Tengo la satisfacción de comunicar a los lectores que dentro de poco, gracias a la iniciativa del doctor Orellana, tendremos una epidemia.
Será una epidemia rara, al alcance de todas las personas cuyas pantorrillas sean del agrado de los perros locos.
Cualquiera podrá contraerla. Para ello no se requiere tener piernas tan elegantes y bien perfiladas como las que pinta Kitchener. Basta tenerlas simplemente: Los canes son menos exigentes que los hombres en materia de pantorrillas. Puede, pues, el lector cooperar, a la medida de sus carnes, al establecimiento de la nueva enfermedad.
Sería injusto, sin embargo, culpar al doctor Orellana y aún a los perros hidrófobos, de la epidemia en perspectiva. Estos últimos, en calidad de locos, son irresponsables, y, en cuanto al facultativo, no ha hecho sino cumplir con su deber.
Se trata de una epidemia producida por ministerio de la ley.
Como lo ha manifestado el doctor Ferrer, el Artículo 158 del Código Sanitario establece que cuando haya más de cien personas mordidas por perros locos, puede declararse la existencia de la epidemia de hidrofobia.
Las víctimas pasan ya de cuatrocientas, y el doctor Orellana, en cumplimiento de la ley, pide que se declare la epidemia.
Es evidente que si el Artículo 158, en vez de fijar el máximum de cien hidrófobos, hubiera señalado el de quinientos, la epidemia no existiría todavía. Por culpa del Artículo 158 vamos a tener ahora una epidemia.
¿No convendría derogarlo?
Yo comprendo la utilidad de las enfermedades que son la única razón para no rebajar el presupuesto de los servicios sanitarios; pero es preciso confesar también que, en este país en que desde hace un año se busca desaforadamente una epidemia, va a ser ridículo estrenarse con una de hidrofobia.
Por otra parte, no sé hasta qué punto los canes se van a dejar intimidar por la declaración gubernativa que solicita el doctor Orellana. Es posible que los perros -a fuer de locos- no hagan en un principio el menor caso del Artículo 158 y sigan mordiendo con igual ahínco a los inofensivos transeúntes; pero luego verán las consecuencias.
La manera de evitar estos mordiscos, según el Artículo 158 es, como ha dicho muy bien el Dr. Ferrer, «colocar avisos en los diarios y lugares más concurridos por el público, indicando las medidas precautorias que deben adoptarse contra los perros»... Todo esto, naturalmente, sin perjuicio de otros ardides más anticuados, pero tal vez más efectivos, como los de advertir a los dueños de los canes «que no deben permitir que éstos salgan a la calle o, en último caso, deberán colocarles morrales a fin de impedirles que muerdan».
Ve, pues, el lector, que la declaración de epidemia no es una cosa tan inofensiva. ¿Qué perro, por loco que sea, se atreverá a morder cuando sepa que se van a publicar esos avisos en las calles? ¿Qué animal, por ignorante en leyes que se le suponga, no comprenderá la gravedad de las medidas precautorias que van a adoptarse en contra suya? Y por último, para los contumaces, queda el recurso del «morral», que equivale, en términos parlamentarios, a la clausura del debate.
¡Qué gran Artículo es el 158! Sin él no tendríamos epidemia; pero sin ésta no tendríamos perros con bozal.
Y puesto que para poner bozal a los perros es requisito indispensable la epidemia, venga ésta sin tardanza.
¿Quién no acepta el cambio de un «morral» por una epidemia?
Eso si que la Dirección de Sanidad debe estar atenta a la estadística de los mordiscos; pues, desde el momento en que éstos bajen a noventa y nueve debe derogarse el decreto de epidemia, ya que no sería justo seguir manteniendo disposiciones que, sin lugar a duda, molestan a los perros.
La epidemia sería entonces ilegal.
Cuando de muchacho leía al pie de la estatua de Freire o de Carrera aquella mala poesía que dice entre otras cosas:
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Creía sinceramente que eso de «inmoble» era un simple ripio literario. ¿Qué objeto tenía advertir que ese monumento no se movía?
Parecía en realidad una precaución innecesaria de parte del poeta; sin embargo, ahora se ha visto que no era tan absurda.
Hace tiempo que el país sufre de una especie de baile San Vito. El suelo mismo se sacude y tirita como la piel de un buey que quisiera librarse de las moscas. Mirando estas cosas con criterio optimista, este movimiento constante puede considerarse como una manifestación de dinamismo. El dinamismo no ha sido aún bien definido:
-Me encanta este tipo por lo dinámico -me dijo un amigo mirando a un paralítico.
Verdaderamente el individuo se agitaba que era una compasión. Por desgracia el pobre hombre no podía moverse con la misma facilidad que las estatuas y situado en un banco de la Alameda alargaba los ojos con envidia hacia el general San Martín, que en su caballo de bronce se disponía ya a emprender la marcha.
Realmente producía compasión el hombre «inmoble» frente a la estatua movible; pero en ambos -según el decir de mi amigo- se veía la misma manifestación de dinamismo. Ese movimiento impensado y constante, sorpresivo y común, como el de los temblores, tiene un sello criollo inconfundible.
En ninguna parte del mundo las estatuas recorren mayores extensiones y en menos tiempo que en Chile. Hay algunas -recuérdese la del abate Molina- que salen de los límites urbanos. Meses después suele encontrárselas tomando el sol en una plaza de provincia.
En cuanto a los monumentos que permanecen en Santiago, pasan de una cuadra a otra con la misma facilidad con que recorren el tablero las piezas del ajedrez.
Parece que las autoridades encuentran este juego muy entretenido. Ello es que cada ciudadano, mucho antes de llegar a la Alcaldía, tiene ya pensada su jugada. Algunos se dedican a mover los peones; otros, exclusivamente, los caballos. En este caso se encuentran por el momento los de San Martín y O'Higgins que van a ser colocados frente a frente, jugada que a juicio de los ajedrecistas no puede ser más peligrosa, porque se corre el albur de que uno de los dos caballos sea comido por el otro.
El público no sabe a punto fijo a qué obedece cada uno de estos movimientos; pero sigue con apasionamiento las incidencias del juego.
Hay, no obstante, un inconveniente. Como las estatuas son algo pesadas, y es preciso levantarlas por medio de roldanas y palancas, las jugadas de demoran más de lo que sería de desear.
Alguien ha propuesto, por eso, la idea de dotar a nuestros monumentos de algunos dispositivos que faciliten su movilización. El ideal, sin duda alguna, sería llegar al «estatuo-carril» o «prócer-camión», movido a carbón o petróleo. El carromato sería más artístico que la aplanadora municipal, y como no le faltaría peso, bastaría colocarles algunos cilindros para que la reemplazara con ventaja.
El arreglo de las calzadas, pasaría así a ser un espectáculo artístico y cultural y satisfaría al propio tiempo el anhelo de movilización monumental que todos abrigamos.
¡Qué impresionante sería ver cada mañana, el desfile heroico de O'Higgins, San Martín, Carrera, Ercilla, etc., dirigiéndose al trabajo, entre la espesa nube de las barredoras y el heroico redoble de las betoneras!
La movilización de estatuas dejaría de ser un hecho vulgar, para convertirse en una lección de patriotismo y de sentido práctico.
Los padres mostrarían a sus hijos el monumento rodante y dirían:
-¿Ven ustedes? Ése es uno de los padres de la patria: Es O'Higgins. ¡Qué bien arregla el pavimento!
Todos los que vuelan por primera vez relatan sus impresiones.
No hay que darles crédito. Las impresiones de un hombre en tierra firme son completamente distintas a las del mismo ciudadano a dos mil metros de altura.
Lo digo por experiencia. La Compañía de Aviación Comercial tuvo ayer la gentileza de considerarme paquete de correspondencia para los efectos de ir a Valparaíso en aeroplano y cometí la cobardía de aceptar para que no me fueran a creer tímido.
Dos amigos, Coke y Pichiruche, aviadores consumados según ellos, se ofrecieron para acompañarme en mis últimos momentos. Estos tuvieron lugar en el Restaurant Alemán ante un plato de cordero.
¡El símbolo de la resignación y de la mansedumbre!
-No te preocupes -decía Pichiruche-; volar es lo más sencillo. Figúrate estar sentado en un sillón a un kilómetro de altura, mirando el panorama... Nada más. Sólo al aterrizar... se siente una impresión parecida a la bajada del ascensor de Gath y Chaves.
-No le creas a este bruto -interrumpía Coke-. Si eso ha sentido, quiere decir que es un saco de papas, y si no lo ha sentido... también es un saco de papas... ¡Qué conjunto de falsedades! Figúrate estar colgado de una horca, a diez mil metros de altura sobre un escuadrón de lanceros -ése es el vuelo- y que te cortan el cordel -ése es el aterrizaje...
-¡Es claro! -decía Pichiruche-, el peligro de muerte es inminente; pero uno debe sobreponerse a esos detalles. Lo más desagradable es la impresión de la familia... y eso no te va a tocar a ti. En caso de que... En fin, nosotros nos encargaremos de dar la noticia en la mejor forma posible. Y a propósito, ¿qué retrato quieres que publiquemos en la necrología?
-Yo tengo un apunte magnífico -agregaba Coke-. ¿Te acuerdas? Ése en que estás de perfil. Además soy muy amigo del gerente de una empresa de pompas fúnebres. El ataúd te puede salir a precio de costo...
Disertando sobre un tema tan halagador, tomamos un automóvil y llegamos al aeródromo de Macul.
-Te presento al verdugo -dijo Coke.
Estreché la mano del piloto. Alegre, afable, simpático, su aspecto estaba muy lejos de tener nada de alarmante.
Una gorra de cuero, unos anteojos, unos guantes, una chalina morada muy coqueta y tras de un inventario de los fierros, de los cuales no debía aferrarme por ningún motivo, me encontré en la cabina.
El piloto, ya instalado en su puesto, se volvió hacia mí.
-Un dedo en alto significa mil metros; dos, dos mil. ¿Entendido?
El señor Terrazas me amarró gentilmente con una correa.
La amarra produce cierta sensación. Ella recuerda la posibilidad de que el aeroplano pueda darse vuelta; además a los reos se les ata, también, en el banquillo. ¡Qué desagradable!
Entre tanto la cámara cinematográfica de las Actualidades de este diario, me enfocaba con un marcado aspecto de ametralladora.
Ensayé la mejor de mis sonrisas y la más fotogénica de las despedidas...
El aeroplano empezó a correr como un zorro por el pasto.
Luego entendí que volaba.
* * *
Negar que sentí miedo, sería falta de hombría. Hay que tener «el valor moral», como dice Jorge Hübner, de confesar estas debilidades.
Un ruido de auto, de tren, de viento y de campanillas me saturaba a despecho de la gorra, imprimiéndome la misma vibración de los cordeles del piloto, del altímetro y de los anteojos que galopaban sobre mis narices. El estómago -según parece es el órgano menos adecuado al vuelo- se me quedaba un poco atrás...
El piloto me extendió un papelito: «¿Quiere regresar?».
Hice un gesto negativo. ¡Adelante con los faroles!
Volvió la cara y levantó un dedo...
¡Mil metros! No necesitaba que me lo dijeran: el estómago me marcaba 1.500. El altímetro retrasaba horriblemente.
Miré hacia abajo. Las casas, los árboles, los templos, parecían esos pequeños juguetitos de madera, con sus pinitos de viruta verde, sus granjas en miniatura y sus iglesias de un centímetro que vienen en las «Arcas de Noé» que se regalan a los niños el día de Pascua.
Los cerros eran iguales a los que se fabrican de papel de estraza para adornar el Nacimiento.
La pequeñez del suelo se traduce en el aumento de la personalidad. Ante la posibilidad de caerse en un paisaje tan diminuto y tan ridículo, la conciencia asume enormes proporciones. Y el estado de ánimo es más para confesarse que para dedicarse al turismo.
¡Caramba! De nuevo el piloto ha comenzado a escribir en un papel. Para eso ha soltado un fierro largo que los técnicos llaman el comando. Me dan ganas de pegarle; pero... pegarle a un hombre que está con el comando...
Por otra parte, no puedo ni gritar. El viento me impone una censura horrible...
Me resigno... Pero ¿qué será esa línea que sube como un diagrama de temblor, a lo alto de ese cerro chico y formidable a la vez?
La misiva del piloto me saca de la duda: «Cuesta de Lo Prado».
¡Y yo que creía haber estado en el aire una semana!
Dos dedos. Dos mil metros de altura.
¡Qué disparate! ¿Por qué encontraré peor caerme de dos mil metros en vez de mil? Para el caso viene a ser lo mismo; pero no puedo convencerme.
¡Idea genial y salvadora! Me he acordado de que el aire es un medio denso; sin duda alguna es menos denso que el agua, que el aceite, que el asfalto; pero ¡en fin! se puede afirmar en él... ¿Por qué no suponer que voy navegando?... Eso es; voy navegando sobre un mar transparente... Los cerros son los peñascos, musgosos, o las ballenas negruzcas e imponentes que se divisan bajo el agua... Voy navegando ¡qué tranquilidad!
Desde ese momento el panorama cambia por completo de aspecto.
¡Qué hermoso es el paisaje! ¡Qué belleza y finura de colores! ¡Qué bien se armoniza el cuadriculado de los campos verdes, con el color siena quemado de los potreros en barbecho!
La Cordillera de la Costa con sus innumerables pliegues parece ocupar todo el territorio. ¡Qué arrugado está el país! Entre las hendiduras de los cerros la neblina dibuja lagos azulados, y las cumbres emergen como islotes.
Sobre un picacho café obscuro, se ha quedado prendida una enorme mota de algodón. Es una nube.
Un grupo de pequeños cubos blancos, lanzados al azar como un golpe de dados sobre el tapete verde del valle, interrumpe el aspecto adusto del paisaje. Es un pueblo. Es Casablanca.
A la derecha se divisa la Laguna de Peñuelas. Aun alcanza a distinguirse la línea azul obscura de la cordillera y el mar se extiende a lo lejos, formando un solo fondo con el cielo.
El aeroplano parece no moverse de su sitio. La falta de puntos de referencia impide darse cuenta de su velocidad. Hay que fijarse en los tirantes de las alas y ver cómo van cruzando, por sobre el mapa en relieve que se extiende abajo, para calcular toda la rapidez de ese aeroplano de una inamovilidad tan engañadora como la del Poder Judicial.
¡Y qué agradable es estar alto, fuera del alcance de la Ley 4113 y de todas las cosas de la tierra!
El aeroplano empieza a bajar rápidamente... He perdido la noción de los tamaños y no sabría decir si ese renglón de palotes blancos que divide el suelo, es un simple alambrado o una línea de postes de teléfono...
Pero vamos a aterrizar ¡no cabe duda! Me acuerdo de la descripción de Coke y cierro los ojos por lo que potens contingere.
¡Nada! Apenas un ligero balanceo, Pichiruche tenía la razón: ¡Poco más que el ascensor de Gath y Chaves!
Estamos en Valparaíso; enciendo la pipa con gesto heroico y me paseo.
¡Volar es un encanto! ¿Cómo puede haber gente tan pusilánime que sienta alguna emoción al elevarse en aeroplano?
Estrecho entusiasmado la mano del piloto.
Al emprender de nuevo el decollage, no me asalta como antes la preocupación de que el aeroplano se eleve. Ahora, el único temor es de que siga corriendo indefinidamente por el suelo y vaya a estrellarse como un Ford vulgar contra los árboles que limitan el paisaje... Pero me acuerdo que voy en aeroplano y siento una gran tranquilidad.
Es evidente que los recién nacidos tienen mucho ojo. De otra manera no se explica que más de la mitad, junto con echar una mirada a esta tierra, tome el boleto de regreso.
Los hombres graves ponen el grito en el cielo y buscan mil razones para explicarse la mortalidad infantil; la falta de higiene, los microbios, la leche en malas condiciones, etc., etc.
En el fondo, todas las causas se reducen a una sola: la pobreza. ¡La eterna cuestión económica!
Los chicos en el otro mundo deben sonreírse. Desde que están en el secreto de que ninguno de ellos trae, como en otros tiempos, la marraqueta bajo el brazo, optan sencillamente por volverse. Los más listos ni siquiera se asoman a este mundo. Se quedan, reclinados con displicencia en una nube, leyendo las exposiciones halagüeñas y los editoriales optimistas que prometen para un futuro próximo, el resurgimiento financiero del país. Así es como la natalidad en vez de aumentar decrece. Los niños que no nacen, se ríen a mandíbula batiente de los que, a los pocos días de nacer, regresan cabizbajos y mohínos después de su triste ensayo.
Entre tanto, aquí en la tierra hay un hombre razonable, que se ha preocupado del problema demográfico y que me ha enviado una carta.
El señor Valle del Río, así firma el autor de la misiva, ve en la disminución de la población un asunto de carácter económico, al cual se agrega una gran falta de organización y propone algunas medidas eficaces.
Desde luego, insinúa la creación de una «Caja de Fomento Matrimonial de Chile», que tendría por objeto estimular el matrimonio y facilitar a los cónyuges los medios de afrontar sus peligrosas consecuencias.
Es realmente absurdo -dice- que exista una Caja de Crédito Minero para favorecer al que se lanza en aventuras de éxito más inseguro que el matrimonio y que haya una Caja de Crédito Agrario para prestar dinero sobre animales y no sobre seres humanos como son los niños. Si la población es el primer factor de la riqueza pública, lo natural sería que, previa una cubicación prolija de la esposa, se dieran al marido facilidades para hacerla productiva, y, en caso de que el matrimonio tenga ya algunos hijos, que haya una institución capaz de conceder préstamos sobre ellos. No sería necesario, en este caso, exigir el depósito de los niños en almacenes especiales, como se hace con el trigo, ni tampoco marcarlos como los vacunos para evitar que su poseedor los liquide a hurtadillas de la Caja.
No hay posibilidad de que ningún padre pueda enajenar a un hijo, ni mucho menos de que encuentre quien lo adquiera.
A estas medidas de carácter financiero habría que agregar otras que tendieran a organizar y estimular los matrimonios.
Nótese que se habla de organización y no de reorganización. Esta última sería de funestos resultados. Los cambios de personal, por muy acertados que sean, son fatales para el matrimonio; pero, con sus propios elementos, es posible obtener mayores resultados.
Desde luego debe evitarse que los cónyuges concurran a paseos diferentes o cultive cada cual una ciencia o arte que le sirva de distracción o esparcimiento. Es un hecho demostrado que el aburrimiento o la falta de entretenimientos favorece enormemente el desarrollo de la natalidad.
Sobre este punto hay que establecer una fiscalización severa, para lo cual podría crearse una Inspección de Matrimonios.
Los padrinos mismos no deben contentarse con el papel meramente decorativo. Su acción ha de continuar. Velarán por el cumplimiento de los deberes de los casados, suplirán a la medida de sus fuerzas las deficiencias que notaren y darán cuenta de las faltas a la Inspección de Matrimonios y de los auxilios pecuniarios que estimen de rigor.
Éstas son, en pocas palabras, las ideas que me sugiere, en su carta, el señor Valle del Río. Por mi parte, las considero razonables y las doy a la publicidad con la esperanza de que ellas encuentren la acogida que merecen.
Ayer al llegar a mi oficina, me encontré con una noticia alarmante.
-El Diario se ha vendido al Gobierno.
-¿Con todos nosotros?
-No; no. El edificio solamente. Es una buena operación financiera. El Diario quedará mejor instalado que antes, etc., etc.
Respiré; mi gran temor era que la venta hubiera sido ad corpus, con sus muebles, enseres y animales y que los redactores hubiéramos pasado sin saberlo a poder del Gobierno. ¡Se han visto tantos casos parecidos!
Además me resultaba profundamente vejatorio verme en el inventario, avaluado en una suma acaso insignificante. Los periodistas valemos cada día menos; guardamos, por lo general, un silencio resignado de victrola descompuesta o de máquina de escribir fuera de uso y con la tapa cerrada con llave; pero siempre es bien doloroso aparecer en la lista de artefactos vendidos en un precio irrisorio:
| Un escritorio ministro-nuevo | $600.- |
| Una caja de fondos, sin chapa | $90.- |
| Una máquina de escribir, con varios tornillos de menos (no escribe) | $200.- |
| Un periodista, sin chapa ni tornillos (tampoco escribe) | $15.- |
En este último rubro me veía yo de cuerpo entero. Las máquinas de escribir dejan de hacerlo cuando están absolutamente inútiles; pero nosotros los periodistas callamos un poco antes, es decir, cuando nos convencemos de nuestra inutilidad.
En esto nos diferenciamos de los diputados y de los gramófonos que, con laudable propósito, siguen dando algunos chirridos, aunque estén casi afónicos y en peligro de que el dueño los bote de la casa o los liquide a cualquier precio. Para una victrola aunque esté descompuesta, hay siempre interesados; pero ¿quién puede interesarse por un periodista que ha perdido el uso de la palabra?
Los periodistas vivimos del interés como los usureros ¡y vaya uno a escribir algo interesante en estos tiempos!
Los fabricantes de rumores nos hacen una competencia insoportable. Ellos son los únicos que mantienen el monopolio de las noticias sensacionales, del chiste oportuno, de la crítica acerada. Por eso, aunque me esté mal el decirlo, siento un placer malévolo y egoísta cuando la autoridad los persigue.
¡Qué diablo! La prensa es la primera víctima de los rumores; la gente se ha acostumbrado a ellos y bosteza cuando nosotros le espetamos un interesante artículo sobre la situación política en el Portugal, el déficit del presupuesto persa u otro tema apasionante de los que registra el cable.
Y no hay nada que quite más los deseos de escribir que esto de hacerlo con el único objeto de llenar cierto número de carillas. No sé qué empeño tienen los directores de los diarios en presentarlos llenos de palabras anodinas. A mi juicio eso equivale simplemente a ensuciar el papel con tinta de imprenta. Mil veces preferible sería dejarlo en blanco y colocar pequeñas anotaciones: «Aquí debía ir un artículo de Fulano sobre tal materia». «En este sitio, otro de Zutano acerca de tal otra», etc.
Se evitaría a los redactores un trabajo estéril y un esfuerzo inútil al público.
Cuando pienso en estas cosas, llego a considerar que ha sido un verdadero optimismo, creer que alguien se interesara por comprarnos.
A falta de otras votaciones de interés más general, hay que contentarse, por ahora, con la del Club de la Unión. ¡Y vaya que es apasionante!
Se trata de un asunto gravísimo. Se discute nada menos que si la cantina debe abandonar su actual ubicación para ocupar el lugar de los billares.
Arriba, en la amplia sala destinada al noble ejercicio de las carambolas, los caballeros graves y adustos resisten, afirmados en sus tacos de billar, el avance de la turbulenta juventud de la cantina.
Alguien ha dicho, que la lucha está trabada entre caramboleros y caramboleados.
La batalla es emocionante, ¿quién triunfará en ella?
Yo no puedo negar que siento una profunda simpatía por los de la cantina. Ese grupo de socios, que vive de copa en copa como los pintados pajarillos, encarna la escasísima alegría de nuestra raza. Es una alegría falsa, bien lo sé. Apenas alcanza a ser un subproducto del alcohol; pero -¡perdóneme el doctor Fernández Peña!- ¡es tan higiénico ver reírse a alguien!
¿Qué se saca con amargarse la existencia ante las «cuestiones serias»?
Yo admiro la profunda filosofía de esos hombres que pasan horas enteras discutiendo las peripecias de una partida de dados o el sabor de un whisky-sower. ¡Qué entusiasmo, qué apasionamiento, qué generosidad! No parece sino que, huyendo del alcohol, el último jirón de la raza española con su verbosidad y su quijotería, sale a la superficie y se sobrepone a la tristeza indígena.
¡Y cuánta elocuencia y fuerza de convicción se gasta en la cantina! Anteayer, antes del cuarto gin-cocktail, uno de los habitues, me convenció de que debía ir a votar en contra de mi padre que, a esas horas, jugaba una partida de billar en el terreno disputado.
Diez minutos más, o para hablar en términos precisos, tres nuevos gin-cocktail y llegó al parricidio. Habría sido un acto monstruoso, aun prescindiendo del espíritu de familia y de todo sentimiento humanitario. Al fin y al cabo los caballeros del billar no tienen otro entretenimiento que hacer una billa o una carambola y sería el colmo privarlos de ese gusto y despojarlos de su salón tradicional.
Confieso que esta objeción no se la hice a mi amigo en la cantina. Me contenté con observarle que acaso no conviniera innovar, llevando el bar del subterráneo a los altos, porque la escalera de mármol podía ser peligrosísima en ciertas circunstancias...
-Es más difícil subir una escalera que bajarla -me contestó con decisión.
Habría sido inútil que, en semejantes circunstancias le hubiera hecho notar, que la innovación patrocinada por él, representaba un gasto mínimo de trescientos mil pesos, que ella se traduciría en nuevas cuotas, etc., etc.
Las observaciones de carácter económico suenan con el acento austero y previsor de los billares, y caen muy mal en la cantina. Rebotan como en una baranda.
Por otra parte, los alegatos en favor del cambio de ubicación de la cantina, se basan en el calor. Según los reformistas, el ambiente del subterráneo en los días de verano es algo intolerable. A los dos whiskys, la temperatura sube a cifras increíbles, se transpira a chorros...
En la cantina ese argumento me convenció pero ahora, frente a mi escritorio, en mangas de camisa, pienso de un modo diametralmente opuesto.
Se transpira sin duda en la cantina, ¿pero qué mal hay en ello? Ninguno. Por el contrario; es una forma de eliminación que no puede ser más saludable. En este punto, toda la facultad de medicina está de acuerdo.
Los que duden de ello, pueden consultarlo esta tarde con cualesquiera de los facultativos, incluso los que asisten diariamente a la cantina.
Por otra parte, si transpiran los socios del billar, ¿no es lógico que transpiren también los de la cantina?
En esta vida no sólo el pan hay que ganarlo con el sudor de la frente, sino hasta el aperitivo.
Es más humano, por no decir más bíblico.
Recordemos que, a pesar de los esfuerzos de la moda femenina por demostrarnos lo contrario, no estamos precisamente en el paraíso terrenal.
Diciembre de 1927.
Los problemas alimenticios son muy desagradables, pero tienen la ventaja de ofrecer soluciones imprevistas.
Ahí está, por ejemplo, ese recurso ingeniosísimo de bajar el precio del pan para conjurar la crisis del trigo.
A uno que es lego en la materia, le parece que cuanto más barato vendan las panaderías su producto, menos precio pagarán por la harina a los molinos, y éstos, a su vez, harán ofertas menos tentadoras por el trigo.
Pero, según parece, en la práctica sucede todo lo contrario: mientras más baja el pan, más sube el trigo; y mientras mayor es la oferta del primero más aumenta la demanda del segundo.
Es raro; pero es así. Por lo demás, en materia de «secretos de la naturaleza» no hay que asombrarse de nada: Un anillo de cobre en la muñeca puede curar del reumatismo y una cucharada de viento sur, tomada en ayunas y con fe, es remedio infalible contra el hambre.
| «El chuncho canta | |||
| y el indio muere, | |||
| no será cierto; | |||
| pero sucede». |
Lo que realmente saca de paciencia es leer los cablegramas de la China. En tanto que nuestros agricultores no hallan qué hacer con sus cereales, en la provincia de Shangai hay dos millones de chinos muertos de hambre. ¡Dos millones!
El excedente de nuestra cosecha es también, según se cuenta, de dos millones de quintales. Un quintal por chino y ellos se salvarían de la muerte y nosotros de la ruina.
Bien podría la gran república mongólica hacer un pequeño desembolso en obsequio de sus súbditos. Por poco que estime la vida de cada uno de ellos siempre valdría más que los 32 pesos que cuestan los cien kilos de trigo.
Los mismos afectados, a pesar de su apremiante situación, se cotizan en bastante más dinero: Un telegrama de Shangai dice que, en vista de la hambruna, «muchas familias venden a sus hijos hasta por 20 dólares».
Si ellos pagan 160 pesos por un chino chico, resulta negocio claro para el gobierno de Pekín pagar 32 pesos por un chino grande.
Ni siquiera se necesita disponer de dinero constante y sonante para la operación. En caso que el gobierno de Pekín no dispusiera de la suma necesaria, se podrían estudiar otras formas de negocios, por ejemplo, el intercambio de chinos por cereales.
En el fondo la crisis porque atraviesan China y Chile son de igual naturaleza y obedecen a causas parecidas. En Chile hay exceso de producción y en China un exceso de reproducción. A nosotros nos sobran consumos y a ellos consumidores.
El intercambio está indicado; por lo demás, ningún agricultor se negaría a recibir un chino por quintal, pues es más fácil en la actualidad deshacerse de un tipo exótico que de un saco de trigo. Además el chino puede trabajar, y el saco, no. Con el chino, no hay que gastar en bodegaje, ni corre el peligro de que se agorgoje: en cambio, con el trigo no sucede lo mismo.
Bien esta ensayar la solución del problema triguero por medio de la baja del pan; pero no está demás intentar algún negocio con la China: O ellos nos mandan consumidores o nosotros le enviamos consumos.
En todo caso, la idea queda lanzada.
Abril de 1930.
|
«No deben olvidar los autores
y |
| DANIEL DE LA VEGA. | ||
El comentario de Daniel de la Vega sobre la compañía César Sánchez, ha venido con un ligero golpe de nudillos a despertarme la conciencia que dormía a pierna suelta.
De repente me he acordado de que yo también he sido autor teatral... y de los peores del país.
Hace de esto tanto tiempo, que seguramente los espectadores que entonces iban a pifiarme por la módica suma de tres peso, estarán a estas horas bajo tierra, o por lo menos jubilados; pero el recuerdo de esa calamidad nacional que fue El cuarto poder se conserva todavía en los círculos teatrales, como la memoria del cólera o del terremoto de Valparaíso. Es una forma de celebridad.
Hará cosa de tres años, un diario vespertino hizo una encuesta preguntando cuál era la peor obra nacional -todavía no se estrenaba Cabeza de ratón de Víctor Domingo Silva- y Roberto Aldunate, sobreviviente de «mi obrita» se apresuró a contestar, a pesar de nuestras buenas relaciones: El cuarto poder.
Bueno; algunos años después -todo progresa-, Víctor Domingo Silva vino a arrebatarme el récord o, mejor dicho, nuestro récord, porque El cuarto poder, fue escrito en complicidad con Hipólito Tartarín y Nathanael Yáñez.
El principal culpable fue Tartarín. Una noche en que frente a un bock de cerveza hablábamos de cuestiones financieras, me convenció de que el mejor medio de salir de apuros era «escribir una obra nacional». El no había escrito nunca nada de ese género; pero estaba dispuesto a ayudarme... aunque no cobrara derecho de autor: Formaba parte de la compañía una segunda o cuarta triple de ojos negros que, a juzgar por la descripción de Tartarín, era una especie de princesa encantada, inaccesible para los mortales que no podían entrar a bastidores. Por otra parte, una revista nacional, la escribe cualquiera. La letra es lo de menos. Todo depende de la música, y ésta se elige libremente entre aquella que ha tenido mayor éxito. En dos palabras, el problema se reducía a buscar a un amigo con aptitudes musicales y sin concepto claro de la propiedad artística -los músicos son altruistas y no cobran- que eligiera los trozos de la partitura.
Esa misma noche, Tartarín, que por estar empleado en el Sindicato Howard era una eminencia en dactilografía, se sentó frente a la máquina:
-¿Y el tema?
-Eso importa poco. Escribamos un asunto periodístico. Un redactor se enamora de una niña que tiene un padre terrible. El suegro exige a su futuro yerno que escriba un editorial en un sentido; el Director quiere que lo escriba en otro, ¡qué sé yo! Verás tú cómo resulta. Posesiónate del papel del suegro y comienza el diálogo; yo soy el protagonista y te contesto. A ver... espérate un momento para describir la escena: Una sala de redacción, mesa con periódicos, don Severo entra por el foro.
-¿Qué cosa es el foro?
-No me interrumpas. Después le preguntamos eso a Yáñez Silva: «Don Severo, entrando».
-Parece párrafo de hípica.
-Déjate de comentarios: Díctame lo que dice don Severo al ver al Director.
-Claro es que dice: -«Buenas noches».
-Perfectamente. ¿Ves cómo va saliendo la obra?
En realidad, el primer acto salió casi por completo aquella noche y con más o menos igual facilidad se escribieron el segundo y el tercero; pero al leerlo -¡oh, desilusión!- notamos que faltaba en absoluto la nota sentimental y un padrino que convenciera al Director de la Compañía respecto a la conveniencia del estreno.
La víctima elegida fue naturalmente un amigo. Con el libreto bajo el brazo, nos encaminamos donde Yáñez Silva y sin prestar oído a sus naturales protestas le leímos la fácil producción:
-¿Qué le parece la obra?
Nathanael, que bajo la indumentaria irreprochable abriga un corazón generoso, nos respondió mirando al techo:
-Sse..., simpatiquilla, compañeros.
-¿Podría hacerle usted algunos retoques?
-Convendría hacerle algunas escenitas...
-¡Hágale usted lo que quiera! -exclamamos a coro los autores, y en el colmo del entusiasmo le ofrecimos la mitad de los derechos.
-A mí me guía solamente una cuestión sentimental -alcanzó a decirle Tartarín-. Esa chiquilla de ojos negros, con cara de favorita de las Mil y una Noches...
-Pse..., pierde tiempo, compañero... Pse..., es..., la pse..., novia...
-¿La Zenobia?
-La pse..., novia de un señor..., pse..., Bozo...
Tartarín se puso muy pálido y, al salir, me dijo que entre los dos debíamos arreglarnos en forma equitativa, porque él no podía sacrificar la mitad de sus derechos.
El negocio se descomponía -¡qué diablos!- pero aún quedaba la expectativa de la gloria. A contar por el número de palmaditas afectuosas, Pilsener y felicitaciones por su ecuanimidad y preparación, derrochados sin reparar en gasto entre los críticos, la opinión de la prensa debía sernos francamente favorable y el éxito estaba de antemano asegurado. Mas, no contábamos con la huéspeda.
La víspera del estreno, mi viejo amigo Díaz Meza, que aún no se dedicaba a las tradiciones coloniales que tan merecidos triunfos debían darle andando el tiempo, me llamó aparte con aire compungido y, detrás de un bastidor, me dejó caer en el oído con una crueldad digna de los Borgia, estas gotas de veneno:
-Yo estoy mal con Yáñez Silva... Me ha atacado sistemáticamente todas mis producciones. La obrita de ustedes es bastante mala; pero tú y Tartarín son principiantes y puedo disculparlos... Ahora... si firma Yáñez Silva, me colocan en un disparadero... Tendré que juzgar la obra con severidad y... entonces...
Con una altivez digna de los conquistadores que pinta el propio Díaz Meza, le respondí que Yáñez firmaría la obra y que la crítica teatral no se nos daba un bledo. El público, el gran público, sabría apreciar nuestro trabajo. Tartarín fue también de mi opinión, contrajo la mandíbula con gesto de boxeador y se palpó orgullosamente los bíceps que, en calidad de periodistas de oposición, cultivábamos pacientemente donde Pellegrini.
Al día siguiente, el público pronunció su veredicto con un elocuente coro de silbidos.
Tras los bastidores y en presencia de la Zenobia del señor seboso, encontré a Tartarín, resuelto y firme como el boxeador que acaba de entrar al ring. Me afirmé en él para desmayarme.
-¿No te lo decía yo? Esto es un disparate. Como siga esta rechifla, y vengan los papazos y las coliflores, tendremos que instalar un puesto de verdura.
Tartarín me miró casi con desprecio:
-Víctor Hugo también fracasó -me dijo-. Mañana haremos un escarmiento.
En realidad, el día siguiente tuvimos que dedicarlo al box y a las injurias. La crítica era totalmente adversa. Tartarín tuvo que hacer un enorme esfuerzo muscular para dulcificarla.
Pero, como el público ama el escándalo, fue con mayor brío a la representación. Iba a pifiar, ¡qué importaba!, pero la obra daba dinero y se mantuvo en el cartel como si hubiera sido buena.
Enero de 1929.
Se habla de hacer economías, de disminuir la planta de empleados.
Un escalofrío de terror pasa por el personal desde el subsecretario hasta el portero, mientras el jefe revisa por centésima vez la nómina de funcionarios, preguntándose:
-¿A quién dejar cesante?
Hay en todas las reparticiones administrativas, uno que está de sobra.
Es, generalmente, joven, negro, macizo y anda siempre en la calle, con gran alboroto y casi de carrera. Por desgracia, este alarde de actividad es exclusivamente callejero; no hay recuerdo de que alguien le haya visto sentado ante una máquina de escribir o una hoja de papel de oficio.
Goza de una renta mínima de doce mil pesos anuales y se jacta de valer un capital. Los empleados le critican por inútil. Según ellos, no hace más que meter bulla, o echar humo con la insolencia de un fumador empedernido.
Su apellido inglés o norteamericano, que evoca el progreso industrial, los millones, las grandes usinas, le da un prestigio inmerecido. Su sola presencia produce una ilusión de riqueza y bienestar, en los que ignoran que es incapaz de producir un centavo y que hay que mantenerlo.
Él sabe las envidias que provoca y de ahí su indiferencia despectiva ante los hombres, su tendencia natural a atropellar a todo el mundo.
Está seguro de que será el último en quedar cesante y no teme a los ataques de la prensa: Conrado Ríos le atacó más de una vez, mientras era periodista; pero se reconcilió con él, cuando, siendo Ministro, tuvo ocasión de conocerlo más de cerca.
Tiene la más profunda convicción de que no hay nadie capaz de resistir a sus halagos; y, por eso, bien poco le importan las economías que la necesidad de contrarrestar los avances de la crisis mundial, como ahora se dice, obligue a introducir en la administración. Sigue faltando a la oficina, correteando por las calles, metiendo bulla y atropellando a quien le sale al paso.
Pero ¿cómo a un ser así se le tolera en un medio burocrático? ¿De qué privilegios goza para estar tan seguro de no perder su puesto cuando las economías obligan a echar a la calle a modestos empleados que significan para el Fisco un desembolso harto menor?
¡Ah! Es difícil contestar a estas preguntas. Quizás haya de por medio una razón de índole sentimental. ¡Es tan simpático, tan agradable! El jefe reconoce su utilidad; comprende que en la oficina no sirve para nada; pero... ¿cómo va a decírselo? Es tan amigo de la casa; la familia entera lo aprecia; sale con la señora y las niñitas, las acompaña a todas partes y les da tanto lustre en sociedad.
Todas las muchachas le adoran. Desde lejos, se le advierte con sus gruesos lentes, su aire dinámico, su paso de triunfador. Al mirarlo, los propósitos del jefe, resuelto a sacrificarlo antes que a cualquier otro empleado, ceden y vacilan. ¡Mil veces preferible es que el inútil siga su eterno callejeo y que todos los demás queden cesantes!
-Pero, ¿quién es él?
-¡Ah! ¿No lo había adivinado usted? Se lo voy a decir muy en reserva: El automóvil.
Mayo de 1930.
Es terrible este don Lucas, profesor y pasante, historiador y filósofo que asegura desde lo alto de un chaqué anacrónico:
-La humanidad no ha cambiado desde los tiempos más remotos. El hombre es siempre el mismo. La historia se repite.
-Pero, don Lucas, si la historia se repite ¿para qué enseña usted por separado la de los pueblos orientales, la de Grecia y Roma, la de la Edad Media y la Moderna?
-Para que se vea la repetición.
La frase de Kempis, «todo es uno y lo mismo» pasa como un soplo helado por entre los dos largos incisivos que quedan a don Lucas y todo el vasto panorama histórico parece igualarse y desaparecer bajo una capa monótona de nieve.
Ya no existe diferencia entre el hombre de las cavernas y el soldado que se ocultaba en las trincheras durante la Gran Guerra; entre el dolmen y el rascacielo monolítico; entre el primer tanteo artístico que garabateó los renos y los mastodontes en la gruta de Altamira y las superproducciones del arte de vanguardia. Despreciables diferencias de tamaño, de procedimiento o de época. En el fondo «todo es uno y lo mismo».
Caín, Nabucodonosor, Sesostris, Nerón, Iván el Terrible y Lenín se ven iguales bajo la blancura de la misma escarcha. Monigotes que en un momento, hicieron la apología de la fuerza con una quijada de asno, un alfanje o una ametralladora, como hoy la ilustran con su pluma los partidarios de los gobiernos fuertes. Don Lucas pasa por sobre la historia como un tanque aplanándolo todo.
Ayer, al dirigirme a mi oficina, lo encontré frente a la Intendencia, mirando por sobre los anteojos en forma de casco de naranja, el cuadrilátero de la Moneda.
-Aquí se alzará pronto el «Barrio Cívico» -me dijo.
-No me negará usted que es un progreso urbano.
-En la historia no hay progresos -observó-, hay regresiones solamente: Repeticiones, si Ud. quiere usar una palabra más parlamentaria.
-¡Oh!, don Lucas, usted parece tener los ojos vueltos hacia atrás: Tan sólo mira el pasado. Piense en el futuro. Imagínese esta plaza e imagínese usted la otra que va abrirse en la Alameda, tal cual serán en algunos años más. La Moneda, la Intendencia, el Ministerio de Hacienda, la Tesorería, la Caja de Ahorros, el Club Militar, las oficinas públicas, -el Ejecutivo, el Presupuesto, el Ejército, la economía privada, todas las fuerzas del país reconcentradas en un solo bloque. Un comprimido de autoridad y riqueza. El Barrio Cívico, engastado en soberbios edificios será la concreción del progreso del país.
Don Lucas me miró tristemente.
-¡Ya ve usted lo que son las pupilas habituadas a mirar siempre el pretérito! Usted contempla el futuro; se lo imagina vivo y rutilante como una cosa nueva, recién salida de la fábrica. Yo, en cambio, en este mismo instante pensaba en la Edad Media. ¡Me imaginaba el gran castillo, surgiendo como un gigante, por sobre la ciudad chata y humilde de los siervos y de los pecheros que elevaron piedra a piedra el edificio! ¡Cuánto esfuerzo anónimo, cuánto sacrificio en que nadie reparó, representa la ciudadela del señor!
Sin embargo, acaso al aumentarles el tributo, los pecheros casi no pusieron mientes en su peso. ¡Con qué orgullo verían esa torre que compendiaba en un solo palacio todas las mejoras insignificantes que hubieran podido introducir en sus tugurios! ¡Con qué satisfacción las mujeres escuálidas y los niños enclenques saludarían a la robusta mesnada y a los gordos servidores que se paseaban junto a las almenas!
En la aldea vecina, los siervos llevaban vida más holgada, claro está, sus casas eran mejores; pero no tenían castillo; eran unos infelices. Sólo que los que así pensaban, no contaron para nada con la acción del tiempo. Ahora no queda en pie más que la torre. Se yergue altiva y sola como un águila. Las casitas blancas, que de lejos semejaban una bandada de palomas posada al pie del picacho, han desaparecido.
Diríase que el águila se ha ido comiendo, una tras otra, las palomas. Desde la aldea próxima que no tenía castillo, pero que ahora es gran ciudad, los turistas suelen venir a ver las ruinas y hasta sonríen con lástima de los hombres que levantaron esa torre inútil: -«¡Pobres siervos! Deben haber echado el quilo y como no podían protestar...» ¡Profundo error, amigo mío! Los pecheros de entonces estaban encantados con su torre. La humanidad no cambia: «Todo es uno y lo mismo».
Abandoné a aquel hombre escéptico con la mirada miope clavada en la Edad Media.
Yo tengo ojos optimistas y, frente a mí, la Plazuela de la Moneda, con sus viejas casas me parecía tan anacrónica y gastada como el chaqué de mi interlocutor. Me la imaginaba, como en el futuro, grande, inmensa, encuadrada en hermosos edificios y repleta de automóviles. Ni siquiera me acordaba de que, además de optimista, soy contribuyente.
Eché atrás los hombros, saqué el pecho, y atravesé la plazuela con paso decidido.
-¡Qué satisfacción sentía al ir transitando por el Barrio Cívico!
Sudoroso, a pleno sol, echando maldiciones a los parques ingleses y a las ventas a plazo, divisé a mi amigo Elgueta en la Alameda. Al verme estiró el pescuezo como el camello que olfatea en el desierto la humedad alentadora de un oasis y atravesó la calzada.
Sus piernas flacas se alargaban como patas de mosca en el tanglefoot de asfalto. Un automóvil estuvo a punto de cogerlo.
Pegado en el alquitrán, Elgueta, con los puños en alto, apostrofaba al vehículo:
-¡Canalla! ¡Asesino! ¡Vendido a plazo!
Por fin logró desprenderse del asfalto y llegar hasta la acera. Me abrazó. Esta manifestación de aprecio que, sólo por equivocación, Elgueta suele tributar a los varones, me hizo comprender que estaba realmente emocionado.
-¡Mira -me dijo- mira cómo estoy...! ¿Ves esta ropa?
-Sí -le dije-, bien cortada; pero tal vez un poco gruesa para la época.
-¡De invierno! De riguroso invierno. Con forro de franela... Es un tormento chino.
-Pero ¿cómo andas con eso?
-¡Sudando! -me respondió-. Y tendré que pasar así todo el verano. No podré comprar un terno más delgado hasta dentro de dos años.
En realidad el pobre Elgueta, vestido con ese paño frisudo, más jorobado que nunca, y acezando, más que un hombre, parecía un camello. Hasta llegué a pensar que la reorganización le hubiera alcanzado.
-¿Estás cesante?
-¡Peor que eso! -suspiró- Soy una víctima del amor y del abrigo. El amor ha terminado, pero subsiste el abrigo. Esta ropa que tú ves no es nada; lo que más me pesa es un paletó de pieles... ¡Ése es el que me agobia!
-Pero no lo llevas puesto...
-¡Ojalá lo llevara!
Y Elgueta me refirió su triste historia. Él es un hombre enamorado y generoso: dos desgracias que pocas veces andan juntas. Una amiga muy simpática se entusiasmó en junio pasado con una capa de topo. Era fácil de comprarla. Sólo 300 pesos al contado. El resto en 24 letras de a $200.
-¡Bárbaro! ¡Dos años, pagando letras!
-Sí... cierto... pero como ella me juraba amor eterno...
-Es mucho plazo.
-Ahora yo también digo lo mismo. Desgraciadamente entonces no raciocinaba así. ¿Qué son dos años para una eternidad?, pensé, y firmé las letras. No alcanzaron a protestarme la segunda y ya la ingrata había huido con la capa...
-Es el caso contrario al de José...
-No te burles... ni menos la compares con José. Él no se llevó la capa. Compárala, si tú quieres, con la mujer de Putifar que se quedó con un abrigo ajeno; pero a lo menos el otro no era de topo ni estaba comprado a plazo... El peletero me cobra a mí la piel.
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-¿Qué voy a hacer? Pagar las letras. Antes me las dejaba protestar con la esperanza de que «ella» cuando estuviera más enamorada se resignara a devolver la capa; pero ahora ¡échale un galgo!, anda con Pérez.
-¿Y quién es Pérez?
-Un animal más bruto que el topo; un primo de ella, el que me convenció que debía comprar la piel a plazo.
Elgueta permaneció un momento con los ojos fijos en el suelo; después sacó el pañuelo y se enjugó la frente.
-¡Ah! ¡Tú no conoces el tormento de pagar una piel en verano! En invierno, uno también siente frío y el romanticismo lo mantiene. ¡Pobrecita -pensaba- por ingrata que sea, al ponerse el abrigo se acordará de mí, y en ese instante le será infiel a Pérez siquiera de pensamiento! Mas, hoy que ya no se la pone, hoy que tal vez la capa ha comenzado a apolillarse y es, por lo tanto, para ella un objeto de preocupación y de disgusto, ni aun tengo esa migaja de cariño... Y esto, sí es que Pérez no ha empeñado o vendido la funesta prenda. El 30 del mes pasado, vi donde el peletero una capa de topo, ¡hubiera jurado que era la misma! Acaso el infame comerciante ha vuelto a recuperarla a vil precio; y yo sigo pagando cada treinta días... Bien está el remordimiento; pero no un remordimiento con protestas...
De pronto Elgueta miró el reloj de San Francisco.
-¡Caramba! Las doce en punto... y hoy me toca vencimiento. Tengo que irme al Banco de carrera.
Y lo vi deslizarse como una sombra sobre la plancha candente del asfalto.
Hay remordimientos que se diluyen en lágrimas; pero éste del pobre Elgueta se liquidaba en un sudor a chorros.
Hay el prejuicio de que el pesimismo lleva a la tristeza y de que sus adeptos gozan de menos alegrías que el resto de los individuos.
Profundo error: El pesimista ve, sin duda, todo negro y anuncia calamidades a destajo: pero, al propio tiempo experimenta una íntima satisfacción cuando ellas se realizan. Y como en el mundo las desgracias se presentan con más frecuencia que las dichas, el pesimista tiene un amplio y fecundo campo de felicidad.
Las tristezas, los fracasos, las desilusiones que tanto abaten a los optimistas, son para él accidentes con los cuales contaba de antemano y que le proporcionan el agrado de confirmar sus predicciones. Cada esperanza que se apaga brinda al pesimista el mismo goce intelectual, que el eclipse de un astro al sabio que lo ha anunciado.
En esta actitud de espíritu, sus propias desdichas son causa de alegría.
Todas estas reflexiones, que no sé si son amargas, me asaltaron ayer al encontrarme con mi amigo Aliro Peña -el «Chuncho» Peña, como lo llamamos en la intimidad- riéndose descaradamente frente a la Bolsa de Comercio.
-¿De qué te ríes? -le dije.
-¡No voy a reírme -me contestó- al mirar este cementerio de acciones! ¡Lo que yo venía prediciendo! No hay un negocio que ande regular. La acción de la Bolsa, que antes valía trescientos mil pesos, está ahora a treinta y seis mil, y las demás, por el estilo!
-Tú no tienes corazón.
-Pero tengo cabeza: Hace tiempo antes de que perdiera aquí hasta el modo de andar se lo venía pronosticando a los amigos: Las sociedades se van a ir a la ruina: La industria no da para sustos... Esto se tiene que desmoronar. Ya ves tú como está la minería.
-Pero el país no es sólo minero...
-No, es también agrícola... y, a propósito, ¿has visto a algún comprador de cereales? Tengo un pequeño fundito: me interesaría que alguien comprara algo. No tanto por interés del dinero, créemelo -estoy arruinado y afortunadamente mis fracasos sólo afectan por el momento a los acreedores-, pero, por curiosidad: Tengo el capricho de ver un comprador.
-Estás de un pesimismo insoportable.
-Es que acabo de hallarme con un salitrero. Hay un millón y medio de toneladas que no pueden encontrar colocación. Como se ha puesto ya amarillo de viejo, parece que los compradores lo toman por cebada y no quieren ni mirarlo...
-Hombre, digas lo que quieras, el país progresa: Mira esos edificios, esas calles magníficas, esos caminos de concreto...
-Sí: ya alguien lo ha dicho: El país se va al demonio, pero por muy buenos caminos.
-Cállate. ¡Qué afán de criticarlo todo!
-Si no lo critico, por el contrario, me alegro. Si hemos de quedar en la calle, es preferible que las calles sean buenas. Por lo demás, me pienso meter a empleado público y ya me verás en uno de esos rascacielos. Es la única manera de estar bien alojado y tener una renta razonable. Y, a propósito, ¿me puedes prestar unos cincuenta pesos? Es para el pago de la contribución; como este mes hay que empezar a llenar los formularios... y sería tan feo declarar así de buenas a primeras que ya no tengo renta. Creo que hay que irse poco a poco para no alarmar a la Dirección de Impuestos. Pueden disminuir servicios, y yo necesito emplearme... Tú eres optimista, ¿verdad? Préstame cincuenta pesos. En cuanto mejore la situación te los devuelvo.
-Yo soy optimista, ¡claro está!, pero desgraciadamente no todos los optimistas tenemos cincuenta pesos... Por eso, precisamente, somos optimistas y esperamos días mejores. Si no fuera por esa esperanza, ¿qué sería de nosotros?
-¡Excusas, simples excusas! Si fueras optimista de verdad, ya me habrías prestado ese dinero. En el fondo tú no crees que pueda devolvértelo... Haces bien: Las cosas van de mal en peor y estamos sólo comenzando. ¡Lo tenía anunciado! Y yo, mi amigo, para profeta... Bueno, es una lástima que en este país no se pague a los profetas... ¿No podría crearse la Superintendencia de Agoreros? Me vendría muy bien que me nombraran superintendente... ¿No lo crees? ¡Ah! ¡Tampoco! ¡Ya no quedan optimistas!
Y se alejó serenamente.
No hay nada más anti-higiénico que leer el debate sobre la Cosana antes de entregarse al sueño. El patriotismo, como un plato indigesto, recobra de repente nueva vida y produce pesadillas horrorosas.
Lo digo por experiencia.
Me quedé dormido leyendo el discurso de los representantes de la Crac, cuando empezaba ya a sentirme, como se dice vulgarmente, bastante «de a caballo» en materia de asuntos salitreros. Me parecía que la «Cosana» era una bestia mansa y en su lomo me encontraba a las mil maravillas. Las observaciones de los señores Carrasco y Muñoz Cornejo me hicieron perder dos o tres veces los estribos; pero, una vez que los recuperé, volví a soltar la rienda, y reanudé el galope interrumpido.
La Cosana alargó el cuello y se lanzó a todo correr, salvando los obstáculos con más velocidad que un proyecto de gobierno en una comisión parlamentaria.
Me dejaba llevar. Estaba cierto de que la yegua no tropezaría.
De pronto, en un recodo de la carretera vi a un hombre rubio y gigantesco que me hacía señas para que me detuviera. Sus largos brazos de atleta cerraban por completo el camino.
La Cosana dio un resoplido, amusgó las orejas y se paró en seco con tal prontitud que por poco no me saca de la silla.
-¡Alto! -dijo el hombre- Mi estar norteamericano y proponerle un negocio: Bájese de la caballa.
-¡Pero, señor...!
-Usted no sabe dirigir el animal. Déjeme a mí. Seremos socios, ¿comprende? Usted puede ir a pie.
-¿A pie? ¿Cómo se le ocurre?
El hombre se sonrió y sus dientes blancos y fuertes lucieron al sol. Era una sonrisa ingenua de león joven que se deleita ante la enérgica actitud de un cabrito. Su garra había cogido ya las riendas.
-Bájese -insistió-. Soy Dempsey. He dejado el ring; pero, para no olvidar del todo mi antiguo entrenamiento, mi hace negocios con los latino-americanos. Déjeme ir en la caballa. Mi, va en este momento sin dinero, pero puede darle a ganar alguna cosa. Bájese pronto. Si no...
Ante la forma un poco enérgica con que pronunció la última frase, me bajé a espetaperros de la silla, y le dije con la más fotogénica de mis sonrisas.
-Señor Dempsey... ¿Sabe usted que comienza a convencerme? El negocio en líneas generales no me resulta mal; pero, ¿qué le parece a usted que lo estudiemos un poco en sus detalles?
-Bien.
-Usted habla de una sociedad, según entiendo, yo aportaría el caballo... Y usted ¿qué pone?
-Las espuelas.
Sólo entonces reparé en que el ex campeón lucía unas magníficas rodajas.
-Desgraciadamente -observé- yo no veo la ganancia.
-La tendrá.
Se montó de un salto y, clavándole las costillas del pobre animal, partió al trote, mientras yo, a su lado, hacía varios esfuerzos por seguirle.
Comenzaba a jadear cuando nos detuvimos frente a un almacén de bicicletas. Dempsey silbó y un hombre colorado y rechoncho apareció en la puerta y cruzó algunas palabras en inglés con mi socio.
-Este compatriota -me dijo Dempsey- es competidor nuestro. Él hace bicicletas o, lo que es lo mismo, caballas sintéticas. Sin embargo, está dispuesto a prestar doscientos pesos sobre el nuestro.
A usted le corresponde la mitad. Aquí tiene sus cien pesos.
-Pero... -alcancé a decir. Mas mi terrible socio me dirigió una mirada tan poco tranquilizadora que, para no perderlo todo, opté por recibir el dinero.
-Entienda bien -agregó Dempsey-, usted tiene derecho a «veto», pero sólo cuando afecta a un asunto de capital importancia para el negocio mismo.
Y sin esperar mi respuesta comenzó a espolear a la pobre Cosana en una forma tan salvaje que creí que iba a romperle las costillas. El fabricante de bicicletas se reía. Sin duda alguna aquel hombre, cediendo a bajos propósitos de competencia comercial, le había insinuado que acabara lo más pronto posible con aquel rival de sus vehículos.
-¡Me opongo! -grité- Me opongo! Yo tengo derecho a veto. Usted me va a matar la yegua.
Dempsey me cogió del cuello y me levantó un momento en el aire para decirme confidencialmente al oído:
-¿Estima usted que la muerte de la caballa es un asunto de importancia para el negocio mismo?
-No, señor... Suélteme usted... No lo había pensado bien; pero ahora... ¡No me ahorque, por piedad!, creo que no tiene importancia...
-¡Me alegro, porque si no...!
Y me dejó caer al suelo. Desperté junto a la cama, todo adolorido. Víctima de la horrible pesadilla, me había caído del lecho. Tenía las piernas en alto y la cabeza entre unos diarios con el debate sobre la Cosana. Me sentía groggy. Menos mal que durante el sueño me mostré condescendiente y Dempsey no alcanzó a aplicarme su knock out.
Si no, a estas horas estaría durmiendo todavía.