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Una vida de novelas

Luisa Valenzuela


«Una vida de novelas» El vértigo de la escritura. Jornadas Luisa Valenzuela Buenos Aires, 2015. 50-59.



Gracias Luis Tedesco, magno poeta, por la generosa presentación. Gracias Letra Mundi, la UnSam toda. Dedico esta charla a quienes con tanto fervor organizaron las brillantes Jornadas: Gwendolyn Díaz, Esther Cross y sobre todo Irene Chikiar Bauer quien además me planteó ayer las preguntas que hoy me avalan para tocar este tema.

¡Cincuenta años de escritura! Un tiempo impensable. Y más aún si contamos desde el primer cuento de mis 19 años que Juan Goyanarte tuvo el coraje de publicarme en el número 19 (vaya coincidencia) de su memorable revista-libro Ficción. Sería escalofriante si no fuera por los treinta libros, entre novelas, volúmenes de cuentos y ensayos, que me apuntalan y confirman.

¿Treinta libros me permiten hablar, me representan? Representan en todo caso una forma de estar en el mundo. Digo el mundo porque soy una trashumante, y una trashumante de la palabra, si bien con respecto a esta última he permanecido directa o indirectamente siempre aquí, en la Argentina. En Buenos Aires para ser más precisa. Desde mi primer cuento hasta mi última novela.

¿Por qué estás siempre huyendo? Me solía preguntar un querido amigo, aludiendo a mis tan frecuentes viajes. No es ésa la pregunta, la pregunta, en lo que me concierne, sería ¿por qué estás siempre buscando?

Vuelvo siempre, a veces en forma por demás oblicua, al tema de la busca. Y al del poder, tratando de elucidar esa pasión, malsana, que arrolla a tantos.

Temo no saber vivir sin escribir. Es sólo escribiendo que derivo algún sentido de la llamada realidad, aunque lo que escriba esté casi siempre muy lejos de la autobiografía. Pero algo revela, a su manera lateral y secreta. Por eso mismo opté por brindarles algo de mí para retribuir tanta dedicación y armé un muestrario de mi obra ficcional, centrándome en los comienzos de mis diez novelas.

Suele decirse que segundas partes nunca fueron buenas, por lo tanto cabe esperar que las primeras partes sí lo sean y sirvan para configurar una carta de presentación.

Más allá de los volúmenes de cuentos, de microrrelatos, de ensayos, las novelas parecerían marcar hitos en mi camino de reflexión. Elegí por lo tanto ordenarlas cronológicamente, desde el profundo pasado.

Se dice que los párrafos iniciales vendrían a ser una premoción de la obra completa, pero ¿qué es la obra completa? ¿Cuándo se completa en verdad una obra? Quizá con la muerte de todos los personajes, y la del autor/a. Ni aun así: las historias continúan circulando, con cada lectura se bifurcan al igual que los senderos del célebre jardín que como todo saben es también una novela.

Hoy por hoy se habla de la nueva novela, ya no químicamente pura, que olvida la trama incorporando trozos de diario, citas, confesiones, alusiones dispersas. Como si fuera la más actual de las rupturas, como si el género novela no fuera justamente eso: un explorar siempre caminos alternativos. Caminos que sin embargo de una forma u otra ya fueron hollados con anterioridad, y así la cosa: no se avanza tanto en escritura como se avanza en modelos de lectura. Por eso mismo, y gracias al espejo benigno que estas jornadas me brindan, quizá pueda incluir el libro Los deseos oscuros y los otros, de 2002, en el número de mis novelas. Y entonces suman once en lugar de diez. Buena cifra, por inestable.

Pero lo primero será lo primero. Y debuto con una prostituta por protagonista.

Hay que sonreír fue escrita en París a mis veintiún años, mientras mi hija Anna-Lisa transitaba las siestas de su primer año de vida y yo añoraba mi Buenos Aires querido. Por algún motivo inescrutable fui pintado mi ciudad en sus rasgos más arltianos a pesar de que aún no había leído a Arlt y sí a Borges; pero había espiado, con mi barrita de amigos, los piringundines del Bajo y de la Boca, los vericuetos sórdidos del Parque Retiro, del puerto. Eran otros tiempos... Y así comienza Hay que sonreír:

Qué opio esperar. Con el pie izquierdo se rascó la pierna derecha en un gesto que quería decir resignación. Se llamaba Clara y ya estaba harta. También, a quién se le ocurre ponerse zapatos nuevos para esperar, y citarse en un lugar donde no se puede estar sentada. Y ese Víctor, que me hizo venir antes de las ocho para evitar el gentío y son casi las ocho y media y él ni señales de vida. Eso que yo ya debería conocerlo: se la pasa hablando de tranquilidad y aspira lo que dice como si fuera el humo de un cigarrillo fino, pero nada de tranquilidad. Porque él, mientras tuviese a quien imprecar, ni se acordaría de la cita. Y la pobre Clara, ya demasiado agotada de luchar contra sus propios defectos, no iba a ponerse ahora a atacar las pocas virtudes que le quedaban. Era puntual, inevitablemente. Lo esperaba desde antes de las ocho y él seguro que estaba sentado frente al mostrador de algún bar hablándole a algún desconocido y articulando con sabiduría palabras como silencio, para después quedarse callado y saborear ese silencio provocado por él.



Ya de regreso en mi patria me llevó seis años releer el manuscrito, aceptarlo, pulirlo, presentarlo al Fondo Nacional de las Artes, obtener un subsidio, publicarlo en 1966 con la entonces prestigiosa editorial Américalee. Descubrí, al retomar esa primera novela, que no era tan tétrica como recordaba, que resultaba ser la pintura algo irónica de un Buenos Aires arquetípico de los años 50.

Hacia fines de los 60 fui escribiendo Cuidado con el tigre, en Buenos Aires. Pero no conservo el menor recuerdo de sus tiempos de redacción. La encajoné por décadas. Recién en 2011 me animé a mostrarla, cuando gracias a mis numerosos libros que abordan el tema político me sentí segura de que nadie la malinterpretaría desde el punto de vista político. Eran mis primeras incursiones en ese terreno, anegadizo también para la ficción.

Comienza así:

Si le digo que el hijoputismo es un mal nacional me va a tildar de vendepatria, me va a decir que ni merezco acercarme a la organización y no se va a sentir incluido en las generales de la ley. Si le digo que el hijo de es él, bueno, sonamos, porque entonces sí que se arma como se armó el día de lo de Lucho y además sería injusto porque me temo que fue mi hermana la instigadora de la loca misión. Lo mejor es callar y esperar que todo salga bien y que ellos vuelvan sanos y salvos. Pero si le digo que el hijoputismo es un mal nacional, en una de esas agarra la indirecta al vuelo y empieza a pensar en el horror de haberlos mandado a Lucho, a Achával y al petiso Otadui a guerrillear como si esto fuera la Cuba de Batista.



Qué tiempos tumultuosos aquellos. Inspiradores por lo tanto. Si bien los fenómenos de la llamada «inspiración» no los buscamos, no se nos ocurren: nos ocurren.

En cualquier zona del mundo puede una asomarse a las sombras, los disparadores no son siempre concretos. Durante los casi nueve meses que pasé en Iowa City, tiempo que duraba el Taller Internacional de Escritores en aquel entonces, en un microclima algo asfixiante a pesar de la nieve mis geniales colegas latinoamericanos (Néstor Sánchez, Carmen Naranjo, Juan Sánchez Peláez, Antonieta Madrid, Nicolás Suescún) se distraían hablando del miedo a la muerte. Bastó que cierta noche me hartara y los abandonara alegando que la muerte me importaba un pepino (corría 1970) para que a la mañana siguiente empezaran a fluir como manantial los estrafalarios «gatos de la muerte» que serían la base de El gato eficaz:

Cómo me gusta vagar de madrugada por el Village y espiar a los gatosbasureros de la muerte: escarban loquihambrientos en los tachos hasta dar con la basura que bajo sus uñas pueda matar de un rasguño.

Él le dijo mañana nos veremos y ella de inocente le creyó. ¿Cómo una mujer gato no pudo ver al gato? Y él, con tanto de ratón, ¿cómo no supo escaparle? El gato de él era negro ojosdebrasa, y en el Village nevaba. Pasó bajo la nieve un cartel que decía Dios está vivo y bien en la Argentina; las piedras habían acribillado la palabra Dios, los ojos del gato fulminaron vivo y entonces sólo quedó la Argentina que ella vio como en sueños y se acordó de él por lo impreciso de su geografía. Él era de Guatemala con el pelo eléctrico y un polo positivo para atraer al gato hasta el borde de su cama.

Cama. No es lugar para morirse: indigna horizontal, prefiguración gratuita.



La Argentina retornó en el texto cuando yo (una vez más, 1970) retorné a mi país.

Un par de años más tarde en Barcelona, tierra de mi abuela materna donde pasé menos de un año, empecé a escribir la novela Como en la guerra, en la cual Alfredo Navoni, protagonista de Cuidado con el tigre, reaparece en calidad de recuerdo fantasmático.

Atraída siempre por las zonas de misterio, en Barcelona pretendí vivir en el Barrio Gótico, cosa que con una hija de once años no era para nada recomendable. Me limité entonces a explorar esos laberintos dark con la escritura, manteniendo a Buenos Aires como telón de fondo. Tengo muy presente hasta qué punto Como en la guerra debió dar un viraje cuando en medio de su redacción decidí volver a casa pocos días antes de la muerte de Perón y las consiguientes, larguísimas colas de compungidos ciudadanos. Algo le brindé de mí a la protagonista en el comienzo, de manera indirecta, aunque después dejé -y esta es mi verdadera felicidad al escribir- que cobra vida propia.

Como en la guerra empieza así:

Nació como nacemos todos, protestando por su/nuestra puta suerte. No se pudo establecer si cada berrido fue queja por ingresar en el mundo o por algo más sutil, como una angustia por la raza humana -los hermanos- al incorporarse a este otro líquido amniótico tanto más colectivo que es el aire. No se sabe si hubo que agarrarlo/a de las patitas y sacudirlo/a bien para que largase el grito. Pero eso de que el grito vino no deja ni un ápice de duda porque el tal grito continúa resonando y amenaza con tapar los absurdos pozos de silencio que se hacen oír por estas latitudes. ¿Cuál fue la latitud que vio su nacimiento? Existen las coordenadas palpables y otras de sus sueños, no siempre interfiriéndose: las de sus sueños tienen caballos desbocados, en las palpables hubo caballos sometidos a carros de lechero, un hielero que dejaba su charco en la puerta de calle, una casa a la vuelta de algunos misteritos y el taller de un zapatero remendón donde buscó refugio al escaparse de su casa a eso de los cinco años. Abortada huida pero desde entonces la huida parece ser su sino y hasta los doce años de edad le anduvo haciendo zancadillas a la muerte. Después se le alejó la muerte, dejándola bastante abandonada, a ella justamente que había sabido acecharla en los rincones y atusarle su bigote de gato. Ella: mandada a hacer para molestar gatos hasta el día aquel en que un gato negro casi le arranca un ojo -negro- de un zarpazo.



Corría 1977, año por demás ominoso, y cuando la novela iba a entrar a imprenta, en Sudamericana pensaron que ciertas podas serían prudentes. Fue así como saltó la «Página cero», que habría de retornar en ediciones posteriores:

-Yo no fui. No sé nada, les juro que nunca tuve nada con ella.

-Se te vio entrar a altas horas de la noche en su casa. En Barcelona. Dos veces por semana durante varios meses. ¡Cantá!

-Lo que sé de ella a ustedes no les puede interesar.

-No jodás, ricurita, delicioso, doctorcito. No nos hagás perder el tiempo ¿qué buscabas? Cantá.

Una mano enorme se acerca a la cara del hombre para estallar. No, no, no, no en una bofetada sino en caricia sobre su frente. Eso en épocas de chico, no ahora mientras aprende entre rejas el oficio de adulto.



El reclamo de la realidad se me hizo perentorio, y desechando toda prudencia y todo consejo borgeano tiempo después, durante las atroces razzias de la Triple A, escribiendo a destajo en los cafés porteños nacieron los cuentos de Aquí pasan cosas raras. Pero esta es otra historia.

De 1979 a 1989 viví en Nueva York, con vacaciones en México. Después de haber escrito Aquí pasan cosas raras y Cambio de armas, me sentía más segura para transitar por los derroteros de la ficción inspirada en la aciaga realidad. Así, en México salté de cabeza desde el trampolín político al revuelto mar de la ficción. Y me surgió la pregunta del millón: ¿cómo pudo mi país aceptar la presencia de un brujo que nos llevó al horror de la dictadura militar?

Me largué entonces a escribir Cola de lagartija no como respuesta, claro, la ficción no está para eso, sino como camino -por demás barroco- de indagación. La concluí en el 81 y esperé con ansias que llegara el momento de poder publicarla en Buenos Aires, luego de aparecer en Estados Unidos y en México.

Me resultó a la vez inquietante y estimulante darle la voz al Brujo, regalarle algunas experiencias propias, y no sólo de paisajes como el Iberá:

Desde mi más tierna infancia el acordeón me despierta esta especie de hormigueo y es como si perdiera el norte pero gano la calma. La flauta en cambio no, la flauta me pone alerta. Y no hablemos de tambores, los tambores son algo bien distinto y haré sonar tambores a lo largo y lo ancho de mi vida -cuando no recurra al bombo, cuando no recurra al bombo y eso sí que será esplendoroso.

¿Dije a lo largo, dije a lo ancho, dije mi vida? Qué estupidez. Uno acaba aplicando los lugares comunes de los otros como si uno fuera igual, como si pudiera tratarse de humanas dimensiones cuando a uno lo impregna lo infinito, eterno, aquello que lo abarca todo y es a la vez todo. Soy el Inmanente, soy la sal de la vida.

Así es y no me justifico. Si nunca (otra de las palabrejas de las que abomino) me he justificado antes no veo por qué habría de hacerlo ahora cuando por fin hemos logrado -con mi hermana Estrella, mi hermana que está en mí- aceptar plenamente la grandeza. Fue como irnos armando con arena: aceptar granito a granito de grandeza hasta configurar este nuestro único cuerpo. Y hoy, hechos por completo de arena, de la pura grandeza, el tiempo ya no pasa para nos, y la barba que me he dejado crecer es una barba digna, de profeta -no es disfraz ni ocultamiento como han insinuado algunos de los pocos elegidos que aún tienen el enorme privilegio de poder contemplar nuestra persona.



Permanecí en Nueva York durante el retorno de la democracia, y recién empecé a despedirme lentamente en 1988 escribiendo Novela negra con argentinos. Los argentinos del título (que me suena a «naturaleza muerta con cerezas»), son un escritor y una escritora que residen por tiempo indeterminado en ese vivero de fascinaciones, sorpresas, emociones y terrores. La novela (negra) es un lento discurrir de la historia de un crimen del que se va sabiendo todo menos el motivo. Ni yo lograba encontrarlo al avanzar con la narración, y sin embargo de manera inconsciente iba sembrando claves que nos llevarían, autora y protagonistas, a una posible respuesta.

El hombre -unos 35 años, barba oscura- sale de un departamento, cierra con toda suavidad la puerta y se asegura de que no pueda ser abierta desde fuera. La puerta es de roble con triple cerradura, el picaporte no cede. Sobre la mirilla de bronce puede leerse 10 H.

La acción transcurre un sábado de madrugada en el Upper West Side, New York, NY.

No hay espectadores a la vista.

El hombre, Agustín Palant, es argentino, escritor, y acaba de matar a una mujer. En la llamada realidad, no en el escurridizo y ambiguo terreno de la ficción.

Dentro del departamento queda una mujer muerta, asesinada por él porque sí, en un gesto impensado que completa quizá el melancólico gesto de esa tarde de otoño cuando entró en una armería para comprar un revólver. Calibre .22, apenas.

Un motivo tenía, sin embargo, para dirigir sus pasos a Little Italy y comprar el revólver. Ninguno para acercarlo a la sien de la mujer y disparar.



Tras lo cual, habiendo pintado los bajos fondos y los salones sadomasoquistas de Nueva York a manera de despedida, volví mi barrio de Belgrano en 1989. Era el mes de abril, pensaba poder tener un respiro. Me sorprendió de manera brutal el golpe económico de estado, es decir la hiperinflación, los saqueos a los supermercados, los levantamientos carapintada. Pude salir de la catatonia escribiendo una breve novela al respecto, entre farsa y fábula, Realidad nacional desde la cama:

Sin sospechar la superposición de planos, sin saber nada del campamento militar o de la villa miseria, una mujer ha ido a buscar refugio en un cierto alejado club de campo.

Está sola por propia voluntad o por intolerancia, y le ha dado por mantener largos diálogos interiores sólo para distraerse. Se dice, por ejemplo

Nací bajo el signo de Pregunta como otros bajo Capricornio o Leo. No por eso estoy más predispuesta, pero conozco a fondo la verdadera ambivalencia. Tengo mi ascendente en Ojos, un signo dual, como Tetas o Testis o Twin Towers. Pero la gente de Tetas es pasiva y nutricia, la de Testis afirmativa a ultranza, la de Twin Towers - regida por Mercurio- tiene un acertado sentido comercial. Me gustaría tener un poco de todas estas cualidades, por así llamarlas; me gustaría pero no tanto, un poquito, tal vez, cuando las necesite.

La mujer trata de enfocar la mente en algo más acorde con las circunstancias. No lo logra del todo; vuelve al tema.



Y transcurrieron diez años de una adaptación al propio terruño que nunca resulta fácil, diez años de cuentos, ensayos, conferencias y viajes. Y hacia fines de los 90 escribí la novela La travesía, que resulta unida a novela Negra con Argentina por finos hilos conductores: la presencia como protagonista del artista polaco Bolek Greczynski a quien sólo le había dedicado la novela anterior, la recurrencia de esa dominatrix emblemática, Ava Taurel. Ya no novela del retorno sino de la recuperación de la propia identidad, que avala el retorno.

En el Gato Eficaz puede leerse: «Si estoy en Buenos Aires cómo me gusta vagar de madrugada por el Village. Tiene el gusto de un estómago vacío, una forma geométrica, tiene alambre de púas, es temeridad en estado latente, hierve su contenido».

Quizá por esta razón, la historia de La Travesía, que en un principio debía transcurrir en BA, recién cobró vuelo cuando me desplacé -en la escritura- a Nueva York y a un tiempo anterior al retorno de la innominada protagonista que sólo recupera su nombre, es decir su verdadera identidad, cuando, habiendo asumido a fondo su oscuro pasado, se encuentra dispuesta retornar.

La Travesía empieza así:

Navegación a ciegas

No cuestionó sus actos, aquel mediodía de viernes mientras dejaba un elegante portafolios negro en el guardarropas del Museo de Arte Moderno de Nueva York, el MOMA para los conocedores. Como antropóloga estaba adiestrada para estudiar conductas ajenas, no la propia. Se trataba de un portafolios pequeño, casi una cartera de hombre, lujoso y lleno y de la mejor fabricación y el mejor cuero porque en estos intercambios no se puede andar con mezquindades y todo debe tener estilo. Tampoco sintió ella en ningún momento la tentación de abrirlo para espiar el contenido. Podía hacerse una idea bastante acertada, de todos modos, dado que se había dejado tentar y había colaborado en la redacción de la carta con las instrucciones.



Oscuro pasado. Lo se lo atribuí a un personaje, me golpeó en la cara. Una forma de decir, porque ni qué tan oscuro... Porque las brillantes Leonora Djament y Silvia Hopenhayn, entonces en la editorial Norma, me instaron -o quizá conminaron- a publicar unos diarios dispersos, mezcla de confesiones, microrrelatos, reflexiones, esbozo de argumentos. Texto confesional (¿podrá ser hoy considerado novela?) que tiene por título Los deseos oscuros y los otros:

Estoy sumergida en un mar de cuadernos, algunos muy manoseados, otros a medio escribir, a un cuarto. De acá para allá han ido estos cuadernos, de la secca a la meca y más fueron los tiempos de seca cuando no les presté la menor atención. Ahora, retomándolos, en lugar de una inmersión en el pasado me siento casi en un naufragio. No tanto; más bien un nadar contra la corriente de esa mujer que fui en mis años de Nueva York. Qué ciudad que amé en su momento, qué estímulo constante, avasallador.



Y pasaron siete años. El tiempo que me demoré en completar El Mañana, novela que resultó de doble filo. Por un lado es mi ars poética y es un thriller del lenguaje. Así como en Novela negra con Argentinos exploro la noción de escribir con el cuerpo, en El Mañana late la pregunta sobre si existe o no un distinto acercamiento al lenguaje desde lo femenino Aquí las conjeturas se entremezclan con la acción, impelida por Ómer Katvani, el protagonista masculino al que más afecto le tengo de todos los míos, y por aquellos personajes que más me divierten (Esteban, El viejo de los Siglos, y sobre todo el Negro Saldívar, «personaje intruso» si lo hay). Pero El Mañana resultó tener su lado de sombras, premonitorio, y así como la protagonista se encuentra confinada a un arresto domiciliario por motivos que desconoce, por un motivo también impredecible llamado meningitis virósica, me encontré a mi vez confinada a una internación domiciliaria cuando apareció por fin el libro. No lo quise ni ver, por muchos meses no lo quise ni ver.

Empieza así:

¿Por qué?

Meses y meses repitiéndome la misma pregunta inútil: ¿Por qué nos metieron presas? ¿Qué hicimos, que dijimos de más, qué amenaza encarnamos sin siquiera darnos cuenta? El país estaba tranquilo y según parece sigue bien tranquilo, como si nada, como si nosotras no hubiéramos existido nunca. Dieciocho escritoras borradas de un plumazo. En arresto domiciliario. Una verdadera mierda.

Quizá logre entrever una respuesta si me pongo a escribir, a contar lo que pasó en el Mañana, lo que en estos meses de encierro me anduvo carcomiendo el seso en desesperado intento por contestarme la estúpida pregunta tan preñada.

La sola idea de escribir me da náuseas. Por culpa de la escritura las dieciocho estamos donde estamos. Pero. Escribir nos abre a una forma de entendimiento y las preguntas siempre fueron mi acicate. Llegó el momento de enfrentar la cosa, basta ya de tanta impotencia, de tanta frustración y furia.

No me queda otra.

Contarlo por escrito es lo único que puedo hacer para simular que mi vida está en mis manos aunque a cada paso me la vayan borrando.

Será una aventura más después de todo.



A partir de la culminación de El Mañana (vaya título, si bien en este caso se trata del nombre de un barco, en homenaje a Haroldo Conti) pensé nunca más escribir otra novela. Escribiría todo lo demás, cuentos, ensayos eclécticos, microficciones, lo que fuese. Pero de novelas ya había completado el cupo. Lo reafirmé en voz alta justo dos días antes de llegar al corazón de Cerdeña y enterarme de que en la pequeña ciudad de Mamoiada, donde bailan las máscaras más emblemáticas de la isla, gran parte de los habitantes están convencidos de que Juan Domingo Perón nació allí. No pude resistir el peso ficcional de esa historia, extrañamente documentada, y me embarqué en una investigación relámpago, llena por lo tanto de fulgores y destellos, que me llevó a narrar la leyenda a mi manera, en poco tiempo y con gran felicidad. Al fin y al cabo al personaje de José López Rega ya lo había desmenuzado a fondo en Cola de Lagartija, y las máscaras son mi pasión. Nació así mi última novela, La máscara sarda, el profundo secreto de Perón, que lleva por subtítulo palabras del propio General cuando dijo haber logrado conservar el origen de su nacimiento como un «profundo secreto».

Quinta 17 de Octubre, Madrid.

Sábado 16 de junio de 1973. Noche.

En el Claustro

-Es usted trino, mi General.

-Vamos, Lopecito, acábela con sus patrañas y déjeme descansar tranquilo que tengo que prepararme para el gran viaje. Quiero llegar en forma al destino que me aguarda desde siempre. ¡Trino, qué boludeces se le ocurren, Lopecito! Ni que yo fuera un pajarito, un pajarón.

-Usted siempre tan irónico, mi General. Nada de eso y con todo el respeto que su figura merece, trino porque en usted hay tres, como la Santísima Trinidad, pero ninguno de ellos es hijo o padre o espíritu santo. Son todos usted, mi General. Usted es Juancito Sosa y es Juan Perón por supuesto, pero no debemos olvidar que primero y principal usted es Juanne de Mamoiada al que llaman también Juvanneddu o Juvennu. Usted es la reencarnación del dios Dionisos, el de los múltiples nombres. Todos los Juanes son usted, mi estimadísimo, lo configuran, confunden y complican, pero yo estoy acá para definirlo porque también soy trino (en un aspecto muy íntimo que ni sueño con explicarte, viejo socarrón).

-Ma' qué trino ni qué trino, yo, si no he dicho ni pío. No harías mal en imitar mi ejemplo.



Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se busca cuando se escribe, sino hurgar en el Secreto?

Es lo que he venido intentando hacer desde un principio. Ustedes me dirán si algo logró ser puesto en acto.

Muchas gracias.





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