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En nombre de la raza

Sergio Ramírez





Entre el mar de documentales que hoy en día se producen para la televisión europea, es posible encontrarse con algunos que, en su buceo de una época histórica, logran afirmarse como verdaderas obras de arte. Este es el caso de la película francesa dirigida y creada por Marc Hillel y Clarissa Henry, En nombre de la raza. Y sobre todo si para conseguir una representación de los alcances de esa época histórica, se penetra en uno de tantos ejemplos que la ilustran, no solo concienzudamente, con acopio de materiales, entrevistas, investigaciones, sino también con una pasión por la verdad.

Ahora que se cumplen 30 años de la liberación del fascismo en Europa, un documental semejante se ve con horror resucitado, porque lo que se cree ya historia de los libros y los museos, cobra vida a través de los personajes del drama que es el tema del documental, personajes que hablan frente a la cámara, y están allí como testigos y como víctimas: una de las ideas centrales del aparato político nazista, era la creación de lo que se llamaba «el hombre nuevo», niños concebidos y educados para una era diferente, engendrados bajo un estricto control de «pureza de la sangre». La misión de organizar la producción masiva de estos niños, fue encargada a Himmler, y la institución de los Lebensborn, quedó bajo el control de las SS. «Regalarle un niño al Führer», era la consigna propagada entre las madres arias jóvenes, para que entregaran a sus hijos a estos laboratorios de experimentación con seres humanos. Pero cuando la ocupación militar alcanza países como Polonia y Checoslovaquia, la apropiación de niños, para hacer de ellos «hombre nuevos» toma el carácter de secuestros masivos. Se les arranca de sus padres y se les traslada a Alemania, consignados a los Lebensborn; los que de acuerdo con las mediciones antropomórficas (realizadas con extraños aparatos que se cuidaban sobre todo del tamaño y forma de la cabeza) fueran encontrados con características arias, se entregaban en adopción a familias alemanas; los que no, eran eliminados.

Caravanas de niños separados de sus hogares, son transportados a la fuerza en trenes, niños de pecho, niños escolares, niños reportados mentirosamente como huérfanos de guerra, sacados de hospitales también, y los que pasaban el examen eran recibidos por el propio Führer, amante de los niños, al que le presentaban ramos de flores.

Hillel y Henry eligen a un puñado de supervivientes, niños que regresaron con sus padres al llegar la liberación en 1945; y madres a las que sus niños nunca fueron devueltos, porque los padres adoptivos se ocultaron con ellos, o porque los niños, ya no quisieron volver al lado de sus verdaderos progenitores: en los Lebensborn, el programa de «arianización» incluía un concienzudo lavado de cerebro para hacerles olvidar su pasado, su familia, su idioma nativo. Y a otro puñado que representa a enfermeras, médicos, administradores de estos Lebensborn, incluyendo la terrible escena de uno de los dirigentes de los centros, medio paralizado del cuerpo, tembloroso, inútil, idiota, ya nada de la mente diabólica en su acabada figura senil, mientras su mujer informa a la cámara que los Lebensborn, según su entender, no eran más que centros caritativos para niños sin padre, o niños abandonados.

Es una persecución tenaz, puede decirse; los realizadores van a pueblos remotos a buscar sus testigos, a través de documentos gráficos reconstruyen la secuencia, ilustran con noticieros de la época el papel que los Lebensborn cumplían en la propaganda nazista; con la imágenes de los adultos ahora, que vivieron la experiencia de ser llevados a esos laboratorios, alternan sus rostros de niños. Y documentan la tarea que significó el volver a estos niños a sus hogares, identificarlos, encontrarles sus nombres ya borrados; los que devueltos a sus pueblos en Polonia, en Hungría, en Checoslovaquia, no tenían ya familiares, porque habían muerto en la guerra o en los campos de concentración. No tenían ya a nadie.

Y las madres que esperaron en vano. Una anciana cuenta cómo, habiendo perdido a su hija en estos secuestros organizados por los ocupantes, se empeñó en recuperarla una vez concluida la guerra. Le anunciaron que volvía, que alistara un recibimiento, que horneara un pastel para ella. Pero nunca volvió, huían de un lugar a otro los padres adoptivos con ella, se ocultaban, y al fin, la hija se negó a volver. El rostro de la anciana, cercano a la cámara, poblado de arrugas, hace un llamado a la hija, que se quedó a vivir en Alemania, que tiene allá su familia ahora, que vuelva aunque sea a visitarla, que le escriba unas líneas. Le dice que está vieja y enferma, que no la olvide. Y con esto se cierra el documental.

Berlín, mayo de 1975.





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