¿Adónde,
adónde los dolientes ojos
vuelves? ¿Qué
buscas? ¿O por quién exhalas
tanto suspiro de dolor
y angustia?
¿Qué atiendes, di, que el respirar parando
el alma toda en el oído clavas
5
ansioso de escuchar?
En vano, en vano
anhelas por oír; la quieta noche
a los mortales con su sombra encierra,
y acalla al mundo
que tranquilo yace
en un mar de silencio sumergido.
10
Mas ¡ay!, ¿cuál son tan a deshora turba
la silenciosa
paz de las tinieblas?
¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,
y resuena otra vez? Llora, sí, llora
tu amarga
soledad, oh triste amiga,
15
gime, lamenta sin cesar, tu
pecho
se parta de dolor, y al labio envíe
el ay
de la amistad desesperada.
El bronco son que tus oídos
hiere
es la trompeta de la muerte, el doble
20
de la
campana que terrible dice:
fue, fue tu amiga. La que tantas
veces
te vio, y te habló, y en sus amantes brazos
tan fina te estrechó, y en tus mejillas
su cariño
estampó con dulces besos;
25
la que en su mente
consagró tu imagen,
y en cuyo corazón un
templo hermoso
te erigió la amistad do siempre ardía
tanto y tan puro amor, ya por las olas
fue de la eternidad
arrebatada;
30
ahora mismo a su cadáver yerto,
en estrecho ataúd aprisionado,
alumbrarán
con dolorosa llama
tristes antorchas del color que ostentan
las mustias hojas que al morir otoño
35
del árbol
paternal ya se despiden.
Ahora mismo yacerá en la
cima
de la tumba infeliz, hollando lutos
negros, más
negros que nublada noche
en las hondas cavernas de los
Alpes.
40
En torno de ella, y apartando el rostro
de
su espantable palidez, sentados
compañía
la harán los que otro tiempo
tal vez colgados de
su voz, pendientes
de un giro de sus ojos, estudiaban
45
su voluntad para servirla humildes.
Esta será
¡ay dolor!, la vez postrera
que la visiten los mortales,
ésta
su tertulia final, y último obsequio
que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
50
con que del templo la anchurosa mole
temblando toda
en rededor retumba
su despedida son, con sus adioses,
el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,
ven
por la última vez, ven, ven conmigo
55
y a tu amiga
verás, verás al menos
el cuerpo que animó,
verás reliquias
de una nada que fue! Mira que tardas,
y nunca, nunca volverás a verla,
nunca jamás;
que ya sobre sus hombros
60
cargaron los ministros del
sepulcro
el ataúd, y marchan, y descienden
con
él a la morada solitaria
del oscuro no ser. Allí
en los muros
cien bocas abre la insaciable muerte
65
por donde traga sin cesar la vida;
y a ti, ¡oh Quero infeliz!
¡Oh malograda!
¡Oh atropellada juventud! Caíste,
bien como flor que en su lozana pompa
hollada fue por
la ignorante planta
70
de un pasajero sin piedad. Caíste,
y ya otro rastro de tu ser no queda
que las memorias
que de ti conserven
los que te amaron. Pasarán los
días,
y las memorias pasarán con ellos;
75
y entonces ¿qué serás? El nombre vano,
el nombre sólo en tu sepulcro escrito,
con que
han querido eternizar tu nada.
Tirano el tiempo insultará
tu tumba,
con diente agudo roerá sus letras,
80
borrará la inscripción, y nada, nada
serás
por fin. ¡Oh muerte impía!,
¡oh sepulcro voraz!
En ti los seres
desechos caen; en ti generaciones
sobre
generaciones se amontonan,
85
en ti la vida sin cesar se
estrella;
y de tu abismo en la espantosa margen
el tiempo
destructor está sañudo
arrojando los siglos
despeñados.
¿Qué son ahora los primeros
días,
90
la edad primera de la tierra? ¿En dónde
las que fueron después hoy hallaremos?
¿Sesostris
dónde está? ¿Dónde el gran Ciro?
¿Babilonia
y Semíramis? Pasaron
cortando el tiempo, cual veloz
saeta
95
que el aire hiende sin que rastro alguno
deje
de su pasar. ¿Qué son ahora
los Césares,
los Jerges, los Timures
y los héroes famosos de
la Grecia?
Voces y nada más. ¿Y qué es el
siglo
100
que acaba de expirar? ¿Y qué es el día
de ayer, el de hoy en lo que va corrido?
Muerte en verdad;
que cuanta vida el tiempo
nos ha llevado en el sepulcro
yace.
¿Es tan breve el vivir? ¿Y el hombre insano
105
en hacerse infeliz sólo le emplea?
Como en airada
mar la frágil nave
luchando entre borrascas horrorosas
corre perdida sin timón ni velas,
y en pos el
huracán desenfrenado
110
la va acosando en bárbaros
embates,
y ora a las nubes las bramantes olas
la arrojan,
y ora con terrible estruendo
la despeñan, rompiéndose,
al abismo;
y ya anegada con salobre muerte
115
llora
su perdición, y ya un fracaso
mira seguro en la
enriscada costa
donde a estrellarse va; tal es el hombre
por el mar de la vida navegando.
Siempre a merced de
sus pasiones corre
120
entre tinieblas y borrascas tristes
en eterna inquietud, allá en el alma
hondamente
clavada la amargura,
y la zozobra y el cruel fastidio,
y desesperación; sin que los ojos
125
vuelva
jamás al relumbrante faro
de la pura razón.
En cada instante
vota acogerse a su sagrado puerto,
y
a cada instante, quebrantando el voto,
se aparta más
y más; y a nuevos mares
130
se confía, y
a míseros naufragios.
De ilusión a ilusión,
de sombra en sombra
va deslumbrado, con ardor abraza
mil fantasmas de bien, y ellas le burlan
deshaciéndose,
y halla el miserable
135
ansia y dolor donde esperó
contento;
y vuela deslizándose entre tanto
la
vida, y se le escapa, y el sepulcro
le sale al paso, y
¿qué vivió? Cien voces
oigo que salen desde
el centro frío
140
de los sepulcros que tormentos dicen.
Tormentos claman las doradas urnas
donde descansan
las cenizas regias;
tormentos claman las inmundas hoyas
donde la plebe amontonada gime,
145
tormentos las pirámides
erguidas
que en sus entrañas cóncavas tragaron
cien dinastías del perdido oriente;
y tormentos,
tormentos desde el norte
al mediodía, desde oriente
a ocaso
150
toda la tierra sin cesar repite.
¿Dónde
estás, dónde estás soberbia tumba,
tumba olvidada del atroz guerrero
a cuya alta ambición
venía estrecha
la inmensidad del tiempo y del espacio?
155
Tumba del Macedón ¿dónde te escondes
que no dices aquí? Tal vez ahora
darás
abrigo a las cansadas yuntas
de algún humilde labrador
honrado:
tal vez la tierra que te henchía cubre
160
una choza infeliz, y las reliquias
del famoso Alejandro
son paredes
de algún pobre pastor, no conocido
de otro mortal que de su tierna esposa,
y de su perro
y de su fiel ganado.
165
Él es feliz en su pobreza
oscura,
y tú fuiste infeliz en la abundancia
de
tu hambrienta ambición. Él sus deseos
por
la necesidad de cada día
mide, y prudente la natura
acalla
170
con lo que fácil la razón exige.
Así contento lo presente goza
sin olvidarlo por
correr ansioso
a encontrar a mañana, y a perderse
allá en un porvenir que nunca llega.
175
Y tú
¿qué fuiste, vencedor del mundo?
Tú, de soberbia
y ambición hinchado,
tú, que sangrientas
lágrimas vertías
temiendo atroz que la paterna
espada
nada en la tierra te dejase libre
180
que poder
oprimir, ¿fuiste dichoso?
Las victorias del Gránico
y del Iso,
Persia a tu carro triunfador atada,
cien tronos
de Asia, el Asia estremecida
a un mover de tu pie, la
tierra entera
185
arrodillada de tu nombre al eco,
tanta
potencia, tanta gloria ¿acaso
pusieron coto a tu ambición?
¿No hallaste
por siempre un más allá que
las entrañas
te roía doquier, y cada gloria
190
te presentaba desabrida y triste
desde el punto fatal
en que era tuya?
¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente
existió para ti, que adormecido
vivías
en los sueños de esperanzas
195
desterrado por siempre
en lo futuro.
Para ti lo pasado fue un tormento,
un estímulo
más, que te arrastraba
a deseos sin fin, a largos
planes
de guerras y victorias, y ruinas
200
y perpetua
inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo
viviste?
¿Cuándo del feliz reposo
gozaste, y de la paz y
la bonanza
de las pasiones, y el alegre cielo
de un
inocente corazón tranquilo?
205
En el sepulcro,
en el fatal sepulcro,
y sólo en el sepulcro descansaste;
y los mortales sólo allí descansan,
que
raros son los que en vivir insanos
de Alejandro no imitan
el ejemplo.
210
Si es tal la vida, ¿para qué lloramos
a los dichosos que al tranquilo puerto
llegaron de la
muerte ya seguros
de este mar de dolor que aquí
nos cerca?
Y si es justo llorar, ¿por qué así
estéril
215
en lágrimas se pierde nuestro
llanto
sin que aprendamos a vivir felices
en la escuela
sublime del sepulcro?
Enjuga ya, desconsolada amiga,
tu llanto de dolor, y atenta escucha
220
de tu amiga la
voz. No ha perecido
tu amiga para ti, que vive y te habla
desde su tumba sin cesar, y dice:
«Mira del hombre la
fatal carrera,
mira del hombre el paradero infausto.
225
Aquí ya para siempre se aniquilan
las grandezas
del mundo, aquí se espantan
los sueños de
la gloria, aquí los vientos
de las pasiones se echan,
y se borra
el vaho del vivir, y el hombre es nada.
230
Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,
en que desciendas a la eterna noche
a acompañar
mi soledad. ¡Aleje,
aleje el cielo tan fatal instante!
Y cada nuevo sol más despejado
235
el horizonte
ensanche de tu vida!
Pero al fin ¿qué será,
y encierra un siglo
el más largo durar de su carrera?
Sólo un pestañear, volviendo el rostro
verás tu muerte a tu nacer tocando.
240
¡Ay!, a
lo menos, pues el plazo es breve,
no, no le acortes suspirando
ansiosa
por otro día, y sin cesar por otro;
porque
es nunca vivir, es vivir muertes,
jugar este hoy por el
mañana incierto,
245
Lejos, lejos de ti las ilusiones
que al mísero mortal le van llamando,
y las sigue,
y se apartan, y engañosas
tendiéndole los
brazos, le enajenan,
y le venden por fin, pues al sepulcro
250
le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.
Lejos
de ti las bárbaras pasiones
que en torbellinos de
dolor arrastran
a los esclavos que las sirven ciegos,
y su fortuna de su mar confían.
255
¿Qué
es la ambición, la vanidad, del oro
la frenética
sed? ¿Qué, los deseos
de una imaginación
desenfrenada,
y de un enfermo corazón? Errores,
y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
260
fue dichoso jamás llorando males?
La razón,
la razón; no hay otra senda
que a la alegre virtud
pueda guiarte
y a la felicidad. Por ella fácil
tus deseos prudente moderando
265
aprenderás a
despreciar el mundo,
la gloria y la opinión, preciando
sólo
lo que inflexible la razón aprueba.
Así constante vivirás contigo,
vivirás
para ti, y harás más larga
270
la próspera
carrera de tus años,
porque al fin vivirás.
¡Oh cuál me gozo
al mirarte feliz en la grandeza
de tu alma pura! Superior al cieno
de este mundo infeliz,
ni los desastres,
275
ni la persecución, ni los
dolores
te podrán abatir; ni la fortuna
podrá
mellar tu espíritu de bronce
con sus brillantes
dones mentirosos.
¿Qué puede dar la mísera
fortuna
280
que no posea quien felice goza
una sana razón?
¿Y qué desgracias
ha de temer quien el mayor deseo
de una conciencia irreprensible y pura
dentro del corazón
lleva escondido?
285
¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡Oh tierna amiga!
¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante
que allá en Pisuerga te juró mi pecho
una
eterna amistad, ¿falté por suerte,
falté,
responde, a tu veraz cariño?
290
Siempre en mi memoria;
siempre
ardió por ti mi corazón sincero;
siempre mis labios te dijeron finas
palabras de amistad;
y eternamente
con mis consejos te probé, y mis
obras
295
la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,
y él conmigo también; aquí a tu Quero,
si es que un recuerdo para mí te queda,
por siempre
encontrarás; de noche y día
y en todas partes
te hablarán mis labios,
300
te hablarán la
verdad. ¡Oh nunca apartes
tu oído de mi voz! Adiós
amiga,
adiós, adiós: la eternidad te espera».