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ArribaAbajoActo segundo


Escena primera

 

VELASCO, LARA y dos CONJURADOS

 
VELASCO.
¿Y de Lanuza en la mansión pretendes
conferenciar conmigo, y...?
LARA.
Sí, Velasco.
¿Qué lugar más seguro? ¿Quién pudiera,
quién, dime, recelar que en el palacio,
en la misma morada del justicia
altanero y feroz, tratando estamos
de humillar su poder y su altiveza
y de servir al rey?... Los diputados
de Aragón ha reunido hace un momento;
tal vez les estará manifestando
sus necios planes y atrevido arrojo,
que por nuestros esfuerzos serán vanos.
Nadie de mí sospecha, y el Lanuza,
joven al fin y como tal incauto,
confía en mi amistad. Yo, cuidadoso,
vigilo sin cesar todos sus pasos,
y nada hay que temer. Aunque la suerte
esta noche fatal haya frustrado
nuestra combinación, no está deshecha.
Habla, nada receles. ¿Do su campo
establece el ejército?
VELASCO.
Animoso,
de Epila ayer partió, cuando los rayos
postreros daba el sol, con el anhelo
de llegar al momento concertado
de la conspiración que en esta noche
tan mal éxito tuvo; mas llegaron
los fugitivos de ella, y el prudente
don Alfonso de Vargas, informado
de que ya era imposible la sorpresa,
mandó a la hueste suspender el paso
hasta la nueva luz. Y esta mañana,
luego que el cielo esclareció, tornaron
las tropas a marchar, y pronto deben
avistar estos muros.
LARA.
¿Conque el mando
tiene ya Alfonso Vargas el valiente
de los regios pendones castellanos?
VELASCO.
Desde ayer que llegó.
LARA.
Ya nada temo.
Caerán Lanuza y Aragón, Velasco.
Si el animoso Vargas acaudilla
las banderas del rey, el rey triunfando
está de Zaragoza, no lo dudes.
Y a los invictos tercios veteranos,
que tantas veces de laurel y palma
su triunfadora frente coronaron,
no deberá este día la victoria,
sino a la astucia y al amor.
VELASCO.
¿Acaso
doña Elvira, de acuerdo con su padre,
osará acometer...?
LARA.
No espero tanto;
mas ella, sin saber la oculta trama,
y a su pesar, tal vez, ha de ayudarnos.
El corazón domina de su amante.
es hija del caudillo castellano
y adora al padre...; pero dime, amigo:
¿Vargas intenta...?
VELASCO.
Con ligero paso,
en pos de mí, se acerca a Zaragoza
el maestre Bobadilla, con encargo
de pedir un seguro para Vargas,
que está resuelto a entrar.
LARA.
Le será dado.
Yo se lo ofrezco, sí.
VELASCO.
De vos le espera,
y estos pliegos me dio para entregaros.
LARA.
Serán dé nuestro rey.
VELASCO.
Tomad.

 (Le entrega dos pliegos cerrados.) 

LARA.
Conviene,
amigo, en el momento examinarlos.

 (Abre un pliego, en que vendrá otro cerrado. Lee atentamente, y luego dice:)  

La generosidad del rey Felipe
está nuestra ambición sobrepujando.
Tal es el alto premio que nos guarda
si de Aragón el reino le entregamos.
De Vargas, el prudente, el animoso,
es este otro papel.

 (Lo abre. En él vendrá también otro cerrado. Lee, y luego dice:)  

Determinado
está a hablar con Lanuza en estos muros
antes de acometerlos. No perdamos
el tiempo, amigos. Vuela,

 (A VELASCO, entregándole el primer pliego.)  

y este pliego
entrega sin tardanza y con recato
en manos del virrey, y allí te queda
hasta que me presente en su palacio.
que muy luego será. Dile que al punto
convoque al arzobispo, a los prelados
y a magnates y a jueces. Tú, Calero,

 (A un conjurado, dándole el segundo pliego.)  

sin detenerte y en veloz caballo,
corre hacia Albarracín, y al fiel Azagra
éste le entregarás. Y tú, Gonzalo,

 (Al otro conjurado.)  

A Terüel dirige tu camino,
y al que su hueste venga comandando
de mi parte dirás que retroceda.
Marchad al punto, amigos; noble y alto
galardón os aguarda; id al momento,
y presteza y sigilo sólo encargo.
Lanuza viene ya, que no te vea.

 (A VELASCO.)  

Yo prontamente seguiré tus pasos.


Escena II

 

LARA y LANUZA

 
 

Atraviesan el teatro doce diputados de Aragón, sin detenerse en la escena, y con ellos sale LANUZA

 
LARA.
Impaciente esperaba tu presencia,
valeroso Lanuza, aunque alterado
juzgaste mi prudencia cobardía,
mi acendrada lealtad amancillando.
Mas porque adviertas que mi noble pecho
rencor no alberga de tu injusto agravio,
y que con ligereza me injuriaste
cuando a la patria, como tú, idolatro,
sabe que en su servicio noche y día
vigilo sin cesar; que me es tan caro
como a ti el nombre de Aragón, Lanuza.
Y he podido indagar ha poco rato,
por medio de mis fieles servidores,
del ejército altivo castellano
noticias y secretos importantes.
En movimiento está; cuando los rayos
de la luna esta noche aparecieron
de Epila alzó con gran sigilo el campo,
y a Zaragoza intrépido camina,
y ufano llega...
LANUZA.
Aunque se acerque ufano
de Filipo el ejército, no importa:
compuesto, Lara, está sólo de esclavos,
y temblarán al ver estas murallas
defendidas por hombres. A esperarlos
se halla resuelta Zaragoza. Hoy mismo
deben llegar las huestes que aguardamos
de todas las ciudades de este reino,
decididas...
LARA.
¿Y sabes quién mandando
viene del rey Filipo las legiones?
LANUZA.
El maestre Bobadilla.
LARA.
Qué engañado,
Lanuza, estás! El maestre Bobadilla
de general desempeñaba el cargo;
mas otro personaje en esta noche
de la Corte ha venido a revelarlo.
LANUZA.
Siempre será algún vil, ministro infame
del bárbaro rencor de los tiranos;
algún cruel, vendido a la ignominia.
LARA.
¡Ah! No le insultes con ligero labio...
Cuando escuches su nombre...
LANUZA.
Por ventura...
¿El rey...? Dime...
LARA.
Ni sólo imaginarlo
pudieras. No es el rey.
LANUZA.
Pues ¿quién...?
LARA.
Tu brío
va a desmayar.
LANUZA.
Jamás.
LARA.
En escuchando
quién es el general.
LANUZA.
¿Quién es? Acaba.
LARA.
Don Alfonso de Vargas.
LANUZA.
¡Cielo santo!
¡Vargas! ¡Vargas!
LARA.
Sí. Vargas. El caudillo
que tantas glorias y trofeos tantos
ha dado a la nación. El que animoso
domó al morisco agitador del Darro
y humilló de la Flandes orgullosa
las rebeldes legiones, el que...
LANUZA.
¿Acaso
piensas que al escuchar de Alonso Vargas
el claro nombre recordé sus lauros
y sus hazañas, y temí su brío,
y que de miedo y confusión me pasmo?
Son afectos más nobles los que agitan
mi ilustre corazón al escucharlo.
¡Vargas, Vargas! ¡Qué horror! ¡Vargas vendido
a los viles caprichos de un tirano!
¿Vargas será opresor? ¿Vargas la sangre
de un pueblo libre...? ¡Oh Dios! ¡Qué emponzoñado
puñal clavaste, amigo, en mis entrañas
con nueva tan atroz!... El dulce lazo
de la santa amistad unió a mi padre
con Alfonso de Vargas, A su lado
pasé yo mi niñez... ¡Oh, cuál me amaba!
¡Cuánto le amé desde mis tiernos años!
En su casa, mi pecho sin ventura
por la primera vez el dulce halago...
Elvira...
LARA.
¿Qué recuerdos! ¡Ah!... Lanuza,
conozco tu dolor, pues sé los lazos
que te estrechan con Vargas; sé que vive
su hija, la hermosa Elvira, en tu palacio,
entregada a tu madre. Sé que pronto
va a coronar tu amor el nudo santo
del himeneo... ¿Y combatir pudieras
con el padre?...
LANUZA.
¿Lo dudas? ¿Y tu labio
se atreve a preguntar a mi denuedo
si podré combatir?... ¡Ah! Con dudarlo
me ofendes... Patria, sí, juré en tus aras
defenderte y vengarte. A ti consagro,
a ti mi corazón. Librarte sólo
anhelo y nada más... Si imaginaron
los déspotas aleves seducirme;
si mi constancia derrocar, tentando
los resortes ocultos de mi pecho,
no lo conseguirán, no. Los tiranos,
¡qué astutos, Lara, son!... Mas dime: ¿es cierto?
¿Manda del rey Filipo los soldados
don Alfonso de Vargas?
LARA.
No lo dudes.
LANUZA.
¿Y pudo Vargas el horrible encargo
de combatir con la virtud de un pueblo
sin rubor aceptar? ¿Puede ser grato
a su pecho valiente y generoso
lidiar para oprimir? ¿Su heroica mano
el látigo afrentoso, y no el acero,
podrá empuñar, y agostará sus lauros
con tan torpe baldón? ¡Ah! ¿Por ventura
no cuenta el rey Felipe cortesanos
sin honra, sin virtud, que sus decretos
de exterminio y horror ejecutando
no tengan qué perder, y elige a Vargas?
LARA.
De escuchar tu extrañeza no me pasmo.
Eres joven, Lanuza; aún no conoces
cuál la ambición trastorna el pecho humano.
Del mismo rey con afanoso ruego
pienso que Vargas pretendió este cargo
esperando triunfar en Zaragoza
y de nuevos laureles coronado
a la Corte tornar.
LANUZA.
Pues pronto, amigo,
si piensa así, verá su desengaño;
y yo el primero la robusta lanza
fulminaré con vengativo brazo
contra su aleve pecho, do creía
que las virtudes y el honor moraron.
Si domó al moro vil, si holló inclemente
de Batavia infelice los pantanos,
tal vez aquí no triunfará... Mas, ¡cielos!,
su hija hacia este lugar dirige el paso.
Nada, amigo, le digas... ¡Cruda suerte!
LARA.
Déjote, pues, con ella solo, y parto
a activar la defensa de estos muros
y a inquirir otras nuevas.
LANUZA.
¡Cielo santo!


Escena III

 

LANUZA y ELVIRA

 
ELVIRA.
¡Lanuza! ¡Oh mi Lanuza! ¡Al fin te encuentro!
¡Qué continuo afanar, qué sobresaltos
mi congojado pecho han combatido
desde que el sol en el remoto ocaso
escondió ayer su postrimera lumbre!
¡Qué noche tan terrible! ¡Ay de mí! En vano
procuré que el tranquilo y dulce sueño
calmara mi pensar y mis cuidados.
El confuso alarido, el eco sordo
del agitado pueblo resonando
sin cesar en mi mente congojosa,
ahuyentaban el plácido descanso
de mi angustiado corazón... ¡Lanuza!...
Cuánto peligro imaginé temblando!
LANUZA.
¡Elvira!
ELVIRA.
¡Oh Dios! Lanuza, ¿mis lamentos
te importunan tal vez? Arrebatado
del torrente fatal e impetuoso
de la revolución, que está agitando
esta alterada capital, desdeñas
mis caricias, mi amor y mis halagos;
objeto más grandioso ocupa y llena
tu corazón, y olvidas...
LANUZA.
¡Ah! Tu labio
me culpa injustamente. En tu cariño
jamás ardí como al presente ardo.
Jamás. Yo te lo juro... Si la patria
me llamó a sostener con fuerte brazo
su libertad caduca y vacilante,
no me vedó el amarte, y los tiranos,
tal vez...
ELVIRA.
¡Lanuza! ¡Ay Dios!
LANUZA.
Ellos, Elvira,
te arrancarán de mis amantes brazos.
ELVIRA.
¿Qué pronuncias..., qué temes? ¡Ah!...
LANUZA.
Dichoso
y mil veces dichoso aquel pasado
tiempo en que, oscuro yo, joven sin fama,
pacífico y tranquilo ciudadano,
pasé en tu hogar los apacibles días
que para no volver, ¡oh Dios!, volaron.
ELVIRA.
¡De cuán funesto agüero mi presencia
para ti y tu ciudad se ha declarado!
Muere mi madre, y vengo a estas murallas
de la tuya a buscar el dulce lado,
y a coronar nuestra pasión constante
del Dios eterno en los altares sacros,
y a estrechar más y más con este nudo
de la santa amistad los firmes lazos
que a nuestras dos familias siempre unieron;
y al instante Aragón, la frente alzando,
se agita y arde, y la feroz discordia
reina doquier. Tu padre, de los años
al grave peso, del sepulcro frío
baja a buscar el eternal descanso;
y le sucedes tú, y un pueblo entero
por caudillo te aclama, y a tu cargo
pone su suerte, y mírote de pronto,
de cariñoso amante, transformado
en guerrero feroz, que gloria y fama
y victorias anhela y triunfo y lauros.
Y en hondo olvido de la triste Elvira
abandona el amor, alarga el plazo
de la unión suspirada, huye su vista,
y olvida la ternura y el contrato
de los amigos padres, y del mío
el cariño, el afán...
LANUZA.
Cesa; tu labio
me hiere el alma... ¡Elvira, Elvira!
ELVIRA.
¡Oh cielos!
Te comprendo, Lanuza; acaso, acaso,
del pueblo aragonés caudillo excelso,
tu mente ocupan pensamientos altos.
Por ventura...
LANUZA.
¡Cruel! Basta; no agraves
las penas que me están atormentando.
¡patria, cuánto me cuestas! En tus aras
el sacrificio de mis dichas hago.
¡Suerte tremenda!... Sí, la tiranía
va, Elvira, para siempre a separarnos...
Mas no será, si decisión encuentro
en tu ardoroso pecho... Ven, tus pasos
dirige, ¡oh dulce bien!, en este instante
conmigo a la capilla del palacio.
De un ministro de Dios en la presencia,
sin pompa, sin inútil aparato,
ahora mismo, mi Elvira, celebremos
el enlace dichoso que anhelamos;
y, tranquilo y feliz, desde las aras
volaré a defender los fueros santos
de mi patria adorada, y nuevo aliento
dará el amor a mi robusto brazo.
Vamos, Elvira, pues. Siendo tú mía,
¿qué tengo que temer de los tiranos?
Nada. Sígueme, ven.
ELVIRA.
¡Ah mi Lanuza!
¡Tal precipitación...! ¿Qué sobresalto
pintado miro en tu confusa frente?...
¡Me hielo de temor!... Cuando un asalto
amenaza a estos muros y a torrentes
la sangre va a correr... En tan aciago
momento..., tú, sin que tu anciana madre,
y yo, sin que mi padre idolatrado...
LANUZA.
¡Oh! ¿Qué dices, Elvira, qué pronuncias?...
¡Infelice de mí!
ELVIRA.
De horror me pasmo.
LANUZA.
¡Ay!... Yo la adoro, y el feroz Destino
va a robar a mi amor todo su encanto!


Escena IV

 

LANUZA, ELVIRA y HEREDIA

 
HEREDIA.
Dejad, señor, cuidados amorosos
y a los muros volad, que ya llegaron
los momentos de gloria y de venganza
que, ansiosos, los valientes esperamos.
Del opresor Filipo las legiones
cubren ya en torno los vecinos campos
que el Ebro con sus ondas fecundiza.
Ondean los pendones castellanos
agitados del viento. El sol relumbra
en las lorigas y bruñidos cascos;
los relinchos, las trompas y atambores
ensordecen el aire. El cielo vago
de ardiente polvo empaña densa nube,
y los tercios y escuadras, ocupando
las cercanas colinas, amenazan
muerte y desolación. Mas los bizarros
hijos de Zaragoza, con desprecio
ven su orgullo feroz y sanguinario.
y disponiendo tiros fulminantes
las almenas, valientes, coronaron,
y ocupan los robustos torreones,
y lidiar y vencer sólo anhelando,
de muerte o libertad el noble grito
resuena por doquier. Lanuza, vamos.
LANUZA.
Vamos, amigo: aprendan hoy los pueblos
a defender sus fueros sacrosantos.
ELVIRA.
¡Lanuza! ¡Oh Dios!...
HEREDIA.
¡Señora!
LANUZA.
Pronto, Elvira,
con la victoria tornaré a tus brazos.
ELVIRA.
Tu vida el Cielo salve...
LANUZA.
Y a mi patria.
o muera yo si triunfan los tiranos.


Escena V

 

LANUZA, HEREDIA y LARA

 
LARA.
Esperad, esperad; aun el momento
de combatir, Lanuza, no ha llegado.
Aunque los tercios de Castilla ocupan
de Zaragoza los vecinos campos,
en cuanto vieron nuestros altos muros,
ora al notar el bélico aparato
y la actitud valiente y decidida
del noble pueblo aragonés, o acaso
por no ser su intención el combatirnos.
su marcha suspendieron. Yo, observando
desde una torre estaba, cuando advierto
que hacia estos muros con ligero paso
un personaje, que en las altas plumas
y en la armadura y andaluz caballo
mostraba ser de cuenta, se acercaba
una bandera blanca tremolando.
Desciendo al punto por aquella parte,
con una escolta del rastrillo salgo,
me acerco, y reconozco a Bobadilla.
Quiso ceñir mi cuello con sus brazos;
pero yo lo rehusé. De su venida
le pregunto el objeto, y, extrañando
mi desdén, dijo que tan sólo viene
de parte del caudillo castellano,
que entrar en la ciudad y hablar contigo
quiere, a pedir seguro. Y aguardando
tu respuesta quedó.
HEREDIA.
No haya seguro,
ni tregua, ni escuchemos de tiranos
proposición alguna. Guerra y muerte
y venganza, y no más.
LARA.
Tu celo aplaudo,
generoso infanzón; de Alonso Vargas,
como a ti, las propuestas me indignaron
en el primer momento, y, decidido,
díjele a Bobadilla: «Hacia tu campo
vuelve, pues el entrar en Zaragoza
es de tu general intento vano.»
Mas él me contestó: «Modera, amigo,
ese noble valor y ese entusiasmo,
tal vez perjudicial; y te conjuro
por tu patria y honor a que embarazo
no opongas a la entrada en estos muros
del generoso Vargas, si es que salvo
quieres ver a Aragón, sin que padezcan
sus sacrosantas leyes menoscabo,
y evitar mil horrores, mil desastres
y guerra entre españoles, entre hermanos.»
Esto me dijo; y yo sobre mis hombros
de la repulsa el responsable cargo
no me atreví a tomar; y a ti, Lanuza,
me pareció debido noticiarlo.
A ti te cumple resolver.
LANUZA.
Amigo.
tu determinación prudente alabo.
Y si evitar se pueden los horrores
de la guerra civil, y si logramos
salvar las leyes de Aragón sin sangre,
entre, pues, el caudillo castellano.
Doy el seguro...
HEREDIA.
Insisto en oponerme.
Guerra, guerra, y no más.
LANUZA.
Guardar intacto
de nuestras libertades el tesoro
nuestro afán debe ser. Si conservarlo
no se puede sin guerra y sangre y muerte,
de guerra y sangre y muerte echemos mano.
Mas antes al broquel que de la espada
echómosla esta vez, y concedamos...
HEREDIA.
Sólo lidiar...
LARA.
Permíteme repita,
¡oh noble Heredia!, que tu celo aplaudo.
Conoce, empero, que causar pudiera
a España la repulsa graves daños.
¿Qué sabemos si el pobre Alonso Vargas
el nombre de Padilla recordando,
seguir pretende sus gloriosas huellas,
y en vez de combatirnos a ayudarnos
viene, y a que Aragón se una a Castilla,
causa común de libertad formando?
Y si tal heroísmo y fortaleza
no le es dado abrigar, ¿no puede acaso
temer el embestirnos, y, cobarde,
partidos ventajosos presentarnos,
que de Aragón la libertad afirmen,
y que fuera imprudente no escucharlos?
Mas doy que ni seguir nuestras banderas
quiere, ni hacernos ventajosos pactos,
sino que sólo diferir procura
el momento dudoso del asalto.
Considerad, considerad os ruego
lo que puede importar el dilatarlo.
Cortas las fuerzas son, aunque valientes
que a Zaragoza guardan; de Barbastro,
de Albarracín, de Terüel, de Huesca,
las decididas huestes no llegaron.
Con ellas es seguro nuestro triunfo;
sin ellas... Mas, amigos, no perdamos
el tiempo inútilmente: la justicia,
la razón, la prudencia, aconsejando
están dar el seguro.
HEREDIA.
Siempre temo
ocultas tramas, encubierto engaño.
LANUZA.
Graves de Lara son las reflexiones.
Entre al momento el general contrario.
Tu amigo le conduce. En tanto, Heredia,
convoca de Aragón los diputados,
mientras yo corro en torno las murallas,
la vigilancia en ellas aumentando.
¡Oh Dios, eterno Dios, benigno mira
a este pueblo valiente, y con tu amparo
guarde su libertad, guarde sus leyes
sin que haya menester para lograrlo
apelar a la guerra asoladora,
azote atroz del miserable humano!