-[210]- -[211]-
No se avenía con su desamparo José Antonio de Urrea, que, desde el momento de la desaparición de la Condesa de Halma, arrebatada de su presencia en carromato, y no de fuego, vivía sumergido en un mar de tristeza, sin más entretenimiento que medir con ojos lánguidos la extensión de la soledad cortesana que le rodeaba. Madrid, con todo su bullicio, y los mil encantos de la vida social, habían venido a ser para él una estepa, en cuya aridez ninguna flor, ni la del bien ni la del mal, podía coger para su consuelo. Pasaba el día tumbado en un sofá, rumiando sus amargos hastíos de la lectura, del trabajo, de la meditación misma. Por las noches se lanzaba fuera de casa, buscando en un voltijear inquieto por calles y plazas el alivio de su melancolía. No volvió a poner los pies ni de día ni de noche en las casas de sus parientes, hacia los cuales sentía un despego muy próximo al horror. Sus amigos íntimos de otros tiempos, -212- compañeros de desorden, se le habían hecho tan antipáticos, que de ellos huía como del cólera. De amistades de otro sexo, no se diga: éranle, más que antipáticas, odiosas. Con todo, una noche fue tan hondo su tedio, y tan vivo su afán de encontrar algo en que su alma se esparciera, que se dejó tentar del demonio de sus recuerdos. Pudo creer un momento que refrescando pasadas amistades se consolaría; pero no hizo más que llegar a las puertas del vicio, y retrocedió sobresaltado. Las tentaciones no hacían más que soliviantarle la imaginación; pero sin poder debelar la fortaleza de su voluntad.
Otro aspecto singularísimo del estado de su espíritu, era que todas las personas que conocía se habían transformado en su criterio social así como en sus afectos. El primo Feramor no era más que un figurón, una inteligencia secundaria, petrificada en las fórmulas del positivismo, y barnizada con la cortesía inglesa; Consuelo y María Ignacia dos fantochonas, en las cuales se encontraba la comadre vulgarísima, a poco que se rascara la delgada costra aristocrática que las cubría; mujeres sin fe, sin calor moral, ignorantes de todo lo grave y serio, instruidas tan sólo en frivolidades que las conducirían al desorden, al vicio mismo, si no las atara el miedo social, y las posiciones de sus respectivos maridos; la Marquesa de San Salomó una cursi por -213- todo lo alto, queriendo hacer grandes papeles con mediana fortuna, echándoselas de mujer superior porque merodeaba frases en novelas francesas, y tenía en su tertulia media docena de señores entre políticos y literarios que poseían cierto gracejo para hablar mal del prójimo; Zárate un sabio cargante, que coleccionaba nombres de autores extranjeros y títulos de obras científicas, como los chicos coleccionan sellos o cajas de fósforos; Jacinto Villalonga un político corrompido, de esos que envenenan cuanto tocan, y hacen de la Administración una merienda de blancos y negros; Severiano Rodríguez otro que tal, mal revestido de una dignidad hipócrita; el general Morla un Diógenes cuyo tonel era el casino; el Marqués de Casa-Muñoz un ganso, digno de morar en los estanques del Retiro; y por este estilo todos cuantos en otro tiempo le movían a envidia o a estimación, se degradaban a sus ojos hasta el punto de que él, José Antonio de Urrea, mirado con menosprecio y lástima, se conceptuaba ya superior a todos ellos. Para él toda la humanidad se condensaba en una sola persona, la celestial Catalina de Halma, resumen de cuanto bueno existe en nuestra Naturaleza, excluido absolutamente lo malo; con la ausencia, que la misma señora le impuso como última etapa del procedimiento educativo, tomaba en el alma del discípulo proporciones -214- colosales la figura moral y religiosa de su maestra, y la veneración que hacia ella sentía iba rayando en delirio. Sus insomnios eran martirio y consuelo, porque en la soledad de la noche, el excitado cerebro sabía engañar la realidad, oyendo la propia voz de Halma, y viendo entre vagas claridades la figura misma de la noble dama. «Voy a concluir loco perdido» se dijo una mañana, y diciéndolo tomó la temeraria determinación que había e poner fin a su soledad. No se detuvo a pensarlo más, para no arrepentirse, y en el breve espacio de algunas horas vendió sus trebejos de cincografía y heliograbado, traspasó la casa, arregló un breve equipaje, y liquidadas varias cuentas pendientes, salió a tomar informes del coche de Aranda. «No puedo más, no puedo más -decía corriendo de calle en calle-. La desobedezco; pero ya me perdonará, si quiere. Y si no, arrostro su enojo. Todo antes que este vacío en que me muero».
El coche de Aranda había salido ya cuando él llegó a la administración, y no queriendo esperar veinticuatro lloras más para lanzarse fuera de Madrid, que había llegado a ser su Purgatorio, tomó billete en un coche que al amanecer salía para Torrelaguna. Impaciente por partir, la noche se le hizo larguísima. Una hora antes de la salida, ya estaba en la administración, -215- temeroso de que el coche se le escapara. Lo que hizo este fue retardar media hora la salida, pero al fin, gracias a Dios, viose el hombre en la delantera, junto al mayoral, y las casas de Madrid se iban quedando atrás, ¡oh alegría!, y atrás se quedaron los depósitos del Lozoya, y las casetas de los vigilantes de Consumos en Cuatro Caminos, y Tetuán; y después todo era campo, la estepa del Norte de Madrid, a trechos esmaltada de un verde risueño, gala de los primeros días de Abril, y limitada por el grandioso panorama de la sierra. El corazón se le ensanchaba, el aire asoleado y puro llenábale de vida los pulmones. Desde su infancia no se había visto tan contento, ni gozado de una tan feliz y espléndida mañana. Se sentía niño, cantaba a dúo con el mayoral, y lo único que de rato en rato obscurecía el sol de su dicha era el temor de que Halma se enfadase por su desobediencia.
Y en verdad que los Hados, o hablando cristianamente, la Providencia Divina, no le favorecieron en aquel viaje, sin duda en castigo de su indisciplina, porque antes de llegar a Alcobendas, una de las caballerías (dicen las historias que fue la Gallarda), dio a conocer su inquebrantable resolución de no seguir tirando del coche, por piques sin duda y rozamientos con el mayoral. Y ni los furibundos argumentos -216- que en forma de palos este le aplicaba, la convencían del perjuicio que su obstinación causaba a los viajeros. En esta y otras cosas, la parada en Alcobendas, que debía ser breve, duró una horita larga, resultando después que el jamelgo con que fue sustituida la Gallarda, cojeaba horrorosamente. Urrea contaba llegar a San Agustín al medio día, y a las dos, todavía faltaba largo trecho. Pero lo peor fue que como a un tiro de fusil más allá de Fuente el Fresno, una de las ruedas dijo con estallido formidable que primero la hacían astillas que dar una vuelta más, y ved aquí a todos los viajeros en pie, sin saber si quedarse allí, o volver al pueblo por donde acababan de pasar. Urrea no vaciló un momento, y encargando su maleta al mayoral para que la entregase en San Agustín, echó a andar resueltamente para esta villa. A buen paso, llegaría al caer de la tarde, y no había de ser tan desgraciado que no encontrara allí una caballería que le llevase a Pedralba.
Anduvo con sostenido paso y sin sentir fatiga, y cuando conceptuaba haber andado más de una legua, preguntó a un hombre que iba en la misma dirección, en un borriquillo. «Buen amigo, ¿estoy muy lejos de San Agustín?».
-Como una media horica.
-¿Encontraré allí una caballería para ir a Pedralba?
-217--¿A Pedralba, señor... a la casa de los locos?
-¡De los locos!
-Nada, es un decir. Así la llamamos, desde que está allí esa señora que ha traído no sé cuántos orates para ponerles en cura.
-Doña Catalina, Condesa de Halma, a quien todo el país respetará y venerará como una santa.
-Dígole, señor, que mejorando lo presente, así es. ¿Sabe lo que se cuenta en el pueblo?
-¿Qué, hombre, qué?
-Que la doña Catalina es reina, sí señor, una reina o emperadora de los extranjis de allá muy lejos, y que hubo una rigolución por donde la echaron del trono, y el Papa Santísimo la mandó acá en son de penitencia. Eso dicen: yo no sé.
-Patrañas. Pero en fin, ¿podré ir a caballo a Pedralba?
-Como decírselo a lo seguro, no puedo, señor. Llegará y veralo. Para caballerías, el cura.
-Don Remigio Díaz, ¿no es eso? Le conozco de nombre, y por la fama de su mérito. ¿Y el señor párroco podría facilitarme...?
-Como tenerlo, lo tiene: jaca, y por más señas, una burra hermana de este... Y si el señor va cansado y quiere montarse un poco...
Sin esperar respuesta, el bondadoso campesino se desmontó, ofreciendo su rucio al caballero. No vaciló Urrea en aceptarlo, más que -218- por cansancio, por no desairar tan gallarda atención. Llevando su cabalgadura al paso del dueño de ella, siguió José Antonio pidiéndole informes de los habitantes de Pedralba.
«Y esa que ustedes creen reina, vendría en una carroza magnífica, escoltada de lacayos y servidores...».
-No señor... ¡Qué risa! Vino en carromato. Parece que ha hecho voto de vivir a lo pobre mientras no le devuelvan el reino que le quitaron. Primero llegó el carromato con muebles, baúles de ropa fina, y cosas para el lavatorio de las señoras principales. Un espejo trajeron de más de una vara, y otros muchos arrequisitos de palacios reales. Después volvió el carro trayendo a la señora, vestidita de negro, como la Virgen de la Soledad.
-Y esos locos que aloja consigo, llegaron antes, según creo.
-Sí señor. Los trajo Cecilio, y por ahí andan sueltos. Dicen que uno es cura trajinante, y otro el primer músico de la capilla de los palacios mostrencos de Ingalaterra. De una de las mujeres se dice que es loca médica, y que cura todas las enfermedades de flato con sólo mirar, y la otra parece que es la mejor mano para salar guarros que la señora tenía en su reino.
-Vaya -dijo Urrea parando, y descendiendo del borrico-. Ya he descansado. Muchas gracias, -219- y vuelva usted a montarse, que si no me equivoco, ya estamos cerca, y aquellas casas que allí se ven son las primeras del pueblo.
-A fe que sí. Ya llegamos -dijo el labriego, mirando hacia un grupo de gente que por entre unos árboles, a mano derecha del camino real, a este se aproximaba-. Señor, señor... ahí tiene a D. Remigio, nuestro peine de cura... digo peine porque sabe más que Merlín. Véalo: viene hacia acá, y le mira a usted mucho.
Urrea vio que hacia él se llegaba, destacándose presuroso del grupo, un clérigo joven, vivaracho, con el balandrán colgado de los hombros, gorro de terciopelo negro, bastón nudoso. Descubriose el madrileño para saludarle, y el curita le preguntó con extraordinaria viveza si era D. José Antonio de Urrea.
«Servidor de usted, señor cura».
-¡Alto! Dese usted preso -dijo el párroco en un tono que reunía el humorismo y la buena crianza-. Nada, nada, que se viene usted conmigo a la prevención, Sr. de Urrea, donde le tengo apercibida una modesta cama para que descanse, cena frugal, y una yegua para que le lleve a Pedralba.
-Señor cura, ¡cuánta bondad! Pero permítame usted que me asombre de esa previsión que parece sobrenatural. Yo no he anunciado mi viaje...
-220--Pero lo que usted no anuncia, porque se ha venido acá como un colegial escapado, otros lo adivinan.
-No entiendo.
-La señora Condesa me dijo ayer: «He dejado en Madrid a un loquinario de primo mío, con órdenes terminantes de no moverse de allí, para que no desatienda las obligaciones que le he impuesto. Pero lo conozco, y se cansará, y querrá venir a verme, con pretexto de recibir nuevas órdenes. De hoy o mañana no pasa. Cuando recale por San Agustín, Sr. D. Remigio, hágame el favor de atenderle, darle hospitalidad si llega de noche, y facilitarle una modesta caballería para que venga a Pedralba».
-Estoy encantado, señor cura -dijo Urrea loco de alegría-. Esto parece un sueño, un cuento de hadas..., y usted el genio protector, y yo... no sé qué parezco yo, el más feliz de los hombres..., y en este momento el más agradecido de los viajeros.
Dirigiéronse hacia la casa rectoral, escoltados por los que de paseo venían con D. Remigio, y este hizo el gasto de conversación por el camino, dedicando un sentido recuerdo a la memoria del santo D. Manuel Flórez, y condoliéndose -221- de lo triste y solo que con tal desgracia se habría quedado el tío Modesto. En la puerta se despidieron afectuosamente los acompañantes, y D. Remigio y su improvisado amigo entraron.
«¡Valeriana, Valeriana! -gritó el curita desde la puerta, y habiendo comparecido una mujer gruesa y tan entrada en años como en carnes, le dijo:- Este es el caballero que esperábamos, o que creíamos ver llegar de Madrid hoy, mañana o pasado. Cenaremos pronto, Valeriana, que el señor, diga lo que quiera, trae un apetito muy regular. ¿Verdad que sí?».
Dio las gracias Urrea cortésmente, añadiendo con cierta timidez que su deseo era llegar pronto a Pedralba...
«Tenga usted calma... y váyase convenciendo de que está secuestrado -le dijo el clérigo con ese humorismo hospitalario que suelen emplear los ricos de pueblo-. ¿Creía usted que yo le iba a soltar tan pronto? Está fresco el señor de Urrea. Mire usted: ya es de noche, y no tenemos luna; el camino de aquí a Pedralba es muy malo para ir a pie, y a caballo no puede ser, porque hoy el chico del alcalde me llevó la jaca a Torrelaguna, y esta es la hora que no ha vuelto. Con que resígnese, y mañana con la fresca saldrá usted, acompañado de este cura, que también tiene que visitar a la señora Condesa».
¿Qué remedio tenía el impaciente viajero -222- más que conformarse con la voluntad de Dios, representado en aquella ocasión por el bondadoso y vivaracho D. Remigio? Entraron en una sala espaciosa, lugareña, clerical, de paredes blancas, descubiertas las añosas vigas del techo, limpia, oliendo a iglesia y a pajar, con diversos objetos religiosos de adorno, enfundados en tul color de rosa para defenderlos de las moscas. Trajo una lámpara la niña del ama, pues era ya casi de noche, y D. Remigio hizo sentar a su huésped en el largo sofá de Vitoria con colchoneta de percal rojo rameado, ocupando él un sillón verde, cubierto en brazos y respaldo por estrellas de crochet. Frente a frente los dos, pudo Urrea observar la fisonomía del buen curita, el cual era hombre como de treinta y cinco años, de poquísimas carnes, mediana estatura, con la cabeza y manos siempre en movimiento, pues no hablaba con ellos menos que con la voz. En su rostro descollaba una nariz pequeña, picuda y roja, en cuyo caballete se apoyaba malamente la montura de las gafas, y quedando entre estas y los ojos mayor espacio del conveniente, tan pronto bajaba el hombre la cabeza para mirar por encima de los vidrios, como la alzaba para mirar por ellos. La pequeñez de la nariz le obligaba a llevarse la mano a las gafas tres o cuatro veces por minuto, no porque se cayeran, sino porque entre mano, nariz y anteojos -223- había esta instintiva señal de inteligencia. Todo el rostro era un poquito encendido de color, y las orejas más, y su mirada revelaba agudeza, penetración, y un natural bondadoso tolerante. Urrea encontró en D. Remigio extraordinaria semejanza, salva la edad, con la fisonomía expresiva, inolvidable, de D. Juan Eugenio Hartzenbuch. Y en el curso de la conversación, entrando ya en confianza, se aventuró a decírselo. Echose a reír D. Remigio, y le contestó: «Otros han hecho la misma observación. Indudablemente me parezco al ilustre poeta, al gran erudito y académico, honra y prez de las letras españolas. Es un triste honor para mí, porque el parecido del rostro patentiza más la desemejanza intelectual entre hombre de tan relevante mérito y esta modestísima personalidad».
-¡Oh!, no se achique usted, amigo mío -le dijo Urrea, saliendo al encuentro de aquella modestia, un poquito afectada-. Ya sabemos, ya sabemos lo que usted vale...
-¡Por Dios, Sr. de Urrea!... Y aunque algo valiera un hombre, más por el estudio que por dotes naturales, ¿de qué le sirve en este rincón del mundo, en este destierro...?
Con la presteza del pájaro que salta de un palito a otro en la estrechez de su jaula, saltaba D. Remigio de un asunto a otro en la conversación. -224- «¿Pero no sabe, Sr. de Urrea? -dijo levantándose del sillón para sentarse en el sofá-. ¿No sabe a quién tengo de huésped desde hace dos días? ¡Qué sorpresa le voy a dar! ¿No adivina?».
-No señor.
-Pues al mismísimo padre Nazarín.
Urrea saltó de su asiento, y lo mismo hizo don Remigio, que al levantarse, impuso silencio a su huésped, diciéndole en voz baja: «Vamos a verle y observarle sin que él se entere. Venga usted conmigo».
Llevole por un pasillo de recodos, al extremo del cual había una puerta de cuarterones, pequeña y fuerte. La claridad de la cocina, que en uno de los huecos de la izquierda se denunciaba con picantes olores, permitíales recorrer sin tropiezo aquella parte de la casa, que por su irregularidad era un modelo de arquitectura villanesca. Antes de llegar a la puerta, que a Urrea le pareció desde el primer momento misteriosa, D. Remigio secreteó algunas explicaciones en el oído de su huésped. «En este cuarto, que mi antecesor destinó a la cría de palomas, he instalado yo mi modestísima biblioteca. Aquí tengo a mi hombre. Por esta mirilla, que hay en la tabla, fíjese bien, como del vuelo de un duro, puede usted verle...».
El débil rayo de luz que salía por la mirilla -225- a José Antonio, que, aplicando los ojos, vio una estancia, cuya capacidad no pudo apreciar, y en el centro de ella, junto a una mesa, frente a la puerta sentado, un hombre... La luz de un candilón de dos mecheros, de los que ya son arqueológicos, le iluminaba la cara, que al pronto el observador no reconoció. Era un clérigo, vestido exactamente como D. Remigio, con gorro de terciopelo y sotana. Hojeaba un grueso librote, y después de fijar su atención y su dedo índice en una página, escribía rápidamente en cuartillas colocadas sobre el mismo libro.
«Pero no es...» murmuró el forastero apartando su rostro de la mirilla.
Díjole el cura que se fijase bien, y en efecto, después de mucho mirar, José Antonio reconoció y diputó al clérigo de la biblioteca por el padre Nazarín en persona.
Cogiéndole de un brazo, D. Remigio volvió a conducir a su huésped a la sala, para poder hablar con libertad, y antes de llegar a ella le dijo:
«Claro, ha tardado usted en reconocerle, porque se lo figuraba como le conoció en Madrid, con barba, y el traje de mendigo seglar. Así nos le trajo aquí doña Catalina. Con franqueza, yo tenía curiosidad vivísima de ver a este hombre, porque conozco el libro que de -226- sus inauditas aventuras cristianas anda por ahí, he leído también en la prensa mil informaciones acerca del proceso, y así, en cuanto supe que había llegado el tal, me planté en Pedralba con mi amigo Láinez, el médico del pueblo. ¡Figúrese usted nuestro asombro, Sr. de Urrea, cuando le hablamos, y advertimos en él discernimiento claro, serenidad pasmosa, y una mansedumbre evangélica, de la cual creo que no hay otro ejemplo! Claro que a pesar de estas señales, la locura existe. Algo tiene el agua cuando la bendicen, y por algo los señores facultativos y la Audiencia le han declarado irresponsable de las extravagancias que constan en el proceso. Pero a pesar de todo, Sr. de Urrea, este hombre ha llegado a interesarme, le he tomado cariño en los pocos días que ha que nos tratamos, y... qué sé yo, no le tengo por cosa perdida, ni mucho menos. La piedad angelical de la señora Condesa, y nuestra modesta cooperación, triunfarán de la malicia que se ha infiltrado invisible en el cerebro de este buen señor, y le devolveremos sano y equilibrado, a la Iglesia militante, en la cual, o mucho me engaño, o puede ser un elemento, sí señor, un elemento de grandísima valía».
-Pero esta transformación...
-A eso voy. Con mil artificios traté yo, en mis primeras visitas a Pedralba, de despertar -227- en él soberbia, y no lo pude conseguir, no señor. Creíamos todos que se quejaría de los que en una u otra forma le han traído a mal traes de algunos meses acá. Nada de eso. Ni contra la curia, ni contra la prensa, ni contra nadie ha pronunciado la más leve recriminación, ni tiene por cruel o injusto lo que con él se ha hecho. Esto es muy raro, ¿verdad? Laínez me decía: «Es muy extraño que no observemos en él ni el menor destello de delirio persecutorio, que es uno de los síntomas primordiales...». Si delirio es el amar sin restricción alguna, y ponderar y encarecer como mercedes los ultrajes que ha recibido, ahí puede estar el principio de la desorganización cerebral. Le digo a usted que este caso los tiene pasmados.
-Realmente.
-Pues verá usted. Por buscarle las vueltas, le digo: «Padre Nazarín, gran violencia será para usted no poder salir ahora descalzo y harapiento por los caminos». Contestación: «Para mí, Sr. D. Remigio, no es violencia ningún estado que se me imponga por quien debe y puede hacerlo. Pedí limosna cuando creí que debía vivir como los más desdichados y menesterosos. Dios, en mi corazón, me ordenaba hacerlo así, y ninguna ley humana me lo prohibía. Pero al mismo tiempo que la pobreza, o antes quizás, Dios me ordena la obediencia. Yo vagaba en -228- libertad. La ley humana me cortó el paso, y me mandó que la siguiera. Obedecí. Sometime sin réplica a cuanto de mí quisieron hacer. Contesté con verdad a cuanto me preguntaron. Conforme me hallaba de antemano con la sentencia que contra mí se pronunciara, fuera la que fuese. Determinaron que soy un enfermo. Diéronme a escoger, para mi reposo, entre un asilo y la morada patriarcal y campestre de la señora Condesa de Halma, y preferí esto. Aquí me tienen dispuesto, hoy como ayer, a la suma obediencia. La señora doña Catalina, y usted, señor cura, por delegación de la ley eclesiástica, que ahora sustituye a la civil en mi castigo, enmienda o curación, pues de todo habrá en ello, son los dueños de mis acciones y de mi vida. No soy libre, ni quiero serlo, si los que saben más que yo deciden que no debe dárseme libertad».
-Es extraño, sí...
-Pues verá usted. Digo yo: «Amigo Nazarín, si la señora Condesa lo consiente, ¿se decide usted a venirse conmigo unos días a mi modesta casa de San Agustín?». Contestación: «Yo no decido nada. Voy a donde me lleven».
-Como el loro del cuento.
-Exactamente. Con licencia de la señora, me le traje aquí, y por el camino se me ocurrió tantearle en teología. Un asombro, señor de Urrea. Se expresa con sencillez, sin énfasis doctoral -229- ni literario, y tan fuerte está el hombre, que por más que quise no pude cogerle en tanto así de falsedad lógica o desliz herético. En sus opiniones, ni el menor asomo de demencia, mi Sr. de Urrea, de donde yo deduzco, y en ello conviene conmigo el amigo Láinez, que el desvarío, si existe, no radica en la parte de los espacios cerebrales que sirve como de vehículo a las ideas, sino en aquella otra por donde pasa todo este torrente de las acciones, de la conducta, Sr. de Urrea. ¿Es esto claro?
-Sí. Pero la transformación personal...
-A eso voy.
(El ama anunció que estaba dispuesta la cena.)
«Ya vamos. Pues cuando llegó aquí, le digo: «Si es verdad que yo mando y usted obedece, amigo Nazarín, ahora mismo se va usted a afeitar, y a vestirse con mi ropa». Pues tan conforme. Yo mismo le afeité. Fue una risa... Y mi modesta ropa y mi calzado, Sr. de Urrea, le vienen como hechos a la medida. Cuando se lo ponía, le digo: «¡Cómo extrañará usted la sujeción de esta ropa civilizada, hecho ya el cuerpo a su pergenio salvaje, y bíblico, según los periodistas!». ¡Vaya que llamar bíblico...! ¿Pues qué cree usted que me contestó?
-(Señor cura -vino a decir el ama-, que la cena se enfría.)
-230--Contestaría que el hábito no hace al monje.
-Vamos al instante... Y que él no ha fijado nunca la atención en las diferencias entre estos y los otros vestidos. Dijo más... Señor de Urrea, pasemos a mi modesto comedor... Palabras textuales: «El vestido que usted llama salvaje, señor don Remigio, no lo tenía yo por indecoroso en mi vida errante y entre gente pobrísima. Pero esto no quiere decir que lo prefiera yo sistemáticamente a todos los demás estilos y maneras de cubrir el cuerpo, porque sería afectación, y la afectación, gracias a Dios, no cabe en mí».
-Lo mismo nos dijo un día en el Hospital, cuando los periodistas y otras muchas personas que íbamos a verle, nos permitíamos interrogarle... Palabras textuales: «Vean en mí cuanto quieran, señores míos; pero la afectación, por más que miren, no la verán jamás».
Avisado Nazarín para la cena, ocupó su asiento a la izquierda del buen D. Remigio, después de saludar la Urrea con las fórmulas corrientes de cortesía, sin extremos de urbanidad, sin alegría ni pena de verle. Diríase que su presencia no lo causaba la menor sorpresa, bien porque de nada se sorprendía, bien porque hubiera -231- previsto la visita del protegido a su protectora. Bendijo el cura la cena, y la emprendieron los tres con las sopas de ajo, que eran de mucha fuerza condimentaria, crasas, picantes y espesas. No hablaba Nazarín sino para responder a lo que le preguntaban, y D. Remigio ponía toda la amenidad posible en su palabra fácil. Las sopas precedieron a dos platos substanciosos, de ave el uno, el otro de carnero, todo bien cargadito de especias odoríferas, suculento, muy hecho. El vino sabía horrorosamente a pez. El olor de paja quemada, difundido por toda la vivienda, parecía consubstancial con el de la comida, y a Urrea no le desagradaba sentirlo y mascarlo. No era la casa sola; el pueblo y el país entero despedían aquel olor, que el forastero creía llevar ya dentro de sí.
«Para que el amigo D. Nazario no esté ocioso -dijo entre otras cosas D. Remigio-, le propuse hacerme un extracto del sapientísimo libro del maestro Fray Hernando de Zárate, Discursos de la paciencia cristiana. La obra consta de ocho Libros, cada uno de los cuales contiene lo menos una docena de Discursos, todos sobre el mismo tema. Ha de leérselos de cabo a rabo, anotando el sentido particular y explicaciones de cada uno en sendas cuartillas de papel. Pues tan aplicado le tiene usted, Sr. de Urrea, que en tres días se ha echado al cuerpo unos cuarenta -232- Discursos, y ya le tiene usted en el Libro Cuarto, que trata...».
-«De las razones que tenemos para tener paciencia y consolarnos en los trabajos» -dijo Nazarín sin dar importancia a su tarea-. Es cosa fácil. Pronto concluiremos.
-Y se me figura -apuntó Urrea irónicamente-, que ha de ser sumamente divertido.
-No hay más si no practicar, leyendo y escribiendo- indicó el manchego-, la misma virtud a que el maestro Zárate consagra su gran obra.
-Pero usted no come nada, amigo Nazarín -observó repentinamente D. Remigio-. Siempre lo mismo. Pues dice Láinez que necesita usted comer... de duro, y aplicarse a la carne, principalmente.
-Señor cura -replicó D. Nazario con timidez-, como lo que puedo; no sé pasar de lo que mi naturaleza me pide para sostenerse.
Como Urrea deseaba llevar la conversación al tema más de su gusto, que era su prima y cuanto a ella se refiriese, interrogó a los dos sacerdotes, recreándose anticipadamente con los elogios que esperaba oír de la ilustre señora.
«Yo digo, con plena conciencia -afirmó el párroco de San Agustín-, que no creo exista en el mundo persona de virtud más pura, y de ideas más elevadas. Si por un lado veo en ella -233- una imagen del gran Emperador Carlos V de Alemania y I de España, que después de reinar sobre los pueblos, gustadas hasta la saciedad todas las grandezas humanas, se encierra en monasterio humilde para consagrar a Dios el resto de su vida, por otro encuentro a la señora Condesa de Halma más grande que aquel soberano, pues si los bienes a que renuncia no son de tanta valía, la pobreza y humildad que acepta son más meritorias. La señora Condesa es joven, y consagra a la caridad y a la oración los mejores años de la vida. Y veo otra gran diferencia, a favor de nuestra doña Catalina -añadió con tonillo pedantesco-, y es que el Monarca, dueño de medio mundo, trajo a la soledad de Yuste, según rezan las crónicas, innumerables servidores, cocineros, maestresalas, escuderos y lacayos, y grande repuesto de vituallas, para que no le faltase en su voluntario destierro nada de lo que halaga el gusto de un magnate en la vida palatina. Pues esta señora, que ha venido a Pedralba en carromato, no ha traído más que los indispensables objetos tocantes al aseo y pulcritud de una noble dama, que aun en la penitencia quiere ser limpia, y su séquito es una corte de mendigos, y gente miserable o enferma, a cuyo cuidado piensa consagrarse. ¡Ejemplo único, señores, ejemplo inaudito, y que es la más grande maravilla de estos tiempos -234- de positivismo, de estos tiempos de egoísmo, de estos tiempos de materialismo!».
-Luego -dijo Urrea con entrañable gozo-, convienen ustedes conmigo en que mi prima es una excepción humana, un ser en el cual se revelan los caracteres de la inspiración divina.
-Sí señor, convenimos en ello.
-Y el buen curita peregrino, ¿qué dice?
-¿Qué he de decir yo? -contestó modestamente D. Nazario, no queriendo expresar nada que resultara superior a lo dicho por su generoso compañero-, ¿qué he de decir yo después del panegírico elocuentísimo que acaba de hacer el señor cura? Mi palabra es torpe. Permítanme que diga tan sólo: ¡Bendita sea de Dios eternamente, la grande, la santa Condesa de Halma!
-Amén -dijo D. Remigio entornando los ojos, y acariciando el vaso de vino.
A Urrea le faltaba poco para echarse a llorar.
«Y es decisiva -añadió el cura-, la resolución de la señora Condesa de pasar en Pedralba el resto de sus días. ¡Qué bendición para estos olvidados y pobres lugares! Me ha dicho el otro día que en Pedralba labrará su sepulcro y el de sus compañeros que no la abandonen. ¡Ah!, yo leo en aquella grande alma el amor de Dios en el grado más ardoroso y puro, el amor de la Naturaleza, el amor del prójimo, y veo en el -235- plan de vida de la señora una síntesis admirable de estos tres amores».
-Mi prima ha sufrido mucho -dijo Urrea, a quien el entusiasmo ponía un nudo en la garganta-, ha pasado horrorosas humillaciones y amarguras. Perdió a su esposo, que era su grande amor, el consuelo único de su vida. En Madrid, como en Oriente, la vida no tenía para ella más que espinas, tristezas, dolores. Su familia, sus hermanos, no supieron poner un calmante en las heridas de su alma. La empujaban hacia el ascetismo, hacia el destierro y la soledad. Mi prima empezó por mirar con prevención la vida social, y acabó por detestarla. Todo ese conjunto de artificios que componen la civilización le es odioso. La tierra está para ella vacía: quiere el cielo.
-Y lo tendrá -dijo D. Remigio con tanta seguridad como si se sintiera casero y administrador de los espacios infinitos-. Tendrá el cielo. ¿Pues a quién es el cielo más que para esos seres escogidos, para esas voluntades robustas, para las almas que no saben mirar más que al bien? Según he podido comprender, amigo Urrea la señora Condesa ha roto todo lazo con el mundo, o sea la clase a que pertenece. Y es más: todo afecto mundano ha muerto en ella, para poder ocupar entero el espacio del querer con la adoración ferviente de las cosas divinas.
-236--Así es sin duda -dijo Urrea-, y su sociedad con los pobres, a quienes tratará como iguales, elevándoles un poquito, y rebajándose ella otro tanto, resultará una comunidad dichosa, pacífica, feliz. ¿No piensa lo mismo el buen Nazarín?
-Pienso, Sr. D. José Antonio, que ser el último de los protegidos, o de los asilados, el último de los hijos, si se me permite decirlo así, de la señora Condesa de Halma, constituye la mayor gloria a que puede aspirar un ser humano, sobre todo si es un triste, un solitario, un náufrago de las tempestades del mundo.
Tan contento estaba Urrea, que al concluir la cena les abrazó a los dos. Acostáronse todos, porque había que madrugar. Dicen las crónicas que el huésped no pudo dormir bien; primero, porque las limpias sábanas, impregnadas también del olor de paja, eran algo piconas; segundo, porque sus ideas se le insubordinaron aquella noche, y la admiración del ascetismo de su prima le encendía llamaradas en el cerebro. Más que mujer, Halma era una diosa, un ángel femenino, y al pensarlo así, su ferviente admirador no pasaba porque los ángeles carecieran de sexo: era lo femenino santo, glorioso y paradisiaco. Por entre estas imaginaciones asomaban de vez en cuando la figura austera de Nazarín, semejante a un retrato del Greco, y el vivaracho -237- rostro de D. Juan Eugenio Hartzenbusch, transmutado físicamente en D. Remigio Díaz de la Robla, párroco de San Agustín.
El mismo cura le llamó al amanecer dando golpes en la puerta, y gritándole desde fuera: «Arriba, compañero, que tenemos que decir misa y desayunarnos antes de partir». Levantose el huésped a escape, y cuando llegó a la iglesia, ya había salido al altar D. Remigio. Nazarín oía la misa de rodillas en el presbiterio.
Media hora después, ya estaban todos en la rectoral, desayunándose con chocolate, bizcochos y pan de picos, reforzado por fresquísimo requesón de la Sierra. Varios amigos acudieron a despedirles, entre ellos el médico D. Alberto Láinez, y el alcalde, D. Dámaso Moreno. «Usted, Sr. de Urrea, que sin duda es buen jinete -propuso D. Remigio con extraordinaria movilidad en manos, nariz, ojos y gafas-, irá en el caballo de Láinez, bestia de mucha sangre, aunque segura para quien la sepa manejar; yo voy en mi jaca, que tiene un paso como el de un ángel, y el amigo Nazarín, pues le llevamos, sí señor, le llevamos, oprimirá los lomos de mi modesta burra..., cabalgadura digna de un arzobispo... Con que señores, a montar. Despejen la puerta. Valeriana, que vendremos a cenar».
Partió la caravana, despedida con cordiales saludos por multitud de gente que en la plaza -238- se reunió. Delante iban Urrea y el cura, detrás Nazarín en su rucia, bien albardada y sin estribos. Ambos clérigos vestían, a horcajadas, lo mismo que en el pueblo, sotana, gorro de terciopelo, y balandrán. Regía el madrileño su caballo con gran destreza. D. Remigio no cesaba de recomendar a su jaca la mayor circunspección o tacto de pezuña en el desigual y áspero camino por donde se metieron, a Occidente de San Agustín, y D. Nazario, confiado en el andamento parsimonioso de su borrica, atendía más a la admiración del paisaje de la Sierra, que a conversar con los otros jinetes, de los cuales parecía como escudero o espolique.
De tan diferentes cosas habló D. Remigio, que no es posible recordarlas todas. Hizo observar a su acompañante las hermosuras de la Naturaleza, la ruindad de los caseríos, el descuidado cultivo de las tierras; explicó historias de ruinas y caserones viejos; se lamentó de la falta de caminos; designó el sitio por donde se había trazado un canal de riego, que no se abriría nunca, y estos y otros comentarios del viaje fueron a parar a las quejas de su mala suerte, por haberle tocado empezar su carrera en comarca tan desmedrada y pueblo tan mísero. «Yo me conformo, ya ve usted... Deme el Señor salud para servirle, que lo demás no importa. Sepa usted que, al venir a este curato de -239- San Agustín, me dijeron que por tres meses, y ya van tres años. Prometiéronme pasarme a Buitrago, o Colmenar Viejo, y hasta ahora. No es que yo sea ambicioso; pero, francamente, es uno licenciado en ambos derechos; ama uno el estudio, y la verdad, la vida obscura y ramplona de estos poblachos no estimula al trato de los libros. El tío, que es mejor que el buen pan, me anima, me asegura que no se descuida en recomendarme, y que a la primera ocasión pasaré a un curato de Madrid, ¡ay!, su desiderátum, y el mío. Y no me hablen a mí de otras poblaciones. ¡Mi Madrid de mi alma, donde me crié, donde probé el pan del estudio, y adquirí mis modestas luces! No aspiro yo a tener allí la independencia de un D. Manuel Flórez; sé que tengo que trabajar de firme. Quiero que mi corta inteligencia no sea un campo baldío, como estos barbechos que usted ve por aquí, señor de Urrea; debo cultivarla y coger en ella algún fruto, para ofrecerlo a Dios, que me la ha dado... No me quejaría si no viera ciertas desigualdades. Amigos y compañeros míos, a los cuales no debo mirar, porque no debo, ¡ea!, como superiores en saber religioso ni profano, ocupan plazas en catedrales, o en las parroquias de Madrid... Mi tío me dice: 'No te apures, hijo, y confía en el favor de Dios y de la Santísima Virgen, que ya premiarán con el merecido ascenso tu paciencia -240- y conformidad...'. Claro que me conformo, señor de Urrea, y aun alabo al Señor porque no me da mayores males. Tengo, gracias a Dios, un genio de mucho aguante para desgracias, injusticias y sinsabores. Yo digo: ya me tocará la buena, ¿verdad?, ya me llegará la buena».
Procuraba el forastero refrescarle las esperanzas, asegurando que los méritos de su interlocutor, así morales como intelectuales, saltaban a la vista, y no podían ser desconocidos de los que en Madrid manejan todo este tinglado del personal eclesiástico. Y al decir esto, hizo notar la diferencia entre los gustos y aspiraciones de uno y otro, pues mientras a D. Remigio le atraían los llamados centros de civilización, a él, José Antonio de Urrea, los tales centros se le habían sentado en la boca del estómago, y todo su afán era perderlos de vista. Verdad que entre las circunstancias de uno y otro no había paridad: D. Remigio era un hombre puro y virtuoso, inteligencia llena de frescura, y a los treinta y cinco años apenas había desflorado la vida, mientras que Urrea, a la misma edad, se conceptuaba viejo, y aun por muerto se tendría, si de entre las cenizas de su alma no sintiera que otra alma nueva le brotaba. Con estas y otras pláticas se fue pasando el camino árido, de muy escasos atractivos para el viajero. El terreno era cada vez más quebrado, como de estribaciones -241- de la Sierra, y ostentaba la severa vegetación de encina baja, brezos y tomillares. De pronto señaló D. Remigio un caserío arrimado a unos cerros cubiertos de verdura, y dijo a su compañero: «ahí tiene usted a Pedralba». Pareciole a Urrea encantador el sitio y espléndido el paisaje, mirando más a su interior que al paisaje mismo. Al acercarse vieron tierras de labrantío junto a las casas, que eran tres, destartaladas y grandonas. Picaron las caballerías, y cuando ya se hallaban como a medio kilómetro, empezó Nazarín a dar voces: «Mírenlas, mírenlas: allí están... ya nos han visto!».
-¿Quién, hombre?
-La señora Condesa y Beatriz.
-¿Dónde?... Pero qué vista tiene este hombre.
-Allá... allá... ¿Ven ustedes ese campo de amapolas todo encarnado, todo encarnado? ¿Y más allá, no ven unos olmos? Pues por allí van..., digo, vienen, porque salen a encontrarnos.
-No vemos nada; pero pues usted lo dice...
-Y ahora nos saludan con los pañuelos... Miren, miren.
-242-
Ya cerca de las casas, vieron a las dos mujeres, que avanzaban por entre un campo de cebada. Ambas miraban risueñas, y casi casi burlonas, a los tres caballeros. Cuando Urrea, apeándose ante su prima, le pidió perdón poco menos que de hinojos por su desobediencia, doña Catalina no se mostró muy severa con él, sin duda por no avergonzarle delante de los dos sacerdotes, y de otras personas que allí se reunieron.
«Si ha habido falta, señora Condesa -dijo don Remigio galanamente-, yo intercedo por el culpable y solicito su perdón».
-Ya sabe el pícaro que padrinos le valen -replicó Halma sonriendo, y todos reunidos, después que los jinetes entregaron a Cecilio las caballerías, se encaminaron al castillo, que así en la comarca era llamada la casona, aunque de tal castillo sólo tenía la robustez de sus paredes, y una torre desmochada, en cuyo cuerpo alto, mal cubierto de tejas, había un palomar. Del escudo de los Artales, apenas quedaban vestigios sobre el balcón principal del llamado castillo. La piedra era tan heladiza que sólo se podía ver una garra de dragón, y un pedazo de la leyenda, que decía Semper. Mejor se conservaba la berroqueña de los ángulos y del dobelaje, y -243- el ladrillo revocado de los paramentos no tenía mal aspecto; pero los hierros todos, balcones y rejas, no podían con más orín, por lo que había dispuesto su propietaria reponerlos, mientras un buen maestro de Colmenar preparaba la reparación de toda la fábrica, interior y exteriormente. Veíase ya, frente a la casa, dentro del recinto murado que a la entrada precedía, el montón de cal batida, y maderas para andamios y obra de carpintería. Junto a la torre, se alzaban los descarnados murallones que la tradición designaba como ruinas de un monasterio cisterciense, y que más que edificio destruido, parecían una segunda casa a medio hacer. Respetando los basamentos, y aprovechando el material de lo restante, la Condesa pensaba construir allí su capilla y panteón; con la mayor economía posible. A un tiro de piedra de la casa-castillo, estaban las cuadras, y más abajo, un tercer edificio, habitado por los que llevaron en renta la finca hasta el año anterior. Últimamente, Pedralba estuvo a cargo del administrador de las propiedades de Feramor en Buitrago, don Pascual Díez Amador, el cual dio posesión del castillo y casas y tierras a la señora doña Catalina, el día de su llegada en el carromato, que fue el 22 del mes de Marzo del año de mil ochocientos noventa y tantos.
Era la heredad de Pedralba extensísima; -244- pero no se labraban más que los terrenos próximos a la casa, labor descuidada, somera y primitiva, que daba escaso rendimiento. Lo demás era monte, bien poblado de encinas, enebros, y algunos castaños en la parte alta. Lo más próximo al llano sufrió varias talas, y uno de los renteros propuso al Marqués, años atrás, la roturación. Pero asustaron al propietario los dispendios de la empresa, y quedó en tal estado, ni monte ni labrantío, a trechos pradera desigual, cruzada de viciosos retamares. Dos riquísimas fuentes surtían de cristalinas y puras aguas potables a Pedralba, la una entre la casa-castillo y las cuadras, la segunda, manantial de primer orden, en una encañada a la vera del monte. Árboles de sombra había pocos. Los que puso el último arrendatario se perdieron por incuria. Frutales no existían más que tres en finca tan vasta, un moral inmenso detrás de la torre, el cual cargaba anualmente de dulcísimas moras negras, y dos albérchigos en el sendero que unía las dos casas. Los madroños diseminados en distintos parajes no se contaban, por su silvestre lozanía y lo desabrido del fruto, en el reino propiamente frutal. Tal era Pedralba, finca de primer orden según opinión de D. Pascual Díez Amador, siempre y cuando se tiraran en ella veinte o treinta mil duros.
No eran estos los planes de Catalina, que -245- sólo se propuso sostener la propiedad tal como la encontró, con los mejoramientos que su residencia imponía, y procurarse en ella la vida retirada y humilde que adoptar anhelaba, sin caer en la tentación del negocio agrícola, ni pensar en aumentos de riqueza que habrían desmentido sus ideas y propósitos de modestísima existencia. Lo que le restaba de su legítima, pensaba conservarlo en valores de renta, reservando los dos tercios para sostenimiento de su persona y casa, y de la familia de infelices que en torno de sí había reunido: el otro tercio lo dedicaba a las reparaciones indispensables, a la construcción de la capilla y enterramientos, a plantar una huerta, y, si aún había margen, a mejorar la finca.
Entremos ahora en el castillo, y veamos la mejor pieza de él, que era la cocina, en el piso bajo y al fondo del edificio, a la parte del Norte. Todo era grandioso en aquella pieza, hogar, alacenas, horno, el piso de hormigón muy sólido, el techo alto y la campana bien dispuesta para dar salida a los humos rápidamente. Las otras piezas bajas valían poco; eran estrechas, y sus ventanas, que más parecían troneras, les daban muy tasada la luz. En cambio, las del piso alto teníanla de sobra. Seis o siete estancias existían en él, que bien arregladas habrían podido alojar mucha gente. En dicho piso, al -246- Levante, vivían la Condesa y Beatriz, en aposentos separados y próximos; a la parte de Occidente, el matrimonio Ladislao-Aquilina con sus hijos, y aún quedaban entre estas y las otras viviendas algunas estancias vacías. En la torre, debajo del palomar, tenía su cuarto Nazarín, comunicado con la casa-castillo por estrecho pasadizo. El mueblaje era casi todo del siglo pasado, o del tiempo de Fernando VII, confundido con sillerías modernas de paja, de lo más ordinario, llevadas de Colmenar Viejo. Las cómodas y consolas, las sillas de caoba con respaldo de lira, las camas de pabellones a la griega, las laminotas con marco de ébano y asuntos pastoriles, ofrecían un aspecto sepulcral, lastimoso, como de objetos desenterrados, a los cuales se había limpiado el humus de la fosa, a fuerza de jabón y estropajo.
Doña Catalina y Beatriz vestían exactamente lo mismo, con las ropas de la primera, que habían venido a ser comunes: falda de merino negro, calzado grueso, blusa de percal rayada de negro y blanco, y un mandil de retor. Al adoptar la vida pobre, la señora Condesa no estimó que debía renunciar a sus hábitos de pulcritud; decía que el aseo exterior, por causa de la educación y la costumbre, afectaba al alma, y que la suciedad del cuerpo era pecado tan feo como la de la conciencia. No vacilaba, pues, en -247- aplicar estas ideas a la realidad, manteniendo en su cuarto y persona la misma esmerada limpieza de sus mejores tiempos de vida cortesana. «El aseo -decía-, es a la pureza del alma, lo que el rubor a la vergüenza». No comprendía el ascetismo de otro modo.
Y como nada tiene la fuerza del buen ejemplo, Beatriz, que había llegado a reinar en la intimidad y en el afecto de la Condesa, por feliz concordancia de sentimientos, se asimiló en breve plazo los hábitos de pulcritud de su amiga y señora, y la imitaba sin darse cuenta de ello. Sobre la admirable simpatía, o compatibilidad, que había llegado a borrar entre aquellos dos caracteres la diferencia de clase y educación, hay mucho que hablar: el fenómeno se inició por un irresistible afecto la primera vez que se vieron, cuando doña Catalina, por mediación de su criada Prudencia, fue a socorrer en su pobre domicilio al afinador de pianos. Mientras duró el proceso de Nazarín y consortes, Beatriz vivía con su prima Aquilina Rubio, esposa del mísero D. Ladislao, compartiendo la escasez, ya que no el bienestar, que ninguno tenía. Halma llevó el pan, la vida, la salud, a la triste vivienda de la calle de San Blas, y atraída de aquel espectáculo de pobreza y resignación, añadió al socorro material el consuelo de sus visitas. Habló largamente con Beatriz, -248- admirándose de lo mucho y bueno que esta mujer humilde sabía, tocante a cosas espirituales y de nuestras relaciones con lo invisible y eterno; admiró también su piedad no afectada, la firmeza de sus ideas, y la elocuencia sencilla con que las expresaba. Sentíase la Condesa inferior, por todos aquellos respectos, a la que ya miraba como amiga del alma; aprendió de ella muchas y buenas cosas, enseñándole a su vez otras de un orden social más que religioso, y con este cambio llegaron a encontrarse la una para la otra, y las dos en una, fenómeno raro en estos tiempos, que dan pocos ejemplos de una tan radical aproximación de dos personas de opuesta categoría. Pero de esto hemos de ver mucho en los tiempos que ahora comienzan, porque las llamadas clases rápidamente se descomponen, y la humanidad existe siempre, sacando de la descomposición nuevas y vigorosas vidas.
Ya se comprende que de la intimidad entre Beatriz y Halma nació el vivo interés por Nazarín, y su propósito de llevársele consigo, para intentar su curación, y devolverle sano y útil al poder eclesiástico. Una discrepancia en cierto modo accidental existía entre la dama y la mujer del pueblo, y era que, mientras la Condesa, sin asegurar que Nazarín fuese loco, abrigaba sus dudas sobre punto tan difícil de aclarar, la otra sostenía con sincera conciencia y fe la completa -249- regularidad de las funciones cerebrales de su maestro.
Instaladas en Pedralba, la concordia entre una y otra llegó a ser perfecta. Beatriz observaba delicadamente la distancia social, que la otra con la misma o más sutil delicadeza trataba de acortar. Ambas trabajaban juntas desde el primer día en el arreglo y limpieza del destartalado castillo, o en la resurrección del mueblaje, y a Beatriz no le valió reservar para sí las faenas más duras, porque la otra invadía su terreno, y la igualdad triunfaba gradualmente, por ley de ambos corazones, que sin darse cuenta de ello propendían a lo mismo. Aquilina no había sido aún elevada al grado de comunidad de su prima Beatriz. Era una mujer excelente; pero sin intuición bastante para comprender las ideas de su bienhechora. Manteníase con tenacidad en su puesto inferior, contenta de que su marido y sus hijos tuvieran qué comer. Los primeros días encargáronla de la cocina, ofició muy apropiado a sus aptitudes, y las otras dos pudieron consagrarse descuidadas al fregoteo de muebles viejos, al remendar de colchones y a otros engorrosos menesteres. Luego alternaron en los diferentes oficios, y mientras cocinaba la nazarista, Halma y Aquilina lavaban la ropa en la fuente cercana. El día que precedió a la llegada de Urrea con D. Remigio -250- y Nazarín, Aquilina actuó de cocinera, y la Condesa y Beatriz lavaban en la fuente del monte, repartiéndose las dos por igual la carga de la ropa al ir y volver. Como Beatriz se obstinase en llevarla sola, pretextando ser más fuerte que su compañera, Catalina le dijo: «Te equivocas si crees tener más poder de musculatura que yo. Parezco débil, pero no lo soy, Beatriz, y esta vida ha de robustecerme más. Y sobre todo, no me prives de este gusto de la igualdad. Es el sueño de mi vida desde que perdí a mi esposo, y me sentí igual a todos los desgraciados del mundo. Haz el favor de no llamarme Condesa, ni volver a usar esa palabra estúpidamente vana delante de mí. Arrojé la corona en los empedrados de Madrid cuando salí en el carromato... Las escobas de los barrenderos no la encontrarán, porque fue arrojada con el pensamiento, pues no la tenía en otra forma; pero allá quedó. Llámame Catalina, como me llaman mis hermanos, o Halma, como mi primo. Y no te digo que me tutees, porque parecería afectación, y ya sabes que el maestro te la prohíbe. Pero todo se andará».
La llegada de los tres amigos no debía alterar la marcha de los asuntos domésticos en el -251- castillo, porque, claramente lo decía la Condesa, ya que no ayudaran, no era bien que estorbasen. «Primo mío, supongo que desearás conocer esta gran finca, los estados de Pedralba, donde hacemos vida recogida y modesta, sin pretensiones de ascetismo, mis amigos y yo. Usted también, Sr. D. Remigio, necesita enterarse del terreno que consagro a mi obra. Váyanse, pues, a dar un paseíto, guiados por el bonísimo Nazarín, que lo conoce ya palmo a palmo, mientras nosotras les preparamos de comer. No esperen que salgamos de nuestro pobre régimen. Aquí no hay ni puede haber comilonas, pues aunque yo quisiera darlas, no habría con qué. Comerán de nuestro diario frugalísimo, con el poquitín de exceso que pide la hospitalidad. Con que vean, vean mi ínsula, y tráiganse la salsa que nosotras no podemos hacerles, un buen apetito».
Fuéronse los tres de paseo, conducidos de D. Nazario, que les hizo subir al monte para que vieran los castaños robustos que lo coronaban, al barranco para probar el agua de la rica fuente, y después de brincar y despernarse por lomas y vericuetos, volvieron a casa a las doce, hora invariable de la comida. En una pieza próxima a la cocina, pusieron la mesa, la cual era de una robustez patriarcal, de castaño renegrido y con torcidos herrajes en su armadura. Dos sillas había de la misma casta y edad; las demás -252- variaban entre el estilo Fernando VII, de caoba, y la forma y material llamados de Vitoria. Pero la mayor y más sorprendente variedad estaba en la vajilla y ropa de mesa, pues al lado de vasos de cristal finísimo, se veían otros del vidrio más ordinario, servilletas finas, servilletas bastas, platos de porcelana rica, y otros de cerámica tosca. «Dispensen la diversidad de la loza -les dijo doña Catalina-. En mi comedor reina todavía una confusión de clases estupenda, como en tiempos revolucionarios. Pero esta confusión no es parte para que yo olvide las categorías de los comensales. Para los dos señores sacerdotes lo fino, que ellos mismos irán escogiendo; para ti, José Antonio, y D. Ladislao, el barro plebeyo».
-Pues yo propongo -dijo D. Remigio con buena sombra-, que no establezcamos diferencias humillantes, y que nos repartamos como hermanos, como hijos de Dios, lo malo y lo bueno. Venga ese barro, Sr. de Urrea.
Lo más extraño de aquella singular comida fue que las mujeres no se sentaron a la mesa. Las tres funcionando con igual destreza y alegría, servían a los señores. Luego comían ellas en la cocina. Esta era una costumbre medieval, que Halma no alteraba jamás por consideración alguna. Diéronles una sopa muy substanciosa hecha con hierbas diferentes, patatas picadas -253- muy menudito y golpes de chorizo; luego un plato de carnero bien condimentado, vino en abundancia, postre de requesón de la Sierra, leche con bizcochos de Torrelaguna, y a vivir. Sobria y nutritiva, la comida fue saboreada con delicia por los forasteros, que no cesaron de alabar el buen trato de Pedralba, y la pericia de las tres marmitonas.
Entre la sopa y el carnero llegó inopinadamente D. Pascual Díez Amador, administrador que fue de la finca, y propietario vecino, pues suya es la dehesa extensísima que linda por Poniente con Pedralba. Dos o tres veces por semana visitaba a la Condesa, caballero en su jaca torda, para ver si se le ofrecía algo. Era un hombre mitad paleto, mitad señor, lo primero por el habla ruda, por la camisa sin cuello y el sombrero redondo, lo segundo por las acciones nobles, por el andar grave, que hacía rechinar las espuelas. Una faja encarnada parecía separar el lugareño del hidalgo, o más bien empalmar las dos mitades. Tanto afecto había puesto en doña Catalina, que dispuso que dos de sus guardias jurados estuviesen de punto noche y día en la casa de abajo, para que la señora descansase en la persuasión de una absoluta seguridad. Muchos días caía por allí en su jaca a la hora de comer, otros a cualquier hora, en que también comía. Su cara redonda, episcopal, crasa y mal -254- afeitada, despedía fulgores de patriarcal soberanía, de conformidad con la suerte, sin duda por ser esta de las más próvidas y felices.
«¡Hola, Remigio!... señora doña Catalina..., D. Nazario..., D. Ladislao, aquí estamos todos...».
Los saludos duraron hasta después que el gordinflón paleto-señor tomó asiento sin ceremonia, disponiéndose a comer cuanto le diesen. Porque, eso sí, hombre de mejor diente no lo había en todo el partido judicial, con la particularidad notable de que no sabía ponerse tasa en la bebida.
«¿Sabe usted lo que estábamos hablando, amigo D. Pascual? -dijo el curita de San Agustín-. Que esta es una gran finca, y que es lástima no trabajarla».
-¡Hombre, a quién se lo cuenta! Si estos señores Feramores no tienen perdón de Dios... ¡Menuda brega tuve yo con el Marqués actual y con el otro, para que tiraran aquí veinte o treinta mil durillos! Sí, lo digo: era sembrarlos hoy, para coger el día de mañana, cinco años más o menos, tres o cuatro millones. Y esto sólo con el ganado, que metiéndonos a ponerlo todo de labrantío... ¡Jesús, oro molido...! Es una tierra esta, que no la hay mejor ni donde están las pisadas de la Virgen Santísima, ea.
Don Pascual se incomodaba al tocar este punto, viéndose precisado a sofocar su enojo -255- con copiosas libaciones. Y como siguieran hablando del mismo asunto, concluyó por expresar una idea muy atrevida.
«Yo que la señora Condesa..., digo lo que siento, sin ofender, ea..., pues yo que la señora, me dejaría de capillas y panteones, y de toda esa monserga de poner aquí al modo de un convento para observantes circuspetos y mendicativos, dedicando todo mi capital a...».
-Poco a poco -replicó vivamente D. Remigio-, no paso por eso. Lo espiritual es lo primero.
-¡Potras corvas! ¿Y de qué sirve lo espertual sin lo... sin lo otro?
-Yo que la señora Condesa, persistiría impertérrito en mi grandioso plan... contra el dictamen de los estripaterrones.
-Y yo, contra el ditame de los engarza-rosarios, digo que sí... no, digo que no... que sí.
-Si no sabe usted lo que dice, amigo don Pascual.
-¡Vaya!, paz y concordia entre los príncipes cristianos -dijo doña Catalina risueña-. Por un exceso de consideración a mis huéspedes, me permito el lujo de darles una golosina: café.
Alabado y festejado por todos el obsequio, Amador y D. Remigio lograron encontrar una fórmula de transacción entre sus opuestos pareceres. Al servir el café, doña Catalina pidió -256- perdón por la pobreza y rustiquez de la comida, añadiendo que para otra vez tendrían pan bueno, hecho en casa, y menos desigualdades en vajilla y servicio de mesa.
Mientras las mujeres comían, salieron los hombres al patio, llevando cada uno su silla, y allí platicaron formando dos grupos. D. Remigio y Amador charlaban de los asuntos de Colmenar Viejo, de lo mal mirado que en la cabeza del partido estaba el cura titular, y de los esfuerzos que hacían los caciques para hacerle saltar de allí... Naturalmente, se gestionaría para que ocupase la vacante el curita de San Agustín. A otra parte hablaban Urrea, don Ladislao y Nazarín, preguntando el primero al segundo si seguía cultivando la música en aquel retiro, a lo que contestó el afinador que no le hablaran a él de músicas ni danzas, pues se hallaba tan contento y gozoso en su nueva vida, que había tomado en aborrecimiento todo su pasado musical y cabrerizo. La mejor ópera no valía ya tres pitos para él, y aunque le aseguraran que había de componer una superior a todas las conocidas, no quería volver a Madrid. Salió Nazarín a la defensa de arte tan bello, y le propuso que siguiera cultivándolo allí, pues se compadecía muy bien la música con la vida campestre. Y añadió que él se permitiría aconsejar a la señora Condesa que trajese un órgano, -257- para que D. Ladislao compusiera tocatas campesinas y religiosas, y les deleitara a todos con aquel arte tan puro y que hondamente conmueve el alma.
Con estos y otros paliques, fue llegada la hora de la partida, y Urrea, no cabía en sí de inquietud, por no haber podido hablar a solas con su prima, ni esta decirle que se quedara, como era su deseo. El temor de que contestase con una rotunda negativa a su propósito de permanecer en Pedralba, le sobresaltó de tal modo, que no tuvo ánimos para formularlo. Tristeza infinita cayó sobre su alma cuando Halma le dijo en tono de maestro: «Ahora, José Antonio, te vas por donde has venido, y sin mi permiso no vuelvas acá, ni abandones las ocupaciones a que deberás una independencia honrada». Con tal autoridad pronunció estas palabras, que el calavera arrepentido no tuvo aliento para contradecirlas, y exponer su deseo. Sentíase tan inferior, tan niño, ante la que le gobernaba en sus sentimientos y en su conducta, que no pudo ni pedirle menos severidad, ni explicarse con ella sobre la pesadísima y cruel condena que le imponía. Verdad que estaban delante Nazarín y los forasteros, y no era cosa de hacer ante ellos el colegial mimoso. Faltaban tan sólo minutos para la partida, cuando la Condesa dijo al curita de San Agustín: «Sr. D. Remigio, si usted -258- no se opone a ello, se quedará en el castillo el amigo D. Nazario, porque si es bueno para la salud el ejercicio del entendimiento, no lo es menos el corporal, y conviene que alternen. Ya concluirá más adelante esa gran recopilación de los Discursos de la Paciencia».
-Lo que usted disponga, señora mía, es ley -replicó D. Remigio, ya con el pie en el estribo-. Si nuestro buen Nazarín prefiere quedarse, quédese en buen hora... Que lo diga él.
Con semblante confuso, y casi casi con lágrimas en los ojos, el peregrino respondió: «Yo no determino nada».
-¿Pero usted qué prefiere?
-Pues, la verdad, estimando mucho la hospitalidad del señor cura, y ofreciéndole ponerme a su disposición para terminar aquellos apuntes y cuanto guste mandarme, hoy me quedaría, pues la señora Condesa así lo desea.
-Es que... verá usted, D. Remigio, como tenemos tanta obra en casa, necesito que me ayuden mis buenos amigos. Hay que estar en todo, y cuantos viven aquí han de arrimar el hombro a las dificultades. Mañana pienso probar el horno de pan, y deshacerlo si no nos resulta bien. Con que...
-Que se quede, que se quede. Usted es aquí la santa madre, usted manda, y los hijos..., a obedecer calladitos. Sr. de Urrea, ¿no monta usted?
-259-Lívido y tembloroso, Urrea no acertaba ni a despedirse airosamente de su prima. Era una máquina, no un hombre. Su tristeza le cogía todo el ser como una parálisis, matándole la voluntad. Montó a caballo, y partió con el cura y con Amador, sin saber que existía en el municipio un pueblo llamado, por buen nombre, San Agustín.
Mientras Amador fue en compañía de los dos viajeros, menos mal. D. Remigio charlaba con él de montura a montura, dejando al otro en la libre soledad de sus pensamientos. Pero el bravo paleto se despidió en los Molinos (encrucijada de donde partía el sendero que a sus casas de la Alberca conducía), y ya solos el cura y el primo de la Condesa, desencadenó aquel sobre este todo el torrente de su locuacidad. Difícilmente, apurando sus donaires, logró sacarle del cuerpo alguna que otra palabra, y conociendo al fin que el motivo de su tristeza no era otro que el pronto regreso a San Agustín, quiso consolarle con estas compasivas razones: «Créame, Sr. de Urrea, en Pedralba, a estas horas, estaría usted soberanamente aburrido. ¿Sabe usted lo que hacen allá desde anochecido hasta que cenan? Pues rezar, rezar, y rezar que se las pelan -260- y usted, hombre de piedad muy problemática, cortesano al fin, chapado a la modernísima, huirá del santo rezo como los gatos del agua fría. ¡Si entiendo yo a mi gente... ah!... Verdad que también en San Agustín, en cuanto lleguemos, rezaré yo el rosario con Valeriana y algunas vecinas. Pero usted se puede ir con Láinez al casino, y cenar con él, y volver a mi modesta casa, a la suya, digo, a la hora que le acomode. En Pedralba, con el último bocado de la cena en la boca; se acuestan todos a dormir como unos santos. ¡Bonita noche iba usted a pasar allá! No, señor madrileño, con sus puntas de calavera, y sus ribetes de escéptico materialista, no está usted forjado en estas costumbres entre rústicas y monásticas. ¡El campo! ¡Pues poco que le cansará el campo! Para usted, ponerle de noche en medio de estas soledades, será lo mismo que si a mí me meten de patitas en un salón de baile. ¿Qué haría yo? Salir bufando. Suum cuique, señor de Urrea. Con que, no le pese venir conmigo. En el casino, entiendo que hay billar, tresillo, y se habla de política... lo mismo que en Madrid».
No consiguió el buen curita consolarle, y el alma del calavera arrepentido se ennegrecía más conforme se acercaban a San Agustín. Llegados al pueblo, resistiose a ir al casino. Desde la sala oía el rezo del rosario en el comedor; -261- durante la cena hizo desesperados esfuerzos por aparentar alegría, y se retiró a la alcoba, impregnada del olor de paja. Le dolía la cabeza.
Interminable y tormentosa fue para él la noche; levantose muy temprano, acompañó a la iglesia a su digno amigo y anfitrión, y mientras este se despojaba en la sacristía de las vestiduras sacerdotales, José Antonio puso en práctica la idea concebida entre dolorosas vacilaciones al amanecer, resolución que, una vez compenetrada en su voluntad, adquirió la fuerza de un acto instintivo. Como escolar castigado, que se escapa del colegio, tomó el caminito de Pedralba, a pie, y al perder de vista las casas de San Agustín, sintiose más aliviado de su mortal ansiedad, y con valor para arrostrar lo que por tan atrevido paso le sucediese. Las nueve serían cuando avistó el castillo, y antes de acercarse, exploró las tierras circunstantes, dudando si hacer su entrada por el camino derecho, o por algún atajo. Esto era pueril, y sus vacilaciones, al término del viaje, denunciaban al colegial prófugo. No viendo a nadie por aquellos contornos, anduvo un poco más, y su vista prodigiosa le permitió distinguir desde muy lejos, en una ladera del monte, dos bultos, dos personas. Con un poco más de aproximación pudo reconocer a Nazarín y D. Ladislao, que estaban cortando leña, y allá se fue, rodeando un buen -262- trecho, para que no le viera la gente del castillo. Hablar con Nazarín antes de presentarse a la Condesa, le pareció un trámite muy oportuno, tras del cual ya vio, con fácil optimismo, solución satisfactoria. Al llegar junto a los dos leñadores, Nazarín, que desde lejos le había visto venir, no manifestó sorpresa. Vestía el cura ropas de Cecilio, calzaba gruesos zapatones, y su cabeza descubierta recordaba más al procesado del hospital de Madrid que al sacerdote de la rectoral de San Agustín.
«¡Hola, D. Nazario...!, ¿trabajando, eh?... Aquí me tiene usted otra vez. Pues he venido... ¿Con que cortando leña?».
-Sí señor... Este ejercicio al aire libre me agrada mucho. La señora Condesa está buena, gracias a Dios. Parece que ha venido usted a pie.
-Un paseíto. No estoy cansado.
-Pues no pudimos arreglar el horno: tienen que venir los albañiles. La señora me mandó a paseo, quiero decir, a que me paseara, y aquí estoy ayudando al amigo D. Ladislao.
-Bien, hombre, bien. Pues yo quería... hablar con usted, querido Nazarín -balbució Urrea, abordando el asunto-. Usted es un santo, digan lo que quieran, y me ayudará a obtener el perdón de Halma, por haber vuelto acá sin su permiso.
-La señora es muy indulgente.
-263--Pero mi falta es más grave de lo que parece, porque he venido con propósito firme de quedarme aquí, y no salgo ya de Pedralba si no me sacan descuartizado. Óigame.
-¡Hombre, hombre!... Sr. de Urrea -dijo Nazarín dejando a un lado el hacha, para consagrarse a oír con calma las confidencias del parásito corregido.
-Pues verá usted... Mi prima quiere tenerme en Madrid. Ya está usted al corriente. Yo era un perdido; ella, con su infinita bondad, maestra de la virtud y destructora del pecado, me transformó; hizo de mí otro hombre, hizo de mí un niño; me infundió el miedo del mal, el amor del bien. Yo no me conozco. La tengo por una madre, y la obedezco en cuanto mandarme quiera; pero no puedo obedecerla en una cosa... repito que soy un niño... no puedo obedecerla en la disposición tiránica de vivir en Madrid, porque lejos de ella me asaltan tentaciones, o llámense recuerdos, de mi anterior vida mala, y la corrección que tanto ella como yo deseamos, no se afirma, no puede afirmarse.
-¡Hombre, hombre...!
-Ayer vine con propósito de hablarle de este asunto y pedirle que me dejase aquí; pero no tuve valor para decírselo. ¡Tanta gente delante...! Convénzase usted de que soy un niño, y de que el antiguo desparpajo del calavera se -264- ha convertido en una timidez invencible... Palabra que sí... Pues me dijo que me volviera a San Agustín, y me volví; el caballo me llevó como una maleta, y hoy, sin darme cuenta de ello, movido de una irresistible fuerza, me he venido a Pedralba, me han traído las piernas, que antes se me romperán, en mil pedazos, que volver a llevarme a Madrid. Y yo le pregunto a usted: ¿Se enojará mi prima? ¿Se obstinará en que viva lejos de ella? Porque ha de saber usted que he cometido una falta gravísima, una falta en la cual parecen reverdecer mis mañas antiguas, mi mal corregida perversidad. Verá usted.
-¿A ver, a ver...?
-Pues Halma me arregló en Madrid una pequeña industria para que yo trabajase, y adquiriera, como ella dice, una honrada independencia. Mientras Halma permaneció en Madrid, muy bien: yo trabajaba, y empecé a ganar dinero... Pero se va ella, quiero decir, se viene acá, y adiós hombre, adiós propósitos de enmienda, adiós trabajo y formalidad. Me entró una murria espantosa; yo no vivía, yo no comía, yo no pegaba los ojos. Una mañana..., no se fue un demonio o un ángel quien me tentó. ¿Qué cree usted que hice? Pues en un santiamén vendí todos los trebejos, máquinas, utensilios, papel; realicé, liquidé, y me vine acá.
-Con propósito de no volver a la Villa y -265- Corte. ¡Pobre Sr. de Urrea! Ignoro cómo tomará la señora este arranque. Yo, sin autoridad para juzgarlo, no lo veo con malos ojos.
-¡Porque usted es un santo! -exclamó Urrea con ardor, levantándose del suelo para abrazarle-. Porque usted es un santo, y el ser más hermoso y puro que hay sobre la tierra, después de mi prima; y el que diga que Nazarín está loco, ¡rayo!, el que se atreva a decir delante de mí tal barbaridad...!
-¡Eh... Sr. de Urrea, calma, pues creeremos que el loco es usted...!
-Para concluir, Sr. Nazarín de mi alma, si usted intercede por mí, lo primero que debe decirle, después de darle cuenta de mi última calaverada, el traspaso de los trebejos, es que yo quiero que me admita aquí como a uno de tantos. Quiero ser un pobre recogido, un infeliz hospiciano. ¿Que se necesita hacer vida religiosa?... pues seré tan religioso como el primero. ¿Que se necesita trabajar en estos oficios rudos del campo?, pues José Antonio sera el más activo y el más obediente obrero que ella pueda suponer. Pónganme en el último lugar; aposéntenme en la cuadra que no se crea bastante cómoda para las caballerías; rebájenme todo lo que quieran. ¿Qué piden? ¿Humildad, paciencia, anulación? Pues aquí, bajo su gobierno, sintiendo su autoridad materna y su divina protección, -266- yo seré humilde, sufrido y no tendré voluntad. ¿Que habrá que rezar largas horas? Yo rezaré cuanto ella y usted me enseñen. Las faenas rudas no sólo no me asustan, sino que las deseo, y pienso que han de serme tan útiles para el cuerpo como para el alma... Y diciéndole usted todo esto, Sr. Nazarín, como usted puede y sabe decirlo, yo creo que... ¡Ah!, se me olvidaba una cosa muy importante...
Diciendo esto, echó mano al bolsillo y sacó una carterita. «Aquí está lo que obtuvo de la venta de todo aquel material, y del traspaso de mi negocio. Déselo usted; no vaya a creer que me lo he gastado de mala manera en Madrid».
-No, mejor es que lo guarde para entregárselo usted mismo.
-Pues en broma, en broma, son la friolera de nueve mil y pico de pesetas, con las cuales podríamos hacer aquí algo de lo que ayer indicaba D. Pascual Amador.
Dijo el podríamos con acento de ingenua oficiosidad, que hizo sonreír a Nazarín.
«No sé -replicó este, incorporándose en el suelo-. Tenga usted presente, que al instalarse aquí la señora con nosotros, sus pobres amigos en Dios, sus hijos más bien, ha quebrantado toda relación con el mundo de allá, para emplear su vida en el servicio de Dios, y en actos de caridad sublime. Podría considerar la señora -267- que usted no es enfermo, ni pobre, ni necesitado, y que...».
-Que me admitan en concepto de loco -dijo Urrea interrumpiéndole con viveza.
-¡Oh, no!, para locos, bastante tienen conmigo -replicó D. Nazario, con inflexión humorística, casi casi perceptible.
-Y como pobre, ¿quién lo es más que yo? Y como necesitado de corrección, de atmósfera moral... ¡Por Dios, queridísimo Nazarín, no me quite usted las esperanzas!
-Aquí no se entra sino con el corazón bien dispuesto para la piedad, amigo Urrea, y si la señora dejó en las calles de Madrid, como ella dice, su corona y todos los demás signos del orgullo social, nosotros debemos arrojar en la puerta de Pedralba las pasiones, los deseos desordenados, todo ese fárrago que entorpece la vida del espíritu. Son aquí precisas de todo punto la obediencia a nuestra madre doña Catalina, y un acatamiento incondicional a sus designios.
-Nadie me ganará -afirmó Urrea con emoción-, en venerar y adorar a mi prima, mirándola como lo que Dios nos permite ver de su presencia en esta tierra miserable. Que me admita, y ninguno, ni usted mismo, me aventajará en sumisión, ni en considerar a nuestra maestra y señora como una madre. Si quiere someterme -268- a una prueba de acatamiento, que no me hable, que no me mire, que me dé sus órdenes por conducto de usted o de otro cualquiera, y yo viviré calmado y satisfecho sólo con sentirme cerca de ella, bajo su dulce despotismo. Admirándola, aprenderé el amor de Dios; y su perfección, relativa como humana, me dará el sentimiento de la absoluta perfección divina. Ella será mi iniciación de fe; por ella seré religioso, yo que he sido un descreído y un disipado, y ahora no soy nada, no soy nadie, hombre deshecho, como un edificio al cual se desmontan todas las piedras para volverlas a montar y hacerlo nuevo.
-Bien, señor, bien -indicó Nazarín, impresionado vivamente por esta declaración, y sintiendo una gran simpatía hacia Urrea-. Ya se acerca la hora de comer. Bajaré, y hablaré a la señora. Y otra cosa: ¿usted no come?
-¿Yo qué he de comer? Mientras usted no le hable, yo no bajo al castillo. Cuando vuelva, D. Nazario, tráigame un pedazo de pan.
-Espéreme aquí.
-Y acabaré de partirle aquellos troncos; así voy aprendiendo a aprovechar el tiempo -afirmó Urrea desembarazándose de la americana, y cogiendo el hacha.
-Como usted quiera. Adiós. Ladislao, ya es hora: vamos.
-269-
Con infantil ardor, alentado por las esperanzas que la mediación de Nazarín le infundía, el parásito la emprendió con los troncos; pero al cuarto de hora de estrenarse en el oficio de leñador, tuvo que moderar sus bríos, porque se sofocaba y un sudor copioso brotaba de su frente. Luego volvió a la carga, conteniéndose en la medida de sus naturales fuerzas, y mientras más troncos partía, más vivo era el contento que inundaba su alma. ¡Ah, pues si le fuera permitido meterse de lleno en aquella vida! Aprendería mil cosas gratas, como arar, sembrar, escardar, cuidar aves y brutos, hacerse amigo de la tierra, súbdito del reino vegetal y campestre. Y no se le haría cuesta arriba en tal ambiente la vida religiosa, ascética, privándose de todo regalo y hasta de hablar con gente. No tendría más amigos que los animales, y esclavo del terruño, conservaría libre y gozoso el pensamiento para elevarlo a Dios a todas horas del día. En estas cavilaciones le cogió la vuelta de Nazarín, a eso de la una y media. Cuando le vio venir, con su reposado paso de siempre, sin anticipar con su mirada albricias ni desengaños, el corazón se le saltaba del pecho.
«La señora -manifestó el cura mendigo, -270- cuando estuvo a tiro de palabra-, dice que baje usted a comer».
-Pero...
-Nada, que bajo usted a comer. No me ha dicho nada más.
-¿Sigue usted aquí cortando leña?
-No, hoy es jueves, y toca explicar la Doctrina a los niños. Aquilina les ha dado la lección. Cuando la señora tenga organizada la escuela, todos alternaremos en la enseñanza.
-Hasta eso haría yo, si ella me lo mandara: domar chicos, y meterles en la cabeza el a b c. ¡Quién me lo había de decir...! En fin, voy. ¿Sabe usted que estoy temblando? ¿Y qué tal? ¿Se enfadó al saber...?
-Se mostró más compasiva que enojada.
-Eso ya es buen síntoma. Voy... ¿Y he de ir ahora mismo?
-Ahora mismo, pues, le tienen prepara la comida.
-No tengo apetito... ¿Y de veras no dijo que soy una mala cabeza?... ¡Oh, qué bondad, qué santidad, Dios mío! ¡Ni siquiera recriminarme! ¿Cómo no adorarla lo mismo que al Dios que está en los altares? Nada, verá usted cómo me perdona, y me admite, y... El corazón me dice que sí. Procede como la Divinidad, la cual, según ustedes, concede todo lo que se le pide con fe y compunción. Yo tengo fe en ella, querido -271- Nazarín, y derramado lágrimas del alma sólo por sentirme bajo su divino amparo. Vamos allá, que seguramente usted, que es también santo, habrá intercedido gallardamente por este infeliz. Lo dicho, dicho: el que se atreva a sostener que Nazarín está loco, se verá con José Antonio de Urrea. No lo tolero... mi palabra que no.
-Sea usted juicioso, amigo mío.
-¡Locura la piedad suprema, locura la pasión del bien ajeno, locura el amor a los desvalidos! No, no... Yo sostengo que no, y lo sostendré delante del cura y del juez y del Obispo y del Papa, y del mundo entero.
-No alborotarse, y vaya comprendiendo que en Pedralba no se disputa, ni se sostienen opiniones más que por quien puede y debe hacerlo. Los demás, a obedecer y callar. ¿Usted qué sabe si yo soy loco o soy cuerdo?
-¿Pues no he de saberlo?
-Ea, basta... Vamos pronto, que la señora nos aguarda.
Bajaron, y cuando Urrea entró en la casa y en el comedor, más muerto que vivo, lo primero que le dijo su prima, poniéndole la comida en la mesa, fue: «Pero, hijo, estarás desfallecido. ¿Por qué no bajaste a comer con Nazarín y don Ladislao?».
Echose Urrea de rodillas a sus pies, diciendo con trémula voz que él no probaría bocado -272- mientras no recibiera el perdón que humildemente solicitaba.
«Eres un niño -le dijo Halma-. Come, y después hablaremos... Pero como eres un niño grande, y con resabios mañosos, hay que sentarte un poquito la mano. Come con calma, pobrecito... ¿Tú quieres hierro? Pues hierro. Yo no contaba contigo para esta vida, porque nunca creí que la resistieras. Se hará la prueba con todo el rigor que exige tu pasado y las malas costumbres que todavía conservas».
Comiendo y suspirando, por momentos risueño, por momentos conmovido hasta derramar lágrimas, José Antonio le dijo que por grande que fuera el rigor de la prueba, no lo sería tanto como su energía y tesón para resistirla, y que a todo se hallaba dispuesto con tal de vivir bajo la santa autoridad de Halma. No le arredraban las cuestas por agrias que fuesen. ¿Cuesta religiosa?, pues a ella. ¿Cuesta de trabajos rudos, como de presidiario?, pues a ella.
Como llegara D. Pascual Amador, se habló de otros asuntos. Iba el paleto hidalgo a llevar a la señora unos documentos de la Alcaldía de Colmenar para que los firmara, y se despidió después de tomar un vasito de vino. «D. Pascual -le dijo Halma, entregándole la cartera que poco antes le había dado su primo-. Hágame el favor de guardarme eso. Son...».
-273--Nueve mil seiscientas cincuenta -apuntó Urrea.
-No lo necesitaré -añadió la Condesa-, hasta que emprenda la roturación del prado grande. Porque me decido, Sr. D. Pascual, me decido. Hay que sacar del suelo de Dios todo lo que se pueda. La huerta la empezaremos el lunes, rompiendo la tierra con los brazos que aquí tengo. Mire usted, mire usted qué obrerito se me ha entrado por las puestas...
Celebró mucho Amador los nuevos propósitos de la señora, que concordaban con sus ideas del fomento de Pedralba, y partió a vigilar a los jornaleros que tenía en la Alberca.
«Para hacer boca -dijo Catalina al neófito-, me vais a desescombrar, entre tú y los sobrinos de Cecilio, las ruinas estas, hasta descubrirme el suelo».
-Ahora mismo.
-Ten calma. Esta tarde vas al cuarto bajo de la torre, donde provisionalmente tenemos la escuela, y oirás la explicación de la Doctrina cristiana... Como has estado cortando leña, esta noche tendrás unas agujetas horribles. Descansas, y mañana, a lo que te he dicho, como preparativo para faenas más penosas.
-Para mí no hay nada difícil estando aquí.
-Vivirás en la otra casa, con Cecilio. Esta noche arreglarás tu cama en el pajar, como Dios -274- te dé a entender. ¿No has dormido tú nunca sobre un montón de paja? Yo sí, allá, muy lejos de España..., y en aquellos días de abandono y miseria, me pareció el colmo de la incomodidad y de la humillación. Hoy me sería indiferente.
-Me instalaré muy gustoso en el pajar.
-Esta noche, en la nota de los encargos que ha de traer de Colmenar el tío Valentín, pondremos: un chaquetón de paño pardo para ti, unos zapatos gruesos, de lo más grueso que haya, una faja, una montera... Verás qué elegante estás. Como en tu domicilio no hay espejo, podrás mirarte en el charco de la fuente. Y cuando venga la pareja de bueyes, aprenderás a uncirlos, a manejarlos. ¿Sabes tú lo que es un arado, y el peso que tiene? Pues ya te irás enterando. Comerás con nosotros, pues aquí no debe haber más que una mesa para todos los habitantes de la ínsula. Día llegará en que Cecilio y su gente, y el tío Valentín, comamos reunidos. Mañana, si las agujetas no te estorban mucho, después que hayas tomado el tiento a las piedras de las ruinas, vuelves a partir un poquito de leña... No quiero que estés ocioso ni un momento. La prueba tiene que ser seria, para que yo pueda formar de ti un juicio seguro, y te considere capaz o incapaz de compartir nuestra vida. Pues aguárdate, que luego vendrán los ejercicios religiosos, el madrugar con el alba, las mortificaciones, -275- la asistencia de enfermos... ¡Ah!, todavía no te has hecho cargo de la gravedad de lo que deseas y pides. Tú, hombre de salones, hombre sin principios, inteligencia demasiado sensible a la actualidad, a lo nuevo y reciente, te has dejado influir por esas rachas de ideas que vienen del extranjero, lo mismo que las modas, del vestir, del comer y del andar en coche. Te cogió la ventolera religiosa, que suele soplar de vez en cuando, lanzada por las tempestades que recorren furiosas el mundo, y ya tenemos a Urreíta delirando por lo espiritual, como deliraría por un autor nuevo o por la última forma de sombreros o trajes. Y te vienes acá con una piedad de aficionado, que no es lo que yo quiero, ni nos hace falta ninguna.
-No es eso, no es eso -replicó José Antonio con acento persuasivo-. Yo quiero creer, yo anhelo parecerme a ti, conservando la distancia entre mi monstruosa imperfección y tu...
-Mi aspiración es volver a empezar, más claro, volver a nacer. Me he muerto; resucito hijo tuyo, y esclavo tuyo. Encárgame de los oficios más bajos y humillantes, y en cosas de religión lo más difícil. ¿Asistir enfermos has dicho? Nazarín me enseñará.
-En eso y en otras muchas cosas, buen maestro tuyo y mío puede ser.
-276-En esto pasó Nazarín por delante de la ventana del comedor, cambiadas ya las ropas de leñador por las de cura. Iba al ejercicio de Doctrina, y ya los rumores de algazara infantil anunciaban que la familia menuda se reunía en la sala provisionalmente destinada a escuela.
«Allá voy yo también -dijo Urrea viéndole pasar-. Quiero ser como los pequeñitos. Verdaderamente, ese hombre me parece divino, y por él, por la influencia que sin duda tiene en ti, he conseguido tu perdón. ¿Qué te dijo, qué razones alegó en mi favor?».
-No hizo más que contarme lo que habías hecho.
-¿Y tú...?
-Le pedí su parecer sobre la resolución que debía tomar contigo.
-¿Y él...?
-Me dijo que debía admitirte.
-¡Prima mía -exclamó Urrea con exaltación, braceando por alto-, al que me diga que ese hombre está loco, le mato!... ¡ah, no!
Llevose la mano a la boca como para contener la palabra, y volver a meterla para adentro.
«No, no le mato, dispensa. Pero le... Tampoco... Lo que haré será decir y proclamar, contra la opinión de todo el mundo, que no es demente, que no puede serlo, que el mayor de los -277- contrasentidos sería que lo fuese... Y tú crees lo mismo, Halma, no me lo niegues: tú crees lo mismo».
-¿Tú qué sabes?... Silencio, y a la Doctrina.
-Voy.