Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
Anterior Indice Siguiente




ArribaAbajoTontilandia

Viaje fantástico



- I -

La llegada


Tontilandia, 22 de junio de 1928.

La isla de Tontilandia no aparece en ningún mapa, no por culpa de la isla sino de los cartógrafos.

Pero esto no hace al caso; baste al lector saber que Tontilandia, fiel cumplidora de todos sus deberes para con la geografía, es una extensión de tierra rodeada de agua por todas partes.

Sus acantilados son altos, blancos y llenos de agujeros. De lejos parece un queso suizo. En cada uno de estos agujeros habita una pareja de tontilandeses.

Pasan la vida jugando al emboque y no salen de sus cuevas por temor a que se les cobre impuesto.

Tampoco necesitan trabajar, porque los tontilandeses son muy optimistas y viven de ilusiones.

Sólo una parte muy pequeña de la población se dedica al laboreo y a la industria. Sobre ese corto grupo de individuos recaen por entero las contribuciones. Sudan y se afanan de la mañana a la noche; pero nunca logran estar al día en sus pagos, porque en Tontilandia existe un impuesto que grava todo ejercicio muscular que tienda a algún objeto práctico.

El impuesto ha dado tan buenos resultados que se ha podido elevar a quince veces la planta administrativa, y aún así, queda anualmente un superávit que alcanza casi a la mitad del valor de los empréstitos que se contratan para producirlos.

Todos los tontilandeses, sin excepción, llevan una barra de grillo en los pies; pero viven muy contentos, porque saben que, aunque ellos están pobres, la situación económica de Tontilandia no puede ser más satisfactoria.

*  *  *

Llegué a Tontilandia el 28 de diciembre, día en que los tontilandeses celebran su aniversario nacional. Una tempestad me arrojó encima de un molo de concreto que los habitantes han construido con el objeto mal disimulado de recoger todos los barcos que se acerquen a su puerto principal.

Cada invierno recogen, así, veinte o treinta naves que, al estallar los temporales, no alcanzan a retirarse con la debida velocidad de la zona resguardada por el molo, la cual, a juicio de todos los pilotos, es la más peligrosa.

Gracias a esta política portuaria, se elimina anualmente los barcos en uso, y Tontilandia dispone de una flota mercante, si no muy numerosa, a lo menos, siempre nueva.

Naturalmente estas cosas sólo he venido a comprenderlas algunos meses después. Cuando la ola me arrojó de cabeza sobre el molo, estaba tan aturdido, que en el primer momento, los tontilandeses que acudieron a salvarme, me tomaron por uno de ellos.

Por desgracia, junto con recuperar el sentido, se dieron cuenta de su error.

Un hombre octogenario cuyas barbas blancas emergían del bozal, y que, a juzgar por su miopía debía ser Vista de Aduana, comenzó a olfatearme de pies a cabeza.

-¿Usted es extranjero? -dijo con voz parecida a los de los ventrílocuos- Y, en consecuencia, no puede entrar a este país. En Tontilandia seguimos una política nacionalista y, por otra parte, en el arancel aduanero revisado últimamente por la Dieta -así llaman los isleños al Congreso- no figura la categoría de «extranjero». A lo sumo podríamos equipararlo a la mortadela en tarros; pero usted viene sin envase. Además no sé si le pueda considerar en buen estado. Usted parece estar un poco rancio, y en tal caso habría que arrojarlo al agua. Las disposiciones sanitarias sobre artículos alimenticios en malas condiciones no dejan lugar a dudas sobre este particular. Todos los días arrojamos al mar quinientas carretadas de verduras, y otras tantas toneladas de pimienta, queso, etcétera, por el mismo motivo. La mitad del alimento de la población la botamos al Océano...

Yo me eché en tierra y, de rodillas, le supliqué, por lo más sagrado, que buscara en el arancel algún capítulo por el cual pudiera ser importado en Tontilandia.

Al verme tan angustiado, el viejo se compadeció y comenzó a hojear el Reglamento.

-A ver..., a ver... Busquemos en el rubro de los peces... ¿Qué le parece si lo consideramos arenque? Los derechos son menores que los del bacalao... Lo malo es que le falta el requisito del envase...

-Señor, ¡por piedad! -le dije-, considere que mientras usted estudia el arancel me estoy helando hasta los huesos!...

Esta súplica fue para el Vista de Aduana, como una revelación. Parpadeó algunos minutos y me palpó las pantorrillas y el cuello...

-¿Sabe?, ¿sabe?... ¡Yo creo que podríamos incluirlo en calidad de carne congelada!...

Así logré entrar a Tontilandia, pagando un derecho de $0.20 kilo.

En cuanto a lo que allí me sucedió, mañana, si el tiempo lo permite, lo sabrán los lectores.




- II -

Hacia el misterio


Tontilandia, 23 de junio.

Tontilandia es un país edificante: basta salir de la ciudad para ver el entusiasmo con que se edifica. Poblaciones enteras surgen como callampas en los barrios suburbanos, con tanto mayor vigor cuanto más se alejan del centro.

No es que falten casas en la ciudad, pero, a juzgar por los carteles de venta o arrendamiento, ninguno quiere habitarlas. Los tontilandeses fieles a los preceptos de su gran médico higienista Gedeón, esperan realizar el ideal de edificar las ciudades en el campo.

Según ellos, el aire es mucho más puro, se está más en contacto con la naturaleza y se evita la despoblación agrícola. Actualmente la tendencia de los campesinos es irse a las ciudades; pero, llevando la ciudad hacia ellos, esta dificultad se soluciona.

Con el sistema de edificar en los suburbios dejando abandonados los edificios que constituyen la actual planta urbana, se espera llegar al desiderátum de la ciudad en forma de rosca. Si las casas centrales no se arriendan ni se venden, la acción del tiempo las irá arrasando poco a poco, hasta que el sitio ocupado por ellas se convierta en un gigantesco elipse.

Esto no es un inconveniente, porque los tontilandeses son todos footballistas.

Para ellos no hay placer comparable al de los puntapiés y pueden medirse con los jugadores de cualquier país, sin desmedro para el amor propio nacional, porque cuando ganan se llaman tontilandeses y cuando pierden se llaman «sudamericanos».

No hay memoria en los anales del football de que los tontilandeses hayan sido derrotados.

Los sudamericanos si que no vencen casi nunca.

Todas estas cosas me las explicó mi guía, el viejo vista de aduana, a través de su bozal, en voz muy alta, «en precaución -según me dijo- de que alguien pudiera oírnos».

-Pero con esos gritos, lo van a oír mucho mejor...

-No importa. Lo que aquí se castiga son las conversaciones en voz baja, los secreteos, los rumores... En voz alta se puede hablar lo que se quiere.

Yo no pude reprimir un gesto de extrañeza; pero el viejo se volvió hacia mí en actitud severa y me ordenó:

-¡No haga gestos! Si quiere decir algo, grite usted a todo pulmón.

Me puse las manos en la boca, como una bocina, y aproveché la oportunidad para preguntarle en el tono más alto que pude, adónde me conducía.

-¡No se lo puedo decir! -me gritó- ¡Siga usted!

Íbamos por un camino hermosísimo de concreto armado, pulido y reluciente como el hierro de una plancha; pero, según el guía me explicó, el camino no tenía nada de plancha ni mucho menos de plancha económica. Había costado buenos pesos y para su construcción se había contratado un empréstito interno tomado espontáneamente por el Fondo de Periodistas.

-¿Cómo es eso?

-Sí, señor: Los periodistas tienen mucho fondo. Va a ser un gran negocio para ellos. El empréstito se servirá sobradamente. Además de la contribución de peaje, se ha pensado en imponer a los automovilistas un impuesto de choques y atropellos. Calculando un promedio de quinientos accidentes diarios a 50 centavos cada uno...

-¿Y si por desgracia para los periodistas los automóviles no chocan y el servicio del empréstito se hace imposible?

-¡Ah! Entonces ellos quedan dueños del camino. Pueden dividírselo. Les corresponde a razón de un metro cuadrado de concreto por cada periodista. Creo que no pueden quejarse.

Mi terrible guía tenía soluciones para todo.

Incliné la cabeza y continué marchando, bajo un cielo lleno de nubarrones tan negros como el porvenir que me esperaba en Tontilandia.

De pronto se descargó una espesa lluvia. El agua me calaba hasta los huesos, corría por el magnífico camino como por un cauce y amenazaba arrastrarnos.

-¿Qué vamos a hacer? Éste es un verdadero diluvio...

-No le dé importancia. Deseche usted la idea de la lluvia y de la falta de paraguas. Son conceptos anticuados y anacrónicos. Cosas que echan a correr los desplazados. ¡Ríase usted de esas aberraciones!

No tuve más remedio que reírme.

A lo lejos se veía una especie de pagoda china coronada por una inmensa pelota de football y un zorzal.

El viejo me hizo una seña misteriosa y emprendimos la marcha con nuevos bríos.




- III -

Horas de dieta


Tontilandia, 24 de junio de 1928.

Sin duda alguna, el edificio más representativo de la isla es esa pagoda extraña, con sus cúpulas en forma de pelotas de football, en cuya cúspide giran sendos zorzales a guisa de veletas.

Esta mezcla de zorzales y pelotas, según me expresó el guía, da una idea muy exacta de la idiosincrasia nacional.

Es muy probable; pero no sé por qué la versatilidad de aquellos pajarracos, dispuestos siempre a volverse del lado de donde sopla el viento, me produjo cierta tristeza.

Bajo ellos, en el primoroso e imponente pórtico de laca roja, se leía un letrero en gruesos caracteres dorados que decía: «Dieta nacional».

-¿Es un Congreso o un restaurant? -pregunté al guía.

-Algo así -me respondió-. Aquí sesiona habitualmente el cuerpo digestivo o si usted quiere «lego-digestivo», porque debo decirle que en sus funciones gastronómicas hay algo de legal. La dieta y la función legislativa forman un solo conjunto. Trabajan comiendo como los rotarios. ¿Quiere usted verlos sesionar?

Subimos por una intrincada escalera de caracol a la tribuna de la prensa. El cuadro que desde allí se presentaba a la vista, no podía ser más interesante.

En un extenso semi-círculo, alrededor de una gigantesca paila de cobre, se agrupaban, cucharón en mano, sesenta y dos tontilandeses amarrados con otras tantas cadenitas al fondo, donde hervía un caldo espeso.

Un penetrante olor a dieta de ave, o para ser más exacto, de gallina, hacía casi irrespirable la atmósfera del recinto.

Una particularidad de los dietarios, es que en lugar de bozal llevan en la boca una especie de corneta de caucho. De lejos parecen gramófonos.

-Cuando se lanzan a hablar deben producir un ruido ensordecedor -dije a mi guía.

-Sí, señor, antes era algo espantoso; pero ahora están descompuestos. Para no perder la bocina, la usan como embudo. Así no pierden una gota. No todos vienen, sin embargo, al comedor; los más dignos se hacen llevar la dieta a su casa. Pero calle, porque ahora ha comenzado la sesión.

Efectivamente, el caldo estaba en su punto y los dietarios, encuclillados en torno del fondo común, comenzaban a agitarse.

-Señor presidente: ¿puedo meter mi cuchara en este asunto?

-Lo puede, honorable dietario.

Acto continuo, el cucharón comenzaba su constante ir y venir de la paila al embudo.

De cuando en cuando un caballero de aspecto respetable sacaba del bolsillo un papelito, lo arrugaba en forma de pelotilla y, al descuido, se los dejaba caer en la paila.

-¿Y esos papelitos?

-Son proyectos de ley. Se los tragan sin saber cómo. Ya han despachado más de diez.

-¿Y si se atoran?

Mi guía se puso serio.

-No tenga cuidado. Todo está previsto.

Al que se atora una vez, se le echa para afuera y si vuelve a atragantarse, se le echa más afuera. Por eso no todos quieren venir al comedor. Por lo demás, ellos también echan de vez en cuando sus proyectitos en el caldo.

En realidad, algunos dietarios, con manifiesto disimulo, llenaban algunas carillas de papel y a la primera distracción de sus colegas, las revolvían con la dieta... por si pasaban...

De pronto, el viejo tontilandés, me apretó nerviosamente un brazo.

-¡Mire usted a ese bárbaro!

-En el grupo de dietarios, casi todos morenos, se destacaba un individuo rubio que escribía afanosamente en un trozo de tabla.

-Es un proyecto de ley de matrimonio por horas -me dijo misteriosamente el guía-. Es la segunda intentona que hace, de lanzarlo... Vea usted cómo la tabla ha quedado nadando en el caldo... ¡Este rubio es un lince!

¡Ha salpicado a todos sus colegas y cree que no lo ha visto nadie!

-Pero ¿piensa usted que un proyecto así puede pasar...?

Mi guía se alzó de hombros.

-Yo creo que no cabe en el embudo... pero ¡en fin!, todo es cuestión de gaznate. ¡La dieta es tan buen lubricante!

Le pedí que nos saliéramos.

El aroma de la dieta me había dado un apetito horrible y, contra mi voluntad, comenzaba interiormente a encontrarles razón a los dietarios.

Al salir, me encontré con uno de ellos.

-¡Feliz, usted -exclamó al verme- que no está obligado a engullir como nosotros...! Pero tenemos que sacrificarnos por el país. ¡Qué sería de Tontilandia, sin sus legítimos representantes! El correcto funcionamiento de los organismos lego-digestivos, es la piedra angular sobre la cual se asientan, la dignidad de las instituciones, la intangibilidad de los derechos, la firme, augusta y severa comprensión de los deberes cívicos y la inconmutable, sobria, depurada, y dinámica actuación de los representantes que en forma solemne, incontrarrestable, abnegada y tranquila...

Yo me alejé para no oírlo. Además, tenía muchos deseos de almorzar.




- IV -

Las tontilandesas


Tontilandia, 26 de junio de 1928.

La enfermedad nacional en Tontilandia es el bostezo crónico.

Todo el mundo anda aburrido hasta el punto que cuando un tontilandés se ríe, se presume de derecho que está ebrio y los guardianes lo llevan a la policía.

Con la permanencia en la Comisaría y la consiguiente multa el desdichado deja de reírse y toma el aire profundamente triste de sus conciudadanos. Entonces se le declara «en estado normal» y se le deja en libertad.

Esta tristeza nacional es el mayor encanto de la capital de la isla y las autoridades hacen cuanto está de su parte para mantenerlo.

Se han dictado reglamentos muy severos para que nadie ría ni converse pasado las diez de la noche. Conjuntamente se han tomado medidas para proteger el turismo.

Realmente es la ciudad ideal para turistas... de luto.

Hay que tener la vista acostumbrada para distinguir un paseo de un acompañamiento funerario. Los niños menores de un año, que no están acostumbrados al ambiente, optan por regresar al otro mundo. De ahí la enorme mortalidad infantil de Tontilandia. Muere el 50 por ciento. La población restante se la dividen por iguales partes los médicos y los autobuses.

Sin embargo, yo no sé cómo se las entienden porque en Tontilandia hay siempre un superávit de difuntos. Esta entrada extraordinaria de cadáveres la producen los muertos de aburrimiento.

Afortunadamente, como se trata de operaciones de contabilidad, la operación queda saldada en esta forma:

Defunciones Población
Menores de un año 50%
Atropellados 50%
Muertos de aburridos 50%
100
________________________
150 100
Saldo para igualar 50
________________________
Totales 150 150

Para explicar esta diferencia, se dice que es solamente aparente, que se trata de una simple operación de caja o que los difuntos calculados no corresponden a las expectativas que la estadística cifraba en ellos.

Los tontilandeses se dan por satisfechos y piensan que en el peor de los casos ha habido una importación subrepticia de cadáveres -¡el contrabando es tan difícil de extirpar!- y continúan bostezando gravemente.

De todos modos, para un extranjero, como yo, la capital sería inhabitable si no fuera por las tontilandesas. Son un encanto y se recortan todo desde el cabello a los vestidos. La falda y la melena siguen una progresión tan exacta que basta verles la cabeza para calcular el largo de la pollera y viceversa.

Estas muestras de cortedad constituyen, sin lugar a dudas, el mayor atractivo femenino.

Además es un mentís a los que, fundándose en que las mujeres fuman, visten traje sastre, van al club, etc., aseguran que cada día se parecen más a los hombres. No hay confusión posible. Aun en el biógrafo, en que el teatro está obscuro, no se ha visto el caso de una equivocación.

Por desgracia para ellas suelen ser víctimas de la maledicencia o mejor dicho de la edad de los tontilandeses, porque éstos, en pasando de los sesenta años, se vuelven terriblemente moralistas.

Aprovechándose de su condición de neutrales, se mesan, indignados el cabello blanco o se frotan la calva a ocho reflejos para exclamar en tono tétrico:

-¡Esto ya no tiene nombre! Las niñas, y aun las señoras llevan el traje a la rodilla, fuman y se pintan... ¡Cualquiera las tomaría por unas perdidas! ¡Hacen cuanto pueden por parecerse a ellas!

Lo que no ven estos tontilandeses es que estas últimas, en cambio, hacen todo lo posible por parecerse a las señoras: Visten muy serio, casi no se pintan y usan argolla de compromiso para que se las respete. La diferencia es, por lo tanto, bien notoria y se debe precisamente a que las señoras hacen lo contrario. ¿Qué sería de Tontilandia el día en que las mujeres serias no abusaran un poco del «maquillaje» para distinguirse de las otras, que tratan de pasar por tales?

Ignoro si mi calidad de turista me perturba un poco; pero creo que sería una utopía exigir que toda la población femenina fuera, igualmente correcta. Así y todo, las tontilandesas son encantadoras. Sólo tienen un defecto y es que son intelectuales y económicas.

Y en Tontilandia las conferencias y el comercio minorista están en manos de los turcos.

La confusión entre ambos giros de negocio, produce resultados tan lamentables como pedir dos varas de satín a un literato o una disertación psicológica al dueño de una paquetería.

Es posible que con el tiempo esta dificultad se solucione con conferencias de distintos géneros -lana, seda o algodón- que lleven títulos tan pintorescos como: La filosofía del terciopelo o El subconsciente del lienzo.

Entre tanto la situación literaria y comercial de la ciudad sufre una crisis. El comercio mayorista cierra sus puertas porque no resiste la competencia de los árabes, y éstos se dedican a conferencias y arruinan a los literatos. Total que nadie vende y todos hablan.

Todo por culpa de las tontilandesas. ¡Y pensar que, sin ellas, Tontilandia sería inhabitable!




- V -

Un hombre dichoso


Tontilandia, 9 de octubre de 1928.

Cretinópolis es una maravilla. Se eleva al centro de la isla y cuenta con un cerro en miniatura, dos rascacielos de juguete, y una infinidad de casitas de adobe imitando yeso, de yeso imitando cemento y de cemento imitando piedra.

La imitación es tan perfecta que Cretinópolis, de lejos, semeja una torta de pastelería y de cerca no cabe la menor duda. Cada seis meses la pintan de otro color y queda como nueva.

Parece que en otro tiempo ha habido en la ciudad bastantes árboles; pero la autoridad los ha cortado para hacer «parques ingleses». Esta manera de fabricar parques, talando todos los árboles y plantas hasta dejar la tierra reducida a una copia fidedigna del desierto, es una especialidad de Tontilandia. Se da para ello como razón el que los tontilandeses son muy enamorados, y, en viendo un árbol cuya fronda los substraiga a la mirada del guardián no resisten al deseo de besarse; pero lo probable es que la autoridad corte los árboles por temor a que se los coman, porque hay muchos naturistas y la caza de animales mayores sólo se permite durante los meses de invierno.

Además en Cretinópolis, reina el hambre, porque cada tontilandés tiene un automóvil y una casa, comprados, sin dinero, a treinta años plazo y como todos tienen ambas cosas, y todos se sienten «clavados», no hay nadie a quien vendérselos.

Entre tanto la administración local necesita dinero, porque es buena y lo bueno cuesta caro. En consecuencia, hay un déficit que deben pagar los tontilandeses, que también tienen un déficit.

Para obviar esta serie de dificultades, la autoridad, con muy buen criterio, y bajo pretexto de celebrar el día de los inocentes -festividad nacional de Tontilandia- procedió a ordenar una nueva tasación de las propiedades.

Era lo único que quedaba por hacer. Es un hecho averiguado que la renta guarda íntima relación con el capital que la produce.

Si los propietarios no pueden pagar bastantes contribuciones, es porque no tienen suficiente renta y, si no tienen suficiente renta es porque las casas no son todo lo valiosas que debieran serlo. A fin de remediar el mal, en sus mismas raíces, se alzó, pues, al cuádruplo la tasación de los inmuebles.

Esto ocurrió el 28 de Diciembre a las 12 de la noche. El 29 de Diciembre en la mañana, todos los tontilandeses amanecieron millonarios.

Para que no murieran de alegría se les subieron las contribuciones. Realmente la felicidad fue tan grande que un tontilandés que estaba en el octavo piso de un rascacielos de su propiedad, al sacar la cuenta de su riqueza por el impuesto con que había sido agraciado, se dejó caer de salto al suelo.

En lo más profundo del corazón de cada tontilandés, duerme el anhelo oculto de ser expropiado.

El 30 de Diciembre, no pudieron funcionar las oficinas públicas. Todos los hombres de Cretinópolis -en la capital no hay más que funcionarios- subidos en lo alto de una escala, pegaban papeles blancos: «Se vende», «se alquila», «se permuta».

Un comerciante norteamericano que, previendo las consecuencias del nuevo avalúo, había hecho el trust de la goma de pegar, quebró ruidosamente, porque los tontilandeses en su precipitación por vender, pegaron los papeles con saliva.

Parecía que una inmensa nevada hubiera caído sobre la ciudad.

Trepado como una gallina, en el último peldaño de la escala un tontilandés, en un rapto de expansión, me saludo sin conocerme.

-¿Verdad que estamos salvados? ¿Qué le parece a usted que es extranjero? ¡Estoy ofreciendo en venta este palacio por la mitad de su valor! ¡Ahora si que estoy seguro de venderlo!

Pero en Cretinópolis, las alegrías duran poco. Una semana después los ciudadanos habían vuelto a tomar ese aire grave y compungido, que es la característica de la raza.

Sólo como un oasis en medio de la tristeza general, vi el rostro pálido del gordo que pegaba los papeles.

Se acercó y me dijo al oído.

-¡Estoy salvado!

-¿La vendió?

-No; la regalé.

Lo miré con espanto.

-Sí; mi amigo, la regalé...

Y con aire mefistofélico agregó: Se la obsequié a un enemigo, y cayó en el garlito... Ahora él es propietario... Cada seis meses tiene que pintarla: Si no, multa de cien pesos diarios. Y tiene que pagar contribuciones, y poner bandera. Si no, intereses penales, amenazas de embargo, pago de gastos judiciales... Y han duplicado nuevamente los impuestos y me avisa el corazón, que van a tasar otra vez las propiedades! ¡Pobre prójimo! Pero lo tiene merecido: ¡Él me hizo a mí una muy grande! ¡Que la pague! Ahora él es propietario... y yo, feliz, no poseo un metro de terreno... no tengo donde caerme muerto... ¡Me río de los peces de colores! ¿Ha visto suerte más grande que la mía?

Y el gordo se alejó tarareando una canción.




- VI -

Un hombre con superávit


Tontilandia, 14 de octubre de 1928.

Cuando llegué a la isla en calidad de náufrago, con sólo quince pesos en el bolsillo y sin tener idea de las costumbres del país, confieso que me sentía realmente preocupado.

Para pasar esta nerviosidad, mi guía me aconsejó que me instalara en el mejor hotel de Cretinópolis, me mandara hacer ropa, y no me preocupara ni mucho menos hablara de la cuestión económica.

Como en algunos países los comentarios sobre las finanzas suelen ser mal mirados por la autoridad, el consejo de mi guía me pareció perfectamente razonable y me decidí a seguirlo.

Así he vivido un mes delicioso.

Sólo ayer, en vista de las reiteradas alusiones del dueño del hotel y del notable aumento de la correspondencia sastreril, comprendí que era llegado el momento de consultar a un abogado.

En mi país, cuando una persona debe cierta cantidad y está resuelta a no pagarla, consulta invariablemente a un abogado; pero mi guía de disuadió:

-No haga tal -me dijo-, los jurisconsultos no entienden una palabra de estas cosas. Su caso es netamente financiero. Consúltelo con un economista.

En Tontilandia, por fortuna, todos son economistas: Los que no saben critican a los que saben y viceversa; pero como nadie sabe cuáles son los que saben, no hay manera de entenderse. De ahí que hasta la fecha nadie haya podido averiguar jamás en qué se diferencia un superávit de un empréstito, una entrada extraordinaria de un déficit de arrastre, o una suma para igualar de un presupuesto financiado o de una deuda flotante.

Para mayor seguridad busqué, pues, al primer economista de la isla; una verdadera maravilla de hombre -ex profesor, ex-bombero, ex político desplazado, etc.- que ha logrado vivir sin renta alguna, mediante un movimiento de letras y cheques sin fondos que viene prolongándose desde hace cuarenta años. Es además autor de un texto, La deuda como fuente de entradas, considerado clásico por los financistas.

Tardó un momento en recibirme porque estaba empeñado desde la mañana en una serie de emboque que no podía interrumpir.

-Enteré 4.030 -me dijo sacándose las gafas y dejando el emboque sobre el escritorio-. ¡Cuatro mil treinta! ¡Tres más que el director del Tesoro y uno más que el Ministro! ¡Un verdadero récord! ¿En qué puedo servirle?

En dos palabras le expliqué mi situación: Dos mil cien pesos de deudas y quince pesos a favor.

Meditó un momento:

-¡Ah! ¡Ah! Entonces usted tiene superávit.

Le miré con ojos de espanto.

-No ponga usted esa cara -agregó-, su situación es perfectamente clara. Sólo que usted la ha expuesto mal; mejor dicho, su ignorancia de nuestras costumbres, le ha hecho aplicar a sus finanzas privadas un criterio individualista, estrecho, y, por lo tanto, inaceptable. No le hago cargos a usted en particular. Los economistas de todos los países -Tontilandia es una honrosa excepción- aplican a las finanzas públicas un criterio diametralmente opuesto que el que ellos mismos aplican a sus propias finanzas. Así, por ejemplo, ellos rigen sus gastos por sus entradas, en vez de adaptar sus entradas a sus gastos, como lo hacen todos los Estados. Además, si no tienen con qué pagar recurren a una serie de subterfugios indignos. En cambio, los Estados lanzan billetes, contratan empréstitos, pagan con bonos y efectúan una serie de operaciones que los coloca en una situación muy ventajosa con respecto a los ciudadanos. Esto es absurdo. Los ciudadanos, que en conjunto forman el Estado, no tienen por qué ser menos que él. Felizmente en Tontilandia hemos reaccionado...

-¿De modo que usted cree que la situación de mis finanzas no es sin remedio?

-Lejos de eso. Usted tiene un superávit.

-Pero si tengo sólo quince pesos y debo dos mil cien...

-Por lo mismo. Pero, ¡por favor!, desentiéndase usted de ese prejuicio de mirar sus negocios propios desde un punto de vista diferente que el del Fisco. Usted tiene quince pesos. Bien: póngaselos en el bolsillo derecho. Ese es su presupuesto ordinario.

Los otros dos mil cien forman el presupuesto extraordinario.

La exposición de sus finanzas puede usted hacerla en la siguiente forma:

Presupuesto ordinario $15
Presupuesto extraordinario $2.100

Los quince pesos no los ha gastado y son, en consecuencia, un superávit; los 2.100 los debe usted al sastre y al dueño del hotel y constituyen, por lo tanto, la contra partida de esos gastos.

Anote usted:

Presupuesto extraordinario $2.100
Al dueño del hotel $1.200
Al sastre $900
______________
Sumas iguales $2.100 $2.100

Como usted ve, le bastaría presentar así las cosas, para mostrar que tiene en su presupuesto total un saldo a favor de 15 pesos; pero yo no se lo recomiendo.

Lo más práctico es que usted anuncie desde luego un superávit de 200 pesos. Con eso puede servir desde luego un empréstito de tres mil pesos. Contrate usted ese empréstito y pague los 2.100 que debía y el superávit de doscientos pesos que anunció. Le queda entonces un saldo líquido de 700 pesos; más los 15 que tenía, son 715 pesos. Ahora bien, con esos 715 pesos, puede usted servir sobradamente a un nuevo empréstito por diez mil pesos al 7 por ciento. ¿Ve usted? Tiene ya por de pronto diez mil quince pesos... Con esa suma está usted en condiciones de anunciar otro superávit...

-¡Basta! -le grité- ¡basta, por Dios! y huí de la oficina del economista con el andar torpe del que por primera vez anda en la cubierta de un barco. Los oídos me zumbaban y sentía una especie de mareo.

Realmente nunca había estado tan rico!




- VII -

Horas felices


No es posible imaginarse la alegría que reina en Tontilandia. Antes parecía un país de tontos, pero ahora parece de locos. En realidad todos están locos de felicidad. Se abrazan unos a otros, o, para ser más exacto, unos a «otras» -en las calles, en las plazas, en donde se encuentran, y prorrumpen en unos vivas estentóreos al Gobierno.

-¡Viva Tontilandia! ¡Viva el Rey! ¡Mueran los mudos! ¡Abajo los tenores!

Para comprender el alcance de estas exclamaciones, es preciso advertir que los tontilandeses son muy aficionados a la ópera y desde hace varios años contratan a precios inverosímiles todos los saldos de celebridades que encuentran en el mundo. El teatro de Tontilandia ha contado siempre con los más ilustres afónicos. De ahí su funesta costumbre de confundir a los tenores con los mudos.

Pero ahora la alegría de los tontilandeses no es a humo de pajas. En obsequio al décimo aniversario de su Dependencia, el Gobierno los ha autorizado para sacarse el «bozal». Tontilandia recobra el uso de la palabra. Cincuenta mil bozales han volado por los aires entre aplausos y vítores.

Es claro que no todos han podido hacer uso inmediato de la voz.

Un periodista me confesó, por señas, que estaba tan acostumbrado al silencio que le daba miedo hablar. Y otro que firma con el seudónimo de Trampolín, me dijo en voz perfectamente natural:

-Compañero, yo tengo un gran criterio práctico, ¿qué se saca con hablar? Molestias, únicamente. En cambio el silencio es oro. ¿Entiende usted? El silencio es oro y un bozal bien administrado da más que una cantina... Yo no pienso sacarme el mío. Esto no quiere decir que no aplauda, como siempre, la medida del Gobierno.

En realidad, todo el mundo está contento. Hasta Gandules Serión que ha escrito varios libros en favor de El grillete obligatorio con la esperanza de obtener un puesto público, y que a sí mismo se llama pomposamente El filósofo de la represión, me tomó confidencialmente de un brazo:

-Por el momento puedo serle franco -me dijo-. Un Gobierno dispuesto a proceder honradamente no necesita censura de prensa. Ella es útil simplemente para las autoridades secundarias que quieren abusar y tienen vergüenza de que se lo digan; porque, eso sí -hay que reconocerlo-, la censura es siempre una muestra de vergüenza. Como manifestación de pudor, yo la he aplaudido en mis obras anteriores. El bozal es el taparrabo de la arbitrariedad. Sobre esto escribiré, ahora, un nuevo libro. Se llamará: La vuelta de Chaqueta. A ver si ahora sale el puestecito...

Y Gandules Serión se alejó meditabundo, entre una lluvia de bozales.

¡Qué alegres están los tontilandeses! Por todos lados se ven caras sonrientes, murmuradores profesionales que buscan en vano auditorio para contar «el último rumor» y periodistas que sacan la lengua al sol para que no se les apolille.

Solamente, en un sitio apartado se ve a unos quince o veinte individuos que lloran a lágrima viva.

-Y ésos, ¿qué son?

-Contribuyentes.

Me acerco a ellos, con lástima; pero mi guía me tranquiliza:

-Lloran de felicidad. Creen que, al fin van a poder quejarse; y no hay manera de calmarlos. Cuando se les dice que las quejas se admitirán, pero sólo a condición de que sean «en forma levantada», se ponen de pie y siguen llorando.

Ha sido preciso advertirles que hay en estudio un proyecto de contribución a las lágrimas inútiles; para que repriman un poco sus sollozos.

Parece que el impuesto en cuestión, se asemeja un poco al de contribución de herencia, y grava las lágrimas vertidas en los duelos, según el grado de parentesco de los deudos. Por los padres, el diez por ciento, por los abuelos, el veinte; por los tíos, el cuarenta, y, así, sucesivamente. Hay casos en que el impuesto sube de 120%. Esto por lo que toca a los deudos, hay otro impuesto especial, para las lágrimas vertidas por las deudas.

-Pero si nosotros lloramos de alegría, exclaman: ¡Es tan delicioso lamentarse!

Total, que, a primera vista, en Tontilandia no hay nadie que no esté agradecido y feliz con la nueva resolución gubernativa. Nótese sin embargo, que digo, «a primera vista...». En el fondo hay dos clases de personas que no lo están sinceramente.

Los primeros, son los fabricantes de rumores: con prensa libre, no hay mercado posible para sus productos; y los segundos, son los memorialistas.

Hay en Tontilandia, por lo que he podido observar, alrededor de cinco mil ciudadanos que han estado aprovechando el régimen del bozal, para escribir «memorias». Estas memorias íntimas, destinadas a ser publicadas «algún día», servían por el momento a sus autores, de válvula de escape para que no les reventara el hígado y estaban destinadas, como es lógico, a formar la base de la historia del régimen. Con prensa libre, los historiadores futuros podrán disponer de otras fuentes y... ¡qué irá a ser del trabajo acumulado por los memorialistas!

Menos mal que algunos de ellos son escépticos y continúan sus memorias «por si acaso...».

Por lo que a mí respecta, el entusiasmo me ha dominado en tal forma que me siento tontilandés de veras y aplaudo junto con todos.

Septiembre, 24 de 1928.




- VIII -

Vuelta a Tontilandia


¡En mala hora se me ocurrió volver a Tontilandia! Nadie reconocería en estos rostros taciturnos, las caras ilusionadas y dichosas de otro tiempo. Los tontilandeses parecen estar de duelo. Marchan con la vista baja, fija en los zapatos, como en un problema insoluble, y al encontrarse se saludan como los cartujos:

-Hermano, crisis tenemos.

-Ya lo sabemos.

Y cada cual prosigue su camino. Es de partir el alma. La isla misma se ha achicado. El hecho me pareció tan extraordinario que interrogué a un alto funcionario del reino.

-Ay, señor -me respondió-, un país grande es una carga: ¡exige tantos gastos! Hay que reducirse. Fieles a esta política de economías, cedimos la parte norte de la isla en obsequio de la paz, e hipotecamos el sur para que ésta no nos pillara desarmados. Un saldito que quedaba sin gravamen, se lo hemos entregado a una compañía extranjera para que lo trabaje y nos lleve en un tanto por ciento del negocio. Los tontilandeses somos muy prácticos; no tenemos país, pero tenemos bonos y acciones. Con los dividendos de estas últimas, hemos servido el interés de los primeros, y, sino fuera por la crisis mundial que nos rompe los zapatos, nos deshilacha la ropa y nos entrampa con los proveedores, pasaríamos a las mil maravillas.

-¡Maldita crisis mundial!

-Sí, señor. Por culpa de ella me protestaron ayer una letra por ciento veinticinco pesos. Menos mal que saldré en el boletín.

-¿Y qué ventaja ve usted en eso?

-¿Qué ventaja?, que el censo próximo va a hacerse por el boletín. En Tontilandia las letras protestadas dan el número exacto de la población. No hay ciudadano que no tenga alguna. Pero no hay que ponerse pesimista. El país progresa. Lo que ha perdido en ancho lo ha ganado en altura: mire usted esos rascacielos.

Y el tontilandés me mostró cuatro edificios de diez metros de frente por ochenta de altura que se elevaban como otras tantas torres entre los edificios chatos y vetustos de la ciudad de Cretinópolis.

-Son de estilo «renacimiento aborigen» -me dijo- y sirven de termómetro para las contribuciones. Por el número de pisos, puede calcular usted la altura de los impuestos.

-¿Y no temen ustedes a los terremotos?

-Mejor que mejor. El día que esos rascacielos se acuesten, tendremos varias cuadras de edificación moderna. Para eso les hacemos cuadradas las ventanas. Como son de concreto armado, no habrán de desformarse y con cambiarles las lámparas, todo quedará arreglado. Por desgracia, no nos va a ser posible construir más, porque la crisis mundial...

-¿Tampoco deja edificar?

-¡Qué esperanza! Nos tiene reventados.

-¿Y los empréstitos?

-Los gastamos en los superávit.

-¡Demonios! Pero mantendrán los superávit.

-Claro que sí; pero ahora los necesitamos para servir el interés de los empréstitos.

-No comprendo.

-¡Ay, señor! Ya lo dijo Víctor Hugo: «Comprenderlo todo, acaso fuera perdonarlo todo».

Y el alto funcionario del reino de Tontilandia, se alejó con las manos en los bolsillos y la vista fija en los zapatos, por cuyas rotas puntillas se asomaba de cuando en cuando el dedo grande. Su silueta parecía más larga y más triste al reflejarse en el flamante pavimento de la magnífica calzada, donde pasaban chillando, con angustia de letras protestadas, los automóviles a plazo.

Ese mismo día tomé el vapor de regreso. No hay corazón bien puesto que resista el espectáculo de Tontilandia.






ArribaAbajoAviación fúnebre

Los muertos no pueden protestar y de ahí que se cometa con ellos todo género de abusos. Con mucho respeto y haciéndoles todo género de reverencias, se les embala en un cajón, se les echa a una carroza de estilo mamarrachesco, en la cual ningún vivo se atrevería a andar dos cuadras y luego se les mete, como libros viejos, en largos anaqueles de cemento.

No me ha llamado, pues, la atención leer en los diarios ese macabro cablegrama de Nueva York que anuncia que las casas John I. Fox y Barret Mirwais han establecido un servicio de conducción de cadáveres en aeroplano.

Los comerciantes neoyorquinos han pensado bien su negocio. El único peligro que ofrece el nuevo sistema de locomoción es el riesgo de muerte y, en este caso, ese temor no existe. No tendrán, por lo tanto, que recargar su tarifa con los gastos del seguro. ¿Qué compañía sería capaz de tomarlo sobre sí?

De todos los pasajeros, el difunto es el único que puede tener absoluta certeza de llegar, en el mismo estado en que salió, al lugar de su destino. A lo sumo puede arribar con uno o dos colegas nuevos. Como quien dice con dos señores desconocidos con los cuales hizo amistad durante el viaje.

Hay, sin embargo, en la noticia de Nueva York, algo que no puede menos de chocarme, y es el anuncio de que las Empresas Funerales John I. Fox y Barret Mirwais, esperan que dentro de poco «se construirán en los cementerios campos de aterrizaje».

Es claro que, en el estado actual de la aviación, especialmente si se toma como base la estadística de accidentes, la medida resulta acertadísima. La construcción de campos de aterrizaje en el propio cementerio, o sea, en la estación de término, equivale, a suprimir muchos rodajes inútiles. El avión toma, así, el carácter de expreso y va directo a su destino. Más aún, si el avión cae desde cierta altura, puede hasta evitarse el trabajo de entierro.

Pero, por esta misma razón y conociendo el espíritu práctico de los norteamericanos, la construcción de los campos de aterrizaje me ha extrañado profundamente. Porque si se considera bien, desde el punto de vista de la velocidad, el campo de aterrizaje resulta también un rodaje inútil.

¿Por qué no dejar caer directamente al difunto, desde unos tres mil metros de altura en el sitio destinado al sepelio? El propio muerto se enterraría por sí mismo.

Ahora bien; para facilitar la operación se podría innovar un poco en el arte de construir ataúdes. En vez de esa absurda y anticuada forma de caja de violín, se les podría dar la de una bala en cuya parte roma, iría una placa de bronce con el nombre del extinto. Conociendo la dureza del suelo, se podría calcular la altura, de manera que la lápida quedara exactamente a flor de tierra.

Con esto se evitarían los discursos, la ida al cementerio y una cantidad de trámites más o menos engorrosos. Los diarios darían cuenta del hecho en un simple párrafo de crónica:

«Ayer aterrizaron sin novedad en el Cementerio General, los restos de don Fulano de Tal, fallecido el día anterior en tal parte».



Y nada más. Sería el «récord» de la velocidad funeraria que parecen perseguir como un ideal las empresas norteamericanas.

Es raro que las casas John I. Fox y Barret Mirwais no hayan llegado ya a este desiderátum.




ArribaAbajoExpertos ratoneros

«Siguiendo unos cursos especiales, hechos por profesores universitarios, ayer han recibido su título de profesionales especializados en cazar ratones y combatir la bubónica, seis inspectores sanitarios que prestarán utilísimos servicios».


El Diario Ilustrado, Enero, 24 de 1929.                


Hay mártires de la ciencia, y entre ellos deben contarse esos seis caballeros, que según la prensa han recibido su título de ratoneros, porque esta calificación que es honrosa en un foxterrier no tiene el mismo prestigio cuando se aplica a un ser humano.

A nadie se le ocurriría, en efecto, para hacer resaltar los méritos de un pretendiente decir de él a su futura suegra:

-Es un joven muy ratonero. Vale más que cualquier gato. Recíbalo usted en la casa y verá que a la semana, no encuentra un ratón ni por casualidad. De las ratas no le aseguro nada, porque el joven no es «ratero»; pero, en cuanto a lo demás es una eminencia...

-Pero ¿es realmente bueno?

-Mejor que una trampa; ya le digo. Además no hay que molestarse en ponerle queso, ni en dejarlo armado. Funciona por sí solo, automáticamente, como un gato...

-¡Ay, señor! -suspirará la suegra emocionada-, ¿y no maullará mucho en la noche?

-Señora, ¡qué me dice usted! El joven es una alhaja: serio, silencioso, reservado y... con un gran porvenir.

-¡Así será, pero yo, para mi hijita, quisiera algo más que un gato!

El patrocinante tendrá entonces que entrar a demostrar a la señora que no hay mucha diferencia entre un muchacho cazador y un muchacho casadero; que es una verdadera ganga tener un yerno que cace los ratones; que la caza de estos últimos es un sport tan respetable como la de perdices o conejos y que tiene sobre ésta la ventaja de ir acompañada de un buen puesto en la Dirección de Sanidad.

Por otra parte, la caza del ratón es sólo el primer paso, el peldaño inicial en su carrera porque el ratón, tiene pulgas, y las pulgas tienen microbios de peste bubónica. El ejercicio cinegéticos se va haciendo así cada vez más minucioso y complicado. De la caza mayor, que es la de la rata, se pasa a la menor que es la de la pulga, para llegar a la minúscula que es la del microbio, último fin que se persigue.

Porque los ratones no se pillan por el gusto de cogerlos, sino por incautarse de los parásitos, portadores del contagio.

Esta superposición de cazas sucesivas, marca etapas perfectamente definidas y justifica, a mi juicio, la creación de un Departamento de Ratones. El grado más bajo del escalafón corresponderá a los expertos ratoneros y el más alto a los cazadores de microbios. Entre una y otra sección, estará el personal encargado de pillar las pulgas. En esta oficina es probable que se pueda dar ocupación al elemento femenino que, sin duda alguna, es el más apto para esta clase de trabajo.

No faltará, pues, en el servicio, cuya creación insinúo, ni siquiera el encanto de los ojos soñadores y las boquitas con rouge. El personal de técnicas pulguistas, suplirá la falta de dactilógrafas, y la oficina será un ideal y ofrecerá amplias y seguras expectativas de ascenso.

Naturalmente, el público tendrá que familiarizarse con la idiosincrasia de la nueva repartición.

En un principio el visitante extrañará un poco.

-¿Está el señor director?

-Espérelo un momento. Está cazando ratones.

-¿Y la señorita secretaria?

-Está pillando pulgas.

-¡Caramba! Por lo que veo aquí no trabaja nadie.

-Todo lo contrario: Cada cual está cumpliendo su deber.

Y efectivamente, si el visitante piensa un poco, se convencerá de que su interlocutor tiene razón y que esos hombres que, cazando pulgas y ratones, se exponen a las bromas de sus conciudadanos, cumplen una misión más efectiva en favor de la salud pública que muchos que llevan títulos más llamativos que el de perito ratonero o experto en pulgas infestadas.

Enero de 1929.




ArribaAbajoCódigo ameno

A cualquiera se le ocurre que el Código Penal ha de ser una cosa seria.

Este prejuicio, si bien ha limitado la criminalidad, ha envuelto, en cambio, a la legislación penal en una atmósfera de temor y antipatía.

Es preciso agradecer al proyecto de reforma basado en el principio de Ferry: «no hay delitos sino delincuentes», el haber sabido dar al nuevo código esa nota risueña que tanto se echaba de menos en el otro.

Por de pronto, uno lo lee y se convence de que en Chile hay criminales, pero no criminólogos, lo que hasta cierto punto no deja de ser una ventaja, pues en la vida normal es más fácil escapar de un delincuente que ponerse a salvo de un criminalista.

Ajenos a las actividades de unos y otros, los autores del proyecto han podido redactar el nuevo código con absoluta independencia, no sólo de los principios jurídicos corrientes, sino también de la gramática.

El antiguo delincuente aparece reemplazado por el «agente culposo», término que, como se ve, es tan bien hallado como el de «culpable agentoso», «culposo agentable» y otras variaciones por el mismo estilo.

La pena de muerte ha sido suprimida, en vista, según dice el mensaje, de que ella no lograba asegurar la «inocuidad» del delincuente. A primera vista parece que no hay nada menos agresivo y por lo tanto más inocuo que un reo difunto; pero este temor un tanto supersticioso de que el delincuente pueda reincidir después de fusilarlo indica, en todo caso, un alto espíritu de previsión. A lo mejor, a un tipo lo fusilan y comienza a cometer asesinatos para vengarse de la sociedad o de los jueces que lo condenaron. Y hay que reconocer que un «delito culposo» -así lo llama el nuevo código-, cometido por un muerto reincidente y contumaz, debe dar mucho que hacer. Es claro que la Sección de Investigaciones daría fácilmente con su paradero, pero ¿cómo castigarlo nuevamente?

Sacarlo del nicho para llevarlo a la cárcel sería mejorarlo de celda, sin provecho alguno para la colectividad.

El espíritu humanitario de que el código da muestras con respecto a los grandes delincuentes, candidatos al patíbulo, queda, en cambio, compensado con una gran severidad en contra de los que aún no han cometido actos punibles.

«Los individuos que, con motivo de la ejecución de hechos que los hagan socialmente peligrosos -dice el Artículo 53- 'sea de temer que delincan', serán sometidos a las medidas de seguridad de que trata este título».



Esas medidas, que varían desde el internamiento en un manicomio hasta la sujeción a la vigilancia de la autoridad, sin olvidar la «expulsión de extranjeros», que maldito lo que debe importarle al detenido criollo, parecen destinadas a demostrar a éste la conveniencia de cometer pronto un delito, en vez de quedarse en meras intenciones.

«La medida de internamiento será absolutamente indeterminada -dice el Artículo 66- y durará hasta que el sujeto esté sano o corregido, o rehabilitado para la vida social».



La prisión preventiva reemplaza, pues, admirablemente al presidio perpetuo. He aquí una enérgica lección para aquellos que, estando predispuestos, no han delinquido todavía.

La única manera práctica de poner término a la reclusión parece ser, en efecto, la de cometer un acto delictuoso que lleve aparejada una pena razonable.

Esta tendencia natural del proyecto a propender al desarrollo de la criminalidad por medio de sanciones adecuadas a la falta de «culposidad», queda bien de manifiesto con el conjunto de sus disposiciones: así, la pena de muerte que se suprime para los culpables, rige en todo su esplendor para ciertos inocentes que, sin culpa alguna de su parte, parecen manifestar cierta curiosidad de asomarse a la vida3.

¿No es una crueldad privar a esas criaturas del placer de leer, andando el tiempo, esta reforma del Código Penal? ¿Qué tienen de «culposos» esos niños para impedirles ese pequeño esparcimiento?

Mayo de 1930.




ArribaAbajoEl «arresto» de un Ministro

Quien ve al Ministro de Hacienda4, serio, dinámico, robusto, con ese aire de marino norteamericano que infunde fe hasta a los pasajeros más rezongones del barco, no puede imaginárselo con pantalón a media pierna, en un pupitre de colegial, haciendo caricaturas y versos para una revista clandestina con más prohibiciones que ciudadano italiano en gobierno fascista.

Un Ministro de Hacienda, poeta, caricaturista y, para colmo, subversivo, parece algo increíble. Para familiarizarse en la idea hay que recordar que también Raúl Simón, actualmente jefe de la Oficina de Presupuesto, es escritor y dibujante y redacta con el mismo buen humor las «verdades eternas» de César Cascabel y los guarismos -menos indiscutibles todavía- de la contabilidad fiscal.

Sólo que su jefe inmediato dejó hace ya muchos años, desilusionado sin duda por los gajes del oficio, la profesión de periodista; porque -perdóneseme esta nueva infidencia- Rodolfo Jaramillo fue en un tiempo víctima de la libertad de imprenta.

¿Cómo? ¿Cuándo? No se me pida la fecha porque esto no es cosa de ayer, y aun quedan condiscípulos solteros que no llevan viso de llegar nunca a los cuarenta y que podrían apedrearme. Baste decir que estábamos entonces en el Colegio de los Padres Franceses, que Conrado Ríos y Ernesto Barros Jarpa seguramente no habían nacido, y que los dentistas, entonces «flebótomos», tenían por costumbre colgar frente a sus consultorios como muestra, unas muelas doradas que excitaban nuestras ambiciones como si hubieran sido de oro fino. Cada día se contaba en el colegio que alguien había alcanzado, a pescar una de esas muelas, con igual entusiasmo que hoy se comenta que fulano obtuvo una jubilación o un puesto público.

El régimen del colegio, sin ser tiránico, tenía una marcada tendencia al autoritarismo y, como aún la guerra europea no había puesto de manifiesto las ventajas de la falta de libertad y de fiscalización, la disciplina nos resulta intolerable. No poder hablar en las filas, ni salir de clase sin permiso, ni reírse un poco de los profesores, ni protestar de la comida, en una palabra, no hacer uso de la libertad de opinión, de reunión y hasta de petición, nos parecía un atentado a las garantías individuales y resolvimos imprimir una hoja para reconquistar esos derechos. Rodolfo Jaramillo, primer alumno de la clase, capitán del team de football de la primera división, presidente de la Academia, dibujante y poseedor de un microscopio descompuesto y de los mejores bíceps del curso, se echó sobre los hombros las responsabilidades de la empresa periodística con la misma abnegación con que ahora ha asumido las de las finanzas. Gonzalo Santa Cruz, Hernán Larraín, Carlos Varas y varios otros subversivos, entre los cuales, naturalmente, se contaba este seguro servidor, completamos la redacción de «la revista».

En calidad de pintor nacional y a pesar de declarar «que no le gustaban estas cosas», Pedro Ovalle Díaz tomó a su cargo las caricaturas, con la condición de no firmar y de que se guardaría silencio absoluto sobre su persona. No era preciso exigir esta reserva, porque los conspiradores no estábamos dispuestos a ir a parar con nuestros huesos a la «sala de arrestos».

La revista se editaba en «polígrafo», fabricado con una receta casera en cuya composición entraba colapez, engrudo y azúcar candía. Una masa repugnante como una sopa espesa, en la cual naufragaban nuestros editoriales llenos de idealismo y espíritu republicano. Así y todo la publicación, completamente ilegible y que costaba nada menos que cuarenta centavos número, era devorada por la opinión pública que siempre ha gozado más con una tomadura de pelo a la autoridad que con todos los rascacielos y piscinas que pueda ofrecerle el mejor meditado programa de obras públicas.

A pesar del alto precio de la revista, las finanzas andaban mal y ¡lo que son las cosas!, en vez de pensar en Rodolfo Jaramillo, pusimos a cargo de ellas a Gonzalo Santa Cruz, quien, con una cuota de cinco pesos por cabeza -que tuvieron que pagar nuestras mamás con cargo a útiles de escritorio- por poco nos presenta un superávit. Naturalmente, al liquidarse el segundo número, estábamos debiendo la camisa, pues contagiados con el optimismo del tesorero general, consideramos como entrada ordinaria una parte del empréstito y la comimos en pasteles.

La desilusión consiguiente trajo como consecuencia un recrudecimiento del espíritu satírico de los redactores y aquella misma tarde en el estudio de las 2, Pedro Ovalle hizo una magnífica caricatura del Rvdo. Padre Esteban, sumergido en el infierno, mientras yo, desde la orilla, en calidad de Dante Aligheri, le dirigía enérgicas recriminaciones.

Por qué los profesores nos echaron la culpa a Rodolfo Jaramillo y a mí de este desmán periodístico y nos dejaron arrestados, es cosa que hasta la fecha no ha podido averiguarse. Inútilmente, argumentamos, con absoluta mala fe, que nada teníamos que ver con la revista. Tras un juicio sumarísimo, la publicación fue clausurada.

Nunca me olvidaré del gesto enérgico con que Rodolfo me dijo al salir del arresto:

-Oye, Flautín: No importa nada. Le cambiaremos de nombre y de formato y ¡a ver si vuelven a pillarnos!

-Ya tengo el editorial -le contesté.

Realmente, aprovechando la hora de castigo, había escrito uno de los artículos más violentos, tontos y declamatorios de mi vida periodística; y el lunes siguiente La Revista Colegial, ostentando en la carátula como editor responsable el nombre de un ex-alumno, fue vendida profusamente en zona neutral, o sea a veinte pasos de la puerta del colegio.

Ante la pertinacia de los opositores, la Dirección del Colegio buscó una solución que, en aquellos tiempos tenía los caracteres de un invento absolutamente original: Fundó ella misma un periódico para uso de los alumnos. Como es lógico, esta publicación estaba enérgicamente controlada, a fin de que los redactores, cualesquiera que fueran sus ideas, aplaudieran siempre a sus maestros, y era costeada, mediante una pequeña cuota por todos los alumnos del establecimiento.

Sin duda alguna nuestra revista clandestina era más independiente y digna de una Nación republicana; pero no se puede negar que, en esta otra, la vida de los redactores es menos azarosa. Ya no quedan, como antes, arrestados.

La última víctima de la libertad de imprenta, en compañía de este maltrecho periodista, fue Rodolfo Jaramillo. Desde entonces no ha cambiado. Sigue siendo el primer alumno de la clase. Ahí está al frente de la Hacienda Pública, inspirando esa confianza ilimitada que en medio de las penurias de La Revista Colegial sabía imponer, hasta a los condiscípulos menos optimistas.

¿Se acordará aún de aquel arresto?

Septiembre de 1929.




ArribaAbajoCarta privada

«Santiago, junio 13 de 1929.

Señor don Ismael Edwards Matte. -Pte.

Estimado amigo: No necesito decirte que esta carta es estrictamente privada. Si encuentras cualquier cosa que te recuerde esa manera de pensar que nos gastábamos antes del 5 de septiembre, no se la muestres a Guillermo5 y échala al canasto junto con El Diario en que tanto criticamos a otras administraciones. Puedes hacerlo con entera libertad. De acuerdo con las nuevas orientaciones de la prensa. El Diario no dirá nada y yo tampoco.

Como lo has hecho notar con mucho acierto en tu discurso, a contar del 5 de septiembre de 1924, la guerra europea -que nos llegó con un sensible atraso de diez años-, produjo variadas mutaciones en los pueblos, y Chile, aunque no participó en ella, pensó que la libertad no era su finalidad sino que lo era su felicidad.

Acaso, por una lamentable confusión entre ambos términos, yo no quisiera perder ninguna de las dos como suele a menudo acontecer a los que caen a la cárcel, y prefiero, en consecuencia, que mis opiniones vayan al cesto de papeles o se las dedique al mismo uso doméstico a que parecen destinados los discursos del señor Valencia Courbis.

En todo caso, no me negarás, que tú tienes cierta culpa en que te escriba. Ya ni me acordaba de la libertad, cuando tú has venido a recordármela. ¿Te parece humano detener en la calle a un calvo para advertirle que no tiene pelo?

Pues bien; algo de eso has hecho. Como el caballo del portugués, que se murió cuando estaba aprendiendo a no comer, había empezado acostumbrarme: ¡Si vieras con qué gusto, me saltaba, por inútil, la página de redacción de los tres diarios y me refocilaba en la lectura de los telegramas extranjeros! Cuando me daba curiosidad por imponerme de las discusiones del Congreso dominaba la tentación y me iba al Zoo del San Cristóbal. Allí sus huéspedes, salvo honrosas excepciones, guardan un discreto silencio; a lo sumo se pasean algo nerviosos en su jaula, porque no comprenden que la guerra europea ha modificado los conceptos y la libertad no tiene que ver con la felicidad. ¡Son muy lesos! Ninguno se niega, tampoco, a recibir el alimento. Desde que se instaló el zoo, sólo un cernícalo 'alzado' declaró la huelga del hambre y tuvo su merecido: Se murió por soberbio.

Yo pasé junto a su esqueleto y sentí un impulso absurdo de sacarme el sombrero: Sin saber por qué, me acordé de ti, de Conrado, de Aquiles, de aquellos remotos tiempos en que la guerra mundial no llegaba aún hasta nosotros y peleábamos como unos energúmenos; pero inmediatamente, pensé que esas ideas habían hecho crisis y que el cernícalo muerto, era 'un superviviente de la época romántica de los Lamartine', como dices tan galanamente en tu discurso. Me calé el sombrero hasta las orejas y le hice un gesto de desprecio al difunto avechucho.

Ahora bien, ustedes los diputados se han puesto a discutir en la Cámara, si existe o no la libertad de imprenta. Yo no sé cómo pueden debatir una cosa semejante. El propio señor Valencia Courbis, que no tiene nada de Lamatine, ni de romántico, y sólo puede considerarse como un sobreviviente, ha dicho en su último discurso:

«El Presidente de la República, en más de una ocasión, ha declarado que la prensa puede ejercitar ampliamente la libertad que le corresponde. Y esta libertad no es hoy una mera palabra sino que es un hecho».



Más aún, recordarás que el Presidente declaró solemnemente a la prensa que si cualquiera autoridad ponía obstáculos a esta libertad, podía ser denunciada ante él mismo.

Yo no he querido molestar a Su Excelencia, a quien sé bien inspirado y con demasiadas ocupaciones para preocuparse de estas menudencias periodísticas; pero aprovecho, que eres diputado para hacerte un denuncio. Si lo estimas prudente, puedes hacerlo llegar al Ministro del Interior; si no ¡al canasto! lisa y llanamente.

Aquí en El Diario hay una autoridad que no me deja escribir lo que yo quiero. No desearía acusarlo, porque se trata de un amigo; pero a ti puedo decírtelo: Es Luis Silva, el director de El Diario.

No creas que hago este denuncio con el propósito de ocupar la vacante. No me guía ningún móvil mezquino, ni tampoco pretendo aprovechar la libertad para molestar a nadie; pero debo decirte la verdad: Este hombre, contrariando las órdenes expresas del Presidente de la República, no deja escribir en paz.

¿Será ésta una consecuencia de la guerra europea?

En todo caso dejo formulado el denuncio. Haz de esta carta el uso que quieras con tal que no me comprometas y dispón como siempre de tu viejo amigo».




ArribaAbajoEl mes de las contribuciones

¡Cómo ha perdido mayo su prestigio romántico! Ya no es el mes de las vagas tristezas otoñales, de la caída de las hojas, de las doradas avenidas... ¿quién tiene tiempo de pensar en eso? Mayo es el mes de las contribuciones.

Con la vista baja y las manos en los bolsillos indefensos, el contribuyente cruza la Alameda, donde abren su boca de ogro la Tesorería Comunal y la Dirección de Impuestos. En lo alto de los árboles, tiemblan las hojas amarillas y fugaces como libras esterlinas y, al fondo, el crepúsculo viste su mejor casulla de oro para ayudar a bien morir al pobre hombre. ¡Bueno está el contribuyente para admirar ese despliegue de pompas otoñales!

Durante toda la semana ha corrido de un lado a otro, buscando un prestamista que le facilite esos mezquinos pesos que habrán de permitirle sobrevivir a la recaudación. Toda la tristeza del otoño aparece reflejada en sus facciones.

En el mes de mayo, el mes de los impuestos, el mes de los apuros, en que se abomina de los rascacielos, se maldicen los buenos caminos, se odia el progreso urbano y se siente todo el peso de la honradez y de la buena fama.

Porque ahí está, precisamente, el punto sensible: El contribuyente, a fuer de ciudadano que sabe aprovechar los beneficios de las leyes sociales, se ha construido una casa. Nada hay en el edificio, desde los cimientos hasta la victrola, que no sea a plazo; nada que le pertenezca; nada que no sea deuda; pero debe pagar contribución, como si fuera dueño, por esa propiedad ajena, en la cual está alojado merced al milagro del crédito. En otros países -piensa- los individuos pagan contribución por lo que tienen: aquí, por lo que deben.

La faz simpática y burlona de Pablo Ramírez -inventor del sistema- que acaso a estas mismas horas, sonríe plácidamente, sentado en una mesilla, frente a una botella de champaña, en pleno bulevar Haussman, aparece al contribuyente como una máscara diabólica. ¿Si los dueños de los bonos pagan impuestos en calidad de ricos, ¿por qué él lo paga en calidad de pobre?

Y pase, que el contribuyente propietario fuera un menesteroso corriente, como el mendigo que nada posee y nada debe; pero él es un pobre con signo menos, como quien dice, un proletario bajo cero. ¿Por qué se le cobra?

La reflexión lleva al contribuyente al doloroso resultado que, en su caso particular, lo que la ley de impuestos llama «haber imponible», no es una cosa material, ya que ese haber no existe o, por lo menos, no le pertenece. La materia del impuesto es algo suprasensible e ideológico: su buen nombre, su fama de honradez o, en otros términos, su crédito.

El individuo paga contribución, por ser honrado.

Es una especie de multa impuesta al ciudadano que ha cometido la torpeza de proceder correctamente en un país en que el buen crédito resulta una gabela casi insostenible.

En realidad, hay cierta razón para el contribuyente, sin más haber que su honor, ande abatido. ¿Por qué no imponer impuestos a la pillería en vez de gravar con este tributo a la honradez?

La contribución rendiría más -cada día aumenta el número de los que han perdido el crédito- y el impuesto resultaría educativo.

¿Se llegará algún día a este ideal? Es difícil afirmarlo. La estación no predispone al optimismo. Un vientecillo de invierno va arrebatando las últimas hojas de los árboles y los últimos billetes de los ciudadanos.

A la tristeza de mayo se suma ahora la melancolía de los contribuyentes.

Mayo de 1930.




ArribaAbajoArturo Prat, rotario

No es una ganga ser rotario: Colocarse la ruedecita simbólica en el ojal y exponerse a la curiosidad malsana de los transeúntes, es todo uno. La gente no se explica la idiosincrasia de esos hombres grandes que se estropean mutuamente las horas del almuerzo con latas insoportables acerca del mejor medio de exterminar el gorgojo o evitar el flato en los recién nacidos.

No piensa el público que el ser rotario, implica una gran bondad de corazón, unida a una modestia casi franciscana, que da por colmadas sus aspiraciones con decirse a sí mismo «Soy rotario», como pudiera decirse: «Soy inofensivo», o: «Me gusta jugar a las bolitas».

El solo hecho de figurar entre los rotarios, hombres inteligentes que no se ríen ni por asomo de sus demás colegas, manifiesta hasta qué punto es seria la institución, que tan bien sabe armonizar los esfuerzos del cerebro y del estómago, en un movimiento unísono de mandíbulas y de beneficencia.

La ruedecilla dentada no es un símbolo de redondez y buenos dientes, sino un distintivo que señala la enorme diferencia que existe entre la turbamulta que trabaja para comer y el grupo abnegado y selecto que come para trabajar.

No es extraño, pues, que atraídos por ese curioso método de actividad, los hombres de las profesiones más variadas, -médicos, ingenieros, comerciantes, gastrónomos y políticos-, figuren en sus filas.

Ni siquiera faltan los héroes.

En la última sesión del «Rotary Club», en Valparaíso, a pedido del presidente, don Juan Manuel Valle, ingresaron, de hecho, a los rotarios, Arturo Prat y demás héroes de la epopeya de Angamos.

-Mediante el heroísmo demostrado en Iquique -dijo el señor Valle- el mundo se dio cuenta del valor real de esta raza, capaz de los más grandes sacrificios por el común bienestar del país; manifestó que esos valientes marinos, al dar su vida por los demás, hicieron obra rotaria al darse por entero, sin pensar en sí.

Sin duda alguna, ni Prat, ni Condell, ni Serrano, se dieron cuenta en el momento mismo de su sacrificio de que estaban haciendo «obra rotaria», y la noticia del señor Valle debe haberles caído como bomba en el sereno sueño de la inmortalidad. El entusiasmo bélico no les permitió darse cuenta de la feliz coincidencia entre la frase «¿Ha almorzado la gente?», de su capitán, y la acción heroica en que tomaban parte; pero es claro que esa simultaneidad entre el almuerzo y el sacrificio por la patria, justifica de sobra la atinada observación del señor Valle: Esos hombres que almorzaban y padecían, a un tiempo mismo, por el triunfo de un ideal, hacían «obra rotaria» sin saberlo, como aquel personaje de Molière que hablaba en prosa sin darse cuenta de ello.

¡Desventurados héroes que murieron sin saber que eran colegas de don César Cordovez y don Juan Manuel Valle! De seguro habrían tenido un verdadero agrado en conocerlos y llevar sobre sus flamantes uniformes la ruedecilla dentada como la más cara y preciada de sus condecoraciones.

Menos mal que la justicia histórica se ha impuesto al fin, y cuando llegue al otro mundo un hombre ilustre que se interese por conocer al heroico capitán de la Esmeralda, éste podrá darse el gusto de confundir al curioso, con la importancia de su nuevo título.

-¿Usted, señor Prat, es héroe?

-No, señor: Soy rotario.

Y ante tal contestación, la preguntona sombra, se descubrirá con respeto ante su colega de inmortalidad. Salvo que el otro sepa lo que es un rotario y se ría en las propias barbas -esas barbas negras heroicas-, del audaz marino.

Mayo de 1930.




ArribaAbajoCarta a mi compadre

«Hacienda Las Alforjas. -Junio, 28 de 1929.

Señor don Hilarión 2º Rojas. -Peleco.

Mi apreciado compadre:

No sabe el gustazo que me ha dado verlo salir de nuevo a cancha con la voz tan clara, después de esta media ronquera que lo tenía más callado que mula en tiempo de moscas. Créame que cuando lo veía mudito junto al brasero, o bien, haciéndose el leso por la orilla del empapelado para no contestar lo que le preguntaban, sin asomarse ni a la puerta, porque decía que estaba resfriado y no quería salir para más afuera, me daba una pena que, no le miento, ni cuando se me murió el toro roano he tenido una parecida.

Perdóneme que se lo diga, pero yo no encuentro cosa de hombre andarse cuidando tanto y pasarse los meses enteros, como usté se lo pasaba, calladito y tomando dieta que no sé cómo usté mismo no le repugnaba.

En fin; gracias a Dios que se alivió, aunque no pueda gritar mucho. Con que le salga la voz, yo me conformo.

Aquí, fuera de la muerte de la señora y tres chiquillos que me los agarró esa epizootia nueva que llaman escarlatina, estamos sin novedad. Por fortuna, este mal no le da al ganado porque, como los pacientes se despellejan lo mismo que si les pasaran lija, los cueros quedan inservibles y sería mucha pérdida.

Al fin, por el ingeniero que vino a tasar el fundo, tuve noticias de la Petronila, que no sabía nada de ella desde la primavera y la daba por perdida. Pero no es así. Está en Santiago empleada de 'bataclana' y aunque el sueldo no es muy bueno, está contenta porque no tiene que gastar ni cobre en ropa, y el trago se lo paga un caballero de respeto. Lo malo es que la chiquilla, como ha salido a mí, no quiere que la pasen por el Civil.

Por lo que a mí toca, con el préstamo de la Caja, voy a quedar muy rico y no sería raro que este año me resulte con superávit, como dice el boticario cuando puede feriar a los amigos.

La semana pasada anduvo por aquí don Isma6. Venía a cazar leones, que es una maña que agarró cuando era joven.

Yo le dije que por estas serranías no quedaba ninguno porque el último se lo guindaron hace más de tres años; pero él me dijo que eso no importaba, porque con la guerra europea las cosas habían cambiado mucho y a lo mejor, el león resucitaba, así es que había que seguirle disparando. Y se largó como un celaje cerro adentro, largando tiros al aire, por si acaso, y espantando a los zorzales y demás 'plumarios'. Esta palabrita se la aprendí a D. Isma, cuando era periodista. Yo me quedo con el alma en un hilo porque tengo mucho aprecio por D. Isma. Ahora, con tanto tiro al tuntún, a lo mejor va acriminarse.

Mucho me he alegrado de que usté, mi querido compadre, esté ahora en tan buenas amistades con la autoridad: A nadie le falta algo que pedir; 'contimás' que las contribuciones nos hacen humear y los gringos no quieren comprar trigo.

Tengo que pedirle, también, que me consiga un empleíto para mi hijo Roque, aunque más no sea en una superintendencia, en la prensa o en la claque de algún teatro. En lo que toque. La cuestión es que gane algo. El chiquillo es harto bueno: Le funciona la mollera, escribe como caballo, tiene unas manos macanudas para aplaudir y donde usté lo ponga no le dejará mal puesto.

La cosa es que usté se acuerde del pedido que le hace su compadre y no lo eche en saco roto.

No voy a verlo personalmente, porque aquí el vecino acaba de perder el juicio -ese juicio que tenía desde hace más de treinta años con don Lepe- de resulta de lo cual, don Lepe, que es el ganancioso, va a tener que devolver nada más que medio potrero y nosotros vamos a darle una comilona padre para celebrarlo7. Ya tengo un chancho listo para la fiestoca. En cuanto se lleve a efecto y se me pase la mona, voy a verlo.

Entre tanto, disponga como siempre de su compadre.

P. LILLO.




ArribaAbajoA escondidas del correo

«Peleco, 7 de junio de 1929.

Señor don P. Lillo. -Hacienda Las Alforjas.

La presente es para decirle que no espere carta de mi padre hasta dentro de unos días, porque está muy enfermazo y, desde que estuvo tomando con motivo de la fiesta de D. Lepe, no se le sujeta nada en el estómago.

Me dijo que le escribiera a usté por el correo, porque quería que esta contesta le llegara cuanto antes; pero yo se la mando por el diario porque lo creo más seguro. No sé lo que será; pero desde que el subdelegado me agarró tirria y dijo que era 'pesimista' porque no me gustan las contribuciones, parece que me ha entrado el mismo mal de un primo que tengo en Buenos Aires: La saliva nome pega y no hay carta que no me llegue abierta.

La comida a don Lepe estuvo muy linda. Malaya, cazuela de cordero y pavos y chanchos hasta decir basta; no más que fue tanta la ensalada de patas que nos quedó repugnando, contimás a don Lepe que está medio hostigado y no puede pasarla. Cuando le atracaron la fuente la hizo un lado como quien no quiere la cosa, para no desairarnos. Después, dijo por lo bajo que no le gustaban estos festejos. Pero ahí se levantó mi padre que estaba ya medio puesto y lo paró en seco, alegándole que la escapada había sido muy grandaza, y que perder un potrerillo de rulo no era nada, comparado con el vecino que perdía el pleito. Le dijo, además, que cuando a Peñaloza la máquina trilladora le agarró una pata, también le dimos una fiesta por haber librado la otra, y que más vale pájaro en mano que ciento volando. En fin, que habló como un Alessandri, y si no es por un hipo que le cortó el resuello de repente, todavía estaría hablando. Después se arrebataron el uso de la palabra el boticario, el señor Cura, el Oficial Civil y mi hermano Dantón que estrenó la manta nueva. El boticario, como es tan refutre, fue de Barros Jarpa. Se lo mandó virar, especialmente, 'para asistir -como él dice- en traje de carácter'. Parecía trile mojado.

Pasando a la cuestión campo, le diré que hace tres días que en la zona no se puede trabajar, porque los ricos andan todos desde hace quince días en Santiago con motivo de la Semana Agrícola y los demás no han salido al trabajo porque a la fiesta de don Lepe asistió toda la peonada, desde el capataz al chiquillo de los mandados, fuera de los vecinos, los compradores de ganado y todos los que tienen negocios con el fundo.

Yo me he quedado solo con un tal doctor Guzma que anda recetando el yodo para regar la zarzamora. Dice que vender el yodo por gotas no es negocio, y quiere que el Gobierno haga un estanque -él es tan repulido que pronuncia estanco- pero yo no sé qué va a hacer lo que tenga la medicina estancada porque, -como saca el pellejo lo mismo que abastero- a la hora que la suelte por la acequia para acabar con la maleza se nos van a resabiar los regadores, y en cuanto sanen de las mataduras no va haber ninguno que quiera sacarse las ojotas. Yo le dije que el negocio lo hallaba medio parecido al de las picanas; pero él dice que estas cosas sólo las entienden los agricultores progresistas. Así ha de ser. Mientras tanto yo seguiré regando con agua, a lo que te criaste, y sacando la zarzamora como pueda.

Se me olvidaba decirle que mi padre, tan pronto como se alivie, irá a Santiago a buscarle un destino para su hijo Roque, para que se jubile cuanto antes y pueda volverse a trabajar al campo.

No le escribo más, porque, por culpa de don Guzma, me quemé un dedo con yodo y oigo a mi padre que está echando el alma o -con perdón de la gente- la ensalada, en el cuarto del lado. Por fortuna, él fue el que vendió los chanchos, así es que algo ha salido ganando con la fiesta.

Salude a todos por allá, y disponga de su amigo:

SEGUNDO 3.º ROJAS».




ArribaAbajoImperialismo filatélico

Cada país tiene un sistema de conquista; pero, sin duda alguna, el menos cruento es el puesto en práctica por Bolivia.

Nuestra vecina de la Altiplanicie trata de crecer por medio de estampillas.

Hace tiempo, editó una con un cóndor que, bastante más belicoso que la paloma del Arca, en vez de llevar como ella la rama de olivo, ostentaba en el pico un pequeño rótulo que decía: «Hacia el mar».

Estaba pendiente la cuestión Tacna y Arica, y el cóndor se dirigía entonces con rumbo al Pacífico.

Ahora el cóndor boliviano se ha quedado en la jaula, y el Gobierno de la Paz -aunque este nombre sea un poco irónico-, ha echado a volar, en reemplazo del ave de rapiña, otra estampilla de la misma especie. Esta vez la estampilla, que a juzgar por la audacia de su vuelo y la potencia de sus garras nada tiene que envidiar a su predecesor, ha dirigido el rumbo hacia el Atlántico.

El mar es la obsesión de Bolivia. El lago Titicaca, ante el cual los lagos suizos son apenas unas modestas gotas de agua, no alcanza a satisfacer esa sed de país mediterráneo que nunca ha atormentado a los sabios descendientes de Guillermo Tell. En vano, para tranquilizarla, nuestros diplomáticos han solido obsequiar a su Gobierno, marinas de los más eminentes pintores nacionales. Esos cuadros, capaces de hacer abominar del océano a cualquiera que no lo haya visto antes, no han logrado producir el menor efecto sedativo en el ansia boliviana.

Su último arranque filatélico es una demostración. El nuevo sello de correos, viene adornado, en efecto, con un mapa rarísimo, según el cual Bolivia se interna en el Paraguay, buscando una salida al Atlántico por el río Paraná, mediante una zona que podríamos llamar «de ocupación postal» titulada Chaco boliviano.

Naturalmente esta provincia de Bolivia carece de realidad objetiva y es, por el momento, de carácter esencialmente cartográfico. El Chaco boliviano va pegado a las cartas y recorre hasta ahora el mundo, montado como un jinete en las esquelas volanderas. Antes de echar al correo cada cierro postal, los bolivianos, con satisfacción patriótica, humedecen el Chaco con la lengua y lo ubican en la esquinita superior de la misiva, con el mismo desparpajo con que, a ser ello posible, lo colocarían en el Paraguay. El Chaco, debidamente remojado, sale así a recorrer el orbe. Se trata, pues, de la provincia más movible y viajera de Bolivia, y, mientras no se le asiente un poco el seso y deje su afán de turismo, constituirá un serio peligro para América; porque, ¿quién nos asegura que mañana el Chaco boliviano no aterrice en Venezuela, en Ecuador o en Chile?

Mientras existan en La Paz cartógrafos de ánimo esforzado, nadie puede estar seguro. Con un compás, una pluma y un poco de tinta china, ellos pueden más que todos sus vecinos, armados de cañones y ametralladoras.

Ni siquiera hay derecho a protestar. Si Bolivia no puede repetir exactamente la frase evangélica «Mi reino no es de este mundo», puede, a lo menos, afirmar: «Mi Chaco no está en la tierra», y ¿quién podrá impedírselo?

Su Chaco, es una provincia de quimera, pegada con goma arábiga a sus tarjetas postales. Es un trozo impalpable de ese país de ensueño que no tiene más límites que el patriotismo y el ansia de conquista.

Nada valen contra él, los sutiles argumentos diplomáticos, ni los lentos arbitrajes, ni los rígidos tratados, ni la prosaica fuerza de las armas.

En tanto existan en el mundo, el papel, la tinta china y el servicio de correos, el Chaco boliviano se paseará impunemente por mares y naciones.

De ahí que la expansión territorial filatélica, sea la más peligrosa porque es incontrarrestable.

Noviembre de 1929.




ArribaAbajoUn programa

La falta de cuatrocientos amigos desocupados -¿quién puede tener tantos en tiempo de crisis?- me ha impedido presentarme como candidato a diputado independiente. Cuesta, en realidad, a cualquier hombre que no sea excesivamente amistoso, encontrar cuatrocientos ciudadanos dispuestos a ir a una notaría para inscribir la proclamación de una candidatura que, a lo mejor, resulta rechazada.

El otro requisito exigido por la ley -la presentación de un programa de acción parlamentaria, para ser sometido al visto bueno del Ejecutivo-, es más sencillo de cumplir. Nada tiene, pues, de extraño que me haya quedado sin la diputación, pero con el programa, y para no perderlo, lo someto desde estas columnas a la consideración de las autoridades.

No creo que ellas encuentren reparo alguno que hacerle. En un país en que todo el mundo es partidario entusiasta de la teoría del gobierno fuerte, no está de más que haya uno que piense lo contrario, aún cuando más no sea para evitar la monotonía en las opiniones y dejar de manifiesto la reconocida tolerancia de que goza la libertad de pensamiento.

Mi programa es muy sencillo y no tiene nada de revolucionario ya que, por la inversa, tiende a hacer más estable y duradera la administración.

Soy partidario de los gobiernos débiles, entre otras razones, porque les cuesta menos mantenerse en el poder. Cuanto más fuerte es una autoridad -véase el caso de Rusia, Italia y España- mayor número de medidas represivas o sedantes tiene que tomar para vivir en clama. Estas medidas, que fluctúan según los casos y las circunstancias desde el fusilamiento al puesto público, significan siempre un gasto.

La forma de distribución varía, naturalmente, según la idiosincrasia de cada país. En Rusia se gasta más en servicio de espionaje y policía, como en otras naciones se gasta más en comisiones al extranjero, jubilaciones y aumento de sueldos.

Nada tiene esto de particular. Un gobierno bueno, como es lógico, tiene que ser caro, y en esto precisamente se diferencian los gobiernos buenos de los malos. A no mediar esta circunstancia ¿quién podría distinguirlos?

Además, según enseña la experiencia, hay sólo dos maneras de obtener la popularidad: con discursos o con hechos; de palabra o de obra.

Los gobiernos de mala calidad, es decir los gobiernos débiles y enclenques, siguen el primer sistema y les resulta baratísimo.

Los gobiernos fuertes recurren al segundo y tienen que gastar una barbaridad en rascacielos, piscinas, traslado de monumentos y otros divertimientos populares.

Claro que esto es muchísimo mejor, especialmente para los que no tienen que pagar contribuciones, porque las obras quedan y las palabras no; pero la gente es tan estúpida que prefiere las ilusiones a las realidades y los discursos a las contribuciones.

Por otra parte, como a los gobiernos débiles no los toma en cuenta nadie y su acción no se deja sentir en lo más mínimo, nadie tiene interés en que terminen. De ahí que sean tan durables. Como no pesan, no tienen que hacer esfuerzo alguno para mantenerse a flote. Esto explica por qué en la historia, por cada veinte años de gobierno fuerte hay ochenta de gobiernos débiles.

La debilidad es el estado normal y sus mismos adversarios lo saben tan bien -caso de Primo de Rivera-, que cuando quieren agradar al público hablan de la vuelta a la normalidad... o, lo que es lo mismo, a la debilidad.

La causa del prestigio de esta fórmula no puede ser más sencilla: Cuanto más poderosa es la autoridad, menos fuerte es ante ella el individuo; cuanto más rico y mayores entradas tiene el Fisco, mayores salidas tienen los particulares.

Esto, no todos lo piensan, pero lo sienten, lo que viene a ser lo mismo y no es raro que prefieran ser ellos más felices que el Estado. Los gobiernos débiles serán todo lo malo que se quieran; pero nadie podrá negar que son muy cómodos y, por lo tanto, sumamente estables.

A propender a esa estabilidad que evita gastos, hace grata, serena la existencia, y es, sin duda, el ideal de todos los gobiernos, tendía mi programa de diputado independiente.

Lástima que la falta de cuatrocientos amigos me haya impedido presentarme.




ArribaAbajoArte democrático

Hace poco, Daniel de la Vega, en un ingenioso artículo, comentaba las diversas expresiones de los que, al visitar el salón de Bellas Artes, sufren el primer contacto con la pintura moderna. Los rostros de esos desdichados -desde el que abre los ojos con espanto, hasta el «macuco» que toma la cuestión con buen humor, pasando por el que trata de entender y el que se indigna ante la estafa de que se cree víctima-, han sido maravillosamente delineados; pero Daniel de la Vega se ha olvidado de uno: El semblante bobalicón y satisfecho del tipo que mira sin gran entusiasmo, pero con delectación no exenta de filosofía, los progresos del arte moderno. Ése soy yo.

Sería un cobarde si, por temor de ser tildado de «incomprensivo», dijera que me emociono ante los innumerables tiestos de uso doméstico -teteras, platos y botellas, raudal de inspiración para nuestros artistas- ni mucho menos que comprendo por qué aquellos artefactos colocados en una mesa con una inclinación de treinta grados no ruedan y se hacen trizas para bien de sus autores y de quienes van a contemplar sus obras.

La teoría de «dar importancia a los volúmenes» y de buscar nuevos rumbos al arte, aun cuando por el momento, siguiendo la senda se llega sólo a esa estación que antes llamábamos el mamarracho, no logra convencerme de que las mujeres para merecer los honores del retrato, deban ser color pizarra o verde nilo, poseer a lo sumo un pecho, y tener la cabeza ligeramente menor que el dedo grande del pie. Pero todo esto no impide que reconozca en tales cuadros otras cualidades que compensan de sobra esas molestias.

Por de pronto, el cuadro moderno, especialmente el de forma alargada, tiene más aplicación en el hogar. Como no se sabe con mucha exactitud desde qué punto está enfocado el tema y los planos se entrecruzan con una velocidad de cinco a seis whisky-sowers, no existe ese antiguo prejuicio de las verticales y las horizontales que tanto dificultaba el ornato doméstico. El cuadro moderno se adapta mejor a los espacios libres. Si el trozo de pared es grande, pueden colocarse a lo ancho; si es estrecho, con cambiarle el cordel y colgarlo verticalmente, todo se arregla.

La pintura moderna, como que está calculada para una época de lucha de clases, soluciona en gran parte la cuestión social.

Ante las nuevas obras de arte, no se producen esos resquemores que engendraba el arte clásico. La mayoría de los visitantes que van a una exposición, no son hombres de fortuna. El mundo está arreglado en tal forma, que los que aman la pintura no tienen dinero para comprar cuadros, y los que tienen dinero no gustan de la pintura.

Gracias a este sistema de compensación, los artistas no ganan un centavo, los aficionados al arte se repelan y los millonarios compran las pinturas peores y se ponen en ridículo.

¡Cuántas veces he visto en los salones a los pobres amateurs mirando con ojos de envidia la obra de arte que nunca será suya!

Ahora es distinto. Uno mira las producciones modernistas y mentiría si dijera que siente el menor deseo de poseer alguna.

Hasta llega a bendecir la pobreza que lo libra de todo compromiso con el amigo que ha pintado el cuadro:

-¡Con tal de que a éste bárbaro no se le ocurra regalármelo...! -se piensa- Es el único sobresalto.

Y en cambio, ¡con qué vil satisfacción de amargado, se mira al snob o al nuevo rico que, por dárselas de entendido, «se ensarta» con la tela!

Nada: digan lo que digan yo estoy por el arte moderno. Es el único que evita las diferencias inherentes a la naturaleza humana, que en vano trata de borrar el comunismo. Es la solución de la cuestión social; es el arte democrático por excelencia.




ArribaAbajoCongreso ideal

«La elección parlamentaria última, por ejemplo, implica un alto grado de cultura cívica, y puede ser exhibida como un caso ejemplarizador de progreso democrático».


La Nación, 6 de marzo de 1930.                


Ha hecho bien La Nación en señalar este «caso ejemplarizador de progreso democrático» para dar un mentís a toda esa turba de ingenuos que no creen que el 2 de marzo hubo elecciones y siguen esperándolas con la paciencia de los judíos que aguardan la venida del Mesías.

Gente prosaica y materialista presta crédito tan sólo a sus sentidos y como no vio a nadie ir a las urnas, duda de que el electorado nacional haya elegido en una forma tan ordenada y silenciosa a sus legítimos representantes.

Los que así piensan desconocen el espíritu altamente democrático de la ley electoral de 1925, cuyo ideal fundamental parece haber sido aliviar tanto a los candidatos como al electorado de las molestias inherentes al sufragio popular, encomendando esas funciones a los cinco presidentes de partido y al director del Registro Electoral.

«No fue voluntad del Gobierno -dice La Nación- que el acto electoral último quedara finiquitado con la presentación de candidaturas. Ello se produjo automáticamente como consecuencia ineludible de una de las disposiciones de la Ley Electoral que rige a este respecto desde 1925».



Producida automáticamente la elección y prestigiada a mayor abundamiento con el arbitraje del Ministro del Interior, «el Gobierno aun en el caso de haber deseado provocar una lucha en las urnas no habría podido hacerlo», como dice con mucho acierto La Nación.

Ahora bien: ¿Se ha visto algo más perfecto que una elección que se produce automáticamente sin que nadie, ni el Gobierno ni los propios electores, puedan impedirlo?

Yo creo que a lo menos desde el punto de vista del progreso mecánico, no es posible imaginar nada mejor. No interviniendo en el acto electoral ni el Ejecutivo ni los ciudadanos, no puede hablarse de intervención gubernativa, ni de cohecho, ni de fraude, ni de ninguno de esos vicios que podían malear una elección o falsear sus resultados y los nuevos congresales pueden entrar al Parlamento, limpios como una patena y con la frente muy alta.

Es posible que el país no los conozca; pero eso no quiere decir nada porque se los imagina desde luego.

Por otra parte, el hecho de que esos diputados no deban su elección sino a un número muy reducido de personas, los libra de infinitos compromisos. Nada tienen que agradecer al resto de los ciudadanos y como en la mayoría de los casos éstos ignoran hasta la existencia de sus representantes no podrán importunarlos con peticiones y empeños.

El diputado sintético, a diferencia de aquellos diputados naturales que llegaban a la Cámara cargados de compromisos, procederá con suma independencia.

No existirá para él ese espíritu de estrecho regionalismo que hacía a los otros preferir el interés de su departamento a las conveniencias generales del país. Dentro del automatismo que los ha generado no hay razón para creer que representan a Arauco o a Copiapó, a Conchali o a Melipilla.

Ayer me presentaron a uno de ellos:

-¿Usted es diputado por...?

-Por Bermúdez -se apresuró a contestarme. Comprendí que se trataba de un hombre excepcionalmente verídico y sentí de todo corazón no haber podido ayudarle con mi voto.

A mí me gustan estos congresales surgidos espontáneamente como las callampas que se alzan blancas y puras entre el fango negruzco o la paja descompuesta de las eras. El sufragio popular no los ha contaminado y se elevan por sobre la decantada podredumbre de la politiquería con esa gracia efímera e ingenua de los hongos, que pueden ser dañinos, pero son siempre gratos a la vista. Al mirarlos uno se olvida de dónde y cómo nacieron y piensa con La Nación que «al hablar del funcionamiento democrático que importan las elecciones en Brasil, Colombia y Argentina, no es justo ni menos patriótico silenciar el acto cívico de elevada cultura que implica también la renovación del Parlamento de Chile».



Anterior Indice Siguiente