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Raíz del sueño [Fragmentos]

Marta Brunet





«Como si la cubrieran capas de velos, finos y adherentes, luchando con ellos largo rato, en la angustia y en la obscuridad, tableteando y repercutiendo el corazón y una carga de losa en el pecho. La voz estaba dentro de ella, perdida. Lúcidamente el cerebro impulsaba a la concentración que la haría emerger en un grito, como impulsaba a las manos a deshacerse de los velos, unos sobre otros, ahogándola. Hasta que el grito repercutía en la casa, rebotando en los salones y perdiéndose en el lago frío de los espejos. Al propio tiempo que una mano húmeda se aferraba al conmutador y la luz, súbitamente, echaba la pesadilla al pozo de lo pasado.

Pesadilla que la esperaba en el centro del sueño, que ya sabía que la esperaba, obligándola a mantenerse despierta, luchando por no dormirse, construyendo agotadores juegos de imaginación, inconexas figuras de recuerdos, alucinadoras esperanzas sin perfil. Como también sabía que al regresar a la vigilia, la madre estaría a su lado, con el largo flotante camisón arrastrando por el suelo. La trenza negra cayendo por la espalda y en la cara blanca del verdor de los ojos, brillantes, duros, con algo de la expresión del animal doméstico que bien puede lamer la mano como destrozarla de una dentellada».


(«Raíz del sueño»)                


«Una casa que se llamaba "Sotileza". Una mujer laboriosamente avejentada, con prolijas arrugas y parquedad de herramienta. Un hijo con los ojos vagorosos por los fondos de unos lentes, sumergido en la ácuea profundidad de su verde. Todo él lejano, ajeno de los acontecimientos, como si los lentes fueran un límite tras del cual se viere la vida sin participar totalmente en ella. Y una muchacha un poco más allá del filo de la adolescencia como un puño cerrado que aún no se sabe qué sorpresa guarda: si una medalla, una almendra, o una protesta -salida del hogar del Melero mitad de la firma, del que seguía a la "y" mitad del negocio, mitad del dinero, mitad de todo, mitad de ella misma, que nunca había sido por entero María Engracia, sino la chica de los Melero del almacén de la esquina.

El almacén lo abrió el abue1o. La casa la levantó el padre después que murió el abuelo. La firma se constituyó cuando la mujer se quedó sola, con el niño dubitativo divagando entre tercios de yerba, bolsas con nueces, y cajones de jabón que no tenían para él más firmeza corpórea que las nubes. Se asió para ello al nombre de ese otro Melero montañés, desconocido y providencial, de tosca hombría llegado a América con unas pesetas atadas en la punta de su pañuelo de hierbas, ávido de fortuna».


(«Un trapo de piso»)                


«Parecía una estampa, pero no representando un ángel, sino una niña del pasado siglo que mostrara un ajustado corpiño, una ancha falda hasta media pierna, una aglobada manga, todo en un color de rosa desvanecido y levemente violáceo, lleno de encajes y de bordados. Pero el encanto no estaba ella vestimenta, ni siquiera en la evocación, sino en la niña misma, espigada, sin ninguna de esas rollizas características que definen la infancia, toda ella hecha en un material moreno, vivo y mate, pétalo tierno de magnolia. El cabello partido en crenchas caía bucles por la espalda. Y las facciones perfectamente definidas hubieran sorprendido e inquietado en una niña si los ojos castaños, punteados de oro, no tuvieran una expresión inmensamente pueril.

Días después la niña preguntó a la abuela:

-¿Qué es una estampa?

-Estampa... -dijo la abuela, cansada como estaba de la indagación constante-, estampa es... -una estampa inglesa.

-¿Y qué es una estampa inglesa?

-¡Ay! ¡Qué niña! Las que están en el escritorio del abuelo.

-¿Cuáles?

-¡Ay! ¡Qué mosca! Esas que representan a dos caballeros, de levita roja, fumando largas pipas al lado de la chimenea. Y la otra, en que varios caballeros están bebiendo cerveza en una taberna. Y las otras dos, en que otros caballeros, también con levitas rojas, van de caza con unos perros.

La niña pensó un rato y luego la sobresaltó con otra pregunta:

-Abuela: ¿para estar en una estampa se necesita ser caballero y llevar levita roja?».


(«La niña que quería ser estampa»)                






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