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51

El romanticismo prodigó tal confusión en los espíritus, que no fue cosa fácil definirlo. Alfredo de Musset rióse de esta dificultad con fino humorismo en sus Cartas de Dupins y Cotonet.

 

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Lo extravagante es una de las características del romanticismo. Cuando la sublimidad o la belleza -ha dicho Kant- rebasa el conocido término medio, se la puede denominar romántica (romanisch), (Lo bello y lo sublime. Colec. Universal, Madrid-Barcelona, 1919, nota 4 la página 17).

 

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Menéndez y Pelayo concedió escasa importancia a esta influencia. (Historia de las Ideas Estéticas, Madrid, 1912, t.º IX, págs. 114, 115, 116, 234 y 237). En cambio, Cánovas del Castillo, («El Solitario» y su tiempo, Madrid, 1853, t.º I, págs. 100, 101 y 102), Donoso Cortés: Obras, (Madrid, 1854), t.º II, pág. 34, Marqués de Valmar: Historia de la poesía castellana en el siglo XVIII, (Madrid, 1893), t.º I, pág. 3, y Nicolás Berdlaeff (Una nueva Edad Media, Barcelona, 1938; pág. 113), confirman mi punto de vista.

 

54

No digamos de las de sus propios compatriotas Novalis y Tieck.

 

55

Prólogo al Cromwell: le romantisme n'est que le libératisme en littérature. Véase también a este respecto la pág. 17 de Odas y Baladas, ed. F. Seix. Barcelona.

 

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Leyendo La música y la vida, de W. J. Turner (Editorial Juventud, Barcelona, s. a.), hemos encontrado esta definición del clásico, del futurista y del romántico: «Scott compara al clásico... con el que sale a dar un paseo con el deliberado propósito de no salirse del camino trillado; al futurista con el que se propone no poner el pie en ningún camino, y al romántico con el que sigue el camino o lo deja según lo considere conveniente para sus fines». Turner toma estas comparaciones del libro de Cyril Scott, titulado Filosofía del Modernismo, en sus relaciones con la Música.

 

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Los Himnos a la noche, de Novalis, es un buen testimonio de cuanto afirmo.

 

58

Se daba el caso de que escritores nacidos en Berlín, como Tieck, por ejemplo, rodeados de una naturaleza tan poco atrayente, pues los alrededores de la gran capital germana carecen, como es sabido, de todo encanto, se sintieran también irresistiblemente atraídos por los bosques umbríos, los angostos valles, las cañadas, las nieves y los ventisqueros.

 

59

Obermann (Madrid, 1930), t.º II, pág. 156.

 

60

Rafael, por Lamartine, (Madrid, 1873), pág. 9.