Partió de Chile don García Hurtado de Mendoza creyendo dejar definitivamente asegurada la conquista de Arauco y sometidos a sus belicosos pobladores; pero esta ilusión que el joven y afortunado gobernador había comunicado a muchos de los que no conocían el carácter indomable del araucano, se vio bien pronto desvanecida por la sublevación que estalló a fines de febrero de 1561 y cuya señal fue el asesinato del gobernador de Cañete don Pedro de Avendaño y Velasco, perpetrado por los indios de su propia encomienda.
En junio del mismo año llegó de Lima Villagrán con su nuevo título de gobernador, que le había conseguido en España su pariente don Agustín de Cisneros, que fue más tarde deán de la catedral de la Imperial y obispo electo de esta diócesis. Pasó Villagrán el invierno en Santiago, desde donde envió en socorro de las ciudades amagadas por la insurrección a Alonso de Reinoso y luego a su propio hijo Pedro de Villagrán con algunos refuerzos. No era Concepción de las más expuestas, porque los indios del lado norte del Bío Bío permanecían en paz, y los demás hostilizaban con preferencia a las plazas más internadas en su tierra. Pero aparte de la alarma y malestar que padecía Concepción cada vez que se alborotaban los indios, renovando el temor de que pudieran repetirse los lastimosos sucesos que en los capítulos anteriores dejamos referidos, estaba Concepción por entonces sufriendo el peso de una nueva calamidad. La epidemia de viruelas, traída a Chile por el navío en que había llegado don Francisco de Villagrán, se había extendido rápidamente por las ciudades y campos de Chile y principalmente entre los indios; y con tan mal carácter se manifestó en Concepción que, aparte de las numerosas víctimas que hizo entre los vecinos, los obligó a despedir a los indios de encomienda diezmados y aterrados por la peste, y a suspender el trabajo de las minas de oro que, como dejamos dicho, eran para Concepción poderoso elemento de prosperidad.
A fines de octubre llegaba el gobernador Villagrán a Concepción con ochenta hombres, armas y municiones, acompañado del licenciado Juan de Herrera, su teniente de gobernador, y de algunos religiosos, entre ellos el domínico fray Gil González de Avila. No debió de ser muy cordial y solemne el recibimiento que hicieron a Villagrán los vecinos de esta ciudad, cuando nada dicen de él los cronistas que narran otros con menuda prolijidad; los tiempos no estaban para fiestas, y tal vez duraba entre los vecinos la mala impresión que les produjo el despueble de 1554 que, a pesar de haber sido decretado por Villagrán, acababa de ser cruelmente castigado en ellos por don García, que los había privado de sus antiguas propiedades. El nuevo gobernador se quedó pocos días en Concepción, y de allí partió para Cañete a dirigir personalmente la campaña contra los indios, después de haber recibido el mando de Rodrigo de Quiroga, que vino de Purén a entregárselo.
Rabiosos estaban los indios y ansiosos de venganza, por creer que la viruela, que hacía entre ellos grandísimo estrago, era sólo una nueva arma invisible que contra ellos esgrimían sus mortales enemigos. La campaña de aquel verano no pudo ser conducida con el vigor que las circunstancias reclamaban. Villagrán, gravemente enfermo de reumatismo gotoso, viejo y decaído de fuerzas y casi convencido además por el dominico fray Gil de Avila que la guerra que se hacía a los indios era injusta, no tuvo ni la energía ni la actividad que hubieran sido necesarias, y a entradas de invierno se encerró en la Imperial para pasar allí la estación lluviosa, mientras se murmuraba de él en Concepción, acusándole de remiso y de cobarde.
Estaba esta ciudad casi desguarnecida, y los indios de la orilla del Bío Bío comenzaban a hostilizarla, alentados por la inacción en que se mantenían el gobernador y sus subalternos. Los vecinos de Concepción dieron aviso a Villagrán de la situación en que comenzaban a encontrarse, y al mismo tiempo se armaban, salían a campaña a las ordenes del capitán Francisco de Castañeda, a quien ya conocemos19, y con frecuentes excursiones mantenían alejados de la ciudad a los envalentonados y atrevidos araucanos.
Accediendo a las instancias de los de Concepción, se embarcó Villagrán en Valdivia, en octubre de 1563, con cuarenta soldados y treinta caballos, en dirección a aquella ciudad; pero los vientos contrarios le hicieron retroceder hasta Chiloé, de suerte que sólo después de muchos contratiempos pudo llegar a Arauco y dirigirse por tierra a Concepción, adonde llegó en los primeros días de diciembre. Se siguió a estos sucesos una funesta campaña que no fue para los españoles sino una serie no interrumpida de derrotas. El achacoso Villagrán despachó sucesivamente contra los indios a su hijo Pedro, a su yerno Arias Pardo de Maldonado, y al maestre de campo Juan Gutiérrez de Altamirano, que fueron destrozados por los indios en la cordillera de Marigüeñu, en donde pereció el primero con más de cuarenta españoles. Villagrán, entretanto, estaba en Arauco postrado en la cama por sus dolencias, y allí recibió la noticia de la muerte de su hijo Pedro y la de nuevos desastres, que le impulsaron a decretar el despueble de Cañete, con cuyos infelices habitantes se embarcó en Arauco para trasladarse a Concepción. Allí vinieron a afligirle nuevas noticias de Angol, de Arauco, de la Imperial, de Santiago y aún del Tucumán, que anunciaban nuevos desastres y contrariedades que no estaba el atribulado viejo en estado de soportar, y que no entra en mi propósito referir. De todas partes llegaban mensajeros pidiendo socorros que Villagrán no podía enviar o anunciando desgracias que debilitaban más y más el ánimo del infeliz enfermo, aunque él se esforzaba por remediarlas con los escasísimos elementos que tenía a su disposición.
El 10 de junio, día de Corpus Christi, fue el último en que pudo el gobernador salir a la calle, y lo hizo para asistir a la procesión que se celebró ese día; recibió en la tarde fatales noticias de Arauco, y cayó a la cama para no levantarse más. Le asistía un médico llamado el bachiller Bazán, que le había sometido a un tratamiento de «unciones con azogue», y que ya le declaró sin esperanzas de vida; tres días después hacía su testamento don Francisco de Villagrán, en el que nombraba sucesor suyo a su primo Pedro de Villagrán, que desempeñaba las funciones de teniente general; y el 22 de junio20 de 1563 entregaba su alma a Dios después de haber recibido con gran devoción los sacramentos, vestido con un sayal de franciscano. Se sepultó con gran pompa su cadáver en la iglesia de San Francisco, llevándose delante del féretro el real estandarte y el guión de la Iglesia.
Muerto don Francisco, abrió el cabildo de Concepción su testamento, y conformándose con las disposiciones que en él encontró escritas y que no eran conocidas de nadie, reconoció por gobernador al capitán Pedro de Villagrán, que se encontraba en la ciudad, y que el 29 de junio era también reconocido por el cabildo de Santiago.
Los males que la insurrección de los indios había producido hasta entonces a Concepción, convertida en cuartel general de las fuerzas españolas, no habían pasado de la alarma consiguiente al peligro de ver invadidos y desolados sus campos por los sublevados de la ribera sur del Bío Bío. Pero la sublevación no se había manifestado aún al norte de este río; y Concepción, pensando menos en su propia defensa que en las demás plazas australes, les había enviado por mar y tierra algunos refuerzos de hombres y vituallas. Pero la situación de estas plazas comenzaba a hacerse insostenible, y en principios de julio Pedro de Villagrán se vio en la necesidad de ordenar que los defensores de Arauco abandonaran la plaza y se recogieran a Angol. Se animaron los indios con esta que ellos consideraban victoria, de tal suerte que en la primavera la insurrección había cundido en la región comprendida entre el Bío Bío y el Itata y los indios sublevados recorrían ya los campos robando los ganados, talando los sembrados e impidiendo toda comunicación con Santiago.
Mandó entonces Villagrán que el capitán Lorenzo Bernal, que acababa de evacuar a Arauco, se viniera de Angol a Concepción con cincuenta soldados, por estar esta ciudad bastante desguarnecida, cuando comenzaba a correr serios peligros. Lo hizo así Bernal, y sin mayores tropiezos llegó a Concepción, a cuyas inmediaciones salió a recibirlo Villagrán con toda la gente de la ciudad que pudo montar a caballo, y gran número de yanaconas e indios pacíficos que hicieron graciosas escaramuzas en honor de los recién llegados. Se embarcó poco después Bernal para Valdivia con una comisión del gobernador; y viendo éste que se acercaba la época de las cosechas y que estaban éstas y las haciendas de los vecinos de Concepción a merced de los indios sublevados, hizo salir al capitán Francisco Vaca con cuarenta soldados a recorrer las orillas del Itata para que defendieran las estancias y pacificaran a los indios. Estaba en esta región la mayor parte de las posesiones de los vecinos de Concepción que se asentaban con preferencia a orillas del Itata, por estar sus campos resguardados por la ciudad e inmediatos a ella y bastante retirados del Bío Bío, que era por donde hacían los indios de Arauco sus irrupciones.
Recorrían Vaca y los suyos la comarca invitando a los indios a la paz, cuando supo que gran número de éstos se preparaban a atacarlo dirigidos por un caudillo llamado Loble; al saberlo, mandó el capitán un emisario a Concepción a pedir socorros, pero no se los mandó el gobernador por no dejar la ciudad indefensa, y porque esperaba los socorros que el capitán Juan Pérez de Zurita había ido por su mandado a buscar a Angol. Entretanto, rodeaban los indios a Vaca en el campamento que había establecido en un llano a orillas del Itata y el 15 de enero, al amanecer, le atacaron en número de tres mil, si hemos de creer a Góngora.
No estaba Vaca desprevenido; ordenó su gente y rechazó el primer ímpetu de los araucanos, derribando y matando a muchos y penetrando hasta lo más espeso de sus filas.
Cayó pronto y fue muerto, sin que pudieran socorrerle sus compañeros, un vecino de Concepción llamado Gerardo21, y rodeados los demás por la muchedumbre de los enemigos, que los acosaban con sus lanzas y macanas, rompieron por medio de ellos, con su capitán Vaca a la cabeza, y con gran trabajo pudieron ganar el camino de Santiago, adonde llegaron el 1.º de febrero, rotos, maltratados y heridos. El capitán Vaca había comprendido que le era imposible volver a Concepción al través de serranías ocupadas por los indios victoriosos, y se vio obligado a tomar ese camino, dejando en manos del enemigo cuatro compañeros muertos y todos los bagajes y pertrechos.
Grande alarma reinaba entretanto en Concepción: se sabía, por el emisario del capitán Vaca, que por el lado del Itata estaba en armas y en actitud amenazante gran número de indios que, si derrotaban a la partida de este capitán, no encontrarían ya obstáculo para marchar sobre Concepción. Se sabía también que los indios de la ribera norte del Bío Bío estaban igualmente en armas y que podían muy bien estorbar el paso a Pérez de Zurita cuando volviese de Angol con los refuerzos que había ido a buscar, y embestir en seguida a Concepción, que no estaba preparada para sostener un sitio. Los indios de las cercanías se habían alzado también, obligando a todos los españoles a recogerse a la ciudad, de la cual nadie podía alejarse un tiro de arcabuz, porque sin duda tropezaba con alguno de los indios que estaban en acecho, los cuales se entretenían en quemar las sementeras, derribar las casas de las estancias, robar los ganados y matar los pastores.
El capitán Pérez de Zurita había salido, entretanto, de la ciudad de los Infantes con cuarenta soldados, y el 22 de enero llegaba a las vegas del Andalién, que están separadas de Penco por legua y media de cerros, cuando, a eso de medio día, se presentaban ante su vanguardia treinta indios armados de arcos y flechas. No recelando Zurita de que los indios osaran atacarle tan cerca de Concepción en grande número, mandó romper sobre los pocos que tenía delante, y apenas se hubo puesto esta orden por obra, aparecieron como por encanto por entre los árboles de los bosques vecinos tres mil indios que se habían emboscado en ellos, y con gran ruido de chivateo y tropetería cayeron sobre los españoles. Se juntaron éstos prontamente para resistir el ataque, y dejando Zurita diez soldados al cuidado de los caballos, que cargados de ropa y víveres traían, salió con los demás al encuentro de los araucanos. Un don Pedro de Godoy, sevillano, fue el primero en cargar sobre los indios con grandísimo denuedo; le siguió otro llamado Rolón; pero ambos sucumbieron bien pronto, víctimas de su arrojo y de las lanzas enemigas. El capitán Pérez de Zurita hacía por su parte prodigios de valor, que poco valían contra el número de los contrarios, hasta que, desbandados o muertos la mayor parte de los suyos, rompió con los que le quedaban por entre los indios, y ganó las serranías vecinas, al través de las cuales pudo llegar al mismo sitio en que días antes habían desbaratado los indios a Vaca, y no atreviéndose a llegar a Concepción, tomó el mismo camino que aquél y llegó, el 27 de enero, a orillas del Teno, desde donde comunicó al cabildo de Santiago su propia derrota y la situación en que quedaban las ciudades del sur.
Se cuenta que antes de salir Zurita de Angol, le había aconsejado el capitán Bernal, que allí se hallaba, que se fuera a Concepción por el camino del Itata, a lo cual no accedió Zurita, que era nuevo en el país por estar recién llegado del Tucumán y de paso para el Perú, y creyendo que nadie se atrevería a cortarle el paso, se volvió a Concepción por el mismo camino por donde había venido. Los indios de las comarcas que atravesaba, por medio de humaredas avisaban a los vecinos la aparición de la partida de Zurita, y por medio de estas señales la supieron los que le esperaban emboscados a orillas del Andalién.
Los araucanos vencedores de los capitanes Vaca y Pérez de Zurita vieron, por fin, llegado el momento de arrojarse sobre la aborrecida Concepción y desposeer para siempre a los españoles de la región que se extiende entre el Itata y el Bío Bío, que éstos habían creído definitivamente conquistada. Pocos días después de los dos desastres que acabamos de referir, es decir, a principios de febrero, los altos cerros entonces cubiertos de bosques, que rodean y dominan el valle de Penco, estaban llenos de indios que, a las órdenes de Loble, el vencedor de Vaca, y Millalelmo, el vencedor de Pérez de Zurita, pusieron estrecho cerco a Concepción. Sus bandas se habían unido y engrosado enormemente con nuevos guerreros, que habían acudido a reunírseles después de haber tenido noticias de las recientes victorias.
Entretanto, el gobernador Pedro de Villagrán, que por un soldado que logró llegar a Concepción había tenido noticias del desastre de Zurita, se había preparado para la defensa. Puso en armas a los vecinos que, unidos a los soldados, formaban doscientos hombres de pelea, y a toda prisa comenzó la construcción de un fuerte a orillas del mar y junto al riachuelo que atraviesa el valle y desemboca en él22.
Era el fuerte un cuadrado de doscientos cincuenta pies por cada lado, con torrecillas en dos de sus ángulos y artillado con los seis cañones que por mar se trajeron a Concepción cuando se despobló la plaza de Arauco. Mandó el gobernador que a él se recogieran todos los vecinos con sus familias, trayendo cuantos víveres pudieran juntarse y todas las municiones y pertrechos que en la ciudad había; recogió las guardias y atalayas que en los arrabales estaban observando los movimientos de los indios, y prohibió que nadie saliera del recinto a escaramucear con los enemigos.
Los indios de servicio, y los pacíficos y amigos de los españoles, que tanto como éstos temían a los sitiadores, acudieron en tropel con sus familias a guarecerse bajo las murallas del fuerte, al amparo de la artillería y arcabuces; los españoles no permitieron la entrada sino a los que eran indispensables para el servicio, y esperaron la acometida de los indios.
Se acercaron éstos a la ciudad con grandes precauciones y lentamente, aprovechándose de las desigualdades del terreno para que no les alcanzara la artillería, y repartidos en tres divisiones. Saquearon y quemaron las casas que pudieron, entre ellas, la tienda de un mercader que estaba cerca del fuerte, y la iglesia de los frailes de la Merced, respetando sólo las que estaban al abrigo de los cañones del fuerte. No era el ánimo de los indios asaltarlo; cifraban su empeño en atraer a los españoles fuera de él, a cuyo fin los provocaban sin cesar a combate; o rendirlos por hambre, pues esperaban que los víveres habían de faltar bien pronto, siendo tantos los encerrados en el fuerte.
No consiguieron por de pronto lo primero; repartieron entonces su gente en seis destacamentos distribuidos en semicírculo alrededor de la ciudad, de manera que la aislaban enteramente, y el que se estableció más cerca del fuerte español, construyó también uno con fuertes palizadas en una eminencia de fácil acceso, y de allí bajaban cada día a la ciudad a arrasar cuanto hallaban a mano. Los españoles hacían por su parte frecuentes salidas para dar pasto a sus caballos y demostrar a los indios que no estaban intimidados; desde las murallas contemplaban las mujeres estas salidas, veían las reñidas escaramuzas que luego se empeñaron, y excitaban a los defensores del fuerte a castigar los estragos que en sus casas y haciendas habían hecho los indios; se exaltaba con esto el valor y la galantería de los soldados; y llegó a suceder en una ocasión que una señora pidió a un hidalgo llamado Sebastián de Garnica que le trajera un indio vistosamente equipado que con otros andaba desafiando a los del fuerte. Cargó sobre él el buen Garnica sin titubear, y como montaba buen caballo, le dio alcance, y tomándole por los cabellos lo sacó de entre los otros y lo presentó a la dama, diciéndole que «si había sido antojo» podía darse por satisfecha. Así hacían juego y burla de los peligros aquellos valientes que ya parecían tan habituados a las calamidades de la guerra, que ni las mujeres se dejaban abatir por ellas.
Continuó el bloqueo por muchos días con diarios combates en que siempre llevaron los indios la peor parte, sobre todo cuando se aventuraban a atacar el fuerte, del cual los rechazaban los españoles con los arcabuces, artillería, bombas de fuego, alcancías y demás artificios que entonces se usaban y que dieron a entender a los indios que no caerían los españoles en sus manos por falta de municiones. Escaseaban si los víveres, por ser pocos y durar ya casi dos meses el sitio y bloqueo; los caballos, encerrados en el fuerte, incomodaban bastante por ser muy difícil su mantención, y mucho más los perros, de que había en el fuerte gran número, y que, en oyendo que se tocaba a alarma, aullaban y se agitaban de tal modo que fue menester matar muchos para verse libres de su algazara. Por otra parte, la vida que hacían los infelices habitantes de Concepción, estrechados con sus familias dentro de las paredes de un pequeño fuerte, en medio de los calores del verano, iba haciéndose cada día más insoportable. Por fortuna, a fines de marzo llegaron al puerto dos buques cargados de provisiones, el uno de Valdivia y el otro de Valparaíso. Con su llegaba comprendieron los indios que debían renunciar a toda esperanza de rendir por hambre a Concepción, y viéndose ellos mucho más escasos de comidas que los sitiados, por ser tantos y no tener más provisiones que las que de los campos no talados les traían sus mujeres y muchachos, se retiraron despechados, con gran ruido de cuernos y trompetas, dejando a Concepción medio arruinada, pero libre y victoriosa.
Con grande alegría salieron al punto del fuerte los vecinos que en él estaban encerrados, y sin pérdida de tiempo empezaron a reparar los daños que habían hecho los indios en la ciudad durante el sitio, animados y dirigidos por el gobernador Pedro de Villagrán, que se había conquistado entre ellos grandes simpatías por su valerosa y prudente conducta. Se había encontrado en el sitio el capitán don Martín Ruiz de Gamboa, yerno de Rodrigo de Quiroga, que por sus servicios y experiencia gozaba de gran reputación en todo el reino y que se disponía a pasar a España como apoderado o procurador de algunos cabildos. Deseoso Gamboa de conseguir en la corte alguna merced para sí, hizo levantar una información de sus servicios, con lo cual disgustó profundamente a Villagrán que, celoso de que Gamboa fuera a pedir para sí el gobierno de Chile, le mandó prender, alegando que éste había tratado de probar hechos falsos en su información. Consiguió Gamboa asilarse en la iglesia de San Francisco, y de allí huir a Santiago con cuatro soldados; pero el gobernador, dejando el mando de las tropas de Concepción al maestre de campo Alonso de Reinoso, se embarcó con veintidós soldados para Valparaíso, adonde llegó en dos días y consiguió prender a Ruiz de Gamboa. A principios de junio llegaba Villagrán a Santiago.
Se encontró allí con que el capitán Pérez de Zurita, ayudado por el cabildo y los vecinos, había logrado reunir con grandísimo trabajo unos ciento cincuenta hombres que por lo avanzado de la estación no habían pasado de las orillas del Maule, aunque el deseo de su jefe hubiera sido ir con ellos a socorrer a Concepción. El gobernador, que conocía el estado precario a que había reducido la guerra a esta ciudad, apenas llegó a Santiago, reunió algunas vituallas que envió por mar a Concepción y que vinieron a salvar a sus habitantes de una horrible situación.
Con el alzamiento de los indios y a pesar de cuanto hicieron Vaca y los vecinos para defenderlas, casi todas las sementeras de éstos habían sido destruidas antes de la cosecha, y los pocos frutos que habían alcanzado a recogerse se habían consumido casi por entero en el sitio de la ciudad; los indios, al retirarse, habían arreado con todos los ganados, de suerte que a entradas del invierno era tal la escasez de víveres en Concepción, que, apretados por los horrores del hambre, llegaron sus desgraciados pobladores a pensar en abandonar la ciudad. Un nuevo ataque de los indios en tales circunstancias hubiera sido el complemento de tantas desgracias y hubiera puesto desastroso fin a ellos; los habitantes de Concepción, estrechados entre los indios y el mar y sin esperanza de que los hombres pudieran socorrerlos, acudían a Dios en demanda de auxilio, y con procesiones y rogativas conjuraban el cúmulo de desgracias que les estaba amenazando.
En estas circunstancias llegaron los víveres mandados por Villagrán, que, con ser pocos, bastaron para reanimar e infundir nuevos bríos a aquellos valientes que no necesitaban de mucho para creerse invencibles; pasó el invierno en tranquilidad, se hicieron nuevas siembras, y aunque los pocos soldados que mandó Villagrán por tierra a las órdenes del capitán Pedro Hernández de Córdoba en auxilio de Concepción no pudieron llegar a esta ciudad, se mantuvo ésta sin novedad hasta el verano de 1565. A mediados de enero de este año salió de Santiago Villagrán con ciento cincuenta hombres y ochocientos indios auxiliares, consiguió al sur del Maule algunas victorias que trajeron la pacificación de la tierra hasta el Bío Bío, y el domingo de Ramos 15 de abril entraba a Concepción, en donde fue recibido con grandes demostraciones de júbilo.
Poco tiempo después, y cuando se ocupaba Villagrán en dictar medidas administrativas aprovechando la tranquilidad que reinaba al norte de Bío Bío, recibió noticias de que habían llegado del Perú más de doscientos hombres a las órdenes de Jerónimo de Costilla, quien traía instrucciones y plenos poderes del presidente del Perú, don Lope García de Castro, para arreglar los asuntos de Chile. Partió al punto Villagrán de Concepción con doce hombres y llegó a Santiago. El 18 de junio siguiente Costilla entregaba a Rodrigo de Quiroga su provisión de gobernador de Chile, y poco después se volvía al Perú llevando preso a Pedro de Villagrán.
En el mes de noviembre siguiente salía el nuevo gobernador a campaña con trescientos españoles y ochocientos indios auxiliares, llevando por maestre de campo a Lorenzo Bernal de Mercado, valiente y prestigioso capitán a quien ya conocemos, y el 15 de diciembre atravesaba el Bío Bío por San Rosendo, después de habérsele reunido alguna tropa de Concepción y la artillería y bagajes que había mandado por mar a esta ciudad. La felicísima campaña que emprendió el gobernador en aquel año y las grandes victorias que consiguió sobre los araucanos, aseguraron a Concepción la tranquilidad y sosiego de que tanto necesitaba. Así transcurrió el año de 1566 y los primeros meses del siguiente, durante los cuales, Martín Ruiz de Gamboa, nombrado teniente general, hacía en el sur una arriesgada y feliz expedición, conquistaba la isla grande de Chiloé, y fundaba en ella la ciudad de Castro.
Entretanto, el rey Felipe II, noticioso del triste estado en que quedó Chile a la muerte de don Francisco de Villagrán, y atribuyéndolo a mal gobierno e inepcia de los gobernadores, creyó remediarlo todo disponiendo por real cédula de 27 de agosto de 1565, la creación de una audiencia real que asumiera el gobierno político y militar de Chile con amplias facultades, y tuviera su asiento en Concepción. Debían formar la real audiencia cuatro oidores: el presidente, don Melchor Bravo de Saravia, que desempeñaba el cargo de oidor en la audiencia de Lima; los licenciados Juan Torres de Vera y Aragón y Egas Venegas y otro apellidado Sierra. Salieron los tres últimos de España a fines de 1565; en Panamá falleció el llamado Sierra, y los otros dos llegaron a Lima en mayo de 1566. Se encontraron allí con que el doctor Bravo de Saravia no había recibido de España su nombramiento; y lo esperaron siete meses inútilmente, al cabo de los cuales los oidores Vera y Venegas se embarcaron con el secretario de cámara Antonio de Quevedo y otras personas distinguidas.
Con el doctor Bravo de Saravia habían llegado a Chile dos importantes personajes que no podemos silenciar en nuestra historia: era el uno el doctor Diego Núñez de Peralta, que venía a reemplazar en el puesto de oidor de la Real Audiencia al licenciado Sierra, muerto en Panamá, como antes dijimos; y el otro el Ilustrísimo señor don fray Antonio de San Miguel de Avendaño, ex-provincial de los franciscanos del Perú, y primer obispo de la diócesis de la Imperial y Concepción. El primero se vino pronto a ocupar su puesto en la Audiencia de esta ciudad; del segundo vamos a ocuparnos más largamente.
En 1561 decretó Felipe II, siempre celoso del bien espiritual de sus súbditos, la creación de una nueva diócesis en el sur de Chile, que no podía depender de un obispo residente en la lejana ciudad de Santiago, y presentó al Papa para que ocupara la nueva sede a fray Antonio de San Miguel, que por sus esclarecidas virtudes y talentos era ornamento de la orden franciscana. El 22 de marzo de 1563 el Papa Pío IV expidió las bulas de la creación de la diócesis de la Imperial y Concepción y de preconización del religioso presentado por el rey de España para gobernarla.
Los cabildos eclesiástico y secular de Santiago vieron con disgusto la creación del nuevo obispado; el primero, porque la división de la diócesis de Santiago iba a disminuir considerablemente sus escasas rentas23, y el segundo, porque creía que la división del gobierno eclesiástico de Chile menoscababa las prerrogativas de Santiago, que debía ser, según el cabildo secular quería, el único centro de todo el gobierno de Chile, así temporal como eclesiástico.
Pero estas pretensiones del cabildo secular de Santiago eran ilusorias: el establecimiento de la Real Audiencia de Concepción importaba el desconocimiento de los fueros de capital que Santiago reclamaba, y comprendiéndolo así el gobierno eclesiástico, llegó a obtener del viejo obispo González Marmolejo un auto en que decretaba la traslación de la sede episcopal de Santiago a Concepción, a trueque de que no se dividiera aquella inmensa diócesis que se extendía desde el Perú a Magallanes y abarcaba además el gobierno de Tucumán. Felipe II, cuya aprobación se reclamó para este auto, pidió informe a la Audiencia de Concepción por cédula de 9 de octubre de 1566, mientras en Lima se agitaba el mismo asunto por un comisionado del cabildo de Santiago, ante la Audiencia de aquella ciudad.
Con la supresión de la real audiencia dejaba de ser Concepción el centro del gobierno civil y judicial, que por disposición del rey pasó a manos del teniente de gobernador, que lo fue por entonces el mismo licenciado Gonzalo Calderón que decidió la supresión de la audiencia. La pacificación o emigración de los indios de la ribera norte del Bío Bío, que habían sido combatidos y castigados más que todos los otros, iban a trasladar por algunos años el teatro de la guerra al mismo corazón de la Araucanía, y Concepción, en cambio de la pérdida de su importancia como asiento del gobierno, iba a empezar a gozar de la paz y de los beneficios que ella trae consigo.
El año 1576, memorable por el terremoto e inundaciones de Valdivia y por el alzamiento de los indios de este distrito y el de Villarrica, transcurrió para Concepción sin novedades de ninguna especie: los indios de su distrito permanecían tranquilos en sus montañas, de las que no salían sino para robar algún caballo en una estancia o matar algún yanacona indefenso. Los estancieros se entregaban descuidados a los trabajos agrícolas, y aunque con poca actividad, se habían vuelto a explotar las minas de oro abandonadas desde 1554. La ciudad había perdido el aspecto de cuartel que en los años anteriores había tenido; ya no había en ella ni tropas ni militares de alta graduación; el maestre de campo Bernal de Mercado se había trasladado a Angol con casi todos los soldados que en Concepción había; ya no salían de allí refuerzos para las plazas del sur, ni llegaban a escape los emisarios a dar parte de los movimientos de los indios, ni se temían nuevos ataques de éstos a la ciudad. La guerra había dejado de ser el tema de las conversaciones; se hablaba entonces de agricultura y de comercio, del descubrimiento de las minas de oro de Ponzuelo, cerca de Osorno, y del modo de impedir que se extrajese de Chile todo el oro que se sacaba de las minas.
Era este último un mal necesario: Chile recibía del Perú todos los artículos de consumo que el país no producía, y en cambio sólo podía mandarle todavía muy poco trigo y vino y principalmente oro, porque aun no se explotaban otros metales; este cambio, pues, hacía inevitable la exportación de casi todo el oro que Chile producía, lo que en aquellos tiempos, en que se creía que la riqueza consistía en la abundancia de metales preciosos, debió de ser considerado como un grave mal económico. Concepción, que tenía real privilegio para acuñar moneda, se preocupó de este asunto, y uno de sus vecinos, Francisco de Castañeda, propuso al cabildo que con liga se disminuyese en seis quilates la ley del oro Ponzuelo, «que de esta suerte se haría menos apreciable y quedaría mucho para que dentro del reino circulase». No sé si se llegó a poner por obra este proyecto, pero de todas suertes recae en Concepción la gloria, si tal puede llamarse, de haber sido uno de sus vecinos el inventor del arbitrio de bajar la ley de los metales para impedir su exportación, arbitrio de que se ha echado mano en los últimos años, acuñando moneda de plata feble.
En este año de 1576 el gobernador Quiroga no se movió de Santiago. Ruiz de Gamboa en Valdivia y Bernal en Angol encabezaron una resistencia pasiva contra los indios, porque se esperaban de España refuerzos que permitieran dar mayor vigor y extensión a las operaciones militares. Llegaron estos refuerzos en julio de ese año, pero en tan miserable estado que sólo en enero de 1577 podían salir a campaña bajo el mando del mismo Quiroga; en el lebo de Quienel a ocho leguas de Concepción, vino a juntarse con el gobernador su yerno Ruiz de Gamboa con algunas fuerzas de Valdivia, y comenzaron juntos la campaña.
Los indios de guerra del distrito de Concepción, que se habían resignado a dejar quietos a los españoles a trueque de que cesaran éstos de perseguirlos y destruir sus campos, se alarmaron con la aproximación de Quiroga, pensando que con el numeroso ejército que había reunido se disponía a darles una batida. Se juntaron a toda prisa cerca de Hualqui, y en el mismo sitio en que años antes los había batido Bernal de Mercado empezaron a fortificarse.
Al saberlo, Quiroga envió contra aquellos indios al maestre de campo, que ya sabía como se vencía en aquel lugar, con un buen número de soldados escogidos. Bernal escaló el cerro con igual intrepidez que la vez primera, y con su sola presencia atemorizó a los indios de tal suerte, que huyeron despavoridos a arrojarse al Bío Bío, en donde muchos perecieron ahogados; se entregaron otros prisioneros y los más atravesaron el río a nado y se internaron en las selvas de la opuesta ribera.
Quedó con esto asegurada la paz en las cercanías de Concepción, y el gobernador Quiroga, atravesando el Bío Bío frente a Talcamávida, prosiguió su campaña contra los araucanos que, encabezados por el mestizo Alonso Díaz, le opusieron resistencia. El gobernador pasó en Arauco el invierno de 1577, y alcanzó en el año siguiente señaladas victorias sobre los indios, hasta que el 12 de noviembre, la noticia de que Valparaíso había sido saqueado por el corsario inglés sir Francis Drake le obligó a volver a Santiago, dejando a Ruiz de Gamboa y Bernal de Mercado el encargo de proseguir la campaña. El 25 de febrero de 1580 fallecía Quiroga, y le sucedía en el gobierno el mariscal Ruiz de Gamboa.
Recibió éste en el fuerte de Chillán la noticia de la muerte de su suegro, y al punto envió poder a dos vecinos de Santiago para que ante el cabildo prestaran en su nombre el juramento de estilo, y despachó para Concepción al capitán Alonso de Alvarado con iguales poderes; en marzo, el cabildo de Concepción reconoció a Ruiz de Gamboa por gobernador y recibió juramento solemne a su apoderado.
Después de un corto viaje a Santiago, volvió a Chillán Ruiz de Gamboa, y deseando hacer méritos a los ojos del rey y asegurarse, al mismo tiempo, la existencia de una plaza que vigilara a los indios del distrito de Concepción por el lado de la cordillera, delineo y fundó la ciudad de San Bartolomé de Gamboa24, a orillas del río de Chillán, y en el mismo sitio en que dos años antes había establecido un fuerte. Algunos vecinos de Concepción, que tenían sus estancias más cerca de la nueva ciudad que de la misma Concepción, y que conservaban frescos los recuerdos del terremoto y salida del mar de 1570, determinaron trasladarse a San Bartolomé de Gamboa por su propia voluntad o por orden del gobernador, que quería poblar su ciudad a toda costa. Mencionan entre éstos los cronistas al capitán Diego de Aranda, Hernando Cabeza, Hernando Vallejos, Esteban de Lagos, Luis González, Francisco Soto y algunos otros. Esta traslación, o emigración, provocó un reclamo de parte del cabildo de Concepción, que veía menoscabada la población de esta ciudad y la fuerza que se hacía a algunos de sus vecinos para que se trasladasen a la nueva; pero Ruiz de Gamboa desatendió el reclamo, y se volvió a Santiago a preparar una nueva compañía.
Las correrías que en los años siguientes hizo Ruiz de Gamboa al sur del Bío Bío no tocan a nuestra historia: los años de 1581 a 83 corrieron sin novedad alguna para Concepción. Treinta años de continua guerra habían fatigado a los araucanos sin domarlos, y la tranquilidad relativa de que entonces gozaba nuestra ciudad era señal de que se le preparaban grandes peligros y agitaciones.
El sucesor de Ruiz de Gamboa fue don Alonso de Sotomayor, distinguido capitán enviado por Felipe II para terminar de una vez la guerra de Arauco, cuya prolongación era atribuida en España a la ineptitud de los capitanes que hasta entonces la habían dirigido. Sotomayor llegó a Santiago el 19 de septiembre de 1583, trayendo un refuerzo de más de cuatrocientos soldados reclutados en toda España, y mandados por valerosos y probados capitanes.
Don Alonso de Sotomayor, durante sus campañas en la Araucanía, pasó dos inviernos en Concepción, y allí mismo desembarcaron los refuerzos que el virrey don García Hurtado de Mendoza envió desde el Callao; por lo demás, Concepción gozó de tranquilidad perfecta, sólo interrumpida por el temor de que los corsarios ingleses se atrevieran a intentar un desembarco en la bahía. Pero, por fortuna, Drake, desde la isla de Santa María siguió en derechura a Valparaíso, y las precauciones tomadas por el cabildo de Concepción para defensa de la ciudad fueron inútiles. La escuadrilla de Tomás Cavendish que llegó a las costas de Chile en 1587, después de recoger vituallas en la isla de Santa María, se presentó el 30 de marzo en la Boca Grande de la bahía de Concepción; el cabildo, que tenía noticias de la presencia de los corsarios en la costa, estaba prevenido para la defensa de la ciudad, y habiéndose adelantado el navío Desire, que montaba Cavendish, a reconocer la ciudad, debió de notar en ella tal movimiento y preparativos para la resistencia, que no se atrevió a intentar un desembarco, y el mismo día abandonó la bahía y siguió navegando hacia el norte. Estas alarmas, repetidas en abril del año siguiente por un falso aviso de aparición de nuevos corsarios en la costa de Valdivia, son los únicos sucesos dignos de ser mencionados que pertenecen a la historia de Concepción durante el gobierno de Sotomayor, que en 1592 fue reemplazado por don Martín García Oñez de Loyola.
Hemos hablado más atrás del celo y virtudes eminentes del Ilustrísimo señor don Fray Antonio de San Miguel, primer obispo de la Imperial y Concepción, y creemos que bien merecen sus apostólicos trabajos que le dediquemos todavía algunas líneas. Dijimos antes cómo se constituyó el caritativo prelado en defensor ardiente de los indios, y trató, por todos los medios que estuvieron a su alcance, de aliviar la esclavitud durísima que importaba el llamado servicio personal; fue éste durante muchos años el objeto de sus desvelos y de sus presentaciones a los gobernadores y a la Corte, y a sus instancias y consejos se deben en buena parte las medidas de protección que en favor de los indios decretaron la audiencia de Concepción y algunos gobernadores.
En 1583 hizo el ilustrísimo señor San Miguel un viaje a Lima para asistir al tercer concilio limense, cuyo sermón de apertura predicó con grande elocuencia, y que fue presidido por el arzobispo de Lima Santo Toribio de Mogrovejo.
Algunos años después, el obispo de la Imperial presentaba al rey renuncia de su obispado, representándole en ella que el trabajo abrumador que le imponía aquella dilatada diócesis, en que tenía poquísimos sacerdotes que le ayudaran en sus tareas, era superior a las fuerzas de un anciano que sólo deseaba pasar los últimos años de su vida en tranquilidad y sosiego, preparándose para la muerte. Pero la fama de los trabajos y virtudes del obispo de la Imperial había llegado a España, y Felipe II, en vez de aceptarle su renuncia, acordó trasladarle a la sede de Quito y presentar para la de la Imperial al licenciado don Agustín de Cisneros, deán de la Catedral de esta ciudad y provisor del obispado.
Muy a pesar suyo, y con gran sentimiento de sus diocesanos, salió de la Imperial el ilustrísimo señor San Miguel para ir a tomar el gobierno de su nueva diócesis; pero por desgracia falleció antes de llegar a ella, en la ciudad de Riobamba, el 7 de noviembre de 1592. En medio de sus trabajos de organizador y misionero, el ilustre obispo había tenido la feliz idea de proponer al rey la creación de una Universidad en Chile para educar a la juventud que se dedicaba a la carrera de las armas o tenía que acudir a la Universidad de Lima, y para formar un clero virtuoso e ilustrado, de que tenía Chile tanta necesidad y que hubiera servido de grandísimo auxilio para reducir a los araucanos a la paz y a la civilización. Por desgracia, la pobreza del real erario no permitió que se llevara a cabo el hermoso proyecto del obispo de la Imperial, a quien cabe la gloria de haber intentado la realización de esa grande obra en beneficio de la ilustración25.
La elección de don Agustín de Cisneros, que quedó gobernando la diócesis al abandonarla el señor San Miguel, fue muy celebrada por los vecinos de la Imperial, que veían en él al auxiliar y continuador de la obra del ilustre obispo; pero no fue esta alegría de gran duración, porque el señor Cisneros, cuando se disponía a ir a Santiago a recibir la consagración episcopal, falleció en la misma Imperial con gran sentimiento de sus diocesanos; la sede permaneció vacante por algunos años, y el tercer obispo de la Imperial la estableció definitivamente en Concepción.
El nuevo Gobernador de Chile don Martín García Oñez de Loyola, venía dispuesto a terminar la pacificación definitiva del territorio de Arauco; como había sucedido a todos sus predecesores antes de mirar de cerca las cosas, no podía convencerse de que unos salvajes diezmados por la peste y por una sangrienta guerra de más de cuarenta años, siguieran oponiendo a los ejércitos del rey de España la más desesperada resistencia y les impidieran absolutamente el poder llamarse dueños de un país en donde apenas estaban seguros dentro del recinto de sus ciudades. A pesar del miserable estado en que encontró Oñez de Loyola el pequeño ejército de Chile, no desmayó en su empresa, y para atender más de cerca los asuntos de la guerra, resolvió trasladarse con su familia a Concepción y no volver a Santiago hasta que hubiera terminado enteramente la pacificación de Arauco.
En efecto, a mediados de febrero de 1593 salía de Santiago el gobernador con ciento diez soldados y una numerosa comitiva que acompañaba a su esposa doña Beatriz Clara Coya, gran señora peruana, descendiente legítima de los incas, que había llegado a Chile en el mes de diciembre. El viaje fue largo, porque el gobernador, como nuevo en el país, quería conocerlo y examinarlo todo: a mediados de marzo hacía aquella comitiva su entrada en Concepción, en donde se la recibió con grandes fiestas, tan solemnes como el corto número de los vecinos y la pobreza de la ciudad lo permitían.
Don Alonso de Sotomayor, al retirarse del gobierno, había dejado las provincias del sur a cargo del maestre de campo don Alonso García Ramón, que, encerrado en Arauco por los indios, no había venido a Concepción a recibir al nuevo gobernador y se había limitado a avisarle por cartas su situación. Oñez de Loyola, que se veía con pocas y malas tropas, quiso asegurar la paz al norte del Bío Bío antes de ir a reunirse con el maestre de campo, y despachó mensajeros que asegurasen a los indios de sus intenciones pacíficas. Cediendo a esta invitación y a las instancias y agasajos del gobernador, vinieron a Concepción muchos caciques, con los cuales celebró una especie de parlamento, que fue el primero de que hay noticias, en el cual manifestó a los indios que estaba preparado así para la paz como para la guerra, pero que les ofrecía la paz como más conveniente para la tranquilidad y bienestar de todos, siempre que ellos la aceptaran sinceramente y no con la intención de esperar la mejor ocasión para declarar de nuevo la guerra, como había sucedido en otras ocasiones. Respondió a esto el cacique Antupillán aceptando la paz, ponderando el poder de los españoles y pidiendo mejor trato para los indios. Quinchamalí, cacique de las orillas de Itata26, ofreció ayudar a los españoles a combatir contra los que no quisieran darse a la paz. El cacique de Quilacoya ofreció también la paz, aseguró que no estorbaría el trabajo de las minas de su reducción y ofreció indios para el trabajo y explotación de ellas27. Pero todos los caciques que ofrecían la paz en este parlamento eran de los que vivían en la región comprendida entre el Itata y el Bío Bío, que estaba pacificada desde hacía largo tiempo, mientras los indios de Arauco continuaban rebelados y mantenían en aprieto a las plazas de Angol, Arauco y Purén.
Dejando a Concepción desguarnecida y a su esposa en ella, partió el gobernador a Arauco con cuantos soldados pudo movilizar, y en el trayecto ya se desvanecieron todas sus ilusiones. En Arauco los jefes del ejército, reunidos en consejo de guerra, resolvieron que las tropas que había en el país apenas bastarían para defenderlo durante un año, sin que fuera posible tomar con ellas la ofensiva. Convencido Oñez de Loyola de lo exacto de esta aserción, envió al Perú al maestre de Campo García Ramón para que informara al virrey Hurtado de Mendoza sobre el estado de la guerra de Chile y le urgiese para que enviara los socorros que el sargento Mayor Miguel de Olaverría había ido a pedirle poco antes; despachó asimismo para España con igual objeto a su secretario Domingo de Eraso.
El gobernador sostuvo entretanto una penosísima campaña de tres años, en que le fue costosísimo y difícil contener siquiera los indios; Concepción y Chillán mantenían entretanto al ejército a fuerza de contribuciones de trigo, vino y ganados, y los estancieros, empobrecidos, manifestaban abiertamente su descontento. Entretanto, la venida del corsario Ricardo Hawkins y la dificultad de reclutar en el Perú soldados para Chile, que de tiempo atrás era llamada «sepultura de españoles» retardaron el envío de los socorros pedidos. Llegaron éstos por fin, en noviembre de 1596, pocos y malos; sostuvo con ellos Oñez de Loyola la penosísima campaña de 1597; recibió otros en el año siguiente; pero todos sus esfuerzos fueron inútiles: las ciudades de la frontera, incomunicadas entre sí, hostilizadas sin cesar por un grandísimo número de indios, sin víveres ni municiones, con sus campos talados y sus vecinos reducidos a la mayor miseria, pedían a un tiempo auxilios de todo género; el gobernador corría de una a otra con una actividad digna de mejor suerte, tratando de socorrerlas en lo posible, y exasperado por aquella lucha tenaz de todos los momentos y todos los lugares, que era nueva para él. Semejante estado de cosas no podía prolongarse, y su desenlace tenía que ser necesariamente una catástrofe de resultados fáciles de prever: esta tuvo lugar al amanecer del 23 de diciembre de 1598, en que el gobernador fue sorprendido por los indios en Curalaba, yendo de la Imperial a Angol, y muerto desastrosamente con cuarenta y cinco de sus compañeros.
Su muerte iba a tener gravísimas consecuencias que tenían que afectar a Concepción, y por eso nos hemos detenido en describir el estado de la frontera y los sucesos que prepararon la muerte de don Martín García Oñez de Loyola.
La noticia de la desastrosa muerte de Oñez de Loyola produjo honda consternación en Concepción: el suceso tenía completa semejanza con la muerte de Pedro Valdivia; la ciudad se hallaba tan poco apercibida como entonces para la defensa y todos recordaban los lastimosos acontecimientos que habían seguido a la muerte del primer gobernador de Chile, y que habían sido para Concepción una serie no interrumpida de calamidades.
Con la muerte del gobernador Loyola, la tremenda insurrección encabezada por Paillamacu y Pelantaru, que se empeñaba Loyola en sofocar, iba a cobrar tantos bríos como perdían los españoles, aislados e impotentes en sus ciudades. Los indios del norte del Bío Bío, que habían dado la paz obligados a ello por los sangrientos y crueles castigos de los españoles, les guardaban secreto rencor e iban sin duda a lanzarse sobre ellos para vengar a los muertos, y a los que, mutilados de un pie, habían sido trasladados a las minas de Coquimbo.
Concepción, confiadamente entregada a las labores de la paz, se encontraba de súbdito en presencia de grandes e inminentes peligros que no tenía medios para conjurar. Era su corregidor el capitán don José de Castro, que sólo habría podido poner sobre las armas en caso de un ataque de los indios a ochenta hombres entre soldados y vecinos: tan pequeña era aun la población, que solo se contaban en la ciudad cuarenta casas particulares. Los demás elementos de defensa no eran más abundantes: había cinco medias naranjas28, veintidós mosquetes, cincuenta arcabuces, cuatro botijas de pólvora, tres barras de plomo y ciento cincuenta rolletes de mecha. No había más municiones ni de donde sacarlas, y Concepción era para otras ciudades el centro de todos los recursos, y a Concepción iban a acudir todas bien pronto en demanda de auxilios.
Tal era la situación de Concepción en los primeros días del año 1599, situación que, con ser bien precaria y miserable, no era comparable con la de las demás ciudades de la frontera. En Angol había 109 hombres mandados por el capitán Hernández Vallejo; en Chillán, 40; en la nueva ciudad de Santa Cruz de Oñez, 100 hombres; en Arauco, 90 soldados, y más o menos igual número en la Imperial y Villarrica. Pero todas estas ciudades estaban enteramente aisladas y en la más absoluta imposibilidad de comunicarse, todas estaban igualmente escasas de municiones, todas tenían sus campos talados por los indios, todas estaban desprovistas de víveres, todas sufrían continuos y rudos ataques de sus envalentonados enemigos29. ¿Qué iba a ser de Concepción, abandonada a sí misma en medio de numerosos enemigos que le profesaban odio antiguo y mortal?
El capitán Castro, al saber la noticia del desastre de Curalava, reunió al cabildo para poner la ciudad en estado de defensa, temeroso de que las hordas triunfantes atravesaran el Bío Bío y se dejaran caer sobre la ciudad.
Entretanto el soldado Juan Donaire volaba desde Angol a Santiago llevando la fatal noticia, que dejó aterrada la ciudad. El cabildo eligió al punto gobernador interino al anciano don Pedro de Vizcarra, que hacía las veces de teniente general y justicia mayor del reino, quien con una actividad superior a la que podía esperarse de sus años, hizo ponerse sobre las armas a cuantos estaban en estado de cargarlas, se dispuso a salir él mismo en socorro de las ciudades del sur, y envió a Lima al capitán Luis Jufré a dar cuenta al virrey Velasco de los últimos desastres y pedirle socorros para Chile. El 12 de enero salía Vizcarra de Santiago y llegaba a Concepción el 22, a tiempo en que entraba a la bahía un buque que, al mando del capitán Jerónimo de Benavides, traía del Perú cien botijas de pólvora, cincuenta quintales de plomo, ropa y otros pertrechos necesarios para la tropa.
La llegada de Vizcarra y del buque de Benavides reanimó por un momento a los angustiados habitantes de Concepción; pero bien pronto las noticias que día a día llegaban de la frontera volvieron a traer la consternación al ánimo de todos. Angol y Arauco estaban estrechamente sitiados, y escasos de víveres y municiones; en sus inmediaciones había todos los días combates en que los indios no llevaban la peor parte, y los jefes de ambas plazas, Hernando de Vallejo y Miguel de Silva, pedían socorro con la mayor urgencia. En Santa Cruz de Oñez el general Francisco Jufré hacía infructuosos esfuerzos para mantener a raya a los indios con soldados cobardes y desanimados. Los indios de la Imperial se habían alzado al saber la noticia de la muerte de Oñez de Loyola, robando los ganados y destruyendo las estancias, y los esfuerzos hechos para sostenerlos no habían sido más que una serie de desastres en los cuales habían perecido el capitán Pedro Olmos de Aguilera, el vecino más considerado de la ciudad, y el Corregidor Andrés Valiente. En febrero, Jufré anunciaba a Vizcarra que no podía defenderse en Santa Cruz porque toda la ribera sur del Bío Bío estaba en armas, y le pedía autorización para evacuar la ciudad; Vizcarra, aturdido por tal cúmulo de desgracias, sin recursos de que disponer, y sin saber a donde acudir, porque en todas partes era igual el peligro, no se atrevió a oponerse. Santa Cruz fue abandonada el 7 de marzo, y arrasada poco después por los indios.
Entretanto, la insurrección crecía y se dilataba, los indios, embravecidos, cobraban mayores ánimos e incitaban con ruegos y amenazas a los pacíficos a que tomaran las armas. Estos, creyendo llegado el último día de la aborrecida dominación española, se levantaban con entusiasmo, y así fue cundiendo la insurrección hasta que atravesó el Bío Bío, obligó a los defensores del fuerte de Jesús a replegarse con los de Santa Cruz sobre Chillán, se extendió por la ribera norte del río, y el 6 de abril de 1599, se presentaban a la vista de Concepción, seiscientos indios de guerra, y los estancieros, aterrados, llegaban a la ciudad contando que en las minas de Quilacoya se juntaban muchos más.
¿De dónde venían aquellos indios? ¿Cómo se había puesto en pie de guerra en tan pocos días la indiada del distrito de Concepción? Todas estas preguntas y muchas más se hacían los espantados habitantes de Concepción, que, reducidos desde hacía días por el miedo a no salir de los términos de la ciudad, no tenían noticias de que el caudillo Huenucura había atravesado el Bío Bío con gran número de guerreros cerca del fuerte de Jesús. Huenucura venía a sublevar a los indios de Concepción, y a impedir que de esta ciudad, que suponían los indios centro de los recursos, pudieran salir tropas o municiones en auxilio de las ciudades de la frontera, que abandonadas a sí mismas, debían sucumbir necesariamente.
En medio de la confusión general causada por la aproximación de los indios, Vizcarra comprendió que no debía dar por un momento al enemigo muestras de debilidad, y despachó al punto al alférez real Luis de las Cuevas, con cuarenta soldados, para que saliera al encuentro de los indios. A menos de una legua de la ciudad, y casi a la vista de ella, trabó el alférez Cuevas reñido combate, que acabó con la dispersión y fuga de los indios, y en el cual los españoles no perdieron ningún soldado.
En la tarde del siguiente día, salía el mismo Vizcarra, con ochenta hombres, camino de Quilacoya, marchaba toda la noche, y antes de amanecer caía de improviso sobre los indios. Cien de éstos quedaron muertos, cuarenta prisioneros y los demás buscaron la salvación en la fuga. Para atemorizar a los rebeldes, declaró Vizcarra que todo indio tomado con las armas en la mano sería reducido a esclavitud, e hizo marcar en la cara con un hierro candente a los prisioneros que acaba de tomar en Quilacoya.
Tan inhumano rigor fue contraproducente; los indios, sintiéndose fuertes y numerosos, acudieron con nuevo furor a la venganza, y mientras Vizcarra volvía a Concepción, temeroso de que fuera atacada en su ausencia, los indios, dueños absolutos de los campos, quemaban las casas de las estancias y algunos molinos que había cerca de la ciudad, destruían los viñedos y robaban los ganados, asesinaban sin piedad a cuanto español encontraban solo e indefenso, y llevaban, con sus correrías, el terror a la misma ciudad. Mes y medio después de la sorpresa de Quilacoya, los indios estaban reunidos en gran número en el mismo lugar, los defensores de Concepción no se atrevían a salir a atacarlos, los pobladores de la ciudad se encerraban todas las noches en la iglesia y convento de San Francisco por miedo a un asalto, y Vizcarra escribía al virrey del Perú: «Si se dilata este mes el socorro que de V. E. se espera, está en evidente contingencia rebelarse todos los indios de arriba y de todo el reino, y ser necesaria nueva conquista»30.
Tal era el estado de Concepción el 28 de mayo de 1599, día en que, empujadas por un temporal de viento norte, entraban a la bahía dos naves que fueron a fondearse en Talcahuano. Venían en ellas los refuerzos tan esperados del Perú y el nuevo gobernador nombrado por el virrey don Luis de Velasco, que se llamaba don Francisco de Quiñones, ex-corregidor de Lima y militar distinguido. Traía Quiñones en sus naves ciento treinta soldados reclutados con gran dificultad, doce quintales de pólvora, doce de plomo, ocho quintales de mechas para los arcabuces y cuatro piezas de artillería con cien balas para cada una. Los angustiados habitantes de Concepción recibieron como un salvador a Quiñones, que no quiso desembarcar hasta el día siguiente, después de haber hecho repartir entre los conventos de Concepción trescientos pesos que había ofrecido a Dios si le salvaba de las tempestades que le asaltaron en el camino. Para celebrar su llegada se hicieron salvas de artillería acompañadas de gran ruido de clarines y trompetas, la población entera vino a recibirlo a la plaza y se entregó Concepción a la alegría, pensando que lucía ya la aurora de días mejores31.
No lo creyó así Quiñones desde que pudo imponerse del estado del país y vio los campos desolados y desiertos, las ciudades pobres y hambrientas, los soldados desanimados y desnudos, el tesoro real exhausto y la insurrección triunfante y amenazadora. Los recursos que había traído eran ridículamente pequeños ante aquel cúmulo de necesidades, y así, determinó pedir al Rey nada menos que mil hombres con los cuales creía obtener en tres años la pacificación de Chile, y al Perú nuevos recursos de hombres y municiones para contener a los indios mientras llegaban los mil hombres que a España pedía.
El primer cuidado de Quiñones fue proveer a la defensa y seguridad de Concepción: estaba la ciudad tan estrechada por los indios que sus habitantes aseguraban al recién llegado gobernador que si hubiera tardado ocho días en llegar, la ciudad habría sido irremisiblemente arruinada por los indios. Quiñones hizo algunas correrías por los alrededores, y los indios, al verse delante de fuerzas poderosas, ofrecieron la paz con su acostumbrada perfidia. No se fió de sus promesas Quiñones y así, antes de pensar en socorrer a las otras plazas sitiadas, fortificó el convento de San Francisco con palizadas y artillería para que en aquel fuerte improvisado se asilaran los vecinos en caso de necesidad.
Miguel de Silva, entretanto, avisaba desde Arauco que estaba sitiado por tres mil indios, y reducido a la última extremidad; que, agotadas las municiones y víveres que desde Concepción le había mandado Vizcarra, la guarnición devoraba ya los caballos, los pedazos de cuero que podía haber a la mano, y aun las adargas y celadas cocidas. De la Imperial habían llegado poco antes don Baltasar de Villagrán y fray Juan de Lagunilla, refiriendo el miserable estado en que quedaba la ciudad y pidiendo socorros para sus infortunados habitantes. Sólo de Angol se sabía que, gracias a los esfuerzos que el capitán don Juan Rodulfo Lisperguer32 había venido a buscar a Concepción poco antes de la llegada de Quiñones, podría mantenerse durante algún tiempo. De las demás ciudades no se tenía noticias, pero se adivinaban sucesos semejantes o peores.
Quiñones juzgó que lo más urgente e indispensable era socorrer a Arauco y la Imperial, y con este fin despachó cuatro naves al mando del piloto Juan de Cárdenas y Añasco, que había venido al mando de los buques recién llegados del Perú, en las que se embarcaron ochenta soldados españoles, ciento veinte indios auxiliares; muchos víveres, ropas y provisiones, que llegaron felizmente a su destino. Pocos días más tarde despachaba otra nave al mando de Pedro de Recalde a llevar víveres a los míseros habitantes de la Imperial; pero la desgracia de éstos quiso que vientos contrarios detuvieran la nave y la hicieran volver a Concepción sin haber conseguido su objeto.
Así transcurrió el invierno de 1599: Concepción había vuelto a ser el cuartel general de la guerra de Arauco, y estaba pagando bien caro este honor. Como consecuencia necesaria de los sucesos que dejamos referidos, la escasez comenzaba a hacerse sentir y no venían socorros de Santiago, porque los esquilmados vecinos de la capital, cansados ya de dar, se veían también amenazados por una insurrección de los mansísimos indios de sus campos, a quienes seducía el ejemplo y los triunfos de los patriotas araucanos. Para colmo de desventura, llegaba a Chile a fines de septiembre la nueva de la muerte de Felipe II, y del advenimiento al trono, de su débil hijo Felipe III; y con ella, noticias de la pobreza y postración en que quedaba España, que eran señal segura de que Chile no podía esperar recursos de la metrópoli. En cambio, el nuevo rey mandaba que se celebrara con grandes fiestas su subida al trono; y Concepción tuvo que vestirse de fiesta y fingir regocijo en medio de tantas desgracias.
Casi al mismo tiempo que esto sucedía, los indios de Itata que habían prometido mantenerse tranquilos, sorprendían a la confiada guarnición de Chillán33, incendiaban las casas y el convento de mercedarios, robaban a las mujeres y se retiraban impunes después de matar cinco soldados y de haber obligado a los demás a refugiarse en un miserable fortín inconcluso. Quiñones remedió este desastre quitando a Francisco Jofré el mando de la plaza y enviándole algunos socorros de ropa y municiones. Pero la situación no mejoraba, ni bastaron para salvarla ciento cincuenta soldados que Jusepe de la Rivera trajo del Perú, y otros ciento treinta que equipó el cabildo de Santiago, a costa de infinitos sacrificios. Los indios del distrito de Concepción se mantenían en actitud hostil, y no bastaban para dominarlos ni las correrías de la guarnición de Chillán, ni las que por orden del gobernador hizo el capitán Pedro Cortés con sesenta hombres, ni la crueldad que uso Quiñones con algunos caciques conspiradores, que en Concepción fueron quemados vivos.
A pesar de todo, Quiñones comprendía que era indispensable y urgentísimo salir de una vez a socorrer a Angol y la Imperial, que debían haber pasado el invierno en la más desesperante situación; obligado por estas consideraciones, se determinó a pasar el Bío Bío con doscientos hombres, dejando en Concepción ochenta soldados, que, unidos a los sesenta vecinos que podían tomar armas, creía suficientes para defender la ciudad. Los vecinos de Concepción veían espantados los aprestos del animoso gobernador; no sólo creían que la guarnición que iba a quedar en la ciudad era insuficiente, sino que temían, y con razón, que en el camino de la Imperial cayeran los indios sobre el débil destacamento que pensaba llevar Quiñones, y le destrozaran completamente. Para hacer desistir a Quiñones de su empresa, fue necesario que Vizcarra, a la cabeza del cabildo, se presentara al gobernador y le suplicara que no decidiera la ruina del reino, exponiéndose a un desastre como el de Curalava; le representó la escasez de sus fuerzas, el número y soberbia de los enemigos, y le decidió, por fin, a permanecer en Concepción.
Casi al mismo tiempo que esto sucedía, el 5 de noviembre, llegaban a Concepción noticias de que dos buques holandeses de la expedición de Jacobo Mahu y Simón de Cordes habían aparecido en la bahía de Arauco, agregando así un elemento más de complicación a la dificilísima situación de Chile. Quiñones no pudo hacer otra cosa que enviar al capitán Arturo Recio a la isla de Santa María a entablar con los holandeses infructuosas negociaciones, y ordenar al cabildo de Santiago que a toda prisa despachara un buque que llevara al virrey del Perú la noticia de la llegada de los holandeses a las costas de Chile.
Las desgracias y contratiempos se sucedían sin darse lugar unas a otras: el 24 de noviembre Valdivia era sorprendido por el caudillo Pelantaru, al mando de cuatro mil araucanos, que arrasaron la ciudad y mataron o prendieron a casi todos sus habitantes y defensores. Once días después de este horrible desastre llegaba a Valdivia el coronel Francisco del Campo, enviado por el virrey don Luis de Toledo con dos naves y doscientos ochenta soldados, y con el encargo de defender a Valdivia y Osorno. El coronel del Campo, no encontrando que defender en la primera de estas ciudades, se dirigió a Osorno, que estaba ya acosada por Pelantaru y sus hordas. La noticia de estos sucesos llegó a Concepción por una nave que, a las órdenes de Pedro de Escobar Ibacache, había salido de esta ciudad, llevando a la Imperial socorros que no pudieron llegar sino hasta la barra del Cautín. ¿El mismo Ibacache había venido a pedirlos desde la Imperial en un frágil barquichuelo, hecho con la madera de los árboles de las huertas!
A fines de enero de 1600, llegaba a Concepción un buque del Callao trayendo al capitán Juan Martínez de Leiva y ciento seis soldados, de los cuales decía poco después Quiñones al virrey: «diera yo muchos ducados porque no entraran en este reino». Con tal refuerzo nada podía hacer Quiñones, y se limitó a despachar partidas al mando de Pedro Cortés y de su propio hijo Antonio de Quiñones para que recorrieran la campaña desde el Itata al Laja y contuvieran a los indios alzados. Durante esta forzada inacción, llegaban, junto con las noticias de verdaderos desastres, las de otros fingidos por el miedo, que no hacían sino desanimar más y más a los soldados de Concepción y llevar la consternación al ánimo de sus moradores.
Entretanto, la noticia de la presencia de los corsarios holandeses en la costa de Chile había determinado al virrey Toledo a enviar en su persecución al almirante don Gabriel de Castilla con dos naves tripuladas por cerca de cuatrocientos hombres, las que, buscando a los corsarios, llegaron a Concepción el 14 de febrero de 1600, y supieron allí que los enemigos que buscaban habían desaparecido. A instancias de Quiñones se decidió Castilla a desembarcar en Concepción doscientos veinticuatro soldados, y con los demás dio la vuelta al Perú.
Al verse el gobernador en posesión de tan importante refuerzo, creyó que no debía retardar la expedición que proyectaba para socorrer a las ciudades sitiadas; dispuso, pues, al punto los preparativos necesarios, ordenó que los soldados se confesaran y comulgaran, y en los últimos días de febrero salía de Concepción con cuatrocientos diez soldados en dirección al oriente, dejando en la ciudad una guarnición suficiente para resistir cualquier ataque.
Fácil es adivinar que tristes pensamientos asaltarían la mente de los pobladores de Concepción al ver que tras los cerros de Coihueco desaparecían los últimos soldados, dejando tras de sí una nube de polvo amarillento que el viento disiparía bien pronto. ¿Bastaría aquel ejército, comparativamente pequeño, para detener la furia de los altivos araucanos? ¿Podría resistir a la muchedumbre de enemigos embravecidos que iban a atacarlo para defender sus propios hogares, su libertad, su vida, todo lo que hay más caro para el hombre? Habían pasado ya los tiempos en que un español bastaba para cien enemigos: estaba probado que los indios de Chile no eran de la raza de los muelles aztecas, ni de los dóciles peruanos. Contra el araucano no valían ni los engañosos halagos, ni las amenazas terribles, ni los más crueles castigos que pudo discurrir la perversidad humana: contra el araucano no había más recurso que el exterminio, y el araucano parecía más dispuesto a exterminar a sus opresores que a dejarse exterminar por ellos. ¿Serían las fuerzas del anciano Quiñones bastantes para dominar a tan decididos adversarios? ¿Lograría abrirse paso por el corazón del país rebelado y llegar a socorrer a los desgraciados habitantes de Angol y la Imperial? ¿No perecería en la demanda como Loyola? Y si así sucedía ¿qué iba a ser de Concepción, aislada y entregada a sí misma en medio del torrente de la insurrección triunfadora?
En este estado de inquietud y de temores quedaba Concepción, mientras las tropas del gobernador atravesaban la cordillera de la costa, doblaban en seguida su rumbo hacia el sur, cruzaban el Laja, destrozaban en sus orillas a un ejército de bárbaros, haciendo en ellos horrible carnicería, libertaban a Angol, atravesaban los campos de Curaco y Purén, desbaratando a los indios que se oponían a su paso y llegaban a la Imperial el 31 de marzo. Después de haber sostenido un sitio que duraba ya más de un año, la heroica ciudad estaba reducida a la última extremidad: había perdido sucesivamente a sus corregidores Andrés Valiente y Hernando Ortiz y al mayor número de sus defensores; el capitán Francisco Galdames de la Vega y una heroína, doña Inés de Córdoba de Aguilera, encabezaban la resistencia y animaban sin cesar a los sesenta desgraciados que constituían toda la población de la ciudad, y que, encerrados en la casa episcopal, luchaban desesperadamente con los indios y con el hambre.
Quiñones, a pesar de sus victorias, comprendió que era locura pensar en mantener una guarnición en la Imperial y Angol, y decidió el abandono de ambas ciudades. El 5 de abril se retiraba de la Imperial el ejército, llevando consigo a los pobladores de la ciudad, y llegaba el 12 a Angol, cuyos doscientos habitantes recogía también para seguir inmediatamente camino de Concepción. De todas las plazas situadas en el continente al sur del Bío Bío, sólo quedaban en pie Arauco, Villarrica y Osorno, y estas tres estaban sitiadas y en inminente peligro de sucumbir.
Honda emoción produjo en Concepción la llegada del ejército, la vista de los desnudos y afligidos pobladores de Angol y la Imperial, y la relación que ellos hacían de sus penalidades y desgracias. El canónigo maestrescuela de la Imperial don Alonso Olmos de Aguilera, que gobernaba el obispado desde la muerte del ilustrísimo señor Cisneros, había traído consigo la imagen de Nuestra Señora de las Nieves, que se veneraba en la catedral y a cuya milagrosa protección creían los vecinos deber su salvación. Se colocó esta imagen en la iglesia mayor con grande solemnidad34 y se dio asimismo honrosa sepultura a unos huesos recogidos por Quiñones al pasar por Curalava y que se creyó que fueran los del malogrado Oñez de Loyola35. Los infelices recién llegados se repartieron por las casas en que por caridad quisieron recibirlos; pero aquel aumento inesperado de población iban a poner a la ciudad en serios aprietos. Aquel año no se habían recogido las cosechas, los campos estaban abandonados y talados por los indios, casi todos los ganados habían sido robados por ellos, y semejante estado de cosas no había llegado todavía a su fin, porque de la ciudad aun no se podía salir sino bien armado y en numerosas partidas. Por otra parte, las depredaciones del corsario holandés Olivero Van Noort, que a fines de marzo había apresado un buque en la isla Santa María y tres en la bahía de Valparaíso, hacían imposible la venida de víveres de Santiago; de suerte que bien pronto la escasez y el hambre obligaron a los desgraciados habitantes de Angol y la Imperial a buscar asilo en las ciudades del norte.
Las lluvias y los vendavales del invierno vinieron bien pronto a hacer más triste todavía la situación de Concepción, en donde seguía encerrado el viejo Quiñones, abatido pro la desgracia y los achaques. Un cuerpo de indios atravesó el Bío Bío y llegó a amenazar los campos vecinos de la ciudad; Quiñones, haciendo un esfuerzo sobrehumano, salió a rechazarlos y los obligó a pasar de nuevo el Bío Bío. Alentado por este triunfo, pensó llegar hasta Arauco; pero las lluvias y la intemperie le produjeron un ataque de parálisis que le obligó a hacerse conducir a Concepción, en donde pasó muchos meses inmóvil en su lecho. En este estado lo encontró la noticia de la llegada del sucesor que había pedido al rey de España y al virrey del Perú: el 29 de julio de 1600 desembarcaba en Valparaíso don Alonso García Ramón, nombrado por el virrey gobernador interino.
El inválido Quiñones, al saber que García Ramón había llegado a Chile, se dispuso para volver inmediatamente al Perú; pidió al cabildo de Concepción un certificado de los servicios que había prestado en la guerra de Arauco, reunió todos los documentos que pudieran servirle para su justificación y se embarcó para el Callao. García Ramón, entretanto, pasaba en Santiago los últimos meses del invierno, y a costa de grandísimos esfuerzos conseguía equipar y armar un escuadrón de cuatrocientos soldados. Se puso en marcha con ellos a principios de diciembre, guarneció de paso a Chillán y llegó a Concepción en los primeros días de enero.
Antes de salir de Santiago, había sabido García Ramón que de un día a otro debía llegar a España el gobernador nombrado por Felipe III para suceder a Oñez de Loyola. Esta noticia había causado en Chile universal descontento: en las críticas circunstancias por que el país atravesaba, se iba a quitar el mando a un militar distinguido y muy conocedor de los asuntos de Chile, para confiarlo a un hombre desconocido y enteramente extraño a los peculiarísimos negocios que iba a manejar.
García Ramón, tratando de sacar partido en favor suyo de este descontento, se puso de acuerdo con los cabildos de Santiago y Concepción para salir a campaña sin esperar al nuevo gobernador, socorrer a las ciudades sitiadas con las tropas de que podía disponer, y demostrar prácticamente, por medio del éxito de sus operaciones militares, que se le había hecho un injusto agravio, nombrando a otro que a él gobernador de Chile. Movido por este propósito, salió el 24 de enero de Concepción solo con trescientos diez hombres; con tan pequeñas fuerzas se proponía recorrer el valle central, pasando por Angol y Purén, libertar a Villarrica y juntarse después, en Osorno, con el coronel Francisco del Campo. Pero García Ramón, tal vez conociendo lo escaso de las tropas con que pensaba acometer tan grande empresa, se entretuvo muchos días en talar los campos de la ribera norte del Bío Bío, y doce días después de su salida de Concepción recibía, en Quilacoya, aviso del corregidor Hernando Cabrera de que la plaza de Arauco, estrechamente sitiada por los indios, pedía urgentes socorros. Con esta noticia, se creyó obligado a volver a Concepción para socorrer a Arauco antes de salir a campaña; y el 10 de febrero se hallaba en Hualqui, cuando recibió aviso de que acababa de llegar el nuevo gobernador don Alonso de Ribera, y que le llamaba para que fuera al punto a verse con él.
Ribera había llegado el 9 a Concepción; pero no quiso desembarcar sino el domingo 11, día en que bajó a tierra con los doscientos sesenta hombres que había traído en sus dos buques, bien vestidos y armados. Le recibieron en la playa García Ramón, el corregidor Cabrera y el cabildo, con los honores debidos a su rango, y aquel mismo día entregó Ribera a García Ramón una honrosa carta en que el virrey le pedía que se quedara un año más en Chile ayudando, con sus importantes servicios, al feliz éxito de la guerra. No deseaban tal cosa ni Ribera ni el mismo García Ramón, que se trataron al principio con cortés frialdad, que debía degenerar bien pronto en enemistad manifiesta. Las ideas que mutuamente se manifestaron sobre el plan de la campaña que había de emprenderse inmediatamente, eran en todo opuestas. Ribera reunió un consejo de guerra, cuya presidencia confió al mismo García Ramón y al cual asistieron el maestre de campo Luis Jufré, el general Francisco Jufré; Hernando Cabrera, que desempeñaba las funciones de corregidor, justicia mayor y capitán de guerra de Concepción; el capitán Juan de Ocampo, alcalde ordinario de la ciudad, y otros once capitanes del ejército. Este consejo debía deliberar sobre un plan de campaña que le sometía el gobernador, y conociendo García Ramón que no habría muchos vocales que se atrevieran a contradecir al arrogante Ribera, se limitó a exponer sus propias ideas, sin pedir para ellas la aprobación del consejo, y a los pocos días se embarcó para el Perú, en donde estaba su familia36.
Ribera, por su parte, contento de haber triunfado de su rival, se dedicaba sin pérdida de tiempo a marchar en socorro de Arauco. En Talcahuano se recibió de las tropas que García Ramón había aprestado y que, unidas a las que él había traído, llegaron a formar un cuerpo de quinientos cuarenta y dos hombres, con los cuales se puso en marcha para Arauco el 21 de febrero. Los indios no se atrevieron a hacer resistencia a tan numeroso ejército, en el cual Ribera, educado en la escuela de Alejandro Farnesio y el conde de Fuentes, se esforzaba por introducir la disciplina y orden de los tercios españoles de Flandes; pasó el Bío Bío sin tropiezo, socorrió a Arauco, en donde se defendían todavía sesenta y un españoles en el más horrible estado de miseria; cruzó la cordillera de Nahuelbuta casi sin encontrar enemigos, recorrió el valle central por las orillas del Bío Bío, y dio, por fin, la vuelta a Concepción.
Durante la ausencia de Ribera nada de particular había sucedido: la ciudad, guarnecida por ciento noventa soldados, no había sufrido ataques de los indios de su distrito, que permanecían en sus tierras; y los víveres no habían faltado, gracias a los cargamentos que llegaban de Valparaíso para abastecer la ciudad y el ejército, por no ser bastantes las poquísimas comidas que producían los campos vecinos a Concepción, tantas veces devastados por los indios.
Llegado a Concepción, Ribera dispuso la fundación de un fuerte en Talcahuano y otro en Lonquén a orillas del Itata y en los primeros días de mayo se fue a Santiago. El invierno de 1601 fue en Concepción tranquilo; sólo al comenzar la primavera comenzaron algunos indios, acosados por el hambre, a pasar el Bío Bío y a hacer correrías hasta los mismos fuertes de Lonquén y Chillán en busca de comidas. Estas agresiones fueron rechazadas, y el 25 de octubre llegaba a Concepción el gobernador Ribera, ansioso de organizar de una vez el socorro que quería enviar a las ciudades sitiadas. Desde la llegada del gobernador todo fue movimiento y actividad en Concepción. Las tropas salían de sus cuarteles y se aprestaban para marchar a campaña; dos buques cargados de víveres y municiones habían llegado de Valparaíso, de donde los había despachado Ribera antes de venirse al sur; se trasladó parte del cargamento de estos buques a tierra, se embarcaron en ellos los capitanes Francisco Hernández Ortiz y Gaspar Doncel con doscientos hombres, víveres para tres meses, armas y vestuario, y el 9 de noviembre se hacían a la vela las dos naves en dirección a Valdivia, en donde debían reunirse estas fuerzas a las del coronel del Campo para ir con él a socorrer a Villarrica.
Continuó Ribera en Concepción sus preparativos durante los meses de noviembre y diciembre, y el 23 de éste salió de la ciudad con cerca de trescientos hombres, a los cuales se unieron poco después cuatrocientos cuarenta que por la vía de Buenos Aires y la cordillera llegaran de España a cargo de los capitanes Alonso González de Nájera, Pedro de Salinas y Gregorio de Puebla37. Con tan poderoso ejército hizo Ribera largas correrías, y durante todo el verano se ocupó en establecer una línea de fuertes apoyados en el Bío Bío, que sirviera de valla durante el invierno a las irrupciones de los indios, y en el verano de base a las operaciones militares. Con esta hábil medida estratégica devolvió la más completa tranquilidad a Chillán y Concepción, y en los últimos veinticinco años el avance gradual de la línea establecida por don Alonso de Ribera ha determinado la pacificación y conquista del territorio de Arauco.
En el otoño comenzaron los vecinos de Concepción a preparar la tierra y hacer grandes siembras; volvió a verse vida y movimiento en los campos, y aun se comenzó otra vez el trabajo de los lavaderos de oro, interrumpido por el alzamiento de los indios. A principios de mayo y hallándose Ribera en Concepción, recibió las primeras noticias de la expedición que a las órdenes de Francisco Hernández Ortiz había ido en noviembre en auxilio de las ciudades australes. Esta expedición había encontrado al coronel del Campo muerto por los indios, había socorrido a Osorno reducida por éstos a la última extremidad, había sufrido hambres y desesperados ataques; pero había llegado tarde para salvar a los desventurados habitantes de Villarrica, que después de tres años de padecimientos increíbles y reducidos al número de veinte, habían sucumbido con su heroico jefe Rodrigo de Bastidas el 7 de febrero de 1602. No nos toca narrar este memorable episodio de la historia de Chile, en que los españoles se mostraron dignos descendientes de los defensores de Sagunto y Numancia38.
Estas noticias no debieron causar en Concepción sorpresa alguna. Lo que esta ciudad había sufrido durante los largos años que duraba ya la gran insurrección que estalló en 1598, podía darle la medida de lo que debían haber padecido las ciudades australes abandonadas a sí mismas. De Villarrica, no se creía desde hacía un año que existiera; el gobernador Quiñones, después de libertar a los sitiados de la Imperial, no quiso internase en dirección a la cordillera nevada, por creer que los habitantes de Villarrica habrían abandonado la ciudad y buscado refugio al otro lado de los Andes. Esta misma creencia era común en Concepción, y por eso se asombró la gente, no de que hubiera sucumbido Villarrica, sino de que hubiera sucumbido tan tarde. Ribera acusó a Hernández Ortiz de la pérdida de la infeliz ciudad y envió al capitán Antonio Mejía con veinticinco soldados y algunos víveres y pertrechos a que tomara el mando de las tropas de Valdivia y Osorno.
En aquellos mismos días llegó del Perú un buque que conducía el primer situado que a solicitud del gobernador de Chile enviaba el virrey para pagar las tropas por orden del soberano. El situado estaba fijado en sesenta mil ducados al año, pero éste de 1602, por ser el primero, llegó a 76,325 ducados, de los cuales 17,777 venían en dinero y el resto en géneros y otros artículos para la tropa. Con la llegada del situado, que siguió viniendo cada año, comenzó a verse en Concepción dinero, que antes era rarísimo, porque aunque tenía la ciudad real privilegio para acuñar moneda, nunca le usó, según parece. Las transacciones se hacían por medio del cambio directo de especies, o por medio del oro en polvo o en barras, que se pesaba en balanzas para fijar su valor.
Durante el invierno la línea de fuertes del Bío Bío, en los cuales Ribera había dejado repartido el ejército, comenzó a prestar los más importantes servicios, rechazando a los indios y haciendo en sus tierras incesantes y destructoras correrías, que bastaron para mantener en paz los distritos de Concepción y Chillán, que tanto necesitaban de ella. El gobernador pasó el invierno en Santiago, y el 3 de noviembre estaba de vuelta en Concepción.
El 12 de diciembre llegaban a esta ciudad ciento doce soldados que traía del Perú el capitán Juan de Cárdenas de Añasco, y con ellos el tercer obispo de la diócesis de la Imperial y Concepción, don Fray Reginaldo de Lizárraga. Dijimos antes que por la muerte del Ilustrísimo señor Cisneros, acaecida a fines de 1595 o principios de 1596, había quedado gobernando el obispado en el carácter de vicario capitular el canónigo maestrescuela don Alonso de Olmos y Aguilera. Murió este digno sacerdote poco después de haber llegado a Concepción con los pobladores de la Imperial, y había quedado por su muerte encargado del gobierno de la diócesis (sin duda por nombramiento hecho por el obispo de Santiago señor Pérez de Espinosa), el padre domínico fray Antonio de Victoria; de los canónigos de la catedral de la Imperial, ni uno sólo se encontraba en Concepción: los que no habían muerto se encontraban ausentes. Por lo demás, el estado de la diócesis no podía ser más miserable: la parte más considerable de su territorio estaba desolada por la guerra o en poder de los indios rebeldes; la mayor parte de las ciudades arruinadas, y entre ellas la Imperial, cabeza del obispado; la exigua población de la diócesis disminuida en más de setecientos habitantes, que habían perecido durante la insurrección, y los que sobrevivían, reducidos a la más completa miseria.
La misma ciudad de Concepción comenzaba apenas a sentirse segura después de cuatro años en que habían pesado sobre ella todas las calamidades de la guerra. Durante este tiempo los soldados de infantería dormían en las bocacalles para cerrar el paso a los indios, que penetraban en la ciudad al menor descuido; los soldados de caballería estaban reunidos en la plaza, prontos para acudir a donde se diera la voz de alarma; apenas ésta se oía empezaban la confusión y el terror, la fuga y los gritos de los que no tenían ánimos o fuerzas para combatir. «Las religiosas y las señoras de Concepción, dice un escritor contemporáneo, muchas veces, en tenebrosas noches de cruel invierno, han saltado de las camas, y muchas veces lloviendo, desnudas, descalzas, a medio vestir, a meterse en un lodoso corral de vacas de unas malas tapias, por no haber otro refugio de más consideración, donde no hubiera servido de más que de haberse congregado para esperar al enemigo, donde las hallara juntas para irlas atando como a ovejas y llevárselas con cualquiera diligencia que para ello hiciera»39. Las huellas de estas desgracias y miserias estaban todavía patentes en Concepción; las necesidades de la ciudad y de la diócesis entera eran infinitas y estaban reclamando un hombre que al talento de organizador uniera las virtudes de apóstol. Veamos si el regalismo de Felipe III había dado a Concepción lo que necesitaba.
Don Fray Reginaldo de Lizárraga, en el siglo Baltasar de Ovando, era un fraile domínico natural de la villa de Lizarraga, en Vizcaya, que había sido sucesivamente prior del convento de su orden en Lima, primer provincial de la misma en Chile, maestro de novicios en el convento de Lima y luego párroco de Jauja. Propuesto para la sede de la Imperial después de la muerte del señor Cisneros, fue consagrado en Lima el 24 de junio de 1599, y permaneció largo tiempo en esta ciudad, dando por disculpa que el arzobispo Santo Toribio de Mogrovejo había convocado a sus sufragáneos a concilio; que la Imperial estaba sitiada por los indios y toda su diócesis en triste estado de desolación y miseria; que no iba a tener en ella medios de subsistencia, y finalmente, que no tenía ni aún los necesarios para trasladarse a Chile. El 11 de abril de 1601 inauguraba sus sesiones el cuarto concilio limeño, y fray Reginaldo de Lizárraga no asistía a él, desobedeciendo a su metropolitano, y elevaba a Felipe III una injustísima e insolente queja contra Santo Toribio, a la que respondió el rey exigiendo al obispo de la Imperial que se fuera a su diócesis. Se atrevió este todavía a proponer al rey, por medio de don Luis de Velasco, la supresión de su obispado y la agregación de su diócesis a la de Santiago; pero sin aguardar la respuesta del soberano, que fue negativa, se embarcó, a fines de 1602, y llegó a Concepción en diciembre del mismo año, como ya hemos visto.
El nuevo obispo de la Imperial era un fraile habituado a la tranquila vida del convento y sin preparación ni disposiciones para la vida apostólica. En Lima pidió limosna a sus amigos para costear su viaje a Chile. Santo Toribio, a quien tanto había ofendido, le dio quinientos pesos; y con estos recursos fray Reginaldo compró víveres para un año. Al llegar a Concepción residió en el convento de San Francisco, por no haber casa episcopal; y sabiendo que la Imperial ya no existía, pensó en convocar el cabildo eclesiástico para decidir la traslación de la sede a Concepción. Sólo asistió a la reunión el canónigo don Diego López de Azocar, que vivía en Santiago, de donde había venido acompañando al nuevo obispo, y aún éste, terminado el cabildo, presentó al obispo su renuncia y se volvió a Santiago. La traslación de la sede fue aprobada por Felipe III por real cédula de 31 de diciembre de 1605, y con eso quedó Concepción constituida en cabeza del obispado y la iglesia mayor de San Pedro erigida en catedral: el auto que así lo declaró tenía fecha de 7 de febrero de 1603 y estaba refrendado por Pedro Guevara. Poco después de decretada la traslación, el pusilánime obispo de Concepción elevó al rey un memorial en el que, después de pintar con negros colores el estado miserable de su diócesis, termina haciendo renuncia de su alto cargo. El monarca le contestó en tono digno, noble y severo, desconociendo las causales que el obispo alegaba para fundar su renuncia, y representándole que la misma miseria de sus ovejas y los peligros y desgracias a que estaban expuestas, imponían al pastor el deber de permanecer entre ellas para confortarlas en sus aflicciones y tratar de mejorar su triste condición. Fray Reginaldo, avergonzado de su pequeñez y falta de ánimo, recibió aquella carta como una severa represión, y tan bien supo aprovecharla, que desde que la recibió comenzó a ser, en medio de su pobreza, ejemplo de caridad y celo, comprendiendo, al fin, la augusta misión del obispo católico. Así lo escribió al rey don Alonso de Ribera en su carta de 29 de abril de 1603, y dos años más tarde don Alonso García Ramón, en una comunicación semejante, hacía grandes elogios de su pobreza, humildad y piadoso celo40.
Durante el verano de 1602 a 1603 emprendió Ribera una campaña, cuyo único objeto fue reforzar la línea del Bío Bío y hacer correrías en el territorio araucano para destruir o arrebatar las comidas, incendiar los ranchos y rescatar algunos prisioneros españoles. En los primeros días de marzo llegaba el gobernador apresuradamente a Concepción y sorprendía al vecindario y al ejército con un acto tan insólito como inesperado.
Don Alonso de Ribera, como casi todos los militares de su tiempo, era aficionado al lujo y a la vida bulliciosa; él introdujo en Chile los brindis flamencos, jugaba públicamente juegos de azar prohibidos, bebía con los capitanes a quienes distinguía con su amistad, vivía deshonestamente con una moza que había traído de Lima, y no se confesaba ni comulgaba por pascua y cuaresca como era precepto y costumbre entre los españoles. Esta vida disipada y licenciosa, que había sido para Concepción grave motivo de escándalo y murmuraciones, fue también muy perjudicial a la ciudad. Ribera, sin tomar consejo sino de su carácter arrebatado e irreflexivo, privó a Concepción del amparo de sus más importantes vecinos para hacer lugar a sus propios compañeros de juegos y liviandades: abandonó entre otros la ciudad el corregidor Hernando Cabrera, hombre de carácter recto, rico y dadivoso, que sustentaba en su casa cien soldados, y en su lugar nombró Ribera corregidor a Francisco Galdames de la Vega, el último jefe de los defensores de la Imperial.
A estos sucesos, que habían sido en la ciudad materia de largos y acalorados comentarios, habían venido últimamente a agregarse otros. El gobernador había casado a su manceba con el capitán Luis del Castillo, a quien había hecho merced de una rica encomienda cerca de Concepción; y aunque sospechaban algunos, sin razón, que Ribera seguía manteniendo secretas relaciones con su antigua querida, aseguraban otros que las aficiones del gobernador no iban ya por ese lado, y que había en Santiago una doncella «hermosa, discreta y de todas las buenas circunstancias que se pueden apetecer en una señora»41 que lo tenía aprisionado en las blandas redes del amor.
Cuando así se hablaba en Concepción, llegó al puerto un buque procedente de Valparaíso, del cual desembarcaron, muy atendidas por el corregidor, dos damas que no eran desconocidas en Concepción. Era la una la famosa heroína de la Imperial doña Inés de Aguilera y Villavicencio, viuda del capitán Pedro Fernández de Córdoba, muerto durante el sitio, y la otra, su hija, la hermosa doña Inés Fernández de Córdoba y Aguilera. Pocos días después de la arribada de estas señoras, llegaba apresuradamente a Concepción el gobernador, y el 10 de marzo de 1603 el obispo Lizárraga bendecía en su catedral el matrimonio de don Alonso de Ribera con doña Inés de Córdoba.
El matrimonio se celebró sin pompa ni ruido, porque Ribera sabía que con él desobedecía dos reales cédulas dictadas por Felipe II42, en las cuales prohibía terminantemente que los gobernadores, corregidores y alcaldes mayores y sus tenientes letrados se casaran dentro del distrito en que ejercían jurisdicción, sin especial licencia del soberano. Ribera había solicitado esta licencia; pero el amoroso afán que le aguijoneaba no permitió a aquel hombre de cuarenta y dos años aguardar la respuesta de su soberano. Este paso del fogoso Ribera determinó su separación del gobierno de Chile, por más que él trató de justificarse, manifestando al rey que no se había creído incluido en la prohibición, que había procedido con el parecer del licenciado Vizcarra, y que se había casado para dejar hijos que sirvieran a Dios y al rey.
El matrimonio del gobernador produjo un cambio radical en su vida y costumbres, debido a la dulce influencia de su esposa y de uno de sus cuñados, religioso de la Compañía de Jesús. Cesaron los banquetes bulliciosos y la vida disipada y alegre; Ribera comenzó a frecuentar los sacramentos y a hacer obras de piedad y caridad. Como regalo de bodas hecho a la ciudad, reedificó a su costa el arruinado hospital de Concepción, «proveyéndolo de cirujano, mayordomo, sacerdote que administre los santos sacramentos, y dándole treinta camas y las medicinas y demás cosas necesarias para la cura de la gente de guerra. Y de lo procedido de los arbitrios le dio una viña y mil ovejas y servicios, con que se ha entablado una estancia». El cambio favorable del gobernador produjo también saludable fruto en el ejército, en el que su mal ejemplo había causado mucho daño; para remediarlo, mandó Ribera despedir de los fuertes y cuarteles todas las mujeres que hacían los oficios de vivanderas y camaradas de los soldados y que eran constante alimento de torpes vicios e inmoralidades. En lo que no se enmendó el gobernador fue en sus luchas y disgustos con el obispo de Santiago fray Juan Pérez de Espinosa, que no nos toca a nosotros referir.
Este mismo año emprendió Ribera el establecimiento de la llamada Estancia del Rey, que comprendía una grande extensión de terreno, en lo que es hoy Rere, Yumbel y La Florida, y dentro de la cual quedaban los lavaderos de oro de Quilacoya. Se establecieron en ella muchos de los indios araucanos que se sometían a la paz y a quienes se sacaba de sus tierras para que no volvieran a hacer armas contra los españoles; se pobló la estancia con ocho mil vacas y dos mil yeguas traídas de Cauquenes y de otras estancias reales que había en el norte, y se hizo en ella una siembra de cuatrocientos fanegas de trigo, que pareció entonces enorme. Para ahorrar a los soldados el trabajo de moler en piedra sus raciones de trigo, que también solían comer cocido, se estableció en Concepción un molino real, que no sólo molía el trigo para el ejército, sino que negociaba con las maquilas de los vecinos y estancieros y que en tres años produjo más de siete pesos de utilidad.
Por fin, sacó del ejército el gobernador algunos artesanos que habían aprendido sus oficios, enseñados por la necesidad, y con ellos planteó en Concepción talleres de sombrerería, zapatería y sillería para la provisión de la tropa. Estableció al mismo tiempo en Melipilla un telar de jergas y frazadas y en Santiago una curtiduría o tenería con el mismo objeto.
Con las campañas de los años siguientes y el establecimiento de nuevos fuertes apoyados siempre en el Bío Bío, se consiguió contener a los araucanos y aislarlos enteramente de los indios pacíficos, con lo cual recobraron Concepción y Chillán su primitivo aspecto de ciudades agrícolas. Comenzaron los vecinos a salir al campo sin cuidado, reedificaron las arruinadas casas de sus estancias, volvieron a dedicarse al cuidado de sus ganados que con las correrías del gobernador en tierra araucana recobraron en gran parte, y se consagraron de nuevo al cultivo de sus siembras y sus viñas, que eran la fuente de su futura riqueza. Los lavaderos de oro se volvieron a explotar, aunque con menor empeño que en los primeros tiempos, porque la producción de las minas había disminuido mucho, aunque el oro se encontraba en pequeña cantidad en muchos lugares.
A fines de 1603, decretó Ribera el abandono y despueble de Valdivia y Osorno, que después de indecibles penurias y padecimientos, casi no tenían guarnición que las defendieran; sus pobladores se trasladaron a Chiloé, y desde entonces los esfuerzos del gobernador se contrajeron a organizar y disciplinar el ejército permanente, de mil quinientas plazas, que por orden del rey debía mantenerse en Chile, a fortificar más y más la línea del Bío Bío, y a hacer incesantes correrías alrededor de cada fuerte para alejar de ellos a los indios, y conseguir así el avance gradual de la línea de defensa. Así corrió el año de 1604, y Ribera creía ya haber pacificado para siempre el sur de Chile, sin reparar en que lo único que se había hecho era abandonar a los indios un inmenso territorio, y retroceder ante la insurrección hasta el punto de abandonarle siete ciudades. Después de sesenta años de continua guerra, los españoles apenas podían llamarse dueños de la región comprendida entre el Itata y el Bío Bío; sus temerarios avances hacia el sur de este río habían sido enteramente inútiles, y habían costado la vida a más de mil españoles.
El 19 de marzo de 1605 desembarcaba en Concepción don Alonso García Ramón, nombrado gobernador por el virrey del Perú, en reemplazo de don Alonso de Sotomayor, que designado por el rey, no había querido dejar su tranquilo gobierno de Panamá, para tomar el azaroso gobierno de Chile, que ya le era bien conocido.
Durante este primer gobierno de Ribera se distinguió en la guerra de Arauco una mujer llamada doña Catalina de Erauzo, natural de San Sebastián, en Guipúzcoa, y fugada de un convento de esta ciudad, en el cual era novicia o educanda. Esta célebre mujer vino del Perú disfrazada de soldado, ganó en la guerra contra los indios el grado de alférez por su valeroso comportamiento, y estuvo algún tiempo en Concepción, dándose a conocer bajo el nombre de Francisco de Loyola, según el P. Rosales, o de Alfonso Díaz Ramírez de Guzmán, según se refiere en Una historia de la monja-alférez, escrita por ella misma, y publicada por don José María de Ferrer (París, imprenta de Julio Didot, 1829).
En este libro, a todas luces apócrifo, se refieren novelescas aventuras ocurridas en Concepción a la monja-alférez. Se dice allí que doña Catalina de Erauzo se encontró en Concepción con su hermano el capitán Miguel de Erauzo, que la recibió en su casa a fuer de paisano suyo, y que no la reconoció en tres años que vivieron juntos; que la monja-alférez mató a un alférez amigo suyo en una pendencia de juego y al auditor general Francisco de Párraga que vino a prenderla, y se refugió en San Francisco; que el gobernador Alonso García Ramón cerco la iglesia con soldados, y la tuvo así seis meses para que no se escapara doña Catalina; que ésta salió de allí una noche para servir de padrino de un desafío, y que teniendo que batirse para defender a su apadrinado, mató, sin saber quien era, al padrino del contrario, que resultó ser el capitán Miguel de Erauzo; que pudo fugarse después de esta fechoría, y atravesando la cordillera, dirigirse al Tucumán.
Todo esto debe de ser una pura invención: lo del hermano Miguel de Erauzo, a quien Rosales y la historia apócrifa dicen secretario del gobernador, no debe de tener más fundamento que el haber sido un Domingo de Erazo secretario de Ribera. Por lo demás, Rosales asegura que la monja-alférez se dio a conocer por mujer en Guamanga, del Perú, y entró allí en un convento, donde acabó sus días; al paso que la historia publicada por Ferrer refiere que salió de este convento, volvió a Europa y corrió allí nuevas aventuras. La monja-alférez ha dado materia a varias leyendas y a una comedia del famoso literato don Juan Pérez de Montalván, contemporáneo de Quevedo.