La mayor confusión
Victor Dixon1
Cambridge University, Inglaterra
La mayor confusión fue la cuarta de las ocho novelas ejemplares que, bajo el título general de Sucesos y prodigios de amor..., publicó en 1624 Juan Pérez de Montalbán2. El título de aquélla, en razón a su accidentada historia posterior, fue realmente profético.
La novela tiene una peculiar distinción. Un eminente crítico llegó a llamarla «una de las más repugnantes y monstruosas novelas de la lengua castellana»
; y en otra ocasión, «una de las obras más monstruosas y hediondas de la literatura castellana»
3.
En su mayor parte, puede resumirse así:
Casandra, una desenfadada joven madrileña, proyectaba contraer matrimonio con su primo Gerardo: pero al morir su prometido a manos de un rival, Bernardo de Zúñiga, se casó sin perder tiempo con éste, dándole un hijo, don Félix. A la muerte de Bernardo, no contrajo nuevas nupcias, por haber concebido una pasión incestuosa hacia su hijo. Fiando su secreto a su criada, Lisena, a quien don Félix solicitaba, y haciéndose pasar por ella una noche, logró satisfacer sus deseos.
Quedó embarazada, y dio a luz una hija, Diana, a la cual fingió adoptar. Don Félix, entretanto, había partido para Flandes. Cuando regresó a Madrid, Diana tenía unos catorce años, y don Félix se enamoró enseguida de ella. Casandra la entregó a un convento, pero don Félix hizo llegar a su amada una carta con promesa de matrimonio, y ella se negó a profesar. En esto Casandra, enterada de que don Félix había seducido a una tal Fulgencia, intentó forzarle a casarse con ésta. Pero don Félix desapareció, llegando de Sanlúcar una carta en que decía que partía para Lima. Fulgencia entró en un convento. Sin embargo, cuando Casandra estaba fuera de Madrid, don Félix (que no había abandonado esta ciudad) se reunió con Diana; contrajeron matrimonio. Casandra no había osado confesar su secreto; pero al morir, dos años más tarde, dejó una carta para don Félix, comunicándole la desconcertante noticia de que su esposa era a la vez su hermana y su hija.
Interrumpamos aquí, por ahora, la narración.
Según el propio Montalbán, el argumento de la novela era original y basado en un hecho real. En su prólogo a la colección, dice de sus novelas:
«Solo quiero que me agradezcas,
4.
no las has de auer visto en la lēgua Italiana,... no tiene parte en ellas, ni Bocacio, ni otro Autor estrangero»
Y dedica a Lope de Vega «Esta Nouela de La mayor cōfusion, cuyo caso tiene mucha parte de verdad...»
5.
A pesar de estas aseveraciones, C. B. Bourland dio como fuente de la trama una de las Cento Novelle de Sansovino6 (o mejor dicho, la cuarta novela de las Rime e Prose Volgari, de Giovanni Brevio). Pero Montalbán puede haber conocido o la versión de Marguerite de Navarre (novela XXX del Heptameron) y de Bandello (novela XXXV del segundo libro), o una tradición viva, basada tal vez en un caso verdadero. Se trata de una historia parecida a la leyenda de San Gregorio y que se presta como ella a todo tipo de transmisión. El inglés Horace Walpole, al dramatizarla un siglo más tarde en su tragedia The Mysterious Mother, creía seguir una anécdota relativa al arzobispo Tillotson, oída cuando era joven7. Lutero la contó como ocurrida en Erfurt (Sajonia)8, y existían epitafios al joven matrimonio en varias poblaciones de Francia9. Uno de ellos fue visto por Julio Iñíguez de Medrano «passando por tierra de Bourbonois»
; lo cita, con su explicación, en La silva curiosa10. La historia se cuenta todavía en España; en 1923 A. M. Espinosa dio a conocer una versión popular, recogida en Llanuces, Asturias11. Y más adelante veremos que Montalbán encontraba gran semejanza entre las circunstancias de su relato y las de un caso verdadero (o que él creía verdadero). No nos apresuremos a acusar otra vez de poco veraz al calumniado Montalbán.
En todo caso, no nos importa aquí la procedencia de la novela, sino su desenlace. En el cuento de Brevio la madre consiente el matrimonio de sus hijos, sin revelar jamás, según parece, su infame secreto. En las novelas de Marguerite de Navarre y de Bandello, en la versión oída por Walpole, como también acaso en la conocida por Montalbán, lo confiesa a una alta autoridad eclesiástica; se le aconseja callarlo, y la joven pareja, casados de buena fe, siguen viviendo felices.
Como Walpole, Montalbán sabe prever la fuerza emotiva que tendrá la revelación del secreto, la cual revelación constituirá el punto fulminante de su relato. Al joven discípulo de Lope, más que la amarga penitencia de la madre, le emociona la angustia del hijo, acosado al leer su carta por una terrible crisis de conciencia, sumido de improviso en la mayor confusión.
Pero plantea así un problema moral distinto, y se ve obligado a proponerle una solución. La que escoge es sorprendente, por no decir disparatada; es peor, ¡es luterana!12. La ve tachada de escandalosa; la enmienda. La defiende sin éxito, y es condenada por la Inquisición; la revisa -según creo- personalmente. Todavía en vida de Montalbán, sale de la imprenta una cuarta terminación de la novela, que un siglo después se publicará sin ninguna.
Todo este pleito, toda esta diversidad de ediciones han pasado casi inadvertidas por la crítica. La prohibición del Santo Oficio se conocía, pero quedaba incomprensible; en primer lugar, porque no se tenía en cuenta el texto prohibido.
Montalbán, en 1624, termina la novela así:
Que Montalbán, futuro Doctor en Teología y Notario Apostólico del Santo Oficio, hubiera propuesto semejante solución, es, al menos, chocante; que los defensores de la ortodoxia encontraran inaceptable su doctrina, era de esperar.
Las novelas llevaban la aprobación y censura acostumbradas, atestando que «no tiene cosa alguna en todo su discurso,
13. Pero pronto había de levantarse una voz de protesta. Entre los Papeles de Inquisición del Archivo Histórico Nacional (legajo 4.481, núm. 2), se conservan tres censuras hostiles. La primera, fechada en 21 de octubre de 1626 y firmada por Fray Juan de San Agustín, empieza:
dissuene a nuestra Fè, ni a las buenas costumbres»
En el encabezamiento aparece la siguiente nota:
«lleuese este libro a los calificadores del cons.º
Un mes después, en el colegio del Rosario, redactó la segunda censura Fray Gabriel López. Comienza:
asisten en el conuento del Rosario, en md. 11 de Julio 1629».
«Muy P.º senor. Mandome V. A. q viese un libro; q se intitula, Nouelas del Doctor Juº Perez de Montaluan y señaladam.te, el folio 103 y 104 del dho libro»
. Fray Gabriel ataca como contrarios a la enseñanza de la Iglesia no sólo este pasaje, sino seis más de las otras novelas. De La mayor confusión dice:
Cita a continuación el pasaje «se resoluio a fiar esta dificultad...»
, y añade:
Señala que el dictamen que imagina Montalbán nunca se hubiera formulado, ya que en el caso propuesto no cabía sostener que había existido sacramento.
En este documento se escribió:
«en md. 11 de Ag.to 1629. Juntese con lo demas y traigase». Y después: «en md. 18 de Ag.to 1629 q se recoja p.ra expurgarle. SS. Carillo - chacón - Pacheco». |
Pero ya habían aparecido al menos tres ediciones de Sucessos y prodigios de amor..., amén de la primera: la de Bruselas, 1626, con la terminación ya reseñada (que tendría también la «reimpresión» de Bruselas, 1702); la de Madrid, 1626, que no he logrado ver14, y la de Madrid, 1628, costeada como la príncipe por el padre de Montalbán.
En esta última una pequeña variante sirve para introducir una segunda solución, un nuevo dictamen de las personas consultadas:
«... de todos salio determinado, que no tenia obligacion de creer a su madre, y assi podia viuir con su esposa como antes. Hablò con esto a don Felix...»15. |
Al bueno de Montalbán no le vale el recurso. También la nueva proposición será rebatida por Fray Juan de San Agustín, que vuelve al ataque en una tercera censura, del 6 de enero de 1630. Pero nos dice primero que Montalbán intentó defenderse personalmente frente a sus censores, refiriéndose a un caso concreto, que, como ya queda apuntado, puede haber sido su fuente:
Ahora rechaza la segunda solución:
Esta tercera censura lleva la fecha de 11 de enero de 1630, con la advertencia: «lleuese al Pe Pineda», el responsable, en gran parte, de la compilación del Índice de 1632. En éste aparecía, en efecto, la nota, que sería repetida en las ediciones de 1640, 1667 y 1707:
«El Doctor IVAN Perez de Montalvan. Sus Sucessos, y Prodigios de Amor, Madrid, por Iuan Gonçalez, 1624 y 1628. Novela 4. De la mayor confusión, fol. 103, de la primera impression, y de la 2, fol. 75. pagin. 2 despues de el medio, se quite desde el principio del § que comiença, Puso fin al papel don Felix, hasta el fin de la Novela. = Y conforme à estas se devē corregir las demas impressiones»16. |
El único fin de la prohibición era corregir una falsa proposición doctrinal. La Inquisición, sin repararse en la poca ejemplaridad de una novela tan escabrosa, dictaminó tan sólo en la cuestión moral. Sus calificadores consideraron el matrimonio incestuoso no como una ficción pornográfica, sino como un hecho hipotético. Tales enlaces pudieran producirse, por desgracia, en la vida real; lo que no podía tolerarse era que la Iglesia pareciera prestar su conformidad, permitiendo que continuasen17.
Al otro año salió en Sevilla una nueva edición de las novelas -la quinta que conocemos, aunque se rotula «sexta impression». Traía una tercera conclusión, hecha para sustituir a la condenada, según parece probable, por el mismo Montalbán. La edición lleva por primera vez un «prólogo de un amigo del autor»; además sabemos que el padre de Montalbán, Alonso Pérez, llevaba un comercio importante con Sevilla18, donde el mismo Juan había estado antes de 163519. La nueva terminación es una revisión cuidada de la primera, de la cual conserva más de la mitad.
Reproducen, sin cambio notable, las dos primeras oraciones; con enmiendas interesantes, las que siguen:
El final -desenlace- de la nueva versión es totalmente distinto del primitivo, pero me parece muy de Montalbán:
«y esto con tanto estremo, que ocasionò su melancolia alguna destemplança en su salud: y como vna calentura, despues de vna pesadumbre, sea el mayor contrario que tiene la vida: Don Felix, poco a poco, apoderado del coraçon de vna mortal tristeza, empeçò a desconfiar de la suya: y sin que bastassen remedios humanos, porque su mal no le tenia, sino del cielo, murio dentro de veynte dias: tanta fuerça tiene vna pena arraygada en el alma, y mas quando quien la passa sabe sentir como deue. No serà menester encarecer el mucho sentimiento de Diana, supuesto que por tantas causas deuia querer su difunto dueño: assi por no oyr el eco de otras bodas; que fuera de hazer mayor su martirio, se determinò de ofrecerse a Dios toda, acabando su vida en vn Convento, donde viuio con grande aprouacion de quantas admirauan su virtud. Cuyo exemplo puede seruir de escarmiento a las mugeres, que libianamente se arrojan a ofender, no solo a Dios, sino a la misma naturaleza. Pues no se pueden esperar de semejantes determinaciones, sino muertes, llantos, y arrepentimientos: y lo que mas es, manchar el alma, y ofender la diuina justicia»20. |
Esta terminación reaparece en las dos ediciones de Sevilla, 1641; la de Sevilla, 1642, en una (al menos) de las dos de Sevilla, 1648, y en las de Madrid y Zaragoza, 1665, y Cádiz, 168221. Pero en otra serie de ediciones viene repitiéndose una cuarta y muy breve conclusión, que esquiva astutamente el escollo:
Así reza la edición de Tortosa, 1635; como después las de Barcelona, 1640; Barcelona, 1646, y Coimbra, 1656. Pero los editores de las de Madrid, 1723; Barcelona, 1730; y Sevilla y Barcelona, 1734, siguieron -al pie de la letra- el mandato del Índice (de 1707).
Para mayor confusión, un quinto final apareció:
«Nota.-Lo que falta en esta novela, está prohibido por el Santo Oficio»22. |