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Poesías
Juan Valera
Al Sr. D. Marcelino Menéndez Pelayo
Mi querido amigo: No sólo mi
extraordinaria pereza, sino también otras causas, han retardado largo
tiempo el que yo escriba a usted la extensa carta que le tengo prometida.
Ciertas vacilaciones de mi espíritu han tenido la mayor culpa de
todo.
Y, sin embargo, yo no vacilo en reimprimir hoy, con creces, las
cosas que he escrito en verso, llamémoslas poesías, buenas o
malas, que se publicaron muchos años ha, coleccionadas, y cuya primera
edición se agotó al cabo.
Esta resolución, estriba en razones, a mi ver, poderosas.
La modestia y el orgullo coinciden en persuadirme de que soy
poeta.
Las razones que aduce la modestia son fáciles de exponer
aquí. Las difíciles son las que da el orgullo.
Desidioso yo, descuidado y vagabundo, jamás tuve humor,
paciencia y reposo para estudiar seria y detenidamente doctrina alguna. A la
naturaleza jamás le interrogué con pertinacia y ahínco
para que me revelase sus misteriosas operaciones. El aguijón de la
curiosidad siempre me punzaba, pero la desidia pudo más conmigo. Yo
quise y quiero saber cuanto hay que saber en el mundo, desde los soles ingentes
que pueblan el éter infinito hasta el átomo imperceptible; pero
como no he estudiado nada, es evidente que nada sé. Ni aun he logrado
enterarme de si estudiando hubiera yo llegado a saber algo, lo cual no ha
dejado de contribuir a retraerme del estudio.
El origen y las leyes del movimiento en los seres que no viven, la
vida y la muerte en los que viven, todo ha excitado mi curiosidad y nada he
averiguado. No, soy, pues, ni astrónomo, ni mecánico, ni
físico, ni químico, ni biólogo. Saber lo fenomenal o
aparente ya es saber algo, por más que a mí no me satisfaga;
pero, no se entra en el santuario sin la palabra exacta que abre su puerta, sin
la antorcha que en sus obscuros centros sirve de guía, sin la severa
disciplina que ha de preceder a la iniciación, sin la ciencia del
más y del menos, en cuyo estudio nunca fui yo muy adelante. Ignorando,
pues, la cantidad, ¿cómo saber de la calidad, que es asunto
más sutil y complicado, y sobre todo de la esencia, que es lo más
hondo, lo más inescrutable, donde el espíritu se pierde y
abisma?
Por cierta manera de discurrir y de sentir, que no dilucido ahora si
será mía, propia o común a todos los hombres, y si
será disparatada o juiciosa, este linaje nuestro, en su conjunto y en
cada individuo, me parece, porque nunca tuve achaques de misantropía, lo
más notable que en el universo se puede concebir, y aun apenas concibo
yo que algo pueda valer más que nosotros en todo lo existente, salvo
Dios mismo. Así es que, estimulado por tal consideración, he
querido con mayor empeño saber del hombre, en su colectividad y en su
individualidad; de las facultades de su alma; de la tremenda autoridad e
irrecusable jurisdicción de su conciencia; de lo que llaman derecho y
deber; de si la especie progresa o no; de este compuesto maravilloso de la
sociedad, con su historia, su política y su economía; y de si los
tejedores, que van tramando tan rica y variada tela, entienden algo y
prevén la traza, dibujos y colores que ponen en ella, o si son meros
instrumentos de superior artífice. Un poquito más he estudiado
sobre todo esto, pero no lo bastante, ni con mucho; por donde confieso que lo
que sé no es digno de transmitirse ni de palabra ni por escrito.
Viendo yo además que el hombre, ya
para su conveniencia, ya para su recreo, ya para hacer menos desagradable o
más hermosa la vida, no contento con aspirar a comprender la
creación, se afana en continuarla y en mejorarla, construyendo casas,
jardines y barcos, componiendo comedias y óperas, abriendo caminos y
canales, e inventando, en fin, las artes y los oficios, he anhelado
también saber de todo esto, pero he aprendido muy poco. La
música, por ejemplo, escapa a mi comprensión, aunque gusto de
ella. Para la maquinaria soy tan torpe que nada me explico. Y de varios
artefactos sólo siento, creo que sin equivocarme, por buen gusto
instintivo, si están bien o mal; pero no doy las pruebas ni llego a
percibirlas. Advierto, v. gr., que el guiso es sabroso, que el vino es
delicado, que el frac me va bien, que la bailarina tiene airosos movimientos y
que tal canto o sonata me deleita; pero no se me alcanza el porqué. Ni
siquiera, pues, me reconozco con las dotes del crítico.
Por último, sobre todo este saber empírico y de
observación, así de lo visible como del alma humana, que se
estudia y examina en sus potencias y actos, está el fundamento del
saber, sin el cual todo el saber sin enlace ni sistema sería ruin e
informe colección de recetas y noticias. Y acerca de este fundamento, y
movido yo del deseo de hallarle, también he consultado a los
filósofos, y leído lo que dicen, y meditado y pensado por
mí; pero nada he sacado muy en claro. Por manera que, a la edad de
sesenta años, me encuentro sin ciencias experimentales, sin
conocimientos de artes y sin metafísica.
Nada tuve ni tengo que enseñar a los hombres. Y, no obstante,
hace ya años que, si bien no tomándolo por oficio, sino
sólo de vez en cuando, escribo para el público. ¿Para
qué, pues, y de qué escribo? Mi escritura no tendría
perdón de Dios, ni yo mismo me perdonaría, aunque soy indulgente
para con todos y para conmigo, si yo no fuese o si al menos yo no me creyese
poeta.
Declaro humildemente que no he tenido jamás ninguna
revelación externa. Ni santo, ni ninfa, ni alma en pena o en gloria, ni
genio, ni demonio se me apareció jamás. Mis revelaciones
internas, si las he tenido, no pasan de naturales. Por más que me
esfuerzo, a veces, en creer que pude yo tener revelación sobrenatural,
no logro persuadirme. Así es que, careciendo, como carezco, de
revelación sobrenatural, que da ciencia infusa, y de la ciencia que
adquiere con largas vigilias quien se quema las cejas en la lectura de mis
librotes y cavila mucho, repito que nada tengo que enseñar, y que, por
lo tanto, nada debiera escribir, si no hubiese poesía, y si ya no me
disculpase afirmando que escribo poesía.
Esta, a lo que presumo, es de dos modos principales: uno, el
más peregrino, en el cual no me atrevo a jactarme de ser poeta, es
cuando con cierta intuición que hay en el fondo de la mente, sin tocar
en lo sobrenatural, aunque rayando ya en su esfera y pugnando por penetrarla,
se columbran fugitivos resplandores de luz y hermosuras divinas, lo cual no se
ordena en sistema, ni se expone con método, ni se prueba con argumentos,
pero se dice con primor, y el que lo dice se llama poeta.
El segundo modo de poesía está en la profundidad y
brío con que se siente y piensa lo que piensan y sienten los
demás hombres, y en la virtud de expresarlo así sentido y
pensado, con tan nítida y poderosa forma, que conmueve y arrebata las
almas, al menos las que son capaces, pues no todas lo son, ni con mucho, y las
levanta a comprender la beldad y la armonía de los seres, de las
pasiones, de las creencias, y de cuanto hay de material, y de inmaterial, mejor
en la representación depurada, en el traslado limpio del poeta, que en
el borrador original de donde el poeta lo toma.
Claro está que, de este modo al menos, me considero poeta. De
lo contrario, no escribiría; pues yo no quiero engañar a nadie,
ni pasar por sabio, y mucho menos por apóstol o vidente.
Y aquí, antes de seguir mi razonamiento, me importa hacer una
aclaración.
No vaya a entenderse, por lo que digo, que yo le quito la palabra a
todo o a casi todo el linaje humano, y sólo se la conceda a los sabios,
a los profetas o a los poetas. Yo no pretendo que nadie se quede mudo. Hablen
todos y escriban cuanto se les antoje. Polémicas periodísticas,
negocios, pedimentos, preámbulos de leyes y decretos, memorias de
ferrocarriles, despachos diplomáticos, infinidad de cosas se escriben,
sin ser profeta, ni sabio, ni poeta el escritor; y, si bien, siempre que el
escritor lo fuese, estarían mejor dichos escritos, no hemos de negar
que, aun cuando no lo sea, puede y aun debe escribir, según frase de un
amigo mío; pintar el expediente. El escribir en este sentido
ramplón y diario es como hablar. Sería horrible que nadie se
atreviese a desplegar los labios mientras no acudiesen a ellos sentencias,
revelaciones, teoremas, odas o salmos. Aquí sólo se trata del
escribir con cierta pretensión de vida extensa para el escrito, de que
se divulgue por todas las regiones de la tierra y de que viva en las edades que
están por venir.
Para esto ha de ser poeta el que escribe. Ya se entiende que en
mayor o menor grado. ¿Quién ha de calcularlos? Además que
para la popularidad, pronta, aunque efímera, tal vez conviene que el
grado no sea muy alto. Así el vulgo comprenderá y
saboreará mejor lo escrito, sin que los críticos, a fuerza de
predicar que lo escrito es bueno, patenticen aquella bondad que el vulgo no
percibía antes.
Como quiera, pues, que sea la elevación del grado, es
indudable que, salvo casos de revelación sobrenatural o de mucha ciencia
nueva, sólo el poeta debe escribir.
Y, aun si se apura bien este negocio, me inclino a afirmar que el
mismo sabio, si a más de ser sabio no es poeta, escribe sólo como
al vulgo se le consiente que escriba: para transmitir a los demás
hombres su descubrimiento; pero sin la menor esperanza de que su escrito se lea
y viva. En las historias de la ciencia que dicho sabio ha cultivado y en los
tratados de esa ciencia misma, se insertará lo que descubrió;
pero nadie irá a leerlo en el libro o en la disertación en que
él lo expone.
En suma, la razón principal del escribir es la poesía.
Los escritos se hacen famosos e inmortales por la belleza y no por la verdad
que enseñan. Casi siempre es vana pretensión la del que cree que
enseña escribiendo. Los grandes maestros de la humanidad no escribieron
nunca: ni Cristo, ni Sakiamuni, ni Pitágoras, ni Sócrates.
De lo expuesto resulta que yo porque soy poeta escribo, y que debo
escribir por lo mismo que no sé ni enseño nada.
Sentado esto, sobreviene cierta dificultad que me ha de costar
trabajo resolver, y cierta distinción, en que la dificultad se apoya, de
la que debo hacerme cargo, ya discurra acerca de ella en general, ya me
contraiga al caso particular mío.
«La poesía de que hablas, se me dirá, es en
sentido latísimo, y así no te negamos que, con más o menos
merecimiento, eres algo poeta. De lo contrario, no hubieras escrito tal cual
novela o cuentecillo que se lee, y varios articulejos humorísticos que
divierten. Pero bien se puede ser poeta en prosa, desde el bajo punto en que
tú lo eres, hasta el punto sublime en que lo fue, por ejemplo, Miguel de
Cervantes, y no ser buen versificador, que es lo que de ordinario, sin destilar
los conceptos en esos alambiques en que tú los destilas, llama la gente
poeta.»
Mucho hay que contestar a esto; pero no quiero pecar de prolijo, y
menos aún hacer mi propia apología. Diré sólo lo
que más atañe a la reimpresión de mis versos.
El público ha tenido la bondad de gustar un poco de mi prosa,
en la cual nada le he enseñado. Luego yo tengo algún motivo
razonable para considerarme poeta en prosa, prosista o escritor. Ahora bien: un
escritor se debe al público todo él, y no descabalado, por donde,
aunque mis versos sean detestables, yo quiero también dar al
público mis versos.
Cuando se publicaron por vez primera, mi tío don Antonio
Alcalá Galiano, propendía a dudar de todo, y que, a pesar del
cariño que me profesó, dudaba también de mi mérito
como poeta, dijo en el prólogo que me puso que lo probable sería
que alguna furiosa avenida del río del olvido se llevase para siempre
mis coplas, como otras mil insulsas composiciones de esta nuestra edad, sobrado
parlera, y en que tanta tontería se da a la estampa. Yo, lejos de
rebelarme contra tan ominosa sentencia, más bien la estimé suave
y nacida del ciego cariño del discreto pero alucinado pariente; porque,
sin avenida furiosa, sino con toda la pausa de su mansa corriente, el olvido
hubiera llevado, arrastrado y aun tragado mis versos, si yo no hubiese escrito
prosa después, y prosa que algunos han dado en calificar de bueno. Esto
los salva; esto los saca del fondo del río, donde, de otra suerte,
yacerían sepultados.
Mis versos, pues, a flote, no pueden ni deben ya ocultarse ni
retirarse de la circulación. Lo que me está bien es que, ya que
siguen con vida, sean lo menos desdeñados que se pueda. Para ello es
condición indispensable que sean entendidos. Acaso no pocas personas los
desdeñan porque no los entienden. Y no se me arguya que los versos deben
escribirse por tal arte que los entiendan todos los lectores. Por poco; que
sepa el poeta, y yo he confesado ya que no sé casi nada, siempre puede
saber algo que ignore quien le lea; y, por lo mismo que no tiene la
pretensión de enseñar, dice cosas que da por sabidas, y alude a
doctrinas y a sucesos que supone que todos conocen; pero como no los conocen
todos, la mayoría se queda a obscuras y no sabe por completo lo que el
poeta quiso decir. Esto ocurre, no sólo con poetas culteranos y
pedantescos, como Licofrón y Góngora, sino con poetas que nadie
me negará que lo son, como Dante y otros, los cuales necesitan
comentario y le llevan en muchas ediciones.
Y no vale la objeción de que se comenta lo famoso y aplaudido
y no lo menospreciado y obscuro. Alguien murmurará o dirá:
«Dante merece comentario, porque merece que todos desentrañen el
sentido profundo de lo que canta; pero ¿quién ha de querer
desentrañar el sentido de lo que cantas tú?».
En efecto, si yo fuese un compositor de versos, como hay muchos, que
dan a luz su colección donde todo es tejido de frases hechas o de frases
sin significado, la objeción sería justa. Yo no me
defendería contra los que tanto me rebajasen. Yo parto del supuesto de
que en mis versos hay significado, y pruebas de que el autor sabe lo que dice,
y afectos y pensamientos propios del autor.
En este caso, cualquiera colección de versos merece
comentario. En ella hay mucho digno de interés y de estudio. Parece
contradicción y no lo es; cualquiera colección de versos de buena
fe, no siendo enteramente nulo el autor, enseña sin que el autor aspire
a enseñar. Y enseña lo bueno, y tiene virtud moral y en cierto
modo purificante, y posee fuerzas que elevan las almas a esferas superiores,
porque el autor muestra lo que en su espíritu hay de más limpio y
hermoso, apartando las escorias y mezquindades que tal vez lo encubren en la
vida real, y nos da uno a manera de retrato de lo profundo y radical de su ser,
donde asiste Dios, donde Dios pone su sello y su imagen, y donde Amor
resplandece en su pureza y despliega su beatífica actividad, no
pervertida ni coartada por ruines intereses y apetitos.
Y a fin de que esto se dé en algún grado, no es
menester que los versos sean sobre objeto sublime. La composición
más ligera, si está bien, es manifestación de la luz
interior del alma, que ilumina el mundo del arte, como el sol el mundo real. De
suerte que, el caso vulgar que el poeta refiere, la mujer que celebra o la
escena que describe, todo está iluminado por esa luz, la cual le presta
su hechizo y pone allí su fuerza y su gracia. Este es el estilo; esta es
la forma. No consiste en consonantes difíciles, ni en rebuscadas figuras
retóricas, ni en transposiciones, ni en sonoridad y pompa de metro.
Consiste en algo más alto y más sutil que esas calidades, si bien
por lo mismo que es más alto no todos los lectores lo alcanzan, y por lo
mismo que es más sutil se sustrae a la percepción de las personas
rudas y artísticamente mal educadas.
Haciendo yo conmigo razonamientos tales, me atreví a conceder
a mis versos que merecían comentario, y pensé en que usted los
comentara o los ilustrara con notas eruditas, sin nada de encomio, a fin de que
la gente maliciosa no supusiese y propalase que estábamos concertados
para el encomio mutuo. Usted prometió hacer este trabajo, y acudo a
usted ahora para que me cumpla la promesa. De esta suerte los versos se
entenderán mejor, y si no se entienden ni se leen, siempre lograremos
que las notas, que de seguro van a ser amenas e instructivas, se lean y gusten,
por donde habrá en el libro algo de bueno que convide a comprarle.
Las notas tendrán además el atractivo picante y
chistoso de su inaudita novedad, pues hasta el día, que yo sepa,
sólo se anotaron los clásicos ilustres, y no algo que no sabemos
aún de fijo si será poesía o no será poesía,
y que se salvó como por milagro del río del olvido.
Hay otra razón más para las notas. Yo, como todo
poeta, bueno o malo, pero de buena fe, rara vez he escrito versos sin sentirme
entusiasmado, enamorado o movido de otro afecto grande. Y aun así no me
ha sido fácil escribirlos, porque se requiere además que el
tumulto y hervor de la pasión hayan pasado o que las domine serenidad
poderosa, hasta el extremo de habilitar al poeta para que tome por objeto de su
canto, por ejemplo, su más intenso dolor, y saque de él una obra
de arte.
De aquí, de mi pereza, de mi esterilidad tal vez, y de estar
ya descorazonado por el mal éxito, ha resultado que he escrito pocos
versos originales, y que he traducido, o más bien adaptado a nuestro
idioma, mucho de literaturas extrañas, ya parafraseando, ya compendiando
y extractando. Claro está, pues, que todo esto, escrito para otras
gentes, para otra civilización y otras costumbres, requiere
explicación y notas.
Justificado ya, a mi ver, el comentario, y demostrado que no se pone
por vanidad mía, bueno será que diga, yo algo de los versos
mimos.
Mi retraimiento y mi casi abandono de las Musas, merced al
desdén público, han producido varios efectos. El primero ha sido
que he escrito poco. Con favor y aplauso, hubiera yo sido, a pesar de mi
pereza, de fecundidad tal vez deplorable. Pero resulta también que los
versos propios, y no parafraseados, son, en gran parte, de los albores de mi
vida; y como en aquel tiempo se estudiaba menos que ahora, y yo he ido
aprendiendo con desorden lo poco que sé, v. gr., primero la
estética y luego la ortografía, primero la metafísica y
luego la gramática, hay en varios de mis versos incorrecciones y otras
faltas para las que pido indulgencia. Asimismo hay en otros cierta
palabrería, aunque nunca en el grado que se usa, y lo que, con
expresión harto familiar, puede llamarse
inocentadas de chiquillo , que también
ruego se me perdonen. En algunos son tan subidas las inocentadas, que los
suprimo en esta nueva edición.
Y hechas ya las salvedades, afirmo, que
mis versos, aun con todas sus faltas, valen lo que vale mi prosa, ya que ellos
está en germen, en cifra, en lírico y conciso resumen, todo lo
que he sentido, pensado y escrito en prosa, más tarde, con mayor
amplitud. Y echando la modestia a un lado, ¿por qué no declarar
también que en algunos de estos versos, principalmente en
El fuego divino , en el idilio del viejo
rabadán y
A Gláfira , la nitidez, la elegancia
sencilla y la atinada limpieza de la forma; son notables, lo cual de sobra se
conoce que no se consigue sobando y limando, sino por dichosa
inspiración?
Añadiré todavía a mis
versos ciertas buenas prendas de que la prosa carece: el candor, la
lozanía y la frescura de la juventud, y propósitos más
puros, porque los versos están hechos sin la vana y egoísta
esperanza de ganar con ellos dinero, influjo o al menos fama inmediata, sino
sólo por amor entrañable de la misma poesía y con anhelo
cariñoso de vivir en lo futuro en algunas almas, afines a la mía,
donde despierte o suscite mi voz simpática resonancia, cuando ya no
pueda mover con impulso material las ondas del aire.
Y aquí terminaría yo, dejando encomendada a usted la
tarea de explicar mis composiciones, si no hubiera una, la más
importante, que, por no estar concluida y porque no se concluirá nunca,
ha menester explicación de mi parte: algo a modo de
interpretación auténtica. Me refiero a la leyenda titulada
Las aventuras de Cide Yahye .
En mi edad madura he declamado yo
bastante, como crítico, contra la pretensión de escribir epopeyas
en nuestros días, en el más alto sentido, esto es, algo narrativo
que contenga cuanto hay de divino y de humano, y que abarque y refleje, por
medio de mitos simbólicos, toda nuestra complicada civilización.
A pesar de Goethe, Espronceda y otros, tal empeño es, en mi sentir,
irrealizable; y como he dicho las razones en que me fundo, me remito a las
obrillas mías en que las he dicho y dejo de repetirlas aquí. Pero
yo no había formulado tal opinión en mi mocedad, y también
aspiré entonces, aunque sólo hasta cierto grado y con modestia, a
escribir algo que propendiera a ser epopeya trascendente. Lo singular y lo
más original fue que tomé asunto, o mejor dicho, base de asunto
en un cuento bastante cómico, ligero y aun verde, de Boccacio, poniendo
de mi cosecha lo trascendente, lo patético, lo elevado y lo maravilloso,
que en epopeya había de convertirle. Así se mostraba desde el
principio mi inclinación a mezclar lo serio y lo jocoso, mi humor;
aquella idiosincrasia de mi pobre ingenio, en virtud de la cual creo que, sin
el menor viso de fundamento, unos tiran a celebrarme y otros a denigrarme con
la calificación de Voltaire, pequeñuelo y canijo, como venido del
mundo fuera de sazón.
La historia, en su substancia, es la de un rey moro, cuya linda
novia es seducida, robada y gozada por unos cuantos; pero ella lo oculta, lo
calla, y todavía se casa con el rey y lo hace dichoso.
Véase ahora cómo elevaba yo esto a semiepopeya
trascendente. Al rey moro, cuyo trono y reino, inspirado yo por la
rústica, amena y pintoresca fertilidad de Lanjarón, coloco en las
Alpujarras, se le ocurre enamorarse de la propia belleza ideal que en su alma
ha concebido. Aspira a revestirla de forma sensible, y como ésta es
empresa sobrehumana, se desespera; pero las hadas, cuyo favorito es y a quienes
refiere su cuita, suben al mundo de las ideas, traen de allí la que
tiene enamorado al rey, le dan cuerpo valiéndose de los elementos y de
las esencias mejores de las cosas y se la entregan por mujer. Como idea
sólo, nadie se la hubiera quitado, nadie la hubiera contaminado; pero,
ya con cuerpo, le suceden mil percances lastimosos. Mi rey, entretanto, no es
como el del alegre novelista: mi rey lo sabe todo, lucha contra su adversa
suerte, y sigue siempre enamorado en pos de su ideal belleza, aunque manchada
en lo material. De aquí guerras, hazañas y casos estupendos por
mar y tierra, en que había tela cortada para vencer al Ariosto. Al fin,
mi rey, convertido en pirata, entra al abordaje en el navío de un gran
príncipe, el último de los amantes de su mujer, y se la arrebata;
pero cuando ya la tiene acuden más guerreros de otros barcos de la
escuadra del príncipe, y el rey, cercado, ve que no puede vencer aquella
multitud de enemigos, y da de puñaladas a la hermosa, se hiere él
también, y, abrazado con ella, se arroja en el fondo del mar.
De aquí nacen la lección moral y la final apoteosis.
La belleza pura, libre ya de la manchada terrenal vestimenta, toda refulgente y
limpia de culpa, toma a mi rey y se le lleva consigo al mundo de las ideas, de
donde ella ha venido: a un ultracielo, de donde todo lo bello y todo lo
verdadero, artes, metafísicas, religiones y amores, proceden, antes de
impurificarse con la realidad y de combinarse con elementos caducos y
corruptibles, por excelentes que sean.
En el plan de este poema, así como en todo lo que yo he
escrito, se ve mi afán de ser optimista, sin dejar de notar y de sentir
los males que nos afligen, justificando a la providencia a pesar de ellos, y
procurando remediarlos o mitigarlos con poesía y risa cuando son
pequeños, con poesía y lágrimas cuando son grandes.
Ahora, lejos de mi patria, afligido por imprevisto y cruel
infortunio, escribo a usted lo que no he escrito cuando estaba tranquilo, y
hasta cierto punto me consideraba feliz. Ahora busco lo que antes no buscaba:
consuelo y distracción en mi soledad y en mi pena.
Por otra parte, aunque bien puede ser que mi cansada vejez se
prolongue en demasía, y yo no quiero imitar a los mentidos siervos de
Dios que anuncian su tránsito a mejor vida y no llega cuando le
anuncian, diré que, desde hace meses, y sobre todo desde pocos
días ha, desde que supe la muerte de mi hijo mayor, robusto, hermoso de
cuerpo y alma y en la flor de su edad, está fijo en mí, como
nunca, el casto y severo pensamiento de la muerte, que nos induce a meditar y a
emplearnos en las cosas más graves. Y, como no dejaré bienes de
fortuna que hereden mis otros hijos, vivos aún, es de gravedad para
mí arreglar y ordenar el único caudalillo que he allegado, fruto
de mi estéril ingenio, y hasta apresurarme a trabajar para acrecentarlo
con algo de más valer, a fin de que, si el amor propio no me
engaña, vierta algo de brillo simpático sobre mis hijos este
mérito mío, y predisponga el corazón de las gentes con
respeto y cariño para ellos; y a fin también, de que lo menos
malo de mi ser, lo más delicado y puro de mi espíritu, permanezca
en esta tierra, cuando yo pase, y ellos me conozcan, me amen y me estimen.
Porque yo, tal vez habré pecado por error, pero no tengo remordimiento
de haber puesto jamás intención viciosa ni en mis obras
más ligeras y desenfadadas; sino que, siempre, cuando no la bondad
moral, me ha inspirado el amor puro de lo bello.
Usted, que, si bien es bondadoso y me quiere, es justo, lo cree
así, prescindiendo de los extravíos y flaquezas de nuestra
mísera condición humana; usted sabe, además, que el arte
lo limpia todo y extrae oro del fango.
Adiós, y no dude que soy su mejor amigo,
JUAN VALERA
Washington, 7 de julio de 1885.
Quiere mi amigo don Juan Valera que yo
comente o ilustre sus poesías, poniendo de manifiesto el sentido interno
de algunas de ellas, y apuntando de paso el origen de los versos traducidos o
imitados, que en el presente libro se encuentran. La empresa tiene para
mí tanto de grata como de dificultosa. La especial calidad de estos
versos, que el docto prologuista de la primera edición calificó
muy atinadamente de poesía sabia; la variedad de sus orígenes,
derivada de la rarísima cultura del autor; el jugo de ideas y de
doctrina que muchas de estas composiciones encierran; las alusiones
históricas, mitológicas y geográficas que en otras
abundan, harían el comentario de ellas, si con rigor se hiciese, no
menos voluminoso que el de Herrera a Garcilaso, y exigirían en el
comentador tanta copia de erudición, por lo menos, como la que mostraron
Faría y Sousa anotando a Camoens, o Salcedo Coronel a don Luis de
Góngora, o Clemencín a Miguel de Cervantes. Para lo segundo me
siento sin caudal y sin fuerzas, y lo primero quiero evitarlo a todo trance,
por no incurrir en el vicio de intolerable prolijidad, abultando un volumen ya
harto grueso, en el cual es seguro que los lectores han de buscar los versos
del señor Valera y dejar a un lado, con sobra de justicia, mis notas
que, aun no siendo mías, tendrían forzosamente algo de la
impertinencia que acompaña a todas las glosas y comentarios del mundo;
trabajos estériles para el común de los doctos, y poco gratos al
paladar de los ignorantes.
Por otro lado, el comentario mejor, el más profundo, el
más sincero, el más elocuente, le ha hecho el autor mismo en la
carta dedicatoria que va al frente del libro, y que seguramente ha de ser
leída con deleite y con asombro por los muchos apasionados de la prosa
del señor Valera. En este documento, a mi entender admirable (y creo que
la gratitud no me ciega en esto), el señor Valera nos expone sus ideas
sobre el arte, nos declara cuál ha sido su ideal poético, nos
confiesa con rara franqueza sus temores y desfallecimientos, y las razones que
tiene, no obstante, para considerarse poeta, y hasta nos dice algo sobre el
pensamiento y la traza del poema que en sus juveniles años meditó
llevar acabo, y cuyo primer canto es una de las joyas en esta colección
con el título de
Aventuras de Cide-Yahye .
Si a esta carta se agrega el
prólogo que don Antonio Alcalá Galiano puso a la primera
edición de estos versos, en el cual prólogo, con toques
magistrales, como de quien son, se interpretan algunas de estas poesías,
y se ponen de realce sus peculiares excelencias y se discurre con alto sentido
crítico sobre el género a que pertenecen y aun sobre los modelos
predilectos del poeta, resultará hecha lo mejor del comentario, en el
cual, por otra parte, se me veda toda alabanza, y también, por
consecuencia forzosa, toda crítica puesto que crítica laudatoria
había de ser casi siempre la mía, siendo como soy
discípulo del señor Valera, admirador ferviente de su estilo y
secuaz de su manera y escuela poética, aunque con fuerzas muy desiguales
e inferiores a las suyas.
Quizá estas mismas circunstancias, y el conocimiento que
tengo de la índole y genialidad del autor, a quien estoy unido por
tantos lazos de gratitud y de amistad, me hagan menos inepto que otro
cualquiera para sentir y conocer ciertos primores de idea y de forma que se
hallan en estos versos, y que quizá no resalten tanto a los ojos del
vulgo como resaltan a los míos, después de haber leído
repetidas veces las poesías del señor Valera, y conservarlas,
años hace, en lugar muy privilegiado de la memoria. Por eso me lisonjeo
de que yo acertaría con pequeño esfuerzo a quilatar y poner en su
punto las bellezas de la poesía del señor Valera, que, por no ser
de las que a primera vista deslumbran más los ojos, no han sido tasadas
hasta el presente en su justo valor, aunque esperamos que han de serlo ahora,
gracias al progreso que en España han hecho las ideas críticas,
tan remotas hoy del punto en que se hallaban en 1858, fecha de la primera
edición de este libro.
El señor Valera tuvo como poeta la desgracia de llegar
demasiado pronto, de adelantarse a la época en que comenzó a
florecer; por lo cual, si es verdad que agradó a algunos pocos y
selectos jueces1 1 que
supieron entender y gustar las novedades que el libro traía,
halló, en cambio, cierta frialdad en la masa del público, que aun
seguía las corrientes románticas, y también en el
ánimo de los críticos, enamorados con exceso de las formas
oratorias de la oda académica.
Desde entonces el gusto ha ido cambiando, hasta ser hoy de todo
punto diverso. La poesía romántica está tan muerta y
olvidada como el clasicismo del siglo pasado. No hay escuelas poéticas,
ni nada que se parezca a disciplina tradicional o a rigidez dogmática.
El genio individual ha conquistado su autonomía en el campo de la
poesía lírica, que ofrece hoy en España, como en todas
partes, la variedad más rica y amena, reflejando todos los matices de la
idea y del sentimiento. Los modelos más heterogéneos obran
simultánea o alternativamente en la educación de nuestros poetas.
Ninguno es desdeñado, ni los del Norte ni los del Mediodía, pero
ninguno alcanza tampoco perdurable y absoluto dominio. Hoy Heine o Alfredo de
Musset, ayer Byron o Víctor Hugo; un día los neo-clásicos
italianos, otro los parnasistas franceses. Unos hacen gala de llevar a la
lírica algo de los procedimientos del moderno naturalismo, y escriben
con llaneza no superior a la de la prosa; otros conservan el culto del lenguaje
poético, y procuran enriquecerle más y más con felices
innovaciones y adaptaciones. En tal discordia y contrariedad de pareceres, de
aficiones, de gustos, de teorías estéticas y hasta de
teorías de estilo, justo es que se alce también la voz del
señor Valera, a quien, como poeta, muy pocos españoles conocen, y
que, sin embargo, tiene su nota lírica, propia, original y
característica, y ofrece, además, en su libro una copiosa y
variada antología de poesías insignes y famosas de grandes
ingenios extranjeros, con la mayor parte de los cuales no había tenido
hasta ahora la Musa castellana trato ni comunicación de ninguna
especie.
Bastaría, la sinceridad del contenido de este libro, para que
en él se fijase la atención de todo lector curioso y amante de la
belleza artística, puesto que en él aparecen, mezcladas en
agradable confusión, joyas peregrinas de las dos lenguas
clásicas, y de la alemana, y de la inglesa, y hasta de la arábiga
y de la indostánica, traídas todas a nuestro idioma con el
más exquisito primor y elegancia. Por otra parte, aunque el autor, en su
modestia, afirme que si bien «ha consultado a los filósofos y
leído lo que dicen, y meditado y pensado por sí, nada ha sacado
muy en claro, y se encuentra a estas horas sin Metafísica», es lo
cierto, y debemos decirlo los demás, que pocos, muy pocos merecen en
España con tanta razón como él el noble calificativo de
pensadores, y que pocos, o ninguno, tienen y alcanzan por fuerzas propias tan
gran número de ideas metafísicas como las que él ha
alcanzado y madurado en su entendimiento, sin necesidad de dogmatizar a
obscuras, ni de presentarse como hierofante y revelador, o como personaje de
especie más sublime que la del resto de los mortales, sino filosofando
al aire libre, con una amenidad comunicativa y un halago que de ningún
modo dañan a la trascendencia del pensamiento, el cual fluye limpio y
sereno, sin tristes cavilosidades ni espinas y arideces propias de los que
creen que la ciencia está irrevocablemente reñida con la
delectación. Si el señor Valera publicase juntos en un volumen,
como yo de todo corazón se lo suplico, los artículos que tiene
escritos bajo el rótulo de Metafísica a la ligera, no sé
yo cuántos españoles de este siglo podrían pasar por
más filósofos que el señor Valera, en aquella
filosofía que se saca de las reconditeces del espíritu propio, no
en la que se elabora zurciendo trozos de Kant, Hegel o Krause, de Santo
Tomás, Sanseverino o Prisco.
Siendo, pues, el señor Valera erudito y pensador, y siendo
una y otra cosa en grado eminente y rarísimo, tan eminente y tan raro
que quizá tenga el defecto de corresponder a un estado de cultura
más adelantado que el nuestro, es forzoso que estas cualidades hayan
trascendido a su poesía, informándola (como decían
hermosamente los filósofos escolásticos), esto es, dándole
alma y vida y muy original carácter. Hay, por consiguiente, en los
versos del señor Valera, aunque en cifra y de un modo indirecto y
simbólico, como conviene al arte, una verdadera doctrina
filosófica, o por lo menos los principios y fundamentos de ésta,
mediante los cuales el autor razona sus propios afectos e interpreta el
espectáculo de las cosas creadas. Es, pues, la poesía del
señor Valera, poesía reflexiva, erudita, sabia y llena de
intenciones, todo lo cual dificulta o alarga la tarea del comentario. Y como el
tiempo apremia, y no es cosa de detener más este tomo, que debiera estar
en la calle hace muchos meses, el comentario se quedará por esta vez sin
hacer (lo cual no es pérdida grande), y habrán de contentarse los
lectores con unas breves y menguadas notas, bastantes a probar que en esta
colección de versos hay más jugo y substancia de lo que parece,
porqué su autor sabe lo que se dice, y canta lo que siente y lo que
piensa, al revés de la mayor parte de los que hacen o hacemos versos en
España.
En el álbum de
María
En la tercera estrofa de esta linda y
juvenil composición, hay una evidente reminiscencia de
Góngora:
El dedo colocado
sobre la dulce boca, adormeciendo
el velador cuidado
.......................................................
Trae, enseguida, a la memoria aquella
hermosa canción:
Dormid, copia gentil de amantes bellos...
......................................................................
dormid, que el Dios alado,
nuestras almas dueño,
con el dedo en la boca
os veía el sueño...
Es quizá el único remedo
de los versos del antiguo poeta de Córdoba, en los versos de este otro
poeta cordobés, tan desemejante de él en todo, como no sea en la
lozanía del lenguaje.
La maga de mis sueños
En esta composición de fecha tan
lejana (1842), comienza a descubrirse el singular parentesco que existe entre
la inspiración lírica de nuestro autor y la de Leopardi a quien
de seguro no había leído entonces. Compárese (por no citar
otras) la canción
Alla sua donna con la presente, y
saltará a los ojos un aire de familia, que no nace de imitación
directa, sino de identidad de sentimientos:
Cara beltá che
amore
lunge m'inspiri o nascondendo il
viso.
Fuor se nel sonno il core
ombra diva mi scuoti,
o ne, campi ove splenda
più vago il giorno e di natura il
riso;
forse tu l'innocente,
secol beasti che dall oro ha
nome,
or leve intra la gente
anima voli ¿o te la sorte
avara
ch'a noi t'asconde, agli avvenir
prepara?
...................................................................
Se dell eterne idee
l' una sei tu, cui di sensibil
forma
sdegni l' eterno senno esser
vestita,
e fra caduche spoglie
provar gli afanni di funerea vita;
o s' altra terra ne' superni giri
fra' mondi innumerabili t'
accoglie,
e più vaga del sol prossima
stella
t' irraggie, e più benigno etere
spiri,
di qua dove son gli anni infausti e
brevi,
questo d' ignoto amante inno ricevi.
Por estas y otras semejanzas evidentes,
afirmó con razón don Antonio Alcalá Galiano, en el
prólogo de estas poesías, que el autor podía llamarse
condiscípulo, aunque no copista, de Leopardi, cuyas obras dio a conocer
en España el señor Valera bastantes años después,
mostrando al juzgarlas profundísima penetración del
espíritu del poeta y del encadenamiento de sus ideas filosóficas;
todo lo cual ha sido letra muerta para la mayor parte de los críticos de
España y de otras partes, los cuales no han sabido pasar de las primeras
páginas del libro, es decir, de las canciones
A Italia o
Al monumento de Dante , que, son, en medio de
sus pompas y esplendores de dicción, lo más académico, lo
menos intimo, lo menos profundo y lo menos leopardesco de todo Leopardi.
En la égloga IV de
Virgilio
Esta composición, como su
título mismo lo indica, está tejida de imitaciones del
Sicelides Musae :
Ultima Cumaei venit jam
carminis aetas,
magnus ab integro saeclorum nascitur ordo.
Iam redit et virgo: redeunt saturnia
regna...
At tibi prima, puer, nullo munuscula
cultu...
Molli paulatim flavescet campus
arista,
incultisque rubens pendebit sentibus
uva
et durae quercus sudabunt roscida
mella,
......................................................................
ipsae lacte domun referent distenta
capellae
ubera; nec magnos metuent armenta
leones.
El poeta a quien comentamos ha admitido
la idea dominante en los apologistas cristianos desde los primeros siglos,
apuntada ya por Lactancio en sus
Instituciones Divinas , de considerar esta
égloga IV virgiliana, no como una mera composición gratulatoria
por el nacimiento del hijo de Polión (para lo cual parece demasiado
hiperbólico y pomposa), sino como un vaticinio de la próxima
venida del Redentor del mundo, anunciado en las profecías de las
Sibilas. Es indudable que en los años que precedieron al mayor
acontecimiento de la historia, había en todos los espíritus
generosos y excelsos un vago presentimiento de alguna grande y trascendental
renovación, que había de purificar y regenerar al mundo. La
ocasión de la égloga virgiliana pudo ser el regocijo
doméstico de la casa de Polión; pero, en el fondo del alma del
poeta palpitaba mayor sentimiento y le hacía, de una manera casi
inconsciente, intérprete de las grandes esperanzas humanas, en aquella
ocasión crítica y solemne. No tuvo Virgilio espíritu
profético, en el sentido que la teología da a esta frase; pero
por algo llamó la antigüedad
vates a sus poetas, y tenía,
además, el mantuano una tradición obscura, pero respetada, que le
dio materiales para su horóscopo, documento sublime de la
expectación que sobrecogió al mundo pacificado por Roma, en los
días inmediatos al cumplimiento de las profecías de los videntes
hebreos.
Todas las miradas se volvían hacia
Oriente , dice José de Maistre.
Sobre el uso que la Edad Media hizo de
esta égloga, nos remitimos al libro de Domingo Comparetti,
Virgilio nel medioevo , uno de los trabajos
más monumentales de la erudición moderna.
A Lucía
En esta serie de composiciones
eróticas, que deben contarse, sin duda, entre las más bellas del
autor, desarrolla y expone éste por modo poético su
concepción del amor y de la hermosura, idéntica en el fondo a la
de la escuela platónica, ya se la considere en el
Fedro y en el
Symposio , del maestro; ya en las
Eneadas , de Plotino; ya en el
Convite , de Marsilio Ficino; ya en los
Diálogos de amor , de León
Hebreo. Esta doctrina ha tenido la virtud, no sólo de inspirar sistemas
de metafísica y de estética, sino de inflamar y despertar el
estro de muchos poetas de la Edad Media y del Renacimiento y aun de tiempos
más modernos, comenzando por Dante y Petrarca, continuando por Ausias
March, Camoens y Herrera, y terminando por Leopardi, el cual ha dado a la
concepción platónica un sentido más alto,
enlazándola con sus ideas acerca del dolor y del mal, las cuales vienen
a constituir una filosofía pesimista de la voluntad, generalizada y
objetivada en términos análogos a los de Schopenhauer.
El platonismo erótico es el alma de los versos amatorios
del señor Valera, especialmente de estas canciones
A Lucía , compuestas en Nápoles
bajo la influencia evidente de los grandes maestros italianos. El soneto
Del tierno pecho aquel amor nacido,
no disonaría entre los mejores del
Cancionero del Petrarca, y aquella cuarta
esfera es como la marca o el cuño de fábrica. Las dos canciones
también son petrarquescas; pero no en el sentido de imitación
servil, que no cabe en la índole del poeta, sino en el sentido en que lo
son las de Leopardi, es decir, moviéndose en una esfera de luz ideal,
semejante a la del Petrarca, por más que esta luz emane de otro foco que
la del antiguo poeta. El fondo de las ideas pertenece evidentemente a la
filosofía platónica, aunque vaya mezclado con algo más
mundano. El amor que el poeta siente es «sed de un deleite del
cielo»,
Que el alma acaso percibió en su vuelo,
antes que forma terrenal vistiera.
Así se explica la
generación del amor en el
Fedro . El alma, mediante la reminiscencia, al
contemplar la hermosura terrena, recuerda aquella soberana e inmaculada
hermosura que antes percibió en otros mundos. Y al contemplarla, le
nacen al espíritu alas, como enseña Platón y nuestro poeta
repite:
......................................... y de
ligera
luz a mi corazón brotaron alas,
para que en pos de su ilusión corriera.
Este amor es deseo de hermosura, la cual
se manifiesta en la admirable ordenación de las cosas creadas,
Símbolo y forma del pensar divino,
trasunto de la belleza suprema e
incógnita, y escala por la cual el espíritu va elevándose
a la contemplación, de la increada belleza, procediendo por grados, de
los hermosos cuerpos a las hermosas almas, de éstas a las ideas puras
hasta llegar a la idea simplicísima de belleza, que es eterna,
inmutable, absoluta, no sujeta a decrecimiento ni a mudanza. Pero antes de
llegar a esta idea pura, inmóvil y bienaventurada, peregrina el
espíritu largamente por las cosas perecederas y caducas,
deteniéndose y absorbiéndose a veces demasiadamente en ellas, de
donde resulta el amor profano, que se distingue del amor místico por
razón de su objeto, pero no por razón de la tendencia o impulso
inicial, que en uno y en otro caso guía al alma enamorada. Lo que sucede
es que el alma suele detenerse o distraerse en el camino, como acontece a la
mayor parte de los platónicos de afición, y lo aconteció
también a nuestro poeta, según testifican estas dos canciones
suyas, tan tersas y tan gentiles, que, en su género, no temen la
competencia con otras algunas de nuestro Parnaso, ni por lo delicado y
exquisito de los conceptos, que jamás degeneran en pueril y enfadoso
metafisiqueo, ni por el primor aristocrático de la forma.
La idea de la
reminiscencia reaparece con frecuencia en
estas canciones:
Un recuerdo lejano
de otra esfera quizá o de otra vida.
.......................................................
Te
reconocí , exclama el poeta en otra ocasión, y aun no duda en
añadir como el más fervoroso discípulo de Plotino:
En un mundo mejor ambas se amaron.
Todo lo cual debe tomarse por mera
fantasía poética o por un modo sutil e ingenioso de insinuarse en
el ánimo de la dama a quien los versos se dirigen, puesto que, aun
siendo bella y poética la doctrina de la reminiscencia, riñe de
todo en todo con los principios de la sólida filosofía. Sin duda
nuestro autor tendría puestos los ojos y la afición en aquel
hermoso pasaje del
Fedro , en que el más grande de los
discípulos de Sócrates nos enseña que sólo el
conocimiento de la filosofía restituye al hombre sus alas y le hace
recordar las ideas que en otro tiempo vio, y despreciar las cosas que decimos
que son , y volver los ojos a las que
realmente son . Toda alma de hombre
(añade Platón) ha contemplado en otro tiempo la verdad; pero el
recordarla no es para todos, o porque la vieron breve tiempo, o porque al
descender a la tierra tuvieron la desdicha de perder la memoria de las cosas
sagradas. Pocos quedan que las recuerden; pero estos pocos, cuando ven
algún simulacro de ellas en este bajo mundo, salen de su seso, y ellos
mismos no se dan cuenta del la razón, acertando solamente a vislumbrar
entre obscuras nubes aquella nítida hermosura que en otro tiempo vieron
resplandecer al lado de Jove y de los otros dioses. El que no está
iniciado en estos misterios, vase como un cuadrúpedo tras del deleite;
pero quien, está iniciado y ha contemplado en otro tiempo las ideas, en
viendo un cuerpo hermoso siente al principio una especie de terror sagrado;
luego le contempla más y le venera como a un dios; y, si no temiera ser
tenido por loco, levantaría a su amor una estatua. Experimenta un ardor
insólito, y, bebiendo por los ojos el influjo de la belleza, comienzan a
brotarle las alas y siente extraño prurito y dolor, como los
niños en las encías cuando empiezan a brotarles los dientes.
Todo esto, hasta lo de las alas, se
repite en los versos amatorios del señor Valera. El cual reproduce
también aquella idea, eminentemente plotiniana, de considerar la
naturaleza como el espejo de la propia fórmula o idea de hermosura que
lleva innata el alma:
Mas cual en terso espejo cristalino
me mostraba doquier naturaleza
mi propio corazón tierno y ufano,
.......................................................
Y de mi propio amor y su hermosura
enamoreme , enamorado de ellas.
Es idea que el gran maestro de la escuela de Alejandría
desarrolla de un modo profundo y admirable en el libro VI de su primera
Eneada . Según Plotino, la belleza se
funda en semejanza, y por participación de nuestra belleza decimos que
las otras cosas son bellas. Como el alma es cosa excelentísima, se
alegra cada vez que encuentra algún vestigio de sí propia, y
mediante la fórmula de hermosura, que ella posee, reconoce en los
cuerpos la hermosura, que sería la idea misma si se la abstrajese de la
materia. El alma, pues, contemplando la forma que en los cuerpos vence y
subyuga a la informe materia, y congregando la belleza dispersa en el mundo, la
refiere a sí misma y a la forma individual que posee, y la hace
consonante, y amistosa, y armónica con esta forma íntima. Las
armonías de la voz son producidas por otras armonías latentes en
el alma, y hacen que ésta perciba su propia naturaleza reflejada en las
cosas. El señor Valera, abundando en las mismas ideas que Plotino,
repite al fin de su primera canción, dirigiéndose a la
señora de su voluntad:
De tu misma hermosura te
enamora,
que aquí en el alma retratada llevo.
Ausias March, uno de los más
grandes entre los amadores platónicos y petrarquistas, había
vislumbrado la misma verdad sin conocer a Plotino. Daba por razón de su
amor el encontrar en su propia alma gran parte del alma de su
señora:
Per molta part de vos qui trob
en mi;
y enseñaba que el amor vale cuanto
vale el amador, así como el sonido es según el órgano que
le produce.
En los últimos versos de la
canción segunda del señor Valera, parece sentirse como un eco
lejano de Leopardi en su estupenda elegía
Aspasia :
............................
Non cape in quelle
anguste fronti ugual concetto...
................................. che se
più molli
e più tenui le membra, essa la
mente
men capace e men forte anco
riceve.
El amor
Variaciones sobre el mismo tema
platónico. La mayor parte de las ideas de este fragmento proceden del
Convite o
Symposio , en aquel divino pasaje en que
Sócrates expone a los comensales del poeta trágico
Agathón, la enseñanza que recibió de una forastera de
Mantinea llamada Diótima, gran maestra en purificaciones y exorcismos.
Pero también otras ideas de las expuestas por los convidados de
Agathón encuentran eco en la poesía del señor Valera, el
cual, siguiendo a Pausanias, establece la distinción de la Venus Urania
o celeste y de la popular o demótica, a cuya distinción responde
la de dos distintos géneros de amores.
El poeta y el amor
En este diálogo hay ideas de
Plotino: «Quien no abrace más que las formas corporales,
vivirá siempre entre tinieblas y fantasmas. Busquemos nuestra dulce
patria, la fuente de donde procedemos. No habemos menester ni caballos ni naves
para este viaje, sino cerrar los ojos corporales y abrir aquellos otros que
todos los hombres poseen, aunque muy pocos los usen.»
Sueños
Composición bellísima,
llena de fantasía y de pasión reconcentrada, bastante por
sí sola para dar fama a un poeta. La idea contenida en estos versos:
Pero Amor logra más, a más se
atreve,
y combate con Dios, y de Dios triunfa.
es frecuente en los platónicos
cristianos, especialmente en los místicos, y la expone con gran vigor de
frase el padre Cristóbal de Fonseca en su
Tratado del amor de Dios : «El Amor
entrose por esos cielos, y cogiendo a Dios, no flaco, sino fuerte; no el trono
de la Cruz, sino de su Majestad y gloria, luchó con él hasta
baxarle del cielo, hasta quitarle la vida... Porque nadie es tan fuerte como el
Amor, ni aun la muerte, porque puso el Amor la bandera en lo más alto de
los homenajes de Dios.»
Es casi inútil advertir que en aquellos
versos
Y las antes recónditas estrellas
................................................
se refiere el poeta a aquel paisaje del
Purgatorio , en que Dante, por una de esas
adivinaciones propias del genio poético en su más alta esfera,
coloca sobre el rostro de Catón la luz de una constelación,
incógnita aún cuando el gran poeta escribía, y, conocida
hoy con el nombre de
Cruz Austral o
Cruz del Sur .
Io mi possi a man destra, e
posi mente
all'altro polo, e vidi quatro
stelle
non viste mai fuor che alle prime
genti.
Goder pareva il ciel di lor
fiammelle.
¡O settentrïonal vedovo
sito,
poichè privato sei di mirar
quelle!
Com'io dal loro sguardo fui
partito,
un poco me volgendo all'altro
polo,
là onde il carro già era
sparito.
Vidi presso di me un veglio
solo
degno di tanta reverenza in
vista
che più non dee á padre
alcun figliuolo.
Lunga la barba e di pel
bianco mista
portava a'suoi capegli
simigliante,
de'quai cadeva al petto doppia
lista.
Li raggi dello quattro luci
sante
fregiavan si la sua faccia di
lume,
ch'io il vedea come il sol fosse
davante.
.................................................................
Or ti piacia gradir la sua
venuta:
libertá vá cercando, che
é si cara
come sa chi per lei vita
rifiuta.
Tu il sai, che non ti fu per lei
amara
In Utica la morte...
Amor del cielo
Nuevas reminiscencias de Platón y
de Plotino. «La Venus celeste, nacida de Saturno, esto es, del
entendimiento, es tan pura, inviolable y permanente como él, y ni puede
bajar a este mundo, porque es de tal naturaleza, que jamás se mueve
hacia lo inferior: substancia separada y esencia que en ningún modo
participa de la materia.» (Libro V de la tercera
Eneada .) La picaresca composición de
nuestro vate, puede pasar por parodia o por maligno comentario de esta
doctrina.
A Malvina
En estos versos, dedicados (como de su
contexto se infiere) a una de las hijas del duque de Rivas, hay alusiones a
varios poemas de su padre. Sucesivamente, se la compara con la Kerima de
El Moro Expósito , con la Leonor del
Don Álvaro , con la Zora de
El Desengaño en un sueño . La
historia de Harú y Manú, a que se alude después, es un
mito persa, contenido en el
Shah Nameh , de Firdussi. Y el mago
Suleimán , que más abajo se
menciona, no es otro que el sabio rey Salomón, a quien los orientales,
especialmente los árabes, atribuyen mil conocimientos peregrinos,
además de los que la Escritura te concede, suponiendo, entre otras
cosas, que tenía a sus órdenes los vientos, y podía ser
trasladado por ellos en breve espacio de un lugar a otro; que entendía
el canto de las aves, el susurro de los insectos y el rugir de las fieras; que
veía a enormes distancias; que le obedecían sumisos los leones y
las águilas; que poseía incalculables tesoros, y un sello,
mediante el cual conocía lo pasado y lo porvenir, y dictaba sus
órdenes a los genios para que le construyesen templos y
alcázares, etc., etc. Verdad es que de poco le sirvió tanta
prosperidad y tanta ciencia, porque, habiéndose dejado arrastrar del
orgullo, le reprobó Allah, y tuvo Salomón que peregrinar cuarenta
días, demandando su sustento de puerta en puerta, mientras que los
genios, libres ya de la servidumbre en que los tenía, se apoderaron de
su sello, y, penetrando en su palacio, forzaron a todas sus esclavas. Esto y
otras mil cosas estupendas se refieren en varios libros árabes y
aljamiados, verbigracia, en el
Recontamiento de Suleimán , que ha
impreso e ilustrado con su habitual erudición el señor
Guillén Robles en el primer tomo de sus
Leyendas Moriscas .
El fuego divino
Esta composición es, a mi
entender, la más perfecta del señor Valera. Por la limpieza y
serenidad del estilo, y hasta por el corte métrico, pertenece a la
escuela de fray Luis de León; pero el fondo de las ideas es enteramente
moderno, si bien con cierto tinte místico. Parécenos que el autor
se ha inspirado muy de cerca en el famoso y elocuente libro de Herder,
Ideas sobre la filosofía de la historia de
la humanidad . Sostiene Herder que la superioridad de unas formas de
existencia sobre otras depende de la posesión más o menos
completa de aquellas propiedades, por medio de las cuales se expresa algo que
luego con mayor perfección ha de mostrarse en el hombre, centro de la
creación terrestre, que él domina en virtud del principio divino
que posee y que le hace apto para el razonamiento, para el ejercicio del arte,
para ser libre, para dilatarse sobre la superficie de la tierra, para la
humanidad, para la religión, para la inmortalidad. Herder concibe el
espíritu como un poder orgánico, pero no le identifica con el
organismo ni con la función. La concepción de nuestro poeta es
idéntica a la de Herder. Para uno y otro ese llamado
fuego divino es el principio que fecunda y
anima la materia orgánica; es una fuerza originalmente análoga
(según Herder) a las fuerzas de la materia, a las propiedades de la
irritabilidad, del movimiento, de la vida, pero muy superior a ellas, porque
obra en esfera más alta, en organizaciones más complejas y
delicadas. «De las profundidades del ser (escribe el pensador
germánico) nace un elemento inescrutable en su esencia, activo en sus
manifestaciones, imperfectamente llamado luz, éter, calor vital, y que
es probablemente el
sensorium del Creador; esta corriente
de
fuego divino circula a través de
millones y millones de órganos, depurándose cada vez más,
hasta qué alcanza en la naturaleza humana el grado de pureza más
alto a que puede aspirar un
idealismo terrestre .»
No es del caso impugnar esta
concepción semipanteísta. Por el momento, basta que sea
poética, y que nuestro autor haya sabido encontrar y expresar
hermosamente esta poesía.
Último adiós
Los primeros versos de esta
elegía (verdadera joya de sentimiento y delicadeza) traen enseguida a la
memoria el principio del canto VIII del
Purgatorio dantesco:
Era giá l'ora che
volge il desio
ai naviganti, e intenerisce il
core
lo di ch'han detto ai dolci amici
addio.
E che lo novo peregrin,
d'amore
punge, se ode squilla di
lontano,
che paia il giorno pianger che si
muore.
La velada de Venus
Valentísima imitación
parafrástica del
Pervigilium Veneris , obra de incierto autor
latino, y aun de época incierta, si bien no parece posterior al siglo
tercero. Está compuesta en un ritmo trocaico de carácter
popular:
Cras amet qui nunquam
amavit
quique amavit, cras amet:
vere novo jam canendum:
ver renatus nobis est.
.......................................................
El
Pervigilium ha sido atribuido con poco
fundamento a algunos de los más famosos poetas de la antigüedad,
entre ellos al mismo Virgilio. Otros se inclinan a suponerle composición
de la época de Adriano, y le dan por autor al poeta Floro, autor de una
improvisación en metro análogo al del
Pervigilium :
Ego noto Caesar esse,
ambulare per britannos.
......................................
Otros aun le traen a época
más moderna, y realmente la latinidad no es del siglo de oro. Tampoco,
en cuanto al destino primitivo de esta poesía, hay conformidad en los
humanistas, puesto que mientras unos le suponen compuesto para ser cantado en
una fiesta religiosa (la velada de Venus), y le asignan, por consiguiente, un
carácter sagrado y popular, otros le suponen inspiración
individual y caprichosa de un poeta que quizá haya aprovechado
fragmentos de verdaderos himnos sacros, pero que los ha modificado
profundamente, dándoles un carácter más subjetivo o
personal, lo cual se ve principalmente en los últimos versos, que por
ningún concepto parece que cuadran en una poesía escrita para ser
cantada en público.
Por otra parte, abundan en el
Pervigilium imitaciones de Lucrecio, Catulo,
etcétera, que denuncian más bien la mano de un retórico
hábil que la de un verdadero poeta popular. De todos modos, el
Pervigilium , además de ser muy curioso
por el metro, es positivamente muy lindo, y la traducción (o más
bien paráfrasis) del señor Valera puede decirse que aventaja al
original latino en grandeza y amplitud de formas y, en arranque y potencia
lírica.
Tu recuerdo. -Al sueño. - Al hada
Melusina
Entre los poetas alemanes de segundo
orden, Manuel Geibel es uno de los más beneméritos de nuestra
literatura, como traductor felicísimo de muchos de nuestros romances. El
señor Valera ha querido pagarle esta deuda, poniendo en verso castellano
tres composiciones suyas.
El ángel y la princesa
Juan Bautista de Almeida-Garrett, el
más ilustre de los poetas portugueses de nuestro siglo, publicó
en tres volúmenes un Romancero, recogido en parte de la tradición
oral, aunque no con el rigor y la severidad científica que hoy se exige
en este linaje de colecciones. El segundo y tercer tomo de la de Garrett
contienen verdaderos romances populares más o menos retocados por el
colector; pero el primer volumen es todo de composición suya, tomando
unas veces argumentos de las leyendas y cantos populares, y acudiendo otras a
fuentes eruditas y extranjeras. Tal acontece con el presente romance, cuyo dato
jamás ha sido popular en la Península ibérica ni en otra
parte alguna que sepamos. El mismo Garrett confiesa ingenuamente que
tomó su asunto de dos poemas, inglés el uno y francés el
otro:
Los amores de los ángeles , de
Tomás Moore, y
La caída de un ángel , de
Lamartine. Uno y otro se habían inspirado en la antigua y errónea
interpretación que algunas sectas judías y cristianas de los
primeros siglos dieron a aquel pasaje del Génesis, en que se habla de
los amores de los hijos de Dios con las hijas de los hombres. De esta
interpretación hay ya vestigios en el libro apócrifo de Henoch, y
consiste en suponer que los hijos de Dios no eran los hijos o descendientes de
Seth, sino las propios ángeles que bajaron a la tierra, vencidos y
avasallados por la hermosura de las hijas de los hombres, y prevaricaron con
ellas.
Romance de la hermosa Catalina
En la primera edición tuvo el
señor Valera la humorada de llamar a este romance traducción del
portugués. Es original, sin embargo, y demuestra la singular aptitud de
su autor para asimilarse el gusto y estilo de las poesías más
diversas. La presente puede rivalizar con las más ingeniosas
falsificaciones de la poesía popular hechas por Garrett o por
Durán.
La iglesia perdida (de Luis Uhland). -La
hija del joyero. - El paladín heraldo
El autor de estas tres composiciones es
harto conocido, para que parezca superfluo advertir que están traducidas
del alemán, en cuya literatura romántica ocupa Uhland uno de los
primeros lugares, prefiriéndole algunos al mismo Tieck. Uhland es, por
excelencia, el poeta legendario de Alemania; el cantor, a un tiempo brillante y
melancólico, de los recuerdos de la Edad Media. Su poesía ofrece
el contraste más profundo con la de Enrique Heine, que, sin embargo,
habla de él con mucho elogio en su libro de la
Alemania .
Firdusi
Esta composición pertenece al
Romancero , de Enrique Heine, colección
mucho menos conocida entre nosotros que su
Buth del Lieder o
Cancionero , del cual poseemos dos tan
apreciables traducciones, debidas a los señores Llorente y Pérez
Bonalde.
El hecho que sirve de base al poemita
tan lindamente naturalizado por el señor Valera, parece
histórico. El mismo Firdusi (autor del gran poema
Shah-Nameh o
Libro de los reyes ) se queja amargamente del
malo y fraudulento pago que le dio el sultán Mahmud, de la
dinastía de los Ghaznavidas. Los versos en que exhaló sus quejas
el poeta burlado, pueden leerse traducidos (probablemente en una versión
inglesa) en el tomo de
Poesías árabes, persas y
turcas , del conde de Noroña (París 1833).
Firdusi es uno de los mayores poetas del mundo, no ya sólo
de Persia. Su poema no tiene la poderosa unidad del
Ramayana o de la
Ilíada , ni pertenece tampoco a la
poesía épica genuinamente popular y espontánea, como esas
dos grandes epopeyas. Más bien que poema, el
Shah-Nameh es una serie o ciclo de poemas que
comprenden toda la vida histórica y fabulosa de la monarquía
persa; una interminable crónica rimada, que esmaltan por dondequiera
rasgos de genio. Firdusi había abrazado el mahometismo, pero en
él, lo mismo que en otros poetas del Irán, esta religión
no pasó más allá de la corteza. En el fondo de su alma se
mantuvieron fieles, si no, a las antiguas creencias, por lo menos al
espíritu tradicional de su raza, el cual, próximo a apagarse, se
manifestó en ellos con singular esplendidez y fuerza. De aquí los
elementos genuinamente épicos que en tanta abundancia contiene el
inmenso poema de Firdusi, a pesar de ser obra de erudición en gran
parte, nacida después del triunfo del islamismo y de la extinción
del culto de los adoradores del fuego. Enrique Heine caracteriza admirablemente
el poema de Firdusi al principio de esta leyenda suya, cuya traducción
es uno de los mayores triunfos del señor Valera.
La oreja del diablo
El conocido hispanófilo doctor
Juan Fastenrath, de quien es el original alemán de este cuento
estrambótico, hubo de tomar su asunto de un relato novelesco, en prosa,
que los ciegos venden por las plazas. Su título es el mismo que el de la
leyenda de Fastenrath, y la edición que tenemos a la vista es del
año pasado de 1885. Hay otras muy anteriores, lo cual prueba la
popularidad del cuento entre las gentes de condición humilde, que
consumen este género de papeles desdeñados de los doctos, por
más que muchas veces se encierre en tan plebeya literatura la
revelación de altos arcanos etnográficos e históricos. El
presente cuento, aunque groseramente alterado y modernizado en la pésima
versión que los ciegos expenden, parece ser de origen antiguo. El doctor
Fastenrath le ha mejorado mucho al ponerle en verso, suprimiendo más de
las dos terceras partes de las ridículas peripecias contenidas en la
relación vulgar a que aludimos, y a la cual no sería
difícil encontrar similares en nuestras colecciones de cuentos y en las
de otros países.
Trozos de Fausto
El señor Valera ha tenido siempre
especial admiración por el gran poeta Goethe. En su juventud
imitó el
Segundo Fausto , cuando casi nadie le
conocía entre nosotros. En su edad madura ha puesto en verso los trozos
más líricos de la primera parte, trozos que van intercalados en
la exacta versión en prosa publicada por los señores English y
Gras. Aquí aparecen estos trozos sueltos y desligados del conjunto del
poema, lo cual podría dificultar algo su inteligencia, a no ser tan
conocida de todo linaje de lectores cultos la obra maestra de Goethe, obra
maestra también del genio alemán, y aun de toda la poesía
moderna. Ofrécense aquí, pues, el
Prólogo en el cielo, la respuesta del
espíritu a la evocación de Fausto, el coro de la
Resurrección, el de los soldados y los campesinos bajo los tilos, el
canto de los espíritus en el corredor, la escena de la taberna en
Auerbach, los preparativos del remozamiento, la balada del Rey de Thule, los
versos que dice Margarita hilando al torno, la serenata de Mefistófeles,
y la solemne escena de la catedral y del
Dies irae . Los trozos que el
señor Valera traduce, a pesar de ser los de índole más
lírica y menos dramática (exceptuando el último), forman
juntos una especie de compendio del poema, que puede refrescar agradablemente
la memoria de quien ya le conozca en su integridad. Si prescindimos de la
balada del Rey de Thule (de la cual había varias traducciones, entre las
cuales sobresale la de nuestro llorado maestro don Manuel Milá y
Fontanals), el presente ensayo de traducción poética del
Fausto es el primero que recordamos haber
visto impreso en nuestra lengua. Con alguna posterioridad, el insigne escritor
valenciano, don Teodoro Llorente, ha publicado una versión
poética íntegra de la primera parte del Fausto, trabajo que
tenía comenzado muchos años hace, y que ahora ha completado y
retocado mucho.
Fábula de Euforión
No es traducción ni
paráfrasis, sino imitación muy libre y remota del más
bello episodio de la segunda parte del
Fausto , mucho menos leída que la
primera y tenida generalmente por inextricable y confusa en fuerza de su
excesivo simbolismo. No lo juzga así el señor Valera, el cual
hace muy ingeniosa defensa e interpretación de esta segunda parte en su
estudio sobre el
Fausto , que ha de aparecer en uno de los
volúmenes sucesivos de esta colección de sus obras. Convenimos
con nuestro autor en que la segunda parte sólo puede parecer un
logogrifo a espíritus ignorantes, perezosos y distraídos, ajenos
del todo al mundo de ideas metafísicas, estéticas y
científicas en que el espíritu de Goethe se movía. Pero
también se nos concederá que el símbolo y la
alegoría, por transparentes que sean, y por muy altas y trascendentales
que parezcan las ideas a las cuales sirven de envoltura, traen siempre consigo
un no sé qué de frialdad que es muy dañoso al arte, y que,
limitándonos al caso presente, hará siempre que la segunda parte,
no obstante las bellezas líricas y las profundidades metafísicas
que contiene, parezca siempre inferior a la primera, y menos humana, y
simpática, y deleitable que ella.
Por fortuna, el episodio de
Euforión es quizá el trozo del
segundo
Fausto que más libre se halla de estos
inconvenientes. El símbolo es claro y está al alcance de
cualquier lector, y la ejecución artística es de una belleza
insuperable. Del consorcio del genio de las razas germánicas,
representado por el Doctor Fausto, y del genio de la raza griega, personificado
en la hermosa aparición de Helena, a quien con mágicos conjuros
atrae Fausto del reino de las sombras, nace el genio de la poesía
moderna encarnado en Euforión, y sus rasgos concuerdan en general con
los de lord Byron, cuya gloriosa muerte estaba muy fresca cuando Goethe
escribía esta parte de su poema.
La idea de la evocación de Helena no pertenece
originalmente a Goethe: estaba ya en el
Fausto inglés de Marlowe; pero este
poeta del Renacimiento no había acertado a sacar partido de tan hermosa
idea que compendiaba el espíritu del Renacimiento mismo. Sólo
Goethe le dio el alcance y la trascendencia simbólica que ahora tiene,
produciendo una creación tan filosófica y tan poética a un
tiempo, que ya no se borrará de la memoria de los hombres, y será
como el tipo y el ideal eterno y armónico de la nueva poesía.
Hay en el
Euforión muchos rasgos, y no los
peores, que pertenecen en toda propiedad al Sr. Valera, como puede ver el
curioso que coteje esta
Fábula con el episodio correspondiente
de Goethe. Hay, también, imitaciones y reminiscencias del otros varios
poetas, hábilmente fundidas con el tono general y dominante de la obra.
Así, el bello coro en versos sáficos
Hijo sublime de la hermosa Helena...
no niega su parentesco con el himno de
Hermes, que anda entre los atribuídos por la antigüedad a Homero, y
que hoy mismo se imprimen al fin de sus poemas. Tengo para mí que no hay
en castellano versos sáficos de carácter tan verdaderamente
clásico como estos del Sr. Valera.
Más adelante, en aquellos
versos
Un tiempo de la cumbre que domina
el mar de Salamina
un rey miró, de presunción henchido...
reconocerá todo lector curioso una
imitación manifiesta del famoso canto de las isla de Grecia en el
Don Juan , de Byron, canto que yo mismo he
parafraseado en otro tiempo.
El paraíso y la Peri
Esperamos que el Sr. Valera
llevará a término su antiguo proyecto de poner en lengua
castellana todo el
Lalla Rook , colección de cuentos
orientales de Thomas Moore, ingenio maravilloso, todo color, brillantez y
halago mundano, que transportó a las nieblas del Norte las pompas,
aromas y misterios del Oriente, como si en él hubiese retoñado el
espíritu de Hafiz, de Sadi o de Firdussi. Cuatro son los cuentos en
verso que forman el collar de perlas llamado Lalla Rook:
El velado profeta del Khorassan, El Paraíso
y la Peri, Los adoradores del fuego y
La luz del Haram .
Hasta ahora, el Sr. Valera no ha traducido más que el
segundo, menos épico que los restantes, pero lleno de gracia y de
hermosura líricas. Para facilitar la inteligencia de este trozo de
poesía, un tanto extraño a nuestras costumbres y habituales
lecturas, nos ha parecido conveniente añadir algunas notas tomadas de
las que acompañan al original inglés de Moore, a quien yo tengo
por el tercero de los poetas británicos de su tiempo, después de
Byron y de Shelley.
I. En el lago de Cachemira existen muchas islas. La isla por
excelencia a que el poeta alude, parece ser la conocida con el nombre de Char
Chenaur.
II. Al lago de Sing-suhay va a parar el Altan-Kol o río de
oro del Thibet, así llamado por el que arrastra en sus arenas.
III. Suponen los mahometanos que los cometas son los dardos que
los ángeles buenos disparan contra los malos cuando quieren escalar el
empíreo.
IV. Los cimientos del Chilminar son las ruinas de
Persépolis. Suponen los persas que el palacio y los edificios de Balbeck
fueron edificados por los genios con el propósito de enterrar en sus
subterráneos innumerables tesoros que permanecen allí
todavía.
V. Mahmud de Gasna, o más bien el
Gaznavida , conquistó parte de la India
a principios del siglo XI de nuestra Era, y persiguió de la manera
más cruenta los antiguos cultos, arrebatado por el fanatismo
musulmán. Hacía gala de adornar a sus perros con los collares
sagrados.
VI. En las montañas de la luna se ha supuesto que
nacía el Nilo, a quien los abisinios designan con el nombre de «El
Gigante».
VII. Con el nombre de país de las rosas (Suristan) designan
los orientales a la Siria (de suri), por las bellas y delicadas especies de
rosas que hicieron célebre aquel país en otros tiempos. Tal es a
lo menos la opinión, de algunos viajeros, seguida por Thomas Moore.
VIII. Alude a la lluvia milagrosa que cae en Egipto precisamente
en el día de San Juan, y se supone que tiene la virtud de ahuyentar la
peste.
IX.
Shadukiam , la de las torres de diamantes, es
una ciudad, capital de región en el reino de Jennistán.
También se la apellida ciudad de las joyas.
Amerabad es otra de las ciudades del
Jennistán.
Las aventuras de Cide-Yahye
Sobre este poema, que desgraciadamente
no ha sido terminado, basta referirnos a la carta prólogo del Sr.
Valera. ¿Qué interpretación más autorizada? El
pensamiento filosófico que en el poema domina pertenece, como casi todos
los del autor a la filosofía neo-platónica o alejandrina. Ni ha
de parecer impropio poner tales sutilezas en la mente de un príncipe
árabe-andaluz, puesto que precisamente tuvieron muchos secuaces y
egregios intérpretes en los filósofos mahometanos y judíos
de nuestra raza, tales como Avempace, Tofail y Ben-Gabirol.
Este, en su famoso libro
Makor Hayin o
Fuente de la vida , nos enseña que la
forma (concepto análogo en su sistema al de la idea) es luz perfecta,
pero que, conforme se difunde en la materia y va concentrándose y
adquiriendo sucesivas determinaciones, pierde mucho de su integridad y de su
pureza, y se empaña, y se contamina, y se hace más espesa.
Por el contrario (añade el
poético filósofo zaragozano o malagueño), «si
quieres imaginar las substancias simples y el modo como tu esencia las penetra
y contiene, es necesario que eleves tu pensamiento hasta el último ser
inteligible; que te limpies y purifiques de la inmundicia de las cosas
sensibles; que te desates de los lazos de la naturaleza, y que llegues, por la
fuerza de tu inteligencia, al límite extremo de lo que te es posible
alcanzar de la realidad de la substancia inteligible, hasta que te despojes,
por decirlo así, de la substancia sensible, como si nunca la hubieras
conocido. Entonces tu ser abrazará todo el mundo corpóreo, le
colocarás en uno de los rincones de tu alma, entendiendo cuán
pequeña cosa es el mundo sensible al lado del mundo inteligible.
Entonces las formas espirituales se revelarán a tus ojos, y las
verás alrededor de ti y bajo ti, y te parecerá que son tu propia
esencia... Y si asciendes a los últimos grados de la substancia
inteligible, te parecerán los cuerpos pequeños e insignificantes,
y verás el mundo entero corpóreo nadando en ellos como los peces
en el mar o los pájaros en el aire».
Por no haber ascendido a esta sublime Metafísica; por
haberse empeñado en materializar y hacer corpórea la idea
inmaculada que vivía en su mente; por haber tratado, nuevo e infeliz
Pigmalión, de hacer respirar y moverse a la Galatea de su pensamiento,
tuvo que pasar el pobre rey de las Alpujarras, héroe de este cuento,
todas las tribulaciones que el Sr. Valera se proponía relatar en los
cantos sucesivos de su poema. Hay aquí un problema metafísico
punto menos que insoluble. La materia (y el mismo Ben-Gabirol lo reconoce) no
puede existir desnuda de forma: la existencia de una cosa sólo por la
forma se determina o se realiza. Todo ser es o inteligible o sensible, y el
sentido y el entendimiento humanos únicamente se aplican a formas
sensibles o inteligibles. De aquí que la esencia o la idea jamás
lleguen, en este bajo mundo, a realizarse en su integridad y pureza, ni se
pronuncie nunca del todo en los oídos humanos aquella palabra inefable
que el Altísimo imprimió en la materia. Sólo en una esfera
superior a la de la ciencia humana pueden hallar satisfacción estos
místicas y suprasensibles anhelos.
Del cuento de Boccacio que el Sr. Valera pensó tomar como
armazón de su poema, mucho pudiera decirse, con sólo copiar lo
que escriben los comentadores, del
Decamerone , especialmente Manni en su
Historia de aquel famoso libro;
DuMéril, en su estudio sobre las fuentes de los cuentos de Boccacio,
insertó en sus
Prolegómenos a la historia de la
poesía escandinava , y otros muchos eruditos que fuera prolijo
enumerar, y que dan amplia noticia de todos los viajes, transmigraciones y
extraordinarias vicisitudes de la fábula de Alaciel, novia del rey de
Garba o más bien del Algarbe. Pero como quiera que nuestro autor no
llegó a hacer uso del cuento de Boccacio, prescindimos aquí de
erudición tan fácil, limitándonos ahora a recordar que no
es el Sr. Valera el único que ha creído encontrar un sentido
melancólico y profundo en el cuento, a primera vista ligero y
pintoresco, del alegre novelador florentino. Lo mismo opina Emilio
Montégut en un reciente estudio inserto en su libro
Poetas y artistas de Italia .
En la estrofa que comienza
Eres semejante al alma
de amor al Amor objeto...
se alude de una manera bien clara a la
fábula de
Psiquis y el amor , referida de un modo tan
poético e interesante en el
Asno de oro , de Apuleyo, e interpretada por
los gnósticos y neoplatónicos en un sentido idealista
análogo al que predomina en la leyenda de nuestro autor.
Elegía de Abul-Beka, de Ronda, a
la pérdida de Córdoba, Sevilla y Valencia
El Sr. Valera ha traducido del
alemán la excelente obra del barón Adolfo Federico de Schack
acerca de la
Poesía y arte de los árabes en
España y Sicilia . Los versos de poetas árabes-hispanos que
Schack traduce al alemán y que forman la mayor parte de su libro, los
pone igualmente el Sr. Valera en un verso castellano.
Pero como quiera que la
traducción de Schack ha de formar parte de esta colección, y que
la mayor parte de las poesías dadas a conocer por aquel orientalista
reclaman forzosamente el auxilio del comentario en prosa, sólo ha
querido el señor Valera insertar en esta colección una muestra,
eligiendo, con buen acuerdo la famosa elegía del rondeño
Abul-Beka, encaminada a deplorar las calamidades que cayeron sobre el Islam con
motivo de las gloriosas conquistas llevadas a término por San Fernando y
por Jaime I de Aragón. De estas elegías a la pérdida de
ciudades, hay en la literatura arábiga de la Península muchos
ejemplares insertos generalmente en los libros de historia (véase, pongo
por caso, la elegía del moro de Valencia en la
Crónica general ); pero quizá
esta composición de Abul-Beka sea el tipo más perfecto y
más puro de tal género de lamentaciones. Nuestro traductor la ha
puesto en copias de pie quebrado, semejantes a las de Jorge Manrique, lo cual,
unido a ciertos solemnes giros oratorios acerca de la instabilidad de las
grandezas humanas, parece darle un remoto aire de analogía con los
inolvidables versos de aquel ingenio castellano a la muerte de su padre. Pero
si se lee traducida literalmente en prosa esta elegía, la semejanza no
resulta tan clara ni con mucho. Y por otra parte, prescindiendo de la
dificultad casi insuperable de que una poesía árabe de
índole tan culta y literaria hubiera podido nunca ser popular ni
conocida en Castilla (fenómeno que sería único, y por
tanto inexplicable, en la historia de nuestras letras), no cabe duda que la
semejanza es en pensamientos comunes, los cuales se hallan en poetas de todas
naciones y edades y aun en los mismos libros de la Sagrada Escritura, y que,
sin salir de su propia casa y familia, encontró Jorge Manrique cuantos
materiales necesitaba para su elegía, en las copias de su tío
Gómez Manrique
al contador Diego Arias de Avila , que fueron,
sin duda, su verdadero modelo:
En esta mar alterada
por do todos navegamos,
los deportes que pasamos,
si bien lo consideramos,
no duran más que rociada.
¡Oh, pues, tú, hombre mortal,
mira, mira,
cuán presto la rueda gira
mundanal!
Si desto quieres enxiemplos,
mira la grand Babilonia,
Tebas y Lacedemonia,
el grand pueblo de Sydonia,
cuyas murallas y templos
son en grandes valladares
transformados,
e'sus triunfos tornados
en solares.
Pues si passas las historias
de los varones romanos,
de los griegos y troyanos,
de los godos y persianos,
dignos de grandes memorias,
no fallarás al presente
sino fama,
transitoria como flama
d'aguardiente, etc., etc., etc.
Reco.- Las hojas que cantan.- El
destructor de los ídolos.- El mayoral del rey Admeto
Estas cuatro composiciones están
imitadas, o más bien parafraseadas, de otras del poeta norteamericano
James Russell Lowell. El Sr. Valera prepara un trabajo extenso acerca de la
poesía inglesa de los Estados Unidos, de la cual entre nosotros
sólo han sido conocidos hasta ahora los nombres de Longfellow, de Cullen
Bryant y de Edgar Poe, y aun este último más bien en concepto de
narrador excéntrico que de poeta lírico. Como muestras y
primicias de este trabajo, nos ofrece en la presente colección el Sr.
Valera algunas composiciones de Lowell, de Whittier y de Story.
Russell Lowell, lo mismo que Whittier, pertenecen por su
nacimiento a los Estados de la Nueva Inglaterra, que parecen ser o haber sido
el foco intelectual de la América del Norte. Por sus aficiones
clásicas, por su vasta cultura, por el primor de la forma, Russell
Lowell ha sido considerado por muchos como el verdadero tipo del literato
americano, tanto o más que el mismo Longfellow. Y, sin embargo, Russell
Lowell debe su mayor popularidad a una serie de versos políticos,
The Biglow Papers , en los cuales, para
asegurar el efecto inmediato no temió el autor recurrir a los
vulgarismos y yankismos más enérgicos de las provincias en que
había nacido, olvidados unos y no admitidos nunca otros en la lengua
inglesa clásica. Hasta la ortografía es rara e insólita en
este poema, que exige y lleva un índice y un glosario.
Pero prescindiendo de estas composiciones, cuyo interés es
un tanto local y transitorio, aunque arguyen despejado ingenio y grande audacia
filológica, lo que con más agrado puede leer un extranjero en la
colección de Russell Lowell son, sin duda, las composiciones inspiradas
por aquella serena intuición clásica, que él ha sabido
comprender y expresar tan lindamente en la oda que comienza:
In the old days of awe and
kee-eyed wonder,
the poet's song with blood-warm truth was
rife.
He saw the mysteries which circle
under
the out ward shell and skin of daily
life.
Nothing to him were fleeting time and
fashion,
his soul was led by the eternal
law.
There was in him no hope of fame, no
passion,
but with calm, godlike eyes he only
saw.
A este género corresponden
Reco y
El Mayoral del rey Admeto (The Sheperd of king
Ametus) . En esta última hace Russell Lowell, con extraordinaria y
profunda sencillez, la apoteosis de la primitiva cultura humana, labrada por
las artes del espíritu, en aquel período rudimentario en que la
naturaleza hablaba de un modo tan directo y eficaz a los mortales:
It seemed the loveliness of
things
did teach him all their use,
for, in mere weeds, and stones, and
springs,
he found a healing power
profuse.
Pero el idilio de Rhoecus es el
más acabado espécimen del nuevo género de leyenda
clásica que Russell Lowell ha puesto en boga. Compuesto este idilio en
versos sueltos, y traduciéndole el Sr. Valera en el mismo metro, ha
podido trasladar a su versión todas las gracias íntimas y
delicadas del original. Un sentido ético muy puro y elevado viene en
esta leyenda a depurar y engrandecer el antiguo mito dándole valor de
poesía eterna y universal, de aquella poesía que tiene
lágrimas y flores para todas las cosas creadas, especialmente para las
que son ternezuelas, débiles y humildes. Hay un profundo espíritu
de caridad en el fondo de la fábula de
Reco , y él constituye la mayor
originalidad de este poemita tan limpio y sosegado, fusión perfecta del
aliento plasmador y estético de la teogonía clásica con la
ardiente aspiración moral, propia y característica de las razas
del Norte.
La balada
The Singin Leaves y la que se titula
Mahmood the image-breaker , pertenecen a
distinto género y acaban de probar que el cosmopolitismo es la nota
característica de la poesía
yankee , así en Russell
Lowell como en Longfellow y en Story, hábiles todos en remedar las
inspiraciones de los pueblos más diversos, haciéndose por breve
espacio solidarios de su modo de sentir y de sus concepciones poéticas o
religiosas. En este concepto, más que en otro alguno, ha dicho Edmundo
Clarence Stedman, en su reciente libro
Poets of America , que Russell Lowell es, por
excelencia, el hombre de letras americano,
our representative man of letters ,
considerándole además como un
fine exemplar of culture , y añadiendo
que algunos le han llamado ciudadano del mundo. Stedman, sin embargo, reclama
vigorosamente los derechos de americanismo a favor de la poesía de
Lowell, estimándole como el tipo más perfecto de la cultura en
los Estados del Este.
Rossell Lowell nació cerca de Cambridge el 22 de febrero de
1819, y vive aún. Stedman compara la leyenda de
Rheco con la más bella de las
Helénicas de Landor, la
Hamadryada.
Praxíteles y Fryne
Traducida libremente de unos versos de
William Wetmore Story, hombre de muy varios talentos y aptitudes, literato,
pintor, escultor, medio italiano en sus gustos, muy refinado en su
dicción, y lo menos americano posible en el carácter habitual de
sus producciones. Como poeta es secuaz de Browning. De todas las poesías
de Story, las que alcanzan mayor estimación son
Praxíteles y Fryne, y Cleopatra .
Luz y tinieblas
El original de esta poesía es de
John Greenleaf Whittier, poeta norteamericano, en nada semejante a los
anteriores y de especie más alta que ellos. Whittier es un poeta casi
místico, una especie de cuáquero fervoroso, un apóstol de
la filantropía y de los sentimientos humanitarios. Durante la guerra
llamada de secesión, los cantos de Whittier (el cual, por la secta a que
pertenece, no podía empuñar las armas) contribuyeron, tanto como
las armas mismas, a la emancipación de millones de esclavos y al triunfo
del derecho y de la justicia. La colección titulada
Voices of Freedom es el principal monumento
de esta lucha. Como poeta religioso (prescindiendo de sus errores de secta, de
los cuales, por otra parte, no hace mucha ostentación), es, sin duda,
uno de los más fervorosos e ingenuos de nuestro siglo, menos reflexivo y
perfecto que Manzoni, pero lleno de ternura y devoción y de amor sin
límites a la humanidad redimida, y aquejado sin cesar por la nostalgia
de lo infinito. En muchos de sus versos ha tenido la suerte de expresar
conceptos elevadísimos y de eterna verdad, que pueden y deben ser
admitidos por todas las comuniones cristianas, incluso la que tiene la
excelencia de conservar el depósito sagrado y venerando de la
tradición católica. Así, por ejemplo, en los versos
The Shadow and the light , que el Sr. Valera
ha imitado (mejorándolos no poco, a mi entender), Whittier ha acudido a
mojar sus labios en una fuente purísima, en el libro 7.º de los
Soliloquios de San Agustín. Él
mismo pone al frente de su composición el pasaje del doctor de Hipona y
le alude al principio en términos claros:
The fourteen centuries fall
away
between us and the Afric Saint,
and at his side we urge to day,
the inmmemorial quest and old
complaint.
Whittier no se ha inspirado sólo
en el libro 7.º de los
Soliloquios (que tenemos tan hermosamente
traducidos a nuestra lengua por el P. Rivadeneyra), sino también en el
décimo: «Dentro estabas, y yo fuera, y allí te buscaba...
Conmigo estabas, y yo no estaba contigo, porque me apartaban de ti aquellas
cosas, que si no existieran en ti, no tendrían existencia. Tarde te he
amado, hermosura siempre antigua y siempre nueva...»
(Sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam
nova, etc., etc.)
La idea del infinito Océano de luz y de amor, que se vierte
y derrama sobre el Océano de la noche y de la muerte, pertenece a Jorge
Fox, padre de la secta de los cuáqueros, o a lo menos Whittier la ha
tomado de él.
Al contrario de Russell Lowell y de Longfellow, Whittier es uno de
los tipos más puros y más acentuados de la primitiva raza
colonizadora de la América inglesa. Tiene el mismo entusiasmo, la misma
virilidad y la misma unción que los primeros emigrantes de su secta.
Guillermo Penn le reconocería por uno de los suyos. Sin embargo, el
cuaquerismo de Whittier es un tanto disidente y heterodoxo, aun dentro de su
secta, y aparece influido por nuevas ideas filosóficas.
Con ser tan copiosa esta colección de poesías del
Sr. Valera, aun no figuran en ella todas las que ha escrito y dado a luz.
Faltan, no sólo las traducciones de poetas árabes publicadas en
el Schack (entre las cuales descuella la Kasida de Aben-Hamdis sobre el vino de
las monjas de Siracusa), sino también los dos idilios que van insertos
en la novela de
El Comendador Mendoza . Como el primero de
estos idilios es una de las mejores inspiraciones de nuestro poeta, se nota y
advierte aquí la falta, para que el lector de buen gusto vaya a
buscarlos en la novela de que forman parte, y con cuya acción
están enlazados. Falta, por último, el picaresco poema
Arcacosúa , que por razones de varia
índole, entre las cuales no es la menos fuerte la de no conservarle su
autor, ni haber podido nosotros dar con él en nuestras investigaciones,
se quedará por ahora en la sombra, a pesar de su gracia y desenfado, el
cual, por otra parte, no traspasa los términos de la razonable libertad
que siempre se concedió a nuestros ingenios.
M. Menéndez y Pelayo.
Un campo es el corazón,
un campo que tiene flores,
que se engalana con ellas
porque son sus ilusiones,
con cuyo perfume alienta,
5
cuyo perfume es su goce,
cuyo perfume embalsama
del corazón las regiones;
porque en el aire perdidas
las esperanzas del hombre,
10
son de la flor la semilla
con la que el campo cubriose.
Pero esta flor se marchita,
que está del sepulcro al borde,
porque tan sólo un momento
15
nos duran las ilusiones,
y el jardín se cambia en páramo
y en hojas secas las flores,
porque yermo el corazón
para siempre ya quedose.
20
Porque hay un huracán en la llanura
que el viento del deseo lo formó,
que marchitó del campo la verdura
y la flor gaya de ilusión seco.
Y este huracán, que lo engendró el deseo,
25
es la pasión que vomitó Luzbel,
y en sus alas marchito y en trofeo
lleva el que fue del corazón vergel.
Y deja un tronco seco y deshojado
de espinas lleno, lleno de dolor,
30
y éste es el desengaño, que clavado
se nos queda cual dardo matador.
Málaga, mayo de 1840.
Dulce me eres,
linda morena,
como me es dulce
de primavera
naciente aurora
5
de luces bellas.
Que son tus ojos
que mi alma queman,
soles nacientes:
y tus guedejas,
10
que al aire flotan
o en lindas trenzas
caen en tu espalda,
son por lo negras
como azabache,
15
y por lo luengas
como el cariño
que mi alma encierra
y que consagra
a tu belleza;
20
porque tu forma
toda es perfecta
toda es divina,
toda es aérea.
Es cual de un ángel
25
la tu voz tierna,
como un suspiro
que el aire lleva,
como el remate
de dulce endecha,
30
como el arrullo
de tierna queja
de la paloma
de amores llena.
Es lo que siente
35
tu alma bella,
que más encanta
que tu belleza,
puro y virgíneo
cual tu alma mesma,
40
cual el aliento
del Criador fuera
cual son dulcísimo
que exhala tierna
la lira armónica
45
del rey poeta.
Así, mi niña,
son las tus prendas
cual el perfume
de la flor bella
50
que el dulce céfiro
en alas lleva.
Por eso el pecho
mío se queja,
por eso siento
55
que mi alma incendias
en fuego vivo
de amor y penas,
un fuego eterno
que no remedian
60
mil y mil muertes
si mil me dieran,
que no consume
aunque quisiera
el agua toda
65
que, bravo, encierra
el mar ruidoso
que el mundo cerca,
ni el río de lágrimas
que lastimera
70
arroja mi alma
de amor deshecha.
Sólo tu labio,
tu mano bella
mi fuego ardiente
75
calmar pudieran.
Málaga, junio de 1840.
En tu virgínea frente,
de olorosos jazmines coronada,
el pudor dulcemente
la mano delicada
puso, y dejola de ilusión colmada.
5
En tu mirada, pura
más que la luz de la naciente aurora,
la inocencia fulgura,
entre sus llamas mora,
y nítidos ensueños atesora.
10
El dedo colocado
sobre la dulce boca, adormeciendo
el velador cuidado
del mundanal estruendo,
mientras tu corazón está durmiendo.
15
Duerme, duerme, ángel mío,
en fresco lecho de encantadas flores;
el ave en el sombrío
te cante sus amores,
el céfiro te arrulle y vierta olores.
20
1841
T' is sweet to be awaken' d by the
&
Dulce es el tierno canto
del ruiseñor amante,
que en la tranquila noche
resuena sin cesar.
Dulce junto a la fuente
5
límpida y susurrante
adormirse arrullado
del céfiro fugaz.
De la armoniosa música
los melodiosos sones,
10
que de amor estremecer,
el blando corazón.
La voz de las doncellas
mezclada en las canciones,
el son del arpa de oro
15
del tierno trovador.
Es dulce de las copas
el alegre estallido,
y dulce del banquete
el placer mundanal;
20
aspirar el aliento,
en el salón perdido,
de tanta enamorada
voluptuosa beldad.
Es dulce el giro rápido
25
del baile delicioso
de las cándidas vírgenes
que suspiran de amor;
de sus trémulos pechos
el deleite amoroso,
30
de sus miradas púdicas
el arrobado ardor.
Es dulce allá en los mares,
en la noche callada,
la canción ardorosa
35
del triste pescador;
por las tranquilas ondas
oírse modulada,
al compás de los remos
del ardiente amador.
40
Y es dulce el leve aroma
de las virgíneas flores,
que en su alas conduce
el céfiro gentil;
pero más es tu aliento
45
cuando me hablas de amores
con tus divinos labios
de nítido carmín.
Más dulces son tus ojos
o tu virgínea frente,
50
más dulce de tu pecho
el celestial ardor;
más dulce de tus labios
un beso tierno ardiente,
que todo lo más dulce
55
más dulce, más, tu amor.
Granada, 1841.
¡Ay! Cuán hermosa, cándida y
divina
brilla en su frente la inocencia pura,
más alba que la luz que el sol fulgura
al nacer entre mares de carmín.
Qué blondos sus cabellos aromados
5
que en mil rizos descienden por su espalda,
adornados tal vez de una guirnalda
de azucenas y cándido jazmín.
¡Qué pureza en sus labios sonrosados
y en sus mejillas de tempranas rosas!
10
¡Qué dulces sus palabras melodiosas!
¡Qué inocentes sus ósculos de amor!
Te alzas al cielo de placer radiante...
¿Qué deleite sus ojos embriaga
y qué secreta inspiración te halaga
15
que hace latir tu tierno corazón?
Porque esos ojos del azul del cielo,
brillantes cual la luz de la mañana,
sin una chispa de fulgor profana
buscan del cielo la suprema luz;
20
porque es un ángel desterrado al mundo
la celestial y púdica Laureta,
ángel que hiere el alma del poeta
y hace vibrar las cuerdas del laúd.
Santa inocencia te proteja siempre
25
cuando cesando tu dichosa infancia,
cual puro cáliz de eternal fragancia,
se abra al amor tu virgen corazón.
Pobre inocente púdica Laureta,
más pura que el amor de los querubes,
30
¿por qué sobre sus alas no te subes
a la celeste fúlgida mansión?
Granada, 1841.
Quaeritis unde mihi toties
scribantur
unde meus veniat mollis in amore ora
liber
non mihi Calliope, non haec mihi cantas
Apollo,
ingenium nobis ipsa puella facit.
Las cuerdas de mi lira
despiden blandos sones,
de armónica dulzura
henchidas y de amores.
Mi garganta modula
5
ternísimas canciones
y el sonido del harpa
languidece de amores.
Los aromados céfiros
sus alillas veloces
10
no extienden tan suaves
sobre las gayas flores.
Ni tan dulces lamentan
con arrullos acordes
las palomas gemelas
15
que se mueren de amores.
Pero el genio sublime
no inspira mis canciones,
ni despliega sus alas
sobre mi frente pobre.
20
Sólo me inspiran, ¡Cintia!,
tus ojos seductores,
tus nudosos cabellos
más negros que la noche.
De tu voz melodiosa
25
los dúlcidos acordes
y de tu blando sueño
los inocentes goces.
Granada, 1841.
Se obscureció la celestial lumbrera
con palidez mortal; los claros astros,
que iluminan el ancho firmamento,
ennegreciendo el mundo se extinguieron,
y las tinieblas hórridas cubrieron
5
la celestial esfera.
Rompió sus alas y extinguió su aliento
el aura lisonjera,
que la rosa ternísima libaba;
y enfurecido el viento
10
con ímpetu violento
en derredor bramaba.
El ángel del Señor envuelto en ira
cruzó el cóncavo espacio, de los tiempos
la inmensidad, de sus eternas puertas
15
rompió el quicial con fulgurante acero
y entró do está la eternidad velada.
Hundió los siglos en el hondo olvido
con poderosa diestra, y revolando,
con belígeros brazos furibundos,
20
a cenizas redujo las estrellas
y arrancó de sus órbitas los mundos.
Todo era noche, obscuridad, gemidos;
los cetros y los tronos
por el suelo rodaban;
25
del huracán violento los enconos,
en el silencio hundidos,
de la noche el horror acrecentaban.
Los hombres olvidaban,
de miedo lleno el corazón cobarde,
30
sus pasiones, delirios y mentiras;
el fuego celestial y el rayo ardiente
redujeron a yermo sus mansiones;
derrocaron sus iras
desde el roble potente
35
hasta el cedro del Líbano eminente,
y llenaron de horror los corazones.
Sólo en las calvas cimas,
de los excelsos montes
alumbraban el mundo,
40
como si antorchas funerales fueran,
con ímpetu fecundo
mares de fuego y lava requemante
derramando, los hórridos volcanes.
Los hombres, maldiciendo sus afanes,
45
con hambre y sed, y de dolor cubiertos,
como aceradas picas, erizados
sus cabellos de horror, muertos caían.
Sus cadáveres yertos,
sin sepultura, de festín servían
50
al voraz buitre y al hambriento lobo,
que de terror helados
domésticos y trémulos yacían.
Los mundos sin la fuerza que los une
nadaban en el hórrido vacío,
55
como nave a merced del mar violento.
Y la tierra sin hombres y sin día,
casi perdida en el espacio umbrío,
sin luz, sin aire, sin sonoro viento,
de abismos en abismos descendía.
60
Las olas fueron muertas
en la insondable tumba de los mares:
en hórridas cavernas encubiertas
sepultados los vientos,
sin nubes el horror del hondo cielo,
65
que la tiniebla fiera
cubrió de negro y de profundo velo.
Nada el espacio cóncavo encerraba,
todo en silencio de terror yacía,
ni la naturaleza suspiraba,
70
ni el universo de dolor gemía.
Diciembre, 1841.
Cuando los años con veloz carrera
arrebaten la flor de tu hermosura,
y en lágrimas bañados de amargura
tus ojos lloren tu beldad primera,
no en el cristal tu imagen lisonjera
5
busques entonces con falaz locura,
ni del arroyo en la corriente pura
que blanda fertiliza la pradera;
sino en mi pecho, donde eternas viven
mi ternura y mi fe; de tu belleza
10
bajo el abrigo de mi amor florece;
de tus recuerdos sin cesar reviven;
de tu virtud y virginal pureza
tienen un templo que jamás fenece.
Málaga, 1841.
Llorad, ¡oh Gracias!, y plegad las alas
dulces amores de dolor transidos...
el avecilla de mi blanda Lesbia
lánguida expira.
Murió por fin la virginal, suave,
5
tierna delicia de mi Lesbia amada,
aun más querida que la ardiente y pura
luz de tus ojos.
Porque era hermosa; su amorosa gracia
gratos placeres a mi Lesbia daba
10
a quien amaba; como a tierna madre
cándida virgen.
Sin apartarse del regazo tierno
de su adorada celestial señora,
volando en torno, de sus puros labios
15
bebió el aliento.
Con su nevado y argentino pico
trinos sonoros repitiendo alegre,
su blanca frente y su turgente seno
besar solía.
20
Murió la triste... no oirase el eco
de sus cantares regalados nunca,
no más sus besos de amoroso anhelo
gozará Lesbia.
No porque al mundo robes atrevida
25
tiernas beldades de mortal encanto,
no porque el luto despiadada siembres,
pálida muerte.
Porque robaste fiera el avecilla
objeto amado de mi amada Lesbia,
30
serás maldita de mi triste labio,
seraslo siempre.
Por ti padece sin cesar mil penas,
por ti apagados sus brillantes ojos
ora sin tregua de amoroso llanto
35
lágrimas vierten.
Granada, 1842.
Reddeas incolumme precor.
Céfiro blando de la dulce Flora,
esposo tierno y amoroso halago,
el éter vago con tus alas hiende
de ondeante gasa.
Soberbio Eolo en tu profundo antro
5
el viento hunde que a tu voz retumba.
Sirvan de tumba a sus sonantes alas
sus negros senos.
De las ligeras vagarosas auras
tan sólo el leve y amoroso aliento
10
suave concento derramando en torno
rice las ondas.
Potente diosa de la blanca espuma
del mar cerúleo para amar nacida,
hija querida del brillante cielo,
15
Venus hermosa.
Puras antorchas de la densa noche,
claras estrellas, misteriosa luna,
dulce fortuna en sus viajes dulces
dad a mi amigo.
20
Guardará entonces mi amoroso pecho
gratitud siempre a vuestro blando amparo
y, en canto claro, vuestras sacras glorias
dirán mis versos.
Málaga, marzo de 1842.
Sinite parvulos
venire ad me.
¡Cuán suaves los céfiros
murmuran
lamentando tu pérdida temprana!
¡Cuántas la aurora cándida y galana
sobre esa tumba lágrimas vertió!
¡Cómo mi seno de dolor palpita
5
con misterioso y apacible encanto,
al saludar de tu sepulcro santo
la pobre melancólica mansión!
Aun me parece ver tu virgen alma
al levantarse con sereno vuelo,
10
llegar al puro y, extendido cielo
en alas del radiante querubín.
Y que el Señor, con amoroso anhelo,
en medio de los ángeles te llama,
y con voz blanda y amorosa clama
15
«¡Dejad que venga la inocencia a mí!»
Feliz, Laureta, que cual blanca y leve
florecilla del valle delicada,
al abrirse tu cáliz, agostada
fuiste por mano del supremo Dios.
20
Que antes de disiparse los perfumes
de tu virgínea célica fragancia,
el puro cáliz de tu dulce infancia
el Señor en su seno recogió.
Mayo, 1842.
Yo quisiera cantar. Hierve y se agita
la inspiración en mi abrasado pecho...
Mas mi dolor por tu temprana muerte
la triste voz en la garganta hiela,
y sólo se revela
5
por las amargas lágrimas que vierte
mi corazón al contemplar tu suerte.
Oh, si me fuera dado
el ardor inspirar que a mí me inspira,
exhalar el dolor que el alma siente!...
10
¡Quién pulsara con estro más ardiente
la armoniosa lira!
..............................................................
¿Dónde están ya, poeta, los
acentos
de tu laúd sonoro?
¿Do las cuerdas de oro
15
que lanzaban torrentes de armonía?
¿Do la voz resonante
que, al vibrar en mi oído,
el alma estremecía,
llevándose tras sí como encantado
20
mi corazón amante?...
¡Oh desventura impía!...
Todo está sepultado
dentro del seno del sepulcro helado!
..........................................................
¡Oh muerte despiadada!
25
¡Oh vida malograda!
Águila que altanera
de la tormenta en el embate, fiera,
hasta los cielos por alzarse ansía!
¡Ay me! ¿Quién me diría
30
cuando te vi, de inspiración ardiente
fuego brotando la elevada frente,
que vendría la muerte destructora
de lágrimas seguida,
a dar fin en una hora
35
a tus dulces cantares y a tu vida?
Mas recuerdo los célicos acentos
de tus versos divinos,
que guarda mi memoria;
y cesan mis lamentos,
40
que imagino escuchar tu voz gigante
que se difunde en alas de los vientos
desde la excelsa cumbre de la gloria.
Mas, desmayando luego,
se extingue el vivo fuego
45
de mi entusiasmo, de tu muerte dura
vuelve el recuerdo al angustiado pecho,
y el triste corazón saltarse quiere
en lágrimas deshecho.
Murió Espronceda, y en la tumba obscura
50
el astro se eclipsó; mas sus cantares
eternos vivirán; su nombre augusto,
allá en la edad futura,
se escuchará con mágico respeto;
su inmarcesible gloria
55
límites no tendrá, y eternamente
su fama refulgente
conservará en sus páginas la historia.
Granada, mayo de 1842.
Dulce tormento de la vida mía,
hondo misterio de mi edad primera,
galana luz, de mi esperanza guía;
lozana flor que en el jardín floreces
de mi tierno y ardiente sentimiento,
5
que con las alas, ¡ay!, del pensamiento
por esa inmensidad te desvaneces:
como una virgen cándida, amorosa,
sobre tu blanco pecho me adormeces,
o tus labios de rosa
10
acarician mi frente con un beso.
El mágico embeleso
de tu suave voz hiere mi oído,
y el eco repetido
de tu cantar me halaga.
15
¡Qué quimérica y vaga
es la nube que encubre tu hermosura!
Que te miro doquier se me figura;
pero tú huyes, la esperanza mía
llevándote contigo
20
y arrancando del seno de tu amigo
en un suspiro toda su alegría.
¿Quién eres, que en las alas de mi
mente
te remontas al cielo?
¿Por quién el pecho siente
25
el continuo desvelo
que me atormenta con dolor impío?
¿Quién eres, di, fantástica señora,
infierno, beatitud, noche y aurora
del corazón enamorado mío?
30
¿Eres quizá la rápida
esperanza
que, con tus alas de esmeraldas vivas,
vas más ligera que el alado viento;
que retratas mi dicha en lontananza,
en medio de las ondas fugitivas
35
del mar del pensamiento?
Sí, yo te vi flotar sobre la ola
de la mar agitada,
aérea y vaporosa,
y en esa inmensidad perdida y sola
40
derramaba tu frente enamorada
una luz misteriosa.
En la rica y amena patria mía,
de sus frondosas selvas en lo esquivo,
a veces, de repente, te veía,
45
y tu mirar altivo
o tu dulce mirar el alma hería;
y tu revuelta falda,
blanca, leve, flotante,
se solía rozar con mi vestido,
50
y, al desaparecer, de tu guirnalda
una me dejabas odorante,
que de ella se te había desprendido.
¡Oh veleidosa maga,
cuya beldad el corazón halaga!
55
¿Eres del corazón primer latido,
o postrer sentimiento?
¿Eres mi amor sin esperanza, acaso,
o mi deseo rudo y violento?
¿Eres un sol que se hunde en el ocaso
60
para nunca volver, o del aurora
el luminoso aliento
que el cielo alumbra y el vergel colora?
Madrid, 1842.
Tus ojos, vida mía,
bellos como la luz de la mañana
que entre celajes de zafiro y grana
el claro sol desde el Oriente envía,
y el vivo lampo ardiente
5
que enciende el genio en tu divina frente,
arrebatan de amor mi fantasía.
Tu voz, vibrante y pura,
como los ecos del laúd sonoro,
que derrama un torrente de ternura,
10
arranca de mi pecho un «yo te adoro»;
y de tus puros labios encarnados,
en dulce miel bañados,
libar quisiera el encantado acento
antes que se difunda por el viento.
15
Tu suavísimo acento que, del aura
sobre las blandas alas conducido,
llega a mover mi espíritu dormido
y en nuevo amor mi corazón restaura.
El entusiasmo en tu inspirado seno
20
puso su fuego sacro, y en tu boca
sus palabras los cándidos amores;
y así tu nombre, de tu gloria lleno,
resistirá del tiempo a los furores,
como la yerta y empinada roca
25
que de las crespas olas combatida
alza la frente erguida
a cuyos pies el Océano brama.
Sí, Lelia mía, ya la eterna fama
que en las nubes esconde la cabeza,
30
llevó tu dulce nombre y tus canciones
por todas las regiones
do vierte el sol su lumbre y su belleza.
Yo escuché entusiasmado
en mi dulce retiro
35
tu cántico inspirado;
mas, luego que te vi, dueño adorado,
el corazón de amor lanzó un suspiro.
El dios de la poesía
en lauro eterno coronó tu frente,
40
de tu dulce regazo, vida mía,
el entusiasmo ardiente
brota al pulsar la cítara sonora,
y Stenio al verte tu faz implora;
y te suplica con ardiente ruego
45
que tengas compasión del vivo fuego
que arde en su amante pecho; así el que inspira
sacro numen tu canto enardecido,
haga vibrar con mágico sonido
entre el aplauso popular tu lira.
50
1842 o 1843.
¿Cuándo será que pueda, amigos
míos,
me preguntáis, volver a mi Granada;
y ver sus frescos ríos,
y su Alhambra dorada,
por quien mi pecho sin cesar suspira?
Cuando el poder que contra mí conspira
se sumerja en el mar de mi amargura,
cuando de su deseo más ferviente
sólo le quede al corazón doliente
un lastimado acento de tristura.
Entonces iré ahí, y en vuestros
brazos
aliviaré mi pena.
...............................................................
Entretanto, si oís en la serena
noche, en la Alhambra, un lastimado acento
que se confunde con el manso ruido
del aromado viento,
que en la verde espesura
los árboles menea, es el quejido
de mi alma enamorada,
que por ahí se anda divagando,
sus antiguos amores recordando.
Y si a los rayos de la luna hermosa
de la noche querida,
veis vagar por la vega, blandamente
en alas de los céfiros mecida,
una forma ligera y vagorosa
que por los horizontes se dilata;
y que suavemente
sobre las ondas de zafiro y plata
de los hermosos ríos
voluptuosa se mece,
y entre las densas nieblas desvanece
las orlas de sus blancos atavíos,
ésa es, amados míos,
mi ilusión querida;
la amada de mi vida,
cuyo recuerdo suave
en mi pecho se anida,
y el tierno corazón guardarle sabe.
Madrid, 1843.
Siempre presente a la memoria mía
estás, profundo mar; sobre tu espalda
de blanca espuma y líquida esmeralda
se columpia mi libre fantasía;
como al vencer del potro la fiereza
5
que por primera vez sujeta el freno,
mostrando con orgullo su destreza
vuela el jinete impávido y sereno.
Siempre, siempre te amé; me complacía
en oír de tus olas el silbido,
10
más suave a mi oído
que el eco de la artística armonía.
¡Ay!, cuántas veces la argentada luna
que en tu puro cristal se reflejaba,
cuando en la obscura noche te admiraba,
15
con débil luz me sorprendió importuna!
Objeto de mi anhelo
era adorar tu inmensidad tan sólo,
ya si sereno te contempla el cielo
o si violento Eolo
20
arrebata tus ondas espumosas.
Coronados de rosas
mis compañeros, jóvenes y amantes,
entretanto a los pies de sus hermosas
veían volar las horas como instantes.
25
Allí, solo a tu lado,
el mundo y el amor puesto en olvido,
de tu grandiosidad enamorado,
te contemplaba absorto y embebido.
Y hasta me imaginaba
30
que sólo tú mis penas comprendías,
y el que tu seno horrísono formaba
ronco bramido, el eco que sonaba,
pensé que era de las quejas mías.
¡Ay!, que de fuerte acero
35
tendría el duro pecho el arrogante
que en la espalda gigante
del hondo mar se sustentó primero;
arrostrando en un leño
el rebramar del huracán sonoro
40
y de las ondas el airado ceño.
En su palacio de oro,
de ricas perlas y coral luciente,
el dios que rige los inmensos mares
estremeció de cólera el tridente
45
al ver al hombre que, sus patrios lares
por las ondas dejando turbulentas,
sujetó el hado a su inmortal destino,
a otras tierras abriéndose camino
sin temer las undívagas tormentas.
50
Los genios que sustentas,
Océano, en tu seno, no miraron
la humana audacia con la faz serena;
se enfureció la armónica sirena
y los vientos horrísonos bramaron.
55
Para oponerse entonces al camino
de Occidente, se alzó como un coloso
el padre de los mares; en las olas
asentado del férvido Océano.
Hasta que el grande genovés glorioso,
60
y el valor de las gentes españolas,
venciendo al dios marino,
un nuevo mundo hallaron;
y el pendón de Castilla
en la incógnita orilla
65
con brazo armipotente tremolaron.
Madrid, julio de 1843.
Como si en la pradera
silvestres flores bellas
eligiese, y con ellas
la guirnalda te hiciera
que tu frente ciñera.
5
O formase un donoso
ramillete variado,
que, aunque de olor privado,
lo pondría oloroso
tu aliento perfumado.
10
Prestando dulcemente,
a la rosa riente
por no causar agravios,
la nieve de tu frente,
y el carmín de tus labios.
15
Así ofrecerte quiero,
Sofía, las primicias
de mi musa, y espero
que les des en albricias
mérito verdadero.
20
Cosa fácil, pues sabes
que en siendo de tu agrado,
aunque las gentes graves
digan que soy negado,
no se me da cuidado.
25
Como un ramo de flores
mi pecho las envía;
dales tú, vida mía,
de tu rostro colores,
de tu boca ambrosía.
30
Que así como la viola
que en tu pecho se ufana
crece escondida y sola;
y ora se ostenta vana
contigo más galana.
35
Así a mis versos luego
que les prestes te ruego
miel de tus labios rojos,
de tu espíritu el fuego
el brillo de tus ojos.
40
Entonces, adornados
con dotes tan preciados,
se ostentarán donosos;
y más armoniosos
por tu labio cantados.
45
Granada, 1484.
En un ameno prado,
de flores esmaltado,
do dulcido resuena
de alegre cantilena
el eco enamorado;
5
do la blanca azucena
sobre la verde falda
de fúlgida esmeralda
del pensil aromoso
osténtase gala,
10
del néctar delicioso
con que el alba se ufana
henchido el crespo seno.
En este valle ameno,
do en límpidos cristales
15
desliza sus raudales
el arroyo sonoro;
formando blando coro
de mágica armonía
el céfiro a porfía
20
y el ruiseñor canoro.
En este valle umbroso
de plácidas riberas
de albergue misterioso,
todas las primaveras
25
una virgen hermosa,
púdica y candorosa,
de albo cendal flotante,
cubierto el seno amante,
fugaz aparecía;
30
mas rápida volaba,
y si alguien la seguía,
al punto la perdía
y nunca la encontraba.
Pero cuando llegaba,
35
de tierno placer llenos
los juveniles senos
con plácidas delicias
buscaban sus caricias,
y de sus blancas manos
40
recibían ufanos
mil frutas deliciosas,
mil flores olorosas,
bajo otro sol ardiente
más puro y más luciente,
45
de otro dichoso mundo
bellísimas nacidas;
sin duda bendecidas
de un hálito fecundo.
Quién fuera esta doncella
50
mil veces he pensado;
y el tiempo se ha pasado
pensando siempre en ella.
Sin duda que sentía
el puro sentimiento
55
de nuestra edad primera;
pues al prado venía
derramando contento
su beldad hechicera;
y luego que marchaba,
60
si alguno la seguía,
al punto la perdía
y nunca la encontraba.
Cual la perla que vierte la mañana
en el virgíneo cáliz de la rosa,
cuando el aura la mece cariñosa
y el sol desde el Oriente la engalana;
tal así de tus ojos, linda Juana,
5
se desprende una lágrima que, hermosa,
rueda por la mejilla pudorosa,
y más con ella tu beldad se ufana.
Que un delicado beso al darte amante
el que cubre tu rostro aljófar bello
10
inflama el corazón de tal manera,
que quisiera mi pecho palpitante
que siempre, ¡dulce bien!, por recogello,
tu llanto el rostro plácido cubriera.
Por la amena pradera
de la cercana aldea, distraído,
con la faz placentera,
puesto el mundo en olvido,
iba yo dulcemente embebecido;
5
prestando oído atento
al que la flor acariciaba al paso
enamorado viento,
o ya entonando acaso
los versos de Virgilio y Garcilaso.
10
La refulgente aurora
vertía puros rayos de su frente,
y la alondra canora
cantaba dulcemente
a la encantada margen de una fuente.
15
Del bullicio lejano
en mi suave soledad vivía,
y en vergel lozano
coronas me ceñía
que de violas pálidas tejía,
20
cuando sentí a mi lado
un suave airecillo lisonjero
de flores perfumado,
y el manantial lucero
brilló con nueva luz más hechicero.
25
La fuente cristalina
por las praderas se esparció serena;
lució una luz divina,
ardió amor en mis venas
y vertió el aura blancas azucenas.
30
Entonces vi una bella
Virgen que me tendía una mirada;
amable cual la estrella
que alegra el alborada,
y en un cendal blanquísimo velada.
35
Más aérea y esbelta
que el virginal pimpollo de la rosa,
en su talle más suelta,
gallarda y majestuosa,
que la hija de Píndaro famosa.
40
Esparcido el cabello
en aromadas trenzas por la espalda;
desnudo el blanco cuello,
flotante la ancha falda,
y en la púdica frente una guirnalda.
45
Al ver tan hechicera beldad,
mi corazón latió de amores;
y una flecha certera
que me dio mil dolores,
me disparó el Amor entre las flores.
50
Entonces la hermosura
tendió hacia mí su delicada mano;
y, bañado en la pura
luz de su soberano
rostro, olvideme del dolor tirano.
55
Y me llevó consigo
al través de los valles olorosos,
y mi tierno enemigo,
con vuelos caprichosos,
se posaba en sus brazos amorosos.
60
Y al llegar a una selva
de corpulentos árboles poblada,
de fresca madreselva
y arrayán tapizada,
y de un río limpísimo regada;
65
sonando la belleza
un blando silbo de marfil y oro,
salió de la aspereza
de ninfas mil un coro
danzando al son del crótalo sonoro.
70
Con ellas nos mezclamos
en danzas bellas a la par cantando;
y mientras que cantamos,
el caramillo blando
iban cuatro zagales modulando.
75
Y yo siempre seguía
a la beldad a quien mi pecho adora;
mi brazo la ceñía,
y ella, más seductora,
me echaba una mirada triunfadora.
80
Mas, ¡ay!, que en él instante
se arroja la beldad al ancho río;
y un vórtice sonante,
con su furor impío,
en las ondas sumerge al dueño mío.
85
Yo me arrojo tras ella
de dolor con amores angustiado,
cual rápida centella
allí precipitado,
creíme en el abismo sepultado.
90
Mas súbito que miro
en un rico palacio, y oigo amante
un ardiente suspiro,
me vuelvo en el instante,
y veo a mi hermosa de placer radiante.
95
«Soy la ninfa que habita,
me dijo, en este albergue sosegado;
por ti, Delio, palpita
mi pecho enamorado;
ven y recibe el premio deseado.»
100
Recosteme en su seno,
que vertió olor cual de doradas pomas;
el aire quedó lleno
de fragantes aromas,
y arrullaron las cándidas palomas.
105
Y allí quedé dormido
de un enjambre de amores rodeado,
y, al despertar, perdido
miré mi dueño amado,
que era un sueño no más cuanto he contado.
110
Granada, abril de 1844.
Suspendise potente
vestimenta maris
deo.
¿Por qué, Dalmiro, dejas
del ejercicio bélico el estruendo
y del mundo te alejas,
aquel fatal veneno
de los besos de Elisa recibiendo
5
que aún emponzoña mi angustiado seno?
Con el áspero freno,
del audaz caballo generoso
venciendo la indomable bizarría,
no ya la gallardía
10
de tu cuerpo gentil luces airoso.
Ni la copa en la mano,
do brilla como el sol en el Oriente,
tu mirada fulgente,
con el vapor del vino jerezano,
15
te place el entonar dulces canciones
a los acordes sones
del laúd y sonoro palmoteo
inspirado del néctar de Lieo,
que en la concha de Venus amarrado
20
estás por esa nueva flor de Gnido,
de rosas y de mirto coronado,
sobre el lecho de púrpura tendido.
De tu Elisa el cabello
esparcido en desorden sobre el cuello
25
y la divina espalda,
y en desorden también la rica falda
de blanco lino o de crujiente seda,
mientras que de la frente
la corona riente
30
se desprende de perlas y se rueda.
No te engrías, Dalmiro,
de estar entre sus brazos celestiales;
que te verás al fin como me miro,
y al fin tendrás que lamentar tus males.
35
Viste tal vez la mariposa ufana
que en el vario pensil de bellas flores
va aspirando la esencia y los olores
cuando vierte su lumbre la mañana;
y de una en otra vuela
40
ostentando sus galas
mientras que e l sol en sus pintadas alas
los vivos rayos de su luz riela;
no de otra suerte la beldad donosa,
cuando se canse de tu amor sincero,
45
del pensil de Cupido mariposa
te olvidará cual me olvidó primero.
Entonces, del amor escarmentado,
así como colgaba
del templo sacrosanto de Neptuno
50
su ropaje mojado,
aquel que de las ondas se salvaba,
si es que la hermosa te ha dejado alguno
con que hacer puedas una ofrenda dina,
colócalo en el templo de Chiprina,
55
que del naufragio cierto
del amoroso mar te sacó a puerto.
Cuando robó Plutón, enamorado,
de los bosques de vívida esmeralda
a Proserpina, que la blanca falda
violas robaba del florido prado,
ardió de gozo en brazos de su amado;
5
lanzadas las flores a su espalda,
lloró perdida la nupcial guirnalda
que en el suelo natal había segado.
Así, el ardiente espíritu del hombre,
que desatar anhela las cadenas
10
que le sujetan, y volar al cielo,
aunque al llegar la muerte no se asombre,
siente, no obstante, punzadoras penas
al perder los placeres de este suelo.
En una rica estancia
adornada con mágica elegancia,
do en candelabros de bruñida plata
rodeados de flores
brilla la luz que, rauda, se dilata,
5
y que en los vasos de cristal, reflejos
formando caprichosos,
se multiplica en límpidos espejos,
y en los pliegues se pierde majestuosos
del rico terciopelo,
10
que en pabellones del color del cielo
desciende al pavimento,
y que al soplo del aura
ondea con pausado movimiento,
pensé que estaba al lado de mi Laura,
15
libando los perfumes celestiales
que despiden sus labios virginales.
Del delicioso néctar jerezano
llena hasta el borde la argentada copa
que me brindaba su graciosa mano;
20
y la encantada tropa
de ligeros cupidos
en mi redor vagando,
y en mi frente sus alas desplegando,
que de placer inflaman los sentidos.
25
Pensé que sobre el seno,
de mil delicias lleno,
de mi adorada Laura reposaba,
y a cada beso que de amor me daba,
y que su labio con mi labio unía,
30
de amor mi corazón se estremecía.
Y del suave hoyuelo
que su barba divina
caprichoso formaba,
con voluptuoso vuelo
35
y gracia peregrina,
vi que hacia mí volaba
un cupidillo hermoso,
que en el seno amoroso
del tierno corazón se aposentaba.
40
Mas, ¡ay!, que cuando ardiente
apuré el vaso del licor bullente,
mi vívida alegría
se trocó en triste llanto,
perdida la ilusión del alma mía.
45
Y ¿qué era? Que en la copa, por
encanto,
vi retratado al vivo el pensamiento
que el ánimo formaba,
y al apurar el néctar que encerraba,
se disipó mi dicha en el momento.
50
Volví a llenar la copa,
y volví a ver la fugitiva tropa
de encantados amores,
que en las ondas del vino se mecían
y en mi pecho bullían,
55
y a Laura concediéndome favores.
Volví a apurarla; se perdió el
encanto;
volví otra vez al llanto;
la llené vez tercera,
y volvió la ilusión más hechicera.
60
Hasta que, al fin, rendido
del inocente juego que restaura
la amorosa quimera,
en el seno de Laura
pensé, quedarme, y me quedé dormido.
65
¡Amantes desdichados!
Ya sabéis la sencilla medicina,
que en ilusión divina
puede trocar desdenes y cuidados.
De un manso arroyo en la risueña orilla,
que en los valles de Arcadia serpentea,
cuando la aurora majestuosa brilla,
plácido nuncio de la luz febea;
entre las rosas que en el prado ameno
5
hizo nacer la primavera ufana,
henchido el cáliz de su crespo seno
de las perlas que vierte la mañana,
al dulce arrullo de las claras linfas,
que salpican de aljófares las flores,
10
un coro alegre de gallardas ninfas
danzan y entonan cánticos de amores.
UNA NINFA
En las alas sutiles del aura
el olor de las flores difundo;
con el aura veloz me confundo,
15
coronada de rayos del sol.
De mis pechos el germen dimana
que fecunda la mágica flora,
el carmín de la rosa colora
mis mejillas con limpio arrebol.
20
La palabra estremece mi seno,
en él nace y se extiende el sonido;
para herir misteriosa el oído
inefable potencia le di.
Por mí braman los mares, retumba
25
hondo el eco, la tórtola gime;
el cantar de las Musas sublime
se extinguiera en los labios sin mí.
Cuando siento oprimidas las alas
de armonía, colores y aromas,
30
a favor de dos bellas palomas
me remonto en el aura fugaz;
y cual Venus en carro de nácar
va cortando las frescas espumas,
sobre un lecho de flores y plumas
35
por los aires me dejo llevar.
A mi vista en los valles trasciende
un aroma de nardos suaves;
y a mis besos de amor delicados
dulces trinos exhalan al par;
40
en los bosques floridos, las aves
salta y bulle la fuente sonora,
y derrama en mi seno la aurora
ramilletes de blanco azahar.
CORO DE NINFAS
El aura leve
da, deliciosa,
blanda frescura;
y cuando mueve
la linda rosa,
fragancia pura.
UNA NINFA
Escarchando de plata y aljófar
las mil grutas de pórfido hechas,
en menudos diamantes deshechas,
claras fuentes anhelan surtir;
y del agua al tranquilo murmullo,
55
yo me duermo en sus frescos cristales;
me sumerjo en los puros raudales,
y en su centro me agrada vivir.
Soy la reina del agua, y, desnuda,
en el alcázar recóndito asisto,
60
mas, tal vez de la niebla me visto,
y a los cielos me lleva el amor;
en el prado acaricio las flores,
a la tierra prodigo mis bienes,
la diadema que ciñe mis sienes
65
pinta el iris de vario color.
CORO DE NINFAS
Ya se dilata
de los alcores
al prado ameno,
cinta de plata,
70
y abren las flores
sediento el seno.
UNA NINFA
Yo coloro la tierra y el cielo;
yo de púrpura tiño la rosa;
la enramada que se alza orgullosa
75
bordo yo de diverso matiz.
Me arrebatan mis tintas brillantes,
para ornarse, la roja amapola;
la fragante y oculta viola,
el agreste encendido carmín.
80
Yo, impalpable, al través de las rocas
me sumerjo en profundas cavernas,
donde, obrando mis fuerzas eternas,
hijas santas del sol inmortal,
edifico palacios hermosos,
85
amasados de oro y diamantes,
donde bullen en fuentes sonantes
mil torrentes de hilado cristal.
CORO DE NINFAS
El ave trina,
la flor se ufana
90
y el arroyuelo;
ya la mañana
de luz divina
reviste el cielo.
UNA NINFA
Con un filtro de amor y de vida
95
se amamanta a mis pechos Natura;
yo le doy abundancia y ventura
en arroyos de leche y de miel.
Las mil flores que cubren el prado
en mi seno ternísimo crío,
100
y reciben del dulce amor mío
con mi aliento vivífico el ser.
En sus pétalos frescos y olientes
en espíritu leve resido;
yo sus castos amores presido
105
y en sus tallos me agito fugaz;
del estambre los polvos de oro
al pistilo transporto fecundo;
del embate del viento iracundo
las liberta mi blanco cendal.
110
CORO DE NINFAS
La dulce primavera
esmalta la pradera
de delicadas flores;
la avecilla canora
saluda la venida de la aurora
115
en no aprendidos cánticos de amores.
Cantaron, y mostró la vida arcana
amor del mundo, y su belleza suma
brotó del aire y de la tierra ufana,
como Venus del éter y la espuma.
120
Semejaba el cáliz de las flores
un corazón y un alma contenía,
y dentro de los pinos cimbradores
un invisible espíritu vivía.
Mas de pronto relámpago rojizo
125
se difundió por la pradera hermosa
y una nube, que al viento se deshizo,
dejó patente una funesta diosa.
En su diestra una antorcha sostenía;
su frente audaz, de tempestades llena,
130
con ominoso resplandor lucía
al través de la rígida melena.
Suspendió, al verla, el ruiseñor
sus trinos,
se detuvieron las corrientes linfas,
y cesando en sus cánticos divinos,
135
así dijeron las gallardas ninfas.
CORO DE NINFAS
Diosa fatal del desaliento,
diosa cruel, huye de aquí,
y no emponzoñes con tu aliento
nuestra alegría juvenil.
140
Tu cabellera está sembrada
de fieras serpientes espantosas,
de tus miradas cavernosas
vivo relámpago brotó.
Se derramó por nuestras almas
145
de tus palabras el veneno,
y tu profundo y negro seno
gozo fatídico agitó.
No vengas más con tus horrores
nuestra alegría a perturbar;
150
en la estación de los amores
huye de aquí, diosa infernal.
FORQUIAS
No tembléis, ¡oh ninfas!, al son de
mi voz poderosa.
Ni al tétrico rayo que lanzan mis ojos ardientes,
ni al triste suspiro que arroja mi cóncavo pecho.
155
Soy nuncio infelice de sucesos de dulce ventura,
que la diosa bella, que extiende el arco celeste,
formando de vívidas tintas y mágica lumbre,
debiera deciros saliendo del hondo Océano.
Elena y su amante son padres de un hijo sublime:
160
apenas nacido, anhela subir al Olimpo,
y el espacio todo no puede saciar su deseo.
Fantástico vuela, de los montes soberbios la cumbre
ligero traspasa, y en su frente inspirada relucen
la luz del aurora y el fuego del alma divina.
165
Miradle, que viene salvando las crestas erguidas,
la lira acordada en las manos, el lauro en la frente.
EUFORIÓN
Dejadme del alma romper las endebles cadenas,
alzarme a los cielos, en su lumbre clavar la mirada.
LAS NINFAS
Fogoso te lanzas en alas del rápido
viento,
170
los negros cabellos en rizos flotando esparcidos,
la frente hermosa ceñida de fúlgidos rayos.
Del manto de púrpura tiria las áureas orlas.
Del sol que refleja luciente al mágico brillo,
de fuego celeste parecen, ¡poeta!, formadas.
175
Los dulces sonidos de tu lira de cándido nácar,
el alma deleitan y la entregan a místicos sueños;
mas no, no a los cielos te eleves, cual Ícaro un
día,
que al sol derretidas, cayeron las débiles alas,
y el mar agitado se cubrió con sus ondas fugaces.
180
EUFORIÓN
Dejadme del alma romper las endebles cadenas,
alzarme a los cielos, en su lumbre clavar la mirada.
Movido de un esfuerzo misterioso,
al raudal semejante, que rompiendo
los fuertes diques, brama impetuoso
185
con estrépito horrendo,
Euforión ardiente,
abandonando el maternal regazo,
se lanza de la vida en la corriente,
y con el fuerte brazo
190
sosteniendo la lira,
en sed de gloria y libertad suspira.
Hasta que cumpla su fatal destino
no encontrará placer ni tendrá calma;
un incendio divino
195
arde en su frente y le consume el alma.
Anhela ver la ligadura rota
que en el suelo retiene su existencia;
la voz del huracán, que el monte azota,
no ensordece la voz de su conciencia,
200
conciencia de su propio poderío,
que hasta el cielo levanta el pensamiento,
y con esfuerzo impío
en el trono de Dios busca su asiento.
¿Dónde vas? ¿Dónde
vas? Tal vez guiado
205
por la inflexible mano de la suerte,
encontrarás la muerte
sin cumplir la misión que has empezado.
Detén, ¡Euforión!, detén el vuelo,
muéstrate al mundo, alcanza la victoria,
210
en ti la humanidad cifre su gloria,
por ti recuerde ser hija del cielo.
Del martirio la fúlgida aureola
en tu pálida frente melancólica brilla.
Ora rompiendo la espumante ola
215
de la mar encrespada, ya la ardiente
obscura tempestad, y sin mancilla
las orlas de tu manto,
que no ajó el soplo de la tierra impura,
aún resplandeces con celeste encanto,
220
inundado de luz y de hermosura.
Las ninfas, al mirar tu gentileza,
con entusiasmo férvido te adoran;
sus pechos arden con fatal terneza,
y en dulces cantos tu favor imploran.
225
CORO DE NINFAS
Hijo sublime de la hermosa Elena,
amor de Jove, de los hombres gloria,
oye poeta, de las ninfas oye
místico himno.
Tú que del cielo a la región
suprema
230
quieres alzarte sobre el éter puro,
del dios que agita tu inspirado seno
émulo eres.
Homero canta, y a su voz el eco
repite el nombre del rapaz divino
235
hijo de Maya y del Saturnio; suena
claro su nombre.
Llena los bosques de Celene, llena
las verdes grutas de terror, y cumple
amor en ellas, con la ninfa y Jove,
240
dulce misterio.
Nace la aurora, y de la linda virgen
nace en la aurora bienhadado fruto,
al medio día el venturoso halla
cítara y gloria.
245
Forma la lira de carey bruñido,
retuerce y fija las tendidas cuerdas,
danle los astros del errante coro
número y norma.
Las cuerdas pulsa con la diestra mano,
250
de la garganta cánticos exhala:
vuela el mancebo, y atrevido, hermoso,
sube al Olimpo.
Las diosas todas, del amor heridas,
la frente besan del adusto infante,
255
blandas le ofrecen el eterno seno,
gratas le acogen.
Mas sólo el pecho que resiste altivo
el rudo beso de la ardiente boca,
su amor provoca, y de vencerle siente
260
alto deseo.
Y gira, y pasa con volubles ansias
ora al regazo de Chiprina bella,
ya a la doncella que le sirve a Jove
néctar suave.
265
Ya de Diana las gallardas ninfas
sigue veloce por el ancho prado,
ya enamorado de Minerva misma
himnos entona.
Los inmortales con deleite y pasmo
270
su audacia notan, su precoz ingenio,
los que derrama la inaudita lira
mágicos sones;
Mas a deshora singular tumulto
doquier se escucha en la eternal morada,
275
y trastornando la divina pompa,
rápido crece.
Venus se queja de que el áureo cinto
Hermes le roba, do las gracias viven;
Bistonio Marte le demanda el sacro
280
límpido acero.
Busca Neptuno su tridente, buscan
amor las flechas y el laurel Apolo;
Júpiter sólo los trisulcos rayos
y égida guarda.
285
Del labio intonso con gentil sonrisa
Hermes divino burla sus furores:
guerra y, amores sin cesar cantando,
huye ligero.
En el regazo de las doctas Musas
290
logra ampararse, y el alegre niño,
de su cariño delicada muestra,
dales la lira.
De la elevada cresta se desprende,
al escuchar Euforión el canto
295
de risco en risco rápido desciende,
y exhala el alma celestial encanto.
Llega a las ninfas con amante anhelo,
embriagado de amor y de osadía,
y olvida un punto la región del cielo,
300
la sed de gloria que en su pecho ardía.
Bello como la luz de la mañana,
las ninfas al mirarle se embelesan,
y sus mejillas de jazmín y grana
con tierno afán enamoradas besan.
305
Y en tanto mueve la ligera planta
Euforión, y de pasión delira;
o nobles versos extasiado canta
al grato son de la acordada lira.
EUFORIÓN
Del Orco profundísimo
310
subió mi madre amada,
al conjuro evocada
del sabio encantador;
su frente tersa y cándida
con el rubor lucía,
315
su labio despedía
mil suspiros de amor.
Entre los brazos mágicos
de Fausto enamorado
mirose aprisionado
320
su tierno corazón;
y de este enlace místico
de ciencia y hermosura,
es símbolo, es figura,
es hijo Euforión.
325
A la región etérea
dejadme, pues, que vuele,
y de Mercurio anhele
la alta gloria alcanzar.
Vagar quiero del céfiro
330
en las alas ligeras,
de las tormentas fieras
en el negro cendal.
FORQUIAS
Si tu entusiasmo y tu brío
pueden darte una corona,
335
la violencia de tu alma,
el fuego que te devora,
de tu corazón las flores
sin fruto secan y agostan,
y a tu esperanza infinta
340
dan infinita congoja.
La violencia y el poder
mucho alcanzan, mucho logran;
con cadenas de diamante
por ellos gimió, en la roca,
345
atado, el Titán; por ellos
bajo el Pelión y el Osa,
y bajo el Etna convulso
los hijos del cielo lloran,
pero más puede la astucia,
350
milagros mayores obra,
y la pertinencia trepa
do el genio no se remonta.
Mientras sobre duro yunque,
allá en Lemnos cavernosa
355
el martillo de los cíclopes
inútiles rayos forja,
dragón ingente, Tifeo
a Júpiter aprisiona,
y con su cuerpo le ciñe
360
y con su fuerza le ahoga.
Al dragón Hermes entonces
con astucia portentosa
sus mil enigmas declara
y la pujanza le roba;
365
a Júpiter libra, al monstruo
en los abismos arroja.
LAS NINFAS
¡Euforión!, no remontes el vuelo
de tu genio en las alas hermosas,
que tejiendo guirnaldas de rosas,
370
ceñiremos nosotras tu sien.
Del arroyo las diáfanas ondas
te adormecen con blando murmullo,
de la tórtola amante el arrullo
te enajena de amores también.
375
Aquí el cielo estrellado y sereno
muestra siempre su fúlgida lumbre,
y en su eterna y altísima cumbre
claros brillan la luna y el sol.
Aquí crecen las flores lozanas
380
y la vid, de racimos vestida;
cuanto aquí tiene ser, tiene vida,
y enamora y suspira de amor.
Deja, deja tu empeño terrible,
de las ninfas corona la danza,
385
el que pinta falaz esperanza
rico engaño no sigas veloz.
Con amor y placer le brindamos,
deseamos ceñirte en los brazos,
y con lánguidos tiernos abrazos
390
disipar tu funesto fervor.
EUFORIÓN
Yo no puedo quedarme en la tierra;
desechad, desechad los amores,
no ciñáis con guirnaldas de flores
al que en su corazón lleva la guerra,
395
y sólo quiere gloria y libertad.
Pero antes vendréis a mis brazos;
yo seré el cazador que hace alarde
de la presa que cae en sus lazos,
y vosotras la víctima cobarde
400
que ni halagar podrá mi vanidad.
Así diciendo, Euforión avanza;
y de impaciencia el corazón palpita;
como el deseo sigue a la esperanza,
de las ninfas en pos se precipita.
405
Ya de una besa la desnuda espalda,
o el blanco lino que sus formas vela,
ora de aquélla la flotante falda,
que al movimiento de la danza vuela.
Pero las ninfas burlan su locura,
410
pues convertidas en brillante llama,
de sus brazos escapan con presura,
después que el alma de pasión se inflama.
Euforión pregunta entusiasmado:
«¿Qué tierra es esta de prodigio
tanto?»
415
Y el coro de las ninfas acordado
así responde con solemne canto:
LAS NINFAS
Esta es la noble patria de los helenos
bélicos;
aquí la ciencia tuvo un templo y un altar.
El canto de las Musas en alas de los céfiros,
420
se esparció por la tierra cual mágico raudal.
De la sabia Minerva maravillosa fábrica,
¿cómo se ha destruido, Atenas, tu poder?
¿Dónde están tus Arístides de
virtudes magnánimas?
FORQUIAS
Brillando entre las sombras de lo que entonces
fue.
425
LAS NINFAS
Tu fama eterna anuncian altivas las Termopilas,
de Maratón los campos, de Salamina el mar;
el valor de Temístocles, la gloria de
Pelópidas.
Y la voz de Demóstenes, gritando libertad.
¿En dónde están tus héroes?
¿Para humillar el bárbaro,
430
por qué no rompe Aquiles el reino de Plutón?
¿Dónde están sus soldados de
corazón impávido?
FORQUIAS
El canto del Poeta tan sólo los
guardó.
LAS NINFAS
¿Por qué de los muslimes los
palacios magníficos
insultan la miseria del hijo de Pelop?
435
¿Por qué al son de la trompa, de su
sueño pacífico
la gloria de sus padres a nadie despertó?
¿Por qué del alto Píndaro la melodiosa
cítara
en los juegos olímpicos no más resonará,
ni de Tirteo el cántico entre la danza pírrica?
440
FORQUIAS
Porque esos tiempos, ninfas, no volverán
jamás.
EUFORIÓN
No. Las cenizas de la patria mía
en su centro conservan todavía
el santo fuego ardiente
que iluminó la mente
445
de los excelsos héroes animosos.
Para romper la bárbara coyunda
que los fieros tiranos orgullosos
a su cuello ciñeron,
la Grecia toda se alzará iracunda,
450
y de los que en un tiempo grandes fueron,
al escuchar de libertad el grito
y el son agudo de guerrera trompa,
no faltará quien del sepulcro rompa
la honda prisión, y de la cuenca obscura
455
do brilló su mirada
lágrimas derramando de ternura,
por hijos reconozca a los que vuelvan
rojos de sangre de la lid sagrada,
con el broquel sonoro
460
en el robusto brazo armipotente,
o en él tendidos con marcial decoro,
ciñendo el lauro la dormida frente.
Súbito entonces se escuchó el
sonido
de la trompa, y el aire sacudiendo,
465
se esparció el ronco estruendo
del tronante cañón y el alarido
de los fuertes guerreros; los corceles
relinchan a lo lejos en el llano.
En ademán ufano
470
los héroes marchan a alcanzar laureles,
sus pechos laten de entusiasmo santo,
el atambor retumba
y el viento rasga el belicoso canto
que amenaza al tirano con la tumba.
475
CORO DE GUERREROS
Despertad del letargo, descendientes
de nuestros héroes; acudid, la espada
en la certera mano relumbrando,
de lauros esplendentes
la frente coronada,
480
himnos de gloria y libertad cantando.
¿Temeréis al tirano, envanecido
por el grande poder de sus legiones?
Un tiempo de la cumbre que domina
el mar de Salamina,
485
un rey miró, de presunción henchido,
soldados y bajeles a millones,
su cetro omnipotente los regía,
y al despuntar en el Oriente el día,
eran fuertes y en número infinito
490
y los llamó a la tarde, y triste y rudo
el eco sólo responderle pudo.
¿Dónde estaban entonces los famosos
que amenazaban dominar la tierra,
y a Júpiter pensaron mover guerra?
495
¿Dónde los que azotaron orgullosos
del hondo mar los lomos encrespados?
¿Dónde? Como trofeo de victoria,
en el profundo abismo sepultados,
del libre griego refulgente gloria.
500
EUFORIÓN
Marchemos a la lid, el grito santo
de libertad en rededor se escucha.
Los tiranos en tanto
aguardan con terror la fiera lucha.
Grito de libertad el aire llena,
505
en las viejas Termopilas resuena,
por el extenso Egeo se dilata;
con encanto ominoso,
la selva de Dodona se conmueve,
y Olimpo nemoroso,
510
mirando que la Grecia se despierta,
estremece su cúspide, cubierta
de sempiterna endurecida nieve.
LAS NINFAS
¡Oh, joven peregrino!
No vuelvas a la lid precipitado;
515
para ceñirte del laurel divino
basta que escuche el mundo tu sagrado
plectro suave y mágica armonía.
Pulsa, joven, la cítara y derrama
torrentes de poesía
520
del corazón, que el entusiasmo inflama.
Nosotras cogeremos
en las florestas bellas y olorosas
cándidos lirios y encendidas rosas,
con que guirnaldas mil te ceñiremos.
525
No cede Euforión; su inmenso anhelo
debe llevarle al cielo.
Ya entre las nubes gira,
la flamígera espada
en la derecha mano levantada,
530
y en la izquierda la lira.
Mas, ¡ay!, que al raudo empuje
de la ronca tormenta,
que en el momento atronadora ruge,
y en estampido horrísono revienta,
535
marchitas ya sus juveniles galas,
Euforión cayó, rotas las alas.
Lastimeros gemidos
los pechos de las vírgenes lanzaron,
y de dolor transidos,
540
los árboles y fuentes suspiraron.
La tempestad impía
hundió en el mar la destructora planta.
Luego un grito de súbita alegría
hasta el éter sereno se levanta.
545
UNA VOZ
Ninfas, mirad a Euforión profundo,
riquísimo de gloria;
ya, cantando victoria,
estremece los ámbitos del mundo.
De vosotras se aleja,
550
rompiendo el éter en dorada nube;
para memoria, por el suelo os deja
cítara y manto, y al empíreo sube.
Las vírgenes entonces conmovidas,
la forma terrenal abandonaron.
555
Y sus voces suaves se escucharon
entre los elementos confundidas.
Himno A los cielos te elevas,
y luz más das a la mañana;
con vestiduras nuevas
560
la tierra se engalana;
de haberte dado el ser toda se ufana.
Nosotras de su seno
hicimos dimanar la fuente pura,
el ancho mar sereno,
565
la vida y la frescura,
la copia de las flores y hermosura.
Le pusimos en torno
la atmósfera, cual velo transparente
y virginal adorno.
570
El espíritu ardiente
nació de oculta y elevada fuente.
Una ráfaga hermosa,
¡oh Dios!, de tu sublime pensamiento,
purísima y gloriosa,
575
bajó del firmamento,
y en el pecho del hombre tomó asiento.
Y tú, que, desatado
de la materia, remontaste el vuelo,
poeta entusiasmado,
580
a la región del cielo,
cumple por fin tu misterioso anhelo.
Levanta tu existencia
hasta el inmenso ser que el mundo adora,
y tu ser su potencia
585
ensalce creadora,
mientras gira la máquina sonora.
Granada, 1844.
Ya se cumplía el verso misterioso
de la Sibila, y del Profeta el canto;
la edad llegaba: un orden majestuoso
del volver de los siglos era fruto.
El erizado espanto
5
no ya sembraba luto
al carro encadenado de la guerra;
no turbaban la tierra
ya la bélica pompa
ni el son robusto de la heroica trompa;
10
ya la mar bajo el peso no gemía
de la guerrera nave;
el mundo en calma suave
en el regazo de la paz dormía.
¿Por qué, pues, conmovía
15
la mano del destino
el corazón del hombre? ¿Qué deseo,
qué mágica esperanza
su inteligencia en raudo devaneo
y en una agitación continua lanza?
20
¿Qué ardiente grito arroja
de su seno angustiado
la humanidad entera?
¿Por qué el potente Júpiter se enoja,
y cuando va a vibrar el rayo airado,
25
de la mano certera
se le desprende, y débil se estremece
sobre el enhiesto pedestal de oro?
¿Por qué el délfico oráculo
enmudece?
¿De Encélado, quizá, y de Peloro
30
la armígera falange gigantea
vuelve a escalar la celestial morada?
¿Prometeo, tal vez, con mano osada
ha vuelto a arrebatar la luz febea?
No; los hombres han sido
35
los que, en alas del raudo pensamiento,
hasta el Olimpo mismo se han subido,
a Júpiter lanzando de su asiento.
Y esa paz deseada
es quizá de la muerte precursora;
40
por eso a las regiones de la aurora,
como única esperanza, la espantada
humanidad los ojos ya volviendo
y piensa que está viendo
en Oriente brillar un nuevo día,
45
y en medio de su luz resplandeciente
un Dios, de cuya frente
brota un raudal de amor. De la Poesía
el sacerdote santo
tomó entonces la lira,
50
e inspirado de un vago sentimiento,
de los profetas repitiendo el canto,
su voz entregó al viento,
y a todo el universo, que le admira.
«Ya vuelve el siglo de Saturno, y viene
55
la doncella de espigas coronada;
el cielo nos envía
al hijo predilecto, iluminada
la frente, el labio lleno de ambrosía.
Y vendrá al mundo el hijo del Olimpo;
60
reposará sobre su frente hermosa
espíritu de amor, y de la santa
boca con la palabra armoniosa,
al flamígero rayo semejante,
conmoverá las piedras; al impío
65
el soplo matará de su garganta,
y el mundo inundará de su hermosura.
«Brotarán los racimos, sin cultura,
de la tierra, y la encina dodonea
manará miel hiblea.
70
Naturaleza ostentará sus galas,
y tenderá sus alas
la santa paz que bajará del cielo
con amoroso vuelo,
el león y las ovejas hermanados
75
irán hacia el aprisco,
y los senos durísimos del risco
por el amor veranse fecundados.
»Pronto vendrá esta edad que nos trae
el hijo
de Jove fulminante.
80
Al compás de la cítara sonante
de las Musas module el sabio coro,
sobre las cuerdas de oro
vuelve la inspiración, y el canto suene,
que ya a la tierra viene
85
el padre de la paz, y ya postrada
la turba de naciones,
altares le levanta; en sus pendones
sil pura imagen se verá grabada.»
Así dijo el Poeta; retemblaron
90
los ídolos, los montes resonaron;
sintió el hombre en el pecho dulce encanto,
al oír la voz que lo futuro alcanza,
de los sucesos comprendiendo el giro,
agitó sus entrañas la esperanza,
95
y el universo entero dio un suspiro.
Sobre el aéreo y mágico palacio
del dilatado espacio
te levantaste, humana inteligencia,
y de Dios en presencia,
le interrogaste acerca del arcano
5
que en sí guardan las obras de su mano.
La ardiente fantasía
señora de los mundos se juzgaba,
y leyes les dictaba,
concordando su rápida armonía,
10
y al cometa marcándole camino.
Con su triunfo orgullos tu divino
ser niega, ¡oh Cristo!, cual la luz febea
radiante de verdad, y en tus altares
no ya el incienso en holocausto humea
15
del que atrevido se lanzó a los mares
del insondable y negro pensamiento,
cual nave contrastada por el viento.
Y esperan los impíos
derrocar tu alto trono,
20
más allá de los astros colocado,
de resplandor vivísimo creado,
y en su bárbaro encono
negar de tu ley pura
la eternidad, el bien y hermosura.
25
Pero tú te adelantas
al través de los siglos, que mantienen
tu nombre, y en tu seno
la omnipotencia y el milagro vienen.
Con tu voz los espantas,
30
poderosa sonando como el trueno;
de tus sagrados labios se derrama
la persuasión, y el hombre
a tu divino nombre
con alto grito su Señor te aclama.
35
Tú, de gloria esplendente
inundada la frente,
la cruz, donde en el Gólgota espiraste,
con la sagrada mano colocaste
sobre el excelso solio
40
del alto y dominante Capitolio,
de los despojos del vencido mundo
con majestad soberbia decorado.
Tú bajaste al profundo;
Tú del marmóreo templo relumbrante,
45
de fúlgidas antorchas adornado,
arrojabas a Júpiter Tonante.
En el altar sentado,
el orbe dominaste, y el orgullo
de los míseros reyes de la tierra
50
quebrantaste, Señor, con dura mano.
No con la cruda guerra
te hiciste soberano
de la mansión del hombre, ni el acero
en la diestra blandiendo
55
le dijiste al Profeta:
«Haz que suene la bélica trompeta;
marcha, yo soy tu Dios; álcenme altares
los pueblos, o a millares
sucumbirán las huestes enemigas
60
al bote de la lanza del creyente
y al brillo de sus ojos,
como bajo la hoz, en el ardiente
verano, el segador tronca en manejos
las doradas espigas.»
65
Tú solo dominaste el ancho mundo
con la santa palabra de tu labio
y con cetro de paz y de ternura.
tu trono fue la cruz, y cuando en ella
diste el postrer suspiro,
70
se estremeció la tierra; de la tumba
asombrados los muertos se escaparon,
y el sol y las estrellas se nublaron.
La humanidad entonces, lastimada,
dio de dolor un grito,
75
y exclamó entusiasmada:
«¡Hijo de mis entrañas, sé
bendito!»
Tu ley, ¡oh Cristo!, tu bondad revela;
ni en el Pórtico extenso, ni en la escuela
de Sócrates profundo
80
oyeron los humanos
que eran todos hermanos,
hasta que tú, Señor, viniste al mundo.
El tiempo alegre que pasé a tu lado,
Delia divina, si recuerdas, dime
dónde la rica en amorosos cantos
tórtola gime;
do la fragancia de las lindas rosas
5
el aura esparce con sus alas bellas,
y brilla el cielo como terso manto
lleno de estrellas.
Allí las ninfas en revueltos coros
danzas aéreas por el fresco viento,
10
y con la esencia de olorosas flores
mezclan su aliento.
Allí una noche, que recuerdo ahora
(lágrimas vierte al recordarla el alma),
te vi a mi lado, y relució en tus ojos
15
plácida calma.
Sobre la cumbre del altivo monte,
al ver del cielo el eternal zafiro,
y la nocturna silenciosa pompa,
diste un suspiro.
20
Y sus misterios, de entusiasmo llena,
tú me mostraste con la blanca mano,
la tierra, el cielo, el de sonantes ondas
fiero océano.
Tendí la vista al universo entero,
25
buscando objeto que admirar pudiera,
y a ti tan sólo te admiré y bendije,
Delia hechicera.
El aura mansa en sus ligeras alas
de tus dos labios el olor traía,
30
que son cual vaso de coral que guarda
dulce ambrosía.
Y tus palabras escuché, más blandas
que de las aguas el murmullo leve,
cuando el cristal del apacible lago
35
céfiro mueve.
La niebla entonces de la noche umbría,
que en leves gasas a los cielos sube,
formaba en torno de tu esbelto talle
mágica nube.
40
Y de la luna el adormido rayo
hiriendo, Delia, tu tranquila frente,
la pura flor de tu beldad mostraba
fresca y naciente.
Me pareciste... Pero no, ¿qué imagen,
45
Delia divina, mísera no fuera?
Nada terreno a mis amantes ojos
forma te diera.
Porque eres, Delia, el pensamiento hermoso
que un alma santa concibió en su sueño,
50
y que a los cielos en sus alas puras,
sube risueño.
Yo te vi, Delia, y consagrarte quise
este recuerdo de tan corto instante;
en él tu nombre grabaré, que el pecho
55
guarda constante.
Y si estos versos, que tan sólo aspiran
a una mirada de tus ojos bellos,
consiguen, ¡ay!, que compasivo llanto
viertas en ellos;
60
ansío que digas: La canción amante
que me conmueve, mi beldad la inspira;
yo soy el numen que tan dulces tonos
doy a su lira.
Granada, 1845.
Mustias están las flores
sin olor ni aroma,
obscuro está el espacio,
la noche melancólica,
y velada entre nubes
5
la adormecida atmósfera,
el aura no se agita
ni sacude las hojas,
porque el silencio ha roto
sus alas vagarosas.
10
Sobre mi dulce prenda
sin duda que a esta hora
esencia vierte el sueño
de rojas amapolas.
Mas ya por el Oriente
15
la dulce luz asoma
que en los opuestos montes
refleja caprichosa,
y con varios matices
sus altas cumbres dora.
20
El cielo azul se cubre
de variada pompa
y el sol sale, siguiendo
los pasos de la aurora.
El coro de las aves
25
con música armoniosa
celebra los prodigios
de la natura pródiga;
el ruiseñor, con trinos
acordes, enamora
30
la que en rubor se tiñe
recién nacida rosa;
las gotas del rocío
que penden de sus hojas
parecen engarzadas.
35
Diamantes de Golconda
o perlas que en el viento
suspende misteriosa
con sus alas aéreas
la silfa voladora.
40
El arroyo murmura,
vaga el aura amorosa,
las zagalas despiertan
y a las puertas se asoman.
Todo es vida en el mundo,
45
que la natura hermosa
cobra vida y palpita
cuando nace la aurora.
Así, Delia del alma,
cuando ausente te llora
50
mi corazón, me muero
de angustia y de zozobra;
pero cuando te miro,
sol que mi alma adora,
vuelve a mi pecho al punto
55
la vida bulliciosa:
de púrpura se cubre
mi mejilla, traidora
la pasión en mis venas
se agita, de mi boca
60
se escapan tiernos besos
y siento el alma toda
más que viva, agitada,
más que agitada, loca.
Granada, 1845.
El fúlgido diamante
en el polvo sumido
ni pierde su belleza
ni obscurece su brillo:
pero si el polvo, acaso
5
por el viento impelido,
hasta las nubes se alza
cual raudo torbellino...
¿dejará de ser polvo
aunque toque al Olimpo?
10
¿Pues a qué envidias, Delia,
los pomposos vestidos,
las plumas, los diamantes
las perlas y zafiros
con que las damas suelen
15
aumentar sus hechizos?
Si eres tú más hermosa
con tu blanco corpiño
y tu aéreo ropaje
de vaporoso lino.
20
Si son tus dientes perlas
y tus ojos divinos
zafiros radiantes,
y tu seno tranquilo
palacio de Amor tiene
25
un tesoro escondido,
que para mí tan sólo
que lo guardes ansío.
A su querida Delia
esto dijo Mirtilo,
30
y sobre el claro espejo
del arroyuelo limpio
se reclinó la hermosa
por ver si verdad dijo.
El pastor, entretanto,
35
trémulo, enardecido,
estampó en su mejilla
un ósculo furtivo.
Granada, 1845.
I En el jardín que del palacio augusto
del gran señor circunda la muralla,
vivía cautivo un joven tan gracioso
como el pimpollo de garbosa palma.
En años juveniles a tal sitio
5
trajéronle su sino y sus desgracias
cuando aún no apenas el naciente bozo
su blanco labio superior ornaba.
Fiera tristeza, sin embargo, el pecho
le corroe, con pena tan extraña,
10
que le roba las dulces alegrías
y el corazón amante le desgarra.
Nadie sabe su historia, hondo misterio
le cerca, y sólo a calcular se alcanza
que, digno hijo de la noble Grecia,
15
peleó por la gloria y por la patria,
y aprisionado en el combate horrendo
hoy la cadena con dolor arrastra.
Una noche, no obstante, cuando el cielo
su transparente azul bello mostraba
20
a la luz de la luna, y el amante
ruiseñor, trinos en las densas ramas
dúlcidos modulando de las rosas,
ardiente enamorado se quejaba
quiso el cautivo, al par, con sus acentos
25
alivio dar a penas tan amargas,
y pulsando un laúd, con voz suave
armonizó las silenciosas auras.
«En la noche serena recuerdo
el placer que gozaba a tu lado,
30
y en mi dulce ilusión extasiado
un momento me deja el dolor,
Aglae bella. Luz de tus ojos
imagino mirar en el cielo
y me pienso que tiende su vuelo
35
tu alma santa hacia mí con amor.»
«¿No era, acaso, cual ésta la
noche
que por última vez vi tu frente
y su blanca extensión transparente
con el beso postrero sellé?
40
Como sierpe de cándido nácar,
al arroyo fugaz que sonaba
y a la alondra que alegre gorjeaba
embebido de amor escuché.»
«Que el amor que brotaba en mi alma
45
desbordado torrente corría
y llenaba de dulce armonía
cuanto en torno miraba de mí.
Pero luego, al volver a mi patria,
vi en cenizas tu pobre morada,
50
por el bárbaro turco quemada,
e insepultos los huesos allí.»
«Desde entonces, venganza tan sólo
anheló el corazón, y tras ella
volví al campo, cual rauda centella,
55
decidido a vencer, o a morir.
Pero el fiero destino no quiso
se cumpliese mi dulce esperanza,
y en lugar de agradable venganza,
cautiverio y vergüenza sufrí.»
60
Así cantaba el cautivo
cuando sintió, penetrante,
un suspiro enamorado
que atravesaba los aires.
Era un suspiro tan blando
65
como el susurro suave
que forma el aura al mecerse
entre rosas y azahares;
y tan triste y dolorido
como el canto lamentable
70
de la viuda tortolilla
que llora el perdido amante.
Y, levantando los ojos
para ver de dónde sale,
por la espesa celosía
75
de una reja vio asomarse
una linda y blanca mano
que tierna señal le hace.
Acércase, y un papel
dejó caer al instante
80
la blanca mano, y tan luego
desapareció, mas su imagen
grabada quedó en el alma
del desesperado amante
que, abriendo el pliego oloroso,
85
vio que decía estas frases:
«La sultana enamorada,
cautivo, de tu hermosura
en necios celos se apura
al ver en otra tu amor.
90
Triste me tiene tu suerte
porque te adoro, cautivo,
solamente por ti vivo,
ve cuál será mi dolor.»
«En vela paso las noches
95
por oír la cantilena
que al compás de la cadena
entonas con dulce voz;
y es que es más grata al oído
que el cántico de las aves
100
cuando con trinos suaves
saludan la luz del sol.»
«Mi blando lecho florido
lecho lo juzgo de espinas,
porque tú no te reclinas
105
a mi lado sobre él;
y mis perfumes no tienen
para mí puros olores
que de tus labios traidores
el aroma adiviné.»
110
«Yo soy hermosa, cautivo,
si no me engaña el reflejo
que en el veneciano espejo
mi figura modeló;
y todo es tuyo, amor mío,
115
mis labios para tus besos,
y mis gracias y embelesos
para que me ames mejor.»
«Desecha, pues, vida mía,
esa pasión insensata,
120
no pague tu alma ingrata
mi cariño con desdén,
y piensa que si me amas,
soy tan bella y poderosa,
que tu cárcel horrorosa
125
transformaré en un edén.»
Esto el papel decía, y el cautivo,
de asombro lleno, lo leyó admirado,
y sintió otro suspiro fugitivo
en las alas del céfiro enviado.
130
Volvió a mirar y vio la mano bella
otra vez asomada a la ventana,
más blanca y más hermosa que la estrella
que anuncia con su brillo la mañana.
Mano tan pura y transpirente era,
135
que parecía que al través la luna
vertía débil luz, como pudiera
entre una blanca nube inoportuna.
Mano de unos contornos tan gallardos
que exceden al decir que alba brillara
140
como en la cima de los montes pardos
la nieve ante la lumbre del sol clara.
Que de cuajada leche y frescas rosas
por el amor formada parecía,
llena de cavidades primorosas
145
donde el mismo deleite se escondía.
Mano que el corazón del griego inflama
en éxtasis de amor y de ternura,
y olvidado un momento de su dama
la tierna mano adora con locura.
150
Pero a ocultarse tornó
la mano desconocida
cuando el cristiano cautivo
volvió hacia ella la vista.
Entonces sacó del seno
155
una hermosa gargantilla
de oro puro fabricada
con hilos de perlas finas.
Era prenda que su amada
le dio antes de su partida,
160
por qué se acordase de ella
entre la gente enemiga,
llevándola sobre el pecho
como una santa reliquia;
y cubriéndola de besos
165
así disculparse ansía
con ella del pensamiento
que en su alma cándida agita
la belleza de la mano
de la infiel desconocida.
170
Pero es en vano, porque
cuando olvidarla creía,
volvió a oír otro suspiro
de la gentil odalisca.
Que le volvió al pecho el fuego
175
del amor que en él ardía.
II Pasaron varias noches. La sultana
siempre suavemente suspiraba
al escuchar tal vez en su ventana
lo que el cautivo mísero cantaba;
180
leve recuerdo de ilusión lejana
al griego en los suspiros enviaba,
que sobre el aura que el jardín orea
van donde la belleza infiel desea.
Suspiros tan amantes, que hasta el alma
185
del hermoso cautivo, introducidos,
robándole del pecho amor y calma,
en nuevo amor inflaman sus sentidos,
y cual cimbrea el tronco de la palma
de los vientos al soplo embravecidos,
190
así su tierno corazón se agita,
que en un nuevo amor en él ora palpita.
Amor que lucha con su amor primero,
que tenía en su pecho un santuario,
vacilar hace, en un tormento fiero,
195
al griego, con sus penas solitario.
Gime y se agita el triste prisionero,
los ojos gira en movimiento vario;
mas dondequiera que los ojos gira
la hermosa mano de la turca mira.
200
Mano que con buril de ardiente fuego
grabó en su pecho amor tan semejante,
que para siempre le robó el sosiego
de continuo mirándola delante;
mano que en realidad miraba luego
205
en la reja, y se iba palpitante
su alma tras ella en dulcido trastorno,
cual mariposa de la luz en torno.
Y es en vano que luche en su memoria
de Aglae la imagen cándida y honesta,
210
puesto que desde el seno de la gloria
un fuego tan voraz ya no le presta;
el recuerdo, no obstante, de su historia
que olvide a la sultana le amonesta,
y el griego, al fin, en la terrible lucha,
215
sólo la voz de su pasión escucha.
Pálido, en tanto, como blanco lirio,
las noches pasa el desgraciado en vela,
y entregado a su pena y su delirio
el tiempo corre, Amor no le consuela.
220
Para calmar acaso su martirio,
vuelve a entonar su triste cantinela,
y vuelve a oír el delicado acento
de un suspiro fugaz que lleva el viento.
Una ilusión que rápida recuerda
225
aquel suspiro mágico le trae,
y cuando de ella piensa que se acuerda
en nueva confusión su mente cae.
La voz de la odalisca ya concuerda
con la voz dulce de la linda Aglae,
230
ya la voz de su madre oír pensaba
cuando en la cuna el sueño le guardaba.
Que cuando Amor en nuestras almas mora
el objeto del dulcido cariño,
con ilusiones y recuerdos dora,
235
y así le presta primoroso aliño;
y más cuando en el pecho se atesora
enamorando un corazón de niño
que, aunque transido por desgracias fieras,
sus ilusiones conservó primeras.
240
Y enamorado ya de la gallarda
dueña de la divina y blanca mano,
mucho el deseo de su amor se tarda
el contemplar su rostro soberano;
por eso en medio de la noche parda
245
rompió el silencio, y con delirio insano,
en lugar de entonar su cantinela,
así a la dama su pasión revela:
«Sultana, aunque de tus ojos
no he visto la luz divina,
250
ni tus bellos labios rojos,
ni tu frente alabastrina,
me muero por ti de amor;
que basta tu mano bella,
ver en aquesa ventana,
255
para morirse por ella.
Sí, yo te adoro, sultana,
y a mi Aglae soy traidor.»
«De tu amor estoy ufano
y verte tan sólo anhelo,
260
que si es divina tu mano,
tu rostro ha de ser un cielo
y tú una diosa, ideal.
Tus labios, sultana mía,
serán graciosos rubíes
265
que destilen ambrosía
si enamorada sonríes
con tu boca celestial.»
«Sólo por verte la cara,
mi vida, hermosa, perdiera,
270
y hasta el infierno bajara
por un beso que me diera
tu boca, divina hurí.
Tuya, sultana querida,
es mi alma desde ahora;
275
tuya, sultana, mi vida,
y el corazón que te adora
y que sólo piensa en ti.»
Corta pausa, después del himno amante
del cautivo, siguió, y allá en su pecho
280
sintió un remordimiento penetrante
y gimió, el triste, en lágrimas deshecho;
mas al fin el amor quedó triunfante
de sus recuerdos, y en blando lecho
que forma en el jardín hierba lozana
285
se recostó, esperando la sultana.
Ésta, habiendo escuchado, los acentos
de su laúd y de su voz sonora,
que llegaron en alas de los vientos
hasta la reja que el cautivo adora,
290
combatida por varios sentimientos,
toda se estremeció, la seductora
mano asomó y otro papel envía
donde el gallardo esclavo le decía:
«Cristiano, si es que me amas
295
como me dices, anhelo,
para calmar mi desvelo,
una prenda de tu amor,
y esa hermosa gargantilla
de tu dulce Aglae ofrenda
300
quiero que sea la prenda
de tu enamorado ardor».
«Cuélgala, pues, de la cinta
que pende de mi ventana,
y al punto de la sultana
305
te verás, griego, a los pies.
Ganado tengo un eunuco
con presentes y dinero,
y que te introduzca espero
esta noche en el harén».
310
«Y olvidarás al momento
el amor de tu querida,
que mi seno te convida
con un amor más voraz.
Mi seno que ardiente fuego
315
en lugar de sangre encierra.
Las mujeres de tu tierra
no saben, cristiano, amar».
«Mi amor es ardiente y puro
como el sol que alumbra el moro,
320
como de la Arabia el oro
donde por mi mal nací;
y si aqueste sacrificio
cumples, que sólo te pido,
serás, griego, introducido
325
en el Edén de tu hurí».
No bien leyó estas palabras,
enamorado el cautivo,
cuando sintió por sus venas
discurrir un fuego impío.
330
Fuego de amor que lo impele
a hacer aquel sacrificio
que le pide la sultana,
en prueba de su cariño.
Y así fue que en el momento
335
sacó el collar de oro fino
y de perlas de su pecho
y lo asió del listoncillo
que pendía de la reja,
y luego el brazo divino
340
de la odalisca ocultose
con el presente querido.
Quedose el jardín en calma
por el ambiente tranquilo,
ni un pajarillo cantaba,
345
ni se escuchaba un ruido,
y el auro no conducía
en sus alas un suspiro.
Bajo el manto de la noche
los céfiros adormidos
350
oír dejaban solamente
el agradable sonido
de las fuentes derramada
sobre los jaspes bruñidos
y de las corrientes aguas
355
de los arroyuelos limpios.
Mas de la paz de la noche
no disfrutaba el cautivo,
que la tempestad bramaba
en su seno combatido
360
de un amor y de otro amor
por el impulso distinto.
Pero, ¡oh, sorpresa terrible!
¡Oh, sobrehumano prodigio!
¿Es realidad o ilusión
365
del fascinado sentido
del cristiano? ¡Quién lo sabe!
De un murallón muy antiguo
sobre el lienzo proyectarse
vio una sombra; sus vestidos,
370
su rostro, sus ademanes
eran de Aglae. Ronco grito
el griego dio, y hacia ella
marchó tembloroso y frío:
mas se disipó la sombra
375
y cayó desvanecido.
III Una incógnita voz de su desmayo
sacó al cristiano: «anímate, decía;
ven, pues, a disfrutar de los placeres
a que el amor suave te convida».
380
Volvió éste en sí, y al levantar los ojos
vio delante de él de la odalisca
al confidente eunuco, que atezado
engendro era de la ardiente Libia.
Nada habló el griego, y en silencio triste
385
al eunuco escuchó, que proseguía:
«Ven, pues, conmigo; por secreta puerta,
entrarás del harén en la escondida
estancia, donde la sultana bella
en voluptuosa reclusión habita,
390
allí respirarás de los perfumes
del
atar-gul y el ámbar la exquisita
esencia, que ya ricos pebeteros
guardan, o pomos de dorada china.
Admiraran tus ojos los portentos
395
del poder de tu amada, y la encendida
luz beberás de sus ardientes ojos
y el que sus labios mágicos destilan
bálsamo suave, que el Amor formara
con el más puro extracto de la mirra.
400
Si tienes miedo, del peligro cede,
que no eres digno ya de sus caricias
si eres valiente, sígueme y no temas,
que salvo volverás antes del día.
El sultán duerme y el chibuquí curvo
405
lleno del opio que su mal mitiga
a su lado arde aún, que los pesares
y los años de amor casi le privan.
......................................................
Sólo el profeta, en el Borac montado,
pudo en la noche del Alkadr tranquila
410
llegar hasta el edén sin miedo alguno...
Aquel que el cielo conseguir ansía
que pasar tiene el inseguro puente,
donde si acaso mísero vacila
a la vista teniendo el Paraíso,
415
en el abismo, al fin, se precipita,
con tanta rapidez como lanzado
Jerid que raudo por los aires silba».
Dijo, y asiendo el brazo del cristiano,
llevóselo tras sí, y a la divina
420
luz de la luna vistos, en la noche
un ángel y un demonio parecían.
Atravesando largas
obscuras galerías,
angostas y sombrías,
425
y abriendo puertas mil,
el griego y el eunuco
llegaron a una estancia
que dulcida fragancia
vertía del jazmín.
430
Estancia rodeada
de fuentes y de flores,
nido de los amores
y templo del placer;
con lujo enriquecida,
435
de aromas impregnada,
sublime y encantada
mansión de la mujer.
Voluptuoso silencio
se siente sólo en torno,
440
y por gentil adorno
de aquella soledad,
tal vez a algunas aves
en sus doradas rejas
arranca tiernas quejas
445
su antigua libertad.
Mas nada vio el cautivo,
ni nada oyó tampoco,
que frenético y loco
ante los pies cayó
450
de la bella odalisca,
brillante como el cielo,
aunque con denso velo
su beldad encubrió.
Estaba reclinada
455
sobre un cojín de plumas
blanco cual las espumas
de las olas del mar.
Y el rico terciopelo
hacía más hermoso
460
su cuerpo voluptuoso
en él al reposar.
Su linda y blanca mano,
aun más que nunca bella,
parecía una estrella
465
de amor y de ilusión,
y ante ella el cautivo,
cayendo arrodillado
y asiéndola extasiado,
besola con pasión.
470
Y, enamorado, dijo
a la oculta hermosura
que aquella flor tan pura
de su primer amor
había caído marchita
475
al abrirse olorosa
una flor más hermosa,
una más noble flor.
Porque ella es la clara
luz que alumbra su alma,
480
que ella sola la calma
al fin le puede dar.
Pero nada responde
al griego la sultana
y, como en la ventana,
485
muda en la estancia está.
Soltando al fin el ondulante velo,
alzose en pie, gallarda, la sultana,
dejando ver de su hermosura el cielo
como la rosa del abril temprana.
490
Era su rostro lindo como el sueño
que forma un niño en su ilusión primera,
cuando, adormecido, plácido beleño
tiende sobre él la sílfide hechicera.
Sus ojos eran cual brillante llama,
495
de la luz del Edén tal vez nacida,
y la boca amorosa de la dama
cual limpias perlas que aun la concha anida.
Al mirarla el cautivo, de amor lleno
y de asombro y temor, conoció en ella
500
el dulce objeto, un tiempo más sereno
amado tanto de él, su Aglae bella:
Su Aglae, que sale de la tumba fría
donde el cautivo la creyó encerrada,
cuenta a pedir de aquel amor que un día
505
le dedicó con alma enamorada.
«Yo soy -le dijo-, yo, mírame ahora.
¿Qué has hecho de mi amor, del juramento
que me hiciste con lengua engañadora?
Todo voló, traidor, en un momento.
510
»Yo te guardaba, aun en la clausura
de esta voluptuosa y vil morada,
la virtud, la inocencia y la hermosura
que a vender vino tu alma fascinada.
»Yo del sultán con diestra resistencia
515
contener supe el punzador deseo,
y guardé para ti, con mi inocencia,
aquel amor que ahora en ti no veo.
»Te conocí al oírte en los
jardines
llorando mis amores ya perdidos
520
cual la voz de los dulces serafines
dando amor y esperanza a mis oídos.
»Y de las flores me llamaron luego
sultana, al verme las demás cautivas,
símbolo de mi puro eterno fuego,
525
de rosas coronada y siempre vivas.
»Y queriendo probar tu fe, de amores
te requerí, y, ardiendo en fuego insano,
por la nueva sultana de las flores
tu antiguo amor dejaste inhumano.
530
»Pues bien, vete de aquí, que la
sultana
era un sueño de tu mente ansiosa;
este papel, Lascar, leerás mañana;
yo, para perdonar, soy orgullosa».
Dijo, y un pliego le entregó cerrado,
535
y a sentarse volvió; Lascar guardolo,
con un triste suspiro enamorado
a tantas quejas respondiendo sólo.
A los pies de Aglae hermosa
se arrojó por fin el griego,
540
y sobre su blanca mano
estampó dulcidos besos;
mano que la causa era
de su falta, que su yerro
disculpar sólo debía
545
y de su amor darle el premio.
Todo respiraba amores
en aquel recinto bello:
las fuentes que murmuraban;
las aves, que con gorjeos
550
blandos daban a las auras
sus delicados acentos,
que del vaporoso invierno,
como transparentes nubes,
subían del pavimento,
555
agrupándose en el aire
y evaporándose luego.
El corazón de la dama
mil diferentes afectos
no hay duda que sentiría
560
en tan solemne momento;
y más al ver desprenderse
de los ojos del objeto
de su amor, como de aljófar
menudas perlas, el tierno
565
llanto con que acompañaba
la fe y su arrepentimiento.
No pudo más; y al impulso
de las lágrimas y ruegos
de su acuerdo, enternecida,
570
trémula de amor, sintiendo
sobre la divina mano
de sus acentos el fuego
que subía por las venas
hasta el escondido centro
575
del corazón, en sus brazos
desfallecida cayendo,
dueño de tanta hermosura
hizo el venturoso griego.
..........................................
Pero un misterio terrible,
580
que yo a descifrar no acierto,
vino a turbar sus amores;
un espantoso misterio
que sabe guardar la noche
con un terrible secreto.
585
..........................................
Sólo se dice que el joven
cautivo, de dolor lleno,
dio gritos de horror terribles;
que el eunuco, con discreto
afán, apagó las luces,
590
y en las tinieblas silencio
le impuso, con sus nervudas
manos su boca cubriendo.
Después algunos cautivos
llegar al jardín pudieron
595
ver, a la luz de la luna,
a un eunuco con un negro
bulto, que, con cuidado,
traía en el caftán envuelto;
con misteriosa premura,
600
depositolo en el suelo
y se marchó, leve ruido
formando su paso incierto,
y el rechinar de sus armas
y de su alfanje a lo lejos.
605
IV ¿Quién es aquel que raudo se
despeña
en soberbio corcel, ya roto el freno,
y va saltando por la espesa breña
mientras que ruge el pavoroso trueno?
A la luz del relámpago, indecisa,
610
tal vez se puede ver su rostro fiero,
en el que brilla la fugaz sonrisa
de un recuerdo amoroso y lastimero.
Cual los vientos veloz en la carrera,
va el caballo, la crin al aire dada;
615
blanca espuma lo cubre, cual si fuera
de las ondas del mar amontonada.
Hiriendo el suelo con el férreo casco,
atruena el bosque, al compasado ruido
de los cóncavos senos del peñasco
620
por los distantes ecos repetido.
Y en el silencio de la noche umbría,
si alguien lo ve que solitario vela,
mágica sombra acaso lo creería,
y reza, si lo escucha, el centinela
2 2 .
625
Diose el día antes un combate horrible
en que los hijos de Otomán vencidos
fueron por los helenos, al terrible
grito de
Cristo y
libertad ardidos.
Que cayeron del monte en la espesura
630
sobre las tropas del bajá, cual olas
de catarata hinchada, y en la obscura
selva arrollaron las soberbias colas.
Y, en mar de negra sangre, la victoria
asentaron los griegos, y la suerte
635
cupo a Lascar de conseguir la gloria
al pérfido bajá de dar la muerte.
Que, ardiendo el turco en denodada ira,
y viendo ya perdida la esperanza,
sobre él con fiera intrepidez se tira
640
y halla la muerte en su robusta lanza.
Hambrienta de clavarse entró en su seno;
la vida se le huyó con un gemido;
cayó, y las armas, cual lejano trueno,
hicieron al caer ronco ruido.
645
Ansioso de matar, Lascar corría;
la muerte iba con él, y con su mano
la punta de su lanza dirigía,
y ni un golpe que dio diéralo en vano.
Y creyeron, al verlo, que en las filas
650
Azrael de los griegos peleaba,
y sólo de sus vívidas pupilas
con la esplendente llama los mataba.
Cual rápido torrente despeñado
que hace salir de cauce al ancho río,
655
tala las mieses, vuelve yermo el prado,
y hasta los pinos troncha con su brío;
Así, o más fiero aún, Lascar
cebaba
su ira cruel en la otomana hueste,
y de cuajada sangre espanto daba,
660
sucias la faz y la gallarda veste.
Mas dar no puede a su irritada alma,
en cuyo centro agitase el veneno,
tanta venganza sazonada calma,
y con dolor cruel late su seno.
665
Un intenso pesar le abruma, y quiere
saltar su corazón ardiendo en ira,
y cuando de dolor piensa que muere,
se juzga eterno, viendo que no expira.
Huir, si es posible, de su mal anhela,
670
mal que imagina su verdugo eterno,
mas con él su dolor rápido vuela
porque su corazón es un infierno.
Y es en vano que el bote de su lanza
le diese horror quitando tanta vida,
675
si con su luz brillante la esperanza
ni a honores ni a deleites le convida.
Que, aunque del cautiverio ya salvado
por un viejo Calóyero, sus penas
el corazón le tiene desgarrado,
680
y es acíbar la sangre de sus venas.
Por eso, aquella noche, cuando el sueño
rendido había al vencedor, el fuerte
Lascar salió con decidido empeño
de dar fin a sus males con la muerte.
685
Allá va, y en su rápida carrera
vencer en conmoción su pena intenta,
y a la borrasca de la noche fiera
excede de su alma la tormenta.
Y él era, él, quien de la noche
triste
690
rompió el silencio, y a la luz ardiente
del ligero relámpago le viste,
otomano, y temblaste de repente.
Mas rápido cruzó cual del verano
la exhalación que engendra el aire seco
695
y el ruido sólo del corcel lejano
en temeroso son repitió el eco.
Llegó Lascar sobre la playa corva
del undívago mar que alborotado
rompe en la roca que su furia estorba
700
la ola que brota de su seno hinchado.
Llegó, y tendido en la desierta orilla,
el cansado corcel yerto abandona,
y a la luz del relámpago que brilla
sube a una roca que la mar corona.
705
Saliente pico, a cuyos pies se agita
el resonante mar contra un bajío
por mil rocas formado, do se irrita
embravecido su indomable brío.
Allí Lascar se puso. Sentimiento
710
horrible el pecho le agitó, y apenas
exhalar pudo el ardoroso aliento
quemado con el fuego de sus venas.
Sentimiento espantoso, a los horrores
igual tan sólo del infierno junto,
715
que en un instante un siglo de dolores
le hiciera padecer en aquel punto.
Imagen fiel del erizado espanto
eran sus miembros, de sudor cubiertos,
y brotaron dos lágrimas en tanto,
720
quemándole la faz sus ojos yertos.
Al través de ellas ver pensó en la
ola
enfurecida una visión mecerse;
su Aglae llorar, enamorada y sola,
y en la extensión sin límite perderse.
725
«Ya te sigo -le dijo-. Yo no quiero
vivir ya más sin ti. Abre tu centro
obscura eternidad... ¡Oh Dios!, yo muero.
¡Muerte, por fin en tus abismos entro!»
Y cayó por el aire arrebatado
730
espantoso giro. Sordo luego
estrépito se oyó, y el mar hinchado
tuvo un momento fúnebre sosiego.
V Indiferente la aurora
a los males de los hombres,
735
al otro día radiante
por el Oriente asomose.
Estaba la mar en calma;
los suaves arreboles,
del alba allí reflejados
740
con mil lucientes colores,
pintaban el fondo obscuro
de aquellas ondas salobres.
Cuando los primeros rayos
de luz dieron sus fulgores
745
sobre el elevado pico
desde el cual Lascar tirose,
iluminaron la frente
de un anciano, que de bronce
parecía, porque estaba
750
puesto en oración, inmóvil.
Las manos tendía al cielo,
y en sus tristes oraciones
piedad por un desgraciado
a Dios imploraba a voces.
755
Era el Calóyero: un bulto
negro divisó, que sobre
las blandas olas mecido
venía; reconociole
al punto, y el tierno llanto
760
de sus ojos derramose.
Hoy Lascar sobre la roca
sepultado está; su nombre,
allí entallado, atestigua
sus desgracias, y una cruz
765
de un leño fabricada
sólo le recuerda al hombre
solitario que allí llega
su triste memoria entonces.
Nadie sabe bien su historia
770
que en el misterio se esconde
más profundo; el religioso,
no obstante, en el seno hallole
un fragmento de una carta
de una mujer, que de amores
775
hablar parece, y un pliego
escrito, entre los horrores
más fieros, por Lascar mismo,
a quien Dios justo perdone.
Fragmento Lascar mío, ya que he visto
780
que de mí te has olvidado
y que es tan cruel mi hado
que no te dueles de mí,
quiero que sepas, al menos,
lo que por ti, vida mía,
785
ha hecho la mujer que un día
fue tan dichosa por ti.
Que si olvidas mis amores
por una esperanza vana,
no te dolerás mañana
790
mi triste suerte al saber.
Y dirás, sin duda alguna:
«¿Qué me importa su memoria?
Déme sus triunfos la gloria
y su amor otra mujer».
795
Bien, Lascar; así ser debe,
que para un varonil pecho
es el amor muy estrecho
círculo, y aspira a más.
No somos así, sin duda,
800
nosotras, pobres mujeres,
que no encontramos placeres,
mi vida, sino en amar.
Y tú, Lascar de mi alma,
sabiendo cuánto te quiero,
805
no extrañarás hoy que muero
por nuestro perdido amor.
Y acaso al saber mi muerte
(es lo único a que aspiro)
exhalarás un suspiro,
810
un suspiro de dolor.
..........................................
Es imposible escaparse
de este recinto horroroso
donde mi tirano esposo
pronto me vendrá a buscar.
815
Supo el sultán que tú fuiste
un tiempo mi amante fino,
y de su furia con tino
yo te supe libertar.
..........................................
Mañana vendrá a buscarme,
820
y al recostarse en mi seno,
verá que un atroz veneno
me ha quemado el corazón.
Y tú, lumbre de mis ojos,
libre estarás ya mañana
825
y en la tumba la sultana
que te amó con tal pasión.
¡Adiós!... Al poner la pluma
sobre esta página, siento,
Lascar mío, un sentimiento
830
que es imposible explicar...
No quiera el cielo que nunca
con tal sentimiento llores,
Dios permita que lo ignores
y hágase tu voluntad.
835
Recuerdos de Lascar Mujer, ese espantoso sentimiento
hierve en mis venas y en el pecho mío
terrible y violento.
Me parece que siento
que las entrañas, con dolor impío,
840
me las desgarran, y el veneno ardiente
vierten en ellas del dolor más duro.
Por nuestro amor te juro
que sólo ya con el deseo vivo
de verter de los turcos, como altivo
845
combatiente, la sangre emponzoñada
y ofrecerla a tu ánima irritada.
..........................................
¡Qué noche aquella! Nunca, Aglae hermosa,
embriagada de amor entre mis brazos
en éxtasis suave y deliciosa
850
caído hubieras; ni en amantes lazos
nunca jamás te hubiera aprisionado
el infeliz Lascar, si al volver luego
del arrebato del amor ardiente,
contra sus labios estrechó de fuego
855
la boca helada de un cadáver frío;
y frenético unió su seno hirviente
con ese yerto de veneno impío
blanco pecho de nardos, dulce nido
de amor y de placer lecho florido.
860
¡Horror! ¡Horror! Maldigo
al eunuco, que al verme desmayado
a mi seno agitado,
no le dio paz con un puñal amigo.
..........................................
¡Mujer! Ya estás vengada; ya mi lanza,
865
por tu espíritu mismo dirigida,
ha quitado en el campo tanta vida
que ha saciado la fe de mi esperanza.
Pero si tu venganza
no está cumplida aún, no desesperes.
870
Pronto desde una roca
que en los nublados con la frente toca
caer me verá tu espíritu irritado
en los abismos de la mar, y espero
que al fin apaciguado
875
me abrazará, y en abismo fiero
ambos nos juntaremos
y, si es posible, allí nos amaremos.
Granada, 1845.
De la increada fuente
en copiosa raudal brotaste pura,
alma luz refulgente;
entonces con ternura
latió fecundo el seno de natura.
5
Como la casta esposa
en medio de su dulce primavera,
si en la entraña amorosa
la agitación primera
del fruto ansiado de su amor sintiera.
10
Tú eres la luz, la vida,
la inteligencia, el fuego, el movimiento;
tú la llama escondida
que da al sol alimento,
y armonioso vigor al firmamento.
15
Hijas de tus amores
la hermosura vernal del bosque umbrío,
y la copia de flores
que en el ardiente estío
el cáliz abre al líquido rocío.
20
Con vivífico aliento
virtud prestaste a la materia inerte,
la fuerza y movimiento,
que en sus átomos vierte
al sacarlos del seno de la muerte.
25
Y la forma elevada,
misteriosa del hombre creaste luego;
a su mente sagrada
diste noble sosiego,
a sus ojos el brillo de tu fuego.
30
Levantaste su frente,
hermoso asiento de tu lumbre viva,
hacia el cielo eminente
do a su mirada altiva
ni de tu ser la obscuridad se esquiva.
35
Cuanto existe en la tierra
de oro y fango, de bálsamo y veneno,
cuanta virtud encierra
en su fecundo seno
el éter infinito, de astros lleno,
40
diste con armonía,
breve mundo, del hombre a la existencia;
como en Oriente el día
brotó la inteligencia
de su completo ser oculta esencia.
45
La pompa de los mundos,
todo ser, toda vida en ella vive;
los ámbitos profundos
del cielo en sí recibe,
y de su inmensidad los circunscribe.
50
Su perfume derrama
la flor, el ave canta, el mar resuena;
cuanto aborrece y ama,
todo deleite y pena
está en el alma, y los espacios llena.
55
Su luz el astro envía,
y tarda siglos en cumplir su anhelo;
no acaba su porfía,
no hiere el mortal velo,
mas en el alma está como en el cielo.
60
¿Qué habrá que satisfaga
al ser amante en la creación entera?
¿De qué beldad se paga,
si por alta manera
todo en el alma está como en su esfera?
65
¿A qué este amor intenso?
¿Qué ignoto ser la voluntad adora?
¿Dónde el objeto inmenso,
la fuerza vencedora,
que domine al amor que la devora?
70
¿Qué bondad, qué hermosura
hay en el mundo que gozar no pueda?
¿Qué gloria, qué ventura,
donde se aquiete y ceda?
Ni ¿qué grandeza que a la suya exceda?
75
El alma es consonancia
de todo lo creado, y sus amores
son la luz, la fragancia
de estrellas y de flores.
¿Quién detiene perfumes y fulgores?
80
¿Dónde se posa y calma
el corazón, buscando su destino?
¿Do está la paz del alma,
dónde el centro divino
que suspenda su curso peregrino?
85
La bien templada lira
de cada cuerda exhala melodiosa
distinto son, y admira
de la máquina hermosa
dando el conjunto música armoniosa.
90
Enemigas y fieras
potencias une al mismo fin el hado;
así de las esferas
el giro arrebatado
da un concierto sublime y alternado.
95
La inmortal y sonora
de celeste virtud máquina ardiente,
que magnífica mora,
cual antorcha esplendente,
en el sagrado templo de la frente,
100
ya no más confundida
con la materia se verá: ya dura
eternamente unida;
ya tan sólo procura
volar al foco de su lumbre pura.
105
Granada, 1845.
Si contempla mi alma,
estando en dulce sueño los sentidos
con la dichosa calma
de la agradable noche adormecidos,
el brillo que en el cielo
5
un espíritu angélico y radiante
esparce cuando cruza en raudo vuelo
el éter deslumbrante;
tan encantado siento
y tan lleno de amor el pecho mío,
10
al verlo puro aventajar las flores
y los astros del claro firmamento
y la hermosura terrenal, que ansío
la muerte por gozar tales favores.
Si con los ojos de mi cuerpo acaso
15
ver pudiera, señora, tu hermosura,
como en las sombras de mi mente obscura
contemplo a cada paso
el bienaventurado
espíritu de lumbre circundado
20
que de tu brillantez y donosura
es tan sólo un destello, Virgen mía,
mi tierno corazón se abrasaría,
en el amor más santo confundido;
y a los cielos volara
25
en esa inmensidad de amor perdido.
Así de ardiente sol a la luz clara
el hielo se deslíe, se evapora,
hasta los cielos sube,
y en el vellón de la dorada nube
30
el iris forma que la luz colora.
En la mente divina
creada fuiste, hermosa Virgen pura,
y adornada con toda la hermosura
que encierra en sí la esfera cristalina.
35
Nacida limpia y bella
y tu seno purísimo inflamado
por el divino amor, viniste al suelo;
de la esperanza nacarada estrella,
redimistes al hombre del pecado
40
y te volviste al cielo.
Cuando por vez primera
sentiste en tus entrañas virginales
estremecerse un Dios, que el vivo aliento
de la casta paloma placentera
45
en ti depositó, las maternales
fibras del corazón un movimiento
de mágica alegría
en el alma sin duda te causaron
y estremecidas de placer vibraron
50
con celestial y angélica armonía.
¡Oh, bendita entre todas las mujeres,
la que en su casto seno
que del materno amor estaba lleno
sintió tales placeres!
55
Bendita sí, porque ella
sufrió inmenso dolor también, y agudo
puñal el alma de la Virgen bella
traspasó fiero; sólo el amor pudo,
Madre y Reina preciosa,
60
de los cielos señora,
misterio tan sublime
ejecutar en ti, cuando amorosa
por levantar al que abatido gime
y consolar la humanidad que llora,
65
viste pendiente del cruel madero
al hijo santo de tu amor sincero.
Entonces en el Gólgota elevado
fue en holocausto santo
el más gran sacrificio consumado
70
con el dolor de un Dios y el triste llanto
de tu pecho purísimo arrancado.
De las penas más fieras los horrores
todos sentistes en aquel momento.
Para aquel sacrificio de dolores
75
dos altares había,
la cruz que a Jesucristo dio tormento
y tu sagrado corazón, María.
¡Tu enamorado corazón, del tierno
Hijo de tus entrañas poseído,
80
en el amor sublime del Eterno
espíritu nacido!
¡Cuánto la madre adora
en su hijo caro de su amor la prenda!
¡Cuánto su tierno corazón le llora
85
a su dolor inmenso dando rienda!
Mas de los hombres madre también era,
por el sagrado Espíritu enviada
para salvar la humanidad entera
con su inmenso dolor purificada.
90
La salvaste, María
llorando sobre el Gólgota las penas
del hijo de tu amor, que en su agonía
vertió la pura sangre de sus venas.
Y bienaventurada
95
te llamaron los hombres; en el cielo,
al son del arpa de oro
te elogian los querubes, y postrada
la angélica falange en raudo vuelo
se acerca a ti y en resonante coro
100
entonan alabanzas a tu gloria.
Yo también remontar quise, atrevido,
de tu eterna memoria
en elogio, mi canto enardecido:
pero ya triste veo
105
que no merezco, virginal Señora,
engendrar en el pecho que os adora
tan excelso deseo.
Acaso indigno de tal bien, impuro
me atreví a profanar, de orgullo lleno,
110
a la que inflama en fuego de amor puro
de la radiante Trinidad el seno.
Historia filosófica y verdadera
Primera parte
Io mi son pargotella bella e
nova,
e son vanuta per mostrarmi à
vui
dalle bellezze e loco dond'io
fui.
Io fui del cielo, e tornerovi
ancora,
per dar della mia luce altrui
diletto,
e chi mi vede, e non se ne
inamora,
d'amor non averà mai
intellectto.
(DANTE ALIGIERI, Ballatta.)
I En las antiguas edades
cuando andaba la morisma
hecha orgullosa señora
de la bella Andalucía,
en un rincón olvidado,
5
por pobre, de la codicia
de los hombres, y perdido
en la espesura sombría
de los bosques y los montes
que en torno de la campiña
10
de Granada, en ancho cerco,
alzan las frentes altivas,
Cide Yahye en paz suave
era señor de una villa;
y aunque adornada tan sólo
15
de centenarias encinas,
de olivos y de castaños,
era agradable a la vista
de aquel quebrado paisaje
la rústica perspectiva.
20
Los sencillos habitantes
allí contentos vivían,
sin pensar que más placeres
brindase al hombre la dicha,
que los dones que la tierra
25
de su trabajo solía
darles en premio, y los goces
de aquella vida tranquila.
Cide Yahye virtuoso,
y su corta monarquía
30
con la vista dominando,
administraba justicia,
y en las sencillas disputas
leyes dictaba benignas,
bajo de un árbol sentado,
35
a la puerta de su quinta.
A las labores del campo
con gran placer asistía
y al llegar la grata fiesta
de la siega o la vendimia,
40
con los mismos labradores
comer y cantar solía.
Agradable con la gente,
y contento de su vida,
practicaba Cide Yahye
45
la mejor filosofía.
En sus colorados labios
siempre brillaba la risa;
en su cuerpo orondo y grave,
resaltaba la alegría.
50
Tal era el rey, tal el reino,
donde la virtud sencilla
moraba con la inocencia
de la gente campesina;
donde los dorados tiempos
55
que los poetas nos pintan
con su patriarcal ternura
realizados se veían.
Cuéntase, pues, que las hadas,
al ver la maldad impía
60
de los hombres, de la tierra
ya para siempre se iban,
cuando este reino dichoso
descubrieron, y benignas
quisieron favorecerle
65
con su presencia divina.
II Tomaron aquel reino para morada propia
las hadas y le dieron su santa beatitud,
y en su seno vertieron el cuerno de la copia,
henchido de riqueza, de gozo y de salud.
70
Formaron en el aire conciertos armonios,
de eterna primavera dotaron al vergel,
hicieron de la viña los frutos más sabrosos,
llenaron las colmenas de perfumada miel.
Pusieron en las fuentes misterioso murmullo,
75
vistieron de hermosura las flores del jardín,
de la paloma hicieron más lánguido el arrullo,
y más sonoro el trino del ágil colorín.
Como menudo aljófar las gotas de
rocío,
cuajadas en el cáliz de la entreabierta flor.
80
Un fructífero fuego el calor del estío,
una llama sagrada el fuego del amor.
Doquiera que las hadas esparcían su
aliento,
crecían frescas rosas de aroma celestial.
Con viva luz en torno resplandecía el viento,
85
formábanse en el aire palacios de cristal.
Las hadas a las nubes dieron bellos matices,
a los céfiros blandos suave libertad;
para hacer a los súbditos de Yahye más felices
arrullarlos quisieron en dulce ociosidad.
90
Sin el trabajo humano daba el feraz terreno
los frutos más opimos con solícito ardor,
torrentes de riqueza brotaban de su seno,
de las benignas hadas encanto bienhechor.
Nacía sin cultivo el delicado lino,
95
el industrioso insecto trabajaba a la vez
la seda, en los arbustos el algodón más fino
de las pomposas hojas blanqueaba al través.
En los mismos corderos la suavísima lana
de diversos colores se solía pintar;
100
ya era púrpura tibia, ya refulgente grana;
que tejían las hadas con arte singular.
Cuanto al hombre le es grato las hadas reunieron
en aquel feliz reino, su encantada mansión.
Los frutos más extraños las hadas produjeron
105
que el comercio nos trae de distinta región.
La fragante canela, el café de la Moka,
que destilando forma tan suave licor;
la que en árbol tan grande, con magnitud tan poca,
crece negra pimienta de agradable sabor.
110
La hierba del Catay, olorosa y salubre;
los plátanos, que almíbar dentro del fruto
traen;
la palma, que maduros los dátiles encubre
con las espesas ramas que en verdes arcos caen.
Cuantas aves adornan la alegre primavera
115
hacían de aquel reino su estancia habitual;
recorría los campos la perdiz placentera,
posábase en la oliva el sabroso zorzal.
Los ánades silvestres con majestad
graciosa
cerníanse en el seno del lago, sin temor,
120
y el campo poetizaban la tórtola amorosa
y el ruiseñor sencillo, de los bosques cantor.
Como nunca agradables lucían las doncellas
que ya el sol ni el trabajo podían marchitar,
las delicadas manos suavísimas y bellas,
125
los talles elegantes, amoroso el mirar.
Cantaban y bailaban, asidos de las manos,
pastores y zagalas, hablando de su amor;
sentados a la sombra miraban los ancianos,
los más dulces recuerdos gozando a su sabor.
130
A pesar de Mahoma, el perfumado vino,
mejor que el estimado del campo de Jerez,
chispeaba en las copas, y su fuego divino
de las bullentes venas serpeaba al través.
Él vertía en el pecho el amante
deseo,
135
él ponía en los labios la dulce
persuasión,
y en las negras pupilas, con el furor pimpleo,
brillaba más hermosa la luz del corazón.
El día se pasaba en danzas y en suaves
pláticas amorosas, la noche en poseer
140
el reposado sueño, hasta que al fin las aves
el alba amenizaban con trinos de placer.
Todo en aquella tierra era paz y ventura;
sobre ella la alegría sus alas extendió,
por el ancho espacio de su atmósfera pura
145
la copa del deleite ufana derramó.
Nunca dicha más grande soñó
en su falansterio
de Fourier admirable el ingenio creador,
ni nunca en el más rico antiguo monasterio
hubo paz más perfecta ni abundancia mayor.
150
Esto hicieron las hadas, y en bullicioso coro
con los mortales mismos se solían mezclar.
Y al agradable estruendo del crótalo sonoro
himnos dar a los vientos, y ligeras bailar.
III El buen rey Yahye de placer henchido
155
también entre la fiesta se mezclaba,
y a la música alegre dando oído,
de su vientre a pesar, diestro bailaba.
No le acosaba el velador cuidado,
ni placer le faltaba ni riqueza
160
disfrutando de un sueño regalado
en el seno gentil de la pereza.
Guardaba de su harén en el recinto
mujeres como lindos serafines,
enramadas de género distinto,
165
joyas, perfumes, fuentes y jardines.
Y de una quinta que la hermosa vega
ostentaba en la parte más florida,
de generosos vinos la bodega
con profusión diversa bien surtida.
170
Cantos gozaba, y bailes seductores,
la tierra en torno sonreía ufana;
Amor le prodigaba sus favores,
renacía en él la juventud lozana.
Mas en medio de cuadro tan risueño,
175
Yahye empezó a sentir melancolía;
buscó la soledad, faltole el sueño,
vagó en el seno de la selva umbría.
Que ardió su corazón en la sagrada
llama de lo ideal, que tierna adora,
180
no satisfecha el alma enamorada
del placer que en la tierra se atesora.
Buscó en la noche su ilusión
querida,
la creyó hallar entre la selva obscura,
en el seno del aura adormecida,
185
en el cristal de la corriente pura.
Prestó Yahye un amante sentimiento
al arrullo del céfiro en las hojas,
a las flores amor y pensamiento
de la tórtola amante a las congojas.
190
Y no pudieron apagar el fuego
del místico raudal de sus dolores,
ni de la noche del plácido sosiego,
ni la tórtola, el céfiro y las flores.
Y por saciar su loco desvarío
195
se entregaba otra vez a los placeres
mas sólo hallaba doloroso hastío
en sus perfumes, joyas y mujeres.
Todo a su alma indiferente era;
el insaciable corazón sentía
200
taciturno dolor, y una hechicera
ideal mujer formó su fantasía.
La limitada inteligencia humana
muy rara vez tras lo ideal se lanza,
pero la voluntad recorre ufana
205
la eterna inmensidad de la esperanza.
Que el Eterno nos dio tan sólo, creo,
un rayo de su ciencia peregrina;
pero el alma se eleva en el deseo
y respira la atmósfera divina.
210
Deseo insaciable, que del pecho brota
y en inmenso círculo se extiende,
cuya circunferencia, siempre ignota,
al Hacedor y a la creación comprende.
¡Oh, amor sublime, celestial anhelo
215
de los santos, artistas y cantores,
con una de tus flechas desde el cielo
pusiste en Yahye místicos amores!
Las hadas al mirarlo tan dolido
iban a consolarlo con su canto,
220
mas él lanzaba un mísero gemido
o derramaba lastimero llanto.
Por fin, un día que elocuente estuvo,
gracias al rico néctar jerezano,
ante las hadas, que reunidas tuvo,
225
logró explicar su anhelo sobrehumano.
IV «Por vuestro benigno influjo,
dijo el rey Yahye a las hadas,
nuestras rústicas moradas
en la abundancia se ven;
230
y felices mis vasallos
en el ocio y los amores,
se olvidan de los dolores
humanos en este edén.
»Aquí más mágico
brilla
235
en el diáfano espacio
ese disco de topacio
que a la noche da fulgor;
palacios hay en el viento,
maravillas en la tierra,
240
y en nuestros pechos se encierra
encadenado el amor.
»Aquí un olor más suave
tienen las gallardas flores,
son más vivos los colores,
245
más pura la luz del sol,
más agradable el murmullo
de las auras y las linfas.
Y hacéis más fúlgido, ninfas,
de la aurora el arrebol.
250
»Mas de tal dicha en el seno,
al amor mi pecho ardiente
se entregó, y en el torrente
se perdió de la pasión;
y brotó en él un deseo
255
que el tierno pecho lastima,
y desdichado se estima
sin gozarlo el corazón.
»Anhelo del imposible
amor del alma, belleza
260
que en la gran naturaleza
a él no encontró objeto igual;
Mas traspasando sus lindes,
con la ardiente fantasía,
la enamorada alma mía
265
ha anhelado lo ideal.
»Y aquí nace el hastío
que de cuanto miro brota,
y el placer más leve agota
y marchita el corazón;
270
del orgullo de mi alma
es un misterioso arcano
y para el vulgo profano
una incógnita aflicción.
»Sin esta celeste idea,
275
por el alma concebida
de esencia desconocida
y de substancia inmortal,
y que me muestra el deseo
con su luz mágica y vaga,
280
que a los sentidos halaga,
fingiéndola material.
»Sin la posesión sublime
de esa irrealizable idea,
que la imaginación crea
285
más allá de la creación;
concebida en el deseo,
sin comprenderla la mente,
y nacida del ardiente
impulso de la pasión.
290
»Nunca juzguéis que mi vida
pasa feliz en la tierra,
que el fuego que el alma encierra
pronto la devorará;
y entonces de las cadenas
295
libre, que la guardan ora,
en la mente creadora
rápida penetrará.
»¡Magas bellas!, en los sueños
de mi loca fantasía
300
la forma yo descubría
de esa idea celestial;
ya levantada en el aire,
con una ardiente aureola,
ya mecida en una ola
305
del océano ideal.
»A las creaciones sublimes
de los poetas divinos
cuerpos daba peregrino
vida, juventud y amor,
310
pero en ninguna encontraba
la fantástica señora
cuya luz el alma adora,
sin conocer su valor.
»Que más alta se elevaba,
315
en lo infinito mecida;
y el principio de su vida
brotaba del mismo Dios.
Comprenderla nunca pudo
el humano pensamiento,
320
ni sentirla el sentimiento
ni descifrarla la voz.
»Vosotras sólo podéis
formular mi ardiente anhelo,
arrebatando del cielo
325
la llama que alimentó
lo mi concepción misteriosa,
y dándole forma ahora,
con la fuerza vencedora
que el Eterno os concedió».
330
V Dijo, y los labios de las hadas luego
una sonrisa plácida mostraron,
y de sus ojos de amoroso fuego
mil rayos de esperanza derramaron.
En círculo tejieron una danza
335
en derredor del Yahye, tan ligera
como el vuelo fugaz de la esperanza
que se remonta a la azulada esfera.
Y al céfiro entregando las aéreas
divinas formas, el espacio hendieron,
340
y a las regiones caminando etéreas
dulces cantares a los vientos dieron.
¡Cide Yahye! Tu amante deseo
a la eterna beldad te sublima;
es la llama creadora que anima
345
en los hombres la luz celestial.
Que da al mártir aliento en la hoguera,
que a los héroes excita al combate,
y en las venas enérgicas late,
inspirando al poeta inmortal.
350
A tu ruego las alas rendidas,
a los vientos sus formas entregan,
y el inmenso Océano navegan
del espacio y el tiempo sin fin.
Del espíritu ardiente en el mundo,
355
en un mundo invisible su vuelo
detendrán, y robada del cielo,
la hermosura será para ti.
Sé feliz si en tu pecho sereno
la esperanza vivífica está;
360
si de ingente deseo está lleno,
la divina esperanza en tu seno
una inmensa energía pondrá.
Así cantando alegres, las hadas en el
aire,
como ligeras nubes se perdieron por fin,
365
y extendidas las alas con gracioso donaire,
de nuestra espesa atmósfera doblaron el confín.
Al sentirse en éter bañadas por
doquiera,
se desnudaron luego la forma terrenal,
y ya puros espíritus, como la luz ligera,
370
rápidas recorrieron el éter celestial.
Y llegaron al mundo do las ideas viven,
y de la inteligencia habitan en el mar;
así como los cuerpos y formas se perciben
en el tendido espacio flotando sin cesar.
375
Y arrebataron luego la concebida idea,
y una forma perfecta la dieron de mujer,
brillante como un rayo de la lumbre febea,
que en el dorado viento se baña con placer.
Sacaron de las flores la más suave esencia
380
para dar a su aliento perfume sin igual,
de una llama divina de noble inteligencia
adornaron las hadas su frente virginal.
De la deidad de Chipre la zona encantadora
en torno colocaron de su talle gentil,
385
y en sus mejillas puras, cual la luz de la aurora,
avergonzar quisieron la rosa del abril.
Eran dos luces bellas, del alma noble encanto,
brillantes de deleite, dormidos de pudor
sus ojos, y su boca el cáliz limpio y santo
390
do puro se guardaba el néctar del amor.
El delicado arrullo del apacible viento,
si a Flora misteriosa enamora tal vez,
no puede ser más blando que el voluptuoso acento
que exhalaban sus labios, más dulces que la miel.
395
Diéronle la pureza de las vírgenes
flores,
las hadas, de la tórtola el inocente ardor,
del alba nacarada los púdicos colores,
el encanto armonioso del tierno ruiseñor.
Del corazón sencillo la mágica
violencia
400
su seno alabastrino hacía palpitar,
y una vaga sonrisa de amorosa inocencia
sobre sus frescos labios volaba sin cesar.
Nunca mujer más bella formó la
fantasía
en los mágicos sueños de un genio creador,
405
levantada en las alas de la ardiente poesía,
arrullada en el seno del encantado amor.
Ni nunca puro arcángel ni hurí del
paraíso
dieron forma más bella a la esencia inmortal;
que el poder de las hadas en ella mostrar quiso
410
la fórmula suprema de lo bello ideal.
Así formada, al mundo trajéronla
dormida,
con el sueño inocente que goza la virtud;
vertieron en su rostro el soplo de la vida,
y ciñeron sus sienes de eterna juventud.
415
VI ¿Qué poeta en sus cantos no te evoca?
¿Quién dulces versos en tu honor no canta,
cuando en tu elogio la alabanza es poca,
cuando en tu amor el corazón se encanta?
Con santa fe la humanidad te invoca,
420
y el amor suyo hasta tu amor levanta,
siempre con varios nombres uno mismo,
de nuestro inmenso amor inmenso abismo.
Incomprensible sed de lo futuro,
de la inmortalidad ardiente anhelo,
425
éxtasis admirable de amor puro,
que nos transporta de la tierra al cielo;
Tú haces bajar del eternal seguro
al mismo Amor con amoroso vuelo,
y desde la alta esfera cristalina
430
envías al hombre tu ilusión divina.
Hijo de la sagrada inteligencia
y de la libre voluntad humana,
pues de su amante unión tu etérea esencia
por un misterio mágico dimana;
435
raudal de gloria, manantial de ciencia,
recuerdos dulces, ilusión temprana
eres, y cuanto el hombre inmenso crea,
de la fe causa, fuente de la idea.
Como la anacreóntica paloma
440
te duermes en las cuerdas de la lira,
el corazón en ti su fuerza inspira;
das vida al arte, y encantado aroma
sobre tu seno el ánima respira,
cuando, de la materia, roto el lazo,
445
con ternura descansa en tu regazo.
Así el alma de Yahye, que dormido
se quedó con el canto de las hadas
(lo que acaso os haya sucedido
con mi historia, lectoras adoradas),
450
le dejó en su letargo sumergido,
y las rápidas alas desplegadas,
rompiendo el aire con sereno vuelo,
se fue a perder en el azul del cielo.
Y se bañó de luz y de
ambrosía,
455
se coronó de amor y de contento,
recobró nueva vida y energía
su libre y endiosado pensamiento;
y el éter recorrió su fantasía,
y mecido su espíritu en el viento,
460
se volvió al cuerpo, que, en quietud sabrosa,
soñaba ya con su ilusión dichosa.
Y entonces despertó con nuevo brío,
sintió en su pecho arder la llama pura
de un amante y suave desvaría;
465
brilló en sus ojos celestial ternura,
y se encontró del plácido sombrío
reclinado en la fértil espesura,
oyendo en torno un cántico sonoro
por muchas voces repetido en coro.
470
Místico canto que eleva el alma
en pos de una ilusión pura y amante,
buscó Yahye a su amor, y en dulce calma
vio que se le acercaba una radiante
virgen, esbelta como airosa palma
475
y vestida de un manto rozagante.
En redor de la cual las hadas bellas
eran del sol de su beldad centellas.
Venían en pos de la beldad divina
las hadas, cantos entonando suaves,
480
que, al contemplar la forma peregrina,
de la diosa ideal las mismas aves
repetían; la fuente cristalina
más dulce murmuraba, y con más graves
sublimes cantos la creación entera
485
saludaba a la virgen hechicera.
Besábanla los céfiros lascivos,
y al pasar, en su seno derramaban
pensamientos de amor, que fugitivos
sobre su frente rápidos cruzaban;
490
los genios y las gracias con festivos
bailes en torno de ella se agitaban,
enredando su talle los amores
con mil cadenas de olorosas flores.
Las puras ondas de la clara fuente,
495
el ruiseñor amigo de la rosa,
la enamorada tórtola doliente,
del céfiro la amante mariposa
su beldad admiraban sorprendente;
y la Fama, a la par, con sonorosa
500
trompa, volando sobre el aura pura,
anunció por el mundo su hermosura.
Y no quedó nación, no quedó
tierra
donde la dulce nueva no llegara,
ni cuanto en sí Naturaleza encierra,
505
que por ella de amor no palpitara;
se estremeció de gozo la alta sierra,
brincó en su cauce la corriente clara,
las almas con ternura la adoraron,
su belleza los cuerpos reflejaron.
510
Y todo aquel amor que de su seno
Naturaleza derramaba en torno,
suspiros dando al céfiro sereno,
y olor las flores, del pensil adorno,
sintió Yahye en su pecho, de amor lleno,
515
al ver el vago y celestial contorno
de la belleza angélica, nacida
del impulso de su alma enardecida.
Y exhalando un dulcísimo suspiro,
lleno de amor y de ansiedad dichosa,
520
exclamó Yahye: «En realidad, te miro
al fin divina hermana mía, esposa;
y en ti mismo pensamiento admiro,
que te ideó tan pura y tan hermosa,
en alas levantando del deseo,
525
arrullado en su amante devaneo.
»Bendita seas, luz de amor, paloma,
de mi espíritu hija y del divino
espíritu, en el cual su fuerza toma
mi corazón de tu hermosura dino:
530
¡Oh, cuál esparce delicioso aroma
el aire que circunda tu camino!
¡Cómo las aves cantan! ¡Cuán
ardiente
brilla la luz en torno de tu frente!
»¡Cuán hermosa eres tú,
paloma mía,
535
hija del alma, flor del pensamiento,
nacida de mi ardiente fantasía,
de mi amor llena, de mi ser aliento,
divino tipo de ideal poesía,
hurí del estrellado firmamento;
540
ven a mis brazos, ven, esposa, hermana,
yo tu esclavo seré, tú mi sultana!»
Dijo, y ciñó con sus amantes brazos
de la beldad la virginal cintura;
y ella, estrechada en tan suaves lazos,
545
desfalleció de amor y de ternura;
y Yahye recibió de sus abrazos
el fantástico don de la hermosura,
mientras que los cercaban los amores,
himnos cantando y esparciendo flores.
550
La plenitud del ser y de la vida
bebió Yahye de amor en el torrente;
en su luz vio la luz, y enardecida
brotó una llama de su noble frente.
VII Al unirse Cide Yahye
555
con la ideal hermosura,
celebrar bodas tan gratas
dispone con pompa suma.
De la capital las calles
alfombrar manda con juncia,
560
y arcos formar, y enramadas
de romero y de gayumba.
Banderas de mil colores
leves en el aire ondulan;
se tapizan las paredes
565
con alcatifas morunas.
Todo el reino está de gala;
y, al llegar la noche obscura,
de brillantes luminarias
se coronan las alturas,
570
la fachada de las casas,
de las mezquitas la cúpula.
Marca la luz los perfiles
de la bella arquitectura,
y ésta sobre el negro fondo
575
de los cielos se dibuja.
Vence en brillo a la del día
la luz que todo lo inunda,
desde el alcázar de Yahye
a la recóndita gruta.
580
Crótalos, flautas, tiorbas,
chirimías y bandurrias,
y enamorados cantares
por dondequiera se escuchan.
Danzas hay aquella noche
585
como no se han visto nunca,
desde la que en Creta el docto
Dédalo enseñó a la rubia
hija del rey, que a los muertos
allá en el Tártaro juzga,
590
hasta el cancán, el bolero,
el fandango y la mazurca,
y los valses y las polcas
que en nuestro siglo se usan.
De leve blonda fantástica
595
vistiendo cándidas túnicas,
en sendos hilos de perlas
enredada la cintura,
coronada de diamantes,
que imitan soles y lunas,
600
bailan y cantan las hadas
con gracia y desenvoltura.
Las más gentiles doncellas
del reino a la novia adulan;
la novia se alza entre todas,
605
como la palma entre murta.
En tanto las avecicas,
allá en la verde espesura,
un sublime epitalamio
y otras joyas que deslumbran.
610
Hay en el valle aquel día
mil tortolillas que arrullan;
las unas tienen esposo,
las otras están viudas;
mas todas están asadas,
615
todas rellenas de trufas,
y no por eso están quietas,
y no por eso están mudas,
que están diciendo «comedme»,
con melodiosa ternura,
620
y hasta a la boca se vienen,
cruzando las auras puras.
El pueblo todo se entrega
al regocijo y la bulla;
y almíbar, vinos suaves,
625
leche y horchata de chufas
derraman las fuentes todas
de sus encantadas urnas.
Hay también altas cucañas,
y el que a la cima se encumbra,
630
por haber en el país
de los bienes de fortuna
tanta abundancia, consigue
premios de mayor dulzura.
Elixir de amor perfecto
635
ponen las hadas en una;
en otra de las cucañas
los viejos un licor buscan
que las canas ennegrezca,
que disipe las arrugas
640
y que en las venas heladas
fuego juvenil infunda.
Hay en otra una substancia,
invención rara y aguda,
junto a la cual el
hachick
645
no tiene virtud alguna.
A los cielos se remonta
quien esta substancia gusta,
y en un minuto de ensueños
goza un siglo de ventura;
650
las huríes le acarician,
y los genios con las plumas
le abanican de sus alas;
con sus arpas le dan música,
y con las flores del árbol
655
del Tooba le perfuman.
Tales son las diversiones
en que se goza la turba;
mas damas y caballeros
de rancia e ilustre alcurnia
660
acuden luego a palacio,
do alegres se congratulan,
y de la opípara cena
que les da Yahye disfrutan.
La cena de Baltasar,
665
que, a no ser por la escritura
misteriosa y por la mano
que tantos males anuncia,
fuera envidiable; las cenas
que Semíramis augusta
670
daba al príncipe de Armenia,
prendada de su hermosura;
y sobre todo, el festín
que el rey Asuero dio en Susa,
a do sátrapas y magos
675
fueron en cebras y mulas,
en caballos y elefantes
y en carretelas ebúrneas;
aquel banquete estupendo,
do convidados se juntan
680
sabios, guerreros y damas
que el reino de Persia ilustran
desde el Tanais hasta el Indo,
desde Bactra hasta Betulia;
concurridos y famosos
685
convites fueron sin duda,
pero el que da Cide Yahye
en más primores abunda.
Marcial, discreto, en su
Xenia ,
manjares no mentó nunca,
690
como los que allí el olfato
y el paladar estimulan.
Jamás extrajo Carême
quintas esencias tan puras,
ni las soñó Savarín,
695
el gran doctor de la gula.
Confites hay cien mil veces
más dulces que miel y azúcar,
y no empalagan ni cansan
con tan extraña dulzura.
700
Hay allí vinos más ricos
que el Tocay y el Siracusa,
y mantecosos sorbetes
y sabrosísimas frutas.
Arden en áureos braseros,
705
y por el aura circulan
esencias con que en el cielo
las huríes se sahúman.
Las hadas entonan versos
que dan envidia a las musas.
710
Para que todo al recreo
y a la amenidad concurra,
salen los gnomos deformes
de sus negras catacumbas,
y juegos hacen de manos
715
con singular travesura.
Los chistes y discreciones
y la algazara confusa
hicieran reír a Orestes
a despecho de las Furias.
720
No hay que decir que el buen tono
reinó en aquella tertulia,
y que hizo el rey los honores
con extremada finura.
VIII ¡Ay, cuán pronto se pasan los
momentos
725
de dulce amor y de ilusión querida,
dejándonos, en cambio, los tormentos
y el triste desengaño de la vida!
Pensando en ti, jamás cumplido anhelo,
dijo Espronceda con verdad notoria:
730
«O eres recuerdo de un perdido cielo,
o la esperanza de futura gloria».
Y para recordarnos el destino
que aspirar debe el alma a más altura,
del placer nos disgusta de continuo,
735
o nos roba el placer si el gusto dura.
Y no hay amor que no consuma el tedio,
ni amistad en el mundo duradera,
ni gozo sin disgustos de por medio,
ni vino que no cause borrachera.
740
¡Qué terrible es vivir, si sus
lecciones
el Destino nos da tan duramente!
Pero con mis morales reflexiones
me pongo por demás impertinente;
pero, dejando aparte mis quebrantos,
745
que los juzgo en verdad harto triviales,
y extenso asunto fueron de los cantos
de otros poetas buenos y fatales;
volvamos a la historia del rey moro,
que en los brazos dejamos de su amada,
750
cercado en torno del bullente coro,
por el amor su frente iluminada.
Bebiendo amor en el ardiente beso
de los intactos labios de la bella;
respirando el suavísimo embeleso
755
que vertían los genios sobre ella.
Entusiasmo que el ánima encendía
por Gulnara (que así llamarla hizo),
en un amor del cual la musa mía
pintar no puede el celestial hechizo.
760
Cerca, pues, de Gulnara, encantadora,
pasó el buen Yahye aquella noche grata
hasta que al fin la purpurina aurora,
vertió su luz de sonrosada plata.
A turbar vino entonces su sosiego
765
de las trompas el bélico sonido;
y vio una diosa, que de ardiente fuego
traía el robusto corazón ceñido.
En pos de ella camina de guerreros
gran multitud, que anuncia desventura
770
y perdición a Yahye; sus aceros
deslumbran como lampo en noche obscura.
Unos montados van a la jineta,
y la aljaba, al trotar, suena terrible,
y es de junco la rápida saeta,
775
y es el arco de búfalo flexible.
Otros llevan fortísimos broqueles,
hachas y agudas lanzas; como espumas
del mar blancos turbantes y alquiceles,
y en el yelmo un airón de rojas plumas.
780
Bravos muslimes eran, los pendones
seguían del monarca granadino,
y montados en árabes bridones,
al valle enderezaban su camino.
Ya aquellas altas cumbres se veían
785
con los altos turbantes coronando,
ya en el seno del bosque se perdían,
cual rápido torrente penetrando.
La Fama los guiaba, y de Granada
el poderoso rey iba en pos de ella
790
porque ya de Gulnara enamorada,
su alma tan sólo ansiaban poseella.
Yahye lo vio, y en furibunda saña
ardió su corazón lleno de ira,
desciende al punto armado a la campaña,
795
y al enemigo, que se acerca, mira.
Sus escasos soldados reúne luego,
y camina a buscar los invasores,
con roncas voces y despecho ciego
llamándolos infames y traidores.
800
Estos llegaban ya, que por el llano
marchaban raudos con horrible estruendo,
el duro hierro en la homicida mano,
con el polvo la luz obscureciendo.
Espesos los cerrados escuadrones
805
cual las hojas de otoño, y tan ligeros,
que apenas el ardor de sus bridones
pudieron contener los caballeros.
Y caminaban con las riendas sueltas,
formando viva y caprichosa cinta
810
de las veredas por las muchas vueltas,
que ornaban flores de color distinta.
Las plumas y el acero refulgente
parecían del sol a los fulgores
un ancho arroyo de metal candente,
815
que en pos arrastra pintorescas flores;
o sierpe en cuyos lomos plateados
se dibujan como en claro espejo
prodigiosos fantasmas agitados
de la mente de un mágico reflejo.
820
Mas Yahye, colocado en una altura
con un puñado de vasallos fieles,
los esperaba con marcial bravura,
como acosado lobo a los lebreles.
Al mismo tiempo despertó Gulnara
825
del apacible enamorado sueño;
y al escuchar la bélica algazara
buscó en vano los brazos de su dueño.
Al cielo alzó las delicadas manos
pidiéndole favor, y ya corría
830
a buscar a su bien, mas los ancianos
se le acercaron que en el valle había.
Y uno de ellos (Giafir llamado era,
que en la gente ceneta origen tuvo,
y mostraba en la blanca cabellera
835
sus años y experiencia) la contuvo;
y, ahogado por las lágrimas su acento,
así la dijo: «¿Dónde vas, Sultana?
Huir no puedes; el bárbaro violento
nos cerca por doquier con furia insana.
840
»Detrás de cada piedra hay un
soldado,
contra nosotros marchan las naciones
como los copos del invierno helado,
espesos sus armados escuadrones.
»Mas que tu esposo vencerá
confío;
845
no te aflijas, hurí, porque ya el cielo
a castigar dispónese al impío
que va a turbar la paz de nuestro suelo;
»al perjuro Alhamar, que, de Castilla
siervo, su alcázar y potencia nueva
850
sobre un monte de escombros de Sevilla,
amasado con lágrimas eleva.
»Entretanto, sultana, ven conmigo,
que desde la torre que domina
la fértil vega, en un seguro abrigo,
855
del invasor veremos la ruina».
Sólo por consolarla esto añadiera,
y ahogó su llanto el afligido anciano,
enjugando la lágrima postrera
con el revés de la rugosa mano.
860
Llena de espanto, en la terrible duda,
con el temor y la esperanza ansiosa,
en un fiero dolor y angustia muda,
siguió a Giafir la desolada esposa.
Y los demás ancianos la cercaban,
865
admirando extasiados su belleza,
y, mientras que a la torre caminaban,
así decían con gentil grandeza:
«Combatir en verdad que no es
extraño,
por causa de tan mágica hermosura;
870
¿qué vale en parangón de bien
tamaño,
vida, riqueza, libertad u holgura?
»Si la vejez no hubiese destruido
con su soplo fatal la fuerza nuestra,
los primeros hubiéramos salido
875
a combatir en la marcial palestra».
Sobre la torre ya, todos los ojos
se fijan en ella, y el aliño
de su beldad trocaba los enojos
en dulces muestras de cordial cariño.
880
Porque no hay alma, por feroz que sea,
que amor no inflame al contemplar lo bello,
y en ese mismo amor que la recrea,
de su divino ser siente el destello.
La batalla a mirar se disponía
885
Gulnara, de dolor transida el alma:
ancianos y mujeres allí había,
pero reinaba aterradora calma.
Cual las matronas de Ilion famosa,
presenciar esperaban el encuentro,
890
y más que todos, la Sultana hermosa,
puesta de los ancianos en el centro.
Aunque sin culpa, semejante a Elena,
que, colocada sobre el muro pardo,
miró luchar en la campiña amena
895
al rubio Atrides y al pastor gallardo.
En esto ya del enemigo fiero
cerca la hueste, resonó la trompa.
y, aquel torrente de agitado acero,
se para luego con guerrera pompa.
900
Mas duró poco el lúgubre sosiego
el Granadino demandó la hermosa:
Yahye se la negó; las huestes luego
se encontraron con furia prodigiosa.
Y de los dardos matadora nube
905
formaron; Azrael marchaba en ella,
y con sus negras alas el querube
vertió el espanto en la pradera bella.
En la doblada plancha del escudo
el hacha resonaba: triste eco
910
el clamor bronco del clarín agudo
de los peñascos despertó en el hueco.
Yahye, entretanto, con valor sublime,
la muerte por doquier difundía.
«¡Oh, con qué acierto destructor esgrime
915
el fulminante acero en este día!
»¡Oh, qué valiente! Su
terrible espada
le abre camino por la hueste fiera
(exclamaba Giafir); de esta jornada
le admirará la gente venidera».
920
Y Gulnara miraba, y conocía
entre la turba a Yahye, que en el seno
de la enemiga gente combatía,
ya como vencedor de miedo ajeno.
Mas, ¡oh dolor!, que en medio de su gloria
925
un dardo a herirle por el aire vino,
que para arrebatarle la victoria,
contra su seno dirigió el destino.
El dardo matador entró en su seno
de peto y espaldar por la juntura,
930
y Yahye vino a tierra como el trueno,
al caer resonando la armadura.
Gulnara, al verle así, perdió el
sentido,
y sus divinos ojos se velaron
con nube de dolor. Hondo alarido
935
de espanto sus vasallos exhalaron.
Y muerto lo creyeron, a la huida
cobardes se entregaron, y la espada
dividió sus gargantas, con la vida
perdieron al par la gloria codiciada.
940
Y, no obstante, de amigos corto bando
(¡tanto puede el esfuerzo del que ama!)
seguían de Yahye en torno peleando
con el ardor de destructora llama.
No dejarle jamás habían jurado
945
y antes mil veces perecer primero,
defendiéndose en círculo cerrado
cual fuerte muro de fulgente acero.
¡Imposible romperle! Que la tierra
de cadáveres llena se mostraba,
950
y en sangre tinta, cual la yerta sierra
que el volcán cubre de encendida lava.
Mas la muerte cruel sobre ellos vino
del amigo valientes defensores;
y ya hasta Yahye abríanse camino
955
para matarlo al fin los vencedores,
cuando las hadas, cual ligera flecha,
rompieron el aire, y a Yahye se acercaron,
y en una nube, de tinieblas hecha,
llevándoselo oculto lo salvaron.
960
Y cantaron un himno que él tan sólo
escuchar pudo de dolor transido;
himno que nunca el impalpable Eolo
llevó de otro mortal hasta el oído.
IX «Yahye, tú morir no debes;
965
en vano la muerte imploras.
¿Por qué débilmente lloras,
¡oh Yahye!, por la mujer?
¿Por qué materializarte
esa beldad peregrina,
970
que en tus sueños creaste
sin llegarla a comprender?
¿Por qué nos rogaste tanto
la robáramos del cielo,
perder debiendo en el suelo
975
sus alas de querubín?
Yahye, porque así el destino
decretado lo tenía,
y destinado te había
una misión a cumplir.
980
»Tú, que esa idea sentiste
de tu ser en lo profundo,
¿cómo quisiste en el mundo
darle un efímero ser?
El progreso de esa idea
985
al tiempo sin fin excede;
el universo no puede
su grandeza contener.
»Cual de un germen solo acaso
dimanan las criaturas,
990
cual se cifra en diez figuras
la infinita cantidad;
de la perfección suprema
y la hermosura increada,
en esa idea, cifrada
995
tuviste la inmensidad.
»Y aunque el objeto inefable,
de que la idea es emblema,
y su perfección suprema
el mundo no guarde en sí,
1000
siempre por el portentoso
y fecundo movimiento
de tu propio pensamiento
pudiera nacer en ti.
»Mas tú la idea creadora
1005
en el pecho ahogaste, cuando
al nacer la ibas velando
de una forma material.
Pigmalión a su estatua
dio aliento, vida y sentido;
1010
mas tú en fango has convertido
la hermosura celestial.
»Indeterminada y vaga,
pura la idea en tu mente,
hubiera sido la fuente
1015
de la eterna beatitud;
desdoblándose en tu pecho,
mayor que el mundo te hiciera;
libre de forma, te diera
toda plasmante virtud.
1020
»Como el escultor pagano,
el mármol animarías;
como Salomón, sabrías
los enigmas descifrar
del lenguaje de las aves
1025
cuando cantan sus amores,
del perfume de las flores,
de los bramidos del mar.
»El misterio alcanzarías
del que en varios caracteres
1030
unidos forman los seres
jeroglífico inmortal;
cábala maravillosa
que abarca toda la idea;
el que la comprende crea
1035
un universo ideal.
»¡Ah!, tú no puedes crearle;
desechaste el germen puro,
interrumpiste el conjuro,
turbaste la evocación;
1040
mas el amor que en ti vive
por la idea no entendida,
da un alto fin a tu vida
y una sublime misión.
»Eres semejante al alma
1045
de amor al Amor objeto,
que en un consorcio secreto
pudo gozar del Amor,
y que gozarle tan sólo
sin conocerle no quiso,
1050
y perdió su paraíso
por un acto de valor.
»En un palacio encantado
la venturosa vivía,
y gozaba y poseía
1055
toda riqueza y placer.
A su seno, entre las sombras,
Amor venía rendido;
mas el bien desconocido
ella quiso conocer.
1060
»Y le vio hermoso y desnudo
sobre el tálamo de amores,
con alas de mil colores
y el aspecto juvenil;
la cabellera de oro,
1065
la tez de rosas y nieve,
blanca la mano, el pie breve
y la estatura gentil.
»Era fuerte cual los dioses;
como niño, delicado,
1070
y dormía enamorado
soñando dichas de amor;
de sus labios entreabiertos
brotaba aliento divino;
nardo y claveles tan fino
1075
jamás exhalan su olor.
»Jamás tan gallardo esposo
desciñó en la noche obscura
el cinto a la virgen pura
en la cámara nupcial;
1080
jamás tan raro deleite,
jamás ventura tan viva
gozó criatura cautiva
del sentido corporal.
»Mas el Amor, despertando,
1085
al mirarse descubierto,
trocó el palacio en desierto
y hasta el empíreo voló.
Y ella, el alma le buscaba,
y desolada gemía,
1090
y mil tormentos sufría
y por mil pruebas pasó.
»Y pura y santa por ellas
cumplió su noble destino,
y así del esposo vino
1095
de nuevo a ser la beldad;
y al verla, conoció que era,
no ya de forma velado,
ilusión lo que había amado,
lo que amaba realidad.
1100
»Vive, pues, que por el mundo
irás en pos de tu amada,
pura te será entregada
cual el matutino albor,
y al fin, con ella enlazado
1105
vivirás eternamente
sin agotarse el torrente
de tu amor y de su amor.
»Porque hija tuya y hermana
es, y de la luz divina
1110
hija también peregrina
por una mística unión.
Vive, pues, y grande fuerza
da a tu pecho y energía;
mucho tiene todavía
1115
que sufrir tu corazón».
X Tal las hadas supongo que dirían,
pues nadie las oyó, cual llevo dicho;
y supongo también que volarían
por donde las llevase su capricho.
1120
Que sería algún sitio misterioso,
en el cual sanó Yahye de la herida,
para continuar su borrascoso
viaje por la senda de la vida.
Entretanto, el monarca sarraceno,
1125
vencedor del valiente Yahye, diera
sobre la torre al céfiro sereno
por agradable juego su bandera.
A los que se salvaron de la espada
esclavos de su gente los hacía,
1130
y al par toda la tierra conquistada
en partes diferentes dividía.
Mas a pesar de la conquista dura,
no perdió su belleza aquella tierra;
y aun hoy riqueza y fresca galanura
1135
entre sus peñas áridas se encierra.
«El valle de Lecrín» lo
llamó el moro,
porque allí alegremente se respira;
aun conserva este nombre, y un tesoro
de fértil hermosura allí se admira.
1140
Allí crecen la vid y el limonero,
en la enramada cantan Filomena
y la tórtola fiel, y lisonjero
murmura el río entre dorada arena.
Allí las dulces limas, las naranjas
1145
y el cristalino aceite se producen,
y, formando en el monte verdes franjas,
los azofaifos y castañas lucen.
Su nido en las paredes y en las peñas
suspende allí la errante golondrina,
1150
y en los copudos álamos y albeñas
la torcaz gime y la calandria trina.
La mosqueta, el tomillo y la viola
tienen el fresco ambiente perfumado,
y el trébol, la verbena y la amapola
1155
de púrpura gentil bordan el prado.
Prometen rico y sazonado fruto
las manzanas en flor y los nogales,
y da el arroyo al valle su tributo,
en brazos mil partiendo sus raudales.
1160
Ciñen la margen por do el paso tuerce,
en venas fecundante, mejorana,
mastranzo, toronjil, fragante alerce,
mimbres y almendros con su flor temprana.
Y brinca el agua y la ladera cruza,
1165
y con grato rumor mueve el molino,
y en diamantes la rueda desmenuza
y difunde el tesoro cristalino.
Vagos iris en fuentes y cascadas
pone el radiante sol que las colora;
1170
invisibles allí tal vez las hadas
aun tienen su mansión encantadora.
¡Ay, no olvidaré nunca la ventura
de aquellos para mí risueños días
en que, montado en mi cabalgadura,
1175
tus arboledas visité sombrías!
Y vosotros, queridos compañeros,
que aquella expedición conmigo hicisteis,
tocando vuestras flautas y panderos,
decid, decid, lo que en el valle visteis.
1180
¡Qué lindas las muchachas de la
aldea,
que al son de nuestra música bailaban!
Ninguna era gazmoña ni era fea;
todas alegremente nos trataban.
Mas baste ya, lector, de digresiones,
1185
que no tocan ni atañen a esta historia,
que allí es una entre muchas tradiciones
que guarda el campesino en la memoria.
Una tarde, sentado en la cocina
de la famosa venta de Tablate,
1190
contó un viejo esta historia peregrina
que visos tiene ya de disparate.
Y ahora recuerdo que añadió el
anciano,
al llegar a este punto de su cuento,
que en un canto del pueblo muy cercano
1195
durmiendo Yahye, se curó al momento.
Dejémosle curarse descansado.
Yo, entretanto, lector, perdón te pido,
y descanso también, sólo anhelando
que grato el cuento te haya parecido.
1200
Y aquí doy fin a su primera parte;
y, si no te disgusta, te prometo
referir la segunda con más arte,
menos pesado siendo y más discreto.
Madrid, 1846.
Pasaron ya los días
en que la dulce lumbre de tus ojos
bebí, señora, y respiré tu aliento:
ya las enamoradas alegrías
que me inspiró mi altivo pensamiento
5
el desengaño convirtió en enojos.
Mi tierno corazón te amaba tanto,
era tan noble y santo
aquel amor divino
que dentro de mi pecho se agitaba,
10
que me juzgaba dino
de que me amaras como yo te amaba.
¡Ay! Yo pensé que el fuego delicioso
que de tus ojos brota
era fuego de amor y no veneno;
15
yo lo bebí gozoso
y toda su ponzoña gota a gota.
Madrid, 1846.
En el silencio de la noche, cuando,
oculto en mi retiro,
el bullicio del mundo recordando,
con paso incierto por la estancia giro:
cuando de mi existir triste lamento
5
la agitación ansiosa,
y de mi alma el hondo pensamiento
en nada se reposa,
arrastrado en la rápida corriente
de la pasión ardiente
10
que alma, entusiasmo y juventud marchita;
cuando de amargas penas la memoria
estremece mi ser, y por la gloria
el corazón palpita,
en delirios el alma se desvela
15
y se place en crear, si la lozana
palma lograr anhela,
locos ensueños de la edad temprana.
¡Ay!, en esas fantásticas creaciones
de espantosa locura
20
¡de cuántos juveniles corazones
la enérgica pujanza no se apura!
Y yo también, en mi delirio loco,
mísero, al par que mi potencia toco,
hago girar con delirante anhelo,
25
agitando mi frente con su vuelo,
la esperanza ligera.
Nuevo Colón, quisiera
lanzarme al mar y descubrir un mundo,
romper, como Temístocles, la flota
30
del enemigo bárbaro, la esfera
celeste contemplar, y más profundo
que el gran Newton, de la fuerza ignota
que hace rodar un astro en el vacío,
investigar las causas y las leyes;
35
con insolente brío
levantarme hasta el trono de los reyes,
llevar la religión a extraños climas,
civilizar las bárbaras naciones;
o de los Alpes las nevadas cimas
40
coronar con mis bélicas legiones;
la esencia analizar del ser eterno
llegando donde asientan los querubes
en torno de su solio;
como Orfeo, bajar hasta el Averno,
45
cual Ícaro, volar sobre las nubes
subir al Capitolio
o arrojarme en el cráter del mugiente
volcán, a semejanza
del sabio de Agrigento, arrebatado
50
por la loca esperanza
de parecer un dios. Entusiasmado
el juvenil espíritu desea
lo imposible tan sólo, que se lanza
en los mundos fantásticos que crea.
55
Y en ellos fácilmente
conseguir piensa su grandioso anhelo
y tocar con la frente
en la redonda bóveda del cielo.
Y después de este arranque de grandiosa
60
fiebre, el alma profana
tal vez ofende a la deidad y osa
insultar su justicia soberana;
deshecha la ilusión, rota la venda
de su falaz pujanza
65
y sin dejar al corazón que prenda
ni una flor de su seno la esperanza.
Y maldice el deseo
que la agita con ímpetu gigante
sin hallar digno empleo
70
a poder tan enérgico bastante.
Mas no, nunca mi lengua
maldecirá los fallos del destino.
Si de mi anhelo en mengua
no la alta gloria su inmortal camino
75
presta a mi ardor, ¿qué importa?
Injusta a veces su laurel reparte;
y a veces mi endiosada fantasía
en la belleza absorta
del hacedor de la creación, del arte,
80
del amor y la mágica poesía,
olvida su tormento
llena de grande y de divino aliento;
y entonces, ¿qué me vale la corona,
el cetro de marfil, el lauro de oro,
85
el popular aplauso y el sonoro
cántico eterno que la fama entona?
Nada son para mí: su aliento puro
vierte la inspiración sobre mi alma
que, dando a mi dolor plácida calma,
90
tiende su vuelo al inmortal seguro.
Y siento aquí en mi seno
una llama mortal que me devora,
mi altiva frente su esplendor colora
y un dios me juzgo, de entusiasmo lleno.
95
Madrid, 1847.
Voy a partir: mi corazón te dejo;
es tuyo, bien lo sabes, dueño mío.
Hoy, que de ti me alejo,
del corazón en cambio, sólo ansío
una tierna mirada
5
que vivifique el alma enamorada,
cual las líquidas perlas del rocío
el cáliz de las flores.
Y si no son, señora,
dignos de premio tanto mis amores,
10
el corazón me vuelve que te adora.
Mas no; lejos de ti ¿cómo pudiera
vivir el corazón? Si hasta tu altivo
mirar le inspira plácido contento,
antes que lejos de su amor se muera,
15
quiero que aliente en el Edén cautivo
de la hermosura tuya y mi tormento.
Madrid, 1847.
Hurí de las flores,
hermosa Granada:
tu Alhambra dorada;
el Darro, el Genil;
tu densa floresta,
5
tus mil ruiseñores,
magnífica orquesta,
sonoro pensil;
la cima del monte,
alcázar de nieve,
10
el vago horizonte
del llano feraz;
el plácido y leve
murmullo del río,
del
carmen sombrío
15
el grato solaz;
los verdes peñones
del alta Alpujarra,
las tiernas canciones
del pueblo andaluz,
20
la forma bizarra
que ostentan sus bellas,
pues Dios vierte en ellas
su gracia y su luz,
jamás mi memoria
25
dar puede al olvido;
Granada es mi gloria,
mi dicha está allí.
Si aquí siempre brilla
el suelo florido,
30
mayor maravilla,
Granada, hay en ti.
Regalo de Flora,
sultana divina
que el alma enamora,
35
paraíso de amor;
mansión peregrina,
do exhalan más suaves
sus trinos las aves,
las rosas su olor.
40
No logra la cumbre
del Vómero verde,
no debe la lumbre
del rojo volcán
tener tal encanto,
45
sublime ser tanto
a quien te recuerde,
Granada, en su afán.
Posílipo altivo
al monte no iguala,
50
do luce su gala
la Alhambra gentil,
ni al valle encantado
que cruza cautivo
el Darro, ni al prado
55
que riega el Genil.
Las costas amenas
el golfo duplica,
en él las sirenas
suspiran de amor;
60
le ciñe cual rica
pomposa guirnalda,
cual limpia esmeralda,
la playa en redor.
Con grandes memorias
65
el alma se inspira;
aquí las historias
que Homero cantó,
aún vivas recuerdas;
aquí de su lira
70
las mágicas cuerdas
Virgilio pulsó.
Mas yo, mi Granada,
prefiero tus flores
tu Alhambra dorada,
75
el Darro, el Genil,
tu densa floresta,
tus mil ruiseñores;
¡magnífica orquesta!,
¡sonoro pensil!
80
Nápoles, 1847.
Es ya tarde: bate el sueño
sobre la ciudad sus alas,
en el silencio sus galas
muestra la noche gentil;
abren su seno las flores
5
al rocío transparente,
y se respira el ambiente
perfumado del abril.
En Nápoles, en las noches
de primaveras serenas,
10
vierte por todas sus venas
Naturaleza su amor;
y es el silencio armonía,
bálsamo el aire, las flores
ninfas, las sombras colores,
15
y los claros resplandor.
Y todo vago, indeciso,
dulcemente se confunde,
y melancolía infunde
tan suave al corazón,
20
que en la atmósfera mecido
de sus sueños se recrea,
gira y corre distraído
de ilusión en ilusión.
No va el silfo más ligero
25
en un rayo de la luna;
ya acaricia lisonjero
con sus besos una flor;
ya en la límpida laguna
forma un riel de topacio,
30
ya perdido en el espacio
se disipa cual vapor.
Nápoles, 1847.
Nunca puedo olvidarte, Paca mía;
ni la beldad de la Campania amena,
ni la rica ciudad que tuvo un día
nombre de la dulcísima sirena
a quien un golfo dio tumba sonora,
5
pueden del alma mitigar la pena.
Los celos luego aumentan mis pesares.
¡Oh, quién pudiera convertirse en zorra,
para devorar pollos a millares!
La idea de los pollos no se borra
10
de mi memoria. ¡Pollos atrevidos,
a quienes el amor nunca socorra!
Pudieran recoger los esparcidos
granos de trigo, pero no la perla,
que no es pasto de pollos presumidos.
15
Perla divina es tu beldad; al verla,
se turba la razón, nace el deseo;
¡venturoso quien pueda poseerla!
Ya que los dulces sentimientos leo
del tierno pecho en tu serena frente,
20
¡que amar no puedes a los pollos creo!...
Que te cansa, si sufres indulgente
el monótono y ronco pío pío,
con que explican su amor continuamente..
Mas sé que te divierte,
bijou mío,
25
el verte de continuo circundada
de pollos mil que lloren tu desvío.
Y de dudas el alma conturbada
aun a pesar de lo que he dicho, temo
verte de alguno al fin enamorada...
30
Para evitar tan doloroso extremo
satisfaciendo tu afición pollesca
(hallar no logro consonante en emo).
Pollos te mando de invención tudesca,
que ni pían, ni piden cosa alguna,
35
que todos te amarán sin armar gresca.
Con ellos te divierte, a la importuna
turba de mozos que te cerca ora,
anhelante de erótica fortuna,
mandando a pasear; al fin la hora
40
llegará de mi vuelta, y a tus plantas
pintaré la pasión que me devora.
Mientras, en medio de revueltas tantas
como agitan la Europa, en el tirano
bombardeo de Génova, en las santas
45
cercanías de Roma, en el lejano
Bósforo resonante, y en la tierra
de que triunfó nuestro andaluz Trajano,
me hizo y hace y hará continua guerra
el recuerdo fatal de tu hermosura,
50
que tal encanto misterioso encierra...
Adiós, hasta la vuelta, mi ternura
no padece en ausencia algún desmayo,
siempre es igual, eternamente dura.
Nápoles veinte del florido mayo.
55
Nápoles, 1847.
Cuando yo me muera
dejaré encargado
que con una trenza
de tu pelo negro
me amarren las manos.
Es mi anhelo vivir siempre contigo,
oír tu dulce y regalado acento,
mirar tus ojos, respirar tu aliento,
sin rival de mi dicha, ni testigo.
Yo tanto bien, Rojana, no consigo,
5
mátame, pues, y acabe mi tormento;
mas al verme morir, por un momento
une tu labio al labio de tu amigo.
Pensando en esta dicha que me espera,
si mi llanto y mis ruegos no son vanos,
10
con la esperanza de morir me alegro.
¡Cuán supremo deleite yo sintiera
si me amarrasen, al morir, las manos
con una trenza de tu pelo negro!
Nápoles, 1848.
I Cuando por vez primera
amor sintió mi alma, ricas galas
le dio la juventud, y de ligera
luz a mi corazón brotaron alas
para que en pos de su ilusión corriera.
5
Como vierte la aurora su rocío
dentro del cáliz de las nuevas flores,
prestándoles aromas y frescura,
así en el pecho mío
ternura y fe pusieron los amores.
10
Y la le y la ternura,
que hicieron de mi pecho su morada,
al alma enamorada
infundieron un vago dulce anhelo,
fuego a mis venas, sueños a mi mente,
15
con el fulgor riente
embellecidos de ignorado cielo.
Y busqué en el concepto majestuoso,
que nace de la cósmica armonía,
aquel cielo de amor, puro y hermoso,
20
objeto del amor que yo sentía.
¡Ay! Yo no comprendía
del universo el admirable arcano,
símbolo y forma del pensar divino,
trasunto de su incógnita belleza;
25
mas, cual en terso espejo cristalino,
me mostraba doquier Naturaleza
mi propio corazón, tierno y ufano;
y presté sentimiento y di ternura
a las flores, al aura, a las estrellas,
30
y de mi propio amor y su hermosura
enamoreme, enamorado de ellas.
Ora la imagen del amor no veo,
que era objeto ideal de mis amores;
el cristal empañé, sequé las flores,
35
y a la ilusión sobrevivió el deseo.
Y pensando que fuera
el ser que me enamora
de la imaginación dulce quimera,
que la Poesía manifiesta y dora,
40
di vida, amor y cuerpo a la Poesía:
pero no hallé la luz del alma mía.
¿Dónde estaba su luz? Amante, ciego
la busqué y no la hallé. Corrió perdida
el alma en busca de ella
45
por el áspera senda de la vida.
Al fin la llama rutilante y bella,
de tus divinos ojos desprendida
hirió del alma la tiniebla obscura,
y bendije, al mirarla, mi destino,
50
y pensé que la luz de tu hermosura
me mostraba el camino
del cielo que soñé. Nunca mi mente,
en el delirio ardiente
de amor que la cautiva,
55
vistió de mayor gloria
la maga de sus sueños ilusoria,
de sus amores la deidad altiva.
Tus sienes circundó la inteligencia
de resplandor; pusieron los amores
60
en tus labios esencia
y fresca miel de delicadas flores;
la rara discreción puso en tu boca
alto discurso, y el amor su acento:
éste sueños dulcísimos evoca,
65
aquél eleva al cielo el pensamiento.
Te contempla mi espíritu arrobado,
y para siempre olvida
las vanas sombras que adoró engañado,
la ilusión grata que lloró perdida.
70
En ti adora, bien mío,
la realidad del sueño,
tormento y gloria de mi edad primera.
¡Qué pálido mi sueño y qué
sombrío,
con el lampo risueño
75
al compararse de tus ojos fuera!
Tus ojos son mi luz: mi alma recibe
la inspiración en ellos,
y aprisionada vive
en la crencha gentil de tus cabellos.
80
No ya mi corazón de sus despojos
viste los seres que adoró algún día
eres tú, con la lumbre de tus ojos,
quien da precio y bondad al alma mía,
do se retratan tu donaire y gala.
85
Y tan rica con esto me parece,
que a su deseo su valor iguala,
y hasta imagino que tu amor merece.
Ámame: a suplicártelo me atrevo;
si no es digno de tanto quien te adora.
90
de tu misma hermosura te enamora,
que aquí, en el alma, retratada llevo.
II Que no comprendes pienso
este cariño intenso,
esta pasión que el alma me devora.
95
¿Por qué me dices que te olvide, y quieres
que busque en el amor de otras mujeres
el encanto ideal que me enamora?
Antes de conocerte, al alma mía
fue necesario amar, y yo sentía
100
todo el tormento del amor. Sed era
de un deleite del cielo,
que el alma acaso percibió su vuelo
antes que forma terrenal vistiera.
¡Ay! En el mundo quiso
105
hallar mi corazón de sus amores
el ameno perdido paraíso;
y el alma joven, de ilusiones llena,
dio luz al mundo, aromas y colores,
y coronó de imaginada gloria
110
y vistió de hermosura
a los seres que amó; con honda pena
desengañose al fin, su galanura
al mirar ilusoria.
Y aun adoró la voluntad, y nada
115
hallar podía que adorar pudiera.
Pero te vi, y el alma enamorada
se sintió enternecida,
cual si un recuerdo de tu luz tuviera;
un recuerdo lejano
120
de otra esfera quizá o de otra vida.
No ya por el encanto soberano
te recordé del rostro; por aquella
sublime conmoción del alma siento
que te reconocí, cuando tu acento
125
dulcísimo escuché, señora bella.
De tus ojos al ver la luz hermosa,
entre su llama eterna mariposa
el alma tuya ardía,
y recordarla pudo el alma mía.
130
En un mundo mejor ambas se amaron,
y también recordaron
de sus santos amores la ventura
y conocí que eras
realizada ilusión de mi ternura.
135
¿Cómo tu labio pide,
cuando son nuestras almas compañeras,
que la mía te olvide?
Por el camino de la vida, errante
tú también como yo, gustaste el fruto
140
del desengaño amargo;
grave dolor tu espíritu anhelante
postró por fin, y le vistió de luto,
y al débil corazón hundió en letargo.
Débil el corazón de las mujeres
145
es al dolor: anhela su reposo
guardar el tuyo, y creo
que más infeliz eres
con tu sosiego fúnebre y odioso
que yo en la agitación de mi deseo.
150
Nápoles, 1848.
Del tierno pecho aquel amor nacido,
que en él viviendo mis delicias era,
creció, quiso del pecho salir fuera,
pudo volar y abandonó su nido;
y no logrando yo darle al olvido,
5
le busqué inútilmente por doquiera,
y ya pensaba que en la cuarta esfera
se hubiese al centro de la luz unido,
cuando tus ojos vi, señora mía,
y en ellos a mi amor con mi esperanza,
10
y llamándole a mí, tendí los brazos:
mas él me desconoce, guerra impía
mueve en mi daño, y flechas que me lanza
hacen mi pobre corazón pedazos.
Nápoles, 1848.
De un ejemplar de «Orlando»
Veréis en estos cantos, dulce hechizo,
de cuantos males el amor es fuente,
con un igual amor si no se paga;
veréis a Orlando, por amor demente,
cuántas locuras hizo,
5
ciego amador de la chinesca maga:
acaso aprenderéis a ser piadosa,
ya que sois tan hermosa
que la envidia de vos la mataría,
si Angélica viviera todavía.
10
Desde que vi vuestros divinos ojos
como Orlando, también perdí el juicio,
y no tengo otro oficio
que sentir celos y calmar enojos.
¡Ay! La mente de aquél halló en la luna
15
Astolfo; si la mía, por fortuna
enemiga, el amor llevó tan alta,
vano por recobrarla es mi desvelo;
¿del juicio en busca, que por vos me falta,
chi salirà per me, Madonna, in
cielo?
20
Mas yo sé que mi mente enamorada
ni a la luna se fue ni al paraíso;
que vive aprisionada
n'e bei vostri occhi e nel sereno
viso;
vagando va por la cintura leve
25
y la crencha olorosa
o fatigada, acaso se reposa,
en el seno de nieve,
do un instante dormida,
el io con queste labbia
30
la corro, se vi par ch'io la
riabbia.
Nápoles, 1849.
El amor, hijo del cielo,
vida latente del mundo,
germen de luz y fecundo
manantial de consuelo,
tiende muy alto su vuelo,
5
y sobre los astros mora,
en región encantadora,
de la tierra tan lejana,
que a veces la mente humana
dónde vive Amor ignora.
10
Mas hay otro amor terreno,
que de amor usurpa el nombre,
y ofrece, traidor, al hombre,
en vez de néctar, veneno;
amor de malicia lleno,
15
en cuyo engañoso altar
va el corazón a inmolar
por un sueño su ventura;
rico sueño mientras dura,
horroroso al despertar.
20
Para vencer de este amor
enemigo la influencia,
no se conoce otra ciencia
que ir en busca del mejor;
y como en tan superior
25
esfera culto recibe,
sólo al alma que concibe
la perfección de su ser,
alas le pueden nacer
para volar donde vive.
30
Un alcázar peregrino
tiene en el mundo ideal,
fundado sobre el raudal
del pensamiento divino;
en fulgente torbellino,
35
de los seres tipos bellos
le circundan, y destellos
lanzan tan vivos, que ansiosa,
cual amante mariposa,
el alma se abrasa en ellos.
40
Los santos y los cantores,
de la tierra ejemplo y pasmo,
bebieron el entusiasmo
en sus puros esplendores.
¡Este amor de mis amores
45
origen era también!
¡Ay! Yo soñaba un Edén
de mi voluntad sustento;
hoy niega el entendimiento
este soberano bien.
50
Del bien supremo el olvido
mató la esperanza mía,
y aún en mi pecho existía
un afán desconocido.
Quien este afán no ha sentido,
55
lo que es padecer ignora,
y cuanto el alma atesora
de dolor y angustia muda,
si la inteligencia duda
y la voluntad adora.
60
Nápoles, 1849.
Et vidit Deus quod esset bonum.
Por ti en el alma entusiasmada siento
el astro hervir. Que llene de la fama
la voz, unida con mi voz, el viento,
cuando en el mundo sin igual te llama:
con tu fe presta al corazón aliento,
5
y con tu ingenio mi palabra inflama;
dame que arranque al libro de la historia,
Colón, un canto digno de tu gloria.
Mas, ¡qué miro!, ¡oh dolor!
Lágrimas vierte
de profunda aflicción bella matrona:
10
ciencia y poder le concedió la suerte,
rico manto real, áurea corona:
ora en su rostro el sello de la muerte
grabado está, sus manos aprisiona
cadena vil, y su fecundo seno
15
cubren heridas que enconó el veneno.
Es Italia: del mundo fue señora,
y ya postrada por el suelo gime;
y ¿quién, ingrato, su beldad desdora,
y su materno corazón oprime?
20
¿Quién el pasado beneficio ignora?
Como el sol ella alzándose sublime,
enseñó a las naciones y a los reyes,
ciencia, virtud y veneradas leyes.
Desde el romano Capitolio fiera
25
el mundo dominó con sus legiones;
alta maestra de las gentes era,
de profano saber dando lecciones,
y presidió triunfante su bandera
el consorcio feliz de las naciones,
30
del águila cambiando el signo vano
por el signo de Cristo soberano.
Si ya postrada en secular combate
la antigua gloria del poder latino,
el trono de los Césares abate
35
la ruda gente que del norte vino;
bajo la sacra enseña del rescate
venciste, Italia, con valor divino
a la barbarie, y en su horror profundo
los restos del saber guardaste al mundo.
40
¡Ah! ¿Por qué glorias
ínclitas evoco,
que el revolver del tiempo ha disipado?
Modernas razas con orgullo loco
la madre insultan que les diera el hado.
Iba Italia a morir, y ya con poco
45
aliento, el cetro y el blasón preciado
a nuevos pueblos entregar debía,
a quienes ya su luz sirvió de guía.
Las naciones adultas el tesoro
quieren verter del alma inteligencia,
50
y con sus naves por el mar sonoro
llevar al Indo, cuna de la ciencia,
de los doctos bramines con desdoro,
nuevas artes y mística creencia,
que explica los misterios del Eterno
55
y al monstruo humilla del profundo Averno.
Italia entonces se levanta, y mira
al mejor de sus hijos; en su frente
sagrada llama de entusiasmo espira,
y de ciencia y virtud noble torrente:
60
era Colón; ya en torno suyo gira
el genio creador, ya en su valiente
corazón lleva el estupendo anhelo
con que rasgó de la creación el velo.
Tú no quieres, Italia, que en mezquino
65
círculo ruede la virtud eterna,
que a los pueblos legaste, y que el destino
con alto fin de perfección gobierna;
a su impulso abres ya largo camino,
y haces que el genio de Colón discierna
70
un nuevo mundo, que sustenta ufano
en sus hombros el gran padre Océano.
Mas ¿qué nación habrá
de esfuerzo tanto,
que la fe tenga que Colón desea,
que preste auxilio al pensamiento santo,
75
y la nueva verdad alcance y crea?
Postrada Italia en mísero quebranto,
¿cómo pudiera dar cima a su idea?
¿Dónde hallar los enérgicos varones
a tanta empresa dignos campeones?
80
¡Cuántos años de afán y
de constancia
gastó en su busca el genovés glorioso!
Mas, ¡ay!, que hallar no supo la ignorancia
ojos con que mirar tanto coloso.
Le despreció la vanidosa Francia,
85
no le creyó el britano codicioso,
y para realizar su pensamiento,
quien careció de fe no tuvo aliento.
Y allá en el fondo de su grande alma
el piloto inmortal sintió la fría
90
mano del desengaño, que la palma
iba a robarle que soñado había;
mas la santa virtud sus penas calma,
su corazón reviste de energía,
y la esperanza baja desde el cielo
95
a darle con su bálsamo consuelo.
Y de trompas entonces y timbales
magnífico rumor el mundo llena,
rasgan el aire cánticos marciales,
y el rudo choque de las armas suena;
100
en las tierras de Europa occidentales,
sobre la orilla del Genil amena,
tremendo lucha con la gente mora
pueblo que el nombre de Jesús adora.
El pueblo de Sagunto y de Numancia,
105
que, del amor de Cristo poseído,
por siete siglos con sin par constancia
su patria y religión ha defendido;
Libia mandó con bárbara arrogancia
sus fieros hijos en raudal crecido,
110
veces mil en su daño, mas, valiente,
fue valladar su fe del gran torrente.
Sin la española fe y el heroísmo,
los hijos de la ardiente Mauritania
penetraran de Francia al centro mismo,
115
no hallando otro Martel en Septimania;
y hasta hubiera abrasado el Islamismo
el corazón helado de Germania
si no suscita el español coraje
Dios, y salva su ley de tanto ultraje.
120
Cuando de Iberia la indomable raza
va a poner fin a la feroz pelea,
y el vigor con que el árabe rechaza
ya en nuevos triunfos consumir desea,
Colón la causa de Castilla abraza,
125
y por ella combate; que su idea
secundar debe el gran valor de España
sólo capaz de tan egregia hazaña.
Al Señor demos alabanza y gloria,
pues dotó a España de la fe profunda,
130
que hizo tan grande su sangrienta historia,
y en beneficio de Colón redunda;
y demos alabanza a la memoria,
que nunca el tiempo en sus abismos hunda,
de la mujer divina cuya mente
135
leyó del genio en la inspirada frente.
Era un genio también. Joyas, aliento,
vida da al genovés. Ya Colón vuela
a preparar las naves que su intento
han de llevar al término que anhela;
140
ya se mira en el mar, ya empuja el viento
el lino de su rauda carabela;
por incógnitos piélagos avanza,
radiante de entusiasmo y de esperanza.
Señala el rumbo, vence la tormenta,
145
domina al viento, y de la mar sañuda
doma el seno irritado que sustenta
por la primera vez la carga ruda
de osadas naves: elocuente alienta
a quien, temblando, de su suerte duda,
150
y a Dios levanta el corazón sublime
para que de su espíritu le anime.
En sus esfuerzos últimos lo guía
un serafín de la estrellada esfera:
pero ya nace el venturoso día,
155
y el mundo alumbra que Colón espera:
ya saludan con voces de alegría
los marinos la mágica ribera,
y de los montes el perfil colora
y en el sereno azul pinta la aurora.
160
Colón entonces en el pecho siente
dicha mayor que cabe en pecho humano:
piensa tocar el cielo con la frente,
ve temblar a sus pies el Océano;
y hasta imagina en la orgullosa mente
165
ser creación de su ingenio soberano,
y de su voluntad, la tierra ignota
que del frío centro de los mares brota.
Mas rápido, cual cruza por el viento
brillante aborto de encendida nube,
170
se disipó su vano pensamiento,
que del Averno le inspiró el querube;
a Dios eleva con sumiso acento
acción de gracias que al empíreo sube,
y de hinojos sus glorias y su ciencia
175
humilla ante la sabia Omnipotencia.
Nunca, desde que al dar forma la mente
del Eterno a su idea, la hermosura
admiró de sus obras refulgente,
tanto el Señor se complació en su hechura:
180
vertió a raudales en la noble frente
del que así le ensalzaba su luz pura;
dirigió una mirada, de amor lleno,
Dios a Colón, y Dios vio que era bueno.
Madrid, 1850.
Et dilexerunt homines magis
tenebras quam lucem.
¡Pobre linaje humano!
Aborreces la luz, y amas la obscura
tiniebla del Averno.
¡Los númenes por ti luchan en vano!
Inexorable Némesis la dura
sentencia cumple del destino eterno:
ceguedad y llanto te condena;
el combate te ofrece o la cadena.
Con rabia vengadora
las entrañas del hijo de Clímene
en la cima del Cáucaso devora;
y sepultadas tiene
en abismo profundo
las almas, que valientes combatieron
por la salud y libertad del mundo.
¿Quién la libertará? ¿Dónde la
fuerza
que con la atroz fatalidad batalle,
y el firme empeño del destino tuerza
cuando en cólera estalle?
Un canto rico de falaz misterio
entonó la Sibila. Es el imperio
de la fatalidad eterno; vano
combatir contra él. Tántalo un día
de los cielos mostrarnos el arcano
quiere, y sediento su delito expía.
Sedienta está la humanidad entera,
y de las limpias aguas de la vida
no sabe hallar la fuente verdadera,
en el Edén nacida.
¿Dónde la luz está radiante y pura
que muestre al hombre tan sublime altura?
¿Dónde está el Salvador que los profetas
anuncian de Israel en las canciones,
cuya venida cantan los poetas
de apartadas naciones?
Vedle: nace en Betlem, pobre, ignorado:
es justo, mas le vende
la humanidad, que su valor no entiende,
y muere en esa cruz como un malvado.
Y ¿es este el Grande, a quebrantar nacido
las fatídicas leyes?...
Yo escuché la palabra de sus labios,
más dulce que la miel, y vi al Ungido,
hijo del pueblo, vástago de reyes,
humillado con bárbaros agravios.
Contra el destino su poder no alcanza:
¡murió el Justo, murió nuestra esperanza!
Mirad cómo se alegra
el infierno en su muerte;
con una mancha negra
cubre la faz del sol, y hasta la inerte
tranquila paz y plácido letargo
roba a los muertos con deleite amargo.
Sólo en el seno de la tumba frío
de Cristo el cuerpo exánime reposa,
y desciende su espíritu al sombrío
recinto del Erebo; allí la ruda
venganza de los hados espantosa
Erimne debe ejecutar sin duda.
Mas ¿qué rumor escucho, que del centro
ardiente de la tierra hasta mí sube?
¡Ay! ¿Quién combate dentro
del hondo abismo?... Rápido cual rayo
que se desprende de la densa nube,
amable cual las flores
y las auras de mayo.
Y ceñido de santos resplandores,
cruza el aire encendido un joven bello;
en su blanco ropaje intacta nieve,
lumbre sus ojos, oro su cabello,
y aunque ligero vuela,
apenas las hermosas alas mueve,
dejando en pos de sí cándida estela.
¿Será que el Dios, de quien la luz dimana,
venza al demonio, y libertad recobre
y paz la raza humana?
¿Que de la Omnipotencia soberana
Jesús ministro, los portentos obre?
.......................................................
Sí; ya se acerca, y viene
tan gallardo el alado
nuncio, que eclipsa al numen que en Celene
pulsó primero la sonante lira.
Llega, y alza la losa del sagrado
sepulcro. El vivo resplandor me admira
que en el marmóreo seno
nace, y se esparce de la tumba en torno
por el azul sereno.
Siento en el pecho sin igual trastorno,
y caigo de estupor y espanto lleno.
Mas con el libre espíritu percibo
el gran misterio: de infinita esencia
ser que de Cristo anima la existencia,
de cuya luz en el raudal yo vivo,
porque su gracia por el mundo vierte.
¡El Cristo es Dios, y triunfa de la muerte!
¡Cristo resucitó! Ya las cadenas
rotas están: las almas venturosas
de los santos el vuelo
tienden a las amenas
moradas luminosas,
ricas de amor, fecundas en consuelo.
Y ya la humanidad largo camino
abierto tiene de salud y vida,
de la vil servidumbre del destino
con la sangre de Cristo redimida.
Madrid, 1850.
Amor, yo te bendigo;
y tú, delicia mía,
que al seno de tu amigo
aquel anhelo mágico
diste con tu beldad;
5
tú, que mi bien, mi guía,
tú, que mi gloria fuiste,
si te olvidé, perdóname,
que, arrepentido y triste,
merezco tu piedad.
10
Cuando viví a tu lado,
mi altivo pensamiento
por el amor guiado,
a las regiones célicas
sus alas extendió;
15
incógnito concento
oyó de las esferas;
moradas hechiceras
de genios y de sílfides
contigo visitó.
20
La llama de tus ojos
borró del pecho mío
desengaños y enojos,
y dulces santas lágrimas
vertió mi corazón:
25
mi corazón impío,
mi corazón de hielo
ardió en la luz vivísima,
señora, de ese cielo
que en tu hermosura vio.
30
Ya te perdí. La suerte
infausta así lo quiso;
y también, al perderte,
de mis penas el bálsamo,
el sumo bien perdí.
35
Me echó del paraíso
en que mi orgullo abate
espíritu maléfico,
y me llamó al combate,
y en su poder caí.
40
Busqué nuevos placeres
para calmar mis penas,
amor de otras mujeres,
y el discordante estrépito
del mundo seductor;
45
mas sólo tú serenas
con tu recuerdo el alma,
tu hermosa imagen calma
este combate místico
que siento en mi interior.
50
Lisboa, 1850.
Fue don Duarte a la guerra
con el rey don Sebastián;
lo que sucedió en la guerra
mucho nos hizo llorar.
Allí se perdió la gloria,
5
la gloria de Portugal;
allí se perdió el buen rey,
¿dónde el buen rey estará?
En una nave encantada,
dicen que pronto vendrá,
10
con todos los caballeros
que fueron allende el mar.
Será el día nebuloso,
luego brillante será;
se fundará el quinto imperio
15
en bien de la cristiandad.
Los profetas que lo anuncian
son profetas de verdad.
Don Duarte fue a la guerra,
pero no volvió jamás.
20
Le prometió Catalina
con juramento formal,
antes que casar con otro,
con el demonio casar;
mas Catalina, olvidada,
25
se casa con su rival.
Grandes fiestas se disponen
en el palacio ducal;
en candeleros de oro,
en lámparas de cristal,
30
tantas candelas ardían,
que era cosa de espantar.
Las mesas están ya puestas,
los siervos vienen y van.
El duque viste un vestido
35
que bien vale una ciudad,
el vestido de la novia
vale siete veces más;
las randas son de Bruselas,
y la seda de Catay;
40
las perlas que lleva al cuello
son perlas de Popayán,
los diamantes de Abexin,
donde reina el Preste-Juan.
Los convidados no llegan,
45
mucho tardan en llegar.
Media noche era por filo,
y densa la obscuridad.
El duque se desespera,
solo no quiere cenar;
50
no recuerda en su alegría,
o no quiere recordar,
que se marchitó la gloria,
la gloria de Portugal.
Y por aquellos estrados
55
entra con pausa un juglar;
se ignora de dónde viene
y se ignora adónde va.
Una vihuela traía
de muy rara calidad;
60
la toca, y sigue sus pasos
toda criatura mortal.
Una sonrisa tenía
de poder muy singular;
cada vez que sonreía
65
daban ganas de llorar.
Un sayo negro vestía
do la luz, al reflejar,
llamas pintaba y vestiglos.
En una danza infernal,
70
junto al duque y Catalina
va la vihuela a tocar;
Catalina, que le escucha,
con él se pone a bailar.
Las puertas todas de pronto
75
se abrieron de par en par
y el duque cayó por tierra
con accidente mortal.
Él volvió de su desmayo;
ella no volvió jamás.
80
Ya sólo los marineros
en noches de tempestad,
cuando se encrespan las olas,
las negras olas del mar
la ven sobre los escollos
85
bailando con el juglar.
De los que llegan a verla
pocos se pueden salvar.
Lisboa, 1850.
Mustias las flores ya, la pompa verde
de los frondosos árboles arroja
el viento a tierra, su hermosura pierde
el campo, y de sus galas se despoja.
Así, harto joven, lloro igual mudanza
5
dentro de mí, do siento, hoja tras hoja,
caer marchita la flor de mi esperanza,
y que el frío desierto, obscuro cielo
a darle vida con su luz no alcanza.
Y aun guarda el corazón un vago anhelo,
10
una latente llama que le excita
del desengaño a resistir el hielo.
Si la esperanza en flor está marchita,
y la fe muerta, de ilusión desnudo,
amor aún mi corazón agita.
15
¡Espantoso dolor! ¡Tormento rudo!
Con la insaciable voluntad adoro,
y con la inteligencia siempre dudo.
Yo tu perdón, querida Julia, imploro,
la desnudez de mi alma te di en pago
20
del oculto en la tuya alto tesoro.
Mas con nuevas mentiras quizá hago
a mi orgullo lisonja, y la amargura
de mi vida con dulce pena halago.
En pecho de mujer ¿quién me asegura
25
que quepa el sentimiento que imagino,
el manantial fecundo de ternura,
el entusiasmo y el fervor divino,
que de una noble inteligencia brota,
y se abre, hiriendo el corazón, camino?
30
¡Ay! Si a tu alma no le fuese ignota
aquella eterna y amorosa idea
que del cielo en la esfera más remota
genio y dioses de sí misma crea,
y bien y amor, y si vertiese fuego
35
vivificante en ti, la mancha fea
borrarás de mi pecho herido y ciego;
tu beldad éste retratara al vivo
en su limpieza, y palpitara luego,
feliz cual nunca y de tu amor cautivo.
40
Lisboa, 1851.
Con el divino libro
que guarda el pensamiento peregrino
del cantor del Edén, yo distraía
mis mortales dolores,
aspirando el aroma de las flores
5
del místico vergel de la Poesía.
Mas, ¡ay!, que la amargura
del ánimo cambiaba la hermosura
del poema cristiano
en un pesar tirano.
10
Y en meditar profundo embebecido,
en la mejilla pálida la mano,
tal me quedé absorbido
de Satanás mirando el raudo vuelo,
que le seguí desde el infierno al cielo.
15
Y vi también con envidiosa ira
la inmensa creación, cuyo misterio
no es dado al hombre penetrar; la fuente
vi del ser, de la luz, pero no pude
encontrar la del bien; y en un ardiente
20
trono de soles, con fatal imperio,
la inexorable eternidad se admira
de su propia hermosura eternamente.
Ya desatada, con furor impío,
del yugo el alma que la enlaza al cieno,
25
rompió con el Arcángel el sereno
cristal del éter; en el gran vacío,
con un impulso enérgico rodando,
cruzó la inmensidad, y arrebatada,
de la creación los límites salvando,
30
cayó en el hondo abismo de la nada.
¡Ojalá para siempre allí se hundiera
y nunca a ver la amarga luz volviera!
Lisboa, 1851.
Mucho corre la luz, y el pensamiento,
aunque se junte a la palabra, vuela,
y sendas de metal sigue sumiso,
tan rápido cual cruza por el alma.
Va, con todo, más rápido el deseo:
5
se pierde en lo infinito, y sólo busca
en insondable eternidad reposo.
Atrevida la humana inteligencia
triunfa del mundo, y los hermosos genios,
que en el fuego y la luz viven ocultos,
10
obrando allí maravillosas obras,
las ninfas de las aguas y los silfos,
y los fieros espíritus del Orco
oyen su voz y cumplen su mandato.
Pero amor logra más, a más se atreve,
15
y combate con Dios, y de Dios triunfa.
¡Dichoso aquel que enamorado gime!
Amor, amor le llevará hasta el cielo.
¡Dichas soñé! Las
Náyades estaban
prisioneras del rígido Vulcano,
20
y anhelando romper su cárcel dura,
la llevaban veloz sobre las aguas,
y yo en la cumbre caminando iba;
luego el amor me levantó impaciente,
abrió sus alas, y voló, y salvando
25
muchas tierras y mares, en presencia
me puso de la hermosa a quien adoro.
Un siglo hacía que a su tersa frente
no tocaban mis labios ni a su boca.
Al fin, su voz, su aliento, hasta su vida,
30
y el brillo de sus ojos, y en encanto
de sus dulces palabras penetraban
en mi pecho otra vez por los sentidos.
¡Cuántos extremos de cariño
entonces
hice al verla de nuevo, tan divina
35
como su imagen que en el alma guardo!
¡Ay! Más que nunca enamorada ella,
me estrechaba también contra su seno,
y de él salían misteriosas llamas,
consumiendo del alma las escorias,
40
y dejándola limpia como el oro.
Mayor felicidad no tuve nunca,
ni más dolor que al despertar del sueño.
Me encontré, al despertar, en las remotas
playas de Nicteroy, do calienta
45
el sol la tierra con fecundos rayos,
y brotan flores odorantes, ricas,
y gigantescos árboles pomposos
de perenne verdura; do los montes
asemejan titanes fulminados
50
en el momento de escalar las nubes,
y las islas flotantes paraísos,
y el mar su claro espejo. Aquí la vida
rompe, como los ríos, caudalosa
por los abiertos poros de la tierra,
55
y en el aire sereno se dilata:
oro y diamantes en las rocas cría
su plástica virtud. Aquí la sangre
hierve con el calor en nuestras venas.
Era el silencio de la negra noche,
60
y yo lloraba mi ilusión perdida,
y de mi triste llanto se burlaban
los tibios rayos de la luna, el aura
efervescente en chispas vividoras,
y las antes recónditas estrellas,
65
del hemisferio austral lúcido ornato,
cuyo fulgor vio Dante sobre el rostro
de quien sin libertad no quiso vida.
Avergonzado yo del llanto mío,
escondí la cabeza entre las ropas.
70
Y entonces sentí pasos en mi estancia,
como los pasos de persona muerta,
que abandona el sepulcro, ya perdida
la costumbre de andar y de moverse.
Conocí, sin embargo, que era ella,
75
mas no la vi, ni a verla me atrevía.
Llegose junto a mí, y en las espaldas
una mano me puso helada y seca,
y yo temblé con espantoso frío;
y pensé que rodaban por el aire,
80
y que andaban después sobre mi cama
multitud de gusanos bulliciosos.
No dijo la visión palabra alguna,
pero su mano penetraba dentro
de mis entrañas, cual puñal agudo.
85
Ello es que siento aún en lo más
hondo
del corazón horrible desconsuelo,
y un peso atroz, como si allí llevara
sepultados mi amor y su cadáver.
Río Janeiro, 1851.
¿A dónde te remontas, alma
mía?
¿Qué agitación es ésta?
¿Qué locura?
¿Es amor por ventura?
No sé si amor será, pero es María.
Y si es María, que es amor recelo,
5
y siendo suyo, debe ser del cielo.
Hay otros mil amores
de las ninfas nacidos,
que, del aire y la tierra moradores,
roban el alma, abrasan los sentidos;
10
mas el amor que en el Empíreo habita,
bellas almas herir tan sólo anhela,
y aunque la dulce libertad les quita,
con místico deleite las consuela.
Por este amor te quiero,
15
y por tu amor me muero,
y con tan grata muerte
nunca osaré quejarme de la suerte.
Ni de este amor se queje tu marido,
aunque en tu alcoba le sorprenda, y mire
20
cual pajarillo revolando en torno;
aunque le halle escondido,
entre las flores de tu huerto adorno,
cuando en tu huerto por la noche gire.
Amor tan pudoroso, tan bonito,
25
tan inocente y blando,
dará a tu esposo más placer que susto.
A ti también te gustará infinito,
porque este amor que sabe amar callando,
ni pide, ni da celos, ni disgusto.
30
Rápidas alas lleva,
sin que a otra parte que hacia ti las mueva.
Mayor delicadeza no atesora
el amor del
Cantar de los Cantares .
Si mi amor no se inclina en tus altares,
35
hasta en el cielo desterrado llora.
Es, por su candidez, como de nieve:
por su ardor, es de fuego,
y si en tu seno a reposar se atreve,
como es tan limpio y leve,
40
ni le mancha, ni turba tu sosiego.
Río Janeiro, 1852.
Cual faro divino,
me muestra, María,
tu rostro el camino
del bien que soñé;
volar sólo ansía
5
el alma a tu cielo;
no cortes su vuelo;
no mates mi fe.
De amor impulsado,
mi espíritu errante,
10
tesoro y dechado
de inmenso valor
halló en tu hermosura
y en esa radiante
mirada, que augura
15
delirios de amor.
Delirios que dora
el alma y colora
de luz, y rendida
va de ellos en pos.
20
María, gocemos
de amor, que es la vida;
vivamos y amemos
unidos los dos.
Mas, ¿por qué no llega
25
la dicha que espero?
¿No ves que me muero,
María, por ti?
Si tu amor me niega
el hado iracundo,
30
¿no ves que en el mundo
no hay bien para mí?
Río Janeiro, 1852.
Si lindos versos en el
Álbum quieres,
no ya de mi agostada fantasía,
Elisa, los esperes.
Lograr de la Poesía
puedes los ricos dones
5
y la virtud secreta:
invisible a tu lado está el poeta
que sabe conmover los corazones;
que tras de sí los lleva en raudo giro
por magnético encanto,
10
y los hace llorar con dulce llanto
y suspirar con lánguido suspiro;
que si el vuelo levanta a las estrellas,
en todo sitio eternamente vive;
y en libros no, pero en las almas bellas
15
canciones sabrosísimas escribe.
Prepárate a gozarlas: la tersura
del limpio corazón muéstrale luego;
él pondrá allí su gracia y su hermosura
con estilo de fuego.
20
Río Janeiro, 1853.
Lágrimas son las perlas que la aurora
sobre su tumba vierte.
Céfiro gime, y por su muerte llora,
por su temprana muerte.
De Dios querida, a Dios tendió su vuelo.
5
No se nubló la pura
luz de su alma; no tocó en el suelo
su blanca vestidura.
En el suelo la mística paloma
anidarse no quiso,
10
ni abrir el cáliz, ni exhalar su aroma
la flor del paraíso.
Río Janeiro, 1853.
Raudal de vida, Espíritu divino,
sustento y luz del alma que te adora,
y que en tu busca, en medio del camino,
perdida, ciega, enamorada, llora,
¿cómo podrá saciar en el mezquino
5
mundo la sed de amor que la devora,
si en la esfera ideal, do su amor vive,
la inmensidad del universo inscribe?
Y aunque atrevida el alma consiguiera,
en progreso infinito dilatada,
10
sentir en sí la humanidad entera
y el espacio abarcar de una mirada,
en su alcázar ingente conociera,
emperatriz y diosa abandonada,
que aun carecía de su digno empleo,
15
que era mayor que todo su deseo.
Tú das, Señor, del corazón
doliente
un bálsamo eficaz a la amargura,
y de tu trono la inexhausta fuente
brota, que satisface sin hartura;
20
y sólo hay ciencia en tu profunda mente,
supremo bien, clarísima hermosura;
por eso el alma, si de amor suspira,
gime en la tierra, y a tu gloria aspira.
De tu gloria olvidada, triste, inquieta,
25
el alma mía nunca se reposa,
a los sentidos, sin tu fe, sujeta,
yace angustiada en cárcel tenebrosa;
hiera, Señor, el alma del poeta
un rayo de tu luz maravillosa,
30
para que de este deseo, que le abruma,
en su fuego santísimo consuma.
Sé que el amor te vence, y yo te adoro,
y tú diste el amor al alma mía;
ella engañada prodigó el tesoro,
35
y en el mundo gozarle no podía,
ni fuera de él, entre los sueños de oro
de la lozana y joven fantasía,
ni en la Babel inicua, que levanta
nuestra razón, cuando tu ley quebranta.
40
¡Ay! Permite, Señor, que el labio
mío
tu dulce nombre a pronunciar se atreva,
ya que en su centro el corazón impío
grabado aún, por tu bondad, le lleva.
Perdona, ¡oh Dios!, perdona el desvarío
45
de mi razón, concédeme fe nueva,
y logre en ti mi espíritu reposo,
saliendo de este mar tempestuoso.
Río Janeiro, 1853.
EL POETA
Ser del alma, dulce amor,
en mi pecho sustentado
de mi corazón criado
con la sangre y el calor.
¡Ay! ¡Qué espantoso dolor
5
es no poder sustentarte!
No hay en mi mente que darte
ninguna divina idea;
antes que morir te vea,
vuela lejos, raudo parte.
10
En otro tiempo te di
el bien que perdido lloro
saqué del alma un tesoro
y en tus aras le ofrecí.
Ya no tengo para ti
15
ni esperanza ni consuelo;
no hay númenes en mi cielo,
no hay en mi mente hermosura;
tu luz, Amor, es obscura,
y tu sonrisa de hielo.
20
Cuando era mi corazón
joven, en él escribías
inefables poesías
hoy es todo confusión,
que no sabes descifrar.
25
El desengaño borrar
logró cuanto tú escribiste.
Huye; que en mi pecho triste
ya para ti no hay altar.
EL AMOR
¿Dónde iré? ¿Puedo subir
30
a las moradas divinas?
Las esferas cristalinas,
que antes solías oír
arrebatadas seguir
con armonía su giro,
35
inertes, rotas las miro,
y si algo turba el profundo
mortal silencio del mundo,
no es canto, es un suspiro.
¿En dónde está la mansión
40
de perfecta bienandanza,
que a la luz de la esperanza
te pinté en el corazón?
Tú agotaste la ilusión
y tú el encanto rompiste,
45
y pues ya el cielo no existe
en ti, será empeño vano
buscar el bien soberano,
de que renegar quisiste.
¿Dónde reposo hallaré?
50
Ese infinito vacío,
obscuro, desierto y frío,
¿cómo atravesar podré?
Do espacio en espacio iré,
cual la luz, pronto en mi vuelo,
55
y eterno será mi anhelo,
y sin término el camino,
sin hallar la que imagino
eterna dicha del cielo.
Madrid, 1854.
¿Qué te diré, Malvina,
que igual al numen que me agita sea?
Grande el objeto, y mi canción mezquina,
y comparada a tu hermosura, fea
será, por más que remontarme anhele;
5
y aunque mi ingenio vuele,
y logre bosquejar su noble objeto,
nunca en mi canto vivirá el secreto
espíritu de amor y de poesía,
que por todo tu ser su gracia vierte,
10
y el corporal conjunto une y convierte
en resplandor y gloria y armonía.
No sólo en tu mirada
y en el lampo fugaz de tu sonrisa
ese espíritu oculto se divisa,
15
sino en la limpia sangre delicada,
por la venas azules de tu frente,
de tus frescas mejillas, y garganta
de cándida paloma,
al través del tejido transparente
20
y terso, libre gira;
en tu palabra canta,
en tu casto rubor colores toma,
y en tus suspiros con amor suspira.
Mi afecto en ese espíritu percibe
25
al genio de tu padre, que en ti vive,
que alma te da, que vida de ti adquiere.
La blanca nube sol estivo hiere,
y omnímodo, su luz esparce en ella,
multicolor, aurifulgente y bella.
30
Así el genio poético te anima,
y hace que yo te tenga por Kerima,
la que de Abdel-Raman al templo santo
condujo de las vírgenes el coro,
y danzó en los pensiles de Zahara;
35
luz de Mudarra, de Almanzor encanto,
de Córdoba tesoro,
joya de la poesía noble y clara.
A veces imagino
que eres tú la Leonor amante y pura
40
que, abrazada a la cruz, en su amargura
lamentó de don Álvaro el destino;
y en ti veo a veces a la linda Zora,
fantástica y etérea, vaga y triste,
cual serafín que enamorado llora,
45
como el sueño gentil de que naciste.
Sí; que emanación rica
eres del genio, y mora
en ti en esencia el genio. Vivifica
los versos sólo, y pasa de la mente
50
de tu padre a los versos virtualmente,
mientras que en ti, Malvina, está en esencia,
por lo cual a los versos te prefiero;
tal bondad y excelencia
ni en los del duque hay, ni en los de Homero;
55
brillantes son los dones
con que el genio, Malvina, te engalana;
estar de ellos ufana
debes, no atormentar los corazones.
Mejor quiero que imites en tu vida
60
a la que amó a Lisardo sin ventura,
que no a la Zora, que, de Eblis nacida,
del Éufrates bajando a la llanura.
Fatal y hermosa, y áspid entre flores,
a Harú y Manú perdió con sus amores.
65
Dios los echó del cielo,
y en Babel se quedaron
(¡cuántos por ti se quedarán en Babia!),
y allí, por distracción o por consuelo,
dicen que el arte mágica enseñaron;
70
por eso aquella gente fue tan sabia.
Si ángeles hay aún, hiéreles luego
con mil dardos de fuego,
y muéstrales que hay cielos en la tierra,
ya que tu amor del cielo los destierra,
75
y aun la mágica blanca te aseguro
que puedes enseñar, si es que te agrada;
cada palabra tuya es un conjuro,
un encanto eficaz cada mirada;
y si un suspiro de tu pecho brota,
80
volando sube por el éter vago
el alma más pesada, más idiota.
No tan ligero Suleimán el mago
se levantaba en su flotante trono,
y el infinito espacio recorría;
85
aves del cielo por dosel le daban
radiantes plumas, y con blando tono,
amorosas cantaban
al compás de la eterna sinfonía.
Madrid, 1854.
Preste el amor su idea
al pensamiento, que en tu busca gira.
Quiero que el alma crea
que eres tú la beldad por quien delira.
Al través de la máscara vi un cielo:
5
vi la sonrisa con que tú sonríes;
néctar y aroma, en cáliz de rubíes,
brindabas a mi anhelo.
Eras, Gláfira, tú. Vi tu mirada,
que deleites augura.
10
Por el deseo el alma iluminada,
descubrió tu recóndita hermosura.
De tu voz el encanto
hirió mi pecho con tu voz fingida,
sentí en todo mi ser, sentí un quebranto,
15
inefable y más dulce que la vida.
Bajo el guante miré tu linda mano,
digna de acariciar los querubines,
formada, cual prodigio soberano,
de nácar, rosas, lirios y jazmines.
20
Ese espíritu leve,
que por tus venas rápido se agita,
y colora de púrpura la nieve,
entró en mi pecho, que de amor palpita;
espíritu sutil, que amor derrama
25
de la tierra en el seno,
y la cubre de flores, las estrellas
con mayor luz inflama
en el éter sereno,
al aire da las mariposas bellas,
30
los perfumes suaves,
el canto de los silfos y las aves.
Así renacen en el alma mía
juventud y poesía.
Como maná del cielo, tus amores
35
han de saber a cuanto el alma quiera;
filtro genial, esencia de mil flores
darán al alma, en verde primavera.
Si tú me amases, Gláfira, no hubiera
dicha igual a mi dicha. Sólo un beso,
40
un beso sólo de tus frescos labios
puede llevar el alma al paraíso,
darle en un punto, y, con mayor exceso
cuantas la mente de amorosos sabios
fingir delicias en el cielo quiso.
45
Nadie cual tú comprende
la inquietud de mi amor y devaneo:
de tus hermosos ojos se desprende
la luz do vive eterno mi deseo;
mágica luz, do veo,
50
cuando el color de la esperanza toma,
Musas, Gracias divinas,
y huríes oji-negras de Mahoma
con las peris danzar y las ondinas.
En tu blando regazo
55
tal deliquio mi espíritu gozara,
Gláfira, si tu amor me concedieras,
que, unido al tuyo por estrecho lazo,
ver la luz del Tabor imaginara,
la música oír de las esferas.
60
¡Ay!, temo que no quieras
lograr conmigo el singular contento
que Amor promete a quien de amores sabe;
mas en tu egregio y claro entendimiento
entendimiento del amor bien cabe
65
y espero que perdones,
ya que no les des vida,
estas enamoradas ilusiones,
que me tienen el alma derretida.
Madrid, 1854.
Al príncipe imperial de los franceses
Accipe quod lacta tibia paudunt luce
sorores
veridicum oraclum.
Si la virtud inescrutable y santa
que a la humanidad mueve, y que la guía,
a un alto fin de perfección, viniera
a dar aliento a mi mortal garganta,
y a desatar mi lengua en armonía,
5
la gloria que te espera
con fatídico canto anunciaría.
Mas si profundo el cielo
en tinieblas envuelve lo futuro,
un auspicio feliz desgarra el velo
10
dando vigor al pecho mal seguro.
¡Augusto Niño! Que tu dulce madre,
como la madre de Luis Divino,
te infunda su piedad y su terneza,
te muestre de los cielos el camino.
15
Luego el prudente y valeroso padre,
te inspirará el saber y la entereza
que a la discordia ahogó, venció el Destino
y puso la corona en su cabeza.
Sus pasos sigue tú: lleva de Francia
20
a otras tierras las artes esplendentes;
y no las armas, sino el blando imperio
de las ideas, venza la arrogancia
de rudas tribus y remotas gentes.
¡Providencial misterio!
25
Como al romper del día
huyen las sombras, y se viste y dora
de pura luz el firmamento hermoso,
el Dios, que tanta empresa te confía,
de la paz hace aurora
30
con que ilumina tu natal dichoso.
Y en vez de flores, su bondad rodea,
orna y protege tu dorada cuna
con verdes lauros que ganó en Crimea
el valor de la Francia y la fortuna.
35
Crece en el seno de la Paz, y cuando,
al florecer en juventud lozana,
sed de gloria te incite,
no sangrientas victorias anhelando
en dura guerra insana
40
impaciente tu afán se precipite.
Ya vendrá la ocasión, ya vendrá el
día
en que combatir debas
de valor y clemencia dando pruebas
y el monstruo encadenar de la anarquía,
45
monstruo más fiero que la sierpe alada
cuya sangre con alta valentía,
vertió en la Libia, de Guzmán la espada.
El monstruo del Averno
que en vano cerrar quiso
50
la oculta senda por do el Ser Eterno
lleva la humanidad al Paraíso.
Pero borrada ya la última huella
de la maldad humana,
resplandeciente lucirá tu estrella
55
sobre la Francia, de seguirla ufana.
Italia, entonces, y mi patria hermosa,
del desmayo letal que las humilla
se alzarán a la esfera luminosa.
Italia, donde brilla
60
la luz celeste, que a la tierra unida
hizo temblar con saludable susto;
España, que domando la sañuda
mar con pecho robusto,
llevó esa luz y sus doctrinas grandes
65
del Catay fabuloso hasta los Andes.
Amorosa lazada,
y no interés ni torpe granjería,
una a las tres benéficas naciones;
y terminen la empresa comenzada,
70
y difundan por todas las regiones
la libertad, el bien y la armonía.
No es del poeta ensueño mentiroso.
Esta misión el cielo nos depara,
y el volver de los siglos silencioso.
75
Ya las nieblas separa
el sol de la verdad que va subiendo,
de lo futuro el horizonte abriendo.
Mira tú en él las leyes de la historia,
y en cada uno de tus actos mira
80
al altísimo fin que da la gloria,
y el bien supremo a realizar conspira.
Hunde en el polvo el trono de Darío,
el Macedón audaz; del Eritreo
pisa, y del Indo, la fecunda arena;
85
y somete la tierra a su albedrío;
pero ignora la ley que su deseo
a un fin y los destinos encadena.
De la Grecia y del Asia al choque rudo,
nuevo germen de bien brota, y divina
90
llama la de ser luego, y le ilumina
la Santa Cruz sirviéndole de escudo.
El fin a do tus pasos encamina
la sabia Providencia,
no como el hijo de Filipo, ignores;
95
de tu siglo, Señor, une a la ciencia
la fe de tus mayores.
La fama tuya eclipsará su fama.
Crece, pues, niño hermoso, a la sonrisa
responde de la madre, que te ama;
100
y apenas llegue, débil e indecisa,
la razón en la infancia a herir tu mente,
como guardó Alejandro en copa de oro
el homérico canto sorprendente,
que a combates provoca,
105
guarda en ella y coloca
de los dogmas cristianos el tesoro.
Madrid, mayo de 1856.
Souvent femme varie:
bien fol est qui s'y fie.
I En la siempre deseada
del amor noche sombría,
en aquella estancia tuya,
tan abrigada y tan linda;
cuando la cándida nieve
5
en densos copos caía,
y daba el hielo a las calles
alfombra resbaladiza,
¡cuán apacibles coloquios,
qué juvenil alegría,
10
qué canciones me cantabas,
qué ternuras te decía!
Yo robaba de tu boca
la canción aun no nacida.
Tú las lisonjas de amante
15
sofocabas en la mía.
Nunca con mayor esmero,
nunca con mayor delicia
representaste en los dramas
amorosas heroínas;
20
no para fingir amores
fue tu talento de artista,
sí para darles la gala
y encanto de la poesía.
Una palabra, un suspiro,
25
una suave caricia
el poema de tu alma
realizado transmitían.
Tu aliento, tu puro aliento
era espíritu de vida;
30
luz del cielo tu mirada,
lampo de amor tu sonrisa.
Cuando pasabas tu mano
por mis cabellos suavísima,
más que Thalberg y que Listz,
35
si en el piano se inspiran,
despertabas en mi alma
una celeste armonía,
como el amor misteriosa,
inmensa como mi dicha.
40
Forjaba entonces mi mente
imágenes tan divinas,
que dieran gusto y espanto
si yo acertase a escribirlas.
Allí flores más hermosas
45
que la
Victoria regina ,
allí más gratos aromas
que en Pancaya y en las Indias,
y los amores bailando
con las musas y las ninfas,
50
el Olimpo, y el Walhala,
y los palacios de Indra,
y de Aladino la lámpara,
y los jardines de Armida.
El alma se evaporaba,
55
y en el éter se perdía,
y cruzaba el mundo todo
como una eléctrica chispa.
En las regiones aéreas,
do mi alma discurría,
60
se bañaba en claros mares,
en ondas tan cristalinas
cual diamantes, como el oro
puras, dulces como almíbar,
y frescas como una rosa,
65
y como la plata limpias.
¡Ay! Cuando de estos viajes
tornaba la peregrina,
sobre tu cándido seno
me la encontraba dormida.
70
II ¿En qué pecó el alma,
gentil Elisena,
que del paraíso
así la destierras?
¿Qué amor tuvo el alma,
75
qué objeto, qué idea,
ni qué pensamiento
que tuyo no fuera?
Lejos de ti el alma,
es un alma en pena,
80
que entrevió la gloria
sin quedarse en ella.
Cual pasan las flores
de la primavera,
pasaron mis dichas,
85
que en duelo se truecan:
ricé con los labios
las ondas serenas,
hollé venturoso
la rueda tercera,
90
herí con la mano
del cielo las puertas,
no agosté las flores
y aspiré la esencia;
mas ya para mí
95
la fuente se seca,
la flor se marchita,
se borra la senda,
se eclipsa de Venus
la nítida estrella.
100
El alma de amores
herida se queda,
de cariño ansiosa,
de gloria sedienta.
¿Por qué así la tratas?
105
¿Por qué así la dejas?
¡Ay!, yo adoré en cifra
en ti una caterva
de humildes zagalas
y nobles princesas.
110
En cifra adoraba
en ti la modestia,
hermosura, gala,
virtud, inocencia,
que tal vez los cielos
115
benignos te dieran,
que tal vez fingiste
con arte en la escena.
Amor en que tantos
amores se enredan,
120
¿qué mucho que dure
y eterno parezca?
Tú para mí fuiste
siempre varia y nueva;
yo para ti el mismo
125
de continuo era.
Si fuiste inconstante,
es porque te cercan
boyardos de Rusia,
lores de Inglaterra,
130
y grandes de España,
y mirzas de Persia;
que tus gracias ríen,
tu desdén lamentan,
tu beldad alaban,
135
tu ingenio ponderan,
adulan tu orgullo,
y tu amor anhelan.
De mí te olvidaste,
ufana y soberbia;
140
mas son infundados
mi encono y mi queja.
Debió solamente
causarme sorpresa
que en medio de tantas
145
personas egregias,
del género humano
magnífica muestra,
compendio de toda
la pompa terrena,
150
mi obscura persona
amor te infundiera,
fugaz como sombra,
sutil como niebla.
III Elisena, ¿fue tu amor
155
un veleidoso capricho,
o fue bello, noble y grande
como el amor de tu amigo?
Tú no sabes la amargura
que, al recordar tus hechizos,
160
ora derrama esta duda
en el pensamiento mío.
Si el pensamiento se viese
de esta amarga duda limpio,
diera el dulce bien pasado
165
al desdén presente alivio.
Orgulloso y satisfecho
de que me hubieses querido,
renovando en mi memoria
la dicha del paraíso,
170
tal vez calmara la pena,
la pena que da tu olvido,
de tu efímera ternura
el recuerdo peregrino.
Entonces yo imaginara
175
que inflamé tu pecho frío,
y que logré conmover
esas entrañas de risco,
y suscitar en tu alma
un amoroso delirio;
180
amor que si en un momento
se ha transformado en desvío,
concentrándose en mi mente
en un deleite infinito,
en un sublime recuerdo,
185
en un eterno martirio,
fuera infierno y gloria, fuera
galardón y sacrificio.
Mas ¿cómo adorarte diosa,
que en corazón me finjo,
190
cuando de tu ser humano
me da la memoria aviso?
¿Cómo soñar que, llevado
sobre las alas de un silfo,
de tu amor y tu hermosura
195
subí a gozar al empíreo?
Es cierto que con presentes
no encadené tu albedrío,
ni me dejaste por pobre
ni me quisiste por rico;
200
es cierto que te ofrecieron
gargantillas y zarcillos
de diamantes y de perlas,
esmeraldas y zafiros;
que te brindaron de seda
205
y de encajes con vestidos,
con chales de cachemira,
con cebelinas y armiños;
y es cierto que esos tesoros
tu orgullo aceptar no quiso,
210
y que aceptaste mis flores,
mis versos y mis suspiros.
Mas mi corazón guardaste
de tu hermosura cautivo,
diciendo: «Para mi triunfo
215
un corazón necesito;
porque corazón no tienen
los que me cercan rendidos,
y de sus joyas y galas
no me envanezco, y me río».
220
Y atormentaste mi alma
y turbaste mis sentidos,
y con tus besos me diste
un emponzoñado filtro.
Desde entonces, Elisena,
225
es adorarte mi sino,
y hasta vana y desdeñosa
te adoro y no te maldigo.
IV El corazón libre,
libre el pensamiento,
230
en busca de amores
volaban al cielo.
Ternura infinita
sentía mi pecho
por un infinito
235
misterioso objeto,
pudorosa ninfa
de gracias modelo.
Fantástica maga,
divino portento,
240
un ser fabuloso,
un serafín bello
yo amaba tan sólo,
y allá en lo secreto
del alma le daba
245
altares y templo;
de amores vulgares
juzgábame exento.
Mas cuando ya el alma
remontaba el vuelo,
250
otra vez a tierra
cayó sin aliento,
presa en la suave
red de tus cabellos,
herida de muerte
255
por tus ojos negros.
La riqueza entonces
de mi amor inmenso,
las nobles creaciones
del fácil ingenio,
260
la luz que ilumina
y dora mis sueños,
del alma profundos
y vagos misterios,
en tu beldad pusieron,
265
ciñéndola en torno
cual cinto de Venus.
Por eso del alma
tuviste el imperio,
tu amor me dio gloria,
270
tu desdén infierno.
Sin ti yo pensaba
que el mundo era un yermo,
los astros obscuros,
los hombres espectros.
275
Contigo en verano
trocaba el invierno,
las nubes más tristes
en claros luceros,
en vastos jardines
280
los mares de hielo,
en flores las nieves,
en lindo lo feo.
No extrañes si ahora,
al ver que te pierdo,
285
perdidos tesoros
del alma lamento.
Por amor el alma
dio paz, dio sosiego,
libertad y vida
290
trocó por un beso.
Muerta la esperanza
y vivo el deseo,
¡cuán tarde conoce
el alma su yerro!
295
Mas no, no te jactes
del daño que has hecho,
ni temas mi encono
ni esperes mi ruego.
Lo que yo en ti amaba
300
en ti ya no veo;
eres tú la diosa
que adoro tan ciego.
La diosa que adoro
no vive en el tiempo;
305
sus pies inmortales
no tocan el suelo.
San Petersburgo, 1857.
De regiones extrañas y distantes
hay nuevas por el último correo,
no menos lisonjeras que importantes:
por dondequiera habrá fiesta y jaleo.
¡Qué cenas se preparan, qué festines,
5
bastantes a colmar todo deseo!
En la China los mismos mandarines,
si no adorando, respetando a Cristo,
de nidos se hartarán de colorines:
de gusanos de seda harán un pisto,
10
y fumarán, merced a la Inglaterra,
opio barato, con furor no visto.
En la India, si bien están en guerra,
ha de haber suspensión de hostilidades,
y paz por cuatro días en la tierra:
15
y se solazarán en las ciudades
juntos con los cipayos los ingleses,
con más amor que en otras Navidades.
Descubrirán al cabo los siameses
que el elefante blanco no es divino;
20
calcularán mejor sus intereses,
y en vez de amar a numen tan mezquino,
armados de cuchillo y de caldera
(cual la fábula cuenta del cochino),
darán al blanco bruto muerte fiera;
25
el cual, en cochifrito suculento,
como si un tierno lechoncillo fuera,
ha de ser sabrosísimo sustento
del gran emperador Vicrapadonte,
de amazonas impávidas sin cuento,
30
y aun del sumo y terrible sacerdote,
que sobre el ara del nefando numen
con su alfanje segó tanto cogote:
si no sucede así que nos emplumen.
Ni será mala en el Japón la fiesta
35
porque es aquella gente de cacumen
y en todo su pericia manifiesta.
Tendrán los persas singular jolgorio,
y aunque pese al Corán y al Zend-Avesta
en las almas creerán del Purgatorio
40
y se hartarán de pavo y de turrones,
como el más fiel cristiano y más notorio;
y los antes heréticos jamones,
de Mahoma a despecho y de los Magos,
pasto darán a guebros y a santones.
45
Piensan echar los turcos muchos tragos
y turcas pillarán para ellos nuevas,
más fieles en su amor y en sus halagos.
Hasta en el suelo de la infausta Tebas,
gente que allí por su desgracia habita
50
ha de cenar embalsamadas brevas.
Y el más austero y místico eremita
(si acaso hubiere alguno en el desierto)
al instinto cediendo que le incita,
sin mesa, sin manteles, ni cubierto,
55
por no olvidar su austeridad del todo,
probará las manzanas del Mar Muerto,
que están rellenas de ceniza y lodo.
De ver será el tostado beduino
sobre el veloz coklán correr beodo,
60
y olvidando su secta y su destino,
saquear el templo santo de la Caaba,
sembrando por doquiera su camino
de pluma y huesos de engullida pava.
Y cerca del Cedrón que los pies besa
65
de la santa ciudad el turco esclava,
bajo la ancha tienda cubrirá su mesa
el errante israelita ya cristiano:
y con ansia, que excita y embelesa,
paz no dará a los dientes, ni a la mano.
70
Ni en las orillas del fecundo Nilo
faltará quien con brío sobrehumano
se engulla un escamoso cocodrilo,
dentro de la necrópolis medrosa,
a cuyas negras sombras pide asilo.
75
Mas, ¿qué mucho, si en zambra
bulliciosa,
a son de tamboril y haciendo muecas,
del Níger en la margen calurosa,
de gato se hartarán, frutas secas
las razas por su pinta condenadas
80
a no tener ni libertad ni pecas?
Mas las que ya no están esclavizadas,
la gente negra que en Liberia habita,
¡qué tortas ha de hacer y qué empanadas!
Natas habrá en Haití, y papa frita,
85
porque Soulouque, emperador haitiano,
ya a Baltasar, y ya a Nabuco imita,
y un banquete prepara soberano:
por no oler a sus grandes, ni a sí propio,
el comedor perfumará con guano.
90
Los indios del Brasil hacen acopio
de monos con arroz para la cena,
y de mate, mejor que el té y el opio,
y devoran también en Nochebuena
multitud de lagartos y tatúes,
95
y una serpiente boa, toda llena
de pavos mil, que allí llaman
perúes.
Los indios no cristianos, envidiosos,
se cenarán sus propios manitúes.
¡Qué espléndidos, qué
alegres, qué famosos
100
son los santos banquetes de este día!
¡Qué dientes al presente tan ociosos!
¡De cuán diversos puntos nos
envía
noticias el telégrafo, flamantes,
que sorprenden y causan alegría!
105
Una de las pirámides gigantes,
las momias del Egipto se han cenado,
y se han vuelto a la tumba como antes.
Del elefante blanco ha regalado
Vicrapadonte al gran Mogol el cuero,
110
lleno de rico vino delicado.
Nana-Saib ha caído prisionero:
los ingleses creyéndole becada,
en salmí se lo comen todo entero.
El
Leviatán ha hecho una trastada,
115
y se ha engullido ya cuatro vapores.
En fin: doquiera hay cena regalada;
mas la nuestra es mejor que las mejores.
Por el correo extranjero, JUAN VALERA Y
JOSÉ FERNÁNDEZ JIMÉNEZ
Madrid, 1857.
Magia itaque omnen philosophiam, phisicam et
mathematicam complexa, etiam vires religionum illis adiungit.
Doctrinam paudit Raimundus Lullius omnem cui Deus infundit
scibile quidquid erat.
Introducción Santo Cristo de la Luz,
Señor de cielos y tierra,
llenad de fervor mi pecho
y purificad mi lengua
para que yo dignamente
5
en vuestra alabanza pueda
del gran Raimundo contar
la milagrosa leyenda.
Dad a mi espíritu alas
de palomica ligera
10
para que, salvando siglos,
a los tiempos retroceda
en que nació, del consorcio
de la virtud y la ciencia,
y de la fe y la razón,
15
aquella santa lumbrera,
apóstol de la morisma
y campeón de la Iglesia;
aquel sublime alquimista,
mágico, mártir, profeta
20
y doctor iluminado,
de Mallorca prez eterna.
Veo, Señor, que me escuchas,
pues ya mi espíritu vuela,
y así como el caminante
25
que se pierde en una selva,
y en la soledad augusta
que silenciosa le cerca
el mundo pone en olvido
y hasta el Empíreo se eleva,
30
así mi audaz fantasía
de lo presente se aleja
y honda y reposadamente
en lo pasado se interna.
Ya presencio la solemne
35
y temerosa pelea
que por aquel corazón,
que por aquel alma egregia,
centro de nobles impulsos,
volcán de pasiones fieras,
40
el ángel bueno sostuvo
con el rey de las tinieblas.
Ya descubro los caminos
y miro lucir la estrella,
y los reclamos suaves
45
oigo, que la Providencia,
para salvar a Raimundo
de la perdición, emplea.
Con rudas tribulaciones,
con amorosa violencia,
50
de su combatido espíritu
llama el Señor a la puerta;
y le visita con males,
y con dolores le prueba,
y en crisol candente, el oro
55
de sus virtudes acendra,
y hace que el alma cautiva
libre a los cielos se vuelva,
y que el mágico Raimundo
en un santo se convierta.
60
Bendito seas, Dios mío,
Tú que a la humana flaqueza,
para elevarse a tu altura,
das aspiración inmensa;
Tú dejastes que en el alma
65
feroces se combatieran
las encontradas pasiones
que al fin tu amor encadena.
El alma corre en tu busca
de felicidad sedienta
70
por un laberinto obscuro,
entre vanas apariencias;
pero tu fe la ilumina
y tu palabra la esfuerza,
y tu gracia, vencedora
75
del infierno, la penetra...
Bendito seas, Dios mío,
Tú que los monstruos sustentas
y das al león las garras
y a la serpiente la lengua,
80
destructor empuje al viento
y al mar indómita fuerza;
pones contraria tendencia
en los elementos todos
cual si fuese tu designio
85
el que se hiciesen la guerra;
y de este horrible combate
y de esta lucha tremenda
tu voluntad soberana
benéficamente crea
90
el concierto de los seres
que en tu balanza resuena
y la rápida armonía
de las acordes esferas.
I En la Catedral de Génova
95
al morir de un claro día,
a los pies de un sacerdote
una mujer hermosísima,
con lágrimas en los ojos,
de esta manera decía:
100
«Padre: su imagen aun guardo
aquí en el alma escondida.
La salvación de ese hombre
me importa más que la mía.
Hoy se cumplen veinte años
105
que huyó el cruel de mi vista:
pero le tengo presente
y vivo en la fantasía.
Yo le lancé con desprecio
y su ausencia me lastima
110
yo anhelé su indiferencia,
y su indiferencia misma
hiere mi orgullo y enciende
la pasión que me domina.
No sé si es amor o es odio,
115
pero pertinaz, continua,
la memoria de aquel hombre
es fuerza que me persiga.
Siento su voz en mi oído
y embelesados se admiran
120
mis ojos de la hermosura
de su audaz fisonomía.
Para vencer esta horrible,
esta infernal pesadilla
que hasta en sueños me persigue
125
y que el sosiego me quita,
con ayunos y cilicios,
oraciones y vigilias,
de la vejez apresuro
la prematura venida.
130
Noches enteras orando
en recóndita capilla,
he pedido al rey del cielo
que me libre de la vida
o del recuerdo amoroso
135
que mi corazón cautiva.
Él vive lejos, muy lejos,
vagando en extraños climas;
y la fama de sus obras,
de sus obras inauditas,
140
más hermoso y más sublime
que en otros tiempos le vía,
le retraen a mi mente
y me renuevan la herida.
...........................................
En la gran ciudad de Palma,
145
capital de aquella isla
que libertó el rey don Jaime
del poder de la morisma,
no muchos años después
de la gloriosa conquista,
150
nací, de uno de los héroes
que la conquistaron, hija.
A la edad de quince años,
a pesar de ser tan niña,
un genovés caballero
155
me hizo su esposa querida.
Era mi esposo atrevido
mercader que recorría
los mares en nave propia
con muchas mercaderías.
160
La fuerza de voluntad
con que yo le resistía
más orgullo del infierno
que virtud me parecía.
Galán, valiente, discreto,
165
tuvo a sus plantas rendidas
las damas más seductoras
que en Palma entonces había.
Sólo yo resistir supe
sus miradas encendidas
170
y sus palabras de fuego
y su imperiosa osadía.
Ni el santo temor de Dios,
ni una virtud peregrina,
ni el respeto de un esposo,
175
ni su honra sin mancilla
hubieran sido bastante
a salvarme de mí misma
y a no caer en sus brazos
con vergonzosa caída.
180
De mi entereza en auxilio
el orgullo combatía,
orgullo de verme amada
con la pasión infinita
que sólo a Dios debe darse
185
de que era objeto yo misma.
Soñaba yo que Raimundo
con el alma me quería,
que todo su corazón,
todo su ser y su vida
190
aprisionar yo lograba
en cadenas diamantinas.
Yo imaginé que aquel alma
grande, poderosa, rica,
era presa de mi amor,
195
era esclava de la mía.
Mi esposo estaba en la Fana
y me dejó sola y niña,
con abriles diez y siete
y gran renombre de linda.
200
A la Fana había ido
a vender sus mercancías
en nave propia y velera
que los mares recorría.
Desde un puerto de la Fana
205
tuve de él nuevas noticias
que otra nave genovesa
a Mallorca me traía.
Se internó luego mi esposo,
llevado de su codicia,
210
de su afán de ver más mundo
y de su gran valentía,
en la tierra misteriosa
de los pérfidos escitas,
y estuvo en el campamento
215
del Kan, que el Asia domina,
y que amenaza a la Europa
del Volga desde la orilla».
............................................
Si la pompa y las galas que a tus ojos
el universo ostenta,
a serenar no bastan tus enojos,
ni se reposa en él, ni se contenta
tu inquieto y noble desear, encanto
5
no busques ni beldad más peregrina
en los dulces favores de las Musas.
Cuanto columbra de perfecto y santo
mi mente, y adivina
del empíreo en imágenes confusas,
10
si de forma se viste,
al encarnarse en la palabra humana
pierde su ser y mancha su pureza.
En sí tan rica la creación subsiste
como el excelso origen de do emana,
15
pero no goza el alma su riqueza.
Transmitirla no pueden los sentidos,
ni abarcar de los seres la armonía.
La genial fantasía
sola guarda tesoros escondidos;
20
tesoros son que el alma misma crea
en su interior consorcio con la idea:
tesoros que, cual yo, no disipaste,
y en el cándido seno conservaste.
El amor que amó Psiquis allí mora
25
en toda su hermosura,
y el corazón te enciende y enamora,
y sale de su fuente limpia y pura,
como a la voz de Jámblico evocado.
Si pudiera mi espíritu contigo
30
llegar al templo del amor sagrado,
y de su gloria ser parte o testigo,
en un cántico nuevo rompería,
cual si en mí renaciera
la esperanza, esa flor de primavera,
35
fresca y lozana, cuando Dios quería.
Al Excmo. Señor D. Antonio Alcalá
Galiano
Con todos estos versos en la mano,
infeliz parto del ingenio mío,
que por ganar un nombre suda en vano,
imploro tu favor, querido tío,
y ya que celebrándolos me animas,
5
a tu benevolencia los confío.
Ni lo raro y difícil de las rimas,
ni la pompa y estrépito sonoro,
que tú no tanto como el vulgo estimas;
ni de transposiciones el tesoro
10
que a la dicción poética se ajusta;
ni el circunloquio y púdico decoro
con que la voz prosaica que le asusta,
envuelta en discretísima charada,
un buen poeta de encubrirlos gusta;
15
ni otros sublimes artificios, nada
recomienda la obrilla que publico,
con tu famoso nombre autorizada,
que no sin interés te la dedico.
Jamás en buscar símiles me paro,
20
si con perfecta claridad explico
lo que enturbie quizá si lo comparo.
Encontrar en iglesia luterana,
o en mis versos, imágenes, es raro;
y si alguna tal vez los engalana,
25
sin yo buscarla, entre los versos llega,
como arrastra en sus ondas flor temprana.
Raudo torrente que inundó la vega.
Mas cuándo hierve con furor divino,
y a excursiones fantásticas se entrega
30
mi fatigado espíritu mezquino?
Quizá en nuestra época de prosa
al llamarme poeta desatino.
A descubrir una verdad hermosa
no alcanza la razón; pero da muerte
35
a la amena ficción maravillosa.
No explica los misterios de la suerte
la razón ruda, y mata la creencia
que viva luz en las tinieblas vierte,
que al disipar las sombras sin esencia,
40
con su esplendor fecunda e ilumina
el yermo obscuro de la humana ciencia.
Escasa la beldad y peregrina
va por el mundo a la fealdad mezclada,
y el alma la depura y determina,
45
y en sus tesoros e interior morada
la viste refulgente y limpio arreo,
con que sale a la luz ataviada.
Muy semejante el pensamiento creo,
en su hermosura, a la gentil doncella,
50
que necesita de primor y aseo
para que amable nos parezca y bella,
pues la falta de ornato y compostura
eclipsa la verdad, que luce en ella;
así como la frase ingrata y dura
55
de la poesía disminuye el precio,
del pensamiento empaña la tersura.
Aunque también lo que de suyo es necio,
por más que se revista de primores,
no podrá nunca merecer aprecio.
60
Campo estéril que cubren muertas flores,
vieja loca que gasta colorete,
suelen los versos ser de mil autores.
Mas al vulgo le agrada el sonsonete,
y en habiendo palabras y ruido,
65
en que haya sentimiento no se mete,
ni le enfada lo falto de sentido.
No digo yo que deba la poesía,
su gracia y candidez dando en olvido,
de continuo enseñar filosofía.
70
Más allá de la ciencia volar debe
en alas de creadora fantasía,
do la razón a entrar nunca se atreve,
allí la inspiración, allí el misterio,
la cábala del arte hallarse debe.
75
En balde con pesado magisterio
los que siguen al cisne de Venusa,
que en la aurora cantaba el Imperio,
quisieron dar preceptos a la Musa,
interpretando al sabio de Estagira
80
con interpretación falsa y difusa.
No las reglas, el cielo es quien inspira,
al par del pensamiento soberano,
la forma que éste a revestir aspira.
Hay en la forma un misterioso arcano,
85
que al docto preceptista desespera.
Encarnarse no puede en verso humano
lo que, viniendo de encumbrada esfera,
no se enuncia con frases ni describe;
mas se encarna en la forma de manera,
90
que el alma íntimamente lo percibe
en la vaga armonía seductora
del inspirado canto donde vive.
¡Ay! La poesía, que mi pecho adora,
vive también, y lo inefable y puro
95
con sus encantos manifiesta y dora.
Si no construye ya ciclópeo muro,
ni los delfines en la mar amansa,
el alma eleva al eternal seguro.
Ella es la fuente cristalina y mansa,
100
en medio del desierto desolado,
donde mi corazón bebe y descansa.
Consuelo de mi pecho enamorado,
única flor que en el vergel florece
cuando todas las flores se han secado.
105
El amor sin objeto no merece
nombre de amor; trocándose en tormento,
la paz turba, la dicha desvanece.
Y ¡qué ha de amar el corazón
sediento!
Muerta está la beldad que ya adoraba,
110
y la patria también muerta lamento.
¿Dónde está ya mi patria, que
se alzara
fuerte en Italia, respetada en Flandes,
que de la fe católica llevara
la santa luz y las doctrinas grandes,
115
o con la persuasión o con la guerra,
del Catay fabuloso hasta los Andes?
Sin cetro y sin laurel yace por tierra,
y en vano el vate lo pasado evoca,
y del olvido glorias desentierra.
120
Pero no en vano, que a seguir provoca
una ilusión ridícula y dañina,
que va volviendo a mucha gente loca;
a mucha buena gente que imagina
que con la Inquisición y el fanatismo
125
ha de evitar la patria su ruina;
que al ver que ardían en el templo mismo
en los campos la luz de la victoria,
y en la ciudad la hoguera del abismo,
quieren que retroceda nuestra historia,
130
y, con la esclavitud y la ignorancia,
devolvernos poder, y nombre, y gloria.
Sólo cuando de nuevo la constancia
se levantó, y el español coraje
contra el empeño inicuo de la Francia,
135
un poeta con ellos del linaje
se levantó también de los Tirteos,
y para rechazar el duro ultraje,
allá sobre los altos Pirineos
del hijo portentoso de Jimena
140
reanimaba los miembros giganteos.
Mas condenó lo que imparcial condena
la historia, sin llamar santa y prudente
la vil hipocresía de la hiena.
Hoy hacen los poetas que se siente
145
el monstruo de los héroes en el cielo.
¿Cómo la noble España lo consiente?
¿Acaso faltarán a nuestro anhelo
de recordar la gloria ya pasada,
para estímulo no, para consuelo,
150
nombres puros, virtud inmaculada?
¿Habrá de ser infame la poesía,
y la maldad atroz canonizada?
No así el vate divino lo entendía
que de Guzmán el Bueno y de Pelayo
155
resucitó la nueva nombradía.
Mas, en su edad, del secular desmayo
aun se alzó España, y exhaló, muriendo,
de su alta gloria el postrimero rayo.
De Trafalgar en el combate horrendo,
160
donde al britano concedió la suerte
el dominio del mar, do combatiendo
cerró tu ilustre padre, varón fuerte
amor de Urania y de la patria escudo,
gloriosa vida con heroica muerte;
165
allí, en Gerona y en Bailén no pudo,
ni en Zaragoza, ver el gran Quintana
la última gloria de su patria mudo.
Hoy tan sólo la Musa castellana,
sin más fruto que lágrimas, refiere
170
los claros hechos de la gente hispana;
y no porque la raza degenere;
que la raza que fue del orbe espanto
alienta y vive, aunque la patria muere.
Mas la poesía y entusiasmo santo
175
no logran en la edad en que vivimos
sacar a una nación de su quebranto.
Por ellos grandes y gloriosos fuimos;
vinieron a reinar los mercaderes,
y los nobles el cetro les cedimos.
180
Fabrica, España, agujas y alfileres,
tafetanes, percal y cotonía,
verás cómo el poder de nuevo adquieres.
Estudia la social economía,
no achicharres herejes, achicharra
185
al que ose no tomar tu mercancía.
Así de nuevo te alzarás bizarra,
y entonces yo y otros insignes vates
cantaremos con voces de chicharra
tus industriosos triunfos y combates:
190
las que juzgabas antes discreciones
entonces se tendrán por disparates.
Yo, entretanto, me iré por las regiones
fantásticas del libre pensamiento,
y me consolaré viendo visiones;
195
porque la falta de ilusión que siento,
el propio desengaño es quien me inspira,
y por él busco en el Parnaso asiento;
por él es metafísica mi lira,
y al cantar la hermosura y los amores,
200
metafísicamente ama y suspira.
Estos versos sin gracia y sin colores
son de mi primavera, de la calma
y el amor que pasó, las pobres flores;
y aunque no me han de dar lauro ni palma
205
por ellos, caro tío, ni dinero,
antes que se marchiten en el alma,
bajo tu amparo publicarlos quiero.
Madrid, 1858.
Quien por el hondo mar la patria deja,
cuando la luz expira,
desde la nave en que veloz se aleja,
con lágrimas de amor la patria mira.
Y, tal vez, en su hogar los ojos para,
5
y en el campo y las flores,
y el campo de que el viento le separa,
en el viento le manda sus olores.
El rojo sol le manda en sus reflejos,
de la patria querida,
10
que va desvaneciéndose a lo lejos,
la imagen y la triste despedida.
Y se distinguen árboles y montes,
casas y prado verde,
hasta que todo en vagos horizontes
15
o en la confusa lobreguez se pierde.
Y ya en la sombra de la noche hundido
el fértil, patrio suelo,
se oye de las campanas el sonido,
y alza la vista el navegante al cielo.
20
Y la suprema luz de aquella obscura
melancólica hora,
y el vario paisaje la hermosura,
que el resplandor de los recuerdos dora;
y el aroma fugaz que trae el viento,
25
y el sonar de los bronces,
y toda la impresión de aquel momento,
recibe y guarda el corazón entonces.
Así mi herido corazón recibe
tu imagen hechicera,
30
hoy que a tu lado el corazón aun vive,
y palpita de amor por vez postrera.
Pero si el mar del mundo le arrebata
paz, juventud y amores,
tú no serás a su cariño ingrata,
35
y bálsamo darás a sus dolores.
Del que le hiciste involuntario daño
sólo al amor se queja;
lejos de ti le arrastra el desengaño,
y en ti sus dulces ilusiones deja.
40
Mi corazón te pide una mirada;
mírame sin enojos,
y eternamente quedará grabada
en él la luz de tus divinos ojos.
Será trasunto y celestial idea
45
de mi soñada gloria;
gentil cifra de amor que el alma crea
y que indeleble guarda la memoria.
Talismán rico do escribió una maga
benéfico conjuro;
50
lámpara de oro que jamás se apaga,
y arde en el seno de la tierra obscuro.
Y levantando entre ilusiones muertas
sublime pensamiento,
y en llanuras estériles, desiertas,
55
solitario y hermoso monumento.
Madrid, 1859.
Nace del alma mía,
cuando tu voz simpática la hiere,
una amorosa y dulce melodía
que en lo profundo de mi pecho muere.
La luz inmaterial de tu hermosura,
5
rayo de sol en tempestad obscura,
mi espíritu serena;
virtud y gozo y esperanza siento;
un incomunicable pensamiento
de noble y alta inspiración me llena.
10
Si forma yo lograra
dar a la idea que de ti concibo,
no tan sólo en mi canto fugitivo
a ti la idea mística volara;
con raro hechizo, con perenne vida,
15
por números suaves detenida
en mis versos viviera;
mas quiere el arte detenerla en vano:
idea y sentimiento sobrehumano
suben sin forma a la celeste esfera.
20
Madrid, 1859.
Redondas perlas que ciñen
tu hermoso y cándido cuello,
diamantes que no deslumbran
más que tus ojos serenos,
encajes, plumas y flores
5
que coronan tus cabellos,
lazo que estrecha tu talle,
ropas que velan tu cuerpo,
guante de tu blanca mano,
chapín de tu pie ligero,
10
limpia y venturosa holanda
que, oculta, besa tu seno,
ambiente que te circunda,
luz que te baña, silencio
que en torno tuyo difunden
15
la admiración y el afecto,
leve fragancia de lirios
conque embalsamas el viento,
música de tus palabras
co que enamoras los ecos,
20
mirada con que fulminas
los corazones de acero,
y mentirosa sonrisa
conque me auguras el cielo;
todo parece que guardas
25
allá en su escondido centro
una promesa, un conjuro,
un espíritu, un misterio.
Se diría que tu alma
tiende invisible su vuelo
30
y penetra y vivifica
los materiales objetos.
En tu sonrisa, imagino,
y en tu mirar y en tu acento
que el amor me da esperanza
35
y tu corazón el premio.
Con mi corazón, entonces,
en busca del tuyo vengo,
y místicamente miro
lo profundo de tu pecho;
40
mas sin hallar corazón
ni ver al dios que venero,
hallo tan sólo vacío,
y en el vacío me pierdo.
Madrid, diciembre de 1859.
En el portal de Belén
están adorando al niño
varios humildes pastores
que le circundan rendidos.
Su pobre y rústica ofrenda
5
cada pastor ha traído,
y al presentar al infante,
le canta su villancico.
Leña de encina y retama,
porque se guarde del frío,
10
llegó a ofrecer el primero,
y de esta suerte le dijo:
«Si los labios de Isaías
el ángel santificó,
abrasando su impureza
15
con un ardiente carbón,
tus ojos hermosos
limpian, sin dolor,
las manchas del alma
con fuego de amor.»
20
Después tres lindas zagalas,
en ligeros canastillos
de sutil mimbre flexible,
y de varitas de olivo,
olorosas pomas traen,
25
y granadas y membrillos,
y este dulce canto entonan
al bello recién nacido:
«Cual llama penetró, cual
dueño habita
en el alma tu amor desconocido;
30
nadie sino la bella Sulamita
tan delicado amor ha presentido.
Cercadme de flores
y pomas de olor;
los ojos del niño
35
me matan de amor.»
Blanco pan ofrece luego
un gallardo pastorcillo,
y postrándose de hinojos
dice al infante divino:
40
«Si material alimento
te ofrece pobre pastor,
tú das a su ser aliento
y virtud al pensamiento
para otra vida mejor.
45
Con tu vida propia,
¡oh niño Jesús!,
darás a la mía
eterna salud.»
Una niña pequeñuela,
50
vestida de blanco lino,
tempranas violetas trae,
perpetuos, cándidos lirios,
y de alhucema y romero
olorosos manojicos;
55
con sus amantes cantares
penetra el alma del niño:
«Den a tus vestiduras
sus esencias más puras
las hierbas y las flores;
60
tú preserva mi infancia,
préstala la fragancia
de tus santos amores.
Eres haz de mirra,
niño, para mí;
65
en mi pecho moras,
el alma te di.»
Trae, por fin, el rabadán,
sobre los hombros fornidos,
de piel cerdosa y manchada
70
un corpulento cabrito,
con la robusta cerviz
herida por el cuchillo.
Tal fue la postrer ofrenda,
y así cantó quien la hizo:
75
«Vara de Jessé florida
que nos prestas nueva vida,
luz del siglo venidero
que a los hombres guiará;
si inmaculado cordero
80
llevas las culpas del mundo;
si a la muerte y al profundo
vences, león de Judá;
si das paz a toda gente;
si huella por ti la dura
85
cabeza de la serpiente
la planta de una mujer,
toma esta víctima impura
que nuestras culpas llevaba;
y a de tu sangre las lava
90
el misterioso poder».
Madrid, 1860.
Ha tiempo que los diablos un espejo
hicieron, de tal modo,
que en él de los objetos el reflejo
lo transformaba todo,
y a cuanto había de hermoso en la creación
prestaba tal fealdad,
que a los diablos daba diversión
tan diabólica y rara novedad.
A las aves y flores
roba el espejo gracia y colores,
las estrellas, al cielo,
nubes de oro y carmín roba a la aurora,
y si envilece así las cosas bellas,
con más fealdad a la fealdad desdora.
Obscureciendo así toda hermosura,
hacen burla los diablos de la tierra
y de toda pompa y galanura
que en sus fecundos ámbitos encierra.
Del hombre mismo, que de Dios imagen
pretende ser, se burlan con más furia
y le adornan de envidia y de lujuria
y no hay vileza con que no le ajen,
estampando en su forma material
el sello de su vil naturaleza,
y obscureciendo la ideal belleza,
y eclipsando la nítida grandeza
y el gran ser de su espíritu inmortal
que presta a veces al semblante humano
resplandor soberano.
Mas, llenos los diablos de contento,
no bastándoles burlas terrenales,
se elevan en el viento
y a las ricas moradas celestiales
la canalla infernal subir desea
con el espejo invento de Luzbel,
para que el mismo Dios se pinte en él
y su hermosura le parezca fea.
Muy ligeros subían
con el espejo entre las duras garras,
mas, peso tal sentían
al irse levantando a las alturas,
que, con las corvas uñas apretando
el borde del espejo, no le pueden
al cabo sostener, y al cabo ceden,
y cae el espejo rápido rodando,
y en la tierra se aplasta y pulveriza.
Pero mayores males la ceniza,
los átomos menudos del abismo
causan ahora, que el espejo mismo.
En sus alas ligeras los conduce
el viento, y del diablo los antojos
a veces introduce
algún átomo de éstos en los ojos
de un hombre desgraciado
que todo cuanto desde entonces mira
horror y asco le inspira,
fealdad, vicio y tristura,
viendo en virtud y gozo y hermosura.
Y si en su corazón penetra acaso
un átomo maldito del espejo.
........................................................
Lucieron ya los venturosos días
en que, para matar filosofías,
como Sansón mataba filisteos,
y a gentiles los fuertes macabeos,
y San Jorge al dragón centelleante,
5
otro Jorge arrogante
Jehová sacó de la imperial Sevilla,
y, en vez de lanza y de corcel fogoso,
le dio lengua y estilo poderoso
conque a todo orador rinde y humilla.
10
Este Jorge novel en la secreta,
donde estaba su espíritu sumido,
región del claro misticismo obscuro,
oyó una voz que dijo: «Sé poeta;
haz en el mundo vil mucho ruido,
15
y para la virtud ponte maduro».
Jorge, entonces, pulsó la ebúrnea lira
y cantó a la beldad por quien delira,
y, habiéndose ensayado
en el género erótico elevado,
20
se pasó a ser filósofo sublime,
y ya en el Ateneo,
peroró como Orfeo,
amansando las fieras cuando gime;
¿qué digo cuando gime?, Jorge brama,
25
truena, relampaguea;
su palabra, cual lluvia se derrama,
y profunda es la idea
que de su boca, con primor, chorrea
y, que el sediento vulgo aplaude y mama.
30
Los krausistas impíos le escucharon,
y de su secta al punto renegaron.
De Hegel los discípulos le oyeron,
y a sus plantas cayeron;
Camus y Castelar le veneraron,
35
y con risa epiléptica rieron.
Sabios, de
El Pensamiento redactores,
coronaron su frente de mil flores,
y las vírgenes puras,
en cuya integridad Jorge se agrada,
40
dijeron en su elogio mil locuras
para imitar su inspiración sagrada.
Yo, que también le imito,
por alabarte aquí me despepito.
¡Oh Jorge! Así quisiera
45
el cielo que mi fama compitiera
con la tuya, luciendo
hasta que el cielo, cual fecunda higuera,
cuyos higos pasados van cayendo,
los astros arrojase en el profundo
50
y a ser Nada volviese el ancho mundo.
Amor, bella Elisa, es
quien por ti los cielos deja
y enamorado se queja,
de hinojos puesto a tus pies.
Tú, que desnudo lo ves,
5
pudibunda y enojada
le das una puntillada
con el lindo borceguí
por
shocking , falto
d'esprit ,
y bestia mal educada.
10
Mas, aunque el golpe le duela,
amor reconoce bien
que merece tu desdén
su poquísima cautela.
Y como vencerte anhela,
15
se viste de caballero,
con levita, con sombrero,
con corbatín y otras galas,
y, en vez de flechas y alas,
se proporciona dinero.
20
Ya su interior hermosura,
que encubre traje de moda,
hasta después de la boda
a mostrar no se aventura;
y bien vestida figura
25
en la Fuente Castellana,
coche haciendo la galana
Conchita de Citerea,
y que cada pichón sea
una yeguaza alemana.
30
Tu sencillo corazón
sólo así logra vencer,
porque tú no has menester,
más bella que una ilusión,
que te dé su cinturón
35
Venus, si Amor te propina
el oro y la perla fina,
la rica seda y la blonda
y el diamante de Golconda
y una excelente cocina.
40
Madrid, 1861.
Famosa por su despejo,
tremenda por sus conquistas,
del sosiego de los hombres
irresistible enemiga,
por la Fuente Castellana
5
ayer con su madre iba,
sal derramando a puñados
y gracia, la bella Elisa.
La envidiaban las mujeres,
los hombres la bendecían,
10
los pollos alicortados
se quedaban a su vista;
las hadas que la dotaron
de beldad tan peregrina,
giraban en torno de ella
15
con encantada sonrisa.
Un ejército de amores
invisibles la seguía,
avasallándolo todo
como Pizarro en las Indias.
20
Las flores daban su olor
al pasar la hermosa niña,
los pajarillos cantaban,
los árboles florecían;
y por verla, y por copiarla
25
en sus ondas cristalinas,
brincan de amor las fuentes
o murmuraban de envidia.
Ella, como sol que nace,
llevaba en la frente el día,
30
luz en los ojos divinos
y carmín en las mejillas.
En la boca, entre un tesoro
de coral y de perlas finas,
panalito perfumado
35
de dulce miel escondía.
Al pasar yo junto a ella,
fue tanta mi golosina,
que me hubiera convertido
en zángano o en avispa.
40
Madrid, 1861.
Clara brillaba la luna,
era la noche tranquila,
el caballero vagaba
solitario en la montiña.
Buscando va a la doncella,
5
cuya imagen peregrina
vio en el espejo fadado
que su madre poseía.
No sabe si la doncella
ha muerto ya o está viva,
10
si mora en aqueste mundo
o en otros mundos habita.
Mas él está enamorado,
y la busca noche y día;
vivir no puede sin ella,
15
sin ella no quiere vida.
A encontrarla o a morir
determinado camina;
el mundo por ella deja,
la gloria por ella olvida.
20
Ni quiere tomar esposa,
ni quiere tener amiga;
ha tiempo que vaga, triste,
por la soledad esquiva.
Vio a lo lejos, a deshora,
25
brillar una lucecita;
tomándola por su norte,
a un castillo se avecina.
A las puertas del castillo
llegó cuando amanecía.
30
Con prodigioso silencio
las puertas solas se abrían.
Todo en torno del castillo
helado y muerto yacía.
Ni cantan en el vergel
35
ni vuelan las avecillas;
no murmuraban las fuentes,
por conjuro detenidas;
el aire, en hondo letargo,
entre las flores dormía.
40
A entrarse por el castillo
el caballero se anima.
Dueñas en él, silenciosas,
pajes sosegados mira;
harto conoce al mirarlos
45
que era todo hechicería.
Ni allí el rumor de sus pasos,
ni allí una mosca se oía,
allí el sonido faltaba
y el movimiento y la vida.
50
En una cerrada puerta
hay una leyenda escrita;
las letras eran de oro,
de oro lo que decían:
«Abre si tienes valor,
55
verás a la hermosa niña
en blando lecho de rosas
hace ya tiempo dormida,
con un amador soñando
que la suerte le destina.
60
Un beso ha de despertarla
de quien amores le inspira,
si otro a besarla llegase
muy caro le costaría.»
El caballero al instante
65
en el abrir no vacila,
abre y entra, y ve a la dama
que en el espejo veía,
en su encantado desmayo
más encantadora y linda.
70
El atrevido mancebo
va a besarla en la mejilla,
pero se encuentra la boca
y el beso allí deposita.
De muerta que estaba ella
75
con el beso quedó viva,
y aquel extraño silencio
se convirtió en armonía.
Las campanas del castillo
todas alegres repican,
80
vuelan moscas, cantan aves,
zumban abejas y avispas;
los pajes juegan y bailan,
charlan las dueñas y chillan;
el arroyuelo murmura,
85
las flores el aire agita,
se oyen las trompas de caza
y los caballos relinchan;
hasta el almirez resuena
en la remota cocina;
90
todo es fiesta y regocijo;
que el beso destruye y quita
los encantos de la muerte
con encantos de la vida.
Así fue desenfadada
95
la princesa de Palmira,
que, por ser muy desdeñosa,
malfadada se veía.
Casó con ella el mancebo
que de hechizos no temía,
100
y el hada, de los hechizos
fue de la boda madrina.
El cuerpo me hiede a humo
y el corazón a puñales,
y la sangre de las venas
rabiando porque no sale.
Cuando ir de aquí para allí
5
te diquelé, Rafaela,
con refajo de franela
amarillo y carmesí;
cuando fregando te vi
con aljofifas el suelo,
10
me convertí en caramelo;
que me incendiaste presumo,
pues mientras sigues cual hielo,
el cuerpo me hiede a humo .
Y cuando vi al malagueño,
15
a ese bizco endemoniado,
a quien oyes con risueño
semblante, y que como dueño
entra en el coto vedado,
al alma mía le distes
20
mil fatiguillas mortales,
y al alma suya confites;
pero el cuerpo le expusistes
y el corazón a puñales .
Si no apartas tu querer
25
de este bizquillo blandengue,
acaso yo le derrengue,
que no me sé contener.
¿No me ves en tu poder,
cautivo de tus cadenas?
30
¿Quieres, flor de las morenas,
matarme de un sofocón,
y que ardan mi corazón
y la sangre de mis venas?
No sabes lo que te quiero,
35
lo que me das de cuidados;
por ti me pirro y me muero,
que se te errama el salero
por todos cuatro costados.
¿Quién hay en quererte bien
40
que a mi corazón iguale?
Frito le tiene el desdén,
como buñuelo en sartén
rabiando porque no sale .
Tendió mi alma enamorada el vuelo
en la noche serena,
por la extensión del adormido cielo
buscando la deidad que me enajena.
En el centro evoqué del bosque
umbrío
5
su aparición divina;
vi su llanto en las perlas del rocío,
su mirada en la estrella matutina.
Fijé con ansia de la fuente pura
en el cristal los ojos,
10
y la imagen vi en él de su hermosura
sin velo, sin desdén y sin enojos.
Y pensé oír la mística
armonía
de la creación entera,
y me infundieron dulce poesía
15
el alba y la apacible primavera.
Responder parecían a mi acento
el agua en sus murmullos,
en su delgada voz el manso viento,
la paloma en sus lánguidos arrullos.
20
Así, en la primavera de mi vida
sentí y encontré amores
en la remota luz y en la escondida
alma de las estrellas y las flores.
Ora en el mundo, para mí desierto,
25
falta la vida arcana;
las ondinas y sílfides han muerto;
murió toda existencia sobrehumana.
Ni la brillante mensajera leve
en el iris se posa,
30
ni la rueda de amor Ciprina mueve,
ni besa a Endimión la casta diosa.
El eco no repite mi suspiro,
mustias las flores veo;
vagan los astros en callado giro.
35
¿Do habrá el ser que responda a mi deseo?
Tan sólo en ti, bellísima
María,
tal vez amor encierra
y me guarda la gloria y la poesía
que me robó del cielo y de la tierra.
40
Si eres, pues, de los sueños que yo adoro
manantial suave,
mi vida enlaza con tu crencha de oro
y de mi corazón toma la llave.
¡Oh, quién pintar supiera
la dulce primavera
de tus floridos años,
tu gracia y tu candor!
Amargos desengaños
5
roban el alma mía
luz para la poesía,
hechizos y color.
¿Qué gloria, qué hermosura
que de tu alma pura
10
no guarde el santuario
podré mostrarte yo?
Con afán temerario,
su ya cansado vuelo
a tu espléndido cielo
15
mi fantasía alzó.
Mas si hasta allí volara,
a la deidad preclara,
¿qué ofrenda peregrina
pudiera presentar?
20
Cual antorcha mezquina
en la radiante esfera
del sol, cual perla fuera
en el índico mar.
Porque, al mirarte ahora,
25
de la vida en la aurora,
esperando un risueño
dorado porvenir,
no hay celestial ensueño
ni poesías divinas
30
con las que tú imaginas
que logren competir.
En tus dormidos ojos,
sobre tus labios rojos,
de tu semblante bello
35
en la noble expresión,
aparece el destello
de la poesía arcana
en que vive y se ufana
tu virgen corazón.
40
Si la pradera verde
que su frescor no pierde,
y el ancho soto umbrío
que suele guarecer
en el ardiente estío
45
al sediento viajero,
del oculto venero
indicio pueden ser.
Tu severa mirada,
tu frente despejada,
50
tu sonrisa, y el puro
carmín de tu rubor,
dan indicio seguro
del bien que hay en tu seno
de pesar libre, lleno
55
de inocencia y de amor.
Con tan rico tesoro
más preciado que el oro,
con ese de poesía
limpio manantial,
60
¿cómo competiría
mi espíritu agotado?
¿Cómo el invierno helado
con la pompa vernal?
No nace en el desierto
65
de mi corazón yerto
una flor solitaria
que poner a tus pies.
Trocáronse en plegaria
mis alegres canciones,
70
fuente de inspiraciones
mi dolor sólo es.
¿Por qué mis versos quieres,
si tú poesía eres,
Blanca Rosa temprana,
75
espíritu gentil?
La luz de la mañana
en tu mirada brilla,
adorna tu mejilla
la gala del abril.
80
La flor que te embelesa,
el aire que te besa,
la luz que te circunda,
la noche, el cielo, el mar,
la luna moribunda,
85
las pálidas estrellas
con mil poesías bellas
te quieren regalar.
Préstales grato oído,
y el profundo sentido
90
del inefable canto
vendrás a comprender,
y en tan sublime encanto
tu mente embebecida,
gozará nueva vida
95
y mágico placer.
Y a la vaga armonía
que amorosa te envía
en la estación amena
la rica creación,
100
de fe y deleites llena
responderá tu alma,
convertida tu calma
en dulce agitación.
Así, cuando la aurora
105
de rosicler colora
el oriental zafiro,
los bosques y la mar,
en lánguido suspiro,
perfumes dan las flores,
110
las aves tus amores
se ponen a cantar.
Madrid, 1863.
Si el sol de primavera
en la pradera posa
la mirada amorosa,
florece la pradera.
Si tu beldad quisiera
5
en mí suavemente
posar la refulgente
luz de tus ojos bellos,
infundiera con ellos
la poesía en mi mente.
10
Pues si nacen las flores
del sol al vivo rayo,
y en las noches de mayo
vuelven los ruiseñores
a cantar sus amores,
15
bien tu mirar podría
volverme la poesía
a su antigua morada,
desierta y olvidada
dentro del alma mía.
20
Así tan sólo creo
que tendría mi canto
de tu ser el encanto,
esfera del deseo;
la que en tus ojos veo
25
simpática dulzura,
los que en tu boca pura
destila, cuando ríes
en perlas y rubíes
aromas y frescura.
30
Acaso yo lograra
cifrar en mis canciones
las bellas ilusiones
que tu mirar declara;
y el candor, y la rara
35
discreción que revela,
y las dichas que anhela
tu alma pudorosa,
y aquella luminosa
región por donde vuela.
40
Diera el ingenio mío
entonces, Genoveva,
maravillosa prueba
de su elegancia y brío;
¡mas yo propio me río
45
del imprudente ruego!
¿Quién me asegura luego,
al sentirme inspirado,
de no morir quemado
en tan hermoso fuego?
50
Madrid, 1863.
El sol con más viva llama
el aire dora y fecunda,
y ya sus lazos de hielo
el arroyo desanuda;
retrata en limpios cristales
5
las estrellas y la luna,
y fértiles prados riega
por donde corre y murmura.
Ya la golondrina errante
su antigua morada busca,
10
y ya vuelve el ruiseñor
a cantar en la espesura;
salpicada con aljófar
del rocío o de la lluvia,
cubre y tapiza los campos
15
la verde hierba menuda.
A fresco búcaro huele
la tierra, cuando se enjuga.
Ora nacen, cual primicias
del amor, la linda y pura
20
flor del almendro temprana
que la primavera anuncia,
y la púdica violeta
que entre las hojas se oculta.
Así nació Blanca Rosa,
25
como la violeta púdica,
como la flor del almendro,
prenda de amor y ventura.
Madrid, 1864.
A las cuatro, mañana
te espero, vida mía.
Por nuestro amor te pido
que acudas a la cita.
Imaginar no puedes
5
cuánto me martiriza
el esperar en balde
tu anhelada venida.
Desasosiego extraño
todo mi ser agita,
10
dos o tres horas antes
de la hora convenida.
No da tantos paseos
en su jaula la ardilla;
no corre más un toro,
15
si el tábano le pica.
Inútil es que piense
sino en lograr la dicha
de recibirte, y luego
besarte en las mejillas,
20
que la emoción y el susto
con púrpura matizan
y a la que da frescura
el aura vespertina.
No leo, si te aguardo,
25
porque las letras brincan,
y donde decir deben
Dios o
filosofía ,
dicen
amor, abrazos ,
y
besos y
Melisa .
30
No sé escribir tampoco,
porque la mente mía
el discurso y las frases
concertadas olvida,
y tan sólo recuerda
35
la obscura letanía
o la inarticulada
confusa retahíla
de suspiros y ayes
que la pasión nos dicta:
40
rudimentos fecundos
de la lengua divina,
que más tarde sabremos
en la región empírea,
al gozar con los ángeles
45
de la visión beatífica.
En fin, cuando te espero,
la duda me atosiga:
los celos, si te tardas,
me matan y la ira;
50
y siento, si no vienes,
honda melancolía.
Pero, si al cabo oigo
sonar la campanilla,
me parece que suena
55
la célica armonía.
Vuelo a la puerta, abro,
y al verte tan bonita,
con tu mirar de fuego
y tu blanda sonrisa,
60
enamorada el alma
a tus plantas se inclina,
y agradecido beso
hasta el polvo que pisas.
Madrid, abril de 1867.
Sueño, al mirar tus ojos, que suspiro
en dura cárcel. Por estrecha reja
cielos y montes enriscados miro;
un limpio lago su beldad refleja.
Flores, menuda hierba, bosque ameno
5
forman el cerco del hermoso lago:
ni ondas riza en su faz ni da a su seno
inquietud o rumor el aire vago.
Aquel silencio en soledad arcana,
a contemplar y a comprender incita
10
césped, árboles, montes, flor temprana,
ambiente claro y bóveda infinita.
Con difusos rubíes y con oro
de los cerros el sol ciñe la frente
pero su oblicuo resplandor ignoro
15
si emana del ocaso o del Oriente.
Tal vez al alba allí guarden cautiva
benignas hadas entre lindas flores;
allí tal vez perpetuamente viva
la lozana estación de los amores.
20
Vuelvo a mirar tus ojos con profundo
mirar, y el pensamiento se figura
que el lago en su cristal retrata el mundo
con más rara beldad, con luz más pura.
Todo mejor en su tranquilo espejo:
25
más armónico todo y delicado,
copia torpe es el mundo. Es el reflejo
de inasequible perfección dechado.
Poema euskero, místico y picante
Orlas de espuma cándida y rizada
formaba el onda apenas
de la playa al tenderse en las arenas.
Entre nubes velada,
la luna iba bordando
5
con fulgor argentino
los árboles, las peñas y las flores;
y sobre el haz del agua rielando,
comunicaba encanto peregrino
al mar, al aire, al valle y los alcores.
10
Lenta y vaga la brisa
entre robles y acacias suspiraba,
dando a las hojas leve movimiento.
Con blanda voz sumisa
el mar se querellaba,
15
y con sumisa voz gemía el viento.
Desvaneciendo su perfil altivo,
su diadema ocultando de castaños,
y de espontáneo helecho primitivo,
como en pliegues extraños
20
de ceniciento velo,
los montes en la niebla se envolvían:
pocas estrellas pálidas rompían
la obscuridad del adormecido cielo.
El monótono son acompasado
25
de aura tan mansa y mar tan sosegado,
más que el silencio mismo, convidaba
al reposo y al sueño.
Yo tan sólo velaba,
que el pensamiento de mi mente dueño
30
con despiadado empeño
en no cerrar mis ojos se obstinaba.
Miraba yo la patria esclarecida
del indómito vasco armipotente,
do antigua y santa libertad se anida,
35
do presta al cuerpo robustez y vida
el sano, puro y campesino ambiente;
do tienen su morada
la sobriedad, la rústica inocencia
y las costumbres de la edad de oro:
40
donde el aura vital no está viciada;
donde las dudas de profana ciencia
de ilusiones no roban el tesoro.
Temiendo que el tesoro se perdiera,
dije, dando un suspiro:
45
«¿por qué el suelo que miro
ha de hollar tanta gente forastera?
¿Por qué el desocupado cortesano
ha de venir aquí cada verano?
Graves negocios y placer impuro
50
abandona en la corte, y se encamina
de Guipúzcoa al pacífico seguro
que con galas y vicios contamina;
desprecia la sardina,
el rubio corrocón, la tenue angula,
55
y la rica borona suculenta;
sueña con la exótica cocina,
que sólo ya su melindrosa gula
y su embotado paladar contenta.
¡Ay! ¡Cuánto mi recelo se acrecienta
60
de que estas sucesivas invasiones
han de viciar aquí los corazones!
Pronto, quizá, del madrileño el trato
traerá mil peligrosas novedades:
la zagala tal vez de más recato
65
a ser vendrá terrible
cocodeta ;
por el can-can se olvidará el zorcico,
vencerá a la pelota la ruleta
y modas de París habrá en Motrico.
¡No permitan los cielos
70
que se cumplan jamás tales recelos!
¡Oh, númenes! ¡Oh, genios tutelares
de los hijos robustos de Vasconia,
proteged sus hogares
contra disgustos, vicios y pesares
75
que vienen de Madrid con la colonia!»
No bien mi soliloquio concluía,
cual si acudiese pronta a mi conjuro,
una visión lindísima y graciosa
vi que, tomando cuerpo, por el puro
80
aire hacia mí venía,
y en el andar reconocí a una diosa.
Cual vence a la tortuga perezosa
el cóndor, que por cima
del ingente Sorata se sublima,
85
y en sus nieves eternas
abate el vuelo y un instante para,
vence la esbelta ninfa a la Pinchiara
en ligereza y en vigor de piernas.
La extensión que de un brinco salvar puede,
90
sin violentarse y sin hacerse daño,
mil veces al tamaño
multiplicado de su cuerpo excede.
Era la vestidura
de la ninfa gentil bastante obscura;
95
del color de la pasa de Corinto;
mas tenía metálicos fulgores,
y tornasol distinto,
y visos y cambiantes seductores.
Todo la vista halaga
100
de la luz al destello,
y da envidia al más bello
férreo dije del hábil Zuloaga.
Ya la ninfa a mi lado
así habló con acento almibarado:
105
«Yo soy, yo soy la diosa protectora
de esta región y del que en ella mora.
Por el Amor del Caos fecundado
no bien brotó la vida,
de Guipúzcoa, mi tierra preferida,
110
me mostré en la comarca;
mas difundí al momento mis legiones
por cuanto alumbra el sol y el mar abarca,
colonizando incógnitas regiones,
que no vieron Colón ni los Pinzones,
115
y ejerciendo mis bríos
en los climas templados y en los fríos,
desde Bootes a la austral Corona
y de la helada hasta la ardiente zona.
Mas no pienses que vivo como en esta
120
mísera tierra viven los humanos;
naturaleza próvida me presta
para mansión feliz claustros arcanos.
Tal vez de hermosa seda y fresco lino
tiendas tengo y alcázar peregrino;
125
montes tal vez esféricos paseo,
amasados con leche y con claveles,
que vida tienen y calor muy grato,
olor, lustre y aseo;
y tal vez por vergeles
130
y cañadas y bosques me recato,
do tropical vegetación germina,
en que bambú dorado
o negro como endrina
sombrea el terso suelo sonrosado.
135
Allí, si el labio ardiente
aplicando, mi sed apagar quiero,
de rubíes un círculo hechicero
se forma, y en el círculo una fuente;
y de la fuente mana
140
tibio licor más rojo que la grana.
No del Parapamiso
como Soma en las faldas hacer quiso,
o cual Baco en la India o en la Tracia,
quiero yo hacer la gracia
145
de darme cual bebida o alimento
para regenerar al ser humano,
y prestar a su espíritu sediento
algo del ser divino y soberano;
el hombre más se endiosa y más se eleva
150
si la divinidad su sangre prueba.
Así hago, yo; y al
cocodés canijo
con esta transfusión desvelo y ardo,
achicharro y aflijo;
soy el bu de la gente de buen tono;
155
mas al hombre que viste paño pardo
sólo dulces cosquillas proporciono.
A la simple pastora,
que los misterios del amor ignora,
con mi comezoncilla suavemente
160
despierto los sentidos y la mente;
o ya picando en sitios reservados,
por el pudor ocultos y velados,
excito a la pastora a que los vea,
y en su propio donaire y hermosura,
165
merced a mi inocente travesura,
ella inocentemente se recrea.
En cambio, al perfumado señorito
y a la dama alfeñique
les causo el más incómodo prurito
170
y están siempre temiendo que les pique.
Por tal arte consumo sus entrañas
hasta que al fin se van de estas montañas.»
Así dijo la ninfa. Luego vuela
y vierte aroma por los aires puros.
175
Y en blanco lienzo primorosa estela,
ristra o collar de glóbulos obscuros,
de perlas negras, ónix y amatista,
me deja, al alejarse de mi vista.
Yo, henchido entonces de entusiasmo fiero,
180
mi cuerpo todo con las uñas hiero.
Deva, septiembre de 1871.
¿Qué escribirá en tu abanico
la cansada musa mía?
¿No eres tú de la poesía
venero inexhausto y rico?
Bástele, pues, al liviano
5
azote del fresco viento,
que le perfume tu aliento
y que le estreche tu mano.
Y que su luz seductora
velando en él tu mirada
10
le trueque en nube dorada
por el fulgor de la aurora.
Madrid, 1873.
Al volver la primavera
reverdece la pradera,
y nacen lozanas flores;
las aves cantan amores;
brota la vida doquiera.
5
Cuando la rosada aurora
difunde su luz amiga
perfumes mil vierte Flora.
Cuando el sol los campos dora
maduran fruto y espiga.
10
Al rocío bienhechor
el cáliz abre la flor;
y ostenta todas sus galas,
si del céfiro las alas
la acarician con amor.
15
Tú eres alba, sol, rocío,
primavera, aura vital;
pero agostó el hado impío
en el pensamiento mío
el jardín de lo ideal.
20
En vano vierte su llama
el sol en estéril suelo,
no le fecunda y le inflama;
en balde perlas derrama
allí compasivo el cielo.
25
La canora Poesía
de mi seno se apartó
y, seca la fantasía,
ni aroma ni melodía,
ni flor alguna guardó.
30
Mas si el ingenio está incierto,
el corazón está vivo.
Alba, sol, ven al desierto,
que un oasis encubierto
para albergarte apercibo.
35
Las que oculta mi amistad
en su centro, aves y flores
de inenarrable beldad
música darán y olores
si alumbras su soledad.
40
Madrid, junio de 1873.
El plácido arroyuelo
rompe el lazo de hielo,
y desatado en onda cristalina
fecunda la pradera.
Flora presta sus galas a Ciprina;
5
reluce Febo en la celeste esfera,
y en la noche callada
la casta diosa a su pastor dormido,
con trémulo fulgor, besa extasiada.
Del techo antiguo y a suspender su nido
10
ha vuelto ya la golondrina errante;
dulces trinos difunde Filomena;
el mar se calma, el cielo se serena;
sólo Céfiro amante,
oreando la hierba en los alcores,
15
y acariciando las tempranas flores,
con música y aroma el aire agita.
En la rica estación de los amores
amor en todo corazón palpita;
pero en el alma del zagal Mirtilo
20
halla perpetuo asilo.
Allí ingenioso el dios labra un dechado
de gracia encantadora,
donde con fiel esmero ha retratado
a Clori bella, a la gentil pastora,
25
por quien Mirtilo muere.
Clori, en tanto, amistosa y compasiva,
quiere que el zagal viva,
mas amarle no quiere;
antes, dicen que piensa dar su mano
30
a un rabadán anciano.
Con celos el zagal su pena aumenta,
y así en la selva oculto se lamenta:
-¡Tú no sabes de amor, encanto mío!
¡Ah! Tu ignorancia virginal te engaña.
35
Seré merecedor de tu desvío,
mas no comprendo la ilusión extraña
que a dar tanta beldad te precipita,
inútil don, tesoro inmaculado,
a la vejez marchita.
40
La amapola del prado
no despliega la pompa de sus hojas,
de púdico amor rojas,
hasta que el sol derrama
en su velado seno estiva llama;
45
ni la rosa se atreve
a abrir el cáliz entre escarcha y nieve.
No censurara yo que Galatea
al cíclope adorase: la hermosura
bien en la fuerza y el valor se emplea;
50
bien con estrecho, cariñoso nudo,
la hiedra ciñe firme tronco rudo.
Mas nunca a quien apenas
sostener puede el peso de la vida
a llevar sus cadenas,
55
si dulces, graves, el amor convida.
Huyen del mustio vicio las Camenas;
si la flauta de Pan su labio toca,
allí perece el desmayado aliento,
sin convertirse en melodioso viento,
60
y la risa del sátiro provoca.
Con vacilante pie mal en el coro
de ninfas entra; y el alegre giro
y canto de las Ménades sonoro,
o con flébil suspiro,
65
o con dolientes ayes turba acaso;
que, en el misterio de la santa orgía,
ni el hierofante el tirso le confía,
ni él llega hasta la cumbre del Parnaso.
¡Ay, Clori! ¿Qué demencia te extravía?
70
Ya que por ti se pierde
mi tierno amor, mi juventud lozana,
de frescas rosas y de mirto verde
no ciñas ora una cabeza cana.
Trepa la vid al álamo frondoso,
75
y a la punzante ortiga
deja que adorne el murallón ruinoso.
¿Qué riesgo, qué fatiga
no aceptará mi amor por agradarte?
Por ti en el bosque venceré las fieras;
80
por ti el furor arrostraré de Marte,
y el rey de las praderas,
cuya bronceada frente
arma ostenta terrible, que figura
de nueva luna el disco refulgente,
85
de mi garrocha dura
sentirá en la cerviz la picadura.
El rabadán, por la vejez postrado,
tu solícito afán reclamaría,
¡oh Clori!, mientras yo, por tu mandado,
90
al abismo del mar descendería,
sus perlas para ver en tu garganta,
y acosaría al lobo carnicero,
su hirsuta piel con plomo o con acero
ganando para alfombra de tu planta.
95
Alucinada ninfa candorosa,
desecha ese delirio que te lleva
a ser del viejo rabadán esposa.
Pues ¡qué!, ¿te he dado en balde tanta prueba
de amor? Ya ves que por seguirte dejo
100
el templo de Minerva y los vergeles
por do Betis copioso se dilata.
De mis padres me alejo,
y huyo también de mis amigos fieles
para sufrir crueldades de una ingrata.
105
No estriba tu desdén en mi pobreza,
que no oculta tan bajo sentimiento
tu noble corazón, y ni en riqueza
me vence el rabadán, ni en nacimiento.
Sólo un funesto error, una locura,
110
¡oh Clori!, ¡oh rosa del pensil divino!,
le hará exhalar tu aroma y tu frescura
entre las secas ramas del espino;
te hará romper el broche delicado,
no para abril, para diciembre helado.
115
No así me hieras, si matarme quieres;
mira que así te matas cuando hieres.
Madrid, 1876.
En la vid, con sus pámpanos lozana
relucen cual topacio los racimos.
Quita lluvia temprana
al alma tierra la aridez estiva,
y los frutos opimos
5
medran con nuevos jugos en la oliva
y en el almendro que entre riscos brota.
Recobra el claro río
el caudal que perdiera en el estío;
y el áspera bellota
10
se madura y endulza entre el pomposo
follaje, donde el viento,
para las gentes de la edad primera,
con fatídico acento
la voluntad de Júpiter dijera.
15
No, como en primavera,
el campo está de flores matizado;
que el labrador cansado
en las flores cifraba su esperanza,
y ora en cosecha sazonada alcanza
20
el premio de su afán y su cuidado.
Embalsama el membrillo con su aroma
los céfiros ligeros;
y en el limón y en la madura poma,
y en los sabrosos peros
25
el oro luce y el carmín asoma,
que brillaron en rosas y alelíes;
mientras, por celos de su flor, empieza
romper la granada su corteza,
descubriendo un tesoro de rubíes.
30
Con la otoñal frescura
nace la nueva hierba, y su verdura
la palidez de los rastrojos cubre.
Serena está la esfera cristalina,
y hacia el rojo Occidente el sol declina
35
en una hermosa tarde del octubre.
Filis, la pastorcilla soñadora,
bella como la luz de la alborada,
abandonando ahora
su tranquila morada,
40
va de las Ninfas a la sacra gruta;
y en vez de flores, por presente lleva
un canastillo de olorosa fruta,
con que a vencer la resistencia prueba
que hacen a sus amores
45
las Ninfas que en el suelo
a Cupidos traviesos y menores
dan vida y ser contra el amor del Cielo.
No bien el antro con su planta huella,
donde reinan las sombras y el reposo,
50
con terror religioso
se estremece la tímida doncella.
Su presente coloca
de las silvestres Ninfas en el ara,
y altas razones de prudencia rara,
55
que pone el Numen en su fresca boca,
con esmerada concisión declara:
«Ninfas, no os ofendáis de mi desvío;
no deis vuestro favor a los zagales
que cautivar pretenden mi albedrío.
60
Son como los rosales,
que lucen mucho en la estación florida
y dan amarga fruta desabrida.
De su orgullosa mocedad el brío
apetece y no ama;
65
y con enojo en sus palabras leo
que poética llama
ni ennoblece ni ilustra su deseo;
y que el conato que imprimió natura
en todo ser viviente,
70
no se acrisola allí ni se depura
del cielo con la luz resplandeciente.
Ya sé que los Cupidos,
vuestros hijos queridos,
dan a la tierra su virtud creadora;
75
mas el amor, que en el Empíreo mora,
esa misma virtud en ellos vierte,
y difunde doquier su vida arcana,
vencedora del mal y de la muerte.
Pues bien; la que se afana
80
los misterios ocultos y supremos
por saber de este Amor, ¿lograrlo puede
con un zagal sencillo y sin doctrina?
Las que tesoro tal gozar queremos,
¿no es mejor que busquemos
85
al varón sabio a quien el Dios concede
el vivo lampo de su luz divina?
Por esto, Ninfas, a mi Irenio adoro:
como en arca sagrada,
guarda dentro del alma inmaculada
90
del Amor el tesoro;
y arde su llama bajo el limpio hielo
conque el tenaz trabajo de la mente
corona ya su frente,
como corona el cano Mongibelo.
95
Así Irenio recobra por la ciencia
lo que roba del tiempo la inclemencia.
¡Cuánto zagal con incansable mano
toca el rabel en vano
por carecer de gracia y maestría;
100
mientras que Irenio, con su blando tino
y su plectro divino,
produce encantadora melodía,
y hace sentir al alma lo que quiere,
no bien la cuerda hiere!
105
Si el zagal inexperto
persigue al perdigón en la carrera,
o le pierde o le coge medio muerto
mas la diestra certera
pone Irenio prudente
110
en el oculto nido,
do el pájaro reposa con descuido,
y su pluma naciente
sin destrozar, sus alas no fatiga,
y le aprisiona al fin para su amiga.
115
Ni resplandece menos el ingenio
del doctísimo Irenio
en componer cantares
y en referir historias singulares.
Cuando me alcanza de la rama verde
120
la tierna nuez, la alloza delicada,
elige lo mejor, sin tronchar nada.
Cuando algún corderillo se me pierde,
él le busca, y a casa me le lleva;
y de continuo me regala y prueba
125
su cariño sincero,
o haciendo con esmero
de los huesos de guinda
ya un barquichuelo, ya una cesta linda,
o enseñando a sacar a mi jilguero
130
el alpiste menudo
de entre mis labios con su pico agudo.
Tan sólo me perturba y me desvela
que Irenio a veces con el alma vuela,
por donde de su amor terreno dudo,
135
pero si Irenio de verdad me amara,
mayor triunfo sería
el lograr la victoria,
no de pastoras de agraciada cara,
sino de la poesía,
140
de la ciencia, del arte y de la gloria.»
Irenio a Filis, escondido, oía;
y apareciendo y dándole un abrazo,
dijo con modestísima dulzura:
«Este amoroso lazo,
145
que labra mi ventura,
en vano, Filis, explicar pretendes
con tus alambicadas discreciones.
¡Ay, candorosa Filis! ¿No comprendes
que, a pesar del saber que en mí supones,
150
amor no te infundiera
tu rabadán si muy anciano fuera?
Cuando mi amor al del zagal prefieres
por viejo no, por rabadán me quieres.»
Madrid, 1876.
Perseguida la tímida paloma
por un buitre, volaba, y en el seno
del monarca Usinar halló refugio.
-Siempre fuiste, señor, entre los reyes
dechado de justicia, dijo el buitre:
5
¿Por qué en mi daño la justicia olvidas?
Mi prescrito alimento no me robes.
Me aflige el hambre. Tu deber no cumples
si mi comida en tu poder retienes.
-¡Oh poderoso buitre! De ti huyendo
10
trémula vino la paloma, en busca
de que yo fuese amparo de su vida.
¿Cómo no entiendes que el deber más alto
es para mí salvar de su enemigo
a quien vino en mi seno a refugiarse
15
y puso en mi lealtad su confianza?
La vaca asesinar, madre del mundo,
y matar a un brahmán y al refugiado
en angustia dejar y en abandono,
tres hechos son iguales en la culpa.
20
-El alimento todo lo sostiene;
tomándole, la fiera crece y vive;
y si es duro y terrible que le tome,
sin él no puede sostener la vida.
Esta fuerza vital me abandonara,
25
hundiéndome en el reino de la muerte,
no bien yo repugnase mi alimento;
y, yo expirando, luego morirían
mi dulce esposa y mis hijuelos caros.
Ve, pues, cómo si amparas la paloma,
30
a inevitable muerte nos condenas.
Lucha un deber con otro. Habiendo lucha,
no hay deber verdadero. Sólo cuando
no impiden un deber otros deberes,
el deber es real. Si se combaten,
35
siempre el deber mayor cumplir importa
Rey, el deber mayor conoce y cumple.
-¡Sabio y hermoso tu discurso ha sido!
¡Bien del deber penetras la doctrina!
De las aves el rey, eres acaso,
40
el ínclito Suparn, que nadie ignora.
Pero ¿cómo ser lícito pretendes
al refugiado abandonar? Escoge
Para ti de mis campos lo que gustes:
búfalos, toros, ciervos, jabalíes.
45
Di si algo más para comer te falta,
y haré que en el momento lo presenten.
-Yo de toros y búfalos no vivo;
ni jabalíes ni venado quiero.
El alimento que el Criador me ha dado
50
es la paloma. Dame la paloma.
La paloma nació con el eterno
destino de que el buitre la devore.
-¡Oh pájaro soberbio! Yo la tierra
te doy de los Sivires: cuanto anheles
55
te doy; mas la paloma no me pidas
que a ponerse llegó bajo mi amparo.
-Ulsinar, rey del mundo, pues que amas
a la paloma tanto, da por ella
tu propia carne, en peso equivalente.
60
-¡Oh buitre! Fácil es lo que propones.
Pondré mi propia carne en la balanza.
El rey, sin vacilar, cortó un pedazo
de su carne; pesola, y al pesarla,
halló que más pesaba la paloma.
65
Volvió a cortar más carne de su cuerpo,
y siempre la balanza se inclinaba
de la paloma al mayor peso. Entonces
con la sangrienta y destrozada carne,
se puso en la balanza Usinar mismo.
70
-Indra soy, rey del cielo, dijo el buitre,
y la paloma es Aquí, dios del fuego.
A probar tu virtud hemos bajado
hasta la tierra, ¡oh príncipe piadoso!
Al cortar tú la carne de tu cuerpo
75
has conquistado en el extenso mundo
eterna fama y clara nombradía;
y hablarán en tu encomio los mortales
mientras dure el asiento que en el cielo
te preparan los dioses. Así dijo
80
Indra, y al cielo se elevó glorioso.
También por su virtud Usinar justo
el cielo conquistó, y en pos de Indra
subió luciente a la eternal morada.
El rey de Anga, Lomapad glorioso,
a un brahmán ofendió, no dando en pago
de un sacrificio lo que dar debiera
irritados entonces los brahmanes,
salieron todos de su reino: el humo
5
del holocausto al cielo no subía;
Indra negaba la fecunda lluvia,
y la miseria al pueblo devoraba.
Lomapad, consternado, saber quiso
el parecer de los varones doctos,
10
y los llamó a consejo, y preguntoles
qué medio hallaban de aplacar la ira
del dios que lanza el rayo y amontona
en el cielo del agua los raudales.
Mil sentencias se dieron; mas al cabo
15
el más prudente de los sabios dijo:
Escucha, ¡oh rey!, mientras brahmán no haya
que sacrificio en este suelo ofrezca
Indra no saciará la sed, abriendo
el líquido tesoro de las nubes.
20
Los brahmanes movidos del enojo,
al sacrificio no se prestan. Oye
para cumplir el venerando rito,
cómo hallar sólo sacerdotes puedes.
En la fértil orilla del Kausiki,
25
en lo esquivo y recóndito del bosque,
del trato humano lejos, su vivienda
Vifandak tiene, el hijo de Kasyapa,
brahmán austero y penitente. Vive
en el yermo con él, su único hijo,
30
el piadoso mancebo Risyaringa,
no vio a más hombres que a su padre nunca;
sólo frutas silvestres, hierbas sólo
y licor sólo que entre rocas mana,
alimento le dieron y bebida.
35
Tan inocente y puro es el mancebo,
que de lo que es mujer no tiene idea;
manda, Pues, rey, que una doncella hermosa
vaya al bosque, le hable, y con hechizos
de amor, cautivo a la ciudad le traiga.
40
No bien sus pies en tus sedientos campos
la huella estampen, no lo dudes, Indra
dará propicio el suspirado riego.
Así habló el sabio, y su atinado
aviso
agradó mucho al rey. Dinero y honras
45
prometió Lomapad a la doncella
que hábil trajese al candoroso joven;
pero todas miraban con espanto
de Vifandak la maldición terrible,
y exclamaban: -¡Oh príncipe!, perdona,
50
no llega a tal extremo nuestra audacia.
En tanto, iban mostrándose tan fieras
la sequía y el hambre, que perdieron
toda esperanza el rey y sus vasallos;
cuando Santa, del rey única hija,
55
virgen, por su beldad maravillosa,
modestamente se acercó a su padre,
y así le habló: -Si quieres, padre mío,
yo he de intentar que venga a nuestra tierra
el joven que no vio seres humanos.
60
Con gran contento, el rey escuchó a Santa,
y al instante dispuso que una nave
se aprestara, de flores y verdura
cubierta por doquier, como retiro
feraz de bienhadados penitentes.
65
Peregrinando en ella con su hija,
fue contra la corriente del Kausiki,
hasta llegar al prado y a la selva
mansión de Vifandak el solitario.
Con discretos consejos de su padre,
70
para tan ardua empresa apercibida,
Santa desembarcó, y entró en la choza
do el mancebo por dicha estaba solo.
-Dime,
muni -le dijo-, si te place
la penitencia aquí? ¿Vives alegre
75
en esta soledad? ¿Tienes en ella
abundancia de frutos y raíces?
-Tengo -contestó el joven-; mas ¿quién
eres
que como llama refulgente luces?
Bebe el agua mía; te suplico
80
que mis flores aceptes y mis frutos.
-Allá en mi soledad -replicó Santa-,
al otro lado de los altos montes,
nacen flores más bellas y olorosas;
son los frutos más dulces, y es más clara
85
y más salubre el agua de las fuentes.
-¡Oh huésped celestial! -dijo el mancebo-,
algún ser superior eres sin duda.
Yo me postro a tus plantas y te adoro,
como adorar debemos a los dioses.
90
-¡Ah, no! Tú eres mejor, tú eres perfecto,
y adorarme no debes; yo rechazo
la no fundada adoración; permite
que te dé paz como se da en mi patria.
Cediendo en parte entonces al consejo
95
discreto de su padre, y al impulso
del corazón también, Santa la bella,
al cuello del garzón echó los brazos,
y le dio un beso, y llena de sonrojo
huyó a la nave do su padre estaba.
100
Volvió del bosque Vifandak en esto,
grave, terrible, penitente, todo,
desde los pies a la cabeza, hirsuto.
-¡Hijo! -exclamó-, ¿porqué has
holgado, hijo?
Ni partiste la leña, ni atizaste
105
el fuego, ni lavaste la vajilla,
ni la vaca cuidaste, ni el becerro.
Mudado me pareces. ¿En qué sueñas?
¿Qué cavilas? ¿Sabré lo que ha
pasado?
-Un peregrino -respondió el mancebo-
110
estuvo por aquí, de negros ojos
y sonrosada y blanca faz; en trenzas
los cabellos caían por su espalda;
en sus labios brillaba la sonrisa;
gentil, gracioso, esbelto era su talle,
115
y en suave curva levantado el pecho;
como canta el
kokila en la alborada,
así su voz sonaba en mis oídos,
y a su andar un aroma yo sentía
como el del aura en grata primavera.
120
No quiso de mis frutos, y no quiso
agua tampoco de mis fuentes; frutos
más sazonados me ofreció y bebida
de más rico sabor, cuya promesa
bastó a embriagarme un tanto. Ciñó luego
125
con sus brazos mi cuello el peregrino,
inclinó hacia la suya mi cabeza,
tocó en mi boca con su amable boca,
hizo un susurro pequeñito y blando,
y por todo mi ser discurrió al punto
130
un estremecimiento delicioso.
Por este peregrino en vivas ansias
me consumo; do vive vivir quiero;
de que se ha ido el corazón me duele
y a hacer la misma penitencia aspiro,
135
que me enseñó, para endiosar el alma
más eficaz, ¡oh padre!, que las tuyas.
Vifandak contestó: -No te confíes,
hijo, en belleza material; a veces
van los gigantes por el bosque entrando
140
y toman bellas formas, con intento
de seducir a los varones píos
y perturbar su penitente vida.
Para buscar a Santa salió entonces
Vifandak, ciego de furor, y apenas
145
hubo salido, penetró de nuevo
la linda moza con furtivos pasos;
la vio el mancebo, trémulo de gozo,
corrió a ella y le dijo: -No te pares;
huyamos sin tardanza do tú vives,
150
no nos halle mi padre cuando vuelva.
Así Santa logró que Risyaringa
la siguiese a la nave. Dio a los vientos
la vela entonces Lomapad, y raudo
bajó por la corriente del Kausiki.
155
No bien puso la planta el virtuoso
mancebo en tierra, cuando abierto el cielo,
vertió torrentes de fecunda lluvia.
El rey, viendo sus votos ya cumplidos,
a Risyaringa desposó con Santa.
160
Volvió, entretanto, Vifandak del bosque
a la choza, y al hijo furtivo
buscó en balde doquier con saña osada;
de Anga a la capital marchó enseguida,
para lanzar su maldición tremenda.
165
Con la fatiga a reposar parose
en medio del camino, y miró en torno,
y vio praderas de abundantes pastos
y ovejas mil y lucios corderillos,
y pastores alegres. -¿Quién os hace
170
tan dichosos? -les dijo; y respondieron:
-El piadoso mancebo Risyaringa.
Siguió su marcha Vifandak, y hallaba
paz, opulencia, dicha en todas partes
y cada vez que de alguien inquiría
175
de tanto bien la causa, mil encomios
escuchaba de nuevo de su hijo.
Aduló con son grato las orejas
del austero varón tanta alabanza,
y se entibió su cólera fogosa.
180
Llegó por fin a la ciudad, en donde
le colmó el rey de honores y mercedes.
Vio feliz como un dios al hijo amado,
vio tan gozosa a la gallarda nuera,
que como luz de amor resplandecía;
185
y en torno vio rebaños florecientes
y amenos, verdes sotos, y el hartura,
y el deleite por huertos y jardines.
No pudo entonces maldecir: las manos
elevó hacia los cielos y bendijo.
190
Si toda lozanía
con la vejez se pierde
como la pompa verde
de la arboleda umbría,
cuando llega la impía
5
estación del invierno,
¿por qué ha de ser eterno?
¿Por qué también no acaba
este fervor interno
de que el alma es esclava?
10
¿Por qué del alma inquieta,
la edad que el cuerpo inclina
no ahuyenta la divina
emoción del poeta?
¿Por qué, por qué germina,
15
bajo la nieve ingrata
que abruma ya mi frente,
la esperanza que miente,
el deseo que mata?
¿Por qué, dulce señora,
20
mi corazón te adora?
Vanamente, ¡oh, vejez!, con peso grave
mis espaldas inclinas;
como en lecho de amor, grato y suave
reposo en el de espinas.
No en esta soledad pierdas el brío,
5
ni al dolor te doblegues;
brilla sereno, entendimiento mío,
y todo bien no niegues.
Mi invencible bondad, mi honda ternura,
que fue tan mal pagada,
10
prueban la elevación y la hermosura
del alma enamorada.
Aunque la adusta edad sólo te deja
dolencias y fatigas,
alma, desecha la cobarde queja;
15
no del vivir maldigas.
Si todo ser amado te desdeña
o te aborrece ahora,
con las creaciones inmortales sueña
que tu centro atesora.
20
¡Cuán fecundo venero todavía!
Basten a tu contento
los hijos que en tu fértil poesía
nazcan del pensamiento.
Vístelos en el seno de tu idea
25
de la forma que anhelen;
y, cuando su beldad el mundo vea,
con gloria te consuelen.
A su alteza la Serma. Sra. Infanta doña
Isabel de Borbón
En una función teatral a beneficio de las
víctimas de las inundaciones
Pinos y robles son manto
de Peñalara y Fuenfría,
y son las nieves diadema
que da el invierno a sus cimas.
Estas, cuando el sol las hiere,
5
como los diamantes brillan,
o en negro velo de nubes
la regia pompa cobijan.
Y de los nublados rotos,
o de nieve derretida,
10
baja el agua, que los prados
y los bosques fertiliza.
Benéfico don del cielo
cuando el hombre la domina,
a esta comarca da el agua
15
hermosura y lozanía.
El jardín llena de flores,
de hiedra el muro tapiza,
alfombra el soto de césped,
frutas en el huerto cría,
20
y quiebra del sol los rayos
y sus ardores mitiga,
suspendiendo verdes toldos
sobre las sendas esquivas
su fuerza avasalladora,
25
por el hombre dirigida,
se emplea en juegos graciosos
que embelesan a la vista.
Ora en los aires se eleva,
sierpe alada y cristalina,
30
el pujante surtidor;
ora, como plata líquida,
sobre limpio y terso mármol,
claras ondas se deslizan,
remanso apacible forman,
35
o con ímpetu caminan.
Si el ciego elemento toma
el arte humano por guía,
de utilidad o deleite
engendra mil maravillas.
40
Ya sobre gigantes arcos,
do el embate desafían
de veinte siglos las piedras
con su trabazón y liga,
a Segovia cauce aéreo
45
sus frescos raudales brinda;
ya las palas del molino
el agua corriendo agita;
y ya, hirviendo en amplio vaso,
que la retiene cautiva,
50
fuerza enorme desenvuelve
que busca en balde salida,
porque el hombre la conserva
a su voluntad sumisa,
y a surcar pronto los mares,
55
y a correr por férreas vías,
en alcázares que flotan
y en grandes carros la aplica.
Tal vez con volante rueda
impulsa esa fuerza misma
60
el telar, do lino o seda,
se transforma en tela rica.
Mas ¡ay, si libre del yugo
con que el hombre la esclaviza,
ostenta Naturaleza
65
su poderío y su ira!
El agua que creó el huerto
le inunda y esteriliza;
de cuajo arranca los árboles,
destruye casas y quintas;
70
arrebata entre sus olas
el ajuar de las familias,
a los míseros humanos
roba la hacienda y la vida,
y hunde pueblos florecientes
75
en un montón de ruinas.
La soberbia del ingenio
y el arte entonces se humillan,
y pobre la ciencia humana
nos aparece y mezquina.
80
Ya consolación y aliento
sólo la Fe suministra,
y ya la Caridad sólo
tan hondos males alivia.
En este retiro ameno,
85
que con tu bondad hechizas
y que en tu amable presencia
vierte inocente alegría,
al llegar, egregia Infanta,
las nuevas que nos contristan
90
de los horribles desastres
de Consuegra y Almería,
tu ánimo piadoso quiere
que de fiestas se desista;
mas la que hoy celebramos
95
perdonar debes benigna,
si al desventurado acude
y le socorre en su cuita,
si nuestro canto el lamento
calma un poco de las víctimas,
100
y si en limosnera honrada
ves convertirse a Talía
y enjugar algunas lágrimas
con sus burlas y sus risas.
San Ildefonso, 20 septiembre 1891.
Esta es Grecia, esta la tierra
que ya descansa en la tumba,
que fría parece bella,
que muerta tiene dulzura;
donde el alma se conmueve,
donde el corazón se anubla.
Entre la muerte sombría
brilla en ella la hermosura,
como entre las densas sombras
los relámpagos deslumbran
pero esta belleza misma
está llena de tristura,
como la flor melancólica
que crece sobre las tumbas,
rueda de fuego fosfórico
que cerca las sepulturas,
rayo vivo de luz muerta
que despedidas anuncia,
chispa, quizá, de aquel fuego
del cielo, que aunque relumbra,
ya no calienta su llama
la tierra de su ternura.
¡Tú, patria de los valientes!
¡Tú, que tienes por llanuras
la caverna de los montes
do la libertad augusta
nacer quiso, y do la gloria
encontró su sepultura!
¡Y tú, mezquino retoño
del poder y la bravura
(¡y esto sólo de ella queda!)
ven, acércate, pronuncia,
esclavo vil! ¿No son éstas
las Thermopilas augustas?
¡Hijo servil de los libres!
¿Qué mar tus costas circunda?
El golfo de Salamina.
¿Y estos sitios qué te anuncian?
A conquistarlos levántate;
de tus padres en las tumbas
arranca de sus cenizas
el rescoldo que aún relumbra
de sus primitivos fuegos;
y el que perezca en la lucha
podrá añadir a sus nombres
un nombre más de pavura,
que hará temblar a las colas
de caballo y medias lunas,
y dejará a sus hijuelos
la esperanza y fama suya,
que más debieran morir
que no deshonrarla nunca:
porque una vez principiada
de la libertad la lucha,
con sangre del padre al hijo
trasmitirase sañuda.
¡Oh sufrido testimonio!
¡Grecia! Tu página augusta
una edad no muerta aún
nos atestigua y figura.
Mientras que reyes, ocultos
en obscuridad caduca,
una olvidada pirámide
dejaron para sus tumbas,
tus héroes, aunque trofeos
de su sepulcro en las urnas
no pusieron, monumentos
más grandes les aseguran
de tu tierra las montañas
y sus gargantas profundas,
de vuestras glorias eternas
indestructibles columnas.
Granada, 1841.
Paráfrasis de un fragmento del
«Manfredo»
Orbe de luz y resplandor ufano,
tú eres un dios de gloria y majestad
antes que el hombre el escondido arcano
de tu creación pudiese investigar.
Primer agente del Señor del mundo,
que en las excelsas cimas de los montes,
muriendo o renaciendo del profundo
sobre los apartados horizontes,
con los rayos que arrojas a millones
cuando tu clara lumbre centellea
alegras los sencillos corazones
de los pobres pastores de Caldea.
Dios material, pues, como Dios, te ostentas
de eterna lumbre y de fulgor bañado,
al hombre el invisible representas
y Dios mismo su sombra te ha llamado;
Señor de los luceros luminosos
y centro del cometa fulgurante
que en los crujientes cielos espaciosos
rueda sobre sus ejes de diamante;
tú eres la fuente perennal de amores
y la vida difundes en la tierra,
temperas y abrillantas los colores,
las ricas perlas que la mar encierra;
tú calientas, ¡oh Sol!, los corazones
de todo aquel que de sus rayos vive,
Señor de las doradas estaciones,
todo tu influjo y tu calor recibe;
Monarca de los climas y las gentes,
nuestros mismos espíritus dominas
y al reflejar tu luz en nuestras frentes,
nuestras excelsas almas iluminas.
Como un volcán hirviente, de su seno
te alza del mar con pompa la mañana,
y en el cielo zafírico y sereno
tiende sus rayos tu lumbrera ufana;
y en el ocaso, con celeste gloria
te hundes en nubes de carmín y plata,
en los cielos dejando tu memoria
cinta fugaz de fúlgida escarlata.
Granada, 1841.
Por complacer al amado,
al divino Prometeo,
un cáliz lleno de néctar
minerva trajo del cielo.
Con él inspiró a los hombres
5
el santo amor de lo bello,
y puso en sus corazones
de las artes el anhelo.
Recatándose de Jove,
bajaba, y estremeciendo
10
el cáliz, algunas gotas
vertió sobre el verde suelo.
Abejas y mariposas
al punto allí concurrieron,
y hasta la deforme araña
15
gustó del licor benéfico.
Dichosas, pues, que libaron
inspiración y deseo,
y del arte con el hombre
el alto don compartieron.
20
Leyenda oriental de Tomás Moore
Del Edén a las puertas tristemente
la Peri estaba al despuntar del día;
y al ver del cielo el resplandor luciente,
que doraba sus alas inmortales,
y de la vida oyendo los raudales,
5
que allí ruedan con mística armonía,
lloró el pecado de su raza impura,
que le robó del cielo la ventura.
Y dijo: «¡Cuán dichosos
son los santos espíritus que habitan
10
los prados olorosos
en donde nacen las eternas flores,
que nunca se marchitan!
Por aspirar tan sólo los olores
de la menor entre ellas,
15
cuántas la tierra en sus entrañas cría,
debidas a mi amor, y las estrellas,
flores del ancho espacio, olvidaría.
»Del
Sin-su-hay la linfa sonorosa,
del oro en sus arenas esparcido,
20
y el lago de la fresca Cachemira,
con sus fuentes de plácido ruido,
con isla nemorosa,
que en su seno diáfano se mira,
la claridad perdieran y hermosura
25
junto a las aguas de la etérea altura.
»¡Ay si de un orbe en otro refulgente
por el espacio en maravillas rico
ansiosa tiendo el vuelo,
y en cantidad ingente
30
todos los goces junto,
y por goces sin fin los multiplico,
jamás equivaldrán a los del cielo
en un solo momento y en un punto.»
El ángel que las puertas defendía
35
del Edén, el quebranto
al mirar de la Peri, dulce llanto
de compasión vertía,
que daba a sus mejillas resplandores,
como rocío en celestiales flores.
40
Y el ángel dijo: «Hermosa desolada,
aun te es dado poder en la morada
de los santos entrar, pues del destino
dice el libro divino:
Redímase la Peri que viniere
45
trayendo de la tierra
lo que más grato a la deidad le
fuere.
Vuela, busca el presente deseado,
que te abra el cielo y limpie tu pecado.»
Cual cometa violento,
50
que hacia el disco del sol su curso guía;
como la exhalación que en la sombría
noche rasga el azul del firmamento,
dardo quizá que envía
un ángel a los genios que, en su orgullo,
55
el cielo quieren escalar, la Peri
de la celeste bóveda desciende,
cuando ya de la tierra se colora
la faz con la mirada que la aurora
de sus ojos flamígeros desprende.
60
Mas ¿dónde irá el
espíritu del viento
a encontrar el presente? «Yo, decía,
del alto Chilminar en el cimiento,
las fulgurantes piras de rubíes
y las cándidas perlas, que los genios
65
escondieron, he visto; yo poseo
la copa, de diamantes guarnecida,
de Janshid, su monarca, toda llena
del elixir de vida,
y de la Arabia amena
70
más allá, mi deseo
pueden saciar en escondida playa
los preciados aromas de Pancaya.
Mas ¿qué las joyas son, si las comparo
con el trono de Alá, brillante y claro?
75
¿Qué de la vida el elixir? Cual gota
en el profundo mar, se perdería
donde la vida del eterno brota.»
Mientras que así decía,
ya con sus leves alas conmovía
80
la Peri el tibio, perfumado ambiente
del territorio indiano,
donde descansa el férvido Océano
sobre rocas de ámbar y corales;
do las montañas en el hondo seno,
85
que fecundan los rayos celestiales,
tesoro guardan de diamantes lleno;
de cuyas fuentes, limpias y serenas,
al murmurar sonoro,
las ondinas adornan las arenas
90
con arenas de oro;
cuyos bosques de sándalo fragante
y clavo y cinamomo, el paraíso
pudieran ser de nuestra hermosa Peri.
Mas ¿por qué sus arroyos de humeante
95
sangre humana se tiñen?
Al arrullo del aura lisonjero
del moribundo el grito lastimero
se mezcla, y de las flores
los hermosos colores
100
manchan con roja sangre los que riñen.
¡Tierra del sol! ¿Quién ora,
con planta destructora,
invade tus pagodas, tus jardines,
tus sagradas cavernas? ¿Quién el trono
105
de oro y marfil de tus monarcas quiere
robar, con rudo encono
los ídolos rompiendo,
en cuyos altos templos los bramines
están los sacrificios ofreciendo?
110
Mahmud de Gasna es. Ciego de ira
se acerca, y de los reyes las coronas
en el vil polvo con desprecio tira;
adorna sus lebreles
con esplendentes joyas, arrancadas
115
de las bellas gargantas profanadas
a las indias matronas.
En el propio
Zenana ofende impuro
a la casta doncella,
y de los templos sobre el mármol duro
120
a los bramines sin piedad degüella.
La Peri, con horror, llena de enojos,
volvió a otra parte los divinos ojos,
y vio en el campo fiero
de la lucha mortal joven guerrero,
125
que defendiendo aún la patria amada,
en la mano derecha
tiene ya rota la sangrienta espada,
y en el ancho carcaj la última flecha.
«Vive, guerrero, el vencedor le dijo,
130
tú gozarás también de la victoria;
si eres del indio territorio hijo,
con él cumpliste, y alcanzaste la gloria.»
Por respuesta dispara
la flecha el héroe al invasor tirano;
135
mas ¡ay!, que parte en vano,
el hado de su pecho la separa.
El invasor aun vive,
y la muerte el héroe con valor recibe.
La Peri, que notó donde, tendido
140
en brazos de la muerte
quedó el guerrero fuerte,
viendo ya de la guerra
estar por un momento
más tranquila la tierra,
145
ligera cruzó el viento,
sosteniéndose ufana
en un rayo del sol de la mañana:
y recogió en su seno
de la sangre del ínclito soldado
150
la postrimera gota,
cuando aún el libre espíritu sereno
no había el velo mortal abandonado
su dulce unión con la materia rota.
Y la Peri exclamó, mientras el vuelo
155
a la mansión eterna dirigía:
«Este es el don que me conquista el cielo,
¡Ay!, en la lid que la ambición provoca,
o la venganza loca,
es con crimen la sangre derramada;
160
mas si se vierte por la patria amada
y sacrosanta libertad, merece
en el cielo brillar, y resplandece
de Dios ante los ojos
siempre el valiente corazón que entrega,
165
muriendo en la refriega,
a la patria sus míseros despojos,
sin doblegar al yugo
la libertad que a Dios darle le plugo.»
«Hermosa, exclamó el ángel
cuando viera
170
el querido presente entre sus manos,
el del héroe la sangre postrimera,
digna del cielo, honor de los humanos;
mas del Edén la puerta cristalina
no resuena con música divina
175
ni se abre para ti. Marcha; la tierra
un presente más santo darte puede;
aun del cielo la suerte te destierra;
si le alcanzas, el cielo te concede.»
Con la nueva esperanza,
180
en el aire el espíritu se lanza,
y buscando fortuna,
a las
montañas llega
de la luna .
De sus alas el cándido plumaje
peinó en las fuentes del soberbio Nilo,
185
cuyo origen tranquilo
en el bosque se pierde solitario,
donde al rico paisaje
dan movimiento vario,
danzas tejiendo del gigante en torno,
190
los genios mil, de su cristal adorno.
Y la amorosa ninfa discurriendo,
vio las palmas de Egipto colosales,
y multitud de moles sepulcrales,
que de sus reyes la memoria escuda;
195
y deleitose oyendo
el canto de la tórtola viuda
de Roseta en los huertos encantados,
do la hiedra lasciva al árbol trepa,
y en él ciñe sus brazos perfumados
200
la fructífera cepa.
Y contempló la Peri
de la luna el reflejo
en las inquietas alas
de los blancos pelícanos, que rompen
205
del lago Moeris el turgente espejo.
¡Hermosa escena! Más brillantes galas
nunca naturaleza
mostró en la noche obscura.
¡Qué pensara quien viese su hermosura
210
y de sus frutos la sin par riqueza!
Los bosques de palmeras que al ameno
prado inclinan la frente coronada,
como cándida virgen reclinada
de su madre en el seno:
215
las que en el llanto que la aurora vierte
bañan el cáliz, delicadas flores,
para que estén más bellos sus colores
cuando su sol querido se despierte,
los arruinados templos, cual innobles
220
sombras que cubren el vergel risueño,
como reliquias nobles
de un espléndido sueño,
tierna melancolía
en el alma infundieran. El silencio
225
tan sólo turba con su trino ahora
la calandria canora;
y cuando la sombría
nube disipa con su luz de plata
la luna, se retrata
230
en el cristal del lago, y verse deja,
con alas de zafir vivo y luciente,
la
Sultana , que exhala dulcemente
del purpurino pico débil queja.
En tan bella región ¿quién
pensaría
235
que la peste fatal sacudiría
de sus alas ardientes
el fuego matador, más violento
que en el desierto el proceloso viento,
que de arenas candentes
240
arrastra un torbellino?
Así como el simoun por donde pasa
la flor marchita, y el vergel abrasa,
marcando su camino,
por dondequiera que la peste vierte
245
su emponzoñado aliento, va la muerte.
El sol, que ayer brillaba
en la fresca mejilla
que de nítidas rosas esmaltaba
la juventud, hoy brilla
250
sobre un cadáver frío,
que ya sentir no puede
su vivo resplandor. ¡Cuán horroroso
era mirar Dios mío,
los insepultos cuerpos, de la luna
255
a la pálida luz! Los buitres fieros,
los lobos carniceros,
a pesar de su indómita fiereza,
llenos de horror huían;
mas la ciudad las hienas recorrían,
260
olvidando del bosque la aspereza.
¡Ay de aquel que sus ojos divisaba,
brillando entre las sombras cual bermejas
luces, si enfermo, en lastimeras quejas
su desgarrado corazón se ahogaba!
265
«¡Pobres humanos!, dijo compasiva
la Peri, ¡qué severa
de la Deidad la mano vengativa
vuestra caída castigó primera!
Aun guardáis del Edén algunas flores;
270
mas el rastro quedó de la serpiente
sobre ellas todas, y arrancó inclemente
de sus hojas la esencia y los colores.»
Y la Peri lloró, y el aire puro
y diáfano y brillante en torno de ella
275
relució, con el llanto
de sus divinos ojos adornado;
porque tienen encanto
las lágrimas que el hombre desgraciado
a un espíritu tierno verter hace.
280
Mas un joven que yace,
pronto a morir, abandonado y triste,
sin amor ni consuelo,
postrado vio la Peri por el suelo,
entre los limoneros que tributo
285
al valle daban de olorosa esencia,
confundidas las flores con el fruto,
cual suelen en la edad de la inocencia
los juegos y el amor andar unidos.
¡Cuán amargos gemidos
290
exhala, abandonado, el moribundo!
Nadie le vela en su dolor profundo;
nadie a dar a sus labios se aventura,
para calmar la fiebre de su seno,
una gota tan sólo de agua pura
295
del lago aquel tan fresco y tan sereno.
Ninguna voz amada
le viene a dar la dulce despedida
al alma enamorada
en el punto cruel de su partida;
300
voz que aun el alma escucha
de muerte y vida en la suprema lucha,
y cual distante música recuerda,
aunque en la ignota eternidad se pierda.
¡Pobre joven! Un solo pensamiento
305
su espantoso dolor mitiga ahora:
que no ha de padecer igual tormento
la linda virgen que su pecho adora.
En el palacio de su padre vive,
en donde el aura saludable y pura
310
de las flores recibe
aromas, de las fuentes la frescura,
mas ¿qué gallarda aparición
ligera,
de la luna al fulgor pálido brilla?
De la salud parece mensajera,
315
y en la tersa mejilla,
que trae sus rojos dones se creyera.
Es ella: desde lejos
la conoció su enamorado amigo,
del astro de la noche a los reflejos;
320
ella, que huyendo del paterno abrigo,
morir allí prefiere,
y no vivir cuando su amado muere.
Al caro amante la beldad abraza.
Y por calmar su férvida congoja,
325
la perfumada crencha desenlaza
y en el agua la moja.
¡Ay! ¡Cuándo el triste imaginar
podría
que horror debieran darle los abrazos
de la beldad en quien su amor ponía,
330
cuyos amantes brazos
más santos los creía
que allá en el cielo el misterioso nido
do un tierno querubín yace dormido!
Si antes diera la vida
335
por un beso no más de la que adora,
en tan horrible instante
tiembla al mirarla de su cuello asida,
lleno de amor el pecho sollozante,
y las mejillas, que el rubor colora,
340
de enamorado llanto;
mientras que así le dice con el santo,
nunca el amor cedido,
inmaculado labio al labio unido:
«Si el aire que respiras yo respiro,
345
¿qué me importa que en él venga la muerte?
Cuando morir te miro,
envidio sólo de morir la suerte.
Recoge tú las lágrimas que lloro.
¡Ay!, si la sangre de mi pecho fuera
350
de la salud tesoro,
como vierto este llanto, la vertiera;
no separes de mí tu rostro amigo.
¿No soy tuya, tu amante desposada,
por nuestro amor purísimo obligada
355
a vivir o a morir siempre contigo?
La sola luz de la existencia mía
eres tú; considera
si largo tiempo el alma sufriría
la noche que la espera.
360
¿La vida sin amor quién apetece?
Cuando el tallo no vive,
la flor, que de su amor vida recibe,
se marchita y perece.
Tu rostro acerca, y si el dolor impío
365
también me hiere con su espina acerba,
hoy tu labio, besando el labio mío,
la salud participe que conserva.»
Así habló, y extinguida,
su voz en un suspiro, más suave
370
que la luz de sus ojos adormida,
muerto al fin su embeleso,
ella también, con el postrero beso,
dejó en los labios de su amor la vida.
La Peri al punto arrebató ligera
375
de aquel alma, en su amor tan verdadera,
el último suspiro enamorado.
«Dormid, dijo, gentiles amadores;
dormid en lecho de inmortales flores,
lleno de luz y gloria y poesía,
380
cual la hoguera del fénix encantado,
que entre perfumes muere y armonía».
Y remontando el vuelo,
segunda vez se encaminaba al cielo
con el nuevo presente
385
de un suspiro de amor puro y ardiente,
cuando ya la mañana
volvió a tender su clámide de grana
por el zafir del cielo transparente.
Y la Peri fingía,
390
en su leda esperanza,
que entre las palmas del Edén volaba,
y ver y oír pensaba
de las huríes la revuelta danza,
y aquella incomprensible melodía
395
que forma el aura leve,
que al trono de Alá rápida nace,
cuando las flores celestiales mueve,
y su perfume en átomos deshace.
¡Ay! ¡Alentaba su esperanza en vano!
400
La puerta del Edén aun no se abría,
y el nuevo don en la radiante mano
al recibir el ángel, le decía:
«Grato es el don; su historia
escrita está sobre la frente pura
405
de Alá con luz de mística hermosura
y de perenne gloria,
y vendrán los querubes a leerla,
sobre la frente del Señor al verla;
mas del Edén la puerta cristalina
410
no resuena con música divina
ni se abre para ti. Marcha; la tierra
un presente más grato darte puede;
aun del cielo la suerte te destierra;
si le alcanzas, el cielo te concede.»
415
La Peri, entonces, descendiendo triste,
llegó a la tierra de la Siria opima,
que de rosas se viste,
y donde el sol sobre la calva cima
vierte su luz del Líbano gigante,
420
cuya frente radiante
ciñe de nieve cándida diadema,
del invierno aterido
esplendoroso emblema,
mientras que está tendido
425
a sus pies el verano
de gayas flores en vergel lozano.
¡Quién en alas del viento
de tan hermosa vista disfrutara!
¡Cuánto la luz, la vida, el movimiento
430
de sus valles y huertos admirara!
De copiosos raudales
las amenas riberas el octubre
de dulces frutos cubre,
dorados con los rayos celestiales.
435
Al alegre lagarto, por el muro
de la arruinada torre o por la falda
de la colina rápido cruzando,
trueca el color obscuro
en fúlgida esmeralda,
440
el sol sobre su lomo reflejando.
En las eras de aromas
enamoradas gimen las palomas,
a cuyas tersas alas
presta la luz tan diferentes galas,
445
como el iris luciente
que en la región del Peristán se ostenta;
y del cuadro la paz y el gozo aumenta
el son del caramillo. Dulcemente
cantan allí sus amorosas quejas
450
los sencillos pastores.
Un zumbido ligero
forman de Palestina las abejas,
buscando miel en las silvestres flores;
el corcho que prepara el cosechero
455
la abundancia desdeña,
y el panal hacen en la hueca peña
a orillas del Jordán, o en el añoso
tronco de un cedro o corpulenta encina,
en cuya copa trina
460
tal vez el ruiseñor melodioso.
Mas nada place de la Peri al alma;
sus alas la fatiga
dobló; sólo la calma
enhela ya del cielo;
465
del sol la luz amiga
no le presta consuelo,
aunque limpia y hermosa reverbera
del templo de Balbec en las columnas,
do adoración al sol y gloria diera
470
la multitud; ahora,
si, a pesar de la mano destructora
del tiempo, las columnas se salvaron,
yertas aún entre el inmenso escombro,
refieren al presente con asombro
475
el poder de los siglos que pasaron.
«Quizá, pensó la Peri, que un
secreto
tesoro guarde el templo en su ruina,
misterioso amuleto
o joya peregrina,
480
por los genios que pueblan el abismo
en el fuego volcánico fraguada,
con raras letras, con el nombre mismo
de Salomón sellada,
y allí logre leer dónde se encierra
485
y se oculta, en los mares o en la tierra,
el benéfico encanto
que ha de trocar en gozo mi quebranto.»
Con este pensamiento, que desvela
su corazón, la Peri, suspirando,
490
sobre la gran Balbec pausada vuela;
y ve a un niño jugando
en el pensil ameno,
puro como las flores y sereno,
en torno de jazmines y de rosas
495
va en pos de las pintadas mariposas,
cuya beldad el alma le seduce;
joyas con alas, voladoras flores,
que en su manto nupcial céfiro luce
en la rica estación de los amores.
500
Y no lejos del niño, de repente
llega un hombre cansado;
del corcel baja, y en el verde prado
la sed apaga en cristalina fuente;
y luego allí sentado,
505
una mirada dirigió al gracioso
niño, que sin recelo la recibe,
aunque nunca mirar más espantoso
vieron sus ojos. En la frente aquella
grabó el delito su profunda huella;
510
la violencia y el falso juramento,
y el homicidio bárbaro y cruento,
que aun sus manos manchaba, todo escrito
de un ángel por la diestra vengativa
estaba allí con claridad tan viva
515
como era horrible y negro su delito.
Mas sosegado el criminal ahora,
cual si el ambiente de la tarde suave
dulcificara el hondo sentimiento
de su alma, mira el niño tan contento,
520
con sus alegres juegos en la aurora
de la primera edad embelesado,
y a cruzar no se atreve el desdichado
su mirada siniestra
con la del niño, do el candor se muestra;
525
cual antorcha profana,
si después de alumbrar en noche obscura
rito espantoso y ceremonia impura,
se encuentra con la luz de la mañana.
El sol en tanto, al sepultar la frente,
530
perfila los celajes del Occidente
de oro y púrpura tiria,
y la oración por todos los confines
con voz sonora anuncian los muecines
en los mil alminares de la Siria.
535
El niño entonces se postró de hinojos,
y en el cielo clavó los bellos ojos,
del Señor ensalzando la grandeza
con tanta santa pureza,
que un ángel desterrado parecía,
540
en el divino amor su pecho ardía.
¡Ay! Al ver de aquel alma la luz clara,
hiriendo su memoria
la paz perdida y la perdida gloria,
el mismo Eblís en su altivez llorara.
545
También el delincuente, recordando
los crímenes y horrores de su vida,
no encontró en ella un blando
recuerdo do fijar su alma afligida
sino en la edad de la niñez, y dijo,
550
con voz doliente y tierna:
«Un tiempo fue también en que la
eterna
bondad de Dios mi corazón bendijo.
Joven era yo entonces, feliz era,
y oraba, como tú, con santo anhelo,
555
y en la inocencia de mi edad primera
pude mirar sin confusión al cielo.»
Y pensando en su pura
infancia y en las desdichas que pasaron,
lágrimas de ternura
560
sus abrumados párpados bañaron.
¡Cuánto el triste lloró!
Llanto sublime,
bien primero que alcanza
el corazón si arrepentido gime,
y su fe pone en Dios y su esperanza.
565
«Maravillosa gota de rocío,
dijo la Peri, el abrasado ambiente
refresca del Egipto en el estío,
con virtud tan patente,
con poder tan salubre,
570
que, al descender a la sedienta tierra,
luego a la peste la salud destierra,
y el aire puro con sus alas cubre;
mayor milagro, pecador contrito,
haciendo el llanto que tu pecho vierte,
575
te limpia del contagio del delito,
y de tu corazón lanza la muerte.»
Mientras habló la Peri, arrodillado
el criminal, oró del niño al lado,
y su oración al cielo se elevaba,
580
que su perdón con himnos celebraba.
Y de hinojos estaban todavía,
cuando el sol en el mar hundió su fuego,
y su manto al tender la noche fría,
al mundo dio tinieblas y sosiego.
585
Entonces una luz hermosa y pura
rasgó las sombras de la noche obscura,
y fulguró en la lágrima suspensa
del pecador aún en la mejilla,
con claridad brillando más intensa
590
que la del sol y las estrellas brilla.
Quien con débiles ojos y mortales
luz mirase tan clara,
exhalación activa la juzgara
o ardientes meteoros boreales.
595
Pero la ninfa, conociendo en ella
la sonrisa divina
del ángel que la puerta cristalina
abre del cielo ya, viva centella
de su alegría santa,
600
vio en la lágrima el don apetecido,
y exhaló con acento conmovido
la dulce voz de la inmortal garganta:
«Cumplido está mi anhelo;
he conquistado el cielo.
605
Dichosa, santa soy;
adiós; al Edén voy.
¿Qué valen, comparadas
con sus praderas plácidas, bañadas
de arroyos sonorosos,
610
de Amberabad la bóveda fragante
de cedros y de sándalos umbrosos,
de Sahadukian las torres de diamante?
Adiós, aroma terrenal, que roba
al paso el aura cual suspiro leve;
615
que aliento eterno el árbol del Tooba
me prestará, si el céfiro le mueve.
Adiós, terrenas flores,
que os marchitáis a la primer mañana;
¿qué son vuestras esencias y colores?
620
¡Cuán efímera y vana
vuestra hermosura es, si la comparo
con el loto, que crece donde el claro
trono de Alá su majestad ostenta!
Frescas en él las flores se mantienen,
625
y en cada una de sus hojas tienen
un alma que, contenta,
dice conmigo: Conseguí mi anhelo;
he conquistado el cielo.
Dichosa, santa soy;
630
eternamente en el Edén estoy.»
Madrid, 1846.
¡Oh, qué llantos en palacio!
¡Cuánto luto! ¡Cuánta pena!
Ya se muere, ya se muere
la hermosísima princesa.
Los médicos no se entienden;
5
unos se van, otros llegan;
el mal que la niña tiene
ninguno a curar acierta.
Último rayo de vida
en sus ojos brilla apenas;
10
rezando está negro monje
del lecho a la cabecera.
¿Si aun a tiempo volverá
de allende el mar, de esas guerras,
el rey para que a su hija
15
aun dar un abrazo pueda?
A su niña tan querida,
de su amor única prenda,
consuelo de su vejez,
de sus ojos lumbrera.
20
Helo, helo cómo viene
de allende el mar con sus velas;
mil victorias ha ganado,
y cautivos y riquezas.
El rey, con su comitiva,
25
por el palacio ya entra;
mira a todos lados; nadie
le aclama ni vitorea.
De la hija, que no ve,
a ninguno pide nuevas;
30
corriendo, no de vagar,
va al cuarto de la princesa.
«Hija del alma, hija mía
¿qué tienes? ¿Qué te
atormenta?»
Y abre la niña los ojos,
35
y su mirada está yerta.
«La mitad doy de mi reino
y de mi real diadema
a quien acierte su mal,
a quien salve a la princesa».
40
A estas palabras del rey
movió la linda cabeza,
como quien dice: mi mal
ni se entiende ni remedia.
«No sé qué tiene, decía
45
el médico de más cuenta;
si su mal no es mal de amores,
no sé, buen rey, de qué sea».
Un rumor desfallecido
coloró su frente tersa,
50
que del sudor de la muerte
se cubría macilenta.
Los ojos, que en el rey tuvo
fijos desde que le viera,
en señal de pena y miedo
55
los inclinaba a la tierra.
«Levanta, niña, los ojos;
hija, recelo no tengas;
sea quien fuere, será tuyo,
como a la vida te vuelva;
60
ora hidalgo, ora pechero,
ora pobre o rico sea,
para mi yerno le tomo,
y le doy tu mano bella».
Como si el último esfuerzo
65
con dulce fatiga hiciera,
llenos de ternura, al padre
dirigió los ojos ella.
Lento, suave suspiro
exhaló del pecho, y era
70
el alma, que, sin dolor,
se iba volando a otra esfera.
A mortajarla van ya,
cuando en el pecho le encuentran
signos que nadie leía,
75
raras, misteriosas letras.
Siete sabios son venidos
a descifrar la leyenda;
cada uno de los sabios
sabe más de siete lenguas;
80
ninguno explica los signos
del pecho de la princesa.
Sólo el más viejo de todos,
que en Palestina viviera,
«Yo he visto en unas ruinas,
85
dijo, señales cual éstas,
junto a los cedros del Líbano,
do toca el ciclo a la tierra.
Ángeles de Dios hablaban
del mundo en la edad primera
90
con las hijas de los hombres...
pero no entiendo esas letras,
ni lo que dicen diría
aunque supiese leerlas.
Secretos son de otro mundo,
95
que en éste Dios no tolera.»
Un alto cedro nació
encima de aquella sierra,
por los ángeles plantado,
o por las aves ligeras.
100
En una noche tan sólo
creció el cedro de manera
que no había en todo el reino
otro igual en la grandeza.
Fue en la noche en que llevaron
105
a enterrar a la princesa.
Era un sitio muy querido,
donde solía estar ella;
do sola, de vez en cuando
se pasaba horas enteras,
110
y se diría que hablaba
con las brillantes estrellas;
donde una noche sin luna,
pero límpida y serena,
hubo quien viese en el aire
115
una blanca forma incierta,
y descender poco a poco,
y a los pies de la princesa
pararse un bulto, una sombra,
pero sombra de luz llena.
120
Desde entonces esa infanta
ni una vez riyó siquiera.
Era un ángel quien le hablaba,
¿de Dios, o...? No hay quien lo sepa.
Lisboa, 1850.
El pajarillo del príncipe de
Ipsilanti Dime, pájaro ¿adónde
vas peregrino?
¿A do vuelas tan solo?
¿No tienes nido?
-¡Ay! No lo tengo,
5
y sin hallar reposo,
cansado vuelo.
Vuelo, y voy caminando,
sin saber dónde
la dicha que he perdido
10
de mí se esconde;
cuando pequeño,
patria tuve y amores
en otro suelo.
Con mi amada vivía
15
entre los mirtos;
nuestra edad era corta,
grande el cariño;
cariño tierno,
que apenas yo nacido,
20
nació en mi pecho.
Un gavilán maldito
me robó el alma,
la dulce luz hermosa
que luz me daba;
25
mató mi dicha,
que mató ante mis ojos
la prenda mía.
Ahora seguiré viendo
tierras extrañas,
30
el cuerpo fatigado,
mustias las alas,
hasta que pare
donde todas las cosas
paran y caen.
35
Caerán allí mis penas
y mi quebranto,
donde todas las cosas
hallan descanso:
do van unidos
40
a parar gavilanes
y pajarillos.
Madrid, 1857.
Tu dulce recuerdo
por la noche obscura
me ilumina el alma
cual rayo de luna.
Del alma el silencio
5
tu recuerdo turba,
como el son del arpa,
con grata dulzura.
Entonces me juzgo
dichoso cual nunca.
10
Es mi corazón
oro, y tu hermosura
la perla brillante
que el oro circunda.
Como perla en oro
15
tal allí deslumbras.
¡Ay! Así tuvieras
en el alma pura
grabada mi imagen,
cual tengo la tuya.
20
Madrid, 1857.
Refrigerio del alma,
donde los cielos,
alivio de las penas,
plácido sueño,
yo te bendigo
5
al hundirme de noche
en tus abismos.
Mar de místicas olas,
tú me circundas,
dando al cuerpo y al alma
dulce frescura;
lejos, muy lejos
se quedan en la orilla
males que siento.
Yo te bendigo siempre
15
por la mañana;
de tu seno renace
joven el alma,
fresca, brillante,
como la hermosa Venus
20
nació en los mares.
Un baño santo eres,
que el ser renueva,
la mente fortifica
y el pecho alienta;
25
el alma pasa
por ti de vida en vida,
de playa en playa.
Baño es también la muerte,
baño tranquilo,
30
do se pierden cuidados,
y hay paz y olvido;
la opuesta orilla
con vestiduras nuevas
al alma brinda.
35
Madrid, 1857.
Virgen seductora
en lo más esquivo
de este bosque mora;
cuanto en él hay vivo,
cuanto en él florece.
5
Si al albor primero
su voz obedece,
se levanta ella,
y los campos huella
con el pie ligero,
10
la cercan las aves,
diciéndole amores,
y dan más suaves
perfumes las flores.
Al lobezno airado
15
su mirar amansa,
y el corzo, extasiado,
a sus pies descansa.
Ella canta y gira.
Su verde camino
20
de perlas, que orea
el sol matutino,
alfombra un tesoro.
Celoso la mira
el sol, la rodea
25
de un manto de oro.
¡Ay, si yo lograra
ser la limpia fuente
en cuya corriente
se mira la cara!
30
Lumbre de sus ojos
la fuente recibe,
de sus labios rojos
la risa allí vive,
y al cielo da enojos;
35
y canta la hermosa
esta cantilena:
«Es mi pensamiento
como el viento; el viento,
que nunca se posa,
40
que nadie encadena:
mi corazón puro,
santuario seguro.
Su llave ¿do está?
Yo bien me lo sé,
45
mas no le abriré;
¿quién más lo sabrá,
y abrirlo podrá?»
Madrid, 1857.
En el huerto al entrar de las rosas
¡oh, amada, oh, bellísima Haideé!,
vine a ver donde tú te reposas,
y en ti a Flora y al alba adoré.
Yo te imploro, mi bien, yo te amo;
5
y al decirte tan dulce verdad,
tu ira temo; temblando reclamo
para mí tu amorosa piedad.
Si a la rama del árbol, natura
le da frutos, aroma y calor,
10
en tus ojos el alma fulgura,
en tu cuerpo derrama esplendor.
Mas si amor me abandona, y no presta
sus encantos al yermo pensil,
dame luego cicuta funesta
15
más fragante que rosa de abril.
Exprimiendo su horrible veneno,
su amargura en la copa pondré;
pero dulce ha de ser en mi seno,
porque libre de ti moriré.
20
¡Cuán en balde pretendo, enemiga,
que me salves de tanto dolor!
En tus brazos mi pena mitiga;
dame, ingrata, la muerte o tu amor.
Amazona que armada caminas,
25
para ti combatir es vencer;
con saetas me heriste divinas;
a tus plantas me hiciste caer.
Moriré si en mi herida no empleas
tu sonrisa, que sabe curar.
30
Esperanzas me diste... ¿deseas
esperanzas en duelo trocar?
En el huerto entraré de las rosas,
¡oh amada, oh bellísima Haideé!
Y tú ausente, y las flores hermosas
35
ya marchitas, mi mal lloraré.
Volad, pajarillos;
id con Dios; partid;
llevad mi recuerdo
al bien que perdí.
Volad hacia Atenas,
5
y, al llegar allí
entrar en su casa
y lindo jardín,
y del manzanico,
florido y gentil,
10
cantad en las ramas,
que ella os pueda oír.
Diréis que a un perjuro
no debe sufrir;
no invoque mi nombre,
15
no llore por mí.
Esclavo de hechizos,
esclavo caí,
y espesa ya tengo
en este país.
20
Por una hechicera
hechizado fui.
Los ríos hechiza,
y dejan de ir
a la mar sus ondas;
25
no pueden surgir
las fuentes que sellan
sus conjuros mil.
¿Cómo en mi barquilla
podré yo partir,
30
si la mar se hiela
en torno de mí?
Renovó el encanto
cuando quise huir
y de niebla obscura
35
cercado me vi;
ya nieve caía,
ya lluvia sin fin.
El sol, si la dejo,
deja de lucir,
40
y si vuelvo a ella
brilla en el cenit.
Las trompas de caza suenan
y los caballos relinchan,
los perros ladran alegres,
libres ya de la traílla.
El buen rey está en el bosque,
5
hoy tiene gran montería;
el sol al cenit se eleva,
es hora de mediodía.
Entre la densa enramada,
del rey la gallarda hija,
10
sin saber cómo ni cuándo,
la senda lleva perdida.
Paje de rubios cabellos
solo a su lado camina;
a no ser ella la infanta,
15
pareja hermosa sería.
Ya por sitios más frondosos
juntos cabalgando iban.
El pecho del pajecito
late, sus ojos la miran,
20
y de purpura se tiñen
sus juveniles mejillas.
De esta suerte al fin la dice,
con la color encendida:
«No puedo callar más tiempo,
25
hermosa princesa mía;
de amor mi pecho se abrasa,
tuya es el alma y la vida,
si a darte yo me atreviera
un beso en la boca linda,
30
aunque después me mataran,
dichosa muerte tendría».
Sin decir que sí ni no
ella recogió la brida,
y él le sostuvo el estribo
35
cuando saltó de la silla.
En lo profundo se internan
de la espesura sombría;
allí cantan ruiseñores,
allí gimen tortolillas
40
y nacen rosas silvestres,
que amor y fragancia espiran.
El césped verde a la sombra
un fresco tálamo brinda:
paje y princesa descansan
45
sobre la hierba florida.
Sueltos pacen los caballos,
en balde las aves trinan,
en balde suenan distantes
trompas de caza y bocinas.
50
¡Hola, buen rey! No te pares,
acude, porque tu hija,
en brazos del pajecito,
de ti, del mundo se olvida.
I Hombres hay de oro y de plata.
Si habla un pobre de
tomanes ,
los
tomanes son de plata;
mas en boca de los Schahes
los
tomanes son de oro,
5
pues las personas reales
oro sólo dan, reciben
y ofrecen sin denigrarse.
Así lo entiende la gente,
y así piensa el admirable
10
Firdusi, poeta querido
de Mahmud de Gasna, el Grande.
Por orden suya compone
inmensa epopeya el vate,
y por cada verso el Shah
15
un tomán, promete darle.
Del ruiseñor se escucharon
diez y seis veces los ayes,
y florecieron las rosas
y volvieron a secarse.
20
En tanto estuvo el poeta
en los mágicos telares
del pensamiento, tramando
noche y día, con constante
afán, el maravilloso
25
dechado de sus cantares.
En él tejió las leyendas
de su patria, y de los grandes
antiguos reyes de Persia,
y aventuras y combates,
30
genios, ángeles, demonios,
y prodigios singulares.
Todo respirando vida,
con fuego y color brillante,
cual si la luz del Irán
35
desde el cielo lo alumbrase;
luz increada y divina,
que, a pesar del Korán, arde,
como en el último templo,
en el corazón del vate.
40
Éste, concluido el poema,
al Schah le manda al instante;
en el rico manuscrito
doscientos mil versos hay.
En Gasna estaba Firdusi,
45
Firdusi estaba en los baños,
cuando a buscarle vinieron
del Schah Mahmud los esclavos.
Cada cual al hombro trae
para el poeta un gran saco,
50
que a sus pies pone, de hinojos,
en premio de lo cantado.
Los sacos abre impaciente
Firdusi, considerando
que va a recrear la vista
55
con el brillo de oro tanto;
mas ¿qué asombro no fue el suyo
al mirar que era el regalo
tomanes doscientos mil,
pero de vil plata al cabo?
60
Sonriendo amargamente,
tres montones ha formado.
A los negros, que eran dos,
en albricias del recado,
regaló sendos montones,
65
y dio el tercero a un muchacho,
que al bañarse le servía,
para que bebiese un trago.
Báculo de peregrino
tomó, y la ciudad dejando,
70
sacudió, al pasar las puertas,
el polvo de los zapatos.
II Propio defecto del hombre
es faltar a sus promesas,
y faltan los que se ciñen
75
a la frente una diadema.
De esto yo no me quejara;
pero en el alma me pesa
que me engañase, fiado
en la doble inteligencia
80
de la palabra
tomán ,
con astucia baja y fea.
En sus modales y porte
en nada el Schah se asemeja
al vulgo de los humanos.
85
Este noble rey de Persia
un millón de reyes vale;
su mirada digna y bella
se grabó en mi corazón,
como el sol, que, si refleja
90
su ardiente luz en las nubes,
el iris extiende en ellas.
Mas este egregio monarca
me engañó. -¿Quién lo creyera?
III En almohadón de plumas,
95
que cubren perlas y oro,
después de haber comido,
y con alegre humor,
sobre la fresca orilla
del manantial sonoro,
100
el Schah se adormecía
al plácido rumor.
Sus siervos reverentes
en torno de él velaban;
Ansari, el favorito,
105
estaba allí con él;
y en vasos de alabastro
color y aromas daban,
azahar, jazmín y rosas,
y lirios y clavel.
110
Las palmas, con susurro
apenas percibido,
se mecen más esbeltas
que el talle de una hurí,
y en los cielos pensando,
115
puesto el mundo en olvido,
cipreses melancólicos
se alzaban por allí.
Mas de repente, música
maravillosa suena,
120
despierta el Schah, movido
de grata sensación,
y una poesía dulce
y de misterios llena
escucha y dice: -Ansari,
125
¿de quién es la canción?
Ansari le responde:
-Firdusi la ha dictado.
-¿Firdusi?- Conmovido
el príncipe exclamó.
130
-¿Dónde está? ¿Cómo vive
mi poeta inspirado?
-Menesteroso vive,
Ansari replicó.
«El gran poeta ha tiempo
135
que en Thus, su patria habita
en una pobre casa,
y cuida su jardín».
Mahamud escucha atónito,
en silencio medita;
140
con Ansari encarándose,
rompió silencio al fin.
-Ve sin tardanza, escoge
de mis mulas doscientas,
y cincuenta camellos,
145
que harás luego cargar
con todos los tesoros,
primores, vestimentas
y alhajas, que aun los reyes
pudieran envidiar.
150
«Y de marfil y sándalo,
con cajas de ataujía,
con esmaltados cálices,
con oro y con cristal,
con alfombras y chales,
155
brocado y sedería
de cuanto se fabrica
en esta capital.
«Y llevarás contigo
ricas armas, jaeces,
160
de tigres y leopardos
la remendada piel,
y confites y tortas,
turrón de almendra y nueces,
y generosos vinos
165
y perfumada miel.
«Y quiero que conduzcas
también doce corceles
de árabe raza pura,
de carrera veloz;
170
y doce negros ágiles
y membrudos y fieles,
de bronce en las fatigas
y prontos a una voz.
«Con tan regio presente
175
te pondrás en camino
para llevarle luego
a Thus, a esa ciudad,
donde entregarle debes
al poeta divino,
180
con expresiones mías
de sincera amistad».
En mulas y camellos
cargando el gran presente,
a su señor Ansari
185
obedeciendo ya,
va de la caravana
a colocarse al frente,
y con rojo estandarte
a conducirla va.
190
Y sale de la corte
y camina ocho días,
y llega a Thus, que yace
de una montaña al pie,
y ya la caravana,
195
al son de chirimías,
albogues y trompetas,
entrar en Thus se ve.
Los conductores todos
de mulas y camellos
200
con voz de trueno cantan:
La ila al Aláh;
la puerta de Occidente
pasaban todos ellos;
grande estruendo metían
205
y bulla en la ciudad.
La puerta del Oriente
daba en el mismo punto
paso, en el otro extremo
de la ciudad de Thus,
210
a la fúnebre pompa,
que llevaba al difunto
Firdusi a la morada
donde reposa aún.
Romance del pastorcito y la infanta
En balcón del alcázar,
al romper el nuevo día,
tan hermosa como triste,
está la infanta y suspira;
el pastorcito del valle
5
su pensamiento cautiva.
La infanta murió de amores,
sus restos a enterrar iban;
él lo vio, lo vio, y no supo
por quién la infanta moría.
10
En el valle está el sepulcro,
y cuando en él se reclina
el pastor, sueña dulzuras
de una tristeza infinita.
Señales son de juicio
ver que todos le perdemos.
Yo vi entre nubarrones
una trompeta monstruosa y rara
aguardando a que un ángel de pulmones
con mayúsculo empuje la soplara.
Y este clarín fantástico, sombrío,
5
forjado de justicia hecha metal,
aunque lejos del mundo, en el vacío,
al mundo daba un frío sepulcral.
Fuera del tiempo, más allá del ser
reposaba el clarín
10
viviendo y entendiéndose a placer
donde no hay forma, límite ni fin.
En donde nada baja y nada sube,
en donde todo pasma;
donde el espectro es nube
15
y la nube fantasma;
allí, como quien no quiere la cosa,
este clarín cavila y se reposa.
¡¡El clarín del abismo!!!...
Muy feroces
han de salir un día siete veces
20
de su cóncavo seno. Mientras tanto
calla el clarín y piensa... y sin testigos
empolla recompensas y castigos.
¡Ay!, de todo el espanto
que reina por el cielo,
25
es este empollador bárbaro abuelo.
Yo le consideraba entre vapores
como quien considera
a un silencioso gallo en los horrores
de la noche más fiera.
30
Y la inmovilidad del cementerio
y el sueño de las tumbas y el reposo
de los muertos que yacen en su nicho
estaban fabricados, ¡oh misterio!,
del extraño silencio portentoso
35
que tenía en la boca el susodicho
clarín; y era un silencio tan pesado,
que le impedía al muerto más taimado
un pliegue solamente
hacer sobre su frente
40
en el sudario, ya medio podrido,
que (lindo sastre) le cosió el olvido.
Harto se comprendía
que mientras se callase la trompeta
el anatema se suspendería,
45
el sepulcro los muertos tragaría,
la multitud de vivos viviría
y se divertiría y comería,
si es que no estaba a dieta:
y, satisfechas todas las pasiones,
50
habría tertulias, bailes y festejos,
y se emborracharían los tiranos;
y por postre de tantas diversiones,
(¡oh inaudita verdad!) mozos y viejos
irían a ser merienda de gusanos
55
mas, en el punto mismo
en que llegase a oírse el trompeteo
de la feroz trompeta del abismo,
se armaría un jaleo
grande entre los difuntos,
60
y de las tumbas entreabiertas, juntos
se verían salir a centenares
palomas, ¡ay!, de horribles palomares:
y formando un estruendo singular
como si se volcase todo el mar
65
en espumosa catarata hirviente,
los muertos, revolando,
y sus huesos buscando,
animarían el espacio ingente.
El clarín, en el ínterin, discreto,
70
tenía facha de estar en el secreto.
De su bronce el crujir
haría saltar, vibrar y revivir
la sombra, el plomo, el mármol, y su son
a las cosas que más sordas han sido
75
las haría estallar con estampido
de bomba colosal de percusión.
Al eco de la trompa evocatoria,
recobraría el olvido la memoria,
tiritaría el cielo palpitante,
80
darían un grito todas las conciencias,
y el licenciado en ciencias,
el doctor, el ateo,
el discreto y el tonto,
y el bonito y el feo
85
sentirían de pronto
que aquella estrepitosa melodía
por sus tuétanos mismos discurría.
Esto ha de suceder
según lo que yo puedo columbrar;
90
tal es el porvenir;
por lo menos, así lo logro ver,
cuando sobre él me pongo a meditar.
¡Este mundo tendrá que concluir!
Años, meses y días pasarán,
95
y los huecos del tiempo llenarán,
y cuando el tiempo esté todo relleno,
en medio de la noche dará un trueno,
y llegará la formidable hora,
y la fatal y pálida mañana,
100
y la trompa sonora
tocará de los muertos la diana.
¡Oh diana terrible!
¡Oh sobresalto atroz! ¡Oh voz de alerta!
La confusión de muertos me horroriza.
105
¡Ay! La noche despierta
a la muerte, su hermana, su melliza.
Y... yo, el incorruptible
bronce estaba mirando, pensativo.
Ya no sé lo que escribo.
110
Y toda voluntad, de oro o de cieno,
y pasiones sin freno,
y amor, virtud, furores,
himnos, gritos, placeres y dolores,
se estampan en la trompa colosal,
115
do una Babel enrosca su espiral.
Lo largo de esta trompa es un misterio
desde lo eterno llega a lo absoluto;
no hay toesa, ni codo, ni hombre serio,
que medir pueda el bárbaro cañuto;
120
uno de sus extremos llega al bien,
el otro llega al mal;
desde Sodoma pasa hasta el Edén,
y desde el hombre pasa al animal.
Su negra sima y hórrido bojeo
125
al acaso le da envidia,
y es de la Humanidad que se fastidia
el bostezo más feo.
Crímenes, vicios y otras porquerías
las entrañas sombrías
130
esconden del clarín, las tempestades
se reposan en sus concavidades,
y en torno de la obscura redondela,
Satanás, con gran maña
convertido en araña,
135
urde una sucia y asquerosa tela.
De repente, una mano
sale de lo infinito, y, poco a poco,
va a agarrar la trompeta.
¿De quién será esta mano? No hay humano
140
entendimiento, aunque se vuelva loco,
ni hay imaginación clara y discreta
que lo descubra y diga.
Solamente se piensa
que es una mano inmensa
145
y no una mano amiga.
El dueño de la mano está esperando
que le den la señal
para asir la trompa, y, resoplando,
tocar la hora final.
150
¡Ay! Este ocioso trompetero eterno
vela en tinieblas su estatura ingente;
más, hundiendo la planta en el infierno,
a las estrellas llega con la frente.
Madrid, 1859.
I Se alza el claustro en un peñón,
cuyo cimiento el Rhin besa;
la novicia está mirando
desde una encumbrada reja.
Encantadora barquilla
5
sobre las ondas navega,
laurel y flores la adornan
y gallardetes de seda.
Todo a la dorada lumbre
del sol poniente destella.
10
De oro y púrpura vestido,
con rara magnificencia,
rubio mancebo gentil
del barco en medio se eleva.
Van a sus pies nueve hermosas
15
candidísimas doncellas;
la túnica al talle esbelto
ciñe, y descubre la pierna;
toca la lira el mancebo
de la rubia cabellera,
20
y canta con tal dulzura,
que sus cantares penetran
de la novicia en el alma,
como fuego la queman.
Santíguase la novicia,
25
hace la cruz, pues no ahuyenta
la delectación amarga
y la dulcísima pena.
-Soy el dios de la poesía,
a quien el mundo venera,
30
mi templo está en el Parnaso,
famoso monte de Grecia;
mil veces allí he bebido
inspiración en la fresca
fuente Castalia a quien sombra
35
cipreses gallardos prestan.
Allí sentadas en torno
cantaban las musas bellas,
entreverando con risas
y charla las cantinelas,
40
mientras sonaba la trompa
en lo esquivo de la selva,
donde cazaba mi arisca
hermana, Artemis, severa;
no bien mis labios rizaban
45
la onda Castalia serena,
brotaba el canto en mis labios
por misteriosa manera.
Yo cantaba, y de la lira
al sonar las dulces cuerdas,
50
Dafne acudía a mirarme
por entre lauros y adelfas;
cantaba yo, y cual difunde
ricos aromas el néctar,
mi canto bañaba en gloria
55
la redondez de la tierra.
Vine de Grecia, arrojado
mil años ha, pero queda
en Grecia siempre mi alma
y mi corazón en Grecia.
60
II Disfrazada de beata,
de negro sayal vestida,
con capuchón y con manto
se ha escapado la novicia;
del Rhin siguiendo la margen
65
hacia Holanda se encamina,
y con ansiedad pregunta
a cuantos halla en la vía:
-¿No visteis a Apolo? Lleva
rojo manto y una lira,
70
a cuyo son canta el dulce
ídolo del alma mía.
Unos con ojos de espanto,
otros la escuchan con risa,
otros le vuelven la espalda,
75
otros dicen: «¡Pobre niña!»
A un vejezuelo que canta
gangoso, al andar vacila,
hace cuentas con los dedos,
y va con una mochila
80
y un sombrero de tres picos,
la novicia se aproxima.
Con ojos vivos el viejo
oye la pregunta misma:
-¿No visteis a Apolo? Lleva
85
rojo manto y una lira
cuyo son canta el dulce
ídolo del alma mía.
Sacudiendo la cabeza,
manoseando la barbilla,
90
el vejezuelo responde
con gran socarronería:
-¿Si le he visto? Ya lo creo:
muchas veces en mi vida;
siempre que yo, en Amsterdam,
95
a la sinagoga iba.
Como allí de chantre estaba,
rabí Apolo le apellidan;
mas no es ídolo de nadie,
que es mala la idolatría.
100
Sé también del rojo manto,
todo de escarlata fina,
de a ocho doblones la vara;
aun no cobró quien lo fía.
Conozco al padre de Apolo,
105
es de mi propia familia,
portugués circuncidante,
que doblones circuncida.
Se llama Moisés Pereira,
y su mujer, que es mi prima,
110
en pepinos en vinagre
y en trapos viejos trafica.
Del hijo no están contentos,
porque, mejor que la lira,
sabe manejar los naipes
115
y enredar la timbirimba.
Es un librepensador
que a todos escandaliza;
por comer carne de cerdo
le han quitado la chantría.
120
Ahora va por esos mundos
con comediantas perdidas,
y desempeña papeles
de bufón, con mucha chispa;
pero cuando más al pueblo
125
en los mercados cautiva,
es cuando hace de Holofernes
o cuando a David imita,
cantando devotos salmos
en nuestra lengua castiza.
130
Hace poco, en un garito,
sonsacó a las nueve ninfas,
y de Apolo va corriendo
la tuna en su compañía.
Una de ellas, que es muy gorda,
135
está que brama de ira,
porque la gente, al mirarla
con tanto laurel encima,
la llama por remoquete
la verdeante cochina.
140
De su hueste a la cabeza
iba el paladín Heraldo,
al resplandor de la luna,
una selva atravesando.
Las conquistadas banderas
5
ondean al viento manso;
el himno de la victoria
repite el monte cercano.
Pero, ¿quién susurra y gime
entre el frondoso arbolado,
10
y agita y besa las flores
y se columpia en los tallos?
¿Quién desciende de las nubes,
o surge del río claro,
y danza entre los guerreros
15
y detiene los caballos?
¿Quién canta con tal dulzura?
¿Quién acaricia tan blando?
¿Quién las espadas y lanzas
arrebata de las manos?
20
¿Quién los guerreros cautiva
y anuda con dulce lazo?
¿Quién en pos de sí los lleva
sin darles tregua y descanso?
De las sílfides ligeras
25
es el ejército alado,
contra quien armas no valen
y resistirse es en vano.
Hacia el reino de las hadas
los de la hueste volaron,
30
de las sílfides cediendo
al fascinador encanto.
Los corceles sin jinetes
van por el bosque vagando;
lanzas y escudos se miran
35
por el suelo derribados.
Todo de acero vestido,
de la luna al tibio rayo,
Heraldo triste cabalga
por el bosque solitario.
40
Allí fresca y cristalina
mana el agua de un peñasco,
y el héroe desmonta y bebe,
sirviendo el yelmo de vaso.
No bien apaga la sed,
45
siente fallecer los brazos,
las piernas no le consienten,
en la peña se ha sentado.
Reposa el héroe en la peña,
hace ya cien y cien años,
50
con la cabeza inclinada
sobre el pecho, y encrespados
y luengos cabello y barba;
cuando en la selva relámpagos
brillan, el trueno retumba,
55
brama el viento y cae el rayo,
el paladín que dormita
su espada empuña soñando.
Entre perlas y diamantes,
dice el joyero a su hija:
-Elena, entre tantas joyas,
eres la joya más rica.
A la tienda del joyero
5
vino un galán cierto día.
-Buen joyero, Dios te guarde,
guárdete Dios, bella niña.
Luego al joyero el galán
desta manera decía:
10
-Hazme una hermosa diadema
para mi novia querida.
Terminada la diadema,
do mil diamantes lucían,
Elena, al verla, exclamaba
15
con dulce melancolía:
-¡Cuán feliz será la novia
a quien él la frente ciña!
Una guirnalda de flores,
don suyo, hiciera mi dicha.
20
Volvió el galán, y, admirando
la diadema, sonreía.
-Haz para mi novia, dijo,
buen joyero, una sortija.
La sortija terminada,
25
Elena a solas suspira,
diciendo: -Feliz aquella
para quien él la destina.
¡A mí me basta un bucle
de su cabellera riza!
30
Volvió a poco el caballero
y halló las joyas muy lindas,
del joyero celebrando
el primor y maestría.
Luego añadió: -Bella Elena,
35
te suplico me permitas
que en ti se prueben los dijes,
a fin de que yo perciba
cómo le irán a mi novia,
a quien eres parecida.
40
Era en aquel día domingo,
y para salir a misa,
con mucho esmero y de gala
Elena estaba vestida.
Al caballero acercose
45
toda vergonzosa y tímida,
como encendidos claveles,
con el rubor sus mejillas.
Él le ciñó la diadema,
él le puso la sortija;
50
juego, estrechando su mano,
le dijo: -Tú eres mi vida,
mi dulce novia tú eres,
y aquí la burla termina.
La sortija es para ti,
55
y la diadema que brilla
sobre tu cándida frente
que sus diamantes eclipsa.
Si entre oro y perlas naciste,
y luciente pedrería,
60
agüero fue de la gloria
a que mi amor te sublima.
De la remota selva a veces viene
confuso y vago son;
del misterio que el son en sí contiene
nadie da la razón.
Iban antes por senda conocida
5
peregrinos sin cuento
a la iglesia en les bosques escondida,
cuyo son trae el viento.
Ya nadie atina con la oculta senda
que a la iglesia llevaba;
10
del siglo herido en la feroz contienda
yo por el bosque erraba;
y, fatigado de un luchar en vano,
hacia Dios me volvía,
y de la selva por lo más arcano
15
penetraba sin guía.
Llegó de nuevo el son en el profundo
silencio hasta mi oído;
aspiró el alma a Dios, olvidó el mundo;
fue más claro el sonido,
20
mi espíritu buscó su propio centro
por el son excitado;
de un extraño poder que obraba dentro
sintiose arrebatado;
y contra la corriente fugitiva
25
del tiempo, en raudo vuelo,
se alzó sobre la niebla, donde viva
brilla la luz del cielo.
Al cielo puro, al sol resplandeciente
torre esbelta subía;
30
como una flor en el dorado ambiente,
la catedral se erguía;
aérea en sus perfiles, esfumada
como una nube de incienso,
perdiéndose en aguja delicada
35
en el éter inmenso.
Y sonó la campana con tañido,
de paz y beatitud,
no por mano mortal el bronce herido,
por célica virtud.
40
De la misma virtud activo fuego
me agitó el corazón,
y con dulce temor penetré luego
en la santa mansión.
El bien, la dicha que gocé en sus naves
45
¿cómo pintar pudiera?
Simulacros, imágenes suaves
me alzaron a otra esfera.
Los simulacros, a la luz celeste,
vida eterna cobraron;
50
y de santos y vírgenes la hueste
mis ojos contemplaron.
De la gloria las altas maravillas
representaba el techo,
cuando caí postrado de rodillas,
55
de amor henchido el pecho;
mas, al alzar de nuevo la mirada,
la cúpula se abrió,
y, patente y real, la gloria ansiada
mi mente descubrió.
60
Ni expresar el fulgor y la hermosura
de aquel perenne día,
ni encarecer su paz y su ventura
puede la poesía.
Quien anhele gozarle, humilde vuelva
65
a Dios el pensamiento,
y al sonar de la iglesia de la selva,
preste el oído atento.
Paráfrasis de un himno sagrado de incierto
autor latino
Ame mañana el amador; mañana
ame quien nunca amores ha tenido
La hermosa primavera
digna del canto la estación lozana
en que el mundo ha nacido,
5
vuelve, y amor sobre Natura impera.
Mañana el bosque de la rama verde
sacudirá la escarcha fecundante,
y en dulce lazo se unirán las aves.
Ya vagando se pierde
10
en la fresca espesura y odorante,
do entreteje de mirto la enramada,
la tierna madre del amor, Ciprina,
que mañana dará su ley divina
sobre el tálamo excelso reclinada.
15
Ame mañana el amador; amores
tenga quien nunca amores ha tenido.
Sangre del cielo herido,
con globos brilladores
mezcla Océano de su blanca espuma,
20
y nace Venus, hija de los mares,
y a su belleza suma
los genios de la mar alzan altares.
Ame mañana el amador; mañana
quien nunca tuvo amor, arda de amores.
25
Con púrpura, con perlas de las flores,
Venus el año pinta y engalana,
y a los besos del céfiro, turgente
muestra el pecho, y extrae
filtro encantado que al amor incita;
30
rocío transparente,
que el aura leve de la noche agita,
sobre la tierra cae.
Son lágrimas de amor que llora el cielo,
que trémulas, ligeras,
35
en las verdosas líquidas esferas
se mecen antes de bañar el suelo.
De púdico carmín tiñe Dione
la rosa, cuando pone
en su cáliz la gota de rocío,
40
que en la noche tranquila
de las estrellas fúlgidas destila.
Mañana debe desceñir la diosa
la túnica ajustada
al pecho de la virgen amorosa,
45
que al amor se abrirá como la rosa.
¡Oh, rosa delicada
que de sangre de Venus, llama viva,
y púrpura del sol, el amor crea
y hace brotar de un beso!
50
¡Oh, esposa virgen, de amor cautiva,
rompe el nudo celoso que rodea
tu talle, y muestra, muestra tu hermosura,
más que nunca esplendente,
por el ígneo rubor en que fulgura
55
tu despejada frente!
Mañana el amador de amores arda.
Ame también quien en amor se tarda.
Manda a las grutas de arrayán Dione
ir a las ninfas; el amor las guía.
60
Pero ¿cómo las armas no depone
siendo noche de fiesta y alegría?
Id, ninfas; desarmado
el amor está ya; Venus lo quiere,
del arco y las saetas con que hiere,
65
del fuego abrasador le ha despojado;
mas contra la belleza del desnudo
amor inerme prevenid escudo.
Sientan mañana amor los amadores
y quien no amó jamás arda de amores.
70
Cede, virgen de Delos,
Venus púdicas vírgenes te envía,
oye su voz y cumple sus anhelos.
Queda incruenta la floresta umbría;
no persigas las fieras;
75
Venus a suplicarte acudiría
que sus misterios vieras,
si, casta diosa, tú verlos pudieras.
Allí coros errantes,
y mil alegres turbas circunstantes,
80
y Baco y Ceres con el dios del canto,
de guirnaldas las sienes adornadas,
por tus bosques irán, llenos de encanto,
bajo ramas de mirto entrelazadas.
Tres noches durarán, si lo otorgares,
85
¡oh diosa!, la velada y los cantares,
virgen de Delos, cede:
ya reinar Venus en las selvas puede.
Mañana el ser desamorado ame,
y en nuevo amor el amador se inflame.
90
Rasga el manto florido Hybla; derrama,
más pródiga que de Enna la llanura,
cuantas flores te dio la primavera.
Venus su ley proclama,
con las gracias está, y ornar espera
95
de tus flores su trono y hermosura.
Ella venir prescribe
a cuanta ninfa vive.
En el bosque apartado,
o bajo la onda tiene
100
alcázar cristalino;
ella a las ninfas cándidas previene
que desconfíen del rapaz divino,
aunque le ven desnudo y desarmado.
Ame mañana el amador; mañana
105
quien nunca tuvo amor arda de amores.
Venus va a sonreír a la temprana
gentil copia de flores.
El éter que primero,
a la tierra querida
110
uniéndose en fecundo estrecho abrazo,
de nubes le ciñó velo ligero,
y produjo la vida
y la pompa venal en su regazo,
mañana, en luz y en perlas de rocío
115
volviendo a unirse a la divina esposa,
nuevo poder, vivificante brío
pondrá en su entraña ingente y amorosa,
y Venus misma infundirá su aliento
del universo al alma y a las venas,
120
por do corra y transpire,
y nada deje de su fuerza exento,
ni la tierra, ni el mar, ni el firmamento
espíritu vital, que en lo profundo
de la existencia toda oculto gire,
125
y abra caminos de nacer al mundo.
Mañana el ser desamorado ame,
y en nuevo amor el amador se inflame.
Venus manda que a Troya el Lacio herede,
el hijo por esposo da a Sabinia,
130
la púdica vestal a Marte cede,
y une a los fundadores
de la soberbia Roma
con las nobles doncellas de Sabinia,
de donde origen toma
135
su raza prepotente;
Quirites, caballeros, senadores,
y César su más claro descendiente.
Mañana el amador de amores arda;
ame también quien en amor se tarda.
140
Venus al campo infunde su alegría,
su vida y sus amores.
Amor nació en el campo, do le cría
Venus con dulces besos de las flores.
Ame mañana el que jamás ha amado;
145
arda de amor el pecho enamorado.
En todo ser impera
el amor con la grata primavera.
Muge el toro de amor, y junto al río
ala balante grey busca el morueco;
150
en el bosque sombrío
oye y repite con deleite el eco,
el incesante trino de las aves;
con ronca voz aturde la laguna
el cisne, y en el álamo frondoso
155
Filomena con cánticos suaves,
olvidando su mísera fortuna,
enamora al esposo.
Sólo estoy mudo yo. ¿Cuándo el destino
renovará la primavera mía?
160
Este silencio, el desamor continuo,
de las eternas Musas me desvía.
Sientan mañana amor los amadores,
y quien no amó jamás, arda en amores.
Madrid, 1860.
No por su Don Juan Tenorio
se ufane tanto Sevilla;
don Martín, el de Jerez,
a Don Juan Tenorio eclipsa.
No bien le apuntaba el bozo,
5
aunque ya tenido había
veinticinco o treinta duelos
y mil galantes intrigas,
dijo impaciente a su padre:
-Este sosiego me irrita;
10
no quiero ser la tortuga
con la casa siempre encima;
quiero ver mundo y gozar,
y dar razón de mi vida,
y mostrar cual caballero
15
mi esfuerzo y mi valentía-.
Para disuadirle, el padre
al cigarrón le asimila,
que brinca sin saber dónde,
y sabe Dios dónde brinca.
20
¡Ay, cuán prudentes consejos!
¡Ay, de qué poco servían!
Don Martín monta a caballo,
la espada tiene ceñida,
y llueva, truene o granice,
25
por monte y valle camina.
Junto a un extraño castillo
viene a parar cierto día,
cuyas torres en el centro
de obscura selva se empinan.
30
No hay en el castillo puertas,
ni ventanas se divisan,
mas don Martín quiere entrar,
y con la daga buida
abre en el muro ancha brecha
35
por la cual se precipita.
Inmensas salas recorre,
y no ve persona viva;
la soledad y el silencio
el yermo castillo habitan.
40
Llega al cabo don Martín
a un corral, en donde había
un dragón desaforado,
un dragón que pone grima,
con siete testas cornudas,
45
los ojos brotando chispas,
y con siete enormes fauces
por do ponzoña vomita.
No se asusta el caballero;
no se arredra, y no vacila,
50
y alta la espada, en su diestra
como relámpago brilla.
Tan atinado y brioso
sabe el andaluz blandirla,
que al dragón, de un solo tajo,
55
las siete cabezas quita.
Mas una de las cabezas
tal poder tiene en la vista,
y a don Martín con tal fuerza,
aunque ya cortada, mira,
60
que alzándole por el aire,
le arroja en profunda sima.
Por sus lóbregas entrañas
don Martín rodando iba,
y rodó, sin hallar fondo,
65
lo menos catorce días.
Cuando de pronto ¡oh sorpresa!
Cuando a deshora ¡oh delicia!,
de un encantado palacio
hallose en alcoba rica.
70
Allí, en un lecho, la dama
más bella estaba dormida
que vieron ojos mortales
o soñó la fantasía.
La dama despierta al punto,
75
y lágrimas sus mejillas
humedecen, como perlas
sobre rosas purpurinas.
Dice don Martín: -¿Qué es esto?
¿Por qué lloras, prenda mía?-
80
Y ella: -¡Oh príncipe!, responde-
llorando estoy mi desdicha;
del emperador de Grecia
soy la idolatrada hija,
tan hermosa, que el demonio
85
por mi hermosura suspira.
Aquí fadada me tiene,
hasta que sea su amiga,
o hasta que en cruda batalla
un caballero le rinda-.
90
-¡Yo soy ese caballero!-
don Martín luego replica.
-Lucifer, acude pronto,
don Martín te desafía-.
Poco tarda Lucifer
95
en acudir a la cita;
ya traba con don Martín
la batalla más reñida.
El amor y la presencia
de la preciosa infantina
100
prestan denuedo y pujanza
al héroe de Andalucía.
¡Oh valiente! Ya arrincona
al rival; ya le acuchilla,
y ya le corta una oreja,
105
que guarda como reliquia.
Los dientes de Lucifer
con la cólera rechinan;
muge cual toro a quien ponen
diez pares de banderillas;
110
Y -¡daca la oreja!- exclama,
y -¡daca la oreja!- grita
con ronca voz, como suele
ser la voz de una bocina.
Don Martín, con gran cachaza,
115
le dice: -Calma tu ira;
tus amenazas no temo;
por derecho de conquista
la oreja me pertenece,
y en aguardiente curtida
120
la guardaré, cual recuerdo
de mi proeza inaudita.
Y el diablo: -¡Daca la oreja!
Y don Martín: -Aunque es mía,
te la daré, si me cumples
125
tres deseos que conciba.
-Dilos.- El primero es
que a esta princesa divina
la lleves a su palacio
del Bósforo en las orillas.
130
No bien pronunció la orden,
cuando la hizo cumplida.
Y, ya de vuelta, el diablo
la oreja otra vez pedía.
-Es mi segundo deseo,
135
dijo el héroe, que enseguida
a la gran Constantinopla
me lleves, donde me vistas
las más relucientes galas,
me adornes con joyas finas
140
y me procures dinero
y espléndida comitiva.
Dicho y hecho. Ya resuenan
timbales y chirimías;
atronando están el aire,
145
las músicas y los vivas;
cubren el piso las flores,
y las campanas repican.
Precedido de diez pajes,
más dos que tienen la brida,
150
y seguido de escuderos
y cien negros de Etiopía,
que en cajas de oro y de nácar
en las espaldas fornidas
llevan primorosas telas,
155
diamantes y margaritas,
blancas plumas, raras pieles,
armas y vasos de China,
sobre alfana poderosa,
con entono y bizarría,
160
la corte imperial de Grecia
el gran don Martín visita.
Le sigue el pueblo, y le aplaude,
y sus grandezas admira.
En un balcón de palacio
165
el imperante y su hija
están aguardando al héroe
para hacerle cortesía.
En suma, nuestro andaluz
logra la más alta dicha,
170
y el imperante se allana
a casarle con la niña.
Ya concentradas las bodas,
el diablo humilde suplica
que don Martín dé la oreja
175
o tercer cosa le pida.
-Nada se me ocurre ahora,
don Martín le respondía.
Soy feliz, mas es prudente
guardar tu oreja maldita.
180
En fin, las bodas se hacen
con la mayor alegría.
¡Cuánto amor! ¡Cuánta ventura!
¿Quién, don Martín, no te envidia?
Mas, pasada una semana,
185
don Martín reconocía
que de la piel del diablo
está su mujer vestida.
En el tiempo que la tuvo
el diablo en su compañía,
190
por tal arte la endiabló,
que era imposible sufrirla.
Don Martín, desesperado,
quiere romperse la crisma.
Llama al demonio; éste viene,
195
y dice: -¿Qué necesitas?
-Toma tu oreja, responde
don Martín, toma mi vida,
si la quieres; pero al punto
llévate, más que de prisa,
200
otra vez a los infiernos
a mi esposa la infantina.
Madrid, 1870.
En la quinta de Ruzafa,
al umbral del paraíso,
duerme el gran Abdelrahmán,
está de Merván el hijo.
El blanco halcón de Coreixi,
5
de Beni Abbás fugitivo,
halló, lejos de Damasco,
un trono, buscando asilo,
y por toda España ora
extiende ya su dominio,
10
do mártires son los muertos,
los vivientes, morabitos.
Ora su palma contempla
solitario y pensativo,
y trae la palma a su mente
15
dulces recuerdos queridos.
Cuando, rasgando las nubes,
con puro, insólito brillo,
un genio se le aparece
de luz y gloria vestido.
20
Es el ángel Azael,
que la rodilla no quiso
ante Adam, primer profeta,
nunca doblegar altivo;
mas, desterrado del cielo,
25
de su soberbia en castigo,
ante el Emir se postró
y de esta suerte le dijo:
«No te recuerde la palma
tu hermoso suelo nativo;
30
al mirar cuánto se eleva,
eleva tú los designios.
Tuyas son ya las coronas
de perlas y de jacintos
de todos los reyes godos,
35
desde Ataúlfo a Rodrigo.
Alá con amor los ojos
en ti, señor, tiene fijos;
su tremenda cimitarra
el profeta te ha ceñido.
40
Tuya es la tierra andaluza
que abraza el mar con zafiros
y corales, que el sol ama,
de su belleza cautivo.
Haz en tierra tan hermosa
45
un soberano prodigio;
construye un templo que sea
grato a Dios y de ti digno.
De Jerusalén la Alasca
caiga por él en olvido,
50
y su Mihrab primoroso
custodie de Othman el libro.
Por él se eclipse la Caaba
y adoren a Dios rendidos
en Córdoba, y no en la Meca,
55
millares de peregrinos.
Guíelos tu clara estrella,
vengan de Persia y Egipto,
limoneros les den sombra,
baño tus fuentes y ríos.
60
Y de la luz del profeta
como victorioso signo,
haz que tu Aljama se eleve
sobre la iglesia de Cristo.
De la romana grandeza
65
ceda Itálica el prestigio;
ceda columnas de jaspe
y capiteles corintios.
Por once puertas los fieles
entren a cumplir el rito,
70
y abran a once largas naves
las once puertas camino.
Treinta y tres naves las once
crucen, y en un laberinto
de mil columnas divague
75
el pensamiento perdido.
Las mil columnas deslumbren
cual los acerados filos
de las mil mejores lanzas
de tus cenetes lúcidos.
80
La herradura del Borac
que alzó al Profeta al Empíreo,
enlazando las columnas
trabe y una el edificio.
Semejen los leves arcos
85
a los ondulantes rizos
que hacen, si los mueve el viento,
tus estandartes invictos.
Y un arco en otro se eleve,
en color y adornos rico,
90
como el iris que el sol crea
y corta en iris distintos.
Para precaver de infieles
un ataque repentino,
muros almenados cerquen
95
la Aljama como un castillo.
Yo a las peris y a las hadas
he de llamar en tu auxilio,
para que prodiguen flores
de tus pensiles divinos,
100
los cuales a los mosaicos
y alicatados prolijos
y a la cúpula gallarda
del Milirab presten su brillo.
Las limpias fuentes del patio
105
y los naranjos floridos
a los ruiseñores llamen
a dar melodiosos trinos;
y llene un mar de esplendores
el misterioso recinto
110
y en armonías y aromas
se impregne su ambiente tibio.
Sus, pues, noble Abdelrahmán,
realiza tanto prodigio,
recobra la antigua fuerza
115
y los juveniles bríos.
Tu gloria por este templo
vivirá en todos los siglos,
te premiarán las huríes
eternas con su cariño.»
120
Así dijo; y sin tardanza
se cumplía lo que dijo.
Llenan a Córdoba toda
de animación y bullicio
los alarifes y obreros
125
en gran número reunidos,
y el templo, con rapidez,
ya se levanta magnífico.
Con blanca y poblada barba
y con turbante blanquísimo,
130
una hora cada día,
como el peón más activo,
un anciano venerable
trabaja en el edificio.
Cuando la implacable muerte
135
cortó de su vida el hilo,
el templo maravilloso
casi estaba concluido;
y perdonado Azael,
en busca del Emir vino,
140
y juntos pasaron ambos
el umbral del paraíso.
I RAFAEL
En la concorde armonía
donde concurre a porfía
toda esfera celestial,
por el marcado camino,
lleva con himno divino
el sol su hoguera inmortal;
su mirada creadora,
cuyo origen nadie explora,
fuerza a los ángeles dio
y perfecto a maravilla
hoy el universo brilla
como el día en que nació.
GABRIEL
Y con rapidez, que admira
y no se comprende, gira
de la tierra el esplendor,
cambiando la luz serena
en profunda noche, llena
de tinieblas y terror.
Con montes de espuma asalta
hasta la roca más alta
desde su abismo la mar;
y por su esfera arrastrados
van mar y roca lanzados
en el eterno girar.
MIGUEL
Y en mar y tierra se escucha
bramar en férvida lucha
de la tormenta el furor,
cuando forja la cadena
que a ocio o a muerte condena
la actividad del amor;
y la destrucción primero
va señalando el sendero
por do el rayo debe ir;
pero ya el ángel augura,
señor, la paz y ventura
que en su día ha de venir.
LOS TRES
Tu mirada creadora,
cuya esencia nadie explora,
fuerza a los ángeles dio;
y perfecto a maravilla
hoy el universo brilla
como el día en que nació.
II ESPÍRITU
A tu evocación cedí
y a tu conjunto potente;
ansiabas verme de frente,
y ya me tienes aquí.
¿Por qué te vence el terror?
¿Por qué enmudece tu lengua?
¿Por qué a mi vista se amengua
tu sobrehumano valor?
¿Dónde está el seno
fecundo,
cuya virtud vencedora
crea, nutre y atesora
en sus abismos un mundo?
¿Do el corazón que se
erguía
con altivo movimiento,
y en su orgulloso contento
igual a mí se creía?
¿Do la voz que me llamaba?
Y tú, Fausto, ¿dónde has ido?
¿Dónde el vigor ha caído
que hacia mí te levantaba?
Mi aliento con miedo vil
hasta tus tuétanos hiela:
no eres águila que vuela,
sino pisado reptil.
........................................
De la acción en la tormenta,
y de la vida en el mar,
mi ser flota y se sustenta,
sube y baja sin cesar.
Eterna corriente,
nacer y morir,
cual tejido ardiente
y vario el vivir,
que del tiempo en la fábrica sonora
tramó de Dios la veste vividora.
III CORO DE ÁNGELES
Mortal, bendice tu suerte.
¡Ya Cristo resucitó!
Ya del pecado y la muerte
las cadenas quebrantó.
CORO DE MUJERES
Con aromas y bálsamo
su santo cuerpo ungimos,
y con cendales cándidos
su desnudez cubrimos:
mas ¡ay!, que en el sepulcro,
do reposaba ya,
le busca nuestro anhelo,
y Cristo allí no está.
CORO DE ÁNGELES
Feliz quien de amar entiende:
ya Cristo resucitó,
y hasta el cruel que le ofende
su ser divino mostró.
CORO DE DISCÍPULOS
Salió del sepulcro
con viva hermosura.
Si eterna ventura
promete su amor,
¿por qué, al ir al cielo,
del mundo se aleja,
y solos nos deja
y en hondo dolor?
CORO DE ÁNGELES
Ya venció a la muerte impía;
ya Cristo resucitó.
Romped, pues, con alegría
la cadena que os ató.
Con obras de caridad
su doctrina ensalzaréis,
y por él comulgaréis
en santa fraternidad.
Y si extendéis por doquiera
su fe y su nombre sagrado,
aunque en el cielo os espera,
siempre estará a vuestro lado.
IV UN MENDIGO
(Canta.)
Gentiles caballeros, casadas y doncellas,
que adornáis con mil galas la gracia y la beldad,
atención compasiva prestad a mis querellas;
del mísero mendigo los males remediad.
No consintáis que sea mi suplicar en vano:
dar limosna a los pobres es el mayor placer;
hoy es día de fiesta para todo cristiano,
¿dejaréis que de ayuno para mí venga a
ser?
SOLDADOS
Ya torres altivas,
ya muros y almenas,
ya niñas esquivas
conquista el valor.
Si rudas faenas
costó la victoria,
mayor es la gloria
y el premio mayor.
A próspera suerte
a dicha colmada,
o a bárbara muerte
nos llama el clarín.
En vida alternada
de amores y riñas,
castillos y niñas
se rinden al fin.
Audacia y cuidados
gran premio tendrán.
Así los soldados
alegres se van.
CAMPESINOS BAJO LOS TILOS
(Cantan y bailan.)
Empieza el baile en el ejido;
el mozo al baile va muy galán;
va con mil moños en el vestido
bajo los tilos todos están.
Desatinados bailan en fin.
¡Alza! ¡Viva!
Amor las almas rinde y cautiva,
al son de flautas y violín.
No reparando el mozo en nada,
da con el codo a una beldad.
La niña dice muy enfadada:
«Tenga usté un poco de urbanidad.
¡Qué desvergüenza! ¡Qué
galopín!»
¡Alza! ¡Viva!
Amor las almas rinde y cautiva,
al son de flautas y violín.
Ambos, no obstante, entran en rueda,
y juntos bailan con gran fervor.
Su falda agita la danza leda,
su rostro enciende bello rubor.
Caderas, codos, tócanse en fin.
¡Alza! ¡Viva!
Ya se reposa la niña esquiva
asida al brazo del galopín.
«Lisonjas falsas; creerte no debo.
No me seduzcas, hombre sin fe».
Mas dulcemente logra el mancebo,
lejos, adonde nadie los ve,
a la muchacha llevar al fin.
¡Alza! ¡Viva!
Amor las almas rinde y cautiva,
al son de flautas y violín.
V ESPÍRITUS
(Fuera.)
Dentro hay uno preso,
quedaos aquí.
Como zorra en lazo
cayó el infeliz.
Revolad en torno;
bajad y subid,
hasta que el diablo
consiga salir.
Si con nuestro auxilio
escapa por fin,
tan buen camarada
nos ha de servir.
...................................
Negras ojivas,
¡desvaneceos!
¡Nubes, rompeos!
¡Oh, luces vivas
del éter puro,
entrad, lucid!
El aire obscuro
poblad, estrellas
y ninfas bellas.
Genios, el vuelo
de amante anhelo
raudos seguid.
Cubrid el suelo
y la enramada,
donde el amante
habla a su amada,
con un flotante
blanco cendal.
Broten las flores,
haya verdura,
sombra y olores.
La uva madura
prensa estruje,
y que a su empuje
corra un raudal
de hirviente vino,
que por los prados
se abra camino,
dando a collados
y a bosque umbroso
reflejo hermoso
en su cristal.
Canten las aves
enamoradas;
tejan las hadas
danzas suaves;
vierta un tesoro
de lumbre el sol.
En ondas de oro
vayan flotando
islas amenas,
do el aéreo bando
mil cantilenas
diga de amor.
Y ya reunidos,
los genios giren;
ya se retiren;
Ya difundidos
decidan éstos
al éter vago
o a los enhiestos
montes subir;
todos alcancen
cual luz querida
de amante vida
siempre lucir.
...............................................
¡Ay! Destrozaste el mundo.
¡Ay! ¡Ay! El mundo hermoso
con brazo poderoso,
un semi-dios rompió.
Sus restos al profundo
del no-ser arrojamos:
la beldad lamentamos
que en él resplandeció.
Mas tú debes, gigante
entre todos los seres,
un mundo más brillante
en tu pecho crear,
do entre luz y placeres
se abra campo la vida
nueva a que te convida
nuestro nuevo cantar.
VI FROSCH
(Canta.)
Prodigio tan sobrehumano
me confunde:
¿el Sacro Imperio Romano
no se hunde?
............................................
Tiende el vuelo, Filomena,
y saluda veces mil
a mi querida gentil
en su dulce cantilena.
...........................................
La puerta, vida mía,
abre al amor que veía;
cierra ya con cautela;
cierra, que viene el día.
BRANDER
(Canta.)
Un atrevido ratón
en la despensa habitaba,
y de queso se atracaba,
de tocino y de jamón.
Con vivir tan placentero,
entre el queso y el tocino,
gordo se puso el indino
como el gran Martín Lutero.
Mas logró la cocinera
que comiese rejalgar,
y dio el ratón en brincar,
cual si en el cuerpo tuviera
¡oh qué dolor!,
al propio Amor.
CORO
¡Oh, qué dolor!,
al propio Amor.
BRANDER
Corriendo ron furia loca,
en todas partes bebía,
en balde apagar ansía
el ardor que le sofoca.
Roe cuanto mira en casa;
no hay lugar en que no entre;
imagina que en el vientre
lleva un carbón hecho brasa.
Pero inútil considera
tanta agitación al cabo,
y triste se muerde el rabo,
cual si en el cuerpo tuviera
¡oh qué dolor!,
al propio Amor.
CORO
¡Oh, qué dolor!
al propio Amor.
BRANDER
En su horrible malestar,
yendo al fin a la cocina,
moribundo se reclina
el ratón junto al hogar.
Y bufa, y gruñe, y deplora
tanto su mal el ratón,
que es de bronce el corazón
de quien le escucha y no llora.
Mas ríe la cocinera,
y sin compasión le mira,
y él a sus plantas expira,
cual si en el cuerpo tuviera
¡oh, qué dolor!,
al propio Amor.
CORO
¡Oh, qué dolor!,
al propio Amor.
MEFISTÓFELES
Érase un rey que tenía
una pulga colosal,
y más que a su hijo quería
a tan extraño animal.
Hizo que el sastre viniera
y que al bicho seductor
de terciopelo vistiera
chupa y calzas con primor.
El bicho bien adornado,
bandas y cruces lució,
y del rey encaprichado
ser el ministro logró.
A la corte sus parientes
todos llegaron a ir,
y libre ya de sus dientes
nadie podía vivir.
Medran las pulgas picando
a cuantas personas ven,
y hasta a la reina aquel bando
chupa la sangre también;
regías pulgas aguantar;
mas nosotros cuando muerdan,
las debemos estrujar.
CORO
Mas nosotros cuando muerdan,
las debemos estrujar.
MEFISTÓFELES
(Con gestos extraños.)
El cabrón cuernos tiene;
la cepa tiene uvas;
el vino de las cubas
de su jugo proviene.
Si la vid es un palo,
palo la mesa es;
vierta la mesa, pues,
el vino que os regalo.
Hondo mirar fijemos
en la naturaleza;
y con fe y entereza
este milagro haremos.
....................................
(Con aire severo.)
Que falsos sonidos
y vana ilusión
turben sus sentidos,
roben su razón.
....................................
¡Desvanézcase el hechizo!
Caiga del error la venda,
y que cada cual comprenda
la burla que el diablo hizo.
VII EL MONO
(Se aproxima y acaricia a
Mefistófeles.)
Echa los dados;
juega conmigo;
deja que logre
hacerme rico;
pues con dineros
en el bolsillo
tendré talento,
tendré juicio.
..................................
Ruede la bola;
el mundo ruede;
suena a cascado
y va a romperse.
Como de vidrio
hecho parece,
y que está hueco
interiormente.
Mira, hijo mío,
que no te ciegue
el primoroso
brillo que tiene.
Va a dar un trueno;
matarte puede,
cuando en pedazos
todo se quiebre.
......................................
De ladrón la condición
la criba al momento aclara,
(Corre hacía la mona y la obliga a
mirar al través de la criba.)
mira al través esa cara;
di su nombre, si es ladrón.
LOS ANIMALES
Corona aquí tienes:
sostenla en tus sienes
con sangre y sudor.
(Saltan desordenadamente con la corona y
la rompen en dos pedazos, con los cuales bailan en todas direcciones.)
Mas no: la rompemos;
y hablamos y vemos,
y hasta componemos
versos con valor.
.......................................
Lógrese un intento
por casualidad,
y habrá habilidad
y habrá pensamiento.
LA BRUJA
¡Maldito mono funesto!
Descuidaste la caldera
y quemaste a la hechicera.
¡Maldito!
(Viendo a
FAUSTO y a
MEFISTÓFELES .)
¿Quién es? ¿Quién audaz no teme
entrando hasta aquí mi enojo?
Que este fuego que os arrojo
hasta los huesos os queme.
MEFISTÓFELES
(Volviendo el abanico que tiene en la
mano, y dando golpes a derecha e izquierda sobre los vasos y calderas.)
¡Basta! Deja el hervidero.
Caigan vasos y caldero;
me gocé en acompañar,
¡oh bestia!, tu melodía,
destrozando cuanto había
alrededor del hogar.
(Mientras, la
BRUJA se retira llena de cólera y de
miedo.)
VIII MARGARITA
(Con una lámpara en la
mano.)
(Empieza a cantar mientras se
desnuda.)
De amor y lealtad tesoro,
un rey en Thule reinó,
a quien una copa de oro
su amiga, al morir, dejó.
Sin vaciar la copa bella,
no halla en el festín encanto,
y clava la vista en ella,
y al beber acude el llanto.
Cuando el cetro y la corona,
previendo el fin de la vida,
a su heredero abandona,
guarda la copa querida.
A la torre que se eleva
y avanza sobre la mar,
a sus caballeros lleva
regio festín a gozar.
Último fuego el anciano
bebe allí de amor fecundo,
y arroja con firme mano
la santa copa al profundo.
Cubierta por onda vaga
la mira desparecer;
y su mirada se apaga,
y nunca vuelve a beber.
(Abre el armario para encerrar sus
vestidos, y ve la cajita de las joyas.)
IX MARGARITA
(Sola, hilando en el torno.)
¡Corazón, cuán hondo
pesar te atribula!
La paz que perdiste
no volverá nunca.
Donde no le miro
yo veo la tumba;
se secan los campos
y el cielo se anubla.
Hirió mi cabeza
extraña locura;
destrozan mi seno
recelos y angustias.
¡Corazón, cuán hondo
pesar te atribula!
La paz que perdiste
no volverá nunca.
Mi afán por las calles
hallarle procura;
desde la ventana
mis ojos le buscan.
Su ademán altivo,
su noble figura,
su risa, su dulce
mirar que subyuga;
su voz que me hechiza,
su hablar que me turba,
la presión que siente
mi mano en la suya;
y, ¡ay!, su beso... El alma
vanamente lucha;
la paz ya perdida
no volverá nunca.
Mas la paz no anhelo,
que anhelo ventura;
y sólo en tenerle
cautivo se funda,
y en darle mil besos
sin tregua ni hartura;
si sus besos matan,
morir no me asusta.
X (En un hueco del muro, una imagen de la
Madre Dolorosa, con vasos llenos de flores delante.)
MARGARITA
(Poniendo flores nuevas en los
vasos.)
¡Ay, Madre Dolorosa!
Tus ojos vuelve a mi dolor piadosa.
El pecho, cuando miras
morir al Hijo amado,
por siete espadas llevas traspasado;
por su pasión y tu pasión suspiras,
y al padre celestial pides consuelo.
Tal vez no menor duelo
todo mi ser domina y atormenta;
tú sabes la esperanza que me alienta,
el mal que me devora,
por qué mi pobre corazón te implora;
aguda flecha en él clavada llevo
por dondequiera que mi planta muevo.
¡Ay! Lloro, lloro sola en mi quebranto
y se deshace el corazón en llanto;
con mi llanto regué por la mañana
las macetas que adornan mi ventana,
cuando estas flores para ti cogía,
y dio luz a mi alcoba y alegría
el alba, hasta en mi lecho reluciendo,
y en él sentada me encontró gimiendo.
¡Virgen de los Dolores! ¡Madre mía!
¡Sálvame de la muerte ignominiosa,
vuelve tus ojos hacia mí piadosa!
XI MEFISTÓFELES
(Canta, acompañándose con
la cítara.)
Al indeciso fulgor
con que ya la aurora brilla,
¿qué intentas, Catalinilla,
a la puerta de tu amor?
No te fíes, y desdeña
falso ruego,
que entrarás doncella, y luego
saldrás dueña.
Niñas, vivid con recato;
ya es tarde. ¿Qué se ha de hacer?
Más precauciones tener:
que nunca al galán ingrato
diga el corazón sencillo:
te amo y cedo,
si antes no os pone en el dedo
el anillo.
XII Oficios. -Órgano y canto.
(MARGARITA entre la multitud.
-El
ESPÍRITU detrás de
MARGARITA .)
ESPÍRITU DEL MAL
¡Cuán mudada te hallas!
Cuán otra, ¡oh Margarita!
Aquí mismo, inocente,
doblabas la rodilla,
rezabas en tu libro,
y sólo Dios hacía
su morada en tu alma,
entre juegos de niña.
¿Qué turba tu cabeza?
¿Qué horror tu pecho agita?
¿Pedir a Dios, acaso,
por tu madre osarías,
que murió por tu culpa?
¿Qué sangre es la que miras
de tu casa a la puerta?
Y en tus entrañas mismas,
su desdicha anunciando
y tu propia desdicha,
con vivir ominoso,
¿qué nuevo ser palpita?
MARGARITA
De horribles pensamientos,
¡ay, cielos!, ¿quién me libra?
CORO
Dies israe, dies illa
solvet saeclum in favilla.
ESPÍRITU DEL MAL
Ira de Dios te agobia;
te aguarda su justicia;
las trompetas resuenan;
los sepulcros vacilan.
Tu corazón despierta
del sueño entre cenizas;
para tormento y llamas
recobra nueva vida.
MARGARITA
¡Ay! ¡Huyamos! El órgano
del aliento me priva;
los cantos en mi pecho
abren profunda herida.
CORO
Judex ergo cum
sedebit,
quidquid latet, adparevit,
nil inultum remanevit.
MARGARITA
¡Me ahogo! ¡Los pilares
del templo me cautivan...,
me aprietan..., y la bóveda
se me desploma encima!
¡Aire!
ESPÍRITU DEL MAL
CORO
Quid sum miser tunc
dicturus?
Quem patronum rogaturus?
Cum vix justus sit securus.
ESPÍRITU DEL MAL
Los bienaventurados
de ti apartan la vista,
y los justos que pasan
darte la mano evitan.
¡Ay de ti!
MARGARITA
¡Socorredme, vecina!
(Cae desmayada.)
CORO
Quid sum miser tunc dicturus?
Madrid, 1878.
Romance popular de Servia
En el campo de Kosovo,
a la margen del Sitniza,
está, con cien mil guerreros,
el gran sultán de Turquía.
Un faraute con un sable
5
recorre todas las filas:
trescientas monedas de oro
por la hoja damasquina,
y trescientas por las joyas
que en el fondo relucían,
10
y trescientas por el puño
el buen faraute pedía.
Allí a Marco Kralyewitch
halló el faraute por dicha.
«Déjame mirar el sable»,
15
Marco Kralyewitch decía.
Después de haberle mirado,
añadió con bizarría:
«Las novecientas monedas
que valer el sable estimas
20
darte quiero de contado;
mas a sitio te retira
seguro, donde yo el cinto
sin recelo me desciña,
y luzca y cuente el dinero,
25
porque son las deudas mías
tantas, que los acreedores
temo que la compra impidan».
El turco, siguiendo a Marco,
fue con él hacia la orilla,
30
junto a la sólida puente
de blanca mampostería.
Marco allí sacó del cinto
tres bolsas que en él había,
la capa extendió en el suelo
35
y el oro derramó encima.
Mientras el turco le cuenta,
con detenimiento mira
el sable Marco, y tres signos
en él descubre y descifra.
40
De San Demetrio era uno,
del Arcángel otro, y firma
de Vurachin el tercero.
Fijando en ello la vista,
Marco al faraute pregunta:
45
«Por Dios, turco, que me digas
cómo adquiriste este sable.
¿Fue herencia de tu familia?
¿Fue de tu mujer presente?
¿Fue de tu esfuerzo conquista?»
50
El turco respondió a Marco:
«A contestarte me obliga
con franqueza tu franqueza:
ni el padre, ni la querida
esposa, el sable me dieron;
55
lo gané en tremendo día,
en el campo de batalla,
a la margen del Sitniza,
donde de Servia el imperio
cayó en sangrienta ruina;
60
en el campo de Kosovo,
donde dos reyes morían,
el tzar Lázaro de Servia
y Amurates de Turquía.
Montado en un potro bayo,
65
por este campo yo iba
para dar agua a mi potro
apenas amanecía.
En tienda de seda verde
vi a un guerrero que yacía;
70
al lado suyo este sable
y el pecho lleno de heridas.
Al verme dijo el guerrero:
«Ten piedad de mi desdicha;
estoy herido de muerte;
75
pronto perderé la vida...;
aguarda aquí a que mi alma
salga del cuerpo tranquila
y arroja luego mi cuerpo
en el fondo del Sitniza.
80
Este sable será tuyo
con su hoja damasquina.
Y la tienda, que es de seda,
y tres bolsas, de oro henchidas.»
«Yo, lo confieso, no tuve
85
piedad del que la pedía,
y le corté la cabeza
con rapidez inaudita.
Le así luego el brazo izquierdo
y el pie derecho enseguida,
90
y en medio de la corriente
arrojele del Sitniza.
Así el botín he ganado
y la hoja damasquina.»
Hasta el fin escuchó Marco;
95
luego al faraute decía:
«Turco, que Dios te lo pague;
a quien quitaste la vida,
a Vucachin el monarca,
es a quien debo la mía.
100
Do le diste sepultura
te la daré con justicia.»
Y le cortó la cabeza
con rapidez inaudita.
Le asió luego el brazo izquierdo
105
y el pie derecho en seguida,
y en medio de la corriente
arrojole del Sitniza.
«Ve a acompañar a mi padre»,
al arrojarle le grita.
110
Con su sable y su dinero
Marco a la hueste volvía.
Los genízaros exclaman:
«Por Dios, Marco, que nos digas
dónde dejaste al faraute».
115
Y Marco les respondía:
«De vender entre nosotros
no esperando granjería,
se ha hecho mercader de mar
y hacia la mar se encamina».
120
Los genízaros entonces
entre sí diciendo iban:
«¡Ay del turco que de Marco
y de sus tratos se fía!»
Elegía de Abul-Beka, de Ronda, a la
pérdida de Córdoba, Sevilla y Valencia Cuanto sube hasta la cima,
desciende pronto abatido
al profundo;
¡ay de aquel que en algo estima
el bien caduco y mentido
5
de este mundo!
En todo terreno ser
sólo permanece y dura
el mudar;
lo que hoy es dicha o placer
10
será mañana amargura
y pesar.
Es la vida transitoria
un caminar sin reposo
al olvido;
15
plazo breve a toda gloria
tiene el tiempo presuroso
concedido.
Hasta la fuerte coraza,
que a los aceros se opone
20
poderosa,
al cabo se despedaza,
o con la herrumbre se pone
ruginosa.
Con sus cortes tan lucidas,
25
del Yemen los claros reyes,
¿dónde están?
¿En dónde los Sasánidas,
que dieron tan sabias leyes
al Irán?
30
Los tesoros hacinados
por Karún el orgulloso
¿dónde han ido?
De Ad y Temud afamados,
el imperio poderoso,
35
¿do se ha hundido?
El hado, que no se inclina
ni ceja, cual polvo vano
los barrió,
y en espantosa ruina,
40
al pueblo y al soberano
sepultó.
Y los imperios pasaron,
cual una imagen ligera
en el sueño;
45
de Cosroes se allanaron
los alcázares, do era
de Asia dueño.
Desdeñado y sin corona
cayó el soberbio Darío
50
muerto en tierra.
¿A quién la muerte perdona?
Del tiempo el andar impío,
¿qué no aferra?
De Salomón encumbrado
55
¿al fin no acabó el poder
estupendo?
Siempre del seno del hado
bien y mal, pena y placer
van naciendo.
60
Mucho infortunio y afán
hay en que caben consuelo
y esperanza;
mas no el golpe que el Islam
hoy recibe en este suelo
65
los alcanza.
España tan conmovida
al golpe rudo se siente
y al fragor,
que estremece su caída
70
al Arabia y al Oriente
con temblor.
El decoro y la grandeza
de mi patria, y su fe pura,
se eclipsaron;
75
sus vergeles son malezas,
y su pompa y hermosura
desnudaron.
Montes de escombro y desiertos,
no ciudades populosas,
80
ya se ven;
¿qué es de Valencia y sus huertos?
¿Y Murcia y Játiva hermosa?
¿Y Jaén?
¿Qué es de Córdoba en el
día,
85
donde las ciencias hallaban
noble asiento,
do las artes a porfía
por su gloria se afanaban
y ornamento?
90
¿Y Sevilla? ¿Y la ribera
que el Betis fecundo baña
tan florida?
Cada ciudad de éstas era
columna en que estaba España
95
sostenida.
Sus columnas por el suelo,
¿cómo España podrá ahora
firme estar?
Con amante desconsuelo
100
el Islam por ella llora
sin cesar.
Ya llora al ver sus vergeles
y al ver sus vegas lozanas
ya marchitas,
105
y que afean los infieles,
con cruces y con campanas,
las mezquitas.
En los mismos almimbares
suele del leño brotar
110
tierno llanto.
Los domésticos altares
suspiran para mostrar
su quebranto.
Nadie viva con descuido,
115
su infelicidad creyendo
muy distante;
pues mientras yace dormido
está el destino tremendo
vigilante.
120
Es dulce patria querida
la región apellidar
do nacemos;
pero, Sevilla perdida,
¿cuál es la patria, el hogar
125
que tenemos?
Este infortunio a ser viene
cifra de tanta aflicción
y horror tanto;
ni fin ni término tiene
130
el duelo del corazón,
el quebranto.
Y vosotros, caballeros,
que en los bridones voláis
tan valientes,
135
y cual águilas ligeros,
y entre las armas brilláis
refulgentes;
que ya lanza poderosa,
agitáis en vuestra mano,
140
ya en la obscura
densa nube polvorosa,
cual rayo, el alfanje indiano
que fulgura;
vosotros, que allende el mar
145
vivís en dulce reposo,
con riquezas
que podéis disipar,
y señorío glorioso
y grandezas;
150
decidme: los males fieros
que sobre España han caído,
¿no os conmueven?
¿Será que los mensajeros
la noticia a vuestro oído
155
nunca lleven?
Nos abruman de cadenas;
hartan con sangre su sed
los cristianos.
¡Doleos de nuestras penas!
160
¡Nuestra cuita socorred
como hermanos!
El mismo Dios adoráis,
de la misma estirpe y planta
procedéis;
165
¿por qué, pues, no despertáis?
¿por qué a vengar la ley santa
no os movéis?
Los que el imperio feliz
de España, con alta honra
170
sustentaron,
al fin la enhiesta cerviz,
al peso de la deshonra,
doblegaron.
Eran cual reyes ayer,
175
que de pompa se rodean,
y son luego
los que en bajo menester,
viles esclavos, se emplean
sin sosiego.
180
Llorado hubierais, sin duda,
al verlos entre gemidos
arrastrar
la férrea cadena ruda,
yendo, para ser vendidos,
185
al bazar.
A la madre cariñosa
allí del hijo apartaban
de su amor;
¡separación horrorosa,
190
con que el alma traspasan
de dolor!
Allí doncellas gentiles,
que al andar, perlas y flores
esparcían,
195
para faenas serviles
los fieros conquistadores
ofrecían.
Hoy en lejana región
prueban ellos del esclavo
200
la amargura,
que destroza el corazón,
y hiere la mente al cabo
con locura.
Tristes lágrimas ahora
205
vierta todo fiel creyente
del Islam,
¿quién su infortunio no llora
y roto el pecho no siente
del afán?
210
I Del año mil cuatrocientos,
en la verde primavera,
a su castillo de Ruhn,
sobre la margen del Elba,
el margrave de Gomer,
5
dueño de vidas y haciendas,
y señor de horca y cuchillo,
de pendón y de caldera,
de cazar vuelve una noche;
ve ahorcar a tres; luego cena,
10
y muere de muerte súbita,
sin agonía violenta.
Del homenaje en la torre
se iza enlutada bandera;
mas villanos y burgueses,
15
en vez de duelo, arman fiesta.
Había el margrave sido
azote de aquella tierra,
por su insaciable codicia,
por su iracunda soberbia.
20
Agobiando a sus vasallos
con mil pechos y gabelas,
en atroz lagar de sangre
estrujaba la miseria.
Todo vestido de hierro,
25
iba con una caterva
de sayones y de esbirros,
por el palo y por la cuerda,
para escarmiento de díscolos,
dando razón de quién era.
30
Emigraban los mancebos
o gemían en cadenas,
y los viejos mendigaban,
llenos de harapos y lepra,
un mendrugo de pan bazo
35
del monasterio a la puerta.
Si con industria y ahorro
alguien juntaba moneda,
la sepultaba medroso,
sin lucrar ni gozar de ella.
40
Así el malestar crecía,
y cundía la pobreza,
y los años del margrave
frisaban en los ochenta,
conservándole el demonio
45
en su cabal entereza
para llenar el infierno
con gentes que desesperan.
Cuando corrió de su muerte
la consoladora nueva,
50
y el irreverente vulgo
dio de su júbilo muestras,
cual bandada de palomas,
si el halcón que las aterra
sucumbe de pronto, herido
55
por inesperada flecha,
los villanos en el campo
al regocijo se entregan:
de las horcas y picotas
atrevidos hacen leña,
60
y fuego encienden, y bailan
alrededor de la hoguera.
Los guerreros del castillo
algún insulto recelan,
y atentamente vigilan
65
en saetías y entre almenas.
Hay sólo cabe el difunto,
un pobre fraile que reza.
Sentado está el pobre fraile
en un sillón de vaqueta,
70
y la rigidez inmóvil
del cuerpo muerto contempla,
que ya la estatua yacente
que han de erigirle remeda.
Le iluminan con luz roja
75
cuatro blandones de cera,
cuya llama oscila acaso
o aviva un aura más fresca,
que, esfumando los contornos
del cadáver, en las negras
80
colgaduras monstruos finge
y extrañas sombras proyecta.
Bien calada la capucha,
que el rostro pálido cela,
murmura el fraile responsos
85
con voz monótona y lenta;
mas a deshora se calla;
sus dedos se crispan; tiembla,
y con espanto imagina
que un gran prodigio presencia.
90
Incorporado el margrave,
sobre el féretro se sienta;
abiertos tiene los ojos,
y sin miedo ni sorpresa
mira el fúnebre aparato,
95
y dice con voz entera:
«¿Qué pasa? ¿Estoy muerto o vivo?
Vivo estoy. Chasco se lleva
mi sobrino, si es que viene
para recoger la herencia.
100
Hola, fraile; tráeme vino,
que tengo la boca seca.»
Se persigna y se santigua
el fraile; su asiento deja;
con paso firme y seguro
105
al feroz viejo se acerca
y de esta suerte desata
cristianamente la lengua.
II «Como ejemplo singular,
de soberana clemencia,
110
Dios para la penitencia
te quiso resucitar.
Procura, pues, alcanzar,
con humilde confesión,
de tus culpas el perdón.
115
No desoigas mis palabras;
margrave, mira que labras
tu eterna condenación.
Y no basta que declares
y lamentes tu delito;
120
menester es que, contrito,
el mal que hicistes repares.
Por ti corre el llanto a mares;
enjúgale con tu mano;
en caridad de cristiano
125
trueca tu soberbia ruda,
y sostén a la viuda,
al huérfano y al anciano.
Ya que Dios el beneficio
te otorga de nueva vida,
130
no a deleites te convida,
sino a ceñirte el cilicio.
Desecha regalo y vicio,
reviste burdo sayal,
azota el cuerpo mortal
135
y hazte de tu alma esclavo,
a fin de que Dios al cabo
te libre de todo mal.»
«Frailecillo impertinente,
el margrave le contesta,
140
tu predicación molesta
me prueba que estás demente.
Si en su gloria no consiente
Dios a un noble caballero,
sin que se humille primero
145
con extravagancias mil,
disciplina y llanto vil,
ir al infierno prefiero.»
«No blasfemes, desdichado,
replica el fraile con calma;
150
Dios, para salvar tu alma,
breve plazo te ha otorgado.
Si a desertar tu pecado
mi voz no llega a moverte,
de tus súbditos advierte
155
la acusadora alegría
con que todos a porfía
celebran ora tu muerte.»
Calla el fraile y oye el viejo,
en el féretro sentado,
160
el rumor inusitado
del universal festejo;
ve en la pared el reflejo
de grande hoguera cercana,
y mira por la ventana
165
cuanto en su muerte se goza,
y cómo trisca y retoza
la muchedumbre villana.
Amenazante el furor
del viejo, entonces estalla,
170
diciendo: «¡Oh, torpe canalla,
te he de pagar tanto amor!
Y a ti, fraile, tu fervor
premiaré, y plática amena,
colgándote de una almena,
175
al punto, para que des
bendiciones con los pies
al viento, a los grajos cena.»
III Esto dice, y sin cesar
sus amenazas y fieros,
180
de un brinco intenta el margrave
bajar del túmulo al suelo.
La espada lleva en el cinto,
la cota cubre su pecho,
y espera cruda venganza
185
del frailecillo y del pueblo.
Ya tiene las piernas fuera,
y aun exclama con afecto
piadoso el fraile: «¡Perdón
pide a Dios, te queda tiempo!»
190
Pero el margrave no escucha,
y a saltar va, cuando presto,
la capucha derribada,
mostrando su rostro enérgico,
su nariz que hincha la cólera,
195
su mirar que arroja fuego,
el fraile se le abalanza,
manos echándole al cuello.
Entre la gola y la carne
logra meterle los dedos,
200
que eran nudosos y enjutos,
pero más fuertes que hierro.
Con aquel dogal no puede
llamar a su gente el viejo,
y lucha sin esperanza
205
en horroroso silencio.
Cárdeno el rostro, la boca
y los ojos muy abiertos,
enseñando la blasfema
lengua, y erizado el pelo,
210
al fin sin bullir reposa
y ya para siempre muerto.
El fraile entonces le alisa
las canas; le empuja dentro
la lengua y cierra la boca:
215
le extiende bien sobre el féretro;
sus ojos cierra asimismo;
endereza un candelero
que derribó con la brega;
recata el rostro de nuevo,
220
calándose la capucha;
de hinojos se postra luego;
abre los brazos en cruz,
y reza:
Confiteor Deo .
I A las tres infantas,
cuando fue a la feria,
preguntaba el rey:
«¿Qué os traigo a la vuelta?»
Gentil la mayor,
5
aunque harto soberbia,
respondió: «Yo quiero
diamantes y perlas».
Rubia como el trigo
la segunda era:
10
sus mejillas, rosas;
su frente, azucenas.
Y dijo: «Yo gusto
de rica diadema,
de anillos de oro
15
y trajes de seda».
Así su deseo
mostró la tercera,
en quien competían
talento y belleza:
20
«Con el alba siempre,
en la madreselva
que de mi ventana
tapiza la reja,
no sé si dormida,
25
no sé si despierta,
oigo a un pajarillo,
cuya cantinela
a pedir las hojas
que cantan me enseña».
30
Por desdén y enojo,
frunciendo las cejas,
el rey replicaba:
«Su clara nobleza
al pedirme joyas
35
tus hermanas prueban:
mas yo juzgaría
lo que tú deseas
humilde y villano,
si absurdo no fuera».
40
Luego de hito en hito
miró a la princesa:
en su hermosa cara
recordó a la reina,
y exclamó, trocando
45
su enojo en terneza:
«Si hay hojas que cantan,
yo juro traerlas».
II Cabalgando el rey
durante tres días,
50
la feria ver pudo
de todo provista.
Las joyas y sedas
marco sin fatiga,
mas nadie las hojas
55
que cantan vendía.
De nuevo a caballo,
por la senda esquiva,
el rey se internaba,
y en balde decía:
60
«Pomposa arboleda
que mil hojas crías,
las hojas que cantan
concede a mi niña».
Como mar remoto
65
el viento gemía
en las altas copas
de verdes encinas.
Mas en todo el bosque
ni un árbol había
70
que de hojas que cantan
tuviese noticia.
El rey dijo entonces:
«Si no son por dicha
las hojas que cantan
75
ensueño y mentira,
a quien lo demuestre
darele en albricias
mis regios favores
por toda la vida».
80
El doncel del rey,
que a su lado iba,
oyó la promesa
y dijo enseguida:
«Empeña tu regia
85
palabra, y afirma
darme lo primero
que al llegar percibas
hoy de tu palacio
en la puerta misma,
90
y que tu verdugo
mi cuello divida
si de hojas que cantan
no goza tu hija».
El rey, largo tiempo,
95
callado, medita:
al cabo, resuelto,
al doncel replica:
«Mi palabra empeño.
En ella confía.»
100
El doncel al punto,
con mano atrevida,
puso en las del rey
algo que escondía
sobre el corazón
105
cual santa reliquia;
y añadió: «Te entrego
las hojas que ansías.»
III El rey a las puertas,
llegó del Alcázar,
110
y salió a su encuentro
la señora infanta;
y alegró su vista,
con sonrisa blanda,
y aduló su oído
115
con dulces palabras.
Dijo el rey: «Te traigo
las hojas que cantan;
mas harto recelo
que cuesten muy caras».
120
Puso un paquetillo
en su mano blanca,
y le tomó ella,
llorosa y turbada:
mas en aquel lloro
125
su gozo brillaba,
cual sol en el leve
rocío del alba.
Bajo sello había
tres hojas guardadas.
130
La primera hoja
le vio que cantaba:
«El doncel yo soy,
que tierno te ama
y en la piedad tuya,
135
cifra su esperanza.
Son mi única hacienda
las enamoradas
canciones que escuchas
desde tu ventana».
140
La segunda hoja
así se expresaba:
«Pero de los genios
en región arcana,
imperio glorioso
145
mi voz avasalla,
do el laúd es cetro
y el vate monarca».
La tercera hoja
cantó con audacia
150
amante: «Sé mía,
que es tuya mi alma».
Al leer la primera,
la niña temblaba:
al leer la tercera,
155
se puso algo pálida;
mas su corazón,
con ondas de grana,
a leer la tercera,
le bañó la cara.
160
«¡Cuán sabio consejo,
exclamó la dama,
me dio el pajarillo,
allá en la enramada;
pues truecan las hojas
165
en placer mis ansias,
y en dicha perpetua
inundan mi alma!».
Para más regalo
y más bienandanza,
170
si ella trajo en dote
su amor y sus gracias,
y todos los juros
rentas y adehalas,
de diez Baronías
175
y de cuatro Marcas,
él, más generoso,
le dio, como en arras,
a inmortal corona
del reino que abarca,
180
cuanto el genio crea
y el arte abrillanta.
Washington, 1885.
Con leve, obscuro velo,
la tarde, ha dos mil años, encubría
la púrpura y el oro que en el cielo
el sol difunde al expirar el día.
Su obra terminaba
5
el artista, y, dejando su cincel,
con un suspiro a la mujer hablaba
que estaba en la penumbra junto a él.
«Vencedor del destino,
salvé de alteración algo de ti,
10
porque fiel de tu rostro peregrino
los rasgos en el mármol esculpí.
Fryne, tus labios rojos
su aroma perderán y su frescura
se apagará la llama de tus ojos;
15
Amor no sostendrá tanta hermosura.
Mas, aunque Amor no pueda
puede el arte fijar lo fugitivo:
por él en mármol, para siglos queda
de tu sonrisa el resplandor cautivo.
20
Mi cerebro y mi mano
cenizas ya serán y polvo inerte,
y tu beldad, por arte soberano,
brillará vencedora de la muerte.
Esperanzas, temores,
25
en nuestros pechos no tendrán cabida:
huirán cual vago son nuestros amores;
será olvidado cuento nuestra vida.
Pero, en la piedra helada,
que Amor no anima con su dulce fuego,
30
persistirán tu forma y tu mirada
con raro hechizo, en plácido sosiego.
Ni veladora pena,
ni atroz cuidado que la paz nos quita,
perturbarán la majestad serena
35
conque esta imagen tu beldad imita.
Y todo el que la vea,
al ver del arte el inmortal destello,
su inmarcesible flor, su limpia idea
y de las gracias el perenne sello,
40
tal vez triste se incline
a suspirar; tal vez diga extasiado:
«Así sonríe encantadora Fryne
y Praxíteles de ella enamorado».
Washington, 1885.
De John Greenleaf Whittier
Los siglos pasan sin que nadie pueda
el misterio entender:
hoy la pregunta sin respuesta queda,
y hoy urge más que ayer.
Ningún signo exterior nos da consuelo:
5
mientras la fe batalla,
sin esperar, contra la duda, el cielo
indiferente calla.
Para siempre del mal sigue escondida
la razón a los sabios:
10
la esfinge está en la puerta de la vida,
y el enigma en sus labios.
Delito y miedo invaden el camino:
halaga la hermosura
de los frutos, y prueba el peregrino
15
cenizas y amargura.
Aunque sin claridad, odia la mente
lo que el sentido ama:
a través de la urdimbre reluciente
se ve la negra trama.
20
¿Y por qué dolor tanto? Dios lo sabe.
Yo sólo sé que es bueno,
y que trueca lo áspero en suave
y en bálsamo el veneno.
Si con terrible majestad fulgura,
25
ante su altar me postro,
y, cual Moisés, la paternal dulzura
contemplo de su rostro.
Lo que se oculta al pensamiento impío
con viva fe discierno,
30
y en la misericordia me confío
y bondad del Eterno.
Que la salud en la dolencia acuda
de Él espera mi alma;
en los combates paz, luz en la duda,
35
y en las tormentas calma.
No nace el padecer de que se ofenda
Dios contra el débil ser,
cuando vacila en la escabrosa senda
o la llega a perder.
40
Porque siempre entre zarzas y entre abrojos,
al que errado camina,
perdón promete con piadosos ojos
la caridad divina.
Ella transforma la cadena en flores,
45
y rasga el denso velo
del error y el pecado, y los fulgores
nos deja ver del cielo.
Quien infringe las leyes de la vida,
no ha de extrañar la pena
50
a que en su rebelión y en su caída
él mismo se condena.
Cuando vuelve la espalda a la hermosura
del claro sol divino,
del propio cuerpo con la sombra obscura
55
tropieza en el camino.
Y ya carece del vigor que eleva
hacia la luz la cara,
si la gracia de Dios no le renueva
y su amor no le ampara.
60
La fuerza del pecado nos desvía
de Dios; pero más fuerte
Amor, que el astro errante hacia el sol guía,
hacia Dios nos convierte.
¡Oh Amor divino! De tu puro rayo
65
nos enardece el fuego,
reanima nuestra mente en su desmayo
y da la vista al ciego.
Tu voz, potente como nunca hoy,
a esperar nos convida:
70
en los sepulcros suena y dice: «Soy
resurrección y vida».
Tú das brío al que aspira, ama y trabaja,
y, como lengua ardiente,
tu espíritu creador del cielo baja
75
y se posa en su frente.
Por cuantos son los climas y regiones
tu resplandor asoma:
tú extiendes sobre todas las naciones
tus alas de paloma.
80
Tú eres fuente inexhausta de poesía
do la sed apagamos,
de las raudas esferas la armonía
que oyó el sabio de Samos.
La verdad eres con afán buscada
85
en balde por el mundo,
porque tiene tu asiento y tu morada
del alma en lo profundo.
Allí logran los buenos conocerte,
¡oh excelsa ley de amor!
90
¡Oh, torrente de vida en que la muerte
se anega y el dolor!
Tú eres beldad antigua, siempre nueva;
voz interna que clama;
y verbo de Platón, y aura que lleva
95
de caridad la llama.
Aclara y rompe el tenebroso arcano;
danos tu luz por guía:
vierte en la noche el fúlgido Océano
de tu perpetuo día.
100
Penetra el corazón del que te niega;
socorre al que te implora,
y más allá de la esperanza llega
del justo que te adora.
Washington, 1885.
Hace siglos que a la tierra
vino un mancebo lozano,
cuya delicada mano
no empuñaba el azadón:
pero, tocando unas cuerdas
5
y entonando unos cantares,
disipaba los pesares
y ensanchaba el corazón.
Era Admeto del buen gusto
rey por derecho divino,
10
y al ver que daban al vino,
en el banquete real,
grato sabor los cantares,
se aficionó al arte extraño,
y de todo su rebaño
15
nombró al mozo mayoral.
La palabra de aquel mozo
vulgar y sencilla era,
mas por tan linda manera
él la solía decir,
20
que su musical hechizo
causaba pura alegría
y a los párpados hacía
las lágrimas acudir.
Todos hallaban inútil,
25
holgazán y distraído,
del soberano al valido
y mayoral de la grey;
mas de su boca ponían,
con plácido acatamiento,
30
un mandato en cada acento
y, en cada frase una ley.
Nadie explicaba el origen
del saber de que era dueño,
porque ocioso y como en sueño
35
perdía el tiempo el cantor,
ya de las hojas caídas
mirando el giro suave,
ya el manso volar de un ave
y ya el cáliz de una flor.
40
Tal vez, con bondad ingénita,
cada ser, cada criatura,
mostrándole su hermosura,
le infundía la virtud,
que, oculta en plantas y rocas,
45
fuentes y hierbas, existe,
para dar consuelo al triste
y a los enfermos salud.
Aunque de su hablar discreto
todos prendados quedaban,
50
en harto poco estimaban
sus obras y su valer,
en aquella edad tan ruda,
al verle barbilampiño,
con candideces de niño
55
y ternuras de mujer.
Mas no bien huyó del mundo,
anublándose su historia
doró el hombre su memoria
con refulgente arrebol;
60
y, como su vida hizo
más llena de amor la vida
y la tierra más florida,
imaginó que era el sol.
Santos fueron los lugares
65
donde él estampó su huella,
y fue la región más bella
do él vertió su claridad;
y todo cantor y vate,
sintiendo en el alma luego
70
de su inspiración el fuego,
le adoró como deidad.
Manda el cielo a las gentes enseñanza
en toda edad y clima, y la acomoda
al ingenio, al sentir y a la cultura
de cada lengua y tribu. De esta suerte
de la verdad en el glorioso reino
5
nunca impera egoísta un pueblo solo.
Así toda creencia, que a los hombres
muestra el recto camino de la vida,
y que en la fe les da llave y conjuro
con que las puertas del saber se abren,
10
fecundo germen de bondad contiene.
La mente humana, con certero instinto,
de las divinas fábulas que forja,
su fe legitimando en la hermosura,
místico don en las entrañas cela.
15
Y este místico don hace patentes,
cual vara de virtud en diestra mano,
de la verdad oculta los veneros.
Nada creó naturaleza en balde.
Bajo el uso vulgar de cada cosa
20
recóndito saber habla y descubre
misterios del espíritu al oído.
Los sueños que tejió la fantasía
así también si el ánimo deleitan,
de natura las obras emulando,
25
hondo sentido a la razón ofrecen.
Oídme leyenda, pues, del pueblo heleno,
lozana y fresca aún, con la perenne
juventud de las gracias, como friso,
que en pario mármol esculpió el artista
30
por virtud de los siglos vencedora.
Reco, gallardo mozo, por el bosque
vagaba, y vio una encina, cuyo tronco,
del rayo herido, iba a doblarse: entonces
tuvo piedad de tan hermoso árbol
35
y le dio firme apoyo con esmero.
Sin más pensar y con incierta planta
ya se alejaba, cuando oyó, cual suelen
las hojas susurrar que el viento agita,
blanda voz que le nombra. Se detuvo
40
y atónito escuchó que nuevamente
¡Reco! La voz suavísima decía.
Volvió la cara y contempló con pasmo,
imagen tenue de dichoso sueño,
bañando en grato resplandor la sombra
45
que formaba la encina, la figura
de una mujer, pero de tal belleza,
que lo humano excedía; con tan dulces
ojos que ser divino revelaban;
y en limpia desnudez, sin la vergüenza
50
que del pecado y la malicia nace.
Con palabras tan leves y tan claras
como el aljófar que la aurora vierte,
«Soy la dríada de este árbol -dijo-,
y a su vida ligada está mi vida,
55
cuya sencilla beatitud sustentan
rayos de sol y gotas de rocío.
Pídeme un don y le tendrás, si puedo,
pues gusto de mostrarme agradecida».
«Mi corazón vacila temeroso,
60
pero me anima la gentil oferta
-Reco le respondió-: tan sólo logra
Amor satisfacer la ansia infinita
del alma: dame amor o la esperanza
de tu amor que ha de ser mi afán eterno».
65
Ella replica, tras de pausa breve,
y triste dejo en sus palabras pone:
«Te concedo mi amor; pero conozco
los peligros del don: una hora antes
vuelve en mi busca de que el sol se oculte».
70
Y Reco no vio más sino la verde
obscura pompa de la hojosa encina,
y sólo pudo percibir su anhelo
el murmullo del aura en la enramada,
y allá a lo lejos, en alcor florido,
75
el rústico sonar que del albogue
arranca un zagalillo que reposa.
Cándida luz la fe daba a los hombres
de aquella edad; y el éxito espantable
y el prodigio feliz nunca bastaban
80
las lindes a salvar que a lo posible
imperfecto saber más tarde puso.
Nada por bello y noble parecía
al corazón audaz premio sobrado.
Reco no dudó, pues, de su ventura.
85
Bajo sus pies, a la ciudad volviendo,
pensó que ufano el suelo florecía,
que era más clara la amplitud del éter,
que alas para cruzarla le brotaban,
y que del sol los rayos, en sus venas
90
infundidos, prestaban a la sangre
calor salubre y levedad celeste.
Aunque tierno y leal, los verdes años
hacían voluble el ánimo de Reco,
y cuanto al paso le brindaba goces
95
cautivo le tenía, trascordando
por placer corto egregias esperanzas.
Encontró, pues, de amigos una turba,
que jugaba a los dados; y en el juego
un instante su dicha dio al olvido.
100
Contraria, al empezar, le fue la suerte
mas ya Reco triunfante se engreía,
cuando en la estancia penetró una abeja
y llegó susurrando hasta su oído.
Él la ahuyentó con impaciente mano.
105
La abeja pertinaz tornó tres veces:
y él con enojo y descompuesta furia
la rechazó cruel; y herida ella
huyó por la ventana al libre viento.
Reco con mirar torvo la seguía,
110
cuando notó que el luminoso disco
iba a esconder el sol tras de la cumbre
de los más altos montes de Tesalia.
El corazón entonces le dio un vuelco,
y sin decir palabra, como loco,
115
recorrió la ciudad, salvó las puertas,
la llanura cruzó y entró en el bosque,
do la tarde sus sombras ya tendía.
Cansado y sin aliento llegó al árbol,
y escuchó con temor y oyó de nuevo
120
la voz delgada que en sumiso tono
¡Reco!, cerca decía: pero inútil
mirar doquier: ni luz, ni bella forma:
sólo vio obscuridad bajo la encina.
Y prosiguió la voz: «¡Ay! Nunca, nunca
125
me volverás a ver; a mí que quise
con puro amor glorificar tu vida
y en tu boca mortal verter el néctar.
Pero volvió con alas quebrantadas
mi desdeñada mensajera humilde,
130
y espíritus cual yo sólo se muestran
de seres compasivos a los ojos.
Exclusiva terneza no pedimos,
antes al que desprecia de natura
la obra más baja rechazar debemos,
135
despareciendo de su torpe vista.
Adiós, adiós; ya nunca podrás
verme.»
Con palpitante corazón al punto
Reco exclamó: «¡Piedad, perdón te
pido!
No reincidir te juro en tanta culpa.»
140
«¡Ay! -la voz replicó. -Yo soy piadosa.
Ciego estás tú. Yo, Reco, te perdono:
pero carezco de virtud que alcance
a sanar de tu espíritu los ojos.
El alma misma sana sólo al alma.»
145
Y Reco no oyó más sino el susurro
del aura en el follaje, parecido
al resonar remoto de las olas,
que mueven piedrezuelas en la playa.
La noche, en tanto, la envolvió en su velo;
150
y en el llano, a lo lejos, relucía
la ciudad con mil luces; y el ruido
de músicas y fiestas hasta Reco
cual maldición fatídica llegaba.
El cielo desplegó sobre su frente
155
la brillantez sublime de los astros;
acarició la brisa sus mejillas,
y vio en torno placer y vio deleite,
y soledad sin fin sintió en el alma.
Washington, 1886.
En nombre del Dios único,
los ídolos rompía
y el Islam difundía
el severo Mahamud.
Flaqueza momentánea
5
tuvo el antiguo templo,
mas la venció y dio ejemplo
de entereza y virtud.
En el santuario obscuro
erguíase un coloso,
10
simbólico, espantoso,
sobre marmóreo altar.
Pavor daban su duro
rostro y mirada yerta,
a la luz vaga, incierta,
15
del sagrado lugar.
Vacilando se para
Mahamud por un momento:
cobran atrevimiento
su turbación al ver
20
los bramines, y espléndido,
magnífico rescate,
si el ídolo no abate,
le llegan a ofrecer.
Mahamud desprecia el oro,
25
cual barro vil le mira,
y aunque tal vez aspira
con todo el que darán
a dilatar su imperio,
a sostener la guerra
30
y a extender por la tierra
la gloria del Islam;
al fin resuelto exclama:
«Ceder a vuestro ruego
quisiera, pues no niego
35
de la oferta el valor:
para salvar el ídolo
dais más de lo que importa:
mas es la suma corta
para comprar mi honor.
40
»Ata el poder Fortuna
a su voluble rueda,
y sólo firme queda
la no violada fe:
podré ganar de nuevo
45
la riqueza perdida;
pero de vil caída
alzarme no podré.»
La férrea clava entonces
blandió Mahamud con brío,
50
al simulacro impío
terrible golpe dio;
y, con estruendo, al ímpetu
de sus robustos brazos,
deshecho en mil pedazos
55
el ídolo cayó.
Premiada fue la hazaña:
del Dios la rota entraña,
cual diluvio, en el suelo
derramó veces cien
60
más perlas y más oro
que el inmenso tesoro,
que de Mahamud el celo
rechazó con desdén.
Apenas impresos estos
Ensayos , el poeta se arrepintió de
haberlos dado a la estampa, y nunca temeroso del juicio o más bien de la
indiferencia del público, llegó a publicarlos. Están,
además, llenos de erratas, sin puntos ni comas, y más para
quemados que para leídos.
a) Prólogo
El autor de este prólogo, que era
a la sazón poco mayor que yo en edad, saber y gobierno, aunque es en el
día hombre de bastante erudición, persona siempre de aventajado
ingenio y queridísima mía de todas veras, se propuso elogiarme de
cualquier modo y salir del paso a la buena de Dios, yo creo que sin leer, y,
por lo tanto, sin entender los versos que había de criticar por los
cuales, si los hubiese leído, aunque acaso sean pesados y fastidiosos de
leer hubiera venido en conocimiento de que, si bien en ellos hay hartas
imitaciones, ya que no felices, no faltan tampoco cosas originales, y hubiera
visto a las claras que el autor es siempre el autor, imite a quien imite, y que
en aquellos tiempos, ni aun para imitar a lord Byron andaba desesperado y mal
avenido con el mundo, la vida, la mujer, etcétera, sino que, por el
contrario, vivía lleno de ilusiones, de esperanzas, y en medio de
sueños que, entre otros muchos defectos, tienen, a no dudarlo, el de ser
inocentísimos.
El autor del prólogo, digo, que
no descubrió en estos versos lo mejor, lo único bueno que hay en
ellos a saber: el alma del poeta, la cual entonces aun era bonísima,
amantísima y candidísima. Este librillo está, como mi
corazón de aquellos tiempos, lleno de simplicidad, lo confieso, pero
lleno también de amor por todo lo bello y lo bueno, por la patria, por
los amigos, la familia, la ciencia, por Dios y por una infinidad de seres
fantásticos, que yo mismo fingía, en los que creía de
buena fe y de los que andaba seriamente enamorado. Las opiniones de los
filósofos, las más opuestas, yo las aceptaba todas con tal de que
me pareciesen bonitas, y las encajaba en mis versos, sin curarme de si eran
verdaderas o falsas, y aun sin examinarlas ni conocerlas bien, porque
sabía poquísimo de todo, y aun no sé gran cosa de
nada.
El señor don Antonio
Alcalá Galiano, a quien envié un ejemplar de estas poesías
acabadas de imprimir, hizo de ellas un juicio crítico que he perdido,
pero en el cual elogiaba mucho mi ingenio poético (acaso ser deudo
mío le cegase), y asimismo notaba varios defectos de
versificación y hasta de gramática que hay en ellos. Uno de los
cuales, a tener yo bastante autoridad para ello, habría pasado como
licencia poética, esto es, que en verso diría:
vistes ,
oístes por
viste y
oíste , siendo esta
s como la
v de los griegos, que es a la par desinencia
de plural en los verbos y añadidura eufónica para evitar la
unión de muchas vocales.
En cuanto a los demás yerros, no
tengo otra disculpa sino mi ignorancia invencible, pues en la escuela nunca me
enseñaron gramática, ni creo que el maestro la supiese: por
manera que lo que en el día se me alcanza de este arte, así como
de otras varias doctrinas, a mí mismo lo debo, que lo he ido poco a poco
pillando de aquí y de allí y como al acaso. Porque, a decir
verdad, nada aprendí nunca en la escuela, ni en el estudio, ni en la
Universidad; todo lo que sé, que es bien poco, lo he aprendido conmigo
mismo, sin orden, sin maestro y sin un fin determinado. Por donde yo algunas
veces pierdo pies y hasta la cabeza y me engolfo tan locamente en los desatinos
de mi orgullo, que llego a imaginar que valgo y que sé bastante, y que
casi todos mis maestros eran gente de poco más o menos, y hasta algunos
de ellos unos asnos. Otras veces caigo en el contrario extremo de la humildad y
me digo a mí mismo aquello de Moratín:
Si en las escuelas no aprendiste nada,
si en poder de aquel dómine pedante
siempre tu banda fue la desgraciada,
¿porqué seguir procuras adelante?
Un arado, una azada, un escardillo
para quien eres tú fuera bastante.
Pero hay tantos y tantos en mi
país que debían ir a arar y a cavar, y que, sin embargo, escriben
y hasta logran fama, que me consuelo al cabo y me animo.
b) En el álbum de
María
He aquí una notable semejanza con
aquello de Góngora:
Dormid, que el niño alado
de vuestras almas dueño
con el dedo en la boca os guarda el sueño.
Si es un mal plagio o una feliz
imitación, júzguelo quien leyere. Yo no lo creo sino una
aplicación de la imagen de Góngora a una situación muy
diferente.
c) A Lucinda
Estos versos, tomados del primer canto
del
Don Juan , de Byron, y escritos por mí
cuando apenas tendría dieciséis años, deben estar
aún en poder de la señora condesa de C., para quien se
compusieron, siendo su novio yo, y ella bastante bonita, aunque una mocosa de
catorce años.
d) A Laureta
Versos tontos y embusteros; nunca
conocí ni sé que haya existido en el mundo la Laureta de que se
trata en ellos.
e) Imitación de Lamartine
Julián Romea ha tomado
también de Lamartine el pensamiento que da asunto a este soneto, puede
que con más arte, pero no con más sentido.
f) En el álbum de Conrado
Pésimos versos que merecen por
comentario esta proposición aritmética: el autor es a Horacio, su
modelo, lo que Conrado es a Virgilio.
g) En la tumba de Laureta
Estos versos que, con todas sus
imperfecciones, no se puede negar que están escritos con el alma, fueron
inspirados, no por Laureta, que, ni muerta ni viva ha existido nunca más
que en mi imaginación, sino por las dulcísimas y amorosas
palabras del Evangelio, que les sirve de epígrafe.
h) A la muerte de Espronceda
Conocí a Espronceda en
Carratraca, donde estuvo curándose, por los años de 1839, y como
yo a la sazón era un chiquillo nada bien criado, me admiraba tanto y
más de su desvergüenza, de sus palabras impías y groseras y
de su lujosa inmoralidad que de sus lindos, versos, a los cuales, sin embargo,
ponía yo entonces por encima de los de Homero, Dante, Shakespeare,
etc.
i) La maga de mis sueños
Si bien la anterior canción no
está limada y sí llena de incorrecciones, todavía es lo
más bello de cuanto he escrito en mi vida, porque es lo más
sentido y lo más verdadero, y al par lo más vago, amoroso y
místico.
j) A Lelia
Estos versos fueron escritos para
doña G. G. de A., a quien requerí de amores estando en Madrid por
los años de 1842 a 1843. Tenía yo entonces diecisiete. Stenio y
Lelia son personajes de una novela de madame Sand.
k) Al mar
De suponer es que en esto del padre
Océano quise imitar lo del gigante Adamastor; pero no hay tal. Al
escribir mi oda al mar me acordé de Quintana, de Horacio y del coro de
la
Medea , de Séneca; en Camoens no
pensé siquiera, y si parece que le imito, es mera coincidencia. Yo
siempre he hallado en Camoens un poeta de mucha ternura, notable ingenio y
elevados sentimientos patrióticos; pero nunca un Virgilio, un Ariosto,
ni un Tasso siquiera. El mayor mérito de Camoens es haber venido a
tiempo para personificar en sí y para compendiar en su poema, como en
cuadro sinóptico, todas las glorias de su nación,
gloriosísima entonces; pero su mezcla de cristianismo y mitología
es tan sin arte y tan sin filosofía, que aburre y desespera al menos
avisado. Véase cómo el Tasso, el Ariosto y el Dante supieron usar
de la mitología y se notará la diferencia. En cuanto al gigante
Adamastor, que es lo que viene al caso, debo decir que no merece grandes
elogios. A fuerza de ser feo el tal gigante, no causa miedo, sino asco y risa,
con sus dientes amarillos y otras porquerías por este orden. En vano
pretende convencernos de que no es titán fulminado por Júpiter.
Yo no veo en él sino un ídolo chino, de los que el poeta pudo
notar en Cantón. Por más que le dé proporciones colosales,
sigue siendo grotesco y no llega a ser sublime y terrible.
l) La virgen misteriosa
Bellísimo pensamiento de
Schiller, lánguido y verbosamente interpretado por mí en esta
composición.
m) Soneto
Tonto.
n) La ninfa de las aguas
La candidez y voluptuosa inocencia de
este sueño no deja de tener gracia.
ñ) la nueva flor de Gnido
Todo esto es mentira y necedad.
o) Soneto
Tonto.
p) Fábula de
Euforión
Euforión es la
personificación del poeta, elevado a la más alta potencia, y es
también lord Byron mismo
mitologizado .
El asunto de esta fábula
está tomado del
Fausto , segunda parte; pero es otro el poeta,
otras las imágenes, otros los sentimientos y aun las ideas.
CORO DE NINFAS. -Estos cantos de las
ninfas no basta ser poeta para escribirlos como aquí van escritos:
menester es, además, tener dieciséis o diecisiete años. El
sentimiento y la dulzura y la inocencia que hay en ellos no se pueden
fingir.
En sus suaves
cánticos de amores.- El más vivo entusiasmo por toda la
hermosura de la naturaleza anima estos cantos de las ninfas, las cuales son
lindas y amables personificaciones de las energías o virtudes ocultas
que hay en las cosas y que les dan ser, vida, forma y ornato.
Hijo sublime de la
hermosa Helena . -El canto de Homero a Mercurio me inspiró este coro
de las ninfas, que se halla asimismo en el
Fausto . Difícil es imitar y compendiar
las gracias del largo poema del poeta griego en las pocas palabras en que
aquí va comprendido. Yo estoy descontentísimo de mi
imitación. Y, sin embargo, no me faltaba sino arte; porque la
inspiración y hasta el entusiasmo religioso yo los tenía. Cuando
más mozo aun no podía yo comprender la belleza moral y severa del
cristianismo, y, a pesar de Chateaubriand y de los románticos, era
más pagano que cristiano. Y todos los misterios de nuestra santa
religión no me parecían sino pálidas, tristes y
desaliñadas imitaciones de las hermosas fábulas griegas. La
razón, y sobre todo la bondad divina, me han hecho después
cambiar de aviso.
LAS NINFAS. -Nessun
maggior dolore , para los pueblos que, como la Italia y la Grecia,
tienen una historia gloriosa, que es recuerdo de la pasada grandeza en la
miseria presente. Y en Italia y en Grecia este recuerdo está en el fondo
de todos los corazones. Cuentan las historias que durante las luchas
desesperadas del Imperio de Oriente con los bárbaros, aunque los griegos
eran ya cristianos, suponían y creían que Aquiles llegaba del
infierno, a caballo y armado de todas armas, para darles auxilio en la pelea.
Lo mismo, aunque menos verosímilmente, hemos fingido los
españoles del Apóstol Santiago y lo mismo fingieron de varios
semi-dioses otras muchas naciones: como los romanos de Quirino y de
Cástor y Pólux.
q) En la égloga cuarta de
Virgilio
Para dar más mérito y
evidencia a la profecía de Virgilio le hago decir aquí algunas de
las cosas que dijo Isaías y que a él nunca se le ocurrieron.
r) La divinidad de Cristo
Cualquiera diría al leer estos
versos en su principio, que aunque pobres de gracias poéticas y de
ciencia teológica están escritos
corde puro, conscientia bona et fide non
ficta , como dice el apóstol. Por desgracia mía, sin
embargo, en esto de catolicismo yo soy como los gitanos, que si no la pegan a
la entrada la pegan a la salida; y sí es que, con decir a lo
último que la humanidad se llenó de entusiasmo y llamó a
Cristo hijo de sus entrañas, vengo a dar a conocer lo falso de mi fe y
que, a pesar de que entonces no había yo aún leído nada de
lo que hoy se llama humanismo o egoteísmo, era ya un tanto cuanto
egoísta, sin saberlo ni sospecharlo siquiera.
FIN DE LAS «POESÍAS»