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ArribaAbajoActo tercero


Escena primera

 

LANUZA, presidiendo a doce diputados, que estarán sentados por orden. Entre ellos, LARA y HEREDIA. Guardia de soldados aragoneses, pueblo en pie al fondo del teatro

 
LANUZA.
Representantes del heroico reino
aragonés, apoyos de la patria,
de sus fueros valientes defensores
y del pueblo consuelo y esperanza:
si al ver nuestros clamores desoídos,
y nuestras libertades ultrajadas
por el pérfido arrojo de un tirano,
que en vez de gobernar oprime a España,
jurar supimos contrastar su furia
y sostener las leyes adoradas
con que nuestros mayores nos dejaron
libertad y poder, honor y fama,
y jamás a afrentoso infame yugo
tender el cuello y amoldar el alma,
llegado es ya el momento venturoso
de que en obras se tornen las palabras,
por nuestra decisión mirando el mundo
las glorias de este reino aseguradas.
Hoy el Cielo tal vez, ¡oh aragoneses!,
benigno protector de nuestra causa,
hoy quiera coronar nuestra justicia,
sin que en sangre tiñamos las espadas.
Esas huestes altivas que nos cercan,
y que a guerra feroz nos provocaban,
parece que al mirar estos adarves
que el patriotismo y las virtudes guardan,
nuestro denudo admiran y respetan,
temen lidiar y su valor desmaya.
Para hacemos propuestas importantes
pidió su general Alfonso Vargas
un seguro; seguro a que un momento
dudé acceder; mas luego la esperanza
de evitar una guerra asoladora,
si nuestro honor y libertades patrias
nos es posible conservar sin ella,
me movió, al fin, a permitir su entrada,
y aquí va a aparecer. Representantes,
escuchémosle, pues, y con la calma
digna de un pueblo libre que defiende
fueros sagrados, leyes sacrosantas.
Si propone dejar esta riqueza
que tanto idolatramos pura, intacta,
y retirar al punto sus pendones
del territorio aragonés, renazca
la dulce paz, conclúyase la guerra,
vuelva Filipo a ser nuestro monarca,
y no haya más discordia entre españoles,
pues justicia queremos, no venganza.
Mas si intentare, acaso, seducirnos,
o astuto derrocar nuestra constancia,
o ministro de un déspota insolente
insultarnos osare su arrogancia,
proponiendo la afrenta y el oprobio
como medio de paz, al punto salga,
mas respetado y sin ofensa alguna,
del recinto sagrado de esta plaza,
y reciba en el campo, en noble guerra,
el galardón de su imprudente audacia.
Póngase al frente de sus bravos tercios
que el morado pendón viles infaman,
y que olvidan, sedientos de exterminio,
los duros hierros que a Castilla enlazan,
y con ellos osado y ciego embista
de Zaragoza fosos y murallas;
su arrojo en ellas mirará estrellarse,
cual en escollos de la mar la saña.
Y si la suerte se nos muestra esquiva,
y el iracundo Cielo nos contrasta,
muramos con honor, muramos libres,
húndase Zaragoza en las entrañas
de la espantosa tierra, libre, empero,
antes que exista sin honor y esclava.
Si lo manda el Destino, perezcamos;
mas encendiendo vengadoras llamas,
que consuman a opresos y opresores
y hagan gloriosa, eterna, nuestra fama.
Sagunto así por sostener un pacto,
por defender su libertad Numancia,
son hoy escombros, de invasores miedo;
son hoy cenizas y blasón de España.
Mas no temamos que de Dios el brazo
así abandone nuestra justa causa;
antes ufanos esperar debemos
victoria, triunfo, inmarcesibles palmas.
Lara, conduce a este lugar al punto
al jefe de las huestes castellanas.


Escena II

 

Los mismos; LARA y VARGAS

 
 

Al entrar dará muestras de turbación y sorpresa

 
LANUZA.
¿Qué os turba, castellano, la presencia
de un pueblo libre que sus leyes santas
jurado ha sostener? Habla; y al reino
aragonés instruyan tus palabras
de tu intento, a pedir entrar seguro
suspendiendo la furia de las armas.
VARGAS.
No este aparato imponedor me turba,
aunque el mirarme en medio de él me pasma.
Yo he pedido una tregua y un seguro
para hablar con Lanuza, y esperaba
hallarle a solas, verle do mis brazos,
mi cariño y mi amor le recordaran
donde pudiera...
LANUZA.
Basta; en este día
ni Lanuza soy yo, ni tú eres Vargas.
Tú eres el adalid de un rey tirano
que intenta esclavizar mi cara patria.
Yo, el caudillo de un pueblo generoso
que ama sus leyes y juró salvarlas.
Hoy nada tienes que tratar conmigo;
el reino de Aragón es con quien tratas,
VARGAS.
El reino de Aragón, modelo siempre
de lealtad, de prudencia y de constancia
El reino de Aragón, que hasta Bizancio
los pendones llevó de sus monarcas,
rebelde ahora...
LANUZA.
Tan odioso nombre
al reino de Aragón jamás le cuadra;
sólo rebeldes son los orgullosos
que en contra de las leyes se declaran.
VARGAS.
¿Quién osa contra el rey...?
LANUZA.
Ahora no tiene
rey Aragón.
VARGAS.
Felipe.
LANUZA.
Sólo mandan
los reyes por la fuerza irresistible
de la ley que juraron, si la guardan.
Mas al momento que la infringen pierden
los derechos al solio, y lo profanan.
VARGAS.
Felipe, padre de la España toda
piadoso escuchará vuestras demandas;
y el remedio...
HEREDIA.
¡Piedad!... Con, los esclavos,
no con un pueblo libre debe usarla;
no una infame piedad, justicia sólo
es lo que el reino de Aragón reclama.
VARGAS.
¿Y puede reclamarse la justicia
al horrísono estruendo de las armas...?
HEREDIA.
Son el único apoyo de los pueblos
cuando el vil despotismo los ultraja.
VARGAS.
Orden, moderación, son las divisas
de aquellos que defienden justas causas,
Son el apoyo firme de los buenos.
HEREDIA.
¡Orden! ¡Moderación! ¡Vanas palabras
con que los degradados, los cobardes,
su necedad y su pavor disfrazan!
LANUZA.
¡Orden! ¡Moderación! ¡Prendas divinas
que los astutos déspotas profanan!
Orden a la quietud de los sepulcros
y a la degradación de siervos llaman.
Moderación al sufrimiento indigno
con que el esclavo a su señor acata.
Dejad reconvenciones, castellano,
que no es dado a Aragón el tolerarlas.
Proponed, y no más.
VARGAS.
Zaragozanos,
escuchad., pues, con reflexión y pausa,
propias de generosos infanzones
que sólo el bien anhelan de su patria,
las propuestas de un rey, de un rey benigno
que perdona extravíos si dimanan
de valor y virtud; que olvida ofensas,
y sólo quiere ver felice a España.
Si vuestras leyes menoscabo sufren,
magnánimo os ofrece restaurarlas.
Como padre los brazos os presenta;
en ellos de Aragón la paz renazca,
Cese la agitación que hoy lo destroza;
las huestes deshaced, dejad las armas.
Y vuestros fueros os serán guardados,
las antiguas costumbres respetadas,
de justicia mayor el ministerio
tendrá la autoridad que la ley manda,
y ser rey de Aragón libre y glorioso
será el timbre primero del monarca.
En él su dicha y sus desvelos cifra;
así os lo ofrece su real palabra,
así os lo ofrezco yo. Mas prenda sea
de reconciliación, que al punto abra
Zaragoza sus puertas a las tropas
del rey, y que al momento a mí entregada
de Pérez quede la persona infame,
promovedor tal vez de estas desgracias.
Torne el virrey, los magistrados tornen
la ciudad a regir; no habrá venganzas,
no castigos; olvido solamente,
generoso perdón...
LOS DIPUTADOS y el PUEBLO.
¡Perdón!... ¡Oh infamia!
HEREDIA.
Nosotros nunca fuimos delincuentes.
PUEBLO.
O muerte o libertad.
LANUZA.
¡Oh voces santas,
dignas de aragoneses, de hombres dignas
que en su espléndido honor no sufren mancha!
Libres seréis; en vuestros pechos arde
del patriotismo y del honor la llama;
dignos sois de ser libres, seréis libres,
que el Cielo vengador el triunfo os guarda.
y tú, audaz castellano; tú, caudillo
de las huestes de un rey, ¿con qué arrogancia
osas proposiciones tan infames
hacer a un pueblo decidido? Marcha,
torna a tu campo, ordena tus valientes,
para el combate anima tus escuadras,
y vengan a la lid esos guerreros
que las cadenas sin rubor arrastran.
¿Nuestro valor, nuestro denuedo humillas
y de Felipe la clemencia ensalzas,
y cariño y bondades sólo ofreces,
y gloria y paz y libertad proclamas?
¡Triste del pueblo que en halagos fía
y en ofertas capciosas de un monarca,
que lo que hacer le ordena la justicia
lo ofrece altivo cual si fuera gracia!
Mil bienes nos presentas cauteloso;
mas ¿qué prendas nos das de tus palabras?
¿Que tus tercios al punto recibamos
dentro de Zaragoza?... ¿Que las armas
dejemos de las manos?... ¿Que entreguemos
de Pérez la persona a la venganza
del irritado rey? ¿Y así, empezando
por infringir la ley el restaurarla
nos ofrece?... ¡Oh baldón! Sal de estos muros,
donde obcecado yo te di la entrada;
que buenos todos son, los buenos piensan,
y yo pensé que bueno fuera Vargas.
Perdonad este error a mi deseo,
pueblo zaragozano; imaginaba
que el fuego del honor que ardió en Padilla
hoy ardiera en las tropas castellanas,
y que, siguiendo nuestro ejemplo heroico,
el yugo vil que en Villalar le impuso
de Carlos triunfador la adusta saña,
y que para tan noble y digna empresa
iban a proponernos alianza;
que a sospechar que en el cautivo pecho
de este adalid no cabe empresa tanta,
y que sólo su afán era insultarnos,
no fuera Zaragoza profanada
jamás con su presencia.
VARGAS.
Piedad sólo
me estimuló a venir a estas murallas,
donde insensible a ultrajes y a caricias
opongo a vuestra furia noble calma.
Mas escuchadme por la vez postrera:
vosotros provocáis vuestras desgracias;
jamás me mire de ellas responsable,
ni vuestra sangre sobre mí recaiga;
que cuando rotos vuestros altos muros
y en tierra hundidas vuestras torres altas,
en Zaragoza entraren de exterminio
y confusión y horror acompañadas
mis vencedoras huestes, y estas calles,
pórticos y jardines y anchas plazas
de sangre y de cadáveres se cubran,
y se hundan vuestros techos, y las llamas
consuman los alcázares soberbios,
los templos santos, las humildes casas,
y párvulos y ancianos y mujeres
pasados por el filo de la espada,
todo sea mortandad, llanto, ruina,
os arrepentiréis de vuestra infausta
decisión, implorando vanamente
mi piedad, la clemencia del monarca
que ciegos insultáis.
LANUZA.
Cesa, guerrero;
de Aragón-no conoces la constancia;
si el Cielo ha decretado su ruina,
como salve su honor, no le acobarda.
Retírate a tu campo.
VARGAS.
Antes permite
que el reino de Aragón pida dos gracias,
que si de generoso y de valiente
tanto blasona, no podrá negarlas.
HEREDIA.
Escuchémosle, pues.
VARGAS.
Es la primera
que la tregua prosiga hasta mañana
al asomar el sol. No, aragoneses,
juzguéis que es por temor de la batalla,
ni porque espero reforzar mis tropas;
solamente me mueve a dilatarla
el amor que me inspira vuestro aliento
y el conocer que, acaso, es vuestra causa
justa en el fondo, y con horror los males
ver que a vuestra ciudad, ¡ay!, amenazan.
Hoy debe de tornar un mensajero
que reverente dirigí al monarca,
y que puede traer un resultado
venturoso a Aragón, sin que las armas
y los desastres de ominosa guerra
hagan temblar a la afligida España.
Retárdese la lid, sí, yo os lo ruego,
yo os lo demando en nombre de la patria.
HEREDIA.
Volemos al combate, no más tregua,
no haya más dilación.
PUEBLO.
¡Guerra y venganza!
LANUZA.
Cual vosotros la lid ansioso anhelo,
y en contra de los déspotas la espada
fulminante esgrimir. Mas, ciudadanos,
aunque contemplo inútil la tardanza,
y sé que los tiranos no transigen
con los pueblos jamás, séale acordada
la suspensión que pide, y sepa el mundo
que la española sangre nos es cara,
que sólo combatimos provocados
de una injusta agresión. Hasta mañana
se prolongue la tregua. Aragoneses,
así obra un pueblo justo.
VARGAS.
La otra gracia
es que en mí contempléis a un padre tierno,
que una hija tiene dentro de esta plaza;
permitidme el consuelo, aragoneses,
de verla un solo instante y de abrazarla.
DIPUTADOS.
Justa es su petición.
HEREDIA.
Justa; y al punto
se le debe acordar. Pero que salga
luego de Zaragoza.
LANUZA.
Castellano,
a tu hija abrazarás; luego a la estancia

 (A LARA.)  

condúcele de Elvira, y al momento
fuera de Zaragoza y sus murallas.
Y nosotros, valientes defensores
del heroico Aragón, cuya constancia
será ejemplo en el mundo eternamente,
preparémonos, pues, a la batalla,
que paces esperar del despotismo
es un vano delirio. Nuestra causa
es tan grande y tan justa, que respeto
infunde aun a los mismos que la atacan.
La generosidad y la prudencia
la santifican más, y más la ensalzan,
y con nuevo valor, con mayor brío
y con mayor justicia nuestras armas
sabrán asegurarla para siempre,
pues cuando el nuevo sol sus luces claras
tienda por estos campos, la victoria
coronará las leyes de la patria.


Escena III

 

VARGAS, LARA y VELASCO

 
LARA.
Su altivez y su arrojo, ¿no te irritan?
VARGAS.
Su noble decisión mi pecho encanta,
y por salvarle...
LARA.
Es vano cuanto intentes.
ni ya piedad merece su arrogancia.
A nuestro rey, amigo, obedezcamos,
y sobre estos rebeldes luego caiga
el peso de su cólera. Dispuesto
todo está; nada temas. Ahora abraza
a tu inocente Elvira, y sin demora
parte a poner en orden...
VARGAS.
Tente..., aguarda...
Verme a solas anhelo con Lanuza.
El lo quiere evitar... Si tú...
LARA.
Me pasma
tu flaqueza; no esperes que ese joven
se rinda a la razón.
VARGAS.
Si tú encontraras
medio de que le viese... Acaso...
LARA.

 (Suspenso.) 

Espera;
que contigo se aviste en esta estancia
nos es muy conveniente... Ya sé el modo
de obligarle a venir. Velasco, marcha,
afán y gran secreto aparentando,
en busca de Lanuza, y dile: «Vargas
de sacar a su hija de estos muros
sin tu noticia en este instante trata.»
VELASCO.
Os comprendo... Seréis obedecido,
y aquí vendrá Lanuza sin tardanza.
LARA.
Cuando tú adviertas que hacia aquí sus pasos
cuidadoso dirige, de él te apartas,
con el virrey te avistas y de mi parte
le encargarás que al arrabal se vaya.
Mas antes dile a Elvira, sin que sepa
qué su padre está aquí, que al punto salga.


Escena IV

 

VARGAS y LARA

 
VARGAS.
Tu intento no descubro...
LARA.
Pronto, amigo,
vas a ver a Lanuza. De las gracias
de tu inocente hija y de sus ruegos
válete, y puede ser que su arrogancia
vacile y que le venzas. ¡Logra tanto
con un joven el lloro de su dama!
Tú insiste en que pretendes de estos muros,
para que a ellos jamás vuelva, sacarla.
Mas nunca te la lleves, nunca, amigo;
tenerla en Zaragoza es de importancia.
Segura está; Lanuza... Mas ya viene
tu Elvira. En breve torno, y nada, nada
te asuste... Mi prudencia me sugiere
una trama feliz.


Escena V

 

VARGAS Y ELVIRA

 
 

Sale con VELASCO que al punto se va detrás de LARA

 
VARGAS.
¡Hija adorada!
ELVIRA.

 (Arrojándose en los brazos de VARGAS con gran ternura.) 

¡Padre! ¡Padre!... ¡Gran Dios! Mi padre. ¿Es cierto?
¿Cómo dentro, señor, de estas murallas?
VARGAS.
Mi suerte inexorable, amada Elvira,
me trae a combatirlas, a arruinarlas,
por el ciego ardimiento de tu amante,
insensible a mi amor y a mis plegarias.
ELVIRA.
Qué, ¿le habéis visto ya? ¿Ya en vuestros brazos?
VARGAS.
Sí; le vi, por mi mal.
ELVIRA.
¡Dios!... ¡Qué palabras!
¡Me hielan de terror!... ¡Oh padre mío!
Estando vos en Zaragoza, nada,
nada me asusta, ni asustarme debe.
Mi Lanuza os respeta, me idolatra.
¡Oh, qué dulces caricias y desvelos,
qué ternura y afán su madre anciana
sin cesar me prodiga!
VARGAS.
¡Ay inocente!
Soy jefe de las huestes castellanas
que a Zaragoza sitian. De mi airado
rey me encuentro ministro de venganzas.
ELVIRA.

  (Con extremada agitación.) 

Lanuza... Mas él llega...
VARGAS.
Hija querida,
une tu tierno llanto a mis plegarias;
roguémosle...


Escena VI

 

VARGAS, ELVIRA y LANUZA

 
LANUZA.
¿Quién es, quién el aleve
que osa el dulce tesoro de mi alma
robarme sin piedad?
VARGAS.

 (Enternecido) 

¡Hijo!... ¡Lanuza!
LANUZA.
Al momento salid de estas murallas,
orgulloso adalid del despotismo.
VARGAS.
¡Ah! No ultrajes mi amor... Mira a tu amada...
Ve su pálida faz...
LANUZA.
Tiembla, insensato,
y no esperes triunfar de mi constancia.
¡Elvira! ¡Elvira mía! Yo te adoro...
ELVIRA.
¡Lanuza!... ¡Oh Dios! Tu aspecto me acobarda.
¿Y no conoces a mi amante padre...?
¿Al amigo del tuyo...?
LANUZA.
Elvira, calla;
sí, calla, por piedad. Ese guerrero
no es el noble, el ilustre Alfonso Vargas.
Mas dime: ¿me abandonas? ¿Tú consientes
en salir para siempre de este alcázar?
ELVIRA.

 (Temblando.) 

¡Yo!...
VARGAS.
Elvira al punto se vendrá conmigo;
a seguir a su padre está obligada.
ELVIRA.
¡Señor! ¡Oh padre mío!
LANUZA.
¡Monstruo horrendo!
No lo consentiré, no.
VARGAS.
Ya degradan
mi carácter excelso y mis laureles
tanto insulto y tan necia tolerancia.
Sí, soy su padre; de la atroz ruina
de esta infeliz ciudad, que por tu audacia
va pronto a no existir, salvarla quiero.
Sígueme, Elvira; ven.
ELVIRA.
¡Desventurada!
¡Qué horror! ¡Padre! ¡Lanuza!
LANUZA.
¿Y me abandonas?
ELVIRA.
¡Lanuza..., ¡oh Dios! mi padre me lo manda!
LANUZA.
¿Y yo te he de perder?
VARGAS.
Y para siempre.
ELVIRA.
Si con verdad me adoras...
VARGAS.
Conservarla
está en tu mano.
LANUZA.
¡Oh seducción horrible!
Perdona mi dolor, soy hombre, ¡oh patria!
Mas no la robarán. Cruel verdugo,
tiembla mi enojo y mi tajante espada.
ELVIRA.

 (Con gran temor, conteniéndole.) 

¡Cielos! ¡Qué horror! ¡Lanuza!
VARGAS.
¿Y qué dominio
tienes sobre mi hija?... ¿Y tú te jactas
de virtud y de honor?
LANUZA.

 (Abatido.) 

¡Elvira mía!
¿Mi amor olvidas? ¿Huyes de este alcázar
para siempre...?
ELVIRA.
Mi padre...
LANUZA.
¡Oh cruda suerte!
Por piedad, por piedad, Alfonso Vargas,
no me arranquéis...


Escena VII

 

VARGAS, ELVIRA, LANUZA y LARA, con algunos del pueblo, que habrán oído los últimos versos

 
LARA.
Lanuza, el pueblo airado
en altas voces sublevado clama
porque al punto el caudillo castellano
torne a su campo. De su ciega rabia
temo que del seguro el fuero rompa,
y acaso...
LANUZA.
Cesa; tu sospecha es vana;
jamás un pueblo libre así atropella
la fe del pacto, Don Alfonso Vargas,
salid de Zaragoza en el momento.
Yo os acompañaré.
VARGAS.
No me acobarda
de la plebe el furor... Pero mi Elvira...
LARA.
Segura queda aquí, podéis dejarla.
Vos marchad al instante. ¡Padre mío!
ELVIRA.

 (Abrazando a VARGAS.) 

¡Oh discordia fatal!... ¡Oh guerra infausta!