Selecciona una palabra y presiona la tecla d para obtener su definición.
IndiceSiguiente


Abajo

Lanuza

Tragedia en cinco actos

Ángel de Saavedra, Duque de Rivas



PERSONAS
 

 
LANUZA,   Justicia mayor de Aragón.
VARGAS,   general del Ejército de Felipe II.
ELVIRA,    hija de Vargas.
HEREDIA y LARA,   Infanzones aragoneses.
VELASCO,   noble aragonés.
COMPARSAS
DIPUTADOS DE ARAGÓN.
CONJURADOS.
SOLDADOS ARAGONESES.
PUEBLO.
SOLDADOS CASTELLANOS.
 

La escena es en Zaragoza. Los tres primeros actos y el quinto, en un salón del palacio de Lanuza, y el cuarto, en una plaza principal.

   

La acción empieza al amanecer y acaba al ponerse el sol.

 




ArribaAbajoActo primero


Escena primera

 

LARA y HEREDIA

 
LARA.
Tornas, amigo, a esta ciudad, y tornas
a verla arder en sedicioso fuego;
aun no aparece el sol en el Oriente,
Y ya reunido y agitado el pueblo
de Zaragoza atruena los confines
con ronca furia y pavoroso estruendo.
¿Cuándo la dulce paz, cuándo la calma
volverán a Aragón?
HEREDIA.
Cuando sus fueros,
cuando sus sabias sacrosantas leyes
recobren el vigor que antes tuvieron.
LARA.
¿Y le han perdido acaso, Heredia?
HEREDIA.
Amigo,
¿siendo tú aragonés, puedes no verlo?
¿Qué resta a nuestra patria sin ventura.
de su antiguo esplendor? Sólo recuerdos
de grandezas pasadas y una sombra
de sus instituciones y derechos.
Con astucia y con pérfidos halagos,
y a fuerza de cautelas y de tiempo,
de nuestra libertad y nuestros usos
los déspotas minaron los cimientos.
Pero, aunque desplomándose, existían,
y jamás con el rostro descubierto
osaron combatir por derribarlos,
como ahora, Lara, atónitos lo vemos.
Las huestes numerosas que Filipo,
en Tarazona tiene, so pretexto
de invadir a la Francia desdichada,
que de guerra civil arde en el fuego,
para oprimirnos son, para robarnos
de nuestra antigua libertad los restos.
LARA.
¿Y el alboroto de la plebe airada
los puede sostener?
HEREDIA.
No hay otro medio.
Cuando los magistrados corrompidos
se venden al poder y aguardan premios,
y son conspiradores los prelados,
y los pudientes degradados siervos,
y los que se titulan infanzones
al déspota feroz doblan el cuello,
entonces, Lara, entonces lo que plebe
apellida tu labio por desprecio,
incorruptible, decidida, pura,
su libertad proclama y sus derechos.
Derechos que pisados y abatidos
con la prisión de Antonio Pérez fueron.
Mas si lo toleraron los cobardes
y aplausos mereció de los perversos,
viólo Aragón con ira, alzó la frente
y despertó del prolongado sueño,
juré cobrar su libertad perdida
y reclamó sus derrocados fueros.
LARA.
Con razones reclame la justicia;
mas con las armas... ¡Ah!...
HEREDIA.
¿Qué estáis diciendo?
¿Qué sirve la razón para un tirano?
¿Por ventura olvidasteis ya el respeto
y la prudencia con que el buen Lanuza,
anciano justo, de virtud modelo,
apoyado en las leyes y en el voto
de todas las ciudades de este reino,
patentes hizo al rey en un principio,
con reverentes súplicas y ruegos,
las justas quejas que a Aragón turbaban,
alterando su paz y su sosiego?
Y ¿qué logró? Decid... Nada; orgulloso
el rey Filipo, en su poder soberbio,
del justicia mayor a las demandas
con amenazas contestó y desprecios,
insultando su bárbara osadía
la gloria y majestad de todo un pueblo.
Mas temióle también. Y el fiel Lanuza
de lealtad, de tesón, de canas lleno,
rindió al injusto filo de la Parca
el denodado y generoso aliento.
Y...
LARA.
¿Qué esperanza sin Lanuza queda?
HEREDIA.
Vive Aragón, aunque Lanuza es muerto.
Cual vos imaginaban los malvados,
y tal vez un mortífero veneno...
LARA.
¿Tal osáis sospechar? ¡Heredia! ¡Amigo!
HEREDIA.
Cualquier maldad de los tiranos creo.
Mas ¡cuánto se engañaron, si así fuese!
El patriotismo, la virtud, el celo
del difunto Lanuza, arden más vivos
del joven hijo en el heroico seno.
En él cifra Aragón sus esperanzas;
de justicia mayor el alto empleo,
que su padre ejerció, le conferimos,
y del bien general está sediento.
LARA.
Pero a su juventud e inexperiencia
y a su carácter ardoroso temo.
HEREDIA.
Él nos ha de salvar. Las canas frías
de la mustia vejez, el torpe hielo
que de la edad el curso perezoso
derrama tardo en los humanos pechos,
apagan el valor y la energía
y engendran timidez y abatimiento.
El peligro es urgente; no aprovechan
maduras reflexiones ni consejos;
hierro sólo y poder, hierro y constancia,
y virtudes y honor.
LARA.
¿Y tal denuedo
tendrá un joven que amor y amores sólo
supo abrigar en su fogoso pecho,
que adora a una belleza castellana,
que está albergada en su palacio mesmo,
y con quien deben para siempre unirle
los deliciosos lazos de himeneo?
¡Ay Heredia!... Lanuza...
HEREDIA.
Basta, amigo;
no ofendas, no, su patriotismo excelso.
El amor de la patria es compatible
con el de la beldad.
LARA.
Y si resuelto
está el joven Lanuza y decidido
a alzar y sostener esos derechos,
que idolatra Aragón; si convocado
tiene a las armas y a la guerra el reino,
usando del poder que le confiere
de justicia mayor el ministerio,
¿por qué en tal conmoción de Zaragoza
arde en tumulto agitador el pueblo?
¿Qué más quiere?
HEREDIA.
No sé. Yo en este instante
de convocar a las ciudades vengo
en nombre de Lanuza y de las leyes.
Y todas, a su voz y llamamiento,
juntan sus haces, sus pendones alzan
Y hacia aquí se encaminan, pues resuelto
está todo Aragón. Pero a Lanuza,
¿dónde le encontraré?
LARA.
Donde el estruendo
se advierta de la plebe amotinada,
allí le encontrarás. Cuando los ecos
oyó de sedición voló animoso
a sosegar el conmovido pueblo
y la causa a inquirir... Mas él se acerca.


Escena II

 

LARA, HEREDIA y LANUZA

 
HEREDIA.
¡Lanuza!
LANUZA.
Amigos, espantoso riesgo
a la patria amenaza. Los traidores
maquinan sin cesar su perdimiento;
es preciso salvarla, y sólo pueden
salvarla ya el valor y el duro hierro.
O muerte o libertad.
HEREDIA.
Ese es el grito
que da todo Aragón. Pero ¿qué nuevo
peligro ves? ¿Las huestes orgullosas
del rey Felipe...?
LANUZA.
Heredia, yo no temo
ni al rey Felipe ni al tropel de esclavos
que el nombre de soldado envileciendo
sirven a la opresión y tiranía;
seres tan degradados los desprecio.
Sólo temo a los pérfidos traidores,
hijos espurios de Aragón, que, fieros,
se gozan en los males de la patria,
y, ocultos, ansian desgarrarle el seno.
El oro corruptor, la atroz calumnia,
el disimulo astuto y el secreto
las armas son con que nos hacen guerra,
armas no conocidas en los buenos.
Refrenar es preciso su osadía.
HEREDIA.
¿Qué atroz conjuración has descubierto,
Lanuza?
LARA.
Acaba; di.
LANUZA.
Cuando la noche
tendió su manto por el ancho cielo,
y los zaragozanos al reposo
se entregaban tal vez y al mudo sueño
creyendo asegurados de la patria
la santa libertad y antiguos fueros,
al ver los aparatos de defensa
decretados por mí, con gran secreto
los traidores, que siempre vigilantes
están en nuestro mal, se reunieron
allá, en la Inquisición. En ese inicuo
bárbaro tribunal, apoyo horrendo
del despotismo y la opresión; en ese
tribunal espantoso que, a pretexto
de defender la religión augusta,
como si no tuviera en nuestros pechos
un alcázar fortísimo que basta
a mantener intactos sus preceptos,
difunde el fanatismo y la ignorancia
y a España agobia con pesados hierros.
Sus infames ministros, animados
por los traidores que en su busca fueron,
decretaron quedase en esta noche
destrozado Aragón, por siempre opreso,
sembrando en Zaragoza y su contorno
discordia, muerte, horrores. Y resueltos,
de armas y partidarios prevenidos,
a favor de las sombras y el silencio,
con gran recato a la vecina cárcel
de los manifestados dirigieron
su bárbaro rencor. Rompen las puertas,
y a Antonio Pérez, con furor tremendo,
arrancan y en sigilo se lo llevan;
y tornaban después con el intento
de sorprender a todos los valientes
que el honor de la patria defendemos,
y, o cargarnos de horrísonas prisiones,
o, al hallarnos inermes y en el sueño,
cebarse en nuestra sangre furibundos
y sus dagas hundir en nuestros pechos.
HEREDIA.
¡Qué horror! ¡Cielos! ¡Qué horror!
LARA.
Mas di, Lanuza:
¿cómo saber pudiste...? ¿Estás tú cierto...?
LANUZA.
Cuando esos tigres, con altivo arrojo,
se llevaban a Pérez, él, ardiendo
de justa rabia, en altos alaridos
llamó en su ayuda al descuidado pueblo
Algunos, que escucharon sus clamores,
atónitos despiertan, el acero
empuñan diligentes, sospechando
que a la patria amenaza oculto riesgo,
«¡Venganza y libertad!», gritan; Y al punto
lanzan de Zaragoza el torpe sueño,
y todos corren a las armas, corren
a Pérez a salvar. Mas no pudieron,
que los traidores resistir osaron,
y de la Inquisición en un horrendo
calabozo le ocultan, y defienden
el lóbrego recinto, y combatiendo
salen a completar su negra trama
y a dar cima a sus pérfidos intentos.
Y trábase la lid, y en fiera lucha
mézclanse los malvados y los buenos.
Y el pavor de la noche y las tinieblas
aumentan el horror. El frío suelo
se inunda en sangre. La ciudad retiembla
al ronco son de temerosos ecos.
Llega el rumor a mí, como anheloso
y al combate feroz gritando llego.
Conócenme los fieles ciudadanos,
anímanse, y desmayan los perversos,
y las armas arrojan, y, vencidos,
unos se acogen al palacio regio
do esta la Inquisición; otros, cobardes
de este recinto con presura huyeron,
y algunos que, humillados a mis plantas,
imploraban perdón, todo el secreto
de la conjura atroz me revelaron,
y los que la dirigen, y los premios
que esperaban del rey, y los horrores
que iban a cometerse, y de que el Cielo
piadoso nos salvó. Ved si hay peligro.
Muchos y poderosos y de esfuerzo
son los conspiradores; seducido
tienen gran parte del incauto pueblo.
Ya han osado mostrarse frente a frente,
y no desistirán de sus intentos.
¡Oh! Plegue a Dios librarnos de traidores,
cuyas tramas y planes encubiertos
más que de las escuadras enemigas
al bárbaro furor, amigos, temo.
LARA.
Frustrado ya su arrojo en esta noche,
no osarán otra vez acometernos.
HEREDIA.
Y si, altivos, lo osasen, su ruina
encontrarán, Lanuza. De los buenos
el número es mayor. Si Zaragoza
abriga tales monstruos en su seno,
todo, todo Aragón a sostenerte,
y a las leyes contigo, está resuelto.
Teruel, Albarracín, Huesca, Barbastro
y las demás ciudades de este reino
se encaminan ya aquí. De recorrerlas
y alzarlas todas, cual mandaste, llego.
Todos siguen tu voz.
LANUZA.
Valiente Heredia,
jamás dudé que a defender sus fueros,
barrera que contiene el despotismo,
todo Aragón uniera sus esfuerzos.
¡Cuánto, al verte otra vez en Zaragoza,
crecen mis esperanzas! En tu pecho
la libertad y el patriotismo arden,
y tú me ayudarás, y tú...
HEREDIA.
Resuelto
a todo estoy: o libertad o muerte;
vida en la esclavitud yo no la quiero.
LANUZA.
Llega a mis brazos; mientras hombres vivan
que alberguen tan honrados pensamientos
a pesar de tiranos insolentes,
ser venturosos lograrán los pueblos.
Ya los instantes urgen; ahora mismo
de esta ciudad los habitantes buenos
van en mi nombre a rescatar a Pérez,
y otra vez a la cárcel a traerlo
de los manifestados.
LARA.
¡Cuántos males
de Antonio Pérez a Aragón trajeron
los crímenes tal vez!... No sé, Lanuza,
por qué demuestras tan osado empeño
en proteger a un criminal.
LANUZA.
Yo, Lara,
al tal Antonio Pérez no protejo.
Protejo sólo de Aragón las leyes,
protejo sólo de Aragón los fueros.
Si es Pérez criminal, terrible caiga
la segur de la ley sobre su cuello.
Pero sólo la ley ha de juzgarle,
no la arbitrariedad. Corre al momento,
Heredia; vuelva Pérez a la cárcel
de manifestación. Ordena el pueblo
en escuadras de guerra, armas reparte,
vigila cuidadoso a los perversos;
de las altivas tropas de Felipe
procura descubrir los movimientos.
LARA.
En Epila están ya.
LANUZA.
Lleguen. ¿Qué importa?
Pronto, su orgullo a nuestros pies deshecho,
conocerán la fuerza irresistible
de los que lidian por romper sus hierros.
« ¡O muerte o libertad!», el grito sea
de nuestras haces. Y el laurel eterno
adornará nuestras gloriosas frentes,
Y o dulce muerte o libertad tendremos.
HEREDIA.
Gozoso marcho a obedecerte, amigo;
gozoso en combatir seré el primero.
LANUZA.
Y en vencer y en triunfar.


Escena III

 

LARA y LANUZA

 
LARA.
Calma ese arrojo
de tu ardor juvenil y los consejos
de mi experiencia y de mi amor escucha,
que tal vez convendrán a ti y al pueblo.
LANUZA.
A mí y al pueblo convenirnos sólo
pueden la libertad y los derechos
que, de la patria impenetrable escudo,
fundaron nuestros ínclitos abuelos
cuando en Sobrarbe, en su constancia heroica
la furia se estrelló del sarraceno.
Si exhortarme pretendes animoso
a jamás desistir de sostenerlos,
habla, pues, ya te escucho.
LARA.
No, Lanuza;
sólo calmar tu agitación pretendo.
El reino de Aragón...
LANUZA.
Yace oprimido,
y es preciso salvarlo y defenderlo.
LARA.
¿Y quién puede...?
LANUZA.
El valor y la constancia
y el voto general de todo un pueblo.
LARA.
¿Y en el pueblo confías? ¿Tú no sabes
que, como arista a quien sacude el cierzo
acá y allá se mueve, y, variable,
lo que ahora anhela lo aborrece luego,
y que si ostenta un imprudente arrojo,
pronto su furia se convierte en miedo?
LANUZA.
Sólo sé que la patria me ha encargado,
el sostener sus vacilantes fueros,
y mientras tenga encargo tan glorioso
se sostendrán o moriré con ellos.
LARA.
¿Y esperas que la próspera fortuna
coronará, Lanuza, tus esfuerzos?
LANUZA.
Cuando por la razón y la justicia
y por la libertad lidiar debemos,
sé que es fuerza lidiar, y en las resultas.
o prósperas o adversas, nunca pienso.
LARA.
¡Joven acalorado!... ¡Cuántos males,
qué desastres sin fin, ¡oh Dios!, preveo!
LANUZA.
Cesa, Lara; no más. Si el hielo frío
de la vejez cansada en vuestro seno
derrama vil pavor, sellad el labio;
no intentéis con pronósticos funestos
ahogar nuestro entusiasmo y bizarría.
Y advertid que el que siembra desaliento
cuando para salvar la madre patria
redoblar es preciso los esfuerzos,
da sospechas tal vez...
LARA.
Lanuza, ¿acaso...?
LANUZA.
De estos muros salid si os turba el miedo:
de estos muros, do reina la constancia
que admirarán los siglos venideros.



IndiceSiguiente