«Parecía una estampa, pero no representando un ángel, sino una niña del pasado siglo que mostrara un ajustado corpiño, una ancha falda hasta media pierna, una aglobada manga, todo en un color de rosa desvanecido y levemente violáceo, lleno de encajes y de bordados. Pero el encanto no estaba ella vestimenta, ni siquiera en la evocación, sino en la niña misma, espigada, sin ninguna de esas rollizas características que definen la infancia, toda ella hecha en un material moreno, vivo y mate, pétalo tierno de magnolia. El cabello partido en crenchas caía bucles por la espalda. Y las facciones perfectamente definidas hubieran sorprendido e inquietado en una niña si los ojos castaños, punteados de oro, no tuvieran una expresión inmensamente pueril. Días después la niña preguntó a la abuela: -¿Qué es una estampa? -Estampa... -dijo la abuela, cansada como estaba de la indagación constante-, estampa es... -una estampa inglesa. -¿Y qué es una estampa inglesa? -¡Ay! ¡Qué niña! Las que están en el escritorio del abuelo. -¿Cuáles?
-¡Ay! ¡Qué mosca! Esas que representan a dos caballeros, de levita roja, fumando largas pipas al lado de la chimenea. Y la otra, en que varios caballeros están bebiendo cerveza en una taberna. Y las otras dos, en que otros caballeros, también con levitas rojas, van de caza con unos perros. La niña pensó un rato y luego la sobresaltó con otra pregunta:
-Abuela: ¿para estar en una estampa se necesita ser caballero y llevar levita roja?». |