Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
IndiceSiguiente


Abajo

Bosquejo sobre el estado político, moral y literario del Perú en sus tres grandes épocas

José Manuel Valdez y Palacios



portada



  —IX→  

ArribaAbajoEstudio preliminar

Muy escasas y confusas noticias existen acerca de la trayectoria vital de José Manuel Valdez y Palacios. Tenemos apenas algunos datos aportados por él mismo en alusiones y referencias contenidas en sus propios escritos. A pesar de nuestras búsquedas en archivos del Cuzco no hemos tenido fortuna en hallar siquiera la fecha de su nacimiento. Calculamos que pudo haber nacido, sin duda en el Cuzco, en los primeros años del siglo XIX y conjeturamos también que pudo haber fallecido, aún joven, desterrado en Río de Janeiro, a mediados de dicho siglo, pues a raíz de sus publicaciones de 1844, 1845, y 1846 en la capital del Brasil, un silencio revelador se abre sobre su interesante figura intelectual.

A falta de datos concretos, los pocos publicistas que se han ocupado de él, dieron en confundir su personalidad con la de su pariente -tal vez tío suyo- el abogado don José Palacios, fundiendo en una sola ambas personalidades y atribuyendo sus obras del uno al otro.

En el momento más crítico de la historia republicana de la primera mitad del siglo XIX, cuando apenas habían trascurrido 20 años desde la fundación de la República, por 1843, José Manuel Valdez y Palacios salía forzadamente del Cuzco víctima de las guerras intestinas y de intrigas de facciones políticas. No quiso escoger -o no pudo hacerlo- el exilio por la ruta normal que lo llevara a un país amigo. Prefirió antes bien, seguir la ruta difícil de la escapada por las selvas amazónicas, en un audaz empeño de conocer la parte ignorada de su país en el momento mismo que las circunstancias adversas lo alejaban de él.

  —X→  

Conocemos también por su propio testimonio que por 1826 o 1827 vivió en Lima, tal vez de regreso de un viaje de estudio al Viejo Mundo «cuando acababa de sentarse el General Gamarra en la silla presidencial, destituyendo a La Mar». Había estado probablemente en Francia, Inglaterra e Italia a juzgar por su cultura europeísta de la que hace gala en las abundantes citas con que matiza sus relatos y por su versación en textos leídos, algunos en lengua inglesa (Byron, Walter Scott), o francesa (Marmontel, Moliére, etc.) y aun en la alemana (Humboldt, Klopstock, Haller, etc.) y la italiana (Petrarca, Tasso, etc.)

En 1837, estando ya nuevamente en el Cuzco, colaboró con altura y señorío cultural en las páginas memorables del célebre periódico Museo Erudito que editaba un familiar suyo, don José Palacios.

De sus escritos nos queda lo aparecido en el Museo Erudito y tres fascículos de su obra escrita en portugués, en Río de Janeiro, bajo el título muy amplio de Viagem/da cidade/ do Cuzco a de Belem do Grao Pará/ (Brasil) pelos rios/ Vilcamayu, Ucayali e Amazonas/ Precedido de hum/ Bosquejo sobre o estado político e litterario do Peru em/ suas tres grandes epochas, Río de Janeiro, Typographia Austral, 1844, (144 pp. en 3 fascículos).

El primer fascículo lleva el pie de imprenta y la fecha mencionada, con 144 pp. de texto. El segundo aparece también editado en Río de Janeiro, Rua de Sabao 70, 1845, con 244 páginas. El tercero igualmente se publicó en Río de Janeiro pero en la Typographia de M.A. da Silva Lima, 1846, con 96 páginas.

Dentro de los fascículos del Viagem se incluyen muchas páginas que no tienen relación con el relato mismo del viaje que da nombre a la obra, y que subtitula Bosquejo sobre el estado político, moral y literario del Perú en sus tres grandes épocas, las cuales nos hemos permitido extraer de la primera edición mencionada y hacer traducir al castellano. Así conformamos la publicación que ofrecemos en este tomo, con el que iniciamos la primera versión castellana de las obras de Valdez. En un segundo volumen recogeremos el viaje mismo que a su vez contiene refundido el opúsculo sobre el Ollantay -primer estudio y descripción del drama que se conoce- inserto primeramente en el Museo Erudito con el título «Tradición de la rebelión de Ollantay y acto heroico de fidelidad de Rumiñahui,   —XI→   ambos generales del tiempo de los Incas» (Nº 6, 7 y 8, Cuzco, junio a julio de 1837).

Justificamos la división en dos partes en el hecho de que ambas -el Bosquejo... y el Viaje...- constituyen conjuntos en cierto modo independientes. Igualmente fragmentado aparecerá la breve introducción de sus relatos referida a esos dos conjuntos.

El Bosquejo sobre el estado político, moral y literario del Perú en sus tres grandes épocas, que ahora damos a la publicidad, constituye el primer intento de un escritor peruano de trazar un cuadro histórico general del proceso cultural del Perú, escrito con singular brio y colorido y con todas las galas y excesos de una imaginación exaltada y romántica propia de su época.

Se había tenido hasta hoy la impresión de que el primer intento de una historiografía general del Perú estaba constituido por otra obra republicana de semejante título:

José María de Córdova y Urrutia, Las 3 épocas del Perú o Compendio de su Historia, Lima, Imp. del Autor 1844. (Reeditado en Documentos literarios de Odriozola, tomo VII, Lima, 1875). Córdova y Urrutia divide su esquema en una primera época, la que corresponde al Imperio de los Incas, una segunda que abarca «la dinastía ultramarina» hasta José de La Serna y un tercera, que comprende el Perú independiente desde 1820 a 1826, más una simple relación de los gobernantes hasta 1845.

Ambas obras -la de Valdez y la de Córdova y Urrutia- aparecen según pie de imprenta en 1844. Pero en realidad la de Córdova y Urrutia no apareció dicho año, pues el texto registra, en su última página, que «don Ramón Castilla fue proclamado por el Congreso Presidente de la República el 19 de abril de 1845», o sea que cuando menos debió aparecer en el curso de 1845 y no antes de aquella fecha, mientras la de Valdez debió escribirse entre 1842 y 1843 como puede colegirse de varías citas en el desarrollo del texto.

En consecuencia, es justo reconocer la primacía de José Manuel Valdez en su meritorio esfuerzo y deben rectificarse los textos que afirman lo contrario por desconocimiento de su obra, cuya postergación injusta tratamos de reparar. Por lo tanto, sólo le antecedería el extenso cuadro de la historia total   —XII→   del Perú hasta la época de la Independencia, todavía inédito, de Juan Basilio Cortegana, cuyo manuscrito se guarda en la Biblioteca Nacional del Perú.

El libro de Valdez y Palacios muestra múltiples aspectos, aparte de constituir el libro de viaje más significativo del romanticismo peruano y tal vez una de las mejores obras en prosa de este período. Por lo demás el texto que ahora se publica puede considerarse:

1) El primer bosquejo o compendio de una historia del Perú «en sus tres grandes épocas» desde la era prehispánica hasta el período republicano, o sea hasta el gobierno de La Mar.

2)El primer estudio sociológico y económico del Perú, en su conjunto.

3)El primer esbozo de una historia literaria peruana con la revelación (en el Cap. VI) de textos desconocidos o inéditos tales como los de Juan del Carpio, natural de Puno, párroco de esa ciudad, quien escribió un libro de poesías. Recreos del sonámbulo en el lago, y fue insigne cantor de la naturaleza nativa. Valdez considera esta obra comparable con las de Haller y Hotze, poetas de los lagos suizos.

Juan del Carpio podría ser el precursor de los «indigenistas» de nuestra época, con su ponderación del paisaje del Collao y la exaltación del indio, su habitante.

Luego hace mención de otro escritor desconocido, el Dr. Velarde, también sacerdote, de Cuzco, quien escribió meditaciones piadosas, en un libro inédito Consuelos de la vida que se conserva en MS «en la Biblioteca de uno de los conventos del Cuzco» y Ve la cual fueron insertados algunos fragmentos en el Mercurio de Lima». Según Valdez, el autor recibió «más homenajes en el exterior que en su propia patria».

Debe agregarse que el texto de Valdez inserta multitud de llamadas, pero en la impresión de los fascículos no se han consignado las notas respectivas, que eran mayormente bibliográficas, referentes a algunas obras raras u hoy desconocidas de nuestra bibliografía.

El estudio geográfico-social y económico del Perú abarca   —XIII→   puntos que nunca antes de esa época habían sido desarrollados por ningún tratadista, con tanta modernidad y justeza en cuanto a datos de producción y conocimiento del país.

El ensayo sobre la literatura es el primer esfuerzo para trazar un cuadro de la evolución literaria del Perú al impulso de las ideas del determinismo del medio ambiente sostenidas en Francia en ese momento por historiadores tales como Villemain y Thiers, a quienes seguramente había leído y asimilado.

Comienza su recuento con la obra del Precursor Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, autor de la famosa Carta y cuyo texto cita y difunde, y prescindiendo de lo creado en la etapa precedente, no incluye ni a Garcilaso, ni a Caviedes, ni a Peralta u otros valores menores de la época de la dominación hispánica.

Cita al cura Antonio Valdez, autor del Ollantay y de muchas poesías quechuas, cuyo drama difunde por primera vez en el Museo Erudito de 1837 y cuyo impacto dará lugar a un poema de Felipe Pardo sobre Rumiñahui, escrito en Chile.

Luego menciona al Dr. José Ignacio de Castro y a Mariano Melgar. Pero antes ha citado a autores y obras de la época colonial como Pablo de Olavide, el Lunarejo, y el Mercurio Peruano de 1791.

Texto curioso y sugestivo por muchos aspectos, el libro de Valdez abre muchas perspectivas que hoy denominaríamos «desalienantes»- Si bien no trata a Garcilaso y Caviedes, en cambio revela por primera vez la existencia del Ollantay, cuyo estudio inicia en 1837 (en las páginas del Museo Erudito del Cuzco) y amplía y corrige dentro de su relato de viaje, el cual será recogido en el segundo volumen que nos proponemos publicar. Llama la atención sobre la obra de Vizcardo y se refiere a la poesía de Melgar en una época todavía penetrada del gusto neo-clásico que no admitía considerar las expresiones abiertas y no cultistas de una literatura con sentido popular. Reacciona así contra una tendencia aún imperante e inicia una posición romántica antes que apareciera por lares peruanos el bardo español Fernando Velarde, con su importado bagaje de giros románticos de la moda hispánica zorrillesca.

Para juzgar el valor historiográfico del Bosquejo de Valdez y Palacios -que divide el cuadro histórico del Perú en   —XIV→   tres épocas, la anterior a la guerra de la Independencia, la Independencia misma y la época posterior o sea la primera república- debe tenerse presente la declaración que él mismo formula al afirmar que escribe «sólo por medio de recuerdos sin documentos a la vista». Se trata por lo tanto de una historia un tanto literaria y desprovista de exactitud, de rigor documental y hasta de sujeción a una estricta cronología. Se advierten algunas fechas y datos inexactos y hasta apreciaciones un tanto arbitrarias o fantasiosas. Domina la imaginación sobre la verdad histórica. Intercala muchas páginas de estirpe épica, como las dedicadas a relatar las incidencias del paso de los Andes por las tropas de Bolívar o del cruce del desierto por las tropas de Alvarado.

En la descripción de las batallas de Junín y Ayacucho, se descubre sin esfuerzo que una de sus fuentes principales es el canto épico de Olmedo. La literatura se sobrepone a la historia.

Panegirista de La Mar, da la impresión de que lo hubiese conocido en los días en que Valdez regresó de Europa y quedó residiendo en Lima, antes de volver a su lugar de nacimiento, el Cuzco. La semblanza psicológica y biográfica de La Mar contiene expresiones que no desdicen en un conocedor directo del personaje histórico, cuya biografía excede en extensión a la de Bolívar o San Martín. Sin embargo, es justo reconocer que las semblanzas de estos dos últimos constituyen hermosas etopeyas de alguna utilidad para la apreciación histórica.

Se proponía cubrir, según dice en una advertencia preliminar, «hasta los últimos acontecimientos políticos del año de 1842... con la conclusión del cuadro comparativo, cubriendo la literatura, la religión y las costumbres...», pero la narración se detiene en los últimos meses de 1828, o comienzos de 1829, o sea que abarca sólo hasta el final del gobierno de La Mar y el advenimiento de Gamarra.

Debemos reconocer en justicia que el primer estudio serio sobre la obra de Valdez y Palacios fue realizado por Raúl Porras Barrenechea (en Suplemento Dominical de El Comercio de Lima, 28 de julio de 1955) aunque los datos bibliográficos de la obra de Valdez publicada en Río de Janeiro, habían aparecido antes en la Biblioteca Peruana de Mariano Felipe Paz Soldán (en Revista Peruana, tomo III, Lima, 1880 p. 622) y en una referencia al pie de página del notable relato del viajero francés Charles Wiener, (Pérou et Bolivie, récit de voyage, Paris, Libraire Hachette et Cie., 1880, p. 341).

  —XV→  

Ejemplares de la obra de Valdez sólo existen en la Biblioteca Nacional de Río, en la Biblioteca Nacional de París y en la biblioteca de la Universidad Católica de Washington, instituciones que nos han permitido acceso a los textos que guardan, con la ayuda de los cuales hemos podido llevar a cabo la presente edición. Publicada, como ya hemos dicho, originalmente en tres fascículos y en forma un tanto anómala en el orden, hemos procurado ordenarla en dos volúmenes, de los cuales el primero contiene el Bosquejo, que ahora entregamos al juicio de los especialistas, dejando para el segundo el relato de viaje titulado Viaje del Cuzco a Pará.

Dominante sobre la aptitud histórica, vibraba en Valdez y Palacios la vocación literaria y sociológica, latente en sus descripciones de costumbres y usos populares, en sus relatos sobre Lima y Cuzco. Destacan en este orden sus páginas sobre la pasión del juego, las danzas y las festividades populares. Esa inquietud costumbrista era coincidente en parte con la de tantos escritores viajeros que vinieron del extranjero a tierras americanas para impresionar cuadros de vida dictados por el impulso romántico de describir tierras exóticas y remotas. Pero en Valdez el móvil no era lo desconocido o el exotismo. En él actuaba el fervor nacionalista que lleva a veces a pintar escenas de candorosa ingenuidad, como si tratase de exaltar en lo pretérito una extinta y presunta edad de oro. Por esa ruta de retrospección en el tiempo se dibuja en Valdez un sentimiento nostálgico e indianista.

De otro lado, lo movía un afán de señalar precisiones de orden económico referidas a la industria, la agricultura, el comercio y hasta el aspecto geográfico del país. Operaba en él la cultura positivista que había bebido en los centros de estudio de Europa y la que igualmente refleja en la cita frecuente de autores de esa procedencia.

De allí también su inclinación a ofrecer, en medio de sus arranques de romántica retórica, un cuadro real del Perú, al que por lo demás amaba entrañablemente. Hombre de la provincia y del campo -Valdez, el cuzqueño del valle urubambino- intenta por primera vez una semblanza no centralista ni limeña del país. Escribe páginas que revelan su visión comprensiva y moderna que se nutre de la emoción ante la naturaleza y ante el habitante aborigen, ensayando así en algunas páginas la actitud indianista en que late un larvado impulso integralista y una óptica nacional de los aspectos que trata.

Estuardo Núñez



  —1→  

ArribaAbajoPrefacio

Las vicisitudes políticas del Perú, cuyo cuadro se bosqueja rápidamente en esta obra, creo que servirán para la historia, y de lección a los hombres y a los pueblos de la América Meridional que quieran perderse por el mismo camino. Muchos son los que han emitido sus fallos sobre el Perú; pero las opiniones vertidas y los hechos citados han sido erróneos o falsos, porque, siendo extranjeros, no tuvieron el tiempo ni las ocasiones necesarias para iniciarse en los negocios internos del país, pues las relaciones de éste con los demás países casi no han existido, por causa, de sus disturbios, y porque su política, reducida a una pequeña esfera, no ha dado oportunidad a la inspección extranjera.

En lo que a mí respecta, he sido espectador del drama sangriento que se ha presentado en el Perú, durante el espacio de quince años. Cuando regresé a Lima, acababa de sentarse el General Gamarra en la silla presidencial, destituyendo al General La Mar, primer presidente de la república, por medio de una revuelta militar, que fue el primer fusil de la cadena de revoluciones que se sucedieron. Esta circunstancia, unida a otras que el deber de quien escribe para el público me prohíbe expresar, me permite presentar un bosquejo verdadero, aunque imperfecto, del estado político del Perú, en la época de su independencia; y, como los gobiernos y las revoluciones imprimen su sello en las letras y en las costumbres, juzgo también estar habilitado para ofrecer un bosquejo del estado moral y literario de aquel país; el cual estará siempre basado en la verdad, aunque desprovisto de toda la casta de mérito literario.

En cuanto a la descripción del Cuzco, juzgué un deber hacerla, no solo por ser el punto de partida de mi viaje, sino   —2→   igualmente por el papel que desempeña en la historia del destruido imperio de los Incas, en la historia de la independencia, y en la historia de la guerra civil. En Cuzco nacieron y murieron en un patíbulo los dos primeros hombres que soñaron con la libertad sud-americana; allí nació y murió en el cadalso el primer mártir de la independencia; allí nació también el hombre que ha destruido el Perú. Los monumentos, las antigüedades de los Incas, celebradas ya por la poética pluma de Marmontel, también recomienda la descripción de esta ciudad, considerando que, siendo central a doscientas leguas de distancia de la capital, es el lugar donde han ido menos extranjeros, y por consiguiente sobre el cual se habló con menos exactitud.





  —3→  

ArribaAbajoÉpoca primera


ArribaAbajoCapítulo I

Riqueza


La riqueza del Perú fue tan extraordinaria antes de la guerra de la independencia, que a pesar de haberse convertido en proverbio entre algunas naciones de Europa, parecerá tal vez fabulosa su descripción para aquellos que no fueron sus espectadores o para los que no tuvieron el gusto de leer los documentos que restan de la pasada opulencia de este país. Las puertas de plata de la antigua ciudad de LOS REYES, que era el título que se daba a la soberbia Lima en los tiempos de su magnificencia, han sido ya descritas por la pluma de muchos viajantes; pero no es en este sentido que queremos escribir. La descripción de la pasada grandeza de los imperios y de las ciudades es ciertamente agradable al hombre que la contempla y que se siente transportado a las épocas y lugares: existe sin embargo un objeto más importante, existe una lección de moral, en el contraste de una nación que de pronto pasa de la prosperidad a la miseria.

En 1791 las minas descubiertas y explotadas en el Perú pasaban de 160 las de oro, y llegaban a 184 las de plata. El clima, las localidades y otras varias causas físicas, reunidas conjuntamente, colaboraron para hacer del Perú la tierra del oro y de la plata; parece que la naturaleza se había complacido   —4→   en levantar sobre esta parte de la América-Meridional ese mar de montañas cuyos picos se elevan a los cielos y cuyas bases son de oro. Del seno de estas montañas salieron esos tesoros con que España deslumbró al mundo, deslumbrándose, al mismo tiempo, a sí misma, durante algunos años; y que pasando después a otras manos, la dejó sumida en la miseria que hoy exhibe. Aún ahora, habiendo transcurrido algunos años desde que la hoz de la revolución fue acabando con los brazos industriosos que trabajaban esas minas, una gran cantidad de oro y de plata que brilla en las más grandes capitales de Europa, bajo las infinitas formas que le imprimieron el uso y la industria, así como una porción considerable de la moneda fuerte que circula en las plazas mercantiles, son el producto de las minas del Perú y México. En 1682 sólo los comerciantes de Lima tapizaron de plata maciza la calle principal, por donde el virrey, duque de Plata * (* o Palata) entró para asumir el gobierno. De aquí nació sin duda el dicho común, que de la plata exportada del Perú y de México podía hacerse un puente de este metal que uniese los dos hemisferios.

Nada de exagerado hay en estos juicios, si consideramos el siguiente cálculo hecho por viajantes científicos sobre documentos oficiales.

Las minas de Guanajuato, comprendiendo la Valenciana, suministraban a principios del siglo XIX 551.000 marcos de plata; las de Catorce, producían 400.000; las de Zacatecas de 356 a 402.000. Solamente la mina Valenciana en el punto de Guanajuato produjo inmediatamente, antes de la revolución, 630.000; el mineral de Lauricocha, pocos años después del establecimiento de las bombas de fuego, produjo 480.000 marcos; y la de Potosí, desde el año de 1585 hasta 1595, produjo 887 o 73 marcos. La cantidad total que dio este mineral desde su descubrimiento en 1545 hasta fines del siglo pasado, sin contar más que la plata, cuyos derechos fueron debidamente pagados, asciende a 575.000.000 de libras; y el producto de once años de 1545 a 1556, fue de 613.000.000. Así tenemos que un solo cerro del Perú pudo dar dos o tres veces más plata que todas las minas de México reunidas.

Bien se ve que en los anteriores resultados no se encuentran los de otras minas, que también fueron célebres, por su riqueza, tales como el Huantajaya en el departamento de Arequipa,   —5→   el Lucanas en Ayacucho, o Micui-pampa en La Libertad, y otros varios pertenecientes al Perú, sobre los cuales no hay documentos, ni son mencionados por alguno de los que escribieron sobre esta materia, como son el CAMANTY o Camantin, en los valles de Marcapata, el Huaillura, en los valles de Paucartambo, que producía un quintal de oro por día, y el Senca, situado al N. E. del Cuzco, al cual asegura la tradición que los incas le daban más valor que al Potosí.

Todas las minas de Europa, según documentos oficiales publicados, no produjeron más de aproximadamente 215.000.000 de marcos, mientras que solamente las minas del Perú, cuya plata se fundió en la Casa de la Moneda de Potosí, produjeron, hasta los días en que escribía M. Bompland la suma de 1.614.145.538 pesos fuertes.

La célebre mina de Salcedo, situada en el departamento de Puno, llamada así en honor al nombre de su primer propietario, fue tan extraordinariamente rica, que extendiéndose la fama de su nombre y la generosidad de su dueño, atrajo de todas partes mucha gente, que llegó para poblar el lugar helado, y antes solitario, de su explotación. Esta gente aumentó con el tiempo hasta formarse dos poderosos partidos que libraron sangrientas batallas, de las cuales la más célebre fue en las planicies de Laicacota, donde murió mucha gente de ambos bandos.

El conde de Lemos que en esa oportunidad era virrey del Perú, no pudiendo apaciguar esos tumultos con las varias órdenes que expidió, se vio en la necesidad de ir personalmente a la zona minera, donde en 1669 tomó muchos prisioneros que mandó inmediatamente ahorcar. El propietario Salcedo fue remitido a Lima, donde fue juzgado, condenado a muerte, y ejecutado, sin otro delito que sus riquezas que excitaban la envidia, y dieron origen a declaraciones de falsos testigos, siendo este el pago de la generosidad, con que a cualquier español pobre o desvalido, que a él acudía a pedir socorro, permitía entrar en la mina y sacar la cantidad de plata que pudiese extraer en tiempo determinado.

Las minas de Llaullicocha, en el mismo departamento de Puno, fueron también célebres por su riqueza; la iglesia matriz de la capital de aquel departamento, construida de piedra y en buen estilo, es un magnífico monumento de la piedad y   —6→   opulencia de una señora, que hizo la promesa de levantar este edificio a un costo en proporción a la cantidad de plata que le produjesen aquellas minas de que era dueña.

El cerro de Huancavelica ha sido, y es aún una de las minas más ricas de azogue que hay sobre la tierra, una mina que comprende 41 colinas, interceptadas por vetas de las cuales una sola parte, llamada Santa Bárbara, la grande, dio cinco mil quintales de azogue por año, durante el espacio de dos siglos.

La magnificencia y profusión con que la naturaleza y el arte se habían esmerado en prodigar para adorno de los templos, fue una de las cosas que más admiraron los extranjeros: al entrar en éstos podía cualquiera considerarse transportado a los templos de Tyro y de Palmira; pero no hay un Volney, Tácito u otro que invocara sobre las márgenes del Rímac al genio de la Historia. Los altares, las andas, las mesas, los fontanales, estaban cubiertos de plata, enormes candelabros, estatuas de grandeza natural, columnatas, capiteles, los vasos sagrados, los cálices, las patenas, las custodias, eran de plata y de oro macizo, guarnecidos de preciosas piedras, de las más raras, y de incalculable valor. La ondulación de las cortinas de damasco, el perfume de deliciosos aromas, las voces bien afinadas del órgano, y el canto suave que a intervalos se dejaba percibir venida de los pájaros presos en jaulas de filigrana, sujetas por cadenas de plata maciza, formaban un conjunto de cosas, que dejaba asombrado al espectador. Aún existen hoy en la iglesia de N. S. del Rosario de Lima ocho jaulas de plata, sujetas por cadenas del mismo metal.

Esta magnificencia de aquellos días tranquilos era ofrecida casi con igual profusión a las comodidades de la vida privada; por ese entonces aún no se conocían la loza y el cristal; los servicios de mesa, los candelabros, los vasos, los lavatorios, los perfumadores, etc., eran de plata maciza elegantemente labrada por los artistas del país. Había casas en que la vajilla era de oro, y las de plata eran tan comunes, entonces, como son hoy las de loza.

En las reuniones públicas, en los días de etiqueta, en las grandes funciones y fiestas, se presentaban las damas peruanas ataviadas de tal modo con perlas y brillantes, que tan solo una de las que usaban en el cuerpo, actualmente sería suficiente para constituir una fortuna familiar. Era tal la abundancia   —7→   de estas joyas, y tal el desinterés con que las miraban los peruanos, que en ciertas ocasiones para adornar vírgenes o novias, se prestaban cofres de perlas sin ningún tipo de seguridad. Una novia de la alta esfera, y una de la clase media, se presentaban el día de la boda con joyas cuyo valor era incalculable, y en los grandes bailes, que duraban varias noches era ella un sol que deslumbraba la vista con el brillo de sus rayos multiplicados por mil luces. El día del besamanos de Jorge IV se vio bajar en las puertas del palacio de S. James de uno de los coches que allí se juntaban, a cierta duquesa, cuyas joyas repartidas por todo el cuerpo se calculaban en 13.000.000 de pesos, describiendo los redactores de Times esta ostentación con los más vivos colores. Lástima que en el Perú no hayan existido escritores entusiastas, como en Inglaterra, que nos transmitieran el antiguo lujo de las damas del Rímac y del Cuzco.

La moneda de oro y plata circulaba por todo el estado; descendiendo de las más altas clases hasta las más bajas, volvía de éstas a aquéllas por una proporción de necesidades mutuas.

Las transacciones comerciales se hacían al contado, siendo casi desconocido el crédito, en que se funda hoy el eje del comercio de las naciones; sin embargo, cuando alguna persona necesitaba dinero, aun tratándose de cantidades fuertes, no tenía más trabajo que pedirlo a algún amigo o conocido para obtenerlo de inmediato, sin documentos ni otro tipo de seguridades. El Dr. Archibald Smith, que visitó Lima después de la guerra de la independencia, atribuye esta rara franqueza únicamente a la integridad de los primeros españoles que se establecieron en el Perú, sin concederle su parte a la abundancia de dinero de este país; sin duda olvida él que la época de la prosperidad de las naciones ha sido la de la integridad de sus costumbres; y que la era de su miseria es la de la corrupción en ellas introducida. La existencia de algunos hombres de probidad en medio de pueblos pobres y abatidos no es más que una excepción a la regla general en la condición de las sociedades humanas.

El precio de los géneros indígenas y extranjeros era excesivamente alto, no sólo por causa del sistema de administración colonial sino también por efecto de esa misma abundancia de numerario. Una vara de tela que hoy vale ocho o seis pesos,   —8→   valía entonces treinta; y un libro que hoy cuesta diez pesos, se compraba en aquellos tiempos por ochenta o cien. De aquí la facilidad de los comerciantes para hacer fortuna en pocos años. No hace mucho murió en el Cuzco cierta persona que adquirió 4.000 pesos vendiendo únicamente aguas, y con esta cantidad empleada en libros en el mercado de Cádiz, aumentó su capital a casi medio millón de pesos.

En las fiestas, juegos públicos y bailes, se apreciaba la abundancia de dinero, así como el desprecio que le demostraban los peruanos. Las jaranas y fandangos, en que la airosa y simpática americana solía ejecutar su danza favorita de la tierra haciendo lucir, en medio de una sociedad seleccionada, la flexibilidad de sus delicados pies, el donaire de sus movimientos, y la graciosa expresión de su fisonomía animada por la alegría, y todo vivificado por el brillo de los diamantes, y de las luces, eran un espectáculo digno de un pintor histórico de costumbres, como Walter Scott, o de un observador penetrativo como Moliere. Al fin de cada danza acostumbraban los enamorados y admiradores de la doncella lanzar a sus pies puñados de plata acuñada, que inmediatamente levantaba un grupo de criados, que presenciaban la fiesta apiñados en la puerta.

El carnaval de Venecia ha sido célebre por la variedad de los contrastes, la viveza de las representaciones cómicas, y la loca algarabía de los juegos; si un escritor ameno contase las CARNESTOLENDAS del Cuzco en sus días de opulencia con todas sus circunstancias, sorprendería la curiosidad y excitaría la admiración, aun en este siglo en que todo parece haber sido escudriñado y en que todo el mundo sólo va tras de lo positivo, la utilidad. Las ventanas de la amplia calle, que se extiende del Norte de la Plaza del Regocijo, de aquella ciudad, hasta la base del cerro de Picho, se veían llenas, durante las tardes del carnaval, de señoras de todas las esferas, magnífica y elegantemente vestidas de verano, formando con la variedad, forma y colores de sus vestidos una especie de jardín, o una calle de flores. Las faldas del Picho que dominan la ciudad eran también de tal suerte cubiertas por un inmenso pueblo vestido de blanco, ya sea en grupos al aire libre, o bajo tiendas de campaña del mismo color, que visto de lejos tenía este cerro volcánico el aspecto de una alta colina de nieve.

En las tardes del carnaval era cien veces recorrida esta calle por hombres montados a caballo, divididos en varios grupos   —9→   de diferentes banderas, vestimentas, y bandas de música en cada pasada lanzaban a las ventanas de ambos lados polvos preparados, huevos llenos de agua perfumada, mezclada con pesetas y reales nuevos, que llevaban en bolsas sujetas a las grupas de sus caballos; las damas respondían de sus ventanas a esta salva con iguales elementos de guerra, resultando de este conjunto una extravagante profusión, que cubría el suelo de polvillos y dinero, llenando el aire de perfumes.

En las procesiones religiosas, y fiestas reales, se veían las calles y plazas principales de tránsito llenas de una infinidad de danzarines, con libreas bordadas en plata, tan enormes y pesadas, que no se sabía que admirar más, si la riqueza de aquellos tiempos, o si la robustez y fuerza de los aborígenes, que cargaban tanto peso en el cuerpo, por todo un día, sin fatigarse.

En el juego era donde más aparecía la abundancia del dinero. Este vicio que por su propia naturaleza y sus funestas consecuencias, parece ser contrario a todos los principios de la decencia y de la moral, se encontraba decorado de una tal magia, y una profusión caballeresca, que haciendo olvidar su inmoralidad, servía tan solo para mostrar la opulencia del Perú, en aquellos períodos de tranquilidad. En amplios salones, ricamente adornados, jugábamos dados sobre mesas disformes alumbradas por candelabros de plata y oro macizo, cuyas luces se reflejaban en los altos de onzas y pesos, que giraban con velocidad ante los jugadores. Mientras duraba la escena no se veía en ningún semblante expresión de pesar o de agitación; se perdían grandes sumas con admirable serenidad. El fragante habano y las copas de jerez y otros vinos generosos, mezclados con vasijas de mate y chocolate, indemnizaban las más grandes pérdidas. Cuando terminaba la función, se retiraban los hombres de la casa de juego como de un lugar en el que se habían reunido para prestarse mutuas atenciones de aprecio. En estas ocasiones solo los TRECEROS y BARATEROS salían cargados de oro y plata.

Confirmando lo que hemos dicho, citaremos el siguiente hecho interesante y extraño a la vez, que demuestra hasta donde iba el lujo en el juego, nacido de la abundancia del dinero, que no se sabía en qué emplear, y también la extravagancia de los peruanos. Don José Baquíjano y Carrillo, miembro de la Sociedad Literaria de Lima, en época del virrey Abascal, uno de   —10→   los personajes más ilustres de aquella capital por sus conocimientos y su noble cuna, acostumbraba jugar grandes partidas de dados, leyendo un libro, a cuyo asunto se entregaba por entero como si estuviera solo en su gabinete, y como si sus sentidos estuvieran ajenos a todos los objetos que lo rodeaban. Un dependiente, un celador, que tenía al lado, era el encargado de las cobranzas y de los pagos, no haciendo otra cosa el interesado que lanzar los dados y hacer las apuestas, cuando llegaba su turno. Ni el retintín de las onzas y pesos fuertes, ni la voz de los jugadores lo distraían de su lectura. La última vez que jugó, no teniendo ya dinero en efectivo para hacer sus apuestas, aventuró una de sus haciendas avaluada en 200.000 pesos, la cual perdió, como si hubiera perdido algún REAL DE VELLÓN. Este sujeto existió dos o tres años antes de la guerra de la independencia, y algunos de sus contemporáneos testigos oculares de sus juegos extravagantes existen hoy; D. Manuel Salazar y Baquíjano, primer vicepresidente constitucional del Perú, destituido del mando por el General La Fuente, era su pariente cercano.

Tal vez no exista en el mundo un lugar donde la abundancia de dinero y la falta de grandes y combinados objetos de una industria creadora haya hecho que el juego se convirtiera en una profesión y en un espectáculo público, como en la celebrada feria de Vilque. En las planicies del departamento de Puno, a 7 leguas del Lago Titicaca, hay un lugar que lleva este nombre, y que cuenta con una población de 300 a 400 almas. La tradición trasmitió la creencia de que en este lugar apareciera milagrosamente una imagen de N. Señor Jesucristo, verdaderamente admirable por su hermosura y sus milagros. Para solemnizar este acontecimiento, reuníanse por la Pascua del Espíritu Santo algunos peregrinos, llegados de los más remotos lugares del virreinato; con el tiempo fue aumentando la concurrencia, y en proporción se fueron también desviando los devotos de su primer objetivo, hasta convertir el lugar sagrado en una plaza de comercio, que se abría una vez por año, durante ocho días. Aumentó después tanto esta concurrencia, que el pequeño pueblo llegó de pronto a contar con una población de 100.000 almas; y la plaza donde antes solamente se vendían toscos tejidos indígenas, manteca de vaca, quesos, y carne salada, cubríase en un instante de todas las producciones de la tierra, y convertíase en una ciudad temporal, para así decir, donde se reunían los comerciantes de Lima, Cuzco, Arequipa, La Paz, Tacna, Chuquisaca, Buenos Aires, y todas las demás   —11→   ciudades principales de Colombia, de las provincias del Río de La Plata, y del bajo y alto Perú. Pero como el tiempo muda todas las cosas, y como el mundo físico y moral no es más que una serie de revoluciones; ya no eran los devotos peregrinos que llegaban para adorar al Señor de Vilque, ni eran los comerciantes que allí iban para vender los productos de su país y aumentar los medios de su felicidad, y si los jugadores que afluían cargados de oro y plata para aventurar sus fortunas, y las de sus familias. El lugar santo pasó a plaza de comercio, y de plaza de comercio a casa de juego; a ella concurrían los curas de todas las parroquias del virreinato; se veían allí generales, intendentes, gobernadores, sub-delegados, chantres, vicarios, deanes, contadores, tesoreros, etc. Había más de cien casas, donde toda esta gente jugaba día y noche, por espacio de una semana; era tanta la abundancia del dinero, que en esa ocasión, los pagos y las cobranzas se hacían en las copas de los sombreros para no perder tiempo en contarlo. Existen aún infinitos testigos de este cuadro de corrupción y de grandeza, y no hacen veinte años que el pueblo de Vilque volvió a su estado primitivo.

La magnificencia y riqueza, que se ostentaba en las corridas de toros, de los cuales nos dejó el Dr. Ignacio de Castro un eterno recuerdo en su obra intitulada «Fiestas reales del Cuzco», sólo pueden ser comparados a los tiempos de la antigüedad romana. La plaza favorita del regocijo, donde se realizaba la corrida, y sobre la cual opinaremos en la descripción de aquella ciudad, cubríase de animales raros, traídos a gran costo de las partes más remotas del departamento, figurando entre ellos el soberbio cóndor, hecho cautivo sobre los picos nevados de los Andes. Los toros salían al combate tan ricamente adornados que deslumbraba mirarlos; unos venían vestidos de tisú de oro y otros de seda magnífica, unos eran cubiertos de pesos y onzas, otros traían sobre el lomo jaeces de oro y plata maciza, siendo del mismo metal las chapas y banderolas. Los toreadores salían vestidos con el mismo lujo; y sus ganancias en cada una de estas funciones eran tan altas, que además de recibir por día, y del derecho que tenían de llevarse los jaeces, recibían por cada suerte una lluvia de dinero, que los espectadores les arrojaban sobre sus capas en proporción a su categoría. Cada día de éstos espectáculos se hacía a costa de un solo individuo, el subdelegado o el pretendiente a algún empleo. Eran éstos los Cresos peruanos.

  —12→  

En la corrida de la mañana, llamada vulgarmente ENTRADA, una brillante comitiva de caballeros, entre los cuales se encontraban algunas autoridades civiles y militares, comenzaba la función dando una vuelta en torno del TABLADO, montando caballos ricamente enjaezados. Concluida esta ceremonia, algo semejante a la que precedía los torneos de la edad media, el subdelegado, bajo cuya expensa y dirección se hacía la función, se dirigía solo al palco del gobierno, y apeándose de su caballo subía las gradas cubiertas de terciopelo carmesí, y con aire y cortesía musulmana, presentaba al presidente o intendente del departamento una enorme llave de oro macizo, incrustada de brillantes, y trabajada con todo el primor del arte, la cual generalmente él mandaba de regalo en este acto, a alguna dama favorita que se hallaba en la función. En la corrida de la tarde se daba inicio a la función despejando la plaza. Una compañía escogida de granaderos, vestidos de gala para la gran parada, hacía evoluciones al son de música marcial, demostrando, durante una hora, toda la destreza y elegancia de la disciplina militar; en algunas descargas soltaban hermosas palomas, que con color de alabastro, y los pies atados con cintas de nácar iban a embellecer la parte alta de los tablados, o aumentar, por un instante, el matiz de los colores que lucían las damas en sus trajes; y finalmente se retiraban dejando sobre la plaza emblemas, letras, y toda clase de figuras, formadas con flores y pesetas.

Durante el espectáculo se veía en los palcos un lujo verdaderamente asiático; allí las frutas más delicadas, los refrescos más deliciosos, los licores más suaves, los aromas más costosos, la sidra espumosa, los helados, y la olorosa malvasía, llenaban las copas con profusión. Era esta una de las ocasiones en que los enamorados debían hacer alarde, ante los ojos de sus amantes, de su generosidad y procedimiento caballeresco.

Los cofres nacionales se hallaban siempre llenos de fondos, además de los que anualmente se remitían a la metrópoli. Los empleados públicos eran puntualmente remunerados por sus servicios; y los sueldos eran tan cuantiosos, proporcionalmente a la categoría de los empleados, que además de dejarles lo necesario para vivir con decencia, y hasta con lujo, eran suficientes los restos para formar en pocos años una gran fortuna. El rey, y el arzobispo de Lima, tenían cada uno 100.000 pesos de sueldo anual, y en esta proporción estaban los demás funcionarios públicos.

  —13→  

La alegría, la tranquilidad de corazón, el buen humor, eran consecuencia de esta abundancia de medios para adquirir los gozos de la vida. En el interior de las casas más humildes se veía la sonrisa de satisfacción, y en las cuadras de los más afortunados, se veían en magníficos espejos, multiplicados los grupos de semblantes felices, contentos tanto unos como los otros.

Tal era el estado del Perú, con respecto a la riqueza metálica y numeraria, en la época anterior a su independencia.



  —14→  

ArribaAbajoCapítulo II

Aspectos físicos del Perú, clima, localidades y producción


Dar una idea adecuada de ese inmenso y magnífico país, que forma el territorio peruano, sería tan difícil como hacer una estadística de él, puesto que las varias provincias que lo componen, son diferentes en producciones, costumbres, clima y genio de sus habitantes. No obstante, siendo necesario ocuparse de la agricultura y del comercio de aquel país, de acuerdo con el capítulo previo, haremos sin la pretensión de cumplir una descripción geográfica en el sentido de la palabra, algunas observaciones sobre su situación general, aspecto físico y ventajas locales.

El Perú se encuentra entre los 69 y 84 grados de longitud occidental y entre el 3º y 22º de latitud austral, tiene 350 leguas de extensión y 200 de ancho, comprendiendo 78.000 leguas cuadradas. Puede ser considerado bajo tres grandes divisiones -la parte litoral, sobre cuya curva están las provincias marítimas- las cordilleras de los Andes y los valles y campos.

La costa consiste en un inmenso desierto de arena de quinientas leguas de extensión y cincuenta de ancho, según la aproximación o separación de las diversas ramificaciones de los Andes con la costa del Pacífico. Los ríos y vertientes que interceptan el vasto territorio rara vez se encuentran a menos de veinte y más de ochenta millas de distancia unos con otros; y sus estrechas márgenes están pobladas en proporción a la cantidad de agua que éstos suministran. Es un desierto donde nunca llueve, nunca crece una hoja, y donde nunca se ven pájaros, ni animales, ni reptiles. Si alguna vez se encuentra un arroyuelo de agua en algún lugar afortunado, piérdese luego   —15→   dentro del espacio de cien varas. Nadie que no sea natural del país, puede viajar de un valle a otro sin llevar un buen guía, pues la única señal que se encuentra de que el arenal ha sido pisado, son los huesos amontonados de las bestias de carga que allí murieron. Frecuentemente con el viento se levanta la arena en densos e inmensos remolinos que ciegan la vista del viajante. Muchas veces los guías, aun los más experimentados, se pierden en este océano de arena. Entonces el terror se apodera de los viajantes y los deja en un estado de demencia y a no ser que vuelvan a encontrar el camino por casualidad, o que distingan otros caminantes en el horizonte, perecerán infaliblemente, sin que de su destino se pueda saber más de lo que se conoce sobre un barco perdido en alta mar. Cualquier viento es suficiente para borrar las huellas de un batallón de soldados. Toda descripción que no vaya acompañada de una relación de hechos, no podrá sino dar una ligera idea de los horrores de este desierto. Estas regiones podrían con propiedad llamarse la morada de los réprobos que Virgilio describiera en terribles colores. El panorama de esta parte del Perú, como de la mayor parte de las costas del Pacífico, motivó la melancólica pintura que algunos de los primeros viajeros hicieron de América; y aludiendo a ellos es que el Dr. Unanue, se expresa así: la terrible descripción que algunos escritores ultramontanos hicieron de América, de ningún modo es aplicable al Perú y sólo se puede considerar como obra de su imaginación. ¿Dónde, en verdad podrían haber hallado esas negras tintas con las que hicieron la pintura de estas afortunadas regiones bajo un aspecto tan triste, como otros tantos lugares de la creación negados a las bendiciones de la Providencia como la miserable morada de las serpientes, de los cocodrilos y monstruos venenosos?


Quale portentum neque militaris
Daunia in alit sceuletis,
Nec Tubae tellus generat leonum
Arida nutrix.

Pero, a la par de estas áridas y abrasadoras regiones se levantan los Andes que en sus senos encierran las tierras más fértiles y ofrecen los climas más deliciosos.

Las cordilleras de estos Andes, debo decir, de los Andes del Perú, ofrecen las montañas más elevadas del mundo; las masas que las constituyen son las más sólidas y pesadas, y son ellas las que mantienen el equilibrio del globo.

  —16→  

Sus cimas, cubiertas de una nieve tan antigua como el mundo, interceptan las nubes que se descargan sobre las regiones montañosas al estrépito de un espantoso rayo, mientras que en la proximidad del mar no cae una sola gota de agua que humedezca su abrasador suelo; y sus flancos encierran volcanes que vomitan constantemente lava y fuego sobre esta región donde reina un perpetuo invierno. Las producciones minerales y agrícolas siguen en estos montes las mismas graduaciones: a cincuenta toesas de altura comienza la zona de oro, a sesenta la de plata, y al cobre y fierro corresponden las extremidades. La temperatura del aire va con la misma armonía: a 400 toesas de altura, se respira un aire fresco, que sin embargo no es templado; a 600, se encuentra una atmósfera templada; a las 900 principia el clima europeo, y de 1.000 hasta las 1.400 se encuentra el mismo clima; más arriba, están los lugares despoblados y frígidos, y después las nieves, donde perece el extranjero amortecido por el frío, lo que no sucede con el indio. Es un fenómeno muy extraño ver a éste pasar por todas aquellas graduaciones en un mismo día, sin el menor sufrimiento o verlo pasar de las costas de África central a las regiones glaciales de Laponia, pasaje sin peligro, porque no es repentino de un extremo a otro, y porque el hombre es señor de mudar de clima conforme a las necesidades y a la fuerza de su constitución.

Los valles se encuentran en el seno de la cordillera central y ofrecen el espectáculo más sugestivo y pasmoso entre las escenas majestuosas y variadas que presentan los Andes: sólo pueden ser vistos por entero a una gran distancia desde la inmensa altura de las montañas, y después de haberse colocado en las planicies que se extienden desde los flancos hasta las bases de la cordillera central. Estos valles son más estrechos y profundos que los valles de los Alpes, y esta profundidad sería suficiente para contener el Vesuvio y el Puy-de-Döme, sin que sus cimas sobresaliesen entre las cumbres de los montes vecinos.

El magnífico y majestuoso aspecto de estas regiones inspiró en algunos viajeros esos pensamientos elevados y les facilitó esos fuertes coloridos con que, de algún modo, nos presentaron el cuadro aproximado de ellas. He aquí algunos de esos cuadros.

«La naturaleza, dice uno de ellos, parece envuelta en un silencio misterioso; su mano poderosa está preparada para dar la última perfección al globo y para determinar su equilibrio,   —17→   formando dos mundos distintos en un solo continente. Parecería que, después de haberse ejercitado sobre los candentes arenales de África, sobre los frondosos y fragantes bosques de Asia, y sobre los climas templados y más frígidos de Europa, quiso en el Perú reunir todas las producciones que negara a aquellas partes, y descansar en él, majestuosamente rodeado de cada una de ellas».

Otro escritor igualmente célebre se expresa en los siguientes términos:

«Al subir las ásperas y espantosas montañas que dominan el mar del sur, no sería posible concebir que sobre sus hombros se levantasen otras de igual tamaño, y que todas ellas contribuyesen para resguardar, templar y fertilizar este dichoso país, donde la naturaleza en la hora de su mayor generosidad, o mejor de su prodigalidad, pintó la imagen del paraíso terrestre».

El sabio Humboldt, que describió América con tanta profundidad y erudición, nos presenta al vivo las impresiones que recibió en las faldas de los Andes del Perú en la siguiente expresión feliz:

«Cuando un viajero, recién llegado de Europa, penetra por la primera vez en los bosques de la América del Sur, la naturaleza se le presenta bajo un aspecto inesperado. A cada paso éste siente que si bien no se encuentra en los confines, se halla sí en el centro de la zona tórrida; no en una de las islas de la India Occidental, y si en un vasto continente, donde todo es gigantesco -montes-ríos- vegetación. Si se sienten con viveza las bellezas de los paisajes pintorescos, apenas si se pueden definir las muchas sensaciones que se juntan en la mente, ya que es difícil distinguir que es lo que más excita la admiración, si el profundo silencio de estas soledades, si la belleza y el contraste de las formas, o la frescura y vigor de la vida vegetal que caracteriza el clima de los trópicos».

Estos rasgos elocuentes servirán para dar una idea de la grandeza y belleza física del Perú, entretanto, para que fuera cabal esta idea, sería menester que el hombre hubiera vivido en él y que por los sentidos le hubieran pasado las escenas de sus paisajes, bien como los grupos gigantescos de sus sierras; sería preciso situarse entre sus valles, sus desfiladeros   —18→   y sus vegetales, caminar por las márgenes de sus lagos y por las riberas de sus ríos, sentarse sobre sus colinas y ver pasar los rebaños de llamas y de pacos, y los indios zagales entre ellos haciendo repetir al eco mil gritos de alegría; sería menester trepar sobre las montañas y colocarse como D. Jorge Juan y D. Antonio de Ulloa sobre la cima del Pichincha, viendo cruzar a sus pies los rayos y tronar las tempestades, y desmoronarse y rodar los enormes fragmentos de hielo y nieve; sería preciso, en fin, situarse sobre sus fuentes como Dupaty, si bien no para rememorar las lágrimas que sobre el Vanclusa derramaron Laura y Petrarca, al menos para buscar los vestigios de los infortunios del amor que sobre el Colqui-cocha sepultó alguna vestal peruana. Y aún después de todo esto, sería menester exclamar como Klopstock: «¡Qué sublime imagen de la creación presentan estos sitios! Todo el poder de la descripción se confunde aquí; ¡semejantes cosas sólo pueden ser vistas, oídas y contempladas! No tengo expresiones con qué describir mis sentimientos; lo que solamente puedo es pensar en los que están ausentes; es tener el deseo de reunirlos a todos en un círculo y con ellos permanecer aquí para siempre».

Lanzándose pues una mirada atenta y penetrante desde las bases hasta la cumbre de los Andes, observándose atentamente sus faldas, sus pendientes, y sus picos, descendiendo de allí para sus campiñas, sus valles y sus desamparadas pampas que se encuentran entre los grandes espacios que forman sus ramificaciones, extendiéndose en varias direcciones, abarcándose, en una palabra, todas las localidades y todos los lugares que forman el gran conjunto del territorio peruano, es cuando se puede formar un juicio de la prodigalidad con que el autor de la naturaleza derramó sus dones sobre esta parte del mundo, y de la sabiduría con que a cada una de las regiones que la forman dispensó las producciones que más adecuadas eran para la subsistencia y para la dicha del hombre.

Las cordilleras de los Andes se dividen en tierras cálidas, templadas y frías, en lugares inhabitados y muy frígidos y en nieves. En los lugares despoblados y muy frígidos, parece que debería extinguirse la vegetación, sin embargo, están cubiertos de pastos tan ricos y tan abundantes como las planicies de Rusia, y en ellos se encuentran pueblos pastores, situados la mayoría de las veces a una altura de dos mil toesas sobre el nivel del mar, y algunas veces en situaciones tan elevadas como el Pico de Tenerife. El mismo rigor del frío   —19→   que reina en estos parajes es una circunstancia favorable a la vida de la vegetación de los demás lugares del país, porque los vientos calientes de los valles se purifican en aquellos y descienden a éstos como vientos suaves y frescos, mientras que por sus costados se deslizan los copiosos arroyos que fertilizan la tierra. La tímida vicuña y el veloz huanaco habitan también en estos parajes, ofreciendo al indio sus distracciones y sus pasatiempos, que no envidian a los de las grandes capitales; y el llama y el paco cargan sus bienes por entre los estrechos vestigios de camino que sobre ellos se ven apenas estampados. No es posible ver estos lugares y estos animales sin sentir emociones enteramente nuevas para el alma y distintas de las que produce una mirada a los de cualquier otra parte del mundo. El pescuezo largo y erguido del llama y del paco, sus ojos llenos y expresivos, el hermoso grupo que les adorna la frente a manera de penacho, el aire de dignidad con que miran a su alrededor, y el paso acompasado y solemne con que marchan al igual que tropas disciplinadas, unido todo al melancólico silencio en que caminan, interrumpido tan sólo por el patético acento de la quena o por la agitación del aire surcado por algún cóndor, forman en conjunto, un cuadro tan particular y asombroso, que nunca puede ser olvidado. ¡Escenas dignas de una alma melancólica! ¡asuntos dignos del pincel de Rafael! ¡lugares dignos de libertad, sin embargo hoy oscurecidos por el humo del fusil homicida!

Al lado de los lugares inhabitados están las tierras frías. Por entre la primera cordillera de montañas, que son como los puntales destinados a sustentar el arco prodigioso de los Andes, y por entre los barrancos abiertos por las lluvias en su bajada, encuentra el hombre peldaños que le ayudan a subir a estas alturas. También los arroyos y torrentes, al mismo tiempo que fertilizan la tierra, le ofrecen sendas que nunca habrían podido abrir todos sus esfuerzos.

Aquí se encuentran hermosos valles que la naturaleza colocó de distancia en distancia, y que se complació en embellecer con tanta profusión: los habita un pueblo agrícola, que siembra y cosecha las semillas que le dio Europa, y donde se multiplican los animales domésticos de todo género; allí pastan millares de ovejas y de cabras al lado de las plantaciones de trigo, de cebada y de papas. Estas chozas de paja, diseminadas aquí y allí, estos pesebres románticos construidos ya sobre un declive o sobre un terreno desigual, estos mil arroyos   —20→   de agua de nieve que se precipitan y se cruzan en varias direcciones, estas palizadas, estas rocas, estas flores silvestres, estos rastros de pastores confundidos con las pisadas de animales, forman una escena tan interesante para un corazón sosegado, que puede éste apenas recordar otros placeres y otros lugares. «Cuando alguien vivió, dice el Barón de Humboldt, durante algunos años en estas faldas elevadas donde el barómetro se mantiene en Om o 2-0 pulgadas de altura, siente una ilusión extraordinaria que lo hace olvidar poco a poco todo cuanto lo rodea: estos parajes animados por la industria de un pueblo montañés, estos pastos cubiertos por llamas y ovejas, estos pastores adornados de HAIAS vivas de DURANTA y de BADANESIA, estos campos cultivados con esmero donde se cosechan ricos y abundantes cereales, todo esto hace al hombre olvidar que se encuentra en las altas regiones de la atmósfera; apenas si recuerda que el suelo que habita está más alto de las costas del Pacífico que la cumbre del Caingou del Mediterráneo».

De las tierras frías se entra en las templadas. El trigo, la cebada, la quina, todos los frutos de Europa, la oca, la arveja y el maíz, compañero inseparable del indio donde quiera que éste se encuentre, produce esta región, en la cual, en un clima igualmente distante de los extremos y en una temperatura suave, se gozan durante todo el año las delicias y comodidades de la vida. Aquí, se ve la tierra perpetuamente cubierta de hierbas y flores, los campos llenos de mieses, los árboles cargados de frutas, la multiplicación de los rebaños sin necesitar de los cuidados del hombre para aumentar, ni de su techo para resistir las inclemencias del tiempo. La bella pintura que Virgilio hizo de Italia, y más aún la de la celestial Jerusalem de la Escritura, son la copia de estas afortunadas regiones donde reina una eterna primavera. A un lado está el verde valle, al otro la quebrada profunda; en una parte la frondosa arboleda, en la otra la amplia, rica y deslumbrante llanura: las ideas asociadas de paz y de tranquila felicidad, de salud y de industria que en el alma excitan estas cosas, la alejan de tal modo de los pensamientos muy elevados y la llevan con tal magia hasta estas escenas terrestres, que la tierra parece el cielo».

De las tierras templadas se llega al fin a las tierras cálidas; y fue aquí que la naturaleza tomó toda su fuerza y ostentó todo su esplendor. Bosques densos, vastas planicies   —21→   que se extienden hacia el Oriente en diversas direcciones, llanuras y quebradas atravesadas por majestuosos ríos, cautivos en sus álveos durante seis meses e inundando las cercanías durante los otros seis, ofrecen una vegetación infinitamente vigorosa, gigantesca y variada en sus formas y en sus producciones. En la parte más profunda, cuanto más inflamados son los valles por los ardores del sol y cuanto más inundados, al mismo tiempo, por los aguaceros y por las torrentes que de los Andes se precipitan, tanto más frondosos y vastos son los bosques que los adornan y tanto más abundantes y sazonados los frutos que producen; en las partes más elevadas, el aire embalsamado por las aromáticas y suaves exhalaciones de las plantas deleitan los sentidos y hacen sentirse al hombre transportado a Europa.

Las producciones más propias para el comercio y para la industria, los cereales más nutritivos, los frutos más sabrosos, las maderas más finas y los aromas más delicados y fragantes se multiplican con profusión y casi espontáneamente en estas dichosas regiones. El cacao, el café, el algodón, el nopal cargado de cochinilla, el arroz, la caña, el maíz, la yuca, los frijoles, la chirimoya, el limón, la papaya, la palta, la naranja, la cidra, el tamarindo, el plátano, y otras mil frutas apreciables por su sabor y por sus usos medicinales, por el lujo de sus hojas y por la fragancia de su olor; el bálsamo, el incienso, el nopal de muchas especies, la tecamaca, el abeto, el ámbar líquido, la acacia o goma-arábiga y otras resinas; el cedro, el pino, la chonta, el zumbaillo, de mil clases, el jacarandá y una infinidad de maderas superiores por sus tintas, por su belleza y por su solidez; todas estas son las producciones de tierras ardientes, que bien podrían llamarse los Campos Elíseos de este mundo.

Si las sublimes escenas de los Andes exaltan el alma y la imaginación de los que tienen la facultad o el hábito de reflexión, la frescura y lozanía de estos valles y el encanto indefinible que derraman en torno de quien las contempla, mientras camina bajo sus frescas sombras, causan también en el corazón emociones deliciosas e inexplicables. No hay imagen que pueda representar la semejanza de estas escenas fugitivas y mágicas que pasan y varían ante los ojos, al rayar la aurora, a la salida del sol, al mediodía, en la tarde, durante el crepúsculo, y a la luz de las estrellas; se diría que Tasso, al hacer la descripción del palacio encantado de Armida, había soñado, en sus delirios, con la presencia de estos sitios. No está, sin embargo,   —22→   aquí el término de las creaciones de la naturaleza: en el interior de estas regiones, existen lugares más sublimes, más grandiosos, donde aún no llegaron las profanaciones de la tiranía. ¡Ah! como el dolor profundo hace olvidar la realidad de este mundo, también allí, morada del tigre y del salvaje, se derramaron lágrimas por la patria, y la espada de la venganza persiguió a más de una víctima!

En el interior de estas regiones están, por lo tanto, los grandes valles donde vive el hombre en contacto con la naturaleza: por entre sus bosques vírgenes y por las márgenes de sus ríos, que aún no fueron surcadas por las naves del hombre civilizado, vaga el salvaje desnudo o semi-cubierto de un tosco sayo. El zumbido de una flecha disparada, el sordo murmullo de un río, el silbido de una serpiente, el maullido terrible de una onza, el estrépito confuso de una carreta, es todo lo que se escucha. Algunas huellas imperceptibles, alguna espesura abierta, alguna rama quebrada, conducen a la morada del ANTI o del CHONTAQUIRO, tan ocultas entre el ramaje y la amplitud del bosque, que, sin estas señales, imposible sería para el propio salvaje encontrarlas. Hay ahí adentro chozas cubiertas de hojas de palmeras que, entre platanales gigantescos, abrigan numerosas familias de atletas sobre cuyos músculos flexibles y sobre cuyas marcadas venas se ven la juventud y la vida. ¡Sitios solemnes! ¡sombras venerables! los bosques descritos por César, Tácito y Marcelino, no pueden tener sino una débil semejanza con estas sublimes soledades, donde el sol de día y la luna y las estrellas de noche limitan la mirada y cuya vista imprime en el alma una melancolía indescriptible.


Mark the sable woods
That shade sublime your mountains nodding brow
With what religious awe the solemn scene.
Cominands your steps!

Si hacemos una comparación entre la fertilidad del suelo de Europa y el suelo peruano, debe decididamente darse la preferencia al segundo, aún cuando sólo se juzgue por las frutas originales que puede ostentar cada uno de estos países. Los árboles en el Perú son sumamente elevados y frondosos, sus frutas variadas, nutritivas y numerosas, mientras que Italia, que se considera como el jardín de Europa, en un principio sólo tenía bellotas, siendo exóticas todas las demás frutas. Sólo la India y el Brasil pueden ser comparados con   —23→   el Perú, en sus producciones, y no obstante la UNUELA, la UVILLA, la CHIRIMOYA y el IMPERIAL, sólo se reproducen en ciertos lugares del Perú.

Entre las maderas, se encuentran también las más raras y superiores en el interior del Perú, especialmente en la parte que limita con el territorio del Brasil. Y si Cortez fue acusado ante Carlos V de haber empleado en la construcción del palacio de México 7.000 vigas de cedro, y si se justificó respondiendo que era la madera común del país, la misma acusación se puede hacer a los Conivos y a los Setevos, y la misma disculpa deben dar estos habitantes del Ucayali que consumen por año mayor cantidad de esta madera en la construcción de sus canoas.

No es menos rico el Perú en la abundancia y variedad de sus producciones en el reino animal. Aún cuando el Conde de Buffon solamente da al Nuevo Mundo 70 de las 200 especies de cuadrúpedos que enumera en su historia natural, una observación más exacta de este continente demostró que tanto el autor como su copiante pueden con justicia ser acusados de inexactitud y de liviandad. Un escritor moderno, que tuvo enorme trabajo para poner en orden la confusión en que incurrió Buffon en esta parte, reconoce en su catálogo 182 especies, además de 40 que fueron desconocidas por aquel naturalista, sin contar con las que fueron llevadas a Europa. Pero, limitándonos al Perú, del cual nos ocupamos, es tanta la variedad de sus animales y tan peregrina su belleza, que la descripción de éstos ocuparía un lugar muy extenso y ajeno de este bosquejo.

Tal vez no exista lugar en el mundo donde se esmerase mas la naturaleza en ostentar creaciones más singulares y más útiles a la vida del hombre que en el Perú. ¿En qué otra parte se encuentra la vicuña, cuya lana maravillosa dio, en los ensayos que últimamente se hicieron en Inglaterra y Francia, el tejido más fino, el más vistoso y el más durable al mismo tiempo? ¿En qué otra parte se produce la CASCARILLA CALISAYA, de la cual se extrae el espíritu de quina, único y universal remedio para las fiebres intermitentes, y que por eso tiene tanto precio y tanta extracción para Europa? ¿En qué otra parte se encuentra aquel antídoto tan eficaz para el veneno animal, como la GUACA? ¿En qué clima, finalmente, se encuentra la COCA, esta hoja inestimable que   —24→   sirve al mismo tiempo para saciar el hambre y la sed y para dar vigor y fortaleza en los trabajos más penosos y en las regiones más mortíferas? Si hoy no se vuelven para el Perú las miradas del mundo civilizado, es porque aún en este siglo, en que tantos progresos han hecho las ciencias, no se tiene una idea completa de su importancia, habiendo sido esto la causa de las conmociones que lo hunden en la miseria.


As a region all unknown
Having treasures of its own
More remote from public view
Than the bowels of Peru.



  —[25]→  

ArribaAbajoCapítulo III

Industria


El sistema de la administración colonial de España, basado en el principio exclusivo de aumentar y eternizar la opulencia peninsular, dejó tan poca o ninguna libertad a las Américas, que no sólo impidió el progreso de la verdadera prosperidad de estos países, sino también destruyó virtualmente, durante los dos primeros siglos de su influencia, todas las facultades activas de sus habitantes. Entretanto, la naturaleza que al final triunfa sobre el poder convencional de las instituciones que la contrarían, hizo que el ingenio, cuya misión es caminar por una senda progresiva de adelantos, venciese en el Perú todos los obstáculos que le tendieron el error y la ignorancia. El pueblo peruano era un pueblo de hombres dotados de ingenio y de imaginación, mezclados con otra raza de hombres que, además de otras cualidades, tenían la de un gran vigor mental; el suelo que habitaban era un suelo fértil y ameno: algún día debía brotar el fruto de tantas ventajas.

A fines del siglo XIX, ya la industria había hecho grandes progresos en el Perú. En esa época existían grandes y numerosas fábricas de paños de estrella, de bayetas finas, de sombreros, de tocuyos, de cobertores, de azúcar, vino, aguardiente y aceite. Las bayetas, que eran de excelente calidad, se fabricaban para el consumo de los negros, de los mestizos y de una parte de los indígenas. Los paños de estrella, llamados así por su color oscuro, combinado con pintas blancas que le daban la apariencia de un campo estrellado, eran trabajados en menor cantidad; no obstante, su calidad era mucho mejor que la calidad de las bayetas: las clases pobres de la sociedad hacían consumo de este género.

  —26→  

En algunos de los obrajes o chorrillos, como también se llamaron los lugares destinados a la fabricación de toda especie de tejidos, se hicieron ensayos de paño fino, y el resultado mostró la capacidad industrial de los peruanos. Los paños de España, que habían servido de modelo a los propietarios y directores de las fábricas llegaron a ser imitados, si bien no los de primera calidad, por lo menos los de segunda. En varias ocasiones se enviaron a los virreyes Abascal y La Serna las muestras de estos tejidos, solicitándoles licencia para su fabricación y manifestándoles las ventajas que de ella obtendría el país; pero, sólo se consiguió una negativa completa, hasta que, excitado el celo de los comerciantes españoles y la indignación del gobierno, se acabó por prohibir esta especie de ensayos bajo las más severas penas. De no haber sido este sistema funesto por haber destruido con mano de fierro la industria peruana, se habría elevado ésta sin la menor duda, como en cualquiera de las naciones más florecientes del mundo: ninguna de las colonias españolas ofrecía tal vez mejores elementos para esta parte de la prosperidad nacional, localidades aparentes para el establecimiento de fábricas de todo tipo, abundancia de ríos, de vertientes, de maderas, de piedras; abundancia de materiales para los tejidos, tales como las lanas de vicuña, de paco, de llama, de alpaca, de oveja, de huanaco; algodón, y aun cáñamo; robustez, constancia y laboriosidad, entre los indígenas; un clima por último, benigno, considerando que ni el calor ni el frío intenso debilitan o reprimen nunca el vigor de las facultades físicas o mentales. No se necesitaba, por lo tanto, nada más que el beneficio de la libertad, para que estos elementos se combinasen y produjesen el desarrollo de la industria; sin embargo, el gobierno de España no supo ni quiso aprovecharse de ellos, y, desconociendo así sus propios intereses, hizo desaparecer aquellos medios de prosperidad que, manejados por otra administración más sabia y previsora, habrían conservado por más tiempo la primacía de la patria de Carlos V.

Los sombreros, si bien comúnmente de calidad inferior, en algunos lugares como Chucuito, Puno y La Paz, eran de confección similar a los de segunda clase de Europa, aunque de mayor duración y consistencia, por cuya razón eran muy cotizados y apreciados. Las varias lanas de que hablamos servían para otras tantas clases de sombreros.

Los tocuyos y bayetas se fabricaban en todas las provincias del Perú, los primeros de algodón para camisas, y los segundos   —27→   de lana para vestimenta de los indígenas y mestizos. Algunas de estas telas no dejaban de ser finas en su género, y la variedad de colores vivos y permanentes que tenían, de muestra el conocimiento de los peruanos en el arte de preparación y aplicación de sus tintes.

Los cobertores se fabricaban también en todas las principales poblaciones del Perú, y era éste uno de los géneros en que más se empleaban las lanas: eran tantas sus calidades, como provincias tenía el virreinato; pero los que se confeccionaban para regalo eran superiores tanto por su finura como por las vistosas guarniciones que los adornaban, representando generalmente las armas reales, emblemas de amor, flores, paisajes, todo eso con el mayor brillo y propiedad.

Los vinos y aguardientes se fabricaban en abundancia, aunque con alguna imperfección, a pesar de ser la uva del Perú una de las más deliciosas del mundo. Con todo, los vinos generosos de Moquegua, provincia de Arequipa, eran superiores al Feitoria do Porto; y el TACAR, fabricado en el pequeño valle de este nombre, en la misma provincia, tenía todo el aroma y suavidad del Madeira.

El azúcar fabricada en Abancay, provincia del Cuzco, fue llevada a la perfección, y, sin temor a ser desmentidos, podemos asegurar que la llamada imperial no tiene igual en ningún país; era purificada y cristalinizada de tal manera que tenía la albura del alabastro y la dureza de la piedra. Además de la extracción que se hacía de este producto para varias partes de América, continuamente se remitían a España grandes cantidades como regalo para los magnates. En tiempos posteriores, mandó el General Bolívar, de presente a Inglaterra, algunos panes como una de las cosas más exquisitas del país.

Estos eran los productos principales del Perú; sin embargo, como este país comprende en su vasto territorio muchas provincias, todas diferentes en clima, en producciones y en el carácter de sus habitantes, desarrollose aquella diferentemente, según las peculiaridades de estos lugares, sobresaliendo cada una en algún producto particular.

En la provincia del Cuzco, se distinguían sus industriosas mujeres en la labor de encajes, guantes, ligas, fajas, y cinturones. Los primeros eran de varias clases, pero todos ellos tan   —28→   excelentes y costosos que eran comprados a los más altos precios y cotizados en toda la América para los adornos de los paños sagrados, para las albas, para las camisas, para las toallas y para adorno de las vestimentas de los eclesiásticos y vestidos de señoras. Los guantes eran de suma belleza y de admirable delicadeza; extendidos, representaban la superficie de una agua cristalina ondeada por el viento, y, doblados, podía un par pasar a través de un anillo femenino. Los cinturones, las fajas y las ligas eran de seda matizados de lindos colores y entretejidos con hilos de oro y plata. En esta provincia también existían las grandes fábricas de pergamino, badana y gamuza.

En la provincia de Puno se trabajaban las bayetas, los ponchos y las mantas de bayeta de Castilla: las primeras eran iguales a la franela, y los segundos, hechos de lana de vicuña, mezclada con lana de llama, resistían los aguaceros más fuertes, sin que el agua llegase al cuerpo. Con ellos es que se hacen los viajes por las regiones heladas de los Andes; con los ponchos resisten los peruanos los rigores del invierno y desafían la nieve, el hielo y el granizo. Los indígenas laboriosos de esta provincia trabajaban y continúan trabajando esas costosas y elegantes mantas que duran medio siglo, y que en belleza rivalizan con las mejores de Turquía.

La provincia de Ayacucho, o antes Huamanga, sobresalía en los trabajos de la más delicada filigrana de oro y de plata; la de Junín en la curtiembre de pieles; y la de Lima en la fabricación del Pisco y del Moscatel; la de Arequipa en los bordados y en las lindas flores hechas a mano; la de Chachapoyas y la de Moyobamba en las petacas de paja y en los finísimos sombreros, que hoy en día no tienen rival en el mundo, y que se venden por un precio muchísimo más alto que los más finos sombreros de castor de Europa.

Todas estas obras y otras que no referimos, por ser de menor importancia, fueron, tan solo, producto del ingenio y de la industria de los peruanos, sin el auxilio de conocimientos acerca de las ciencias mecánicas y sin ningún aliento por parte del gobierno.



  —29→  

ArribaAbajoCapítulo IV

Agricultura


«En las regiones, dice M. Mollien, donde la leche de coco, la goma de la sensitiva, el tronco de una palmera, un dátil o un higo, bastan para llenar la mesa del hombre, siempre será errante la vida de éste, y nunca sus afecciones se atarán a ningún lugar, porque en todas partes encuentra el alimento que la naturaleza le prodiga con profusión: viajando sin cesar, es solamente de tiempo en tiempo que se sienta, descansa, come algunas frutas, duerme, levanta su carpa y se transporta a otro paraje. Pero, cuando se encuentra en una tierra donde le es necesario cultivarla para cosechar sus frutos, cuando se ve en la obligación de vivir de arroz, maíz, trigo o de otros cereales, por grandes que sean sus cosechas, se sentirá aferrado a sus campos y tendrá habitaciones fijas».

Este pensamiento se encuentra completamente comprobado en ambos extremos del Perú; en cuanto al primero en las tierras cálidas, y en lo que se refiere al segundo en las tierras frías y templadas. La naturaleza, que parece haber establecido una pequeña relación entre el carácter de un pueblo y los frutos que deben constituir su subsistencia, había provisto los valles de aquel país de vegetales que se sustraían al calor de mediodía, que buscaban la fresca sombra de los bosques, que requerían poco, o tal vez ningún cultivo, y que se reproducían anualmente dos o tres veces, todo apropiado al carácter indolente y lánguido de los naturales. Uniéndose a esta abundancia de raíces nutritivas y a esas frutas exquisitas y variadas que vimos en el capítulo anterior, las cuales estaban destinadas tanto a la alimentación del hombre, como a neutralizar los efectos de la zona tórrida, los habitantes de estas regiones favorecidas, sin ambición de mejorar o aumentar los frutos espontáneos   —30→   de la naturaleza, dejaban que ella produjese libremente sus dádivas, sin pensar nunca en destruir una de sus producciones para dar más vigor a otra. Dirigidos por la mano del azar, cosechaban, según la estación, aquello que la naturaleza había preparado para su alimento, y nunca pensaban en las ventajas que podía darles el cultivo de la tierra.

La prodigiosa abundancia con que crece la banana en las provincias de la costa parecía también anunciar que quería la misma naturaleza ahorrar a sus habitantes los trabajos de agricultura. Esta fruta, útil sin duda en los climas templados, porque puede en éstos ayudar al cultivo de la tierra, consagrando los brazos de un pueblo vigoroso, es casi siempre funesta en los climas ardientes, donde el calor excesivo enerva a sus habitantes y los convida al ocio, favoreciendo así su natural apatía. «En las planicies ardientes de América, dice M. Mollien, el plátano producirá los mismos efectos que en África produjeron los dátiles; hará una especie de Beduinos del Occidente, como éstos perpetuaron los de Oriente. ¿Y puede dudarse de esto, viendo la extraordinaria abundancia de este vegetal, la rapidez de su aumento y la facilidad de su cultivo?

Pero las templadas y frías regiones centrales, no obstante, dar la tierra de 80 a 100 por uno, eran constantemente cultivadas y mejoradas, por los brazos robustos de una multitud laboriosa de indígenas. Todo el año se veían los campos cubiertos de frutos: en una misma estación, estaba madurando una cosecha, sembrándose la otra, colectándose otra, y entretanto otra estaba aún verde; nunca el rigor o la inconstancia del tiempo engañaba las esperanzas del labrador, pues, aun cuando un accidente imprevisto destruyese sus trabajos en un lugar, eran fácilmente reparados sus funestos efectos por el producto de las ricas cosechas que se hacían a poca distancia, bajo la influencia de las constantes fatigas de un pueblo agrícola.

Así, aunque, en algunas partes del Perú, la misma fecundidad se oponía al progreso de la agricultura, podía sin embargo ella haber florecido bajo un sistema de administración más sabia que la española y con otros hombres más prudentes que la mayor parte de los que llevaron a aquellas playas los estandartes de la conquista; sin embargo, la sed de oro por un lado, y el principio exclusivo del engrandecimiento de la metrópoli por otro, hicieron que todas las atenciones se encaminaran enteramente a la acumulación de la riqueza metálica, y que de la   —31→   corte de España emanasen leyes absolutamente contrarias a la prosperidad de las colonias.

Ocupados los primeros conquistadores en acumular los despojos de los vencidos y en buscar los tesoros que encontraban en las huacas, y que juzgaban encontrarían eternamente; miraron con indiferencia y hasta con desprecio el cultivo de las tierras fértiles y el aumento de las preciosas producciones que en el Perú desfilaban ante sus ojos. Impidieron, por todos los medios imaginables, el aumento de la población, que es sin duda el primer elemento de la agricultura, puesto que la misma requiere brazos; reunieron a los indígenas en poblaciones que pusieron bajo la más estricta vigilancia de militares, sin permitirles formar ningún establecimiento propio ni aumentar sus posesiones, lo que necesariamente habría sucedido al concederles libertad para extenderse por el país y para entregarse a ocupaciones de su interés.

Las misiones que establecieron los Españoles en algunos puntos ventajosos del inmenso país que comprende el interior del Perú, no podían igualmente, en cuanto al verdadero desarrollo y progreso de la agricultura, haber suplido la falta de la influencia gubernamental, que iba disminuyendo en la misma proporción en que iba alejándose del litoral y de las capitales de provincias. Estos establecimientos cristianos, si bien por una parte hicieron gran bien a la humanidad, por encontrarse enteramente dependientes del poder monacal y extendiéndose su influencia tan sólo a la clase de los indígenas situados entre la vida pastoril de los colonos y la vida errante de los cazadores, no podían haber ofrecido ventajas muy positivas y duraderas a la industria agrícola, en un suelo fértil que ofrecía al hombre su alimento, sin necesidad de trabajo ni de estudio, en un país donde ninguna ley sabía había creado las costumbres, ni transformado el genio de los habitantes, ni contrapesado el poder del clima.

Pero, sobre todo, las leyes prohibitivas, la falta de libertad de la industria, fueron las que más obstaculizaron el progreso de la agricultura en el Perú y en todas las demás colonias españolas. En 1813, mandó la corte de España una orden mandando arrancar las plantaciones de viñas en las provincias del norte de México, porque los negociantes de Cádiz se habían quejado de la disminución en el consumo de los vinos de la Península. Algunos años antes, se había tomado en la Nueva Galicia, una medida semejante con respecto a varias plantaciones   —32→   extensas y florecientes de tabaco, y la misma, finalmente, se ejecutó posteriormente en el Perú.

El tabaco, que era un artículo de gran consumo, que produjo la mayor de las rentas del rey de España en sus posesiones de América, y que habría producido el doble a no ser por su sistema de administración, era absolutamente monopolizado por el gobierno en su venta. En cada provincia había un administrador general del tabaco, que tenía bajo su autoridad oficiales que residían en todas las ciudades y villas, llamadas estanqueros, los cuales tenían un almacén en cuya puerta estaban pintadas las armas reales, y ahí únicamente se podía comprar este artículo, como también las barajas sobre las cuales había igualmente un derecho establecido.

Para cultivar esta planta, era menester que el colono tuviese licencia expresa del administrador; y el terreno donde debía ser cultivado no podía estar a distancia que fuese favorable al contrabando, para cuyo impedimento habían guardias estacionados en puntos estratégicos. Toda la cosecha debía ser depositada en los almacenes reales y pagada a cierto precio fijo. Este artículo se vendía a los consumidores generalmente por un precio triple; y en los países donde el tabaco es objeto de lujo y es usado por todos los sexos y por todas las edades, bien se puede calcular cuánta ganancia obtenía el gobierno de este monopolio y de esta injusticia. Era, no obstante, un lucro efímero que, extinguiendo la industria, debía, por último, desaparecer enteramente.

A pesar de los defectos de esta administración, el establecimiento de los españoles en el Perú aumentó y mejoró la agricultura de este país en comparación a su estado anterior. Verdad es que, bajo el gobierno paternal y pacífico de los incas, ya se habían dado algunos pasos en el arte de cultivar la tierra, entretanto esos vegetales, esas raíces nutritivas, esos árboles fructíferos que, en las tierras cálidas, servían de adorno, ya sea en los bosques o en la belleza de las planicies, sin exigir ningún cuidado para su reproducción y abasteciendo las necesidades tanto del indio ambulante como de los que estaban reunidos en familias, eran un obstáculo que, en esta parte del antiguo Perú, se oponía constantemente al progreso de la industria agrícola para un pueblo aún nuevo, y que, en la serie de sus trece monarcas, se puede decir que acababa de nacer de las reliquias de otro pueblo.

  —33→  

La introducción de las semillas, plantas y árboles fructíferos de Europa, el método de cultivo de esta parte del antiguo mundo, y la introducción de los animales de Castilla, aclimatados los primeros y multiplicados los últimos, enriquecieron el suelo americano y dieron a la agricultura una nueva marcha más productiva y más regular.

El sistema de las reparticiones, a pesar de sus restricciones a la libertad, previniendo en cierto modo, las antipatías suelos aborígenes debían sentir, naturalmente, por los españoles, no dejó de producir algún beneficio ya que mientras los reducía al estado de siervos, les hacía ver como un bien entrar en la familia de sus señores. Estas alianzas dieron origen a poblaciones pacíficas que hacían multiplicar los frutos de la tierra bajo la doble influencia de la fecundidad del suelo y de los cuidados de la industria. El país entero presentó un aspecto completamente diferente, más lisonjero, más interesante. El morador de las quebradas, que veía con indiferencia crecer el café y el algodón, que miraba caer las ricas semillas del cacao, y que se limitaba solamente a cuidar los platanales o a cortar la caña de azúcar con cuyo jugo se alimentaba, sintió por la primera vez el deseo de aumentar esta bellas producciones, y consagró sus ociosos brazos a su cultivo y mejoramiento; el habitante de las regiones frígidas que antes seguía solitario los pasos del llama por entre las grietas y asperezas de las montañas, y que apenas le trasquilaba la lana para tejer su manta, se dedicó a pastar las manadas de ovejas y de vacas, y reuniéndose en pesebres y estancias, dirigió sus cuidados hacia el beneficio del queso, de la manteca, de las lanas y de tantos otros objetos de riqueza y de regalo. Estas vastas planicies que se extienden alrededor de las faldas elevadas de los Andes, que antes, durante muchos meses, presentaban el aspecto melancólico y triste del invierno, se vieron, por lo menos en algunos de sus parajes, cubiertas de mieses y de ricas frutas. Esas regiones, por último, abrasadas por el ardiente sol, se fertilizaron y se refrescaron con las abundantes aguas de la nieve que se apartaron con arte de sus canales naturales, dirigiéndose por acueductos sinuosos a muchas leguas de distancia. El arado substituyó la chaquitaclla, la reja de fierro remplazó la pala de chonta, las fatigas de la epesata se unieron a las fatigas del labrador, y los sudores de éste fueron aliviadas con la canga.

Bajo la influencia benéfica de estas innovaciones, con el deseo de los goces y de las comodidades de la vida que fue   —34→   aumentando progresivamente con el tiempo y con las ventajas de un suelo fértil y de un pueblo naturalmente robusto, pacífico y dedicado al trabajo, también se fue regularizando gradualmente la agricultura, hasta llegar a fines del siglo XVIII a un estado comparativamente floreciente. El maíz, el trigo, la cebada y la cascarilla en las regiones centrales; el café, el cacao, el arroz, el algodón, el tabaco y la uva en las provincias de la costa; no obstante, haber reservado España para si el derecho de proveer América de vinos, eran los artículos principales de la agricultura en el Perú, fuera de otros de menos importancia y menor consumo.

La tierra adecuada para el cultivo de trigo y para la cría de ganado mayor, con treinta cuerdas de largo por quince de ancho, valía en aquella época mil pesos en las regiones frías y trescientos en las cálidas. Cada cuerda tenía setenta y ocho varas, y cada vara treinta y siete pulgadas castellanas. La tierra apropiada para el trigo, y que al mismo tiempo pudiera servir para la alimentación del ganado menor, valía, en los países fríos, quinientos pesos, teniendo doce cuerdas de largo por seis de ancho.



  —35→  

ArribaAbajoCapítulo V

Comercio


El sistema comercial del Perú, como el de todas las colonias españolas, tenía la misma organización de las otras partes de la administración colonial. El antiguo principio de que las colonias sólo debían existir para el engrandecimiento de la madre patria, se hacía sentir en cualquier lugar; sólo se perseguía el fin único de entregar en manos de los españoles todos los tesoros de América, prohibirse a los americanos la facultad de crear los objetos de consumo que España no producía y de comprarlos directamente a otras naciones. Ningún habitante de América meridional podía tener un barco ni recibir cargamentos en consignación; ningún extranjero podía residir en el país, no habiendo nacido en España; estaba vedada la circulación, en las colonias, de todo capital que no perteneciera a un Español; estaba prohibido a todo barco extranjero entrar, bajo cualquier pretexto, en los puertos de la América española, y ¡hasta se negaba aquella hospitalidad que es deber ofrecer a todo barco que sufrió una desgracia! y, en el caso de ser esta cruel prohibición infringida por algún barco que a eso fuese obligado por la necesidad, ¡era tomado prisionero y su tripulación llevada a la cárcel! En cierta ocasión, habiéndose un bar co español encontrado por casualidad, a los 38 grados de latitud, con un navío inglés dedicado a la pesca de la ballena, llenó de tanto terror este acontecimiento fortuito a D. Theodoro Croix, virrey del Perú y de Chile durante los años de 1789 y 1790, que inmediatamente ordenó a todas las autoridades, desde Guayaquil hasta Iquique, se vigilasen con todo cuidado todas las embarcaciones extranjeras que pudiesen pasar cerca de los puertos. Y no es éste el único ejemplo que se pueda citar.

  —36→  

A fin de asegurar la prohibición del comercio, se declaró, bajo pena capital, que nadie, sin excepción, tenía facultad para comerciar con extranjeros, y que nunca éstos serían recibidos en el país; los mismos españoles no podían aparecer en las colonias sin autorización especial por tiempo limitado; los habitantes del país no podían comunicarse unos con otros, porque se temía que las relaciones mutuas facilitasen el progreso de los conocimientos.

Para establecer de una manera estable estas odiosas prohibiciones, que tantos obstáculos podían contrariar, recurrió el genio administrativo a un medio para degradar a la población entera: se llenó el país de agentes activos y experimentados con gran interés en mantener este estado de cosas. Asegura el Dr. Humboldt, que habían más de trescientos mil españoles de éstos en las colonias.

Los cobros injustos y violentos conocidos por el nombre de tasas, diezmos y alcabalas, formaban también una de las ramas del sistema comercial. Los derechos impuestos sobre los metales preciosos, si bien al principio fueron reducidos por la imposibilidad de conocer su importe verdadero y nominal, fueron, hasta el último momento de la dominación española, un gran y formidable obstáculo para el comercio y la industria en general. El tabaco, la sal, la pólvora, el azogue, pertenecían exclusivamente al monopolio real; el pueblo no podía obtener estos productos en proporción a sus necesidades, ni aun por un precio infinitamente superior a su valor real; y el gobierno se privaba voluntariamente de una inmensa renta que, sin duda, le habría ofrecido un sistema menos extenso.

La terrible alcabala, el más humillante de los impuestos, porque, se ejercía sin límites y sobre todo tipo de mercadería, pesaba funestamente sobre todas las clases, y era uno de los más grandes obstáculos para el comercio. Nada escapaba al diezmo; y todos los habitantes, bajo pena de perder el fruto de sus trabajos y otros derechos, se veían obligados a comprar cierto número de bulas. Un individuo, por ejemplo, que no llevase consigo su certificado de confesión, se veía privado de la absolución en el lecho de muerte, su testamento era nulo y sus bienes confiscados.

En proporción a esta poco o, tal vez, ninguna libertad, el comercio a fines del siglo XVIII, se encontraba en el   —37→   siguiente estado. Estaba dividido en tres ramificaciones: el que se hacía por mar con la metrópoli y con las islas Filipinas, el que se efectuaba por la costa con Guatemala y Chile, y el que se hacía por tierra con las provincias del Río de la Plata. El valor de los artículos de exportación, que consistían en azúcar, lana de vicuña y de carnero, algodón, pimienta, cascarilla, cacao y vainilla, se elevaba a treinta y un millones y doscientos mil pesos; el valor de las exportaciones para Potosí y para las provincias del Río de La Plata, subía a más de dos millones de pesos anuales, y el de las importaciones a ochocientos y sesenta mil, además del resultado del transporte que quedaba en favor del Cuzco y de Arequipa, lugares por donde se efectuaba este comercio. Los géneros de exportación para el Río de la Plata consistían en aguardiente, vino, maíz, azúcar, pimienta, añil y tejidos de lana, sumando sólo el primero de estos artículos más de un millón de pesos; y los géneros de importación de Buenos Aires consistían en ganado menor, cueros, lana, hierba del Paraguay, algún estaño de Cochabamba y veinte mil mulas que se traían cada año para el servicio de las minas. Los artículos principales que se exportaban para Chile eran mercaderías de Europa, importadas primero en el Callao, tejidos de lana, azúcar, añil de Guatemala, sal, algodón y otros productos. Los artículos de importación eran trigo, cobre, esclavos, vino, cebo de Paraguay, carnes saladas y maderas de construcción. Las exportaciones a Panamá consistieron de tejidos de lana, azúcar, harina; y las que se hacían para Sao Braz eran vino y aguardiente. Pero, desde principios del siglo XIX, el comercio del Perú, así como el de las demás colonias españolas, tomó una extensión mayor y más ventajosa para el país. Desgraciadamente para el sistema de la administración colonial, el peso de las cadenas no había ahogado en el alma de los americanos todas las centellas de la razón: reconociendo ellos que sus dominadores no podían ni querían suministrarles aquello que necesitaban, apelaron, por último, a otras naciones, y éstas no tardaron en ofrecerles su ayuda. Navíos armados y guarnecidos de fuertes tripulaciones abrían a la fuerza, en la costa, entrada a sus productos, luchando con ventaja, en caso de necesidad, contra las guarniciones de las costas y contra los barcos españoles que impedían su acercamiento. Los holandeses, los portugueses, los franceses, los ingleses, y en último lugar los americanos del norte, fueron los que organizaron este extraño sistema de comercio armado. De esta manera se abrió la salida de los productos extranjeros para el Perú y para toda la América meridional. En la lucha sorda, pero irresistible,   —38→   de la naturaleza contra la metrópoli, la necesidad de comodidades, sentida y comprendida por la población contribuyó poderosamente a los esfuerzos que se habían tentado. Independientemente de las mercaderías extranjeras, el contrabando trajo consigo al seno de las colonias el germen de los conocimientos y con éste el gusto por la elegancia en los trajes y vestidos, en los muebles, en los adornos y en todos los demás objetos pertenecientes a la vida social: fue en vano que la Inquisición desplegase sus rigores, y que la curia romana, coadyuvada por el gobierno, redoblase su vigilancia y se armase de la espada de las leyes. Rápidamente los extranjeros, ya por medio de la corrupción, o por medio de los artificios, penetraron en el país; la inteligencia humana hizo progresos en las variadas ramas de la civilización, a pesar del gobierno y de sus agentes, que despreciando la opinión pública, consideraban la fuerza como el único elemento de su administración.




ArribaAbajoCapítulo VI

Literatura


La literatura, entre todas las naciones del mundo, ha sido la obra lenta del tiempo y el fruto tardío de los esfuerzos continuados del carácter nacional. En los primeros tiempos, algunas almas privilegiadas, algunos entendimientos creadores, fueron produciendo de cuando en cuando varios fragmentos bellos o algunas obras acabadas. Vinieron después otros genios que los imitaron o los aumentaron con otras obras; y todas estas creaciones, ya nativas, ya imitadas de escritores de otra antigüedad y de otros países, acumuladas en el transcurso de los años, forman la literatura nacional de un pueblo.

Ninguna nación, sin embargo, formó su literatura sin el auxilio de otra u otras que la precedieron o fueron sus contemporáneas; ningún siglo levantó sus monumentos literarios sin haber tomado los materiales de otro u otros que lo antecedieron; ninguna de las grandes épocas del orbe literario, por último, por grande que haya sido su duración, se encuentra independiente y segregada de las otras. Si no hubiera existido la Iliada, nunca el poema de Virgilio hubiera aparecido en su forma presente; y, si Virgilio no hubiera legado sus escritos a la posteridad, no habría tenido la literatura de Europa a Dante, que la une con la literatura antigua.

Así, en la marcha de las letras, vemos esta gran ley de la humanidad, la ley de la progresión, no de una progresión gradual y uniforme, y si de un progreso permanente, en que cada época lega a la siguiente cierta porción de sus triunfos adquiridos sobre los obstáculos que le obstruyeron el progreso en las ciencias, en las artes, en las letras, etc. De estos triunfos

  —40→  

ues, y del progreso que en este sentido hicieron los peruanos en tiempo de la administración española, es que tratamos de dar una idea ligera en el presente capítulo.

La administración colonial que, como vimos en los capítulos anteriores, tan funesta fue para todas las ramas de la prosperidad americana, fue aún doblemente absurda en la parte que se refiere a la ilustración de los pueblos. El cuadro general de su marcha en este punto, durante el largo período de su dominación, de tal modo lleva consigo el sello de la opresión mental, que dio origen a que algunos escritores transatlánticos, alejados por inmensa distancia de las playas del Pacífico, dudasen hasta si los aborígenes pertenecían o no a la especie humana.

Cualquiera que se detenga en el principio de la conquista del Nuevo Mundo sólo verá un fraile inquisidor y un verdugo, aquél señalando la víctima con su dedo de fuego, éste ejecutándola inmediatamente; y esto no era más que un salto entre el hombre que tan mal representaba la religión y el que mancillaba la conquista. ¡Nunca se abusó tanto de la fuerza del guerrero ni de la santa voz del Evangelio! Acababa España de unir a su trono cien tronos más, acaba de agregar a su corona el mejor brillante del universo; y, para no desprenderse de él jamás, quiso aprisionarlo con cadenas de bronce que nunca se rompieran. Leyes penales escritas con sangre, tribunales sin apelación en sus sentencias, vedaban el estudio de las ciencias y el cultivo de las letras; todas las tendencias intelectuales, todas las propensiones de la imaginación estaban interceptadas por una barrera que sólo pudieron romper el tiempo y el vigor del ingenio. Maniatado el peruano con tan fuertes cadenas, lisonjeado por otro lado por las caricias de la paz y de la abundancia, en medio de la profusión de las comodidades de la vida, en el seno de los placeres, de los espectáculos, de las diversiones, no pensaba sino en la presencia de estas fruiciones, y ni aun su alma adormecida podía elevarse a las altas regiones de la inteligencia; entonces sólo se contentaba con ver el esplendor de su sol meridiano y rememorar allá en su estancia las glorias de la metrópoli. Los cantos del trovador castellano, los celos de un moro, las delicias del harem y los recelos de un sultán llenaban esos días aburridos y entretenían una multitud de oyentes.

Después de un siglo de este letargo, decidió por fin la   —41→   corte de España dar un programa de estudios para sus colonias, movida tal vez más por la filantropía ilustrada de algunos hombres superiores a su siglo que se encontraban en el Consejo de las Indias, que por el deseo de dar a los americanos algunos rayos de la luz que iluminaba Europa. Ya esto era un paso en la carrera de las generaciones americanas; ¡cuánta distancia existía mientras tanto entre ese paso y los grados intermedios de la columna de ilustración que debía levantar el mundo de Colón! Este plan tenía los defectos de la educación literaria de la madre patria, y además de eso estaba elaborado de modo que nunca pudiesen los americanos mirar más allá de un débil crepúsculo.

En las escuelas primarias se enseñaba a leer a los niños en libros de historias inverosímiles, de milagros portentosos o de asuntos de devoción, con principios más propios para hacerlos hipócritas que hombres de juicio. Se enseñaba al padre a pensar que su hijo había cumplido todos sus deberes, cuando éste podía repetir de memoria algunas oraciones y cuando podía disertar sobre su catecismo, el cual, aunque excelente en sí, no bastaba para hacer de él un hombre íntegro, ni para orientarlo en los preceptos de la moral cristiana, ni para hacerle conocer sus deberes para con la sociedad y para con la patria. En esta primera enseñanza de la juventud, en vez de enseñar al niño la moderación, que es la primera prenda del saber, se le inculcaban ciertas frioleras de vanidad y presunción que lo hacían abusar de las prerrogativas del nacimiento, cuyo objeto no conocía, y cuyo principio se fundaba en ostentar un orgullo loco al hablar de la nobleza de sus progenitores, ¡como si sobre él reflejase el mérito de esos antepasados! Apenas acababa de aprender a leer, comenzaba luego las clases de latín, donde se le enseñaba esta lengua, antes de saber su propio idioma y de ser capaz de escribir correctamente una carta. Las reglas y las combinaciones de la aritmética le eran desconocidas; lo hacían estudiar la filosofía de Aristóteles, las instituciones de Justiniano y la teología de Gonet y de Lárraga.

De estas aulas, pasaban los jóvenes a las academias y a los colegios, que no tenían mejor sistema de educación. Las tesis que se presentaban y los temas que se defendían estaban guiados por la mística y rancia filosofía de las viejas escuelas; la lógica no era otra cosa que la jerigonza de la argumentación silogística; la ética se destinaba a probar causas sobrenaturales; las categorías hipotéticas ocupaban el lugar de la moral y de los conocimientos prácticos; las operaciones   —42→   de la investigación analítica eran ignoradas; fundando principios sobre falsas deducciones y admitiéndose fenómenos y seres imaginarios sin relación alguna con las leyes de la naturaleza. Todo el conjunto de este sistema se encontraba consignado en los claustros de los conventos, de donde salían los estudiantes maestros en la jerigonza escolástica, llenos de pensamientos abstractos y de ideas anticuadas que no podían ser aplicables a los fines de la vida ni al desempeño de los deberes sociales.

Los acontecimientos del mundo antiguo, los sucesos políticos de Europa, eran absolutamente ignorados en las playas del Pacífico. La GACETA DE MADRID, escrita en contraposición a la francesa, era el único medio por el cual se difundían las noticias acerca del estado de aquellos países y de los acontecimientos de la invasión de Bonaparte en España; y aun esta misma circulación era en extremo limitada. Las clases bajas, que seguían a las altas, pues en las colonias al igual que en la metrópoli, no se conocían clases intermedias, estaban condenadas a no recibir el más leve indicio de estos asuntos, que misteriosa y enfáticamente se llamaban asuntos de estado.

Estaba prohibida la importación de libros por el gobierno y su lectura por la inquisición, en cuyo último índice expurgatorio de 1790 estaban designados con especialidad Robertson, Hume, Shakespeare, Corneille, Racine, Voltaire, Rousseau, Boileau, y una infinidad de los más grandes escritores de Europa. ¡La inquisición! este tremendo tribunal, cuyo origen se remonta al siglo XII, en tiempo de Inocencio III, y que, habiendo al principio sido establecido solamente para conocer las causas de la herejía, se extendió después hasta convertirse en tirano del pensamiento humano y soberano de los reyes; ¡y fue también a escribir sus autos de fe sobre los acantilados de América y encender sus hogueras en la tierra de pueblos inocentes!

En medio de tantos obstáculos, no eran de esperarse grandes progresos de los peruanos en las letras; sin embargo, como es imposible que el entendimiento humano permanezca para siempre esclavizado en ninguna parte de la tierra, fue la fecundidad del ingenio peruano abriendo insensiblemente un camino al pensamiento a través de los días y de los años que transcurrían tranquilos, hasta que, minadas así las murallas de la tiranía mental, sin que aún percibiera esto   —43→   la administración española, comenzaron a ponerse en contacto las ideas nacidas en el asilo de las meditaciones solitarias.

La naturaleza física y moral fueron producto del concierto de esta revolución lenta pero feliz. La raza india dotada de inteligencia caracterizada por una fuerte originalidad, capaz de raciocinar con asombrosa exactitud ante los objetos externos y de recibir y retener las más vastas impresiones, fue injertada con la raza de un pueblo cuyo genio fiero y altivo, cuyo carácter independiente y cuya razón fuerte y superior, hicieron de él el primer pueblo de Europa. El peruano, nacido de esta feliz mezcla, heredero de tan variadas y tan bellas cualidades, como imaginación, agudeza, sensibilidad a esa dulce melancolía, creadora de los grandes asuntos, debía haberlas ejercitado en medio de una naturaleza que le sonreía y le convidaba a todos los goces del alma, desde los más pasivos y suaves hasta los más elevados y activos.

La soledad del bosque, en sus susurros, debía pues decirle alguna cosa que él escuchaba y comprendía; la corriente tumultuosa de los ríos le murmuraba también palabras desconocidas, y las sombrías ropas de la noche representaban igualmente sombras de varios colores susurrando en voz baja, como la oración fúnebre de los muertos. La selva, llena de vigor, por donde nadie había atravesado, parecía sonreír a la libertad de pensamiento; los ríos, desenvolviéndose en sus sinuosidades cristalinas, decían igualmente: «¡Tu alma es libre como lo son mis aguas cuya corriente nada estorba! Eran las osamentas de las pasadas generaciones que venían a espantar a sus déspotas y a inspirar a los descendientes de los incas luz y libertad. Todos estos ruidos misteriosos que llegaban a los sensibles oídos del americano, debía escucharlos el peruano adormecido por el plácido reposo de la esclavitud; y también debieron sus ojos alzarse hasta las cumbres de la cordillera donde todo parece decirle: «Mira lo Eterno!».

Complementándose así el hombre con la naturaleza, el genio con la tierra, fue como en el Perú brotaron los primeros gérmenes de las bellas letras, los deseos y las impresiones para después producirlas. Y esto no podía dejar de ser así, como ha sido siempre que se reunieron tan felices circunstancias. Desde el principio, los griegos mostraron ingenio en las composiciones de lo bello y de lo grande, e hicieron obras primas, porque encontraron en su suelo, en su clima y en su genio   —44→   el principio de ese bello ideal, esa poética, esa lógica de todas las bellas artes y bellas letras. Y si sólo existe una especie de bello ideal, si no hay más que una poética y una lógica para componer lo bello, sea con los sonidos, con los colores, con las formas, o con las combinaciones complicadas de formas, de colores y de sonidos, que se llaman sentimientos e ideales; si las bellas artes, en fin, no son otra cosa que los diferentes dialectos de una misma lengua, de la lengua sagrada de lo bello; estando colocados bajo la influencia de un clima venturoso, en medio de un país magnífico y variado, donde encontraban a cada paso estas formas, estos sonidos, estos colores, ¿no habrían los peruanos recibido las impresiones y despertado al sentimiento de lo bello y verdadero? Y en las bases de los Andes, en cuyas faldas ondea la melancolía y sobre cuyas cumbres existe lo sublime, ¿no habrían recibido las impresiones de la poesía?

En esta operación lenta y constante del genio y de la naturaleza, fueron disipándose imperceptiblemente las tinieblas de la ignorancia y desmoronándose los cimientos del grotesco edificio de la tiranía mental, hasta que después de transcurrir dos siglos se abrió a la patria de los incas un horizonte sin sombras, en el cual se comenzaron a observar algunos astros luminosos. Entonces ya las bellezas de la elocuencia, y los encantos de la poesía cautivaban la atención de los peruanos. El estudio concentrado del latín y aun del griego, que ya era conocido y enseñado por algunos jesuitas, hizo conocer y amar a Virgilio y a Homero; el galanteo español encontró un incentivo en Ovidio, la sensibilidad americana encontró sus delicias en Tíbulo y Propercio, y el carácter apasionado del peruano bebió la vehemencia de sus ardores en las odas de Safo. La elocuencia del púlpito, cuyo primer maestro en el Perú fue el virtuoso Las Casas, y cuyo dominio encontró un campo ilimitado en el entusiasmo religioso de un pueblo devoto, hizo conocer a Bossuet y Fenelon, Massillon y Bourdanloe: estos ilustres maestros corren el velo de los misterios de la oratoria; y he aquí como la alianza de la religión con las humanidades abre nueva era de luz a la razón.

No es, sin embargo, aquí que se detiene este progreso de las letras, ni son únicamente la elocuencia y la poesía que forman el campo de sus conquistas; este primer paso es el precursor de lo que sucederá en la filosofía, en la moral y en la religión como una consecuencia del enlace íntimo de todas las ramas del saber. El gobierno nota este cambio que lo   —45→   sorprende y espanta, redobla las prohibiciones y da nuevas leyes; pero son ya vanos todos sus esfuerzos en una generación carcomida que se arroja al desarrollo de una generación nueva y vigorosa. Las prohibiciones, aumentando la curiosidad, dan paso al deseo de la instrucción; en el silencio de la noche se invocan los antiguos, y en la soledad de los retiros reciben los modernos el homenaje de la razón. Pascal y Mably son devorados, y Bacon y Locke memorizados; Voltaire y Rousseau, genios expatriados de España, y que su patria consagra en el altar de la inmortalidad, son convertidos en códigos del pensamiento, no para tributar homenaje a sus doctrinas irreligiosas, y sí para recoger las flores de su literatura. Francia, nación de luz y libertad, que llevaba sus productos a todas las partes del globo, excepto a la América meridional, y que cultiva también las semillas de Alemania e Inglaterra para después esparcirlas por el mundo entero, hace llegar al antiguo imperio de los incas los frutos del trabajo de su incesante expansión. Aparece, entonces, el Perú, a principios del siglo XIX, con una fisonomía particular y una literatura propia.

Las obras de poesía, de elocuencia, de filosofía, de moral y de otros géneros, escritos en volúmenes completos o en composiciones sueltas, impresas o inéditas, desde mediados del siglo XVIII hasta la guerra de la independencia, forman la literatura de la primera época del Perú. Entrar en la enumeración y en el examen minucioso de todas estas composiciones sería una tarea que no estaría de acuerdo con la brevedad de este bosquejo, ni nosotros la podríamos emprender ante la distancia que nos separa de la patria, y sin los documentos y materiales necesarios para hacerlo. Así pues, nos limitaremos únicamente a indicar algunas de las obras principales y más originales de esta época y a dar una ligera idea de los peruanos que las escribieron.

El virrey Abascal fue para el Perú lo que fue Luis XIV para Francia, y la época de su gobierno el siglo de oro de los peruanos. Bajo la influencia de este ilustre protector de las letras, que no sólo alentó a los talentos, aun contrariando las instrucciones del gabinete de Madrid, sino que también se juzgó honrado en recibir el título de presidente de la sociedad literaria que se formó en Lima: florecieron la literatura y el ingenio peruano, si es que se puede aquella palabra aplicar a la libertad con que se escribió, y al aprecio y utilidad con que   —46→   se leía el escrito, en esta época, dentro del recinto de una colonia sujeta al cetro de otra nación.

Entre los literatos más antiguos que se distinguen en esta primera época de la literatura peruana, y cuyas obras fueron publicadas, el que más destaca es el jesuita D. Paulo Viscardo Guzmán, natural de Arequipa, capital de la provincia del mismo nombre, que murió en Londres, en 1799. Nutrido de las profundas investigaciones de su alma fecunda y con las obras de los clásicos griegos y romanos, adquirió inmenso caudal de conocimientos, juntamente con una riqueza de expresión, una energía de pensamiento y un brillantísimo de estilo que le valieron una justa celebridad, puesto que la apatía en que cayó el espíritu literario del Perú, ante los golpes de la revolución, hubiera dejado confundidos sus escritos entre los grandes folletos o los libri elephantini de la edad media. Entre estos escritos, merece particular mención la extensa carta que escribió dirigida a los americanos, manifestándoles los vejámenes y las crueldades del gobierno español e incitándolos a sacudir el yugo de su opresión. Si se considera la época en que fue escrita esta inapreciable pieza y la naturaleza de los libros que llenaban los estantes de las bibliotecas de los conventos, que, al igual que los registros de los ciudadanos romanos, cuando éstos se elevaban a millones, contenían poco más que catálogos de cosas y pensamientos y nombres, en palabras sin medida y casi siempre sin sentido, se podría decir que fue ésta la primera flor que brotó en la aridez o en el oasis del desierto. Para darnos una idea de este escrito, ya que lo encontramos casualmente, copiaremos algunos de sus párrafos.

Después de largas observaciones sobre el merecimiento de los primeros españoles y sobre el abuso que de sus conquistas hizo la metrópoli, dice: «Nuestra misma locura estuvo forjando las cadenas con que España nos sujeta a su carruaje humillante; y, si no las rompemos a tiempo, no nos quedará otro recurso que arrastrar con paciencia tan ignominiosa esclavitud».

«Si nuestra presente condición fuese tan desesperada como es penosa, sería un acto de piedad ocultarla a nuestros ojos; sin embargo, teniendo nosotros en nuestras manos el más seguro remedio, vamos a correr el velo a este espantoso cuadro y a examinarlo con la luz de la verdad. Nos dice ésta que toda ley que se opone al bien general de aquellos para   —47→   quien fue hecha es un acto de tiranía, que exigirse el cumplimiento de semejante ley es legitimar la esclavitud, y que una ley que tendiese a minar las bases de la prosperidad nacional, sería monstruosa. A más de esto, un pueblo al cual quitasen su libertad personal y la libertad de disponer de su propiedad, mientras que todas las naciones de la tierra han considerado, en circunstancias iguales, que extender esta libertad era de vital importancia para su interés; un pueblo como éste, es evidente que se encontraría reducido a un estado de esclavitud que no podría imponerse ni aun al enemigo en el frenesí de la victoria».

Después de establecer estos principios, entra el autor citado a aplicarlos a la situación recíproca de las Américas con Europa. «Para honra de la humanidad, mejor es pasar en silencio los horrores y las crueldades de otro comercio exclusivo, conocido en el Perú por el nombre de repartimientos, que los corregidores y los alcaldes reclamaban para la ruina de los desgraciados indios. Qué admirar sí, con tanto oro y con tanta plata con que casi llenamos el universo, ¿tenemos apenas con qué cubrir nuestra desnudez? ¿De qué nos sirven tantas y tan fértiles tierras, si carecemos de medios para cultivarlas, y si aun, en caso de tenerlos, es inútil hacer más de lo que es necesario para consumir en el día? Tales beneficios que nos dio la naturaleza no hacen más que acusar a la tiranía que nos priva de coger los frutos, repartiéndolos con otro pueblo...»

«Lancemos una mirada sobre nuestra desdichada patria, si merece este nombre el suelo teñido de sangre que nos dio el ser; y por todas partes encontraremos la misma desolación, la misma avaricia insaciable, el mismo tráfico abominable, de injusticia y falta de humanidad por parte de los agentes sanguinarios del gobierno. Consultemos los anales de tres siglos; ellos nos descubren la ingratitud de la corte de España y su traición al no cumplir con sus compromisos contraídos, primero con el gran Colón, y después con los demás conquistadores que le dieron el imperio del Nuevo Mundo, sobre condiciones solemnemente estipuladas; ellos nos muestran la suerte de aquellos hombres magnánimos, cubiertos de oprobio, perseguidos por la envidia que los calumnió, cargados de cadenas y dando sus últimos suspiros en medio de la miseria!».

Hablando más adelante de la expulsión de los jesuitas, dice: «La expulsión y la ruina de los jesuitas, según todas las probabilidades, no tuvieron otro origen que la fama de sus   —48→   riquezas; agotadas éstas, el gobierno, sin dolor ni compasión por la desastrosa situación a que nos redujo, quiso entretanto aumentar más sus nuevos impuestos, particularmente en la América del Sur, donde tanta sangre costó en el Perú en 1788. Hoy gemiríamos aún bajo el peso de esta opresión, si las primeras llamas de una indignación largo tiempo oprimida no hubieran forzado a nuestros tiranos a desistir de sus extorsiones. ¡Generosos americanos del nuevo reino de Granada! si la América española os debe el noble ejemplo de intrepidez que siempre se debe oponer a la tiranía, y si su nuevo esplendor aumentó su gloria; está escrito en los anales de la humanidad que nosotros veremos grabado con caracteres inmortales que vuestras armas defendieron a nuestros compatriotas, los pobres indios, y que nuestros nobles diputados estipularon en favor de los intereses de éstos, ¡con el mismo celo que si fuera para ellos mismos! ¡Pueda vuestro magnánimo proceder ser una lección útil para toda la raza humana!

«Las muchas regiones de Europa a que la corona de España se vio obligada a renunciar, como el reino de Portugal, enclavado en el compás de la misma España, y la celebrada república de las Provincias Unidas, que sacudieron su yugo de fierro, nos dicen que un continente infinitamente más grande que España, más rico, más poderoso, más poblado, no debe depender de aquel reino, cuando se encuentra a una distancia tan inmensa de ella, y menos por haber sido reducido a la más dura esclavitud.

El valor con que las colonias de América inglesa combatieron por su libertad, de que gloriosamente gozan, cubren de vergüenza nuestra apatía; nosotros les cedemos voluntariamente la palma de ser los primeros que coronaran el Nuevo Mundo con su soberana independencia. Unase a esto la solicitud con que España y Francia coadyuvaron a la causa de los Angloamericanos; y este hecho servirá para acusarnos de criminal insensibilidad: despierten al menos los sentimientos de honra nacional por los ultrajes que hemos sufrido durante tres siglos!...

Ya no tenemos más pretextos para justificar nuestra resignación; y, si sufrimos por más tiempo el yugo que nos oprime, con razón se dirá que nuestra cobardía lo mereció, y que nuestros sucesores, arrastrando las cadenas que podíamos haberles evitado, nos llenarán de maldiciones.

  —49→  

Ha llegado el momento, debemos aprovecharlo con todos los sentimientos de gratitud para con el Dios Santo que nos lo ofrece; aun cuando tan débiles sean nuestros esfuerzos siempre de ellos nacerá la libertad, este precioso don del cielo, acompañada de todas las virtudes y de todos los gérmenes de la prosperidad.

Este triunfo será completo y costará muy poco a la humanidad: la debilidad del único enemigo que tiene interés en oponerse a él no le permite emplear la fuerza abierta que apuraría su caída. Su principal apoyo consiste en las riquezas que saca de nuestro suelo y de nuestro trabajo; debemos privarlo de ellas y aplicar nuestra defensa: su ira será impotente. Nuestra causa es tan justa, tan favorable al bien del género humano, que muy poca probabilidad hay de encontrar entre otras naciones una sola que se quiera cubrir de infamia al combatirnos, a que renunciando a sus propios intereses, quiera oponerse a la libertad de un pueblo entero. El sabio y generoso español que hoy gime en silencio bajo el peso de la opresión, aplaudirá él mismo nuestra magnánima empresa. Veremos revivir la gloria nacional en un inmenso imperio, lo veremos convertirse en el asilo de todos los españoles que, además de la fraternal hospitalidad que siempre nos merecieron, estarán en condiciones de respirar, en el futuro, el aire puro de la libertad circundada por los rayos de la razón y de la justicia.

¡Quiera Dios que ese día brille, no sólo sobre la América, sino también sobre el mundo entero! ¡día en que el reinado de la razón, de justicia y de la humanidad triunfe sobre la tiranía, la opresión y la crueldad! ¡día en que las lágrimas, los infortunios y los lamentos de 18 millones de hombres cedan paso a los goces de los beneficios del Creador, cuyo nombre sagrado ya no servirá de pretexto a los actos de la tiranía! ¡Qué espectáculo tan interesante y grandioso nos presentarán entonces las fértiles playas de la América actual, cubiertas de hombres de todas las naciones, intercambiando las producciones de su país por las nuestras! ¡Cuántos de ellos no vendrán, huyendo de la opresión y de la miseria, a enriquecernos con su industria y a reparar nuestra destruida población!

¡Pueda así la América unir las extremidades de la tierra, y puedan sus habitantes, unidos por un interés común, formar una gran familia de hermanos!»

  —50→  

Esta pieza en que, en medio del patriotismo que despliega su autor filantrópico, se reconocen los sentimientos privados de un jesuita injuriado, no es ciertamente una pieza de poesía o de elocuencia; hay, no obstante, en estos fragmentos algo de poético y de elocuente, hay imágenes y conceptos, hay lenguaje y estilo, y basta esto para hacerla pertenecer al campo de la literatura, aunque no sea en el sentido particular en que se toma esta palabra, por lo menos en su acepción amplia y general.

Pocos años después, apareció D. Juan del Carpio, natural de la ciudad de Puno y párroco de la misma doctrina. Sus cantos intitulados: Recreo del sonámbulo en el lago, y escritos en presencia de la naturaleza melancólica, en el silencio y en el retiro del tumulto de las ciudades, dieron nombre y celebridad a aquellas pampas del Collao, donde, después que se oyeron las melodías de este cantor de la naturaleza en luto, no se oyó nunca más otra arpa que hiciera vibrar sus cuerdas. Este eclesiástico, habitante de las márgenes del Lago Titicaca, de este lago romántico donde Manco consiguió su barra de oro para fundar el Imperio de los incas, este lago mayor que todos los lagos del mundo y cuya superficie tiene cuarenta veces la extensión del lago de Ginebra, de este lago cuyas aguas negras y melancólicas en el invierno, y azules y transparentes en el verano, reflejan todos los aspectos del vasto paisaje que lo cerca, desde el plácido y bello hasta el tempestuoso y sublime, tuvo, como Haller y Hotze, desde sus primeros días una afección y un alma sensible a las bellezas de su país; y si Zimmerman y Lavater no nacieron con aquellos para celebrarlos, el día llegará en que la historia de la literatura americana ostente las bellezas de su poesía.

Contemporáneo de Salas, más joven y más poeta, se presenta el Dr. Velarde con justo título para ser considerado como el primer sacerdote de la religión pura en las costumbres del Perú. Desgraciado desde la cuna, sufriendo constantemente los reveses de la fortuna, de la justicia y de la ingratitud de aquellos que amara, bebió en la copa del infortunio los disgustos que amargaron sus días y lo condujeron a meditaciones concentradas y piadosas, cuyos dulces frutos, expresados con tintes de sentida melancolía, dejó en sus composiciones, intituladas Consuelos de la vida. En ellas trata, en bellos versos, de las mágicas impresiones de una madre, de su encantador cariño, de la historia de los sentimientos suaves y delicados; y   —51→   todo con aquella unción evangélica, con aquella virtud de un corazón puro y de una inteligencia sorprendente y delicada. Es triste y hasta humillante para el Perú la idea de que esta pieza, que se encuentra inédita y cubierta de polvo en la biblioteca de uno de los conventos del Cuzco, y de la cual fueron insertados algunos fragmentos en el Mercurio de Lima, haya quedado hasta hoy sin ser publicada, habiendo el autor recibido más homenajes en el exterior que en su propia patria.

La historia de la rebelión de Ollantay y de los actos de patriotismo y de virtud de Rumiñahui, antiguos generales del Perú en el tiempo de los incas, historia patética y digna de servir de argumento al autor de la Alcira para un drama que haría correr lágrimas deliciosas de los ojos de los espectadores, había permanecido ignorada y olvidada en el Perú; y ninguno de los que describieron los antiguos acontecimientos de este país, ni aun el mismo Garcilaso, lo que es más de extrañar, había tocado en una parte tan interesante de la historia de los incas, no sólo por la naturaleza del asunto en sí, sino también por la luz que derrama sobre el carácter de los antiguos peruanos. El cura Valdez, hijo de la ciudad del Cuzco, amigo de las antigüedades de su patria y dotado de un genio poético particular que lo hizo escribir muchas bellas poesías en la dulce y enérgica lengua quechua, entre las cuales es digna de Ariosto la traducción que hizo de esa tierna despedida: «Ya llegó el fiero instante, Silvia, de mi despedida» imitada por Arriaza de aquel poeta italiano; fue quien hizo este servicio a su país, arrancando del olvido la historia de Ollantay y de Rumiñahui, y dando más brillo a la primera aurora de la literatura peruana. Con todo, su manuscrito, del cual se extrajeron algunas copias, no fue conocido sino por unos pocos curiosos hasta el año de 1841, en que fue publicada en el Museo Erudito del Cuzco. Habiendo posteriormente llegado un ejemplar de esta obra a Valparaíso, donde se encontraba el ilustre peruano Felipe Pardo, expulsado por las tempestades de la revolución, consagró su musa feliz a la composición de un poema sobre el caso de Rumiñahui, del cual haremos mención particular cuando hagamos el bosquejo del estado de las letras en el Perú, en su tercera época.

«En todos los siglos, dice M. Villemain, en que el espíritu humano se afecciona por el cultivo de las artes, se ven nacer hombres superiores que reciben la luz, la exponen y van más lejos que sus contemporáneos, siguiendo sus mismos pasos.   —52→   Cosa más rara que un genio que nada debe a su siglo, o mejor dicho, que a pesar de su siglo, se coloca por sí mismo y sólo por la fuerza de su pensamiento a la par de los escritores más completos, nacidos en los tiempos más cultos». Este juicio de Villemain, es en todo aplicable al genio y a los escritos del Dr. D. J. de Castro, que citamos en el capítulo lº de esta obra. Él escribió como Montaigne con el auxilio de su razón y de los antiguos, y sola su obra puede hacer la gloria literaria del Perú, como la de aquel filósofo puede hacer la de Francia. Con este docto eclesiástico comienza el siglo de oro del Perú, que anteriormente ya mencionáramos: dueño de una erudición vasta, dotado de una imaginación viva y activa, escribió sus Fiestas Reales de Cuzco en un estilo cuyo dicción pura y correcta y cuya profundidad y armonía en sus frases, harán que éstas sean siempre leídas con placer, en cualquier idioma en que se encuentren escritas. Al leer sus descripciones, se siente el lector realmente transportado al medio de aquellas escenas y de aquellos pueblos cuyas costumbres pinta con tan vivos colores.

Cuando los estandartes de la libertad se agitaban en las provincias del Cuzco, de Arequipa y de Huamanga, bajo el comando del intrépido y patriota Pumacahua, el joven Melgar, natural de Arequipa, hizo escuchar, a la edad de sus veinte años, los melancólicos y dulces ecos de su elevada poesía. Arrasado su pecho, en la hora prematura, del fuego eléctrico de la libertad, y sumergido al mismo tiempo su corazón en una voluptuosa y pensativa sensibilidad, esclavizado por la beldad ideal que le forjara su alma, escribió sus canciones patrióticas, que inflamaron el pecho de sus conciudadanos, y sus tristes, que hasta hoy se cantan en los yaravis peruanos y que hacen correr lágrimas a cuantos los escuchan. Cada triste es un cuadro en que se relata el amor melancólico con tanta verdad, que lo vemos allí vivo y en movimiento, tal como lo sentimos en el mundo ideal y tal como lo descubrió aquella mujer que nació y vivió solamente para amar. Y cada canción es un toque eléctrico que responde a los impulsos del patriotismo y exalta el vuelo de la virtud cívica, arrebatándonos ya hasta el zenith dorado de los Andes, ya hasta las remotas playas del Pacífico, desde donde las dirige a su patria el tierno y melancólico cantor. He aquí lo que dice Miller de Melgar en sus Memorias sobre el Perú: «Melgar, joven de veinte años y natural de Arequipa, fue el Moore del Perú, sus melodiosos yaravis habrían honrado al autor de Lallah Rock».

  —53→  

En un asunto más elevado y santo, en la religión, se distinguen también, en esta época, muchos eclesiásticos y religiosos, especialmente entre los segundos, que del púlpito hicieron oír la voz de una elocuencia edificante y persuasiva. En este género o en esta parte de la literatura sólo citaremos a Olavide y Lunarejo, cuyas obras fueron publicadas, del primero como escritor y del segundo como orador.

Olavide, amable y sincero, como Fontenelle, e injustamente perseguido por el fanatismo, como Descartes; nacido en las márgenes del río que baña la ciudad de los reyes, hizo oír, en la edad de las esperanzas, desde las heladas paredes de su prisión, en la patria de Chateaubriand, los sublimes ecos de la religión consoladora, acompañados de todos los encantos de un estilo ameno, insinuante y elevado. La Bruyere, confundiendo los espíritus fuertes, y Masillon, cautivando su auditorio con fuerza irresistible, no ganaron quizás tantos corazones para la religión de Jesucristo, como aquel sublime diálogo, o conversación, que en la celda solitaria de un convento tiene lugar entre un fraile y un hombre mundano que, aun en la intensidad de sus remordimientos por la víctima que acaba de sacrificar, desafía y combate la verdad de la revelación. La obra de Olavide, El Evangelio en Triunfo será leída con ansia, mientras existen en el corazón del hombre los sentimientos de la religión; y el Perú, su patria, lo recordará siempre con gratitud, como uno de los que más brillo ofreció a su gloria literaria.

Lunarejo, así llamado por un bello lunar que le daba gracia a su fisonomía, se dedicó en edad prematura a las ciencias divinas y metafísicas. Su prodigiosa memoria, que a la edad de 16 años lo hizo dominar el latín y el griego, y lo hacía repetir oraciones enteras de Cicerón, su autor favorito, dio origen a la creencia, hasta hoy existente, de que, encontrándose estudiando en el colegio de San Antonio Abad del Cuzco, donde era natural, en una noche en que salió a tomar el agua de la pila de este establecimiento, fue iluminado por su estrella que le imprimió la señal en testimonio de la ciencia que le infundió; pero, ni este cuento, ni sus merecimientos literarios que eran grandes, ni sus sermones en particular que tienen aquella unción de Fenelon y de Flechier, aunque de estilo, menos culto, bastaron para abrirle el camino a la luz pública a través de la voluptuosa inercia de su tiempo. Con todo, sus manuscritos permanecen guardados en las bibliotecas de los colegios y de los conventos del Cuzco; los eruditos los leen con ansia y los oradores del púlpito de ahí sacan sus tópicos.

  —54→  

Entre todas estas obras destaca el Mercurio Peruano, que sola basta para hacer la gloria literaria del Perú. Escrita en una especie de gaceta literaria, y por consiguiente con la rapidez que exige la redacción de obras de esta naturaleza, se colocó no obstante en el número de las obras primas; y, en su género, tal vez sea la primera de cuantas, hasta hoy, fueron escritas en español. La gran variedad de materias que contiene, la verdad con que están pintados los caracteres, las pasiones, los celos, la tierra, las aguas, toda la naturaleza, el estilo en fin, ya grande, ya elevado, ya fluido y simple, no obstante, siempre natural, siempre adecuado, harán que dure tanto como la lengua de Carlos V. El Mercurio Peruano fue a un tiempo para el Perú, lo que fueron el Espectador para Inglaterra y el Novum Scientiarum Organum para Europa: con la circulación de esta obra periodística, las costumbres se despojan de su elemento grotesco, recibiendo en cambio un tono de más dignidad y elegancia; la filosofía salió del oscuro laberinto que la envolvía; la poesía se exaltó a la altura del pensamiento y se revistió con los colores de la lengua de Virgilio; la prosa, por último, dejó su áspera rudeza por una forma más culta y amena. Addison y Steele encontrarían armonía entre las bellezas de su moral y de su estilo con las del dulce y sensible Unanue; Bacon y Locke no dejarían de entrever en los pensamientos de Baquíjano los vestigios de su vasto entendimiento, y Fedro y Lafontaine encontrarían quizá también, en las fluidas y sencillas composiciones de Panphilo y de Theophilo, aquella gracia, aquella originalidad de invención y aquella ingenuidad feliz que los inmortalizaron.

Este y otros escritos de menos importancia forman la literatura del Perú, en tiempos de la dominación española, y son una prueba de que, en circunstancias menos favorables, existen en cada generación almas que no pueden ser subyugadas, entendimientos que, por su fuerza y energía natural, se abren camino a la libertad del pensamiento y ejercen la soberanía del genio sobre la multitud pasiva e ignorante.



  —55→  

ArribaAbajoCapítulo VII

Religión


La religión católica tuvo importante papel en la vida de los pueblos de esta tranquila época; era el principal lazo de la armonía entre los hombres, era el punto central donde irradiaban todas las luces y el estandarte universal ante cuyas divisas de paz se reunían todas las opiniones. Por todas partes y a toda hora predicaban sus ministros la concordia de los fieles para no romper la unidad del culto; por todas partes era su voz escuchada con respeto; todas las clases, todas las edades se sometían a sus preceptos, y aun las más fuertes pasiones se calmaban a la más leve de sus insinuaciones. El clima, el celo del clero, los trabajos solícitos de los frailes y la educación que habían los pueblos recibido de los españoles, sin que, durante tres siglos, hubiera sido alterada por ningún contacto con extranjeros, habían inspirado en los peruanos este profundo respeto por la religión y esta constante adhesión a sus prácticas.

Entretanto, como aquellos antiguos tiempos se hallaban cubiertos de una atmósfera nebulosa que aún no había podido penetrar la luz de la filosofía, como se creía únicamente porque se mandaba creer y porque se había creído antes, como la razón estaba prohibida de instruirse y de convencerse por sus propios medios de las verdades de la religión; el pueblo peruano, como todos los demás pueblos de la América española, era un pueblo más devoto que religioso, y la religión consistía más en las prácticas que en el corazón. Aquellas verdades estaban consignadas en la ciencia de los teólogos, que habían hecho de ella un misterio donde no podía llegar la mirada de los otros hombres; sin embargo, los religiosos, con el poder del confesionario y con las armas de la elocuencia del púlpito, hacían más   —56→   que ellos. Señores de la voluntad del hombre y conocedores de los más ocultos secretos del corazón humano, dirigían las conciencias como querían y como más convenía al espíritu del catolicismo y a la extensión y firmeza del poder monacal. Indicaban al pueblo las relaciones de fraternidad y de conformidad, ligaban a las familias de una manera inseparable, enseñaban a postrarse ante Dios y a tributarle día y noche rendidos homenajes de alta veneración; faltaba, sin embargo, que sustentasen la existencia intelectual y las esperanzas de la felicidad, con una instrucción más sólida que pusiera en evidencia la alianza de la religión con la filosofía y con la razón.

En cuanto a la pompa del culto y al cumplimiento estricto de los deberes externos del cristiano, no se habría el Perú rendido ante ninguno de los países más afamados del orbe católico. La magnificencia y riqueza con que estaban adornados los templos, sobre la cual hicimos mención en el capítulo primero de esta obra, correspondían en todo a la solemnidad de las prácticas religiosas, a la majestad con que se celebraban los oficios divinos y al fervor y consagración de los fieles presentes. Durante el sacrificio de la misa, a la que, por ninguna razón del mundo, faltaban los fieles en los días de precepto, reinaba un recogimiento verdaderamente edificante. Genuflexiones, postraciones, lágrimas, golpes en el pecho, limosnas que llenaban de oro y plata las alcancías, nada faltaba para tornar más majestuoso el culto. Hombres y mujeres, viejos y niños, todos se verían postrados durante el santo sacrificio, sin que sus miradas, fijas en el sacerdote, se distrajeran un instante ni aun con la lectura de los libros sagrados; todas las oraciones se repetían de memoria y con la más grande exactitud.

La semana santa en Roma ha sido relatada por mil plumas, por la solemnidad y reverencia religiosa con que se practican las ceremonias del cristianismo en esa antigua soberana del mundo; pero, si en Roma son más grandiosos y graves los días consagrados a la contemplación de los sagrados misterios de la pasión de Jesucristo, es porque aquí la ciudad de los Gracos y de los Catones está confundida con la ciudad de los Leones y de los Gregorios, el Vaticano de los Papas con el foro de los tribunos, el poder de Inocencio III con la gloria de César; porque en la antigua república, la teocracia de la edad media, el politeísmo y el catolicismo reunieron juntos grandes recuerdos que incitan a invocar el porvenir; porque, finalmente, en esta metrópoli del universo, que, sin ser tercera vez la reina del mundo, sirve todavía a la humanidad de templo, de museo   —57→   y de foro, se reúnen hombres de todas partes de la tierra para pedirle las emociones de la historia, del arte y de la religión. Únanse estos prestigios a la ciudad de los reyes, y el lujo y la pompa del culto católico en ella no cederá paso, tal vez, al que se ostenta en la ciudad eterna; desea la catedral de Lima la grandeza que en la Basílica de San Pedro imprimieron el genio de Rafael y el poder de los papas, y también la grandiosidad de aquel vasto templo, la inmensa multitud que a ella concurre, el lujo de su servicio y la riqueza de sus ornamentos y vestuarios, causarán la misma impresión que en este primer templo del mundo, y exaltarán de tal modo la imaginación del observador profundo, que podrá exclamar arrebatado, con el devoto de la Catedral de Sevilla: «¡Dios mío! ¡si queréis más culto, bajad y decidnos, de qué manera!».

La impresión religiosa y profunda que se siente en la celebración de las ceremonias de la Semana Santa en la capital del Perú, no podría nunca ser explicada con exactitud; hasta los extranjeros que asisten a esas ceremonias como simples espectadores, se sienten conmovidos muy a su pesar, y coadyuvan la sagrada pompa con aquel aire de gravedad que se comunica a cuantos concurren a esas solemnidades. Durante los días de la Semana Santa, reina en toda la ciudad un recogimiento religioso y austero que se extiende más allá de los muros y aun de su comprensión. En estos días, ni se hacen visitas ni se celebran tertulias, y las horas que no se emplean en fiestas religiosas se usan en prácticas de devoción, con ejercicios espirituales y en actos de caridad cristiana. Entre esos días, el que más se distingue es el Viernes Santo, ya por los estrenos que en él se hacen, ya por las ideas de elevación que los acompañan, ya por la pompa con que los llaveros hacen sus visitas a los templos, ya por la gran ceremonia de los lavapies, ya, en fin, por los magníficos monumentos que se levantan en cada altar mayor, donde el brillo de cien mil luces, el contraste de las aguas de colores, el matiz de las flores, el esplendor de los adornos de oro y plata y la armonía de la música sagrada, acompañando el canto melancólico de las lamentaciones de Jeremías, llevan al alma sensaciones que parecen erguirla de la tierra y transportarla a los cielos.

El Corpus-Christi de Lima se celebra también con lujo asiático y con una magnificencia semejante a la que se despliega, en ese mismo día, en Florencia. Las grandes imágenes de los santos que salen en esta procesión son de tan extraordinario merecimiento, que parecen animarse en su marcha solemne por   —58→   en medio de los flancos que forman las tropas alineadas en batalla. Los altares que visita y donde descansa el cuerpo de Jesucristo se forman en la plaza mayor, ocho días antes, a elevado costo; en ellos no se ve otra cosa que el brillo de las piedras preciosas que cubren los vestidos de los ángeles, de las vírgenes y de las urnas que adornan con profusión estos altares, fantásticamente variados en formas y en tamaños, por el orgullo, por la devoción y por la rivalidad de los gremios de obreros que en esta función religiosa emplean todas las economías que hicieron durante el año entero y hasta el fruto de las privaciones a que piadosamente se condenaron. Cada santo que sale en esta procesión, por la tarde, hace por la mañana, acompañada de una porción de fuegos artificiales, su entrada a la catedral, después de bajar de su parroquia con una pompa que bastaría para solemnizar el día. El costo de estos fuegos artificiales podría ser calculado de cuarenta a cincuenta mil pesos por año. Y si es éste el gasto que se hace solamente con la pólvora, ¿cuál no será el que se realiza con los demás objetos? Este es día de gran gala para las damas y para los mozos peruanos. Durante la procesión que va el pueblo acompañado en mística contemplación, se encuentran las altas clases en los balcones y en las salas que dan para la plaza, en la fuerza de la galantería, ostentando las mujeres sus formas voluptuosas, y los hombres su comedimiento y caballerosidad; mientras giran las botellas de moscatel y se cruzan los vasos de cerveza y de refrescos; y, para hacer más fuerte el contraste de este espectáculo de religiosidad mezclado con inmoralidad, al mismo tiempo se suceden otras escenas, las orgías que representa el bajo pueblo dentro de las carpas levantadas detrás de los altares.

En la noche se iluminan los altares y las visitas que reciben de todas las clases singularmente confundidas, en virtud de una costumbre consagrada por el templo, forman el complemento de la función del Corpus Christi. En esa noche se hacen grandes conquistas; el sexo bello, la altiva belleza, pierde algo de sus prerrogativas, y los amantes enamorados logran algunas miradas furtivas; ciertas damas también salen disfrazadas a gozar de una entrevista que no podrían gozar en ninguna otra ocasión.

Sin embargo, entre todas estas fiestas religiosas, del Perú, y aun del mundo católico, no habrá tal vez ninguna que pueda compararse con la procesión del Señor de los Temblores que se realiza en la ciudad del Cuzco en la tarde del Lunes Santo. Imposible sería hacer una descripción cabal de esta sublime congregación, porque hay cuadros, que sólo pueden ser pintados   —59→   por el pincel de Rafael, y hay escenas que sólo pueden ser vistas pero nunca descritas. Con todo, como nada puede dar mejor idea de las creencias y costumbres religiosas de un pueblo que la descripción de las festividades de este género, nos esforzaremos por dar, concluyendo este capítulo, un toque leve sobre esta celebrada procesión, previniendo con anticipación que todo cuanto podamos decir de las circunstancias que la engrandecen no será sino una copia muy débil del original.

En esta romántica ciudad del Cuzco existe un Cristo crucificado de una expresión de fisonomía tan majestuosa y de facciones tan divinas, que al verlo se podría creer que es el mismo Jesucristo en la hora en que expiró en el Calvario para consumar la obra de la redención del género humano. He aquí lo que dice la tradición popular sobre esta imagen.

Fue ella traída de España por los vientos sobre las olas del Océano, dentro de un cajón de roble, trabajado por los ángeles; llegó a las costas del Pacífico y fue allí encontrado sobre la arena por un viajero que, habiéndose extraviado en el gran desierto de Tacana, pudo alcanzar la playa del mar. Cuando lo divisó por la primera vez, lo vio circundado de una aureola que irradiaba luz a distancia, aproximose a él como guiado por una fuerza secreta, y escuchó una voz que le decía: «Llévame a la ciudad del Cuzco, porque quiero ser su protector». El extraviado se sintió reanimado por estas palabras, y, poniendo en ese mismo instante el cajón sagrado a su espalda, comenzó a caminar día y noche, sin encontrar obstáculo ni sentir hambre ni sed durante su largo viaje, en el cual atravesó ríos y montes, precipicios y planicies que nunca nadie antes atravesara. Cierto o no este relato religioso, la verdad es que este Cristo debió haber sido obra de algún gran maestro del genio de Praxiteles o Ticiano; todo en él indica alta capacidad, vasta concepción y mucha arte: los síntomas de la última agonía del hombre Dios que expira, la expresión piadosa que aun en el divino rostro le resta del último ruego que hace a su eterno padre en favor de los hombres, y el último suspiro de misericordia que por ellos dirige, se ven tan vivamente representados en esta imagen, que se cree estar viendo realmente al Mesías tal cual lo anuncia el Evangelio. Y ese cuerpo manchado de sangre, esas contusiones, esas marcas violáceas de sus mil heridas, esa llaga abierta, esa actitud sublimemente patética, unido a ese color oscuro y melancólico que le dieron el humo y el tiempo, hace que nadie pueda aproximarse a él sin temblar.

  —60→  

Esta imagen nos hace recordar aquel crucifijo, en pintura, que existe en el Vaticano de Roma, mandado hacer por Sixto V. El célebre pintor que lo hizo, lisonjeado por las grandes recompensas que le ofreció el pontífice, en el caso de hacer un cuadro vivo de la muerte de Jesucristo, concibió una espantosa idea, cruel y original al mismo tiempo. Buscó un pobre de la más bella y majestuosa figura que se pueda imaginar, que la casualidad le permitió encontrar en la misma ciudad: comunicándole la orden que tenía del papa y las recompensas que le prometiera, le dijo que la copia que sacase de su cuerpo sería la más perfecta, y que el precio que recibiese lo repartiría con él. El infeliz mendigo cayó en el lazo del pintor, se hizo conducir a un lugar apartado donde se dejó suspender de una cruz sin movimiento, y cuando menos pensaba, recibió en el corazón un feroz lanzazo que le quitó la vida. El pintor de inmediato comenzó a copiar la actitud de su víctima expirando, y este cuadro dicen ser uno de los mejores que adornan la moderna Roma. Habría sido necesario un caso semejante para haber copiado facciones tan vivas y actitud tan propia como la del Señor de los Temblores.

Esta imagen existía en Cuzco desde los primeros tiempos de la fundación de esta ciudad por los Españoles.

En 1760, sintiéronse en Cuzco grandes temblores de tierra, los cuales repitiéndose en intervalos de horas durante el espacio de 8 días, en que se desmoronaron algunas casas y pereció mucha gente, parecían amenazar con una destrucción universal y anunciar la llegada del día del juicio, según dice la tradición. Corrió entonces el pueblo a pedir amparo a este Señor, y lo llevaron en procesión, implorando su misericordia para suspender el flagelo con que los quería castigar. Los temblores cesaron, y desde entonces continúa esa costumbre, el Lunes Santo de cada año, día en que cesaron los temblores.

A las dos horas y media de la tarde de ese día solemne, el toque fúnebre de las campanas anuncia la aproximación de la hora en que el Señor de los Temblores va a aparecer en medio de su pueblo. A las tres y media de la tarde, ya el vasto recinto de la catedral está lleno de una multitud inmensa que espera en profundo silencio oír las palabras del sacerdote escogido para hacer la elocuente reseña de los padecimientos del Salvador del mundo. Arrodillados los fieles sobre la losa húmeda entre la sombra que proyectan las enormes columnas de granito, con los brazos cruzados, y la mirada al suelo, donde   —61→   dejan caer algunas gotas de piadosas lágrimas, presentan al espectador atónito el cuadro más sublime y más patético de arrepentimiento cristiano. Todas las paredes del templo, los altares, los nichos están forrados de terciopelo negro, y hasta el pavimento está alfombrado con ese tono. Sólo se ven algunas luces que brillan tristemente en el sitio pascual, mientras que algunas voces melancólicas cantan una lamentación del profeta Jeremías. Dan las cuatro y aparece en el púlpito el orador: un movimiento súbito e involuntario deja oír un susurro sordo, al cual sigue un silencio sepulcral. Se pronuncia un elocuente discurso, y el orador lleva consigo el triunfo de haber convertido algunas almas. Terminado el sermón, resuena de inmediato en las bóvedas del templo la majestuosa armonía del órgano, acompañado del coro de voces humanas que repiten el sublime Stabat mater. En seguida se alza el anda en los hombros de los sacerdotes y de otras personas principales de la ciudad que disputan entre si la dicha de cargar la imagen santa. Después de las cuatro, principia la procesión. A esa hora, la amplia plaza de las Lágrimas, la plaza del Regocijo y la placita de Santa Teresa, están llenas de un pueblo inmenso que apenas permite el movimiento: sobre las cornisas del frontispicio de la catedral y de otros templos que visita el Señor, en las ventanas, en los balcones y en las esquinas de las calles transitadas, se agrupan centenares de mancebos, provistos de cestas de nuccho para derramar sobre el cuerpo santo esta flor violeta que se asemeja a su preciosa sangre. Se presenta el Señor en la puerta de la Catedral, y el pueblo lanza un grito que ensordece y se dilata, cual estruendo de huracán en vasta región: momento sublime; y ¿qué pincel podría pintar este cuadro? Viene el silencio y la procesión comienza. Adelante las comunidades de religiosos, luego los cuerpos colegiados del seminario de San Bernardo y de los Huérfanos; sigue luego el cuerpo de los doctores con sus respectivas vestimentas; después marchan los funcionarios del poder judicial, y por último vienen las autoridades políticas y militares del lugar, vestidas de gran parada y presididas por el jefe supremo de la provincia. Todos los que forman este acompañamiento traen una faja negra atada al brazo izquierdo y velas encendidas en la mano. Al pie del anda y entre los canónigos y obispos, los penitentes, vestidos de paño blanco y con la cintura ceñida por un grueso cordón, caminan, cual espectros, con paso lento y actitud fúnebre: unos llevan la cabeza adornada con una corona de espinas que les hace correr la sangre por el rostro, otros van con el cuerpo cubierto de agudos cilicios, éstos traen chícharos y piedras menudas dentro   —62→   de los zapatos, aquellos caminan descalzos; algunos vienen cargando barras de fierro, otros finalmente marchan con la espalda descubierta, recibiendo sobre ella los más duros golpes, cuya vista ofrece un espectáculo asustador. El cerro de Sacsai-Huaman, que domina la ciudad, está también cubierto de cientos de penitentes, mientras dura la procesión.

Son sublimes todos los momentos de esta escena. Cada vez que el crucifijo se inclina más a un lado que a otro, por el peso de la enorme anda de plata que aflige los hombros de quien la carga, el pueblo se estremece de susto y da un grito prolongado que se deja oír a leguas de distancia; luego viene el silencio cuando el anda se endereza. Esta reunión de hombres, mujeres y niños, de extranjeros, aldeanos y peregrinos que de todas partes acuden a esta solemnidad, este movimiento oscilatorio de un pueblo inmenso, este susurro semejante al ruido sordo de las olas del mar, esta majestuosa y celestial presencia del Redentor alzada a la vista de doscientas mil almas, bajo la luz opaca de un cielo nublado, esta sucesión alternada de gritería y de silencio, ese tañido penetrante de las campanas que se escucha de diferentes iglesias, esa multitud de rostros compungidos, de ojos bañados de lágrimas, esas graves fachadas y elevadas torres de la catedral y de la iglesia del convento de los Jesuitas que se levanta majestuosamente en la gran plaza del dolor, ofrecen un espectáculo tan grandioso, tan patético y tan sublime, que el culto católico no presentará otro igual en el mundo.

Después de haber visitado el crucifijo los templos de Santa Teresa y de Nuestra Señora de las Mercedes vuelve a la catedral, donde se le hace avanzar tres veces y retroceder otras tantas, figurando con esto la despedida que hace a su pueblo hasta el año siguiente. Jamás se podrá describir la agitación y el murmullo de este mar de hombres, en cada uno de aquellos movimientos. Quien haya visto las olas del mar en tempestad podrá formarse una idea de ese cuadro. Llevando el crucifijo a la puerta principal de la catedral, lo inclinan hacía adelante, significando con esto la última bendición que imparte a su pueblo; parece que en ese momento se le escuchara salir de los labios esas palabras últimas con que en el Calvario imploró a su amado Padre el perdón de los hombres. ¡Qué cuadro tan patético! no hay alma qué pueda permanecer insensible; sin embargo, el conjunto de todas las circunstancias que lo conforman y engrandecen podría también asemejarse al día del juicio universal, tal como lo describió Massillon   —63→   cuando hizo correr aterrado a su auditorio en la Iglesia de Notre Dame. En medio de esta sublime escena, debería Bossuet haber hecho tronar la voz de su elocuencia; a ella deberían de haber concurrido todos aquellos que han pretendido arrancar del corazón humano los sentimientos de la religión.

Después que el Señor torna a entrar en su templo, el pueblo se precipita al mismo para ver por última vez a su Salvador, que es colocado en su capilla, en medio de una admirable distribución de centenares de luces. En este último acto, la apretura ahoga la respiración, y la piedad de este pueblo devoto ofrece a la religión el sacrificio de algunas criaturas asfixiadas o incapacitadas para siempre.





IndiceSiguiente