Teatro real
Gerardo Diego
Ahora que se ha reinaugurado el Teatro Real, parece oportuno reabrir, releer un libro.
Teatro real es el título de un libro de poemas de Leopoldo de Luis. La poesía de Leopoldo de Luis ha venido ascendiendo gradualmente de libro en libro, hasta alcanzar la hermosa plenitud de Teatro real. Otros libros inmediatamente anteriores, como El árbol o El padre, nos habían dado toda la medida de la hondura y gravedad de un poeta. Pero quizá sea en Teatro real donde, además, se logra de modo más plástico y orgánico la estructura del poema total, que va edificándose de los poemas parciales, y se consigue a la vez la máxima emoción y necesidad de una dialéctica poética que nos envuelve en sus redes y nos conduce anhelantes hasta un desenlace fatal. Hay que emplear términos teatrales, porque de un poema inspirado en la gran imagen o alegoría del teatro se trata.
Porque, en efecto, Teatro real es un libro, un poema alegórico en el mejor sentido de la palabra. Es decir, en el que no supone una abstracción didáctica o una tesis filosófica, sino que mantiene cálida la vida misma, aunque a través de ella se transparente la idea madre prolongada, la metáfora continuada, la alegoría. La idea que ha dado origen al libro no es nueva en lo esencial, pero sí lo es en el matiz diferencial. Que la vida es teatro, que la vida es sueño y que el sueño es también teatro son intuiciones profundas de la poesía universal. Y por citar solo el nombre que está en la memoria y en los labios de todos, las que inspiraron las obras maestras de Calderón. La vida es sueño en sus dos versiones y El gran teatro del mundo. Pero ahora se trata, con Leopoldo de Luis y su poema, de un teatro especial, el Teatro real y, además, la emoción vital y teatral están identificadas desde dentro del escenario y del alma del poeta, son poesía lírica, hermosa y desnudamente lírica. Su dramatismo está sentido desde el lirismo.
El título mismo está lleno de sugestión múltiple, profundamente, irónicamente equívoca. Esto es, un teatro, un gran teatro de ópera. Teatro real con todo lo que tiene de grandeza fáustica, de lujo espectacular, de feria de los sentidos, de guardarropía, que es un muestrario de historia y de poesía universal. Pero a la vez -y aquí viene lo bueno, lo hondo- «real» en español quiere decir no solo regio, derivado de rey, sino existente, comprobable, derivado de res, cosa. Teatro de la realeza y teatro de la realidad. Y así, robándole al oficio su vocabulario, sintiéndose actor, explotando todas las posibilidades del tema en creciente patetismo, va desfilando el gran poema y nos va envolviendo en el vértigo de su dinamismo ejemplar. Vértigo que en el poema de «La danza» se hace rítmicamente realidad poética.
Interrumpe el poema otro, «Patria oscura», en varias poesías, algunas muy bellas también, pero cuyo enlace no es tan claro. Y reaparece en un epílogo, con dos sonetos que, en vez de moraleja, nos plantean una nueva incógnita existencial. Veamos ahora alguno de los poemas más breves, por ejemplo, «La ropa».
Recorro galerías urbanas y pasillosque desembocan sobre el escenario:precipitadamente oscuros pasanmúltiples personajes ignorados,temerosos actores que murmuransus desgastadas frases entre labiossin poder desatarse la cadenadescorazonadora del reparto.Se miran entre sí y un torvo miedocasi animal sube a sus ojos mansos.Llevan reproducidas sombras viejascomo confusas prendas sobre el brazo,como ropas echadas a su espaldaen llovida ceniza. Caen extrañosvestidos en los hombros de estas gentes,o se mueve la ropa sola, acaso.Acaso no son seres. Sólo trajeshuecos, vacíos, cruzan accionando:sombreros que saludan de improviso,pantalones que suben largos tramos,faldas que giran, las chaquetas que alzansus inútiles brazosy los chalecos donde no golpeael corazón parado.Una gran percha de sombría nadaaguarda a que se vayan poco a poco colgandolas huecas vestiduras que recorrenlos viejos camerinos, de acto en acto.Al fin la ropa duerme para siempreen la oscura madera de un armario.