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ArribaAbajoAnécdota cuarta

(Vol. II)


Amadeo y Rosalía


Es la virtud el premio de sí misma. Por más relajado que está el mundo, le consagra su admiración y aprecio y engendra en las almas sensibles y generosas que la prueban y examinan un amor indeleble y constante. Se admira la belleza, se ensalza y alaba como una prenda estimable de la naturaleza; pero la virtud y la honestidad encantan y excitan los más puros afectos en los corazones tiernos. Es mucho más apreciable esta cualidad en las mujeres, y si a ello se une la hermosura, no hay objeto más interesante ni atractivo. La constancia en la virtud tiene siempre la justa recompensa que merece, así como el abandono de ella trae consigo el oprobrio y el desprecio. ¡Ah, qué atentas deben ser las jóvenes en un punto tan importante! El interés que ciega y precipita debe ser a sus ojos un objeto horroroso, y para conservar su candor deben mirar las vanas apariencias de la fortuna como unos escollos en que chocando perece. Si así lo hacen, reflexionando que todas las delicias, placeres y atractivos del mundo no valen los verdaderos bienes que produce la virtud, experimentarán que el Cielo, así como no deja impune al delincuente, protege al virtuoso. La anécdota siguiente es un ejemplo penetrante que enseña a despreciar con valor lo que no concuerda con estas puras máximas; y el fin feliz que tuvo la virtuosa y sabia joven que representa debe animar a todas las de su clase a seguir sus huellas para triunfar de la seducción, del interés y del amor.

Vivía en Upsalia, ciudad arzobispal de la Uplandia, provincia de Suecia, la condesa de N..., viuda, poderosa, ilustre y rica de aquel reino; tenía un hijo único, gallardo joven y de unos sentimientos propios de su calidad, llamado Amadeo. Las dotes de fortuna y de la naturaleza que acompañaban a este joven lo hacían muy amable en la ciudad, y las personas más ilustres de ella deseaban su enlace. Su madre, que ya era de edad, pensaba casarlo con la marquesa de N..., señora nada inferior en todas sus circunstancias a Amadeo; y casi ya estaba el casamiento tratado entre los parientes (como regularmente sucede entre señores), lo que ignoraba Amadeo, aunque no que su madre lo pensaba, porque varias veces le había hablado de este particular; pero él siempre le manifestaba una cierta frialdad porque amaba tiernamente a una criada de su madre, llamada Rosalía, joven de tan admirables prendas que parecía estaban reunidas en ella todas las gracias que producen la virtud y la belleza. Nunca se había atrevido Amadeo a demostrarle su amor, temeroso de que no lo penetrase su madre y la echase de su casa, sin embargo de que la quería tanto como si fuera hija. Vivía sin reposo ni quietud, casi siempre retirado en su cuarto, donde se deleitaba con las Musas para desahogar su intolerable pasión.

Bien notaba Rosalía que siempre que la miraba su amo mudaba de color, quería hablarle, se detenía y a veces caían de sus ojosalgunas lágrimas, a pesar de su disimulo. Se compadeció Rosalía del melancólico estado de Amadeo, y sentía en su corazón una inclinación secreta a consolarlo. Tal era la sumisa y despreciable idea que tenía de sí misma que, no obstante que casi le daba Amadeo evidentes pruebas de su amor, no acababa de persuadirse que podría ser ella la causa de las penas que padecía. Sin embargo, varias veces reflexionando entre sí decía: «¿Será posible que mi amo me ame? ¿Será posible que haya dado en tan rara extravagancia? No, no es fácil. Es muy sabio y prudente, y conocerá que sería una locura su amor. Si con mal fin, debe pensar que soy virtuosa y que sus intentos serían vanos; si con bueno, también debe juzgar que es una cosa imposible atendiendo a sus circunstancias elevadas y a mi humilde condición. ¡Qué necia soy! ¿Cómo puedo imaginar cosa tan inverosímil? Aunque yo fuese una joven de preciosas cualidades, me consideraría Amadeo como digna de desprecio. Pero aquello de mirarme, quedar confuso, no hablarme palabra y mudar de color, ¿no podrán ser efectos de una vehemente pasión? Sí; mas tal vez al verme se le representará a sus ojosuna imagen a quien haya consagrado su afecto. Todo puede ser; pero no sé qué tienen sus miradas, que me parece dicen lo que él siente en secreto. Es cierto que jamás me ha hablado una palabra por donde yo pueda asegurarme de lo que sospecho; mas sin embargo, el respeto y atención con que me mira y trata me dan que pensar. ¡Pobre Amadeo! ¿Qué tendrá? Sin saber por qué, me interesa tanto su melancolía que quisiera enjugar sus lágrimas. Una dulce inclinación siento en mi corazón, que me agita cuando lo veo, y así se me turba la lengua al ir a hablarle. ¿Será amor? Pero, ¿yo había de alimentar ideas más extravagantes que sueños? amor. ¡Ah, no, no! Reflexiona, Rosalía, tu pobre estado y nacimiento, y precávete de los tiros que puedan despedir contra ti la pasión, la maldad o la insolencia».

En estas y otras confusas reflexiones pasaba los días Rosalía sin poder desvanecer de su memoria la tristeza de Amadeo. Una mañana temprano que salio éste a evacuar ciertos negocios de su casa, se dejó abierta la puerta de su gabinete; entró en él Rosalía, vio en el bufete unos versos, y movida de curiosidad leyó que decían así:




SOLILOQUIO


¡Ah, corazón doliente! ¿Qué cuidado
te mueve a tan penosos sentimientos?
Tú palpitas, tú tiemblas, y no encuentras
reposo ni quietud sólo un momento.
Los suspiros, las quejas y gemidos
sirven a tus pesares de alimento;
y anegado en un mar de confusiones
eres un miserable y triste objeto.
¿No me dirás qué sientes o qué tienes?
¿No me dirás quién es causa y fomento
de tantas amarguras y congojas,
de tantas turbaciones y desvelos?
Sí: amor es quien me mata, amor tirano
que me hirió con sus flechas, y yo, ciego,
sin precaver los riesgos inminentes,
cual mariposa incauta di en su fuego.
¡Ay, suerte desgraciada! Estoy amando
a una hermosa mujer que es un portento
de gracia y de virtud; pero su estrella
le dio un pobre y humilde nacimiento.
¡Oh, rigor de fortuna! Mas, ¿qué importa
para poder lograr mis pensamientos?
¿Acaso es la riqueza y la nobleza
la que tiene mayor merecimiento?
¿Acaso la virtud y la pobreza
son dignas del oprobrio y el desprecio?
En un corazón noble y generoso,
¿qué cualidad tendrá mayor aprecio?
La virtud sobre todo es preferida,
es cosa indubitable: este ornamento
es para la mujer la mejor dote.
¿Qué cosa es la nobleza? Es, en efecto,
un mérito exterior, autorizado
por el mundo engañoso y lisonjero,
pues tal vez suele estar acompañada
de un corazón traidor, vil y protervo.
En la virtud no hay tacha: ¡cuánto encanta
su inocencia y candor! Dulce embeleso
es poseer un alma virtüosa,
en quien todo es verdad, no fingimiento.
Mas, sin embargo, el mundo corrompido
la trata con rigor y vituperio,
condenando al discreto que la estima
más que al fausto, nobleza y nacimiento.
¡Ah! ¿Qué haré, virtüoso dueño mío?
Si miro atentamente estos respetos
yo debo no quererte; pero, ¿cómo
podré vivir sin ti? ¡Rigor extremo!
La pasión me arrebata; mas el hombre
debe ser de sí mismo siempre dueño,
sin dejar el dominio a las pasiones.
Es verdad; pero yo no podré hacerlo,
pues si me falta el ídolo que adoro
todo será pesar y desconsuelo.
Diera por conseguir tan bella prenda
todo cuanto poseo, cuanto tengo;
y aun trocara mi suerte y claro origen
por ser hombre de humilde nacimiento,
para poder gozar su hermosa mano
sin mirar ni atender ningún respeto.
Pero, ¡qué loco soy! Yo estoy amando
sin que sepa mi amor el tierno objeto
que fomenta esta llama, ni tampoco
sé si me corresponde, aun en secreto.
¡Ah, qué dudas me asaltan y confunden!
¡Oh, dura situación! Yo no me entiendo
entre tanto tropel de desventuras,
mitigad mi dolor, divinos Cielos,
permitid se disipen mis pasiones
o que vea logrados mis deseos.

Acabó de leer Rosalía estos versos, bañados sus ojos en lágrimas; conoció la interna agitación del afligido Amadeo, y le enterneció tanto su lastimosa suerte que quedó bastante espacio suspensa considerando aquel papel, sin poder salir del gabinete. Ya se recobró un poco, y temerosa de que no la encontrase allí Amadeo se retiró al cuarto de su ama, a tiempo que a la violencia de un accidente estaba sin sentido. Da voces Rosalía, acuden todos los domésticos, llega en este instante Amadeo, llevan a la señora a la cama, llaman médicos y todo es turbación y confusión. Abre la condesa los ojos, ve a su hijo y le dice: «Hijo mío, cuida de Rosalía, no la desampares jamás», y sin poder articular más palabra, queda sin vida. Todos lloraban la muerte de esta señora, que por su humanidad y buen corazón se había granjeado la estimación y amor de los que la servían. Amadeo estaba inconsolable, y unida esta pena a las suyas, no hallaba paz ni descanso. Luego que dieron sepultura a la condesa y quedó algo tranquilizada aquella casa, llamó Amadeo a Rosalía y le dijo de este modo:

«Ya oísteis que mi amada madre, en los últimos alientos de su vida, me recomendó mirase por vos y os amparase. Sin esta recomendación nunca os hubiera negado toda mi protección, pues os estimo como merecéis. Yo gustaría mucho de que me acompañaseis en mi soledad algunos días, o todo el tiempo que os agrade. La señora Adelaida cuidará de las cosas domésticas, y vos lo haréis de mi ropa. Aunque os falta mi madre, que tanto os amaba, estad segura de que en mí hallaréis todo cuanto queráis. No seré vuestro amo, vos no merecéis servir: seré vuestro padre y vuestro amigo, sí un amigo tan tierno que se interesará en vuestra felicidad como en la suya propia».

«Señor, le responde Rosalía, las expresiones que merezco a vuestra bondad penetran mi corazón de gratitud y reconocimiento. Sabe el Cielo que desearía vivir en vuestra compañía y consolaros en vuestras penas; pero el mundo tal vez juzgará mal de vos y de mí si permanezco en vuestra casa después de haber muerto mi amada y piadosa ama. Vos sois joven y yo también; y las atenciones que por vuestra benignidad me dispenséis darán motivo a la murmuración. No podéis figuraros mi sentimiento al separarme de vos; pero mi virtud...»

«¡Ah, virtuosa Rosalía!, le interrumpe Amadeo, vuestra virtud estará segura en mi custodia; nada tiene de extraño el que estéis en casa acompañada de la señora Adelaida. Estas razones que proponéis son pretextos para iros con vuestros padres. ¡Ah, Rosalía! Si supierais la pena que me ocasiona vuestra resistencia a mis propuestas, os compedecerías de mí; sí, generosa Rosalía, os causaría lástima mi soledad, mi angustia y mi dolor. Mirad este triste estado mío; contemplad cuanto no tengo valor para deciros. En libertad os dejo: resolved, y me daréis la respuesta». Al acabar de proferir estas palabras se le cayeron involuntariamente de sus ojos algunas lágrimas, y se retiró agitado de la mayor confusión, dejando a Rosalía rodeado de otra mayor.

Luego que se vio sola, decía entre sí misma: «La ternura con que mi amo me ha hablado, el llanto que a pesar de su resistencia ha derramado al separarse de mí, y las expresiones afectuosas con que intenta retenerme en su casa son efectos sin duda del amor que me profesa. Mas, ¡ay, Cielos!, ¿qué ideas serán las suyas? Los versos que leí en el gabinete bien claro manifiestan que yo soy el desgraciado objeto de su amor. Los sentimientos que expresa en ellos parece se encaminan a buen fin. El parangón que forma entre la virtud y la nobleza, prefiriendo aquélla a ésta, es claro indicio de su misma virtud y de sus honrados pensamientos, y tal vez pensará... ¡Loca de mí! ¿Yo me lisonjeo con quiméricas y figuradas esperanzas, y no miro por mi decoro? Yo lo amo, aquel corazón sensible excita en mí una vehemente inclinación, y si estoy en casa expongo mi virtud y mi honor. Pues no. Esta noche le diré que he resuelto marcharme con mis padres. ¡Ah, bárbara Rosalía! ¿Y tendrás valor para ser tan cruel con un caballero tan amable y generoso? Yo no quisiera darle que sentir; pero es el riesgo muy grande, y debo evitarlo aun a costa de mi vida. ¡Que me haya hecho el Cielo de calidad tan humilde! No soy ambiciosa de riquezas ni de honores, pero sí de poseer un corazón tan estimable como el de Amadeo. Quisiera poder pagarle su amor, pero de ningún modo podré hacerlo. A todo se opone la razón, el honor y la virtud; y no son éstas unas fantásticas preocupaciones que debe mirar con desprecio una sabia y honesta doncella. Ah, gran Dios protegedme Vos en caso tan arriesgado, y si el amor de Amadeo ha de ser causa de mi precipicio, privadme de esta infeliz vida antes de manchar mi pura honestidad».

Combatida Rosalía de tan diversos sentimientos, no sabía qué determinar. El reposo del conde le interesaba, pero mucho más el conservar su precioso pundonor. Irresoluta y confusa se retiró a su cuarto, considerando, transportada de admiración, todo lo que sucedía. Estando en estas profundas imaginaciones entró Amadeo, cuyo semblante turbado, pálido y triste anunciaba la penosa agitación de su alma. Se alteró Rosalía, y el conde le dijo así:

«Vengo, bella Rosalía, a saber vuestra resolución, pues no descansaré un momento hasta que esté enterado de vuestro modo de pensar».

«Señor, le responde Rosalía, he considerado bien mis circunstancias y las de mis pobres padres, que ya son de edad muy avanzada y achacosa, conozco que en los miserables días que les faltan tendrán necesidad de mi asistencia. Siento en el alma haceros esta confesión, que juzgo os disgustará; pero vos sois sabio y prudente, y espero me concederéis el permiso para partir...».

«¡Para partir, ay Cielos! No, Rosalía, no; os daré cuanto sea necesario para vuestros padres, buscaré quien los cuide, y nada les faltará. ¿Vos iros de mi casa? ¡Ah! ¿qué sería de mí?»

«¿Por qué, Señor?»

«Porque os amo... Sí, ya lo dije, hermosa Rosalía; os amo cuanto a mi corazón. Si vos os ausentáis yo moriré de desconsuelo; tened compasión de mi tormento».

«Señor, ¿qué lenguaje es ese que usáis conmigo? ¿Os habéis olvidado de mi humilde calidad? ¿No reflexionáis que es locura vuestro amor? El grado, las riquezas, el honor, ¿son unos ecos tan débiles que no despiertan vuestra razón y entendimiento? ¡Ah, señor!, mirad lo que decís, no os dejéis arrebatar de una indiscreta pasión. Permitidme partir; éste es el medio para que os olvidéis de mí. Ausente de vuestra vista tendréis tiempo para la consideración, y esa pasión se disipará, faltándole la causa que la inflama».

«¡Ah, virtuosa Rosalía! Esas palabras han herido mi corazón; no sé qué resolver. Vuestra voz tiene mucho imperio sobre mí. Esperad unos días, dadme lugar para pensar...»

«Cuanto más esté en vuestra casa, más se aumentará ese fuego que os consume. Yo debo partir. Vuestro decoro y el mío lo prescriben. Siento dejaros entregado a dolor tan grande; quisiera poder calmar las zozobras de vuestro corazón, pero considerad bien vuestro estado y el mío, y hallaréis que no conviene a vos ni a mí que yo permanezca en vuestra compañía. La razón debe contener las pasiones. Si el hombre se deja arrastrar de ellas se degrada de su dignidad y de aquel carácter de valor que lo ennoblece. Reflexionad que sois el conde Amadeo de N..., que yo soy una pobre aldeana, y que es una locura cuanto pensáis. ¡Ah, si estas palabras se imprimieran en vuestro corazón! Señor, si me amáis tan tiernamente como decís debéis mirar por mí y por vos. Por ese mismo amor os suplico me deis vuestra licencia para irme con mis viejecitos padres; sí, permitid que con mi cuidado los consuele en su senectud. Os viviré eternamente agradecida, nunca me olvidaré de vuestra beneficencia y siempre lloraré la desgraciada suerte que me separa de vos».

«¡Oh bella Rosalía! ¿Lloraréis esta separación? ¡Ah!, decidme, virtuosa Rosalía, decidme si me amáis».

«No, no es amor el que siente mi corazón, ¡ay de mí!; es respeto, estimación y gratitud».

«¡Cruel Rosalía! ¿Por qué me priváis de una débil esperanza? Una mirada compasiva reanimaría mi espíritu abatido, un suspiro... Mas, ¡ay de mí!, ¿qué significan esas lágrimas que caen como a hurto de vuestros hermosos ojos?¿Acaso tenéis compasión de un desventurado que os adora? ¿Os causan lástima mi confusión y tormento? ¡Ay, amable Rosalía!, repetid ese precioso llanto con que recibo consuelo. ¡Ah!, si vierais mi corazón... Si conocieseis mi insufrible dolor... ¡Oh, gran Dios! Mis ruegos..., mis votos..., escuchad..., volved a mirarme».

«Amadeo..., mi señor..., mi... ¡qué iba a decir! No seáis tan cruel ni inhumano, no asaltéis de ese modo a un corazón que no puede ya disimular. Sí, Amadeo, yo..., hace días... A Dios, a Dios, dejadme huir de vos a donde mi destino me llama, a donde quiere mi desgracia y a donde pueda con libertad llorar eternamente mi humilde nacimiento y mi miseria».

Sálese Rosalía de su cuarto al acabar estas palabras. Queda confuso Amadeo, y como un hombre ofuscado de una densa niebla. Cree apariencia lo que era realidad. No sabía qué hacerse en un lance tan terrible. Repetía entre sí las últimas palabras de su amada Rosalía, y agitado de los más extraños movimientos exclamaba: «¡Oh Cielos! ¿Qué es lo que he visto, qué es lo que he oído? ¿Sueño? No, despierto estoy; todo es verdad, sí, Rosalía ha sido la que ha hablado. De sus bellos ojoshan caído aquellas tristes lágrimas que han penetrado mi alma. No hay duda, no...; ella me ama y siente ausentarse de mí, pero, ¡oh prodigio!, a pesar de su amor, ¡cómo brilla su virtud! Virtuosísima Rosalía, ¿quién podrá mirarte que no te ame? ¿Quién podrá dejar de quererte hallando en ti tantas gracias reunidas, que te hacen la más amable del universo? Yo no podré olvidarte jamás, y tu memoria hará funestos mis días. Sin ti no podré vivir, ¡ay de mí! ¡Cómo me transporta mi pasión! No considero mi nacimiento ni el suyo, no reflexiono los inconvenientes que se oponen a mi felicidad; nada puedo discernir sino la tirana inclinación que lastima mi corazón. Pero, ¿tendré valor para dejar partir a Rosalía? No; pues, ¿qué haré, santo Cielo? ¿Seducir su virtud? Es vileza, es infamia. ¿Casarme con ella? ¿Y mi honor? ¿Y mi decoro? ¡Bárbara suerte mía! Ni debo amar ni puedo olvidar. Pero, ¿hay cosa más digna de aprecio en el mundo que la virtud? No. ¿Y Rosalía no es virtuosa? Sí, virtuosísima. Pues, ¿por qué no merece mi mano? Porque padecerá vilipendio mi honor. ¿Qué es el honor? Es un homenaje que tributa el mundo, fundado en la opinión común. ¿Y de dónde proviene? De la virtud que ennoblece al hombre. Y la nobleza sin virtud, ¿qué vale? Nada. El mundo la desprecia, y si le da alguna estimación, es exterior. ¿Luego la virtud es superior a la nobleza? ¡Quién lo duda! Pues Rosalía es virtuosa, su misma virtud la ennoblece y yo podré, sin tacha alguna ni deshonor, ser su esposo. Mas antes que yo le declare estos sentimientos míos quiero tentar su virtud con los medios que me dicte la astucia, y si no se rinde a mis sugestiones- y esfuerzos le manifestaré mi corazón, y en sus tiernos brazos recuperaré aquel reposo y tranquilidad que perdí desde que vi sus hermosos ojos».

Resuelto Amadeo a experimentar la virtud de Rosalía, llamó a la señora Adelaida, dama de gobierno de su casa (que era de más de cuarenta años), y con muchas lágrimas le demostró la pasión que tenía a Rosalía, y sus intentos. Le rogó la persuadiese a que se quedase en casa, y que hiciese los mayores esfuerzos para probar su virtud, sugiriéndole condescendiese a unas ideas torpes e impuras. Compadecida Adelaida de la situación penosa de su amo, a quien había criado y amaba tiernamente, le ofreció poner en uso toda su persuasión para vencer a Rosalía, aunque conocía su mucha virtud y le parecía empresa muy ardua. Con efecto, nada omitió para persuadir a Rosalía a que no se separase de su compañía. Exageró el amor que le profesaba Amadeo, pintó la fortuna brillante que podía hacer si correspondía a sus máximas e hizo todo cuanto pudo para convencerla; pero Rosalía, incontrastable en su virtud, le respondió:

«¡Ah, señora Adelaida! Yo esperaba encontrar en vos un fuerte antemural que me defendiese de la cautela y de la sugestión, y hallo que sois un poderoso enemigo que intenta triunfar, por una vil complacencia, de mi virtud. En vez de fortificar con vuestros consejos mi fragilidad, ¿tenéis valor para seducirme? ¿Son éstas las lecciones que aprendisteis de nuestra sabia ama? ¿Es posible que una señora de honor como sois vos acepte comisiones tan indecorosas, opuestas a la razón, a la Religión y a la conciencia? ¡Ah! Avergonzaos de obrar tan vilmente, confundíos antes de presentaros delante de mí a inspirarme unos sentimientos tan indignos. Yo soy pobre; sé que tengo que sufrir en compañía de mis amados padres bastantes infortunios y calamidades, pero preferiré siempre aquella vida inocente y miserable a la brillante opulencia que me proponéis. Allí se conservará sin mancha mi pura honestidad, y aquí queréis inclinarme a que la abandone por un vil interés.

No, no me rendiré jamás a la vanidad ni al fausto. Estad segura de mi valor; id a decir al señor conde que absolutamente quiero partir mañana, y que no tenga máximas tan indignas de su calidad y nacimiento».

Hizo Rosalía este discurso con una noble osadía. La señora Adelaida reconoció su indiscreción, y disimulando cuanto pudo para sincerar su conducta le habló así: «¡Ah, querida Rosalía, cuánto me agrada oír de vuestros labios sentimientos tan honestos! Sí, amada amiga mía, me complazco tanto que no lo puedo exagerar. Yo he sabido que el conde nuestro amo os ama tiernamente. Temerosa de que pudiese peligrar vuestra virtud a fuerza de sus persuasiones y llantos, quise yo misma probarla y reprenderos si os inclinabais a la maldad. Este fue un efecto del mucho cariño que os profeso. Perdonad, amiga mía, si os he ofendido con una acción que sólo hice mirando por vuestro honor. Desde hoy os amaré con más ardor, pues vuestra incontrastable virtud lo merece. Persuadíos del fin sincero con que os he hablado. Nada me ha dicho nuestro amo. Os ruego que no le descubráis cosa alguna, que me creáis vuestra verdadera amiga y que estéis asegurada de que en mi compañía nunca os veréis expuesta a la infamia ni al deshonor».

«Amada compañera mía, le respondió Rosalía, os agradezco vuestro honesto celo; os perdono la agitación que ha causado en mi alma un discurso que nunca esperaba de vuestra sabiduría y honor, y os ofrezco más estrechamente mi amistad, en grata correspondencia al amor que me manifestáis».

Varias fueron las contestaciones que pasaron mutuamente entre las dos, quedando Adelaida admirada de la constancia de su compañera. Procuró ver a su amo con reserva y participarle cuanto había sucedido. El conde quedó sorprendido al oír la menuda narración que le hizo Adelaida, y la misma virtud de Rosalía encendió más la llama de su amor. A la verdad merece disculpa un joven tan sensible como Amadeo, que adoraba un objeto en quien tanto resplandecían la virtud y la honestidad. Hay muy pocos semejantes en el mundo, y el que encuentre uno solo puede decir que ha descubierto el tesoro más estimable. No es esto decir que no hay muchas jóvenes virtuosas, sino que se hallan pocas que se resistan, como Rosalía, a los poderosos atractivos del interés y de la vanidad, estando enamoradas como ella y careciendo de los bienes que a otras da pródigamente la fortuna. ¡Oh, bellas jóvenes que vivís en el mundo perseguidas de la malicia, del engaño y del interés, reflexionad los elevados sentimientos de Rosalía, e imitad su virtud y su constancia!

Anduvo el conde algunos días pensativo y retirado, sin hablar casi nada a Rosalía. Conocía ésta bien que la inquietud y desconsuelo de su amo provenían de la irresolución en que se hallaba, no sabiendo cómo combinar los obstáculos que se oponían a sus ansias y desvelos. Conocía igualmente que ya era en ella delito permanecer al lado de un joven a quien amaba, y así no cesaba de hacer instancias para que le permitiese ir con sus padres. Cada vez que le hablaba en este particular a Amadeo le decía éste, exhalando un triste suspiro: «Esperad algunos días, dejadme sosegar, no seáis tan cruel». Ya en fin, estimulado de los repetidos ruegos de Rosalía, le dijo, transportado de su dolor: «¡Ah, ingrata Rosalía! Estáis empeñada en quitarme la vida con vuestra separación; lo conseguiréis, sí, yo no sobreviviré al funesto golpe que me divide del bien que más adoro. Mañana partiréis..., mañana..., sí..., ya lo dije. ¡Oh, desgraciado de mí! ¡Yo sin mi amada Rosalía! Sí; su crueldad lo quiere, su ingratitud me mata».

«Señor, le dice Rosalía, con una sensibilidad penetrante, saben los Cielos que no soy ingrata, y cuánto me compadezco de vuestro pesar; pero esas tiernas lágrimas que derramáis por mí debéis derramarlas por otra mujer más afortunada que yo, digna de vuestro amor. Yo no merezco vuestras atenciones, no; yo no puedo corresponder a vuestra ternura. El amor en mí sería un reprensible delito; os pagaría muy mal los beneficios que he recibido de vuestra mano si no mirase por vuestro decoro. Sí señor, es necesario que me ausente de vos para que pongáis en olvido el amor que me tenéis».

«¡Ah, tirana Rosalía! Con esas palabras oprimís mi corazón, y no sé qué resolver... Pero no hay remedio... Mañana..., sí, mañana podéis salir de aquí. A Dios... A Dios... ¡Inhumana mujer, bárbara suerte mía!»

Sin poder articular palabra se separó el conde de su querida Rosalía, y ésta quedó traspasada del más vehemente dolor. Luchaban en su corazón la virtud, la piedad y el amor. Sentía ausentarse de su adorado Amadeo, y las penas, desesperación y congoja que padecía por su causa. No sabía cómo darle algún alivio en tormento tan prolijo sin exponer su virtud. Meditaba varios medios, y en todos hallaba graves inconvenientes. El combate fue muy cruel, pero al fin venció su virtud, y determinó emprender su viaje al otro día, aunque fuese a despecho de su amo.

El afligido Amadeo, cercado de mil afanes y pesares, se retiró a su gabinete, mandando a sus domésticos que no dejasen entrar a nadie. Luego que se vio allí solo, principió a desahogar la opresión de su corazón derramando tiernas lágrimas, exhalando los más íntimos suspiros, haciendo extremos como loco; y figurándose ya ausente de su bien, escribió estos versos, agitado de los movimientos más sensibles y naturales:




SOLILOQUIO


Ausente estoy del bien que más adoro,
sin quietud ni reposo, ¡triste ausencia,
¡suerte desventurada! ¡Ay de mí triste,
qué remedio hallaré en tan grave pena!
La muerte, sí, la muerte sola puede
acabar con los males que me cercan.
¿Cómo podré vivir, ¡ay, Cielo santo!,
si me falta la amada y dulce prenda
que alentaba mi espíritu abatido
cuando llegaba a verme en su presencia?
¡Qué gracia, qué prodigio, qué hermosura!
¡Qué virtud tan heroica y tan perfecta!
No puede hallarse objeto más amable
sobre la faz fecunda de la tierra.
¿Y yo, por respetar mi nacimiento,
permití se ausentase tal belleza?
¡Ah, tirano rigor! Yo mismo he sido
el juez que me he intimado una sentencia
tan bárbara y crüel que no es conforme
a las leyes que da naturaleza.
Yo mismo soy la causa de mis males
por un vano entusiasmo de nobleza,
cuando, si bien se mira nuestro origen,
entre todos no hay más diferencia
que la virtud que a unos ennoblece,
o la maldad que a otros vilipendia.
Por orden natural mirado todo,
es una vanidad y una soberbia
la preferencia que hay entre los hombres,
pues sola la virtud es la que eleva
(después de una carrera limitada)
el alma a su reposo y a su eterna
dulce felicidad, único premio
debido a la virtud, no a la nobleza.
¡Ah!, ésta es una verdad muy infalible
que escribió la Suprema Inteligencia;
y si el mundo engañado y engañoso
así no lo conoce y considera,
es porque el interés lo predomina
y lo ciegan la pompa y las riquezas,
pero el hombre sensato bien conoce,
guiado por las luces verdaderas,
filosofando bien nuestros principios,
que todo cuanto el mundo infame encierra
es una fruslería despreciable
y es una vanidad loca indiscreta
que embrïaga los gustos y sentidos
y nos hace olvidar que somos tierra.
¡Ah, que estas reflexiones llegan tarde!
Pues ya de aquí está ausente aquella bella
y amable Rosalía... Mas, ¿qué digo?
Yo sin duda estoy loco... ¡Qué apariencias
me confunden y engañan! ¿No está en casa?
El plazo de su marcha, ¡oh, dura pena!
¿no es mañana? Pues aún remedio tiene
mi desgraciada suerte. Voy a verla
y a decirle mis puros sentimientos
antes que me consuma mi tristeza.

Dejó la pluma Amadeo, y olvidado de su propio decoro fue al cuarto de Rosalía resuelto a hacer la última prueba de su virtud; y cuando se mantuviese firme en ella, ofrecerle ser su esposo. Apenas lo vio Rosalía cuando se sobresaltó: «No os alteréis, hermosa Rosalía, le dijo; yo vengo a despedirme de vos por la última vez, y a manifestaros el desasosiego e inquietud de mi corazón. Solos estamos los dos, nadie nos oye; habladme con lisura, decidme si sentís piedad de mí, si me amáis».

«Ya os he dicho que el mío no es amor, le respondió Rosalía; es una justa estimación, y la compasión que me causa vuestra pena es efecto de mi gratitud».

«Vaya, dejaos, amable Rosalía, de ficciones, yo conozco que me amáis; dadme esa bella mano...»

«Si os atrevéis a llegar a mí doy voces y publico vuestra insolencia».

«Serenaos, serenaos, preciosa joven; no pretendo usar de ninguna violencia. Vos queréis partir mañana, ¡qué locura! En casa de vuestros pobres padres pasaréis mucha miseria e indigencia. Aquí estaréis servida, bien vestida y regalada, y además dos mil escudos tiene este bolsillo: si condescendéis con mis gustos lo dejo a vuestra disposición».

«Sí, señor..., sí...; venga el dinero, pero me habéis de oír antes sin interrumpirme».

«Sí haré, como caballero os lo ofrezco».

«Pues oíd. El mundo corrompido cree seguramente allanar con el oro los caminos que no puede con los ruegos, con la persuasión y el engaño. Los jóvenes disolutos y libertinos se valen de este medio indigno para saciar sus inicuas pasiones, atropellando los más sagrados respetos. El ser vos caballero ilustre y yo una pobre aldeana os anima para llegar con tanta osadía a conquistar mi virtud. Si la suerte me ha hecho inferior a vos, debéis reflexionar que la naturaleza nos ha dado dos cosas iguales, la virtud y el honor. Lo mismo debe mirar por la conservación de estas dos preciosas cualidades el noble que el plebeyo, el rico que el pobre; y debierais avergonzaros al proferir delante de mí expresiones tan infames. ¡Tomad vuestro dinero, dinero indigno con que intentáis manchar mi honor y destruir mi virtud! No, no podrá el vil interés contrastar mi constancia; soy más superior de lo que vos creéis a sus atractivos, y aun a mis pasiones. Aunque me crié en una pobre cabaña, en rústico traje, los continuos consejos de mi infeliz y sabio padre me inspiraron la noble inclinación a la virtud y a la honestidad; y antes que ningún insolente e infame triunfe de ella, me dejaré hacer mil pedazos. ¡Un caballero como vos, un señor de vuestras circunstancias alimenta en su corazón máximas tan pérfidas! ¡Ah! ¿Qué diría de vos el mundo si supiese que con una criada vuestra, que os dejó recomendada vuestra difunta madre, y que por solo el título de estar en vuestra casa debéis amparar y proteger, ejecutáis una acción tan inicua? ¿Qué diría al ver el oprobrio que hacéis a la Religión, a la humanidad y a la razón? Sin duda os contaría en el número de los jóvenes libertinos que deshonran y denigran vuestro noble sexo; os graduaría de un hombre vil, de bajos pensamientos e indigno de vivir en la sociedad. Y vos, sí, vos, afrentado y confuso, reconociendo vuestra maldad y el desprecio de las gentes honradas, iríais a ocultar vuestra vergüenza en el más escondido seno de la tierra. Ese dinero infame que sacrificabais gustoso a vuestros impuros y libertinos placeres, distribuidlo en socorrer la indigencia virtuosa, y no en seducirla. Así os alabará el mundo, os reconocerá digno de los favores que os ha dispensado el Cielo, y no tendréis los crueles y continuos remordimientos que suceden al deleite y al libertinaje. Mañana temprano, con vuestro permiso o sin él, saldré de esta casa, que hasta ahora he creído un seguro asilo, y ya la miro como un horroroso abismo y precipicio. Antes sentía separarme de vos porque os creía un joven virtuoso y honesto; pero ahora que conozco sois tan malvado e inicuo, deseo el momento de mi partida. Antes, sí, antes os amaba, pero ya os aborrezco, os detesto...»

«¡Ah, querida Rosalía!, le interrumpe Amadeo como turbado; ¿antes me amabais, y ya me aborrecéis? ¡Ay de mí, qué he hecho incautamente! Alma bella, perdonad una acción indiscreta que sólo he hecho para más experimentar vuestra virtud. No me levantaré de vuestros pies sin que me concedáis vuestra indulgencia; sí, piadosa Rosalía, perdonad esta culpa a mi amor. Quise acrisolar más vuestra honestidad para tener un justo título de ofreceros mi mano. Sí, amada Rosalía, éste ha sido mi ánimo; cumplióse mi deseo como esperaba, y a pesar de todos los respetos que pudieran detenerme, os juro ser vuestro esposo».

«Señor..., señor, ¿estáis loco, habéis perdido el sentido? ¿Apenas cometéis un exceso cuando intentáis otro? ¡Ah!, mirad bien lo que decís, moderad los impulsos violentos de vuestra ciega pasión, no abandonéis de este modo vuestra gloria y honor, contemplad que esa oferta la hacéis a una mujer de una condición oscura en parangón de la vuestra, y que será causa de vuestro deshonor y vituperio. Acordaos que vuestra difunta madre trató casaros con la marquesa de N... joven, hermosa, sabia, ilustre y rica. Reflexionad que si la despreciáis por mí os atraeréis el odio y el rencor de todos vuestros parientes e iguales. Considerad que seríamos los dos un vil objeto de risa, y que el desprecio que las gentes me harían recaería sobre vos, haciéndoos avergonzar eternamente. No, no consentiré jamás que hagáis una acción que os denigrará; miro por vuestro honor más que vos miráis por el mío. Si yo fuese igual a vos, creed que no sería ingrata a vuestro amor; pero siendo mi nacimiento tan humilde, ni vos debéis pensarlo ni yo permitirlo».

«¡Oh, amable Rosalía!, no hay cualidad preciosa que no se halle en vos. Es verdad que vuestra calidad es inferior a la mía; pero la virtud realza y ennoblece al que la cultiva, por más oscuro que sea su origen. Sin ella no producen los títulos más pomposos sino una gloria vana y exterior. La que se granjea el hombre por sus bellas acciones no depende del nacimiento, y el verdadero mérito se hace tributar la estimación que se le debe en cualquiera persona que se halla. La naturaleza os ha regalado pródigamente con todos sus dones: vos sois joven, bella, sabia y virtuosa; y tantas cualidades epilogadas no dejarán de aseguraros el aprecio universal que merecéis. La estimación es debida al mérito personal, y no al nacimiento. La belleza del semblante anuncia la del alma, y la nobleza del corazón es la virtud, que debe ser honrada y estimada. ¿De qué sirve una ilustre progenie cuando el esplendor de las virtudes y la solidez del mérito no la ilustran? Una serie de virtudes es preferible a una serie de nobles progenitores, pues una continuación de honores no vale una perseverancia en las costumbres puras y honestas, de donde únicamente nace la verdadera nobleza. ¿Qué importa que yo sea superior a vos en el nacimiento si vois sois superior a mí en la virtud, en todas vuestras acciones y en vuestro noble modo de pensar? ¡Ah, bella Rosalía! Dejad a un lado esas reflexiones con que me matáis, y condescended con mis ruegos si deseáis mi felicidad, mi paz y mi consuelo».

«Si todos los hombres pensasen como vos, le responde Rosalía, yo me rendiría a vuestros ruegos; pero el mundo está preocupado de las máximas contrarias, y hay pocos filósofos que piensen acordes con la naturaleza. Además, el amor desigual nunca tiene la firmeza ni la constancia que el amor igual. No hay otros más complacientes que los hombres hasta que nos inclinan a ser favorables a sus deseos; pero cuando habéis conseguido coger nuestras rosas, no nos dejáis sino las espinas que nos lastiman, os reís de habernos despojado de nuestras flores y nos volvemos unos objetos despreciables a vuestros ojos. Esto hacéis aun con personas iguales; pues, ¿qué haréis con las que la suerte ha hecho inferiores a vosotros? El himeneo que se estrecha por unos amores vanos y locos trae consigo, después de algunos gustos y dulzuras, muchas penas y desazones. Hoy os parecería que sois feliz logrando mi mano, y mañana os reprenderíais vuestra ligereza e indiscreción. Creedme, señor conde; vuestras ideas son muy extravagantes, y llegaría el día en que, desimpresionado de la pasión que os arrastra, maldeciríais vuestra suerte y os llenaríais de rubor a la vista del mundo y de vos mismo. No son tan raras las bellezas virtuosas. Vos sois joven de calidad y opulencia, y hallaréis alguna que me exceda en las cualidades que admiráis en mí, la cual podrá, sin ningún inconveniente ni reparo, formar vuestra verdadera felicidad.

«¡Ah! no, no, amada Rosalía, no seré feliz sino en vuestros tiernos brazos. Despreciaría a todas las mujeres del mundo por una de vuestras piadosas miradas. Yo os amaré mientras viva, y sólo la muerte podrá hacerme olvidar la memoria que cada instante me representará vuestra hermosura y vuestra virtud».

«Todo lo consume el tiempo. La ausencia es el mejor antídoto contra el veneno del amor. Dejadme partir, procurad la distracción, amad la sociedad y la diversión, y en pocos días os olvidaréis de mí».

«¿Conque queréis separaros de mí?»

«Sí, señor».

«¡Cruel Rosalía! ¿Así despreciáis mi mano?»

«No la desprecio, señor conde, no. Sabed que si pudiese admitirla me consideraría la más dichosa del universo, pero ya que vos os olvidáis de quien sois, yo no debo olvidarme de mi humildad».

Acabó estas palabras con una ternura penetrante, y casi sin poder detener el llanto se salió del cuarto, dejando absorto y atónito a Amadeo. Estuvo bastante rato suspenso sentado en una silla, rodeado del mayor estupor y admiración. Luego que se disipó algún tanto aquella confusión que impíamente le oprimía el corazón, empezó a discurrir de este modo entre sí:

«¿Es ésta diosa o mujer? ¿Sentimientos más nobles pueden hallarse en corazón humano? No, no es posible. ¡Qué virtud tan admirable! ¡Qué prodigio de la naturaleza! ¿Cómo podré olvidar a una beldad tan amable y honesta? ¿Cómo es posible que el mundo no apruebe mi tierno amor, conociendo su virtud? ¡Ay de mí, qué dudas me sobresaltan! Irresoluto, discursivo y afligido, no sé qué determinar. Sus reflexiones son ciertas y convincentes. Que no debo ser su esposo es claro; pues, ¿qué haré? ¿Permitirle partir...? ¡Ah, yo moriré, no hay duda! Obligarla a que se quede no es fácil, ¡oh dolor! El caso es funesto. Por una parte me estimula mi amor, por otra me grita mi honor. Yo sé que debo separarme de su vista, pero, ¿cómo hallaré consuelo? Tal vez lejos de su belleza podré escuchar la voz de la razón y de mi deber. Sí, Amadeo, deja por un momento obrar a la prudencia, ármate de constancia, respeta tu decoro, refrena tu intolerante pasión y permite que Rosalía..., ¡oh, nombre fatal!, vaya a enjugar las lágrimas de sus ancianos padres».

La violencia que se hizo a sí mismo el conde al pronunciar estas palabras es imponderable. El dolor, la angustia y pena que poseían su alma son inexplicables; pero vencido a fuerza de sus reflexiones dio las órdenes correspondientes para la partida de Rosalía. Llamó a la señora Adelaida y casi sin aliento le comunicó su resolución, para que lo hiciese a Rosalía y previniese todo lo necesario a fin de que se hallase expedita para emprender su viaje al otro día muy de mañana. Bien hubiera querido el conde no despedirse de su dueño amado, pero su afecto no le dejó libre la voluntad para la ejecución. Después de haber pasado toda la noche agitado de los más duros pesares, al tiempo de partir Rosalía la llamó, y con una voz lánguida y lastimosa le dijo:

«Vos partís, amada Rosalía, y yo quedo sin consuelo en mi amarga soledad. El Cielo os prospere y bendiga vuestra virtud, como deseo. Si yo escuchase los tiernos gritos de mi amor no permitiría una ausencia que acaso me privará de la vida; pero mi mismo honor y el vuestro me prescriben tan bárbara ley. Tomad esos dos mil escudos para que podáis cuidar a vuestros padres y gozar de alguna comodidad. No os pido otra recompensa por premio de mi tierno amor sino que os acordéis de mí y que exhaléis algún suspiro por quien tanto os ama».

«¡Ah, señor!, le respondió Rosalía llorando, nunca jamás podré olvidarme de vuestra beneficencia y humanidad. Todos mis ruegos se dirigirán a que el Cielo os dé felicidad y mitigue vuestras penas».

«No podrá ser, amable Rosalía».

«Sí será, señor. La ausencia borrará en vuestra idea mi memoria».

«¿No vendréis a verme alguna vez?»

«No, señor. Yo vendría muy gustosa, pero debo precaver las consecuencias funestas que tal vez causaría nuestra vista».

«Ya es muy austera esa virtud, Rosalía; nada queréis conceder a mi amor».

«Bastante pena me cuesta».

«Pues no os vayáis».

«Sí, señor, debo hacerlo, y la demora sería culpable en vos y en mí. Yo os ofrezco amaros en cuanto mi decoro lo permita, de tal modo que jamás amaré a otro sino a vos. Siempre os tendré en mi corazón; creedme, señor. Reconozco mil motivos para corresponderos así, y siento cuanto vos podéis sentir que la fortuna no nos haya hecho iguales, para corresponder a vuestra ternura».

«¡Oh, piadosa Rosalía, repetidme esa plausible confesión. ¿Vos me amaréis siempre? ¿No os olvidaréis de mí? ¡Ah, qué dulce satisfacción será ésta para mí! Vos seréis siempre el objeto, sí, el solo objeto de todos mis votos; yo os amaré siempre».

«Ya llegó el momento de partir, ¡ay de mí! Quedad con Dios para siempre. Dadme a besar vuestra mano, como mi padre, mi amo y señor. Estas lágrimas...»

«¡Rosalía mía, éste es el último a Dios, y yo no muero!»

«Es preciso; quedad en paz, y el Cielo os dé más felicidad que a mí».

Aquella turbación que anuda la lengua y oprime el corazón acometió de tal modo a estos dos afligidos jóvenes, que sin poder ni uno ni otro hablarse más palabra se separaron con pasos trémulos e inciertos, derramando un tierno llanto y exhalando los más lastimosos ayes. Se entró Amadeo en su cuarto, donde sentado en una silla y reclinado sobre un bufete dio desahogo a su dolor con las exclamaciones más expresivas y sensibles. Rosalía siguió su camino triste y desconsolada, volviendo cada instante la vista hacia el centro donde quedaba su amante, cuyo tormento y angustia se figuraba y compadecía. Llegó en dos días a casa de sus padres, los abrazó tiernamente, y aunque la alegría y gusto de vivir en compañía de los amados autores de sus días la consolaba algún tanto, la atormentaba la memoria del deplorable estado de su amo el conde.

Éste con nada hallaba consuelo. Cada día se aumentaba más su amor y sentimiento, y lloraba con más ansia la pérdida y ausencia de su estimada Rosalía. Reflexionaba continuamente entre sí su sabiduría y virtud, la heroicidad de sus pensamientos, la fuerza y energía de sus palabras; y cuanto más consideraba las bellas y preciosas cualidades que la adornaban, más crecía el voraz incentivo que lo abrasaba. Unas veces alababa la constancia con que había superado su pasión dejando partir a Rosalía, y otras se reprendía a sí mismo, tratándose de tirano y cruel. Los diferentes movimientos que incesantemente asaltaban su corazón no le dejaban gozar un momento de reposo; y como no podía comunicar a nadie sus penas, en métricos acentos explicaba su pasión. Varios fueron los versos que hizo impelido de sus ansias, de los cuales pondremos aquí los siguientes:


Partió ya mi Rosalía,
partió aquella amable prenda
que formaba mis delicias
y mitigaba mis penas.
Mis penas serán crüeles,
mi confusión será eterna,
pues jamás podré olvidar
a quien amo tan de veras.
De veras seré infeliz
en esta perpetua ausencia;
y sin poder olvidarla
siempre lloraré no verla.
Verla quisiera, ¡ay de mí!
y que ella también me viera,
pues en tan mísero estado
algún alivio tuviera.
Tuviera un día dichoso
si me viese en su presencia
y pudiese sin respetos
besarle su mano tierna.
Tierna dulzura sería
lograr joven tan honesta,
cuya virtud, cuya gracia
encantará a quien la vea.
Vea yo antes mi muerte
que en brazos de otro la vea,
pues sena mi dolor
tirano sobre manera.
Sobre manera la amo
y mi pasión es muy ciega:
yo no sé cómo no muero
al pesar que me lacera.
Lacera mi corazón
la más inhumana flecha,
y no hallo ningún consuelo
en mi insufrible tristeza.
Tristeza, pesar, congoja,
ansia, tormentos, miserias,
desesperación y angustias
me acompañan y rodean.

Así se quejaba el desgraciado Amadeo, sin saber qué determinar para apaciguar las duras penas que padecía. Ya había quince días que lloraba la ausencia de Rosalía, cuando llegó a casa del conde un primo suyo, llamado Don Carlos, de quien tenía la mayor confianza; éste vivía en Turín, Corte del rey de Cerdeña, en cuyo servicio estaba empleado como uno de los grandes de ella. Luego que Amadeo lo vio recibió algún consuelo, pareciéndole que refiriéndole la serie de sus sucesos se minoraría su continua melancolía. Como Don Carlos lo halló descolorido y triste, le preguntó la causa que daba motivo a su pena. Amadeo lo entró en su gabinete y le refirió muy por menor todo cuanto le sucedía: le explicó la belleza, gracia, virtud y talento que poseía Rosalía, y Don Carlos quedó admirado de su narración.

También le preguntó Amadeola causa de su viaje, y Don Carlos le dijo que, habiendo obtenido licencia para hacer el giro de la Europa, había ido en derechura a Upsalia para ver si quería acompañarlo, lo que no le había escrito porque le había parecido mejor decírselo vocalmente; y que supuesto se hallaba agitado de tantos desvelos, era este medio el mejor para disipar su melancolía. Pareció muy bien a Amadeo la propuesta, y se resolvió a ejecutarla. Previnieron todo lo necesario para emprender este viaje, y a los ocho días tomaron la ruta para Viena. Llegaron en breve tiempo por la posta a aquella famosa ciudad, en donde el conde y su primo tenían varios amigos.

Por más que procuraba Amadeo divertirse y desechar la continua memoria de Rosalía, no podía apartarla ni de su pensamiento ni de su corazón. Visitaban a varias damas de la mayor distinción; observaba el conde en ellas una marcialidad y poca reserva que le hacían más amable la modestia y pudor de su querida Rosalía, cuya virtud juzgaba superior a la de todas las bellezas que veía y trataba. Después de haber estado allí unos dos meses pasaron a Hungría, donde permanecieron otros dos, siempre descontento y melancólico Amadeo, no agradándole ninguna mujer de cuantas veía.

La continua pena que padecía iba debilitando su salud; y conociendo que el viajar no era suficiente remedio para curar su mal, dijo un día a su primo: «Amigo y primo mío, ya ves cuántos esfuerzos hago para borrar de mi idea a Rosalía, pero por más que lo procuro no puedo conseguir olvidarla; antes, cada día crece más mi amor, y no hallo ningún consuelo. Ya ves que mi salud flaquea, y que mi misma melancolía indubitablemente me conducirá a la tumba. Por conservar mi honor la dejé separarse de mí, a pesar del ciego amor que le tenía. Pero ya estoy en términos que he de perder el honor o la vida. Si la virtuosa Rosalía no es mi esposa, yo muero; y si lo es, viviré con reposo y tranquilidad. Entre estos dos extremos, tú debes aconsejarme lo que me conviene hacer».

«La razón de Estado, le respondió Don Carlos, es un respeto que nos obliga a vencer nuestra voluntad o a sacrificarla en las aras del propio decoro. Bien conozco que Rosalía, siendo tan virtuosa, honesta, y hermosa como dices, merece toda estimación, y que se encuentran pocas mujeres de circunstancias tan amables; pero, sin embargo, serás censurado de todos si llegas a contraer con ella matrimonio».

«Yo no lo dudo, primo mío; pero, ¿no es mejor ser censurado, y aun aborrecido de todos, que morir de sentimiento o vivir siempre rodeado de desconsuelo, inquietud y pesar? ¿No debemos mirar por nuestra vida por todos los medios que nos dicte la prudencia y sean útiles para nuestra conservación, como no se opongan a la Religión?»

«Eso es muy cierto; pero el tiempo irá poco a poco consumiendo ese fuego que te abrasa».

«Lo considero imposible. Hoy está tan vivo mi amor como el mismo día que se ausentó de mi vista».

«Bien veo tu miserable y triste estado, pero no es el amor causa bastante para quitar la vida».

«¡Ay, Carlos mío! Bien se conoce que tú no padeces las ansias que padece mi corazón. Una pasión amorosa como la mía es bastante para dar la muerte. Muchos ejemplos se han visto en el mundo, y yo seré el más deplorable y lastimoso de todos».

«Pues amigo, cuando el riesgo se ve tan inminente es necesario acudir al remedio; yo quiero más tu sosiego y felicidad que todo. Dispón lo que gustes, pues siempre me tendrás favorable a tu voluntad».

Regocijado el conde al ver la compasión de su primo, lo estrechó en sus brazos y le manifestó con las más vivas expresiones su gratitud. De común acuerdo resolvieron volver a Suecia, ir en derechura a la aldea donde habitaba Rosalía, declarar todo lo conveniente a sus padres y que Amadeo se casase con ella en secreto. Tomaron el camino por la posta, y en breves días llegaron a la aldea, centro donde estaba el objeto más amado del conde.

La virtuosa Rosalía sabía que su amo había salido de Upsalia en compañía de un primo suyo, con ánimo de viajar por la Europa para aliviar su penosa melancolía; y aunque lo amaba en extremo se alegró de que hubiese tomado esta resolución, juzgando que de este modo se olvidaría de su amor. No dejaba de serle sensible esta reflexión, pero prefería el reposo de Amadeo al suyo propio. Estaba Rosalía muy descuidada con sus padres una noche, cuando entró en su casa un criado del conde a quien no conocía, y les pidió por favor si gustaban hospedar a dos caballeros muy ilustres que caminaban a Estocolmo. Los pobres ancianos y su amada hija condescendieron muy gustosos con su petición, manifestando con mucha cortesía que sentían no tener la comodidad correspondiente para hospedar a aquellos señores. Fue el criado a volver la respuesta a su amo, y al instante se apearon del coche para entrar en aquella pequeña casa que encerraba el tesoro más precioso del mundo.

Entró el primero Don Carlos, y viendo la hermosura de Rosalía y la modesta cortesanía con que le habló quedó sorprendido y confuso. Después llegó el conde, con intento de reprimir la violencia de su amor; pero apenas vio a Rosalía cuando se halló sin valor para contenerse. Quedó Rosalía casi inmóvil a la vista tan inopinada de un objeto que no esperaba, y turbada y atónita le dijo: «Mi amo..., mi señor... ¡Vos en mi casa! Dadme a besar vuestra mano, permitid que os manifieste mi gratitud...»

«¡Ah, virtuosa Rosalía, ¿os admiráis de verme en vuestra presencia?»

«Yo..., sí...,»

«¡Qué modesta turbación! Sosegaos, señora. Vengo a ver a vuestros padres, a ratificaros mi estimación y a daros pruebas nada equívocas de la constante memoria que os conservo».

«Agradezco mucho vuestras expresiones, señor».

«Tengo que tratar con vuestros padres un negocio muy importante. No es casualidad la que aquí me ha traído». Y con voz sumisa, que nadie pudo entender lo que decía, prosiguió: «No, querida Rosalía; vuestra virtud es solamente la causa. Sí, amable criatura, desde que os separasteis de mí no he tenido un momento de consuelo ni descanso. ¡Ah! Si supierais las lágrimas y penas que me cuesta vuestra ausencia, os causaría lástima mi suerte». Traspasaron estas tiernas palabras el corazón de Rosalía, bajó los ojos, dio un suspiro casi interrumpido, y nada respondió. Amadeo llamó al viejo, se entró con él en un cuartito inmediato y cerró la puerta.

Tomando Amadeo por la mano al venerable anciano, le hizo una exacta narración del amor que tenía a su hija y de todo lo que había sucedido, manifestándole que venía con ánimo de casarse con ella. Estuvo atento el buen viejo a cuanto le refirió el conde, y sin poder contener el llanto le respondió: «Sabe Dios, señor conde, cuánto agradezco el honor que queréis hacer a mi hija y a mí; pero no puedo dejar de deciros que debéis considerar que yo soy un pobre, y que aunque mi hija sea hermosa y virtuosa vuestros parientes os aborrecerán, y todo el mundo murmurará de vos».

«Pero haciendo nuestro matrimonio en secreto, dijo el conde, nadie podrá censurar mi conducta».

«Muy dificultoso es tenerlo tan oculto que no se llegue a penetrar. Además, todos mirarán a Rosalía como criada, ninguno le tendrá el respeto que correspondería a una mujer vuestra, y si queréis que los demás criados la traten con mucha atención, o lo atribuirán a un fin indecoroso o a que estáis casado con ella. Llegará a divulgarse; vos os veréis abandonado de vuestros parientes e iguales, y Rosalía será el desprecio e irrisión de todos. Una pasión amorosa acaba o se disminuye cuando se logra la posesión de lo que se ama; regularmente os sucedería así, y entonces conoceríais vuestro error, os causaría vergüenza salir con vuestra mujer al lado, y aun tal vez sería para vos un objeto horroroso y despreciable. Antes de hacer las cosas que no pueden tener después remedio, se deben precaver las fatales consecuencias que traen consigo el remordimiento y la aflicción. Vos estáis aún en tiempo de reflexionar vuestro error y corregirlo. Meditad bien mis advertencias, y sin duda os convencerá la fuerza de mis razones».

«Venerable anciano, le replicó Amadeo, hace ya mucho tiempo que batallan en mi pecho todas esas consideraciones con mi amor, pero no han podido vencerlo. Yo sé que siempre seré infeliz sin mi amada Rosalía. Su misma virtud le atraerá la estimación de todos, no lo dudéis. ¡Ah, buen viejo!, por piedad os ruego me concedáis este inestimable tesoro, en cuyos brazos sólo puedo pasar tranquilamente mi vida. Sin mi virtuosa Rosalía mis honores, mis riquezas, mis títulos, todo, sí, todo me será odioso».

«Compadezco, señor, vuestro dolor. De un corazón que tanto ama a mi hija, ¿podré esperar su poderosa protección y mi consuelo?»

«¡Eso dudáis! Mi vida, mi hacienda y cuanto valgo, todo está a vuestra disposición».

«¿Conque prometéis ampararme?»

«Como caballero os lo ofrezco. ¡Qué dudas me sobresaltan! Hablad, no os detengáis, fiaos de mí».

«Pues oíd: ni este país, ni esta aldea es mi patria. Mi nacimiento fue en Turín, de igual prosapia a la vuestra. Yo soy el duque de N...»

«¡Ay, Cielos, qué decís!»

«Escuchad. Sospechando el rey una conjuración secreta, mandó hacer con mucha reserva varias averiguaciones. Mis enemigos se valieron de esta ocasión para perderme, fomentaron la más negra calumnia contra mí, y un amigo me avisó que querían prenderme y castigarme como inicuo traidor. Para precaver este riesgo, recogiendo las joyas y dinero que pude, abandoné mi casa y estados, dejé encargado a este amigo mirase por mi inocencia y me retiré a este sitio con mi mujer y mi hija, donde siempre he vivido como un labrador humilde, cultivando con mis manos el terreno para ganar el necesario alimento, pues después de algunos años me quedé sin dinero. Estos papeles os acreditarán la verdad de mi relación, y el antiguo lustre y nobleza de mi casa. Si podéis obtenerme el perdón del rey, sin rubor ni reparo alguno será Rosalía vuestra esposa, y yo recuperaré mi honor perdido».

«¡Ah, señor! Ese discurso ha reanimado mi desmayado espíritu. ¿Yo podré sin respeto alguno llevar públicamente a mi esposa al lado? ¡Qué contento, qué gozo! Mi primo es turinese, muy querido del rey de Cerdeña, y se echará a sus pies para obtener vuestro perdón. No, no lo dudéis. ¡Oh, noche feliz! ¡Oh, afortunado Amadeo!»

Llamó al instante a Don Carlos y le declaró todo el arcano. Transportado Don Carlos de alegría, se arroja al anciano con los brazos abiertos y le dice: «Amigo y señor duque, ¡qué acaso tan imprevisto! Yo soy hijo del marqués de N..., vuestro íntimo y gran amigo».

«Hijo del marqués de N..., le interrumpe el duque, lleno de gozo. ¡Qué oigo, santos Cielos! ¡Qué accidentes tan inesperados!»

«Sí, yo soy su hijo, que ansioso de saber vuestro paradero no he omitido diligencia alguna para descubrirlo, y lo logro cuando menos lo pensaba. Mi padre murió ya hace un año...»

«¿Murió ya vuestro padre? ¡Ay, amigo de mi vida!»

«Sí, ya murió; y poco antes de expirar me llamó y me dijo: Hijo mío, busca, averigua el paradero de mi buen amigo el desgraciado duque de N... y cuando lo halles entrégale este Real Decreto que contiene su perdón y la restitución de sus honores, de su casa y estados...»

«¡Qué dices, le interrumpe Amadeo, tú tienes su perdón!»

«Sí, aquí mismo lo tengo, pues como salí de Turín con ánimo de correr toda la Europa, me pareció conveniente traerlo por si la casualidad hacía que lo encontrase».

Sacó el Real Decreto, lo leyeron y todos tres quedaron admirados de tan extraño e inopinado suceso. Amadeo, fuera de sí de contento, llamó al instante a Rosalía y a su madre, y anegado en lágrimas de alegría le dice: «Venid a mis brazos, virtuosa y amable Rosalía; venid sin reparo ni rubor, señora duquesa...»

«¡Yo duquesa!, le responde Rosalía confusa. Vos queréis burlaros de mí...»

«No, no me burlo, verdad es lo que digo. Soy el más feliz del mundo... sí, ya nadie se opondrá al logro de mis deseos».

«Pero, señor, ¡qué decís, habéis perdido el sentido!»

«No, Rosalía mía, le dice su padre, tú no eres hija de un pobre labrador como crees; yo soy el duque de N...». Al oír estas palabras cae desmayada Rosalía; vuelve en sí, le refiere su padre toda la historia, y llena de placer y admiración dice a Amadeo:

«Ahora sí, amado conde mío, que admito gustosa vuestro tierno amor. Ahora sí que os entrego mi corazón, en premio de vuestra constancia. Ya me contemplo la más dichosa criatura de la tierra. Vuestra fe, vuestra ternura y vuestra bondad harán feliz mi vida; sí, no habrá contento igual al mío».

«Sí, bella Rosalía mía, los dos seremos felices, ya que el Cielo ha tenido piedad de nosotros. Démosle gracias incesantemente por sus favores, y seamos ejemplo de virtud y de amor».

Inmediatamente resolvieron partir para Upsalia; lo ejecutaron así, se hizo público todo lo ocurrido, y con gran concurso y aplauso de los parientes y amigos de Amadeo celebraron su casamiento. Este es el premio que tuvo la heroica y constante virtud de Rosalía. Sirvan sus acciones de modelo a las jóvenes que aspiran a empleos más elevados que los que corresponden a su calidad; aprendan a resistir con valor la sugestión, el interés, el amor y todo lo que no es conforme a la máximas de la virtud, y hallarán siempre la justa recompensa con que el Cielo distingue y premia a las que, guiadas por las verdaderas luces y principios de la buena educación, procuran limitarse a su condición, contentarse con su humilde fortuna y conservar su honestidad y su virtud como el tesoro más estimable y precioso.