El hombre llega a ser todo o nada según la educación que recibe. El labrador que cultiva el terreno con infatigable cuidado coge abundantes y excelentes frutos. Los padres que se esmeran en la educación de sus hijos, inspirándoles las puras máximas de la virtud, encuentran en ellos el báculo de su vejez y el apoyo de sus familias. Un niño que desde que empieza a descubrir su razón halla un padre, un ayo o un maestro sabio que adorna su entendimiento de los conocimientos necesarios al hombre, e introduce en su tierno corazón los sentimientos de la honradez, crece en edad y en virtud, estimado y aplaudido de todos. Si la fortuna le es poco favorable no desfallece su constancia, antes bien la satisfacción interna de ser hombre de bien lo consuela en medio de sus trabajos, y al fin halla el premio que merece. Esta consideración debe animar a todos los padres a procurar una exacta y virtuosa educación a sus hijos, así como se aplican a dejarles haciendas y dinero que las más veces son la causa de su ruina y precipicio.
Las pasiones que continuamente nos agitan son muy poderosas y fuertes; no tenemos otras armas para resistir a ellas que las de la virtud, y ésta se adquiere con la buena crianza. Nuestra humana y flaca naturaleza nos inclina al mal; pero cuando llega a gustar los encantos de la virtud, como los placeres que produce son verdaderos y traen consigo una perpetua e inmutable tranquilidad, la prefiere al vicio, que siempre es seguido de los remordimientos eternos que, en medio de los gustos y deleites del mundo, exhalan unos fétidos vapores que ofuscan el corazón y lo atormentan sin cesar. El joven que representará esta historia, a quien su mucha virtud y prendas estimables hicieron feliz, debe animar a seguir sus máximas, y el que lo imite tendrá la debida recompensa.
En una de las mejores ciudades de España vivía un hombre muy honrado, aunque de humilde calidad, y que había tenido poca parte en los favores de la fortuna. Tenía un hijo único llamado Teodoro a quien procuraba dar la más sabia educación, deseoso de formar un joven amable y virtuoso. A pesar de su pobreza no omitió cosa alguna que pudiese conspirar a lograr un fin tan propio y honesto, que debería ser el objeto más interesante de todos los padres; pero la muerte impidió todos sus proyectos, dejando de diez años a su hijo, aunque instruido en aquellos conocimientos proporcionados a su corta edad. Un benéfico sacerdote amigo de su padre, viendo a aquella criatura huérfana y expuesta a la miseria y al extravío, se lo llevó a su casa con ánimo de perfeccionar su educación, darle estudios y proporcionarlo para un empleo que le diese de comer. Su caridad y cuidado tuvo el buen efecto que se debía esperar de los buenos principios con que el padre había procurado dirigir aquella tierna planta. Teodoro era de un natural muy dócil, de un entendimiento muy despejado y de una aplicación singular. Todas estas circunstancias eran muy favorables a los designios y desvelos de su bienhechor, y con los continuos consejos, doctrina e instrucción que le daba este hombre sabio hacía su alumno los más rápidos progresos en la virtud y en el estudio. Como el sacerdote veía los adelantamientos de Teodoro, su humildad, su honesto modo de pensar, el amor que le profesaba y las pruebas de gratitud que incesantemente le daba, se aficionó tanto a él que lo quería corno si fuese hijo. Este caritativo sacerdote contaba ya más de setenta años; su salud no era muy robusta, y cayó gravemente enfermo. Algunos días antes de expirar llamó a Teodoro, lo tomó de la mano, y sin poder detener sus lágrimas, con un tono venerable le habló así:
«Amado Teodoro mío, ya ves que mis accidentes son muy graves, que los médicos no tienen esperanza alguna de mi vida y que está no muy lejos su fin. Me desconsuela mucho dejarte sin amparo ni arrimo alguno en una edad en que necesitarías más de mis consejos y cuidado, para no extraviarte ni caer en los desórdenes que hoy son tan comunes. Pero no dudo que siempre tendrás grabadas en tu corazón las puras y saludables máximas que te enseñó tu padre, y yo procuraré radicar. En la juventud están las pasiones muy vivas, y se necesita refrenarlas. Un joven sabio que ama la virtud debe huir de todos los peligros en que puede padecer naufragio. La ocasión es causa del desarreglo, y es preciso evitarla para no caer en él. Las malas compañías dañan mucho a los jóvenes, los precipitan a los más vergonzosos excesos y se entregan a los vicios más escandalosos. Se deben frecuentar las buenas, que se componen de personas doctas, virtuosas y timoratas, en donde la razón y el deber dictan las grandes acciones, y oyendo sus penetrantes gritos se desprecia y censura el libertinaje y la iniquidad. El corazón humano es muy frágil, y un débil soplo lo inclina al mal si no sabe precaverse. La vana ostentación y brillantes apariencias del mundo nos ofuscan; nos dejamos guiar por sus perniciosos atractivos, empezamos por un pequeño exceso e insensiblemente vamos cometiendo otros mayores y más dignos de castigo. El hombre llega a contraer un hábito de sus erradas inclinaciones; en breve se obstina en ellas, y a pesar de los remordimientos de su conciencia vive en el más gravoso letargo sin despertar de él, aun tal vez cuando ve se le acerca la muerte. Si entonces abre los ojos, conoce todas sus preocupaciones y errores y ya tiene muy poco lugar para enmendarse. ¡Qué confusión tan grande es la suya! Por todas partes se ve rodeado de sus delitos, considera la eternidad que le espera, reconoce que allí no vale la mentira, el favor ni el engaño, y todo es horror y tormento para él. Se reprende su ceguedad, acusa a los que han causado su ruina, se acuerda de los sabios avisos y auxilios que despreció, y en tan formidable lance el temor de la pena y la pérdida de un bien eterno lo devoran interna y cruelmente.
El hombre de bien y virtuoso que despreció el fausto, la pompa y vanidad del mundo, que socorrió a los infelices, que observó las leyes de la humanidad y cumplió exactamente con sus deberes, espera la muerte con una tranquilidad envidiable, y aun la desea para gozar de la bienaventuranza y salir de una vida tan miserable y corta. ¡Qué dulce satisfacción le reproducen sus buenas obras! ¡Qué gracias no da al Cielo porque lo ha preservado de la corrupción! El funesto estado en que me hallo y mi misma confusión me hacen hablarte así para que no llegues a verte en la angustia y tribulación en que yo me veo. Tú quedas huérfano segunda vez de edad de 21 años, perseguido de la miseria y de la desgracia. Lo que yo te dejo es muy poco, porque mi pobreza es grande. Si tu misma conducta y proceder no te granjean un bocado de pan, seras el hombre más desventurado de la tierra, te verás acosado de la indigencia, serás el desprecio de todos, y tus mismos desórdenes te acompañarán eternamente y causarán tu mayor infelicidad. Antes de hacer cualquier acción premedítala bien, precave sus malas consecuencias, y nunca tendrás que arrepentirte. Si te ves rodeado de la miseria, y aun precisado a la mendicidad, contempla lo que es en sí esta vida perecedera, respeta las disposiciones de la Divina Providencia, y en el estado más deplorable y lastimoso hallarás resignación y consuelo.
Dedícate a conocer a los hombres, no te dejes seducir de sus engaños y no te fíes sino de las gentes honradas que cultivan la virtud. Estudia con reflexión en la escuela del mundo, que es el mejor maestro. Verás al avariento continuamente inquieto y agitado de su codicia; al miserable, castigar su cuerpo para acumular tesoros; al voluptuoso, encenagado en sus deleites, perdida su hacienda, consumida su salud y digno de compasión; al grande y al rico, obcecados de la pompa y de la vanidad, seguidos de multitud de domésticos, entregados a los vicios, disipando sus caudales y ostentando un lujo muchas veces tan excesivo que los arruina; al noble, vomitar por todas sus coyunturas vanidad y soberbia; al juez inicuo, cometer una injusticia por un indigno interés; al mal superior, atropellar y despreciar al subalterno; a éste, profanar los mayores sagrados por adular y complacer vilmente a su superior; al mendigo, vilipendiado de todos y sin hallar caridad; al artesano, ganar su alimento con la fatiga y el trabajo, y a veces sin poder sustentar a su familia porque no le pagan sus acreedores; al afanado labrador, sufriendo la inclemencia de los tiempos y recogiendo con su sudor el pan para muchos que no lo ganan; a la mujer prostituta, triunfar y prosperar a costa de los insensatos y libertinos; a la casada, vivir en continua guerra con el marido; a éste, maltratar a su mujer virtuosa; al petimetre, lleno de presunción; al enamorado, suspirar, pasar malos ratos y consumir el tiempo en extravagancias y locuras; al despreciado, atormentado de su amor propio y de la más cruel desesperación; al rencoroso, meditar negras venganzas contra su adversario; al adulador, corromper los mejores corazones y hacer mil iniquidades por granjearse el favor; al jugador, destruir su casa y privar del nutrimento a sus hijos y familia; al bribón, burlarse del hombre de bien; al hipócrita, aparentar una virtud que no tiene; al delincuente, acompañado de sus remordimientos; al justo, perseguido del engaño y de la envidia; al amo, maltratar a sus criados, escasearles los salarios y despreciarlos como esclavos; a los criados, hablar mal de sus amos y aun hacerles a veces las más horribles traiciones; al murmurador, denigrar a la doncella y no dejar persona que no injurie con su mordacidad; al traidor, calumniar la inocencia y vender a sus más íntimos amigos; y finalmente verás toda la inmensa variedad de personas que componen el teatro del mundo despedazarse unos a otros cruelmente, estar en una continua y mutua guerra, quitarse los honores y las vidas, envidiarse entre sí su suerte; y entre todos no hallarás tranquilo ni contento sino al verdadero filósofo, al hombre de bien y virtuoso que mira con dolor y compasión todo cuanto pasa en el mundo, que conoce la instabilidad de él y sólo aspira a la felicidad eterna.
Si tú reflexionas atentamente todos estos y otros muchos objetos que se presentarán a cada paso a tus ojos, y observas las inquietudes, aflicciones y desvelos de los mortales relajados, te será horrible su aspecto, huirás de ellos, y arraigadas en tu corazón las máximas de la virtud, nada tendrás que envidiar ni desear, porque en ti mismo hallarás los mayores bienes y felicidades de la tierra. Acuérdate de estos consejos, que a pesar de mi debilidad me he esforzado a decirte solamente por tu bien. Otras muchas cosas pudiera añadir, pero ya me cuesta trabajo el hablar. Dame los brazos, Teodoro mío, y déjame el tiempo que me queda de vida para expiar mis culpas con el llanto y el arrepentimiento».
Oyó todo este sabio discurso el joven Teodoro con mucha atención y derramando copiosas lágrimas. Veía morir a su bienhechor, a su segundo padre, y no hallaba consolación en su dolor. Murió el piadoso sacerdote dos días después de haber hablado tan largamente a Teodoro, y no privándolo del habla su maligna enfermedad hasta el mismo punto que expiró, le repitió sus amonestaciones y consejos varias veces, exhórtandolo siempre a la virtud; y quedaron sus palabras tan impresas en el corazón de Teodoro que jamás las olvidó. Viéndose ya sin el apoyo del benéfico sacerdote, determinó pretender algún empleo antes de que se le acabase la cortísima hacienda que le dejó. Sin embargo de que era un joven muy instruido en Filosofía, Leyes, Cánones, Historia, Geografía, Cosmografía y otras varias materias, no tuvo empeños y nada consiguió, aunque estuvo dos años pretendiendo.
Ya se le acababa el dinero, veía el mal estado de su solicitud, conocía lo perjudicial que le sería la ociosidad, en que es muy escurridizo el paso a la maldad y al vicio, y resolvió ponerse a servir. Supo que en casa de un caballero ilustre y muy rico buscaban un criado mayor para llevar la pluma y correr con algunos negocios domésticos. Se presentó a él con mucha modestia y sin recomendación alguna. Le hizo con mucha energía y sensibilidad la confesión de su desgraciada suerte y le citó varias personas de carácter para que se informase de su conducta. Su figura era amabilísima, y su voz tenía un cierto imperio sobre los corazones humanos. El caballero lo era, amaba mucho la virtud y concibió desde luego una alta idea de este joven. Se informó de su proceder y circunstancias, y todo correspondió a su narración. Lo presentó Don Fulgencio (que así se llamaba el caballero) a su mujer y una hija única que tenía; les pareció muy bien, y sin embargo de que tenían varios empeños para recibir otros prefirieron a Teodoro, de quien los tres hicieron un superior concepto.
No tardó Don Fulgencio muchos días en experimentar los favorables efectos de su buena elección. El sublime modo de pensar de Teodoro, su expedición para todos los negocios, su atención a las cosas domésticas, su vigilancia y desvelo en servir a sus amos, el reconocimiento que manifestaba a sus favores, y sobre todo su honradez y heroica virtud, le granjearon la estimación, el amor y la confianza de sus buenos amos, de tal modo que en breve tiempo depositaron en él la administración y cuidado de todas sus rentas y caudales. No lo trataban como criado, sino como hijo; y esto mismo obligaba a Teodoro a multiplicar su celo, su lealtad, desinterés y afecto. Si todos los amos distinguiesen a sus criados según su mérito y amasen la virtud como deben estarían bien servidos, pues son muy raros los corazones que no se rinden al beneficio y a la gratitud. Pero si un hombre de bien da con un mal amo que lo mira con desprecio, reprendiéndolo con aspereza y delante de todos e injuriándolo sin causa, no le tendrá nunca amor; y si sigue en su servicio, o será porque la necesidad le obligue a ello, o por el interés. Un buen amo tiene por lo regular buenos criados; y si es malo, no encuentra sino otros cómo él, que lo sirvan sin vergüenza ni crianza.
Cada día hallaban Don Fulgencio y su familia nuevas cosas que admirar en Teodoro, y no cesaban de dar gracias al Cielo por haberlo recibido en su casa. La hija, que se llamaba Flora, joven de mucha virtud, talento y hermosura, sentía en su corazón una vehemente inclinación a Teodoro. Su graciosa presencia, su elocuencia natural, sus acciones virtuosas y sus singulares cualidades excitaban de tal modo su pasión que interiormente se consumía, y no sabía qué hacerse para lograr alguna tranquilidad.
La oportunidad que tenía Teodoro para tratar y conversar frecuentemente con Flora, las atenciones que recibía de ella, la suma gracia con que la había dotado la naturaleza, su mucha modestia y recogimiento la hacían un objeto tan agradable a sus ojos que insensiblemente se apoderó el amor de su corazón. Cada vez que veía a Flora sentía una interna conmoción que le congelaba la sangre, le embarazaba la respiración y casi se turbaba al hablarle; pero reflexionando su clase, la calidad elevada de Flora y sus grandes riquezas conocía que amaba a un imposible, y que siempre sería infeliz. Toda su filosofía y virtud no podían vencer su tierna inclinación, y hacía los mayores esfuerzos para disimularla y no descubrir un secreto que juzgaba sería su perdición. Amaba el retiro y la soledad, y cuando estaba solo en lugar que podía quejarse con libertad decía entre sí:
«¡Qué poderosos encantos son los del amor! ¡Qué tirano es su rigor! ¡Cómo abate al corazón más altivo! ¡Cómo introduce en él insensiblemente el más dañoso veneno! ¿Es posible que yo me halle en situación tan amarga, en riesgo tan inminente y en caso tan funesto? Yo amo, ¡ay de mí! ¿Y a quién? A una joven virtuosa, a una señora de calidad, de quien soy un pobre criado. ¡Qué diría de mí si supiera mi pasión! Diría que era un loco, un temerario... Pero, ¡oh, Cielos!, yo observo en sus bellos ojos una inclinación que me parece amor... ¡Amor! ¡Qué extravagancia! ¡La bondad que usa conmigo me lisonjea de este modo! Sin duda que he perdido el juicio. ¿Y si mis amos penetrasen mis desvaríos? ¡Oh rubor!, me echarían de su casa, me tratarían de insolente e ingrato y yo moriría de vergüenza. Pues, ¿qué haré? Cuántas veces me decía mi docto bienhechor: ¡Supera las pasiones, véncete a ti mismo, ésta es la mayor victoria! ¿Y yodesprecio estas virtuosas máximas? No, no. Las tengo esculpidas en mi corazón. Pero, ¡ah, infeliz de mí!, amo tan tiernamente que no sé cómo podré resistir. Todos los medios que medito son en vano. Yo acabaré con mi vida, no habrá consuelo para mí. Salir de esta casa, habiendo recibido tantos favores de mis piadosos amos, es una infamia, una ingratitud muy enorme e indigna de mi honradez. Permanecer en ella a la vista de una imagen seductiva y admirable es exponer mi virtud y causar mi irreparable ruina. ¡Oh, gran Dios! ¿Qué haré en tan penosa confusión? Morir... Sí, morir, para que tengan fin mis tormentos y desgracias».
Así se lamentaba el triste Teodoro, sin saber el partido que debería tomar. Procuraba encubrir su continua agitación, pero su aspecto tétrico y confuso manifestaba la interior inquietud que padecía. Don Fulgencio y su mujer notaban la mutación de Teodoro; varias veces le preguntaron qué era lo que tenía, y él procuraba, disimulando la verdadera causa, atribuirlo a cualquiera otra, que aunque solía ser frívola, con su natural elocuencia la realzaba y los persuadía. Miraba Flora al objeto de su amor consumirse de tristeza; deseaba, como tan interesada, saber el motivo, pero no se atrevía a preguntárselo. Ya un día, estando los dos solos, le dijo Flora: «Teodoro, ya hace algún tiempo que noto en vos una particular melancolía, que no puedo discernir de qué proviene. Aunque estáis sirviendo, estáis en una casa donde todos os estimamos, de modo que más bien sois amo que criado. Nada os falta. Vos tenéis libertad para disponer a vuestra voluntad de cuanto poseemos, y a la verdad no me es fácil distinguir la causa que excita en vos tanta pena. Antes os veía siempre alegre, hablabais sin ningún embarazo, y con cualquier cosa os divertíais. Ahora nada os alegra, vais a hablar, os turbáis, y como involuntariamente exhaláis tiernos suspiros».
«Señora, le responde Teodoro, como tenemos una infeliz dependencia de un cuerpo miserable que nunca puede estar en un perfecto equilibrio, sino que mil indisposiciones alteran todos sus humores, no es extraño que alguna vez se desconcierte una máquina tan delicada, y que esta alteración produzca la hipocondría y la tristeza».
«Sí: Yo no dudo que varias veces son esos los funestos efectos de las indisposiciones internas que agitan nuestra salud; pero no podéis negarme que vuestra aflicción tiene otros principios. Suspirar sin querer, dejar caer algunas lágrimas a pesar del disimulo, no hallar alivio en medio de las asambleas más numerosas ni de las diversiones más agradables, ir a hablar y embarazar la voz un suspiro interrumpido son efectos de otras causas mayores, y que hieren más el alma».
«Mas, señora, ¿qué más causa queréis que estar un hombre disgustado consigo mismo?»
«Ninguna más fuerte. Pero ese disgusto, ¿de qué proviene?»
«De mi estrella».
«¡Ah, Teodoro, explicadme vuestras desgracias!»
«Ni aun yo mismo las sé. Tal es mi desesperación y tormento».
«El Cielo es testigo de cuánto os compadezco. Pero habladme claro: ¿es amor?».
«No lo sé».
«Sí: ésta es la causa: yo la conozco. ¿Y no me diréis el objeto que amáis?»
«No puedo».
«Pues, ¿no os fiáis de mí?»
«Sí».
«¿Y me sacaréis de mis dudas?»
«No».
«¿Teméis descubriros a mí?»
«Sí».
«Sois muy ingrato».
«No, no lo soy; desgraciado, sí».
«Vuestra turbación me confunde. ¿Dudáis de que me interesa vuestro reposo y felicidad?»
«No».
«¡Ah! Abridme vuestro corazón. Estad seguro de que si yo puedo...»
«No, señora, no podéis remediar mi mal, es muy imposible, y mi suerte tan lastimosa que, o he de parecer ingrato al beneficio, o he de morir al rigor inhumano de mi adversidad».
«Cruel extremo es el vuestro. Mas...»
«¡Ay de mí! Dejadme, señora, por piedad; dejadme acabar con una vida tan llena de pesar y desconsuelo». En esto oyeron el estrépito del coche en que venían de misa Don Fulgencio y su mujer; y Flora y Teodoro se separaron mirándose recíprocamente con la mayor ternura, y oprimidos sus corazones de la más terrible angustia.
Teodoro se retiró a su cuarto acompañado de su congoja. Reflexionaba sobre el discurso que había tenido con su amada Flora, las tiernas palabras de ésta, el interés que tenía en su tranquilidad, y asaltado de las más impías consideraciones, para dar algún desahogo a sus crueles ansias exclamaba: «¡Ay, Cielos! ¿Qué es lo que acabo de oír? ¿Quién es quien me ha hablado? Flora... Sí, mi amada Flora es la que procura mi consolación. ¡Qué dulces palabras! ¡Oh, bárbaro martirio! Sin duda ella ha penetrado mi corazón, ha leído en mis ojos mi pasión, quiere darme alivio y tiene lástima de mí. No, no es casualidad el que me haya hecho tantas instancias para saber la causa de mis males, no; acaso me amará y no se ha atrevido a declarármelo. Estad seguro de que si yo puedo... Sí, esta voz salió de sus preciosos labios. ¡Qué iría a decir! Sin duda: si yo puedo daros algún alivio... Pero, ¿esto no puede ser compasión? Sí. Mas no sé qué ternura... ¡Qué fantasía! ¡Qué frenesí! Yo me figuro una idea caprichosa y extravagante. Yo me confundo con estas lisonjeras imágenes. Yo mismo me fabrico mi ruina y precipicio, fomentando una llama que debería sufocar. Agobiado de tan pesado martirio, no sé qué resolver. Mil proyectos forjo en mi imaginación, y ninguno me atrevo a ejecutar. La virtud, el honor, la gratitud, máximas tan propias de un hombre de bien, y que la buena educación me ha estimulado a venerar y conservar hasta aquí, combaten contra mi amor. ¡Qué poderosos enemigos! Pero un hombre que, dejándose arrastrar de sus pasiones, desprecia unos gritos tan honestos y penetrantes es comparable a un caballo desbocado, que rompe las riendas y se precipita ciegamente. En el orden de la naturaleza es el hombre superior a todos los seres vivientes, y el que no sabe vencerse a sí mismo se hace inferior a los brutos más irracionales. ¿De qué nos sirve el juicio y el entendimiento si no sabemos contener nuestra voluntad? ¡Ah! No es ésta como los músculos del cuerpo, en quienes tenemos un dominio activo para moverlos y guiarlos a donde nos parece. No hay duda; pero la reflexión supera a la voluntad, y aun a su pesar puede el hombre triunfar de sus inclinaciones. Si no, ¿qué sería de nosotros, por naturaleza propensos a saciar nuestras torpes e indignas pasiones? Es verdad. ¡Ay de mí! Estímulos de virtud, de gloria y de reconocimiento, no me desamparéis en tan estrecha situación. Protegedme, ¡oh gran Dios!, y dadme auxilios para salir triunfante de un combate tan reñido y cruel».
En este contraste de pasiones se ven brillar los efectos de la buena educación. Sentía Teodoro en su corazón los poderosos impulsos de la virtud, y como estaba tan radicada en él no podía destruirla el amor, no obstante la violencia con que hieren sus flechas y la ceguedad con que la fragilidad humana se rinde a sus vehementes atractivos. Si se considerasen bien las funestas consecuencias que produce la mala educación, no habría tantos padres indolentes y descuidados en una materia tan importante. Las familias tendrían más sólidos apoyos, la patria mejores ciudadanos, y el Estado más útiles varones que administrarían la justicia, cultivarían la beneficencia, fomentarían la industria, defenderían la inocencia y protegerían la virtud abatida y despreciada. El hombre bien criado puede por su flaqueza extraviarse; pero como su corazón le acuerda incesantemente sus principios equitativos y justos, vuelve en breve a tomar el camino recto que abandonó.
No podía olvidar Flora las palabras de Teodoro. Su turbación, su semblante y sus miradas expresivas casi la persuadían que ella era el objeto de su amor. No sabía cómo averiguar positivamente la causa que lo tenía sumergido en tan deplorable melancolía. «Teodoro, decía entre sí, es muy virtuoso y sabio. Si me ama no se atreverá a descubrirme su pasión, temeroso del enojo de mis padres, y tal vez del mío. ¡Ah! Si supiera el cariño que le profeso y lo mucho que me lastima su tristeza, no tendría reparo en confesarme sus ansias y desvelos. Si le pregunto qué es lo que siente, casi estoy segura de que no me lo dirá. Si le manifiesto la ternura de mi corazón es flaqueza, y tal vez enterado de mi amor será más su aflicción. Si yo no soy la que adora, me expongo a un sonrojo, pues condenará con razón mi ligereza y presunción. El lance es fatal. Yo estoy tan inquieta que con nada hallo descanso. Considero que mi amor es una locura, que él es un criado mío, que aunque mis padres lo estiman tanto nunca consentirán en nuestra unión, y que si alimento un fuego tan activo voy a causar mi ruina y tal vez la suya. ¡Bárbara situación! Yo me siento morir. Quisiera enjugar sus tiernas lágrimas, consolarlo en su dolor, pero no sé cómo poder hacerlo. ¿De qué me sirven las riquezas y honores si no puedo gozar del único bien que adoro? ¿No es la más vana y cruel preocupación del mundo aquella razón de Estado que nos obliga a entregar nuestro corazón a quien tal vez se aborrece, y no a quien se ama? La ambición y vanidad del hombre introdujeron esta máxima tan inhumana, que es el más tirano verdugo de las almas sensibles, y nosotras somos las más frecuentes y desgraciadas víctimas de un error tan pernicioso. Pero el mundo, confirmado en esta opinión, censura y condena a los que no miran por el honor, que se funda en el nacimiento y en el antiguo lustre de las familias, como si la virtud por sí sola no fuese más estimable. Esta verdad se considera poco, y sólo se atiende a la brillantez, que siendo tan aparente como en realidad es, se apetece, honra y aplaude. Y si no me conformo con estas máximas, aunque ciertamente son extravagantes, ¿qué dirán de mí? Que soy loca, que me dejé arrebatar de un capricho y que no procuré conservar el decoro correspondiente a mi calidad... ¡Ah, Teodoro! Estas consideraciones serán causa de mi infelicidad. ¿Quién te trajo a mi casa para turbar la tranquilidad de mi alma? Desde que te vi no he gozado un momento de reposo. ¡Ay, desgraciada de mí! Sin ti no podré vivir, mi desesperación será eterna, y mi tormento riguroso e insufrible».
En semejantes reflexiones pasaban infelizmente los días Flora y Teodoro, y crecía su desconsuelo a vista de tantos imposibles como cada uno respectivamente consideraba para conseguir sus deseos. Vivían ambos lisonjeados de que se amaban mutuamente, sacando estas consecuencias de las palabras interrumpidas, de las miradas lánguidas y de las atenciones que cada uno observaba de parte del ídolo que amaba. Ya un día entró Flora en el cuarto de Teodoro, a tiempo que éste estaba escribiendo unos versos, transportado de su dolor y confusión. Profundizado en las imágenes que le representaba su idea, no vio a Flora hasta que estuvo muy cerca de él. Luego que la vio se levantó de la silla muy sobresaltado, y con un tono trémulo y vacilante le dijo:
«Señora... ¡Vos aquí!... ¿Qué me mandáis?»
«Considerando, le respondió Flora con no menos turbación, que retirado en vuestro cuarto estaríais entregado a vuestras continuas penas, quise interrumpir con mi presencia vuestras sensibles imaginaciones, por si podía daros algún alivio».
«¡Ah!, si supierais, señora, cuánto agradezco vuestra piedad...».
«Vivo muy persuadida de vuestra gratitud. Pero decidme, ¿qué hacíais tan distraído que no habéis sentido abrir la puerta?»
«Yo..., señora...»
«No os turbéis, Teodoro. Sin duda estaríais escribiendo al objeto que amáis».
«¡Ah! No puedo tener tanta dicha».
«¿Pues, qué hacíais?»
«Para desahogar mi fantasía escribía unos versos».
«¿Y los podré ver?»
«Señora..., son tan insípidos que tendríais poco gusto».
«Estimulados de una pasión tan vehemente, serán demasiado vivos. Permitidme que los lea».
«Deteneos... Acaso...».
«¡Ah! Sí. Perdonad. No he reflexionado que se dirigirán a la dama que adoráis, y como soy mujer estaría mal guardado el secreto».
«Señora... ¡Oh, Cielos! Vos me injuriáis. Tal vez mereceré vuestra indignación; pero tomad, para que de una vez acaben con mi vida mis tormentos». Tomó Flora el papel y leyó, que decía así:
SOLILOQUIO | ||||
| Voz de dolor, de un hombre desgraciado | ||||
| publica sus pesares y tristeza, | ||||
| ya que en un mal tan duro e insufrible | ||||
| no encuentro quien mis males compadezca. | ||||
| Llora conmigo, amor, mi adversa suerte, | ||||
| llora el rigor insano de mi estrella | ||||
| ya que tú eres la causa de que viva | ||||
| rodeado de angustias y miserias. | ||||
| Ya el corazón opreso y afligido | ||||
| ni aun para palpitar valor encuentra. | ||||
| Ya los sentidos todos se entorpecen | ||||
| y me siento morir de mi dolencia. | ||||
| ¡Qué crüel situación! ¡Ay, infelice! | ||||
| ¿Qué haré para aliviar mi grave pena? | ||||
| Si reflexiono bien mi triste estado, | ||||
| ¡oh, cuántos imposibles me presenta! | ||||
| Por todas partes miro mi desgracia. | ||||
| ¡Qué desesperación triste y funesta! | ||||
| ¡Oh amor, oh amor tirano! ¿por qué hieres | ||||
| tan dura y crüelmente con tus flechas? | ||||
| ¿Por qué privas al alma del reposo? | ||||
| ¿Por qué tanto a los hombres desconsuelas? | ||||
| Entre flores y rosas, ¡oh Cupido!, | ||||
| con gustosa alusión te representan | ||||
| de guirnaldas preciosas coronado, | ||||
| alegre, y con la boca muy risueña. | ||||
| Pero (¡qué negra astucia!) deberían | ||||
| pintarte como un monstruo o una fiera | ||||
| que atrae a los mortales con engaños | ||||
| y con su vista mata y envenena. | ||||
| En vez de mirtos, rosas y jazmines | ||||
| ponerte al rededor armas funestas | ||||
| que causasen horror, para que nadie | ||||
| siguiese incautamente tus banderas. | ||||
| Quien nunca haya probado tu perfidia | ||||
| creerá que eres, amor, cosa tan buena | ||||
| que contigo traerás muchos placeres | ||||
| y harás feliz la vida; ¡qué demencia!, | ||||
| cuando la llenas siempre de amarguras, | ||||
| de inquietudes, zozobras y tristezas. | ||||
| Dígalo yo, que nunca he padecido | ||||
| las ansias y desvelos que me cercan | ||||
| hasta que, incauta, el alma se ha rendido | ||||
| a un imperio que tanto la sujeta; | ||||
| y en medio de este estado lastimoso | ||||
| ni una esperanza débil me consuela. | ||||
| Nunca descansaré, yo lo conozco, | ||||
| y moriré al dolor que me atormenta, | ||||
| pues sin su dueño amado, ¿cómo es fácil | ||||
| que aliente un corazón que lo venera? | ||||
| Ni aun puedo declararle mi cariño | ||||
| ni esperar, aunque amor por mí tuviera, | ||||
| la dicha venturosa que hacer puede | ||||
| mi vida más tranquila y más serena | ||||
| ¡Oh, tormento crüel! Pero, ¿qué causa | ||||
| es la que a tal desgracia me condena? | ||||
| Mi fortuna infeliz, mi nacimiento, | ||||
| mi misma humillación y mi pobreza. | ||||
| ¡Qué vanidad mundana, cómo mira | ||||
| con injusto desprecio la indigencia, | ||||
| como si un alma grande y virtüosa | ||||
| no fuese preferible a la riqueza! | ||||
| Es una presunción loca, no hay duda, | ||||
| que dictan la opinión y la soberbia; | ||||
| pero al que tiene máximas contrarias | ||||
| se atribuye que piensa con bajeza. | ||||
| ¿Por qué razón el mundo lisonjero | ||||
| ha de hacer injusticia tan proterva, | ||||
| concediendo el honor al nacimiento | ||||
| y no a la virtud pura y más perfecta? | ||||
| El nacimiento es obra del acaso, | ||||
| y la virtud el hombre la granjea | ||||
| con las buenas acciones, que descubren | ||||
| sus nobles sentimientos y alma bella. | ||||
| Mas, ¿qué importa, si el mundo no conoce | ||||
| esta razón tan clara y verdadera, | ||||
| y es preciso seguir en las costumbres | ||||
| que, aunque son un error, todos observan? | ||||
| ¡Ay de mí! ¡Cuán en vano me fatigo | ||||
| en estas reflexiones! Si mi estrella | ||||
| pobre me hizo nacer, lograr no puedo | ||||
| la flor que está ostentando su belleza | ||||
| cada instante a mi vista. ¡Flor amable! | ||||
| ¡Quién fuera tan dichoso que pudiera | ||||
| a lo menos decirte que te amo, | ||||
| aunque después mi muerte fuese cierta! | ||||
| ¡Ah, imagen por quien vivo! ¡Ay, dueño mío! | ||||
| Mi desmayado espíritu se alienta | ||||
| considerando que a tus pies postrado | ||||
| ofrezco ser esclavo de... | ||||
«¿De quién?, dijo Flora sobresaltada, acabad el verso...»
«De vos mesma...¡Ah, señora! Ya lo dije; la fuerza del asonante... la pasión..., mi lastimoso estado... me transportaron... Sí..., me hicieron proferir... Perdonad...»
«Levantad, Teodoro, ¡ay de mí!, le interrumpe Flora agitada y confusa, levantad... ¡Oh, desventura! Sabed que no soy ingrata, que os amo... Sí... No lo puedo disimular, os amo cuanto a mi vida».
«¡Qué oigo, santo Cielo! ¡Vos me amáis!...»
«Sí, desgraciado Teodoro, hace muchos días que compadezco vuestro dolor; pero... ¡Ah, bárbara suerte!».
«Sé lo que ibais a decir, ¡oh tormento! Sí. Que mi amor es un frenesí, que soy un pobre miserable y que nunca seré feliz».
«¡Ah, Teodoro mío! No os aflijáis, consolaos... El Cielo tendrá piedad de nosotros. Vuestra virtud os hace el más amable del mundo, y tal vez...»
«Señora, ¡oh cruel destino!, no, no os figuréis unas ideas tan inverosímiles y extrañas. Muchos inconvenientes se oponen a nuestra felicidad. Vuestro ilustre nacimiento, mi oscuro origen, vuestros padres, vuestros parientes, mi desgracia, sí, mi miseria... ¡Ay de mí!, todo se me presenta a la vista para mayor desesperación y tormento».
«Mi bien... Teodoro... ¡Oh, joven infeliz!, no me angustiéis de tal modo, tened compasión de mí».
«Adorable Flora, suspended ese tierno y precioso llanto. Yo no haré desgraciada vuestra vida; sabré morir animosamente por vuestro reposo y tranquilidad aunque sea necesario hacer el mayor sacrificio».
«¡Oh, Teodoro! ¡Oh, dulce y tierna víctima! Vos gemís, vos queréis sacrificaros por mi quietud y descanso. ¡Ah! Saben los Cielos que siento más vivamente que vos las penas que os ocasiono. ¡Oh, quién pudiera enjugar vuestras preciosas lágrimas! ¡Quién pudiera haceros eternamente feliz!»
«Bien podéis hacerme, generosa Flora».
«¿Cómo? Decid; yo haré cuanto me pidáis».
«Con sólo amarme. ¡Ah! Sabiendo que vivo en vuestro corazón, viviré contento. Repetiré mil veces entre mí esta plausible» consideración; y ya que mi abatido estado me priva de gozar el bien más estimable de la tierra, me consolaré con la dulce memoria de vuestro tierno amor».
«¡Oh, virtuosísimo Teodoro! Ese amor es verdaderamente heroico; ¡cuánto me es agradable! Sí; yo os ofrezco imitar vuestra heroicidad. Amémonos eternamente; sacrifiquémonos el uno por el reposo del otro; vivamos dándonos recíprocas y continuas pruebas de nuestra constancia; y en medio de nuestras penas, será ésta la más grata satisfacción para mitigarlas».
«Decís bien, hermosa Flora; desde hoy acabe nuestro dolor, y los estímulos de la virtud fomenten la llamada de nuestro amor. Yo me siento valor para esta empresa, y cuando me faltase, con vuestras sabias palabras se reanimaría mi flaqueza. En la estrecha situación en que nos hallamos, sin ofender el honor hemos hallado el medio de ser felices».
«Por mi parte os aseguro lo seré, sabiendo que soy el dulce objeto de vuestros votos».
«Yo no puedo desear otra felicidad, y formando la vuestra, ¿qué más dicha puedo apetecer?»
«A Dios, Teodoro, a Dios, ya es hora de retirarme; pensad en mí, hablad conmigo, no os olvidéis que yo, alternativamente raciocinando con vos, os llamaré mi amor, mi gloria y mi consuelo».
Con una constancia increíble se separaron estos dos amantes como lisonjeados de su triunfo, pareciéndoles que podrían seguir en su amor heroico, gozando una apacible felicidad. Pero como los deseos del corazón humano son muy progresivos, y solamente se calman cuando llegan a su fin, en breve tiempo conocieron Flora y Teodoro que les era imposible vivir tranquilamente con sola la consideración de su recíproco amor. Así como un impetuoso huracán agita improvisa y violentamente los árboles más gruesos, y a pesar de su resistencia los descuaja y derriba a tierra, así la fuerza de su tierno amor destruyó toda su constancia. Volvieron los insufribles pesares a atormentar sus sensibles almas: sus lágrimas se multiplicaron, y el corto tiempo que gozaron algún descanso les reprodujo mayores inquietudes y dolores. Sin embargo, Teodoro procuraba disimular, ya porque él había propuesto este proyecto, y ya porque consideraba que no debía ni podía aspirar a más. Flora combatía con infinitas reflexiones; pero era mujer amante, y el ser superior a Teodoro le daba motivo para pensar diversamente. Conocía que el contentarse Teodoro con sólo exigir su amor era efecto del carácter de humildad que resplandecía en él, y esto mismo la animaba más a sacrificarse en caso necesario para hacerlo feliz. Con esta idea entró en el cuarto de Teodoro a tiempo que, para desahogar su dolor, hacía que en corrientes saliese por sus ojos.
«¿Por qué lloráis, Teodoro mío?, le dijo Flora. ¿Son éstos los afectos de vuestro contento?»
«Señora, le respondió Teodoro con una voz débil, se llora de gozo, como por pena; y congratulándome conmigo mismo porque merezco vuestra ternura, no podía de alegría contener el llanto».
«¡Ah, Teodoro! Vos me engañáis. Yo leo en vuestro semblante la conmoción de vuestra alma. Sin duda estabais considerando vuestro deplorable estado y llorabais de tristeza, no de alegría. Alternativamente siente mi corazón vuestras penas, pues me las figuro por las mías propias. ¡Qué diverso es el pensar del ejecutar! Yo me creía capaz de contentarme solamente con obtener vuestro amor, pero ya veo que no hallaré felicidad ni reposo sino en vuestros brazos».
«Mas, señora... ¡Ah! ¿Cómo será fácil que logremos esta dicha?»
«Un medio sólo encuentro. Mis padres me aman tiernamente, yo soy las niñas de sus ojos; me echaré a sus pies, lloraré, imploraré su piedad y no me levantaré hasta que me concedan la gracia de ser vuestra esposa. Ellos son muy amantes de la virtud, conocen y estiman la vuestra, y no creo que harán una injuria a la humanidad despreciando vuestro mérito y anteponiendo el vil interés y la vanidad al sumo placer que causa a las almas sensibles el hacer felices y afortunados».
«No puedo exageraros, bellísima Flora, lo mucho que agradezco vuestro amoroso celo; pero os lisonjeáis en vano. ¿Cómo queréis que vuestros padres asientan a una cosa tan imposible? ¿No consideráis que yo soy un criado suyo, que soy un pobre de humilde nacimiento y que se avergonzarían tan sólo de oír vuestra proposición? No reflexionáis que si les confesáis nuestro amor se irritarán contra mí y me echarán de vuestra casa con deshonor, desterrándome para siempre de vuestra amable vista? ¿No miráis que os reprenderán vuestra ceguedad, y que será causa de vuestra infelicidad y la mía? ¡Ah, bella Flora! No he nacido para vos, no os merezco. Otro más feliz que yo gozará de las delicias de Himeneo mientras que, acompañado de mi dolor, lloraré eternamente en lo más oculto del mundo la crueldad de mi estrella».
«¡Teodoro mío, qué decís! ¡Yo en brazos de otro! No, no me creáis tan infiel. Conozco el riesgo a que me expongo si descubro mi amor a mis padres. Sí, conozco la fuerza de vuestras razones, pero mi constancia no se abate, y por vos sabré morir aunque soy mujer. Otro medio más fácil puede allanar tantos obstáculos como embarazan nuestras dichas, Si tenéis valor, ésta es la última prueba que puedo daros de mi amor».
«Pues, ¿qué es lo que pensáis?»
«Bien os consta que manejo y tengo a mi disposición el dinero y cuantas joyas de valor hay en casa».
«Sí, lo sé. Mas...»
«Escuchad. Yo os daré dinero, vos compraréis dos caballos secretamente y una noche, vestida yo también de hombre, cargaremos con todo cuanto podamos, nos iremos a Francia y allí viviremos desconocidos, gozando mutuamente la paz que aquí hemos perdido. ¡Qué! ¿Os suspendéis? Parece que mudáis de color. ¿De qué proviene esa turbación?»
«¡Ah, señora, qué es lo que me proponéis! ¿Yo he de cometer una acción tan vil? ¿Yo he de causar el desconsuelo de vuestros amados padres, de mis venerados amos, sí, de quien he recibido tantos beneficios? ¿Yo he de ser ingrato a mis bienhechores? ¿Yo he de privarlos de la única consolación que tienen, de una hija que con su presencia prolonga sus días y alivia su vejez? ¿Yo os he de pagar tan mal vuestro tierno amor, sacándoos de vuestra patria, privándoos de vuestros estados y causando vuestro deshonor? ¡Ah! ¿Qué diría el mundo de vos y de mí? Todos me tratarían de seductor, de inicuo, de impostor. Todos os acusarían de frágil e incauta. Vuestros padres maldecirían la hora en que me recibieron en su casa, y los favores que me han hecho. El Cielo miraría con enojo nuestro atentado, castigaría en vos la inobediencia, y en mí la ingratitud. Por todas partes nos acompañaría nuestro delito y remordimiento. Seríamos las más infelices criaturas de la tierra, y...»
«Callad, le interrumpe Flora con enojo; callad, cobarde, pusilánime. ¿Es ése el gran amor que me tenéis? ¡Ingrato! ¡Hombre cruel e inhumano! Yo os abro mi corazón, me expongo a tantos riesgos, desprecio mis riquezas y honores por vos, ¿y me despreciáis así?»
«No os desprecio, señora; sabe el Cielo lo sensible que soy a vuestro amor. Sois injusta si no me creéis. Pero unos respetos tan justos..., mi honradez...»
«Decid más bien mi cobardía...»
«¡Yo cobarde! ¡Yo! ¡Ah!, mal me conocéis. Por vos recibiría mil veces la muerte, me arrojaría a los mayores peligros, expondría inerme el pecho a las más duras armas. Pero pedirme que sea ingrato, que cometa acción tan inicua... ¡Oh, virtuosa Flora!, tened piedad de mí, quitadme antes la vida. No me hagáis indigno de vuestro amor».
«No lo merecéis, no. Desde hoy podéis olvidaros de mí, y yo me avergonzaré de haber amado a un hombre ingrato y de tan poco valor».
«Esperad, Flora. ¡Ay de mí, qué es esto que me sucede! Yo muero».
Flora se retiró como enojada, y Teodoro quedó casi sin sentido por un breve espacio. Volvió en sí, y mirando a todas partes absorto y confuso dejó salir un profundo suspiro acompañado de un torrente de lágrimas, y prorrumpió de este modo: «¡Oh, Cielos!, ¡qué estrecha situación es la mía! ¡En qué consternación me hallo! ¡Flora, sí, Flora enojada contra mí, llamarme ingrato y cobarde, decir que no merezco su amor! ¡Qué desgracia es la mía! ¡Quién se vio jamás en tan funesto caso! ¿Qué deberé hacer? Si calmo el enojo de mi dueño haciendo lo que me propone, soy un hombre vil, ingrato e inicuo. Si no procuro contentarla, ¿cómo podré vivir considerándome despreciado y aborrecido de quien más amo? ¡Oh, suerte infeliz! ¿Qué resolveré en tal conflicto? Estoy desesperado. Por todas partes hallo mil inconvenientes, y en ninguna descanso. El perder a mi amada Flora me es tan sensible que solamente en pensarlo parece se me arranca el corazón. El perder mi virtud me es tan duro que me avergüenzo delante de mí mismo, y casi me figuro que mi propio remordimiento no me dejaría gozar un momento de reposo. Pero, ¡qué pena será la de mi bella Flora! Yo voy a hacer amarga su vida, a causarle mil inquietudes. ¿Y tendré valor para ser tan cruel? No, no, amada Flora. Yo perdería mil vidas que tuviese por tu reposo. No tendrás que acusarme de falso e inhumano; voy a cumplir tus preceptos, a darte la mayor prueba de mi amor, a pedirte perdón del dolor que te he ocasionado, sí, a entregarte mi voluntad para que dispongas de ella como propia... Mas, ¡qué digo! Sin duda he perdido el juicio. ¿Yo atreverme ni aun tan sólo a proferir unos sentimientos opuestos a mi virtud, estimulados de una loca pasión y tan indignos de un hombre de bien? ¿Adónde están las máximas que aprendí en mi educación? ¿Adónde están aquellos pensamientos nobles y heroicos que nutría en mi corazón? ¿Yo me dejo predominar así de mis pasiones? ¿Yo no soy capaz de vencerme a mí mismo? Sí, sí lo soy. En la balanza de la razón hace más peso mi virtud que mi amor. Bien sé que voy a morir; pero más vale perder la vida que cometer una vileza. Pues para poder resistir a la tentación me conviene salir de esta casa, abandonar a Flora, no vivir delante de aquellos hermosos ojos que me seducen y precipitan, e ir a llorar mi tirana y desgraciada suerte a donde nadie sepa de mí. Dadme, piadosos Cielos, valor para ejecutarlo, y protegedme en tanta confusión y tormento».
Inflamado de estos honestos sentimientos, y temiendo que tal vez vacilaría su virtud a vista de su amada Flora, fue al cuarto de Don Fulgencio y le dijo: «Señor, ya ha muchos días que me hallo asaltado de una penosa hipocondría», que me trae tan inquieto y desazonado que juzgo que si no procuro distraerme caminaré a pasos muy rápidos al sepulcro; y así vengo a suplicaros me concedáis vuestro permiso para irme algún tiempo fuera de la ciudad, y...»
«Vuestro semblante tétrico y turbado, le interrumpe Don Fulgencio, manifiesta lo mucho que padecéis. Pero, ¿no me diréis el motivo que excita en vos una pena tan extraña?»
«Señor, yo mismo no lo conozco. Mi corazón, naturalmente sensible, es causa de este mal que me aflige, y me parece que cazando y caminando por los campos podré hallar algún alivio».
«Pues bien, si no es más lo que deseáis, ya está concedido. Yo también estoy molestado de los negocios y de la ciudad; deseo esparcirme un poco, y así podremos irnos unos días a la quinta; cazaremos, haremos ejercicio y nos divertiremos».
«Vuestro gusto es el mío; disponed lo que juzguéis conveniente».
«Preveníos y partiremos mañana, pues anhelo ver disipada esa melancolía que os tiene tan agitado, y me causa tanta compasión el veros triste que daría cuanto tengo porque volvieseis a vuestro primer estado».
«Os agradezco, señor, esa bondad que usáis conmigo, sin ningún mérito».
«¡Ah! Todo lo merece un hombre honrado y virtuoso, como sois vos».
Con esto se separaron, quedando Teodoro no muy contento de la resolución de su amo, pues él deseaba ir solo a cualquiera parte para poder quejarse con libertad y valerse de algún pretexto decoroso para no volver a la casa, conociendo lo expuesto que estaba a ejecutar alguna acción opuesta a su virtud.
Comunicó Don Fulgencio a su mujer e hija lo que había pasado, y la determinación que había tomado. Tuvo Flora que acudir a toda su constancia para disimular la sensación que le hizo esta novedad inesperada; habló con sus padres sobre la tristeza de Teodoro, haciendo como que le causaba admiración el estado en que se hallaba. Los padres no sabían a qué atribuirlo; cada uno opinaba diversamente, y sin atinar con lo que podía ser se separaron dudosos y confusos.
Flora se retiró a su cuarto, y como se vio sola exhaló en cristalinas corrientes su reprimido dolor, y exclamó así: «¡Qué novedad es ésta, Cielo santo! ¡Teodoro querer ausentarse de mí! ¡Ah, su amor es fingido! ¡Falso, ingrato! Pero no, aquel semblante no es impostor, aquellas lágrimas no son falaces. Su continua tristeza y la languidez a que lo ha reducido son claros e indubitables indicios de su tierno amor. Su virtud, ¡ah virtuoso Teodoro!, sí, su virtud lo impele a solicitar una ausencia que acaso le costará la vida. ¡Pobre infeliz! El teme no poder contenerse a mi vista, y quiere morir antes que cometer una bajeza. El desaire que le he hecho, llamándolo cobarde e ingrato, le habrá penetrado el alma, y para darme una prueba de su amor sin exponer su virtud ha resuelto apartarse de mi vista. ¡Oh, gran Dios! ¿Qué deberé hacer en lance tan formidable? Si permito su ausencia moriré de desconsuelo; y si la estorbo, de cualquiera modo voy a descubrir un arcano que puede costarnos a los dos la vida. Mañana partirán, según mi padre ha dicho. Si puedo verlo esta noche a solas, lo aseguraré de mi constancia, lo consolaré en sus penas; y el Cielo tendrá piedad de nuestro desgraciado amor».
Llegó la noche, y luego que todos se recogieron fue Flora al cuarto de Teodoro, el cual tenía la puerta abierta y la pluma en la mano, que acababa de escribir una carta para Flora con ánimo de dársela al partir por la mañana. Se sorprendió al verla entrar, y quedó casi inmóvil en la silla sin poderle hablar palabra. Empezando Flora la primera, con una voz sumisa y trémula le dijo: «¿Qué tenéis que os sobresaltáis? ¿Acaso vengo a turbar vuestro reposo?»
«No, señora, le respondió Teodoro con un tono triste e interrumpido; no, antes bien, vuestra vista reanima mi desalentado espíritu; pero al considerar que me ausento de vos se me oprime el corazón de modo que no puedo respirar».
«¿Y quién tiene la culpa?»
«Yo mismo, o por mejor decir, mi virtud».
«Vuestra virtud es muy rígida, y os habéis empeñado en quitarme la vida».
«¡Ah, señora!, no atormentéis más a quien tanto padece. Esta carta que acabo de escribir, con intento de dárosla antes de mi partida, podrá instruiros de mi modo de pensar, y de mi desgracia». Tomó Flora la carta y vio que decía así:
Teodoro a Flora.
«Yo parto, y como estoy agitado de los más extraños movimientos no os admiréis que os manifieste unos sentimientos tan dignos de mi amor. Sí, parto, y aunque la ausencia suele entibiar la pasión no sucederá así en mí, pues mi corazón todo vuestro no se apartará de vos un solo instante. Viviré ausente, sí, pero en mi pecho estaréis tan presente como si estuviese en vuestra presencia. Yo os amo; mi amor se opone a vuestro honor y al mío, y con el sacrificio de mí solo se conservarán ambos. Una vida que puedo ofreceros voy a consumir en el retiro, donde eternamente lloraré mi desgracia, para daros una prueba de mi amor. Allí pasaré los días y las noches acompañado de mi soledad y desconsuelo. Allí, alimentado de mis quejas y de mi dolor, pasaré entre lágrimas y suspiros hasta que la inexorable Parca corte mi vital y pesado aliento. Allí, resonando el eco triste vuestro nombre, penetrará hasta lo íntimo de mi corazón. Allí acompañaré en su susurro lamentable a la sensible y viuda tortolilla. Allí, en fin, moriré en obsequio de mi amor y de mi virtud. ¿Puedo hacer más? ¿Soy ingrato? ¿Soy cobarde? ¿Me asusta el padecer por vos? ¡Ah, éste sí que es dolor y tormento! Aunque voy con vuestro padre, no volveré nunca a veros. Iré desde la quinta al sitio más escondido y sombrío, a padecer y a morir. De este modo nada tendrá que reprenderme mi virtud, ni tampoco mi amor. Con aquélla cumplo apartándome del peligro en que podría naufragar, y con éste, siendo víctima de sus encantos. Cumplo también con vos, con vuestros padres, con el mundo, con el Cielo y con mi deber. No me acuséis de ingrato; tened piedad de mí. ¡Oh, dolor! Éste sí, éste es el último a Dios. Quedad en paz, señora, dad algún suspiro por mí, y a Dios para siempre».
Acaba de leer Flora estas palabras con mucho sobresalto, y sus bellos ojos brotan un copioso llanto, mezclado con los suspiros que arrojaba su corazón. Mira atentamente a Teodoro: ve pintada en su pálido y afligido rostro toda la sensibilidad de un alma virtuosa y enamorada. Cógele de la mano, la estrecha en su pecho, y casi sin poder articular le dice: «¡Qué resolución es la vuestra! ¡Vos tenéis valor para dejarme abandonada! ¡Vos queréis separaros de mí para siempre! ¡Éste es el premio debido a tanto amor! ¡Ah! ¿Y ésta no es ingratitud, no es crueldad?»
«No, señora, le responde Teodoro anegado en lágrimas, no es crueldad sino deber. Soy el más desgraciado de los hombres; y para que mi desgracia no os alcance, me precisa tomar una determinación tan dura e inhumana. Si yo pudiese manifestaros mi corazón, veríais en él pintada toda la angustia y tribulación que padezco al separarme de vos. ¡Ah! Todas las penas del mundo juntas no igualan a la mía. ¡Qué caso tan fatal y funesto es el mío! No me tratéis, señora, con rigor; bastante tormento es el que me lacera el alma».
«Teodoro, joven desventurado, vos me hacéis morir. Siento que mi corazón desfallece al pensar que no volveré a veros. ¡Ah! No, no llevéis a tal extremo vuestra virtud; volved a consolarme en mi angustia y soledad. Esta gracia implora de vos una mujer, sí, una mujer infeliz que tanto os ama. Tened lástima de mi dolor».
«Bellísima Flora, yo... Sí... Dejadme, por piedad. A mucho riesgo exponéis mi virtud. Esas lágrimas son muy seductivas; esos tiernos suspiros penetran mi corazón. Sin tantos estímulos es ya bastante débil mi espíritu. ¡Oh, Dios! Ya respirar no puedo. ¡Cruel separación! ¡Bárbara suerte mía!»,
«¿Aún dudáis? ¿Nada resolvéis? ¿Tan poco os interesa mi reposo?»
«¡Ay, Flora, no sé qué deciros. Sí, me interesa más que el mío. Haré... dejadme en paz... Sí, os seré fiel..., moriré... ¡Cielos, tened compasión de mí!»
Con una turbación inexplicable, y sin poder uno ni otro hablar una palabra, se separaron estos dos desgraciados jóvenes, supliendo las lágrimas, los suspiros y las miradas tristes lo que no pudo expresar la lengua. Apenas pudo Flora llegar a su cuarto y echarse en la cama, donde pasó, como poseída de un letargo, el resto de la noche. El pobre Teodoro, sentado en la silla, privado del sentido, no volvió en sí hasta cerca de amanecer, en que ya un poco recobrado pudo levantarse para echarse en la cama. Aquella zozobra e inquietud que devora los corazones cuando están oprimidos de una grave pena tenía sumergido el de Teodoro en un abismo de tormentos. Apenas podía suspirar, las lágrimas salían de sus confusos ojos como en tropel, por todas partes veía la imagen funesta de sus infortunios, y rodeado de la mayor desesperación, ansia y desconsuelo, no podía sosegar ni hallar alivio.
Ya llegó la hora de partir. Se levantó como pudo, llamó a su amo y tomaron la ruta para la quinta sin despedirse de nadie. La fuerza que Teodoro tuvo que hacerse a sí mismo para que Don Fulgencio no pudiese conocer su extraña y lastimosa inquietud es inexplicable; pero impelido de la necesidad, al fin pudo aparentar alguna serenidad. Varias fueron las conversaciones que tuvieron en el camino, pues Don Fulgencio, por aliviar la melancolía de Teodoro, suscitó varias materias. Cuando llegaba por casualidad a nombrar a su hija Flora, el infeliz Teodoro tenía la mayor pena en reprimir los suspiros que quería exhalar su corazón. En fin arribaron a la quinta; comió bien Don Fulgencio, pero Teodoro muy poco. Después se echó aquél a dormir un rato, y éste se salió al jardín a desahogar su dolor. Cuando se vio solo, esparciendo a los vientos tristes quejas dijo entre sí: «¿Yo he tenido valor para ausentarme de mi amada Flora? ¿Yo he tenido valor para dejarla llena de desconsuelo y pesar? ¡Ah!, ¿qué dirá de mí? Me tratará de ingrato, de cruel, y tal vez ofendida de mí ya me aborrecerá. Pero, ¡qué digo! ¿Me aborrecerá? ¡Ay de mí! A este pensamiento desmaya mi constancia. Mas yo tengo la culpa. Yo soy el injusto, el tirano que causó su desgracia y la mía. ¡Bárbaro Teodoro! Pero, ¿qué estímulos me obligaron a obrar así? Los de la virtud, los del honor. ¿Y me reprendo una acción heroica y desprecio la voz penetrante de la razón? ¡Ah, más vale morir que hacer una infamia!; sí, más vale. Pues muere, infeliz y desgraciado joven; muere, que aunque la vida sea amarga será la muerte tranquila y sin remordimientos». Ya era hora de despertar a su amo; lo hizo así, y cuando el Sol había mitigado el ardor de sus luminosos rayos se fueron a caza los dos, procurando Teodoro disimular su continua e insufrible pena.
El estado de Flora era a la verdad lastimoso. Ausente de su bien, sin esperanza de volver a verlo, sabiendo que iba a sacrificarse por su amor e ignorando cómo poder remediar tantos males, cuando la vista de su madre no la embarazaba no hacía sino llorar, gemir y suspirar. «Amado Teodoro mío, decía entre sí, ¿adónde estás, que no vienes a consolarme en mi aflicción? ¿Así tratas a quien perdió su tranquilidad por ti? ¿No es bastante mi amor para vencer tu crueldad? ¡Ah, bárbaro e injusto! Pero no, no lo es: virtuoso, sí. Su virtud es la que lo ha separado de mi vista. Mirando por mi honor y el suyo, ha tomado un partido tan doloroso. ¿Podrá encontrarse joven más honrado? Resistir a mis instancias, sufrir mi enojo y rigor y permanecer constante en su virtud, aun a costa de su reposo y del de un objeto que adora, ¿no es el mayor prodigio del mundo? ¿Cómo podré dejar de amar a un joven tan estimable? ¿Cómo podré dejar de alabar las cualidades tan apreciables que lo distinguen de los demás hombres? No, no, yo no podré olvidarlo jamás. Él se sacrifica por mí, yo me sacrificaré por él. Ningún otro poseerá mi corazón: mientras viva estará grabada en mí su tierna imagen, y eternamente lloraré su deplorable suerte y la mía».
Ya había ocho días que Don Fulgencio y Teodoro estaban en la quinta, padeciendo éste y Flora lo que sería imposible referir, cuando un caballero muy distinguido y rico de la ciudad llegó a su madre a manifestarle los deseos que tenía de contraer matrimonio con Flora. La madre le respondió que lo haría presente a ella y a su marido, y que con acuerdo de ambos determinaría lo conveniente. Pareció muy bien a la buena señora esta conveniencia; llamó a su hija y se la comunicó. Quedó Flora sin aliento al oír la proposición de su madre, y como la cogió de sorpresa esta noticia, nada más le respondió que lo avisase a su padre, y que en sabiendo su parecer determinaría. Lejos de pensar su madre la causa de responder con esta frialdad su hija, lo atribuyó a su veneración y respeto filial, y en esta inteligencia escribió a su marido todo cuanto pasaba.
Inmediatamente que Don Fulgencio recibió la carta de su mujer, como acostumbraba a tratar con Teodoro los asuntos de más importancia, lo llamó, se la hizo leer y le pidió su dictamen. Quedó interiormente consternado y confuso Teodoro, pero en apariencia muy sereno. Se le representó a su imaginación su amor, su honradez y su reconocimiento, pero inflamado de su heroica virtud le dijo: «Señor, el caballero que desea vuestro enlace es muy conforme en todas sus circunstancias a vuestra hija, y el partido no puede ser más ventajoso. No hallando repugnancia alguna en mi señorita, soy de parecer que debéis permitir este matrimonio, pues el mérito personal y cualidades de ese caballero son muy recomendables».
«Lo mismo me parece a mí, respondió Don Fulgencio; pero siempre es menester mirarlo despacio. Yo sólo deseo la verdadera felicidad de mi hija, y por todos los intereses del mundo no violentaría su voluntad».
«Eso es pensar como padre justo y cristiano».
«¡Oh, amigo! Los males que causa la violencia en un matrimonio son irreparables. Es un estado para toda la vida. El amor y la perfecta armonía entre los contrayentes hacen más ligeras las miserias de ella, y si se aborrecen no hay infierno mayor. Yo condeno a los padres indiscretos que por capricho, vanidad o ambición sacrifican a sus hijos. Me parece que si yo hiciese un agravio tan grande a la humanidad, viviría siempre sin tranquilidad y acompañado de los mayores remordimientos. Los daños que se originan son infinitos e irremediables, y sirve muy poco la pompa del mundo si se considera la eternidad que nos espera».
«Si todos los padres pensasen así no se verían tantas desgraciadas víctimas del interés y del orgullo».
«Los que se dejan llevar de ese resplandor engañoso son injustos, y yo no lo seré jamás, antes me confunda el Cielo».
«No puedo dejar de admirar las virtudes con que él os ha dotado».
«Mucho mayores son las vuestras, aunque tenéis menos edad».
«Señor, el afecto que por vuestra bondad me profesáis no os deja ver mis defectos».
«Porque nada os falte, tenéis también la humildad. Yo me alegraría de imitaros; pero dejémonos de esto. Voy a escribir a mi mujer que de aquí a cuatro días volveremos a casa, y que entonces pensaremos el asunto con madurez».
«Me parece muy bien esa determinación».
«Pues a Dios, hasta luego».
Quedó sorprendido Teodoro con tan inopinado evento. Reflexionaba los nobles sentimientos de su amo, pero sin embargo no se lisonjeaba ni aun con la más remota esperanza. El dolor le oprimía el corazón, y derramando abundante llanto decía entre sí: «¿Habrá en el mundo otro más desventurado que yo? ¿Podrá darse más fiero y cruel lance? ¿Yo mismo estar precisado a aprobar la feral sentencia de mi sacrificio? ¡Ay, infeliz de mí! De aquí a cuatro días ha dicho que volveremos a casa, ¿pero tendré ánimo para ser espectador de mi desgracia? ¡Ah, no!, ésta sería demasiada constancia; yo no podría resistir a la vista de mi amada Flora. Pues conviene evitar este formidable encuentro. Pero, ¿cómo lo haré? ¡Oh, consternación deplorable! Si pido licencia a mi amo para quedarme aquí, dirá que es un capricho intempestivo cuando tal vez va a casar a su hija dentro de poco tiempo. Si huyo de aquí, ¿qué juicio hará de mí? ¿Qué dirán las gentes? Si renuevo con mi presencia el amor de mi bella Flora y se resiste a casarse, hago una injusticia execrable. ¡Pobre de mí; qué resolveré, santos Cielos! ¡Ah!, haga el último esfuerzo mi virtud. Conviene que yo vaya con mi amo, que vea a mi bien y que por premio de mi amor le pida admita el esposo que le ofrecen, ¡oh, afortunado esposo! Este es mi deber, esto me dicta mi honor. Para las grandes acciones se hicieron los corazones magnánimos. El mío logrará este renombre con un acto de generosidad y de virtud tan extraordinario, aunque me cueste la vida».
En estas y otras semejantes consideraciones estaba Teodoro cuando un hombre desconocido lo llama, y con mucha reserva y precaución le entrega una carta. Reconoce que es la letra de su amada Flora, y con el mayor temblor y confusión la abre y halla que decía así:
Flora y a Teodoro.
«Estoy inconsolable; mi desgracia llegó al mayor extremo. Un caballero de esta ciudad me quiere por esposa; temo que a mis padres parezca bien esta proposición, y si vos no tenéis lástima de mí voy a ser sacrificada. Vuestra cobardía es la causa de que yo me vea en este estrecho lance, pero aún tiene remedio. Haced por volver luego a casa; yo me manifestaré indiferente con mis padres, y mientras se preparan a tratar de mi matrimonio podremos emprender una noche la fuga, e iremos a otro reino a gozar en recíproca unión la tranquilidad que aquí no podemos esperar. Por mi tierno amor, por vos mismo y por todo el Cielo os lo ruego, si deseáis mi felicidad. Echad a un lado esos ridículos respetos que os detienen; y si aún permanecéis obstinado en ellos, estad seguro de que todo mi amor se trocará en odio y rencor. No puedo deciros más. De vos espera su consuelo la desventurada Flora».
Considérese como quedaría Teodoro al leer esta carta de su dueño amado, en que le daba la mayor prueba de su amor y lo amenazaba con el más duro rigor si no condescendía con su resolución. Casi se necesita de un superior auxilio para salir victorioso en un combate de pasiones tan fuerte. Estuvo Teodoro un largo espacio reflexionando entre si; pero como las bellas máximas que aprendió en su educación habían radicado en su corazón la más pura virtud, tomó la pluma y en respuesta a la carta de Flora escribió la siguiente:
Teodoro a Flora
«Dudo que hombre en el mundo se haya hallado jamás asaltado de las crueles agitaciones de que yo lo estoy en este crítico momento. ¡Oh, cómo apetecería la muerte más bien que verme en la dura necesidad de decidir de vuestra suerte y la mía! Vuestra carta me hace ver toda la sensibilidad de vuestra alma, vuestra ternura, vuestra desesperación y vuestro infausto estado. Pero, ¡ay de mí!, en ella me proponéis una acción inicua, y me amenazáis con vuestro enojo si no la cometo. El único remedio que tienen nuestros males es ejecutar un crimen execrable. Si yo me dejase conducir de mi ciego amor atropellaría los más venerables respetos, me transportaría a los más indignos excesos, daría mil muertes a quien intentase estorbármelo y haría las mayores iniquidades; pero la razón y la virtud me gritan: Detente, Teodoro; detente, insensato joven. ¡Ah, qué imperio tiene esta voz en mi corazón! Me desarma el brazo, serena mis iras, calma mis pasiones y me confunde. ¡Ah, señora!, hablemos claro: dirija la pluma mi virtud y mi honradez, y quiera el Cielo que penetren mis razones vuestra alma.
Vos me pedís que os saque de vuestra casa, que prive a vuestros amados padres del único objeto que más adoran; y si yo lo hiciese, aun vos misma os avergonzaríais algún día de haber amado a un hombre tan ingrato y tan vil. Vos me pedís que yo cause un sentimiento tan grande a los autores de vuestros días, que sin duda les costaría la vida, ¿y pensáis que tengo un alma tan baja que había de dar la muerte a quien tanto bien me ha hecho? Después de un atentado tan enorme, ¿qué sería de nosotros? Nuestro mismo remordimiento, nuestra vergüenza y confusión harían infeliz nuestra vida. Nuestro delito siempre delante de los ojos turbaría nuestro reposo. ¡Qué memorias tan amargas no devorarían nuestro corazón! ¡Qué arrepentimiento no sería el nuestro! El temor de la pena que el Cielo tiene preparada al delincuente, ¡cómo nos haría desgraciados en medio de los más gustosos placeres! Vos lloraríais por una parte, yo me confundiría por otra. El horror, la turbación, la inquietud y el desconsuelo serían nuestros inseparables y pérfidos compañeros. Nos ocultaríamos a la vista de todo el mundo, pareciendo que nadie ignoraba nuestra infamia, y seríamos miserables e infelices eternamente. Creedme, amada Flora, sí, creedme, pues os hablo con toda la efusión de mi corazón: yo no debo ni puedo de ningún modo ser vuestro esposo. El Cielo me ha hecho de inferior calidad a la vuestra, y ha permitido que nuestros corazones se abrasen en una misma llama solamente para probar nuestra virtud.
¡Qué flaqueza vergonzosa no sería dejarnos arrastrar de una incauta pasión que nos guía al más profundo abismo y precipicio! Oigamos los repetidos clamores de la razón y del entendimiento. No escuchemos la voz lisonjera de un amor ciego. ¿Qué más satisfacción podemos tener que la de vencernos a nosotros mismos? Ninguna; ésta es la mayor que puede tener el corazón humano. Mucha violencia cuesta esta victoria, pero después de conseguida se conoce el precio de ella. ¡Ah, virtuosa Flora! Si deseáis mi verdadera felicidad, condescended con mis ruegos; entregaos a un esposo que os merece y que formará las delicias de vuestros padres. Yo os lo pido anegado en lágrimas, yo os lo suplico en recompensa de mi desgraciado amor. No se os ponga delante la infelicidad que me espera; os confieso que no sobreviviré a esta funesta desgracia, pero de todos modos he nacido para ser infeliz. La alegría de gozar vuestra mano sería bien funesta a vista de mis enormes delitos, y vuestra pérdida me consumirá de dolor. Conque si debo morir de cualquiera modo, dejadme a lo menos que muera por seguir el camino de la virtud, pues así será menos amarga mi muerte con la esperanza del premio eterno. ¡Quieran los cielos que conozcáis la fuerza de mis palabras, que sigáis mis consejos y que no os irritéis contra mí! A Dios, prodigio de hermosura; a Dios, amable Flora, y creed que siempre será vuestro humilde reconocido esclavo el infeliz Teodoro».
Dio esta carta al propio, encargándole muy particularmente la entregase en mano propia a Flora. El hombre lo ejecutó así, e inmediatamente que Flora la tomó se puso a leerla, y antes de acabarla cayó desmayada. Entra su madre por casualidad en su cuarto, ve a su hija de aquel modo y con una carta en la mano. Conoce que es la letra de Teodoro, se la quita, llama a las criadas, le aplican algunos perfumes para que vuelva en sí, la ponen en la cama y llaman corriendo a los médicos. Aunque su madre estaba tan sobresaltada y asustada como se deja discurrir, lee la carta, queda sumamente maravillada y aun enamorada de la virtud heroica de Teodoro, y no puede detener las lágrimas al considerar la desgracia de este joven y el estado de su hija. Vienen los médicos, la pulsan y dicen que es una opresión de corazón. En fin, a beneficio de algunos remedios volvió Flora en sí como atónita y confusa; arrojó un profundo suspiro y dijo con una voz muy afligida: «Yo muero, ¡ay de mí!». La madre mandó que todos saliesen fuera del cuarto y quedó sola con su hija, que aún del todo no había recobrado el sentido.
Así que su accidente le volvió el conocimiento, advierte que está allí su madre, que la habían puesto en la cama, que le faltaba la carta; y con la mayor turbación y ternura dice: «Madre mía..., perdón..., yo..., sí..., ¡ay de mí! La carta...»
«Yo la tengo, le interrumpe su madre, ya la he leído. He visto en ella...»
«Madre... Señora..., piedad. Amar la virtud no es delito».
«No, no lo es. Calla, hija mía, compadezco tu dolor; serénate, yo te amo cuanto a mi vida, tu padre nada menos, y quizá...»
«¡Ah, madre mía! ¡Qué me decís! Si me amáis, si deseáis mi verdadera felicidad debéis...»
«Ya sé lo que debo hacer, hija de mi corazón; fíate de mí».
«Sí, señora, en vuestras manos pongo mi vida; acordaos que me disteis el ser». Al acabar Flora estas palabras llamó la señora a sus criadas; entraron éstas, les mandó se estuviesen con su hija y ella fue al instante a escribir una carta a su marido, en que únicamente le decía que se viniese de contado con Teodoro, porque Flora estaba un poco mala.
Así que Don Fulgencio la recibió, sin detenerse un momento mandó poner el coche, llamó a Teodoro, le comunicó la novedad y le dijo que se iban al instante. Aunque Teodoro había hecho ánimo resuelto de no volver a ver a su amada Flora, no supo qué hacerse, y como estaba tan acostumbrado a obedecer a su amo nada le replicó. Se entraron en el coche los dos, y en breve tiempo llegaron a la ciudad.
La madre de Flora, que esperaba prevenida a su marido en la puerta, luego que lo vio entrar le dijo que su hija estaba mejor, que no había descansado mucho por la noche, que se había quedado entonces dormida y que no la despertasen. Se entraron en una sala Don Fulgencio y su mujer, y ésta con mucha sutileza y ternura le refirió todo lo ocurrido y le entregó la carta de Teodoro. La leyó absorto y confuso Don Fulgencio, sin poder reprimir el llanto; y admirado del caso y de los nobles sentimientos de Teodoro, después de alguna suspensión dice a su mujer: «A la verdad son dignas de compasión estas dos criaturas; pero, ¿qué hemos de hacer? Teodoro es un criado nuestro, y si lo casamos con nuestra hija, ¿qué dirán de nosotros? Por otra parte veo que de no hacerlo vamos a sacrificar a una hija única, a quien hemos dado el ser. Yo no sé qué determinar; estoy confuso e irresoluto».
«Lo mismo estoy yo, respondió la señora. Anteponer un criado de humilde condición a un caballero tan distinguido y rico como el que desea ser esposo de Flora parece una cosa muy irregular. Es cierto que la virtud de Teodoro no tiene igual, que su alma es grande si su calidad es humilde, y que por todas sus cualidades es el joven más estimable del mundo. Pero todos estos motivos no son suficientes para que le demos por esposa a nuestra hija».
«Mirados todos los respetos humanos tienes razón; pero mirando sólo a Dios, no. Si Teodoro no fuese un hombre de bien hubiera condescendido con las instancias de Flora, la hubiera sacado de casa y hubiera causado nuestra muerte; luego un joven que por su virtud nos ha conservado la vida merece el mayor premio. Además, si por despreciar a un hombre que sólo es inferior a nosotros en el nacimiento y en las riquezas, y superior en todas las demás circunstancias estimables, hacemos infeliz a nuestra hija y a él, no creo que dejamos de cometer una injusticia digna del enojo del Cielo».
«Todo es verdad; mas su humillación y pobreza será causa de nuestro deshonor».
«Lejos de causar deshonor, realza la virtud y honra a los que la estiman. Yo no quiero dinero que necesite de hombre, sino hombre que necesite de dinero. Los hombres sensatos alabarán una acción tan heroica en nosotros, y solamente los fatuos la vituperarán. No encuentro cosa mejor que premiar la virtud y hacer felices a nuestros iguales. Uno y otro se verificarán casando a Flora con Teodoro, y no podemos adoptar hijo más digno».
«Por mi parte quedaré muy gustosa».
«Pues hágase al instante este obsequio a la virtud».
Llamaron a Teodoro en el momento; entró sin detención, y su ama sonriéndose le dijo: «¿Cómo estáis de vuestra melancolía? ¿Os habéis divertido en la quinta?»
«Sí señora, respondió con mucha sensibilidad, me parece que estoy más aliviado de mi tristeza».
«Me parece que no, y vuestro semblante pálido y triste es claro indicio de que no me engaño. Pero decidme, ¿quién es causa de esa aflicción?»
«Mi suerte».
«Pues, ¿qué desgracia os sucede?»
«Yo mismo no la sé».
«¿Es posible que sabiendo cuánto os estimamos no queráis declararnos vuestras penas?»
«Ni tienen remedio, ni yo puedo decirlas».
Entonces D. Fulgencio, mostrándole la carta, le dice:
«Serán sin duda efectos de amor. Esta carta es vuestra, y manifiesta todo el arcano».
«Señor..., señora..., dice Teodoro turbado y echándose a sus pies, perdonad... Yo...»
«Levantad, hijo mío, le interrumpe Don Fulgencio, estrechándolo entre sus brazos; levantad, virtuoso joven, acaben ya vuestras penas: mi hija será vuestra esposa, y ambos seréis felices».
«¡Qué decís, señor! ¡Yo esposo de mí amada Flora! ¡Yo seré feliz! ¡Ah, padre mío! Dadme a besar vuestra mano, permitid que os manifieste mi reconocimiento y gratitud. ¡Dichoso día en que logro tanto bien! ¿Cómo podré pagaros tantos beneficios? ¿Cómo podré recompensaros lo mucho que os debo? Por vos, del más infeliz de los mortales he pasado en un instante a ser el más afortunado de todos. ¡Ah! No tardemos en dar este consuelo a mi afligida esposa, a mi querida Flora».
«Sí, vamos al momento a mitigar su dolor. ¡Ah!, no hay placer en el mundo más completo que el hacer bien. Las lágrimas que derramáis de alegría introducen en mi corazón la más dulce satisfacción. Vamos, esposa mía, vamos, hijo mío, a completar vuestra felicidad». Con esto se entraron en el cuarto de Flora, y previniéndola, como era regular, para precaver cualquiera mala resulta que le pudiese causar tanto gozo, le refirieron todo lo ocurrido. Las demostraciones de contento y gratitud que hicieron a sus padres estos dos amantes fueron tantas, tan repetidas, tan sensibles y expresivas que no es fácil explicar. En fin, al instante se puso buena Flora, se casaron, vivieron en la más feliz unión y los días de sus padres se prolongaron, bendiciendo al Cielo porque, despreciando la vanidad del mundo, habían premiado la virtud de Teodoro y hecho venturosa la suerte de su hija. ¡Qué mayor satisfacción para los padres que hacer felices a sus hijos! ¡Y qué más dulce alegría que ver derramar lágrimas de reconocimiento y tributar humildes y continuas gracias por el beneficio! La buena educación que arraigó en el corazón del joven Teodoro las virtudes morales más puras y cristianas tuvo la recompensa que merecía. Esto debe ser un poderoso estímulo a los padres para no ser negligentes en una materia tan importantísima y propia de su obligación. ¡Ojalá que produzca este ejemplo los útiles efectos que me propuse al ponerlo a la vista de todos!