Los libros de caballerías españoles invariablemente usaban héroes y escenarios extranjeros. Eso fue señalado en mi «Pero Pérez the Priest and His Comment on Tirant lo blanch», en Romances of Chivalry in the Spanish Golden Age, págs. 147-158, en la pág. 158.
La formulación más famosa de este principio en las obras de Cervantes es naturalmente la del canónigo: «el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente» (II, 344, 32-345, 2). Berganza también declara que se debería «enseñar» y «deleitar» («Coloquio de los perros», III, 163, 27-31), y el primo humanista que guía a Don Quijote a la cueva de Montesinos también alaba el «provecho» y el «entretenimiento» de los libros (III, 278, 14-16; III, 279, 6-7). En la aprobación de Márquez Torres se lee: «Ha avido muchos que por no aver sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con lo dulce han dado con todo su molesto trabajo en tierra.... No todas las postemas a un mismo tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicación el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas» (III, 19, 28-20, 1 y 20, 15-20).
Tradicionalmente se ha tratado esta obra con desdén, «la menos estudiada y menos respetada de las comedias de Cervantes» (Edward H. Friedman, The Unifying Concept: Approaches to the Structure of Cervantes' «Comedias» [York, South Carolina: Spanish Literature Publications Company, 1981], pág. 136). Riley la llamó «malísima» (Teoría, pág. 48); Bonilla y San Martín un «prototipo de disparatado engendro» («Un crítico desbocado», en su De crítica cervantina [Madrid: Ruiz Hermanos, 1917], págs. 81-105, en la pág. 98); Schevill y Bonilla dijeron que «el lector más benévolo reconocerá que Cervantes erró fundamentalmente» (introducción a Comedias y entremeses, VI, [107]); Francisco Ynduráin que «ni con la mejor voluntad hallamos rasgo que pueda salvar esta comedia de una repulsa total» y «cuando se quiere tomar el pulso a Cervantes como crítico de sí mismo y valorar sus opiniones sobre el teatro, no debe olvidarse que escribió El laberinto [de amor] y La casa de los celos, y, lo que es más grave, que las mandó a la imprenta» (introducción a Obras de Miguel de Cervantes Saavedra. II. Obras dramáticas, Biblioteca de Autores Españoles, 156 [Madrid: Atlas, 1961], págs. xxvi y xli); y el influyente Menéndez Pelayo quizás empezó esta serie de comentarios diciendo que «sólo la reverencia debida a su inmortal autor impide colocar esta obra entre las que él llamaba "conocidos disparates"» (Estudios sobre el teatro de Lope, citado, junto con la opinión de Cotarelo, por Francisco López Estrada, «Una posible fuente de un fragmento de la comedia La casa de los celos de Cervantes», Homenaje a Cervantes [Madrid: Ínsula, (1947)], págs. 201-205, en la pág. 201; también en la pág. 333 de la edición nacional, VI [Madrid: CSIC, 1949]; y en la pág. 97 de la edición en Biblioteca de Autores Españoles, 233 [Madrid: Atlas, 1970]).
Sin embargo, ha habido cierta reevaluación. Chevalier (L'Arioste en Espagne, pág. 443) dijo que «nous trouvons en germe dans plusieurs des scènes pastorales de La casa de los celos des thèmes qui sont repris et développés dans le Quichotte», un punto de vista que volvemos a encontrar en Stanislav Zimic («Algunas observaciones sobre La casa de los celos de Cervantes», Hispanófila, 49 [setiembre, 1973], págs. 51-58), quien lo encontró «un semillero de ideas y temas que maduran más tarde en otras obras cervantinas», y en absoluto «en contradicción con las ideas literarias expresadas por Cervantes en el Quijote»; Friedman dijo que «se aproxima mucho a Don Quijote en su examen de la realidad literaria» (pág. 136), y Pedro Ruiz Pérez que se halla en él «una unidad de concepción y... un planteamiento temático plenamente cervantinos» («Drama y teatro en La casa de los celos», en Actas del II Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas [Barcelona: Anthropos, 1991], págs. 657-672, en la pág. 666). Acerca del significado del nombre, véase Geoffrey Stagg, «Cervantes' "Abode of Jealousy"» Bulletin of Hispanic Studies, 32 (1955), 21-24; acerca de su simbolismo, Joaquín Casalduero, Sentido y forma del teatro de Cervantes (Madrid: Gredos, 1966), págs. 56-76, y Jean Canavaggio, «Le Décor sylvestre de La casa de los celos: Mise en scène et symboles», en Mélanges offerts à Charles Vincent Aubrun (Paris: Éditions Hispaniques, 1975), I, 137-143. Finalmente debe mencionarse la tesis de Morley Jennifer Hawk Marks, «La casa de los zelos y las selvas de Ardenia by Miguel de Cervantes (Critical Study with a Modernized Annotated Edition): An Examination of the Cervantine Process toward the Concept of the Quijote», Temple University, 1981 (resumen en Dissertation Abstracts International, 42 [1982], 5140A), y Paul Lewis-Smith, «Cervantes on Human Absurdity: The Unifying Theme of La casa de los celos y selvas de Ardenia», Cervantes, 12.1 (1992), 93-103.
En la discusión del canónigo sobre los errores históricos en la comedia, su ejemplo trata de este período, y específicamente de los errores en la guerra cristiana: «si es que la imitación es lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga a ningún mediano entendimiento que, fingiendo una acción que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno [es decir, la época de Roldán, Roncesvalles, y la entrée en Espagne], el mismo que en ella haze la persona principal le atribuían que fue el emperador Eraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó la Casa Santa, como Godofre de Bullón, aviendo infinitos años de lo uno a lo otro; y fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia y mezclarle pedaços de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos?» (II, 349, 26-350, 7). Aunque no se dice abiertamente, en la queja de que los falsos milagros cantados por los ciegos disminuyeran la creencia en milagros verdaderos (IV, 166, 17-21), es posible que los «verdaderos» milagros cuya credibilidad era minada fueran los que apoyaban la empresa militar hispano-cristiana, como la aparición de Santiago.
«Aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos.... Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalván si, en levantándome deste lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos» (I, 107, 13-19); «Bernardo del Carpio... en Ronçesvalles avía muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, quando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los braços» (I, 52, 19-23). El desdén por el valor de los héroes extranjeros, que también se encuentra en referencias en la Primera Parte de Don Quijote a artefactos tan increíbles como un yelmo encantado (I, 285, 12), una espada anti-encantamientos (I, 233, 15-18; II, 287, 21-23), y el bálsamo de Fierabrás que eliminaba el temor a la muerte (I, 138, 20-139, 10), es claramente expresado en el siguiente comentario de Don Quijote: «Si Roldán fue tan buen cavallero y tan valiente como todos dizen, ¿qué maravilla?, pues al fin era encantado, y no le podía matar nadie si no era metiéndole un alfiler de a blanca por la punta del pie, y él trahía siempre los çapatos con siete suelas de hierro, aunque no le valieron tretas contra Bernardo del Carpio, que se las entendió y le ahogó entre los braços en Ronzesvalles. Pero dexando en él lo de la valentía a una parte, vengamos a lo de perder el juizio» (I, 373, 17-27).
Las cuatro últimas líneas de la cita se dirigen a otro personaje, Marfisa, pero siguen siendo una profecía sobre Bernardo.
Cervantes expresó este deseo en primera persona, en el prólogo de La Galatea: «Los estudios [de la poesía]... traen consigo más que medianos provechos, como son... abrir camino para que, a su imitación, los ánimos estrechos, que en la brevedad del lenguaje antiguo quieren que se acabe la abundancia de la lengua castellana, entiendan que tienen campo abierto, fértil y espacioso, por el qual, con facilidad y dulçura, con gravedad y eloquencia, pueden correr con libertad» (I, xlviii, 2-15). El perro Berganza también podía usar un «largo campo... para dilatar tu plática» («Coloquio de los perros», III, 241, 3-5).
«En quanto al hecho de la verdad de las cosas que trato, forzosamente habrá diferentes opiniones, como las hay en todos los casos de que muchos deponen; lo que yo pude hacer fue en las evidencias estar a lo cierto, y en las dudas atenerme a lo verosímil, porque si ésta no fuera mi intención, más espacioso campo hallara para escribir, y más oportunidad para explicarme, en otros sugetos de invención, que en el de historia, y tan moderna.... Antes de sacalle en público... consulté gravísimos tribunales, por cuyo aplauso y autoridad fui, no sólo conhortado, pero casi compelido a manifestarlo.» (La austríada, «Al lector», en Poemas épicos, II, 2.) Cervantes, cuya alabanza a Rufo ya ha sido mencionada, escribió un soneto preliminar para esta obra.
William Nelson, Fact or Fiction. The Dilemma of the Renaissance Storyteller (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1973).
Recomendó una historia «ni tan antigua que esté oluidada, ni tan moderna que pueda dezir nadie "esso no passó ansí"» (III, 169). Siguió su propio consejo al escoger al remoto héroe Pelayo como tema para su Pelayo (Madrid, 1605).