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Memorial Eminescu

José Carlos Rovira

Días intensos en Rumanía en abril de 2004. Mi primera tarea era dar una conferencia sobre Pablo Neruda en la Sede de Bucarest del Instituto Cervantes. Era difícil plantearse a Neruda en aquel país que el poeta había visitado varias veces en tiempos muy diferentes a los de 2004. Yo había hecho acopio de sus 44 poetas rumanos que el chileno había traducido sin traducir, recreándolos de traducciones previas del francés, e incluso había preparado aquella afirmación principal de su prólogo a este libro de 1966: «El idioma rumano, pariente sanguíneo del nuestro, contiene una abundancia de la que no disfrutamos: sus esquinas eslavas. En estas esquinas perdemos el paso, miramos hacia arriba, hacia abajo, y por fin nos agarramos del francés para no quedarnos a oscuras. Pero la lengua rumana, lejos de ser un castellano oblicuo, saca su eléctrico lirismo de los aluviones idiomáticos que desembocaron en Rumania. Firme y esplendoroso es el lenguaje rumano y poético por excelencia». Llevaba también algunas notas sobre Mihai Eminescu, traducido por amigos de Neruda, como Rafael Alberti y María Teresa León y algunas ideas que había recogido de otro traductor, el poeta chileno Omar Lara. Creo que salí bien de aquel trance.

Catalina Iliescu había preparado unos días intensos en la ciudad: era un proyecto que llamaba «dos extremos de la latinidad», y la geografía imaginaria trazaba una línea lingüística que iba entre Rumanía y España, o, más precisamente, entre Iaşi (en la frontera con Moldavia) y Alicante, con la latinidad llamándose entonces los extremos del rumano y catalán. Recuerdo que participé en la entrega de premios de la UNITER (Unión de Teatro de Rumanía), en el Teatro Nacional, el antiguo; fueron unos minutos de nervios en el escenario como en la vida he tenido. Ion Caramitru, que había estado en 2000 en Alicante con un homenaje a Eminescu (recital que ahora está en el Portal de la Cervantes) me decía palabras en rumano y yo le hablaba en catalán, aunque ya no sé en qué hablábamos cada uno. A la salida, en un largo paseo en Bucarest con Cata y familia recordamos a Caramitru en Alicante recitando en inglés a Eminescu, su presidencia de la Unión de teatros rumanos, su ministerio de Cultura y hasta su reciente actuación en 2002, en la película Amen de Costa-Gavras...

Un músico callejero, en noche muy entrada, me preguntó el nombre y me sorprendió recitándome unos versos que nunca olvidé: «Foaie verde/ Ca piperul/ José Carlos e boierul».

Siguió un viaje a Botoşani para encuentros oficiales y actividades varias (me parece recordar que yo era vicerrector en esta casa). Desde Ipoteşti es posible ir a los monasterios pintados de Bucovina, esa lección bíblica que está en las paredes internas y exteriores de las iglesias tras el paso de los siglos. Hubo luego encuentros varios, uno importante con Valentin Coşereanu, quien dirigía el Memorial Eminescu en Ipoteşti, en cuya residencia estábamos. Recorrimos la casa natal del poeta fundador de la literatura rumana, también aquella pequeña Iglesia ortodoxa que ya estaba en su infancia, la casa principal del Memorial con su Biblioteca en desarrollo, sus proyectos. Los nuestros.

Encuentro también con Gheorghe Stanciu en su estudio, un pintor de paisajes y figuras y también de Iconos que transformaban el antiguo arte de su creación en cuadros brillantes pintados sobre cristal.

Encuentros también con un paisaje, el del Norte, que me resultaba bellísimo y triste.

Y luego la noche, en la residencia del Memorial, rodeado de espacios amplios, con alguna copa de palincă tomada en la proximidad del cementerio romántico y tardío. Alguien me había puesto cerca un libro, una antología de Mihai Eminescu en traducción castellana. Leía en acontecer nocturno:

Yo quisiera dormirme,

perdido en la noche.

Condúceme en silencio

al borde del mar…



Pero luego el poema seguía con tristeza de ataúdes, recuerdo, rocas, hojas resecas, para encontrar más tarde otro poema que desde luego me interesó:

Sobre miles de témpanos que las olas se llevan,

un pájaro planea, las alas fatigadas,

mientras su compañera ha seguido adelante,

unida a la bandada que se pierde al poniente.

Hacia donde ella vuela mira desesperado.

Ya no siente ni pena ni alegría. Se muere,

soñando en un instante todo el tiempo pasado.

[...]
Más lejos uno de otro cada vez nos sentimos,

cada vez me hundo más en la sombra y el hielo,

mientras desapareces en la eterna mañana.



La noche fue entrando a través de aquella naturaleza memorial. Soñé luego que el poeta había podido seguir su sueño y yo soñaba su sueño. Las noches son a veces romanticismo y nostalgia.

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