Una vida de novelas
Luisa Valenzuela
«Una vida de novelas» El vértigo de la escritura. Jornadas Luisa Valenzuela Buenos Aires, 2015. 50-59.
Gracias Luis Tedesco, magno poeta, por la generosa presentación. Gracias Letra Mundi, la UnSam toda. Dedico esta charla a quienes con tanto fervor organizaron las brillantes Jornadas: Gwendolyn Díaz, Esther Cross y sobre todo Irene Chikiar Bauer quien además me planteó ayer las preguntas que hoy me avalan para tocar este tema.
¡Cincuenta años de escritura! Un tiempo impensable. Y más aún si contamos desde el primer cuento de mis 19 años que Juan Goyanarte tuvo el coraje de publicarme en el número 19 (vaya coincidencia) de su memorable revista-libro Ficción. Sería escalofriante si no fuera por los treinta libros, entre novelas, volúmenes de cuentos y ensayos, que me apuntalan y confirman.
¿Treinta libros me permiten hablar, me representan? Representan en todo caso una forma de estar en el mundo. Digo el mundo porque soy una trashumante, y una trashumante de la palabra, si bien con respecto a esta última he permanecido directa o indirectamente siempre aquí, en la Argentina. En Buenos Aires para ser más precisa. Desde mi primer cuento hasta mi última novela.
¿Por qué estás siempre huyendo? Me solía preguntar un querido amigo, aludiendo a mis tan frecuentes viajes. No es ésa la pregunta, la pregunta, en lo que me concierne, sería ¿por qué estás siempre buscando?
Vuelvo siempre, a veces en forma por demás oblicua, al tema de la busca. Y al del poder, tratando de elucidar esa pasión, malsana, que arrolla a tantos.
Temo no saber vivir sin escribir. Es sólo escribiendo que derivo algún sentido de la llamada realidad, aunque lo que escriba esté casi siempre muy lejos de la autobiografía. Pero algo revela, a su manera lateral y secreta. Por eso mismo opté por brindarles algo de mí para retribuir tanta dedicación y armé un muestrario de mi obra ficcional, centrándome en los comienzos de mis diez novelas.
Suele decirse que segundas partes nunca fueron buenas, por lo tanto cabe esperar que las primeras partes sí lo sean y sirvan para configurar una carta de presentación.
Más allá de los volúmenes de cuentos, de microrrelatos, de ensayos, las novelas parecerían marcar hitos en mi camino de reflexión. Elegí por lo tanto ordenarlas cronológicamente, desde el profundo pasado.
Se dice que los párrafos iniciales vendrían a ser una premoción de la obra completa, pero ¿qué es la obra completa? ¿Cuándo se completa en verdad una obra? Quizá con la muerte de todos los personajes, y la del autor/a. Ni aun así: las historias continúan circulando, con cada lectura se bifurcan al igual que los senderos del célebre jardín que como todo saben es también una novela.
Hoy por hoy se habla de la nueva novela, ya no químicamente pura, que olvida la trama incorporando trozos de diario, citas, confesiones, alusiones dispersas. Como si fuera la más actual de las rupturas, como si el género novela no fuera justamente eso: un explorar siempre caminos alternativos. Caminos que sin embargo de una forma u otra ya fueron hollados con anterioridad, y así la cosa: no se avanza tanto en escritura como se avanza en modelos de lectura. Por eso mismo, y gracias al espejo benigno que estas jornadas me brindan, quizá pueda incluir el libro Los deseos oscuros y los otros, de 2002, en el número de mis novelas. Y entonces suman once en lugar de diez. Buena cifra, por inestable.
Pero lo primero será lo primero. Y debuto con una prostituta por protagonista.
Hay que sonreír fue escrita en París a mis veintiún años, mientras mi hija Anna-Lisa transitaba las siestas de su primer año de vida y yo añoraba mi Buenos Aires querido. Por algún motivo inescrutable fui pintado mi ciudad en sus rasgos más arltianos a pesar de que aún no había leído a Arlt y sí a Borges; pero había espiado, con mi barrita de amigos, los piringundines del Bajo y de la Boca, los vericuetos sórdidos del Parque Retiro, del puerto. Eran otros tiempos... Y así comienza Hay que sonreír:
Ya de regreso en mi patria me llevó seis años releer el manuscrito, aceptarlo, pulirlo, presentarlo al Fondo Nacional de las Artes, obtener un subsidio, publicarlo en 1966 con la entonces prestigiosa editorial Américalee. Descubrí, al retomar esa primera novela, que no era tan tétrica como recordaba, que resultaba ser la pintura algo irónica de un Buenos Aires arquetípico de los años 50.
Hacia fines de los 60 fui escribiendo Cuidado con el tigre, en Buenos Aires. Pero no conservo el menor recuerdo de sus tiempos de redacción. La encajoné por décadas. Recién en 2011 me animé a mostrarla, cuando gracias a mis numerosos libros que abordan el tema político me sentí segura de que nadie la malinterpretaría desde el punto de vista político. Eran mis primeras incursiones en ese terreno, anegadizo también para la ficción.
Comienza así:
Qué tiempos tumultuosos aquellos. Inspiradores por lo tanto. Si bien los fenómenos de la llamada «inspiración» no los buscamos, no se nos ocurren: nos ocurren.
En cualquier zona del mundo puede una asomarse a las sombras, los disparadores no son siempre concretos. Durante los casi nueve meses que pasé en Iowa City, tiempo que duraba el Taller Internacional de Escritores en aquel entonces, en un microclima algo asfixiante a pesar de la nieve mis geniales colegas latinoamericanos (Néstor Sánchez, Carmen Naranjo, Juan Sánchez Peláez, Antonieta Madrid, Nicolás Suescún) se distraían hablando del miedo a la muerte. Bastó que cierta noche me hartara y los abandonara alegando que la muerte me importaba un pepino (corría 1970) para que a la mañana siguiente empezaran a fluir como manantial los estrafalarios «gatos de la muerte» que serían la base de El gato eficaz:
La Argentina retornó en el texto cuando yo (una vez más, 1970) retorné a mi país.
Un par de años más tarde en Barcelona, tierra de mi abuela materna donde pasé menos de un año, empecé a escribir la novela Como en la guerra, en la cual Alfredo Navoni, protagonista de Cuidado con el tigre, reaparece en calidad de recuerdo fantasmático.
Atraída siempre por las zonas de misterio, en Barcelona pretendí vivir en el Barrio Gótico, cosa que con una hija de once años no era para nada recomendable. Me limité entonces a explorar esos laberintos dark con la escritura, manteniendo a Buenos Aires como telón de fondo. Tengo muy presente hasta qué punto Como en la guerra debió dar un viraje cuando en medio de su redacción decidí volver a casa pocos días antes de la muerte de Perón y las consiguientes, larguísimas colas de compungidos ciudadanos. Algo le brindé de mí a la protagonista en el comienzo, de manera indirecta, aunque después dejé -y esta es mi verdadera felicidad al escribir- que cobra vida propia.
Como en la guerra empieza así:
Corría 1977, año por demás ominoso, y cuando la novela iba a entrar a imprenta, en Sudamericana pensaron que ciertas podas serían prudentes. Fue así como saltó la «Página cero», que habría de retornar en ediciones posteriores:
El reclamo de la realidad se me hizo perentorio, y desechando toda prudencia y todo consejo borgeano tiempo después, durante las atroces razzias de la Triple A, escribiendo a destajo en los cafés porteños nacieron los cuentos de Aquí pasan cosas raras. Pero esta es otra historia.
De 1979 a 1989 viví en Nueva York, con vacaciones en México. Después de haber escrito Aquí pasan cosas raras y Cambio de armas, me sentía más segura para transitar por los derroteros de la ficción inspirada en la aciaga realidad. Así, en México salté de cabeza desde el trampolín político al revuelto mar de la ficción. Y me surgió la pregunta del millón: ¿cómo pudo mi país aceptar la presencia de un brujo que nos llevó al horror de la dictadura militar?
Me largué entonces a escribir Cola de lagartija no como respuesta, claro, la ficción no está para eso, sino como camino -por demás barroco- de indagación. La concluí en el 81 y esperé con ansias que llegara el momento de poder publicarla en Buenos Aires, luego de aparecer en Estados Unidos y en México.
Me resultó a la vez inquietante y estimulante darle la voz al Brujo, regalarle algunas experiencias propias, y no sólo de paisajes como el Iberá:
Permanecí en Nueva York durante el retorno de la democracia, y recién empecé a despedirme lentamente en 1988 escribiendo Novela negra con argentinos. Los argentinos del título (que me suena a «naturaleza muerta con cerezas»), son un escritor y una escritora que residen por tiempo indeterminado en ese vivero de fascinaciones, sorpresas, emociones y terrores. La novela (negra) es un lento discurrir de la historia de un crimen del que se va sabiendo todo menos el motivo. Ni yo lograba encontrarlo al avanzar con la narración, y sin embargo de manera inconsciente iba sembrando claves que nos llevarían, autora y protagonistas, a una posible respuesta.
Tras lo cual, habiendo pintado los bajos fondos y los salones sadomasoquistas de Nueva York a manera de despedida, volví mi barrio de Belgrano en 1989. Era el mes de abril, pensaba poder tener un respiro. Me sorprendió de manera brutal el golpe económico de estado, es decir la hiperinflación, los saqueos a los supermercados, los levantamientos carapintada. Pude salir de la catatonia escribiendo una breve novela al respecto, entre farsa y fábula, Realidad nacional desde la cama:
Y transcurrieron diez años de una adaptación al propio terruño que nunca resulta fácil, diez años de cuentos, ensayos, conferencias y viajes. Y hacia fines de los 90 escribí la novela La travesía, que resulta unida a novela Negra con Argentina por finos hilos conductores: la presencia como protagonista del artista polaco Bolek Greczynski a quien sólo le había dedicado la novela anterior, la recurrencia de esa dominatrix emblemática, Ava Taurel. Ya no novela del retorno sino de la recuperación de la propia identidad, que avala el retorno.
En el Gato Eficaz puede leerse: «Si estoy en Buenos Aires cómo me gusta vagar de madrugada por el Village. Tiene el gusto de un estómago vacío, una forma geométrica, tiene alambre de púas, es temeridad en estado latente, hierve su contenido».
Quizá por esta razón, la historia de La Travesía, que en un principio debía transcurrir en BA, recién cobró vuelo cuando me desplacé -en la escritura- a Nueva York y a un tiempo anterior al retorno de la innominada protagonista que sólo recupera su nombre, es decir su verdadera identidad, cuando, habiendo asumido a fondo su oscuro pasado, se encuentra dispuesta retornar.
La Travesía empieza así:
Oscuro pasado. Lo se lo atribuí a un personaje, me golpeó en la cara. Una forma de decir, porque ni qué tan oscuro... Porque las brillantes Leonora Djament y Silvia Hopenhayn, entonces en la editorial Norma, me instaron -o quizá conminaron- a publicar unos diarios dispersos, mezcla de confesiones, microrrelatos, reflexiones, esbozo de argumentos. Texto confesional (¿podrá ser hoy considerado novela?) que tiene por título Los deseos oscuros y los otros:
Y pasaron siete años. El tiempo que me demoré en completar El Mañana, novela que resultó de doble filo. Por un lado es mi ars poética y es un thriller del lenguaje. Así como en Novela negra con Argentinos exploro la noción de escribir con el cuerpo, en El Mañana late la pregunta sobre si existe o no un distinto acercamiento al lenguaje desde lo femenino Aquí las conjeturas se entremezclan con la acción, impelida por Ómer Katvani, el protagonista masculino al que más afecto le tengo de todos los míos, y por aquellos personajes que más me divierten (Esteban, El viejo de los Siglos, y sobre todo el Negro Saldívar, «personaje intruso» si lo hay). Pero El Mañana resultó tener su lado de sombras, premonitorio, y así como la protagonista se encuentra confinada a un arresto domiciliario por motivos que desconoce, por un motivo también impredecible llamado meningitis virósica, me encontré a mi vez confinada a una internación domiciliaria cuando apareció por fin el libro. No lo quise ni ver, por muchos meses no lo quise ni ver.
Empieza así:
A partir de la culminación de El Mañana (vaya título, si bien en este caso se trata del nombre de un barco, en homenaje a Haroldo Conti) pensé nunca más escribir otra novela. Escribiría todo lo demás, cuentos, ensayos eclécticos, microficciones, lo que fuese. Pero de novelas ya había completado el cupo. Lo reafirmé en voz alta justo dos días antes de llegar al corazón de Cerdeña y enterarme de que en la pequeña ciudad de Mamoiada, donde bailan las máscaras más emblemáticas de la isla, gran parte de los habitantes están convencidos de que Juan Domingo Perón nació allí. No pude resistir el peso ficcional de esa historia, extrañamente documentada, y me embarqué en una investigación relámpago, llena por lo tanto de fulgores y destellos, que me llevó a narrar la leyenda a mi manera, en poco tiempo y con gran felicidad. Al fin y al cabo al personaje de José López Rega ya lo había desmenuzado a fondo en Cola de Lagartija, y las máscaras son mi pasión. Nació así mi última novela, La máscara sarda, el profundo secreto de Perón, que lleva por subtítulo palabras del propio General cuando dijo haber logrado conservar el origen de su nacimiento como un «profundo secreto».
Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se busca cuando se escribe, sino hurgar en el Secreto?
Es lo que he venido intentando hacer desde un principio. Ustedes me dirán si algo logró ser puesto en acto.
Muchas gracias.