Textos para todos
Ema Wolf
Durante un viaje en auto el escritor Tobías Wolff decidió hacer escuchar a sus hijos la Novena Sinfonía de Beethoven, seguro de que no tardarían en pedirle que sacara eso del pasacintas. Pero era su aporte a la educación estética de los niños y estaba dispuesto a defenderlo. Contra sus previsiones, la escucharon en silencio y al cabo de un rato dijeron cosas como: «¿Qué es esto? Está bueno. Sí, de verdad está muy bueno». T. W. recordó que veinte años atrás escuchar al ampuloso Beethoven era, entre los intelectuales a la moda, casi descalificante. Él siguió escuchándolo, sin embargo, aunque sin poder evitar las dudas: ¿por qué les gustaba?, ¿por qué Beethoven era lo más? o ¿por qué era fácil? ¿Qué hacía él enrolado en la sentimental estética romántica? ¿No tendría acaso gustos demasiado elementales ya que cualquiera podía disfrutar de sus sinfonías?
Pero ahora que sus hijos reparaban en esa pieza con un placer sincero y sin complicaciones, despojados de prejuicios y reverencia, sintió que la pureza del placer que ellos sentían reforzaba el suyo, volvía a legitimarlo y lo instaba a abandonar toda justificación, a escuchar otra vez sin interferencias culposas.
Leí la anécdota de T. W. mientras estaba atrapada en otra lectura: un libro sobre duendes y elfos, que no me obligó a remitirme a mi infancia, y que tampoco siento la obligación de compartir con los niños. Vinculé las dos cosas. Tenemos textos para grandes que nadie acercaría a un niño; textos para niños que un grande no se atrevería a disfrutar; textos que, ¡oh! sorpresa, son para todos; textos que , ¡oh! desconcierto, no se sabe para quiénes son.
Somos receptores prediagramados, puestos en cajas, por lo tanto con una visión de mezquino alcance, con trabas para acceder y complicaciones para compartir, condicionados por un terrible malentendido acerca de la madurez; tan arrogantes, tan poco dispuestos a entender que un niño puede disfrutar de las cosas que nos gustan y nosotros de las que le gustan a él, tan incapaces de sospechar que el libro que le estamos acercando quizás no esté a la altura de su inteligencia sino apenas de la nuestra, tan miopes como para no reparar en que las cosas sublimes y las deplorables lo son por igual para las personas que nacieron hace poco.
Me pregunto cómo sería limpiar el terreno de hojarasca, suprimir las marcas que dividen lo grande y lo pequeño, leer y escuchar sin ninguna prevención, por fuera de cualquier caja, permitir que el interés circule libremente, sin reverencia y sin prejuicios, considerar territorio común todos los textos y las piezas musicales, recuperar la mirada del que acaba de desembarcar en una isla desconocida, estar abierto a lo indescriptible, explorar, mostrar, dejar que ellos nos muestren, mirar al rey y descubrirlo desnudo.
Sería bueno y sobre todo, aliviado: tanto la experiencia de T. W. como mi devoción por Cierraojos me alertan sobre la debilidad de ciertos paternalismos.
Nació en la provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1948. Es escritora. En 1973 se graduó en lengua y literaturas modernas en la Universidad de Buenos Aires. Investigó sobre la estética del kitsch en la literatura de folletín y los medios de comunicación, tarea que se completó con un curso dictado en la Universidad de Bahía Blanca y una publicación para el Centro Editor de América Latina. En 1977 trabajó en la investigación del libro Ortiz. La Argentina opulenta de Félix Luna. Desde 1975 en adelante colaboró en distintos medios periodísticos. Actualmente es columnista en la revista del diario La Nación.