Ráfagas poéticas
Arístides Pongilioni
Entre la multitud de libros que en nuestra época se imprimen, un libro nuevo se presenta ahora en la escena literaria. Comparado con otros de su índole, que suelen obtener los fáciles elogios de los periodistas, puedo aspirar justamente a mayor estimación; pero, modesto en su objeto y hasta en su título, sólo se propone coleccionar las poesías que andan acá y allá diseminadas en diversos papeles, para presentarlas juntas en un volumen a las ilustradas personas que separadamente han leído parte de ellas, favoreciendo al autor con plácemes entusiastas y benévolos juicios.
Se adivina que puede tener además un segundo fin. El hombro que durante algún tiempo ha elevado su espíritu y dilatado su imaginación, viajando por aquellos países donde la naturaleza se ostenta más rica, más variada y amena, y en donde pasados siglos de prosperidad hicieron brotar grandiosos monumentos, al volver a su patria, dejando tras sí tantas bellezas, no se contenta con llevar de ellas un vago recuerdo que los días debilitan y oscurecen; sino que, ayudándose del lápiz y la pluma, logra trasladarlas, ya como son en sí, ya como se reflejan en su propio pensamiento. Que pasen los años; que la edad acumule su nieve sobre la cabeza del viajero; sentado al calor de la lumbre, mientras el viento y la lluvia azotan los vidrios de su ventana, contempla las ciudades y campos que recorrió en otro tiempo: ve sus templos, sus palacios, sus estatuas, la hervidora muchedumbre de sus calles, el dorado sol y los árboles y flores de su praderas, los arroyos donde los sauces se bañan, donde las aves cantan seguras; y, siempre que su voluntad lo desea, goza armonías, perfumes, luces, perspectivas de lejanos climas. A semejanza del viajero, ¿querrá el autor conservar viva en estas poesías la memoria de la más noble del hombre, que es la primera juventud; y de una primera juventud como la suya, rodeada siempre de los espléndidos horizontes de la poesía? Creo que sí; la mayor parte de los estudiosos abandonan la literatura, cuando mejores frutos podían producir, para dedicarse a la política y otras ocupaciones que estúpidamente suelen llamarse cosas serias en contraposición a las letras como si estas fuesen asunto de burla y regodeo; pero aun cuando las abandonen, siempre les queda algún amor a ellas y algo de su esencia divina, también el ánfora ya vacía, conserva los perfumes del bálsamo que contuvo.
Siguiendo el autor la corriente de nuestra época, ha trocado hace algún tiempo por la pluma del periodista la lira del cantor: ¡lástima que se malogren así tan elevados talentos! ¡desgracia es, y no leve, que la escasa protección concedida al literato lo transforme al cabo en adalid de tal o cuál partido! Punto es este que da lugar a tristes y dolorosas reflexiones. Fácilmente se alcanzan, y por eso las omito.
Las presentes composiciones tienen para el público e interés de su indisputable mérito. Aunque el autor ha desdeñado siempre esos torpes manejos que con tanta frecuencia sirven para obtener hiperbólicos elogios de gacetilla, la estimación de los doctos le concede el distinguido lugar que entre los poetas ocupa. Sus poesías no son versos rimados; sino verdaderas poesías. Tan pocas ocasiones se presentan de decir otro tanto, que ahora lo digo con júbilo; pues así logro a un tiempo rendir tributo a la amistad y a la justicia. A la amistad, porque mi afecto al autor se extiende a sus obras: a la justicia, porque Pongilioni, como sujeto a las condiciones de hombre, ha sentido, ha pensado, sentido y querido, y como poeta lla dado a sus ideas, sentimientos y aspiraciones un carácter entusiasta, melancólico y profundo. Piensa en mí, Ave María, En el Mar, La Última Puerta, La Niña Pálida y casi todos sus cantos, son los mejores testigos de esta verdad. Respecto a la dicción, Pongilioni es generalmente correcto. Educado en Sevilla, sigue su escuela literaria en cuanto es compatible con el más amplio horizonte poético que la inspiración y la filosofía, desdeñando erróneas tradiciones, presentan hoy a nuestros ojos.
En esta colección aparecen composiciones firmadas en 1853; es decir, cuando tenía escasamente el autor 18 años. Por el acierto con que están escritas, demuestran que no han sido las primeras, ni de las primeras; y por, tanto, que Arístides Pongilioni ha sentido la inspiración desde su niñez, mucho antes de conocer los preceptos literarios; si bien ha perfeccionado luego con el estudio las no comunes dotes de su natural talento. Quédese para otros, bien hallados con su pereza y dormidos en el sueño de su inteligencia, el creer que la inspiración por sí sola basta para emprender y acabar obras dignas de memoria como si la inspiración fuese otra cosa que una semilla capaz de esterilizarse o dar sazonados y copiosos frutos, según que el abandono o el esmerado cultivo agoten o desenvuelvan sus gérmenes de vida. No contento Pongilioni con la lectura y meditación de los principales autores españoles y de los clásicos antiguos, ha buscado, en literaturas extranjeras nuevas bellezas que admirar, nuevas sendas que recorrer, nuevas tentativas de adelanto hacia el ideal poético. Lamartine y V. Hugo, Byron, Goethe y H. Heine, Dante y Manzoni han sido bajo esto aspecto brillantes antorchas encendidas en su camino, fieles consejeros y expertos guías que lo han mostrado los precipicios que debía evitar, los dilatados espacios que debía recorrer. Hay esparcidas en estos poetas cuantas cualidades concibe la imaginación en el tipo ideal de la poesía: amplias miras y virilidad de la inteligencia, sentimientos y, pasiones que vibran, poderosamente con todos los tonos de la naturaleza, intuición, y entusiasmo llevados hasta la profecía. Pongilioni estudió a estos genios; y su estudio no fue perdido.
Dije ya que sus composiciones tienen para el público el interés de su indisputable mérito. Para mí tienen además otro interés no menor; pues, las contemplo asociadas a los mejores días de mi juventud y de mi vida. Estos son los días en que el pensamiento va conociendo con asombro el caudal de sus fuerzas; en que es virgen el sentimiento, la naturaleza ríe y el alma canta. El sol de la poesía brilla entonces siempre, como esas lámparas piadosas de los santuarios que arden infatigablemente noche y día. Unido a Pongilioni en esta época por los lazos de la amistad más verdadera, iguales ambos en edad y en nobles aspiraciones, juntos para la lectura y meditación de las mejores obras, no podíamos menos de contemplar bajo el mismo aspecto y resolver en la misma síntesis las diversas cuestiones que aun hoy se debaten en la arena literaria; no podíamos menos de influir mutuamente el uno en el otro en genio, en gusto, en crítica, en la manera de ver las cosas, que es la primera ciencia del poeta. Los mismos autores teníamos para el estudio, la misma naturaleza para teatro de nuestras observaciones.
Cuentan que, en los albores de la historia, cuando era joven la tierra y la cercaban mares vírgenes todavía, dos hombres ahuecaron el tronco de un árbol y se lanzaron a las aguas. Vieron desaparecer la orilla, renacer la ola perpetuamente de la ola, oyeron ruidos, gritos, murmullos y armonías desconocidos de los bosques y se sintieron abismados flotando entre el infinito del océano y el infinito del firmamento. Nada expresa mejor el estado del alma humana cuando despliega su vuelo por las altas regiones de la ideas; nada mejor nuestro estado propio en aquella época muerta ya en el tiempo, mas viva siempre en nuestra memoria. Porque de ella nunca pueden borrarse los años pasados en Sevilla, donde aun parecen vibrar las voces de Herreras y Riojas; donde la inspiración y la fe han escrito en lienzos, bronces y mármoles poemas imperecederos y maravillosos y una gloriosa pléyade de genios brilla con resplandor continuo, como soles sin ocaso. Horas y días de entusiasmo y meditación, de esas largas conversaciones en que se purifica el alma y dilata la inteligencia, hemos gozado en aquella ciudad, madre de artistas y poblada de tradiciones inagotables: paseando entre verdes arboledas cubiertas de azahar y llenas de penetrantes perfumes; vogando a lo largo del río a la sombra de sauces, cipreses y palmas; contemplando en Itálica las despedazadas ruinas de un gran pueblo; admirando el árabe alcázar de Abdalasis, don Pedro y María Padilla, o abismados en la catedral gótica, vibrante y animada con murmullos sonoros, venerable por su majestad y grandeza, donde entre las sublimes sombras resplandecen como estrellas en la noche y parecen moverse y andar las estatuas de santos, vírgenes, grandes hombres, obispos, mártires y reyes, y no se puede pensar sino en cosas infinitas. Entonces, con el alma estremecida, hubiéramos podido decir a la inspiración: amiga, hermana mía, tu mano me ha tocado y yo la siento.
Así, pues; el talento poético de Pongilioni y el mío, si es que alguno tengo, son hermanos gemelos que han dormido en la misma cuna y se han alimentado del mismo pecho, bajo el mismo sol y en iguales días. ¿Cómo, además de su indisputable mérito, no han de tener para mi un interés particularísimo estas poesías, cuando en ellas veo parte de mi propio pensamiento, a la manera que el autor verá el suyo reflejado en las mías? ¿Y con qué fin, ni bajo qué pretexto había yo de ocultar esta hermandad en el pensamiento y el arte, pues tanto me honra, siendo hoy el día en que mis excitaciones y deseos logran su empeño de que se publique este libro?
Ojalá lo sigan otros y otros de la misma índole, como lo espero; pues aunque el autor se propone abandonar la poesía, no cumplirá ciertamente su propósito: eso pueden hacerlo fácilmente los versificadores; pero el que es poeta, lo será hasta que se muera. Dicen todos que vivimos en un tiempo de indiferentismo y prosa. Yo no lo niego, pero en honor de la raza humana, creo que aun hay quien responda a la voz de la bondad, de la verdad y de la belleza: creo que aun existen inteligencias elevadas y corazones sensibles; personas para quienes la literatura no está fuera del número de las tareas serias, ni es el poeta un delirante, ni la poesía griego. A ellas y sólo a ellas se dirige este libro, para ellas fue escrito, y ellas sabrán darle el puesto que en su estimación merece. ¡Quiera Dios que sea tan distinguido y noble como lo tiene en el ánimo de quien dicta con efusión las presentes líneas!
Narciso Campillo.
Cádiz 24 de Setiembre de 1865.
¿Qué es este libro? Para el autor, una piedra miliaria en el camino de su vida; para algunos de su amigos, una serie de recuerdos de otros días; para el público, probablemente, un libro más.
A. P.
Cádiz: Setiembre 1865.
Inspiración
EL POETA
EL GENIO
EL POETA
Cádiz: 1853.