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He aquí las formas de estas raíces, según Max Müller. Los ejemplos están tomados del sánscrito.
Las raíces primarias se componen:
1º. De una vocal (como i, ir).
2º. De una vocal y una consonante (ad, comer).
3º. De una consonante y una vocal (da, dar).
Las secundarias se componen de una consonante, una vocal y otra consonante (como tud, golpear).
Las terciarias se componen:
1º. De una consonante, otra consonante y una vocal (como plu, correr, deslizarse).
2º. De una vocal, una consonante y otra consonante (como ard, herir).
3º. De una consonante, otra consonante, una vocal y otra consonante (como spás, mirar).
4º. De una consonante, otra consonante, una vocal, una consonante y otra consonante (como spand, temblar).
Las raíces primarias son las que tienen más importancia histórica pero son las menos abundantes y han sido suplantadas por las otras.
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Así el idioma alemán consta de 80.000 palabras y solo tiene 250 raíces según unos autores, y 462 según otros.
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El lector que deseo conocer más detalles acerca de las importantes cuestiones filológicas que aquí hemos indicado sumariamente, puede consultar los notables trabajos de los filólogos y lingüistas modernos, señaladamente Schlegel, Bopp, Humboldt, Polt, Grimm, Burnouf, Diez, Max Müller, Renan, Heyse, Steinthal, Schleicher, Spiegel, Chavée, Withney, Chaignet, Hovelacque y otros muchos no menos importantes. En España, a pesar del ejemplo dado por el eminente jesuita Hervás y Panduro en su admirable Catálogo de las lenguas, no abundan los trabajos de este género. Puede, sin embargo, consultarse con fruto el primer tomo del Curso de literatura general del distinguido profesor Sr. Canalejas, donde se hallan amplias y eruditas indagaciones, que más de una vez nos han servido de guía en esta parte de nuestro trabajo. Para la parte física y fisiológica de este estudio, deben consultarse especialmente los trabajos de Helmhotz, que es una verdadera autoridad en estas materias.
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A nuestro juicio, la verdadera superioridad del hombre sobre los animales irracionales, consiste más en la posesión del lenguaje articulado que en el desarrollo de sus facultades intelectuales. Cierto que la facultad de hablar de nada sirviera por sí sola si el hombre no poseyera facultades intelectuales superiores, que le permitiesen establecer entre los sonidos que articula y los estados de su conciencia las relaciones que propiamente constituyen el lenguaje (como lo muestra el ejemplo de algunas aves que aprenden a hablar sin poseer realmente un lenguaje verdadero); pero también lo es que, por superior que fuera la razón humana, ninguna de las grandes creaciones de la Ciencia y del Arte, ninguna de las elevadas instituciones sociales humanas, ninguno de los portentosos progresos realizados por el hombre, hubiera sido posible si el espíritu humano careciese de este medio poderoso de manifestarse y de comunicarse con otros espíritus, a que se llama lenguaje articulado. En la posesión de la palabra, por tanto, más que en otros atributos y excelencias que sin ella serían imposibles o al menos infecundos, debe fundarse la superioridad del hombre y el especial carácter que de todos los demás seres lo distingue.
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Tal es la fuerza del hábito, y, sin embargo, nada hay más inexacto. La prueba es que los sordo-mudos y los niños, en sus primeros años, piensan sin hablar, y que en los adultos el pensamiento puede producirse sin palabra que lo exprese, como lo demuestra la creación de palabras nuevas, a la cual precede necesariamente una idea que no tiene traducción en el lenguaje hasta que se inventa la palabra que la expresa. Lo que sucede es que, una vez adquirido el lenguaje, siempre estamos hablando interiormente por la fuerza del hábito, pero no pocas veces pensamos una cosa y a la vez pronunciamos mentalmente palabras incoherentes o desprovistas de significación, que ninguna relación tienen con nuestro pensamiento. Esto se observa, sobre todo, en momentos de abstracción, preocupación o distracción profundas.
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El lenguaje espontáneo de los niños ofrece aún ejemplos de esta tendencia al onomatopeyismo. Así vemos que llaman gua-gua a los perros, pi-pi a los pájaros, etc.
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De esto ofrecen vestigios todas las lenguas. Así el espíritu se designa con palabras que significan viento, soplo, etc., por ser éstos los objetos sensibles más parecidos a lo inmaterial; a las cualidades espirituales se aplican nombres de cualidades físicas (lo derecho, lo recto, lo inflexible, aplicado a la justicia), etc.
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Así se observa que en los pueblos primitivos, en los cuales la fantasía aventaja a la razón, el lenguaje figurado es más rico y abundante, y se emplea con más frecuencia que en pueblos o épocas de mayor cultura, en que las semejanzas que fundan dicho lenguaje no se perciben con tanta facilidad, acaso por ser insostenibles ante una razón más adelantada. También se nota que en el carácter de las figuras se refleja el de los pueblos, siendo muy distinto el género de comparaciones y símiles de que se sirven los pueblos septentrionales y meridionales, los nómadas y los agricultores, los que habitan las montañas y los que viven en las costas, los guerreros y los comerciantes, etc.
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En el grupo de las lenguas indo-europeas es posible seguir el proceso de la derivación etimológica revelado en la alteración fonética de las palabras, sirviéndose de la ley de permutación de consonantes, llamada ley de Grimm, por haberla descubierto este filólogo.
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Así sucedió al derrumbarse el imperio romano. De las ruinas del latín brotaron las lenguas romances, que en su principio no eran otra cosa que dialectos de éste.