| MORETO, Primero es la honra. | ||
Mientras esto pasaba en Valladolid y andaba tan alborotado el palacio con la muerte del señor de Haro, nuestro lindo Jimeno daba la vuelta a Cuéllar a todo el galope de su caballo, acompañado de algunos hombres de armas para mayor seguridad en aquel país tan revuelto.
Al llegar a Tudela de Duero, a pesar de los riesgos que podía correr viendo que sus soldados no podían caminar tan a prisa como él quisiera, se adelantó a su gente con intención de llegar a Cuéllar aquella noche.
El más vivo deseo le punzaba de volverse a ver en el castillo para llevar adelante su infame plan contra la desdichada Zoraida.
Había ya decidido a Saldaña contra ella completamente, y viendo que nada podía alcanzar con las amenazas, la había acusado ante el tribunal eclesiástico para que la prendiesen y castigasen como a hechicera, dispuesto a sostener en persona la acusación. Pero antes de entregarla a la muerte o, lo que es lo mismo, a sus jueces, quería ver si el amor a la vida vencía en fin la obstinación de aquella infeliz, que muerto ya Usdróbal, sin tener nadie que la amparase, acaso se entregaría a él para que la libertase de tamaño peligro y la vengase de su enemigo. Tenía para esto en su favor la industria y secreto con que había urdido sus tramas, puesto que en la última aventura de Usdróbal no parecía que él hubiese tenido parte alguna en otra cosa que en haber querido favorecer a Zoraida y poner en salvo a Leonor, cumpliendo lo que había prometido, y no siendo culpa suya que los sorprendieran en aquel lance.
Aparentaba, además, hacer tales esfuerzos para templar la cólera de su señor, que nadie hubiera creído que él era quien le inducía a arrojar de allí y a enviar al patíbulo a aquella desdichada mujer, a quien al mismo tiempo estaba fingiendo amar tan de veras. No obstante, Zoraida desconfiaba de él, y aunque a veces le creía inocente de algunas supercherías, siempre le miraba con recelo, y le había cerrado la puerta de su habitación, no pudiendo menos de aborrecerle.
Allí sola, sin ver a nadie, pasaba sus días en la agonía de la muerte, y sólo alguna vez dejaba su estancia para espiar los pasos de Saldaña y vengarse en cierto modo presentándose a su vista y gozándose en su turbación.
Completamente restablecido de sus heridas el señor de Cuéllar, aunque combatido siempre de su misantropía, y a pesar de los continuos combates que tenía que resistir de las tropas que mandaba el de Iscar, no pensaba sino en Leonor, y la infeliz prisionera, que ignoraba la sublevación, privada ya de toda esperanza de libertad, no tenía otro consuelo en su cautiverio que sus lágrimas y la soledad; cada visita que le hacía Saldaña era un nuevo martirio, y la desaparición de Elvira, que había faltado del castillo, o a lo menos no vivía ya con ella, la había privado de la única amiga a quien pudiera comunicar su dolor. Recelaba, además, que Saldaña hubiera hecho apartar a su hermana de allí para poder obrar con más libertad, y aunque la cortesanía y el respeto que siempre usaba con ella pudieran tranquilizarla, temía, no obstante, la hora fatal en que aquel hombre vicioso, cansado de sus desdenes, dejase de respetarla como dama para tratarla como cautiva.
Entretanto, el paje se acercaba a Cuéllar a rienda suelta. Luego que llegó al castillo echó pie a tierra de su caballo y subió a dar cuenta a su señor de su comisión. Contóle cuanto había visto en la corte, y concluyó su relación, que apenas había oído Saldaña, con la promesa que el rey le hizo de venir en persona a sujetar los rebeldes.
-Está bien -dijo Saldaña-; tú cuidarás de prepararle el recibimiento. Y de Zoraida, ¿cuándo piensas librarme de ella?
-Mañana mismo, señor, llegarán los enviados del tribunal a prenderla; he presentado mi acusación en forma y se han horrorizado todos.
-¿Y con qué testigos cuentas? -preguntó Saldaña.
-Cuantos viven en el pueblo y en el castillo están persuadidos de sus brujerías y creen que os tiene hechizado; bien es verdad que no lo creo yo menos que ellos.
-Está bien, basta -replicó el de Cuéllar-; líbrame de ella y no tenga yo nada que ver con su muerte. ¿Y el rey, qué gente de armas crees tú que traiga consigo?
-No os lo puedo asegurar -repuso Jimeno-, pero siempre serán de tres a cuatro mil hombres.
-¡Oh! -exclamó Saldaña con una sonrisa que rara vez animaba su fisonomía-. En este caso su hermano va a tener que rendirse, y ella es mía.
Miróle Jimeno sorprendido con la alegría del señor de Cuéllar, cosa tan nueva para él como para el mismo que la sentía.
-Ya veo, señor, que vais todavía a ser feliz. ¿No os dije yo que las fatigas de la guerra, nuevos amores y el bullicio de la corte eran el mejor remedio para vuestra enfermedad?
-Quita allá, necio -respondió Saldaña, que había vuelto a su estado habitual de tristeza-; solamente una cosa podría hacerme dichoso, y no es ninguna de las que dices. ¡Ay! ¡Y quién sabe tampoco si sería yo entonces feliz!
Detúvose aquí con muestras de pesadumbre, y ambos interlocutores guardaron un momento silencio.
-Será preciso ir disponiendo a Leonor -pensó Saldaña-; sí, vamos.
Y levantándose de su asiento echó a andar pensativo y sin mirar al paje hacia la habitación de Leonor.
-Está loco, no hay duda -dijo éste después que se hubo alejado-; allá se las avenga, yo hago lo que quiero de él, y a mí me viene bien su locura. Yo también voy a ver cómo lo pasa Zoraida, y si me puedo introducir en su cuarto.
Ocupado, pues, de sus pensamientos, llegó Saldaña a la puerta de la habitación de Leonor, y habiendo pedido permiso para visitarla, bajo pretexto de traerle noticias de su hermano, aguardó la vuelta de la camarera, que no tardó mucho tiempo.
Concedida la licencia entró el conde, y después de haberle cortésmente preguntado por su salud, tomó asiento enfrente, algo apartado, no sin alguna turbación, y casi sin atreverse a mirarla.
Leonor apenas le contestó a sus preguntas, pero llena de ansiedad le preguntó por su hermano.
-Se ha recobrado del todo -respondió Saldaña-, pero tengo, no obstante, que daros una mala noticia.
-¡Hablad! ¿Qué hay? ¿Está preso? -preguntó Leonor toda asustada.
-Por ahora no -replicó el de Cuéllar-; pero, ¡ay de él si llegan a aprisionarle!
-Pero, ¿qué ha hecho? ¿Qué hay?
-Sosegaos, señora, y oídme -respondió Saldaña-. Un enjambre de ilusos han tomado las armas y proclamado rey a don Alfonso de la Cerda, rebelándose contra don Sancho, y vuestro hermano los capitanea. Sus fuerzas, aunque numerosas, consisten la mayor parte en hombres que apenas han tomado en su vida un arma en la mano, y no son temibles por consiguiente. Se encuentran, además, aislados, y sin esperanza de auxilio por ningún lado; todo lo cual hace creer que se verán muy pronto forzados a entregarse y a sufrir en tal caso la pena a que la ley condena al traidor.
-Eso no -repuso Leonor con altivez-; mi hermano podrá morir peleando o perder su cabeza en un cadalso, pero su fama quedará sin mancha, su nombre no perderá por eso el lustre que le dieron nuestros abuelos, y la nota de infamia caerá sobre el vencedor.
-Sea como decís -replicó Saldaña-, y aun más diré: que usa de su derecho como caballero; pero no por eso es menos triste su situación. Su aprehendimiento y su muerte son seguros.
-Cumpla mi hermano como deba -replicó Leonor- y sea cualquiera su suerte. Yo desdoraría la gloria de mi linaje y negaría la sangre que por mis venas corre si de otro modo le aconsejara. Ha tomado las armas por su patria contra un tirano y en favor de su rey. Mi padre le hubiera consejado lo mismo, y yo, aunque le amo más que a mí misma, no puedo menos de aprobar lo que ha hecho.
Los ojos de Leonor brillaban con entusiasmo mientras hablaba, su fisonomía mostraba un carácter determinado, y en su ademán noble y hermoso aspecto había algo capaz de fascinar y enamorar un hombre de hielo. Mirábala Saldaña con pesadumbre, contemplándola tan hermosa y animada al mismo tiempo, y viéndose a su parecer detestado de aquella mujer en cuya posesión hubiera él cifrado toda su dicha.
Este sentimiento de cariño y de amarga desesperación no pudo menos de henchir su corazón de llanto, que para mayor pena suya, lejos de servirle de desahogo derramándose por sus ojos, combatía su alma como el mar que en la más deshecha borrasca no puede traspasar sus orillas.
-¡Quién más desdichado que yo! -exclamó-: ¡yo que te adoro, que veo en ti en este mundo mi felicidad y en el otro mi salvación, que habría de haber sido tu esposo, y que hubiera hallado en ti una mujer hermosa, sensible, heroica, una mujer, en fin, como no hay ninguna en el mundo, y que ahora me veo aborrecido de ti! ¡Oh!, a la verdad es demasiado sufrir. Sí, tienes razón, Leonor, tu hermano es un héroe, la causa que defiende es justa; don Sancho es un tirano, un usurpador, un mal hijo; peor que yo es el rey que elegí, que me distingue, y debe ser tan perverso como yo cuando hace de mí tanto aprecio. Pero no importa, si él me ha colmado de beneficios, yo le seré desagradecido, yo me rebelaré contra él, yo le asesinaré hospedándole en mi castillo: habla, Leonor, mándame que lo haga, y volaré en seguida con mis tropas a aumentar el número de los que han seguido a tu hermano. ¡Oh! -continuó, arrojándose a sus pies-, ámame, ámame, y don Alfonso de la Cerda puede contar con un amigo más y un poderoso aliado.
-No, Saldaña; levantaos, y no penséis tan bajamente de mí -replicó Leonor-. ¿Por qué os había de engañar? No os amo, pero tampoco es decir esto que os aborrezca. Os aborrecería, no obstante, sí abandonaseis vuestro partido, si viese que os mostrabais desagradecido a los beneficios que os ha prodigado don Sancho. No creáis nunca, Saldaña, que para buscar aliados a mi hermano me valga yo de medios tan bajos.
-Perdonad, señora, mi arrebato -replicó el de Cuéllar, más sosegado-: tenéis razón, y yo mismo, a pesar de todo, no haría..., ¿pero qué digo? haría cuanto vos quisierais. Pensad, sin embargo, en las circunstancias peligrosas en que se ve vuestro hermano; considerad que acaso puede necesitar un día algún amigo que le proteja contra la injusticia. ¿Querríais vos ver a vuestro hermano, puesta la soga al cuello, marchando por las calles públicas, conducido al cadalso por el verdugo? ¿Querríais oírle nombrar traidor y ver rodar su cabeza ensangrentada por tierra?
-¡Saldaña! -exclamó Leonor horrorizada-: ¡Basta, por Dios!, tened compasión de mí.
Saldaña prosiguió diciendo:
-¡Dichoso, sí, si no hubiera otro mundo! Pero inquieto allí mismo y penando, él volvería a reconveniros por haberle dejado morir. Y no lo dudéis, el triunfo es nuestro, y Hernando va a ser víctima de su entusiasmo. El rey va a llegar con un numeroso cuerpo de aguerridos veteranos; nuestros espías son mejores y más diestros que los suyos; allí mismo, en su campo, hay quien se ha ofrecido ya a asesinarle o a entregarle vivo, y su desgracia es tan cierta como que el sol nos alumbra.
-¿Y qué queréis decir con eso? -preguntó Leonor conmovida-: ¿acaso os complacéis haciéndome padecer?
-¡Ojalá, Leonor -contestó Saldaña-, sufriese yo aún más de lo que sufro y fueras tú feliz de ese modo! No, mi intención no es ésa; yo quiero hacerte ver solamente lo desdichado que soy. Figúrate un hombre que te idolatra, y que por la dura ley del honor se ve obligado a emplear sus armas contra tu hermano, quizá a encontrarse y a tener que pelear con él en el campo; un hombre que si ya no es detestado de ti por lo que ha hecho, va a serlo por lo que le queda que hacer. ¡Ah! Tu hermano entregado al verdugo, bañando el cadalso con su noble sangre, es más dichoso que yo. A él le queda la ilusión de la gloria para aquel momento, la esperanza de un ilustre nombre en la posteridad y las alabanzas de su partido; mientras a mí, que en nada de esto cifro mi gloria, y que sólo quisiera vivir en paz, y ser amado de ti, no me queda que aguardar sino la vida, tu odio y mis eternos remordimientos.
-Sí, Saldaña -respondió Leonor-, tú te ves precisado a combatir con él, pero no es de caballero tender asechanzas y hacer asesinar vilmente al enemigo que se presenta noblemente en el riesgo. Si le rodean traidores, tú debes avisarle, al mismo tiempo que no debes huirle la cara frente a frente en el campo.
-Piensa, Leonor -respondió el de Cuéllar-, que nada me quedará que hacer por librarle; vive persuadida de que hasta ahora está seguro de los asesinos que le cercan, y de que yo he dado orden de que se respete su vida, y cree también que aun si cayera prisionero del rey, yo interpondría todo mi valimiento para salvarle. Sí, todo por ti, Leonor, todo por ti, por quien estoy pronto a exponer riquezas, vida, honra, en fin, cuanto puede exponer un hombre.
-Y yo te lo agradeceré toda mi vida, y si hasta ahora no he tenido de ti sino memorias odiosas, entonces tendré al menos un recuerdo que me hará pensar en ti con agrado, y te miraré no como a mi perseguidor, no como al enemigo de mi familia, sino como al libertador de mi hermano.
-¡Un recuerdo!, ¿y no más? -exclamó Saldaña-; pero tampoco merezco yo más. Tienes razón, Leonor, un recuerdo tuyo debe bastarme, y es el único premio que tengo derecho a exigir de ti.
El tono melancólico con que pronunció estas palabras y la resignación que manifestaba a su suerte tal vez hubieran enternecido a Leonor si la idea del riesgo en que se encontraba su hermano no tuviese únicamente ocupada su imaginación.
-Yo confío -le dijo- en que apartaréis de mi hermano cuantos lazos puedan tenderle los que no saben librarse de sus enemigos si no es valiéndose de traidores y de asesinos. Si su suerte fuera morir al frente de sus partidarios, en tal caso no desmentiría yo la entereza de una dama de mi jerarquía, le lloraría en silencio, y me resignaría a mi desgracia. Pero si yo le veo aprisionado o muerto, no por el valor sino por la ratera astucia de sus enemigos, contad, Saldaña, con mi eterno aborrecimiento, vos y cuantos sean sus contrarios.
Diciendo así se levantó de su asiento, y habiéndole pedido permiso para retirarse a otra sala, se despidió de Saldaña, a quien enamoraban cada día más las nuevas virtudes y gracias que descubría en su prisionera, al mismo tiempo que aumentaba su desesperación el horrible contraste que ofrecían su corazón y el de ella si los comparaba.
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| El caballero del Sacramento | ||
Cuenta la historia que así como el paje separó de su amo, se dirigió a la habitación de Zoraida, cuya puerta halló cerrada, y tardó mucho tiempo en hacer que le abriera la esclava que la servía.
-¿Qué queréis? -le preguntó ésta-. Ya sabéis la orden de mi señora, que me ha prohibido que os deje entrar.
-Abre, niña -repuso el paje en tono muy dulce-; yo no vengo a ofenderla; o bien, ve y dile que vengo de parte de mi señor.
La esclava obedeció al punto, y al cabo de un rato volvió a abrir la puerta, y entró Jimeno después de halagarle las mejillas con dos o tres palmaditas suaves. Al entrar él, Zoraida se levantó con fiereza, aunque en medio de su resolución se notaba cierto temblor convulsivo en todo su cuerpo.
Lucía en su mano derecha una daga desnuda, con que parecía amenazarle, pero su semblante estaba ya muy caído; pálida y desmejorada, apenas ofrecía ya a la vista aquel conjunto de orgullo y de hermosura que tanto la distinguía.
-Jimeno -le dijo con voz tan abatida como su rostro, pero que no desmentía por eso la audacia de sus palabras-, si habéis venido a ultrajarme, entrad y me veréis morir aquí mismo; dad un paso más con esa intención, y me atravieso el pecho con esta daga.
Turbóse el paje sorprendido de tanta resolución, y sin atreverse a adelantar un paso quedó inmóvil, mirándola con sorpresa.
-Serénate, Zoraida -dijo aparentando el mismo abatimiento que ella-. Conozco mi mal comportamiento contigo; te he dado motivos bastantes para hacerte desconfiar de mí; pero ¿qué sacrificios hay que yo no haya hecho después para hacerte olvidar tus ultrajes y mi infamia? ¿No he estado a pique de perecer por librarte de tu rival? ¿No te he salvado dos veces la vida del furor de Saldaña? Y ahora mismo, créeme Zoraida, vengo a librarte de la horrible muerte que te preparan.
-Jimeno -repuso la mora-, ¿qué me importa morir? ¿Ves tú que me rodeen tales dichas que deba sentir perderlas, ni que me halague la esperanza más remota para lo futuro? ¿Ves tú cómo vivo, y puedes creer no cifre yo mi única esperanza en la sepultura? Vete, pues; nadie puede oponerse a lo que está escrito en el libro de los destinos; vete, y déjame morir en paz.
-¡Ah! -exclamó Jimeno-: tú no sabes el tremendo fin que te aguarda, tú no sabes qué genero de muerte te apercibe tu fatalidad.
-Cualquiera que sea -replicó la mora- será más dulce que vivir como vivo.
-¿Y tu venganza? -repuso el paje.
-¿Qué me importa después de muerta?
-Zoraida, voy a declararte la horrible trama que hay contra ti. Sancho Saldaña, lleno de odio hacia ti, y por librarse de tu presencia, te ha delatado al tribunal eclesiástico por hechicera. Si niegas que lo eres, el tormento, que hará polvo tus huesos, te obligará a confesar cuanto quieran aquellos fanáticos, sufrirás la prueba del guantelete de fuego en que meterán esa mano de marfil, que sólo debería quemar el amor con sus labios, pasarás por once barras ardiendo que abrasarán tus delicados pies, que ahora son gloria del suelo que pisas. Tú no tienes a nadie que te defienda, ningún caballero tomará por ti la demanda, y todos te odiarán, y te maldecirán creyéndote bruja con la mejor fe del mundo. Tal es la suerte que te espera; seré breve, voy a pintarte la que te aguarda si te entregas a mi voluntad. El castillo de Cuéllar no es el único castillo que hay en el mundo. No lejos de Córdoba, en medio de la abundante y deliciosa Andalucía, posee un caballero pariente mío una fortaleza magnífica, rodeada no sólo de fuertes muros, sino de frondosos jardines, bajo un cielo de cristal purísimo, que junto a ellos son arenosos páramos los tan ponderados de este castillo. Es aquel el país de las bellas y de los amantes, aquel el suelo que tantos recuerdos conserva y tantas maravillas muestra de lo que fueron y fabricaron tus padres; de allí se dijo con razón que ríos de miel y de leche fecundaban aquellas tierras; allí tu vida...
-Basta, Jimeno -interrumpió Zoraida-; ni la vida ni la venganza quiero de ti; te odio, y prefiero mil tormentos y mil oprobios a deberte mi salvación.
-Piensa más tus respuestas -repuso el paje-; los momentos son preciosos, cada instante que pasa te acerca a la eternidad. Los jueces que te han de oír no harán sino lo que quiera Sancho Saldaña. Son, además, fanáticos y supersticiosos como él, y tienes contra ti la opinión del vulgo bárbaro, que hace mucho tiempo te cree hechicera. Todos pedirán a gritos tu muerte, y tus lágrimas, tus ruegos y tu belleza no te valdrán siquiera una muestra de compasión.
-Tu vista -replicó Zoraida- me horroriza más que cuantos tormentos me pintas.
-No hago caso de tus palabras -repuso Jimeno-; lo que me importa es salvarte, y quizá dentro de algún tiempo me sea imposible; sígueme.
-Jamás.
Tan horrible te parezco que aún dudas escoger entre el cadalso y mi amor? -preguntó el paje-. Piensa, Zoraida, lo que vas a decir; no te dejes llevar de tu resentimiento conmigo, y obra no por amor de mí, sino por tu propia conveniencia y seguridad.
-He dicho -respondió la mora con entereza.
-¿Has elegido ya? -preguntó el paje con cierta sonrisa irónica.
-Sí -repuso con firmeza Zoraida-; la muerte.
-Pues bien, yo también me gozo en que mueras -replicó el paje mudando de tono con mucha calma-. También hay placer en ser malo; sí, yo mismo te acompañaré al tribunal, al patíbulo, te perseguiré hasta que expires, y me burlaré de tus súplicas cuando te acuerdes de que he podido salvarte y quieras que entonces te salve. Desengáñate, tú no estás acostumbrada a sufrir, y la vista del cadalso y los martirios de la tortura te harán arrepentir aún y cambiar de opinión. Todavía te has de arrojar tú misma en mis brazos.
-Jimeno -contestó la mora-, tu perversidad prueba esa calma irónica con que hablas; ni aun sientes la pasión de la ira viéndote despreciado de la que dices que amas. Tú no haces sino calcular lo que has de decir. Huye, monstruo: ¿qué vale un mundo en que habitan y medran seres tan viles como tú?
-No, no siento nada, como tu dices -prosiguió el paje con la misma sangre fría y tono irónico-, ni aun siento deseos de vengarme de ti; pero tú no sabes aún hasta dónde llega mi perversidad; sabe que yo, que trataba de libertarte, yo que te amo, yo soy tu acusador ante el tribunal.
En este momento las puertas de la habitación se abrieron de par en par, y dos hombres vestidos de negro, de siniestro aspecto y con traza de alguaciles, entraron en el aposento. Eran sus fisonomías de aquellas en que se nota, al mismo tiempo que el sello de la estupidez, el de la crueldad que suele dar el oficio. Venía tras de ellos, a corta distancia, un eclesiástico, marchando con pasos muy mesurados, y murmurando entre dientes algunos rezos, y junto a él, trémulo, pálido, y sin atreverse a alzar los ojos del suelo, caminaba el mismo Sancho Saldaña. Los remordimientos que le despedazaban continuamente se habían aumentado en aquel instante en su corazón al verse forzado él mismo a entregar al verdugo aquella mujer cuyo único delito era amarle, a quien él mismo había sacrificado y perdido, y cuya inocencia del crimen que la imputaban debía de ser para él tan clara como la luz del sol. Aquella mujer que había hecho en otro tiempo su felicidad, a quien él había desdeñado tan sin razón, y cuyo amor iba él a premiar llenándola de infamia y haciéndola quemar viva. No podía menos de horrorizarse de sí mismo viéndose delante de ella. Apenas acertaba a moverse, y sentía un dolor agudo en su corazón, como si lo atravesasen con un puñal de dos filos. Motejábase de infame y de malvado entre sí, teníase por más despreciable y bajo que el insecto más infeliz, se apiadaba de ella, pensaba en los martirios que iba a sufrir, en las maldiciones que le echaría en la hora de su muerte; veíala irse quemando poco a poco reclinada sobre la hoguera, y, sin sentirlo, él mismo se despedazaba las manos, hincándose las uñas hasta los huesos, y rechinaba los dientes, pero no por eso cambiaba de resolución.
Mirábale atentamente Zoraida, sorprendida de verle allí, sin osar todavía imaginarse que era aquel mismo hombre que la había amado tanto el mismo que la condenaba a morir de aquel modo. Parecíale imposible que fuese él, y más de una vez creyó que le engañaban sus ojos. Pero no había que dudarlo, era Saldaña; era su amante, el que tantas veces le había jurado que la adoraría eternamente; era el mismo que estaba allí, y que venía acompañando a los que venían a prenderla; era Saldaña, que hubiera querido en aquel momento que se hundiese la tierra bajo sus pies por no verse delante de ella representando tan villano papel, que llevaba en su alma su más cruel suplicio, pero inmutable, fijo, inexorable en su bárbara resolución.
Los dos hombres y el eclesiástico se adelantaron hacia la mora, que distraída, mirando fijamente a Saldaña, no hacía caso de nada de lo que le rodeaba, mientras él, avergonzado y cabizbajo, se había quedado inmóvil en el umbral de la puerta. Sólo el paje parecía haber conservado toda su serenidad, aunque algo sorprendido de la llegada de aquellos hombres, a quienes él no esperaba hasta el día siguiente, no obstante que a veces solía cambiar de color cuando miraba a Zoraida. Los dos satélites del tribunal rodearon a la mora, y el sacerdote, después de haber hecho su venia a Saldaña, que casi no le miró, colocándose delante de ella, leyó con voz muy campanuda y sonora el acta de prisión, que estaba en latín, y en que le ordenaban se apoderase de la persona de aquella mujer, acusada de usar de maleficios y hechizos para cautivar a los hombres.
No entendió Zoraida, como es de presumir, ni una palabra de las que el mandamiento rezaba, hallándose escrito en lengua que le era extraña, pero no por eso dejó de conocer de lo que se trataba, y mucho más cuando oyó a los dos piadosos oficiales del tribunal intimarle la orden de entregarse presa a tiempo que cada uno por su lado la sujetaba tan fuertemente de un brazo que la obligaron a dar un grito. No pudo menos Saldaña de apartar los ojos y volver la cabeza a otro lado en aquel instante. El sacerdote hizo señas a los dos ministros que la sacasen de allí, y el paje se sonrió como podría sonreírse un demonio.
Había vuelto Zoraida de su primer asombro, y recobrando todo su ánimo, no pudo menos de echar una mirada de triunfo a Saldaña, gozosa, en medio de su desgracia, con los tormentos que aquella escena causaba en su corazón.
Sin duda, ella en aquel momento era mucho más dichosa que él, puesto que podía levantar su frente sin rubor, serena, y sin la marca de la vergüenza, mientras que su pérfido amante se veía allí delante de ella con todo el abatimiento y el oprobio de un hombre cuyo crimen le hace detestarse a sí mismo.
Al pasar junto a Saldaña sintió éste un frío por todo su cuerpo tan intenso que le penetraba hasta los huesos, sus rodillas se doblaron, y quiso articular algunas palabras. Sólo se le pudo entender que decía:
-¿Me perdonas?
Zoraida le miró con desdén y menosprecio.
-No -le contestó-; jamás te perdonaré. Tanto cuanto te he amado te aborrezco. Te he perseguido, he querido vengarme de ti, pero no me movía a hacerlo más que mi amor. Podías en un acceso de cólera haberme muerto de una puñalada, haberme ahogado entre tus brazos, y yo te habría perdonado. ¡Pero entregarme fríamente a mis verdugos! Tú eres un malvado, y jamás te perdonaré.
-¡Zoraida, Zoraida! -gritó Saldaña de rodillas, y tendiendo hacia ella los brazos-. No os la llevéis sin que diga que me perdona, porque Dios me castigará.
El sacerdote hizo señas a los alguaciles de que anduviesen, y dijo:
-Está hechizado, no hay duda, Miserere nobis Domine secundum magnam misericordiam tuam. -Y echó a andar detrás de ellos, seguido del paje, sin atender a los gritos del supersticioso Saldaña.
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| JOSÉ GARCÍA DE VILLALTA | ||
Rayaba apenas el sol en el oriente, dos días después de la muerte del señor de Haro, cuando por las extensas llanuras que desde el castillo de Cuéllar se descubren camino de Valladolid, divisaron los vigías de la fortaleza a lo lejos una inmensa polvareda, como podría levantar la marcha de algún numeroso ejército. Veíanse, además, de cuando en cuando, arrojando un mar de luz en los aires, resplandecer acaso confusamente las armaduras, y los erguidos y blancos penachos de los caballeros ondear graciosamente a merced del viento como un bosque de palmas. Oíanse ya más cerca con belicoso y alborotado estrépito el relincho de los caballos, el ruido de los tambores, el crujido de las armas y el mezclado son de los lelilíes, clarines y otros instrumentos de guerra, con tan marcial y confundido estruendo que arrebataba los ánimos, asordaba los campos, retemblaba la tierra y pasmaba el verlo.
Correspondía a este aparato guerrero con no menos pompa y estrépito la guarnición del castillo, que puesta parte de ella sobre las murallas, y parte en la llanura fuera de la fortaleza, ya asestaban aquellos sus arcos desde las almenas con ademán guerrero como si esperasen sus enemigos, ya éstos maniobraban en sus gallardos bridones con ligeros escarceos, caminando al encuentro de los que se acercaban, ya permanecían como estatuas de hierro en sus pesados caballos; otro bando de ellos aguardaba a pie firme caladas las viseras, la lanza en la cuja y la espada desnuda colgada de la cadenilla que la aseguraba a la mano derecha, prontos a enristrar lanza al momento.
Sonaban las músicas de uno y otro ejército algunas tocatas guerreras, las campanas de la ciudad echadas a vuelo en señal de fiesta con atronador estruendo aumentaban la confusión, los truenos del castillo retumbaban a la redonda, y los gritos, los vivas, la alegría de la multitud, las ventanas coronadas de hermosas damas, las plazas inundadas de gente hacían aquel espectáculo tan vario y divertido como imponente y terrible. Admiraba ver juntos todos los preparativos de una fiesta en que brillaba en los rostros el regocijo, al mismo tiempo que todos los aparatos de guerra y los semblantes marcialmente severos de los soldados.
Y pocos consideraban en aquel instante viendo aquella multitud de banderas, aquellas armaduras tan relucientes, aquellos tan briosos caballos, y aquel tan numeroso escuadrón de hombres tan llenos de vida, de galas y de bizarría, que no pasaría mucho tiempo sin que esparciesen por todas partes el terror, el desorden y la muerte; que sus armaduras caerían desbaratadas en piezas al golpe de los ensangrentados aceros, y que ellos y sus caballos servirían de banquete a los hambrientos perros y a carnívoras aves, yertos ya y sin ánima sus robustos cuerpos. Entonces todo era fiesta, todo era júbilo, y si pensaban en el día de la batalla, era pensando en vencer, y alentados con mil esperanzas y mil ilusiones de gloria.
Fuéronse, pues, acercando en buen orden, y cuando ya las tropas ligeras de Saldaña se hallaban cerca de las que venían, pararon aquéllas, y un guerrero, cuyo melancólico rostro formaba un singular contraste con su lujosa armadura y buen aderezo, de majestuoso continente y gigantesca estatura, a galope en un alazán de fuego, se adelantó de sus tropas y salió a recibir a Sancho el Bravo, que, armado todo menos el casco, venía, rodeado de sus principales caballeros, montado en un tordo árabe, cuya soberbia lozanía sujetaba con indecible agilidad y destreza.
Llevaba el rey en la cabeza un bonete de terciopelo, color carmesí, de donde le volaban infinitas plumas de varios y bien casados colores; vestía una aljuba sobre la coraza, bordada toda de oro, y a su lado detrás de él llevaba un escudero su lanza, su escudo y el yelmo, que, rodeado de puntas de hierro y sólo adornado de algunas plumas blancas, mostraba que no lo traía para un torneo, sino para usarlo en la guerra. Descollaba a su lado por su aventajada estatura y grave porte el muy noble señor don Juan Núñez de Lara, primer ricohombre del reino, asimismo armado y a caballo, y cubierto el caparazón de su palafrén de una piel de tigre real, de que a su padre don Juan había hecho don el famoso Vargas Machuca, después que despojó de ella al intrépido Ben-Omar-Ben-Hacen, sobrino del rey de Marruecos, a quien combatió y venció en singular batalla cuando el sitio de Sevilla, delante del rey don Fernando.
El orgullo y las altas pretensiones de esta familia habían hecho célebre su nombre en todas las revoluciones anteriores a nuestra época, no pudiendo los reyes menos de ceder en algo a caballeros tan puntillosos de su derecho, y que por el menor motivo se querellaban con ellos. Pero nunca como ahora después de la muerte del de Haro se habían presentado en el apogeo de su poder, por lo que a pesar de la premura del tiempo, y no haber podido enviar a reclutar gente en sus señoríos, había traído don Juan al rey en aquella ocasión más de cuatrocientas lanzas, la mayor parte veteranos de nombradía, que eran los primeros que rompían la marcha, enarbolando en alto el glorioso pendón de su casa. Ocupaba la izquierda del rey, el valeroso López Salcedo, capitán de lanceros, y uno de los guerreros de más fama en aquellos tiempos, que sujetó después y puso en orden a los vizcaínos que había sublevado contra don Sancho el hijo del malaventurado don Lope. Marchaba todo cubierto de hierro, sin lujo, y aunque pequeño de cuerpo, parecía sostener el peso de sus armas sin trabajo ni fatiga alguna, antes bien, la enorme maza de hierro que colgaba del arzón de su silla, probaba bien a las claras la fortaleza de su musculatura.
Quisiéramos referir todos los nombres, todas las cifras y las armas de los demás ilustres caballeros que allí venían; pero la crónica de que copiamos no hace justamente mención particular de ellos, y por no faltar a la verdad histórica, nos vemos obligados a pasar en claro todo el ejército, sin poder dar cuenta de las banderas, motes y nombres de tantos célebres capitanes. Pero felizmente la misma crónica, aunque concisa y mezquina sobre ciertos puntos, después de enojar al lector, algunas veces por su demasiada estrechez y brevedad ruin, suele también divertirle agradablemente otras, y aun desarrugar su ceño entreteniéndole con descripciones sobremanera sabrosas y de buen leer.
Así que, en esta ocasión, puesto que calla los nombres de los valientes, lo que tal vez hizo el autor que vivió en aquellos tiempos por envidia o superchería, ensalza y alaba con entusiasmo la hermosura, a fuer de buen caballero, de algunas damas que en su litera venían detrás del ejército, cuyos rostros, trajes y condiciones describe con admirable minuciosidad, encomiando la nobleza de sus apellidos, la sobrehumana belleza en que excedían, dice el autor, a cuanto él había visto hasta entonces, y la riqueza de sus preseas y alhajas, cada una de las cuales era fama que bien valía una cibdad. Sentimos, empero, no ser enteramente de la opinión del cronista; pero faltaríamos a la verdad si, como él, exagerásemos la hermosura de aquellas damas, con mengua y agravio de las que son adorno y gala de nuestras fiestas, y mucho más si pusiésemos a tan alto precio las joyas que las engalanaban, dando envidia a nuestras más ricas fembras, y susto y temblor a sus maridos. Baste decir, que en la litera venían la reina y otras dos damas suyas; que doña María, esposa de Sancho el Bravo, tenía más de talento que de belleza, y que el lujo y la pedrería que llevaba han hecho creer que dio causa al prudente refrán tan sabido de antes que te cases, mira lo que haces.
Era la reina de mediana estatura y bastante airosa, de tez morena, pero sumamente agraciada, de animada fisonomía y de ademán señoril, realzando sobre todo la expresión de su rostro, sus hermosos ojos árabes, cuyas negras pestañas al caer podría haberlas comparado cualquier poeta clásico a dos nubes cubriendo un sol en cada uno de ellos, puesto que esto de nubes no hermosea mucho los ojos. Las otras damas no eran tampoco mal parecidas, sin embargo que una de ellas, y permítasenos esta descortesía, rayaba ya en los cuarenta, edad en la que si una mujer no es vieja, empieza por lo menos a envejecer.
Rodeaban esta litera algunos caballeros muy principales, aunque el rey y otros que las habían acompañado hasta entonces, se habían adelantado y puesto al frente de las tropas, para recibir el homenaje que debía hacerles, a la cabeza de las suyas, nuestro héroe el castellano de Cuéllar. Llegó éste al rey con aquella indiferencia y tristeza propia de él, y ya iba a echar pie a tierra cuando el rey, alargándole la mano se lo estorbó, apretándole la suya amistosamente.
Hicieron alto en este momento ambos ejércitos, y las músicas de uno y otro corrieron a cubrir el camino que había desde allí al castillo, tocando varias alegres sonatas, en medio de los vivas de la multitud. Tomó Sancho Saldaña el lugar de preferencia junto al rey, que le cedió Salcedo, puesto que el de Lara no hubiera hecho tal cumplimiento a nadie. Y en llegando al castillo pararon, y las tropas desfilaron en buen orden delante de ellos, entrando en el pueblo, que estaba a la izquierda por aquel lado, las tropas del rey delante, y las de Saldaña a retaguardia.
En esto, y en medio de los dos ejércitos, llegó la litera en que las damas venían, y habiendo echado todos pies a tierra, a ejemplo del rey, se adelantaron a recibirlas.
-¿Qué os distrae, buen Saldaña, que no venís a ayudar a esas damas a que salgan de la litera, o acaso tenéis en vuestro castillo quien os pide celosa cuenta de vuestras acciones? -preguntó el rey a nuestro héroe viendo que no se movía más que si fuera de piedra.
-Perdone vuestra alteza -replicó Saldaña-, si mi cabeza no está para cumplimientos. No obstante, sentiría perder la honra que vuestra alteza me ofrece.
Y diciendo así se encaminó hacia la litera, que ya había hecho alto, y después de abierta la portezuela hincó rodilla en tierra como los demás caballeros, y besó respetuosamente la mano de doña María, que se apeó en brazos de su esposo, mientras las otras dos damas que la acompañaban aceptaron las finezas de los cumplidos caballeros, que se apresuraron a servirlas, aunque es fama que a la más madura en años movió a obsequiarla, más que el deseo, la cortesía de los que se acercaron.
-Permitidme, señor, que os guíe -dijo Saldaña-, ya que vuestra alteza se ha dignado venir a verme a mi castillo.
-Id delante, buen caballero -repuso el rey-, que quien siempre fue delante en la batalla, justo es que vaya delante siempre.
Hízole Saldaña una ligera inclinación de cabeza, pero su carácter oscuro no le dejó agradecer con palabras la cortesanía del rey, de lo que murmuraron no poco muchos de los palaciegos, y entre ellos el deán de Sevilla, que ya conoce el lector.
-¡Cómo ha cambiado este hombre! -dijo a López Salcedo-: ¡ha perdido hasta el modo de hablar! ¿No veis con qué agasajo le trata su alteza, y qué áspera y bruscamente responde cuando le da la gana de responder? ¿A qué atribuís eso, señor Salcedo?
-A su carácter un tanto orgulloso, o quizá a sus distracciones continuas.
-¡Distracciones! Si hablara con un villano, sería natural distraerse; ¡pero con un rey! Os protesto, amigo mío, que yo no puedo atribuirlo sino a que estos señores que no frecuentan la corte se hacen tan sombríos y rudos como los castillos que habitan.
-Todo puede ser -repuso López Salcedo.
Entre tanto acabaron de desfilar las tropas en medio de los gritos y algazara del pueblo que se confundía con la estrepitosa fanfarria de las músicas. Los principales caballeros entraron en el fuerte detrás del rey, razonando unos con otros, ya del despego del señor de Cuéllar, que apenas había cumplido con el ceremonial de recibimiento, ya de las buenas obras del castillo y preparativos militares que en él había, cada uno según su inclinación cortesana o afición a las cosas de la guerra.
Camparon las tropas, parte en las alturas que rodean al pueblo, y las que cupieron se alojaron en el castillo. Era de ver todos aquellos cerros cubiertos de tiendas, en que tremolaban mil diferentes banderas de los nobles que allí venían, brillando al sol, que adelantaba su curso, tornasoladas de mil colores, llenas las colinas de armados guerreros, sonando con militar estruendo los ecos, y todo vida y movimiento donde pocas horas antes sólo alteraba el silencio la gallarda moza que con su cántaro en la cabeza pasaba cantando a tomar agua de la cercana fuente, el balido de las ovejas o el ladrido del perro que las guardaba.
El pueblo, mitad de él hundido en las faldas de los oteros por un lado, y empinado hacia el otro extremo donde levanta sus almenas la fortaleza en forma de magnífico anfiteatro, los caseríos que acá y allá en los llanos y las alturas se descubrían, las torres del castillo coronadas de arinada gente que al sol resplandecían como si fueran de plata, los alminares y veletas de las iglesias iluminadas de luz, los extendidos campos cubiertos de segadas espigas hacinadas ya para las eras, los pinares que a lo lejos por un lado y otro rodean aquella vasta campiña, el cielo claro, el sol en todo su brillo, el horizonte por término a la vista, los soldados que arreglaban sus tiendas, las gentes que iban y venían al campamento, el ruido de los instrumentos marciales, el bullicio de la multitud, los cantos de los soldados, todo presentaba el más vistoso cuadro y formaba la más discordante armonía que puede crear la imaginación.
Entre tanto Sancho Saldaña del mejor modo que pudo cumplimentó a sus reales huéspedes, supliendo a su cortesanía el buen trato, las opíparas mesas que hizo servir no sólo a los reyes, sino a cuantos venían en la comitiva, y los magníficos aposentos en que alojó a los más principales, todo lo cual hizo que el deán no le encontrase tan cambiado ni grosero como en un principio le pareció.
Creían muchos que Saldaña haría desocupar el cuarto que habitaba Leonor en obsequio de la reina, siendo la mejor y más elegante habitación del castillo, pero se engañaron en su creencia, porque el ceñudo castellano condujo a su alteza al segundo piso, a la habitación de la mora, puesto que tuvo la atención de decirle que desearía un palacio entero que ofrecerle, no siendo todo su castillo digno de contener en su seno tanta grandeza.
Bajó en seguida con Sancho el Bravo a la estancia que debía ocupar, y cuya descripción hemos ya dado en el tomo segundo de esta, no sé si se llame cuento o historia. Hablaron allí, estando presente el de Lara, acerca de los asuntos políticos de la época, y Saldaña manifestó la situación de toda aquella provincia, presentó un estado de las fuerzas de los conjurados, y después de varios debates tomaron algunas determinaciones, cuyos efectos verá bien pronto el lector.
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| MANUEL BRETÓN DE LOS HERREROS | ||
Luego que Saldaña se retiró a su habitación, donde Duarte y García le aguardaban para desarmarle, se arrojó en un sillón como un hombre fatigado y harto de cuanto ha hecho y ha visto. Quedó un rato pensativo y callado, hasta que dando un suspiro y encogiéndose de hombros llamó a Duarte y le preguntó por su favorito paje.
-Señor -repuso-, con la bulla que ha habido hoy no he tenido tiempo siquiera para pensar en mí mismo, cuanto más en el paje: muy ocupado debe estar cuando no se ha presentado por ningún lado.
-Está bien, vete, que ya estás hablando de más -replicó Saldaña-; cuando venga, que entre.
-Muy bien -repuso el viejo-: el demonio del niño, maldito él sea -prosiguió gruñendo entre dientes-, que no parece sino que... un hombre como yo...
Perdiéronse a lo lejos sus murmullos, y Saldaña quedó otra vez solo, hablando consigo mismo y comparando la situación de su alma con el semblante que había tenido que tomar aquel día para recibir al monarca. Parecíale que era cada momento más infeliz, y recordaba los días de quietud del castillo en que no había tenido que disimular sus pesares para agradar a nadie, ni sufrir tanto enfadoso ruido ni vocería; solo y desgraciado sí, pero pudiendo desahogarse a su libertad. Figurábase que no era dueño ahora de su castillo, ni podía llorar ni maldecir su suerte, sino que como un miserable bufón tenía que someterse a la voluntad de su amo, y renegaba entonces de la venida del rey y de tanta gente llegada allí sólo para enojarle y cansarle con sus insípidos cumplimientos y necias charlatanerías. Hubiera deseado haber podido arrojar de allí a todos, castigar a los habitantes de Cuéllar por la alegría que manifestaban, y quedarse solo, sin más compañía que la de su pérfido confidente, el paje, ni otra persona en su fortaleza que su desdichada cautiva.
De cuando en cuando si llegaba a sus oídos algún grito de contento, o las carcajadas de los que por los cercanos corredores atravesaban, se encendían sus ojos, doblaba el ceño, apretaba los puños, dando señales de la ira que le abrasaba. Cansado de estar sentado se paseaba, cansado de pasearse se sentaba; en fin, nunca a su entender había tenido un día de más desagrado, inquietud y desasosiego que aquel; y pensando que aún le quedaban muchos que pasar de aquel mismo modo, prorrumpía en imprecaciones contra la suerte de Zoraida, y pensando supersticiosamente en los cargos a que este hecho daría lugar contra él en el otro mundo, aunque interiormente echaba la culpa al paje y trataba de persuadirse que el pecado recaía sobre Jimeno, no podía, sin embargo, acallar los gritos de su conciencia.
-¿Y por qué -decía- he de temer yo, cuando Jimeno no teme, que es el autor de este proyecto? Yo no tengo nada que ver con lo que él haga. ¿Peco yo acaso por haberle dejado llevarlo a efecto? ¿No fue él quien lo propuso? Y por último, ¿no es ella una mujer infame y de otra religión que la mía? No, no tengo cuidado; ya sabré yo en muriéndome lo que tengo que responder, no me cogerá el diablo desprevenido.
Su corazón, empero, no quedaba tranquilo a despecho de sus argumentos.
Tales eran sus pensamientos, cuando el elegante Jimeno pidió permiso para entrar a verle, y luego que lo obtuvo empujó la puerta y entró acompañado de un hombre, cuyos ojos hundidos y relucientes, sus tácitos y atentados pasos, y el rosario que traía en su mano, daban a entender que no podía ser otro que Zacarías.
-Benedictus in nomine Domini -dijo el hipócrita sin levantar los ojos del suelo.
No le miró siquiera Saldaña, ni hizo de él más caso que de un perro que hubiese entrado, sino que volviéndose a Jimeno y habiéndole hecho señas que se acercara, le preguntó:
-¿Has desempeñado tu encargo?
-Ved aquí, señor -repuso el paje-, un buen hombre dispuesto a hacer cuanto se le mande, con tal que se le pague bien.
Fijó en él Saldaña los ojos, y no pudo menos de sentir interiormente cierta gana de hacerle ahorcar, pareciéndole que en pocos pescuezos podría emplearse un cordel más dignamente que en el suyo; y Jimeno, que leía en el alma de su señor, no pudo menos de sonreírse. Estaba Zacarías a la izquierda del paje y enfrente del de Cuéllar, que ocupaba una silla, con las manos cruzadas, los ojos bajos y rezando sin duda, a juzgar por el movimiento continuo de sus labios, sin atender ni a uno ni a otro, y levantando los ojos únicamente cuando no le miraba ninguno.
-¿Quién eres? -le preguntó Saldaña con aspereza.
-Soy, oh benignísimo y esclarecidísimo señor, un humilde siervo de Dios, un pecador a quien no bastará llorar toda su vida para llorar como debe sus pecados. Lacrimae rerum.
-Es -le interrumpió Jimeno- el insigne Zacarías, piadoso director de las conciencias de los que tiene a sus órdenes el Velludo.
-Un miserable morador del desierto -añadió Zacarías con su voz compungida y meloso tono.
-Lo que tú tienes -dijo el de Cuéllar- es traza de ser el más consumado bribón que he visto en toda mi vida.
-Así es -añadió el paje.
-Laus tibi Domine, loado sea el Señor -replicó Zacarías-; más padeció Jesucristo por nosotros: estoy no obstante al servicio de vuestra grandeza, y bien puede creerme la vuestra excelsitud que más me inclina a servirle a su gracia la buena fama que de religioso tiene que el dinero que espero en Dios que me pagará, sin embargo, que el artesano vive de su salario.
-Ya te habrá dicho mi paje lo que quiero que hagas -respondió Saldaña-; y creo que hace ya algunos días que te entiendes con él.
-Señor, hasta ahora sólo he servido de espía con el ayuda de Dios, y por mi conducto han llegado a noticias de vuestra grandeza los movimientos de los rebeldes, y los planes que fabrican contra el ungido.
-Además -prosiguió el paje-, se ha ofrecido a asesinar al jefe de los revoltosos.
-¿A Fernando de Iscar? Por vida de mi padre, Jimeno -dijo Saldaña-, que tú no quieres sino cargar mi alma con nuevos crímenes. Al primero que siquiera le mire mal le he de arrancar yo mismo los ojos.
-Eso es lo mismo que digo yo -repuso Zacarías sin alterarse-; nada que perjudique el alma debe hacerse jamás, aunque vaya en ello la vida: Animae mea pura, etc., por no cansaros. Yo he pensado un medio de matarle sin que su sangre caiga sobre nosotros, y en cuanto a mirarle mal, yo le miraré, os juro, con la mayor dulzura en aquel momento.
-Las órdenes que me disteis... -dijo el paje.
-Las órdenes que yo te di fueron que me lo entregasen vivo, y no que ningún villano lo asesinara -contestó Saldaña encolerizado.
-Señor -repuso Jimeno-, eso quizá sea imposible.
-Pues entonces largaos de aquí tú y ese miserable gazmoño al instante -replicó Saldaña.
-No os encolericéis, eminentísimo señor -respondió Zacarías-; la cólera es uno de los siete pecados mortales, y...
-Quita allá, vive Dios, tú y tus pecados mortales -interrumpió Saldaña levantándose con la intención sin duda de darle de puntillones.
Pero Zacarías, viéndole tan irritado, se determinó a aplacarle diciendo:
-Vuestra grandeza debe saber que hasta lo imposible suele vencerse con la ayuda de Dios. Deo volente.
-Pues es preciso -replicó Saldaña, sentándose de nuevo más sosegado- que Dios quiera.
-Considerad, señor -repuso el paje, que el señor de Iscar está siempre rodeado de caballeros y que él lo es muy valiente para que se deje prender de un villano.
-El Espíritu Santo -exclamó Zacarías- acaba de iluminarme ahora mismo. ¡Oh! ¡Santo de los Santos!, ¡oh, esplendor divino! Bien podéis decir que Dios os favorece cuando me ha inspirado tan luminosa idea en vuestra ayuda.
-Habla y déjate de exclamaciones -respondió Saldaña.
-El Señor pondrá susto en su alma y... excelsa turris... Hoy se me ha olvidado casi todo el latín que sabía: vos veréis; pero la empresa merece vuestra atención, y vuestra grandeza debe saber que tanto vales cuanto tienes; y que así como antes trataba yo de emplear algunas monedas en beneficio del alma de ese caballero, dándole ya por difunto, ahora pienso será bueno rezar a las ánimas benditas, a San Cosme, a San Damián, a las once mil Vírgenes y a los innumerables Mártires de Zaragoza para que salgamos bien con nuestra intención.
El acarnerado rostro de Zacarías tomó una expresión particularmente devota en este punto, cruzó las manos sobre el pecho, y perdidos los ojos en el techo no dejaba por eso de lanzar de reojo algunas miradas hacia Saldaña, para ver si se daba por entendido, o era preciso usar de más claridad. El paje, con ademán socarrón, le miraba y sonreía.
-Tú puedes rezar -respondió el de Cuéllar- a cuantos santos y mártires te parezca, pero ahora lo que has de hacer es explicarme tu plan.
-No hay duda -replicó Zacarías-; vuestra grandeza sabe lo que ha de hacer este humildísimo siervo, vil lombriz del fango, pulvis, etc. Pero suponiendo por un momento que vuestra excelsitud se encargase de rezar tanto Paternoster y tanta Avemaría, amén de una estación por cada espina de la corona de Cristo nuestro bien, lo cual no sería extraño en un tan religioso varón como vuestra grandeza...
-Quita allá, mal ladrón: ¿cómo había yo de encargarme de rezar tanto? Falta, además que yo pudiese rezar... -replicó Saldaña-: déjate de hipocresías conmigo, no sea que usarlas te cueste caro: habla, o vete.
-Pero, señor, poderosísimo señor -respondió Zacarías con la mayor humildad-, vuestra grandeza sabe muy bien que cada uno tiene sus explicaderas. Dios pone valor en el corazón del guerrero y ciencia en la lengua del sabio. Yo rezaría todo eso, porque esas son mis oraciones diarias; pero hombres santos hay cuyas súplicas valen más que las mías para con Dios. Pero ellos están harto ocupados en el culto divino, y es menester pagarles su trabajo; ya sabéis que tantas oraciones dan ocupación para algunos días, y yo me encargaría de llevarles el dinero y de entregárselo, por lo que no sería malo que vuestra grandeza añada algo más a lo que tiene intención de pagarme. Yo me contentaría con un cornado por cada estación.
-Maldito demonio -replicó Saldaña irritado-, si hay que rezar a cada uno de los innumerables mártires, ¿dónde piensas que hay dinero para pagarte? Huye de mi presencia, y cuenta que voy a dar orden para que te disparen tantas flechas como Avemarías me has pedido.
-No se enoje vuestra excelsitud -replicó Zacarías-: aquí mi amigo Jimeno tasará mi trabajo.
-¡Amigo!, ¡puf! -interrumpió el paje mirándole con desdén.
-Pues, señor, yo -continuó el hipócrita-, si no ofrezco algo a las ánimas benditas soy hombre al agua y no sirvo para nada, ni a nada me atrevo absolutamente, porque antes es en mí la devoción que otra cosa cualquiera.
Volvióse el de Cuéllar sobre su sillón harto enojado con la falsedad y avaricia del buen Zacarías, y apoyando la cabeza sobre la mano derecha, afirmando el codo en el cincelado respaldo, quedó un rato pensativo, dudando si le mandaría ahorcar y haría ese favor más a la humanidad, o si seguiría valiéndose de él, vista la mucha necesidad que de sus servicios tenía, y consentiría en cuanto le pidiese.
El hecho era que sus esperanzas no podían absolutamente cumplirse si no lograba tomar prisionero al de Iscar, hazaña casi imposible de verificarse a no valerse de la astucia de alguno de su partido que lo entregara. Esta reflexión, que para él tenía más fuerza que cualquier otra, le determinó a todo y a dar cuanto Zacarías exigiese, aunque tuviese que empeñar sus tierras y sus castillos para satisfacer su codicia. Repugnábale, no obstante, tener que ponerse a merced de un villano que, según las ideas de aquel siglo, debía tener a mucha honra servir a un caballero tan principal como él, y cuya vida debía estar a su placer, pronto a sacrificársela. Pero como no había más remedio, era preciso pasar por todo; y volviéndose hacia el piadoso varón, que con aire meditabundo parecía que estaba contando los innumerables cornados que le pedía:
-Malsín -le dijo-, admirable es la paciencia con que he visto tu descaro sin haberte ya hecho empalar. Con todo, quiero hoy hacer prueba de mi bondad para ver tu insolencia hasta dónde llega. Tasa tú mismo lo que vale tu traición, y veremos.
-Señor -respondió Zacarías-, vuestra bondad y mansedumbre os colocarán algún día en el paraíso, como tan santo varón merece. Pero yo puedo juraros y os juro -añadió, poniendo los índices de ambas manos uno sobre otro en forma de cruz, acercándolos a sus labios- por esta señal de la cruz, que el dinero que os pido es para un buen fin, y que si se tratara de mí me contentaría con el que quisiereis darme. Veo, sin embargo, vuestra generosidad y magnificencia, y voy a tasar poco más o menos lo que creo que valdrá tanto rezo. En primer lugar, por cada estación pondré un cornado, moneda ínfima, como vos sabéis; ahora bien, en cuanto a las ánimas benditas, debe haber infinitas en el purgatorio, y se puede regular unos ochocientos millones de almas, echando corto. Las once mil Vírgenes es poca cosa. Pasemos ahora a los innumerables mártires, Martirologium, etc., que no viene a cuento. Los innumerables en este caso deben tener número, y para no ser prolijo pondré el doble de las ánimas benditas, aunque tal vez diréis que ando escaso, pero como quedan las espinas de la corona de...
-Voto a tal, vive Dios, infame, atrevido, insolente, mal villano, ladrón, ruin -exclamó Saldaña, poniéndose en pie y volcanizado de ira-, que he de hacer un escarmiento en ti, que ha de poner espanto en todos los de tu miserable ralea. ¿Y dónde has aprendido a echar cuentas, canalla? ¿Y cómo tienes osadía para demandar dinero a un caballero como yo soy, y que puede disponer hasta de tu vida? Jimeno, echa de aquí a ese follón deslenguado y arrójale de cabeza a un pozo ahora mismo, que por mi vida que no ha de vivir dos horas más en el mundo.
Quedóse Zacarías inmóvil, sin dar señales de susto ni cambiar su aspecto devoto, notándose convulsivo en los labios, como si rezara muy a prisa y se pusiera a bien con Dios. El paje se acercó a Saldaña y le habló al oído.
-Señor -le dijo-, lo que a vos importa es coger prisionero al señor de Iscar. Perdonad a este hombre su atrevimiento, y cuando vuelva por la paga, ¿tenéis más que hacerle ahorcar de una almena?
-Dices bien -respondió Saldaña, y encarándose con Zacarías prosiguió-: Infame, hipócrita, saco de embustes y villanías, las palabras que has usado merecían que yo te hubiese hecho arrojar de cabeza desde la torre más alta al foso, como he tenido intención. No obstante, te perdono, y estoy pronto a darte cuanto me pidas luego que hayas cumplido tu promesa, entregándome prisionero al señor de Iscar.
-Bien parece, señor mío -replicó el astuto gazmoño-, la generosidad en los poderosos, Regum que Deum que; sin embargo como las oraciones que os pido son para antes y no para después, creo tendréis a bien entregarme siquiera la mitad de su valor, a fin de que yo lo lleve al monasterio más próximo y principien las plegarias desde esta tarde.
-Dice bien -repuso el paje, adelantándose a hablar, viendo que otra vez Saldaña se encolerizaba-; sólo que lo mejor es que haga venir aquí los frailes, o quien quiera que sea quien haya de recibir esa cantidad, para que el señor de Cuéllar quede satisfecho de que ha sido bien empleada.
Esta salida del paje cortó el revesino, como se suele decir, al consumado tuno, que no acertaba apenas qué responder, y sosegó el ánimo de Saldaña, que no pudo menos de sonreírse y mirar al paje, que, fijos los ojos en Zacarías, tomó el ademán burlón tan natural en su maliciosa fisonomía.
El devoto bandolero no dejó por eso de responder.
-¿Y por qué -dijo- distraer de sus santas ocupaciones a los elegidos del Señor? Con que yo fuera a llevárselo, bastaba, cuanto más que ya veo que mi piedad me ha descarriado un poco, y...
-Has pedido lo que el mundo todo no bastaría a pagar -interrumpió el paje, terminando la arenga de Zacarías.
-Mi devoción, mi exagerado celo por el culto, eclesiae suae santae...
-Basta -replicó Saldaña-, voy a darte diez alfonsís de oro4, y después ajustaremos cuentas.
-Siquiera, por las lágrimas de la Magdalena -exclamó Zacarías-, generosísimo señor, que sean veinte.
-Diez he dicho -repuso el de Cuéllar con sequedad.
-Diecinueve, por las siete espadas que atravesaron el corazón de la Virgen, pia mater.
-Ni un cornado más.
-Dieciocho, señor, diecisiete, dieciséis, quince, por la lanzada de Longinos, por las llagas de nuestro Redentor...
Reíase el paje, aunque con disimulo por no enojar a Saldaña, viendo a Zacarías seguir a su señor, que salía ya de la habitación, acosándole, cansándole, pidiéndole y rogándole por cuanto puede rogar y suplicar un cristiano, diez, seis, una moneda más, un cornado siquiera más que lo que Saldaña le prometía, y persiguiéndole hasta el punto de hacerle volver hacia él la punta del pie y arrojarle al suelo de un puntillón que le hizo venir rodando hasta los pies de Jimeno.
-Sea por Dios -dijo, poniéndose en pie-; más padeció Jesucristo por nosotros.
-Al fin has logrado lo que pedías, puesto que te han dado un puntillón además de los diez del pico -dijo el paje, burlándose.
-Yo le hubiera perdonado tanta generosidad -respondió Zacarías-, que pienso que me ha derrengado, y hay larguezas que no se agradecen.
-Con todo -repuso Jimeno-, has caído con mucha gracia, y por eso te perdono el pisotón que me diste.
-¿Te pisé? ¡Oh! Se ha cumplido en mí la profecía: super aspidem et basiliscum ambulavis.
Volvió en esto el señor de Cuéllar, y habiéndole endonado un bolsón con las diez medallas, que Zacarías recogió con ansia, miró con condicia y se guardó en un vuelo, dijo:
-Ahora bien, ¿cuál es tu plan?
-Yo traeré al señor de Iscar a alguna emboscada vuestra -respondió Zacarías- valiéndome de algún lícito y piadoso engaño, y con la ayuda de Dios os le entregaré prisionero.
-Está bien, y cuidado con que no faltes a tu promesa. Te doy de término cinco días; si en este tiempo no me sirves bien entregándomelo lealmente, le aviso al Velludo de tu traición para que te haga ahorcar al momento. ¿Entiendes?
-De aquí a cinco días, mediante Dios, estará el señor de Iscar en vuestro poder.
-Vete.
-Pero si vuestra generosidad y buen corazón inclinasen a vuestra excelsitud a darme algo más.
-¿No te vas? -replicó Saldaña-, o quieres que...
-No, señor, nada de eso, poderosísimo y eminentísimo señor, ya me voy, Padre nuestro, etc... -y volvió la espalda rezando.
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| ANTONIO ROS, La Virgen al pie de la Cruz. | ||
Cuando dicen que las cosas del mundo parecen una novela, no es más sino que una novela es o debe ser la representación de las cosas del mundo, en que todo va a nuestro entender desenlazado y desunido a veces, aunque si se examina bien no carece de cierto orden y regularidad, y en que personas al parecer inútiles y acontecimientos en sí frívolos son acaso tan esenciales y necesarios cuanto que sin ellas o ellos fuera imposible que tuviese tal o cual fin el asunto principal. Nosotros, no obstante, que nada tenemos que hacer sino extractar de las crónicas que dan cuenta de nuestra historia, no podemos vanagloriarnos mucho de este enjambre de personas que en ella andan revueltas, ni de lo distantes que por su jerarquía y oficios parece que habían de estar unos de otros y de la relación que tienen entre sí todos, bien como una ingeniosa máquina en que desde la rueda principal hasta la más pequeña y ruin, aunque obren al parecer en contrario sentido, ayudan todas ellas su movimiento. Pero, como hemos dicho, el mérito, si alguno hay, no es nuestro ni del cronista, sino que así pasó y así lo dispuso Dios, y nosotros no hacemos sino contarlo.
El genio de la historia deja, pues, ahora por un momento los palacios de los reyes y los castillos de los señores, y atando algunos hilos que habían quedado sueltos en el enmarañado transcurso de los anteriores sucesos, dirige su vuelo al campo, y entre los pinares del río Pirón se esconde y desaparece.
-Por el Dios de Abraham...
-No jures así, no sea que saquen por el hilo el ovillo y nos conozcan estos perros. Cuanto más, que si nos descubren con este traje morimos sin remedio.
-En verdad, señor mío, que no sé cómo sabiendo tanto y teniendo tanta experiencia como vuestros años prometen os habéis metido en este oscuro encierro, que para mí creo que no hemos de hallar la salida.
-Las determinaciones del sabio cree el ignorante que son locuras, porque nunca será capaz de entenderlas.
-Lo que yo entiendo es que si se llega a averiguar nuestro enredo nos asaetean vivos, sin que nos valga toda la sabiduría de Salomón, y yo ya sabéis que soy hombre muerto antes que me maten en tales lances.
-Si tienes miedo, puedes volverte desde aquí mismo.
-¿Miedo? ¿Y por qué no he de tener miedo, si nunca hice profesión de valiente? Pero soy criado fiel y no me separaré de vos nunca.
Tal era la conversación que traían dos religiosos de la orden de San Francisco que salían de los pinares, sin duda con intención de vadear el río, y hacían su camino a pie, como deben caminar los frailes de esta religión. Traían echadas las capuchas, que apenas les dejaba descubierto el rostro, y uno de ellos, de pequeña estatura, y el más viejo, llevaba un báculo o bastón grueso, en que se apoyaba para andar con menos trabajo.
Al llegar a la orilla del río hicieron alto, y habiendo buscado el sitio en que hacía más sombra, fatigados del sol por ser las doce del día, se recostaron sobre la arena, y el hermano más joven sacó de las alforjas algunos fiambres y un pedazo de pan, que ambos a dos comieron con mucho apetito, aunque, a decir verdad, el viejo puede decirse que se contentó con probar de aquellas viandas, a que dio fin con extraordinario gusto su compañero. En esto estaban, cuando una voz, que tenía algo de sobrehumano a aquella hora y en aquel sombrío y solitario bosque, llegó a sus oídos, y oyeron que entonaba con angelical melodía un himno sagrado, de que conservó el fraile más anciano algunos trozos en su memoria, que dicen que fueron hallados después de muerto entre sus manuscritos.
Plegaria
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Resonó el eco la suave armonía que hacía parecer aquel sitio encantado, y aunque los dos religiosos registraron a un lado y a otro por ver quién era el que de aquella manera cantaba tan dulcemente, no vieron a nadie y todo había quedado en silencio; la voz, no obstante, había salido de entre unos escombros y ruinas que a la orilla del río estaban, pero entre los que no hallaron oculto a nadie, por más que recorrieron todo.
-Señor -dijo el más joven de los frailes-, esto es cosa de encantamiento, y el arpa de David no sonó con más suavidad.
-Ciertamente que no he oído voz más dulce, y la hermosa Esther, mi hija querida, que me mataron sin duda estos perros cristianos cuando era niña, no tenía voz más pura. ¿Te acuerdas, Benjamín, de mi hija?
-¿Que si me acuerdo? -repuso el joven-. ¿Puedo yo olvidar nunca a la amiga de mi niñez? ¡Ni cómo olvidaré yo jamás la noche terrible que la perdisteis! Me acuerdo como si hubiera sucedido ayer.
-Tú eras aún muy niño -repuso el viejo, con muestras de mucha pena-, tú te reías de ver arder el castillo y volvías la cara para mirar las llamas que lo consumían, mientras nosotros huíamos delante de la espada de los nazarenos. ¡Oh, mi hija Esther! ¡Hija mía! ¡Mi querida hija! Yo te busqué por medio de las espadas enemigas, al través de las llamas; yo te pedía a todo el mundo, al cielo, a la tierra, y nadie respondía a mis voces. ¡Ah! Tú no viste la desesperación de tu padre: ¡hija mía, hija mía! La flor de tu hermosura había sido ya deshojada por el huracán.
Al decir esto inclinó el buen viejo la barba sobre el pecho y derramó algunas lágrimas. Benjamín dio un suspiro, y ambos guardaron silencio por largo rato.
El viejo prosiguió diciendo:
-Benjamín, el sabio debe ser superior a los contratiempos de la vida, pero aunque han pasado ya muchos años, y a pesar de los cariños de mi segunda esposa y de mi hijo, nada basta a arrancarla de mi memoria; continuamente, a todas horas, la veo delante de mí con aquella gracia infantil, aquel donaire en que yo fundaba toda mi vanidad. ¡Ah! Ya habrá crecido, ya será una mujer. ¿Pero qué digo? Ya sólo es polvo y gusanos. Desde entonces aborrezco el nombre de cristiano y me valgo de cuantas mañas puedo para exterminar una raza maldita de asesinos. ¡Benjamín! ¡Benjamín! Tú no sabes cuántas veces se me saltan las lágrimas al mirame, pensando que te veo aún jugar con mi hija. ¡Ahora tendría tu edad!
Pronunció estas palabras con tanto sentimiento que Benjamín sólo pudo corresponder suspirando al dolor que el buen viejo manifestaba. Fue empero Abraham, a quien ya habrá conocido el lector, el primero de los dos que se recobró, y acordándose sólo de la misión que llevaba, pasó la mano por la frente como para ahuyentar cualquier otro pensamiento, y ya se había puesto en pie para seguir su camino, cuando la misma voz que había cantado sin duda, a juzgar por su suave sonido, vino a interrumpir su marcha diciendo:
-¡Padre mío, padre mío!
Volvieron la cara los dos mentidos frailes al oírse apostrofar de aquel modo, y reciente la imagen de su hija en su memoria, no pudo Abraham menos de estremecerse; pero fijando la vista ya con más atención, vieron venir hacia ellos una figura envuelta en una capa o almalafa negra, que no dejó de asustar a Benjamín y de sorprender bastante al sabio judío.
-Padre mío -repitió la hermana de Saldaña, arrojándose a los pies de Abraham-, en nombre de Dios oídme en confesión, no miréis con desprecio a esta pecadora.
-Levanta, hija mía -repuso el supuesto fraile-. ¿Quién eres, dime, que andas sola por estos despoblados?
-Separaos un momento de vuestro compañero -respondió Elvira-, y si no, no; oídme los dos; sí, el mundo entero sepa mi delito y sea testigo de mi vergüenza. Padre mío, tenéis delante de vos una mujer criminal, una mujer que lleva consigo la maldición del Señor.
-Has de saber -replicó el judío- que voy muy de prisa y...
-No, no os iréis de aquí sin oírme... -repuso Elvira, cogiéndole del hábito.
-Señor, si nos cogen somos perdidos -dijo Benjamín en lengua extraña a su amo.
-Con todo, estoy por darle gusto -replicó en el mismo idioma Abraham-; ¿quién sabe si sus confesiones nos pueden ser útiles?
-Hija mía -prosiguió, volviéndose a ella-, habla y sé breve, que acaso Dios nos pedirá cuenta del tiempo que aquí hemos perdido.
-Padre mío -exclamó Elvira, arrojándose segunda vez de rodillas-, padre mío, yo soy la hermana de Sancho Saldaña, yo había hecho voto de enterrarme en vida y consagrarme a Dios por la salvación de su alma, y yo he faltado a lo que ofrecí. Yo volví a su castillo, le asistí en sus heridas y he sido testigo de nuevos crímenes. He huido otra vez al desierto, e implorando el perdón de mis faltas, mis lágrimas han corrido noche y día sin cesar, pero el Señor no ha respondido a mis súplicas. El demonio del orgullo se apoderó de mi corazón; mi pecado es grande, y la eternidad se abre delante de mí con espanto. ¡Ah! ¡No me maldigáis! Mi arrepentimiento durará toda mi vida; imponedme la penitencia más dura de cumplir, mandadme que peregrine leguas y leguas con los pies descalzos, que maltrate mis carnes, que bese los pies del viajero que encuentre en mi camino, todo me parecerá poco comparado con mi delito. Yo he preferido el amor y la amistad de los hombres al amor de Dios; yo, ¡miserable de mí! he caído en la tentación.
Quedó el judío pensativo, menos compadecido del arrepentimiento fanático de aquella infeliz mujer que cuidadoso de aprovecharse de la ocasión que la suerte le presentaba, por lo que el primer pensamiento que tuvo en cuanto oyó que era hermana de Saldaña fue fomentar su locura y servirse de ella para sus planes.
-El cielo -dijo- ha guiado aquí mis pasos para salvarte de la muerte eterna. Días hace que el Señor puso en el corazón de su siervo la intención y el deseo de morir mártir o salvar a tu hermano del infierno que le amenaza, y mi deseo ha permitido Dios que se cumpla. El Señor ha mirado con ojos benignos al pecador. Grande, como tú has dicho, es tu pecado, pero mayor es la clemencia de Dios. Con todo, la penitencia que te impone por mi boca es terrible; examina primero tu corazón, piensa en el castigo que te aguarda en la eternidad y compáralo con la obligación más penosa en la vida: inflame tu alma el santo fervor que debe acompañar al arrepentimiento. Eleva tu espíritu a la presencia de tu Criador; pon tu confianza en el que da aliento a mi voz e inspira mis palabras, arráncate de los lazos del mundo, olvida a tu hermano, olvídate de ti misma, y el entusiasmo divino de la religión exalte tus potencias para que seas digna de la grande empresa a que tú sola puedes dar fin. ¡Considera que quizá Dios te destina para que libres de la servidumbre a su pueblo!
El rostro del mentiroso judío había tomado una expresión particular de enajenamiento y sublime arrobo que no parecía sino que de veras ardía en su pecho el fuego de la inspiración. Sus ojos habían trocado su natural decaimiento en un brillo vivísimo, como iluminados, y el color ardiente de sus mejillas, la actitud atrevida y religiosa al mismo tiempo de su expresivo semblante hubieran podido engañar a cualquiera otro más suspicaz que Elvira. Besó ésta el cordón de su hábito humildemente, y sin alzar los ojos del suelo respondió:
-Padre mío, mi vanidad humillada no se atreve a lisonjearse de tantas glorias como me habéis ofrecido en nombre de Dios; pero mi corazón no tiembla de la penitencia más cruda. Cumpla yo mi deber para con Dios y véame envilecida y criminal para con los hombres.
-El mayor crimen -replicó el judío-, el delito más horroroso al parecer de los hombres, puede ser agradable a los ojos del Omnipotente5. Llenas están las Santas Escrituras de acciones delincuentes, según el mezquino juicio del mundo, y que el Señor en su profunda mente ordenó que se cometieran. ¡Quién osará sondear los altos juicios de Dios! Él manda matar para dar vida, y se sirve a veces del insecto más vil para humillar la soberbia del poderoso. Llenos están los montes y los valles de tus maravillas, señor Dios Sabaoth, dijo el salmista. Tú pusiste fuerza en el corazón de Judith cuando derribaste el orgullo del enemigo de tu pueblo. Tú inflamaste el espíritu de la maravillosa Débora y tú comunicaste vigor al brazo de un pastor niño para que de un solo golpe hundiera en la nada la arrogancia del Filisteo. Mujer, ¿por qué has de dudar tú de la elección del Señor, cuando él ha puesto en ti los ojos para que vengues su pueblo y le libres del cautiverio y pone en tu mano la espada de la victoria, que arrojará en el polvo al hijo impío que se rebeló contra su padre, al hijo maldito que excomulgó el pontífice, al nuevo Nabucodonosor que ha encadenado los mancebos y las vírgenes de Sión? Mujer, enciende tu ánimo en santa ira y regocíjate en el Señor. Vano será tu arrepentimiento y vanas tus lágrimas, aunque derramases mil veces más que lleva gotas de agua el océano, si no sigues a ciegas la voz del que en este momento me inspira y me revela tus destinos. Los crímenes de tu hermano han rebosado ya del vaso de la misericordia, tu pecado es grande, y la clemencia divina no la alcanzarás sin que antes hierva en tu brazo la sangre que salte del corazón del impío.
-¡Oh! ¡Padre mío! -exclamó Elvira, atemorizada-. Yo soy una mujer... mi mano es débil... La vista de la sangre me hace caer desmayada; yo la he visto derramar una sola vez a mi mismo hermano, y aún me horrorizo de recordarlo. ¿No bastará otra penitencia menos cruel? Yo no tendré valor para levantar el puñal. ¡Ah! Mandadme comer tierra, andar arrastra como la culebra...
-Mujer cobarde, ingrata al Dios que te dio el ser, yo no te mando nada; Dios me ordena que te hable de esta manera, a él, a él solo, debes darle tus quejas, a él debes reconvenir, que no a mí. Tu alma está corrrompida y sin fe, y tú y tu hermano pereceréis por haber desoído la voz del Omnipotente. A él sólo, a él sólo debes acudir por misericordia. Yo te abandono a tu ceguedad.
Diciendo esto le volvió la espalda y se alejó algunos pasos sin volver siquiera a mirarla.
Benjamín, espantado con el lenguaje de su amo, no osaba decir palabra, no pudiendo comprender el fin que tenían sus discursos, mientras Elvira, fuera de sí y mirándole con los ojos desencajados, parecía haber perdido el conocimiento.
-¡Oh, no me abandonéis, no me abandonéis, padre mío! -exclamó, deteniéndole por el hábito-. ¡Ah! Yo soy una mujer, nada más que una mujer, sin brío, sin ánimo para nada; ni aun lo tuve para resistir al placer de llorar con una amiga, única persona que vi después de tres años en mi soledad. No lo he tenido para sufrir la penitencia que yo misma me impuse. Tened compasión de mí. ¿Cómo queréis que yo pueda derramar la sangre del poderoso? Perdonadme, pero yo mentiría si no os dijese que hay una voz en mi alma que me aconseja lo contrario de lo que me decís.
-Obedécela, pues -repuso el fingido fraile, sin volver la cara, separándola con aspereza-; es la voz de tu debilidad, la voz del demonio. Sigue el camino por donde él se guía, y al fin de él te juntarás con tu hermano, sin que ni a él ni a ti os hayan aprovechado tus penitencias. Adiós.
-¡Oh, no! Yo haré todo cuanto quiera Dios exigir de mi -exclamó Elvira, y cayó en el suelo sin señal de vida.
La compasión, o tal vez el pensamiento de la utilidad que aquella desdichada fanática podía producir a la causa que defendía Abraham, le hizo acudir a darle socorro viéndola en aquel estado y tratar de volverla en sí. Sacó, pues, uno de aquellos milagrosos espíritus que solía llevar consigo, y en habiéndole untado las sienes y aplicado a la nariz, se la vio recobrarse poco a poco, abrir los ojos y arrancar un profundo suspiro.
-Piedad, Señor; tened compasión de mi debilidad -dijo, poniendo los ojos en el cielo, con un acento tan dulce, que el judío, a despecho de su sangre fría, tuvo que apartar la cara a un lado para esconder una lágrima que a su pesar se desprendió de sus ojos, y hacer un esfuerzo para ocultar la sensación que le había causado. Pero reponiéndose al punto y desterrando de su imaginación el recuerdo penoso que aquella voz le traía, dijo:
-Mujer, anímate y cúmplase la voluntad de Dios. No mires tu miseria, sino el poder del que te ha escogido para que resplandezca la espada de su justicia en la tierra. Los reyes tiemblan a su nombre y los montes inclinan delante de él su cerviz. Forsitam enim indignationem suam abscindet et dabit gloriam nomini suo. El tirano ha congregado sus gentes, miles de siervos suyos armados cubren ya esta tierra con sus caballos de batalla y ha caído el terror sobre el corazón de los hombres. El parricida se burla de la excomunión del Pontífice y desafía cara a cara al Omnipotente. Iniquitatem fecimus. Hemos llenado la tierra de nuestras iniquidades, y el Señor ha permitido a este Faraón que nos persiga; pero sus carros se hundirán en el abismo del mar y no quedará rastro de él ni de sus huestes.
»Dichosa tú, hija mía, una y mil veces, dichosa tú, que quebrantarás el cuello del dragón y que subirás a la mansión de gloria acaso con la brillante corona del martirio; allí junto al árbol de la vida beberás las aguas puras del eterno río que fertiliza sus raíces; ángeles y serafines te cantarán y bendecirán; tú acompañarás sus armoniosos cánticos en loor del Todopoderoso. ¡Oh!, sí, vuela, ármate de fortaleza; Dios pondrá constancia en tu ánimo para que desprecies el riesgo, y segunda Judith, hagas que el mundo, postrado y temeroso, reconozca que no hay más que un Dios, que es el Dios de tus padres. Ven, hija mía, tu rostro veo que se inflama, fuego divino arde en tus ojos; ya te anima el entusiasmo que ardió en el corazón de la débil Jael cuando con un clavo atravesó las sienes de Sisera. Esta es la última penitencia que cumplirás por tu salvación y la de tu hermano. El tirano está en su castillo. Yo mismo te guiaré y te fortaleceré hasta el momento de dar el golpe. Un ángel sin duda me ha traído aquí para anunciarte la voluntad de Dios. Ven, sígueme; despréndete de todo miedo, de todo sentimiento terreno, y tuyo es el triunfo sobre el infierno.
-Padre mío -respondió Elvira-, yo me siento desvanecer, y me parece que veo ya la gloria que me prometéis, el mundo se desliza bajo mis pies, y en mi arrebato me siento elevar sobre las nubes hasta el empíreo. Vedlo, el universo rueda delante de mí, un rayo de luz ha iluminado mi frente, la espada del Dios de los ejércitos centellea junto a mí; sí, no hay duda, yo soy llamada por el Omnipotente para asombrar al mundo con su justicia.
Los ojos de Elvira giraban a un lado y otro mientras hablaba; su voz había tomado un tono imponente; su ademán tenía algo de sobrehumano y maravilloso: sus cabellos encrespados ondeaban como la cola de un caballo al escape; hería la tierra ya con un pie, ya con otro, levantaba los brazos; temblaba toda, y parecía que estaba demente.
Era así en efecto; los ayunos, las maceraciones y cilicios habían ya debilitado bastante su juicio, y hacía tiempo que imaginaba que veía visiones de ángeles y de diablos. Las últimas palabras del judío la acabaron de volver loca.
-¡Oh!, sí, en el castillo de mi hermano está -prosiguió diciendo, sin que Abraham, que la miraba atónito, tuviese valor para interrumpirla-; allí correrá su sangre por mi mano. ¡Oh!, ¡sangre!, ¡sangre! -añadía con un gesto de horror, mirando fijamente su mano derecha-. Pero yo soy una segunda Judith.
Y luego cantaba:
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-Chis... será menester mucho disimulo... él tiene muchos guardias consigo -proseguía, bajando la voz y acercándose al judío-. Vamos, sí, vamos.
-Modera, hija mía, tu entusiasmo; tú has dicho muy bien. Es preciso, como Judith, engañar a los que guardan a ese segundo Olofernes; tú, como hermana del castellano, tendrás entrada al momento en la fortaleza; allí te retirarás adonde nadie te vea sino yo, y pasarás orando y ayunando tres días. Entonces el ángel del Señor te avisará.
Mirábale Elvira sin pestañear mientras hablaba, y luego que concluyó bajó la cabeza, y sin hablar ya más palabra echó a andar junto a ellos camino del castillo de Cuéllar, en donde ambos frailes entraron aquella tarde.
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¿Vos, Hernando, en Arjonilla?, dijo Peransúrez cuando se vieron apartados del ventorrillo, todo lo que hubiera sido menester para no ser de nadie entendidos. |
| MARIANO JOSÉ DE LARRA, El Doncel de D. Enrique el Doliente. | ||
Volvamos ahora a nuestro Zacarías, que contando su dinero, y aunque no muy satisfecho de Saldaña, alegre con su aventura caminaba a paso de lobo hacia el campamento de los partidarios del nieto de Alfonso el Sabio.
Ocupaba su ejército las llanuras que se extienden camino de Segovia a la derecha de Iscar, en una legua de circunferencia, donde mil diversas banderas flameaban al aire en las tiendas de los capitanes. Sobre un cerro, cuya superficie plana daba lugar bastante para establecer parte del campamento, y que en medio de aquellos llanos se levantaba como en un sitio de distinción, estaban las tiendas de los jefes principales, que trajeron gentes de armas y que usaban de enseña propia, y alrededor, en las faldas de la colina y en la llanura, se veían las de la tropa hasta perderse de vista por un lado y otro a lo lejos.
Por una y otra parte rodeaban el campamento un número proporcionado de centinelas, que en los parajes más elevados podían descubrir con facilidad cualquier objeto a la distancia más larga que puede alcanzar la vista. A la puerta de las tiendas de los señores había también una guardia, compuesta de soldados escogidos entre los que había cada uno traído a aquella guerra consigo.
Era la noche, el campo estaba en silencio, y sólo se oía el grito del centinela o el canto de algún trovador que al rayo de la luna entonaba dulces canciones de amor o se animaba con himnos de guerra para la batalla. La noche estaba serena y ni una nube siquiera manchaba el terso velo de gasa que la diosa argentada bañaba con su pura luz. Las tiendas del cerro, a la sombra y en montón, parecían negros fantasmas que se habían refugiado allí huyendo de la claridad que despedía la luna. Nadie hubiera creído, al contemplar la paz que reinaba en aquellos sitios y la calma de la Naturaleza, que al día siguiente inundarían aquel país lagos de sangre, se cubrirían aquellos llanos de muertos y que era, en fin, aquella tranquila noche la última que habían de contar muchos que en aquel momento se prometían quizá grandes triunfos y largos días de gloriosa vida.
Tal no pensaba, empero, el castellano de Iscar, que, deseoso de venir a las manos en un combate decisivo, velaba en su tienda cuidadoso de su honra y meditando por esto los mejores planes que le parecían para poner en derrota a sus enemigos. Acompañábanle varios jefes, y en medio de la tienda, sobre un tambor, ardía una luz a cuyo alrededor estaban sentados sobre unos groseros escaños. Dormían a la puerta, que estaba abierta por el calor, echados acá y allá en el suelo, los soldados de guardia, reposando algunos de sus fatigas y otros boca arriba mirando al cielo y silbando, mientras el centinela lentamente se paseaba.
-Pardiez -exclamó el joven señor de Toro-, que no hemos tenido noticia del judío, ni ha llegado todavía el jefe de nuestros espías. No que uno ni otro me importen mucho, y si los han ahorcado no han hecho más que morir como debían, pero quisiera que por esta vez no les hubiese sucedido nada.
-El ejército de don Sancho -decía un capitán viejo al de Iscar- consta de dieciocho mil hombres, más bien más que menos; el nuestro, aunque bastante numeroso, no cuenta arriba de ocho mil soldados aguerridos, por lo que mi opinión es que nos fortifiquemos en nuestro campo.
-La mía no -repuso el de Iscar-, porque el soldado se desanima cuando se le encierra, y es menester salir a recibirlos.
Hablaba el de Toro en secreto con otro joven que tenía al lado, y de repente interrumpió la conversación de los dos jefes con una carcajada.
-¡Ja! ¡Ja! Tendrá que ver el judío si lo ahorcan vestido de fraile; ningún grajo se llega a él, apuesto cualquier cosa; creerán que es un espantapájaros.
-Podíais atender a lo que estamos tratando -dijo el viejo- y no estar pensando ahora en vuestro judío, que mal demonio le lleve.
-¡Ja! ¡Ja! Si le hubierais visto vestido de fraile como yo, juro a Dios que os habría hecho reír como a mí. Por lo demás, yo no me cuido de vuestra formalidad ni de lo que habláis, y quiero vivir alegremente hasta que llegue mi hora.
La presencia de Zacarías, que entró en ese momento en la tienda, cortó la conversación con un Deo gracias que hizo volver la cabeza a todos.
-¡Ja! ¡Ja! Ya está aquí nuestro beato -dijo el de Toro-. Benitum in Domino nomine, o qué sé yo cómo se dice. ¡Hola!, costal de oraciones, buena alhaja, ya te había yo creído en el cielo o, por lo menos, en actitud de volar hacia él colgado por ahí de un árbol.
-Dios ha sido servido de mirar por su siervo -respondió Zacarías.
-¿Qué traes de nuevo? -preguntó el de Iscar-. Las tropas de don Sancho están ya en marcha, sin duda.
-Mañana, siendo Dios servido -replicó el hipócrita-, tendréis el gusto de verlas al amanecer.
-Tanto mejor -gritaron todos, menos el viejo.
-Y dime -preguntó el de Toro-, ¿has hallado en tu camino dos frailes franciscanos que salieron de aquí esta mañana?
-El señor no me ha hecho la gracia de hallar a sus santos ministros en mi camino. Permitidme -prosiguió Zacarías, dirigiéndose al de Iscar- que os haga en particular una comunicación de suma importancia, y que sólo debe ser oída de vos.
-Nos retiraremos -dijo el veterano capitán, haciendo intención de ponerse en pie.
-No hay para qué -respondió don Hernando-; salgamos afuera, buen hombre, y me dirás lo que quieras.
Diciendo así se levantó de su asiento, y embrazando la espada salió de la tienda acompañado del villano Zacarías, que ejercía el mismo oficio en los dos ejércitos enemigos. A pesar de la oposición que el noble don Hernando había manifestado a que el Velludo con su partida auxiliase la revolución, supo el astuto judío manejarse de tal manera que logró componer todo sin disgustarle, conviniéndose con los otros jefes, quienes los incorporaron entre sus tropas sin darle a él cuenta. Conocía apenas el de Iscar a Zacarías, habiéndole visto antes sólo dos veces, sin haber casi reparado en él, por lo que lejos de mirarle con odio le tenía por un mentecato fanático que, cuando más, merecía su desprecio, que en alto grado le dispensaba.
Salieron, pues, solos, al campo, marchando el de Iscar delante y a pocos pasos siguiéndole Zacarías, hasta que llegaron a un sitio apartado de los vigías y en donde nadie podía oír su conversación.
-Bien estamos aquí -dijo-; habla.
-Loada sea la Providencia divina -exclamó Zacarías-, que va a poner a vuestra disposición el trono de Castilla.
-¿Qué dices? -repuso asombrado el de Iscar-. ¿Es cierto? Despáchate; habla.
-El cielo protege por último la buena causa, y os entrega al tirano para que hagáis de él a vuestra voluntad. Utrum rex regum, etc.
-Demonio, di, y no andes con más preámbulos.
-Grande es el poder de Dios, que derriba el de los reyes. Ayer tarde cuando iba a espiar las intenciones del enemigo fui apresado, y fue la voluntad del Señor que me llevaran a la presencia del rey. Yo soy hombre veraz, y no diría una mentira por cuanto Dios crió.
-Adelante; al grano, y no me impacientes.
-Es, pues, el caso, fama erat, que el rey me preguntó dónde estabais vos, y tuvo el benéfico pensamiento de hacerme ahorcar, por lo que le prometí cuanto quiso si me perdonaba. Pero ya sabéis vos quod est dictum non est scriptum.
-Yo no sé latín -respondió don Hernando con impaciencia-, y si no me hablas claro te arranco la lengua; prosigue.
-Pues, señor, el rey me ofreció montes de oro si, como él decía, le entregaba yo al jefe de los rebeldes, en lo que convine.
-¡Cómo, pícaro!
-Aguardad, señor; no fue más que una promesa, como antes dije en latín. Para esto quedamos en que él enviaría alguna gente a un paraje donde yo os llevaría, en lo que convino al momento, y me repitió sus ofertas; pero yo, que, como todo el mundo sabe, quiero más mi virtud que cuantas...
-Adelante.
-Pues sí, señor, aparenté convenir, aunque le puse algunas dificultades, y sólo pensé en servir la santa causa que Dios me manda que sirva. Buen latín os perdéis por no dejarme hablar en otra lengua que la mía. Díjele que yo os amaba sobremanera, en lo que no mentí, y que aunque estaba dispuesto a entregaros, temía, no obstante, por vuestra vida, y que si él no me daba una seguridad de que nada os sucedería, estaba determinado a perecer primero que cometer tal infamia, que Dios no permita. Entonces me aseguró daría orden al jefe de la emboscada para que os respetase como a su misma persona, pero habiendo yo insistido en mi duda, quedó pensativo un momento y dijo: Está bien; quiere decir que yo mismo empezaré y acabaré la guerra en un día; y me prometió venir en persona. Salí de allí, después de concertar con él el sitio y la hora de vuestra entrega. Escondíme, observé los pasos de todos, y si tenéis el ánimo que en tantas ocasiones habéis probado, esta noche en cambio voy a entregaros el rey. Está en un pueblo aquí cerca, sin guardias apenas, habiéndose adelantado del ejército, y la emboscada está puesta no lejos de allí; esta noche, después de media noche, están creídos que habéis de ir conmigo; si no os atrevéis, capitanes hay en vuestro ejército que aceptarán con gusto.
-Villano -interrumpió el de Iscar-, ¿osas tú decirme, que si no me atrevo?
Quedó pensativo un rato y dijo:
-¿Qué seguridad me das tú de que es cierto lo que dices?
-Mi juramento...
-No basta; pero no importa, tu vida me responderá; vendrás conmigo.
-Pensad que Dios os entrega un rey, y...
-¿Qué gente piensas que lleve?
-Poca y buena -respondió Zacarías-. Dios ha descubierto las maquinaciones de los impíos, y...
-Está bien; sígueme.
Dicho esto echaron a andar, y habiendo vuelto a la tienda llamó a Nuño, que estaba mandando la guardia, y le dijo lo que pensaba.
-Habrá bastante con cincuenta hombres -repuso Nuño-, y llevaremos atado al guía. Ya os he dicho mil veces que no debéis fiaros tanto de vuestro valor, porque, como decía vuestro padre...
-Mi padre decía muy bien, pero lo que ahora importa es que nos despachemos, que no faltan más que dos horas.
Y el buen Nuño se apartó, y tomando la gente que le parecía más granada volvió adonde estaba ya su amo a caballo, aguardándole lleno de orgullo y contento, pensando nada menos sino que iba a hacer prisionero al rey.
-Buen hombre -le dijo Nuño al espía-, ven aquí junto a mi caballo; al menor movimiento que hagas que me descubra tu traición, mueres.
-Yo sólo confío en el Señor Todopoderoso, Padre nuestro, etc. -y echó a andar, al parecer, con serenidad, procurando todos no meter ruido, y saliendo sin alarma ni dar nada que sospechar.