Cuadro
III
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La misma escena del cuadro anterior.
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Al comenzar la acción, aparecen en escena
DANIEL, BASILIO y ELOY, que forman un grupo y hablan en
el extremo izquierdo del escenario. Visten lo que podría ser
el uniforme de un campo de concentración, un uniforme, dicho
sea de paso, sobre el que han pasado muchos meses de descuido y de
intensivo uso. MARÍA está sentada en
primer término. Es una muchacha sin maquillar. De vez en
cuando, la conversación de DANIEL, BASILIO y ELOY parece referirse maliciosamente a
ella. El COMISARIO y
DAVID hablan en el extremo
derecha del escenario.
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DAVID.-
Y ella, ¿quién es?
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COMISARIO.-
La que hará el papel de ciega.
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DAVID.-
Pues tiene unos ojos preciosos.
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COMISARIO.-
Trabaja en las oficinas del campo de
concentración. Trabajo difícil, no crea usted. Es la
única sombra femenina de aquellos parajes. Cuando va a su
despacho, detrás de las alambradas, la ven cruzar centenares
de hombres que sueñan con una imposible noche de amor. Y
dígame, ¿qué le parecen los otros bigardos?
¿Cree que nos servirán?
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DAVID.-
Naturalmente que sí. Tampoco se trata de
engañar a sabios, sino a gentes más sencillas y
crédulas. Esto aparte, entre los espectadores, emboscaremos
a algunos que nos ayuden a formar ambiente.
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COMISARIO.-
Todos estos pertenecen al grupo de aficionados del
campo de concentración. Dan representaciones, si han sido
buenos chicos, una vez cada tres meses. Dieron para mí una
especial. ¿No llaman ustedes al público el monstruo
de mil cabezas?
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DAVID.-
Nunca más monstruoso que cuando solo tiene
cuatro o cinco, Comisario.
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COMISARIO.-
Estos eran los más despiertos. Les
llamé aparte y les felicité. Les dije que
parecían actores profesionales.
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DAVID.-
También hay actores profesionales que parecen
aficionados. Escuche, Comisario. El contrato acaba en el mismo
momento en que acabe esta pantomima. Nicolai queda libre acto
seguido para reanudar su vida normal. ¿No es así?
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COMISARIO.-
Puede estar tranquilo.
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DAVID.-
Si he ayudado a usted en todo, es con esa
condición.
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COMISARIO.-
Ya lo sé.
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DAVID.-
Quisiera, también, que si Nicolai se
resistiese a volver a sus bases de partida, me ayudase usted.
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COMISARIO.-
¿Es que teme que se niegue?
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DAVID.-
No lo sé.
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COMISARIO.-
Parece dominado por una fiebre extraña. Yo le
acompañé, discretamente, en sus primeras andanzas.
Habló, desde el principio, con un fuego contagioso.
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DAVID.-
Ese fuego no le ha abandonado. Al revés, ha
ido subiendo de punto.
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COMISARIO.-
El número de los que le oyen ha aumentado,
también, día a día. Ayer, otra vez, en los
Jardines, habló mucho tiempo a un centenar de personas.
Cuantos más sean los que le escuchen, más ejemplar
será el chasco que se llevarán después.
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DAVID.-
Bien, Comisario. Ahí le dejo su
compañía. Debo marcharme. No me gustaría que
Nicolai me encontrase.
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COMISARIO.-
¿No volvió a verle desde que le
despidió?
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DAVID.-
En absoluto.
(Transición.) Calle. Ahí
le tiene. Buena mano. (Y hace mutis por la
izquierda.)
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COMISARIO.-
(Tras una breve
vacilación.) Amigos: convendrá que os
retiréis unos minutos. Se os llamará en seguida.
(Hay un rumor de vago asentimiento y todos, ELOY, BASILIO, DANIEL y MARÍA, se van por la izquierda.
NICOLAI entra por la
derecha. El COMISARIO
avanza hacia él.)
Nicolai Nordson: mi enhorabuena. Ha
triunfado.
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NICOLAI.-
¿En qué consiste mi triunfo?
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COMISARIO.-
Una oleada de fe invade las calles de Welskoye.
Hombres y mujeres, niños y viejos se disponen a santificar
sus vidas, a renunciar a sus pasiones y a enriquecerse de virtudes.
Y todo eso es la obra de un profeta, venido no se sabe de
dónde, que ha sabido tocarles el corazón. ¿Eh,
es ese un motivo para felicitarle o no? Welskoye era uno y
después del paso por sus calles del Profeta, es ya otro.
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NICOLAI.-
Bien pequeña es mi obra.
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COMISARIO.-
¡Ah, no!... La obra más importante hecha
por un actor desde que el teatro existe. ¿Quién puede
comparársele?
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NICOLAI.-
Un actor...
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COMISARIO.-
Sí, un actor al que todavía le queda
una última escena por representar.
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NICOLAI.-
¿De qué escena se trata?
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COMISARIO.-
¡Ah, la más grandiosa de todas! Si he de
serle sincero, me gustaría ser yo quien la representase.
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NICOLAI.-
¿Por qué no lo hace?
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COMISARIO.-
No se imagine que bromeo. ¿Me permite una
confidencia? Me siento desengañado, entristecido... Resulta
que en 1956 el alma de las gentes está tan próxima a
la credulidad, a la papanatería, como hace tres mil
años. Suponía al hombre de hoy entero y fuerte, y es
como un niño que se echa a llorar en un cuarto oscuro.
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NICOLAI.-
(Levemente.) Así
será siempre, Comisario.
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COMISARIO.-
(Sin contestar a la
objeción.) En el siglo de la radio, del
átomo, de los aviones supersónicos, los ingenuos
habitantes de Welskoye descubren la inmortalidad del alma y el
más allá. Nuestro Servicio de Propaganda debe guardar
un mes de luto.
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NICOLAI.-
Ahogar en el hombre la idea de Dios, tal vez es
más difícil de lo que parece.
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COMISARIO.-
¿Es ese el resumen de su experiencia?
Quizás no le falte razón. Al hombre se le hace
difícil desprenderse de ciertas esperanzas. Es bonito pensar
que somos inmortales, y cuando alguien viene con esos cuentos de
color de rosa, todos estamos deseando darle la razón.
¿O es que se imagina que a mí me divierte la idea de
ser comido por los gusanos? No, no... Preferiría irme al
cielo derechito. Solo que el cielo no existe y yo considero inmoral
el ofrecerlo. Por un momento supuse que no iba usted a tener quien
siguiera, salvo cuatro histéricos o cuatro despistados. No
me duelen prendas, amigo Nicolai: su éxito es abrumador.
Intentemos, en consecuencia, neutralizarlo.
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NICOLAI.-
¿De qué manera?
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COMISARIO.-
Si alguien que nos halagó los oídos con
esas historias de purpurina, canta la palinodia y reconoce que es
un mixtificador; si previamente ha llevado su cinismo al extremo de
atribuirse la facultad de hacer milagros y los hace, en efecto,
falsos, y alguien, de entre los espectadores, se levanta y le quita
la máscara y le descubre los trucos, su autoridad
quedará por los suelos, ¿no es así?
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NICOLAI.-
Sí.
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COMISARIO.-
Pues esa escena es, justamente, lo que vamos a
preparar ahora.
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NICOLAI.-
¿Qué se propone hacer?
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COMISARIO.-
Yo... casi nada. Es usted, usted, querido Nicolai, el
que va a hacer algo... y muy importante... y delante de un
auditorio muy nutrido. Porque aquí no cabrá un
alfiler, se lo aseguro... ¿Y cómo va a haber sitio
para nadie? Días antes, a su paso por las calles de
Welskoye, habrá curado a un sordomudo, a un
epiléptico. Ahora los verá usted. Por cierto, no tema
que se le aparezcan de pronto, poniéndose en evidencia,
enfermos auténticos. Ya se los ahuyentaremos. El caso es que
se correrá la voz de que va a predicar en este claustro y
que, con la esperanza de verle hacer nuevos milagros,
lloverán los curiosos. Aquí, entre estas piedras
venerables, le devolverá la vista a un ciego, a una ciega,
mejor dicho, y la vida a un muerto. ¿Eh, qué le
parece? Y cuando todos los que se han dejado conmover por sus
predicaciones y sus monsergas, estén en éxtasis,
convencidos de que Dios se ha dignado volver al viejo Monasterio,
yo, espíritu destructor, saldré de entre las filas de
los espectadores y gritaré sobre poco más o menos:
«¡Ciudadanos de Welskoye: buen pícaro nos ha
caído en suerte! Esos milagros son una pura filfa. El mudo
no era mudo, el ciego no era ciego, y el muerto disfrutaba de la
misma salud que todos nosotros. Tan falsos como sus milagros, son
los que se le atribuyen a Jesús, y claro es que si sus
milagros son falsos, sus doctrinas también lo son y que, por
tanto, Dios no existe». ¿Cómo
reaccionarán sus fieles? Ah, eso, ¿quién lo
sabe? En todo caso, usted no pase cuidado, escapará sin
daño. ¿Comprende, Nicolai?
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NICOLAI.-
Sí...
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COMISARIO.-
Y de esta manera el trastorno, la perturbación
que, con sus inspirados sermones, haya podido producir en el
ánimo de los habitantes de Welskoye, se disipará. Y
la experiencia del Gabinete de Propaganda se dará por
terminada. ¿Le interesa a usted saber con qué
conclusiones? Medio siglo de lucha contra la fe religiosa ha sido
prácticamente estéril. Dios ha estado a punto de ser
entronizado en Welskoye. Es preciso comenzar de nuevo. O esperar el
paso de otros cincuenta años o de un siglo para llegar a un
resultado más optimista. (Se asoma a la
izquierda.) ¡Eh, vengan todos!
(Entran todos, en efecto, los que se encontraban en escena
al comenzar el cuadro.)
Vea su gente Nicolai... Y en cuanto
a vosotros, sepamos quién es el sordomudo y el
epiléptico y el muerto.
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DANIEL.-
Yo soy el sordomudo.
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(Los demás se ríen.)
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COMISARIO.-
¿Por qué esas risas?
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BASILIO.-
Porque le tocó en suerte.
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COMISARIO.-
¿Hubo sorteo?
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BASILIO.-
¡Claro!
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DANIEL.-
¡Bah! Tampoco saliste tú muy favorecido.
¡Ah, y toma tus ropas! (Le entrega un
paquete.)
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COMISARIO.-
¿Qué es eso?
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DANIEL.-
Una sábana, para Basilio, que es el que hace
de muerto.
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COMISARIO.-
Perfecto: muy espectacular. Tú eres el muerto,
¿no? (Se ríe.) Por
muchos años, muchacho. ¿Cómo te llamas?
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BASILIO.-
Basilio Karpo.
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COMISARIO.-
Se lo presento, Nicolai, este es el protagonista del
mejor de sus milagros, de aquel por cuya virtud, devuelve la vida a
un muerto.
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NICOLAI.-
No, Comisario...
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COMISARIO.-
Tú representas ser un leñador. Vives,
mejor dicho, vivías no muy lejos del río. Unas
fiebres misteriosas han acabado contigo en una semana. Eso es, de
unas fiebres has muerto... Y te traerán en unas parihuelas.
Están ya, ¿no?
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DANIEL.-
Sí, ahí las tenemos.
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COMISARIO.-
Pues... Ya lo sabéis... en el momento
oportuno... Pero ese es el número fuerte... Hay que abrir
boca con otros milagros... más sencillos, hay que prepararlo
todo, como si fuese un efecto escenográfico... de menos a
más, reservando la gran sorpresa para el final...
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BASILIO.-
¿Y qué he de hacer después?
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COMISARIO.-
Después, ¿de qué?
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BASILIO.-
Después de resucitar.
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COMISARIO.-
Tu vida normal, Basilio.
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BASILIO.-
Pero, ¿qué será lo primero que
diga?
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COMISARIO.-
Ah, ya entiendo... Claro, claro, hay que pensar unas
palabras para este trance. ¿Cuáles deben ser las
primeras palabras de un resucitado? Caramba eso es un problema...
¡Ah, ya está! Lógicamente, debe preguntar por
sus hijos. Justo, Basilio. «¿Y mis hijos?».
¿Eh, comprendido?
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BASILIO.-
Es que yo, soy soltero.
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COMISARIO.-
Que más da. Habrá gente por todas
partes, naturalmente. De Welskoye y de sus alrededores. Se
habrán agotado las entradas, como en las grandes noches. Y
en medio de todos, mirado, reverenciado como un ser superior, capaz
de obrar prodigios, de devolver la salud perdida, la vida
inclusive, Nicolai Nordson... ¡Ah, magnífico,
realmente magnífico!... Vosotros, saldréis de sitios
distintos hacia él. ¿Entendido? Por ejemplo, el
sordomudo: ¿quién es el sordomudo?
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DANIEL.-
Yo.
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COMISARIO.-
¡Ah, muy bien! ¿Sabes tu papel?
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DANIEL.-
A medias. Antes del milagro, sí.
Después, no.
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COMISARIO.-
¿Cómo?
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DANIEL.-
No sé lo que he de decir cuando recobre el
habla.
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COMISARIO.-
Ya. ¿Y a ti qué se te ocurre?
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DANIEL.-
No sé...
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COMISARIO.-
Debes de dar las gracias, pienso yo. Claro, es lo
más natural. Gracias a Nicolai y a Dios, por ese orden.
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MARÍA.- ¿Yo soy la ciega, no?
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COMISARIO.-
Sí.
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MARÍA.- Escuche. Comisario. ¿Y si
hay ese día un ciego de verdad y se acerca al Profeta y pide
que le devuelva la vista...?
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COMISARIO.-
(Simula lo que en ese trance
deberá hacer NICOLAI. Para ello se acerca a
MARÍA, como si
fuese la ciega auténtica, le pone las manos sobre los
hombros, le clava la mirada y dice solemnemente.)
«Tu alma no está limpia todavía. Vuelve cuando
lo esté, hermano mío».
(Transición.) ¡Hale,
prepárate, Basilio, y acabemos!
(Hacen mutis por la izquierda.)
¿Y ese silencio, esa
pasividad, Nicolai, a qué viene, se puede saber?
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NICOLAI.-
No me obligue a esta carnavalada, Comisario.
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COMISARIO.-
Lo de antes, ¿no era también una
carnavalada? Escuche, Nicolai, voy a darle un consejo,
serénese. Yo sé muy bien que sus nervios están
un poco desquiciados y quizás yo tengo la culpa. Los
días de cárcel...
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NICOLAI.-
Sí, los días de cárcel han sido
decisivos. Por vez primera yo me he encontrado a solas conmigo
mismo, y he pensado en muchas cosas en las que jamás lo
había hecho hasta ese momento. Desde el fondo de mi alma,
Comisario, yo le agradeceré siempre los días de
cárcel.
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COMISARIO.-
Es la primera vez que alguien me agradece una cosa
así.
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NICOLAI.-
Pero quiero pedirle que me deje al margen de su
juego.
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COMISARIO.-
Vamos, se imagina que no es usted un actor de pueblo
solamente, sino un profeta hecho y derecho, con sus revelaciones,
con su misión sobrenatural. ¿Es así,
Nicolai?
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NICOLAI.-
No. Yo sé que no soy un profeta, pero
sé que cuanto he dicho en estos días, por las calles
de Welskoye, es verdad. En suma: hoy creo que Dios existe, aunque
se haya intentado suprimirlo. Sí, ya sé que esto
mismo y con las mismas palabras estaba escrito en las notas que me
sirvieron los primeros días. Pero no importa, aunque
así sea, no es mentira. A veces, los actores, no sabemos
bien si hablamos por nosotros mismos o con la letra aprendida. Temo
haber hecho el amor en alguna ocasión con frases de mis
comedias y le aseguro que no por ello estaba menos enamorado. Dios
existe... ¿era eso de mi papel? Pues ya lo es de mi
sangre.
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COMISARIO.-
Querido Nicolai, dejémonos de
novelerías... Un actor como es debido, tiene que cumplir sus
contratos... Y el nuestro le obliga todavía.
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NICOLAI.-
Ya lo sé, Comisario.
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COMISARIO.-
Tampoco es tan difícil lo que le pido.
¿O es que va a resultar que cree usted en los milagros?
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NICOLAI.-
Quizás sí, Comisario.
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COMISARIO.-
(Irónico.)
¿Ha tenido la suerte de ver alguno? Cuéntemelo,
Nicolai.
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NICOLAI.-
No, quizás no son estos tiempos de milagros.
El milagro necesita de la fe, como el trueno de la electricidad.
Pero yo pienso que, desde que el mundo es mundo, alguna vez quien
lo creó, sea quien sea, habrá querido hacerse
presente a los hombres. Y para eso habrá tenido que servirse
de los milagros. Y, desde luego, si algún enviado de Dios
pisó alguna vez sobre la tierra, ese, no lo dude,
habrá hecho milagros.
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COMISARIO.-
¿Y por qué está tan seguro?
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NICOLAI.-
Si a Jesús, por ejemplo, le hubiese pedido
Aglaia que la sanase, Jesús le habría sanado.
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COMISARIO.-
¿Y quién es Aglaia?
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NICOLAI.-
Una pobre muchacha impedida. Vino a suplicarme que la
curase, a mí, Comisario. ¿Se imagina lo que es eso?
Ella creía que estaba en mi mano el que volviese a andar. Y
yo lloré, al verme impotente para curarla. Pero entonces
comprendí que ningún ser divino, de paso entre los
hombres, capaz de sanarlas con solo rozarle los dedos,
habría resistido sus lágrimas sin conmoverse.
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COMISARIO.-
Es curioso... Se ha intoxicado usted con la vacuna...
Pero hay que hacer un esfuerzo, amigo mío, y llegar hasta el
fin. Le necesito, Nicolai. Fíjese bien: las cosas
están planteadas de tal forma que sin su concurso no
podríamos resolverlas. Si usted muriese -¡Ah!,
esté tranquilo, su vida interesa al Estado-,
¿cómo anularíamos su siembra? Sería
difícil, créalo. Si le metiéramos en la
cárcel -no pase cuidado, es hablar por hablar- sus
catecúmenos se amotinarían. Si desapareciese sin
dejar rastro, estos bobalicones de Welskoye, serían capaces
de reinventar en su honor el carro de Elías, su
correligionario. Por eso es indispensable su confesión. Solo
su confesión, al acabar la comedia puede neutralizar los
efectos de sus sermones.
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NICOLAI.-
No cuente conmigo, Comisario.
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COMISARIO.-
(Se ríe.)
¿Y con quién entonces? Claro que cuento con usted.
Escúcheme, ahora recuerdo que creo haber visto a Aglaia...
¿No es una muchacha que anda con muletas?
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NICOLAI.-
Sí, así es...
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COMISARIO.-
Realmente, le aprieta a uno el alma verla. Es tan
tierna, tan joven... David me habló de sus padres. Porque ha
de saber que David continúa aquí. Me parece que
él y Aglaia son las dos únicas personas que le
interesan en Welskoye, ¿me equivoco?
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NICOLAI.-
Así es.
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COMISARIO.-
Supongo que no querrá que a ninguno de los dos
les suceda nada desagradable.
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NICOLAI.-
Si me niego a seguir, ¿qué he de temer
de usted?
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COMISARIO.-
Usted nada. Usted es sagrado, Nicolai, y voy pensando
que capaz de cualquier locura heroica. A tal punto, que me
guardaré muy bien de coaccionarle... directamente... Pero no
olvide que estoy resuelto a vencer todos los obstáculos y
que nadie ni nada podrá detenerme a mitad de camino.
(Pausa.) Un consejo: déjese llevar... por las buenas, y
dentro de pocos días, ilustre comediante, le doy mi palabra
de honor de que todo habrá concluido.
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(NICOLAI le mira
con agresividad, pero el COMISARIO sonríe, como si su
mirada le resbalase.)
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|
OSCURO
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Cuadro
IV
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El mismo decorado.
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Ahora, sin embargo, en cada uno de sus emplazamientos, hay
grupos de hombres y de mujeres. En el centro, NICOLAI. El COMISARIO está sentado frente a
él. MARÍA
igual que en el cuadro anterior, avanza hacia NICOLAI. Un bigardo cualquiera le
sirve de lazarillo.
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MARÍA.- Señor, apiadaos de
mí. Mis ojos no ven. ¿Dónde habrá
desgracia como la mía? Yo sé que si vos
queréis, con una sola palabra vuestra, podré ver.
¡Tened piedad de mí, señor! (Y
repitiendo exactamente la pantomima del cuadro anterior, se
arrodilla.)
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NICOLAI.-
(Le pasa la mano por los
ojos.) En el nombre de Dios, hermana, yo te lo
ordeno: ve.
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|
(El falso milagro se produce en el acto. MARÍA recobra la
vista.)
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MARÍA.- ¿Sois vos, señor,
quien me ha curado?
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|
NICOLAI.-
Es Dios, hermana, es Dios.
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MARÍA.- (Se arrodilla y le
besa los pies.) ¡Gracias, señor,
gracias! Veo, veo...
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(Un murmullo general subraya esta escena.)
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ANTÓN.- Déjame que te mire.
¿Quién eres tú?
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MARÍA.- María Piuma.
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|
ANTÓN.- ¿Desde cuándo
estabas ciega?
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MARÍA.- Según mi madre, vi los
dos primeros años de mi vida. Después me quedé
ciega.
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|
ANTÓN.- Historias. Tú has visto
siempre.
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|
MARÍA.- ¡No es verdad!
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|
ANTÓN.- El epiléptico de ayer,
era tan normal como cualquiera de nosotros; el sordomudo del
jueves, hablaba y oía. ¡Esto es una farsa!
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HOMBRE
1.º.- ¡Mentira! Yo conocía al
sordomudo.
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|
ANTÓN.- ¿Quién eres
tú?
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HOMBRE
1.º.- Me llamo Marcos. El sordomudo vive en mi
mismo pueblo, a cuarenta kilómetros de aquí; y nunca
había hablado hasta entonces.
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|
ANTÓN.- ¡No es verdad!
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HOMBRE
1.º.- ¡Es verdad!
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MUJER
1.ª.- ¿Por qué no ha de serlo? Si
ha devuelto la vista a una ciega, ¿por qué no ha de
hacer hablar a un sordomudo?
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|
ANTÓN.- ¡Niego que María
fuese ciega!
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MARÍA.- Señor,
¿cómo se atreve a decir eso?
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|
MUJER
1.ª.- Era ciega. Yo la conozco. Nunca le
hablé en mi vida, pero la veía pasar por delante de
mi casa todas las tardes.
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|
(Hay un rumor de general asombro.)
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|
ANTÓN.- Se han puesto de acuerdo para
engañarnos...
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MARÍA.- Yo, no. Yo no veía antes,
y ahora veo. Yo no me he puesto de acuerdo con nadie.
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COMISARIO.-
(A ANTÓN,
recriminatoriamente.) ¿Por qué le
interrumpís? Dejadle... Tal vez al final nos explique lo que
ahora no entendemos.
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ANTÓN.- Está muy claro: todos
siguen un juego convenido. Los que simulan ver y oír y los
que juran que dicen verdad.
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COMISARIO.-
Quién sabe, quién sabe...
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(Por la izquierda entra precipitadamente un muchacho
joven.)
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JOVEN
1.º.- ¡Señor, señor!...
¡Compadécete de nosotros!... Nuestro hermano ha
muerto... Nosotros sabemos que si tú lo quieres, puedes
volverle a la vida.
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ANTÓN.-
(Irónico.) ¡Ah, que resucites a un
muerto!... Eso es lo que te piden, Nicolai.
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JOVEN
1.º.- Ayer se acostó, sano y fuerte, y
hoy por la mañana amaneció muerto... Sé bueno,
señor, y vuélvele a la vida... Mis padres no
resistirán esa prueba... Lo hemos traído hasta
aquí... ¿Nos permites que...?
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ANTÓN.- ¿Cómo? ¿Lo
habéis traído? (Y hace mutis con
precipitación pícara por la
izquierda.)
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NICOLAI.-
Dejad que le vea.
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JOVEN
1.º.- ¡Oh, señor!... Si resucitase,
seríamos tus esclavos para siempre.
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NICOLAI.-
Dejad que le vea.
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(El JOVEN 1.º
hace mutis por la izquierda. En este momento, sobre unas parihuelas
traen dos hombres a BASILIO. A su lado va ANTÓN. ANTÓN quita la manta que
recubre a BASILIO, para
ver su rostro. Después mira de hito en hito a NICOLAI. Las parihuelas con el cuerpo
de BASILIO quedan
depositadas frente a NICOLAI.)
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COMISARIO.-
Sépase quién es el muerto.
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JOVEN
1.º.- Es Basilio Karpo, nuestro hermano.
Trabajaba como leñador cerca de Welskoye.
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COMISARIO.-
¿Hay alguno entre vosotros que le conozca?
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MUJER
2.ª.- Yo le conocía. El lunes volvimos
juntos del trabajo.
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COMISARIO.-
Mira si es él.
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(La MUJER 2.ª
se abre paso y se acerca a BASILIO.)
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MUJER
2.ª.- Sí, este es.
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JOVEN
1.º.- (A NICOLAI.)
Resucítale, señor.
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NICOLAI.-
En el nombre de quien todo lo puede, Basilio Karpo,
vuelve a la vida: yo te lo ordeno.
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(El JOVEN 1.º
y los portadores de las parihuelas se arrodillan. ANTÓN mira a BASILIO con fijeza. Hay una pausa de
unos segundos.)
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JOVEN
1.º.- (En voz baja, como si le
llamase la atención.) Basilio...
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ANTÓN.- Hagámoselo más
fácil. (Le descubre por
completo.)
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(BASILIO aparece
inmóvil, envuelto en una sábana blanca.)
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NICOLAI.-
(Se acerca a
él.) Basilio Karpo... En el nombre de quien
todo lo puede... (Lo examina. Comprende que ha muerto
de verdad y mira con ojos de asombro al COMISARIO y en derredor
suyo.)
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(El COMISARIO se
acerca a su vez a BASILIO.
Hay un rumor general.)
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UNA VOZ.-
(Irónicamente.)
¿Qué, Profeta? ¿Cuesta trabajo?
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COMISARIO.-
Este hombre está muerto realmente.
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ANTÓN.- No lo dude un momento. Muerto,
sin ninguna duda. Resucítalo, Nicolai.
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(Los de las parihuelas comprueban, en efecto, que ha muerto
y huyen por el lateral de su entrada precipitadamente. El
JOVEN 1.º se va por
la derecha, poco a poco, pálido, sobrecogido.)
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NICOLAI.-
(Se acerca a BASILIO. Le descubre por entero. Le
palmotea en la cara nerviosamente, con fuerza. Le aprieta el brazo.
El derecho se desborda, inerte, rígido, fuera de la
camilla.) Está muerto, es verdad: está
muerto... (Al JOVEN
2.º.) ¿Cuándo ha
muerto?
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JOVEN
2.º.-
(Horrorizado.) Ahora mismo... Tiene calor
todavía.
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NICOLAI.-
(Se dirige a todos.)
¿Es que no comprendéis lo que acaba de pasar
aquí, ante vuestros ojos?, ¿no lo comprendéis?
(A ANTÓN.)
Tú tenías razón. La ciega no era ciega y el
sordomudo de ayer, hablaba, pero Basilio Karpo estaba tan vivo como
nosotros hace unos minutos. ¡Y ha muerto! ¿No veis en
esa muerte la mano de Dios? ¡Milagro, hermanos de Welskoye,
milagro! ¡¡Dios existe!! ¡Aglaia, Él te
puede curar!
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OSCURO
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Cuadro
V
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Al levantarse el telón, SERGIO está en escena. Sentado,
con la mirada fija en un punto lejano, parece esperar a alguien.
Distante, por la izquierda, se oye muy tenue la voz de DAVID.
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DAVID.-
¡Nicolai!
(SERGIO se pone de
pie, al escucharla.)
Nicolai... Nicolai...
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(NICOLAI entra por
la derecha.)
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NICOLAI.-
Sergio: al fin... Creí que no podría
dar contigo. Pero te llegó mi recado... ¡Oh,
qué alegría!... Oye, necesito hablarte. Hace ya
muchos días que me dijiste que querías luchar por lo
que yo lucho, y te rechacé. He vuelto de mi acuerdo y te he
llamado para decírtelo.
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SERGIO.-
El corazón no me engañaba. Sabía
que vendría este momento.
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NICOLAI.-
Pero antes, es preciso que sepas quién soy. Yo
no soy un profeta. Yo soy simplemente, un actor, pagado para
representar el papel de enviado de Dios ante las pobres gentes de
Welskoye.
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SERGIO.-
No...
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NICOLAI.-
Sí, Sergio. Hoy me presté a una farsa
indigna. Debía ser la última. Me amenazaron con tomar
represalias, no sobre mí, que no me hubiera importado, sino
sobre otras personas. Y de pronto... Hoy, Sergio, se ha producido
un milagro. El ser testigo, solamente testigo de un milagro, deja
una huella imborrable. Pero yo he sido más que eso: un
instrumento. El milagro se ha hecho a través de mí. Y
yo ahora me siento otro ser diferente del que era hace unas horas,
del que he sido durante cuarenta años.
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SERGIO.-
¿De qué milagro me hablas?
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NICOLAI.-
Yo he visto morir, súbitamente, fulminado por
la cólera divina, a un hombre joven y fuerte.
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SERGIO.-
¿Cómo?
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NICOLAI.-
«Es el corazón que le
falló», decían algunos. «La
impresión de verse envuelto en un sudario»,
decían otros... Y claro que esa pudo ser la causa
física de su muerte. Pero, ¿quién
apretó ese corazón, cuando aún latía
con fuerza? Basilio, un pobre títere que se fingía el
muerto, murió en un segundo, sin resurrección
posible. ¡Ay, Sergio, hoy sé que si Dios
descargó el peso de su mano sobre Basilio, no fue tanto para
su castigo como para mi conversión! ¿Entiendes?
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SERGIO.-
Sí, maestro.
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NICOLAI.-
Cuando viniste a buscarme, no acepté tu
ofrecimiento. Hubiera sido burlarme de tu entusiasmo, de tu fe;
pero ahora todo es distinto. Escúchame: han querido hacer
una experiencia, saber si la idea religiosa subsiste o no,
después de tantos años de persecución en el
alma del pueblo. Y han visto que sí y que las nuevas
generaciones notan su falta. Si supiesen mirar, verían en
las paredes desconchadas la huella de las imágenes y en el
aire la de las campanas de las iglesias y reconstruirían las
oraciones de nuestros padres con las palabras de todos los
días. No ha pasado, al fin y al cabo, tanto tiempo, pero se
me ocurre que podría pasar el triple o cuádruple y
que sería lo mismo. Mientras haya dolor y misterio, y el
hombre tema la enfermedad y la muerte y se pregunte de dónde
viene y adónde va y sienta frío y miedo y sufra,
buscará un Dios que le consuele y le ampare y le explique lo
que no entiende. Ayer vi contestada la más antigua de las
preguntas que he hecho a la estrellas, esa que nadie me
había contestado nunca: ¿qué mano las ha
puesto allí arriba? Tú y yo lo sabemos ya, Sergio: la
misma que cortó la respiración de Basilio, la
terrible y dulce mano de Dios.
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SERGIO.-
Es verdad.
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NICOLAI.-
Ignoro lo que va a ser de mí, pero tu
presencia me llena de paz porque, sea lo que sea, estoy seguro de
que seguirás mi camino.
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SERGIO.-
Así lo haré.
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NICOLAI.-
En ti se ha producido otro milagro, Dios se ha
servido de mí para que te convirtieses tú, como se
sirvió de Basilio para que me convirtiese yo.
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SERGIO.-
Sí, maestro.
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NICOLAI.-
Y acaso quiere servirse de los dos para que Welskoye,
la ciudad sin Dios, se convierta también.
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SERGIO.-
No habrá trabajo que no me imponga ni peligro
que me asuste, con tal de lograrlo.
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NICOLAI.-
Hay que devolver al pueblo la fe perdida, el
espíritu que le falta.
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SERGIO.-
Sí, es verdad. Nuestra tierra está
reseca.
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NICOLAI.-
Y sin embargo, la victoria es segura. Acabo de
comprender que al hombre le puede faltar el agua, pero la sed no le
faltará nunca.
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(Y se abrazan. DAVID aparece por la
izquierda.)
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DAVID.-
¡Nicolai!
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NICOLAI.-
¿Tú aquí, David?
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DAVID.-
El Comisario viene a detenerle. Sálvese.
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NICOLAI.-
¿Cómo?
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DAVID.-
Huyendo. No sería la primera vez que la vida
nos obliga a huir. En ocasiones lo hemos hecho de los posaderos.
Estamos entrenados para huir con fortuna del Comisario. Por de
pronto, bastará con que se quite sus barbas y sus ropas para
que nadie le reconozca.
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NICOLAI.-
¿Disfrazarme, dices?
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DAVID.-
No, nada de eso. Ahora es cuando va disfrazado.
¿O es que esas barbas antes de hacer Días
amargos, y ese traje harapiento los llevabas? Sálvese
quitándose el disfraz, volviendo a ser quien era,
vistiéndose como se vestía antes de esta
aventura.
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NICOLAI.-
Tienes razón, David. No me reconocería
nadie, ni yo mismo.
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DAVID.-
¿Cómo he de entenderle?
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NICOLAI.-
No me considero con derecho a salvarme así. Lo
que tú llamas mi disfraz, no lo abandonaré por nada
del mundo.
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DAVID.-
¿Y por qué no? Se trata de salvarse. Y
para conseguirlo todo es lícito.
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NICOLAI.-
No lo haré.
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DAVID.-
Hay reyes que se han disfrazado de lacayos, ministros
que se han vestido de mujeres, capitanes de frailes. A la hora del
peligro, esos recursos son legítimos. Y en este caso lo que
hay que hacer aun es menos importante. Es quitarse esos trapos y
volverse a poner la ropa de siempre.
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NICOLAI.-
Estos trapos son mi dignidad, mi tatuaje. No me los
quitaré nunca.
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DAVID.-
¿Quién le ha metido todos esos
disparates en la cabeza? (Se dirige amenazador a
SERGIO.)
¿Has sido tú?
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NICOLAI.-
(Se interpone entre los
dos.) David: a nadie le debo tanto como a este
muchacho.
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DAVID.-
Nicolai: usted sabe que le quiero, que siempre he
sido leal a usted, en los buenos momentos y en los malos.
¿Por qué va a echar por la borda el triunfo, la vida
entera?
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NICOLAI.-
El triunfo...
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DAVID.-
¿Por qué va a dejar que le
encarcelen... o que le maten?
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NICOLAI.-
No importa ya, David. Alguien, no sé
quién, algún día se acercará a Sergio,
le besará la mano y le dirá: «Creo en lo que
crees tú»... Y ya no se interrumpirá esa
cadena. ¿Verdad, Sergio?
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SERGIO.-
Sí, maestro.
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NICOLAI.-
Y espera... (Hace mutis
rápidamente por el foro.)
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(DAVID ha estado
como inhibido, a la escucha de algo, mientras NICOLAI hablaba. Ahora se acerca, con
manifiesto sobresalto a la lateral derecha.)
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DAVID.-
¿No oye voces... ladridos?
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SERGIO.-
Sí.
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NICOLAI.-
(Con el bastón del
principio.) Esta era mi vara de comediante. La he
redimido. Llévala, Sergio. Será tu guión.
(Y se la entrega.)
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SERGIO.-
Me acompañará mientras viva.
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DAVID.-
Pasó la hora de las ceremonias. Ahí
viene el Comisario.
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NICOLAI.-
(A SERGIO.)
¡Huye!
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SERGIO.-
(Vacilante.)
¡Nicolai!
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NICOLAI.-
En el nombre de Dios, yo te lo mando.
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(SERGIO le besa la
mano y desaparece por la izquierda. El COMISARIO entra por la derecha y hace
una seña a la lateral de su entrada. Por ella aparecen dos
agentes uniformados.)
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COMISARIO.-
¡Ah, el fiel mastín de guardia...!
(Se dirige a sus esbirros.) Un
momento, esperen un momento.
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DAVID.-
¿Qué va a hacer, Comisario?
¿Meterle en la cárcel, matarle?
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COMISARIO.-
Esté tranquilo. Ninguna de las dos cosas,
aunque cualquiera de las dos las tiene muy merecidas. Voy a
encerrarle en un manicomio para el resto de sus días.
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DAVID.-
No, eso no...
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COMISARIO.-
¡Ah, sí, sí, amigo mío!
Entre paréntesis, eso es lo que yo creo que es: un
auténtico perturbado al que la locura dio, no por creerse de
verdad el Profeta Nicolai, que eso sería comprensible, sino
las cosas que decía el Profeta Nicolai, lo cual es ya
más absurdo.
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DAVID.-
Encójase de hombros. ¿Qué tiene
que temer el Estado de Nicolai? ¿No comprende que es
ridículo pensar que pueda ponerle en peligro?
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COMISARIO.-
Su patrocinado maneja una artillería cuyo
alcance se ignora. Sería un disparate dejársela usar
a su gusto. A lo mejor, todo queda reducido a una perdigonada; a lo
mejor, la explosión es tal que nos hace saltar por los
aires. (Arrebata a uno de sus sicarios una camisa de
fuerza que lleva preparada y se la enseña a DAVID.) Camisa de
fuerza... a perpetuidad. Es un buen uniforme para traidores.
(Transición.) Venga, muchachos;
cumplid vuestras órdenes.
(Los dos sicarios hacen mutis por el foro. DAVID intenta irse tras ellos. El
COMISARIO se lo impide con
un gesto.)
Calma, amigo mío,
calma...
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NICOLAI.-
(Dentro.) ¡No, eso
no; eso, no!
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(Nuevo movimiento de DAVID. De los dos agentes que
están en escena, uno blande una pistola; otro desabotona de
modo ostensible la funda que lleva al cinto.)
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COMISARIO.-
Frente al Estado moderno, los gestos
románticos son ineficaces. No se los aconsejo, David.
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(Dentro se oye ruido de lucha.)
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NICOLAI.-
(Dentro.) ¡Eso,
no! ¡Eso, no!
(Súbitamente, zafado de sus perseguidores,
NICOLAI entra por el foro
y desciende las escaleras. Trae sus ropas desgarradas y un rastro
de sangre sobre el pecho casi desnudo. Los sicarios entran
detrás de él. Acechan el momento oportuno para
maniatarle.)
¡Eso no, Comisario! ¡Yo
no estoy loco!
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COMISARIO.-
¡Qué más da! Es un gran
histrión y lo fingirá muy bien.
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NICOLAI.-
¡¡Yo no estoy loco, Dios existe!!
¿Es que no lo queréis ver? ¡Sois ciegos
entonces, David, sois ciegos!
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COMISARIO.-
(Imperativo, a los
sicarios.) ¡Venga, en el acto!
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(Se disponen a caer sobre él. NICOLAI atina a mantenerse unos
segundos separado de ellos.)
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NICOLAI.-
No, eso no... No me importa la cárcel, ni que
me matéis... pero eso, no; eso, no...
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(DAVID,
súbitamente, arrebata la pistola de uno de los agentes y
dispara dos veces sobre NICOLAI.)
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COMISARIO.-
¿Qué ha hecho usted?
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DAVID.-
(Con vehemencia.)
Ponerle en libertad, primero... (Más
lentamente, para sí.) Y además, salvar
su nombre... Y quién sabe si crear su culto.
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(NICOLAI cae
mortalmente herido. El agente arrebata el arma a DAVID, que mira aterrado a
NICOLAI. Su
compañero y él le prenden cada uno de un
brazo.)
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NICOLAI.-
Ven... muerte... y acógeme para siempre... en
tu túnica... (Sonríe, como si una mano
amiga le saliera al encuentro.) ¿Eres
tú... Dios...? (Y se desploma
muerto.)
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(Hay una leve pausa. La emoción ha ganado a
todos.)
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COMISARIO.-
(En tono tajante.)
Muchachos: llevaos este cadáver, atadle unas piedras y
arrojadlo al lago. No quiero leyendas ni peregrinaciones. Nadie
debe saber dónde está, y si algún día
lo supiese alguien, vosotros seríais los responsables. En
cuanto a usted, David, lo que ha hecho va a acabar
costándole muy caro.
(Los loqueros se acercan a recoger el cadáver de
NICOLAI. El COMISARIO lo examina con la
precisión de un técnico.)
Es curioso... Le he visto morir con
más propiedad otras veces...
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OSCURO
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