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ArribaAbajoLibro tercero

Entró Hardyl en su casa acompañado de los conocidos que lo encontraban por la calle y de los vecinos que esperaban su llegada para congratularle por su feliz restitución, confirmándole con su apasionado y numeroso concurso la estima y la veneración que su virtud y carácter les merecía. Sólo Eusebio entró en ella triste y pesaroso, arremetiéndole todos los objetos que se le presentaban, renovándole todos la memoria de la muerte de miss. Íbasele acrecentando el miedo al paso que se acababa el día y se acercaba la noche, sin tener aliento para dar un paso en la casa que no estuviese apegado a su maestro. Éste dejábalo seguir sin decirle cosa alguna, sabiendo que el miedo no sufre razón de ningún modo y que antes bien se apodera de ella hasta que con los hechos y experiencias no llega el hombre a desimpresionarse de sus ilusiones.

Esperaba Hardyl poder recabar esto de Eusebio, y para ello no quiso dejar pasar aquella noche sin comenzar a disponer su ánimo para las pruebas en que lo había de poner. Llegada la hora de la cena, estando sin ama que los sirviese, aparejaron entre los dos la mesa, sobre la cual asentó Hardyl un plato de lonjas de jamón ahumado que agradaba mucho a Eusebio. Mientras la cena, hace caer Hardyl la conversación sobre el miedo que tienen los hombres a la muerte, de donde les nacía el horror que cobraba el ánimo a la oscuridad, a los lugares solitarios, a los derrumbaderos y a los cadáveres. No hay duda, le decía, que la vista de éstos es fea y desagradable, mas sólo infunde miedo a los que no consideran ni llegan a persuadirse que los difuntos no les pueden dañar en cosa alguna; pero, al contrario, el hombre que sacude las preocupaciones de la niñez y que desprecia las consejas que oyó de sus amas o de sus padres acerca de las apariciones, hablas y resurrecciones de los finados, ése contempla sin miedo el cadáver de otro hombre como el de cualquier otro animal, aunque su vista pueda causarle disgusto.

Y prueba de que este temor vano se puede sacudir, son los sepultureros y los que llegan a familiarizarse con los muertos en los hospitales, así hombres como mujeres, los cuales los manejan y envuelven como una niña sus muñecas. Este miedo es muy vergonzoso en el hombre; y así le es necesario que lo sacuda de sí por los muchos inconvenientes y, tal vez, daños que le puede acarrear; como también porque le impide varias operaciones, como tú lo pruebas, hijo mío, pues no te atreves a dar un solo paso por la casa sin ir atado a mi faldriquera como cuchillo de bodegonero. Para esto conviene que comiences a sacar fuerzas de flaqueza, pues el miedo, si no se le hace frente, jamás llegará a sacudirse. Yo bien echo de ver que tú no querrás ni podrás dormir solo esta noche; pero si hemos de dormir juntos en un mismo cuarto, éste ha de ser el que dejó de habitar miss, pues no murió en él. Así comenzaremos a tratar de cerca al enemigo y verás que no es tan fiero como te lo imaginas.

Dicho esto, hace que Eusebio le ayude a trasladar su cama a la estancia que fue de la difunta; y él pasó solas sus sábanas al lecho en que dormía miss, en el cual se quiso acostar para que Eusebio, con su ejemplo, empezase a perder el pavor que tenía, viéndolo dormir en el mismo lecho de la muerta.

Dispuestas las camas, cierra Hardyl la puerta y se acuestan después de haber apagado de propósito la luz. Tomó plácidamente Hardyl el sueño como si durmiese en su propia cama, pero Eusebio no hallaba medio de pegar sus ojos, palpitándole de continuo el corazón, pareciéndole ver la difunta miss tendida allí en el suelo de la estancia, como la vio la vez primera perdida la toca, con los ojos encontrados y la lengua fuera y el rostro horrible y amoratado.

Podía haber pasado media hora después que se acostaron, cuando el desvelado Eusebio oyó ruido a la puerta del mismo cuarto, como si alguno diese golpes en ella o la menease. Un sudor frío baña sus agazapados miembros y la voz se le anuda a la garganta sin poder llamar a su maestro, aunque se esforzaba. Pero volviendo de allí a poco a repetir el mismo ruido y golpes semejantes, alterado del miedo, da un grito tan agudo, acompañado de llanto, que Hardyl despertado le pregunta la causa. Respóndele Eusebio con mascadas palabras, sin acabarlas de proferir, que tocaban a la puerta. Hardyl, que estaba seguro que no podía haber ninguno en casa, creyéndolo efecto de una exaltada fantasía, le dijo que no había nada, que durmiese. Mas apenas acababa de decir esto, cuando oye repicar a la puerta, dando de tanto en tanto ciertos golpes como si verdaderamente llamase algún importuno para entrar. Eusebio no puede resistir a esto y se pone a gritar y llorar tan desaforadamente que aturdía la estancia, comunicando su temblor a toda la cama.

Hardyl, que tampoco pudo quedar muy sobre sí oyendo aquellos golpes, se incorpora esforzadamente en la cama, y en voz alta pregunta: ¿Quién va? ¿Quién está ahí? Eusebio renueva sus gritos y llantos, y Hardyl en vez de respuesta oye duplicarse el ruido y el meneo de la puerta. Entonces llamando a cuenta sus pensamientos, comienza a recapacitar de qué podía proceder aquel extraordinario ruido; pero no hay más eficaz remedio para el temor en tales lances que el inquirir la causa de aquello que nos lo causa. Después de haber dado mil vueltas a su imaginación, ocúrrele si podría ser la perrilla que tenía en casa, la cual acostumbraba a dormir en un cestillo a la puerta del cuarto de su amo, y habiéndolo visto pasar al otro, pudiera haber también mudado de sitio, recostándose a la puerta, a la cual pudiera dar los golpes con la cola o menearla con el motivo de rascarse.

Era así como Hardyl lo sospechaba y él no puso duda en ello después de haberle ocurrido la especie; pero queriendo convencer a Eusebio con el hecho, aunque estaba ajeno de oír razón, encendió una luz y mandóle que se vistiese para que pudiese desengañarse por sus ojos de cuán vanos son los fantasmas que fabrica el miedo en la sobresaltada fantasía. Aunque a vista de la luz parecióle a Eusebio que renacía, temiendo con todo que Hardyl quisiese abrir la puerta, rogábale con lágrimas que no lo hiciese. Hardyl, después de haberlo sosegado un poco y acallado su llanto, le preguntó si había pensado de dónde podía proceder aquel ruido. Díjole Eusebio que no tenía otra cosa presente que el cadáver de miss y que era ella sin duda. ¿Luego crees, dijo Hardyl, que el cadáver que viste enterrar ayer y cubrir en la huesa con dos palmos de tierra, pueda venir por sus pasos contados a entrar por los ojos de las cerraduras de la puerta de la calle y venir a tocar a ésta del cuarto sin entrar en él, por el bello gusto de tenerte desvelado? No temo eso, dijo Eusebio, pero el miedo me lo representa. Luego la causa de tu temor es vana; y si te dejas apoderar de él, es sólo porque no das lugar a la reflexión.

Mas puesto que no crees que sea el cadáver de miss la causa de ese ruido, piensa un poco lo que puede ser. Su alma, respondió Eusebio, será la que ha tocado. Pero el alma, dijo Hardyl, así como ha llegado a la puerta, pudiera entrar del mismo modo dentro sin perder el tiempo en repicar con las manos que no tiene; y estás ya advertido que estas especies son espanta muchachos. Otra debe ser, pues, la causa del ruido; piensa un poco si tenemos en casa alguna cosa animada que lo pueda causar. Eusebio, después de haber estado un poco suspenso, le dijo que no atinaba. ¿Te parece, le preguntó entonces Hardyl, si puede ser Clu (llamábase así la perrilla) la que hizo este ruido? Eusebio cayó entonces de sus vanos castillos, y la perra, impaciente que se oía nombrar, comenzó a gemir y a rascar en la puerta para que la abriesen. Serenóse un poco Eusebio reconociendo ser ella la que rascaba y, aunque se desvanecieron en parte sus temores, quedaba todavía sobresaltado hasta que Hardyl, llevándolo como por fuerza a la puerta, tiró el cerrojo y dio entrada a la impaciente Clu, la cual, dando saltos, zarandeándose y comiéndoselos a fiestas, parece que decía, especialmente a Eusebio, que dejase de temer, pues era ella la que lo había amedrentado.

No se contentó con esto el paciente Hardyl; antes bien para que Eusebio se desengañase enteramente, quiso recorrer con él, llevándole asido de la mano, todos los cuartos. Bajó a la tienda, entró en la bodega y almacén, haciéndole ver que nada había en casa que lo pudiera amedrentar de nuevo, y vuelto arriba, antes de encerrarse en el cuarto, tomó la precaución de pasar el cestillo en que la perra dormía a la puerta del otro cuarto, para que no volviese a hacer ruido; y dejando sosegado a Eusebio, restituyéronse a sus camas. Pudo dormir Eusebio lo restante de aquella pesada noche y venido el ansiado día, parecióle que sentía su ánimo libre del grave peso del temor pasado y como alentado para no sentirlo tanto en la noche venidera, y así se lo dijo a Hardyl, el cual no dejó de confirmarle de nuevo que lo podía vencer y que para ello era también un buen medio acostumbrarse a ir de noche a oscuras por los lugares que tenía medidos de día sin tropiezos. Esto prometió hacer Eusebio en el fervor de su animosidad y que lo comenzaría la siguiente noche.

Esto discurrían entre sí mientras Hardyl hacía el té. Después de haberlo tomado, hace Hardyl del embarazado, preguntando a Eusebio cómo lo habían de hacer para proveer la comida, pues a falta de ama se veían necesitados a ir ellos mismos a proveérsela hasta que se les presentase persona de satisfacción que los sirviese. Eusebio le respondió que él lo haría con gusto si se lo mandaba. ¿Que os lo mande?, dijo Hardyl, eso no, pues puedo yo ir solo; y aún dado caso que no pudiese, jamás os lo mandaría. Bien sí tendría placer que vuestro ánimo quisiera prevalerse de esta ocasión para comenzar a plegarse a las circunstancias de la suerte, acomodándose a ella con firme sumisión y noble constancia. Y diciéndole Eusebio que yendo con él no tendría repugnancia: Ea, pues, dijo Hardyl, aquí estoy, vamos a ello. Esta es la espuerta que queda a mi cargo, tuyo será el contratar y rematar las compras; aquí tienes el dinero, conmigo no debes contar para nada, pues estoy resuelto a no hacer más que cuerpo presente; haz cuenta que eres tú el amo y yo el criado que debe cargar con el peso, y no chistar.

Deseaba Hardyl esta ocasión para que Eusebio empezase a desatar su genio algo encogido y pundonoroso y holgó que se le viniese a las manos. Otros muchachos hay naturalmente atrevidos y descarados, los cuales entran con la misma frente en un bodegón que en una antecámara de un rey, y necesitan antes de freno que de soltura. Eusebio era, al contrario, de genio tímido y presumido, y le convenía esta prueba. Pero como no tenía experiencia de comprar, llegado apenas al mercado, arrímase al primer frutero, a quien pidió precio de las peras que vendía, y sin rebajarle nada de lo que le pidió por libra, le deja la mitad del dinero que llevaba en la excesiva compra, llenando la mitad de la espuerta. Hardyl callaba y lo dejaba hacer, sonriéndose Eusebio con encogimiento. Pasan de allí a la tabla, donde llegado Eusebio más confuso y turbado por la gente que allí había, pide ocho libras de vaca y seis de ternera. Echa el corte el jifero y, pesada la carne, importaba otro tanto de lo que Eusebio tenía. Visto su fallo, déjase apoderar mucho más de su turbación y, poniendo los ojos en Hardyl, lo ve extraviado atendiendo a otras partes de la carnicería, aunque muy atento a su gran compra, dejando hacer a Eusebio, el cual se vio obligado a llamarlo para decirle que se hallaba sin dinero bastante. Díjole entonces el cortante que no importaba, que se llevase la carne y que otro día se la pagaría. Desahogado un poco con esta fianza, iba a tomar la carne para ponerla en la espuerta, al tiempo que Gil Altano llegaba a la misma tabla por carne para Henrique Myden y, maravillándose de ver echar mano a Eusebio de la carne para ponerla en la espuerta, apresuróse a servirlo, diciendo: ¿Y en esto vienen a parar las lecciones de la escuela del señor Hardyl? Bien se ve el gran provecho que saca de su discípulo; enseñarle a hacer cestos y hacerlo servir de esportillero. Deje vm. mi señor don Eusebio, que no permitiré que esas manos, hechas para encajes de Flandes, se ensucien en este oficio. Decía esto en ademán de quererle quitar la carne; mas Eusebio sin mirarlo y sin soltarla, le dijo: Deja y no te metas donde no te llaman. Cedió Altano con no poca confusión. Hardyl, haciendo del que nada había oído ni visto, reparando que la espuerta era demasiado grande para Eusebio, llegóse a quitársela de las manos, y aunque él repugnaba, insistió Hardyl en quererla llevar, diciéndole que había cumplido con su encargo y que aquél le pertenecía. Quiso comedirse entonces Gil Altano a llevar la espuerta a Hardyl, mas éste le dijo: No quiero tanto provecho, Altano, bástame el que acabo de sacar de Eusebio; con lo cual le dejó confuso y resabiado de su dicho.

Llegados a casa comenzaron a entender ambos a dos en el hogar y comida; y en vez de la lección de Epicteto de aquella mañana, quiso dársela Hardyl entre aquellas manualidades, diciéndole los muchos que se empleaban en tales cosas, sin haber tal vez uno que las hiciese con firme y resuelta voluntad, acomodada con superior discernimiento a las disposiciones de la suerte, sin anhelar descargarse de ellas por trabajosas y bajas o por inferiores a otros que pudieran envidiar. Y en esto, hijo mío, le decía, se diferencia el hombre sabio y virtuoso del vulgar y mundano, pues éste se emplea en el ejercicio de vida que le fuerza a tomar la necesidad, como esclavo reñido con su mala ventura, suspirando por otra suerte mejor que aquella en que se halla como mula de tahona; tapados los ojos, sin saber levantar su mente a los principios de la sabiduría que pudieran hacerle discernir los bienes verdaderos y sólidos de los imaginarios que dependen de la opinión.

Peor al contrario, el hombre que profesa la virtud se emplea en cualquiera estado en que lo coloca el destino, con alma inflexible y superior a su suerte, sin darle igual en razón de ocupación de vida el gobernar una monarquía, si lo hiciese, que el conducir un ganado al pasto; y con la misma satisfacción se emplea en un oficio humilde que en otro de honor y de lucimiento, porque para sus ojos la vana opinión, que sólo diferencia aquellos ejercicios, no tiene aliciente alguno; antes bien hácesele sospechosa, y tal vez temible, como principal móvil de la ambición, causa de mil anhelos y desazones, enemigas de la pura tranquilidad del espíritu en que sólo coloca su felicidad.

Mientras decía esto Hardyl disponiendo la comida, Eusebio se hallaba embarazado en algunas de las cosas que hacía por no saberlas él hacer ni manejar, admirando cada día más la grandeza de ánimo de su maestro, que hacía realzar aquellas cosas humildes con tales documentos. Hecho esto, le entregó el dinero para que fuese a satisfacer al jifero que con tan generosa cortesía les había hecho la fianza. Dejóle ir solo para que comenzase a despejar más su ingenio, pudiéndose ya fiar de la circunspección que le infundían los buenos sentimientos, y para que continuase a ejercitar los actos de virtud sin mezcla de sujeción y de dependencia de su maestro; frenos que jamás llegan a domar la voluntad de los muchachos mientras sienten el impulso de sus no domadas inclinaciones, porque su recto proceder siendo sólo aparente y violentado del temor del maestro, luego que se ven dueños de sus acciones, reputan la enseñanza como cosa que ya no les toca y como yugo aborrecible lo sacuden.

Poco después de haber partido Eusebio a la carnicería, llegó Henrique Myden a la tienda con rostro muy alegre, para decir a Hardyl que el gobernador acababa de saber la partida del cirujano, después de haber tenido otros recursos contra su ruin proceder, y que, habiéndose certificado de algunas de sus estafas, no le quedaba duda que fuese una semejante la de las pretensiones sobre la herencia de miss Rimbol, y que, por lo mismo, se creía obligado a restituirle el dinero que él había dado por el desembargo; y que, de hecho, se le había entregado, con que quedaba concluido el negocio. Luego pregunta por Eusebio. Hardyl agradecióle tantas demostraciones de su fina voluntad y le añadió el motivo por el cual lo había enviado a la carnicería. Afanóse Henrique Myden por ello, pesándole no haberle ocurrido después de la muerte de miss el ofrecerle criado que los sirviese; pero dijo que partía para enviarle a Gil Altano. Respondió Hardyl que quedaban provistos los quehaceres domésticos y que había determinado no proveerse de criado por algunos días, prevaliéndose de esta ocasión que pudiera servir a Eusebio de algún provecho para ejercitarlo en los oficios caseros, los cuales eran una buena lección práctica para el hombre que aprendía en ellos a componer su voluntad con los accidentes de la suerte; pues ablandaban insensiblemente sus altiveces, tomando tales ejercicios de grado y sin violencia.

Todo va bien, dijo Henrique Myden, y yo no puedo dejar de admirar vuestras menudencias acerca del adelantamiento de Eusebio; pero no habiendo tenido jamás idea de estas cosas, permitidme que os diga que el ejercicio de tales máximas me parece que exige un continuo estudio y reflexión sobre ellas, lo cual no sólo os debe fatigar el alma a vos que las enseñáis, sino también a Eusebio que las debe ejercitar; y por esto creo que se disgustan fácilmente del ejercicio de la virtud los que lo emprenden, como cosa pesada y casi imposible de conseguir. Ese es el engaño, respondió Hardyl, a que nos inducen las pasiones, representándonos sumamente agrio y escabroso el camino de la virtud; y del primer paso que en él asentamos con pena, deducimos engañados la aspereza y escabrosidad de su continuación, como en la subida de un alto monte en cuya cumbre ningún fruto nos prometemos coger después de habernos afanado para vencer su agria subida.

Mas esta deducción es error de la inexperiencia en aquellos que a los primeros pasos desamparan el camino de la virtud, semejantes a los muchachos que de la dificultad y del disgusto que prueban en los primeros rudimentos que aprenden, infieren ser imposible su adquisición; y que, aun dado el caso que lleguen a aprender las ciencias, ninguna utilidad se prometen de su dificultoso estudio, del cual los retrae no sólo su errada persuasión, sino también el amor del juego y del divertimiento que halaga sus genios y que les hace preferir la holgada ignorancia a la difícil sabiduría. Pero preguntad a los sabios que tuvieron ánimo y constancia para vencer las primeras dificultades si hay gusto, complacencia o divertimiento en la tierra que iguale a lo que ellos prueban y disfrutan en sus retretes en el ejercicio y posesión de las ciencias mismas, que tan costosas y pesadas en sus principios les parecían.

Persuadidos, pues, que acontece esto mismo, y con mayores ventajas, en la posesión de la virtud, por más que sus principios parezcan y sean de hecho más dificultosos y ásperos; pero, una vez vencidos, su continuación hácese dulce y sabrosa, dando a probar al alma aquella inalterable seguridad y celestial satisfacción en la tierra a prueba de todos los funestos accidentes que le puedan acontecer; pues sobre ellos levanta su soberano asiento la virtud, inflexible a todas las desgracias, en donde da a probar al alma el fruto de la dicha, tras la cual andan todos los hombres afanados; pero como desamparan el verdadero camino para alcanzarla y poseerla por seguir el que les enseñan sus pasiones, vagan toda su vida en su busca hasta que, llegando al paso de la muerte, ésta les hace ver su ilusión e irreparable engaño.

Vos no necesitáis de estos discursos para convenceros de que esta verdad, ni el ejercicio en que ocupar pretendo a Eusebio, es absolutamente necesario para la adquisición de la virtud; antes bien no hubiera tal vez pensado en exigir de él tales ocupaciones, si la muerte de miss no me hubiese proporcionado la ocasión. Con todo, estad seguro que hay muchas de estas cosas las cuales parecen menudencias superfluas y pueriles a quien todo lo mira por encima; pero de ellas se compone la ciencia moral tan mal mirada y desatendida de los hombres. De esto se sigue que hay muy pocos que quieran hacer estudio de su interior y de los infinitos siniestros que en él retoñan cada día para sofocarlos o reprimirlos. Por lo mismo veréis también a muchos que, siendo buenos de complexión, poseen una u otra virtud que tienen heredada con el genio, pero a pesar de ellas se hallan sujetos a mil sinsabores y disgustos que las pasiones les acarrean.

Si pudiera reputar bueno mi genio, dijo Henrique Myden, tomaría como dicho para mí lo que acabáis de decir, pues me tocaría de lleno; mas soy ya demasiado maduro para ser enderezado de la práctica de esas virtudes o del ejercicio de ellas, bueno sólo para las plantas tiernas de los muchachos, los cuales se ven en la necesidad de obedecer y de ajustarse a lo que se les obliga. Verdad es que oímos cada día estas lecciones de moderación, de humillación, de desprecio de la vanidad, que nos dan los predicantes; pero como sólo son consejos generales que no nos ponen en necesidad de acostumbrarnos a su ejercicio, y que tampoco convencen nuestra voluntad, alabamos sus sermones y obramos diversamente; pues estoy persuadido que tales consejos de nada aprovechan, o aprovechan sólo por momentos, si primero no se quitan del ánimo y de la voluntad los estorbos que no los dejan arraigar en ella.

Llegó en esto Eusebio con jovial modestia y respeto a besar la mano a Henrique Myden, manifestando en su rostro y en su circunspecto exterior la dulce satisfacción que le dejaba el encargo que venía de cumplir. Hardyl esperaba que llegase para contar a Henrique Myden el miedo que había padecido la noche antes con el ruido de Clu para ver si lo podía avergonzar, pues es también remedio del temor la vergüenza que el hombre padece en que otros sepan esta flaqueza suya. Generalmente, la mujer, que sabe que no debe presumir de fuerte, hace afectado alarde del miedo, para granjearse con ventaja la protección del sexo valeroso; pero al hombre es siempre vergonzosa esta pasión y halla, tal vez, motivo de vanidad en disimularla o negarla aunque la padezca. Tal vez también esta misma vanidad, haciéndose pundonor, da esfuerzo al alma para hacer frente al miedo y destruirlo en su pecho.

Informado Henrique Myden del caso, comenzó a motejarlo cariñosamente y Eusebio a excusarse y prometerle que cuando fuese de más edad vería que no tendría miedo. Animólo de nuevo Henrique Myden y quiso saber de él el estado en que tenía el azafate que había prometido llevar a su madre. Eusebio fue inmediatamente a tomarlo y mostrándoselo a más de medio hacer, dijo que procuraría acabarlo cuanto antes, y si podía, para el día siguiente. Levantándose entonces Myden, le dijo que no quería retardar a Susana aquella alegre nueva, y despidiéndose de ellos, se fue. Eusebio, ansioso de acabarle por el deseo de llevarlo al otro día a Susana Myden, después de haber comido, se fue con el bocado en la boca para proseguir la obra. Dejóle Hardyl satisfacer sus ansias para reprimir los deseos con mayor ventaja. Pero no bastándole a Eusebio toda la tarde para concluir el azafate, pidió a Hardyl se lo dejase acabar con la luz artificial, siendo pocas las vueltas que le quedaban.

Hardyl condescendió de buena gana, queriendo prevalerse de su instancia para dejarlo trabajar solo en la tienda, diciéndole: Continuad en hora buena, pues entre tanto aparejaré yo la cena y mesa. El ansia de rematar la obra no le dejaba pensar que quedaba solo, ni llegar a su memoria ninguna temerosa imaginación; pero de allí a rato, el mismo silencio y soledad de la tienda se las fueron poco a poco avivando, de modo que llegó a punto de abandonar el trabajo; mas lo contuvo la memoria de los motejos de Henrique Myden y de los consejos de Hardyl, teniéndose firme, aunque luchando con el temor, hasta que no vio concluido el azafate. Entonces, dejando por cortar las puntas sobrantes de los juncos, sin acordarse de tomar la vela, sube arriba precipitadamente. Hardyl, oyéndole subir tan de priesa, aunque echaba de ver la causa, le preguntó no obstante qué venía a ser aquella corrida tan arrebatada. Aunque el rubor y la vergüenza sugerían a Eusebio excusas mentirosas, no se atrevió a valerse de ellas por el horror que le había inspirado Hardyl a la mentira, y porque siempre lo había tratado con tal confianza que jamás le había dado motivo para valerse del embuste. Mentimos cuando queremos encubrir un mal hecho en que incurrimos, o propalar lo que no hicimos, o cuando queremos decir lo que no somos, lo que prueba vileza de ánimo, que teme los ajenos juicios. Un corazón recto y firme en su proceder se levanta sobre las ajenas opiniones, acompañado de la verdad que ilustra y ennoblece sus acciones.

Eusebio, aunque acometido de las sugestiones de la mentira, no tenía por qué cederles los nobles sentimientos de la virtud, y así, mal grado de su vergüenza, confesó haber sido el miedo la causa de aquella corrida. Oyendo Hardyl su sincera confesión, en vez de motejarlo le dijo que nada extrañaba; que antes bien había de padecer muchos de aquellos arrebatos antes de llegar a sacudir el miedo de su corazón, pues no era obra de dos días; pero que lo conseguiría tanto más presto, cuanto más se esforzase en vencerlo, puesto que también contribuía para desengañarse de las vanas ilusiones de la imaginación. Dicho esto, íbanse a sentar a la mesa cuando repara Hardyl que se había dejado la vela en la tienda y le pregunta por ella. Responde Eusebio habérsela dejado en la tienda. He aquí, dice Hardyl, que el miedo te ha dejado arma para que lo venzas. ¿Tendrás ánimo para ir a chamuscarle con ella los bigotes? Eusebio esfuerza su rubor y le dice que sí. Ea, pues, quiero ir detrás para ver con qué esfuerzo te portas. Eusebio, llevado de su pundonor, baja a la tienda temblando, confiado en que Hardyl lo seguía; mas éste no se movió de su asiento, en donde lo halló de vuelta Eusebio con la victoria alcanzada de la vela. Recíbelo sonriendo Hardyl y le dice: Os manifesté deseos de seguiros, pero reparé inmediatamente que os iba a quitar parte del mérito del triunfo; ahora puedo decir que es todo vuestro y así llevaréis a la cama esta mayor satisfacción. Vámonos a acostar.

Al otro día, conociendo Hardyl que la priesa que se dio Eusebio el día antes para rematar el azafate procedía de ganas de ir aquella mañana a casa de Susana, quiere quebrantarle estos deseos, y para hacerlo sin que el conociese su intención, le dice: ¡Gran lástima, Eusebio, que hicieses una compra tan excesiva de carne!, pues esta mañana pudiéramos ir a comer a casa de tus padres, si no fuera por la necesidad en que estamos de consumirla hoy, no pudiendo durar tal vez hasta mañana. Sí durará, dijo Eusebio, y cuando no, la podremos llevar de limosna a casa de Robert. La limosna, hijo mío, dijo Hardyl, es buena, pero conviene también que contemos con nuestras fuerzas, y Robert se halla hoy día más rico que nosotros. Pero hay otra razón más fuerte para que quedemos hoy en casa, y es que me han venido ganas vehementes de ir a casa de Henrique Myden; y para darme un motivo de reprimirlas, poniendo en práctica la lección de Epicteto sobre el reprimir los deseos, me he dicho a mí mismo: ¿Qué importa al fin que dejemos de ir hoy a comer a casa de Henrique Myden, si podemos ir mañana? Esto no es más que diferir el cumplimiento de los deseos por pocas horas; y por término tan corto, ¿no querré vencer las ansias que me molestan? Si dejo pasar estos lances, que son acuerdos de las pasadas lecciones, ¿cuándo ejercitaré la virtud? Quiero, pues, alcanzar este provecho. ¿No te parece que he razonado bien? ¿Y si tú tuviste también los mismos deseos, no se te proporciona ocasión para poner en práctica el consejo de Epicteto?

Eusebio bajó la cabeza, disminuyendo no poco su disgusto la parte que se tomaba Hardyl en el quebrantamiento de su voluntad; y así, en vez de ir a casa de Susana, debió ir a decorar su lección. Era ésta sobre los medios de evitar las mociones de la envidia, acerca de lo cual dice Epicteto: «Cuando veas alguno promovido a dignidades o favorecido o acreditado, no te dejes llevar de aquella apariencia del honor y aplauso, diciendo: el tal es dichoso; pues la dicha verdadera consiste sólo en la tranquilidad del espíritu; esto es, en no desear sino aquellas cosas que dependen de nosotros mismos. Ni debe causarte envidia el esplendor de la grandeza, ni has de anhelar el ser cónsul, senador o emperador. Lo que mejor te está es el ser libre, fin principal de nuestras pretensiones; y para alcanzarlo hay sólo un medio que es menospreciar todo aquello que de nosotros no depende».

Dada esta lección, le dijo Hardyl sobre ella el poco cuidado que tienen los hombres en desarraigar de sus ánimos las semillas de esta baja pasión de la envidia, porque todos ellos están persuadidos que no tienen origen en su amor propio y en su vanidad, sino en los objetos que se la excitan, como son la riqueza ajena, la dignidad, la hermosura, el talento, las cuales cosas nos pesa ver en otros porque quisiéramos que fuesen sólo nuestras. De aquí es, hijo mío, le decía, que cuando las oímos alabar en otros, parece que nos resentimos y que nos llenamos de un amargo rubor, principalmente cuando vemos levantados a dignidades y honores, o bien muy aplaudidos, aquellos sujetos en cuyo ensalzamiento no nos interesamos; porque entonces, por lo mismo que interiormente los reputamos felices, la envidia que nos causan nos roe el ánimo y nos incita a tachar la fortuna de caprichosa y a poner tal vez nuestras lenguas en las calidades de aquellos mismos sujetos levantados, como si pretendiéramos ofuscar el lustre de sus honores con nuestra maledicencia.

Este mal procede sólo de la errada opinión que nos forjamos de la felicidad, creyendo que sola la riqueza, el honor y la opulencia la tienen estancada. Pero si nos llegamos a persuadir que esta dicha es sólo aparente, nuestros deseos envidiosos no alzarán cabeza para pretenderla, ni se abatirán a acecharla en quien la posee; porque nadie envidia ni anhela lo que no ama ni aprecia. Y si no nos persuadimos que esta felicidad no es sólida, ni cual parece, la causa es porque nos paramos a contemplar el exterior lucimiento de los poderosos y no penetramos en su interior agitado y roído de los deseos y desazones de la ambición, la cual no les deja disfrutar lo que nos parece que poseen, por las molestias y desvelos que les acarrea. Vemos sólo rostros ufanos y las pomposas muestras de su ostentación, y jamás las ocultas pesadumbres y tormentos de su conciencia.

No es esto decir, hijo mío, que el sabio, el hombre de virtud, no pueda ser verdaderamente dichoso en la posesión de estos mismos honores, riquezas y dignidades; pero es difícil que se halle muy bien con ellas, siendo opuestas a la libertad y a la independencia superior de su ánimo, que consiste, como dice Epicteto, en despreciar, en no poner nuestra afición en las cosas que no dependen de nosotros mismos. Y así el hombre de virtud no tomará en ellas ninguna vana complacencia y mucho menos se engreirá por poseerlas. Antes bien, avendráse con las mismas como con un vestido muy estrecho, que no le viene bien y que no le dará ningún pesar si se viese despojado de él, estando persuadido que su dicha mayor la tiene colocada en la quietud de su pecho. Tú no estás en estado todavía de probar estas verdades, no teniendo motivos de sentir los efectos de la envidia; pero estando tu ánimo prevenido podrá resistir mejor a los asaltos de esta ruin pasión a cuyos disgustos andan sujetos los hombres, porque no saben despreciar lo que no saben dejar de admirar. A estas razones añadía otras Hardyl, llenando el tiempo hasta que se acordó de disponer la comida. Después de ella volvieron a la tienda para continuar su trabajo, viéndose precisado Eusebio a enmendar algunos entretejos del azafate, que había errado con la priesa y el miedo, teniéndolo empleado toda la tarde la dicha recomposición. Acabada ésta, subieron a preparar la cena, mas queriendo Hardyl poner en la mesa la limeta de la cerveza, ve que estaba vacía, y así como la tenía en la mano comienza a zarandearla llamando a Eusebio, y diciéndole: Pues a buen seguro que pasaré esta noche sin cerveza si no la obtengo a punta de lanza de tu esfuerzo. ¿Te atreverás a ir por otra botella a la bodega? Eusebio le responde esforzadamente que se atreverá, yendo con luz. Aquí la tienes, pues, dice Hardyl, he aquí también la llave. Eusebio la toma, baja la escalera pisando fuerte, dando motivo de reír a Hardyl, abre con ruido la bodega, entra en ella y toma una botella. Mas como el miedo suele apresurar la salida de los lugares en donde se padece, Eusebio, que tan esforzadamente había entrado, sale, no por sus pasos contados, sino muy apriesa; y queriendo cerrar de corrida y golpe la puerta, da con la botella en la esquina de la pared, hácela mil pedazos y se derrama encima la cerveza, quedando estático y confuso de aquel funesto accidente.

Oye el ruido Hardyl, baja, y viendo a Eusebio parado con la luz en la una mano y con el cuello de la botella en la otra sin saber lo que le pasaba, le dijo sonriendo: Bandera rota, honor de capitán. Ánimo, Eusebio, que de vidrios rotos huyeron los enemigos. A buen seguro que podrás dormir solo esta noche; y sobre mi palabra que no se atreva a darme el miedo encamisada. Verás qué poder tuvo el estruendo de esa botella. Y entrando a tomar otra él mismo se subieron a cenar, quedando Eusebio muy mortificado por el accidente, y dispuesto por lo mismo a pasar por la determinación de Hardyl de hacerle dormir solo en su cuarto aquella noche, como sucedió después de haberle pasado la cama.

Después de tales esfuerzos, preparaba en el ánimo de Eusebio la confusión y tristeza del accidente más que el miedo que sentía, pero que no le impidió el dormir toda la noche. Llegado el día en que había de llevar el azafate a Susana Myden, sentía Eusebio disminuidos sus deseos por la gran mancha de la cerveza que cabalmente le cogía la delantera de la chupa y de los calzones, sobre lo cual mostraba alguna repugnancia. Hardyl le dijo que toda la culpa la tuvo el miedo, y que así como el esfuerzo que hizo para entrar en la bodega se lo había no poco disminuido, así también el vencimiento de aquella repugnancia que sentía en dejarse ver manchado por la calle, contribuiría para más disimularlo o para acabarlo de perder, pues así lo humillaría. Hubo de pasar por ello el pobre Eusebio y algo avergonzado, procurando llevar al descuido el azafate delante de la chupa para esconder la mancha, se encaminó con Hardyl hacia casa de Myden.

Susana, que amaba sumamente el aseo, viéndolo comparecer muy alegre con el azafate, con el cual encubría su mancha, recibiólo con cariñosa afabilidad, alabándole mucho aquel trabajo; pero luego que lo descubrió tan manchado y hediondo trocése su placer en alteración, pidiéndole la causa de aquella suciedad. Hardyl le cuenta entonces la desgracia; mas Gil Altano, que estaba presente, le dijo: No dude vmd. mi señora, que no salga don Eusebio de la escuela del señor Hardyl tan buen tabernero, como buen oficial de cestos, y muy avispado esportillero, pues el otro día lo vi en la tabla comprando carne que pudiera darme quince y falta. Habíase resentido Altano del reproche moderado que le hizo Hardyl cuando se le ofreció para llevarle la espuerta, y reservó a esta ocasión el contárselo a Susana, sabiendo que lo había de llevar a mal, para que diese que sentir a Hardyl, como si éste fuese hombre de resentimientos; pero consiguió en apariencia su intento, porque Susana, algo alterada, le dijo que extrañaba que hubiese mandado acción tan indecente.

Hardyl, superior a todas estas pequeñeces, sin mostrar la menor alteración, ni al reporte de Altano, ni a la extrañeza de Susana, con todo le respondió con afable moderación que jamás mandaba; pero sí hacía esas cosas en compañía de Eusebio, porque no reputaba ninguna acción ignominiosa sino las ruines y deshonestas; que otras muchas pudieran parecer bajas a los ojos de la ambición y de la vanidad, pero que no lo eran en sí; mucho menos siendo voluntarias y animadas de la virtud y no desemejantes en su género a las de servir en los hospitales y al lavar los pies a los pobres; no habiendo entre ellas otra diferencia que la que les pone la opinión y la idea que nos formamos de tales actos de virtud que el uso canoniza. Añadió Hardyl a estas otras razones, las cuales, aunque movieron el ánimo de Susana, no pudieron recabar de ella que dejase volver a Eusebio aquella tarde con Hardyl, queriendo que quedase en casa hasta que tuviese acabado otro vestido.

Esta razón dio Susana a Hardyl en presencia de Henrique Myden para que Eusebio no fuese a la tienda; y Henrique Myden, que no había estado presente a la disputa de Susana, vino bien en ello muy alegre porque la mancha le proporcionaba la quedada de Eusebio, sin penetrar el resentimiento de su mujer. Pero Hardyl, a cuyos ojos no se encubrían los ajenos sentimientos, debió moderar los suyos; calló y se fue sin su amado Eusebio, resuelto a hacer triunfar su desinterés y moderación de los resentimientos de Susana. De hecho, creyendo Henrique Myden que Hardyl volvería a su casa por su discípulo, viendo que no comparecía, después de llevar Eusebio el vestido nuevo, determinó ir a verle. Hallóle ocupado en su trabajo, y alegrándose con él porque el motivo de no venir por Eusebio no hubiese sido su salud, le preguntó por la causa de su tardanza. Hardyl, sonriéndose modestamente, le respondió haberle parecido que su mujer Susana quería encargarse de la educación de Eusebio y que siendo al parecer opuestas las máximas de entrambos, creía superflua su enseñanza. Myden, que ignoraba lo pasado, oyendo con sorpresa el discurso de Hardyl, suplicóle le aclarase un misterio que no comprendía.

Contóle entonces Hardyl la disputa y el resentimiento de Susana, y aunque Henrique Myden lo torció a bulla, culpando los antojos de las mujeres, no dejó de sentirlo, interesándose el afecto y veneración que al carácter de Hardyl profesaba. Éste le dijo que no extrañaba el modo de opinar de su mujer, al cual por lo mismo no debía ningún resentimiento; pero bien hubiera podido dárselo el afecto que Eusebio le merecía a títulos mayores que los de discípulo; mas que le había costado poco sacrificar su cariño a la tranquilidad de su corazón; lo que, unido a su desinteresada conducta, esperaba que serviría de razón a Susana para convencerla, en vez de entrar en ridículas disputas, las cuales de nada aprovechan y que, antes bien, son dañosas a los muchachos que las saben o que las escuchan, haciéndoles más desabrido el yugo de la educación si ven hacerse sus padres los patrocinadores de sus siniestras inclinaciones.

Voy, pues, a enviároslo, dijo levantándose un poco alterado Henrique Myden, con el mismo vestido manchado con que vino; haré que lo acompañe Altano y con este motivo daré orden al mismo para que se quede a serviros. Hardyl le respondió que no se fiaba todavía enteramente de los tiernos sentimientos de la virtud de Eusebio para que pudiese sobreponerse a los modos truhanescos de Gil Altano y, callando el cuento que había llevado a Susana, prosiguió diciendo: Pues aunque no lo creo hombre viciado, sino antes bien de buenas entrañas, con todo, los muchachos contraen insensiblemente las maneras libres y descompuestas de los criados; las cuales, siendo contrarias a la circunspección y modestia, infunden disgusto y enfado a las máximas de la virtud, y una pesada resistencia para ajustarse a ellas; de donde imperceptiblemente les nace el anhelo de la libertad para dar suelta a sus oprimidas inclinaciones, perdiendo en un día el fruto de muchos años de educación.

Añádese a esto las bellaquerías y trampas que les sugieren o que les fomentan al escondite, para congraciarse más con los muchachos, desahogando con ellos la sujeción de su servidumbre. Y aunque esto sea en bagatelas, engendran con todo en ellos una astuta desconfianza que poco a poco degenera en manantial de embustes y de sagaces desvelos, para eludir lo que se les manda o para negar o fingir lo que quieren que no se sepa o que se ignore. Y el muchacho que llega a este extremo está perdido. No es posible que preste su corazón a los severos sentimientos de la virtud y es vano el trabajo que se emplea en sugerirlos. Y así os ruego suspendáis por ahora enviarnos a Gil Altano, no siéndonos necesario, y esperando yo una ama que me prometió un vecino a quien encargué antes de ayer que me la buscase.

Mi deseo, dijo Henrique Myden, era sólo aliviaros de las molestias caseras; mas ya que tenéis mayores miras que yo sobre el adelantamiento de Eusebio, no hay para qué insistir en mi oferta; pero sí persistiré en enviaros a Eusebio con el mismo vestido manchado con que vino. También debo rogaros, dijo Hardyl, que desistáis de ese empeño, no sea que eche de ver Eusebio que nace de obstinación por parte vuestra y por influjo mío, pues podemos desmerecer su confianza en cotejo de Susana que quiso hacer el cortejo a su tierna ambición; y éste es un punto no menos delicado que esencial. Nada se consigue con la obstinación declarada y con la violencia. Con ésta podéis bien sí hacerle poner el vestido sucio, cediendo el muchacho a la fuerza, pero su ánimo no se convencerá del bien que se le desea; y es el ánimo el principal objeto de la instrucción, no el cuerpo ni la apariencia exterior, pues ésta, ya sea pobre, ya rica, llega a ser indiferente para un ánimo ya amoldado a la virtud.

No es prueba de vana ambición el llevar un rico vestido, sino el preferirlo a otros decentes; y quien se avergüenza de llevar una casaca pobre, ése pretende ir muy ufano y presumido con otra recamada. Ni creáis que yo apruebe que lleve Eusebio ese vestido sucio en cotejo de otro aseado; pero como vi su repugnancia en llevarlo manchado, quise que pasase por la vergüenza de ir él mismo a buscar otro, sin hacerlo traer de vuestra casa para acostumbrarlo a moderar su ambicioncilla tan natural a los muchachos y de la cual, si ellos mismos no se desengañan a fuerza de oír y practicar buenas máximas, por más que se les haga llevar la túnica de un dumplers3, tarde o temprano, luego que se ven dueños de sí mismos, les vuelve a retoñar.

Persuadido Henrique Myden de las razones de Hardyl, se fue a su casa y envió a Eusebio con otro criado suyo llamado Juan Taydor. Eusebio llegó a tiempo que Hardyl aparejaba la comida. Adelantóse Eusebio, apresurado, para manifestarle con su confuso y respetuoso silencio el sentimiento que le había causado su ausencia. En el asomo del llanto a sus ojos leíanse las sospechas de su afecto, que dudaba de la correspondencia del cariño de Hardyl. Éste, queriendo poner a logro del mismo Eusebio las demostraciones de su amor, lo recibe en sus brazos y lo tiene apretado en ellos; luego lo aparta un poco de su pecho para reparar en las lágrimas que le salían de los ojos y, poniéndose él también a llorar, vuelve a cogerle entre sus brazos, diciéndole: Hijo mío Eusebio, ¿merece por ventura ese tu llanto la correspondencia del de tu Hardyl? ¿Acaso te lo arranca el sentimiento de dejar la casa de tus padres y la tristeza de entrar en ésta mía, o bien la complacencia de volver a ver al que más que ellos te estima? ¿Podré lisonjearme que no sea vana esta confianza que mi consuelo te manifiesta? Eusebio, sin darle respuesta, continuaba con su tierno llanto, imitando, como suelen hacerlo los muchachos, la vergüenza de las mujeres, que rara vez confiesan amar a los mismos a quienes aman.

Pero tampoco Hardyl exigía de él esta confesión, como suelen hacerlo los necios amantes, que pretenden a fuerza de insulsa y enfadosa importunidad, sacar esta declaración del rubor de la persona amada. Antes bien, se contentaba del tierno y confuso silencio de Eusebio, mucho más que si se lo declarase de palabra, viendo que lo penetraba su demostración; con la cual imprimió de nuevo en su pecho sus santos y piadosos sentimientos. Mas conociendo por lo pasado que la pasión más arraigada, a pesar de su buen carácter, era la vanidad, y temiendo que Susana se la hubiese fortalecido con el pretexto del aseo, puso su mira principal en combatirla con máximas adaptadas a su capacidad, haciendo recaer los discursos sobre ella en las lecciones que daba y citándole ejemplos de antiguos filósofos, todo a fin de recabar de él la exterior moderación en el vestir. Y buscando en su imaginación ocasiones para que la practicase, se le proporcionó una sin pensar, una tarde en que más inculcaba sobre los motivos de oprimir los vanos sentimientos del corazón, diciéndole que la causa de la ambición del hombre en vestir ricamente era el ansia de ser tenido en algo de los otros y el temor de desmerecer su aprecio. Lo que hacía al hombre esclavo dependiente de la ajena opinión, teniendo atada su noble libertad interior a lo que pueden pensar o decir los que lo miran y a lo que tal vez ni piensan ni dicen; o porque mirándolo no reparan o porque reparándolo no lo conocen.

Pero demos el caso, continuaba a decirle Hardyl, que te vean vestir pobremente; los que advierten en ello y no te conocen, pueden pensar o decir: este muchacho es hijo de padres pobres; de donde se seguirá que no se dignarán acompañarse contigo, o no te convidarán a su mesa. ¿Mas te parece que estos motivos deban empeñar una alma grande para que fomenten la vanidad? Mas demos también el caso que los que reparan en tu vestido pobre, te conozcan; si ellos saben que haces estudio de la virtud, tendrán motivo de alabarte por ello y dirán en su interior: este muchacho ha de ser muy honrado; la entereza del alma échase de ver también en el vestido, a la verdad promete mucho su tierna moderación. Esto dirán, no hay duda, los hombres cuerdos. Verdad es también que los presumidos y vanos dirán tal vez: ved este mueca y simplón cómo anda haciendo el Democritillo, pudiéndolo lucir y tratarse como conviene; por cierto que es muy ridículo y gran necio. ¿Necio que quieras parecer pobre? ¡Locos! Pero enhorabuena. Para que seas dichoso, solía decir Sócrates, conviene que parezcas necio4. La dicha verdadera tiene otros visos diferentes de aquellos que creen los ambiciosos; y en tal caso, poseyendo tú la verdadera felicidad, ¿qué te debe importar que te tengan por necio los que de hecho lo son?

Añade a esto, hijo mío, los daños que acarrea al hombre este vano prurito de parecer lo que es y lo que no es en sus vestidos, los afanes y desazones que padece si le faltan modos con que satisfacer su ambición, los engaños y estafas viles que ella les induce a cometer, los desvelos en acortar imaginarias cuentas que el corte y tijera del artesano hace salir fallidas, las importunidades de préstamos, empeños y deudas que le hace contraer la servil dependencia en que lo pone de seguir las modas, los caprichos y devaneos de los otros. ¿Qué más? Hijo, familias enteras ricas y acomodadas he visto yo caídas en necesidad suma y en miseria por esta loca ambición; y otras no poder por la misma levantar cabeza, prefiriendo antes satisfacer los ojos de la opinión ajena que sus propias comodidades y bienestar. Los mismos señores poderosos y ricos llegan a resentirse de los daños que la misma les causa, sacándolos de la esfera de su posibilidad.

Esto iba diciendo Hardyl al tiempo que entró un muchacho que le proporcionó la ocasión de que Eusebio pusiese por obra estas mismas máximas. Su estatura era poco más o menos igual a la de Eusebio y entró en la tienda a comprar una cuna de juncos, pidiéndola con tal desenvoltura y despejo, que no pudo dejar de llamar la atención de Eusebio. Admiraba éste su singular descaro en tanta pobreza de su vestido, el cual se reía por los codos hasta mostrar las carnes, y por delante bailábanle dos remiendos prendidos de los sobacos de color más vivo que el del paño de la raída casaca. En su sombrero mugriento parecía haberse cebado algún perro, por los bocados que llevaba, y por las que fueron puntas de sus rotos zapatos asomaban la cabeza las de los dedos de sus pies entre las deshiladas medias comidas del lodo.

Hardyl, oyendo que le pedía una cuna, se levanta para descolgarla y se la presenta, diciéndole que valía diez reales. Esos tuviera yo, dice el muchacho, y plantara buque en el astillero; diez reales, dijo, con ellos iba yo a contratar en perlas a la california. Esto decía mirando por todas partes la cuna. Hardyl continuaba en su trabajo sin responderle, dejándole decir El muchacho, insistiendo en su regateo, continuó diciendo: Ea, partamos por mitad el cohombro; cinco reales y los paro limpios por la boca de este bolsillo; tocándose el codo. Hardyl, sin darle tampoco respuesta, se vuelve a Eusebio y le pregunta: ¿Conoces, Eusebio, a este muchacho? No, no lo conozco, respondió Eusebio. Pues si no me engaño, dijo Hardyl, es hermano de Pedro Robert. ¿No es así? ¿No eres hermano de Pedro Robert, el carpintero? ¿No te llamas Luis? Sí señor, tal nombre me puso mi mala ventura, dijo el muchacho. ¿Tu mala ventura, dice Hardyl, por qué? La razón os la dice con cien bocas este mi sombrero, respondió el muchacho, mostrando el sombrero al aire. Pero según veo, le dijo Hardyl, estás muy bien avenido con tu pobreza, de modo que me excitas la curiosidad de preguntarte si te avergüenzas de llevar ese vestido. ¿Vergüenza?, respondió el muchacho, ni en la cara, ni en el corazón. Este andrajo es de los días de hacienda, otro a quien no le da gana todavía de reír tanto, me lo guarda en un rincón un garabato para los días festivos; pero ni en uno ni en otro pienso que lo llevo después de metidos y encajados.

¿Llevarías de mejor gana, volvió a preguntarle Hardyl, un vestido rico que ese pobre? ¡Oh, sí lo llevara!, dijo el muchacho. ¡Oh, esto sí que es bueno! ¡Y quién no quiere llevar antes un vestido rico que uno andrajoso! ¡Yo que le tuviera! Volviéndose entonces Hardyl a Eusebio, le dirigió la palabra diciéndole: ¿Y tú, Eusebio, eres del mismo parecer que Luis Robert? ¿Gustarías más de llevar un vestido rico que otro roto? Dime sinceramente tu sentir. Mayor repugnancia me parece que tendría, dijo Eusebio, en llevar un vestido roto que vanidad en llevar uno rico. Has vencido, pues, dijo Hardyl, el prurito de parecer rico y te dejas sojuzgar de la vergüenza de parecer pobre. A la verdad esto cuesta mucho más, pero quien venció lo primero, ¿no podrá alcanzar lo segundo? Una firme y pronta resolución puede recabarlo; y ésta podrá encenderse en tu ánimo si llamas a tu memoria las máximas de la moderación, los ejemplos que te conté y los daños que te dije acarreaban al hombre los anhelos de la vanidad y los bienes que con su vencimiento consigue. Si animado de todas estas memorias te atrevieras a trocar tu vestido con ese que lleva Luis Robert, no dudes, hijo mío, que tu pecho llegaría a poseer aquella sublime libertad del ánimo que tú mismo mostraste deseos de poseer.

Eso haré yo, si gustáis de ello, dijo algo encogidamente Eusebio; pero mi madre Susana se resentirá de nuevo si me ve comparecer con esa casaca. Madres, ved aquí los efectos de vuestro vano y ambicioso amor. ¿Y os quejaréis después si vuestros hijos ya grandes os son ingratos? Vuestra madre, respondió Hardyl, no tendrá ya más justo motivo de resentimiento; vuestro padre proveyó sobre ello. Yo tendría gusto que lo hicieses, mas sentiría fuese sólo por darme gusto, antes que por el bien que se te puede seguir. Si estás persuadido que te ha de venir provecho de la heroicidad de tal acción, por el vencimiento de tu vergüenza y por la caridad que ejercitas al mismo tiempo con este pobre hermano de Pedro Robert, a quien me sugeriste llevásemos la carne el otro día, no tienes por qué detenerte; antes bien, hazlo, hijo mío, hazlo.

A estas voces deja caer Eusebio el trabajo que tenía entre manos, desnúdase con modesto denuedo de su casaca, y se la presenta a Luis con tal finura que tuvo parado y atónito al muchacho, dudando éste si era verdad lo que veía. Hardyl, notando la suspensa admiración de Luis Robert a la oferta de Eusebio, le dice: Ea, toma lo que te dan. ¿Dudas de trocar tus andrajos por esa casaca nueva? ¿Pues qué, va de veras?, dijo Robert. Bien, ¿quieres trocar tu casaca por esta mía? Si la deseas, dice Eusebio, ahí la tienes, tómala. Luis Robert entonces, recobrando su desenvoltura, quítase la casaca que entrega a Eusebio, y ambos a dos se visten las trocadas5.

Eusebio, sin mirarse, vuelve a tomar su asiento y trabajo. Robert se mira una y otra vez diciendo: Hola, que me viene pintada. Hardyl rebosaba de dulce complacencia, pero sin manifestarla; antes bien, encubriéndola con despegada severidad, dice a Luis Robert: Nada más tienes que ver aquí, toma tu cuna y parte; sin quererle hacer mención del precio, del cual, olvidado el muchacho, ufano con el vestido nuevo, carga con la cuna, y sálese de la tienda a saltos.

Eusebio y Hardyl continuaron su trabajo en silencio, atando sus lenguas el delicioso consuelo que suele dejar un acto de heroicidad; en Eusebio por haberlo ejecutado, en Hardyl por ver cumplido lo que no le parecía tan fácil; pero en vez de alabarle el hecho, aunque lo admiraba, temiendo que la vanidad se apropiase parte del vencimiento, le preguntó si sentiría ir a casa de sus padres con aquella casaca. Nada me parece que lo sintiera, dijo Eusebio, antes me parece que con la casaca me desnudé de toda repugnancia, y en el interior siento una dulce satisfacción y complacencia que hasta ahora no había jamás probado. Ves, pues, hijo mío, le dice Hardyl, el ventajoso procedimiento de la práctica de la virtud: adquirida una, dispone insensiblemente el ánimo para la adquisición de otra; y tal vez el vencimiento de lo que más arduo nos parecía, obtiene el alma el señorío de las demás pasiones, como si quedasen éstas humilladas, de modo que no se atreven a levantar la frente. Y si quieres consultar tu corazón sobre el mismo miedo que poco antes señoreaba tu pecho, verás que éste se siente fortalecido contra la vana ilusión de la fantasía, como si el quebrantamiento de la vanidad y de la ambición hubiese también quebrantado el triste ceño al miedo.

Cortó este discurso de Hardyl la entrada en la tienda de una moza bien parecida y agradada, aunque mostraba ser labradora, la cual preguntó por el dueño de la casa. Dícele Hardyl que el dueño le tenía presente y qué era lo que quería. Me envía, dice ella, míster Hoode para serviros de criada. Hardyl, aunque la reprobó desde luego en su interior por haber pedido a míster Hoode una mujer anciana y le enviaba una cuya presencia agradable era lo que menos le convenía, estando especialmente con Eusebio, quiso con todo darle largas con varias preguntas para ver qué impresión hacía su presencia halagüeña en los ojos de su discípulo. Pero viendo que éste no los levantaba de su trabajo, la despidió con buenos términos, resolviendo desde entonces servirse de uno de los criados de Henrique Myden, por las dificultades que veía en hallar criada de las calidades que deseaba para su casa.

Conociendo Hardyl la buena disposición en que dejó al ánimo de Eusebio el trueque del vestido, no le quiso dejar enfriar para que no le fuese sensible la prueba que le quería hacer tomar en el ejercicio de la sobriedad y templanza. Para esto comenzó a disponer su ánimo, encareciendo las ventajas que se le seguían al hombre de la moderada abstinencia y los daños que se ahorra cuando llega a dominar el apetito de la gula. Yo, hijo mío, le decía, para disfrutar los bienes que engendra la templanza, acostumbro ejercitarme en ella algunos días del año, pasándolos a pan y agua. Tú, si quisieres tenerme firme compañía en este banquete de la salud, mañana es uno de los días destinados. Mañana, si gustares, podrás decir con Átalo: tengamos pan, tengamos gazpacho, y disputemos la felicidad a los poderosos. Y diciéndole Eusebio que se tendría firme, remitió la prueba al otro día.

Llegado éste, fue Hardyl a despertar a Eusebio para reconvenirlo sobre su propósito y le dice: No quieras engañarte, hijo mío, sino consulta con tu apetito tu determinación, pues vengo para esto; porque si no te sientes con voluntad de ponerlo por obra, iremos a proveer la comida. Sí la tengo, dice Eusebio, os haré compañía. Bien, pues, dice Hardyl, pero entre tanto que te vistes voy a preparar el té, porque aunque yo suelo privarme de él en estos días, no quiero que tu primer ensayo sea tan riguroso; bébelo y ve a decorar tu lección. Hízolo así Eusebio: tomó el té de mejor gana que los otros días y después de haber decorado su lección fue a darla a la tienda. Era ésta cabalmente el capítulo de Epicteto en que trata de la sobriedad, diciendo: «Si aprendiste a sustentar tu cuerpo con poco, no te gloríes por ello interiormente, ni andes alabándote por haberte acostumbrado a ser abstemio. Si te ejercitas en tales cosas, hazlo a solas, sin desear ser visto de los demás, como suelen hacerlo aquellos que siendo perseguidos corren a refugiarse a las estatuas, abrazándose con ellas para convocar al pueblo y hacerlo sabedor de que les hacen violencia. Cualquiera que por tal vía busca la gloria tan livianamente, pierde el fruto de la paciencia y templanza; haciendo fin de estas excelentes virtudes el concepto de los otros; y toda ostentación es vana y de ninguna utilidad.»

Oída la lección sonrióse Hardyl, diciendo: Parece que el buen Epicteto nos quiere poner la bola en el emboque. A mejor tiempo no pudieran venir sus consejos, ni yo supiera darles realce con la amplificación. Sobrada fuerza tiene su exposición sencilla para que pueda recibirla mayor de mis razones. Bastan esas pocas líneas para desmentir a los que, llevados de su liviano modo de juzgar, tachan de soberbio a ese sublime estoico, como si ellos dejasen de ser soberbios con hacer mofa de aquellos a quienes no son capaces de imitar. Lástima que dejase Hardyl de continuar sobre esto por deber atender a Luis Robert, que entraba en la tienda con su hermano mayor, el cual quiso informarse de Hardyl si era verdad el trueque hecho de la casaca. Díjole éste ser mucha verdad, y para confirmársela le mostró a Eusebio que estaba allí de pies con la casaca rota, que causaba compasión al mismo Pablo Robert. Él replicó luego que aunque tenía mucho que alabar a Eusebio por el trueque, pero que con todo le suplicaba se hiciese el destrueque, pues no permitía que su hermano llevase un vestido que no convenía a su pobreza, y volviéndose a él le manda quitar la casaca y entregársela a Eusebio.

Hácelo así Luis Robert y presenta, aunque de mala gana, la casaca a Eusebio, que ya contaba por suya. En este ademán los sorprendió Henrique Myden, que entraba en la tienda al tiempo que decía Eusebio a Luis Robert, que le presentaba la casaca, que lo que había dado y había sido admitido, no lo reconocía por suyo. Admirado estaba Henrique Myden de aquel espectáculo, chocándole sobre manera ver a Eusebio con aquel andrajo y al otro muchacho que tenía en la mano la casaca en ademán de ofrecérsela. No lo había visto entrar Eusebio por cogerle de espaldas, ni tampoco Hardyl, porque los oía y los dejaba hacer, prosiguiendo en su trabajo, hasta que oyeron la voz de Henrique Myden que preguntaba admirado: ¿Qué viene a ser esto? Pablo Robert, que le conocía, lo saluda haciéndole lugar. Eusebio se vuelve a él sonroseado y confuso, y Hardyl levanta los ojos a su voz, y sonriéndose le cuenta el trueque de la casaca y las pretensiones con que venía Pablo Robert para que se destrocasen.

Henrique Myden, que conoció que Hardyl había salido con la suya, preguntó a Pablo Robert si el trueque se había hecho con consentimiento de las partes. Sí, señor, según parece, dice Pablo Robert; mas mi hermano debe contar conmigo. Enhorabuena, replicó Henrique, pero habiéndoos tocado la parte mejor, ¿de qué os quejáis? Las pretensiones que traigo, respondió Pablo, no llevan por mira el interés, sino que nacen del disgusto de que mi hermano haya aceptado una casaca que no le compete y sólo le ha de servir para fomentarle pensamientos que no sufre el estado en que la suerte nos puso. Luis Robert miraba a su hermano de reojo y con aire indignado. Preguntó entonces Henrique Myden, que también conocía a Pablo Robert, si eran hermanos de Pedro Robert el carpintero. Y diciéndole Pablo que sí, quiso informarse del oficio que había dado a Luis. Pablo le dice: Señor, lleva ya ensayados tres oficios, pero su genio y condición perversa hízoselos abandonar. Malo, dijo Henrique Myden, malo; pero eso será tal vez porque no acertasteis en la elección; y si no yerro, su genio inclina a la mercaduría. Si así fuere, puedo yo emplearlo y ponerlo en camino de su fortuna. ¿Se os asienta esta ocupación, Luis? Se me asienta tan bien como esta casaca; levantándola con la mano.

Henrique Myden se aficionaba más a su despejo y franqueza, y Pablo estaba alborozado de aquella proporción tan inesperada que se le ofrecía a su hermano; y volviéndose a él le instó para que hiciese alguna demostración de agradecimiento a tal bienhechor. Henrique Myden, que no gustaba de ceremonias, díjole: La mayor demostración que recibiré con gusto es que se ponga la casaca. Apenas oye esto Luis, dice inmediatamente: Pues la ofrezco y no se acepta, razón es que me la meta; y terciando la casaca sobre la cabeza, se la puso con una desenvoltura que no pareció bien a todos, especialmente a Eusebio, que veía de mal ojo la complacencia que Henrique Myden tomaba por el descaro de Luis. Pablo Robert, dirigiendo la palabra a Hardyl, le pide el precio de la cuna que se llevó Luis olvidándose de pagarla. Hardyl le pregunta para quién había de servir. Respondió Pablo que para un hijo suyo, si llegaba a buen término el vecino parto de su mujer. Pues bien, dice Hardyl, quiero ser acreedor al hijo que os naciere; con él ajustaré cuentas, si es varón. Pablo, que conocía su intención, se la agradeció, y volviéndose a Henrique Myden le pidió licencia para llevarse a su hermano, a quien procuraría enseñar la aritmética, para que pudiese emplearse en su escritorio. Henrique Myden le dijo que podía partir sin Luis, pues desde aquel instante quedaba a su cargo su instrucción. Partió con esto Pablo Robert, rebosando de contento por aquel feliz accidente.

Luego Henrique Myden dijo a Hardyl: Espero que no dejaréis desairado este nuevo huésped en mi mesa, y que vendréis a participar de las quejas de Susana por mi consentimiento al trueque de la casaca. Hardyl, que veía la buena ocasión para que Eusebio saliese con aquel vestido de triunfo, no queriendo dejarla pasar, le respondió: Aunque habíamos destinado este día para ejercitarnos en la templanza y frugalidad, con todo, como no lo hacemos por obligación, sino de grado, podremos diferirlo a otro día, a más de que la templanza se puede ejercitar en el más opíparo convite. ¿Y a qué se reduce ese ejercicio?, preguntó Myden. A pan y agua, dijo Hardyl; y quedando Henrique Myden con la boca abierta de risa, continuó a decirle Hardyl: ¿Sin duda os imagináis que crío a Eusebio para bonzo? A buena cuenta, replicó Myden, hacéis lo que ellos hacen. Hicíéramoslo del mismo modo si ellos no lo hicieran, y hacémoslo con diverso fin: ellos para mortificar sus cuerpos, nosotros para adquirir la frugalidad. Ejercitamos la moderación, no la penitencia, y hacémoslo para ser mejores y estar más sanos y para que nos sea tan indiferente una pechuga de faisán, cuanto la de una cerceta, y para comer con el mismo ánimo un pedazo de pan prieto que otro floreado. En fin, imitamos a los persas y lacedemonios, de quienes dice Jenofonte que criaban así a los muchachos para ser buenos ciudadanos, y no imitamos a los bonzos y bracmanes, para no ser buenos para ninguno.

Bien, bien, como queráis, dijo Myden, basta que lo dejéis para otro día, pues hoy os espero en casa. Me adelanto para prevenir el ánimo de Susana, que bien será menester, no sea que se resienta demasiado de ver a Eusebio con esa casaca, que a la verdad es algo indecente. Dicho esto, parte con Luis Robert, el cual se despidió de Hardyl y de Eusebio haciéndoles saludo con la pierna, arrastrándola tiesa hacia adelante con risa fisgona, haciéndose aire con el sombrero. Ya de espaldas diole Eusebio tal mirada que parecía que con ella quisiera arrancarlo del lado de Henrique Myden.

¡Oh miserable humanidad! ¿No se agotarán jamás tus siniestras y malas inclinaciones? ¿No podrá recabarlo la virtud? Destroncada una pasión, ¿habrá de retoñar luego otra nueva? Mas ¿cómo fuera tan admirable y digna del acatamiento de los hombres la virtud, si no fuesen tan costosos sus vencimientos? ¿Quién se hubiera persuadido que después del heroico trueque de la casaca y acabando de oír Eusebio tales consejos contra la pasión de la envidia, se rindiese a su primer asalto? Notó Hardyl la ceñuda tristeza que de repente se apoderó del rostro de Eusebio, ocupando el lugar de la sublime y candorosa alegría con que lo había bañado el trueque de la casaca. Y no dudando que fuesen causa las demostraciones que había hecho Henrique Myden a Luis Robert, le dijo: ¿Podré saber, hijo mío, de dónde procede ese abatimiento que descubro en tu rostro? ¿Es acaso arrepentimiento del trueque de la casaca, o bien disgusto por ver favorecido de tu padre ese muchacho?

No lo sé, dijo Eusebio. Siento bien sí que su ida con mi padre me deja triste y mi corazón abatido. Parecía que Luis Robert me miraba con desprecio y superioridad después que mi padre le dijo que quedaba a su cargo su fortuna, de modo que casi me lo hace odioso. Hardyl se levanta de repente e inclinándose para abrazarlo sentado como estaba, exclamó: ¡Oh cielos! ¡Cuánto vale esa tu ingeniosa confesión! Yo no sé apreciarla bastantemente. He aquí, amado Eusebio, cómo brotan insensiblemente las pasiones en el corazón sin que tal vez lo echemos de ver. Así se apodera del alma y la avasallan si no acudimos al remedio. Nada extraño, hijo mío, ese disgusto y tristeza que te ha dejado el favorecido Robert. Pero, ¿conoces a lo menos que esos son efectos de la envidia? ¿Estos son efectos de envidia?, dijo Eusebio. ¿Pues qué, se te olvidó tan presto, dijo Hardyl, la lección de Epicteto? Epicteto, replicó Eusebio, sólo dice que no debemos llamar dichosos a los que son promovidos a dignidades, ni desear ser cónsules ni emperadores. Pero deduje esto, prosiguió Hardyl, a otros casos particulares y, si no me engaño, te hablé del resentimiento que probamos cuando vemos hacer aprecio de otros, o por su talento, o por su virtud o riquezas, o porque los vemos favorecidos; pues la envidia a nada perdona, como lo pruebas tú mismo, envidiando a ese pobre muchacho la conmiseración que usa con él tu padre.

Mas a poco que reflexiones verás cuán ruin y ratera es esa tristeza que padeces, la cual es bien que conozcas para que te sirva de acuerdo en otras ocasiones, echándola de ti como indigna de la nobleza de un alma libre y superior a tales bajezas. No digo yo que sea cosa ruin el sentir esos bajos afectos, sino el dejarse avasallar de ellos; y así, para que esto no nos suceda conviene conocerlos. Examinemos, pues, ese resentimiento que pruebas por la generosidad de tu padre con ese muchacho. Para esto pasa los ojos por la generosidad que tú mismo con él usaste dándole tu vestido. ¿Hale dado más tu padre? No por cierto; pues tú le diste lo mejor que tenías; y tu padre no dio otra cosa que demostración de afecto. ¿Qué hay aquí que envidiar? Nada para un corazón que está sobre sí, y mucho para el amor propio, que todo para sí lo quisiera; y como las demostraciones de tu padre son señales de afición, temes que Luis Robert no te usurpe el amor que tu padre te profesa o bien que éste no lo divida. He aquí la fuente del mal que conviene desviar. Mas, ¿cuál remedio? El que has oído tantas veces y el que importa llevar siempre en la mano para aplicarlo en la ocupación en que a cada paso nos ponen las pasiones. No desear sino aquello que depende de nosotros. Esto lo tienes fresco en la memoria; pero por no haber conocido la envidia, no has sabido aplicarlo, y te dejaste vencer de sus ruines recelos y temores. Combatámoslos, pues, de cerca, y para esto supongamos que todo lo que puede temer tu envidia está ya cumplido.

Demos que tu padre, llevándose a su casa a Luis Robert, lo ame más que no a ti; que a instigación de Susana lo adopte por hijo, y a ti te desherede. Que Luis entra en la posesión de los bienes que habían de ser tuyos; y que tú en vez de disfrutarlos quedes en la calle pobre y desnudo como saliste del mar. ¿La envidia puede acaso temer mayores rayos? No ciertamente. ¿Pero todos ellos podrán envilecer el ánimo de Eusebio? Eusebio, que aprende a mirar con indiferencia todos los vanos bienes de la tierra, ¿temerá con ruindad que otro le usurpe la parte que le puede usurpar antes la muerte? Mas, ¿cómo lo tomará el que armado de un fajo de mimbres puede atreverse a provocar la suerte y a decirle: este hacecillo es mi hacienda y la insignia de mi consulado? Ve, busca otro Sila y Mario en quien cebes los caprichos de tu liviana inconstancia; no depende de ti el que lleva su hacienda en sus brazos y su mayor bien en la virtud. Si tales reflexiones no sofocan la envidia en tu corazón, hijo, te lo arrancas antes que como a esclavo lo traten sus viles sentimientos.

Sin añadir más, Hardyl deja su obra, se levanta y manda tomar el sombrero a Eusebio para ir a casa de Myden. La seca energía con que acabó su discurso y la impresión que hizo en el ánimo de Eusebio, no dejó a éste mucho lugar para reflexionar en los andrajos de su casaca que iba a sacar a la calle, y para que ya en ella disminuyese su vergüenza, respecto de los que conocía, en quienes excitaba conmiseración viéndolo hecho un harapo. Llegado a la presencia de Susana, anticipóse a decirle Hardyl: Os traigo a vuestro hijo, pobre voluntario, como lo veis. Si os parece mal, toda la culpa es mía; pero si un acto de virtud merece alabanza, esa no se me debe a mí sino a Eusebio que la ejercitó. Susana, aunque prevenida del hecho de su marido, y aunque se le echaba de ver que contenía con aspecto severo su resentimiento, respondió a Hardyl que ella no sabía alabar una indecencia, mucho menos habiéndose hecho publicidad; y diciéndole que pasase adelante, quedó con Eusebio, a quien mandó fuese inmediatamente a ponerse la casaca manchada de la cerveza, que había mandado lavar.

Hardyl, insensible a la severa demostración de Susana, pasó adelante a la estancia en donde lo esperaba Henrique Myden en compañía de Guillermo Smith (aquel cuáquero que le aconsejó a tomar a Hardyl por maestro de Eusebio), de su mujer y de una hija suya muy agraciada, a quienes había convidado a comer Susana aquel día sin saber la venida de Eusebio y de Hardyl; la cual hízosele sólo sensible por temor de que Eusebio compareciese con aquel andrajo delante de los convidados; y para evitarlo, después que su marido le hizo saber la venida de Eusebio, lo estuvo esperando un gran rato para hacerle poner el otro vestido con el cual pudiese comparecer ante los huéspedes. Tampoco sabía de éstos Eusebio, y así, después de haberse mudado la casaca, cuando entró en la estancia y se vio delante de Guillermo Smith, de su mujer y de su hija, la confusión y vergüenza lo sorprendieron de modo que no sabía a quién atender ni acudir primero.

Habíalo dejado Hardyl hasta entonces en su natural rudeza y sencillez, sin haberle dado ninguna regla sobre el trato, persuadido que la sola moderación y modestia eran el cimiento de la urbanidad, que después con la práctica del mundo de por sí se desenvuelve y toma los trazos que le competen, sin tener necesidad de estudiadas maneras; las cuales degeneran en afectación con que desmienten los hombres su interior, cargándolo de embarazos, tal vez molestos a los mismos que los echan menos si no los sufren.

La urbanidad, ¿qué es si no el retrato simbólico de los sentimientos de la virtud? No decir ni hacer cosa que ofenda, guardar la debida conveniencia con quienes tratamos. Y esto, ¿quién lo observa mejor que el hombre moderado, sincero, frugal, modesto y circunspecto? Todo lo que a esto se añada son vanos dijes que hacemos servir de suplemento a la sinceridad que falta al corazón. ¿Quién hay que prefiera los afectados modos de un francés, o los ceremoniosos y viles de un soplado romano, a la rústica integridad, si así se puede llamar, de un cuáquero que pasa delante de un rey con su sombrero calado?

Pero Eusebio, sin saber el galanteo, será descortés. No será tal mientras sepa el de la virtud. La prudencia, la circunspección y modestia, si no le enseñan a inclinarse cien veces antes de llegar a la mitad de una sala para darse después aires de franco, descarado y presumido, no importa; le instruirán por lo menos a cumplir con la urbanidad con un saludo, pero sincero. No sabrá hacer el importante ni el ledo espíritu, ni degollará con importuna parlería a los que estén lejos y cerca, ni querrá meter en todo su cucharada, ni temerá parecer ignorante por su silenciosa reserva; pero responderá y preguntará a tono y sazón. Haráse admirar por su recato y por su ciencia, sin mostrar que la posee. Adaptará sus discursos al carácter y condición de las personas con quienes trata sin afectadas y molestas expresiones.

Ahora todavía es muchacho y la primera vista de gente que no conoce, especialmente de mujeres, lo tiene atado y encogido; ni Hardyl hace con él el importante, ni el dómine, exigiéndole ceremonias y cortesías que los cuáqueros no sufren. Henrique Myden, viéndolo entrar con el otro vestido, le pregunta por el trocado. Eusebio le dice que su madre se lo había mandado mudar. Pues os aseguro, le dijo Myden, que estos señores, principalmente esta señorita, señalando a la hija de Smith, hubieran gustado veros con el vestido de pompa de la virtud. Si queréis, le responde Eusebio, me lo iré a poner. Pero Henrique Myden, aunque la mujer de Smith y su hija habían aprobado su dicho, por no renovar el disgusto a Susana, le dijo que no importaba. Entró a este tiempo Gil Altano a servir el té y, después de servido, dícele Henrique Myden: Ve a llamar al muchacho con quien Eusebio trocó su casaca. Eusebio, al oír nombrar al muchacho, quita los ojos que tenía absortos en Henriqueta Smith, éste era el nombre de la muchacha, para ponerlos en Hardyl, el cual hacía rato que reparaba en la atención con que estaba mirando a Henriqueta; y al encontrarse sus ojos, le carga Hardyl una mirada sobre el llamamiento de Luis Robert, que le quitó las ganas de envidiarlo.

Vuelta en sí su alma de este extravío, mientras los convidados hablaban, pone otra vez los ojos en el tierno y dulce objeto que los llamaba. La naturaleza infundió a los sexos esta simpatía, y el genio la particulariza. La hermosura, las gracias y la edad ya núbil de la doncella, atraían insensiblemente la inocencia de Eusebio, el cual estaba a oscuras todavía sobre los secretos del amor. Hardyl procuró tener siempre alejada su mente y su curiosidad en tales materias. Por querer hacer castos antes de tiempo a los muchachos con piadosos consejos y ridículas advertencias, despertamos sus incentivos; y antes de ser viciosos dejan de ser inocentes. Las mismas instrucciones aceleran la corrupción de sus costumbres.

Hardyl, teniendo alejado a Eusebio del trato y malos ejemplos de los otros muchachos y de los criados, sin aclararle secretos que debía ignorar, obtuvo lo que de pocos otros de la edad de Eusebio se recaba: que conservase puro su candor. Era modesto, casto y virgen, sin haber jamás oído tales nombres y sin saber su significado: dejará de ser inocente si lo supiera. Y si estaba mirando a Henriqueta Smith como quien contempla a una hermosa aurora, cuyo dulce esplendor lo arrebata y suavemente lo enajena. De esta amable contemplación lo distrajo de nuevo la respuesta que traía Gil Altano a Henrique Myden sobre Luis Robert, diciéndole: Señor, ese bribón de Luisillo no parece, y lo peor es que con él desapareció una azucarera con sus tenazas de plata, que no se encuentran; y apostaré que hizo salto de mata con ellas. Linda pieza trajo vmd. a su casa; ya se vio por el vestido. Henrique Myden hizo buscarlo de nuevo; pero siendo vana toda pesquisición y en hora que los esperaba la comida, se fueron a sentar a la mesa, distrayendo de Luis Robert la atención que se debía a los convidados.

Henriqueta, que había oído de sus padres las calidades de Eusebio y que se sentía aficionada a la tierna y garbosa presencia del mismo, le daba cara siempre que podía, con que empeñaba mucho más su inocente afecto. Creció éste al verse colocado Eusebio al lado de la muchacha a tocar ropa, habiendo destinado los puestos Henrique Myden con su acostumbrada sinceridad. Hardyl sentía la colocación, pero debía pasar por ello. La amable doncella, que era de la edad de Eusebio poco más, no podía ocultar su complacencia a pesar del disimulo del sexo; decíanlo sus ojos por más que los recataba volviéndolos siempre a la parte de Eusebio; y si el modesto rubor de éste no le permitía manifestar su contento, echábase de ver su tierna afición en las continuas y largas miradas que le pedían los dulces y graciosos modos de Henriqueta.

El café después de la comida llegó a encender más la llama de su afición, con el motivo de haber puesto Susana los dos solos en una mesa en que tuviesen las tazas para que no se derramasen. ¡Qué miradas suaves, aunque inocentes! ¡Qué elocuente silencio sin saberse qué decir! ¡Cuán cortas fueron aquellas horas para Eusebio! ¡Qué novedad de blandos sentimientos sentía su corazón sin conocerlos! ¡Cuán amargas las disposiciones para la despedida! ¿Ausentarse de aquella imagen celestial para ir a ocupar sus manos en el trabajo de pobre cestero? ¿Romper aquel delicioso enajenamiento para oír las austeras lecciones de la virtud? ¿Cómo podía dejar de suceder a su desvanecido contento una tristeza que lo anochecía? Avivóse ésta en el acto de moverse Hardyl para partir. El amor y el respeto que Eusebio le tenía refrenaban sus lúgubres pensamientos, para que no le arrancasen el llanto, ya pronto a prorrumpir. La contemplación de Susana hizo dar al través el resto de su firmeza, y los halagüeños esmeros para acallarlo, acrecentaron sus sollozos.

Creía Susana que su tristeza procedía por el trueque del vestido y por volver a la tienda; y como se había formalizado con Hardyl, resintiéndose de su severa educación, llamó a Eusebio a otra estancia para consolarlo; y a este fin le dijo que no dudase que la escuela de Hardyl le duraría poco, pues estaba resuelta a tenerlo en su casa; advirtiéndole que nada de esto dijese a su maestro, porque no convenía. Con éstas y otras razones logró serenarlo, y pudo partir con Hardyl, arrancándole el alma la hermosa hija de Smith al despedirse.

¡Oh Eusebio, Eusebio! ¿Do están los santos sentimientos, las severas máximas, los repetidos consejos? ¿Dónde el desprecio de los bienes de este suelo y el heroico ardor que te animó para preferir un andrajo a tu vestido? ¿La vista de una doncella echó a tierra por ventura el edificio de la virtud? No; pudo ser combatido. Pueden flaquear sus cimientos a un terrible impulso, faltándoles todavía consistencia. La santidad no es obra de un día. Mas la constancia de Hardyl y la fuerza de su enseñanza podrán más que el breve deslumbramiento de una superior hermosura.

No dudaba Hardyl que la declarada tristeza de Eusebio naciese de la impresión que habían hecho en su alma los atractivos de la graciosa hija de Smith; con todo, no quiso tomarle cuenta si él mismo de por sí no se descubría. Y aunque ni por la calle, ni después de llegados a casa nada le dijo, quiso callar también él, esperando que aquella tristeza se desvanecería con la noche. Mas haciendo vana al día siguiente su esperanza el triste abatimiento que lo cargaba, en vez de hacerle ocupar aquella mañana en su lección acostumbrada, hízolo bajar a la tienda para que trabajase. Era ya Eusebio bastante diestro en el oficio, y pudiera ganarse con su trabajo el sustento sin las asistencias de Henrique Myden. Tomó ocasión de esto mismo Hardyl para preguntarle cuál de los dos estados prefería, si el de trabajar en la tienda, probando ya que era tan útil para el hombre, o bien de la ociosidad en casa de Henrique Myden. Quería con esta pregunta darle materia para que viniese a explicarse sobre su tristeza, y sobre lo que se la había causado; pero la respuesta inesperada de Eusebio hízole mudar de rumbo, cuando le dijo que no dudaba preferir el estado de su trabajo, como más provechoso en caso de una desgracia; pero que teniendo ya casi aprendido el oficio, temía quedar poco tiempo en su tienda.

Quedó cortado Hardyl oyendo esto, y extrañándolo sumamente en la boca de Eusebio, le preguntó: ¿Pues de dónde os viene ese temor? Eusebio, viéndose en precisión o de decir una mentira o descubrir el secreto y la confianza que le hizo Susana, después de haber sudado interiormente, tuvo por mejor evitar la mentira y caer en la confesión del secreto, diciendo a Hardyl que le había confiado su madre que presto le sacaría de la tienda, encargándole que no se lo dijese a él. Aunque Hardyl tenía ya bastantes motivos para resentirse de las intenciones de Susana, era grande su moderación y superioridad de sentimientos, no menos que las miras de su prudencia y talento para resentirse tampoco de los nuevos designios que le daba al ver la respuesta de Eusebio. Y así, en vez de mostrar hacer caso de ella, hízola servir para corregir a Eusebio de la violación del secreto que le había encargado Susana. Para esto volvió a inquirirle si era verdad que su madre le hubiese dicho que no se lo dijese; y aseverándoselo Eusebio, le dijo entonces: ¿Pues cómo es que habéis faltado a tal encargo?

Eusebio, que nada menos se esperaba que esta pregunta, encoge su corazón, y no sabe qué responder. Entonces le dice Hardyl: Yo os compadezco, debiendo recaer en mí mucho más que en vos la culpa, por no haberos instruido todavía sobre esta excelente práctica de la social fidelidad; y así no lo extraño en ti, sabiendo cuán pocos son los hombres que estudien en adquirirla. Parece que la vanidad nos infunde este prurito de revelar a otros lo que se nos encarga, por lo mismo que se nos encarga; como s, el secreto fuese un peso que nos molestase, si no lo descargásemos en ajeno oído. De esta manera, por querer mostrar que hacemos confianza de otro, hacemos traición a quien se fió de nuestra entereza. Semejante en esto a las tejas, que el agua que recibe la primera la comunica a su vecina, y ésta a las demás, hasta que el secreto se hace público. Por esto debes guardar como máxima principal de tu conducta entre los hombres, que lo que no quieres que se sepa a ninguno lo comuniques, sea quien fuere. Esto se entiende en todas las cosas que son propias tuyas, y que no se te encargan; porque si fuese secreto que te confían, entonces debes guardarlo por obligación, haciendo a tu silencio ley severa de prudencia y de integridad; lo que te será fácil de conseguir si comienzas a ejercitarlo en cosas de poca monta, en que parece que se te encarga el secreto por sola costumbre, bastando a quien te lo encarga que se calle su nombre; pero si comenzases a callar uno y otro, el nombre y la cosa, podrás entonces llegar al estado a que muy pocos llegan, de no serles costoso el callar.

Aunque otro mal no llevara la traición de una confianza que se nos hace, que el arrepentimiento que luego prueba el que la descubre, esto sólo debiera bastar para que estemos siempre sobre nosotros mismos; cuanto más pudiéndose seguir otros disgustos y daños que comúnmente acompañan a tal traición. Y si no, dime: ¿si yo, prevaliéndome de tu respuesta, fuese a dar quejas a tu madre y pedirle razón de sus intenciones, qué motivo de disgusto no tendría ella contra ti y contra sí misma por su indiscreción? ¿Y qué motivo no te diera yo para quejarte de mí y de ti mismo por la facilidad en habérmela comunicado? Pero yo me guardaré bien de hacerlo, no sólo por el amor que te tengo, sino también porque siempre anduve muy mirado en esto. ¿No se lo diréis pues, a mi madre?, dijo Eusebio. No, hijo mío, tengo motivos, le dijo Hardyl, para amarte mucho más que no ella. ¿Para amarme más que ella?, dijo Eusebio; pues ¿por qué? He aquí, respondió Hardyl, que me pones a prueba de la máxima que te acabo de insinuar: lo que no quiero que se sepa no lo digo a quien más amo. Pero tal vez lo sabrás algún día, y entonces no te estará tan a cargo mi confianza.

Comparece en esto Henrique Myden, que venía a contarles el hurto de Luis Robert, consistente en algunas alhajas de plata que le acababa de traer a su casa Pablo Robert el mayor, habiendo sorprendido a su hermano con el hurto al tiempo que lo escondía en su casa. Hardyl le dijo: Sin duda os servirá de escarmiento este caso para que en adelante no sea tan pródiga (si me permitís que así la llame) vuestra piedad, pues también las virtudes pueden padecer excesos. A esto aludía el dicho de los antiguos: «Nada demasiado.» Lo más difícil de la ciencia moral es señalar el término a nuestras acciones, bien así como el notar los extremos de las mezclas de los colores del iris, que todos distinguimos sin poder fijar el punto en que rematan; pero siempre es preferible la demasía en las obras buenas a la de las malas. Por lo mismo que quedo escarmentado, dijo Henrique Myden, vengo a tomar consejos de vos, pues el llanto y protestas de Pablo Robert para que no desamparase a su hermano menor, me conmovieron tanto, que casi estoy propenso a volverlo a recibir en mi casa. No hagáis tal, dijo Hardyl. La conmiseración es buena, pero declina en floja facilidad si no la sostiene la prudencia. Ejercitad en él vuestra generosidad, favorecedlo en hora buena, pero jamás en vuestra casa; procurad darle otro oficio, asistidlo con vuestras limosnas, pero desconfiad de tal serpiente. Nada me prometí de su descaro, y mucho menos os podéis prometer de la ingratitud en su delito.

Resuelto a seguir Myden el consejo de Hardyl, antes de partir tomó ocasión del hurto de Robert para encarecer a Eusebio la estima que le granjeaba su buen proceder y adelantamiento en la virtud, haciéndole ver el mal fin de los muchachos por falta de educación, o por no querer aprovecharse de ella.

Estos son los consejos generales que se dan comúnmente a los muchachos en tales lances. Consejos a la verdad, pero que dejan más satisfacción a quien los da, que provecho en quien los recibe: son como lluvia de nube pasajera, que baña la tierra sin fertilizarla. Hardyl, que ponía su esmero en penetrar los pliegues del corazón para desarraigar sus siniestros, luego que partió Herinque Myden, preguntó a Eusebio si había sentido complacencia con la nueva del hurto y de la huida de Luis Robert. Y sin esperar su respuesta, continuó a decirle: Porque si la sentiste no sería de extrañar, no la culpo, pues sería el residuo de la envidia, de la cual el hombre no se cura tan presto. De la desgracia de los que envidiamos, suele nacer júbilo en el corazón; pero conviene sofocarlo, hijo mío, no porque se nos siga algún daño, sino porque la moderación cobra mayor señorío con tal represa, y el hombre hácese con ella más severamente honrado. Omito ponerte ante los ojos la ruin maldad de ese muchacho, pues estoy seguro que la nobleza de tu ánimo no te dejará abatir a tan detestable vileza. Pero si jamás llegases a olvidarte de ti a tal grado que llegases... ¡cielos! pueda yo verte antes aniquilado.

No, Eusebio, el hurto de Robert no es aquello a que quiero que atiendas, sino a la fea ingratitud que su alma infame y baja manifestó a las generosas demostraciones de tu padre; y te la hago advertir para que comiences a no extrañarlo en el mundo, en donde pocos llegarás a conocer que sean agradecidos. Para serlo, como es justo que el hombre lo sea, conviene tener su pecho exento de interés, de ambición y de codicia; vicios que no sólo sofocan los sentimientos de gratitud, sino lo que peor es, la mudan en odio; y no hay odio más ruin que el que nace de la ingratitud. Todo beneficio se aprecia antes de recibirlo, porque se desea; luego que se recibe, en nada o poco se considera porque parece que se nos debe; y si nos queda algún residuo de conocimiento, sentimos que nos acuerde que dependimos de quien nos obligó con sus beneficios. Éstos dejan deuda en quien los recibe; mas como son un préstamo sin alvalá de pago, los acreedores son muchos, y pocos los buenos pagadores. Créeme, hijo mío, cuesta bastante el ser grato y por lo mismo conviene que sea el hombre virtuoso si ha de ser agradecido.

El que pospone la riqueza a su reconocimiento, ese sólo socorrerá con ella a quien con ella le ayudó; quien antepone su gratitud a la codicia, a la ambición, a las comodidades, ese sólo se incomodará para corresponder con buenos oficios al que en su favor los empleó. El hombre verdaderamente agradecido olvidará antes una injuria de su bienhechor, que sus favores; porque lo que más aprecia no es el beneficio, sino el haberlo recibido.

Por el contrario, hijo mío, si no quieres echar menos la gratitud en los hombres, no pongas jamás a logro ningún favor. Hazlo, sí; mas no para ser correspondido, sino para satisfacer a la buena inclinación de hacer bien porque es bien, y en esto coloca toda la recompensa. En vano esperas otra si la esperas del reconocimiento entre los hombres. Tal esperanza acusaría de interesada tu virtud, y su entereza se resentiría de ella. Quien se queja de un ingrato, ese culpa inadvertidamente el interés que ponía en su beneficencia.

Basta de esto por ahora, pues me parece que es tarde y la venida de tu padre con la noticia del hurto, no me dejó pensar en la comida. Lo peor es que no tenemos hecha provisión; pero podremos hacer muy bien virtud del descuido; ejercitémonos hoy en la frugalidad a pan y agua como teníamos resuelto el otro día. ¿Te sientes con ganas para ello? Haced lo que os agradare, respondió Eusebio. No, dijo Hardyl, ocúrreme otra cosa; y es que, para que nos nazca de mayor voluntad tan solemne día, será mejor que nos acostumbremos a él por grados. Los actos mayores y singulares de virtud parece que nos dejan mayor satisfacción de nosotros mismos, tal vez porque nos infunden mayor concepto de nosotros; aunque yo no veo qué concepto tan sublime pueda formar el hombre por vivir un día a solo pan y agua. Mas en eso se ve cuán vanos y pequeños son nuestros corazones.

A buena cuenta ahí tenemos jamón de repuesto, harémosle pagar nuestro descuido; en adelante queda a tu voluntad el destinar el día de la abstinencia; y el que tú deteminares ése se celebrará. Toma, ahí tienes dinero para pan; velo a comprar. Entre tanto haré yo lonjas de jamón y aparejaré la mesa. Traído el pan, sentáronse a la mesa, y luego preguntó Hardyl a Eusebio: ¿Cuántos millares de hombres, no digo mendigos, sino artesanos y labradores, te parece que hay en el mundo, los cuales nos envidiarían nuestro solo jamón por verse reducidos a sólo pan y cebolla? Pero para hacer este cálculo necesitarías de tener conocimiento del mundo, de su extensión y de la miseria de las naciones, lo que es fácil de saber; pero servirá de consuelo para muchos esta reflexión, los cuales sin ella se creen los hombres más desdichados de la tierra, y se enojan y entristecen si alguna vez les llega a faltar o la olla o el asado o algún otro plato de costumbre. Yo puedo asegurarte que cuando me hallaba en estado de grandeza y de abundantes comodidades, solía sacar mucho provecho de estos pobres hombres necesitados a vivir de su trabajo, viéndolos en las horas en que restablecían con el sustento sus relajadas fuerzas, llenos de polvo y de sudor sentarse cerca de un negro hogar, o arrimarse a un arrinconado banco para satisfacer a su apetito con solas alubias o pan mugriento, comiendo con tal gusto y alegría, que casi me sacaban lágrimas de compasivo consuelo. Las reflexiones que sobre ello hacía contribuyeron tal vez para hacerme preferir el estado presente de artesano en que me ves, al de la grandeza y riquezas que desamparé para adquirir, si me fuese posible, aquella dulce paz e inalterable consuelo que tanto alaban los antiguos filósofos, y que veía confirmado en aquellos hombres necesitados en quienes lo envidiaba.

¿Erais, pues, noble y rico, le preguntó Eusebio, y habéis querido ser pobre y artesano? Sí, hijo mío, respondió Hardyl: sabes ahora tú sólo lo que todos ignoran en este país; pero no lo sabes todo. Te sirva no obstante esta confianza de prueba del cariño que te tengo, pues te fío un secreto que es de mi mayor interés que ningún otro sepa sino tú. Soy libre y dueño de hacértele, y hágotelo ahora que la ocasión lo lleva, después que quedas instruido sobre la obligación que te debes hacer en guardarlo. No te pido promesa sobre ello, pues temiera ofender al concepto que me mereces y agraviar al mismo tiempo no menos la integridad de tu corazón, que mi misma confianza. Ve a lo que me ha traído el deseo que tengo que ames la frugalidad y que te acostumbres a ejercitarla, sin que la mires como ingrata austeridad y penitencia, sino como cosa saludable al hombre, y común a infinitos a quienes puedes llevar la ventaja de hacer virtud lo que es en ellos servil necesidad. No es ciertamente cosa muy agradable un pedazo de pan y un vaso de agua, pero es cosa superior probar en ello celestial complacencia, nacida de la privación voluntaria de las cosas que la templanza niega al gusto y al apetito.

De este modo iba imprimiendo Hardyl las máximas de la virtud en el pecho de Eusebio, y haciéndoselas ejercitar con la suave fuerza de su ejemplo. La bondad venerable con que se acomodaba y abajaba sin abatirse a la capacidad de su discípulo, le granjeaba su respeto y amor, y atraía su voluntad a todo lo que quería, sin asomo de mando ni de violencia, porque no deseaba sino su provecho. Eusebio no conocía castigo ni colérica reprensión, que por lo mismo enseñan a los muchachos a ser coléricos y obstinados. Si mostraba repugnancia a lo que le proponía, lejos de fijarse Hardyl en su empeño para verlo ejecutado, cedía al contrario sin mostrar que cedía, porque no se lo mandaba; pero no dejaba triunfar su obstinación. Buscaba caminos y rodeos imperceptibles al muchacho para obtener de grado por otras vías lo que jamás hubiera hecho bien y con provecho, si lo hiciera por fuerza manifiesta. Las ciencias pueden sufrir una tiránica enseñanza y un verdugo por maestro; la virtud pide ser enseñada de la mansedumbre y de una prudente bondad. Todo castigo es imagen de venganza en quien lo da, y ésta no es medio para enseñar lo que con ella se desenseña. La fuerza y la violencia llegan a triunfar del exterior, no del corazón del muchacho; y si no se convence el ánimo, ¿qué se consigue si no es la sola satisfacción de haber hecho obedecer a quien de voluntad no obedece? Se obtiene el medio sin conseguir el fin; quiero decir, toda la enseñanza se pierde.

Eusebio era vano, astuto, ambicioso, pusilánime, soberbio, envidioso, tenía todos los defectos que contrae el hombre desde la cuna. ¿Ha desarraigado Hardyl tales vicios? No; esto es imposible en la naturaleza del hombre, pues si fuera posible no necesitaríamos entonces de virtud; pero bien sí hales disminuido las fuerzas, las ha sujetado y rendido. Podrán aún así reprimidas las pasiones cobrar nuevas fuerzas de los alicientes del mundo, del mal ejemplo, de la costumbre y del terrible incentivo del amor que todavía no ha hecho sentir a Eusebio su suave tiranía; pero Eusebio es todavía discípulo de Hardyl. Bajo de su enseñanza ha cobrado amor a la virtud y horror al vicio. Arraigó el tronco en su alma la compasión y la humanidad, y si todavía quedan en ella resabios de vanidad, de ambición, de soberbia y de codicia, tiene grabados en su voluntad los medios para combatirlos, y motivos para ejercitar la moderación. Tentará de acometer su pecho la envidia, pero desdeñará de haberlas con tan feo vicio, sabiendo contentar su corazón con los bienes que posee, o con los que sólo dependen de su virtud. Será poderoso el temor para rendir su pecho en mil accidentes repentinos, pero por el carácter de la naturaleza, no por vicio de la opinión y de la fantasía, después que aprendió de Hardyl a no temer la muerte, origen de los miedos en el hombre.

Esto consiguió de Eusebio con su ejemplo y con el ejercicio de las mismas virtudes, no con solos consejos. Éstos rara vez convencen, y poco o nada con ellos se alcanza. Dad a un aprendiz todas las instrucciones y reglas necesarias para el arte que debe aprender, y sabidas por sola especulativa, haced que vaya a ganar su vida con el oficio: no sabrá por dónde comenzar. ¿Qué arte o ciencia más ardua y repugnante a nuestras protervas inclinaciones que la moral? ¿Y ésta se aprenderá sólo con consejos dados desde los púlpitos, o de los maestros que con su ejemplo desmienten lo que aconsejan? A fuerza de obrar se contrae la ciencia práctica, no de otro modo; y hecha ya costumbre difícilmente se desampara. Los vicios mismos son rudos, por decirlo así, en sus principios, ninguno nace malvado. Mas a fuerza de ejercitarse el hombre en el mal, va contrayendo la costumbre de ser malo, luego perverso, inicuo, monstruo.

Los que pretenden que poco o nada se recaba con la educación traerán tal vez por prueba a Nerón, discípulo de los mejores hombres que entonces conocía el mundo. ¿Cómo es que de tal enseñanza salió tal aborto de la naturaleza detestable a todos los siglos? Porque Séneca y Burro sólo podían darle buenos consejos, cuando ya Aniceto había corrompido su infancia, y a tiempo que Narciso lo ejercitaba en la maldad; sirviendo esto mismo de mayor prueba, que los consejos mejores por sí solos nada recaban de las perversas inclinaciones. Si no se le hubiese hecho la forzosa a Eusebio de entrar en la tienda de Hardyl, ¿hubiera jamás sofocado los sentimientos de la soberbia, de la vanidad y de la ambición? ¿Se hubiera acostumbrado a la paciencia, a la moderación y la frugalidad? Verdad es que la adquisición de estas virtudes pide toda la vida del hombre; pero, ¿cuánto menos las ejercitará si no comienza jamás a ejercitarlas?

Esto es lo que se propuso Hardyl por primera enseñanza de Eusebio. Luego, pues, que creyó bastantemente fortalecido su ánimo en el ejercicio de la virtud determinó instruirlo también en las ciencias, pues había venido a su tienda para aprenderlas, siendo ellas ornato de la virtud y pudiendo contribuir para fortalecerla. Llegó, pues, el tiempo de instruirlo en ellas; y Eusebio modesto, moderado, frugal, dócil y comedido, se prestó mucho mejor a la nueva enseñanza de su maestro.



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