta copia de erudición, por lo menos, como la que mostraron Faría y Sousa anotando a Camoens, o Salcedo Coronel a don Luis de Góngora, o Clemencín a Miguel de Cervantes. Para lo segundo me siento sin caudal y sin fuerzas, y lo primero quiero evitarlo a todo trance, por no incurrir en el vicio de intolerable prolijidad, abultando un volumen ya harto grueso, en el cual es seguro que los lectores han de buscar los versos del señor Valera y dejar a un lado, con sobra de justicia, mis notas que, aun no siendo mías, tendrían forzosamente algo de la impertinencia que acompaña a todas las glosas y comentarios del mundo; trabajos estériles para el común de los doctos, y poco gratos al paladar de los ignorantes.

Por otro lado, el comentario mejor, el más profundo, el más sincero, el más elocuente, le ha hecho el autor mismo en la carta dedicatoria que va al frente del libro, y que seguramente ha de ser leída con deleite y con asombro por los muchos apasionados de la prosa del señor Valera. En este documento, a mi entender admirable (y creo que la gratitud no me ciega en esto), el señor Valera nos expone sus ideas sobre el arte, nos declara cuál ha sido su ideal poético, nos confiesa con rara franqueza sus temores y desfallecimientos, y las razones que tiene, no obstante, para considerarse poeta, y hasta nos dice algo sobre el pensamiento y la traza del poema que en sus juveniles años meditó llevar acabo, y cuyo primer canto es una de las joyas en esta colección con el título de Aventuras de Cide-Yahye.

Si a esta carta se agrega el prólogo que don Antonio Alcalá Galiano puso a la primera edición de estos versos, en el cual prólogo, con toques magistrales, como de quien son, se interpretan algunas de estas poesías, y se ponen de realce sus peculiares excelencias y se discurre con alto sentido crítico sobre el género a que pertenecen y aun sobre los modelos predilectos del poeta, resultará hecha lo mejor del comentario, en el cual, por otra parte, se me veda toda alabanza, y también, por consecuencia forzosa, toda crítica puesto que crítica laudatoria había de ser casi siempre la mía, siendo como soy discípulo del señor Valera, admirador ferviente de su estilo y secuaz de su manera y escuela poética, aunque con fuerzas muy desiguales e inferiores a las suyas.

Quizá estas mismas circunstancias, y el conocimiento que tengo de la índole y genialidad del autor, a quien estoy unido por tantos lazos de gratitud y de amistad, me hagan menos inepto que otro cualquiera para sentir y conocer ciertos primores de idea y de forma que se hallan en estos versos, y que quizá no resalten tanto a los ojos del vulgo como resaltan a los míos, después de haber leído repetidas veces las poesías del señor Valera, y conservarlas, años hace, en lugar muy privilegiado de la memoria. Por eso me lisonjeo de que yo acertaría con pequeño esfuerzo a quilatar y poner en su punto las bellezas de la poesía del señor Valera, que, por no ser de las que a primera vista deslumbran más los ojos, no han sido tasadas hasta el presente en su justo valor, aunque esperamos que han de serlo ahora, gracias al progreso que en España han hecho las ideas críticas, tan remotas hoy del punto en que se hallaban en 1858, fecha de la primera edición de este libro.

El señor Valera tuvo como poeta la desgracia de llegar demasiado pronto, de adelantarse a la época en que comenzó a florecer; por lo cual, si es verdad que agradó a algunos pocos y selectos jueces1 que supieron entender y gustar las novedades que el libro traía, halló, en cambio, cierta frialdad en la masa del público, que aun seguía las corrientes románticas, y también en el ánimo de los críticos, enamorados con exceso de las formas oratorias de la oda académica.

Desde entonces el gusto ha ido cambiando, hasta ser hoy de todo punto diverso. La poesía romántica está tan muerta y olvidada como el clasicismo del siglo pasado. No hay escuelas poéticas, ni nada que se parezca a disciplina tradicional o a rigidez dogmática. El genio individual ha conquistado su autonomía en el campo de la poesía lírica, que ofrece hoy en España, como en todas partes, la variedad más rica y amena, reflejando todos los matices de la idea y del sentimiento. Los modelos más heterogéneos obran simultánea o alternativamente en la educación de nuestros poetas. Ninguno es desdeñado, ni los del Norte ni los del Mediodía, pero ninguno alcanza tampoco perdurable y absoluto dominio. Hoy Heine o Alfredo de Musset, ayer Byron o Víctor Hugo; un día los neo-clásicos italianos, otro los parnasistas franceses. Unos hacen gala de llevar a la lírica algo de los procedimientos del moderno naturalismo, y escriben con llaneza no superior a la de la prosa; otros conservan el culto del lenguaje poético, y procuran enriquecerle más y más con felices innovaciones y adaptaciones. En tal discordia y contrariedad de pareceres, de aficiones, de gustos, de teorías estéticas y hasta de teorías de estilo, justo es que se alce también la voz del señor Valera, a quien, como poeta, muy pocos españoles conocen, y que, sin embargo, tiene su nota lírica, propia, original y característica, y ofrece, además, en su libro una copiosa y variada antología de poesías insignes y famosas de grandes ingenios extranjeros, con la mayor parte de los cuales no había tenido hasta ahora la Musa castellana trato ni comunicación de ninguna especie.

Bastaría, la sinceridad del contenido de este libro, para que en él se fijase la atención de todo lector curioso y amante de la belleza artística, puesto que en él aparecen, mezcladas en agradable confusión, joyas peregrinas de las dos lenguas clásicas, y de la alemana, y de la inglesa, y hasta de la arábiga y de la indostánica, traídas todas a nuestro idioma con el más exquisito primor y elegancia. Por otra parte, aunque el autor, en su modestia, afirme que si bien «ha consultado a los filósofos y leído lo que dicen, y meditado y pensado por sí, nada ha sacado muy en claro, y se encuentra a estas horas sin Metafísica», es lo cierto, y debemos decirlo los demás, que pocos, muy pocos merecen en España con tanta razón como él el noble calificativo de pensadores, y que pocos, o ninguno, tienen y alcanzan por fuerzas propias tan gran número de ideas metafísicas como las que él ha alcanzado y madurado en su entendimiento, sin necesidad de dogmatizar a obscuras, ni de presentarse como hierofante y revelador, o como personaje de especie más sublime que la del resto de los mortales, sino filosofando al aire libre, con una amenidad comunicativa y un halago que de ningún modo dañan a la trascendencia del pensamiento, el cual fluye limpio y sereno, sin tristes cavilosidades ni espinas y arideces propias de los que creen que la ciencia está irrevocablemente reñida con la delectación. Si el señor Valera publicase juntos en un volumen, como yo de todo corazón se lo suplico, los artículos que tiene escritos bajo el rótulo de Metafísica a la ligera, no sé yo cuántos españoles de este siglo podrían pasar por más filósofos que el señor Valera, en aquella filosofía que se saca de las reconditeces del espíritu propio, no en la que se elabora zurciendo trozos de Kant, Hegel o Krause, de Santo Tomás, Sanseverino o Prisco.

Siendo, pues, el señor Valera erudito y pensador, y siendo una y otra cosa en grado eminente y rarísimo, tan eminente y tan raro que quizá tenga el defecto de corresponder a un estado de cultura más adelantado que el nuestro, es forzoso que estas cualidades hayan trascendido a su poesía, informándola (como decían hermosamente los filósofos escolásticos), esto es, dándole alma y vida y muy original carácter. Hay, por consiguiente, en los versos del señor Valera, aunque en cifra y de un modo indirecto y simbólico, como conviene al arte, una verdadera doctrina filosófica, o por lo menos los principios y fundamentos de ésta, mediante los cuales el autor razona sus propios afectos e interpreta el espectáculo de las cosas creadas. Es, pues, la poesía del señor Valera, poesía reflexiva, erudita, sabia y llena de intenciones, todo lo cual dificulta o alarga la tarea del comentario. Y como el tiempo apremia, y no es cosa de detener más este tomo, que debiera estar en la calle hace muchos meses, el comentario se quedará por esta vez sin hacer (lo cual no es pérdida grande), y habrán de contentarse los lectores con unas breves y menguadas notas, bastantes a probar que en esta colección de versos hay más jugo y substancia de lo que parece, porqué su autor sabe lo que se dice, y canta lo que siente y lo que piensa, al revés de la mayor parte de los que hacen o hacemos versos en España.

En el álbum de María

En la tercera estrofa de esta linda y juvenil composición, hay una evidente reminiscencia de Góngora:

El dedo colocado

sobre la dulce boca, adormeciendo

el velador cuidado

.......................................................


Trae, enseguida, a la memoria aquella hermosa canción:

   Dormid, copia gentil de amantes bellos...

......................................................................
dormid, que el Dios alado,

nuestras almas dueño,

con el dedo en la boca

os veía el sueño...



Es quizá el único remedo de los versos del antiguo poeta de Córdoba, en los versos de este otro poeta cordobés, tan desemejante de él en todo, como no sea en la lozanía del lenguaje.

La maga de mis sueños

En esta composición de fecha tan lejana (1842), comienza a descubrirse el singular parentesco que existe entre la inspiración lírica de nuestro autor y la de Leopardi a quien de seguro no había leído entonces. Compárese (por no citar otras) la canción Alla sua donna con la presente, y saltará a los ojos un aire de familia, que no nace de imitación directa, sino de identidad de sentimientos:

   Cara beltá che amore

lunge m'inspiri o nascondendo il viso.

Fuor se nel sonno il core

ombra diva mi scuoti,

o ne, campi ove splenda

più vago il giorno e di natura il riso;

forse tu l'innocente,

secol beasti che dall oro ha nome,

or leve intra la gente

anima voli ¿o te la sorte avara

ch'a noi t'asconde, agli avvenir prepara?

...................................................................
Se dell eterne idee

l' una sei tu, cui di sensibil forma

sdegni l' eterno senno esser vestita,

e fra caduche spoglie

provar gli afanni di funerea vita;

o s' altra terra ne' superni giri

fra' mondi innumerabili t' accoglie,

e più vaga del sol prossima stella

t' irraggie, e più benigno etere spiri,

di qua dove son gli anni infausti e brevi,

questo d' ignoto amante inno ricevi.



Por estas y otras semejanzas evidentes, afirmó con razón don Antonio Alcalá Galiano, en el prólogo de estas poesías, que el autor podía llamarse condiscípulo, aunque no copista, de Leopardi, cuyas obras dio a conocer en España el señor Valera bastantes años después, mostrando al juzgarlas profundísima penetración del espíritu del poeta y del encadenamiento de sus ideas filosóficas; todo lo cual ha sido letra muerta para la mayor parte de los críticos de España y de otras partes, los cuales no han sabido pasar de las primeras páginas del libro, es decir, de las canciones A Italia o Al monumento de Dante, que, son, en medio de sus pompas y esplendores de dicción, lo más académico, lo menos intimo, lo menos profundo y lo menos leopardesco de todo Leopardi.

En la égloga IV de Virgilio

Esta composición, como su título mismo lo indica, está tejida de imitaciones del Sicelides Musae:

   Ultima Cumaei venit jam carminis aetas,

magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.

Iam redit et virgo: redeunt saturnia regna...

At tibi prima, puer, nullo munuscula cultu...

Molli paulatim flavescet campus arista,

incultisque rubens pendebit sentibus uva

et durae quercus sudabunt roscida mella,

......................................................................
ipsae lacte domun referent distenta capellae

ubera; nec magnos metuent armenta leones.



El poeta a quien comentamos ha admitido la idea dominante en los apologistas cristianos desde los primeros siglos, apuntada ya por Lactancio en sus Instituciones Divinas, de considerar esta égloga IV virgiliana, no como una mera composición gratulatoria por el nacimiento del hijo de Polión (para lo cual parece demasiado hiperbólico y pomposa), sino como un vaticinio de la próxima venida del Redentor del mundo, anunciado en las profecías de las Sibilas. Es indudable que en los años que precedieron al mayor acontecimiento de la historia, había en todos los espíritus generosos y excelsos un vago presentimiento de alguna grande y trascendental renovación, que había de purificar y regenerar al mundo. La ocasión de la égloga virgiliana pudo ser el regocijo doméstico de la casa de Polión; pero, en el fondo del alma del poeta palpitaba mayor sentimiento y le hacía, de una manera casi inconsciente, intérprete de las grandes esperanzas humanas, en aquella ocasión crítica y solemne. No tuvo Virgilio espíritu profético, en el sentido que la teología da a esta frase; pero por algo llamó la antigüedad vates a sus poetas, y tenía, además, el mantuano una tradición obscura, pero respetada, que le dio materiales para su horóscopo, documento sublime de la expectación que sobrecogió al mundo pacificado por Roma, en los días inmediatos al cumplimiento de las profecías de los videntes hebreos. Todas las miradas se volvían hacia Oriente, dice José de Maistre.

Sobre el uso que la Edad Media hizo de esta égloga, nos remitimos al libro de Domingo Comparetti, Virgilio nel medioevo, uno de los trabajos más monumentales de la erudición moderna.

A Lucía

En esta serie de composiciones eróticas, que deben contarse, sin duda, entre las más bellas del autor, desarrolla y expone éste por modo poético su concepción del amor y de la hermosura, idéntica en el fondo a la de la escuela platónica, ya se la considere en el Fedro y en el Symposio, del maestro; ya en las Eneadas, de Plotino; ya en el Convite, de Marsilio Ficino; ya en los Diálogos de amor, de León Hebreo. Esta doctrina ha tenido la virtud, no sólo de inspirar sistemas de metafísica y de estética, sino de inflamar y despertar el estro de muchos poetas de la Edad Media y del Renacimiento y aun de tiempos más modernos, comenzando por Dante y Petrarca, continuando por Ausias March, Camoens y Herrera, y terminando por Leopardi, el cual ha dado a la concepción platónica un sentido más alto, enlazándola con sus ideas acerca del dolor y del mal, las cuales vienen a constituir una filosofía pesimista de la voluntad, generalizada y objetivada en términos análogos a los de Schopenhauer.

El platonismo erótico es el alma de los versos amatorios del señor Valera, especialmente de estas canciones A Lucía, compuestas en Nápoles bajo la influencia evidente de los grandes maestros italianos. El soneto

Del tierno pecho aquel amor nacido,



no disonaría entre los mejores del Cancionero del Petrarca, y aquella cuarta esfera es como la marca o el cuño de fábrica. Las dos canciones también son petrarquescas; pero no en el sentido de imitación servil, que no cabe en la índole del poeta, sino en el sentido en que lo son las de Leopardi, es decir, moviéndose en una esfera de luz ideal, semejante a la del Petrarca, por más que esta luz emane de otro foco que la del antiguo poeta. El fondo de las ideas pertenece evidentemente a la filosofía platónica, aunque vaya mezclado con algo más mundano. El amor que el poeta siente es «sed de un deleite del cielo»,

Que el alma acaso percibió en su vuelo,

antes que forma terrenal vistiera.



Así se explica la generación del amor en el Fedro. El alma, mediante la reminiscencia, al contemplar la hermosura terrena, recuerda aquella soberana e inmaculada hermosura que antes percibió en otros mundos. Y al contemplarla, le nacen al espíritu alas, como enseña Platón y nuestro poeta repite:

......................................... y de ligera

luz a mi corazón brotaron alas,

para que en pos de su ilusión corriera.



Este amor es deseo de hermosura, la cual se manifiesta en la admirable ordenación de las cosas creadas,

Símbolo y forma del pensar divino,



trasunto de la belleza suprema e incógnita, y escala por la cual el espíritu va elevándose a la contemplación, de la increada belleza, procediendo por grados, de los hermosos cuerpos a las hermosas almas, de éstas a las ideas puras hasta llegar a la idea simplicísima de belleza, que es eterna, inmutable, absoluta, no sujeta a decrecimiento ni a mudanza. Pero antes de llegar a esta idea pura, inmóvil y bienaventurada, peregrina el espíritu largamente por las cosas perecederas y caducas, deteniéndose y absorbiéndose a veces demasiadamente en ellas, de donde resulta el amor profano, que se distingue del amor místico por razón de su objeto, pero no por razón de la tendencia o impulso inicial, que en uno y en otro caso guía al alma enamorada. Lo que sucede es que el alma suele detenerse o distraerse en el camino, como acontece a la mayor parte de los platónicos de afición, y lo aconteció también a nuestro poeta, según testifican estas dos canciones suyas, tan tersas y tan gentiles, que, en su género, no temen la competencia con otras algunas de nuestro Parnaso, ni por lo delicado y exquisito de los conceptos, que jamás degeneran en pueril y enfadoso metafisiqueo, ni por el primor aristocrático de la forma.

La idea de la reminiscencia reaparece con frecuencia en estas canciones:

   Un recuerdo lejano

de otra esfera quizá o de otra vida.

.......................................................


Te reconocí, exclama el poeta en otra ocasión, y aun no duda en añadir como el más fervoroso discípulo de Plotino:

En un mundo mejor ambas se amaron.



Todo lo cual debe tomarse por mera fantasía poética o por un modo sutil e ingenioso de insinuarse en el ánimo de la dama a quien los versos se dirigen, puesto que, aun siendo bella y poética la doctrina de la reminiscencia, riñe de todo en todo con los principios de la sólida filosofía. Sin duda nuestro autor tendría puestos los ojos y la afición en aquel hermoso pasaje del Fedro, en que el más grande de los discípulos de Sócrates nos enseña que sólo el conocimiento de la filosofía restituye al hombre sus alas y le hace recordar las ideas que en otro tiempo vio, y despreciar las cosas que decimos que son, y volver los ojos a las que realmente son. Toda alma de hombre (añade Platón) ha contemplado en otro tiempo la verdad; pero el recordarla no es para todos, o porque la vieron breve tiempo, o porque al descender a la tierra tuvieron la desdicha de perder la memoria de las cosas sagradas. Pocos quedan que las recuerden; pero estos pocos, cuando ven algún simulacro de ellas en este bajo mundo, salen de su seso, y ellos mismos no se dan cuenta del la razón, acertando solamente a vislumbrar entre obscuras nubes aquella nítida hermosura que en otro tiempo vieron resplandecer al lado de Jove y de los otros dioses. El que no está iniciado en estos misterios, vase como un cuadrúpedo tras del deleite; pero quien, está iniciado y ha contemplado en otro tiempo las ideas, en viendo un cuerpo hermoso siente al principio una especie de terror sagrado; luego le contempla más y le venera como a un dios; y, si no temiera ser tenido por loco, levantaría a su amor una estatua. Experimenta un ardor insólito, y, bebiendo por los ojos el influjo de la belleza, comienzan a brotarle las alas y siente extraño prurito y dolor, como los niños en las encías cuando empiezan a brotarles los dientes.

Todo esto, hasta lo de las alas, se repite en los versos amatorios del señor Valera. El cual reproduce también aquella idea, eminentemente plotiniana, de considerar la naturaleza como el espejo de la propia fórmula o idea de hermosura que lleva innata el alma:

Mas cual en terso espejo cristalino

me mostraba doquier naturaleza

mi propio corazón tierno y ufano,

.......................................................
    Y de mi propio amor y su hermosura

enamoreme, enamorado de ellas.



Es idea que el gran maestro de la escuela de Alejandría desarrolla de un modo profundo y admirable en el libro VI de su primera Eneada. Según Plotino, la belleza se funda en semejanza, y por participación de nuestra belleza decimos que las otras cosas son bellas. Como el alma es cosa excelentísima, se alegra cada vez que encuentra algún vestigio de sí propia, y mediante la fórmula de hermosura, que ella posee, reconoce en los cuerpos la hermosura, que sería la idea misma si se la abstrajese de la materia. El alma, pues, contemplando la forma que en los cuerpos vence y subyuga a la informe materia, y congregando la belleza dispersa en el mundo, la refiere a sí misma y a la forma individual que posee, y la hace consonante, y amistosa, y armónica con esta forma íntima. Las armonías de la voz son producidas por otras armonías latentes en el alma, y hacen que ésta perciba su propia naturaleza reflejada en las cosas. El señor Valera, abundando en las mismas ideas que Plotino, repite al fin de su primera canción, dirigiéndose a la señora de su voluntad:

De tu misma hermosura te enamora,

que aquí en el alma retratada llevo.



Ausias March, uno de los más grandes entre los amadores platónicos y petrarquistas, había vislumbrado la misma verdad sin conocer a Plotino. Daba por razón de su amor el encontrar en su propia alma gran parte del alma de su señora:

   Per molta part de vos qui trob en mi;



y enseñaba que el amor vale cuanto vale el amador, así como el sonido es según el órgano que le produce.

En los últimos versos de la canción segunda del señor Valera, parece sentirse como un eco lejano de Leopardi en su estupenda elegía Aspasia:

............................ Non cape in quelle

anguste fronti ugual concetto...

................................. che se più molli

e più tenui le membra, essa la mente

men capace e men forte anco riceve.



El amor

Variaciones sobre el mismo tema platónico. La mayor parte de las ideas de este fragmento proceden del Convite o Symposio, en aquel divino pasaje en que Sócrates expone a los comensales del poeta trágico Agathón, la enseñanza que recibió de una forastera de Mantinea llamada Diótima, gran maestra en purificaciones y exorcismos. Pero también otras ideas de las expuestas por los convidados de Agathón encuentran eco en la poesía del señor Valera, el cual, siguiendo a Pausanias, establece la distinción de la Venus Urania o celeste y de la popular o demótica, a cuya distinción responde la de dos distintos géneros de amores.

El poeta y el amor

En este diálogo hay ideas de Plotino: «Quien no abrace más que las formas corporales, vivirá siempre entre tinieblas y fantasmas. Busquemos nuestra dulce patria, la fuente de donde procedemos. No habemos menester ni caballos ni naves para este viaje, sino cerrar los ojos corporales y abrir aquellos otros que todos los hombres poseen, aunque muy pocos los usen.»

Sueños

Composición bellísima, llena de fantasía y de pasión reconcentrada, bastante por sí sola para dar fama a un poeta. La idea contenida en estos versos:

   Pero Amor logra más, a más se atreve,

y combate con Dios, y de Dios triunfa.



es frecuente en los platónicos cristianos, especialmente en los místicos, y la expone con gran vigor de frase el padre Cristóbal de Fonseca en su Tratado del amor de Dios: «El Amor entrose por esos cielos, y cogiendo a Dios, no flaco, sino fuerte; no el trono de la Cruz, sino de su Majestad y gloria, luchó con él hasta baxarle del cielo, hasta quitarle la vida... Porque nadie es tan fuerte como el Amor, ni aun la muerte, porque puso el Amor la bandera en lo más alto de los homenajes de Dios.»

Es casi inútil advertir que en aquellos versos

Y las antes recónditas estrellas

................................................


se refiere el poeta a aquel paisaje del Purgatorio, en que Dante, por una de esas adivinaciones propias del genio poético en su más alta esfera, coloca sobre el rostro de Catón la luz de una constelación, incógnita aún cuando el gran poeta escribía, y, conocida hoy con el nombre de Cruz Austral o Cruz del Sur.

   Io mi possi a man destra, e posi mente

all'altro polo, e vidi quatro stelle

non viste mai fuor che alle prime genti.

    Goder pareva il ciel di lor fiammelle.

¡O settentrïonal vedovo sito,

poichè privato sei di mirar quelle!

    Com'io dal loro sguardo fui partito,

un poco me volgendo all'altro polo,

là onde il carro già era sparito.

   Vidi presso di me un veglio solo

degno di tanta reverenza in vista

che più non dee á padre alcun figliuolo.

   Lunga la barba e di pel bianco mista

portava a'suoi capegli simigliante,

de'quai cadeva al petto doppia lista.

    Li raggi dello quattro luci sante

fregiavan si la sua faccia di lume,

ch'io il vedea come il sol fosse davante.

.................................................................
    Or ti piacia gradir la sua venuta:

libertá vá cercando, che é si cara

come sa chi per lei vita rifiuta.

    Tu il sai, che non ti fu per lei amara

In Utica la morte...



Amor del cielo

Nuevas reminiscencias de Platón y de Plotino. «La Venus celeste, nacida de Saturno, esto es, del entendimiento, es tan pura, inviolable y permanente como él, y ni puede bajar a este mundo, porque es de tal naturaleza, que jamás se mueve hacia lo inferior: substancia separada y esencia que en ningún modo participa de la materia.» (Libro V de la tercera Eneada.) La picaresca composición de nuestro vate, puede pasar por parodia o por maligno comentario de esta doctrina.

A Malvina

En estos versos, dedicados (como de su contexto se infiere) a una de las hijas del duque de Rivas, hay alusiones a varios poemas de su padre. Sucesivamente, se la compara con la Kerima de El Moro Expósito, con la Leonor del Don Álvaro, con la Zora de El Desengaño en un sueño. La historia de Harú y Manú, a que se alude después, es un mito persa, contenido en el Shah Nameh, de Firdussi. Y el mago Suleimán, que más abajo se menciona, no es otro que el sabio rey Salomón, a quien los orientales, especialmente los árabes, atribuyen mil conocimientos peregrinos, además de los que la Escritura te concede, suponiendo, entre otras cosas, que tenía a sus órdenes los vientos, y podía ser trasladado por ellos en breve espacio de un lugar a otro; que entendía el canto de las aves, el susurro de los insectos y el rugir de las fieras; que veía a enormes distancias; que le obedecían sumisos los leones y las águilas; que poseía incalculables tesoros, y un sello, mediante el cual conocía lo pasado y lo porvenir, y dictaba sus órdenes a los genios para que le construyesen templos y alcázares, etc., etc. Verdad es que de poco le sirvió tanta prosperidad y tanta ciencia, porque, habiéndose dejado arrastrar del orgullo, le reprobó Allah, y tuvo Salomón que peregrinar cuarenta días, demandando su sustento de puerta en puerta, mientras que los genios, libres ya de la servidumbre en que los tenía, se apoderaron de su sello, y, penetrando en su palacio, forzaron a todas sus esclavas. Esto y otras mil cosas estupendas se refieren en varios libros árabes y aljamiados, verbigracia, en el Recontamiento de Suleimán, que ha impreso e ilustrado con su habitual erudición el señor Guillén Robles en el primer tomo de sus Leyendas Moriscas.

El fuego divino

Esta composición es, a mi entender, la más perfecta del señor Valera. Por la limpieza y serenidad del estilo, y hasta por el corte métrico, pertenece a la escuela de fray Luis de León; pero el fondo de las ideas es enteramente moderno, si bien con cierto tinte místico. Parécenos que el autor se ha inspirado muy de cerca en el famoso y elocuente libro de Herder, Ideas sobre la filosofía de la historia de la humanidad. Sostiene Herder que la superioridad de unas formas de existencia sobre otras depende de la posesión más o menos completa de aquellas propiedades, por medio de las cuales se expresa algo que luego con mayor perfección ha de mostrarse en el hombre, centro de la creación terrestre, que él domina en virtud del principio divino que posee y que le hace apto para el razonamiento, para el ejercicio del arte, para ser libre, para dilatarse sobre la superficie de la tierra, para la humanidad, para la religión, para la inmortalidad. Herder concibe el espíritu como un poder orgánico, pero no le identifica con el organismo ni con la función. La concepción de nuestro poeta es idéntica a la de Herder. Para uno y otro ese llamado fuego divino es el principio que fecunda y anima la materia orgánica; es una fuerza originalmente análoga (según Herder) a las fuerzas de la materia, a las propiedades de la irritabilidad, del movimiento, de la vida, pero muy superior a ellas, porque obra en esfera más alta, en organizaciones más complejas y delicadas. «De las profundidades del ser (escribe el pensador germánico) nace un elemento inescrutable en su esencia, activo en sus manifestaciones, imperfectamente llamado luz, éter, calor vital, y que es probablemente el sensorium del Creador; esta corriente de fuego divino circula a través de millones y millones de órganos, depurándose cada vez más, hasta qué alcanza en la naturaleza humana el grado de pureza más alto a que puede aspirar un idealismo terrestre.»

No es del caso impugnar esta concepción semipanteísta. Por el momento, basta que sea poética, y que nuestro autor haya sabido encontrar y expresar hermosamente esta poesía.

Último adiós

Los primeros versos de esta elegía (verdadera joya de sentimiento y delicadeza) traen enseguida a la memoria el principio del canto VIII del Purgatorio dantesco:

   Era giá l'ora che volge il desio

ai naviganti, e intenerisce il core

lo di ch'han detto ai dolci amici addio.

   E che lo novo peregrin, d'amore

punge, se ode squilla di lontano,

che paia il giorno pianger che si muore.



La velada de Venus

Valentísima imitación parafrástica del Pervigilium Veneris, obra de incierto autor latino, y aun de época incierta, si bien no parece posterior al siglo tercero. Está compuesta en un ritmo trocaico de carácter popular:

   Cras amet qui nunquam amavit

quique amavit, cras amet:

vere novo jam canendum:

ver renatus nobis est.

.......................................................


El Pervigilium ha sido atribuido con poco fundamento a algunos de los más famosos poetas de la antigüedad, entre ellos al mismo Virgilio. Otros se inclinan a suponerle composición de la época de Adriano, y le dan por autor al poeta Floro, autor de una improvisación en metro análogo al del Pervigilium:

Ego noto Caesar esse,

ambulare per britannos.

......................................


Otros aun le traen a época más moderna, y realmente la latinidad no es del siglo de oro. Tampoco, en cuanto al destino primitivo de esta poesía, hay conformidad en los humanistas, puesto que mientras unos le suponen compuesto para ser cantado en una fiesta religiosa (la velada de Venus), y le asignan, por consiguiente, un carácter sagrado y popular, otros le suponen inspiración individual y caprichosa de un poeta que quizá haya aprovechado fragmentos de verdaderos himnos sacros, pero que los ha modificado profundamente, dándoles un carácter más subjetivo o personal, lo cual se ve principalmente en los últimos versos, que por ningún concepto parece que cuadran en una poesía escrita para ser cantada en público.

Por otra parte, abundan en el Pervigilium imitaciones de Lucrecio, Catulo, etcétera, que denuncian más bien la mano de un retórico hábil que la de un verdadero poeta popular. De todos modos, el Pervigilium, además de ser muy curioso por el metro, es positivamente muy lindo, y la traducción (o más bien paráfrasis) del señor Valera puede decirse que aventaja al original latino en grandeza y amplitud de formas y, en arranque y potencia lírica.

Tu recuerdo. -Al sueño. - Al hada Melusina

Entre los poetas alemanes de segundo orden, Manuel Geibel es uno de los más beneméritos de nuestra literatura, como traductor felicísimo de muchos de nuestros romances. El señor Valera ha querido pagarle esta deuda, poniendo en verso castellano tres composiciones suyas.

El ángel y la princesa

Juan Bautista de Almeida-Garrett, el más ilustre de los poetas portugueses de nuestro siglo, publicó en tres volúmenes un Romancero, recogido en parte de la tradición oral, aunque no con el rigor y la severidad científica que hoy se exige en este linaje de colecciones. El segundo y tercer tomo de la de Garrett contienen verdaderos romances populares más o menos retocados por el colector; pero el primer volumen es todo de composición suya, tomando unas veces argumentos de las leyendas y cantos populares, y acudiendo otras a fuentes eruditas y extranjeras. Tal acontece con el presente romance, cuyo dato jamás ha sido popular en la Península ibérica ni en otra parte alguna que sepamos. El mismo Garrett confiesa ingenuamente que tomó su asunto de dos poemas, inglés el uno y francés el otro: Los amores de los ángeles, de Tomás Moore, y La caída de un ángel, de Lamartine. Uno y otro se habían inspirado en la antigua y errónea interpretación que algunas sectas judías y cristianas de los primeros siglos dieron a aquel pasaje del Génesis, en que se habla de los amores de los hijos de Dios con las hijas de los hombres. De esta interpretación hay ya vestigios en el libro apócrifo de Henoch, y consiste en suponer que los hijos de Dios no eran los hijos o descendientes de Seth, sino las propios ángeles que bajaron a la tierra, vencidos y avasallados por la hermosura de las hijas de los hombres, y prevaricaron con ellas.

Romance de la hermosa Catalina

En la primera edición tuvo el señor Valera la humorada de llamar a este romance traducción del portugués. Es original, sin embargo, y demuestra la singular aptitud de su autor para asimilarse el gusto y estilo de las poesías más diversas. La presente puede rivalizar con las más ingeniosas falsificaciones de la poesía popular hechas por Garrett o por Durán.

La iglesia perdida (de Luis Uhland). -La hija del joyero. - El paladín heraldo

El autor de estas tres composiciones es harto conocido, para que parezca superfluo advertir que están traducidas del alemán, en cuya literatura romántica ocupa Uhland uno de los primeros lugares, prefiriéndole algunos al mismo Tieck. Uhland es, por excelencia, el poeta legendario de Alemania; el cantor, a un tiempo brillante y melancólico, de los recuerdos de la Edad Media. Su poesía ofrece el contraste más profundo con la de Enrique Heine, que, sin embargo, habla de él con mucho elogio en su libro de la Alemania.

Firdusi

Esta composición pertenece al Romancero, de Enrique Heine, colección mucho menos conocida entre nosotros que su Buth del Lieder o Cancionero, del cual poseemos dos tan apreciables traducciones, debidas a los señores Llorente y Pérez Bonalde.

El hecho que sirve de base al poemita tan lindamente naturalizado por el señor Valera, parece histórico. El mismo Firdusi (autor del gran poema Shah-Nameh o Libro de los reyes) se queja amargamente del malo y fraudulento pago que le dio el sultán Mahmud, de la dinastía de los Ghaznavidas. Los versos en que exhaló sus quejas el poeta burlado, pueden leerse traducidos (probablemente en una versión inglesa) en el tomo de Poesías árabes, persas y turcas, del conde de Noroña (París 1833).

Firdusi es uno de los mayores poetas del mundo, no ya sólo de Persia. Su poema no tiene la poderosa unidad del Ramayana o de la Ilíada, ni pertenece tampoco a la poesía épica genuinamente popular y espontánea, como esas dos grandes epopeyas. Más bien que poema, el Shah-Nameh es una serie o ciclo de poemas que comprenden toda la vida histórica y fabulosa de la monarquía persa; una interminable crónica rimada, que esmaltan por dondequiera rasgos de genio. Firdusi había abrazado el mahometismo, pero en él, lo mismo que en otros poetas del Irán, esta religión no pasó más allá de la corteza. En el fondo de su alma se mantuvieron fieles, si no, a las antiguas creencias, por lo menos al espíritu tradicional de su raza, el cual, próximo a apagarse, se manifestó en ellos con singular esplendidez y fuerza. De aquí los elementos genuinamente épicos que en tanta abundancia contiene el inmenso poema de Firdusi, a pesar de ser obra de erudición en gran parte, nacida después del triunfo del islamismo y de la extinción del culto de los adoradores del fuego. Enrique Heine caracteriza admirablemente el poema de Firdusi al principio de esta leyenda suya, cuya traducción es uno de los mayores triunfos del señor Valera.

La oreja del diablo

El conocido hispanófilo doctor Juan Fastenrath, de quien es el original alemán de este cuento estrambótico, hubo de tomar su asunto de un relato novelesco, en prosa, que los ciegos venden por las plazas. Su título es el mismo que el de la leyenda de Fastenrath, y la edición que tenemos a la vista es del año pasado de 1885. Hay otras muy anteriores, lo cual prueba la popularidad del cuento entre las gentes de condición humilde, que consumen este género de papeles desdeñados de los doctos, por más que muchas veces se encierre en tan plebeya literatura la revelación de altos arcanos etnográficos e históricos. El presente cuento, aunque groseramente alterado y modernizado en la pésima versión que los ciegos expenden, parece ser de origen antiguo. El doctor Fastenrath le ha mejorado mucho al ponerle en verso, suprimiendo más de las dos terceras partes de las ridículas peripecias contenidas en la relación vulgar a que aludimos, y a la cual no sería difícil encontrar similares en nuestras colecciones de cuentos y en las de otros países.

Trozos de Fausto

El señor Valera ha tenido siempre especial admiración por el gran poeta Goethe. En su juventud imitó el Segundo Fausto, cuando casi nadie le conocía entre nosotros. En su edad madura ha puesto en verso los trozos más líricos de la primera parte, trozos que van intercalados en la exacta versión en prosa publicada por los señores English y Gras. Aquí aparecen estos trozos sueltos y desligados del conjunto del poema, lo cual podría dificultar algo su inteligencia, a no ser tan conocida de todo linaje de lectores cultos la obra maestra de Goethe, obra maestra también del genio alemán, y aun de toda la poesía moderna. Ofrécense aquí, pues, el Prólogo en el cielo, la respuesta del espíritu a la evocación de Fausto, el coro de la Resurrección, el de los soldados y los campesinos bajo los tilos, el canto de los espíritus en el corredor, la escena de la taberna en Auerbach, los preparativos del remozamiento, la balada del Rey de Thule, los versos que dice Margarita hilando al torno, la serenata de Mefistófeles, y la solemne escena de la catedral y del Dies irae. Los trozos que el señor Valera traduce, a pesar de ser los de índole más lírica y menos dramática (exceptuando el último), forman juntos una especie de compendio del poema, que puede refrescar agradablemente la memoria de quien ya le conozca en su integridad. Si prescindimos de la balada del Rey de Thule (de la cual había varias traducciones, entre las cuales sobresale la de nuestro llorado maestro don Manuel Milá y Fontanals), el presente ensayo de traducción poética del Fausto es el primero que recordamos haber visto impreso en nuestra lengua. Con alguna posterioridad, el insigne escritor valenciano, don Teodoro Llorente, ha publicado una versión poética íntegra de la primera parte del Fausto, trabajo que tenía comenzado muchos años hace, y que ahora ha completado y retocado mucho.

Fábula de Euforión

No es traducción ni paráfrasis, sino imitación muy libre y remota del más bello episodio de la segunda parte del Fausto, mucho menos leída que la primera y tenida generalmente por inextricable y confusa en fuerza de su excesivo simbolismo. No lo juzga así el señor Valera, el cual hace muy ingeniosa defensa e interpretación de esta segunda parte en su estudio sobre el Fausto, que ha de aparecer en uno de los volúmenes sucesivos de esta colección de sus obras. Convenimos con nuestro autor en que la segunda parte sólo puede parecer un logogrifo a espíritus ignorantes, perezosos y distraídos, ajenos del todo al mundo de ideas metafísicas, estéticas y científicas en que el espíritu de Goethe se movía. Pero también se nos concederá que el símbolo y la alegoría, por transparentes que sean, y por muy altas y trascendentales que parezcan las ideas a las cuales sirven de envoltura, traen siempre consigo un no sé qué de frialdad que es muy dañoso al arte, y que, limitándonos al caso presente, hará siempre que la segunda parte, no obstante las bellezas líricas y las profundidades metafísicas que contiene, parezca siempre inferior a la primera, y menos humana, y simpática, y deleitable que ella.

Por fortuna, el episodio de Euforión es quizá el trozo del segundo Fausto que más libre se halla de estos inconvenientes. El símbolo es claro y está al alcance de cualquier lector, y la ejecución artística es de una belleza insuperable. Del consorcio del genio de las razas germánicas, representado por el Doctor Fausto, y del genio de la raza griega, personificado en la hermosa aparición de Helena, a quien con mágicos conjuros atrae Fausto del reino de las sombras, nace el genio de la poesía moderna encarnado en Euforión, y sus rasgos concuerdan en general con los de lord Byron, cuya gloriosa muerte estaba muy fresca cuando Goethe escribía esta parte de su poema.

La idea de la evocación de Helena no pertenece originalmente a Goethe: estaba ya en el Fausto inglés de Marlowe; pero este poeta del Renacimiento no había acertado a sacar partido de tan hermosa idea que compendiaba el espíritu del Renacimiento mismo. Sólo Goethe le dio el alcance y la trascendencia simbólica que ahora tiene, produciendo una creación tan filosófica y tan poética a un tiempo, que ya no se borrará de la memoria de los hombres, y será como el tipo y el ideal eterno y armónico de la nueva poesía.

Hay en el Euforión muchos rasgos, y no los peores, que pertenecen en toda propiedad al Sr. Valera, como puede ver el curioso que coteje esta Fábula con el episodio correspondiente de Goethe. Hay, también, imitaciones y reminiscencias del otros varios poetas, hábilmente fundidas con el tono general y dominante de la obra. Así, el bello coro en versos sáficos

Hijo sublime de la hermosa Helena...



no niega su parentesco con el himno de Hermes, que anda entre los atribuídos por la antigüedad a Homero, y que hoy mismo se imprimen al fin de sus poemas. Tengo para mí que no hay en castellano versos sáficos de carácter tan verdaderamente clásico como estos del Sr. Valera.

Más adelante, en aquellos versos

   Un tiempo de la cumbre que domina

el mar de Salamina

un rey miró, de presunción henchido...



reconocerá todo lector curioso una imitación manifiesta del famoso canto de las isla de Grecia en el Don Juan, de Byron, canto que yo mismo he parafraseado en otro tiempo.

El paraíso y la Peri

Esperamos que el Sr. Valera llevará a término su antiguo proyecto de poner en lengua castellana todo el Lalla Rook, colección de cuentos orientales de Thomas Moore, ingenio maravilloso, todo color, brillantez y halago mundano, que transportó a las nieblas del Norte las pompas, aromas y misterios del Oriente, como si en él hubiese retoñado el espíritu de Hafiz, de Sadi o de Firdussi. Cuatro son los cuentos en verso que forman el collar de perlas llamado Lalla Rook: El velado profeta del Khorassan, El Paraíso y la Peri, Los adoradores del fuego y La luz del Haram.

Hasta ahora, el Sr. Valera no ha traducido más que el segundo, menos épico que los restantes, pero lleno de gracia y de hermosura líricas. Para facilitar la inteligencia de este trozo de poesía, un tanto extraño a nuestras costumbres y habituales lecturas, nos ha parecido conveniente añadir algunas notas tomadas de las que acompañan al original inglés de Moore, a quien yo tengo por el tercero de los poetas británicos de su tiempo, después de Byron y de Shelley.

I. En el lago de Cachemira existen muchas islas. La isla por excelencia a que el poeta alude, parece ser la conocida con el nombre de Char Chenaur.

II. Al lago de Sing-suhay va a parar el Altan-Kol o río de oro del Thibet, así llamado por el que arrastra en sus arenas.

III. Suponen los mahometanos que los cometas son los dardos que los ángeles buenos disparan contra los malos cuando quieren escalar el empíreo.

IV. Los cimientos del Chilminar son las ruinas de Persépolis. Suponen los persas que el palacio y los edificios de Balbeck fueron edificados por los genios con el propósito de enterrar en sus subterráneos innumerables tesoros que permanecen allí todavía.

V. Mahmud de Gasna, o más bien el Gaznavida, conquistó parte de la India a principios del siglo XI de nuestra Era, y persiguió de la manera más cruenta los antiguos cultos, arrebatado por el fanatismo musulmán. Hacía gala de adornar a sus perros con los collares sagrados.

VI. En las montañas de la luna se ha supuesto que nacía el Nilo, a quien los abisinios designan con el nombre de «El Gigante».

VII. Con el nombre de país de las rosas (Suristan) designan los orientales a la Siria (de suri), por las bellas y delicadas especies de rosas que hicieron célebre aquel país en otros tiempos. Tal es a lo menos la opinión, de algunos viajeros, seguida por Thomas Moore.

VIII. Alude a la lluvia milagrosa que cae en Egipto precisamente en el día de San Juan, y se supone que tiene la virtud de ahuyentar la peste.

IX. Shadukiam, la de las torres de diamantes, es una ciudad, capital de región en el reino de Jennistán. También se la apellida ciudad de las joyas. Amerabad es otra de las ciudades del Jennistán.

Las aventuras de Cide-Yahye

Sobre este poema, que desgraciadamente no ha sido terminado, basta referirnos a la carta prólogo del Sr. Valera. ¿Qué interpretación más autorizada? El pensamiento filosófico que en el poema domina pertenece, como casi todos los del autor a la filosofía neo-platónica o alejandrina. Ni ha de parecer impropio poner tales sutilezas en la mente de un príncipe árabe-andaluz, puesto que precisamente tuvieron muchos secuaces y egregios intérpretes en los filósofos mahometanos y judíos de nuestra raza, tales como Avempace, Tofail y Ben-Gabirol.

Este, en su famoso libro Makor Hayin o Fuente de la vida, nos enseña que la forma (concepto análogo en su sistema al de la idea) es luz perfecta, pero que, conforme se difunde en la materia y va concentrándose y adquiriendo sucesivas determinaciones, pierde mucho de su integridad y de su pureza, y se empaña, y se contamina, y se hace más espesa.

Por el contrario (añade el poético filósofo zaragozano o malagueño), «si quieres imaginar las substancias simples y el modo como tu esencia las penetra y contiene, es necesario que eleves tu pensamiento hasta el último ser inteligible; que te limpies y purifiques de la inmundicia de las cosas sensibles; que te desates de los lazos de la naturaleza, y que llegues, por la fuerza de tu inteligencia, al límite extremo de lo que te es posible alcanzar de la realidad de la substancia inteligible, hasta que te despojes, por decirlo así, de la substancia sensible, como si nunca la hubieras conocido. Entonces tu ser abrazará todo el mundo corpóreo, le colocarás en uno de los rincones de tu alma, entendiendo cuán pequeña cosa es el mundo sensible al lado del mundo inteligible. Entonces las formas espirituales se revelarán a tus ojos, y las verás alrededor de ti y bajo ti, y te parecerá que son tu propia esencia... Y si asciendes a los últimos grados de la substancia inteligible, te parecerán los cuerpos pequeños e insignificantes, y verás el mundo entero corpóreo nadando en ellos como los peces en el mar o los pájaros en el aire».

Por no haber ascendido a esta sublime Metafísica; por haberse empeñado en materializar y hacer corpórea la idea inmaculada que vivía en su mente; por haber tratado, nuevo e infeliz Pigmalión, de hacer respirar y moverse a la Galatea de su pensamiento, tuvo que pasar el pobre rey de las Alpujarras, héroe de este cuento, todas las tribulaciones que el Sr. Valera se proponía relatar en los cantos sucesivos de su poema. Hay aquí un problema metafísico punto menos que insoluble. La materia (y el mismo Ben-Gabirol lo reconoce) no puede existir desnuda de forma: la existencia de una cosa sólo por la forma se determina o se realiza. Todo ser es o inteligible o sensible, y el sentido y el entendimiento humanos únicamente se aplican a formas sensibles o inteligibles. De aquí que la esencia o la idea jamás lleguen, en este bajo mundo, a realizarse en su integridad y pureza, ni se pronuncie nunca del todo en los oídos humanos aquella palabra inefable que el Altísimo imprimió en la materia. Sólo en una esfera superior a la de la ciencia humana pueden hallar satisfacción estos místicas y suprasensibles anhelos.

Del cuento de Boccacio que el Sr. Valera pensó tomar como armazón de su poema, mucho pudiera decirse, con sólo copiar lo que escriben los comentadores, del Decamerone, especialmente Manni en su Historia de aquel famoso libro; DuMéril, en su estudio sobre las fuentes de los cuentos de Boccacio, insertó en sus Prolegómenos a la historia de la poesía escandinava, y otros muchos eruditos que fuera prolijo enumerar, y que dan amplia noticia de todos los viajes, transmigraciones y extraordinarias vicisitudes de la fábula de Alaciel, novia del rey de Garba o más bien del Algarbe. Pero como quiera que nuestro autor no llegó a hacer uso del cuento de Boccacio, prescindimos aquí de erudición tan fácil, limitándonos ahora a recordar que no es el Sr. Valera el único que ha creído encontrar un sentido melancólico y profundo en el cuento, a primera vista ligero y pintoresco, del alegre novelador florentino. Lo mismo opina Emilio Montégut en un reciente estudio inserto en su libro Poetas y artistas de Italia.

En la estrofa que comienza

Eres semejante al alma

de amor al Amor objeto...



se alude de una manera bien clara a la fábula de Psiquis y el amor, referida de un modo tan poético e interesante en el Asno de oro, de Apuleyo, e interpretada por los gnósticos y neoplatónicos en un sentido idealista análogo al que predomina en la leyenda de nuestro autor.

Elegía de Abul-Beka, de Ronda, a la pérdida de Córdoba, Sevilla y Valencia

El Sr. Valera ha traducido del alemán la excelente obra del barón Adolfo Federico de Schack acerca de la Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia. Los versos de poetas árabes-hispanos que Schack traduce al alemán y que forman la mayor parte de su libro, los pone igualmente el Sr. Valera en un verso castellano.

Pero como quiera que la traducción de Schack ha de formar parte de esta colección, y que la mayor parte de las poesías dadas a conocer por aquel orientalista reclaman forzosamente el auxilio del comentario en prosa, sólo ha querido el señor Valera insertar en esta colección una muestra, eligiendo, con buen acuerdo la famosa elegía del rondeño Abul-Beka, encaminada a deplorar las calamidades que cayeron sobre el Islam con motivo de las gloriosas conquistas llevadas a término por San Fernando y por Jaime I de Aragón. De estas elegías a la pérdida de ciudades, hay en la literatura arábiga de la Península muchos ejemplares insertos generalmente en los libros de historia (véase, pongo por caso, la elegía del moro de Valencia en la Crónica general); pero quizá esta composición de Abul-Beka sea el tipo más perfecto y más puro de tal género de lamentaciones. Nuestro traductor la ha puesto en copias de pie quebrado, semejantes a las de Jorge Manrique, lo cual, unido a ciertos solemnes giros oratorios acerca de la instabilidad de las grandezas humanas, parece darle un remoto aire de analogía con los inolvidables versos de aquel ingenio castellano a la muerte de su padre. Pero si se lee traducida literalmente en prosa esta elegía, la semejanza no resulta tan clara ni con mucho. Y por otra parte, prescindiendo de la dificultad casi insuperable de que una poesía árabe de índole tan culta y literaria hubiera podido nunca ser popular ni conocida en Castilla (fenómeno que sería único, y por tanto inexplicable, en la historia de nuestras letras), no cabe duda que la semejanza es en pensamientos comunes, los cuales se hallan en poetas de todas naciones y edades y aun en los mismos libros de la Sagrada Escritura, y que, sin salir de su propia casa y familia, encontró Jorge Manrique cuantos materiales necesitaba para su elegía, en las copias de su tío Gómez Manrique al contador Diego Arias de Avila, que fueron, sin duda, su verdadero modelo:

   En esta mar alterada

por do todos navegamos,

los deportes que pasamos,

si bien lo consideramos,

no duran más que rociada.

¡Oh, pues, tú, hombre mortal,

mira, mira,

cuán presto la rueda gira

mundanal!

   Si desto quieres enxiemplos,

mira la grand Babilonia,

Tebas y Lacedemonia,

el grand pueblo de Sydonia,

cuyas murallas y templos

son en grandes valladares

transformados,

e'sus triunfos tornados

en solares.

    Pues si passas las historias

de los varones romanos,

de los griegos y troyanos,

de los godos y persianos,

dignos de grandes memorias,

no fallarás al presente

sino fama,

transitoria como flama

d'aguardiente, etc., etc., etc.



Reco.- Las hojas que cantan.- El destructor de los ídolos.- El mayoral del rey Admeto

Estas cuatro composiciones están imitadas, o más bien parafraseadas, de otras del poeta norteamericano James Russell Lowell. El Sr. Valera prepara un trabajo extenso acerca de la poesía inglesa de los Estados Unidos, de la cual entre nosotros sólo han sido conocidos hasta ahora los nombres de Longfellow, de Cullen Bryant y de Edgar Poe, y aun este último más bien en concepto de narrador excéntrico que de poeta lírico. Como muestras y primicias de este trabajo, nos ofrece en la presente colección el Sr. Valera algunas composiciones de Lowell, de Whittier y de Story.

Russell Lowell, lo mismo que Whittier, pertenecen por su nacimiento a los Estados de la Nueva Inglaterra, que parecen ser o haber sido el foco intelectual de la América del Norte. Por sus aficiones clásicas, por su vasta cultura, por el primor de la forma, Russell Lowell ha sido considerado por muchos como el verdadero tipo del literato americano, tanto o más que el mismo Longfellow. Y, sin embargo, Russell Lowell debe su mayor popularidad a una serie de versos políticos, The Biglow Papers, en los cuales, para asegurar el efecto inmediato no temió el autor recurrir a los vulgarismos y yankismos más enérgicos de las provincias en que había nacido, olvidados unos y no admitidos nunca otros en la lengua inglesa clásica. Hasta la ortografía es rara e insólita en este poema, que exige y lleva un índice y un glosario.

Pero prescindiendo de estas composiciones, cuyo interés es un tanto local y transitorio, aunque arguyen despejado ingenio y grande audacia filológica, lo que con más agrado puede leer un extranjero en la colección de Russell Lowell son, sin duda, las composiciones inspiradas por aquella serena intuición clásica, que él ha sabido comprender y expresar tan lindamente en la oda que comienza:

   In the old days of awe and kee-eyed wonder,

the poet's song with blood-warm truth was rife.

He saw the mysteries which circle under

the out ward shell and skin of daily life.

Nothing to him were fleeting time and fashion,

his soul was led by the eternal law.

There was in him no hope of fame, no passion,

but with calm, godlike eyes he only saw.



A este género corresponden Reco y El Mayoral del rey Admeto (The Sheperd of king Ametus). En esta última hace Russell Lowell, con extraordinaria y profunda sencillez, la apoteosis de la primitiva cultura humana, labrada por las artes del espíritu, en aquel período rudimentario en que la naturaleza hablaba de un modo tan directo y eficaz a los mortales:

   It seemed the loveliness of things

did teach him all their use,

for, in mere weeds, and stones, and springs,

he found a healing power profuse.



Pero el idilio de Rhoecus es el más acabado espécimen del nuevo género de leyenda clásica que Russell Lowell ha puesto en boga. Compuesto este idilio en versos sueltos, y traduciéndole el Sr. Valera en el mismo metro, ha podido trasladar a su versión todas las gracias íntimas y delicadas del original. Un sentido ético muy puro y elevado viene en esta leyenda a depurar y engrandecer el antiguo mito dándole valor de poesía eterna y universal, de aquella poesía que tiene lágrimas y flores para todas las cosas creadas, especialmente para las que son ternezuelas, débiles y humildes. Hay un profundo espíritu de caridad en el fondo de la fábula de Reco, y él constituye la mayor originalidad de este poemita tan limpio y sosegado, fusión perfecta del aliento plasmador y estético de la teogonía clásica con la ardiente aspiración moral, propia y característica de las razas del Norte.

La balada The Singin Leaves y la que se titula Mahmood the image-breaker, pertenecen a distinto género y acaban de probar que el cosmopolitismo es la nota característica de la poesía yankee, así en Russell Lowell como en Longfellow y en Story, hábiles todos en remedar las inspiraciones de los pueblos más diversos, haciéndose por breve espacio solidarios de su modo de sentir y de sus concepciones poéticas o religiosas. En este concepto, más que en otro alguno, ha dicho Edmundo Clarence Stedman, en su reciente libro Poets of America, que Russell Lowell es, por excelencia, el hombre de letras americano, our representative man of letters, considerándole además como un fine exemplar of culture, y añadiendo que algunos le han llamado ciudadano del mundo. Stedman, sin embargo, reclama vigorosamente los derechos de americanismo a favor de la poesía de Lowell, estimándole como el tipo más perfecto de la cultura en los Estados del Este.

Rossell Lowell nació cerca de Cambridge el 22 de febrero de 1819, y vive aún. Stedman compara la leyenda de Rheco con la más bella de las Helénicas de Landor, la Hamadryada.

Praxíteles y Fryne

Traducida libremente de unos versos de William Wetmore Story, hombre de muy varios talentos y aptitudes, literato, pintor, escultor, medio italiano en sus gustos, muy refinado en su dicción, y lo menos americano posible en el carácter habitual de sus producciones. Como poeta es secuaz de Browning. De todas las poesías de Story, las que alcanzan mayor estimación son Praxíteles y Fryne, y Cleopatra.

Luz y tinieblas

El original de esta poesía es de John Greenleaf Whittier, poeta norteamericano, en nada semejante a los anteriores y de especie más alta que ellos. Whittier es un poeta casi místico, una especie de cuáquero fervoroso, un apóstol de la filantropía y de los sentimientos humanitarios. Durante la guerra llamada de secesión, los cantos de Whittier (el cual, por la secta a que pertenece, no podía empuñar las armas) contribuyeron, tanto como las armas mismas, a la emancipación de millones de esclavos y al triunfo del derecho y de la justicia. La colección titulada Voices of Freedom es el principal monumento de esta lucha. Como poeta religioso (prescindiendo de sus errores de secta, de los cuales, por otra parte, no hace mucha ostentación), es, sin duda, uno de los más fervorosos e ingenuos de nuestro siglo, menos reflexivo y perfecto que Manzoni, pero lleno de ternura y devoción y de amor sin límites a la humanidad redimida, y aquejado sin cesar por la nostalgia de lo infinito. En muchos de sus versos ha tenido la suerte de expresar conceptos elevadísimos y de eterna verdad, que pueden y deben ser admitidos por todas las comuniones cristianas, incluso la que tiene la excelencia de conservar el depósito sagrado y venerando de la tradición católica. Así, por ejemplo, en los versos The Shadow and the light, que el Sr. Valera ha imitado (mejorándolos no poco, a mi entender), Whittier ha acudido a mojar sus labios en una fuente purísima, en el libro 7.º de los Soliloquios de San Agustín. Él mismo pone al frente de su composición el pasaje del doctor de Hipona y le alude al principio en términos claros:

   The fourteen centuries fall away

between us and the Afric Saint,

and at his side we urge to day,

the inmmemorial quest and old complaint.



Whittier no se ha inspirado sólo en el libro 7.º de los Soliloquios (que tenemos tan hermosamente traducidos a nuestra lengua por el P. Rivadeneyra), sino también en el décimo: «Dentro estabas, y yo fuera, y allí te buscaba... Conmigo estabas, y yo no estaba contigo, porque me apartaban de ti aquellas cosas, que si no existieran en ti, no tendrían existencia. Tarde te he amado, hermosura siempre antigua y siempre nueva...» (Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova, etc., etc.)

La idea del infinito Océano de luz y de amor, que se vierte y derrama sobre el Océano de la noche y de la muerte, pertenece a Jorge Fox, padre de la secta de los cuáqueros, o a lo menos Whittier la ha tomado de él.

Al contrario de Russell Lowell y de Longfellow, Whittier es uno de los tipos más puros y más acentuados de la primitiva raza colonizadora de la América inglesa. Tiene el mismo entusiasmo, la misma virilidad y la misma unción que los primeros emigrantes de su secta. Guillermo Penn le reconocería por uno de los suyos. Sin embargo, el cuaquerismo de Whittier es un tanto disidente y heterodoxo, aun dentro de su secta, y aparece influido por nuevas ideas filosóficas.

Con ser tan copiosa esta colección de poesías del Sr. Valera, aun no figuran en ella todas las que ha escrito y dado a luz. Faltan, no sólo las traducciones de poetas árabes publicadas en el Schack (entre las cuales descuella la Kasida de Aben-Hamdis sobre el vino de las monjas de Siracusa), sino también los dos idilios que van insertos en la novela de El Comendador Mendoza. Como el primero de estos idilios es una de las mejores inspiraciones de nuestro poeta, se nota y advierte aquí la falta, para que el lector de buen gusto vaya a buscarlos en la novela de que forman parte, y con cuya acción están enlazados. Falta, por último, el picaresco poema Arcacosúa, que por razones de varia índole, entre las cuales no es la menos fuerte la de no conservarle su autor, ni haber podido nosotros dar con él en nuestras investigaciones, se quedará por ahora en la sombra, a pesar de su gracia y desenfado, el cual, por otra parte, no traspasa los términos de la razonable libertad que siempre se concedió a nuestros ingenios.

M. Menéndez y Pelayo.

   Un campo es el corazón,

un campo que tiene flores,

que se engalana con ellas

porque son sus ilusiones,

con cuyo perfume alienta,
5

cuyo perfume es su goce,

cuyo perfume embalsama

del corazón las regiones;

porque en el aire perdidas

las esperanzas del hombre,
10

son de la flor la semilla

con la que el campo cubriose.

Pero esta flor se marchita,

que está del sepulcro al borde,

porque tan sólo un momento
15

nos duran las ilusiones,

y el jardín se cambia en páramo

y en hojas secas las flores,

porque yermo el corazón

para siempre ya quedose.
20

    Porque hay un huracán en la llanura

que el viento del deseo lo formó,

que marchitó del campo la verdura

y la flor gaya de ilusión seco.

Y este huracán, que lo engendró el deseo,
25

es la pasión que vomitó Luzbel,

y en sus alas marchito y en trofeo

lleva el que fue del corazón vergel.

Y deja un tronco seco y deshojado

de espinas lleno, lleno de dolor,
30

y éste es el desengaño, que clavado

se nos queda cual dardo matador.


Málaga, mayo de 1840.

    Dulce me eres,

linda morena,

como me es dulce

de primavera

naciente aurora
5

de luces bellas.

Que son tus ojos

que mi alma queman,

soles nacientes:

y tus guedejas,
10

que al aire flotan

o en lindas trenzas

caen en tu espalda,

son por lo negras

como azabache,
15

y por lo luengas

como el cariño

que mi alma encierra

y que consagra

a tu belleza;
20

porque tu forma

toda es perfecta

toda es divina,

toda es aérea.

Es cual de un ángel
25

la tu voz tierna,

como un suspiro

que el aire lleva,

como el remate

de dulce endecha,
30

como el arrullo

de tierna queja

de la paloma

de amores llena.

Es lo que siente
35

tu alma bella,

que más encanta

que tu belleza,

puro y virgíneo

cual tu alma mesma,
40

cual el aliento

del Criador fuera

cual son dulcísimo

que exhala tierna

la lira armónica
45

del rey poeta.

Así, mi niña,

son las tus prendas

cual el perfume

de la flor bella
50

que el dulce céfiro

en alas lleva.

Por eso el pecho

mío se queja,

por eso siento
55

que mi alma incendias

en fuego vivo

de amor y penas,

un fuego eterno

que no remedian
60

mil y mil muertes

si mil me dieran,

que no consume

aunque quisiera

el agua toda
65

que, bravo, encierra

el mar ruidoso

que el mundo cerca,

ni el río de lágrimas

que lastimera
70

arroja mi alma

de amor deshecha.

Sólo tu labio,

tu mano bella

mi fuego ardiente
75

calmar pudieran.


Málaga, junio de 1840.

En el álbum de María

(b)

   En tu virgínea frente,

de olorosos jazmines coronada,

el pudor dulcemente

la mano delicada

puso, y dejola de ilusión colmada.
5

   En tu mirada, pura

más que la luz de la naciente aurora,

la inocencia fulgura,

entre sus llamas mora,

y nítidos ensueños atesora.
10

   El dedo colocado

sobre la dulce boca, adormeciendo

el velador cuidado

del mundanal estruendo,

mientras tu corazón está durmiendo.
15

   Duerme, duerme, ángel mío,

en fresco lecho de encantadas flores;

el ave en el sombrío

te cante sus amores,

el céfiro te arrulle y vierta olores.
20


1841

(c)

T' is sweet to be awaken' d by the &


DON JUAN, C. I.



   Dulce es el tierno canto

del ruiseñor amante,

que en la tranquila noche

resuena sin cesar.

Dulce junto a la fuente
5

límpida y susurrante

adormirse arrullado

del céfiro fugaz.

   De la armoniosa música

los melodiosos sones,
10

que de amor estremecer,

el blando corazón.

La voz de las doncellas

mezclada en las canciones,

el son del arpa de oro
15

del tierno trovador.

   Es dulce de las copas

el alegre estallido,

y dulce del banquete

el placer mundanal;
20

aspirar el aliento,

en el salón perdido,

de tanta enamorada

voluptuosa beldad.

   Es dulce el giro rápido
25

del baile delicioso

de las cándidas vírgenes

que suspiran de amor;

de sus trémulos pechos

el deleite amoroso,
30

de sus miradas púdicas

el arrobado ardor.

   Es dulce allá en los mares,

en la noche callada,

la canción ardorosa
35

del triste pescador;

por las tranquilas ondas

oírse modulada,

al compás de los remos

del ardiente amador.
40

   Y es dulce el leve aroma

de las virgíneas flores,

que en su alas conduce

el céfiro gentil;

pero más es tu aliento
45

cuando me hablas de amores

con tus divinos labios

de nítido carmín.

   Más dulces son tus ojos

o tu virgínea frente,
50

más dulce de tu pecho

el celestial ardor;

más dulce de tus labios

un beso tierno ardiente,

que todo lo más dulce
55

más dulce, más, tu amor.


Granada, 1841.

(d)

   ¡Ay! Cuán hermosa, cándida y divina

brilla en su frente la inocencia pura,

más alba que la luz que el sol fulgura

al nacer entre mares de carmín.

Qué blondos sus cabellos aromados
5

que en mil rizos descienden por su espalda,

adornados tal vez de una guirnalda

de azucenas y cándido jazmín.

   ¡Qué pureza en sus labios sonrosados

y en sus mejillas de tempranas rosas!
10

¡Qué dulces sus palabras melodiosas!

¡Qué inocentes sus ósculos de amor!

Te alzas al cielo de placer radiante...

¿Qué deleite sus ojos embriaga

y qué secreta inspiración te halaga
15

que hace latir tu tierno corazón?

   Porque esos ojos del azul del cielo,

brillantes cual la luz de la mañana,

sin una chispa de fulgor profana

buscan del cielo la suprema luz;
20

porque es un ángel desterrado al mundo

la celestial y púdica Laureta,

ángel que hiere el alma del poeta

y hace vibrar las cuerdas del laúd.

   Santa inocencia te proteja siempre
25

cuando cesando tu dichosa infancia,

cual puro cáliz de eternal fragancia,

se abra al amor tu virgen corazón.

Pobre inocente púdica Laureta,

más pura que el amor de los querubes,
30

¿por qué sobre sus alas no te subes

a la celeste fúlgida mansión?


Granada, 1841.

Quaeritis unde mihi toties scribantur unde meus veniat mollis in amore ora liber non mihi Calliope, non haec mihi cantas Apollo, ingenium nobis ipsa puella facit.

PROPERTIUS.



   Las cuerdas de mi lira

despiden blandos sones,

de armónica dulzura

henchidas y de amores.

Mi garganta modula
5

ternísimas canciones

y el sonido del harpa

languidece de amores.

Los aromados céfiros

sus alillas veloces
10

no extienden tan suaves

sobre las gayas flores.

Ni tan dulces lamentan

con arrullos acordes

las palomas gemelas
15

que se mueren de amores.

Pero el genio sublime

no inspira mis canciones,

ni despliega sus alas

sobre mi frente pobre.
20

Sólo me inspiran, ¡Cintia!,

tus ojos seductores,

tus nudosos cabellos

más negros que la noche.

De tu voz melodiosa
25

los dúlcidos acordes

y de tu blando sueño

los inocentes goces.


Granada, 1841.

El sueño de las tinieblas

I had a dream, &


LORD BYRON.



   Se obscureció la celestial lumbrera

con palidez mortal; los claros astros,

que iluminan el ancho firmamento,

ennegreciendo el mundo se extinguieron,

y las tinieblas hórridas cubrieron
5

la celestial esfera.

Rompió sus alas y extinguió su aliento

el aura lisonjera,

que la rosa ternísima libaba;

y enfurecido el viento
10

con ímpetu violento

en derredor bramaba.

   El ángel del Señor envuelto en ira

cruzó el cóncavo espacio, de los tiempos

la inmensidad, de sus eternas puertas
15

rompió el quicial con fulgurante acero

y entró do está la eternidad velada.

Hundió los siglos en el hondo olvido

con poderosa diestra, y revolando,

con belígeros brazos furibundos,
20

a cenizas redujo las estrellas

y arrancó de sus órbitas los mundos.

   Todo era noche, obscuridad, gemidos;

los cetros y los tronos

por el suelo rodaban;
25

del huracán violento los enconos,

en el silencio hundidos,

de la noche el horror acrecentaban.

   Los hombres olvidaban,

de miedo lleno el corazón cobarde,
30

sus pasiones, delirios y mentiras;

el fuego celestial y el rayo ardiente

redujeron a yermo sus mansiones;

derrocaron sus iras

desde el roble potente
35

hasta el cedro del Líbano eminente,

y llenaron de horror los corazones.

   Sólo en las calvas cimas,

de los excelsos montes

alumbraban el mundo,
40

como si antorchas funerales fueran,

con ímpetu fecundo

mares de fuego y lava requemante

derramando, los hórridos volcanes.

   Los hombres, maldiciendo sus afanes,
45

con hambre y sed, y de dolor cubiertos,

como aceradas picas, erizados

sus cabellos de horror, muertos caían.

Sus cadáveres yertos,

sin sepultura, de festín servían
50

al voraz buitre y al hambriento lobo,

que de terror helados

domésticos y trémulos yacían.

   Los mundos sin la fuerza que los une

nadaban en el hórrido vacío,
55

como nave a merced del mar violento.

Y la tierra sin hombres y sin día,

casi perdida en el espacio umbrío,

sin luz, sin aire, sin sonoro viento,

de abismos en abismos descendía.
60

   Las olas fueron muertas

en la insondable tumba de los mares:

en hórridas cavernas encubiertas

sepultados los vientos,

sin nubes el horror del hondo cielo,
65

que la tiniebla fiera

cubrió de negro y de profundo velo.

   Nada el espacio cóncavo encerraba,

todo en silencio de terror yacía,

ni la naturaleza suspiraba,
70

ni el universo de dolor gemía.


Diciembre, 1841.

Imitación de Lamartine

Soneto

(e)

   Cuando los años con veloz carrera

arrebaten la flor de tu hermosura,

y en lágrimas bañados de amargura

tus ojos lloren tu beldad primera,

   no en el cristal tu imagen lisonjera
5

busques entonces con falaz locura,

ni del arroyo en la corriente pura

que blanda fertiliza la pradera;

   sino en mi pecho, donde eternas viven

mi ternura y mi fe; de tu belleza
10

bajo el abrigo de mi amor florece;

de tus recuerdos sin cesar reviven;

de tu virtud y virginal pureza

tienen un templo que jamás fenece.


Málaga, 1841.

La muerte del avecilla

Lugete veneres, &


CATULO.



   Llorad, ¡oh Gracias!, y plegad las alas

dulces amores de dolor transidos...

el avecilla de mi blanda Lesbia

      lánguida expira.

   Murió por fin la virginal, suave,
5

tierna delicia de mi Lesbia amada,

aun más querida que la ardiente y pura

      luz de tus ojos.

   Porque era hermosa; su amorosa gracia

gratos placeres a mi Lesbia daba
10

a quien amaba; como a tierna madre

      cándida virgen.

   Sin apartarse del regazo tierno

de su adorada celestial señora,

volando en torno, de sus puros labios
15

      bebió el aliento.

   Con su nevado y argentino pico

trinos sonoros repitiendo alegre,

su blanca frente y su turgente seno

      besar solía.
20

   Murió la triste... no oirase el eco

de sus cantares regalados nunca,

no más sus besos de amoroso anhelo

      gozará Lesbia.

   No porque al mundo robes atrevida
25

tiernas beldades de mortal encanto,

no porque el luto despiadada siembres,

      pálida muerte.

   Porque robaste fiera el avecilla

objeto amado de mi amada Lesbia,
30

serás maldita de mi triste labio,

      seraslo siempre.

   Por ti padece sin cesar mil penas,

por ti apagados sus brillantes ojos

ora sin tregua de amoroso llanto
35

      lágrimas vierten.


Granada, 1842.

En el álbum de Conrado

(f)

Reddeas incolumme precor.


HORACIO.



   Céfiro blando de la dulce Flora,

esposo tierno y amoroso halago,

el éter vago con tus alas hiende

      de ondeante gasa.

   Soberbio Eolo en tu profundo antro
5

el viento hunde que a tu voz retumba.

Sirvan de tumba a sus sonantes alas

      sus negros senos.

   De las ligeras vagarosas auras

tan sólo el leve y amoroso aliento
10

suave concento derramando en torno

      rice las ondas.

   Potente diosa de la blanca espuma

del mar cerúleo para amar nacida,

hija querida del brillante cielo,
15

      Venus hermosa.

   Puras antorchas de la densa noche,

claras estrellas, misteriosa luna,

dulce fortuna en sus viajes dulces

      dad a mi amigo.
20

   Guardará entonces mi amoroso pecho

gratitud siempre a vuestro blando amparo

y, en canto claro, vuestras sacras glorias

      dirán mis versos.


Málaga, marzo de 1842.

En la tumba de Laureta

(g)

   Sinite parvulos

venire ad me.



   ¡Cuán suaves los céfiros murmuran

lamentando tu pérdida temprana!

¡Cuántas la aurora cándida y galana

sobre esa tumba lágrimas vertió!

¡Cómo mi seno de dolor palpita
5

con misterioso y apacible encanto,

al saludar de tu sepulcro santo

la pobre melancólica mansión!

   Aun me parece ver tu virgen alma

al levantarse con sereno vuelo,
10

llegar al puro y, extendido cielo

en alas del radiante querubín.

Y que el Señor, con amoroso anhelo,

en medio de los ángeles te llama,

y con voz blanda y amorosa clama
15

«¡Dejad que venga la inocencia a mí!»

   Feliz, Laureta, que cual blanca y leve

florecilla del valle delicada,

al abrirse tu cáliz, agostada

fuiste por mano del supremo Dios.
20

Que antes de disiparse los perfumes

de tu virgínea célica fragancia,

el puro cáliz de tu dulce infancia

el Señor en su seno recogió.


Mayo, 1842.

A la muerte de Espronceda

(h)

   Yo quisiera cantar. Hierve y se agita

la inspiración en mi abrasado pecho...

Mas mi dolor por tu temprana muerte

la triste voz en la garganta hiela,

y sólo se revela
5

por las amargas lágrimas que vierte

mi corazón al contemplar tu suerte.

   Oh, si me fuera dado

el ardor inspirar que a mí me inspira,

exhalar el dolor que el alma siente!...
10

¡Quién pulsara con estro más ardiente

la armoniosa lira!

..............................................................
   ¿Dónde están ya, poeta, los acentos

de tu laúd sonoro?

¿Do las cuerdas de oro
15

que lanzaban torrentes de armonía?

¿Do la voz resonante

que, al vibrar en mi oído,

el alma estremecía,

llevándose tras sí como encantado
20

mi corazón amante?...

¡Oh desventura impía!...

Todo está sepultado

dentro del seno del sepulcro helado!

..........................................................
   ¡Oh muerte despiadada!
25

¡Oh vida malograda!

Águila que altanera

de la tormenta en el embate, fiera,

hasta los cielos por alzarse ansía!

¡Ay me! ¿Quién me diría
30

cuando te vi, de inspiración ardiente

fuego brotando la elevada frente,

que vendría la muerte destructora

de lágrimas seguida,

a dar fin en una hora
35

a tus dulces cantares y a tu vida?

   Mas recuerdo los célicos acentos

de tus versos divinos,

que guarda mi memoria;

y cesan mis lamentos,
40

que imagino escuchar tu voz gigante

que se difunde en alas de los vientos

desde la excelsa cumbre de la gloria.

   Mas, desmayando luego,

se extingue el vivo fuego
45

de mi entusiasmo, de tu muerte dura

vuelve el recuerdo al angustiado pecho,

y el triste corazón saltarse quiere

en lágrimas deshecho.

   Murió Espronceda, y en la tumba obscura
50

el astro se eclipsó; mas sus cantares

eternos vivirán; su nombre augusto,

allá en la edad futura,

se escuchará con mágico respeto;

su inmarcesible gloria
55

límites no tendrá, y eternamente

su fama refulgente

conservará en sus páginas la historia.


Granada, mayo de 1842.

La maga de mis sueños

(i)

   Dulce tormento de la vida mía,

hondo misterio de mi edad primera,

galana luz, de mi esperanza guía;

lozana flor que en el jardín floreces

de mi tierno y ardiente sentimiento,
5

que con las alas, ¡ay!, del pensamiento

por esa inmensidad te desvaneces:

como una virgen cándida, amorosa,

sobre tu blanco pecho me adormeces,

o tus labios de rosa
10

acarician mi frente con un beso.

El mágico embeleso

de tu suave voz hiere mi oído,

y el eco repetido

de tu cantar me halaga.
15

¡Qué quimérica y vaga

es la nube que encubre tu hermosura!

Que te miro doquier se me figura;

pero tú huyes, la esperanza mía

llevándote contigo
20

y arrancando del seno de tu amigo

en un suspiro toda su alegría.

   ¿Quién eres, que en las alas de mi mente

te remontas al cielo?

¿Por quién el pecho siente
25

el continuo desvelo

que me atormenta con dolor impío?

¿Quién eres, di, fantástica señora,

infierno, beatitud, noche y aurora

del corazón enamorado mío?
30

   ¿Eres quizá la rápida esperanza

que, con tus alas de esmeraldas vivas,

vas más ligera que el alado viento;

que retratas mi dicha en lontananza,

en medio de las ondas fugitivas
35

del mar del pensamiento?

Sí, yo te vi flotar sobre la ola

de la mar agitada,

aérea y vaporosa,

y en esa inmensidad perdida y sola
40

derramaba tu frente enamorada

una luz misteriosa.

   En la rica y amena patria mía,

de sus frondosas selvas en lo esquivo,

a veces, de repente, te veía,
45

y tu mirar altivo

o tu dulce mirar el alma hería;

y tu revuelta falda,

blanca, leve, flotante,

se solía rozar con mi vestido,
50

y, al desaparecer, de tu guirnalda

una me dejabas odorante,

que de ella se te había desprendido.

   ¡Oh veleidosa maga,

cuya beldad el corazón halaga!
55

¿Eres del corazón primer latido,

o postrer sentimiento?

¿Eres mi amor sin esperanza, acaso,

o mi deseo rudo y violento?

¿Eres un sol que se hunde en el ocaso
60

para nunca volver, o del aurora

el luminoso aliento

que el cielo alumbra y el vergel colora?


Madrid, 1842.

(j)

   Tus ojos, vida mía,

bellos como la luz de la mañana

que entre celajes de zafiro y grana

el claro sol desde el Oriente envía,

y el vivo lampo ardiente
5

que enciende el genio en tu divina frente,

arrebatan de amor mi fantasía.

   Tu voz, vibrante y pura,

como los ecos del laúd sonoro,

que derrama un torrente de ternura,
10

arranca de mi pecho un «yo te adoro»;

y de tus puros labios encarnados,

en dulce miel bañados,

libar quisiera el encantado acento

antes que se difunda por el viento.
15

   Tu suavísimo acento que, del aura

sobre las blandas alas conducido,

llega a mover mi espíritu dormido

y en nuevo amor mi corazón restaura.

El entusiasmo en tu inspirado seno
20

puso su fuego sacro, y en tu boca

sus palabras los cándidos amores;

y así tu nombre, de tu gloria lleno,

resistirá del tiempo a los furores,

como la yerta y empinada roca
25

que de las crespas olas combatida

alza la frente erguida

a cuyos pies el Océano brama.

   Sí, Lelia mía, ya la eterna fama

que en las nubes esconde la cabeza,
30

llevó tu dulce nombre y tus canciones

por todas las regiones

do vierte el sol su lumbre y su belleza.

   Yo escuché entusiasmado

en mi dulce retiro
35

tu cántico inspirado;

mas, luego que te vi, dueño adorado,

el corazón de amor lanzó un suspiro.

El dios de la poesía

en lauro eterno coronó tu frente,
40

de tu dulce regazo, vida mía,

el entusiasmo ardiente

brota al pulsar la cítara sonora,

y Stenio al verte tu faz implora;

y te suplica con ardiente ruego
45

que tengas compasión del vivo fuego

que arde en su amante pecho; así el que inspira

sacro numen tu canto enardecido,

haga vibrar con mágico sonido

entre el aplauso popular tu lira.
50


1842 o 1843.

A mis amigos

   ¿Cuándo será que pueda, amigos míos,

me preguntáis, volver a mi Granada;

y ver sus frescos ríos,

y su Alhambra dorada,

por quien mi pecho sin cesar suspira?

Cuando el poder que contra mí conspira

se sumerja en el mar de mi amargura,

cuando de su deseo más ferviente

sólo le quede al corazón doliente

un lastimado acento de tristura.

   Entonces iré ahí, y en vuestros brazos

aliviaré mi pena.

...............................................................
Entretanto, si oís en la serena

noche, en la Alhambra, un lastimado acento

que se confunde con el manso ruido

del aromado viento,

que en la verde espesura

los árboles menea, es el quejido

de mi alma enamorada,

que por ahí se anda divagando,

sus antiguos amores recordando.

   Y si a los rayos de la luna hermosa

de la noche querida,

veis vagar por la vega, blandamente

en alas de los céfiros mecida,

una forma ligera y vagorosa

que por los horizontes se dilata;

y que suavemente

sobre las ondas de zafiro y plata

de los hermosos ríos

voluptuosa se mece,

y entre las densas nieblas desvanece

las orlas de sus blancos atavíos,

ésa es, amados míos,

mi ilusión querida;

la amada de mi vida,

cuyo recuerdo suave

en mi pecho se anida,

y el tierno corazón guardarle sabe.


Madrid, 1843.

(k)

   Siempre presente a la memoria mía

estás, profundo mar; sobre tu espalda

de blanca espuma y líquida esmeralda

se columpia mi libre fantasía;

como al vencer del potro la fiereza
5

que por primera vez sujeta el freno,

mostrando con orgullo su destreza

vuela el jinete impávido y sereno.

   Siempre, siempre te amé; me complacía

en oír de tus olas el silbido,
10

más suave a mi oído

que el eco de la artística armonía.

¡Ay!, cuántas veces la argentada luna

que en tu puro cristal se reflejaba,

cuando en la obscura noche te admiraba,
15

con débil luz me sorprendió importuna!

   Objeto de mi anhelo

era adorar tu inmensidad tan sólo,

ya si sereno te contempla el cielo

o si violento Eolo
20

arrebata tus ondas espumosas.

   Coronados de rosas

mis compañeros, jóvenes y amantes,

entretanto a los pies de sus hermosas

veían volar las horas como instantes.
25

Allí, solo a tu lado,

el mundo y el amor puesto en olvido,

de tu grandiosidad enamorado,

te contemplaba absorto y embebido.

   Y hasta me imaginaba
30

que sólo tú mis penas comprendías,

y el que tu seno horrísono formaba

ronco bramido, el eco que sonaba,

pensé que era de las quejas mías.

   ¡Ay!, que de fuerte acero
35

tendría el duro pecho el arrogante

que en la espalda gigante

del hondo mar se sustentó primero;

arrostrando en un leño

el rebramar del huracán sonoro
40

y de las ondas el airado ceño.

En su palacio de oro,

de ricas perlas y coral luciente,

el dios que rige los inmensos mares

estremeció de cólera el tridente
45

al ver al hombre que, sus patrios lares

por las ondas dejando turbulentas,

sujetó el hado a su inmortal destino,

a otras tierras abriéndose camino

sin temer las undívagas tormentas.
50

Los genios que sustentas,

Océano, en tu seno, no miraron

la humana audacia con la faz serena;

se enfureció la armónica sirena

y los vientos horrísonos bramaron.
55

   Para oponerse entonces al camino

de Occidente, se alzó como un coloso

el padre de los mares; en las olas

asentado del férvido Océano.

Hasta que el grande genovés glorioso,
60

y el valor de las gentes españolas,

venciendo al dios marino,

un nuevo mundo hallaron;

y el pendón de Castilla

en la incógnita orilla
65

con brazo armipotente tremolaron.


Madrid, julio de 1843.

   Como si en la pradera

silvestres flores bellas

eligiese, y con ellas

la guirnalda te hiciera

que tu frente ciñera.
5

   O formase un donoso

ramillete variado,

que, aunque de olor privado,

lo pondría oloroso

tu aliento perfumado.
10

   Prestando dulcemente,

a la rosa riente

por no causar agravios,

la nieve de tu frente,

y el carmín de tus labios.
15

   Así ofrecerte quiero,

Sofía, las primicias

de mi musa, y espero

que les des en albricias

mérito verdadero.
20

   Cosa fácil, pues sabes

que en siendo de tu agrado,

aunque las gentes graves

digan que soy negado,

no se me da cuidado.
25

   Como un ramo de flores

mi pecho las envía;

dales tú, vida mía,

de tu rostro colores,

de tu boca ambrosía.
30

   Que así como la viola

que en tu pecho se ufana

crece escondida y sola;

y ora se ostenta vana

contigo más galana.
35

   Así a mis versos luego

que les prestes te ruego

miel de tus labios rojos,

de tu espíritu el fuego

el brillo de tus ojos.
40

   Entonces, adornados

con dotes tan preciados,

se ostentarán donosos;

y más armoniosos

por tu labio cantados.
45


Granada, 1484.

La Virgen misteriosa

(l)

   In einen Thal, bei &.


SCHILLER.



   En un ameno prado,

de flores esmaltado,

do dulcido resuena

de alegre cantilena

el eco enamorado;
5

do la blanca azucena

sobre la verde falda

de fúlgida esmeralda

del pensil aromoso

osténtase gala,
10

del néctar delicioso

con que el alba se ufana

henchido el crespo seno.

En este valle ameno,

do en límpidos cristales
15

desliza sus raudales

el arroyo sonoro;

formando blando coro

de mágica armonía

el céfiro a porfía
20

y el ruiseñor canoro.

   En este valle umbroso

de plácidas riberas

de albergue misterioso,

todas las primaveras
25

una virgen hermosa,

púdica y candorosa,

de albo cendal flotante,

cubierto el seno amante,

fugaz aparecía;
30

mas rápida volaba,

y si alguien la seguía,

al punto la perdía

y nunca la encontraba.

Pero cuando llegaba,
35

de tierno placer llenos

los juveniles senos

con plácidas delicias

buscaban sus caricias,

y de sus blancas manos
40

recibían ufanos

mil frutas deliciosas,

mil flores olorosas,

bajo otro sol ardiente

más puro y más luciente,
45

de otro dichoso mundo

bellísimas nacidas;

sin duda bendecidas

de un hálito fecundo.

   Quién fuera esta doncella
50

mil veces he pensado;

y el tiempo se ha pasado

pensando siempre en ella.

   Sin duda que sentía

el puro sentimiento
55

de nuestra edad primera;

pues al prado venía

derramando contento

su beldad hechicera;

y luego que marchaba,
60

si alguno la seguía,

al punto la perdía

y nunca la encontraba.


(m)

   Cual la perla que vierte la mañana

en el virgíneo cáliz de la rosa,

cuando el aura la mece cariñosa

y el sol desde el Oriente la engalana;

   tal así de tus ojos, linda Juana,
5

se desprende una lágrima que, hermosa,

rueda por la mejilla pudorosa,

y más con ella tu beldad se ufana.

   Que un delicado beso al darte amante

el que cubre tu rostro aljófar bello
10

inflama el corazón de tal manera,

   que quisiera mi pecho palpitante

que siempre, ¡dulce bien!, por recogello,

tu llanto el rostro plácido cubriera.


La ninfa de las aguas

(n)

   Por la amena pradera

de la cercana aldea, distraído,

con la faz placentera,

puesto el mundo en olvido,

iba yo dulcemente embebecido;
5

   prestando oído atento

al que la flor acariciaba al paso

enamorado viento,

o ya entonando acaso

los versos de Virgilio y Garcilaso.
10

   La refulgente aurora

vertía puros rayos de su frente,

y la alondra canora

cantaba dulcemente

a la encantada margen de una fuente.
15

   Del bullicio lejano

en mi suave soledad vivía,

y en vergel lozano

coronas me ceñía

que de violas pálidas tejía,
20

   cuando sentí a mi lado

un suave airecillo lisonjero

de flores perfumado,

y el manantial lucero

brilló con nueva luz más hechicero.
25

   La fuente cristalina

por las praderas se esparció serena;

lució una luz divina,

ardió amor en mis venas

y vertió el aura blancas azucenas.
30

   Entonces vi una bella

Virgen que me tendía una mirada;

amable cual la estrella

que alegra el alborada,

y en un cendal blanquísimo velada.
35

   Más aérea y esbelta

que el virginal pimpollo de la rosa,

en su talle más suelta,

gallarda y majestuosa,

que la hija de Píndaro famosa.
40

   Esparcido el cabello

en aromadas trenzas por la espalda;

desnudo el blanco cuello,

flotante la ancha falda,

y en la púdica frente una guirnalda.
45

   Al ver tan hechicera beldad,

mi corazón latió de amores;

y una flecha certera

que me dio mil dolores,

me disparó el Amor entre las flores.
50

   Entonces la hermosura

tendió hacia mí su delicada mano;

y, bañado en la pura

luz de su soberano

rostro, olvideme del dolor tirano.
55

   Y me llevó consigo

al través de los valles olorosos,

y mi tierno enemigo,

con vuelos caprichosos,

se posaba en sus brazos amorosos.
60

   Y al llegar a una selva

de corpulentos árboles poblada,

de fresca madreselva

y arrayán tapizada,

y de un río limpísimo regada;
65

   sonando la belleza

un blando silbo de marfil y oro,

salió de la aspereza

de ninfas mil un coro

danzando al son del crótalo sonoro.
70

   Con ellas nos mezclamos

en danzas bellas a la par cantando;

y mientras que cantamos,

el caramillo blando

iban cuatro zagales modulando.
75

   Y yo siempre seguía

a la beldad a quien mi pecho adora;

mi brazo la ceñía,

y ella, más seductora,

me echaba una mirada triunfadora.
80

   Mas, ¡ay!, que en él instante

se arroja la beldad al ancho río;

y un vórtice sonante,

con su furor impío,

en las ondas sumerge al dueño mío.
85

   Yo me arrojo tras ella

de dolor con amores angustiado,

cual rápida centella

allí precipitado,

creíme en el abismo sepultado.
90

   Mas súbito que miro

en un rico palacio, y oigo amante

un ardiente suspiro,

me vuelvo en el instante,

y veo a mi hermosa de placer radiante.
95

   «Soy la ninfa que habita,

me dijo, en este albergue sosegado;

por ti, Delio, palpita

mi pecho enamorado;

ven y recibe el premio deseado.»
100

   Recosteme en su seno,

que vertió olor cual de doradas pomas;

el aire quedó lleno

de fragantes aromas,

y arrullaron las cándidas palomas.
105

   Y allí quedé dormido

de un enjambre de amores rodeado,

y, al despertar, perdido

miré mi dueño amado,

que era un sueño no más cuanto he contado.
110


Granada, abril de 1844.

La nueva flor de Gnido

(ñ)

   Suspendise potente

   vestimenta maris deo.


HORACIO.



   ¿Por qué, Dalmiro, dejas

del ejercicio bélico el estruendo

y del mundo te alejas,

aquel fatal veneno

de los besos de Elisa recibiendo
5

que aún emponzoña mi angustiado seno?

   Con el áspero freno,

del audaz caballo generoso

venciendo la indomable bizarría,

no ya la gallardía
10

de tu cuerpo gentil luces airoso.

Ni la copa en la mano,

do brilla como el sol en el Oriente,

tu mirada fulgente,

con el vapor del vino jerezano,
15

te place el entonar dulces canciones

a los acordes sones

del laúd y sonoro palmoteo

inspirado del néctar de Lieo,

que en la concha de Venus amarrado
20

estás por esa nueva flor de Gnido,

de rosas y de mirto coronado,

sobre el lecho de púrpura tendido.

   De tu Elisa el cabello

esparcido en desorden sobre el cuello
25

y la divina espalda,

y en desorden también la rica falda

de blanco lino o de crujiente seda,

mientras que de la frente

la corona riente
30

se desprende de perlas y se rueda.

   No te engrías, Dalmiro,

de estar entre sus brazos celestiales;

que te verás al fin como me miro,

y al fin tendrás que lamentar tus males.
35

   Viste tal vez la mariposa ufana

que en el vario pensil de bellas flores

va aspirando la esencia y los olores

cuando vierte su lumbre la mañana;

y de una en otra vuela
40

ostentando sus galas

mientras que e l sol en sus pintadas alas

los vivos rayos de su luz riela;

no de otra suerte la beldad donosa,

cuando se canse de tu amor sincero,
45

del pensil de Cupido mariposa

te olvidará cual me olvidó primero.

Entonces, del amor escarmentado,

así como colgaba

del templo sacrosanto de Neptuno
50

su ropaje mojado,

aquel que de las ondas se salvaba,

si es que la hermosa te ha dejado alguno

con que hacer puedas una ofrenda dina,

colócalo en el templo de Chiprina,
55

que del naufragio cierto

del amoroso mar te sacó a puerto.


(o)

   Cuando robó Plutón, enamorado,

de los bosques de vívida esmeralda

a Proserpina, que la blanca falda

violas robaba del florido prado,

   ardió de gozo en brazos de su amado;
5

lanzadas las flores a su espalda,

lloró perdida la nupcial guirnalda

que en el suelo natal había segado.

   Así, el ardiente espíritu del hombre,

que desatar anhela las cadenas
10

que le sujetan, y volar al cielo,

   aunque al llegar la muerte no se asombre,

siente, no obstante, punzadoras penas

al perder los placeres de este suelo.


La ilusión de la copa

   En una rica estancia

adornada con mágica elegancia,

do en candelabros de bruñida plata

rodeados de flores

brilla la luz que, rauda, se dilata,
5

y que en los vasos de cristal, reflejos

formando caprichosos,

se multiplica en límpidos espejos,

y en los pliegues se pierde majestuosos

del rico terciopelo,
10

que en pabellones del color del cielo

desciende al pavimento,

y que al soplo del aura

ondea con pausado movimiento,

pensé que estaba al lado de mi Laura,
15

libando los perfumes celestiales

que despiden sus labios virginales.

   Del delicioso néctar jerezano

llena hasta el borde la argentada copa

que me brindaba su graciosa mano;
20

y la encantada tropa

de ligeros cupidos

en mi redor vagando,

y en mi frente sus alas desplegando,

que de placer inflaman los sentidos.
25

   Pensé que sobre el seno,

de mil delicias lleno,

de mi adorada Laura reposaba,

y a cada beso que de amor me daba,

y que su labio con mi labio unía,
30

de amor mi corazón se estremecía.

   Y del suave hoyuelo

que su barba divina

caprichoso formaba,

con voluptuoso vuelo
35

y gracia peregrina,

vi que hacia mí volaba

un cupidillo hermoso,

que en el seno amoroso

del tierno corazón se aposentaba.
40

   Mas, ¡ay!, que cuando ardiente

apuré el vaso del licor bullente,

mi vívida alegría

se trocó en triste llanto,

perdida la ilusión del alma mía.
45

   Y ¿qué era? Que en la copa, por encanto,

vi retratado al vivo el pensamiento

que el ánimo formaba,

y al apurar el néctar que encerraba,

se disipó mi dicha en el momento.
50

   Volví a llenar la copa,

y volví a ver la fugitiva tropa

de encantados amores,

que en las ondas del vino se mecían

y en mi pecho bullían,
55

y a Laura concediéndome favores.

   Volví a apurarla; se perdió el encanto;

volví otra vez al llanto;

la llené vez tercera,

y volvió la ilusión más hechicera.
60

Hasta que, al fin, rendido

del inocente juego que restaura

la amorosa quimera,

en el seno de Laura

pensé, quedarme, y me quedé dormido.
65

   ¡Amantes desdichados!

Ya sabéis la sencilla medicina,

que en ilusión divina

puede trocar desdenes y cuidados.


Fábula de Euforión

(p)

   De un manso arroyo en la risueña orilla,

que en los valles de Arcadia serpentea,

cuando la aurora majestuosa brilla,

plácido nuncio de la luz febea;

   entre las rosas que en el prado ameno
5

hizo nacer la primavera ufana,

henchido el cáliz de su crespo seno

de las perlas que vierte la mañana,

   al dulce arrullo de las claras linfas,

que salpican de aljófares las flores,
10

un coro alegre de gallardas ninfas

danzan y entonan cánticos de amores.

UNA NINFA
   En las alas sutiles del aura

el olor de las flores difundo;

con el aura veloz me confundo,
15

coronada de rayos del sol.

De mis pechos el germen dimana

que fecunda la mágica flora,

el carmín de la rosa colora

mis mejillas con limpio arrebol.
20

   La palabra estremece mi seno,

en él nace y se extiende el sonido;

para herir misteriosa el oído

inefable potencia le di.

Por mí braman los mares, retumba
25

hondo el eco, la tórtola gime;

el cantar de las Musas sublime

se extinguiera en los labios sin mí.

   Cuando siento oprimidas las alas

de armonía, colores y aromas,
30

a favor de dos bellas palomas

me remonto en el aura fugaz;

y cual Venus en carro de nácar

va cortando las frescas espumas,

sobre un lecho de flores y plumas
35

por los aires me dejo llevar.

   A mi vista en los valles trasciende

un aroma de nardos suaves;

y a mis besos de amor delicados

dulces trinos exhalan al par;
40

en los bosques floridos, las aves

salta y bulle la fuente sonora,

y derrama en mi seno la aurora

ramilletes de blanco azahar.

CORO DE NINFAS
      El aura leve

       da, deliciosa,

       blanda frescura;

       y cuando mueve

       la linda rosa,

       fragancia pura.

UNA NINFA
   Escarchando de plata y aljófar

las mil grutas de pórfido hechas,

en menudos diamantes deshechas,

claras fuentes anhelan surtir;

y del agua al tranquilo murmullo,
55

yo me duermo en sus frescos cristales;

me sumerjo en los puros raudales,

y en su centro me agrada vivir.

   Soy la reina del agua, y, desnuda,

en el alcázar recóndito asisto,
60

mas, tal vez de la niebla me visto,

y a los cielos me lleva el amor;

en el prado acaricio las flores,

a la tierra prodigo mis bienes,

la diadema que ciñe mis sienes
65

pinta el iris de vario color.

CORO DE NINFAS
      Ya se dilata

       de los alcores

       al prado ameno,

       cinta de plata,
70

       y abren las flores

       sediento el seno.

UNA NINFA
   Yo coloro la tierra y el cielo;

yo de púrpura tiño la rosa;

la enramada que se alza orgullosa
75

bordo yo de diverso matiz.

Me arrebatan mis tintas brillantes,

para ornarse, la roja amapola;

la fragante y oculta viola,

el agreste encendido carmín.
80

   Yo, impalpable, al través de las rocas

me sumerjo en profundas cavernas,

donde, obrando mis fuerzas eternas,

hijas santas del sol inmortal,

edifico palacios hermosos,
85

amasados de oro y diamantes,

donde bullen en fuentes sonantes

mil torrentes de hilado cristal.

CORO DE NINFAS
      El ave trina,

       la flor se ufana
90

       y el arroyuelo;

       ya la mañana

       de luz divina

       reviste el cielo.

UNA NINFA
   Con un filtro de amor y de vida
95

se amamanta a mis pechos Natura;

yo le doy abundancia y ventura

en arroyos de leche y de miel.

Las mil flores que cubren el prado

en mi seno ternísimo crío,
100

y reciben del dulce amor mío

con mi aliento vivífico el ser.

   En sus pétalos frescos y olientes

en espíritu leve resido;

yo sus castos amores presido
105

y en sus tallos me agito fugaz;

del estambre los polvos de oro

al pistilo transporto fecundo;

del embate del viento iracundo

las liberta mi blanco cendal.
110

CORO DE NINFAS
      La dulce primavera

       esmalta la pradera

       de delicadas flores;

       la avecilla canora

saluda la venida de la aurora
115

en no aprendidos cánticos de amores.

   Cantaron, y mostró la vida arcana

amor del mundo, y su belleza suma

brotó del aire y de la tierra ufana,

como Venus del éter y la espuma.
120

   Semejaba el cáliz de las flores

un corazón y un alma contenía,

y dentro de los pinos cimbradores

un invisible espíritu vivía.

   Mas de pronto relámpago rojizo
125

se difundió por la pradera hermosa

y una nube, que al viento se deshizo,

dejó patente una funesta diosa.

   En su diestra una antorcha sostenía;

su frente audaz, de tempestades llena,
130

con ominoso resplandor lucía

al través de la rígida melena.

   Suspendió, al verla, el ruiseñor sus trinos,

se detuvieron las corrientes linfas,

y cesando en sus cánticos divinos,
135

así dijeron las gallardas ninfas.

CORO DE NINFAS
      Diosa fatal del desaliento,

    diosa cruel, huye de aquí,

    y no emponzoñes con tu aliento

    nuestra alegría juvenil.
140

      Tu cabellera está sembrada

    de fieras serpientes espantosas,

    de tus miradas cavernosas

    vivo relámpago brotó.

      Se derramó por nuestras almas
145

    de tus palabras el veneno,

    y tu profundo y negro seno

    gozo fatídico agitó.

      No vengas más con tus horrores

    nuestra alegría a perturbar;
150

    en la estación de los amores

    huye de aquí, diosa infernal.

FORQUIAS
   No tembléis, ¡oh ninfas!, al son de mi voz poderosa.

Ni al tétrico rayo que lanzan mis ojos ardientes,

ni al triste suspiro que arroja mi cóncavo pecho.
155

Soy nuncio infelice de sucesos de dulce ventura,

que la diosa bella, que extiende el arco celeste,

formando de vívidas tintas y mágica lumbre,

debiera deciros saliendo del hondo Océano.

Elena y su amante son padres de un hijo sublime:
160

apenas nacido, anhela subir al Olimpo,

y el espacio todo no puede saciar su deseo.

Fantástico vuela, de los montes soberbios la cumbre

ligero traspasa, y en su frente inspirada relucen

la luz del aurora y el fuego del alma divina.
165

Miradle, que viene salvando las crestas erguidas,

la lira acordada en las manos, el lauro en la frente.

EUFORIÓN
   Dejadme del alma romper las endebles cadenas,

alzarme a los cielos, en su lumbre clavar la mirada.

LAS NINFAS
   Fogoso te lanzas en alas del rápido viento,
170

los negros cabellos en rizos flotando esparcidos,

la frente hermosa ceñida de fúlgidos rayos.

Del manto de púrpura tiria las áureas orlas.

Del sol que refleja luciente al mágico brillo,

de fuego celeste parecen, ¡poeta!, formadas.
175

Los dulces sonidos de tu lira de cándido nácar,

el alma deleitan y la entregan a místicos sueños;

mas no, no a los cielos te eleves, cual Ícaro un día,

que al sol derretidas, cayeron las débiles alas,

y el mar agitado se cubrió con sus ondas fugaces.
180

EUFORIÓN
   Dejadme del alma romper las endebles cadenas,

alzarme a los cielos, en su lumbre clavar la mirada.

Movido de un esfuerzo misterioso,

al raudal semejante, que rompiendo

los fuertes diques, brama impetuoso
185

con estrépito horrendo,

Euforión ardiente,

abandonando el maternal regazo,

se lanza de la vida en la corriente,

y con el fuerte brazo
190

sosteniendo la lira,

en sed de gloria y libertad suspira.

Hasta que cumpla su fatal destino

no encontrará placer ni tendrá calma;

un incendio divino
195

arde en su frente y le consume el alma.

Anhela ver la ligadura rota

que en el suelo retiene su existencia;

la voz del huracán, que el monte azota,

no ensordece la voz de su conciencia,
200

conciencia de su propio poderío,

que hasta el cielo levanta el pensamiento,

y con esfuerzo impío

en el trono de Dios busca su asiento.

   ¿Dónde vas? ¿Dónde vas? Tal vez guiado
205

por la inflexible mano de la suerte,

encontrarás la muerte

sin cumplir la misión que has empezado.

Detén, ¡Euforión!, detén el vuelo,

muéstrate al mundo, alcanza la victoria,
210

en ti la humanidad cifre su gloria,

por ti recuerde ser hija del cielo.

Del martirio la fúlgida aureola

en tu pálida frente melancólica brilla.

Ora rompiendo la espumante ola
215

de la mar encrespada, ya la ardiente

obscura tempestad, y sin mancilla

las orlas de tu manto,

que no ajó el soplo de la tierra impura,

aún resplandeces con celeste encanto,
220

inundado de luz y de hermosura.

Las ninfas, al mirar tu gentileza,

con entusiasmo férvido te adoran;

sus pechos arden con fatal terneza,

y en dulces cantos tu favor imploran.
225

CORO DE NINFAS
   Hijo sublime de la hermosa Elena,

amor de Jove, de los hombres gloria,

oye poeta, de las ninfas oye

       místico himno.

   Tú que del cielo a la región suprema
230

quieres alzarte sobre el éter puro,

del dios que agita tu inspirado seno

       émulo eres.

   Homero canta, y a su voz el eco

repite el nombre del rapaz divino
235

hijo de Maya y del Saturnio; suena

       claro su nombre.

   Llena los bosques de Celene, llena

las verdes grutas de terror, y cumple

amor en ellas, con la ninfa y Jove,
240

       dulce misterio.

   Nace la aurora, y de la linda virgen

nace en la aurora bienhadado fruto,

al medio día el venturoso halla

       cítara y gloria.
245

   Forma la lira de carey bruñido,

retuerce y fija las tendidas cuerdas,

danle los astros del errante coro

       número y norma.

   Las cuerdas pulsa con la diestra mano,
250

de la garganta cánticos exhala:

vuela el mancebo, y atrevido, hermoso,

       sube al Olimpo.

   Las diosas todas, del amor heridas,

la frente besan del adusto infante,
255

blandas le ofrecen el eterno seno,

       gratas le acogen.

   Mas sólo el pecho que resiste altivo

el rudo beso de la ardiente boca,

su amor provoca, y de vencerle siente
260

       alto deseo.

   Y gira, y pasa con volubles ansias

ora al regazo de Chiprina bella,

ya a la doncella que le sirve a Jove

       néctar suave.
265

   Ya de Diana las gallardas ninfas

sigue veloce por el ancho prado,

ya enamorado de Minerva misma

       himnos entona.

   Los inmortales con deleite y pasmo
270

su audacia notan, su precoz ingenio,

los que derrama la inaudita lira

       mágicos sones;

   Mas a deshora singular tumulto

doquier se escucha en la eternal morada,
275

y trastornando la divina pompa,

       rápido crece.

   Venus se queja de que el áureo cinto

Hermes le roba, do las gracias viven;

Bistonio Marte le demanda el sacro
280

       límpido acero.

   Busca Neptuno su tridente, buscan

amor las flechas y el laurel Apolo;

Júpiter sólo los trisulcos rayos

       y égida guarda.
285

   Del labio intonso con gentil sonrisa

Hermes divino burla sus furores:

guerra y, amores sin cesar cantando,

       huye ligero.

   En el regazo de las doctas Musas
290

logra ampararse, y el alegre niño,

de su cariño delicada muestra,

       dales la lira.

   De la elevada cresta se desprende,

al escuchar Euforión el canto
295

de risco en risco rápido desciende,

y exhala el alma celestial encanto.

   Llega a las ninfas con amante anhelo,

embriagado de amor y de osadía,

y olvida un punto la región del cielo,
300

la sed de gloria que en su pecho ardía.

   Bello como la luz de la mañana,

las ninfas al mirarle se embelesan,

y sus mejillas de jazmín y grana

con tierno afán enamoradas besan.
305

   Y en tanto mueve la ligera planta

Euforión, y de pasión delira;

o nobles versos extasiado canta

al grato son de la acordada lira.

EUFORIÓN
   Del Orco profundísimo
310

subió mi madre amada,

al conjuro evocada

del sabio encantador;

su frente tersa y cándida

con el rubor lucía,
315

su labio despedía

mil suspiros de amor.

   Entre los brazos mágicos

de Fausto enamorado

mirose aprisionado
320

su tierno corazón;

y de este enlace místico

de ciencia y hermosura,

es símbolo, es figura,

es hijo Euforión.
325

   A la región etérea

dejadme, pues, que vuele,

y de Mercurio anhele

la alta gloria alcanzar.

Vagar quiero del céfiro
330

en las alas ligeras,

de las tormentas fieras

en el negro cendal.

FORQUIAS
   Si tu entusiasmo y tu brío

pueden darte una corona,
335

la violencia de tu alma,

el fuego que te devora,

de tu corazón las flores

sin fruto secan y agostan,

y a tu esperanza infinta
340

dan infinita congoja.

La violencia y el poder

mucho alcanzan, mucho logran;

con cadenas de diamante

por ellos gimió, en la roca,
345

atado, el Titán; por ellos

bajo el Pelión y el Osa,

y bajo el Etna convulso

los hijos del cielo lloran,

pero más puede la astucia,
350

milagros mayores obra,

y la pertinencia trepa

do el genio no se remonta.

Mientras sobre duro yunque,

allá en Lemnos cavernosa
355

el martillo de los cíclopes

inútiles rayos forja,

dragón ingente, Tifeo

a Júpiter aprisiona,

y con su cuerpo le ciñe
360

y con su fuerza le ahoga.

Al dragón Hermes entonces

con astucia portentosa

sus mil enigmas declara

y la pujanza le roba;
365

a Júpiter libra, al monstruo

en los abismos arroja.

LAS NINFAS
   ¡Euforión!, no remontes el vuelo

de tu genio en las alas hermosas,

que tejiendo guirnaldas de rosas,
370

ceñiremos nosotras tu sien.

Del arroyo las diáfanas ondas

te adormecen con blando murmullo,

de la tórtola amante el arrullo

te enajena de amores también.
375

   Aquí el cielo estrellado y sereno

muestra siempre su fúlgida lumbre,

y en su eterna y altísima cumbre

claros brillan la luna y el sol.

Aquí crecen las flores lozanas
380

y la vid, de racimos vestida;

cuanto aquí tiene ser, tiene vida,

y enamora y suspira de amor.

   Deja, deja tu empeño terrible,

de las ninfas corona la danza,
385

el que pinta falaz esperanza

rico engaño no sigas veloz.

Con amor y placer le brindamos,

deseamos ceñirte en los brazos,

y con lánguidos tiernos abrazos
390

disipar tu funesto fervor.

EUFORIÓN
   Yo no puedo quedarme en la tierra;

desechad, desechad los amores,

no ciñáis con guirnaldas de flores

al que en su corazón lleva la guerra,
395

y sólo quiere gloria y libertad.

   Pero antes vendréis a mis brazos;

yo seré el cazador que hace alarde

de la presa que cae en sus lazos,

y vosotras la víctima cobarde
400

que ni halagar podrá mi vanidad.

   Así diciendo, Euforión avanza;

y de impaciencia el corazón palpita;

como el deseo sigue a la esperanza,

de las ninfas en pos se precipita.
405

   Ya de una besa la desnuda espalda,

o el blanco lino que sus formas vela,

ora de aquélla la flotante falda,

que al movimiento de la danza vuela.

   Pero las ninfas burlan su locura,
410

pues convertidas en brillante llama,

de sus brazos escapan con presura,

después que el alma de pasión se inflama.

   Euforión pregunta entusiasmado:

«¿Qué tierra es esta de prodigio tanto?»
415

Y el coro de las ninfas acordado

así responde con solemne canto:

LAS NINFAS
   Esta es la noble patria de los helenos bélicos;

aquí la ciencia tuvo un templo y un altar.

El canto de las Musas en alas de los céfiros,
420

se esparció por la tierra cual mágico raudal.

De la sabia Minerva maravillosa fábrica,

¿cómo se ha destruido, Atenas, tu poder?

¿Dónde están tus Arístides de virtudes magnánimas?

FORQUIAS
   Brillando entre las sombras de lo que entonces fue.
425

LAS NINFAS
   Tu fama eterna anuncian altivas las Termopilas,

de Maratón los campos, de Salamina el mar;

el valor de Temístocles, la gloria de Pelópidas.

Y la voz de Demóstenes, gritando libertad.

¿En dónde están tus héroes? ¿Para humillar el bárbaro,
430

por qué no rompe Aquiles el reino de Plutón?

¿Dónde están sus soldados de corazón impávido?

FORQUIAS
   El canto del Poeta tan sólo los guardó.

LAS NINFAS
   ¿Por qué de los muslimes los palacios magníficos

insultan la miseria del hijo de Pelop?
435

¿Por qué al son de la trompa, de su sueño pacífico

la gloria de sus padres a nadie despertó?

¿Por qué del alto Píndaro la melodiosa cítara

en los juegos olímpicos no más resonará,

ni de Tirteo el cántico entre la danza pírrica?
440

FORQUIAS
   Porque esos tiempos, ninfas, no volverán jamás.

EUFORIÓN
   No. Las cenizas de la patria mía

en su centro conservan todavía

el santo fuego ardiente

que iluminó la mente
445

de los excelsos héroes animosos.

Para romper la bárbara coyunda

que los fieros tiranos orgullosos

a su cuello ciñeron,

la Grecia toda se alzará iracunda,
450

y de los que en un tiempo grandes fueron,

al escuchar de libertad el grito

y el son agudo de guerrera trompa,

no faltará quien del sepulcro rompa

la honda prisión, y de la cuenca obscura
455

do brilló su mirada

lágrimas derramando de ternura,

por hijos reconozca a los que vuelvan

rojos de sangre de la lid sagrada,

con el broquel sonoro
460

en el robusto brazo armipotente,

o en él tendidos con marcial decoro,

ciñendo el lauro la dormida frente.

   Súbito entonces se escuchó el sonido

de la trompa, y el aire sacudiendo,
465

se esparció el ronco estruendo

del tronante cañón y el alarido

de los fuertes guerreros; los corceles

relinchan a lo lejos en el llano.

En ademán ufano
470

los héroes marchan a alcanzar laureles,

sus pechos laten de entusiasmo santo,

el atambor retumba

y el viento rasga el belicoso canto

que amenaza al tirano con la tumba.
475

CORO DE GUERREROS
   Despertad del letargo, descendientes

de nuestros héroes; acudid, la espada

en la certera mano relumbrando,

de lauros esplendentes

la frente coronada,
480

himnos de gloria y libertad cantando.

¿Temeréis al tirano, envanecido

por el grande poder de sus legiones?

Un tiempo de la cumbre que domina

el mar de Salamina,
485

un rey miró, de presunción henchido,

soldados y bajeles a millones,

su cetro omnipotente los regía,

y al despuntar en el Oriente el día,

eran fuertes y en número infinito
490

y los llamó a la tarde, y triste y rudo

el eco sólo responderle pudo.

¿Dónde estaban entonces los famosos

que amenazaban dominar la tierra,

y a Júpiter pensaron mover guerra?
495

¿Dónde los que azotaron orgullosos

del hondo mar los lomos encrespados?

¿Dónde? Como trofeo de victoria,

en el profundo abismo sepultados,

del libre griego refulgente gloria.
500

EUFORIÓN
   Marchemos a la lid, el grito santo

de libertad en rededor se escucha.

Los tiranos en tanto

aguardan con terror la fiera lucha.

Grito de libertad el aire llena,
505

en las viejas Termopilas resuena,

por el extenso Egeo se dilata;

con encanto ominoso,

la selva de Dodona se conmueve,

y Olimpo nemoroso,
510

mirando que la Grecia se despierta,

estremece su cúspide, cubierta

de sempiterna endurecida nieve.

LAS NINFAS
   ¡Oh, joven peregrino!

No vuelvas a la lid precipitado;
515

para ceñirte del laurel divino

basta que escuche el mundo tu sagrado

plectro suave y mágica armonía.

Pulsa, joven, la cítara y derrama

torrentes de poesía
520

del corazón, que el entusiasmo inflama.

Nosotras cogeremos

en las florestas bellas y olorosas

cándidos lirios y encendidas rosas,

con que guirnaldas mil te ceñiremos.
525

   No cede Euforión; su inmenso anhelo

debe llevarle al cielo.

Ya entre las nubes gira,

la flamígera espada

en la derecha mano levantada,
530

y en la izquierda la lira.

Mas, ¡ay!, que al raudo empuje

de la ronca tormenta,

que en el momento atronadora ruge,

y en estampido horrísono revienta,
535

marchitas ya sus juveniles galas,

Euforión cayó, rotas las alas.

Lastimeros gemidos

los pechos de las vírgenes lanzaron,

y de dolor transidos,
540

los árboles y fuentes suspiraron.

La tempestad impía

hundió en el mar la destructora planta.

Luego un grito de súbita alegría

hasta el éter sereno se levanta.
545

UNA VOZ
   Ninfas, mirad a Euforión profundo,

riquísimo de gloria;

ya, cantando victoria,

estremece los ámbitos del mundo.

   De vosotras se aleja,
550

rompiendo el éter en dorada nube;

para memoria, por el suelo os deja

cítara y manto, y al empíreo sube.

   Las vírgenes entonces conmovidas,

la forma terrenal abandonaron.
555

Y sus voces suaves se escucharon

entre los elementos confundidas.

Himno

      A los cielos te elevas,

y luz más das a la mañana;

      con vestiduras nuevas
560

      la tierra se engalana;

de haberte dado el ser toda se ufana.

      Nosotras de su seno

hicimos dimanar la fuente pura,

      el ancho mar sereno,
565

      la vida y la frescura,

la copia de las flores y hermosura.

      Le pusimos en torno

la atmósfera, cual velo transparente

      y virginal adorno.
570

      El espíritu ardiente

nació de oculta y elevada fuente.

      Una ráfaga hermosa,

¡oh Dios!, de tu sublime pensamiento,

      purísima y gloriosa,
575

      bajó del firmamento,

y en el pecho del hombre tomó asiento.

      Y tú, que, desatado

de la materia, remontaste el vuelo,

      poeta entusiasmado,
580

      a la región del cielo,

cumple por fin tu misterioso anhelo.

      Levanta tu existencia

hasta el inmenso ser que el mundo adora,

      y tu ser su potencia
585

      ensalce creadora,

mientras gira la máquina sonora.


Granada, 1844.

En la égloga cuarta de Virgilio

(q)

   Ya se cumplía el verso misterioso

de la Sibila, y del Profeta el canto;

la edad llegaba: un orden majestuoso

del volver de los siglos era fruto.

El erizado espanto
5

no ya sembraba luto

al carro encadenado de la guerra;

no turbaban la tierra

ya la bélica pompa

ni el son robusto de la heroica trompa;
10

ya la mar bajo el peso no gemía

de la guerrera nave;

el mundo en calma suave

en el regazo de la paz dormía.

   ¿Por qué, pues, conmovía
15

la mano del destino

el corazón del hombre? ¿Qué deseo,

qué mágica esperanza

su inteligencia en raudo devaneo

y en una agitación continua lanza?
20

¿Qué ardiente grito arroja

de su seno angustiado

la humanidad entera?

¿Por qué el potente Júpiter se enoja,

y cuando va a vibrar el rayo airado,
25

de la mano certera

se le desprende, y débil se estremece

sobre el enhiesto pedestal de oro?

¿Por qué el délfico oráculo enmudece?

¿De Encélado, quizá, y de Peloro
30

la armígera falange gigantea

vuelve a escalar la celestial morada?

¿Prometeo, tal vez, con mano osada

ha vuelto a arrebatar la luz febea?

   No; los hombres han sido
35

los que, en alas del raudo pensamiento,

hasta el Olimpo mismo se han subido,

a Júpiter lanzando de su asiento.

Y esa paz deseada

es quizá de la muerte precursora;
40

por eso a las regiones de la aurora,

como única esperanza, la espantada

humanidad los ojos ya volviendo

y piensa que está viendo

en Oriente brillar un nuevo día,
45

y en medio de su luz resplandeciente

un Dios, de cuya frente

brota un raudal de amor. De la Poesía

el sacerdote santo

tomó entonces la lira,
50

e inspirado de un vago sentimiento,

de los profetas repitiendo el canto,

su voz entregó al viento,

y a todo el universo, que le admira.

   «Ya vuelve el siglo de Saturno, y viene
55

la doncella de espigas coronada;

el cielo nos envía

al hijo predilecto, iluminada

la frente, el labio lleno de ambrosía.

Y vendrá al mundo el hijo del Olimpo;
60

reposará sobre su frente hermosa

espíritu de amor, y de la santa

boca con la palabra armoniosa,

al flamígero rayo semejante,

conmoverá las piedras; al impío
65

el soplo matará de su garganta,

y el mundo inundará de su hermosura.

   «Brotarán los racimos, sin cultura,

de la tierra, y la encina dodonea

manará miel hiblea.
70

Naturaleza ostentará sus galas,

y tenderá sus alas

la santa paz que bajará del cielo

con amoroso vuelo,

el león y las ovejas hermanados
75

irán hacia el aprisco,

y los senos durísimos del risco

por el amor veranse fecundados.

   »Pronto vendrá esta edad que nos trae el hijo

de Jove fulminante.
80

Al compás de la cítara sonante

de las Musas module el sabio coro,

sobre las cuerdas de oro

vuelve la inspiración, y el canto suene,

que ya a la tierra viene
85

el padre de la paz, y ya postrada

la turba de naciones,

altares le levanta; en sus pendones

sil pura imagen se verá grabada.»

   Así dijo el Poeta; retemblaron
90

los ídolos, los montes resonaron;

sintió el hombre en el pecho dulce encanto,

al oír la voz que lo futuro alcanza,

de los sucesos comprendiendo el giro,

agitó sus entrañas la esperanza,
95

y el universo entero dio un suspiro.


La divinidad de Cristo

(r)

   Sobre el aéreo y mágico palacio

del dilatado espacio

te levantaste, humana inteligencia,

y de Dios en presencia,

le interrogaste acerca del arcano
5

que en sí guardan las obras de su mano.

La ardiente fantasía

señora de los mundos se juzgaba,

y leyes les dictaba,

concordando su rápida armonía,
10

y al cometa marcándole camino.

   Con su triunfo orgullos tu divino

ser niega, ¡oh Cristo!, cual la luz febea

radiante de verdad, y en tus altares

no ya el incienso en holocausto humea
15

del que atrevido se lanzó a los mares

del insondable y negro pensamiento,

cual nave contrastada por el viento.

   Y esperan los impíos

derrocar tu alto trono,
20

más allá de los astros colocado,

de resplandor vivísimo creado,

y en su bárbaro encono

negar de tu ley pura

la eternidad, el bien y hermosura.
25

   Pero tú te adelantas

al través de los siglos, que mantienen

tu nombre, y en tu seno

la omnipotencia y el milagro vienen.

Con tu voz los espantas,
30

poderosa sonando como el trueno;

de tus sagrados labios se derrama

la persuasión, y el hombre

a tu divino nombre

con alto grito su Señor te aclama.
35

   Tú, de gloria esplendente

inundada la frente,

la cruz, donde en el Gólgota espiraste,

con la sagrada mano colocaste

sobre el excelso solio
40

del alto y dominante Capitolio,

de los despojos del vencido mundo

con majestad soberbia decorado.

Tú bajaste al profundo;

Tú del marmóreo templo relumbrante,
45

de fúlgidas antorchas adornado,

arrojabas a Júpiter Tonante.

En el altar sentado,

el orbe dominaste, y el orgullo

de los míseros reyes de la tierra
50

quebrantaste, Señor, con dura mano.

   No con la cruda guerra

te hiciste soberano

de la mansión del hombre, ni el acero

en la diestra blandiendo
55

le dijiste al Profeta:

«Haz que suene la bélica trompeta;

marcha, yo soy tu Dios; álcenme altares

los pueblos, o a millares

sucumbirán las huestes enemigas
60

al bote de la lanza del creyente

y al brillo de sus ojos,

como bajo la hoz, en el ardiente

verano, el segador tronca en manejos

las doradas espigas.»
65

   Tú solo dominaste el ancho mundo

con la santa palabra de tu labio

y con cetro de paz y de ternura.

tu trono fue la cruz, y cuando en ella

diste el postrer suspiro,
70

se estremeció la tierra; de la tumba

asombrados los muertos se escaparon,

y el sol y las estrellas se nublaron.

   La humanidad entonces, lastimada,

dio de dolor un grito,
75

y exclamó entusiasmada:

«¡Hijo de mis entrañas, sé bendito!»

   Tu ley, ¡oh Cristo!, tu bondad revela;

ni en el Pórtico extenso, ni en la escuela

de Sócrates profundo
80

oyeron los humanos

que eran todos hermanos,

hasta que tú, Señor, viniste al mundo.


Imitación de Lamartine

   El tiempo alegre que pasé a tu lado,

Delia divina, si recuerdas, dime

dónde la rica en amorosos cantos

       tórtola gime;

   do la fragancia de las lindas rosas
5

el aura esparce con sus alas bellas,

y brilla el cielo como terso manto

       lleno de estrellas.

   Allí las ninfas en revueltos coros

danzas aéreas por el fresco viento,
10

y con la esencia de olorosas flores

       mezclan su aliento.

   Allí una noche, que recuerdo ahora

(lágrimas vierte al recordarla el alma),

te vi a mi lado, y relució en tus ojos
15

       plácida calma.

   Sobre la cumbre del altivo monte,

al ver del cielo el eternal zafiro,

y la nocturna silenciosa pompa,

       diste un suspiro.
20

   Y sus misterios, de entusiasmo llena,

tú me mostraste con la blanca mano,

la tierra, el cielo, el de sonantes ondas

       fiero océano.

   Tendí la vista al universo entero,
25

buscando objeto que admirar pudiera,

y a ti tan sólo te admiré y bendije,

      Delia hechicera.

   El aura mansa en sus ligeras alas

de tus dos labios el olor traía,
30

que son cual vaso de coral que guarda

       dulce ambrosía.

   Y tus palabras escuché, más blandas

que de las aguas el murmullo leve,

cuando el cristal del apacible lago
35

       céfiro mueve.

   La niebla entonces de la noche umbría,

que en leves gasas a los cielos sube,

formaba en torno de tu esbelto talle

       mágica nube.
40

   Y de la luna el adormido rayo

hiriendo, Delia, tu tranquila frente,

la pura flor de tu beldad mostraba

       fresca y naciente.

   Me pareciste... Pero no, ¿qué imagen,
45

Delia divina, mísera no fuera?

Nada terreno a mis amantes ojos

       forma te diera.

   Porque eres, Delia, el pensamiento hermoso

que un alma santa concibió en su sueño,
50

y que a los cielos en sus alas puras,

       sube risueño.

   Yo te vi, Delia, y consagrarte quise

este recuerdo de tan corto instante;

en él tu nombre grabaré, que el pecho
55

       guarda constante.

   Y si estos versos, que tan sólo aspiran

a una mirada de tus ojos bellos,

consiguen, ¡ay!, que compasivo llanto

       viertas en ellos;
60

   ansío que digas: La canción amante

que me conmueve, mi beldad la inspira;

yo soy el numen que tan dulces tonos

       doy a su lira.


Granada, 1845.

   Mustias están las flores

sin olor ni aroma,

obscuro está el espacio,

la noche melancólica,

y velada entre nubes
5

la adormecida atmósfera,

el aura no se agita

ni sacude las hojas,

porque el silencio ha roto

sus alas vagarosas.
10

Sobre mi dulce prenda

sin duda que a esta hora

esencia vierte el sueño

de rojas amapolas.

Mas ya por el Oriente
15

la dulce luz asoma

que en los opuestos montes

refleja caprichosa,

y con varios matices

sus altas cumbres dora.
20

El cielo azul se cubre

de variada pompa

y el sol sale, siguiendo

los pasos de la aurora.

El coro de las aves
25

con música armoniosa

celebra los prodigios

de la natura pródiga;

el ruiseñor, con trinos

acordes, enamora
30

la que en rubor se tiñe

recién nacida rosa;

las gotas del rocío

que penden de sus hojas

parecen engarzadas.
35

Diamantes de Golconda

o perlas que en el viento

suspende misteriosa

con sus alas aéreas

la silfa voladora.
40

El arroyo murmura,

vaga el aura amorosa,

las zagalas despiertan

y a las puertas se asoman.

Todo es vida en el mundo,
45

que la natura hermosa

cobra vida y palpita

cuando nace la aurora.

Así, Delia del alma,

cuando ausente te llora
50

mi corazón, me muero

de angustia y de zozobra;

pero cuando te miro,

sol que mi alma adora,

vuelve a mi pecho al punto
55

la vida bulliciosa:

de púrpura se cubre

mi mejilla, traidora

la pasión en mis venas

se agita, de mi boca
60

se escapan tiernos besos

y siento el alma toda

más que viva, agitada,

más que agitada, loca.


Granada, 1845.

La envidiosa

   El fúlgido diamante

en el polvo sumido

ni pierde su belleza

ni obscurece su brillo:

pero si el polvo, acaso
5

por el viento impelido,

hasta las nubes se alza

cual raudo torbellino...

¿dejará de ser polvo

aunque toque al Olimpo?
10

¿Pues a qué envidias, Delia,

los pomposos vestidos,

las plumas, los diamantes

las perlas y zafiros

con que las damas suelen
15

aumentar sus hechizos?

Si eres tú más hermosa

con tu blanco corpiño

y tu aéreo ropaje

de vaporoso lino.
20

Si son tus dientes perlas

y tus ojos divinos

zafiros radiantes,

y tu seno tranquilo

palacio de Amor tiene
25

un tesoro escondido,

que para mí tan sólo

que lo guardes ansío.

A su querida Delia

esto dijo Mirtilo,
30

y sobre el claro espejo

del arroyuelo limpio

se reclinó la hermosa

por ver si verdad dijo.

El pastor, entretanto,
35

trémulo, enardecido,

estampó en su mejilla

un ósculo furtivo.


Granada, 1845.

La mano de la sultana

Leyenda oriental

I

   En el jardín que del palacio augusto

del gran señor circunda la muralla,

vivía cautivo un joven tan gracioso

como el pimpollo de garbosa palma.

En años juveniles a tal sitio
5

trajéronle su sino y sus desgracias

cuando aún no apenas el naciente bozo

su blanco labio superior ornaba.

Fiera tristeza, sin embargo, el pecho

le corroe, con pena tan extraña,
10

que le roba las dulces alegrías

y el corazón amante le desgarra.

Nadie sabe su historia, hondo misterio

le cerca, y sólo a calcular se alcanza

que, digno hijo de la noble Grecia,
15

peleó por la gloria y por la patria,

y aprisionado en el combate horrendo

hoy la cadena con dolor arrastra.

Una noche, no obstante, cuando el cielo

su transparente azul bello mostraba
20

a la luz de la luna, y el amante

ruiseñor, trinos en las densas ramas

dúlcidos modulando de las rosas,

ardiente enamorado se quejaba

quiso el cautivo, al par, con sus acentos
25

alivio dar a penas tan amargas,

y pulsando un laúd, con voz suave

armonizó las silenciosas auras.

   «En la noche serena recuerdo

el placer que gozaba a tu lado,
30

y en mi dulce ilusión extasiado

un momento me deja el dolor,

Aglae bella. Luz de tus ojos

imagino mirar en el cielo

y me pienso que tiende su vuelo
35

tu alma santa hacia mí con amor.»

   «¿No era, acaso, cual ésta la noche

que por última vez vi tu frente

y su blanca extensión transparente

con el beso postrero sellé?
40

Como sierpe de cándido nácar,

al arroyo fugaz que sonaba

y a la alondra que alegre gorjeaba

embebido de amor escuché.»

   «Que el amor que brotaba en mi alma
45

desbordado torrente corría

y llenaba de dulce armonía

cuanto en torno miraba de mí.

Pero luego, al volver a mi patria,

vi en cenizas tu pobre morada,
50

por el bárbaro turco quemada,

e insepultos los huesos allí.»

   «Desde entonces, venganza tan sólo

anheló el corazón, y tras ella

volví al campo, cual rauda centella,
55

decidido a vencer, o a morir.

Pero el fiero destino no quiso

se cumpliese mi dulce esperanza,

y en lugar de agradable venganza,

cautiverio y vergüenza sufrí.»
60

      Así cantaba el cautivo

    cuando sintió, penetrante,

    un suspiro enamorado

    que atravesaba los aires.

    Era un suspiro tan blando
65

    como el susurro suave

    que forma el aura al mecerse

    entre rosas y azahares;

    y tan triste y dolorido

    como el canto lamentable
70

    de la viuda tortolilla

    que llora el perdido amante.

    Y, levantando los ojos

    para ver de dónde sale,

    por la espesa celosía
75

    de una reja vio asomarse

    una linda y blanca mano

    que tierna señal le hace.

    Acércase, y un papel

    dejó caer al instante
80

    la blanca mano, y tan luego

    desapareció, mas su imagen

    grabada quedó en el alma

    del desesperado amante

    que, abriendo el pliego oloroso,
85

    vio que decía estas frases:

      «La sultana enamorada,

    cautivo, de tu hermosura

    en necios celos se apura

    al ver en otra tu amor.
90

    Triste me tiene tu suerte

    porque te adoro, cautivo,

    solamente por ti vivo,

    ve cuál será mi dolor.»

      «En vela paso las noches
95

    por oír la cantilena

    que al compás de la cadena

    entonas con dulce voz;

    y es que es más grata al oído

    que el cántico de las aves
100

    cuando con trinos suaves

    saludan la luz del sol.»

      «Mi blando lecho florido

    lecho lo juzgo de espinas,

    porque tú no te reclinas
105

    a mi lado sobre él;

    y mis perfumes no tienen

    para mí puros olores

    que de tus labios traidores

    el aroma adiviné.»
110

      «Yo soy hermosa, cautivo,

    si no me engaña el reflejo

    que en el veneciano espejo

    mi figura modeló;

    y todo es tuyo, amor mío,
115

    mis labios para tus besos,

    y mis gracias y embelesos

    para que me ames mejor.»

      «Desecha, pues, vida mía,

   esa pasión insensata,
120

    no pague tu alma ingrata

    mi cariño con desdén,

    y piensa que si me amas,

    soy tan bella y poderosa,

    que tu cárcel horrorosa
125

    transformaré en un edén.»

   Esto el papel decía, y el cautivo,

de asombro lleno, lo leyó admirado,

y sintió otro suspiro fugitivo

en las alas del céfiro enviado.
130

   Volvió a mirar y vio la mano bella

otra vez asomada a la ventana,

más blanca y más hermosa que la estrella

que anuncia con su brillo la mañana.

   Mano tan pura y transpirente era,
135

que parecía que al través la luna

vertía débil luz, como pudiera

entre una blanca nube inoportuna.

   Mano de unos contornos tan gallardos

que exceden al decir que alba brillara
140

como en la cima de los montes pardos

la nieve ante la lumbre del sol clara.

   Que de cuajada leche y frescas rosas

por el amor formada parecía,

llena de cavidades primorosas
145

donde el mismo deleite se escondía.

   Mano que el corazón del griego inflama

en éxtasis de amor y de ternura,

y olvidado un momento de su dama

la tierna mano adora con locura.
150

      Pero a ocultarse tornó

    la mano desconocida

    cuando el cristiano cautivo

    volvió hacia ella la vista.

    Entonces sacó del seno
155

    una hermosa gargantilla

    de oro puro fabricada

    con hilos de perlas finas.

    Era prenda que su amada

    le dio antes de su partida,
160

    por qué se acordase de ella

    entre la gente enemiga,

    llevándola sobre el pecho

    como una santa reliquia;

    y cubriéndola de besos
165

    así disculparse ansía

    con ella del pensamiento

    que en su alma cándida agita

    la belleza de la mano

    de la infiel desconocida.
170

    Pero es en vano, porque

    cuando olvidarla creía,

    volvió a oír otro suspiro

    de la gentil odalisca.

    Que le volvió al pecho el fuego
175

    del amor que en él ardía.

II

   Pasaron varias noches. La sultana

siempre suavemente suspiraba

al escuchar tal vez en su ventana

lo que el cautivo mísero cantaba;
180

leve recuerdo de ilusión lejana

al griego en los suspiros enviaba,

que sobre el aura que el jardín orea

van donde la belleza infiel desea.

   Suspiros tan amantes, que hasta el alma
185

del hermoso cautivo, introducidos,

robándole del pecho amor y calma,

en nuevo amor inflaman sus sentidos,

y cual cimbrea el tronco de la palma

de los vientos al soplo embravecidos,
190

así su tierno corazón se agita,

que en un nuevo amor en él ora palpita.

   Amor que lucha con su amor primero,

que tenía en su pecho un santuario,

vacilar hace, en un tormento fiero,
195

al griego, con sus penas solitario.

Gime y se agita el triste prisionero,

los ojos gira en movimiento vario;

mas dondequiera que los ojos gira

la hermosa mano de la turca mira.
200

   Mano que con buril de ardiente fuego

grabó en su pecho amor tan semejante,

que para siempre le robó el sosiego

de continuo mirándola delante;

mano que en realidad miraba luego
205

en la reja, y se iba palpitante

su alma tras ella en dulcido trastorno,

cual mariposa de la luz en torno.

   Y es en vano que luche en su memoria

de Aglae la imagen cándida y honesta,
210

puesto que desde el seno de la gloria

un fuego tan voraz ya no le presta;

el recuerdo, no obstante, de su historia

que olvide a la sultana le amonesta,

y el griego, al fin, en la terrible lucha,
215

sólo la voz de su pasión escucha.

   Pálido, en tanto, como blanco lirio,

las noches pasa el desgraciado en vela,

y entregado a su pena y su delirio

el tiempo corre, Amor no le consuela.
220

Para calmar acaso su martirio,

vuelve a entonar su triste cantinela,

y vuelve a oír el delicado acento

de un suspiro fugaz que lleva el viento.

   Una ilusión que rápida recuerda
225

aquel suspiro mágico le trae,

y cuando de ella piensa que se acuerda

en nueva confusión su mente cae.

La voz de la odalisca ya concuerda

con la voz dulce de la linda Aglae,
230

ya la voz de su madre oír pensaba

cuando en la cuna el sueño le guardaba.

   Que cuando Amor en nuestras almas mora

el objeto del dulcido cariño,

con ilusiones y recuerdos dora,
235

y así le presta primoroso aliño;

y más cuando en el pecho se atesora

enamorando un corazón de niño

que, aunque transido por desgracias fieras,

sus ilusiones conservó primeras.
240

   Y enamorado ya de la gallarda

dueña de la divina y blanca mano,

mucho el deseo de su amor se tarda

el contemplar su rostro soberano;

por eso en medio de la noche parda
245

rompió el silencio, y con delirio insano,

en lugar de entonar su cantinela,

así a la dama su pasión revela:

   «Sultana, aunque de tus ojos

no he visto la luz divina,
250

ni tus bellos labios rojos,

ni tu frente alabastrina,

me muero por ti de amor;

que basta tu mano bella,

ver en aquesa ventana,
255

para morirse por ella.

Sí, yo te adoro, sultana,

y a mi Aglae soy traidor.»

   «De tu amor estoy ufano

y verte tan sólo anhelo,
260

que si es divina tu mano,

tu rostro ha de ser un cielo

y tú una diosa, ideal.

Tus labios, sultana mía,

serán graciosos rubíes
265

que destilen ambrosía

si enamorada sonríes

con tu boca celestial.»

   «Sólo por verte la cara,

mi vida, hermosa, perdiera,
270

y hasta el infierno bajara

por un beso que me diera

tu boca, divina hurí.

Tuya, sultana querida,

es mi alma desde ahora;
275

tuya, sultana, mi vida,

y el corazón que te adora

y que sólo piensa en ti.»

   Corta pausa, después del himno amante

del cautivo, siguió, y allá en su pecho
280

sintió un remordimiento penetrante

y gimió, el triste, en lágrimas deshecho;

mas al fin el amor quedó triunfante

de sus recuerdos, y en blando lecho

que forma en el jardín hierba lozana
285

se recostó, esperando la sultana.

Ésta, habiendo escuchado, los acentos

de su laúd y de su voz sonora,

que llegaron en alas de los vientos

hasta la reja que el cautivo adora,
290

combatida por varios sentimientos,

toda se estremeció, la seductora

mano asomó y otro papel envía

donde el gallardo esclavo le decía:

   «Cristiano, si es que me amas
295

como me dices, anhelo,

para calmar mi desvelo,

una prenda de tu amor,

y esa hermosa gargantilla

de tu dulce Aglae ofrenda
300

quiero que sea la prenda

de tu enamorado ardor».

   «Cuélgala, pues, de la cinta

que pende de mi ventana,

y al punto de la sultana
305

te verás, griego, a los pies.

Ganado tengo un eunuco

con presentes y dinero,

y que te introduzca espero

esta noche en el harén».
310

   «Y olvidarás al momento

el amor de tu querida,

que mi seno te convida

con un amor más voraz.

Mi seno que ardiente fuego
315

en lugar de sangre encierra.

Las mujeres de tu tierra

no saben, cristiano, amar».

   «Mi amor es ardiente y puro

como el sol que alumbra el moro,
320

como de la Arabia el oro

donde por mi mal nací;

y si aqueste sacrificio

cumples, que sólo te pido,

serás, griego, introducido
325

en el Edén de tu hurí».

   No bien leyó estas palabras,

enamorado el cautivo,

cuando sintió por sus venas

discurrir un fuego impío.
330

Fuego de amor que lo impele

a hacer aquel sacrificio

que le pide la sultana,

en prueba de su cariño.

Y así fue que en el momento
335

sacó el collar de oro fino

y de perlas de su pecho

y lo asió del listoncillo

que pendía de la reja,

y luego el brazo divino
340

de la odalisca ocultose

con el presente querido.

Quedose el jardín en calma

por el ambiente tranquilo,

ni un pajarillo cantaba,
345

ni se escuchaba un ruido,

y el auro no conducía

en sus alas un suspiro.

Bajo el manto de la noche

los céfiros adormidos
350

oír dejaban solamente

el agradable sonido

de las fuentes derramada

sobre los jaspes bruñidos

y de las corrientes aguas
355

de los arroyuelos limpios.

Mas de la paz de la noche

no disfrutaba el cautivo,

que la tempestad bramaba

en su seno combatido
360

de un amor y de otro amor

por el impulso distinto.

Pero, ¡oh, sorpresa terrible!

¡Oh, sobrehumano prodigio!

¿Es realidad o ilusión
365

del fascinado sentido

del cristiano? ¡Quién lo sabe!

De un murallón muy antiguo

sobre el lienzo proyectarse

vio una sombra; sus vestidos,
370

su rostro, sus ademanes

eran de Aglae. Ronco grito

el griego dio, y hacia ella

marchó tembloroso y frío:

mas se disipó la sombra
375

y cayó desvanecido.

III

   Una incógnita voz de su desmayo

sacó al cristiano: «anímate, decía;

ven, pues, a disfrutar de los placeres

a que el amor suave te convida».
380

Volvió éste en sí, y al levantar los ojos

vio delante de él de la odalisca

al confidente eunuco, que atezado

engendro era de la ardiente Libia.

Nada habló el griego, y en silencio triste
385

al eunuco escuchó, que proseguía:

«Ven, pues, conmigo; por secreta puerta,

entrarás del harén en la escondida

estancia, donde la sultana bella

en voluptuosa reclusión habita,
390

allí respirarás de los perfumes

del atar-gul y el ámbar la exquisita

esencia, que ya ricos pebeteros

guardan, o pomos de dorada china.

Admiraran tus ojos los portentos
395

del poder de tu amada, y la encendida

luz beberás de sus ardientes ojos

y el que sus labios mágicos destilan

bálsamo suave, que el Amor formara

con el más puro extracto de la mirra.
400

Si tienes miedo, del peligro cede,

que no eres digno ya de sus caricias

si eres valiente, sígueme y no temas,

que salvo volverás antes del día.

El sultán duerme y el chibuquí curvo
405

lleno del opio que su mal mitiga

a su lado arde aún, que los pesares

y los años de amor casi le privan.

......................................................
   Sólo el profeta, en el Borac montado,

pudo en la noche del Alkadr tranquila
410

llegar hasta el edén sin miedo alguno...

Aquel que el cielo conseguir ansía

que pasar tiene el inseguro puente,

donde si acaso mísero vacila

a la vista teniendo el Paraíso,
415

en el abismo, al fin, se precipita,

con tanta rapidez como lanzado

Jerid que raudo por los aires silba».

Dijo, y asiendo el brazo del cristiano,

llevóselo tras sí, y a la divina
420

luz de la luna vistos, en la noche

un ángel y un demonio parecían.

      Atravesando largas

    obscuras galerías,

    angostas y sombrías,
425

    y abriendo puertas mil,

    el griego y el eunuco

    llegaron a una estancia

    que dulcida fragancia

    vertía del jazmín.
430

      Estancia rodeada

    de fuentes y de flores,

    nido de los amores

    y templo del placer;

    con lujo enriquecida,
435

    de aromas impregnada,

    sublime y encantada

    mansión de la mujer.

      Voluptuoso silencio

    se siente sólo en torno,
440

    y por gentil adorno

    de aquella soledad,

    tal vez a algunas aves

    en sus doradas rejas

    arranca tiernas quejas
445

    su antigua libertad.

      Mas nada vio el cautivo,

    ni nada oyó tampoco,

    que frenético y loco

    ante los pies cayó
450

    de la bella odalisca,

    brillante como el cielo,

    aunque con denso velo

    su beldad encubrió.

      Estaba reclinada
455

    sobre un cojín de plumas

    blanco cual las espumas

    de las olas del mar.

    Y el rico terciopelo

    hacía más hermoso
460

    su cuerpo voluptuoso

    en él al reposar.

      Su linda y blanca mano,

    aun más que nunca bella,

    parecía una estrella
465

    de amor y de ilusión,

    y ante ella el cautivo,

    cayendo arrodillado

    y asiéndola extasiado,

    besola con pasión.
470

      Y, enamorado, dijo

    a la oculta hermosura

    que aquella flor tan pura

    de su primer amor

    había caído marchita
475

    al abrirse olorosa

    una flor más hermosa,

    una más noble flor.

      Porque ella es la clara

    luz que alumbra su alma,
480

    que ella sola la calma

    al fin le puede dar.

    Pero nada responde

    al griego la sultana

    y, como en la ventana,
485

    muda en la estancia está.

      Soltando al fin el ondulante velo,

alzose en pie, gallarda, la sultana,

dejando ver de su hermosura el cielo

como la rosa del abril temprana.
490

   Era su rostro lindo como el sueño

que forma un niño en su ilusión primera,

cuando, adormecido, plácido beleño

tiende sobre él la sílfide hechicera.

   Sus ojos eran cual brillante llama,
495

de la luz del Edén tal vez nacida,

y la boca amorosa de la dama

cual limpias perlas que aun la concha anida.

   Al mirarla el cautivo, de amor lleno

y de asombro y temor, conoció en ella
500

el dulce objeto, un tiempo más sereno

amado tanto de él, su Aglae bella:

   Su Aglae, que sale de la tumba fría

donde el cautivo la creyó encerrada,

cuenta a pedir de aquel amor que un día
505

le dedicó con alma enamorada.

   «Yo soy -le dijo-, yo, mírame ahora.

¿Qué has hecho de mi amor, del juramento

que me hiciste con lengua engañadora?

Todo voló, traidor, en un momento.
510

   »Yo te guardaba, aun en la clausura

de esta voluptuosa y vil morada,

la virtud, la inocencia y la hermosura

que a vender vino tu alma fascinada.

   »Yo del sultán con diestra resistencia
515

contener supe el punzador deseo,

y guardé para ti, con mi inocencia,

aquel amor que ahora en ti no veo.

   »Te conocí al oírte en los jardines

llorando mis amores ya perdidos
520

cual la voz de los dulces serafines

dando amor y esperanza a mis oídos.

   »Y de las flores me llamaron luego

sultana, al verme las demás cautivas,

símbolo de mi puro eterno fuego,
525

de rosas coronada y siempre vivas.

   »Y queriendo probar tu fe, de amores

te requerí, y, ardiendo en fuego insano,

por la nueva sultana de las flores

tu antiguo amor dejaste inhumano.
530

   »Pues bien, vete de aquí, que la sultana

era un sueño de tu mente ansiosa;

este papel, Lascar, leerás mañana;

yo, para perdonar, soy orgullosa».

   Dijo, y un pliego le entregó cerrado,
535

y a sentarse volvió; Lascar guardolo,

con un triste suspiro enamorado

a tantas quejas respondiendo sólo.

   A los pies de Aglae hermosa

se arrojó por fin el griego,
540

y sobre su blanca mano

estampó dulcidos besos;

mano que la causa era

de su falta, que su yerro

disculpar sólo debía
545

y de su amor darle el premio.

Todo respiraba amores

en aquel recinto bello:

las fuentes que murmuraban;

las aves, que con gorjeos
550

blandos daban a las auras

sus delicados acentos,

que del vaporoso invierno,

como transparentes nubes,

subían del pavimento,
555

agrupándose en el aire

y evaporándose luego.

El corazón de la dama

mil diferentes afectos

no hay duda que sentiría
560

en tan solemne momento;

y más al ver desprenderse

de los ojos del objeto

de su amor, como de aljófar

menudas perlas, el tierno
565

llanto con que acompañaba

la fe y su arrepentimiento.

No pudo más; y al impulso

de las lágrimas y ruegos

de su acuerdo, enternecida,
570

trémula de amor, sintiendo

sobre la divina mano

de sus acentos el fuego

que subía por las venas

hasta el escondido centro
575

del corazón, en sus brazos

desfallecida cayendo,

dueño de tanta hermosura

hizo el venturoso griego.

..........................................
Pero un misterio terrible,
580

que yo a descifrar no acierto,

vino a turbar sus amores;

un espantoso misterio

que sabe guardar la noche

con un terrible secreto.
585

..........................................
Sólo se dice que el joven

cautivo, de dolor lleno,

dio gritos de horror terribles;

que el eunuco, con discreto

afán, apagó las luces,
590

y en las tinieblas silencio

le impuso, con sus nervudas

manos su boca cubriendo.

Después algunos cautivos

llegar al jardín pudieron
595

ver, a la luz de la luna,

a un eunuco con un negro

bulto, que, con cuidado,

traía en el caftán envuelto;

con misteriosa premura,
600

depositolo en el suelo

y se marchó, leve ruido

formando su paso incierto,

y el rechinar de sus armas

y de su alfanje a lo lejos.
605

IV

   ¿Quién es aquel que raudo se despeña

en soberbio corcel, ya roto el freno,

y va saltando por la espesa breña

mientras que ruge el pavoroso trueno?

   A la luz del relámpago, indecisa,
610

tal vez se puede ver su rostro fiero,

en el que brilla la fugaz sonrisa

de un recuerdo amoroso y lastimero.

   Cual los vientos veloz en la carrera,

va el caballo, la crin al aire dada;
615

blanca espuma lo cubre, cual si fuera

de las ondas del mar amontonada.

   Hiriendo el suelo con el férreo casco,

atruena el bosque, al compasado ruido

de los cóncavos senos del peñasco
620

por los distantes ecos repetido.

   Y en el silencio de la noche umbría,

si alguien lo ve que solitario vela,

mágica sombra acaso lo creería,

y reza, si lo escucha, el centinela2.
625

   Diose el día antes un combate horrible

en que los hijos de Otomán vencidos

fueron por los helenos, al terrible

grito de Cristo y libertad ardidos.

   Que cayeron del monte en la espesura
630

sobre las tropas del bajá, cual olas

de catarata hinchada, y en la obscura

selva arrollaron las soberbias colas.

   Y, en mar de negra sangre, la victoria

asentaron los griegos, y la suerte
635

cupo a Lascar de conseguir la gloria

al pérfido bajá de dar la muerte.

   Que, ardiendo el turco en denodada ira,

y viendo ya perdida la esperanza,

sobre él con fiera intrepidez se tira
640

y halla la muerte en su robusta lanza.

   Hambrienta de clavarse entró en su seno;

la vida se le huyó con un gemido;

cayó, y las armas, cual lejano trueno,

hicieron al caer ronco ruido.
645

   Ansioso de matar, Lascar corría;

la muerte iba con él, y con su mano

la punta de su lanza dirigía,

y ni un golpe que dio diéralo en vano.

   Y creyeron, al verlo, que en las filas
650

Azrael de los griegos peleaba,

y sólo de sus vívidas pupilas

con la esplendente llama los mataba.

   Cual rápido torrente despeñado

que hace salir de cauce al ancho río,
655

tala las mieses, vuelve yermo el prado,

y hasta los pinos troncha con su brío;

   Así, o más fiero aún, Lascar cebaba

su ira cruel en la otomana hueste,

y de cuajada sangre espanto daba,
660

sucias la faz y la gallarda veste.

   Mas dar no puede a su irritada alma,

en cuyo centro agitase el veneno,

tanta venganza sazonada calma,

y con dolor cruel late su seno.
665

   Un intenso pesar le abruma, y quiere

saltar su corazón ardiendo en ira,

y cuando de dolor piensa que muere,

se juzga eterno, viendo que no expira.

   Huir, si es posible, de su mal anhela,
670

mal que imagina su verdugo eterno,

mas con él su dolor rápido vuela

porque su corazón es un infierno.

   Y es en vano que el bote de su lanza

le diese horror quitando tanta vida,
675

si con su luz brillante la esperanza

ni a honores ni a deleites le convida.

   Que, aunque del cautiverio ya salvado

por un viejo Calóyero, sus penas

el corazón le tiene desgarrado,
680

y es acíbar la sangre de sus venas.

   Por eso, aquella noche, cuando el sueño

rendido había al vencedor, el fuerte

Lascar salió con decidido empeño

de dar fin a sus males con la muerte.
685

   Allá va, y en su rápida carrera

vencer en conmoción su pena intenta,

y a la borrasca de la noche fiera

excede de su alma la tormenta.

   Y él era, él, quien de la noche triste
690

rompió el silencio, y a la luz ardiente

del ligero relámpago le viste,

otomano, y temblaste de repente.

   Mas rápido cruzó cual del verano

la exhalación que engendra el aire seco
695

y el ruido sólo del corcel lejano

en temeroso son repitió el eco.

   Llegó Lascar sobre la playa corva

del undívago mar que alborotado

rompe en la roca que su furia estorba
700

la ola que brota de su seno hinchado.

   Llegó, y tendido en la desierta orilla,

el cansado corcel yerto abandona,

y a la luz del relámpago que brilla

sube a una roca que la mar corona.
705

   Saliente pico, a cuyos pies se agita

el resonante mar contra un bajío

por mil rocas formado, do se irrita

embravecido su indomable brío.

   Allí Lascar se puso. Sentimiento
710

horrible el pecho le agitó, y apenas

exhalar pudo el ardoroso aliento

quemado con el fuego de sus venas.

   Sentimiento espantoso, a los horrores

igual tan sólo del infierno junto,
715

que en un instante un siglo de dolores

le hiciera padecer en aquel punto.

   Imagen fiel del erizado espanto

eran sus miembros, de sudor cubiertos,

y brotaron dos lágrimas en tanto,
720

quemándole la faz sus ojos yertos.

   Al través de ellas ver pensó en la ola

enfurecida una visión mecerse;

su Aglae llorar, enamorada y sola,

y en la extensión sin límite perderse.
725

   «Ya te sigo -le dijo-. Yo no quiero

vivir ya más sin ti. Abre tu centro

obscura eternidad... ¡Oh Dios!, yo muero.

¡Muerte, por fin en tus abismos entro!»

   Y cayó por el aire arrebatado
730

espantoso giro. Sordo luego

estrépito se oyó, y el mar hinchado

tuvo un momento fúnebre sosiego.

V

   Indiferente la aurora

a los males de los hombres,
735

al otro día radiante

por el Oriente asomose.

Estaba la mar en calma;

los suaves arreboles,

del alba allí reflejados
740

con mil lucientes colores,

pintaban el fondo obscuro

de aquellas ondas salobres.

   Cuando los primeros rayos

de luz dieron sus fulgores
745

sobre el elevado pico

desde el cual Lascar tirose,

iluminaron la frente

de un anciano, que de bronce

parecía, porque estaba
750

puesto en oración, inmóvil.

Las manos tendía al cielo,

y en sus tristes oraciones

piedad por un desgraciado

a Dios imploraba a voces.
755

Era el Calóyero: un bulto

negro divisó, que sobre

las blandas olas mecido

venía; reconociole

al punto, y el tierno llanto
760

de sus ojos derramose.

   Hoy Lascar sobre la roca

sepultado está; su nombre,

allí entallado, atestigua

sus desgracias, y una cruz
765

de un leño fabricada

sólo le recuerda al hombre

solitario que allí llega

su triste memoria entonces.

Nadie sabe bien su historia
770

que en el misterio se esconde

más profundo; el religioso,

no obstante, en el seno hallole

un fragmento de una carta

de una mujer, que de amores
775

hablar parece, y un pliego

escrito, entre los horrores

más fieros, por Lascar mismo,

a quien Dios justo perdone.

Fragmento

   Lascar mío, ya que he visto
780

que de mí te has olvidado

y que es tan cruel mi hado

que no te dueles de mí,

quiero que sepas, al menos,

lo que por ti, vida mía,
785

ha hecho la mujer que un día

fue tan dichosa por ti.

   Que si olvidas mis amores

por una esperanza vana,

no te dolerás mañana
790

mi triste suerte al saber.

Y dirás, sin duda alguna:

«¿Qué me importa su memoria?

Déme sus triunfos la gloria

y su amor otra mujer».
795

   Bien, Lascar; así ser debe,

que para un varonil pecho

es el amor muy estrecho

círculo, y aspira a más.

No somos así, sin duda,
800

nosotras, pobres mujeres,

que no encontramos placeres,

mi vida, sino en amar.

   Y tú, Lascar de mi alma,

sabiendo cuánto te quiero,
805

no extrañarás hoy que muero

por nuestro perdido amor.

Y acaso al saber mi muerte

(es lo único a que aspiro)

exhalarás un suspiro,
810

un suspiro de dolor.

..........................................
   Es imposible escaparse

de este recinto horroroso

donde mi tirano esposo

pronto me vendrá a buscar.
815

Supo el sultán que tú fuiste

un tiempo mi amante fino,

y de su furia con tino

yo te supe libertar.

..........................................
   Mañana vendrá a buscarme,
820

y al recostarse en mi seno,

verá que un atroz veneno

me ha quemado el corazón.

Y tú, lumbre de mis ojos,

libre estarás ya mañana
825

y en la tumba la sultana

que te amó con tal pasión.

   ¡Adiós!... Al poner la pluma

sobre esta página, siento,

Lascar mío, un sentimiento
830

que es imposible explicar...

No quiera el cielo que nunca

con tal sentimiento llores,

Dios permita que lo ignores

y hágase tu voluntad.
835

Recuerdos de Lascar

   Mujer, ese espantoso sentimiento

hierve en mis venas y en el pecho mío

terrible y violento.

Me parece que siento

que las entrañas, con dolor impío,
840

me las desgarran, y el veneno ardiente

vierten en ellas del dolor más duro.

Por nuestro amor te juro

que sólo ya con el deseo vivo

de verter de los turcos, como altivo
845

combatiente, la sangre emponzoñada

y ofrecerla a tu ánima irritada.

..........................................
¡Qué noche aquella! Nunca, Aglae hermosa,

embriagada de amor entre mis brazos

en éxtasis suave y deliciosa
850

caído hubieras; ni en amantes lazos

nunca jamás te hubiera aprisionado

el infeliz Lascar, si al volver luego

del arrebato del amor ardiente,

contra sus labios estrechó de fuego
855

la boca helada de un cadáver frío;

y frenético unió su seno hirviente

con ese yerto de veneno impío

blanco pecho de nardos, dulce nido

de amor y de placer lecho florido.
860

¡Horror! ¡Horror! Maldigo

al eunuco, que al verme desmayado

a mi seno agitado,

no le dio paz con un puñal amigo.

..........................................
¡Mujer! Ya estás vengada; ya mi lanza,
865

por tu espíritu mismo dirigida,

ha quitado en el campo tanta vida

que ha saciado la fe de mi esperanza.

Pero si tu venganza

no está cumplida aún, no desesperes.
870

Pronto desde una roca

que en los nublados con la frente toca

caer me verá tu espíritu irritado

en los abismos de la mar, y espero

que al fin apaciguado
875

me abrazará, y en abismo fiero

ambos nos juntaremos

y, si es posible, allí nos amaremos.


Granada, 1845.

El fuego divino

       De la increada fuente

en copiosa raudal brotaste pura,

       alma luz refulgente;

       entonces con ternura

latió fecundo el seno de natura.
5

       Como la casta esposa

en medio de su dulce primavera,

       si en la entraña amorosa

       la agitación primera

del fruto ansiado de su amor sintiera.
10

       Tú eres la luz, la vida,

la inteligencia, el fuego, el movimiento;

       tú la llama escondida

       que da al sol alimento,

y armonioso vigor al firmamento.
15

       Hijas de tus amores

la hermosura vernal del bosque umbrío,

       y la copia de flores

       que en el ardiente estío

el cáliz abre al líquido rocío.
20

       Con vivífico aliento

virtud prestaste a la materia inerte,

       la fuerza y movimiento,

       que en sus átomos vierte

al sacarlos del seno de la muerte.
25

       Y la forma elevada,

misteriosa del hombre creaste luego;

       a su mente sagrada

       diste noble sosiego,

a sus ojos el brillo de tu fuego.
30

       Levantaste su frente,

hermoso asiento de tu lumbre viva,

       hacia el cielo eminente

       do a su mirada altiva

ni de tu ser la obscuridad se esquiva.
35

       Cuanto existe en la tierra

de oro y fango, de bálsamo y veneno,

       cuanta virtud encierra

       en su fecundo seno

el éter infinito, de astros lleno,
40

       diste con armonía,

breve mundo, del hombre a la existencia;

       como en Oriente el día

       brotó la inteligencia

de su completo ser oculta esencia.
45

      La pompa de los mundos,

todo ser, toda vida en ella vive;

       los ámbitos profundos

       del cielo en sí recibe,

y de su inmensidad los circunscribe.
50

       Su perfume derrama

la flor, el ave canta, el mar resuena;

       cuanto aborrece y ama,

       todo deleite y pena

está en el alma, y los espacios llena.
55

       Su luz el astro envía,

y tarda siglos en cumplir su anhelo;

       no acaba su porfía,

       no hiere el mortal velo,

mas en el alma está como en el cielo.
60

       ¿Qué habrá que satisfaga

al ser amante en la creación entera?

       ¿De qué beldad se paga,

       si por alta manera

todo en el alma está como en su esfera?
65

       ¿A qué este amor intenso?

¿Qué ignoto ser la voluntad adora?

       ¿Dónde el objeto inmenso,

       la fuerza vencedora,

que domine al amor que la devora?
70

       ¿Qué bondad, qué hermosura

hay en el mundo que gozar no pueda?

       ¿Qué gloria, qué ventura,

       donde se aquiete y ceda?

Ni ¿qué grandeza que a la suya exceda?
75

       El alma es consonancia

de todo lo creado, y sus amores

       son la luz, la fragancia

       de estrellas y de flores.

¿Quién detiene perfumes y fulgores?
80

       ¿Dónde se posa y calma

el corazón, buscando su destino?

       ¿Do está la paz del alma,

       dónde el centro divino

que suspenda su curso peregrino?
85

       La bien templada lira

de cada cuerda exhala melodiosa

      distinto son, y admira

       de la máquina hermosa

dando el conjunto música armoniosa.
90

       Enemigas y fieras

potencias une al mismo fin el hado;

       así de las esferas

       el giro arrebatado

da un concierto sublime y alternado.
95

       La inmortal y sonora

de celeste virtud máquina ardiente,

       que magnífica mora,

       cual antorcha esplendente,

en el sagrado templo de la frente,
100

       ya no más confundida

con la materia se verá: ya dura

       eternamente unida;

       ya tan sólo procura

volar al foco de su lumbre pura.
105


Granada, 1845.

A la Santísima Virgen

Pensamientos religiosos

   Si contempla mi alma,

estando en dulce sueño los sentidos

con la dichosa calma

de la agradable noche adormecidos,

el brillo que en el cielo
5

un espíritu angélico y radiante

esparce cuando cruza en raudo vuelo

el éter deslumbrante;

tan encantado siento

y tan lleno de amor el pecho mío,
10

al verlo puro aventajar las flores

y los astros del claro firmamento

y la hermosura terrenal, que ansío

la muerte por gozar tales favores.

   Si con los ojos de mi cuerpo acaso
15

ver pudiera, señora, tu hermosura,

como en las sombras de mi mente obscura

contemplo a cada paso

el bienaventurado

espíritu de lumbre circundado
20

que de tu brillantez y donosura

es tan sólo un destello, Virgen mía,

mi tierno corazón se abrasaría,

en el amor más santo confundido;

y a los cielos volara
25

en esa inmensidad de amor perdido.

Así de ardiente sol a la luz clara

el hielo se deslíe, se evapora,

hasta los cielos sube,

y en el vellón de la dorada nube
30

el iris forma que la luz colora.

   En la mente divina

creada fuiste, hermosa Virgen pura,

y adornada con toda la hermosura

que encierra en sí la esfera cristalina.
35

Nacida limpia y bella

y tu seno purísimo inflamado

por el divino amor, viniste al suelo;

de la esperanza nacarada estrella,

redimistes al hombre del pecado
40

y te volviste al cielo.

   Cuando por vez primera

sentiste en tus entrañas virginales

estremecerse un Dios, que el vivo aliento

de la casta paloma placentera
45

en ti depositó, las maternales

fibras del corazón un movimiento

de mágica alegría

en el alma sin duda te causaron

y estremecidas de placer vibraron
50

con celestial y angélica armonía.

   ¡Oh, bendita entre todas las mujeres,

la que en su casto seno

que del materno amor estaba lleno

sintió tales placeres!
55

Bendita sí, porque ella

sufrió inmenso dolor también, y agudo

puñal el alma de la Virgen bella

traspasó fiero; sólo el amor pudo,

Madre y Reina preciosa,
60

de los cielos señora,

misterio tan sublime

ejecutar en ti, cuando amorosa

por levantar al que abatido gime

y consolar la humanidad que llora,
65

viste pendiente del cruel madero

al hijo santo de tu amor sincero.

Entonces en el Gólgota elevado

fue en holocausto santo

el más gran sacrificio consumado
70

con el dolor de un Dios y el triste llanto

de tu pecho purísimo arrancado.

De las penas más fieras los horrores

todos sentistes en aquel momento.

Para aquel sacrificio de dolores
75

dos altares había,

la cruz que a Jesucristo dio tormento

y tu sagrado corazón, María.

¡Tu enamorado corazón, del tierno

Hijo de tus entrañas poseído,
80

en el amor sublime del Eterno

espíritu nacido!

   ¡Cuánto la madre adora

en su hijo caro de su amor la prenda!

¡Cuánto su tierno corazón le llora
85

a su dolor inmenso dando rienda!

Mas de los hombres madre también era,

por el sagrado Espíritu enviada

para salvar la humanidad entera

con su inmenso dolor purificada.
90

La salvaste, María

llorando sobre el Gólgota las penas

del hijo de tu amor, que en su agonía

vertió la pura sangre de sus venas.

Y bienaventurada
95

te llamaron los hombres; en el cielo,

al son del arpa de oro

te elogian los querubes, y postrada

la angélica falange en raudo vuelo

se acerca a ti y en resonante coro
100

entonan alabanzas a tu gloria.

Yo también remontar quise, atrevido,

de tu eterna memoria

en elogio, mi canto enardecido:

pero ya triste veo
105

que no merezco, virginal Señora,

engendrar en el pecho que os adora

tan excelso deseo.

Acaso indigno de tal bien, impuro

me atreví a profanar, de orgullo lleno,
110

a la que inflama en fuego de amor puro

de la radiante Trinidad el seno.


Las aventuras de Cide Yahye

Historia filosófica y verdadera

Primera parte

La belleza ideal

Io mi son pargotella bella e nova,

e son vanuta per mostrarmi à vui

dalle bellezze e loco dond'io fui.

Io fui del cielo, e tornerovi ancora,

per dar della mia luce altrui diletto,

e chi mi vede, e non se ne inamora,

d'amor non averà mai intellectto.

(DANTE ALIGIERI, Ballatta.)



I

   En las antiguas edades

cuando andaba la morisma

hecha orgullosa señora

de la bella Andalucía,

en un rincón olvidado,
5

por pobre, de la codicia

de los hombres, y perdido

en la espesura sombría

de los bosques y los montes

que en torno de la campiña
10

de Granada, en ancho cerco,

alzan las frentes altivas,

Cide Yahye en paz suave

era señor de una villa;

y aunque adornada tan sólo
15

de centenarias encinas,

de olivos y de castaños,

era agradable a la vista

de aquel quebrado paisaje

la rústica perspectiva.
20

Los sencillos habitantes

allí contentos vivían,

sin pensar que más placeres

brindase al hombre la dicha,

que los dones que la tierra
25

de su trabajo solía

darles en premio, y los goces

de aquella vida tranquila.

Cide Yahye virtuoso,

y su corta monarquía
30

con la vista dominando,

administraba justicia,

y en las sencillas disputas

leyes dictaba benignas,

bajo de un árbol sentado,
35

a la puerta de su quinta.

A las labores del campo

con gran placer asistía

y al llegar la grata fiesta

de la siega o la vendimia,
40

con los mismos labradores

comer y cantar solía.

Agradable con la gente,

y contento de su vida,

practicaba Cide Yahye
45

la mejor filosofía.

En sus colorados labios

siempre brillaba la risa;

en su cuerpo orondo y grave,

resaltaba la alegría.
50

Tal era el rey, tal el reino,

donde la virtud sencilla

moraba con la inocencia

de la gente campesina;

donde los dorados tiempos
55

que los poetas nos pintan

con su patriarcal ternura

realizados se veían.

Cuéntase, pues, que las hadas,

al ver la maldad impía
60

de los hombres, de la tierra

ya para siempre se iban,

cuando este reino dichoso

descubrieron, y benignas

quisieron favorecerle
65

con su presencia divina.

II

   Tomaron aquel reino para morada propia

las hadas y le dieron su santa beatitud,

y en su seno vertieron el cuerno de la copia,

henchido de riqueza, de gozo y de salud.
70

   Formaron en el aire conciertos armonios,

de eterna primavera dotaron al vergel,

hicieron de la viña los frutos más sabrosos,

llenaron las colmenas de perfumada miel.

   Pusieron en las fuentes misterioso murmullo,
75

vistieron de hermosura las flores del jardín,

de la paloma hicieron más lánguido el arrullo,

y más sonoro el trino del ágil colorín.

   Como menudo aljófar las gotas de rocío,

cuajadas en el cáliz de la entreabierta flor.
80

Un fructífero fuego el calor del estío,

una llama sagrada el fuego del amor.

   Doquiera que las hadas esparcían su aliento,

crecían frescas rosas de aroma celestial.

Con viva luz en torno resplandecía el viento,
85

formábanse en el aire palacios de cristal.

   Las hadas a las nubes dieron bellos matices,

a los céfiros blandos suave libertad;

para hacer a los súbditos de Yahye más felices

arrullarlos quisieron en dulce ociosidad.
90

   Sin el trabajo humano daba el feraz terreno

los frutos más opimos con solícito ardor,

torrentes de riqueza brotaban de su seno,

de las benignas hadas encanto bienhechor.

   Nacía sin cultivo el delicado lino,
95

el industrioso insecto trabajaba a la vez

la seda, en los arbustos el algodón más fino

de las pomposas hojas blanqueaba al través.

   En los mismos corderos la suavísima lana

de diversos colores se solía pintar;
100

ya era púrpura tibia, ya refulgente grana;

que tejían las hadas con arte singular.

   Cuanto al hombre le es grato las hadas reunieron

en aquel feliz reino, su encantada mansión.

Los frutos más extraños las hadas produjeron
105

que el comercio nos trae de distinta región.

   La fragante canela, el café de la Moka,

que destilando forma tan suave licor;

la que en árbol tan grande, con magnitud tan poca,

crece negra pimienta de agradable sabor.
110

   La hierba del Catay, olorosa y salubre;

los plátanos, que almíbar dentro del fruto traen;

la palma, que maduros los dátiles encubre

con las espesas ramas que en verdes arcos caen.

   Cuantas aves adornan la alegre primavera
115

hacían de aquel reino su estancia habitual;

recorría los campos la perdiz placentera,

posábase en la oliva el sabroso zorzal.

   Los ánades silvestres con majestad graciosa

cerníanse en el seno del lago, sin temor,
120

y el campo poetizaban la tórtola amorosa

y el ruiseñor sencillo, de los bosques cantor.

   Como nunca agradables lucían las doncellas

que ya el sol ni el trabajo podían marchitar,

las delicadas manos suavísimas y bellas,
125

los talles elegantes, amoroso el mirar.

   Cantaban y bailaban, asidos de las manos,

pastores y zagalas, hablando de su amor;

sentados a la sombra miraban los ancianos,

los más dulces recuerdos gozando a su sabor.
130

   A pesar de Mahoma, el perfumado vino,

mejor que el estimado del campo de Jerez,

chispeaba en las copas, y su fuego divino

de las bullentes venas serpeaba al través.

   Él vertía en el pecho el amante deseo,
135

él ponía en los labios la dulce persuasión,

y en las negras pupilas, con el furor pimpleo,

brillaba más hermosa la luz del corazón.

   El día se pasaba en danzas y en suaves

pláticas amorosas, la noche en poseer
140

el reposado sueño, hasta que al fin las aves

el alba amenizaban con trinos de placer.

   Todo en aquella tierra era paz y ventura;

sobre ella la alegría sus alas extendió,

por el ancho espacio de su atmósfera pura
145

la copa del deleite ufana derramó.

   Nunca dicha más grande soñó en su falansterio

de Fourier admirable el ingenio creador,

ni nunca en el más rico antiguo monasterio

hubo paz más perfecta ni abundancia mayor.
150

   Esto hicieron las hadas, y en bullicioso coro

con los mortales mismos se solían mezclar.

Y al agradable estruendo del crótalo sonoro

himnos dar a los vientos, y ligeras bailar.

III

   El buen rey Yahye de placer henchido
155

también entre la fiesta se mezclaba,

y a la música alegre dando oído,

de su vientre a pesar, diestro bailaba.

   No le acosaba el velador cuidado,

ni placer le faltaba ni riqueza
160

disfrutando de un sueño regalado

en el seno gentil de la pereza.

   Guardaba de su harén en el recinto

mujeres como lindos serafines,

enramadas de género distinto,
165

joyas, perfumes, fuentes y jardines.

   Y de una quinta que la hermosa vega

ostentaba en la parte más florida,

de generosos vinos la bodega

con profusión diversa bien surtida.
170

   Cantos gozaba, y bailes seductores,

la tierra en torno sonreía ufana;

Amor le prodigaba sus favores,

renacía en él la juventud lozana.

   Mas en medio de cuadro tan risueño,
175

Yahye empezó a sentir melancolía;

buscó la soledad, faltole el sueño,

vagó en el seno de la selva umbría.

   Que ardió su corazón en la sagrada

llama de lo ideal, que tierna adora,
180

no satisfecha el alma enamorada

del placer que en la tierra se atesora.

   Buscó en la noche su ilusión querida,

la creyó hallar entre la selva obscura,

en el seno del aura adormecida,
185

en el cristal de la corriente pura.

   Prestó Yahye un amante sentimiento

al arrullo del céfiro en las hojas,

a las flores amor y pensamiento

de la tórtola amante a las congojas.
190

   Y no pudieron apagar el fuego

del místico raudal de sus dolores,

ni de la noche del plácido sosiego,

ni la tórtola, el céfiro y las flores.

   Y por saciar su loco desvarío
195

se entregaba otra vez a los placeres

mas sólo hallaba doloroso hastío

en sus perfumes, joyas y mujeres.

   Todo a su alma indiferente era;

el insaciable corazón sentía
200

taciturno dolor, y una hechicera

ideal mujer formó su fantasía.

   La limitada inteligencia humana

muy rara vez tras lo ideal se lanza,

pero la voluntad recorre ufana
205

la eterna inmensidad de la esperanza.

   Que el Eterno nos dio tan sólo, creo,

un rayo de su ciencia peregrina;

pero el alma se eleva en el deseo

y respira la atmósfera divina.
210

   Deseo insaciable, que del pecho brota

y en inmenso círculo se extiende,

cuya circunferencia, siempre ignota,

al Hacedor y a la creación comprende.

   ¡Oh, amor sublime, celestial anhelo
215

de los santos, artistas y cantores,

con una de tus flechas desde el cielo

pusiste en Yahye místicos amores!

   Las hadas al mirarlo tan dolido

iban a consolarlo con su canto,
220

mas él lanzaba un mísero gemido

o derramaba lastimero llanto.

   Por fin, un día que elocuente estuvo,

gracias al rico néctar jerezano,

ante las hadas, que reunidas tuvo,
225

logró explicar su anhelo sobrehumano.

IV

   «Por vuestro benigno influjo,

dijo el rey Yahye a las hadas,

nuestras rústicas moradas

en la abundancia se ven;
230

y felices mis vasallos

en el ocio y los amores,

se olvidan de los dolores

humanos en este edén.

   »Aquí más mágico brilla
235

en el diáfano espacio

ese disco de topacio

que a la noche da fulgor;

palacios hay en el viento,

maravillas en la tierra,
240

y en nuestros pechos se encierra

encadenado el amor.

   »Aquí un olor más suave

tienen las gallardas flores,

son más vivos los colores,
245

más pura la luz del sol,

más agradable el murmullo

de las auras y las linfas.

Y hacéis más fúlgido, ninfas,

de la aurora el arrebol.
250

   »Mas de tal dicha en el seno,

al amor mi pecho ardiente

se entregó, y en el torrente

se perdió de la pasión;

y brotó en él un deseo
255

que el tierno pecho lastima,

y desdichado se estima

sin gozarlo el corazón.

   »Anhelo del imposible

amor del alma, belleza
260

que en la gran naturaleza

a él no encontró objeto igual;

Mas traspasando sus lindes,

con la ardiente fantasía,

la enamorada alma mía
265

ha anhelado lo ideal.

   »Y aquí nace el hastío

que de cuanto miro brota,

y el placer más leve agota

y marchita el corazón;
270

del orgullo de mi alma

es un misterioso arcano

y para el vulgo profano

una incógnita aflicción.

   »Sin esta celeste idea,
275

por el alma concebida

de esencia desconocida

y de substancia inmortal,

y que me muestra el deseo

con su luz mágica y vaga,
280

que a los sentidos halaga,

fingiéndola material.

   »Sin la posesión sublime

de esa irrealizable idea,

que la imaginación crea
285

más allá de la creación;

concebida en el deseo,

sin comprenderla la mente,

y nacida del ardiente

impulso de la pasión.
290

   »Nunca juzguéis que mi vida

pasa feliz en la tierra,

que el fuego que el alma encierra

pronto la devorará;

y entonces de las cadenas
295

libre, que la guardan ora,

en la mente creadora

rápida penetrará.

   »¡Magas bellas!, en los sueños

de mi loca fantasía
300

la forma yo descubría

de esa idea celestial;

ya levantada en el aire,

con una ardiente aureola,

ya mecida en una ola
305

del océano ideal.

   »A las creaciones sublimes

de los poetas divinos

cuerpos daba peregrino

vida, juventud y amor,
310

pero en ninguna encontraba

la fantástica señora

cuya luz el alma adora,

sin conocer su valor.

   »Que más alta se elevaba,
315

en lo infinito mecida;

y el principio de su vida

brotaba del mismo Dios.

Comprenderla nunca pudo

el humano pensamiento,
320

ni sentirla el sentimiento

ni descifrarla la voz.

   »Vosotras sólo podéis

formular mi ardiente anhelo,

arrebatando del cielo
325

la llama que alimentó

lo mi concepción misteriosa,

y dándole forma ahora,

con la fuerza vencedora

que el Eterno os concedió».
330

V

   Dijo, y los labios de las hadas luego

una sonrisa plácida mostraron,

y de sus ojos de amoroso fuego

mil rayos de esperanza derramaron.

   En círculo tejieron una danza
335

en derredor del Yahye, tan ligera

como el vuelo fugaz de la esperanza

que se remonta a la azulada esfera.

   Y al céfiro entregando las aéreas

divinas formas, el espacio hendieron,
340

y a las regiones caminando etéreas

dulces cantares a los vientos dieron.

   ¡Cide Yahye! Tu amante deseo

a la eterna beldad te sublima;

es la llama creadora que anima
345

en los hombres la luz celestial.

   Que da al mártir aliento en la hoguera,

que a los héroes excita al combate,

y en las venas enérgicas late,

inspirando al poeta inmortal.
350

   A tu ruego las alas rendidas,

a los vientos sus formas entregan,

y el inmenso Océano navegan

del espacio y el tiempo sin fin.

   Del espíritu ardiente en el mundo,
355

en un mundo invisible su vuelo

detendrán, y robada del cielo,

la hermosura será para ti.

   Sé feliz si en tu pecho sereno

la esperanza vivífica está;
360

si de ingente deseo está lleno,

la divina esperanza en tu seno

una inmensa energía pondrá.

   Así cantando alegres, las hadas en el aire,

como ligeras nubes se perdieron por fin,
365

y extendidas las alas con gracioso donaire,

de nuestra espesa atmósfera doblaron el confín.

   Al sentirse en éter bañadas por doquiera,

se desnudaron luego la forma terrenal,

y ya puros espíritus, como la luz ligera,
370

rápidas recorrieron el éter celestial.

   Y llegaron al mundo do las ideas viven,

y de la inteligencia habitan en el mar;

así como los cuerpos y formas se perciben

en el tendido espacio flotando sin cesar.
375

   Y arrebataron luego la concebida idea,

y una forma perfecta la dieron de mujer,

brillante como un rayo de la lumbre febea,

que en el dorado viento se baña con placer.

   Sacaron de las flores la más suave esencia
380

para dar a su aliento perfume sin igual,

de una llama divina de noble inteligencia

adornaron las hadas su frente virginal.

   De la deidad de Chipre la zona encantadora

en torno colocaron de su talle gentil,
385

y en sus mejillas puras, cual la luz de la aurora,

avergonzar quisieron la rosa del abril.

   Eran dos luces bellas, del alma noble encanto,

brillantes de deleite, dormidos de pudor

sus ojos, y su boca el cáliz limpio y santo
390

do puro se guardaba el néctar del amor.

   El delicado arrullo del apacible viento,

si a Flora misteriosa enamora tal vez,

no puede ser más blando que el voluptuoso acento

que exhalaban sus labios, más dulces que la miel.
395

   Diéronle la pureza de las vírgenes flores,

las hadas, de la tórtola el inocente ardor,

del alba nacarada los púdicos colores,

el encanto armonioso del tierno ruiseñor.

   Del corazón sencillo la mágica violencia
400

su seno alabastrino hacía palpitar,

y una vaga sonrisa de amorosa inocencia

sobre sus frescos labios volaba sin cesar.

   Nunca mujer más bella formó la fantasía

en los mágicos sueños de un genio creador,
405

levantada en las alas de la ardiente poesía,

arrullada en el seno del encantado amor.

   Ni nunca puro arcángel ni hurí del paraíso

dieron forma más bella a la esencia inmortal;

que el poder de las hadas en ella mostrar quiso
410

la fórmula suprema de lo bello ideal.

   Así formada, al mundo trajéronla dormida,

con el sueño inocente que goza la virtud;

vertieron en su rostro el soplo de la vida,

y ciñeron sus sienes de eterna juventud.
415

VI

¿Qué poeta en sus cantos no te evoca?

¿Quién dulces versos en tu honor no canta,

cuando en tu elogio la alabanza es poca,

cuando en tu amor el corazón se encanta?

Con santa fe la humanidad te invoca,
420

y el amor suyo hasta tu amor levanta,

siempre con varios nombres uno mismo,

de nuestro inmenso amor inmenso abismo.

   Incomprensible sed de lo futuro,

de la inmortalidad ardiente anhelo,
425

éxtasis admirable de amor puro,

que nos transporta de la tierra al cielo;

Tú haces bajar del eternal seguro

al mismo Amor con amoroso vuelo,

y desde la alta esfera cristalina
430

envías al hombre tu ilusión divina.

   Hijo de la sagrada inteligencia

y de la libre voluntad humana,

pues de su amante unión tu etérea esencia

por un misterio mágico dimana;
435

raudal de gloria, manantial de ciencia,

recuerdos dulces, ilusión temprana

eres, y cuanto el hombre inmenso crea,

de la fe causa, fuente de la idea.

   Como la anacreóntica paloma
440

te duermes en las cuerdas de la lira,

el corazón en ti su fuerza inspira;

das vida al arte, y encantado aroma

sobre tu seno el ánima respira,

cuando, de la materia, roto el lazo,
445

con ternura descansa en tu regazo.

   Así el alma de Yahye, que dormido

se quedó con el canto de las hadas

(lo que acaso os haya sucedido

con mi historia, lectoras adoradas),
450

le dejó en su letargo sumergido,

y las rápidas alas desplegadas,

rompiendo el aire con sereno vuelo,

se fue a perder en el azul del cielo.

   Y se bañó de luz y de ambrosía,
455

se coronó de amor y de contento,

recobró nueva vida y energía

su libre y endiosado pensamiento;

y el éter recorrió su fantasía,

y mecido su espíritu en el viento,
460

se volvió al cuerpo, que, en quietud sabrosa,

soñaba ya con su ilusión dichosa.

   Y entonces despertó con nuevo brío,

sintió en su pecho arder la llama pura

de un amante y suave desvaría;
465

brilló en sus ojos celestial ternura,

y se encontró del plácido sombrío

reclinado en la fértil espesura,

oyendo en torno un cántico sonoro

por muchas voces repetido en coro.
470

   Místico canto que eleva el alma

en pos de una ilusión pura y amante,

buscó Yahye a su amor, y en dulce calma

vio que se le acercaba una radiante

virgen, esbelta como airosa palma
475

y vestida de un manto rozagante.

En redor de la cual las hadas bellas

eran del sol de su beldad centellas.

   Venían en pos de la beldad divina

las hadas, cantos entonando suaves,
480

que, al contemplar la forma peregrina,

de la diosa ideal las mismas aves

repetían; la fuente cristalina

más dulce murmuraba, y con más graves

sublimes cantos la creación entera
485

saludaba a la virgen hechicera.

   Besábanla los céfiros lascivos,

y al pasar, en su seno derramaban

pensamientos de amor, que fugitivos

sobre su frente rápidos cruzaban;
490

los genios y las gracias con festivos

bailes en torno de ella se agitaban,

enredando su talle los amores

con mil cadenas de olorosas flores.

   Las puras ondas de la clara fuente,
495

el ruiseñor amigo de la rosa,

la enamorada tórtola doliente,

del céfiro la amante mariposa

su beldad admiraban sorprendente;

y la Fama, a la par, con sonorosa
500

trompa, volando sobre el aura pura,

anunció por el mundo su hermosura.

   Y no quedó nación, no quedó tierra

donde la dulce nueva no llegara,

ni cuanto en sí Naturaleza encierra,
505

que por ella de amor no palpitara;

se estremeció de gozo la alta sierra,

brincó en su cauce la corriente clara,

las almas con ternura la adoraron,

su belleza los cuerpos reflejaron.
510

   Y todo aquel amor que de su seno

Naturaleza derramaba en torno,

suspiros dando al céfiro sereno,

y olor las flores, del pensil adorno,

sintió Yahye en su pecho, de amor lleno,
515

al ver el vago y celestial contorno

de la belleza angélica, nacida

del impulso de su alma enardecida.

   Y exhalando un dulcísimo suspiro,

lleno de amor y de ansiedad dichosa,
520

exclamó Yahye: «En realidad, te miro

al fin divina hermana mía, esposa;

y en ti mismo pensamiento admiro,

que te ideó tan pura y tan hermosa,

en alas levantando del deseo,
525

arrullado en su amante devaneo.

   »Bendita seas, luz de amor, paloma,

de mi espíritu hija y del divino

espíritu, en el cual su fuerza toma

mi corazón de tu hermosura dino:
530

¡Oh, cuál esparce delicioso aroma

el aire que circunda tu camino!

¡Cómo las aves cantan! ¡Cuán ardiente

brilla la luz en torno de tu frente!

   »¡Cuán hermosa eres tú, paloma mía,
535

hija del alma, flor del pensamiento,

nacida de mi ardiente fantasía,

de mi amor llena, de mi ser aliento,

divino tipo de ideal poesía,

hurí del estrellado firmamento;
540

ven a mis brazos, ven, esposa, hermana,

yo tu esclavo seré, tú mi sultana!»

   Dijo, y ciñó con sus amantes brazos

de la beldad la virginal cintura;

y ella, estrechada en tan suaves lazos,
545

desfalleció de amor y de ternura;

y Yahye recibió de sus abrazos

el fantástico don de la hermosura,

mientras que los cercaban los amores,

himnos cantando y esparciendo flores.
550

   La plenitud del ser y de la vida

bebió Yahye de amor en el torrente;

en su luz vio la luz, y enardecida

brotó una llama de su noble frente.

VII

   Al unirse Cide Yahye
555

con la ideal hermosura,

celebrar bodas tan gratas

dispone con pompa suma.

De la capital las calles

alfombrar manda con juncia,
560

y arcos formar, y enramadas

de romero y de gayumba.

Banderas de mil colores

leves en el aire ondulan;

se tapizan las paredes
565

con alcatifas morunas.

Todo el reino está de gala;

y, al llegar la noche obscura,

de brillantes luminarias

se coronan las alturas,
570

la fachada de las casas,

de las mezquitas la cúpula.

Marca la luz los perfiles

de la bella arquitectura,

y ésta sobre el negro fondo
575

de los cielos se dibuja.

Vence en brillo a la del día

la luz que todo lo inunda,

desde el alcázar de Yahye

a la recóndita gruta.
580

Crótalos, flautas, tiorbas,

chirimías y bandurrias,

y enamorados cantares

por dondequiera se escuchan.

Danzas hay aquella noche
585

como no se han visto nunca,

desde la que en Creta el docto

Dédalo enseñó a la rubia

hija del rey, que a los muertos

allá en el Tártaro juzga,
590

hasta el cancán, el bolero,

el fandango y la mazurca,

y los valses y las polcas

que en nuestro siglo se usan.

De leve blonda fantástica
595

vistiendo cándidas túnicas,

en sendos hilos de perlas

enredada la cintura,

coronada de diamantes,

que imitan soles y lunas,
600

bailan y cantan las hadas

con gracia y desenvoltura.

Las más gentiles doncellas

del reino a la novia adulan;

la novia se alza entre todas,
605

como la palma entre murta.

En tanto las avecicas,

allá en la verde espesura,

un sublime epitalamio

y otras joyas que deslumbran.
610

Hay en el valle aquel día

mil tortolillas que arrullan;

las unas tienen esposo,

las otras están viudas;

mas todas están asadas,
615

todas rellenas de trufas,

y no por eso están quietas,

y no por eso están mudas,

que están diciendo «comedme»,

con melodiosa ternura,
620

y hasta a la boca se vienen,

cruzando las auras puras.

El pueblo todo se entrega

al regocijo y la bulla;

y almíbar, vinos suaves,
625

leche y horchata de chufas

derraman las fuentes todas

de sus encantadas urnas.

Hay también altas cucañas,

y el que a la cima se encumbra,
630

por haber en el país

de los bienes de fortuna

tanta abundancia, consigue

premios de mayor dulzura.

Elixir de amor perfecto
635

ponen las hadas en una;

en otra de las cucañas

los viejos un licor buscan

que las canas ennegrezca,

que disipe las arrugas
640

y que en las venas heladas

fuego juvenil infunda.

Hay en otra una substancia,

invención rara y aguda,

junto a la cual el hachick
645

no tiene virtud alguna.

A los cielos se remonta

quien esta substancia gusta,

y en un minuto de ensueños

goza un siglo de ventura;
650

las huríes le acarician,

y los genios con las plumas

le abanican de sus alas;

con sus arpas le dan música,

y con las flores del árbol
655

del Tooba le perfuman.

Tales son las diversiones

en que se goza la turba;

mas damas y caballeros

de rancia e ilustre alcurnia
660

acuden luego a palacio,

do alegres se congratulan,

y de la opípara cena

que les da Yahye disfrutan.

La cena de Baltasar,
665

que, a no ser por la escritura

misteriosa y por la mano

que tantos males anuncia,

fuera envidiable; las cenas

que Semíramis augusta
670

daba al príncipe de Armenia,

prendada de su hermosura;

y sobre todo, el festín

que el rey Asuero dio en Susa,

a do sátrapas y magos
675

fueron en cebras y mulas,

en caballos y elefantes

y en carretelas ebúrneas;

aquel banquete estupendo,

do convidados se juntan
680

sabios, guerreros y damas

que el reino de Persia ilustran

desde el Tanais hasta el Indo,

desde Bactra hasta Betulia;

concurridos y famosos
685

convites fueron sin duda,

pero el que da Cide Yahye

en más primores abunda.

Marcial, discreto, en su Xenia,

manjares no mentó nunca,
690

como los que allí el olfato

y el paladar estimulan.

Jamás extrajo Carême

quintas esencias tan puras,

ni las soñó Savarín,
695

el gran doctor de la gula.

Confites hay cien mil veces

más dulces que miel y azúcar,

y no empalagan ni cansan

con tan extraña dulzura.
700

Hay allí vinos más ricos

que el Tocay y el Siracusa,

y mantecosos sorbetes

y sabrosísimas frutas.

Arden en áureos braseros,
705

y por el aura circulan

esencias con que en el cielo

las huríes se sahúman.

Las hadas entonan versos

que dan envidia a las musas.
710

Para que todo al recreo

y a la amenidad concurra,

salen los gnomos deformes

de sus negras catacumbas,

y juegos hacen de manos
715

con singular travesura.

Los chistes y discreciones

y la algazara confusa

hicieran reír a Orestes

a despecho de las Furias.
720

No hay que decir que el buen tono

reinó en aquella tertulia,

y que hizo el rey los honores

con extremada finura.

VIII

   ¡Ay, cuán pronto se pasan los momentos
725

de dulce amor y de ilusión querida,

dejándonos, en cambio, los tormentos

y el triste desengaño de la vida!

   Pensando en ti, jamás cumplido anhelo,

dijo Espronceda con verdad notoria:
730

«O eres recuerdo de un perdido cielo,

o la esperanza de futura gloria».

   Y para recordarnos el destino

que aspirar debe el alma a más altura,

del placer nos disgusta de continuo,
735

o nos roba el placer si el gusto dura.

   Y no hay amor que no consuma el tedio,

ni amistad en el mundo duradera,

ni gozo sin disgustos de por medio,

ni vino que no cause borrachera.
740

   ¡Qué terrible es vivir, si sus lecciones

el Destino nos da tan duramente!

Pero con mis morales reflexiones

me pongo por demás impertinente;

   pero, dejando aparte mis quebrantos,
745

que los juzgo en verdad harto triviales,

y extenso asunto fueron de los cantos

de otros poetas buenos y fatales;

   volvamos a la historia del rey moro,

que en los brazos dejamos de su amada,
750

cercado en torno del bullente coro,

por el amor su frente iluminada.

   Bebiendo amor en el ardiente beso

de los intactos labios de la bella;

respirando el suavísimo embeleso
755

que vertían los genios sobre ella.

   Entusiasmo que el ánima encendía

por Gulnara (que así llamarla hizo),

en un amor del cual la musa mía

pintar no puede el celestial hechizo.
760

   Cerca, pues, de Gulnara, encantadora,

pasó el buen Yahye aquella noche grata

hasta que al fin la purpurina aurora,

vertió su luz de sonrosada plata.

   A turbar vino entonces su sosiego
765

de las trompas el bélico sonido;

y vio una diosa, que de ardiente fuego

traía el robusto corazón ceñido.

   En pos de ella camina de guerreros

gran multitud, que anuncia desventura
770

y perdición a Yahye; sus aceros

deslumbran como lampo en noche obscura.

   Unos montados van a la jineta,

y la aljaba, al trotar, suena terrible,

y es de junco la rápida saeta,
775

y es el arco de búfalo flexible.

   Otros llevan fortísimos broqueles,

hachas y agudas lanzas; como espumas

del mar blancos turbantes y alquiceles,

y en el yelmo un airón de rojas plumas.
780

   Bravos muslimes eran, los pendones

seguían del monarca granadino,

y montados en árabes bridones,

al valle enderezaban su camino.

   Ya aquellas altas cumbres se veían
785

con los altos turbantes coronando,

ya en el seno del bosque se perdían,

cual rápido torrente penetrando.

   La Fama los guiaba, y de Granada

el poderoso rey iba en pos de ella
790

porque ya de Gulnara enamorada,

su alma tan sólo ansiaban poseella.

   Yahye lo vio, y en furibunda saña

ardió su corazón lleno de ira,

desciende al punto armado a la campaña,
795

y al enemigo, que se acerca, mira.

   Sus escasos soldados reúne luego,

y camina a buscar los invasores,

con roncas voces y despecho ciego

llamándolos infames y traidores.
800

   Estos llegaban ya, que por el llano

marchaban raudos con horrible estruendo,

el duro hierro en la homicida mano,

con el polvo la luz obscureciendo.

   Espesos los cerrados escuadrones
805

cual las hojas de otoño, y tan ligeros,

que apenas el ardor de sus bridones

pudieron contener los caballeros.

   Y caminaban con las riendas sueltas,

formando viva y caprichosa cinta
810

de las veredas por las muchas vueltas,

que ornaban flores de color distinta.

   Las plumas y el acero refulgente

parecían del sol a los fulgores

un ancho arroyo de metal candente,
815

que en pos arrastra pintorescas flores;

   o sierpe en cuyos lomos plateados

se dibujan como en claro espejo

prodigiosos fantasmas agitados

de la mente de un mágico reflejo.
820

   Mas Yahye, colocado en una altura

con un puñado de vasallos fieles,

los esperaba con marcial bravura,

como acosado lobo a los lebreles.

   Al mismo tiempo despertó Gulnara
825

del apacible enamorado sueño;

y al escuchar la bélica algazara

buscó en vano los brazos de su dueño.

   Al cielo alzó las delicadas manos

pidiéndole favor, y ya corría
830

a buscar a su bien, mas los ancianos

se le acercaron que en el valle había.

   Y uno de ellos (Giafir llamado era,

que en la gente ceneta origen tuvo,

y mostraba en la blanca cabellera
835

sus años y experiencia) la contuvo;

   y, ahogado por las lágrimas su acento,

así la dijo: «¿Dónde vas, Sultana?

Huir no puedes; el bárbaro violento

nos cerca por doquier con furia insana.
840

   »Detrás de cada piedra hay un soldado,

contra nosotros marchan las naciones

como los copos del invierno helado,

espesos sus armados escuadrones.

   »Mas que tu esposo vencerá confío;
845

no te aflijas, hurí, porque ya el cielo

a castigar dispónese al impío

que va a turbar la paz de nuestro suelo;

   »al perjuro Alhamar, que, de Castilla

siervo, su alcázar y potencia nueva
850

sobre un monte de escombros de Sevilla,

amasado con lágrimas eleva.

   »Entretanto, sultana, ven conmigo,

que desde la torre que domina

la fértil vega, en un seguro abrigo,
855

del invasor veremos la ruina».

   Sólo por consolarla esto añadiera,

y ahogó su llanto el afligido anciano,

enjugando la lágrima postrera

con el revés de la rugosa mano.
860

   Llena de espanto, en la terrible duda,

con el temor y la esperanza ansiosa,

en un fiero dolor y angustia muda,

siguió a Giafir la desolada esposa.

   Y los demás ancianos la cercaban,
865

admirando extasiados su belleza,

y, mientras que a la torre caminaban,

así decían con gentil grandeza:

   «Combatir en verdad que no es extraño,

por causa de tan mágica hermosura;
870

¿qué vale en parangón de bien tamaño,

vida, riqueza, libertad u holgura?

   »Si la vejez no hubiese destruido

con su soplo fatal la fuerza nuestra,

los primeros hubiéramos salido
875

a combatir en la marcial palestra».

   Sobre la torre ya, todos los ojos

se fijan en ella, y el aliño

de su beldad trocaba los enojos

en dulces muestras de cordial cariño.
880

   Porque no hay alma, por feroz que sea,

que amor no inflame al contemplar lo bello,

y en ese mismo amor que la recrea,

de su divino ser siente el destello.

   La batalla a mirar se disponía
885

Gulnara, de dolor transida el alma:

ancianos y mujeres allí había,

pero reinaba aterradora calma.

   Cual las matronas de Ilion famosa,

presenciar esperaban el encuentro,
890

y más que todos, la Sultana hermosa,

puesta de los ancianos en el centro.

   Aunque sin culpa, semejante a Elena,

que, colocada sobre el muro pardo,

miró luchar en la campiña amena
895

al rubio Atrides y al pastor gallardo.

   En esto ya del enemigo fiero

cerca la hueste, resonó la trompa.

y, aquel torrente de agitado acero,

se para luego con guerrera pompa.
900

   Mas duró poco el lúgubre sosiego

el Granadino demandó la hermosa:

Yahye se la negó; las huestes luego

se encontraron con furia prodigiosa.

   Y de los dardos matadora nube
905

formaron; Azrael marchaba en ella,

y con sus negras alas el querube

vertió el espanto en la pradera bella.

   En la doblada plancha del escudo

el hacha resonaba: triste eco
910

el clamor bronco del clarín agudo

de los peñascos despertó en el hueco.

   Yahye, entretanto, con valor sublime,

la muerte por doquier difundía.

«¡Oh, con qué acierto destructor esgrime
915

el fulminante acero en este día!

   »¡Oh, qué valiente! Su terrible espada

le abre camino por la hueste fiera

(exclamaba Giafir); de esta jornada

le admirará la gente venidera».
920

   Y Gulnara miraba, y conocía

entre la turba a Yahye, que en el seno

de la enemiga gente combatía,

ya como vencedor de miedo ajeno.

   Mas, ¡oh dolor!, que en medio de su gloria
925

un dardo a herirle por el aire vino,

que para arrebatarle la victoria,

contra su seno dirigió el destino.

   El dardo matador entró en su seno

de peto y espaldar por la juntura,
930

y Yahye vino a tierra como el trueno,

al caer resonando la armadura.

   Gulnara, al verle así, perdió el sentido,

y sus divinos ojos se velaron

con nube de dolor. Hondo alarido
935

de espanto sus vasallos exhalaron.

   Y muerto lo creyeron, a la huida

cobardes se entregaron, y la espada

dividió sus gargantas, con la vida

perdieron al par la gloria codiciada.
940

   Y, no obstante, de amigos corto bando

(¡tanto puede el esfuerzo del que ama!)

seguían de Yahye en torno peleando

con el ardor de destructora llama.

   No dejarle jamás habían jurado
945

y antes mil veces perecer primero,

defendiéndose en círculo cerrado

cual fuerte muro de fulgente acero.

   ¡Imposible romperle! Que la tierra

de cadáveres llena se mostraba,
950

y en sangre tinta, cual la yerta sierra

que el volcán cubre de encendida lava.

   Mas la muerte cruel sobre ellos vino

del amigo valientes defensores;

y ya hasta Yahye abríanse camino
955

para matarlo al fin los vencedores,

   cuando las hadas, cual ligera flecha,

rompieron el aire, y a Yahye se acercaron,

y en una nube, de tinieblas hecha,

llevándoselo oculto lo salvaron.
960

   Y cantaron un himno que él tan sólo

escuchar pudo de dolor transido;

himno que nunca el impalpable Eolo

llevó de otro mortal hasta el oído.

IX

   «Yahye, tú morir no debes;
965

en vano la muerte imploras.

¿Por qué débilmente lloras,

¡oh Yahye!, por la mujer?

¿Por qué materializarte

esa beldad peregrina,
970

que en tus sueños creaste

sin llegarla a comprender?

¿Por qué nos rogaste tanto

la robáramos del cielo,

perder debiendo en el suelo
975

sus alas de querubín?

Yahye, porque así el destino

decretado lo tenía,

y destinado te había

una misión a cumplir.
980

   »Tú, que esa idea sentiste

de tu ser en lo profundo,

¿cómo quisiste en el mundo

darle un efímero ser?

El progreso de esa idea
985

al tiempo sin fin excede;

el universo no puede

su grandeza contener.

   »Cual de un germen solo acaso

dimanan las criaturas,
990

cual se cifra en diez figuras

la infinita cantidad;

de la perfección suprema

y la hermosura increada,

en esa idea, cifrada
995

tuviste la inmensidad.

   »Y aunque el objeto inefable,

de que la idea es emblema,

y su perfección suprema

el mundo no guarde en sí,
1000

siempre por el portentoso

y fecundo movimiento

de tu propio pensamiento

pudiera nacer en ti.

   »Mas tú la idea creadora
1005

en el pecho ahogaste, cuando

al nacer la ibas velando

de una forma material.

Pigmalión a su estatua

dio aliento, vida y sentido;
1010

mas tú en fango has convertido

la hermosura celestial.

   »Indeterminada y vaga,

pura la idea en tu mente,

hubiera sido la fuente
1015

de la eterna beatitud;

desdoblándose en tu pecho,

mayor que el mundo te hiciera;

libre de forma, te diera

toda plasmante virtud.
1020

   »Como el escultor pagano,

el mármol animarías;

como Salomón, sabrías

los enigmas descifrar

del lenguaje de las aves
1025

cuando cantan sus amores,

del perfume de las flores,

de los bramidos del mar.

   »El misterio alcanzarías

del que en varios caracteres
1030

unidos forman los seres

jeroglífico inmortal;

cábala maravillosa

que abarca toda la idea;

el que la comprende crea
1035

un universo ideal.

   »¡Ah!, tú no puedes crearle;

desechaste el germen puro,

interrumpiste el conjuro,

turbaste la evocación;
1040

mas el amor que en ti vive

por la idea no entendida,

da un alto fin a tu vida

y una sublime misión.

   »Eres semejante al alma
1045

de amor al Amor objeto,

que en un consorcio secreto

pudo gozar del Amor,

y que gozarle tan sólo

sin conocerle no quiso,
1050

y perdió su paraíso

por un acto de valor.

   »En un palacio encantado

la venturosa vivía,

y gozaba y poseía
1055

toda riqueza y placer.

A su seno, entre las sombras,

Amor venía rendido;

mas el bien desconocido

ella quiso conocer.
1060

   »Y le vio hermoso y desnudo

sobre el tálamo de amores,

con alas de mil colores

y el aspecto juvenil;

la cabellera de oro,
1065

la tez de rosas y nieve,

blanca la mano, el pie breve

y la estatura gentil.

   »Era fuerte cual los dioses;

como niño, delicado,
1070

y dormía enamorado

soñando dichas de amor;

de sus labios entreabiertos

brotaba aliento divino;

nardo y claveles tan fino
1075

jamás exhalan su olor.

   »Jamás tan gallardo esposo

desciñó en la noche obscura

el cinto a la virgen pura

en la cámara nupcial;
1080

jamás tan raro deleite,

jamás ventura tan viva

gozó criatura cautiva

del sentido corporal.

   »Mas el Amor, despertando,
1085

al mirarse descubierto,

trocó el palacio en desierto

y hasta el empíreo voló.

Y ella, el alma le buscaba,

y desolada gemía,
1090

y mil tormentos sufría

y por mil pruebas pasó.

   »Y pura y santa por ellas

cumplió su noble destino,

y así del esposo vino
1095

de nuevo a ser la beldad;

y al verla, conoció que era,

no ya de forma velado,

ilusión lo que había amado,

lo que amaba realidad.
1100

   »Vive, pues, que por el mundo

irás en pos de tu amada,

pura te será entregada

cual el matutino albor,

y al fin, con ella enlazado
1105

vivirás eternamente

sin agotarse el torrente

de tu amor y de su amor.

   »Porque hija tuya y hermana

es, y de la luz divina
1110

hija también peregrina

por una mística unión.

Vive, pues, y grande fuerza

da a tu pecho y energía;

mucho tiene todavía
1115

que sufrir tu corazón».

X

   Tal las hadas supongo que dirían,

pues nadie las oyó, cual llevo dicho;

y supongo también que volarían

por donde las llevase su capricho.
1120

   Que sería algún sitio misterioso,

en el cual sanó Yahye de la herida,

para continuar su borrascoso

viaje por la senda de la vida.

   Entretanto, el monarca sarraceno,
1125

vencedor del valiente Yahye, diera

sobre la torre al céfiro sereno

por agradable juego su bandera.

   A los que se salvaron de la espada

esclavos de su gente los hacía,
1130

y al par toda la tierra conquistada

en partes diferentes dividía.

   Mas a pesar de la conquista dura,

no perdió su belleza aquella tierra;

y aun hoy riqueza y fresca galanura
1135

entre sus peñas áridas se encierra.

   «El valle de Lecrín» lo llamó el moro,

porque allí alegremente se respira;

aun conserva este nombre, y un tesoro

de fértil hermosura allí se admira.
1140

   Allí crecen la vid y el limonero,

en la enramada cantan Filomena

y la tórtola fiel, y lisonjero

murmura el río entre dorada arena.

   Allí las dulces limas, las naranjas
1145

y el cristalino aceite se producen,

y, formando en el monte verdes franjas,

los azofaifos y castañas lucen.

   Su nido en las paredes y en las peñas

suspende allí la errante golondrina,
1150

y en los copudos álamos y albeñas

la torcaz gime y la calandria trina.

   La mosqueta, el tomillo y la viola

tienen el fresco ambiente perfumado,

y el trébol, la verbena y la amapola
1155

de púrpura gentil bordan el prado.

   Prometen rico y sazonado fruto

las manzanas en flor y los nogales,

y da el arroyo al valle su tributo,

en brazos mil partiendo sus raudales.
1160

   Ciñen la margen por do el paso tuerce,

en venas fecundante, mejorana,

mastranzo, toronjil, fragante alerce,

mimbres y almendros con su flor temprana.

   Y brinca el agua y la ladera cruza,
1165

y con grato rumor mueve el molino,

y en diamantes la rueda desmenuza

y difunde el tesoro cristalino.

   Vagos iris en fuentes y cascadas

pone el radiante sol que las colora;
1170

invisibles allí tal vez las hadas

aun tienen su mansión encantadora.

   ¡Ay, no olvidaré nunca la ventura

de aquellos para mí risueños días

en que, montado en mi cabalgadura,
1175

tus arboledas visité sombrías!

   Y vosotros, queridos compañeros,

que aquella expedición conmigo hicisteis,

tocando vuestras flautas y panderos,

decid, decid, lo que en el valle visteis.
1180

   ¡Qué lindas las muchachas de la aldea,

que al son de nuestra música bailaban!

Ninguna era gazmoña ni era fea;

todas alegremente nos trataban.

   Mas baste ya, lector, de digresiones,
1185

que no tocan ni atañen a esta historia,

que allí es una entre muchas tradiciones

que guarda el campesino en la memoria.

   Una tarde, sentado en la cocina

de la famosa venta de Tablate,
1190

contó un viejo esta historia peregrina

que visos tiene ya de disparate.

   Y ahora recuerdo que añadió el anciano,

al llegar a este punto de su cuento,

que en un canto del pueblo muy cercano
1195

durmiendo Yahye, se curó al momento.

   Dejémosle curarse descansado.

Yo, entretanto, lector, perdón te pido,

y descanso también, sólo anhelando

que grato el cuento te haya parecido.
1200

   Y aquí doy fin a su primera parte;

y, si no te disgusta, te prometo

referir la segunda con más arte,

menos pesado siendo y más discreto.


Madrid, 1846.

   Pasaron ya los días

en que la dulce lumbre de tus ojos

bebí, señora, y respiré tu aliento:

ya las enamoradas alegrías

que me inspiró mi altivo pensamiento
5

el desengaño convirtió en enojos.

Mi tierno corazón te amaba tanto,

era tan noble y santo

aquel amor divino

que dentro de mi pecho se agitaba,
10

que me juzgaba dino

de que me amaras como yo te amaba.

¡Ay! Yo pensé que el fuego delicioso

que de tus ojos brota

era fuego de amor y no veneno;
15

yo lo bebí gozoso

y toda su ponzoña gota a gota.


Madrid, 1846.

La inspiración

    En el silencio de la noche, cuando,

oculto en mi retiro,

el bullicio del mundo recordando,

con paso incierto por la estancia giro:

cuando de mi existir triste lamento
5

la agitación ansiosa,

y de mi alma el hondo pensamiento

en nada se reposa,

arrastrado en la rápida corriente

de la pasión ardiente
10

que alma, entusiasmo y juventud marchita;

cuando de amargas penas la memoria

estremece mi ser, y por la gloria

el corazón palpita,

en delirios el alma se desvela
15

y se place en crear, si la lozana

palma lograr anhela,

locos ensueños de la edad temprana.

¡Ay!, en esas fantásticas creaciones

de espantosa locura
20

¡de cuántos juveniles corazones

la enérgica pujanza no se apura!

Y yo también, en mi delirio loco,

mísero, al par que mi potencia toco,

hago girar con delirante anhelo,
25

agitando mi frente con su vuelo,

la esperanza ligera.

Nuevo Colón, quisiera

lanzarme al mar y descubrir un mundo,

romper, como Temístocles, la flota
30

del enemigo bárbaro, la esfera

celeste contemplar, y más profundo

que el gran Newton, de la fuerza ignota

que hace rodar un astro en el vacío,

investigar las causas y las leyes;
35

con insolente brío

levantarme hasta el trono de los reyes,

llevar la religión a extraños climas,

civilizar las bárbaras naciones;

o de los Alpes las nevadas cimas
40

coronar con mis bélicas legiones;

la esencia analizar del ser eterno

llegando donde asientan los querubes

en torno de su solio;

como Orfeo, bajar hasta el Averno,
45

cual Ícaro, volar sobre las nubes

subir al Capitolio

o arrojarme en el cráter del mugiente

volcán, a semejanza

del sabio de Agrigento, arrebatado
50

por la loca esperanza

de parecer un dios. Entusiasmado

el juvenil espíritu desea

lo imposible tan sólo, que se lanza

en los mundos fantásticos que crea.
55

Y en ellos fácilmente

conseguir piensa su grandioso anhelo

y tocar con la frente

en la redonda bóveda del cielo.

Y después de este arranque de grandiosa
60

fiebre, el alma profana

tal vez ofende a la deidad y osa

insultar su justicia soberana;

deshecha la ilusión, rota la venda

de su falaz pujanza
65

y sin dejar al corazón que prenda

ni una flor de su seno la esperanza.

Y maldice el deseo

que la agita con ímpetu gigante

sin hallar digno empleo
70

a poder tan enérgico bastante.

Mas no, nunca mi lengua

maldecirá los fallos del destino.

Si de mi anhelo en mengua

no la alta gloria su inmortal camino
75

presta a mi ardor, ¿qué importa?

Injusta a veces su laurel reparte;

y a veces mi endiosada fantasía

en la belleza absorta

del hacedor de la creación, del arte,
80

del amor y la mágica poesía,

olvida su tormento

llena de grande y de divino aliento;

y entonces, ¿qué me vale la corona,

el cetro de marfil, el lauro de oro,
85

el popular aplauso y el sonoro

cántico eterno que la fama entona?

Nada son para mí: su aliento puro

vierte la inspiración sobre mi alma

que, dando a mi dolor plácida calma,
90

tiende su vuelo al inmortal seguro.

Y siento aquí en mi seno

una llama mortal que me devora,

mi altiva frente su esplendor colora

y un dios me juzgo, de entusiasmo lleno.
95


Madrid, 1847.

    Voy a partir: mi corazón te dejo;

es tuyo, bien lo sabes, dueño mío.

Hoy, que de ti me alejo,

del corazón en cambio, sólo ansío

una tierna mirada
5

que vivifique el alma enamorada,

cual las líquidas perlas del rocío

el cáliz de las flores.

Y si no son, señora,

dignos de premio tanto mis amores,
10

el corazón me vuelve que te adora.

Mas no; lejos de ti ¿cómo pudiera

vivir el corazón? Si hasta tu altivo

mirar le inspira plácido contento,

antes que lejos de su amor se muera,
15

quiero que aliente en el Edén cautivo

de la hermosura tuya y mi tormento.


Madrid, 1847.

Granada y Nápoles

    Hurí de las flores,

hermosa Granada:

tu Alhambra dorada;

el Darro, el Genil;

tu densa floresta,
5

tus mil ruiseñores,

magnífica orquesta,

sonoro pensil;

    la cima del monte,

alcázar de nieve,
10

el vago horizonte

del llano feraz;

el plácido y leve

murmullo del río,

del carmen sombrío
15

el grato solaz;

    los verdes peñones

del alta Alpujarra,

las tiernas canciones

del pueblo andaluz,
20

la forma bizarra

que ostentan sus bellas,

pues Dios vierte en ellas

su gracia y su luz,

    jamás mi memoria
25

dar puede al olvido;

Granada es mi gloria,

mi dicha está allí.

Si aquí siempre brilla

el suelo florido,
30

mayor maravilla,

Granada, hay en ti.

    Regalo de Flora,

sultana divina

que el alma enamora,
35

paraíso de amor;

mansión peregrina,

do exhalan más suaves

sus trinos las aves,

las rosas su olor.
40

    No logra la cumbre

del Vómero verde,

no debe la lumbre

del rojo volcán

tener tal encanto,
45

sublime ser tanto

a quien te recuerde,

Granada, en su afán.

    Posílipo altivo

al monte no iguala,
50

do luce su gala

la Alhambra gentil,

ni al valle encantado

que cruza cautivo

el Darro, ni al prado
55

que riega el Genil.

    Las costas amenas

el golfo duplica,

en él las sirenas

suspiran de amor;
60

le ciñe cual rica

pomposa guirnalda,

cual limpia esmeralda,

la playa en redor.

    Con grandes memorias
65

el alma se inspira;

aquí las historias

que Homero cantó,

aún vivas recuerdas;

aquí de su lira
70

las mágicas cuerdas

Virgilio pulsó.

    Mas yo, mi Granada,

prefiero tus flores

tu Alhambra dorada,
75

el Darro, el Genil,

tu densa floresta,

tus mil ruiseñores;

¡magnífica orquesta!,

¡sonoro pensil!
80


Nápoles, 1847.

Noche de abril

    Es ya tarde: bate el sueño

sobre la ciudad sus alas,

en el silencio sus galas

muestra la noche gentil;

abren su seno las flores
5

al rocío transparente,

y se respira el ambiente

perfumado del abril.

    En Nápoles, en las noches

de primaveras serenas,
10

vierte por todas sus venas

Naturaleza su amor;

y es el silencio armonía,

bálsamo el aire, las flores

ninfas, las sombras colores,
15

y los claros resplandor.

    Y todo vago, indeciso,

dulcemente se confunde,

y melancolía infunde

tan suave al corazón,
20

que en la atmósfera mecido

de sus sueños se recrea,

gira y corre distraído

de ilusión en ilusión.

    No va el silfo más ligero
25

en un rayo de la luna;

ya acaricia lisonjero

con sus besos una flor;

ya en la límpida laguna

forma un riel de topacio,
30

ya perdido en el espacio

se disipa cual vapor.


Nápoles, 1847.

A la reina de los pollos

    Nunca puedo olvidarte, Paca mía;

ni la beldad de la Campania amena,

ni la rica ciudad que tuvo un día

    nombre de la dulcísima sirena

a quien un golfo dio tumba sonora,
5

pueden del alma mitigar la pena.

    Los celos luego aumentan mis pesares.

¡Oh, quién pudiera convertirse en zorra,

para devorar pollos a millares!

    La idea de los pollos no se borra
10

de mi memoria. ¡Pollos atrevidos,

a quienes el amor nunca socorra!

    Pudieran recoger los esparcidos

granos de trigo, pero no la perla,

que no es pasto de pollos presumidos.
15

    Perla divina es tu beldad; al verla,

se turba la razón, nace el deseo;

¡venturoso quien pueda poseerla!

    Ya que los dulces sentimientos leo

del tierno pecho en tu serena frente,
20

¡que amar no puedes a los pollos creo!...

    Que te cansa, si sufres indulgente

el monótono y ronco pío pío,

con que explican su amor continuamente..

    Mas sé que te divierte, bijou mío,
25

el verte de continuo circundada

de pollos mil que lloren tu desvío.

    Y de dudas el alma conturbada

aun a pesar de lo que he dicho, temo

verte de alguno al fin enamorada...
30

    Para evitar tan doloroso extremo

satisfaciendo tu afición pollesca

(hallar no logro consonante en emo).

    Pollos te mando de invención tudesca,

que ni pían, ni piden cosa alguna,
35

que todos te amarán sin armar gresca.

    Con ellos te divierte, a la importuna

turba de mozos que te cerca ora,

anhelante de erótica fortuna,

    mandando a pasear; al fin la hora
40

llegará de mi vuelta, y a tus plantas

pintaré la pasión que me devora.

    Mientras, en medio de revueltas tantas

como agitan la Europa, en el tirano

bombardeo de Génova, en las santas
45

    cercanías de Roma, en el lejano

Bósforo resonante, y en la tierra

de que triunfó nuestro andaluz Trajano,

    me hizo y hace y hará continua guerra

el recuerdo fatal de tu hermosura,
50

que tal encanto misterioso encierra...

    Adiós, hasta la vuelta, mi ternura

no padece en ausencia algún desmayo,

siempre es igual, eternamente dura.

Nápoles veinte del florido mayo.
55


Nápoles, 1847.

Cuando yo me muera

dejaré encargado

que con una trenza

de tu pelo negro

me amarren las manos.


Copla de playera.



    Es mi anhelo vivir siempre contigo,

oír tu dulce y regalado acento,

mirar tus ojos, respirar tu aliento,

sin rival de mi dicha, ni testigo.

    Yo tanto bien, Rojana, no consigo,
5

mátame, pues, y acabe mi tormento;

mas al verme morir, por un momento

une tu labio al labio de tu amigo.

    Pensando en esta dicha que me espera,

si mi llanto y mis ruegos no son vanos,
10

con la esperanza de morir me alegro.

    ¡Cuán supremo deleite yo sintiera

si me amarrasen, al morir, las manos

con una trenza de tu pelo negro!


Nápoles, 1848.

I

    Cuando por vez primera

amor sintió mi alma, ricas galas

le dio la juventud, y de ligera

luz a mi corazón brotaron alas

para que en pos de su ilusión corriera.
5

    Como vierte la aurora su rocío

dentro del cáliz de las nuevas flores,

prestándoles aromas y frescura,

así en el pecho mío

ternura y fe pusieron los amores.
10

    Y la le y la ternura,

que hicieron de mi pecho su morada,

al alma enamorada

infundieron un vago dulce anhelo,

fuego a mis venas, sueños a mi mente,
15

con el fulgor riente

embellecidos de ignorado cielo.

    Y busqué en el concepto majestuoso,

que nace de la cósmica armonía,

aquel cielo de amor, puro y hermoso,
20

objeto del amor que yo sentía.

    ¡Ay! Yo no comprendía

del universo el admirable arcano,

símbolo y forma del pensar divino,

trasunto de su incógnita belleza;
25

mas, cual en terso espejo cristalino,

me mostraba doquier Naturaleza

mi propio corazón, tierno y ufano;

y presté sentimiento y di ternura

a las flores, al aura, a las estrellas,
30

y de mi propio amor y su hermosura

enamoreme, enamorado de ellas.

    Ora la imagen del amor no veo,

que era objeto ideal de mis amores;

el cristal empañé, sequé las flores,
35

y a la ilusión sobrevivió el deseo.

Y pensando que fuera

el ser que me enamora

de la imaginación dulce quimera,

que la Poesía manifiesta y dora,
40

di vida, amor y cuerpo a la Poesía:

pero no hallé la luz del alma mía.

    ¿Dónde estaba su luz? Amante, ciego

la busqué y no la hallé. Corrió perdida

el alma en busca de ella
45

por el áspera senda de la vida.

Al fin la llama rutilante y bella,

de tus divinos ojos desprendida

hirió del alma la tiniebla obscura,

y bendije, al mirarla, mi destino,
50

y pensé que la luz de tu hermosura

me mostraba el camino

del cielo que soñé. Nunca mi mente,

en el delirio ardiente

de amor que la cautiva,
55

vistió de mayor gloria

la maga de sus sueños ilusoria,

de sus amores la deidad altiva.

    Tus sienes circundó la inteligencia

de resplandor; pusieron los amores
60

en tus labios esencia

y fresca miel de delicadas flores;

la rara discreción puso en tu boca

alto discurso, y el amor su acento:

éste sueños dulcísimos evoca,
65

aquél eleva al cielo el pensamiento.

    Te contempla mi espíritu arrobado,

y para siempre olvida

las vanas sombras que adoró engañado,

la ilusión grata que lloró perdida.
70

En ti adora, bien mío,

la realidad del sueño,

tormento y gloria de mi edad primera.

¡Qué pálido mi sueño y qué sombrío,

con el lampo risueño
75

al compararse de tus ojos fuera!

    Tus ojos son mi luz: mi alma recibe

la inspiración en ellos,

y aprisionada vive

en la crencha gentil de tus cabellos.
80

    No ya mi corazón de sus despojos

viste los seres que adoró algún día

eres tú, con la lumbre de tus ojos,

quien da precio y bondad al alma mía,

do se retratan tu donaire y gala.
85

Y tan rica con esto me parece,

que a su deseo su valor iguala,

y hasta imagino que tu amor merece.

Ámame: a suplicártelo me atrevo;

si no es digno de tanto quien te adora.
90

de tu misma hermosura te enamora,

que aquí, en el alma, retratada llevo.

II

    Que no comprendes pienso

este cariño intenso,

esta pasión que el alma me devora.
95

¿Por qué me dices que te olvide, y quieres

que busque en el amor de otras mujeres

el encanto ideal que me enamora?

    Antes de conocerte, al alma mía

fue necesario amar, y yo sentía
100

todo el tormento del amor. Sed era

de un deleite del cielo,

que el alma acaso percibió su vuelo

antes que forma terrenal vistiera.

    ¡Ay! En el mundo quiso
105

hallar mi corazón de sus amores

el ameno perdido paraíso;

y el alma joven, de ilusiones llena,

dio luz al mundo, aromas y colores,

y coronó de imaginada gloria
110

y vistió de hermosura

a los seres que amó; con honda pena

desengañose al fin, su galanura

al mirar ilusoria.

    Y aun adoró la voluntad, y nada
115

hallar podía que adorar pudiera.

Pero te vi, y el alma enamorada

se sintió enternecida,

cual si un recuerdo de tu luz tuviera;

un recuerdo lejano
120

de otra esfera quizá o de otra vida.

    No ya por el encanto soberano

te recordé del rostro; por aquella

sublime conmoción del alma siento

que te reconocí, cuando tu acento
125

dulcísimo escuché, señora bella.

    De tus ojos al ver la luz hermosa,

entre su llama eterna mariposa

el alma tuya ardía,

y recordarla pudo el alma mía.
130

En un mundo mejor ambas se amaron,

y también recordaron

de sus santos amores la ventura

y conocí que eras

realizada ilusión de mi ternura.
135

¿Cómo tu labio pide,

cuando son nuestras almas compañeras,

que la mía te olvide?

    Por el camino de la vida, errante

tú también como yo, gustaste el fruto
140

del desengaño amargo;

grave dolor tu espíritu anhelante

postró por fin, y le vistió de luto,

y al débil corazón hundió en letargo.

Débil el corazón de las mujeres
145

es al dolor: anhela su reposo

guardar el tuyo, y creo

que más infeliz eres

con tu sosiego fúnebre y odioso

que yo en la agitación de mi deseo.
150


Nápoles, 1848.

Soneto

    Del tierno pecho aquel amor nacido,

que en él viviendo mis delicias era,

creció, quiso del pecho salir fuera,

pudo volar y abandonó su nido;

    y no logrando yo darle al olvido,
5

le busqué inútilmente por doquiera,

y ya pensaba que en la cuarta esfera

se hubiese al centro de la luz unido,

    cuando tus ojos vi, señora mía,

y en ellos a mi amor con mi esperanza,
10

y llamándole a mí, tendí los brazos:

    mas él me desconoce, guerra impía

mueve en mi daño, y flechas que me lanza

hacen mi pobre corazón pedazos.


Nápoles, 1848.

Sobre la primera página

De un ejemplar de «Orlando»

    Veréis en estos cantos, dulce hechizo,

de cuantos males el amor es fuente,

con un igual amor si no se paga;

veréis a Orlando, por amor demente,

cuántas locuras hizo,
5

ciego amador de la chinesca maga:

acaso aprenderéis a ser piadosa,

ya que sois tan hermosa

que la envidia de vos la mataría,

si Angélica viviera todavía.
10

    Desde que vi vuestros divinos ojos

como Orlando, también perdí el juicio,

y no tengo otro oficio

que sentir celos y calmar enojos.

¡Ay! La mente de aquél halló en la luna
15

Astolfo; si la mía, por fortuna

enemiga, el amor llevó tan alta,

vano por recobrarla es mi desvelo;

¿del juicio en busca, que por vos me falta,

chi salirà per me, Madonna, in cielo?
20

    Mas yo sé que mi mente enamorada

ni a la luna se fue ni al paraíso;

que vive aprisionada

n'e bei vostri occhi e nel sereno viso;

vagando va por la cintura leve
25

y la crencha olorosa

o fatigada, acaso se reposa,

en el seno de nieve,

do un instante dormida,

el io con queste labbia
30

la corro, se vi par ch'io la riabbia.


Nápoles, 1849.

    El amor, hijo del cielo,

vida latente del mundo,

germen de luz y fecundo

manantial de consuelo,

tiende muy alto su vuelo,
5

y sobre los astros mora,

en región encantadora,

de la tierra tan lejana,

que a veces la mente humana

dónde vive Amor ignora.
10

    Mas hay otro amor terreno,

que de amor usurpa el nombre,

y ofrece, traidor, al hombre,

en vez de néctar, veneno;

amor de malicia lleno,
15

en cuyo engañoso altar

va el corazón a inmolar

por un sueño su ventura;

rico sueño mientras dura,

horroroso al despertar.
20

    Para vencer de este amor

enemigo la influencia,

no se conoce otra ciencia

que ir en busca del mejor;

y como en tan superior
25

esfera culto recibe,

sólo al alma que concibe

la perfección de su ser,

alas le pueden nacer

para volar donde vive.
30

    Un alcázar peregrino

tiene en el mundo ideal,

fundado sobre el raudal

del pensamiento divino;

en fulgente torbellino,
35

de los seres tipos bellos

le circundan, y destellos

lanzan tan vivos, que ansiosa,

cual amante mariposa,

el alma se abrasa en ellos.
40

    Los santos y los cantores,

de la tierra ejemplo y pasmo,

bebieron el entusiasmo

en sus puros esplendores.

¡Este amor de mis amores
45

origen era también!

¡Ay! Yo soñaba un Edén

de mi voluntad sustento;

hoy niega el entendimiento

este soberano bien.
50

    Del bien supremo el olvido

mató la esperanza mía,

y aún en mi pecho existía

un afán desconocido.

Quien este afán no ha sentido,
55

lo que es padecer ignora,

y cuanto el alma atesora

de dolor y angustia muda,

si la inteligencia duda

y la voluntad adora.
60


Nápoles, 1849.

A Cristóbal Colón

Et vidit Deus quod esset bonum.



    Por ti en el alma entusiasmada siento

el astro hervir. Que llene de la fama

la voz, unida con mi voz, el viento,

cuando en el mundo sin igual te llama:

con tu fe presta al corazón aliento,
5

y con tu ingenio mi palabra inflama;

dame que arranque al libro de la historia,

Colón, un canto digno de tu gloria.

    Mas, ¡qué miro!, ¡oh dolor! Lágrimas vierte

de profunda aflicción bella matrona:
10

ciencia y poder le concedió la suerte,

rico manto real, áurea corona:

ora en su rostro el sello de la muerte

grabado está, sus manos aprisiona

cadena vil, y su fecundo seno
15

cubren heridas que enconó el veneno.

    Es Italia: del mundo fue señora,

y ya postrada por el suelo gime;

y ¿quién, ingrato, su beldad desdora,

y su materno corazón oprime?
20

¿Quién el pasado beneficio ignora?

Como el sol ella alzándose sublime,

enseñó a las naciones y a los reyes,

ciencia, virtud y veneradas leyes.

    Desde el romano Capitolio fiera
25

el mundo dominó con sus legiones;

alta maestra de las gentes era,

de profano saber dando lecciones,

y presidió triunfante su bandera

el consorcio feliz de las naciones,
30

del águila cambiando el signo vano

por el signo de Cristo soberano.

    Si ya postrada en secular combate

la antigua gloria del poder latino,

el trono de los Césares abate
35

la ruda gente que del norte vino;

bajo la sacra enseña del rescate

venciste, Italia, con valor divino

a la barbarie, y en su horror profundo

los restos del saber guardaste al mundo.
40

    ¡Ah! ¿Por qué glorias ínclitas evoco,

que el revolver del tiempo ha disipado?

Modernas razas con orgullo loco

la madre insultan que les diera el hado.

Iba Italia a morir, y ya con poco
45

aliento, el cetro y el blasón preciado

a nuevos pueblos entregar debía,

a quienes ya su luz sirvió de guía.

Las naciones adultas el tesoro

quieren verter del alma inteligencia,
50

y con sus naves por el mar sonoro

llevar al Indo, cuna de la ciencia,

de los doctos bramines con desdoro,

nuevas artes y mística creencia,

que explica los misterios del Eterno
55

y al monstruo humilla del profundo Averno.

    Italia entonces se levanta, y mira

al mejor de sus hijos; en su frente

sagrada llama de entusiasmo espira,

y de ciencia y virtud noble torrente:
60

era Colón; ya en torno suyo gira

el genio creador, ya en su valiente

corazón lleva el estupendo anhelo

con que rasgó de la creación el velo.

    Tú no quieres, Italia, que en mezquino
65

círculo ruede la virtud eterna,

que a los pueblos legaste, y que el destino

con alto fin de perfección gobierna;

a su impulso abres ya largo camino,

y haces que el genio de Colón discierna
70

un nuevo mundo, que sustenta ufano

en sus hombros el gran padre Océano.

    Mas ¿qué nación habrá de esfuerzo tanto,

que la fe tenga que Colón desea,

que preste auxilio al pensamiento santo,
75

y la nueva verdad alcance y crea?

Postrada Italia en mísero quebranto,

¿cómo pudiera dar cima a su idea?

¿Dónde hallar los enérgicos varones

a tanta empresa dignos campeones?
80

    ¡Cuántos años de afán y de constancia

gastó en su busca el genovés glorioso!

Mas, ¡ay!, que hallar no supo la ignorancia

ojos con que mirar tanto coloso.

Le despreció la vanidosa Francia,
85

no le creyó el britano codicioso,

y para realizar su pensamiento,

quien careció de fe no tuvo aliento.

    Y allá en el fondo de su grande alma

el piloto inmortal sintió la fría
90

mano del desengaño, que la palma

iba a robarle que soñado había;

mas la santa virtud sus penas calma,

su corazón reviste de energía,

y la esperanza baja desde el cielo
95

a darle con su bálsamo consuelo.

    Y de trompas entonces y timbales

magnífico rumor el mundo llena,

rasgan el aire cánticos marciales,

y el rudo choque de las armas suena;
100

en las tierras de Europa occidentales,

sobre la orilla del Genil amena,

tremendo lucha con la gente mora

pueblo que el nombre de Jesús adora.

    El pueblo de Sagunto y de Numancia,
105

que, del amor de Cristo poseído,

por siete siglos con sin par constancia

su patria y religión ha defendido;

Libia mandó con bárbara arrogancia

sus fieros hijos en raudal crecido,
110

veces mil en su daño, mas, valiente,

fue valladar su fe del gran torrente.

    Sin la española fe y el heroísmo,

los hijos de la ardiente Mauritania

penetraran de Francia al centro mismo,
115

no hallando otro Martel en Septimania;

y hasta hubiera abrasado el Islamismo

el corazón helado de Germania

si no suscita el español coraje

Dios, y salva su ley de tanto ultraje.
120

    Cuando de Iberia la indomable raza

va a poner fin a la feroz pelea,

y el vigor con que el árabe rechaza

ya en nuevos triunfos consumir desea,

Colón la causa de Castilla abraza,
125

y por ella combate; que su idea

secundar debe el gran valor de España

sólo capaz de tan egregia hazaña.

    Al Señor demos alabanza y gloria,

pues dotó a España de la fe profunda,
130

que hizo tan grande su sangrienta historia,

y en beneficio de Colón redunda;

y demos alabanza a la memoria,

que nunca el tiempo en sus abismos hunda,

de la mujer divina cuya mente
135

leyó del genio en la inspirada frente.

    Era un genio también. Joyas, aliento,

vida da al genovés. Ya Colón vuela

a preparar las naves que su intento

han de llevar al término que anhela;
140

ya se mira en el mar, ya empuja el viento

el lino de su rauda carabela;

por incógnitos piélagos avanza,

radiante de entusiasmo y de esperanza.

    Señala el rumbo, vence la tormenta,
145

domina al viento, y de la mar sañuda

doma el seno irritado que sustenta

por la primera vez la carga ruda

de osadas naves: elocuente alienta

a quien, temblando, de su suerte duda,
150

y a Dios levanta el corazón sublime

para que de su espíritu le anime.

    En sus esfuerzos últimos lo guía

un serafín de la estrellada esfera:

pero ya nace el venturoso día,
155

y el mundo alumbra que Colón espera:

ya saludan con voces de alegría

los marinos la mágica ribera,

y de los montes el perfil colora

y en el sereno azul pinta la aurora.
160

    Colón entonces en el pecho siente

dicha mayor que cabe en pecho humano:

piensa tocar el cielo con la frente,

ve temblar a sus pies el Océano;

y hasta imagina en la orgullosa mente
165

ser creación de su ingenio soberano,

y de su voluntad, la tierra ignota

que del frío centro de los mares brota.

    Mas rápido, cual cruza por el viento

brillante aborto de encendida nube,
170

se disipó su vano pensamiento,

que del Averno le inspiró el querube;

a Dios eleva con sumiso acento

acción de gracias que al empíreo sube,

y de hinojos sus glorias y su ciencia
175

humilla ante la sabia Omnipotencia.

    Nunca, desde que al dar forma la mente

del Eterno a su idea, la hermosura

admiró de sus obras refulgente,

tanto el Señor se complació en su hechura:
180

vertió a raudales en la noble frente

del que así le ensalzaba su luz pura;

dirigió una mirada, de amor lleno,

Dios a Colón, y Dios vio que era bueno.


Madrid, 1850.

La resurrección de Cristo

    Et dilexerunt homines magis

tenebras quam lucem.



    ¡Pobre linaje humano!

Aborreces la luz, y amas la obscura

tiniebla del Averno.

¡Los númenes por ti luchan en vano!

Inexorable Némesis la dura

sentencia cumple del destino eterno:

ceguedad y llanto te condena;

el combate te ofrece o la cadena.

Con rabia vengadora

las entrañas del hijo de Clímene

en la cima del Cáucaso devora;

y sepultadas tiene

en abismo profundo

las almas, que valientes combatieron

por la salud y libertad del mundo.

¿Quién la libertará? ¿Dónde la fuerza

que con la atroz fatalidad batalle,

y el firme empeño del destino tuerza

cuando en cólera estalle?

Un canto rico de falaz misterio

entonó la Sibila. Es el imperio

de la fatalidad eterno; vano

combatir contra él. Tántalo un día

de los cielos mostrarnos el arcano

quiere, y sediento su delito expía.

Sedienta está la humanidad entera,

y de las limpias aguas de la vida

no sabe hallar la fuente verdadera,

en el Edén nacida.

¿Dónde la luz está radiante y pura

que muestre al hombre tan sublime altura?

¿Dónde está el Salvador que los profetas

anuncian de Israel en las canciones,

cuya venida cantan los poetas

de apartadas naciones?

Vedle: nace en Betlem, pobre, ignorado:

es justo, mas le vende

la humanidad, que su valor no entiende,

y muere en esa cruz como un malvado.

Y ¿es este el Grande, a quebrantar nacido

las fatídicas leyes?...

Yo escuché la palabra de sus labios,

más dulce que la miel, y vi al Ungido,

hijo del pueblo, vástago de reyes,

humillado con bárbaros agravios.

Contra el destino su poder no alcanza:

¡murió el Justo, murió nuestra esperanza!

Mirad cómo se alegra

el infierno en su muerte;

con una mancha negra

cubre la faz del sol, y hasta la inerte

tranquila paz y plácido letargo

roba a los muertos con deleite amargo.

Sólo en el seno de la tumba frío

de Cristo el cuerpo exánime reposa,

y desciende su espíritu al sombrío

recinto del Erebo; allí la ruda

venganza de los hados espantosa

Erimne debe ejecutar sin duda.

Mas ¿qué rumor escucho, que del centro

ardiente de la tierra hasta mí sube?

¡Ay! ¿Quién combate dentro

del hondo abismo?... Rápido cual rayo

que se desprende de la densa nube,

amable cual las flores

y las auras de mayo.

Y ceñido de santos resplandores,

cruza el aire encendido un joven bello;

en su blanco ropaje intacta nieve,

lumbre sus ojos, oro su cabello,

y aunque ligero vuela,

apenas las hermosas alas mueve,

dejando en pos de sí cándida estela.

¿Será que el Dios, de quien la luz dimana,

venza al demonio, y libertad recobre

y paz la raza humana?

¿Que de la Omnipotencia soberana

Jesús ministro, los portentos obre?

.......................................................
Sí; ya se acerca, y viene

tan gallardo el alado

nuncio, que eclipsa al numen que en Celene

pulsó primero la sonante lira.

Llega, y alza la losa del sagrado

sepulcro. El vivo resplandor me admira

que en el marmóreo seno

nace, y se esparce de la tumba en torno

por el azul sereno.

Siento en el pecho sin igual trastorno,

y caigo de estupor y espanto lleno.

Mas con el libre espíritu percibo

el gran misterio: de infinita esencia

ser que de Cristo anima la existencia,

de cuya luz en el raudal yo vivo,

porque su gracia por el mundo vierte.

¡El Cristo es Dios, y triunfa de la muerte!

¡Cristo resucitó! Ya las cadenas

rotas están: las almas venturosas

de los santos el vuelo

tienden a las amenas

moradas luminosas,

ricas de amor, fecundas en consuelo.

Y ya la humanidad largo camino

abierto tiene de salud y vida,

de la vil servidumbre del destino

con la sangre de Cristo redimida.


Madrid, 1850.

    Amor, yo te bendigo;

y tú, delicia mía,

que al seno de tu amigo

aquel anhelo mágico

diste con tu beldad;
5

tú, que mi bien, mi guía,

tú, que mi gloria fuiste,

si te olvidé, perdóname,

que, arrepentido y triste,

merezco tu piedad.
10

    Cuando viví a tu lado,

mi altivo pensamiento

por el amor guiado,

a las regiones célicas

sus alas extendió;
15

incógnito concento

oyó de las esferas;

moradas hechiceras

de genios y de sílfides

contigo visitó.
20

    La llama de tus ojos

borró del pecho mío

desengaños y enojos,

y dulces santas lágrimas

vertió mi corazón:
25

mi corazón impío,

mi corazón de hielo

ardió en la luz vivísima,

señora, de ese cielo

que en tu hermosura vio.
30

    Ya te perdí. La suerte

infausta así lo quiso;

y también, al perderte,

de mis penas el bálsamo,

el sumo bien perdí.
35

Me echó del paraíso

en que mi orgullo abate

espíritu maléfico,

y me llamó al combate,

y en su poder caí.
40

    Busqué nuevos placeres

para calmar mis penas,

amor de otras mujeres,

y el discordante estrépito

del mundo seductor;
45

mas sólo tú serenas

con tu recuerdo el alma,

tu hermosa imagen calma

este combate místico

que siento en mi interior.
50


Lisboa, 1850.

Romance de la hermosa Catalina

    Fue don Duarte a la guerra

con el rey don Sebastián;

lo que sucedió en la guerra

mucho nos hizo llorar.

Allí se perdió la gloria,
5

la gloria de Portugal;

allí se perdió el buen rey,

¿dónde el buen rey estará?

En una nave encantada,

dicen que pronto vendrá,
10

con todos los caballeros

que fueron allende el mar.

Será el día nebuloso,

luego brillante será;

se fundará el quinto imperio
15

en bien de la cristiandad.

Los profetas que lo anuncian

son profetas de verdad.

Don Duarte fue a la guerra,

pero no volvió jamás.
20

Le prometió Catalina

con juramento formal,

antes que casar con otro,

con el demonio casar;

mas Catalina, olvidada,
25

se casa con su rival.

Grandes fiestas se disponen

en el palacio ducal;

en candeleros de oro,

en lámparas de cristal,
30

tantas candelas ardían,

que era cosa de espantar.

Las mesas están ya puestas,

los siervos vienen y van.

El duque viste un vestido
35

que bien vale una ciudad,

el vestido de la novia

vale siete veces más;

las randas son de Bruselas,

y la seda de Catay;
40

las perlas que lleva al cuello

son perlas de Popayán,

los diamantes de Abexin,

donde reina el Preste-Juan.

Los convidados no llegan,
45

mucho tardan en llegar.

Media noche era por filo,

y densa la obscuridad.

El duque se desespera,

solo no quiere cenar;
50

no recuerda en su alegría,

o no quiere recordar,

que se marchitó la gloria,

la gloria de Portugal.

Y por aquellos estrados
55

entra con pausa un juglar;

se ignora de dónde viene

y se ignora adónde va.

Una vihuela traía

de muy rara calidad;
60

la toca, y sigue sus pasos

toda criatura mortal.

Una sonrisa tenía

de poder muy singular;

cada vez que sonreía
65

daban ganas de llorar.

Un sayo negro vestía

do la luz, al reflejar,

llamas pintaba y vestiglos.

En una danza infernal,
70

junto al duque y Catalina

va la vihuela a tocar;

Catalina, que le escucha,

con él se pone a bailar.

Las puertas todas de pronto
75

se abrieron de par en par

y el duque cayó por tierra

con accidente mortal.

Él volvió de su desmayo;

ella no volvió jamás.
80

Ya sólo los marineros

en noches de tempestad,

cuando se encrespan las olas,

las negras olas del mar

la ven sobre los escollos
85

bailando con el juglar.

De los que llegan a verla

pocos se pueden salvar.


Lisboa, 1850.

    Mustias las flores ya, la pompa verde

de los frondosos árboles arroja

el viento a tierra, su hermosura pierde

    el campo, y de sus galas se despoja.

Así, harto joven, lloro igual mudanza
5

dentro de mí, do siento, hoja tras hoja,

    caer marchita la flor de mi esperanza,

y que el frío desierto, obscuro cielo

a darle vida con su luz no alcanza.

    Y aun guarda el corazón un vago anhelo,
10

una latente llama que le excita

del desengaño a resistir el hielo.

    Si la esperanza en flor está marchita,

y la fe muerta, de ilusión desnudo,

amor aún mi corazón agita.
15

    ¡Espantoso dolor! ¡Tormento rudo!

Con la insaciable voluntad adoro,

y con la inteligencia siempre dudo.

    Yo tu perdón, querida Julia, imploro,

la desnudez de mi alma te di en pago
20

del oculto en la tuya alto tesoro.

    Mas con nuevas mentiras quizá hago

a mi orgullo lisonja, y la amargura

de mi vida con dulce pena halago.

    En pecho de mujer ¿quién me asegura
25

que quepa el sentimiento que imagino,

el manantial fecundo de ternura,

    el entusiasmo y el fervor divino,

que de una noble inteligencia brota,

y se abre, hiriendo el corazón, camino?
30

    ¡Ay! Si a tu alma no le fuese ignota

aquella eterna y amorosa idea

que del cielo en la esfera más remota

    genio y dioses de sí misma crea,

y bien y amor, y si vertiese fuego
35

vivificante en ti, la mancha fea

    borrarás de mi pecho herido y ciego;

tu beldad éste retratara al vivo

en su limpieza, y palpitara luego,

feliz cual nunca y de tu amor cautivo.
40


Lisboa, 1851.

El vuelo del diablo

   Con el divino libro

que guarda el pensamiento peregrino

del cantor del Edén, yo distraía

mis mortales dolores,

aspirando el aroma de las flores
5

del místico vergel de la Poesía.

Mas, ¡ay!, que la amargura

del ánimo cambiaba la hermosura

del poema cristiano

en un pesar tirano.
10

Y en meditar profundo embebecido,

en la mejilla pálida la mano,

tal me quedé absorbido

de Satanás mirando el raudo vuelo,

que le seguí desde el infierno al cielo.
15

Y vi también con envidiosa ira

la inmensa creación, cuyo misterio

no es dado al hombre penetrar; la fuente

vi del ser, de la luz, pero no pude

encontrar la del bien; y en un ardiente
20

trono de soles, con fatal imperio,

la inexorable eternidad se admira

de su propia hermosura eternamente.

Ya desatada, con furor impío,

del yugo el alma que la enlaza al cieno,
25

rompió con el Arcángel el sereno

cristal del éter; en el gran vacío,

con un impulso enérgico rodando,

cruzó la inmensidad, y arrebatada,

de la creación los límites salvando,
30

cayó en el hondo abismo de la nada.

¡Ojalá para siempre allí se hundiera

y nunca a ver la amarga luz volviera!


Lisboa, 1851.

    Mucho corre la luz, y el pensamiento,

aunque se junte a la palabra, vuela,

y sendas de metal sigue sumiso,

tan rápido cual cruza por el alma.

Va, con todo, más rápido el deseo:
5

se pierde en lo infinito, y sólo busca

en insondable eternidad reposo.

    Atrevida la humana inteligencia

triunfa del mundo, y los hermosos genios,

que en el fuego y la luz viven ocultos,
10

obrando allí maravillosas obras,

las ninfas de las aguas y los silfos,

y los fieros espíritus del Orco

oyen su voz y cumplen su mandato.

Pero amor logra más, a más se atreve,
15

y combate con Dios, y de Dios triunfa.

¡Dichoso aquel que enamorado gime!

Amor, amor le llevará hasta el cielo.

    ¡Dichas soñé! Las Náyades estaban

prisioneras del rígido Vulcano,
20

y anhelando romper su cárcel dura,

la llevaban veloz sobre las aguas,

y yo en la cumbre caminando iba;

luego el amor me levantó impaciente,

abrió sus alas, y voló, y salvando
25

muchas tierras y mares, en presencia

me puso de la hermosa a quien adoro.

Un siglo hacía que a su tersa frente

no tocaban mis labios ni a su boca.

Al fin, su voz, su aliento, hasta su vida,
30

y el brillo de sus ojos, y en encanto

de sus dulces palabras penetraban

en mi pecho otra vez por los sentidos.

    ¡Cuántos extremos de cariño entonces

hice al verla de nuevo, tan divina
35

como su imagen que en el alma guardo!

¡Ay! Más que nunca enamorada ella,

me estrechaba también contra su seno,

y de él salían misteriosas llamas,

consumiendo del alma las escorias,
40

y dejándola limpia como el oro.

Mayor felicidad no tuve nunca,

ni más dolor que al despertar del sueño.

    Me encontré, al despertar, en las remotas

playas de Nicteroy, do calienta
45

el sol la tierra con fecundos rayos,

y brotan flores odorantes, ricas,

y gigantescos árboles pomposos

de perenne verdura; do los montes

asemejan titanes fulminados
50

en el momento de escalar las nubes,

y las islas flotantes paraísos,

y el mar su claro espejo. Aquí la vida

rompe, como los ríos, caudalosa

por los abiertos poros de la tierra,
55

y en el aire sereno se dilata:

oro y diamantes en las rocas cría

su plástica virtud. Aquí la sangre

hierve con el calor en nuestras venas.

    Era el silencio de la negra noche,
60

y yo lloraba mi ilusión perdida,

y de mi triste llanto se burlaban

los tibios rayos de la luna, el aura

efervescente en chispas vividoras,

y las antes recónditas estrellas,
65

del hemisferio austral lúcido ornato,

cuyo fulgor vio Dante sobre el rostro

de quien sin libertad no quiso vida.

    Avergonzado yo del llanto mío,

escondí la cabeza entre las ropas.
70

Y entonces sentí pasos en mi estancia,

como los pasos de persona muerta,

que abandona el sepulcro, ya perdida

la costumbre de andar y de moverse.

Conocí, sin embargo, que era ella,
75

mas no la vi, ni a verla me atrevía.

Llegose junto a mí, y en las espaldas

una mano me puso helada y seca,

y yo temblé con espantoso frío;

y pensé que rodaban por el aire,
80

y que andaban después sobre mi cama

multitud de gusanos bulliciosos.

No dijo la visión palabra alguna,

pero su mano penetraba dentro

de mis entrañas, cual puñal agudo.
85

    Ello es que siento aún en lo más hondo

del corazón horrible desconsuelo,

y un peso atroz, como si allí llevara

sepultados mi amor y su cadáver.


Río Janeiro, 1851.

Amor del cielo

    ¿A dónde te remontas, alma mía?

¿Qué agitación es ésta? ¿Qué locura?

¿Es amor por ventura?

No sé si amor será, pero es María.

Y si es María, que es amor recelo,
5

y siendo suyo, debe ser del cielo.

    Hay otros mil amores

de las ninfas nacidos,

que, del aire y la tierra moradores,

roban el alma, abrasan los sentidos;
10

mas el amor que en el Empíreo habita,

bellas almas herir tan sólo anhela,

y aunque la dulce libertad les quita,

con místico deleite las consuela.

    Por este amor te quiero,
15

y por tu amor me muero,

y con tan grata muerte

nunca osaré quejarme de la suerte.

Ni de este amor se queje tu marido,

aunque en tu alcoba le sorprenda, y mire
20

cual pajarillo revolando en torno;

aunque le halle escondido,

entre las flores de tu huerto adorno,

cuando en tu huerto por la noche gire.

Amor tan pudoroso, tan bonito,
25

tan inocente y blando,

dará a tu esposo más placer que susto.

A ti también te gustará infinito,

porque este amor que sabe amar callando,

ni pide, ni da celos, ni disgusto.
30

Rápidas alas lleva,

sin que a otra parte que hacia ti las mueva.

Mayor delicadeza no atesora

el amor del Cantar de los Cantares.

Si mi amor no se inclina en tus altares,
35

hasta en el cielo desterrado llora.

Es, por su candidez, como de nieve:

por su ardor, es de fuego,

y si en tu seno a reposar se atreve,

como es tan limpio y leve,
40

ni le mancha, ni turba tu sosiego.


Río Janeiro, 1852.

    Cual faro divino,

me muestra, María,

tu rostro el camino

del bien que soñé;

volar sólo ansía
5

el alma a tu cielo;

no cortes su vuelo;

no mates mi fe.

    De amor impulsado,

mi espíritu errante,
10

tesoro y dechado

de inmenso valor

halló en tu hermosura

y en esa radiante

mirada, que augura
15

delirios de amor.

    Delirios que dora

el alma y colora

de luz, y rendida

va de ellos en pos.
20

María, gocemos

de amor, que es la vida;

vivamos y amemos

unidos los dos.

    Mas, ¿por qué no llega
25

la dicha que espero?

¿No ves que me muero,

María, por ti?

Si tu amor me niega

el hado iracundo,
30

¿no ves que en el mundo

no hay bien para mí?


Río Janeiro, 1852.

En un álbum

    Si lindos versos en el Álbum quieres,

no ya de mi agostada fantasía,

Elisa, los esperes.

Lograr de la Poesía

puedes los ricos dones
5

y la virtud secreta:

invisible a tu lado está el poeta

que sabe conmover los corazones;

que tras de sí los lleva en raudo giro

por magnético encanto,
10

y los hace llorar con dulce llanto

y suspirar con lánguido suspiro;

que si el vuelo levanta a las estrellas,

en todo sitio eternamente vive;

y en libros no, pero en las almas bellas
15

canciones sabrosísimas escribe.

Prepárate a gozarlas: la tersura

del limpio corazón muéstrale luego;

él pondrá allí su gracia y su hermosura

con estilo de fuego.
20


Río Janeiro, 1853.

A la muerte de una niña

    Lágrimas son las perlas que la aurora

       sobre su tumba vierte.

Céfiro gime, y por su muerte llora,

       por su temprana muerte.

    De Dios querida, a Dios tendió su vuelo.
5

       No se nubló la pura

luz de su alma; no tocó en el suelo

       su blanca vestidura.

    En el suelo la mística paloma

       anidarse no quiso,
10

ni abrir el cáliz, ni exhalar su aroma

       la flor del paraíso.


Río Janeiro, 1853.

Amor vult esse sursum.


(De imit. Christi.)



    Raudal de vida, Espíritu divino,

sustento y luz del alma que te adora,

y que en tu busca, en medio del camino,

perdida, ciega, enamorada, llora,

¿cómo podrá saciar en el mezquino
5

mundo la sed de amor que la devora,

si en la esfera ideal, do su amor vive,

la inmensidad del universo inscribe?

    Y aunque atrevida el alma consiguiera,

en progreso infinito dilatada,
10

sentir en sí la humanidad entera

y el espacio abarcar de una mirada,

en su alcázar ingente conociera,

emperatriz y diosa abandonada,

que aun carecía de su digno empleo,
15

que era mayor que todo su deseo.

    Tú das, Señor, del corazón doliente

un bálsamo eficaz a la amargura,

y de tu trono la inexhausta fuente

brota, que satisface sin hartura;
20

y sólo hay ciencia en tu profunda mente,

supremo bien, clarísima hermosura;

por eso el alma, si de amor suspira,

gime en la tierra, y a tu gloria aspira.

    De tu gloria olvidada, triste, inquieta,
25

el alma mía nunca se reposa,

a los sentidos, sin tu fe, sujeta,

yace angustiada en cárcel tenebrosa;

hiera, Señor, el alma del poeta

un rayo de tu luz maravillosa,
30

para que de este deseo, que le abruma,

en su fuego santísimo consuma.

    Sé que el amor te vence, y yo te adoro,

y tú diste el amor al alma mía;

ella engañada prodigó el tesoro,
35

y en el mundo gozarle no podía,

ni fuera de él, entre los sueños de oro

de la lozana y joven fantasía,

ni en la Babel inicua, que levanta

nuestra razón, cuando tu ley quebranta.
40

    ¡Ay! Permite, Señor, que el labio mío

tu dulce nombre a pronunciar se atreva,

ya que en su centro el corazón impío

grabado aún, por tu bondad, le lleva.

Perdona, ¡oh Dios!, perdona el desvarío
45

de mi razón, concédeme fe nueva,

y logre en ti mi espíritu reposo,

saliendo de este mar tempestuoso.


Río Janeiro, 1853.

El amor y el poeta

EL POETA
Ser del alma, dulce amor,

en mi pecho sustentado

de mi corazón criado

con la sangre y el calor.

¡Ay! ¡Qué espantoso dolor
5

es no poder sustentarte!

No hay en mi mente que darte

ninguna divina idea;

antes que morir te vea,

vuela lejos, raudo parte.
10

En otro tiempo te di

el bien que perdido lloro

saqué del alma un tesoro

y en tus aras le ofrecí.

Ya no tengo para ti
15

ni esperanza ni consuelo;

no hay númenes en mi cielo,

no hay en mi mente hermosura;

tu luz, Amor, es obscura,

y tu sonrisa de hielo.
20

Cuando era mi corazón

joven, en él escribías

inefables poesías

hoy es todo confusión,

que no sabes descifrar.
25

El desengaño borrar

logró cuanto tú escribiste.

Huye; que en mi pecho triste

ya para ti no hay altar.

EL AMOR
¿Dónde iré? ¿Puedo subir
30

a las moradas divinas?

Las esferas cristalinas,

que antes solías oír

arrebatadas seguir

con armonía su giro,
35

inertes, rotas las miro,

y si algo turba el profundo

mortal silencio del mundo,

no es canto, es un suspiro.

¿En dónde está la mansión
40

de perfecta bienandanza,

que a la luz de la esperanza

te pinté en el corazón?

Tú agotaste la ilusión

y tú el encanto rompiste,
45

y pues ya el cielo no existe

en ti, será empeño vano

buscar el bien soberano,

de que renegar quisiste.

¿Dónde reposo hallaré?
50

Ese infinito vacío,

obscuro, desierto y frío,

¿cómo atravesar podré?

Do espacio en espacio iré,

cual la luz, pronto en mi vuelo,
55

y eterno será mi anhelo,

y sin término el camino,

sin hallar la que imagino

eterna dicha del cielo.


Madrid, 1854.

    ¿Qué te diré, Malvina,

que igual al numen que me agita sea?

Grande el objeto, y mi canción mezquina,

y comparada a tu hermosura, fea

será, por más que remontarme anhele;
5

y aunque mi ingenio vuele,

y logre bosquejar su noble objeto,

nunca en mi canto vivirá el secreto

espíritu de amor y de poesía,

que por todo tu ser su gracia vierte,
10

y el corporal conjunto une y convierte

en resplandor y gloria y armonía.

No sólo en tu mirada

y en el lampo fugaz de tu sonrisa

ese espíritu oculto se divisa,
15

sino en la limpia sangre delicada,

por la venas azules de tu frente,

de tus frescas mejillas, y garganta

de cándida paloma,

al través del tejido transparente
20

y terso, libre gira;

en tu palabra canta,

en tu casto rubor colores toma,

y en tus suspiros con amor suspira.

Mi afecto en ese espíritu percibe
25

al genio de tu padre, que en ti vive,

que alma te da, que vida de ti adquiere.

La blanca nube sol estivo hiere,

y omnímodo, su luz esparce en ella,

multicolor, aurifulgente y bella.
30

Así el genio poético te anima,

y hace que yo te tenga por Kerima,

la que de Abdel-Raman al templo santo

condujo de las vírgenes el coro,

y danzó en los pensiles de Zahara;
35

luz de Mudarra, de Almanzor encanto,

de Córdoba tesoro,

joya de la poesía noble y clara.

A veces imagino

que eres tú la Leonor amante y pura
40

que, abrazada a la cruz, en su amargura

lamentó de don Álvaro el destino;

y en ti veo a veces a la linda Zora,

fantástica y etérea, vaga y triste,

cual serafín que enamorado llora,
45

como el sueño gentil de que naciste.

Sí; que emanación rica

eres del genio, y mora

en ti en esencia el genio. Vivifica

los versos sólo, y pasa de la mente
50

de tu padre a los versos virtualmente,

mientras que en ti, Malvina, está en esencia,

por lo cual a los versos te prefiero;

tal bondad y excelencia

ni en los del duque hay, ni en los de Homero;
55

brillantes son los dones

con que el genio, Malvina, te engalana;

estar de ellos ufana

debes, no atormentar los corazones.

Mejor quiero que imites en tu vida
60

a la que amó a Lisardo sin ventura,

que no a la Zora, que, de Eblis nacida,

del Éufrates bajando a la llanura.

Fatal y hermosa, y áspid entre flores,

a Harú y Manú perdió con sus amores.
65

Dios los echó del cielo,

y en Babel se quedaron

(¡cuántos por ti se quedarán en Babia!),

y allí, por distracción o por consuelo,

dicen que el arte mágica enseñaron;
70

por eso aquella gente fue tan sabia.

Si ángeles hay aún, hiéreles luego

con mil dardos de fuego,

y muéstrales que hay cielos en la tierra,

ya que tu amor del cielo los destierra,
75

y aun la mágica blanca te aseguro

que puedes enseñar, si es que te agrada;

cada palabra tuya es un conjuro,

un encanto eficaz cada mirada;

y si un suspiro de tu pecho brota,
80

volando sube por el éter vago

el alma más pesada, más idiota.

No tan ligero Suleimán el mago

se levantaba en su flotante trono,

y el infinito espacio recorría;
85

aves del cielo por dosel le daban

radiantes plumas, y con blando tono,

amorosas cantaban

al compás de la eterna sinfonía.


Madrid, 1854.

A Gláfira, de dominó negro

    Preste el amor su idea

al pensamiento, que en tu busca gira.

Quiero que el alma crea

que eres tú la beldad por quien delira.

Al través de la máscara vi un cielo:
5

vi la sonrisa con que tú sonríes;

néctar y aroma, en cáliz de rubíes,

brindabas a mi anhelo.

Eras, Gláfira, tú. Vi tu mirada,

que deleites augura.
10

Por el deseo el alma iluminada,

descubrió tu recóndita hermosura.

De tu voz el encanto

hirió mi pecho con tu voz fingida,

sentí en todo mi ser, sentí un quebranto,
15

inefable y más dulce que la vida.

Bajo el guante miré tu linda mano,

digna de acariciar los querubines,

formada, cual prodigio soberano,

de nácar, rosas, lirios y jazmines.
20

    Ese espíritu leve,

que por tus venas rápido se agita,

y colora de púrpura la nieve,

entró en mi pecho, que de amor palpita;

espíritu sutil, que amor derrama
25

de la tierra en el seno,

y la cubre de flores, las estrellas

con mayor luz inflama

en el éter sereno,

al aire da las mariposas bellas,
30

los perfumes suaves,

el canto de los silfos y las aves.

Así renacen en el alma mía

juventud y poesía.

Como maná del cielo, tus amores
35

han de saber a cuanto el alma quiera;

filtro genial, esencia de mil flores

darán al alma, en verde primavera.

Si tú me amases, Gláfira, no hubiera

dicha igual a mi dicha. Sólo un beso,
40

un beso sólo de tus frescos labios

puede llevar el alma al paraíso,

darle en un punto, y, con mayor exceso

cuantas la mente de amorosos sabios

fingir delicias en el cielo quiso.
45

Nadie cual tú comprende

la inquietud de mi amor y devaneo:

de tus hermosos ojos se desprende

la luz do vive eterno mi deseo;

mágica luz, do veo,
50

cuando el color de la esperanza toma,

Musas, Gracias divinas,

y huríes oji-negras de Mahoma

con las peris danzar y las ondinas.

En tu blando regazo
55

tal deliquio mi espíritu gozara,

Gláfira, si tu amor me concedieras,

que, unido al tuyo por estrecho lazo,

ver la luz del Tabor imaginara,

la música oír de las esferas.
60

¡Ay!, temo que no quieras

lograr conmigo el singular contento

que Amor promete a quien de amores sabe;

mas en tu egregio y claro entendimiento

entendimiento del amor bien cabe
65

y espero que perdones,

ya que no les des vida,

estas enamoradas ilusiones,

que me tienen el alma derretida.


Madrid, 1854.

Al príncipe imperial de los franceses

    Accipe quod lacta tibia paudunt luce sorores

veridicum oraclum.


CATULO.



    Si la virtud inescrutable y santa

que a la humanidad mueve, y que la guía,

a un alto fin de perfección, viniera

a dar aliento a mi mortal garganta,

y a desatar mi lengua en armonía,
5

la gloria que te espera

con fatídico canto anunciaría.

Mas si profundo el cielo

en tinieblas envuelve lo futuro,

un auspicio feliz desgarra el velo
10

dando vigor al pecho mal seguro.

¡Augusto Niño! Que tu dulce madre,

como la madre de Luis Divino,

te infunda su piedad y su terneza,

te muestre de los cielos el camino.
15

Luego el prudente y valeroso padre,

te inspirará el saber y la entereza

que a la discordia ahogó, venció el Destino

y puso la corona en su cabeza.

Sus pasos sigue tú: lleva de Francia
20

a otras tierras las artes esplendentes;

y no las armas, sino el blando imperio

de las ideas, venza la arrogancia

de rudas tribus y remotas gentes.

¡Providencial misterio!
25

Como al romper del día

huyen las sombras, y se viste y dora

de pura luz el firmamento hermoso,

el Dios, que tanta empresa te confía,

de la paz hace aurora
30

con que ilumina tu natal dichoso.

Y en vez de flores, su bondad rodea,

orna y protege tu dorada cuna

con verdes lauros que ganó en Crimea

el valor de la Francia y la fortuna.
35

Crece en el seno de la Paz, y cuando,

al florecer en juventud lozana,

sed de gloria te incite,

no sangrientas victorias anhelando

en dura guerra insana
40

impaciente tu afán se precipite.

Ya vendrá la ocasión, ya vendrá el día

en que combatir debas

de valor y clemencia dando pruebas

y el monstruo encadenar de la anarquía,
45

monstruo más fiero que la sierpe alada

cuya sangre con alta valentía,

vertió en la Libia, de Guzmán la espada.

El monstruo del Averno

que en vano cerrar quiso
50

la oculta senda por do el Ser Eterno

lleva la humanidad al Paraíso.

Pero borrada ya la última huella

de la maldad humana,

resplandeciente lucirá tu estrella
55

sobre la Francia, de seguirla ufana.

Italia, entonces, y mi patria hermosa,

del desmayo letal que las humilla

se alzarán a la esfera luminosa.

Italia, donde brilla
60

la luz celeste, que a la tierra unida

hizo temblar con saludable susto;

España, que domando la sañuda

mar con pecho robusto,

llevó esa luz y sus doctrinas grandes
65

del Catay fabuloso hasta los Andes.

Amorosa lazada,

y no interés ni torpe granjería,

una a las tres benéficas naciones;

y terminen la empresa comenzada,
70

y difundan por todas las regiones

la libertad, el bien y la armonía.

    No es del poeta ensueño mentiroso.

Esta misión el cielo nos depara,

y el volver de los siglos silencioso.
75

Ya las nieblas separa

el sol de la verdad que va subiendo,

de lo futuro el horizonte abriendo.

Mira tú en él las leyes de la historia,

y en cada uno de tus actos mira
80

al altísimo fin que da la gloria,

y el bien supremo a realizar conspira.

Hunde en el polvo el trono de Darío,

el Macedón audaz; del Eritreo

pisa, y del Indo, la fecunda arena;
85

y somete la tierra a su albedrío;

pero ignora la ley que su deseo

a un fin y los destinos encadena.

De la Grecia y del Asia al choque rudo,

nuevo germen de bien brota, y divina
90

llama la de ser luego, y le ilumina

la Santa Cruz sirviéndole de escudo.

El fin a do tus pasos encamina

la sabia Providencia,

no como el hijo de Filipo, ignores;
95

de tu siglo, Señor, une a la ciencia

la fe de tus mayores.

La fama tuya eclipsará su fama.

Crece, pues, niño hermoso, a la sonrisa

responde de la madre, que te ama;
100

y apenas llegue, débil e indecisa,

la razón en la infancia a herir tu mente,

como guardó Alejandro en copa de oro

el homérico canto sorprendente,

que a combates provoca,
105

guarda en ella y coloca

de los dogmas cristianos el tesoro.


Madrid, mayo de 1856.

Saudades de Elisena

Souvent femme varie:

bien fol est qui s'y fie.


EL REY FRANCISCO I.



I

    En la siempre deseada

del amor noche sombría,

en aquella estancia tuya,

tan abrigada y tan linda;

cuando la cándida nieve
5

en densos copos caía,

y daba el hielo a las calles

alfombra resbaladiza,

¡cuán apacibles coloquios,

qué juvenil alegría,
10

qué canciones me cantabas,

qué ternuras te decía!

Yo robaba de tu boca

la canción aun no nacida.

Tú las lisonjas de amante
15

sofocabas en la mía.

Nunca con mayor esmero,

nunca con mayor delicia

representaste en los dramas

amorosas heroínas;
20

no para fingir amores

fue tu talento de artista,

sí para darles la gala

y encanto de la poesía.

Una palabra, un suspiro,
25

una suave caricia

el poema de tu alma

realizado transmitían.

Tu aliento, tu puro aliento

era espíritu de vida;
30

luz del cielo tu mirada,

lampo de amor tu sonrisa.

Cuando pasabas tu mano

por mis cabellos suavísima,

más que Thalberg y que Listz,
35

si en el piano se inspiran,

despertabas en mi alma

una celeste armonía,

como el amor misteriosa,

inmensa como mi dicha.
40

Forjaba entonces mi mente

imágenes tan divinas,

que dieran gusto y espanto

si yo acertase a escribirlas.

Allí flores más hermosas
45

que la Victoria regina,

allí más gratos aromas

que en Pancaya y en las Indias,

y los amores bailando

con las musas y las ninfas,
50

el Olimpo, y el Walhala,

y los palacios de Indra,

y de Aladino la lámpara,

y los jardines de Armida.

El alma se evaporaba,
55

y en el éter se perdía,

y cruzaba el mundo todo

como una eléctrica chispa.

En las regiones aéreas,

do mi alma discurría,
60

se bañaba en claros mares,

en ondas tan cristalinas

cual diamantes, como el oro

puras, dulces como almíbar,

y frescas como una rosa,
65

y como la plata limpias.

¡Ay! Cuando de estos viajes

tornaba la peregrina,

sobre tu cándido seno

me la encontraba dormida.
70

II

    ¿En qué pecó el alma,

gentil Elisena,

que del paraíso

así la destierras?

¿Qué amor tuvo el alma,
75

qué objeto, qué idea,

ni qué pensamiento

que tuyo no fuera?

Lejos de ti el alma,

es un alma en pena,
80

que entrevió la gloria

sin quedarse en ella.

Cual pasan las flores

de la primavera,

pasaron mis dichas,
85

que en duelo se truecan:

ricé con los labios

las ondas serenas,

hollé venturoso

la rueda tercera,
90

herí con la mano

del cielo las puertas,

no agosté las flores

y aspiré la esencia;

mas ya para mí
95

la fuente se seca,

la flor se marchita,

se borra la senda,

se eclipsa de Venus

la nítida estrella.
100

El alma de amores

herida se queda,

de cariño ansiosa,

de gloria sedienta.

¿Por qué así la tratas?
105

¿Por qué así la dejas?

¡Ay!, yo adoré en cifra

en ti una caterva

de humildes zagalas

y nobles princesas.
110

En cifra adoraba

en ti la modestia,

hermosura, gala,

virtud, inocencia,

que tal vez los cielos
115

benignos te dieran,

que tal vez fingiste

con arte en la escena.

Amor en que tantos

amores se enredan,
120

¿qué mucho que dure

y eterno parezca?

Tú para mí fuiste

siempre varia y nueva;

yo para ti el mismo
125

de continuo era.

Si fuiste inconstante,

es porque te cercan

boyardos de Rusia,

lores de Inglaterra,
130

y grandes de España,

y mirzas de Persia;

que tus gracias ríen,

tu desdén lamentan,

tu beldad alaban,
135

tu ingenio ponderan,

adulan tu orgullo,

y tu amor anhelan.

De mí te olvidaste,

ufana y soberbia;
140

mas son infundados

mi encono y mi queja.

Debió solamente

causarme sorpresa

que en medio de tantas
145

personas egregias,

del género humano

magnífica muestra,

compendio de toda

la pompa terrena,
150

mi obscura persona

amor te infundiera,

fugaz como sombra,

sutil como niebla.

III

    Elisena, ¿fue tu amor
155

un veleidoso capricho,

o fue bello, noble y grande

como el amor de tu amigo?

Tú no sabes la amargura

que, al recordar tus hechizos,
160

ora derrama esta duda

en el pensamiento mío.

Si el pensamiento se viese

de esta amarga duda limpio,

diera el dulce bien pasado
165

al desdén presente alivio.

Orgulloso y satisfecho

de que me hubieses querido,

renovando en mi memoria

la dicha del paraíso,
170

tal vez calmara la pena,

la pena que da tu olvido,

de tu efímera ternura

el recuerdo peregrino.

Entonces yo imaginara
175

que inflamé tu pecho frío,

y que logré conmover

esas entrañas de risco,

y suscitar en tu alma

un amoroso delirio;
180

amor que si en un momento

se ha transformado en desvío,

concentrándose en mi mente

en un deleite infinito,

en un sublime recuerdo,
185

en un eterno martirio,

fuera infierno y gloria, fuera

galardón y sacrificio.

Mas ¿cómo adorarte diosa,

que en corazón me finjo,
190

cuando de tu ser humano

me da la memoria aviso?

¿Cómo soñar que, llevado

sobre las alas de un silfo,

de tu amor y tu hermosura
195

subí a gozar al empíreo?

Es cierto que con presentes

no encadené tu albedrío,

ni me dejaste por pobre

ni me quisiste por rico;
200

es cierto que te ofrecieron

gargantillas y zarcillos

de diamantes y de perlas,

esmeraldas y zafiros;

que te brindaron de seda
205

y de encajes con vestidos,

con chales de cachemira,

con cebelinas y armiños;

y es cierto que esos tesoros

tu orgullo aceptar no quiso,
210

y que aceptaste mis flores,

mis versos y mis suspiros.

Mas mi corazón guardaste

de tu hermosura cautivo,

diciendo: «Para mi triunfo
215

un corazón necesito;

porque corazón no tienen

los que me cercan rendidos,

y de sus joyas y galas

no me envanezco, y me río».
220

Y atormentaste mi alma

y turbaste mis sentidos,

y con tus besos me diste

un emponzoñado filtro.

Desde entonces, Elisena,
225

es adorarte mi sino,

y hasta vana y desdeñosa

te adoro y no te maldigo.

IV

    El corazón libre,

libre el pensamiento,
230

en busca de amores

volaban al cielo.

Ternura infinita

sentía mi pecho

por un infinito
235

misterioso objeto,

pudorosa ninfa

de gracias modelo.

Fantástica maga,

divino portento,
240

un ser fabuloso,

un serafín bello

yo amaba tan sólo,

y allá en lo secreto

del alma le daba
245

altares y templo;

de amores vulgares

juzgábame exento.

Mas cuando ya el alma

remontaba el vuelo,
250

otra vez a tierra

cayó sin aliento,

presa en la suave

red de tus cabellos,

herida de muerte
255

por tus ojos negros.

La riqueza entonces

de mi amor inmenso,

las nobles creaciones

del fácil ingenio,
260

la luz que ilumina

y dora mis sueños,

del alma profundos

y vagos misterios,

en tu beldad pusieron,
265

ciñéndola en torno

cual cinto de Venus.

Por eso del alma

tuviste el imperio,

tu amor me dio gloria,
270

tu desdén infierno.

Sin ti yo pensaba

que el mundo era un yermo,

los astros obscuros,

los hombres espectros.
275

Contigo en verano

trocaba el invierno,

las nubes más tristes

en claros luceros,

en vastos jardines
280

los mares de hielo,

en flores las nieves,

en lindo lo feo.

No extrañes si ahora,

al ver que te pierdo,
285

perdidos tesoros

del alma lamento.

Por amor el alma

dio paz, dio sosiego,

libertad y vida
290

trocó por un beso.

Muerta la esperanza

y vivo el deseo,

¡cuán tarde conoce

el alma su yerro!
295

Mas no, no te jactes

del daño que has hecho,

ni temas mi encono

ni esperes mi ruego.

Lo que yo en ti amaba
300

en ti ya no veo;

eres tú la diosa

que adoro tan ciego.

La diosa que adoro

no vive en el tiempo;
305

sus pies inmortales

no tocan el suelo.


San Petersburgo, 1857.

Correo extranjero

    De regiones extrañas y distantes

hay nuevas por el último correo,

no menos lisonjeras que importantes:

    por dondequiera habrá fiesta y jaleo.

¡Qué cenas se preparan, qué festines,
5

bastantes a colmar todo deseo!

    En la China los mismos mandarines,

si no adorando, respetando a Cristo,

de nidos se hartarán de colorines:

    de gusanos de seda harán un pisto,
10

y fumarán, merced a la Inglaterra,

opio barato, con furor no visto.

    En la India, si bien están en guerra,

ha de haber suspensión de hostilidades,

y paz por cuatro días en la tierra:
15

    y se solazarán en las ciudades

juntos con los cipayos los ingleses,

con más amor que en otras Navidades.

    Descubrirán al cabo los siameses

que el elefante blanco no es divino;
20

calcularán mejor sus intereses,

    y en vez de amar a numen tan mezquino,

armados de cuchillo y de caldera

(cual la fábula cuenta del cochino),

    darán al blanco bruto muerte fiera;
25

el cual, en cochifrito suculento,

como si un tierno lechoncillo fuera,

    ha de ser sabrosísimo sustento

del gran emperador Vicrapadonte,

de amazonas impávidas sin cuento,
30

    y aun del sumo y terrible sacerdote,

que sobre el ara del nefando numen

con su alfanje segó tanto cogote:

    si no sucede así que nos emplumen.

Ni será mala en el Japón la fiesta
35

porque es aquella gente de cacumen

    y en todo su pericia manifiesta.

Tendrán los persas singular jolgorio,

y aunque pese al Corán y al Zend-Avesta

    en las almas creerán del Purgatorio
40

y se hartarán de pavo y de turrones,

como el más fiel cristiano y más notorio;

    y los antes heréticos jamones,

de Mahoma a despecho y de los Magos,

pasto darán a guebros y a santones.
45

    Piensan echar los turcos muchos tragos

y turcas pillarán para ellos nuevas,

más fieles en su amor y en sus halagos.

    Hasta en el suelo de la infausta Tebas,

gente que allí por su desgracia habita
50

ha de cenar embalsamadas brevas.

    Y el más austero y místico eremita

(si acaso hubiere alguno en el desierto)

al instinto cediendo que le incita,

    sin mesa, sin manteles, ni cubierto,
55

por no olvidar su austeridad del todo,

probará las manzanas del Mar Muerto,

    que están rellenas de ceniza y lodo.

De ver será el tostado beduino

sobre el veloz coklán correr beodo,
60

    y olvidando su secta y su destino,

saquear el templo santo de la Caaba,

sembrando por doquiera su camino

    de pluma y huesos de engullida pava.

Y cerca del Cedrón que los pies besa
65

de la santa ciudad el turco esclava,

    bajo la ancha tienda cubrirá su mesa

el errante israelita ya cristiano:

y con ansia, que excita y embelesa,

    paz no dará a los dientes, ni a la mano.
70

Ni en las orillas del fecundo Nilo

faltará quien con brío sobrehumano

    se engulla un escamoso cocodrilo,

dentro de la necrópolis medrosa,

a cuyas negras sombras pide asilo.
75

    Mas, ¿qué mucho, si en zambra bulliciosa,

a son de tamboril y haciendo muecas,

del Níger en la margen calurosa,

    de gato se hartarán, frutas secas

las razas por su pinta condenadas
80

a no tener ni libertad ni pecas?

    Mas las que ya no están esclavizadas,

la gente negra que en Liberia habita,

¡qué tortas ha de hacer y qué empanadas!

    Natas habrá en Haití, y papa frita,
85

porque Soulouque, emperador haitiano,

ya a Baltasar, y ya a Nabuco imita,

    y un banquete prepara soberano:

por no oler a sus grandes, ni a sí propio,

el comedor perfumará con guano.
90

    Los indios del Brasil hacen acopio

de monos con arroz para la cena,

y de mate, mejor que el té y el opio,

    y devoran también en Nochebuena

multitud de lagartos y tatúes,
95

y una serpiente boa, toda llena

    de pavos mil, que allí llaman perúes.

Los indios no cristianos, envidiosos,

se cenarán sus propios manitúes.

    ¡Qué espléndidos, qué alegres, qué famosos
100

son los santos banquetes de este día!

¡Qué dientes al presente tan ociosos!

    ¡De cuán diversos puntos nos envía

noticias el telégrafo, flamantes,

que sorprenden y causan alegría!
105

   Una de las pirámides gigantes,

las momias del Egipto se han cenado,

y se han vuelto a la tumba como antes.

    Del elefante blanco ha regalado

Vicrapadonte al gran Mogol el cuero,
110

lleno de rico vino delicado.

    Nana-Saib ha caído prisionero:

los ingleses creyéndole becada,

en salmí se lo comen todo entero.

    El Leviatán ha hecho una trastada,
115

y se ha engullido ya cuatro vapores.

En fin: doquiera hay cena regalada;

mas la nuestra es mejor que las mejores.


Por el correo extranjero,
JUAN VALERA Y JOSÉ FERNÁNDEZ JIMÉNEZ

Madrid, 1857.

Raimundo Lulio

Fragmentos

Magia itaque omnen philosophiam, phisicam et mathematicam complexa, etiam vires religionum illis adiungit.

CORNELIO AGRIPPA.



Doctrinam paudit Raimundus Lullius omnem cui Deus infundit scibile quidquid erat.

AUTOR DESCONOCIDO.



Introducción

    Santo Cristo de la Luz,

Señor de cielos y tierra,

llenad de fervor mi pecho

y purificad mi lengua

para que yo dignamente
5

en vuestra alabanza pueda

del gran Raimundo contar

la milagrosa leyenda.

Dad a mi espíritu alas

de palomica ligera
10

para que, salvando siglos,

a los tiempos retroceda

en que nació, del consorcio

de la virtud y la ciencia,

y de la fe y la razón,
15

aquella santa lumbrera,

apóstol de la morisma

y campeón de la Iglesia;

aquel sublime alquimista,

mágico, mártir, profeta
20

y doctor iluminado,

de Mallorca prez eterna.

Veo, Señor, que me escuchas,

pues ya mi espíritu vuela,

y así como el caminante
25

que se pierde en una selva,

y en la soledad augusta

que silenciosa le cerca

el mundo pone en olvido

y hasta el Empíreo se eleva,
30

así mi audaz fantasía

de lo presente se aleja

y honda y reposadamente

en lo pasado se interna.

Ya presencio la solemne
35

y temerosa pelea

que por aquel corazón,

que por aquel alma egregia,

centro de nobles impulsos,

volcán de pasiones fieras,
40

el ángel bueno sostuvo

con el rey de las tinieblas.

Ya descubro los caminos

y miro lucir la estrella,

y los reclamos suaves
45

oigo, que la Providencia,

para salvar a Raimundo

de la perdición, emplea.

Con rudas tribulaciones,

con amorosa violencia,
50

de su combatido espíritu

llama el Señor a la puerta;

y le visita con males,

y con dolores le prueba,

y en crisol candente, el oro
55

de sus virtudes acendra,

y hace que el alma cautiva

libre a los cielos se vuelva,

y que el mágico Raimundo

en un santo se convierta.
60

Bendito seas, Dios mío,

Tú que a la humana flaqueza,

para elevarse a tu altura,

das aspiración inmensa;

Tú dejastes que en el alma
65

feroces se combatieran

las encontradas pasiones

que al fin tu amor encadena.

El alma corre en tu busca

de felicidad sedienta
70

por un laberinto obscuro,

entre vanas apariencias;

pero tu fe la ilumina

y tu palabra la esfuerza,

y tu gracia, vencedora
75

del infierno, la penetra...

Bendito seas, Dios mío,

Tú que los monstruos sustentas

y das al león las garras

y a la serpiente la lengua,
80

destructor empuje al viento

y al mar indómita fuerza;

pones contraria tendencia

en los elementos todos

cual si fuese tu designio
85

el que se hiciesen la guerra;

y de este horrible combate

y de esta lucha tremenda

tu voluntad soberana

benéficamente crea
90

el concierto de los seres

que en tu balanza resuena

y la rápida armonía

de las acordes esferas.

I

    En la Catedral de Génova
95

al morir de un claro día,

a los pies de un sacerdote

una mujer hermosísima,

con lágrimas en los ojos,

de esta manera decía:
100

«Padre: su imagen aun guardo

aquí en el alma escondida.

La salvación de ese hombre

me importa más que la mía.

Hoy se cumplen veinte años
105

que huyó el cruel de mi vista:

pero le tengo presente

y vivo en la fantasía.

Yo le lancé con desprecio

y su ausencia me lastima
110

yo anhelé su indiferencia,

y su indiferencia misma

hiere mi orgullo y enciende

la pasión que me domina.

No sé si es amor o es odio,
115

pero pertinaz, continua,

la memoria de aquel hombre

es fuerza que me persiga.

Siento su voz en mi oído

y embelesados se admiran
120

mis ojos de la hermosura

de su audaz fisonomía.

Para vencer esta horrible,

esta infernal pesadilla

que hasta en sueños me persigue
125

y que el sosiego me quita,

con ayunos y cilicios,

oraciones y vigilias,

de la vejez apresuro

la prematura venida.
130

Noches enteras orando

en recóndita capilla,

he pedido al rey del cielo

que me libre de la vida

o del recuerdo amoroso
135

que mi corazón cautiva.

Él vive lejos, muy lejos,

vagando en extraños climas;

y la fama de sus obras,

de sus obras inauditas,
140

más hermoso y más sublime

que en otros tiempos le vía,

le retraen a mi mente

y me renuevan la herida.

...........................................
En la gran ciudad de Palma,
145

capital de aquella isla

que libertó el rey don Jaime

del poder de la morisma,

no muchos años después

de la gloriosa conquista,
150

nací, de uno de los héroes

que la conquistaron, hija.

A la edad de quince años,

a pesar de ser tan niña,

un genovés caballero
155

me hizo su esposa querida.

Era mi esposo atrevido

mercader que recorría

los mares en nave propia

con muchas mercaderías.
160

La fuerza de voluntad

con que yo le resistía

más orgullo del infierno

que virtud me parecía.

Galán, valiente, discreto,
165

tuvo a sus plantas rendidas

las damas más seductoras

que en Palma entonces había.

Sólo yo resistir supe

sus miradas encendidas
170

y sus palabras de fuego

y su imperiosa osadía.

Ni el santo temor de Dios,

ni una virtud peregrina,

ni el respeto de un esposo,
175

ni su honra sin mancilla

hubieran sido bastante

a salvarme de mí misma

y a no caer en sus brazos

con vergonzosa caída.
180

De mi entereza en auxilio

el orgullo combatía,

orgullo de verme amada

con la pasión infinita

que sólo a Dios debe darse
185

de que era objeto yo misma.

Soñaba yo que Raimundo

con el alma me quería,

que todo su corazón,

todo su ser y su vida
190

aprisionar yo lograba

en cadenas diamantinas.

Yo imaginé que aquel alma

grande, poderosa, rica,

era presa de mi amor,
195

era esclava de la mía.

Mi esposo estaba en la Fana

y me dejó sola y niña,

con abriles diez y siete

y gran renombre de linda.
200

A la Fana había ido

a vender sus mercancías

en nave propia y velera

que los mares recorría.

Desde un puerto de la Fana
205

tuve de él nuevas noticias

que otra nave genovesa

a Mallorca me traía.

Se internó luego mi esposo,

llevado de su codicia,
210

de su afán de ver más mundo

y de su gran valentía,

en la tierra misteriosa

de los pérfidos escitas,

y estuvo en el campamento
215

del Kan, que el Asia domina,

y que amenaza a la Europa

del Volga desde la orilla».

............................................

    Si la pompa y las galas que a tus ojos

el universo ostenta,

a serenar no bastan tus enojos,

ni se reposa en él, ni se contenta

tu inquieto y noble desear, encanto
5

no busques ni beldad más peregrina

en los dulces favores de las Musas.

Cuanto columbra de perfecto y santo

mi mente, y adivina

del empíreo en imágenes confusas,
10

si de forma se viste,

al encarnarse en la palabra humana

pierde su ser y mancha su pureza.

En sí tan rica la creación subsiste

como el excelso origen de do emana,
15

pero no goza el alma su riqueza.

Transmitirla no pueden los sentidos,

ni abarcar de los seres la armonía.

La genial fantasía

sola guarda tesoros escondidos;
20

tesoros son que el alma misma crea

en su interior consorcio con la idea:

tesoros que, cual yo, no disipaste,

y en el cándido seno conservaste.

El amor que amó Psiquis allí mora
25

en toda su hermosura,

y el corazón te enciende y enamora,

y sale de su fuente limpia y pura,

como a la voz de Jámblico evocado.

Si pudiera mi espíritu contigo
30

llegar al templo del amor sagrado,

y de su gloria ser parte o testigo,

en un cántico nuevo rompería,

cual si en mí renaciera

la esperanza, esa flor de primavera,
35

fresca y lozana, cuando Dios quería.


Al Excmo. Señor D. Antonio Alcalá Galiano

Carta dedicatoria

    Con todos estos versos en la mano,

infeliz parto del ingenio mío,

que por ganar un nombre suda en vano,

    imploro tu favor, querido tío,

y ya que celebrándolos me animas,
5

a tu benevolencia los confío.

    Ni lo raro y difícil de las rimas,

ni la pompa y estrépito sonoro,

que tú no tanto como el vulgo estimas;

    ni de transposiciones el tesoro
10

que a la dicción poética se ajusta;

ni el circunloquio y púdico decoro

    con que la voz prosaica que le asusta,

envuelta en discretísima charada,

un buen poeta de encubrirlos gusta;
15

    ni otros sublimes artificios, nada

recomienda la obrilla que publico,

con tu famoso nombre autorizada,

    que no sin interés te la dedico.

Jamás en buscar símiles me paro,
20

si con perfecta claridad explico

    lo que enturbie quizá si lo comparo.

Encontrar en iglesia luterana,

o en mis versos, imágenes, es raro;

    y si alguna tal vez los engalana,
25

sin yo buscarla, entre los versos llega,

como arrastra en sus ondas flor temprana.

    Raudo torrente que inundó la vega.

Mas cuándo hierve con furor divino,

y a excursiones fantásticas se entrega
30

    mi fatigado espíritu mezquino?

Quizá en nuestra época de prosa

al llamarme poeta desatino.

    A descubrir una verdad hermosa

no alcanza la razón; pero da muerte
35

a la amena ficción maravillosa.

    No explica los misterios de la suerte

la razón ruda, y mata la creencia

que viva luz en las tinieblas vierte,

    que al disipar las sombras sin esencia,
40

con su esplendor fecunda e ilumina

el yermo obscuro de la humana ciencia.

    Escasa la beldad y peregrina

va por el mundo a la fealdad mezclada,

y el alma la depura y determina,
45

    y en sus tesoros e interior morada

la viste refulgente y limpio arreo,

con que sale a la luz ataviada.

    Muy semejante el pensamiento creo,

en su hermosura, a la gentil doncella,
50

que necesita de primor y aseo

    para que amable nos parezca y bella,

pues la falta de ornato y compostura

eclipsa la verdad, que luce en ella;

    así como la frase ingrata y dura
55

de la poesía disminuye el precio,

del pensamiento empaña la tersura.

    Aunque también lo que de suyo es necio,

por más que se revista de primores,

no podrá nunca merecer aprecio.
60

    Campo estéril que cubren muertas flores,

vieja loca que gasta colorete,

suelen los versos ser de mil autores.

    Mas al vulgo le agrada el sonsonete,

y en habiendo palabras y ruido,
65

en que haya sentimiento no se mete,

    ni le enfada lo falto de sentido.

No digo yo que deba la poesía,

su gracia y candidez dando en olvido,

    de continuo enseñar filosofía.
70

Más allá de la ciencia volar debe

en alas de creadora fantasía,

    do la razón a entrar nunca se atreve,

allí la inspiración, allí el misterio,

la cábala del arte hallarse debe.
75

    En balde con pesado magisterio

los que siguen al cisne de Venusa,

que en la aurora cantaba el Imperio,

    quisieron dar preceptos a la Musa,

interpretando al sabio de Estagira
80

con interpretación falsa y difusa.

    No las reglas, el cielo es quien inspira,

al par del pensamiento soberano,

la forma que éste a revestir aspira.

    Hay en la forma un misterioso arcano,
85

que al docto preceptista desespera.

Encarnarse no puede en verso humano

    lo que, viniendo de encumbrada esfera,

no se enuncia con frases ni describe;

mas se encarna en la forma de manera,
90

    que el alma íntimamente lo percibe

en la vaga armonía seductora

del inspirado canto donde vive.

    ¡Ay! La poesía, que mi pecho adora,

vive también, y lo inefable y puro
95

con sus encantos manifiesta y dora.

    Si no construye ya ciclópeo muro,

ni los delfines en la mar amansa,

el alma eleva al eternal seguro.

   Ella es la fuente cristalina y mansa,
100

en medio del desierto desolado,

donde mi corazón bebe y descansa.

    Consuelo de mi pecho enamorado,

única flor que en el vergel florece

cuando todas las flores se han secado.
105

    El amor sin objeto no merece

nombre de amor; trocándose en tormento,

la paz turba, la dicha desvanece.

    Y ¡qué ha de amar el corazón sediento!

Muerta está la beldad que ya adoraba,
110

y la patria también muerta lamento.

    ¿Dónde está ya mi patria, que se alzara

fuerte en Italia, respetada en Flandes,

que de la fe católica llevara

    la santa luz y las doctrinas grandes,
115

o con la persuasión o con la guerra,

del Catay fabuloso hasta los Andes?

    Sin cetro y sin laurel yace por tierra,

y en vano el vate lo pasado evoca,

y del olvido glorias desentierra.
120

    Pero no en vano, que a seguir provoca

una ilusión ridícula y dañina,

que va volviendo a mucha gente loca;

    a mucha buena gente que imagina

que con la Inquisición y el fanatismo
125

ha de evitar la patria su ruina;

    que al ver que ardían en el templo mismo

en los campos la luz de la victoria,

y en la ciudad la hoguera del abismo,

    quieren que retroceda nuestra historia,
130

y, con la esclavitud y la ignorancia,

devolvernos poder, y nombre, y gloria.

    Sólo cuando de nuevo la constancia

se levantó, y el español coraje

contra el empeño inicuo de la Francia,
135

    un poeta con ellos del linaje

se levantó también de los Tirteos,

y para rechazar el duro ultraje,

    allá sobre los altos Pirineos

del hijo portentoso de Jimena
140

reanimaba los miembros giganteos.

    Mas condenó lo que imparcial condena

la historia, sin llamar santa y prudente

la vil hipocresía de la hiena.

    Hoy hacen los poetas que se siente
145

el monstruo de los héroes en el cielo.

¿Cómo la noble España lo consiente?

    ¿Acaso faltarán a nuestro anhelo

de recordar la gloria ya pasada,

para estímulo no, para consuelo,
150

    nombres puros, virtud inmaculada?

¿Habrá de ser infame la poesía,

y la maldad atroz canonizada?

    No así el vate divino lo entendía

que de Guzmán el Bueno y de Pelayo
155

resucitó la nueva nombradía.

    Mas, en su edad, del secular desmayo

aun se alzó España, y exhaló, muriendo,

de su alta gloria el postrimero rayo.

    De Trafalgar en el combate horrendo,
160

donde al britano concedió la suerte

el dominio del mar, do combatiendo

    cerró tu ilustre padre, varón fuerte

amor de Urania y de la patria escudo,

gloriosa vida con heroica muerte;
165

    allí, en Gerona y en Bailén no pudo,

ni en Zaragoza, ver el gran Quintana

la última gloria de su patria mudo.

    Hoy tan sólo la Musa castellana,

sin más fruto que lágrimas, refiere
170

los claros hechos de la gente hispana;

    y no porque la raza degenere;

que la raza que fue del orbe espanto

alienta y vive, aunque la patria muere.

    Mas la poesía y entusiasmo santo
175

no logran en la edad en que vivimos

sacar a una nación de su quebranto.

    Por ellos grandes y gloriosos fuimos;

vinieron a reinar los mercaderes,

y los nobles el cetro les cedimos.
180

    Fabrica, España, agujas y alfileres,

tafetanes, percal y cotonía,

verás cómo el poder de nuevo adquieres.

    Estudia la social economía,

no achicharres herejes, achicharra
185

al que ose no tomar tu mercancía.

    Así de nuevo te alzarás bizarra,

y entonces yo y otros insignes vates

cantaremos con voces de chicharra

    tus industriosos triunfos y combates:
190

las que juzgabas antes discreciones

entonces se tendrán por disparates.

    Yo, entretanto, me iré por las regiones

fantásticas del libre pensamiento,

y me consolaré viendo visiones;
195

    porque la falta de ilusión que siento,

el propio desengaño es quien me inspira,

y por él busco en el Parnaso asiento;

    por él es metafísica mi lira,

y al cantar la hermosura y los amores,
200

metafísicamente ama y suspira.

    Estos versos sin gracia y sin colores

son de mi primavera, de la calma

y el amor que pasó, las pobres flores;

    y aunque no me han de dar lauro ni palma
205

por ellos, caro tío, ni dinero,

antes que se marchiten en el alma,

bajo tu amparo publicarlos quiero.


Madrid, 1858.

Último adiós

    Quien por el hondo mar la patria deja,

cuando la luz expira,

desde la nave en que veloz se aleja,

con lágrimas de amor la patria mira.

    Y, tal vez, en su hogar los ojos para,
5

y en el campo y las flores,

y el campo de que el viento le separa,

en el viento le manda sus olores.

    El rojo sol le manda en sus reflejos,

de la patria querida,
10

que va desvaneciéndose a lo lejos,

la imagen y la triste despedida.

    Y se distinguen árboles y montes,

casas y prado verde,

hasta que todo en vagos horizontes
15

o en la confusa lobreguez se pierde.

    Y ya en la sombra de la noche hundido

el fértil, patrio suelo,

se oye de las campanas el sonido,

y alza la vista el navegante al cielo.
20

    Y la suprema luz de aquella obscura

melancólica hora,

y el vario paisaje la hermosura,

que el resplandor de los recuerdos dora;

    y el aroma fugaz que trae el viento,
25

y el sonar de los bronces,

y toda la impresión de aquel momento,

recibe y guarda el corazón entonces.

    Así mi herido corazón recibe

tu imagen hechicera,
30

hoy que a tu lado el corazón aun vive,

y palpita de amor por vez postrera.

    Pero si el mar del mundo le arrebata

paz, juventud y amores,

tú no serás a su cariño ingrata,
35

y bálsamo darás a sus dolores.

    Del que le hiciste involuntario daño

sólo al amor se queja;

lejos de ti le arrastra el desengaño,

y en ti sus dulces ilusiones deja.
40

    Mi corazón te pide una mirada;

mírame sin enojos,

y eternamente quedará grabada

en él la luz de tus divinos ojos.

    Será trasunto y celestial idea
45

de mi soñada gloria;

gentil cifra de amor que el alma crea

y que indeleble guarda la memoria.

    Talismán rico do escribió una maga

benéfico conjuro;
50

lámpara de oro que jamás se apaga,

y arde en el seno de la tierra obscuro.

    Y levantando entre ilusiones muertas

sublime pensamiento,

y en llanuras estériles, desiertas,
55

solitario y hermoso monumento.


Madrid, 1859.

    Nace del alma mía,

cuando tu voz simpática la hiere,

una amorosa y dulce melodía

que en lo profundo de mi pecho muere.

La luz inmaterial de tu hermosura,
5

rayo de sol en tempestad obscura,

mi espíritu serena;

virtud y gozo y esperanza siento;

un incomunicable pensamiento

de noble y alta inspiración me llena.
10

    Si forma yo lograra

dar a la idea que de ti concibo,

no tan sólo en mi canto fugitivo

a ti la idea mística volara;

con raro hechizo, con perenne vida,
15

por números suaves detenida

en mis versos viviera;

mas quiere el arte detenerla en vano:

idea y sentimiento sobrehumano

suben sin forma a la celeste esfera.
20


Madrid, 1859.

    Redondas perlas que ciñen

tu hermoso y cándido cuello,

diamantes que no deslumbran

más que tus ojos serenos,

encajes, plumas y flores
5

que coronan tus cabellos,

lazo que estrecha tu talle,

ropas que velan tu cuerpo,

guante de tu blanca mano,

chapín de tu pie ligero,
10

limpia y venturosa holanda

que, oculta, besa tu seno,

ambiente que te circunda,

luz que te baña, silencio

que en torno tuyo difunden
15

la admiración y el afecto,

leve fragancia de lirios

conque embalsamas el viento,

música de tus palabras

co que enamoras los ecos,
20

mirada con que fulminas

los corazones de acero,

y mentirosa sonrisa

conque me auguras el cielo;

    todo parece que guardas
25

allá en su escondido centro

una promesa, un conjuro,

un espíritu, un misterio.

Se diría que tu alma

tiende invisible su vuelo
30

y penetra y vivifica

los materiales objetos.

En tu sonrisa, imagino,

y en tu mirar y en tu acento

que el amor me da esperanza
35

y tu corazón el premio.

Con mi corazón, entonces,

en busca del tuyo vengo,

y místicamente miro

lo profundo de tu pecho;
40

mas sin hallar corazón

ni ver al dios que venero,

hallo tan sólo vacío,

y en el vacío me pierdo.


Madrid, diciembre de 1859.

Ofrenda de los pastores

    En el portal de Belén

están adorando al niño

varios humildes pastores

que le circundan rendidos.

Su pobre y rústica ofrenda
5

cada pastor ha traído,

y al presentar al infante,

le canta su villancico.

Leña de encina y retama,

porque se guarde del frío,
10

llegó a ofrecer el primero,

y de esta suerte le dijo:

    «Si los labios de Isaías

el ángel santificó,

abrasando su impureza
15

con un ardiente carbón,

       tus ojos hermosos

       limpian, sin dolor,

       las manchas del alma

       con fuego de amor.»
20

    Después tres lindas zagalas,

en ligeros canastillos

de sutil mimbre flexible,

y de varitas de olivo,

olorosas pomas traen,
25

y granadas y membrillos,

y este dulce canto entonan

al bello recién nacido:

    «Cual llama penetró, cual dueño habita

en el alma tu amor desconocido;
30

nadie sino la bella Sulamita

tan delicado amor ha presentido.

       Cercadme de flores

       y pomas de olor;

       los ojos del niño
35

       me matan de amor.»

    Blanco pan ofrece luego

un gallardo pastorcillo,

y postrándose de hinojos

dice al infante divino:
40

    «Si material alimento

te ofrece pobre pastor,

tú das a su ser aliento

y virtud al pensamiento

para otra vida mejor.
45

       Con tu vida propia,

       ¡oh niño Jesús!,

       darás a la mía

       eterna salud.»

    Una niña pequeñuela,
50

vestida de blanco lino,

tempranas violetas trae,

perpetuos, cándidos lirios,

y de alhucema y romero

olorosos manojicos;
55

con sus amantes cantares

penetra el alma del niño:

    «Den a tus vestiduras

sus esencias más puras

las hierbas y las flores;
60

tú preserva mi infancia,

préstala la fragancia

de tus santos amores.

       Eres haz de mirra,

       niño, para mí;
65

       en mi pecho moras,

       el alma te di.»

    Trae, por fin, el rabadán,

sobre los hombros fornidos,

de piel cerdosa y manchada
70

un corpulento cabrito,

con la robusta cerviz

herida por el cuchillo.

Tal fue la postrer ofrenda,

y así cantó quien la hizo:
75

    «Vara de Jessé florida

que nos prestas nueva vida,

luz del siglo venidero

que a los hombres guiará;

si inmaculado cordero
80

llevas las culpas del mundo;

si a la muerte y al profundo

vences, león de Judá;

si das paz a toda gente;

si huella por ti la dura
85

cabeza de la serpiente

la planta de una mujer,

toma esta víctima impura

que nuestras culpas llevaba;

y a de tu sangre las lava
90

el misterioso poder».


Madrid, 1860.

Fragmento

    Ha tiempo que los diablos un espejo

hicieron, de tal modo,

que en él de los objetos el reflejo

lo transformaba todo,

y a cuanto había de hermoso en la creación

prestaba tal fealdad,

que a los diablos daba diversión

tan diabólica y rara novedad.

A las aves y flores

roba el espejo gracia y colores,

las estrellas, al cielo,

nubes de oro y carmín roba a la aurora,

y si envilece así las cosas bellas,

con más fealdad a la fealdad desdora.

Obscureciendo así toda hermosura,

hacen burla los diablos de la tierra

y de toda pompa y galanura

que en sus fecundos ámbitos encierra.

Del hombre mismo, que de Dios imagen

pretende ser, se burlan con más furia

y le adornan de envidia y de lujuria

y no hay vileza con que no le ajen,

estampando en su forma material

el sello de su vil naturaleza,

y obscureciendo la ideal belleza,

y eclipsando la nítida grandeza

y el gran ser de su espíritu inmortal

que presta a veces al semblante humano

resplandor soberano.

Mas, llenos los diablos de contento,

no bastándoles burlas terrenales,

se elevan en el viento

y a las ricas moradas celestiales

la canalla infernal subir desea

con el espejo invento de Luzbel,

para que el mismo Dios se pinte en él

y su hermosura le parezca fea.

Muy ligeros subían

con el espejo entre las duras garras,

mas, peso tal sentían

al irse levantando a las alturas,

que, con las corvas uñas apretando

el borde del espejo, no le pueden

al cabo sostener, y al cabo ceden,

y cae el espejo rápido rodando,

y en la tierra se aplasta y pulveriza.

Pero mayores males la ceniza,

los átomos menudos del abismo

causan ahora, que el espejo mismo.

En sus alas ligeras los conduce

el viento, y del diablo los antojos

a veces introduce

algún átomo de éstos en los ojos

de un hombre desgraciado

que todo cuanto desde entonces mira

horror y asco le inspira,

fealdad, vicio y tristura,

viendo en virtud y gozo y hermosura.

Y si en su corazón penetra acaso

un átomo maldito del espejo.

........................................................

Oda

    Lucieron ya los venturosos días

en que, para matar filosofías,

como Sansón mataba filisteos,

y a gentiles los fuertes macabeos,

y San Jorge al dragón centelleante,
5

otro Jorge arrogante

Jehová sacó de la imperial Sevilla,

y, en vez de lanza y de corcel fogoso,

le dio lengua y estilo poderoso

conque a todo orador rinde y humilla.
10

Este Jorge novel en la secreta,

donde estaba su espíritu sumido,

región del claro misticismo obscuro,

oyó una voz que dijo: «Sé poeta;

haz en el mundo vil mucho ruido,
15

y para la virtud ponte maduro».

Jorge, entonces, pulsó la ebúrnea lira

y cantó a la beldad por quien delira,

y, habiéndose ensayado

en el género erótico elevado,
20

se pasó a ser filósofo sublime,

y ya en el Ateneo,

peroró como Orfeo,

amansando las fieras cuando gime;

¿qué digo cuando gime?, Jorge brama,
25

truena, relampaguea;

su palabra, cual lluvia se derrama,

y profunda es la idea

que de su boca, con primor, chorrea

y, que el sediento vulgo aplaude y mama.
30

Los krausistas impíos le escucharon,

y de su secta al punto renegaron.

De Hegel los discípulos le oyeron,

y a sus plantas cayeron;

Camus y Castelar le veneraron,
35

y con risa epiléptica rieron.

Sabios, de El Pensamiento redactores,

coronaron su frente de mil flores,

y las vírgenes puras,

en cuya integridad Jorge se agrada,
40

dijeron en su elogio mil locuras

para imitar su inspiración sagrada.

Yo, que también le imito,

por alabarte aquí me despepito.

¡Oh Jorge! Así quisiera
45

el cielo que mi fama compitiera

con la tuya, luciendo

hasta que el cielo, cual fecunda higuera,

cuyos higos pasados van cayendo,

los astros arrojase en el profundo
50

y a ser Nada volviese el ancho mundo.


Interpretación de un sueño

    Amor, bella Elisa, es

quien por ti los cielos deja

y enamorado se queja,

de hinojos puesto a tus pies.

Tú, que desnudo lo ves,
5

pudibunda y enojada

le das una puntillada

con el lindo borceguí

por shocking, falto d'esprit,

y bestia mal educada.
10

    Mas, aunque el golpe le duela,

amor reconoce bien

que merece tu desdén

su poquísima cautela.

Y como vencerte anhela,
15

se viste de caballero,

con levita, con sombrero,

con corbatín y otras galas,

y, en vez de flechas y alas,

se proporciona dinero.
20

    Ya su interior hermosura,

que encubre traje de moda,

hasta después de la boda

a mostrar no se aventura;

y bien vestida figura
25

en la Fuente Castellana,

coche haciendo la galana

Conchita de Citerea,

y que cada pichón sea

una yeguaza alemana.
30

    Tu sencillo corazón

sólo así logra vencer,

porque tú no has menester,

más bella que una ilusión,

que te dé su cinturón
35

Venus, si Amor te propina

el oro y la perla fina,

la rica seda y la blonda

y el diamante de Golconda

y una excelente cocina.
40


Madrid, 1861.

Elisa de paseo

    Famosa por su despejo,

tremenda por sus conquistas,

del sosiego de los hombres

irresistible enemiga,

por la Fuente Castellana
5

ayer con su madre iba,

sal derramando a puñados

y gracia, la bella Elisa.

La envidiaban las mujeres,

los hombres la bendecían,
10

los pollos alicortados

se quedaban a su vista;

las hadas que la dotaron

de beldad tan peregrina,

giraban en torno de ella
15

con encantada sonrisa.

Un ejército de amores

invisibles la seguía,

avasallándolo todo

como Pizarro en las Indias.
20

Las flores daban su olor

al pasar la hermosa niña,

los pajarillos cantaban,

los árboles florecían;

y por verla, y por copiarla
25

en sus ondas cristalinas,

brincan de amor las fuentes

o murmuraban de envidia.

Ella, como sol que nace,

llevaba en la frente el día,
30

luz en los ojos divinos

y carmín en las mejillas.

En la boca, entre un tesoro

de coral y de perlas finas,

panalito perfumado
35

de dulce miel escondía.

Al pasar yo junto a ella,

fue tanta mi golosina,

que me hubiera convertido

en zángano o en avispa.
40


Madrid, 1861.

    Clara brillaba la luna,

era la noche tranquila,

el caballero vagaba

solitario en la montiña.

Buscando va a la doncella,
5

cuya imagen peregrina

vio en el espejo fadado

que su madre poseía.

No sabe si la doncella

ha muerto ya o está viva,
10

si mora en aqueste mundo

o en otros mundos habita.

Mas él está enamorado,

y la busca noche y día;

vivir no puede sin ella,
15

sin ella no quiere vida.

A encontrarla o a morir

determinado camina;

el mundo por ella deja,

la gloria por ella olvida.
20

Ni quiere tomar esposa,

ni quiere tener amiga;

ha tiempo que vaga, triste,

por la soledad esquiva.

Vio a lo lejos, a deshora,
25

brillar una lucecita;

tomándola por su norte,

a un castillo se avecina.

A las puertas del castillo

llegó cuando amanecía.
30

Con prodigioso silencio

las puertas solas se abrían.

Todo en torno del castillo

helado y muerto yacía.

Ni cantan en el vergel
35

ni vuelan las avecillas;

no murmuraban las fuentes,

por conjuro detenidas;

el aire, en hondo letargo,

entre las flores dormía.
40

A entrarse por el castillo

el caballero se anima.

Dueñas en él, silenciosas,

pajes sosegados mira;

harto conoce al mirarlos
45

que era todo hechicería.

Ni allí el rumor de sus pasos,

ni allí una mosca se oía,

allí el sonido faltaba

y el movimiento y la vida.
50

En una cerrada puerta

hay una leyenda escrita;

las letras eran de oro,

de oro lo que decían:

«Abre si tienes valor,
55

verás a la hermosa niña

en blando lecho de rosas

hace ya tiempo dormida,

con un amador soñando

que la suerte le destina.
60

Un beso ha de despertarla

de quien amores le inspira,

si otro a besarla llegase

muy caro le costaría.»

El caballero al instante
65

en el abrir no vacila,

abre y entra, y ve a la dama

que en el espejo veía,

en su encantado desmayo

más encantadora y linda.
70

El atrevido mancebo

va a besarla en la mejilla,

pero se encuentra la boca

y el beso allí deposita.

De muerta que estaba ella
75

con el beso quedó viva,

y aquel extraño silencio

se convirtió en armonía.

Las campanas del castillo

todas alegres repican,
80

vuelan moscas, cantan aves,

zumban abejas y avispas;

los pajes juegan y bailan,

charlan las dueñas y chillan;

el arroyuelo murmura,
85

las flores el aire agita,

se oyen las trompas de caza

y los caballos relinchan;

hasta el almirez resuena

en la remota cocina;
90

todo es fiesta y regocijo;

que el beso destruye y quita

los encantos de la muerte

con encantos de la vida.

Así fue desenfadada
95

la princesa de Palmira,

que, por ser muy desdeñosa,

malfadada se veía.

Casó con ella el mancebo

que de hechizos no temía,
100

y el hada, de los hechizos

fue de la boda madrina.


    El cuerpo me hiede a humo

y el corazón a puñales,

y la sangre de las venas

rabiando porque no sale.

    Cuando ir de aquí para allí
5

te diquelé, Rafaela,

con refajo de franela

amarillo y carmesí;

cuando fregando te vi

con aljofifas el suelo,
10

me convertí en caramelo;

que me incendiaste presumo,

pues mientras sigues cual hielo,

el cuerpo me hiede a humo.

    Y cuando vi al malagueño,
15

a ese bizco endemoniado,

a quien oyes con risueño

semblante, y que como dueño

entra en el coto vedado,

al alma mía le distes
20

mil fatiguillas mortales,

y al alma suya confites;

pero el cuerpo le expusistes

y el corazón a puñales.

    Si no apartas tu querer
25

de este bizquillo blandengue,

acaso yo le derrengue,

que no me sé contener.

¿No me ves en tu poder,

cautivo de tus cadenas?
30

¿Quieres, flor de las morenas,

matarme de un sofocón,

y que ardan mi corazón

y la sangre de mis venas?

    No sabes lo que te quiero,
35

lo que me das de cuidados;

por ti me pirro y me muero,

que se te errama el salero

por todos cuatro costados.

¿Quién hay en quererte bien
40

que a mi corazón iguale?

Frito le tiene el desdén,

como buñuelo en sartén

rabiando porque no sale.


    Tendió mi alma enamorada el vuelo

en la noche serena,

por la extensión del adormido cielo

buscando la deidad que me enajena.

    En el centro evoqué del bosque umbrío
5

su aparición divina;

vi su llanto en las perlas del rocío,

su mirada en la estrella matutina.

    Fijé con ansia de la fuente pura

en el cristal los ojos,
10

y la imagen vi en él de su hermosura

sin velo, sin desdén y sin enojos.

    Y pensé oír la mística armonía

de la creación entera,

y me infundieron dulce poesía
15

el alba y la apacible primavera.

    Responder parecían a mi acento

el agua en sus murmullos,

en su delgada voz el manso viento,

la paloma en sus lánguidos arrullos.
20

    Así, en la primavera de mi vida

sentí y encontré amores

en la remota luz y en la escondida

alma de las estrellas y las flores.

    Ora en el mundo, para mí desierto,
25

falta la vida arcana;

las ondinas y sílfides han muerto;

murió toda existencia sobrehumana.

    Ni la brillante mensajera leve

en el iris se posa,
30

ni la rueda de amor Ciprina mueve,

ni besa a Endimión la casta diosa.

    El eco no repite mi suspiro,

mustias las flores veo;

vagan los astros en callado giro.
35

¿Do habrá el ser que responda a mi deseo?

    Tan sólo en ti, bellísima María,

tal vez amor encierra

y me guarda la gloria y la poesía

que me robó del cielo y de la tierra.
40

    Si eres, pues, de los sueños que yo adoro

manantial suave,

mi vida enlaza con tu crencha de oro

y de mi corazón toma la llave.


A Blanca Rosa

    ¡Oh, quién pintar supiera

la dulce primavera

de tus floridos años,

tu gracia y tu candor!

    Amargos desengaños
5

roban el alma mía

luz para la poesía,

hechizos y color.

    ¿Qué gloria, qué hermosura

que de tu alma pura
10

no guarde el santuario

podré mostrarte yo?

Con afán temerario,

su ya cansado vuelo

a tu espléndido cielo
15

mi fantasía alzó.

    Mas si hasta allí volara,

a la deidad preclara,

¿qué ofrenda peregrina

pudiera presentar?
20

Cual antorcha mezquina

en la radiante esfera

del sol, cual perla fuera

en el índico mar.

    Porque, al mirarte ahora,
25

de la vida en la aurora,

esperando un risueño

dorado porvenir,

no hay celestial ensueño

ni poesías divinas
30

con las que tú imaginas

que logren competir.

    En tus dormidos ojos,

sobre tus labios rojos,

de tu semblante bello
35

en la noble expresión,

aparece el destello

de la poesía arcana

en que vive y se ufana

tu virgen corazón.
40

    Si la pradera verde

que su frescor no pierde,

y el ancho soto umbrío

que suele guarecer

en el ardiente estío
45

al sediento viajero,

del oculto venero

indicio pueden ser.

    Tu severa mirada,

tu frente despejada,
50

tu sonrisa, y el puro

carmín de tu rubor,

dan indicio seguro

del bien que hay en tu seno

de pesar libre, lleno
55

de inocencia y de amor.

    Con tan rico tesoro

más preciado que el oro,

con ese de poesía

limpio manantial,
60

¿cómo competiría

mi espíritu agotado?

¿Cómo el invierno helado

con la pompa vernal?

    No nace en el desierto
65

de mi corazón yerto

una flor solitaria

que poner a tus pies.

Trocáronse en plegaria

mis alegres canciones,
70

fuente de inspiraciones

mi dolor sólo es.

    ¿Por qué mis versos quieres,

si tú poesía eres,

Blanca Rosa temprana,
75

espíritu gentil?

La luz de la mañana

en tu mirada brilla,

adorna tu mejilla

la gala del abril.
80

    La flor que te embelesa,

el aire que te besa,

la luz que te circunda,

la noche, el cielo, el mar,

la luna moribunda,
85

las pálidas estrellas

con mil poesías bellas

te quieren regalar.

    Préstales grato oído,

y el profundo sentido
90

del inefable canto

vendrás a comprender,

y en tan sublime encanto

tu mente embebecida,

gozará nueva vida
95

y mágico placer.

    Y a la vaga armonía

que amorosa te envía

en la estación amena

la rica creación,
100

de fe y deleites llena

responderá tu alma,

convertida tu calma

en dulce agitación.

    Así, cuando la aurora
105

de rosicler colora

el oriental zafiro,

los bosques y la mar,

en lánguido suspiro,

perfumes dan las flores,
110

las aves tus amores

se ponen a cantar.


Madrid, 1863.

    Si el sol de primavera

en la pradera posa

la mirada amorosa,

florece la pradera.

Si tu beldad quisiera
5

en mí suavemente

posar la refulgente

luz de tus ojos bellos,

infundiera con ellos

la poesía en mi mente.
10

    Pues si nacen las flores

del sol al vivo rayo,

y en las noches de mayo

vuelven los ruiseñores

a cantar sus amores,
15

bien tu mirar podría

volverme la poesía

a su antigua morada,

desierta y olvidada

dentro del alma mía.
20

    Así tan sólo creo

que tendría mi canto

de tu ser el encanto,

esfera del deseo;

la que en tus ojos veo
25

simpática dulzura,

los que en tu boca pura

destila, cuando ríes

en perlas y rubíes

aromas y frescura.
30

    Acaso yo lograra

cifrar en mis canciones

las bellas ilusiones

que tu mirar declara;

y el candor, y la rara
35

discreción que revela,

y las dichas que anhela

tu alma pudorosa,

y aquella luminosa

región por donde vuela.
40

    Diera el ingenio mío

entonces, Genoveva,

maravillosa prueba

de su elegancia y brío;

¡mas yo propio me río
45

del imprudente ruego!

¿Quién me asegura luego,

al sentirme inspirado,

de no morir quemado

en tan hermoso fuego?
50


Madrid, 1863.

Cumpleaños de Blanca Rosa

    El sol con más viva llama

el aire dora y fecunda,

y ya sus lazos de hielo

el arroyo desanuda;

retrata en limpios cristales
5

las estrellas y la luna,

y fértiles prados riega

por donde corre y murmura.

Ya la golondrina errante

su antigua morada busca,
10

y ya vuelve el ruiseñor

a cantar en la espesura;

salpicada con aljófar

del rocío o de la lluvia,

cubre y tapiza los campos
15

la verde hierba menuda.

A fresco búcaro huele

la tierra, cuando se enjuga.

Ora nacen, cual primicias

del amor, la linda y pura
20

flor del almendro temprana

que la primavera anuncia,

y la púdica violeta

que entre las hojas se oculta.

Así nació Blanca Rosa,
25

como la violeta púdica,

como la flor del almendro,

prenda de amor y ventura.


Madrid, 1864.

    A las cuatro, mañana

te espero, vida mía.

Por nuestro amor te pido

que acudas a la cita.

Imaginar no puedes
5

cuánto me martiriza

el esperar en balde

tu anhelada venida.

Desasosiego extraño

todo mi ser agita,
10

dos o tres horas antes

de la hora convenida.

No da tantos paseos

en su jaula la ardilla;

no corre más un toro,
15

si el tábano le pica.

Inútil es que piense

sino en lograr la dicha

de recibirte, y luego

besarte en las mejillas,
20

que la emoción y el susto

con púrpura matizan

y a la que da frescura

el aura vespertina.

No leo, si te aguardo,
25

porque las letras brincan,

y donde decir deben

Dios o filosofía,

dicen amor, abrazos,

y besos y Melisa.
30

No sé escribir tampoco,

porque la mente mía

el discurso y las frases

concertadas olvida,

y tan sólo recuerda
35

la obscura letanía

o la inarticulada

confusa retahíla

de suspiros y ayes

que la pasión nos dicta:
40

rudimentos fecundos

de la lengua divina,

que más tarde sabremos

en la región empírea,

al gozar con los ángeles
45

de la visión beatífica.

En fin, cuando te espero,

la duda me atosiga:

los celos, si te tardas,

me matan y la ira;
50

y siento, si no vienes,

honda melancolía.

Pero, si al cabo oigo

sonar la campanilla,

me parece que suena
55

la célica armonía.

Vuelo a la puerta, abro,

y al verte tan bonita,

con tu mirar de fuego

y tu blanda sonrisa,
60

enamorada el alma

a tus plantas se inclina,

y agradecido beso

hasta el polvo que pisas.


Madrid, abril de 1867.

Al mirar tus ojos

    Sueño, al mirar tus ojos, que suspiro

en dura cárcel. Por estrecha reja

cielos y montes enriscados miro;

un limpio lago su beldad refleja.

    Flores, menuda hierba, bosque ameno
5

forman el cerco del hermoso lago:

ni ondas riza en su faz ni da a su seno

inquietud o rumor el aire vago.

    Aquel silencio en soledad arcana,

a contemplar y a comprender incita
10

césped, árboles, montes, flor temprana,

ambiente claro y bóveda infinita.

    Con difusos rubíes y con oro

de los cerros el sol ciñe la frente

pero su oblicuo resplandor ignoro
15

si emana del ocaso o del Oriente.

    Tal vez al alba allí guarden cautiva

benignas hadas entre lindas flores;

allí tal vez perpetuamente viva

la lozana estación de los amores.
20

    Vuelvo a mirar tus ojos con profundo

mirar, y el pensamiento se figura

que el lago en su cristal retrata el mundo

con más rara beldad, con luz más pura.

    Todo mejor en su tranquilo espejo:
25

más armónico todo y delicado,

copia torpe es el mundo. Es el reflejo

de inasequible perfección dechado.


Poema euskero, místico y picante

    Orlas de espuma cándida y rizada

formaba el onda apenas

de la playa al tenderse en las arenas.

Entre nubes velada,

la luna iba bordando
5

con fulgor argentino

los árboles, las peñas y las flores;

y sobre el haz del agua rielando,

comunicaba encanto peregrino

al mar, al aire, al valle y los alcores.
10

Lenta y vaga la brisa

entre robles y acacias suspiraba,

dando a las hojas leve movimiento.

Con blanda voz sumisa

el mar se querellaba,
15

y con sumisa voz gemía el viento.

Desvaneciendo su perfil altivo,

su diadema ocultando de castaños,

y de espontáneo helecho primitivo,

como en pliegues extraños
20

de ceniciento velo,

los montes en la niebla se envolvían:

pocas estrellas pálidas rompían

la obscuridad del adormecido cielo.

El monótono son acompasado
25

de aura tan mansa y mar tan sosegado,

más que el silencio mismo, convidaba

al reposo y al sueño.

Yo tan sólo velaba,

que el pensamiento de mi mente dueño
30

con despiadado empeño

en no cerrar mis ojos se obstinaba.

Miraba yo la patria esclarecida

del indómito vasco armipotente,

do antigua y santa libertad se anida,
35

do presta al cuerpo robustez y vida

el sano, puro y campesino ambiente;

do tienen su morada

la sobriedad, la rústica inocencia

y las costumbres de la edad de oro:
40

donde el aura vital no está viciada;

donde las dudas de profana ciencia

de ilusiones no roban el tesoro.

Temiendo que el tesoro se perdiera,

dije, dando un suspiro:
45

«¿por qué el suelo que miro

ha de hollar tanta gente forastera?

¿Por qué el desocupado cortesano

ha de venir aquí cada verano?

Graves negocios y placer impuro
50

abandona en la corte, y se encamina

de Guipúzcoa al pacífico seguro

que con galas y vicios contamina;

desprecia la sardina,

el rubio corrocón, la tenue angula,
55

y la rica borona suculenta;

sueña con la exótica cocina,

que sólo ya su melindrosa gula

y su embotado paladar contenta.

¡Ay! ¡Cuánto mi recelo se acrecienta
60

de que estas sucesivas invasiones

han de viciar aquí los corazones!

Pronto, quizá, del madrileño el trato

traerá mil peligrosas novedades:

la zagala tal vez de más recato
65

a ser vendrá terrible cocodeta;

por el can-can se olvidará el zorcico,

vencerá a la pelota la ruleta

y modas de París habrá en Motrico.

¡No permitan los cielos
70

que se cumplan jamás tales recelos!

¡Oh, númenes! ¡Oh, genios tutelares

de los hijos robustos de Vasconia,

proteged sus hogares

contra disgustos, vicios y pesares
75

que vienen de Madrid con la colonia!»

No bien mi soliloquio concluía,

cual si acudiese pronta a mi conjuro,

una visión lindísima y graciosa

vi que, tomando cuerpo, por el puro
80

aire hacia mí venía,

y en el andar reconocí a una diosa.

Cual vence a la tortuga perezosa

el cóndor, que por cima

del ingente Sorata se sublima,
85

y en sus nieves eternas

abate el vuelo y un instante para,

vence la esbelta ninfa a la Pinchiara

en ligereza y en vigor de piernas.

La extensión que de un brinco salvar puede,
90

sin violentarse y sin hacerse daño,

mil veces al tamaño

multiplicado de su cuerpo excede.

Era la vestidura

de la ninfa gentil bastante obscura;
95

del color de la pasa de Corinto;

mas tenía metálicos fulgores,

y tornasol distinto,

y visos y cambiantes seductores.

Todo la vista halaga
100

de la luz al destello,

y da envidia al más bello

férreo dije del hábil Zuloaga.

Ya la ninfa a mi lado

así habló con acento almibarado:
105

«Yo soy, yo soy la diosa protectora

de esta región y del que en ella mora.

Por el Amor del Caos fecundado

no bien brotó la vida,

de Guipúzcoa, mi tierra preferida,
110

me mostré en la comarca;

mas difundí al momento mis legiones

por cuanto alumbra el sol y el mar abarca,

colonizando incógnitas regiones,

que no vieron Colón ni los Pinzones,
115

y ejerciendo mis bríos

en los climas templados y en los fríos,

desde Bootes a la austral Corona

y de la helada hasta la ardiente zona.

Mas no pienses que vivo como en esta
120

mísera tierra viven los humanos;

naturaleza próvida me presta

para mansión feliz claustros arcanos.

Tal vez de hermosa seda y fresco lino

tiendas tengo y alcázar peregrino;
125

montes tal vez esféricos paseo,

amasados con leche y con claveles,

que vida tienen y calor muy grato,

olor, lustre y aseo;

y tal vez por vergeles
130

y cañadas y bosques me recato,

do tropical vegetación germina,

en que bambú dorado

o negro como endrina

sombrea el terso suelo sonrosado.
135

Allí, si el labio ardiente

aplicando, mi sed apagar quiero,

de rubíes un círculo hechicero

se forma, y en el círculo una fuente;

y de la fuente mana
140

tibio licor más rojo que la grana.

No del Parapamiso

como Soma en las faldas hacer quiso,

o cual Baco en la India o en la Tracia,

quiero yo hacer la gracia
145

de darme cual bebida o alimento

para regenerar al ser humano,

y prestar a su espíritu sediento

algo del ser divino y soberano;

el hombre más se endiosa y más se eleva
150

si la divinidad su sangre prueba.

Así hago, yo; y al cocodés canijo

con esta transfusión desvelo y ardo,

achicharro y aflijo;

soy el bu de la gente de buen tono;
155

mas al hombre que viste paño pardo

sólo dulces cosquillas proporciono.

A la simple pastora,

que los misterios del amor ignora,

con mi comezoncilla suavemente
160

despierto los sentidos y la mente;

o ya picando en sitios reservados,

por el pudor ocultos y velados,

excito a la pastora a que los vea,

y en su propio donaire y hermosura,
165

merced a mi inocente travesura,

ella inocentemente se recrea.

En cambio, al perfumado señorito

y a la dama alfeñique

les causo el más incómodo prurito
170

y están siempre temiendo que les pique.

Por tal arte consumo sus entrañas

hasta que al fin se van de estas montañas.»

Así dijo la ninfa. Luego vuela

y vierte aroma por los aires puros.
175

Y en blanco lienzo primorosa estela,

ristra o collar de glóbulos obscuros,

de perlas negras, ónix y amatista,

me deja, al alejarse de mi vista.

Yo, henchido entonces de entusiasmo fiero,
180

mi cuerpo todo con las uñas hiero.


Deva, septiembre de 1871.

En un abanico

    ¿Qué escribirá en tu abanico

la cansada musa mía?

¿No eres tú de la poesía

venero inexhausto y rico?

    Bástele, pues, al liviano
5

azote del fresco viento,

que le perfume tu aliento

y que le estreche tu mano.

    Y que su luz seductora

velando en él tu mirada
10

le trueque en nube dorada

por el fulgor de la aurora.


Madrid, 1873.

    Al volver la primavera

reverdece la pradera,

y nacen lozanas flores;

las aves cantan amores;

brota la vida doquiera.
5

    Cuando la rosada aurora

difunde su luz amiga

perfumes mil vierte Flora.

Cuando el sol los campos dora

maduran fruto y espiga.
10

    Al rocío bienhechor

el cáliz abre la flor;

y ostenta todas sus galas,

si del céfiro las alas

la acarician con amor.
15

    Tú eres alba, sol, rocío,

primavera, aura vital;

pero agostó el hado impío

en el pensamiento mío

el jardín de lo ideal.
20

    En vano vierte su llama

el sol en estéril suelo,

no le fecunda y le inflama;

en balde perlas derrama

allí compasivo el cielo.
25

    La canora Poesía

de mi seno se apartó

y, seca la fantasía,

ni aroma ni melodía,

ni flor alguna guardó.
30

    Mas si el ingenio está incierto,

el corazón está vivo.

Alba, sol, ven al desierto,

que un oasis encubierto

para albergarte apercibo.
35

    Las que oculta mi amistad

en su centro, aves y flores

de inenarrable beldad

música darán y olores

si alumbras su soledad.
40


Madrid, junio de 1873.

    El plácido arroyuelo

rompe el lazo de hielo,

y desatado en onda cristalina

fecunda la pradera.

Flora presta sus galas a Ciprina;
5

reluce Febo en la celeste esfera,

y en la noche callada

la casta diosa a su pastor dormido,

con trémulo fulgor, besa extasiada.

Del techo antiguo y a suspender su nido
10

ha vuelto ya la golondrina errante;

dulces trinos difunde Filomena;

el mar se calma, el cielo se serena;

sólo Céfiro amante,

oreando la hierba en los alcores,
15

y acariciando las tempranas flores,

con música y aroma el aire agita.

En la rica estación de los amores

amor en todo corazón palpita;

pero en el alma del zagal Mirtilo
20

halla perpetuo asilo.

Allí ingenioso el dios labra un dechado

de gracia encantadora,

donde con fiel esmero ha retratado

a Clori bella, a la gentil pastora,
25

por quien Mirtilo muere.

Clori, en tanto, amistosa y compasiva,

quiere que el zagal viva,

mas amarle no quiere;

antes, dicen que piensa dar su mano
30

a un rabadán anciano.

Con celos el zagal su pena aumenta,

y así en la selva oculto se lamenta:

-¡Tú no sabes de amor, encanto mío!

¡Ah! Tu ignorancia virginal te engaña.
35

Seré merecedor de tu desvío,

mas no comprendo la ilusión extraña

que a dar tanta beldad te precipita,

inútil don, tesoro inmaculado,

a la vejez marchita.
40

La amapola del prado

no despliega la pompa de sus hojas,

de púdico amor rojas,

hasta que el sol derrama

en su velado seno estiva llama;
45

ni la rosa se atreve

a abrir el cáliz entre escarcha y nieve.

No censurara yo que Galatea

al cíclope adorase: la hermosura

bien en la fuerza y el valor se emplea;
50

bien con estrecho, cariñoso nudo,

la hiedra ciñe firme tronco rudo.

Mas nunca a quien apenas

sostener puede el peso de la vida

a llevar sus cadenas,
55

si dulces, graves, el amor convida.

Huyen del mustio vicio las Camenas;

si la flauta de Pan su labio toca,

allí perece el desmayado aliento,

sin convertirse en melodioso viento,
60

y la risa del sátiro provoca.

Con vacilante pie mal en el coro

de ninfas entra; y el alegre giro

y canto de las Ménades sonoro,

o con flébil suspiro,
65

o con dolientes ayes turba acaso;

que, en el misterio de la santa orgía,

ni el hierofante el tirso le confía,

ni él llega hasta la cumbre del Parnaso.

¡Ay, Clori! ¿Qué demencia te extravía?
70

Ya que por ti se pierde

mi tierno amor, mi juventud lozana,

de frescas rosas y de mirto verde

no ciñas ora una cabeza cana.

Trepa la vid al álamo frondoso,
75

y a la punzante ortiga

deja que adorne el murallón ruinoso.

¿Qué riesgo, qué fatiga

no aceptará mi amor por agradarte?

Por ti en el bosque venceré las fieras;
80

por ti el furor arrostraré de Marte,

y el rey de las praderas,

cuya bronceada frente

arma ostenta terrible, que figura

de nueva luna el disco refulgente,
85

de mi garrocha dura

sentirá en la cerviz la picadura.

El rabadán, por la vejez postrado,

tu solícito afán reclamaría,

¡oh Clori!, mientras yo, por tu mandado,
90

al abismo del mar descendería,

sus perlas para ver en tu garganta,

y acosaría al lobo carnicero,

su hirsuta piel con plomo o con acero

ganando para alfombra de tu planta.
95

Alucinada ninfa candorosa,

desecha ese delirio que te lleva

a ser del viejo rabadán esposa.

Pues ¡qué!, ¿te he dado en balde tanta prueba

de amor? Ya ves que por seguirte dejo
100

el templo de Minerva y los vergeles

por do Betis copioso se dilata.

De mis padres me alejo,

y huyo también de mis amigos fieles

para sufrir crueldades de una ingrata.
105

No estriba tu desdén en mi pobreza,

que no oculta tan bajo sentimiento

tu noble corazón, y ni en riqueza

me vence el rabadán, ni en nacimiento.

Sólo un funesto error, una locura,
110

¡oh Clori!, ¡oh rosa del pensil divino!,

le hará exhalar tu aroma y tu frescura

entre las secas ramas del espino;

te hará romper el broche delicado,

no para abril, para diciembre helado.
115

No así me hieras, si matarme quieres;

mira que así te matas cuando hieres.


Madrid, 1876.

   En la vid, con sus pámpanos lozana

relucen cual topacio los racimos.

Quita lluvia temprana

al alma tierra la aridez estiva,

y los frutos opimos
5

medran con nuevos jugos en la oliva

y en el almendro que entre riscos brota.

Recobra el claro río

el caudal que perdiera en el estío;

y el áspera bellota
10

se madura y endulza entre el pomposo

follaje, donde el viento,

para las gentes de la edad primera,

con fatídico acento

la voluntad de Júpiter dijera.
15

No, como en primavera,

el campo está de flores matizado;

que el labrador cansado

en las flores cifraba su esperanza,

y ora en cosecha sazonada alcanza
20

el premio de su afán y su cuidado.

Embalsama el membrillo con su aroma

los céfiros ligeros;

y en el limón y en la madura poma,

y en los sabrosos peros
25

el oro luce y el carmín asoma,

que brillaron en rosas y alelíes;

mientras, por celos de su flor, empieza

romper la granada su corteza,

descubriendo un tesoro de rubíes.
30

Con la otoñal frescura

nace la nueva hierba, y su verdura

la palidez de los rastrojos cubre.

Serena está la esfera cristalina,

y hacia el rojo Occidente el sol declina
35

en una hermosa tarde del octubre.

Filis, la pastorcilla soñadora,

bella como la luz de la alborada,

abandonando ahora

su tranquila morada,
40

va de las Ninfas a la sacra gruta;

y en vez de flores, por presente lleva

un canastillo de olorosa fruta,

con que a vencer la resistencia prueba

que hacen a sus amores
45

las Ninfas que en el suelo

a Cupidos traviesos y menores

dan vida y ser contra el amor del Cielo.

No bien el antro con su planta huella,

donde reinan las sombras y el reposo,
50

con terror religioso

se estremece la tímida doncella.

Su presente coloca

de las silvestres Ninfas en el ara,

y altas razones de prudencia rara,
55

que pone el Numen en su fresca boca,

con esmerada concisión declara:

«Ninfas, no os ofendáis de mi desvío;

no deis vuestro favor a los zagales

que cautivar pretenden mi albedrío.
60

Son como los rosales,

que lucen mucho en la estación florida

y dan amarga fruta desabrida.

De su orgullosa mocedad el brío

apetece y no ama;
65

y con enojo en sus palabras leo

que poética llama

ni ennoblece ni ilustra su deseo;

y que el conato que imprimió natura

en todo ser viviente,
70

no se acrisola allí ni se depura

del cielo con la luz resplandeciente.

Ya sé que los Cupidos,

vuestros hijos queridos,

dan a la tierra su virtud creadora;
75

mas el amor, que en el Empíreo mora,

esa misma virtud en ellos vierte,

y difunde doquier su vida arcana,

vencedora del mal y de la muerte.

Pues bien; la que se afana
80

los misterios ocultos y supremos

por saber de este Amor, ¿lograrlo puede

con un zagal sencillo y sin doctrina?

Las que tesoro tal gozar queremos,

¿no es mejor que busquemos
85

al varón sabio a quien el Dios concede

el vivo lampo de su luz divina?

Por esto, Ninfas, a mi Irenio adoro:

como en arca sagrada,

guarda dentro del alma inmaculada
90

del Amor el tesoro;

y arde su llama bajo el limpio hielo

conque el tenaz trabajo de la mente

corona ya su frente,

como corona el cano Mongibelo.
95

Así Irenio recobra por la ciencia

lo que roba del tiempo la inclemencia.

¡Cuánto zagal con incansable mano

toca el rabel en vano

por carecer de gracia y maestría;
100

mientras que Irenio, con su blando tino

y su plectro divino,

produce encantadora melodía,

y hace sentir al alma lo que quiere,

no bien la cuerda hiere!
105

Si el zagal inexperto

persigue al perdigón en la carrera,

o le pierde o le coge medio muerto

mas la diestra certera

pone Irenio prudente
110

en el oculto nido,

do el pájaro reposa con descuido,

y su pluma naciente

sin destrozar, sus alas no fatiga,

y le aprisiona al fin para su amiga.
115

Ni resplandece menos el ingenio

del doctísimo Irenio

en componer cantares

y en referir historias singulares.

Cuando me alcanza de la rama verde
120

la tierna nuez, la alloza delicada,

elige lo mejor, sin tronchar nada.

Cuando algún corderillo se me pierde,

él le busca, y a casa me le lleva;

y de continuo me regala y prueba
125

su cariño sincero,

o haciendo con esmero

de los huesos de guinda

ya un barquichuelo, ya una cesta linda,

o enseñando a sacar a mi jilguero
130

el alpiste menudo

de entre mis labios con su pico agudo.

Tan sólo me perturba y me desvela

que Irenio a veces con el alma vuela,

por donde de su amor terreno dudo,
135

pero si Irenio de verdad me amara,

mayor triunfo sería

el lograr la victoria,

no de pastoras de agraciada cara,

sino de la poesía,
140

de la ciencia, del arte y de la gloria.»

Irenio a Filis, escondido, oía;

y apareciendo y dándole un abrazo,

dijo con modestísima dulzura:

«Este amoroso lazo,
145

que labra mi ventura,

en vano, Filis, explicar pretendes

con tus alambicadas discreciones.

¡Ay, candorosa Filis! ¿No comprendes

que, a pesar del saber que en mí supones,
150

amor no te infundiera

tu rabadán si muy anciano fuera?

Cuando mi amor al del zagal prefieres

por viejo no, por rabadán me quieres.»


Madrid, 1876.

Episodio del Mahabharata

    Perseguida la tímida paloma

por un buitre, volaba, y en el seno

del monarca Usinar halló refugio.

-Siempre fuiste, señor, entre los reyes

dechado de justicia, dijo el buitre:
5

¿Por qué en mi daño la justicia olvidas?

Mi prescrito alimento no me robes.

Me aflige el hambre. Tu deber no cumples

si mi comida en tu poder retienes.

-¡Oh poderoso buitre! De ti huyendo
10

trémula vino la paloma, en busca

de que yo fuese amparo de su vida.

¿Cómo no entiendes que el deber más alto

es para mí salvar de su enemigo

a quien vino en mi seno a refugiarse
15

y puso en mi lealtad su confianza?

La vaca asesinar, madre del mundo,

y matar a un brahmán y al refugiado

en angustia dejar y en abandono,

tres hechos son iguales en la culpa.
20

-El alimento todo lo sostiene;

tomándole, la fiera crece y vive;

y si es duro y terrible que le tome,

sin él no puede sostener la vida.

Esta fuerza vital me abandonara,
25

hundiéndome en el reino de la muerte,

no bien yo repugnase mi alimento;

y, yo expirando, luego morirían

mi dulce esposa y mis hijuelos caros.

Ve, pues, cómo si amparas la paloma,
30

a inevitable muerte nos condenas.

Lucha un deber con otro. Habiendo lucha,

no hay deber verdadero. Sólo cuando

no impiden un deber otros deberes,

el deber es real. Si se combaten,
35

siempre el deber mayor cumplir importa

Rey, el deber mayor conoce y cumple.

-¡Sabio y hermoso tu discurso ha sido!

¡Bien del deber penetras la doctrina!

De las aves el rey, eres acaso,
40

el ínclito Suparn, que nadie ignora.

Pero ¿cómo ser lícito pretendes

al refugiado abandonar? Escoge

Para ti de mis campos lo que gustes:

búfalos, toros, ciervos, jabalíes.
45

Di si algo más para comer te falta,

y haré que en el momento lo presenten.

-Yo de toros y búfalos no vivo;

ni jabalíes ni venado quiero.

El alimento que el Criador me ha dado
50

es la paloma. Dame la paloma.

La paloma nació con el eterno

destino de que el buitre la devore.

-¡Oh pájaro soberbio! Yo la tierra

te doy de los Sivires: cuanto anheles
55

te doy; mas la paloma no me pidas

que a ponerse llegó bajo mi amparo.

-Ulsinar, rey del mundo, pues que amas

a la paloma tanto, da por ella

tu propia carne, en peso equivalente.
60

-¡Oh buitre! Fácil es lo que propones.

Pondré mi propia carne en la balanza.

El rey, sin vacilar, cortó un pedazo

de su carne; pesola, y al pesarla,

halló que más pesaba la paloma.
65

Volvió a cortar más carne de su cuerpo,

y siempre la balanza se inclinaba

de la paloma al mayor peso. Entonces

con la sangrienta y destrozada carne,

se puso en la balanza Usinar mismo.
70

-Indra soy, rey del cielo, dijo el buitre,

y la paloma es Aquí, dios del fuego.

A probar tu virtud hemos bajado

hasta la tierra, ¡oh príncipe piadoso!

Al cortar tú la carne de tu cuerpo
75

has conquistado en el extenso mundo

eterna fama y clara nombradía;

y hablarán en tu encomio los mortales

mientras dure el asiento que en el cielo

te preparan los dioses. Así dijo
80

Indra, y al cielo se elevó glorioso.

También por su virtud Usinar justo

el cielo conquistó, y en pos de Indra

subió luciente a la eternal morada.


Episodio del Mahabharata

    El rey de Anga, Lomapad glorioso,

a un brahmán ofendió, no dando en pago

de un sacrificio lo que dar debiera

irritados entonces los brahmanes,

salieron todos de su reino: el humo
5

del holocausto al cielo no subía;

Indra negaba la fecunda lluvia,

y la miseria al pueblo devoraba.

Lomapad, consternado, saber quiso

el parecer de los varones doctos,
10

y los llamó a consejo, y preguntoles

qué medio hallaban de aplacar la ira

del dios que lanza el rayo y amontona

en el cielo del agua los raudales.

    Mil sentencias se dieron; mas al cabo
15

el más prudente de los sabios dijo:

Escucha, ¡oh rey!, mientras brahmán no haya

que sacrificio en este suelo ofrezca

Indra no saciará la sed, abriendo

el líquido tesoro de las nubes.
20

Los brahmanes movidos del enojo,

al sacrificio no se prestan. Oye

para cumplir el venerando rito,

cómo hallar sólo sacerdotes puedes.

En la fértil orilla del Kausiki,
25

en lo esquivo y recóndito del bosque,

del trato humano lejos, su vivienda

Vifandak tiene, el hijo de Kasyapa,

brahmán austero y penitente. Vive

en el yermo con él, su único hijo,
30

el piadoso mancebo Risyaringa,

no vio a más hombres que a su padre nunca;

sólo frutas silvestres, hierbas sólo

y licor sólo que entre rocas mana,

alimento le dieron y bebida.
35

Tan inocente y puro es el mancebo,

que de lo que es mujer no tiene idea;

manda, Pues, rey, que una doncella hermosa

vaya al bosque, le hable, y con hechizos

de amor, cautivo a la ciudad le traiga.
40

No bien sus pies en tus sedientos campos

la huella estampen, no lo dudes, Indra

dará propicio el suspirado riego.

    Así habló el sabio, y su atinado aviso

agradó mucho al rey. Dinero y honras
45

prometió Lomapad a la doncella

que hábil trajese al candoroso joven;

pero todas miraban con espanto

de Vifandak la maldición terrible,

y exclamaban: -¡Oh príncipe!, perdona,
50

no llega a tal extremo nuestra audacia.

    En tanto, iban mostrándose tan fieras

la sequía y el hambre, que perdieron

toda esperanza el rey y sus vasallos;

cuando Santa, del rey única hija,
55

virgen, por su beldad maravillosa,

modestamente se acercó a su padre,

y así le habló: -Si quieres, padre mío,

yo he de intentar que venga a nuestra tierra

el joven que no vio seres humanos.
60

    Con gran contento, el rey escuchó a Santa,

y al instante dispuso que una nave

se aprestara, de flores y verdura

cubierta por doquier, como retiro

feraz de bienhadados penitentes.
65

Peregrinando en ella con su hija,

fue contra la corriente del Kausiki,

hasta llegar al prado y a la selva

mansión de Vifandak el solitario.

Con discretos consejos de su padre,
70

para tan ardua empresa apercibida,

Santa desembarcó, y entró en la choza

do el mancebo por dicha estaba solo.

-Dime, muni -le dijo-, si te place

la penitencia aquí? ¿Vives alegre
75

en esta soledad? ¿Tienes en ella

abundancia de frutos y raíces?

-Tengo -contestó el joven-; mas ¿quién eres

que como llama refulgente luces?

Bebe el agua mía; te suplico
80

que mis flores aceptes y mis frutos.

-Allá en mi soledad -replicó Santa-,

al otro lado de los altos montes,

nacen flores más bellas y olorosas;

son los frutos más dulces, y es más clara
85

y más salubre el agua de las fuentes.

-¡Oh huésped celestial! -dijo el mancebo-,

algún ser superior eres sin duda.

Yo me postro a tus plantas y te adoro,

como adorar debemos a los dioses.
90

-¡Ah, no! Tú eres mejor, tú eres perfecto,

y adorarme no debes; yo rechazo

la no fundada adoración; permite

que te dé paz como se da en mi patria.

    Cediendo en parte entonces al consejo
95

discreto de su padre, y al impulso

del corazón también, Santa la bella,

al cuello del garzón echó los brazos,

y le dio un beso, y llena de sonrojo

huyó a la nave do su padre estaba.
100

Volvió del bosque Vifandak en esto,

grave, terrible, penitente, todo,

desde los pies a la cabeza, hirsuto.

-¡Hijo! -exclamó-, ¿porqué has holgado, hijo?

Ni partiste la leña, ni atizaste
105

el fuego, ni lavaste la vajilla,

ni la vaca cuidaste, ni el becerro.

Mudado me pareces. ¿En qué sueñas?

¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha pasado?

-Un peregrino -respondió el mancebo-
110

estuvo por aquí, de negros ojos

y sonrosada y blanca faz; en trenzas

los cabellos caían por su espalda;

en sus labios brillaba la sonrisa;

gentil, gracioso, esbelto era su talle,
115

y en suave curva levantado el pecho;

como canta el kokila en la alborada,

así su voz sonaba en mis oídos,

y a su andar un aroma yo sentía

como el del aura en grata primavera.
120

No quiso de mis frutos, y no quiso

agua tampoco de mis fuentes; frutos

más sazonados me ofreció y bebida

de más rico sabor, cuya promesa

bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego
125

con sus brazos mi cuello el peregrino,

inclinó hacia la suya mi cabeza,

tocó en mi boca con su amable boca,

hizo un susurro pequeñito y blando,

y por todo mi ser discurrió al punto
130

un estremecimiento delicioso.

Por este peregrino en vivas ansias

me consumo; do vive vivir quiero;

de que se ha ido el corazón me duele

y a hacer la misma penitencia aspiro,
135

que me enseñó, para endiosar el alma

más eficaz, ¡oh padre!, que las tuyas.

Vifandak contestó: -No te confíes,

hijo, en belleza material; a veces

van los gigantes por el bosque entrando
140

y toman bellas formas, con intento

de seducir a los varones píos

y perturbar su penitente vida.

    Para buscar a Santa salió entonces

Vifandak, ciego de furor, y apenas
145

hubo salido, penetró de nuevo

la linda moza con furtivos pasos;

la vio el mancebo, trémulo de gozo,

corrió a ella y le dijo: -No te pares;

huyamos sin tardanza do tú vives,
150

no nos halle mi padre cuando vuelva.

Así Santa logró que Risyaringa

la siguiese a la nave. Dio a los vientos

la vela entonces Lomapad, y raudo

bajó por la corriente del Kausiki.
155

No bien puso la planta el virtuoso

mancebo en tierra, cuando abierto el cielo,

vertió torrentes de fecunda lluvia.

El rey, viendo sus votos ya cumplidos,

a Risyaringa desposó con Santa.
160

    Volvió, entretanto, Vifandak del bosque

a la choza, y al hijo furtivo

buscó en balde doquier con saña osada;

de Anga a la capital marchó enseguida,

para lanzar su maldición tremenda.
165

Con la fatiga a reposar parose

en medio del camino, y miró en torno,

y vio praderas de abundantes pastos

y ovejas mil y lucios corderillos,

y pastores alegres. -¿Quién os hace
170

tan dichosos? -les dijo; y respondieron:

-El piadoso mancebo Risyaringa.

Siguió su marcha Vifandak, y hallaba

paz, opulencia, dicha en todas partes

y cada vez que de alguien inquiría
175

de tanto bien la causa, mil encomios

escuchaba de nuevo de su hijo.

Aduló con son grato las orejas

del austero varón tanta alabanza,

y se entibió su cólera fogosa.
180

Llegó por fin a la ciudad, en donde

le colmó el rey de honores y mercedes.

Vio feliz como un dios al hijo amado,

vio tan gozosa a la gallarda nuera,

que como luz de amor resplandecía;
185

y en torno vio rebaños florecientes

y amenos, verdes sotos, y el hartura,

y el deleite por huertos y jardines.

No pudo entonces maldecir: las manos

elevó hacia los cielos y bendijo.
190


Idilios contradictorios

    Si toda lozanía

con la vejez se pierde

como la pompa verde

de la arboleda umbría,

cuando llega la impía
5

estación del invierno,

¿por qué ha de ser eterno?

¿Por qué también no acaba

este fervor interno

de que el alma es esclava?
10

¿Por qué del alma inquieta,

la edad que el cuerpo inclina

no ahuyenta la divina

emoción del poeta?

¿Por qué, por qué germina,
15

bajo la nieve ingrata

que abruma ya mi frente,

la esperanza que miente,

el deseo que mata?

¿Por qué, dulce señora,
20

mi corazón te adora?


Consuelo en la poesía

    Vanamente, ¡oh, vejez!, con peso grave

mis espaldas inclinas;

como en lecho de amor, grato y suave

reposo en el de espinas.

    No en esta soledad pierdas el brío,
5

ni al dolor te doblegues;

brilla sereno, entendimiento mío,

y todo bien no niegues.

    Mi invencible bondad, mi honda ternura,

que fue tan mal pagada,
10

prueban la elevación y la hermosura

del alma enamorada.

    Aunque la adusta edad sólo te deja

dolencias y fatigas,

alma, desecha la cobarde queja;
15

no del vivir maldigas.

    Si todo ser amado te desdeña

o te aborrece ahora,

con las creaciones inmortales sueña

que tu centro atesora.
20

    ¡Cuán fecundo venero todavía!

Basten a tu contento

los hijos que en tu fértil poesía

nazcan del pensamiento.

    Vístelos en el seno de tu idea
25

de la forma que anhelen;

y, cuando su beldad el mundo vea,

con gloria te consuelen.


A su alteza la Serma. Sra. Infanta doña Isabel de Borbón

En una función teatral a beneficio de las víctimas de las inundaciones

    Pinos y robles son manto

de Peñalara y Fuenfría,

y son las nieves diadema

que da el invierno a sus cimas.

Estas, cuando el sol las hiere,
5

como los diamantes brillan,

o en negro velo de nubes

la regia pompa cobijan.

Y de los nublados rotos,

o de nieve derretida,
10

baja el agua, que los prados

y los bosques fertiliza.

Benéfico don del cielo

cuando el hombre la domina,

a esta comarca da el agua
15

hermosura y lozanía.

El jardín llena de flores,

de hiedra el muro tapiza,

alfombra el soto de césped,

frutas en el huerto cría,
20

y quiebra del sol los rayos

y sus ardores mitiga,

suspendiendo verdes toldos

sobre las sendas esquivas

su fuerza avasalladora,
25

por el hombre dirigida,

se emplea en juegos graciosos

que embelesan a la vista.

Ora en los aires se eleva,

sierpe alada y cristalina,
30

el pujante surtidor;

ora, como plata líquida,

sobre limpio y terso mármol,

claras ondas se deslizan,

remanso apacible forman,
35

o con ímpetu caminan.

Si el ciego elemento toma

el arte humano por guía,

de utilidad o deleite

engendra mil maravillas.
40

Ya sobre gigantes arcos,

do el embate desafían

de veinte siglos las piedras

con su trabazón y liga,

a Segovia cauce aéreo
45

sus frescos raudales brinda;

ya las palas del molino

el agua corriendo agita;

y ya, hirviendo en amplio vaso,

que la retiene cautiva,
50

fuerza enorme desenvuelve

que busca en balde salida,

porque el hombre la conserva

a su voluntad sumisa,

y a surcar pronto los mares,
55

y a correr por férreas vías,

en alcázares que flotan

y en grandes carros la aplica.

Tal vez con volante rueda

impulsa esa fuerza misma
60

el telar, do lino o seda,

se transforma en tela rica.

Mas ¡ay, si libre del yugo

con que el hombre la esclaviza,

ostenta Naturaleza
65

su poderío y su ira!

El agua que creó el huerto

le inunda y esteriliza;

de cuajo arranca los árboles,

destruye casas y quintas;
70

arrebata entre sus olas

el ajuar de las familias,

a los míseros humanos

roba la hacienda y la vida,

y hunde pueblos florecientes
75

en un montón de ruinas.

La soberbia del ingenio

y el arte entonces se humillan,

y pobre la ciencia humana

nos aparece y mezquina.
80

Ya consolación y aliento

sólo la Fe suministra,

y ya la Caridad sólo

tan hondos males alivia.

En este retiro ameno,
85

que con tu bondad hechizas

y que en tu amable presencia

vierte inocente alegría,

al llegar, egregia Infanta,

las nuevas que nos contristan
90

de los horribles desastres

de Consuegra y Almería,

tu ánimo piadoso quiere

que de fiestas se desista;

mas la que hoy celebramos
95

perdonar debes benigna,

si al desventurado acude

y le socorre en su cuita,

si nuestro canto el lamento

calma un poco de las víctimas,
100

y si en limosnera honrada

ves convertirse a Talía

y enjugar algunas lágrimas

con sus burlas y sus risas.


San Ildefonso, 20 septiembre 1891.

Paráfrasis y traducciones

Fragmento de Byron

   Esta es Grecia, esta la tierra

que ya descansa en la tumba,

que fría parece bella,

que muerta tiene dulzura;

donde el alma se conmueve,

donde el corazón se anubla.

Entre la muerte sombría

brilla en ella la hermosura,

como entre las densas sombras

los relámpagos deslumbran

pero esta belleza misma

está llena de tristura,

como la flor melancólica

que crece sobre las tumbas,

rueda de fuego fosfórico

que cerca las sepulturas,

rayo vivo de luz muerta

que despedidas anuncia,

chispa, quizá, de aquel fuego

del cielo, que aunque relumbra,

ya no calienta su llama

la tierra de su ternura.

¡Tú, patria de los valientes!

¡Tú, que tienes por llanuras

la caverna de los montes

do la libertad augusta

nacer quiso, y do la gloria

encontró su sepultura!

¡Y tú, mezquino retoño

del poder y la bravura

(¡y esto sólo de ella queda!)

ven, acércate, pronuncia,

esclavo vil! ¿No son éstas

las Thermopilas augustas?

¡Hijo servil de los libres!

¿Qué mar tus costas circunda?

El golfo de Salamina.

¿Y estos sitios qué te anuncian?

A conquistarlos levántate;

de tus padres en las tumbas

arranca de sus cenizas

el rescoldo que aún relumbra

de sus primitivos fuegos;

y el que perezca en la lucha

podrá añadir a sus nombres

un nombre más de pavura,

que hará temblar a las colas

de caballo y medias lunas,

y dejará a sus hijuelos

la esperanza y fama suya,

que más debieran morir

que no deshonrarla nunca:

porque una vez principiada

de la libertad la lucha,

con sangre del padre al hijo

trasmitirase sañuda.

    ¡Oh sufrido testimonio!

¡Grecia! Tu página augusta

una edad no muerta aún

nos atestigua y figura.

    Mientras que reyes, ocultos

en obscuridad caduca,

una olvidada pirámide

dejaron para sus tumbas,

tus héroes, aunque trofeos

de su sepulcro en las urnas

no pusieron, monumentos

más grandes les aseguran

de tu tierra las montañas

y sus gargantas profundas,

de vuestras glorias eternas

indestructibles columnas.


Granada, 1841.

Paráfrasis de un fragmento del «Manfredo»

Most glorious orb! That.


LORD BYRON.



    Orbe de luz y resplandor ufano,

tú eres un dios de gloria y majestad

antes que el hombre el escondido arcano

de tu creación pudiese investigar.

Primer agente del Señor del mundo,

que en las excelsas cimas de los montes,

muriendo o renaciendo del profundo

sobre los apartados horizontes,

con los rayos que arrojas a millones

cuando tu clara lumbre centellea

alegras los sencillos corazones

de los pobres pastores de Caldea.

Dios material, pues, como Dios, te ostentas

de eterna lumbre y de fulgor bañado,

al hombre el invisible representas

y Dios mismo su sombra te ha llamado;

Señor de los luceros luminosos

y centro del cometa fulgurante

que en los crujientes cielos espaciosos

rueda sobre sus ejes de diamante;

tú eres la fuente perennal de amores

y la vida difundes en la tierra,

temperas y abrillantas los colores,

las ricas perlas que la mar encierra;

tú calientas, ¡oh Sol!, los corazones

de todo aquel que de sus rayos vive,

Señor de las doradas estaciones,

todo tu influjo y tu calor recibe;

Monarca de los climas y las gentes,

nuestros mismos espíritus dominas

y al reflejar tu luz en nuestras frentes,

nuestras excelsas almas iluminas.

Como un volcán hirviente, de su seno

te alza del mar con pompa la mañana,

y en el cielo zafírico y sereno

tiende sus rayos tu lumbrera ufana;

y en el ocaso, con celeste gloria

te hundes en nubes de carmín y plata,

en los cielos dejando tu memoria

cinta fugaz de fúlgida escarlata.


Granada, 1841.

Las gotas de néctar

De Goethe

    Por complacer al amado,

al divino Prometeo,

un cáliz lleno de néctar

minerva trajo del cielo.

Con él inspiró a los hombres
5

el santo amor de lo bello,

y puso en sus corazones

de las artes el anhelo.

Recatándose de Jove,

bajaba, y estremeciendo
10

el cáliz, algunas gotas

vertió sobre el verde suelo.

Abejas y mariposas

al punto allí concurrieron,

y hasta la deforme araña
15

gustó del licor benéfico.

Dichosas, pues, que libaron

inspiración y deseo,

y del arte con el hombre

el alto don compartieron.
20


El paraíso y la Peri

Leyenda oriental de Tomás Moore

    Del Edén a las puertas tristemente

la Peri estaba al despuntar del día;

y al ver del cielo el resplandor luciente,

que doraba sus alas inmortales,

y de la vida oyendo los raudales,
5

que allí ruedan con mística armonía,

lloró el pecado de su raza impura,

que le robó del cielo la ventura.

    Y dijo: «¡Cuán dichosos

son los santos espíritus que habitan
10

los prados olorosos

en donde nacen las eternas flores,

que nunca se marchitan!

Por aspirar tan sólo los olores

de la menor entre ellas,
15

cuántas la tierra en sus entrañas cría,

debidas a mi amor, y las estrellas,

flores del ancho espacio, olvidaría.

    »Del Sin-su-hay la linfa sonorosa,

del oro en sus arenas esparcido,
20

y el lago de la fresca Cachemira,

con sus fuentes de plácido ruido,

con isla nemorosa,

que en su seno diáfano se mira,

la claridad perdieran y hermosura
25

junto a las aguas de la etérea altura.

    »¡Ay si de un orbe en otro refulgente

por el espacio en maravillas rico

ansiosa tiendo el vuelo,

y en cantidad ingente
30

todos los goces junto,

y por goces sin fin los multiplico,

jamás equivaldrán a los del cielo

en un solo momento y en un punto.»

    El ángel que las puertas defendía
35

del Edén, el quebranto

al mirar de la Peri, dulce llanto

de compasión vertía,

que daba a sus mejillas resplandores,

como rocío en celestiales flores.
40

    Y el ángel dijo: «Hermosa desolada,

aun te es dado poder en la morada

de los santos entrar, pues del destino

dice el libro divino:

Redímase la Peri que viniere
45

trayendo de la tierra

lo que más grato a la deidad le fuere.

Vuela, busca el presente deseado,

que te abra el cielo y limpie tu pecado.»

    Cual cometa violento,
50

que hacia el disco del sol su curso guía;

como la exhalación que en la sombría

noche rasga el azul del firmamento,

dardo quizá que envía

un ángel a los genios que, en su orgullo,
55

el cielo quieren escalar, la Peri

de la celeste bóveda desciende,

cuando ya de la tierra se colora

la faz con la mirada que la aurora

de sus ojos flamígeros desprende.
60

    Mas ¿dónde irá el espíritu del viento

a encontrar el presente? «Yo, decía,

del alto Chilminar en el cimiento,

las fulgurantes piras de rubíes

y las cándidas perlas, que los genios
65

escondieron, he visto; yo poseo

la copa, de diamantes guarnecida,

de Janshid, su monarca, toda llena

del elixir de vida,

y de la Arabia amena
70

más allá, mi deseo

pueden saciar en escondida playa

los preciados aromas de Pancaya.

Mas ¿qué las joyas son, si las comparo

con el trono de Alá, brillante y claro?
75

¿Qué de la vida el elixir? Cual gota

en el profundo mar, se perdería

donde la vida del eterno brota.»

    Mientras que así decía,

ya con sus leves alas conmovía
80

la Peri el tibio, perfumado ambiente

del territorio indiano,

donde descansa el férvido Océano

sobre rocas de ámbar y corales;

do las montañas en el hondo seno,
85

que fecundan los rayos celestiales,

tesoro guardan de diamantes lleno;

de cuyas fuentes, limpias y serenas,

al murmurar sonoro,

las ondinas adornan las arenas
90

con arenas de oro;

cuyos bosques de sándalo fragante

y clavo y cinamomo, el paraíso

pudieran ser de nuestra hermosa Peri.

Mas ¿por qué sus arroyos de humeante
95

sangre humana se tiñen?

Al arrullo del aura lisonjero

del moribundo el grito lastimero

se mezcla, y de las flores

los hermosos colores
100

manchan con roja sangre los que riñen.

¡Tierra del sol! ¿Quién ora,

con planta destructora,

invade tus pagodas, tus jardines,

tus sagradas cavernas? ¿Quién el trono
105

de oro y marfil de tus monarcas quiere

robar, con rudo encono

los ídolos rompiendo,

en cuyos altos templos los bramines

están los sacrificios ofreciendo?
110

Mahmud de Gasna es. Ciego de ira

se acerca, y de los reyes las coronas

en el vil polvo con desprecio tira;

adorna sus lebreles

con esplendentes joyas, arrancadas
115

de las bellas gargantas profanadas

a las indias matronas.

En el propio Zenana ofende impuro

a la casta doncella,

y de los templos sobre el mármol duro
120

a los bramines sin piedad degüella.

    La Peri, con horror, llena de enojos,

volvió a otra parte los divinos ojos,

y vio en el campo fiero

de la lucha mortal joven guerrero,
125

que defendiendo aún la patria amada,

en la mano derecha

tiene ya rota la sangrienta espada,

y en el ancho carcaj la última flecha.

    «Vive, guerrero, el vencedor le dijo,
130

tú gozarás también de la victoria;

si eres del indio territorio hijo,

con él cumpliste, y alcanzaste la gloria.»

Por respuesta dispara

la flecha el héroe al invasor tirano;
135

mas ¡ay!, que parte en vano,

el hado de su pecho la separa.

El invasor aun vive,

y la muerte el héroe con valor recibe.

    La Peri, que notó donde, tendido
140

en brazos de la muerte

quedó el guerrero fuerte,

viendo ya de la guerra

estar por un momento

más tranquila la tierra,
145

ligera cruzó el viento,

sosteniéndose ufana

en un rayo del sol de la mañana:

y recogió en su seno

de la sangre del ínclito soldado
150

la postrimera gota,

cuando aún el libre espíritu sereno

no había el velo mortal abandonado

su dulce unión con la materia rota.

    Y la Peri exclamó, mientras el vuelo
155

a la mansión eterna dirigía:

«Este es el don que me conquista el cielo,

¡Ay!, en la lid que la ambición provoca,

o la venganza loca,

es con crimen la sangre derramada;
160

mas si se vierte por la patria amada

y sacrosanta libertad, merece

en el cielo brillar, y resplandece

de Dios ante los ojos

siempre el valiente corazón que entrega,
165

muriendo en la refriega,

a la patria sus míseros despojos,

sin doblegar al yugo

la libertad que a Dios darle le plugo.»

    «Hermosa, exclamó el ángel cuando viera
170

el querido presente entre sus manos,

el del héroe la sangre postrimera,

digna del cielo, honor de los humanos;

mas del Edén la puerta cristalina

no resuena con música divina
175

ni se abre para ti. Marcha; la tierra

un presente más santo darte puede;

aun del cielo la suerte te destierra;

si le alcanzas, el cielo te concede.»

    Con la nueva esperanza,
180

en el aire el espíritu se lanza,

y buscando fortuna,

a las montañas llega de la luna.

De sus alas el cándido plumaje

peinó en las fuentes del soberbio Nilo,
185

cuyo origen tranquilo

en el bosque se pierde solitario,

donde al rico paisaje

dan movimiento vario,

danzas tejiendo del gigante en torno,
190

los genios mil, de su cristal adorno.

Y la amorosa ninfa discurriendo,

vio las palmas de Egipto colosales,

y multitud de moles sepulcrales,

que de sus reyes la memoria escuda;
195

y deleitose oyendo

el canto de la tórtola viuda

de Roseta en los huertos encantados,

do la hiedra lasciva al árbol trepa,

y en él ciñe sus brazos perfumados
200

la fructífera cepa.

Y contempló la Peri

de la luna el reflejo

en las inquietas alas

de los blancos pelícanos, que rompen
205

del lago Moeris el turgente espejo.

    ¡Hermosa escena! Más brillantes galas

nunca naturaleza

mostró en la noche obscura.

¡Qué pensara quien viese su hermosura
210

y de sus frutos la sin par riqueza!

Los bosques de palmeras que al ameno

prado inclinan la frente coronada,

como cándida virgen reclinada

de su madre en el seno:
215

las que en el llanto que la aurora vierte

bañan el cáliz, delicadas flores,

para que estén más bellos sus colores

cuando su sol querido se despierte,

los arruinados templos, cual innobles
220

sombras que cubren el vergel risueño,

como reliquias nobles

de un espléndido sueño,

tierna melancolía

en el alma infundieran. El silencio
225

tan sólo turba con su trino ahora

la calandria canora;

y cuando la sombría

nube disipa con su luz de plata

la luna, se retrata
230

en el cristal del lago, y verse deja,

con alas de zafir vivo y luciente,

la Sultana, que exhala dulcemente

del purpurino pico débil queja.

    En tan bella región ¿quién pensaría
235

que la peste fatal sacudiría

de sus alas ardientes

el fuego matador, más violento

que en el desierto el proceloso viento,

que de arenas candentes
240

arrastra un torbellino?

Así como el simoun por donde pasa

la flor marchita, y el vergel abrasa,

marcando su camino,

por dondequiera que la peste vierte
245

su emponzoñado aliento, va la muerte.

    El sol, que ayer brillaba

en la fresca mejilla

que de nítidas rosas esmaltaba

la juventud, hoy brilla
250

sobre un cadáver frío,

que ya sentir no puede

su vivo resplandor. ¡Cuán horroroso

era mirar Dios mío,

los insepultos cuerpos, de la luna
255

a la pálida luz! Los buitres fieros,

los lobos carniceros,

a pesar de su indómita fiereza,

llenos de horror huían;

mas la ciudad las hienas recorrían,
260

olvidando del bosque la aspereza.

¡Ay de aquel que sus ojos divisaba,

brillando entre las sombras cual bermejas

luces, si enfermo, en lastimeras quejas

su desgarrado corazón se ahogaba!
265

    «¡Pobres humanos!, dijo compasiva

la Peri, ¡qué severa

de la Deidad la mano vengativa

vuestra caída castigó primera!

Aun guardáis del Edén algunas flores;
270

mas el rastro quedó de la serpiente

sobre ellas todas, y arrancó inclemente

de sus hojas la esencia y los colores.»

    Y la Peri lloró, y el aire puro

y diáfano y brillante en torno de ella
275

relució, con el llanto

de sus divinos ojos adornado;

porque tienen encanto

las lágrimas que el hombre desgraciado

a un espíritu tierno verter hace.
280

Mas un joven que yace,

pronto a morir, abandonado y triste,

sin amor ni consuelo,

postrado vio la Peri por el suelo,

entre los limoneros que tributo
285

al valle daban de olorosa esencia,

confundidas las flores con el fruto,

cual suelen en la edad de la inocencia

los juegos y el amor andar unidos.

¡Cuán amargos gemidos
290

exhala, abandonado, el moribundo!

Nadie le vela en su dolor profundo;

nadie a dar a sus labios se aventura,

para calmar la fiebre de su seno,

una gota tan sólo de agua pura
295

del lago aquel tan fresco y tan sereno.

Ninguna voz amada

le viene a dar la dulce despedida

al alma enamorada

en el punto cruel de su partida;
300

voz que aun el alma escucha

de muerte y vida en la suprema lucha,

y cual distante música recuerda,

aunque en la ignota eternidad se pierda.

    ¡Pobre joven! Un solo pensamiento
305

su espantoso dolor mitiga ahora:

que no ha de padecer igual tormento

la linda virgen que su pecho adora.

En el palacio de su padre vive,

en donde el aura saludable y pura
310

de las flores recibe

aromas, de las fuentes la frescura,

    mas ¿qué gallarda aparición ligera,

de la luna al fulgor pálido brilla?

De la salud parece mensajera,
315

y en la tersa mejilla,

que trae sus rojos dones se creyera.

Es ella: desde lejos

la conoció su enamorado amigo,

del astro de la noche a los reflejos;
320

ella, que huyendo del paterno abrigo,

morir allí prefiere,

y no vivir cuando su amado muere.

    Al caro amante la beldad abraza.

Y por calmar su férvida congoja,
325

la perfumada crencha desenlaza

y en el agua la moja.

¡Ay! ¡Cuándo el triste imaginar podría

que horror debieran darle los abrazos

de la beldad en quien su amor ponía,
330

cuyos amantes brazos

más santos los creía

que allá en el cielo el misterioso nido

do un tierno querubín yace dormido!

Si antes diera la vida
335

por un beso no más de la que adora,

en tan horrible instante

tiembla al mirarla de su cuello asida,

lleno de amor el pecho sollozante,

y las mejillas, que el rubor colora,
340

de enamorado llanto;

mientras que así le dice con el santo,

nunca el amor cedido,

inmaculado labio al labio unido:

«Si el aire que respiras yo respiro,
345

¿qué me importa que en él venga la muerte?

Cuando morir te miro,

envidio sólo de morir la suerte.

Recoge tú las lágrimas que lloro.

¡Ay!, si la sangre de mi pecho fuera
350

de la salud tesoro,

como vierto este llanto, la vertiera;

no separes de mí tu rostro amigo.

¿No soy tuya, tu amante desposada,

por nuestro amor purísimo obligada
355

a vivir o a morir siempre contigo?

La sola luz de la existencia mía

eres tú; considera

si largo tiempo el alma sufriría

la noche que la espera.
360

¿La vida sin amor quién apetece?

Cuando el tallo no vive,

la flor, que de su amor vida recibe,

se marchita y perece.

Tu rostro acerca, y si el dolor impío
365

también me hiere con su espina acerba,

hoy tu labio, besando el labio mío,

la salud participe que conserva.»

Así habló, y extinguida,

su voz en un suspiro, más suave
370

que la luz de sus ojos adormida,

muerto al fin su embeleso,

ella también, con el postrero beso,

dejó en los labios de su amor la vida.

    La Peri al punto arrebató ligera
375

de aquel alma, en su amor tan verdadera,

el último suspiro enamorado.

«Dormid, dijo, gentiles amadores;

dormid en lecho de inmortales flores,

lleno de luz y gloria y poesía,
380

cual la hoguera del fénix encantado,

que entre perfumes muere y armonía».

Y remontando el vuelo,

segunda vez se encaminaba al cielo

con el nuevo presente
385

de un suspiro de amor puro y ardiente,

cuando ya la mañana

volvió a tender su clámide de grana

por el zafir del cielo transparente.

Y la Peri fingía,
390

en su leda esperanza,

que entre las palmas del Edén volaba,

y ver y oír pensaba

de las huríes la revuelta danza,

y aquella incomprensible melodía
395

que forma el aura leve,

que al trono de Alá rápida nace,

cuando las flores celestiales mueve,

y su perfume en átomos deshace.

¡Ay! ¡Alentaba su esperanza en vano!
400

La puerta del Edén aun no se abría,

y el nuevo don en la radiante mano

al recibir el ángel, le decía:

    «Grato es el don; su historia

escrita está sobre la frente pura
405

de Alá con luz de mística hermosura

y de perenne gloria,

y vendrán los querubes a leerla,

sobre la frente del Señor al verla;

mas del Edén la puerta cristalina
410

no resuena con música divina

ni se abre para ti. Marcha; la tierra

un presente más grato darte puede;

aun del cielo la suerte te destierra;

si le alcanzas, el cielo te concede.»
415

    La Peri, entonces, descendiendo triste,

llegó a la tierra de la Siria opima,

que de rosas se viste,

y donde el sol sobre la calva cima

vierte su luz del Líbano gigante,
420

cuya frente radiante

ciñe de nieve cándida diadema,

del invierno aterido

esplendoroso emblema,

mientras que está tendido
425

a sus pies el verano

de gayas flores en vergel lozano.

    ¡Quién en alas del viento

de tan hermosa vista disfrutara!

¡Cuánto la luz, la vida, el movimiento
430

de sus valles y huertos admirara!

De copiosos raudales

las amenas riberas el octubre

de dulces frutos cubre,

dorados con los rayos celestiales.
435

Al alegre lagarto, por el muro

de la arruinada torre o por la falda

de la colina rápido cruzando,

trueca el color obscuro

en fúlgida esmeralda,
440

el sol sobre su lomo reflejando.

En las eras de aromas

enamoradas gimen las palomas,

a cuyas tersas alas

presta la luz tan diferentes galas,
445

como el iris luciente

que en la región del Peristán se ostenta;

y del cuadro la paz y el gozo aumenta

el son del caramillo. Dulcemente

cantan allí sus amorosas quejas
450

los sencillos pastores.

Un zumbido ligero

forman de Palestina las abejas,

buscando miel en las silvestres flores;

el corcho que prepara el cosechero
455

la abundancia desdeña,

y el panal hacen en la hueca peña

a orillas del Jordán, o en el añoso

tronco de un cedro o corpulenta encina,

en cuya copa trina
460

tal vez el ruiseñor melodioso.

    Mas nada place de la Peri al alma;

sus alas la fatiga

dobló; sólo la calma

enhela ya del cielo;
465

del sol la luz amiga

no le presta consuelo,

aunque limpia y hermosa reverbera

del templo de Balbec en las columnas,

do adoración al sol y gloria diera
470

la multitud; ahora,

si, a pesar de la mano destructora

del tiempo, las columnas se salvaron,

yertas aún entre el inmenso escombro,

refieren al presente con asombro
475

el poder de los siglos que pasaron.

    «Quizá, pensó la Peri, que un secreto

tesoro guarde el templo en su ruina,

misterioso amuleto

o joya peregrina,
480

por los genios que pueblan el abismo

en el fuego volcánico fraguada,

con raras letras, con el nombre mismo

de Salomón sellada,

y allí logre leer dónde se encierra
485

y se oculta, en los mares o en la tierra,

el benéfico encanto

que ha de trocar en gozo mi quebranto.»

    Con este pensamiento, que desvela

su corazón, la Peri, suspirando,
490

sobre la gran Balbec pausada vuela;

y ve a un niño jugando

en el pensil ameno,

puro como las flores y sereno,

en torno de jazmines y de rosas
495

va en pos de las pintadas mariposas,

cuya beldad el alma le seduce;

joyas con alas, voladoras flores,

que en su manto nupcial céfiro luce

en la rica estación de los amores.
500

    Y no lejos del niño, de repente

llega un hombre cansado;

del corcel baja, y en el verde prado

la sed apaga en cristalina fuente;

y luego allí sentado,
505

una mirada dirigió al gracioso

niño, que sin recelo la recibe,

aunque nunca mirar más espantoso

vieron sus ojos. En la frente aquella

grabó el delito su profunda huella;
510

la violencia y el falso juramento,

y el homicidio bárbaro y cruento,

que aun sus manos manchaba, todo escrito

de un ángel por la diestra vengativa

estaba allí con claridad tan viva
515

como era horrible y negro su delito.

    Mas sosegado el criminal ahora,

cual si el ambiente de la tarde suave

dulcificara el hondo sentimiento

de su alma, mira el niño tan contento,
520

con sus alegres juegos en la aurora

de la primera edad embelesado,

y a cruzar no se atreve el desdichado

su mirada siniestra

con la del niño, do el candor se muestra;
525

cual antorcha profana,

si después de alumbrar en noche obscura

rito espantoso y ceremonia impura,

se encuentra con la luz de la mañana.

    El sol en tanto, al sepultar la frente,
530

perfila los celajes del Occidente

de oro y púrpura tiria,

y la oración por todos los confines

con voz sonora anuncian los muecines

en los mil alminares de la Siria.
535

El niño entonces se postró de hinojos,

y en el cielo clavó los bellos ojos,

del Señor ensalzando la grandeza

con tanta santa pureza,

que un ángel desterrado parecía,
540

en el divino amor su pecho ardía.

    ¡Ay! Al ver de aquel alma la luz clara,

hiriendo su memoria

la paz perdida y la perdida gloria,

el mismo Eblís en su altivez llorara.
545

También el delincuente, recordando

los crímenes y horrores de su vida,

no encontró en ella un blando

recuerdo do fijar su alma afligida

sino en la edad de la niñez, y dijo,
550

con voz doliente y tierna:

    «Un tiempo fue también en que la eterna

bondad de Dios mi corazón bendijo.

Joven era yo entonces, feliz era,

y oraba, como tú, con santo anhelo,
555

y en la inocencia de mi edad primera

pude mirar sin confusión al cielo.»

Y pensando en su pura

infancia y en las desdichas que pasaron,

lágrimas de ternura
560

sus abrumados párpados bañaron.

    ¡Cuánto el triste lloró! Llanto sublime,

bien primero que alcanza

el corazón si arrepentido gime,

y su fe pone en Dios y su esperanza.
565

«Maravillosa gota de rocío,

dijo la Peri, el abrasado ambiente

refresca del Egipto en el estío,

con virtud tan patente,

con poder tan salubre,
570

que, al descender a la sedienta tierra,

luego a la peste la salud destierra,

y el aire puro con sus alas cubre;

mayor milagro, pecador contrito,

haciendo el llanto que tu pecho vierte,
575

te limpia del contagio del delito,

y de tu corazón lanza la muerte.»

    Mientras habló la Peri, arrodillado

el criminal, oró del niño al lado,

y su oración al cielo se elevaba,
580

que su perdón con himnos celebraba.

Y de hinojos estaban todavía,

cuando el sol en el mar hundió su fuego,

y su manto al tender la noche fría,

al mundo dio tinieblas y sosiego.
585

Entonces una luz hermosa y pura

rasgó las sombras de la noche obscura,

y fulguró en la lágrima suspensa

del pecador aún en la mejilla,

con claridad brillando más intensa
590

que la del sol y las estrellas brilla.

Quien con débiles ojos y mortales

luz mirase tan clara,

exhalación activa la juzgara

o ardientes meteoros boreales.
595

Pero la ninfa, conociendo en ella

la sonrisa divina

del ángel que la puerta cristalina

abre del cielo ya, viva centella

de su alegría santa,
600

vio en la lágrima el don apetecido,

y exhaló con acento conmovido

la dulce voz de la inmortal garganta:

«Cumplido está mi anhelo;

he conquistado el cielo.
605

Dichosa, santa soy;

adiós; al Edén voy.

¿Qué valen, comparadas

con sus praderas plácidas, bañadas

de arroyos sonorosos,
610

de Amberabad la bóveda fragante

de cedros y de sándalos umbrosos,

de Sahadukian las torres de diamante?

Adiós, aroma terrenal, que roba

al paso el aura cual suspiro leve;
615

que aliento eterno el árbol del Tooba

me prestará, si el céfiro le mueve.

Adiós, terrenas flores,

que os marchitáis a la primer mañana;

¿qué son vuestras esencias y colores?
620

¡Cuán efímera y vana

vuestra hermosura es, si la comparo

con el loto, que crece donde el claro

trono de Alá su majestad ostenta!

Frescas en él las flores se mantienen,
625

y en cada una de sus hojas tienen

un alma que, contenta,

dice conmigo: Conseguí mi anhelo;

he conquistado el cielo.

Dichosa, santa soy;
630

eternamente en el Edén estoy.»


Madrid, 1846.

El ángel y la princesa

Romance de Garrett

   ¡Oh, qué llantos en palacio!

¡Cuánto luto! ¡Cuánta pena!

Ya se muere, ya se muere

la hermosísima princesa.

Los médicos no se entienden;
5

unos se van, otros llegan;

el mal que la niña tiene

ninguno a curar acierta.

Último rayo de vida

en sus ojos brilla apenas;
10

rezando está negro monje

del lecho a la cabecera.

¿Si aun a tiempo volverá

de allende el mar, de esas guerras,

el rey para que a su hija
15

aun dar un abrazo pueda?

A su niña tan querida,

de su amor única prenda,

consuelo de su vejez,

de sus ojos lumbrera.
20

Helo, helo cómo viene

de allende el mar con sus velas;

mil victorias ha ganado,

y cautivos y riquezas.

El rey, con su comitiva,
25

por el palacio ya entra;

mira a todos lados; nadie

le aclama ni vitorea.

De la hija, que no ve,

a ninguno pide nuevas;
30

corriendo, no de vagar,

va al cuarto de la princesa.

«Hija del alma, hija mía

¿qué tienes? ¿Qué te atormenta?»

Y abre la niña los ojos,
35

y su mirada está yerta.

«La mitad doy de mi reino

y de mi real diadema

a quien acierte su mal,

a quien salve a la princesa».
40

A estas palabras del rey

movió la linda cabeza,

como quien dice: mi mal

ni se entiende ni remedia.

«No sé qué tiene, decía
45

el médico de más cuenta;

si su mal no es mal de amores,

no sé, buen rey, de qué sea».

Un rumor desfallecido

coloró su frente tersa,
50

que del sudor de la muerte

se cubría macilenta.

Los ojos, que en el rey tuvo

fijos desde que le viera,

en señal de pena y miedo
55

los inclinaba a la tierra.

«Levanta, niña, los ojos;

hija, recelo no tengas;

sea quien fuere, será tuyo,

como a la vida te vuelva;
60

ora hidalgo, ora pechero,

ora pobre o rico sea,

para mi yerno le tomo,

y le doy tu mano bella».

Como si el último esfuerzo
65

con dulce fatiga hiciera,

llenos de ternura, al padre

dirigió los ojos ella.

Lento, suave suspiro

exhaló del pecho, y era
70

el alma, que, sin dolor,

se iba volando a otra esfera.

A mortajarla van ya,

cuando en el pecho le encuentran

signos que nadie leía,
75

raras, misteriosas letras.

Siete sabios son venidos

a descifrar la leyenda;

cada uno de los sabios

sabe más de siete lenguas;
80

ninguno explica los signos

del pecho de la princesa.

Sólo el más viejo de todos,

que en Palestina viviera,

«Yo he visto en unas ruinas,
85

dijo, señales cual éstas,

junto a los cedros del Líbano,

do toca el ciclo a la tierra.

Ángeles de Dios hablaban

del mundo en la edad primera
90

con las hijas de los hombres...

pero no entiendo esas letras,

ni lo que dicen diría

aunque supiese leerlas.

Secretos son de otro mundo,
95

que en éste Dios no tolera.»

    Un alto cedro nació

encima de aquella sierra,

por los ángeles plantado,

o por las aves ligeras.
100

En una noche tan sólo

creció el cedro de manera

que no había en todo el reino

otro igual en la grandeza.

Fue en la noche en que llevaron
105

a enterrar a la princesa.

Era un sitio muy querido,

donde solía estar ella;

do sola, de vez en cuando

se pasaba horas enteras,
110

y se diría que hablaba

con las brillantes estrellas;

donde una noche sin luna,

pero límpida y serena,

hubo quien viese en el aire
115

una blanca forma incierta,

y descender poco a poco,

y a los pies de la princesa

pararse un bulto, una sombra,

pero sombra de luz llena.
120

Desde entonces esa infanta

ni una vez riyó siquiera.

Era un ángel quien le hablaba,

¿de Dios, o...? No hay quien lo sepa.


Lisboa, 1850.

El pajarillo del príncipe de Ipsilanti

    Dime, pájaro ¿adónde

vas peregrino?

¿A do vuelas tan solo?

¿No tienes nido?

-¡Ay! No lo tengo,
5

y sin hallar reposo,

cansado vuelo.

    Vuelo, y voy caminando,

sin saber dónde

la dicha que he perdido
10

de mí se esconde;

cuando pequeño,

patria tuve y amores

en otro suelo.

    Con mi amada vivía
15

entre los mirtos;

nuestra edad era corta,

grande el cariño;

cariño tierno,

que apenas yo nacido,
20

nació en mi pecho.

    Un gavilán maldito

me robó el alma,

la dulce luz hermosa

que luz me daba;
25

mató mi dicha,

que mató ante mis ojos

la prenda mía.

    Ahora seguiré viendo

tierras extrañas,
30

el cuerpo fatigado,

mustias las alas,

hasta que pare

donde todas las cosas

paran y caen.
35

    Caerán allí mis penas

y mi quebranto,

donde todas las cosas

hallan descanso:

do van unidos
40

a parar gavilanes

y pajarillos.


Madrid, 1857.

De Manuel Geibel

    Tu dulce recuerdo

por la noche obscura

me ilumina el alma

cual rayo de luna.

Del alma el silencio
5

tu recuerdo turba,

como el son del arpa,

con grata dulzura.

Entonces me juzgo

dichoso cual nunca.
10

    Es mi corazón

oro, y tu hermosura

la perla brillante

que el oro circunda.

Como perla en oro
15

tal allí deslumbras.

¡Ay! Así tuvieras

en el alma pura

grabada mi imagen,

cual tengo la tuya.
20


Madrid, 1857.

Del mismo

    Refrigerio del alma,

donde los cielos,

alivio de las penas,

plácido sueño,

yo te bendigo
5

al hundirme de noche

en tus abismos.

    Mar de místicas olas,

tú me circundas,

dando al cuerpo y al alma

dulce frescura;

lejos, muy lejos

se quedan en la orilla

males que siento.

    Yo te bendigo siempre
15

por la mañana;

de tu seno renace

joven el alma,

fresca, brillante,

como la hermosa Venus
20

nació en los mares.

    Un baño santo eres,

que el ser renueva,

la mente fortifica

y el pecho alienta;
25

el alma pasa

por ti de vida en vida,

de playa en playa.

    Baño es también la muerte,

baño tranquilo,
30

do se pierden cuidados,

y hay paz y olvido;

la opuesta orilla

con vestiduras nuevas

al alma brinda.
35


Madrid, 1857.

El hada Melusina

Del mismo

    Virgen seductora

en lo más esquivo

de este bosque mora;

cuanto en él hay vivo,

cuanto en él florece.
5

Si al albor primero

su voz obedece,

se levanta ella,

y los campos huella

con el pie ligero,
10

la cercan las aves,

diciéndole amores,

y dan más suaves

perfumes las flores.

Al lobezno airado
15

su mirar amansa,

y el corzo, extasiado,

a sus pies descansa.

Ella canta y gira.

Su verde camino
20

de perlas, que orea

el sol matutino,

alfombra un tesoro.

Celoso la mira

el sol, la rodea
25

de un manto de oro.

    ¡Ay, si yo lograra

ser la limpia fuente

en cuya corriente

se mira la cara!
30

Lumbre de sus ojos

la fuente recibe,

de sus labios rojos

la risa allí vive,

y al cielo da enojos;
35

y canta la hermosa

esta cantilena:

«Es mi pensamiento

como el viento; el viento,

que nunca se posa,
40

que nadie encadena:

mi corazón puro,

santuario seguro.

Su llave ¿do está?

Yo bien me lo sé,
45

mas no le abriré;

¿quién más lo sabrá,

y abrirlo podrá?»


Madrid, 1857.

El huerto de las rosas

Del griego moderno

    En el huerto al entrar de las rosas

¡oh, amada, oh, bellísima Haideé!,

vine a ver donde tú te reposas,

y en ti a Flora y al alba adoré.

    Yo te imploro, mi bien, yo te amo;
5

y al decirte tan dulce verdad,

tu ira temo; temblando reclamo

para mí tu amorosa piedad.

    Si a la rama del árbol, natura

le da frutos, aroma y calor,
10

en tus ojos el alma fulgura,

en tu cuerpo derrama esplendor.

    Mas si amor me abandona, y no presta

sus encantos al yermo pensil,

dame luego cicuta funesta
15

más fragante que rosa de abril.

    Exprimiendo su horrible veneno,

su amargura en la copa pondré;

pero dulce ha de ser en mi seno,

porque libre de ti moriré.
20

    ¡Cuán en balde pretendo, enemiga,

que me salves de tanto dolor!

En tus brazos mi pena mitiga;

dame, ingrata, la muerte o tu amor.

    Amazona que armada caminas,
25

para ti combatir es vencer;

con saetas me heriste divinas;

a tus plantas me hiciste caer.

    Moriré si en mi herida no empleas

tu sonrisa, que sabe curar.
30

Esperanzas me diste... ¿deseas

esperanzas en duelo trocar?

    En el huerto entraré de las rosas,

¡oh amada, oh bellísima Haideé!

Y tú ausente, y las flores hermosas
35

ya marchitas, mi mal lloraré.


El amante hechizado

Del griego moderno

    Volad, pajarillos;

id con Dios; partid;

llevad mi recuerdo

al bien que perdí.

Volad hacia Atenas,
5

y, al llegar allí

entrar en su casa

y lindo jardín,

y del manzanico,

florido y gentil,
10

cantad en las ramas,

que ella os pueda oír.

Diréis que a un perjuro

no debe sufrir;

no invoque mi nombre,
15

no llore por mí.

Esclavo de hechizos,

esclavo caí,

y espesa ya tengo

en este país.
20

Por una hechicera

hechizado fui.

Los ríos hechiza,

y dejan de ir

a la mar sus ondas;
25

no pueden surgir

las fuentes que sellan

sus conjuros mil.

¿Cómo en mi barquilla

podré yo partir,
30

si la mar se hiela

en torno de mí?

Renovó el encanto

cuando quise huir

y de niebla obscura
35

cercado me vi;

ya nieve caía,

ya lluvia sin fin.

El sol, si la dejo,

deja de lucir,
40

y si vuelvo a ella

brilla en el cenit.


Romance del pajecito

De Manuel Geibel

    Las trompas de caza suenan

y los caballos relinchan,

los perros ladran alegres,

libres ya de la traílla.

El buen rey está en el bosque,
5

hoy tiene gran montería;

el sol al cenit se eleva,

es hora de mediodía.

Entre la densa enramada,

del rey la gallarda hija,
10

sin saber cómo ni cuándo,

la senda lleva perdida.

Paje de rubios cabellos

solo a su lado camina;

a no ser ella la infanta,
15

pareja hermosa sería.

Ya por sitios más frondosos

juntos cabalgando iban.

El pecho del pajecito

late, sus ojos la miran,
20

y de purpura se tiñen

sus juveniles mejillas.

De esta suerte al fin la dice,

con la color encendida:

«No puedo callar más tiempo,
25

hermosa princesa mía;

de amor mi pecho se abrasa,

tuya es el alma y la vida,

si a darte yo me atreviera

un beso en la boca linda,
30

aunque después me mataran,

dichosa muerte tendría».

Sin decir que sí ni no

ella recogió la brida,

y él le sostuvo el estribo
35

cuando saltó de la silla.

En lo profundo se internan

de la espesura sombría;

allí cantan ruiseñores,

allí gimen tortolillas
40

y nacen rosas silvestres,

que amor y fragancia espiran.

El césped verde a la sombra

un fresco tálamo brinda:

paje y princesa descansan
45

sobre la hierba florida.

Sueltos pacen los caballos,

en balde las aves trinan,

en balde suenan distantes

trompas de caza y bocinas.
50

¡Hola, buen rey! No te pares,

acude, porque tu hija,

en brazos del pajecito,

de ti, del mundo se olvida.


De Enrique Heine

I

    Hombres hay de oro y de plata.

Si habla un pobre de tomanes,

los tomanes son de plata;

mas en boca de los Schahes

los tomanes son de oro,
5

pues las personas reales

oro sólo dan, reciben

y ofrecen sin denigrarse.

Así lo entiende la gente,

y así piensa el admirable
10

Firdusi, poeta querido

de Mahmud de Gasna, el Grande.

Por orden suya compone

inmensa epopeya el vate,

y por cada verso el Shah
15

un tomán, promete darle.

Del ruiseñor se escucharon

diez y seis veces los ayes,

y florecieron las rosas

y volvieron a secarse.
20

En tanto estuvo el poeta

en los mágicos telares

del pensamiento, tramando

noche y día, con constante

afán, el maravilloso
25

dechado de sus cantares.

En él tejió las leyendas

de su patria, y de los grandes

antiguos reyes de Persia,

y aventuras y combates,
30

genios, ángeles, demonios,

y prodigios singulares.

Todo respirando vida,

con fuego y color brillante,

cual si la luz del Irán
35

desde el cielo lo alumbrase;

luz increada y divina,

que, a pesar del Korán, arde,

como en el último templo,

en el corazón del vate.
40

Éste, concluido el poema,

al Schah le manda al instante;

en el rico manuscrito

doscientos mil versos hay.

En Gasna estaba Firdusi,
45

Firdusi estaba en los baños,

cuando a buscarle vinieron

del Schah Mahmud los esclavos.

Cada cual al hombro trae

para el poeta un gran saco,
50

que a sus pies pone, de hinojos,

en premio de lo cantado.

Los sacos abre impaciente

Firdusi, considerando

que va a recrear la vista
55

con el brillo de oro tanto;

mas ¿qué asombro no fue el suyo

al mirar que era el regalo

tomanes doscientos mil,

pero de vil plata al cabo?
60

Sonriendo amargamente,

tres montones ha formado.

A los negros, que eran dos,

en albricias del recado,

regaló sendos montones,
65

y dio el tercero a un muchacho,

que al bañarse le servía,

para que bebiese un trago.

Báculo de peregrino

tomó, y la ciudad dejando,
70

sacudió, al pasar las puertas,

el polvo de los zapatos.

II

    Propio defecto del hombre

es faltar a sus promesas,

y faltan los que se ciñen
75

a la frente una diadema.

De esto yo no me quejara;

pero en el alma me pesa

que me engañase, fiado

en la doble inteligencia
80

de la palabra tomán,

con astucia baja y fea.

En sus modales y porte

en nada el Schah se asemeja

al vulgo de los humanos.
85

Este noble rey de Persia

un millón de reyes vale;

su mirada digna y bella

se grabó en mi corazón,

como el sol, que, si refleja
90

su ardiente luz en las nubes,

el iris extiende en ellas.

Mas este egregio monarca

me engañó. -¿Quién lo creyera?

III

    En almohadón de plumas,
95

que cubren perlas y oro,

después de haber comido,

y con alegre humor,

sobre la fresca orilla

del manantial sonoro,
100

el Schah se adormecía

al plácido rumor.

Sus siervos reverentes

en torno de él velaban;

Ansari, el favorito,
105

estaba allí con él;

y en vasos de alabastro

color y aromas daban,

azahar, jazmín y rosas,

y lirios y clavel.
110

    Las palmas, con susurro

apenas percibido,

se mecen más esbeltas

que el talle de una hurí,

y en los cielos pensando,
115

puesto el mundo en olvido,

cipreses melancólicos

se alzaban por allí.

    Mas de repente, música

maravillosa suena,
120

despierta el Schah, movido

de grata sensación,

y una poesía dulce

y de misterios llena

escucha y dice: -Ansari,
125

¿de quién es la canción?

    Ansari le responde:

-Firdusi la ha dictado.

-¿Firdusi?- Conmovido

el príncipe exclamó.
130

-¿Dónde está? ¿Cómo vive

mi poeta inspirado?

-Menesteroso vive,

Ansari replicó.

    «El gran poeta ha tiempo
135

que en Thus, su patria habita

en una pobre casa,

y cuida su jardín».

Mahamud escucha atónito,

en silencio medita;
140

con Ansari encarándose,

rompió silencio al fin.

   -Ve sin tardanza, escoge

de mis mulas doscientas,

y cincuenta camellos,
145

que harás luego cargar

con todos los tesoros,

primores, vestimentas

y alhajas, que aun los reyes

pudieran envidiar.
150

   «Y de marfil y sándalo,

con cajas de ataujía,

con esmaltados cálices,

con oro y con cristal,

con alfombras y chales,
155

brocado y sedería

de cuanto se fabrica

en esta capital.

    «Y llevarás contigo

ricas armas, jaeces,
160

de tigres y leopardos

la remendada piel,

y confites y tortas,

turrón de almendra y nueces,

y generosos vinos
165

y perfumada miel.

    «Y quiero que conduzcas

también doce corceles

de árabe raza pura,

de carrera veloz;
170

y doce negros ágiles

y membrudos y fieles,

de bronce en las fatigas

y prontos a una voz.

    «Con tan regio presente
175

te pondrás en camino

para llevarle luego

a Thus, a esa ciudad,

donde entregarle debes

al poeta divino,
180

con expresiones mías

de sincera amistad».

    En mulas y camellos

cargando el gran presente,

a su señor Ansari
185

obedeciendo ya,

va de la caravana

a colocarse al frente,

y con rojo estandarte

a conducirla va.
190

    Y sale de la corte

y camina ocho días,

y llega a Thus, que yace

de una montaña al pie,

y ya la caravana,
195

al son de chirimías,

albogues y trompetas,

entrar en Thus se ve.

    Los conductores todos

de mulas y camellos
200

con voz de trueno cantan:

La ila al Aláh;

la puerta de Occidente

pasaban todos ellos;

grande estruendo metían
205

y bulla en la ciudad.

    La puerta del Oriente

daba en el mismo punto

paso, en el otro extremo

de la ciudad de Thus,
210

a la fúnebre pompa,

que llevaba al difunto

Firdusi a la morada

donde reposa aún.


Romance del pastorcito y la infanta

Del alemán

    En balcón del alcázar,

al romper el nuevo día,

tan hermosa como triste,

está la infanta y suspira;

el pastorcito del valle
5

su pensamiento cautiva.

La infanta murió de amores,

sus restos a enterrar iban;

él lo vio, lo vio, y no supo

por quién la infanta moría.
10

En el valle está el sepulcro,

y cuando en él se reclina

el pastor, sueña dulzuras

de una tristeza infinita.


La trompeta del juicio

De Victor Hugo

    Señales son de juicio

ver que todos le perdemos.


LOPE DE VEGA



    Yo vi entre nubarrones

una trompeta monstruosa y rara

aguardando a que un ángel de pulmones

con mayúsculo empuje la soplara.

Y este clarín fantástico, sombrío,
5

forjado de justicia hecha metal,

aunque lejos del mundo, en el vacío,

al mundo daba un frío sepulcral.

Fuera del tiempo, más allá del ser

reposaba el clarín
10

viviendo y entendiéndose a placer

donde no hay forma, límite ni fin.

En donde nada baja y nada sube,

en donde todo pasma;

donde el espectro es nube
15

y la nube fantasma;

allí, como quien no quiere la cosa,

este clarín cavila y se reposa.

    ¡¡El clarín del abismo!!!... Muy feroces

han de salir un día siete veces
20

de su cóncavo seno. Mientras tanto

calla el clarín y piensa... y sin testigos

empolla recompensas y castigos.

¡Ay!, de todo el espanto

que reina por el cielo,
25

es este empollador bárbaro abuelo.

Yo le consideraba entre vapores

como quien considera

a un silencioso gallo en los horrores

de la noche más fiera.
30

Y la inmovilidad del cementerio

y el sueño de las tumbas y el reposo

de los muertos que yacen en su nicho

estaban fabricados, ¡oh misterio!,

del extraño silencio portentoso
35

que tenía en la boca el susodicho

clarín; y era un silencio tan pesado,

que le impedía al muerto más taimado

un pliegue solamente

hacer sobre su frente
40

en el sudario, ya medio podrido,

que (lindo sastre) le cosió el olvido.

    Harto se comprendía

que mientras se callase la trompeta

el anatema se suspendería,
45

el sepulcro los muertos tragaría,

la multitud de vivos viviría

y se divertiría y comería,

si es que no estaba a dieta:

y, satisfechas todas las pasiones,
50

habría tertulias, bailes y festejos,

y se emborracharían los tiranos;

y por postre de tantas diversiones,

(¡oh inaudita verdad!) mozos y viejos

irían a ser merienda de gusanos
55

mas, en el punto mismo

en que llegase a oírse el trompeteo

de la feroz trompeta del abismo,

se armaría un jaleo

grande entre los difuntos,
60

y de las tumbas entreabiertas, juntos

se verían salir a centenares

palomas, ¡ay!, de horribles palomares:

y formando un estruendo singular

como si se volcase todo el mar
65

en espumosa catarata hirviente,

los muertos, revolando,

y sus huesos buscando,

animarían el espacio ingente.

    El clarín, en el ínterin, discreto,
70

tenía facha de estar en el secreto.

    De su bronce el crujir

haría saltar, vibrar y revivir

la sombra, el plomo, el mármol, y su son

a las cosas que más sordas han sido
75

las haría estallar con estampido

de bomba colosal de percusión.

Al eco de la trompa evocatoria,

recobraría el olvido la memoria,

tiritaría el cielo palpitante,
80

darían un grito todas las conciencias,

y el licenciado en ciencias,

el doctor, el ateo,

el discreto y el tonto,

y el bonito y el feo
85

sentirían de pronto

que aquella estrepitosa melodía

por sus tuétanos mismos discurría.

    Esto ha de suceder

según lo que yo puedo columbrar;
90

tal es el porvenir;

por lo menos, así lo logro ver,

cuando sobre él me pongo a meditar.

¡Este mundo tendrá que concluir!

Años, meses y días pasarán,
95

y los huecos del tiempo llenarán,

y cuando el tiempo esté todo relleno,

en medio de la noche dará un trueno,

y llegará la formidable hora,

y la fatal y pálida mañana,
100

y la trompa sonora

tocará de los muertos la diana.

    ¡Oh diana terrible!

¡Oh sobresalto atroz! ¡Oh voz de alerta!

La confusión de muertos me horroriza.
105

¡Ay! La noche despierta

a la muerte, su hermana, su melliza.

Y... yo, el incorruptible

bronce estaba mirando, pensativo.

Ya no sé lo que escribo.
110

    Y toda voluntad, de oro o de cieno,

y pasiones sin freno,

y amor, virtud, furores,

himnos, gritos, placeres y dolores,

se estampan en la trompa colosal,
115

do una Babel enrosca su espiral.

    Lo largo de esta trompa es un misterio

desde lo eterno llega a lo absoluto;

no hay toesa, ni codo, ni hombre serio,

que medir pueda el bárbaro cañuto;
120

uno de sus extremos llega al bien,

el otro llega al mal;

desde Sodoma pasa hasta el Edén,

y desde el hombre pasa al animal.

    Su negra sima y hórrido bojeo
125

al acaso le da envidia,

y es de la Humanidad que se fastidia

el bostezo más feo.

Crímenes, vicios y otras porquerías

las entrañas sombrías
130

esconden del clarín, las tempestades

se reposan en sus concavidades,

y en torno de la obscura redondela,

Satanás, con gran maña

convertido en araña,
135

urde una sucia y asquerosa tela.

    De repente, una mano

sale de lo infinito, y, poco a poco,

va a agarrar la trompeta.

¿De quién será esta mano? No hay humano
140

entendimiento, aunque se vuelva loco,

ni hay imaginación clara y discreta

que lo descubra y diga.

Solamente se piensa

que es una mano inmensa
145

y no una mano amiga.

El dueño de la mano está esperando

que le den la señal

para asir la trompa, y, resoplando,

tocar la hora final.
150

¡Ay! Este ocioso trompetero eterno

vela en tinieblas su estatura ingente;

más, hundiendo la planta en el infierno,

a las estrellas llega con la frente.


Madrid, 1859.

El dios Apolo

De Enrique Heine

I

    Se alza el claustro en un peñón,

cuyo cimiento el Rhin besa;

la novicia está mirando

desde una encumbrada reja.

Encantadora barquilla
5

sobre las ondas navega,

laurel y flores la adornan

y gallardetes de seda.

Todo a la dorada lumbre

del sol poniente destella.
10

De oro y púrpura vestido,

con rara magnificencia,

rubio mancebo gentil

del barco en medio se eleva.

Van a sus pies nueve hermosas
15

candidísimas doncellas;

la túnica al talle esbelto

ciñe, y descubre la pierna;

toca la lira el mancebo

de la rubia cabellera,
20

y canta con tal dulzura,

que sus cantares penetran

de la novicia en el alma,

como fuego la queman.

Santíguase la novicia,
25

hace la cruz, pues no ahuyenta

la delectación amarga

y la dulcísima pena.

-Soy el dios de la poesía,

a quien el mundo venera,
30

mi templo está en el Parnaso,

famoso monte de Grecia;

mil veces allí he bebido

inspiración en la fresca

fuente Castalia a quien sombra
35

cipreses gallardos prestan.

Allí sentadas en torno

cantaban las musas bellas,

entreverando con risas

y charla las cantinelas,
40

mientras sonaba la trompa

en lo esquivo de la selva,

donde cazaba mi arisca

hermana, Artemis, severa;

no bien mis labios rizaban
45

la onda Castalia serena,

brotaba el canto en mis labios

por misteriosa manera.

Yo cantaba, y de la lira

al sonar las dulces cuerdas,
50

Dafne acudía a mirarme

por entre lauros y adelfas;

cantaba yo, y cual difunde

ricos aromas el néctar,

mi canto bañaba en gloria
55

la redondez de la tierra.

Vine de Grecia, arrojado

mil años ha, pero queda

en Grecia siempre mi alma

y mi corazón en Grecia.
60

II

    Disfrazada de beata,

de negro sayal vestida,

con capuchón y con manto

se ha escapado la novicia;

del Rhin siguiendo la margen
65

hacia Holanda se encamina,

y con ansiedad pregunta

a cuantos halla en la vía:

-¿No visteis a Apolo? Lleva

rojo manto y una lira,
70

a cuyo son canta el dulce

ídolo del alma mía.

Unos con ojos de espanto,

otros la escuchan con risa,

otros le vuelven la espalda,
75

otros dicen: «¡Pobre niña!»

A un vejezuelo que canta

gangoso, al andar vacila,

hace cuentas con los dedos,

y va con una mochila
80

y un sombrero de tres picos,

la novicia se aproxima.

Con ojos vivos el viejo

oye la pregunta misma:

-¿No visteis a Apolo? Lleva
85

rojo manto y una lira

cuyo son canta el dulce

ídolo del alma mía.

Sacudiendo la cabeza,

manoseando la barbilla,
90

el vejezuelo responde

con gran socarronería:

-¿Si le he visto? Ya lo creo:

muchas veces en mi vida;

siempre que yo, en Amsterdam,
95

a la sinagoga iba.

Como allí de chantre estaba,

rabí Apolo le apellidan;

mas no es ídolo de nadie,

que es mala la idolatría.
100

Sé también del rojo manto,

todo de escarlata fina,

de a ocho doblones la vara;

aun no cobró quien lo fía.

Conozco al padre de Apolo,
105

es de mi propia familia,

portugués circuncidante,

que doblones circuncida.

Se llama Moisés Pereira,

y su mujer, que es mi prima,
110

en pepinos en vinagre

y en trapos viejos trafica.

Del hijo no están contentos,

porque, mejor que la lira,

sabe manejar los naipes
115

y enredar la timbirimba.

Es un librepensador

que a todos escandaliza;

por comer carne de cerdo

le han quitado la chantría.
120

Ahora va por esos mundos

con comediantas perdidas,

y desempeña papeles

de bufón, con mucha chispa;

pero cuando más al pueblo
125

en los mercados cautiva,

es cuando hace de Holofernes

o cuando a David imita,

cantando devotos salmos

en nuestra lengua castiza.
130

Hace poco, en un garito,

sonsacó a las nueve ninfas,

y de Apolo va corriendo

la tuna en su compañía.

Una de ellas, que es muy gorda,
135

está que brama de ira,

porque la gente, al mirarla

con tanto laurel encima,

la llama por remoquete

la verdeante cochina.
140


El paladín heraldo

De Luis Uhland

    De su hueste a la cabeza

iba el paladín Heraldo,

al resplandor de la luna,

una selva atravesando.

Las conquistadas banderas
5

ondean al viento manso;

el himno de la victoria

repite el monte cercano.

Pero, ¿quién susurra y gime

entre el frondoso arbolado,
10

y agita y besa las flores

y se columpia en los tallos?

¿Quién desciende de las nubes,

o surge del río claro,

y danza entre los guerreros
15

y detiene los caballos?

¿Quién canta con tal dulzura?

¿Quién acaricia tan blando?

¿Quién las espadas y lanzas

arrebata de las manos?
20

¿Quién los guerreros cautiva

y anuda con dulce lazo?

¿Quién en pos de sí los lleva

sin darles tregua y descanso?

De las sílfides ligeras
25

es el ejército alado,

contra quien armas no valen

y resistirse es en vano.

Hacia el reino de las hadas

los de la hueste volaron,
30

de las sílfides cediendo

al fascinador encanto.

Los corceles sin jinetes

van por el bosque vagando;

lanzas y escudos se miran
35

por el suelo derribados.

Todo de acero vestido,

de la luna al tibio rayo,

Heraldo triste cabalga

por el bosque solitario.
40

Allí fresca y cristalina

mana el agua de un peñasco,

y el héroe desmonta y bebe,

sirviendo el yelmo de vaso.

No bien apaga la sed,
45

siente fallecer los brazos,

las piernas no le consienten,

en la peña se ha sentado.

Reposa el héroe en la peña,

hace ya cien y cien años,
50

con la cabeza inclinada

sobre el pecho, y encrespados

y luengos cabello y barba;

cuando en la selva relámpagos

brillan, el trueno retumba,
55

brama el viento y cae el rayo,

el paladín que dormita

su espada empuña soñando.


La hija del joyero

De Luis Uhland

    Entre perlas y diamantes,

dice el joyero a su hija:

-Elena, entre tantas joyas,

eres la joya más rica.

A la tienda del joyero
5

vino un galán cierto día.

-Buen joyero, Dios te guarde,

guárdete Dios, bella niña.

Luego al joyero el galán

desta manera decía:
10

-Hazme una hermosa diadema

para mi novia querida.

Terminada la diadema,

do mil diamantes lucían,

Elena, al verla, exclamaba
15

con dulce melancolía:

-¡Cuán feliz será la novia

a quien él la frente ciña!

Una guirnalda de flores,

don suyo, hiciera mi dicha.
20

Volvió el galán, y, admirando

la diadema, sonreía.

-Haz para mi novia, dijo,

buen joyero, una sortija.

La sortija terminada,
25

Elena a solas suspira,

diciendo: -Feliz aquella

para quien él la destina.

¡A mí me basta un bucle

de su cabellera riza!
30

Volvió a poco el caballero

y halló las joyas muy lindas,

del joyero celebrando

el primor y maestría.

Luego añadió: -Bella Elena,
35

te suplico me permitas

que en ti se prueben los dijes,

a fin de que yo perciba

cómo le irán a mi novia,

a quien eres parecida.
40

Era en aquel día domingo,

y para salir a misa,

con mucho esmero y de gala

Elena estaba vestida.

Al caballero acercose
45

toda vergonzosa y tímida,

como encendidos claveles,

con el rubor sus mejillas.

Él le ciñó la diadema,

él le puso la sortija;
50

juego, estrechando su mano,

le dijo: -Tú eres mi vida,

mi dulce novia tú eres,

y aquí la burla termina.

La sortija es para ti,
55

y la diadema que brilla

sobre tu cándida frente

que sus diamantes eclipsa.

Si entre oro y perlas naciste,

y luciente pedrería,
60

agüero fue de la gloria

a que mi amor te sublima.


La iglesia perdida

De Luis Uhland

    De la remota selva a veces viene

confuso y vago son;

del misterio que el son en sí contiene

nadie da la razón.

Iban antes por senda conocida
5

peregrinos sin cuento

a la iglesia en les bosques escondida,

cuyo son trae el viento.

Ya nadie atina con la oculta senda

que a la iglesia llevaba;
10

del siglo herido en la feroz contienda

yo por el bosque erraba;

y, fatigado de un luchar en vano,

hacia Dios me volvía,

y de la selva por lo más arcano
15

penetraba sin guía.

Llegó de nuevo el son en el profundo

silencio hasta mi oído;

aspiró el alma a Dios, olvidó el mundo;

fue más claro el sonido,
20

mi espíritu buscó su propio centro

por el son excitado;

de un extraño poder que obraba dentro

sintiose arrebatado;

y contra la corriente fugitiva
25

del tiempo, en raudo vuelo,

se alzó sobre la niebla, donde viva

brilla la luz del cielo.

Al cielo puro, al sol resplandeciente

torre esbelta subía;
30

como una flor en el dorado ambiente,

la catedral se erguía;

aérea en sus perfiles, esfumada

como una nube de incienso,

perdiéndose en aguja delicada
35

en el éter inmenso.

Y sonó la campana con tañido,

de paz y beatitud,

no por mano mortal el bronce herido,

por célica virtud.
40

De la misma virtud activo fuego

me agitó el corazón,

y con dulce temor penetré luego

en la santa mansión.

El bien, la dicha que gocé en sus naves
45

¿cómo pintar pudiera?

Simulacros, imágenes suaves

me alzaron a otra esfera.

Los simulacros, a la luz celeste,

vida eterna cobraron;
50

y de santos y vírgenes la hueste

mis ojos contemplaron.

De la gloria las altas maravillas

representaba el techo,

cuando caí postrado de rodillas,
55

de amor henchido el pecho;

mas, al alzar de nuevo la mirada,

la cúpula se abrió,

y, patente y real, la gloria ansiada

mi mente descubrió.
60

Ni expresar el fulgor y la hermosura

de aquel perenne día,

ni encarecer su paz y su ventura

puede la poesía.

Quien anhele gozarle, humilde vuelva
65

a Dios el pensamiento,

y al sonar de la iglesia de la selva,

preste el oído atento.


La velada de Venus

Paráfrasis de un himno sagrado de incierto autor latino

   Ame mañana el amador; mañana

ame quien nunca amores ha tenido

La hermosa primavera

digna del canto la estación lozana

en que el mundo ha nacido,
5

vuelve, y amor sobre Natura impera.

Mañana el bosque de la rama verde

sacudirá la escarcha fecundante,

y en dulce lazo se unirán las aves.

Ya vagando se pierde
10

en la fresca espesura y odorante,

do entreteje de mirto la enramada,

la tierna madre del amor, Ciprina,

que mañana dará su ley divina

sobre el tálamo excelso reclinada.
15

    Ame mañana el amador; amores

tenga quien nunca amores ha tenido.

Sangre del cielo herido,

con globos brilladores

mezcla Océano de su blanca espuma,
20

y nace Venus, hija de los mares,

y a su belleza suma

los genios de la mar alzan altares.

    Ame mañana el amador; mañana

quien nunca tuvo amor, arda de amores.
25

Con púrpura, con perlas de las flores,

Venus el año pinta y engalana,

y a los besos del céfiro, turgente

muestra el pecho, y extrae

filtro encantado que al amor incita;
30

rocío transparente,

que el aura leve de la noche agita,

sobre la tierra cae.

Son lágrimas de amor que llora el cielo,

que trémulas, ligeras,
35

en las verdosas líquidas esferas

se mecen antes de bañar el suelo.

De púdico carmín tiñe Dione

la rosa, cuando pone

en su cáliz la gota de rocío,
40

que en la noche tranquila

de las estrellas fúlgidas destila.

Mañana debe desceñir la diosa

la túnica ajustada

al pecho de la virgen amorosa,
45

que al amor se abrirá como la rosa.

¡Oh, rosa delicada

que de sangre de Venus, llama viva,

y púrpura del sol, el amor crea

y hace brotar de un beso!
50

¡Oh, esposa virgen, de amor cautiva,

rompe el nudo celoso que rodea

tu talle, y muestra, muestra tu hermosura,

más que nunca esplendente,

por el ígneo rubor en que fulgura
55

tu despejada frente!

    Mañana el amador de amores arda.

Ame también quien en amor se tarda.

Manda a las grutas de arrayán Dione

ir a las ninfas; el amor las guía.
60

Pero ¿cómo las armas no depone

siendo noche de fiesta y alegría?

Id, ninfas; desarmado

el amor está ya; Venus lo quiere,

del arco y las saetas con que hiere,
65

del fuego abrasador le ha despojado;

mas contra la belleza del desnudo

amor inerme prevenid escudo.

    Sientan mañana amor los amadores

y quien no amó jamás arda de amores.
70

Cede, virgen de Delos,

Venus púdicas vírgenes te envía,

oye su voz y cumple sus anhelos.

Queda incruenta la floresta umbría;

no persigas las fieras;
75

Venus a suplicarte acudiría

que sus misterios vieras,

si, casta diosa, tú verlos pudieras.

Allí coros errantes,

y mil alegres turbas circunstantes,
80

y Baco y Ceres con el dios del canto,

de guirnaldas las sienes adornadas,

por tus bosques irán, llenos de encanto,

bajo ramas de mirto entrelazadas.

Tres noches durarán, si lo otorgares,
85

¡oh diosa!, la velada y los cantares,

virgen de Delos, cede:

ya reinar Venus en las selvas puede.

    Mañana el ser desamorado ame,

y en nuevo amor el amador se inflame.
90

Rasga el manto florido Hybla; derrama,

más pródiga que de Enna la llanura,

cuantas flores te dio la primavera.

Venus su ley proclama,

con las gracias está, y ornar espera
95

de tus flores su trono y hermosura.

Ella venir prescribe

a cuanta ninfa vive.

En el bosque apartado,

o bajo la onda tiene
100

alcázar cristalino;

ella a las ninfas cándidas previene

que desconfíen del rapaz divino,

aunque le ven desnudo y desarmado.

    Ame mañana el amador; mañana
105

quien nunca tuvo amor arda de amores.

Venus va a sonreír a la temprana

gentil copia de flores.

El éter que primero,

a la tierra querida
110

uniéndose en fecundo estrecho abrazo,

de nubes le ciñó velo ligero,

y produjo la vida

y la pompa venal en su regazo,

mañana, en luz y en perlas de rocío
115

volviendo a unirse a la divina esposa,

nuevo poder, vivificante brío

pondrá en su entraña ingente y amorosa,

y Venus misma infundirá su aliento

del universo al alma y a las venas,
120

por do corra y transpire,

y nada deje de su fuerza exento,

ni la tierra, ni el mar, ni el firmamento

espíritu vital, que en lo profundo

de la existencia toda oculto gire,
125

y abra caminos de nacer al mundo.

    Mañana el ser desamorado ame,

y en nuevo amor el amador se inflame.

Venus manda que a Troya el Lacio herede,

el hijo por esposo da a Sabinia,
130

la púdica vestal a Marte cede,

y une a los fundadores

de la soberbia Roma

con las nobles doncellas de Sabinia,

de donde origen toma
135

su raza prepotente;

Quirites, caballeros, senadores,

y César su más claro descendiente.

    Mañana el amador de amores arda;

ame también quien en amor se tarda.
140

Venus al campo infunde su alegría,

su vida y sus amores.

Amor nació en el campo, do le cría

Venus con dulces besos de las flores.

    Ame mañana el que jamás ha amado;
145

arda de amor el pecho enamorado.

En todo ser impera

el amor con la grata primavera.

Muge el toro de amor, y junto al río

ala balante grey busca el morueco;
150

en el bosque sombrío

oye y repite con deleite el eco,

el incesante trino de las aves;

con ronca voz aturde la laguna

el cisne, y en el álamo frondoso
155

Filomena con cánticos suaves,

olvidando su mísera fortuna,

enamora al esposo.

Sólo estoy mudo yo. ¿Cuándo el destino

renovará la primavera mía?
160

    Este silencio, el desamor continuo,

de las eternas Musas me desvía.

    Sientan mañana amor los amadores,

y quien no amó jamás, arda en amores.


Madrid, 1860.

La oreja del diablo

De Juan Fastenrath

    No por su Don Juan Tenorio

se ufane tanto Sevilla;

don Martín, el de Jerez,

a Don Juan Tenorio eclipsa.

No bien le apuntaba el bozo,
5

aunque ya tenido había

veinticinco o treinta duelos

y mil galantes intrigas,

dijo impaciente a su padre:

-Este sosiego me irrita;
10

no quiero ser la tortuga

con la casa siempre encima;

quiero ver mundo y gozar,

y dar razón de mi vida,

y mostrar cual caballero
15

mi esfuerzo y mi valentía-.

Para disuadirle, el padre

al cigarrón le asimila,

que brinca sin saber dónde,

y sabe Dios dónde brinca.
20

¡Ay, cuán prudentes consejos!

¡Ay, de qué poco servían!

Don Martín monta a caballo,

la espada tiene ceñida,

y llueva, truene o granice,
25

por monte y valle camina.

Junto a un extraño castillo

viene a parar cierto día,

cuyas torres en el centro

de obscura selva se empinan.
30

No hay en el castillo puertas,

ni ventanas se divisan,

mas don Martín quiere entrar,

y con la daga buida

abre en el muro ancha brecha
35

por la cual se precipita.

Inmensas salas recorre,

y no ve persona viva;

la soledad y el silencio

el yermo castillo habitan.
40

Llega al cabo don Martín

a un corral, en donde había

un dragón desaforado,

un dragón que pone grima,

con siete testas cornudas,
45

los ojos brotando chispas,

y con siete enormes fauces

por do ponzoña vomita.

No se asusta el caballero;

no se arredra, y no vacila,
50

y alta la espada, en su diestra

como relámpago brilla.

Tan atinado y brioso

sabe el andaluz blandirla,

que al dragón, de un solo tajo,
55

las siete cabezas quita.

Mas una de las cabezas

tal poder tiene en la vista,

y a don Martín con tal fuerza,

aunque ya cortada, mira,
60

que alzándole por el aire,

le arroja en profunda sima.

Por sus lóbregas entrañas

don Martín rodando iba,

y rodó, sin hallar fondo,
65

lo menos catorce días.

Cuando de pronto ¡oh sorpresa!

Cuando a deshora ¡oh delicia!,

de un encantado palacio

hallose en alcoba rica.
70

Allí, en un lecho, la dama

más bella estaba dormida

que vieron ojos mortales

o soñó la fantasía.

La dama despierta al punto,
75

y lágrimas sus mejillas

humedecen, como perlas

sobre rosas purpurinas.

Dice don Martín: -¿Qué es esto?

¿Por qué lloras, prenda mía?-
80

Y ella: -¡Oh príncipe!, responde-

llorando estoy mi desdicha;

del emperador de Grecia

soy la idolatrada hija,

tan hermosa, que el demonio
85

por mi hermosura suspira.

Aquí fadada me tiene,

hasta que sea su amiga,

o hasta que en cruda batalla

un caballero le rinda-.
90

-¡Yo soy ese caballero!-

don Martín luego replica.

-Lucifer, acude pronto,

don Martín te desafía-.

Poco tarda Lucifer
95

en acudir a la cita;

ya traba con don Martín

la batalla más reñida.

El amor y la presencia

de la preciosa infantina
100

prestan denuedo y pujanza

al héroe de Andalucía.

¡Oh valiente! Ya arrincona

al rival; ya le acuchilla,

y ya le corta una oreja,
105

que guarda como reliquia.

Los dientes de Lucifer

con la cólera rechinan;

muge cual toro a quien ponen

diez pares de banderillas;
110

Y -¡daca la oreja!- exclama,

y -¡daca la oreja!- grita

con ronca voz, como suele

ser la voz de una bocina.

Don Martín, con gran cachaza,
115

le dice: -Calma tu ira;

tus amenazas no temo;

por derecho de conquista

la oreja me pertenece,

y en aguardiente curtida
120

la guardaré, cual recuerdo

de mi proeza inaudita.

Y el diablo: -¡Daca la oreja!

Y don Martín: -Aunque es mía,

te la daré, si me cumples
125

tres deseos que conciba.

-Dilos.- El primero es

que a esta princesa divina

la lleves a su palacio

del Bósforo en las orillas.
130

No bien pronunció la orden,

cuando la hizo cumplida.

Y, ya de vuelta, el diablo

la oreja otra vez pedía.

-Es mi segundo deseo,
135

dijo el héroe, que enseguida

a la gran Constantinopla

me lleves, donde me vistas

las más relucientes galas,

me adornes con joyas finas
140

y me procures dinero

y espléndida comitiva.

Dicho y hecho. Ya resuenan

timbales y chirimías;

atronando están el aire,
145

las músicas y los vivas;

cubren el piso las flores,

y las campanas repican.

Precedido de diez pajes,

más dos que tienen la brida,
150

y seguido de escuderos

y cien negros de Etiopía,

que en cajas de oro y de nácar

en las espaldas fornidas

llevan primorosas telas,
155

diamantes y margaritas,

blancas plumas, raras pieles,

armas y vasos de China,

sobre alfana poderosa,

con entono y bizarría,
160

la corte imperial de Grecia

el gran don Martín visita.

Le sigue el pueblo, y le aplaude,

y sus grandezas admira.

En un balcón de palacio
165

el imperante y su hija

están aguardando al héroe

para hacerle cortesía.

En suma, nuestro andaluz

logra la más alta dicha,
170

y el imperante se allana

a casarle con la niña.

Ya concentradas las bodas,

el diablo humilde suplica

que don Martín dé la oreja
175

o tercer cosa le pida.

-Nada se me ocurre ahora,

don Martín le respondía.

Soy feliz, mas es prudente

guardar tu oreja maldita.
180

En fin, las bodas se hacen

con la mayor alegría.

¡Cuánto amor! ¡Cuánta ventura!

¿Quién, don Martín, no te envidia?

Mas, pasada una semana,
185

don Martín reconocía

que de la piel del diablo

está su mujer vestida.

En el tiempo que la tuvo

el diablo en su compañía,
190

por tal arte la endiabló,

que era imposible sufrirla.

Don Martín, desesperado,

quiere romperse la crisma.

Llama al demonio; éste viene,
195

y dice: -¿Qué necesitas?

-Toma tu oreja, responde

don Martín, toma mi vida,

si la quieres; pero al punto

llévate, más que de prisa,
200

otra vez a los infiernos

a mi esposa la infantina.


Madrid, 1870.

Abdelrahmán I y el ángel

De Juan Fastenrath

    En la quinta de Ruzafa,

al umbral del paraíso,

duerme el gran Abdelrahmán,

está de Merván el hijo.

El blanco halcón de Coreixi,
5

de Beni Abbás fugitivo,

halló, lejos de Damasco,

un trono, buscando asilo,

y por toda España ora

extiende ya su dominio,
10

do mártires son los muertos,

los vivientes, morabitos.

Ora su palma contempla

solitario y pensativo,

y trae la palma a su mente
15

dulces recuerdos queridos.

Cuando, rasgando las nubes,

con puro, insólito brillo,

un genio se le aparece

de luz y gloria vestido.
20

Es el ángel Azael,

que la rodilla no quiso

ante Adam, primer profeta,

nunca doblegar altivo;

mas, desterrado del cielo,
25

de su soberbia en castigo,

ante el Emir se postró

y de esta suerte le dijo:

«No te recuerde la palma

tu hermoso suelo nativo;
30

al mirar cuánto se eleva,

eleva tú los designios.

Tuyas son ya las coronas

de perlas y de jacintos

de todos los reyes godos,
35

desde Ataúlfo a Rodrigo.

Alá con amor los ojos

en ti, señor, tiene fijos;

su tremenda cimitarra

el profeta te ha ceñido.
40

Tuya es la tierra andaluza

que abraza el mar con zafiros

y corales, que el sol ama,

de su belleza cautivo.

Haz en tierra tan hermosa
45

un soberano prodigio;

construye un templo que sea

grato a Dios y de ti digno.

De Jerusalén la Alasca

caiga por él en olvido,
50

y su Mihrab primoroso

custodie de Othman el libro.

Por él se eclipse la Caaba

y adoren a Dios rendidos

en Córdoba, y no en la Meca,
55

millares de peregrinos.

Guíelos tu clara estrella,

vengan de Persia y Egipto,

limoneros les den sombra,

baño tus fuentes y ríos.
60

Y de la luz del profeta

como victorioso signo,

haz que tu Aljama se eleve

sobre la iglesia de Cristo.

De la romana grandeza
65

ceda Itálica el prestigio;

ceda columnas de jaspe

y capiteles corintios.

Por once puertas los fieles

entren a cumplir el rito,
70

y abran a once largas naves

las once puertas camino.

Treinta y tres naves las once

crucen, y en un laberinto

de mil columnas divague
75

el pensamiento perdido.

Las mil columnas deslumbren

cual los acerados filos

de las mil mejores lanzas

de tus cenetes lúcidos.
80

La herradura del Borac

que alzó al Profeta al Empíreo,

enlazando las columnas

trabe y una el edificio.

Semejen los leves arcos
85

a los ondulantes rizos

que hacen, si los mueve el viento,

tus estandartes invictos.

Y un arco en otro se eleve,

en color y adornos rico,
90

como el iris que el sol crea

y corta en iris distintos.

Para precaver de infieles

un ataque repentino,

muros almenados cerquen
95

la Aljama como un castillo.

Yo a las peris y a las hadas

he de llamar en tu auxilio,

para que prodiguen flores

de tus pensiles divinos,
100

los cuales a los mosaicos

y alicatados prolijos

y a la cúpula gallarda

del Milirab presten su brillo.

Las limpias fuentes del patio
105

y los naranjos floridos

a los ruiseñores llamen

a dar melodiosos trinos;

y llene un mar de esplendores

el misterioso recinto
110

y en armonías y aromas

se impregne su ambiente tibio.

Sus, pues, noble Abdelrahmán,

realiza tanto prodigio,

recobra la antigua fuerza
115

y los juveniles bríos.

Tu gloria por este templo

vivirá en todos los siglos,

te premiarán las huríes

eternas con su cariño.»
120

Así dijo; y sin tardanza

se cumplía lo que dijo.

Llenan a Córdoba toda

de animación y bullicio

los alarifes y obreros
125

en gran número reunidos,

y el templo, con rapidez,

ya se levanta magnífico.

Con blanca y poblada barba

y con turbante blanquísimo,
130

una hora cada día,

como el peón más activo,

un anciano venerable

trabaja en el edificio.

Cuando la implacable muerte
135

cortó de su vida el hilo,

el templo maravilloso

casi estaba concluido;

y perdonado Azael,

en busca del Emir vino,
140

y juntos pasaron ambos

el umbral del paraíso.


Trozos del Fausto

I

Los arcángeles

RAFAEL
    En la concorde armonía

donde concurre a porfía

toda esfera celestial,

por el marcado camino,

lleva con himno divino

el sol su hoguera inmortal;

su mirada creadora,

cuyo origen nadie explora,

fuerza a los ángeles dio

y perfecto a maravilla

hoy el universo brilla

como el día en que nació.

GABRIEL
    Y con rapidez, que admira

y no se comprende, gira

de la tierra el esplendor,

cambiando la luz serena

en profunda noche, llena

de tinieblas y terror.

Con montes de espuma asalta

hasta la roca más alta

desde su abismo la mar;

y por su esfera arrastrados

van mar y roca lanzados

en el eterno girar.

MIGUEL
    Y en mar y tierra se escucha

bramar en férvida lucha

de la tormenta el furor,

cuando forja la cadena

que a ocio o a muerte condena

la actividad del amor;

y la destrucción primero

va señalando el sendero

por do el rayo debe ir;

pero ya el ángel augura,

señor, la paz y ventura

que en su día ha de venir.

LOS TRES
    Tu mirada creadora,

cuya esencia nadie explora,

fuerza a los ángeles dio;

y perfecto a maravilla

hoy el universo brilla

como el día en que nació.

II

La evocación

ESPÍRITU
    A tu evocación cedí

y a tu conjunto potente;

ansiabas verme de frente,

y ya me tienes aquí.

    ¿Por qué te vence el terror?

¿Por qué enmudece tu lengua?

¿Por qué a mi vista se amengua

tu sobrehumano valor?

    ¿Dónde está el seno fecundo,

cuya virtud vencedora

crea, nutre y atesora

en sus abismos un mundo?

    ¿Do el corazón que se erguía

con altivo movimiento,

y en su orgulloso contento

igual a mí se creía?

    ¿Do la voz que me llamaba?

Y tú, Fausto, ¿dónde has ido?

¿Dónde el vigor ha caído

que hacia mí te levantaba?

    Mi aliento con miedo vil

hasta tus tuétanos hiela:

no eres águila que vuela,

sino pisado reptil.

........................................
    De la acción en la tormenta,

y de la vida en el mar,

mi ser flota y se sustenta,

sube y baja sin cesar.

       Eterna corriente,

       nacer y morir,

       cual tejido ardiente

       y vario el vivir,

que del tiempo en la fábrica sonora

tramó de Dios la veste vividora.

III

La resurrección

CORO DE ÁNGELES
    Mortal, bendice tu suerte.

¡Ya Cristo resucitó!

Ya del pecado y la muerte

las cadenas quebrantó.

CORO DE MUJERES
    Con aromas y bálsamo

su santo cuerpo ungimos,

y con cendales cándidos

su desnudez cubrimos:

mas ¡ay!, que en el sepulcro,

do reposaba ya,

le busca nuestro anhelo,

y Cristo allí no está.

CORO DE ÁNGELES
    Feliz quien de amar entiende:

ya Cristo resucitó,

y hasta el cruel que le ofende

su ser divino mostró.

CORO DE DISCÍPULOS
    Salió del sepulcro

con viva hermosura.

Si eterna ventura

promete su amor,

¿por qué, al ir al cielo,

del mundo se aleja,

y solos nos deja

y en hondo dolor?

CORO DE ÁNGELES
    Ya venció a la muerte impía;

ya Cristo resucitó.

Romped, pues, con alegría

la cadena que os ató.

    Con obras de caridad

su doctrina ensalzaréis,

y por él comulgaréis

en santa fraternidad.

    Y si extendéis por doquiera

su fe y su nombre sagrado,

aunque en el cielo os espera,

siempre estará a vuestro lado.

IV

La feria

UN MENDIGO

(Canta.)

   Gentiles caballeros, casadas y doncellas,

que adornáis con mil galas la gracia y la beldad,

atención compasiva prestad a mis querellas;

del mísero mendigo los males remediad.

No consintáis que sea mi suplicar en vano:

dar limosna a los pobres es el mayor placer;

hoy es día de fiesta para todo cristiano,

¿dejaréis que de ayuno para mí venga a ser?

SOLDADOS
    Ya torres altivas,

ya muros y almenas,

ya niñas esquivas

conquista el valor.

Si rudas faenas

costó la victoria,

mayor es la gloria

y el premio mayor.

    A próspera suerte

a dicha colmada,

o a bárbara muerte

nos llama el clarín.

En vida alternada

de amores y riñas,

castillos y niñas

se rinden al fin.

    Audacia y cuidados

gran premio tendrán.

Así los soldados

alegres se van.

CAMPESINOS BAJO LOS TILOS

(Cantan y bailan.)

    Empieza el baile en el ejido;

el mozo al baile va muy galán;

va con mil moños en el vestido

bajo los tilos todos están.

Desatinados bailan en fin.

       ¡Alza! ¡Viva!

Amor las almas rinde y cautiva,

al son de flautas y violín.

    No reparando el mozo en nada,

da con el codo a una beldad.

La niña dice muy enfadada:

«Tenga usté un poco de urbanidad.

¡Qué desvergüenza! ¡Qué galopín!»

       ¡Alza! ¡Viva!

Amor las almas rinde y cautiva,

al son de flautas y violín.

    Ambos, no obstante, entran en rueda,

y juntos bailan con gran fervor.

Su falda agita la danza leda,

su rostro enciende bello rubor.

Caderas, codos, tócanse en fin.

       ¡Alza! ¡Viva!

Ya se reposa la niña esquiva

asida al brazo del galopín.

    «Lisonjas falsas; creerte no debo.

No me seduzcas, hombre sin fe».

Mas dulcemente logra el mancebo,

lejos, adonde nadie los ve,

a la muchacha llevar al fin.

       ¡Alza! ¡Viva!

Amor las almas rinde y cautiva,

al son de flautas y violín.

V

En el laboratorio

ESPÍRITUS

(Fuera.)

    Dentro hay uno preso,

quedaos aquí.

Como zorra en lazo

cayó el infeliz.

Revolad en torno;

bajad y subid,

hasta que el diablo

consiga salir.

Si con nuestro auxilio

escapa por fin,

tan buen camarada

nos ha de servir.

...................................
       Negras ojivas,

       ¡desvaneceos!

       ¡Nubes, rompeos!

       ¡Oh, luces vivas

       del éter puro,

       entrad, lucid!

      El aire obscuro

       poblad, estrellas

       y ninfas bellas.

       Genios, el vuelo

       de amante anhelo

       raudos seguid.

       Cubrid el suelo

       y la enramada,

       donde el amante

       habla a su amada,

       con un flotante

       blanco cendal.

       Broten las flores,

       haya verdura,

       sombra y olores.

       La uva madura

       prensa estruje,

       y que a su empuje

       corra un raudal

       de hirviente vino,

       que por los prados

       se abra camino,

       dando a collados

       y a bosque umbroso

       reflejo hermoso

       en su cristal.

       Canten las aves

       enamoradas;

       tejan las hadas

       danzas suaves;

       vierta un tesoro

       de lumbre el sol.

       En ondas de oro

       vayan flotando

       islas amenas,

       do el aéreo bando

       mil cantilenas

       diga de amor.

       Y ya reunidos,

       los genios giren;

       ya se retiren;

       Ya difundidos

       decidan éstos

       al éter vago

       o a los enhiestos

       montes subir;

       todos alcancen

       cual luz querida

       de amante vida

       siempre lucir.

...............................................
    ¡Ay! Destrozaste el mundo.

¡Ay! ¡Ay! El mundo hermoso

con brazo poderoso,

un semi-dios rompió.

Sus restos al profundo

del no-ser arrojamos:

la beldad lamentamos

que en él resplandeció.

    Mas tú debes, gigante

entre todos los seres,

un mundo más brillante

en tu pecho crear,

do entre luz y placeres

se abra campo la vida

nueva a que te convida

nuestro nuevo cantar.

VI

La taberna de Auerbach

FROSCH

(Canta.)

    Prodigio tan sobrehumano

me confunde:

¿el Sacro Imperio Romano

no se hunde?

............................................
    Tiende el vuelo, Filomena,

y saluda veces mil

a mi querida gentil

en su dulce cantilena.

...........................................
    La puerta, vida mía,

abre al amor que veía;

cierra ya con cautela;

cierra, que viene el día.

BRANDER

(Canta.)

    Un atrevido ratón

en la despensa habitaba,

y de queso se atracaba,

de tocino y de jamón.

    Con vivir tan placentero,

entre el queso y el tocino,

gordo se puso el indino

como el gran Martín Lutero.

    Mas logró la cocinera

que comiese rejalgar,

y dio el ratón en brincar,

cual si en el cuerpo tuviera

       ¡oh qué dolor!,

       al propio Amor.

CORO
       ¡Oh, qué dolor!,

       al propio Amor.

BRANDER
    Corriendo ron furia loca,

en todas partes bebía,

en balde apagar ansía

el ardor que le sofoca.

    Roe cuanto mira en casa;

no hay lugar en que no entre;

imagina que en el vientre

lleva un carbón hecho brasa.

    Pero inútil considera

tanta agitación al cabo,

y triste se muerde el rabo,

cual si en el cuerpo tuviera

       ¡oh qué dolor!,

       al propio Amor.

CORO
       ¡Oh, qué dolor!

      al propio Amor.

BRANDER
    En su horrible malestar,

yendo al fin a la cocina,

moribundo se reclina

el ratón junto al hogar.

    Y bufa, y gruñe, y deplora

tanto su mal el ratón,

que es de bronce el corazón

de quien le escucha y no llora.

    Mas ríe la cocinera,

y sin compasión le mira,

y él a sus plantas expira,

cual si en el cuerpo tuviera

       ¡oh, qué dolor!,

       al propio Amor.

CORO
       ¡Oh, qué dolor!,

       al propio Amor.

MEFISTÓFELES
   Érase un rey que tenía

una pulga colosal,

y más que a su hijo quería

a tan extraño animal.

    Hizo que el sastre viniera

y que al bicho seductor

de terciopelo vistiera

chupa y calzas con primor.

    El bicho bien adornado,

bandas y cruces lució,

y del rey encaprichado

ser el ministro logró.

    A la corte sus parientes

todos llegaron a ir,

y libre ya de sus dientes

nadie podía vivir.

    Medran las pulgas picando

a cuantas personas ven,

y hasta a la reina aquel bando

chupa la sangre también;

regías pulgas aguantar;

mas nosotros cuando muerdan,

las debemos estrujar.

CORO
Mas nosotros cuando muerdan,

las debemos estrujar.

MEFISTÓFELES

(Con gestos extraños.)

    El cabrón cuernos tiene;

la cepa tiene uvas;

el vino de las cubas

de su jugo proviene.

    Si la vid es un palo,

palo la mesa es;

vierta la mesa, pues,

el vino que os regalo.

    Hondo mirar fijemos

en la naturaleza;

y con fe y entereza

este milagro haremos.

....................................

(Con aire severo.)

    Que falsos sonidos

y vana ilusión

turben sus sentidos,

roben su razón.

....................................
    ¡Desvanézcase el hechizo!

Caiga del error la venda,

y que cada cual comprenda

la burla que el diablo hizo.

VII

La bruja

EL MONO

(Se aproxima y acaricia a Mefistófeles.)

    Echa los dados;

juega conmigo;

deja que logre

hacerme rico;

pues con dineros

en el bolsillo

tendré talento,

tendré juicio.

..................................
    Ruede la bola;

el mundo ruede;

suena a cascado

y va a romperse.

Como de vidrio

hecho parece,

y que está hueco

interiormente.

Mira, hijo mío,

que no te ciegue

el primoroso

brillo que tiene.

Va a dar un trueno;

matarte puede,

cuando en pedazos

todo se quiebre.

......................................
    De ladrón la condición

la criba al momento aclara,

(Corre hacía la mona y la obliga a mirar al través de la criba.)

mira al través esa cara;

di su nombre, si es ladrón.

LOS ANIMALES
    Corona aquí tienes:

sostenla en tus sienes

con sangre y sudor.

(Saltan desordenadamente con la corona y la rompen en dos pedazos, con los cuales bailan en todas direcciones.)

    Mas no: la rompemos;

y hablamos y vemos,

y hasta componemos

versos con valor.

.......................................
    Lógrese un intento

por casualidad,

y habrá habilidad

y habrá pensamiento.

LA BRUJA
    ¡Maldito mono funesto!

Descuidaste la caldera

y quemaste a la hechicera.

¡Maldito!

(Viendo a FAUSTO y a MEFISTÓFELES.)

Pero ¿qué es esto?

¿Quién es? ¿Quién audaz no teme

entrando hasta aquí mi enojo?

Que este fuego que os arrojo

hasta los huesos os queme.

MEFISTÓFELES

(Volviendo el abanico que tiene en la mano, y dando golpes a derecha e izquierda sobre los vasos y calderas.)

    ¡Basta! Deja el hervidero.

Caigan vasos y caldero;

me gocé en acompañar,

¡oh bestia!, tu melodía,

destrozando cuanto había

alrededor del hogar.

(Mientras, la BRUJA se retira llena de cólera y de miedo.)

VIII

Balada del rey de Thule

MARGARITA

(Con una lámpara en la mano.)

(Empieza a cantar mientras se desnuda.)

    De amor y lealtad tesoro,

un rey en Thule reinó,

a quien una copa de oro

su amiga, al morir, dejó.

    Sin vaciar la copa bella,

no halla en el festín encanto,

y clava la vista en ella,

y al beber acude el llanto.

    Cuando el cetro y la corona,

previendo el fin de la vida,

a su heredero abandona,

guarda la copa querida.

    A la torre que se eleva

y avanza sobre la mar,

a sus caballeros lleva

regio festín a gozar.

    Último fuego el anciano

bebe allí de amor fecundo,

y arroja con firme mano

la santa copa al profundo.

   Cubierta por onda vaga

la mira desparecer;

y su mirada se apaga,

y nunca vuelve a beber.

(Abre el armario para encerrar sus vestidos, y ve la cajita de las joyas.)

IX

Tormento de amor

MARGARITA

(Sola, hilando en el torno.)

    ¡Corazón, cuán hondo

pesar te atribula!

La paz que perdiste

no volverá nunca.

    Donde no le miro

yo veo la tumba;

se secan los campos

y el cielo se anubla.

    Hirió mi cabeza

extraña locura;

destrozan mi seno

recelos y angustias.

    ¡Corazón, cuán hondo

pesar te atribula!

La paz que perdiste

no volverá nunca.

    Mi afán por las calles

hallarle procura;

desde la ventana

mis ojos le buscan.

    Su ademán altivo,

su noble figura,

su risa, su dulce

mirar que subyuga;

    su voz que me hechiza,

su hablar que me turba,

la presión que siente

mi mano en la suya;

    y, ¡ay!, su beso... El alma

vanamente lucha;

la paz ya perdida

no volverá nunca.

    Mas la paz no anhelo,

que anhelo ventura;

y sólo en tenerle

cautivo se funda,

    y en darle mil besos

sin tregua ni hartura;

si sus besos matan,

morir no me asusta.

X

Plegaria

(En un hueco del muro, una imagen de la Madre Dolorosa, con vasos llenos de flores delante.)

MARGARITA

(Poniendo flores nuevas en los vasos.)

    ¡Ay, Madre Dolorosa!

Tus ojos vuelve a mi dolor piadosa.

El pecho, cuando miras

morir al Hijo amado,

por siete espadas llevas traspasado;

por su pasión y tu pasión suspiras,

y al padre celestial pides consuelo.

Tal vez no menor duelo

todo mi ser domina y atormenta;

tú sabes la esperanza que me alienta,

el mal que me devora,

por qué mi pobre corazón te implora;

aguda flecha en él clavada llevo

por dondequiera que mi planta muevo.

¡Ay! Lloro, lloro sola en mi quebranto

y se deshace el corazón en llanto;

con mi llanto regué por la mañana

las macetas que adornan mi ventana,

cuando estas flores para ti cogía,

y dio luz a mi alcoba y alegría

el alba, hasta en mi lecho reluciendo,

y en él sentada me encontró gimiendo.

¡Virgen de los Dolores! ¡Madre mía!

¡Sálvame de la muerte ignominiosa,

vuelve tus ojos hacia mí piadosa!

XI

Serenata

MEFISTÓFELES

(Canta, acompañándose con la cítara.)

    Al indeciso fulgor

con que ya la aurora brilla,

¿qué intentas, Catalinilla,

a la puerta de tu amor?

No te fíes, y desdeña

falso ruego,

que entrarás doncella, y luego

saldrás dueña.

    Niñas, vivid con recato;

ya es tarde. ¿Qué se ha de hacer?

Más precauciones tener:

que nunca al galán ingrato

diga el corazón sencillo:

te amo y cedo,

si antes no os pone en el dedo

el anillo.

XII

La catedral

Oficios. -Órgano y canto.

(MARGARITA entre la multitud. -El ESPÍRITU detrás de MARGARITA.)

ESPÍRITU DEL MAL
    ¡Cuán mudada te hallas!

Cuán otra, ¡oh Margarita!

Aquí mismo, inocente,

doblabas la rodilla,

rezabas en tu libro,

y sólo Dios hacía

su morada en tu alma,

entre juegos de niña.

¿Qué turba tu cabeza?

¿Qué horror tu pecho agita?

¿Pedir a Dios, acaso,

por tu madre osarías,

que murió por tu culpa?

¿Qué sangre es la que miras

de tu casa a la puerta?

Y en tus entrañas mismas,

su desdicha anunciando

y tu propia desdicha,

con vivir ominoso,

¿qué nuevo ser palpita?

MARGARITA
    De horribles pensamientos,

¡ay, cielos!, ¿quién me libra?

CORO
    Dies israe, dies illa

solvet saeclum in favilla.

ESPÍRITU DEL MAL
    Ira de Dios te agobia;

te aguarda su justicia;

las trompetas resuenan;

los sepulcros vacilan.

Tu corazón despierta

del sueño entre cenizas;

para tormento y llamas

recobra nueva vida.

MARGARITA
    ¡Ay! ¡Huyamos! El órgano

del aliento me priva;

los cantos en mi pecho

abren profunda herida.

CORO
   Judex ergo cum sedebit,

quidquid latet, adparevit,

nil inultum remanevit.

MARGARITA
    ¡Me ahogo! ¡Los pilares

del templo me cautivan...,

me aprietan..., y la bóveda

se me desploma encima!

¡Aire!

ESPÍRITU DEL MAL
¡Luz!... No se ocultan

pecados e ignominia.

CORO
   Quid sum miser tunc dicturus?

Quem patronum rogaturus?

Cum vix justus sit securus.

ESPÍRITU DEL MAL
    Los bienaventurados

de ti apartan la vista,

y los justos que pasan

darte la mano evitan.

¡Ay de ti!

MARGARITA
Yo me muero.

¡Socorredme, vecina!

(Cae desmayada.)

CORO
Quid sum miser tunc dicturus?


Madrid, 1878.

El sable de Vucachin

Romance popular de Servia

    En el campo de Kosovo,

a la margen del Sitniza,

está, con cien mil guerreros,

el gran sultán de Turquía.

Un faraute con un sable
5

recorre todas las filas:

trescientas monedas de oro

por la hoja damasquina,

y trescientas por las joyas

que en el fondo relucían,
10

y trescientas por el puño

el buen faraute pedía.

Allí a Marco Kralyewitch

halló el faraute por dicha.

«Déjame mirar el sable»,
15

Marco Kralyewitch decía.

Después de haberle mirado,

añadió con bizarría:

«Las novecientas monedas

que valer el sable estimas
20

darte quiero de contado;

mas a sitio te retira

seguro, donde yo el cinto

sin recelo me desciña,

y luzca y cuente el dinero,
25

porque son las deudas mías

tantas, que los acreedores

temo que la compra impidan».

El turco, siguiendo a Marco,

fue con él hacia la orilla,
30

junto a la sólida puente

de blanca mampostería.

Marco allí sacó del cinto

tres bolsas que en él había,

la capa extendió en el suelo
35

y el oro derramó encima.

Mientras el turco le cuenta,

con detenimiento mira

el sable Marco, y tres signos

en él descubre y descifra.
40

De San Demetrio era uno,

del Arcángel otro, y firma

de Vurachin el tercero.

Fijando en ello la vista,

Marco al faraute pregunta:
45

«Por Dios, turco, que me digas

cómo adquiriste este sable.

¿Fue herencia de tu familia?

¿Fue de tu mujer presente?

¿Fue de tu esfuerzo conquista?»
50

El turco respondió a Marco:

«A contestarte me obliga

con franqueza tu franqueza:

ni el padre, ni la querida

esposa, el sable me dieron;
55

lo gané en tremendo día,

en el campo de batalla,

a la margen del Sitniza,

donde de Servia el imperio

cayó en sangrienta ruina;
60

en el campo de Kosovo,

donde dos reyes morían,

el tzar Lázaro de Servia

y Amurates de Turquía.

Montado en un potro bayo,
65

por este campo yo iba

para dar agua a mi potro

apenas amanecía.

En tienda de seda verde

vi a un guerrero que yacía;
70

al lado suyo este sable

y el pecho lleno de heridas.

Al verme dijo el guerrero:

«Ten piedad de mi desdicha;

estoy herido de muerte;
75

pronto perderé la vida...;

aguarda aquí a que mi alma

salga del cuerpo tranquila

y arroja luego mi cuerpo

en el fondo del Sitniza.
80

Este sable será tuyo

con su hoja damasquina.

Y la tienda, que es de seda,

y tres bolsas, de oro henchidas.»

«Yo, lo confieso, no tuve
85

piedad del que la pedía,

y le corté la cabeza

con rapidez inaudita.

Le así luego el brazo izquierdo

y el pie derecho enseguida,
90

y en medio de la corriente

arrojele del Sitniza.

Así el botín he ganado

y la hoja damasquina.»

Hasta el fin escuchó Marco;
95

luego al faraute decía:

«Turco, que Dios te lo pague;

a quien quitaste la vida,

a Vucachin el monarca,

es a quien debo la mía.
100

Do le diste sepultura

te la daré con justicia.»

Y le cortó la cabeza

con rapidez inaudita.

Le asió luego el brazo izquierdo
105

y el pie derecho en seguida,

y en medio de la corriente

arrojole del Sitniza.

«Ve a acompañar a mi padre»,

al arrojarle le grita.
110

Con su sable y su dinero

Marco a la hueste volvía.

Los genízaros exclaman:

«Por Dios, Marco, que nos digas

dónde dejaste al faraute».
115

Y Marco les respondía:

«De vender entre nosotros

no esperando granjería,

se ha hecho mercader de mar

y hacia la mar se encamina».
120

Los genízaros entonces

entre sí diciendo iban:

«¡Ay del turco que de Marco

y de sus tratos se fía!»


Elegía de Abul-Beka, de Ronda, a la pérdida de Córdoba, Sevilla y Valencia

    Cuanto sube hasta la cima,

desciende pronto abatido

       al profundo;

¡ay de aquel que en algo estima

el bien caduco y mentido
5

       de este mundo!

    En todo terreno ser

sólo permanece y dura

       el mudar;

lo que hoy es dicha o placer
10

será mañana amargura

       y pesar.

    Es la vida transitoria

un caminar sin reposo

       al olvido;
15

plazo breve a toda gloria

tiene el tiempo presuroso

       concedido.

    Hasta la fuerte coraza,

que a los aceros se opone
20

       poderosa,

al cabo se despedaza,

o con la herrumbre se pone

       ruginosa.

    Con sus cortes tan lucidas,
25

del Yemen los claros reyes,

       ¿dónde están?

¿En dónde los Sasánidas,

que dieron tan sabias leyes

       al Irán?
30

    Los tesoros hacinados

por Karún el orgulloso

       ¿dónde han ido?

De Ad y Temud afamados,

el imperio poderoso,
35

       ¿do se ha hundido?

    El hado, que no se inclina

ni ceja, cual polvo vano

       los barrió,

y en espantosa ruina,
40

al pueblo y al soberano

       sepultó.

    Y los imperios pasaron,

cual una imagen ligera

       en el sueño;
45

de Cosroes se allanaron

los alcázares, do era

       de Asia dueño.

    Desdeñado y sin corona

cayó el soberbio Darío
50

       muerto en tierra.

¿A quién la muerte perdona?

Del tiempo el andar impío,

       ¿qué no aferra?

    De Salomón encumbrado
55

¿al fin no acabó el poder

       estupendo?

Siempre del seno del hado

bien y mal, pena y placer

       van naciendo.
60

    Mucho infortunio y afán

hay en que caben consuelo

       y esperanza;

mas no el golpe que el Islam

hoy recibe en este suelo
65

       los alcanza.

    España tan conmovida

al golpe rudo se siente

       y al fragor,

que estremece su caída
70

al Arabia y al Oriente

       con temblor.

    El decoro y la grandeza

de mi patria, y su fe pura,

       se eclipsaron;
75

sus vergeles son malezas,

y su pompa y hermosura

       desnudaron.

    Montes de escombro y desiertos,

no ciudades populosas,
80

       ya se ven;

¿qué es de Valencia y sus huertos?

¿Y Murcia y Játiva hermosa?

       ¿Y Jaén?

    ¿Qué es de Córdoba en el día,
85

donde las ciencias hallaban

       noble asiento,

do las artes a porfía

por su gloria se afanaban

       y ornamento?
90

    ¿Y Sevilla? ¿Y la ribera

que el Betis fecundo baña

       tan florida?

Cada ciudad de éstas era

columna en que estaba España
95

       sostenida.

    Sus columnas por el suelo,

¿cómo España podrá ahora

       firme estar?

Con amante desconsuelo
100

el Islam por ella llora

       sin cesar.

    Ya llora al ver sus vergeles

y al ver sus vegas lozanas

       ya marchitas,
105

y que afean los infieles,

con cruces y con campanas,

       las mezquitas.

    En los mismos almimbares

suele del leño brotar
110

       tierno llanto.

Los domésticos altares

suspiran para mostrar

       su quebranto.

    Nadie viva con descuido,
115

su infelicidad creyendo

       muy distante;

pues mientras yace dormido

está el destino tremendo

       vigilante.
120

    Es dulce patria querida

la región apellidar

       do nacemos;

pero, Sevilla perdida,

¿cuál es la patria, el hogar
125

       que tenemos?

    Este infortunio a ser viene

cifra de tanta aflicción

       y horror tanto;

ni fin ni término tiene
130

el duelo del corazón,

       el quebranto.

    Y vosotros, caballeros,

que en los bridones voláis

       tan valientes,
135

y cual águilas ligeros,

y entre las armas brilláis

       refulgentes;

    que ya lanza poderosa,

agitáis en vuestra mano,
140

       ya en la obscura

densa nube polvorosa,

cual rayo, el alfanje indiano

       que fulgura;

    vosotros, que allende el mar
145

vivís en dulce reposo,

       con riquezas

que podéis disipar,

y señorío glorioso

       y grandezas;
150

    decidme: los males fieros

que sobre España han caído,

       ¿no os conmueven?

¿Será que los mensajeros

la noticia a vuestro oído
155

       nunca lleven?

    Nos abruman de cadenas;

hartan con sangre su sed

       los cristianos.

¡Doleos de nuestras penas!
160

¡Nuestra cuita socorred

       como hermanos!

    El mismo Dios adoráis,

de la misma estirpe y planta

       procedéis;
165

¿por qué, pues, no despertáis?

¿por qué a vengar la ley santa

       no os movéis?

    Los que el imperio feliz

de España, con alta honra
170

       sustentaron,

al fin la enhiesta cerviz,

al peso de la deshonra,

       doblegaron.

    Eran cual reyes ayer,
175

que de pompa se rodean,

       y son luego

los que en bajo menester,

viles esclavos, se emplean

       sin sosiego.
180

    Llorado hubierais, sin duda,

al verlos entre gemidos

       arrastrar

la férrea cadena ruda,

yendo, para ser vendidos,
185

       al bazar.

    A la madre cariñosa

allí del hijo apartaban

       de su amor;

¡separación horrorosa,
190

con que el alma traspasan

       de dolor!

    Allí doncellas gentiles,

que al andar, perlas y flores

       esparcían,
195

para faenas serviles

los fieros conquistadores

       ofrecían.

    Hoy en lejana región

prueban ellos del esclavo
200

       la amargura,

que destroza el corazón,

y hiere la mente al cabo

       con locura.

    Tristes lágrimas ahora
205

vierta todo fiel creyente

       del Islam,

¿quién su infortunio no llora

y roto el pecho no siente

       del afán?
210


Confiteor Deo4

I

   Del año mil cuatrocientos,

en la verde primavera,

a su castillo de Ruhn,

sobre la margen del Elba,

el margrave de Gomer,
5

dueño de vidas y haciendas,

y señor de horca y cuchillo,

de pendón y de caldera,

de cazar vuelve una noche;

ve ahorcar a tres; luego cena,
10

y muere de muerte súbita,

sin agonía violenta.

Del homenaje en la torre

se iza enlutada bandera;

mas villanos y burgueses,
15

en vez de duelo, arman fiesta.

Había el margrave sido

azote de aquella tierra,

por su insaciable codicia,

por su iracunda soberbia.
20

Agobiando a sus vasallos

con mil pechos y gabelas,

en atroz lagar de sangre

estrujaba la miseria.

Todo vestido de hierro,
25

iba con una caterva

de sayones y de esbirros,

por el palo y por la cuerda,

para escarmiento de díscolos,

dando razón de quién era.
30

Emigraban los mancebos

o gemían en cadenas,

y los viejos mendigaban,

llenos de harapos y lepra,

un mendrugo de pan bazo
35

del monasterio a la puerta.

Si con industria y ahorro

alguien juntaba moneda,

la sepultaba medroso,

sin lucrar ni gozar de ella.
40

Así el malestar crecía,

y cundía la pobreza,

y los años del margrave

frisaban en los ochenta,

conservándole el demonio
45

en su cabal entereza

para llenar el infierno

con gentes que desesperan.

Cuando corrió de su muerte

la consoladora nueva,
50

y el irreverente vulgo

dio de su júbilo muestras,

cual bandada de palomas,

si el halcón que las aterra

sucumbe de pronto, herido
55

por inesperada flecha,

los villanos en el campo

al regocijo se entregan:

de las horcas y picotas

atrevidos hacen leña,
60

y fuego encienden, y bailan

alrededor de la hoguera.

Los guerreros del castillo

algún insulto recelan,

y atentamente vigilan
65

en saetías y entre almenas.

Hay sólo cabe el difunto,

un pobre fraile que reza.

Sentado está el pobre fraile

en un sillón de vaqueta,
70

y la rigidez inmóvil

del cuerpo muerto contempla,

que ya la estatua yacente

que han de erigirle remeda.

Le iluminan con luz roja
75

cuatro blandones de cera,

cuya llama oscila acaso

o aviva un aura más fresca,

que, esfumando los contornos

del cadáver, en las negras
80

colgaduras monstruos finge

y extrañas sombras proyecta.

Bien calada la capucha,

que el rostro pálido cela,

murmura el fraile responsos
85

con voz monótona y lenta;

mas a deshora se calla;

sus dedos se crispan; tiembla,

y con espanto imagina

que un gran prodigio presencia.
90

Incorporado el margrave,

sobre el féretro se sienta;

abiertos tiene los ojos,

y sin miedo ni sorpresa

mira el fúnebre aparato,
95

y dice con voz entera:

«¿Qué pasa? ¿Estoy muerto o vivo?

Vivo estoy. Chasco se lleva

mi sobrino, si es que viene

para recoger la herencia.
100

Hola, fraile; tráeme vino,

que tengo la boca seca.»

Se persigna y se santigua

el fraile; su asiento deja;

con paso firme y seguro
105

al feroz viejo se acerca

y de esta suerte desata

cristianamente la lengua.

II

    «Como ejemplo singular,

de soberana clemencia,
110

Dios para la penitencia

te quiso resucitar.

Procura, pues, alcanzar,

con humilde confesión,

de tus culpas el perdón.
115

No desoigas mis palabras;

margrave, mira que labras

tu eterna condenación.

    Y no basta que declares

y lamentes tu delito;
120

menester es que, contrito,

el mal que hicistes repares.

Por ti corre el llanto a mares;

enjúgale con tu mano;

en caridad de cristiano
125

trueca tu soberbia ruda,

y sostén a la viuda,

al huérfano y al anciano.

    Ya que Dios el beneficio

te otorga de nueva vida,
130

no a deleites te convida,

sino a ceñirte el cilicio.

Desecha regalo y vicio,

reviste burdo sayal,

azota el cuerpo mortal
135

y hazte de tu alma esclavo,

a fin de que Dios al cabo

te libre de todo mal.»

    «Frailecillo impertinente,

el margrave le contesta,
140

tu predicación molesta

me prueba que estás demente.

Si en su gloria no consiente

Dios a un noble caballero,

sin que se humille primero
145

con extravagancias mil,

disciplina y llanto vil,

ir al infierno prefiero.»

    «No blasfemes, desdichado,

replica el fraile con calma;
150

Dios, para salvar tu alma,

breve plazo te ha otorgado.

Si a desertar tu pecado

mi voz no llega a moverte,

de tus súbditos advierte
155

la acusadora alegría

con que todos a porfía

celebran ora tu muerte.»

    Calla el fraile y oye el viejo,

en el féretro sentado,
160

el rumor inusitado

del universal festejo;

ve en la pared el reflejo

de grande hoguera cercana,

y mira por la ventana
165

cuanto en su muerte se goza,

y cómo trisca y retoza

la muchedumbre villana.

    Amenazante el furor

del viejo, entonces estalla,
170

diciendo: «¡Oh, torpe canalla,

te he de pagar tanto amor!

Y a ti, fraile, tu fervor

premiaré, y plática amena,

colgándote de una almena,
175

al punto, para que des

bendiciones con los pies

al viento, a los grajos cena.»

III

    Esto dice, y sin cesar

sus amenazas y fieros,
180

de un brinco intenta el margrave

bajar del túmulo al suelo.

La espada lleva en el cinto,

la cota cubre su pecho,

y espera cruda venganza
185

del frailecillo y del pueblo.

Ya tiene las piernas fuera,

y aun exclama con afecto

piadoso el fraile: «¡Perdón

pide a Dios, te queda tiempo!»
190

Pero el margrave no escucha,

y a saltar va, cuando presto,

la capucha derribada,

mostrando su rostro enérgico,

su nariz que hincha la cólera,
195

su mirar que arroja fuego,

el fraile se le abalanza,

manos echándole al cuello.

Entre la gola y la carne

logra meterle los dedos,
200

que eran nudosos y enjutos,

pero más fuertes que hierro.

Con aquel dogal no puede

llamar a su gente el viejo,

y lucha sin esperanza
205

en horroroso silencio.

Cárdeno el rostro, la boca

y los ojos muy abiertos,

enseñando la blasfema

lengua, y erizado el pelo,
210

al fin sin bullir reposa

y ya para siempre muerto.

El fraile entonces le alisa

las canas; le empuja dentro

la lengua y cierra la boca:
215

le extiende bien sobre el féretro;

sus ojos cierra asimismo;

endereza un candelero

que derribó con la brega;

recata el rostro de nuevo,
220

calándose la capucha;

de hinojos se postra luego;

abre los brazos en cruz,

y reza: Confiteor Deo.


Las hojas que cantan

De J. Russell Lowell

I

    A las tres infantas,

cuando fue a la feria,

preguntaba el rey:

«¿Qué os traigo a la vuelta?»

Gentil la mayor,
5

aunque harto soberbia,

respondió: «Yo quiero

diamantes y perlas».

Rubia como el trigo

la segunda era:
10

sus mejillas, rosas;

su frente, azucenas.

Y dijo: «Yo gusto

de rica diadema,

de anillos de oro
15

y trajes de seda».

Así su deseo

mostró la tercera,

en quien competían

talento y belleza:
20

«Con el alba siempre,

en la madreselva

que de mi ventana

tapiza la reja,

no sé si dormida,
25

no sé si despierta,

oigo a un pajarillo,

cuya cantinela

a pedir las hojas

que cantan me enseña».
30

Por desdén y enojo,

frunciendo las cejas,

el rey replicaba:

«Su clara nobleza

al pedirme joyas
35

tus hermanas prueban:

mas yo juzgaría

lo que tú deseas

humilde y villano,

si absurdo no fuera».
40

Luego de hito en hito

miró a la princesa:

en su hermosa cara

recordó a la reina,

y exclamó, trocando
45

su enojo en terneza:

    «Si hay hojas que cantan,

yo juro traerlas».

II

    Cabalgando el rey

durante tres días,
50

la feria ver pudo

de todo provista.

Las joyas y sedas

marco sin fatiga,

mas nadie las hojas
55

que cantan vendía.

De nuevo a caballo,

por la senda esquiva,

el rey se internaba,

y en balde decía:
60

«Pomposa arboleda

que mil hojas crías,

las hojas que cantan

concede a mi niña».

Como mar remoto
65

el viento gemía

en las altas copas

de verdes encinas.

Mas en todo el bosque

ni un árbol había
70

que de hojas que cantan

tuviese noticia.

El rey dijo entonces:

«Si no son por dicha

las hojas que cantan
75

ensueño y mentira,

a quien lo demuestre

darele en albricias

mis regios favores

por toda la vida».
80

El doncel del rey,

que a su lado iba,

oyó la promesa

y dijo enseguida:

«Empeña tu regia
85

palabra, y afirma

darme lo primero

que al llegar percibas

hoy de tu palacio

en la puerta misma,
90

y que tu verdugo

mi cuello divida

si de hojas que cantan

no goza tu hija».

El rey, largo tiempo,
95

callado, medita:

al cabo, resuelto,

al doncel replica:

«Mi palabra empeño.

En ella confía.»
100

El doncel al punto,

con mano atrevida,

puso en las del rey

algo que escondía

sobre el corazón
105

cual santa reliquia;

y añadió: «Te entrego

las hojas que ansías.»

III

    El rey a las puertas,

llegó del Alcázar,
110

y salió a su encuentro

la señora infanta;

y alegró su vista,

con sonrisa blanda,

y aduló su oído
115

con dulces palabras.

Dijo el rey: «Te traigo

las hojas que cantan;

mas harto recelo

que cuesten muy caras».
120

    Puso un paquetillo

en su mano blanca,

y le tomó ella,

llorosa y turbada:

mas en aquel lloro
125

su gozo brillaba,

cual sol en el leve

rocío del alba.

Bajo sello había

tres hojas guardadas.
130

La primera hoja

le vio que cantaba:

«El doncel yo soy,

que tierno te ama

y en la piedad tuya,
135

cifra su esperanza.

Son mi única hacienda

las enamoradas

canciones que escuchas

desde tu ventana».
140

La segunda hoja

así se expresaba:

«Pero de los genios

en región arcana,

imperio glorioso
145

mi voz avasalla,

do el laúd es cetro

y el vate monarca».

La tercera hoja

cantó con audacia
150

amante: «Sé mía,

que es tuya mi alma».

Al leer la primera,

la niña temblaba:

al leer la tercera,
155

se puso algo pálida;

mas su corazón,

con ondas de grana,

a leer la tercera,

le bañó la cara.
160

«¡Cuán sabio consejo,

exclamó la dama,

me dio el pajarillo,

allá en la enramada;

pues truecan las hojas
165

en placer mis ansias,

y en dicha perpetua

inundan mi alma!».

Para más regalo

y más bienandanza,
170

si ella trajo en dote

su amor y sus gracias,

y todos los juros

rentas y adehalas,

de diez Baronías
175

y de cuatro Marcas,

él, más generoso,

le dio, como en arras,

a inmortal corona

del reino que abarca,
180

cuanto el genio crea

y el arte abrillanta.


Washington, 1885.

Praxíteles y Fryne

De W. Wetmore Story

    Con leve, obscuro velo,

la tarde, ha dos mil años, encubría

la púrpura y el oro que en el cielo

el sol difunde al expirar el día.

    Su obra terminaba
5

el artista, y, dejando su cincel,

con un suspiro a la mujer hablaba

que estaba en la penumbra junto a él.

    «Vencedor del destino,

salvé de alteración algo de ti,
10

porque fiel de tu rostro peregrino

los rasgos en el mármol esculpí.

    Fryne, tus labios rojos

su aroma perderán y su frescura

se apagará la llama de tus ojos;
15

Amor no sostendrá tanta hermosura.

    Mas, aunque Amor no pueda

puede el arte fijar lo fugitivo:

por él en mármol, para siglos queda

de tu sonrisa el resplandor cautivo.
20

    Mi cerebro y mi mano

cenizas ya serán y polvo inerte,

y tu beldad, por arte soberano,

brillará vencedora de la muerte.

    Esperanzas, temores,
25

en nuestros pechos no tendrán cabida:

huirán cual vago son nuestros amores;

será olvidado cuento nuestra vida.

    Pero, en la piedra helada,

que Amor no anima con su dulce fuego,
30

persistirán tu forma y tu mirada

con raro hechizo, en plácido sosiego.

    Ni veladora pena,

ni atroz cuidado que la paz nos quita,

perturbarán la majestad serena
35

conque esta imagen tu beldad imita.

    Y todo el que la vea,

al ver del arte el inmortal destello,

su inmarcesible flor, su limpia idea

y de las gracias el perenne sello,
40

    tal vez triste se incline

a suspirar; tal vez diga extasiado:

«Así sonríe encantadora Fryne

y Praxíteles de ella enamorado».


Washington, 1885.

Luz y tinieblas

De John Greenleaf Whittier

    Los siglos pasan sin que nadie pueda

el misterio entender:

hoy la pregunta sin respuesta queda,

y hoy urge más que ayer.

Ningún signo exterior nos da consuelo:
5

mientras la fe batalla,

sin esperar, contra la duda, el cielo

indiferente calla.

Para siempre del mal sigue escondida

la razón a los sabios:
10

la esfinge está en la puerta de la vida,

y el enigma en sus labios.

Delito y miedo invaden el camino:

halaga la hermosura

de los frutos, y prueba el peregrino
15

cenizas y amargura.

Aunque sin claridad, odia la mente

lo que el sentido ama:

a través de la urdimbre reluciente

se ve la negra trama.
20

¿Y por qué dolor tanto? Dios lo sabe.

Yo sólo sé que es bueno,

y que trueca lo áspero en suave

y en bálsamo el veneno.

Si con terrible majestad fulgura,
25

ante su altar me postro,

y, cual Moisés, la paternal dulzura

contemplo de su rostro.

Lo que se oculta al pensamiento impío

con viva fe discierno,
30

y en la misericordia me confío

y bondad del Eterno.

Que la salud en la dolencia acuda

de Él espera mi alma;

en los combates paz, luz en la duda,
35

y en las tormentas calma.

No nace el padecer de que se ofenda

Dios contra el débil ser,

cuando vacila en la escabrosa senda

o la llega a perder.
40

Porque siempre entre zarzas y entre abrojos,

al que errado camina,

perdón promete con piadosos ojos

la caridad divina.

Ella transforma la cadena en flores,
45

y rasga el denso velo

del error y el pecado, y los fulgores

nos deja ver del cielo.

Quien infringe las leyes de la vida,

no ha de extrañar la pena
50

a que en su rebelión y en su caída

él mismo se condena.

Cuando vuelve la espalda a la hermosura

del claro sol divino,

del propio cuerpo con la sombra obscura
55

tropieza en el camino.

Y ya carece del vigor que eleva

hacia la luz la cara,

si la gracia de Dios no le renueva

y su amor no le ampara.
60

La fuerza del pecado nos desvía

de Dios; pero más fuerte

Amor, que el astro errante hacia el sol guía,

hacia Dios nos convierte.

¡Oh Amor divino! De tu puro rayo
65

nos enardece el fuego,

reanima nuestra mente en su desmayo

y da la vista al ciego.

Tu voz, potente como nunca hoy,

a esperar nos convida:
70

en los sepulcros suena y dice: «Soy

resurrección y vida».

Tú das brío al que aspira, ama y trabaja,

y, como lengua ardiente,

tu espíritu creador del cielo baja
75

y se posa en su frente.

Por cuantos son los climas y regiones

tu resplandor asoma:

tú extiendes sobre todas las naciones

tus alas de paloma.
80

Tú eres fuente inexhausta de poesía

do la sed apagamos,

de las raudas esferas la armonía

que oyó el sabio de Samos.

La verdad eres con afán buscada
85

en balde por el mundo,

porque tiene tu asiento y tu morada

del alma en lo profundo.

Allí logran los buenos conocerte,

¡oh excelsa ley de amor!
90

¡Oh, torrente de vida en que la muerte

se anega y el dolor!

Tú eres beldad antigua, siempre nueva;

voz interna que clama;

y verbo de Platón, y aura que lleva
95

de caridad la llama.

Aclara y rompe el tenebroso arcano;

danos tu luz por guía:

vierte en la noche el fúlgido Océano

de tu perpetuo día.
100

Penetra el corazón del que te niega;

socorre al que te implora,

y más allá de la esperanza llega

del justo que te adora.


Washington, 1885.

El mayoral del rey Admeto

De J. Russell Lowell

    Hace siglos que a la tierra

vino un mancebo lozano,

cuya delicada mano

no empuñaba el azadón:

pero, tocando unas cuerdas
5

y entonando unos cantares,

disipaba los pesares

y ensanchaba el corazón.

    Era Admeto del buen gusto

rey por derecho divino,
10

y al ver que daban al vino,

en el banquete real,

grato sabor los cantares,

se aficionó al arte extraño,

y de todo su rebaño
15

nombró al mozo mayoral.

    La palabra de aquel mozo

vulgar y sencilla era,

mas por tan linda manera

él la solía decir,
20

que su musical hechizo

causaba pura alegría

y a los párpados hacía

las lágrimas acudir.

    Todos hallaban inútil,
25

holgazán y distraído,

del soberano al valido

y mayoral de la grey;

mas de su boca ponían,

con plácido acatamiento,
30

un mandato en cada acento

y, en cada frase una ley.

    Nadie explicaba el origen

del saber de que era dueño,

porque ocioso y como en sueño
35

perdía el tiempo el cantor,

ya de las hojas caídas

mirando el giro suave,

ya el manso volar de un ave

y ya el cáliz de una flor.
40

    Tal vez, con bondad ingénita,

cada ser, cada criatura,

mostrándole su hermosura,

le infundía la virtud,

que, oculta en plantas y rocas,
45

fuentes y hierbas, existe,

para dar consuelo al triste

y a los enfermos salud.

    Aunque de su hablar discreto

todos prendados quedaban,
50

en harto poco estimaban

sus obras y su valer,

en aquella edad tan ruda,

al verle barbilampiño,

con candideces de niño
55

y ternuras de mujer.

    Mas no bien huyó del mundo,

anublándose su historia

doró el hombre su memoria

con refulgente arrebol;
60

y, como su vida hizo

más llena de amor la vida

y la tierra más florida,

imaginó que era el sol.

    Santos fueron los lugares
65

donde él estampó su huella,

y fue la región más bella

do él vertió su claridad;

y todo cantor y vate,

sintiendo en el alma luego
70

de su inspiración el fuego,

le adoró como deidad.


De J. Russell Lowell

    Manda el cielo a las gentes enseñanza

en toda edad y clima, y la acomoda

al ingenio, al sentir y a la cultura

de cada lengua y tribu. De esta suerte

de la verdad en el glorioso reino
5

nunca impera egoísta un pueblo solo.

Así toda creencia, que a los hombres

muestra el recto camino de la vida,

y que en la fe les da llave y conjuro

con que las puertas del saber se abren,
10

fecundo germen de bondad contiene.

La mente humana, con certero instinto,

de las divinas fábulas que forja,

su fe legitimando en la hermosura,

místico don en las entrañas cela.
15

Y este místico don hace patentes,

cual vara de virtud en diestra mano,

de la verdad oculta los veneros.

Nada creó naturaleza en balde.

Bajo el uso vulgar de cada cosa
20

recóndito saber habla y descubre

misterios del espíritu al oído.

Los sueños que tejió la fantasía

así también si el ánimo deleitan,

de natura las obras emulando,
25

hondo sentido a la razón ofrecen.

Oídme leyenda, pues, del pueblo heleno,

lozana y fresca aún, con la perenne

juventud de las gracias, como friso,

que en pario mármol esculpió el artista
30

por virtud de los siglos vencedora.

Reco, gallardo mozo, por el bosque

vagaba, y vio una encina, cuyo tronco,

del rayo herido, iba a doblarse: entonces

tuvo piedad de tan hermoso árbol
35

y le dio firme apoyo con esmero.

Sin más pensar y con incierta planta

ya se alejaba, cuando oyó, cual suelen

las hojas susurrar que el viento agita,

blanda voz que le nombra. Se detuvo
40

y atónito escuchó que nuevamente

¡Reco! La voz suavísima decía.

Volvió la cara y contempló con pasmo,

imagen tenue de dichoso sueño,

bañando en grato resplandor la sombra
45

que formaba la encina, la figura

de una mujer, pero de tal belleza,

que lo humano excedía; con tan dulces

ojos que ser divino revelaban;

y en limpia desnudez, sin la vergüenza
50

que del pecado y la malicia nace.

Con palabras tan leves y tan claras

como el aljófar que la aurora vierte,

«Soy la dríada de este árbol -dijo-,

y a su vida ligada está mi vida,
55

cuya sencilla beatitud sustentan

rayos de sol y gotas de rocío.

Pídeme un don y le tendrás, si puedo,

pues gusto de mostrarme agradecida».

«Mi corazón vacila temeroso,
60

pero me anima la gentil oferta

-Reco le respondió-: tan sólo logra

Amor satisfacer la ansia infinita

del alma: dame amor o la esperanza

de tu amor que ha de ser mi afán eterno».
65

Ella replica, tras de pausa breve,

y triste dejo en sus palabras pone:

«Te concedo mi amor; pero conozco

los peligros del don: una hora antes

vuelve en mi busca de que el sol se oculte».
70

Y Reco no vio más sino la verde

obscura pompa de la hojosa encina,

y sólo pudo percibir su anhelo

el murmullo del aura en la enramada,

y allá a lo lejos, en alcor florido,
75

el rústico sonar que del albogue

arranca un zagalillo que reposa.

    Cándida luz la fe daba a los hombres

de aquella edad; y el éxito espantable

y el prodigio feliz nunca bastaban
80

las lindes a salvar que a lo posible

imperfecto saber más tarde puso.

Nada por bello y noble parecía

al corazón audaz premio sobrado.

Reco no dudó, pues, de su ventura.
85

Bajo sus pies, a la ciudad volviendo,

pensó que ufano el suelo florecía,

que era más clara la amplitud del éter,

que alas para cruzarla le brotaban,

y que del sol los rayos, en sus venas
90

infundidos, prestaban a la sangre

calor salubre y levedad celeste.

    Aunque tierno y leal, los verdes años

hacían voluble el ánimo de Reco,

y cuanto al paso le brindaba goces
95

cautivo le tenía, trascordando

por placer corto egregias esperanzas.

Encontró, pues, de amigos una turba,

que jugaba a los dados; y en el juego

un instante su dicha dio al olvido.
100

Contraria, al empezar, le fue la suerte

mas ya Reco triunfante se engreía,

cuando en la estancia penetró una abeja

y llegó susurrando hasta su oído.

Él la ahuyentó con impaciente mano.
105

La abeja pertinaz tornó tres veces:

y él con enojo y descompuesta furia

la rechazó cruel; y herida ella

huyó por la ventana al libre viento.

Reco con mirar torvo la seguía,
110

cuando notó que el luminoso disco

iba a esconder el sol tras de la cumbre

de los más altos montes de Tesalia.

El corazón entonces le dio un vuelco,

y sin decir palabra, como loco,
115

recorrió la ciudad, salvó las puertas,

la llanura cruzó y entró en el bosque,

do la tarde sus sombras ya tendía.

Cansado y sin aliento llegó al árbol,

y escuchó con temor y oyó de nuevo
120

la voz delgada que en sumiso tono

¡Reco!, cerca decía: pero inútil

mirar doquier: ni luz, ni bella forma:

sólo vio obscuridad bajo la encina.

Y prosiguió la voz: «¡Ay! Nunca, nunca
125

me volverás a ver; a mí que quise

con puro amor glorificar tu vida

y en tu boca mortal verter el néctar.

Pero volvió con alas quebrantadas

mi desdeñada mensajera humilde,
130

y espíritus cual yo sólo se muestran

de seres compasivos a los ojos.

Exclusiva terneza no pedimos,

antes al que desprecia de natura

la obra más baja rechazar debemos,
135

despareciendo de su torpe vista.

Adiós, adiós; ya nunca podrás verme.»

Con palpitante corazón al punto

Reco exclamó: «¡Piedad, perdón te pido!

No reincidir te juro en tanta culpa.»
140

«¡Ay! -la voz replicó. -Yo soy piadosa.

Ciego estás tú. Yo, Reco, te perdono:

pero carezco de virtud que alcance

a sanar de tu espíritu los ojos.

El alma misma sana sólo al alma.»
145

Y Reco no oyó más sino el susurro

del aura en el follaje, parecido

al resonar remoto de las olas,

que mueven piedrezuelas en la playa.

La noche, en tanto, la envolvió en su velo;
150

y en el llano, a lo lejos, relucía

la ciudad con mil luces; y el ruido

de músicas y fiestas hasta Reco

cual maldición fatídica llegaba.

El cielo desplegó sobre su frente
155

la brillantez sublime de los astros;

acarició la brisa sus mejillas,

y vio en torno placer y vio deleite,

y soledad sin fin sintió en el alma.


Washington, 1886.

El destructor de los ídolos

De J. Russell Lowell

    En nombre del Dios único,

los ídolos rompía

y el Islam difundía

el severo Mahamud.

Flaqueza momentánea
5

tuvo el antiguo templo,

mas la venció y dio ejemplo

de entereza y virtud.

    En el santuario obscuro

erguíase un coloso,
10

simbólico, espantoso,

sobre marmóreo altar.

Pavor daban su duro

rostro y mirada yerta,

a la luz vaga, incierta,
15

del sagrado lugar.

    Vacilando se para

Mahamud por un momento:

cobran atrevimiento

su turbación al ver
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los bramines, y espléndido,

magnífico rescate,

si el ídolo no abate,

le llegan a ofrecer.

    Mahamud desprecia el oro,
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cual barro vil le mira,

y aunque tal vez aspira

con todo el que darán

a dilatar su imperio,

a sostener la guerra
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y a extender por la tierra

la gloria del Islam;

   al fin resuelto exclama:

«Ceder a vuestro ruego

quisiera, pues no niego
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de la oferta el valor:

para salvar el ídolo

dais más de lo que importa:

mas es la suma corta

para comprar mi honor.
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    »Ata el poder Fortuna

a su voluble rueda,

y sólo firme queda

la no violada fe:

podré ganar de nuevo
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la riqueza perdida;

pero de vil caída

alzarme no podré.»

   La férrea clava entonces

blandió Mahamud con brío,
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al simulacro impío

terrible golpe dio;

y, con estruendo, al ímpetu

de sus robustos brazos,

deshecho en mil pedazos
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el ídolo cayó.

    Premiada fue la hazaña:

del Dios la rota entraña,

cual diluvio, en el suelo

derramó veces cien
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más perlas y más oro

que el inmenso tesoro,

que de Mahamud el celo

rechazó con desdén.


Notas del autor

Apenas impresos estos Ensayos, el poeta se arrepintió de haberlos dado a la estampa, y nunca temeroso del juicio o más bien de la indiferencia del público, llegó a publicarlos. Están, además, llenos de erratas, sin puntos ni comas, y más para quemados que para leídos.

a) Prólogo

El autor de este prólogo, que era a la sazón poco mayor que yo en edad, saber y gobierno, aunque es en el día hombre de bastante erudición, persona siempre de aventajado ingenio y queridísima mía de todas veras, se propuso elogiarme de cualquier modo y salir del paso a la buena de Dios, yo creo que sin leer, y, por lo tanto, sin entender los versos que había de criticar por los cuales, si los hubiese leído, aunque acaso sean pesados y fastidiosos de leer hubiera venido en conocimiento de que, si bien en ellos hay hartas imitaciones, ya que no felices, no faltan tampoco cosas originales, y hubiera visto a las claras que el autor es siempre el autor, imite a quien imite, y que en aquellos tiempos, ni aun para imitar a lord Byron andaba desesperado y mal avenido con el mundo, la vida, la mujer, etcétera, sino que, por el contrario, vivía lleno de ilusiones, de esperanzas, y en medio de sueños que, entre otros muchos defectos, tienen, a no dudarlo, el de ser inocentísimos.

El autor del prólogo, digo, que no descubrió en estos versos lo mejor, lo único bueno que hay en ellos a saber: el alma del poeta, la cual entonces aun era bonísima, amantísima y candidísima. Este librillo está, como mi corazón de aquellos tiempos, lleno de simplicidad, lo confieso, pero lleno también de amor por todo lo bello y lo bueno, por la patria, por los amigos, la familia, la ciencia, por Dios y por una infinidad de seres fantásticos, que yo mismo fingía, en los que creía de buena fe y de los que andaba seriamente enamorado. Las opiniones de los filósofos, las más opuestas, yo las aceptaba todas con tal de que me pareciesen bonitas, y las encajaba en mis versos, sin curarme de si eran verdaderas o falsas, y aun sin examinarlas ni conocerlas bien, porque sabía poquísimo de todo, y aun no sé gran cosa de nada.

El señor don Antonio Alcalá Galiano, a quien envié un ejemplar de estas poesías acabadas de imprimir, hizo de ellas un juicio crítico que he perdido, pero en el cual elogiaba mucho mi ingenio poético (acaso ser deudo mío le cegase), y asimismo notaba varios defectos de versificación y hasta de gramática que hay en ellos. Uno de los cuales, a tener yo bastante autoridad para ello, habría pasado como licencia poética, esto es, que en verso diría: vistes, oístes por viste y oíste, siendo esta s como la v de los griegos, que es a la par desinencia de plural en los verbos y añadidura eufónica para evitar la unión de muchas vocales.

En cuanto a los demás yerros, no tengo otra disculpa sino mi ignorancia invencible, pues en la escuela nunca me enseñaron gramática, ni creo que el maestro la supiese: por manera que lo que en el día se me alcanza de este arte, así como de otras varias doctrinas, a mí mismo lo debo, que lo he ido poco a poco pillando de aquí y de allí y como al acaso. Porque, a decir verdad, nada aprendí nunca en la escuela, ni en el estudio, ni en la Universidad; todo lo que sé, que es bien poco, lo he aprendido conmigo mismo, sin orden, sin maestro y sin un fin determinado. Por donde yo algunas veces pierdo pies y hasta la cabeza y me engolfo tan locamente en los desatinos de mi orgullo, que llego a imaginar que valgo y que sé bastante, y que casi todos mis maestros eran gente de poco más o menos, y hasta algunos de ellos unos asnos. Otras veces caigo en el contrario extremo de la humildad y me digo a mí mismo aquello de Moratín:

   Si en las escuelas no aprendiste nada,

si en poder de aquel dómine pedante

siempre tu banda fue la desgraciada,

¿porqué seguir procuras adelante?

Un arado, una azada, un escardillo

para quien eres tú fuera bastante.



Pero hay tantos y tantos en mi país que debían ir a arar y a cavar, y que, sin embargo, escriben y hasta logran fama, que me consuelo al cabo y me animo.

b) En el álbum de María

He aquí una notable semejanza con aquello de Góngora:

   Dormid, que el niño alado

de vuestras almas dueño

con el dedo en la boca os guarda el sueño.



Si es un mal plagio o una feliz imitación, júzguelo quien leyere. Yo no lo creo sino una aplicación de la imagen de Góngora a una situación muy diferente.

c) A Lucinda

Estos versos, tomados del primer canto del Don Juan, de Byron, y escritos por mí cuando apenas tendría dieciséis años, deben estar aún en poder de la señora condesa de C., para quien se compusieron, siendo su novio yo, y ella bastante bonita, aunque una mocosa de catorce años.

d) A Laureta

Versos tontos y embusteros; nunca conocí ni sé que haya existido en el mundo la Laureta de que se trata en ellos.

e) Imitación de Lamartine

Julián Romea ha tomado también de Lamartine el pensamiento que da asunto a este soneto, puede que con más arte, pero no con más sentido.

f) En el álbum de Conrado

Pésimos versos que merecen por comentario esta proposición aritmética: el autor es a Horacio, su modelo, lo que Conrado es a Virgilio.

g) En la tumba de Laureta

Estos versos que, con todas sus imperfecciones, no se puede negar que están escritos con el alma, fueron inspirados, no por Laureta, que, ni muerta ni viva ha existido nunca más que en mi imaginación, sino por las dulcísimas y amorosas palabras del Evangelio, que les sirve de epígrafe.

h) A la muerte de Espronceda

Conocí a Espronceda en Carratraca, donde estuvo curándose, por los años de 1839, y como yo a la sazón era un chiquillo nada bien criado, me admiraba tanto y más de su desvergüenza, de sus palabras impías y groseras y de su lujosa inmoralidad que de sus lindos, versos, a los cuales, sin embargo, ponía yo entonces por encima de los de Homero, Dante, Shakespeare, etc.

i) La maga de mis sueños

Si bien la anterior canción no está limada y sí llena de incorrecciones, todavía es lo más bello de cuanto he escrito en mi vida, porque es lo más sentido y lo más verdadero, y al par lo más vago, amoroso y místico.

j) A Lelia

Estos versos fueron escritos para doña G. G. de A., a quien requerí de amores estando en Madrid por los años de 1842 a 1843. Tenía yo entonces diecisiete. Stenio y Lelia son personajes de una novela de madame Sand.

k) Al mar

De suponer es que en esto del padre Océano quise imitar lo del gigante Adamastor; pero no hay tal. Al escribir mi oda al mar me acordé de Quintana, de Horacio y del coro de la Medea, de Séneca; en Camoens no pensé siquiera, y si parece que le imito, es mera coincidencia. Yo siempre he hallado en Camoens un poeta de mucha ternura, notable ingenio y elevados sentimientos patrióticos; pero nunca un Virgilio, un Ariosto, ni un Tasso siquiera. El mayor mérito de Camoens es haber venido a tiempo para personificar en sí y para compendiar en su poema, como en cuadro sinóptico, todas las glorias de su nación, gloriosísima entonces; pero su mezcla de cristianismo y mitología es tan sin arte y tan sin filosofía, que aburre y desespera al menos avisado. Véase cómo el Tasso, el Ariosto y el Dante supieron usar de la mitología y se notará la diferencia. En cuanto al gigante Adamastor, que es lo que viene al caso, debo decir que no merece grandes elogios. A fuerza de ser feo el tal gigante, no causa miedo, sino asco y risa, con sus dientes amarillos y otras porquerías por este orden. En vano pretende convencernos de que no es titán fulminado por Júpiter. Yo no veo en él sino un ídolo chino, de los que el poeta pudo notar en Cantón. Por más que le dé proporciones colosales, sigue siendo grotesco y no llega a ser sublime y terrible.

l) La virgen misteriosa

Bellísimo pensamiento de Schiller, lánguido y verbosamente interpretado por mí en esta composición.

m) Soneto

Tonto.

n) La ninfa de las aguas

La candidez y voluptuosa inocencia de este sueño no deja de tener gracia.

ñ) la nueva flor de Gnido

Todo esto es mentira y necedad.

o) Soneto

Tonto.

p) Fábula de Euforión

Euforión es la personificación del poeta, elevado a la más alta potencia, y es también lord Byron mismo mitologizado.

El asunto de esta fábula está tomado del Fausto, segunda parte; pero es otro el poeta, otras las imágenes, otros los sentimientos y aun las ideas.

CORO DE NINFAS. -Estos cantos de las ninfas no basta ser poeta para escribirlos como aquí van escritos: menester es, además, tener dieciséis o diecisiete años. El sentimiento y la dulzura y la inocencia que hay en ellos no se pueden fingir.

En sus suaves cánticos de amores.- El más vivo entusiasmo por toda la hermosura de la naturaleza anima estos cantos de las ninfas, las cuales son lindas y amables personificaciones de las energías o virtudes ocultas que hay en las cosas y que les dan ser, vida, forma y ornato.

Hijo sublime de la hermosa Helena. -El canto de Homero a Mercurio me inspiró este coro de las ninfas, que se halla asimismo en el Fausto. Difícil es imitar y compendiar las gracias del largo poema del poeta griego en las pocas palabras en que aquí va comprendido. Yo estoy descontentísimo de mi imitación. Y, sin embargo, no me faltaba sino arte; porque la inspiración y hasta el entusiasmo religioso yo los tenía. Cuando más mozo aun no podía yo comprender la belleza moral y severa del cristianismo, y, a pesar de Chateaubriand y de los románticos, era más pagano que cristiano. Y todos los misterios de nuestra santa religión no me parecían sino pálidas, tristes y desaliñadas imitaciones de las hermosas fábulas griegas. La razón, y sobre todo la bondad divina, me han hecho después cambiar de aviso.

LAS NINFAS. -Nessun maggior dolore, para los pueblos que, como la Italia y la Grecia, tienen una historia gloriosa, que es recuerdo de la pasada grandeza en la miseria presente. Y en Italia y en Grecia este recuerdo está en el fondo de todos los corazones. Cuentan las historias que durante las luchas desesperadas del Imperio de Oriente con los bárbaros, aunque los griegos eran ya cristianos, suponían y creían que Aquiles llegaba del infierno, a caballo y armado de todas armas, para darles auxilio en la pelea. Lo mismo, aunque menos verosímilmente, hemos fingido los españoles del Apóstol Santiago y lo mismo fingieron de varios semi-dioses otras muchas naciones: como los romanos de Quirino y de Cástor y Pólux.

q) En la égloga cuarta de Virgilio

Para dar más mérito y evidencia a la profecía de Virgilio le hago decir aquí algunas de las cosas que dijo Isaías y que a él nunca se le ocurrieron.

r) La divinidad de Cristo

Cualquiera diría al leer estos versos en su principio, que aunque pobres de gracias poéticas y de ciencia teológica están escritos corde puro, conscientia bona et fide non ficta, como dice el apóstol. Por desgracia mía, sin embargo, en esto de catolicismo yo soy como los gitanos, que si no la pegan a la entrada la pegan a la salida; y sí es que, con decir a lo último que la humanidad se llenó de entusiasmo y llamó a Cristo hijo de sus entrañas, vengo a dar a conocer lo falso de mi fe y que, a pesar de que entonces no había yo aún leído nada de lo que hoy se llama humanismo o egoteísmo, era ya un tanto cuanto egoísta, sin saberlo ni sospecharlo siquiera.

FIN DE LAS «POESÍAS»