El sargento Felipe
Novela venezolana
Gonzalo Picón Febres



—5→
En cuanto el alba comenzaba a deshojar sus frescas rosas en las puertas del Oriente, Felipe se incorporaba en la troje de maporas que le servía de lecho, rezaba con fervor sus oraciones de costumbre, se levantaba con gran prisa, se amarraba el cuchillo de monte en la cintura, se encasquetaba el gran sombrero de cogollo, y no sin llamar antes a Gertrudis su mujer y a su hija Encarnación, se salía al patiecito de la casa, en cuyo pintoresco alrededor desplegaba el platanal los pabellones verde-oscuros de sus hojas, blanqueaban los naranjos con su gran florecimiento de azahares, cacareaban las gallinas siguiéndole las huellas al gallo rubicundo, bramaban fuertemente los becerros por la ausencia de las vacas, y corría con ronco estruendo la quebrada por debajo de las enormes hojas del fibroso malanga. En cuanto lo veían apuntar en el marco de la puerta, los perros corrían a encontrarle, y dando saltos de alegría verdadera, y poniéndole las patas en el pecho, y agitando la cola vertiginosamente, —6→ le llenaban de caricias. Felipe se los quitaba de encima con una manotada, con un formidable puntapié o con una interjección harto sonora, y se dirigía resueltamente a la quebrada. Ponía el sombrero en una piedra, se hincaba sobre el césped de la orilla, se lavaba la cara hasta ponérsela encendida con la frialdad del agua, y metía la cabeza con delicia bajo el chorro cristalino. Aquella operación duraba cerca de diez minutos, al cabo de los cuales se volvía a la casita seguido de los perros retozones, y se enjugaba el rostro con un pedazo de liencillo que guindaba de una cuerda en el angosto corredor, desempeñando allí el alto encargo de toalla.

Luego tomaba por el sendero abierto entre matas de guinea, lustrosas como seda, y salía hasta el tranquero, cuyos palos, alisados por el frecuente manoseo y humedecidos por el sereno de la friolenta madrugada, descorría poco a poco. Arrojando raudales de vapores por las narices húmedas, lleno el pelaje de cadillos y lustrosas garrapatas, brillantes los ojazos de cariño maternal, con la cabeza soberbiamente erguida, mirando a todos lados con el ansia de descubrir los becerrillos y henchida de leche la sonrosada ubre, las tres vacas entraban allí mismo al pasitrote. Detrás de ellas regresaba Felipe, y al mirarlas tan gallardas, tan bonitas, tan redondas de gordura, el corazón se le ensanchaba de satisfacción dulcísima, las palabras cariñosas se le escapaban de la boca, y charloteando sonreído con las espléndidas matronas, las amarraba de las patas traseras contra un palo, las palmeaba en las ancas con estrépito, y soltaba incontinenti —7→ uno a uno a los nerviosos becerrillos, que se pegaban de las ubres con tal fuerza y decisión, que en breve los chorros de la leche se les salían provocativos por los lados del hocico. A poco Felipe les enajenaba el gran deleite, y tomando la enormísima totuma, e inclinando la rodilla en tierra, comenzaba el repiqueteo delicioso del ordeño, a tiempo que la boca se le aguaba de placer. Cruzándose caían los dos chorros en la vasija formidable, y la espuma iba creciendo, blanca como la nieve intacta, reflejando en sus burbujas los esplendores de la vívida mañana, incitando el —8→ apetito del amarrado recental y dejándose trocar en gorda nata por el frío. Cuando ya la totuma se llenaba, la cogía Encarnación y la vaciaba en el gran cuenco donde debía cuajarse para convertirse en queso fresco y esponjoso, queso a propósito sin duda para regalar el gusto más exigente y descontentadizo.

Para entonces ya salía por la chimenea ennegrecida la columna de humo indicadora del fuego del hogar. El cual ardía, devorando con sus lenguas de oro la chamiza retostada por el sol y cantando con su chisporroteo el himno del trabajo, a tiempo que Gertrudis molía sobre la piedra las arepas, que la múcura silbaba sobre las topias del fogón, que el gato dormía arrellanado en el blando cojín de la ceniza, y que Encarnación iba y venía de la cocina al corredor, lavando escrupulosamente y acomodando en los rodetes de junco las jícaras redondas para servir el desayuno. Mientras que —9→ estaba listo este, Felipe se iba al cobertizo donde dormía el pollino moro, y le echaba una brazada de guinea; daba una vuelta por la ancha corraliza donde gruñían los marranos, y les picaba el malanga; se acercaba al frondosísimo naranjo donde rumiaba el toro negro, y le daba su ración de ricos vástagos de plátano. Volvía entonces al corredor de la casita, y se sentaba muy contento en el banco de madera, con los pies empapados de rocío, dulcísimo de genio, salpicada la frente de sudor. Un sol espléndido inflamaba las cumbres de los montes; un aire puro y oloroso a pimpollos nuevecitos garruleaba entre los árboles; una alegría vibrante y expansiva inundaba los espacios; una égloga sonora resonaba en lo profundo de las selvas, en la música del valle, en el arpa de cuerdas cristalinas del cequión. Aquello era la fiesta del follaje, el entusiasmo de la gran naturaleza, el espontáneo júbilo del pájaro y la fronda, del céfiro y el agua, del color y de la luz.
Gertrudis salía hasta la puerta de la cocina y llamaba a su esposo al desayuno. El laborioso campesino se acomodaba en un rincón sobre una troje, y su mujer le ponía por delante la gran jícara de café arrellanada en su rodete, el plato azul donde blanqueaba el requesón, una cazuela colmadita de sabroso revoltillo, y una redonda arepa que se dejaba comer sola por lo gustosa y blanda. Felipe devoraba el desayuno con apetito extraordinario, y salía muy orondo a recorrer las sementeras del conuco. Se componía este de seis cuadras de terreno compradas poco a poco a fuerza de economía y perseverancia, regadas por el cequión —10→ que bajaba de la cumbre, y sembradas todas ellas de café, sin que faltara por allí uno que otro barbecho donde el maíz recién plantado ostentaba los penachos de sus hojas. Con amor como de padre, Felipe componía los cercados con esmero, reparaba las cercas de retorcidos palitroques, desyerbaba los surcos donde el monte crecía con lujuria, dejaba limpiecitas las callejuelas del café, colocaba un espantajo en los barbechos del maíz y las verduras para asustar a los pericos, resembraba las matas de continuo y recogía los frutos. A las doce regresaba con su azadón al hombro, con los calzones arrollados, chorreando de sudor y silbando de alegría como el pájaro en la selva. El corazón no le cabía dentro del pecho.
Después de almuerzo se sentaba a la puerta de la casa en el banco de madera, y se ponía a desgranar las mazorcas del maíz, a fabricar alpargates de cocuiza, a tejer sombreros finos de cogollo, o a torcer gordos mecates. Todo ello cuando aún no había llegado la cosecha de café, que le embargaba todo el tiempo, porque en cogerlo de las matas, descerezarlo en el cilindro, secarlo y conducirlo en el pollino a la hacienda de D. Jacinto Sandoval para beneficiarlo, se le iba todo el día. Afortunadamente, Gertrudis y Encarnación le ayudaban lo indecible en sus faenas, eran trabajadoras incansables, sabían aprovechar el tiempo con positivos resultados, y gastaban en vestirse lo menos que podían. Eran ellas las que hacían de comer, las que cosían y aplanchaban, las que recolectaban buena parte del café, y las que se ocupaban en otros menesteres —11→ necesarios cuando las horas alcanzaban para desempeñarlos.

Al anochecer comían, y luego se sentaban a la puerta de la casa. Felipe cogía el cinco, y rasgueándolo con suma habilidad, arrancaba de las cuerdas sabrosos galerones. Los perros vigilaban entretanto, gruñían los marranos en la repuesta corraleja, el toro rumiaba lentamente debajo del naranjo, el pollino se hartaba de malejo allá en el cobertizo, zumbaba la quebrada con monótono rumor entre las márgenes de rocas, los grillos chirriaban en contorno su penetrante cavatina, y Encarnación —12→ y Gertrudis, sentadas en el pretil del corredor, fumaban con deleite su tabaco. Como a las siete y media se recogían a la salita, en cuya tapia fronteriza se destacaba el altar abigarrado como él solo, presidido por San Isidro el labrador: delante de él se arrodillaban, y enseguida rezaban el rosario con fervoroso culto, encabezado por Felipe. A las ocho se acostaban.
Vestidos con la ropa dominguera, los días de fiesta se dirigían al cercano pueblecito de Maraure, asiento de la mejor y más bonita iglesia parroquial que en aquella región se alza, porque además de ser muy nueva, tiene cúpula en el presbiterio, lujoso altar de mármol, dos torrezuelas de mampostería, frontón churrigueresco de lo mismo y púlpito de madera tallada con primor. En Maraure oían misa, visitaban a algunos conocidos, compraban en las pulperías lo que necesitaban durante la semana, y con la tarde, cuando ya el sol se ponía, regresaban al conuco, pero no sin echarse Felipe en la garganta alguno que otro golpe de aguardiente. Los días de mercado, Felipe iba al pueblo de seguro, con el cargado pollino por delante, para vender los frutos que con prodigalidad maravillosa le ofrecían las sementeras. A horcajadas sobre el burro, cantando de alegría y punto menos que borracho, volvía con la noche convertido en una pascua, y en manos de Gertrudis depositaba desde luego el estupendo pañuelo de madrás, en cuyas puntas venían amarrados los dineros de la venta. Gertrudis lo cogía con ojos ávidos, no sin dar gracias a Dios desde lo íntimo del alma, y enseguida lo guardaba —13→ en lo más hondo del arcón, un inmenso baúl de madera bien curada -hasta de tres varas de largo y con tamañas cerraduras- donde la previsiva esposa depositaba sin remedio todo lo que en la casa tenía algún valor.
Ello es lo cierto que Felipe era feliz, porque además de que a nadie le debía ni un centavo, las escrituras de sus compras no tenían por donde echarles zancadillas, su mujer le quería mucho y le ayudaba en todo, Encarnación se volvía loca por satisfacerle en las cosas más menudas, el vecindario le estimaba por su rara hombría de bien, las sementeras le rendían como para guardar de sus productos un si es no es todos los años, y cada día que pasaba era más grande su esperanza de poder aumentar la propiedad que a fuerza de trabajo había logrado conseguir en el trascurso de los años. Ensanchar con otras cuadras el conuco, hacer de teja la cocina, casar muy bien casada a Encarnación, obtener algunos otros animales de servicio, porque el borrico y el novillo no le alcanzaban para nada, y comprar una mula de silla baratona, era el ensueño que en su alma latía a todas horas con refulgente brillantez. Si la fortuna le soplaba, si Dios no le mandaba algún trastorno, si el café le seguía dando como en los años anteriores y si en muchos no había guerra en el país, el Cristo de La Pascua y San Isidro el labrador permitirían que él realizara sus deseos.
Cuando salía a recorrer las sementeras; cuando echaba a caminar por entre las frondosas arboledas del café; cuando se paraba largo rato a contemplar la prodigiosa lozanía con que el maíz iba creciendo en los barbechos; —14→ cuando los racimos de plátanos solían arrancarle por lo hermosos una exclamación de júbilo, y percibía muy orondo la maciza redondez de los marranos, y se hacía cargo de lo que le producían en quesos ya muy solicitados los abundantes ordeños de las vacas, no podía menos que sentirse satisfecho, darle gracias a Dios por sus pródigas mercedes, y estimularse para perseverar en las faenas de su pequeña propiedad.
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Felipe solía ir a la ruidosa pulpería que se encontraba, a un tiro de fusil y en línea recta del conuco, a la vera del camino real. Era propiedad la pulpería de D. Jacinto Sandoval; la asistía un mocetón de su confianza, y estaba situada en uno de los extremos de la hacienda de aquel rico propietario. La casa era de teja, con amplio corredor hacia el camino, pintada de azul y enjalbegada. Por su excelente situación, porque tenía de todo cuanto podía necesitarse en materia de bucólica, y además por las grandes simpatías de que gozaba D. Jacinto, aquel venía a ser el sitio de jarana y de solaz de todos los campesinos de los alrededores; y allí se reunían con frecuencia, sobre todo los domingos por la noche, a conversar de los asuntos que podían interesarles. Que si la cosecha de café prometía halagadores rendimientos, a juzgar por la carga de las matas; que si no hubiera sido por ellos, que le habían metido el hombro como para que no quedara duda, el puente del cercano río estaría aún por colocarse, porque el gobierno no —16→ llegaba a preocuparse de las necesidades públicas, sino de atiborrarse los bolsillos, atropellar a todo el mundo y hacer lo que ordenara el de Caracas, aunque fuera un desatino; que si al jefe de parroquia no le removían pronto, era preciso derribarle a puntapiés y garrotazos, desde el momento en que, además de no servir para desempeñar el puesto, se las tomaba de anisado y armaba cada bronca que se venía el cielo abajo; que si al señor cura de Maraure, o sea el padre Telésforo Raldíriz, no había que tenerle mucha fe, desde luego que solía, en fuerza de su grande admiración por la hermosura, hasta bailar, en las épocas de feria y de alegría, con las muchachas de espléndido palmito; que si el mismo D. Jacinto Sandoval (y esto lo murmuraban sotto voce) cojeaba igualmente de ese pie, con la circunstancia agravante de que gozaba de grandes simpatías entre las chicas del lugar, porque era desprendido, enamorado y zalamero; de todo eso se conversaba allí con ruido, en tanto que el pulpero, por lo mucho que vendía en razón de la afluencia de la gente, no cabía en sí de gozo, silbaba como un pájaro y repicaba las chancletas en el suelo.
Otras veces se tocaba el guitarrillo y se cantaban coplas, alternando en el diálogo de ellas dos o tres de los más finos cantadores. Felipe se cogía la guitarra para él, por aclamación universal, y cruzándose de piernas sobre el mostrador, y poniéndose en tono con un trago, y arrollándose la manga de la derecha mano para que no fuese a estorbarle, se soltaba a desgranar cada sabroso golpe que —17→ unas veces daba ganas de llorar, y otras de entusiasmarse hasta dejar vacidas las botellas del armario. Felipe era maestro en eso de espontanearse con el cinco popular. Para los diferentes modos del rasgueo, para la suma habilidad con que movía los dedos en los trastes, para el conocimiento pleno de los tonos mayores —18→ con sus correspondientes relativos en distintas posiciones, para la forma especial con que hacía quejar las cuerdas cuando el son era muy triste o apenas melancólico, para todo tenía una fineza de artista consumado, y eran pocos los que por todo aquello se le podían igualar. Y después que se tragueaba, y se iba entusiasmando gradualmente, y se adueñaba de él la inspiración a causa de la influencia que en su ánimo ejercían los que cantaban... ¡qué prestigio el que cobraba entre sus manos el magnífico instrumento! Es lo cierto que la gente se arracimaba en las dos puertas, que los que estaban dentro comenzaban a beber hasta embriagarse, que la alegría se apoderaba por completo de los ánimos, y que al fin, a causa del menudear del aguardiente y de la susceptibilidad que da aun a los más blandos de carácter, se armaba la de Dios es Cristo por la más leve pequeñez. Empezaba la bronca por palabras descompuestas, y terminaba a puñetazo limpio, cuando no a cuchilladas.

Hasta el propio D. Jacinto, con ser lo que él era y darse la importancia que se daba, concurría de vez en cuando a las ruidosas tertulias de la pulpería, y se democratizaba unos asomos, con gran contentamiento, por supuesto, de los alegres campesinos. Sin hacerles ningún aseo, empinaba las copas que se atrevían a brindarle, metía la cuchara por lo fino en sus conversaciones, repicaba uno que otro blando golpe en la guitarra, soltaba el vozarrón para alternar con los copleros, y después de correrla en toda forma, iba a acostarse casi ebrio. No está de más decir que tal conducta le captaba numerosas simpatías, y que —19→ por ella los campesinos le ponían sobre las niñas de los ojos.
Era D. Jacinto un hombre como de treinticinco años de edad, soltero, de estatura antes alta que mediana, buen mozo como pocos fortísimo de músculos y muy blanco de color. Tenía negros los bigotes, negro el pelo ensortijado y negras las córneas de los ojos. Sus palabras poseían una dulzura que encantaba, y su carácter expansivo una manera especial para insinuarse en el ánimo de todos. Pertenecía a una de las familias más distinguidas de la ciudad cercana, y aunque su inteligencia no era muy despierta y carecía en absoluto de cultivo, pesaba en la sociedad por sus posibles monetarios, por la finca que poseía y por el buen nombre de que gozaba en todas partes. Fuera del dinero que tenía distribuido en la ciudad ganándole interés, y del ganado que en número crecido pastaba en sus potreros, y de los positivos rendimientos que al trapiche le sacaba moliendo todo el año, la hacienda le producía en café ochocientos quintales por cosecha. Jamás había salido del terruño, a pesar de que podía verificarlo sin perjuicio de sus bienes, porque la ausencia del trabajo le hacía padecer, le llenaba de tristeza, le ponía de mal humor; y por lo que hace a la política de la localidad, la odiaba cordialmente, porque no veía en ella sino una lucha encarnizada de aspiraciones sórdidas, una exhibición perenne de adulaciones vergonzosas y un desfogue horripilante de las pasiones más rastreras. A D. Jacinto no le entraba en la cabeza que los —20→ hombres que se llamaban honorables con una voz muy campanuda, se arrastraran como cerdos a los pies de un mandatario fantasmón, que a lo mejor del tiempo resultaba un vagabundo redomado, y se escupiesen a la cara las injurias más atroces, por un sueldo de cincuenta pesos.
-Eso da asco, mis amigos -solía decirles él a los que tal hacían sin pena alguna-. Que intriguen y se insulten por un sueldo los canallas, los que tienen perdida la vergüenza, los que no quieren trabajar sino vivir del presupuesto, convenido, porque su condición es esa; pero que ustedes, que la echan de Catones, y se llaman honorables, y tienen de qué vivir holgadamente, y por lo mismo están en capacidad de hacer de la política algo serio y elevado, se metan a vagabundos por el solo placer de embadurnarse, y autoricen las mayores indecencias, y se presten a desempeñar papeles sucios, e injurien y se dejen injuriar inicuamente por conseguir un puesto público, es una inmoralidad de a folio... Para ustedes todo el mundo es un trastajo; pero ustedes nunca advierten las porquerías que hacen, los desafueros que autorizan en nombre de la pasión política, ni las adulaciones vergonzosas en que incurren con la mayor frescura.
La mayor parte del año la pasaba D. Jacinto allí en la hacienda, en donde no tenía más distracción que caminar por los alrededores enamorando a las muchachas. En tal sentido era hombre sobremanera afortunado.
Una noche la pulpería estaba llena, y la conversación giraba al rededor de la política. —21→ Cada cual iba diciendo lo que cargaba en el agaje, refiriéndose a lo que había escuchado en la ciudad, y asegurando que la guerra era cierta, si Dios no se metía a remediarla.
-Y la verdá es que los godos -arrimó uno con mucho golpeteo- como que no han de estarse quietos... Yo no me canso de aguaitarlos, pa ver si los apaño en alguna picardía; y o mucho me inquivoco, o algo cargan por dentro del estrómago... Y lo que es pelearlos, hay que pelearlos de verdá, porque si no se nos enciman que da miedo.
-Pues eso serás tú -arguyó otro enseguida- que te gusta meterte en esas vagamunderías, en que los que salen ganando son los letraos y los fejes... Pal infeliz soldao, papelón, baqueta y plomo... Yo, por lo que soy, maldito si me avengo a malponer el cuero pa que cualquier badulaque se aproveche.
-Y ¿qué haces si te cogen?
-Si pudieren, porque primero me les pierdo de vista en un zanjón.
-Lo que saca uno con andar de farolero -dijo pausadamente otro que acababa de paladear con grosería cuatro dedos de anisado- es que lo saquen de viaje de un balazo, pa que en después la mujer y los hijitos no tengan qué comer.
-Compadre, cada cual con el gusto que nació... Y como yo no cargo rabo a quien pueda hacerle falta, pues entiéndase conmigo... Pa los hombres como yo se hizo la guerra, porque a mí me sabe más una emboscá que el amor a los quince años.
—22→-¡Uyuyuy!
-¿Qué no es verdá?
-¡Es que roncas que da risa!
-Porque yo soy como los páramos: ronco porque puedo.
La carcajada que estalló, al escucharse aquella gran fanfarronada, fue general y escandalosa.
-Según eso -interrumpió Felipe poniéndose muy serio- ¿es cierto lo que cargan por allí desde el domingo?
-¡Cómo que si es verdá!... Y de las que no dejan duda -aseguró el pulpero, descargando sobre el mostrador un formidable puñetazo-. Lo que debes tener como sabido es que Salazar anda ya alzao en Carabobo, y que si no lo apagan pronto, entualito se prende la follisca en toda la República.
-Y decir que Matiítas -baladroneó el primero que había hablado- no es ningún palo de maraca... Con quien tenemos que entendernos es con la culebra que le picó a San Pablo.
-Pues malo, mis amigos, malo -volvió a decir Felipe suspirando-. A río revuelto, ganancia de caimanes. Los que la llevamos perdida somos los que tenemos algo que perder. En un momento se derraman por los campos las patrullas, y adiós, animalitos, de mi alma. De sólo pensarlo se me engurruña el corazón.
-¡Ojalá fueran no más los animales! -vociferó entonces el pulpero-. Es que se llevan hasta los trapos limpios que uno compra pa vestirse los domingos. Y eso sí que apesadumbra, compañero: trabajar uno todo el año, doblando el espinazo a sol y agua, pa que cuatro —23→ bandoleros lo dejen en la inopia en un momento.
-Y ¿dices tú -le preguntó otro al pulpero- que Salazar anda ya alzao en Carabobo?
-Por lo menos eso afirman en Maraure.
-Pues, mis amigos, yo no creo en la noticia -contestó.
-¿Por qué? -le interrogó el que la echaba de entusiasta liberal desde el principio.
-Porque Salazar no es godo; porque los godos se acabaron en Apure, y porque tendrán que hacer milagros por lo mismo pa que vuelvan a levantar cabeza... Y lo que son milagros, sólo Dios y el Santo Cristo de La Pascua.
-Eso lo dices tú -argumentó el pulpero- porque cada quien no hace sino arrimar la brasa a su sardina... Pero escucha, pa que después converses con razón: es que cuentan por ahí que Salazar se ha pasao pa los godos, y que ellos, pa salvarse del General Guzmán, lo han reconocido como feje.
-Y ¿tú crees que Salazar es capaz de gritar vivan los godos?
-Lo que yo creo -afirmó entonces Felipe, para ratificar lo que antes había dicho- es que si vuelve a comenzar la guerra, nos llevan los demonios camino de las pailas del infierno.
-No hay que afligirse, amigo -murmurole en este punto el liberal, dándole golpecitos en la espalda con el grueso chaparro que traía-. Detrás de un cerro está un llano, y lo que nos parece una gran calamidá, casi siempre resulta lo mejor.
-Compadre -le replicó Felipe con mucho golpeteo en las palabras- si será lo que usté dice, —24→ y yo no se lo argumento porque no soy adivino; pero experencia tengo que me sobra, y ella me ha enseñao en lo que paran estas cosas de la guerra. Y ¿sabe usté, mi amigo, en lo que paran? En llenarse el país de Generales mucho más de lo que por desgracia está, Generales del cuartajo que todo se lo roban, que a todo el mundo insultan, que por todo se insolentan cuando cargan el machete en la cintura, y que a pesar de ser tan animales como yo, que lo soy pa que se vea, llegan pronto a Presidentes, y hacen lo que les da la gana, y los letraos les adulan que da asco; y mientras que nosotros nos pasamos la vida trabajando pa ganar una miseria, ellos se hacen ricos en sólo cuatro días, y echan pierna a según como si fueran endeviduos prencipales, y son capaces de atropellar hasta al mesmo sursum corda... ¿Que qué? Pues mire, amigo, y desimule: Generalotes de esos hay que no saben escrebir, y han llegao a diputaos... Con que dígame ahora si yo tendré razón pa que el alma se me ponga con la guerra como un páramo de fría.
Con semejante parrafada, que resultó verdad como una casa toda ella, el liberal repuso:
-Razón que le sobra tiene usté, y yo soy el primero en percatarla; pero, mi amigo, lo que hace carrera en esta tierra es el machete, y el ningún asco pa ciertas picardías que yo sé... Andese usté con miedos, y ya verá como lo llaman el viejito... Compadre, ya sé yo que los Generales sobran; pero es lo que usté dice: usté se cansa de trabajar, y no pelecha; mientras que ellos en un momento se hacen ricos y se lo llevan todo pa su casa.
—25→Una sombra de tristeza cayó sobre los ánimos de súbito, y nadie volvió a hablar. Los campesinos vaciaron el último trago en la garganta, se fueron despidiendo unos de otros, y se alejaron en distintas direcciones.
Taciturno como muy pocas veces en su vida, con el alma hecha pedazos y embargado por una sensación indefinible, Felipe comenzó a caminar muy lentamente la vuelta de su casa. La noche estaba hermosamente clara, una de esas noches en que el cielo parece como barrido por la mano de genios invisibles, en que el azul se muestra como un pabellón de terciopelo, en que las montañas tienen la solemne majestad de lo grandioso, en que la luna inunda con su raudal de oro vivo la tierra y los espacios infinitos, y en que los astros centellean como deslumbradoras piochas de brillantes. Soplaba fresco el céfiro, los árboles dialogaban entre sí no sé qué cosas misteriosas, el estruendo de las quebradas se escuchaba más sonoro, y los perros de las cercanías salían a ladrar a los cercados del camino. A lo lejos se percibía el dejo triste de algún cinco, y tal que otro arriero, silbando con agudeza penetrante y restallando el mandador tras el arria de mulas perezosas, avanzaba poco a poco por el camino real.
Pensando en los horrores de la guerra, Felipe embocó la vereda de su casa, pasó el puente de dos vigas levantado sobre el río, subió el repecho que conducía hasta el tranquero, y cuando ya se disponía a descorrer los palos, vio alejarse a toda prisa hacia a la izquierda, saliendo del cercado del conuco, un bulto blanco muy parecido en la silueta a D. Jacinto. —26→ En breve tiempo el bulto se perdió tras la arboleda, y Felipe se quedó como embargado por no sé qué sensación inexplicable. Su alma acabó de ennegrecerse con aquella visión rápida; una sospecha súbita se apoderó de él, y penetró en su casa de estampía, desazonado, tembloroso. Llegó a la sala, y Gertrudis dormía sobre un banco. Llamola a gritos, y la pobre mujer despertó como azorada, restregándose los ojos, sin darse cuenta de que era Felipe el que le hablaba.
-¿Desde cuándo estás ahí? -le dijo este con violencia.
-A lo sumo, habré dormido media hora... Felipe, me sentía muy cansada con el trajín del día, y tuve que acostarme.
-Bueno, y Encarnación ¿por dónde anda?
-Allí en el corredor debe de estar -volvió a decir Gertrudis, levantándose asustada.
-Es que no está -bramó Felipe con furor.
Entonces la muchacha, entrando a la sala de improviso, sudorosa y acezando, preguntó:
-¿Qué quería?
Felipe se la quedó mirando con penetrantes ojos, y sacudiéndola con fuerza por los brazos, la interrogó fuera de sí:
-¿Por dónde andabas?
-Por la cocina -contestó la muchacha con firmeza.
-Y ¿cómo no estabas con tu madre?
-Es que fui a sentarme allá, junto al fogón ardiendo, por el más calor que hace, y me quedé dormida.
-Pero, mujer, si vienes acezando.
—27→-¡Ya lo creo! Porque al sentirle a usté, me desperté de golpe y salí de barajuste.
Encarnación contestaba con tal seguridad, que Felipe se fue serenando poco a poco. Sin embargo, la sospecha no le dejaba estarse quieto, y el bulto blanco que había visto se acentuaba en su imaginación impresionada con los rasgos inequívocos de D. Jacinto Sandoval.
Rezó el rosario y se acostó, pero no pudo dormir. La excitación del aguardiente, las noticias circulantes de la guerra, la aparición del bulto, el temor de que su hija hubiese cometido un disparate, le voltejeaban en la imaginación calenturienta sin darse punto alguno de reposo. Pero lo que más le hacía sufrir y cavilar era la guerra, porque podía perder con ella en pocos días todo el dulce bienestar de que gozaba. Se figuraba que habían de reclutarle al enseriarse la nueva zalagarda, y el corazón se le apretaba de miedo y de tristeza.
¿A quién le dejaría encomendada su familia? ¿No podían suceder muchas cosas en su ausencia? ¿No iba a perderse la cosecha si él faltaba? Un presentimiento horrible le estaba haciendo daño, y por más que se volteaba de un lado para otro, no lograba conciliar el sueño.
—28→
Que tenía razón Felipe para pensar lo malo respecto de su hija, era indudable, porque cuando aquella noche D. Jacinto le vio entrar en la ruidosa pulpería, salió de su escondite con cautela para que nadie fuera a conocerle, echó camino abajo, torció a la derecha para tomar el del conuco de Felipe, pasó el puente a la carrera, subió por el repecho a todo escape, llegó al cercado ahogándose, y disparó un silbido agudo.
Los perros comenzaron a ladrar desesperadamente, con las mejores intenciones de lanzarse en actitud guerrera hacia el camino; pero de pronto exhalaron un gruñido doloroso, como si alguien les hubiese alumbrado un garrotazo. Luego se oyó entre las matas un rumor imperceptible, y Encarnación apareció debajo de un arbusto de café.
Era la hija de Felipe una muchacha de ricas redondeces, de cara fresca y viva como un botón de rosa, con dos ojazos negros que centelleaban como soles, y con una zandunga en todo el cuerpo que cargaba a D. Jacinto como —29→ loco. Sus facciones no eran finas, pero formaban un conjunto que agradaba desde el primer momento; la expresión de su semblante tenía siempre una irradiación de alegría satisfecha; su boca sonreía para mostrar, al través de los labios encarnados, dos hileras de dientes limpiecitos y colocados con primor, y la hermosura de sus formas atraía con la resuelta gentileza de sus líneas. Su limpieza en el vestido y en el cuerpo era pulquérrima, y nunca andaba con los cabellos destejidos, sino peinados con esmero y trenzados en espléndida crineja que se le iba por la espalda como una culebra de azabache. De los redondos brazos, de la nuca obscurecida por el vello, de la esbeltísima garganta, del relevado seno se le escapaba un olor suave como de flores nuevas, un ambiente de vida que embriagaba, un destello virginal que deslumbraba los sentidos.
Cuando D. Jacinto la vio aparecer, salvó en dos brincos el cercado y trató de estrecharla entre sus brazos con cariño; pero ella se escurrió con ligereza, y le dejó plantado.
-¿Por qué te escapas? -dijo él con ansiedad.
-Porque no quiero sufrir más de lo que sufro.
-No tengas miedo, que a Felipe lo dejé en la pulpería.
-Pero ya no dilata, D. Jacinto, y si me encuentra con usté, es capaz de matarme de la furia... Antes hago mucho con salir, y todavía usté no está contento.
-Y entonces ¿a qué vine?
—30→-A darme la alegría de mirarlo.
-Pero no será mucha, cuando te muestras tan arisca.

Encarnación guardó silencio, agachó la cabeza tristemente, exhaló un gran suspiro, y arrancando una hoja del arbusto de café, se puso a volverla picadillo con los dientes. Al cabo replicó con tembloroso acento:
-Si usté supiera lo que me está pasando, no me diría eso. Mire, yo no descanso hasta que usté no viene por la noche; paso el día en un desespero que me da ganas de llorar, y no hablo nada porque no me sale hablar ni esto.
-¿Piensas mucho en mí?
-Pienso y repienso como usté no se figura; y cuando me acuesto, sueño con usté; y cuando estoy lavando en la quebrada, y cuando plancho allí en el corredor, y cuando salgo a la cogida del maíz, y cuando me siento a hilar, no se me quita usté del corazón.
-Y dime, ¿es que me quieres de verdad?
—31→-Pues si no lo quisiera ¡qué plantada! Yo nada de eso sentiría, y me importaría muy poco que usté viniera o no viniera por aquí.
-Sin embargo, tú quieres a Matías mucho más, mucho más.
Encarnación levantó la cabeza con asombro, porque aquello no pasaba de ser un disparate, y replicó:
-¿A Matías?... Pobrecito, que lo que me da es lástima con él... Es mi sombra, me sigue a todas partes muriéndose por mí, me enrabia con las cosas que me dice, se desespera y llora, sin que yo pueda quererle, porque ya le quiero a usté.
Dicho lo cual, D. Jacinto se avecinó al cercado, encaramose a él sin hacer bulla ninguna, y mirando a todos lados cor fijeza escrutadora, volvió a bajar con mucho tiento para acercarse de nuevo a Encarnación.
-¿No viene todavía? -le preguntó ella con afán.
-Ni la sombra -dijo él bien por lo bajo-. Acércate, pues, y ya verás como tenemos tiempo de conversar muy largo.
-Es que el miedo no me deja.
-Pues así estaremos siempre, Encarnación, y yo nunca creeré que tú irte quieres, sino que todo lo que hablas es mentira.
-Por desagradecido será que dice eso, pero no porque yo le dé motivo.
-Como en nada me complaces, yo tengo razón para mostrarme quejoso de tu conducta incomprensible.
-Porque usté se figura lo que no es ni la sombra tan siquiera de lo que a una le sucede en lo muy hondo del pecho. Lo que —32→ me sobra es el cariño, pero ya ve que no se puede todo lo que se quiere, por más que el alma sufra.
-Si tú quisieras que habláramos muy largo, habrías ido a casa desde cuándo.
-Pero usté no tiene en cuenta que a mí no me dejan salir sola.
Poco a poco D. Jacinto se fue acercando a Encarnación, y le cogió una mano al fin, sin que ella opusiera resistencia.
-Dime, ¿quieres que vuelva a conversar contigo mañana por la noche? -tartamudeó enseguida.
-No, porque no puedo salir.
-Y entonces ¿cuándo?
-D. Jacinto, yo no sé -contestó la muchacha con tristeza.
-Pero dame siquiera una esperanza.
-Y ¿qué quiere que le diga?... Cuando se pueda, y se acabó.
De pronto sintieron acercarse los pasos de Felipe, a la vez que el rumor que producía la fatiga de su respiración.
En cuanto pasó por frente a ellos, D. Jacinto se lanzó hacia el cercado, fuese precipitadamente por la orilla del sendero, y en breve se ocultó tras la arboleda iluminada por la luna.
Muriéndose de miedo, con el espanto pintado en las facciones y con las manos frías, Encarnación se arremangó la falda para correr mejor, y se escapó hacia la casa a toda prisa.
De detrás de una gran piedra que había en el cafetal se vio surgir entonces una figura trágica, un hombre en cuyo rostro macilento se —33→ observaban los estragos del despecho, de la ira, del dolor. Su cuerpo temblaba todavía, sus ojos centelleaban, su palidez era cetrina, sus manos se crispaban con nerviosa crispatura. Revolvió la mirada en torno suyo, y dos lágrimas corrieron de sus ojos, dos lágrimas que debieron de abrasarle las mejillas, porque con el revés de la mano tostada por el sol se las enjugó al instante. Quedose inmóvil luego, y de su pecho se escapó hondo suspiro. Enseguida se alejó.
Era Matías.
—34→
La hija mayor de uno de los vecinos de Felipe se casaba aquella tarde. Por consiguiente, se habían hecho muchos preparativos con un mes de antelación. La casita, de corredor sobre el camino real, encajada entre dos cercados de piedra guarnecidos de espinosas madreselvas, con puerta de golpe coronada por su tejadillo y con no pocos árboles frutales en el patio, parecía una plata por lo limpia, por lo barrida con gran solicitud, por lo recién blanqueada. De la sala se echaron para los dos cuartuchos interiores los tres baúles de madera, el formidable arcón, las petacas y canastos que guindaban de las tapias, los hierros de trabajo, las enjalmas de los burros y las tusas de maíz en un rincón apilonadas. El pavimento, hecho de tierra a fuerza de pisón y de agua fresca, se rellenó en los enormes agujeros que tenía, y quedó a pedir de pies, uniforme como mesa de billar, brillante por el paso reiterado de milagrosa escoba, y de primer orden para el baile que traía con la cabeza —35→ ardiendo a los alegres mozos de los alrededores. A los viejos retablos del altar se les quitaron las telarañas de cerca de dos lustros, se les sacudió el polvo, se les pusieron en los desteñidos marcos flores recién cortadas en el patio, abundantísimo de ellas; y el pie de amigo se vistió con albo paño de muselina lisa, engalanándole después con macetas de hojilla relucientes. Arrimadas a las tapias se colocaron sillas, banquetas, silletones muy entrados en edad, dos bancos pesadísimos de carpintería y cinco o seis cajones vacíos de tabacos, todo ello con el fin de que la concurrencia tuviera en qué sentarse. Por lo que se refiere al corredor de la salita, se le despojó también de cuantos colganderos mostraba en las paredes, que es como decir totumas, jícaras, bateas, frascos henchidos de remedios, mecates, racimos de cambures, ropa de uso recién almidonada y machetes enormes de rozar, y se le puso —36→ el suelo, en lo que guarda relación con la limpieza, como la palma de la mano. Y por lo que hace al corredor de la cocina, se desempuercó asimismo, y en la troje de maporas, que era de dos tramos o anaqueles, se acomodaron las botellas de ron y de anisado, las cajitas de hojalata llenas de cigarrillos, los canastos de pan aliñado con manteca, las bandejas de dulces y sabrosos bizcochuelos.

Felipe y D. Jacinto Sandoval eran los padrinos de las nupcias, las cuales debían verificarse en el hermoso templo de Maraure, lugar este de grandes trapicheos y arterías, cabecera muy ilustre de Distrito, asiento de la mejor iglesia que había por todo aquello, y tierra predestinada «para producir maravillas que sorprenden y universos enteros que dan pasmo», porque de allí es de donde salen los fanfarrones más temidos, los plátanos hartones más hermosos, las ambiciones políticas más descabelladas y los hombres más egregios en la difícil ciencia de acondicionar los gallos de pelea. Falda de muselina lisa, corpiño de imité con mucho encaje, velo no muy amplio de lo que llaman punto las mujeres, corona de azahares muy frondosa -blanco todo ello como leche acabada de ordeñar- y por añadidura larguísimos pendientes, y hasta cuatro cadenas de enormes cuentas de oro, y un regimiento de sortijas en cada gruesa mano, era lo que ponía a la novia como un asombro de bonita. El futuro consorte vestía saco negro de alpaca, enteramente disgustado por la parte del cogote, hasta el punto de existir un abismo entre los dos, con el cuello de la camisa; pantalones, también negros, de casimir del más barato, y —37→ chaleco de terciopelo que, por lo fino de la tela, se dejaba adivinar que era emprestado. Encaramándosele hasta la propia nuez, casi le ahogaba la corbata, también en riña permanente con el cuello; los botines, que resultaban truenos hasta por la abundancia de fierro de los clavos, le hacían caminar como por sobre encendidas ascuas; y el sombrero, aquel panza de burro formidable, se le atrancaba de firme en las orejas.
Como a las cinco de la tarde se pusieron en marcha camino de Maraure, apartado de allí como una legua, hasta cuarenta campesinos de ambos sexos. Todos vestían de gala, y el regocijo inundaba los semblantes, porque ya se sabía que, en regresando a la casita, comenzarían los tragos y el baile ruidoso y el rumor de la alegría. Dos bandolas, un violín, un violoncelo y dos guitarras compondrían la suave orquesta, regalo especial de D. Jacinto para la chica que iba a desposarse; eran las parejas de lo más escogido que pudiera desearse en la materia, no ya sólo como finas bailadoras, sino también como suaves y expansivas en el trato; y en cuanto a los licores, se conocía de sobra que el padre de la novia, aun costándole un sentido, había tomado a empeño que la concurrencia quedase de ellos completamente satisfecha. Aquel ron, por el color, parecía un brandy; el anisado se dejaría beber solo, según estaba de fragante y cristalino; y los rosolios ¡ave María Purísima! Ello es lo cierto que al suspirado baile vendrían hasta jóvenes decentes de la cercana capital, como Fidel Mendoza, José Manuel Arrubla y Miguelito Entrena, porque a —38→ D. Jacinto se le habían dado atribuciones para que invitase a algunos de sus íntimos amigos, y que las parejas, por conocerlos ya, no cabían en sí de gozo. A Encarnación, la
hija de Felipe, más que a ninguna otra se le adivinaba el júbilo que le andaba haciendo cosquillas por la sangre; y a juzgar por lo mucho que miraba a D. Jacinto, y por lo que D. Jacinto la miraba con redomada pillería, se daba en la flor de suponer, con algo más que sobrado fundamento, que entre los dos existía alguna cosa de esas que no pueden ocultarse. Por supuesto que Encarnación andaba hecha un primor, con sus finos alpargates de cotonía y suela, por cuyos bordes sonreía la limpísima blancura de los pies; con su enagua de muselina a florecillas encarnadas, que le caía graciosamente en apretado farfalá; con su camisa bordada, por cuyas cortas mangas florecían los gordos brazos, llenos de sangre virgen; con su pañuelo azul de seda, prendido con alfiler de oro para velar el casto seno; con la ancha y negra trenza de su cabello rizo, que le caía hasta la cintura, ardiendo en el arranque de la nuca con las rosadas llamas de dos espléndidos capullos de claveles. Y además -por natural coquetería- ¡qué arrogancia la suya, y qué trapío, y qué decires tan graciosos!
Buena pieza después de haber salido, llegaron a Maraure, por cuya calle principal, que es la empedrada y con aceras de ladrillo, desfilaron hasta de cuatro en fondo, excepción hecha de D. Jacinto, que luego se presentó en su renombrada mula, castaña de veinte morocotas que no necesitaba espuelas, alta, buena —39→ moza, piernas largas y delgadas, peloncita que daba gusto verla, cascos de fierro a maravilla enchapinados, bríos que no había más que chuparla para que el mundo le pareciese estrecho, pasitrotera insigne, una oveja por lo mansa, una seda por las bridas, un terciopelo por los pasos, propia para insultar en una esquina al Presidente del Estado y arrancar de barajuste, sin el menor asomo de mañas ni resabios, y que si en cuanto subidora se sorbía en un tris-tras las cuestas más abruptas y pendientes, en cuanto bajadora no tenía rival alguna que le tosiera en la comarca. Llegar la comitiva al pueblo en que el padre Telésforo Raldíriz gobernaba discrecionalmente por detrás de bastidores, y llenarse de gente las esquinas, las ventanas y las puertas, fue todo uno y cosa de un momento. De la novia se contaba cierto enredo ya lejano con D. Jacinto Sandoval, motivo por el cual parecía un desatino que él apadrinase aquellas bodas, y todos los maraurenses deseaban cerciorarse de si el novio tenía o no aquella tarde rostro de hombre generoso y bienaventurado. Naturalmente, al enterarse del pergeño que traía, de la gresca que en su cogote armaban los cuellos del saco y la camisa, de la corbata impenitente y de los truenos, se carcajeaban con inaudita grosería detrás de alguna esquina, o allí en la misma calle, pero metiéndose el puño por la boca a fin de que la risa no levantase estruendo. La ceremonia religiosa duró veinte minutos, al cabo de los cuales se pusieron en marcha con el cura, que era aficionado a todo género de juergas y botellas, y que en habiéndose sorbido cualquier trago, se ponía muy —40→ expansivo, demasiado chacharero y no nada escrupuloso. Remangarse la sotana, sacar buena pareja y lanzarse dulcemente al torbellino de la danza como cualquier muchacho en la flor de los abriles, no tenía nada de extraño en el cura de Maraure. Por espontanearse así, el obispo diocesano había llegado a suspenderle cuatro veces; pero al buen padre Raldíriz se le daban de aquello dos pepinos, y reincidía cuando menos se pensaba. A la salida de Maraure, uno de los acompañantes echó la mano a la botella que traía preparada para el caso, y se dio a repartir el primer golpe, empezando por los novios. Todos bebieron y el señor cura también. El ruido y la alegría comenzaron. Los músicos desenvainaron los encordados instrumentos de las bolsas de bayeta colorada, y la comitiva rompió a caminar al son picante y ardoroso de un merengue. Tan sólo a D. Jacinto, que se reía frecuentemente con la novia, se le antojó de pronto que todo aquello era ridículo, y pretextando cualquier necesidad, se adelantó en su mula en compañía del buen padre Raldíriz, caballero el sacerdote en arrogante pisador.

Arribaron a la casita, que estaba hecha un oro a fuerza de brillante, bien cerrada ya la noche; y el baile dio principio como a las ocho y media, porque primero se comió, y se bebió, y se charló. Cuando ya se andaba en él, los amigos de D. Jacinto, o sean Pepe Arrubla, Fidel Mendoza y Miguelito Entrena, llegaron un si es no es tragueados, haciendo mucha bulla y saludando a las parejas con una confianza que se iba más allá de los linderos que la discreción exige, hasta el extremo —41→ de administrarles ciertas flores que parecían hipérboles y sonaban como a burla. En cuanto Felipe, que era hombre asaz celoso con su hija, se dio cuenta de semejante avilantez, hizo un respingo de disgusto que dio miedo, y acercándose a Encarnación, le dijo:
-Lo que eres tú, cuidao con bailarme con ninguno de estos prencipales, porque soy muy capaz de romperte una costilla.
-Y ¿eso ahora? -se atrevió a replicar ella, temerosa de que tampoco la dejase bailar con D. Jacinto.
-Pues que no quiero, y pata -le contestó Felipe de una manera que no dejaba qué desear en lo iracunda y terminante.
-Pero ¿qué tiene?
-Tiene mucho, porque estos vagamundos no vienen sino a pasar el rato y a reírse de nosotros.
-¿No bailo entonces?
-Pues no bailas.
—42→-Y ¿si viene a sacarme D. Jacinto?
-Mucho menos, porque él es peor que todos respetive a florear a las mujeres.
Encarnación se enfurruñó, se puso seria y por poco gime y llora. Era el paso más triste que podía acontecerle, después de haberse hecho más castillos de ilusiones que fragantes florecillas constelaban la verdura de los campos. Y decir que Felipe no era hombre que se ablandaba fácilmente, y tratándose de cosas de esa especie, mucho menos. Cuando imponía su voluntad, fuerte y dura como bronce, no quedaba otro recurso que armarse de paciencia y barajar. Fosco se puso aquella noche, y se sentó en el corredor en un banco de madera, con el objeto de observar a los muchachos y de formar la bronca en cuanto dieran en la flor de espontanearse con demasiada grosería. Que no alzaran mucho el gallo, porque lo que era él, de sólo una trompada se llevaba de camino a tres o cuatro. De complaciente y generoso tenía mucho, hasta el extremo de parecerse a un buey por el genio y mansedumbre; pero al tratarse de la honra de su casa, o de que alguien le creyera un papamoscas, se ponía de mal humor y hasta se inhumanizaba.
Estar en la sala y no bailar, teniendo ganas, era un tormento horrible, por lo cual Encarnación, triste, rabiosa y contrariada, fue a meterse en la cocina. Si lo hubiera sabido, pues no viene, sino que se queda en casa durmiendo como un tronco. D. Jacinto veló el claro en que Felipe se distrajo conversando con dos o tres palurdos, y la buscó chiticallando e impaciente.
—43→-Pero ¿qué haces ahí, muchacha? -le dijo al verla sentada en un rincón de la cocina.
-Pasando una rabia, D. Jacinto.
-Para ti traje la música, y se está perdiendo en balde.
-Esa es la rabia mía; pero entienda que la culpa no la tengo yo.
-¿Por qué no sales?
-Porque no puedo bailar.
-Y ¿eso?
-Que él no quiere.
-¿Ni conmigo?
-¡Qué plantada! Pues con usté es con quien menos.
-¡Malhaya sea! -clamó entonces D. Jacinto en agria forma, enseriándose con la contrariedad y dándoles tormento a los bigotes-. Pero mira, siquiera ve a la sala, que allá podremos conversar con disimulo.
-Deje que me pase esta soberbia.
-¿Te espero entonces?
-Sí.
A los músicos, que se habían acomodado debajo del altar, les daban cada rato de beber, a fin de que tocaran por lo fino. Y que eran de los buenos, de los mejores, de los más sobresalientes que tenía la capital, se estaba oyendo en lo que hacían con las pajuelas, con las suavísimas varillas, con las repicadoras manos. Aquellas bandolas encendían la sangre con sus ardientes pizzicatos; aquel violín aumentaba el entusiasmo con sus picantes síncopas y tersas florituras; aquellas guitarras milagrosas, que se desmenuzaban en magníficos rasgueos sobre los graves y sonoros contratiempos del violón, hacían estallar a los parejas —44→ en hurras y aclamaciones torrentosas. A pesar de los truenos, el novio escobillaba como un títere; por encima de su hombro, la novia miraba a D. Jacinto y se reía; los amigos de este andaban en sus glorias, chicoleando —45→ a las parejas, espontaneándose con el mayor placer y pasados de la raya en lo bebidos; las parejas les reían las gracias y se dejaban galantear de ellos en medio de los sabrosos valses; el zapateo retumbaba; los mirones daban gritos de entusiasmo; hasta las luces parpadeaban de alegría, y aguardiente y juventud, estrechados en dulcísimo consorcio, llenaban la salita de hurras estupendos, de palabras cariñosas, de carcajadas formidables, a tiempo que por la puerta entraba, en ráfagas de aromas y frescura, la esencia eternamente renovada de la naturaleza.

Al terminar un valse, volvió a la salita Encarnación. Verla Miguelito Entrena, y dirigirse curiosamente a D. Jacinto, fue obra de segundos.
-Oye, Jacinto, ven acá... ¿Quién es esa muchacha que acaba de sentarse en aquel banco?
-Encarnación Bobadilla, la hija de Felipe, a quien conoces tú.
-Pero ¡qué buena, chico!
-Lo que es eso, no hay quien no lo charle por aquí.
-¿No baila?
-Creo que no; pero haz la diligencia por si quiere.
Disparado como fácil venablo salió el mozo, y se instaló en una banqueta junto a la muchacha, a tiempo que entre esta y D. Jacinto se cruzaba una mirada inteligente.
-Escucha, linda -le dijo a Encarnación el deschabetado Entrena, con cierta familiaridad que daba ganas de reír-. Quiero bailar contigo ahora.
—46→-Pero no puedo -contestole Encarnación con sequedad.
-¿Por qué, mi hijita?
-Porque no me deja él.
-¿Él?
-Sí, señor, él.
-Y ¿quién es él, mi vida?
-Pues él -contestó la muchacha bruscamente-. ¡Pero mire, amigo, no se propase tanto en las palabras cariñosas, porque de golpe me entran ganas de soltarle a usté los perros!
-Es que si no me dices, nos quedamos en la misma.
-Ya lo creo, porque usté viene a hacerse el que no sabe.
El mozo reventó la carcajada, porque el paso no era para menos, y regresó a donde estaba D. Jacinto, diciéndole en medio de la risa que se le salía a torrentes:
-Chico, la cosa más original del mundo.
-A ver, ¿no quiso?
-¡Qué iba a querer! Ni con una gente así puede entenderse nadie.
-Pero ¿qué hubo?
-Nada, sino que me soltó descuadernado... Que no baila, porque no la deja él... Pero, demonios, ¿quién es él?... Y como le pregunté quién era él, se puso brava.
D. Jacinto rompió a reír también a carcajadas, mas no sin parar mientes en la aguda sutileza con que al mozo, que había ido en son de burla, zarandeara Encarnación.
-¿No te parece atroz? -díjole Entrena.
-Atroz no, sino sublime.
-Bueno, pues antes de que reviente de la curiosidad que tengo, hazme el favor de decirme —47→ quién es él... Porque si no lo sabes tú, que conoces las rarezas y mañas de esta gente...
-Chico, él es Felipe.
-Acabáramos, compadre.
-Pues ahora habla con él, y ve si consiente en que baile contigo Encarnación.
-¿En dónde está?
-Ahí en el patio.
-Y ¿si me muerde?
-Encarnación te cura.
Buscó Entrena a Felipe acto continuo, y le dijo a quema-ropa:
-He ido a sacar a Encarnación para bailar con ella un valse, y se ha negado por derecho... Dice que usted se lo ha prohibido.
-Cada quien en su casa y Dios en la de todos -le contestó Felipe en seco.
-Es que yo vengo a ver si usted se dulcifica, y me deja bailar con la muchacha.
-No, señor.
-Entonces ¿ni conmigo?
-No, señor, ni con usté.
-Pero ¿por qué, compadre?
-Porque no quiero que Encarnación baile con nadie, y mucho menos con muchachos tan avispones como usté.
Y lo dijo tan en serio, que Miguelito Entrena no insistió. Además de lo cual, en el semblante de aquellos campesinos observaba cierta expresión de hostilidad contra él y contra sus alegres compañeros, que maldita la gracia que le hacía. D. Jacinto le cogió por una mano, y llevándole hacia fuera de la casa, le advirtió:
-Con esta gente es necesario saberse manejar, porque de cualquier cosa se agarran para formar un pleito en cuanto les disgusta algo. —48→ En tonillo picante no hay que hablarles, porque les sabe a burla; y como beben demasiado, y el aguardiente les produce un efecto desastroso, son capaces hasta de matar a quien le cogen tirria... Conmigo se atreverían a poco, porque yo he logrado imponérmeles a fuerza de tratarlos con cariño, y además, me necesitan; pero lo que es a ustedes, que no vienen por aquí sino de cuando en cuando, y por añadidura a embromarles la paciencia, a ustedes les tienen ojeriza.
-Bueno, y ¿qué?
-Hombre, que sería más conveniente un poquito de discreción con las muchachas, porque estos palurdos se pasan de celosos, y cuando arman una bronca, no hay quien los ataje... Hace rato que les observo cierto remolineo siniestro, y no tenemos necesidad ninguna de salir de aquí apaleados.
-Afortunadamente, yo traje mi revólver.
-Pero no basta, chico.
-¿Que no basta?
-Como lo estás oyendo, porque sobre que ellos son muchos y nosotros cuatro apenas, no hay ninguno que no tenga su puñal o su revólver escondido entre camisa y pantalones... Además, ponte en el caso de un escándalo, y de que tengas que matar a alguno, y de la averiguación del hecho, y del sumario respectivo, y de qué sé yo cuántas barbaridades más, y dime si no es mucho mejor tener prudencia.
A pesar de los tragos que le anublaban la cabeza, muy puestas en razón encontró Entrena las reflexiones de aquel buen vividor y acaudalado propietario, y se separó de él para pasar la palabra a sus amigos, sobre todo a —49→ Pepe Arrubla, a quien los nervios le daban por pelear hasta con las mujeres en cuanto el aguardiente le desequilibraba el juicio.
Seguramente andaba el novio con los pies como carne de gallina, a consecuencia de los truenos, porque a la sazón se desprendía de la sala con el rostro descompuesto, quejándose horriblemente y caminando a duras penas como sobre algodones. Acababa de conferenciar menuda y largamente con su esposa acerca de la conveniencia de que él se quitara los zapatos, porque además de que le venían sobremanera estrechos, los clavos le habían barrenado los talones hasta sacarle sangre. Antes había hecho lo indecible, en el camino de las heroicas resistencias, con soportarlos hasta entonces sin proferir una queja, y a mayor abundamiento, escobillando cada valse que retemblaba el suelo como al paso de dos piezas de artillería rayada. Por supuesto que a la esposa, que sabía a qué atenerse en la materia, se le antojó en grado sumo inverosímil que el cuero de los talones de su esposo pudiera ser barrenado ni aun por clavos de encañar; pero como todo es posible en este mundo, determinó callarse en lo que a dicho respecto se refiere. La discusión del asunto fue larga y obstinada, porque la novia encontraba muy mal hecho que aquel mártir de la civilización, después de arrojar lejos de sí los ponderosos borceguíes, volviera a la sala con los enormes pies desnudos, para continuar bailando en semejante guisa; pero es el caso que el dolorido novio, ora fuese por invencibles celos, ora por demasiado amor, no quería dejarla sola. Convinieron al fin en que él se quitara los zapatos, —50→ pero con la condición de que se quedara en el cuarto mientras el baile terminaba, porque si volvía a la sala con los adobes descubiertos, aquellos señores de la capital serían capaces de reírse a pierna suelta.
-Pues lo que es eso -vociferó él en este punto- eso tampoco no, porque si alguno se carcajea de mí, que se santigüe... Te juro que le meto una fruta de plomo en el estrógamo como saber que hay Dios, o le pego una paliza que no le queda hueso con salú, ni carne sana donde untarle los aceites de la Extremaunción.
-Pero, mi hijito, mejor es no pelear con nadie.
Aquel eficaz diminutivo le cayó al enamorado novio como licor suavísimo del cielo, y ablandandose, le dijo a su mujer:
-Bueno, no hablemos más sobre de ello. Pal cuartico me voy y allá me quedo, pero con esta condición: que no bailes con naiden, porque del rempujón que doy, hasta se cae la casa.
Convino la muchacha en obedecer sus órdenes, a pesar de los anhelos que se le traslucían de bailar con D. Jacinto, y terminó la conferencia en paz. El novio se levantó en seguida, se dirigió al cuartucho, arrancose con saña los zapatos, comenzó a menear los dedos con la mayor delicia, y a proporción que en los pies se iba echando una botella de aguardiente con el fin de refrescarlos, se los soplaba con la boca estrepitosamente e inflando los carrillos. Por dondequiera tenía vejigas, peladuras, troneras y canales.
Matías, que desde el principio andaba cabizbajo —51→ y taciturno, porque a cada momento sorprendía las miradas de inteligencia entre Encarnación y D. Jacinto, llamó a Felipe a un lado, y le manifestó el deseo que tenía de bailar, aunque sólo fuera un valse, con aquella. Felipe entró a la sala, y le ordenó a su hija que bailara con Matías; pero la muchacha, que estaba hecha un basilisco por la prohibición de enantes, y que por contera le esquivaba a su primo sin rodeos (porque Matías era su primo, como se verá después), se negó redondamente. ¡Hombre, no faltaría más!
-Es que yo quiero que bailes -le campaneó Felipe en el oído- y tú debes obedecerme sin chistar.
-Pero ahora no quiero bailar yo -repuso Encarnación verde de ira- y con ese pajuato mucho menos.
-Mira, grosera, no me respondas mal, porque aquí mismo soy capaz de arrastrarte por el pelo.
-Pues pégueme si quiere, pero con Matías no bailo.
Por no cometer un disparate, Felipe se salió a la carrera, y díjole a Matías que Encarnación no podía complacerle porque le estaba doliendo la cabeza.
-Mire, tío -indicó el mozo con acento entrecortado- no me engañe. Mejor es que me diga la verdá. Lo que hay es que Encarnación no quiere.
-Pero es que a mí me duele decirte la verdá.
-Y ¿por qué, tío, cuando yo sé del mal que he de morir?
-Porque tú sabes demasiao que mi querer te ayuda en tus pensares.
—52→-Nada hago yo con eso, en siendo ella dura como un tronco.
-Es que a fuerza de candela, hasta el fierro se ablanda en esta vida.
El muchacho guardó largo silencio en este punto, y mirando a Felipe con agradecimiento, suspiró y se sonrió con amargura.
-Matías, por Dios, no te pongas así, que me das lástima.
-Tío Felipe, lo que no tiene remedio, olvidarlo es lo mejor.
Y con los ojos húmedos, el pobre mozo se sentó en el sardinel del patio.
Felipe siguió hablando acerca de la guerra con los que le rodeaban cuando Matías le llamó. Para aquellos campesinos, la guerra era la calamidad suprema, la mayor de las desgracias conocidas, el más tremendo de todos los azotes.
-Pues si Dios no se hace cargo de lo que se nos viene encima -afirmó uno, arrimándose de espaldas a la tapia- tendremos que pasar muchos trabajos... Por Planadillas abajo dizque ya andan patrullas, y ahorita se derraman por aquí... No nos queda otro camino que encomendarnos a la Virgen y al Cristo de La Pascua.
-Según eso -preguntó Felipe entonces- ¿siguen siendo bien ciertas las noticias?... Porque hasta hace ocho días no pasaban de rumores.
-Hombre -arrimó otro con gran seguridad- lo que yo sé, porque lo escuché decir allá en la capital a endeviduos de concencia, es que pal quince de este mes saldrá de por aquí, pa donde llaman Carabobo, un ejército de setecientos hombres por lo menos.
—53→-Pues, mis amigos, a buscar dónde esconderse -aconsejó Felipe, sin poder ocultar el desaliento que le caía en el ánimo-. Hasta miedo me da de estar aquí, porque de golpe nos cogen descuidaos.
El silencio se hizo entorno suyo. En la imaginación de todos, de improviso oscurecida, quedó flotando el espectro de la Guerra, sombrío y pavoroso como una visión del tremendo Apocalipsis. Por dondequiera divisaban la ruina y el estrago, la miseria y el desorden, la soldadesca ebria de iniquidades y el caudillaje desenfrenado en triunfo.
Sería la hora de las tres de la mañana. La luna estaba espléndida, reinando a maravilla en un cielo totalmente despejado y guarnecido de luceros. Fragancia de pimpollos, esencia de resinas, olor de flores nuevas, venían de la selva, del cafetal, del huerto. Comenzaban los gallos a menudear su canto, precursor de la rosada y fresca aurora. Soplaba mucha brisa, y los árboles sonaban con estrépito. En la salita continuaban la danza y la alegría; las luces empezaban a apagarse consumidas por las horas; del ron y el anisado no quedaba ni una gota en las botellas; los mirones revelaban aburrimiento y sueño, porque habían bebido mucho y se caían de borrachos, y Felipe quería irse.
D. Jacinto se acercó más de una vez a Encarnación, con el objeto de conversar con ella; pero no pudo conseguirlo, porque Felipe se arrimaba a la sala cada rato, vigilante y receloso como un turco. Los músicos tocaban que era una gloria oírlos, porque el aguardiente posee la virtud maravillosa de inspirar —54→ a los artistas. La novia, completamente fiel a su promesa, no quiso bailar con nadie; pero, al fin se vio en el caso de pararse contra su voluntad, porque Fidel Mendoza, que no tenía cuentas con ninguna prohibición ni autoridad legítima, le echó la mano por un brazo, la sacó a rempujones del butaque en donde estaba, y no hubo más remedio que complacerle, no obstante el miedo que ya se la comía, para evitar que se pusiese bravo. El novio lo supo acto continuo, y pálido de rabia, con la camisa por fuera, remangado hasta los hombros, vomitando cada insolencia que obligaba a las mujeres a taparse los oídos, con las patazas descubiertas y armado de un garrote como un leño, entró a la sala de improviso. Las parejas se miraron con terror. En advirtiendo aquello los campesinos que estaban en el patio, se armaron a su vez y se agolparon a la puerta en ademán siniestro. Lo que allí iba a suceder, comprendiolo en el acto D. Jacinto, y se escurrió con ligereza al corredor. De la mirada, toda odio, que le arrojara en aquel trance, Matías hubiese querido derretirle. La novia comenzó a temblar; Mendoza se detuvo; ella se le zafó del brazo, y corrió hacia el cuartito con las demás mujeres, en medio de la mayor consternación. Pepe Arrubla se armó de una silleta y se paró detrás del novio, con el propósito de quebrársela en el cráneo y de abrírselo en canal; y Miguelito Entrena, atrincherándose de firme detrás de uno de los bancos de carpintería, desenvainó el revólver, y gritó con arrogancia suma:
-Al primero que se menee, lo quemo.
—55→Blandiendo su cuchillo, Matías le contestó con sorna:
-Amigo, no se alborote, que al que se muere aventao, no le queda arruga.
El novio se le enfrentó a Mendoza, y le soltó esto a la cara:
-¿Quién le ha dao a usté permiso pa bailá con mi mujé?
Sin volverle las espaldas, Fidel Mendoza se metió en un rincón, y del bolsillo del chaleco sacó una pistola niquelada de dos tiros.

-¡Diga, levitúo del cuartajo -bramó el novio en voz tonante y belicosa- que lo que es a mí no me da miedo su rigolve!
Con lo cual Pepe Arrubla enarboló la silla para despatarrarle, en cuanto viese que le caía a Mendoza a garrotazos.
Y sabe Dios lo que en aquella sala hubiera acontecido en sólo unos momentos de refriega salvaje y rencorosa, a no ser porque D. Jacinto, de súbito inspirado en tan supremo —56→ instante, acercose a la puerta fingiendo la mayor tribulación, y exclamó con acento desgarrado:
-¡Mis amigos, a correr, porque por el camino viene una patrulla!
Oír aquello, sobrecogerse de pavor y salir todos a escape hacia lo más espeso de la selva que linda con el río, fue obra de segundos.
D. Jacinto aprovechó tan preciosa coyuntura, y pasando la palabra a sus amigos, montaron a caballo y salieron de la casa a la carrera.
Cuando ya se alejaron buena pieza, D. Jacinto se paró y les dijo:
-Por milagro la contamos... Si no doy aquel grito tan a tiempo, de la paliza que nos meten nos revientan.
-Pero lo que es el novio -repuso Pepe Arrubla chacoteando- ¡ay, compadre!, lo que es el novio, habría dejado los sesos en el suelo antes de irse al otro barrio, porque del silletazo que le alumbro en la cabeza, se la hubiera vuelto astillas.
Tres ruidosas carcajadas estallaron, y los alegres mozos, arrimando de nuevo las espuelas a los ijares de las bestias, se fueron a dormir.
La casa de D. Jacinto estaba cerca, y en ella se instalaron a roncar hasta la una de la tarde del ya cercano día.
—57→
Matías Salazar, que resalta en nuestra historia con cierto relieve como de personaje legendario, no ya sólo por su arrogancia, su viveza y su notable intrepidez, sino también por el triste fin que tuvo como insurrecto peligroso, había invadido a Venezuela y alzádose en Cojedes, proclamando la integridad de los principios liberales, el respeto profundo a las instituciones, el orden administrativo y económico, la —58→ pulcritud más absoluta en el manejo de los caudales públicos. Traía la fama de su valor heroico, de su audacia temeraria, de sus ruidosas empresas militares, y Guzmán Blanco se aprestó a combatirle hasta vencerle. El partido liberal se agrupó con verdadera decisión en derredor del dictador venezolano, y se desbordó por todas partes como ola arrolladora para luchar con el temible guerrillero. La República entera se puso en movimiento; de nuevo comenzó la organización de tropas, y las patrullas se derramaron por los campos en busca de reclutas.

Los pobres campesinos abandonaron sus hogares para ir a ocultarse en los zanjones, en las cuevas, en las repuestas cumbres. Antes de que rayara el día se escapaban de las casas, y volvían con la noche para dormir en ellas. Sus mujeres, sus hijas, sus hermanas, les llevaban la comida en canastillos de mimbre que ocultaban debajo del grueso pañolón.
Mientras tanto, las escoltas recorrían las veredas, los atajos, los repechos que conducían a las casitas, y al encontrarlas solitarias, abandonadas, de sus dueños, se robaban lo que mejor les parecía, en medio de groseras carcajadas. Muchas veces no encontraban sino chiquillos desnudos sentados a la puerta, y obligándolos a decir en dónde estaban los animales de servicio, de estos no dejaban ni siquiera uno en los corrales. Otras veces se emboscaban detrás de algún cercado; observaban con atención la ruta que tomaban las mujeres, y agazapados se iban tras de ellas, hasta descubrir los escondrijos en donde se ocultaban los infelices campesinos. Las mujeres suplicaban —59→ de mil modos que no se los llevaran; pero las súplicas, los ruegos, las lágrimas de aquellas desgraciadas eran recibidas con chacota y contestadas con palabras descompuestas, con reticencias sucias, con interjecciones cínicas y brutales tratamientos.

A Felipe le cogieron con la mayor facilidad, pues como no podía dejar solo el conuco por la noche, ni expuestas a su hija y su mujer a toda suerte de peligros, le sorprendieron un día antes de irse al escondite. La escolta se presentó muy de mañana, y le intimó la orden terminante de marchar. Apenas tuvo tiempo de terciarse la cobija, de echarse en el bolsillo unas pesetas y de coger los alpargates.
—60→Llorando sin consuelo, sollozando que daba pena oírla y mirando a Felipe con angustia, Gertrudis se acercó al oficial, y se atrevió a decirle:
-Mire, señor, por la Virgen del Carmelo, no se lleve a Felipe, que la cosecha va a perderse, porque aquí nos quedamos muy solitas.
-¿La cosecha?... Por Dios señora, que no estamos ahora pa esa clase de dibujos... Deje usté que se pierda, y el que venga atrás que arree.
-Es que aquí no hay más que él, y de golpe nos pasa alguna mano.
-Y ¿qué quiere usté que hagamos?... Yo soy meramente un subalterno, y tengo que cumplir lo que me mandan.
-Pero mire, señor, por compasión, ablándese usté a ese servicio y háganos esa caridá.
Por única respuesta, el oficial dio la orden de marchar, y en breve la patrulla se ocultó detrás de la arboleda del camino.
Oprimido el corazón, llena el alma de una tristeza horrible y conteniendo los sollozos, Felipe se volvió desde el tranquero con los ojos nublados por las lágrimas.
-No llore, amigo -le dijo con sorna el oficial- que pa eso son los hombres.
Felipe no quiso contestar.
-Acuérdese, compadre, de que primero está la Patria.
El campesino levantó la cabeza con soberbia, y mirando al oficial de hito en hito, preguntó:
-¿La Patria?
-Sí, señor.
—61→-Pues sálgale a otro, compañero, porque lo que soy yo, ya tengo ajumados los colmillos.
Soldados y oficial arrancaron a reír con mucha sorna, como cumplía en semejante coyuntura.
Aquella misma tarde, Gertrudis y Encarnación se personaron en casa de D. Jacinto Sandoval, con el fin de suplicarle que hiciera algo por Felipe.
-Y ¿cuándo le han cogido? -preguntó D. Jacinto con sorpresa.
-Esta mañana, y apenas tuvo tiempo el pobrecito de echarle mano a la cobija... Y si usté lo hubiera visto tan afligido que se fue.
-Pues yo, Gertrudis, haré lo más que pueda por salvarlo; pero eso sí, no te aseguro nada cierto en mis gestiones, porque las cosas se han puesto demasiado peliagudas... Si se consigue que lo suelten, bueno; pero si todos mis esfuerzos son inútiles, hay que tener paciencia hasta que esto se termine.
-Y ¿si lo matan por allá?
-Y ¿por qué han de matarle?... No pienses en eso, y confía en Dios.
D. Jacinto salió hasta los patios del café, y gritó con voz aguda, ahuecando las dos manos en torno de la boca:
-¡Patriciooo!
-¡Señor! -contestó el mozo desde la caballeriza.
-Ensíllame la mula, y búscame las botas en seguida.
Y volviéndose a Gertrudis y a Encarnación, les dijo:
-Ahora mismo voy a hacer la diligencia, y esta noche les diré el resultado que se obtenga... —62→ Espérenme en la casa, porque los tiempos no están para dejarla sola.
-Dios se lo pague, D. Jacinto, y que la Virgen del Carmelo y el Santo Cristo de La Pascua me lo cuiden.
El hacendado encabalgó en la mula, le arrimó por los ijares las espuelas y salió al pasitrote, no sin cruzarse antes, entre él y Encarnación, una mirada inteligente.
[...]
Como a las ocho de la noche regresó, pero trayendo consigo malas nuevas. Que el ejército se estaba organizando a toda prisa; que saldría de un momento a otro, constante de setecientas plazas; que el propio D. Jacinto había hablado con personas influyentes para ver si lograba que soltasen a Felipe; pero que todos sus esfuerzos se habían estrellado contra la más rotunda negativa.
-No hay, pues, sino resignarse a lo que venga -agregó luego-. Eso sí, arréglenle a Felipe en una capotera lo que haya de necesitar, y dispónganse a llevarsela el día de la salida.
-Y ¿cree usted que volverá? -le preguntó Gertrudis en medio de la mayor tribulación.
-Sí, mujer, y no te desesperes antes de haber motivo... Hasta puede suceder que el ejército de aquí no tenga necesidad de combatir, y en ese caso no hay peligro.
Con lo cual D. Jacinto se levantó para marcharse, y Encarnación salió hasta el corredor a conducirle.
-¿Podré venir ahora a conversar contigo? -le preguntó él por lo bajo.
Encarnación no contestó.
—63→-Porque ahora, que no hay inconveniente, es cuando yo voy a saber si tú me quieres, o si todo lo que me dices es mentira.
Y se alejó a trocha larga, dejando a Encarnación bajo la influencia de una sensación extraña, compuesta de tristeza y alegría.
—64→
Tres días después de los sucesos que se acaban de narrar, los caminos públicos se veían llenos de mujeres de los campos. Subían de las verdes hondonadas, bajaban de las cumbres, llegaban presurosas de los valles. Cada cual conducía una maleta llena de ropa limpia, un par de alpargates nuevecitos, un jarro de hojalata, una cobija y un pequeño canasto con avío. Eran las madres, las esposas, las hijas, las hermanas de los reclutas que se iban. Venían a despedirse, quizás hasta la muerte, y a traerles lo que podían necesitar durante el viaje.
En la plaza principal, frente al cuartel, estaban alineados los infelices campesinos, silenciosos, larga la cara de tristeza, con la mirada fija en los grupos de mujeres, temiendo a la vara de los cabos y apoyados en los fusiles con desgana. Los soldados veteranos se reían de todos ellos y les hacían chacota; la gente amontonada en las esquinas los contemplaba con piedad; los oficiales de las cuartas los trataban a empellones.
—65→-¡Pobrecitos! -era la exclamación que lanzaba todo el mundo.
Llorando sin consuelo, enjugándose las lágrimas con el grueso pañolón, tapándose los encarnados ojos con el ala del sombrero, mostrando en el afligido rostro los estragos de la más honda pesadumbre, pronunciando el nombre de Dios a cada paso, e invocando con fervor el amparo de la Virgen para los hombres que se iban camino de la guerra, las pobres campesinas, sorprendidas de repente en medio de la paz de sus hogares por el sombrío espectro de la fatalidad, movíanse del un extremo al otro de la plaza sin darse punto alguno de reposo. Querían, agotar todos los medios que les sugería el cariño, todas las influencias de que podían valerse, todas las plegarias de su corazón cristiano, para obtener de cualquier modo que aquellos desgraciados no se fueran; pero por más que hacían, no lograban conseguir sino respuestas indecentes, sarcasmos crueles que insultaban su dolor, palabras descompuestas que no iban sino a aumentar el sufrimiento de su alma.
De nada habían servido sus preces al Altísimo, sus plegarias a la Virgen del Carmelo, ni sus promesas al Cristo de La Pascua, que para ellas solía ser tan bueno y milagroso: siempre se iban los infelices hombres, y quién sabe a pasar cuántos trabajos, en tierras desconocidas y apartadas, lejos del calor de su familia, sin sentir el rescoldo del fogón que chisporroteando ardía bajo el alero de la pajiza choza, sin tener a quien convertir los ojos en un caso de riesgo o —66→ grave apuro, y sin oír el tañido vespertino que el badajo daba al bronce del cercano campanario de La Pascua, cuya extraña vibración suena en el alma como una voz del cielo. Mas no por eso dejarían ellas de ir allá, a La Mano Omnipotente, para pedir al milagroso Santo Cristo que aquellos reclutas no murieran en la áspera campaña, que les sirviese en ella de amparo y protección, y que volviesen al fin a sus hogares sin herida ni enfermedad alguna. Entonces cumplirían las promesas que iban a ofrecerle, y por lo pronto, llevarían a la capilla sendas velas, para encenderlas delante del altar.
Por fin llegó el momento de que dejaran acercar a las mujeres, y aquello daba lástima. Los cabos se encargaron de ir pasando a cada cual de los reclutas las maletas, las cobijas, los alpargates, los canastos del avío, los jarros de hojalata, y las pobres mujerucas se retiraban de la línea con el dolor pintado en las facciones, chorreándoles el llanto de los ojos y protestando por lo bajo contra aquellos desalmados.
-¡Adiós, hijito! -decía una, con la garganta henchida de sollozos-. Que la Virgen de la Soledá te cuide, y no vayas a olvidarte de tu madre en esas tierras de tan lejos.
-¡Aquí quedo rogando a Dios por ti! -murmuraba otra a su esposo, enjugándose los ojos con el pañuelo de madrás-. Yo atenderé allá mientras tú vuelves, y haré lo más que pueda pa que no se pierda nada.
-¡La Santísima Trenidá lo favorezca de todos los peligros! -gritaba otra a su padre, —67→ observándolo con lástima y tristeza-. Y mire, escriba de cuantas partes le sea fácil, mandándole la carta a D. Jacinto pa que no vaya a perderse.
Felipe estaba con las manos apoyadas en la boca del fusil, cuando se presentaron Gertrudis y su hija Encarnación. De manos del cabo recibió la capotera, y después de acomodársela en la robusta espalda, por sobre la cobija, le dijo a su mujer:
-Si te ves muy apurada en la cosecha, que ya viene, busca a Matías pa que te ayude y las acompañe por la noche. Y en caso de que el bochinche se prenda muy duro por aquí, entrégale los realitos del arcón a D. Jacinto, pa que él me haga el servicio de ponerlos en seguro... Y ahora vete, antes de que este badulaque de oficial sea capaz de atropellarte.
Felipe estiró su fuerte mano encallecida en el trabajo, y estrechó afectuosamente las de Gertrudis y su hija.
-¡Adiós, Felipe! -murmuró la primera con acento conmovido, y se retiró hacia las tapias del cuartel bañada en lágrimas.
Entonces Encarnación se arrodilló sobre las piedras, juntó las manos en actitud de cariño y de respeto por su padre, y dijo, quitándose el sombrero:
-Écheme la bendición.
-Dios te bendiga, hija, y pórtate muy bien, que la honradez es lo que vale en este mundo.
Media hora después, el ejército salía de la ciudad al son de los tambores y cornetas, desplegadas al viento sus banderas amarillas, —68→ y despidiendo de cada reluciente bayoneta un manojo de fulgores encendidos por el sol.

¿Adónde iba?
—69→
Pocos sufrimientos pueden compararse al de la ausencia del terruño, del calor de la familia, del dulcísimo rescoldo del hogar. El corazón lo mira todo desde lejos con un cariño exagerado, y los afectos crecen en razón de la distancia. Los árboles que dan sombra a nuestra casa, la quebrada que la hinche de rumores, la cinta de camino que a ella nos conduce amarilleando en medio del verdor de la sabana, la columna de humo que la envuelve en sus azules redondeces, la montaña a cuya falda se levanta como un nido caliente y oloroso a afectos puros, los perros que la guardan con su fidelidad, todo ello se aviva en nuestra imaginación hasta el extremo de contemplarlo bajo el influjo del ensueño con los blandos contornos de lo real. Se miran entonces los objetos por su lado hermoso apenas, abrillantados por los besos de la luz y hechizados por el recuerdo de la felicidad; y las miserias de la vida, los sufrimientos que ella da, los dolores con que nos punza el alma, se —70→ quedan sepultados en la sombra cuando estamos padeciendo el incurable mal de la nostalgia.
De ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de caserío en caserío, Felipe andaba como lelo. Todo lo que veía lo relacionaba al punto con su casa, y el corazón se le apretaba, y el espíritu se le afligía, y las lágrimas corrían silenciosas de sus ojos. A la caída del crepúsculo, en esa hora sublimemente hermosa en que el alma se llena de recuerdos, cuando en los tambores y cornetas sonaba la oración en la puerta del cuartel, su imaginación volaba hasta el blando rincón de sus afectos, y los fusiles, las tapias ennegrecidas por el humo, los soldados harapientos, las esteras donde dormían los heridos, todo se transformaba ante sus ojos en el pedazo de tierra en cuya contemplación su alma se extasiaba.
Había veces que le tocaba hacer centinela por la noche, y entonces la cabeza se le llenaba de pensamientos negros. Veía el conuco abandonado, a Encarnación perdida, a Gertrudis llorando amargamente su desgracia, y se ponía a sollozar como un chiquillo, pero metiéndose el puño por la boca para que el cabo no advirtiera su debilidad. La llora que le tocaba en turno le parecía muy larga, los ruidos de la media noche se agrandaban desmesuradamente, y los chirridos del cárabo en la sombra, el tintineo de los sables contra el suelo, la masa negra de alguna patrulla rondadora y los quién vive de los otros centinelas, le llenaban de un terror inexplicable. Cuando venía el relevo, lo recibía como una consolación dulcísima, y procuraba que el —71→ sueño le rindiera para sentir algún alivio en su dolor.
Su silencio llamaba la atención de los jefes y oficiales; su conducta no daba qué decir, y cumplía sus deberes con la mayor fidelidad. Si le ponían a dormir al aire libre; si no obstante estar enfermo le obligaban al servicio; si le reprendían duramente por falta de listeza en los ejercicios diarios; si exponiéndole a toda suerte de peligros le mandaban con frecuencia a desempeñar comisiones de verdadero riesgo, obedecía sin chistar. En las escaramuzas que se iban presentando, jamás le temía al plomo, sino que combatía como el más adelantado en el valor. Impasible como pocos, sin sufrir cambio ninguno en su fisonomía, y con una serenidad que causaba asombro verla, avanzaba o retrocedía en el combate según que lo ordenaban las voces de los jefes y los toques del clarín.
Un día le pegaron por un brazo, y cayó desvanecido en todo el borde de un medroso precipicio; pero se levantó en seguida, extrájose la bala con los dedos, se vendó con el pañuelo que cargaba en el bolsillo, y continuó peleando sin decir una palabra.
-¿Te han herido, Felipe? -le preguntó el oficial con interés.
-Sí, capitán, pero no es cosa.
El sufrimiento moral le hacía insensible a los trabajos y peligros de la guerra, y parecía que los tomaba como una distracción de la tristeza que sobre su corazón gravitaba de continuo. Hacía dos meses que no sabía ni una letra de su casa, y sin poder explicarse la razón de lo que a él le sucedía en lo más íntimo —72→ del alma, siempre estaba prevenido para que no le sorprendiera ninguna mala nueva.
A fuerza de buen comportamiento logró captarse al fin el cariño de sus jefes, y a poco le ascendieron a sargento, con lo cual se le hizo más llevadero el rigor de la campaña, aunque el estado de su espíritu continuaba siendo el mismo.
Pero sus lágrimas corrían en silencio, su dolor no trascendía, su corazón padecía sin quejarse.
—73→
Matías era sobrino de Felipe, y jornaleaba en las haciendas de los alrededores para ganar la vida. Generalmente trabajaba en el conuco de su tío, pero no porque el salario fuese mucho, sino por darse el gran deleite de contemplar a Encarnación por la mañana y por la tarde, de decirle cuanto sentía por ella y de probarle que la quería con todo el corazón.
Era mozo bien plantado, de fisonomía despierta, lleno de vida como un tronco de árbol joven, y fornido que daba gusto ver las redondeces de sus formas y los bronces de sus músculos. Tenía veintidós años, y su franca hombría de bien, sus hermosas cualidades, la bondad de sus costumbres y el cariño con que atendía a su madre, ya vieja y achacosa, le hacían gozar de general estimación entre los ricos propietarios.
Felipe le quería como si fuese hijo suyo, y desde el punto y hora en que cayó en la cuenta de que amaba a Encarnación, buscó el modo —74→ de que ella correspondiese a aquel afecto, poniendo a su sobrino como una misma perla cada vez que de él hablaba delante de su hija. Y lo que era la muchacha, escuchaba las palabras de Felipe con los ojos muy abiertos; pero en el acto se hacía la desentendida para evitar la reincidencia.
Enamorado de ella con locura, el infeliz muchacho la seguía a todas partes, le traía de la ciudad finos regalos, le conversaba quedo, le descubría los sufrimientos de su alma; pero la arisca moza le rechazaba con amarga brusquedad, y le decía que no le hablara más de amores, porque jamás podría quererle.
Por semejante resistencia, Matías dio en la flor de sospechar que Encarnación ocultaba algún afecto en el fondo de su alma, y se propuso descubrirlo a toda costa. Si el semblante de su prima revelaba abatimiento; si su mirada vaga era el indicio cierto de una preocupación constante; si en su sonrisa había algo de amargura; si suspiraba con frecuencia y gustaba de irse sola por los campos, algo extraño sucedía en su corazón. Sin que ella lo advirtiera, sorprendía sus menores movimientos, seguía la dirección de sus miradas, la perseguía en sus paseos vespertinos por los alrededores; y aun en la misma noche, sentado en una piedra o agazapado tras de un árbol, se estaba horas enteras observándola, sin que ella sospechara que en el seno de las sombras había unos ojos penetrantes que no dejaban escapar ni un detalle tan siquiera de sus idas y venidas.
—75→Al fin llegó la hora de la revelación, y Matías lloró mucho, porque su amor era infinito. Encarnación no podía corresponderlo, porque quería a D. Jacinto con locura. Los celos, el despecho, la amargura -una amargura profunda como el mar- se introdujeron en su alma de improviso para formar la tempestad más espantosa. Detrás de aquella piedra escuchó todo lo que le convenía escuchar, y en seguida se alejó a tardo paso, llegó a la pulpería y bebió hasta embriagarse.
¡Lo que él le inspiraba a Encarnación era lástima tan sólo!
Cuando volvió a su casa, le prendía la cabeza como un horno, sentía en el corazón como la punta afilada de un puñal, se le saltaban de las órbitas los ojos, las manos las crispaba con fiereza, tambaleaba tristemente y su boca parecía un manantial de iniquidades.

-¿Qué tienes, hijo? -le preguntó su anciana madre, con el asombro pintado en las facciones y haciendo un esfuerzo por alzarse del rincón donde dormía desde temprano.
Entonces Matías, mirando a todas partes con extraviados ojos, lanzó un grito formidable, cayó al suelo como un tronco derribado por el furor del huracán, y dando rienda suelta a los sollozos de su pecho, que amenazaban romperlo en mil pedazos, en el regazo de su madre lloró hasta desahogar las inmensas pesadumbres que de acíbar le llenaban la copa de la vida.
Desde aquella horrible noche se hizo taciturno, el brillo de sus ojos se apagó, bebía —76→ con frecuencia, y una expresión de melancolía suprema se le salió al semblante para empalidecerlo.
Después de la partida de Felipe, Gertrudis le buscó a fin de que viniese a acompañarla por la noche y a ayudarla en sus faenas; pero él, sin atender ninguna súplica, sin dar explicaciones, sin ablandarse a los ruegos de su tía, se negó rotundamente a complacerla.
Sin embargo, a pesar de su esquivez y su mutismo, jamás perdía de vista a Encarnación, atisbaba sus vueltas y revueltas, la seguía como una sombra —77→ por todos los caminos; y a juzgar por los fulgores siniestros de sus ojos, por las ásperas arrugas que se marcaban en su frente, por la sombría expresión de su semblante, algo terrible se estaba concibiendo en el fondo de aquel cráneo.
—78→
Con el pretexto de hacerles compañía por la noche, de ayudarlas en sus necesidades, o de participarles las noticias que poco a poco iban llegando acerca de la guerra, D. Jacinto empezó a ir con frecuencia a casa de Felipe. Gertrudis y Encarnación le recibían con el mayor cariño, y se sentaban a platicar a la puerta de la sala. Para embobar el tiempo y no marcharse tan temprano, algunas veces les ayudaba a desgranar maíz; otras les conversaba de los asuntos raros que había leído en los periódicos de la capital; otras cogía el cinco y lo rasgueaba suavemente, o las ponía a descifrar adivinanzas como estas:
Al amor de la lumbre calientita, aquellas veladas solían prolongarse hasta las diez.
Una noche, al despedirse D. Jacinto, le dijo muy pasito a Encarnación, que salió a acompañarle hasta el tranquero:
-Yo voy a casa, y vuelvo como de aquí a las doce... Si no me esperas, ya sé a qué atenerme desde luego, y no volveré nunca.
Y se escurrió sin decir más.
Inmediatamente Encarnación se fue a acostar, y así que calculó que su madre dormía el primer sueño, se levantó sin hacer bulla ninguna, abrió la puerta poco a poco, salió al corredor en pinganillas, encerró en la cocina los dos perros, y esperó.
El corazón le palpitaba aceleradamente, la cabeza le ardía como un fogón y el miedo le anudaba la garganta. Dos impulsos combatían con heroísmo singular en lo más hondo de su ser: el deseo de entregarse a D. Jacinto en cuerpo y alma, y el temor de hacerse indigna del cariño de sus padres. Pero ¿acaso le era —80→ dado resistir a los impulsos de su alma, a los arranques de su naturaleza y a los ímpetus de su rica juventud? De sólo imaginarse que D. Jacinto no quisiera volver nunca, las lágrimas saltaban a sus ojos. Más de una vez se levantó para regresarse al blando lecho en que dormía, porque le daba miedo con su debilidad; pero una fuerza superior no la dejaba.
En el silencio de la noche repercutió de pronto un silbido prolongado, y Encarnación no se movió; en seguida sonó otro, y la muchacha, olvidándose de todo, corrió hacia el cercado. Al verla surgir de entre las matas, hermosa como la imagen de la felicidad y dulcemente iluminada por la luna, D. Jacinto se le acercó para abrazarla como la otra vez; pero ella volvió a retirarse, abriendo una distancia conveniente entre los dos.
-Pero, chica, ¿por qué huyes? -le preguntó él con impaciencia.
Encarnación comenzó a sollozar.
-Tu manera de ser no la comprendo, y si en lugar de alegría lo que te causo es pena con venir, pues desde hoy no volveré.
-Y ¿quién le está diciendo eso? -murmuró la muchacha, mordiéndose los labios.
-Ya sé que no lo dices; pero con lo que haces basta y sobra para entender lo cierto.
-Por Dios, y ¿qué más quiere?... Bastante es lo que hago con salir a estas deshoras; y si salgo, no es sino porque lo quiero a usté... como quizás nadie lo quiere en este mundo.
-Es que querer de esa manera, no es querer.
-Entonces, D. Jacinto, mejor es que me mate.
—81→-¿Por qué, hija?
-Porque si yo me he de estar muriendo por usté, pa que usté no se convenza de estas pesadumbres que cargo por adentro, más vale que de una vez coja un cuchillo.
Y Encarnación, con el dorso de las manos, se enjugó dos lágrimas enormes que saltaron de sus ojos. Luego agregó con acento de convicción profunda:
-¡Ojalá que usté me viera aquí, pa que le diera mucha lástima conmigo! ¿Qué más hago yo nunca sino pensar en usté a todas horas?
-Y entonces, ¿por qué huyes de mi afecto, por qué eres tan extraña, por qué me tienes miedo?
-¡Don Jacinto, no es a usté a quien lo tengo!
-Y ¿a quién, Encarnación, a quién?
-A Dios y a mi conciencia.
Con lo cual D. Jacinto se levantó súbitamente de la piedra donde se había sentado, y le dijo a la muchacha, estirándole la mano:
-Pues que ellos te cuiden y te amparen.
Ella, sin estirar la suya, le preguntó con ansiedad:
-¿Vuelve mañana?
Mas D. Jacinto, volviéndole la espalda con manifiesto mal humor, le contestó desde el cercado:
-No vuelvo nunca, porque no tengo a qué volver.
Y se alejó a paso largo, con las orejas encendidas, despechado y taciturno.
Por la primera vez, en su vida de aventuras amorosas, encontraba resistencia en —82→ aquella linda aldeana; y ni sus larguezas con ella -porque la regalaba de continuo con verdadera esplendidez- ni los ofrecimientos que le hacía a cada paso, ni la delicadeza con que solía tratarla, ni el afecto que ella le tenía y del cual estaba él completamente satisfecho, lograban la victoria.
—83→
Las noticias se multiplicaban de una manera incalculable, y corrían por todas partes agrandándose con asombrosa rapidez, tomando formas diferentes, rebotando de las casas a las calles, de las calles a las plazas, de las plazas a los suburbios solitarios, de los suburbios a los campos. Nadie daba en la flor de analizarlas para sacar en limpio si eran ciertas: todo el mundo las tragaba con la mayor facilidad o candidez, aunque fueran despropósitos de esos que no tienen explicación posible. Bastaba que viniese calientita, provocativa, apetitosa, para que todos tomasen la noticia con deleite, la paladearan buena pieza, le agregaran algún nuevo perendengue para hacerla más sensible al deseo de los curiosos, y la soltaran como riquísimo bombón en el grupito de la primera esquina. La que salía por la mañana a corretear por las aceras, por la noche era imposible conocerla en ninguno de los rasgos de su fisonomía. Los fabricantes de bolas menudeaban, pero de bolas —84→ estupendas: hoy era el asalto de un castillo inexpugnable, mañana la toma a sombrerazos de un cuartel, pasado mañana la desigual contienda de doscientos contra mil, en que estos, admirablemente armados y con un jefe de alante, habían puesto los pies en polvorosa. La geografía se trastrocaba con inaudita seriedad, los imposibles dejaban de ser tales, lo que era montaña se convertía en llanura, y al capitán más perezoso le hacían caminar sesenta leguas en sólo un periquete. Y la verdad es que lo cierto de lo que estaba sucediendo en el teatro de la guerra, no lo sabían sino apenas tres o cuatro, los cuales, por el hecho de saberlo, andaban tan campantes por ahí.
Prófugas de la gran rota de Apure, o recientemente alzadas, porque creían de firme -en atención a los solemnes compromisos contraídos por Salazar con los caudillos de más nombre de la oligarquía- que en apoyando con entusiasmo y decisión al denodado guerrillero, este llevaría al Capitolio al partido conservador el día de la victoria decisiva de aquella híbrida insurrección que acaudillaba, algunas montoneras oligarcas, acompañadas de tropas colecticias, vagaban todavía por la República, pero ocultando ahora el color de su batidera, de acuerdo con la orden que habían recibido de sus jefes.
Colorado o amarillo, pero famélico y desnudo, cada rato se presentaba en el pueblo de Maraure algún piquete, y después de tomar disposiciones pavorosas el resuelto machetero que venía a su cabeza, y de poner gordos empréstitos a los ricos propietarios, y de amedrentar a la indefensa población como mejor —85→ le parecía, les daba carta blanca a los soldados, que en seguida se soltaban por los alrededores a cometer todo linaje de inauditos desafueros. Riyéndose de la desgracia ajena, sin tener compasión por la miseria en que iban sumiendo los hogares, e intimidando a las pobres mujerucas que los veían entrar sobrecogidas de verdadero espanto, se adueñaban de cuanto podían y querían, y en medio de salvajes carcajadas, manifestación impúdica de la fuerza triunfal y asoladora, se alejaban en seguida camino de los pueblos por donde iban pasando como una calamidad verdaderamente horrible, para vender aquello por un puñado de pesetas. Cuando hallaban las casas solitarias, sin lumbre los fogones, cerradas las puertas con candado, se llenaban de ira tremebunda, arrimaban un fósforo encendido a la paja de las chozas, y se sentaban en el suelo a ver las llamas que se alzaban avivadas por el viento, y a escuchar el traqueteo de los techos al derrumbarse con estruendo. Aquellos hombres sin Dios ni ley alguna, acostumbrados al desorden, menguados de conciencia, pequeñísimos de alma, seducidos por la pitanza que el pillaje proporciona, lanzados a la guerra por el hambre y la miseria, sin más anhelo que el robo continuado ni más bello ideal que el botín de los vencidos en la lucha, andaban el camino del delito con la satánica alegría del malvado pintada en las facciones, con la botella de aguardiente guindada a la cintura, con la boca desbordante de insolencias y blasfemias, arruinando los hogares, mutilando la propiedad ajena, insultando con la torpe risotada del cinismo la indefensa desgracia del —86→ labriego, y atropellando todos los fueros ciudadanos en nombre del derecho de la fuerza. Pálidos como la imagen de la muerte, desgreñados como las furias infernales, henchido el espíritu de emponzoñados odios, rebosante de infamias la conciencia, muy lejos de todo sentimiento humanitario, poblando los aires con las increpaciones de su impiedad luzbélica, haraposos y hambrientos de maldades, cruzaban por los campos como fantásticas figuras, sembrando el terror por dondequiera, abandonados de Dios y maldecidos por los hombres. A su paso, semejante al de los bárbaros que sobre Roma la imperial, hondamente gangrenada y corrompida, arrojaron los bosques de Germania, temblaba el propietario por su hacienda, la iglesia parroquial por las joyas de sus vírgenes, el comerciante por sus poquísimos ahorros, el labriego por su vida y las mujeres por su honra. Detrás de ellos no quedaban sino montones de cenizas, lágrimas —87→ de amargura, campos enteros devorados por las llamas y chozas solitarias. Y cuando se les veía venir, resaltando en el horizonte como una nube negra, flotando al viento sus brillantes pabellones y reluciendo al vivo sol sus agudas bayonetas, las gentes corrían amedrentadas a esconderse en lo profundo de las cuevas, en lo sombrío de los sótanos y en la honda esquivez de las montañas.

Mientras tanto, Encarnación padecía lo indecible, porque además de los continuos sobresaltos en que ella y su madre se veían, sin amparo ni protección alguna, D. Jacinto no había vuelto. En vez de disminuirse, su cariño por él iba creciendo, y a todas horas le tenía vivo en el alma y en la imaginación. Alguna que otra vez, ella y su madre, cuando venían del pueblo, acertaban a encontrarle en el camino; pero no se detenía sino apenas un momento, y continuaba. En la frialdad de su saludo, tan cariñoso antes, se adivinaba desde luego la más profunda indiferencia.
Un domingo, a eso del anochecer, lo encontraron a caballo a la salida de Maraure.
-¡D. Jacinto, dichosos los ojos que lo ven! -clamó Gertrudis, sin poder ocultar la complacencia que sentía.
-Gertrudis, ¿cómo estás? -preguntó él, disimulando como mejor le era dado la satisfacción que experimentaba al verlas.
-¡Pa servirle, señor! -volvió a decir Gertrudis con verdadero trasporte de cariño.
-¿No has sabido de Felipe?
-Pero ni esto, aguaite... ¡Y si usté supiera las crujidas en que estamos con tanto ir y venir de vagamundos por aquí!
—88→-¿Te han hecho muchos daños?
-¡Aaaah caramba, D. Jacinto, si eso es lo que da lástima! Una mañana cargaron esos diablos con el toro; otra se llevaron las tres vacas, y por más que les rogué de cuantos modos pude, no logré que se ablandaran los indinos... Con el burro no han jalao, porque apercaté a meterlo en un zanjón, y allá está el pobrecito pegao contra un palo día y noche; pero temiendo estoy que en una rebuzná que pegue, de golpe me lo escuchen, y entonces sí que la acabamos de arreglar... Pa esto, que el café se está cayendo ya, y nosotras solitas no damos abasto pa cogerlo; y lo que es el maíz, se lo han llevao casi todo... D. Jacinto, yo no sé qué nos haremos cuando Felipe vuelva, porque esta feberación brava de ahora nos ha dejao que ni partidos por el medio... Al fin y al cabo, si Dios no lo remedia, el cafesito se perderá también, y lo que nos quedará será morirnos de la pura pesadumbre.
A Gertrudis se le arrasaron de lágrimas los ojos, a tiempo que Encarnación mordía con saña las puntas del pañuelo; y D. Jacinto, compadecido de tanta desventura como aquella, murmuró:
-Gertrudis, no hay cuidado, que yo estoy aquí para servirte en lo que pueda. Si acaso ves que te faltan los recursos, pues te vienes a casa sin demora, y todos los días irás por el conuco a darle vuelta, para que no se acabe de perder lo que hay allí.
-Dios se lo pague, D. Jacinto, y no crea que no le cojo la palabra, porque ¿a quién más he de volver los ojos en semejante desespero?... —89→ Y digame, ¿tampoco usté ha sabido nadita de Felipe?
-Lo único que sé es que el ejército de aquí había llegado a Carabobo.
-Y ¿no hay forma de que eso se acabe todavía?
-Creo que todavía no, a juzgar por las noticias que circulan.
-Pensando he estado yo lo que le hayan hecho a usté esos facinerosos sin concencia, tan descristianaos como son.
-¡Gertrudis, la mar negra!... De los potreros me llevaron cien novillos; de las pesebreras, todos los animales de trabajo; y para completar las cuentas, me han obligado a entregarles un empréstito de cinco mil pesos... Con que ya ves que la calamidad es para todos, y que nosotros trabajamos para que los vagabundos y los guapos, en nombre de la Patria y de cierta libertad que ellos entienden a su modo, nos roben porque les da la gana y se enriquezcan en un mes de vandalismo brutal.
-Pues que la Virgen me lo ampare, D. Jacinto, y no se olvide de nosotras, que ya usté sabe que lo queremos mucho.
Encarnación se enrojeció como la grana, y D. Jacinto se limitó a decir, estrechando la mano tan sólo a la primera:
-Adiós, Gertrudis... Hasta la vista, Encarnación.
Arrimó las espuelas a la mula, y se alejó al pasitrote. En poco estuvo que incurriese en una claudicación desatinada y vergonzosa, porque la hija de Gertrudis estaba aquella tarde, como nunca, de bonita y de galana. —90→ Las enaguas, deslumbrantes de matices que servían a encandilar; la camisa, dejando ver garganta y brazos, con la tira de bordado primoroso en contorno del busto encantador; el pañuelo de seda, a horcajadas en la nuca y prendido sobre la unión del seno con alfiler de —91→ oro que se reía de brillante; los menudos alpargates, blanquísimos como copos de algodón; el jipijapa, chiquirritín, con cinta roja en torno de la copa; el pañolón de largos fluecos y paisajes de pájaros y flores, cargado con donaire; y en la ancha y larga trenza que lustrosa se le iba por la espalda, el clavel reventón hecho una aurora. Pero D. Jacinto sabía contenerse en sus arranques, a fin de que sus cálculos le diesen el resultado que buscaba, y por eso se alejó aparentando la mayor indiferencia.

Ahogándose llegó Encarnación a la casita, y se sentó a la puerta sobre el banco de madera. Mientras su madre rezaba y pedía al cielo por Felipe, a tiempo que desmotaba unos copos de algodón, ella sufría en silencio y suspiraba dolorosamente. La indiferencia de D. Jacinto y la frialdad de su saludo, la hacían padecer y la llenaban de una melancolía profunda. Si ella le quería con todo el corazón; si lo que más deseaba era confiarle sus dolores, su amargura, la melancolía suprema de su alma; si sus visitas le hacían falta para sentirse alegre y satisfecha; si para ella no existía otra música más bella que la de sus palabras, ni luz más clara que la brillante de sus ojos, ni más dulce calor que el de sus manos cariñosas; si a todas horas le tenía presente en la imaginación, y ya fuese despierta, ya dormida, soñaba con la felicidad que él podía ofrecerle... ¿por qué era tan tenaz en la impaciencia, y no se convencía de que a ella le sobraba la razón, y sin ninguna compasión la hacía sufrir?
Al fin se levantó, porque sentía el pecho —92→ oprimido. Si lloraba delante de su madre, era lo mismo que revelarle su secreto; si se quedaba allí, taciturna y silenciosa, Gertrudis podía sospechar lo que pasaba por su ánimo. Para no rezar el rosario, fingió que le dolía la cabeza, y fue a acostarse.
Desde aquella amarga noche comenzó a entristecerse peor que antes. Andaba como lela, cada rato suspiraba, por el más leve motivo se le salían las lágrimas, y con frecuencia se escapaba de la casa a vagar sola, muy sola, por los campos. Sentada sobre una roca o sobre un tronco de árbol derrumbado por los años, con los codos en los torneados muslos y las manos en la cara, se quedaba horas enteras contemplando la inmensidad azul, en cuyas ondas abejeaban los átomos de oro. Ondulándole la trenza por la espalda como una sierpe negra, brillándole los dilatados ojos, cayéndole la enagua un poco más abajo de la redonda pantorrilla, medio desnudo el seno erguido y con los pies tan limpios como la espuma del arroyo, semejaba una figura de Mistral, el candoroso poeta de Provenza.
Saltando los cercados, yendo a campo traviesa, brincando por las rocas como cabrilla montaraz, parándose de pronto a escuchar el isócrono rumor de los cequiones, deteniéndose a veces al pie de las cruces de madera que se alzan a orillas del camino sobre amontonadas piedras, mordiendo las hojas que arrancaba de las matas, o contemplando las bandadas de torcaces que salían asustadas de los ubérrimos barbechos del maíz, solía irse sola hasta la cumbre del cerro de El Corozo. Tiene este bastante elevación, bríllanle en la falda enormes —93→ rocas que parecen como de bronce bañadas por la luz, muestra una vegetación raquítica y escasa, se levanta por un lado hasta la cima como cortado a pico, se resiente de la ausencia absoluta de las aguas, contrasta por su perenne desnudez con la eterna primavera que sonríe en torno suyo, y allá sobre la cumbre, guarnecida de espinosos matorrales, anémicos y tristes, y de ingratísimos cardones, que semejan brazos de repugnantes esqueletos, ostenta una gran mata de corozo, cuyas palmas se mueven sin cesar a los ósculos del viento que sopla del horizonte a bocanadas. Poetisa del verano, amante del calor, gloria del sol del mediodía, la cigarra canta en los desnudos palitroques su canción aturdidora; saliendo de los huecos amarillos del terreno, la culebra se arrastra con pereza por entre los arbustos escasos de verdor; escapadas de improviso, por la aproximación de algún labriego, de las frescas sementeras que lucen su lozanía en el valle, las palomas suben a refugiarse bajo los agrios matorrales. Allí no hay sino pobres y menudas florecitas, de esas que no dan sino tristeza, que parecen nacidas al borde de las tumbas, que las muchachas no arrancan de las entecas ramas porque no sirven para adorno del cabello, que se ven con la mayor indiferencia, que viven cercadas de abandono, y que ni las mariposas buscan para posar el vuelo en sus corolas. Los pájaros gorjean, pero abajo, en el centro de los valles, en medio de la pompa de las arboledas, orillas de las gárrulas quebradas, en las copas de los ceibos vibrantes de eglógicos murmullos, en el brillo, en el verdor, en la frescura eternamente —94→ renovada de la intacta primavera. Y lo que es el agua, sobre la cumbre solitaria no cae sino del cielo, esa que las nubes derraman a torrentes de sus urnas de alabastro en cuanto la atmósfera se hinche de vapores, y el rayo culebrea en el espacio, y rompe el ronco trueno con sus detonaciones la sagrada armonía de la naturaleza.
En cambio, desde el cerro triste y agrio se contempla un espectáculo que encanta, que sorprende por su legítima hermosura, que lleva al ánimo dulcísima alegría. Allá, en el horizonte, hace ondas el perfil de la montaña, la cual se levanta en derredor en figura de anfiteatro colosal; delante se alza una colina, cuya redondez semeja la cúpula de un templo indio: en el fondo se divisan las planicies, cubiertas de arboledas de café, salpicadas de casitas blancas, divididas por cercados de piedra que blanquean como nieve a las últimas caricias del crepúsculo; por las faldas de los montes derraman los torrentes los caudales de sus aguas y el candor de sus espumas; por entre sombrosos bosquecillos descienden murmurando las quebradas; en los potreros se perciben, sobre la intensa esmeralda de la yerba, las figurillas que parecen de paisaje de las reses; de las casitas sube el humo en azuladas espirales; y hacia el Norte, y hacia el Sur, y en todo el medio del camino real, salpicado de gentes y pollinos, se columbran, al través de las nieblas rosadas de la tarde, Tierra-Alegre, Maraure y Planadillas, bulliciosos pueblecitos de las cercanías, como bandadas de palomas blancas posadas a la sombra de los árboles. Inflamadas por el sol, las crucesillas —95→ de hierro de los templos resplandecen a lo lejos sobre el fondo verde obscuro de los montes.

Encarnación se sentaba en las sobresalientes raíces del corozo, y se estaba, hasta cerrar la noche, contemplando el hermosísimo paisaje. Cierta especie de dulce somnolencia caía sobre su espíritu, y sólo cuando el bronce de la pequeña iglesia de Maraure repercutía en el espacio con el pausado toque de oraciones, despertaba del ensueño y —96→ se volvía a su casa, pensando siempre en D. Jacinto.

Una tarde, cuando más embebida se encontraba en sus cavilaciones, vio surgir a Matías, —97→ pálido y fatigoso, por uno de los abruptos bordes de la cima de aquel cerro. No se movió siquiera, porque la brusca aparición paralizó sus facultades. Se quedó mirando al mozo con el miedo pintado en las facciones, y esperó resignada lo que sobreviniera, pero con la enérgica intención de rechazar cualquier propósito violento. Matías avanzó con paso firme hasta pararse frente a ella, y apoyando el garrote que llevaba sobre el tronco de una mata de maguey, le dijo a la muchacha con tristeza:
-No te asustes, que no vengo a hacerte daño... Por el contrario, Encarnación: es que me duele verte sola, y quiero acompañarte... De golpe te sucede alguna mano, y yo voy detrás de ti pa defenderte.
-Pues hasta ahora -repuso la muchacha con desdén- ningún tropiezo me ha salido en el camino.
-Pero eso no quita que te salga cuando menos lo percates.
-Porque tú sacas la cuenta por lo que estás haciendo.
-Y ¿qué es lo que hago yo?
-Andar detrás de mí por todas partes, lo cual no me gusta ni un poquito.
-Por tu bien es, Encarnación.
-Pero me choca con empeño, y no lo puedo remediar... La gente de por aquí conversa mucho, y de pronto me arma el cuento que yo no necesito.
-¡Caramba, qué desagradecida eres!
-Pues así ¿lo oyes chico?, así quiero quedarme... Matías, ¡qué terquedá la tuya! Más de una vez te he dicho que no pienses más en mí, y tú no haces caso.
—98→-Porque no puedo, Encarnación; porque si yo pudiera, nada me costaría; porque cuando se quiere de verdá, así como yo te quiero a ti, el querer es más grande que uno mismo.
Con lo cual la muchacha se paró, haciendo un agrio mohín de desagrado. Aquellos desahogos de Matías la llenaban de impaciencia, la ponían fuera de sí, le daban rabia. El mozo comprendió que quería irse, y se atrevió a decirle:
-No te vayas todavía, que no han dao la oración.
-Es que en casa -replicó la muchacha de mal modo- debo de estar haciendo falta.
-Y ¿cómo casi siempre te coge aquí la noche, y luego bajas muy despacio, sin que te piquen impaciencias como ahora?
-Matías, ¡qué tormento!
-Pero déjame siquiera acompañarte, ya que intención buena me sobra en ofrecerte la compañía de mi afecto y la defensa de mis puños, fuertes a tu lado como los troncos de las ceibas.
Encarnación no contestó, sino que dándole la espalda bruscamente, comenzó a descender a la carrera por la falda del empinado monte.
Matías la contempló en silencio hasta que se perdió de vista, y dos lágrimas ardientes de despecho brotaron de sus ojos. Sentose luego en las raíces del corozo, llena el alma de profundo desaliento, y se puso a cavilar.