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Poesías

Nicasio Álvarez de Cienfuegos

[Nota preliminar: Edición digital a partir de la de Madrid, Imprenta Sancha, 121 y cotejada con la edición crítica de José Luis Cano, Madrid, Castalia, 16.]

A mis amigos

¿Qué protección implorarán estos humildes versos, frutos queridos de mi alma, y fiel expresión de su sensibilidad, de su ternura y de su melancolía? Sin otra pasión que la de amar, sin otra ambición que la de ser amado, aquellos solos serán mis Mecenas, que puedan darme en cariños la única recompensa que deseo. ¿Quiénes serán éstos sino los deliciosos compañeros de mi vida, los dueños absolutos de mi corazón, los que, sabedores de mis pensamientos, de mis inclinaciones, de mis afectos, de mis flaquezas, y aun de mis vicios, me franquean recíprocamente sus almas para que lea yo en ellas su amistad y sus virtudes? ¡Oh descanso de mis penas, consuelo de mis aflicciones, remedio de mis necesidades, númenes tutelares de la felicidad de mi vida! ¡Oh amigos míos!, ¿podría yo no daros un testimonio público de mi amor y de mi agradecimiento, cuando si alguna belleza moral hay en mis poesías, toda entera la he copiado de vuestros hermosos corazones? Su comercio íntimo me ha enseñado la indulgencia, la oficiosidad, la compasión, la franqueza, la veracidad, la ternura, la generosidad, el desprendimiento de sí mismo, y tantas y tan preciosas virtudes como resplandecen eminentemente en vosotros y que incapaz de imitarlas, me contento con publicarlas con todo el entusiasmo de la admiración y del reconocimiento. Recibid, pues, oh idolatrados amigos, en este pequeño tributo, el desahogo de un corazón hondamente penetrado de vuestra amistad; y más glorioso con ella que los Césares y los Alejandros con el imperio del mundo, me consideraré muy laureado si la posteridad dice algún día: fue buen amigo.

Nicasio Álvarez de Cienfuegos [1]

    En mi cunita pobre,

menesteroso niño,

entre inocentes sueños

posaba yo tranquilo,

cuando hacia mí, sin flechas,
5

amor risueño vino

y, en torno de él, jugando

otros mil amorcitos.

Al inflamado soplo

del anhelante estío
10

yo, sudoroso y débil,

yacía enardecido.

Amor lo ve y, al punto,

me orea compasivo

sus alas agitando
15

con menear dormido.

Me alzó después suave

a su regazo amigo,

y allí tocó dos veces

sus labios con los míos.
20

Tras éstos, me cercaron

sus tiernos hermanitos;

todos me vieron, todos

me hicieron mil cariños.

Y aun uno, el más gracioso,
25

mudado en cefirillo,

voló y me dio tres besos,

y se durmió conmigo.

Después, con blando acento,

el de Cíteres dijo:
30

hagamos a porfía

feliz a aqueste niño.

Que no siga inhumano,

de polvo y sangre tinto,

los bárbaros pendones
35

de Marte vengativo.

Ni por el oro infame

vaya en el frágil pino

de mar en mar buscando

mortales precipicios.
40

Ni en el templo de Temis,

austero y pensativo,

pese en fatal balanza

los premios y castigos.

A mi feliz imperio,
45

por siempre sometido,

sean tiernos amores

su perenal destino.

Ea, dos de vosotros

derramen de contino
50

en su inocente pecho

ternuras y cariños.

Amante aquél le forme;

éste, oficioso amigo,

y entre los dos le críen
55

humano y compasivo.

Dijo, y voló dejando

dos amores conmigo,

Y tres con el gracioso

que se quedó dormido.
60

El cual, de mí prendado,

jamás huirme quiso;

antes hizo en mi pecho

un delicioso nido.

Y desde allí ¿no sabes,
65

oh tú, dueño querido,

lo que por siempre clama

con labio persuasivo?

Que ardiente a Filis ame

hasta el postrer suspiro;
70

que es muy amable Filis,

y amar es mi destino.


Mis transformaciones

    ¡Oh si a elegir los cielos

me diesen una gracia!

Ni honores pediría,

ni montes de oro y plata.

Ni ver el orbe entero,
5

postrado ante mis plantas,

después de cien victorias

sangrientas e inhumanas.

Ni de laurel ceñido,

al templo de la fama,
10

con una estéril ciencia,

orgulloso, me alzara.

Gocen en tales dones

los que infelices aman

comprar, con su reposo,
15

los sueños de esperanzas.

Yo, que mis días cuento

por mis amantes ansias,

a mi placer pidiera

que mi ser se mudara.
20

Cuando mi bien al valle

desciende en la alborada,

allí al pasar me viera

rosita aljofarada.

Rosita que modesta,
25

con suave fragancia

atrayendo, a sus manos

me diera sin picarla.

Y luego, allá en su pecho,

¡cuán gozosa y ufana
30

la nieve de sus pomas

con mi ardor realzara!

Después... después, ¿qué hiciera?

Sombra fugaz y vana

un sol no más sería
35

mi gloria y mi esperanza.

Tan pasajeros gozos

no, rosas, no me agradan.

Adiós, que al aire tiendo

mis rozagantes alas.
40

Mariposilla alegre,

imagen de la infancia,

en inquietud eterna

iré girando vaga.

Bien como el Iris bella,
45

frente a mi dulce Laura,

en un botón de rosa

me quedaré posada.

Ella querrá cogerme

y, con callada planta,
50

vendrá, y huiré, y, traviesa,

la dejaré burlada.

¿Y si el rocío moja

mis tiernecitas alas?

Me sigue, soy perdida,
55

me prende y me maltrata.

¡Si al menos expirando,

con trémulas palabras,

pudiese, venturoso,

decirla: yo te amaba!
60

No. Cefirillo suelto

volaré a refrescarla

cuando el ardiente agosto

las praderas abrasa.

Ya enredaré, jugando,
65

sus trenzas ondeadas.

Ya besaré, al descuido,

sus mejillas de nácar.

Ora en eternos giros,

cercando su garganta,
70

en sus hibleos labios

empaparé mis alas.

O bien, si allá en la siesta,

dormida en paz descansa,

yo soplaré en su frente
75

mis más suaves auras.

Y cuando más se pierda

su fantasía vaga,

umbrátil sueñecito

me iré a ofrecer a su alma.
80

¡Oh cuánta dulce imagen,

cuántas tiernas palabras

allí diré, que el labio

quiere decirla, y calla!

Más favorable acaso
85

que pienso yo, a mis ansias

sonreirá: ¿quién sabe

si mis cariños paga?

¡Oh si a mi amor eterno

correspondieses, Laura!
90

Por todo el universo

mi dicha no trocara.

ídolo de mis ojos,

diosa de toda mi alma.

¡Pagarásme!, y al punto
95

cesarán mis mudanzas.


Precio de una rosa

    En todos sus rosales

la madre primavera

jamás a rosa alguna

miró con más terneza.

En mil graciosos rizos
5

¡cuán varia purpurea

sobre el regazo amante

del botón que la estrecha!

Cómo en silencio suben

desde el pie contrapuestas
10

dos bien labradas hojas,

y se mecen sobre ella.

Una, tal vez, se dobla,

gira y, fugaz, la besa.

La otra lo ve cobarde,
15

y quiere, y va, y no llega.

Ella, entretanto, ríe

mil fragantes esencias,

y a su reír, ¡oh cuántos!,

¡cuántos deseos vuelan!
20

¡Oh rosa, honor del año!

Tu singular belleza,

¡oh cuán feliz sería

si Filis te quisiera!

Tómala, Filis, toma,
25

y deme en recompensa

la dulce miel de un beso

tu boquita risueña.

Ya vale más la rosa.

No te la doy, no; suelta,
30

que el beso fue, y lozana

mi flor aquí se queda.

Seis besos y otros tantos

me has de pagar por ella.

Es poco. No; tú ignoras
35

los ayes que me cuesta.

Fui y, al cortarla, impías

me hirieron dos abejas

de un numeroso enjambre

que a par giraba de ella.
40

¿No ves cuán lastimada

está mi triste diestra?

¡Ay Filis! Sí; mi rosa

precio mayor desea.

Un beso, ¿y qué es un beso?
45

Quiero por cada abeja

del numeroso enjambre

que a par giraba de ella.


La despedida

    Venid, venid piadosos,

y consolad mi pena

los que el amor condena

a mi cruel dolor.

Oh vos que habéis probado
5

la ausencia un solo instante,

yo parto y soy amante.

¿Me olvidará mi amor?

    A su beldad rendido,

en ella embelesado,
10

amarla es mi cuidado,

servirla es mi loor.

En su contento vivo,

su desplacer me mata.

Decid, ¿habrá una ingrata
15

que olvide tanto amor?

    Yo, mariposa amante,

que, en pos de Nais, volaba

y ante ella así me holgaba

cual abejita en flor,
20

¿podré vivir sin verla?

Partir es ley forzosa.

¡Ay triste!, ¿si alevosa

olvidará mi amor?

    En soledad y luto,
25

ya lejos de mi amante,

doquier veré delante

su sombra y mi temor.

Cual si mi voz oyera,

con suspirar doliente
30

preguntaré a mi ausente:

¿Olvidarás mi amor?

    En mi ilusión, perdido

tal vez en tiernos lazos,

la estrecharé en mis brazos
35

y abrazaré mi error.

Deshecha en aire vano,

huirá Nais y, afligido,

diré: ¿si ya en olvido

tornó la infiel mi amor?
40

Bien como flor que el cáliz

cierra en la noche fría

y, hasta asomar el día,

no torna a su esplendor.

Yo así, tu luz perdiendo,
45

me encerraré en el llanto.

Y tú, ¿quién sabe, en tanto,

si olvidarás mi amor?

    Que mil y mil hermosa

te irán doquier diciendo,
50

con la verdad mintiendo

para engañar mejor.

¡Ay!, en aquel instante

que loan tu hermosura,

dicen que tú, perjura,
55

olvidarás mi amor.

    «¡Oh pobre Nais!», alguno

te clamará malvado,

«tú lloras a tu amado,

y él te olvidó traidor.
60

Que allá, en pensiles nuevos,

versátil mariposa,

por ir tras nueva rosa

dejó perder tu amor.»

    No creas; miente, miente
65

su lengua engañadora.

Pregunta al beso que ahora

te deja mi dolor.

¡Adiós, adiós! Es fuerza.

¡Adiós! Tal vez llorosa,
70

di, como yo, celosa:

¿olvidará mi amor?


La desconfianza

    Las rosas que, ya marchitas,

de ti con desdén alejas,

la aurora me vio cortarlas,

y hermosas jóvenes eran.

Vivieron. Fue para siempre
5

su honor y antigua belleza.

¡Ay, todo cual sombra pasa,

y el ser a la nada lleva!

Vendrá el agosto abrasado

ahogando flores y, muertas
10

sus hijas, a otras regiones

volará la primavera.

En pos, el maduro otoño,

mostrando su faz risueña,

hará que el lánguido estío
15

bajo sus pámpanos muera.

Mas el aquilón bramando

se arrojará de las sierras,

y, lanzando estéril yelo,

cubrirá de horror la tierra.
20

Así, la lóbrega noche

sucede a la luz febea,

las risas a los lamentos,

y a los placeres las penas.

Es el universo entero
25

una inconstancia perpetua:

se muda todo; no hay nada

que firme y estable sea.

Y en medio a tantos ejemplos

que triste mudanza enseñan,
30

¡ay Filis!, ¿tu pecho solo

tendrá en amarme firmeza?


El amante desdeñado

    A par del risueño Tormes,

en una anchurosa vega,

abril, derramando flores,

galán y amoroso reina.

Con aire gallardo, suben
5

en brazos de amantes yedras

gigantes olmos, tejiendo

ramadas de sombra eterna.

¡Oh cómo, al son de sus hojas,

gime la tórtola tierna,
10

y el ruiseñor, a su arrullo,

entristecido se queja!

¡Ay, que su dulce quejido

el corazón atraviesa

del triste Damón, que llora
15

tendido en la dura tierra!

Nunca zagal por los montes

guió las mansas ovejas,

que le igualara en las gracias,

ni aventajase en las fuerzas.
20

Mil veces y mil dichoso

si por aquestas riberas

no pasease Florinda

su desdeñosa belleza.

Mil atractivos ocultos
25

exhala su faz modesta

sin cesar; y allá en sus ojos

está Amor lanzando flechas.

Toda es gentileza y gala,

y afable a un tiempo y soberbia,
30

rebosa gracias y amores,

amores y gracias nuevas.

El amante desdeñado

la vió asomar por la sierra,

y mira cual va, en rodeos,
35

bajando tras sus corderas.

Muda de color mil veces;

huirla quiere, y no acierta;

teme, y su temor acusa,

y desperanzado espera.
40

La mira, y la incierta vista

enojado aparta de ella.

No quiere, y torna a mirarla,

y su loco amor condena.

Por tres veces, a llamarla
45

se resuelve, y las tres mesmas,

al ir a decir su nombre,

el llanto trabó su lengua.

Cansado de tanta lucha,

al pie de un roble se sienta
50

y entre sollozos amargos,

así comenzó sus quejas.

¿No era bastante, oh Florinda,

a tu bárbara soberbia

verse, de tantos despojos,
55

allá en el Tajo cubierta?

¿En qué te ofendieron nunca

estas míseras riberas,

para que, cruel, vinieses

sembrando llantos y penas?
60

Tranquila paz respiraban

nuestras inocentes selvas.

¡Mal haya el aciago instante

en que te acordaste de ellas!

Viniste tú, y han huido
65

de aquí, por la vez primera,

la paz, las risas, el gusto,

el candor y la inocencia.

Lamentos es todo el valle:

la fe perdida, se quejan
70

de su amante la zagala,

de su pastor, las ovejas.

Dígalo yo, que al mirarte,

abandoné a Galatea,

que dejó por mí los pastos
75

donde vio la luz primera.

Infiel la olvida mi pecho

por más que en su amor se esfuerza;

y a ti forzado te adora,

y aborrecerte quisiera.
80

¿Acaso te han merecido

mis dolorosas tristezas

ni el favor de una mirada,

ni un ay de piedad siquiera?

Ayer te ofrecí, en el baile,
85

un ruiseñor con su hembra,

y, cruel, mi don arrojas,

y huyes del baile y la vega.

Pastoras, zagales, todos

rieron en mi vergüenza,
90

y, por mayor desventura,

rio también Galatea.

Aquí llegaba el amante,

cuando la zagala fiera

se volvió por donde vino,
95

cansada ya de sus quejas.

Él con la vista la sigue,

y solo ya con sus penas,

¿qué puede hacer? ¡Infelice!

Llorando sus ansias templa.
100


Los amantes enojados

    Arrebolada, la aurora

miraba desde su carro

en los cristales del Tormes

al Otea retratado.

En el cáliz de las rosas,
5

oyendo al céfiro blando,

niño el abril asomaba

de rocío coronado.

El ruiseñor querellante,

de rama en rama saltando,
10

salve, le dice, y gorjea,

y son amores sus cantos.

Tal vez los roba el estruendo

con que baja entre peñascos

un arroyuelo travieso,
15

de roca en roca jugando.

Cae en el Tormes, que gira

y, en orbes siempre más anchos,

anuncia a su reino el triunfo

de su nuevo tributario.
20

Todo lo miran de lejos,

allá en los picos más altos

colgadas, unas cabrillas

de Filis pobre rebaño.

De Filis, zagala hermosa,
25

del Tormes honor y encanto,

en cuyo semblante, unidos,

reinan modestia y agrado.

Sus negros, lánguidos ojos,

melancólicos girando,
30

no hay corazón que no rindan,

y sin jamás intentarlo.

Sobre la mullida alfombra

de tréboles y amarantos,

yace, pensativa y triste,
35

la sien posada en la mano.

Lejos, allá por el suelo,

yace el rabel y el cayado;

y sin tutelares silbos

vaga sin ley el ganado.
40

Ni ya se engalana Filis,

ni teje para su amado

frescas guirnaldas, ni canta

sus amorosos cuidados.

En vano el Abril florido
45

ríe a la zagala; en vano

su amor oficioso imploran

las cabras tristes balando.

Todo es perdido; no escucha;

sus ojos no ven; sus labios
50

callan; para todo ha muerto,

y sólo vive en su llanto.

¿Qué penas su pecho afligen?

¡Amor, amor! ¡Cuán tirano

vendes tu favor! Su amante
55

rompió con ella enojado.

Tres días ha que, enemigos,

buscan diferentes pastos.

Filis ya cede. ¡Es tan duro

fingir desvíos amando!
60

Ya, de la cumbre de un cerro,

Damón, el pastor gallardo,

desciende en pos de sus cabras,

el cáñamo restallando.

A encontrarle vino Filis;
65

y al verle, se alza temblando;

quisiera esperarle, y huye,

perdida en mil sobresaltos.

De haberle amado se duele,

y nunca su amor fue tanto.
70

Se culpa del rompimiento,

y es el pastor el culpado.

Al fin se atreve, y resuelta

va con silenciosos pasos

hacia Damón, que la observa,
75

y se hace dormido el falso.

Llega, le mira; imprudente,

quiere arrojarse en sus brazos,

y va; pero teme, para,

y rompe en amargo llanto.
80

Pasó aquel tiempo en que Filis,

oculta, la voz mudando,

llamaba a Damón dormido,

y reía de su engaño.

¡Cuántos inocentes juegos,
85

cuántos mimosos halagos,

fruto de mejores días,

en su alma allí despertaron,

hoy son tormentos crueles

y los redobla Melampo,
90

que sobre el pecho de Filis

sienta las callosas manos!

Este es el can vigilante

que, guía leal del amo,

a la zagala anunciaba
95

la venida de su amado.

Siente, cuitadilla, siente,

llora tu mísero estado,

que yo también, compasivo,

tus lágrimas acompaño.
100

No temas que tus lamentos,

en los cóncavos sonando,

llamen al pastor dormido

de su profundo letargo.

Él vela, y oye tus lloros,
105

y arde en tu amor... ¡Cielo santo!

Ella se arroja, atrevida,

de su Damón en los brazos.

Él vuelve, y alza, y la mira,

y en ira y amor luchando
110

¡amor, amor!, ¿quién resiste

a tu omnipotente brazo?

Se enlazan los dos amantes

y, en mil besos regalados,

perdones tiernos se piden,
115

y se aman más que se amaron.


El propósito

    ¡Salve, mi querido albergue!

¡Salve, mansión solitaria,

nido feliz, do las Musas

el gozo y la paz me guardan!

¿Que, en fin, a tu dulce abrigo
5

torno otra vez? ¡Cuántas ansias

probó enajenado el pecho

que jamás en ti probara!

El amor... ¿Qué no ha perdido

el amor? ¡Ah!, todo es tramas,
10

todo falsedad y engaños,

todo doblez e inconstancia.

Me habló, le creí, le sigo;

y ¡ay!, que al dolor me guiaba.

¡Crédulo yo! ¿Qué valieron
15

mis experiencias pasadas?

¿Fue acaso la vez primera

que, al mar del amor lanzada,

sólo naufragios terribles

halló mi perdida barca?
20

Me acuerdo que, en otro tiempo,

saliendo de una borrasca,

Adiós para siempre, dije

a las fluctuantes aguas.

Mi chocita, mi inocencia,
25

y mis amigos me bastan.

No más amor, que las hembras

todas son unas, y engañan.

Esto decía, y ya entonces,

de lejos, me preparaba
30

el amor, en nuevos lazos,

nuevas y nuevas desgracias.

Le ví; resistí; no pude.

¡Es tan tiernecita mi alma!

Jura no amar cada día,
35

y cada días más ama.

Fui débil; cedí; ¿qué mucho

si contra mí guerreaban

mi gratitud, mi ternura,

y las lágrimas de Laura?
40

Vióme sensible, y al punto

sus elocuentes miradas

amor, amor, me dijeron,

y yo las veía, y callaba.

Doquier de mi faz pendiente,
45

su sonreír, sus palabras,

su seriedad, su silencio

en todo, y toda me amaba.

Yo en su pesar me afligía;

pero, inflexible, exclamaba:
50

No más amor, que las hembras

todas son unas, y engañan.

Mil y mil lágrimas tristes

la vi ocultar con sus palmas;

y escuché mil sordos ayes
55

expirar en su garganta.

No sé; pero, triste imagen

de un dolor sin esperanza,

parece que me decía:

Yo moriré, y tú me matas.
60

Eres piadoso, ¿y permites

que a tu rigor me deshaga,

bien como al yelo del cierzo

la amable rosa temprana?

¿Hay resistencia que dure
65

al eco de estas palabras?

Téngala allá quien no albergue

mis compasivas entrañas.

¿Yo resistir? ¡Ah, perezca

quien duro el oído aparta
70

de los dolorosos ayes

que él mismo tal vez arranca!

No soy así; yo no puedo

ver padecer; y trocara,

por las desdichas ajenas,
75

mis placeres y esperanzas.

Respira, infeliz amante,

enjuga tus llantos, Laura.

Yo te amo; ¡y adiós de nuevo

propósitos y palabras!
80

Al fin la amé; y en el punto

que yo mi fe la juraba,

con otro amante, en silencio,

ella cautelosa y falsa.

¡Gran Dios! ¿Y por qué la tierra
85

sufre tan pérfidas almas?

¡Oh, salve, chocita mía!,

de ti mi aflicción se ampara.

¡Oh salve, salve mil veces!

A tu silenciosa calma
90

torno al fin, y para siempre

al amor daré la espalda.

¡Oh libros! ¡Oh amigos dulces

en que mis penas descansan!

Fuera de vos, ya la tierra
95

es para mis ojos nada.

Ya no hay verdad en el mundo,

ni fe, ni amor... ¡Laura, Laura!

¿Así, de un pecho sencillo,

el fiel cariño se paga?
100

En vano, en vano confusa,

en llanto cruel ahogada,

me buscarás implorando

con voz humilde mi gracia.

Si débil fui, ya soy firme,
105

impío, cruel. ¡Oh Laura!,

mucho te amé... ¡Si a lo menos

alguna disculpa hallaras!

Yo te ayudaré; adormece

mis justas desconfianzas;
110

deslúmbrame, y te perdono,

y te amaré cual te amaba.

¿Qué digo, infeliz? ¿Es ésta

mi entereza y mi constancia?

Huyamos, albergue mío,
115

apaga oficioso, apaga

el fuego en que ardo, y responde,

si viene a turbarme Laura:

No más amor, que las hembras

todas son unas, y engañan.
120


La violación del propósito

    En vano, en vano rabioso,

las duras cadenas muerdo

que amor, déspota inhumano,

ató a mi rebelde cuello.

¿Qué vale que, por romperlas,
5

sude en afanoso esfuerzo,

si a cada triste conato

un eslabón las aumento?

¿Do estás, propósito mío?

¿Do estás adiós postrimero
10

que ayer al amor y a Laura

dije con brioso aliento?

¿Así la voz imperiosa

de mis vengativos celos

enmudeció y, sólo ahora
15

habla el amor en mi pecho?

¡Ay, que jamás tan tirano

me subyugó! Todo entero,

con toda su ardiente llama,

va por mis venas corriendo.
20

Palpito, tiemblo, mis ojos

lágrimas brotan de fuego,

y mil fugitivos ayes

abrasan mis labios secos.

Yo me ardo, yo me ardo Laura,
25

Laura, aquí estás, yo te veo;

eres tú misma; a tus plantas

imploro tu amor de nuevo.

ídolo mío, perdona

si pude, en injustos celos,
30

dejarte; ya arrepentido,

a ser tu esclavo me vuelvo.

Ni jamás, aunque quisiera,

podría dejar de serlo.

¿Qué fuera de mí sin Laura,
35

si sólo por ella aliento?

Mi vida, mi ser, mi todo,

¡oh Laura!... mi entendimiento,

mi corazón, mis sentidos,

todo en ti sola lo veo.
40

¡Adiós, pasiones, que un día

fuisteis mi dulce embeleso!

Sed de saber, Musas, gloria,

ya para mí todo es muerto.

Laura no más, Laura, Laura
45

es mi pasión, mi universo.

¡Oh, viva con ella siempre,

y muera con ella a un tiempo!


    Al ir tendiendo los montes

sus más alargadas sombras,

un ancho valle midiendo

que en paz Manzanares corta;

cuando las dormidas flores,
5

de abril a la voz, hermosas

despiertan, su cárcel rompen,

y con timidez asoman;

el anciano Palemón,

dejando la humilde choza,
10

un siglo entero pasea

por la verde y fresca alfombra.

¡Cuál brilla su augusta calva

a par del sol que la dora!

Y no es el sol más hermoso
15

que la vejez virtuosa.

Dejad, cefirillos mansos,

dejad las selvas do mora

amor, que un hombre de bien

vuestros halagos provoca.
20

Venid, venid oreantes,

y las alitas de rosa

sacudiendo, a Palemón

seguid cargados de aromas.

Todo es silencio en el valle;
25

no suenan más que las ondas

del sesgo río, y de lejos

la dulce voz de una alondra.

Contemplando en unas flores

está Palemón: las toca,
30

las deja; torna a mirarlas,

las deja otra vez, y llora.

¡Así marchitas, decía,

las que, al expirar la aurora,

la gala fueron del prado,
35

la envidia de las hermosas!

¡Oh tiempo, tiempo! A tus golpes

se rinde cuanto el sol dora:

ni el alto ciprés respetas,

ni la yedra vil perdonas.
40

Todo lo destruyes, todo,

hasta los montes y rocas.

También fui joven un día,

y anciano me ves ahora.

Vendrá, y hollará mañana
45

lo que este sol no trastorna.

Yo vi esta pradera entonces,

¡oh Palemón!, ¡oh memorias!

Siglos enteros cercada

de mil pastoriles chozas,
50

de paz, de amores y risas

morada fue deliciosa.

Todo se acabó; a mí sólo

conoce la vega ahora;

solo quedé por testigo
55

de mudanzas dolorosas.

Ya es paseo de la corte

la que arboleda frondosa

me vio nacer. ¡Cuántas veces

me hospedó su fresca sombra!
60

¡Cuántas pacíficas siestas

de la estación ardorosa

me regaló en blando lecho

de lirios, trébol y rosas!

Aquel infeliz collado
65

que está sustentando ahora

ese jaspeado alcázar

donde un cortesano mora,

en menos aciagos días

escuchó mi voz sonora
70

cuando guiaba las danzas

de las ágiles pastoras.

Desde su cumbre florida

bajaba con limpias ondas

un arroyuelo travieso
75

mojando, al pasar, las rosas.

Sentado en él, una tarde

di un colorín a mi esposa.

¡Ay años abriles míos!

Expiraron ya mis glorias.
80

Mudanzas tristes reparo

doquier la vista se torna;

todo ya me desconoce,

y en mi vejez me abandona.

Fresno inmutable, tú solo,
85

allá en antiguas memorias,

prestas a mi afán alivio

y en mi soledad me gozas.

Tú me recuerdas un padre

que bajo tu inmensa copa
90

en mi pecho las virtudes

vertía desde su boca.

También descubrir me oíste

mi ardiente amor a mi esposa;

y en las estivales siestas
95

frescor me guardó tu sombra.

¡Salve, piadoso arbolito!

¡Mil veces salve, y mil otras!

¡Cariño mío por siempre!

¡Mi única esperanza ahora!
100

En ti está la vega antigua,

mis padres, mi dulce esposa,

mis inocentes niñeces,

y mi juventud fogosa.

¡Cual me viste en otros tiempos
105

cuando en la edad de mis glorias

era el primero en la lucha,

en el salto y en la honda!

Pasó mi honor, todo muere.

¡Cuán otro de aquél, ahora
110

trémulo me ves cediendo

a los años que me agobian!

Así es mi frente, cual sierra

allá en diciembre nevosa;

y las ya cansadas plantas
115

flaquean y me abandonan.

Fresno de mi amor, tus ramas

hacia mí benigno dobla,

dame un bastón o, rendido,

volver no podré a mi choza.
120

Con sólo un triste cayado

mi tierno amor galardonas.

Yo te serví con el riego,

y es mía toda tu pompa.

¡Bendito seas, mi fresno!,
125

que ya una rama piadosa

me alargas. ¡Qué buen cayado,

Palemón, tendrás ahora!

Árbol ingrato, ¿en la tierra

me haces caer? ¡En mal hora
130

beba tu raíz el jugo,

y el sol caliente tus hojas!

¿Segunda vez, por dañarme,

a inclinar tus brazos tornas?

¡Ay, que una rama he cortado!
135

¡Ay, que me verá mi choza

entrar con cayado! ¡Oh fresno,

haga el cielo que tu pompa

dure por eternos siglos,

y cada vez más hermosa!
140

¡Jamás de Aquilón te opriman

las furias tempestuosas,

ni el rayo ardiente del cielo

ofenda impío tu copa!

¡Cuando la nieve entristezca
145

las soledades selvosas,

en tu follaje enredada

pose primavera hermosa!

¡Y cuando agosto inflamado

marchite las verdes hojas,
150

cuelgue el abril, en las tuyas,

la cuna feliz de Flora!

Amigo fresno, la muerte,

que a nadie jamás perdona,

porque el morir es forzoso,
155

se acerca a mi presurosa.

¡Plegue, cuando al fin llegare,

que, por mi postrera gloria,

mis huesos, algún piadoso,

al pie de tu tronco ponga!
160

Dijo, y lloró; y apoyado

volvió el pastor a su choza.

Dio el sol el postrer suspiro,

y se tendieron las sombras.


El fin del otoño

    ¿Adónde rápidos fueron,

benéfica primavera,

tus cariñosos verdores

y tus auras placenteras?

¿Do están los amables días
5

cuando, a la aurora risueña,

de tus cálices rosados

tributabas mil esencias?

¿Do, los pomposos follajes

que oyeron las cantilenas
10

del ruiseñor, en las noches

llenando de amor las selvas?

¿Do estás, juventud del año?

Perdióse en la ardiente fuerza

de agosto; murió el estío,
15

y ahora noviembre reina.

Noviembre, que despojando

los bosques y las praderas,

con amarillos matices

las galas de abril afea.
20

¡Cual de los vientos al soplo

para siempre caen en tierra

las hojas, al pie del tilo

que vio su antigua belleza,

y sus maternales ramas,
25

en soledad lastimera,

los rigores del invierno

desconsoladas esperan!

Del invierno, que dejando

sus escarchadas cavernas,
30

ya se adelanta, seguido

de borrascosas tormentas.

¡Adiós, albergues queridos

de las aves halagüeñas,

nidos de amor, y teatros
35

de maternales ternezas!

Ya no abrigaréis piadosos

la desnuda descendencia

del colorín, ni mi oído

regalarán sus querellas.
40

¡Oh, cuán diferentes cantos

ahora doquier resuenan!

Que, entre orfandades, la muerte

su carro aciago pasea.

¡Cuántas virtudes oprimen
45

sus inexorables ruedas!

¡Cuánta esperanza sepultan,

y cuánto amor atropellan!

Ni la juventud perdonan,

ni el himeneo respetan.
50

¡Oh Filis, Filis!, ¿quién sabe

si ya, en nuestro mal, se acercan?

Nuestras niñeces volaron,

y, en pos, las flores primeras

de la juventud. ¡Ay tristes!
55

A nuestros días ¿qué resta?

En ellos ya, desde lejos,

asoma, de canas llena,

la ancianidad dolorosa,

el desamor y tristeza.
60

Amemos, amemos, Filis;

mira que rápidos llegan,

que ya este otoño es memoria,

y el tiempo destruye y vuela.


    ¿No ves, mi amor, entre el monte

y aquella sonora fuente,

un solitario sepulcro

sombreado de cipreses?

¿Y no ves que en torno vuelan,
5

desarmados y dolientes,

mil amorcitos, guiados

por el hijo de Cíteres?

Pues en paz allí cerradas

descansan ya para siempre
10

las silenciosas cenizas

de dos que se amaron fieles.

Éramos niños nosotros

cuando Palemón y Asterie

llenaron estas comarcas
15

de sus cariños ardientes.

No hay olmo que, en su corteza,

pruebas de su amor no muestre;

Palemón, los unos dicen,

los otros claman Asterie.
20

Sus amorosas canciones

todo zagal las aprende;

no hay valle do no se canten,

ni monte do no resuenen.

Llegó su vejez, y hallólos
25

en paz, y amándose siempre;

y amáronse, y expiraron;

pero su amor permanece.

¿Te acuerdas, Filis, que un día,

simplecillos e inocentes,
30

los oímos requebrarse

detrás de aquellos laureles?

¡Cuántas caricias manaban

sus labios! ¡Cuántos placeres!

¡Cuánta eternidad de amores
35

juraba su pecho ardiente!

Al verlos, ¿te acuerdas, Filis,

oh, tan preciosas niñeces

volaron, que me dijiste,

deshojando unos claveles:
40

yo quiero amar; en creciendo,

serás Palemón, yo Asterie,

y juraremos, cual ellos,

amarnos hasta la muerte?

Mi Filis, mi bien, ¿qué esperas?
45

El tiempo de amar es éste;

los días rápidos huyen,

y la juventud no vuelve.

No tardes; ven al sepulcro

donde los pastores duermen
50

y, a su ejemplo, en él juremos

amarnos eternamente.


Traducción de las Odas I, II, III y IV de Anacreonte

-I-

    Loar quisiera a Cadmo,

cantar quisiera a Atridas;

mas sólo amores suenan

las cuerdas de mi lira.

Otra me dad, y cante
5

de Alcides las fatigas;

pero también responde

amor, amor, la lira.

Héroes, adiós; es fuerza

que un vale eterno os diga.
10

¿Qué puedo hacer, si amores

canta, y no más, mi lira?

-II-

    Armó natura al toro

con la enastada frente,

y al caballo con plantas
15

que atrás furioso vuelve.

La cavernosa boca

sembró al león de dientes,

y la veloz carrera

dio a la prófuga liebre.
20

Alas prestó a las aves,

dio el nadar a los peces,

la sensatez al hombre;

¿y olvidó a las mujeres?

No, ¿qué les dio? Belleza,
25

arma la más potente.

¡Ah, cedan hierro y fuego

a la que hermosa fuere!

-III-

    En medio de la noche,

cuando parece el carro
30

donde ostentó Bootes

sus ya cubiertos rayos;

cuando al mortal cerraba

los ojos el cansancio,

de pronto amor parece
35

mis puertas golpeando.

¿quién, de mi sueño, dije,

turba el feliz descanso?

Y respondió: No temas,

abre, soy un muchacho;
40

por compasión me hospeda,

que llueve, estoy helado,

y en deslunada noche

solo y perdido vago.

Me lastimé de oírle,
45

y voy, y enciendo, y abro,

y un niño vi con alas,

con aljaba y con arco.

Le siento, a par del fuego,

y caliento sus manos
50

con mis palmas, y enjugo

su pelito mojado.

Al fin se cobra, y dice:

Trae, probaré del arco

la cuerda, que esta lluvia
55

¡cuál me la habrá parado!

La estira, y cual serpiente

que pica y vuelve insanos,

me hiere toda el alma,

mi pecho traspasando.
60

Vengan albricias, huésped,

grita riendo; el arco

ileso está; tu pecho

no quedará tan sano.

-IV-

    De los frondosos lotos
65

a la sombra tendido,

quiero beber oyendo

el son del móvil mirto.

La túnica prendida

sobre el hombro, Cupido,
70

en un rústico vaso

me sirva el dulce vino.

Cual disparado carro

marcha el tiempo, que impío

nos deshace, mudando
75

la vida en polvo frío.

¿Y qué valdrá que entonces

riegues con leche y vino,

y ornes con vanidades

mi sepulcral olvido?
80

Ahora, mientras siento,

vierte esencias, amigo,

tráeme una hermosa, y ciñe

mi sien de rosa y lirios;

pues, antes que me pierda
85

en mi postrer suspiro,

quiero gozar. Id lejos,

cuidados pensativos.


El rompimiento

    ¿Será, será que, osada,

¡oh Filis inconstante!,

quieras aún señorear, cual diosa,

mi mente avasallada?

Y yo, cual tierno infante
5

que, desvalido en su nutriz, reposa,

y ella es su amor primero,

toda su dicha, su universo entero,

¿cifraré mi ventura

en pender de tu pérfida hermosura?
10

    En el silencio frío

de la noche callada,

al rayo incierto de la opaca luna

yo ví, yo ví a ese impío;

te ví, te ví abrazada
15

con ese amante de mejor fortuna;

tu acento fementido,

lleno de agravios, resonó en mi oído

cuando infiel prometías

la fe que me juraste en otros días.
20

    Tú, que en su amor ahora

gozas, oh mi enemigo,

¡ay!, breve, breve llegará el momento

que en esa engañadora

llores. También testigo
25

fue ese jardín de mi feliz contento,

y murió en tus abrazos.

Húyela, que te miente, huye sus brazos,

de otra veraz te fía;

no te ama Filis, no, que toda es mía.
30

    Es mía, yo la amaba,

yo la amo aún inconstante...

No la amo; la aborrezco... ¡La alevosa!

¡La pérfida! ¿Engañaba

al más sincero amante?
35

Tanta promesa y esperanza hermosa,

Filis, ¿do están? ¿Qué has hecho

de tanta fe como juró tu pecho

cuando amarme ofrecía,

¡cruel, cruel!, hasta el postrero día?
40

    ¿Por qué entonces callabas

los agudos pesares

que me guardaba tu querer tirano?

¿Sacrílega esperabas

profanar los altares
45

cubriendo tu deshonra con mi mano?

Jamás la augusta pompa

rió en mi fantasía. Rompa, rompa

la funeral cadena

que a tus bárbaras leyes me condena.
50

    Caiga, caiga deshecho

el ídolo engañoso

que ante sus plantas me miró abatido.

Arroje ya mi pecho

error tan ponzoñoso,
55

y que odio sea cuanto amor ha sido.

¡Oh, si feliz tornara

el tiempo que voló! Jamás manchara

ese monstruo sangriento

ni aun mis oídos con su torpe aliento.
60

    ¡Bárbara! ¿Mereciste

verte jamás señora

del corazón que te entregué rendido?

Tú misma lo dijiste;

que, en cuanto Febo dora,
65

nadie supo querer cual yo he querido.

Y ¿cuál paga me has dado?

¡Ay, si me hubieras a la par amado

de mi pasión fogosa!

¡Si me amaras aún, ingrata hermosa!
70

    Huye, esperanza vana;

huid, muertos amores;

Filis, eterno adiós. Cuando mirares

esa beldad tirana,

burlada de traidores;
75

cuando pruebes los bárbaros pesares

que a mí llorar me has hecho;

cuando, herido de amor tu infame pecho,

sólo piedad implore,

y eternamente ingratitudes llore;
80

    llegó, llegó el instante

de mi fatal venganza.

De soledad y desamores llena,

siempre verás delante

esta aciaga mudanza;
85

escucharás mi voz que te condena;

y, en cruel remordimiento,

al despedir el postrimer aliento,

ya tarde arrepentida,

temblarás de mi imagen ofendida.
90


A Galatea, que huyó de su casa por seguir a un amante

¿Huyes ¡ay imprudente!,

de un ciego amor guiada,

el dulce albergue maternal dejando?

Cual alondra inocente

de su nido apartada,
5

que, el reclamo de lejos escuchando,

hacia su par volando

torna, y en lazo fuerte

halla eterna prisión o dura muerte,

¿corres al que, mintiendo, oh Galatea,
10

tristes cariños, tu baldón desea?

De cada huella que imprimió tu planta,

un odio y un pesar se te adelanta.

    Huye, y tu madre, en tanto,

tu madre, antes querida,
15

te busca en vano, y encontrarte espera.

Te llama en hondo llanto,

y no es correspondida.

Tal la oveja, con mísera carrera,

en pos va lastimera
20

del perdido cordero.

Corre inquieta la vega y el otero,

de mata en mata registrando atenta;

a cada sombra, sus dolores cuenta,

con acento tristísimo balando,
25

en su favor a todos implorando.

    De temores cercada,

¡cuánto, cuánto recela!

¡Qué perspectiva de dolor su mente

mira desesperada!
30

Si tierna la consuela

la voz de la amistad, un ay doliente

exhala y solamente

¡Galatea!, responde.

¡Galatea!, no más; y huye, y se esconde,
35

y silenciosa abriga su tormento,

fijo siempre en su hija el pensamiento.

Pensando en ella la saluda el día,

y la recibe así la noche fría.

    En su lóbrego espanto,
40

¡oh si su voz oyeras

cuando al regazo maternal te llama!

Ya la enmudece el llanto;

ya, cual si allí la huyeras,

tente, tente, cruel; ¿huyes?, exclama;
45

¿huyes de quien más te ama?

Tu madre soy. ¿Por suerte,

mi cariño infeliz pudo ofenderte,

que, endurecida a mis ansiosas quejas,

¡ay!, tantos años de piedades dejas
50

por un monstruo que odioso te arrebata?

¡Oh Galatea, Galatea ingrata!

    Yo, como el ave amante

que, el pecho ensangrentando,

a sus hijos en él nutre y anida,
55

desde el aciago instante

que te miró llorando

pasar de mis entrañas a la vida,

en mi pecho, acogida

te dí, te dí sustento;
60

te dí todo mi amor, sangre y aliento;

y pendiente de ti, siempre vivía

en tu vivir, en que gozosa veía

¡cuánta noble virtud y honor hermoso!

Y en mi helada vejez ¡cuánto reposo!
65

    ¡Ciega! ¡Cuánta mudanza

en lo que allí soñaba!

Con Galatea huyó la dicha mía;

falleció mi esperanza;

la luz que me alumbraba
70

se tornó oscuridad, y mi alegría

es luto y agonía.

La amaba, y me ha dejado;

me dejó para siempre. Esposo amado,

si, alzando de la tumba tenebrosa,
75

vieras el llanto de tu fiel esposa,

¿creyeras que a tormento tan agudo

dar ocasión tu Galatea pudo?

    Pudo, pudo... La insana

a su madre abandona.
80

Huye, y me deja como vid doliente

que cuando más ufana

riendo se corona

de opulentos racimos, de repente

marcha del occidente,
85

llega, y cae resonando

el opaco granizo, y destrozando

los pámpanos, los frutos, la esperanza,

el suelo cubre de su atroz venganza;

y es la vina infeliz, ya despojada,
90

de cuantos pasan con dolor mirada.

    Mi más querida prenda,

única gloria mía,

ídolo de mi pecho, hija adorada,

mira, mira; esa senda
95

do tu pasión te guía,

está de espinas y dolor sembrada.

¡Oh madre infortunada!

¡Oh joven sin ventura!

¡Oh cuánta pesadumbre y amargura
100

te sigue! Abandonada de tu amante,

sin madre, sin virtud, en un instante

verás crimen, verás remordimiento

donde hallar esperabas el contento.

    Guárdate, miserable,
105

que el cielo omnipotente

vengó el desprecio y paternal afrenta

por siempre inexorable.

¿Quién sabe si, al presente,

el Ser eterno tu castigo intenta,
110

y la espada sangrienta,

envuelta en muerte y llanto,

contra ti va a esgrimir? Detén, oh santo

Señor, el golpe funeral, espera;

en mí se cebe tu venganza fiera;
115

me ofendió, y la perdono. ¡Ay hija mía!,

vuelve ya, vuelve a la que amaste un día.

    Pon fin a su amargura:

torna a tu madre amante,

o la harás para siempre desdichada.
120

¿Temerás por ventura,

en mi airado semblante,

mi recelo y tu fuga ver pintada?

No, no; que más amada

serás que nunca has sido.
125

No -hallarás sino amor y eterno olvido

de cuanto fue... No vuelve. ¿Así dilata

el arrepentimiento? ¡Ingrata, ingrata!

Vendrás, y me verás ya sepultada,

y sobre mí tu ingratitud sentada.
130


    Tente, tente, cruel. ¿Así te alejas,

Tirsis ingrato, de tu Nice amada?

¿Así, cerrando el insensible oído

a sus ardientes dolorosas quejas,

huyes, y en aflicción desesperada
5

la abandonas? ¿Será que, fementido,

anegues en dolores

un alma que te dio tantos amores?

    En vano escudas tu infeliz dureza

con el destino que a partir te obliga;
10

amor y sólo amor; no hay más destino

para quien supo amar. Si la riqueza,

si la sed ambiciosa te fatiga,

si gloriosa te llama, a su camino,

la ensangrentada guerra;
15

parte y siembra de llanto la ancha tierra.

    Que Nice ¡ay triste!, a su dolor rendida,

sola en el mundo, en congojoso llanto,

Tirsis, mi Tirsis, clamará doquiera,

y no será de Tirsis respondida.
20

¡Ay duro Tirsis! ¿Dónde estás? En tanto

que buscas anhelante esa quimera

que la ambición te inspira,

Nice te nombra, y por tu amor expira.

    Morirá, morirá, si es que resiste
25

tu ingrato pecho al doloroso acento

con que te llama a su amoroso lado.

¡Con qué vehemencia te recuerda triste

el tiempo en que tu sólo pensamiento

era tu Nice! ¡Tiempo afortunado
30

de paz y de alegría!

¡Bello por siempre cuando amor quería!

    ¡Cuán elocuente su semblante mudo

te pinta su dolor! Su hinchado pecho

hierve, y hondos suspiros exhalando,
35

ata su voz con invencible nudo.

Su planta tiembla; en lágrimas deshecho,

su demudado rostro va buscando

en el tuyo su suerte.

¡Ay! Tu separación será su muerte.
40

    Apiádate, cruel: ¿ves cuál te tiende

las tiernas palmas, y tu cuello enlaza,

y te estrecha en su pecho enamorado?

¿Y más y más en su pasión se enciende,

y otra vez torna, y a su Tirsi abraza,
45

diciéndole, en acento desmayado,

su lengua lastimera

que te abrace otra vez, y luego muera?

    Le deja, y clava en el piadoso cielo

la turbia vista ya desencajada,
50

y clava su aflicción. No hay en la tierra

quien pueda mitigar su desconsuelo;

no hay más que un Tirsi, que ahora abandonada

la va a dejar. Cuanto anchuroso encierra

el orbe de hermosura
55

es para Nice luto y amargura.

    ¿Qué haces, Tirsi? Detén tu labio triste,

no pronuncie jamás la voz temida

de la separación; que es voz de muerte

para el sensible amor... ¡Cruel! ¿Qué hiciste?
60

¿Ya resonó en tu lengua aborrecida

el inhumano adiós que a nunca verte

condena a la infelice?

¿Que el postrimero adiós lanzaste a Nice?

    Vuelve, Nice; no irá. Ya su partida
65

desecha con horror... En vano, en vano

la intento recobrar: pálida, helada,

del sudor de la muerte acometida,

el sepulcro la espera... ¡Insano, insano!

¿Do se pierde mi mente enajenada?
70

El telón ha caído

Tirsis, Nice, volved; ¿dónde habéis ido?

    ¡Y fue todo ilusión! ¡Y el sentimiento

que mi agitado pecho acongojaba

fue sombra y nada más! No: es verdadera
75

la Nice que cantó; cierto el tormento

que su sensible corazón probaba

en el terrible adiós: ni ¿quién pudiera

con un mentido canto

mandar al alma la aflicción y el llanto?
80

    Amable Nice, tierna, generosa,

que con el fuego que en tu pecho ardía

abrasaste las almas que te vieron,

¡cuánto tesoro de virtud hermosa

en tu llanto y dolor se descubría!
85

Los santos cielos sobre ti quisieron

de un corazón humano

la ternura verter con larga mano.

    ¡Vive, Nice feliz, vive dichosa

a par de los deseos de un amigo
90

que ama tu corazón! Y madre tierna,

hija obediente, enamorada esposa,

¡que de tu sombra al maternal abrigo

crezcan tus hijos, conservando eterna

adentro en su alma pura
95

la virtud de su madre en su ternura!


En elogio del general Buonaparte, con motivo de haber respetado la patria de Virgilio

Victorque viros supereminet omnes.

Virgilio



    Marón yacía en los Elíseos campos,

y en torno de él volaban silenciosos

cual los soles radiantes del olimpo

mil héroes; y a su vida arrebatado

con celeste armonía
5

desatando la voz así decía:

    «¡Oh venerables sombras generosas

nacidas para el bien! ¿Por qué la tierra

tan en breve os perdió? ¿Por qué inmortales

no eternizáis en ella la justicia,
10

la virtud bienhechora

que en vuestra muerte irreparable llora?

    A vuestro aspecto acobardado el crimen

tiembla, y huye, y se esconde, y al abismo

su tronco cae; y la virtud hermosa
15

sobre él alzada, el universo entero

trae a su dulce mando

leyes de unión y de amistad dictando.

    Faltáis empero, y ¡ay!... La primavera

muere en los brazos del estío ardiente;
20

pero otra igual renacerá. Un otoño

en otro y otros sempiterno vive;

mas la virtud fallece,

y otra virtud en su lugar no crece.

    ¡Oh Fabricio! ¡Oh Camilo! ¡Oh Epaminondas!
25

¡Oh tú, que de tu patria en Salamina

fuisteis el fundador! Y tú, ¡oh Aristides!

¡Oh Leónidas! ¡Oh Aníbal! ¡Oh Scipiones!

¿Quién, ay, dará a la tierra

cuanto ya en vuestros túmulos se encierra?
30

    Mira entre tanto a Buonaparte, y clama:

no habéis muerto; vivís, héroes gloriosos,

todos, todos vivís. Joven valiente

tú Marcelo serás. Dijo, y el héroe

el bastón empuñando
35

va al enemigo rápido marchando.

    Le acomete, venció; combate, triunfa;

batalla, y un ejército enemigo

fue, y otro y otros; vuela, es la victoria;

y a una sola campaña un siglo entero
40

de heroísmo cargando

gana la paz, la guerra esclavizando.

    Sí; que al oírle desnudar la espada

tiemblan los muros de diamante, tiemblan

ríos y montes. Sólo sin espanto
45

la pobre aldea de Marón le mira,

que el héroe le respeta.

Violo en su tumba y sonrió el poeta.

    Y rebosando en júbilo su pecho,

«cumplióse, dijo, mi feliz presagio,
50

Buonaparte inmortal. ¡Oh que a la vida

no pudiese otra vez volver ahora!

¡Quién loarte me diera,

y que luego a mi túmulo volviera!

    De mis cantos, rayad, rayad a Augusto,
55

rayad a Eneas y a Catón dictando

sus leyes a los justos del Eliseo;

que todo nombre de virtud y gloria

con virtud despiadada,

la juventud romana cautivada.
60

    ¡Yo lo ví, yo lo ví, dijo, enclavados

en los púnicos templos los pendones

e incruentas espadas que el guerrero

arrancar se dejó! ¡Yo vi en las libres

espaldas, entre lazos,
65

los ciudadanos retorcidos brazos!

    Vi ya patentes las herradas puertas

de los contrarios, y en triunfante gozo

romper su arado los tranquilos surcos;

los surcos ¡ay!, de nuestra gloria llenos,
70

que, en más felices horas,

talaron nuestras armas vencedoras.

    ¿Será que el oro de su vil rescate

haga más fuerte al campeón esclavo?

Le hará más vil y engendrador de infames;
75

que nunca, tinta, su color nativo

la lana ha recobrado,

ni su virtud el pecho amancillado.

    Cuando luche la cierva, desprendida

de la nudosa red, será brioso
80

el militar que al pérfido enemigo

confió su salud. ¿En nuevas lides

podrá temblar Cartago

su vencimiento y funeral estrago

    de los brazos que en hierros ponderosos
85

el miedo de morir ató cobarde?

Buscando vida sin saber do estaba,

a paz forzaron el combate. ¡Oh mengua!

¡Oh gran Cartago, alzada

sobre el baldón de Italia destrozada!
90

    Dijo; y del beso de su casta esposa

huyó, cual siervo, y de sus tiernos hijos;

y en torvo ceño, el varonil semblante

fijó en la tierra, en tanto que afirmaba

al dudoso Senado
95

en su consejo atroz nunca imitado.

    Parte veloz a su destierro ilustre

entre el llorar de la amistad, que lejos

ve los tormentos que el sayón le guarda.

Él no tiembla y los ve; marcha, y en torno
100

rompe su brazo fuerte

el pueblo que mediaba entre su muerte;

    bien cual si huyendo la estruendosa Roma

y el cargoso velar en la fortuna

de sus clientes, a rendir marchase
105

a la rústica paz amables cultos

de calma y de contento

en los campos hibleos de Tarento.


A la paz entre España y Francia en 15

    ¿Qué fogoso volcán amenazando

hierve en mi corazón, que en paz dormía,

bien como en el abismo honditronante

del Etna cuando brama, y humeando

va a romper? Tente, tente, fantasía,
5

¿do me arrastras? Perdona; mí sonante

cítara suspendí; mi labio mudo

para siempre olvidó la voz del canto.

Y ¿cómo he de cantar entre el espanto

con que Marte sañudo,
10

en rencorosa guerra

muda en sepulcro la anchurosa tierra?

    ¡Oh Pirineo! ¡Oh campos de Gerona!

¡Espectáculo atroz! ¡Oh! ¿Quién me aleja

de esta escena cruel de sangre y lloro
15

do el fratricidio la discordia abona?

¿Dónde es muerte el honor? ¡Ay, cuál refleja

el acero infeliz los rayos de oro

del sol vivificante! ¡Cuál rechina

el carro horrible do el cañón sentado
20

va de viudez y de orfandad preñado!

¡Cuánto llanto, y ruina

y sepulcro está abriendo

del trémulo tambor el ronco estruendo!

    Tened, crueles. ¿Contra quién esgrime
25

el duro hierro la insensata mano?

¿Do está la humanidad, el don divino

que en nuestras almas al nacer imprime

la natura? ¡Perezca el inhumano

que el feroz ministerio de asesino
30

el primero ejerció! ¡Que el hondo Averno

trague hasta el nombre del que alzó malvado

altares al valor ensangrentado

y, de laurel eterno

ciñendo su cabeza,
35

dijo: sea virtud la impía dureza!

    Hirió su voz de Jerjes el oído,

que el escudo batiendo con la lanza,

la guerra ordena al hijo del oriente.

En la ilusión de su altivez dormido,
40

sueña que el universo a su pujanza

ya inclina con temor la esclava frente.

Marcha, triunfa; de Esparta en los leones

da, cía, los rodea, caen rugiendo.

Y su rugir Temístocles oyendo,
45

mueve al mar sus Pendones,

y allí, la diestra alzada,

tumba de toda el Asia fue su espada.

    ¿Huyes, oh Jerjes? ¿Tan ópimo fruto

te valió tu venganza lisonjera?
50

¿Huyes? ¿Adónde huirás? Ya se adelanta

a recibirte, en doloroso luto,

Asia; y «¿qué fue mi juventud guerrera?»,

te pregunta. «Mis campos, do levanta

el abrojo su frente ignominiosa,
55

piden los brazos donde en paz amiga

su sien posaba la materna espiga.

La amante lagrimosa

busca a su amor, no le halla,

que, polvo yerto, para siempre calla.
60

    «¡Hijo adorado, en mi vejez odiosa

único puerto de mi ingrata suerte!

Desamor, soledad, ¿ésta es la herencia

que me vuelven de ti? Noche afrentosa

de mi himeneo, en que el amor fue muerte,
65

¡jamás seas...!» exclama en la vehemencia

de su hondo pesar la anciana madre;

mientras la viuda en lágrimas deshecha,

los huerfanitos en su seno estrecha;

y la mente en su padre,
70

mil futuros temores

flechan su corazón con mil dolores.

    «Tú me arrancaste con tu infanda guerra

mi laboriosa paz y mis amores,

entregándome al hambre y las maldades.
75

Y ¡oh cuánta sangre en mi domada tierra

por ti veo correr! Por tus furores

vuela entre victoriosas mortandades

contra mí el Macedón, y me saquea,

y a su muerte... ¡qué horror!, ¡ay!, vuelve, impío,
80

vuelve mis hijos al regazo mío;

mis hijos de Platea;

cruel, torna al momento,

tórname mi virtud y mi contento».

    El Asia dijo; y aún su voz ahora
85

desde el horror de sus desiertos clama

por su sangre inocente. Oíd, hispanos:

la madre España a sus lamentos llora,

y con su ejemplo a la concordia os llama.

¿Será que vuestros pechos inhumanos
90

resisten a su voz, que religiosa

repite sin cesar que no hay ventura

sin virtud, ni virtud sin la ternura

y la unión amistosa,

adonde en ara santa
95

feliz beneficencia se levanta?

    ¡Falte la tierra al que a su mismo hermano

persiga en su enemigo! Uncid los bueyes,

oh vírgenes del campo lagrimosas,

que vuelve su señor. Con diestra mano,
100

pues amor dictará sus dulces leyes,

tejed guirnaldas de azucena y rosas.

Madres sensibles, vuestro amargo llanto

truéquese ya en placer y regocijos,

que ya a sus lares vuestros tiernos hijos
105

tornan; sí, que el espanto

va a cesar de la guerra,

y en mieses de oro se ornará la tierra.

    ¡Júbilo, salvación! ¡Oh cuál se inunda

mi espíritu en placer! ¿Oís que clama
110

Paz, paz el Pirineo ensangrentado?

Dad oliva a mi sien. ¿Quién la circunda

con sus hojas? La trompa de la fama

toda es paz, y a su son llora abrazado

del galo el español, y maldiciendo
115

de la guerra y sus bárbaros horrores,

en amistad convierten sus rencores.

Los oye, y brama huyendo

la discordia sangrienta,

y en la oscura Albión tu trono asienta.
120

    ¿Do estáis, pastores, que el silencio amado

de los montes dejasteis al ardiente

estruendo del cañón? Volved tranquilos

a sus antiguos reinos el ganado;

señoread las selvas do inocente
125

a las plácidas sombras de los tilos

el amor sus misterios os confía.

Desechad el temor; del alto cielo,

yo lo ví, yo lo vi, que en raudo vuelo

alma paz descendía
130

de espigas coronada,

de genios y de musas rodeada.

Saludadla, cantad, hijos de Apolo.

¡Salve, decidla, madre bienhechora

del linaje mortal, cándida hermana
135

de la santa virtud! ¡De polo a polo

rija un día tu mano vencedora!

¡Salve mil veces, y a la gente humana

no abandones jamás! ¡Pueda contigo

comenzar el imperio afortunado
140

de la fraternidad, en que el malvado

es el solo enemigo,

y la tierra piadosa

una sola familia virtuosa!


La primavera

    Rosas, naced; que a la mansión del Toro,

de nativo placer y amores llena,

se acerca el sol, de triunfos coronada,

cual noble vencedor, la frente de oro.

Quebrantó victorioso la cadena
5

en que gimió la tierra avasallada

del numen invernal. Las altas cumbres,

do estéril nieve Capricornio lanza,

se estremecen de Febo a la pujanza,

que en crujientes heladas pesadumbres
10

los montes derrocando

va de su altiva eternidad triunfando.

    Abrego silbador, cierzo bramante,

lóbregos partos del sañudo invierno,

huid do vuestro padre silencioso
15

de su alcázar de yelo resonante

os llama en Espizberg. Huid, que tierno

vuelve al campo del céfiro el reposo

el padre de la luz. La primavera

nació, y el coro de los mansos vientos
20

sopla suave, y abre a sus alientos

su seno el campo, y ríe la pradera,

y en umbrosos frescores

brota la selva el sueño y los amores.

    ¿Oís? ¿Quién parte con veloz huida
25

ante la nube, que con marcha lenta

por la aérea región se va tendiendo?

Es Favonio, que a Ceres la venida

anuncia de la plácida, opulenta

lluvia sutil. Sus rayos escondiendo
30

eclipsado va el sol; y a veces ama

el desplegar, la nube traspasando,

los que antes encubrió, lejos dorando

la nevosa altivez de Guadarrama,

que los valles nublados
35

alegra con sus iris variados.

    ¡Cuál, suspendida, por el vago viento

flota la nube de esperanzas llena

que las alondras revolantes miden

clamando, lluvia, en incesable acento!
40

¿Cae? Mi frente mojó, y el río suena

formando un orbe, y otros, que despiden

otros más ensanchados, que rodean

otros que inmensos en la orilla mueren.

¡Cuán regalados los oídos hieren
45

los alisos que trémulos menean

sus hojas, do jugando

el agua de una en otra va saltando!

    Desciende al gremio de la madre Flora;

que a sus hijas, de perlas coronando
50

su ya débil prisión, hinche de vida.

¡Oh, cuantas rosas la primer aurora

en verde cuna mirará, asomando

con tímida inocencia la encogida

y vergonzosa faz! Venid, aladas
55

hijas del viento, atravesad ligeras

las llanuras del mar, que placenteras

os llaman ya las sombras sosegadas

que abril embalsamado

tiende risueño sobre el verde prado.
60

    Venid, que Flora a vuestro amor ofrece

su hibleo don, y Ceres espigosa

por vuestra descendencia ya afanada

en misteriosa paz granando crece.

    ¡Oh salve, salve, fuentecilla hermosa
65

de adormida corriente! Desmayada

tal vez diciembre al Guadarrama frío

te encadenó; benigna primavera

rompe tus grillos; corre, y la pradera

florezca en tu correr, y el bosque umbrío
70

redoble en tus cristales

la pompa de sus ramas inmortales.

    Corre dichoso, y tu feliz corriente

oiga nacer el trébol delicado

y verde juncia entre la humilde grama.
75

Tu benéfico humor la árida frente

cubra a aquel risco, y brille hermoseado

con musgoso verdor. Mas ¿quién derrama

por la ancha vega en profusión fragante

el balsámico olor que así enajena? so
80

¡Oh Coronilla! En la mojada arena

de tu dorada flor eterno amante,

quiero a su sombra fría

posar la sien hasta que expire el día.

    Doquier repara maternal natura
85

la anual destrucción, y la esperanza

y paz renueva, y el placer y vida.

Y entre tanto ¡infeliz!, ¿cuál amargura

prueba mi corazón entre la holganza

y risa universal? ¡Oh enardecida
90

voz! ¡Oh cantar del ruiseñor doliente

que, amor, amor, en el silencio triste

clama del bosque! En vano se resiste

el alma a su impresión; mi rostro siente

de los ojos saltando
95

mis lágrimas ardientes ir bajando.

    ¡Amor, amor! La tierra, el firmamento

todo anuncia tu ley. Doquier envío

los mustios ojos, de tu antorcha ardiente

me cerca el resplandor; doquier tu acento
100

me hiere, y veo que hasta el polo frío

la inspiración de tu deidad resiente.

Su indestructible yelo por tu mando

se enternece, flaquea y, derretido,

despeñándose cae: tiembla oprimido
105

con su mole el océano, y bramando

tus cultos misteriosos

lejos proclama entre ecos montañosos.

    Los oye el Leviatán, inmensurable

levantando la frente entre el helado
110

coloso que sobre él vasto se tiende.

Amor le habló; cesó su formidable

ferocidad: su pecho enamorado

suspira débil y en amor se enciende.

Ve a su amante, y acorre, y atrevido
115

en el profundo mar se alza fogoso,

y con placer terrible y estruendoso,

cual Osa sobre el Pelión suspendido,

cumpliendo, oh amor, tus leyes,

al imperio glacial da nuevos reyes.
120

    En tanto el Atlas el feroz rugido

repite del león que centellante,

desordenada la gentil melena,

por las selvas se agita al encendido

volcán que le devora. El que arrogante
125

en otros días por la ardiente arena

paseaba feliz su calma fiera,

ora esclavo, sin paz, rinde impotente

al yugo del placer la indócil frente;

y a par de su rugiente compañera
130

con formidable agrado

adora a su pesar al dios alado.

    ¡Vivificante amor! ¡Hijo dichoso

del alma primavera! En tus altares

humea sin cesar de noche y día
135

el agradable incienso que amoroso

te ofrece todo ser. Doquier mirares

las caricias verás y el alegría

con que, buscando sempiterna vida

en su posteridad, hace que estable
140

subsista lo que fue. Yo, no culpable,

yo solo, en juventud ¡ay me!, perdida,

entre tanto contento,

mi soledad y desamor lamento.

    ¿Y por siempre, sin fin, estéril llama
145

en mí pecho arderá? ¿Nunca una amante

dará empleo feliz a la ternura

de un triste corazón a quien inflama

todo el dios del amor, que ni un instante

vivirá sin amar? ¿Do está, oh natura,
150

tu ley primaveral? En vano, en vano

de un nuevo abril renacerá florido

de un amor y otro amor; ¡ay!, sometido

de la pobreza a la imperiosa mano

nunca oiré delicioso,
155

nunca me oiré llamar padre ni esposo.

    Cruel disparidad, tú monstruosa,

divinizando la opulencia hinchada

sobre la humillación del indigente,

sumergiste la tierra lagrimosa
160

en desorden y horror. Por ti cercada

de riqueza y maldad alzó la frente

la insaciable codicia, que sangrienta

llamó suyo el placer y la esperanza

que la natura por común holganza
165

dio a los humanos. Al sudor y afrenta

el bueno es condenado

por que nade en deleites el malvado.

    El Sibarita, en languidez ociosa

voluptuosamente adormecido,
170

sin poder desear, los brazos tiende

y bebe sin cesar, en la engañosa

copa de los placeres, el olvido

de la razón; y bebe, y más se enciende

en implacable sed, y más corrompe
175

los favores maternos usurpando

de la naturaleza, el lazo blando

que le une al infeliz, sangriento rompe,

y su virtud apena

y a estériles deseos le condena.
180

    ¡Oh Helvecia, oh región donde natura

para todos igual, ríe gozosa

con sus hijos tranquilos y contentos!

De la rígida nieve en la fragura

allí tiene su templo candorosa
185

la paz inmemorial. Ledos acentos

suenan en derredor del que, forzando

los campos con la reja reluciente,

con el sudor de su encorvada frente

la frugal opulencia va comprando,
190

y esperanzas mayores,

y en larga ancianidad largos amores.

    De su cuna le ríe el himeneo,

y entre honesto placer tierno le guía

a la beldad que, en la vecina choza,
195

es de sus padres perenal recreo.

La misma selva que sus juegos veía

en la hermosa niñez, luego se goza

con los suspiros de su edad amante;

y en su preciosa unión las sombras presta
200

para las danzas de tan dulce fiesta;

sombras do su vejez, ya vacilante,

cargada de memorias,

vendrá a buscar los días de sus glorias.

    ¡Bienhadado país! ¡Oh! ¿Quién me diera
205

a tus cumbres volar? Rustiquecido

con mano indiestra de robustas ramas

una humilde cabaña entretejiera;

y ante el vecino labrador, rendido

te dijera: «Si justo no desamas
210

la voz de la desgracia virtuosa,

oye a un hombre de bien que las ciudades

huyendo cual abrigo de maldades,

busca en esta aspereza montañosa

la paz y la ventura
215

con que le brinda maternal natura.

    «Si amaste alguna vez, por los placeres

de tu primer amor, benigno oído

te merezca. En el culto misterioso

quiero iniciarme de la rubia Ceres,
220

y tú me iniciarás. Yo, sometido

para siempre a tu voz, no perezoso

rehusaré el afán. O sople frío

el cierzo nevador, o el rayo ardiente

lance el sol estival, siempre obediente
225

me verás que, incansable, al buey tardío

sigo en la marcha lenta,

la mano de labrar tal vez sangrienta.»

    Sí; mi rústico dios me enseñaría

la ley del labrador; y yo, rendido
230

en tanto a la beldad de una pastora,

hija suya tal vez, ¡con qué alegría

oyera mi lección! Presto, instruido

en mandar a los campos, mi señora

premiara mis fatigas con su mano
235

y una eterna ventura deliciosa.

¡Cuál amaría a mi inocente esposa!

Esposa, esposa, en mi querer insano,

clamaría doquiera,

y el eco mis amores repitiera.
240

    ¡Oh cuántas veces mi querido dueño,

de nuestro amor el fruto sustentando,

a mis surcos viniera y blandamente

el tierno hijito, entre la paz del sueno,

ofreciera a mi vista, provocando
245

mi beso paternal! Su calma frente

besaría bañándola en mi llanto,

y a su madre después con tiernos lazos

estrechara mil veces en mis brazos;

y la besara en inefable encanto
250

y otra vez la abrazara,

y más que nunca mi labor amara.

    Contando mi vivir por mis amores

de ellos cercado y de mi dulce esposa,

cuando anunciase abril la primavera
255

alegre cantaría sus loores;

y en la cabaña que hospedó oficiosa

mi pasado dolor yo les dijera

el antiguo pesar que al patrio suelo

me forzó a renunciar; la cruda guerra
260

que mueve a la virtud la impía tierra;

cual de los Alpes quebrantando el yelo

vine; y como infelice

la informe choza con las ramas hice.

    ¡Ah!, que al oírme con llorar doliente
265

bendecirán la rústica pobreza

de su amable virtud, y a mí estrechados

me amarán más y más, y más ardiente

crecerá en su cariño mi terneza,

y ¿por qué me engañáis, sueños amados
270

de la imaginación?, ¿dónde, perdido,

me llevan, oh virtud, tus ilusiones?

No; jamás de mis Alpes las ficciones

realizadas veré, no; desquerido

sin hijos, sin esposa,
275

jamás será mi primavera hermosa.


    ¡Oh, salve, salve, soledad querida,

do, en los halagos del Abril hermoso,

vine a cantar en medio a los amores

mi eterno desamor! ¡Salve, oh florida,

oh calma vega! A tu feliz reposo
5

torno otra vez y, entre tus nuevas flores

enjugando el sudor que a Sirio ardiente

pagó en tributo lánguida mi frente,

veré al otoño levantarse ufano

sobre la árida tumba del verano.
10

    Sí, le veré; que la Balanza justa

las sombras y la luz igual partiendo

en sus frescos palacios aprisiona

voluble al sol que, de su sien augusta

la diadema inflamada desciñendo,
15

de rayos más benignos se corona.

Otoño, clama de su carro de oro;

y otoño al punto, entre el favonio coro

que agosto adormeció, la faz alzando,

el florido frescor vuela soplando.
20

    A su dulce volar ¡cuál reverdece

la tierra enriqueciendo su ancho manto

de opulento verdor! La tuberosa

del albo cáliz en su honor florece,

y la piramidal, y tú, oh amaranto,
25

de más largo vivir. Tu flor pomposa,

que adornaba de mayo los amores,

hoy halla frutos donde vió las flores;

oyó quejarse al ruiseñor primero,

y ya recibe su cantar postrero.
30

    Tú le viste brillante y florecido

a este rico peral que, ahora agobiado

del largo enjambre de su prole hermosa,

la frente inclina. Céfiro atrevido,

de una poma tal vez enamorado,
35

bate rápido el ala sonorosa,

y la besa, y la deja, y torna amante,

y mece las hojitas, e inconstante

huye, y torna a mecer, y cae su amada,

y toca el polvo con la faz rosada.
40

    ¡Otoño, otoño! ¿Le miráis que llega

de colina en colina vacilante

resaltando? ¡Evohe! Salid, oh hermosas,

a recibirle al monte y a la vega

suspendiendo a los hombros el vacante
45

hondo mimbre. Corred, y en pampanosas

guirnaldas coronad mi temulenta

sien. Dadme yedras, que ardo en violenta

sed báquica. ¡Evohe!, cortad, que opimos

entre el pámpano caigan los racimos.
50

    ¡Mil veces Evohe! Que ya resuena

rechinando el lagar. ¡Cuál, ay, corriendo,

el padre Baco en ríos espumantes

se precipita, y de la cuba llena

la ancha capacidad que tiembla hirviendo!
55

Copa, copa; mis labios anhelantes

se bañen en el néctar de Lico.

Hijos de Ceres, vuestro duro empleo

cesa; ¡mitad mis báquicos furores,

que ya el año premió vuestros sudores.
60

    Conmigo enloqueced. Ya está vacía,

mi copa rellenad, y en torno ruede,

y los ecos repitan retumbando

cien veces ¡Evohe! La selva umbría

se adelanta hacia mí; ya retrocede,
65

ya gira en derredor. ¡Cuál, ay, saltando

los peñascos y montes de su asiento

vuelan ligeros por el vago viento!

Tierra y cielo se mueven. Luego, luego

cien copas ¡Evohe!, dad a mi fuego.
70

    Otras ciento me dad; y que el arado,

rompiendo el seno a la fecunda Ceres,

la esperanza asegure en rubios granos

al futuro vivir y, desvelado,

    siembre nuevo placer. ¡Ah!, los placeres
75

cual humo pasan, y recuerdos vanos

dejan en su lugar. ¿Veis cuál fallece

la alegría otoñal? Ya palidece

el hojoso verdor, y el claro cielo

llora cubierto en nebuloso velo.
80

    El gozo es llanto. En los vapores lanza

el Escorpión su bárbaro veneno,

y abre las puertas de la tumba fría.

Muere el infante, mísera esperanza

de la madre infeliz, que entre su seno
85

le está viendo morir. En tanto impía

vuela la muerte al trono de himeneo,

huella al amor, y un bárbaro trofeo

allí levanta, a la afligida esposa

cubriendo el lecho de viudez sombrosa.
90

    ¡Tristeza universal! ¿Quién ¡ay!, me diera

volar a otra región do más tardío

lanzase otoño el postrimer aliento?

¡Que del Betis corriendo la ribera

no oyese todavía el canto mío
95

mezclar el ruiseñor su tierno acento!

Entre los bosques de Minerva errante

la diestra armada del bastón pujante

el árbol de la paz despojaría,

y en ríos de oro el suelo regaría.
100

    U, oprimiendo el ijar del espumante

caballo, las selvosas espesuras

penetrara las fieras persiguiendo.

¿Oís, oís que el eco retumbante

hinche el aire de acentos ladradores
105

y de agudos relinchos? Al estruendo

huye el ciervo, se esconde, para, mira,

y tornando el ladrar, trémulo gira

por entre el laberinto montuoso,

en otro tiempo su feliz reposo.
110

    En vano, en vano en su favor implora

a su bosque. Las ramas alevosas

que galán de las selvas le aclamaron,

¡oh fortuna cruel!, prenden ahora

de su frente las galas ambiciosas
115

que en silencio mil veces retrataron

las ondas claras del arroyo amigo.

Ya todo se mudó; que su enemigo

llega, y el triste por huir se agita,

y más se enreda cuanto más se irrita.
120

    No hay ya salud, que el ladrador ardiente

le ve, y se arroja, y a su cuerpo airoso

se abalanza amargando, y no exorable

la majestad humilla de su frente.

¡Ciervo infeliz! Tendido, sanguinoso,
125

rodeado de muerte inevitable,

los ojos tristes por la vez postrera

alza al bosque do vió la luz primera;

y entre el acero que sus gracias hiere,

y recuerdos amargos, llora y muere.
130

    Así tal vez del hombre la alegría

expira en el dolor; y así sucede

a la risa otoñal el desconsuelo

que a la estación brumal árido guía.

Ya nos rodea; sustentar no puede
135

la selva su ambición; pálido el suelo

se encubre con las hojas que, bajando

por el aire en mil orbes circulando,

lentas van; caen, y yace lastimero

el selvoso frescor de un año entero.
140

    ¡Cuál silban en las ramas combatiendo

hijos de obscuridad los roncos vientos,

vedando a Ceres su vigor fecundo!

Brama el mar, y los ríos, con estruendo,

arrastran los torrentes violentos
145

en turbias ondas con horror profundo.

Avecitas de Abril, huid ligeras

del Nilo a las benéficas riberas;

aquí ya no hay placer, ha muerto Flora,

otoño expira, y nos dejó la Aurora.
150

    Huyó cual sueño el anual contento

que alargaba mentida mi esperanza,

y se llevó un otoño de mi vida.

Otro en pos volará, y en un momento

marchita flor mi juvenil pujanza,
155

la edad madura en lo que fue perdida,

con albo pelo y encorvada frente

me arrastrará la ancianidad doliente,

y do posé la planta vacilante,

la tumba abierta miraré delante.
160

    Presto será que, solo y apartado

de todo cuanto amé, llore extranjero

en este mundo muerto a mis placeres.

Vanamente el octubre empampanado

renovará las risas placentero;
165

¡mísero yo! Perdidos mis quereres,

sin amigos, sin padres, sin amores,

¿a quien me volveré? ¿Cuál ser piadoso

enjugará mi llanto congojoso?

    Doquier publicará naturaleza
170

mi destierro. Vendrá el abril florido

ya sin mi juventud, sin las delicias

de un ya distante amor, de una belleza

polvo, sueño fugaz. Saldrá encendido

agosto, recordando las primicias
175

de mi Apolo: ¡oh dolor! Murió su canto

para siempre. De invierno, entre el espanto,

oiré que de su helado monumento

mudo me llama el paternal acento.

    ¡Oh soledad, oh bárbara amargura
180

de un ser aislado! Mi tristeza os llama,

volad, amigos, que con tiernos lazos

estrechándome huirá mi desventura.

¡Pueda en medio de vos, pobre, sin fama,

merecer vuestro amor, y en vuestros brazos
185

venturoso vivir eternamente!

¡Pueda aprender de vos, la calma frente

posando en vuestros dulces corazones,

de la santa virtud las instrucciones!

    Y cuando ya la muerte se levante
190

a romper nuestra unión, ¡pruebe conmigo

su hierro! ¡Oh muerte, en mi cerviz descarga

tu primero furor! ¡Jamás quebrante

mi corazón del doloroso amigo

que ya bebe su fin la escena amarga!
195

¡Ah, precédalos yo! ¡Pueda mi lecho

mirarlos rodear, y entre su pecho,

con su amor olvidando mi tormento,

darles al fin mi postrimer aliento!

    ¡Oh recreo feliz del alma mía!
200

¡Oh mis amigos! Cuando yazca helado

de mi arroyo querido en la ribera,

un sepulcro me alzad, de sombra fría

de cipreses y adelfas rodeado.

Amadme siempre; y cuando otoño muera,
205

mis cenizas con lágrimas regando,

decid, Nicasio; y repetid clamando:

hombre tierno y amigo afectuoso

fue su otoño en nosotros delicioso.


Mi paseo solitario de primavera

Mihi natura aliquid semper amare dedit


    Dulce Ramón, en tanto que, dormido

a la voz maternal de primavera,

vagas errante entre el insano estruendo

del cortesano mar siempre agitado;

yo, siempre herido de amorosa llama,
5

busco la soledad y, en su silencio,

sin esperanza mi dolor exhalo.

Tendido allí sobre la verde alfombra

de grama y trébol, a la sombra dulce

de una nube feliz que marcha lenta
10

con menudo llover regando el suelo,

late mi corazón, cae y se clava

en el pecho mi lánguida cabeza,

y por mis ojos violento rompe

el fuego abrasador que me devora.
15

Todo despareció; ya nada veo

ni siento sino a mí, ni ya la mente

puede enfrenar la rápida carrera

de la imaginación que, en un momento,

de amores en amores va arrastrando
20

mi ardiente corazón, hasta que prueba

en cuantas formas el amor recibe

toda su variedad y sentimientos.

Ya me finge la mente enamorado

de una hermosa virtud; ante mis ojos
25

está Clarisa; el corazón palpita

a su presencia; tímido no puede

el labio hablarla; ante sus pies me postro,

y con el llanto mi pasión descubro.

Ella suspira y, con silencio amante,
30

jura en su corazón mi amor eterno;

y llora y lloro, y en su faz hermosa

el labio imprimo, y donde toca ardiente

su encendido color blanquea en torno

Tente, tente, ilusión... Cayó la venda
35

que me hacía feliz; un cefirillo

de repente voló, y al son del ala

voló también mi error idolatrado.

Torno ¡mísero!, en mí, y hállome solo

llena el alma de amor y desamado
40

entre las flores que el Abril despliega,

y allá sobre un Amor lejos oyendo

del primer ruiseñor el nuevo canto.

¡Oh mil veces feliz, pájaro amante,

que naces, amas, y en amando mueres!
45

Esta es la ley que, para ser dichosos,

dictó a los seres maternal natura.

¡Vivificante ley! El hombre insano,

el hombre solo en su razón perdido

olvida tu dulzor, y es infelice.
50

El ignorante en su orgullosa mente

quiso regir el universo entero,

y acomodarle a sí. Soberbio reptil,

polvo invisible en el inmenso todo

debió dejar al general impulso
55

que le arrastrara, y en silencio humilde

obedecer las inmutables leyes.

¡Ay triste! Que a la luz cerró los ojos,

y en vano, en vano por doquier natura,

con penetrante voz, quiso atraerle;
60

de sus acentos apartó el oído,

y en abismos de mal cae despeñado.

Nublada su razón, murió en su pecho

su corazón; en su obcecada mente,

ídolos nuevos se forjó que, impíos,
65

adora humilde, y su tormento adora.

En lugar del amor que hermana al hombre

con sus iguales, engranando a aquéstos

con los seres sin fin, rindió sus cultos

a la dominación que injusta rompe
70

la trabazón del universo entero,

y al hombre aísla, y a la especie humana.

Amó el hombre, sí, amó, mas no a su hermano,

sino a los monstruos que crió su idea:

al mortífero honor, al oro infame,
75

a la inicua ambición, al letargoso

indolente placer, y a ti, oh terrible

sed de la fama; el hierro y la impostura

son tus clarines, la anchurosa tierra

a tu nombre retiembla y brota sangre.
80

Vosotras sois, pasiones infelices,

los dioses del mortal, que eternamente

vuestra falsa ilusión sigue anhelante.

Busca, siempre infeliz, una ventura

que huye delante de él, hasta el sepulcro,
85

donde el remordimiento doloroso

de lo pasado, levantando el velo,

tanto mísero error al fin encierra.

¿Do en eterna inquietud vagáis perdidos,

hijos del hombre, por la senda oscura
90

do vuestros padres sin ventura erraron?

Desde sus tumbas, do en silencio vuelan

injusticias y crímenes comprados

con un siglo de afán y de amargura,

nos clama el desengaño arrepentido.
95

Escuchemos su voz; y, amaestrados

en la escuela fatal de su desgracia,

por nueva senda nuestro bien busquemos,

por virtud, por amor. Ciegos humanos,

sed felices, amad; que el orbe entero
100

morada hermosa de hermanal familia

sobre el amor levante a las virtudes

un delicioso altar, augusto trono

de la felicidad de los mortales.

Lejos, lejos, honor, torpe codicia,
105

insaciable ambición; huid, pasiones

que regasteis con lágrimas la tierra;

vuestro reino expiró. La alma inocencia,

la activa compasión, la deliciosa

beneficencia, y el deseo noble
110

de ser feliz en la ventura ajena

han quebrantado vuestro duro cetro.

¡Salve, tierra de amor! ¡Mil veces salve,

madre de la virtud! Al fin mis ansias

en ti se saciarán, y el pecho mío
115

en tus amores hallará reposo.

El vivir será amar, y dondequiera

clarisas me dará tu amable suelo.

Eterno amante de una tierna esposa,

el universo reirá en el gozo
120

de nuestra dulce unión, y nuestros hijos

su gozo crecerán con sus virtudes.

¡Hijos queridos, delicioso fruto

de un virtuoso amor! Seréis dichosos

en la dicha común, y en cada humano
125

un padre encontraréis y un tierno amigo,

y allí... Pero mi faz mojó la lluvia.

¿Adónde está, qué fue mi imaginada

felicidad? De la encantada magia

de mi país de amor vuelvo a esta tierra
130

de soledad, de desamor y llanto.

Mi querido Ramón, vos mis amigos

cuantos partís mi corazón amante,

vosotros solos habitáis los yermos

de mi país de amor. Imagen santa
135

de este mundo ideal de la inocencia,

¡y, ay!, fuera de vos no hay universo

para este amigo que por vos respira.

Tal vez un día la amistad augusta

por la ancha tierra estrechará las almas
140

con lazo fraternal. ¡Ay!, no; mis ojos

adormecidos en la eterna noche

no verán tanto bien. Pero, entre tanto,

amadme, oh amigos, que mi tierno pecho

pagará vuestro amor, y hasta el sepulcro
145

en vuestras almas buscaré mi dicha.


A un amigo que dudaba de mi amistad porque había tardado en contestarle

¿Y dudas, dudas, Muriel querido,

de mi amistad porque tan largamente

a tus voces callé? ¿Podrá en mi mente

entrar jamás el letargoso olvido

de mi felicidad, de mis amores?
5

¿Podrá mi corazón decir ingrato

a sus más verdaderos amadores,

«Nuestros antiguos vínculos desato,

os destierro de mí?» ¡Qué horror! ¡Ay triste!

¡Cuánta noche, cual caos espantoso,
10

entonces en mi espíritu caería!

¡Adiós, tierna piedad; adiós, hermoso

consolador placer de amarse amando!

¡Adiós, oh mi feliz melancolía,

que ahora de mis ojos arrancando
15

este llanto que vierto, en vivas llamas

mi corazón anegas, y le inflamas

en el volcán de amor que me devora!

Y ¡adiós, adiós, virtud!... Desamorado,

¡ah!, ¿qué fuera de mí? La tierra entera
20

cual vasto yermo ante mis ojos viera

de sanguinarios tigres habitado;

pues insensible para siempre odiado

mi fiereza hallaría por doquiera.

Ahora que el abril con blando aliento
25

despierta a amor, y en su hermanal cadena

enlaza al hombre recreando el mundo;

yo, espectador del general contento,

cual muerto abrojo entre galanas rosas,

vería sin gozar, el alma llena
30

de roedoras furias envidiosas.

¿Quién me había de amar? El sol naciente,

su carrera de luz abriendo al día,

te aborrezco gritara, y marcharía

cargado de mis odios a occidente,
35

La luna en pos, la perezosa frente

recostando en los sueños bostezantes,

tomara el cetro en la celeste esfera;

y entre sus sombras tímidas y errantes

huye, yo te persigo, me dijera,
40

huye dentro de ti. Y allí ¿qué viera?

La soledad del cruel remordimiento.

Ya me parece que su triste acento

me hiere, mis entrañas destrozando,

y con terrible voz así me dice:
45

«Hombre de execración, tú que infelice

tu interés del ajeno separando

lanzaste de tu pecho empedernido

el benéfico amor, recibe ahora

el justo galardón que has merecido.
50

Vive insensible; por deidad adora

a tu aislado interés: jamás tu pecho

responda al ¡ay!, de tu doliente hermano,

y sé tú solo tu universo entero;

mas vive solo; tu interior tirano
55

sus calabozos lóbregos abriendo

te dé eterna prisión, donde tu oído

sólo escuche el horror de mi alarido.

Jamás por ti la compasión fecunda

abra las fuentes de su dulce llanto;
60

espantado el amor nunca te infunda

de su aliento vital el tierno encanto;

ni la amistad te halague complaciente,

ni el gozo bienhechor ría en tu frente.

En vano, en vano al estruendoso trato
65

del mundo apelarás; el mundo ingrato

en tu fortuna próspera risueño

te venderá fingiendo ante tus ojos

simulacros fantásticos de amigos,

que, mentidas imágenes de un sueño,
70

huirán de ti cuando al dolor despiertes.

Entonces clamarás, y tu gemido,

por desmayada soledad vagando,

en vanos ecos morirá perdido.

La vista ansiosa volverás buscando
75

quien se aflija en tu mal, y solamente

encontrarás en mí quien acreciente

tu pesadumbre. Tu sepulcro abriendo

al desamor diré: sus ojos cierra,

y que dura le sea hasta la tierra
80

y el último suspiro despidiendo,

sin piedad en el túmulo arrojado,

de ninguno jamás serás llorado.

No; ni tus hijos, ni tu misma esposa,

si insensato te acoges a himeneo,
85

en llanto regarán la yerta losa

que tu cadáver olvidado oprima.

Lágrimas de interés, llantos venales

sus ojos verterán, porque han perdido,

no el padre ni el esposo aborrecido,
90

sino el oro cruel que en él amaban;

porque menguada su feroz riqueza,

no ostentarán en triunfo escandalosos

los vicios de su padre y su dureza.

Murió y nada dejó; maldito sea:
95

estos serán los ayes cariñosos,

los adioses que oirás en tu agonía.

Sí, la venganza lo ha jurado: viendo

que no era amor quien tierno te guiaba

al tálamo nupcial, clamó diciendo:
100

ven, sube, goza cuanto ansioso esperas;

procrea, sí, pero procrea fieras.»

¡Ay, perezca, perezca, dulce amigo,

quien resiste al amor! Sin él ¿qué fuera

cuanto siente, cuanto es? Natura entera
105

del caos en el túmulo yacía

cuando sonó una voz, que, «amor» decía,

«amor; yo soy unión, la unión es vida,

la desunión es caos, muerte, nada;

sea, sea la unión.» En el instante
110

el orden se alza por la vez primera.

El inflamado sol sube triunfante

en su trono de luz, en torno mira,

y nacen sus planetas, que hermanados,

monta en su carro cada cual, y gira,
115

y se tiende el espacio, el tiempo vuela,

y en sus alas abrió las estaciones.

Cerca el aire la tierra, sopla el viento,

las aguas caen, y en abismoso asiento

todas unidas con perpetuos lazos
120

el globo ciñen con fraternos brazos.

El sol ama, y su amor vivificante

de gozo maternal hinche a la tierra.

¡Oh cuánta vida en sus entrañas cierra!

¡Cuántos siglos de ser en este instante
125

silenciosos allí se están labrando!

Naced, plantas, creced; y vuestras flores,

de su par cada cual enamorada,

sin límites os vayan propagando.

Vuestra pompa en la tierra sustentada
130

en ella encontrará madre oficiosa;

padre bueno en el sol, cuyos rigores,

excesivos tal vez, sabrá amistosa

el agua mitigar con sus frescores,

ora arroyuelo juguetón saltando,
135

ora opulento, respetable río,

y ora nube en los vientos cabalgando.

También el aire el liberal rocío

amigo os prestará, y el nutrimento

incógnito os dará, de vuestras hojas
140

fiando su feliz beneficencia.

Todos los seres, tierra, firmamento

sobre vos derramando su influencia

os publican su amor y el vuestro piden.

Con el follaje que el otoño os roba
145

a la tierra pagad, que agradecida,

se hará maternal con nueva vida.

Al sol tributaréis vuestros vapores

con que cebe su ardor, y reducidos

a lluvia bajarán; y los debidos
150

dones volviendo al agua dadivosa,

en la limpia atmósfera más hermosa

parecerá del sol la clara fuente.

Al aire hospedaréis en vuestro seno,

y allí purgando su mortal veneno
155

puro le volveréis a la atmosfera

conservando su ser. De esta manera,

a la amistosa unión todos los seres

su bienestar debieron, y su vida,

y de especies la tierra se vió henchida.
160

Nace el hombre, los campos le saludan,

y con sus pobres voluntarios frutos

a sustentar su mendiguez ayudan.

Pero ya no bastando a sus tributos

«tiende a nosotros, tiende» le dijeron,
165

«tu brazo bienhechor, si compasiva

tu amistad industriosa nos cultiva

pródigos premiaremos tus sudores.

Mas solo ¿qué podrás? Venid, humanos,

volad a reuniros, sed hermanos
170

del que solo no basta a su ventura;

que en la suya la vuestra se asegura.»

El hombre obedeció, y en el arado

nació la sociedad. Allí, abrazado

del hombre el hombre, por la vez primera
175

toda la humanidad sintió en su pecho,

toda, toda su esencia, su alma entera,

hombre fue el hombre. Al sexual cariño

el brutal apetito rindió el cetro,

y dio principio a la piedad paterna,
180

al afecto filial, a la fraterna

caridad, y al deseo generoso

de amarse amando. El personal odioso

en interés común ya convertido

era un padre del joven cada anciano,
185

el joven de los jóvenes hermano;

por dondequiera el inocente niño

huérfano hallaba maternal cariño,

y era un amigo cada semejante.

Así el amor, perpetuo compañero
190

del tranquilo mortal, de día en día

le iba insensible a la vejez llevando

por su carrera plácida sembrando

en larga juventud larga alegría.

Y cuando ya la muerte le brindaba
195

a dormir en la paz del sueño eterno

con lágrimas su tumba rociaba,

cubriéndola en las flores olorosas

de sus frescas virtudes amorosas.

Moría cual la rosa postrimera,
200

último adiós de la estación florida,

que, viéndola expirar, todos dolientes

exclaman, ¡qué otra vez no renaciera!

¡Oh amigo! ¡Oh Muriel! Cuanto es criado

es hijo del amor; toda belleza
205

todo bien es amor; Naturaleza

es amor, y no más. Los negros males

son desunión, son restos infernales

del caos antiguo; Amor los aborrece.

¡Ah!, triunfe, triunfe Amor! ¡Pueda algún día
210

el terco error y la ignorancia hollando

traer los hombres a su dulce mando

la tierra en paraíso convirtiendo!

¡Pueda, los corazones encendiendo

en caridad, llenar a los mortales
215

de este mar de placer que ahora inunda

mi pecho electrizado en sus amores!

¡Oh Muriel! ¡Oh amigos bienhechores!

¡Oh Nicasio feliz! ¡Eternamente

me hará vuestro cariño venturoso!,
220

que la pobreza, el deshonor odioso,

cruel dolor, ignominiosa muerte

me acometan; en medio del tormento

bendeciré con lágrimas mi suerte;

soy feliz, soy feliz, diré contento,
225

amé, me amaron, me amarán por siempre.


El recuerdo de mi adolescencia

Caro Batilo ¿para qué despiertas

en mi memoria los dormidos días

que en las calladas sombras del Otea

a tu lado gocé? ¡Días amables!,

cual en tarde de abril flotante nube
5

que rociando va. Mirólos Tormes

de sus ondas en pos correr fugaces

de mi florida juventud cargados.

Sembraron ¡ay!, en la tenaz memoria

larga cosecha de recuerdos tristes,
10

y volaron después, y muertos yacen

de lo pasado en el sepulcro inmenso.

Ya jamás los veré; no al alma mía

las risas volverán, las esperanzas

inmortales del bien que en torno vuelan
15

de aquella edad de mágicos encantos,

la franqueza veraz, ni la bondosa

inexperiencia que inocente ríe

cual a amigo hermanal a cada humano.

¡Sencilla juventud! Nueva en el mundo,
20

le prodigas tu amor porque le ignoras.

Tu recto corazón, no corrompido

con el trato falaz, sordo a las voces

de la añosa maldad, risueño abriga

de las virtudes la semilla fértil.
25

Así, cerrando su modesto cáliz

al nocturno vapor, la adormidera

dócil le presta al oreante soplo

que Febo, al renacer, delante envía.

Jamás, en hondo afán, tu erguida frente
30

dobló triunfante el cárdeno cuidado;

ni la envidia voraz, pálida hermana

del odio adusto, te arrancó en secreto

llantos de destrucción; ni la perfidia

riendo muertes, enseñó a su rostro
35

a negar la maldad que dentro hierve.

¿Cuándo jamás en tu tranquilo lecho

turbulenta ambición alzando el trono

los sueños ahuyentó para dictarte

rencor, deshermandad, crimen y muerte?
40

¿Cuándo avaricia, entre inmortal pobreza,

clavó en tu corazón tímido y solo

la insaciabilidad del oro insomne?

Dulce igualdad en fraternal cariño;

penas comunes, y comunes gozos
45

en fortuna común; almas exentas

de los pesares y el temor funesto

que aíslan al mortal... ¡yo vi aquel tiempo,

yo le vi, le gocé, y eternamente

su presta fuga llorarán mis ojos!
50

Paz, recíproco amor, todo el deleite

de la vida social, fueron mis días

en aquella estación ¡cándida imagen

de la hermosa unidad de la natura!

Allí fue el hombre mi oficioso hermano;
55

en su querer me saludé felice,

y a lo futuro adelanté mi dicha

¡engañado de mí!, que en pos sin verla,

otra edad de dolor ya, ya asomaba

do el díscolo interés, soplando estéril,
60

sofocara el placer y la inocencia.

Llega terrible; de mis ojos huye

la hermosa escena en que viví dichoso,

y en nuevo mundo en su lugar parece

do busco en vano la perdida magia.
65

¿Adónde estáis, amados compañeros

de mi primera juventud? ¿Adónde

os seguiré que con vosotros halle

la sencilla amistad, el gozo antiguo,

y la risueña virtuosa calma?
70

Fue, fue, responden; y en la torva frente

entronizada la inquietud rugosa

tristes y solos, arrastrados giran

de la fortuna en la insociable rueda

que entre abismos de mal injusto mueve.
75

¡Insensible interés! En vano, en vano

fiel la memoria ofrecerá a su pecho

el antiguo placer cual dulce fruto

de la fraternidad y las virtudes.

Ellos, en tanto que suspiran tristes,
80

y en llanto riegan tan feliz recuerdo,

nuevos inciensos quemarán impíos

a la injusta deidad; y en sus altares

en propiciarla agotarán acaso

la sangre, y el honor, y la inocencia
85

de los que amaban en mejores días.

El interés gritó: crimen, fortuna;

y por siempre jamás se disociaron

los que amistad unió con lazo tierno.

Mar incalmable de abismosas ondas
90

que el huracán de las pasiones hincha,

donde aislado el mortal en frágil tabla

sobre la muerte naufragante aleja

cual enemigo, y en las aguas hunde

al que las palmas moribundas tiende,
95

y asir en él su salvación procura;

tal es, Batilo, el borrascoso mundo

do expiraron mis años bonancibles;

y tal mudanza por doquier presenta

el hombre débil. Su niñez recibe
100

una infantina juventud, hermosa,

dócil, sensible al maternal acento

de la natura, que oficiosa halaga

su tierno corazón, y le fecunda

en placer, en virtud, en mil amores,
105

fabricando sobre él un templo augusto

a la beneficencia. ¡Afán perdido!

Presto será que el pestilente soplo

del ejemplo mortal de un mundo infecto,

arideciendo el alma infructuosa,
110

sin esperanza la semilla ahogue

que natura plantó. ¿Dónde está el fuerte

que, íntegra su virtud, resista inmóvil

el choque atroz de las voraces ondas

que en inflamado mar de hirviente lava,
115

entre montes de sombras humeantes,

ese volcán fulminador arroja

estremeciendo el vacilante suelo?

No, no le es dado a la humanal flaqueza

tan alto esfuerzo; ni arrostrar el riesgo
120

fue prudencia jamás. Al virtuoso

¿qué le resta? ¡Infeliz! Suspira y huye;

rompe llorando los sociales lazos,

¡que no debieran! Pero al crimen guían;

su oscura probidad, y algún amigo
125

solitario cual él son su universo.

¡Oh Batilo! ¡Oh dolor! ¿Es ley forzosa

para amar la virtud odiar al hombre,

y huirle como a bárbaro asesino?

¡Congojosa verdad! Tú has encerrado
130

en el sepulcro del dolor mis días.

¡Oh! ¿Quién me diese el atrasar el tiempo

hasta arrancarle mi verdor marchito?

¿O siquiera volar con mi Batilo

a buscarle del Tormes en la orilla?
135

Le encontrara; allí está; por siempre inmóvil

entre sus ondas deleznables yace

mi adolescencia; por doquier mis ojos

hallarán restos de sus frescas flores.

Del Otea, el Zurguén, de la enriscada
140

aspereza que mira amenazando

correr debajo el río hondisonante;

doquier me hiriera con dulzura triste

la silenciosa voz de lo pasado.

Aquí, diría, deleitables horas
145

de cordial amistad en ancho coro,

entre las risas del ardiente Baco,

se te huyeron; allí las largas noches

velando ante las aras de Minerva

para siempre insensibles te dejaron;
150

acá, de la Academia en los afanes

y las contiendas, intornables días

pasaron sobre ti; y allá el Otea

de tu Batilo a par te vio mil veces

correr sus huertas, y arrancar riendo
155

la lechuga frugal, y a par del Tormes

lavándola en sus aguas circulantes,

comerla entre las pláticas sabrosas

nadando el alma en celestial contento.

¡Oh inefable placer! ¡Oh hermosas tardes
160

de mi felicidad!... Fueron, Batilo,

para siempre jamás ¡pueda a lo menos

vivir siempre inmortal nuestro cariño

único resto de tan bellos días!


Un amante al partir su amada

    ¡Ay! ¡Ay que parte! ¡Que la pierdo! Abierta

del coche triste la funesta puerta

la llama a su prisión. Laura adorada,

Laura, mi Laura ¿que de mí olvidada

entras donde esos bárbaros crueles
5

lejos te llevan de mi lado amante?

¡Ay! Que el zagal el látigo estallante

chasquea, y los ruidosos cascabeles

y las esquilas suenan, y al estruendo

los rápidos caballos van corriendo.
10

¿Y corren, corren, y de mí la alejan?

¿La alejan más y más sin que mi llanto

mueva a piedad su bárbara dureza?

Parad, parad, o suspender un tanto

vuestra marcha; que Laura su cabeza
15

una vez y otra asoma entristecida

y me clava los ojos; ¡que no sea

la vez postrera que su rostro vea!

¿Y corréis, y corréis? Dejad al menos

que otra vez nuestros ojos se despidan,
20

otra vez sola, y trasponeos luego.

¡Corazones de mármol! ¿A mi ruego

todos ensordecéis? En vano, en vano

cual relámpago el coche se adelanta;

en pos, en pos mi infatigable planta
25

cual relámpago irá, que amor la guía.

Laura, te seguiré de noche y día

sin que hondos ríos ni fragosos montes

me puedan aterrar; tú vas delante.

Asoma, Laura; que tu vista amante
30

caiga otra vez sobre mis tristes ojos.

¿Tardas, ingrata, y en aquella loma

te me vas a ocultar? Asoma, asoma,

que se acaba el mirar. Sólo una rueda

a lo lejos descubro; todavía
35

la diviso; allí va; tened que es mía,

es mía Laura; detened, que os veda

robármela el amor; él a mi pecho

para siempre la unió con lazo estrecho.

¡Ay!, entre tanto que infeliz me quejo
40

ellos ya para siempre se apartaron;

mis ojos para siempre la han perdido;

y sólo en mis dolores me dejaron

el funesto carril por donde han ido.

¿Por qué no es dado a mi cansada planta
45

alcanzar su carrera? ¿Por qué el cielo

sólo a las aves el dichoso vuelo

benigno concedió? Jamás doliente

llora el jilguero de su amor la ausencia;

y yo entretanto de mi Laura ausente
50

en soledad desesperada lloro

y lloraré sin fin. Si yo la adoro,

si ella sensible mis cariños paga

¿por qué nos separáis? En dondequiera

es mía, lo será; su pecho amante,
55

yo le conozco, me amará constante,

seré su solo amor... ¡Triste! ¿Qué digo?

Que se aparta de mí, y a un enemigo

se va acercando a quien amó algún día.

Huye, Laura, no creas, desconfía
60

de mi rival, y de los hombres todos.

Todos son falsos, pérfidos, traidores,

que dan pesares recibiendo amores,

¡Almas de corrupción!, jamás quisieron

con la ingenua verdad, con la ternura,
65

con la pureza y la fogosa llama

con que mi pecho enamorado te ama.

Te ama, te ama sin fin; y tú entretanto

¿qué harás de mí? ¿Te acordarás? ¿En llanto

regarás mi memoria y tu camino?
70

¿Probarás mi dolor, mi desconsuelo,

mi horrible soledad? Astro del cielo,

oh sol, hermoso para mí algún día,

tú la ves, y me ves: ¿dónde está ahora?

¿Qué hace? ¿Vuelve a mirar? ¿Se aflige? ¿Llora?
75

¿O ríe con la imagen lisonjera

de mi odioso rival que allá la espera?

¿Y ésta es la paga de mi amor sincero?

¿Y para esto infeliz, desesperado,

sufro por ella, y entre angustias muero?
80

¡Ah! Ninguna mujer ha merecido

un suspiro amoroso, ni un cuidado.

Tan prontas al querer como al olvido,

fáciles, caprichosas, inconstantes,

su amor es vanidad. A cien amantes
85

quieren atar en su cadena a un tiempo,

y ríen de sus triunfos, y se aclaman,

y a nadie amaron porque a todos aman.

¿Y mi Laura también?... no, no lo creo.

Yo vi en sus ojos que me hablaba ansioso
90

su veraz corazón; todo era mío;

yo su labio escuché, y su labio hermoso

mío le declaró; cuantos oyeron

sus palabras, sus ayes, sus gemidos,

es tuyo, y todo tuyo, me dijeron.
95

Es mío, yo lo sé; que en tiernos lazos

mil y mil veces la estreché en mis brazos,

y al suyo uní mi Corazón ardiente,

y juntos palpitaron blandamente,

jurando amarse hasta la tumba fría.
100

¡Oh memoria cruel! ¿Adónde han ido

tantos, tantos placeres? Laura mía,

¿dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Que ya mi oído

no escuchará tu voz armoniosa,

mucho más dulce que la miel hiblea?,
105

¿que sin cesar mi vista lagrimosa

te buscará sin encontrarte? Al Prado,

que tantas veces a tu tierno lado

me vio, soberbio en mi feliz ventura,

iré, por ti preguntaré, y el Prado,
110

no está aquí, me dirá; y en la amargura

de mi acerbo dolor, cuantos lugares

allí tocó tu delicada planta

todos los regaré con largo llanto,

en cada cual hallando mil pesares
115

con mil recuerdos. Bajaré perdido

a las Delicias, y con triste acento,

Laura, mi Laura, clamaré, y el viento

mi voz se llevará, y allí tendido

sobre la dura solitaria arena,
120

pondrase el sol, y seguirá mi pena.

A tu morada iré; con planta incierta

toda la correré desesperado,

y toda, toda la hallaré desierta.

Furioso bajaré, y a mis amigos,
125

de mi ardiente pasión fieles testigos

preguntaré en silencio por mi amante;

y ellos, la compasión en el semblante,

nada responderán. ¡Desventurado!

¿A quién me volveré? Si sólo un día
130

durase mi dolor, yo me diría

feliz, y muy feliz; pero mis ojos

un sol, y otro verán, y cien tras ellos,

y a Laura no verán. Sus labios bellos

no se abrirán, y entre cordial ternura
135

te amo repetirán mil y mil veces;

ni con la suya estrechará mi mano,

ni gozaré mirando la hermosura

de su expresivo rostro soberano.

¡Ay, que nunca a mis ojos tan hermosa
140

brilló cual hoy cuando de mi partía!

Jamás, jamás la olvidaré; una diosa,

la diosa del amor me parecía.

Sí, mi diosa serás, Laura adorada,

la única diosa a quien mi pecho amante
145

cultos tributará. Ya en adelante

en todo el orbe para mí no existe

más belleza que tú, ni más deseo;

adorarte será mi eterno empleo.

¡Oh Guadiana, Guadiana hermoso!,
150

¡oh río entre los ríos venturoso!,

¡oh mil veces feliz! Tú a Manzanares

su tesoro robaste. Placenteras

mirarán a mi Laura tus riberas

contemplando cual pasan tus olitas,
155

y unas en otras sin cesar se pierden.

Pensativa al mirarlo, en mí la mente,

ocultará en tu rápida corriente

con mil lágrimas tristes mil amores.

¡Oh si después hacia Madrid corrieras!,
160

a las suyas mis lágrimas unieras.

¡Ay!, dila, dila, cuando allí la vieres,

que eternamente vivirá en mi pecho

su inextinguible amor; que acongojado

la lloro sin cesar; que lo he jurado,
165

cuando la sien de abril ciñan las flores

iré a exhalar entre sus dulces brazos

todo mi corazón, y mil amores

en cambio a recibir; que ella constante

pague mi fe, porque en el mundo entero
170

no encontrará un amor más verdadero.


A un amigo en la muerte de un hermano

    Es justo, sí; la humanidad, el deudo,

tus entrañas de amor, todo te ordena

sentir de veras y regar con llanto

ese cadáver, para siempre inmóvil,

que fue tu hermano. La implacable muerte
5

abrió sin tiempo su sepulcro odioso

y derribóle en él. ¡Ay! ¡A su vida

cuántos años robó! ¡Cuánta esperanza!

¡Cuánto amor fraternal! y ¡cuánto, cuánto

miserable dolor y hondo recuerdo
10

a su hermano adelanta y sus amigos!

Vive el malvado atormentando, y vive,

y un siglo entero de maldad completa:

y el honrado mortal en cuyo pecho

la bondadosa humanidad se abriga
15

¿nace, y deja de ser? ¡Ay!, llora, llora

caro Fernández, el fatal destino

de un hermano infeliz; también mis ojos

saben llorar, y en tu aflicción presente

más de una vez a tu amistad pagaron
20

su tributo de lágrimas. ¡Si el cielo

benigno oyera los sinceros votos

de la ardiente amistad! Al punto, al punto

hacia el cadáver de tu amor volando

segunda vida le inspirara, y ledo
25

presentándole a ti, toma, dijera,

vuelve a tu hermano y a tu gozo antiguo.

Mas ¡ay!, el hombre en su impotencia triste

no puede más que suspirar deseos.

La losa cae sobre el voraz sepulcro
30

y cae la eternidad; y en vano, en vano

al que en su abismo se perdió le llaman

de acá las voces del mortal doliente.

Ni poder, ni virtud, ni humildes ruegos,

ni el ay de la viudez, ni los suspiros
35

de inocente orfandad, ni los sollozos

de la amistad, ni el maternal lamento,

ni amor, el tierno amor que el mundo rige;

nada penetra los oídos sordos

de la muerte insensible. Nuestros ayes
40

a los umbrales de la tumba llegan,

y escuchados no son; que los sentidos

allí cesaron, la razón es muda,

helóse el corazón, y las pasiones

y los deseos para siempre yacen.
45

Yacen, sí, yacen, el dolor empero

también con ellos para siempre yace,

y la vida es dolor. Llama a tus años,

caro Fernández; sin pasión pregunta

¿qué has sido en ellos? Y con tristes voces
50

dirán: si un día te rió sereno,

ciento y ciento tras él, tempestuosos

tronando sobre ti, huellas profundas

de mal y de temor sólo dejaron.

Hórrido yermo de inflamada arena,
55

do entre aridez universal y muerte

solitario tal vez algún arbusto

se esfuerza a verdear; tal es la imagen

de esta vida cruel que tanto amamos.

Enfermedad, desvalimiento, lloro,
60

ignorancia, opresión, este cortejo

nos espera al nacer, y apesadumbra

la hermosa candidez de nuestra infancia

que en nada es nuestra. Los demás ordenan

a su placer de nuestro débil cuerpo;
65

y nuestra mente a sus antojos sirve.

Si nuestro llanto a su indolencia ofende,

manda que pare su feroz dureza,

o su bárbara mano enfurecida

sobre nosotros cae. ¡Niño infelice!
70

Llora ya, llora cuando apenas naces

de la injusticia la opresión sangrienta,

y el desprecio, el baldón, y tantos males,

¡preludios, ay, de los que pos te aguardan!,

tus años correrán, y por tus años
75

hombre te oirás decir; mas siempre niño

entre niños serás. Injusto y justo,

opresor y oprimido todo a un tiempo

de tus pasiones en el mar furioso

perdido nadarás. En lucha eterna
80

de acciones y deseos, mal seguro

no sabrás qué querer; y fastidiado

con lo presente, volarás ansioso

a otro tiempo y lugar buscando siempre

allá tu dicha donde estar no puedas.
85

¿Y qué valdrá que en tu virtud contento

goces contigo, si mirando en torno

verás la humanidad acongojada

largamente gemir? Despedazado

tu tierno corazón verá los males,
90

querrá aliviarlos, no podrá, y el lloro,

sólo un estéril lloro es el consuelo

que puede dar su caridad fogosa.

¿Hay pena igual a la de oír al triste

sufrir sin esperanza? ¡Oh muerte, muerte!
95

¡Oh sepulcro feliz! ¡Afortunados

mil y mil veces los que allí en reposo

terminaron los males! ¡Ay!, al menos

sus ojos no verán la escena horrible

de la santa virtud atada en triunfo
100

de la maldad al victorioso carro.

No escucharán la estrepitosa planta

de la injusticia quebrantando el cuello

de la inocencia desvalida y sola;

ni olerán los sacrílegos inciensos
105

que del poder en las sangrientas aras

la adulación escandalosa quema.

¡Oh cuánto no verán! ¿Por qué lloramos,

Fernández mío, si la tumba rompe

tanta infelicidad? Enjuga, enjuga
110

tus dolorosas lágrimas; tu hermano

empezó a ser feliz; sí, cese, cese

tu pesadumbre ya. Mira que aflige

a tus amigos tu doliente rostro,

y a tu querida esposa y a tus hijos.
115

El pequeñuelo Hipólito suspenso,

el dedo puesto entre sus frescos labios,

observa tu tristeza, y se entristece;

y marchando hacia atrás, llega a su madre

y la aprieta una mano, y en su pecho
120

la delicada cabecita posa,

siempre los ojos en su padre fijos.

Lloras, y llora; y en su amable llanto

¿qué piensas que dirá? «Padre, te dice,

¿será eterno el dolor? ¿No hay en la tierra
125

otros cariños que el vacío llenen,

que tu hermano dejó? Mi tierna madre

vive, y mi hermana, y para amarte viven,

y yo con ellas te amaré. Algún día

verás mis años juveniles llenos
130

de ricos frutos, que oficioso ahora

con mil afanes en mi pecho siembras.

Honrado, ingenuo, laborioso, humano,

esclavo del deber, amigo ardiente,

esposo tierno, enamorado padre,
135

yo seré lo que tú. ¡Cuántas delicias

en mí te esperan! Lo verás; mil veces

llorarás de placer, y yo contigo.

mas vive, vive, que si tú me faltas,

¡oh pobrecito Hipólito!, sin sombra
140

¡ay!, ¿qué será de ti huérfano y solo?

No, mi dulce papá; tu vida es mía,

no me la abrevies traspasando tu alma

con las espinas de la cruel tristeza.

Vive, sí, vive; que si el hado impío
145

pudo romper tus fraternales lazos,

hermanos mil encontrarás doquiera;

que amor es hermandad, y todos te aman.

De cien amigos que te ríen tiernos

adopta a alguno, y si por mi te guías
150

Nicasio en el amor será tu hermano».


En elogio de una señora que en una función particular de teatro, hizo en esta tragedia el papel de Zorayda. Como su sensibilidad y mérito resalta más que en ningún otro lugar en el soliloquio que hay en el tercer acto, sobre él recae principalmente el presente elogio.

    Era la noche; la modesta luna

con rostro melancólico reía,

de las selvas calladas visitando

la augusta soledad, do la fortuna

tal vez de algún amante se dolía
5

sus lágrimas pasadas enjugando.

Sueño, placer, amores

doquier volaban; y Zorayda en tanto,

sola con sus dolores,

las rosas del jardín regando en llanto,
10

en la Alhambra se queja,

y mientras llora Abenamet se aleja.

    ¿Se aleja? ¿Y es verdad? Su idolatrado,

su solo gozo, su única esperanza,

todo su corazón, su mundo entero,
15

su Abenamet se aleja de su lado.

¿Pudo agostar el soplo de venganza

tantas flores de amor tan verdadero?

¿Es de otro ya la mano

que, niña aún, Zorayda balbuciente
20

le ofreció? ¿Por qué en vano

feliz entonces la fingió su mente

si iba a nombrarla esposa

su verdugo, y su amor vil alevosa?

    Entra esta voz en su inocente oído,
25

y desmáyase y cae, y el reino odiado

de la muerte en su pecho largamente

se dilata. El terror despavorido

al mirarla caer, yerto, erizado

el cabello, se arroja omnipotente
30

a los espectadores

y ata sus miembros, y su labio abriendo,

los más hondos temores

va en sus almas atónitas vertiendo.

Mudo el espanto vuela,
35

y el ¡ay!, de todos en las fauces hiela.

    Ya torna en sí la moribunda amante.

Va a respirar, y su primer aliento

es un dolor que suena sollozando

en sus entrañas. Quiere vacilante
40

la cabeza elevar, y el sentimiento

se la abate imperioso. Suspirando

la vista en torno tiende,

y nada ve sino su odiosa vida.

Lucha una vez, pretende
45

otra y otras alzarse, y desvalida

cae. ¿Y en su angustia extrema

sin amparo se ve? ¿Do estás, Zulema?

    Con rencorosa voz: ¡bárbaro!, clama

a su esposo feroz. Luego gimiendo
50

con el tono de amor más lastimero,

por su querido, ¡el infeliz!, exclama

y agudo sigue un ¡ay!, cual si, rompiendo

su corazón, lanzase el postrimero

aliento de su vida.
55

Fija la mente en que su amor traidora

la juzgó a su partida,

se ahoga en amarguras, calla, llora;

y en tanto mil pasiones

hablan en su semblante y sus acciones.
60

    Odio, deber, amor, miedo, venganza,

un volcán de pasiones fulminantes

dentro de su alma combaten destrozada.

El odio triunfa; con furor se lanza

del asiento, los ojos centellantes,
65

la voz hirviendo en la garganta hinchada,

blanco y trémulo el labio,

incierto el pie, los músculos turgentes,

a su esposo en su agravio

le provoca, y en ansias impacientes
70

a su querido llama,

y más que nunca en su delirio le ama.

    Tiende los brazos cual si allí le viera,

le repite su amor, enajenada

ya su esposa se juzga, y de repente
75

su ilusión desparece placentera;

en vez de Abenamet halla pasmada

que es ya de Boabdil eternamente.

Para; sus miembros riega

frío sudor; su lengua entorpecida
80

al paladar se pega;

vuelve al cielo la vista dolorida

y calla y sigue el cielo

en su quieto girar, y ella en su duelo.

    En su silencio estúpido la espanta
85

la imagen de un esposo a quien ofende.

Teme; sola se ve; marcha a su amiga

y ¡en vano, en vano la rebelde planta

en busca suya acelerar pretende!,

que el rígido pavor sus miembros liga.
90

Su palpitante pecho

fuerza el aliento y a Zulema llama,

y muere a largo trecho

sin respuesta su voz. Otra vez clama

y huye, dice al momento,
95

do no veas mi torpe abatimiento.

    ¡Cuál se aflige de amar, y siempre amando!

¡De aborrecer, y siempre aborreciendo!

¡De faltar a un deber que doloroso

un sepulcro infeliz le está aguardando!
100

¡Cuán sublime expresión! Está vertiendo

los afectos en mar tempestuoso,

su marcha, su semblante,

su silencio, su voz. ¡Ah!, no hay acento,

no hay pincel que bastante
105

sea ni a bosquejar tanto portento;

ni ya mi pecho aspira

sino sólo a sentir; romped mi lira.

    Rompedla al punto, que jamás mi mano

la volverá a pulsar. Almas piadosas
110

no creáis a mi voz; a su presencia

venid; ved a Zorayda. ¿Hay labio humano

que ose de sus acciones afectuosas

retratar la volcánica elocuencia

ni el penetrante acento
115

que habla en la muchedumbre de sus males?

Tan vasto sentimiento

no cabe, no, en los pechos de mortales.

Basta, Zorayda, tente

que yo expiro al dolor que tu alma siente.
120

    ¿Y quién resistirá? ¡Llámese fiera

el bárbaro mortal que no se ablande

a tu voz y a tu vista abrasadora!

¡Zorayda celestial! ¡Oh! ¡Quién me diera

de Píndaro y de Sófocles el grande
125

genio eternizador! En cuanto dora

el sol, de gente en gente,

en alas de mi musa volaría

tu nombre eternamente,

y lágrimas sin fin arrancaría.
130

Mas, ¡ay!, ¡nací en mal hado!

Admirarte y callar sólo me es dado.


En la ausencia de Cloe

    Espera, tente, ¿por ventura esquivas

mi sincera pasión? ¿Huyes ingrata,

de quien nació para adorarte?...¿Adónde,

adónde has ido, celestial imagen

de mi querida Cloe? Ahora, ahora
5

en este punto, en mis amantes brazos

la vi, estreché mi corazón al suyo;

y palpitaba, y palpité; y sus ojos

en los míos ardieron; mis labios

en los suyos pegué; y un alma sola
10

entre los dos erró. Lo ví; no es sueño,

no es mentida ilusión: ¿cabe por suerte

tanta verdad en la apariencia vana?

Aquí ha de estar; la llamaré: ¿mi Cloe,

Cloe, mi Cloe?... Tenderé los brazos,
15

y a mis brazos vendrá: Cloe, ¿qué esperas?

¿Cloe, mi Cloe?...Pero ¿en cuál delirio

así me arrastra mi exaltada mente?

La llamo; y ella, en apartado clima,

mi voz no escucha. ¿Para qué destierras,
20

sol importuno, las piadosas sombras

de la noche feliz? Dichoso en ella

yo me gozaba en la mentida magia

de un sueño bienhechor; cruel llamaste

con tu luz a mis párpados tranquilos,
25

y abrí inocente, y con mi dulce sueño

voló mi dicha, y empezó mi llanto.

¡Astro de maldición! Huye, apresura

tu giro de dolor; cae, y en tu ocaso

también mi vida para siempre caiga.
30

¡Puedan los rayos de tu nuevo oriente

en el féretro hallar mis yertos ojos

cerrados a tu luz, cayendo en torno

el llanto de mi madre y mis amigos!

¡Gocen ¡ay!, gocen de tu hermosa lumbre
35

los que impacientes con la noche anhelan

por tu presencia, y a la aurora llaman!

La aurora los oirá, y ellos felices

serán de nuevo al rosear la aurora.

Mas yo ¡infeliz!, que, de mi Cloe lejos,
40

no puedo ver su idolatrado rostro

¿qué es el sol para mí? ¡Triste!, algún día

me hizo también su resplandor dichoso!

Al asomar su refulgente carro,

latiendo el pecho, la veré, exclamaba;
45

y la veía en verdad. Ora risueño

a su morada en la mitad del día

iba con planta presurosa, y Cloe

ya me esperaba. Los amantes brazos

al verme abría, y en su pecho ardiente
50

estrechándome tierna, un dulce beso,

un beso, todo amor, entre mis labios

iba a esconder; y luego me miraba,

y sonreía, y de su boca en torno

mil y mil besos para mí nacían.
55

¡Ay! ¿Dónde huyeron tan alegres horas?

¿Do están los juegos cariñosos? ¿Dónde

las lágrimas de amor, los juramentos

de una eterna constancia, los desmayos,

los ayes de placer; las blandas quejas,
60

los enojos tal vez, nuncios felices

de un cariño mayor en nuevas paces?

Cloe ¿do estás? Desesperado corro

por todas partes en tu busca, y hallo

en todas partes soledad. Perdido
65

voy a los olmos, cuyas verdes ramas

una vez y otra en las serenas tardes

te miraban pasar, y allí sentado

esperándote estoy. Pasan las bellas,

pasan, y pasan, y la noche viene;
70

pero mi amante no. ¿Qué es ésto, Cloe?

Cloe ¿qué es ésto? Cuando sólo vivo

al resplandor de tus hermosos ojos

¿así permites que en perpetua noche

me consuma el dolor? ¿Esta es la paga
75

de tanto amor como mi ardiente pecho

anidó para ti, para ti siempre,

y sólo para ti? ¿Y eres piadosa?

Iré: mis labios en aquesta noche

el nombre odioso te darán de ingrata.
80

Iré al instante: en tu mansión ahora

entrar furioso me verás. Partamos:

la diré... la diré... ¡Poder del cielo!...

¡Ay! Las antorchas que en la noche umbría

la entrada a su mansión iluminaron
85

todas muertas están: están cerradas

en silenciosa oscuridad las puertas.

Ha partido: es verdad: partió, y en vano

mi amor la busca en su fatal delirio.

Ha partido por fin, y triste y solo
90

no habrá en la tierra quien me diga te amo.

Ha partido por fin, y a mi me deja

cual huerfanito que la sombra pierde

de su madre al nacer. Solo en el mundo

estas lágrimas solas me acompañan;
95

estas amargas lágrimas que riegan

de su morada las paredes frías.

¡Paredes de mi amor, ay! ¡Si albergasen

entrañas de piedad! Ellas conmigo

llorarían también, ellas me amaran
100

como las amo yo; pero mi labio

las toca sin cesar, y ellas heladas

mis besos y mis lágrimas reciben

sin dolerse de mi. Guardad al menos

tantos cariños, y decid a Cloe
105

cuando retorne a vos. «Aquí tu amante

todas las noches te lloró, y entre ayes

mil y mil veces repitió tu nombre

al son tal vez de la ruidosa lluvia.

Aquí le vimos (levantando al cielo
110

los mustios ojos, que después volvía

hacia el lugar adonde tú partiste)

mil bendiciones enviar a Cloe.

Besaba el aire en su ilusión diciendo:

Acaso este aire tenderá sus alas
115

y hacia ella volará, y jugando en torno

de sus mejillas, la dará mi beso.

Después, clavando con ardor la mano

sobre su corazón; hasta el sepulcro,

más allá del sepulcro, eternamente
120

suyo todo será, clamaba; y luego

«¡pueda un día, una hora, un mismo instante

abrazados los dos en nudo estrecho,

sus labios y sus ojos en los míos,

mi pecho y corazón clavado al suyo
125

vernos así expirar! ¡Pueda una tumba,

pueda un solo ataud cerrar piadoso

nuestras cenizas en descanso eterno!

Aquesto la diréis; mas no: ¿quién sabe

si entonces ella me amará? ¿Si odioso
130

ya le será mi desdichado nombre?,

nombre que un día recreó su oído.

¡Ay! ¡Ay! Tal vez su corazón prendado

de otro amante mejor... Ámale, Cloe,

ámale, sí, como su amor te ría.
135

Mi lengua callará; mi triste labio,

mudo a las quejas, se abrirá tan solo

para colmarte en bendiciones. Ama;

sé tú feliz, y mas que yo perezca.

¡Ella es feliz!, exclamaré muriendo.
140

Y alegre exhalaré, pensando en Cloe,

mi último amor con mi postrer suspiro.


La rosa del desierto

    ¿Dónde estás, dónde estás, tú que embalsamas

de este desierto el solitario ambiente

con tu plácido olor? Con él me llamas

hacia ti más y más, te busco ardiente,

e ingrata a mi cuidado,
5

triste me dejas en mi afán burlado.

Bella entre flores bellas

¿por qué te escondes y mi amor esquivas?

¿Temes que yo prefiera

a tu hermosa franqueza la altanera
10

pompa del tulipán, o la inodora

anémona que al iris desafía,

o del clavel la majestad grandiosa?

No; todo cede para mi a la rosa,

la rosa es mi placer, ven, ven, ofrece
15

tu modesta beldad a mi deseo,

oh rosa virginal. ¿Me engaño, o veo

su purpúreo color que allí aparece

por entre una quebrada?

Es, es, no hay duda; en los paternos brazos
20

de su rosal sentada

con lentitud se mece

al movimiento blando

de un cefirillo que la está besando.

¡Oh salve, salve! ¿Qué mi vista ansiosa,
25

cansada ya de la aridez penosa

que en torno te rodea

al fin en tu belleza se recrea?

¡Oh flor amable! En tus sencillas galas

¿qué tienes, dí, que el ánimo enajenas
30

y de agradable suspensión le llenas,

en cada olor que liberal exhalas

de tu cáliz ingenuo, un pensamiento,

un recuerdo, un amor... no sé que siento

allá dentro de mi, que enternecido
35

suelto la rienda al llanto,

y encuentro en mi aflicción un dulce encanto.

Sola en este lugar, ¿cuándo, qué mano

pudo plantarte en él? ¿Fue algún anciano

que recordó sus días juveniles
40

pasando por aquí, y al ver su muerte

en recogerlos se afanó y guardarlos

dentro de tu raíz? ¿O fue un amante,

que abandonado ya de una inconstante

huyó a esta soledad, queriendo triste
45

olvidar a su bella,

y este rosal plantó pensando en ella?

Era un hombre de bien del hombre amigo

quien un yermo infeliz pobló contigo,

que en medio a la aridez así pareces
50

cual la virtud sagrada

de un mundo de maldades rodeada.

¡Ah! Rosa es la virtud, y bien cual rosa

dondequiera es hermosa,

espinas la rodean dondequiera,
55

y vive un solo instante

como tú vivirás. ¡Ay! Tus hermanas

fueron rosas también, también galanas

las pintó ese arroyuelo, cual retrata

en ti de tu familia la postrera.
60

Del tiempo fugitivo imagen triste

él corre, correrá, y en su carrera

te buscará mañana con la aurora,

y no te encontrará, que ya esparcidas

tus mustias hojas sin honor caídas
65

sobre la tierra dura

el fin le cantarán de tu hermosura.

¡Oh si me fuese dado

tus horas prolongar cediendo un día

en tu favor del tiempo que me toca!
70

Gozoso más en breve marcharía

hacia mi tumba helada

porque durase más mi flor amada.

¡Imposibles soñados! ¡Ay!, siquiera

toma, guarda ese beso
75

de mi amistad sincera

y esa parte de mí contigo muera.

¿Y qué, sola, olvidada,

sin que su labio y su pasión imprima

en ti ninguna amante
80

en fin perecerás sin ser llorada?

¿No volará en su muerte

ningún ay de tristeza

de la fresca belleza

que en ti contemple su futura suerte?
85

¡Oh Clori, Clori!, para ti esta rosa,

bella cual mi cariño,

aquí nació: la cortará mi mano

y allá en tu pecho morirá gloriosa.

Guarda, tente, no cortes, y perdone
90

Clori esta vez; que por ventura injusto

bajará a este lugar algún celoso

venganzas meditando allá en la mente

de una triste inocente

que amarle hasta morir en tanto jura.
95

Al mirar esta rosa de repente

se calmarán sus celos, y bañado

en llanto de ternura

maldecirá su error, y arrepentido

irá a abjurarle ante su bien postrado.
100

o la verá tal vez algún esposo

ya en sus cariños frío;

y la edad de sus flores recordando,

fija la mente en su marchita esposa,

clamará en su interior, también fue rosa:
105

y con este recuerdo despertando

el fuego que en su pecho ya dormía,

la volverá un amor que de ella huía.

¿Y quién sabe si acaso maquinando

la primera maldad, con torvo ceño
110

vendrá algún infeliz solo, perdido

de pasiones terribles combatido?

Al llegar donde estoy verá esta rosa,

la mirará, se sentará a su lado,

e ignorando por qué, su pecho herido
115

de una dulce terneza

amará, de mi flor estimulado,

la belleza moral en su belleza.

¡Ay!, que del crimen al cadalso infame

tal vez ese infeliz se despeñara
120

si esta rosa escondida

la virtud en su olor no le inspirara.

Queda, sí, queda en tu rosal prendida,

oh rosa del desierto,

para escuela de amor y de virtudes.
125

Queda, y el pasajero

al mirarte se pare y te bendiga,

y sienta y llore como yo, y prosiga

más contento su próspero camino

sin que te arranque de tus patrios lares.
130

¿Es tan larga tu edad para que quiera

cortarte, acelerando tu carrera?

No; queda, vive, y el piadoso cielo

dos soles más prolongue tu hermosura.

¡Puedas lozana y pura
135

no probar los rigores

del bárbaro granizo,

ni los crudos ardores

de un sol de muerte; ni jamás tirano

tus galas rompa el roedor gusano.
140

No: dura, y sé feliz cuanto desea

mi amistad oficiosa;

y feliz a la par contigo sea

la abejilla piadosa

que en tu cáliz posada
145

hace a tus soledades compañía.

Adiós, mi flor amada,

adiós, y eterno adiós. La tumba fría

me abismará también; mas si en mi musa

llego a triunfar del tiempo y de la muerte,
150

inseparable de tu dulce amigo

eternamente vivirás conmigo.


Al señor marqués de Fuertehíjar, en los días de su esposa

¿Duermes, Germano, y el rosado oriente

va a proclamar el venturoso día

de tu más tierno amor? ¿Duermes, y en tanto

vela tu amigo, y a gozar te llama,

y no atiendes su voz? Tal vez nos llegan
5

las horas de placer, nos ven dormidos,

y pasan, y huyen, y el placer las sigue

para nunca volver. El sueño entonces

¿qué deja en pos sino pesar estéril?

Duerman los tristes; pero tú despierta,
10

ven, ven, al punto a recibir, marchemos

entre las verdes pensativas ramas

de un desmayado sauce, el primer rayo

del astro de la luz. El insensible

por la profunda soledad del cielo
15

va silencioso en perenal viaje.

Si tú le esquivas, a tus voces sordo

este sol pasará, y ¡oh cuánto, cuánto

otro cual él se tardará en lucirte!

Este es el sol que de tu amable esposa
20

cuenta los años. De la oscura noche

lejos un día amaneció radiante,

y allí con él desde el materno seno

también Lorenza amaneció: Lorenza

antes de lo que fue, y es en la nada.
25

En ella busca a su querido objeto,

y le halla, y le ama; y desde allí volando

corta lo por venir, entra en la, tumba

y ama en la tumba, y en la tumba vive.

Distancias desconoce; en breve espacio
30

lleva en el alma el universo entero.

Ni hay edades en él, ni hay estaciones,

que eterna primavera es el cariño.

Todo lo anima, lo embellece todo

cual embellece para ti, oh Germano,
35

este día feliz. ¿Y que tú solo

en él te gozarás? No; tus placeres

de tus amigos son: ellos tus penas

sentirán otra vez. Nicasio te ama,

y ama a tu esposa, y ¿lo ignoráis? Nicasio
40

sabe también amar. ¡Oh cuál palpita

de júbilo mi pecho! Ven, estrecha,

Germano mío, en tus amigos brazos

mi ardiente corazón, y a par del tuyo

lata más vivo y tu placer redoble.
45

¡Oh cuál en ellos mi amistad se inflama!

¡Cuántos deseos de cariño hermoso

hinchen mi corazón que allá en el pecho

ya no acierta a caber! Estrecha, estrecha

dolor hermoso de su tierna madre.
50

Ella nacía, para ti nacía,

y lo ignorabas tú. ¿Y en dónde estabas,

dime, o cuál eras en aquel instante?

Indómito garzón entre los juegos

de tu edad bulliciosa te perdías
55

ciego a lo por venir y a lo pasado.

¿Quién te dijera que a distancia tanta

lejos, allá en el gaditano suelo

del alma una mitad hoy te nacía?

¿Que de Lorenza la inocente cuna
60

mecían la piedad, las tiernas gracias,

la compasión, la ingenuidad hermosa,

tanto y tan bello amor como adelante

para siempre tu pecho cautivaron?

¡Oh cuántas veces te alumbró este día
65

igual a los demás, y confundido

entre el vulgo de días le olvidaste!

¡Cuántas, cuántas después, cuando Lorenza

con su querer le ennobleció a tus ojos,

fija la mente en los que ya pasaron
70

en medio de dos lágrimas lanzaste

un ay de amor, clamando entristecido:

«¡Oh si posible el atrasarlos fuese,

y de uno en otro de mi esposa al lado

ir ascendiendo hasta el feliz instante
75

que la miró nacer! Allí naciera

mi cariño también; ella vería

todo el espacio de su vida hermoso

sembrado con mi amor desde su cuna.

Más ignorada para mí en su infancia
80

no pude verla palpitar dormida

entre los pechos que manaron píos

en su boquita el cándido sustento.

Saltó jugando en su niñez traviesa,

y no pude alternar allí en sus juegos,
85

ni sonreír con sus pueriles gracias.

Su adolescencia las primeras flores

brotó lozana, y para mí no fueron.

¡Ay!, cuántos años sin su amor perdidos!»

¿Perdidos? No; con tu pesar amante,
90

pesar hermoso de las almas tiernas,

los haces revivir, y amas en ellos.

Así el amor lo que perdió desquita,

y poderoso el sepulcral vacío

llena de lo que fue con lo presente.
95

La misteriosa eternidad del tiempo

la inmensidad del insondable espacio

es estrecha prisión para el cariño:

no hay límites con él. Las alas tiende,

vuela, y penetra lo pasado, y vuela
100

más y más cada vez; y así enlazados,

bien cual hermanos, al salir nos halle

el pacífico sol... ¡oh salve, salve!...

¿Le ves, le ves que por las altas cumbres

su rayo matinal tímido asoma?
105

¡Oh salve, salve, vencedor glorioso

de la muerte, del caos y la noche!

¡Monarca celestial! ¡Brillante imagen

de verdad, de virtud y de hermosura!

¡Vivificante sol! ¡Ay! Siempre bello
110

tiendes con profusión por la ancha esfera

de tu lumbre inmortal las ricas galas.

O críe rosas tu vital aliento,

o en soplo abrasador las mieses dores,

o más templado alegres las colinas
115

con el verdor dl pampanoso octubre,

o allá en nublosa oscuridad perdido

cubras el mundo de invernal tristeza;

siempre eres bello, y tu belleza es tuya.

Mas tan bello cual hoy, oh sol, perdona,
120

mis ojos no te ven ni cuando tierno

la flor primera del Abril nos abres,

ni cuando entierra con honor tu ocaso

del verde otoño el postrimer suspiro.

Más hermosa que tú mil y mil veces
125

reluce la amistad, y en este día

es la bella amistad quien te hermosea.

Lorenza brilla en ti. ¡Pueda Lorenza

brillar entre su esposo y sus amigos

cual tú feliz en medio a tus planetas!
130

¡Puedas sembrar de rosas y placeres

su fausto día, sin que nunca torne

la vista ansiosa a lo pasado huyendo

de lo presente en él! ¡Siempre lograda

hasta en los sueños su esperanza vea,
135

y sueñe risas y virtud! ¡Que viva,

viva tan larga edad!... Caro Germano

¡Ay, ay Germano! Las fugaces horas

vuelan impías, y tras sí arrebatan

días y años, y lustros, y en un punto
140

parece la vejez y en pos la muerte.

¡Oh, que no fuese a mi cariño dado

el tiempo detener antes que traiga

ese trance cruel! ¡Nunca mis ojos

lo lleguen a mirar! ¡Antes resuene
145

en mi hueco ataúd el sordo ruido

de la tierra fatal que cae rodando

a henchir la soledad de los sepulcros!

Sí, dulce amigo: con tu amada esposa

vive, vive feliz cuanto desea
150

mi fogosa amistad, y ¡pueda el cielo

cortando por piedad mi inútil vida

la vuestra prolongar próspera y bella!

Torna este abrazo para ti, Germano,

y éste también para tu tierna esposa,
155

y toda el alma recibid en ellos.

Cuando después en mi sepulcro yazca

este sol mismo volverá en agosto,

y yo no le veré. Germano, entonces

siquiera en un recuerdo de tu mente
160

viva Nicasio, y a tu amable esposa

dando un abrazo la dirás lloroso:

esto un amigo me dejó en tus días.


La pastorcilla enamorada

    ¿En cuál hado nací tan funesto

que a perpetuo dolor me condena?

Allá dentro me aflige una pena

que yo siento y no puedo decir.

Aborrezco lo que antes amaba;
5

solitaria a llorar me retiro,

me pregunta mi madre, y suspiro,

y respondo, yo quiero morir.

¡Ay!, ¿dónde están los apacibles días

que me vieron contenta
10

pastorear los mansos corderillos?

De pesares exenta

al son de los acordes caramillos

danzando entre las ágiles pastoras

gocé largo placer en breves horas.
15

Tal vez en ancho corro

en medio a mis amigas refería

mil divertidos cuentos,

y reían conmigo y yo reía.

Tal vez se ejercitaban los talentos
20

n resolver enigmas misteriosos,

y aquélla que acertaba

mil parabienes y una flor ganaba.

¡Ay!, cuánta y cuánta flor, premios dichosos

de aquella mi agudeza,
25

a mi madre llevé que los guardara!

Ella los recibía,

y después repasándolos decía:

más premios has ganado

que las otras zagalas de este prado:
30

toma, toma este abrazo, Silvia mía:

¡Ay!, ¿qué valieron mis victorias bellas?

Recogiéndolas hoy, marché con ellas

a par del sesgo río,

y de una en una las eché en sus ondas,
35

y vi como cayeron,

y en ellas, cual mis gustos, se perdieron.

Ya ni las dulces flores,

ni el grato rosear de la mañana,

ni el expirar del sol, ni los pastores
40

con sus juegos nativos, nada alcanza

a templar mis pesares;

ni la blanda amistad con sus consuelos,

ni de mi madre la cordial terneza;

más bien todo redobla mi tristeza.
45

Dolor es cuanto siento,

cuanto miro es dolor, y triste vaga

de dolor en dolor mi pensamiento.

Fileno ¡ay Dios!, Fileno

yo fallezco de amor, y él no me paga.
50

En el alma clavado

sin poder desecharle va conmigo;

duermo, y allí a mi lado

entre sueños le veo;

despierto, y allí está con Mis amigas;
55

a Fileno y no más hallan mis ojos;

al bosque solitaria me retiro,

y allí a Fileno en cada sombra miro.

Fileno por doquier; todo es Fileno;

y él, el ingrato, en mi dolor sereno.
60

¡Ay!, ni mis ojos mustios,

ni el pálido color de mi semblante,

ni mi cruel tristeza,

ni este morir en juventud perdida

no ablandan su dureza.
65

Todos se duelen de la pobre Silvia,

todos se esfuerzan a enjugar mi llanto,

todos la buscan; y Fileno en tanto

va de la triste huyendo

a Galatea por doquier siguiendo;
70

ámala, que es hermosa; y yo soy fea,

¡Oh quién fuese la bella Galatea!

¡Tuviese yo a lo menos

sus negros ojos y las dulces gracias

de su reír! ¡Tuviera
75

no más que su fortuna!,

que tan fea no soy si él me quisiera.

Y aún hay quien comparándome con ella

dice que soy más bella.

Mi madre en este día
80

besándome en sus brazos lo decía;

y mi madre no miente.

¿Y no lo dice claro aquesta fuente

que me retrata ahora en sus cristales?

Todas mis compañeras
85

y todos los zagales,

y las mismas corderas,

todos, todos me quieren,

y en todo a Galatea me prefieren.

Mas ¿qué vale si en tanto
90

yo me consumo en doloroso llanto?

Avecilla en la jaula prendida

ve a su par y le llama piando,

y al mirar que se aleja volando

se contrista y no puede vivir.
95

Madre, madre, yo soy la avecilla;

el ingrato no atiende a mi ruego;

no me es dado apagar este fuego:

madre mía, yo quiero morir.


En alabanza de un carpintero llamado Alfonso

Virtutem... invenies... callosas habentem manus.

SÉNECA, De Vita beata, .



    Yo lo juré: mi incorruptible acento

vengará la virtud, que lagrimosa

en infame baldón yace indigente.

En despecho del oro macilento

y de ambición pujante y envidiosa,
5

mil templos la alzaré do reverente,

sus aras perfumando

al orbe su loor iré cantando.

    Nobles magnates, que la humana esencia

osasteis despreciar por un dorado
10

yugo servil que ennobleció un Tiberio,

mi lira desoíd. Vuestra ascendencia

generación del crimen laureado,

vuestro pomposo funeral imperio,

vuestro honor arrogante,
15

yo los detesto, iniquidad los cante.

    ¿Del palacio en la mole ponderosa

que anhelantes dos mundos levantaron

sobre la destrucción de un siglo entero,

morará la virtud? ¡Oh congojosa
20

choza del infeliz! A ti volaron

la justicia y razón desde que fiero,

ayugando al humano,

de la igualdad triunfó el primer tirano.

    Dilo tú, dilo tú, pura morada
25

del íntegro varón: taller divino

de un recto menestral... Adonde, adonde...

¿Quién sacrílego habló? ¿Qué lengua osada

se mueve contra mí porque apadrino

a la miseria do virtud se esconde
30

mi Apolo condenando,

innoble y bajo al menestral llamando?

    ¿Innoble? ¡Oh monstruo, en el profundo Averno

perezca para siempre tu memoria

y tu generación! ¿Eternamente
35

habremos de ignorar que el sempiterno

es Padre universal? ¿Que no hay más gloria

ante su rectitud inteligente

que inflexible justicia,

ni más baldón que la parcial malicia?
40

    Fue usurpación, que la verdad nublando,

distinciones halló do sus horrores

se ilustrasen. Por ella la nobleza,

del ocioso poder la frente alzando,

dijo al pobre: soy más; a los sudores
45

el cielo te crió; tú en la pobreza,

yo en rico poderío,

tu destino es servir, mandar el mío.

    ¿Y nobles se dirán estos sangrientos

partos de perdición, trastornadores
50

de las eternas leyes de natura?

¿Nobles serán los locos pensamientos

de un ser que innatural huella inferiores

a sus hermanos, y que audaz procura

en sobrehumana esfera
55

divinizar su corrupción grosera?

    ¿Pueden honrar al Apolíneo canto,

cetro, toisón y espada matadora,

insignias viles de opresión impía?

¿Y de virtud el distintivo santo,
60

el tranquilo formón, la bienhechora

gubia su infame deshonor sería?

¿Y un insecto envilece

lo que Dios en los cielos ennoblece?

    Levantaos, oh grandes de la tierra;
65

seguid mis pasos, que a su tumba oscura

Alfonso os llama. Enhiestos y brillantes

con más tesoros que Golconda encierra,

de vuestra claridad y excelsa altura

presentad los blasones arrogantes,
70

que a los vuestros famosos

él ya a oponer sus timbres virtuosos.

    Recibiólo al nacer sacra pobreza

para seguirle hasta el postrer aliento.

Nació, y oyendo su primer vagido
75

voló la enfermedad, y con dureza

quebrantó su salud, eterno asiento

fijando en él. Se queja, y al quejido

desde el Olimpo santo

baja virtud para enjugar su llanto.
80

    Crece, y sus padres con placer miraron

crecer en él la cándida inocencia.

Corrió su edad, esclareció su mente,

y ya su pecho y su razón le hablaron.

Mira en torno de sí, y es indigencia
85

cuanto miró; y al contemplar doliente

su familia infelice,

un escoplo tomó, y así le dice:

    «Objeto de mi amor ¡ay!, sólo es dado

el sustento al afán, y sólo el vicio
90

se alimenta sin él. ¡Ley adorable

de mi adorable autor! El triste estado

ves de mis padres, cuánto sacrificio

merezco a su cariño infatigable;

ellos de noche y día
95

compran con su dolor la dicha mía.

    ¿Por siempre gemirán? Es tiempo ahora

de amparar su vejez. Escoplo amigo,

ya te puedo gritar; mi brazo fuerte

a ti se acoge; tu favor implora;
100

tú mi apoyo serás y firme abrigo

contra el hambre y maldad; harás mi suerte

hasta el día postrero,

y yo te juro ser fiel compañero.

    Empieza, empieza; y favorable el cielo
105

bendiga tu empezar, y a tus labores

dé rico galardón; puedas un día

de mi triste familia ser consuelo.

Puedas ¡ay!, de mi padre los sudores

para siempre limpiar; y en compañía
110

de su divina esposa

cerrar los ojos en quietud dichosa.

    Y entonces ¡ay!, cuando orfandad doliente

siembre en mis días soledad y lloro,

¿adónde llevaré la débil planta
115

que temple mi dolor? Tú de mi mente

las fúnebres imágenes que honoro

piadoso aparta, y la antorcha ardiente

al amor concediendo

con su dulce esposa mi penar partiendo.
120

    Modelo de virtud su fértil seno

sabrá reproducir multiplicadas

sus virtudes sin fin. Gozos filiales,

el bien os ame; su cruel veneno

no os soplen las maldades prosperadas.
125

Estudiad los ejemplos maternales

mientras la mano mía

guarda vuestra niñez de la hambre impía.

    ¡Seductora ilusión! ¡Oh quién me diera

en salud floreciente mis labores
130

no interrumpir jamás! Dios poderoso

que paternal desde tu augusta esfera

del infeliz recibes los clamores,

yo me postro ante ti; vuelve piadoso

hacia mí tu semblante,
135

y mi quebranto cesará al instante.

    Yo no deseo la opulenta suerte

de una alta condición; tú me la diste;

cual tuyo adoraré mi humilde estado.

Mas, ¡oh mi padre!, que tu brazo fuerte
140

siempre me aparte de la senda triste

del vicio; y que a tu acento recobrado

mi vital desaliento

en mi labor recoja mi sustento.»

    Dijo, y obró; y al varle, estremecido
145

el infierno tembló; y el vicio adusto

miró caer su cetro fulminante.

Por tres veces Alfonso repetido

por los ángeles fue; y el nombre augusto

de esferas en esferas resonante
150

dijo el Ser soberano:

este es el hombre que crió mi mano.

    Ven, oh tierra; venid, cielos hermosos,

cantad las alabanzas del Eterno,

y admirar su poder imponderable;
155

ved entre los anhelos trabajosos,

el hambre y el oprobio sempiterno,

un Carpintero vil; inestimable

tesoro en él se encierra:

es la imagen de Dios, Dios en la tierra.
160

    Es el hombre de bien; oscurecido

en miseria fatal, nubes espesas

su virtud anublaron, despremiada

su difícil virtud. Si enardecido

de la fama al clarín arduas empresas
165

obra el héroe, su alma es sustentada

con gloriosa esperanza;

mas la oscura virtud ¿qué premio alcanza?

    El desprecio, el afán, y la amargura;

tal fue de Alfonso el galardón sangriento.
170

Sacrificado a la inmortal fatiga,

¿cuál fruto recogió? La parca dura

debilitando su vital aliento

desde el mismo nacer, hizo enemiga

que en trabajo inclemente
175

fuera estéril sudor el de su frente.

    Veía a sus hijos y su amante esposa

en las garras del hambre macilenta

prontos a perecer. En vano, en vano

la enfermedad ataba poderosa
180

sus miembros al dolor. Su alma atenta

al ajeno sufrir, su estado insano

olvida, y en contento

dobla por sus amores su tormento.

¡Oh tú, esposa feliz de un virtuoso,
185

perpetua infatigable compañera

de su eterna aflicción! Teresa amable,

¿no es cierto que jamás tu santo esposo

murmuró en su pesar? ¿Que lastimera

su pobreza adoró? ¿Que inviolable
190

su planta religiosa

huyó de la maldad menos costosa?

    Y vosotros, oh prendas inocentes

de Alfonso, hablad. Decidnos las lecciones

que os dictó ejecutando; los dolientes
195

que tierno consoló; los angustiados

que su hambre sustentó; los corazones

que su atractivo ejemplo

llevó rendidos de virtud al templo.

Bondad fue su vivir; en su semblante
200

hablaba la deidad. ¡Oh cuántas veces

mi espíritu en respetos abismado

ante tu majestad probó el triunfante

imperio de virtud. Mis altiveces

allí desparecían, y humillado
205

a sus palabras santas,

tal vez quiso besar sus dignas plantas.

    Yo le vi... yo le vi... ¡Funesto día!

Para siempre le vi... Pálida muerte

volaba en torno de él. ¡Infortunado!,
210

que el penúltimo sol entonces veía.

Jamás, jamás, su enfurecida suerte

ostentó más rigor. Desfigurado

con furibundo acento

me demandó su postrimer sustento.
215

    ¡Sacrosanta virtud? ¿Tú suplicante

a mí, débil mortal? Tú, tú lo viste,

Omnipotente Dios, el amargura

que mi pecho bebió en aquel instante.

Nunca el sol para mí lució más triste;
220

lloré mi dicha, deseé la tumba oscura,

y ¡ojalá quien me diera

que en el lugar de Alfonso padeciera!

    Disipad, destruid, oh colosales

monstruos de la fortuna, las riquezas
225

en la perversidad y torpe olvido

de la santa razón; criad, brutales

en nueva iniquidad, nuevas grandezas

y nueva destrucción; y el duro oído

a la piedad negando,
230

que Alfonso expire, en hambre desmayando.

    ¿Esto es ser noble? Vuestro honor sangriento

en la muerte de Alfonso: ¡ay, ay, que expira!

Pesadumbres huid; cesad siquiera

de atormentar su postrimer aliento.
235

Inútil ruego. Adonde el triste mira,

aflicción. Con sus hijos lastimera

su esposa se le ofrece;

y cuanto sufrirán, él lo padece.

    ¡Dolorido varón! Ni un solo día
240

alegre te miró: ni un solo instante

rió tu probidad. Torvos doctores,

vos que enseñáis que con la tumba fría

cesan el bien y el mal, ved expirante

a Alfonso. Su virtud entre dolores;
245

¿es nada, es nombre vano,

o hay un otro vivir para el humano?

    Hay otro estado donde espera el justo

eterno galardón. ¡Ah!, vuela, vuela,

del santo Alfonso espíritu dichoso
250

a la patria inmortal, adonde augusto

te llama el Dios que justiciero vela

por su amada virtud. Paró nubloso

su invierno, y placentera

ya le ríe inmortal la primavera.
255

    Goza, goza en la paz inalterable

el fruto dulce de tu amable vida.

Bebe de las delicias, que en torrentes

manan sin descansar del Inefable.

Yo entre tanto a la tumba oscurecida
260

iré do tus cenizas inocentes

yacen, y mis dolores

mitigaré cubriéndola de flores.

    Iré, la bañaré con triste llanto

en tributo anual; y cuando horrendo
265

el falso vicio deslumbrarme intente,

allí te buscaré. Tu nombre santo

invocará mi voz, y el vicio huyendo,

a mi clamor la sombra reverente

saldrá, y en soplo frío
270

volverá la virtud al pecho mío.

    ¡Oh sepulcro que guardas el reposo

de tan justo mortal! Hasta la muerte

has de ser mi lección. Tú la inocencia

me enseñarás; lo honesto y virtuoso
275

leeré en tu oscuridad; harás que fuerte

sepa amar el afán y la indigencia;

y que allí atrincherado

huelle el poder del crimen entronado.


La escuela del sepulcro

A la señora marquesa de Fuertehíjar, con motivo de la muerte de su amiga la señora marquesa de las Mercedes

    ¿Adónde, adónde los dolientes ojos

vuelves? ¿Qué buscas? ¿O por quién exhalas

tanto suspiro de dolor y angustia?

¿Qué atiendes, di, que el respirar parando

el alma toda en el oído clavas
5

ansioso de escuchar? En vano, en vano

anhelas por oír; la quieta noche

a los mortales con su sombra encierra,

y acalla al mundo que tranquilo yace

en un mar de silencio sumergido.
10

Mas ¡ay!, ¿cuál son tan a deshora turba

la silenciosa paz de las tinieblas?

¿Y cesa, y vuelve a resonar, y para,

y resuena otra vez? Llora, sí, llora

tu amarga soledad, oh triste amiga,
15

gime, lamenta sin cesar, tu pecho

se parta de dolor, y al labio envíe

el ay de la amistad desesperada.

El bronco son que tus oídos hiere

es la trompeta de la muerte, el doble
20

de la campana que terrible dice:

fue, fue tu amiga. La que tantas veces

te vio, y te habló, y en sus amantes brazos

tan fina te estrechó, y en tus mejillas

su cariño estampó con dulces besos;
25

la que en su mente consagró tu imagen,

y en cuyo corazón un templo hermoso

te erigió la amistad do siempre ardía

tanto y tan puro amor, ya por las olas

fue de la eternidad arrebatada;
30

ahora mismo a su cadáver yerto,

en estrecho ataúd aprisionado,

alumbrarán con dolorosa llama

tristes antorchas del color que ostentan

las mustias hojas que al morir otoño
35

del árbol paternal ya se despiden.

Ahora mismo yacerá en la cima

de la tumba infeliz, hollando lutos

negros, más negros que nublada noche

en las hondas cavernas de los Alpes.
40

En torno de ella, y apartando el rostro

de su espantable palidez, sentados

compañía la harán los que otro tiempo

tal vez colgados de su voz, pendientes

de un giro de sus ojos, estudiaban
45

su voluntad para servirla humildes.

Esta será ¡ay dolor!, la vez postrera

que la visiten los mortales, ésta

su tertulia final, y último obsequio

que el mundo la ha de hacer. Sí; que esos cantos
50

con que del templo la anchurosa mole

temblando toda en rededor retumba

su despedida son, con sus adioses,

el largo adiós final. ¡Oh tú Lorenza,

ven por la última vez, ven, ven conmigo
55

y a tu amiga verás, verás al menos

el cuerpo que animó, verás reliquias

de una nada que fue! Mira que tardas,

y nunca, nunca volverás a verla,

nunca jamás; que ya sobre sus hombros
60

cargaron los ministros del sepulcro

el ataúd, y marchan, y descienden

con él a la morada solitaria

del oscuro no ser. Allí en los muros

cien bocas abre la insaciable muerte
65

por donde traga sin cesar la vida;

y a ti, ¡oh Quero infeliz! ¡Oh malograda!

¡Oh atropellada juventud! Caíste,

bien como flor que en su lozana pompa

hollada fue por la ignorante planta
70

de un pasajero sin piedad. Caíste,

y ya otro rastro de tu ser no queda

que las memorias que de ti conserven

los que te amaron. Pasarán los días,

y las memorias pasarán con ellos;
75

y entonces ¿qué serás? El nombre vano,

el nombre sólo en tu sepulcro escrito,

con que han querido eternizar tu nada.

Tirano el tiempo insultará tu tumba,

con diente agudo roerá sus letras,
80

borrará la inscripción, y nada, nada

serás por fin. ¡Oh muerte impía!,

¡oh sepulcro voraz! En ti los seres

desechos caen; en ti generaciones

sobre generaciones se amontonan,
85

en ti la vida sin cesar se estrella;

y de tu abismo en la espantosa margen

el tiempo destructor está sañudo

arrojando los siglos despeñados.

¿Qué son ahora los primeros días,
90

la edad primera de la tierra? ¿En dónde

las que fueron después hoy hallaremos?

¿Sesostris dónde está? ¿Dónde el gran Ciro?

¿Babilonia y Semíramis? Pasaron

cortando el tiempo, cual veloz saeta
95

que el aire hiende sin que rastro alguno

deje de su pasar. ¿Qué son ahora

los Césares, los Jerges, los Timures

y los héroes famosos de la Grecia?

Voces y nada más. ¿Y qué es el siglo
100

que acaba de expirar? ¿Y qué es el día

de ayer, el de hoy en lo que va corrido?

Muerte en verdad; que cuanta vida el tiempo

nos ha llevado en el sepulcro yace.

¿Es tan breve el vivir? ¿Y el hombre insano
105

en hacerse infeliz sólo le emplea?

Como en airada mar la frágil nave

luchando entre borrascas horrorosas

corre perdida sin timón ni velas,

y en pos el huracán desenfrenado
110

la va acosando en bárbaros embates,

y ora a las nubes las bramantes olas

la arrojan, y ora con terrible estruendo

la despeñan, rompiéndose, al abismo;

y ya anegada con salobre muerte
115

llora su perdición, y ya un fracaso

mira seguro en la enriscada costa

donde a estrellarse va; tal es el hombre

por el mar de la vida navegando.

Siempre a merced de sus pasiones corre
120

entre tinieblas y borrascas tristes

en eterna inquietud, allá en el alma

hondamente clavada la amargura,

y la zozobra y el cruel fastidio,

y desesperación; sin que los ojos
125

vuelva jamás al relumbrante faro

de la pura razón. En cada instante

vota acogerse a su sagrado puerto,

y a cada instante, quebrantando el voto,

se aparta más y más; y a nuevos mares
130

se confía, y a míseros naufragios.

De ilusión a ilusión, de sombra en sombra

va deslumbrado, con ardor abraza

mil fantasmas de bien, y ellas le burlan

deshaciéndose, y halla el miserable
135

ansia y dolor donde esperó contento;

y vuela deslizándose entre tanto

la vida, y se le escapa, y el sepulcro

le sale al paso, y ¿qué vivió? Cien voces

oigo que salen desde el centro frío
140

de los sepulcros que tormentos dicen.

Tormentos claman las doradas urnas

donde descansan las cenizas regias;

tormentos claman las inmundas hoyas

donde la plebe amontonada gime,
145

tormentos las pirámides erguidas

que en sus entrañas cóncavas tragaron

cien dinastías del perdido oriente;

y tormentos, tormentos desde el norte

al mediodía, desde oriente a ocaso
150

toda la tierra sin cesar repite.

¿Dónde estás, dónde estás soberbia tumba,

tumba olvidada del atroz guerrero

a cuya alta ambición venía estrecha

la inmensidad del tiempo y del espacio?
155

Tumba del Macedón ¿dónde te escondes

que no dices aquí? Tal vez ahora

darás abrigo a las cansadas yuntas

de algún humilde labrador honrado:

tal vez la tierra que te henchía cubre
160

una choza infeliz, y las reliquias

del famoso Alejandro son paredes

de algún pobre pastor, no conocido

de otro mortal que de su tierna esposa,

y de su perro y de su fiel ganado.
165

Él es feliz en su pobreza oscura,

y tú fuiste infeliz en la abundancia

de tu hambrienta ambición. Él sus deseos

por la necesidad de cada día

mide, y prudente la natura acalla
170

con lo que fácil la razón exige.

Así contento lo presente goza

sin olvidarlo por correr ansioso

a encontrar a mañana, y a perderse

allá en un porvenir que nunca llega.
175

Y tú ¿qué fuiste, vencedor del mundo?

Tú, de soberbia y ambición hinchado,

tú, que sangrientas lágrimas vertías

temiendo atroz que la paterna espada

nada en la tierra te dejase libre
180

que poder oprimir, ¿fuiste dichoso?

Las victorias del Gránico y del Iso,

Persia a tu carro triunfador atada,

cien tronos de Asia, el Asia estremecida

a un mover de tu pie, la tierra entera
185

arrodillada de tu nombre al eco,

tanta potencia, tanta gloria ¿acaso

pusieron coto a tu ambición? ¿No hallaste

por siempre un más allá que las entrañas

te roía doquier, y cada gloria
190

te presentaba desabrida y triste

desde el punto fatal en que era tuya?

¿Cuál fue tu vida? Nunca lo presente

existió para ti, que adormecido

vivías en los sueños de esperanzas
195

desterrado por siempre en lo futuro.

Para ti lo pasado fue un tormento,

un estímulo más, que te arrastraba

a deseos sin fin, a largos planes

de guerras y victorias, y ruinas
200

y perpetua inquietud. Pues, ¿cuándo, cuándo

viviste? ¿Cuándo del feliz reposo

gozaste, y de la paz y la bonanza

de las pasiones, y el alegre cielo

de un inocente corazón tranquilo?
205

En el sepulcro, en el fatal sepulcro,

y sólo en el sepulcro descansaste;

y los mortales sólo allí descansan,

que raros son los que en vivir insanos

de Alejandro no imitan el ejemplo.
210

Si es tal la vida, ¿para qué lloramos

a los dichosos que al tranquilo puerto

llegaron de la muerte ya seguros

de este mar de dolor que aquí nos cerca?

Y si es justo llorar, ¿por qué así estéril
215

en lágrimas se pierde nuestro llanto

sin que aprendamos a vivir felices

en la escuela sublime del sepulcro?

Enjuga ya, desconsolada amiga,

tu llanto de dolor, y atenta escucha
220

de tu amiga la voz. No ha perecido

tu amiga para ti, que vive y te habla

desde su tumba sin cesar, y dice:

«Mira del hombre la fatal carrera,

mira del hombre el paradero infausto.
225

Aquí ya para siempre se aniquilan

las grandezas del mundo, aquí se espantan

los sueños de la gloria, aquí los vientos

de las pasiones se echan, y se borra

el vaho del vivir, y el hombre es nada.
230

Vendrá el trance cruel, vendrá, oh amiga,

en que desciendas a la eterna noche

a acompañar mi soledad. ¡Aleje,

aleje el cielo tan fatal instante!

Y cada nuevo sol más despejado
235

el horizonte ensanche de tu vida!

Pero al fin ¿qué será, y encierra un siglo

el más largo durar de su carrera?

Sólo un pestañear, volviendo el rostro

verás tu muerte a tu nacer tocando.
240

¡Ay!, a lo menos, pues el plazo es breve,

no, no le acortes suspirando ansiosa

por otro día, y sin cesar por otro;

porque es nunca vivir, es vivir muertes,

jugar este hoy por el mañana incierto,
245

Lejos, lejos de ti las ilusiones

que al mísero mortal le van llamando,

y las sigue, y se apartan, y engañosas

tendiéndole los brazos, le enajenan,

y le venden por fin, pues al sepulcro
250

le atraen, tropieza, cae, y ellas huyeron.

Lejos de ti las bárbaras pasiones

que en torbellinos de dolor arrastran

a los esclavos que las sirven ciegos,

y su fortuna de su mar confían.
255

¿Qué es la ambición, la vanidad, del oro

la frenética sed? ¿Qué, los deseos

de una imaginación desenfrenada,

y de un enfermo corazón? Errores,

y el error es un mal. ¿Quién en la tierra
260

fue dichoso jamás llorando males?

La razón, la razón; no hay otra senda

que a la alegre virtud pueda guiarte

y a la felicidad. Por ella fácil

tus deseos prudente moderando
265

aprenderás a despreciar el mundo,

la gloria y la opinión, preciando sólo

lo que inflexible la razón aprueba.

Así constante vivirás contigo,

vivirás para ti, y harás más larga
270

la próspera carrera de tus años,

porque al fin vivirás. ¡Oh cuál me gozo

al mirarte feliz en la grandeza

de tu alma pura! Superior al cieno

de este mundo infeliz, ni los desastres,
275

ni la persecución, ni los dolores

te podrán abatir; ni la fortuna

podrá mellar tu espíritu de bronce

con sus brillantes dones mentirosos.

¿Qué puede dar la mísera fortuna
280

que no posea quien felice goza

una sana razón? ¿Y qué desgracias

ha de temer quien el mayor deseo

de una conciencia irreprensible y pura

dentro del corazón lleva escondido?
285

¡Oh Lorenza, Lorenza! ¡Oh tierna amiga!

¡Adiós, adiós! Desde el dichoso instante

que allá en Pisuerga te juró mi pecho

una eterna amistad, ¿falté por suerte,

falté, responde, a tu veraz cariño?
290

Siempre en mi memoria; siempre

ardió por ti mi corazón sincero;

siempre mis labios te dijeron finas

palabras de amistad; y eternamente

con mis consejos te probé, y mis obras
295

la verdad de mi amor. Bajé al sepulcro,

y él conmigo también; aquí a tu Quero,

si es que un recuerdo para mí te queda,

por siempre encontrarás; de noche y día

y en todas partes te hablarán mis labios,
300

te hablarán la verdad. ¡Oh nunca apartes

tu oído de mi voz! Adiós amiga,

adiós, adiós: la eternidad te espera».