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Sus mejores versos

Manuel Reina

Introducción

Hijo soy de mi siglo,

y no puedo olvidar que por el triunfo

   de la conciencia humana,

desde mis años juveniles lucho.


NÚÑEZ DE ARCE.



Soy poeta: yo siento en mi cerebro

hervir la inspiración, vibrar la idea;

siento irradiar en mi exaltada mente

imágenes brillantes como estrellas.

   El fuego abrasador de los volcanes

en mi gigante corazón flamea;

escalo el cielo, bajo a los abismos,

rujo en el mar, cabalgo en la tormenta.

   Soy poeta: mi espíritu se escapa

de la mezquina cárcel de la tierra,

y sobre otros espacios y otros mundos

tiende sus alas de águila altanera.

   Bebe la luz en la mansión del rayo;

«atraviesa las órbitas etéreas»,

y el penetrante arpón de sus pupilas

recorre el panorama de la esfera.

   Soy poeta: al rumor de las naciones

las cuerdas de mi cítara se templan;

lloro en el negro mundo de las tumbas,

río en la bacanal, trueno en la guerra.

   El amor y la patria son mi vida;

el corazón humano, mi poema;

mi religión, la caridad y el arte;

la libertad sublime mi bandera.

   Soy poeta: yo siento en mi cerebro

hervir la inspiración, vibrar la idea;

siento irradiar en mi exaltada mente

imágenes brillantes: ¡soy poeta!


Contemplaban tus ojos centelleantes

la palma de cristal, la linfa

pura del surtidor que vierte en la espesura,

su polvo de zafiros y diamantes,

cuando enferma, con pasos vacilantes,

se acercó una mujer, todo tristura,

y te pidió limosna con dulzura

fijando en ti miradas suplicantes.

La perla que en tu mano refulgía

diste a aquella mujer pobre y doliente,

que se alejó, llorando de alegría.

Yo, entonces, conmovido y reverente,

no te besé en los labios cual solía,

¡sino en la noble y luminosa frente!


Juventud de Musset

A D. Manuel Cano y Cueto.

I

Mimí Pinsón, la griseta

       seductora,

arrulla, dulce y coqueta,

con su risa trinadora,

la juventud del poeta.

   Junto a su amada, el cantor

      da al olvido

toda amargura y dolor,

al pie de rosal florido

donde mora un ruiseñor.

   Y ella, con vivos fulgores

      en los ojos,

al vate de sus amores

ofrece sus labios rojos

y una corona de flores.

   Y a la luz de astros radiantes

y entre notas argentinas

del ave, estallan triunfantes

las rotas frases divinas

y el beso de los amantes.

II

   En tarde resplandeciente

      y aromada,

reclina el genio la frente

sobre el cabello esplendente

de su gentil adorada;

cuando, envuelto en áurea bruma,

      cruza el cielo

cisne blanco, cual la espuma,

que, herido, pierde en su vuelo,

una ensangrentada pluma.

   Con rápida sacudida

      se alza el vate,

y ase, el alma conmovida,

la pluma, en sangre teñida

cual lanza tras del combate.

   Y arranca de ella el tesoro

de sus más tristes canciones,

bajo cuyas alas de oro

se anegan en dulce lloro

los dolientes corazones.


El insecto y la estrella

Mirad aquel insecto

   de transparentes alas

en los brillantes pétalos posado

   de aquella rosa blanca.

      El cielo contemplando

   las largas noches pasa,

fija la vista en la hermosura y brillo

   de cierta estrella pálida.

      ¡Amor de un pobre insecto!

   ¡amor sin esperanza!

la estrella no lo mira, es insensible;

   las estrellas no aman.

      En la nevada rosa

   se ven, por las mañanas,

mil gotas cristalinas que parecen

   abrasadoras lágrimas.


A José Vignote.

Cielo brillante, fuentes rumorosas,

ojos negros, cantares y verbenas,

altares adornados de azucenas,

rostros tostados, perfumadas rosas.

Bellas noches de amor esplendorosas,

mares de plata y luz, brisas serenas,

rejas de nardos y claveles llenas,

serenatas, mujeres deliciosas.

Cancelas orientales, miradores,

la guitarra y su triste melodía

vinos dorados, huertas, ruiseñores,

deslumbradora y plácida poesía...

He aquí al pueblo del sol y los amores,

la mañana del mundo: ¡Andalucía!


¡Ven al prado de lirios y claveles,

mi bello y dulce bien! El campo llena

de perfumes la atmósfera serena

y el mes de mayo irradia en los vergeles.

¡Ven! Entre los rosales y laureles

flauta invisible melodiosa suena.

¡Ven! Que en la orilla del Genil amena

el amor es panal de ricas mieles.

¡Ven, mi alma! Las auras su frescura

nos ofrecen; las aves su armonía

y recóndito nido la espesura.

¡Mas no, no vengas, adorada mía;

que el inmenso raudal de mi amargura

tu corazón feliz destrozaría.


(DE HEINE.)

Toca, toca el tambor y pierde el miedo,

y abraza a la preciosa cantinera;

éste es el gran sentido de los libros,

      ésta es la ciencia.

   ¡Que tu tambor al mundo adormecido

      de su sueño despierte!

¡Joven, toca con fuerza la diana!

¡Siempre adelante y a tambor batiente!

   Ésta es de Hegel la profunda ciencia,

éste es el gran sentido de los libros.

Yo los he comprendido a maravilla;

soy buen tambor y aprovechado chico.


El corazón de una hermosa

PRÓLOGO

Manuel, en una noche del estío,

en el sereno azul clavó los ojos;

encendió un aromático veguero,

y escribió esta novela. Fin del prólogo.

I

RETRATO

   Era el capitán don Juan

joven bello y decidor;

apuesto, rico y galán,

y por su porte y valor

llamado El gran capitán.

   Dorados vinos bebía,

con esplendidez jugaba

y lindos trajes vestía;

y, calavera, pasaba

el tiempo en perenne orgía.

Como el héroe conocido,

que Espronceda nos pintó,

Don Juan nunca recordó

dinero por él perdido

ni mujer que abandonó.

   Era nuestro capitán

en la esgrima gran maestro;

en los salones galán,

y en hacer saltar, muy diestro,

los tapones del champán.

   En fin, por su corazón,

por su riqueza, hermosura

y ardiente imaginación,

era Don Juan la figura

de la misma seducción.

II

EN LA REJA

-¿Te vas, mi corazón, mi amor primero?

   -Me marcho ya, querida;

mas antes, que me des un beso quiero.

   -Con él toma mi vida.

-Adiós, adiós, mi gloria, mi alegría.

   -¡Ay, Juan! ¿Me olvidarás?

¿Serás infiel a mi cariño, un día?

   -Jamás, Rosa, jamás.

III

ROSA

   Rosa, joven divina y vaporosa,

formada del aroma de las flores;

dulce como canción de ruiseñores;

cual noche de esponsales, deliciosa.

   Era de honor encantadora marca

su pecho; en su pupila penetrante

fulguraba una página del Dante;

en su faz, un soneto de Petrarca.

   Su cuerpo era conjunto primoroso

de estrellas y jazmines. ¿Quién diría

que bajo forma tal palpitaría

un corazón tan grande y poderoso?

   Rosa, joven divina y candorosa,

del bello capitán enamorada...

¡Cuán infeliz, vendida y desgraciada

fuiste por el amor...! ¡Ay pobre Rosa!

IV

EN EL BAILE

   En el soberbio palacio

del marqués de la Pradera,

arde el placer, vibra el gozo,

hierve, esta noche, la fiesta.

Ved: es un baile de máscaras

con que los dueños celebran

el próximo casamiento

de su angelical Eugenia.

Nuestro alegre capitán

es el prometido de ésta;

Don Juan, que hoy es objetivo

de los hombres y las bellas.

El salón está poblado

de máscaras pintorescas,

de hermosísimas mujeres

con vestiduras espléndidas.

Torrentes de luz se escapan

de las grandiosas lucernas;

brillan los limpios cristales;

los diamantes centellean;

se iluminan los tapices;

resplandecen las diademas,

y en todo el salón se aspiran

embriagadoras esencias.

El capitán va vestido

a lo Luis Catorce; lleva

un elegante sombrero

con rizada pluma negra,

traje de raso y encaje,

todo bordado de perlas,

y una reluciente espada

a la cintura sujeta.

Eugenia, más seductora

que nunca, viste de Ofelia:

corona de blancas flores

su frente preciosa ostenta,

y su cuerpo la sublime

túnica de nieve, aérea.

Risas, suspiros y voces

despide la concurrencia

sólo una máscara grave

en un ángulo se observa.

Viste el traje de Pierrot;

gracioso antifaz de seda

cubre su rostro, y extraña

la multitud vocinglera,

que nuestro Pierrot sombrío

lleve una espada en la diestra.

Éste ve al capitán solo

y le dice con voz seca:

«Sois un bandido, Don Juan;

y por Dios, que la existencia

he de quitaros.» «Villano,

calla o te arranco la lengua.»

Así Don Juan le replica

y al mismo tiempo le muestra

del palacio suntuoso

la riquísima escalera.

V

LA MUERTE

   Don Juan, como buen soldado,

es gran tirador de espada;

y de una fiera estocada

al Pierrot ha atravesado.

   Éste exclama: «Feliz soy;

adiós, muero sin dolor;

me arrebataste el honor

ayer, y me matas hoy».

   El capitán con incierta

mano el antifaz le quita,

y, al verle el semblante, grita:

«¡Rosa! ¡Infeliz! ¡Muerta, muerta!»


Magnífica es la riqueza;

la libertad, admirable;

la salud, mucho mejor;

y mejor que ésta, mi madre.


La catarata y el ruiseñor

I

Desplómase la rauda catarata

      envuelta en luz y plata,

rompiendo en mil pedazos su diadema;

al abismo se lanza y precipita,

      y ruge, canta, grita,

formando con sus ritmos un poema.

   Al ver sus vestiduras y cendales

      cubiertos de cristales

y de resplandeciente pedrería,

un ruiseñor contémplala extasiado,

      y canta entusiasmado

sublime y amorosa melodía.

   Y en torno del torrente que flamea

      el pájaro aletea;

moja en el agua límpida su pluma,

y por la catarata arrebatado

      el pájaro, asfixiado,

en el abismo rueda entre la espuma.

II

   El vicio es una hirviente catarata

      que rauda se desata

y en el oscuro abismo se despeña;

y al mirar su diadema de brillantes,

      su luz y sus cambiantes,

el alma, alguna vez, suspira y sueña.


La gota de sangre

Sentados en la gótica ventana

estábamos tú y yo, mi antigua amante;

tú, de hermosura y de placer, radiante;

yo, absorto en tu belleza soberana.

Al ver tu fresca juventud lozana,

una abeja lasciva y susurrante

clavó su oculto dardo penetrante

en tu seno gentil de nieve y grana.

Viva gota de sangre transparente

sobre tu piel rosada y hechicera

brilló como un rubí resplandeciente.

Mi ansioso labio en la pequeña herida

estampé con afán... ¡Nunca lo hiciera,

que aquella gota envenenó mi vida!


Retruena el tambor; la turba avanza

terrible el rostro y la mirada fiera;

flota, teñida en sangre, la bandera;

silba el ronco fusil; cruje la lanza.

La multitud, sedienta de venganza,

crímenes va sembrando por do quiera;

convierte al pueblo en colosal hoguera

y se entrega, iracunda, a la matanza.

-¡Viva la libertad! la turba grita,

cuando, furiosa, al mar se precipita

y todo cuanto ve quema y destruye...

¡Oh libertad! ¡Oh libertad sagrada!

¡Maldita sea la hueste degradada

que tu precioso nombre prostituye.


A media noche

¡Oh! permets, charmante fille,

j'enveloppe mon cou avec tes bras.


HAFIZ



Choca tu dulce boca con la mía,

      mujer deslumbradora;

y brotará la ardiente poesía

      que mi mente atesora.

   Deja, deja que rompa ese lujoso

      traje de terciopelo

que oculta, como amante cariñoso,

de tu belleza el cielo.

   Quiero una bacanal regia y grandiosa;

      que el dios de los amores

en ella cubra tu cabeza hermosa

      de perfumadas flores.

   Un banquete de dioses, una orgía

      tan rica y deslumbrante,

que exceda a la más bella fantasía

      del genio más gigante.

   Que esté el salón cubierto de brocados,

      y telas suntuosas;

la mesa, de manjares delicados

      y de divinas rosas.

   Y que haya esos licores deliciosos

      coronados de llamas,

que engendran en la mente luminosos

      y bellos panoramas.

   Los generosos vinos espumantes

      dejemos al olvido;

¡quiero beber en copa de brillantes

      el oro derretido!

   Y cuando de estos goces y delicias

      esté mi pecho lleno,

expirar entre besos y caricias,

      reclinado en tu seno.


Baile de Máscaras

El salón, por deliciosas

mujeres, se halla adornado;

parece estuche dorado

lleno de piedras preciosas.

¡Oh brillante diversión!

Notas, perfumes, colores,

gasas, diamantes y flores,

en lujosa confusión!

Los brilladores reflejos

de los ojos de las bellas;

la luz, salpicando estrellas

en los grandiosos espejos;

los tapices, las pinturas,

los elegantes tocados,

las alfombras, los brocados,

las correctas esculturas,

los cojines orientales,

las blondas, la gentileza

de las damas, la riqueza

de mármoles y cristales,

el raso, perlas y tul,

plumas, risas y fragancia,

forman de la hermosa estancia

un mundo de oro y azul

..............................

   Allí se ve al caballero

feudal, al cinto la espada,

ostentando la celada

y la cota del guerrero,

prodigando madrigales

a una linda jardinera

de rizada cabellera

y pupilas celestiales.

Allá, un alegre estudiante

baila con una sultana;

aquí, una lista aldeana

se burla de un almirante.

Allí, un grave capuchino

de mirada tenebrosa

y barba blanca y sedosa,

baila, en raudo torbellino,

con una bella gitana

que luce negra mantilla,

y exhibe la pantorrilla

bajo la falda de grana.

Mirad, mirad aquel clown

en brazos de alta señora;

ved aquí, esta labradora

bailar con un infanzón.

Allá, marcha un mosquetero

con una monja del brazo;

mirad, en estrecho lazo,

una reina y un torero.

Allí, un astrónomo gira

bordado el manto de estrellas

en derredor de las bellas

aquel trovador suspira.

Y se encuentran confundidos

payasos, reyes, gitanos,

griegos, moros y cristianos,

guerreros, frailes, bandidos.

Monjas, magas, bailarinas,

labradoras y princesas,

rusas, gitanas, inglesas,

moras, gallegas y chinas.

Y en medio de ese ruido,

de esta locura y afán,

del espumante champán

se oye el báquico estampido.

Y vestido de escarlata,

y ceñida la tizona,

Mefistófeles entona

la sublime serenata.


A Núñez de Arce

EN SU CORONACIÓN

I

Un genio ardiente, un alma vengadora

reclama ya la universal conciencia:

brilla el cinismo, triunfa la licencia,

y la maldad se yergue vanidosa.

Falta un genio de voz atronadora

que maldiga del mundo y la impudencia,

reduzca al ambicioso a la impotencia

y arranque tanta máscara traidora.

   Un genio, sí, de frente inmaculada

que convierta su pluma de diamante

en látigo de fuego o recia espada;

y que ostente en su espíritu radiante

de Tácito, la cólera sagrada

y el estro airado del terrible Dante.

II

   Ese genio inmortal, esa alma austera

sólo puedes ser tú, sublime vate:

tú, en cuya estrofa cincelada late

noble y augusta la verdad sincera.

   Tú, cuya inspiración robusta y fiera

da al crimen y al error tremendo embate

en los valientes Gritos del combate,

donde solloza nuestra edad entera.

   Tú sólo puedes ser el soberano

poeta vengador, porque has reunido

las virtudes del pueblo castellano,

y en tu grandioso canto enardecido

suena potente del león hispano

el formidable aterrador rugido.

III

   Hoy que el mundo latino te proclama

emperador del Arte; hoy que un senado,

de noble admiración arrebatado,

ciñe a tu frente el lauro de la fama,

   piensa en la humanidad que sufre y clama,

y pon la vista en nuestro pueblo amado

que, roto, escarnecido y desgraciado,

en ti, varón insigne, espera y ama.

   ¡Y hace bien, vive Dios!... Ya me parece

que estallan furibundos tus acentos!

¡Ya el mal, amedrentado, se estremece!

   ¡Ya las cuerdas de bronce de tu lira

se transforman en látigos sangrientos!

¡Ya miro arder el hierro de tu ira!


A mi padrino el conde de Torres-Cabrera

ALEMANA

Es el rumor de hirviente catarata

que en los abismos sus cristales quiebra;

del lúgubre cañón el estampido;

el sublime fragor de la tormenta;

el colérico grito de los mares

«cansados de luchar con sus cadenas»;

el acerado choque de las armas;

del bélico clarín la voz guerrera;

el gigante concierto de los mundos;

el son valiente de la trompa épica,

y el ritmo eterno, armónico y grandioso,

de la máquina inmensa de la tierra.

ITALIANA

   Es el rumor del beso apasionado;

del aura los dulcísimos poemas;

las notas que del lago se levantan

en las noches azules y serenas;

la canción de los silfos a las flores;

de las arpas de oro las cadencias;

el ¡ay! desgarrador del moribundo;

el canto seductor de las sirenas;

el suspiro amoroso de las vírgenes;

de las aves canoras las endechas,

y las mil armonías de los bosques

que los espacios infinitos pueblan.

FRANCESA

   Es el rumor ardiente de la orgía;

la barcarola rítmica y ligera

que las náyades cantan recostadas

en sus esquifes de coral y perlas;

el canto del amor y los placeres;

el crujido del raso y de la seda;

el allegro monótono que entona

la bola de marfil en la ruleta;

las sonoras y alegres carcajadas

de Paul de Kock; la voz de las grisetas;

de Beranger los cantos populares

y el choque de las copas de Bohemia.


El sueño de una noche de verano

A Juan Calvo de León.
(EN EL CONCIERTO)

Llueve; la tarde triste y nebulosa.

Al beso de la lluvia fecundante

su frente inclina la purpúrea rosa,

como al ósculo fresco del amante

la enamorada virgen ruborosa.

El agua cristalina

en las frondosas ramas centellea,

cual joya de diamantes que campea

en los bellos cabellos de una ondina

el ruiseñor se oculta y enmudece,

busca el nido la obscura golondrina,

la floresta reluce y se estremece,

y la lluvia, entretanto, gime y llora,

y con sus hilos fúlgidos parece

arpa gigante de cristal sonora.

..............................

   Con el alma tan triste como el cielo

de este lluvioso día,

entro, buscando a mi dolor consuelo,

en el templo inmortal de la armonía.

De pronto en la alta esfera

brilló, como sonrisa placentera,

la luz del sol, entre vapores rojos,

que irradiando en los vidrios de colores

del templo musical, mostró a mis ojos

un agitado mar de resplandores.

Allí el cuello de encaje, la lujosa

seda y el raso espléndido, las flores

entre los rizos negros o dorados,

los seductores rostros de las bellas,

los lindos arabescos esmaltados

de la sala elegante y anchurosa,

las joyas coronadas de centellas,

el alegre abanico fulgurante,

la mantilla de nieve, la lustrosa

pechera de marfil, el chal brillante

bordado de vistosos colorines,

la luz artificial vertiendo estrellas

sobre trompas, timbales y clarines,

y dorando la lira melodiosa...

Todo resplandecía,

todo lanzaba rayos y fulgores,

formando una grandiosa sinfonía

de relámpagos, lumbres y colores.

   La orquesta abrió el concierto soberano

con la maravillosa melodía

El sueño de una noche de verano.

Y en aquella cascada de armonía,

como en un cosmorama, yo veía

mi adolescencia, plácida alborada

el blanco campanario de mi aldea,

con su rota veleta cincelada,

que en lo azul se destaca y centellea;

mis primeros amores,

las rejas llenas de olorosas flores

y de besos ardientes,

y aquellas noches puras y lucientes

en que el alma volaba

de astro en astro, y en lumbre se bañaba.

Después, mi arrebatada fantasía

se pobló de magníficos ensueños

de luz y poesía,

ora tristes, ya alegres y risueños.

Vi entonces la serena y argentada

noche del seco estío,

y en la corriente del brillante río

una barca poblada

de bulliciosas jóvenes y hermosas,

coronadas de rosas,

que al viento daban risas y canciones;

en tanto que en la orilla floreciente

un mancebo de pálidas facciones,

de tristes ojos y abatida frente,

alejarse miraba en la corriente

el esquife sonoro.

   Borrose luego esta visión de oro

y apareció una noche tenebrosa,

en cuyo fondo lúgubre y sombrío

alzábase la imagen pavorosa

de trágico y sangriento desafío,

y semejaba en el oscuro cielo

la amarillenta luna agonizante

un cráneo de marfil sobre un gigante

catafalco de negro terciopelo.

   Tras este cuadro fulguró radiante

bello tropel de náyades y ondinas,

bañándose en azul y terso lago,

al cadencioso halago

de canciones y músicas divinas

que entonaban las ondas cristalinas.

Luego una huerta apareció frondosa,

con sus parras, su fuente rumorosa,

sus rosales y arpados ruiseñores,

y bajo de un granado, cuyas flores

de púrpura y de fuego parecían

labios abrasadores,

dos amantes besábanse y reían.

Desvanecida esta visión de amores,

surgió un gótico templo iluminado,

todo vestido de tisú de oro,

con su altar de azucenas adornado

y su esculpido coro,

donde cantaba el órgano sonoro.

Al pie del ara, una gentil doncella,

de rubia cabellera reluciente,

como el fleco dorado de una estrella,

ceñida de azahar la casta frente,

y la figura bella

envuelta en blanco velo transparente,

daba su mano fina y delicada

a un gallardo mancebo, de mirada

placentera y airoso continente.

..............................

   Mas, ¡ay!, enmudeciendo de repente

la orquesta, desplomose el atrevido

alcázar que elevó mi fantasía,

volviendo yo, doliente y abatido,

a la espantosa realidad sombría.

¡Entonces, comparando

mi alborotada juventud serena

con estos tiempos de cansancio y pena,

toda la tarde la pasé llorando.


La lira rota

Del salón en el ángulo oscuro

............................................

............................................

.....................


BÉCQUER



En el verde jardín, al pie de un árbol,

hallé una lira rota y destemplada:

      y en tal estado al verla

      sentí rota mi alma.

   Las cristalinas gotas de rocío

que en sus hilos metálicos brillaban,

      no sé por qué misterio

      me parecieron lágrimas.

   Al ver a un ruiseñor triste y callado

      que en ella se posaba,

dije: el ave es el alma de su dueño

      que viene a visitarla.

   ¡Ay! en aquellas cuerdas yo veía

de un corazón las fibras delicadas

      heridas mortalmente

      por sin igual desgracia.

   Cuando el viento al pasar, aquellas cuerdas

con invisibles dedos agitaba,

      gemidos y lamentos

      de la lira brotaban.


Las Bellas Artes

PINTURA

Es el limpio fanal del universo;

el marco de brillantes panoramas;

el mar con sus abismos insondables

y sus lucientes olas de esmeralda;

el cielo con sus nubes y sus astros;

el arroyo que claro se desata

y copia en su cristal plantas y flores;

el horizonte; las divinas alas

de las deslumbradoras mariposas;

el ocaso; la noche; la mañana,

y el espejo grandioso en que los mundos

con sus luces y sombras se refractan.

ESCULTURA

   Es la forma; es el arte que de un mármol

una figura celestial arranca;

el alma de infinitas religiones;

Atenas floreciente y decantada;

el abultado pecho de la hermosa;

el altivo palacio y la montaña;

la obra que Dios, artífice supremo,

fabricó, poderoso, de la nada;

el espectro que llora en las ruinas;

el plano entero de la hermosa Italia;

la lluvia,en fin, cuyo cincel de gotas

la verde espiga de la tierra saca.

MÚSICA

   Es el cantar que entonan las edades;

el lenguaje sublime de las hadas;

el ritmo de los ejes de la tierra;

el canto del torrente y la cascada

el son del huracán; las dulces trovas

que las aves entonan en las ramas;

el placer de la corte y de la aldea;

del amoroso labio la palabra;

las sentidas canciones populares...

Arte del sentimiento, arte formada

de notas, ruiseñores invisibles

cuyo precioso nido son las almas.

POESÍA

   «Es el limpio fanal del universo»;

«el lenguaje sublime de las hadas»

«el alma de infinitas religiones»

la música del beso regalada

el mundo del amor y del espíritu;

la rota almena; el opulento alcázar;

la luz del rayo; el grito de los mares;

el inmenso rumor de las batallas;

el color y el perfume de las rosas;

la historia de los pueblos; la mirada

de unos hermosos ojos; el espacio;

el cielo; el campo; el mar; la flor; el aura.


Flores secas

No extrañéis que conserve, cual tesoro,

      esas pálidas flores;

sus hojas son las páginas de oro

      de una historia de amores.

Esas páginas traen a mi memoria

      la ventura perdida;

el tiempo del placer y de la gloria,

      mañana de la vida.

........................................

El fuego en tu corola ya no arde,

      despedazada rosa;

lindo adorno tú fuiste, cierta tarde,

      del pecho de una hermosa.

Este mustio clavel, bella Dolores,

      borró nuestros enojos;

aún me parece ver, en sus colores,

      los de tus labios rojos.

Esos nardos, con pétalos brillantes,

      Adelina hechicera,

bañaron en aromas penetrantes

      tu blonda cabellera.

Amelia regalome esta camelia

      con lúbrico embeleso,

dando a la flor la encantadora Amelia

      un encendido beso.

Tus pétalos de plata, raso y oro,

      marchitada azucena,

aún parecen regados por el lloro

      de la dulce Filena.

........................................

Las flores están ya tristes y yertas;

      sus hojas, en jirones;

todo pasó; las flores están muertas

      como mis ilusiones.


Hoy las campanas al viento

dan su fúnebre clamor.

¡Ay!... Sin duda, ingrata mía,

doblan por tu corazón.


Canción árabe

A Rafael Reina.

Lejos está la hermosa de la gentil garganta

      y de ojos centelleantes.

Corcel, vuela conmigo; condúceme a su planta;

por ella te he comprado la peregrina manta

      de raso y de brillantes.

Por ella de preciosos regalos te he colmado

      que valen un tesoro;

tus bridas son de plata; tu silla, de brocado,

y en tus ijares nunca tu dueño te ha clavado

      el espolín de oro.

Por ella están tus crines rizadas y sedosas,

      y brilla tu herradura,

y está por manos hábiles, en sedas muy lujosas,

bordada de guirnaldas, de pájaros y rosas,

      tu espléndida montura.

Por ella todo el mundo te admira y te decanta;

      por ella soy tu amigo;

corcel, corcel ligero, condúceme a su planta;

por ella te he comprado tu peregrina manta.

      ¡Corcel, vuela conmigo!


En medio del jardín yérguese altiva,

en riquísimo mármol cincelada,

la figura de un dios de ojos serenos,

cabeza varonil y formas clásicas.

En el invierno, la punzante nieve

y el viento azotan la soberbia estatua;

pero ésta, en su actitud noble y severa,

sigue en el pedestal, augusta, impávida.

En primavera, el aureo sol le ofrece

un manto de brocado; las arpadas

aves con sus endechas la saludan;

los árboles le tejen con sus ramas

verde dosel; el cristalino estanque

la refleja en sus ondas azuladas,

y los astros colocan en su frente

una diadema de bruñida plata.

Mas la estatua impasible está en su puesto

sin cambiar la actitud ni la mirada.

¡Así el genio inmortal, dios de la tierra,

siempre blanco de envidias o alabanzas,

impávido, sereno y arrogante,

sobre las muchedumbres se levanta!


Byron en Venecia

Sobre la frágil onda iluminada

por el radiante sol, surca ligera

del bardo inglés la góndola dorada

desplegando a los aires su bandera.

   De pie en la popa; la apolina frente,

bañada en rayos, la mirada inquieta

tendida por el mar resplandeciente,

boga triunfante el inmortal poeta.

   Desde los cincelados miradores

las venecianas vírgenes hermosas

fijan en él sus ojos seductores,

y le mandan sonrisas amorosas.

   Y sueñan por la noche, enamoradas,

con la canción del bandolín sonoro,

el recio combatir de dos espadas

y el choque alegre de las copas de oro.


De azul y plata adornada

está la rauda cascada;

azul el ancho horizonte;

verde la hermosa enramada,

y la pradera y el monte.

Luce la lozana flor

sus perfumes y sus galas;

y entona cantos de amor

ese poema con alas

que llamamos ruiseñor.

   Las arboledas sombrías

se cubren con verdes velos;

y báñanse, en armonías,

esas noches que son días

y esos días que son cielos.

   El aire se halla inflamado,

y la hermosa con su amado,

a los rayos de la luna,

cruza en bajel nacarado

la brilladora laguna.

   Todo es luz, brisas, colores,

ambiente, dulzura, calma,

pájaros, notas y flores.

Sólo en mi pecho hay dolores

y desencanto en mi alma.


Es de rayos de sol tu cabellera

la línea de tu rostro seductora;

eres la encarnación de la hermosura;

      de las gracias la diosa.

   La voluptuosidad, ave de fuego,

tiene por nido tus divinas formas;

y hay un cielo de esencias y rubíes

      en tu risueña boca.

   Sólo te falta el alma, hermosa mía

no tienes alma, no; pero, ¡qué importa!

tampoco tienen alma las estrellas,

      las perlas, ni las rosas.


En un álbum

-Los dioses se van, ha dicho

un eminente filósofo;

-El cielo es un cementerio

azulado -grita otro.

-El Cristo ya se desploma

-escribe un genio coloso,

y la multitud exclama:

-Los templos están ruinosos.

   Yo sé que las religiones

ruedan tristes en el polvo,

y sé que ante la razón

todos se postran de hinojos;

no obstante, querida mía,

yo sigo siendo católico,

y es porque la Virgen tiene,

¡Oh hermosa!, tu mismo rostro.


Cuando miro de noche en el cielo

dos brillantes estrellas unidas,

me figuro que son nuestras almas

refulgentes de amor y alegría.

Pero al ver separarse a una de ellas

señalando una estela divina,

¡ay! me muero al pensar que es tu alma

que se aleja, veloz, de la mía.


El Dios en quien yo creo palpita en la conciencia,

los sabios y los justos, sus sacerdotes son,

los cielos y los mares publican su existencia,

el bien es su doctrina, su templo la creación.


(ORIENTAL)

La sultana Amina llora,

llena de horror y tristeza,

porque en una pica mora

ve clavada la cabeza

del hombre a quien ella adora.

Sus sedas, gasas y tul,

rasga, iracunda y furiosa;

tira su turbante azul

y su diadema preciosa

que vale más que Stambul.

Pisa joyas y diamantes,

destroza su rico velo,

y las de color de cielo

telas, que adornan brillantes,

su lecho de terciopelo.

Llega Mahomet ultrajado;

a la llorosa sultana

mira con rostro irritado,

y echa en su falda de grana

un pañuelo ensangrentado.

«¡Es su sangre!», dice Amina;

y con una damasquina

daga, su garganta hiere;

la hermosa cabeza inclina,

nombra a su amador... y muere.


Hermosa, ya tus pupilas

que soles radiantes fueron,

perdiendo van sus fulgores,

su viveza van perdiendo;

tu provocativa boca,

trono del amor y el beso,

palidece, y huyen de ella

la gracia, el clavel y el fuego;

ya en la cascada de oro

de tus brillantes cabellos,

algunos rayos de luna

aparecen indiscretos,

y en tu nacarada frente

de nítido terciopelo,

un hada un surco ha trazado

con su alabastrino dedo;

las flores de tu semblante

se han marchitado y deshecho,

y las flores de tu alma,

hermosa, también han muerto.


María Stuart

A Rafael Moyano.

Pálida la color, en la alba frente,

un surco que revela el desconsuelo,

la azul pupila dirigida al cielo,

el paso firme, el ademán prudente,

   baña su hermosa faz el llanto ardiente.

Marcado en su semblante está el desvelo,

y un vestido de negro terciopelo

aprisiona sus formas ricamente.

   Así María Stuart camina lenta,

el pudoroso pecho destrozado,

a la picota lúgubre y sangrienta;

   y al rodar su cabeza en el tablado,

rodó en el suelo, para eterna afrenta,

el nombre de su prima deshonrado.


Las Estaciones

Si al llegar la lozana primavera

      contemplo en la pradera,

rosas divinas y claveles rojos,

recuerdo tus mejillas y sonrojos.

   Si el verano al llegar luce el tesoro

      de las espigas de oro,

y las noches brillantes y azuladas,

recuerdo tu cabello y tus miradas.

   Si al llegar el otoño, oigo la brisa,

      que vagando indecisa

entre las hojas pálidas, murmura,

tu voz recuerdo melodiosa y pura.

   Y si el invierno viste el blanco velo

      de nieves y de hielo,

y de las nieblas el capuz sombrío,

tu corazón recuerdo negro y frío.


La flor de mi esperanza

Una flor se divisa

en el oscuro campo de batalla,

y sus hojas, movidas por el viento,

de humo y sangre se esmaltan.

Un corcel galopando se aproxima,

      y pronto va a pisarla;

mas una mano fuerte y vigorosa

lo detiene, y ¡la flor está salvada!

      Hoy así se divisa

en el oscuro campo de mi alma,

      una flor blanca y pura:

      la flor de mi esperanza.

El corcel volador de las pasiones

      se acerca a destrozarla.

¡Ay de ella si tu mano bendecida

no detiene su marcha!


El sauce y la flor

Al lado de la fosa

   de la preciosa joven ha brotado

      una encendida rosa;

y junto a la hermosura está enterrado

      su amante enamorado.

Sobre esta tumba un sauce corpulento

su triste frente inclina,

   y a veces, agitado por el viento,

      besa la flor divina.


Después de destrozarme

el pecho, ingrata mía,

tus encendidos labios

me mandan mil sonrisas.

Sonrisas que simulan

un mundo de pasiones...

¡Ay! Cerca de las tumbas

brotaron siempre flores.


La canción de las estrellas

CANTO PRIMERO

I

¡Oh sol, oh regio sol de Andalucía,

besa mi frente, y con tus rayos de oro

corona mi laúd.¡Oh frescas rosas

de los jardines béticos, perfumes

y colores prestad a mi poesía!

¡Oh esquivos ruiseñores melodiosos

que moráis en los bosques de mi patria,

las perlas derramad de vuestro canto

sobre el metal sonoro de mis versos!...

¡Sol, rosas, ruiseñores, embriagadme

de fragancias, y músicas, y lumbres,

y así podré narrar la breve historia

de un tierno amor, en lágrimas bañado,

como violeta henchida de rocío!

II

   Bajo el sereno azul la primavera

toda desnuda y luminosa ríe.

A la vívida llama de sus ojos

las fuentes y los lagos centellean,

luce la húmeda yerba su esmeralda

y palpitan los puros corazones.

Mayo, el alegre mes de las caricias,

sus alas de oro en los espacios tiende;

los prados llena de vistosas flores

y las almas de fúlgidas auroras.

En los fecundos campos todo canta...

Ingente lira es cada bosque y arpegio

cada rama florida, grato idilio

cada vergel: naturaleza entona

al erótico mayo himnos triunfales.

Sí, todo canta; desde el claro arroyo

que, al pie de la persiana de los juncos,

su flauta de cristal, plácido tañe,

hasta el primer amor, que alza en los pechos

juveniles su bella Serenata.

III

   ¡La serenata del amor, divina!...

¿Quién no oyó sus dulcísimos acordes?...

¿Qué virgen corazón de quince años

no ama bajo el imperio de las rosas?

Tiempo fascinador en que desciende

Apolo del Olimpo; las estrellas,

como un coro de ninfas nacaradas,

se bañan en las olas de zafiro;

lleva la brisa aromas de claveles

y de jóvenes senos; la mañana

su collar de luciente pedrería

rompe sobre los prados y las flores;

bajo el lascivo pámpano sonríe

la bacante feliz; entre el follaje

vuela del ruiseñor la estrofa de oro...

¡y enamorada la radiante musa

acaricia en sus brazos al poeta,

y enciende en él la esplendorosa llama

que cambia al hombre en dios... ¿Quién no ha escuchado

en las tranquilas argentadas noches

el áureo bandolín?

IV

¿Veis esa huerta

que, arrullador, abraza el caudaloso

Guadalquivir triunfante?... Ella es la amada,

la hermosa favorita del gran río,

próvido rey de la andaluza tierra.

Alguna vez irrítase el monarca

y, desbordado el bramador torrente

de su temida cólera y sus celos,

deshace la guirnalda de la huerta

y su resplandeciente vestidura.

Pero después, calmados sus enojos,

gentil y halagador, a su querida

orna con verde túnica de raso,

en su frente coloca una diadema

de hojas y frutos, y a sus pies floridos

palmas de plata, enamorado, arroja.

Bien merece esa huerta ofrendas tales:

que es un edén. Relumbra entre sus ramas,

como el nevado cuerpo de una ninfa,

la morada blanquísima y risueña

del hortelano, placentero albergue

en cuyo alero arrullan las palomas

y fabricó su nido alicatado

la inquieta golondrina. En la fachada,

que orlan y alegran pámpanos frondosos,

brillan al sol, como pupila verde,

los vidrios de una rústica ventana

en cuyo marco embalsamadas flores

dan su perfume y el amor su trova.

¿Cómo no ha de sonar el dulce canto,

la serenata del amor, divina,

en la ventana rústica, si en ella,

al sonrosado albor de la mañana,

peina su fina cabellera de oro

una niña feliz? Blanca es su nombre.

Doncella más hermosa no ha nacido

en las comarcas que fecunda el Betis.

Su cuerpo virginal, gallardo, ostenta

la airosa curva y el contorno puro

de ánfora griega; en sus celestes ojos

luce el fulgor sereno de los astros;

sobre su fresca boca la sonrisa

vuela como pintada mariposa

en torno de un clavel; y su ovalado

rostro de nieve irradia entre el sedoso

rubio cabello, como la hostia blanca

en el cerco de aurífera custodia.

-Hija del dueña de la huerta alegre

-rudo trabajador de piel tostada

y mano encallecida-, la doncella

tiene en el noble pecho de su padre

un trono y un altar.

V

Gentil mancebo,

llena la tersa frente de ilusiones

y los ojos de sol, una mañana

que cruza por la huerta, ve este cuadro,

con resplandores de égloga latina

y destellos de aurora. Sobre tosco

banco sentada y a la grata sombra

de un dosel, que jazmín pomposo y alto

formó con su follaje y con sus mudas

campanillas de plata, está la hija

del hortelano, bella y floreciente

como abierto rosal. Velan y ciñen

las sagradas turgencias de sus formas

un pañuelo de seda, purpurino,

y un blanco traje de percal, crujiente

completando su linda vestidura

el manto brillador de sus cabellos

que desatados por su espalda ruedan.

En torno de la niña, cuya mano

esparce rubio trigo, una bandada

de ligeras palomas aletea

y lanza sus arrullos gemidores.

Una de pluma azul se posa erguida

sobre el hombro de Blanca; otra despeina

con sus alas de nácar, sus cabellos;

otra en su limpia falda se cobija,

y otra, la más feliz, hunde su pico,

como en un rojo casco de granada,

en los carmíneos labios de la hermosa.

Ante visión tan hechicera, el mozo

quedó sumido en hondo arrobamiento,

en éxtasis divino, hasta que Blanca,

terminado el banquete delicioso

que ofrece a sus palomas cada día,

traspasó de su casa los umbrales.

VI

   Aquella noche, el joven, desvelado,

la cabeza revuelve en la almohada,

fijando sus miradas en la sombra.

Es que ve en la negrura que lo envuelve

una imagen de diáfanas pupilas,

rostro de nieve, palpitante seno

velado de escarlata y blanco traje.

Y ve también, brillando en las tinieblas,

una paloma azul que, en vez de pico,

tiene los labios de él, ¡sus mismos labios!

y apasionada besa a la hermosura...

A poco, el siempre asiduo y apacible

sueño de la dichosa adolescencia

cierra los ojos al gentil mancebo

y en su boca dibuja una sonrisa...

¡Oh, dulce joven! goza del tranquilo

plácido sueño de la edad temprana!

disfruta de ese bien; que en los corceles

voladores del tiempo, airados llegan

el encendido afán, la duda impía,

la cólera insensata, el vil despecho,

el vicio tentador, la aguda pena,

la ingratitud, de víboras armada,

y la torpe ambición, fantasmas hoscos

que tienen por constantes compañeras

las noches de amargura y desconsuelo,

en que el pálido insomnio nuestras frentes

desgarra con espinas punzadoras.

¡Oh, mancebo feliz, goza, disfruta

de ese bien que tan pronto se disipa!

VII

   A la primera luz de la mañana

salta del lecho el tierno adolescente,

aún llena la retina del encanto

y claridad de la visión nocturna.

Se acicala, y escoge el más lucido

de sus costosos trajes: que Adelardo

-tal se llama el garzón de nuestra historia-

hijo es del labrador más opulento

de la región feraz. Vestido el mozo

con sus galas más ricas y flamantes,

en busca de la niña seductora

marcha jovial, bizarro y diligente.

Todo es resolución, audacia y brío

el bello seductor, cuando camina

hacia la huerta; pero al verse luego

en presencia de Blanca, siente el joven

que le palpita el corazón, que abrasa

el fuego su mejilla y que, turbado,

nada acierta a decir. La virgen rubia,

que conoce a Adelardo, de un fragante

rosal corta una flor, y, sonriendo,

mas trémula y la faz toda encendida,

al mancebo la ofrece, que, dichoso,

prende la rosa en su agitado pecho.

VIII

   Aquella noche, la feliz doncella

la cabeza revuelve en la almohada,

fijando sus miradas en las sombras.

Es que ve en las tinieblas la arrogante

imagen de Adelardo, con un nimbo

de matinal fulgor...

Luego el sagrado

ángel resplandeciente de la guarda

tiende sus blancas alas protectoras

sobre el cándido lecho de la niña,

y vela su tranquilo y casto sueño.

IX

   Se aman los dos con el amor riente,

con el primer amor, límpido néctar

que perfuma la copa de la vida.

Vedlos bajo los árboles floridos

dando al aire sus risas melodiosas.

¡Cuán divina está Blanca en esta alegre

tarde de Mayo! Adornan sus cabellos,

que relumbran al sol, lirios azules,

blancos jazmines y encarnadas rosas

luce en el pecho un ramo de azucenas

y en la nívea garganta de alabastro

un collar de cerezas encendidas.

Ella mira a su amante, enamorada,

mientras él la contempla embebecido.

De pronto suena un beso, un dulce beso

todo música y luz, como una endecha

de ruiseñor... ¡Inflámase el ambiente;

tiemblan todas las hojas y las flores;

suspiran los arroyos, y en la umbría

canta el alma sublime de Virgilio!

Vedlos pasar por el mojado césped

unidos, cual dos versos amorosos

que ata el lazo de perlas de la rima.

Él le pide que cante, y ella entona

esta canción, con regalado timbre:

      -Hoy de su palacio azul

      han salido las estrellas,

      ciñendo sus frentes bellas

      con velos de blanco tul.

      Por una escala de plata

      a la tierra han descendido,

      y una corona han tejido

      de claveles escarlata.

      Con ella esmaltan la hermosa

      casta frente de marfil

      de una doncella gentil,

      que esta noche se desposa.

      Mucho quieren las estrellas

      a esta niña blanca y pura,

      porque en sus ojos fulgura

      la misma luz que arde en ellas.

      La doncella angelical

      camina al templo sagrado,

      y un amante despechado

      le clava agudo puñal.

      Las estrellitas en coro,

      al ver a la niña muerta,

      sobre su faz triste y yerta

      vierten lágrimas de oro.

      Luego, en su palacio azul

      ocúltanse las estrellas,

      y ciñen sus frentes bellas

      con velos de negro tul.

   Vibrando, la canción, rasga los aires

y el pecho de Adelardo y su adorada:

que en la edad juvenil es generoso

y blando el corazón. La tarde expira;

poblando de fantásticas visiones

la bóveda del cielo. Sobre el musgo,

avanza muda la pareja amante

mientras el sol, de llamas coronado,

la viste con purpúreos esplendores.

CANTO SEGUNDO

I

   Hay un hada fatal, pálida y bella,

de ojos de fuego y tentadora risa,

que oculta con su regia vestidura

un cuerpo de reptil; hada traidora

que, cuando besa con su torpe labio

a la florida juventud, le arranca

la corona de rosas de la frente.

Fascinador espíritu que engendra

la desceñida bacanal; transforma

el místico y humilde escapulario

de la doncella pobre en refulgente

collar de perlas; abre el negro abismo

del juego; bebe lágrimas y oro

y mancha la virtud. Ese funesto

monstruo devorador, como se enrosca

a la palma gentil la estéril hiedra,

ciñó el cuerpo y el alma de Adelardo.

II

   Su buen padre murió, y al verse el mozo

dueño de una fortuna, la apacible

vida cambió de su natal aldea

por el fausto y bullicio de la corte.

Gozar, siempre gozar era su norma;

pero no al goce puro se entregaba,

no al deleite inefable que alas presta

al corazón para elevarlo al cielo,

sino al placer febril de los sentidos

que, como el rayo, brilla, ciega y mata.

-Reclinar la cabeza en blancos senos

guarnecidos de perlas y diamantes

ajar y deshacer lazos y flores;

beber, cantar, reír en los festines

las manos, empapadas por el vino,

enjugarse en lucientes cabelleras...

Tal fue la disipada vida alegre

de Adelardo en Madrid. Reinó el mancebo

en el antro del vicio y la licencia

y en el áureo salón, pues repartía

el oro por doquier. ¡Maldito el oro!

¡Maldito, sí, maldito una y mil veces!

que obrero infatigable, en las tinieblas,

labra la culpa, el deshonor y el crimen.

¿Cómo dudar que lágrimas enjuga?...

Mas ¡ay! por cada lágrima que seca,

hace verter un mar de llanto y sangre.

Y ¡oh pavorosa realidad! el oro,

el gran infame, el corruptor eterno,

para la raza humana sienipre ha sido

excelso rey, de todos venerado,

y único dios que no ha tenido ateos.

III

   Su fortuna Adelardo prodigaba

en perdurable bacanal. Se hundían

en la charca del vil libertinaje,

como náufrago en mar alborotada,

sus ternuras, su fe, sus ilusiones...

toda la dicha juvenil. Tan sólo

flotaba alguna vez en la onda negra

el recuerdo de Blanca. Como el cisne

que, al cruzar por el lago cristalino,

deja sobre la linfa transparente

una pluma de plata, el sonrosado

idilio de la huerta su destello

dejó en el alma del liviano mozo.

¡Cuántas noches en medio de la orgía,

vio en el cristal de la bruñida copa

la figura de Blanca entre el follaje

bañado por el sol!... Y ¡cuántas veces,

en brazos de una impura, envuelta en raso,

al asaltarle el mágico recuerdo

de su primer amor, palidecía,

inclinaba la frente, y, a sus ojos,

transfomábase el rostro de la hetaira

en seca y espantable calavera!...

IV

   En tino de esos bailes con que el vicio

y la demencia humana solemnizan

el Carnaval; en una de esas fiestas,

como un incendio espléndidas y ardientes,

en que la faz se oculta a las miradas

y desgarra el pudor sus vestiduras,

vio Adelardo entre el loco torbellino

a una blanca beldad de ojos serenos

como el terso cristal de mansa fuente,

de rosfro fresco y puro como un lirio,

y de figura tan gentil y airosa

que Grecia hubiera honrado su hermosura

en magnífico altar. Perplejo el mozo

quedó ante gracias tales, y admirando

aquellas dulces límpidas miradas,

aquella noble frente, aquel risueño

labio infantil que, ingenuo, parecía

no haber sido rozado por el ala

de un ósculo de amor, luces y sombras

surcaron a la vez su pensamiento.

-¿Quién es esta mujer? -se preguntaba-.

¿Será una de esas lúbricas deidades

cuyos dientes de perlas nos devoran

el corazón, y en no lejano día

ruedan desde el asiento de oro y seda

de una carroza al lecho miserable

de un hospital?... ¿Será una tierna virgen,

una doncella cándida que alegres

amigas arrastraron a este abismo

de ofuscadora corrupción?... ¡Oh cielo!

-Adelardo, confuso, murmuraba-.

¿Por qué con esta duda nos castigas?

¿Por qué no marcas con tu rayo el rostro

del vicio y la maldad? ¿Por qué permites

que se confunda la mujer manchada

con la inocente joven, de alma pura

cual mañana de mayo?... Injusto cielo,

¿por qué, por qué toleras que se esconda

en un cuerpo divino un depravado

corazón criminal, como una sierpe

en un fragante ramo de azucenas?

La mujer... ¿será un ángel o un demonio?

¡Aterrador problema de la vida!...

Es un ángel, sin duda, esta belleza.

¿No lo dicen sus ojos y su frente,

más casta y luminosa que la luna?

Así pensó el mancebo, y presuroso

habló con ella, de entusiasmo henchido.

¡Oh, entusiasmo, onda azul que reverbera

el estrellado cielo, ardiente llama

que corre por las venas juveniles,

palacio de cristal de los ensueños

y lira de cien voces! ¡Oh, entusiasmo

resplandeciente aurora de la vida,

como el radiante sol, esmaltas de oro

hasta el negro pantano y la caverna!

   Adelardo escuchaba, conmovido,

a la blanca deidad, que ruborosa

y con lánguida voz, más cristalina

que murmullo de arroyo, le narraba

todo un poema de dolor: la joven

era una humilde púdica doncella,

huérfana y sola, como el arpa muda

de la canción del inmortal Gustavo.

Con una amiga al baile fue engañada

y allí la infiel la abandonó... El mancebo,

ya enamorado, le ofreció su brazo,

al cual plegose luego el de la bella,

como un ala ligera y temblorosa.

VI

   Fue este amor torbellino rutilante

de oro y zafir, de púrpura y de fuego,

frenética pasión arrolladora

que devoraba el pecho de Adelardo,

mientras la rauda nave de su mente

en el mar de los cielos se perdía.

Esclavo de la espléndida hermosura,

el joven adoraba sus cabellos

negros y relucientes como el raso;

su boca, húmedo cáliz de rubíes

lleno de miel, de risas y de besos;

sus magnéticos ojos de sirena;

su floreciente seno modelado

en la redonda copa de los dioses;

su cuerpo, en fin, su primoroso cuerpo,

tan firme y brillador, que parecía

haber sido tallado en un diamante

de las preciosas minas de Golconda.

   El mozo, delirante, enloquecido,

ciego por la beldad, alma y fortuna

arrojole a los pies. ¡Nunca lo hiciera!,

que aquella joven pérfida ocultaba

una víbora horrible en cada beso

y las llamas de Venus Citerea

en el vil corazón. Para la infame

costosísimas joyas Adelardo

compraba sin cesar. ¡Aparecía

tan bella entre el relámpago cambiante

de las piedras preciosas que irradiaban

en su cuello y su negra cabellera!...

A la ardiente mirada de sus ojos

fundiose todo el oro del mancebo,

como la nieve bajo el sol. Entonces,

del mismo modo que huye presurosa

la golondrina del sañudo invierno,

huyó la infiel del arruinado amante.

VI

   Tétrico, solo, en la miseria hundido,

sintió Adelardo el odio de los hombres

y el olvido del cielo; y en la oscura

noche de su pesar la clara imagen

surgió de sus idílicos amores,

como de negra encina desgajada

sale volando nítida paloma.

Mas ¡ah! pronto borrose este recuerdo

deslumbrador en su revuelta mente;

que, más atado al vicio cada día,

rodó el joven al fondo abominable

de la degradación... y sobre el campo

desierto y aterido de su alma

sólo cruzaron ya fúnebres cuervos.

CANTO TERCERO

   Es una tarde tibia y deliciosa

del mes de mayo. En la encantada huerta

llena de sol, de aromas y de arpegios,

alzan las flores su fragante copa

brindando por la fértil primavera.

Sobre el rústico banco está sentada

Blanca, la faz descolorida y mustia

como el rostro de virgen dolorosa

esculpido en marfil. El desengaño

rompió los bellos prismas fulgurantes

de su grata ilusión, y los dolores

esmaltaron el cerco de sus ojos

con el matiz de los morados lirios.

Alguna vez asómase a sus labios

leve sonrisa, en cuyo fondo llora

vencido el ideal: es que la triste

recuerda a su Adelardo, cuya imagen

grabó en su corazón buril de fuego.

Al negro olvido, al desamor, al dolo

del mancebo falaz responde Blanca

con la pasión más firme y encendida.

¡Tal la preciosa concha de los mares

-que cantó el dulce Hafiz- de perlas cubre

la despiadada mano que la hiere!

   No lejos de la pálida hermosura

su noble padre las robustas ramas

tala de un árbol, y miradas llenas

de ternura y amor a Blanca envía,

mientras rueda una lágrima candente

por su atezado rostro, cual la savia

por la corteza del oscuro roble.

De pronto suenan voces, roncos gritos

y locas carcajadas... Por la huerta

pasa un grupo de mozos embriagados

y mujeres impúdicas. Al frente

marcha Adelardo de la turba inquieta,

y al ver a su adorada de otros días,

que engañara traidor, detiene el paso

y le dice procaz: -Bella paloma,

¿por qué estás triste? Vente con nosotros,

y gustarás placeres infinitos.

Dame, como otras veces, tus caricias

y tus besos de miel...

El hortelano,

que oye el terrible ultraje, despidiendo

rayos de muerte por los turbios ojos,

roto su tierno corazón de padre,

llega al grupo veloz, y, alzando el hacha,

que en los aires arroja una centella,

parte la frente del cínico Adelardo.

En este instante los espacios cruzan,

cual doradas abejas, cadenciosos

ritmos y dulces notas: a lo lejos

un coro de morenas labradoras,

de vuelta del trabajo, canta alegre

la popular canción de las estrellas...

En la faz el horror, desesperada,

corre Blanca a la orilla del gran río.

Besa allí su bendito escapulario,

traza con mano trémula en su frente

la señal de la cruz, cierra los ojos...

y arrójase a las aguas, que, piadosas,

le abren su tumba de cristal.

Gimiendo

pasa la brisa, entre las verdes ramas,

como un sollozo de órgano; la sombra

del velado crepúsculo solemne

ciñe a la huerta su crespón de duelo,

y el rojo sol, cual corazón herido,

olas de sangre vierte por el cielo.


A Manuel Garat.

¡Miradlo, es él! En su pupila ardiente

del genio el gran relámpago serpea;

el noble patriotismo centellea

en su pecho valiente,

       en su severa frente

con intenso fulgor brilla la idea.

¡Miradlo, es él! Nuestro inmortal Quintana,

el poeta coloso

cuyo canto soberbio y generoso

es el orgullo de la historia hispana.

Es el poeta que cantó la imprenta

con pindáricos sones,

e inspirose también en la sangrienta

noche fatal de cien revoluciones.

Su alma fue siempre espléndido tesoro

de entusiasmo de fe, de valentía,

y de su fuerte cuerpo en cada poro

un corazón enérgico latía.

El gran patricio, el escritor gigante

de numen soberano;

su pluma fue la espada centellante

que el ángel vengador puso en su mano.

Él azotó la espalda del tirano,

y al torpe absolutismo

sepultó con esfuerzo sobrehumano

en el eterno abismo.

La patria era su Dios, su amor, su vida;

por eso al verla herida

por la garra del águila de Jena,

gritó con voz potente:

¡Guerra!... Dadme una lanza,

ceñidme el casco fiero y refulgente,

volemos al combate, a la venganza.

Y la española gente

al escuchar su grito, diligente

acudió belicosa a la matanza.

El gran Quintana, arrebatando entonces

el fuego a los volcanes,

la luz al rayo, el son a los torrentes,

los acentos valientes

a los recios y roncos huracanes,

la voz atronadora y altanera

al eje de la esfera,

y el poderoso grito a los titanes,

lanza su canto enérgico y sublime,

y en heroica bravura al par que fiera,

enciende los hispanos corazones.

La Francia al escucharlo tiembla y gime,

y cayendo esta hiena en vil desmayo,

su altiva frente aplasta el férreo callo

de nuestros fogosísimos bridones.

El lírico fue el dios de la victoria

y de entonces su nombre insigne, suena

en la guerrera tropa, en la alta almena,

en el choque de bélica armadura,

en el mar, en el monte, en la llanura...

¡Toda nuestra nación su nombre llena!

Por eso cuando cruza por mi mente

el glorioso recuerdo de esta hazaña,

exclamo, lleno de entusiasmo ardiente:

«¡Quintana ha de vivir eternamente,

pues Quintana es España!»


Improvisación

He aquí los genios gigantes

Más dignos de aplauso y gloria,

Que hallo en las hojas brillantes

Del gran libro de la historia:

Moisés, el sabio profundo,

Que un Dios a los hombres dio,

Y Colón, que descubrió

El llamado Nuevo Mundo.


Tres ruiseBARBIERIñores

Ruiseñor cuyo canto es nuestra patria;

sus obras son el español poema;

el madrigal dulcísimo que cruzan

los amantes nocturnos en la reja;

el árabe cantar; el poderoso

grito de libertad e independencia;

el ritmo cadencioso y elocuente

que forman con sus pasos nuestras bellas;

la hermosa Andalucía; los fulgores

que en los cuadros de Goya centellean,

y el murmurar del aire cuando agita

      la española bandera.

BÉCQUER

   Es su canto la luz: el horizonte

lleno de tristes sombras y de estrellas;

el gemido de un pecho destrozado;

los amores del lirio y la azucena;

el himno que murmuran las estatuas

en sus anchos sarcófagos de piedra;

la rosa y oro, espléndidos colores

que Ticiano ostentaba en su paleta;

el rumor de las hojas en otoño;

del cisne melancólico la queja,

y el silbido del viento entre los sauces,

      y las tumbas desiertas.

GAYARRE

   Es su voz mundo inmenso de armonía;

«el son valiente de la trompa épica»

el suspiro de un alma enamorada;

las sonrisas; las lágrimas sangrientas;

el buril primoroso de diamante

que en el gastado corazón penetra

el placer; la bondad; el sentimiento;

el perfume y color de las violetas;

las preciosas canciones de Petrarca

el estridente grito de la guerra,

y un mar de luz y notas que en sus pliegues

      arrastra ricas perlas.


La joven de los ojos negros

A doña Fuensanta Crespo, esposa
del eminente poeta Grilo.

En la ardiente orgía,

cantando y riendo,

la copa en la mano,

conmovido el seno,

vestida de blondas,

raso y terciopelo,

se encuentra la joven

de los ojos negros.

En su tersa frente

los rubios cabellos

pálidos flamean

con fulgor intenso,

y suave murmullo

de encendidos besos

palpita en sus labios

de grana y de fuego.

La noche es oscura;

el helado cierzo

fatídico silba

y retumba el trueno;

vestida de harapos,

muerta de hambre y miedo,

una mujer entra

en el aposento

donde lugar tiene

el festín espléndido,

y a la hermosa joven

de los ojos negros

pide una limosna

con lúgubre acento.

La joven la mira

con adusto ceño,

y sin socorrerla

la despide luego;

y la melancólica

guitarra tañendo,

con voz argentina

da esta copla al viento:

«¡Qué triste está el mundo!

¡Qué triste está el cielo!

¡Qué triste se encuentra mi madre! y en cambio

¡qué alegre mi pecho!»

II

   Con lluvias y fríos,

pasó el crudo invierno,

y el mes de las flores,

de delicias lleno,

con su sol radiante

y amores risueños,

tiende por el mundo

su rosado velo.

Levántase el día

teñido de fuego,

y en olas de oro

se bañan los cielos

entonan las aves

sus dulces gorjeos,

y en el lago límpido

agitase el céfiro.

Por aquella senda

que va al cementerio

llevan unos hombres

un humilde féretro,

en el cual descansan

los ya fríos restos

de la hermosa joven

de los ojos negros.

La única persona

que va en el entierro

es aquella pobre

que con hambre y miedo

entrose en la orgía

la noche de invierno.

Mil ayes despide

su angustiado pecho,

y vierten sus ojos

lágrimas sin cuento.

Madre es de la joven

de los ojos negros,

y por eso exclama

con grandes lamentos:

«¡Qué alegre está el mundo!

¡Qué alegre está el cielo!

¡Qué alegres las aves canoras!, y, en cambio,

¡qué triste mi pecho!»


Al gran escritor José Fernández Bremón.

Cuando me encuentro solo, y los aromas

del oriental dorado pebetero

con sus olas azules me rodean,

jinete en el bridón del pensamiento

vuelo al mundo divino y misterioso

de las hadas, los gnomos y los genios,

a ese gigante mundo del poeta

de fantásticos seres gran imperio.

¡Oh! Cómo me deleitan esos cuadros

que en mis profundas abstracciones veo,

llenos de luz, de vida y poesía,

panoramas brillantes de los sueños...

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   Esas huríes de excitantes formas

en brazos de sultanes y guerreros;

esas vírgenes de ojos de esmeralda,

de túnica impalpable y níveo seno;

esos nobles, al cinto la tizona

y la pluma flotante en el chambergo;

esas náyades de alas diamantinas,

en cuya frente se refleja el cielo;

aquellos combatientes que en las sombras

cruzan desesperados los aceros;

esas diosas de lujo y los placeres,

con vestidos de raso y terciopelo,

la copa del licor llevando al labio,

mientras un trovador les da mil besos;

esos palacios de coral y perlas,

nidos de las ondinas; ese ejército

de sátiros y ninfas bulliciosas;

esos corceles de la crin de fuego;

aquel lago azulado y transparente,

cuyas ondas tranquilas riza el céfiro,

y aquel esquife de oro que conduce

a dos amantes en coloquio tierno;

esos ángeles de ojos de zafiro;

esos piratas de iracundo ceño;

esos genios de luz, esos espíritus

que pueblan los espacios y los cielos...

........................................

   Todas esas creaciones del artista

cuando cierro los párpados contemplo,

y es que, sin duda, el mundo de esos seres,

ese gigante mundo, es mi cerebro.


A su almohada

Eres feliz, nevada consejera:

tú conoces sus gracias virginales,

y en tu seno amoroso

se desata su rubia cabellera.

Tú, que de sus pupilas celestiales

bebes perlas tan claras como el día,

y el néctar delicioso

apuras de sus labios de ambrosía;

tú, que velas su pecho enamorado,

tú, que aspiras su aliento embalsamado,

y sabes su pesar y su alegría,

dime por qué ha apurado

en la pasada noche

el cáliz del dolor y la agonía.

Mas no, no me lo digas, consejera;

pues de dolor, tal vez, me moriría,

si yo la causa fuera.


Una cortesana

A Campoamor, rey de la Dolora.

¡Oh! n'insultez jamais

une femme qui tombe.


VICTOR HUGO



Es Elisa una hermosa cortesana

       de formas seductoras,

      de mejillas de grana

y de ardientes pupilas brilladoras.

   Su rubia y luminosa cabellera,

      cual cascada de oro,

cae por su espalda blanca y hechicera;

y es su cuerpo de gracias un tesoro.

      Príncipes y señores

      le entregan sus riquezas.

Por sus besos de fuego embriagadores;

todos, amantes son de sus bellezas.

Todos, menos Ernesto, su querido,

      que la maltrata y hiere;

y ella, todos los hombres da al olvido,

      y sólo a Ernesto quiere.