Sacerdotisas cristianas y paganas
Concepción Gimeno de Flaquer
Hase reconocido en todos tiempos el sacerdocio moral que la mujer ejerce en la humanidad, y los pueblos más antiguos tuvieron el instinto de conferirle el sacerdocio oficial, por el cual obtuvo la mujer alta misión al tomar parte activa en las instituciones religiosas. Todo lo debe la mujer a la religión: entre los paganos, el haber sido la mujer asociada a los misterios religiosos, fue motivo suficiente para que de cosa la elevaran hasta hembra; el cristianismo hizo más todavía: convirtió a la hembra en mujer. En los siglos de gloria y prosperidad de la culta Grecia, fue grande el número de mujeres entregadas a las funciones del sacerdocio. Los santuarios de Apolo en Delfos, de Minerva en Atenas, de Diana en Efeso y de Ceres en Eulises que se sostenían con tanta suntuosidad, fueron dirigidos por mujeres. Los cargos que ejercían las sacerdotisas en los santuarios de Grecia, eran muy nobles: las sacerdotisas enseñaban a las mujeres la religión, la moral y las reglas de economía doméstica, dirigían el culto, eran iniciadas en los misterios y pronunciaban oráculos. Este don de profetizar dio fama a la sacerdotisa Pitia, que en el célebre templo de Delfos era la intérprete de Apolo, y pronunciaba sus oráculos subida sobre un trípode. La superstición de aquellas remotas épocas hizo que hombres superiores por su valor y su inteligencia escucharan los pronósticos de la pitonisa con la mayor veneración. Pirro, Nerón y Alejandro Magno, fueron, entre otros, los que se prosternaron ante la joven Pitia para que les descifrase los misterios de lo porvenir. Alejandro Magno, después de haber oído con fervor a la pitonisa, fue diciendo por todas partes que aquella le había dicho sería invencible. Las pitonisas más célebres han sido la pitonisa de Delfos y la pitonisa de Endor. Las sacerdotisas del Partenón ilustraban a las mujeres, proponiendo a Minerva, diosa de la sabiduría, como modelo. A las sacerdotisas se les confiaban difíciles cuestiones para que las dirimiesen, y la influencia de ellas fue grande en el arte y en la legislación. Los egipcios, celosos de la influencia moral de la mujer, solo le dieron un segundo lugar en el templo; pero sin embargo, tuvieron la esfinge, encargada de proponer arduos problemas que pocos hombres sabían resolver, lo que demuestra que también atribuían a la mujer la facultad de adivinar todo lo más abstruso. Los galos fueron más galantes con las mujeres, y admitieron en su religión a las druidesas, sacerdotisas que adivinaban lo futuro y que estaban iniciadas en los profundos secretos de los druidas. Los sectarios de Teutates tuvieron sacerdotisas dotadas de don profético.
En Asia, el santuario de Comana tuvo innumerables sacerdotisas, pero como prodigaron mucho esta noble profesión, no inspiraban respeto. Entre las sacerdotisas de la antigüedad, ningunas han inspirado el fervor que las sibilas en Roma. Las sibilas son muy antiguas. Eliano las hace florecer 800 años antes que Moisés: la primera sibila se denominó Sambete. Las sibilas aparecieron simultáneamente en distintos países. Se les imponía la misión de trasmitir la voluntad de los dioses, y escribían los apotegmas y los pronósticos en hojas de encina. Los romanos las consideraban como seres de naturaleza superior. Los oráculos sibilinos campean en toda la historia de la antigua Roma, como los oráculos píticos en la de Grecia. La creencia en las sibilas fue la última fe de los paganos; y el paganismo no murió verdaderamente hasta que desaparecieron las sibilas. Los libros sibilinos son una verdad histórica, como lo es el famoso Corán de los mahometanos. Los libros sibilinos se conservaban en el Capitolio escritos sobre lienzo y encerrados en una urna de piedra. Augusto los hizo trasladar con gran pompa desde el Capitolio al templo de Apolo Palatino. Josefa, antiguo historiador, trascribe una página de los libros sibilinos. San Justino, San Jerónimo y San Clemente de Alejandría, citan algunos versos sibilinos, por hallarse muy en armonía con la religión cristiana. Virgilio consagra un importante papel en la Eneida a la sibila de Cumas. En los libros sibilinos se ha encontrado moral evangélica, y por esta razón los artistas cristianos han tomado por asunto de sus obras los misteriosos tipos de las sibilas.
Donde ha dejado Miguel ÿngel más clara la huella de su portentoso genio, ha sido en la Capilla Sixtina, representando a las sibilas entre los profetas. En los magníficos frescos de Santa María de la Paz, debidos al sublime pincel de Rafael, se encuentran hermosos grupos de sibilas, que brillan por la majestad y por la gracia. No fue de menos importancia que las sibilas el cuerpo sacerdotal de las vestales, sacerdotisas de la diosa Vesta, diosa del fuego, o diosa del hogar. Se consagraba a Vesta un fuego eterno que ardía en el altar doméstico; las vestales estaban encargadas de no dejarlo extinguir: Las vestales se elegían entre las familias más aristocráticas, y no debían tener ningún defecto corporal. El servicio consagrado a la diosa Vesta duraba treinta años, y durante él se hacía voto de castidad; pasados los treinta años la sacerdotisa virgen podía casarse. Entraban en el sacerdocio a la edad de seis años.
Las vestales son más antiguas que las pitonisas que existían antes de la fundación de Roma: Numa las instituyó en esta ciudad. Hubo vestales en muchos pueblos; en México, en la época en que los indios idólatras adoraban al dios Huitzilopuxtli, había vestales llamadas hijas de la penitencia, y les estaba confiado el ornamento del templo y la preparación de la mesa para los sacerdotes. Las vestales gozaron en Roma de grandes privilegios y honores; si un condenado, al ir al suplicio, encontraba en el trayecto que debía recorrer a una vestal, quedaba absuelto.
De los treinta años que consagraban las vestales a su ministerio, invertían diez en aprender sus deberes, diez en practicarlos y diez en enseñarlos a las novicias. Si alguna de ellas tenía que cambiar de aire por falta de salud, el gran Pontífice confiaba su custodia a una matrona romana de reconocida virtud, y la matrona consideraba el cuidado de la vestal como una distinción que jamás cedía. Las vestales tuvieron uniforme, el cual consistió en una túnica fina, blanca como la nieve, y en un largo manto de púrpura que descendía por la espalda dejando un brazo descubierto. La principal misión de las vestales, era mantener noche y día el fuego sagrado, sin dejarlo apagar; durante la noche, ofrecían sacrificios a Vesta y rogaban a los dioses por la felicidad y la conservación del imperio romano. La plegaria de una vestal creíase sumamente eficaz. Las vestales eran consejeras públicas; en las familias imploraban la autoridad de ellas, reconciliaban a los enemigos, y hasta dictaban leyes. Con sus bienes sostenían a los indigentes, prohibiendo la mendicidad.
Terribles castigos se imponían a las vestales que fallaban a sus deberes: si dejaban apagar el fuego sagrado, las flagelaban, y si fallaban al voto de castidad, las enterraban vivas.
Entre los pueblos politeístas, los que han tenido mayor número de diosas y de sacerdotisas, han sido los más corteses con la mujer; por eso los galos y los germanos estuvieron siempre rendidos ante el sexo femenino.
El cristianismo tuvo también sacerdotisas desde los tiempos de la primitiva Iglesia; denominábanse diaconisas. Es indudable que estas mujeres formaron parte del clero, y que eran ordenadas de un modo semejante a los diáconos.
Las diaconisas nacieron en Oriente; la creación de ellas respondió a una gran necesidad. Siendo el interior de las familias orientales inaccesible a los hombres, las mujeres tenían que penetrar en los hogares para asistir a los enfermos y distribuir limosnas. Los apóstoles formaron un cuerpo de diaconisas, y en la epístola de San Pablo a los romanos son mencionadas. Las funciones que ejercían las diaconisas se denominaban Viadutus, derivándose este nombre del estado a que ellas pertenecían, pues las diaconisas eran viudas. Las diaconisas ejecutaban las órdenes del obispo en todo cuanto se relacionaba con las mujeres, adornaban el templo, consolaban a las prisioneras, cuidaban a las enfermas, y como antes de entrar en la orden habían vivido en el seno de la familia, hallábanse dotadas de experiencia, y podían aconsejar con la mayor sensatez. La diaconisa representaba en las familias el papel que más tarde empezó a representar el confesor. Las diaconisas contribuyeron a la rápida propagación del cristianismo; ellas divulgaron en las familias los caritativos y puros principios de esta saludable doctrina.
Al morir las diaconisas, no han desaparecido las sacerdotisas cristianas porque existen las hermanas de la caridad.
El catolicismo tiene dos templos: la iglesia y el hogar; las modernas sacerdotisas de estos dos templos son la madre de familia y la hermana de la caridad.