-[278]- -[279]-
Durante tres, cinco, diez, no sé cuántos días, corrieron los sucesos mansamente y como por carriles en el castillo de Pedralba, y sus campos y montes circunstantes, notándose en todo, cosas y personas, el impulso que les diera con firme mano la organizadora de aquella singular familia. Pero aún faltaba mucho para que la idea total de la noble señora se viera íntegramente realizada, porque las deficiencias de local no podían remediarse pronto, y en diversos detalles de organización surgían a cada instante obstáculos que sólo la constancia y buena voluntad de todos vencerían al cabo. La roturación de la huerta dio mucho que hacer, por la dureza del terruño y por la dificultad de dotarla de aguas. Como no era fácil ni económico traerla de la fuente por un viaje de arcaduces, se abrió un pozo, en cuya excavación no fue preciso ahondar más que veintitantos pies para encontrar agua abundante. A las dos semanas -280- de empezadas las obras, ya había varios bancales plantados de arvejas, alubias, coles y otras hortalizas de ordinario consumo. Provisionalmente se cercó la huerta con piedras y espinos. La pareja de bueyes no se hizo esperar, y a los tres días de aquellos trajines, ya sabía Urrea manejar a los pacientes animales, como si les hubiera tratado toda la vida. Pronto les tomó cariño, y no habría cambiado su compañía silenciosa por la de amigos de la especie humana, como tantos que había conocido en su primera vida.
Las faenas más rudas no abatían el ánimo del calavera arrepentido: el constante y metódico ejercicio corporal, si al principio le causaba fatiga, no tardó en fortalecerle. La idea de ser hombre nuevo se arraigaba tanto en su conciencia, que creyó haber criado nueva sangre, echado nuevos músculos, y hasta que le habían sacado todos los huesos viejos, para ponérselos flamantes. De su apetito no digamos: no recordaba haberlo tenido igual desde la infancia. Muchos días comía en el monte con el pastor, o con los sobrinos de Cecilio (de quienes se hablará después); y aquella pitanza frugal y sabrosa, que le llevaban en un pucherete Aquilina, Beatriz, o la misma Condesa, le sabía mejor que los más refinados manjares de las mesas cortesanas. Pues cuando improvisaban cena o almuerzo al -281- aire libre, cocinando con escajos y palitroques, sobre un trébede, en la sartén del pastor, unas rústicas migas o cosa tal, el hombre gozaba lo indecible, y daba gracias a Dios por haberle llevado a la vida salvaje. ¡Y luego el sosiego del espíritu, la paz de la conciencia, la seguridad del mañana...! Nada podía compararse a semejantes bienes, nuevos para él. Todo cuanto del mundo conocía, de un orden distinto radicalmente, parecíale una pesada broma del destino. Porque la vida de ciudad, durante los años que a veces sin razón se llaman floridos, de los veinte a los treinta, ¿qué había sido más que suplicio sin término, humillación, ansiedad, y cuanto malo existe? ¡Bendito salvajismo, bendita barbarie, que le permitía lo más elemental, vivir!
Los Borregos, que así nombraban a los dos sobrinos de Cecilio, trabajadores a jornal en la finca, fueron los primeros compañeros vivienda del improvisado salvaje, y no tardaron en ser sus amigos, maestros también en todo aquel rústico manejo. Más bárbaros no los había criado Dios; pero tampoco más sencillotes ni de corazón más noble y sano. Al principio, la epidermis moral de Urrea se lastimaba un poco al rozarse con la corteza dura de aquellos infelices; pero no tardó en criar callo, y si él al contacto se endurecía, los otros indudablemente se suavizaban. Por las noches, al tumbarse sobre -282- la paja rendidos, en el breve rato que al sueño precedía, charlaban los tres, explicándose cada cual según sus luces, y allí vierais confundida la barbarie y la cultura, el fácil discurso y la jerga torpe, la inteligencia y la superstición. El Borrego mayor, chicarrón de veintidós años, despuntaba por su guapeza descocada y algo insolente; no sólo se conceptuaba hombre capaz de medirse en buena lid con el más pintado, sino que en lo tocante al oficio de labrador no daba su brazo a torcer ni a los más peritos. Todo se lo sabía; jactábase de conocer los secretos de la tierra y de la atmósfera. Planta que él hincara en el suelo, de fijo arraigaba y crecía como ninguna. Había inventado sin fin de reglas de fisiología vegetal, de las cuales ni una sola fallaba, según él, en la práctica. Sobre la fecundación, sobre las épocas de siembra y trasplante, y la influencia misteriosa de las fases de la luna en la vida de las plantas, contradecía con el mayor descaro el criterio de los labradores viejos, defendiendo el suyo con arrogante terquedad. A Urrea le encantaba este carácter inflexible, tenaz, basado en un furibundo amor propio. Y más de una vez se preguntó: «En otra esfera, con otra educación, Bartolomé, ¿qué sería?». El segundo Borrego era lo contrario de su hermano, humilde, de voluntad perezosa, que fácilmente se amoldaba a la voluntad ajena, -283- corto de palabras, algo melancólico, curioso y preguntón. Gustaba de que le contaran guerras, aventuras y sucesos extraordinarios, y se enloquecía con las estampas, toda suerte de muñecos pintados, aunque fueran los de las cajas de cerillas, que le parecían tan hermosos como a nosotros los cuadros de Rafael y Velázquez. Y Urrea se decía: «Isidrico en otra esfera y educado como los muchachos finos, ¿qué sería?».
Con estas reflexiones estudiaba José Antonio la Humanidad, al paso que obtenía de la observación de la Naturaleza útiles enseñanzas. En su anterior vida, no se había fijado en multitud de fenómenos que le causaban maravilla. Hasta el cielo estrellado, en noches claras y sin nubes, atraía su atención como cosa nueva y desconocida. Lo había visto, sí, infinitas veces; pero nunca lo había visto tan bien, ni recreádose tanto en su hermosura. Con esto, nuevas ideas iban sustituyendo a las antiguas, que al modo de hoja seca se caían y eran arrebatadas por el viento. Y todo el nuevo retoño cerebral venía fuerte, anunciando una foliación y florescencia vigorosas. Él no cesaba de repetirlo: era como nacer dos veces, la segunda por milagro de Dios, en edad de hombre, conservando el recuerdo de la primera encarnación para poder comparar, y apreciar mejor las ventajas de la segunda.
-284-Pocas veces tenían ocasión de hablarse Halma y su primo en aquellos comienzos de la vida rústica, porque él trabajaba lejos de la casa. Por la noche, después del rosario, o si cenaban en comunidad, la señora le exhortaba en pocas palabras a seguir en aquel ordenado comportamiento. Esto y los saludos de ritual, cuando por acaso se encontraban en el campo, eran su única relación de palabra. Pero en espíritu, Urrea no la separaba de sí: noche y día pensaba en ella, o se la imaginaba, transfigurándola a su antojo. Nada más grato para él que apreciar en los actos y expresiones de sus compañeros el gran respeto que la señora les inspiraba. Y de tal modo en él mismo se había fortalecido aquel respeto, que cuando la veía venir, se turbaba como un chiquillo vergonzoso. Y por mucho que se estimara en su nuevo estado de conciencia, cada día sentía crecer la distancia entre ambos, porque si él se elevaba, ella subía desaforadamente.
No eran pasados quince días de aprendizaje, cuando el novicio recibió por Nazarín órdenes de trasladar su residencia. El buen clérigo peregrino había estado tres días en San Agustín, acabando de extractar el divino libro de la Paciencia, con empleo casi sublime de la suya, y de vuelta a Pedralba, hizo limpieza, sin auxilio de nadie, de los dos aposentos de la torre. Allá -285- se estuvo toda una mañana, blanqueando las paredes, lavando los pisos de baldosín, y extrayendo como podía cuanta mugre había en los rincones. «Aquí estarás mejor que allá -dijo a Urrea por la noche, dándole posesión de su nuevo domicilio, y mostrándole cama limpia y bien mullida, y los muebles de madera relucientes-. Esto, querido Urrea, lo hago por ti, que estás acostumbrado a la primera de las comodidades, que es el aseo. Aquí, la señora nos enseña a ser nuestros propios criados, y yo te doy el ejemplo...».
-¡Vaya un ejemplo! Me lo da usted contrario, haciéndose mi sirviente.
-No, bobito. Lo que yo hago esta semana, lo harás tú la próxima.
Nazarín le tuteaba desde los primeros días, porque era en él añeja costumbre. Poco fuerte en tratamientos, no abandonaba la forma familiar más que ante personas de muchísimo respeto, como la Condesa, D. Remigio y otros tales.
«Bueno -dijo el neófito-, yo no veo aquí más que una cama. ¿Acaso tiene usted la suya en ese mechinal de al lado, junto a la escalera de piedra?».
-Eso que llamas mechinal es un aposento precioso. Pasa y examínalo. Tiene el suficiente espacio para mi lecho, que es esta tarima forradita -286- en una manta... ¿ves? ¡Qué lujo, qué gala!... y como yo, aquí, no he de dar bailes, no necesito cabida. ¿Ves?, echadito en mi tabla, con la cabeza toco en la pared de acá, y aún me falta una tercia para tocar con los pies en la de enfrente. ¡Y si vieras qué abrigado es esto! Lo que tiene es que en obscuridad compite con la boca de un lobo; pero como yo no estoy aquí durante el día, y de noche puedo encender luz, si quiero, me acomodo tan ricamente. En peores alcobas y camas he dormido yo mucho tiempo.
-Ya lo sé. Por eso está usted como está, y le tienen por hombre sin seso. En fin, si ha de haber penitencias y privaciones, dénmelas a mí, y verán qué pronto las acepto.
-¡Penitencias, privaciones! Dios te las irá mandando cuando menos lo pienses. Por el pronto, ¿no dices que te gustaba la holgada libertad del pajar? Pues fastídiate. Ya no vuelves allá. ¡Aquí, en la torre, preso!, aguantando mis sermones, si se me ocurre endilgarte alguno, rezando conmigo, sí señor, todo lo que a mí me dé la gana.
-A eso estamos, padre Nazarín; pero en esta casa de la igualdad debemos alternar en las comodidades, digo, en las mortificaciones. Una noche duermo yo en la cama y usted en la tarima, y a la noche siguiente, cambiamos.
-Eso lo veremos. No hay tanta igualdad como -287- crees, ni debe haberla. Por de pronto, yo estoy por encima de ti en edad, saber y gobierno, y si te mando dormir en cama blanda, tendrá que fastidiarte.
Al volver de cenar en el castillo, y antes de recogerse, charlaron otro poco. «Pepe -le dijo Nazarín, sentándose en su tarima-, ¿sabes una cosa? Después de cenar, mientras saliste a fumar tu cigarrito, la señora me encargó que te advirtiese...».
-¿Qué?
-Nada, no te asustes... ¡Si creerás que es algo de cuidado!... Y si lo es hijo, yo no lo sé... Pues que te advirtiera que si mañana, o pasado, vamos, D. Remigio y el Sr. de Amador te dicen alguna cosa desagradable, algo que te lastime, procures no incomodarte. Tú no has aprendido aún a sofocar la cólera, y en eso has de poner mucho cuidado, José Antonio, porque la cólera es pecado muy feo. Ya sabes que cuantos vivimos aquí hemos de ser sufridos, mansos, y afrontar con semblante sereno la ofensa, el ultraje mismo. Esto tienes que aprenderlo, Pepe, y probar tu paciencia en la práctica, en la realidad. Si no, estás de más en Pedralba.
-¿Pero qué es eso que me van a decir el cura y Amador?, ¡voto al hijo de la Chápira! -gritó Urrea, disparándose.
-Temprano empiezas -dijo Nazarín acercándose -288- al lecho en que el otro acababa de tumbarse-. ¡Pero, hombre, te estoy amonestando...!
-¡A mí!... ¡decirme a mí!... ¿Pero qué?
-¿Lo sé yo acaso, hijo de mi alma?
-¡Oh!, usted lo sabe, padre Nazarín, y si no lo adivina, porque usted lee en el pensamiento de las personas, y penetra las más recónditas intenciones.
-Que lo sé te digo... Cumplo mi encargo, y me callo. La señora me manda advertirte que, oigas lo que oyeres, no te enfurezcas, ni siquiera muestres enfado. Ella lo manda, Pepe.
-Pues si ella lo manda, antes me vea muerto que desobediente... Pero no sé, querido Nazarín, no sé lo que me pasa. Con lo que usted me ha dicho..., siento que mi ser antiguo rebulle y patalea, como si quisiera... ¡Ay!, no se vuelve a nacer, ¿verdad? No muere uno para seguir viviendo en otra forma y ser. Un hombre no puede ser... otro hombre.
-Indudablemente... uno no puede ser otro -dijo el apóstol sonriendo benévolamente-. No canses tu cerebro con sutilezas. Déjalo descansar en el sueño.
-No podré dormir.
-Rezaremos. Te contaré cuentos. Te arrullaré como a los niños.
-Ni aun así dormiré... Mi tristeza, no sé qué punzante inquietud me desvela.
-289--Yo no quiero que estés triste, Pepe. Imítame a mí, que siempre vivo en una alegría templada.
-¡Oh, si pudiera...! Y no es sólo la tristeza. Paréceme que tengo fiebre. Yo voy a caer malo.
-Si caes malo -replicó el curita manchego, clavando en él una mirada penetrante-, yo te cuidaré... y te salvaré de la muerte.
-¡La muerte...! -exclamó Urrea con abatimiento, cerrando los ojos-. ¿Para qué defenderse de ella, cuando es la mejor, la única solución?
-No te cuides tú de tu muerte. Dios se cuidará de eso. Ahora, hijo mío, a dormir.
-A dormir, sí... ¿Usted lo manda?
-Lo deseo...
Callaron, y poco después Urrea dormía, teniendo por guardián vigilante a Nazarín, el cual, sentado junto al lecho, rezaba entre dientes.
Al día siguiente, hallándose el salvaje en la huerta, sintió el trote de un caballo. Creyendo que se aproximaba D. Remigio, miró con sobresalto. Pero no; era Láinez, el médico de San Agustín, que iba dos veces por semana a Pedralba, a celebrar consulta para todos los pobres circunvecinos. Habíale ajustado la señora para este servicio, temporalmente, mientras se -290- arreglaba la instalación de un médico fijo en la casa, para visitar y asistir a los enfermos de todo el término. Se conocían los días de Láinez en que desde el amanecer asomaban por aquellos vericuetos innumerables personas de cara hipócrita, lisiados y cojos, unos con los ojos vendados, otros con la mano en cabestrillo, este llevado en un carro, aquel arrastrándose como podía. La consulta duraba toda la mañana, y por la tarde visitaba el doctor, por encargo expreso de la Condesa, a los enfermos que vivían más próximos.
Saludó Urrea cortésmente al médico cuando a su lado pasó, y estuvo por preguntarle: «¿Tiene usted que decirme algo por encargo de don Remigio?». Pero como Láinez no hizo más que contestar fríamente al saludo, volvió el joven a su trabajo, silencioso y triste: «Vamos a platicar un poquito con la tierra» se decía, moviendo con fuerte brazo la pala o el azadón. Y era verdad que hablaban tierra y hombre, él contándole sus penas, ella diciéndole algo de sus misterios impenetrables. Pero como la tierra es tan discreta, que no revela nada de lo que con ella hablan ni los muertos ni los vivos, ignoro lo que se comunicaron hombre y tierra.
Por la tarde, salieron juntos Láinez y Amador. Urrea les miró alejarse, dejando a las caballerías andar al paso. «De fijo hablan de mí -se -291- dijo, mirándoles de lejos. Era una corazonada, un rasgo de adivinación de los que no fallan, por misteriosa connivencia de los fluidos que al parecer nos rodean. «Hablan de mí -volvió a decir José Antonio-, y hablan mal. Tan cierto es esto como que me alumbra el sol». Y tornó a contarle sus cuitas a la arcilla, teniendo por órgano a la pala, y al revolver los esponjados terrones, y verlos quebrarse al sol, oía de ellos vagorosas respuestas.
Amador y Láinez, alejándose despacito de Pedralba, hablaban del neófito lo que este no podía saber ni aun preguntándoselo al terruño. «Pues verá usted -dijo el paleto hidalgo-, lo que pasó. El señor Marqués de Feramor me mandó a decir con Alonso que si iba por Madrid, no dejase de pasar a verle. Fui el lunes, como usted sabe, y D. Paquito me contó lo escandalizada que está toda la grandeza por haberse colado aquí ese perdido de Urreíta. Allá creen que no viene más que a engañarla, y sacarle el poco dinero que tiene, figurándose religioso contrito, y embaucándola con santiguaciones11, y farsas de vida labradora. Yo creo lo mismo, amigo Láinez, porque el tal está tan arrepentido como mi jaco; es hombre de historia sucia, y el primer trapisonda de Madrid. Aquí nosotros, los buenos amigos de mi señora la Condesa, los que estimamos y conocemos sus -292- inminentes virtudes, debemos abrirle los ojos, para que vea el dragón que se le ha metido en casa...».
-De eso se trata, amigo Amador -dijo el médico, hombrecillo de figura mezquina, con un bigote atusado y gris, que parecía pegado con goma, ojos mortecinos, cara rugosa, cabeza deforme y con poco pelo en el occipucio-. Don Remigio ha recibido cartas de su tío D. Modesto Díaz, y de ello resulta que el tal Urrea es un histrión...
-¿Un qué...?
-Un histrión, que es lo mismo que decir un cómico. Finge sentimientos, estados peculiares del ánimo, hace sus comedias con labia y mímica perfectas, y ahí le tiene usted dando la castaña al lucero del alba... Pues sí señor. No me gustó ese sujeto, la primera vez que le eché la vista encima, y ha seguido... no gustándome. Es uno un poco lince, y ha visto muchas monstruosidades de la materia y del espíritu... Pues verá usted. Hablamos de esto D. Remigio y yo... Naturalmente, Remigio es el más abonado para...
-Para llevar el gato al agua.
-Y llamar la atención de la Condesa sobre el culebrón a que ha dado abrigo en su seno -dijo Láinez, quedando muy satisfecho de la figura-. Anteayer, Remigio soltó las primeras puntadas; pero la señora, según él cuenta, le oyó -293- con disgusto, y tuvo la generosidad, ¡parece increíble!, de asegurar que su primo es un hombre de bien.
-¿Sí?... pues no se libra de un sablazo gordo, o de otra cosa peor... porque ese no es de los que se van sin algo entre las uñas.
-Para mí, ha venido con un fin interesado -dijo el doctor mirando fijamente al otro caballero-, y si me apuran, añadiré que con un fin siniestro...
-¡Hombre, tanto no!
-Se verá... Al tiempo.
Llegados al sitio de separación, se detuvieron para concertar el día y hora en que debían reunirse con D. Remigio para convenir en la forma y manera de ilustrar mancomunadamente a la señora de Pedralba sobre punto tan delicado. Puestos de acuerdo, cada cual siguió su camino.
Y dos días después, hallándose Urrea en el monte, vio venir tres hombres a caballo por el sendero de San Agustín. A pesar de la distancia enorme a la cual se detuvieron, su vista prodigiosa les conoció al instante, y el corazón le dio un tremendo vuelco. Con furia insana descargó tremendos golpes sobre el tronco del árbol que partiendo estaba, y el leño, en el gemido que parecía exhalar al recibir el hachazo, le decía: «Hablan de ti, y hablan mal».
-294-Urrea les miraba, suspendiendo a ratos su tarea para volver a ella con terrible ímpetu muscular, y le decía al tronco: «En tu lugar quisiera coger a los tres». Observó que cerca de la finca, los jinetes se detenían, cual si tuvieran algo importante que discutir y concertar antes de meterse en Pedralba.
Don Remigio, alzándose nervioso sobre los estribos, y tan poseído de su asunto como si en el púlpito estuviera, les dirigió esta retahíla, que más bien arenga o sermón debía llamarse: «Señores y amigos, la cosa es grave, y es nuestro deber acudir prontamente al remedio, auxiliando con desinteresado consejo a la persona que tantos bienes ha traído a esta mísera tierra. Evitemos que las intenciones de la santa Condesa sean defraudadas por un libertino. Si yo le hubiera conocido cuando por primera vez llegó a San Agustín, habríale cortado el paso de Pedralba... ¡Ah, conmigo no se juega! Pero yo estaba en la mayor inocencia respecto a ese caballerete, y le agasajé en mi modesta casa, y le traje aquí. En la misma inocencia candorosa vivían ustedes, mis buenos amigos, hasta que al fin, los tres, por noticias fidedignas, hemos caído a un tiempo de nuestros respectivos burros. Ahora bien...».
-Permítame un momento el señor cura -dijo Amador, acordándose de una idea que debía ser agregada a los autos-. Una palabra nada -295- más: lo que tiene indignado al señor Marqués, a la familia, y a todos los títulos de Madrid, es que, habiéndole dado a doña Catalina su legítima sin merma ni descuento... Porque han de saber ustedes que parte de la tal legítima había sido consumida por la señora allá en tierras del Oriente. Pues bien: el señor Marqués, por darle gusto a D. Manuel Flórez, que era un alma de Dios, no quiso descontar los suplidos, y entregó a su hermana el total de la herencia, o sean cuarenta mil y pico de duros, creyendo que iba a ser empleado en obras de la religión bendita... ¿Qué resultó? Que a los pocos días de entregarle el caudal, este pillo de Urrea le sacó un óbolo de cinco mil duros... Lo que digo, la Condesa es un ángel, y como ángel no debiera andar suelto. Opino yo que los ángeles...
-Ya sabíamos lo de los cinco mil duros -dijo D. Remigio, anhelante de recobrar la palabra-. Lo que ustedes no saben es que poco antes de venir la señora a Pedralba, ese aventurero le proponía una contrata para traer acá las cenizas del Conde de Halma, encargándose él de todo por otros cinco mil pesos.
-Es un punto terrible -indicó Amador-. El Marqués dice, y tiene razón: «doy mis intereses para el cultivo de la fe y el fomento de la caridad, mas no para que un perdido se ría de Dios, de mi hermana y de mí».
-296--Muy bien dicho -prosiguió el cura, cogiendo la palabra con propósito de no soltarla más-. Pues yo, que por añeja costumbre dialéctica, me voy siempre derecho a las causas, y cuando veo un mal, busco el origen para atacarle en él, lo mismo que hace Láinez con las enfermedades, en este caso, advirtiendo que corren sucias las aguas, me voy al manantial, y... en efecto, allí veo... En fin, señores, que todo lo malo que advertimos en Pedralba, proviene de los vicios de origen, de la defectuosa fundación. La idea de la señora Condesa es hermosa, pero no ha sabido implantarla. La primera deficiencia que noto aquí es que no hay cabeza. Y esto no puede ser. Para que la institución marche, y se realice el santo propósito de la Condesa, es preciso que al frente del establecimiento haya un director, y para que tenga mucha autoridad, conviene que el tal director sea un eclesiástico. Declaro que no tendría yo inconveniente en desempeñar la plaza, a pesar del mucho trabajo y responsabilidad que puede traer consigo. Procuraría dar ejecución práctica y visible a las ideas, a los elevados sentimientos de caridad de la santa señora, y, modestia a un lado, creo que no me sería difícil conseguirlo... Redactaría constituciones, en las cuales derechos y deberes estuvieran muy claritos. Marcaría la raya entre lo espiritual, prima -297- facies, y lo temporal, que es lo secundario... Daría denominación al instituto, estableciendo un distintivo, el cual podría ser una cruz o varias cruces, de este u el otro color, que yo llevaría cosidas en mi manteo... y si no yo, quien quiera que aquí mandase con el nombre de Rector, Mampastor, o Guardián... Pero si es mi propósito convencer a nuestra amiga de la necesidad de una dirección, no está bien, ya lo comprenden ustedes, que yo a mí mismo me proponga para ese modesto cargo. Y no es ambición, constante que no es ambición: en último caso sería sacrificio, y de los grandes; pero a esas estamos. De modo que si la señora, por inspiración divina, admite mis razones, y me designa, no tendré más remedio que bajar la cabeza, con beneplácito del señor Obispo, y mientras Su Ilustrísima no creyera conveniente disponer de mi inutilidad para una parroquia de Madrid.
Asistieron los otros dos con monosílabos. La cara de D. Remigio echaba chispas.
«Pues si el señor cura me promete no enfadarse -dijo Láinez después de una pausa, en la cual se aseguró bien de sus ideas-, me permitiré manifestarle que si apruebo lo de la dirección, pues sin dirección, o llámese cabeza, no -298- hay nada, no estoy de acuerdo con que el director sea sacerdote. Que haya un eclesiástico, o dos, o veinticinco, para lo pertinente al gobierno espiritual, muy santo y muy bueno. Pero, o yo no sé lo que me pesco, o la señora Condesa ha querido fundar un instituto higiénico, hablando más propiamente, un sanatorio médico-quirúrgico, con vistas a la religión».
-¡Hombre!
-Déjeme seguir: El socorro de la indigencia, el alivio del dolor humano, la asistencia de los enfermos, la custodia de los locos, la práctica, en fin, de las obras de misericordia, da una, importancia desmedida al elemento médico-quirúrgico-farmacéutico. Yo soy muy práctico, reconozco la importancia del elemento sacerdotal en un organismo de esta clase; es más, creo que el tal elemento es indispensable; pero la dirección, señores, opino, respetando el parecer del señor cura, opino, entiendo yo... que debe ser encomendada a la ciencia.
-¡Hombre, por Dios, no sea usted...!
-Permítame...
-No, si no es eso. Equivoca usted los términos...
-¡Vaya, hombre! Yo concedo...
-¡La ciencia! Medrados estaríamos...
-Yo concedo...
-Distingamos, señores...
-299-Y un rato estuvieron los tres quitándose uno a otro la palabra de la boca, y tiroteándose con pedazos de expresiones.
«Yo concedo -dijo Láinez, consiguiendo al fin acabar una frase-, que la piedad, la fe sean el corazón de este organismo; pero la cabeza no puede ser más que la ciencia».
-¡Potras corvas!, que alguna vez me ha de tocar a mí -gritó Amador furioso, viendo que D. Remigio rompía nuevamente, y que no había manera de atajarle-. ¿Digo yo, o no digo mi parecer? Porque si ustedes se lo parlan todo, ¡caracoles!, estoy aquí de más... Pues entro en el ajo como tercero en discordia, y digo que los señores propinantes barren para dentro, cada cual mirando por su casa y oficio, este para la Iglesia, este para la Facultad. Pues yo digo que ni lo juno ni lo jotro, ¡caracoles!, y que la dirección debe ser administrativa. Porque aquí lo primero es asegurar la olla para todos, y no se asegura la olla sino trabajando la tierra, y sabiendo después cómo se distribuye el fruto entre estas y las otras bocas. Bueno que tengamos el elemento tal..., religión, bueno; el elemento cual..., medicina, bueno. Pero para que estos puedan concordarse y vivir el uno enclavijado en el otro, se necesita del elemento primero, que es el trabajo, el orden, la cuenta y razón, la labranza de la tierra, y esto -300- no puede hacerlo la Iglesia ni la Facultad. ¡Ah!, como ustedes no le saquen su fruto a la tierra, a fuerza de machacar en ella, ¿con qué potras van a sostener la institución?, ¿de dónde van a salir estas misas? En Pedralba, lo primero es poner la finca en condiciones, pues... Hoy da cuatro; debe y puede dar cuarenta, y cuando los dé, vengan pobres, y vengan tullidos, y dementes, y tiñosos, y ciegos, para sanarlos a todos. Lo demás, es andarse por las ramas, y empezar las cosas por el fin. La dirección debe ser agrícola, y administrativa, y aquí no hay más pontífice del campo que este cura, yo mismo, y para concluir, sepan que esos son los deseos del señor Marqués de Feramor, según carta que tengo aquí y que puedo enseñarles.
Callaron un rato el médico y el cura, como agobiados bajo la pesadumbre del último argumento presentado por Amador; pero el ingenioso D. Remigio no tardó en recobrarse, y con nuevos y sutiles razonamientos, pegó la hebra en esta forma: «¡Pero, mi querido Amador, si el señor Marqués, no es quien ha de decidirlo! No niego yo su respetabilidad, ni su autoridad, ni sus excelentes deseos; pero hay que desengañarse, el señor Marqués no toca pito, no puede tocarlo en un asunto que es de exclusiva competencia de su señora hermana».
-Hemos convenido, amigo D. Remigio -301- -dijo Amador-, en que la Condesa es un ángel...
-Un ángel del cielo...
-Los del cielo no sé; pero los de la tierra necesitan curador. Dejemos a la virtuosísima, a la celestial doña Catalina de Halma entregada solita a sus piedades, y a las blanduras de su corazón, y dentro de dos años tendrá la finca embargada.
-Se equivoca usted, Amador. La señora sabe cuidar de sus intereses.
-Pero la señora no labra las tierras, cree que con labrar el cielo basta, y el trigo y la cebada, ¡caracoles!, y los garbanzos y las patatas, no veo yo que nazcan de nubes arriba.
-También arriba nacen, Sr. de Amador, y nuestro Padre celestial, que da ciento por uno, derrama sus dones sobre los que con fervor le adoran.
-Si yo no siembro, nada cogeré, por más que me pase el día y la noche engarzando rosarios y potras. D. Remigio, todo eso del misticismo eclesiástico y de la santísima fe católica, es cosa muy buena, pero hace falta trigo para vivir. Señores, pongámonos en el ajo de lo positivo. Coloquémonos bajo el prisma de que el primero de los dogmas sagrados es la alimentación.
-¡Hombre!...
-La alimentación he dicho, ¡caracoles! Díganme: -302- donde no hay manutención, ¿qué hay?
-No exageremos -replicó Láinez, que un gran trecho había permanecido silencioso-. Concediendo toda la importancia al aspecto administrativo, yo creo que la dirección... no nos apartemos del tema, señores, creo que la dirección no debe ser agrícola ni administrativa. Esto no es una granja.
-Yo digo que sí, una granja hospitalaria y monacal.
-No es eso.
-Y aunque lo fuera -añadió el médico-, la dirección debe correr a cargo de la ciencia, que todo lo abarca, la ciencia, señores, que...
-¡Hombre, no nos dé usted más la tabarra on su cansada ciencia! Porque francamente, si en estas cosas, nos pone usted a la religión bajo la férula de una casquivana como la ciencia, la religión tendrá que inhibirse y decir: «allá vosotros».
-No señor, porque la ciencia...
-En resumen -chilló D. Remigio, algo quemado-, que usted propondrá a la señora que le nombre jefe omnímodo de Pedralba, con poder sobre el director espiritual y sobre todo bicho viviente.
-¡Oh, no vengo yo aquí a trabajar pro domo mea! Pero si doña Catalina de Halma se digna tomar en consideración mi dictamen, y después -303- de establecer la dirección científica, me hace el honor de designarme para ese puesto, no rehusaré, no señor, tendré a mucha gloria el desempeñarlo.
-Pero como la señora no aceptará tal desatino, mi querido Láinez... No se enfade, no quiero ofenderle...
-Paz, señores, paz -dijo Amador notando en Láinez temblores del bigotillo pegado, y en D. Remigio una vertiginosa movilidad de los ojos, las gafas, la nariz, y las manos-, y ya que no nos pongamos de acuerdo, no llevemos a la señora, en vez de consejo sano y prudente, un embrollo de mil demonios.
-Está en lo cierto el amigo Amador -manifestó D. Remigio recobrando su habitual placidez-; la verdad es que hemos olvidado la cuestión concreta, en la cual estamos de acuerdo, para meternos en una cuestión constituyente, que nosotros no hemos de resolver; al menos hasta ahora la ilustre dama no nos ha consultado sobre la manera de organizar el Instituto Pedralbense. ¿Estamos conformes en que debemos aconsejarle la eliminación, no digo la expulsión, la eliminación del acogido D. José Antonio de Urrea?
-Sí -contestaron los otros.
-Pues no hay más que hablar. Yo tomaré la palabra en nombre de los tres.
-304--Convenido.
-Y si en el curso de la conferencia, apunta el otro problema, el magno problema, lo trataremos, lo discutiremos, cada cual dirá su parecer, y allá la señora Condesa que resuelva. Es sensible que sobre el punto grave de la organización no le llevemos una idea unánime. Vean ustedes: ninguno de los tres es ambicioso, y no obstante, lo parecemos. Si cada cual expresara ante la fundadora de Pedralba sus opiniones en la forma que lo hemos hecho por el camino, lejos de ilustrarla, la llenaríamos de confusiones, y turbaríamos la tranquilidad de su grande espíritu. Dejémosla, que ella sola, con la ayuda del Espíritu Santo, sin oír nuestras proposiciones radicales y un tantico interesadas, ha de llegar a la posesión de la verdad. Las dificultades que la práctica le vaya ofreciendo le han de hacer comprender, aunque el Divino Espíritu no le diga nada, la necesidad de una dirección en cabeza masculina, y el carácter que esta dirección debe tener.
Tan acertadas y discretas razones cayeron muy bien en los oídos de los otros dos caballeros, y como ya estaban a poca distancia del castillo, pusieron punto a su conversación, y se aproximaron con semblante risueño, viendo que la misma señora Condesa salía a recibirles afectuosa.
-305-
Por la tarde, Urrea y el mayor de los Borregos estuvieron dando vuelta a la tierra con el arado en una de las piezas de sembradura próximas a la casa. Nazarín y el Borrego chico regaron los plantíos nuevos de la huerta, a mano, con cubos y regadera, y después escardaron los bancales, que con los abundantes riegos de días anteriores, habían formado costra. Silencioso y atento a su trabajo, el clérigo no hablaba con su compañero más que lo preciso. Ladislao había ido a la fuente del monte, a traer la ropa lavada por Aquilina, y los chicos, después de dar la lección con Halma, se fueron a jugar con los nietos de Cecilio en el campo frontero a la casa de abajo. En la cocina se hallaba la Condesa, de mandil al cinto, fregoteando la loza, cuando Beatriz, que arriba trajinaba, bajó a anunciarle la llegada de los tres señores a caballo. «¡Ah!, no les esperaba tan pronto -dijo la dama, preparándose para recibirles decorosamente-. Vienen como en son de capítulo o consejo. ¿No sabes a qué? Luego lo sabrás».
-Me figuro que será para que admitamos a las tres ancianas enfermas de Colmenar, que quieren venir a Pedralba. Yo creo que tendremos local, pasándome yo al cuarto de Aquilina.
-306--No es eso: las tres viejecitas llegarán el lunes. Las acomodaremos como se pueda, hasta que el maestro nos arregle los cuartos del Norte. Nuestros tres amigos vienen a otro asunto, muy delicado, por cierto, del cual me habló anteayer D. Remigio. Quiera Dios iluminarles para que conozcan cuán injusto... En fin, no puedo contártelo ahora; es cosa larga.
Salió la señora al encuentro de los viajeros, y subieron los cuatro a la única habitación de la casa, propia para visitas, y aun para cónclaves tan solemnes como el que aquel día en Pedralba se celebraba, porque tenía dotación de sillas hasta para seis personas, y un sofá de principios de siglo con asientos de crin, que a la legua transcendía a cosa eclesiástica y capitular. Encerrados allí la Condesa y sus tres amigos, discutieron y peroraron todo lo que les dio la gana, sin que fuera de la estancia se sintiese rumor alguno, ni había tampoco por allí oreja humana que lo recogiese. A la hora y media, más bien más que menos, salieron, y se marcharon como habían venido. Nadie supo lo que allí con tanto sigilo se había tratado, ni ninguno de los huéspedes de Pedralba, fuera de Urrea, sentía comezón de curiosidad por aquella desusada reunión. Por la noche, en el rosario y cena, notó el ex-calavera muy encendidos los ojos de su prima. Sin duda había llorado. Concluida la cena, -307- y cuando se despedían para marchar cada cual a su dormitorio, la señora dijo a Urrea: «Poco te ha durado el buen acomodo del cuartito de la torre: tú y el padre tendréis que iros a la casa de abajo, porque necesitamos alojar aquí a tres ancianitas. Se os llevarán las camas allá. Ten paciencia, Pepe. Para eso y para todo te recomiendo la paciencia, sin la cual nada de provecho haríamos aquí».
Y no dijo más, ni él se atrevió a expresar cosa alguna, pues al intentarlo se le ponía un nudo en la garganta. La señora, después de dar a cada cual la orden de trabajo para el día siguiente, se retiró. A Beatriz le tocaba aquella noche la función de conserjería, cerrar puertas y ventanas, apagar fuegos y luces, cuidando de que todos, media hora después de la cena, entrasen en sus respectivos aposentos. Buscándole las vueltas para cogerla sola, Urrea pudo cambiar con ella algunas palabras, cuando atrancaba la puerta del Norte, después de cerrar el gallinero.
«Beatriz, por lo que más quieras en el mundo, dime qué han venido a tratar con mi prima esos tres facinerosos».
-¡Jesús, yo no sé!
-Sí lo sabes. Dímelo por Dios.
-Te has olvidado de una de las principales reglas que nos ha impuesto la señora. Aquí no -308- se permite contar lo que pasa, ni llevar y traer cuentos. Cada cual ocúpese en desempeñar su trabajo, sin cuidarse de lo que digan o hagan los demás.
-Es verdad... Pero como sin duda se trata de alguna conspiración contra mí, tengo que defenderme.
-Yo no sé nada, José Antonio, no me preguntes.
-Pues dime sólo una cosa. ¿Ha llorado mi prima?
-Eso no puedo negártelo, porque bien se le conoce en los ojos.
-¿Y sabes el motivo?
-¡Oh, el motivo!... Que no puede hacer todo el bien que quiere. Su alma tiene grandes alas; pero la jaula es corta... Y no más. Silencio te digo, retírate.
No tuvo más remedio el pobre novicio que meterse en su aposento de la torre, donde encontró a Nazarín de rodillas frente a la imagen del Crucificado. El farolito que alumbraba la estancia estaba en el suelo: iluminadas de abajo arriba las dos figuras vivientes y el estrambótico mueblaje, resultaba todo de un aspecto sepulcral. En el profundo abatimiento de su espíritu, Urrea se creyó en un panteón. Echándose en la cama, como para tomar la postura del sueño eterno, y sin esperar a que el apóstol peregrino -309- acabase su rezo, le dijo: «Padre, ¿se fijó usted en los ojos de mi prima?».
-Sí, hijo mío -replicó el clérigo, siguiendo de hinojos, y moviendo tan sólo la cabeza para mirarle-. La señora Condesa, nuestra reina, nuestra madre, ¡ay!, ha llorado mucho.
-¿Se enteró usted del conciliábulo?
-Sé que llegaron juntos esos tres señores, y estuvieron aquí largo rato. Como no me importa, ni es cosa de mi incumbencia, no tengo más que decir.
-Creo firmemente que se han reunido para expulsarme de aquí, y que obedecen a intrigas de mi primo Feramor. Me lo dice el corazón, me lo dice la tierra cuando la labro, los troncos cuando les pego con el hacha, me lo dicen los bueyes cuando les pongo el yugo. No puede haber equivocación en esto; el vivir en medio de la Naturaleza, rodeado de soledad, le hace a uno adivino.
-Si eso fuera cierto -dijo Nazarín levantándose, y acudiendo a él con ademán afectuoso-, si en efecto, por estas o las otras razones, se te mandara salir de Pedralba...
-Ya sé lo que usted me dirá... que me vaya, es decir... que me muera.
-Estamos aquí para la obediencia, para la resignación, para no tener voluntad propia. Ya me ves a mí: toma mi ejemplo.
-310--¿Pero usted no considera que lanzarme de aquí es ponerme en brazos de la muerte?
-¿Por qué? Dios velará por ti.
-¿Y a dónde voy yo, padre?
-Al mundo, a otra soledad como esta, que encontrarás fácilmente. Búscala, que nada abunda tanto en la tierra como la soledad.
-No, no: yo, fuera de aquí, soy hombre concluido. Halma debe suponer que mi expulsión de Pedralba es mi sentencia de muerte. Dígaselo usted.
-Yo no puedo decir eso a la señora, ni nada. Asilado como tú, la regla me prohíbe hablar al superior, cuando este no me habla. Contesto a lo que me preguntan, y nada más.
-Pues se lo diré yo, le diré que desconfíe de esa gente infame...
-No hables mal, no injuries, no aborrezcas.
-¡Ah! Nazarín es un santo: yo quisiera serlo, pero la maldad antigua, la que existe allá en los sedimentos del corazón no me deja.
-Porque tú quieres. Lucha con tus malas pasiones, pídele a Dios auxilio, y vencerás. Es menos difícil de lo que parece. Si alguien te causa agravios, perdónale; si te injurian, no respondas con otras injurias; si te hieren, resístelo y calla; si te persiguen en una ciudad, huyes a otra; si te expulsan, te vas, y donde quiera que estés, arranca de tu corazón el anhelo de venganza -311- para poner en él el amor de tus enemigos.
-Yo haré todo eso, que es muy hermoso, sí, muy hermoso -dijo Urrea con ligerísima inflexión irónica-; pero antes de adoptar vida tan santa, quiero despedirme del mundo con una satisfacción: le cortaré la cabeza a D. Remigio, que es el alma de este complot indigno.
-Hijo mío, parece que estás loco -díjole Nazarín, posando la palma de su mano sobre la frente ardorosa del calavera reformado-. Pero qué absurdos se te ocurren. ¡Matar!
-¿Pues no me matan a mí?
-Privarte de estar aquí no es darte la muerte.
Me la daré yo si me arrojan.
-Bah, eres un niño; pero yo estoy al cuidado tuyo, y procuraré que no hagas mañas.
-No puedo, no podré vivir fuera de aquí... Cuando salga, o me arrojaré con una piedra al cuello en el primer río por donde pase, o buscaré un abismo bien negro y profundo que quiera recoger mis pobres huesos.
Su pecho se inflaba. Una opresión fortísima en la caja toráxica12 le impedía expulsar todo el aire recogido por sus ávidos pulmones. Se ahogaba; le faltó la voz, y de su garganta salía un gemido angustioso. Al fin, rompió a llorar como un niño.
-312-«Llora, llora todo lo que quieras -le dijo el curita manchego sentándose a su lado-. Eso es bueno. Las penas de la infancia, con el lloro quedan reducidas a nada».
-¡Ah, bendito Nazarín -exclamó Urrea entre sollozos, estrechándole la mano-, soy muy desgraciado! Reconozca usted que no hay infortunio como el mío.
-Pues hijo, de poco te quejas. Tú eras malo, muy malo, tú mismo me lo has dicho. La señora Condesa quiso corregirte, y lo ha conseguido hasta un punto del cual no ha podido pasar. Pero luego viene Dios a completar la obra, te coge por su cuenta, y te manda adversidades y amarguras para que con ellas puedas alcanzar tu completa reforma. Bendice la mano que te hiere, resígnate, anúlate, y sentirás en tu alma un grande alivio.
-No podré... no podré... -replicó José Antonio, afectado de una gran inquietud nerviosa-. Usted, como santo, ve todo eso muy fácil... y naturalmente, por ser usted así, dicen que está loco... No lo está, yo sé que no lo está... pero por eso lo dicen, por no ser usted humano como yo... Fórmeme a su imagen y semejanza, hágame divino, y entonces... ¡ah!, entonces yo también perdonaré las injurias, y bendeciré la mano negra de D. Remigio que me hiere, y la boca sucia de Laínez que me escupe.
-313-Y como si le pincharan, saltó del lecho, gritando: «No puedo, no puedo estar en ese potro... Necesito salir, respirar el aire, ver las estrellas...».
-Salir al campo es imposible: la regla no lo consiente, y además, la puerta está cerrada.
-Pues yo quiero salir, correr... ver el cielo.
-Abriendo la ventana lo verás. Ven: ahí lo tienes. ¡Cuán hermoso esta noche!
Ambos contemplaron un instante el estrellado firmamento, y ante la inmensidad muda, indiferente a nuestras desdichas, Urrea sintió crecer su inmensa pena. Retirándose de la ventana, dijo suspirando: «Padre Nazarín, si usted me quiere, hable de esto con mi prima».
-Yo no puedo hablarte de esto ni de nada. ¿Qué soy yo aquí? Nadie, un triste acogido. Ni tengo autoridad, ni voz, ni opinión, y sólo en caso de que la señora me preguntara, le manifestaría mi humilde parecer. Calificado de demente, me han puesto en esta santa casa al amparo de la sublime caridad de la Condesa de Halma. Figúrate tú si es posible que esta pida consejo a un hombre cuya razón se cree perturbada, y si yo a dárselo me atreviera, figúrate el caso que haría de mí.
-Catalina, como yo, no cree que nuestro querido Nazarín padezca de enajenación. Esas son vulgaridades en que un espíritu superior -314- como el suyo no puede incurrir. Sabe que usted posee la verdad divina, y que su voz es la voz de Dios...
-No digas desatinos, Pepe. Confórmate con lo que el Señor disponga de ti. No luches contra su poder... entrégate.
Urrea se arrojó en una silla, abatiendo sus brazos como un hombre rendido de luchar.
«Aunque usted todo lo sabe y todo lo penetra -dijo después de una larga pausa-, yo necesito confiarle cuanto hay dentro de mí. Más que por deber, lo hago por necesidad, porque el corazón no me cabe en el pecho, porque me ahogo si no le cuento a alguien mi pena, la causa de mi pena, y la imposibilidad del remedio de mi pena».
-Pues sentémonos aquí, y cuéntame todo lo que quieras, que si no tienes sueño, yo tampoco, y así pasaremos la noche.
Tanto y tanto habló Urrea que, al concluir, ya palidecían las estrellas, y se difundía por el cielo la purísima luz del alba.
A las nueve de la mañana, Halma y Beatriz, en un cuarto de los altos, daban las últimas puntadas en las sábanas y colchas para las camas de las viejas que pronto entrarían en la comunidad -315- de Pedralba. Con tiempo por delante, trabajo entre las manos, y sin testigo que las cohibiese, hablaron largamente. «Con que ya ves -decía la Condesa-: cuando yo pensaba que en esta soledad no vendrían a turbarnos las pasiones que hemos dejado allá, resulta que la sociedad por todas partes se filtra; cuando creíamos estar solas con Dios y nuestra conciencia, viene también el mundo, vienen también los intereses mundanos a decir: «Aquí estoy, aquí estamos. Si te vas al desierto, al desierto te seguiremos».
-¡Vaya, que es tecla la de esos señores! -replicó Beatriz-. ¿Qué daño les hace el pobrecito José Antonio?
-Este tumulto ha sido movido por mi hermano y otras personas de la familia, que no ven nunca más que el lado malicioso y grosero de las cosas humanas. Las almas tienen ojos: las hay ciegas, las hay miopes, las hay enfermas de la vista... En casa de mi hermano se reúne gente frívola y vana. Yo les perdono las mil ridiculeces que han dicho de mí; creí que nunca más tendría que pensar an tales malicias ni aun para perdonarlas. A mis hermanos les compadezco por ignorar que no siempre prevalece en las almas la maldad, y que una conciencia dañada puede purificarse. No creen; hablan mucho de Dios, admiran sus obras en la Naturaleza, -316- pero no saben admirarlas ni entenderlas en la conciencia humana. No son malos, pero tampoco son buenos; viven en ese nivel medio moral a que se debe toda la vulgaridad y toda la insulsez de la sociedad presente. A tales personas, hazles comprender que nuestro pobre José Antonio se ha corregido, que no es aquel hombre, sino otro. Semejante prodigio no entra en aquellas cabezas atiborradas de política, de falsa piedad y de una moral compuesta y bonita para uso de las familias elegantes.
Antes de referir lo que dijo Beatriz, conviene manifestar que, habiéndole ordenado una y otra vez la Condesa que la tutease, hizo los imposibles por complacerla, sin poder conseguirlo más que a medias. La obediencia y el respeto en su lengua se tropezaban, dando lugar a fenómenos rarísimos. Cuando estaban las dos en la cocina o lavando ropa, y surgía conversación sobre cualquier asunto doméstico, la mujer de pueblo llamaba de tú sin gran esfuerzo a la señora. Pero cuando se hallaban en el piso alto de la casa, y recaía la conversación en cualquier punto que no fuera del trajín diario, se le resistía el empleo de la forma familiar, vamos, que con toda la voluntad del mundo, no podía, Señor, no podía.
«¡Y por esas cosas perversas que piensan los de Madrid -dijo Beatriz-, tendrá la señora que -317- arrojar de aquí a su primo! ¡Lástima grande, porque el pobrecito cumple bien, y es tan gustoso de esta vida del campo!».
-¡Arrojarle! Nunca he pensado en ello. Sería una crueldad. Le defenderé mientras pueda, y creo que antes se cansarán ellos de atacarle que yo de defenderle. Pero presumo, mi querida Beatriz, que esto negocio de mi primo ha de ocasionarme algún trastorno en mi pobre ínsula, si esos señores insisten en señalarle como un peligro para mí y para Pedralba. Yo desprecio la opinión aviesa y calumniosa; pero tal podrá llegar a ser la que se ha formado en Madrid contra mí por haber admitido aquí al pobre Pepe, que no habrá más remedio que tenerla en cuenta. Podrían sobrevenir sucesos que dieran al traste con nuestro humilde reino, porque las autoridades eclesiásticas me retirarán su protección, dejándome sola, la autoridad civil me mirará también con malos ojos, y ¡adiós Pedralba, adiós nuestra dichosa soledad, adiós nuestros días serenos consagrados a Dios y a los pobres!
-Eso no puede ser -dijo Beatriz muy convencida-. El Señor no lo consentirá.
-El Señor lo consentirá por darme un sufrimiento más, y acabar de probarme. El Señor, que me afligió, cuando a bien lo tuvo, con tantas desdichas, ahora me envía la mayor y más -318- dolorosa, mi honra puesta en duda, Beatriz, y...
-¡Tu honra! -exclamó Beatriz irguiéndose altanera, y por primera vez empleó el tú en un asunto grave-. No, yo digo que eso no puede ser, y si la honra de la mujer más santa que existe en el mundo no brilla como el sol, digo que el Infierno se ha desatado sobre la tierra.
-Calma, calma. El Infierno está donde estaba; las gentes mentirosas y frívolas hacen hoy lo que han hecho siempre, y mi conciencia, traspasada de parte a parte por la mirada de Dios, resplandece gozosa delante de todos los infiernos y de todas las maldades habidas y por haber. Esto digo yo.
-¡Y yo -exclamó Beatriz, presa de una súbita exaltación, levantándose-, digo que tú eres una santa, y que yo te adoro!
Cayó a sus pies, como cuerpo muerto, y se los besó una y otra vez.
«Levántate... déjame... no me gustan esos extremos -dijo Halma-. Óyeme con tranquilidad».
-No puedo, no puedo... ¡La idea de que ultrajan a mi reina y señora me enloquece!
-Ten calma y paciencia. ¿Qué te importa a ti ni a mí que me ultrajen? ¿No nos desagravia Dios al instante, dándonos la alegría del padecer, esa felicidad que ellos no conocen?... Déjame seguir, y que acabe de explicarte la causa de lo turbada que estoy.
-319--Ya escucho -dijo Beatriz sentándose, pero sin atender a la costura.
-Pues reducido el caso de José Antonio a cuestión pura de conciencia, nada temo. Soy inocente, él también, y Dios lo sabe. Desprecio los juicios de la frivolidad humana, y sigo impávida mi camino. Pero como no somos libres, como dependemos de una autoridad, de varias autoridades, si retengo a mi primo en Pedralba, corre peligro nuestra pobre ínsula religiosa, esta ciudad, o más bien aldea de Dios que tanto trabajo me ha costado fundar. Aquí tienes el horroroso conflicto en que me veo. Si Dios no se digna iluminarme, no sé cómo he de resolverlo... Es triste, tristísimo, que para no aparecer como rebelde a la autoridad eclesiástica, tenga que dar el golpe de gracia a un inocente, y apartarlo de esta bendita vida... Nunca será justo ni caritativo que le expulse; pero ¡ay!, habré de exponerle la situación y suplicarle que nos deje.
Callaron ambas, volvieron a funcionar las agujas, y los picotazos de estas y los suspiros de las dos costureras parecían continuar el triste diálogo. Metida en sí misma, la Condesa prosiguió razonando así: «Es triste cosa que no se encuentre la paz ni aun en el desierto. Yo ambicionaba crearme una pequeña sociedad mía, consagrada conmigo al servicio de Dios; yo deseaba -320- decirle a la sociedad grande: «No te quiero, abomino de ti, y me voy a formar, con cuatro piedras y una docena de personas, mi pueblo ideal, con mis leyes y mis usos, todo con independencia de ti...». Pero no puede ser. El organismo total es tan poderoso, que no hay manera de sustraerse a él. La Iglesia, contra la cual no tendré nunca acción ni pensamiento, no me deja mover sin su permiso en este humilde rincón, donde me encierro con mi piedad y el amor de mis semejantes. Para conservarme en la compañía de mis hermanos, de mis hijos, tengo que transigir con las rutinas de fuera, venidas de allá, del enemigo, del mundo. Huyo de él y me acosa, me sigue a mi Tebaida, diciéndome: «Ni en lo más hondo de la tierra te librarás de mí». ¡Dios me dé luces para librarme de ti, sociedad grande! ¡Deme paciencia para sufrirte, si no consiente mi emancipación!».
Una hora más tarde, hallándose la señora en la cocina, proseguía su monólogo, y recobraba lentamente el admirable reposo de su espíritu. «Vaya, que es para tomarlo a risa. Yo creí que mi ínsula, oculta entre estas breñas, viviría pobre y obscura, ni envidiosa ni envidiada. Y ahora resulta que la cercan y la acosan las ambiciones humanas. ¡Pobre ínsula, tan sola, tan retirada, y ya te salen por todas partes Sanchos que quieren ser tus gobernadores! La Iglesia me -321- pide la dirección de esta humilde comunidad; la Ciencia, no queriendo ser menos, también pretende colarse, y por último, solicita dirigirnos y gobernarnos... la Administración. ¿Y qué haré yo ante tan apremiantes intrusos? El Señor me dirá lo que tengo que hacer, el Señor no ha de dejarme indefensa y vacilante en medio de este conflicto. ¡Obediencia, independencia!... ¡Oh, entre vosotras dos, dígame el Señor cómo he de componerme!».
Antes de comer, Beatriz, que en toda la temporada de Madrid, y en los días de Pedralba, no había tenido ni ataques leves de su constitutivo mal espasmódico, creyéndose por tan largo reposo completamente curada, sintió amagos aquel día, sin duda por las emociones violentas de su diálogo con la señora. Procuró esta tranquilizarla, asegurándole que con la ayuda de Dios todo se arreglaría: para que se distrajera, y amansara con un saludable ejercicio los desatados nervios, la mandó a llevar la comida de Urrea y Nazarín al monte, donde ambos trabajaban. Aquilina, que era la designada para esta comisión, se quedó en Pedralba, y Beatriz, con su cesta a la cabeza, se puso en camino, gustosa de tomar el aire y divagar por el campo.
Por la tarde llegó D. Remigio de paseo, el cual se mostró con la señora Condesa más amable que nunca, dándole palmaditas en el hombro, -322- diciéndole que no se apurase por lo que los tres amigos y vecinos le habían manifestado el día anterior; que no procediera con precipitación en el asunto de José Antonio, ni se disgustase por tener que darle la licencia absoluta, pues él, D. Remigio, con toda cautela y habilidad, convidándole para una cacería en Torrelaguna, o pesca en el Jarama, le convencería de la necesidad de presentar su dimisión de asilado pedralbense... Y así se conciliaba todo, evitando a la señora la pena de despedirle... Y tomando resueltamente el tono festivo, dejose caer en el otro asunto. ¡Oh!, lo de la dirección médico-farmacéutica propuesta por Láinez era una graciosísima necedad... ¿Pues y lo de la dirección aratoria y oficinesca, producto del caletre de don Pascual Amador? Ya supuso él que la señora Condesa se desternillaría de risa, en su fuero interno, oyendo tales despropósitos. La dirección religiosa, sobre la base de una perfecta concordancia de ideas y sentimientos entre el Rector y la Fundadora, se caía de su peso, y con tal organismo, no era difícil llevar a Pedralba por caminos gloriosos.
Oyole Halma con benevolencia, sin soltar prenda en asunto tan delicado, y hablaron luego de los trabajos de instalación, de lo que aún no se había hecho, y de lo que se haría pronto para completar y redondear el pensamiento. -323- Todo lo encontró D. Remigio acertadísimo, admirable, superior. Y como la conversación recayese en Nazarín, se acordó de que había recibido una carta para él. «Aquí está -dijo poniéndola en manos de la señora-. Aunque usted y yo estamos autorizados para leerla, se la entrego sin abrir. Trae el sello de Alcalá, y debe de ser de los infelices Ándara y Tinoco (el sacrílego), que ya están purgando sus delitos en aquel penal. Le llaman sin duda, ¡pobrecillos!, y si de mí dependiera, le permitiría que fuese y les consolara, dando vigor y salud a sus desdichadas almas. Pero temo que me venga una ronca del Superior, si ese viaje le consiento, aunque sólo sea por pocos días. Piénselo usted, no obstante, y la señora Condesa toma la iniciativa, y acepta la responsabilidad...».
Negose la dama a resolver sobre aquel punto, y ya que hablaban de Nazarín, ambos le colmaron de elogios. «Es tan humilde -dijo don Remigio-, su comportamiento tan ejemplar, su obediencia tan absoluta, que si de mí dependiera, no tendría inconveniente en darle de alta. ¿Ha notado usted, en el tiempo que aquí lleva, algo por donde se confirme y corrobore la opinión de demente?».
-Nada, Sr. D. Remigio. Sus actos todos, su lenguaje, son de una cordura perfecta.
-¿Ni siquiera un rasgo ligero de trastorno, -324- algo que indique por lo menos la ideación...?
-Absolutamente nada.
-Es particular. Vive como un santo; no ocasiona el menor disgusto, discurre bien cuando se le incita a discurrir, calla cuando debe callar, obedece siempre, trabaja sin descanso, y no obstante... no sé, no sé... Láinez dice que su inteligencia se aplana poco a poco.
-No lo creo yo así.
-La Facultad sabrá lo que afirma. Si ese síntoma crece, llegará a un estado de imbecilidad... Lo dice Láinez... ¿Ha notado usted indicios de aplanamiento cerebral?
-¿Dificultad en coordinar las ideas, lentitud para expresarlas?...
-No señor...
-¿Habla usted con él a menudo?
-Muy poco.
-Pues conviene tantear esa inteligencia, presentándole temas difíciles por vía de ejercicio. Así se verá si hay vigor o flaqueza en sus facultades. Yo empleé este procedimiento no ha mucho con un primo mío, que dio en padecer disturbios de la mente, y el resultado fue desastroso.
-Pues en este caso, me figuro que será lisonjero. Haga usted la prueba.
-325--Que sí, que sí. Mándemele allá mañana.
-Irá; pero... Si usted me lo permite... -dijo la de Halma, súbitamente asaltada de una idea.
-¿Qué?
-Antes de mandarle alla, haré yo un pequeño examen.
-Corriente. Y luego me toca a mí, que he de ser duro, examinador implacable. Mire usted: le propondré, para que me los desarrolle, los puntos más difíciles de las Summas y de las...
-Como no es más que una prueba, pronto se conoce si su inteligencia declina.
-Y aunque declinase un poco, por causa de la edad, de los disgustos, su razón puede conversarse sin ningún extravío, y siendo así, debiera el Superior devolverle las licencias.
-Lo veremos. No digo que no... Señora mía, adiós.
-Don Remigio, muchas gracias por todo. ¿No quiere tomar nada?
-¡Oh, gracias! Fuera de mis horas, ya sabe que no...
-¿Ni chocolate?
-¡Oh!, ¡golosinas de viejos! Señora, somos de la hornada moderna, de la Facultad de Derecho... Adiós, que es tarde. Descansar.
-Hasta cuando usted quiera, señor cura.
-326-
Rezaron, cenaron. Al dar la señora la orden para los trabajos del día siguiente, dijo al buen D. Nazario: «Padre, mañana no va usted al monte, ni al prado, ni a la huerta, ni quiero que ande moviendo piedras, ni cortando troncos».
-¿Pues qué haré, señora?
-Mañana descansa el cuerpo, y trabajará usted con la inteligencia.
-¿Tengo que ir a San Agustín?
-No señor. ¡Buena le espera allá con las Summas...!
-Entonces...
-De nueve a diez, a la hora en que concluyo mis tareas de la mañana, le espero a usted arriba, en el cuarto de la costura, que es por ahora nuestra sala capitular.
-Está bien.
Amaneció Dios, y Nazarín, despachada la obligación de sus oraciones matutinas, se limpió y acicaló muy bien, vistiéndose con las ropas de cura que le había dado D. Remigio. Decía él, distinguiendo cuerdamente entre cosas y cosas, que si en medio del pueblo, y haciendo vida errante, no se cuidaba para nada de la prestancia personal, al presentarse en el aposento de una tan principal y santa señora, llamado expresamente -327- por ella, debía revestirse de la forma más decorosa, sin salir de su habitual sencillez. A las nueve y media en punto, ya se hallaba en el lugar de la cita. Díjole su discípula que se esperase, pues la señora no tardaría en subir, y a los pocos minutos entró doña Catalina. Esta, con gran sorpresa de Beatriz, ordenó a esta que se quedara. Sentáronse los tres. Pansa, y alguna tosecilla. Rompió Halma el silencio diciendo:
«Padre Nazarín, le llamo para que me dé su opinión sobre cosas muy graves que ocurren... no, que amenazan a nuestra pobre Pedralba. Apenas hemos nacido, y ya parece que estamos amenazados de muerte. No encuentro la solución de este conflicto en que me veo; mi inteligencia es muy corta; necesita ayuda, luces de otras inteligencias más claras que la mía. Me hace falta el consejo de usted».
-Honor inmenso es para mí, señora Condesa -replicó el peregrino con voz grave, permaneciendo en una inmovilidad de estatua-. Yo estimo su confianza, y corresponderé a ella, diciéndole lo que tenga por acertado, justo y bueno, conforme a la santa ley de Dios. En este caso, como en todos, de mis labios no sale más que la verdad, la verdad, tal como en mí la siento.
-¿Adivina usted sobre qué quiero consultarle?
-328--Sí señora. No es adivinación. He oído algo.
-Un conflicto tremendo.
-Para mí no lo es.
Tanta seguridad desconcertó a la señora, y francamente, también hubo de inquietarla un poco el que Nazarín, al verse consultado por ella, no rompiese con un exordio de modestia, llamándose indigno, y protestando, como es de rigor en casos tales, de su incapacidad, etc...
«¿Que no es un conflicto tremendo?».
-Digo que no lo tengo yo por tal.
-Y hace dos días que pido en vano al Señor y a la Virgen Santísima que me iluminen para resolverlo.
-Y la han iluminado a usted -dijo D. Nazario, con un aplomo que desconcertó más a la Condesa-. Y le han dicho: «En tu conciencia, en tu corazón, tienes la clave de esto que llamas conflicto y no lo es». ¡Si está resuelto! ¡Si es claro como la luz! Perdóneme usted, señora, si le hablo con una firmeza que podrá creer arrogante y hasta irrespetuosa. Es que cuando creo poseer la verdad en asunto grande o chico, no puedo menos de decirla, para que la oiga y se entere bien aquel que de ella necesita. Si usted no ha visto aún esa verdad, conviene que yo se la ponga delante de los ojos. Ahí va: ¡Expulsar a José Antonio! Nunca. ¡Suplicarle que se retire! Tampoco. Es una crueldad, una flaqueza, -329- un pecado de barbarie casi homicida, que Dios castigará, descargando sobre Pedralba su mano justiciera.
-Si yo no quiero que salga, no, no -dijo Catalina, desconcertada ante la energía que no esperaba sin duda en hombre tan manso.
-Que no salga, no -repitió en voz queda la nazarista, que sentada en una silla baja al otro extremo de la estancia, oía y callaba.
-Bueno: pues no sale -prosiguió Halma-. Verdaderamente, sería injusto. El infeliz se porta bien, es otro hombre. Pero sigo viendo mi conflicto, Sr. D. Nazario, porque al retener a José Antonio, contrarío los deseos de personas respetabilísimas, cuyo enojo podría ser funesto a Pedralba. La benevolencia de esas personas, que casi casi son instituciones para mí, nos es necesaria. Veo difícil que podamos vivir teniéndolas en contra.
-La señora puede llevar adelante su empresa caritativa con respecto a nuestro buen Urrea, sin que las personas que considera como instituciones, tengan que intervenir para nada en los asuntos de Pedralba.
-¿Pero cómo puede ser eso?
-No hay nada más sencillo, y es muy extraño que usted no lo vea.
-Lo que extraño mucho -dijo Halma, inquieta y nerviosa-, es el desahogo con que me -330- niega la existencia del conflicto, sin añadir razones para que yo vea fácil y hacedero lo que hoy tengo por difícil, si no imposible. Espero de usted luces más claras para convencerme de que el Consejo que me da no es una vana fórmula. ¿Cree usted que puedo indisponerme con don Remigio?
-No señora: D. Remigio es nuestro inmediato jefe espiritual, y le debemos acatamiento y sumisión. No diré yo palabra ofensiva contra él, le respeto mucho; estoy bajo su autoridad, que es paternal y dulce. Los demás me importan menos... pero, en fin, a todos les respeto, y cuando he dicho que el conflicto se resolvería fácilmente, no he querido decir que para ello tuviera la señora que malquistarse con tan dignas personas. Al contrario, puede seguir con ellas en relaciones cordialísimas.
-Don Nazario -dijo la Conde, no ya nerviosa, sino sofocada, levantándose-, yo no le entiendo a usted.
Parecía natural que al ver en la gobernadora de Pedralba aquel movimiento de impaciencia, Nazarín se aturrullara, y pidiera perdón dando por terminado el consejo. Levantose también respetuoso, y con muchísima flema, y tocando suavemente el hombro de la Condesa, le dijo: «Tenga usted calma. No hemos concluido».
Pausa. Sentados ambos de nuevo, sonaron -331- otra vez las tosecillas, y Nazarín prosiguió en esta forma: «Estoy seguro, segurísimo de que ha de entenderme pronto. Usted dice para sí: '¿Pero este es el hombre que andaba por los caminos, errante, descalzo, viviendo de limosna, practicando la ley de pobreza dada por Jesucristo? ¿Y es el mismo que ahora se llega a mí, y con dureza me habla, y me dice siéntate, como se lo diría a un chiquillo de nuestra escuela?...'. Pues soy el mismo, señora. De limosna viví, de limosna vivo. Soy como los pájaros que libres cantan, y enjaulados también... El medio en que se vive... y se canta... algo ha de significar. Antes cantaba yo para los pobres, y era como ellos, pobre y humilde; ahora canto para los ricos, y he de hacerlo en tonos diferentes. Pero en este caso, como en el otro, teniendo que decir una verdad que creo útil a las almas, no están de más las formas austeras. Lo mismo hacía entonces: que lo diga esa. Cierto que usted es persona grande y de notoria virtud; pero como ahora se halla en el caso de tomar resoluciones graves, yo, su consejero en este momento, tengo que revestirme de autoridad, de la misma autoridad que hube de emplear ante la pobre mujer ignorante y pecadora».
-Me trata usted, pues -dijo la Condesa, en el colmo de la confusión-, como a pecadora...
-Ya sé que no; ya sé que es usted persona -332- virtuosísima; pero podría dejar de serlo, si con tiempo no determinara variar de ideas sobre puntos muy fundamentales. Necesita usted modificar radicalmente su sistema de practicar la caridad, y su sistema de vida. Si así no lo hiciere, podría perder el reposo, y con el reposo... hasta la misma virtud.
-No le entiendo a usted, no sé lo que quiere decirme -replicó Halma, no ya inquieta, sino acongojada por los estupendos y no esperados conceptos que el mendigo errante se permitía expresar-. Quiere decir tal vez que no he sabido dar a mis proyectos de vida cristiana la forma más aceptable.
-No señora, no ha sabido usted.
-¿Lo dice de veras?
-Como digo que desde hace bastante tiempo la señora vive en una equivocación lastimosa... pero desde hace mucho tiempo. No vaya a creer que me duele pronunciar ante usted la verdad de lo que siento. Al contrario, señora, gozo en manifestarla, y la manifestaría aunque viera que usted no la oía con gusto.
-Le aseguro a usted que, en verdad... no me sabe muy bien lo que me dice... Según eso, el camino que emprendo no es el mejor...
-Es buen camino, y por él se puede llegar a la perfección. Pero usted no llegará, no señora.
-¿Por qué?
-333--Porque no... porque su camino es otro... y ahí está la equivocación. Y yo llego a tiempo para decirle: «Señora Condesa, su camino de usted no es ese, sino aquel».
Perpleja y aturdida, oyó Catalina estas palabras, que a su parecer, en las impresiones de aquel instante, desentonaban horriblemente. Creyó escuchar una voz de muy lejos venida, y Nazarín se desfiguraba en su imaginación, inspirándole miedo. Presumiendo que aún le faltaban por decir cosas más desentonadas y peregrinas, se arrepentía de haberle pedido consejo, y deseaba terminar el capítulo lo más pronto posible. Beatriz, inquieta, no apartaba los ojos de la señora, cuyo azoramiento leía en su expresivo semblante, y no pudiendo dudar de la inteligencia y sinceridad del maestro, esperaba que este explanara sus verdades, para que la ilustre fundadora desarrugase el ceño.
«El camino de la señora Condesa no es este, sino aquel -repitió Nazarín-, y ahora verá qué pronto se lo hago comprender. Lo primero: la idea de dar a Pedralba una organización pública, semejante a la de los institutos religiosos y caritativos que hoy existen, es un grandísimo disparate».
-334--Entonces, ¿qué organización debí dar...?
-Ninguna.
-¡Ninguna! ¿De modo que, según usted, el mejor sistema...?
-Es la negación de todo sistema, en el caso concreto de Pedralba, y de usted.
-¿Y cómo ha de entenderse esa organización... negativa?
-De una manera muy sencilla, y que no es la desorganización ni mucho menos. Lo mismo que usted intenta hacer aquí en servicio de Dios y de la humanidad desvalida, puede hacerlo, y lo hará mejor, estableciéndose en una forma de absoluta libertad, de modo que ni la Iglesia, ni el Estado, ni la familia de Feramor, puedan intervenir en sus asuntos, ni pedirle cuentas de sus acciones.
-Pues si usted me da la clave de esa organización desorganizada y libre -dijo la Condesa irónicamente-, le declararé la primera inteligencia del mundo.
-No soy la primera inteligencia del mundo; pero Dios quiere que en esta ocasión pueda yo manifestar verdades que avasallen y cautiven su grande entendimiento, permitiéndole realizar los fines que se propone. No ha comprendido usted el concepto de libertad que me permití expresarle. Harto sabemos que toda libertad trae aparejada una esclavitud. Ahora es usted esclava -335- de la sociedad. Emancipándose de esta, cambiará la forma de su libertad y también la de su cadena...
-Señor Nazarín -dijo Halma levantándose segunda vez-, o usted se burla de mí, o...
-Déjeme seguir. Tenga paciencia. Hágame el favor de sentarse y de oírme lo que aún me resta por decirle. Después, usted sigue mi consejo, o lo desecha, según su albedrío. ¿En qué estaba usted pensando al constituir en Pedralba un organismo semejante a los organismos sociales que vemos por ahí, desvencijados, máquinas gastadas y viejas que no funcionan bien? ¿A qué conduce eso de que su ínsula sea, no la ínsula de usted, sino una provincia de la ínsula total? Desde el momento en que la señora se pone de acuerdo con las autoridades civil y eclesiástica para la admisión de estos o los otros desvalidos, da derecho a las tales autoridades para que intervengan, vigilen, y pretendan gobernar aquí como en todas partes. En cuanto usted se mueve, viene la Iglesia, y dice: «¡alto!» y viene el intruso Estado, y dice: «¡alto!» Una y otro quieren inspeccionar. La tutela le quitará a usted toda iniciativa. ¡Cuánto más sencillo y más práctico, señora, de mi alma, es que no funde cosa alguna, que prescinda de toda constitución y reglamentos, y se constituya en familia, nada más que en familia, en señora y reina de su casa -336- particular! Dentro de las fronteras de su casa libre, podrá usted amparar a los pobres que quiera, sentarles a su mesa, y proceder como le inspiren su espíritu de caridad y su amor del bien.
La Condesa, al fin, callaba, y oía con profunda atención.
«Y dicha esta verdad -prosiguió Nazarín-, voy a expresar otra, pues no es una sola la que ha de guiar a usted por el buen camino: son dos, o quizás tres, y puesto yo a decirlas, no he de pararme en barras, ni inquietarme porque usted se incomode o no se incomode. Aunque supiera yo que sería despedido de su ínsula, donde estoy muy a gusto, yo no había de callarme las verdades que aún restan por decir. Vamos allá. La señora Condesa es joven, y en su vida relativamente corta, ha padecido más que otros en una vida larga; en breve tiempo soportó, sí, grandes tribulaciones y trabajos. Vio su juventud marchita tempranamente por las desavenencias con su familia; vio morir en lejanas tierras al esposo que adoraba; sufrió después contratiempos, desvíos, amarguras... Su alma, hastiada de las cosas terrenas, volviose a Dios; aspiró a ser suya por entero, entendió que debía consagrar el resto de sus días a la mortificación, al ascetismo, a la caridad... Perfectamente. Todo esto es muy bueno, y yo alabo esas -337- aspiraciones, que demuestran la grandeza de su espíritu. Pero he de decirle sin rebozo que en ellas veo un error grave, señora, porque la santidad con que viene soñando desde que perdió a su esposo, no ha de alcanzarla usted por esos medios. El ardor de vida mística no lo tiene usted más que en su imaginación, y esto no basta, señora Condesa, porque sería usted una mística soñadora o imaginativa, no una santa como pretende, y como todos queremos que sea».
Halma quiso decir algo; pero no pudo: se le trababa la lengua.
«Llegará día, si no toma la señora otro rumbo, en que todo ese misticismo se le convierta en un nido de pasiones, que podrían ser buenas, y también podrían ser malas. Déjese de aspirar a la santidad por ese camino, y apresúrese a seguir el que voy a proponerle. ¿Quién le aconsejó a usted que renunciase a todo afecto mundano, y que se consagrara al afecto ideal, al afecto puro de las cosas divinas? Sin duda fue el benditísimo D. Manuel Flórez, hombre muy bueno, pero que vivía en las rutinas, y andaba siempre por los caminos trillados. El vértigo social, en medio del cual vivió siempre nuestro simpático D. Manuel, no le permitía ver bien las complexiones humanas, ni la fisonomía peculiar de cada alma, ni los caracteres, ni los temperamentos. Yo he tenido la suerte de verlo -338- más claro, aunque tarde, a tiempo, sin duda porque el Señor me iluminó para que sacara a usted del pantano en que se ha metido. No, la vida ascética, solitaria, consagrada a la meditación y a la abstinencia no es para usted. La señora de Pedralba necesita actividad, quehaceres, trabajo, movimiento, afectos, vida humana, en fin, y en ella puede llegar, si no a la perfección, porque la perfección nos está vedada, a una suma tal de méritos y virtudes, que no haya en la tierra quien la supere, y sea usted el recreo del Dios que la ha criado».
Doña Catalina, sofocada, echaba fuego de sus mejillas.
«Nada conseguirá usted por lo espiritual puro; todo lo tendrá usted por lo humano. Y no hay que despreciar lo humano, señora mía, porque despreciaríamos la obra de Dios, que si ha hecho nuestros corazones, también es autor de nuestros nervios y nuestra sangre. Se lo dice a usted un hombre que no conoce ni la adulación ni el miedo. Nada soy, y si alguna vez no fuera órgano de la verdad, de poco valdría mi existencia. A los pobres les digo que sufran y esperen, a los ricos que amparen al pobre, a los malos que vuelvan a Dios por la vía del arrepentimiento, a los buenos que vivan santamente, dentro de las leyes divinas y humanas. Y a usted que es buena, y noble, y virtuosa, le digo -339- que busque la perfección en el espiritualismo solitario, porque no la encontrará, que su vida necesita del apoyo de otra vida para no tambalearse, para andar siempre bien derecha».
Catalina de Halma, al oír aquello del apoyo de otra vida, sintió que se le erizaba el cabello. Nazarín se levantó; ella también, los ojos espantados, el rostro encendido. «Lo que usted quiere decirme -murmuró contrayendo los dedos, cual si quisiera hacer de ellos afilada garra-, lo que usted me propone es... ¡que me case!».
-Sí señora, eso mismo: que se case usted.
Lanzó la Condesa un grito gutural, y llevándose la mano al corazón, como para contener un estallido, cayó al suelo atacada de fieras convulsiones.
Corrió Beatriz en su auxilio, la cogió en brazos. Nazarín la miraba impasible. En su desmayo, entre frases ininteligibles, doña Catalina pronunció con claridad la siguiente: «Está loco, y quiere volverme loca a mí».
Salió Nazarín de la sala capitular, donde Beatriz, con el auxilio de Aquilina que acudió prontamente, trataba de volver a su normal estado a la ilustre señora. Bastó con desabrocharle el justillo y mojarle las sienes con agua fría, -340- para que Halma se restableciera, y quedándose sola otra vez con la nazarista, pasó más de un cuarto de hora sin que ninguna de las dos dijese palabra, ni en pro ni en contra del singularísimo consejo del apóstol mendigo.
Catalina, poseída de una intensa languidez, fue la que primero rompió el grave silencio, con esta pregunta: «Y cuando yo perdí el sentido, ¿no dijo algo más?».
-No señora. Nada más.
-¿No dijo la tercera verdad... que debo casarme con José Antonio?
-No le oí tal cosa.
Quedose Halma como aletargada en el sofá, y cuando Beatriz la creía dormida, he aquí que se incorpora la dama, muy nerviosa, y con gran inquietud de lengua y manos, atropelladamente dice:
«Beatriz, ese hombre es el santo, ese hombre es el justo, el misionero de la verdad, el emisario del Verbo Divino. Su voz me trae la voluntad de Dios, y ante ella me prosterno. Esa idea de que yo me case, me andaba rondando el alma, sin atreverse a entrar en ella, porque yo la tenía ocupada por mil artificios de mi vanidad de santa imaginativa, y de mística visionaria... Me ha dicho la gran verdad, que ha tardado en posesionarse de mi espíritu, entontecido con las ideas rutinarias que estoy metiendo y atarugando -341- en él desde hace algún tiempo. ¿Dónde está tu maestro? Quiero verle. Quiero que me hable otra vez, y que me confirme lo que antes me dijo».
Salieron las dos. «Allá está -indicó Beatriz, después de explorar por una ventana las soledades de Pedralba-. Está paseándose debajo del moral».
Corrieron allá, y arrodillándose ante él, Halma le dijo: «Padre, verdad tan grande y clara jamás oí. Usted me ha revelado a mí misma. Yo era como el gusano que se encierra en el capullo que labra. Usted me ha sacado de mi propia envoltura. Un sentimiento existía en mí, de que apenas yo misma me daba cuenta: tan agazapadito estaba el pobre en un rincón de mi alma. La voz del padrito le ha hecho saltar, y se ha crecido el pícaro en un instante... ¡Oh, qué verdades me ha dicho esa inteligencia soberana! Sola, en vano pediría savia y calor al misticismo. Acompañada, tendré quien me defienda, quien me ayude, seremos dos en uno para proseguir la santa obra. No fundo nada, no quiero comunidad legal constituida con mil formulillas, que serían otras tantas brechas para que se metieran a inspeccionar mis acciones el cura y el médico y el administrador. Mi ínsula no es, no debe ser una institución a imagen y semejanza del Estado. Sea mi ínsula una casa, una familia. Mi -342- marido y yo mandamos y disponemos en ella, con libre voluntad, conforme a la ley de Dios».
-Mírele, mírele -dijo Nazarín señalando a un punto lejano, en que se veía una pareja de bueyes, y un gañán tras ella-. Allí está el hombre, el corazón grande y hermoso, el ser que usted, con su caridad, mal comprendida por el bendito Flórez, y renegada por su hermano, sacó de la miseria y de la abyección. Le he sondeado. He visto su alma delante de mí, clara y patente. Es un buen hombre, y será un excelente señor de Pedralba.
-Y le bendeciremos a usted, padre, el santo, el justo, el que todo lo ve y todo lo descubre.
-No soy nada de eso -replicó el curita manchego, resistiéndose a que Halma le besase las manos, y obligándola a levantarse-. ¡La señora de rodillas ante mí! ¡No faltaba más! Yo no soy ni santo ni justo, señora mía, sino un pobre hombre que, por favor de Dios, ha sabido ver lo que nadie había visto, que la señora de Pedralba quiere a su primo, que le quiere con amor, quizás desde que se llegó a ella, hecho un perdido, con ánimo de pedirle una limosna.
-Es verdad, es verdad... ¡Y yo pensé alejarle de mí! ¡Qué desvarío! Llegué a creer que la sequedad del alma era el primer peldaño para subir a esas santidades que soñé... Estaba yo con mi santidad como chiquilla con zapatos nuevos. -343- ¡Y el pobre José Antonio abrasado en un afecto hacia mí, que yo interpretaba como agradecimiento muy vivo! Ya sospechaba yo que sería algo más; pero tal era mi torpeza que, al ver aquel sentimiento, le echaba tierra encima, todo el material inerte que sacaba del hoyo místico en que enterrarme quería.
-Y ahora, señora Condesa, ahora que las grandes verdades han salido, con la ayuda de la luz de Dios, de la obscuridad en que se escondían, váyase a la casa, dedíquese a sus ocupaciones habituales, y déjeme a mí el cuidado de informar a Urrea de esta felicidad, pues si no se la comunico con arte gradual, podría ser que el gozo repentino le produjera conmoción demasiado fuerte y peligrosa.
No tardó Halma en obedecerle, y allá se fue con Beatriz a sus trajines domésticos, que aquel día le parecieron más gratos que nunca. Y el manchego tomó pasito a paso el sendero que conducía a la tierra que el noble Urrea estaba labrando. Hízole el bravo gañán, al verle llegar, un gallardo saludo, levantando repetidas veces la ahijada, y cuando le tuvo a tiro de palabra, no se atrevió a preguntarle, tal miedo tenía, lo que con tanto ardor anhelaba saber. Parados los bueyes, Urrea se quedó como una estatua. Los pies en el barro, la mano izquierda en la esteva, empuñando con la derecha la ahijada, -344- era una hermosa representación de la Agricultura, labrada en terracotta.
«Hijo mío -le dijo Nazarín-, no sé si las noticias que te traigo serán satisfactorias para ti. No te alegres antes de tiempo».
José Antonio palideció.
«Hijo mío, si no fueras tan bruto, comprenderías que las noticias que te traigo son medianas, tirando a buenas».
El rostro del gañán se enrojeció.
«La señora Condesa no quiere que te vayas de Pedralba. Pero...».
-¿Pero qué?
-Pero... ello es que no encontraba la manera de retenerte. Al fin, yo le he dado una formulilla o receta para resolver el conflicto, y evitar las intrusiones probables de D. Remigio, de Láinez y Amador. Se cambiará radicalmente el régimen de Pedralba. ¿Te vas enterando?
-No entiendo nada.
-Porque eres muy torpe. Nada, hijo, que he convencido a la señora Condesa... ¿te lo digo?, de que debe rematar la gran obra de tu corrección, ¿te lo digo?... haciéndote tu esposo. ¿No lo crees?
Urrea blandió la ahijada, y tal movimiento le imprimió en la convulsión de su gozosa sorpresa, que Nazarín hubiera podido creer que le atravesaba de parte a parte.
-345-«Calma hijo, no hagas locuras. Las cosas van por donde deben ir. Da gracias a Dios por haber iluminado a tu prima. Al fin comprende que debe llevarse la corriente de la vida por su cauce natural. Su determinación resuelve de un modo naturalísimo todas las dificultades que en el gobierno de esta ínsula surgieron. Los señores de Pedralba no fundan nada; viven en su casa y hacen todo el bien que pueden. ¡Ya ves cuán fácil y sencillo! Para discurrir esto no se necesita la intervención del Espíritu Santo. Y sin embargo, la gran inteligencia de la señora Condesa de Halma, deslumbrada por sus propios resplandores, no veía esta verdad elemental. Dios ha querido que yo, un pobre clérigo vagabundo, predique el sentido común a los entendimientos atrevidos, a las almas demasiado ambiciosas».
José Antonio dio un abrazo a Nazarín, y no pudo expresar su alegría sino con frases entrecortadas: «Yo también, yo también... vi claro... no podía decirlo... a mí propio no decírmelo... Temía disparate... ¡Y no lo era, Cristo, no lo era! La suma ciencia parece locura; la verdad de Dios... sinrazón de los hombres».
-Ahora, hijo mío, continúa en tu trabajito, como si nada hubiera pasado. Sigue arando, arando, que esto entretiene, y al propio tiempo que abres la tierra, das gracias a Dios por la -346- merced que acaba de hacerte. Este bien tan grande y hermoso no lo mereces tú.
-No lo merezco, no -dijo Urrea con emoción-. Mucho he padecido en este mundo. Pero aunque mis tormentos hubieran sido un millón de veces mayores, no está en la proporción de ellos esta inmensa alegría.
-Trabaja, hijo, trabaja. Y otra cosa te encargo. No vayas al castillo hasta la noche... porque supongo que te traerán aquí la comida.
-Así lo creo.
-No muestres impaciencia, no te descompongas, ni cuando veas a tu prima esta noche, a la hora de la cena, hagas figuras ni desplantes. Tú... calladito hasta que ella te hable. Y cuando se digne exponerte su pensamiento, tú le das las gracias en forma reposada y noble, prometiendo consagrarle tu vida y tu ser todo, y haciéndole ver que no te crees merecedor de la inaudita felicidad que te depara... Anda, hijo, a tus bueyes, y hasta la noche... Con ese surco escribes en la tierra tu gratitud. Ama la tierra, que a todos nos da sustento, y nos enseña tantas cosas, entre ellas una muy difícil de aprender. ¿A que no sabes lo que es? Esperar, hijo, esperar. La tierra guarda la sazón de las cosas, y nos la da... cuando debe dárnosla.
-347-
Lo que platicaron aquella noche, después de cenar, la gobernadora de la ínsula y el futuro señor de Pedralba, no consta en los papeles del archivo nazarista de donde todos los materiales para componer la presente historia han sido escrupulosamente sacados. Sin duda, después de dar cuenta de la grave resolución matrimonial de la santa Condesa, no creyeron los cronistas del nazarismo que debían extenderse a mayores desarrollos historiales de tan considerable suceso, o conceptuaron vacías de todo interés religioso y social las sentidas palabras con que aquellas dos personas hicieron confirmación solemne de su propósito matrimoñesco. Lo único que se encuentra pertinente al caso es la noticia de que José Antonio de Urrea se preparó aquella misma noche para partir a Madrid a la mañana siguiente. Y otro papel nazarista corrobora que, en efecto, partió a caballo al romper el día, y que Halma salió a despedirle, y a desearle un buen viaje, agregando algunas advertencias que se le habían olvidado en su coloquio de la noche anterior. Es un hecho incontrovertible, del cual darán fe, si preciso fuere, testigos presenciales, que ya montado en la jaca el presunto gobernador de la ínsula, y cuando estrechaba -348- la mano de la Condesa, pronunció estas palabras: «No llevo más que un resquemor: que nuestro D. Remigio, que de seguro tocará el cielo con las manos al ver que no lo cae la breva de la Rectoría de Pedralba, ha de fastidiarnos con dilaciones, y quizás con entorpecimientos graves. No he cesado de cavilar sobre ello esta noche, y al fin, querida prima, lo que saco en limpio es que necesitamos comprar su voluntad».
-¡Comprarle...!, ¡cómo...! ¿Qué quieres decir?
-Ya verás. No me vengo de Madrid sin traerme su nombramiento para una de las parroquias de allá. Es su sueño, su ambición, y si yo logro satisfacerla, el hombre es nuestro ahora y siempre. He pensado que nadie puede ayudarme en esta pretensión como Severiano Rodríguez, el cual es, ya lo sabes, íntimo amigo del Obispo. Y como Severiano y tu hermano Feramor tuvieron una formidable agarrada en el Senado, y ahora están a matar, espero que me apoye con interés, con ardor de sectario. Basta para ello hacerle comprender que el parlamentario y economista inglés ha de ver con malos ojos lo que a nosotros nos agrada y favorece. Créelo, araré la tierra de allá, como he arado la de aquí, por ganarnos la benevolencia del curita de San Agustín, que es quien ha de echarnos las bendiciones. Déjame a mí, que ya -349- sabré arreglarlo..., mi palabra. Ya me río al pensar en el tumulto que ha de armarse cuando yo suelte la noticia. Será como echar una bomba; de aquí oirás el estallido, y te reirás, mientras allá me río yo, hasta que venga el día feliz en que nos riamos juntos... Adiós, adiós, que es tarde».
El primer día de la ausencia de Urrea, la Condesa, en largo y afectuoso conciliábulo que celebró con Nazarín, según consta en documentos de indubitable autenticidad, indicó al apóstol cuán justo y humano sería darle de alta, declarándole en el pleno goce de sus facultades intelectuales. Si ella hubiera de decidirlo, no había duda, ¿pues qué prueba más clara del perfecto estado cerebral de D. Nazario, que su incomparable consejo y dictamen en el asunto que Halma sometió días antes a su criterio?
A lo que respondió serenamente el peregrino que, hallándose sujeto a observación por el Superior jerárquico, sólo este podía resolver si debía o no ser reintegrado en sus funciones sacerdotales. Cierto que un buen informe de la señora Condesa, a quien la Iglesia confiara la custodia del supuesto demente, sería de gran peso y autoridad; pero a juicio del interesado, este informe no sería eficaz si no iba precedido de una explícita manifestación de su Superior inmediato, el cura de San Agustín. Añadió el -350- apóstol que su mayor gozo sería que le devolviesen las licencias para poder celebrar el Santo Sacrificio, y si se le concedía la libertad, se trasladaría sin pérdida de tiempo a Alcalá de Henares, donde sus caros feligreses, el Sacrílego y Ándara, sufrían el rigor de la ley. Por lo demás, su paciencia no se agotaba nunca, y esperaría tranquilo, decidido a no disfrutar la anhelada libertad, mientras quien debía dársela no se la diera.
Con D. Remigio habló también la Condesa de este asunto, no obteniendo de él más que vagas promesas de estudiarlo, sometiéndolo además al criterio facultativo de Láinez. También dio cuenta al cura y al médico de su proyectado casamiento, y no hay lengua humana que describir pueda la sorpresa, el estupor de aquellas dignísimas personas, y del vecino propietario de la Alberca. D. Remigio no paró, en todo el viaje de Pedralba a San Agustín, de hacerse cruces sobre boca, cara y pechos.
Cinco días estuvo José Antonio en Madrid, regresando en la mañana del sexto, gozoso y triunfante, pues se traía bien despachado todo el papelorio que la celebración del casamiento exigía. Contando a su prima el escándalo que en la familia produjo el notición de la boda, empezaba y no concluía. Al principio, lo tomaron a broma: convencidos al fin de que era cierto, -351- cayó sobre los solitarios de Pedralba una lluvia de sangrientos chistes. El menos ofensivo era este: «Catalina se llevó a Nazarín para curarle, y él la ha vuelto a ella más loca de lo que estaba». Hicieron Halma y Urrea lo que anunciado habían antes de la partida de este: pasar buenos ratitos riéndose de todo aquel tumulto de Madrid, que seguramente no les causaría inquietud ni desvelo. Acertó a presentarse en aquel momento el buen D. Remigio, y Urrea se fue derecho a él, y dándole un abrazo tan apretado que parecía que le ahogaba, le dijo: «Mil parabienes al ínclito cura de San Agustín, por la justicia que sus superiores le hacen, concediéndole plaza proporcionada a sus grandísimos talentos y eminentes virtudes».
No comprendía D. Remigio, y el otro, repitiendo el estrujón, hubo de explicárselo con toda claridad.
«Sepa que me he traído su nombramiento...».
-¿Para una parroquia de Madrid?
-No ha podido ser, por no haber vacante en estos día, mi dignísimo amigo y capellán; pero el señor Prelado, con quien habló de usted un amigo mío, encareciéndole sus méritos, aseguró que irá usted a los Madriles muy pronto, y que en tanto, para que hombre tan virtuoso y sabio no esté obscurecido en ese villorrio, le nombra Ecónomo de Santa María de Alcalá.
-352--¡Santa María de Alcalá! -exclamó D. Remigio como en éxtasis; ¡tan soberbio y apetitoso le parecía su nuevo destino!
Y un abrazo más sofocante que los anteriores, selló la amistad imperecedera entre el buen párroco de San Agustín, y el insulano de Pedralba.
«¿Y qué puedo hacer yo para demostrarle mi agradecimiento, Sr. de Urrea, qué puede hacer este modesto cura...?».
-Ese modesto cura no tiene que hacer más que conservarnos su preciosa amistad, que en tanto estimamos. Y antes de entregar la parroquia al que viene a sustituirle, échenos las santas bendiciones.
-Ahora mismo..., digo, mañana, pasado mañana. Estoy a las órdenes de la señora doña Catalina, a quien ya no debo llamar Condesa de Halma.
-Será pasado mañana, Sr. D. Remigio -indicó Halma-. Y otra cosa he de merecer de su benevolencia: que no me olvide al bendito Nazarín.
-Como he de ir a la Corte a ver a mi tío, allá informaré favorablemente. ¡Si salta a la vista que está en su cabal juicio! Inteligencia clara como el sol. ¿Verdad, señora?
-Tal creo yo.
-No tengo inconveniente en darle de alta, -353- bajo mi responsabilidad, seguro de que el señor obispo ha de confirmar mi dictamen, y si quiere venirse conmigo a Alcalá, me lo llevo, sí, señor, y le daré una modesta habitación en mi modestísima casa.
-Nos alegramos de ello y lo sentimos -afirmó la señora de Pedralba-, porque la compañía del buen don Nazario nos es gratísima sobre toda ponderación.
-Ya vendrá a vernos -dijo Urrea-. Y al señor D. Remigio también le tendremos aquí alguna vez. Esto no es ya un instituto religioso ni benéfico, ni aquí hay ordenanzas ni reglamentos, ni más ley que la de una familia cristiana, que vive en su propiedad. Nosotros nos gobernamos solos y gobernamos nuestra cara ínsula.
-Y así debe ser..., y así no tienen ustedes quebraderos de cabeza, ni que sufrir impertinencias de vecinos intrusos, ni el mangoneo de la dirección de Beneficencia o de la autoridad eclesiástica. Reyes de su casa, hacen el bien con libérrima voluntad, sin dar cuenta más que a Dios... ¡Si es lo que yo he dicho siempre, si es la verdad sencilla, elemental!... ¡Ea! Pasado mañana en mi parroquia, a la hora que los señores me designen.
Concertada la hora, D. Remigio montó en su jaca y picó espuelas. El animalito debía participar del inquieto gozo de su amo, porque en un soplo le llevó al vecino pueblo.
En la nota de un curiosísimo documento nazarista, que merece guardarse como oro en paño, se dice que el mismo día de la boda salió de San Agustín el curita manchego, caballero en la borrica del gran D. Remigio. Despidiose afectuosamente de los señores de Pedralba y de Beatriz, que lloraba como una Magdalena al verle partir, y tomando la carretera hasta la barca de Algete, pasó el Jarama, siguiendo sin descanso, al paso comedido de la pollina, hasta la nobilísima ciudad de Alcalá de Henares, donde pensaba que sería de grande utilidad su presencia.
FIN DE «HALMA»
Santander. San Quintín, Octubre de 1895.