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ArribaAbajoActo tercero


Escena I

 

RICARDO, MATILDE y DAMAS de MATILDE

 
RICARDO.
Se cumplió tu afanar: por complacerte
quedó, Matilde, la sesión suspensa,
y ya el Consejo augusto y venerado
goza del gran Guillelmo la presencia.
Pero ¿qué esperas de él?... ¡Ah! ¿Por ventura
que su celo inflexible dictar pueda
que de Jerusalén el santo trono
ocupe un musulmán, un fiero persa?...
Mas tú anhelaste esperar su voto,
y yo te complací, por lo que espera
tu hermano y rey que a complacerle pronta
e hallará en adelante. La postrera
decisión del Consejo debe al punto
sancionarse, y al punto mis ideas
debes tú coronar.
MATILDE.
¡Oh Dios! ¡Ricardo!
RICARDO.
¿Te demudas?... Matilde, ¿por qué tiemblas?
Educada en el claustro retirado
y dedicada a Dios tu edad primera,
¿cómo tales pasiones vergonzosas
en tu alma pura y cándida se albergan?
Y, aunque justas, y dignas, e inocentes
no criminales ni horrorosas fueran,
¿quién, ¡ay!, puede aprobar el hondo anhelo
con que a su impulso y frenesí te entregas?
Tú, que siempre miraste con desprecio
los goces miserables de la Tierra,
ejemplo de piedad y de virtudes,
¿Ahora en tanto, Matilde, los aprecias?
MATILDE.
Me ofendes, ¡oh Ricardo! No; te juro
que a mi apenado corazón no inquietan
pasajeros afectos al presente,
ni por cosas mortales ves suspensa
mi triste y angustiada fantasía:
pensamientos más altos me enajenan.
¡Oh Dios, Dios de piedad!, a vuestra vista
nada hay oculto en la anchurosa Tierra:
vos penetráis el fondo de mi pecho;
si separarnos es voluntad vuestra,
me resigno sumisa, respetando
vuestros santos decretos... Mas ¿es fuerza
que esta separación, Señor benigno,
por una eternidad terrible sea?...
RICARDO.
No comprendo, Matilde...
MATILDE.
Basta sólo
que el Ser Omnipotente me comprenda.


Escena II

 

MATILDE, RICARDO, DAMAS de MATILDE y HUGO

 
HUGO.
Rey de Albión: volad; en este instante,
de este regio palacio ante las puertas,
el príncipe Malek se ha presentado
y ver a vuestra hermana, ansioso, anhela.
Mas Lusiñán el paso le detiene,
y agitados de cólera funesta
y desnudado el vengativo acero,
sin reparar en la jurada tregua,
combaten con furor. De Palestina,
dice el altivo rey, que en vano intenta
el príncipe llegar a estos salones,
sin antes obtener vuestra licencia.
Apresuraos, señor; ved que la sangre
va a inundar estas plazas.
MATILDE.
¡Oh Dios!, vuela.
No tardes..., por piedad..., Hugo...
RICARDO.
Matilde,
calma esa impropia agitación que ostentas.


Escena III

 

MATILDE, DAMAS de MATILDE y HUGO

 
MATILDE.
Hugo, marchad también... ¡Ay de mí, triste!
¿Conseguirá Ricardo?...
HUGO.
Sí, princesa.
Vuestro pecho aquietad. El rencoroso
Lusiñán, de Ricardo a la presencia,
su furia enfrenará... Y en el momento,
el generoso Adhel...
MATILDE.
¡Oh Dios! Me hiela
la sangre toda el vengativo encono
del atroz Lusiñán.
HUGO.
Aquí se acerca, señora,
el gran Malek, y me retiro,
pues ya el Consejo que concluya es fuerza
su postrera sesión, y yo el primero
tornaré a datos la felice nueva
del decreto que aguardo favorable.
MATILDE.
¡Favorable!... ¡Ilusión que me enajena!


Escena IV

 

MATILDE, DAMAS de MATILDE y MALEK-ADHEL

 
MATILDE.
¡Malek-Adhel! ¡Malek-Adhel!
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!,
de amargura y dolor el alma llena,
vengo a buscar consuelo a vuestras plantas,
y armas y altivo arrojo me lo vedan.
¿Dó estoy? ¿Así el sagrado juramento
quebrantan los cristianos de la tregua?
¿Así ese Lusiñán, fiero y altivo,
del honor militar las leyes huella?
Mas, ¡ah!, si otro enemigo, a quien mis ojos
sin tanto encono ni desprecio vieran,
se hubiese opuesto a mi anhelosa planta,
desnudo el pecho miserable diera
al hierro matador, pues muerte sólo
es el consuelo que a Malek le queda.
MATILDE.
¡Muerte! ¡Qué horror! ¡Adhel! ¡Cielo!, ¿qué dices?
¿Y Guillelmo?
MALEK-ADHEL.
Jamás, Matilde, encuentra consuelo
alguno el que infelice nace.
Vano fue mi anhelar; la suerte adversa
le alejaba de mí; corrí en su busca
por toda la ciudad, vagando en ella;
por el pregunto al duque de Borgoña;
por él, a Alfredo de Turón; no aciertan
a decirme dó está. Torno a este alcázar,
y ya no le hallo en él, sino sus huellas,
y, ¡oh, fortuna terrible!, en el momento
de entrar en el Consejo, ante las puertas
del templo, do se juntan los prelados,
le alcanzo al fin; mas cuando ya no era
tiempo de que escuchara mis acentos.
MATILDE.
¡Eterno Dios! ¡Eterno Dios!
MALEK-ADHEL.
La inmensa
multitud, que a admirarle se agolpaba,
me inspiró el acercarme. A la hora mesma
se cerró el templo. En este horrible instante,
tal vez la decisión ¡Cruel estrella!
MATILDE.
¡Príncipe!
MALEK-ADHEL.
¡Desdichado! Y qué, Matilde,
¿no le podréis hablar?... Posible fuera
suspenderse otra vez...
MATILDE.
Ya no, ¡Dios mío!
MALEK-ADHEL.
Día terrible... Muerte sólo resta.
 

(Quedan MATILDE y Malek en profunda meditación, sentados al fondo del teatro.)

 


Escena V

 

MATILDE, DAMAS de MATILDE, MALEK-ADHEL, RICARDO y LUSIÑÁN

 
LUSIÑÁN.
¡Oh, cuál están! Miradlos; sí, miradlos.
¿De justo encono y de furor no llena
vuestro pecho, ¡gran rey!, ver al impío,
al seductor, al temerario persa
al lado de Matilde?
RICARDO.
Sí; me indigna
el verlo más que a vos.
LUSIÑÁN.
¿Por qué mi diestra
contenéis y el acero aquí pendiente
queréis que inútil y dormido tenga?
RICARDO.
Lusiñán, un sagrado juramento
ha suspendido la horrorosa guerra.
Él viene a mi palacio a fuer de amigo:
soy caballero y ampararle es fuerza,
pues fuera indignidad causar injuria
a quien inerme a nuestros brazos llega.
Yo, el primero en el campo de batalla,
aunque respeto su virtud excelsa,
fulminaré la lanza vengadora
contra su pecho, y entre sangre negra,
de él sabré arrebatar la llama altiva,
que me horroriza y en furor me incendia.
Mas ahora mi rencor y noble saña
la fe del pacto y mi palabra enfrenan,
y sólo he de encontrar festivo obsequio,
pues no consentiré se le haga ofensa.
LUSIÑÁN.
Pues yo que nunca...
RICARDO.
Baste.
MATILDE.
¡Oh Dios!
RICARDO.
Sin duda,
ya los prelados el Concilio cierran,
y ya determinaron, pues advierto
que con el gran Guillelmo, a su cabeza,
salen del templo, y donde quier los vivas
y aclamaciones por el aire suenan.
Mas Hugo hacia este sitio, apresurado,
a darnos la noticia se acelera.
MALEK-ADHEL.
Mi suerte se fijó.
LUSIÑÁN.
También la mía.
MATILDE.
Y mi eterno Destino, ¿qué me espera?


Escena VI

 

MATILDE, DAMAS de MATILDE, MALEK-ADHEL, RICARDO, LUSIÑÁN y HUGO

 
RICARDO.
¿Cuál, príncipe, decid, de los prelados
ha sido al fin la decisión postrera?
Mas ¿qué penar anubla vuestra frente?
¿Qué turbación y embargo manifiesta
vuestra marchita faz?... ¿No resolvieron?
HUGO.
Sí, señor; han resuelto.
RICARDO.
Y ¿qué os altera?
MALEK-ADHEL.
¡Ah! Por piedad. no retardéis...
HUGO.
Matilde...
Cuando a ruego, señor, de la princesa,
esta mañana la sesión augusta
suspendieron los jefes de la Iglesia,
era el voto común que vuestra hermana
del héroe musulmán esposa fuera.
Pero del grande y ejemplar Guillelmo
la santidad, el celo y la elocuencia
mudaron la opinión de los prelados,
y todos, que le admiran y respetan,
su dictamen aclaman y le siguen...
LUSIÑÁN.
Y ¿cuál es? Acabad.
HUGO.
Que a las propuestas
del valiente Soldán en nada accede,
y que el permiso, inexorable, niega
para unir en los lazos de himeneo
a Matilde y a Adhel..., como no sea
que ese príncipe insigne, en el espacio
preciso de tres días, se resuelva
a abjurar sus errores infernales,
y a no emplear la formidable diestra
en favor de las lunas musulmanas.
MALEK-ADHEL.
¿El término es tres días? ¡Ah! Me afrenta,
me agravia el que ese espacio vergonzoso
para un perjurio vil se me conceda.
¿Necesito ese tiempo, por ventura,
para no cometer una vileza?...
No, triunfador glorioso Saladino;
no, hermano, a quien adora mi alma tierna;
no, patria idolatrada... ¿Abandonaros?...
¿Venderos?... No será.
MATILDE.
Ábrete, ¡oh tierra!
¿Qué rayo el alto Cielo me fulmina?

 (Cae desmayada en los brazos de sus DAMAS.)  

HUGO.
¡Infelice Matilde!
RICARDO.

 (A las DAMAS de MATILDE.) 

A la princesa
retirad al momento de este sitio.
MALEK-ADHEL.
¡Día de horror, Matilde! ¿Acaso fuera
Malek digno de ti, de tus virtudes,
si tan atroz perfidia cometiera?


Escena VII

 

RICARDO, LUSIÑÁN, MALEK-ADHEL, HUGO, GUILLELMO y PRÍNCIPES CRUZADOS

 
GUILLELMO.
¿Y perfidia juzgáis, príncipe ilustre,
el no empuñar las armas en defensa
de los infieles, y el seguir?...
MALEK-ADHEL.
Yo juzgo
perfidia infame y vil, y atroz y horrenda,
abandonar al noble Saladino,
a quien ama mi alma toda entera.
Abandonar a un generoso hermano,
cuya amistad y sin igual terneza
quiere sacrificar su gloria y trono
por mi felicidad.... ¡oh torpe mengua!
¿Yo hacer traición a su cariño? ¡Nunca!
RICARDO.
¿Conque ya renunciáis de la princesa
la mano y el amor?
MALEK-ADHEL.
¡Ah!... Yo renuncio
sólo a cubrirme de la horrible afrenta
de ser traidor al noble Saladino
y a mi sangre... ¡Qué horror!... Esa belleza,
esa belleza ilustre que atesora
todas las perfecciones de la Tierra
y todas las virtudes de los Cielos,
no debe el premio ser de una vileza,
de una infame traición, de una perfidia...
¿Aceptar yo jamás tales propuestas.
¿Yo aceptarlas?... Las olas resonantes
que azotan sin cesar esta ribera,
antes se extenderán por el desierto,
inundando sus áridas arenas,
que yo a mi tierno hermano le abandone,
que contra ti o mi patria alce la diestra
sacrílega...

 (La agitación le impide continuar, y habrá una larga pausa.)  

LUSIÑÁN.

 (A GUILLELMO.) 

¡Oh señor, oh varón santo,
cuánto os separan las virtudes vuestras
del resto de los míseros mortales,
que indignos son de penetrar la fuerza
de vuestra santidad y la sublime
rectitud indeleble, que está impresa
en vuestro justo corazón. La vida
y la felicidad vuestra prudencia
y vuestro celo me devuelven... ¡Cielos!
Todo lo debo a vos, de quien sospechas
tal vez osé abrigar... ¡Ah!... Os aseguro
que en mí la gratitud vivirá eterna.
GUILLELMO.
No la merezco, Lusiñán. Protesto
que en la ocasión presente, en mis ideas,
ni vos ni otro mortal han influido,
ni vi los intereses de la Tierra.
HUGO.
¡Oh inflexible virtud! ¡Oh santo Cielo!
Pero, señor, la mísera princesa...
GUILLELMO.
Cuando llegue a explicarle los motivos
que a esta resolución me compelieran;
cuando escuche mis sólidas razones,
verá si el interés, si la pureza
de nuestra religión, esa alianza
que propuso el Soldán nos consintiera
aceptar. Sí; su virtüoso pecho,
mansión de la piedad, verá que fuera
exponer su virtud pura, inocente,
dando a un esposo musulmán la diestra,
a flaquear, tal vez, un día aciago
en la fe sacrosanta, ¡horrible idea!,
y lloráramos todos, responsables
de su infeliz reprobación eterna.
MALEK-ADHEL.
No, inflexible varón; tales temores
albergar vuestro pecho no debiera.
¡Infelice de mí!... Vos escuchasteis
mis intentos, señor. y mis promesas:
vuestro indomable celo no ha podido
resolverse a ceder... ¡Ah!
GUILLELMO.
Cuando esfuerza
el celo humano Dios; cuando Dios mismo
es el objeto de él, ¡.cómo pudiera
ceder?... Príncipe, no; cuando se lidia
por la causa de Dios, vencer es deuda,
aunque cueste dolor, tormento y llanto.
No puede ser cristiano el que le cela
a los ojos del mundo. El que prefiere
la opinión de los hombres, de la Tierra
la amistad e interés a Dios y al Cielo.
MALEK-ADHEL.
¡Oh confusión! ¡Oh amor!; Cruel estrella!...
Señor, señor; en este infausto día
me habéis hecho más daño que pudieran
todos los hombres contra mí reunidos:
me habéis hecho infeliz. Sí; la tremenda
aflicción que me abruma a vos la debo
Y, sin embargo, os juro que en la Tierra
no hallo a quien tanto como a vos estime
y respete a la par. Os lo confiesan
mi corazón, mis labios... Aun espero
que para siempre de la Parca horrenda
no nos separará la atroz cuchilla
sin que reconciliado a vos me vea.
GUILLELMO.
¡Qué halagüeña esperanza en mí renace
al escuchar las expresiones vuestras!
MALEK-ADHEL.
¡Ah! Mas ¿qué dudo? No, jamás: huyamos.
Señor, el regocijo que demuestra

 (A RICARDO.)  

por esta decisión vuestro semblante
mi desventura y aflicción aumenta:
tal vez, si os mereciese mi infortunio
al menos compasión, la amarga pena
no tan atroz me desgarrara el alma.
Mas harto advierto, ¡crueldad horrenda!,
que todo Ptolomayda, se conjura
contra Malek-Adhel, y en otra esfera
debe ya colocar sus esperanzas,
pues tan falaces fueron en la Tierra.
Yo me alejo, señor, de este recinto,
donde todo me abruma y atormenta;
torno a los brazos de mi tierno hermano;
mi consuelo y mi dicha aquí se quedan.
Cuando la decisión de los prelados
el generoso Saladino sepa...
No sé lo que será. Pero preveo
que va a empezarse la horrorosa guerra,
devastadora cual jamás, cual nunca
feroz, horrible, y bárbara y sangrienta,
y la calamidad y el exterminio abrumarán
la estremecida Tierra.
HUGO.
¡Desventurado Adhel! ¡Piadoso Cielo!
RICARDO.
¡Oh príncipes, venid! Hasta las tiendas
del excelso Soldán acompañemos
a su valiente hermano. Obsequio sea
debido a su valor y a sus virtudes.
GUILLELMO.
¡Eterno Dios!, imploro tu clemencia.