Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.

  —101→  

ArribaAbajoLa victoria de Junín. Canto a Bolívar

  —[102]→     —103→  


ArribaAbajoCanto a Bolívar

Abajo El trueno horrendo que en fragor revienta
y sordo retumbando se dilata
por la inflamada esfera,
al Dios anuncia que en el cielo impera.

Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta  5
la hispana muchedumbre
que, más feroz que nunca, amenazaba,
a sangre y fuego, eterna servidumbre,
y el canto de victoria
que en ecos mil discurre, ensordeciendo  10
el hondo valle y enriscada cumbre,
proclaman a Bolívar en la tierra
árbitro de la paz y de la guerra.

Las soberbias pirámides que al cielo
el arte humano osado levantaba  15
para hablar a los siglos y naciones,
-templos do esclavas manos
deificaban en pompa a sus tiranos-
—104→
ludibrio son del tiempo, que con su ala
débil las toca y las derriba al suelo,  20
después que en fácil juego el fugaz viento
borró sus mentirosas inscripciones;
y bajo los escombros, confundido
entre la sombra del eterno olvido,
-¡oh de ambición y de miseria ejemplo!-  25
el sacerdote yace, el dios y el templo.

Mas los sublimes montes, cuya frente
a la región etérea se levanta,
que ven las tempestades a su planta
brillar, rugir, romperse, disiparse,  30
los Andes, las enormes, estupendas
moles sentadas sobre bases de oro,
la tierra con su peso equilibrando58,
jamás se moverán. Ellos, burlando
de ajena envidia y del protervo tiempo  35
la furia y el poder, serán eternos
de libertad y de victoria heraldos,
que, con eco profundo,
a la postrema edad dirán del mundo:

«Nosotros vimos de Junín el campo,  40
vimos que al desplegarse
del Perú y de Colombia las banderas,
se turban las legiones altaneras,
huye el fiero español despavorido,
o pide paz rendido.  45
Venció Bolívar, el Perú fue libre,
y en triunfal pompa Libertad sagrada
en el templo del Sol fue colocada.»

«¿Quién me dará templar el voraz fuego
en que ardo todo yo? -Trémula, incierta,  50
torpe la mano va sobre la lira
dando discorde son. ¿Quién me liberta
del dios que me fatiga...?
—105→
Siento unas veces la rebelde Musa,
cual bacante en furor, vagar incierta  55
por medio de las plazas bulliciosas,
o sola por las selvas silenciosas,
o las risueñas playas
que manso lame el caudaloso Guayas59;
otras el vuelo arrebatada tiende  60
sobre los montes, y de allí desciende
al campo de Junín, y ardiendo en ira,
los numerosos escuadrones mira
que el odiado pendón de España arbolan,
y en cristado morrión y peto armada,  65
cual amazona fiera,
se mezcla entre las filas la primera
de todos los guerreros,
y a combatir con ellos se adelanta,
triunfa con ellos y sus triunfos canta.  70

Tal en los siglos de virtud y gloria,
donde el guerrero solo y el poeta
eran dignos de honor y de memoria,
la musa audaz de Píndaro divino,
cual intrépido atleta,  75
en inmortal porfía
al griego estadio concurrir solía;
y en estro hirviendo y en amor de fama
y del metro y del número impaciente,
pulsa su lira de oro sonorosa  80
y alto asiento concede entre los dioses
al que fuera en la lid más valeroso,
o al más afortunado;
pero luego, envidiosa
de la inmortalidad que les ha dado,  85
ciega se lanza al circo polvoroso,
las alas rapidísimas agita
y al carro vencedor se precipita,
y desatando armónicos raudales,
pide, disputa, gana,  90
o arrebata la palma a sus rivales60.
—106→

¿Quién es aquel que el paso lento mueve
sobre el collado que a Junín domina?,
¿que el campo desde allí mide, y el sitio
del combatir y del vencer desina?,  95
¿que la hueste contraria observa, cuenta,
y en su mente la rompe y desordena,
y a los más bravos a morir condena,
cual águila caudal que se complace
del alto cielo en divisar la presa  100
que entre el rebaño mal segura pace?
¿Quién el que ya desciende
pronto y apercibido a la pelea?

Preñada en tempestades le rodea
nube tremenda; el brillo de su espada  105
es el vivo reflejo de la gloria;
su voz un trueno, su mirada un rayo.
¿Quién, aquel que, al trabarse la batalla,
ufano como nuncio de victoria,
un corcel impetuoso fatigando,  110
discurre sin cesar por toda parte...?
¿Quién sino el hijo de Colombia y Marte?

Sonó su voz: «Peruanos,
mirad allí los duros opresores,
de vuestra patria; bravos Colombianos  115
en cien crudas batallas vencedores,
mirad allí los duros opresores
que buscando venís desde Orinoco:
suya es la fuerza y el valor es vuestro,
vuestra será la gloria;  120
pues lidiar con valor y por la patria
es el mejor presagio de victoria.
Acometed, que siempre
de quien se atreve más el triunfo ha sido;
quien no espera vencer, ya está vencido.»  125

«Dice, y al punto cual fugaces carros
que, dada la señal, parten y en densos
de arena y polvo torbellinos ruedan;
arden los ejes, se estremece el suelo,
estrépito confuso asorda el cielo,  130
—107→
y en medio del afán cada cual teme
que los demás adelantarse puedan;
así los ordenados escuadrones
que del iris reflejan los colores
o la imagen del sol en sus pendones61,  135
se avanzan a la lid. ¡Oh!, ¡quién temiera,
quién, que su ímpetu mismo los perdiera!62

¡Perderse!, no, jamás; que en la pelea
los arrastra y anima e importuna
de Bolívar el genio y la fortuna.  140
Llama improviso al bravo Necochea,
y mostrándole el campo,
partir, acometer, vencer le manda,
y el guerrero esforzado,
otra vez vencedor, y otra cantado63,  145
dentro en el corazón por patria jura
cumplir la orden fatal, y a la victoria
o a noble y cierta muerte se apresura.

Ya el formidable estruendo
del atambor en uno y otro bando,  150
y el son de las trompetas clamoroso,
y el relinchar del alazán fogoso
que, erguida la cerviz y el ojo ardiendo
en bélico furor, salta impaciente
do más se encruelece la pelea,  155
y el silbo de las balas que, rasgando
el aire, llevan por doquier la muerte,
y el choque asaz horrendo
de selvas densas de ferradas picas,
y el brillo y estridor de los aceros  160
que al sol reflectan sanguinosos visos,
y espadas, lanzas, miembros esparcidos
o en torrentes de sangre arrebatados,
y el violento tropel de los guerreros
que más feroces mientras más heridos,  165
dando y volviendo el golpe redoblado,
mueren, mas no se rinden... todo anuncia
que el momento ha llegado,
—108→
en el gran libro del destino escrito,
de la venganza al pueblo americano,  170
de mengua y de baldón al castellano.

Si el fanatismo con sus furias todas,
hijas del negro averno, me inflamara,
y mi pecho y mi musa enardeciera
en tartáreo furor, del león de España,  175
al ver dudoso el triunfo, me atreviera
a pintar el rencor y horrible saña.
Ruge atroz, y cobrando
más fuerza en su despecho, se abalanza,
abriéndose ancha calle entre las haces,  180
por medio el fuego y contrapuestas lanzas;
rayos respira, mortandad y estrago,
y sin pararse a devorar la presa,
prosigue en su furor, y en cada huella
deja de negra sangre un hondo lago.  185

En tanto el Argentino valeroso
recuerda que vencer se le ha mandado,
y no ya cual caudillo, cual soldado
los formidables ímpetus contiene
y uno en contra de ciento se sostiene,  190
como tigre furiosa
de rabiosos mastines acosada,
que guardan el redil, mata, destroza,
ahuyenta sus contrarios, y aunque herida,
sale con la victoria y con la vida.  195

Oh capitán valiente,
blasón ilustre de tu ilustre patria,
no morirás, tu nombre eternamente
en nuestros fastos sonará glorioso,
y bellas ninfas de tu Plata undoso  200
a tu gloria darán sonoro canto
y a tu ingrato destino acerbo llanto64,

Ya el intrépido Miller aparece
y el desigual combate restablece.
Bajo su mando ufana  205
marchar se ve la juventud peruana
—109→
ardiente, firme, a perecer resuelta,
si acaso el hado infiel vencer le niega.
En el arduo conflicto opone ciega
a los adversos dardos firmes pechos,  210
y otro nombre conquista con sus hechos65.

¿Son ésos los garzones delicados
entre seda y aromas arrullados?66,
¿los hijos del placer son esos fieros?
Sí, que los que antes desatar no osaban  215
los dulces lazos de jazmín y rosa
con que amor y placer los enredaban,
hoy ya con mano fuerte
la cadena quebrantan ponderosa
que ató sus pies, y vuelan denodados  220
a los campos de muerte y gloria cierta,
apenas la alta fama los despierta
de los guerreros que su cara patria
en tres lustros de sangre libertaron,
y apenas el querido  225
nombre de libertad su pecho inflama,
y de amor patrio la celeste llama
prende en su corazón adormecido.

Tal el joven Aquiles67,
que en infame disfraz y en ocio blando  230
de lánguidos suspiros,
los destinos de Grecia dilatando,
vive cautivo en la beldad de Sciros:
los ojos pace en el vistoso alarde
de arreos y de galas femeniles  235
que de India y Tiro y Menfis opulenta
curiosos mercadantes le encarecen;
mas a su vista apenas resplandecen
pavés, espada y yelmo, que entre gasas
el Itacense astuto le presenta,  240
pásmase... se recobra, y con violenta
mano el templado acero arrebatando,
rasga y arroja las indignas tocas,
parte, traspasa el mar, y en la troyana
arena muerte, asolación, espanto  245
—110→
difunde por doquier; todo le cede...
aun Héctor retrocede...
y cae al fin, y en derredor tres veces
su sangriento cadáver profanado,
al veloz carro atado  250
del vencedor inexorable y duro,
el polvo barre del sagrado muro.

Ora mi lira resonar debía
del nombre y las hazañas portentosas
de tantos capitanes, que este día  255
la palma del valor se disputaron
digna de todos... Carvajal... y Silva...
y Suárez... y otros mil...68; mas de improviso
la espada de Bolívar aparece,
y a todos los guerreros,  260
como el sol a los astros, oscurece.

Yo acaso más osado le cantara,
si la meonia Musa69 me prestara
la resonante trompa que otro tiempo
cantaba al crudo Marte entre los Traces,  265
bien animando las terribles haces,
bien los fieros caballos, que la lumbre
de la égida de Palas espantaba.

Tal el héroe brillaba
por las primeras filas discurriendo.  270
Se oye su voz, su acero resplandece,
do más la pugna y el peligro crece.
Nada le puede resistir... Y es fama,
-¡oh portento inaudito!-
que el bello nombre de Colombia escrito  275
sobre su frente, en torno despedía
rayos de luz tan viva y refulgente
que, deslumbrado el español, desmaya,
tiembla, pierde la voz, el movimiento,
sólo para la fuga tiene aliento.  280
—111→

Así cuando en la noche algún malvado
va a descargar el brazo levantado,
si de improviso lanza un rayo el cielo,
se pasma y el puñal trémulo suelta,
hielo mortal a su furor sucede,  285
tiembla y horrorizado retrocede.
Ya no hay más combatir. El enemigo
el campo todo y la victoria cede;
huye cual ciervo herido, y a donde huye,
allí encuentra la muerte. Los caballos  290
que fueron su esperanza en la pelea,
heridos, espantados, por el campo
o entre las filas vagan, salpicando
el suelo en sangre que su crin gotea,
derriban al jinete, lo atropellan,  295
y las catervas van despavoridas,
o unas en otras con terror se estrellan.

Crece la confusión, crece el espanto,
y al impulso del aire, que vibrando
sube en clamores y alaridos lleno,  300
tremen las cumbres que respeta el trueno.
Y discurriendo el vencedor en tanto
por cimas de cadáveres y heridos,
postra al que huye, perdona a los rendidos.

Padre del universo, Sol radioso,  305
dios del Perú, modera omnipotente
el ardor de tu carro impetuoso,
y no escondas tu luz indeficiente...
Una hora más de luz...70 -Pero esta hora
no fue la del destino. El dios oía  310
el voto de su pueblo, y de la frente
el cerco de diamante desceñía,
en fugaz rayo el horizonte dora,
en mayor disco menos luz ofrece
y veloz tras los Andes se oscurece.  315

Tendió su manto lóbrego la noche:
y las reliquias del perdido bando,
con sus tristes y atónitos caudillos,
—112→
corren sin saber dónde, espavoridas,
y de su sombra misma se estremecen;  320
y al fin en las tinieblas ocultando
su afrenta y su pavor, desaparecen.

¡Victoria por la patria!, ¡oh Dios, victoria!
¡Triunfo a Colombia y a Bolívar gloria!

Ya el ronco parche y el clarín sonoro  325
no a presagiar batalla y muerte suena
ni a enfurecer las almas, mas se estrena
en alentar el bullicioso coro
de vivas y patrióticas canciones.
Arden cien pinos, y a su luz, las sombras  330
huyeron, cual poco antes desbandadas
huyeron de la espada de Colombia
las vandálicas huestes debeladas.

En torno de la lumbre,
el nombre de Bolívar repitiendo  335
y las hazañas de tan claro día,
los jefes y la alegre muchedumbre
consumen en acordes libaciones
de Baco y Ceres los celestes dones.

«Victoria, paz -clamaban-  340
paz para siempre. Furia de la guerra,
húndete al hondo averno derrocada.
Ya cesa el mal y el llanto de la tierra.
Paz para siempre. La sanguínea espada,
o cubierta de orín ignominioso,  345
o en el útil arado transformada,
nuevas leyes dará. Las varias gentes
del mundo que, a despecho de los cielos
y del ignoto ponto proceloso,
abrió a Colón su audacia o su codicia,  350
todas ya para siempre recobraron
en Junín libertad, gloria y reposo.»
—113→

«Gloria, mas no reposo», -de repente
clamó una voz de lo alto de los cielos;
y a los ecos los ecos por tres veces  355
«Gloria, mas no reposo», respondieron.
El suelo tiembla, y, cual fulgentes faros,
de los Andes las cúspides ardieron;
y de la noche el pavoroso manto
se transparenta y rásgase, y el éter  360
allá lejos purísimo aparece
y en rósea luz bañado resplandece.

Cuando improviso veneranda Sombra,
en faz serena y ademán augusto,
entre cándidas nubes se levanta:  365
del hombro izquierdo nebuloso manto
pende, y su diestra aéreo cetro rige;
su mirar noble, pero no sañudo;
y nieblas figuraban a su planta
penacho, arco, carcaj, flechas y escudo;  370
una zona de estrellas
glorificaba en derredor su frente
y la borla imperial de ella pendiente.

Miró a Junín, y plácida sonrisa
vagó sobre su faz. «Hijos -decía-  375
generación del sol afortunada,
que con placer yo puedo llamar mía,
yo soy Huayna-Capac, soy el postrero
del vástago sagrado71;
dichoso rey, mas padre desgraciado.  380
De esta mansión de paz y luz he visto
correr las tres centurias
de maldición, de sangre y servidumbre
y el imperio regido por las Furias.

No hay punto en estos valles y estos cerros  385
que no mande tristísimas memorias.
Torrentes mil de sangre se cruzaron
aquí y allí; las tribus numerosas
al ruido del cañón se disiparon,
—114→
y los restos mortales de mi gente  390
aun a las mismas rocas fecundaron.
Mas allá un hijo expira entre los hierros
de su sagrada majestad indignos...72
Un insolente y vil aventurero
y un iracundo sacerdote fueron  395
de un poderoso Rey los asesinos...
¡Tantos horrores y maldades tantas
por el oro que hollaban nuestras plantas!

Y mi Huáscar también...73 ¡Yo no vivía!
Que de vivir, lo juro, bastaría,  400
sobrara a debelar la hidra española
esta mi diestra triunfadora, sola.
Y nuestro suelo, que ama sobre todos
el Sol mi padre, en el estrago fiero
no fue, ¡oh dolor!, ni el solo, ni el primero:  405
que mis caros hermanos
el gran Guatimozín y Motezuma
conmigo el caso acerbo lamentaron
de su nefaria muerte y cautiverio,
y la devastación del grande imperio,  410
en riqueza y poder igual al mío...
Hoy, con noble desdén, ambos recuerdan
el ultraje inaudito, y entre fiestas
alevosas el dardo prevenido
y el lecho en vivas ascuas encendido.  415

¡Guerra al usurpador! -¿Qué le debemos?,
¿luces, costumbres, religión o leyes...?
¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos,
feroces y por fin supersticiosos!
¿Qué religión?, ¿la de Jesús?... ¡Blasfemos!  420
Sangre, plomo veloz, cadenas fueron
los sacramentos santos que trajeron.
¡Oh religión!, ¡oh fuente pura y santa
de amor y de consuelo para el hombre!,
¡cuántos males se hicieron en tu nombre!  425
¿Y qué lazos de amor...? Por los oficios
de la hospitalidad más generosa
hierros nos dan, por gratitud, suplicios.
—115→
Todos, sí, todos; menos uno solo:
el mártir del amor americano,  430
de paz, de caridad apóstol santo,
divino Casas, de otra patria digno74;
nos amó hasta morir.-Por tanto ahora
en el empíreo entre los Incas mora.

En tanto la hora inevitable vino  435
que con diamante señaló el destino
a la venganza y gloria de mi pueblo:
y se alza el vengador.- Desde otros mares,
como sonante tempestad, se acerca,
y fulminó; y del Inca en la Peana75,  440
que el tiempo y un poder furial profana,
cual de un dios irritado en los altares,
las víctimas cayeron a millares.
¡Oh campos de Junín!... ¡Oh predilecto
hijo y amigo y vengador del Inca!  445
¡Oh pueblos, que formáis un pueblo solo
y una familia, y todos sois mis hijos!,
vivid, triunfad...» El Inca esclarecido
iba a seguir, mas de repente queda
en éxtasis profundo embebecido:  450
atónito, en el cielo
ambos ojos inmóviles ponía,
y en la improvisa inspiración absorto,
la sombra de una estatua parecía.

Cobró la voz al fin. «Pueblos -decía-  455
la página fatal ante mis ojos
desenvolvió el destino, salpicada
toda en purpúrea sangre, mas en torno
también en bello resplandor bañada.
Jefe de mi nación, nobles guerreros,  460
oíd cuanto mi oráculo os previene,
y requerid los ínclitos aceros,
y en vez de cantos nueva alarma suene;
que en otros campos de inmortal memoria
la Patria os pide, y el destino os manda  465
otro afán, nueva lid, mayor victoria.»
—116→
Las legiones atónitas oían;
mas luego que se anuncia otro combate,
se alzan, arman, y al orden de batalla
ufanas y prestísimas corrieran  470
y ya de acometer la voz esperan.

Reina el silencio; mas de su alta nube
el Inca exclama: «De ese ardor es digna
la ardua lid que os espera;
ardua, terrible, pero al fin postrera.  475
Ese adalid vencido76
vuela en su fuga a mi sagrada Cuzco,
y en su furia insensata,
gentes, armas, tesoros arrebata,
y a nuevo azar entrega su fortuna;  480
venganza, indignación, furor le inflaman
y allá en su pecho hierven, como fuegos
que de un volcán en las entrañas braman.
Marcha; y el mismo campo donde ciegos
en sangrienta porfía77  485
los primeros tiranos disputaron
cuál de ellos solo dominar debía,
-pues el poder y el oro dividido
templar su ardiente fiebre no podía-
en ese campo, que a discordia ajena  490
debió su infausto nombre y la cadena
que después arrastró todo el imperio,
allí, no sin misterio,
venganza y gloria nos darán los cielos.
¡Oh valle de Ayacucho bienhadado!  495
Campo serás de gloria y de venganza...
Mas no sin sangre... ¡Yo me estremeciera
si mi ser inmortal no lo impidiera!

Allí Bolívar en su heroica mente
mayores pensamientos revolviendo,  500
el nuevo triunfo trazará, y haciendo
de su genio y poder un nuevo ensayo,
al joven Sucre prestará su rayo78,
al joven animoso,
—117→
a quien del Ecuador montes y ríos  505
dos veces aclamaron victorioso.
Ya se verá en la frente del guerrero
toda el alma del héroe reflejada,
que él le quiso infundir de una mirada.

Como torrentes desde la alta cumbre  510
al valle en mil raudales despeñados,
vendrán los hijos de la infanda Iberia,
soberbios en su fiera muchedumbre,
cuando a su encuentro volará impaciente
tu juventud, Colombia belicosa,  515
y la tuya, ¡oh Perú!, de fama ansiosa,
y el caudillo impertérrito a su frente.

¡Atroz, horrendo choque, de azar lleno!
Cual aturde y espanta en su estallido
de hórrida tempestad el postrer trueno,  520
arder en fuego el aire,
en humo y polvo oscurecerse el cielo
y, con la sangre en que rebosa el suelo,
se verá al Apurímac de repente
embravecer su rápida corriente.  525

Mientras por sierras y hondos precipicios,
a la hueste enemiga
el impaciente Córdova fatiga,
Córdova, a quien inflama
fuego de edad y amor de patria y fama,  530
Córdova, en cuyas sienes con bello arte
crecen y se entrelazan
tu mirto, Venus, tus laureles, Marte.
Con su Miller los Húsares recuerdan
el nombre de Junín, Vargas su nombre,  535
y Vencedor el suyo79 con su Lara
en cien hazañas cada cual más clara.

Allá por otra parte,
sereno, pero siempre infatigable,
terrible cual su nombre, batallando  540
se presenta La-Mar80, y se apresura
la tarda rota del protervo bando.
—118→

Era su antiguo voto, por la patria
combatir y morir; Dios complacido
combatir y vencer le ha concedido.  545
Mártir del pundonor, he aquí tu día:
ya la calumnia impía
bajo tu pie bramando confundida,
te sonríe la Patria agradecida;
y tu nombre glorioso,  550
al armónico canto que resuena
en las floridas márgenes del Guayas
que por oírlo su corriente enfrena,
se mezclará, y el pecho de tu amigo,
tus hazañas cantando y tu ventura,  555
palpitará de gozo y de ternura.

Lo grande y peligroso
hiela al cobarde, irrita al animoso.
¡Qué intrepidez!, ¡qué súbito coraje
el brazo agita y en el pecho prende  560
del que su patria y libertad defiende!
El menor resistir es nuevo ultraje.
El jinete impetuoso,
el fulmíneo arcabuz de sí arrojando,
lánzase a tierra con el hierro en mano,  565
pues le parece en trance tan dudoso
lento el caballo, perezoso el plomo.
Crece el ardor. Ya cede en toda parte
el número al valor, la fuerza al arte.

Y el Ibero arrogante en las memorias  570
de sus pasadas glorias,
firme, feroz resiste, y ya en idea,
bajo triunfales arcos, que alzar debe
la sojuzgada Lima, se pasea.
Mas su afán, su ilusión, sus artes... nada;  575
ni la resuelta y numerosa tropa
le sirve. Cede al ímpetu tremendo;
y el arma de Baylén rindió cayendo
el vencedor del vencedor de Europa.
—119→

Perdió el valor, mas no las iras pierde,  580
y en furibunda rabia el polvo muerde;
alza el párpado grave, y sanguinosos
ruedan sus ojos y sus dientes crujen;
mira la luz, se indigna de mirarla,
acusa, insulta al cielo, y de sus labios  585
cárdenos, espumosos,
votos y negra sangre y hiel brotando,
en vano un vengador, muere, invocando.

¡Ah!, ya diviso míseras reliquias,
con todos sus caudillos humillados,  590
venir pidiendo paz81; y generoso,
en nombre de Bolívar y la Patria,
no se la niega el Vencedor glorioso,
y su triunfo sangriento
con el ramo feliz de paz corona.  595
Que si Patria y honor le arman la mano
arde en venganza el pecho americano,
y cuando vence, todo lo perdona.

Las voces, el clamor de los que vencen,
y de Quinó las ásperas montañas82  600
y los cóncavos senos de la tierra
y los ecos sin fin de la ardua sierra,
todos repiten sin cesar: ¡Victoria!

Y las bullentes linfas de Apurímac
a las fugaces linfas de Ucayale83  605
se unen, y unidas, llevan presurosas,
en sonante murmullo y alba espuma,
con palmas en las manos y coronas,
esta nueva feliz al Amazonas.
Y el espléndido rey al punto ordena  610
a sus delfines, ninfas y sirenas
que en clamorosos plácidos cantares,
tan gran victoria anuncien a los mares.

¡Salud, oh Vencedor!, ¡oh Sucre!, vence,
y de nuevo laurel orla tu frente;  615
alta esperanza de tu insigne patria,
como la palma al margen de un torrente
—120→
crece tu nombre... y sola, en este día
tu gloria, sin Bolívar, brillaría.
Tal se ve Héspero arder en su carrera;  620
que del nocturno cielo
suyo el imperio sin la luna fuera.

Por las manos de Sucre la Victoria
ciñe a Bolívar lauro inmarcesible.
¡Oh Triunfador!, la palma de Ayacucho,  625
fatiga eterna al bronce de la Fama,
segunda vez Libertador te aclama.

Esta es la hora feliz. Desde aquí empieza
la nueva edad al Inca prometida
de libertad, de paz y de grandeza.  630
Rompiste la cadena aborrecida,
la rebelde cerviz hispana hollaste,
grande gloria alcanzaste;
pero mayor te espera, si a mi Pueblo,
así cual a la guerra lo conformas  635
y a conquistar su libertad le empeñas,
la rara y ardua ciencia
de merecer la paz y vivir libre
con voz y ejemplo y con poder le enseñas.

Yo con riendas de seda regí el pueblo,  640
y cual padre le amé, mas no quisiera
que el cetro de los Incas renaciera;
que ya se vio algún Inca, que teniendo
el terrible poder todo en su mano,
comenzó padre y acabó tirano.  645
Yo fui conquistador, ya me avergüenzo
del glorioso y sangriento ministerio,
pues un conquistador, el más humano,
formar, mas no regir debe un imperio.

Por no trillada senda, de la gloria  650
al templo vuelas, ínclito Bolívar:
que ese poder tremendo84 que te fía
de los Padres el íntegro senado,
si otro tiempo perder a Roma pudo,
en tu potente mano  655
es a la Libertad del Pueblo escudo.
—121→

¡Oh Libertad!, el Héroe que podía
ser el brazo de Marte sanguinario,
ése es tu sacerdote más celoso,
y el primero que toma el incensario  660
y a tus aras se inclina silencioso.
¡Oh Libertad!, si al pueblo americano
la solemne misión ha dado el cielo
de domeñar el monstruo de la guerra
y dilatar tu imperio soberano  665
por las regiones todas de la tierra
y por las ondas todas de los mares,
no temas, con este héroe, que algún día
eclipse el ciego error tus resplandores,
superstición profane tus altares,  670
ni que insulte tu ley la tiranía;
ya tu imperio y tu culto son eternos.
Y cual restauras en su antigua gloria
del santo y poderoso
Pacha-Camac el templo portentoso85,  675
tiempo vendrá, mi oráculo no miente,
en que darás a pueblos destronados
su majestad ingénita y su solio,
animarás las ruinas de Cartago,
relevarás en Grecia el Areopago,  680
y en la humillada Roma el Capitolio.

Tuya será, Bolívar, esta gloria,
tuya romper el yugo de los reyes
y, a su despecho, entronizar las leyes;
y la discordia en áspides crinada,  685
por tu brazo en cien nudos aherrojada,
ante los haces santos86 confundidas
harás temblar las armas parricidas.

Ya las hondas entrañas de la tierra
en larga vena ofrecen el tesoro  690
que en ellas guarda el Sol, y nuestros montes
los valles regarán con lava de oro.
Y el Pueblo primogénito dichoso
de Libertad87, que sobre todos tanto
por su poder y gloria se enaltece,  695
—122→
como entre sus estrellas,
la estrella de Virginia resplandece,
nos da el ósculo santo
de amistad fraternal. Y las naciones
del remoto hemisferio celebrado,  700
al contemplar el vuelo arrebatado
de nuestras musas y artes,
como iguales amigos nos saludan,
con el tridente abriendo la carrera
la Reina de los mares, la primera88.  705

Será perpetua, ¡oh pueblos!, esta gloria
y vuestra libertad incontrastable
contra el poder y liga detestable
de todos los tiranos conjurados,
si en lazo federal, de polo a polo,  710
en la guerra y la paz vivís unidos;
vuestra fuerza es la unión. Unión, ¡oh pueblos!,
para ser libres y jamás vencidos.
Esta unión, este lazo poderoso
la gran cadena de los Andes sea89,  715
que en fortísimo enlace, se dilatan
del uno al otro mar. Las tempestades
del cielo ardiendo en fuego se arrebatan,
erupciones volcánicas arrasan
campos, pueblos, vastísimas regiones,  720
y amenazan horrendas convulsiones
el globo destrozar desde el profundo;
ellos, empero, firmes y serenos
ven el estrago funeral del mundo.

Ésta es, Bolívar, aun mayor hazaña  725
que destrozar el férreo cetro a España,
y es digna de ti solo; en tanto triunfa...
Ya se alzan los magníficos trofeos
y tu nombre, aclamado
por las vecinas y remotas gentes  730
en lenguas, voces, metros diferentes,
recorrerá la serie de los siglos
en las alas del canto arrebatado...
—123→
Y en medio del concento numeroso
la voz del Guayas crece  735
y a las más resonantes enmudece.

Tú la salud y honor de nuestro pueblo
serás viviendo, y Ángel poderoso
que lo proteja, cuando
tarde al empíreo el vuelo arrebatares  740
y entre los claros Incas
a la diestra de Manco te sentares90.

Así place al destino. ¡Oh!, ved al cóndor,
al peruviano rey del pueblo aerio,
a quien ya cede el águila el imperio,  745
vedle cuál desplegando en nuevas galas
las espléndidas alas,
sublime a la región del sol se eleva
y el alto augurio que os revelo aprueba.

Marchad, marchad, guerreros,  750
y apresurad el día de la gloria;
que en la fragosa margen de Apurímac
con palmas os espera la victoria.»91
Dijo el Inca; y las bóvedas etéreas
de par en par se abrieron,  755
en viva luz y resplandor brillaron
y en celestiales cantos resonaron.

Era el coro de cándidas Vestales,
las vírgenes del Sol, que rodeando
al Inca como a Sumo Sacerdote,  760
en gozo santo y ecos virginales
en torno van cantando
del Sol las alabanzas inmortales.

«Alma eterna del mundo,
dios santo del Perú, Padre del Inca,  765
en tu giro fecundo
gózate sin cesar, Luz bienhechora
viendo ya libre el pueblo que te adora.
—124→

La tiniebla de sangre y servidumbre
que ofuscaba la lumbre  770
de tu radiante faz pura y serena
se disipó, y en cantos se convierte
la querella de muerte
y el ruido antiguo de servil cadena.

Aquí la Libertad buscó un asilo,  775
amable peregrina,
y ya lo encuentra plácido y tranquilo,
y aquí poner la diosa
quiere su templo y ara milagrosa;
aquí, olvidada de su cara Helvecia,  780
se viene a consolar de la ruina
de los altares que le alzó la Grecia,
y en todos sus oráculos proclama
que al Madalén y al Rímac bullicioso
ya sobre el Tíber y el Eurotas ama92.  785

¡Oh Padre!, ¡oh claro Sol!, no desampares
este suelo jamás, ni estos altares.

Tu vivífico ardor todos los seres
anima y reproduce; por ti viven,
y acción, salud, placer, beldad reciben.  790
Tú al labrador despiertas
y a las aves canoras
en tus primeras horas,
y son tuyos sus cantos matinales;
por ti siente el guerrero  795
en amor patrio enardecida el alma,
y al pie de tu ara rinde placentero
su laurel y su palma,
y tuyos son sus cánticos marciales.

Fecunda, ¡oh Sol!, tu tierra,  800
y los males repara de la guerra.

Da a nuestros campos frutos abundosos,
aunque niegues el brillo a los metales,
da naves a los puertos,
—125→
pueblos a los desiertos,  805
a las armas victoria,
alas al genio y a las Musas gloria.

Dios del Perú, sostén, salva, conforta
el brazo que te venga,
no para nuevas lides sanguinosas,  810
que miran con horror madres y esposas,
sino para poner a olas civiles
límites ciertos, y que en paz florezcan
de la alma paz los dones soberanos,
y arredre a sediciosos y a tiranos.  815
Brilla con nueva luz, Rey de los cielos,
brilla con nueva luz en aquel día
del triunfo que magnífica prepara
a su Libertador la patria mía.
-¡Pompa digna del Inca y del imperio  820
que hoy de su ruina a nuevo ser revive!

Abre tus puertas, opulenta Lima,
abate tus murallas y recibe
al noble triunfador que rodeado
de pueblos numerosos y aclamado  825
ángel de la esperanza
y genio de la paz y de la gloria,
en inefable majestad avanza.
Las musas y las artes revolando
en torno van del carro esplendoroso,  830
y los pendones patrios vencedores
al aire vago ondean, ostentando
del sol la imagen, de iris los colores.
Y en ágil planta y en gentiles formas
dando al viento el cabello desparcido,  835
de flores matizado,
cual las horas del sol, raudas y bellas,
saltan en derredor lindas doncellas
en giro no estudiado;
las glorias de su patria  840
en sus patrios cantares celebrando
y en sus pulidas manos levantando,
albos y tersos como el seno de ellas,
—126→
cien primorosos vasos de alabastro
que espiran fragantísimos aromas,  845
y de su centro se derrama y sube
por los cerúleos ámbitos del cielo
de ondoso incienso transparente nube.

Cierran la pompa espléndidos trofeos
y por delante en larga serie marchan  850
humildes, confundidos,
los pueblos y los jefes ya vencidos:
allá procede el Ástur belicoso,
allí va el Catalán infatigable,
y el agreste Celtíbero indomable,  855
y el Cántabro feroz, que a la romana
cadena el cuello sujetó el postrero,
y el Andaluz liviano,
y el adusto y severo Castellano;
ya el áureo Tajo cetro y nombre cede,  860
y las que antes, graciosas
fueron honor del fabuloso suelo,
Ninfas del Tormes y el Genil, en duelo
se esconden silenciosas;
y el grande Betis viendo ya marchita  865
su sacra oliva, menos orgulloso,
paga su antiguo feudo al mar undoso.

El sol suspenso en la mitad del cielo
aplaudirá esta pompa- ¡Oh Sol!, ¡oh Padre!,
tu luz rompa y disipe  870
las sombras del antiguo cautiverio,
tu luz nos dé el imperio,
tu luz la libertad nos restituya;
tuya es la tierra y la victoria es tuya».

Cesó el canto; los cielos aplaudieron  875
y en plácido fulgor resplandecieron.
Todos quedan atónitos; y en tanto
tras la dorada nube el Inca santo
y las santas Vestales se escondieron.
—127→
Mas ¿cuál audacia te elevó a los cielos,  880
humilde musa mía? ¡Oh!, no reveles
a los seres mortales
en débil canto, arcanos celestiales.

Y ciñan otros la apolínea rama
y siéntense a la mesa de los dioses,  885
y los arrulle la parlera fama,
que es la gloria y tormento de la vida;
yo volveré a mi flauta conocida,
libre vagando por el bosque umbrío
de naranjos y opacos tamarindos,  890
o entre el rosal pintado y oloroso
que matiza la margen de mi río,
o entre risueños campos, do en pomposo
trono piramidal y alta corona,
la piña ostenta el cetro de Pomona93;  895
y me diré feliz si mereciere,
al colgar esta lira en que he cantado
en tono menos dino
la gloria y el destino
del venturoso pueblo americano,  900
yo me diré feliz si mereciere
por premio a mi osadía
una mirada tierna de las Gracias
y el aprecio y amor de mis hermanos,
una sonrisa de la Patria mía,  905
y el odio y el furor de los tiranos.







  —137→  

ArribaAbajoSelección de poesías

  —[138-139]→  

ArribaAbajoIntroducción

Unas breves reflexiones bastarán para explicar el espíritu con que está hecha esta selección, en la que se halla recogido todo lo más valioso de la obra poética de Olmedo.

Insinuamos más arriba que si se separa de ella el Canto de Junín, y se considera el conjunto formado por todas las composiciones restantes, este conjunto le dejaría al nivel de otros muchos poetas, sin nada que le mereciera la fama universal de que goza, ni las apelaciones ditirámbicas con que se le ha calificado.

No es esto denigrar ni rebajar a Olmedo; es discernir, valorándolos, los fundamentos de su gloria. Teniéndolos ésta inconmovibles, desaconsejado obraría quien les entreverase elementos de dudosa consistencia y solidez. Todos los grandes elogios que se han prodigado a Olmedo van dedicados constante y exclusivamente a sus epinicios. Si, por ejemplo, estampa el doctor Luis López de Mesa esta aseveración tan rotunda como enaltecedora, de que «Olmedo es superación gigantesca del ambiente literario americano de entonces», se refiere naturalmente al Canto a Bolívar; de éste afirma con toda verdad que «aun hoy sólo mentes   —140→   de primera magnitud podrían llevar a feliz término creación semejante»;94 pero es evidente que esta superación, no relativa, sino absoluta, es del solo Canto a Bolívar: todo lo demás ha sido superado.

Y esto parece verdad llana, ya sea que atendamos a las composiciones serias de estilo elevado, aliento sostenido y noble versificación, ya sea que nos fijemos en las piezas de tono familiar y suave.

Entre las primeras hallaremos generalmente las de más precio y consideración; y es indudable que las dos grandes silvas ya citadas En la muerte de la Princesa de Asturias y El árbol, el sentido y original genetlíano A un amigo en el nacimiento de su primogénito, la vasta y meritoria traducción del Ensayo sobre el hombre de Pope, tan alabada de Menéndez y Pelayo, las versiones menores de Horacio y Polignac, los sonetos En la muerte de su hermana y Al General La Mar, forman muy apreciable conjunto, que fue para su época valiosísima aportación al incipiente Parnaso americano. En las postrimerías de la Colonia y primeras décadas de la Emancipación, no se hacían mejores versos en América, y es seguro que aun sólo por ellos Olmedo hubiera sido apellidado poeta por sus contemporáneos.

Las composiciones de tono festivo y casero, aunque inferiores generalmente en mérito literario y poético a las de tono grave, no pueden sin embargo despreciarse: son parte integrante de su estro, cuerda auténtica de su lira, indispensable para conocer y apreciar la delicada polifonía de su alma de poeta. Fuera de que entre las poesías amorosas, descuellan algunas tan claramente, o por su extraordinaria finura o por su fervor de genuina pasión, que reclaman con derecho un puesto en la antología de Olmedo. Y no es poco deleite y maravilla oír, en medio de una obra   —141→   celebrada por el vigor de sus clarinadas guerreras, estas tonadas de flauta de exquisita dulzura y sencillez.

Entre las composiciones de juventud que habían permanecido inéditas hasta 1945, existe un buen grupo de piezas eróticas de interesante significación autobiográfica, y que comprueban lo que escribía Olmedo en 1838: «Cuando yo era niño, componía con una facilidad extrema, ya porque la niñez es una estación mágica, ya porque no emprendía composiciones serias y elevadas, ya en fin porque, conociendo menos el arte, me aterraba menos el espectro de la perfección».95

A los brotes de genuino erotismo juvenil, suceden poesías amorosas más graves y sentidas, como la preciosa canción Aquel velo misterioso... escrita pocos días antes de sus bodas, y la ternísima Despedida a su esposa en vísperas de su viaje a Londres. Quedan dentro de este género dos composiciones de la ancianidad del poeta, las amables estrofas A Eliza y la canción Divino encanto... que por su fuego y urgencia parecería obra de la primera juventud, si no constara por el manuscrito que fue compuesto en la última estancia en Paita en 1846.

Extrañará tal vez que la Oda al General Flores Vencedor en Miñarica, se halle incluida en el conjunto de la selección de poesías, y que no se le haya dado el puesto que muchos le conceden al lado del Canto a Bolívar.

Si hubiese de prevalecer un criterio puramente estético, ése fuera efectivamente el puesto que le correspondería. Juzgada por los solos cánones literarios, está sin duda alguna a la altura de La Victoria de Junín: es el mismo dominio artístico, el mismo arranque de inspiración, la misma amplitud de vuelo, la   —142→   misma y aun mayor perfección de forma. Así al menos juzgaba Menéndez y Pelayo.96

Pero si se sobrepone el criterio de valores humanos en las obras literarias, o sea, su mérito absoluto en el que pesan no sólo los primores estéticos, sino el conjunto de todos los valores que se estiman en la vida y que ennoblecen al hombre, hay que reconocer que la Oda al General Flores no es de la misma categoría que el Canto a Bolívar. La materia es pobre, el alcance moral ambiguo, la realidad que ensalza mezquina e indigna del entusiasmo del poeta, el contagio de este entusiasmo (piedra de toque de la genuina poesía) ineficaz. El poeta se dejó arrastrar por la amistad. Desperdició su estro en una hazaña que no valía la pena. Al poco tiempo, él mismo estaba desilusionado: «El argumento -escribía al doctor José Fernández Madrid- no es favorable: No es bueno cantar las guerras civiles. El elogio de los vencedores no puede hacerse sin mengua de los vencidos; y vencidos y vencedores, todos son nuestros hermanos».97

Es cierto, sin embargo, que quien pueda prescindir de los inconvenientes del fondo (como sucede a los extranjeros, a quienes no interesan mayormente los hechos de nuestra historia) hallará en esta pieza grandes deleites. El proemio, al que todavía no afecta la pequeñez del asunto, el gran proemio con la maravillosa comparación del águila es tan bello y vigoroso, tan inspirado y superior como las mejores estancias del Canto a Bolívar. Y lo que tan gloriosamente empieza sostiene su aliento épico hasta el fin, formando lo que llama Pombo una «sinfonía insuperable de alta lengua   —143→   castellana». En su entusiasmo prosigue: «Mayor majestad, claridad y nervio no pueden pedirse, ni más hábil distinción de caracteres, ni mayor esplendor de imágenes, ni más felices contrastes y sorpresas, ni más gallardo desprecio de la nimiedad». Y termina con este juicio sintético enaltecedor acerca de ambos epinicios olmedianos: «Olmedo es el primer poeta bélico de nuestra América, si no de toda la literatura castellana».98

Todo esto es muy verdadero en el terreno meramente estético; pero no puede bastar para que se pongan en un plano de igualdad el ditirambo personalista sin ecos patrióticos y el gran canto que pregonó el júbilo unánime de un continente en la hora feliz de su liberación.

La Oda al General Flores es uno de los ejemplos más claros que puedan presentarse de la importancia del tema en la valoración absoluta de las producciones poéticas; una de las pruebas más convincentes de que, en la obra literaria, la perfección de la factura no lo es todo, si los primores de ésta no están empleados en realzar la positiva alteza de la materia y su moralidad, con que quede sellado por la verdad ontológica el equilibrio del fondo y de la forma, y se haga posible el goce simultáneo y perfecto de todas las facultades humanas, no sólo las estéticas, sino también las intelectuales y morales.

Las piezas se hallan en esta selección en su orden cronológico, en algunos casos conjetural, y reproducen el texto crítico que publiqué en 1945 en el volumen V de «Clásicos Ecuatorianos». En la sección «Notas bibliográficas» (pp. 347-428) se halla la justificación de las composiciones hasta entonces inéditas, procedentes todas del archivo de la familia Pino Icaza de Guayaquil.



  —[144]→     —145→  


ArribaAbajoEpitalamio


que cantó en las bodas del señor conde del Villar de Fuente con la señora Pando, José Joaquín de Olmedo. Museo, Año de 1802


ArribaAbajoVen Himeneo, ven Himeneo.

       Un feliz joven
      ya dobla el cuello
      al dulce yugo
      de un amor tierno;  5
      ya en sus altares
       quema el incienso,
       y ardientemente
      clamar le veo:
Ven Himeneo, ven Himeneo.  10

      Todos se rinden
      hoy a tu imperio,
       y alegres viven
      con ser tus siervos.
      Sin ti los prados  15
      quedaran secos,
      ni correrían
       los arroyuelos,
      ni regalaran
      al fácil viento  20
      las tiernas aves
      con su gorjeo:
Ven Himeneo, ven Himeneo.
—146→

      La virgen tierna,
      fijos al suelo  25
      tiene los ojos,
      los ojos bellos;
      teme y desea,
      mas bajo el velo
      de la modestia,  30
      tiene encubierto
      el fuego dulce
      de su deseo.
Ven Himeneo, ven Himeneo.

      De Amores, Gracias,  35
      y de tus Genios,
      rodeado baja
      del alto cielo;
       ven, dios amable,
      hijo de Venus,  40
      da a los amantes
      tu dulce beso;
       sin ti, amor fuera
       criminal fuego,
       ni hubiera casto  45
       puro recreo.
Ven Himeneo, ven Himeneo.

Así cantaba lleno de alegría
      un coro de pastores;
y un coro de pastoras respondía:  50
      En un hermoso prado,
      donde la rica Flora
sus primores y galas atesora,
un bello altar yo miro consagrado
      al dios de los amores  55
y al venturoso y plácido Himeneo.

      El altar coronado
      aparece de flores;
y las Ninfas y Gracias hechiceras,
      de las más olorosas,  60
      dos guirnaldas hermosas
      componen placenteras.
—147→
       ¡Mil veces venturosas
      las sienes delicadas
a las cuales un premio tan sagrado  65
el cielo en su bondad ha destinado!

      Luego la compañía
      ya el santo altar rodea,
ya por el verde prado se pasea.
      Los pastores decían:  70
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,
y las tiernas pastoras repetían:
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,
       ¡Qué dulce alternativa!,
       ¡qué bella perspectiva!,  75
¡qué tocante espectáculo, formado
al placer de los ojos y del alma!

      Ya las voces sonoras
      se esparcen, se dilatan
en las alas del viento voladoras.  80
      Al plácido ruido
      de esta voz delicada,
parece recibir vida y sentido
aun la naturaleza inanimada,
pues a su voz los montes repetían:  85
Ven Himeneo, ven; ven Himeneo,

Fácil el dios desciende rodeado
      de sus Genios parciales,
que anuncian a lo lejos su venida;
      con su tea encendida  90
vienen mil cupiditos retozando
       y festivos cantando
dulces himnos, canciones celestiales.
Llegaron al altar, y los zagales
      con ardiente porfía  95
se alegran, como nunca se alegraron;
así cual suele siempre bulliciosa
la república libre de las aves
esforzar más los cánticos süaves
      cuando aparece el día,  100
—148→
y el fiel esposo de la tierna aurora
con su llama benigna y apacible
las altas cumbres de los montes dora.

Toma el dios las guirnaldas en la mano.
      Todos, todos callaron,  105
      y esperaban ansiosos
que llegasen los jóvenes dichosos.
Llegan, y la decente compostura,
      los pasos majestuosos,
      la modesta hermosura  110
      y ese ánimo tranquilo,
sin embargo de que arde y de que anhela,
están diciendo, sin querer decirlo:
Éste Gonzales es, ésta es Manuela.

       La plácida alegría  115
se deja ver del dios en la ancha frente;
      y a la joven esposa
      la corona de rosa,
y otra corona igual pone al esposo.
      Aquí es más fervoroso  120
el cántico del coro enardecido,
que en dos alas hermosas dividido,
con plácidos transportes de alegría,
      el dulce y grato nombre
de Manuela y Gonzales repetía.  125

La sonrosada virgen inocente
      aparece vestida
de un ropaje talar, cuya blancura
      la fe sincera y pura
del tierno corazón está indicando,  130
      y entre el amor, el gozo
      y el pudor vacilando,
ya se acerca al altar como temblando.
Se le anuda la voz, cuando procura
pronunciar el solemne juramento;  135
solamente su amor en ese instante
lo descubre su seno palpitante;
—149→
su seno, pues sus ojos hechiceros,
       cual lánguidos luceros
inmóviles se fijan en la tierra.  140

       Luego el esposo amante
      mira a la esposa amada
con ternura indecible... ¡oh, qué mirada!
      y un largo y mudo abrazo
      es el sagrado lazo  145
      con que estrecha Himeneo
tan sensibles, tan tiernos corazones,
      enlazada felice,
y alma Fecundidad la unión bendice.



  —[150]→     —151→  


ArribaAbajoA una amiga


ArribaAbajoArroyo cristalino,
que con susurro blando
vas del monte a la selva
y de la selva al prado;

travieso cefirillo,  5
que con tu aliento grato
mueves hojas y flores
que son gala del campo;

parleras avecillas,
que en trinos regalados,  10
cuando el sol nace o muere,
llenáis el aire vago;

y cuando vive y crece
en este suelo bajo,
y cuanto se remonta  15
hasta el cielo estrellado;

todo cuanto florece
en los valles y prados,
y aun las bestias feroces
que son del monte espanto;  20

todos conmigo unidos
en coros acordados,
celebremos el día
de la que hace mi encanto.