Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Indice


 

31

W. L. Entwistle, The Spanish Language, pp. 33-43. Se prescinde de los vocablos que no proceden de substrato hispánico, esto es, de las voces celtas o mediterráneas (carrus, bracae, caballus, etc.) entrados en el latín por territorio no hispánico y que esta lengua trajo a la Península (dejando aparte si se hallaban también o no en el celta peninsular), como efecto de una época de penetración de una cultura céltica que impuso cambios en la vida y costumbres, de lo que luego iba a ser parte occidental del imperio.

Un carácter parecido presentan los escasos vocablos de ascendencia púnico-semítica conservados en la Península; fuera de la toponimia, estos restos son vocablos que habían entrado en el léxico latino común, p. ej., mappa, port. cast. y cat. mapa.

Por último, la escasa penetración de las colonias helénicas de la costa mediterránea determina que tampoco a la lengua pueda ser especialmente tenida en cuenta como adstrato del que se trasegaran vocablos al léxico hispanolatino. Los elementos helénicos de este léxico más difundidos eran ya parte del latín cuando éste se transmitió a la Península (v. los artículos de Helenismos en Elementos constitutivos de los tomos II, IV y V). Si se han podido señalar tipos griegos especialmente conservados en territorio hispánico (J. Corominas, Les relacions amb els grecs reflectides en el nostre vocabulari, en EUC, XXII, 1936, Homenatge a A. Rubió i Lluch, pp. 284-315; sobre este artículo, P. Aebischer, Le latin parastaticum en francoprovençal et en catalan, en ARo, 1937, pp. 321-326), los atribuidos a penetración ocurrida en época latina (muchos de los enumerados por Comminas remontan a étimos del gr. tardío) y en nuestro suelo son escasos y casi limitados al vocabulario técnico naval y de pesca. Al léxico general habrían pasado el ya citado parastaticum «estante» (cat. prestatge), *cotoniacum «(dulce de) membrillo» (cat. condonyat), *calasiu «cajón» (cat. calaix) y cartallum «cesto» (cat. catre).

 

32

Aunque los ejemplos de calma y naua citados son toponímicos, los tipos de Navacerrada y Sacalm atestiguan el valor no fósil de los vocablos de substrato citados en época romana, pues entraron en combinación gramatical con otros vocablos en función de auténticos nombres comunes, y no como topónimos ya. Además, calma como nombre común, está bien atestiguado en documentos medievales. Ovos vocablos tomados de lenguas prerromanas se citan en § 15.

 

33

R. Menéndez Pidal, Orígenes, §§ 835, 84 bis, y 856.

 

34

J. Sofer, Lateinisches und Romanisches, p. 100.

 

35

G. S. Colin, Latin hispanique nixum > marocain nix., en Ro, 1931, pp. 560-561.

 

36

En realidad, éste es el fundamento que hizo posible la opinión indicada en el § 7 sobre el mantenimiento secular de unos tipos de léxico vulgares exportados a las provincias, completamente al margen de influencias culturales superiores. Pero este «quedarse al margen» pugna con la innegable realidad de una de las fuerzas sociales más influyentes en la vida de las lenguas: la tendencia de las capas sociales inferiores a la imitación de los modos de vida característicos de las superiores, entre los cuales se cuenta, como muy importante, el lenguaje. Hasta tal punto, que, en rigor, la latinización efectiva de la Península no empezó con la llegada de legionarios, ni con las visitas de mercaderes, ni con la fundación de colonias. Todo esto habían hecho antes los helenos y los púnicos y análogamente hicieron en tiempos posteriores los germanos y árabes; como igualmente los romanos en el mundo helénico que políticamente subyugaron. Mas en ninguno de estos casos se llegó a un cambio de lengua, y los resultados determinados en el léxico de las lenguas propias de los países sometidos fueron siempre los mismos: la introducción de préstamos más o numerosos, representativos de objetos y conceptos de los campos (guerra, comercio, artes) en que el pueblo dominador era superior al dominado. De puro sabidos, no necesitan aducirse ejemplos corroboradores de esta afirmación. Dada, pues, la realidad de que la conquista romana de la Península precedió, por lo común, mediante alianzas con los primates autóctonos, y que los raros casos de aniquilamiento de la población sometida son célebres precisamente por lo excepcionales, hay que reconocer que, en tales condiciones, la penetración de las palabras latinas en Hispania había de ser (aunque en mayor grado, si se quiere) de la misma índole que la infiltración de este léxico en el mundo helénico, sometido de modo análogo. Lo que hace variar diametralmente lo ocurrido aquí es la decisión de aquellos primates (y de todos los que les imitaron) de aceptar sobre sí la cultura y sobre sus hijos la educación romanas. La latinización de Hispania, la penetración global de todo el léxico latino, sin más limitaciones que las que la misma enseñanza escolar no puede impedir, empezó justamente con la afluencia de nobles «iberos» a las escuelas romanas, y estuvo decidida el día en que el carácter superior que la lengua latina había así adquirido como lengua de cultura movió a los que la habían aprendido a servirse de ella como instrumento de comunicación mutua. Este espaldarazo de prestigio era absolutamente necesario a aquella lengua de mercaderes, legionarios y colonos para que no encontrara barreras su difusión. Y hubo de ocurrir una auténtica subversión de capas sociales (la llegada de los germanos, ora el predominio subsiguiente de las actividades bélicas sobre las culturales) y un divorcio prolongado entre capas altas y capas cultas de la sociedad, entre corte y escuela, para que los tipos léxicos vulgares pudieran pasar de evitados a tolerados, de tolerados a admitidos, de admitidos a predominantes.

 

37

Las hipótesis en boga sobre una primera división de la Romania en occidental (Galia, Hispania) y oriental (Italia, Dacia), de acuerdo con el mayor o menor influjo de la escuela según que los escolares tuviesen o no, respectivamente, el sentimiento de que iban a aprender una lengua superior a la suya propia, se ha aplicado sobre todo a la explicación de hechos fonéticos (la conservación o la pérdida, respectivamente, de la -s rasgo vulgar «corregido» en Occidente por la escuela, consumado, en cambio, en Oriente). Pero no hay duda de que esta mayor influencia pudo determinar otros resultados; más bien sería absurdo, una vez reconocida, admitir que se circunscribió a lo indicado. Lo que hace falta es descubrir estos resultados.

 

38

Ello explica que puedan aflorar al cabo de muchos siglos tendencias fonéticas de los substratos. Planteamiento general de la cuestión en R. Menéndez Pidal, Modo de obrar el sustrato lingüístico, en RFE, XXXIV, 1950, pp. 1-8.

 

39

M. Bartoli, Introduzione alla neolinguistica, Ginebra 1925, p. 28, destacó el hecho de que en el Evangelio de San Juan la Vulgata dé siempre manducare, en tanto que la Afra, traducción de que se servían las Padres africanos, presenta edere. En este sentido conviene restringir la exclusividad peninsular que acaba de indicarse, pues es dudoso cuál de los tres verbos se impuso en el latín norteafricano.

 

40

J. L. Cassani, Aportes al estudio del proceso de romanización de España. Las instituciones educativas, en CHE, XVIII, 1952, pp. 50-70.

Indice