Cada domingo, al leer en El Mercurio la crónica poética de Gabriela Mistral, siento un impulso irreverente de volverme modernista.
Comprendo que es una ambición desatinada un sueño absurdo, como si un señor gordo y pacífico, sentado en la primera fila de butacas, en vez de contentarse con admirar las bailarinas quisiera reemplazarlas y tomar parte en la danza.
Es la admiración del hipopótamo grotesco y burgués por el mono ágil y esbelto, colgado de la cola en una rama.
¡Qué fáciles parecen sus piruetas! ¡Con qué naturalidad se muestra patas arriba! ¡Cómo se deja caer de cualquier modo, confiando en que la mayoría de los animales habrá de celebrarle sus monadas!
Yo siento una impresión muy semejante cuando veo el malabarismo a que se entregan algunas de nuestras glorias literarias. Así, a primera vista, parece fácil imitarlas y uno se dice con modestia:
¿No podré yo hacer lo mismo? ¿No seré acaso un poeta modernista que, de cobarde y vergonzoso, no me he atrevido a presentarme en público?
Leo y releo la crónica de Gabriela Mistral:
«El Fuego es robusto, frenético y fino».
La palabra «robusto» la escribe la poetisa en letras gordas, sin duda para que se aprecie la obesidad del fuego. El vocablo «débil» hay que escribirlo con caracteres muy delgados, y las palabras «bastardo», «hijo natural», etc., se imprimen con bastardilla. Esta parte de la poesía pertenece de lleno a los tipógrafos.
Pero luego vienen las metáforas:
«El Fuego de ajorcas rápidas con que baila el bosque y le acicatea los talones».
¿Quién acicatea a quién?
¿A cuál de ambos pertenecen los talones? ¿Por qué son «rápidos» los aros que usa el fuego y por qué cuando se trata de bailar, éste se adorna las orejas y, teniendo más facilidad para moverse, deja al bosque que dance?
¡El Fuego!
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«Única flor verdadera de la Tierra -tierra se escribe con mayúscula para indicar que es grande- fucsia súbita, fucsia de cuarenta pétalos que giran tomando del aire su savia violenta». |
Y siguen las metáforas y la enumeración de los diversos fuegos:
Un amigo entendido en veterinaria me dice que las palomas, ni aún cuando están en celo, tienen riñones; pero esto no hace al caso.
La poesía moderna, como los quiltros, tiene una marcada predilección por los talones; pero esto tampoco es una dificultad insuperable. ¿Por qué no intentar, entonces, escribir un elogio al Mar, con mayúscula?
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«El Mar es robusto, frenético y fino». «El Mar de crespos ondulados estilo Luis XV con talones herméticos que bailan la negra inamovilidad judicial de los peñascos». |
El Mar que adereza la gelatina succionante de flautas retorcidas y tentaculares -vulgo pulpos- y forja esas llaves inglesas con caparazón que dan pellizcos cinematográficos a las bañistas, y guardan como ellas sus pudores para después de muertas.
Jaibas negras, jaibas obispales que se cardenalizan al sacro contacto del agua vulcanizada por la fucsia de pétalos lamedores.
El Mar, león encanecido que barre las playas con su melena, impregnada del canto de las sirenas de Ulises, y, esculpiendo en bajorrelieve los cuerpos de los nadadores, apaga los cominos urgente de su sangre moza.
El Mar, faja nirvana de las boyas; sastre tenorio que mide y acaricia a las mujeres y se burla con aires de torero, de los maridos que le observan; epiléptico que se revuelca y se revuelca, arrojando espumarajos; empresa médica de pompa fúnebre, que fabrica cadáveres y los arroja de su campo santo verde, crucificado de mástiles y florecido de tritones.
Mar, viejo mar, que oye la muda confidencia de las ostras pálidas, que se quejan del tumor blanco de sus perlas.
El Mar es robusto, simpático y fino... El Mar...
Bueno, tendría la mar de cosas que decir sobre el mar, pero basta como ensayo de gabrielomistralización.
Ahora sólo deseo que mis lectores digan con toda franqueza compatible con la susceptibilidad de un artista genial: ¿Soy o no soy poeta modernista?
Miércoles, 2 de febrero de 1927.
Como los diarios no pueden decir nada y los comentarios más interesantes son precisamente los que no salen en la prensa, he buscado la manera de suplirla.
Lo importante de un periódico no es el formato ni el papel, sino las noticias y las opiniones.
Mi periódico sin parecerse en nada a los antiguos, cumple con ese requisito. Es voluminoso, serio, respetable; usa anteojos de carey y a falta de un pie de imprenta, tiene dos que, abrigados en polainas color café con leche, lo hacen andar de la mañana hasta la tarde, sin que la circulación se recienta en lo más mínimo.
Mi periódico se llama don Juan José (no indico el apellido por temor a la clausura) y tiene sesenta años, más del doble de la edad de El Mercurio de Santiago.
Habla también, en tono editorialesco y reposado; pero con una franqueza... ¡Dios me libre!... Es admirable como lo dejan circular.
Y sin embargo, Don Juan José sigue saliendo y dando informaciones, aunque no gane un centavo porque, por raro que parezca en estos tiempos, no se vende.
No cabe duda de que Don Juan José es un periódico bien original.
No tiene redactores, ni reporteros, ni prensistas. Todas las secciones y todos los artículos, desde el editorial hasta la última nota deportiva, son redactadas por él mismo, sin colaboración ni ayuda de ninguna especie. Él va a los Ministerios, a la Bolsa, al Club, se introduce en los corrillos, lee el Diario Oficial, compara las economías con los fondos gastados en piscinas; la moralidad de los empleados que se van con la de los que ingresan; el número de unos y otros, etc. Sin ser -¡más vale así!- la Corte Suprema, se pronuncia sobre la constitucionalidad de las leyes y analiza a la luz de ellas actos, medidas y resoluciones...
A las 4 de la tarde -Don Juan José sale después de Las Últimas Noticias- se acerca a sus subscriptores, se acomoda los anteojos, saca el vientre, echa los brazos a la espalda y se detiene en la actitud de decir: «Pregunte Ud.».
La disertación empieza generalmente por el editorial ¡y qué ojo clínico tiene para apreciar las situaciones!
No me olvidaré jamás cuando, hace poco más de un mes, el mismo día que el Ministro de Hacienda anunció un superávit de 20 millones, yo que soy un poco incrédulo, fui a consultarme con don Juan José.
El hombre-prensa se sonrió, miró hacia todos los lados con aire de profunda desconfianza, bajó la voz y me dijo al oído:
-No se entusiasme, amigo mío. El superávit de 20 millones se basa en esperanzas. En cambio, el empréstito de ochenta millones, destinado al rescate de bonos, ha sido invertido en otras cosas, y hay un déficit «de arrastre» de ciento sesenta millones... De esta situación, no tiene, por cierto, culpa el último ministro. Los superávit y los déficit no se producen en un día para otro sino que son el resultado de un largo período; pero, por lo mismo, no hay que entusiasmarse... En este país, tratándose de Hacienda Pública, es siempre más prudente seguir el viejo adagio: «Piensa mal: Pecarás pero no errarás...».
¡Ni que hubiera sido contador! Un mes después el propio Ministro de Hacienda confirmaba en todas sus partes la exposición del diario humano! ¡Un verdadero triunfo periodístico!
Desde entonces creo a pie juntillas en el hombre-prensa.
Algunos amigos poco afectos a la lectura seria y que siguen igual procedimiento informativo, me han recomendado que cambie de periódico.
-Don Juan José es muy grave. ¿Por qué no te suscribes mejor al Pepe Lucho o al Chuncho Pérez, que son mucho más graciosos y no están mal informados? ¡Si vieras qué epigramas y qué chistes hacen sobre los últimos acontecimientos!
Sé muy bien que, yendo a la hora del aperitivo a cualquier restaurant céntrico podría darme el gusto de leerlos. Bajo su aparente frivolidad, esas dos hojas vespertinas cuya prensa funciona con alcohol, dicen verdades de a folio que no suelen imprimirse en los rotativos movidos a electricidad. Pero... sus palabras me suenan a proclamas clandestinas y ¿a qué voy a negarlo? los encuentro altamente peligrosos... hasta para sus oyentes.
En cambio, Don Juan José, aunque tiene un tiraje reducido, da informaciones serias y hace comentarios un poco teóricos, si se quiere, pero que no ofenden a nadie. Y aunque sea grave y editorialesco, como no tiene censura, es sumamente interesante.
¿Quieren Uds. suscribirse? Guárdenme reserva. Puedo presentarles a don Juan José.
| (United Press). | ||
Esta novia, que después de treinta años de compromiso, rompe con su prometido y le cobra indemnización, bien merece un ligero comentario.
Por de pronto, es un prodigio de paciencia.
¡Treinta años persiguiendo a un novio que se escurre, saca el cuerpo, y evade la solución definitiva! ¡Cuánta diplomacia habrá desplegado una y otra parte durante esos seis lustros!
Nuestro viejo litigio sobre Tacna y Arica resulta un juego de niños al lado de los esfuerzos desplegados por miss Mills y mister Jesson antes de llegar al impasse definitivo o mejor dicho a la solución jurídica en que han terminado las negociaciones directas de ambos novios.
El Tribunal inglés ha estimado en cinco mil libras, o lo que es lo mismo en $200.000, la espera de la novia. Seis mil pesos por año no es una mala indemnización para una prometida que se vuelve vieja oyendo el monótono «Te quiero» de su eterno pretendiente. Muchas lo harían más barato; algunas, acaso gratis. ¡Halaga tanto el amor propio tener un novio inamovible!
Pero esos doscientos mil pesos que la Corte de Justicia ha ordenado pagar a la señorita Mills, ¿son realmente una indemnización? No sé qué opinarán sobre este punto los juristas; pero, desde luego, puede asegurarse que no es una indemnización por años de servicio, ni tampoco una jubilación, ya que ambas cosas suponen un período de trabajo activo.
Tal vez lo que cobra la novia, sea una especie de lucro cesante.
Acaso también, la novia reclame, y con razón, el pago del deterioro sufrido en esos treinta años de espera. Cierto es, que de parte de mister Jesson ha habido sólo lo que llama el código, el uso inocente; pero las novias son tan delicadas que basta el simple transcurso del tiempo para deteriorarlas.
Si el señor Jesson hubiera estado impregnado de las sanas prácticas del comercio, habría destinado anualmente en su presupuesto una cantidad para responder al natural desgaste de su prometida; en otras palabras la habría ido «castigando» en su balance como se hace con una máquina de escribir o una victrola, instrumentos que sumados se aproximan mucho a una novia. Al cabo de algunos años la niña de sus ensueños habría estado totalmente amortizada.
Pero tal vez mister Jasson, con mala fe de leguleyo, pensó quedar a salvo de toda responsabilidad mediante la prescripción extraordinaria de treinta años. La sentencia del Tribunal acaba de poner de manifiesto, que las novias no prescriben.
Será éste un golpe serio para todos los hombres poco aprensivos en sus relaciones con el bello sexo, que creen que, con respecto a la mujer, la inscripción en el Registro Civil es un requisito tan indispensable como la inscripción en el Conservador de Bienes Raíces para las propiedades.
El derecho de las novias a pedir indemnización va a convertirse en Inglaterra en una fuente interminable de litigios; pero hay algo más grave todavía.
El caso de la señorita Mills, al recurrir a los Tribunales para dar por terminado su noviazgo, equivale a una especie de divorcio anticipado. Ya no se considerará que sólo el matrimonio da derecho a aburrirse y a pedir la resolución del contrato con la consiguiente indemnización. También podrán disolverse los noviazgos.
Habrá, pues, divorciados de primero y de segundo grado.
La señorita Mills, encabeza la lista de las divorciadas antes del matrimonio con un capital de cinco mil libras. -¿Cuánto le habría costado el divorcio a Mr. Jesson, si por desgracia llega a casarse con la misma señorita?
Marcel Proust está de moda. En los corrillos literarios, en las revistas, en los periódicos, se habla de la obra de Proust como de algo perfectamente familiar.
Yo, en un principio, creía que toda esa gente conocía al autor del Camino de Swan, algo más que de oídas, y les iba preguntando ingenuamente cuándo y cómo se habían leído los 17 tomos de A la recherche du temps perdu.
-Durante una gripe muy larga -me decía uno.
-Tuve una tifoidea -me contestaba otro.
-Yo conocí a Proust gracias a la escarlatina -nos agregó un tercero.
No seguí preguntando por temor de que alguno apelara, para justificar su erudición, a la parálisis general. Sólo una cosa veía claro: que era imposible leer a Proust sin guardar cama y, como no me gusta que me cuenten cuentos, deseé de todo corazón una enfermedad instructiva y larga.
* * *
Leer a Proust no es cosa fácil. Su lectura es bastante más pesada que la de los poemas épicos, los clásicos españoles y demás obras maestras, recomendadas por la Historia Literaria con el laudable propósito de apartar a los alumnos de la senda estrecha y áspera de la literatura. Pero en estas grandes obras, como en los discursos que corrientemente se pronuncian en la Cámara, se ve la aspiración del autor a decir, a interesar a alguien. En Proust no existe esta finalidad: Para usar un término parlamentario, Proust es un literato «obstruccionista». Hace el efecto, no de que trata de buscar el tiempo perdido, sino de que escribe por perder el tiempo y hacérselo perder a los demás. Más aún, parece deleitarse en molestar al lector, contándole con la mayor prodigalidad los detalles más vulgares y que más pueden aburrirlo. Su charla, muy parecida a la de esas señoras viejas que pasan largas horas comentando por qué el dulce de camote no queda ahora tan bueno como antes o por qué la sirviente de mano se disgustó con la cocinera, se arrastra con lentitud de caracol. Hay que fijarse mucho para darse cuenta de que el bicho camina. Sólo que el caracol deja un rastro. De Proust no queda nada: el hilito sutil de la perogrullada psicológica se seca inmediatamente y, como para colmo, uno se duerme, sin alcanzar a señalar la página, y no hay medio humano de recordar lo que decía, se corre a la mañana siguiente el gravísimo peligro de leérsela de nuevo.
Este resbalar constante por una pendiente interminable, acaba por producir en el ánimo la impresión de que, en vez de adelantar, se retrocede; entonces el lector echa al demonio el libro y promete formalmente renunciar al «snobismo» y pasar por inculto, a trueque de seguir leyendo una obra que, cuanto más se lee, tanto más se acerca al principio.
¡Vana esperanza! Ésa es justamente la oportunidad en que el amigo, «proustiano» y conciliador, surge de pronto ante su víctima, como Mefistófeles en el gabinete de Fausto, arrepentido:
-Siga leyendo. No se dé por vencido. Proust es pesado, ¿quién va a negarlo?, pero se acostumbrará...
* * *
El argumento es convincente. Es el mismo que desde tiempo inmemorial viene haciéndose, con positivos resultados, a las niñas ingenuas para que se casen con el marido cincuentón y latero, pero que, en el fondo, es muy buena persona.
«El amor se cría», piensa el lector, y vuelve con nuevos bríos a la carga; pero el segundo tomo es casi inexpugnable y no se deja tomar a dos tirones. Toda clase de defensas naturales y artificiales de protegen. El estilo de largos períodos, pesado y fangoso, impide la marcha como esos caminos en que la artillería se hunde hasta los ejes; o bien, miles de detalles -guijarros menudos y sin interés- obstruyen la carretera. Ni siquiera el caminante puede distraerse: De cuando en cuando una pepita de oro, dejada maliciosamente en el sendero, llama su atención y lo obliga a echarse a gatas en su busca.
Así se avanza poco a poco, hundiéndose, resbalándose, o abriéndose camino a viva fuerza entre las disquisiciones psicológicas y las asociaciones de ideas, tan tontas como prolijas, que, peor que los alambrados de defensa, forman una maraña que desafía al alicate y la paciencia. Es para volverse loco.
* * *
Proust, como la fotografía, no perdona detalle. No existe para él, esa selección, esa síntesis, esa estilización que distinguen el cuadro de la oleografía barata y la descripción literaria del inventario judicial.
Lo que interesa o lo que no interesa, lo que contribuye al efecto o lo destruye, está tratado con igual intensidad.
El protagonista no puede ser menos atrayente: Una sensiblería de señora histérica, en lo que se refiere a su persona, alterna con la más absoluta falta de ternura y de emoción en cuanto atañe a los demás.
Un alfiler clavado en la pared le produce escalofríos; la presencia de un inofensivo ropero de caoba basta para dejarlo sin dormir y acaba por producirle tal desesperación que, a medianoche, se resuelve a llamar a su adorada abuela, exponiéndola a una pulmonía, para que acuda en su socorro.
Todo esto, según parece, denota una sensibilidad exquisita; pero el lector, hombre normal y sano, siente impulsos espantosos de levantarse junto con la abuela y aplicarle al muy marica un par de bofetadas para que de una vez por todas, le pierda el miedo a los roperos.
Menos mal, que el horror a estos pacíficos muebles está compensado en el protagonista por una admiración desordenada hacia los nobles. Ningún cursi sería capaz de sentir con mayor intensidad que él, la atracción de los títulos y los pergaminos, por más que sus portadores no dejen, en la novela, nada que desear en punto a ridiculez y falta de cacumen. Cierto es que la servidumbre desempeña también en el curso del libro un papel importantísimo.
Proust habla de los nobles por lo que le cuentan los criados, y de los criados por lo que le cuentan los nobles. Este intercambio de chismes, que tanto suele hacer sufrir a las dueñas de casa, es para el autor una fuente segura de investigación psicológica.
Pero, el fuerte de Proust es la asociación de ideas. Un ruido, un olorcillo cualquiera, una pata de mosca perdida entre las páginas de un libro, le permiten llenar cuarenta o cincuenta páginas con disquisiciones de este jaez:
Hago gracia a los lectores de las cincuenta o cien páginas que podría escribir para alargar este pequeño ejemplo.
Es posible que pueda producirse una asociación de ideas de esta especie; pero, aun suponiendo que todos sus términos sean exactos, al pasarlas al papel, resulta absolutamente falsa, porque la asociación de ideas es una operación esencialmente rápida. El describirla, haciéndola durar una velada entera, resulta tan absurdo como prolongar, para mayor claridad, durante media hora, un estornudo. Parecerá un automóvil con escape libre, una ametralladora lejana, una sucesión de cohetes, cualquier cosa, menos un estornudo cuya sensación quería darse.
Algo de eso es lo que sucede al leer a Proust. El exceso de lentitud, con que se desarrollan las ideas y los sucesos, les quita todo carácter de verdad o, a lo menos, de naturalidad. Por supuesto, que semejante afirmación no puede hacerse en alta voz. El amigo proustiano, que ya lo ha hecho leer a uno dos tomos, puede surgir de donde menos se piensa para decirle con voz meliflua:
-¿Se ha aburrido? No importa... Es sólo falta de costumbre. Lea usted ahora el primer tomo del Camino de Swan... ¡Es un encanto! Verá que, una vez que se habitúe, no sólo dejará de molestarle; le gustará e irá corriendo a buscar el otro tomo.
Ante un peligro semejante, yo no me he atrevido a continuar leyendo. ¡No vaya a ser que me acostumbre! En las últimas treinta páginas ya notaba con rubor que, de cuando en cuando, el libro comenzaba a cogerme. Unos cinco tomos más y, acaso, familiarizado con la lata, habría terminado por entusiasmarme y sentir una profunda admiración por esa especie de señora que se desmaya con el olor de las flores, goza con los chismes de la servidumbre, delira por los marqueses más ridículos y llena páginas de páginas, en busca de la manera de hacer perder a los demás el tiempo que ya ha perdido.
Sé que al decir esto, corro riesgo de la vida. Los proustianos, a pesar de que no leen a Proust sino cuando están enfermos, son temibles en estado de convalecencia. Pero ¡qué le voy a hacer! Tanto han escrito de Proust sus admiradores, que no está de más que el público oiga, alguna vez siquiera, la voz de una de sus víctimas.
Julio de 1929.
Se ha suscitado hace poco una polémica sobre si los animales del zoológico están o no bien alojados.
Hay quien sostiene que los brutos se sienten dentro de la jaula como el pez en el agua y gozan con el régimen enérgico a que se encuentran sometidos. -¿Por qué razón? -Porque son brutos. La respuesta no puede ser más contundente.
Hay, en cambio, otros que opinan que los pobres animales, asándose por entre los barrotes como un ross-beef en la parrilla, se sienten profundamente desdichados.
Según los partidarios de esta tesis los pensionistas del zoológico, tienen ideas libertarias y, como no comprenden la diferencia que existe entre la libertad y la licencia, sufren lo indecible con vivir en el mezquino espacio de una jaula.
Naturalmente, como los animales no hablan, ambas hipótesis se basan en meras conjeturas.
Ante los barrotes de cada jaula no faltan nunca los representantes de uno y otro bando que discuten acaloradamente.
-¡Pobre brutito! -exclama uno mirando la pantera. ¡Cómo anda desesperado de un extremo a otro!
-¿No ve que se está paseando?
-Sí, ¡de rabia!
-De satisfacción, señor. ¡No se quisiera uno otra cosa que pasarse el día entero de ocioso, con comida gratis, haciendo footing para estirar las piernas, entretenido en mirar a las chiquillas que vienen a visitarlo! ¡La gran vida! ¡La vida del oso, como se dice vulgarmente!
-¡Ya lo tuviera a usted un par de semanas, muerto de hambre, a todo sol, en esa caja infesta, sin más ocupación que leer ese letrerito irónico que dice: «No maltrate a los animales». ¡Linda recomendación! ¿Y por qué la autoridad no empieza por dar el ejemplo?
-El zoo es profundamente educativo...
-¿Sí? Para enseñar a los niños la crueldad con las pobres bestias... Yo no sé cómo la Sociedad Protectora de Animales no protesta de este crimen.
El señor sentimental y el caballero entusiasta no logran ponerse de acuerdo.
Un tercero cree del caso terciar en el debate y se acerca con espíritu conciliatorio.
-Señores -dice-, yo creo que ustedes dos tienen la razón... en parte. Es claro que el calor es aquí harto molesto y que para el oso polar esto debe ser bastante desagradable; pero en cambio para las lagartijas...
-Sí, señor; ¡bonito zoo quiere hacer usted a fuerza de lagartijas!
-No serían los únicos ejemplares; podrían dejarse también las gallinas, los cabros, los conejos, algunos ratones; en fin, los animales que estén acostumbrados a este clima.
-¿Y los demás animales?
-¡Ah, eso depende! Para el león de África, por ejemplo, el calor no es suficiente. Se le podría mandar a algún jardín zoológico de Argelia; los papagayos, al Brasil; los monos, al Ecuador; los caimanes, a Colombia; y, así, sucesivamente. ¡Esos países, en cambio, podrían devolvernos las avecitas y animales criollos que en sus respectivos jardines, injustamente llamados de aclimatación están llevando una vida de perros! Este intercambio sería profundamente favorable, no sólo para los animales, sino también para el país. Fomentaría el turismo; porque -ustedes comprenden- ¿qué puede interesarle a un turista, verbigracia, egipcio, que está cansado de ver cocodrilos, hallarse con un mal anfibio, acezando de calor en una jaula? Lo que a ese hombre puede agradarle, son los coipos, los cóndores, los zorzales: en fin, la fauna del país. En intercambio zoológico se impone como una verdadera necesidad, a lo menos hasta que haya aquí algún sistema de tener a los animales exóticos en un medio más parecido al de su tierra. ¿No les parece a ustedes?
Y el señor de espíritu conciliador, muy grave, muy estirado, se aleja dignamente, mientras los dos ex-contendores prosiguen su interminable discusión y el problema de la felicidad de los animales del Jardín Zoológico, continúa tan irresoluble como el de la felicidad de los humanos.
Febrero de 1930.
Cada vez que enciendo la pipa, no puedo menos de consagrar un recuerdo al doctor que me ha dicho:
-No fume Ud. El tabaco le hace daño. Hay una intoxicación manifiesta en su organismo, etc., etc.
Con una mirada bizca, observo entonces la pipa y la veo como un pequeño embudo por el cual la muerte me va entrando en el cuerpo. A cada chupada, soy un poquito más cadáver que antes.
Es un suicidio lento que tiene la ventaja de no recaer en las disposiciones punitivas del código.
Además, yo no lo hago por matarme sino por escribir. En el fondo de cada pipa, hay un artículo. Los hombres de ciencia no lo saben, porque el análisis químico, grosero y materialista, no alcanza a aislar las ideas. No aparecen en el tabaco, ni en la nicotina, ni en el humo. El artículo viene a ser un subproducto que los químicos desprecian por inútil. Yo también creo que es inútil; pero he encontrado la manera de venderlo. Las empresas periodísticas, con un criterio parecido al de las compañías de seguro, se encargan de indemnizar la pequeña dosis de vida que pierde el operario al extraer, a fuerza de chupadas, esa substancia inmaterial que fluye del tabaco y, después de algunas vueltas por el alambique del cerebro, logra fijar en el papel, mediante un poco de tinta.
A mí me pagan, pues, por suicidarme y lo hago valientemente y a conciencia.
Mas ¿acaso no sucede lo mismo en todos los ramos del trabajo? ¿Qué es el cansancio sino una intoxicación?
El más elemental fatalismo aconseja creer, por lo demás, que cada individuo que llega al mundo viene calculado para cumplir tal o cual misión por modesta o insignificante que sea. El coleccionista de sellos, llamado a pegar 10.324 estampillas en un álbum, morirá acaso en el instante en que, con la lengua afuera, se disponga a humedecer el sello número 10.325, con la misma seguridad con que el obrero sentirá que se le cae la barreta de las manos al dar «el último» golpe que el destino le había señalado. No se conoce el caso de un solo operario que haya dado un barretazo después del último.
Con un poco de fatalismo, se puede por lo tanto seguir fumando sin preocupaciones.
¿Cuántas cachimbas, o -substituyendo cantidades iguales-, cuántos artículos me quedarán todavía que vaciar en el papel?
Ni el propio administrador de este diario que es, sin duda, uno de los más interesados en saberlo, podría decirlo con certeza.
Sólo sé que el trozo de vida que me falta por recorrer se va acortando a cada aspiración de nicotina y siento vagamente la impresión de ser una locomotora que se va acercando a la meta: una locomotora que marcha resueltamente a su destino entre azules bocanadas. Cuando llegue a la estación, el viento habrá barrido el humo y no quedará rastro de su paso.
Con el último resollido habrá salido también la última bocanada de humo azul.
Es triste ser una máquina que funciona a nicotina; pero ¿qué se le va a hacer?
Los periodistas estamos tan contentos con la libertad de imprenta, tan «chochos» con ella, que casi no nos atrevemos a tocarla.
Como el papá inexperto a quien acaban de darle la noticia del nacimiento de su primer vástago, nos paseamos nerviosamente de un lado a otro, repitiéndonos:
-¡Qué felicidad, qué felicidad! ¡Si parece que fuera mentira!
En tanto el chico chilla y se agita en la cuna como pidiendo que lo saquen. ¡Qué esperanza! ¡No es el papá inexperto un inconsciente para tomar esa criaturita que parece hecha de masa y exponerse a quebrarle la cintura! Ni tocarla. De sobra habrá tiempo en la vida para que la joroben. Por el momento, a lo sumo, con miles de precauciones, se pueden separar las cortinillas de tul de la cuna para mostrarla a los amigos.
Éstos pueden entreverla, mejor dicho divisarla en la semi-obscuridad de la pieza. La infeliz criaturita casi no tiene aún forma humana, parece un tomate que bala, mientras el cuerpecillo de gusano desaparece aprisionado entre las fajas, las puntas y las mantillas...
Supongo que no habrá nadie tan loco que quiera libertar a la criatura del vendaje, ni sacarla a toda luz, exponiéndola a un resfrío, ni mucho menos pretender que ande y actúe por su cuenta. Sería criminal.
Hay que decirle «agú» y sonreírle, nada más.
Por eso, cuando algún bárbaro -o substituyendo cantidades iguales, un periodista-, en un arranque de amor paternal se acerca a la cuna y quiere sacar al chico y llevarlo a la ventana para que lo vea el público y se convenza de que realmente ha nacido, sus propios compañeros, desde el director hasta el portero, se apresuran a sujetar al desnaturalizado.
-No, ¡por piedad! ¡Que puede morírsenos la criatura!
Y el bárbaro de periodista, se detiene, alza los hombros con desconsuelo y permanece con los ojos fijos en la ventana, cuyos vidrios empaña la llovizna. No piensa ya en el chico; no quiere pensar en él; le parece que así, en la cuna sin aire, también se puede morir de consunción... Sin saber cómo ni por qué se recuerda de un paraguas. Un paraguas maravilloso, de seda, con mango de oro que le obsequiara su mujer para el día de su santo. Ese paraguas -el mismo que no ha traído- permanece guardado en el cajón de la cómoda.
En la mañana iba a sacarlo; pero el tiempo estaba tan amenazante que casi le halló razón a su mujer cuando, pálida y temblorosa, le detuvo junto al cajón de la cómoda como al borde de un precipicio.
-¿Estás loco? ¿Qué vas a hacer? ¡Con esta lluvia...!
Y el paraguas sigue guardado en su funda de seda en el fondo abrigado de la cómoda, cual corresponde a su temperamento delicado, mientras afuera, la lluvia estropea y cala los paraguas burgueses con mango de madera y varillas tembleques.
Cuando el verano se pronuncie más, y el tiempo esté perfectamente bueno y haya sol... entonces será el momento de hacer una intentona...
Es ridículo salir de paraguas en un día de sol; pero ¡qué diablos! Es la única manera de que no se moje y que dure...
Octubre de 1928.
-¿Sabes? Al pobre Belarmino se le acaba de morir un chico.
-¿El que vestía de mamarracho?
-El mismo.
-¡Pobre Belarmino! Vamos a acompañarle en este trance.
Mientras nos dirigíamos a la casa del desdichado padre -un chalet magnífico, comprado gracias a una feliz combinación de letras e hipotecas- íbamos recordando a Belarmino.
Nunca se ha visto patriotismo más ingenuo y dinámico que el suyo. Frente a cada rascacielo se descubría con respeto y la noticia de la contratación de un nuevo empréstito le llenaba de la más pura alegría.
-¡Así progresamos! -exclamaba-. La cuestión es crecer, ¡crecer! Grandes edificios, inmensas ciudades, magníficos caminos; ponernos, de una vez por todas, al nivel de los Estados Unidos.
-¿Con plata prestada por ellos?
-No seas pesimista; eso es lo de menos. La cuestión es superarlos. Por de pronto ya casi se las ganamos en número de empleados públicos y de jubilados. Luego se las ganaremos en contribuciones y dentro de muy poco -tú veras- Nueva York parecerá una aldea junto a nuestro «Barrio Cívico».
Cuando se le observaba que para todo eso era preciso contar con el progreso natural, con la cultura, con el desarrollo de los negocios, en una palabra con el tiempo, Belarmino se indignaba:
-No faltaba más. ¡Esperar, esperar! ¿Dónde queda el dinamismo? El progreso no admite demora. Y, si la plata es prestada, precisamente por lo mismo hay que apurarse. No sea que se nos acabe y quedemos a medio crecimiento. Antes de un año debemos tener los edificios más altos, las piscinas más hondas, los caminos más largos y los automóviles más morrocotudos de toda la América, «Crecimiento Intensivo», ese es mi programa.
Su expresión era la de un iluminado. Después de aquella conferencia lo perdí de vista.
Pasaron varios años. Oí decir que se había casado, y una mañana de sol, creí divisarlo llevando de la mano una especie de muñeco sumamente estrafalario. Era un niño, pero nadie habría podido precisar su edad. Además iba vestido con ropas que a todas luces parecían de su padre. El sombrero se le metía hasta las narices, y la chaqueta larga como sobretodo, cubría el acordeón de sus pantalones.
¡Infeliz criatura! Sin duda alguna, su papá lo vestía de aquel modo contando con aquel crecimiento rápido que tanto le obsesionaba. ¡Cuántas esperanzas cifraría Belarmino en aquel chico! Y ahora, ¡todo terminado para siempre!
Haciendo amargas reflexiones sobre la inestabilidad de las dichas humanas, llegamos a casa del desventurado padre.
Ahí, en una sala obscura, iluminada apenas por la llamita parpadeante de los cirios, estaba la capilla ardiente. La figura de Belarmino, anonadado en un rincón, contrastaba con la trágica silueta de la madre, erguida junto al ataúd.
-¡Él lo ha muerto! -nos dijo señalando a su marido- ¡nunca podré perdonárselo!
Belarmino no respondió.
Movidos de una absurda curiosidad, nos acercamos. ¡Qué ataúd tan extraño: más que ataúd semejaba una de esas canales de madera que se usan en el campo para hacer pasar el agua a través de una hendedura del terreno. Dentro se veía una especie de momia amarillenta, larga y angosta como el mapa de Chile de otros tiempos. Lo que menos parecía era un chiquillo.
-Pero, ¿qué es esto? -preguntamos a una voz.
-¡El niño! -exclamó la madre- ¡el pobre chico! Tenía sólo cuatro años y ese loco se empeñó en que había de tener su altura. Quería que fuera grande de repente. Se asoció con un norteamericano muy forzudo y todas las mañanas lo estiraban. No lo dejaban ni siquiera dormir. Para que creciera durante la noche le colgaban de los pies un saco de adoquines más pesado que las contribuciones... Pobrecito, ¡iba en un metro cincuenta cuando se cortó.
-¡Qué horror!
-¡Lo hice con buena intención! -gimió Belarmino saliendo de su mutismo- ¡Deseaba tanto verlo hecho un gigante!
-¡Cállate! -rugió la madre- ¡No te defiendas, no te excuses!
Nosotros, ante la tempestad conyugal que se anunciaba, nos retiramos precipitadamente de la casa. La desesperación de la madre era explicable; pero ¿quién podría dudar de la buena intención de Belarmino?
Nunca me olvidaré de aquel par de zapatos. Fueron los primeros que compré con «mi plata» cuando me recibí de bachiller, y eran un prodigio de cursilería. De acuerdo con la moda de entonces, tenían una puntilla de charol aguda y murmuradora como lengua de mujer y una caña de gamuza gris perla. Arrullado por su gemido que tenía algo de suspiro entrecortado -el mismo gemido que a esas horas debía estar dando mi cartera, huérfana de billetes-, recorría las calles, y al entrar algo atrasado, como siempre, a la clase de Derecho Romano, el susurro de mis zapatos de charol se confundía con el murmullo de admiración de todo el curso.
El día que fui a un lustrín y coloqué esas maravillas en sendas plantillas de bronce, fue uno de los más felices de mi vida. Me sentía más alto que todos los demás, en una especie de solio, y experimentaba todas esas emociones y esos dulces vahídos del que ha llegado a la cima del poder. Abajo, muy abajo, veía las puntillas de charol ligeramente cubiertas de polvo, y reflejándose en ellas como en un espejo antiguo, la cara un poco picaresca del lustrabotas español.
-¡Qué magnífico calzado se gasta el señorito! -me dijo mientras sacaba la caja de betún.
Agradecí con una sonrisa, porque la emoción me embargaba un poco. «Es un hombre inteligente, que entiende de zapatos», pensé para mis adentros.
El hombre se inclinó, rendidamente, como si hubiera oído mi pensamiento, y comenzó a buscar un paño.
-Pues, créame usted -dijo-, que no es por elogiarlo; pero botines así se encuentran pocos. Sólo don Fulano -y me citó el nombre de un autor teatral a quien yo admiraba-, se gasta unos parecidos... El señorito debe tener talento literario...
-¡Aficionado... nada más que aficionado! -respondí con fingida modestia.
-¡Canastos! ¡Vaya con el aficionado! -replicó el español. -Un caballero tan joven como usted, que sabe elegir una horma de esta clase, tiene que ser un artista.
«Este hombre es realmente talentoso» -seguía pensando mientras con los ojos vagos seguía el ir y venir del paño. Y el español continuaba:
-Oiga usted. Botines como los que lleva pueden considerarse una «creación». Yo, por mi profesión, he visto muchos zapatos...
«Es un técnico, y hay que creerle», repetía mi pensamiento, como un eco, mientras el lustrabotas, con un sentido de adivinación admirable, continuaba el discurso interrumpido:
-Por botines de esta clase, en otros lustrines cobran cuarenta y aun sesenta centavos... (en ese tiempo «la lustrada» valía una chaucha). Es lo que merecen; lo que debía cobrarse; pero yo -¡por algo los españoles descendemos del Quijote!-, no me fijo en el dinero.
«¡Es un artista; claro que es un artista!»... -proseguía soplándome al oído mi vanidad de bachiller; pero yo no defraudaré a este hombre... «¡Hay que darle una propina!»
Al español, no le paraba la lengua. Los ditirambos a los zapatos se confundían con el elogio a mi persona; pero yo no le veía: Miraba el cielo, un cielo brillante y lustroso como el charol de mis zapatos, que se abovedaba sólo para dar sonoridad a la elocuencia de mi admirador.
De pronto sentí un ligero frío en las canillas. Miré hacia abajo: El animal me había embadurnado de negro el gris perla de mis cañas dernier.
Los zapatos ya no existen. El lustrador sanó de los chichones que alguien, que no nombro, le levantó ese día, y coronó, con una vejez opulenta, el comienzo de su carrera política; pero, cuando miro un adulador y veo la desesperación que le produce al adulado, no puedo dejar de pensar: -¡A ese hombre le han lustrado la caña!
Junio de 1929.
Todos, cual más cual menos, llevamos en el fondo del alma un empleado público.
No lo mostramos a nadie; lo ocultamos, cuidadosamente, con esa acuciosidad no exenta de vergüenza con que, en días críticos, escondemos el revólver que ha de defendernos del asalto de un «matón» que nos la tiene «jurada».
El arma que en un principio nos molesta acaba por convertírsenos en algo familiar. En los días de sol, en calles concurridas, cuando el ambiente predispone al optimismo, no nos acordamos de ella; pero en cuanto el porvenir se muestra obscuro y la pobreza -ese terrible adversario de toda la vida- nos acecha en alguna encrucijada, inmediatamente echamos manos del arma salvadora:
-No importa: Ahí me conseguiré un empleo público.
Es el último recurso; es el salvavidas que en los momentos de bonanza miramos como un adorno de borda y que recobra todo su prestigio en cuanto una nube negra asoma en el horizonte.
Es incómodo. Nadie se cala por gusto un neumático en derredor de las costillas, y da un poco de rubor que los pasajeros de cubierta se percaten de que el turista que hasta ayer presumía de hábil nadador, tenga que apelar a ese recurso para salvarse del naufragio; pero ¡qué se le va a hacer! No todos tienen la suerte de ser agricultores, industriales o rentistas, esas tres categorías que acaso por falta de sentido práctico, son las únicas que no han ingresado todavía a la administración.
Y como el naufragio predispone al arrepentimiento, los viajeros en peligro, se apresuran a adjurar de todos sus errores y de todas sus protestas en contra de la empleomanía. Es el momento en que el empleado público -ese modesto funcionario que todos llevamos en el fondo del alma- sale a la luz del sol y se encara con «las clases productoras» que no saben comprenderlo. En realidad, los hombres de trabajo no pueden imaginarse la tragedia de pasar días y días sentado frente a una mesa transcribiendo oficios para que otro los copie y los transcriba, o sacándole el cuerpo al jefe que en cualquier momento puede entrar a la oficina a ordenarle, como el funcionario de marras:
-Fulano: ponga en orden esas cartas; clasifíquelas por orden alfabético y échelas enseguida a la basura.
El empleado tiene gastos extraordinarios. Necesita por de pronto dos sombreros: Uno para la cabeza y otro para la percha, a fin de que lo supla en sus ausencias. Ni siquiera puede echar un sueñecito, entre oficio y oficio, de miedo que algún chusco lo despierte con el viejo chiste:
-Compañero: ¡No ronque de esa manera, mire que puede despertar al jefe!
¡Es para volverse loco! Los industriales, los agricultores, acostumbrados a las mil distracciones que el trabajo trae consigo, no comprenden ese drama que se desarrolla sin más ruido que la llovizna intermitente de la máquina Underwood en el papel de copia.
-¡Están de ociosos! -exclaman como si eso fuera una ganga. Para ellos el aburrimiento -base jurídica del derecho a cobrar sueldo del Estado- carece de toda significación.
No es extraño, por lo tanto, que en la Semana Agrícola se hayan oído voces respetables que se lamentan de las contribuciones, con olvido absoluto de que ellas van en su mayor parte a engrosar ese fondo de seguro nacional que constituye la administración pública. No piensan que al atacar eso que llaman despectivamente la «empleomanía», se cierran una puerta para el porvenir.
Si no hubiera empleos públicos, ¿qué sería de estos pesimistas el día que los impuestos llegaran, como ellos temen, a impedirles trabajar? Por otra parte, hay que ver que ninguno de los que tanto se lamentan, dejan de tener un hijo, un hermano o un pariente próximo ocupado en el servicio del Estado, que recibe con creces lo que ellos pagan en contribuciones.
En realidad, el empleado público es un mero intermediario que hace volver a manos de la familia del contribuyente lo que éste entrega al Fisco. Todo queda, pues, en familia.
Pero estas cosas no las comprenden estos hombres. El ruido de las máquinas, las mil preocupaciones del trabajo, la epizootia del ganado, la baja del trigo, les impiden oír la voz del empleado público que todos, sin excepción, llevamos en el fondo del alma.
En nombre de esa voz olvidada y recóndita, he escrito estas líneas.
Frente a mi casa hay una frutería y en la frutería un loro.
Metido en su jaula, entre las piñas y los plátanos, contribuye a dar carácter y color local a ese pequeño rincón del trópico, donde el loro con su brillante uniforme verde y rojo se pasea, perorando como un caudillo prisionero.
Sin duda, es un loro de oposición, porque, de cuando en cuando, se le escapan palabras muy poco parlamentarias.
Cada vez que esto le sucede, el dueño de la frutería le golpea la jaula, gritándole: «Calladito, calladito el loro», y el loro permanece algunos momentos en silencio. Vagamente, comprende que ha dicho algo que no ha caído bien; pero no sabe con exactitud cuál es la frase que se le critica y pone una cara de periodista, que da lástima.
Su perfil mismo, puntuado por el ojo azorado y parpadeante, parece un signo de interrogación.
-Es un pájaro muy raro -suele decirme el dueño-. Habla y habla que es un contento y me trae la mar de clientes a la frutería; pero, ¿qué quiere usted?, tiene esta maldita maña... De repente, cuando menos se piensa, sale con una barbaridad.
Y con el dedo en alto el dueño de la frutería le repite:
-¡Calladito el loro! ¡Calladito!
Muchas veces, por lástima al pajarraco, le he ofrecido al dueño comprárselo; pero él ha rechazado mis ofertas casi con indignación.
Hace dos semanas que el loro no chista. Tanto le han sacudido la jaula que el pobre pajarraco no se atreve a decir una palabra y ha perdido por completo su interés: parece una victrola descompuesta.
El dueño ha venido a verme: -¿Sabe? -me ha dicho-, el loro se ha callado.
-¡Hombre, lo felicito!
-No me felicite. Un loro mudo no sirve para nada. La gente lo mira y pasa de largo. Además, yo mismo me había acostumbrado: Me hacen falta sus chillidos; me parece que la frutería no es la misma. Para mayor desgracia, los clientes creen que, si el loro no habla, es porque yo le pego y me miran con mala voluntad...
-¡Dele pan con vino!
-¡Qué, señor! Si le he dado de todo y no dice, esta boca es mía.
-Véndamelo, entonces.
-¡Cómo se le ocurre! La gente es mal pensada y al no verlo en el local, pensarían que lo habría muerto a palos o que el negocio no anda bien y que he tenido que liquidar hasta el loro.
Y el hombre se alejó meditabundo.
* * *
No había vuelto a acordarme del vecino; pero, ayer, al amanecer, me despertó un interminable parloteo. No entendía bien las palabras; pero escuchaba claramente que el loro hablaba como en sus mejores tiempos. Cuando me levanté, vi que un grupo de comadres y chiquillos se agolpaba a la puerta de la frutería. La cháchara no cesaba y la calle volvía a recobrar su animación de antaño. ¡Qué descanso! La frutería había vuelto a la normalidad.
Me espanté, cuando en la tarde vino a verme el propietario del negocio, y me imploró con voz desolada:
-Señor, por lo que más quiera, cómpreme el lorito. No puedo más con él.
-Pero, ahora, habla -le observé.
-Sí, señor; ¡más valía que hubiera seguido mudo! Habla, habla mucho, pero no hace más que repetir una sola frase: «Calladito el loro! ¡Calladito el loro!» Me tiene loco, créamelo usted.
Por lástima al dueño -no al pajarraco- le di veinte pesos por él. He colgado la jaula en el patio y oigo, a cada momento, la voz gutural y chillona que repite:
-¡Calladito el loro!
Es molesto; pero no estoy arrepentido. Además, puedo hacerme una reflexión consoladora:
Así como hay gente que compra un despertador que le advierta la hora en que ha de levantarse, ¿por qué no se ha de tener también un loro que le recuerde el momento de callar?
Agosto de 1929.
Es difícil comprender por qué la gente se lamenta tanto de la gripe. Desde luego, la gripe, como el robustecimiento de la autoridad, es una consecuencia de la guerra europea y hay que aceptarla sin protesta. Se necesita ser muy indisciplinado o muy retrógrado para no acatar un hecho que constituye «un fenómeno mundial, una característica de nuestra época», como suele decirse en el Congreso.
Por lo demás, si la enfermedad es un poco desagradable, su tratamiento es uno de los más seductores que haya podido inventar la medicina: Limonada, whisky, cama y una que otra tableta de aspirina, salofeno o creogenina.
Suprímase la tableta, y el tratamiento queda hecho un encanto.
En otras enfermedades, el paciente puede correr el peligro de no encontrar un médico que adivine su mal y le recete con acierto: en la epidemia actual, por el contrario, lo que sobran son médicos y panaceas. Ninguno de ellos tiene título; pero eso no hace al caso porque, como diagnostican en el seno de la intimidad, y no cobran honorario, quedan fuera del control de las autoridades sanitarias.
Acaso ellos también sean una consecuencia directa de la gripe. Como la necesidad crea el órgano, la epidemia ha creado sus facultativos.
¡Y qué actividad despliegan en su oficio!
Basta que un individuo, por falta de dinero o por cortedad de genio para entenderse con el sastre, salga a la calle con ropa de invierno en un día de sol, para que inmediatamente sufra las consecuencias de su indumentaria: Porque si la ropa delgada en día frío predispone a la gripe, la ropa gruesa en día de calor predispone al curanderismo callejero.
Yo salí así la otra tarde e inmediatamente me abordó un caballero de aire respetable y nariz ligeramente violácea que recordaba haber visto antes en alguna parte:
-Lo que usted tiene, señor, es una gripe -me dijo, clavando una mirada de facultativo experto en mi ropa de invierno, y antes de que saliera de mi asombro, sacando del bolsillo del chaleco un pequeño paquete, agregó:- Por fortuna se ha encontrado usted conmigo. Tome usted esta tabletita de «sablina», que es un remedio prodigioso; bébase un buen taco de whisky y enseguida échese a la cama. Va a amanecer como nuevo.
-Pero, señor, si yo no tengo nada...
-¿Nada? Así empieza la gripe. Vamos al bar que está allí enfrente y empiece su curación: Yo le acompaño.
Ante un médico tan amable y espontáneo, no hay más que resignarse y feriarlo con un trago. Fue lo que hice.
-«La sablina» -me decía entre tanto mi interlocutor- es un medicamento absolutamente nuevo, que tiene sobre la «aspirina», la «aseína», la «creogenina» y las demás cosas en «-ina», la ventaja de que se pueden ingerir varias pastillas en un espacio de tiempo relativamente corto. Usted toma con esta copa de whisky una tableta y dentro de cinco minutos puede beberse una segunda copa con una nueva dosis. La «sablina» no le afecta ni al corazón ni al hígado, ni a los riñones... Es absolutamente inofensiva... Haga la prueba por sí mismo... ¡Mozo! Sírvanos otro par de whisky-sower. Yo también, en previsión, voy a acompañarlo con una tableta...
Mientras yo me atragantaba con la segunda pastilla de «sablina», oí a mi médico correr precipitadamente hacia el extremo del mesón.
-¡Disculpe, mi amigo, discúlpeme; voy a atender a ese caballero que viene con una gripe de los diablos!
De lejos alcancé a verle ofreciendo al recién llegado un comprimido de «sablina», mientras el cliente, resignado a todo, comenzaba a pedir whisky. Minutos después le divisé con un individuo de aspecto saludable, al cual, entre copa y copa, hacía un panegírico de su medicamento. ¡Qué propagandista tan abnegado e incansable! Veía a aquel viejecillo, con su nariz cada vez más enrojecida ir de un rincón a otro del bar, repartiendo gratuitamente a diestra y siniestra la panacea antigripal y como el tratamiento predispone al sentimentalismo, no podía menos de admirarlo.
Al pasar frente a mí, le detuve:
-¡Señor! Permítame abrazarlo. Es usted un héroe, un altruista.
El hombre clavó en mí unos ojillos diabólicos. Estaba, sin duda, en la hora de las confidencias.
-¿Altruista? No sea niño, ¿usted ha tomado dos sablinas? ¡Ah! ¡Muy bien! Se siente sano, ¿no es cierto? Entonces tiene derecho a la verdad. La «sablina» es un pretexto -polvo de tiza, nada más- cura por sugestión como el doctor Asuero. La «cura» verdadera la produce el whisky; pero -¡qué quiere usted que haga!- la pastilla me cuesta tres centavos y por el whisky-sower, me piden tres pesos... ¡No me diga altruista! Soy un negociante, un negociante y... un borracho... ¡Qué vergüenza para un viejo!, ¿no es verdad?
Y se echó a llorar desconsoladamente.
Septiembre de 1929.
Nunca la prensa ha atravesado por un período de más encantadora liviandad.
El grave y sesudo editorial que estudiaba los proyectos de ley, que citaba autores extranjeros en pro o en contra de tal o cual medida, y que, con el respeto que le daban sus años, aplaudía o censuraba, se ha marchado refunfuñando por el foro. Tal vez al irse, ha sacado del fondo de su levitón un pañuelo de a cuadros y, con el pensamiento fijo en la columna que va a quedar vacía, se ha enjugado discretamente los ojos por debajo de los lentes.
Esto ha pasado en todos los diarios a la vez. En el sitio que quedó vacante, se ha sentado, ahora, un muchacho más o menos vividor y escéptico, dispuesto, sencillamente a llenar una columna.
Ahora el tema, generalmente de índole poética, se busca en la naturaleza, en la literatura, o en la psicología. Se escribe sobre el otoño, la caída de las hojas, el último libro de Paul Valery o el corazoncito de las bataclanas.
Con la gracia alada de una mariposa, Daniel de la Vega vuela de un tema a otro; Hugo Silva nos suministra todos los días una píldora de dinamismo, dorada y reconfortante; Joaquín Edwards pone a contribución su talento de escritor y escribe sobre «los chunchules»; Manuel Vega nos brinda algunas máximas morales sobre la futilidad de la melena femenina, y este seguro servidor, como las solteronas en las playas, no se suelta del cable de la United Press.
Aun queda un periodista que comenta sucesos de esta tierra: el autor de La revolución ideológica, cuyo origen se pierde, según entiendo, en la noche de los tiempos y que terminó el 4 de septiembre de 1923 a las 12 de la noche. Por este amplio período de la historia patria se pasea la erudición de Augusto Iglesias, criticando sin piedad los acontecimientos.
Hay también verdaderos récords periodísticos. El poeta Roberto Meza Fuentes, durante una semana entera, ha escrito sendos artículos comentando el lunes, el martes, el miércoles, etc.
El grosero alambre de púa, que antes parecía separar el seco y duro terreno periodístico del florido campo de la literatura, se ha abierto de repente y todos, cual más, cual menos, nos hemos precipitado allí en busca de alimento. El paso no ha podido verificarse sin algunos rasguños y desgarraduras; el alambre de púa es traicionero y es natural que algo hayamos dejado en el camino. Por eso, no hay que hacer el inventario y contentarse con aplaudir el esfuerzo que significa el nuevo género de literatura periodística.
Sin embargo, esto no todos lo comprenden. Ayer encontré un amigo y le enseñé entusiasmado un artículo, aparecido en la mañana:
-Es un prodigio, léelo. ¡Columna y media, escrita para hablar de una pestaña!
El otro me miró con un gesto vago de tristeza:
-No me lo muestres. Debe ser una obra de arte, pero no quiero leerlo. He sido del oficio y evito leer los diarios por la misma razón que me abstengo de ir al circo. Las pruebas son muy bonitas, ¡claro está! Una mujer que se cuelga de los dientes a cuatro metros de altura sobre la pista; un kangurú que boxea, un chiquillo que hace el número 8 con el espinazo, un perro que anda en bicicleta... Todo muy interesante. Supone mucha agilidad, mucho ingenio, mucho esfuerzo; pero yo no puedo menos de pensar en lo que ha costado ese aprendizaje. ¡Cuántos palos habrá sufrido el kangurú! ¡Qué hambres atrasadas, delatan esos dientes que ahora se resignan a colgarse de un trapecio! ¡Cuántos sufrimientos y amarguras habrá sufrido el chico antes de aprender a doblar el espinazo en esa forma! Soy sensible, y no puedo soportar ese recuerdo que me amarga el espectáculo; por eso no voy al circo; por eso no leo diarios.
Y yo me he quedado frente a él, mudo, con el artículo extendido, sin saber qué hacer. Mi actitud tiene algo del elefante, pesado y torpe, que trata de hacer piruetas encima de un barril.
Abril de 1929.
Un ciudadano español acaba de «detentar el récord» -¡qué frase para el padre Morales!- de permanencia involuntaria en motocicleta.
Cuenta, en efecto, el cable que, deseoso de aprender el manejo de uno de esos vehículos, el vecino de Cádiz, Andrés Mérida, tuvo la fatal ocurrencia de sentarse en la pequeña silla de cuero y, sin consultar a nadie, mover algunos fierrecitos que tenía al alcance de la mano.
De pronto la motocicleta comenzó a trepidar desaforadamente sin moverse de su sitio, lo mismo que si estuviera paralítica. Alarmado el señor Mérida, le movió un nuevo resorte. Fue como tocarle el trigémino. La paralítica partió, hecha una exhalación, llevando al señor Mérida sobre su espalda. Parecía un toro desbocado. Inútilmente el jinete, aferrado con dientes y uñas a los niquelados cuernos de la bestia, intentaba entre barquinazos y saltos, desprender una mano y dar con la palanca salvadora. ¡Todo en vano! El señor Mérida no conocía el mecanismo. Montado en aquella bestia indómita, que parecía elegir los adoquines sobresalientes, los baches del pavimento y todos los tropiezos, sólo por darse el gusto de franquearlos, el improvisado sportman comenzó a ser el blanco de todas las miradas.
-¡Muévale esa palanca de la izquierda! -le gritaba un curioso.
-No, la otra ¡la que le movió denantes!...
-Pero ¡vamos! ¡tenga calma! -le aconsejaba otro.
Mérida no respondía. Con los dientes contraídos y las manos crispadas sobre los manubrios, proseguía su desatentada carrera. No tenía fuerzas para protestar; gruñía, simplemente; pero en ese gruñido, que era la concentración de los dolores de todo su organismo sacudido como una cocktailera, había una protesta sorda contra el inventor de la motocicleta, contra los curiosos, contra el pavimento y ¿por qué no decirlo de una vez?, contra España entera, desde él mismo hasta Su Majestad don Alfonso, pasando, naturalmente, por Primo de Rivera. Porque es claro que, siendo el señor Mérida, de pura cepa española, ha tenido, por la fuerza, que descargar su indignación contra el Gobierno.
Las mujeres lo miraban contristadas:
-¡Pobrecito!... Dos horas dando vuelta a la manzana. ¡Debe tener las entrañas hechas menudillo!
Don Andrés Mérida oía esos lamentos como en sueños. Al completar las cuatro horas de carrera, le parecía que el hígado, el corazón y los riñones, le sonaban en el cuerpo como las pepas de una calabaza. Su cuerpo entero era un inmenso cascabel y un ruido de campanillas lejanas le zumbaba en los oídos.
Ahora, no sólo las mujeres; también los hombres estaban compadecidos. Ya no se reían. El propio dueño de la moto, el que había pagado el combustible, no se acordaba ya del gasto:
-¡Desgraciado! Ojalá se le acabe luego la bencina -suspiraba.
Mérida estaba medio loco; el recuerdo de Primo de Rivera, -ese hombre que de buenas a primeras también se halló montado en una motocicleta sin poder bajarse de ella- le perseguía como una obsesión. Sí; él era un Primo de Rivera que buscaba inútilmente el resortito que devolviera la calma a ese aparato, cuyo complejo mecanismo es tan difícil de aprender sobre andando. Una palanca, un tornillo, una asamblea constituyente, cualquiera cosa, para que aquello terminara. Los consejos que le daban al paso los curiosos no hacían más que perturbarlo, y, a cada nueva vuelta, volvía a su cerebro con la insistencia de una victrola descompuesta la célebre frase de don Antonio Maura: «Hay gobiernos que son como las bicicletas: sólo mantienen su estabilidad mientras están en movimiento. Si se detienen, caen». Y don Andrés Mérida no quería caerse. Una especie de amor propio se había apoderado de su espíritu, a pesar de las protestas reiteradas de sus asentaderas. No quería caerse: deseaba descender por sus cabales; suavemente, tranquilamente como todos.
La misma frase del perjudicado: «Ojalá se le acabara la bencina». Lo hería ahora en lo más hondo.
Y, sin embargo, no había más salvación que ésa. A las siete horas y cuarenta y tres minutos de carrera, la motocicleta dio un último resoplido y se detuvo.
Don Andrés Mérida estaba deshecho. Había obtenido el récord de permanencia involuntaria en moto; pero el triunfo deportivo le dejaba indiferente. No pensaba en él mismo:
-¡Pobre Primo de Rivera! -exclamó- ¡Continúa corriendo todavía!
Y se desplomó como un fardo en brazos de los asistentes.
Septiembre de 1929.
Es grave, por no decir alarmante, la declaración hecha en París por el tenor Tito Schipa, acerca de que los amigos de Caruso han decidido reabrir, cada tres años, su ataúd, con el propósito de mantenerlo vestido a la última moda mientras el embalsamiento lo mantenga intacto.
Es grave porque, con la declaración del tenor Schipa, la moda franquea, por primera vez, un recinto que hasta hoy le había sido vedado: el de la muerte. Una de las ventajas del reposo eterno, la de no tener que preocuparse de la ropa y, por lo tanto, de los sastres, cae tronchada por su base.
La moda, esencialmente mudable y caprichosa, deja a un lado sus frivolidades, para seguir al gran cantante más allá de la vida. No es el primer caso, en que una coqueta empedernida se enamora y, rompiendo con el pasado, se convierte en una Artemisa; pero Caruso no esperaba, sin duda, tanta fidelidad y, como buen hombre de mundo, debe haberle molestado.
¡Qué diablo! A quién le gusta que lo quieran a uno en esa forma y que vayan a despertarlo hasta en el nicho.
«¡Ya ni en la paz de los sepulcros creo!» -habrá exclamado el célebre tenor, recordando a Espronceda, al saber la noticia de que su ex-colega Tito Schipa, encabeza un movimiento para sacarlo cada tres años de la tumba por algunos minutos para cambiarle de traje, como él solía hacerlo en los entreactos.
Es molesto y es ridículo. Como todavía es el único, Caruso va a crearse en ultratumba una fama de difunto «pije» y este dandinismo macabro terminará definitivamente con su celebridad de artista.
-¿Quién es ése? -preguntará un muerto a otro.
-Es Caruso. Un difunto muy dado a la elegancia, que anda toda la vida, quiero decir toda la muerte, a la derniére -contestará el interpelado. Y nadie se acordará de que Caruso fue un tenor eximio. Su celebridad se basará, no ya en el arte, sino en la indumentaria, lo mismo que si fuera un vulgar hijo de familia que no tiene más preocupación que la ropa.
Para un hombre célebre, esto es por sí solo una gran contrariedad. Agréguese a ello el que Caruso no podrá elegir sus trajes, ni siquiera la «tenida» que habrá de usar durante los tres años y quedará entregado por completo al gusto y la voluntad de sus amigos vivos. Es posible que en los dominios de ultratumba la indumentaria más corriente sea la mortaja. Es una ropa cómoda y apropiada al efecto, como la bata o el pijama lo es para estar en la casa.
Pero, seguramente, los amigos hombres elegantes, con ese gusto un poco rebuscado que caracteriza a los artistas, no se conformarán con vestir a un ex colega con una mortaja. De seguro le elegirán un vetón de a cuadros y ese maldito sobretodo con cuello de pieles que usan para retratarse y parece constituir la suprema elegancia de los «divos». Caruso andará con suerte si, por tratarse de un acto tan importante como la muerte, sus amigos resuelven vestirlo de frac. Ésta es, naturalmente, una mera suposición porque el frac pierde terreno, y, aún en circunstancias más tristes -vr. gr., la apertura de las Cámaras- raros son los que lo llevan; pero, en fin, supongamos que a Caruso le vistan de estricta etiqueta ¿mejorará mucho, por eso, su situación?
Un individuo, por difunto que sea, enfundado desde la mañana hasta la noche en una prenda de uso tan poco familiar resulta grotesco. Preferible sería para él, pasar inadvertido con su traje viejo, un poco verdoso y, por lo tanto, más en armonía con su tinte cadavérico de embalsamado.
Después de la resolución de sus amigos colegas, a Caruso no le queda, en realidad, más esperanza que la de que su cuerpo se disgregue y vuelva al polvo; mas, en esto mismo se presenta para él una anormalidad.
Los vivos se cambian de ropa cuando se les acaba el traje y a Caruso dejarán de cambiársela cuando se le acabe el cuerpo.
Para los primeros existe la defensa de buscar una tela resistente; pero ¿qué puede hacer el gran artista para que le dure el físico?
¡Qué desgracia tan grande es para un muerto haber tenido amigos tan respetuosos de la moda masculina!
Junto con otros prospectos, recomendando el «escobillón automático para limpiar pisos», recibí la siguiente circular que, por referirse a una cuestión de actualidad, me apresuro a poner en conocimiento del Gobierno:
No sé si después de los diversos proyectos presentados últimamente al Congreso, la oferta norteamericana será todavía oportuna; pero ¿por qué no hacer un ensayo?
Julio de 1929.
La Alcaldía de Valdivia ha dictado un decreto por el cual se prohíbe a los fabricantes de ataúdes exhibir su mercancía y se ordena a los conductores de carrozas fúnebres guardar la debida compostura, «pues se les ve con frecuencia fumar mientras conducen los restos de una persona al cementerio».
Aunque el texto no puede ser más claro, es bien difícil precisar lo que quiere la autoridad.
Según la primera parte del decreto, se ve patente la intención de apartar de los ojos del público el espectáculo triste de la muerte. ¡Nada de ataúdes que entenebrecen el espíritu sin provecho para nadie! La autoridad vela, hasta ahí, por la alegría pública.
Pero, en la segunda parte del decreto, se prohíbe al conductor de la carroza -en aras de la imponente lobreguez del funeral-, hasta el más leve esparcimiento: La autoridad vela por la tristeza pública.
Ahora bien, ¿qué quieren los ediles de Valdivia? ¿Alejar el pensamiento de la muerte o hacerlo más intenso? ¿Aumentar el auge de las pompas fúnebres o propender a su disminución?
Porque es evidente que uno de los medios más seguros de predisponer los ánimos, para asistir dignamente a unas exequias, es por medio de las exposiciones de ataúdes.
Una multitud alegre y confiada, una multitud risueña que no se acuerda de la muerte ni quiere pensar en ella, es lo menos apropiado para dar carácter lúgubre a un entierro. Fume o no fume el conductor, los asistentes son capaces de reírse del difunto.
En cambio, si por efecto de los féretros, los ánimos se encuentran abatidos, el solo espectáculo de ese hombre indiferente que fuma un trigo regular, con el olvido más completo del occiso, puede hacer llorar a gritos a los asistentes.
Si la Alcaldía de Valdivia quiere realmente velar por el buen humor de la ciudad, como parece darlo a entender, la primera parte del decreto, lo lógico sería mantener también ese factor inapreciable de serenidad que representa el cigarrillo del conductor de la carroza. Más aún, debiera permitírsele que se riera, que echara a la chacota su misión y dirigiera pitorreos a los deudos. El entierro perdería así, todo carácter triste, y los acompañantes volverían a sus casas satisfechos, como si en su vida hubieran visto un ataúd, ni en las vitrinas, ni en el cementerio, ni en ninguna parte.
Porque hay que considerar que la vista de un cajón, es mucho menos triste que la de una tumba. Mirado fríamente, un ataúd no pasa de ser una caja de violín algo más grande. Lo que le da carácter triste es el violín o mejor dicho el muerto; y, mientras no se discurra una manera de alegrar a los difuntos, todos los esfuerzos que se hagan por quitar el aspecto fúnebre a estas cosas serán más o menos estériles.
Es difícil que se pueda inventar algo más ridículo que algunas «carrozas de primera». Ningún vivo se atrevería a andar en ellas, y sin embargo, cuando las vemos no nos sonreímos.
¿Logrará mejor éxito en este sentido la primera parte del decreto edilicio valdiviano?
Pues, en cuanto a la segunda, no cabe duda de que tendrá resultado.
Un cochero fúnebre con ganas de fumar debe ser un espectáculo de partir el alma.
Mayo de 1929.