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Escena I

 

MATILDE y HUGO

 
HUGO.
Alta princesa, en este mismo instante
acaba de llegar el gran prelado
de la opulenta Tiro, y a sus plantas,
príncipes, y caudillos, y soldados
corren llenos de gozo y de ternura
su bendición a recibir. ¡Qué encanto
de sublime virtud brilla en su frente,
do el venerable curso de los años
esculpió candidez y alta prudencia!
Su humildad, su sencillo y pobre ornato,
su luenga y blanca barba, a nuestros ojos
de un apóstol ofrecen el traslado.
Todos anhelan verle, y se atropella
la multitud para salirle al paso.
Y él, tendiendo las manos a los cielos
y lágrimas de gozo derramando,
da gracias al Señor Omnipotente,
que le torna, otra vez a los cristianos.
MATILDE.
¡Oh Dios!... ¡Dios de bondad!... ¿Y viene solo?
HUGO.
El príncipe Malek viene a su lado.
MATILDE.
¿Malek-Adhel?
HUGO.
Malek-Adhel, señora;
y la visera levantada en alto
muestra a la muchedumbre aquel semblante
do luce el heroísmo, y de admirarlo
nadie se excusa, que virtud y gloria
al mayor enemigo tornan grato.
MATILDE.
¿Y dónde está? Decid.
HUGO.
Su tarda huella
Guillelmo dirigía hacia el palacio
del legado apostólico.
MATILDE.
¿Y adónde
el príncipe Malek?


Escena II

 

MATILDE, HUGO y MALEK-ADHEL

 
MALEK-ADHEL.
El Cielo santo
a tus plantas me trae.
MATILDE.
¡Adhel!
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!
MATILDE.
¡Eterno Dios!... ¿Es ilusión?... Su labio;
me asegura que el Cielo le conduce...
Dios de piedad, benigno Dios... ¿Amarlo
será ya permitido al pecho mío?
MALEK-ADHEL.
¿Qué escucho?... ¿Qué rigor?...
MATILDE.
¿Os ha enviado
Guillelmo a este lugar?... ¿La voz eterna
de Dios que os llama?... ¿Los consejos sabios
del piadoso arzobispo?... ¿Los errores?... ¿Sabéis?...
MALEK-ADHEL.
¡Matilde! Sólo sé que os amo.
Que es mi pecho un volcán que me devora
y que estoy junto a vos... He libertado
a Guillelmo del filo de la muerte,
que ya estaba su cuello amenazando.
A Ptolomayda, libre, le he traído.
Ya mi oferta cumplí... Ya se lograron
vuestros deseos... ¡Ah!...¡ Cuántos te mores!...
¡Qué esperanza falaz!...
MATILDE.
¡Dios!... ¡Qué agitado !...
¡Qué incertidumbre!... Príncipe...
MALEK-ADHEL.
Matilde,
mi mente funestísimos presagios
encuentra donde quier... Ningún consuelo
basta a mi corazón... ¿De quién lo guardo?
¡Hugo!... ¡Matilde!...
MATILDE.
¡Dios!
HUGO.
Príncipe augusto:
¿por qué tanto temor, tal sobresalto?
MALEK-ADHEL.
¡Ay amigo!
HUGO.
¡Señor!
MALEK-ADHEL.
Todo conspira
contra Malek-Adhel... Esos prelados
decidirán... De Lusiñán conozco
la astucia, el ascendiente... Sí, Ricardo...
HUGO.
Calmad la agitación que os enajena.
El prudente Guillelmo...
MATILDE.
Nuestro amparo,
nuestro apoyo será.
MALEK-ADHEL.
¡Matilde! ¡Cielos!
MATILDE.
¡Ah!, me estremezco... ¡Oh Dios! Procuro en vano
preguntarle... Y él.¿qué? ¡Cielos! Cuál temo
escuchar su respuesta... Demostrando
está su turbación, ¡Adhel!... ¡Ay triste!
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!
MATILDE.
¿Qué...?
MALEK-ADHEL.
Matilde, ¿se borraron
de vuestro pecho ya...
MATILDE.
¿Qué?
MALEK-ADHEL.
...las ofertas
que nadie más que el Cielo y yo escuchamos
de vuestro amor en medio del desierto
y de la muerte atroz casi en los brazos?
MATILDE.
¿Borrarse de mi pecho? ¿Qué pronuncia
mi amado Adhel?... ¡Ah!..., ¿Dudas?...
MALEK-ADHEL.
¡Tan amargo
es mi destino!
MATILDE.
Pues de vos depende
nuestra felicidad... Sí... El Cielo santo...
MALEK-ADHEL.
¿Seréis mía, Matilde?
MATILDE.
En la presencia
del Dios eterno, cuyo justo brazo
castiga inexorable a los perjuros,
mi pecho a un tiempo, príncipe, y mi labio
confirman el sagrado juramento
de ser vuestra o de nadie. Aseguraos
de mi verdad, Malek. Heme dispuesta
a unirme a vos con duradero lazo
por una eternidad. De vos tan sólo
una respuesta nada más aguardo.
¿Conocéis ya a mi Dios?... ¡Decid!
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!
¿Qué pretendéis?... ¡Cruel!
MATILDE.
¡Desventurado!
¿Qué?... Nuestra eterna dicha solamente.
Y vos ¿la rehusaréis?... ¡Adhel!... ¿Negaros?...
HUGO.
Príncipe, reparad que hacia este sitio
se acerca Lusiñán apresurado.


Escena III

 

MATILDE, HUGO, MALEK-ADHEL y LUSIÑÁN, que sale con la espada en la mano.

 
LUSIÑÁN.
¿Qué altivo musulmán tiene la audacia
de hollar con planta osada este palacio?
¿Quién?...
MALEK-ADHEL.
Yo: Malek-Adhel.
LUSIÑÁN.
¿Cuándo pensaba
no tornaros a ver sino en el campo,
ceñida la coraza refulgente,
donde, por siempre, fueran acabados
al fulminante impulso de mi lanza
nuestra rivalidad, nuestros insanos
debates, nuestros odios, que extinguirlos
ni aun la muerte podrá, vuelvo a encontraros?
¿Y dónde?... Aquí... ¡Oh furor!...
MALEK-ADHEL.
Ese importuno
denuedo reprimid, y sosegaos,
¡oh Lusiñán!; a la princesa augusta,
en cuya alta presencia nos hallamos,
respetad cual debéis. Y respetadme
como enemigo vuestro, que, fiado
en las juradas treguas, ha venido
de buena fe y de paz a este palacio,
a rendir a Matilde el homenaje
debido a su virtud, beldad y encanto.
Ni vuestro altivo orgullo ni ese acero,
que injusto brilla en la indignada mano,
pueden darme pavor en este sitio,
cuando en la lid jamás me lo causaron.
Ahora es tiempo de paz.
LUSIÑÁN.
Paz vergonzosa.
MALEK-ADHEL.
Cual ofendido habláis, y no me pasmo.
Esa arma retirad, que no me asusta.
Deponed ese bélico aparato...
Aquí no asienta bien...
LUSIÑÁN.
Si aquí no asienta,
asentará, ¡oh Malek, cuando vengando
mi religión, mi amor, mi fama y trono
a vuestra altiva frente arranque el lauro
que orgulloso ostentáis.
MALEK-ADHEL.
Si esa esperanza, Lusiñán,
os consuela por acaso,
esperad a que llegue tal momento,
que el Destino, quizá, puede guardaros.
LUSIÑÁN.
Y que tarda, y que tarda a mi impaciencia.
MATILDE.
Rey de Jerusalén, ¡eh!, reportaos.
Moderad ese orgullo y demasía.
Cuando todo el ejército cristiano,
fiel a su honor y a su jurada tregua
prodiga obsequios mil a los vasallos
del triunfante y glorioso Saladino,
¿vos solo osáis con atrevido labio
las paces perturbar? ¿Y así, orgulloso,
desnudáis el acero en el sagrado
asilo de mi estancia?
LUSIÑÁN.
¡Oh Dios!... Princesa:
perdonad, perdonad; como encargado
de la custodia vuestra...
MATILDE.
¿Y qué enemigos
a mi seguridad han atentado?...
Aquí el príncipe entró con mi anuencia,
y puede entrar cuando quisiere a salvo;
y ese celo imprudente y ese arrojo
que refrenéis, ¡oh Lusiñán!, encargo.

 (A MALEK-ADHEL, llevándole aparte.)  

Príncipe, el tiempo vuela. Los afectos
en que estáis hora mismo naufragando
conozco bien. Mas si mi amor de todos
puede triunfar, y todos apagarlos,
deponedlos por mí. Vuestra alma entera
ocupad, embebed en un cuidado
más grande y eminente. No se trata
de intereses al tiempo limitados.
A los eternos dirigid la mente.
Mi pecho, por mil dudas devorado,
teme, sospecha, duda, desespera...
Mas ¿qué digo?... Malek, marchad volando;
al arzobispo ved; aún puede haceros
de mi amor digno su consejo sabio.
Prestadle honda atención.
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!... ¡Ah triste!
MATILDE.
Ya Dios no me permite el escucharos.
A Guillelmo buscad... ¡Ay!, de que restan
cortísimos Momentos, acordaos.
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!... Bien... Humilde, os obedezco.


Escena IV

 

MATILDE, HUGO y LUSIÑÁN

 
MATILDE.

 (Al ver que LUSIÑÁN quiere seguir a MALEK-ADHEL.) 

Lusiñán, Lusiñán, ¿adónde el paso
intentáis dirigir?
LUSIÑÁN.
¡Cruel Matilde!
MATILDE.
Esperad, esperad.
LUSIÑÁN.
¡Ah!... Será en vano
intentar seducir al jefe augusto
de la iglesia de Tiro.
MATILDE.
Vuestro labio,
¿qué se atreve a alentar? ¿Qué vil ponzoña
ese pecho maléfico ha engendrado?...
¡Seducir, seducir!... ¿Así ultrajarme?
¿Cómo habláis con tan torpe desacato?
¿Qué pretendéis de mí?...
LUSIÑÁN.
Basta, Matilde;
de pesares sin fin soy triste blanco.
Sé que me aborrecéis.
MATILDE.
Vuestra altiveza,
vuestra rabia feroz y orgullo insano,
¿qué deben esperar?
LUSIÑÁN.
¡Destino horrible!
Ardo en amor, el fulminante rayo
no es más voraz que la insaciable llama
en que por vos, ¡ay mísero!, me abraso.
A la vista cruel de ese dichoso
competidor, el pecho me agitaron
mis afectos terribles... El pretende
que le ceda mi reino y vuestra mano...
¿Y aún he de reprimir?...
MATILDE.
¿Qué estáis diciendo?
¿Cómo ha de pretender, ni imaginarlo,
que le cedáis un reino que, animoso,
ha sabido en la lid arrebataros?...
¿Cómo que le cedáis la mano mía,
mía, y de nadie más?...
LUSIÑÁN.
Soy desdichado,
princesa; harto lo sé.
MATILDE.
¡Gran Dios, Guillelmo!
Guillelmo se aproxima con Ricardo.


Escena V

 

MATILDE, HUGO, LUSIÑÁN, GUILLELMO, RICARDO y PRÍNCIPES CRUZADOS

 
MATILDE.
¡Oh gran Guillelmo! ¡Oh venerable apóstol!
HUGO.
Consuelo del ejército cristiano,
¡oh virtuoso padre! ¿Al fin los cielos
a nuestro seno os tornan? ¿Qué contrario
destino dilató tan dura ausencia?
¿Qué suceso feliz e inesperado
el volveros a ver nos proporciona?
GUILLELMO.
De Dios eterno los decretos santos
humildes adoremos. Los destinos
de los mortales penden de su mano
omnipotente. A dar el cumplimiento
debido al ministerio de mi cargo,
a recorrer los pueblos oprimidos,
a consolar sus míseros cristianos,
me alejé de estos muros, y aún la tregua,
cual sabéis, no se había declarado.
Estuve en Ascalón y en Cesarea
los tristes cautivos confortando,
y pronto ya a tornar, los sarracenos
a descubrirme llegan; indignados
me acometen, me cargan de prisiones;
ni mi carácter ni mis largos años
su saña templa y furibundo encono,
y a Jafa me conducen como esclavo.
Ayub, que la gobierna, y cuyo pecho
de crueldades jamás se ve saciado,
en mí cebó su vengativa furia
y decretó mi muerte en un cadalso.
Fui sumido en un hondo calabozo,
de horrísonas cadenas abrumado;
y ya el día fatal se aproximaba,
cuando miro caer hechas pedazos
de la prisión las redobladas puertas
y un guerrero llegar; su fuerte brazo
quebranta mis pesados eslabones;
de la horrenda mazmorra, apresurado,
me saca y me liberta.
RICARDO.
Gran Guillelmo
¿y a quién, a quién, decid, auxilio tanto
debisteis?... ¿Conocéis?...
GUILLELMO.
¡Ah!... Sí; conozco
a mi libertador, noble Ricardo.
LUSIÑÁN.
¿Y quién?...
GUILLELMO.
Malek-Adhel.
LUSIÑÁN.
¿Cómo?
GUILLELMO.
No acierto,
señor, por qué ocultísimo milagro
de la alta inescrutable Providencia
a libertarme encaminó sus pasos,
cuando todo parece conspiraba
a detenerle en Ptolomayda.
RICARDO.
Extraño
suceso, a la verdad! ¿Y cómo pudo
saber de vos Malek, ir a buscaros
y llegar tan a tiempo?..., son misterios,
¡oh arzobispo de Tiro!, que no alcanzo.
GUILLELMO.
Misterios de virtud y de heroísmo
que no osaré jamás interpretarlos,
or respeto a la mano generosa
que obra el bien sin querer manifestarlo.
No es la primera vez que le he debido
la vida al gran Adhel. Allá en Damasco
me libertó también de los tormentos
y de la muerte. El Cielo ha destinado
a ese príncipe insigne y generoso
para sacarme del peligro a salvo.
LUSIÑÁN.
¡Cuán prevenido estáis, ¡oh gran Guillelmo,
a favor de Malek veo con pasmo!
Y tanta prevención me da temores;
perdonad lo pronuncie sin reparo,
de que la integridad debida altere
para la decisión que ya esperamos
y que de vos, señor, depende sólo.
GUILLELMO.
Mucho estimo a Malek. ¿Por qué negarlo?
Sí, le profeso paternal ternura.
Sus excelsas virtudes y los rasgos
de su heroísmo a amarle me obligaran,
si la fiel gratitud un deber sacro
no me impusiera, Lusiñán, de amarle.
Y yo haré en el consejo a los prelados
de ese príncipe insigne el justo elogio
como vos lo escuchaste. ¿Es necesario,
cuando de sostener se trata sólo
de la alma religión los sacrosantos
derechos, ser injusto?
LUSIÑÁN.
¿Por ventura
queréis en su favor manifestaros?...
¿Intentáis?...
GUILLELMO.
Lusiñán, mis intenciones
no estoy a conferiros obligado.
Mas espero que el ojo penetrante,
que ve la oculta marcha de los astros,
las arenas del mar, y a cuya vista
no hay presente, futuro ni pasado,
contento quedará de mis ideas.
RICARDO.
¿Y quién dudar pudiera, ¡oh padre amado?...
GUILLELMO.
¿Y aunque dudaran, ¡oh señor!, debiera
quejarme yo ni concebir agravio?
Soy hombre y nada más. Todo hombre es frágil,
debilidad y error de los humanos
los atributos son, y pues que todos
sujetos al error, ¡gran rey!, estamos,
también a la sospecha y al recelo
lo debemos estar.
MATILDE.
¡Oh varón santo!
¡Apóstol venerable! Vos tan sólo
sois verdadero justo, y por dechado
de virtudes'sin. mancha, el alto Cielo
os concede a la Tierra.
GUILLELMO.
El entusiasmo
con que habláis, reprimid, incauta joven,
para objetos más dignos reservadlo.
Nadie vive en el mundo sin mancilla,
sujetos todos a faltar estamos.
HUGO.
Señor, y al elogiar el heroísmo
del príncipe Malek, ¿podéis acaso
elogiarle a la par de humilde y dócil
en convertirse a Dios y en escucharos?
GUILLELMO.
Príncipe: permitid no satisfaga
vuestra curiosidad... Ya los prelados
me aguardarán reunidos en el templo
adonde debo dirigir mis pasos.