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ArribaAbajoActo cuarto


Escena I

 

MATILDE, sola

 
MATILDE.
Confusión, amargura, hórrido espanto
por doquier me circundan. ¡Desdichada!
¡infelice Destino!... ¡Para siempre
le perdí, para siempre!... ¡Suerte infausta!
¡Suerte cruel!... ¡Gran Dios!, ¿y sus virtudes
se perderán también? ¿Qué hielo pasma
la sangre toda de mis venas?... ¡Cielos!


Escena II

 

MATILDE y HUGO

 
MATILDE.
¡Hugo!... ¡Amigo!...
HUGO.
Princesa infortunada,
hasta el campo enemigo del valiente,
del desdichado Adhel, seguí la planta,
en justo obsequio a su virtud sublime,
y en debido respeto a sus desgracias.
¡Cuál iba, eterno Dios!... Aquel semblante,
que el heroísmo y el honor inflaman,
he visto mustio, pálido, marchito
y regado de lágrimas amargas;
las primeras, sin duda, que sus ojos
supieron derramar. Estas murallas
veloz atravesó, y al ver, acaso,
la lúgubre mansión donde descansa
en la marmórea silenciosa tumba
el gran Montmorency, de pronto para,
tiembla, y del hondo de su noble pecho
un suspiro de horror, pálido, arranca.
Me ruega que le siga, y, presuroso,
a los reales del Soldán se avanza,
sin reparar en sus guerreros fieles,
que en su redor se agolpan y le aclaman,
la multitud penetra taciturno,
llega a su pabellón, a todos manda
que conmigo le dejen, anhelante
escribe y sella este papel, me abraza,
mi seno inunda de copioso llanto,
fuera de sí se arroja ante mis plantas:
y: «¡Oh tierno amigo! -con ardor me dice-.
Si caballero sois, si en vuestra alma
la sensibilidad tiene acogida,
tomad este papel, y sin tardanza
entregadlo a Matilde; de él depende
mi salvación eterna». Sus palabras,
su amistad, su actitud, su acerbo lloro
y el recordar que un tiempo quebrantara
el poderoso yugo de mi cuello,
tornándome una esposa idolatrada
y unos hijos cautivos inocentes,
no pude resistir, desventurada.
Juzgo no haber faltado a mis deberes,
pues tal vez de esta misteriosa carta
dependerá la paz, vuestra ventura
y de Malek la conversión ansiada.
Examinadla, pues. Yo me retiro.

 (Entrega un papel cerrado a MATILDE.)  



Escena III

 

MATILDE, sola

 
MATILDE.
¿Qué tiemblas, corazón?... ¿Qué te acobarda?...
¿Qué papel, Dios eterno?... Y qué, ¿mi pecho
aún osa concebir dulce esperanza?

 (Lee.)  

«No olvides, ¡oh Matilde!, el juramento
que en medio del desierto, en la sagrada
presencia del Señor Omnipotente,
en libertad hiciste; nada, nada
reservarme juraste, exceptuando
tu inocencia y tu fe. De tu palabra
el cumplimiento ya llegó. Interesa
a la quietud eterna de mi alma
tornarte a ver. Es fuerza que esta noche,
de la sombra a favor, dejes tu estancia,
yendo a la regia tumba do reposa
el gran Montmorency, que allí te aguarda
este infelice. Mas si tú, perjura,
de mí te olvidas, y en buscarme faltas,
allí desesperada horrible muerte
dará fin desastroso a mis desgracias,
y se hallarán junto al sepulcro mudo
donde el héroe francés en paz descansa
del desdichado Adhel los restos fríos.
Ya mi resolución está fijada».

 (Representa.)  

¡Oh Dios! ¡Eterno Dios! ¿Qué nuevo espanto
por mis helados miembros se dilata?...
¿Qué he leído?... ¡Infeliz!... ¿Mis tristes ojos
cansados de llorar tal vez me engañan?...

 (Vuelve a mirar el papel.)  

¡Ay!... Si yo falto, la espantosa muerte
dará horrorosa cima a sos desgracias...
¡Qué horror!... No... Yo, a salvarle... Mas ¿qué digo?
¿A buscar a un infiel, a quien acaba
de separar de mí la Iglesia augusta,
prohibiéndome el amarle?... ¡Desdichada!
¡Mis juramentos!... ¡Dios!..., ¡ah! Me asegura
que la quietud importa de su alma...
¿Será, tal vez?... Abismos espantosos
do quier circundan mi dudosa planta,
¿Qué partido me resta? Sólo encuentro
peligros, dudas, confusión amarga,
y huyen de mí la paz y la alegría,
y ya mi fuerza y mí valor desmayan...
Mas,¡ay!, Guillelmo llega... ¿Cómo puedo

 (Oculta el papel.)  

disimular con él?... ¡Oh suerte infausta!


Escena IV

 

MATILDE y GUILLELMO

 
GUILLELMO.
Hija mía, Matilde... ¿Por ventura,
entenderme podéis?
MATILDE.
Sí; preparada
a todo estoy, señor.
GUILLELMO.
Es necesario
aceptar, ¡oh Matilde resignada!,
el cáliz de amargura que os presenta
el mismo Dios. Mirad que reservadas
tiene pruebas tan grandes para pocos
elegidos; a todos no señala
con la gloria de tales sacrificios.
MATILDE.
Ya he recibido el de mi dicha, y calla
mi humilde corazón; y si le place
tanta conformidad, con toda el alma
le ruego que reciba el de mi vida.
GUILLELMO.
La desesperación nunca le es grata;
escuchad, pues, princesa, las razones
que con voz imperiosa me obligaran
a dictar al Consejo la repulsa
que lamentáis. La lid extraordinaria
que ha agitado mi pecho, el Cielo sabe
inocente Matilde, al pronunciarla.
La justa gratitud y la ternura
que al obcecado Adhel debe mi alma
notorias son; notorios mis deseos
de su dicha y la vuestra,, i ob desgraciada!;
pero en su pecho, como el bronce duro,
no hicieron mella alguna mis palabras.
Se resistió a la luz..., ¡desventurado!
Aún no llegó el momento; reservadas
son las miras de Dios.
MATILDE.
¿Y aun se preciso resignarse?
GUILLELMO.
¡Infeliz! ¿Dónde os arrastra
vuestro dolor? De mi penosa vida
en la carrera perezosa y larga
he visto mil sucesos diferentes
y mil calamidades y desgracias;
mas no encontré jamás motivo alguno
para no resignarme con las altas
providencias del Ser Omnipotente.
¿Quién sus designios penetrar osara?
Tal vez la conversión del héroe persa
Para momento inesperado guarda.
Entre tanto, Malek ha resistido
mi persuasión. En vano ante sus plantas
me he prosternado; en vano sus errores
le he hecho patente, y con la antorcha clara
de la Eterna Verdad le he combatido.
Alguna vez mi pecho en esperanzas
dulcísimas viviera, pues acaso
le he visto conmoverse, y protestaba
que de la fe la esplendorosa lumbre
su corazón hería...
MATILDE.
Si su alma
ha llegado a sentir...
GUILLELMO.
Triste princesa,
sin las obras, ¿qué sirven las palabras?
El que la luz conoce y la resiste
es doble criminal. Desde que en Jafa
mis cadenas rompió, ni un solo instante,
hasta que vi de nuevo estas murallas
dejé de persuadirle; mas en vano.
Inflexible y tenaz, imaginaba
que el abrazar nuestros sagrados dogmas
y de su amante hermano y de su patria
declararse traidor era lo mismo.
Es verdad que dejaros me juraba
entera libertad en nuestro culto,
y que en secreto de la Iglesia santa
humilde abrazaría los preceptos.
Pero esto ¿era bastante?... ¿En una vana
promesa solamente confiado,
debiera yo de la ciudad sagrada
colocarle en el trono y exponerla
a escándalos sin fin?... ¡Infortunada!
Si es tan difícil la pureza augusta
de la divina fe, guardar intacta
en medio de santísimos ejemplos,
¿qué será entre los riesgos que asombraran
a las mismas angélicas virtudes?...
¡Qué horror!..., hija, ¡qué horror! Si vos...
MATILDE.
¡Ah!..., basta;
por piedad, no sigáis..: Os aseguro
que yo misma, yo misma pronunciara
la decisión que vos...
GUILLELMO.
¡Oh Dios eterno!
Si tal virtud y altísima constancia
tienen asilo en su virgíneo pecho,
no tengo qué añadir... ¡Oh joven santa,
encanto de la Tierra y de los cielos!
MATILDE.
¿Qué pronuncias? Yo tiemblo... ¡Qué palabras!
¡Ah!..., soy muy criminal... ¡Ay!...
GUILLELMO.
¡Hija mía!,
¿qué nueva turbación, ¡cielos!, embarga
vuestro pecho?...
MATILDE.
¡Señor! Guillelmo ¡ay triste!
GUILLELMO.
¿Qué preveo?... ¡Gran Dios!... ¡Matilde!...
MATILDE.
Nada,
nada puedo deciros; no, Ricardo...
GUILLELMO.
Qué dudas, ¡ah!, mi corazón desgarran.


Escena V

 

MATILDE, GUILLELMO, RICARDO y LUSIÑÁN

 
RICARDO.
Borrascoso y terrible fue este día
para tu corazón, ¡oh tierna hermana!
Pero a favor de tu virtud sublime,
¿de qué horrendos desastres no triunfaras?
MATILDE.
¡Ay Ricardo!...
RICARDO.
Las sólidas razones,
y el Cielo, y la piedad, que tanto ensalzan
al ínclito arzobispo, ya a tu pecho
habrán tornado la apacible calma.
Y dispuesta, sin duda, hora te miro
tu esfuerzo a completar.
MATILDE.
¡Dios!... ¿De qué tratas?
RICARDO.
Escuchadme tranquila. Los desastres
de la guerra feroz, desde mañana,
van a tornar a estremecer la tierra.
Saladino, furioso, ardiendo en rabia,
va a embestirme con alto poderío.
Adhel, su altivo hermano, con el ansia,
tal vez de conquistarte a viva fuerza
con el auxilio de sus fuertes armas,
le prestará su aterrador alfanje,
y es preciso quitarle esa esperanza.
Los valientes guerreros de la Europa,
por premio de sus ínclitas hazañas
en el dosel de Palestina quieren
ver alguna princesa de su patria,
y tú debes de ser.
MATILDE.
¿Cómo? ¡Ricardo!
RICARDO.
Uniéndote himeneo sin tardanza
al grande Lusiñán, mi tierno amigo.
MATILDE.
¡Cielos!
RICARDO.
Con este enlace, entusiasmadas
las católicas huestes numerosas,
volarán a la lid, y nuestras armas
con nuevo aliento y ardoroso brío:
arrollarán doquier las musulmanas
haces, y tremolar nuestros pendones
veremos en Sión.
LUSIÑÁN.
Yo, con mi lanza,
sabré, señora, recobrar el trono
para ofrecerlo a vuestra bella planta.
RICARDO.
Sí, Matilde; no dudo que al momento
mi determinación veré aprobada
por ti, y al punto...
MATILDE.
No; jamás, Ricardo,
¿Qué pretendes de mí?... ¿Qué?
RICARDO.
Lo que aguarda
el ejército entero.
LUSIÑÁN.
Lo que anhela
mi amante pecho.
RICARDO.
Y lo que exige y manda
tu rey. tu hermano, yo.
MATILDE.
¡Qué tiranía!
¡Cielos!... Antes la muerte.
RICARDO.
Ya me cansan
tus tenaces repulsas. Desde el punto
que tornaste, Matilde, a estas murallas,
libre del cautiverio, los cristianos
se han ocupado más de tus extrañas
aventuras y amores delincuentes
que en el intento, y en la empresa santa
por que dejaron con esfuerzo heroico
sus esposas, sus hijos y sus patrias.
¿Y juzgas, di, que la mitad de Europa
haya venido al corazón de Arabia
tan sólo a presenciar, en ocio inerte,
debilidades que tu nombre inflaman?
Concluya todo ya. Nobles empresas
llenen las huestes que la Cruz esmalta.
Obedece su voto. Las antorchas
del himeneo alumbrarán mañana
tu unión con Lusiñán, que luego al punto
conmigo ha de tornar a las batallas,
donde su aliento y esforzado brío
del persa infiel abatirá la saña,
triunfando de Malek. Y la victoria
hará patente con ardiente llama
que es más digno de ti que el orgulloso
árabe infiel a Dios. Sí; ya tomada
ves mi resolución. Tu dicha anhelo,
pero más el honor de nuestra causa.
No haya más replicar. Sólo te cumple
obedecer. Prepárate: mañana
a Lusiñán por siempre has de enlazarte
del Dios omnipotente ante las aras.
MATILDE.
¡Oh Dios! ¡Qué horror!... Jamás. jamás. Su vista
de terrible pavor mi pecho embarga...
¿Dónde me esconderé de los tiranos?...
A esta infeliz, eterno Dios, ampara.


Escena V

 

GUILLELMO, RICARDO y LUSIÑÁN

 
RICARDO.
¿Lo veis, señor?... ¿Lo veis?
GUILLELMO.
A pesar mío.
LUSIÑÁN.
¿Por qué la dulce persuasión que manan
vuestros sublimes y celosos labios
no usáis en mi favor? Vuestras instancias...
GUILLELMO.
Jamás permita Dios que mi elocuencia
a la opresión y a la injusticia valga.
RICARDO.
¡Opresión!... injusticia!...
GUILLELMO.
¿Y no lo advierte
vuestro gran corazón, rey de Britania?
¿No es injusticia el aumentar las penas
que hoy a Matilde sin piedad contrastan?
¿No es injusticia atormentar su seno
con la reconvención dura y amarga?
¿No es crueldad el desoír su llanto
y abusar de su suerte y sus desgracias?
¿Y no será opresión el compelerla
a un lazo que detesta? ¿Y el forzarla
a que al momento calle y se resigne?...
¿Cómo así, excelso rey? Vos la esperanza
queréis quitar a Adhel. Y ¿qué se logra?
Y si con ella, por ventura, abraza
la augusta religión que profesamos,
¿no fuera un nuevo triunfo, una ventaja?
LUSIÑÁN.
Señor, que ese perverso sus errores
abjure o no, ¿qué importa a nuestra causa?
Ni su alfanje me aterra ni su nombre.
Cima daremos a la empresa santa,
a su pesar, que Lusiñán respira
y empuña la tajante cimitarra.
GUILLELMO.
A la verdad, señor, que la experiencia
pudiera deshacer vuestra esperanza.
Recordad que de Adhel el fuerte brazo
el trono hundió que vuestros pies hollaban,
y la memoria, ¡oh rey!, del infortunio
os quitará, tal vez, la confianza,
que solamente colocarse debe
en el supremo Dios de las batallas.
Mas, lejos de implorar su santo auxilio,
le ofendéis, le ofendéis con la arrogancia
y con querer, injusto, que Ricardo
por vos, oprima su inocente hermana.
RICARDO.
Señor, os excedéis de las funciones
de vuestro sacro ministerio; basta.
LUSIÑÁN.
Y ¿quién os constituye, por ventura,
juez de los reyes?... Vuestra lengua osada...
GUILLELMO.
Defender la inocencia es deber mío
de quien pretenda sin reparo hollarla.
Si en público jamás falto al respeto
que es debido tener a los monarcas
y a los que jefes son de las naciones,
debo en secreto reprender sus faltas
y hablarles como a hombres acosados
de errores y pasiones, por desgracia.
Rey de Albión, si, deslumbrado y ciego,
oprimís a Matilde, vuestra hermana,
holláis la religión y la justicia,
y el Dios eterno les dará venganza.
Y vos, ¡oh Lusiñán!, tened por cierto
que si exigís con arrogante audacia
que Ricardo os mantenga la promesa,
que nunca debió hacer, os amenazan
el odio eterno y el airado brazo
del que en los tronos y en los reyes manda.


Escena VII

 

RICARDO y LUSIÑÁN

 
LUSIÑÁN.
¿Qué me importa su orgullo y osadía
si vos sabéis cumplir vuestras palabras?
RICARDO.
Y que inmutables son. Os juro, amigo,
que Matilde es ya vuestra. Sí; mañana,
a la primera luz, su amor eterno
os ha de consagrar ante las aras,
aunque el mundo se oponga.
LUSIÑÁN.
Amigo amado,
en gratitud mi corazón se abrasa.
RICARDO.
Vuestra será. Y al punto, revistiendo
el fiero casco y la acerada malla,
volemos a la lid. Rindan sus torres
a nuestra vista Cesarea y Jafa;
y sembrando la muerte y el asombro,
cual rayo aterrador, nuestras espadas
por siempre ahuyenten a los fieros persas
de Palestina y de las dos Arabias,
y tremolar las cruces por el viento
mire Jerusalén en sus murallas.