Felipe IV, por real cédula de 7 de mayo de 1635, había facultado al virrey del Perú para nombrar anticipadamente la persona que, en el carácter de gobernador interino, debía suceder en caso de muerte al gobernador de Chile. El virrey ejercitó por primera vez esta facultad, nombrando gobernador interino de Chile al maestre de campo don Alonso de Figueroa y Córdoba. Era éste un viejo militar llegado a Chile en 1605 en el refuerzo de tropas que trajo de España el general don Antonio de Mosquera; y que, como hemos visto, había sido corregidor de Concepción durante el gobierno de Lazo de la Vega. Figueroa, que vivía modestamente con su familia en Concepción, fue reconocido como gobernador interino por el cabildo de esta ciudad a mediados de mayo de 1649; la audiencia de Santiago se negó a reconocerlo como presidente suyo, fundándose en que su nombramiento había sido expedido por el marqués de Mancera, que había dejado de ser virrey del Perú antes que don Alonso de Figueroa tomara posesión del cargo de gobernador. Carvallo91 dice que esta resistencia de la audiencia le valió una reprensión del rey en una cédula de 6 de mayo de 1651. Tal vez no es aventurado presumir que los orgullosos oidores no querían someterse a ser presididos por un vecino de Concepción: como se ve, es antiguo en Santiago el orgullo de capital y el menosprecio de los provincianos.
El gobierno de Figueroa y Córdoba duró un año escaso, durante el cual hizo varias correrías en los territorios de los indios para castigar sus robos y desmanes. Sus esfuerzos para conseguir del virrey y de la Corte de España la confirmación de su título de gobernador de Chile fueron infructuosos: el conde de Salvatierra, virrey del Perú, nombró gobernador de Chile a don Antonio de Acuña y Cabrera92, militar que debía su fortuna a la protección de su tío don Hernando Ruiz de Contreras, marqués de la Silla, secretario de estado de Felipe IV. El 4 de mayo de 1650 fondeaban en la bahía de Concepción las naves que del Perú traían situado, y en medio de las salvas de artillería y regocijo acostumbrado, desembarcaban en la playa el nuevo gobernador Acuña acompañado de su esposa doña Juana Salazar de Pallavicino, sus cuñados don Juan y don José Salazar y una compañía de infantería que había reclutado en el Perú. Tres días después Acuña era solemnemente recibido por el cabildo en el cargo de gobernador, y seducido por las halagadoras noticias que de Valdivia y de los fuertes de la frontera le llegaban sin cesar, sobre las disposiciones pacíficas de los indios, dispuso la suspensión de toda clase de hostilidades contra éstos, y la próxima celebración de un parlamento, de cuya preparación encargó al veedor Francisco de la Fuente Villalobos, que años antes había desempeñado análoga misión por orden de don Martín de Mujica.
En enero de 1651 todo estaba dispuesto en Boroa para la celebración del parlamento, y sólo se esperaba al gobernador que debía presidirlo y que, salido de Concepción, emprendió, escoltado sólo por seis hombres, una serie de temerarias e inútiles correrías que retardaron hasta el 24 de enero la celebración del parlamento. Se estipularon en él las capitulaciones acostumbradas, que los indios con su usual perfidia y los españoles con su codicia empezaron a violar apenas volvió la espalda el gobernador para dirigirse a Concepción, de donde pasó a Santiago para prestar allí el juramento de estilo ante el cabildo y la audiencia.
El 15 de enero de 1652 volvía a Concepción don Antonio de Acuña, e iniciaba un sistema de gobierno tan vituperable, que debía atraer bien pronto sobre la ciudad calamidades de que ésta se consideraba ya libre para siempre. Era Acuña hombre ya entrado en años y débil de carácter; su esposa, joven y aficionada a la ostentación y el lujo, le dominaba por completo, y sólo había consentido en que su marido viniera a Chile, abandonando el corregimiento que desempeñaba en el Perú, con la esperanza de que en el puesto de gobernador podría acumular grandes riquezas y volver a disfrutarlas en Lima o en España. Por otra parte, al amparo de Acuña se había establecido en Concepción su cuñada doña Antonia de Salazar con su marido don Juan y don José Salazar, hermanos de la esposa del gobernador, con sus familias, otro hermano clérigo, y algunos otros deudos de doña Juana Salazar, todos tan escasos de fortuna como sobrados de orgullo y pretensiones de nobleza.
Desde el momento de su arribo, los antiguos y honrados pobladores de Concepción miraron con malos ojos a los recién llegados, a quienes consideraban como aventureros que venían a hacer fortuna a la sombra del poder, explotando su parentesco con el gobernador y ofendiendo a todos con su altanería y favoritismo. Este disgusto y las murmuraciones consiguientes subieron de punto cuando vieron que el gobernador quitaba el cargo de maestre de campo general al viejo Juan Fernández Rebolledo para venderlo por tres mil pesos al sargento mayor Ambrosio de Urrea, a quien destituyó tres meses después para nombrar maestre de campo a su cuñado Juan Salazar. Era la primera vez que un gobernador de Chile escandalizaba al país vendiendo un empleo, y no se detuvo en esto Acuña; antes bien, dio título de capitán al marido de doña Antonia de Salazar, que sobre ser nuevo en el país, venía a postergar a muchos militares con largos años de fatigosos e importantes servicios, y nombró sargento mayor y tercer jefe del ejército a José Salazar, colocando así a toda su parentela en situación de medrar explotando a todos los que estaban bajo sus órdenes.
Esto era desafiar a la opinión pública e insultar al país entero, que no estaba habituado a tan vergonzoso favoritismo. La confirmación de su título de gobernador, que recibió Acuña del rey a principios de 1653, dio nuevo aliento a su insolencia; Felipe IV le nombraba gobernador de Chile por el término de ocho años, y Acuña creyó que, escudado por la inviolabilidad de la autoridad que a nombre del soberano ejercía, nada podía temer, aunque las exigencias de su esposa y su propia condescendencia le hicieran blanco de las murmuraciones de sus gobernados. Al recibir esta confirmación, don Antonio de Acuña repitió el juramento solemne ante el cabildo de Concepción, en circunstancias en que se había ya granjeado el odio de la ciudad y del ejército.
Los indios, a quienes sólo podía contener el temor, y que con su característica astucia habían penetrado la incapacidad del gobernador, comenzaron a mostrar una insolencia que se avenía mal con los tratos de paz solemnizados en Boroa. Los cuñados del gobernador y su esposa estaban ansiosos de que estallara la guerra para hacer prisioneros, de cuya venta esperaban pingües entradas, y se aprovecharon, para inducir al gobernador a declararla, del primer movimiento insignificante de los indios. La tripulación de un buque que llevaba a Valdivia el situado y que naufragó en Punta Galera el 26 de mayo de 1651, fue asesinada por los indios cuncos que, para ocultar su crimen, asaltaron la misión que en las orillas del río Bueno tenían los jesuitas y aprisionaron al padre misionero. Esto bastó para que don Ignacio de la Carrera Iturgoyen, gobernador de Chiloé, don Diego González Montero, gobernador de Valdivia y el capitán Juan de Roa, hicieran varias entradas en el territorio de los cuncos, llevándolo todo a sangre y fuego, y tratando a los indios vencidos con horrible severidad.
Los Salazar estaban entretanto, el uno en Nacimiento y el otro en Arauco ansiosos de salir a campaña contra los cuncos, y de gozar del rico botín que suponían que estarían haciendo Carrera y González Montero, y comenzaron a empeñarse con doña Juana para que obtuviera del gobernador que saliera el ejército a campaña. Acuña resistió al principio a las instancias de su mujer y de sus cuñados, sostenido por los consejos de los jesuitas de Concepción, de quienes fue siempre muy amigo. Le representaban estos que el moverse las tropas de la frontera, sería para todos los indios de Arauco la señal de un gran levantamiento, que se temía desde algunos años atrás; le hacían ver que los indios, con la quietud e indiferencia casi absoluta de que habían gozado en los últimos años, se habían repuesto por completo de los desastres que habían sufrido bajo el gobierno de Lazo de la Vega y algunos de sus predecesores, y se hallaban en situación de abrumar al escaso e indisciplinado ejército español. Todas estas observaciones y cuantos esfuerzos se hicieron para mantener la paz capitulada en Boroa, fueron infructuosos: don Antonio de Acuña, cediendo a las instancias de su mujer, llamó a las armas a los vecinos encomenderos, que se negaron a obedecerle, pidió caballos y vacas para el ejército a Santiago, y dispuso que su cuñado, el maestre de campo Juan de Salazar, saliera de Nacimiento en diciembre de 1653, con novecientos soldados y mil quinientos indios auxiliares, y que, atravesando el valle central, se dirigiera al sur a castigar a los de Cunco.
Esta expedición tuvo un desastroso resultado, por culpa de su confiado y codicioso jefe: los cuncos le disputaron el paso del río Bueno, que era el límite de su territorio por el lado norte; le impidieron atravesarlo y le mataron al sargento mayor Domingo de Amor, a cuatro capitanes, cinco oficiales inferiores, cien soldados españoles y cerca de doscientos auxiliares. El maestre de campo, desatinado con tan inesperada derrota, volvió con su diezmado ejército a la frontera del Bío Bío, en donde el desgraciado éxito de la expedición atribuido a su inepcia y atolondramiento, levantó entre los oficiales experimentados del ejército una verdadera tempestad; pero nada bastó para hacer mudar de conducta a don Antonio de Acuña: mantuvo a su cuñado en su puesto, y ordenó los preparativos para una expedición más numerosa, que a las órdenes del mismo Juan de Salazar había de ir a castigar a los cuncos en la primavera de 1654.
Residían entonces en Concepción el viejo veedor general Francisco de la Fuente Villalobos y el maestre de campo Juan Fernández Rebolledo que, junto con el corregidor de la ciudad, llamado Francisco Gaete, encabezaban a la totalidad de los vecinos que se mostraban abiertamente contrarios a la política del gobernador, y no disimulaban el odio que les inspiraban sus cuñados. La mayor parte de los jefes de familia de la ciudad la componían entonces militares retirados del servicio, que habían conseguido durante largos años de pesada labor reunir una pequeña fortuna, y con los productos de una estancia o de una encomienda de indios vivían modestamente ellos y sus familias, orgullosos de haber prestado al rey grandes servicios y con la atención siempre fija en la guerra de Arauco, que además de ser teatro de sus antiguas proezas, lo era actualmente de las de sus hijos y parientes. Es natural que entre estas personas, las absurdas medidas que dictaba Acuña, mal aconsejado por su mujer, levantaron un coro de protestas que llegaban muchas veces a oídos del gobernador, que no hacía caso de ellas, y seguía marchando por el camino de su propia perdición. El veedor general y el maestre de campo Fernández de Rebolledo, que conocían mejor que nadie el carácter receloso y atrevido de los araucanos, que por su trato íntimo y constante con los caciques podían apreciar su disposición de ánimo, veían que el creciente desprestigio de las armas españolas tenía que producir un levantamiento de los indios, que comenzaban a comprender que nada tenían que temer mientras gobernara Acuña y sus hermanos. Las señales de este levantamiento comenzaron a hacerse evidentes; en la ciudad no se hablaba sino de ellas, y no faltó quien dijera al gobernador, con ruda franqueza, que sus expediciones contra los indios de Cunco, sobre ser infructuosas, tenían que producir una conflagración general. Los comandantes de los fuertes de la frontera comunicaban sin cesar a Acuña sus temores de un próximo levantamiento; los de Boroa y Chiloé le aseguraban que los indios hacían preparativos para su alzamiento general, y los indios amigos denunciaban otro tanto.
Pero todas las advertencias y consejos fueron inútiles. Doña Juana Salazar convenció a su marido de que los capitanes del ejército estaban intrigando contra sus hermanos, y querían impedir la expedición contra los cuncos porque iba Juan Salazar al mando de ella. Los Salazar querían negociar con la guerra, hacer prisioneros o coger piezas, como entonces se decía, para venderlos luego como esclavos. Refiriéndose a ellos el capitán Diego de Vivanco decía al rey en 1656: «De las corredurías y malocas que se hacen al enemigo es mucha la codicia de las piezas que se cogen en ellas y las que menor valor tienen, que son los indios, se venden por más de cien pesos y cada mujer y muchacho a más de doscientos, y los que no llegan a diez años, que llaman de servidumbre, a más de cien, y mayormente acontece siempre cogerlos nuestros indios amigos, porque van por guías y llevan la vanguardia y así hacen más presto la presa que los españoles, y se les paga a veinte pesos cada una sin poderlas vender a otras personas que a las referidas (el gobernador, maestre de campo y sargento mayor) y del número de estas piezas le toca al maestre de campo y sargento mayor a veinte de ellas por ciento, y los demás restantes al gobernador, con que clara y advertidamente se verifica que estando este gran interés de por medio no se ha de tener otro fin más que el pretender que dure la guerra»93. Estos indios los compraban principalmente los vecinos de Concepción, para emplearlos en el trabajo de las estancias o en sus casas de la ciudad como sirvientes.
El ejército expedicionario comenzó a reunirse en Nacimiento a principios de 1657, y el 6 de febrero salía de la plaza el maestre de campo Juan de Salazar con dos mil cuatrocientos hombres, de los cuales más o menos la cuarta parte eran españoles y el resto indios auxiliares, y se dirigía con ellos a Boroa, en donde se juntó el 11 del mismo mes con don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán94 que tenía orden de reunírsele con todas las tropas de la plaza de que era comandante. Tres días después el maestre de campo recibía una funesta e inesperada noticia, que venía a desbaratar todos sus planes de ambición.
Los indios que habitaban la región comprendida entre Osorno y el Maule habían preparado artificiosa y solapadamente un levantamiento general; la flecha había corrido de reducción en reducción y de toldería en toldería,95 y en todas partes había sido recibida con transportes de júbilo. De la tierra de los indios independientes había pasado a la de los esclavos, y habían entrado en la conjuración, ansiosos de obtener la libertad, aun los indios que pacíficamente trabajaban en las estancias más cercanas a Concepción. Los viejos militares que vivían en esta ciudad reconocieron los signos precursores de la tempestad, y los reconocieron también los comandantes de los fuertes de la frontera; sólo Acuña y sus cuñados, cegados por la codicia, no se apercibieron de nada.
Para evitar la concentración de las tropas, torpemente fraccionadas, y para impedir que las plazas pudieran prestarse mutuos socorros, determinaron los indios levantarse y atacar en un día dado todas las ciudades, todos los fuertes y todas las estancias, coger a los españoles desprevenidos y exterminarlos en detalle. El domingo 14 de febrero de 1655 fue el día señalado para que la insurrección estallara simultáneamente en todas partes: ningún obstáculo vino a oponerse a la realización de este plan tan hábilmente concebido, y la misma salida del ejército en dirección al sur vino a favorecerlo notablemente. Al amanecer del día señalado los indios «dieron sobre las ciudades, estancias, caseríos, fuertes y provincias, cautivando a muchos españoles y españolas, pasando a cuchillo a los que se resistían, haciendo esclavos a sus propios señores, y a los mayordomos que gobernaban las haciendas; quitaron la vida y cautivaron a más de mil trescientas personas españolas y a muchos indios que por fieles no se quisieron rebelar; quemando las iglesias, maltratando las imágenes, profanando los vasos sagrados y ornamentos de las iglesias; destruyeron y abrasaron trescientos noventa y tres estancias donde los españoles tenían sus ganados y haciendas; degollaron y robaron a más de cuatrocientas mil cabezas de ganado mayor y menor96.
En un instante todo el territorio de la diócesis de Concepción no fue más que un vastísimo teatro de una horrible serie de escenas de desolación y de lágrimas: los españoles que escapaban a la devastación de las estancias, llegaban locos de terror a las ciudades a dar la alarma, mientras los indios se internaban en la Araucanía con los cautivos, los ganados y el botín recogido en el saqueo de las casas de campo, o se juntaban en numerosas partidas que ponían inmediatamente en estrecho asedio a las ciudades y plazas, atemorizadas por las noticias de los fugitivos.
Don Antonio de Acuña había salido de Concepción dos días antes para tomar el mando de las tropas del fuerte de Buena Esperanza (Rere), pensando tal vez tomar algunas medidas para sofocar la insurrección, que ya era inevitable. No debieron de tener poca parte en esta determinación del gobernador la indignación creciente y las públicas protestas que los vecinos alzaban contra la incuria del gobernador, que, según todos preveían, iba a precipitar al país a su ruina. El 14 de febrero, al salir de misa, recibió Acuña las primeras noticias del alzamiento por los fugitivos que habían escapado al saqueo de las estancias vecinas al fuerte de Buena Esperanza. La tropa se puso en armas e hizo varias salidas por los campos inmediatos; pero sin grandes resultados97; en la noche llegó al fuerte el capitán Domingo de la Parra, que había sido hecho prisionero por los indios en su estancia y había logrado escaparse, y por él se supo que el levantamiento era general, noticia que produjo general consternación.
Había en la plaza de Buena Esperanza un convento e iglesia de los jesuitas, varias casas, grandes cuarteles fáciles de defender, abundantes municiones y víveres, y una considerable guarnición. Habría sido fácil sostener en ella un sitio; pero Acuña, so pretexto de acudir a la defensa de Concepción, en donde no había sino ciento cincuenta soldados, resolvió cobardemente abandonar la plaza y replegarse sobre esa ciudad con las tropas y moradores. La precipitada evacuación de Buena Esperanza no fue más que un lastimoso desastre: entre soldados, vecinos y fugitivos se habían reunido en la plaza cerca de tres mil personas, que al amanecer del 15 de febrero se pusieron en camino, casi todos a pie, porque los indios habían robado el día anterior casi todos los caballos y bestias de carga. Marchaban las mujeres a pie, llevando en brazos a sus hijos, los ancianos arrastrándose penosamente, los hombres, cargados con los objetos de más valor que podían traer consigo, y todos atormentados por la pérdida de cuanto poseían, por el calor y la fatiga, por lo largo y fatigoso del camino. Renuncio a describir las penurias de esta marcha de dos días, en la que hubo madres que abandonaron a sus hijos por faltarles las fuerzas para cargarlos, y ancianos que, agobiados por el cansancio, se sentaron en el camino a esperar la muerte que el cielo quisiera enviarles.
Don Antonio de Acuña se adelantó con algunos soldados, temeroso de que los indios atacaran el convoy y encargó de su dirección y cuidado al capitán Juan de Fuentealba. Fácil es adivinar que especie de recibimiento se haría a Acuña en Concepción: la ciudad estaba llena de fugitivos de los campos, muchísimas familias lloraban a sus deudos muertos o cautivados por los indios; todos lamentaban la pérdida de sus haciendas, la desolación de los campos y el peligro que la ciudad corría, y de todo se culpaba al infeliz gobernador, que parecía anonadado por el miedo.
Al saber la próxima llegada de los fugitivos de Buena Esperanza, la ciudad entera les salió al encuentro y les vieron acercarse lentamente, trayendo a la cabeza al padre jesuita Domingo Lázaro, que llevaba en sus manos el Santísimo, y tras de él una larga y desordenada columna de hombres, mujeres y niños fatigados, hambrientos y llorosos. Hubo en las puertas de la ciudad una escena de lágrimas que no necesitamos describir, y después de ella comenzaron los recién llegados a repartirse por las casas, hospitales y conventos, en donde se les ofrecía albergue.
Algunos días después entraban los indios a la plaza de Buena Esperanza, en donde habían quedado abandonadas la vajilla, ropas y muebles, gran cantidad de pólvora y aún los cañones, y después de las acostumbradas escenas de saqueo y pillaje, incendiaban la iglesia, casas y cuarteles. Igual suerte corrieron todos los fuertes y establecimientos del distrito de Concepción. El capitán Tomás de los Ríos y Villalobos, corregidor de Chillán, puso sobre las armas a todos los vecinos, y con ellos y la guarnición rechazó el primer ataque de los indios; pero, aplastado por el número, tuvo que ceder, evacuó la ciudad y se retiró con sus pobladores hasta las orillas del Maule. Arauco y Boroa se vieron de repente estrechamente sitiadas por gran número de indios que con grandísima dificultad podían ser detenidos fuera del recinto de las plazas. El sargento mayor José Salazar, al verse atacado por los indios sublevados, abandonó a Nacimiento y se embarcó en algunas balsas con los doscientos cuarenta soldados y todos los habitantes de la plaza. Navegando por el Bío Bío llegó a San Rosendo y pensó en dirigirse a Buena Esperanza; pero al saber que esta plaza había sido abandonada, siguió viaje a Concepción, desembarcando antes a las mujeres en San Rosendo, para aligerar las balsas, y dejándolas inhumanamente abandonadas a merced de los indios. Frente a Santa Juana se vararon las balsas en un banco de arena, porque el río traía poca agua, y los indios, que por la ribera habían venido siguiendo a los pobladores de Nacimiento, les atacaron en medio del río y los exterminaron a todos sin exceptuar al mismo Salazar, que pereció ahogado.
Los defensores del fuerte de Talcamávida corrieron exactamente la misma suerte; los del de San Pedro, atravesando el Bío Bío, se guarecieron en el de Chepe, y los de Colcura fueron atacados por los indios y perecieron todos defendiendo el fuerte. En suma, los desastres se repitieron en todas partes, la obra de un siglo entero de lucha homérica fue casi totalmente destruida en breves días: los españoles, seguros ya de su conquista y cuando soñaban con felices días de prosperidad y riqueza, se habían visto en un instante desposeídos de todo, perseguidos, exterminados o cautivos, reducidos al recinto de cuatro o cinco ciudades, y habían sufrido pérdidas que se avaluaron en más de ocho millones de pesos.
La ciudad de Concepción se hallaba entretanto en la situación más precaria: la ciega confianza e imprevisión del gobernador nada habían prevenido para su defensa. Los cañones estaban sin cureñas, se fabricaron éstas a toda prisa con madera que dieron los jesuitas de la que habían acopiado para edificar una iglesia. No existía ya ninguna de las antiguas fortificaciones, y para reemplazarlas se construyeron en la plaza y en algunas calles palizadas con la misma madera de los jesuitas. Todo esto se hacía por diligencia de los vecinos. Acuña estaba consternado, y no salía del palacio. A su lado estaba constantemente el oidor de la audiencia de Santiago, don Juan de Huerta Gutiérrez, que había venido a Concepción con el cargo de juez de visita de veedor, oficios reales y otras personas, y que era tan odiado como el gobernador, que le tenía por consejero. Acuña no acertaba ni a disponer que salieran algunas partidas a contener a los indios que infestaban los alrededores de la ciudad y que bien pronto llevaron su insolencia hasta entrar en ella a merodear y robar cuanto podían haber a su mano.
«A distancia de trescientas varas de la plaza mayor cautivaron una niña, y su padre, por una tronera de la puerta de su casa le pasó un balazo al jefe de la partida y le rompió un muslo; mas no libertó a su hija del cautiverio. Una noche sorprendieron el molino de los jesuitas, situado en un extremo de la ciudad, y el molinero de un escopetazo quitó la vida al agresor, y se retiraron los demás. Otra noche atacaron la casa de Andrés Rubio; y para decirlo de una vez, llegó a tanto su osadía, que a las tres de la tarde cautivaron dentro de la población a un sacristán de la Catedral y algunas mujeres» (lavanderas)98.
«Era tal la consternación, agrega otro cronista, que se redujo todo el vecindario a vivir en la plaza y casas de su inmediación, donde construyeron sus chozas, desamparando las distantes, no obstante que había varios reductos. Tan general fue esta calamidad, que no hubo persona, casa ni familia que no la padeciese, y bastante padeció la mía»99
Junto con este cúmulo de desgracias, llegaban a la ciudad una tras otra las noticias de los desastres que habían sufrido las guarniciones de las otras plazas, y con esto crecía la aflicción y se exasperaba el enojo de los que creían a don Antonio de Acuña único culpable de la desolación y ruina del país entero. Acuña había encontrado el país pacífico y floreciente, el ejército numeroso y acreditado por sus victorias, los indios temerosos y sumisos, los españoles contentos y entregados a las fecundas labores de la paz. Cuatro años de mal gobierno y la codicia y maldad de un solo hombre habían bastado para trastornar por entero la faz de las cosas. No habría llegado ya la hora de que la invicta Concepción se hiciera justicia por sí misma, ya que de nadie podía esperarla, y buscara su propia salvación dando una lección severa al inepto y amilanado gobernador?
La noticia de la desastrosa muerte del sargento mayor don José de Salazar y de los defensores de Nacimiento, vino a colmar la medida de la paciencia y sufrimiento del pueblo de Concepción; ni el religioso respeto que a la autoridad real profesaban los españoles, ni el temor de las perturbaciones que la deposición del gobernador podrían producir en el país, bastaron para contener la indignación pública, que se desbordó como hinchado torrente. No hubo necesidad de conciliábulos ni de largos preparativos; el fuego prendió espontáneamente y se extendió por toda la ciudad con la rapidez del relámpago. ¿No estaba allí al alcance de todos el autor de la desesperada situación en que Concepción y todo el sur de Chile se encontraban? ¿No exigía la salvación pública que el gobernador abandonara el puesto desde el cual había causado la ruina del país?
En la mañana del 20 de febrero100 la efervescencia de los ánimos había llegado a su colmo; don José Cerdán, nombrado sargento mayor en reemplazo de José de Salazar, adivinó que se preparaba un motín, y rogó al guardián de San Francisco que fuera a prevenir al gobernador del riesgo inminente que su persona correría si se efectuaba el motín que parecía inminente. Acuña, desatinado por el miedo, hizo defender la entrada del palacio por la compañía de su guardia, y pensó en hacer dimisión del gobierno en manos del cabildo; pero no tuvo tiempo para ello. En un instante se encontraron reunidos en la plaza gran número de soldados y vecinos101, que sacaron del cabildo el estandarte real de la ciudad y con las espadas desenvainadas y a los gritos de ¡Viva el rey y muera el mal gobierno! se presentaron en actitud amenazante delante del palacio. El gobernador, al ver la multitud de los amotinados y al escuchar la vocería de ellos y del pueblo que les seguía, se creyó perdido, y huyó al fondo de la casa. Favorecido por uno de los oficiales reales, don Miguel de Cárcamo Lastra, pudo salir por una ventana y asilarse en el colegio de los jesuitas, que estaba inmediato. Poco después, llegaba a pedir refugio a los padres el clérigo Salazar, cuñado del gobernador, que saltando tapias logró escapar al odio que el pueblo profesaba a toda la familia.
Entretanto, los amotinados forzaban las puertas del palacio, penetraban en él buscando a Acuña para darle muerte, y no encontrándolo, se dirigieron a la casa del oidor Huerta a los gritos de ¡Muera el ladrón! El oidor a los primeros gritos comprendió que tenía tanto que temer como el gobernador, y se refugio en la próxima iglesia de San Juan de Dios. Los revolucionarios se encontraron por un instante desconcertados, creyendo que habían errado el golpe; pero luego corrió la voz de que el gobernador se había refugiado en el colegio de los jesuitas, y determinaron todos ir a sacarle de su escondrijo.
El colegio de los jesuitas, al que después del terremoto de 1647 habían trasladado estos los estudios de San Miguel de Santiago, debía de ser considerado por los amotinados como un sagrado asilo. Los jesuitas eran los eclesiásticos más queridos y respetados por el pueblo; ellos solos prestaban en la ciudad y en los campos más servicios que todos los otros juntos; ellos habían monopolizado las misiones de la Araucanía y habían hecho grandes esfuerzos por apartar a don Antonio de Acuña del mal camino que en su gobierno seguía; el pueblo y los indios los creían sus mejores amigos, y de ello daban los jesuitas brillantes pruebas, socorriendo a los pobres con los productos de sus estancias, y asistiendo personalmente a los enfermos de viruela abandonados de todos, y que en el año anterior habían sido numerosísimos102. Todo esto hacía que, defendido por los jesuitas, pudiera el gobernador considerarse seguro. El padre rector le hizo ocultarse con el clérigo Salazar en un aposento secreto; mandó abrir de par en par las puertas del colegio, y se presentó él mismo a los que venían a exigirle que entregara al gobernador, diciéndoles que si querían entrar podían hacerlo, pero que no hallarían sino a los padres, que se habían mantenido en su casa extraños a toda clase de alborotos.
Los furiosos amotinados se desarmaron ante la serenidad y energía del jesuita, y volvieron a palacio, en donde buscaron de nuevo e infructuosamente a Acuña. Vinieron luego el provisor de la diócesis103 y otros sacerdotes y religiosos a calmar los ánimos con consejos y amenazas, y poco a poco fue disminuyendo la exaltación de los ánimos. La mayoría de los miembros del cabildo estaba comprometida en el motín, en el cual no habían tenido parte alguna ni el veedor de la Fuente Villalobos, ni Fernández Rebolledo, ni Ambrosio de Urra, ni otros militares distinguidos, que, como éstos, eran decididos adversarios de Acuña y su política. Sin embargo, como el motín debía tener un desenlace y todos estaban conformes en que don Antonio de Acuña no podía continuar a la cabeza del gobierno, se reunieron los cabildantes y los vecinos más caracterizados, en la casa del gobernador para tratar de la deposición de éste. El corregidor Francisco Gaete, y el regidor Juan Barba llevaban la voz en esta reunión, mientras el rector de los jesuitas aconsejaba a Acuña que renunciara al gobierno, como único medio de aquietar los ánimos y salvar su propia vida. Siguió este consejo el amedrentado gobernador y envió por escrito su renuncia al cabildo, con lo cual se consiguió poner término a la sedición.
El cabildo y los vecinos trataron en seguida de nombrar un reemplazante a don Antonio de Acuña: las opiniones se encontraban divididas entre Ambrosio de Urra, Juan Fernández Rebolledo y don Francisco de la Fuente Villalobos; se prefirió al viejo veedor general, cuya larga experiencia en los asuntos de la guerra, unida al cariño que le profesaban los indios, le hacía el hombre necesario en aquellas circunstancias. Fueron algunos vecinos a sacarle de su casa para que viniera a recibirse del cargo que el pueblo y el cabildo le conferían; pero el noble viejo, temeroso de que la aceptación del cargo de gobernador le acarreara graves responsabilidades, se resistió a aceptarlo. Por fin, cediendo a las instancias del cabildo y del mismo Acuña, que permanecía aun en su escondrijo, don Francisco de la Fuente Villalobos se atrevió, a pesar de sus noventa años, a asumir el gobierno, que se le ofrecía en circunstancias tan difíciles y de un modo tan inusitado.
El nuevo gobernador nombró inmediatamente maestre de campo a Ambrosio de Urra y sargento mayor a Jerónimo de Molina, nombramientos que disgustaron profundamente a Fernández Rebolledo, que por sus servicios se creía con derecho al puesto de maestre de campo, y a don José Cerdán que desempeñaba el puesto de sargento mayor. El primero de éstos llegó aún a dar delante del gobernador tan irrespetuosas muestras de disgusto, que éste se vio obligado a hacerlo prender y encerrar junto con Cerdán en una embarcación anclada en Talcahuano. Parece que entre Fernández Rebolledo y Urra existía una especie de rivalidad que hizo aún más doloroso el desaire que aquél había recibido.
El nuevo gobernador tenía alta idea de su ascendiente sobre los indios, y había querido rodearse de militares que le ayudaran a reducirlos por medios pacíficos. Así, mientras la ciudad se encontraba bloqueada por numerosas partidas de indios rebeldes que mantenían a los vecinos en constante alarma y les impedían salir al campo en busca de víveres, la Fuente Villalobos pensaba en mandar emisarios para entablar con los indios negociaciones de paz, que no podían producir resultado alguno, y provocaban las censuras de Fernández Rebolledo y otros militares distinguidos.
Las primeras noticias del levantamiento llegaron a Santiago el 20 de febrero; el 23 llegó de Concepción una carta dirigida a la audiencia por el oidor Huerta Gutiérrez que daba exactos pormenores sobre el estado de las provincias del sur, y produjo en Santiago honda conmoción. Pero el 2 de marzo llegaba de Concepción un soldado portador de noticias y comunicaciones más alarmantes todavía. Venían entre éstas dos cartas dirigidas al oidor más antiguo de la audiencia, doctor don Nicolás Polanco de Santillana, la una de don Francisco de la Fuente Villalobos en que anunciaba que por dejación que del puesto había hecho don Antonio de Acuña y Cabrera, el cabildo y el pueblo de Concepción le habían elegido gobernador y capitán general de Chile, y pedía que la audiencia le reconociera como tal. La otra era del gobernador depuesto que refería en ella el motín popular que había puesto en peligro su vida y la del oidor Huerta, y pedía que se le enviara una embarcación para trasladarse a Santiago, «porque cada hora tenía sustos, cuantos entran a verle de que le han de matar».
Los oidores quedaron aterrados al enterarse de tan espantables noticias; en la ciudad produjeron verdadero escándalo. Un gobernador depuesto por un pueblo desgraciado y viril; un gobernador elegido por el pueblo en cabildo abierto, ¡eran cosas inauditas e incomprensibles en una colonia española! Nadie en Santiago acertaba a comprender como la ciudad que no había ahorrado sacrificios para secundar en sus empresas a los distinguidos militares que hasta entonces habían gobernado a Chile, se atrevía a dar tan dura lección al primer hombre inepto que venía a ser azote del país, elevado pro el favor y no por sus méritos personales. No estaban los tiempos para que la conducta de los vecinos de Concepción pudiera ser apreciada en su justo valor, y así, aunque todos estaban acordes en decir que el gobierno de Acuña había causado la ruina del país, casi no hubo uno que no se pusiera de parte del gobernador depuesto.
Los oidores Polanco de Santillana y Pedro de Hazaña Ortiz y Palacios no vacilaron desde luego en calificar de «delito» la justicia que acababan de hacer el cabildo y pueblo de Concepción, y oído el parecer del cabildo y de la junta de guerra, que al llegar las noticias del alzamiento se había formado en Santiago, despacharon provisiones a Concepción en las cuales sin macular a la ciudad, que por tantos años venía sosteniendo la guerra, se ordenaba al cabildo que restituyese a Acuña «al uso y ejercicio de su oficio», si bien era conveniente que este funcionario se trasladase a Santiago. La audiencia censuraba además la conducta del veedor la Fuente Villalobos por haber aceptado el mando que el pueblo le ofrecía, y haber tratado de aquietar a los indios por medios pacíficos. Entre los doce miembros del cabildo sólo se levantó una voz para defender a Concepción: fue esta la del capitán don Diego de Aguilar Maqueda «que dijo que su parecer es que, atento a que este reino está perdido por omisión del señor gobernador, y que por el pasaporte consta haber hecho dejación, se le admita, y que estos señores de la audiencia provean el gobierno a quien tocare».
Cuando las provisiones de la audiencia llegaron a Concepción, que fue a mediados de marzo, el estado de los ánimos había cambiado considerablemente. La elección de la Fuente Villalobos no producía los efectos que de ella se esperaba: los desastres continuaban, los robos, asesinatos y depredaciones de toda especie no disminuían; Concepción continuaba asediada por los indios, cuyos campamentos estaban a la vista de la ciudad, y los halagos e invitaciones a la paz que el antiguo veedor hacía a los indios no conseguían desarmarlos. Por otra parte, el prestigioso Juan Fernández Rebolledo, salido de su prisión, se había declarado tenaz enemigo del sistema de pacificación que la Fuente Villalobos intentaba poner en práctica, y el mayor número de los militares que en la ciudad había era de su mismo dictamen, de suerte que el nuevo gobernador se veía ya falto de todo apoyo sólido y aún del de los mismos que le habían elevado.
Llegaron en estas circunstancias los despachos de la audiencia que condenaban la deposición de Acuña como un grave desacato contra la autoridad real, y mandaba que se le repusiera en el mando. El cabildo y los vecinos se espantaron de su propia obra, que la audiencia calificaba de sedición y desobediencia al soberano, y comenzaron a volver sobre sus pasos. El gobernador Acuña, al verse apoyado por la audiencia y por el numeroso partido de Fernández Rebolledo, se creyó restituido al poder, nombró a este militar teniente de capitán general y maestre de campo del ejército, y solicitó de nuevo el apoyo de la audiencia y los medios de salir de Concepción, en donde no se creía seguro sino en el colegio de los jesuitas, en que aún permanecía. La Fuente Villalobos, que aun conservaba algunos parciales que reconocían su autoridad, aunque había sido abandonado por los militares, creía legítima su elección, y escribió a la audiencia sosteniendo sus derechos. El oidor Huerta Gutiérrez fue el portador de las comunicaciones de ambos gobernadores, a las que contestó la audiencia conminando con severas penas al que estorbase la venida de Acuña a Santiago, confirmando el nombramiento de Fernández Rebolledo y ordenándole que viniera a Santiago a don Francisco de la Fuente Villalobos, con guardias si era necesario104.
En estas circunstancias, fondearon en el puerto dos naves que traían de Valdivia al maestre de campo Juan de Salazar, con sólo trescientos sesenta hombres del ejército con que a principios de febrero había salido de Nacimiento.
La noticia del alzamiento le había sorprendido, como hemos dicho, cerca del fuerte de la Mariquina, y a pesar de los consejos del capitán don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, que se había reunido al ejército en Boroa, el amedrentado Salazar hizo degollar seis mil caballos de remonta, que con su ejército traía, para que no cayeran en poder de los indios, y se embarcó para Concepción105. Con la llegada de estas tropas, tuvo el cisma político el desenlace que la audiencia deseaba: Juan Fernández de Rebolledo consolidó la autoridad de Acuña, y principió a dar alguna actividad a las operaciones militares.
Los indios, en vez de reunirse como otras veces en numerosos cuerpos para atacar con ellos a las ciudades, se habían repartido por los campos, y sólo mantenían insignificantes fuerzas en las cercanías de Arauco y Concepción, que podían considerarse bloqueadas. Fernández Rebolledo mandó en socorro de Arauco al capitán don Antonio Buitrón, que se embarcó con doscientos hombres, libertó a los defensores de la plaza y con ellos dio la vuelta a Concepción. Al mismo tiempo el capitán don Francisco de Bascuñán, que había llegado con Juan de Salazar, salía con doscientos hombres a recorrer los campos vecinos a Concepción, derrotaba a los indios, mataba y cautivaba a algunos, y traía víveres que comenzaban a escasear en la plaza. Desde entonces se pudo salir de la ciudad sin peligro, y recorrer los campos adyacentes sin temor de encontrarse con indios de guerra.
En los primeros días de mayo se embarcó don Antonio de Acuña para Valparaíso, dejando la ciudad tranquila y a Fernández Rebolledo por jefe de las armas. Un mes más tarde, Acuña recibía orden del virrey del Perú, conde de Alba de Liste, para trasladarse a Lima a dar cuenta de su gobierno. Esta orden había sido dictada en virtud de las noticias que del levantamiento de los indios y estado del país dieron al virrey don Juan Rodulfo Lisperguer y el padre Jerónimo de Montemayor, ex-rector del colegio de los jesuitas en Buena Esperanza, enviados al Perú como procuradores de los cabildos de Santiago y Concepción. Don Antonio de Acuña se resistió tenazmente a obedecer las ordenes del virrey, a pesar de las repetidas amonestaciones y requerimientos que la audiencia le hizo para que las cumpliera. Acuña creía ya asegurada la estabilidad de su gobierno, y no quería abandonarlo antes de haber terminado la pacificación completa del país.
Muy diferentes eran los deseos de todos los habitantes de Chile: los oidores y cabildos de Santiago no habían disimulado la necesidad de que Acuña fuera separado del mando de que tan mal uso había hecho. En Concepción seguían muchos censurando dura y públicamente la conducta del gobernador y de sus codiciosos parientes, censuras que eran en esa época consideradas como un desacato contra la autoridad del rey. Fernández Rebolledo llegó a pedir a la audiencia autorización para castigarlos duramente, y con este motivo entró a discutir el tribunal si convendría castigar a los autores de la sedición de Concepción.
Estaban presos en Santiago el viejo la Fuente Villalobos, el corregidor Francisco Gaete, el regidor Juan Barba y el sargento mayor don José Cerdán, injustamente acusados de ser autores y cabecillas del motín, y refiriéndose a ellos, el oidor Polanco de Santillán exhortó a la audiencia, en acuerdo celebrado el 1.º de septiembre de 1655, a que procediera contra ellos con sangriento rigor, y autorizara a Fernández Rebolledo para que procediera sumariamente contra los irreverentes y revoltosos censores de Concepción «y les de garrote». Pero prevalecieron sobre éstas las opiniones de los oidores Huerta Gutiérrez y Hazaña Solís, y se acordó seguir usando de lenidad y clemencia con los que tan justamente se quejaban de don Antonio de Acuña.
Pasado el invierno, volvió el gobernador a Concepción, con ánimo de preparar nuevas operaciones militares para obtener la restauración del reino, y creyendo que su título real de gobernador y su negativa a obedecer al virrey fundada en ese título, le mantendrían en el gobierno. Pero sus ilusiones vinieron bien pronto por tierra: el 1.º de enero de 1656 fondeaban en el puerto de Concepción las naves que traían del Perú al almirante don Pedro Porter Casanate, que por orden del virrey venía a tomar posesión del gobierno de Chile, trayendo a sus ordenes trescientos setenta y seis soldados, por si era necesario usar de la fuerza.
Don Antonio de Acuña, sorprendido por la llegada de su sucesor y mal aconsejado por algunos aduladores, pensó por un momento en resistirse a entregar el mando; pero desistió bien pronto de cometer tal locura, que pudo haber acarreado un conflicto más grave aún que los que en el curso de 1655 habían tenido lugar. El cabildo de Concepción y algunos jefes militares de la plaza se reunieron para recibir al nuevo gobernador, que asumió el mando sin dificultades ni dilaciones de ninguna especie. A instancias de éste, don Antonio de Acuña se embarcó para el Perú con su familia en los mismos barcos en que había venido Porter Casanate.
En compañía de éste, había llegado del Perú el doctor don Álvaro de Ibarra que, en el carácter de visitador judicial, debía levantar un proceso contra Acuña, otro contra los Salazares y un tercero contra los que habían depuesto al gobernador. El doctor Ibarra, apenas llegó a Concepción, dio principio a su misión embargando los bienes de Acuña y sus cuñados, y recibiendo numerosas informaciones que llegaron a llenar cuatro mil hojas. A pesar de la oposición que le suscitó la audiencia de Santiago, el doctor Ibarra mandó estos procesos a la de Lima y con ellos a los cuatro vecinos de Concepción que permanecían presos en la capital. El veedor Villalobos murió a poco de haber llegado a Lima; Gaete, Barba y Cerdán, después de cuatro años de prisión, fueron indultados y puestos en libertad.
«El proceso seguido contra estos individuos, dice Barros Arana, ofreció incidentes y peripecias que merecen recordarse. Aunque sólo eran cuatro los procesados, puede decirse que el delito que se procesaba había sido cometido por toda la ciudad de Concepción. Cuando comenzó a instruirse este proceso, nadie quería declarar. Algunos vecinos o moradores de la ciudad se excusaron de hacer revelaciones acerca de aquellos, por cuanto no querían exponerse a la venganza de los deudos y amigos de los culpables, los cuales eran muy numerosos. Fue necesario prometerles que se guardaría en la mayor reserva lo que declarasen, y que aquella investigación no tenía más objeto que el de informar al rey sobre esos hechos, para que algunos testigos se presentasen a declarar». A la deposición de Acuña se le dio en Lima «menos importancia de la que había atribuido la audiencia de Santiago. Sin duda, se juzgó que aquellos hechos, por punibles que fueran, no importaban un verdadero desacato a la autoridad real, puesto que sus autores no se habían apartado un instante de la más respetuosa fidelidad al soberano, y que en la deposición del gobernador Acuña creían buscar el remedio más eficaz de mantener la tranquilidad pública, y de conservar este reino como parte integrante de la monarquía española. Por otra parte, el carácter y los antecedentes de los mismos procesados eran una prueba de la rectitud de sus propósitos... La opinión les fue generalmente favorable. El virrey, por motivos de prudencia, mandó que no se siguiera juicio contra los otros revolucionarios que habían quedado en Chile»106.
Muy diferente juicio se formó la opinión pública del proceso de Acuña y sus parientes. Juan Salazar, reducido a prisión en Lima, comprendió que su proceso no podía tener un resultado favorable y cohechando al alcaide de la cárcel en que estaba encerrado, logró fugarse. Don Antonio de Acuña recibió del rey una severa reprensión por haber desobedecido al conde de Alba; su proceso fue remitido al consejo de Indias, y sólo pudo salvarse de una condenación vergonzosa, gracias a los empeños de sus parientes. Acuña falleció en Lima en 1662.
Tal fue el desenlace del motín de Concepción y la suerte de los principales personajes que en él figuraron.
Antes de proseguir nuestra narración, debemos decir algo sobre las variaciones que el gobierno eclesiástico de Concepción había experimentado en los últimos años. El Ilustrísimo señor don Diego Zambrano de Villalobos fue presentado por el rey Felipe IV en 1651 para ocupar la sede de Santiago, vacante por fallecimiento del Ilustrísimo señor don fray Gaspar de Villarroel. El señor Zambrano falleció dos años después de su presentación, sin haber recibido las bulas del Papa en que se le nombraba obispo de Santiago.
Para reemplazar al señor Zambrano en la sede de Concepción, presentó el rey al R. P. fray Dionisio Cimbrón, monje de San Bernardo en el convento de Santa María de Osera, y natural de Navarra; «fue muchas veces abad y ascendió al generalato de su orden»107. El año siguiente al de su presentación, hizo la profesión de fe prescrita por los cánones, ante monseñor Rospicioli, nuncio del Papa Inocencio X, en Madrid, y después de recibir las bulas papales, que tenían fecha de 24 de junio de 1653, se embarcó para América. El arzobispo de Lima, Ilustrísimo señor don Pedro Villagómez, le consagró en su catedral el 9 de agosto de 1654 y le nombró poco después visitador de la arquidiócesis. No alcanzó el señor Cimbrón a desempeñar esta comisión, por habérsele presentado la ocasión de embarcarse para Chile, cosa que había aguardado en vano durante nueve meses. Llegó a Valparaíso a fines de abril de 1655, y al saber el miserable estado a que el alzamiento de los indios había reducido a su diócesis, se decidió a esperar en Santiago que se aquietara un tanto la insurrección y al menos hubiese seguridad en los caminos que a Concepción conducían. Durante la estadía del señor Cimbrón en Santiago, ocurrió un ruidoso conflicto entre el provincial de los franciscanos y la abadesa de las monjas clarisas; pretendía aquél que las monjas estaban sometidas a su jurisdicción, y éstas insistían en no reconocer sobre su instituto otra autoridad que la del ordinario eclesiástico. El señor Cimbrón fue uno de los jueces nombrados para zanjar esta controversia y sentenció a favor de las monjas. El provincial apeló a la audiencia, que, entendiendo en un negocio tan extraño a su jurisdicción, quiso usar de violencia con las monjas y obligar a reconocer por superior al franciscano. Las monjas se resistieron, y elevando el conocimiento de este asunto a la corte romana, la Sagrada Congregación de Regulares y el Papa Alejandro VII confirmaron la sentencia pronunciada por el obispo de Concepción.
Desde Santiago mandó poder el Ilustrísimo señor Cimbrón al arcediano de la catedral de Concepción don Pedro de Cea y Plaza para que tomara posesión de la diócesis en nombre de su prelado; y por fin, el 30 de octubre de 1656, el nuevo obispo tomaba posesión de su sede. El 10 de noviembre siguiente se publicó en Concepción el jubileo del año santo, concedido por Inocencio X a instancia de Felipe IV. Más adelante tendremos ocasión de hablar de las virtudes y talentos de que el señor Cimbrón dio muestras brillantes en el gobierno de su diócesis.
Continuemos ahora la narración interrumpida. Al recibirse del gobierno de Chile don Pedro Porter Casanate, toda la región comprendida entre el Maule y el Bío Bío, antes poblada por los españoles y dividida en haciendas en que progresaban la agricultura y la ganadería108, se encontraba desolada por los indios: Concepción era lo único que permanecía en pie en medio de aquel mar de ruinas. Dentro de la ciudad, que comenzaba a gozar de relativa tranquilidad y desahogo, se encontraban asilados todos los habitantes de esa región que no habían buscado asilo allende el Maule, o que no habían caído en poder de los indios. Allí estaba concentrado el ejército, allí se encontraba el gobernador y todos los militares en servicio activo; en la frontera sólo permanecía en pie la plaza de Boroa, estrechamente sitiada por los indios desde hacía un año y que reclamaba urgente socorro. Si la angustiosa situación del reino había de tener un fin; si había de recuperarse el terreno perdido y el antiguo prestigio de las armas españolas; si habían de volver la paz y la riqueza a reinar en los campos del sur; si habían de salir de sus ruinas las ciudades y plazas abandonadas, si había de rendir Arauco la cerviz al yugo, sólo Concepción podía acometer tamañas empresas, sólo de Concepción podía salir el remedio para tantas calamidades y la restauración de todo el reino. Veamos cómo supo Concepción llenar su grandiosa misión, a pesar de todos los obstáculos y de las más terribles e inesperadas calamidades.
Porter Casanate desde que tomó la dirección de los negocios militares comprendió que sus primeros esfuerzos debían dirigirse a asegurar la tranquilidad de Concepción, dominando los campos vecinos, que proveían a la ciudad de víveres y manteniendo expedita la comunicación por tierra con Santiago. Creó una junta consultiva para los asuntos de guerra, compuesta de doce personas de las más experimentadas en los negocios militares, y nombró maestre de campo a Jerónimo de Molina y sargento mayor a don Ignacio de la Carrera, ex-gobernador de Chiloé109. El nuevo maestre de campo salió de Concepción con un destacamento a castigar a los indios que, aunque se habían retirado algo lejos de la ciudad, no desperdiciaban ocasión de asesinar a todo el que salía de Concepción desprevenido en busca de víveres. En un bosque situado en los campos de Conuco, a ocho leguas al este de Concepción, encontró Molina una junta de mil indios mandados por un indio de servicio de los jesuitas llamado Ignacio, que con todos sus compañeros se había huido de la estancia de la Magdalena, perteneciente a la Compañía, como ya hemos dicho. Antes de atacar a los indios, el padre Francisco de Vargas, jesuita, ofreció al maestre de campo adelantarse solo a pedir a los indios que se rindiera, asegurándoles que no se les haría daño. Lo hizo así el valeroso jesuita, y su palabra bastó para reducir a los indios; el indio Ignacio, que no se hallaba en ese instante con sus compañeros, fue hecho prisionero poco después, y como cabecilla fue conducido a Concepción y ahorcado en la plaza pública. «Los padres (jesuitas) le redujeron a que se confesase y muriese como cristiano, con los santos sacramentos. Así lo hizo, y se dispuso con muchas lágrimas de arrepentimiento. Estándole ajusticiando a las diez del día, mostró la divina justicia, al parecer, que se agradaba de aquel castigo, porque se vio en el cielo sobre su cabeza una espada de fuego, que vio y admiró toda la ciudad que estaba presente»110.
Pocos días más tardes se supo en Concepción que una nueva junta, más numerosa que la de Ignacio, se había reunido en Conuco; Porter Casanate resolvió salir en persona a dispersarla, y al efecto, salió de la ciudad con una fuerte columna de soldados y dando sobre los indios los desbarató, el 20 de enero, causándoles grandes pérdidas y fundó en Conuco un fuerte, al que puso el nombre de San Fabián, cuya fiesta celebra la iglesia en ese día, y que, según se decía, se había aparecido en la batalla peleando a caballo contra los araucanos. Recorrió en seguida el gobernador las orillas del Itata, y por el valle central siguió hasta las del Laja, donde tuvo algunos encuentros con los indios. A su vuelta a Concepción, Porter Casanate trajo consigo una imagen de la Virgen que había pertenecido a una de las misiones saqueadas por los indios, la que fue recibida en Concepción con una solemne procesión y salvas de artillería. Para proteger la ciudad por el lado sur y asegurar el paso del Bío Bío, fundó el gobernador un fuerte en el cerro de Chepe y colocó en él cuatrocientos hombres bien armados y amunicionados, a las órdenes del capitán Juan de Zúñiga.
Entretanto, la corta guarnición de la plaza de Boroa sufría penalidades muy semejantes a las que padecieron la Imperial y Villarrica en el alzamiento de 1589, y Porter Casanate deseaba vivamente socorrerla. Al comunicar sus deseos a los capitanes del ejército y la audiencia, encontró tenaz oposición, fundada en el número e insolencia de los rebeldes, en el peligro que correría el ejército si se internaba en la Araucanía y el riesgo en que quedaría Concepción si la desamparaba el ejército. No se conformó el gobernador con esta opinión, y reuniendo en consejo de guerra a los militares más experimentados y prestigiosos, les consultó sobre la conveniencia de socorrer inmediatamente a Boroa. Los cinco militares más prestigiosos que tomaron parte en el consejo fueron de opinión que debía enviarse en socorro de Boroa un fuerte cuerpo de infantería, apoyado por otro que quedaría en observación en la isla de la Laja; que el gobernador debía permanecer en Concepción, cuyas fortificaciones permitían defenderla con pocos soldados, y que una vez salvada la guarnición de Boroa, debía abandonarse la plaza para no dividir las fuerzas del ejército. Fueron los sostenedores de esta opinión los maestres de campo don Diego González Montero, que acababa de llegar de Valdivia y habló por los demás, don Miguel de Silva, don Martín de Herice y Salinas111, don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, y el sargento mayor don Ignacio de la Carrera e Iturgoyen. Porter Casanate aceptó gustoso la opinión de estos jefes, y comenzó a toda prisa los preparativos para la expedición libertadora de Boroa.
En los últimos días de febrero salía de Concepción un cuerpo de setecientos hombres, casi todos de infantería, que llevaban por primer jefe a don Francisco Bascuñán, cuyo hijo primogénito estaba encerrado en Boroa; por segundo a don Ignacio de la Carrera, y de capellán, al padre Jerónimo de Montemayor, a quien ya conocemos. El maestre de campo Herice salió también al mando del cuerpo menos numeroso, que debía permanecer en observación a orillas del Laja. Los indios opusieron a estas tropas desesperada resistencia; pero fueron siempre derrotados, y el 29 de marzo volvían los cuerpos expedicionarios a Concepción, trayendo consigo a los defensores de Boroa y con ellos, a su valiente jefe el capitán Miguel de Aguiar, y al padre Diego de Rosales,112 que con otro compañero jesuita habían estado encerrados en el fuerte durante los trece meses que duró el sitio, animando y ayudando a los soldados, que no pasaban de cuarenta, y a cerca de ciento cincuenta mujeres y niños que había en la plaza. Concepción recibió a los recién llegados con transportes de júbilo; se celebraron en la catedral solemnes funciones religiosas, y el pueblo se regocijó como si se hubiera alcanzado una gran victoria.
Sin embargo, la tranquilidad no estaba asegurada ni aún para Concepción: mientras Porter Casanate estaba en Santiago, a donde se había ido en abril a pasar el invierno, los indios comenzaron a agitarse, incitados por un soldado mestizo llamado Alejo, que había desertado del ejército español, despechado porque no se le había dado el rango de oficial, a que se creía acreedor por sus servicios. Las noticias que recibió del sur obligaron a Porter Casanate a precipitar su regreso, y el 30 de octubre entraba a Concepción en compañía del Ilustrísimo señor Cimbrón y de una columna de voluntarios que había organizado en Santiago. La ciudad estaba en grande alarma: el mestizo Alejo, a quien los indios habían reconocido por jefe, atravesó el Bío Bío con trescientos indios de caballería bien armados y se acercó a Concepción con ánimo de sorprender la ciudad. El capitán Juan de Zúñiga, comandante del fuerte de Chepe, noticioso de la proximidad de los indios, salió en busca de ellos con doscientos soldados y les encontró en Budeuco, a orillas del estero de Palomares. Alejo se situó con los suyos en la cumbre de un cerro, desde donde se dio a conocer a los españoles provocándolos con insultos y amenazas; comenzaron éstos a subir el cerro, y a media falda cayeron sobre ellos los indios con tal ímpetu que los desbarataron en un momento. Setenta españoles quedaron en el campo, y los demás huyeron a guarecerse en Chepe; el capitán Zúñiga, mal herido él y su caballo, pudo alejarse algo del sitio del combate y encontró a su teniente, a quien pidió que le restañara la sangre de su herida y le tomara a las ancas. Pero el teniente, resentido con su capitán por un antiguo agravio, se negó a socorrerlo e inhumanamente le dejó perecer a manos de los indios113.
La noticia de este desastre causó gran consternación en Concepción, la que vino a ser calmada por la noticia de que Alejo, satisfecho de su victoria, se había vuelto a Purén, y por la llegada del gobernador y de algunos refuerzos que trajeron del Perú las naves del situado. Porter Casanate dispuso la organización de dos fuertes divisiones que debían entrar en campaña simultáneamente y obrar con energía para escarmentar y atemorizar a los indios. Una de estas divisiones, a las órdenes del maestre de campo don Martín de Herice, fue a establecerse en el fuerte de Conuco, desde el cual hizo varias y afortunadas correrías hasta la orilla del Laja. La otra división, al mando de don Ignacio de la Carrera, atravesó el Bío Bío, y por el camino de la costa se internó hasta Purén, asolando las chozas y sembrados de los indios, y derrotándolos en repetidas ocasiones. Estas expediciones duraron de diciembre de 1656 a marzo del año siguiente. Entretanto, el mestizo Alejo reunía mil hombres, con los cuales no hubiera podido resistir a Carrera, pero que, divididos en compañías y mandados por capitanes a imitación del ejército español, pudieron pasar el Bío Bío sin ser sentidos y acercarse al fuerte de Conuco, cuya guarnición estaba pasando en pequeñas partidas a pagarse en Concepción114.
Alejo se situó con los suyos en el sitio entonces llamado el Molino del Ciego (hoy Rafael), y allí exterminó a un destacamento de doscientos hombres, que a las órdenes del capitán don Pedro Gallegos volvía de Concepción al fuerte de Conuco. El comandante de este destacamento fue recogido de entre los cadáveres, cubierto de heridas, y conducido a Concepción, en donde falleció mientras se le seguía juicio por haberse dejado sorprender por el enemigo. Poco más tarde, una columna de doscientos cincuenta hombres, que al mando del capitán Bartolomé Pérez de Villagrán había salido de Conuco hacia el oriente, fue abatida por Alejo en Perales, y volvió a la plaza destrozada, dejando muerto a su jefe y muchos soldados. Otro destacamento de doscientos ochenta hombres mandados por el sargento mayor Bartolomé Gómez Bravo115, fue atacado por los de Alejo en Lonquén, cerca de Yumbel; y sólo consiguió rechazar a los indios después de un reñido combate, en que perecieron Gómez Bravo y no pocos soldados.
Tantos y tan continuados desastres volvieron a colocar a Concepción en una situación por demás difícil y penosa; Porter Casanate, que veía que su incansable actividad y valeroso empeño eran infructuosos, estaba desesperado; la ciudad, escasa de víveres y temiendo a cada instante verse atacada por Alejo, que se movía con gran rapidez para acudir siempre a donde podía hacer daño y no se le esperaba. Por otra parte, las doscientas familias que de ordinario residían en Concepción, se habían aumentado más del doble, con las que, huyendo de los indios, habían llegado de los campos y de las otras plazas, de suerte que, a pesar de los socorros de víveres y ropa que llegaban del Perú y de Valparaíso, la ciudad se resentía de un malestar aumentado continuamente, por las falsas alarmas de la aproximación de Alejo, que había llegado a ser una especie de espada de Damocles constantemente amenazante para Concepción y sus campos. En tan triste situación, vino una terrible catástrofe a completar la desventura de nuestra ciudad.
Cuentan los cronistas que en uno de los primeros días del mes de marzo de 1657, salió de la ciudad a recoger leña en un bosque cercano, un muchacho llamado Manuel Brantes116, hijo de un portugués, el cual volvió a la ciudad contando a todos que en el bosque se le había aparecido un personaje revestido de una túnica de color morado, y de venerable y sereno aspecto, el cual le había ordenado que se volviera a la ciudad a anunciar a todos que estaban amenazados por un gran terremoto. Se espació bien pronto en la ciudad el rumor, y acudían muchas personas a casa del muchacho, a cerciorarse de lo que se decía; el obispo Cimbrón y otras personas de importancia le hicieron ir a sus casas a referir lo que había visto, con lo cual, disgustado el padre del niño Brantes, le castigó, tratándole de visionario y novelero117. Mientras estaba la ciudad preocupada con estos sucesos, que eran el tema de todas las conversaciones, el jueves 15 de marzo, a las siete y media de la noche, comenzó un terrible temblor de tierra que duró algunos minutos y que, apenas habían alcanzado los habitantes de la ciudad a salir de sus habitaciones, dio con todas ellas en tierra; sólo quedaron en pie algunas pequeñas casas muy maltratadas, y la iglesia y colegio de los jesuitas, situados en el ángulo noroeste de la plaza. Una señora principal llamada doña María Gatica y otras dos personas perecieron sepultadas bajo las ruinas, mientras los demás moradores de la ciudad, locos de terror, recorrían las calles lanzando alaridos de espanto, y derribados muchas veces por la fuerza de los sacudimientos de tierra.
«A eso de las diez de la noche118 los temblores habían cesado; cada cual volvía a llorar, delante de las ruinas de su casa, la pérdida de cuanto poseía; un tranquilo dolor sucedía al terror desesperado de los primeros instantes; sólo el mar, embravecido por el terremoto, no aquietaba su furia, y retirándose primero de la orilla como para cobrar ímpetu, se lanzó de súbito sobre la ciudad, inundando y arrasando lo poco que había quedado en pie. Los habitantes, espantados, buscaban refugio contra el terrible elemento sobre las lomas vecinas, mientras el ilustrísimo señor Cimbrón desafiaba en la plaza a pie firme el furor de las olas, conjurándolas en nombre de Dios para que se retiraran. Toda la hacienda y ajuar de las casas andaba nadando por aquel mar sin márgenes. Las mesas, camas, sillas, ropa, vestidos y arcas, todo fue despojo de las olas, sin que nadie procurase salvar más que la vida, huyendo el que podía a los montes, donde se acogieron, no sin temor de los enemigos que tenían fuera»119.
«Causó más ruina (el mar) del río para el oriente (norte) en la ciudad, porque hubieron menos edificios que sirviesen de dique a su flujo, y así fue más extensa la inundación, y quedó un barco en el fondo de las casas que hoy son de don Miguel Barriga. Las iglesias cayeron, experimentando mayor estrago la de San Francisco: casi no hubo casa que de éste se exceptuase, principalmente las inmediatas al mar, el que llegó a bañar hasta la mitad de la plaza»120. Una fuente de bronce que el corregidor don Diego González Montero había hecho colocar últimamente en medio de ella, desapareció por completo; la catedral, situada en el costado sur de la plaza, quedó medio arruinada; sólo permaneció en pie la capilla adjunta a ella en que se veneraba la imagen de la Virgen de las Nieves, traída de la Imperial cuando esta plaza fue abandonada; las aguas subieron hasta la peana de la imagen121. La iglesia y colegio de los jesuitas no alcanzaron a sufrir con la inundación, por estar en un punto más elevado que el resto de los edificios cercanos a la plaza, y fue lo único que quedó en pie al retirarse las aguas. El palacio del gobernador, las cajas reales, los almacenes militares, el hospital de San Juan de Dios, los tres conventos e iglesias de los franciscanos, mercedarios y dominicos y casi la totalidad de las casas particulares quedaron enteramente destruidos. Afortunadamente, la inundación no causó más desgracias personales que la muerte de un soldado que pereció ahogado en la garita en que estaba de centinela.
Al día siguiente los habitantes de la ciudad comenzaron a bajar de las lomas en que se habían refugiado, para venir a lamentar la ruina completa de la ciudad; el Ilustrísimo señor Cimbrón los reunió detrás de la capilla de la Virgen de las Nieves, y les dirigió una piadosa exhortación consolándoles en tanta desgracia y predicándoles la penitencia, para desarmar la cólera divina; y allí mismo hicieron voto solemne el cabildo y vecindario de sacar en procesión una imagen de Nuestro Señor Jesucristo todas las noches del 15 de marzo, voto que se cumplió religiosamente hasta el terremoto de 1751122.
Los estragos del terremoto se habían extendido a toda la región situada entre el Maule y el Cautén; todos los fuertes quedaron arruinados, del mismo modo que las casas de las estancias que los indios no habían destruido. En Santiago se sintió el temblor con poca intensidad; las noticias de la ruina de la Concepción produjo en la capital consternación profunda; todos vieron en tan triste acontecimiento una señal segura de que no era voluntad de Dios que los españoles dominaran el territorio de allende el Maule: por otra parte, se veía que faltaban recursos para reedificar la ciudad y fuertes arruinados y que las tropas y los habitantes del sur debían verse bien pronto acosados por el hambre. La opinión común en Santiago era que debía abandonarse a los indios todos los territorios situados al sur del Maule y establecer sobre este río una línea de defensa que los españoles no debían pensar en traspasar por entonces. Esta era al menos la opinión de la audiencia, manifestada al rey en informe que el fiscal don Alonso de Solórzano y Velasco redactó muy pocos días después de saberse en Santiago la ruina de Concepción.
«Convendrá, decía ese informe, despoblar la ciudad de Concepción, dejándola fortificada con solos doscientos soldados, haciendo mejor y más segura mansión, que ya se vieron despobladas en otra ocasión las ciudades de la Imperial, Villarrica, Angol y Osorno y ahora la de Chillán, y dejar despoblada la de Chillán y pasar sus armas al partido de la ribera de Maule, poblando en Duao, país capaz, de buen temple y muy fértiles aquellas riberas, donde se guardará el vado que el río abre allí. Tiene gran comodidad para el riego de tierras. Todos los que tienen estancias, desde el río de Maipo, que está cuatro leguas de la ciudad de Santiago, hasta el río de Maule, que son cincuenta leguas, tienen a una, a dos, a tres y más leguas de estancias; se les puede reformar, dejándoles las tierras necesarias y otro tanto más, y en lo restante acomodar a los pobladores (de Concepción y Chillán) con que quedarán unos con otros abrigados, la tierra poblada y rica, impedida la entrada al enemigo por la cordillera y demás pasos, y dicha ciudad y su distrito seguro y resguardado; y puesto que esta población se hace por el bien público y se les aplica a los pobladores lo que sobra a los poseedores, y que el repartir las tierras fue para poblar y no para superfluidad, no parece se hace injuria, pues mira la conservación de lo mismo que posee con seguridad»123. Y así continúa proponiendo que se traslade a Duao la residencia del gobernador y contestando a las objeciones que pudieran oponerse al despueble de Concepción, en donde sólo debía quedar una guarnición para defender la costa de las incursiones posibles de los corsarios holandeses.
El gobernador, que estaba fuera de Concepción el día de la ruina de la ciudad, volvió a ella tan pronto como tuvo noticias del terremoto, y se dio prisa a ponerla en estado de defensa, temeroso de que Alejo se aprovechara de la ruina de la ciudad y de la consternación de sus habitantes para dejarse caer sobre ella. La presencia del gobernador, la llegada del cuerpo expedicionario de don Ignacio de la Carrera y el arribo de las fragatas Las Animas y Los Reyes, que la audiencia mandó con víveres desde Valparaíso, reanimaron a los afligidos pobladores de Concepción, quienes, a pesar de la desnudez y escasez de comidas en que el terremoto los había dejado, no pensaron jamás en abandonar la ciudad. Antes bien, animados por el gobernador y el obispo, comenzaron a reconstruir sus arruinadas habitaciones, ayudados por los socorros que el cabildo de Santiago enviaba a solicitud del gobernador. El invierno fue penosísimo para la ciudad; sus pobladores se veían reducidos a vivir en ranchos pajizos, en los cuales el frío y la intemperie no encontraban reparo; la escasez y miseria fueron espantosas, a pesar de la caridad inagotable de Porter Casanate, del señor Cimbrón y de los jesuitas, que habían sido los mejor librados de la ruina. Los fuertes de Conuco, Chepe y Buena Esperanza también fueron reconstruidos a toda prisa, y para asegurar más la defensa de la ciudad de Concepción, se fundó el de San Pedro de Alba, a orillas del Bío Bío124.
Después de esta fundación, el gobernador se dirigió a los cuarteles de Conuco a preparar una expedición que él mismo debía mandar y con la cual salió de ese fuerte el 28 de diciembre de 1657. Tres días después derrotaba a los indios en Coyanco y volvía a Conuco a reforzar su expedición, que llegó a constar de mil doscientos hombres entre españoles e indios amigos, diez piezas de artillería de madera y tres mil caballos de silla y bagaje. Este ejército emprendió, en el verano de 1658, una larga campaña al sur del Bío Bío, durante la cual se consiguió libertar a muchos españoles cautivos y castigar y atemorizar a los indios rebeldes, venciéndolos en numerosos combates, quemándoles sus chozas y destruyéndoles las comidas, y hostilizándolos de todos modos con incansable actividad y energía.
El 15 de marzo Porter Casanate se hallaba de vuelta en Concepción, en donde fue recibido con gran pompa y regocijo de los vecinos, que comenzaban a sentir que volvía la quietud a reinar en todo el partido de la ciudad. Pero el gobernador, que estaba ansioso de recobrar su prestigio y el terreno perdido con los desastres del año anterior, determinó salir nuevamente a campaña antes que las lluvias del invierno redujeran las tropas a la inacción. Hasta entonces las correrías se habían dirigido contra los indios de la costa de Arauco, y el gobernador quería castigar también a los de Curí, Renaico y Mulchén. Con este propósito volvió a salir de Concepción el ejército el 16 de abril, y dividido en tres cuerpos atacó el día 23 a los indios de esas reducciones y les hizo gran carnicería; con lo cual se dio el gobernador por contento, y repasando el Bío Bío llegó a Buena Esperanza con el ejército y lo distribuyó en seguida en los cuarteles en que debía pasar el invierno, proveyendo a cada tercio con las vituallas almacenadas en Conuco. En los mismos días fondearon en Concepción las naves que traían el situado y algunos refuerzos del Perú, al mando del capitán Silverio Ibáñez de Zabala.
«Se marchó (el gobernador) hacia la Concepción, dice un escritor contemporáneo, y estando cerca se dispuso la entrada, lunes 6 de mayo. El señor obispo don Dionisio Cimbrón montó a caballo, lo mismo hizo el regimiento y nobleza de la ciudad, hasta la Ermita, cerca de la cual estaba en lucido escuadrón la gente bisoña que vino de Lima, interpolada con la del presidio veterana. Y, para que el festejo fuese más cumplido, la caballería de los amigos (indios) acuartelados en Chepe, que escoltaban al señor gobernador, hizo una alegre escaramuza con el escuadrón, manifestando con gentil destreza el regocijo de sus ánimos, haciendo repetidas salvas a su capitán general que, agradado de aquella marcial ostentación, los atendía benévolo. Se vistió de gala el señor gobernador muy a lo milite; era el calzón y coleto de ante fino, bota flandina, banda con punta de plata, espadín pendiente, cadera de filigrana de camarones de plata, sombrero noqueado de castor, con blanco y ostentoso penacho, y, montando galante en un generoso bridón, era apacible lisonja de la vista y gallarda emulación de Marte. Entró, finalmente a la ciudad con séquito y pompa de lustroso acompañamiento, siendo públicas y muy repetidas las demostraciones populares que lo aclamaron victorioso. Pero su señoría llegó religioso al templo, donde con humildes obsequios dio al Señor las gracias por tantos beneficios»125.
Los indios, amedrentados por la tenaz actividad que el gobernador desplegaba en castigarlos, comenzaron a ceder y a ofrecer la paz; Porter Casanate envió emisarios a la tierra de Arauco para que observasen de cerca la disposición de ánimo de los indios y recibiesen sus protestas de sumisión. Como estos mensajeros volvieran a Concepción con noticias favorables, el gobernador, sin arredrarse por lo crudo del invierno y lo malo de los caminos, salió de la ciudad el 14 de junio con una fuerte escolta, y se dirigió a Lota, Santa Juana, Nacimiento y Arauco, recibiendo la sumisión de treinta y seis caciques a quienes impuso como condición necesaria para obtener la paz que pedían, la de trasladarse con sus familias, mocetones y ganados a la tierra de paz cercana a Concepción. Se allanaron a esto los indios, canjearon setenta y dos prisioneros españoles que retenían en su poder, y tras ellos ofrecieron la paz los indios de Talcamávida, Hualqui, Talcahuano y los de las montañas de Penco.
El 5 de agosto volvió el gobernador a Concepción satisfecho de su empresa, y en la ciudad se le hizo un recibimiento semejante al que dejamos escrito; tras de él comenzaron a llegar los indios que daban la paz y querían solemnizarla con el acostumbrado parlamento. «A los 8 de este mismo mes, cerca de la ermita de Nuestra Señora, se hicieron los pactos de paz, en concurso de todo el pueblo y más de quinientos araucanos armados, que siendo antes de horror, eran ya confirmados amigos; y para que más alegres de corazón celebrasen este día, los brindó el señor Gobernador con treinta arrobas de vino»126.
A fines de 1658, gracias a la incansable actividad e indomable energía de Porter Casanate, y a pesar de los contratiempos sufridos, los desastres de la rebelión de 1654 se habían reparado en gran parte, y Concepción volvía a su existencia normal y tranquila. «Se reconoce, dice Herice, que era entonces su corregidor, que las iglesias y conventos se reedifican, el culto divino y celebración de fiestas se frecuenta con mucho lucimiento, las casas se reparan y se hacen otras de nuevo, los caminos están seguros, los vecinos se alientan a poblar y restituir sus estancias, los campos se cultivan, cogiendo seguramente copiosas cosechas, y en todo se experimentan a cada paso conocidas mejoras que prometen felicidades de aquel siglo dorado y pacífico que tuvo este reino»127.
Porter Casanate prosiguió su obra de pacificación durante todo el año siguiente de 1659. Aprovechando la tranquilidad de que gozaban los campos cercanos a Concepción, despobló algunos de los fuertes inmediatos a la ciudad para trasladar sus guarniciones a otros que fundó más lejos. Los indios de Purén y todo el valle central, incitados siempre por Alejo, trataron constantemente de oponerse a las empresas del gobernador; pero éste los rechazó con ventaja y mantuvo la tranquilidad al norte del Bío Bío. A principios de 1660 emprendió una campaña en busca de Alejo, y se internó en la Araucanía; pero los indios rehuyeron todo combate, y Porter Casanate volvió a Concepción sin haber podido hacerles otro daño que talarles los sembrados y quemarles los ranchos. Durante el otoño la epidemia de viruelas se cebó en el ejército e hizo también en Concepción grandes estragos. En agosto un buque que venía de Valparaíso cargado de víveres para el ejército, naufragó antes de llegar a Concepción, y se ahogaron todos los que en él venían. Pero todos estos contratiempos fueron compensados por la muerte del terrible Alejo, que pereció asesinado por dos de las tres mujeres que después de su deserción había tomado. Las mujeres se fugaron al campo español y fueron recompensadas con una pensión vitalicia.
La muerte de Alejo, que para los españoles valía tanto como una victoria, produjo gran desaliento entre los indios, del que se aprovechó Porter Casanate para adelantar la conquista. En la primavera de 1660 un cuerpo de tropas atravesó el Bío Bío y fundó un fuerte en Lota para contener los avances de los indios de la costa, y el verano siguiente se pasó en gran tranquilidad. Pero en la primavera de 1661 los indios se reunieron en número de mil quinientos, a las órdenes de uno de los subalternos de Alejo llamado Misqui, y vinieron a establecerse entre el Laja y el río Caribobo que corre un poco más al sur.
Porter Casanate había preparado una gran expedición para esa primavera, e impedido por una hidropesía de que comenzaba a sufrir, había confiado el mando de ella a Jerónimo de Molina Vasconcelos y como subalternos a don Martín de Herice y el comisario Luis de Lara. Esta expedición, compuesta de seiscientos españoles y un cuerpo de indios auxiliares que servían a sueldo, salió de Concepción a principios de noviembre y sorprendió a los indios en su campamento, haciendo en ellos horrible carnicería. Seiscientos quedaron muertos, doscientos prisioneros y entre ellos el caudillo Misqui, que fue ahorcado poco después.
Esta brillante victoria causó en Concepción indecible alborozo; las armas españolas habían recobrado su prestigio, y la obra de la restauración del reino quedaba con ella muy adelantada. Los indios de la costa habían ofrecido la paz y los del valle central acababan de sufrir una cruelísima derrota; la situación no podía ser más halagüeña. Por desgracia, Porter Casanate, aquejado por su hidropesía, no pudo gozar mucho tiempo de estas victorias; su mal se agravó notablemente durante el verano; y así enfermo recibió a muchos emisarios de los caciques del valle central que venían a ofrecerle la paz, a los cuales exigió la sumisión de todos los butalmapus o reducciones como condición indispensable para hacer tratos de paz. Se allanaron a ello los caciques; pero la muerte del gobernador, acaecida el 27 de febrero de 1662, vino a interrumpir todas las negociaciones. Concepción lloró a don Pedro Porter Casanate, cuya rectitud y velo le hacían muy acreedor al cariño de la ciudad que él había sacado de las ruinas y defendido con tan infatigable constancia como buena fortuna.
Porter Casanate, al decir de Córdoba y Figueroa, cuyo testimonio nos parece fidedigno, murió pobre; en su testamento dejó por albacea y heredero al maestre de campo Alonso Barriga, «persona de toda distinción que siempre le acompañó, cuya familia se quedó en la Concepción establecida»128. Barriga, cumpliendo con sus deberes de ejecutor testamentario, dio sepultura a los restos del gobernador en la iglesia de los jesuitas.
Un año antes del fallecimiento de Porter Casanate, había muerto en Concepción, de disentería, el Ilustrísimo señor Cimbrón (19 de enero de 1661) dejando en pos de sí la memoria de sus méritos y virtudes. Fue uno de los más ilustres prelados que ocuparon la sede de Concepción, y el último que se llamó obispo de la Imperial. Uno de sus biógrafos hace de él el siguiente elogio: «Este prelado fue de vida ejemplar y de santas costumbres, de mucha literatura y prudencia, circunstancias que le hicieron amable en sumo grado. Propendió a la pacificación de los indios y pasó con el gobernador a la parte septentrional del Bío Bío para comenzar a verificarla, y trató mucho de sus conveniencias con los araucanos por medio del padre Diego Rosales, que le sirvió de intérprete. Su liberalidad con los pobres no tuvo límite. Con ellos repartía sus rentas y la gruesa limosna que le hacía anualmente el ilustrísimo señor don Pedro Villagómez, arzobispo de Lima. Era muy dado a la oración y penitencia y entregado todo a un religioso recogimiento; le llevaban toda su atención la reforma del clero y la extinción de vicios y pecados públicos»129. Por disposiciones del mismo señor Cimbrón, sus restos fueron sepultados provisionalmente en la catedral, mientras se presentaba ocasión de trasladarlos a su monasterio de Nuestra Señora de Ossera, ocasión que no llegó jamás.
Durante el gobierno del señor Cimbrón las rentas del obispado disminuyeron enormemente, hasta el punto de no alcanzar para la subsistencia de los sacerdotes que servían en la catedral, ni para las solemnidades del culto. Porter Casanate dio una considerable limosna a esta iglesia, con la cual se remedió en parte la aflictiva situación del clero. Muerto el señor Cimbrón, no quedaba en la catedral otro canónigo que el deán don Rodrigo Arias de Umaña, que rezaba los oficios con dos sacerdotes llamados don Juan de Pareja y don Lorenzo Mejía de Reinoso, que, sin embargo, no tenían título de canónigos ni formaban parte del cabildo. En esta situación, la elección de vicario capitular era imposible, porque ella no puede hacerse, según los cánones, sin que haya tres canónigos presentes; correspondía, pues, al metropolitano el nombramiento de un gobernador eclesiástico de la diócesis vacante. El clero de Concepción, por razones que no conocemos, convino, a pesar de los cánones, en considerar como cabildo al deán y los dos licenciados que le asistían, los cuales se reunieron poco después de la muerte del obispo y nombraron vicario capitular al deán don Rodrigo Arias de Umaña.
El arzobispo de Lima, a quien fue sometida la aprobación de este nombramiento, lo declaró nulo, y nombró provisor y vicario general de la diócesis de Concepción al licenciado don Juan de Roelas y Sandoval, cura y vicario del tercio de Conuco, que había sido, antes de ordenarse, capitán de caballería, y que gobernó la diócesis con notable prudencia y moderación hasta el año de 1672, en que tomó posesión de la sede el nuevo obispo don Fray Francisco de Loyola y Vergara, de la orden de San Agustín, y provincial de ella en el Perú. Antes que él, había sido presentado para la iglesia de Concepción fray Cristóbal Betancur, religioso franciscano, que no alcanzó a recibir las bulas por haber fallecido o por no haber aceptado la mitra.
Los servicios del almirante Porter Casanate no fueron estimados por la corte de España, que sólo tuvo noticias de los desastres sufridos por el ejército, y no del celo e inteligencia que el gobernador desplegó en repararlos. En 1660 el rey Felipe IV decidió separar a Porter Casanate del gobierno de Chile, y mientras se enviaba al que debía desempeñarlo en propiedad, nombró, por real cédula de 9 de abril de 1662, en calidad de interino, al obispo de Concepción don Dionisio Cimbrón, que debía presidir la audiencia y resolver los asuntos de guerra de acuerdo con un consejo compuesto de los obispos de Chile, el oidor decano de la audiencia, el maestre de campo general, el sargento mayor del reino, el comisario general de caballería y el veedor general. Cuando llegó esta provisión a Chile, el señor Cimbrón había fallecido, de suerte que ella quedó sin efecto. La audiencia abrió el pliego del virrey del Perú en que se nombraba sucesor interino a Porter Casanate, y encontró en él escrito el nombre del maestre de campo don Diego González Montero, que después de haber sido corregidor de Concepción se había avecindado en Santiago.
González Montero no salió de Santiago durante los tres meses que duró su gobierno; el maestre de campo Jerónimo de Molina Vasconcelos permaneció en el carácter de comandante general de la frontera hasta la llegada de don Ángel de Peredo, que desembarcó en Concepción el 22 de mayo de 1662.
Don Ángel de Peredo, nombrado gobernador interino por el virrey del Perú, conde Santisteban, era un militar que gozaba en España de alguna reputación y que, con el cargo de gobernador de la provincia de Jaén de Bracamoros, en el reino de Quito, había venido a América con el virrey ya nombrado. Apenas había tomado posesión de su gobierno de Jaén el conde de Santisteban, lo hizo venir a Lima y lo destinó al de Chile, del cual tomó posesión en Concepción el 23 de mayo de 1662, prestando ante el cabildo el juramento de estilo.
Don Ángel de Peredo trajo consigo cerca de cuatrocientos soldados y trescientos mil pesos para los gastos y equipo del ejército; una de las naves que traían este refuerzo naufragó en la costa de Itata, y se ahogaron ciento cuarenta y siete soldados y casi toda la tripulación. La otra llegó a Concepción pocos días después que la que trajo a Peredo. El gobernador encontró a los soldados de la frontera en miserable estado de desnudez y escasos de víveres. La distribución de la ropa del situado se hacía siempre en verano, por ser más fácil y cómoda época para mandar las cargas de géneros a los fuertes; sucedía con esto que los soldados recibían abrigo en la estación en que menos lo necesitaban y, con la imprevisión propia de la raza española, jugaban o vendían casi toda la ropa que les tocaba, y al llegar el invierno se encontraban desnudos. Por otra parte, la inseguridad y desolación en que habían quedado los campos del distrito de Concepción después del alzamiento y ruina, habían producido necesariamente una grande escasez de víveres, que hacía necesario traerlos por mar desde Valparaíso a Concepción. En esta ciudad, la fanega de trigo, que en 1653 valía doce reales, apenas se conseguía en 1662 por seis pesos, precio enorme para sus empobrecidos habitantes.
Don Ángel de Peredo se empeñó en remediar este estado de cosas, repartiendo el situado en el corazón del invierno y procurando con gran actividad y energía devolver la tranquilidad y bienestar a los campos de Itata y Buena Esperanza130. Un mes después de su llegada hizo un corto viaje a Santiago a recibirse de presidente de la audiencia, y apenas estuvo de vuelta en Concepción, salió de la ciudad con un numeroso cuerpo de tropas y fue a fundar en Lota un gran fuerte, que dejó guarnecido con setecientos hombres, que debían vigilar a los indios de la costa. Poco más tarde reforzó la guarnición de Conuco y pasó a reconstruir el tercio de San Felipe de Austria (Yumbel); estos dos fuertes, con el de Buena Esperanza y otros que fundó a orillas del Laja, bastaron para poner a los campos de Concepción a cubierto de toda invasión y para reducir a la tranquilidad a los indios, ya muy domados por las campañas de Porter Casanate, de cuyos frutos sólo vino a gozar su sucesor.
Después de dejar asegurada la paz en un parlamento que tuvo lugar el 10 de enero de 1663 en el tercio de San Felipe de Austria y en el cual dieron la paz dos mil quinientos cuarenta y nueve indios de lanza con sus caciques y familias, se dirigió don Ángel de Peredo a Santiago, en donde pasó todo el invierno ocupado en negocios administrativos. Al venir la primavera dispuso don Ángel que se reconstruyera la ciudad de Chillán, cuyos habitantes permanecían aún en las estancias de la ribera norte del Maule; para custodiarlos y ayudarles en la reedificación de la ciudad, salió de Concepción en septiembre un destacamento de doscientos hombres a las ordenes de los capitanes don Pedro Agustín de Saldías131, don Alonso García de la Peña y don José Basilio de Rojas y Fuentes132. A su vuelta de Santiago, que tuvo lugar poco después, don Ángel de Peredo pasó por Chillán a inspeccionar los trabajos de reconstrucción que se llevaban adelante con toda felicidad, y después de socorrer y animar a los pobladores de la ciudad, siguió su viaje a Concepción.
Viendo asegurada la tranquilidad del territorio, comenzó a incitar a los vecinos a que poblaran las estancias abandonadas, repartió semillas, bueyes, ganados y dinero a los más pobres para que lo pagaran con víveres para el ejército, y para obligar a todos al trabajo, ordenó que el que no pusiera trabajo en sus tierras dentro de cierto tiempo, perdiera todo derecho a ellas, y fueran repartidas entre los más activos y laboriosos. En estas pacíficas tareas vino a sorprender a don Ángel la noticia de que su sucesor don Francisco Meneses llegaba de España por la vía de Buenos Aires y desde el pie de la cordillera le ordenaba entregar el mando de las tropas a don Ignacio de la Carrera y la presidencia de la audiencia al oidor Solórzano y Velasco. Acató Peredo la orden de Meneses y permaneció en Concepción aguardando pacientemente la llegada de su sucesor, que hizo su entrada solemne en Santiago el 23 de enero de 1664, a la cabeza de una columna de doscientos hombres que, instancias de don Ángel de Peredo, mandaba a Chile el rey Felipe IV133.
El general de artillería don Francisco Meneses, conocido en España con el mote de Barrabás, era portugués de nacimiento, y como tal hombre, de carácter arrebatado y fogoso, pueril en muchas ocasiones y siempre apasionado y amigo de placeres y fruslerías desdorosas para el cargo que iba a ocupar. Menos que a sus propios méritos, debía su elevación a la amistad del segundo don Juan de Austria, hijo natural de Felipe IV y famoso general de sus ejércitos; Meneses era un mediocre militar, pero insigne montador de caballos y atrevido lidiador de toros. En medio de la vida pacífica y patriarcal de la colonia, el nuevo gobernador iba a ser un elemento de perturbación, antes que el hombre que reclamaban las circunstancias.
Apenas llegó a Santiago, dio orden a don Ignacio de la Carrera de que vigilase estrechamente a don Ángel de Peredo y no le permitiese por ningún motivo ausentarse del país antes de dar cuenta de su gobierno. Don Ángel, indignado por tan baja conducta, se fue a Santiago en abril, resuelto a someterse de una vez al juicio de residencia, antes que seguir sufriendo los ultrajes de Meneses, quien, celoso de la popularidad que Peredo con su buen gobierno se había granjeado, comenzó contra él una persecución encarnizada, cuyos interesantes detalles no pertenecen a nuestra historia. Sólo diremos que Peredo se justificó de los cargos que Meneses y el veedor general Felipe Vásquez le hicieron en la residencia, y murió algunos años más tarde en Córdoba, después de haber sido gobernador del Tucumán.
Meneses no se dio prisa por acudir a tomar el mando del ejército, y pasó casi todo el primer año de su gobierno en Santiago en continuos altercados con los oidores y con el obispo Humanzoro, cortejando a una joven Sarabia, con quien se casó secretamente y sin permiso, traficando del modo más escandaloso con los empleos públicos y encomiendas, y con el estanco del sebo que se enviaba al Perú, y entrometiéndose hasta en la elección de prelados de los conventos. Entretanto, los indios comenzaban a agitarse en la frontera y amenazan desde la cuesta de Villagrán al tercio de Lota; don Ignacio de la Carrera salió contra ellos y los derrotó completamente; pero en situado de 1663, que debía repartirse en principios de 1664, se perdió en el mar, y las tropas padecieron en el invierno, horrible desnudez y miseria, que produjeron la desmoralización más completa.
Después de celebrar en Santiago con grandes fiestas el triunfo alcanzado por Carrera, Meneses le quitó el mando de las tropas para confiarlo a don Tomás Calderón, vecino de Santiago, con quien hizo tratos para coger muchos prisioneros y negociar con ellos. Mientras Carrera se retiraba disgustado a Concepción, Calderón se hacía cargo del mando de las tropas, y saliendo de Lota con trescientos españoles y muchos auxiliares, se dejaba caer de improviso sobre algunas tribus de paz y les tomaba trescientos prisioneros, que fueron vendidos como esclavos, lo que fue motivo de gran regocijo para Meneses.
El 14 de diciembre salía por fin éste de Santiago, llegaba a Concepción algunos días después escoltado por la tropa que había traído de España, y el 27 del mismo mes escribía al rey que había hallado el ejército en deplorable estado y la situación militar del reino en el mayor desgreño. No estaba esto lejos de ser verdad; pero a nadie debía culparse por ello sino al mismo Meneses, que dejó un año entero las tropas enteramente abandonadas y sin el situado del año, y el gobierno del sur sin la vigilancia que los gobernadores habían siempre acostumbrado, y que en aquella época de restauración universal era indispensable.
Meneses venía ansioso de gloria militar y de hacer fortuna, y para conseguirlo, preparó a toda prisa un considerable cuerpo de tropas, con el cual se puso en marcha hacia la frontera. Fue su primera diligencia trasladar la plaza de Lota al sitio que antes había ocupado la antigua plaza de Arauco y ocupar la isla de Santa María. Dejó en Arauco al maestre de campo Calderón con buena parte de las tropas, y fue con el resto a poblar la plaza de Santa Juana, frente al fuerte de Talcamávida. Atravesó en seguida el Bío Bío, y remontándolo por la orilla norte, fue a juntarse en Santa Fe con el tercio de San Felipe de Austria. Reconstruyó el fuerte de Santa Fe y el de Nacimiento, los dotó de buena guarnición y abundantes municiones, y a fines de febrero dio la vuelta a Concepción, a donde vinieron a buscarle los emisarios de algunos caciques que ofrecían la paz a condición de que se les dejase en quieta posesión de sus tierras. Meneses, con su natural presunción, creyó haber obtenido un gran triunfo con la expedición que acababa de hacer y en la cual los indios no le opusieron la menor resistencia, y avisó al rey que el territorio quedaba definitivamente pacificado. No contento con esto y deseoso de hacer méritos, a los ojos de la corte, obligó al cabildo eclesiástico y al ayuntamiento de Concepción a que enviaran al soberano los más lisonjeros y exagerados informes sobre el éxito de sus campañas.
«Todos los caciques, escribían los canónigos Alonso Suárez Maldonado y Francisco de Mardones, han venido rendidos dando la obediencia a Vuestra Majestad; y lo que no se ha experimentado después que esta tierra se habita, se ve ahora, pues en las capitulaciones que han hecho con el general de artillería don Francisco Meneses, han convenido y sufrido todas las condiciones que se les ha querido imponer... Hoy gozan estas provincias de la paz tan deseada de tantos años... Se han poblado todas las estancias y reducciones, viviendo en una paz tan segura, que estamos como los que han salido del peligro olvidados de la guerra»134. Más aún, llevado de su vanidad, hizo Meneses que Santiago de Tesillo, el historiador de las campañas de Lazo de la Vega, que residía desde muchos años retirado en Concepción, escribiera la relación de sus victorias e hiciera elogio de sus talentos militares135.
Desde que volvió a Concepción se ocupó Meneses en edificar grandes caballerizas, trabajo en que empleaba a los soldados, y en juntar espléndidos caballos, que eran su afición decidida. Entretanto, la soldadesca, desmoralizada y desnuda, se entregaba en la ciudad a las más escandalosas violencias y desórdenes. Se metían de noche a las casas sin temor ni respeto a sus dueños, robaban cuanto hallaban a mano, forzaban a las mujeres, saqueaban las tiendas de los mercaderes y desnudaban en la calle a los criados e indios que encontraban solos. Nada había seguro contra ellos; la justicia no bastaba para contenerlos porque le faltaba el apoyo del gobernador, que, a trueque de tener a los soldados sin necesidad de paga, les dejaba cometer todo género de tropelías y desmanes.
El descontento comenzó con esto a reinar entre los vecinos, que veían agregarse estas nuevas calamidades a las que en los últimos años habían afligido a la desgraciada ciudad. Se dejaron oír críticas y quejas amargas de los que comparaban la conducta atrabiliaria de Meneses con la moderación y caridad del caballero Peredo, que había dejado en Concepción recuerdo imperecedero de sus bondades. Meneses, que detestaba a todos los que habían sido amigos de su antecesor, hizo prender y encerrar en varios de los fuertes de la frontera a muchos de los vecinos más caracterizados de la ciudad, pensando acallar así las protestas de todos y sin conseguir otra cosa que darles mayor motivo.
Estando próximo a llegar el situado del año anterior, redujo también a prisión a los oficiales reales don García de Valladares y don Miguel de Cárcamo y Lastra, acusándoles con un certificado falso del veedor Felipe Vázquez, de ser culpables de la usurpación de una suma del situado, en connivencia con don Ignacio de la Carrera. Lo que Meneses deseaba era que estos oficiales íntegros y honrados no tomaran parte en la distribución del situado; llegó éste a fines de abril de 1665, y antes de que fuera desembarcado, el gobernador, tomó de él ciento ocho mil pesos en plata, y ropa que mandó por mar a Santiago para que fuera vendida en una tienda que allí tenía. Dio por disculpa de esta maniobra, que tomaba dinero para pagarlo en granos que debían mandar al ejército los corregidores de Santiago y Colchagua; y para evitar que las cosechas de los vecinos de la ciudad pudieron hacer competencia a las provisiones que le mandaban del norte, quitó a los estancieros los préstamos de animales y útiles de labranza que Peredo les había hecho, con lo que redujo a muchos a la miseria. Estas sisas al situado las repitió Meneses mientras duró su gobierno.
Celoso del prestigio e influencia de don Ignacio de la Carrera, le encerró en el fuerte de San Pedro, y acusándolo de haberse dado honores de capitán general y haber usurpado una suma del situado mientras había permanecido de jefe del ejército, le condenó a muerte sin formación de proceso, y envió al preboste general del ejército Juan Muñoz de Ayala a darle garrote en la prisión. Notificado Carrera, y mientras se hacían los preparativos de la ejecución, tomó su espada, y rompiendo por entre los soldados que le custodiaban, se refugio en la capilla del fuerte, en donde el cura le defendió, deteniendo al preboste con amenazas de excomunión. En la noche, don Ignacio, ayudado por un criado, atravesó el Bío Bío en una balsa de paja y fue a pedir asilo a los jesuitas de Concepción. «Luego que lo supo el Meneses, bramando de coraje, le hizo notificar se volviese al sagrado de la capilla del fuerte que había dejado. Pretendía don Ignacio tener por sagrado aquel en que se hallaba; el juez eclesiástico obraba con temor, no tenían fuerza las leyes. Entraron en el colegio los ministros de guerra y con estruendo de armas sacaron a don Ignacio, y le restituyeron al fuerte y al sagrado de su capilla. Deseaba el Meneses que don Ignacio se le rindiese y humillase pidiendo perdón, no ignorando que lo que había obrado era injusto. Pero el don Ignacio, hombre entero y de espíritu elevado, se acomodaba mal a pedir perdón a quien no había ofendido; se hallaba sin delito. Empero, se hallaron medios proporcionados a reconciliaciones, y volvió a la ciudad, donde, haciendo de necesidad virtud, dobló la cerviz e hincó la rodilla. Desde aquí quedaron aparentemente conformes»136. Pero súbitamente volvió Meneses a las andadas, y le ordenó que se retirase a Chillán y permaneciera allí hasta nueva orden; le permitió poco después que volviera a su casa; pero volvió luego a mandarle que se retirara a su estancia. Al año siguiente volvió a incomodarle en este último asilo, y entonces Carrera se embarcó ocultamente en Valparaíso y fue a dar cuenta al virrey del Perú de los infames tropelías de Meneses, que para estar más seguro de la impunidad interceptaba todas las cartas desfavorables a él que de Chile se escribían al Perú o a España. Carrera no descansó hasta que no hubo labrado en Lima la desgracia de su injusto enemigo.
El 15 de agosto de 1665 Meneses, cansado de Concepción, se dirigió a Santiago con una escolta de trescientos hombres que podían hacer mucha falta en la frontera, pero que le eran indispensables en la capital para llevar a cabo todos los atropellos y desafueros que meditaba. Al mando del ejército dejó al maestre de campo Andrés del Aguila, «anciano y experimentado capitán, dice fray Juan de Jesús María, sujeto corto, desvalido, el más olvidado y ajeno de merecer el cargo de cuantos había en el ejército». Este militar vino a ocupar el puesto de maestre de campo, de que fue separado Calderón. Concepción respiró al sentirse libre de la presencia de aquel gobernador, que tanto tenía de loco como de malvado.
Pero su ausencia no fue larga; a fines de febrero ya estaba Meneses de vuelta en Concepción, ansioso de hacer algunas correrías en territorio de los indios para ocupar el tiempo mientras llegaba el situado, que era el principal objeto de su venida. Poniéndose a la cabeza del tercio de Yumbel, fue a repoblar la plaza de Purén, y dejando en ella al comisario Luis de Lara con doscientos hombres, dio la vuelta a Concepción. Las naves del situado llegaron al puerto el 15 de abril, y Meneses las entró a saco, como había hecho el año anterior; la noticia de la muerte de Felipe IV, que las naves habían traído, le obligó a volver muy pronto a Santiago, dejando las fronteras en quietud y a don Martín de Herice por maestre de campo general y jefe del ejército.
Los dos últimos años del gobierno de Meneses no fueron, como los anteriores, sino una serie de abusos y atropellos; no fue el menor la deposición del veedor recién nombrado por el rey, don Manuel de Mendoza y Pacheco, que se negó a autorizar las usurpaciones del situado que Meneses cometía cada año. Mendoza, despechado, se fue a Santiago e intentó allí asesinar al gobernador, por lo que fue condenado a muerte y ejecutado.
Pero las noticias del mal gobierno de Meneses habían llegado a España y al Perú a pesar de sus diligencias para impedirlo; a fines de 1667 se supo en Chile que su deposición estaba decretada por el virrey conde de Lemos. Al saberlo, se enfureció Meneses, y secundado por el maestre de campo Herice, por el sargento mayor Melchor de Cárdenas y por Alonso Barriga, corregidor de Concepción, pensó en resistir al virrey con las tropas de la frontera, llegando sus subalternos a poner a Concepción en estado de defensa. Pero cuando Meneses menos lo pensaba, llegaron a Valparaíso el nuevo gobernador, marqués de Navamorquende,137 don Ignacio de la Carrera y otros militares, y el oidor de la audiencia de Lima don Lope Antonio de Munive, nombrado visitador real. Pasando por alto las peripecias que precedieron al recibimiento del nuevo gobernador, sólo diremos que Meneses, irritado por la alegría con que el pueblo de Santiago celebraba su deposición, salió de la ciudad con algunos servidores y parciales suyos, pensando dirigirse a Concepción para resistir allí a las disposiciones del virrey; pero viéndose abandonado de todos, desistió de llevar adelante tan descabellada empresa y después de haberse alejado ocho leguas de Santiago, volvió cabizbajo y corrido a la ciudad, en donde fue encarcelado.
Don días después de estos sucesos, es decir el 23 de marzo, el marqués de Navamorquende entraba en Santiago, y temeroso de que los parciales de Meneses pudieran resistirse a reconocerle en Concepción, mandaba al maestre de campo Carrera a hacerse cargo del mando del ejército de la frontera. Don Ignacio, que era muy querido en Concepción y en el ejército, no encontró dificultades de ninguna especie en el cumplimiento de su cometido.
Si bien es cierto que las fronteras estuvieron en paz durante todo el gobierno de don Francisco Meneses, no lo es menos que su codicia, extorsiones y abusos estorbaron que progresara Concepción en el cultivo de los campos y reparación de los estragos del terremoto; de la catedral y conventos arruinados se sabe, al menos, que durante su gobierno no se puso trabajo en ellos. El marqués de Navamorquende, durante su corto gobierno, mantuvo en el puesto de maestre de campo general a don Ignacio de la Carrera, en el de sargento mayor a don Alonso de Córdoba y Figueroa,138 y en el de corregidor de Concepción a don Simón Sotomayor. Reprimió la licencia de las tropas, favoreció a los vecinos de Concepción, ayudándoles a reconstruir sus casas y reparando la artillería con que se defendía la ciudad, y obtuvo que no se hiciera extensiva a Chile la prohibición de plantar viñas dictada por Felipe II, y que la reina gobernadora doña Mariana de Austria pretendía renovar139.
En mayo de 1668 llegó el marqués de Navamorquende a Concepción con algunos vecinos de Santiago que quisieron acompañarle y un considerable número de caballos para el ejército. Repuso en sus puestos a los oficiales reales don García de Valladares y don Miguel de Cárcamo, a quienes Meneses había reducido a prisión, como hemos dicho, y dispuso que la distribución del situado se hiciera con la exactitud y escrupulosidad que se había usado antes de que Meneses la tomara a su cargo. En la primavera salió a campaña con dos mil hombres entre españoles y amigos; sus operaciones se redujeron a rectificar la línea de fuertes establecida por Meneses, despoblando unos, cambiando de sitio a otros, y reforzándolos todos. Don Ignacio de la Carrera fue en estas campañas el brazo derecho del marqués de Navamorquende, que por no ser soldado permanecía casi siempre en Concepción dirigiendo los asuntos administrativos. En enero de 1670, recibió en esta ciudad cartas del virrey, que le llamaba a Lima, encargándole que confiara el gobierno a don Diego González Montero. Lo hizo así el marqués, y se embarcó en los primeros días de febrero, para dirigirse al Callao.
Don Diego González Montero tenía más de ochenta años cuando por segunda vez fue nombrado gobernador interino; aunque pensó pasar inmediatamente a Concepción, no pudo hacerlo, impedido por una grave enfermedad, y se limitó a enviar al sur a su hijo don Antonio Montero con el título de maestre de campo general, y de sargento mayor al capitán Felipe de León. Estos dos militares hicieron algunas excursiones en la tierra de Arauco, con las cuales, no sin algunas pérdidas, mantuvieron el prestigio de las armas españolas durante todo aquel año. El 30 de octubre de 1670 fondeaba en la bahía de Concepción un buque que traía del Perú a don Juan Henríquez, distinguido militar nombrado gobernador de Chile por la reina Mariana de Austria; pocas horas después de arribado el buque desembarcaba este caballero y era solemnemente recibido por el cabildo en el carácter de gobernador.
Henríquez mantuvo en sus puestos a don Antonio Montero del Aguila y al sargento mayor Felipe de León, y a poco de haber llegado pasó revista a todo el ejército, compuesto de cerca de dos mil quinientos soldados, cuya calidad, armamento y disciplina le disgustaron mucho. Formó, sin embargo, un cuerpo de ochocientos españoles y mil quinientos indios, con los cuales pasó el Bío Bío con ánimos de castigar a los indios que habían cometido robos de caballos y otras depredaciones cerca de Yumbel. Los indios, impotentes para resistir, le ofrecieron la paz y sumisión, y mientras en eso se ocupaba, recibió Henríquez, el 28 de diciembre, un emisario del gobernador de Valdivia, don Pedro Montoya, el cual venía a avisarle que el 24 del mismo se habían presentado en la costa doce navíos corsarios, y que la plaza de Valdivia necesitaba no menos de trescientos hombres y una buena provisión de víveres y municiones para ponerse en estado de defensa. Henríquez hizo partir en el acto para Valdivia ciento diez soldados escogidos a las órdenes del sargento mayor Jorge Lorenzo de Olivar, que había venido con él del Perú, y tres días más tarde una compañía de sesenta caballos ligeros, algunas vacas, cecina, harina y cuerdas para los arcabuces. En los primeros días de febrero, Henríquez dio la vuelta a Concepción para organizar su defensa contra un posible ataque de los corsarios, y sin pérdida de tiempo dispuso la construcción de algunas palizadas de roble a orillas del mar, que habían de servir de fortificaciones. Bien pronto cesó todo motivo de alarma, se supo por emisarios llegados de Valdivia que los buques avistados se habían convertido en uno solo que al mando de John Narborough se había acercado a la plaza y descubierto sus intenciones de hacer estudios científicos y comerciales en la costa del Pacífico.
Tranquilizado por estas noticias, el gobernador empezó a estimular a los estancieros de Concepción a que aumentaran sus siembras para bajar el precio del trigo, que valía en la ciudad dos pesos seis reales, mientras una vaca se vendía por sólo dos pesos. Para animarlos a hacer grandes siembras, les garantizaba que la administración militar les compraría grandes cantidades de grano para mejorar la condición del ejército, que, por la demora del situado, que pasó veintidós meses sin llegar, estaba en miserable y precaria situación. Llegó ésta a ser tal que hubo necesidad de tomar dinero y especies en préstamo para subvenir a las necesidades más urgentes.
A principios de mayo de 1671 se dirigió el gobernador a Santiago para pasar allí el invierno, dejando en Concepción por teniente de gobernador y jefe de las armas a don Alonso de Córdoba y Figueroa140. A principios de noviembre estaba de vuelta Henríquez, alarmado por la noticia de que los indios tramaban un levantamiento. Al llegar a Concepción se encontró con que Córdoba y Figueroa tenía ya presos a veintidós de los caciques comprometidos en la sublevación proyectada. Salió éste a campaña con cuatrocientos españoles y cuatro mil amigos, e hizo gran carnicería entre los indios que tramaban el alzamiento y trajo prisioneros a mil de ellos, que fueron vendidos como esclavos. Henríquez volvió a Santiago el 13 de marzo de 1672, y al entrar la primavera se dirigió a Concepción y emprendió una nueva campaña contra los indios, encabezados por el cacique Aillacuriche.
Durante el invierno de 1673 Córdoba y Figueroa hizo algunas campeadas contra los indios, y en la primavera, cuando el gobernador volvió a Santiago, y volvió a salir de Concepción con cuatrocientos hombres y regresó muy pronto trayendo prisionero a Aillacuriche, que, sometido a juicio como traidor, fue condenado a muerte y ahorcado en Concepción. Córdoba sacó también de las inmediaciones de Purén cerca de mil indios de todas edades y sexos, que fueron igualmente llevados a Concepción. Para deliberar sobre lo que con ellos debía hacerse, reunió Henríquez, el 1.º de febrero de 1674, una junta de guerra a la que asistieron los principales jefes del ejército y el obispo don fray Francisco de Loyola y Vergara; esta junta resolvió que esos indios se desnaturalizaran de sus tierras, y «para que sean, dice el acta de la asamblea, catequizados, bautizados e instruidos en los dogmas de nuestra santa fe católica» se resolvió por unanimidad que fueran distribuidos como indios de repartimiento entre los capitanes españoles, y destinados a los trabajos de reedificación de los edificios públicos, iglesias y conventos de Concepción.
Córdoba y Figueroa seguía entretanto, durante todo el verano, combatiendo con éxito a los indios sublevados de Purén que le oponían dura resistencia a las órdenes de Rapimán y el mestizo Miguel Garrido, que acabaron por ser tomados y condenados a muerte. Comenzaron con esto los indios a pedir la paz, y sus principales cabecillas pasaron a Concepción a ofrecer su sumisión al gobernador, con quien celebraron en marzo y en la misma ciudad un solemne parlamento, con que se solemnizaron los tratos de paz. Don Juan Henríquez se volvió a Santiago el 1.º de junio y siguió viniendo a pasar en Concepción todos los veranos, excepto el de 1676-1677, en que estuvo gravemente enfermo, y el de 1678 a 1679, en que no hay constancia de que haya venido al sur. En el verano de 1680 a 81 la presencia en las costas del norte de Chile de la expedición filibustera de Sharp, que llegó a apoderarse de la Serena, obligó a Henríquez a permanecer en el norte y a enviar a su sobrino don Antonio de Córdoba, con tres buques, a perseguir a los piratas. El 21 de abril de 1681 recibió cartas de Buenos Aires en que se le anunciaba que venía en camino su sucesor, que lo fue don José de Garro, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Este caballero llegó a Santiago el 24 de abril de 1682, con lo cual terminó el gobierno de Henríquez.
Concepción debió a este buen gobernador grandes adelantos: desde 1657 hasta 1672, fecha de la llegada del Ilustrísimo obispo Loyola y Vergara, la Catedral estuvo en ruinas, celebrándose los divinos oficios en la capilla de la Virgen de las Nieves, que fue lo único que el terremoto dejó en pie. El señor obispo, apenas llegó, comenzó a tratar con don Juan Henríquez de la reedificación de su iglesia, y el gobernador no sólo le animó a emprenderla, sino que para iniciar los trabajos le dio quinientos pesos y más tarde tres mil tablas de alerce de Chiloé, vigas y maderas de todas clases, y, por fin, toda la clavazón de bronce para las tres puertas del frente. Mediante tan eficaz auxilio, en el término de cuatro años se reedificó la catedral, de tres naves141, ricamente enmaderada, y se celebró solemnemente su estreno en febrero de 1676. Don Juan Henríquez regaló a la iglesia una imagen de bulto de la Inmaculada Concepción, ornamentos y otros objetos del culto, y por fin, muchas perlas y una rosa de oro con veinticuatro esmeraldas, con la cual se prendía al pecho la cruz de Santiago, joyas que fueron empleadas en la fabricación de una rica custodia. Un año después de la dedicación de la catedral, falleció el obispo Loyola y Vergara, quedando la sede vacante por largos años.
Los jesuitas, que tenían colegio e iglesia viejos y pequeños, maltratados por el terremoto, resolvieron reedificarlos, y, gracias a los empeños de don Juan Henríquez, obtuvieron del cabildo que les cediera una calle y un sitio contiguos al colegio, con frente a la plaza. Los canónigos pusieron dificultades a los jesuitas para la reconstrucción de su iglesia, que, por estar cerca de la Catedral, quitaba a esta iglesia el concurso de mucha gente; pero don Juan Henríquez y el obispo apoyaron a los jesuitas, el primero dándoles peones y maderas para el edificio, y el segundo conminando con excomunión al que se atreviera a estorbarles la reconstrucción de su iglesia.
Durante el gobierno de don Juan Henríquez, y gracias a sus limosnas y ayuda, reedificaron sus iglesias y conventos los padres dominicos, mercedarios y agustinos. El hospital de San Juan de Dios salió también de sus ruinas, y don Juan Henríquez, cuando estaba en la ciudad, iba muy a menudo a visitar a los soldados enfermos y a repartirles la comida por sus propias manos; los jesuitas acudían también con mucha frecuencia al hospital, llevando a los enfermos socorros espirituales y materiales.
Antes del gobierno de don Juan Henríquez había necesidad de llevar a Concepción por mar, trigo de Santiago, porque el que de las estancias de los vecinos se cosechaba, no daba abasto para las necesidades de la población y del ejército; la fanega de trigo valía entonces en Concepción cuarenta y cuatro reales. Gracias a las diligencias de Henríquez, los estancieros, animados por la paz de que gozaban los campos de la frontera, y por la escrupulosa puntualidad con que pagaban los oficiales reales142 los granos que se vendían a cuenta del situado, comenzaron con tanto empeño a dedicarse a los trabajos agrícolas, ayudados por los indios de paz, que bien pronto el precio de la fanega de trigo bajó en Concepción a doce reales, y no hubo necesidad de traer un grano de Santiago, porque los estancieros de Concepción vendían voluntariamente por ese precio las diez y siete a diez y ocho mil fanegas que consumía el ejército cada año. La provisión de carne no podía todavía hacerse en el sur, porque la multiplicación de los ganados exigía tiempo; sin embargo, las vacas valían en Concepción dos pesos, porque se traían del norte en gran cantidad; las del ejército se depositaban en la hacienda de Catentoa, que comenzó de nuevo a verse poblada de ganados.
La equitativa distribución del situado fue otro de los beneficios que debió Concepción a Henríquez; hacían esta distribución los oficiales reales y concurría a ella el obispo. Los vecinos y estancieros presentaban constancia de los adelantos de trigo, vino, ganados u otros géneros que hubieran hecho al ejército, los que les eran pagados en ropa y dinero. Venían al mismo tiempo los factores de cada tercio y presentaban una cuenta de los sueldos devengados por los soldados, visada por la veeduría general; recibidos el dinero y ropa correspondientes, los llevaban a los fuertes, en donde eran distribuidos entre los oficiales y soldados. Muchas veces era necesario «echar creces» a los géneros del situado, es decir, asignarles un valor más alto que el que en Lima se les había asignado, para que bastaran para el pago de todas las obligaciones pendientes143.
Con todas estas reformas y mejoras entraba Concepción en un período de tranquilidad que habría debido llevarla a un alto grado de progreso y engrandecimiento, si la escasa población del país, la proscripción de los extranjeros y la restricción del comercio, no hubieran sido su rémora constante, como lo fueron de todas las colonias españolas. La ciudad comenzó a verse libre de la afluencia de los soldados, a quienes no se permitía abandonar los fuertes en que estaban de guarnición; sólo quedó de firme en Concepción, una compañía de ciento sesenta y cinco soldados de infantería, cuyo capitán era el corregidor, y que servían para resguardo y custodia de la ciudad. Aquí comenzaba para ella la lánguida vida civil de las ciudades coloniales, y terminaba el período de su vida militar, durante la cual había sufrido tantas calamidades y conquistado tantas glorias144.