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ArribaActo quinto

 

(El teatro representa una magnífica capilla sepulcral. adornada de despojos militares y alumbrada con una lámpara, y en medio del foro debe levantarse un magnífico sepulcro lleno de trofeos.)

 

Escena I

 

MALEK-ADHEL, solo

 
MALEK-ADHEL.
¡Oh cuánto tarda!... Mi confuso pecho,
de horribles sobresaltos combatido,
no sabe qué esperar... ¡Cielos!... ¡Matilde!
¡Matilde! ¿Dónde estás? ¡Cruel destino!
¿En la mansión tranquila de la muerte
la intenta recobrar el amor mío?
¡Qué afán!... La paz habita en los sepulcros;
el silencio, el pavor tienen su asilo
en estas altas bóvedas oscuras,
do lúgubres resuenan mis suspiros.
El silencio, la paz, que yo, infelice,
me atrevo a perturbar en mi delirio.
En esta tumba, en sempiterno sueño,
del gran Montmorency los restos fríos
yacen por siempre... Por Matilde el cuello
dio denodado al espantoso filo.
Felice, ya estás libre del combate
de las pasiones en que yo me abismo.
¿Cuándo te seguiré? ¡Qué hielo horrible,
lento, discurre por los miembros míos!
¡Matilde!... ¡Oh tú, Matilde!... No. no viene.
Mi pecho, ¡oh dudas!... ¡Bárbaro martirio!
No; su pecho es mansión de las virtudes,
de la verdad su labio. Mas ¿qué digo?
Juró no abandonarme... ¡Justo Cielo!
Su religión, en este día mismo,
de mí la aparta.... me la roba, y ella
me dejará morir en hondo olvido.
Su religión.... ¡qué augusta se presenta,
cuán sacrosanta ante los ojos míos!
En ella, ¡qué dichoso yo sería!
¡Con ella!... No, jamás... ¡Oh Saladino,
oh patria, no! ¡Qué mar tan borrascoso
en mi apenado corazón abrigo!


Escena II

 

MALEK-ADHEL y MATILDE

 
MATILDE.
¡Qué horror!... ¡Cielos! ¿Dó estoy? ¿Por qué mi planta
a este lugar terrible me ha traído?... ¡Qué silencio!
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!
MATILDE.
¡Oh Dios!
MALEK-ADHEL.
¡Matilde!
¿Te torno a ver? Dichoso es mi destino.
Me vuelves a la vida; a ti tan sólo
debo el dulce consuelo que respiro.
MATILDE.
¡Adhel, Adhel! ¡Qué espanto!¿Con qué objeto
me convocáis, osado, en este sitio?
¿Qué pretendéis de mí?... ¡Dios! ¿Más desastres
reservados están? ¿Será preciso
resistir más combates?... Habla pronto...
Hazme al punto patente tus designios,
concluya de una vez tanto infortunio.
acaba.... acaba, pues... ¡Cruel prestigio!
Concluyamos, Adhel.
MALEK-ADHEL.
¡Ah! ¿Por qué tiemblas?
Jamás tu pecho tan turbado he visto.
¿Qué te agita, Matilde?... El sobresalto,
el terror y la muerte están escritos
en tu marchita faz.
MATILDE.
¡Ah! ¿Me preguntas
qué agita, qué confunde el pecho mío?...
¿Dónde? En este lugar, que profanando
nuestras plantas están, a do he venido,
a pesar de mi hermano, de mi fama
y de mi Dios también... Yo me horrorizo.
La cristiandad entera ha separado
mi triste corazón del tuyo hoy mismo,
y ensangrentado, y devorado, y muerto,
cual en mi pecho mísero le abrigo,
me manda que le entregue sin demora
al hombre que aborrecen mis sentidos...
Unirme a Lusiñán en el instante
Ricardo quiere...
MALEK-ADHEL.
No será, que aún vivo.
¡Horrible tiranía, que enfurece
mi corazón!
MATILDE.
El implorar tu auxilio
es el único medio que me resta
para librarme de ella. ¡Medio inicuo
y vergonzoso, con que mi alto nombre
en oprobioso deshonor mancillo!
Aún falta más a mi inquietud. ¡oh cielos!
En este suelo de pavor te miro,
donde la muerte en torno te circunda,
do tu frente amenazan mil peligros.
Si te descubren..., ¡ay!, un sanguinario
rival atroz, un pérfido enemigo
gozará la ocasión de la venganza...
Y yo a tu lado estoy..., ¡negro delito!,
junto a ti, de mi patria y de mi hermano
y de mi religión contrario impío...
¿Y no se abre la tierra y me confunde?
Sí; por mi voluntad aquí he venido,
y por debilidad quedo a tu lado,
y desoigo, culpable, el santo grito
de mi conciencia, que me acusa; y nada
me arredra, y, delincuente, aquí persisto,
sin fruto, destrozando mi alma toda
con mil remordimientos y martirios.
He aquí mi situación. ¿Y me preguntas
qué me agita? ¿Y aún quieres que tranquilo
mi espíritu te escuche?
MALEK-ADHEL.
No, Matilde;
ya ni tranquilidad ni calma exijo
de tu apenado pecho; sólo quiero
resolución. El tiempo, fugitivo,
huye y no torna; aprovechar es fuerza
los instantes: ya todo prevenido,
todo, lo está por mí. Llegó el momento;
huyamos para siempre de este sitio.
Mañana te verás libre y segura
en la Corte del bravo Saladino.
MATILDE.
¿Qué osaste pronunciar? ¿Qué? ¡Temerario!
MALEK-ADHEL.
No te ofusques... Escucha te suplico.
Para hollar con veloz y osada planta
todo temor, para animar tu brío
y decidirte, al fin, a mis propuestas,
no quiero recordarte tu destino;
no que obligada te verás mañana,
mañana de la aurora al primer brillo.
a un himeneo horrible que detestas:
no mi horrendo despecho, el hondo abismo
de tormentos do vas a despeñarme
con ese enlace atroz. El labio mío
sólo ha de recordarte el juramento
que pronunciaste, de que al Cielo mismo
garante hiciste, el rayo provocando
si faltabas a él y su castigo.
¡Oh Matilde! Recuerda tus palabras:
de todo me ofreciste el sacrificio,
tu inocencia y tu fe salvando sólo;
que cumplas hora tu palabra exijo.
Guarda, Matilde, tu inocencia intacta.
guarda pura tu fe; pero al abrigo
ponte de esos tiranos inflexibles,
que quieren inmolarte a su capricho.
Sígueme, pues, y nada te detenga;
ven a buscar defensa, amparo, abrigo,
de mi hermano en el seno cariñoso.
que ya te espera plácido y benigno.
En su Corte estarás más respetada
que en la que riega el Támesis umbrío
Tú sola vivirás en un palacio
do la pompa oriental muestra su brillo.
Allí nadie osará, ni aun con la vista,
tu mansión penetrar; nadie, y yo mismo
jamás en él imprimiré la planta
sin obtener primero tu permiso.
El Asia, el ancho mundo, el orbe todo
de tu pureza angélica testigos
y de mi sumisión y hondo respeto
serán, y yo mis ruegos y suspiros
sabré enfrenar y contener valiente
de mi amoroso afán el fuego vivo.
Sí, Matilde, Matilde; libre y pura
vivirás y tranquila en tu retiro,
fiel a tu Dios, cercada de cristianos
ejercitando tus sagrados ritos.
Y si, afable, te dignas de admitirme
a ejercerlos también allí contigo,
tal vez de tus augustas ceremonias
y de tu alta virtud al fin vencido,
mi corazón humilde dará entrada
a tu fe y a tu Dios.
MATILDE.
Cesa, ¡oh martirio!
Si tú a reconocerlos accedieras,
si abrazarlos hubieras consentido,
no regara mis pálidas mejillas
el llanto acerbo de los ojos míos.
¡Oh, cuán felices fuéramos!... Ahora
lejos de avergonzarme de mi inicuo
y criminal amor, de él me jactara.
Y a tu lado, Malek empedernido,
en lugar de espantarme las miradas
de Ricardo, de todo el cristianismo
y del Dios vengador, yo los pusiera
de mi dicha y la tuya por testigos.
MALEK-ADHEL.
Basta, Matilde; basta. Tus palabras
son de mi pecho bárbaro suplicio
¡Ah!... No lo ignoras..., no. Mi tierno hermano,
el heroico, el valiente Saladino,
aborrece tu culto. Inexorable,
ha jurado por siempre confundirlo.
Igual es ser cristiano, ante sus ojos,
que declararse su hórrido enemigo...
¿Y debiera yo serlo? A ser cristiano,
lo hubiera entre los hombres sostenido,
que al seguir a tu Dios, el defenderlo
fuera la obligación del brazo mío.
¿Y contra quién, Matilde? En la terrible,
en la guerra que atroz hubiera ardido.
¿Qué me restaba, di?... ¿Qué, por ventura,
en inerte baldón, en ocio indigno,
entre los dos ejércitos quedara,
viendo en uno mi esposa y mi Dios mismo;
en el otro, mi hermano y dulce patria?
¿Mil votos, por lo menos, que partido
tuvieran?... Decidid, nombrad, Matilde.
un juramento nuevo, uno inaudito
(si es que tanto alcanzáis), que no aparezca
sacrílego y terrible, y me decido
a pronunciarlo. Pero basta; advierto
en tu semblante pálido y marchito
la impresión del horror... Sí, te estremeces
y la razón me das... Harto te he dicho.
Sígueme, pues; tu decisión, sin duda,
obligará de nuevo a los obispos
a abrazar la opinión, que ya abrazaron,
y que Guillelmo contrarió. Rendidos
los guerreros cristianos de esta guerra
al peso atroz, verán con regocijo
esta ocasión, que espero proporcione
de amable paz el consolante alivio.
Sí; de la humana sangre los torrentes
que a inundar van en espumoso río
este suelo infeliz, tú sola puedes
contener, accediendo a mis designios.
Tú, de Jerusalén el alto trono
ocuparás; en ella su dominio
los cristianos tendrán..., y acaso, acaso,
todos, y aun el austero Saladino,
de tu virtud, de tu sublime ejemplo
y también de los cielos el auxilio,
cederán, y a tu Dios y a tu creencia,
al fin, tal vez se humillarán rendidos.
Pero si, ingrata y dura, te resistes
mis huellas a seguir, aquí, ahora mismo.
a mi amor, a mi vida, a mi esperanza
dará horroroso fin este cuchillo.

 (Saca un puñal en ademán de herirse.)  

MATILDE.
¡Tente, tente!... no más... ¡Oh Dios eterno!
Tú me mandas seguirle. Mas ¿qué digo?
MALEK-ADHEL.
No perdamos el tiempo. Sí, Matilde;
sígueme, ven.
MATILDE.
Espera. No resisto...;
mas escúchame, Adhel.
MALEK-ADHEL.
¿Qué?
MATILDE.
No a la Corte
de tu glorioso hermano
Saladino me vas a conducir.
MALEK-ADHEL.
¿Dónde?
MATILDE.
A la cumbre
de famoso Carmelo; entre sus riscos
sabes se encuentra un santo monasterio.
Quede yo en él oculta, sea el abrigo
que de Ricardo y Lusiñán me esconda.
Así mi juramento ves cumplido.
MALEK-ADHEL.
¿Y qué, Matilde?
MATILDE.
¡Oh Dios!
MALEK-ADHEL.
¿Qué te estremece?
MATILDE.
¿No adviertes..., qué rumor? ¡Cielos! ¡Perdidos
somos.... noble Adhel!
MALEK-ADHEL.
No... Nada temas.
MATILDE.
¡Que aquí llegan, Adhel!
MALEK-ADHEL.
¡Cruel destino!
MATILDE.
Ocúltate al momento. Sí, esta tumba
te esconda a los feroces
que a este sitio mueven la planta audaz.
MALEK-ADHEL.
Qué, ¿Yo ocultarme
como pudiera un vil?... No...
MATILDE.
Mi peligro
muévate, ¡oh noble Adhel! Si aquí me encuentran
sola, no importa; saben que contino
vengo a esta tumba a dirigir mis votos
al Soberano Dios. Mas si contigo
me sorprenden, ¡qué horror, muerta mi fama,
y burlados serán nuestros designios.
Ven, escóndete, pues... Sí..., ya penetran.
MALEK-ADHEL.
Te obedezco, Matilde, a pesar mío.

 (Se esconde detrás del sepulcro.)  



Escena III

 

MALEK-ADHEL. (Oculto), MATILDE, LUSIÑÁN y dos ESCUDEROS suyos

 
LUSIÑÁN.

 (A los ESCUDEROS, al tiempo de entrar en la escena.) 

Ya sabéis mi intención... Pero ¡Matilde!
¿Cómo en este lugar?
MATILDE.
¿Por qué, atrevido,
con bélico aparato y armas fieras
profanáis este lúgubre recinto
y alteráis mi quietud cuando a los cielos
mis plegarias y súplicas dirijo?
LUSIÑÁN.
En vuestra busca vengo. El gran Ricardo,
yo y el prelado de la excelsa Tiro
a un tiempo vuestra ausencia del palacio
con justo sobresalto conocimos.
La extraña hora de crueles dudas
nuestros pechos llenó. Despavoridos,
a buscaros atónitos marchamos,
y yo, en alas de amor, las pasos míos
dirijo a este lugar, donde os encuentro
de mis fieras sospechas combatido.
¡Ah Matilde, Matilde! En vuestra frente
tal turbación y confusión distingo,
que me llenan de horror...
MATILDE.
Bien... Al momento
volved, ¡oh Lusiñán!, pues ya habéis visto
el lugar donde estoy... El sobresalto
a Ricardo aquietad y al arzobispo,
y sepa que tranquila aquí me encuentro,
donde no me amenaza algún peligro.
LUSIÑÁN.
¿Dejaros yo, Matilde?... No; alejaos
de este sepulcro lóbrego y sombrío
a vuestro alcázar, a los dulces brazos
de vuestro hermano retornad conmigo.
MATILDE.
En vano lo exigís... Marchad os ruego;
os seguiré bien pronto.
LUSIÑÁN.
Ora es preciso.
Vamos, vamos al punto, que a mi mente
llena de horror un bárbaro prestigio,
y... venid, sí; venid.

 (En ademán de asirla.)  

MATILDE.
Y ¿cómo, osado?...
LUSIÑÁN.
No vale el resistir. Es deber mío
arrancaros al punto de este suelo
pavoroso y terrible. El fuego vivo
en que por vos mi corazón se abrasa,
doquier encuentra horrendos precipicios.
Recordad que mañana el himeneo
en lazo indisoluble debe unirnos.
Y hasta que llegue tan feliz momento
no perderos de vista sólo exijo.
Seguidme.
MALEK-ADHEL.

 (Saliendo con denuedo de detrás del sepulcro.) 

No será.
MATILDE.
¡Desventurado!
LUSIÑÁN.
¿Tú aquí?... ¡Oh furor!
MATILDE.
¡Ay Dios benigno!
MALEK-ADHEL.
Qué, ¿te turbas? ¿Qué esperas? Vibra al punto
el vengador acero. El brazo mío
a Matilde defiende, y el quererla
sacar de este lugar es un delirio.
¿Qué aguardas, Lusiñán? ¿Qué? Si conoces
la ley del caballero, si eres digno
del cetro de Sión y de la mano
de esta ilustre beldad, aquí, ahora mismo,
lo puedes demostrar. Llegó el momento,
Yo soy Malek-Adhel, yo tu enemigo
más implacable, más feroz, que anhela
beber tu sangre vil. Vamos.
LUSIÑÁN.
Impío.
Escuderos, mirad cómo profanan
sus sacrílegas plantas este sitio,
do la virtud reposa. Seduciendo
aleve estaba el corazón sencillo
de esta incauta princesa... ¡Horrible insulto!
¡Muera, muera!
MATILDE.
Tened, viles ministros
de su furor.
MALEK-ADHEL.
Cobarde, ¿tú no bastas?
LUSIÑÁN.

 (Desnuda la espada y se arroja sobre Malek, mientras los ESCUDEROS le rodean, le sujetan y le atraviesan sus dagas.) 

Venguemos los ultrajes de Dios mismo.
¡Muera el infiel!, y con su sangre impura
al Cielo hagamos grato sacrificio.
MALEK-ADHEL.

 (Cayendo herido.) 

Traidores... ¡Ay de mí!
MATILDE.

 (Corriendo a sostener a Adhel.) 

¡Bárbaros!
MALEK-ADHEL.
¡Cielos!
LUSIÑÁN.
Húndete para siempre en el abismo.
MATILDE.
¡Oh verdugos!... ¡Qué horror! ¡Monstruo inhumano!
¡Amado Adhel! ¡Adhel!... ¡Dios compasivo!
¡Tiembla, tiembla, perverso!... De esa tumba
álzate, sombra, y venga de tu amigo
el vil asesinato.
MALEK-ADHEL.
¡Oh Dios!... Matilde,
huye de ese cobarde, de ese inicuo;
maldícele conmigo, y sosegado
bajo a las sombras del sepulcro frío.

 (Expira.) 

MATILDE.
¡Ya expiró!... ¡Eterno Dios, dadle venganza!


Escena última

 

MALEK-ADHEL (muerto), MATILDE, LUSIÑÁN, sus dos ESCUDEROS, RICARDO, GUILLELMO, HUGO, PRÍNCIPES CRUZADOS, DAMAS de MATILDE, GUARDIAS y PAJES con luces

 
 

(Lusiñán con sus ESCUDEROS, queda a un lado de la escena en la mayor confusión)

 
GUILLELMO.
Aquí están, aquí están. Mas, ¡Dios!, ¿qué miro?
RICARDO.
Lusiñán, ¿y Matilde?
HUGO.
¡Cielo santo!
MATILDE.
Ved a Malek, miradle. Sí; ese inicuo
y sus viles satélites horrendos
el negro asesinato han cometido.
PRÍNCIPES CRUZADOS.
¿Qué dice?
RICARDO.
¡Lusiñán!
MATILDE.
Él es el monstruo,
el aleve, el traidor, el asesino.
GUILLELMO.
¡Eterno Dios! En su sombría frente
la turbación de la maldad diviso.
Ved su temblor... No hay duda. En su semblante
está patente el bárbaro delito.
¿Y aun osará aspirar al santo cetro
su mano ensangrentada? ¡Me horrorizo!
RICARDO.
¡Oh terrible atentado!... Me avergüenzo
de haberos abrazado como amigo.
Yo os abandono, sí; yo os abandono,
huyo de vos, ¡oh monstruo envilecido!,
con mis valientes, que su honor mancharan
en auxiliar a un pérfido asesino.
Vamos, Matilde, al punto.
MATILDE.
No abandono
los restos de Malek. Ya tengo asilo
de Carmelo en la cumbre peñascosa,
del claustro silencioso en el retiro.
GUILLELMO.
Inescrutables son vuestros decretos,
¡oh justo Dios! El mísero, el mezquino
mortal, tan sólo debe respetarlos
humilde, resignarse y bendecirlos.




 
 
FIN DE «MALEK-ADHEL».