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Despedido de Febrero, Moragas subió a su casa cinco minutos, volviendo a bajar transformado: sin levita, sin guantes, embozado en la capa, un tanto ladeado el honguillo. Diríase que acudía a alguna clandestina cita, o a algún conventículo de conspiradores. Todo menos aturdir entonces los barrios con el estrépito de su berlina. Iba con ese andar cauteloso y furtivo que se llama paso de lobo, y pronto salvó el Páramo de Solares y se metió, campo de Belona arriba, por la calle del Peñascal, que había de conducirle a la del Faro.

Ya allí, seguro de que nadie le seguía ni le observaba, tendió la vista en derredor, y registró el lugar, asaz significativo y melancólico. Los sitios que un hombre habita y las mansiones que elige, dicen siempre al observador algo de su espíritu y de su alma. No en balde eligiera Rojo por residencia aquel rancho, precisamente la última casa del pueblo, más allá de la cual... sólo se alzaban las tapias blancas y frías del Camposanto. Aquel hombre tenía que ser vecino de la muerte, y vivir así, en el rancho sombrío con puertas y ventanas bermejas, parecido a sucio paño sobre el cual se extendiesen grandes placas de sangre. No en vano tampoco los cinco ranchos que enlazaban el de Rojo con las demás casas de la población se encontraban siempre deshabitados; sin duda nadie había querido ocupar aquellas barracas siniestras, contaminadas por la inmediata vecindad del hombre ignominia. No en vano tampoco, la campiña de los arrabales, que hasta allí ostentara notas simpáticas, de índole labriega -un pajar o meda de paja de maíz, un carro desuncido, algún arbolillo en que las yemas comenzaban a desabrochar, algún patatal próximo a dar flor-, se revestía, en torno del infame rancho, de tan hosca aridez, rompiendo en breñas negras y calvas o desarrollándose en terrenos baldíos y arenosos. Y por último, no en vano servía de fondo al rancho y al cementerio, el mar; pero no aquel mar de bahía suave, arrullador, rumoroso, que en la punta del Espolón había coreado con armonioso acento un diálogo de pensadores, sino el amplio, libre, y estruendoso Cantábrico, que con tumbo ya ronco, ya sonoro, ya quejumbroso y lúgubre, ya airado y furibundo, azota la escollera, muerde retorciéndose el playal, escala los cantiles que guarnecen el pequeño promontorio del Faro, y los corona de nevado diluvio de espuma bravía, tan pronto batida como deshecha.

-El sitio lo expresa todo -pensaba Moragas. Este hombre, oprobio de la sociedad, no podía vivir sino aquí, en una especie de cubil de fiera. Mas en buena ley y justicia, si así vive este hombre, Cáñamo y los que piensan como él debían agruparse en un barrio especial: el barrio donde radicasen la Audiencia, la Cárcel, el Penal, el campo de la Horca y la misma casa de Rojo. Ellos, los que han creado a este indefinible ser, no cumplían con menos que levantarle el entredicho y hacer respetar en él lo que entienden por justicia... Sí, pues váyanles con eso... Capaces serían, por no acercarse a él, de dejar pudrirse al muchacho, víctima del estado social de su padre.

Calculando así, y olvidando que la víspera tampoco él quería asistir al chico (lo cual demuestra que Moragas había andado mucho camino en veinticuatro horas), determinose a efectuar lo que llamaba allá en sus adentros bajada a los infiernos, y volviéndose y girando las pupilas, observó si alguien podía verle entrar en el rancho. Cerciorado de que no había por allí fisgones, apoyó la mano en el pestillo... y este movimiento hizo renacer la aversión y repugnancia de la víspera, algo que podía llamarse un espanto frío, de esos que no van acompañados de ningún tenor positivo y real. Venció esta impresión; venció también la que le produjo ver en el zaguán, arrimada a la pared, una escalera, que le recordaba la que en otros tiempos llevaban en el sombrero los verdugos, como símbolo de la horca; y lo mismo que en cierta ocasión se había arrojado a un charco fétido para sacar a un niño que se ahogaba, arrojose al interior de la sórdida vivienda.

La Marinera no andaba por allí: sólo el padre velaba a la cabecera de Telmo. No cruzaron palabra en los primeros instantes el Doctor y Rojo. Este se puso en pie, y aquel aplicó la mano a cabeza entrajada, y luego el termómetro a la axila del paciente. Cuando lo sacó, sacudió y consultó a la luz, vio que había cuarenta grados de devoradora calentura.

-¿Ha comido?

-Ni chispa, señor. Naranjadas.

-¿Le ha dado usted antipirina?

-Sí, señor. Todo lo que usted mandó. Por la mañana estuvo despejadito, aunque se quejaba mucho. Se ha recargado a la tarde.

-Pues mañana o esta noche, cuando se despeje, caldo de sustancia. Tal vez la fiebre esté sostenida por la debilidad.

-Debe de ser eso, porque delira; es decir, ahora está amodorrado, y de repente se pone a charlar y dice cosas... tremendas.

-¿Cosas tremendas? -preguntó Moragas dejando la capa en una silla, porque se disponía a reconocer debidamente las lesiones del niño-. ¿Y qué cosas tremendas son esas que dice su hijo de usted?

-Siempre está con que es valiente y con que puede con todos... y que le tiren más piedras, que por eso no se rinde... Todo se le vuelve «me mataréis, me mataréis, pero no diréis que quedé vencido... Soy el general Haches y el general Erres... No tengo ejército, pero basto yo; yo defiendo el castillo... Vengan piedras...». Sospecho, señor don Pelayo, que a esta criatura le han jugado una partida atroz los chiquillos del Instituto: puede decirse que lo han reventado a pedradas.

-Si es así, efectivamente es tremendo... aunque natural y explicable.

No contestó Rojo: gruñó sordamente, y volvió a instalarse, de pie, a la cabecera del herido. Moragas, entretanto, alzaba suavemente el apósito para reconocer el estado de las lesiones en la cabeza, y, levantando la sábana, se informaba del dislocado pie. Descoso, más que de reconocer y estudiar aquellas lastimaduras físicas, de echar la sonda en otros dolores, se volvió a Rojo:

-Supongo que usted se fijará bien en lo que hay que hacerle al niño, y seguirá todas mis instrucciones... Porque usted debe de querer mucho a esta criatura.

Rojo se encogió de hombros.

-No tiene uno otra cosa -respondió opacamente.

Cumplido el deber profesional, minuciosamente examinado el enfermo, dadas las instrucciones de palabra y por escrito, Moragas podía retirarse, pero consta de seguro que en vez de hacerlo, tomó una silla y se colocó en ella como quien no tiene urgencia. La víspera por la mañana desmentiría él con tedio y enojo al que le pronosticase que había de tomar asiento en semejante mansión. Haciéndose el distraído y acariciándose maquinalmente las patillas, clavó en Rojo sus pupilas grises, llenas de luz, preguntó como al descuido:

-¿No tuvo usted más hijos nunca?

-Sí, señor... otro murió de pequeñito... de sarampión... Era una chiquilla.

-¡Feliz ella! -comentó Moragas en tono expresivo-. Crea usted -prosiguió con la misma solemnidad-, que si me llama usted a asistir a esa criatura, y veo que su vida pende de una dosis de cualquier medicamento o de una sajadura de bisturí... yo, que por salvar a un niño soy capaz de echarme en un horno ardiendo..., creo que me meto las manos en los bolsillos, y dejo morir sin escrúpulo a su hija de usted.

Rojo ni protestó, ni mostró que le sublevasen tan duras palabras. Su mirada, esquiva y errante recorría las junturas del piso, y sus labios, color de violeta, se agitaban como si quisiesen dar salida a cláusulas mal formadas y a truncados razonamientos. Al cabo balbuceó:

-Tiene usted... tiene usted muchísima razón. El mayor favor que usted le podía hacer al... al angelito, era... dejarla morir. Ella sí que está bien. ¡Dichosa de ella!

Al oír Moragas estas expresiones, alegrósele el espíritu, pareciéndole que tomaba buen sesgo el interrogatorio que proyectaba.

-Según eso -preguntó-, usted comprende perfectamente cuál es su posición, y cuál la de sus hijos, originada por la de usted.

-¿No lo he de comprender?

-Pero... -insistió el Doctor-, ¿lo comprende usted por completo? ¿Se da usted cuenta clara y exacta del destino que le está reservado a ese pobre rapaz que delira en esa cama? ¿Puede usted formarse idea de su presente y de su porvenir, de los odios y las humillaciones que le deja usted por infamante herencia, de lo que es hoy y de lo que será mañana? ¿Se hace usted cargo de que este niño, si fuese capaz de calcular, como calculamos los viejos, debiera, en vez de pedir a Dios que le conserve su padre, pedir que se lo quite?

Ninguna respuesta dio al pronto Rojo a estas resueltas palabras, con que el Doctor entraba en materia, cortando intrépidamente por lo sano. Sólo su azoramiento pudo descubrir que el Doctor había puesto el dedo en lo más enconado de la llaga. Al fin rompió en interrumpidas frases.

-Demasiado se hace uno cargo de todo... No es uno ninguna persona que ni vea ni entienda... Y mejor es que uno ni hable ni se acuerde de eso, porque cuando no tienen remedio las cosas...

-¡Al contrario! -interrumpió Moragas con energía-. ¡Hay que acordarse de eso...; hay que hablar de eso, y mucho! Puesto que se ha encontrado usted con Moragas, no ha de poder decirse que el encuentro fue inútil y vano. Usted ha venido a consultar conmigo una enfermedad del cuerpo..., y aunque tiene usted enfermedad, y muy seria, lo de menos en usted es ese padecimiento... De lo que usted está enfermo es de la conciencia, y ha contagiado usted a ese inocente, que por culpa de usted se halla fuera de la ley y camino del presidio. ¿No le hace a usted reflexionar el hecho que usted mismo me refiere, de que para apedrear a su hijo de usted se hayan asociado todos los alumnos del Instituto? ¿No ve ahí claro el porvenir de este chiquillo? Para apedreado le destina usted, y apedreado será toda su vida. ¿Por qué no lo estrangula usted..., usted que tiene por oficio estrangular?

Con tal vehemencia pronunció Moragas estas palabras, arrastrado por el impulso, que Rojo se puso, más que pálido, lívido, sintiendo como latigazos de alambre en el alma; y no sin alguna aspereza, contestó:

-A otra cosa me podrá ganar cualquiera, pero no a querer a mi hijo, y por mí sería rey de España. Si no lo es, no tengo yo la culpa. Una cosa es hablar y otra pasar por los casos de la vida de un hombre. Con mis manos no he de matar al hijo; ahora, si Dios se lo lleva, él saldrá ganando y yo también.

Estas últimas palabras fueron acompañadas de una especie de gemido ronco, y Juan Rojo, olvidando ya toda etiqueta social, se derrumbó en un escaño, escondió entre las manos la cabeza, y dio señales de aflicción o más bien de hosco dolor.

Moragas se levantó. Cada vez era más vivo su deseo de saber la historia de Rojo. Sabida esta, bien se podía calcular y comprender si Rojo era o no redimible. Empezaba a sentir Moragas la generosa fiebre, el ansia de bajar a los infiernos para sacar de ellos un alma..., y algo también el gustillo de mostrarle a Febrero que en todo fango, en la ciénaga más inmunda y vil, hay una perla que a fuerza de bondad y de abnegación se encuentra, si se busca bien. Acercose a Rojo y le tocó en un hombro, estremeciéndose... Rojo no se movió.

-No sirve apurarse ni descorazonarse. Ya le he dicho a usted que nuestro encuentro ha de haber sido para bien. Algo he de hacer por ese niño, que valga más que aplicarle unas vendas y reducirle una dislocación...

Rojo se puso en pie. Su cara inexpresiva, angulosa, oscura, se iluminó todo lo que podía iluminarse... con una luz sorda, esbozando una especie de sonrisa, operación a que no estaban habituados sus labios; y como si, para salvarse de morir ahogado, quisiese cogerse a una columna, tendió los brazos hacia el cuerpo de Moragas -quien, redentorista y todo, se echó atrás prontamente-. Lo que no hizo Rojo fue hablar. ¿Para qué? Su actitud bastaba.

-A ver -ordenó Moragas, comprendiendo que ya tenía a su disposición y arbitrio a aquel hombre-. Siéntese usted otra vez... así..., lejos de la cama, porque no molestemos al enfermo... ¿Cómo se llama?... ¿Cómo se llama su hijo de usted?

-Telmo, señor.

-Pues para no incomodar a Telmo, póngase usted ahí..., cerca de la ventana..., así... Yo también traigo mi silla... bien... Ahora me va usted a contar toda su historia, punto por punto..., y cómo llegó usted a tomar... un oficio tan cochino y vil.

-Don Pelayo -respondió Rojo en voz siempre ronca, y manoteando torpemente-. Usted me ha de dispensar... Yo... en personas ignorantes y llenas de preocupaciones..., pues... no me admiro de que digan ciertas cosas. Pero de una persona ilustrada... no deja de chocarme. No tome a mal ningún dicho mío..., porque la mala explicación de las personas... Quiero decir, vamos, que eso de oficio cochino y vil..., yo ya sé que lo dicen las mujeres de la plaza; aún ayer me lo espetó la borrachona de la Jarreta; mire usted qué princesa para despreciar a nadie... Ahora, usted, que tiene otra instrucción y otros conocimientos..., creí, la verdad, que no diese pábulo a esas... aprensiones. Cansado estoy..., ¡sí!, ¡muy cansado!, de oír a cada paso «infamia, infamia, vileza, vileza...». Infamia, ¿por qué? Vileza, ¿por qué? ¿Qué hago yo para que todos me canten el sonsonete de la vileza y de la infamia? -prosiguió Rojo, con la lengua ya expedita y el habla caldeada por la indignación hasta casi adquirir el temple de la elocuencia-. ¿Robo yo el pan de nadie? ¿Soy algún criminal? ¿Soy un falsario? ¿Falto, ni en tanto así, a la ley? ¡Nadie más que yo la respeta... y la cumple! ¡A ver, señor de Moragas, si usted con su buen talento me aclara este enigma!

Moragas oía reprimiéndose. Si al ver a Rojo humillado sentía cierta compasión, cuando Rojo se crecía y se revolvía contra la sociedad, a seguir su impulso, le hubiese escupido y abofeteado. El silencio de Moragas infundió ánimos a Rojo, que prosiguió:

-Sí, señor: ¡yo soy tan hombre de bien, o más, como cualquiera de los que me vuelven la espalda y me tratan lo mismo que a un perro! Nadie me podrá probar que yo haya cometido el delito más leve. ¡Delitos! ¡Crímenes! Por mí deja de haberlos: si no es por mí..., a paseo la justicia. No soy un funcionario cualquiera... soy el primero, el más indispensable. A veces paso por la calle Mayor, y están allí muy tiesos y muy fonchos los señores de la Audiencia, el Fiscal, el mismo señor Presidente... Les saluda uno, y ni contestan: vuelven la cara, y hacen que no le ven a uno... ¡Qué risa me da!... ¡Cómo me río... por dentro! (Rojo se rió convulsivamente.) ¡Que ellos sentencien... y que yo no cumpla... y verá usted en qué para todo eso de la justicia! Figúrese usted que yo me cuadro... y que otro como yo se cuadra... que nos declaramos en huelga los oficiales públicos..., y verá usted a los magistrados con la obligación de cumplir ellos mismos lo que sentenciaron! ¡A los magistrados!... Y qué, ¿no soy yo tan magistrado como ellos? ¡Soy el magistrado último... el que falla sin casación posible!... La justicia, sin mí... ¡valiente paparrucha! ¡La justicia... soy yo! (gritó dándose con el puño en el pecho).

No creyó Moragas oportuno emprender la refutación de estos desesperados sofismas, al menos por entonces. Las palabras y argumentos de Rojo le aumentaban el deseo de saber su historia, y de remontarse hasta los turbios orígenes de aquella existencia humana. Pareciole mejor dejar pasar el arranque de acibarada soberbia del hombre maldito, contestando sólo irónicamente:

-Todo eso será muy verdad, y a usted le sobrará la razón y usted será el magistrado supremo, y, sin embargo, acaba usted de decirme no hace tres minutos que se alegraba de haber perdido en tierna edad a una niñita, y que, si se muriese Telmo, él saldría ganando y usted también.

-Eso es otra cosa... -afirmó Rojo-. Si me va usted por ese lado... Preocupaciones y tonterías es lo que me rodea, y yo bien me las paso por cualquier parte, siempre que no tropiezan en el niño... Por mí..., estoy contentísimo, y no me trueco por nadie -afirmó con alarde que desmentían sus temblorosos labios-. ¡Pero los hijos... duelen, duelen muchísimo! Más de cuatro cavilaciones y de cuatro noches sin pegar ojo... son por ellos, por ellos. Uno puede con todo... Y si le solivianta lo de las infamias y de las vilezas, es porque eso le tizna la frente al niño..., ¡que está inocente como los mismos ángeles del cielo!

Moragas acercó más su silla a la de Rojo; sonrió, se mordió la punta del sedoso mostacho, limpió con el blanco pañuelo los quevedos de oro, se los caló, estiró los puños tersos y limpios de la camisa, y guiñando un tanto los párpados, como el que quiere reconcentrar la fuerza visual, preguntó a Rojo:

-Diga usted, ¿usted ha estudiado en sus mocedades? ¿Ha seguido usted alguna carrera?

Y Rojo, como el que dice la cosa más natural del mundo, respondió:

-Sí, señor... Yo estudié para cura.




- XI -

El rostro de Moragas, que por su excesiva movilidad y flexibilidad parecía a veces de goma elástica, se dilató de sorpresa, y a renglón seguido, por extraña inmixtión del elemento humorístico en aquella conversación tan fúnebre y acerba, disparó el Doctor la mayor y más franca carcajada que habían oído jamás las paredes de la barraca de Rojo.

-¿Conque para cura? Bien... ¡De primera! Si usted me lo dice, capaz hubiese sido yo de adivinarlo. ¡Para cura!, pues ahora, si no tiene usted inconveniente... sírvase decirme cómo ha pegado el gran brinco, desde el hisopo hasta...

Un ademán expresivo completó la frase. Rojo, dócilmente, con ese tonillo enfático que la clase social más inferior adopta para narrar los sucesos de su propia vida, respondió:

-Estudié hasta dos años de latín en el Seminario de Badajoz. Y me entraba bien el estudio...

-¿Es usted extremeño?

-No señor. Nací en Galicia. Mi padre era de aquí, y mi madre portuguesa. Pero la carrera de mi padre, que era militar y de alta graduación, nos hizo viajar por toda España. En Badajoz nacieron algunos de mis hermanos... porque tuve once; y esos quedamos huérfanos, y cada uno tiró por su lado, a vivir como pudo.

-¿De modo que sentía usted vocación al estado eclesiástico?

-Sí, señor... o por lo menos creía sentirla entonces. A esa edad casi no sabe uno lo que le conviene... ¡psch! ¡Si lo supiera cuando es más viejo! En el Seminario estaban contentos de mí. Pero el señor Obispo -que medio me tenía ofrecida una capellanía- luego se negó a dármela... y yo no vi esperanzas de salir adelante con la profesión.

-¿Qué hizo usted?

-Me dediqué a seguir la carrera de maestro normal... Tan pronto como la hube terminado, un amigo mío me tomó de pasante para un colegio que dirigía. El colegio iba sosteniéndose... así... aleteando, a trompicones. Lo malo es, que de allí a poco quebró... Y cáteme usted otra vez en la calle.

-¡Mal sino!

-Entonces caí soldado.

-¿Y qué tal? ¿Cogió usted el chopo?

-¡Qué remedio! Como no pintase en la pared los cuartos para redimirme... Y puedo decir a boca llena que quedaron mis jefes satisfechos de mi porte. No recibí una reprensión, porque obedecí como una máquina. Los jefes son los jefes, y ellos a mandar y nosotros a callar. Pues yo..., ¡vamos!..., como sabía algo más que mis compañeros..., y obedecía igual que un recluta..., fui ascendiendo..., primero a cabo..., a sargento después... Y así que cumplí mi tiempo, conseguí ir a Lugo, a regentar una escuela.

-Veo que tenía usted vocación de maestro -observó Moragas.

-No me disgustaba la profesión... -aseveró Rojo-; sólo que andaba traspasado de necesidad... ¡He pasado mucha miseria entonces... y después! Lo peor fue que me enamoré de una gallega...

La frase, bien sencilla y con ribetes cómicos, fue pronunciada en tono tan singular, que Moragas no sonrió. Pareciole como si en la auscultación moral que practicaba, de repente se hubiese presentado un sonido especial, delator del verdadero asiento de la dolencia. «Aquí está el mal», le decía su instinto médico, aplicado entonces a la patología del espíritu. «Aquí tienes la clave. Hasta ahora no supiste lo que traías entre manos: la enfermedad se te aparecía embozada, sorda, latente, rebelde a toda investigación. Ya cogiste el hilo... ¡Tira del cabo, que ya sacarás el ovillo de esta alma!...».

-¿Dice usted que se enamoró de una gallega? (preguntó en alta voz). Pero... eso... ¿qué? ¡Se habría usted enamorado de tantísimas mujeres! Al cabo era usted joven...

-No, señor. Yo no me enamoré de muchas mujeres... Siempre fui de buena conducta, que nadie pudo poner tacha en mis costumbres. Como si toda la vida tuviese cincuenta años... Ya ve: salí del Seminario, y... lo mismo que si no saliera. Nunca me tentaron las rapazadas ni los vicios que veía en otros.

-Pero, en fin (interrumpió Moragas), esa vez se enamoró usted de veras.

-Tan de veras, que me casé, señor.

-¡Ah! -exclamó expresivamente Moragas.

-Y como usted conoce..., la situación del hombre casado se diferencia muchísimo de la del soltero. Yo hasta entonces no había tenido ansia por el mañana: íbamos saliendo del día, y lo que es para mí solo, pelado... con una taza de caldo había de bastarme y sobrarme. Pero llegaron la mujer y los hijos... y vi el mundo de otra manera. Con mi escuela no tenía ni para arrimar el puchero a la lumbre. No se pagaba; a cada paso choques con el Ayuntamiento, por si cobro o si no cobro, y si se me adeudan o no se me adeudan mensualidades... Aquello no era vivir, señor de Moragas, y crea usted que mil veces le faltaba a uno el ánimo para todo... para todo absolutamente. Me acordé entonces de que yo conocía bastante a don Nicolás María Rivero, que tenía la sartén por el mango... Me fui a Madrid, y le vi a él, y también a otro pez muy gordo, de esta tierra, que me acuerdo que me dijo... asimismo como yo se lo digo a usted: «Vuélvase a Lugo... Antes de que esté usted allá, se habrá largado el huésped». ¡Y el huésped era el rey Amadeo! Fue verdad. No llegara yo a los Nogales..., y proclamada la República. Aquel señor no se olvidó de mí: me envió a Orense, con un destino...

-¿Destino? ¿Qué destino?

-En la policía -respondió Rojo en voz más baja y sorda que de ordinario.

-¿De orden público? ¿Mangas verdes?

-No señor... Aquella fue otra policía, que existía entonces, y ahora se me figura que tal vez no la habrá... Como la Guardia Civil se reconcentraba en los pueblos por las trifulcas, el campo quedaba entregado a las partidas facciosas... En Orense y Lugo, sobre todo, las aldeas estaban tan mal, que de un día a otro se recelaba un levantamiento. A mí me colocaron a las órdenes del gobernador de Orense, que por cierto era muy exaltado en ideas. Yo salía a registrar las casas de los curas carlistas, y antes de que saliese, aquel señor, encerrándose conmigo en el despacho, me decía: «Vaya usted Rojo, registre, allane, prenda, entre a saco, haga barbaridades... Firme en esos carcundas de puñales, que esos son los demonios, esas son las fieras que nos traen a mal traer...». Pero yo...

-¿Usted se opuso? -preguntó Moragas, buscando un rayo de esperanza y de luz-. ¿Usted se negó?

-¡Ya se ve que me negué, mientras no tuve un papel, una orden por escrito, bien clara y terminante! Lo que se ordena de palabra, en el aire se rubrica. Allá va el mandato... y el hombre que lo cumple, cuando está más satisfecho, se encuentra ahogado y comprometido. La ley tiene que estar escrita, y en no estando escrita, ya no es ley. Así es que yo... ¡vamos, sin alabarme!, no me apoqué, ni por voces que me daba el Gobernador. Me cuadré, me puse tieso. «Vengan unas letritas de su puño, señor Gobernador, y entonces hablaremos y se hará lo que vuestra señoría disponga. Yo no me meto a allanar una morada sin que me suelten un papel. Papel en mano, que se me ponga delante el mundo». Y el Gobernador no tuvo más remedio que aflojar el papelito... Con él hice yo cosas... tremendas.

-¿Lo declara usted mismo? -interrumpió con severidad Moragas.

-¡No señor...! Cuando digo tremendas... es un modo de hablar, porque yo no hice más ni menos de lo que me mandaron: en nada me extralimité. Como usted comprenderá, mi obligación era cumplir las instrucciones, obedecer a rajatabla, no meterme en más honduras.

-Eso es lo que repruebo (articuló Moragas frunciendo el entrecejo severamente, gesto que trazaba, sobre su frente de goma, pensativas arrugas). ¿Cree usted que si me escriben ahora en un papelito «cometerás tal atrocidad» y voy y la cometo, estoy libre de culpa?

Rojo titubeó, no encontrando argumentos contra Moragas.

-Pues señor -articuló lentamente-, yo creo, con perdón de usted, que en respetando la autoridad y obedeciendo a las leyes establecidas, nadie delinque, nadie falta. Y la prueba es que no se me exigió miaja de responsabilidad por semejantes hechos. Yo era mandado, y con obedecer me salvaba. No faltó quien me dijese en aquel entonces: «Verás, verás. Ahora este revoltijo se lo lleva la trampa, y los vidrios rotos los pagas tú». Y yo, con mi papel en el bolsillo y la firma del Gobernador más clara que las estrellas, de todos me reía. Bien quisieron echarme a presidio..., ¡pero narices!

-¿Y qué hizo usted -preguntó Moragas, cada vez más interesado-, al llevarse la trampa aquello y acabársele a usted el oficio de allanar casas de curas? ¿Se dedicó usted al... de ahora?

-Entonces -contestó el hombre sombríamente, recapacitando para recordar el nuevo peldaño de la escala social que rodara-, entonces... me metí a comisionado de apremios.

-¡Magnífico! -dijo Moragas, riendo sarcásticamente-. ¡Muy bien pensado y muy en carácter! La Revolución perseguía con el hierro y el fuego las ideas; la Restauración fue más practica, y organizó la persecución de los bolsillos... Reclutó una jauría de sabuesos..., ¡y a cazar!

-Pero, señor -objetó Rojo-, las contribuciones hay que cobrarlas, y lo que es por su fino gusto no las pagaría nadie.

-Cuando son excesivas y brutales -respondió colérico Moragas-, cuando pesan tanto que revientan al contribuyente... usted suponga un Estado bien regido, donde haya abundancia y economía, y crea usted que ese Estado no necesita comisionados de apremios. En fin, el caso es que usted...

-Señor... Yo tenía entonces la niña, que este rapaz nació después... Y era preciso mantenerlos...

-Esa ya es una razón de mejor ley -contestó don Pelayo.

-Pero yo no sería comisionado de apremios si fuese una mala acción -declaró Juan Rojo con curioso alarde de dignidad, que casi desconcertó a Moragas-. Yo, ni en esa ni en las demás acciones de vida he faltado, porque sé muy bien qué es delito y qué no es delito, y podría ahora mismo someter a un juez todos mis actos, seguro de que no tendría por qué avergonzarme. Yo soy honrado a carta cabal; yo, si encuentro en la calle millones, los devuelvo a su dueño; yo respeto como el que más lo que debe respetarse; pero era cuestión de dar de comer a mi familia... y serví al Estado, lo mismo que lo servía, pongo por caso, el Delegado de Hacienda...

El argumento debió de impresionar a don Pelayo, que o no supo o no quiso replicar por entonces palabra. Callaba también Rojo, y reinaba en el pobre camaranchón embarazoso silencio. De pronto se le ocurrió al Doctor una pregunta, que produjo en su interlocutor sacudida muy honda.

-Y... con su mujer..., ¿se llevaba usted bien?

Rojo tembló súbita y visiblemente, y respondió, siempre temblando, en voz apenas perceptible:

-Muy bien... No teníamos una palabra más alta que otra.

-«He dado en lo vivo... -pensó Moragas-. Aquí está la brecha; aquí encontramos los tejidos no gangrenados por la putrefacción del legalismo. Bien. Por ahí el bisturí; por ahí el termo-cauterio»... Y en voz alta:

-Su mujer de usted..., ¿vive?

-Sí, señor -contestó lacónicamente la casi extinguida voz.

-Y... -Moragas no se atrevió a decir más, porque le imponía el temblor de Rojo, a la vez que su instinto médico seguía diciéndole: «Esa es la carne viva. Registra sin miedo». Completó la fórmula interrogadora con una mirada circular, que expresaba algo parecido a lo que sigue: «Y si vive su mujer de usted, ¿cómo es que no se encuentra a la cabecera del niño, o aseando esta leonera un poco?».

Rojo callaba. Un suspiro entrecortado salió de su pecho. Luego dio dos o tres palmaditas en la rodilla del pantalón, y murmuró:

-Mi perdición fue venirme de Orense a Marineda. Si yo no vengo aquí... Aquí me engañaron. Porque yo fui engañado, señor de Moragas. El atender a consejos... ¡Y lo harían con buena intención probablemente! Como me veían lleno de necesidad... Me persuadieron, me dijeron: «No seas bobo. Esto es una ganga, una chiripa». Yo les respondía (tan cierto como ahora está usted ahí, sentado en ese banco): «¡Pero si no voy a saber!... ¡Pero si voy a hacer la plancha!»... Y me contestaban, asimismo como le digo a usted: «Aquí no habrá que trabajar nunca. Los veinte años se pasan sin que se ejecute ni a un gato... Y te embolsas treinta y siete duritos cada mes, por estarte cruzando de brazos, paseando las calles... ¡Treinta y siete duritos!». Ya ve usted que la cosa es para tentar a cualquiera...

-¿Y... quiénes le decían a usted eso?

-Los amigos...

Moragas sonrió.

-Y su mujer de usted, ¿qué opinaba?

Rojo, al nombre de su mujer, contrajo de nuevo la fisonomía. Al fin pronunció, acelerando las palabras y como el que se disculpa:

-Aquella decía que de ningún modo; que ella no se había casado para eso... Pero al mismo tiempo, la verdad: el dinero le tenía que saber bien; porque ya usted ve, criando y aficionada a las comodidades y muy amiga de la casita llena y de la rica ropa blanca...

Estas palabras salieron quebradas como sollozos. Diríase que Rojo se dirigía a su propia mujer y discutía con ella. Moragas empezaba a comprender toda la historia de aquel hombre. Estaba viendo a la mujer, delicada, hacendosa, refinada cuanto es posible dentro de su clase, y no refinada en lo material tan sólo, puesto que retrocedía ante la infamia, aunque esa infamia reportase holgura, ropas limpias y descanso.

-De todos modos -prosiguió Rojo como deseoso de cambiar el giro de sus explicaciones-, fue mi perdición, señor, que la tenía Dios determinada allí. ¿A que no quiere usted creer que había lo menos seis o siete aspirantes a la plaza, que ya presentaran sus solicitudes, y con las grandes aldabas, con grandes empeños de todas clases, mientras yo no metí ni una triste cuña? A la verdad, no sabía yo mismo lo que deseaba... Por el aquel de que me estaban pinchando y hurgando para que pidiese... escribí mi solicitud, diciendo que había sido sargento y añadiendo mis certificaciones, y la presenté así, sin más ni más... ¡Mire usted lo que es el destino de las personas! A los ocho días, decretada a mi favor, y los de las recomendaciones, a la luna de Valencia.

-Y..., -preguntó Moragas, como quien echa la sonda en un paraje de gran profundidad-, y... usted... en la guerra... o... en otras circunstancias... ¿había tenido ya... ocasión de... de herir... o matar a alguno?

-¿De herir? ¿De matar? -contestó Rojo con indefinible expresión de extrañeza y protesta-. ¿De matar? ¿De herir? En los cincuenta y cinco años que llevo de vida, no me acuerdo de haber hecho daño a nadie con mis manos. No entré en acción formal nunca. Si los jefes me mandasen disparar contra el enemigo, dispararía, ¡qué remedio! Pero el caso no llegó. A mi cargo corrió un año entero la instrucción de quintos, y ninguno puede quejarse de que yo le haya cascado un revés siquiera.

-Pues entonces... ¿cómo pensaba usted arreglárselas con... el oficio que iba a tomar?

-¿No le digo -replicó Rojo dolorosamente-, que fue una cosa que vino así? Yo calculaba: vamos viviendo y cobrando, que ocasión habrá de pensar lo que conviene, cuando lleguen las apuradas. Podía suceder que no llegasen nunca; podía uno morirse sin que llegasen... y no servía de nada el consumirse antes de tiempo... Por lo pronto, cobraba mi sueldecito; vivíamos; entretanto, quizás saltase otra colocación; y... calma y aguardar. Sólo que vino la gorda, como pasa siempre en este mundo, cuando menos se esperaba... y me encontré atado de pies y manos... con la obligación delante...

-Inconcebible parece -exclamó Moragas- que pudiese usted resolverse a...

-Y ¿qué quería usted que hiciese? No me había de resistir a la Ley. ¿No conoce usted, don Pelayo, que eso era imposible? ¡Ay qué bien se habla! El que manda manda, y los que estamos debajo obedecemos.

-Pudo usted decir que no... ¡y veríamos quién...!

-Me obligarían...

-¿Cómo?

-Me llamarían al despacho del jefe de la ronda secreta... y... allí...

Rojo hizo el ademán de juntar los dos pulgares por su cara externa, y el gesto del que sufre un dolor cruel. Moragas mostró expresivo asombro.

-¡Tormento! -exclamó espantado, recordando las afirmaciones de Lucio Febrero y comprendiendo la verdad que encerraban.

Rojo sólo contestó con una inclinación de cabeza, clavando la quijada en el pecho. Moragas apretó los puños y soltó un terno a media voz. Dominose al cabo de algunos segundos el filántropo, y dejando caer sobre Rojo una mirada mitad compasiva, mitad irónica, preguntó:

-¿De modo que... por fin... tuvo usted que... trabajar? ¿Y cómo se las compuso? Porque usted no sabía...

-No sabía... ¡ya se ve que no! Y temía... vamos... un fracaso, no fuera a alborotarse el público, y a silbarnos o apedrearnos... Pero salí del apuro, porque el hijo del oficial público que había en Marineda antes que yo, vino a verme y me dijo: «No se aflija, Rojo, que yo le ayudaré. Saldrá bien del compromiso. ¡Palabra de honor! Yo no he trabajado nunca; pero no necesito: ya sé como se hace, y hasta parece que me lleva afición a hacerlo. Si tuviese como usted los méritos del servicio militar, para mí y no para usted sería la plaza. Ahora ya la tiene usted y por muchos años la disfrute. Pero no pase cuidado, que hemos de quedar con honra. Yo subiré con usted al tablado haciendo de ayudante, por si hubiese la menor dificultad; yo le prepararé los chismes, que han de estar como la propia seda, y yo le explicaré allí la habilidad... Este es el oficio del aguador, que se aprende al primer viaje». Y así fue. Tan bien lo hizo, que le regalé tres duros. Fuera de dar vuelta a la cigüeña..., puede decirse que a aquel lo despachó el muchacho.

Moragas se contenía. A seguir su impulso repentino haría alguna barbaridad muy gorda. Pero bajo el movimiento de indignación había un sentimiento persistente de conmiseración indefinible. El alma abyecta y entumecida de Rojo era su presa. El apóstol laico no quería renunciar a la romántica obra de misericordia.

-Y... ¿cuántas veces volvió usted a... trabajar? -preguntó conteniéndose.

-Cinco.




- XII -

Una fúnebre pausa siguió a la respuesta de Rojo. Moragas se quedó helado. Aquella cifra le confundía como puede confundir un sofístico raciocinio. El hombre que tenía delante había ejecutado cinco veces el movimiento de brazo que manda a otro hombre a la eternidad.

Así que don Pelayo dominó el estupor, preguntó de un modo incisivo:

-Y diga usted... ¿Y la primera vez... al menos... no tuvo usted... algún hormigueo en la conciencia? ¿O se quedó usted perfectamente tranquilo?

-La primera vez -respondió la tenebrosa voz de Rojo-, los ocho días después, o tal vez quince... soñaba de noche... con él...

-¡Ah! ¡De noche! ¿le veía usted?

-Le veía.

Nueva pausa y silencio más atroz.

-¿Y... después? -insistió Moragas.

-Después... Por eso a veces un hombre... Sólo el que pasa por ciertas cosas... Si no fuese que apenas podía dormir, no bebería yo ni media copa de caña en mi vida.

-¿Empezó usted entonces a beber caña?

Rojo guardó silencio. Aquella confesión salía en jirones, sangrienta, magullada, como la intermitente queja que arranca el paroxismo del dolor; y Moragas, acostumbrado a ver y curar tantas heridas, comprendía que lo más grave, lo más hondo, lo más amargo de todo no acababa de ascender a la superficie. No podía Moragas adivinar qué clase de cadáver dormía en el fondo, pero lo presentía, allá, muy abajo, en los últimos senos de un pozo de ignominia, vergüenza y desesperación humana. Su instinto infalible seguía gritándole: «Por aquí, por aquí... están las últimas telas del corazón, de ese corazón que lo mismo les late a los filósofos que a los jueces, a los criminales que a los verdugos; la porción augusta que existe en este miserable lo mismo que en ti...».

-Y... -preguntó expresiva y lentamente, clavando los ojos en su interlocutor pensando con la mirada, por decirlo así, sobre su espíritu-. Y... su mujer de usted... ¿qué decía de esos malos sueños con reos agarrotados? ¿No soñaba también ella?

-Esas son cosas que no importan nada -declaró torvamente Rojo-. De eso más vale no hablar. Estamos gastando aquí conversaciones que no vienen al caso... y ahora... sería bueno atender al chiquillo:

«Tú caerás -pensó Moragas-. No te me escapas. Ya sé por dónde te duele. ¡La fibra universal! Esa es la que responde siempre. Amor, paternidad... Habría que ser fabricado de bronce para no resollar por ahí... Y me parece que tú resuellas, y fuertecito... Pues si resuellas... por ahí te atacaremos. Del concepto limitado de marido y padre, puedo hacerte pasar al general de hombre. Me costará trabajillo sacar a flote la humanidad; pero por lo mismo... Yo te trabajaré. ¡Ah, si el Padre Incienso y el Padre Fervorín sintiesen estos pujos redentores que siento yo! Lo que me indigna es el contrasentido de que los tales Padres serán capaces de absolver tranquilamente al verdugo, a la media hora de haber agarrotado a su prójimo... ¡y en cambio le negarían la absolución si le diese por sostener que la misa puede o debe decirse en castellano!».

Hecho este aparte, un tanto candoroso y sin medula, el filántropo miró otra vez a Rojo, fija y hondamente. Dos imágenes se enlazaban en su fantasía: la de la presunta parricida de la Erbeda y la del ser maldito a quien quería redimir. Vio a la mujer estrangulada por el hombre, con permiso de las leyes... «No será -calculó para sí-. Este individuo no volverá a quitar la vida a nadie. Moraguitas, o eres un bolonio, o de esta vez has concluido con el verdugo de Marineda».

El propósito le infundió singular animación y hasta alegría. Aquella sí que era hazaña bonita, verdadera redención. ¡Salvar una existencia y dignificar un alma!

-Oiga usted... -pronunció con irresistible fuerza-. Usted es un hombre a quien todos desprecian. ¿Está usted convencido de ello?

-Pero es una injusticia grandísima.

-No lo es. Sin embargo, quiero concederle a usted que lo fuese. Escúcheme con atención. Esa injusticia, ¿la paga o no la paga su hijo de usted? ¿Por qué le tenemos ahí en esa cama, destrozado a pedradas el cuerpo?

-¡Porque hay gente muy bárbara en el mundo!

-Veo -exclamó Moragas con energía- que no quiere usted avenirse a la razón. Veo que desea usted que su hijo continúe en la misma situación social. Pues, ¡buenas noches! Busque usted médico.

Rojo emitió un quejido informe, de súplica y protesta, tendiendo las manos como para detener a Moragas.

-Precisamente -añadió el Doctor, que a pesar de haberse despedido no se movía de la silla -estaba yo dispuesto a tomarme interés por el muchacho, y a servirle de algo para resolver el problema de su educación y de su porvenir.

No respondió Rojo con palabras, pero repitió el ademán de postrarse ante el Doctor. Este se desvió, poniéndose en pie y mostrando intenciones de retirarse.

-Hablemos claro -dijo parándose en mitad del camaranchón-. A ver si usted me entiende. ¡Puedo ser útil a su hijo y servirle... de mucho! ¿Qué educación le da usted? Apostemos que ninguna.

-¿Y qué culpa tengo yo, señor? ¡De todos lados le echan! En las escuelas privadas no le quieren. En las del Ayuntamiento, el fantasmón del Alcalde me dice que no tiene cabida, porque es hijo de padre acomodado. Si va al Instituto, le acabarán de matar a pedradas. Intento ponerle a que aprenda un oficio, y el dueño de la fábrica de dorados le admite un día, y al siguiente le planta en la calle, porque los aprendices se le declaran en huelga... ¿Es injusticia, o no? ¡Mi hijo es tan bueno como ellos! ¡A lo mejor ellos tendrán padres ladrones!

-¡Que los tengan! -objetó Moragas-. ¡Lo peor es ser hijo de usted! Y si no lo confiesa usted ahora mismo... no vuelve a verme el pelo en toda su vida.

Rojo exhaló un grito sofocado, un grito que no se oía casi, un grito que lloraba.

-Pues bueno... lo confieso, sí, señor... Confesado... El demonio lo hace... ¡Ser hijo mío es lo peor del mundo!

-Y un hijo de usted no tiene más camino que sucederle en el cargo...

-¡Eso no! ¡Primero le ahogo... con las manos... sin instrumentos!

Al pronunciar estas palabras fue Rojo, corriendo desatentadamente, a batir contra la pared de tablas del mísero rancho, ocultando el rostro en el rincón. Moragas se llegó a él, y casi a su oído murmuró, tuteándole por repentina inspiración de su retórica de apóstol:

-Yo puedo salvar a tu hijo y hacerle hombre como los demás...; yo puedo darle oficio honrado y hasta instrucción y carrera superior, si sirve para el caso...

Rojo se volvió, y, mirando al médico cara a cara, exclamó:

-¡Pues gana usted el cielo; porque obra de caridad como ella!...

-No..., no gano cielo ninguno... porque no lo haré de balde.

El padre se quedó callado, sin adivinar en qué moneda le iban a exigir el pago de la buena obra.

-¿Estás dispuesto a pagar? -insistió Moragas.

Rojo miró a la cama donde reposaba Telmo, y, sin vacilar, respondió con firmeza sobrehumana:

-Sí, señor. Pagaré.

El Doctor guardó silencio, como si quisiese dejar que grabase en el ambiente la promesa de Rojo. Pasados unos instantes, repitió:

-¿Pagarás?

-Está dicho... ¡y basta!, usted haga que mi hijo deje de ser aborrecido de todos y que no se vea en el caso de tomar mi oficio, y yo...

-Veremos -advirtió Moragas-. No me fío todavía. Temo -añadió, mezclando tratamientos- que si yo le digo a usted «haz esto o haz lo otro», usted me salga con que la ley... y con que la obligación...

-No señor. Juan Rojo hará lo que usted le mande. ¿Ha oído? Lo que usted le mande. Soy un hombre de bien; a nadie causé daño sino por orden superior; pero como usted tiene tantos enemigos... ¡si hace falta dar un susto!...

-¡Bárbaro! -respondió Moragas-. No hago caso de este rasgo de estupidez... Ya sabrás lo que exijo de ti... y si te queda un adarme de sentido moral, me obedecerás con pleno convencimiento de que llevo razón... Y si has de obedecerme, empieza ya. Dime al punto por qué no vives con tu mujer.

-Pero a usted ¡qué le importa eso! -gimió Rojo-. Yo no quiero saber de ella... Se marchó...

-¿Con otro?

-Bueno; ¿y si fuese con otro?... ¡Dios la perdone! Yo bien perdonada la tengo... ¡Que Dios mire por ella, porque yo lo único que sé es que es madre de mi hijo... y... abur!

-Ya no pregunto más... -dijo Moragas, sintiendo una emoción tan dramática que le pareció ridícula-. Perdonar siempre, es la ley verdadera, ¡y no esas que acatas tú! ¡Yo también haré que perdonen a tu hijo!... Adiós, que volveré... Hasta mañana... ¿Entiendes? ¡Hasta mañana!




- XIII -

Y no pudo volver Moragas a la mañana siguiente, porque Nené amaneció enferma. Empezó por fiebrecilla catarral, y siguió por una de esas calenturas que en pocos días agotan la naturaleza de una criatura pequeña, como viva corriente de aire que activa la combustión de delgado cirio. Se marchitaron las mejillas de Nené; leve capa vidriosa cubrió sus dulces pupilas negras; sus manitas enflaquecieron, descubriendo los tiernos huesecillos bajo la piel flácida. El Doctor lo olvidó todo; encerrose con la criatura; no revolvió libros, porque comprendía los orígenes del mal, pero se abrazó con él cuerpo a cuerpo, y a fuerza de reconstituyentes y de cuidados exquisitos, empezó Nené a manifestar una sombra de mejoría. Y la mejoría se fue graduando, y se iniciaron los antojitos de golosinas y de juguetes... Moragas entrevió la posibilidad de llevarse a su niña a la Erbeda, y allí restaurarla por completo en fuerzas, en alegría y en vitalidad. «Tenemos Nené», le decían sus estudios y le repetía la esperanza. Un día salió disparado a comprar un juguete nuevo, norte-americano, unas enormes mariposas mecánicas que volaban solas; y al soltarlas en la habitación de la convaleciente, y oír que se reía de los aletazos que pegaban contra la pared los pintorreados mariposones, acordose por vez primera, con vago remordimiento del hijo de Juan Rajo.

Como toda persona impresionable, Moragas solía caer de la cumbre del entusiasmo al fondo del desaliento. En el camaranchón del verdugo le había parecido empresa fácil la del rehabilitar el chico, sacándole de la atmósfera de ignominia donde vegetaba. Hallábase dispuesto entonces a vencer preocupaciones y antipatías, violentar las puertas de escuelas y talleres, salir fiador, y realizar en un solo día la salvación de Rojo y la de Telmo. Rojo no mataría más: Telmo sería obrero o estudiante... Y ahora, a un mes de distancia, el plan se le figuraba impracticable y absurdo. Advertía la ligadura de la voluntad, el hielo que cohíbe la acción y sólo veía las dificultades y hasta el lado comprometido y semigrotesco de su proyectada empresa. «¿No hay por ahí otros muchachos a quien proteger? He ido a fijarme en ese, precisamente en ese... ¡Moraguitas! ¿Dónde metes tú, en Marineda, al hijo del verdugo? Todo el mundo torcerá el gesto apenas le nombres...».

Pararon estas fluctuaciones en aplazar y ganar tiempo. Diose a sí propio la excusa de que nada se puede emprender durante el verano, y el verano iba aproximándose ya. «En estos meses todo se paraliza. Época de vacaciones... La gente se larga al campo... Yo también quisiera darme una vueltecilla... ¡Los colores que echará Nené en la Erbeda! Y para iniciar la campaña redentora... mejor a principios de invierno». Contribuyó a apagar las ardorosas resoluciones de Moragas el hallarse Telmo ya curado de sus descalabraduras. El niño, sano y bueno y correteando por la calle del Faro, parecíale menos digno de compasión. Hasta sintió Moragas, por egoísmo del cariño a su hija, cierta hostilidad contra Telmo, tan robusto y vigoroso, más despejado, más resuelto, más marcial que nunca, y crecido dos pulgadas lo menos. «La salud de este bigardo la quisiera yo para Nené...». Al punto, reaccionando su generoso carácter, Moragas quedó descontento de sí mismo, en un estado de ánimo especial, comparable al sufrimiento. Sentía como si llevase atravesada una barra de metal frío y duro, cuyo peso gravitaba sobre su alma y la deprimía. «Más tranquilidad es no ver el ideal ni de cien leguas, que verlo y no alcanzarlo», pensó el médico. Siempre que el recuerdo de Juan Rojo cruzaba por su memoria, sentía don Pelayo la impresión de humillante impotencia que causa al deudor el aspecto del acreedor -del acreedor mudo, que espera sin reclamar el préstamo-. El estado moral de don Pelayo lo conocen y padecen todos cuantos hombres, sin llegar a justos, perfectos ni santos, pueden llamarse buenos, sensibles y altruistas. El santo no sufre: cumple sin temor: su voluntad es de una pieza. El bueno... cumple o no cumple, pero siempre le sangra la herida de la piedad.

Lo que más obligaba a Moragas a no olvidarse de Rojo, eran las conversaciones relativas al crimen de la Erbeda. Ni en el campo ni en la ciudad se hablaba de otra cosa. Según lo vaticinado por Priego, el tal crimen había tenido gran resonancia, hasta en la prensa de Madrid, donde se le consagraron extensos telegramas y largos artículos, alguno tomado de los diarios de Marineda. Esperábase la vista pública como se espera un acontecimiento: se sabía que asistirían a ella Paco Rumores, un hijo de Marineda, admitido como noticiero en el diario de mayor circulación de España; que don Carmelo Nozales preparaba un informe brillantísimo, preludio de su traslado a la Audiencia de la corte, y que, no obstante su resistencia y repugnancia a exhibirse en Marineda como letrado, Lucio Febrero había tenido que encargarse de defender a la parricida.

Moragas resolvió asistir al juicio oral. Pero a última hora se lo impidió la hija de la marquesa de Veniales, casada hacía siete meses con un ingeniero, y tan enemiga de perder tiempo, que, al cumplirse ese plazo mínimo, aumentaba la especie humana con una criatura. Fue el lance apretado y peligroso, y Moragas no pudo apartarse del potro de tormento donde gemía la prematura madre. A la misma hora en que entraba en el mundo una niña sietemesina, los jurados y la Audiencia sentenciaban a salir de él a una mujer y un hombre; los reos de la Erbeda, sentenciados a garrote vil, «como era de esperar», que dijo Cáñamo.

Unánime estuvo la prensa aquella noche y la mañana siguiente, poniendo en las nubes el informe de Nozales, y revelando descontento y extrañeza ante la defensa de Febrero. Fiel a los moldes clásicos de la oratoria forense, Grocio y Pufendorf pronunció una especie de invocación a las furias del derecho penal, esmaltando su oración de vengadores apóstrofes. Para el objeto sirviole de mucho a Nozales el ligero baño literario que poseía, y la acusación de Batilo contra los dos asesinos de Castillo le hizo el caldo gordo, sin que por nadie fuese notada la coincidencia de ideas y frases, que pudiera parecer resultado de coincidencia de crimen. Lo mismo que Meléndez Valdés en 1821, Nozales habló del desenfreno, perversión y abandono brutal de las costumbres, de la funesta disolución de los lazos sociales, de la inmoralidad que por doquiera cunde y se propaga con la rapidez de la peste, del olvido de todos los deberes, y presentó como rasgo característico de la época al hacer escarnio del nudo conyugal; habló de la consternación de la patria ante tan horrendo atentado, perseguido con las mayores penas desde la antigüedad remota hasta la época presente; citó una ley del Fuero Juzgo y otra del título de los omecillos en las Partidas; y terminó con el parrafeo efectista de cajón en estos informes, encareciendo a los jueces la trascendencia del veredicto y la importancia de la misión que la sociedad les confía, la necesidad de reprimir inexorablemente el crimen y de inspirarse, no en una compasión reñida con la ley, sino en el recuerdo de la víctima «que ya no puede hablar y desde otras regiones contempla a la sociedad y a los jueces». La concurrencia, pendiente de los labios de Nozales, prestó también afanosa atención a Lucio Febrero; sólo que, hacia el segundo tercio de la perorata del joven letrado, principió a desorientarse, y al final, confesando que «todo aquello podría ser muy científico», convino en que era raro y sospechoso, y aun funesto a la sociedad, de cuyas manos arrancaba el consabido rayo vengador que Nozales, con artístico ademán, fingiera vibrando sobre las cabezas malditas de los reos. Además, ¿no era un sofisma evidente, una falta de lealtad jurídica, el empeño de demostrar que la parricida, al entregarse a un amante, y al concertar después con él la muerte de su esposo, no obedecía a sugestiones de la lascivia, sino a las de un terror profundo, de esos que extravían y ciegan, al terror de que el amante la acogotase, y luego al terror de que el marido, cumpliendo amenazas tan reiteradas y horribles como verosímiles, la ahogase una noche, entre el silencio de la alcoba conyugal? ¿A qué venía apoyar tesis tan rara con citas de obras de medicina, que demuestran la obcecación y trastorno moral que produce el miedo en el alma humana, y sobre todo en la femenil, donde la educación y la costumbre riegan y cultivan ese sentimiento? ¿Por qué Febrero no citaba obras de Derecho penal? ¿Por qué no admitía la versión natural y corriente de la bribona que, a fin de dar gusto al cuerpo, toma un galán, y para mejor disfrutar del galán suprime al marido? Nada, está visto que estos jurisconsultos de ahora se agarran a un clavo ardiendo con tal de declarar al reo irresponsable... Había que oír a Cáñamo en los pasillos de la Audiencia de Marineda. «Les digo a ustedes que, a este paso, la sociedad se hunde, se desploma... Como que se quita la piedra angular, fundamento de todo el edificio». Renació la tranquilidad al saberse el veredicto del jurado, prueba de que la sociedad no se desplomaba aún. ¡La apuntalaría muy en breve un doble cadalso!

A los dos o tres días de hacerse pública la sentencia, entró en el gabinete de Moragas Lucio Febrero, y el abogado tendió al médico una mano que ardía.

-¿Sabe usted -dijo arrojándose en el diván- que tengo calentura por las tardes?

Moragas le pulsó. Sí; había elevación de temperatura, pero casi insensible.

-Tal vez sea -dijo- una manifestación palúdica; pero se me figura que lo que tiene usted puede llamarse berrinche.

Lucio no contestó al pronto: dudaba entre callar o espontanearse. Al cabo, poniéndose de pie y con la expansión de quien destapa el alma:

-Me voy de Marineda -exclamó-. Me meteré en la montaña, a cazar, lo que falta del verano, y con eso tal vez me salvo de una hepatitis. ¡Felices ustedes los que no se reprimen, los que dan válvulas a la ira como al entusiasmo! ¿Dice usted que poca fiebre? Pues yo pensé tener cuarenta grados y varias décimas.

Moragas se rió, y murmuró, apoyando cariñosamente ambas manos en los hombros del abogado:

-¡Qué a pechos lo ha tomado usted! No lo creí. Es verdad que la causa metió ruido, y que Nozales puso toda la carne en el asador.

-Toda la carne... Sí, la carne manida; carne de un siglo. Pero el pensamiento del auditorio contaba justamente la misma fecha que los argumentos de Nozales. ¡Les habló el lenguaje que entendían!...

-Y usted en chino -advirtió Moragas-. Aquella teoría del crimen por miedo sería muy ingeniosa en los Assises de París... Lo que es por acá... usted se pasó de listo, señor don Lucio.

-¡De lo que me pasé fue de sincero! -exclamó apesadumbrado el joven defensor-. A veces la verdad no es verosímil; yo lo olvidé, quise hacerla brillar en todo su esplendor, y sólo conseguí espesar la sombra. Nozales sí que estuvo acertado. Hay para uso de los tribunales, una especie de aleluyas del hombre malo y bueno que se aplican indistintamente a cualquier criminal: es una máscara clásica, como esas figuras alegóricas de yeso que representan las Virtudes, o las Estaciones del año. ¡La humanidad es tan variada, tan diferente entre sí!... ¡Cada alma es un mundo! Pero Nozales, y los magistrados. ¡Cargue el diablo con ellos!

-Vamos, ¿ve usted como nadie es de bronce? -advirtió Moragas-. Se ha tomado usted interés por su defendida... ¿Qué tiene de particular?

-No, Moragas... No es eso -respondió Febrero esforzándose en hablar sin violencia ni cólera-. Ella... me es casi indiferente, y el querido, antipático. Me importan... como concepto. Veo que ella va a morir... no por criminal, sino por miedosa. Su crimen es horrible, nauseabundo; tiene circunstancias que espeluznan; conformes; pero si se atendiese a lo interno... ella no debía morir.

-¿Cree usted que deba morir en garrote mujer ninguna? -preguntó Moragas fogosamente.

-Ya sabe usted como pienso en ese asunto... No soy abolicionista... Pero las mujeres, puesto que la ley las considera menores para infinidad de casos, y el derecho político las excluye, debieran encontrar ante el derecho penal la protección y la indulgencia que se deben al menor. ¡Y váyales usted con esto a los señores del margen! Esa criminal de la Erbeda, por ejemplo, no hubiese cometido el crimen si no fuese educada bajo el régimen del terror viril. Me ha contado su historia. De niña, la pegaba su padre para obligarla a pisar tojo. De muchacha, en las romerías, la sacaban los mozos a bailar a empellones o zorregándola un varazo... ¡galantería rusticana! De casada, su marido no la solfeaba mucho (por eso dijo Nozales, parodiando a Meléndez Valdés, que era hombre de bondoso carácter); pero un día que vino más borracho que otros, la quiso meter en el horno y arrimar lumbre... Sobreviene el querido... y... la conquista un día, por violencia, con amenazas y golpes; establecen el concubinato... el marido los pilla casi infraganti, y hace la vista gorda... sin duda por temor al Cirineo..., pero así que este vuelve la espalda, agarra a su mujer de las muñecas, la lleva ante el horno..., la suelta después..., y por frases, por miradas, por intuición, ella comprende que el propósito es firme, que su marido tiene determinado matarla y sólo espera ocasión propicia. Así la va asesinando poco a poco, de susto. Al acostarse le dice siempre: «Cuando menos pienses te despiertas en la eternidad». Y la mujer suprime el sueño, quiere que no la sorprendan, poder resistir, gritar... ¿Comprende usted el estado psíquico que determina el no dormir en muchos meses? Naturalmente confía sus terrores al querido, que se alarma también por cuenta propia..., y claro, surge la idea del crimen... Ahí tiene usted la génesis... ¡Miedo!

-Pues nadie lo ha creído, sépalo usted -advirtió Moragas-. En el concepto general, el esposo murió porque estorbaba...

-Dejarlo -respondió Febrero suspirando-. ¿Qué más da? Yo me voy de caza, de pesca, de monte..., de cualquier cosa... Y no oiré, ni entenderé, ni me tropezaré con Cáñamo, ni con Nozales, ni con don Celso Palmares, que después de andar diciendo que se moriría sin firmar una sentencia de muerte, ha firmado ésta... Me libraré del espectáculo ridículo de la versatilidad de las muchedumbres; no veré a los mismos que hoy clamaban «vindicta pública», telegrafiar a los Diputados y Senadores para conseguir ese otro absurdo que llaman indulto...

-¿Sentiría usted que indultasen a su defendida?

-Sé que no la indultarán: corren vientos de severidad. Pero el indulto me subleva. O no condenar, o no perdonar a capricho. La clemencia ministerial (ni real es) corre parejas con la justicia histórica... Ea, adiós, señor don Pelayo; a menos que quiera usted acompañarme a la Cárcel... Voy a despedirme de esa infeliz, y a darle ánimos, haciéndola creer mil embustes. ¿Me ayuda usted a mentir? ¿Sí? ¡Cuánto me alegro!




- XIV -

El Doctor aún no acababa de resolverse. Estaba en uno de esos períodos en que el corazón pide más descanso que lucha. ¡De cuán endeble contextura es la hebra del destino humano! ¡Cuán insignificante puede ser el movimiento psíquico que tal vez decide de una existencia!

Moragas miró a los vidrios de su ventana y notó que hacía un sol radiante, un día de junio espléndido y no caluroso; y por esto y por la simpatía que le inspiraba Lucio, pensó: «pecho al agua»; se puso el sobretodo gris, y bajó las escaleras de muy buen talante.

Hállase enclavada la Cárcel de Marineda al extremo inferior del Barrio de Arriba; por un lado mira al mar, por otro -donde tiene su principal entrada- a una plazoleta irregular y en declive, entre cuyas baldosas crece la hierba. El aspecto de esta plazoleta es de los que enamoran al artista y desazonan al edil fomentador de reformas urbanas. A la derecha, el gótico caserón de un noble; a la izquierda, la alta pared de la Audiencia; en primer término callejuelas y calles, y allá en el fondo, azul bahía. Construida en el último tercio del siglo pasado, la Cárcel de Marineda guarda algunas fúnebres memorias de nuestros disturbios políticos: enséñase el calabozo de donde salieron varios liberales para la horca, y ciertos realistas a tripular un barco que en mitad de la bahía se desfondó, arrastrando al abismo su tripulación maniatada.

-¿Sabe usted -pronunció Moragas deteniéndose antes de franquear la puerta- que la Cárcel es angustiosa y triste ya antes de que se ponga en ella el pie? Esas rejas triples, comidas de orín, parecen telarañas urdidas por la coacción y el aburrimiento.

-Pues sepa usted que esta es una de las mejores de España. ¡Hay cada cárcel por ahí! En algunas viven los reos con los pies metidos en agua... o en cosa peor. Acuérdese usted de lo que charlamos hace tiempo en el Espolón: la idea de que el acusado es torturable no se ha extinguido, ni mucho menos. Esta Cárcel -añadió Lucio deteniéndose y agarrando familiarmente al Doctor por la solapa- es un portento de construcción, al decir de los inteligentes en arquitectura. Ahí le contarán a usted -caso que tenga la paciencia de escucharlo- que si el carcelero deja caer al suelo en su habitación el manojo de llaves del edificio, se oye el estrépito desde cualquier celda, y que a su vez el carcelero, desde su habitación, no pierde ripio de cuanto pasa en las celdas de los presos... A pesar de tales maravillas de acústica, por las rejas bajas entran botellas y más botellas de aguardiente, y el último día que estuve a ver a mi defendida, había un preso curándose de dos puñaladas, causadas en riña después de una juerga... ¡Qué mundo, este mundo penal!... ¡Y decir que ahí, y no en los infolios apolillados, está el Derecho futuro, el que crearemos! Entre usted, que ya verá tristezas... aunque ahí nadie se queja ni llora: todos son estoicos desde que pasan ese umbral.

Entraron, y se puso a sus órdenes un empleado solícito, acostumbrado a las visitas de Lucio Febrero, que andaba en la Cárcel como por su casa. Moragas, no familiarizado con el lugar, miraba con desolación las paredes revestidas de suciedad inveterada, de mugre que parecía exudación del delito; deletreaba los rótulos trazados sobre ellas con humo, y resistía a fuer de médico, el tufo indefinible, mezcla de vahos de rancho insípido y de gente desaseada, que flotaba por los pasillos y hasta en los patios. Aunque los dos amigos iban derechos al departamento de mujeres, situado en el piso alto, Febrero arrastró a Moragas hacia el patio principal, donde tomaban recreación los hombres. Los presos, que llevan por sistema fingir indiferencia hacia cuanto viene de fuera no cambiaron de postura ni interrumpieron sus ocupaciones. La mayor parte de ellos, fuerza es decir que en nada se ocupaba: entregados a la detestable holgazanería carcelaria, paseábanse en grupos por el estrecho recinto, charlando canturreando a media voz, y clavando de soslayo en Febrero miradas frías y hostiles. Moragas sentía aquellas ojeadas alevosas, que se le hincaban como navajillas en el rostro. Un preso, en particular, le inspiró tan súbita repugnancia, que de buen grado se iría a él para retarle y abofetearle. «¡Vaya un pájaro!», murmuró dando con el codo a Febrero. El pájaro merecía, en efecto, alguna atención, por más que su tipo no ofreciese una singularidad propia de Marineda, sino una variedad, común tal vez en todos los establecimientos penales del universo. Era el Adonis del presidio; el que en París se llama pâle voyou, en Madrid chulapo, y en Cantabria carece de nombre propio, por ser planta exótica: mozo imberbe, de quebrada color, con cierta perfección de formas que en vez de atraer repelía, como repele una lámina obscena. Vestía camiseta sucia, que descubría el arranque del cuello y el resalte de las tetillas; pantalón de paño crema, ceñido como el de los bailaores, y botas prietas, nuevecitas, de caña clara. La cabeza llevábala desnuda, y pegado el cabello a las sienes en reluciente gancho. Andaba con indecoroso meneo de caderas, y en provocativa actitud se aproximó al grupo de Moragas y Febrero, como diciendo: «Mírenme ustedes, aquí está un mozo cruo». El celador que acompañaba a los dos amigos empujó con disimulo a Febrero, y llegándose al oído de Moragas, susurró guiñando el ojo: «A ese lo mantiene y lo viste y lo habilita de todo una...».

Mas ya solicitaba la atención de Moragas otro asunto; acababa de divisar, en el ángulo fronterizo del patio, a dos criaturas, que representarían a lo sumo de nueve a once años.

-¡Vea usted! -exclamó, dirigiéndose a Febrero-. ¡No pensé que también hubiese micos!

Los chicos, acurrucados en el suelo, se levantaron a la voz del celador, que les dijo imperiosamente: «Aquí». Acercáronse los dos: el mayorcillo, altivo, serio; el menor, risueño, cínico, ostentando en la carita esa expresión picaresca, que acompañando a la inocencia tiene algo de celestial, y que marchita por el vicio encoge el corazón. «A ver, ¿por qué estarán aquí este par de peines?», exclamó el Doctor, alargándoles con disimulo, no sé qué plata menuda. Iba a explicarlo Febrero, pero el celador se adelantó. «El más pequeño es el que escaló una chimenea para abrir la puerta a los ladrones cuando entraron a coger los cálices y las alhajas en San Efrén. El otro..., que parece de once años, pero tiene ya sus doce y medio... es el que en el Campo de Belona dejó seco a un asistente de una puñalada en la ingle». Moragas clavó los ojos en el precoz homicida.

-¿Es verdad eso? -preguntó con más lástima que enojo-. No alzas del suelo tanto como mi bastón..., ¿y ya has matado a un hombre?

Al mismo tiempo le consideraba con sorpresa, notando que parecía el muchacho aquel mi niño filipino; su cara era terrosa, juanetuda, inexpresiva; sus ojos oblicuos, su boca pálida.

-¿Por qué hiciste eso? -repitió Moragas con insistencia.

-Porque el asistente pegaba a mi hermano -contestó el chico en ronca voz de pollo que muda para engallar.

Febrero desvió la atención de Moragas señalándole la puerta de una celda baja, a través de la cual asomaba el bulto de un hombre.

-Allí tiene usted al coautor del crimen de la Erbeda; el sentenciado a muerte...

El Doctor se volvió con viveza, pero Lucio le contuvo poniéndole la diestra sobre el brazo.

-Acerquémonos con disimulo... Ese individuo me aborrece desde que defendí a su cuñado, porque cree que yo traté de echarle encima toda la culpabilidad... Si le dirijo la palabra, baja la cabeza, y no me responde... Pero desde aquí le verá usted muy bien.

-¡Qué facha tan siniestra! -exclamó Moragas.

El asesino, recostado en la jamba de la puerta, miraba al patio, y a la luz del sol le hería de lleno. Efectivamente, su cara y su aspecto eran característicos. Moragas reparó en su cabeza deprimida, con pelambrera sombría, semejante a las pelucas de los villanos de comedia; en su mirar zaino, su siniestra palidez, su cara mal proporcionada, más desarrollada del lado derecho, sus manos grandes y nudosas, su prominente y bestial mandíbula. Bajo la blusa y el pantalón de lienzo se adivinaba un cuerpo vigoroso, y el zapato de lona dibujaba el pie, aplanado y recio de la plebe aldeana. La posición que había adoptado arrimándose a la puerta era algo penosa, por hallarse sujeto con grillos, que le impedían cruzar las piernas.

-Éste sí que no engaña -murmuró Moragas-. ¡Qué pedazo de bruto! ¡Vaya un protagonista para un crimen pasional!

-Pues ahí verá usted -contestó Febrero-. Si la gente fuese observadora, sólo con mirarle a la jeta se reiría de los patéticos apóstrofes de Nozales y de todo aquello del culpable ardor y del fuego criminal. ¿Ese hombre inspirar pasión? ¡Caballeros! Es un másculo de las edades prehistóricas; es el oso de las cavernas... Subamos, y observe usted el contraste entre el Romeo y la Julieta, que desde arriba puede contemplarle, si se le antoja... ¡Pero no le contemplará! ¡Si algún alivio puede tener la desgraciada, es encontrarse libre de semejante fiera! Y le advierto a usted que cuando le preguntan a él, jura en tono plañidero que ella le incitó, que ella le perdió...

Subían, mientras Febrero hablaba así, por las escaleras húmedas y pinas, y dejando atrás las cocinas apagadas y solitarias, de ennegrecido y sórdido fogón, llegaban al departamento de las presas. Oíase en el pasillo el aullido fúnebre y prolongado de una loca furiosa, encerrada en celda aparte, en tanto que se expedientaba calmosamente su envío al manicomio. Cuando penetraron en las cámaras destinadas a las mujeres, pudo el Doctor creerse metido en un infierno con vistas al paraíso.

Eran pardas y bisuntas las paredes; negra y rebajada la techumbre; carcomido el piso; reducidísimo el espacio para el rebaño de presas que se apiñaba en pie, buscando apoyo en las ruines tarimas -donde sólo convidaba al sueño flaco jergón mal surtido de poma o paja de maíz seca-; mefítica la atmósfera, y triplicados los polvorientos barrotes que la retasaban. Mas al través de los hierros, tan próxima que casi metía por ellos jirones de raso turquí, estaba la bahía amplia, majestuosa, rielando bajo el sol, poblada de gentiles minucias, de chalanas, de pesados lanchones, y señoreada por un magnífico trasatlántico, el Puno, que con las calderas trepidando aún, mal borrado el penacho gris de su alta y fina chimenea, acababa de fondear, y sobre cuya cubierta hormigueaban los pasajeros, aguardando la falúa de la Sanidad para arrojarse a los columpiadores esquifes... Indiferente, buena sin propósito de serlo -como la naturaleza misma- la bahía enviaba a las reclusas el perpetuo socorro de un aire salobre y vivificante, que en aromáticas bocanadas se introducía burlando las rejas...

El celador advirtió a Moragas que de aquellas hembras -exceptuando la parricida- ninguna estaba allí más que por leves faltas, hurtos, agarros de moño, cosa insignificante, que a muchas las permitía alardear aún de mujeres de bien. Sin embargo, con la misteriosa fraternidad que en la prisión se establece, todas trataban cordialmente a la sentenciada a morir.

Sentada en un rincón, vestida de riguroso luto, la divisó Moragas, avisado por un codazo de Febrero. «La individua», pronunció más con los ojos que con la boca el abogado, y el médico se fue derecho hacia ella. La reo se levantaba ya por respeto a su defensor, y daba felices días; y al oír por vez primera su voz delgada y tímida, Moragas experimentó la misma impresión aguda e intensa de piedad que había notado al verla cruzar la carretera entre guardias civiles. Acaso fue mayor, más punzante, porque veía a la criminal enflaquecida, encorvada, lo mismo que si sus espaldas soportasen, no en sentido figurado, sino en realidad, el terrible peso de la ley. Por su reducida estatura y magrura extrema, parecía un muchacho disfrazado en ropas femeniles: bajo su mantón negro, cruzado a pesar del calor, no se distinguía forma de mujer, y el pañolito de zaraza con lunares, avanzando sobre la frente, envolvía en marco de sombra el rostro color de cera, afilado, sumido. Moragas contemplaba aquellas facciones menudas, aquellos ojos enrojecidos por el insomnio, y aquella boca contraída que no presentaba ningún signo característico de sensualidad.

-¿Qué tal? ¿Cómo vamos? -preguntó el defensor llegándose a la reo, en tono que quería ser campechano y jovial.

-Así... así... -contestó la mujer penosamente.

-Ahora te han mudado de habitación, ¿eh? Aquí estás mejor -observó Febrero. (La habitación no era mejor ni peor que la otra.)

-Psch... Sí, señor... Bien estoy en todas partes -murmuró la presa con apagado acento, recalcando un poco la palabra bien.

-¿Y... de ánimos? Mira, ya sabes que no te permito abatirte -añadió Febrero en tono de médico que ordena al paciente vomitivos u otra medicina repugnante.

-De ánimos... muy mal, señor... -respondió la sentenciada, fijando sus ojos, grandes, oscuros y de mirada dura, en el abogado-. Sueño cosas... Ayer... soñé que estaba ya en el cadalso mismo.

-¡Valiente simple! -exclamó Febrero, riendo forzadamente-. Como me vuelvas a soñar bobadas semejantes... Ya te he dicho cien veces que el Supremo casará la sentencia, y aunque no la case es igual, porque gestionaremos el indulto. Y de todos modos... ¡tonta! ¡Si aún tenemos por delante el verano entero! En tiempo de vacaciones no funcionan los tribunales... Bien sabes que hasta el otoño lo menos no puede pasar nada...

La presa no contestó. Bajó los ojos, y un leve estremecimiento agitó su cuerpecillo.

-Mira -añadió el defensor-; para que veas que no te olvido un momento, aquí te traigo a una persona muy respetable y muy influyente, el Doctor Moragas... Puede hacer muchísimo por ti... si... si llegase el caso... Verás como... entre todos...

Moragas se aproximó más a la reo, envolviéndola en aquella ojeada penetrante y alentadora que sabía tener a la cabecera del enfermo desahuciado. La mujer a su vez levantó la vista, y el médico alargó la mano y cogió la de la culpable, apoyando la yema del pulgar en la muñeca para apreciar la pulsación. La piel estaba fría y ligeramente sudorosa; el pulso retraído, casi insensible.

-Ánimo -profirió a su vez Moragas, pero en tono completamente distinto del de Febrero, con fe, ardor y persuasión comunicativa-. Ánimo. Dé usted gracias a Dios, que hoy es un buen día para usted. ¿A usted qué le parece? ¿Tengo yo cara de mentir o de engañar? Pues yo afirmo que no irá usted al palo.

Por la muñeca que Moragas oprimía se precipitó un arroyuelo vivo y rápido de caliente sangre; activose el pulso, y la piel adquirió suave temperatura. La mujer fijó en Moragas la humedecida y brillante mirada de sus ojos, exclamando:

-Usted tiene cara de decir verdad.

-Pues valor y esperanza, y no soñar más con el cadalso...

-¿No me matarán?

-¡No, y no, y no!

No se daba don Pelayo cuenta exacta de lo que decía: no hablaba su razón, sino su voluntad, algo que le traía a la boca frases imprudentes de esperanza y consuelo. ¿Cómo podía él impedir que aquella mujer pereciese en el patíbulo? ¿Cómo?... «Pues no se me antoja que muera. Moraguitas, esta partida hay que ganarla... ¡Vergüenza para ti si no la ganases!...».

Cuando médico y abogado, abandonando el recinto de la prisión, salieron a beber con ansia el aire del mar, Febrero se detuvo y dijo al Doctor en tono reflexivo:

-Estoy persuadido de que a la gente del pueblo se le trastea como se quiere, y que podemos hacerles mucho bien, no alumbrando su razón, sino utilizando su credulidad. Deja usted a mi defendida cual yo no la he dejado nunca... Lo mismo que un guante. Esa mujer tiene una particularidad propia de criminales: ya sabe usted la escasez de reacción vascular... y la insensibilidad. No la he visto ponerse colorada ni una vez sola, ni nunca he sorprendido que derramase una lágrima. Pues hoy, al hablarla usted, se ha encendido y se le han humedecido los ojos. Ha hecho usted bien... Le ha perdonado usted lo peor del castigo, que es su idea y su temor ¡Morir! Hemos de morir todos..., y quién sabe si antes que ella. En lo único que le llevamos ventaja, es en ignorar la hora. ¡Cuántos tísicos asistirá usted que a la primer hoja que caiga!... Lo cruel no es matar, sino martirizar lentamente con el miedo: la ley aquí, inspirada en el criterio de Cáñamo, premedita el asesinato y lo realiza con ensañamiento progresivo; cada día que pasa añade una tortura: el insomnio, los sueños espantosos, el despertar temblando, las últimas horas, en que ya se cuenta por segundos... Esa mujer mató, es cierto; pero el muerto pasó, casi sin sufrir, del sueño a la eternidad; y la ley, en represalias, la tiene medio año con el garrote delante de los ojos... Crea usted que esa mujer ya expió su crimen sólo con lo que lleva pensado estos días. En fin, usted le ha proporcionado algún alivio... Hay mentiras benéficas.

Moragas no contestó al pronto. De una fosforera de plata sacó un fósforo para encender el cigarrillo. Afianzó los lentes, acarició sus solapas, y de improviso, dando a Febrero un empellón muy expresivo, dijo lentamente:

-Y usted, ¿qué diría si no fuesen mentiras?... Vamos, ¿qué diría usted?

Febrero sonrió con incredulidad afectuosa, y agarrándose del brazo del Doctor, respondió:

-No crea usted que no sé yo los vientos que corren en altas esferas... Aunque interesen ustedes a medio Congreso y a medio Senado, y a Lagartijo y al Nuncio..., tiempo perdido. Estos van al palo..., y yo me largo por no verlo, no oírlo, ni leer un periódico, ni abrir una carta en cuatro meses.

-Yo no soy diputado, ni senador, ni torero, ni plenipotenciario... -afirmó Moragas, deteniéndose y despidiendo hacia el mar una bocanadita de humo-; pero... Basta; chito; cada uno se entiende.

-¿Qué -preguntó Febrero humorísticamente-, va usted a escalar la Cárcel o a practicar una mina? Déjese usted de eso, Doctor. La vida de un ser más o menos, créame usted, nada importa. Lo único serio, y lo único que e se debe defender a capa y espada, son las ideas. Cuando sucumbe una idea, es cuando procede tocar a muerto, llorar, vestir luto... Lo demás... ¡Psch!




- XV -

Era de las últimas del verano aquella tarde, y mejor podríamos decir de las primeras del otoño, si bien ha de advertirse que en Cantabria la otoñada vence en paz, en hermosura, en esplendor, al estío. El campo, segado ya presentaba la nota melancólica del rastrojo sobre la tierra algo resquebrajada por la sequía; pero en cambio el follaje de ciertas plantas ociosas, que pueden permitirse el lujo de no morir hasta el invierno, brotaba más lozano y tupido que nunca, y las tapias de las quintas que caen al camino real se ufanaban con una soberbia diadema de rosas, viña virgen, clemátide y bignonia.

También el minúsculo jardín del doctor Moragas lucía sus mejores preseas. Había un magnolio que, de puro joven, no echara flor en todo el año; pero las últimas ráfagas de calor estimularan sin duda sus vírgenes yemas, y un ánfora blanca como la nieve, cerrada aún, pero que ya comenzaba a delatarse indiscreta por su fragancia sutil, alboreaba entre las charoladas hojas. Nené, que avizoraba la flor nueva desde días atrás, se deslizó despacito, con paso vacilante, hacia el cenador donde su padre leía un periódico -tan embelesado, por más señas, que ni sintió acercarse a la criatura, ni atendió a los reiterados llamamientos de su vocecita fina como el oro-. Los renglones que absorbían a Moragas eran de un suelto concebido en estos términos, plus minusve: «El Tribunal Supremo ha desechado el recurso de casación interpuesto contra la sentencia condenatoria de los reos del famoso crimen de la Erbeda, del cual tienen extensa noticia nuestros lectores. Se cree que la prensa y sociedades de Marineda gestionarán vivamente el indulto, para evitar un día de luto y duelo a la culta capital de Cantabria».

-¡Papáaa! -chilló la voz de la niña algo encaprichada y rabiosa ya-. ¡Papáaa! ¿Tá sodo?

-No, preciosa... No estoy sordo -respondió el padre, riéndose mal de su grado-. A ver, ¿qué ocurre? ¿No me dejarás leer?

-For del buebo abió... Ámela. Queo for. ¡For, for!

-¡Amén! Las vas a coger tú misma de la rama...

El Doctor aupó a la chiquilla, y esta agarró la preciosa magnolia semicerrada aún, destrozándola, porque no podían cortarla sus deditos... Por fin, entre hija y padre separaron del árbol la codiciada prenda, y Nené, apenas hubo conseguido apoderarse de ella, salió corriendo cuanto se lo permitían los vestigios de aquella debilidad orgánica mal curada aún, en dirección de la casita. Nené tenía sus planes respecto al aprovechamiento de la primera magnolia del jardín.

Apenas el Doctor se vio libre del tirano, recobró su periódico con diestra febril, y releyó el suelto, cual si no lo hubiese entendido, a pesar de ser tan trivial y claro. Apretose la barba y arrugó el ceño como quien medita sobre muy arduos problemas; luego se levantó y fue lleno de agitación a pasear por la única y angosta calle de árboles del huertecillo. El sol jugaba sobre la hierba de los recuadros, dorándola y prestando a todo un tinte pacífico y alegre. Moragas hablaba solo, lanzando frecuentes exclamaciones, gesticulando, porque para él la reflexión era acción, movimiento y marejada interna imposible de reprimir. «Ahí tienes, Moraguitas, el conflicto que se te viene encima... Anda, hijo, ahora es cuando tienes que apretar las clavijas tú... ¡Valiente derrota la que se te prepara! Ni Waterloo... Has ofrecido interponerte entre aquella mujer y el garrote... Pero fue como si ofrecieses la luna, ¡infeliz!... La agarrotarán... y tendrás paciencia. No son ahora los tiempos poéticos del Caballero de Maison Rouge, que por medios inverosímiles y romancescos sacaba a las cautivas de las mazmorras...». Mientras pensaba así, en los repliegues secretos de la intención y de la voluntad alentaba otra cosa, una singular esperanza, que tenía el ímpetu y la energía del presentimiento, o mejor dicho, del cálculo de probabilidades fundado en datos íntimos, cuyo valor sólo él podía estimar. Sin saber lo que hacía, se recostó en el cenador de viña virgen, y fue arrancando hojas de púrpura, secas, que crujían entre sus dedos...

Por ser tan chico el huerto de Moragas, oíase desde el jardín el ruido del tránsito por la carretera, y Moragas, en medio de su distracción, entreoía a ratos el susurro de cierto diálogo infantil. ¿Con quién hablaba Nené? ¿Con algún pordioserillo de los que se agazapan en la cuneta a esperar el paso de los carruajes? No, porque si así fuese, ya habría venido a reclamar de su padre una mota para socorrer la necesidad... Y la cháchara seguía, se animaba, salpicada de risas y exclamaciones gozosas... ¿Con quién?... Moragas acabó por salir de su absorción, movido por resortes de curiosidad. Subió la escalera del jardín, cruzó el comedor, y salió a la puerta de la salita... Se quedó medio petrificado, como si hubiese visto la famosa jeta clásica de la Gorgona..., aunque a la verdad no veía sino la cabeza ensortijada, graciosa, resuelta, de Telmo Rojo, tan próxima a la cabecita blonda de Nené, que casi se tocaban.

Los dos niños estaban jugando a un juego que consistía en construir con las piedras o guijos que en montón habían acumulado los camineros para recebar el firme, nada menos que una fortificación en toda regla. Nené no tenía idea de qué es fortificación, y había principiado por confundirla con otro edificio público, exclamado: «¡Casa papá selo!» (es decir, en su idioma, iglesia); pero Telmo, constante en sus malhadadas aficiones bélicas, se tomara el trabajo de explicar detenidamente a la chiquilla las diferencias capitales que existen entre una iglesia y una fortificación, y el uso especial a que esta se destina. «Mira, aquí no hay curas, ni santos, ni Virgen de los Dolores... Esta casa está llena de soldados... que van con fusiles, ¿no sabes?; pon, pon, pon...; y luego tocan la corneta...: tararí, tararí. Y luego el oficial que los manda...: media vuelta a la derecha... ¡arrr! Después vienen los cañones..., que se colocan aquí..., y son pa espatarrar al enemigo...; ¡booum!, ¡booum! A cada disparo, mueren un ciento..., o mil..., o muchísimos más. ¡Si vieses qué bonito! Y viene el Capitán General, galopando..., patatrás..., y el Estado Mayor..., patratrís, patatrís...; y el fuerte está en medio del mar..., ¿no sabes?, como San Roque... y el barco que entra en bahía lo saluda...».

Nené, a cada palabra de Telmo, soltaba la carcajada y batía palmas, loca de júbilo. Es indudable que no comprendía toda la profundidad de la enseñanza de su novísimo amigo, pero sí la sonoridad, el brío y gala de aquello del ¡patatrís! y el ¡booum! Con los aterciopelados ojos fijos en el rostro del muchacho; con la cándida boca entreabierta; con las manos trémulas de gozo y los pies danzando, Nené seguía el curso de arquitectura militar, y tomaba a puñados, como podía, el guijo, queriendo contribuir a la pronta terminación del fuerte.

Recobrado ya el Doctor de su impresión primera, dio dos pasos, resuelto a agarrar de un brazo al chico y estrellarle contra el montón de piedras... ¡Porque atrevimiento y descaro necesitaba el hijo de Juan Rojo para fraternizar con la niña de Moragas, angelito cándido, conservado entre algodones, capullo que un día había de ser la rosa blanca del jardín social, el misterioso sagrario que se llama una señorita casadera! ¡Nené jugando con el hijo de Rojo, con aquella hez de la sociedad, marcada en la frente, lo mismo que por candente hierro, con afrentosas cicatrices de pedradas! ¡Nené y Telmo juntos!... ¡La niña, alegre como hacía tiempo que no estaba; animada, encendidas las mejillas; los bracitos abiertos para abrazar, el rostro tendido al beso único niño que no puede ser besado!

Sentía Moragas nuevamente la cólera de los primeros momentos, la que le moviera a arrojar por la ventana los dos duros, la que le aconsejara retirarse de la barraca de Rojo sin curar las heridas de Telmo, y la que entonces le impulsaba a deshacer al muchacho, despertando en su alma instintos de destrucción tan salvajes, que acaso su misma fuerza los consumió instantáneamente, como a la astilla la llama impetuosa que brota de su seno... Durante cinco segundos, el Doctor fue capaz, en la intención, de un crimen... y aquel vértigo, en su misma horrible fiebre de ira y de sangre, traía aparejada la reacción, correspondiente a la acción por lo enérgica y súbita... «¿Eres tú el que quieres redimir, hacer milagros, salvar a un ser humano del patíbulo y a otro del envilecimiento? ¿No te has comprometido a que este niño tenga carrera y porvenir, y sea acogido por la sociedad sin que le echen en cara su origen? ¡Pues buen principio vas a dar a tu obra de misericordia si se te ocurre deshacerle a puntapiés, aplastarle contra los guijarros como a un bicho venenoso! Pretendes rehabilitar al muchacho... Empieza por no cerrarle tu casa y no negarle el beso de paz de tu hija».

Mientras pensaba, o más bien, sentía así, imponiéndosele el sentimiento vestido de repentina luz y hermosura, acercábase Moragas a la puerta y Telmo le veía. Los guijos se le cayeron de las manos; la diestra buscó en la cabeza la boina, y la arrancó con respetuoso apresuramiento; el muchacho se cuadró..., y el médico, serio, resuelto, como si penetrase en una sala de hospital rellena de apestados, tendió la mano, la colocó sobre la rizada vedija del chico, y murmuró:

-Me alegro de verte, Telmo... Entra, entra, que te daremos de merendar.

Pagó al contado la buena acción del Doctor, el ver pintada en el semblante de su protegido una impresión vivísima de felicidad y gratitud, que lo transformaba. Pudo entonces advertir Moragas el carácter fisionómico de Telmo, aquella especie de vanidoso candor, de engreimiento cómico dentro de su edad, pero casi trágico en fuerza del contraste que ofrecía con la habitual situación del chico rechazado y humillado. Los que aceptan la humillación sin protesta, adquieren, o una expresión de resignación sublime -son los menos- o de bajeza siniestra y vengativa -y es lo más común esto último-. Telmo distaba de ambos extremos; mostrábase víctima de una injusticia, y ni la comprendía ni la quería sufrir. Él conocía intuitivamente el valor de su alma; reconocíase capaz de grandes proezas... y le admiraba cada día más que, en vez de tratarle como a un perro, no le hubiesen puesto ya al frente de la guarnición de Marineda, o no le reservasen el mando de uno de aquellos buques tan hermosos de la escuadra, la Villa de Madrid o el acorazado que se construía en el astillero...

Dejando a Nené y a los guijarros, subió las dos escaleritas, penetró en la sala, y acercándose al médico, dijo con desembarazo, aunque no sin sobresalto interior:

-Me mandó mi padre que viniese aquí. Dice que usted ofreció que yo entraría en una Escuela, y que luego me buscaría colocación, y que me darán trabajo donde quiera, y que aprenderé un buen oficio. Pero yo...

-¿No quieres trabajar? -preguntó Moragas, que ya sonreía, tendido en una mecedora y examinando mejor al chico.

-Sí, señor; pero...

-¿Pero qué? Vamos a ver, di...

-De ser algo -exclamó Telmo resueltamente-, quiero ser militar.

-Ya caerás soldado.

-No, militar toda la vida... Oficial, vamos.

-¡Pues es una friolera! ¿Y para qué quieres tú ser oficial, arrapiezo? -preguntó el Doctor entre bondadoso y grave.

-Para tener soldados, y ganar muchas batallas, y llevar espada y... ensartar por los hígados a quien me insulte.

Moragas calló, reflexionando, y en vez de sublevarse contra semejantes propósitos, los encontró simpáticos y bien puestos. En aquel ser que aspiraba con todas las energías de su alma a la rehabilitación, caía a maravilla la aspiración militar, y podía considerarse vocación verdadera. Aún no sabía Moragas si era posible, y ya le pareció ver al muchacho con sus estrellas, sus galones, su teresiana y su espada al cinto.

-Irás a la Escuela y al Instituto -afirmó con calor-. ¡Y luego... Dios dirá! Atiende bien... Vas a llevarle este recado a tu padre... Te tomo en mi casa, conmigo.

-¿Con usted... aquí?

La impresión fue tan profunda, tan trastornadora, que bajo el bronceado de la piel curtida por el aire, se vio esparcirse un tinte de palidez. Telmo no sabía lo que le pasaba. Era un júbilo egoísta, invencible, soberano, que tenía visos de dolor. En el alma del niño, la proposición de Moragas tomaba forma, no sólo de libertad, de redención de la afrenta, sino de mágica traslación, desde el rancho sucio y lúgubre, al oasis de un jardín poblado de flores de magnolia, semejantes a la que Nené traía en la mano, donde jugarían siempre, siempre, a levantar fortificaciones... ¡Qué dicha inesperada, embriagadora! Perder de vista el barrio del Faro, apartarse del cementerio, dejar la casucha, y... esto no lo definía Telmo... que a definirlo, lo hubiese rechazado su buen corazón...; pero allá dentro era verdad...; ¡no vivir más con su padre, no respirar el hálito maldecido que asfixiaba!...

-¿No te quieres tú venir aquí? -preguntó Moragas, advirtiendo también una satisfacción interior originada por motivos muy diferentes de los que causaban la de Telmo.

-Yo... querer... -tartamudeó el chico-. Yo... ¿Me quedo ya esta noche?...

-¿Esta noche?... ¡Vamos, que no tienes tú prisa! -contestó el Doctor, risueño-. Esta noche no podrá ser, mico; porque necesitamos permiso de tu padre. Todo se andará. Mira, estoy pensando que es mejor que no le adelantes nada... No te asustes: se lo diré yo mismo... Llévale el recado siguiente: que no pase cuidado por ti... y que un día de estos, como tendré que visitar en aquel barrio, allá iré... y que me espere... Oye tú, Nené. Tira esas piedras y esa tierra, grandísima calamidad, que me pones perdido... Así, limpita la Nené... ¿Quieres tú que este niño meriende con nosotros ahora?

Sonrió la criatura de un modo angelical; alargó la enlodada mano como para agarrar a Telmo, y con la cabeza más aún que con la vocecilla de oro, dijo tres veces:

-Quero, quero, quero.

Y luego, en tono reflexivo, como de quien da solución a un grave problema, añadió esto que repetiremos, con su traducción al pie:

-No le amos uce... (No le damos dulce... porque ese es para mí todo, y más que hubiera.) No le amos roco (tampoco se me antoja que él venga a comerse mi rosco). Le amos buebo fito (le damos un huevo frito). Ete. (Este; la consabida flor de magnolio, en el estado que supondrá el lector.)




- XVI -

Se ha confirmado en todas su partes la noticia del diario madrileño. Desechado el recurso de casación, los reos de la Erbeda van a ser puestos en capilla.

Hoy, lo mismo que hace cinco meses, hierve Marineda, y en casas, en casinos, en cafés, en las fuentes y tabernas -que son los casinos y cafés de la plebe- no se habla sino de una mujer y un hombre... Mas, ¡cómo ha variado el acento con que los nombres de la pareja se pronuncian! ¡Cuán diversas las palabras que los califican! ¡Qué vuelta tan rápida ha dado la veleta de la voluntad! ¡Qué inconciliables los impulsos de antes y los de ahora!

La fermentación más activa es en las redacciones de los diarios. Van y vienen telegramas, abusando de la consabida fórmula de «evitar un día de luto a una población cultísima». El primer telegrama lo ha lanzado la prensa liberal, tomando por abogado intercesor al famoso Santo cántabro, al gran jurista y antes omnipotente político, paño de lágrimas de toda la gente de su provincia que anda por el mundo a caza de gangas y colocaciones. Y el Santo ha respondido ya, en tono cordial y afectuoso, lamentando no pesar hoy lo que bajo el mando de Sagasta, e indicando que, de todas suertes, dispuesto se encuentra a hacer lo posible y lo imposible para contentar a sus conterráneos. Y los marinedinos, al saber la respuesta, refunfuñan quejosos, murmurando que si se tratase de Compostela... ya lo arreglaría todo muy bien el Santiño querido. Por su parte, la prensa conservadora y afín acude a don Ángel Reyes, prohombre del partido, y contrincante del Santo. «A ver si, por competencia...». Pero el telegrama de Reyes, franco y decisivo como su carácter, viene a verter un jarro de agua fría sobre las esperanzas de la prensa. «Gestionaré, pero desconfío enteramente éxito». Tal es la respuesta lacónica del hombre para quien ya se está mullendo la poltrona del Ministerio de Gracia y Justicia...

No por eso se desalientan los indultistas; sólo que su imaginación, abandonando los caminos de la probabilidad racional, busca sendas nuevas, novelescas y raras. Se interesa al Cardenal Arzobispo de Compostela, a fin de que este dirija un telegrama al Vicario de Cristo, y Su Santidad, en muy patéticas frases, transmita a la Regente la súplica. Funciona el alambre, enviando elocuente excitación al marqués de Torres-Cores, poeta célebre, nacido en Marineda y residente en la corte de España, a fin de que haga milagros con la lira y con la voz, suplicando por todas partes misericordia para los infelices reos. Y, sin duda, para animar con el ejemplo a Torres-Cores, el vate local y oportunista Ciriaco de la Luna se siente inspirado, y da a luz nada menos que tres extensas composiciones en tres periódicos distintos, una «Oda a la Clemencia», una «Descripción de los últimos instantes de un reo de muerte», con lema de Víctor Hugo, y una «Deprecación a la reina y a la madre», con lema de Antonio Arnao. Roto el hielo, menudean páginas lacrimosas en los diarios marinedinos; pero flota ya en la atmósfera la convicción de que para los de la Erbeda no se ablandará ningún corazón magnánimo; de que subirán al palo a su hora, y esa hora está más próxima de lo que las autoridades confiesan: es ya inminente. «Se ha indultado demasiado en estos dos años -dice en confianza Nozales el fiscal-. Conviene en indultos, como en todo, cierto tira y afloja, y ahora corresponde el tira».

Salía el Doctor Moragas, en las primeras horas de la tarde, de visitar a un enfermo de ictericia, el magistrado don Celso Palmares -aquel que se había propuesto terminar su carrera sin firmar una sentencia de muerte, y sin embargo firmara la de la Erbeda-. Moragas saltó a su berlina, que le estaba esperando, y dio orden al cochero de dirigirse a la oficina telegráfica. Apeose a la puerta y despidió su coche allí, subiendo aprisa las escaleras y metiéndose por los pasillos tenebrosos, sucios y alfombrados de colillas. Moragas llevaba encargo de Palmares de llamar por telégrafo al hermano del magistrado, residente en Córdoba, pues Palmares se sentía enfermo de verdad, y ansiaba tener a su cabecera alguna persona querida. Y a Moragas le corría prisa desempeñar la comisión, para atender luego a quehaceres muy urgentes, de suma importancia, en el barrio de Belona...

Interceptaba la taquilla la espalda de un hombre, que accionaba entregando al telegrafista la minuta de un parte «urgente, muy urgente». Leyó el telegrafista en alta voz, y Moragas pudo oír: «Subsecretario Gracia Justicia... En nombre caridad ruégole interese Ministro Reina indulto reos Erbeda evitar día nefasto capital dignísima». Dudaba el empleado, al deletrear la firma. «¿Es Arturo Cándamo?». «No, Cáñamo, Cáñamo», repitió el que expedía, con visos de desagrado e impaciencia al ver que no estaban familiarizados allí con su apellido; y como se volviese, pudo cerciorarse Moragas de que el caritativo suplicante del indulto era ni más ni menos que Siete patíbulos...

-¿Usted pedirá lo mismo? -exclamó este confianzudamente, saludando al Doctor-. Ese telegrama que trae usted en la mano será para algún pájaro de cuenta de Madrid.

-Nada de eso... -declaró Moragas-. Yo no pido indultos, ni cabezas tampoco. Y usted, ¿qué milagro?, ¡usted el defensor de la última pena...!

-Y eso, ¿qué tiene que ver? -respondió Cáñamo con asombro-. Yo exijo justicia, y al mismo tiempo reconozco los fueros de la piedad. ¿No he de admirar al Monarca, ejerciendo la prerrogativa más hermosa y más sublime? Pero ustedes los positivistas y materialistas son duros de corazón, carecen de entrañas, y quieren despojar al jefe del Estado de la preciosa facultad de inclinar, con una palabra de conmiseración, la balanza de la ley... ¡Ah! ¿Ni aun siendo el jefe del Estado una mujer se conmoverán ustedes al verla suspender con un gesto la caída de la terrible cuchilla? Ahí tiene usted los frutos de la ciencia sin alma... ¿Qué dos pesetas? -añadió, mudando de tono y dirigiéndose al telegrafista-. A ver..., ¿son más de quince palabras? Sí, sí; ya; corriente... Voy por los sellos...

Transmitió Moragas el parte entretanto, y una sonrisa retozó en sus labios, mientras evocaba su memoria, clara y distinta, la imagen de Lucio Febrero, el cual a tales horas subiría cerros y cruzaría arroyos en pos de algún bando de perdices, allá por las breñas del fragoso distrito de Mourante, y olvidaría, paladeando el divino beleño que nos dan a beber la naturaleza y la soledad, que hay en el mundo reos, verdugos, prensa que pida indultos y Ministros que los aconsejen o desaconsejen...

«Donde la ciencia acaba, empieza el sentimiento, y en los dominios del sentimiento, es real lo absurdo», pensaba el Doctor cuando envuelto en su capa ascendía a pie la agria cuesta irregular que, en espera de una majestuosa rampa futura, es por hoy único acceso al barrio de Belona. Y una esperanza loca y sin límites, un orgullo delicioso en que flotaba su espíritu como al caer en el éter azul, le incitaron a volverse y mirar, desde la altura, a Marineda tendida a sus pies. Nunca tanto como en aquel instante decisivo y supremo resaltara a sus ojos la semejanza de la linda ciudad con un cuerpo de mujer, bien ceñida por torneado corsé la delgada cintura, y sueltos a partir de ella los pliegues de la faldamenta amplia y rumorosa. Dos conchas llenas de esmeraldas parecían los dos mares, el de la Bahía y el del Varadero, que comprimían a derecha e izquierda el esbelto talle de la cuidad; y el nevado caserío, con sus fachadas de miles de cristales, heridas por el Poniente, fingía sobre aquel talle primoroso el culebreo de un bordado de lentejuelas destellando a la luz de una tea roja... «Yo te evitaré el espectáculo, Marineda -murmuró el Doctor galantemente, como si prometiese algo a una dama-. El día del crimen querías la muerte de los culpables, y hoy quieres su vida. Voy a dártela. Y corrió, lo mismo que si tuviese veinte años...

Ante una barraca o garita pintada de almazarrón, de las que se acurrucan a la sombra del Cuartel, y que desde cierta distancia parecen sarta de corales, adorno del siniestro Campillo de la Horca, un corro de gente plebeya rodeaba un cuerpo humano sin duda: un cuerpo humano, lo único sobre que se inclina tan muda y piadosa la curiosidad popular. Alguien reconoció a Moragas, aunque iba embozado y a paso tan furtivo y cauteloso; y las voces de «¡Venga, venga aquí, don Pelayo!» detuvieron, mal de su grado, al médico, que pretendía escurrirse. Llegose, y rompiendo por entre la multitud, vio en el suelo a una muchacha pobremente vestida, fea, desmedrada, raquítica, de rostro azulado mejor que pálido: la sostenían dos caritativas mujeres, y ella, con los ojos cerrados y sumidos, entreabierta la boca, hundida la nariz, respiraba congojosamente, o más bien arqueaba; Moragas reconoció desde el primer instante el estertor preagónico. «¡Una desgracia como otra cualquiera, señor de Moragas!», murmuró oficiosamente un agente de la ronda, que andaba por allí, acercándose a don Pelayo. «Es Orosia, la hija del borrachón de Anteojos, un zapatero de viejo que trabaja en esa barraca que usted ve; mejor dicho, quien trabajaba era la chica; el padre no hace más que andar empalmando curdas... La hija tuvo ayer por la mañana un vómito de sangre, y (aquí guiñó un ojo el agente) debió de ser de algún golpe mal dado que el bruto del padre le pegaría en el estómago con la forma, porque lo tenía de costumbre... Y dice que esta madrugada la oyeron quejarse mucho las vecinas, porque el padre la hizo venir por fuerza al trabajo, y la infeliz no podía con su alma... Ahora la encontramos así... ¿Qué hacemos?».

-Una silla o un colchón para llevarla a su casa -respondió don Pelayo.

-¡A su casa! -objetó una vecina sollozando-. ¡Ay señor! A la mía vendrá... La suya está cerrada; la madre, que es cigarrera, se lleva la llave en el bolsillo, porque tiene miedo de que el maldito borracho le pegue fuego a todo... Pero traigan mi colchón, que no tenemos más que uno... y allí la pondremos... Tú, Cándido, ve a avisar al cura de la parroquia... ¡y Dios quiera que alcance!

-No alcanzará -respondió Moragas, que pulsaba a la moribunda-. De todos modos, que vaya... Y a ver si la pudiésemos, trasladar... ¡Ese colchón!

Ya lo traían, y Orosia fue tendida en él sin haber recobrado la conciencia de sí misma, en aquel deliquio de muerte que era preludio de resurrección a vida menos horrible y amarga. Su ropa, desabrochada por los conatos de socorro de las buenas mujeres, y rota a trechos, dejaba ver algunos fragmentos de mortificada desnudez, y sobre las pobres carnecitas flacas, amoratadas equimosis y huellas, frescas aún, de crueldades brutales. Las comadres se limpiaban los ojos con el pico del pañuelo de algodón; algunos hombres juraron y profirieron sordas amenazas. El colchón fue levantado en vilo por las cuatro puntas, y la comitiva se puso en marcha, dirigiéndose hacia el domicilio de la compasiva dueña. Mas al llegar allí se vio que don Pelayo acertara de medio a medio. Orosia no necesitaba ya de humano socorro, y en cuanto al espiritual, si Dios no la hubiese perdonado... Dios no sería lo que es Él, en grado eminente y sumo.




- XVII -

A boca de noche entró Moragas una vez más en casa de Juan Rojo. Ya pisaba sin reparo aquel cuchitril siniestro, que entonces se lo pareció doblemente. El reverbero apenas lucía; las camas estaban por hacer, en desorden, y no se veía a nadie en la estancia, hasta que de un rincón sombrío salió Rojo apresurado, ofreciendo silla, y tartamudeando de contento al ver al Doctor.

-Ya creía que no venía nunca más, don Pelayo.

-No acostumbro faltar a mi palabra -exclamó Moragas sentándose, y señalando con ademán imperioso al padre de Telmo el otro asiento, único que restaba en el camaranchón.

-Sí, señor; ya lo sé demasiado... Pero como no venía... yo... me tomé la libertad... me ha de dispensar... de mandar allá al chiquillo..., pues... Y me trajo por contestación... que usted... que ya dispondría... Bien puede conocer, señor don Pelayo, que la cosa urge. El rapaz está perdiendo los mejores años de su vida, los que podía aprovechar para hacerse hombre. O en escuela, o en taller, o donde usted vea, hay que meterle... El tiempo vuela... yo falto de este mundo cuando menos se piense... y es preciso que él quede ya colocado, para que no se le ocurra...

-Ya sé, ya sé lo que no debe ocurrírsele -advirtió Moragas-. Basta. No necesitamos ni usted ni yo perdernos en más explicaciones. Todo lo tenemos hablado. Le hice a usted una promesa, ¿no la recuerda? Vengo a cumplirla. A costa de mi crédito, de mi posición, de mi dinero, de todo lo que soy y valgo, haré de su hijo de usted un hombre digno, admitido por la sociedad, y a quien nadie tendrá que torcer la cara.

-¿Será así? -interrogó Juan Rojo estremeciéndose al contacto de tanta ventura, como al de una corriente eléctrica.

-Así será.

Rojo hizo ademanes de enajenado, y Moragas, más ceñudo y grave que nunca, añadió:

-Pero no de balde. Ya sabe usted que exijo en cambio...

-¡Todo lo que usted quiera! ¡Todo! -exclamó Juan, alzando los brazos y manoteando como para tomar al cielo por testigo.

-¿Todo? Ahora veremos...

Recogiose Moragas como el luchador que echa atrás los codos para reunir fuerzas; caló los lentes de oro, se sobó las manos una contra otra, y dijo solemnemente, midiendo sus palabras:

-Dentro de doce horas, mañana por la mañana, serán puestos en capilla los reos de la Erbeda. Pasado mañana, a las siete en punto, hay orden de que sean agarrotados. El indulto, que se gestionó, no vendrá. No quiere el Gobierno que la Reina ejerza su prerrogativa. Le falta a usted, pues, día y medio para quitar la vida a dos semejantes. Vida por vida. Exijo la de ellos, en cambio de la que doy, moralmente, a su hijo de usted.

Rojo se quedó inmóvil, con la boca abierta, el semblante medio idiota. Truncadas sílabas brotaron de sus labios.

-Yo... don... si... no sé...

-¡La vida de esos dos reos...! -insistió Moragas.

-Yo..., pero cómo quiere que yo...

-Usted, usted, y sólo usted, puede ya salvársela -prosiguió el filántropo con energía extraordinaria, hipnotizando a Rojo al flecharle el rayo de acero de sus pupilas-. Usted, y sólo usted. Donde han fracasado las Sociedades, las autoridades, el Cardenal arzobispo, los diputados, el Papa, usted va a vencer, y sin necesidad de tomarse más trabajo que el de decir «no». Cuando le llamen a usted para ejercer sus funciones..., usted se niega. Que le exhortan. «No». Que le mandan, que le gritan, que pretenden aturdirle. «No, no». Que le piden a usted explicaciones de su conducta. «No». Que le llevan a usted ante el jefe de policía, que le quieren apretar los dedos pulgares... Sufrir si es preciso, y «no», y más «no», y «requetenó» mil veces. ¡Este caso no llegará; yo estoy a la mira; yo impediré que se le haga a usted el menor daño..., a fe de Moragas! Duerma usted tranquilo y descanse, que no caerá un pelo de su cabeza... Como la negativa de usted ha de ser la misma mañana de la ejecución, tienen que suspenderla por fuerza..., y entonces usted publica en la prensa un comunicado, que yo redactaré, diciendo que no quiso ejercer sus funciones, porque la conciencia le avisó de que no es lícito en caso alguno matar a un semejante. Y de lo demás yo me encargo, y crea usted que ya no morirán en garrote los reos.

Juan Rojo permaneció silencioso, como si acabase de desplomarse el orbe sobre su cabeza. Y orbe era en efecto el que se le desplomaba: el orbe de sus creencias, de sus ideas, de su noción social...

-Pero, señor... -murmuró-. Pero, señor..., yo... Vamos, me ha de permitir que le diga una cosa..., y es que... la justicia..., los criminales.

-¡Calle usted! -respondió con voz de trueno Moragas-. ¿Quién es usted para raciocinar sobre criminales y justicia? ¿Quién? ¡La justicia! Queda ahora mismo en este barrio, tirado sobre un colchón, el cadáver de una criatura asesinada..., la hija de Antiojos el zapatero... ¿no le conoce usted? Su padre la asesinó a fuerza de malos tratos, de barbaridades, de golpes... Ni un día de cárcel le costará al malvado... ¿O cree usted que todos los crímenes vienen a parar en la vuelta que da usted al torniquete? Ahorremos palabras, que no estoy para perder tiempo, ni para entretenerme en discusiones con usted... ¿Le conviene a usted el trato, sí o no? ¡La redención de su hijo por la vida de esos reos!

-No se incomode, por Dios, señor de Moragas... Yo... ¡Yo haré lo que usted mande! Se acabó... No hay más que decir... Y búsqueme trabajo para mí también, porque voy a encontrarme sin pan... Basta, lo dicho dicho... Cueste lo que cueste..., haré lo que usted... ¡Digo que lo haré, don Pelayo!

-Pues corriente -respondió el médico levantándose, como si no quisiera dejar enfriar la resolución de aquel hombre-. Ya está redimido su hijo de usted..., y usted también, por añadidura. Quedará lavada, con esa acción, toda la infamia anterior. Telmo, desde hoy, corre de mi cuenta. Que recoja su ropa... y que se vaya allá cuando guste; hoy se le prepara habitación en mi casa.

Decía esto Moragas andando hacia la puerta, y dando por consiguiente la espalda a Juan Rojo. Al poner la mano en el pestillo y abrir la boca para añadir «Adiós», hízole volverse un sonido ronco, una especie de mugido como el de las olas del mar cuando se engolfan por estrecho canalizo que las comprime y las desmenuza en espumosos jirones. Volteó rápidamente. El padre de Telmo era quien rugía o se quejaba.

-Se... señ... don Pelayo, no... entendámonos... el rapaz. ¿Qué...?

Y adquiriendo de súbito, a impulsos del dolor, habla expedita y aun elocuente, rompió así, colocándoles ante Moragas en actitud resuelta, como de ataque:

-No; lo que es eso sí que no lo verá usted ni ningún nacido: ¡llevarse a mi rapaz, quitármelo a mí, que soy su padre, su padre, su padre! ¡Apartarlo de mi lado como si yo tuviese el cólera o fuese un malhechor! ¡Porque no lo soy, no señor, sino un hombre de bien, que ha respetado siempre cuanto debe respetarse, y puedo andar por allí con la cabeza muy levantada más que muchos que me hacen ascos! ¡Yo no mancho a mi hijo, y yo no quiero apartarme de él, no quiero! ¡Es mi hijo, no tengo otro, ni tengo sino a él en este cochino mundo!

Moragas midió a Rojo de pies a cabeza con una mirada de hielo -de un hielo que quemaba, de un hielo que arrancaba la piel como un latigazo; casi sin transición pasó de este miedo despreciativo a una reacción efusiva y piadosa; y apelando a tutear a Rojo, como hacía siempre que deseaba influir más decisivamente en su espíritu, murmuró:

-¿Pero no ves, infeliz, que la base del bien que me propongo hacer a tu pijo es precisamente renovarle la atmósfera? A tu lado -¿no lo comprendes?- siempre será ¡el hijo del verdugo!; un ser a quien mirarán con asco y con menosprecio los mismos que a fuerza de ruegos le admitan a desempeñar la ocupación más vil y peor retribuida. Tú serás un hombre intachable y la gran persona; ¡pero... mira qué diantre!: ¡a tu hijo, los que limpian las alcantarillas no le quieren por compañero! No tratamos sólo de que Telmo encuentre instrucción y trabajo: es preciso que además encuentre honra, que es de lo que andamos escasitos. ¡Ah! Si no fuese por la honra...

Moragas se interrumpió, buscando un argumento concluyente y sin vuelta de hoja. Juan permanecía inmóvil, sin articular palabra, aunque era más aparente la fatiga de su respiración siempre difícil. De vez en cuando movía la cabeza de izquierda a derecha, como si exclamase: «No, y no». Y el Doctor, práctico en incisiones profundas, le introdujo el bisturí sin miedo, seguro de acertar.

-¡Es preciso -dijo recargando cada palabra- que ahora te desprendas de tu hijo, para que él no tenga que imitar a los veinte años el ejemplo de su madre, y dejarte solo con tu infamia...!

Certero había sido el corte; certero, y penetrante hasta los tuétanos. Rojo tembló, y algo que era embrión de sollozo y lamento de agonía murió en su garganta, a la cual llevó ambas manos, queriendo deshacer el lazo de la corbata, que realmente no le podía oprimir poco ni mucho. Este movimiento instintivo le recordó otro, que el Doctor le prohibía realizar... Pensó en los reos. Si sabían que iban a ser puestos en capilla, ¿percibirían ellos también esta horrible constricción del tragadero, esta sensación de convertirse la saliva en alfileres candentes?

-Tu mujer -continuó Moragas con impasibilidad quirúrgica- se fue porque no podía resistir que la llamasen la esposa del verdugo. Prefirió perderse, y hay quien la alaba el gusto: créeme a mí. El chico, en cuanto crezca y distinga de colores, no se resignará tampoco... a la mala sombra de ser tu hijo. No verá tierra por donde correr para escapársete. ¡Ah! ¿Te creíste que podías tomar por oficio retorcer pescuezos, y que eso era compatible con el amor, el hogar, la familia y los recreos de la paternidad? ¡Valiente bobo! Menos malo es ser hijo de esos reos que te quieren entregar para que les aprietes el gaznate, que tuyo. A los hijos de los reos no les apedrean. Esos no mataron más que a un semejante, y tú matarás a cien, si te lo mandan, por treinta y siete duros cada mes. Suelta a tu hijo si no quieres que él se te huya. ¿A que ya está rabiando por largarse de junto a ti? -añadió el filántropo revolviendo el acero en la herida.

Rojo lanzó un grito de protesta.

-No señor... ¡Eso, me ha de perdonar usted, pero... es lo que se dice, hablar por no callar! Mi rapaz está bien conmigo..., le trato perfectamente..., hasta, en lo que cabe, le mimo... No le he levantado la mano en mi vida... Se cumple un gusto de él primero que uno mío... ¡El muchacho, o es un condenado bribón..., o me tiene que querer!... -Así terminó, gimiendo, el padre.

-¿Sí? -pronunció Moragas con cierta ironía, guiñando los ojos y limpiando los lentes-. Ahora vamos a salir de dudas... Mira, tu chico me parece que entra...

Se oían los pasos de Telmo, y su mano había levantado el pestillo; pero notando que estaba alguien de visita en el camaranchón, el muchacho se había quedado perplejo, sin resolverse a pasar. Moragas le llamó; y Telmo, al conocer al médico, penetró jovial y petulante.

-¡Hola, buena pieza! ¿De dónde vienes tú a estas horas? -preguntó el Doctor para abrir camino.

-De casa de la Marinera -respondió el pilluelo-. Tiene los ojos perdidos; por eso no pudo acercarse aquí hoy. Uno de los chiquillos se queja de la cabeza. Aquello parece un hospital.

-¿Y tú te dedicabas a cuidarles? -insinuó el médico-. Se me figura que eres un corretón, que te pasas la vida fuera de tu casa.

Telmo se encogió de hombros, y el Doctor continuó capciosamente:

-Por lo visto no estás aquí en tu centro. Debías hacer más compañía a papá. Está feo que vagabundees todo el día.

-¡Y... para la falta que hago aquí! -exclamó Telmo-. Los demás niños van al Instituto... A alguna parte se ha de ir...

Diciendo así, el muchacho interrogaba con los ojos al Doctor, como instándole a que recordase el compromiso pendiente.

-Precisamente para que tú... puedas... ir al Instituto, y a todos lados... estuve ahora... conferenciando con tu papá. Él conviene en que yo te proporcione medios de estudiar, y de tener carrera, y de seguir la militar, que tanto te gusta. Sólo teme que tus compañeros vuelvan a jugarte alguna mala pasada, como la del castillo de San Wintila... ¿Crees tú que te la jugarán? Dinos tu parecer...

Telmo miró a su padre y al médico, reflexionó, sintió que el instinto se convertía en luz..., y como quien se resuelve y se echa a nado desde una gran altura, exclamó impetuosamente:

-Estando a la sombra de usted no me la jugarán... Si me la juegan hoy en día... es por lo que es.

-¿Quieres tú arrimarte a mi sombra?

-¡Caramba!

En esta contestación puso el muchacho toda la viveza de su espíritu y toda su alma, infantil aún, pero ya iluminada por la humillación, la adversidad y el martirio perpetuo. Era el anhelo del cautivo que pide que le quiten el cepo y la argolla; era el grito de fiera del egoísmo humano que aspira a la felicidad. Rojo no se movía. Representaba la imagen del estupor, fase culminante de la pena. Pero de improviso, por su fisonomía ruda y sin flexibilidad, desatose la emoción como un torrente. Giraron sus ojos, enseñando lo blanco; apretó los labios; dilató las fosas nasales; y con el ímpetu de ferocidad animal desarrollado en su alma por la profesión, se abalanzó al niño, con las manos abiertas y los dedos contraídos, rígidos, deseosos de apretar un pescuezo... Fue instantáneo, porque sus falanges se aflojaron en seguida, y empujando levemente a Telmo hacia el Doctor, dijo en voz que se oía apenas:

-Lléveselo. Pero ha de ser ahora mismo. ¡Ahora mismo! No pongo más condición. Esta noche... que no duerma aquí. Yo... obedeceré. ¡Lléveselo, por Dios y su Madre, señor de Moragas!

-No; reflexione usted bien, Rojo, antes de decidirse -advirtió Moragas pausadamente-. Tiene usted para pensarlo la noche... el día de mañana... mucho tiempo. Eso sí: desde que usted se resuelva, que sea irrevocable... porque aquí no vale desdecirse, y ahora sí y luego no. Por lo mismo... piénselo, piénselo.

-Pensado está -respondió Rojo con brusca firmeza-. Sólo pido no tener al chiquillo ni un minuto más aquí. ¡Me parece que, a lo menos, ese favor...!

Telmo, comprendiendo a medias, miraba a su padre y al filántropo. Este, compadecido, transigía ya, proponiendo paliativos, queriendo aplacar el dolor de la carne paternal, que palpitaba bajo el filo del acero.

-Verá usted a su hijo siempre que quiera... y pasado algún tiempo, hasta podrán ustedes reunirse... -murmuró al oído de Rojo-. La voluntaria retirada de usted del oficio, el haber salvado dos vidas con sólo decir no, le devolverán el aprecio de las gentes honradas... Si a usted también le redimo, hombre... Hágase usted cargo... ¡Si no se hace cargo inmediatamente -porque es usted tozudo- ya se convencerá usted dentro de pocos días...! Ánimo, que Telmo no se entere... Vale más...

Juan Rojo volvió la cabeza; y acercándose a su hijo, le cogió de la mano e hizo ademán de impulsarle hacia el Doctor. El cual, admitiendo la dádiva, agarró activa y calurosamente la mano del muchacho.

-Mañana irá la ropa -pronunció Rojo en voz mate, apagada, pero resuelta-. Lléveselo, señor de Moragas. Va con gusto mío. ¡Anda; y acuérdate de que ya... no tienes más padre que el señor!

Telmo quiso decir algo; apretósele el corazón, mitad de alegría, mitad de otra cosa..., y sin acción ni resistencia, se dejó conducir por Moragas. Salieron al aire libre: detrás de ellos blanqueaba la tapia del cementerio: delante tenían la extensión del mar; y, a la derecha, la ciudad, alumbrada por mil luces. El filántropo sonreía: orgullo inefable dilataba su corazón; sus pulmones bebían la brisa salitrosa; sus pasos eran elásticos; iguales; no tropezaba en las piedras; creía volar. Más poderoso que el jefe del Estado, acababa de indultar a dos seres humanos y de regenerar a otros dos! Y como Telmo no le siguiese todo lo aprisa posible, y aun volviese de vez en cuando el rostro atrás, mirando hacia la barraca maldita, el Doctor se inclinó, echó un brazo al cuello del muchacho, y murmuró con ternura:

-Anda, hijo mío.




Epílogo

La víspera del día siniestro amaneció el cielo cubierto de nubes de plomo. Por la tarde adquirieron un tinte cobrizo, y oscilaban y rodaban por el firmamento a manera de olas de un mar de metal derretido y candente. Rizada la bahía por el airecillo terral, adquirió bajo aquel siniestro celaje tonos de estaño, y en vez de las frescas rachas de invierno que soplaban días atrás, cayó sobre el pueblo un bochorno singularísimo; estremecieron la pesada atmósfera bocanadas abrasadoras, y ascendió del suelo ese vaho asfixiante que precede a la ráfaga del solano.

Frecuente es en Marineda este aire cálido y terrible, que pesa sobre la naturaleza lo mismo que sobre el espíritu. Diríase que a su hálito letal, la vegetación desfallece, el mar se crispa, la luz se torna lívida y el hombre cae en marasmo profundo o en insano vértigo. Sorda angustia oprime los pulmones, y nunca con mayor motivo que en horas tales podría un poeta del dolor decir como el profeta hebreo: «Mi alma miró con tedio a mi vida».

Observaron los marinedinos el estado atmosférico, y aunque no era inusitado, parecioles que tenía, en ocasión semejante, algo de fatídico simbolismo. Un patrón de taller, amenazado de perder la parroquia de la Audiencia, Regencia y Capitanía general si no aceptaba el horrible encargo, comprara a peso de oro la jornada de dos operarios infelices, que, custodiados por la policía y entre rechifla y murmullos de la plebe, habían principiado a levantar el medroso armadijo del cadalso. Hincados los postes, clavada, Dios sabe cómo, la escalera, aplazaron el resto de la obra sin nombre hasta que la protegiesen las tinieblas nocturnas: temieron que la colocación del palo y del banquillo les valiese alguna pedrada; cuando menos, injurias atroces.

Al punto mismo en que los carpinteros, simulando una retirada, tomaban la espuerta de las herramientas y procuraban embeberse por callejuelas sospechosas, cabizbajos, pálidos de vergüenza y deseosos de encontrar pronto un tabernáculo donde el aguardiente les prestase valor para dar, allá a media noche, cima a su tarea; al punto mismo en que el brigadier Cartoné entraba en la Cárcel para llevar un mazo de puros al reo que estaba en capilla, y a la reo, de parte de la señora brigadiera, un escapulario de la Virgen de la Guardia; al punto mismo en que el reloj de la Audiencia marinedina, o como allí dicen, de Palacio, lanzaba al aire una campanada sola, vibrante, solemne -las cinco y media- un hombre, que andaba pegado a la pared y se recataba, costeó la solitaria plaza donde campea la fachada principal del Palacio susodicho, y, evitando acercarse a los centinelas que custodian la Capitanía General, se coló, por la puerta de la Audiencia, al zaguán sombrío que da acceso a las Salas del Tribunal de Justicia.

El portero, viendo al hombre, hizo un gesto significativo, como quien dice «ya sé a qué vienes tú» y, descolgando el reverbero con que se alumbraba para leer un periódico, precedió al recién venido, y ambos se internaron en el pasillo que conduce a la Sala de lo criminal.

Antes de entrar en ella, detúvose el hombre, sobrecogido por la vista del ropero donde cuelgan los letrados sus ropas y birretes. A la dudosa claridad, y en semejante sitio, las flácidas togas, con sus pliegues sepulcrales, parecían negros espectros de ahorcados. El birrete, distante de la toga, deja un claro que semeja el rostro, y el vuelillo representa la mano. Dominando el primer movimiento instintivo, siguió adelante. El portero abrió la Sala; aplicó un fósforo a la boquilla de un brazo de gas, y la viva luz azul y dorada relampagueó, iluminando la estancia plenamente.

-¿Es por aquello? -silabeó el portero, que era un viejecito catarroso y temblón-. Pues mejor será que se lo traiga aquí. Allá no se ve nada, y con tanto trasto, ni se revuelve uno... Vaya, voy por todo. Aguarde.

Quedose solo el hombre en el templo de la Ley. Sus ojos divagaron con extravío por el recinto, que solitario y mudo adquiría entonces extraña majestad, algo que impondría respeto a la persona menos reflexiva. Vestía las paredes un venerable damasco carmesí: la tela de la etiqueta y de la representación oficial en España, la que tan bien armoniza con las molduras doradas y tan rico fondo presta a las austeras cabezas del clero y la magistratura. De igual tejido eran los sillones, sobre cuyas tallas de oro apagado campeaban la balanza de Temis y la espada vengadora. Idéntico tono de púrpura intensa tenían el forro de la mesa y la tribuna del Fiscal. Bajo el dosel del Presidente, el Rey Alfonso XII, amarillento, injuriado por el pincel de un mal retratista, fijaba en el espectador sus ojos inteligentes y tristes. Las arrogantes armas de España, bordadas con oro, decoraban el respaldo de los bancos, de raído terciopelo granate.

Por efecto sin duda del estado de su alma, el hombre creyó nadar en un charco sangriento. Aquel color vivo que le rodeaba, le infundía deseos de rasgar, de arrancar; impulsos de toro acosado, destructores, feroces, ciegos. «¡Si pudiese hacer pedazos la Sala!», pensó, mientras en su trastornada cabeza retumbaban furiosas voces. Volviole a la razón momentáneamente la entrada del portero, que traía en las manos dos cajas cuadrilongas. Eran los instrumentos, que se custodian en la Audiencia, en un cuchitril obscuro, escondidos como si fuesen la prueba de un crimen, hasta que, la víspera de la ejecución, los recoge el verdugo para adaptarlos al palo...

Depositó el portero las cajas sobre la mesa, no sin cierta visible repugnancia, y Juan Rojo, sereno ya en apariencia, serio y poseído de su papel, se aproximó y alzó la tapa, a fin de reconocer el contenido.

Debajo de paños empapados en aceite, reluciente y limpio como si se acabase de frotar, apareció uno de los dos garrotes: cabalmente el modificado con arreglo a las indicaciones de Rojo. Tiene este artefacto de muerte, que la produce a la vez por estrangulación y por asfixia, el defecto de que en ocasiones retrocede el eje de hierro donde empalma la cigüeña, y no logrando el torniquete destrozar con la rapidez necesaria las vértebras cervicales y reducir el pescuezo al diámetro de un papel, puede la agonía de la víctima prolongarse un espacio de tiempo en que cabe un infinito de horror. No tanto por esta consideración como por miedo a un fracaso y a una grita, Juan Rojo había discurrido sujetar la uña que alianza la palanca o cigüeña de un modo ingenioso y seguro, y se envanecía de su obra. Aquel perfeccionado garrote fue el primero que registró... Después examinó el segundo, cerciorándose de que giraban bien ambos: y cerrando las cajas y envolviéndolas en roto paño de sarga negra, las ocultó bajo la capa, sin decir palabra al portero, que tampoco parecía demasiado locuaz. Viendo que Rojo cargaba con sus prendas, tosió el vejete, gargajeó, dio vuelta a la billa del gas, y tomando otra vez su reverbero ahumado, guió silenciosamente hacia la puerta. Hasta que Rojo traspuso el umbral, no le dijo en tono más irónico que amistoso:

-Vaya, abur... Tiento en las manos. ¡Y que aproveche!

Rojo ya no podía oírle, ni se oía más que a sí mismo. Después del tenaz y delirante insomnio; después de haber reemplazado el alimento con la bebida, sin conseguir la bienhechora embriaguez; después de un día entero de dar vueltas a las mismas ideas en la angosta caja de su cráneo, dolorida y próxima a estallar, Juan Rojo tropezaba siempre contra una pared de dura roca: la imposibilidad de la desobediencia. «La autoridad manda... ¡Yo no puedo negarme! Soy un funcionario... ¡Tienen derecho sobre mí!». Recordaba su promesa, cierto; pero ¿qué significa la promesa libre, voluntaria, contra el mandato superior, la obligación? «No, no me puedo negar... ¿Quién soy yo para negarme?». Problema sin solución para Rojo...

Miento... Una solución se le había ocurrido en las horas de solitaria desesperación que pasó sin dormir, viendo la cama de Telmo vacía, y vacío el cuarto, y vacío más que todo el mundo... Y de día tornó la solución a presentarse, clara, sencilla, consoladora y tremenda... Fue por la tarde, cuando las primeras ráfagas de aire solano vinieron, como vahos de caldera infernal, a estremecer el ambiente marinedino. Rojo acababa de atar los picos de un pañolón viejo, un pañolón que había pertenecido a su mujer, y que serviría de baúl a la ropa de Telmo: Juliana se encargaba de llevarla a casa del Doctor. La vista de aquellos despojos del naufragio de su vida evocó en Rojo la memoria de las agonías pasadas y presentes. Volvió a ver, como si los tuviese delante, con la lucidez que se adquiere en las horas supremas, a María y a Telmo; pero no a Telmo ya crecido, sino tal cual era en brazos de su madre; vio sus manitas gordezuelas, que salían del mantón de abrigo en que andaba envuelto y buscaban a tientas el seno maternal... Madre y crío, así apretados, llenos de intimidad, de dulzura comunicativa, se reían, se halagaban; pero al acercarse Juan Rojo, deshacíase el grupo: la madre arrojaba a la criatura lejos, muy lejos, y salía huyendo, tan rápidamente que más parecía haberse disuelto en humo por el aire...

-«Para no desobedecer y al mismo cumplir la palabra...», volvía a pensar Rojo algunas horas después, al dirigirse hacia su rancho apretando bajo el brazo las dos cajas cuadrilongas. Ya no se veía cuando entró en el camaranchón: a tientas -no quiso encender luz- buscó algo sobre una mesa, y soltando en ella su carga, encontró lo que deseaba: botella y vaso. Echose al cuerpo un largo sorbo, y le pareció ver más claro en su perro destino, confirmádose en que ni tenía otra salida, ni otro alivio que esperar. Único medio era aquel de cumplir los deberes que entendía le ligaban a la Ley, a la Justicia social y a la Vindicta pública -entidades hijas de la conciencia, y que, por lo mismo no pueden sobreponerse a su augusta genitriz...

«Otro sorbo... y ánimo». Un estremecimiento, una horripilación recorrió las venas del hombre que tenía por oficio matar. Paladeó el ajenjo de aquel susto, y lo afrontó, y logró que le amargase menos. ¡Bah! Un segundo, un pataleo, menos aún, la convulsión de un cuerpo atado, al hincarse en las vértebras un tornillo... Eso y nada más es la muerte. Embozose y salió. Tocaban al Rosario en la capillita próxima, y Rojo dudó primero, y luego entró en ella despacio, y se arrodilló entre los grupos de mujerucas. La voz gangosa del sacristán se elevó iniciando el rezo, pero Rojo no tomaba parte en él: su garganta no sabía articular sonidos, y lo sentía, porque era creyente y ansiaba rezar entonces. Una vecina le reconoció y le señaló a otra con el dedo, mostrando desagrado y reprobación. Rojo sintió un hervor de ira. «¡Ni aquí consienten mi compañía, centella! Señálame, señálame, vieja del diablo, que para lo que me has de señalar...».

Volvió a salir, y con paso tranquilo, muy ensimismado, tomó el camino de la Torre. La luz del Faro atraía sus ojos; se le figuraba que desde allí, más bien que en la capilla, alguien le miraba piadosamente. Sin embargo, a los diez pasos retrocedió; entró de nuevo en el rancho, y recogió el envoltorio de las cajas. Llevándolas bien cogidas, emprendió la ascensión otra vez.

El camino serpeaba, y al través de campos yermos rodeados de peñascales, subía hasta el promontorio, donde la fenicia Torre se yergue imponente, justificando su dictado de centinela de los mares. Oíase cada vez más próximo el tumbo del Océano que rebotaba contra las peñas, y un aire potente, vívido, rudo como la misma costa, azotaba el pelo gris de Rojo. Ya al pie de la alta plataforma, que descansa en la escollera, Rojo se detuvo, y, en vez de subir la escalinata, metiose por los eriales y marismas que conducen al arenal de las Ánimas, el cual tal vez deba su fúnebre nombre a las muchas víctimas que cada invierno, en la pesca del percebe, sucumben en tan temeroso paraje.

Antes de que Rojo sentase el pie en el arenal, le paró, helándole la sangre en las venas, el mugir lúgubre y pavoroso de dos hinchadas y cóncavas olas, que al reventar le salpicaron de espuma... Y no era día de tormenta, ni acaso fuese aquella la marea más viva del equinoccio; pero debe de tener la ensenada de las Ánimas tan especial hechura, que el Océano, al derramarse allí, se encuentra preso, herido, subyugado, y rebrama, y salta en remolino arrollador, y quiere escalar el cielo...

Juan Rojo se sintió a la vez espantado y ensordecido. El oleaje, con su misteriosa blancura cerca y su inmensidad incolora allá lejos, le aplanó el alma, y como el marino arroja lastre por cima de la borda, lanzó a las rompientes las cajas que oprimía bajo el brazo. Las olas no interrumpieron su clamoreo ronco de ardiente jauría que persigue a la res. El padre de Telmo se volvió de espaldas al mar, y no viéndolo, recobró ánimos; dejó sobre una peña capa y sombrero; sacó un pañuelo del bolsillo; contempló un minuto, intensamente, la luz del Faro; luego dobló el pañuelo y se vendó los ojos apretando mucho, de manera que también tapase los oídos, para no escuchar la voz del abismo, que le haría retroceder... Y así, ciego y sordo, anduvo con los brazos extendidos hacia delante, hasta que de pronto se sintió envuelto, cogido, arrastrado, y el agua, al inundar sus pulmones, sofocó el grito supremo.